Enantiodromía o de la creación de enemigos

Logos del alma

En los esquemas de pensamiento dualistas, la realidad es reducida a unas cuantas antinomias que buscan expresar la grave complejidad de la existencia, la ganancia inmediata es una cuota de seguridad que permite sostener la angustia de enfrentarse a un universo abierto e infinito, al precio de constreñir la reflexión a una parte ínfima de tal realidad. No solo el mundo es disminuido sino que también la mente de quien asume esta pobreza se torna apocada y ya no podrá observar más que opuestos irreconciliables.

En la estrategia defensiva ante la necesidad de integración del otro, la separación inconsciente entre dos elementos permite, además, que la visión que produce dicha escisión pueda mantenerse incólume, identificada solo con uno de los dos lados, aquel que se ajusta mejor a sus preferencias morales. Así, el sujeto se puede establecer en “lo correcto” y lanzar hacia el enemigo la carga moral del mal o de lo abyecto, es decir, volver al semejante un objectum.

Sin embargo, en cuanto a la dinámica psíquica, Freud proponía que la proyección de una imagen psíquica sucede cuando ésta es demasiado estruendosa y verdadera para asumirla como propia y es necesario, entonces, crear a un chivo expiatorio que pueda emancipar a la psique de aquello que teme admitir como propio. Pero, rechazado, el mal no disminuye solo es evitado y sigue formando parte inextricable de la propia constitución psíquica. Lo cierto es que lo repudiado debe volver a casa, a la consciencia, y lo hará incluso convirtiéndose en un impulso irrefrenable.

Por ello, la creación de enemigos no puede ser entendida solo como el encuentro fortuito del mal o del opresor allá afuera de uno mismo, sino que lo detestable es parte integral de la totalidad que cada fenómeno supone en su más honda naturaleza, en consecuencia el mal es la creación no confesada de la posición que se asume como inocente o como víctima. “Amaras a tu prójimo como a ti mismo”, guarda dentro de sí la comprensión de que, de igual forma, se odiara en el otro aquello no integrado en uno mismo.

En psicoterapia, uno de los pilares que sustentan el abordaje de los casos relacionales, como lo son los problemas de pareja, familiares o laborales, es el entrelazamiento sistémico de los miembros que conforman un grupo. Se entiende que el conflicto, aunque a veces se enfoque en un solo sujeto, es sostenido y alimentado por la dinámica de la que todos participan. En la relación dialógica se han estipulado una serie de reglas que los miembros del grupo asienten, muchas veces sin saberlo, y ante las cuales el victimario es el miembro más obediente de las mismas. Desde la óptica psicoterapéutica no hay individuos que padezcan un trastorno sino sistemas de los que son emergentes.

Es así que el pensamiento dualista no permite que la dinámica del sistema se vuelva explícita, en concreto, que se haga consciente de sí misma, pues mantiene impoluta la perspectiva de sí e inhibe la reflexión que reconoce al otro como un semejante. La violencia que las perspectivas duales reproducen es la de aquello otro de lo que huyen proyectivamente, es el intento del huésped no deseado por tomar un lugar en la mesa de la consciencia, pues su presencia es prerrogativa de la integridad del pensamiento del fenómeno.

La obcecación de no admitir que el enemigo es el otro de uno mismo refuerza el sistema contra el que, en apariencia, se alzan las invectivas de quienes se ofenden por una posición contraria y ocultan, con ello, las vías de acción por las cuales los elementos discordantes podrían reformular y profundizar la rica variedad de las experiencias fenoménicas. La búsqueda del lado correcto funciona como perpetración de aquello contra lo que se lucha, pero el alma requiere arribar al domingo de ramos y prepararse para la pascua de la resurrección y ello ocurrirá se quiera o no, porque «Vocatus atque non vocatus, Deus aderit» como sabia Jung, quien recordando a Heráclito, llamaba a esto la enantiodromía, la carrera hacia los opuestos.