La búsqueda de una visión psicológica de los fenómenos acarrea la pregunta inmanente sobre el alma como la noción nuclear de la cual se desprenden las reflexiones que configuran una ciencia psicológica particular, distinta a la óptica materialista que se funda en la positivización de las imágenes e ideas anímicas y que asume, de manera reduccionista, que sus formas anquilosadas son la causa primera de lo psicológico.
Otra de esas reducciones sucede cuando el ser humano es concebido como el factor primordial de la psique. En el humanismo psicológico la imagen del hombre se exacerba y se convierte en una potestad que ya no puede concebir al sistema imaginal del cual es parte. Entonces, los fenómenos psicológicos encuentran su asiento en la persona y ésta se retrotrae a etapas infantiles donde la fantasía narcisista es alimentada por la esperanza de volver a ser el centro de la propia existencia.
Cuando Freud planteó el giro copernicano como la base de su labor psicoanalítica, suponía que el devenir humano ocurría en la forma de una humillación constante del sujeto, quien encerrado en una visión narcisista debía de romper los lazos con su grandiosidad para resignarse a ser quien es. Jung, por su parte, decía: “En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy”. En ambas concepciones subyace la presunción de que el individuo es pequeño en contraste con la realidad psíquica y que, por lo tanto, ser él mismo supone conformarse con su pequeñez.
También en la obra de James Hillman y de Wolfgang Giegerich hay un acento importante en la autonomía y en la objetividad de los procesos psíquicos, lo que involucra una toma de posición ante el humanismo preponderante. En esta tradición analítica se reconoce que la soberanía de la consciencia es un fundamento experiencial del trabajo que se lleva a cabo en el consultorio y en cualquier lugar donde se desarrolle una obra fundada en el espíritu de una psicología con alma. Se acepta que el sujeto no es el centro del aparato psíquico, sino un elemento más entre la gama de sujetos objetivos que conforman el entramado anímico.
Sin embargo, ante el compromiso psicológico con la psique objetiva, es debido preguntarse si la autoridad de los fenómenos psíquicos realmente es respetada por el psicoterapeuta, tanto en su concepción como en el abordaje de los mismos. Porque cuando el psicólogo analítico ata al síntoma a las necesidades de la persona, suponiendo que son los individuos el contexto, la fuente y el objetivo de los fenómenos psíquicos y que éstos tendrían que responder a los criterios de desarrollo y a las dinámicas cognitivas de los sujetos humanos; se olvida, en consecuencia, de que cada disposición, cada imagen y cada idea es una persona en sí misma.
Los fenómenos psicológicos no son objetos, son ficciones que tienen una vida anímica propia y ellos dictan el destino psicológico de la gente. Su única necesidad es representarse, encarnarse en modos singulares que les permitan dirigirse hacia el telos que está fincado en su peculiar estructura. Son narraciones verdaderas que tienen una naturaleza ouroborica que se realiza dialécticamente en forma de nociones que se piensan constantemente a sí mismas. La misma idea de lo humano se ciñe a esta dinámica inherente a su esencia psicológica y es a ella a quien le sirve irremediablemente, de manera inconsciente.
Jung llamaba a los sujetos objetivos: “la gente pequeña”, pero no de forma despectiva, los nombraba así para atender el asunto de su misteriosa personalidad, la cual se escapa siempre de la mirada de quien pretende conocerles. Son ellos los dueños de la casa, de la que el ego es un invitado más, y acaso el más reciente de todos. Por eso, como psicólogos analíticos, es un deber hacia la naturaleza autónoma del alma el poder liberarse de la concepción limitante de que la psique es una formación enclaustrada en la ecuación personal humana, cuando realmente es una organización política donde todos los elementos se conjugan en la vida lógica que supone la mente y cuya esencia es inhumana.
