“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” o de la falacia prospectiva

Logos del alma

El discurso ego-psicológico está presente de muchas maneras, sobre todo en aquellas frases e ideas que parecen no contenerlo, que simulan la aceptación del síntoma como una realidad ineludible pero que finalmente niegan su validez proyectando a este fenómeno hacia el futuro. La forma básica de tales enunciados es: “Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” y aparece de inumerables formas como una especie de promesa para soportar mejor el infortunio presente.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana”, tiene en su estructura la idea básica de que es importante no eludir una situación desafortunada, lo cual refiere el hecho de una gran cantidad de problemas humanos tienen que ver la actitud de no afrontar la realidad tal como aparece, lo cual es cierto en cuanto a los problemas abordados en el consultorio. Desde Freud es evidente que la formaciones sintomáticas se desarrollan alrededor de vías alternas de descarga libidinal, es decir, que surgen como expresiones de un afrontamiento inconsciente con la realidad, desde la formaciónes transaccionales hasta la compulsión a la repetición el nodo sutil está sostenido por la falta de contacto de la consciencia sobre su circunstancia.

Se ha dicho innumerables veces que parte del trabajo psicoterapéutico es permitir que la consciencia sea consciente de lo que en el síntoma aguarda, lo cual implica que la consciencia del síntoma pueda llegar a sí misma y liberarse de su aprisionamiento material, que emerja como la noción que está resguardada en la inconsciencia de sí. Pero eso es todo. En cambio la segunda parte de la estructura del enunciado tiene un propósito distinto, pues después de habernos convencido de la importancia del síntoma y su aceptación se hace el salto al futuro donde el síntoma desaparece y se obtiene la curación, nos encontramos así ante la transfiguración del dogma cristiano que promete la redención y la salvación del que se arrepiente de sus pecados.

Em ese esquema el síntoma es aceptado, pero siempre y cuando nos podamos liberar de él, es decir, se entra en un sistema paradójico que camina hacia atrás la senda por la que ya se había avanzado, se hace patente entonces la promesa medica de la restitución. Hillman hablo extensamente sobre la falacia médicalista presente en la terapia, que desviaba la importancia de las imágenes hacia objetivos egoicos que tenían que ver con la necesidad del sujeto y no con la necesidad del síntoma, así la falacia prospectiva parece restituir la dignidad del sufrimiento pero solo al precio de sus desaparición, no hay entonces una verdadera aceptación sino solo una apertura fingida.

Por ello, es importante estar atentos a las promesas psicoterapéuticas, pues un tratamiento centrado en la evasión del síntoma no hará más que reforzar la misma circunstancia que ya se vive, la misma inconsciencia del sufrimiento que lo mantiene atrapado en la fantasía. En la falacia prospectiva el psicólogo parece dar un paso importante en este esfuerzo por resituar el fenómeno, pero de forma implícita lo vuelve a relegar a la sombra, lo cual evoca que su perspectiva es todo menos verdaderamente psicológica y que el psicoterapeuta va, como Giegerich refiere, montando en la misma neurosis que el paciente, hacia el objetivo velado de mantener al fenómeno lejano de su propia verdad. Tal psicoterapia tiene el propósito real de mantener la neurosis y lo hace con la promesa, y el esfuerzo, de curarla.

Quizá una mejor forma de abordar el síntoma sea la que dictan los evangelios como: “toma tu lecho, y anda”, pero eso será motivo de otro análisis.

El tiempo de la psicología es el presente

Logos del alma

Pensemos en una historia conocida: Un hombre pierde un caballo y todos se lamentan, el hombre no sabe que sucederá y sigue trabajando, el caballo regresa con una tropilla y todos se alegran, pero el hombre se repite a sí mismo que no sabe que pasará; tiempo después su hijo se rompe una pierna al tratar de domar a uno de los caballos salvajes y los demás vuelven a lamentarse, el hombre, mientras tanto, no sabe que sucederá; viene entonces la guerra y reclutan a los jóvenes del pueblo, excepto a su hijo que está lisiado y para estas alturas ya imaginamos la reacción del hombre.

Imaginemos entonces que este hombre no es imperturbable, él se alegra y se entristece, pero no se anticipa el futuro, acepta el presente tal como es ¿no es esa la actitud que le corresponde al psicólogo? Cuando adviene el fenómeno, es decir, el sueño, el síntoma, la gran guerra o el gran desastre, entiende el sufrimiento como un malestar circunstancial, pero no desea algo distinto, al menos no lo hace como psicólogo; aquello que aparece lo acoge y lo recuesta en el diván, lo escucha durante largas horas y lo cuestiona, no para hacerlo cambiar, ni para que aprenda una lección, sino porque él mismo quiere ser enseñado por el fenómeno. Querer curarlo implicaría evadirse de su realidad, escapar a la fantasía medica y dejar de ser psicólogo, pues en tanto tal está determinado por su fidelidad a la noción que lo atraviesa y por ello no escapa, sino que se mantiene en la ciénaga y en el dolor y dice: “no afuera, sino a través”.

El hombre de la historia contada no lleva a cabo una contemplación pasiva, él juzga los sucesos por lo que son y sigue trabajando, no crea un doctrina ni un dogma sobre los hechos, solo continua con su labor actual. Olvida las cosas y las vuelve a observar cada vez y de nuevo. Así, también, es la mirada del psicólogo que aprende todo y enseguida lo vuelve a soltar, ¿cómo podría saber lo no sabido si conserva la ilusión de saber? El hombre común, en cambio, desde su sentido común, lo sabe todo, conoce que es el bien y que es el mal y se lamenta por el tiempo, o lo celebra; pero el psicólogo no sabe, y no puede darse el lujo de saber que pasará, su campo es indeterminado, solo sigue trabajando en el, intentando alzar la gruesa tierra con su azadón y en ese acompasado movimiento asume que cada cosa es ya lo que debe ser, pues todo es su propia individuación.

La psicología no es medicina

Logos del alma

La psicología hereda de la medicina el concepto de salud-enfermedad, por lo que es común que aquella confunda sus objetivos con los de la disciplina médica, pero el psicólogo debe desligarse de tal concepción para poder brindar hospitalidad a los síntomas que se presentan en el contexto de la terapia. Ocurre que cuando un psicólogo busca el bienestar, la salud, la curación del fenómeno, por muy loable que sea su causa, ya no está haciendo psicología, pues una brújula moral ha matizado de ideología su objetivo ante el fenómeno psicológico, buscando llevarlo fuera de sí mismo hacia un objetivo técnico determinado. Este método es muy conveniente para la ciencias de la salud, pero el síntoma es un camino que debe de ser recorrido siempre hacia dentro de sí mismo, en una epístrofe que facilite la emergencia del espíritu mercurio atrapado en la imagen sufriente.

El psicólogo, si aspira a serlo, no desea que las cosas mejoren sino entender porque las cosas son como son y qué dicen sobre la lógica del alma, su aspiración es mantenerse atento al fenómeno presente y permitir que este siga la dialéctica inherente al mismo, para así poder aprender de tal acontecimiento, no busca transformarlo ya que no se puede aprender de aquello que se desea corregir.