La vida de las cosas simples

Cotidianidad

“Como un ladrón te acechan detrás de la puerta/ Te tienen tan a su merced como hojas muertas”.

J. M. Serrat

La vida transcurre entre quehaceres cotidianos: lavar los trastes sucios, hacer la comida, ir por las compras, cuidar a los hijos, trabajar y obtener grados para trabajar “mejor”, todas labores superficiales. Sin embargo, quizás son éstas las cadenas que atan al demonio a la tierra a la que pertenece y no es la meditación ni las alturas espirituales quienes lo frenan, tampoco la ascesis implacable y dolorosa del iluminado que se marcha lejos de sus hermanos, a las sublimes alturas del desapego, en verdad es la santidad de algunos quien condena al destino de la sombra a los hombres incautos, son ellos sus sacrificios.

Son la vida cotidiana y su banalidad los límites de una pulsión destructiva que hereda del caos su oscuridad inmensa, aquella que cuando se le deja vagar sin senderos delimitados reordena el mundo en fuego y sangre. Pero lo Otro, ese espíritu destructivo, que lleva a los grandes hombres a la locura o a la muerte, es una bestia que solo encuentra la paz en los campos cultivados, en la vida familiar y en el trato amable de los vecinos y son las cosas pequeñas y terrenales quienes nos salvan, temporalmente, de la destrucción y el desgarro; pero siempre llegará su tiempo, pues el daimón es la lava ardiente del basalto que somos.

El peso del libro

Cotidianidad

De repente ya no basta leer sentado en el sillón de la casa o en el autobús, o mientras se espera a alguien que llega tarde a la cita; uno se descubre, vergonzosamente, leyendo a escondidas, en la cama antes de dormir, entre los comerciales de alguna película por la televisión, a veces uno comete la grosería de sacar un libro cuando se esta con otra persona. En los viajes largos se lee, cuando se esta triste también, para calmar la angustia y para controlar la euforia nada mejor que recorrer, con la vista y el pensamiento, las lánguidas paginas de un libro. A veces, incluso, se carga con dos o más libros y se lee entre lecturas.

Con cierta habilidad uno puede leer de pie en el metro o en el autobús, se saca el libro con una sola mano, pues la otra esta tomada del pasamano, se inclina la mirada y aplicando la suficiente fuerza en la muñeca se da comienzo a la lectura. Cierto es que los movimientos bruscos tornan las hojas a lugares, dada la situación, difíciles de encontrar, pero con el tiempo uno adquiere domino sobre esta conducta sutil. Es mejor que sean libros pequeños, pues un libro demasiado grueso es, además, pesado y complejo al tiempo de cambiar la pagina, y siempre se corre el riesgo de soltarlo y golpear a algún incauto que dormite en el asiento de enfrente.

Se puede también leer y caminar al mismo tiempo, pero esto tiene sus propias y muy diversas dificultades. Por ejemplo, están los constantes obstáculos propios de las estructura del pavimento. Tal vez en una ciudad bien construida esto no seria un problema, pero dicha ciudad no existe, conformados estamos con las urbes agrietadas y disparejas que habitamos y que nos vemos en la necesidad de transitar diariamente. La deformidad del piso es un peligro constante, una grieta, un desnivel, una alcantarilla destapada, pueden provocar un serio accidente a quien lee mientras camina.

Luego vienen los tumultos donde hay que reaccionar de manera rápida y eficaz para no chocar contra alguien. Aun así, tumultos y accidentes del pavimento, pueden prevenirse dando una mirada amplia al paisaje que se transitará, asimilándolo de un único vistazo, dejando que la intuición juegue su papel en la tarea ordinaria de caminar y leer al mismo tiempo.

De esta forma el paisaje exterior, eso que algunos denominan realidad, queda convertido en un segundo plano detrás de la realidad del libro. Hojas y letras pequeñas, inacabables, insufribles, forman un mundo dentro del mundo. Previsiblemente, el universo da cuenta de tal infamia e impone, no sin crueldad, el castigo necesario.

De pronto ya no basta con existir en el mundo, hay que entenderlo, razonarlo, el universo se ha cobrado con la moneda de la necesidad, cada día es el mismo día, y las páginas se hacen infinitas. Cada vez se posee únicamente más incertidumbre. El universo es incognoscible e inexistente pero, para los condenados, no hay otra opción que continuar buscándolo.

Uno es el hombre

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«Uno es el hombre —lo han llamado hombre—/que lo ve todo abierto, y calla, y entra.«

Jaime Sabines

Uno es el hombre, y lo sabemos cuando nos confundimos con aquello que pensamos, entonces queremos ser todo lo que se nos achaca y nos vestimos de paciencia, sobriedad y empeño. Pero uno solo es el hombre y nada más; y entendemos que estamos ebrios, locos, iracundos, que tenemos miedo de ser solo el hombre, que buscamos secretamente la grandilocuencia de la emoción que nos aleje del tedio. Y nos ocultamos en la palabra y bajo una luz oscura cerramos los ojos para estar lejos de nosotros mismos, en la hora, también umbria, que se cierne. Somos la vergüenza y la acedia, la lujuria y la avaricia, nos despedazamos como un espejo roto, nos insertamos en nuestra propia sangre y nos disolvemos. Hay una ave oscura sobre el techo, es la noche, es la noche, y cae lentamente sobre nuestro cuerpo. Uno es el hombre y ha nacido hombre sin remedio.

El asalariado

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Antes era alguien, tenia un rotulo, podía salir a la calle y aunque nadie veía tal marca, un aura de resplandor callado cubría mi cuerpo, era un asalariado, el estado me proveía de un pago, a cambio únicamente de mi creatividad cercenada, de rendirle mi existencia hasta poder ajustarme a su normalidad de por vida, ¡que precio más pequeño por la tranquilidad!, mi familia y amigos podían ver mi notorio cansancio, pero estaban de acuerdo en la fortuna de tener un pago seguro, yo mismo me convencía de la suerte de esa cadena que me mantenía protegido de las inclemencias de la existencia. Tenía un padre y una madre sustitutos que me sostenían y en quienes confiaba.

Sin embargo, y como en todo periplo, aquello que me acogía un día me expulsó sordidamente, con garras innombrables me deslizo hacia la incertidumbre y el miedo y su violencia me apartó sin remedio del hogar, del trabajo monótono, de la labor vacía pero sencilla. Ahora, bajo la intemperie, añoro el falso calor de lo determinado; mis huesos tiemblan en medio de la noche y la tormenta, y camino con temor bajo el cielo abierto de los días, descubro entonces que soy un hombre, que he dejado nuevamente la niñez a un lado y siento el tremendo peso de haber nacido una vez más y nuevamente.

Historia de Vida (1)

Cotidianidad

En una ocasión, muchos años atrás, mientras compraba libros en una conocida librería de la ciudad de México, encontré el tomo más reciente de “Nueva memoria del tigre” de Eduardo Lizalde, uno de los libros que más aprecio. Contento por la compra, antes de salir, advertí que en una mesa de la librería, acompañado de otras personas, tomaba café, me parece, el mismísimo Eduardo Lizalde. Sorprendido por la ocasión, tuve la idea de pedir que me autografiara el libro. Sin embargo, soy un hombre tímido así que desistí, y me fui de ahí decepcionado. Mucho tiempo después cuando vuelvo a tomar ese libro para releerlo, me doy cuenta de que si me hubiera sobrepuesto al miedo, y hubiera creído en mí, tendría un hermoso libro rayoneado por un completo extraño. Y esa es la historia, ahora ya no voy a librerías pues en amazon los libros son más baratos y el envío es gratis con mi suscripción.

Historia de Vida (2)

Cotidianidad

¿Quién dedica sus días a pulir una roca hasta convertirla en preciosa, y quién es aquel que le recrimina por que ahora el diamante ya no tiene la forma de la roca y le dice ¡tonto, tu que has mal entendido la forma de la roca!?

Había una vez un jinete que entró a una convención de automóviles y les reprocho a los asistentes porque sus maquinas no eran tan equinas como sus caballos, salió llamándolos mentirosos y sintiendo lastima por ellos, porque por más que buscó no encontró ninguno de “esos caballos de fuerza” de los que todos hablaban.