A veces la consciencia se nubla para escapar de sí misma. Lo hace, por ejemplo, mediante el refugio luminoso de las ideologías, arquitecturas de claridad que prometen orden, seguridad y un suelo firme donde apoyar la existencia. Nada es más seductor para la conciencia temerosa que un conjunto de ideas que, en apariencia, explican el mundo sin exponerla al riesgo de la confrontación con sus propias contradicciones. En esas doctrinas pulcras, el pensamiento parece estar a salvo de la intemperie de sí mismo. Y sin embargo, bajo esa quietud, se escucha el latido firme del antiguo temor a la alteridad, que deshace el yo y que lo hace temblar ante el encuentro con la diferencia, con lo extraño.
Las ideologías son, en su esencia, ideas capturadas en vuelo. En ellas los conceptos vivos se han vuelto imágenes detenidas en el instante previo a mutar. Como criaturas fijadas con agujas sobre la mesa de taxidermia, conservan el brillo de algo que alguna vez voló, pero han perdido la fuerza de sus alas. Viven, sí, pero sólo para sostener el gesto de quien las usa. Una vez literalizadas, se vuelven alegorías técnicas, dispositivos destinados a fabricar la ilusión de una verdad exterior, una especie de talismán defensivo contra aquello otro que, sin embargo, habita en el interior del sujeto. Lo que la doctrina protege no es el mundo, es el miedo del yo a su propia disolución.
Para Slavoj Žižek, la ideología no es una cortina que oculta la verdad, es la fantasía que hace soportable su exceso; no es ignorancia, sino cinismo: sabemos lo que hacemos y, aun así, lo hacemos. La ideología, afirma, no reside en las ideas, mora en los gestos cotidianos, en esa coreografía material que sostiene las vidas individuales incluso cuando se reconoce su artificio. Arrodillarse precede al creer; pagar por un café “ético” sustituye al compromiso; actuar como si fuera verdad importa más que la verdad misma. La ideología, en su propuesta, es el velo que permite que el sujeto no sea devastado por lo Real: aquello traumático, desnudo, sin figura posible.
Si bien la ideología protege al sujeto del desgarro que produce lo Real, a diferencia de lo que propone Žižek, su origen no está en una estrategia cínica de la conciencia. Yace, en cambio, en un movimiento más profundo de autonomía: la ideología es el propio pensamiento del alma que insiste en no hacerse consciente. No es que el hombre no sepa lo que hace, es que la vida lógica que lo forma todavía no piensa el pensamiento de su propio concepto. La fantasía que se estructura es la renuencia de la psique a atravesar su sombra, la decisión de desoír el murmullo que la empuja a conocer su estado de actualidad. La interioridad, temiendo la mutación, fija sus imágenes para no ser tocada por la noción subyacente en ellas.
La literalidad, lejos de ser un artificio que sostiene la apariencia de un mundo ordenado, revela el punto donde el logos se niega a proseguir su curso. En esos ciclos que regresan sobre sí mismos, la psique preserva las figuras que teme dejar morir, como si cada imagen detenida asegurara la continuidad de una identidad que presiente su posible disolución. La repetición vacua es el vestigio de un pensamiento que todavía no alcanza la claridad de su propio concepto, un movimiento suspendido entre la urgencia de transformarse y el deseo de permanecer. Allí, en esa oscilación silenciosa, el alma resguarda la forma que aún no puede asumir y se aferra a las cristalizaciones que la mantienen a salvo del abismo de su metamorfosis.
En la religiosidad institucional puede observarse el arquetipo más visible de esta domesticación de la experiencia. Allí donde debería florecer el misterio, se levanta un sistema de certezas infalibles; en el altar de lo numinoso, se exigen obediencias minuciosas. El dogma ofrece consuelo porque impide pensar. El creyente que renuncia al movimiento interno de su conciencia obtiene a cambio la promesa de un plan absoluto: ningún cabello cae, ninguna hoja se desprende sin que el Gran Otro lo haya previsto. Todo está escrito, la historia ya ha sido narrada antes de que los hombres puedan preguntarse por su sentido. El sacrificio intelectual es el precio que se paga por ese alivio donde la incertidumbre queda absorbida por la maquinaria de la explicación sagrada.
El gesto ideológico no se restringe al ámbito religioso; prolifera también en los cuerpos teóricos que se suponen seculares. En psicología es frecuente que las escuelas se conviertan en círculos herméticos, sostenidos por un lenguaje que opera como contraseña y fortaleza inexpugnable. El pensamiento, cuando se vuelve identidad, rechaza toda disidencia. Y así, la teoría (que debería moverse hacia el interior de sí misma, romper sus propias formas, exponerse a la contradicción) es detenida en un instante fijo, conservada para garantizar que nada en ella pueda desestabilizar la seguridad de sus adeptos. Se la convierte en una fórmula que ya no está abierta a su devenir distinta. Así perviven institutos y grupos académicos y de formación, alimentándose de los restos muertos de una obra otrora viviente.
El dogmatismo habla con la seguridad que da la falta de incertidumbre. Conoce las respuestas antes de oír las preguntas. Todo fenómeno es sometido de antemano a lo que ya se ha dicho; todo texto es leído desde un lugar que no puede ser trastornado. Y cualquier diferencia se vuelve sospechosa, cualquier variación del tono es interpretada como amenaza. La prédica de la Gran Salud (sea religiosa, científica o terapéutica) no pueden tolerar el desorden del pensamiento vivo, debe corregir, instruir, advertir. Es el discurso que insta a salvar a los hombres cuando en realidad sólo preserva la quietud de su propio sistema.
La realidad, sin embargo, no obedece a la literalidad. El fenómeno es una sombra que cae sobre el mundo antes de que pueda nombrarse y se presenta con una desnudez que no admite taxonomías previas. Dejar que aparezca tal cual implica exponerse a la violencia de su alteridad. Permitir que una idea mute es aceptar que algo debe morir para que el pensamiento continúe su proceso. Ninguna transformación ocurre sin pérdida y el movimiento interno no se produce sin que el yo sienta la amenaza de su disolución. Pensar, en su sentido más radical, exige estar a la altura del pensamiento del fenómeno, y esto a veces significa atravesar una destrucción necesaria.
Aquí se revela el verdadero carácter del mandamiento antiguo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No se trata de una consigna ética, ni de un gesto benevolente, ni de un ideal moral. Es una experiencia de reconocimiento del mundo tal como es. Amar al prójimo supone renunciar a la centralidad del yo, permitir que su diferencia atraviese la rigidez de la identidad y aceptar que su presencia desordene aquello que se creía estable. No es un acto de bondad, es un movimiento de apertura hacia lo que podría disolver al sujeto. Amar es dejar que la alteridad hunda su cuchillo de jade en el corazón de quien se atreve a pensar una idea y servir como sacrificio al dios que se presenta.
Amar a otro es reconocer que en el interior del sujeto vive también un forastero, una figura que no coincide con la imagen que la conciencia tiene de sí misma, un punto ciego donde la psique reserva su misterio. Es necesario alojar y cuidar a ese extranjero interior (psicoterapia = cuidado del alma), asumirlo significa reconocer que él también encarna el carácter esencial de lo exótico, porque YO siempre soy Otro. Sólo cuando se acepta esta condición, el pensamiento se vuelve movimiento, la relación se torna transformación y el amor deja de ser consigna para convertirse en la metodología de una disciplina de la interioridad.
El alma, a veces, huye de la verdad de su logos y se esconde en veredas agrestes donde nadie puede alcanzarla. Se oculta en ideas fijas y sistemas de pensamiento reiterativos. Al psicólogo le corresponde escuchar estos dispositivos autorreferenciales, que se reproducen incesantemente en el discurso del que los sujetos se apropian, inconscientes, para seguirlos pensando y diferenciarse de los mismos. Este acto no es correctivo ni pedagógico, es el modo psicológico de escuchar el punto donde la psique se detiene a sí misma y deja de avanzar en su propio concepto. Porque incluso en los sistemas más rígidos hay un resto que no se deja inmovilizar, una sombra insistente, un logos en pos de su devenir, que espera presto la disolución de la forma que lo contiene.
