Estoy psicológica y metafísicamente solo en el mundo … Aunque empíricamente haya alguien que me ame y me quiera de verdad, metafísicamente no soy querido … Estoy solo, soy una subjetividad atómica. No soy más que un terrón de tierra.
W. Giegerich
En la vastedad del silencio, donde la antigua bóveda celeste ha dejado de ser un manto protector para revelarse como un abismo de distancias interminables, la conciencia despierta a su condición última de orfandad. Ya no hay eco que corresponda al mito, ni mirada paterna que, desde las alturas, reconozca en la criatura humana un reflejo de su propia divinidad. La sentencia metafísica ha descendido como la evidencia implacable de que el hombre está irremediablemente solo. Esta soledad no es la mera ausencia de compañía, es una categoría ontológica, el estado de pureza negativa donde el sujeto, despojado de toda filiación mítica, se descubre como una «subjetividad atómica», un fragmento de materia consciente flotando en el vacío muerto del espacio interestelar.
Ha quedado atrás el drama de la caída del héroe, emerge entonces el concepto del hombre que, como terrón de tierra, alza la mano hacía sí mismo. Es un trozo de suelo arrancado de su lecho, inerte y seco, que gravita en la nada sin más propósito que su propia persistencia. El terrón de tierra es la metáfora brutal de lo humano cuando se le retira el velo de la ilusión teológica. Mientras la imaginación religiosa soñaba con el «hijo amado» en quien el Padre se complace, la realidad psicológica del alma moderna devuelve la imagen de esta gleba solitaria, girando en la fría luz de la conciencia. Las estrellas, antaño ojos de los dioses que iluminaban el destino, se presentan ahora como cuerpos ardientes que nada significan, testigos mudos de una vacuidad que penetra hasta la médula del ser.
Esta orfandad metafísica no es un error en el orden del mundo, ni una caída que deba ser redimida. Es el logro supremo de la negatividad del alma. Para que la psique pudiera advenir a sí misma, el Padre debía retirarse, el cielo necesitaba vaciarse y el cordón umbilical con lo trascendente debía ser cortado por el filo del Logos. La soledad es el precio de la emancipación de la conciencia respecto a la naturaleza; es la herida por la cual el cosmos deja de ser un útero materno y se convierte en un objeto de contemplación. En este sentido, la indiferencia del universo no es una crueldad, es la forma más alta de respeto que la realidad ofrece al espíritu, la libertad absoluta de no ser necesario.
El sujeto, nacido del temor, es confrontado con su propia irrelevancia cósmica. Busca desesperadamente restaurar el vínculo roto, llenar el silencio con el ruido de la importancia personal, la búsqueda de sentido y con la demanda neurótica de ser amado. Pero el alma, en su movimiento autónomo y subterráneo, sabe que ese amor metafísico ya no es posible. La voz del bautismo se ha extinguido. El único amor posible es el amor fati de la propia gravidez, el peso específico de ser una mónada cerrada sobre sí misma. El terrón de tierra no pide maná al firmamento desolado; se compacta, se endurece, y en esa contracción aprende a sostener su propia forma sin depender de la vasija divina.
La vida lógica del alma se despliega en la realidad misma. Al comprender que «sólo me importo yo», la subjetividad incurre en la responsabilidad aterradora de ser su propio centro de gravedad. La psique se convierte en un sistema solar interior, donde la luz de la conciencia no proviene de un sol externo, sino de la fricción de sus propias contradicciones. La orfandad sucede al mismo tiempo que se interioriza al Dios ausente; la sublación de su numinosidad se convierte en la presencia que toma forma en fantasías y conceptos. El destino brota de lo que antes era providencia y se sujeta al ser humano como su tarea interminable.
Vivir en la «fria luz de la conciencia» implica habitar una claridad que no consuela. Es una luz álgida, aséptica y cortante, que muestra las cosas en su desnudez cruda. Bajo este resplandor, el mundo tiene verdad en lugar de encanto. Lo cierto es que el terrón de tierra es polvo de estrellas que ha olvidado su incandescencia para poder pensar. El enfriamiento del mundo es la condición de posibilidad del pensamiento; sólo cuando el fuego pasional de la fusión mítica se apaga, cristaliza la estructura mineral del concepto.
El movimiento circular se cierra, la imagen se desprende de sus amarras. El terrón de tierra, que aparecía cual desecho abandonado en el vacío, se revela como una semilla de densidad infinita. La soledad ilimitable es el espacio de la resonancia del alma consigo misma. El individuo esta metafísicamente desnudo, arrancado de la unio naturalis. Y en esa vasta indiferencia de las galaxias, en el silencio de los astros indolentes, el espíritu encuentra su última morada. La orfandad es el templo donde la psique, libre de padres y de dioses, puede al fin oficiar la sobria liturgia de su propia soledad, brillando con la luz pálida y terrible de quien ha sido arrojado a un mundo sin dioses.
