Parte de la experiencia sexual es su camino hacia una satisfacción que nunca llega, el roce de los cuerpos, los labios entrelazados, ahí, en el habitáculo del otro, se busca al fantasma que éste significa y en el mejor de los casos ambos gozan, pero realmente uno de los dos siempre lo disfruta menos. Ser adulto requiere poder sostener esta insatisfacción por no poder penetrar o ser penetrado completamente, pero la búsqueda amorosa exige a la vez el deseo y su propia desilusión, es una danza que anima a los cuerpos y los invita silenciosamente hacia su propia muerte.
Sin embargo, la cultura posmoderna pretende evadir este secreto, quiere hacer posible la sexualidad por primera vez. Ante la empresa de hiperrealizar la realidad se reemplaza incluso la verdad en sí misma por su forma masificada: la pos-verdad. Jean Baudrillard decía que afortunadamente las estrellas en el cielo no eran inmediatas, la luz tiene que recorrer un camino de tiempo-espacio para poder llegar a los ojos que las observan, si no existiera esta mediación entonces las luz nos cegaría de manera fulminante y estaríamos obnubilados ante cualquier estimulo. Lo demasiado en también una forma de ocultar el objeto.
En la pornografía la ofuscación es evidente, en ella se tiene a una mujer totalmente complaciente que, llevada por su artificiosa pasión, se entrega sin restricción al falo, no al hombre que tiene enfrente sino al miembro que se erige de forma perenne. Es debido recordar que un pene erecto es también la representación de la vida misma, Hermes, Dionisos, Pan, son deidades que expresan la vida inmarcesible en la forma de una erección continua, que guarda lo spermatikos (quizás el logos) en su potencia. Así, la hembra se abdica a la gratificación de un sujeto que se confunde con la imagen que representa. Por eso los actores masculinos son incansables, su voracidad nunca se extingue, en su penetración eterna son a su vez una boca abierta que nunca deja de devorar lo que se le ofrece.
No obstante, la entrega de los amantes, en la pornografía, es inmediata, no hay seducción que los separe, la erección no cesa y la lubricación nunca amaina, al final los cuerpos fundidos no son otra cosa que la expresión de un deseo característico de la infancia: la satisfacción urgente del hambre y, por lo tanto, la evasión de la angustia en la unión simbiótica que supone la participación mística de los individuos. Ambos, entregados al deseo ilusorio, actúan la total confusión de las almas y de los cuerpos.
Por eso, la imagen pornográfica es tan satisfactoria ya que permite vivir de forma vicaria aquel deseo que nunca se confiesa, pero que está presente en la vida de todo sujeto: ser satisfecho sin tener que pagar el precio o, en otras palabras, ser amamantado solo por un pecho bueno que entregue su amor de forma incondicional, sin el deber de otorgar un monto de la existencia a la irrefrenable pulsión de muerte.
Es así que el sexo hiperreal de la pornografía promete un goce absoluto, es decir, infantilizado, que cuando se confronta con la vida real se enfrenta al obstáculo de que en ella las cosas son finitas y nunca pueden satisfacer completamente nuestros deseos. Entonces el hombre supone que su goce depende de ser el goce ajeno, el de la mujer, y se aboca a la tarea imposible de convertirse en el falo del otro, en una maquina sexual que ya no disfruta sino que ahora es eficiente y que, en consecuencia, tarde o temprano falla. De dicha inutilidad surge la culpa fantasiosa por la tragedia de no poder ser satisfecho ni satisfacer. Poco se repara en el hecho de que la impotencia no es sino la sombra de un deseo de poder titánico.
En la cultura capitalista los signos pornográficos son omnipresentes, no solo en las imágenes de mujeres voluptuosas que prometen la satisfacción inmediata, sino que la lógica del porno sostiene todo discurso que promete la felicidad absoluta, el placer continuo y el gozo eterno. Así, el consumismo es una especie de pornografía, pero también lo son las terapias que auguran la gran salud o las pedagogías que se estructuran con base a la complacencia de los individuos, de manera similar la redes sociales acortan el ciclo de la gratificación y lo vuelven compulsivo, los límites, por lo tanto, tienen que ser abolidos. Todo aquello que niegue la potencia de la muerte funciona bajo la lógica de lo obsceno. El capitalismo y el progreso también son falos que nunca declinan, agazapados a la espera de la impotencia de su aparatos economicos.
Pero en la proliferación de la imagen sexual, lo que se acaba ocultando es la sexualidad misma, pues, si como se dijo al principio, el acto sexual requiere de la separación y del misterio, lo único que no está presente en la narrativa del porno es la propia sexualidad. Realmente la liberación sexual nunca ocurrió. Lo que Freud percibió en su teoría de la seducción es que siempre hay una diferencia entre el hecho y su traducción psíquica y que en esa disparidad radica la construcción de la realidad. A falta de seducción la reproducción maniaca del deseo se transmutó en la obcecación de una inmediatez imposible, de la persecución de ideales pueriles como la felicidad, la salud o la eficacia; pero el amor es un pathos que poco a poco nos consume, es el umbral constante entre la vida y la muerte, y la sexualidad es el gozo de este dolor terrible por vivir; nunca puede ser desvelado del todo porque no hay desnudez que lo abarque, al contrario, se oculta mejor en la exposición de dos cuerpos abiertos cuyas cavidades solo apuntan al vacío.
La pornografía es la narrativa del sujeto narcisista que de manera fatal cumple su deseo y convierte al Otro en un reflejo de sí mismo, lo que queda fuera de este esquema es la propia sexualidad, que esencialmente es la actividad evocadora del otro indisoluble, del espacio entre un estimulo y su captación. Como en una película de David Cronenberg la copula se satisface solo en la pantalla, es la maquina quien se impone con su prontitud, es ella quién tiene sexualidad, ya no nosotros, y aunque somos testigos de un goce, ya no tenemos nada que ver con él, pues la coniuntio sutil de los cuerpos solo puede darse en la separación y en la imposibilidad del placer, es decir, en la dimensión de la experiencia erótica como una alteridad radical.
