Es habitual ver al dinero como una herramienta vulgar y despreciable, que corrompe a los hombres y extrae de ellos lo más vil de su naturaleza. Se piensa en las treinta monedas del mito cristiano, en la devastación del colonialismo, en la conjura marxista contra el capital, en el avaro prestamista, en el ambicioso consorcio global y en el negocio de la guerra. Ciertamente una gran sombra pesa en la imagen de lo monetario, pero es un prejuicio que se funda en la ilusión de que el dinero sirve a las personas, cuando lo cierto es que es un dios que exige constante pleitesía.
El capital es omnipresente, es el motor de la civilización y de la vida moderna, parece ser una representación refinada de la vida biológica en su eterno camino hacia la reproducción de sí misma. Freud planteaba que la pulsión de vida se enlazaba con el deseo de cada organismo por volver a la paz de la materialidad, de tal hierosgamos la vida se continuaba de manera infinita oscilando entre el llamado de su negación y su pulsión reproductiva.
Algo de muerte aguarda siempre en el centro de la vida porque lo vivo se funda en la superación e interiorización de lo meramente material, es decir, del reino de la muerte. Por lo tanto, la dinámica económica exalta el factor reproductivo de la vida, ese escape continuo de la prisión de la materia, cuyo carácter de huida, puede ser encontrado en el esfuerzo del alquimista por liberar a la masa confusa de su materialidad o en la imaginería gnóstica que soñaba con rescatar a la pistis sophia de su encierro en el mundo.
El carácter vital del dinero, se puede comprender también en la admonición de la acumulación del mismo, el verdadero pecado no es la producción de riquezas sino la acumulación de las mismas, es decir la ambición de querer ser el amo del dinero y conservarlo para el beneficio propio. “Beneficio” es una de la posibles traducciones de la palabra fenicia “Mommon” de la que deriva el nombre del demonio Mammon, al que se hace referencia en los evangelios cuando se alude a la imposibilidad de servir a dos amos. Sin embargo, Mammon también se identifica con Plutón, el dios de la muerte, pletórico de tesoros.
En la literatura gótica la figura del vampiro se relaciona con la aciaga conducta de querer detener el flujo de la vida y reinar sobre ella, un ideal imposible, pero que determina las fechorías y la tragedia del monstruo en cuestión. Curiosamente el vampiro muchas veces es retratado como un aristócrata rico y perverso, un Gilles de Rais o una Erzsébet Báthory, que pretende la inmortalidad, es decir, la evasión de la esencia de la vida misma a través de su dominio sobre la corriente anímica y la riqueza de los otros.
George Bataille suponía que, a diferencia de lo que el sentido común nos dice sobre la economía, no es la acumulación de capital lo que determina el ritmo de trabajo y de acción humanos, sino, al contrario, es el gasto superfluo, sin ningún sentido, el derroche puro en sí mismo, el núcleo de las relaciones económicas. Este gasto improductivo era nombrado por él como: “la parte maldita”. Es así que la destrucción es el motor que impulsa la vida, no es el crecimiento ni la construcción lo que ésta genera, ni la base sobre la que se sostiene, en su lugar es la continua laceración de la materia que es fragmentada y vuelta a reunir de manera cíclica para tener puentes sobre los que transitar hacia sí misma y luego derrumbarlos nuevamente.
Las antiguas civilizaciones realizaban este acto sacrificial a través de grandes empresas inútiles, la construcción de monumentos magníficos, las guerras sacras y las celebraciones religiosas. En la actualidad, sin embargo el gasto se ha vuelto más sutil e inadvertido, ha tomado la forma de un modelo económico dedicado a la producción continua y la generación de un capital que cada vez se vuelve más volátil, efímero, donde la materia es torturada hasta sublimarse en meros datos e información, y ante los cuales el hombre gasta toda su existencia en el culto secreto de su irrelevantificación.
Es, al fin, la vida la que se transforma y emprende su periplo de metamorfosis en esa danza terrible con su otredad intrínseca, siempre presente. En su tránsito, no es el hombre su objetivo, es ella misma la que busca perpetuarse, al igual que el capital que trabaja constantemente por reproducirse y trasmutar la materia en la noción implícita que se despliega en las distintas formas de la producción. Es, en su lógica interna, una religión cuyo oficio se ocupa de un dios celoso de su ritual cotidiano.
La elección del hombre no radica fuera de la dinámica espiritual del dinero, ya que éste fluye por su sangre y alimenta el sentido de su existencia. Ya sea para adorarlo o para desdeñarlo, el sufrimiento y el culto constante que dedica en su vida diaria al dios dinero lo convoca a la liturgia inconsciente de una vida dedicada al trabajo y a la producción incesantes. Se fabrica, de esta manera, una obra inmensa, un opus magnum, que no responde a los intereses del ser humano, ya que se hace en favor de un telos objetivo que posiblemente no repare en la importancia o inanidad del sujeto, es una noción que solo piensa en sí misma y que lo hace en las distintas imágenes como la del hombre o como la del dinero, ambos símbolos gemelos de un arquetipo que los trasciende.
También decía Borges que en las generaciones de las plantas o de los tigres había un lenguaje secreto que se replicaba para ser leído por un dios al final de los tiempos, y considerando que siempre se está en debacle de la existencia es muy probable que el papel del individuo, en la era de la religión del capital, estribe en tratar de estar a la altura de las exigencias de un espíritu vital que se perpetúa de manera irremediable o en ser arrastrado por ese rito inmarcesible que lo convierte, paulatinamente, en formas sutiles que apenas recuerdan a sus antiguos recipientes. Pero al final el camino sagrado del dinero cobrará su precio y entonces quizás sea el hombre-objeto la nueva moneda de cambio.
