La violencia de la virtud

Logos del alma

Tiene razón Cioran: la pérdida de la indiferencia es el comienzo de todas las catástrofes. Cuando el alma renuncia a ese delicado equilibrio que la mantiene suspendida entre el sí y el no, entre el mundo y su silencio, se precipita en el vértigo de la convicción. Entonces aparecen los creyentes, los poseídos por una idea, los que quieren salvar. No soportan que el otro piense distinto, porque la diferencia los hiere, les recuerda que su fe es efímera, como lo es toda creencia. Y en nombre de la luz, desgarran la sombra; en pos del bien, devoran los cuerpos que disienten. El dogma no conoce el límite ni saciedad porque cree amar (y no hay nada más violento que un amor que se cree puro).

La historia humana no está escrita por los perversos, sino por los virtuosos. Son los hombres buenos quienes destruyen el mundo, los que arden en celo por redimirlo, los que no comprenden que la existencia misma es una herida abierta que siempre sangra. Su bondad, al querer sanar, infecta. Pues no tolera el pus, ni el caos, ni la multiplicidad de formas que brotan de lo que llaman “el mal”. Lo que no entienden es que la realidad no puede curarse porque el mundo no está enfermo: es lo que debe ser. La vida es violencia que se hace carne y la constituye una tensión que sostiene el ser. Quien pretende purificar la existencia solo la vacía de sentido; el proyecto de salvar al hombre lo condena a la esterilidad de su espíritu.

El vicio, en cambio, se consume a sí mismo. Tiene la honestidad del exceso: se agota, se quema, se extingue en el fuego que lo engendra. Pero la virtud (esa llama fría) nunca se sacia. Se reproduce, se justifica, se alimenta de su propio resplandor. Y en su pureza se multiplica el horror. La virtud necesita víctimas, necesita oponentes que purificar, sombras que redimir. Su compasión no abraza sino que disuelve. Su perdón no libera, quiere colonizar el pensamiento ajeno. Todo aquel que se erige como salvador termina por ser verdugo de aquello que no cabe en su idea del bien.

Hay una crueldad que brota del amor no asumido, de esa ternura que no soporta su impotencia. Los bondadosos (los que predican la integración, la armonía, la reconciliación interior) olvidan que no se puede acoger la sombra sin ser desgarrados por ella. Integrar no es domesticar; es dejar que el monstruo respire en nosotros. Pero el alma virtuosa no soporta esa intemperie: quiere iluminar sin arder, sanar sin enfermarse, comprender sin desmoronarse. Y así su “trabajo de integración” no es más que una sofisticada forma de negación, un modo decoroso de mantener intacta y virginal la propia consciencia.

Lo que ha perdido el bondadoso es la dialéctica de la existencia, esa oscilación perpetua que abarca toda metamorfosis y que es el verdadero movimiento del alma, que crea y destruye a la vez. En su afán de imponer el bien y preservar la claridad, ha olvidado que todo vivir es transfiguración, que no hay creación sin ruina ni pureza que no se alimente del estiércol. La vida no es una línea recta que asciende hacia la virtud, sino un círculo que se consume en su propio devenir: nace y se destruye, florece y se pudre, se ilumina y se hunde en la sombra. El alma, cuando es fiel a sí misma, no teme ese vaivén, porque sabe que solo en el tránsito entre los contrarios se produce su devenir.

Pagamos caro no asumir el vacío. Lo llenamos con dioses, con causas, con bondades y deberes. Pero el vacío no se llena, se habita. Es el espacio donde la indiferencia (no como apatía, sino como sabiduría y paciencia) vuelve posible la coexistencia de los contrarios. Ser indiferente supone no caer en la tentación de querer salvar, es renunciar a la pretensión de pureza, es permitir que el mundo sea solo lo que ya es: un tejido de violencias, amores, ruina y horror que se sostienen mutuamente. Allí donde la virtud quiere ordenar, la indiferencia contempla y aprende de la realidad tal cual es.

Tal vez solo en esa renuncia pueda nacer una forma más alta de piedad: la que no busca redimir, sino comprender; la que no teme la oscuridad, porque sabe que la luz no es su opuesto, sino simplemente lo otro de sí misma. La verdadera bondad no es virtud, sino mirada: una mirada que no corrige ni absuelve, que se deja atravesar por lo que existe sin intentar mejorarlo. Solo entonces el alma deja de violentar lo real, porque comprende que el horror no está afuera, sino que late, dócil y terrible, en el centro de toda pureza, y así esta bien que sea.

Las bendiciones de la violencia

Traducciones

Adolf Guggenbühl-Craig, Alemania

Capítulo V del libro «From the Wrong Side. A Paradoxical Approach to Psychology«, pp. 75-92

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Dios odia la violencia.
– Eurípides, Helena

La violencia pesa sobre la humanidad como una maldición, envenenando la vida de las personas y las familias, las agrupaciones religiosas y políticas, los pueblos y las naciones. Las paradojas y contradicciones que he presentado a través de muchos ejemplos en este libro parecen al principio no aplicarse a nuestra experiencia de violencia. La mayoría de nosotros asumimos que la violencia está claramente mal; ¿pero lo está realmente?

Comenzaré con ilustraciones y ejemplos personales para las tesis que discutiré más adelante. Esta es una forma de proceder que carece de cierta lógica, pero que en este contexto tendrá sentido.

Cuando tenía seis años, había una pequeña plaza rodeada de varias casitas cerca de la casa de mis padres. Era un lugar ideal para que los niños jugaran. Una niña de unos diez años que vivía en una de estas casas era la dueña indiscutible de la plaza, negándose a permitir que otros niños del barrio jugaran allí. Si alguno se atrevía a entrar en la plaza, lo expulsaba con considerable brutalidad. Yo también fui excluido de este hermoso patio de recreo. Un día, cuando regresaba a casa, nuevamente entristecido por la situación, una repartidora de periódicos me preguntó por qué estaba tan abatido y le conté mis problemas. Ella respondió: “Pequeña, llevas zapatos de madera” (práctica aún muy extendida en la época). “Solo haz esto. Marcha hacia la plaza, acércate a esa niña y déjala recibir un par de fuertes patadas en las espinillas con tus zapatos de madera. ¡Verás! Ella no te molestará más. Con cierta ingenuidad, me di la vuelta, entré en la plaza en cuestión, me acerqué a la niña y le di dos fuertes patadas en las espinillas con mis zapatos de madera. Ella aulló con fuerza y huyó llorando a la casa de sus padres. A partir de entonces, dejó solos a todos los niños que querían jugar en la plaza. El hechizo se había roto. Después de mi acto, me sentí bien y estaba satisfecho conmigo mismo. Por así decirlo, había hecho algo positivo para mí y para los otros niños desfavorecidos, ¡pero también había satisfecho mi malevolencia, mi placer infantil en la violencia!

Aquí hay otra historia personal. La maestra de la tercera clase de primaria a la que asistí cuando tenía nueve años era viciosa y mala. Tenía especial interés por los niños de entornos pobres y los trataba con crueldad, incluso golpeándolos. A un niño en particular, llamado Jürg, lo golpeaba brutalmente con una regla por la menor ofensa. Un día, cuando este maestro vicioso se dirigió nuevamente hacia Jürg para golpearlo con la regla, la víctima perdió los nervios. Jürg saltó de su silla y trató de escapar. La maestra corrió tras él, pero el niño había escapado, gritando mientras corría fuera del salón de clases. Unos quince minutos después, la puerta se abrió y una anciana majestuosa entró en la habitación. Era la abuela de la víctima, lavandera de profesión, con quien vivía Jürg. Con la cara enrojecida, se acercó al maestro y le gritó: “Sr. H., si golpeas a mi Jürg una vez más, te golpearé de izquierda a derecha en las orejas hasta que ni siquiera sepas tu propio nombre”. La profesora tartamudeó algo sobre disciplinar y denunciar, y la mujer salió del aula. La profesora brutal nunca más golpeó a Jürg y también se comportó con más cautela con el resto de los estudiantes.

Aquí hay otra historia. Como estudiante de medicina, tenía lo que llamamos la posición desvalida, residente junior en una pequeña clínica psiquiátrica. Los martes y viernes administramos terapia de electroshock, a menudo siguiendo el consejo de la enfermera a cargo o alguien comparable. Si uno de los pacientes había llamado a una enfermera o a otro miembro del personal con un nombre despectivo como «tonto», lo consideraban peligroso, agresivo o depresivo y absolutamente necesitado de tratamiento con electroshock. En aquellos días, EST era una medida terapéutica muy brutal en muchas clínicas. Los pacientes tenían mucho miedo y resistieron con todo lo que tenían a su alcance hasta que pudimos apretar el botoncito y perdieron el conocimiento por el ataque tipo epilepsia. Otro residente y yo administramos estos tratamientos con un sentimiento de horror pronunciado, pero con la convicción de que era terapéuticamente necesario. Hoy cuestionamos si métodos tan brutales realmente ayudaron al paciente. En cualquier caso, nos perturbaron profundamente como estudiantes de medicina. Uno de mis colegas incluso lloró la primera vez que tuvo que administrar EST.

Ahora una historia que no es mía. Hace varias semanas leí el siguiente artículo en un diario británico. Dos chicas de quince años que asistían a la misma escuela secundaria habían estado enemistadas durante mucho tiempo. Una de las chicas difundió el rumor de que la otra estaba embarazada. Durante un receso entre clases se produjo un enfrentamiento. La niña supuestamente embarazada (en realidad no lo estaba) había traído un cuchillo de cocina a la escuela. Ella interceptó a su torturador y amenazó con apuñalarla si no dejaba de difundir rumores sobre ella de inmediato. Su rival se negó a retractarse de sus comentarios mientras los estudiantes reunidos gritaban: “¡Solo apuñala! No tenemos tiempo para esperar a que reúnas el coraje suficiente para hacer algo. La primera niña agarró el cuchillo, apuñaló a su rival y la mató. Luego corrió a casa llorando.

A modo de conclusión quiero mencionar una estadística. Se dice que a la edad de dieciocho años, la mayoría de los estadounidenses, y supongo que la mayoría de los europeos, han sido testigos de decenas de miles de asesinatos y actos de violencia solo en la televisión.

Que la violencia de alguna forma nos acompaña y nos fascina en nuestra vida es claro para cada uno de nosotros. Sin embargo, cuando hablamos de violencia, tenemos que diferenciar las diversas formas que adopta. La violencia física y corporal es el uso de medios físicos para forzar, manipular o torturar a alguien. La violencia psicológica, mental, por otro lado, es igual de importante y ciertamente ocurre con más frecuencia que la violencia física, pero no es tan dramática y no es tan probable que aparezca bajo la rúbrica de “accidente” o “delito”. Contra nuestra voluntad, los humanos nos vemos obligados a hacer o a no hacer. Esto ocurre a través de amenazas de retiro del amor o de chantaje, por ejemplo. También ocurre por la activación de una conciencia culpable, de ansiedad o confusión psicológica. Simplemente podemos ser maltratados y torturados psicológicamente.

Recuerdo a una niña de unos dieciséis años, que estaba completamente bajo el poder de su madre. Su madre se “enfermaba” instantáneamente a la menor diferencia de opinión. “Madre no se siente muy bien; mira lo que le has hecho”, acusaba de vez en cuando el padre sumiso a la hija demasiado concienzuda. También recuerdo al niño de cinco años que llegó a casa del jardín de infantes llorando desesperado. Resultó que la maestra de jardín de infantes había montado un feo juego psicológico con los niños. En la pizarra escribió los nombres de los que más querían sentarse junto a quién. Naturalmente, se hizo evidente que nadie quería sentarse al lado de este chico en particular. El maestro subrayó el nombre de este desgraciado y le dijo: “¡Mira! ¡Ese eres tu! ¡Ese es tu nombre! ¿Qué te pasa que nadie quiere sentarse a tu lado? Tienes que cambiar. Obviamente nadie en la clase te quiere.

Tanto niños como adultos pueden ser torturados tanto con medios psicológicos como con brutalidad física. La violencia psicológica no es menos siniestra y destructiva que la violencia física. Los seres humanos somos seres físicos y psicológicos. Nuestras habilidades son de naturaleza tanto física como psicológica y, por lo tanto, podemos expresar violencia tanto física como psicológicamente. Las relaciones humanas son siempre, independientemente de cuánto amor esté presente, una lucha de poder al mismo tiempo. Este es el caso ya sea que estemos hablando de la relación entre novio y novia, entre hombres y mujeres en general, o entre dos personas en un matrimonio. La violencia, especialmente la violencia psicológica, juega un papel importante como arma en las luchas de poder en todas las relaciones, a veces más, a veces menos.

Dondequiera que miremos, ninguna forma de violencia es nueva. No la violencia entre individuos y grupos, pueblos y naciones, o como medio para mantener el orden dentro de sociedades y estados. La resolución de las luchas de poder individuales y colectivas por medios violentos caracteriza la historia de la humanidad. El fenómeno de la violencia ha acompañado continuamente al género humano hasta el presente. No solo ha acompañado a nuestra especie, sino que también nos ha fascinado. Incluso los defensores de todo lo que es bueno y bello, como Shaw, Sartre y otros intelectuales occidentales, se maravillaron ante las atrocidades de Stalin. No sólo para los intelectuales, sino también para la mayoría de los humanos, la violencia pura, sin sentido, la violencia por sí misma, ejerce una tremenda atracción.

Nuestra actitud consciente hacia la violencia, por supuesto, varía y ha variado mucho. Encontramos un extremo en el cristianismo, el rechazo total de la violencia: “Si alguno te golpea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo 5:39) o “Porque todos los que toman la espada, a espada perecerán”. (Mateo 26: 52). De todos modos, ¿no utilizó Jesús la violencia para expulsar a los cambistas del templo? ¿No es interesante, también, que no podamos encontrar la violencia en la lista de los siete pecados capitales?

El otro extremo es la exaltación reiterada de la violencia. Un ejemplo son las descripciones de Homero de las batallas alrededor de Troya en las que representa las luchas de los héroes con dedicación y entusiasmo. Estas batallas a menudo terminaban en la muerte de uno u otro. Conocemos innumerables historias de batallas de la Edad Media, cómo los corazones de los espectadores latían más rápido al verlo: “Glorioso presenciar cómo los héroes intercambian golpes y la forma en que fluye la sangre”. En Enrique V de Shakespeare , el arzobispo de Canterbury dice:

Mientras que su padre más poderoso en una colina
estaba de pie sonriendo para contemplar a su cachorro de león
forrajear en la sangre de la nobleza francesa.
(Acto 1, Escena 2)

El elogio de la violencia también llena la literatura más contemporánea, como In Stahlgewittern (Tormenta de acero) y Der Kampf als inneres Erlebnis (La batalla como experiencia interior) de Ernst Jünger.

Los “videos brutales” contemporáneos, a los que muchos adolescentes son prácticamente adictos, llevan la presentación realista de la violencia al extremo: cráneos aplastados, extremidades amputadas y todo lo demás igual o más repugnante. Incluso las personas que no se enfrentan directamente a la violencia en su vida cotidiana ven este tipo de películas una y otra vez. Cualquiera de nosotros que por casualidad encienda la televisión verá generalmente a alguien baleado o golpeado en cinco minutos. Aunque más civilizados en su forma, los deportes también nos presentan violencia, aunque sea un ritual, especialmente el fútbol, el rugby, el boxeo y la lucha libre.

Los seres humanos no estamos solos en nuestra propensión a la violencia. La naturaleza, la Creación misma – y por lo tanto también el Creador, Dios – se caracterizan por la brutalidad. Comer o ser comido, destruir o ser destruido, para sobrevivir. La violencia de la naturaleza, además, aparece como la violencia completamente inútil de las catástrofes naturales o los brotes de epidemias. Hasta hace poco tiempo, la mayoría de los seres humanos experimentaban la Naturaleza como amenazante y siniestra por la calidad de su violencia. En la Edad Media, solo los dementes amaban los Alpes con sus avalanchas estruendosas y sus rocas que se precipitaban. Los bellos y apacibles paisajes que hoy nos regalan nuestros paseos dominicales son, por regla general, creaciones del hombre y no del Creador. En paisajes verdaderamente naturales, nos hundiríamos en pantanos, caeríamos en abismos, seríamos mordidos por serpientes o enterrados por deslizamientos de rocas. Contrariamente a nuestra imagen de ella, la Naturaleza no se caracteriza por una armonía pacífica, sino por lo que podríamos llamar actos crónicos de violencia. Parece que incluso las ballenas y los delfines no navegan pacíficamente en alta mar en feliz armonía, sino que se involucran en amargas luchas entre sí.

Los ingeniosos e increíblemente complicados mecanismos de la creación nos impresionan repetidamente, así como la Naturaleza nos conmueve con su aparente belleza. Sólo el sentimentalismo anestesiado podría llevarnos a pasar por alto los hechos violentos y brutales en medio de la “naturalidad”. En 1755 un terremoto destruyó casi totalmente la ciudad de Lisboa. Las principales mentes de la era de la Ilustración de Europa preguntaron en su sorpresa: «¿Cómo podemos seguir respetando a un Dios que comete tales ofensas contra su creación?» Dado que esta creación es tan brutal, ¿no debemos concluir que el Creador es igualmente brutal? Volveré sobre esta cuestión un poco más adelante. En cualquier caso, el hombre, como criatura de este Creador violento, hecho a su imagen violenta, recurre repetidamente a la violencia como medio de afirmación y por puro placer. No encuentro útil considerar la brutalidad del hombre únicamente como una expresión de patología, como un desajuste psicológico o sociológico. Debemos asumir que la violencia pertenece a la esencia del hombre como criatura, ¡una noción profundamente perturbadora para nosotros!

La teoría de los arquetipos es uno de los conceptos fundamentales de la Psicología junguiana. Los junguianos asumimos que la psique humana no surge de un solo molde, sino que resulta de muchas psiques, fuerzas o aspectos psicoides diferentes, lo que llamamos arquetipos. Entonces, desde una perspectiva junguiana, ¿cómo debemos clasificar la violencia humana? ¿Es nuestra tendencia hacia la brutalidad y nuestro placer en ella una fuerza en sí misma, un arquetipo, o simplemente parte de algún otro arquetipo? El completo rechazo de la violencia por parte del cristianismo y de muchos individuos modernos es completamente comprensible. (Los pacifistas, al menos en Europa, son en su mayor parte herederos de la tradición cristiana, incluso si su rechazo a la violencia no se basa en creencias religiosas). Por definición, la violencia es ante todo algo puramente destructiva. A través de la violencia, ya sea física o psicológica, “obligamos” a otra criatura, un ser vivo, humano o animal, a comportarse de manera diferente a como le gustaría o elegiría comportarse. Destruimos así una parte de su ser; bloqueamos la realización de las intenciones, deseos y esfuerzos de otros. La violencia siempre conlleva destrucción.

¿Cómo podríamos entender los junguianos el significado arquetípico de la violencia? ¿La violencia pertenece arquetípicamente a la sombra? Por supuesto, por “sombra” no me refiero simplemente a todo lo que yace en lugares oscuros, cualquier cosa de la que no seamos conscientes. No me refiero, como suele ser el caso cuando se aborda la “sombra”, a cualquier cosa que rechacemos individual y colectivamente por las más diversas razones. No me refiero a nada que no se corresponda con nuestro ego ideal. La sombra arquetípica es aquella que, según Jung, es totalmente destructiva, el asesino y auto-asesino en nosotros. También debemos darnos cuenta de que, sin la sombra, el hombre no tendría alma, no tendría conciencia de ningún tipo. Sólo quien puede decir “no” a la creación es capaz de decirle “sí”. Wolfgang Giegerich abordó este punto en una conferencia de 1991 en Lindau («Killings: violence from the soul»). Sugirió que consideráramos la matanza sin sentido de animales, su masacre al por mayor, como un acto de sacrificio, como el momento del nacimiento del alma humana.

En el lenguaje de Freud nos referiríamos a la sombra como Thanatos. En Beyond the pleasure principle, Freud describe dos instintos fundamentales de la vida humana, Eros y Thanatos. Eros sirve para promover la vida, la propia y la de los demás, mientras que Thanatos busca destruirla. La sombra arquetípica estaría por tanto relacionada con Thanatos, la pulsión de muerte, independientemente de que esta pulsión fuera consciente o no. La sombra arquetípica consciente, el asesino y el auto-asesino en cada uno de nosotros, es tan activo, siniestro e incontrolable como el inconsciente.

Dado que la violencia busca la destrucción, bien podría tener que ver con la sombra arquetípica, lo que explicaría por qué la violencia parece ser inherente a la naturaleza humana. Sin embargo, la ecuación, la violencia es igual a la sombra arquetípica, no se demuestra completamente. Si evitamos que un niño corra por una calle concurrida mediante el uso de la violencia, ciertamente no estamos actuando en aras de la destrucción. Al contrario, estamos usando la violencia por amor. Quizás la violencia sea algo así como un mercenario germánico en el Imperio Romano. Los soldados mercenarios representarían partes escindidas de la sombra, útiles cuando se aplican correctamente, pero listas en cualquier momento para asesinar y saquear. La pregunta es, «¿Qué hace la diferencia?» Yo propondría que necesitamos diferenciar entre la violencia con Eros y la violencia sin Eros.

A menudo nos vemos impulsados a hacer cosas que nos dañan a nosotros mismos o a los demás, ya sea que lo hagamos por ignorancia o por destructividad. Sin embargo, más comúnmente estamos divididos en nuestras intenciones y nuestros esfuerzos. Somos ambivalentes, tirados de un lado a otro, por así decirlo, entre Eros y Thanatos. Lo que queremos o lo que nos impulsa no siempre es para nuestro beneficio. A menudo, nuestros semejantes apoyan nuestras intenciones positivas a través de la violencia física o psicológica mientras reprimen las negativas por los mismos medios: ¡para nuestro bienestar e integridad! Muchos son los rescatados de la ruina no por persuasión suave, sino por la fuerza física o psicológica. Ciertamente es deseable y beneficioso proteger a otros de la violencia con contraviolencia. Cuando vemos a una mujer agredida en la calle, es justo que nos lancemos sobre su agresor y le impidamos por la fuerza que lleve a cabo su intento criminal. Sin duda, sería falso simplemente quedarse al margen y solo intentar disuadir verbalmente al atacante de más violencia.

Podemos usar la fuerza o la violencia al servicio de Eros o, dicho en términos más simples, al servicio del ser humano individual o de la comunidad humana. También podemos usar la violencia al servicio de lo destructivo, lo malicioso, de la sombra arquetípica, el asesino y el auto-asesino en cada uno de nosotros. Este último uso de la violencia puede tener terribles consecuencias. Hay ciertos individuos cuya relación con Eros es extremadamente débil mientras que su relación con Thanatos, con la sombra arquetípica, es bastante fuerte. Hace varias décadas, los psiquiatras aplicaron el término «psicópata» o «locura moral» a estos casos. Los por qué y para qué de este fenómeno de la deficiencia moral no han sido establecidos y, quizás, nunca lo serán. El hecho es que existen individuos que dirigen sus esfuerzos principalmente hacia la aniquilación de quienes los rodean, si no de ellos mismos. Cuanta más destrucción encuentren o puedan causar, mejor. Recuerdo que Saddam Hussein sonrió cuando anunció en la televisión iraquí: “Todo el Medio Oriente se convertirá en un infierno”.

Tales psicópatas pueden causar estragos terribles usando la violencia sin escrúpulos con fines destructivos, sin importar si son líderes empresariales, políticos, dictadores o criminales. Como no tienen escrúpulos, nadie más es rival para ellos. Sus objetivos son inequívocos porque no sufren la ambivalencia de la moralidad. Sus energías están concentradas y enfocadas. Es algo así como un milagro que los psicópatas no sean los principales gobernantes de la humanidad, ya que no dudan ante nada en la selección de sus métodos. Afortunadamente, parece que a la larga, siempre hay seres humanos individuales y pueblos que se atreven a defenderse con violencia -la violencia de la que desconfían profundamente- mientras confían en Eros. Cuando los psicópatas dominan áreas específicas de la actividad humana, pueden controlarse hasta cierto punto con la ayuda de la ley y el orden. Cuando, en cambio, han logrado posiciones como líderes de naciones, es difícil saber cómo tratar con ellos. Aquellos de nosotros que somos amantes de la paz estamos atrapados en un dilema trágico. ¿Debemos dejarnos conquistar, dominar o destruir? ¿O deberíamos recurrir a la fuerza para defendernos y correr el riesgo de ser destruidos de todos modos?

Me gustaría volver a una referencia del cristianismo citada anteriormente: “Todos los que toman espada, a espada perecerán” (Mateo 26: 52). El uso de la fuerza, como sugiere este refrán, conduce a una escalada a nivel colectivo e individual. En ninguna parte la violencia es algo neutral. No es una energía o un instrumento que podamos emplear sin peligro. El peligro está presente incluso cuando nuestras intenciones son buenas, nuestra relación con Eros fuerte y nuestro propósito es la preservación de nuestra vida o la de los demás. Visto psicológicamente, la violencia es una fuerza en sí misma, tal vez, como he sugerido, muy similar a la sombra arquetípica. Por sí mismo busca destruir, incluso cuando la destrucción a veces puede funcionar para el bien. Si la violencia no es idéntica a la sombra arquetípica, al menos apela a la sombra arquetípica en nosotros. Cada vez que recurrimos a la violencia, incluso al servicio de Eros, estamos invocando nuestro lado destructivo, lo que yo llamo el asesino y auto-asesino en nosotros.

Las dos primeras historias que conté, la historia de la niña a la que pateé con mis zapatos de madera y la de la abuela del niño torturado, son claros ejemplos del uso de la fuerza con Eros. La sensación que tuve cuando pateé a la chica en la espinilla no solo era una preocupación por mis semejantes, sino también un cierto placer en causarle dolor. No sé cuáles fueron los sentimientos de la abuela cuando amenazó con dar una bofetada a la maestra. La suya fue una acción noble: usó la fuerza por su sentido de Eros. Al mismo tiempo, quizás también se complacía en humillar a la maestra.

La situación psicológica con el otro residente y conmigo cuando administrábamos la terapia de electroshock era mucho más complicada y horrible. Habíamos aprendido que EST era terapéuticamente útil. Por otro lado, vimos completamente la necesidad de castigo y la brutalidad de la enfermera jefe y el jefe de ordenanzas. También vimos a través de nuestro placer en la brutalidad hacia los pacientes, aunque intentamos equilibrarlo con nuestra atención cuidadosa antes, durante y después de la administración de los tratamientos. Sobre todo, la indicación médica justificaba este placer, este goce de la brutalidad, aunque nosotros, por supuesto, reconocíamos que era cuestionable.

La historia de la colegiala que apuñaló a su compañera de clase es un ejemplo de violencia sin Eros, de violencia como expresión de la sombra destructora, arquetípica. Esto se aplica también a las actividades asesinas teñidas de ideología o religión de Genghis Khan, Robespierre, Hitler, Franco, Stalin, Mao, Saddam Hussein y otros criminales de la historia mundial y sus secuaces.

Como señalé antes, la brutalidad, la característica brutal de los seres humanos, está estrechamente relacionada con la sombra arquetípica en nosotros o, al menos, es su prima. No podemos embellecer este parentesco. Tenemos que mirar este hecho terrible a los ojos cada vez que consideramos cómo y cuándo y si debemos emplear la violencia. Debido a que la brutalidad está al menos relacionada con la sombra arquetípica, podemos comprender fácilmente por qué muchas personas advierten contra la violencia en principio. También podemos entender a aquellos que llegan a vislumbrar la posibilidad de un mundo sin violencia. Ese tipo de mundo probablemente no sea posible, ya que como arquetipo, la Sombra pertenece a la naturaleza de los seres humanos, tal como la conocemos hoy. Pertenece a cualquier naturaleza que continuamente intenta ser consciente de sí misma. El uso de la violencia psicológica y física, ya sea de forma individual o colectiva, siempre significa que nos valemos de lo destructivo. Por eso, constantemente existe el peligro de que la destrucción tome el control, incluso si en un principio quisimos usar la violencia sólo al servicio de Eros. Sin embargo, el peligro no nos excusa de tener que armarnos de valor para emplear la violencia con Eros cuando surja la necesidad, como una bendición, en otras palabras.

Esta pregunta no es un coqueteo intelectual abstracto, sino un problema muy concreto. No podemos imaginar, por ejemplo, una nación moderna sin una fuerza policial bien organizada. Naturalmente, la policía solo puede funcionar cuando está dispuesta en ciertos casos a usar la violencia para proteger a los ciudadanos contra el crimen y los delincuentes. Usar la fuerza de esta manera es jugar con el asesino y el auto-asesino que hay en nosotros. Idealmente, entonces, un policía debería ser alguien que esté preparado para participar en ese juego, para acercarse al asesino y auto-asesino en sí mismo y usarlo para el bienestar de la comunidad. Debe emplear su brutalidad para servir a Eros sin permitir que este arquetipo lo controle.

Aquí me gustaría abordar el problema de los que objetan y de los que se ofrecen como voluntarios para el servicio militar. Ciertamente podemos encontrar camorristas y Rambos entre los voluntarios y entre los objetores de conciencia, auténticos pacifistas que operan desde su idealismo. (¡Podemos empezar a comprender su pacifismo cuando reconocemos el horror de la violencia!) Muchos voluntarios militares son tan amantes de la paz o más amantes de la paz que los objetores de conciencia. Aceptan el riesgo de exponerse a la fuerza profundamente aterradora de la violencia por el bien público. Los voluntarios para el servicio militar a menudo son tremendamente idealistas, sacrificando mucho tiempo y energía por algo que es terrible y desagradable para ellos. Entre los objetores de conciencia hay muchos que están cerca de la violencia y, por ello, se oponen a hacer el servicio militar. Cuántas veces los escuché decir mientras les hacía los exámenes físicos: “No sé qué podría hacer si tuviera un arma cargada en mis manos. ¡Probablemente le dispararía a la primera persona que viera!”

Mi visión de la brutalidad como una característica inalterable de los seres humanos puede parecer pesimista. Realmente no creo que el león y el cordero alguna vez vivirán en paz y armonía en esta tierra. Voy a dar un paso más. La verdadera brutalidad en este mundo viene de Dios (en la medida en que Él existe) o de los dioses. Nadie es tan brutal como Él. Por regla general, Dios y los dioses se caracterizan por ser brutales. Sólo cuando la creencia en Dios (y los dioses) perdió gradualmente su fuerza y realidad, el hombre comenzó a pensar en Dios principalmente como amor : “Dios es amor, repito, Dios es amor”. Cualquiera que pueda decir esto no ha experimentado a Dios. Casi todas las religiones describen a sus deidades como aterradoras, brutales y espantosas. Esto difícilmente podría ser de otra manera ya que la creación, la naturaleza y el hombre (con su pretensión de ser hechos a la imagen de Dios), es en sí mismo brutal.

Supongo que un encuentro con Dios o con lo trascendente, per se, solo puede ocurrir cuando experimentamos el lado violento de Dios, la creación y la humanidad también. Nos encontramos con Dios y el mundo tanto en lo horrible como en lo bello y lo sublime. Nos encontramos con Dios tanto en los truenos y relámpagos como en una puesta de sol impresionante, tanto en las catástrofes naturales como en un paisaje romántico e idílico. Experimentar el amor de Dios, el lado amistoso y no destructivo de la creación y la humanidad, es fácil y placentero, y requiere poco de nosotros. La verdadera Auseinandersetzung con Dios y el mundo tiene lugar sólo cuando nos enfrentamos a la brutalidad de Dios y, a través de ella, nos acercamos de alguna manera a Él.

Tengo que seguir la última declaración con una advertencia: de ninguna manera pretendo glorificar la violencia. Glorificar la violencia es evadir lo terrible. La violencia, prima segunda de la sombra arquetípica, es terrible, terrible y espantosa, tanto colectivamente como en casos individuales. Solo podemos glorificarlo minimizándolo, negando así su naturaleza demoníaca. Destacaría, por tanto, lo siguiente: La violencia es de Dios; pertenece a la creación ya la humanidad. Esto es muy difícil para nosotros de aceptar, así como también es difícil reconocer, aceptar y experimentar conscientemente nuestra sombra arquetípica. A menudo intentamos evadir esta dificultad buscando las causas de la brutalidad de la humanidad. Ciertamente existen causas y contextos específicos de naturaleza psicológica, sociológica, política, económica, religiosa y cultural. La violencia en sí misma, sin embargo, no tiene causa. La violencia es un atributo esencial de la humanidad, relacionado con nuestra sombra arquetípica, nuestro asesino y auto-asesino.

Esto me lleva a una cuestión muy delicada que no he considerado hasta ahora. Casi tengo miedo de abordar el tema, es decir, la cuestión de la relación de la violencia con el género. ¿La violencia, acaso, no es realmente algo humano, sino algo masculino, resultado del Patriarcado? ¿Son los hombres, como los conocemos desde el Patriarcado, violentos, mientras que las mujeres son amantes de la paz? ¿Es lo “Masculino” per se violento y lo “Femenino” pacífico, no violento? Esta es una teoría que escuchamos de vez en cuando y que ya he mencionado. Según esta teoría, cuando el Patriarcado haya sido superado y el Femenino reine, la guerra y la violencia de todo tipo terminarán o al menos disminuirán. ¿Son las mujeres verdaderamente no violentas o menos violentas en comparación con los hombres?

Podemos responder a la pregunta, «sí y no». He señalado que hay dos variedades de violencia, física y psicológica. Es el caso, y no sabemos por qué, que durante los últimos miles de años de la historia humana, los hombres han sido físicamente más fuertes que las mujeres. Qué más natural que los hombres, por su fuerza física, que tengan tendencia a la violencia física y tengan preferencia por esta forma de violencia en el trato con mujeres y otros hombres. En cualquier caso, en la guerra de los sexos, no habría tenido mucho sentido que las mujeres recurrieran a la violencia física. Los hombres claramente han tenido la ventaja. Por eso, los hombres mantuvieron y mantienen su dominación y poder a través de la violencia física.

Hasta hace poco, la mayoría de los países europeos garantizaban legalmente la violencia física hacia las mujeres: un esposo tenía el derecho legal de golpear a su esposa. En este siglo, particularmente en las últimas décadas, la fuerza física ha perdido cada vez más su importancia, jugando un papel cada vez menor en las relaciones. La tecnología lo ha hecho gradualmente superfluo. Ha sido destronado, por así decirlo, en la vida cotidiana, en el trabajo y, por tanto, también en las relaciones entre géneros. Por mi parte, no creo que la violación y el abuso de mujeres vayan en aumento; simplemente son más el foco de atención del público. Son un atavismo ya que el propio uso de la violencia física es atávico.

En el área de la sexualidad, la fuerza física juega un papel importante para los hombres. El hombre no sólo puede dominar a la mujer por su fuerza física, sino que desde una perspectiva puramente anatómica, el hombre puede hacer valer sus deseos sexuales más fácilmente que una mujer. Una mujer no puede obligar a un hombre a tener relaciones sexuales, no por una disparidad en la fuerza física sino por diferencias anatómicas. Hasta ahora, las mujeres han estado mucho más a merced de los deseos sexuales de los hombres que al revés. Esto no significa que las mujeres no sean tan violentas como los hombres. La naturaleza –Dios– ha limitado a las mujeres en cuanto a la violencia física y sexual y, por lo tanto, probablemente ellas hayan desarrollado el arte de la violencia psicológica más a fondo que nosotros los hombres. Cuanto más pierda importancia la fuerza corporal, ya no esté “de moda”, más mujeres saldrán victoriosas en la batalla de los sexos, al menos por el momento.

Por lo que puedo decir, las mujeres a menudo disfrutan de una superioridad sobre los hombres en el uso de la violencia psicológica. Ciertamente, hay tantos hombres que han sido gravemente heridos psicológicamente por mujeres (madres, esposas, amantes, hijas) como mujeres que han sufrido daños por la violencia física de los hombres. No estoy simplemente sacando esta declaración de mi sombrero. He observado una y otra vez que, en medios en los que la violencia física todavía juega un papel importante (entre los trabajadores de cuello azul, por ejemplo), los hombres a menudo no tienen miedo de sus esposas, sino todo lo contrario. Cuanto menos se acepta la fuerza corporal, la violencia física, cuanto menos valora el medio estas cualidades, más los hombres parecen temer a sus esposas. He observado una y otra vez cómo los hombres de clase media alta apenas se atreven a defenderse de las demandas de sus esposas. Si examináramos los matrimonios más de cerca y conociéramos mejor a un número mayor, reconoceríamos claramente que las mujeres son tan brutales como los hombres con los que viven. Generalmente, la violencia no es tanto de naturaleza física sino psicológica. Menospreciando o suspirando en el momento justo, ¡a menudo podemos lograr más de lo que podríamos con un golpe!

Tenemos que tomar todas las generalizaciones con pinzas. Hay hombres que entienden la guerra psicológica mejor que las mujeres y muchas mujeres que son físicamente más violentas que los hombres. Mitológicamente, las diosas no son menos violentas que los dioses. En la medida en que dioses, diosas y otras figuras mitológicas simbolizan lo arquetípico, la idea de la ausencia de violencia en las mujeres es difícil de sostener. Podríamos pensar en las Amazonas amantes de la guerra y felices en la batalla o las Gorgonas, Medusa, por ejemplo, cuya sola mirada era letal. Podríamos recordar a la diosa hindú Kali, la gobernante engalanada con huesos del lugar de los cráneos en cuyo honor se sacrificaron cientos de cabras y que bebía sangre de un cráneo humano. Podríamos recordar a Tawaret de Egipto, león, hipopótamo y mujer, devoradora y mortífera, o a Hathor, la diosa de la guerra, o a Morrígan, la diosa celta, representada como un cuervo devorador de cadáveres.

La situación en el cristianismo es algo confusa ya que adoramos lo que consideramos un Dios “masculino”. (A pesar de su ascensión al cielo, María no es verdaderamente una diosa). Sugiero que nuestro Dios cristiano es violento no porque sea «masculino», sino porque es divino. Incluso si oráramos, “Madre nuestra que estás en los cielos,” en lugar de “Padre nuestro…”, todavía tendríamos que confrontar los aspectos terribles y brutales de la Deidad.

Me parece que la violencia no es algo que tenga nada que ver con lo masculino o lo femenino: solo la naturaleza de la violencia tiene que ver con el género. Sin embargo, entiendo por qué a menudo se dice que la violencia es únicamente un fenómeno masculino. Nos gustaría poder localizar la violencia para no tener que enfrentarnos a su realidad, para mantener la ilusión de que podemos eliminar la causa de la violencia. Si la brutalidad es un fenómeno humano universal, incluso un fenómeno divino, no tenemos más remedio que enfrentarlo. Tenemos pocas esperanzas de que simplemente desaparezca. Por lo tanto, no deberíamos intentar minimizar la violencia localizándola causalmente. Lidiar con la violencia consiste en tener el coraje de reconocer que como seres humanos somos violentos, que tendemos a la violencia y que no podríamos vivir sin violencia. En este sentido, los estadounidenses son más honestos. Tienen un dicho; “La violencia es tan estadounidense como el pastel de manzana”. Sin embargo, la violencia no es solo estadounidense. Es humana, propia de hombres y mujeres, propia de niños y adultos, sin detenerse siquiera en la vejez.

Como psicólogos, a menudo no somos terriblemente valientes en la confrontación con la violencia. Intentamos evitar el problema principal mediante el uso de terminología latina como «agresión» o «la inhibición de la agresión». La agresión es un concepto neutral, un término abstracto con raíz latina y significa simplemente “acercarse a algo, agarrar algo”. No es el placer de agarrar lo que es problemático para nosotros en la naturaleza humana. El problema es que los humanos somos violentos en el sentido de que a veces obtenemos placer al frustrar y hacer añicos las intenciones de nuestros semejantes. Podemos aplicar la violencia constructivamente o podemos ser víctimas de ella. ¿No corremos los psicoterapeutas el peligro de abusar de la violencia? Expresado con más moderación, ¿nuestra comprensión psicológica no nos proporciona métodos demasiado a mano para la violencia psicológica?

Mencioné anteriormente que diferencio entre violencia física y psicológica. A lo largo de este capítulo también he subrayado que la violencia psicológica ha adquirido una importancia cada vez mayor en las relaciones entre los individuos. En consecuencia, la fuerza física y, con ella, el uso de la violencia física ha perdido importancia. Como psicólogos también somos especialistas en manipulación psicológica. Siempre manipulamos un poco a nuestros pacientes y a nuestros semejantes, queramos o no. Idealmente, los psicoterapeutas, como especialistas en violencia psicológica, usamos nuestra habilidad con Eros, con amor, al servicio de la humanidad. Siempre existe el peligro de que usemos la violencia psicológica inherente a nuestro conocimiento de la psique no con Eros, sino fuera de la sombra arquetípica. Así, los psicoterapeutas son tan capaces de hacer un daño terrible como de hacer un bien tremendo.

¿Qué pasa con las bendiciones de la violencia, que he estado rastreando en el contexto de buscar todo lo paradójico en psicología? Durante mucho tiempo busqué tales bendiciones, pero no pude encontrar ninguna. Sólo reconocí que cuando usamos la violencia con Eros siempre es muy peligroso, incluso si se puede aplicar constructivamente. Entonces finalmente vino a mí. Para crecer y desarrollarnos psicológicamente tenemos que confrontar la totalidad de nuestra humanidad. Esto es más difícil en relación con la sombra arquetípica, el asesino y auto-asesino en nosotros. Esta sombra es ciertamente más específicamente humana. Señalaría que quien no puede decir “No” a la creación tampoco es capaz de decir “Sí”. Como dice Giegerich, si el hombre nunca hubiera matado a un animal por el simple hecho de matar, no sería la criatura que es hoy. Al mismo tiempo, es infinitamente difícil, si no imposible, acercarse a este terrible arquetipo, la Sombra, experimentarlo y confrontarlo.

Muchos jungianos, sin duda, hablan de la necesidad de la integración de la sombra. ¿Cómo vamos a “integrar” al asesino/autoasesino? Sin embargo, esta es la dirección en la que podemos encontrar las bendiciones de la violencia. Usar la violencia en nombre de Eros nos permite experimentar, incluso vivir, la sombra arquetípica sin causar demasiado daño. Cada vez que empleamos la violencia física o psicológica, experimentamos nuestro placer en la destrucción, experimentamos nuestra sombra destructiva. Somos capaces de vivirlo, pero, si tenemos suerte, no de destruir. La violencia es una bendición si tenemos el coraje de emplearla bajo la bandera de Eros. Al mismo tiempo, debemos admitir que este uso de la violencia anima algunas de las capas más profundas de nuestra psique. Cuando esto sucede, nos encontramos con nuestro asesino y auto-asesino. Tenemos que enfrentarnos a la sombra arquetípica. Por razones psicológicas y religiosas, tenemos que ver y experimentar lo aterrador en nosotros mismos, en el mundo y en Dios, incluso si la experiencia nos parece horrible. Aquí podemos aprender de la violencia. Aunque sea horrible, a través de la violencia con Eros tenemos la oportunidad necesaria de experimentar lo horrible.

La capacidad de estremecerse es la mejor parte del hombre;
No importa cómo el mundo eleve el sentimiento,
Él es sacudido hasta la médula por su monstruosidad.

(Johann Wolfgang von Goethe, Fausto, Parte 2, Acto 1)

La gente nos acusa continuamente a los psicólogos de vivir en una torre de marfil. Dicen que atendemos a los individuos pero descuidamos nuestro deber como ciudadanos, que no tenemos interés por la polis. Por esta razón, abordaré el tema de la política en el próximo capítulo, aunque no es mi área de especialización.

El problema anímico de la violencia

Logos del alma

Duerme el tigre. La sangre de este sueño,/gotea. 
Eduardo Lizalde

Quizás no haya una narración mitológica que no comience con un episodio de violencia, las cosmogonías antiguas inician siempre con el asesinato de los viejos dioses, con la separación violenta de los amantes en el hieros gamos o con el sacrificio de un animal primordial. Más tarde, la guerra se volverá el pretexto que pondrá en movimiento a la historia de los héroes. En todos estos ejemplos tampoco el amor es libre del impulso violento y en numerosas ocasiones el deseo amoroso ha de ser la antesala de la destructividad.

Walter Burkert caracterizó al hombre como un homo necans, proponiendo que la característica definitoria del ser humano es su impulso asesino. Contrario a sus pobres recursos como depredador, el hombre primitivo se entregó a la caza y al ritual del sacrificio y en la medida en que mataba al animal como su propio otro, de la sangre emanada se construían las formas culturales que darían pie a la civilización.

Wolfgang Giegerich notaría que el alma se mata a sí misma para ser, es decir que la matanza fue el acto primigenio en el andar de la consciencia hacia sí misma, y que en la búsqueda de su otro dialéctico el andar del proceso anímico siempre ha sido impulsado por la sed de sangre, por el reconocimiento de lo semejante por conducto del acto interiorizador de la matanza. El alma solo emerge de su contención en la naturaleza por medio de un golpe estremecedor que resuena a través de las eras y que crea, en la apertura del claro, la vivencia del presente, a la vez que el recuerdo del pasado.

La expansión de la cultura griega se sostuvo en las continuas guerras y matanzas de los romanos, Europa se abrió al proceso globalizador que dio fin a la Edad Media después de la mortandad de la peste y de la barbarie de las cruzadas. Fue la matanza de millones de indígenas americanos lo que impulsó la edad moderna, y el salto tecnológico de la actualidad tuvo como su fuente el holocausto sin precedentes de la Primera y la Segunda Guerra Mundiales. Por último, el mapa geoeconómico actual está sostenido por la masacre continua de guerras civiles, intervenciones extranjeras, dictaduras y políticas impulsadas por las grandes transnacionales, que destrozan el ambiente y a los pueblos oriundos, con guerrillas, narcotráfico y trata de blancas. La historia humana es un rio de sangre.

Sin embargo, la violencia no ha sido comprendida en cuanto a su naturaleza como fenómeno del alma, ella misma ha estado presente en las imágenes que configuran el panorama de la relación del hombre con la consciencia, y es característico del movimiento anímico ser asumido como violento en los cambios que dejan atrás símbolos muertos y dioses olvidados.

Los fenómenos violentos no son comúnmente atendidos sino para ser condenados como formas abyectas de la cultura, de la historia, del carácter individual y como posiciones patológicas que debieran ser curadas por medio de su control y exterminio. Pero, es curioso como el lenguaje medicalizador está plagado de metáforas bélicas y las fantasías de salvación, curación o progreso no pueden deshacerse de su matiz destructivo.

En la tortuosa senda que transitan los fenómenos hacia la consciencia de sí mismos, indudablemente el puente de la violencia deberá ser cruzado, y no dejarán cabeza sobre ningún hombro para poder llegar al lugar del otro, a la plena realización de sí mismos como noción absoluta. Quizás sea aquí, en su apoteosis, donde el impuso hostil pueda ser resuelto y no en las arengas santurronas de quienes asustados por el miedo a la muerte confunden la moralidad humana con la lógica de los fenómenos.

Tal vez el problema de la violencia no radique en cómo deshacerse de ella, sino más bien en aprender a atenderla de manera adecuada para ser capaces de brindarle un lugar en la mesa del pensamiento y así evitar que se vuelva inconsciente de sí misma y que arrastre a las conductas hacia la destrucción superflua. Pero aun este precepto está asentado en una esperanza ingenua y posiblemente al alma le importen poco nuestros deseos y necesidades y siga ejerciendo su violencia contra nosotros como las víctimas sacrificiales que siempre hemos sido.

En la turba cansada de la agresión de los agresivos, aquella que mata violentamente a sus agresores, en el hombre que golpea a su mujer, en la mujer que descarga su rencor contra sus hijos, en la pareja que se desea con furia, en las imágenes asesinas que nadie confiesa pero que todos imaginan de vez en cuando, ahí tiene su asiento el psiquismo del hombre, como un reflejo del proceso anímico que es a la vez un veneno así como un remedio, un phármakon que pende de un equilibrio muy frágil que hace de cualquier hombre honesto el más cruel de los asesinos y que expresa una verdad de nuestros tiempos: que las manos de cualquiera están llenas de sangre de sus semejantes, porque el no reconocer la violencia, como diría Rene Girard, es ya haber asesinado a nuestros hermanos.

El término “feminicidio” como ejemplo de un concepto paranoico

Logos del alma

I

Un problema específico con el término «feminicidio» es que engloba muchas variantes del asesinato sin atenderles debidamente y se convierte en un concepto hegemónico, consumido por la polivalencia de las variedades del comportamiento violento. Con tal término se pretende entender un fenómeno mucho más complejo, es decir, se intenta reducir al hecho de la violencia a una sola expresión y se diluyen en él otros tantos elementos aunados, pero no iguales entre sí. Al final no se logra entender ni el feminicidio ni la violencia, pues se intenta comprender, prevenir y resolver el problema de la hegemonía de la violencia con base en una noción también absolutista.

II

¿Por qué matamos? Por codicia, por miedo, por maldad, por pasión, por odio, por amor, por negocios, al ejercer poder, por accidente. El fenómeno del asesinato es distinto en cada caso y el asesino, como narrativa, tiene siempre un trasfondo particular. Todo individuo es un asesino en potencia si las circunstancias son favorables para desatar tal violencia. La imagen literalizada de la muerte subyace en cada persona. Entonces, al conjuntar una serie de situaciones en un término hegemónico ¿qué pasa con todas esas variantes? Ellas se pierden y es así que el concepto de la violencia es evadido ya que se le ha despojado de su complejidad para así poder libremente proyectarlo en cualquier objeto reflectante (un individuo, un grupo social, racial o de género). Por lo tanto, no se resuelve la violencia simplemente se otorga su responsabilidad a alguien más, primero al asesino, luego a un grupo social (los hombres, los pobres, los negros, etc.), pero los fenómenos sociales no pertenecen a individuos sino a la colectividad.

III

Cuando se sabe de un crimen, en la mayoría de los casos, se juzga de manera inmediata y de forma desfavorable, al victimario o a la víctima, se sacan conclusiones apresuradas; el propósito de este actuar es desembarazarse lo más pronto posible de aquello que se asemeja a nosotros en el otro al borrar todo rastro de semejanza. El otro se convierte en un objeto para poder descargar lo más oscuro de cada persona. El asesino o el culpable siempre es el otro y “nada de lo que hace tiene que ver conmigo o con mi grupo” dice la persona cotidiana. Tal razonamiento surge de una visión polarizada de la realidad, en ella la sombra no se integra en la propia concepción del mundo, el mal permanece, debe permanecer, afuera. Este tipo de pensamiento, polarizado, es germen de las ideologías pues es sencillo y falto de compromiso, es el lecho de los hombres buenos.

No es fácil asumir que el asesino y la víctima son responsabilidad de todos, que se bebe constantemente de la misma fuente y que somos abrazados por la misma oscuridad que aqueja al prójimo, porque aquello que incitó la acción más terrible en el otro vive dormido en cada persona.

IV

El pensamiento paranoico esencialmente divide al mundo en culpables y víctimas, siendo por supuesto, el grupo que lo ejerce el dueño de la razón y la justicia. De esa forma uno puede dejar de hacerse responsable de su participación en la dinámica social que permite e incluso necesita que ciertos crímenes atroces sucedan. No tenemos que preguntarnos si nuestro estilo de vida se sostiene en la necesidad de esclavos, trata de mujeres, tráfico de órganos, guerras sistemáticas, pornografía infantil, asesinos seriales, etc. Todo ello está clasificado en el concepto social del mal y es mejor no pensar mucho en ello, no sería bueno para la digestión y el buen dormir. Pero en cuanto es inevitable voltear hacia el horror es mejor que sea lejano y que sea culpa de otro, sobre todo de un monstruo, un ser sin cara o de cara terrible, sin emociones, loco, muy diferente a cualquiera de las “buenas personas”.

Freud llamaba a este mecanismo de defensa “proyección” y para él era el resultado de enfrentar aquello propio demasiado difícil de tratar como si viniera de afuera. Pero no viene de afuera, le pertenece a cada persona. El gran problema de este mecanismo de defensa es que la identidad del sujeto queda escindida, pues es necesario asumir lo terrible como propio para poder ser uno mismo.

Sin embargo, el pensamiento paranoico tiene otra función importante, una función política que se fomenta cuando se quiere convencer a la población de ciertas ideas, en entonces que surgen los enemigos de los buenos, de los justos, de la democracia, de la libertad, de la mujer, del hombre o de lo que mejor convenga a los intereses en turno.

V

La función política de la palabra feminicidio es evidente cuando es utilizada por el movimiento, partido o ideología en turno como una bandera de alarma. Las víctimas se vuelven entonces productos a los que se puede explotar de manera libre, sin restricciones y son usadas como proyectiles para atacar al grupo enemigo. La palabra feminicidio es así una categoría mercenaria, hecha a la medida para asesinar a las ideologías rivales.

Esto se ha visto una y otra vez a lo largo de la historia, los líderes políticos usan este tipo de palabras para afianzar su credibilidad, nada convence tanto como un enemigo común y un grupo propio lleno de virtudes, es muy tentador ser salvos de pecados y pertenecer a los “buenos”, aún a costa de responsabilizar a los demás de tales vicios.

Las personas ven a través de las ideas y si una idea se promulga como superlativa entonces la gente comenzará a vislumbrar el mundo a través de la nueva categoría emergente. Lo que antes no sobresalía, lo hace repentinamente gracias al incremento de la atención sobre el fenómeno social, lo que aumenta es la atención no el fenómeno, en psicología se conoce a este proceso como “atención selectiva”.

Esta atención selectiva es aprovechada y magnificada, moldeada y vendida, se le envuelve con eslóganes (“ni una más”, “las queremos vivas”, etc.) y se le lanza al mercado. Este nuevo producto, este espectáculo nuevo, no es importante por sí mismo, lo es en la medida que funciona como caballo de Troya para la ideología a la que se adhiere.

Por lo tanto, la pregunta (una pregunta terapéutica) que hay que hacer, antes incluso de querer resolver el problema al que apunta la palabra feminicidio es ¿a quién le conviene que exista tal término? ¿quién se beneficia por los fenómenos que desencadena?

VI

Se puede concluir que la palabra “feminicidio” tiene una función política, surge de la necesidad ideológica al servicio de un grupo, promueve el miedo y la intolerancia y se adhiere a la necesidad humana de excluir lo extraño y asegurarse en lo conocido.

Como categoría social, estigmatiza y reduce un fenómeno complejo a una expresión mínima que no lo representa, exalta una de sus variantes, pero deja en la oscuridad a la miríada de formas que tiene la violencia humana. El tema, entonces, qué es la violencia, queda indemne y fuera del pensamiento y en su lecho inconsciente crece al acecho. Con la palabra en cuestión no se resuelve el clima de peligro, sino que se agrava, ya que el problema nunca ha sido la agresión contra un grupo sino el papel de la agresión en el ámbito humano. Lo que queda en la sombra prolifera.

Como forma de identificación individual segmenta la profundidad de la psique y se deslinda de sus formas negativas, no deseadas, creando fragmentación en el mismo sujeto. Este vacío que queda en él, esta necesidad de sí mismo que surge de una escisión autoinflingida, prepara el terreno para crear individuos frágiles y manipulables, es decir buenos ciudadanos, que saben a quien odiar y a quien mostrar lealtad, conociendo de antemano qué es el mal pues han proyectado en sus formas el miedo a sí mismos. La muerte, la violación, la tortura es la condición de esta psique separada de su lado oscuro, con el peligro constante de que la fantasía inconsciente se manifieste y reclame su preciada seguridad.

VII

Entonces ¿cuál es el fenómeno que hay que pensar?, es una pregunta abierta y que queda para el futuro. Hay algunas pistas que pueden servir de utilidad:

  1. La violencia no es un problema en sí mismo, pues constituye una faceta de la existencia y como herramienta sirve a una necesidad cualquiera. Centrarse en la violencia es perder de vista que el ser humano es esencialmente un homo necans, un asesino por definición. En la violencia el hombre tiene su hogar.
  2. Es curioso como muchas modalidades del asesinato y la tortura tienen como eje el comercio sexual con mujeres y niños, la sexualidad entonces es un elemento a tomar en cuenta y desde ahí la emoción, la sensación y en conjunto la relación del hombre con la carne. ¿Qué es el niño y qué es la mujer en la lógica de nuestro tiempo?
  3. El cristianismo tiene como premisa la separación del alma y el cuerpo, quedando la dimensión corporal cargada de una sombra insoportable. Freud intuyó de la necesidad de abrir la prisión del cuerpo y exponer las fantasías ocultas en su represión. Pero no ha sido suficiente, el hombre está aún descarnado, ¿será que el asesino o el violador esencialmente cometen el crimen de intentar sentir, tal como otros lo hacen a través de los tantos pasatiempos?, no debemos olvidar que todos somos, sepamos o no, cristianos y vivimos bajo la moral del resentimiento.
  4. El hombre que mata o que ultraja lo hace cosificando al otro, el otro se convierte en moneda de cambio para obtener lo que anhela. Hay una lógica económica en su haber criminal. Todos vivimos bajo tales premisas, pero él criminal toma rumbos que nadie se atreve a admitir más que en el sueño y en la fantasía. El criminal expone el lado oculto de la forma de vida normal, expresa la fantasía inexpresable.
  5. Detrás del sexo está la emoción, detrás la emoción la carne, detrás de la carne la fantasía y detrás de la fantasía yace la noción. ¿Qué no hemos atendido que nos devora con su manía destructiva?, ¿no es acaso el crimen que témenos la experiencia de un crimen primordial que hemos olvidado, no es su grito lo que nos aterra en la noche oscura que se cierne?.
  6. ¿Y si no hubiera nada que resolver? ¿Y si todo es como tiene que ser? ¿Qué pensamiento nos pide estar a su altura para poder pensarlo?

La destrucción del niño

Logos del alma

Se intenta destruir al niño cuando se niega la voluntad de la vida realmente vivida y se le oculta en subterfugios, es entonces cuando ocurre el síntoma, cuando el niño es golpeado, ultrajado, esclavizado, asesinado, es cuando no se puede asumir su potencial destructivo y la ocurrencia de él mismo como una herida que tiene suceder, y cuando se quiere evitar que el niño sufra o mejor dicho que el adulto sufra las consecuencias del cambio, es entonces que la parte más vulnerable, así como la más valiosa, es víctima de la destrucción literal; el niño entonces es maltratado por adultos que no han podido dejar de ser ellos mismos infantiles que no pudieron acceder al potencial destructivo de su existencia. Son entonces poseídos por la violencia.

El niño como herida, análisis psicológico del maltrato infantil

Ensayos

En la tarea de pensar el tema del maltrato infantil es común acudir a obras que analizan de manera personalista el fenómeno en cuestión, pues constituyen una denuncia fehaciente y duradera sobre el maltrato que ejercen los adultos sobre los niños y más concretamente del que ocurre de los padres hacia los hijos. Dicha violencia se ejerce de manera asimétrica, pues el niño depende completamente de la voluntad de los adultos, de su cuidado y cariño. Es debido recordar que el hombre es un animal neoténico, es decir, que no nace de forma adaptada a su medio natural, sino que conserva aún rasgos prenatales y juveniles, incluso después del nacimiento. El ser humano no nace al mundo, realmente es envuelto en el alumbramiento (y aun antes del mismo) en un útero hecho de conceptos y de palabras, nace a una matriz social donde continuará creciendo y construyéndose como la idea en despliegue que es. El mismo proceso de crecimiento es una idea que lo acoge. Por lo tanto, el cuidado de los padres al nuevo huésped que es el hijo, es fundamental para el desarrollo de éste, pues sin instintos, sin un correlato natural, el niño es incapaz de sobrevivir en soledad, necesita del amor de los padres para existir. Un ejemplo de ello es el síndrome de hospitalismo documentado por René Spitz, quien mostró que el infante requiere de la mirada amorosa del otro para poder vivir.

Ante tal estado de invalidez y vulnerabilidad, la violencia hacia el niño provoca en él innumerables consecuencias tanto físicas como psicológicas, pues no se produce como un simple estímulo adverso que pueda ser evitado, sino que ocurre en el núcleo de una relación vital de la que su seguridad depende. El niño, ante los golpes de su padres, no puede hacerse a un lado, sino que debe de sufrirlos e incluso justificarlos para poder sobrevivir, todo esto al precio de una escisión de la realidad. El niño olvida y perdona, pero no entiende realmente porque ha sido maltratado y esa ignorancia es estimulada e incluso deseada por el sistema familiar a fin de preservar el mito que une al grupo.

Es la mentira la que prevalece en la imagen del mundo y permite la armonía familiar, todo ello debido a la importancia que el relato ficticio tiene sobre la vida de los miembros de la familia. Estas creencias compartidas son sustentadas a pesar del sufrimiento que causan al niño y él mismo se vuelve cómplice de tal daño cuando se convierte en el defensor del relato familiar, en el replicador de la mentira. Debe de serlo o de otra manera su vida estaría en riesgo. Al escoger entre la verdad y el mito familiar, el niño es colocado en una disyuntiva de la que poco sabe. Al traicionarse perpetua la cadena de violencia, pues ha interiorizado el esquema que dicta que lo que se siente no debe de ser pensado, convirtiendo la violencia en manía, de esta manera se abre la posibilidad de repetir compulsivamente lo experimentado.

Dicha perspectiva entiende, por tanto, que el maltrato hacia el niño tiene una dirección causalista y enfatiza además la traición del individuo hacia sí mismo, hacia la verdad de lo que ha sido experimentado, de la emoción negada ante la violencia que se prolonga en cada niño golpeado. Si bien así se responde a la pregunta sobre la dinámica de la violencia hacia el niño, es necesario profundizar aún más en los factores psicológicos que están implícitos en la violencia para llegar a la pregunta sobre el concepto del niño maltratado. 

Un análisis realmente psicológico ha de alejarse de las inmediaciones del terreno personal y de los preceptos morales y causalistas, para poder adentrarse en la tierra salvaje del pensamiento, donde no hay nada determinado y el concepto se muestra en su propia dinámica, no está fijo, ni puede ser alcanzado, es su propia búsqueda. Así, se puede comenzar por un par de preguntas preliminares, que sin embargo, son en sí mismas su propia respuesta: ¿Quién es el niño? Y ¿Qué es la violencia?

Del niño como sujeto al niño como concepto

La niñez ha sido concebida de formas distintas en diferentes momentos y culturas, los derechos de los niños suceden de forma relativamente reciente. Sin embargo, el infante ha sido siempre receptáculo y reproductor de la cultura de su tiempo, su importancia radica en la utilidad que tiene para el estado o para la familia. En la Edad Media por ejemplo, el niño tenía la condición de esclavo doméstico y no había un concepto claro de niñez, su relevancia era correlativa a su capacidad productiva. En culturas como la fenicia, la hebrea e incluso la griega o las culturas precolombinas el niño podía ser abandonado, sacrificado, intercambiado y dado en prenda ante la necesidad de los padres. El episodio bíblico del sacrificio de Isaac, por ejemplo, marca la condena de las culturas semíticas sobre el sacrificio infantil, pero también muestra que en algún momento fue una costumbre aceptada y aprobada socialmente. En la guerra era común hacer matanzas de niños, como lo dejan ver otros episodios bíblicos como la masacre de primogénitos en Egipto o la de niños en Belén.

En épocas tan tardías como el siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, el trabajo infantil es común, mal pagado y ocurre en condiciones infrahumanas. Aún en el momento histórico actual hay 151.6 millones de niños trabajando y 72.5 millones de ellos lo hacen en esclavitud, trabajos forzados, en zonas de guerra, prostitución o en la pornografía.

Aunado, la concepción del niño como algo útil no está muy lejos de las prácticas cotidianas de crianza y de educación. La perspectiva de la que se habló al inicio habla profusamente de figuras parentales abocados a la consecución de sus propias necesidades a costa de las necesidades de los niños. El retrato familiar es muy específico de hogares autoritarios y excesivamente estrictos, propios de décadas pasadas. Sin embargo, el advenimiento de una visión paternalista y las nuevas condiciones económicas han gestado hogares donde hay poca atención en todas su vertientes. Martha Alicia Chávez advierte de los hogares donde hay una grave crisis de autoridad y donde los padres no saben como poner limites a sus hijos, permitiéndoles conductas más allá del sentido común y gestando hijos dependientes y frágiles emocionalmente, que a la vez les dan la posibilidad, a estos padres pasivo-dependientes, de continuar con su papel indefinidamente a costa de truncar el crecimiento psicológico de sus hijos, la regla en estos hogares es la parálisis autoinducida. En ambos casos, en el hogar autoritario de hace algunas décadas y en el hogar permisivo de la época actual, el estilo de crianza está al servicio de las necesidades psicológicas no reconocidas de los padres, en uno se ejerce en poder abiertamente, en otro se ejerce de forma indirecta, a través del chantaje y la victimización; el infante, por lo tanto, ha de cumplir de manera fatídica con las reglas que surgen de la falta de conciencia sobre la sintaxis familiar de los progenitores.

Esta situación no solo ocurre en los hogares, también la cultura en general lo permite a través de las instituciones que se hacen cargo del desarrollo del niño como lo son, por ejemplo, los centros escolares. Desde que la educación fue planteada como un derecho inalienable, no se revisó la estructura de la institución que la centraliza: la escuela. Dicha falta de atención impidió observar varias anomalías en cuanto al objetivo de la misma, que en principio implica no solo culturizar sino hacer emerger la personalidad del individuo, guiarlo (educere) por medio de la instrucción (educare). Lo que tendría que ser un ejercicio de desarrollo hacia lo que Jung llamó “individuación”, ha sido, y sigue siendo, una adaptación del sujeto a las condiciones sociales imperantes por más enfermizas que éstas puedan ser, justamente lo contrario a la autonomía que se pretende. En síntesis la escuela es un lugar en donde se transmiten saberes que rara vez son cuestionados, en una acomodación homogénea en cuanto a edad, tendiente a suplir las necesidades técnicas del sistema económico, sin tomar en cuenta las particularidades de cada persona, sino únicamente su adaptación al discurso cultural. Esta es la estructura implícita de la educación. Aunque el discurso abierto diga lo contrario e intenta poner al alumno en el centro del proceso educativo, la agenda económica-política trasluce en cada momento del quehacer pedagógico y así el niño se vuelve parte de un sistema de producción que necesita de su sumisión activa donde, al interiorizar el discurso social, se vuelva su propio opresor. 

Por otra parte, si se acude al mito y al cuento, formas narrativas pre-lógicas, como una manera de entender la situación psicológica del niño como símbolo histórico, se tienen muchos ejemplos del uso constante de la violencia contra él. Los relatos antiguos están llenos de alusiones a niños que han sido abandonados, cambiados o asesinados. Zagreo siendo destrozado por los titanes, Cronos devorando a sus hijos, Aquiles torturado por su madre para volverlo inmortal, Heracles enfrentándose a las serpientes en su cuna, Huitzilopochtli luchando contra sus 400 hermanos. El arquetipo del niño según Jung[7] se caracteriza por su carácter vulnerable, siempre a punto de ser destruido, tendiente a ser víctima de la heridas de los mayores; el puer, según James HIllman[8], es siempre herido por aquellos a quienes ama y aquellos de quienes depende, la mutilación y la herida forman parte de su estructura. Esta condición de mutilado implica los límites que el arquetipo del niño presenta al enfrentarse al mundo de los padres, se puede decir entonces que la opresión de los padres celestiales ante la nueva realidad que propone el niño es lo que se siente como una herida irreparable. 

En la cosmogonía órfica, Ananke y Cronos, unidos en el abrazo primigenio, en la unidad antes de la unidad y su diferencia, rompen el huevo del que nacerá el cosmos, pero a su vez la rotura es causada por el protogono[9]. En la teogonía, Hesíodo sitúa en el papel de quebrantador a Eros, la luz que emerge del caos y que representa al impulso creativo por el cual el universo será formado[10]. De tal manera que el niño, como también alude Jung, es una representación de un nuevo estadio que se gesta en la negación de la antigua forma. Es en la contradicción de lo ya establecido que nace aquello que destroza lo antiguo; no es un agente externo, es la realidad naciente de una nueva posición en el fenómeno y que se representa numerosas veces como el nacimiento de un niño. También por eso, el final del mismo proceso tiene al niño como símbolo, pues él mismo representa la potencialidad implícita que ya es, en proceso desplegarse, de llegar a la conciencia de sí mismo (hysteron-proteron). De esta ruptura consigo mismo surge la imagen del puer, pero el puer es la rotura en sí.

El niño, en su forma mítica, es una de las representaciones de la apertura que ocurre al separarse la conciencia de su aprisionamiento en la naturaleza y además da muestra de una etapa primigenia en la historia del hombre y de su relación con la consciencia, aquella en que él mismo, en el que su “yo”, estaba contenido en los objetos culturales y en los naturales. Los padres celestiales rodeaban al ser humano de tal manera que su existencia era un continuo mirar hacia arriba. No había entonces identidad consigo mismo, ni su sentido de intimidad estaba en función de su propia vida psíquica sino que era adyacente a la de las costumbres, mitos y rituales que pasaban de generación en generación. El sujeto se encontraba contenido en su medio.[11]

Es en el rompimiento que la contención del sujeto en el mundo se ve superada de tal forma que es vuelta hacia sí misma, así nace la intimidad del sujeto, en el sujeto, quien desnudo de sustancias metafísicas, se encuentra solo ante el vacío. Entonces, y solo ante este resquebrajamiento del mundo celestial, es posible decir: “¿A dónde se ha marchado Dios? […] ¿Qué hemos hecho cuando hemos soltado la cadena que unía a esta tierra con su sol? […] ¿Hacia dónde nos movemos? ¿No estamos cayendo sin cesar? ¿Sigue habiendo un arriba o un abajo?”[12]. Es la experiencia de la desnudez, de la separación de los padres celestiales que ya no brindan sustento ni significado al hombre que ha nacido.

Es frente a esta verdad, la de que el hombre ha nacido, de que los mitos han dejado de ser importantes y de que el significado ha perdido relevancia en la vida del ser humano, que la cultura se resguarda de la destrucción que ya ha sucedido, y lo hace con violencia. Esto se entiende mejor al pensar ciertas imágenes, como cuando Cronos sabe de la posibilidad de que uno de sus hijos lo destruya y los devora, a cada uno de ellos, o cuando Herodes se entera que un rey nacerá en Belén y entonces manda a matar todos los niños menores de dos años; emerge de tal manera la necesidad de violentar al nuevo huésped que, sin embargo, ya ha llegado, de resistirse contra él de manera violenta. 

La violencia es mal vista como tema general en nuestros tiempos. Por ejemplo, la concepción de lo masculino entre los críticos del patriarcado, implica que el hombre debería desembarazarse de cualquier instinto agresivo y ser sensible y emocional más que violento. En las escuelas, la preocupación por el Bullying ha crecido de forma excepcional y mientras más atención recibe y más se le prohíbe, más expuestos quedan los actores educativos ante la violencia de su medio; a su vez, en casa, los padres cada vez están más preocupados por el daño que puedan causar a sus hijos si son hostiles hacia ellos. Como diría Jesper Juul la violencia es el tabú de nuestro tiempo[13].

No siempre la violencia fue un tabú, en otras culturas la agresión también ha tenido importantes funciones sociales y se le ha reconocido de tal manera que se le ha dado un lugar privilegiado tanto en la vida social en general como en los ritos religiosos de forma particular. René Girard dedica gran parte de su obra a mostrar cómo los diferentes pueblos han gestionado la violencia de tal manera que no incida en la dinámica del grupo, es decir, que no destruya a los propios[14]. Muchos de los temas religiosos repiten motivos violentos y sus ritos giran alrededor de tales mitos. En culturas ritualistas, por ejemplo, era bien visto el sacrificio humano o animal como una manera de pedir favores a la naturaleza y la muerte en el campo de batalla, en defensa del lugar de origen, era el más grande honor al que un ser humano podía aspirar.

En la época primitiva, en la de la unidad de la naturaleza y la consciencia, fue la violencia de la matanza la que permitió que dicha consciencia pudiera destruir su forma como vida biológica para dar paso a su esencia más sutil como vida lógica. Todo aquello que es identificado como eminentemente humano tiene su origen en la muerte ritual que el cazador primigenio daba al animal, el cual representaba su propia bestialidad, al hacerlo se diferenciaba y podía acceder a un mundo completamente distinto, al de la cultura y sus artificios. Es decir, sin matanza no hay escisión entre lo humano y lo animal, y tampoco sería posible aquella otra de la que ya se ha hablado, la separación de la esfera de los padres celestiales.[15]

La violencia tiene una función dialéctica o, más bien, la dialéctica implica momentos importante de violencia que se identifican como el momento de contradicción del fenómeno consigo mismo; y aunque la matanza primordial ha quedado atrás en la historia y la violencia moderna tiene un matiz distinto, es debido señalar esta característica de la agresión, sobre todo en los momentos actuales en donde se considera todo uso de la fuerza como un agravio a las buenas costumbres. Si bien no toda violencia es preferible, la ausencia de toda violencia tendría un coste grave para la sociedad y para los individuos, se puede notar en el ámbito cotidiano, en los adultos lábiles que no son capaces de poner límites, ni de ofrecer resguardo efectivo, pero que en cambio son violentos de otras formas. Para explicar esto es necesario acudir al concepto de la sombra tal como es enunciado por la escuela analítica, donde se considera que aquello que no es asumido conscientemente está destinado a constelarse por vías inconscientes; así, la agresión que es evadida tenderá a manifestarse de maneras sutiles. En la cotidianidad es común encontrar figuras parentales que se han asociado con la pasividad y la fragilidad pero que al analizar su influencia en la vida de los otros se nota un ejercicio muy lacerante de poder, a través de la enfermedad, la culpa y el chantaje, estas figuras ejercen dominio sobre los demás, la suya es una violencia que no se puede enfrentar de forma abierta, lo que ocasiona disturbios importantes en la vida psíquica de los integrantes de la familia. Esta agresividad emocional, pasiva, no es tomada en cuenta por la opinión pública cuando se trata de proclamarse contra el maltrato infantil, solo es importante en el imaginario popular la agresividad física, abierta, sin tener en cuenta que la sombra de la misma tiene efectos incluso más catastróficos para el sujeto cuando no la ha reconocido como parte de su experiencia vital.

Regresando al tema del niño como herida se entiende que culturalmente hay una rechazo violento contra lo que ha acontecido una vez y para siempre, pero esta agresividad es una reacción contra aquel movimiento destructivo que significa el devenir histórico. Esto se puede notar en la gran industria de la superación personal y el cuidado de sí mismo, en la constante entronización del individuo narcisista que caracteriza a la época posmoderna y a su vez en la objetivación del hombre, quien es cada vez más obsoleto. Es el miedo al vacío, a la falta de asideros, ante lo que el hombre se revela; pero puesto que lo hace ante algo que ya ha sucedió la violencia generada tiene como destino su propia figura, así es como la violencia de la cultura del autocuidado y el pensamiento positivo, paradójicamente, a través de una ideología basada en el esfuerzo y el optimismo permite un sinfín de atropellos a la dignidad humana.[16]

De manera similar, el uso de la violencia del adulto contra el infante tiene como trasfondo un impulso protector de la circunstancia actual que dicho adulto vive; el niño perturba la normalidad, plantea desafíos a resolver, pone en duda con su existencia la forma normal de concebir el mundo, es un huésped pero también un enemigo (hospes/hostilis ). Decía Francois Dolto[17] que nadie está preparado par ser padre, todos se van haciendo padres en la medida que enfrentan el desafío de serlo. Como cualquier crisis, el niño es disruptor y tal situación desata la violencia contra tal amenaza, ser padre significa poder asumir al niño como huésped a la vez que como agente hostil.

Cuando Cronos devora a sus hijos lo hace porque teme que alguno de ellos le arrebate el poder, lo disminuya, se los come para evitar el devenir al que está predestinado; se entiende que la profecía no habla de un momento singular sino que expresa que el devenir ha de suceder y que el cambio es inevitable. Mientras más se busque eludir el destino, más se trabaja para llegar a él, bien lo supo Edipo o se puede ver claramente en aquella historia donde un hombre se encuentra a la muerte rondando en el mercado y huye, pero al hacerlo lo hace justamente a donde la misma se dirige.

Otro motivo similar al de Cronos es el de Herodes “El grande”, que en la Biblia ordena matar a los menores de dos años de Belén por la noticia de que un rey nacerá en ese pueblo, temeroso de la profecía, realiza tal masacre instigado por la necesidad de conservar su poder, de que nada lo amenace[18]. Cristo, sin embargo, no es un rey en la línea de los gobernantes clásicos, su reino, dice muchas veces, no es de este mundo, el padre del que proviene no es un padre natural, sino el espíritu, pero él mismo es el espíritu y cuando se le tienta en el desierto para que sea un rey literal, él prefiere apartarse y situar su adoración en un plano que no pertenece al mundo común. Esta figura, la del Cristo, ofrece una ventaja sobre los demás mitos porque es claro, en su estructura, que su nacimiento significa un movimiento en la lógica del mundo, es la reestructuración de un estadio en nuevas maneras de entenderse a sí mismo; al negar la ley mosaica, al revelarse contra la venganza hacia los opresores y al situar su mundo en el plano del espíritu, expresa una rebelión no solo contra un orden establecido, sino un cambio en la misma sintaxis de tal orden, es decir que no solo deviene como destructor del antiguo régimen, sino que incluso reconstruye los conceptos en los que se sostiene. El niño, aquí, es una expresión del cambio en la lógica de la consciencia que entiende el mundo bajo categorías que ya han sido superadas (“En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”).

Herodes, como el viejo ego que sostiene las antiguas costumbres y conceptos, no permite que tal cambio suceda, intenta destruir la prueba de que lo nuevo ya ha sucedido. Lo hace, sin embargo, de forma inútil, puesto que el cambio ya ha ocurrido, su respuesta es un esfuerzo por no asumir que su reino ha terminado, pues el reino del espíritu ya se ha vuelto explícito. Herodes manda a matar a los niños, pero no sabe, porque su reinado es limitado por sus conceptos, que el niño que ha nacido es espíritu en sí mismo y no puede ser muerto de forma literal. 

La función del niño entonces se empata aquí con otra función de la violencia, la creatividad. La creatividad siempre es una revuelta contra el orden establecido, lo rebate para plantear maneras inéditas de observar lo mismo, lo que ya existía, el concepto transmuta y los símbolos cambian, es el devenir aquello que siempre sucede a lo que se concibe como fijo. Este cambio no puede ser evitado. 

Otra de las características del arquetipo del niño que Jung describe es la omnipotencia[19], por más que se le destruya siempre triunfa, renace, es rescatado, no se le puede eludir, su violencia alcanza su fin destructivo cada vez que aparece, pues su aparición implica que ya no se está donde se cree, es la consciencia la que tiene que llegar a su destino, que no es otro sino ella misma. El miedo al cambio acaece sólo sucede cuando el cambio ya ha ocurrido y la defensa contra el mismo es una respuesta tardía, lo que se hace es evitar que la consciencia de tal evento llegue hacia sí misma. 

Si el infante es una herida, una herida violenta en su mismo concepto, no es tan difícil de comprender que el mundo fijo de los adultos responda de manera tan grave contra su función transitiva. Sus necesidades, su vulnerabilidad, su emocionalidad, son muy peligrosos para lo ya establecido. En los tiempos actuales, en que lo emocional se ha convertido en un producto que debe ser vendido sólo como algo deseable y que sus características más oscuras son despreciadas, los hijos muestran al mundo todo aquello que se quiere ocultar y por eso deben ser acallados, con golpes, con gritos, con castigos crueles, pero también con chantajes, con la saturación de actividades que los distraigan de su camino hacia la consciencia de sí mismos, ya sea con clases extras o colocándolos frente al televisor o al teléfono inteligente, en el primer caso para que se adapten a un modelo ideal y en los segundos para que no perturben las actividades cotidianas; así, en ambos casos, se evitan sus preguntas incómodas, su emocionalidad exuberante y su función simbólica esencial. El mundo adulto requiere la muerte de lo infantil, del niño, como un escape a su propia muerte.

La fantasía de la muerte del niño podría verificarse si se preguntara a los padres, y ellos pudieran responder de forma sincera, cuales son los miedos más comunes frente a los hijos, es muy probable que la actitud sobreprotectora de la sociedad sobre los niños tenga como trasfondo un deseo real por la muerte de estos. No se necesita ser Herodes para temer la influencia de lo infantil en la vida cotidiana. Y es que esta es una batalla de la que no se puede salir bien librado. Cuando la escrituras dicen “dejaras a tu padre y a tu madre”, o cuando Freud alude a la muerte del padre[20], se habla de una necesidad precisa de lo infantil, pues el sujeto sólo puede seguir su vía de desarrollo en la medida en que el puer se deshace de la influencia de su medio, del medio adulto. Si el individuo no puede contraponerse a los mandatos y reglas con que ha crecido, no podrá constituirse como un individuo por su propio derecho, será la sombra lánguida de lo que debería haber sido, un seguidor de los deseos de los demás, de los padres. El niño debe matar al padre para poder ser el mismo, aunque en esa muerte el padre es espiritualizado, se vuelve la ley, la regla, lo que permite al hombre ser padre de sí mismo.

El hijo está destinado a destruir al padre y el padre quiere evitarlo de cualquier manera. Pero esa lucha es parte de un proceso dinámico que únicamente puede evitarse a costa de la enfermedad o de la violencia literal. ¿Qué sería del niño cuyo padre no puede ser destruido ya sea por ejercer excesivo poder o por no oponerse de ninguna manera? Es aquí donde se puede entender entonces cuál es la razón por la que el niño es violentado, se intenta destruir al niño cuando se elude esta lucha primordial, cuando se niega la voluntad de la vida realmente vivida y se le oculta en subterfugios, es entonces cuando ocurre el síntoma, cuando el niño es golpeado, ultrajado, esclavizado, asesinado, es cuando no se puede asumir su potencial destructivo y la ocurrencia de él mismo como una herida que tiene suceder, y cuando se quiere evitar que el niño sufra o mejor dicho que el adulto sufra las consecuencias del cambio, es entonces que la parte más vulnerable, así como la más valiosa, es víctima de la destrucción literal; el niño entonces es maltratado por adultos que no han podido dejar de ser ellos mismos infantiles que no pudieron acceder al potencial destructivo de su existencia. Son entonces poseídos por la violencia.

En los testimonios de adultos agresores se repite en muchas ocasiones el argumento de la explosión de ira, donde los maltratadores se defienden bajo la prerrogativa de que no estaban en sus cabales, de que perdieron el control o que no eran ellos mismos. Esta defensa, que no exime de responsabilidad, si es muestra del poco control de impulsos de tales padres y es que tal habilidad se va fortaleciendo ante las diferentes pruebas que sufre el sujeto a lo largo de su vida, en la medida de que es capaz de superar adversidades y aprender de ellas, de estar en contacto con aquello que hasta él llega y abrir su corazón a la experiencia, lo que requiere una atención constante de su vida emocional y a la reflexión constante sobre la misma. Por supuesto que tales características no son promovidas en la cultura de los tiempos actuales, tendiente sobre todo a una vida abocada a los procesos técnicos, al pragmatismo y a la eficiencia, que no permiten el involucramiento del sujeto en las cuestiones vitales. La sociedad es un sociedad de niños que no crecen y que no están dispuestos a hacerlo, con deseos infantiloides y con respuestas conductuales de las mismas características. La destrucción del niño aquí tiene una función neurótica, pues se intenta ocultar con su muerte la verdad de los tiempos actuales, que ya no se está bajo el auspicio de los padres celestiales y que esa antigua realidad solo puede ser sostenida a costa de una cultura del puer aeternus, del joven que no quiere envejecer, del miedo al tiempo y al cambio y donde la figura del infante es amenazante porque desafía con su lógica tales presupuestos.

Hasta aquí se ha indagado en las preguntas sobre el niño y la violencia, y también sobre la razón de su maltrato en la época moderna. Se ha mostrado como aquello que Alice Miller propone tiene un trasfondo psicológico profundo que involucra como los individuos son asumidos y asumen lo que estos conceptos proponen. Es el hombre y el sujeto en sí mismo los que luchan por estar a la altura de tales conceptos y fracasan una y otra vez. El maltrato infantil no es algo nuevo y es parte de la misma estructura del niño, en este tiempo, sin embargo, parte de lo que simboliza se configura en contra de la norma establecida que dicta que la juventud debe conservarse y que los atributos de esta etapa son los únicos deseables, pero el niño es continua transformación y, por lo tanto, muerte, es la herida que emerge del movimiento psicológico que nunca cesa. Cuando el individuo es incapaz de estar a la altura de la violencia y del concepto del niño, cuando no es capaz de dar hospedaje a esta violencia lógica que presupone tales conceptos, es cuando necesita ejercer la violencia de forma literal y pegar, chantajear o utilizar al niño, pues al hacerlo acalla también la verdad de su vida realmente vivida.

Sobre la violencia del amor

Logos del alma

«Cada encuentro de dos seres en el mundo es un desgarrarse»

Italo Calvino, El Vizconde Demediado

Hay un encuentro que postergamos hasta el hastío, que detenemos por miedo a ser devastados en lo más hondo de nuestra integridad. Cerramos la puerta de nuestra morada y tiritando detrás de ella, tapamos nuestros ojos ante el huésped que se cierne, oscuro, inevitable y violento.

Jung decía que el opus del aprendiz era la sombra, porque la sombra es aquello que confronta al fenómeno consigo mismo, su propio otro que llega hasta él y lo obliga, vehemente, a tomar consciencia de sí. Pero acaso, el miedo de lo venidero no es otra cosa sino un velo delgado que se yergue contra lo que ya está presente y que opera de manera secreta e inexorable en la vida interna del momento actual.

No hay remedio contra lo que ya es, pues el otro, una vez que es concebido como un otro, se desenvuelve de manera autónoma y obra sin otorgar la posibilidad de escogerlo. Se impone porque su carácter es el de un destino cuya única consideración es la de poder elegirlo de manera consciente o siendo inconscientes de él, de cualquier forma su impronta traspasa hasta lo más recóndito de la piel de aquellos condenados a la existencia.

No obstante, ese huésped que toca a la puerta es ya la puerta misma, así como es también la casa y la fina defensa con la que el hombre busca salvarse de su presencia atroz. Todo lo presagia y la vida habla solo de su brutal advenimiento. Esta violencia que nos depara el desafío del prójimo es el núcleo de aquello que llamamos, descuidadamente, el amor.

De manera común, se concibe al amor como una promesa de salvación, como un regreso a la participación mística donde la consciencia aún estaba envuelta por el manto seguro de lo natural. Se le imagina, infantilmente, como el paraíso perdido. Amamos, entonces, con la esperanza puesta en el pasado, en la espera de que lo que una vez fue in ilus tempore sea de nuevo y traiga consigo la felicidad de la inconsciencia.

Durante un tiempo así parece suceder y los amantes se deleitan en el placer del roce de los cuerpos, de los labios siempre abiertos y de la complacencia cotidiana. Ello dura un breve momento, porque el paraíso no puede recuperarse, se ha perdido junto con la inocencia y ya no estamos más arropados por un cosmos que se cierne sobre nuestro espíritu, al contrario, hemos sido expulsados a la desnudez del mundo. Pero solo es ahí, en el valle de lagrimas, donde es posible producir el amor.

Mientras el sujeto esta encerrado en sí mismo el amor no ocurre, se necesita el encuentro con el otro, aquello que lo obligue a salir de su contención narcisista, y es la necesidad de amar la que obliga al individuo a emerger de un sistema endogámico hacia la apertura de lo diferente. Tal claro abierto es ya el amor mismo.

Pero no basta con nacer a la experiencia del otro, hay que hacer que suceda siempre de nuevo, producirlo, y es entonces que el hombre puede decir, como Borges lo hacia: “Es el amor, tendré que ocultarme o que huir/ crecen los muros de su cárcel como en un sueño atroz.”

Es necesario amar, aprender el cruel oficio de ser amantes, de recibir al otro y permitir que su presencia nos fulmine, porque solo podemos amar al precio del desgarro, del desmembramiento. Que el amar sea complaciente y nos gratifique es la fantasía de individuo narcisista, que busca edificarse, crecer él a costa de eliminar al otro, de absorberlo en su deseo.

El amor es un dios terrible, debe ser terrible para ser amor. Si no rompe los huesos, si no desgarra la carne, si los ojos no son cegados y el amante no vaga descarnado ¿para qué amar? Sería mejor quedarse en lo seguros prados de la madre, en la reconfortante casa del padre. Quien ama se lanza a un abismo del que no saldrá vivo… y que bueno que así sea.

Es probable que una de las pautas desencadenantes de la violencia de pareja sea precisamente que los amantes no están dispuestos a vivir la violencia propia del amor; entonces se destrozan entre ellos, de forma literal, para mantenerse indemnes, a salvo de la grave tarea de amar.

Del sacrificio

Logos del alma

En la cultura azteca se alimentaba al dios sol con los corazones de hombres que les eran extraídos mientras aun estaban con vida, los Olmecas mucho antes que ellos sacrificaban niños al dios de la lluvia. Toltecas, Mayas, Totonacas, mataban, degollaban e incluso comían la carne de sus prisioneros, fueran niños o adultos. La masacre era, por así decirlo, el pan de cada día. Cuando sucedió la conquista, las culturas precolombinas fueron sacrificadas, diezmadas, su última sangre fue derramada a un dios que sacrifica a su hijo, que se sacrifica a sí mismo para existir.

La lógica de la destrucción y la violencia recorre la historia. Somos herederos de la sed de sangre, de la vida que se destruye a sí misma para perdurar.