La psicoterapia hegemónica actual se ajusta bien a su tiempo y es un negocio rentable, especialmente para aquellos que creen en su propio dogma y tienen las herramientas precisas para salvar el alma del hombre moderno, sabiendo lo que es correcto y lo que no para la vida de sus pacientes. Sin pensar demasiado en ello, reproducen un discurso social que se inserta en el tejido del imaginario cultural y que reitera las necesidades de una lógica capitalista rampante que cosifica a sus sujetos hasta convertirlos en su forma más pura, como productos intercambiables del mercado.
Este discurso psicoeconómico se puede escuchar en todos los rincones de la cultura. Se observa en el lenguaje común del crecimiento personal, el autoconocimiento, la resiliencia, la educación socioemocional y la recomendación de la psicoterapia como una panacea. Todas estas palabras construyen la idea de un tipo de sujeto intercambiable y consumible, mejorable y siempre perfectible. Cuanto más se exalta su individualidad, más fácil es comercializar con su imagen, e incluso el cuidado personal se convierte en una herramienta de especulación financiera. Su identidad se reduce a la de un producto.
El esfuerzo ego-psicoterapéutico no se enfoca en permitir que el individuo sea lo que ya es, sino en convertirlo en lo que los anuncios mercantiles le obligan a ser: la mejor versión de sí mismo. Es decir, debe ser maleable para engrasar los engranajes de la gran máquina del sistema. Curarse o sanarse significa liberarse de la otredad absoluta de la experiencia humana, del conflicto, de esa parte maldita que no tiene función pecuniaria, que no produce, sino que se expresa como desperdicio puro o fracaso inevitable.
Para el paradigma psicoterapéutico el fracaso, el error y lo patológico, no son productivos, por lo que es necesario desecharlos del horizonte del sujeto, se crea, de esta manera una narración heroica sobre las cualidades de los hombres felices, libres y sanos y se vende como un un gran eslogan al que hay que ceñirse para poder sentir que se tiene una vida exitosa. Ahora no solo hay que ser afortunado sino también se debe trabajar arduamente en la fabricación de las emociones personales y en el proyecto de vida que nos depare la tiranía del gozo continuo. Por supuesto, el alma como lo incierto no tiene lugar en estos proceso gratificantes.
Claro que una psicoterapia de esa naturaleza no logra la emancipación de la persona ante el contexto que le impone una estructura determinada y que le impide seguir su propia necesidad. En cambio, lo alinea a la maquinaria de producción del sistema, lo convence de un discurso prefabricado y le vende la ilusión de objetivos como la felicidad, la auto-estima o el crecimiento; y luego lo certifica, una vez que está suficientemente adoctrinado, para ser un buen obrero de sí mismo y participar de forma eficiente en el sistema de producción al que todos nos adherimos. Lo vuelve «critico» dentro de un programa y anula así su capacidad para ser un individuo. La psicoterapia hegemónica participa de la misma enfermedad que dice curar, es un negocio redondo.

Creo que no hay una, sino muchos tipos de terapia. La que yo práctico es una relación humana, en la que pongo en juego mi creatividad y mi experiencia, para propiciar en mis pacientes niveles de conciencia más elevados.
La expansión de la conciencia genera en ellos un mayor grado de claridad y autonomía, que permite trascender sus patrones neuróticos y disfuncionales de existencia y establecer relaciones mas sanas, con ellos mismos y con su entorno.
Comparto parcialmente tu crítica, que me parece válida hacia quizá la mayoría de los profesionales de nuestra disciplina. Pero no comparto que lo generalices y descalifiques peyorativamente a nuestra profesión.
Saludos.
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Gracias por el comentario. Creo que la crítica es importante, para mi es mucho más sencillo hablar de la psicología en general que particulariza en cada una de las más de quinientas escuelas que hay en psicoterapia. Saludos
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