“Como un ladrón te acechan detrás de la puerta/ Te tienen tan a su merced como hojas muertas”.
J. M. Serrat
La vida transcurre entre quehaceres cotidianos: lavar los trastes sucios, hacer la comida, ir por las compras, cuidar a los hijos, trabajar y obtener grados para trabajar “mejor”, todas labores superficiales. Sin embargo, quizás son éstas las cadenas que atan al demonio a la tierra a la que pertenece y no es la meditación ni las alturas espirituales quienes lo frenan, tampoco la ascesis implacable y dolorosa del iluminado que se marcha lejos de sus hermanos, a las sublimes alturas del desapego, en verdad es la santidad de algunos quien condena al destino de la sombra a los hombres incautos, son ellos sus sacrificios.
Son la vida cotidiana y su banalidad los límites de una pulsión destructiva que hereda del caos su oscuridad inmensa, aquella que cuando se le deja vagar sin senderos delimitados reordena el mundo en fuego y sangre. Pero lo Otro, ese espíritu destructivo, que lleva a los grandes hombres a la locura o a la muerte, es una bestia que solo encuentra la paz en los campos cultivados, en la vida familiar y en el trato amable de los vecinos y son las cosas pequeñas y terrenales quienes nos salvan, temporalmente, de la destrucción y el desgarro; pero siempre llegará su tiempo, pues el daimón es la lava ardiente del basalto que somos.
