La ilusión de la reparación psicológica

Logos del alma

El mundo es la perpetua representación de una violencia primera. La existencia, el resultado de esa violencia.
Chantal Maillard

La hipótesis junguiana de una psique objetiva atenta contra varios principios que rigen la visión cotidiana de la realidad. Uno de estos es la presunción causalista lineal de los fenómenos psicológicos, que indica que cada uno de ellos es el resultado de un momento anterior al mismo. En esta lógica se cimentan varios supuestos cuestionables de la psicoterapia actual, por ejemplo: la influencia de la niñez en el desarrollo de la persona, el rol de los padres en la construcción de la personalidad del hijo, el motivo del trauma como desencadenante de trastornos psicológicos y la idea del resarcimiento psicológico.

En la lógica causal, cualquier situación sintomática se entiende como el estado inmediato de un suceso que ha marcado el destino de un proceso psíquico. El padre golpeador, la madre indiferente, el acoso escolar y otros hechos han violentado la existencia del sujeto y se supone que deberían desencadenar una serie de síntomas que perturbarán la vida de las personas hasta que éstas puedan encontrar la manera de reparar lo que otro ha estropeado.

La persona agraviada siente el derecho y la necesidad de una reparación ante la falta padecida, asume que si ha sido dañada, quien cometió tal vileza tendría que compensarle de alguna forma, si bien esto es complejo en lo social, psicológicamente es impracticable. La fantasía de reparación exige que un momento de la existencia, que ha sido perturbado por la violencia, pueda ser restaurado a su antigua inocencia, como si la flecha del tiempo fuera reversible. Pero no lo es.

Ser lastimado es ser lanzado hacia una experiencia turbia. Otrora, la vida había sido inmaculada, pero el maltrato o el abuso someten al individuo a la oscuridad de la naturaleza anímica. No obstante, lo que se experimenta no es únicamente la agresión del otro, sino que su amargo encuentro es con el rompimiento y el desgarro de la dimensión impoluta, puramente anima, de la consciencia. Es decir, que el perjuicio sufrido no hace otra cosa más que abrir la mirada a la existencia ineludible de la incertidumbre, de la otredad.

Esta consciencia desmembrada es inevitable, ya que en el incesante devenir de las experiencias, que forman esa unidad ilusoria que se ha nombrado como “personalidad”, los embates de la vida son una constante del movimiento psíquico. La consciencia construye su estructura dinámica de forma continua a partir de la confrontación dialéctica con los sucesos, mismos que son interiorizados y reconstruidos en imágenes y conceptos, de tal manera que resulta más importante la misma reconstrucción (rememoración) que lo realmente vivido.

Se puede haber tenido una infancia alegre o desgraciada, pero eso no es relevante, en cambio, lo importante es cómo estos hechos fueron asimilados por el desarrollo de la propia consciencia en sus imágenes y conceptos. Es evidente que son las representaciones anímicas el verdadero sujeto del desarrollo psicológico, no las personas; es el alma la que sufre, aprende y sana, no el hombre, quien solo sirve como escenario para el drama de las figuras oníricas que se encarnan en su deslustrada efigie.

La psique autónoma recompone las fantasías de sufrimiento en el vaso alquímico de la elaboración de la consciencia. Así como el sueño recordado es el sueño reconstruido, la evocación de las vivencias no se refiere a algo que sucedió en el pasado, alude, en cambio, a una recapitulación del momento presente. Es la actualidad del fenómeno la que es sometida a la brutalidad del fuego del atanor e interiorizada dentro de sí misma hasta ser asumida como algo privado.

Una vez que las experiencias han sido reflexionadas por el proceso psíquico, éstas ya no pertenecen al ámbito de lo positivo, han cobrado autonomía, se han vuelto negativas, liberadas de su aprisionamiento en la literalidad de la materia. No importa si se han padecido maltratos, si la vida ha sido injusta, si se ha experimentado la brutalidad de los semejantes, no hay que hacer un escándalo por ello, en el plano psicológico eso ya ha sucedido y ha sido integrado en la estructura psíquica.

El dolor que otro causó es ya el dolor propio y, por lo tanto, nadie más puede hacerse cargo de él, nadie puede repararlo y no hay compensación posible, el mismo sujeto tiene que pagar el precio por esa experiencia y entenderla dentro de la definición particular de quien se es. Al fin y al cabo, la presencia del animus que irrumpe, es decir, la epifanía del otro, siempre es dolorosa. Es este ruido atronador o punzada lacerante la que acaece en el encuentro con la vida, con el otro, con el alma.

“La vida es peligrosa”, dice Giegerich y no es posible eludir la destructividad de la realidad. El mundo está lleno de inconveniencias, pero estas dificultades son el terreno y el alimento del alma en la confrontación lógica consigo misma. Incluso, se puede alegar que vivir es subsistir en constante confrontación con lo que ya ha sucedido, porque la vida siempre es lo que ya ha pasado, se encuentra hecha y es tarea de cada persona ponerse a la altura de sus circunstancias.

Por todo esto, la reparación de los daños no es posible, y la búsqueda de tal fantasmagoría condena a las víctimas a hundirse en el deseo regresivo de la restauración, anhelando el paraíso perdido al que la propia realidad impide el regreso. Nadie puedes ser compensado, pero esperar tal enmienda es el núcleo de lo que Freud nombraba como “la compulsión a la repetición” y que en el lenguaje popular se ha llamado “reiteración de patrones”. En esa redundancia subyace la esperanza de volver a lo que se ha perdido irremediablemente.

Regodearse en la emoción experimentada o bajo la categoría de víctima, implica verse sumergido en un complejo y vivir como si el tiempo se hubiera detenido en el instante del daño, en un intento compulsivo por lograr el imposible resarcimiento. En cambio, permitir que la emoción se libere requiere dejar que lo pensado en dicha emoción la niegue y, entonces, el sujeto pueda atender el hecho de que la vida es dolorosa, que el daño ya ha ocurrido y que no hay una diferencia sustancial entre él y sus heridas.

Ser uno mismo requiere permitir que el dolor haga su trabajo y, entonces, tomar responsabilidad de la vida en sus propios términos, no en los que el individuo desearía para sí mismo. Tal es la condición del alma objetiva, cuyo propósito autonómo (telos) ha de ser tenido en cuenta para diferenciarse del mismo y reconocerse como un ser expulsado hacia la muerte y someterse, por ende, a la naturaleza inmanente del concepto de hombre como criatura doliente y sin redención, pero solo por ello digno de ser lo que, de hecho, ya es.

El problema de los padres suficientemente buenos

Logos del alma

«Nada afecta tanto a la vida del niño como la vida no vivida de sus padres.»

C. G. Jung

A menudo los padres se sienten culpables de los errores cometidos en el proceso de la crianza de sus hijos, se preguntan constantemente si lo están haciendo bien o no y llegan al grado de interpelar al terapeuta para que éste juzgue su actuar, lo que significa que la exigencia los ha sobrepasado y desean que alguien más cargue con el papel parental. La preocupación por adecuarse a un ideal crea una tensión palpable en la angustia creciente por cumplir con normas que son inalcanzables. Es un cruel imperativo social aquel que impele a los padres a que sean solamente buenos padres.

En los cuentos antiguos suele haber una madrastra malvada que se contrapone al amor puro de los padres ausentes, pero ésta es una reelaboración más bien reciente, porque en las versiones más antiguas de los cuentos la figura destructiva recae sobre la propia madre o en ambos padres. Esto sugiere que en algun momento la idealización de las figuras paternas obligó a la cultura de una época a escindir el papel atroz y la figura benevolente en distintos recipientes. Sin embargo, un análisis más atento mostraría que las figuras que componen estas historias conforman una unidad, donde lo aciago y lo afortunado se entrelazan para permitir el desarrollo de la narrativa, pues el protagonista no tendría que emprender un viaje si no sintiera el rechazo de su hogar, si él mismo no fuera alguien sin una morada propia; es en el ser obligado a marcharse lejos de su posición inicial que conoce a la princesa encantada y puede convertirse al fin en el rey, es decir ser inciado en el misterio profundo de la paternidad.

Este cisma, entre los padres buenos y los malos, fue utilizado por Melanie Klein en su teoría sobre el estadio esquizo-paranoide, donde la autora conjeturó que ante la pulsión de muerte el sistema yoico, aun en ciernes del niño recien nacido, se deshace (deflecta) tal impulso amenazante en la figura del pecho persecutorio y en cambio proyecta la pulsión de vida en un pecho ideal, es así como el infante fragmenta la experiencia de la realidad de la que se nutre, pero no sabe que ambas imágenes no son distintas, este hecho da pie a la integración del aparato psíquico que se consolidara en el interjuego entre la vida y la muerte. Antes de Klein, Freud había entendido que la vida pulsional del sujeto es posible porque hay un contrapunto entre una necesidad por mantener la vida y el deseo perderla, esa danza continua entre la reproducción y la destrucción es el sine qua non de la existencia del alma.

Por lo tanto, se debe advertir que en la vida del niño no puede existir solo una figura benévola por parte de los padres, estos contienen, y deben contener, el matiz destructivo de poder ser aquellos que no aman lo suficiente, ha de haber entre ellos y sus hijos un misterio que los separe, porque ser padres significa poder soportar la incertidumbre de una distancia infranqueable. De otra manera, si las figuras parentales se empeñan en vaciarse de lo nefasto, entonces la experiencia del error y de la maldad tendrá que ser admitida por otro sujeto continente, que en la mayoría de los casos resulta ser el propio hijo. Ello tiene como consecuencia la necesidad compulsiva del hijo de no ser adecuado e incluso de identificarse con una posición perniciosa en contraste con la luminosidad de sus progenitores, ya que la tensión inherente en su subjetividad se ha trasladado de sí mismos a la simbiosis psíquica con sus progenitores. Es por eso muchos hijos taimados tienen un sentimiento de rencor contra los padres buenos y la culpa por ese odio que parece no tener justificación los sumerge aún mas en su oscura vivencia, pues ésta resulta ser también un mecanismo protector de la limpidez parental.

En los casos afortunados, por más que los padres intenten ser solo buenos, su misma estructura psíquica los obligará a expresar su sombra permitiendo que el hijo pueda ser impulsado, hacia su singular camino hacia sí mismo, por medio de la desilusión narcisista por no tener a los padres ideales. Quizás, a su vez, estos hijos intentarán ser padres buenos y, si todo va bien, fallarán estrepitosamente y con ello permitirán que nuevas generaciones puedan descansar en la adecuación de la vida e impulsarse en el alejamiento fugaz ante la muerte, comprendiendo así que la tarea paterna es poder sostener esta tensión de forma irremediable y que, por lo tanto, para ser buenos padres se requiere poder soportar la realidad de no poder serlo.