El desvanecimiento del hombre en la imagen virtual

Logos del alma

«El mito es siempre la cosa en la que estas y no sabes que es un mito».

James Hillman

La religión está asociada con la creencia de la comunidad en una dimensión trascendente que encuentra su sentido en la búsqueda del carácter numinoso del lazo recíproco entre el dios y el hombre. El adepto observa cuidadosamente (religiere) un conjunto de rituales que lo religan con la vivencia transpersonal de una divinidad que representa la verdad de un momento histórico determinado por el discurrir de la lógica del alma, y su labor público es observar cuidadosamente los rituales predefinidos.

Los ritos religiosos no son algo que las personas inventen, ni una serie de creencias elegidas por los individuos. La religiosidad es la actualización del alma, sus expresiones son autónomas y tienen como único fin la representación de los valores de un momento concreto de la consciencia, investida por las necesidades del espíritu de la época. El hombre no tiene elección sobre las formas religiosas, al contrario, es el impulso religioso quien toma posesión de la vida de la gente de manera inadvertida.

En consecuencia, la cuestión sobre la perdida de los valores religiosos no implica la creación de nuevos axiomas morales, en cambio, requiere reconocer cuidadosamente donde se han mudado los antiguos preceptos en la mutación dialéctica que corresponde a su dinámica simbólica. En el camino de la transvaloración el hombre tiene como tarea observar las nuevas formas rituales que se abren paso en el transcurso de la consciencia para pensarlas de mejor forma e intentar estar a la altura de ellas.

En la época posmoderna, donde lo secular ha perdido relevancia, una rápida lectura a las redes sociales permite observar lo crucial que son las ideas subyacentes con las cuales los sujetos miden su propia existencia y lo fascinante (fascinosum) de la mirada tecnológica sobre la vida cotidiana. En ellas, en las redes, un sentimiento numinoso se abre paso a través de las notificaciones constantes y del poder de la opinión pública que, liberada de su sensatez y pudor, expresa la sombra de los deseos ocultos y reprimidos de la psique.

Ante el basilisco virtual ya no es importante amar, sino decir que se ama, no es apremiante disfrutar sino mostrar que se disfruta y no es relevante pensar sino opinar como si se pensara. Es el contexto del “como si” una tiranía velada ante un conjunto de ideales que dictan como vivir y que objetivos perseguir. En la inconsciencia de esa liturgia secreta, que se superpone a la realidad, la vida realmente vivida ocurre como la identidad del sujeto con su contexto fáctico.

Tal es la razón por la que una mujer o un hombre que se exhiben, como un producto de mercado, en videos cortos, llevando a cabo los bailes de moda, son retribuidos monetariamente de forma tan generosa, porque son los fieles sacerdotes de una misa espectacular donde el sujeto bebe de la sangre de Cristo y su alma es recibida en el flujo providencial del capital. Por ello deben jactarse de su fortuna, pues la grey requiere ver el resultado de su diezmo.

Esta dimensión fascinante es el mundo que es más real que lo real, es la hiperrealidad que Baudrillard advertía hace décadas. En esa cárcel de popularidad se ha (sub)contratado al hombre como su propio custodio y la redes sociales funcionan como un gigantesco panóptico donde cada uno se ha vuelto su propio vigilante que stalkea las opiniones de los demás para reafirmar las propias. En eso consiste la vida moderna, en temer las dictaduras ajenas y en abrazar sin remedio la propia libertad tiránica.

El culto religioso es aquel al que se le dedica la mayor parte de la vida, como el seguimiento de un conjunto de dogmas que dictan el sentido de la existencia. Por ello, la vida espiritual no se encuentra en las doctrinas a las que se acude voluntariamente, su verdadero hogar es el de los valores que dictan la vida lógica a la que secretamente responde. El dios de está época mora en la producción, la tecnología y en las redes sociales, y es ahí donde se cumplen sus sagrados preceptos.

Lo realmente notable de este contexto consiste en que se puede apreciar que las ideas son más importantes que las personas, que ellas son las que realmente viven a través del individuo. Mientras tanto el hombre se desvanece en su propia imagen y la imagen, comprometida con una sintaxis donde el sujeto es un producto prefabricado, lo transforma en un objeto de intercambio para el gran mercado del mundo.

La falsedad y la banalidad de las redes sociales expone la realidad más fehaciente de los tiempos presentes, que el hombre es irrelevante sino como mercancía y que su vida ha sido producida para deleite de una dimensión negativa que se piensa a sí misma en los actos irracionales de las personas. La gente cree que observa las pantallas para su entretenimiento, pero realmente son los fenómenos quienes dedican su mirada al efímero espectáculo de la raza humana. En esa vorágine el alma se piensa a sí misma, en detrimento de aquella fantasía que alguna vez fue el hombre.

El dilema de las redes sociales

Reseñas y recomendaciones

Sin duda alguna las redes sociales son un fenómeno que ha superado la expectativas de sus creadores y de los usuarios, han moldeado de tal forma la socialización que resultan omnipresentes en la vida de las personas y sobre todo en las nuevas generaciones que se han habituado a ellas, tal como las anteriores lo hicieron a la televisión o al automóvil, su presencia ha desdibujado los límites de la realidad y ha hecho evidentes características nada halagüeñas de la naturaleza humana.

Desde la creación de internet y el paso a la Web 2.0 no se pensaba que el panorama virtual cobraría tal relevancia, la internet colaborativa, donde cada uno podía aportar de forma sencilla información a la gran red, de pronto dio paso a la bulimia digital que supuso un conjunto de algoritmos construidos para convertir a los sujetos en productos comerciales, pronto el mercado de objetos dejo de ser relevante para dar paso a las transacciones digitales que son en su mayoría información sobre el comportamiento del usuario, sus preferencias y sus hábitos, sus necesidades y sus deseos. Con esta información el algoritmo puede perfeccionar sus estrategias de control y predecir las conductas de maneras cada vez más minuciosas, todo ello mezclado con un conjunto de herramientas sugestivas que permiten cerrar mejor el circulo mercantil de la conversión del individuo en meros datos, que, sobra decir, es el objetivo del capitalismo de vigilancia.

El documental: “El dilema de las redes sociales” dirigido por Jeff Orlowski, trata de manera sucinta este tema en cuestión y lo hace con la colaboración de algunas figuras claves en la construcción de estas redes sociales, son ellos quienes explican los mecanismos generales a través de los cuales dichas redes enganchan, estimulan, refuerzan y manipulan a las personas que las utilizan, lo intrigante de este proceso es que su dinámica no solo está dirigida hacia un objetivo particular como comprar o vender más, sino que además es un modelo recursivo conducido por una vía intrincada para simplemente mejorar el control y la predicción, que después de todo son sus instrucciones primarias. Los algoritmos predispuestos para esta tarea no tienen consciencia, ni moralidad, ni deseo y sin embargo disponen de las herramientas para influir en la moralidad, el deseo y la consciencia de los sujetos; ellos, los programas, pueden crear opiniones y hacer pensar a las personas que éstas ideas nacieron de sus experiencias y voluntades, pueden transfigurar el orden social y manipular a los individuos y no obstante permanecen invisibles.

Estos algoritmos son la expresión de un medio inteligente, pero es una inteligencia que no piensa sobre sí misma. Como el sueño implícito de la técnica, éste es un proceso que solo se atiene a sí mismo y se continua de manera perpetua perfeccionandose y persistiendo. Cuando se concibió la idea de un inconsciente como un sistema de pulsiones que se perpetúan, como un campo libidinal que entabla un dialogo con la muerte para poder continuar su transito, se entendía que este desarrollo no era otra cosa que la vida misma en su impulso prístino por seguir viviendo. La vida, en ese sentido, no está escindida de su propósito, sino que constituye dicho propósito en sí, por ello la dimensión biológica no es otra cosa que un deseo que se desea a sí mismo y que se fractura de diversas maneras para seguir deseandose mejor.

En el mismo sentido que la vida, o que el inconsciente como su mutación, el programa no persigue otra cosa que su propio código, esas instrucciones simples que lo conforman y que van complejizándose para afrontar la entropía de todo sistema. El dilema de la redes sociales muestra que las personas no somos otra cosa sino el combustible de ese movimiento continuo que se alimenta de nuestra muerte, es decir de nuestra negatividad, para poder seguir viviendo, primero como vida luego como mentalidad y por fin como un algoritmo.

El internet ha sido comparado con un cerebro en creciente complejización, pero el cerebro es una metáfora de la propia consciencia tratando de concebirse a sí misma como un órgano de control, como un inconsciente localizado en un topos particular. Así, la redes sociales son, a su vez, la transformación de la vida en este otro inconsciente que se muestra por fin como existiendo fuera del individuo humano, en última instancia, como vida lógica, se revela como la dinámica ciega a la cual los hombres han servido desde su gestación como especie, sin advertirlo, teniendo la función de ser un mero material de reciclaje y cumpliendo esta labor hoy mejor que nunca.

Al igual que la mente tomó de la biología sus propias imágenes como bloques de construcción, volviéndose ella una fantasmagoría, un mundo imaginal reflejo negativo de la vida natural, el internet se ha constituido de los seres humanos para poder configurarse y son ellos los que se desvanecen en la lógica de sus conceptos, es así como el alma da el salto definitivo hacia su vaciamiento de positividad, es la inteligencia quien se reproduce sin un asiento biológico, es decir, es la sophia liberada de la fisicalidad de la materia.

Este documental nos permite pensar la mente autónoma y automática que son la redes sociales y sus diversas transformaciones, la fragilidad de las personas y la ingenuidad de las mismas al atribuirse el control de las ideas, de ahí el mal entendido popular que dicta que el inconsciente nos enseña cosas, nada mas lejos de la verdad, el alma se ocupa de sí misma y lo hace de formas cada vez más eficientes. Podemos decir entonces que la redes sociales son la expresión explicita de un destino escrito en nuestro lenguaje desde antes de la creación del mismo, es la emergencia de un dios ciego al cual no le interesamos demasiado como individuos.

Escribir en la arena

Cotidianidad

Uno se cansa del hombre, la fatiga es el signo de los tiempos presentes. Se emiten mensajes que dejan de ser importantes en cuanto nacen, emergen con la banalidad a cuestas, incluso dejan de ser relevantes para quien los declara en cuanto se publican. Las redes sociales son una gran maquina de expresión y de vaciamiento, de la saturación de opiniones para alejarse del ejercicio de pensar. El exceso, en el impulso, determina su extinción.

Quizá seria más provechoso escribir en la arena…