Lo tóxico o la sombra como veneno

Logos del alma

El lenguaje contemporáneo ha erigido una nueva denominación de todo lo repulsivo: tóxico. Bajo su superficie moral se extiende una forma moderna del exorcismo. Todo aquello que produce displacer, toda figura del conflicto o del malestar, es rápidamente expulsada con ese término, como si nombrarla bastara para eliminarla. Tóxico designa lo que hiere, lo que divide, lo que perturba la imagen del mundo; sobre todo, señala aquello que debe ser desterrado. En ese gesto se condensa una antigua aspiración: la de una existencia sin sombra, una vida sin veneno y sin sufrimiento.

En el fondo, lo tóxico es el nuevo nombre de lo prohibido. La versión psicologizada (adaptada al lenguaje de la autoayuda) del pecado. Allí donde antaño se hablaba de culpa o de posesión, hoy se habla de toxicidad. La palabra preserva la misma estructura sacrificial: algo debe ser arrojado fuera para que la comunidad conserve su pureza. El mal se externaliza, se adjudica al otro, al chivo expiatorio. Y la conciencia, obedeciendo a este mandato higiénico, se limpia de sí misma.

Sin embargo, lo que se designa como tóxico no pertenece al ámbito del prójimo, sino a la interioridad misma de la vida psíquica. En términos junguianos es la sombra: aquello que la conciencia no puede asimilar sin verse transformada. Es un suceso ontológico. La sombra es la reserva oscura del alma, la región donde habitan las imágenes que no quieren ser vistas. La toxicidad proviene del choque entre la luz de la conciencia y la opacidad de lo que se prefiere inconsciente. Su fuente es el encuentro, y el encuentro es siempre doloroso.

Las relaciones humanas (ese teatro donde la psique se representa a sí misma) son el espacio privilegiado de esta confrontación. Una relación llamada “tóxica” es el escenario donde el alma se contempla en su propia herida. En el rostro del otro patológico se revela la verdad de cada sujeto. La envidia, los celos, la agresión son modos de aparición de lo reprimido. Lo tóxico no está en el vínculo, yace en la conciencia que no soporta verse reflejada en la otredad. Cada conflicto amoroso es un espejo roto que devuelve fragmentos de sombra.

El alma moderna, habituada al lenguaje de la limpieza, se estremece ante la impureza de ese reflejo. Prefiere una existencia sin restos, sin ambigüedad, sin el rumor de la contradicción. Toda pureza es una forma de mutilación. Allí donde se elimina el veneno se detiene el movimiento psíquico. El espíritu, como en la alquimia, solo se renueva en la putrefacción. Lo que la modernidad llama toxicidad, la tradición simbólica lo reconocía como fermento: la materia prima del cambio interior. El veneno, el pharmakon, es ambivalente: cura y destruye, salva y corrompe. En su doble filo se cifra la verdadera condición de la vida.

En el amor, en la amistad, en el deseo, hay siempre una dosis de veneno. El vínculo expone al ser humano a lo desconocido de sí mismo. Lo indeseable es la fisura por la cual la conciencia deja de ser idéntica. Esa fisura dolorosa es el origen del pensamiento. Tal experiencia aparece como un desgarro que se cierne sobre la vida y ante la cual es necesario proteger la identidad expulsando lo que resulta amenazante. No obstante, el conocimiento es la experiencia del malestar y no hay individuación sin la irrupción de lo negativo.

En el rechazo de lo tóxico se esconde el miedo al otro, a la alteridad interior que vive en el corazón del mismo fenómeno. La negatividad se vuelve intolerable al confrontar al yo con su límite. Lo que envenena es la evidencia de la autonomía del espacio psíquico, donde la vivencia está entrelazada con fuerzas que la exceden. Por eso, cuando se pretende expulsar lo repudiado, lo que se expulsa es la experiencia del límite. Se sueña, entonces, con una vida sin heridas, que carece de profundidad.

La consecuencia de esta purificación es el aislamiento. El individuo contemporáneo se repliega sobre sí, se protege de la relación. Busca vínculos indoloros, amores sin entrega, afectos sin riesgo. Se sustituye el contacto humano por la compañía de objetos, de animales, de pantallas. Allí donde no hay sombra, tampoco hay herida ni alteridad. Es un mundo donde todo se acaricia sin tocarse, donde la emoción es una simulación del sentir. Sin embargo, incluso en ese encierro, la negatividad insiste. El alma introduce al otro por otras vías: la ansiedad, la soledad, la enfermedad, el sueño. El síntoma es el modo en que lo reprimido reclama su lugar.

Desde una mirada simbólica, el veneno que se pretende erradicar reaparece bajo múltiples formas. El cuerpo se intoxica de ansiedad, la mente se satura de imágenes, el alma se envenena de luz. El exceso de positividad (como señaló Byung-Chul Han) se convierte en una nueva forma de violencia, más sutil y más devastadora que las antiguas. No hay descanso en un mundo que exige bienestar. La toxicidad proviene del bien llevado al exceso. Así, la salud deviene dogma, la serenidad máscara y la empatía imperativo.

El lenguaje psicológico participa de esta operación. Se ha vuelto el instrumento moral de una cultura que teme al sufrimiento. Las palabras narcisistadependientemanipulador o tóxico son emblemas de una nueva teología secular: clasifican el mal, lo designan, lo encapsulan. Pero, al hacerlo, lo expulsan del campo de la experiencia consciente. El alma, privada del contacto con su negatividad, pierde la posibilidad de comprenderse. Así, el lenguaje terapéutico, que debería abrir la escucha, se convierte en una forma de defensa. Despreciar el mal es la manera más sutil de no asumirlo.

Lo tóxico no es solo un problema relacional, es un fenómeno del alma moderna. Es el síntoma de una civilización que ha hecho de la positividad un absoluto. La patología no se encuentra en ciertos sujetos, sino en la estructura misma de la conciencia que los nombra. En la insistencia con que se separa lo puro de lo impuro, lo sano de lo enfermo, lo luminoso de lo oscuro, se revela una antigua escisión metafísica. La vida, reducida a lo correcto, se despoja de su misterio. Y el alma, privada del veneno que la transmuta, cae en una forma de literalidad.

No hay conciencia que pueda abolir del todo la sombra. Mora en los sueños, los lapsus, los gestos donde el yo se desarma. Habita en la palabra que hiere, en la mirada que acusa, en el deseo que se contradice. Es el resto que ninguna purificación puede suprimir. Lo tóxico es la sombra de todo ideal, el precio de toda aspiración a la pureza. Allí donde se intenta construir una vida sin conflicto, el pharmakon se filtra en la forma de la apatía o de la repetición. El alma se envenena de su propia perfección.

Lo rechazado es una forma de memoria. Recuerda al ser su origen en la mezcla, en el barro, en la contradicción. Recuerda que la vida no es pura, que toda creación implica destrucción, que toda conciencia nace del enfrentamiento con su sombra. La serpiente que muerde, el veneno que disuelve, el amor que hiere son las imágenes arcaicas de una verdad que la época moderna se esfuerza por olvidar. El alma, sin embargo, no olvida. Aun bajo las formas más civilizadas, conserva el sabor del veneno.

Entre la pureza y la sombra, entre la salud y la herida, el alma continúa su movimiento hacia una profundidad que precisa de la desarmonía. En el fondo de lo que es denominado tóxico se halla la certeza de que solo la fisura es la senda abierta de la vida. La toxicidad no desaparece: se desplaza, se disfraza, cambia de nombre, permanece como testimonio de la imposibilidad de una existencia sin dolor. Lo rechazado es el residuo del alma, la sustancia oscura que impide que la vida se vuelva completamente transparente.

En el núcleo de todo lo que existe hay una oscuridad que dormita y sueña con volver a sí misma; es el espíritu de contradicción que amenaza con irrumpir en las inmaculadas expectativas de un alma bella e inocente. La realidad es cruel y violenta, por eso se le rechaza. Acaso sea ese su secreto: que lo que el hombre llama tóxico es, en verdad, la forma en que la psique se hiere y se introduce en la herida para ser.

El susurro del hombre indeseable

Cotidianidad

Pertenecer a un grupo requiere subsumir las necesidades personales a las exigencias de cohesión del mismo. Ello sucede por ejemplo con la pareja y con la familia, pero también en las escuelas de pensamiento y en las instituciones. Una vez que el lazo institucional ha sido anudado inicia un trabajo interminable por equilibrar las esferas de lo personal y la de la comunidad. Esta es la posición del hombre adulto que se ciñe a las necesidades de su sociedad y de sus costumbres y se inserta en los rituales de la colectividad.

Pero hay quienes poseídos por un espíritu puer se rehusan a atender los requerimientos de las instituciones y prefieren siempre otro punto de vista al de la generalidad, son políticamente incorrectos, ellos son la parte maldita del capital humano, el desperdicio del que nadie quiere hacerse cargo. En ocasiones son como estrellas fugaces que caen tan rápido como iluminan, en otras semejan pulsares lejanos que solo son percibidos de manera intermitente, pocas veces su fulgor estalla lo suficiente para ser atendido por los ojos ciegos de la mayoría silenciosa.

Su voz es el susurro del hombre indeseable que se cuela en el resquicio de la puerta de las buenas costumbres, un sonido molesto que habla de todo aquello que mora en el hogar de la sombra. Su aliento es un viento incomodo que hiela los huesos de la moral en turno y que no tiene un lugar en el mundo de lo respetable. Son las encarnaciones del huésped indeseable, del nihilismo, que pide un lugar, imposible, en la mesa del mundo.

Estos outsiders no encajan en ningún lado, y ahí donde se sientan a descansar son echados de forma pronta pues su presencia perturba la comodidad del estatus quo. Con una especie de toque de Midas destrozan todo aquello que llega a sus manos, lo descomponen y muestran la verdadera forma de los objetos y de las ideas, aquella repulsiva fermentación que asusta a los espíritus bien intencionados. Hablan de temas perversos y sus ojos enloquecidos ya no saben normalizar su mirada.

A un paso de la locura, deliran con la realidad y son llamados por una voz que los impele a no descansar, a hablar constantemente de un tema, de una perspectiva, de un dios que ha tomado su existencia y los ha hecho intolerables para sus congéneres. Por eso no pueden dormitar en ningún templo, ni ser aceptados en ninguna comunidad; son soportados solo por curiosidad, algo de divino hay en ellos, pero pronto el horror que guardan los vuelve ignominiosos. Y es que aquel que atiende a un dios siempre queda maldito.

Se les encontrara en toneles al pie de la ciudad, abjurando de los dogmas de los hombres honestos, predicando el evangelio de la desilusión y de la desdicha, quizás anunciando la llegada de un dios que ya ha muerto o arrodillados lamentando su destino y su soledad. Son posesos que han perdido su voz y no tienen un lugar donde refugiarse; expuestos al frío o a la lluvia salen siempre una vez más a hablar de sus manías impuestas, sabiendo, de antemano, que no serán escuchados.

Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Los buenos padres destruyen

Logos del alma

El consenso dicta que los padres deberían ser solo “buenos padres” y enseñar a sus hijos los valores y normas necesarios para poder relacionarse en la sociedad y ser ciudadanos adecuados. A menudo se habla del abandono del padre o de la ausencia de la madre como la causa directa de una juventud descarriada y de la crisis actual de los valores sociales. Por lo tanto, parece ser de lo más urgente una psicopedagogía de la paternidad, que dote de las herramientas necesarias a las personas para poder ejercer una crianza adecuada.

Las redes sociales y la psicología popular están plagadas de consejos sobre la crianza saludable y de postulaciones acerca del buen comportamiento de los padres. El retrato común de lo que deberían ser las figuras parentales se decanta por una paciencia infinita, alta capacidad de resiliencia, actividades familiares hiperproductivas y, sobre todo, actitudes positivas y constructivas. Todo ello forma parte de una imagen abstracta de las relaciones familiares que se ofrece como un producto uniforme y homologado que es, en principio, inalcanzable.

En el objetivo ideal de la paternidad hay un prejuicio latente, el de la causalidad de los hechos psíquicos. Un ejemplo claro es como en el siglo XX se popularizó la idea de que la salud mental del hijo era directamente causada por la influencia de la madre en su crianza. Esto decantó en un sin fin de acusaciones hacia las mujeres, y los hombres, por el desarrollo psicosocial del niño. Se habló entonces de las “madres neveras” en los casos de autismo o de las madres esquizofrenizantes y también se forjó la efigie del padre abusador presente en tantos relatos de violaciones infantiles.

Hoy aun se habla de los tipos de apego como una circunstancia esencialmente causada por la relación materna y que define las dificultades existenciales de un sinnúmero de personas que se asumen como víctimas de una mala crianza. Aunado a ello, se enumeran múltiples factores que arruinan el futuro de los hijos como el maltrato físico y emocional y el descuido a causa de las largas jornadas laborales que la mayoría de los progenitores tienen que cubrir, en los tantos hogares donde ambos cónyuges deben salir a trabajar en condiciones precarias.

Teorías psicológicas como la escuela freudiana dieron un auge inusitado a esta perspectiva causalista, con conceptos como el Complejo de Edipo o la noción de trauma. Otras como el conductismo directamente negaron la mediación de la mente y redujeron el sistema causal a su expresión más rígida. Algunas perspectivas como la psicología junguiana cuestionaron la literalidad de las mitologizaciones psicoanalíticas y les proporcionaron un entorno simbólico donde poder entenderlas no como hechos literales antes bien como metáforas de la dinámica psicológica. Sin embargo, la división tajante entre el mundo metafórico y los hechos literales provocó el descuido de la esfera de la realidad, en la cual se siguió culpando a los padres de las desavenencias del desarrollo psíquico de los hijos.

Una consecuencia de esta distinción entre lo interno y lo externo es que a pesar de que el discurso semántico alega una conjunción de ambas dimensiones, la sintaxis subyacente niega esta relación. Realmente la idea de un mundo interno funciona solo mientras se sostenga la separación con lo externo, y sobre todo mientras la subjetividad se convierta en el amparo de la dinámica psíquica, lo cual hace imposible la conjunción entre ambas conceptualizaciones.

Es así que la dimensión subjetiva se transforma en el depositario de los problemas del mundo y ante esta carga se proponen soluciones que eximen al ego de su culpa, no soluciones efectivas sino simplemente arreglos temporales que pacifiquen a las buenas consciencias. El objetivo de las reparaciones ideologizantes es proporcionar un alivio a la angustia exacerbada tanto por la desmedida búsqueda de importancia personal, así como la oclusión de los factores sociales, económicos y políticos que desatan las condiciones de la ansiedad posmoderna, siempre y cuando se pueda conservar el monto de inflación psíquica que pesa sobre el individuo.

La individualización de lo parental se observa en la exigencia social de la separación de lo comunal en la crianza de los hijos. La imagen de la familia ha cambiado con el paso del tiempo y se ha adaptado a los requerimientos de un sistema socio-económico que necesita de la atomización de los individuos. De esta manera el cuidado de los hijos recae en una célula familiar abstraída de su raíces sociales. Se pretende que la familia sea nuclear y se desestima la familia ampliada que había sido el contexto más frecuente durante muchos siglos en diversas culturas.

Por todo lo dicho, se comprende que la tarea de ser padres no solo está inscrita en las labores cotidianas y en los juicios individuales, además responde a las exigencias sociales y a los prejuicios culturales que, en numerosas ocasiones, se contraponen de maneras neurotizantes al verdadero contexto en que se instala el fenómeno. Sin duda la actividad paternante se ha debido adaptar a los altos estándares de una sociedad postindustrial y las personas parecen cada vez estar más angustiadas por el papel que juegan o jugaran como progenitores.

La imagen ideal de la parentalidad tiene un papel determinante en como los sujetos adoptan dicho esquema para compararse y juzgarse, algunas veces de forma injusta, porque demanda el cultivo de una dimensión de la experiencia psíquica que se ajuste solo a los patrones planteados por aquella ideología y que deseche todo aquello que no es deseado por esta estructura teórica, que inadvertidamente se constriñe al espíritu de la época. Lo que se pide a los padres, por consiguiente, en una sociedad capitalista, no es la buena crianza de los hijo sino eficiencia, productividad y la eliminación de la parte sombría de la paternidad.

El fin de una ideología no es otro que mantenerse indemne ante la contradicción, en términos junguianos no permitir que el animus haga mella en la vivencia solo anima del fenómeno. No obstante, una petición de principio de la psicología, como el estudio del logos del alma, es la inevitable búsqueda de la asunción de la otredad, no sólo como la experiencia de la aceptación del prójimo sino como la apertura ante lo que, desde el sentido común, se experimenta como deleznable o sombrío; porque no es posible el entendimiento del otro hasta que no se acepte también la sombra que le precede, y ésta se experimenta, en última instancia, como el paso doloroso de verse a uno mismo como un otro.

La presencia del otro es lo que desgarra. En principio, el encuentro supone la consciencia de que algo existe fuera de uno mismo y esto significa el rompimiento de la esfera narcisista, este acto transgresor deviene como la consciencia del semejante. De la misma manera, la asunción del otro como distinto a uno mismo se vive como un desmembramiento, similar al hecho salvaje de ser devorado por los propios perros de caza con los cuales se perseguía un objectumespecifico.

Así el encuentro es la fragmentación, pero por ello, y solo gracias a que hay un despedazamiento, es posible la consciencia del otro, que a partir de la disolución puede verse ahora como la unidad de la unidad y la diferencia. A causa de este dolor, el deseo explicito de los individuos es no reconocerse en la figura externa y poder subsumir al otro a la visión particular que lo esclavice al ámbito de lo que ya se conoce, de aquello que parece no suponer una amenaza y que no desata el conflicto. Pero la contradicción es lo que otorga dinámica a los fenómenos, por lo tanto, eludirla significa mantener artificialmente detenidas a las ideas de las cuales se forma parte.

Desde esta perspectiva la imagen de ser buenos padres requiere de su conjunción con el aspecto negativo de la función paternante. Es decir que ser buenos padres solo es posible en la medida en que se puede también ser malos padres y soportar la tensión entre ambos aspectos del concepto. Los hijos, no aprenderán solamente de los discursos y de las ideologías sino de como los adultos a su alrededor se sostienen frente a las mismas y en que medida son capaces de diferenciarse de los relatos culturales y sociales y de adaptarse a las situaciones tal y como éstas se presentan.

En caso de sucumbir a la tentación de ser solo padres buenos, la sombra habrá de ser absorbida por los otros, por los sujetos inmediatos de su relación. En muchos casos se volverá la hacienda de los hijos, no porque se trasmita como un germen sino porque prevalece como una actitud hacia el mundo y hacia uno mismo, como una disposición rechazante ante el despliegue de la idea de parentalidad. Pero, en la medida en que los padres pueden hacerse cargo de la idea de paternidad entonces ésta logrará desenvolverse como la noción internalizada que contendrá tanto sus aspectos codiciados como aquellos que resultan temibles.

En este sentido, ante las preguntas constantes sobre la buena crianza, se puede decir que el niño no necesita de buenos padres, precisa, en cambio, de padres completos para experimentar la gama de actitudes que representan el espectro de la experiencia humana, incluyendo el sufrimiento, la tristeza o el abandono. La psique se forja en el pedernal de la experiencia anímica y no responde de forma causal a las vivencias cotidianas, más bien éstas son la yesca que arde en el fuego de la autonomía psíquica, que tiene su telos interiorizado en sí misma y que no es otra cosa más que puro movimiento anímico.

Nuestra cultura, tendiente hacia los roles idealizados y a la búsqueda de productividad alimenta con su desprecio por lo “incorrecto” aquello que no está dispuesta a asumir. Pero ni el niño es inocente e inerme, ni los padres pueden ser sólo buenos o amorosos. Se debe tener en cuenta que la búsqueda de la pureza alimenta posiciones unilaterales tiránicas que requerirán, para poder mantenerse impolutas, de víctimas sacrificiales o chivos expiatorios que soporten el peso del mal que es rechazado. Es en este ámbito que los buenos padres suelen ejercer poder hacia el objeto de su obra y por lo que en pos de servir al ideal colectivo tienen que constelar la destructividad que, por supuesto, no podrán nunca asumir más que como objetos proyectivos.

Acontecimientos y experiencias

Logos del alma

Es una característica de nuestra época la creencia de que el sujeto debe sumergirse en una gran variedad de acontecimientos para nutrir su identidad. Se ha vuelto común desear presumir la plétora de vivencias que nos acontecen día con día y terminar agotando la experiencia en la manía delirante por dar testimonio de lo que se ha vivido, olvidando con ello el acto mismo de vivir, que en principio es misterioso e irrepresentable.

El impulso por exhibir aquello que ha acontecido resulta en la exhibición de la propia vivencia, en su transformación en una imagen inerte sobrecargada de sentido, donde su dinámica se ha consumido en la consecución del objetivo técnico de despojar a la realidad de su naturaleza negativa y sustituirla por una forma positivizada, por ejemplo la de la imagen digital. Así, es de lo más normal el acto de grabar con la cámara del teléfono móvil cualquier acontecimiento advertido para poder darle el estatus de algo realmente ocurrido, pareciera que la realidad tuviera que pasar por el filtro de la pantalla para ser real.

Si un individuo de otra época observara el ritual cotidiano de fotografiar al mundo, quizás pensaría que las personas esgrimen la pantalla como una defensa contra el objeto que temen, que no se atreven a mirarlo de manera directa. Las culturas ritualistas sobrevivientes sospechaban de la fotografía porque pensaban que en ella su alma sería aprisionada, y si se entiende al alma no como una sustancia metafísica sino como un modo de ver y como el acto de construir imágenes en constante movimiento dialéctico, entonces una imagen fija es lo prolongación perversa de un instante al que se le ha despojado de su carácter contradictorio. El anima móvil ha sido abstraída y congelada en el instante efímero.

Pero el mundo nunca ha sido verdaderamente visto de manera directa, la mirada no es un canal de reproducción fiel de lo que se observa, al contrario el ojo imagina lo que ve, porque en sí mismo el acto de ver es un proceso productivo del alma como vida lógica, ella crea la realidad que también es. El mundo no existió hasta que pudo ser visto, antes de ello, contenido en sí mismo, no era operativa la distinción entre lo cerrado y lo abierto. Una vez que la consciencia se observa a sí misma, puede entonces existir la noción de contención, al mismo tiempo que emerge el concepto de apertura.

En este periplo es el objetum, aquello que es arrojado enfrente, de quien, en el mismo acto de proyectar, el sujeto obtiene su identidad, por lo que se puede comprender que tanto el sujeto como el objeto se realizan a la vez. No es que exista un sujeto que observa un objeto, más bien, ambos ocurren a la par y el mismo hecho de lanzar adelante al otro crea el espacio negativo de relación, un claro de significado que permite la reflexión en lo semejante y, en consecuencia, la experiencia de la mismidad. El individuo solo puede serlo porque sabe que hay un mundo que se le contrapone y que le niega.

Por ende, el acto de abstraer la realidad en una imagen técnica y condenarla a la positividad implica realmente la desrealización de la realidad, al sustraer de ella el matiz negativo de su presencia ontológica se le convierte en algo solamente evidente, sin un secreto que lo contenga, fijo en su transparencia y servil a un objetivo puramente tecnológico. Los antiguos mitos temían el retorno del caos, es decir, de la indiferenciación de lo creado, de la degradación del cosmos y del regreso de lo titánico. Parece ser que la imagen técnica representa la sumersión en el pléroma de una dimensión particular de la consciencia con un propósito que solo será claro en su devenir, pero que por el momento amenaza la lógica de un estadio del alma que posiblemente ya ha sido irrelevantificado.

Por supuesto que la invención de la fotografía no es actual, pero nunca como hoy, hubo un fervor tan manifiesto por transmutar las imágenes acaecidas en objetos positivos de forma masiva. Incluso las fotografías físicas se han mudado de modo inevitable a un cuerpo digital, han mutado en pura información. En esa transformación de lo real en datos se asiste a un proceso que comenzó hace milenios en el corazón de la consciencia y de la cual inadvertidamente se participa por medio del continuo error de tomar los acontecimientos por experiencias.

La confusión entre acontecimientos y experiencias ha contribuido a este proceso cada vez mas urgente de sustitución del mapa por el territorio. James Hillman advierte que lo que acontece es algo vacío, inservible para el hacer alma si esto no pasa por el filtro de la psicologización de la vivencia, es decir si el alma no guarda dentro de sí misma la verdad realmente vivida y permite que ésta se realice en la reflexión sobre el mundo, entonces lo acontecido permanece como un elemento externo a la experiencia. En cambio, la experiencia requiere de la interiorización del acontecimiento dentro de sí mismo, su enfrentamiento reflexivo con el espíritu de la contradicción también llamado: «la sombra».

Esa es la razón por la que vivir demasiadas experiencias no determina la calidad anímica de las mismas, pues no se trata de la cantidad de acontecimientos a los que se acudan sino cuánto de ello ha sido reflejado en sí mismo para permitir que el acto meditativo de la propia alma suceda y que el pensamiento pensado en el fenómeno se exprese de manera autentica. Pero las personas tienen la ilusión infantil de que experimentar algo es igual a sentirlo, y se buscan entonces las emociones profundas y estridentes para que sean testimonio de que algo ha sucedido.

Las adicciones, por ejemplo, tienen en su núcleo el deseo contemporáneo de sentir más, de aturdirse con las sustancias psicoactivas que posibilitan al ego moderno el deshacerse de las amarras que lo constriñen a la angustiante realidad que le configura como liberado de su ancla metafísica. El adicto utiliza herramientas rituales y mistéricas, que en otros tiempos permitían el sostenimiento del cosmos, para abstraerse de su propia existencia moderna y morar así en la idealidad del pléroma. Pero el sentir es un placer que requiere de dosis cada vez más pronunciadas y esta ansía interminable se estructura como el esquema adictivo del hombre en busca del sentido.

No obstante, la necesidad de abstracción del contexto anímico no es particular de las adicciones, ocurre en toda acción que se alimente de la repetición de estímulos placenteros que tengan la función de liberar momentáneamente al individúo de la ansiedad. Por lo tanto, la lógica de la adicción coincide con el proceso de desrealización del mundo por medio de la proliferación de los acontecimientos en demérito de la profundización de las experiencias.

Por todo ello, es usual que las personas hablen constantemente de sus muchas vivencias, que muestren los cientos de lugares que han visitado, lo miles de libros que han leído, la variedad de musica que han escuchado, los muchos rituales a los que han acudido, los cursos y posgrados que los respaldan y las horas de terapia que han llevado a cabo. Son como el rico que no pasará por el ojo de la aguja pues están demasiado cargados de acontecimientos, de emociones que no han sido interiorizadas para abrirse a sus conceptos. Han escapado de la experiencia por medio de la repetición inocua de lo emocionante.

La actividad ingente se evidencia como una estrategia más de la neurosis de los tiempos presentes que sirve para evitar el proceso de psicologización de los acontecimientos. Jung decía sobre la religión institucional que ésta es muchas veces un lugar para poder escapar del dios vivo, así la preocupación desmedida por la actividad psicoedificante, que colecciona procesos terapéuticos, horas de clase o sesiones de rituales místicos, sirve para poder huir cada vez mejor de la realidad del alma, cuyo hacerse a sí misma no ocurre en la opulencia emotiva sino en aquellos corazones que libres de la inflación psíquica están dispuestos a despojarse de toda carga y a desvanecerse en la presencia del otro que también son.

No hay mucha diferencia entre el impulso adictivo por fotografiar lo que se come o a donde se viaja, el deseo de dosis más intensas de diversas drogas y la compulsión por sustituir la vida con actividades egoedificantes de crecimiento personal, la noción que se despliega en esas labores es el esfuerzo de hacer permanecer los acontecimientos como solo acontecimientos, despojándolos de su matiz dialéctico y sustituyendo así el proceso generador de experiencias. La visión del sujeto permanece únicamente como anima sin permitirse ser penetrada por la lógica de su animus, no se consiente la conuntio del fenómeno.

En estas diversas maneras se intenta evadir la poiésis de la existencia, la cual nunca es complaciente con sus sujetos y se manifiesta de forma regular como dolor, angustia y desesperanza, pues el hombre es solo un puente y el alma quema los caminos que ya ha recorrido para poder conservarlos como sus recuerdos, es la labor humana permanecer en el ardor de esa experiencia.

La lectura proyectiva

Logos del alma

“En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo…”

E. M. Cioran

Es común que los lectores de una nota o de un libro saquen conclusiones que, en principio, están fuera del propósito de dicho texto. Lo hacen exagerando, desviando o añadiendo pretensiones moralmente negativas, no solo de lo enunciado, sino también envileciendo en su imaginación a la figura del propio autor. De esta manera, se intenta borrar la diferencia entre el sujeto y su creación, como si ambas situaciones tuvieran que sustentarse mutuamente para dar validez a su argumento y, por lo tanto, la devastación de uno implicara la invalidación de lo otro.

La fusión entre el creador y la creatura es solo el primer paso de un mecanismo que podríamos denominar «lectura proyectiva», donde quien lee lo hace con un afán que no busca descubrir ni reflexionar, sino reafirmar una postura con la que se ha identificado tanto que ha confundido su propia persona con la noción literal que defiende. Es decir, sostiene su subjetividad en un dogma, donde se preserva, y supone que los demás hacen lo mismo.

En la época actual es muy frecuente este tipo de lectura, ya que supone el deseo nostálgico del sujeto. Éste, liberado de las amarras metafísicas que sostenían la seguridad de su existencia, ha sido emancipado del significado y del sentido, y a causa de ello, tiene que construirlos con sus propias manos. Muchas veces, esta incertidumbre resulta insoportable, por lo que es común caer en la tentación de convertir una serie de opiniones en un sistema de pensamiento que permita sustituir los antiguos asideros ya abandonados por el espíritu de la época. Estos asideros dotaban de una dirección fija al individuo en otros momentos de la historia, pero ahora son dioses que solo sobreviven en la forma de impostaciones.

El lector proyectivo defiende un paradigma incuestionable con el que ha formado un sistema simbiótico. No necesita siquiera leer aquello frente a él, pues su defensividad es anterior al texto. Su opinión está formada a priori y solo precisa sobreponerla sobre lo escrito para encarnar el prejuicio que lo mantiene resguardado, aquello que piensa por él de forma inadvertida. No desea analizar ni reflexionar, sino solo encajar lo ya conocido en aquello que teme conocer. A través del no-entendimiento, se protege del influjo del otro, negándolo aún antes de que nazca a la consciencia; ya que si una idea nueva surgiera, esta vida emergente supondría la muerte de lo que antes era importante.

Un pasaje cristiano nos advierte sobre la necesidad de estar dispuestos a perder la vida para poder conservarla. Esta paradoja apunta al movimiento dialéctico del fenómeno, que experimenta sus mutaciones como «muertes» que, no obstante, permiten que la vida lógica en tal fenómeno persista. En cambio, el lector proyectivo es aquel hombre rico que no podrá pasar por el ojo de la aguja porque va demasiado cargado de certezas. Está apegado en demasía a una lógica que ya ha sido superada y que solo se conserva al precio de su ideologización.

Por lo tanto, cualquier indicio de una razón que contradiga las opiniones del lector proyectivo se convierte en una señal que debe ser remediada. Esto se hace desde perspectivas condescendientes hasta otras más abiertamente hostiles. Sin embargo, el objetivo final siempre es suprimir aquella idea que contradice la propia posición ideológica que, sin embargo e inadvertidamente, ya forma parte de ella. El lector proyectivo no se da cuenta de que aquello contra lo que lucha ya está presente en las ideas que lo sostienen. Su disputa realmente es un intento por no ser consciente de lo que ya se ha presentado y que solo puede ser percibido como pensamiento proyectado.

En esta negación continua del Otro, el lector proyectivo sustituye la idea del texto, al que le teme, con la suya propia. Así, observa lo ominoso, lo moralmente terrible, en el Otro y se presta a la tarea soteriológica de corregirlo. Podemos verlo en acción al sermonear, burlarse o insultar a quienes no piensan como él. En su fragmentación, una parte de su subjetividad se ha perdido, la que corresponde al decoro o al pudor. Por eso puede insultar sin misericordia, pues el Otro no es humano sino un objeto de su invención fantástica al que debe moldear adecuadamente.

En todo lector de este talante reside un dictador en potencia que busca el bien y la salud, y que sabe que debe sanar y censurar a los demás para proveerles de aquella verdad ciega a su estatus de verdad. Tiene una voluntad fija de invadir con sus comentarios punzantes los territorios enemigos para poder expandir su propia necesidad y, por fin, eliminar la otredad que le es tan peligrosa. No es necesario ir a la guerra o a los regímenes totalitarios para encontrarlo, ni se le hallará solo en los campos de concentración. Lo podemos ver como el homo commentator, tan abundante y prolijo de opiniones en las redes sociales, batallando heroicamente contra las huestes dogmáticas que su visión no puede dejar de observar.

Monster

Reseñas y recomendaciones

“Vocatus atque non vocatus deus aderit»*

El doctor Kenzo Tenma es el neurocirujano más talentoso de su generación, con una actitud ingenua y una preocupación genuina por sus pacientes, se granjea la admiración y la envidia de sus colegas, sin embargo un dilema moral lo obliga a tomar una decisión terrible y así salva la vida de un niño, pero no imagina que este niño es un cruel asesino, un ser humano en el que crece un monstruo que devora todo a su paso. Entonces, y una vez que el monstruo ha desecho su vida, el doctor Tenma emprende un largo viaje para poder matar aquello a lo que en otro tiempo le otorgó la vida.

El manga “Monster”, de Naoki Urasawa, fue lanzado en 1994 y terminó su publicación en el 2001, después de 18 volúmenes. En el año 2004 fue estrenado el anime adaptado por Madhouse en una serie televisiva que se caracterizó por ser una de las adaptaciones más fieles en su genero. Regularmente se piensa que las animaciones orientales y occidentales tiene un publico infantil como objetivo, sin embargo esta obra es muestra de lo contrario, pues es un trabajo oscuro y complejo que retrata de manera vivida las oscuras profundidades humanas, tal como lo haría cualquier obra maestra de la literatura universal.

El viaje de Tenma es un periplo que lo pone en contacto con varios personajes, quienes son enfrentados con la parte más terrorífica de la existencia: la ambición, la lujuria, la venganza, el placer por la destrucción, son parte del monstruo que habita en cada uno de ellos; desde los más benévolos hasta los perversos, cada uno carga con su oscuridad a cuestas. El mismo protagonista persigue al asesino que salvo y ésta dispuesto a volverse un asesino él mismo, dejandose devorar por lo terrible, recordándonos aquella frase de Nietzsche que dice: “Quien con monstruos luche, cuide de no convertirse a su vez en un monstruo…”.

Es muy interesante la disertación en el manga sobre lo monstruoso, esto se ilustra con un cuento sobre un monstruo sin nombre que en busca de uno propio devora a todo aquel que puede otorgárselo, hasta que por fin consigue uno, pero entonces ya no hay nadie con quien compartirlo. Se abre así la pregunta sobre la relación entre el monstruo y el nombre. En psicología junguiana se tiene al concepto de la sombra para abordar este fenómeno. La sombra es todo lo que del psiquismo es rechazado por el sujeto, quien sostenido en lo social, despoja a los contenidos de su propia magnitud y los oblitera en el fondo de la consciencia. Así, la sombra se nutre de lo rechazado, de lo que ha sido despojado de un nombre, de aquello que no se puede invocar.

Sin embargo, la sombra dormita y busca reintegrarse en su hogar en la consciencia, así que se presenta primero como un Otro innombrable y desafiante y al final como un semejante que es en sí mismo el asesino latente en cada proceso, que no mata al otro sino que lo niega lógicamente, es decir, lo conduce al inframundo o al mundo del alma como un psicopompo. Pero aún si el individuo insiste en no admitir la entrada de este elemento indeseable, ello irrumpe de forma inusitada en la vida psíquica de la persona, contaminando cada faceta de su existencia con un deseo autónomo que no se sacia, porque lo que busca esta dinámica no es otra cosa sino un nombre, es decir integrarse en la consciencia y permanecer en el lugar que le corresponde.

Se entiende, por lo tanto, que el viaje del doctor Tenma, realmente es el proceso a través del cual la consciencia se hace consciente de sí misma como su propio Otro rechazado, para ello debe estar dispuesta a volverse como lo que se quiere asesinar, es decir a matarse a sí misma a fin de ser, ya que el asesinato del otro no es sino la forma inconsciente de la apropiación o la devoración de aquello que nos traga y ante lo cual tememos ser engullidos. Es debido recordar que la palabra «monstruo» evoca la incursión de la voluntad de los dioses sobre la vida de los hombres, por lo que después de todo es necesario estar dispuesto a ser monstruosos para poder servir al demonio o al dios que nos habita.

En un total de 74 capítulos, está obra nos sumerge en la vida de personas comunes y corrientes que un día se encontraron con alguien o algo que desato el monstruo que yace en cada uno de nosotros, y nos enseña las diversas maneras que tuvieron para poder emprender la lucha contra el demonio y el precio que tuvieron que pagar por esa tarea. Por el momento Monster se puede ver en Netflix y es imperdible.

*Frase del Oráculo de Delfos, inscrita, también, en el frontispicio de la casa de C. G. Jung.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” o de la falacia prospectiva

Logos del alma

El discurso ego-psicológico está presente de muchas maneras, sobre todo en aquellas frases e ideas que parecen no contenerlo, que simulan la aceptación del síntoma como una realidad ineludible pero que finalmente niegan su validez proyectando a este fenómeno hacia el futuro. La forma básica de tales enunciados es: “Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” y aparece de inumerables formas como una especie de promesa para soportar mejor el infortunio presente.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana”, tiene en su estructura la idea básica de que es importante no eludir una situación desafortunada, lo cual refiere el hecho de una gran cantidad de problemas humanos tienen que ver la actitud de no afrontar la realidad tal como aparece, lo cual es cierto en cuanto a los problemas abordados en el consultorio. Desde Freud es evidente que la formaciones sintomáticas se desarrollan alrededor de vías alternas de descarga libidinal, es decir, que surgen como expresiones de un afrontamiento inconsciente con la realidad, desde la formaciónes transaccionales hasta la compulsión a la repetición el nodo sutil está sostenido por la falta de contacto de la consciencia sobre su circunstancia.

Se ha dicho innumerables veces que parte del trabajo psicoterapéutico es permitir que la consciencia sea consciente de lo que en el síntoma aguarda, lo cual implica que la consciencia del síntoma pueda llegar a sí misma y liberarse de su aprisionamiento material, que emerja como la noción que está resguardada en la inconsciencia de sí. Pero eso es todo. En cambio la segunda parte de la estructura del enunciado tiene un propósito distinto, pues después de habernos convencido de la importancia del síntoma y su aceptación se hace el salto al futuro donde el síntoma desaparece y se obtiene la curación, nos encontramos así ante la transfiguración del dogma cristiano que promete la redención y la salvación del que se arrepiente de sus pecados.

Em ese esquema el síntoma es aceptado, pero siempre y cuando nos podamos liberar de él, es decir, se entra en un sistema paradójico que camina hacia atrás la senda por la que ya se había avanzado, se hace patente entonces la promesa medica de la restitución. Hillman hablo extensamente sobre la falacia médicalista presente en la terapia, que desviaba la importancia de las imágenes hacia objetivos egoicos que tenían que ver con la necesidad del sujeto y no con la necesidad del síntoma, así la falacia prospectiva parece restituir la dignidad del sufrimiento pero solo al precio de sus desaparición, no hay entonces una verdadera aceptación sino solo una apertura fingida.

Por ello, es importante estar atentos a las promesas psicoterapéuticas, pues un tratamiento centrado en la evasión del síntoma no hará más que reforzar la misma circunstancia que ya se vive, la misma inconsciencia del sufrimiento que lo mantiene atrapado en la fantasía. En la falacia prospectiva el psicólogo parece dar un paso importante en este esfuerzo por resituar el fenómeno, pero de forma implícita lo vuelve a relegar a la sombra, lo cual evoca que su perspectiva es todo menos verdaderamente psicológica y que el psicoterapeuta va, como Giegerich refiere, montando en la misma neurosis que el paciente, hacia el objetivo velado de mantener al fenómeno lejano de su propia verdad. Tal psicoterapia tiene el propósito real de mantener la neurosis y lo hace con la promesa, y el esfuerzo, de curarla.

Quizá una mejor forma de abordar el síntoma sea la que dictan los evangelios como: “toma tu lecho, y anda”, pero eso será motivo de otro análisis.

Uno es el hombre

Cotidianidad

«Uno es el hombre —lo han llamado hombre—/que lo ve todo abierto, y calla, y entra.«

Jaime Sabines

Uno es el hombre, y lo sabemos cuando nos confundimos con aquello que pensamos, entonces queremos ser todo lo que se nos achaca y nos vestimos de paciencia, sobriedad y empeño. Pero uno solo es el hombre y nada más; y entendemos que estamos ebrios, locos, iracundos, que tenemos miedo de ser solo el hombre, que buscamos secretamente la grandilocuencia de la emoción que nos aleje del tedio. Y nos ocultamos en la palabra y bajo una luz oscura cerramos los ojos para estar lejos de nosotros mismos, en la hora, también umbria, que se cierne. Somos la vergüenza y la acedia, la lujuria y la avaricia, nos despedazamos como un espejo roto, nos insertamos en nuestra propia sangre y nos disolvemos. Hay una ave oscura sobre el techo, es la noche, es la noche, y cae lentamente sobre nuestro cuerpo. Uno es el hombre y ha nacido hombre sin remedio.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung