El desprecio de la dificultad teórica en psicología

Logos del alma

«El mundo de los espíritus no está cerrado;/ es tu mente la que está cerrada, tu corazón muerto./ ¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga/ el pecho terrenal en la luz de la mañana!»

Fausto, J. W. Goethe

Es un lugar común pensar que todo conocimiento tiene que ser sencillo y transmitirse de forma simple para exaltar su validez, ante tal opinión la oscuridad y la dificultad son factores de menosprecio, porque cualquiera debería ser capaz de adentrarse sin temor en una materia especializada e incluso los mismos profesionales no habrían de tener obstáculo alguno en la consecución de las dimensiones más complejas del saber en cuestión.

En la psicología y en la psicoterapia ha permeado este punto de vista que infravalora el rigor intelectual propio de la disciplina, tachándolo de “abstracto”, “racionalista” o “unilateral”, en favor de prácticas antropotécnicas edificantes de la ego personalidad. Esto es evidente en la corriente de psicología analítica donde se acude, para despreciar el esfuerzo teórico, a concepciones pragmáticas como vías para disminuir la complejidad de la labor de sumergirse en la obra de un autor o en lo intrincado del objeto de estudio particular.

Los analistas construyen prácticas histericamente reconfortantes que les hacen creer, a ellos y a sus pacientes, que han entrado en contacto con factores numinosos que dan muestra de su compromiso con lo trascendente. Además, crean nichos teóricos cimentados en unas pocas ideas que ofrecen la sensación de ser sólidos dogmas para poder sostener cualquier práctica psicoterapéutica que resultará, en consecuencia, más cercana a la autoayuda que a una psicoterapia rigurosa.

Este sacrificium intellectus es un malentendido que propone que la teoría puede separarse de la práctica y que ambas dimensiones no se corresponden. Pero, realmente, la pobreza teórica conlleva una práctica limitada, ya que las teorías son vías narrativas que enseñan al ojo a ver a través de sí mismas, son los caminos que le permiten al pensamiento atender su propia herramienta de observación. Este derrotero pide el trabajo arduo del profesional, quién enfrentado al material complejo termina por volver compleja su propia mente, lo que lo capacita para hospedar la profundidad real del fenómeno que se presenta.

Por supuesto, el rigor intelectual no debería tener la forma de la evasión del propio ser a través del diálogo vacío de la intelectualidad superficial, que pasa de un autor a otro sin ser tocado por sus obras; ni tampoco convertir al ejercicio intelectual en un escape del momento presente, o en una herramienta de la importancia personal. La verdadera profundización teórica apunta hacia el camino del sujeto por dilucidar el propio pensamiento subyacente en el fenómeno, que resulta en el desgarramiento del pensador mismo.

Esta dificultad constela el dolor de enfrentarse, con rigor, a la propia ignorancia e incapacidad, como desafíos constantes e ineludibles en el tratamiento de cada caso y de cada fenómeno en cuestión, pero el fruto de esa lucha es la paulatina interiorización de lo ya sabido y su ahondamiento en las ideas complejas que desentrañan la naturaleza del objeto abordado, esto es el ejercicio racional de asumir al otro como un pensamiento que se piensa a sí mismo.

El conocimiento no debería ser sencillo, al contrario es un proceso que inicia a la mente del pensador en temas exigentes y términos complicados, que exigen de él someterse a la negación de su concepción cotidiana y al sacrificio de los objetivos de reconocimiento, prestigio y seguridad.

El psicólogo no debe temer, ni alejarse de lo intelectualmente difícil, sino permanecer en ello y permitir que lo leído haga su trabajo destructivo ante la actitud defensiva que promete seguridad, pero que comúnmente es tierra fértil para el dogma, que es una idea detenida en su camino hacia sí misma en pos de la certidumbre del individuo, en cambio el campo de la psicología es la tierra temible y salvaje de la incertidumbre.

El saber teórico y la evasión emocional

Logos del alma

En ciertas corrientes psicoterapéuticas pervive un prejuicio que promueve el desprecio por el conocimiento teórico, pues se aduce que éste se contrapone a la práctica y, por lo tanto, no tiene utilidad por sí mismo. Además, se asume que la vivencia emocional y la experiencia sentimental son la verdadera dinámica de la psique y que, por ello, basta con apelar a la emocionalidad para hacer psicoterapia.

En el campo psicológico tal postura ha favorecido la incursión de terapias que evaden el papel del aparato racional en la construcción de la práctica cotidiana, éstas mismas han llegado a confundir racionalidad con racionalismo, refiriéndose este último término a una defensa contra la asunción de la experiencia del fenómeno psíquico. Pero una huida similar ocurre desde la emoción, por eso Jung advertía: “… ser emocional ya va camino de una condición patológica…”, porque es tan terrible para el individuo dejarse poseer sin restricciones por una idea como por una emoción, en ambos casos se elude la tarea personal hacia los contenidos psicológicos.

La palabra “teoría” significa originalmente “contemplar”, es decir, acercarse a la realidad sin tratar de intervenir en ella, sino acogerla con la mirada y permitir que ésta se recree en la observación parsimoniosa de sí misma. El teórico (Theorein) era un delegado destinado a vislumbrar ciertos espectáculos sagrados, su tarea consistía en presenciar lo que ocurría dentro del templo. Así, la observación del teórico no era una asunción abstracta sino que estaba sostenida en los ritos que permitían experimentar la visión como el propio ver de los dioses. El acto de observar requería de un viaje tortuoso y de la abdicación del impulso de intervenir.

La teoría, por lo tanto, no es un proceso puramente especulativo sino que es, en sí mismo, reflexivo, pues permite que la mirada del Otro se refleje y pueda hacerse presente en el espacio sagrado de su propia manifestación. Sin un teórico la vista de la cultura permanece en el terreno de lo profano y los fenómenos son empequeñecidos para el deleite simple del sentido común que solo sabe ver con los ojos, pero que no puede ver a través de ellos.

Es así que el permanecer únicamente en el sentir se ha convertido en la forma de escapar de la noción donde se gesta el fenómeno, de evadir la otredad en un ejercicio narcisista que sustituye la numinosidad de la experiencia por la simple emoción individualista. Se permanece en la superficialidad de la relación con el alma como una manera de esconderse de su presencia viva, pues la aprehensión teórica requiere del sacrificio máximo del sujeto, de la muerte de su propio saber para servir como vía al saber de lo sagrado, lo cual exige un refinamiento continuo en el ejercicio, tan arduo y tan temido, de pensar.

Por lo tanto, una visión verdaderamente psicológica asumirá que el psicoterapeuta tiene un deber hacia el ejercicio de la razón, siempre y cuando está labor no se convierta en un subterfugio ante el fenómeno anímico. Es entonces que el pensar del sujeto se adecúa y puede reflexionar sobre el pensamiento del fenómeno, que es aquello que se piensa a sí mismo, tanto en la dimensión humana como en la psicológica. Solo así, ante el dialogo racional de la noesis noeseos, y no en el esfuerzo histérico de las compulsivas psicoterapias modernas, es que se puede asumir el oficio de “ser un alma frente a otra alma”.