El no-saber psicológico

Logos del alma

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

MT 5:3

El psicólogo no sabe, sin embargo es consciente de su no-saber, con ello en mente puede responder negativamente a la necesidad del paciente, una necesidad cuyo núcleo es el deseo constante de no ser lo que ya se es. En cambio, el terapeuta responde ante aquella tentativa de curación alienante con una simple frase: “no sé”, pero en esa afirmación de su impotencia (en un mundo que exige la potencia hasta el cansancio, hasta el cansancio del mundo mismo) invita al paciente a escuchar, que es otra forma de reflexionar, de reflejar lo que es pensado en aquello que le acontece como sujeto. No es su saber, el del paciente, el que importa, tampoco lo es el del psicólogo, sino el del síntoma mismo.

Al contrario de lo que se podría pensar, el filosofar a martillazos nunca ha sido una actividad demoledora, ya que como buen músico Nietzsche quería hacer un filosofar de oído y con el pequeño martillo del músico diferenciar lo hueco de lo sólido, un acto refinado. Así, el terapeuta escucha y el paciente aprende a escuchar también, el estruendo del fenómeno, el síntoma desbordándose y volviéndose a calmar, el suave suceder de la existencia. Solo con el oído afinado se puede escuchar aquello que es pensado en la psicopatología. Por eso el profesional estudia sin cansancio, no para saber más, sino para mantener el oido presto al saber del Otro.

En cambio, si el psicólogo supiera ya no tendría que escuchar, ya sabría lo que sucede y no sería capaz de permitir que el fenómeno llegará a casa a sí mismo, no se dejaría educar por el síntoma, es en este sentido que la psicoterapia es una actividad pedagógica y no hay mayor obstáculo para el aprendizaje que lo que ya se tiene por sabido. El saber del psicólogo es, por tanto, un saber que se niega a sí mismo cuando se encuentra ante un nuevo fenómeno, un no-saber que deja la puerta abierta para la verdad que busca hacerse presente.

La psicoterapia como empresa pragmática

Logos del alma

En el ámbito profesional de la psicoterapia surgen a menudo reiterados alegatos contra la revisión teórica de los conceptos de la disciplina, lo que se impone como una limitación para la propia formación y para la disciplina. En los diversos cursos universitarios, posgrados y formaciones, la exigencia creciente es que los psicólogos revisen solo situaciones prácticas, pues lo teórico es árido e infructuoso y el saber primordial debería ser la técnica aplicable de forma inmediata, es decir que la prioridad tendría que ser saber cómo influir de manera efectiva en un fenómeno, no detenerse a comprender lo que esta sucediendo en él. Por supuesto es una molestia la costumbre insana de cuestionar los mínimos conceptos esbozados.

Se desestima lo teórico como si fuera solamente una perdida de tiempo o algo baladí. Empero, realmente, no hay separación entre teoría y practica, ya que toda teoría supone una practica y toda practica es la expresión de una teoría que le da estructura, el problema emerge cuando se les concibe como escindidas y sin relación; se observa, entonces, el hecho tan común de la construcción de una practica neurótica, de un hacer compulsivo que resulta de haberse desprovisto de la visión teórica que pone a prueba toda acción. No obstante hablar de visión teórica es una tautología pues la teoría en sí misma es la forma en que se observa un fenómeno y observar es el núcleo de toda acción.

En terapia se puede observar continuamente ese proceso neurótico en la vida de los pacientes quienes en muchas ocasiones configuran sus experiencias sin la suficiente reflexión sobre los motivos subyacentes, una vez bajo el trabajo terapéutico una de las metas posibles es la coherencia entre lo que se hace y la consciencia de lo que se hace. Esta burda simplificación de lo que sucede en terapia sirve como un ejemplo de aquello que no se lleva a cabo en la formación psicológica, ya que el psicólogo no quiere saber sobre su acción, pues es un trabajo ingente, que si lo asumiera le tomaría el resto de su vida y le exigiría un monto indeterminado de trabajo y compromiso, pues la reflexión teórica es un camino interminable y cada nueva respuesta abre cientos de preguntas que recorrer.

El psicoterapeuta prefiere no pensar y si lo hace se conforma con lo más sencillo e inmediato, no cuestiona ni es critico, poco a poco la disciplina se evidencia como una empresa pragmática que se adapta a las necesidades del mercado y de la política en turno. El profesional se forma como un técnico en psicología, un reparador de entuertos, un pseudo medico, un predicador, un profesor, un guru o un charlatán, pero nunca es tocado por el trabajo real que la psicología exige una vez que ésta lleva a cabo la inmersión en su propio concepto.

El ego depredador en la psicología

Logos del alma

En las platicas, entrevistas, seminarios y demás actividades de propaganda, se oye la predica del psicólogo que pretende saber para que ocurren las cosas, según él la crisis sirve para saber valorar lo antes no valorado: la naturaleza, la familia, la salud, a las personas; critica al ser humano depredador de los recursos naturales y lo insta a aprender y a aprovechar el sufrimiento para el propio desarrollo. ¿Pero la crisis se preocupa por lo que las personas quieren o necesitan? ¿El fenómeno se configura con base en las necesidades humanas? ¿No tendría el psicólogo en cuanto psicólogo que preocuparse por lo que el fenómeno dice de sí mismo y no por lo que las personas quieren que les diga?

El psicólogo predica su cátedra moralista lleno de buenas intenciones y no se da cuenta de que el verdadero depredador es el ego desde el cual habla, pues devora todo fenómeno, todo rastro de pensamiento, todo proceso anímico y lo vuelve a su imagen y semejanza.

¡Oh psicólogo, no es importante lo que decimos sino desde donde decimos aquello que decimos!

Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

El día de muertos

Logos del alma

Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.

La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.

Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.

Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.

El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.

Reglas generales hacia una práctica de la psicología arquetipal

Traducciones

Patricia Berry, Estados Unidos

Ensayo publicado en Echo’s Subtle Body (Spring Publications, Canadá), pp. 181-192, 2008 (segunda edición).

Traducido por Alejandro Chavarria

El otro día me preguntaron si todavía me consideraba un psicólogo arquetipal. La pregunta me asombró. ¿Cómo no iba a hacerlo? Estuve en el nivel básico antes de que la psicología arquetipal fuera nombrada «psicología arquetipal», primero como estudiante adepta, luego como soror mystica, inclinándome sobre el borde con aquellos que agitaban este brebaje embriagador. Tritones, lagartijas, nuestras entrañas estaban todas en la olla. No solo sentí que la psicología arquetipal era yo, sino que también formaba parte de ella, por uno o dos dedos del pie, toda mi cabeza y mucha saliva.

Sin embargo, es cierto, en los últimos años no he pasado mucho tiempo con la gente hablando de psicología arquetipal. Una de las razones de mi ausencia es que, a medida que la discusión arquetipal se ha centrado cada vez más en las ideas, yo me he vuelto cada vez menos. Ciertamente honro la ideación; la teoría es importante. Ninguna escuela de nada existiría sin ella. Pero no es para todos nosotros, todo el tiempo. A medida que envejezco, me vuelvo más “práctico” en la mayoría de las cosas. Esto no significa que no pienso, sólo que cuando lo hago, los pensamientos tienden a aparecer disfrazados de dinámicas psicológicas, mecanismos, apareciendo en individuos, relaciones, grupos o incluso situaciones. Esta práctica de ver las ideas mientras funcionan es algo divertido para mí, y ahí es donde he pasado mi tiempo. ¿Sigue siendo eso psicología arquetipal? Bueno, tu dime. Tal vez sea solo mi psicología arquetipal, una de las muchas psicologías arquetipal. En cualquier caso, en las siguientes páginas expondré algo de cómo he llegado a pensar. Estas son mis reglas generales para la práctica, así como puedo describirlas ahora.

Regla general n.° 1: Cualquier idea se puede usar a la defensiva

Aquí, con “regla general” me refiero a: aproximadamente, o más o menos. Me parece que no hay ideas “correctas”, más o menos. La parte “menos” es que algunas ideas realmente son más útiles, ricas, fructíferas, interesantes, prometedoras. Ah, pero eso no significa que tengan razón, o que estén equivocados, para el caso.

Como psicóloga profunda, mi atención se centra en cómo funciona la psique. Una de las formas en que funciona la psique, según la psicología profunda, es a través de un ego frágil que se defiende de lo que percibe como amenazas internas o externas. Para protegerse contra estas amenazas, el ego saca de su arsenal todo tipo de armamento defensivo.

Las ideas son como las murallas que rodean el castillo. Están diseñados para evitar que se inmiscuyan otras ideas. En tiempos de paz, pueden brindar a los amantes un lugar seguro para reunirse, a los sabios un espacio para conversar sobre las copas de los árboles sin interrupción, un lugar para que las mujeres giren al aire libre y los magos puedan conjurar bajo las estrellas. Pero en tiempos de guerra, las murallas se usan para esconderse detrás mientras las flechas vuelan y las rocas son catapultadas. Así también con las ideas. Las ideas pueden nutrir la vida o pueden servir como estructuras defensivas.

Regla general n.º 2: Si una vaca sagrada bloquea el camino, ahuyéntala

La psicología profunda asume una realidad llamada inconsciente. La parte “in” del inconsciente se refiere a lo que no es, no consciente, desconocido. Hacer consciente lo inconsciente, en el sentido freudiano, o (en términos junguianos más modernos) integrar contenidos y dinámicas inconscientes en posiciones más viables, añadiendo recursos, complejidad y riqueza a la personalidad, ese es ciertamente un objetivo del trabajo psicológico profundo. Los medios para llevar a cabo este trabajo requieren una continua vigilancia.

El método de la psicología profunda es algo así como una vía negativa. Con esto quiero decir que con mayor frecuencia rechazamos lo que bloquea el camino que pretendemos saber cuál debería ser realmente el camino. No obstante, se asumen algunos valores generales, aunque su énfasis puede variar dependiendo del contexto y de un profesional a otro. Algunos de estos valores son: lo desconocido, la profundidad, la resonancia, la complejidad, la interconexión, la integración, la riqueza, la maestría. Seguro que puedes añadir otros.

Los valores o los conceptos cargados de valores pueden brindar orientación, pero uno debe sentir y elegir conscientemente cuándo se va a aplicar uno u otro conjunto de valores. Cuando se aferra a los valores, uno tiende a perderse en su brillo de tal manera que ya no puede discernir los eventos psíquicos más sutiles, nuevos, desafiantes o, incluso diría, reales. Cuando uno u otro sentimiento cargado de valores se abraza de tal manera que el ego se esconde detrás de él, entonces es posible que tengamos que dejar de lado el valor en sí mismo, ahuyentarlo del camino, incluso si ese valor huele a Verdad y Maternidad, o Alma, Psique, y Mundo. Cualesquiera que sean los términos sagrados, los apretones de manos secretos, tales valores pueden y serán usados ​​para ocultar desarrollos más interesantes, desafiantes o fecundos en la vida psicológica.

Regla general n.° 3: Las ideas no deben aplicarse

El problema con la noción de praxis es que tendemos a pensar en ella como una aplicación de la teoría. Cuando aplicamos ideas a situaciones prácticas, encuentro que generalmente resulta en una mala aplicación de un tipo u otro. De hecho, las primeras veces, el mal uso es casi un hecho. Una nueva idea es como una nueva herramienta o juguete que uno puede probar en muchos lugares, la mayoría de los cuales no son apropiados. En mi experiencia, pocas situaciones de la vida son tales que una sola idea les haga justicia.

Mi opinión es que es mejor trabajar desde el evento hasta la idea y no al revés. (1) Comenzar con el acontecimiento vivo, es decir, la imagen; (2) enfocarse en la imagen/evento, sintiéndolo; y (3) rastrear bits de resonancia que comienzan a formarse a partir del evento. No importa si estas resonancias son inmediatamente como ideas conocidas o meros fragmentos. Eventualmente, las ideas brotarán como malas hierbas alrededor ya a través de ellos.

Las ideas son orgánicas. Viven en cosas, algo así como el «barril de rueda rojo cubierto de lluvia» de William Carlos Williams. Tal vez aquí la lluvia son los fragmentos, los destellos de ideas brillantes.

Regla general #4: Cuando sea posible, piense poéticamente

Para Aristóteles, la practicidad o praxis conduce a la acción, mientras que la creación o poeisis conduce a la producción. Aparte de la praxis como práctica espiritual, que, en mi opinión, da en el clavo, la praxis tiende a prestarse más al pensamiento político. Marx consideró su materialismo dialéctico como praxis. A veces, sin embargo, se trata más de hacer —simplemente hacer— que de política. Cuando ese es el caso, como suele ser para mí, la fantasía de hacer, crear, solo la actividad por sí misma, es bastante atractiva. Para mí, «hacer» movimientos psicológicos, interpretaciones, intervenciones, reflexiones y momentos parece más apropiado que cualquier otra conceptualización de lo que soy.

Regla general n.º 5: Vaya connatural

Connaturalidad es un término acuñado por el teólogo católico Jacques Maritain. Maritain se interesó por la interrelación entre los procesos artísticos y los procesos de la naturaleza. Desde su punto de vista, la tarea del artista o artesano es alinearse miméticamente con “el funcionamiento secreto y las formas internas de la naturaleza”. Vio la actividad artística, cuando funciona correctamente, como un intento de paralelo a los procesos de la naturaleza. La creatividad humana es como la creatividad de la naturaleza. La tarea es trabajar connaturalmente con la naturaleza en un nivel muy consciente: sentir las operaciones de la naturaleza, sentirlas, verlas, escucharlas. El intento de profundizar en los procesos psicológicos naturales, en sintonía con lo que se percibe, es de lo que se trata la psicología profunda.

Regla general n.º 6: Los símbolos no son símbolos de nada sino simbólicos con muchas cosas

El erudito islámico Henry Corbin caracterizó los símbolos como «simbolizando con» en lugar de «simbólicos para» sus referentes. La distinción es importante porque ningún símbolo se considera necesariamente anterior o más importante que otro. El tipo de hacer implicado aquí se desarrollaría a través de similitudes, reverberaciones e improvisaciones miméticas o paralelas a los movimientos y procesos naturales. En ese mismo espíritu, más bien como el espíritu de la connaturalidad de Maritain, nuestro profundo trabajo psicológico avanza con un oído atento a las reverberaciones de la naturaleza, tanto naturales como simbólicas.

Regla general n.º 7: Adhiérase a la imagen

De acuerdo, esta es una regla antigua. Todos lo sabemos. Siempre se lo he atribuido a Rafael López-Pedraza, ya que fue el tipo al que se lo escuché en repetidas ocasiones. En este momento de mi vida, sin embargo, mi sentido puede haberse desviado un poco del de Rafael. Hoy considero la imagen como una noción más flexible que antes. Una forma de entender su adaptabilidad es hablar de encuadre.

Regla general n.º 8: Para conocer hay que encuadrar 

Por favor, déjeme ser claro. No digo que las cosas existan sólo por su encuadre. Estoy diciendo que los marcos organizan lo que vemos. Bien organizado, lo que vemos puede volverse fresco, incluso impresionante. La forma en que se enmarca una imagen se convierte en parte de su efecto y significado. El marco de la ventana sobre mi escritorio ofrece una vista particular del bosque exterior. Cuando encuadro una imagen en el visor de mi cámara, estoy posicionando la vista de tal manera que permita que surja algo revelador. En una imagen en movimiento, muchos fotogramas que se precipitan uno tras otro se convierten en la película que luego un editor corta y da forma, es decir, fotogramas, en la película final. El propósito del encuadre es poner límites a la vista para que lo que está dentro de esos límites pueda enfocarse con mayor claridad y frescura.

La forma en que enmarcamos una historia que le contamos a un amigo o la presentación de un caso a colegas tiene que ver con lo que queremos mostrar (y quizás cómo queremos que se vea a nosotros mismos). Cómo enmarcamos algo también condiciona cómo lo abordan los demás, qué obtienen de ello y qué actividades generan a su alrededor. Esto no es tan obvio como puede parecer. En un coloquio de casos, por ejemplo, alguien presenta una situación con un cliente con el que está teniendo dificultades. En términos generales, lo que verán los participantes en el grupo, siendo participantes psicológicos astutos, no es lo que el presentador “quiso” que vieran, sino lo que el presentador no ha presentado y quizás no sabe.

Considero que la imagen aquí es tanto lo que presentó el presentador como lo que otros vieron, el funcionamiento inconsciente detrás de la presentación y evocado por ella. El encuadre consciente fue el encuadre de la presentación, pero ese encuadre también trajo otros niveles, otras percepciones y otros puntos de vista a la discusión.

Si el practicante hubiera presentado la historia de manera diferente, lo que los participantes percibieron también habría sido algo diferente. Digamos que el practicante ha enmarcado la historia, principio y final, con una afirmación sobre lo molesto que se siente con este paciente en particular. Entonces, el grupo tendería a trabajar en el caso con esta emoción contratransferencial en mente. Mi punto es que las situaciones enmarcadas de manera diferente son diferentes, y los comentarios, así como la dinámica del grupo, cambiarán en consecuencia, porque la imagen es diferente.

A veces, las imágenes se encuadran de forma estrecha. Cuando se le da muy poco contexto a una situación, trabajar con ello tiende a volverse suelto, proyectivo, menos acotado y menos significativo en términos de la situación real. Por otro lado, a veces los eventos psicológicos se enmarcan de manera tan grande que es difícil trabajar en ellos en profundidad o con algo que no sea trazos amplios y amplios. En ocasiones estos grandes trazos son justo lo que buscas, como, por ejemplo, al abordar temas a nivel cultural o político. En este nivel, el trabajo de imagen particular y preciso no es útil ni apropiado.

Regla general n.° 9: El observador y lo observado pueden o no serlo

Nuestra convención perceptiva es experimentarnos a nosotros mismos cuando observamos; por ejemplo, los participantes observan la presentación del caso (como discutimos anteriormente) como algo separado de lo que estamos observando. Sabemos por la física moderna, la fenomenología y otras disciplinas, que estamos, de una forma u otra, implicados en lo que observamos. Pero en un nivel práctico, las posiciones que asumimos con respecto al “otro”, sea lo que sea “otro” (sueño, cliente, colegas, el mundo de la psicología) varía considerablemente.

A veces es importante estar cerca del “otro”, tan cerca como para fusionarse. Con el sueño de un cliente, digamos, algunos terapeutas pueden querer estar tan cerca que sientan las energías del sueño a través de sus propios músculos y órganos. Entonces podrían hablarle al sueño a través de su propia imaginación. Sus imaginaciones (o amplificaciones o asociaciones, para el caso) pueden ser tan importantes para el proceso como las imaginaciones del paciente.

O uno puede asumir una posición a cierta distancia del paciente y del material. No es que una u otra postura sea la correcta; cada uno tiene ventajas y puede ser más o menos adecuado según las circunstancias. A veces es útil acercarse lo más posible a la experiencia. En otras ocasiones, es crucial que te descubras para que puedas verlo más claramente. Lo importante aquí es saber que estás asumiendo posiciones y tratar de desarrollar un repertorio lo más amplio posible. En cualquier situación, puedes elegir conscientemente tu postura, lo que incluye, por supuesto, conocer los efectos de esa posición, sus puntos fuertes, sus limitaciones y sus peligros.

A veces uno desea enmarcar lo que está pasando, digamos, en una situación terapéutica, en términos de “dinámicas de transferencia/contratransferencia”. Cuando uno encuadra la situación dentro de esta fantasía conceptual, puede ver que todo ocurre dentro ya causa de esas relaciones. Para aprobar los exámenes en muchos institutos de formación junguianos en la actualidad, uno debe ser experto en este modo de encuadre y en el uso del lenguaje que lo acompaña. Como cualquier otro marco, este recinto de transferencia limita y revela. En mi opinión, el peligro de este modelo es que es el actualmente aceptado, por lo que generalmente se asume que es «verdadero» y se toma literalmente.

Regla general n.° 10: Contraste: es un montaje

Considero que la noción de multiplicidad de James Hillman no solo es un paraguas más grande y generoso, sino también una actitud más interesante que, por ejemplo, el dualismo. Sin embargo, a veces, uno quiere señalar fuertes contrastes. En tales ocasiones, uno podría sonar dualista como «o esto o lo otro». Los contrastes son formas de hacer que los puntos se destaquen claramente. Imagina una pintura con un fondo oscuro y figuras blancas en primer plano. Las figuras blancas destacan por el contraste del fondo. Cuando la psicología arquetipal establece oposiciones, es importante recordar que estas oposiciones tienen que ver con el contraste y no con la exclusión literal. Piense en algunas de las oposiciones de la psicología arquetipal: el inframundo frente al mundo diurno, el ego imaginario frente al heroico, el mundo frente al consultorio y (mi favorito) lo psicológico frente a lo literal. Los buenos se colocan en un extremo de la oposición y los malos en el otro, los buenos en primer plano, los malos en segundo plano.

Estéticamente hablando, estas exclusiones de «o esto o lo otro» crean contrastes para hacer un punto. Pero, no olvidemos, estos tipos malos son simplemente testaferros arrastrados para ser criticados. En el drama, las caricaturas de hombres de paja actúan como contrastes para los personajes principales más complejos. Algunos dramaturgos que conozco sostienen que el gusto colectivo exige estas figuras. Tal vez sea así, pero como psicólogos debemos recordar que es un montaje.

Regla general n.° 11: Robar herramientas cuando sea necesario

Hillman caracterizó su método psicológico como el de un bricoleur (un ingenioso que hace las cosas por sí mismo); Diría que el mío es como un ladrón, aunque un buen ladrón y por buenas razones, espero. Aunque la psicología arquetipal se distingue filosóficamente de psicologías colectivas generalizadas como el conductismo o la psicología cognitiva, sin embargo, como practicante, en ocasiones uno puede sacar una o dos herramientas de sus brillantes cajas. En ocasiones, esas cajas de herramientas pueden contener algo útil. La herramienta puede ser una que nos permita centrarnos en el comportamiento como tal, o abogar por un cambio en el comportamiento antes de comprender de qué se trata el comportamiento. Esto puede sonar bastante diferente a la psicología profunda, pero a veces es necesario, como en situaciones de abuso o adicción. Dado que hay tantas explicaciones de los eventos como perspectivas psicológicas para verlos, a veces un simple refuerzo negativo (como terminar la terapia) es el camino a seguir.

Si tomamos en serio la imagen de Maritain/Corbin de los procesos paralelos, entonces tal vez el cambio imaginal pueda comenzar con un cambio de comportamiento y viceversa. A veces agarrar el palo por el otro extremo es más fácil. Me parece que no son otras psicologías las que son reduccionistas, materiales y literales, somos nosotros, siempre que las veamos sin un ojo psicológico.

Si nos paramos en terreno psíquico, in media res, manteniendo nuestra conciencia desde esa posición, lo que hagamos tendrá una base psicológica. Es una cuestión de conciencia. Cuando somos psicológicamente conscientes, nuestros medios serán metafóricos y nuestras herramientas reflexivas.

Regla general n.º 12: No tome lo literal literalmente

Anteriormente dije que lo literal versus lo psicológico era mi oposición favorita. Pero, ya sabes, uno no debe tomar ni siquiera lo literal tan literalmente. Hacerlo es volverse demasiado literal. Esa voz literal, que insiste en «nada más que», es solo una de las muchas voces en el coro. A veces es útil para emitir tonos fuertes y seguros, pero el punto es escucharlo como una sola voz, en lugar de la verdad completa, nada más que la verdad que pretende ser.

Regla general n.º 13: La verdad o el daimon

A veces pienso en la verdad de forma imaginativa, como en la «línea verdadera» que un carpintero podría determinar, un navegante estimar o un maestro zen dibujar en la arena. La verdad es para mí de mayor valor, pero no uso mayúsculas en la palabra. En términos de una psique individual, pienso en la verdad como el camino de la individuación. Este término junguiano pasado de moda es lo suficientemente vago, subjetivo e interior como para que funcione para mí. Algunos podrían hablar de seguir el propio daimon en lugar de la noción de individuación de Jung como guía, pero los daimons son llamativos. Además, los daimons también son demonios, ¡y es muy fácil identificarse con ellos! Así también, nociones como “psique” y alma no funcionan para mí como antes. En el comienzo de la psicología arquetipal, estas palabras estaban verdaderamente vivas, estremecedoras, electrizantes, audaces como diablos. Ahora son clichés en los títulos de la mitad de los libros de las estanterías de autoayuda. ¿Es verdadera la noción (psique, alma)? Por supuesto. Pero hoy en día es difícil inspirar en alguien como yo mucho sentimiento de una línea verdadera de esas palabras.

Tiendo a orientarme con nociones estéticas más prácticas como “lo que funciona”. Lo que “funciona” como novela, película, pintura o pieza musical está determinado por la pieza misma. Cada pieza establece sus propios criterios. De esta manera, el trabajo se mide contra sí mismo, algo así como lo que implica la individuación en la psicología personal, donde la naturaleza única de la persona es la meta.

Regla general n.º 14: Regla de Layard 

Tiendo a ver los sueños a través de la regla de Layard. Puede que no siempre comparta esta visión con mi cliente. Pero a menudo lo hago, porque de hecho así es como veo las cosas. John Layard fue antropólogo y analista junguiano de primera generación que residió en Inglaterra. James Hillman me transmitió la máxima hace casi cuarenta años, atribuyéndola a Layard, y yo también. Desde entonces, esta regla general me ha servido bien a mí y a varias generaciones de estudiantes. Es mi herramienta favorita.

La regla dice así: «Todo en el sueño es correcto excepto quizás el ego del sueño». El propósito de esta regla general es llevar la conciencia hacia un reino más allá del ego. Su uso desliteraliza el punto de vista habitual del ego, lo que permite un cambio de perspectiva.

Al igual que con cualquier otra regla general, esta se aplica solo de manera flexible y, a veces, no se aplica en absoluto. Siempre es, creo, una perspectiva útil para los practicantes en la profundización de su propia conciencia. No siempre es la herramienta adecuada para la terapia. En algunos casos, por ejemplo, cuando el apoyo o la estabilización son una prioridad, moverse en contra de la perspectiva del ego no es terapéuticamente inteligente. En tales casos, la regla de Layard no es la herramienta adecuada. Toma otra. Como con cualquier otra regla, esta es simplemente más o menos útil y apropiada, una de muchas en la caja de herramientas.

Como ejemplo, veamos el siguiente sueño:

entro en mi baño. Mi perro, Max, está en la bañera, bajo el agua. Él simplemente está acostado allí como suele mentir. Estoy horrorizado, sabiendo que se va a ahogar. Él solo me mira como si nada estuviera mal.

No sé nada de la mujer que soñó este sueño, su situación de vida, sus complejos, en qué parte de su proceso analítico se encuentra, nada. Pero eso no significa que no pueda obtener algo del sueño.

Desde una perspectiva naturalista (la perspectiva del ego aquí), el perro parece como si fuera a ahogarse, y eso se siente terrible para el soñador. Sin embargo, para aplicar la regla de Layard (aquí, una perspectiva submarina así como del “inframundo”), ponemos entre paréntesis el sentimiento del ego y miramos al perro. Max actúa como si nada estuviera mal. Quizás este sea un perro submarino, capaz de sobrevivir bajo el agua. O quizás se va a ahogar, a disolverse en la solución alquímica, y eso es parte del proceso. En cualquier caso, sabemos claramente desde el punto de vista del perro, según Layard, que efectivamente “no pasa nada”. Todo es como debe ser.

Este punto de vista le parecería horrible a un psicólogo orientado al ego o al humanismo en varios aspectos. Por un lado, la situación no es natural. Los perros no están naturalmente contentos bajo el agua. Por lo tanto, algo anda mal con el “perro” de esta mujer. Su instinto de perro es inconsciente, autodestructivo. Otra razón por la que el sueño no sentaría bien es que en la psicología humanista es el ser humano el más valorado. Las perspectivas y los valores humanos se identifican y se toman literalmente.

Dar la vuelta a las cosas de tal manera que estemos mirando desde la perspectiva del perro, confiando en el animal sobre el punto de vista humano, puede llevarnos a tomas de conciencia que otras perspectivas más habituales no permiten. La perspectiva de Layard profundiza y enriquece nuestra comprensión. Si todo está bien excepto el ego del sueño, es “correcto” que el perro muera. Quizás el perro es como un viejo instinto, eficaz durante muchos años para olfatear qué era qué, pero ya no se necesitaba. Tal vez sea necesario un nuevo perro con nuevos sentidos.

Regla general n.º 15: Escucha a tus amigos, ama a tu maestro

Regularmente dirijo seminarios para estudiantes en las etapas finales del estudio psicológico profundo. El simulacro es que cada estudiante se toma varias horas durante el fin de semana para hablar sobre su trabajo con un cliente.

A medida que los participantes interactúan en torno a las imágenes y los procesos que surgen, me sorprende lo bien que han llegado a entenderse unos a otros. Por supuesto, cada uno llega al fin de semana con perspectivas particulares y teorías favoritas. Puede que no siempre estén de acuerdo, pero eventualmente todos llegan a apreciarse mutuamente, a entender lo que se dice y de dónde viene. Se escuchan unos a otros, ya mí.

¿Saben que soy un psicólogo arquetipal? ¿Conocen mis antecedentes? No sé. Si lo saben, ciertamente no en detalle. Sin embargo, están haciendo lo que considero psicología arquetipal. Están enfocando cuidadosamente lo que aparece como imagen, conscientes de su encuadre, las lentes que usan. Ponen entre paréntesis las explicaciones causales y aprecian las resonancias miméticas. Han aprendido a robar. Hacen un uso inventivo de los recursos disponibles (¡el bricoleur!). En un grado u otro, cada uno tiene buen ojo para alguna línea «verdadera». Recitan la regla de Layard como un mantra. ¿Es esto psicología arquetipal? Bueno, ciertamente es una forma de eso.

Gracias, James Hillman. Esos años en la mezcla contigo fueron fundamentales para mi aprendizaje, gloriosos en alcance, difusión y elevación, más allá de la inspiración. Fue un viaje extraordinario. Quedo profunda y eternamente agradecido contigo, mi maestro.

Interiorizando la psicología en sí misma: siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cuatro, 61-75, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Tomando impulso

Permítanos comenzar con un breve sumario de las lecturas que escuchamos ayer. En la primera, «‘Conflicto/resolución’, ‘opuestos/unión creativa’ versus la dialéctica, y el ascenso a la montaña resbaladiza», el Dr. Giegerich nos introdujo en el tema del pensamiento dialéctico. Un punto importante de aquella lectura fue que la dialéctica no comienza con dos opuestos o figuras en conflicto que luego se reconcilian, sino más bien, «con una sola idea, noción, fenómeno y luego muestra su contradicción interna». En su segunda lectura, «Diferentes momentos de la verdad», Giegerich definió aún más su enfoque a la interpretación a través de la referencia a la distinción kantiana entre juicios analíticos y sintéticos:

«En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido [kantiano]. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro.» (1)

Siguiendo esta breve indicación de su aproximación interpretativa, el Dr. Giegerich provee un análisis penetrante del movimiento dialéctico inherente en varios mitos. Incluso sin esta fascinante aplicación de la teoría a la práctica, sin embargo, el pasaje arriba citado ya nos dice mucho acerca del aspecto más grande de su proyecto de psicología. Me refiero al hecho de que en estos pocos enunciados Giegerich menciona rápidamente los juicios de Kant a partir de los cuales se impulsa hacia el modo de pensamiento más hegeliano al cual nos ha introducido en su primera lectura. Ahora, con este movimiento, se puede decir que Giegerich desanda un camino ya tomado en la historia de la filosofía, el camino que Hegel tomó para llegar a ser el sucesor dialéctico de Kant. Mirando hacia atrás, ésta es una comparación que puede ser elaborada. Pero, por supuesto, Giegerich toma este camino hoy en día, no para el campo de la filosofía, sino para la psicología. Y el resultado de esto es que ya no es Kant quien es dialécticamente sucedido, sino Jung. (2)

Acertadamente denominado un psicólogo del futuro y un filósofo del pasado (3), Jung, como se recordará, proclamó repetidamente su afinidad con Kant mientras dejaba clara su antipatía hacia aquel «psicólogo manqué» (4), como él llamaba a Hegel. Denunciando lo que llamaba «la victoria de Hegel sobre Kant», Jung opinaba que este movimiento «ha dado un golpe gravísimo a la razón y al desarrollo ulterior de la mente alemana, y en última instancia, de la mente europea …» (5). Esto, creía, fue «tanto más peligroso en cuanto que Hegel era un psicólogo disfrazado que proyectaba grandes verdades desde la esfera subjetiva hacia un cosmos creado por él mismo» (6). Unos pocos párrafos después, añadiendo más a esta invectiva, Jung continua:

«Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del trasfondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que Hegel usa confirma esta visión: la cual es una reminiscencia del lenguaje megalomaníaco de los esquizofrénicos, que usan palabras terroríficas fascinantes para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para proporcionar a lo banal el encanto de lo novedoso, o para hacer pasar lo común como búsqueda de la sabiduría. Una terminología así de rimbombante es un síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Lo cual no impide que la filosofía alemana más reciente utilice las mismas excéntricas palabras poderosas y pretender así que esto no es una psicología involuntaria.» (7)

Un momento atrás mencione la frase de Giegerich de que «para la psicología no hay otro». Quizás el rechazo de Jung de Hegel puede ser entendido a la luz de este principio. Quizás, por así decirlo, Jung tuvo que rechazar la filosofía de Hegel porque como filosofía tenía la forma de un otro externo. Pero aquí tenemos que recordar la segunda parte de la frase de Giegerich. Inmediatamente después de decirnos que para la psicología no hay otro, Giegerich agrega la advertencia importante, «O el otro que hay es el propio otro del alma, su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro». Ahora, Jung no estuvo ajeno a la noción de los otros internos; en efecto, su trabajo entero brota de lo que precisamente podría ser llamado un cara a cara con toda una serie de otros internos, contradictorios, ya sean las figuras del sueño y la fantasía o las personas del mundo social que han sido envestidas, vía proyección (8), con significancia inconsciente. Se podría haber esperado que Jung, el creador del concepto de la sombra (9), pudiera reconocer en Hegel el otro interno de su propio proyecto de psicología. Ciertamente sus referencias a Hegel como un «psicólogo manqué» y a la filosofía hegeliana como una «psicología involuntaria» apuntan en esta dirección. Pero como evidencia el tono burlón, Hegel fue una figura de sombra que Jung no pudo integrar. La ironía es irresistible. Por las propias luces de Jung, quienes venimos después de él debemos reconocer en el Hegel que tan inflexiblemente rechazó una figura muy importante para el desarrollo ulterior de su pensamiento.

Enlodando las aguas

Esas palabras del sumario y las citas de Jung son suficientes para indicar nuestra tarea de esta mañana, la cual será lidiar con el movimiento de Kant a Hegel que está en juego en el trasfondo de la aproximación psicológica a la interpretación que el Dr. Giegerich ha presentado. Digo «lidiar», aquí, porque un verdadero sentido de lo que está en juego en este movimiento sólo puede ser adquirido a través de la lucha y el esfuerzo. No es suficiente citar simplemente las ideas que están implicadas; debemos ahondar en ellas, siguiendo la lógica de sus giros y vueltas. Puesto que estoy seguro que la mayoría de ustedes lo han experimentado a menudo, hay una gran cantidad de cejas frunciéndose que pueden ser bienvenidas en semejante empresa. Una y otra vez el desafío del pensamiento debe ser recibido con ardiente concentración. Otras veces, un enfoque suave es necesario para capturar la totalidad de un movimiento, la totalidad de un pensamiento, incluso si al principio es sólo de forma incompleta.

Hablando por mí mismo, puedo decirles ciertamente que no he estado sin tales vicisitudes al preparar mi lectura para este seminario. Señalando una de ellas, mencionaré una preocupación que brotó en mi al leer por primera vez un borrador de lecturas del Dr. Giegerich, una preocupación, realmente, de que mis reflexiones pudieran «enlodar las aguas». Como analista practicante, paso la mayor parte de mi tiempo escuchando pacientes. El mito en el sentido formal llama mi atención solo de vez en cuando en mi hora libre. Lo mismo puede decirse de la filosofía. Como resultado, mi conocimiento de esos campos es como mucho una mixtura lodosa. En efecto, lo que dijo Jung acerca de los arquetipos—que no son mónadas aisladas, sino que existen «en un estado de contaminación de la más completa y mutua interpenetración e interfusión» (10)—resume bastante bien el estado de mi conocimiento del mito y la filosofía. ¡En mi mente, Edipo puede encontrarse haciendo «el salto de fe» de Kierkegaard en las sandalias mágicas de Hermes, Odín puede cabalgar al alado Pegaso! Todo depende de qué resuena en mi del paciente en el eje mitológico y filosófico de lo que puede ser llamado, después de Bion, mi red junguiana (11). Y así es como me pregunto qué es lo que tengo para ofrecer a estudiantes serios de mitos.

Incierto de como poder abordar este seminario, tengo sin embargo que aceptar el reto de hacerlo, animado por un principio interpretativo que es central a la interpretación tanto del mito como de los fenómenos psicológicos en general. Este principio, que surge en un comentario que hace Jung con respecto a la técnica de la imaginación activa, es frecuentemente citado por el Dr. Giegerich como siendo central a su propia aproximación: «Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita'» (12). Rememorando este principio en relación a mi imagen de la fantasía de enlodar las aguas, se me ocurre que puedo enfocar mi preocupación, mi inquietud, dialécticamente, «reflejándola en sí misma», como diría Giegerich. Quizás, si simplemente permanezco dentro de mis límites como analista practicante, y más inmediatamente aún, dentro de mi ansiedad acerca de «enlodar las aguas», todo lo necesario estará allí. Secundando este pensamiento me viene en mente un adagio alquímico al cual Jung puede haber aludido cuando enunciaba su principio interpretativo: «Estas aguas fétidas contienen todo lo que necesitan» (13). Si ocurre así con las aguas fétidas (v.g., fantasía) entonces ¿por qué no también con las aguas lodosas?

Juicios kantianos

Giegerich comienza su lectura, «Diferentes momentos de la verdad», con la ya mencionada referencia a la distinción de Kant entre juicios analíticos y sintéticos. Deseando un entendimiento más completo de esos términos, en los cuales no había pensado en muchos años, volví a los textos filosóficos de mis días de escuela. Ante el riesgo de añadir aún más lodo a la mezcla, me gustaría comenzar mi presentación de hoy compartiendo algo de lo que obtuve de ese ejercicio. Continuando en esto deberé, en mi segunda lectura, discutir lo que considero el cuarto momento clave de la dialéctica de la interpretación de Giegerich.

Lo analítico y sintético, el a priori y el a posteriori

De acuerdo a Kant, cada proposición que hacemos, cada juicio, o bien es analítico o bien es sintético. En las propias palabras del filósofo,

«En todos los juicios en los que se piensa la relación de un sujeto y un predicado … esta relación es posible de dos modos diferentes. O el predicado B pertenece al sujeto A, como algo que está (encubiertamente) contenido en el concepto A; o B yace fuera del concepto A, a pesar de que en efecto permanece en relación con éste. A un caso lo llamo juicio analítico y al otro sintético.» (14)

Habiendo explicado brevemente la distinción de Kant, Giegerich describe lo que está enunciado en un juicio de tipo analítico, «el predicado habla de lo que ya está contenido en el sujeto». Con enunciados de este tipo, nos recuerda, elucidar el significado a partir de sus propios términos iniciales, pero sin suministrar información adicional. Éstos son definitorios, conceptuales, tautológicos. Como ejemplo nos proporciona el enunciado, «todos los cuerpos son extensos». Que los cuerpos sean extensos es esencial a la definición de cuerpo. No hay un cuerpo que no sea extenso. Además, no se requiere ir a buscar ningún cuerpo que sea una excepción a la regla para comprobar que este enunciado es verdad. Lógicamente, la idea de un cuerpo que carezca de extensión es una contradicción a la misma idea de un cuerpo. Simplemente no tiene sentido. Los juicios sintéticos, por el otro lado, son enteramente diferentes. En ellos el predicado suministra información adicional, como en el enunciado «algunos cuerpos son ligeros». Juicios de este tipo son empíricos. Algunos lo son en el sentido de que simplemente han sido abstraídos de impresiones sensoriales; otros en el sentido de que, ya y antes de tales experiencias sensoriales, hacen valer las presuposiciones aperceptivas a través de las cuales los datos sensoriales son combinados para producir nuestra imagen del mundo fenoménico. El enunciado, «cada cambio tiene una causa», es un ejemplo de este segundo sentido «trascendental» o constituyente de lo empírico. El añadido que trae como su predicado—la referencia a «causa»—viene, no del mundo como es en sí mismo (de acuerdo con Kant no podemos conocer el mundo per se), sino del lado del sujeto. Y aquí permítannos señalar que fue en respuesta a la conclusión escéptica de Hume, de que la causalidad puede no estar justificada racionalmente, que Kant afirmó la realidad objetiva del concepto de causa como perteneciente a objetos de experiencia, demostrando al mismo tiempo su origen a partir del entendimiento puro, sin entrada previa experimental o empírica.

Ahora, en terminología de Kant, la diferencia que acabo de tocar en conexión con las dos clases de enunciados de tipo juicio sintético tiene que ver con lo que él llamó el carácter a posteriori y a priori de los juicios en general. Ya sea analítico o sintético, un juicio (también podríamos decir, un pensamiento) tiene un carácter a priori cuando es a la vez necesario y universal. Con referencia a este criterio, Kant escribe: «Primero, si nos encontramos con una proposición que al ser pensada es pensada como siendo necesaria [en el sentido de que su negación sería una contradicción en sus términos] entonces es un juicio a priori. Segundo: … Si un juicio es pensado en estricta universalidad, entonces no se deriva de la experiencia, sino que es válido a priori» (15). En contraste con los juicios de carácter a priori, aquellos con un carácter a posteriori consisten de informes descriptivos de experiencias particulares o impresiones sensoriales. El enunciado, «todos los cuerpos, si se les priva de apoyo, caen hacia abajo» (16), transmite fácilmente lo que aquí se propone.

Juntando los dos conjuntos de términos dan una definición más precisa de los juicios. Para Kant, estos son de tres clases—analíticos a priori, sintéticos a posteriori y sintéticos a priori. De ellos, los mencionados en último lugar, los enunciados sintéticos tipo a priori, filosóficamente, son los más importantes para Kant, porque en ellos se revela la influencia formativa de las propias categorías de la mente sobre los elementos básicos de la percepción sensorial—lo cual ha sido llamado «la revolución copernicana de Kant». Indudablemente, son enunciados y formas del pensamiento de este tipo los que Jung tenía en mente cuando definió sus arquetipos como los equivalentes imaginales de las categorías lógicas de Kant (17). Al igual que los juicios sintéticos a priori, los arquetipos junguianos también combinan la experiencia con algo categórico que precede a la experiencia de una manera organizada.

¿Pero no ha quedado algo fuera? Al combinar los términos analítico y sintético con a priori y a posteriori, ¿no debería haber además una cuarta posibilidad? ¿Qué hay acerca de los juicios analíticos de tipo a posteriori? Con una pequeña reflexión podemos entender con Kant la imposibilidad de este cuarto tipo de juicio. Los enunciados analíticos, están estrictamente interesados con el significado de sus propios términos, no pueden ser formulados en combinación con enunciados de tipo a posteriori, los cuales se basan, no en la lógica, sino en la experiencia (18). Siendo así, la unión entre los dos ni es permisible ni es posible. Colocando la cuestión en términos del principio interpretativo de Jung (si solo mantenemos este principio presente en nuestras mentes), podemos decir que cualquier cosa de carácter a posteriori, es decir, cualquier observación sensorial o detalle empírico, es incompatible con un juicio analítico, ya que tales observaciones y detalles equivaldrían a permitir que algo externo al juicio analítico auto-referencial, que no le pertenece, entre en él. Ver para creer, como afirma el viejo adagio, pero conocer en el sentido de los juicios de tipo a priori de Kant no es una función de testigo ocular. Como «el agua fétida» de la alquimia, tales juicios, sean analíticos o sintéticos, tienen todo lo que necesitan dentro de sí mismos para intuir su propia verdad. Se bastan a sí mismos.

De los juicios sintéticos a la retorta analítica

La repetición que acabo de hacer de mi anterior referencia a «las aguas fétidas» puede volver a llevarnos al problema de «enlodar las aguas». Preguntando razonablemente ¿cómo encaja este enunciado dentro de nuestra discusión acerca de los juicios de Kant?

Al igual que muchos fenómenos de la vida, mi ansiedad tiene la forma de un juicio sintético. La cualidad turbia a la que se refiere el predicado de la sentencia, «el agua es lodosa», es algo adicional al significado simple y elemental de agua. Lejos de ser necesario o universal, delimita, cualifica y comenta empíricamente el carácter particular del agua al cual se refiere. Actualmente, para la química y la biología, las observaciones de este tipo, sintéticas a posteriori, es lo único que se busca. De hecho, son la forma en la cual la amplia gama de datos empíricos son representados en el curso de la investigación científica—o así la ciencia natural en su búsqueda de objetividad lo ha creído ingenuamente. Pero tal como mostró Kant, la mente que observa empíricamente no es meramente el registro pasivo de la información recibida desde fuera. Más bien, estructura activamente la información transmitida a ella a través de los sentidos en representaciones cognitivamente susceptibles por medio de categorías trascendentales tales como cualidad, cantidad, relación, modalidad y las varias subcategorías de estas.

Ahora, la consideración de Kant sobre la contribución activa que hace la mente para la categorización de su propia imagen experiencial del mundo podría decirse que es una precursora muy importante de la psicología moderna en general y de las psicologías profundas en particular. Ciertamente éste es el caso con la psicología analítica de Jung. Trayendo algo de la filosofía kantiana en la cual surgió para llevarla a la interpretación del mito, Jung escribe, «No son las tormentas, ni los truenos o los relámpagos, ni la lluvia o las nubes aquello que permanece como imágenes en la psique, sino las fantasías causadas por los afectos que despiertan. … Las maldiciones del hombre contra las tempestades devastadoras, su terror ante los elementos desatados—estos afectos antropomorfizan las pasiones de la naturaleza, y el elemento puramente físico se vuelve un dios furioso» (19). Al igual que los mitos, a los cuales ha tomado a menudo por sus modelos, la psicología profunda está enraizada, no en imágenes que derivan reproductivamente o a posteriori a partir del mundo—las tormentas, truenos y relámpagos mencionados por Jung—sino, más bien, en un factor productivo a priori (Jung podría decir, arquetipal). Explicando esto más a fondo en una carta, Jung escribe que «… las imágenes son seguramente respuestas para hechos y condiciones externas, pero son las respuestas de la psique y por lo tanto producen imágenes precisas de los hechos psíquicos. Si comparas el mito solar con la experiencia real de los sentidos, entonces veras la diferencia completa. La mente consciente percibe al sol como un cuerpo celeste redondo, el inconsciente produce un mito que en su imaginería sólo tiene una relación muy débil con la percepción real de los sentidos» (20).

Indudablemente, aquí la contribución de Jung es un avance sobre algunas de las psicologías más simplistas de su tiempo que consideraban la mente como siendo únicamente reproductiva. Mirando hacia atrás desde nuestro punto de vista privilegiado, sin embargo, es muy evidente que este avance se queda corto. Impulsándose en Jung, Giegerich, como veremos, quiere que superemos la distinción de Jung entre «la psique», por un lado, y «factores externos y condiciones», por el otro, pensando en lo último como no siendo más que el material ya interiorizado del auto-despliegue «del alma» (21). Jung, como explica claramente el texto que acabo de citar, establece su psicología en términos de un afuera positivo que es el reverso, por así decirlo, de un interior igualmente positivo. Presentándose a sí mismo como un empirista de la psique, se esforzó por girar su lente empirista hacia el lado contrario, enfocándola en la contribución que la psique hace a la percepción. Expresando en términos de juicios kantianos, puede decirse que observó lo que era analítico y a priori desde un punto de vista sintético y a posteriori privilegiado. Miró, por así decirlo, desde afuera, como si las categorías de la psique fueran objetos frente a él.

Crítico con el enfoque de Jung (que es a la vez tanto indicativo del, como incompatible con el, propio reconocimiento de Jung de que la psicología carece de una posición arquimediana fuera de la psique a partir de la cual observarla), Giegerich nos llevaría por otro camino, el camino de entrar en el fenómeno en cuestión de tal manera que la intensidad a priori del pensamiento pueda desentrañar la lógica de tal fenómeno desde dentro. Aplicando esto al tema a mano, es decir, a mi preocupación acerca de «enlodar las aguas», el desafío se convierte en el de reflejar dialécticamente en sí mismo el enunciado de tipo juicio sintético, «el agua es lodosa», como un juicio analítico tomándolo reflexivamente, hermenéuticamente, psicológicamente.

¿Pero cómo se puede hacer esto? De acuerdo con Kant la única manera para demostrar el aspecto psicológico de tal enunciado sería mostrar que lo que lleva en su predicado está del lado de la mente. Esto, sin embargo, no puede ser realmente demostrado. Aunque hay una buena cantidad de junguianos que denunciarían un kantismo errante de un «arquetipo de lodo» por parte de Jung, con un poco de reflexión nos damos cuenta que «lodo» no se encuentra en el sistema de Kant al lado de los conceptos trascendentales e intuiciones a través de los cuales la mente construye nuestra experiencia de causalidad y nuestra percepción del tiempo y el espacio. No es, por así decirlo, la categoría a priori de un juicio sintético a priori, por no hablar de uno analítico. Por el contrario, por lo que al agua concierne, lo que la enloda es contingente—el predicado, propiamente hablando, de un juicio sintético a posteriori.

¿O es analítico? Leyendo a Kant a contra corriente, permítanos considerar hacer una lectura analítica de aquello que parece ser un simple enunciado empírico. Por esta razón, podemos decir que cuando sea desentrañada absolutamente, el agua no podrá ser otra cosa que lodosa. O poniéndolo de otra manera, que la esencia del agua sólo puede ser el contexto que la enloda, el lodo que la hace real. Ahora, claramente, la reflexión que se requiere para pensar la necesidad de agua fangosa es muy diferente al tipo de reflexión kantiana que divide tan limpiamente al sujeto del predicado donde una imagen del mundo fenoménico subjetivamente condicionado se separa del mundo de la realidad tal como es en sí mismo y al cual nunca podremos conocer como tal.

Disciplina de la interioridad

Antes de un urgente análisis lógico de mi agua lodosa, unas pocas palabras acerca de la psicología. Según la definición de Giegerich, la psicología es la disciplina de la interioridad. Usando la posición analítica tipo a priori como una hermenéutica de la interiorización o como un espejo nocional podemos tomar cualquier enunciado y constituirlo reflexivamente de manera consciente dentro o a través de éste de tal manera que, en el caso de los enunciados de tipo juicio sintético, los fenómenos a mano de los que se predica ya no están meramente de forma externa frente a la conciencia, sino que más bien, regresan a casa a sí mismos como consciencia, v.g., la forma como la cual ocurre el conocimiento interior. Poniéndolo de otra manera, podemos decir que la psicología se constituye a sí misma al reflexionar cualquier fenómeno más profundamente dentro de sí mismo en términos del ya mencionado espejo nocional. O también que la psicología, como la «disciplina de la interioridad», interioriza de manera analítica enunciados sintéticos (tanto a priori como a posteriori) dentro de sí mismos como si fueran el predicado postulado inmanentemente o el otro interno del juicio analítico de tipo a priori que la psicología dentro de sí misma puede decirse que es.

Pero aquí, ahora, ¿no he enlodado las aguas filosóficas? Al igual que Edipo llevando las sandalias aladas de Hermes, ¿no está Kant, como ahora lo presento, llevando el monóculo de Hegel? Infringiendo el adagio de que un pequeño conocimiento de los años de carrera de filosofía es una cosa peligrosa, debería enfatizar que con mi idea de abordar juicios sintéticos como si fueran analíticos, hemos dejado realmente el análisis de Kant de los juicios por el axioma de Hegel de las relaciones internas.

De acuerdo con el axioma de Hegel, cada tema se encuentra consigo mismo, con su propio otro interno, en cualquiera y en todas las cosas, en cualquiera y en todos los predicados, porque en su mayor concreción cada tema (proposición, enunciado, juicio) está «angelológicamente contextualizado» por, y es en sí mismo el fundamento o el contexto para, todo lo demás, sujeto u objeto. Ahora, la implicación de esta visión sublada es que ya no se aplica la restricción que Kant coloca sobre el conocimiento. Porque cuando se despliega dialécticamente la retorta sellada del modo de reflexión analítico a priori tiene una inclinación transgresora, penetrante que, contrariamente a la propia visión de Kant, obtiene conocimiento real incluso mientras en la plenitud de la visión hegeliana se cancela la distinción que Kant señala entre los reinos fenoménicos y nouménicos. En el ‘juego de la caja de arena’ del mundo, todo puede ser conocido desde dentro, es decir, subjetivamente y auto-conscientemente como auto-relación. La distinción, ‘sujeto’ y ‘objeto’, es cancelada y superada.
Claro como lodo

Así que, de nuevo, ¿qué puede hacerse con mi trepidación acerca del enlodamiento de las aguas? ¿Cómo puede esta preocupación ser interiorizada dentro de sí misma, cómo puede esta resistencia ser sin embargo trabajada?

En primer lugar, el empírico-literalista en mi necesita darse cuenta de que el enunciado no es un juicio sintético tipo a posteriori, sino una metáfora. Mientras ciertamente tiene la semblanza de un juicio sintético a posteriori, podemos fácilmente entender que el enunciado no se refiere, en la manera del empirismo Kantiano, a una relación externa, agua y lodo. Por el contrario, su predicado, lejos de traer información adicional al sujeto, es la propia presentación del sujeto ante sí mismo como algo más, siendo lo externo dejado atrás. Diciéndolo de otro modo (y aquí de nuevo tomamos un rumbo hegeliano), de manera intrínseca y en su forma más concreta el tema de dicha declaración es la unidad interna de sí misma y de lo que tal reflexión externa considera como adicional o externo a ella. Y ahora podemos agregar: tan vasta como pueda parecer la diferencia entre el sujeto y su predicado, su otro, esta diferencia, en el fondo, sólo es la diferencia entre lo explícito y lo implícito.

Justo aquí, alborea una intuición. Sin su otro, el sujeto no puede manifestarse en la plenitud de su infinitud finita. O para decir lo mismo en términos de mi ejemplo, sin algo de lodo en la mixtura, el «agua» podría no ser más que una gotita inquietante en la tabla periódica del cielo platónico—irreal, irrepresentable y abstracto.

Hablé en el inicio de un principio interpretativo que Giegerich ha tomado de Jung (y Jung antes que él de la alquimia), aquel que afirma que la imagen de la fantasía tiene todo lo que necesita dentro suyo para llegar a ser ella misma más plenamente. Entrando en el movimiento dialéctico que despliega este principio, ahora se puede entender que el «agua» referida en mi preocupación acerca de «enlodar las aguas» está usada en el sentido de «claro». Es una representación pictórica de la idea de claridad. Y junto con esto viene la comprensión de que el otro de la claridad es la falta de claridad, la opacidad, las aguas lodosas. Fiel al punto de Jung de que la consciencia no puede existir «sin la percepción de diferencias» (22), la claridad no puede ser conocida independientemente de las incipientes frustraciones de su comprensión. Porque el claro por sí mismo indicaría una especie de mala-infinitud, cegadora, deslumbrante, de lucidez abstracta. Pero el punto clave de la claridad es aclarar, clarificar algo turbio, lodoso. No tenemos claridad—así de repente. Tal claridad ingenua debe resbalarse—como los hermanos subiendo la montaña de cristal en el cuento de hadas discutido por el Dr. Giegerich—si es que ha de traer claridad real y no meramente una abstracción prístina narcisisticamente encapsulada e inmaculada.

En conexión a esas reflexiones, recuerdo una declaración que Jung hace refiriéndose a un pasaje de Nietzsche. En sus Alchemical Studies Jung escribe: «Uno no se vuelve iluminado imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» (23). Nótese que la luz aquí referida, como la claridad que acabamos de discutir, no se puede tener sin un encuentro con la oscuridad que es su otro. Nietzsche hace una anotación similar. En un bello pasaje titulado «Y una vez más se vuelve clara», donde el más psicológico de los filósofos se compara a sí mismo y a sus lectores más favorecidos con «fuentes abiertas [que] no dificultarán a nadie beber de nosotros». Complicando esto está el hecho de que, por esa misma razón, además «no tenemos manera de protegernos de volvernos túrbidos y oscuros, …

ni manera de prevenir que la época en la que vivimos arroje en nosotros sus ‘desperdicios actuales’, o de impedir a las aves inmundas lanzar sus excrementos, a los niños sus porquerías, y a los viajeros exhaustos su miseria grande y pequeña, en nosotros. Pero haremos como siempre hemos hecho: acogeremos en nuestra profundidad cuanto se nos arroje—porque somos profundos, no olvidamos—y una vez más se vuelve clara ….» (24)

Al igual que la fuente de Nietzsche acogiendo cualquier cosa que le es arrogada dentro suyo en sus profundidades y una vez más volviéndose clara, la psicología, a la que Giegerich llama la disciplina de la interioridad, toma toda clase de fenómenos dentro de sí misma incluso si se constituye a sí misma al reflejarlos dentro de ellos mismos de una manera esclarecedora. Vuelta túrbida y oscura por aquello que en su primera inmediación parecían ser relaciones y objetos externos, mantiene su programa de no permitir que «nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella». Esto no quiere decir que impida que cualquier cosa o cualquier persona beba de ella. Y menos aún que se aleje de la vida, inmaculada y distante. La psicología como la disciplina de la interioridad no es una retirada solipsista del mundo. El punto, más bien, es que en tanto que se deja permear por la situación en la que se encuentra, simultáneamente prodiga su sustancia pensante sobre el fenómeno a mano incluso en tanto que, al mismo tiempo sucumbe a, y rechaza, la teoría de la seducción que cada fenómeno lleva, los toma como el otro interno de su propia auto-relación. Tal es la hermenéutica a través de la cual «una vez más se vuelve clara» (25).

Negando a los filósofos

Me gustaría concluir estas meditaciones lodosas «volviéndolas claras» con respecto a una cuestión final. Me refiero a la configuración entera de mi presentación tal como está indicada en el título de mi conferencia. El problema no está en la parte principal, «Interiorizando la psicología en sí misma», la cual transmite suficientemente bien la esencia del proyecto de Giegerich. Más bien, el problema yace en el anuncio dado en el subtítulo, «Siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich». Así de didácticamente valioso como lo es para profundizar en este movimiento (Giegerich lo ha hecho en muchos de sus textos), también nos involucra en una contradicción. Poniéndolo en los términos del pasaje de Nietzsche que he citado arriba, para una psicología que se define como la disciplina de la interioridad, y que piensa exclusivamente en términos de relaciones internas, Kant y Hegel son como pecios en su fuente. Esto no quiere decir que como psicólogos analíticos no necesitemos desentrañar las consecuencias del haber tomado partido no-dialécticamente por un filósofo en contra del otro por parte de Jung. Por el contrario, comprender esto es una tarea importante. Más bien, el problema que tengo yace en haberme metido con los problemas filosóficos referentes a Kant y a Hegel. Esto, ahora lo veo, pudo haber tenido el efecto de establecerlos como hecho externos, como si para nosotros no hubiera nada más en juego que impulsarnos en Kant y dedicarnos a Hegel. Sin embargo, nuestro compromiso no es con la filosofía y sus cuestiones en su positividad, sino con la psicología en su negatividad como reflexión dentro de sí misma. Que Hegel o quién sea haya contribuido desde cualquier otra disciplina a sus respectivos campos es importante para nosotros dentro de la psicología sólo en la medida en que nos provee de ideas acerca de cómo manejar nuestras propias preocupaciones estrictamente psicológicas (26). Así, cuando nos ocupamos de Kant, Hegel y su índole, se debe entender que sólo lo hacemos en tanto que ya están interiorizados. Sean lo que sean para la filosofía, para nosotros son las figuras más valiosas en nuestra caja de arena de la interioridad. «Tenemos que entender», escribe Giegerich, «que la psicología es el estudio de las reflexiones en algún espejo y no el estudio de aquello que en el espejo está reflejado. Este giro hacia lo ya reflejado no es un truco para después de todo llegar al alma, la cual de otro modo es invisible, ni es un segundo mejor sustituto para ‘la cosa real’. Por el contrario, sabemos que lo ya reflejado es ‘la cosa real’ de la psicología» (27).

Notas

1. Este volumen, p. 26.

2. Para la visión de Giegerich de la problemática Kant-Hegel-Jung ver sus artículos: «The Rescue of the World: Jung, Hegel, and the Subjective Universe», Spring 1987: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 107-114; «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», Harvest: Journal of Jungian Studies, 44.1 (1990): 46-64.

3. Stephanie de Voogd, «C.G. Jung: Psychologist of the Future, ‘Philosopher’ of the Past», Spring 1977: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Zürich: Spring Publications, 1977), pp. 175-182.

4. C.G. Jung, Letters, vol. 1: 1906-1950, ed. G. Adler y A. Jaffé, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1973), p. 1944.

5. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 8, párr. 358 (todas las subsecuentes referencias a los Collected Works de Jung, abreviada a CW será por número de volumen y párrafo, designado por §).

6. Jung, CW 8 § 358.

7. Jung, CW 8 § 360.

8. Renos Papadopoulos, «Jung and the Concept of the Other», en R. Papadopoulas & G. Saayman, eds., Jung in Modern Perspective: The Master an his Legacy (Dorset: Prism Press, 1991), pp. 54-88.

9. Jung, CW 9, ii § 13-19.

10. C.G. Jung, The Integration of the Personality, tr. Stanley Dell (London: Kegan & Paul, 1940), p. 91.

11. Wilfred Bion, «The Grid» (1977) en sus Two Papers (London: Karnac Books, 1989).

12. Jung, CW 14 § 749. Para una discusión de este principio por parte de Giegerich ver su «Comment on, ‘The Autonomous Psyche: A Communication to Goodheart from the Bi-Personal Field of Paul Kruger and James Hillman'» [para una versión en castellano ver Comentarios sobre «La Psique Autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el Campo Bi-Personal de Paul Kugler y James Hillman»], in Spring 1985: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publication), pp. 172-174. Ver también su The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main: Peter Lang GmbH, 1998), p. 126.

13. Jung, CW 16 § 454.

14. Citado en S. Körner, Kant (Harmondsworth: Penguin Books, 1955), pp. 18-19.

15. Citado en Körner, Kant, p. 24.

16. Körner, Kant, p. 20.

17. Cf. Jung CW 10 § 14; CW 9, i § 136n, 150; CW 8 § 840; CW 3 § 527.

18. Citado en Körner, Kant, p. 20.

19. Jung, CW 8 § 331.

20. Jung, Letters, vol. 1, p. 199.

21. Comunicación personal.

22. Jung, CW 14 § 603.

23. Jung, CW 13 § 265-266.

24. Friedrich Nietzsche, The Joyful Wisdom, tr. Thomas Common (New York: Frederick Ungar Publishing, 1960), p. 346.

25. Además de estas reflexiones, pienso que podemos volver a mirar los juicios analíticos a posteriori. ¿Son verdaderamente tan imposibles como Kant sostenía? Moviéndonos desde los juicios claramente delineados de Kant a los axiomas de relaciones internas de Hegel, ¿no se vuelve evidente que el sujeto analítico sería meramente abstracto sin el a posteriori como su predicado? Si bien es ciertamente verdad que lo analítico, siendo enteramente una función de su propia lógica auto-definitoria, es contradicha por el a posteriori, el cual se extrae de la experiencia, esta contradicción puede además ser comprendida como una auto-contradicción que abre una dentro de la otra como su propio otro interno. Poniéndolo de otra forma, cuando nos apartamos del razonamiento de Kant con respecto a la imposibilidad de los juicios analíticos a posteriori, damos con la noción de Hegel del «CONCEPTO existente» el cual tiene la forma de un juicio absuelto de la diferencia entre analítico y a posteriori, sujeto y objeto, individual y universal, uno y muchos.

26. Wolfgang Giegerich, comunicación personal.

27. Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’ Entering and Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45,'» [Traducción al castellano: «¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del Fragmento 45 de Heráclito»], Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 2.

Sobre la neurosis de la psicología o el tercero de los dos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en The neurosis of psychology, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo dos, 41-67.

Traducción: Alejandro Chavarria y Alejandro Bica.

Desde el principio, la psicología profunda ha estado expuesta a ataques. Hoy en día, es especialmente la izquierda política la que la crítica, acusándola de jugar con los individuos mientras descuida las causas reales de los trastornos psíquicos que son inherentes al sistema social. Por un lado, no debemos ignorar tal crítica; pero, por otro lado, debemos darnos cuenta de que, en última instancia, no puede afectar realmente nuestra disciplina porque las categorías político-sociales no son, en principio, aplicables a la naturaleza de la psicología. Debemos insistir en que la psicología se evalúe desde puntos de vista psicológicos, del mismo modo que la física, la medicina o la política se evalúan de acuerdo con criterios físicos, médicos o políticos, respectivamente. No debemos sucumbir a la tentación (a pesar de la evidente fascinación que tiene hoy) de usar en psicología un pensamiento sociológico o político. En este sentido quiero estar seguro de hacer justicia al interés crítico en este artículo, pero quiero desarrollar y hacer plausible la crítica estrictamente desde el pensamiento psicológico mismo y desde la propia tradición de la psicología profunda. Tanto en Freud (especialmente en su artículo sobre el análisis interminable) como, sobre todo, en Jung, ya encontramos comienzos cruciales de una crítica inmanente (psicológica) de la psicología profunda, y nuestra tarea es simplemente abordarlos y desarrollarlos, mientras que hasta ahora, en su mayor parte, han sido ignorados.

1. La tercera persona de la psicoterapia

En contraste a ‘terapia grupal’, hablamos de ‘terapia individual’, ‘Einzeltherapie‘. Una formulación extraña, porque, ¿no implica un asunto de una sola persona? Esta formulación evoca reminiscencias de la temprana “cura por la palabra”, el monólogo del paciente, en el que el terapeuta funcionaba solo como un público observador, un extraño. A través de este término parece inmiscuirse un patrón de pensamiento médico convencional en nuestro pensamiento psicológico, o más bien, aferrarse a él, aunque creemos que lo superamos hace mucho tiempo. Seguramente, sabemos y aceptamos que la psicoterapia es un asunto de dos personas, un diálogo, ante el cual el analista está inevitablemente atraído, y con el cual Jung incluso fue mucho más allá del reconocimiento de una dualidad basada en la transferencia al exigir que el médico salga completamente de su rol y entre plenamente en el proceso en pie de igualdad con el paciente. Así como el paciente debe levantar su máscara en el análisis, también se supone que el analista debe renunciar a su anonimato. La mutualidad toma el lugar de la asimetría. Sabemos y afirmamos esto —pero el término “terapia individual” (y ni hablar de nuestra práctica) muestra el poder que tiene el pensamiento convencional sobre nosotros. Obviamente, “todavía pensamos en la psicoterapia como un proceso unidireccional en el que todo gira en torno al paciente. Él tiene que ser curado. La psicoterapia está fijada en el paciente.

Jung incluso fue más allá de la idea del diálogo a una comprensión dialéctica de la psicoterapia. Mientras que un diálogo es una interacción o comunicación entre dos personas, la dialéctica involucra a un Tercero. Una comprensión dialéctica de la terapia implica que el médico y el paciente no están solos. Siempre hay un tercer factor, una tercera “persona” presente. Esta idea del Tercero caracteriza completamente la visión de Jung de la psicoterapia. Leemos, por ejemplo, en “Psychology of Transference” (CW 16 § 399), “La inducción psicológica inevitablemente hace que las dos partes se involucren en la transformación de la tercera y se transformen en el proceso”. Es esta tercera “persona” de la que depende en última instancia la terapia. Aquí no se considera la inducción psicológica como algo que va del paciente al analista o viceversa, sino más bien como una incrustación de ambas personas en la Tercera, en “inconsciencia mutua” (CW 16 § 364). En lugar de concentrarse asimétricamente en el paciente, ambas personas ahora centran su atención en este tercer factor objetivo.

¿Cuál es este factor, quién es la tercera persona de psicoterapia? Es, por supuesto, el alma, que ya no se debe imaginar como propiedad individual de cada una de las otras dos personas, sino que se le debe dar una realidad independiente. Es el mundo de los complejos e imágenes arquetípicas, de puntos de vista y estilos de consciencia, y por lo tanto también es la psicología misma, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo todas nuestras ideas sobre el alma, su patología y terapia, así como nuestra Weltanschauung. “Como la más compleja de las estructuras psíquicas”, escribe Jung (CW 16 § 180), “la filosofía de vida de un hombre forma el polo contrario de la psique condicionada fisiológicamente y, como el dominante psíquico más elevado, determina en última instancia el destino de este último. Guía la vida del terapeuta y da forma al espíritu de su terapia”. La tercera persona se despliega en dos aspectos o contrapartes, que se pueden distinguir, pero que en última instancia se unen: el alma misma y la teoría al respecto (psicología), y, si seguimos a Jung, es lo último de quién el destino de la primera depende.

Nuestras teorías psicológicas son, por lo tanto, de suma importancia para el resultado de la terapia (cf.: CW 10 § 340). Están presentes desde el principio, y guían y dan forma al espíritu de la terapia. Si la psicología es en este sentido la tercera persona autónoma con una presencia viva y decisiva en psicoterapia, también se puede sospechar que tiene su propia inconsciencia —y posiblemente incluso su propia neurosis.

2. La neurosis de la psicología

Fue nuevamente Jung quien formuló esta sospecha y la elaboró. En un artículo escrito en 1934, llega a la conclusión de que “[n]o hay manera, me parece, de cómo la psicoterapia de hoy pueda sortear una gran cantidad de desaprendizaje y reaprendizaje, … hasta que pueda tener éxito en ya no pensar neuróticamente”. (CW 10 § 369, trad. modif.). Para empezar, la psicología misma piensa de forma neurótica, según Jung. En el mismo artículo encontramos una serie de formulaciones diferentes para esta idea, principalmente en referencia al psicoanálisis de Freud. Por lo tanto, Jung argumenta que precisamente lo que le sucede al neurótico ha sido elevado al nivel de una “teoría” por el psicoanalista, de modo que el paciente y el médico montan “el mismo caballo de batalla” (OC 10 § 362). “Es positivamente grotesco que el médico deba caer en una forma de pensar que en otros censura correctamente … y quiere curar …” (CW 10 § 356). O, “Freud, en otras palabras, tomó en serio las conjeturas neuróticas y, por lo tanto, cayó en la misma trampa que el neurótico …” (CW 10 § 365, modif.).

Estas frases contienen una tesis escandalosa. La neurosis no es lo que tiene el paciente y para lo que la psicología proporciona el remedio, sino que ya es inherente a la psicología terapéutica misma. Paciente y médico —¡un caso de folie à deux! En lugar de ser la respuesta curativa a la neurosis, en lugar de superarla y ponerle fin, la psicología terapéutica es la continuación de la neurosis por otros medios. O, en palabras de la broma cínica atribuida a Karl Kraus, el psicoanálisis es esa enfermedad que pretende ser la cura.

Debido a que Jung ejemplificó esta tesis principalmente por el psicoanálisis, generalmente se tomó como una expresión de su supuesto resentimiento anti-freudiano y, por lo tanto, no se consideró necesario tomarla en serio. No queremos seguir este hilo de pensamiento y colocar la idea de Jung dentro de una fantasía de la batalla entre las escuelas de psicología profunda. Más bien, la tomamos en serio, ya que contiene un principio importante, una herramienta crítica con la que examinar nuestras propias suposiciones psicológicas. Nuestra pregunta crítica es: ¿dónde, en y con nuestras teorías, montamos el mismo caballo de batalla que el paciente?

La pregunta no está dirigida a nosotros como personas. Nuestro propósito aquí no es analizar las características neuróticas del terapeuta como individuo privado, sino las de la psicología en sí, que estamos considerando aquí como una “persona” autónoma. Queremos averiguar si nuestra teoría psicológica se ha apoderado de los patrones y mecanismos de pensamiento neurótico en la estructura de su propia “consciencia” y si trata de luchar o curar esos mismos mecanismos en el paciente para defenderse de ser consciente de su propia neurosis. ¿La psicología “escenifica” (en el nivel de la teoría) en lugar de “recordar”, erinnern? Por supuesto, es imposible revisar la suma total de nuestras ideas psicológicas en este artículo. Debemos contentarnos con una serie de ejemplos característicos que muestran el principio indicado por Jung operando en áreas centrales de nuestra psicología.

3. La ‘negación de lo negativo’

Tomo esta frase e idea de Depth Psychology and a New Ethic de Erich Neumann, donde se revela como siendo el núcleo de la mentalidad de chivo expiatorio de la antigua ética, mientras que la psicología profunda en su totalidad ha significado la confrontación del hombre moderno con todos esos factores ante los que querría cerrar los ojos. Esto fue cierto desde el comienzo del psicoanálisis con Freud, quien provocó el reconocimiento de la sexualidad dentro de un mundo victoriano, al énfasis de Jung en la sombra y su intento de integrar la idea del mal incluso en la imagen de Dios. El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y no cabe duda de que este principio guía la práctica de los psicoterapeutas analíticos, que no quieren distraer al paciente de sus síntomas, sino permitirle a él (o a ella) ‘retroceder’, es decir, seguir el camino de su patología. Demasiado para la práctica analítica. Pero, ¿qué hay de la teoría psicológica?

Me parece que lo que piensa nuestra teoría acerca de la regresión se puede resumir en el refrán que se cita a menudo “reculer pour mieux sauter”: regresión con el propósito de una progresión aún mejor. Afirmamos la patología y la regresión, pero solamente porque hay una recompensa en perspectiva. La teoría psicológica sostiene una zanahoria, al igual que en la teología cristiana la promesa del Cielo hace que el valle de las lágrimas sea apetecible. Es solo una aceptación simbólica, requerida por las circunstancias, pero no una afirmación sincera. Al igual que el neurótico, si resulta que su fantasía no puede realizarse, está listo para soportar todo tipo de síntomas desagradables y para aceptar todo tipo de concesiones —siempre que no tenga que renunciar completamente a su fantasía— así la psicología está dispuesta a hacer concesiones al Id, las fantasías infantiles y la patología, si puede evitar tener que cambiar su actitud más íntima de hostilidad hacia lo patológico. Incluso si en la práctica analítica se aceptan los síntomas y las tendencias regresivas, nuestro pensamiento conserva la actitud habitual que llamamos negación de lo negativo. ¡Reculer pour mieux sauter significa un retorno, no de lo reprimido, sino de la represión! La represión contra la que luchamos en la consulta vuelve como un espíritu represivo en nuestra propia teoría. Aquí nuestras ideas psicológicas siguen claramente a la mente neurótica.

Del mismo modo, cuando la psicoterapia en su conjunto se concibe siguiendo el modelo de la medicina y entendiéndose a sí misma principalmente como una profesión de curación, hereda la posición hostil que la medicina mantiene frente a la enfermedad. Por supuesto, un punto de vista que continúa la hostilidad del paciente hacia su trastorno no está de acuerdo con el principio de la psicología profunda. Tanto Freud como Jung lo sabían. Freud afirmó claramente que el psicoanálisis no era un departamento de medicina, ni un capítulo en un libro de texto de psiquiatría, ni siquiera psicología médica, sino psicología pura y simplemente. (1) Y Jung llegó al extremo de rechazar por completo la voluntad de sanar y cambiar, o al menos dudó de ello. “Pero cuando un paciente se da cuenta de que curar a través del cambio significaría un sacrificio demasiado grande, entonces el médico puede, de hecho debería, renunciar a cualquier deseo de cambiar o curar” (CW 16 § 11, cursivas mías), por que lo que llamamos curación en realidad equivale a una amputación (CW 10 § 355). En lugar de la actitud hostil habitual, Jung imagina un agradecimiento hacia los síntomas neuróticos (CW 16 § 11) y exige, “Incluso deberíamos aprender a estar agradecidos por ella [por la neurosis], de lo contrario la pasamos por alto y perdemos la oportunidad …” (CW 10 § 361). “En la neurosis está escondido el peor enemigo y el mejor amigo de uno. Uno no puede calificarlo demasiado [!] … ” (CW 10 § 359). “No debemos tratar de ‘deshacernos’ de una neurosis, sino experimentar lo que significa, lo que tiene que enseñar, cuál es su propósito. … Una neurosis es verdaderamente eliminada solo cuando ha eliminado la actitud falsa del ego. No la curamos —ella nos cura” (ibíd. § 361). Aquí el pensamiento de Jung ha renunciado por completo a la actitud reculer pour mieux sauter. Esta es una verdadera psicología profunda, lo negativo ya no es negado, ni siquiera en secreto, sino incondicionalmente “erinnert” y afirmado —sin dejar abierta una escotilla de escape.

La teoría junguiana distingue un aspecto positivo de uno negativo de los arquetipos, y cuando encontramos el aspecto negativo operando en un paciente, creemos que es necesario ‘constelar’ el correspondiente positivo. Aquí se expresa nuestro “miedo pánico” (CW 10 § 530) a la psicopatología, así como nuestro intento de combatirlo mediante medidas apotropaicas. Usamos a la buena madre para expulsar a la mala madre. Lo negativo no debe ser. Pero no luchamos simplemente a través de actividades (constelando el aspecto positivo), sino también teóricamente a través del “truco neurótico del menosprecio eufemístico” (CW 10 § 365): concebimos todas las imágenes “negativas” como meramente temporales, como una expresión de una etapa intermedia que, con suerte, será seguida por imágenes ‘positivas’ y ‘prospectivas’. Así devaluamos lo negativo. La oscuridad no es ‘nada más que’ un viaje nocturno por el mar en el que habrá un nuevo amanecer, y es por el amanecer que estamos dispuestos a ir a la oscuridad. Peor aún —“la muerte” se convierte en el camino hacia el renacimiento. Si es así como vemos la muerte, como un mero pasaje, no tiene una realidad plenamente propia. Se le degrada a ser un medio para un fin.

Así, la psicología toma partido por la vida y por la luz y contra la oscuridad y la muerte; menosprecia lo negativo y, a través de ese pensamiento, trata de superarlo, dejarlo atrás o debajo. Aquí tenemos en nuestra propia teoría lo que Jung llama la negación de la mano izquierda. La aceptación de la oscuridad es, por así decirlo, escenificada. Queremos que el paciente (o nosotros mismos como personas) la acepte; proyectamos la tarea de aceptarla en las personas y en el consultorio, y así salvar nuestra teoría de tener que admitir la oscuridad y la muerte en su estructura más íntima. Del mismo modo, nos gusta usar la fórmula ‘todavía no’, esa variedad de ‘nada más que’, y así colocar lo negativo o imperfecto en una fantasía escatológica de desarrollo o crecimiento. El paciente ‘aún’ está en la fase oral o urobórica, ‘todavía no’ ha alcanzado el nivel genital o la etapa racional solar. Con tales formulaciones expulsamos implícitamente la condición en la que se encuentra ahora; la condición actual no se acepta como lo que es, sino solo por lo que pueda salir de ella. Inherente a la esperanza positiva de un futuro mejor hay una condena al presente. Parece que aceptamos la sombra; en realidad todavía la reprimimos, solo que de una manera más sutil y menos obvia. La misma distinción entre lo positivo y lo negativo significa una disociación. Además, como juicio de valor moralista, necesariamente implica una devaluación y repudio. Hablando sobre símbolos, Jung se opone a tal pensamiento. “El carácter moralista e higiénico de nuestros días siempre debe saber si tal o cual cosa es dañina o útil, correcta o equivocada. Una psicología real no puede ocuparse de tales interrogantes; reconocer cómo son las cosas en sí mismas es suficiente” (CW 6 § 203). Positivo (prospectivo) y negativo no son categorías psicológicas sino instrumentos de represión moralista.

Nuestra teoría está llena de ego; psicología del ego, funciones del ego, desarrollo del ego y etapas del ego, conciencia del ego y fortalecimiento del ego. ¿Qué significa esto si no es que nuestra teoría está dominada o fijada por el mismo ego que debería ser “eliminado” por la neurosis, como escuchamos de Jung? “‘¡Al diablo con el mundo del Ego! …’” (Letters2, 9 de enero de 1960, a Hugo Charteris). La psicología ha incorporado nuevamente una aberración neurótica en su propia teoría. El arquetipo del héroe, que de alguna manera puede considerarse un modelo fundamental de comportamiento neurótico, incluso se ha convertido en el prototipo cuasi oficial del “desarrollo saludable”. Es el héroe quien hace el corte fatídico que divide la mano izquierda de la derecha, los elementos preciosos del desperdicio, y por lo tanto produce la fantasía neurótica, es decir, la condición de disociación, donde “antes” había habido integridad.

Cuando tal ego heroico se enfrenta a las consecuencias de su violencia y se cansa de su demostración de fuerza, puede anhelar abandonarse a la “Gran Experiencia”, la Urerfahrung (Neumann), la “Experiencia Cumbre” (Maslow), o el “Momento Creativo”, algo bastante fuera de lo común, que, por lo tanto, tampoco se puede lograr dentro de la vida ordinaria. Este ego esperará una experiencia numinosa descomunal, el sueño Arquetípico muy especial, o practicará todo tipo de técnicas meditativas, o incluso usará drogas para realizar su viaje especial. Un término como Gran Experiencia implica una traición a los pequeños eventos de la vida cotidiana y la impotencia del héroe para experimentarlos. El pensamiento detrás de tales términos nos aleja aún más de nosotros mismos y de las cosas simples al depreciarlos e inflarnos. Luego, tal intento toma el lugar de las experiencias de los sentimientos auténticos, que requieren un gran esfuerzo, “para repetir un evento espontáneo e irracional mediante un arreglo deliberado e imitativo de las circunstancias análogas …” y “mediante la aplicación de un método, para lograr los efectos de la experiencia primordial ….” “Curiosamente, uno no se da cuenta de que se trataba de un estado de emoción espontánea, natural o ekstasis, y por lo tanto, todo lo contrario de una imitación metódicamente interpretada” (Letters 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky). Si nos aclaramos el fervor de que la psicoterapia se aplica al propósito de inventar métodos que permitan a los pacientes sentir de nuevo y desarrollar su vida emocional, su sensibilidad corporal y sus relaciones, el fervor de enseñarles cómo practicar la meditación y dejar salir gritos primarios, uno reconoce en este entusiasmo la misma mentalidad heroica del ego que en realidad se supone que debe superarse a través de estos esfuerzos por la capacidad de rendirse y practicar la meditación.

Otro tipo de negación de lo negativo se puede encontrar en la actitud que caracteriza a la psicología profunda convencional. Mientras que la terapia apunta a la flexibilidad, la espontaneidad, la asociación libre y la imaginación activa y quiere proporcionar un clima de calidez y comprensión, la psicología como teoría está interesada en hechos concretos, en un cuerpo sistemático de conocimiento basado en la experiencia sobre la psique en conceptos bien definidos, e intenta darse un aire científico mediante el uso de una jerga técnica, tipología, expresiones clínicas, incluso ‘casos’, mediante el diseño de pruebas y el empleo de otros métodos para la validación de sus hallazgos.

En nuestra práctica prestamos atención a los consejos de Jung para evitar cualquier técnica rígida y estar abiertos a la individualidad del paciente y a los requisitos del momento. Pero nuestro pensamiento teórico está dominado por preguntas prácticas y técnicas: ¿terapia grupal o no? ¿Se permite tocar al paciente? ¿Qué hacer si el paciente …? ¿Cómo lidiar con las reacciones de transferencia? ¿Podrían “otras” técnicas, como la gestalt o el grito primal, enriquecer nuestro repertorio? Tales son las preguntas que realmente nos interesan, lo que demuestra que la mente tecnológica está firmemente arraigada en el pensamiento de la psicología misma. La actitud que prevalece en la teoría psicológica es de control, de “pensamiento dirigido”, de codicia. Si planteamos tales preguntas, si el método de cómo lidiar con los problemas técnicos está tan cerca de nuestros corazones, ¿esto no significa que nos permitimos albergar la misma mentalidad tipo receta de la que queremos disuadir a nuestros pacientes, por ejemplo cuando nos piden una solución ya hecha para deshacerse de este o aquel problema? “La ‘técnica’ es inconmensurable. La personalidad del paciente exige todos los recursos de la personalidad del médico y no trucos técnicos” (CW 10 § 338, trad. modif.). No puede ser que esto se aplique solo a la sala de consulta. También debe ser válido para nuestro propio pensamiento teórico. Pero obviamente nuestra teoría usa los mismos mecanismos de defensa de racionalización e intelectualización que combate en el paciente; teorización imaginativa, así llamada especulación, está prohibida en la psicología teórica, ya que es una implicación personal tonificada y un modo de retórica. La teoría psicológica excluye de sí misma, de su propia actitud, los mismos modos que, como psicoterapia, práctica y busca en la sala de consulta. El pensamiento simbólico es algo que el paciente (o el hombre moderno en general) debe desarrollar, pero nuestra teoría lo rechaza como un “pensamiento inferior”.

Incluso nuestra idea de totalidad participa del pensamiento neurótico. Porque esperamos lograr la completitud al añadir funciones previamente descuidadas al número de funciones bien desarrolladas o compensando una unilateralidad suministrando al lado que falta. De esta manera obtendremos solo un conjunto de funciones, que en sí mismas son unilaterales y están escindidas, pero nunca obtendremos totalidad. “Del mismo modo que la suma de todos los ceros nunca hará ‘uno’” (CW 10 § 516), la adición de funciones o aspectos de la personalidad nunca traerá unidad. Incluso después de su combinación, permanecerán unilaterales.

Jung ridiculizó la idea equivocada de completitud en una carta de 9. I. 1960 (a Hugo Charteris), discutiendo el tema de “Sócrates y su flauta”. Afirma que “[l]a historia comienza con su daimonion, susurrándole al oído: ‘¡Deberías hacer más música, Sócrates!’ Con lo cual, el viejo y bien intencionado Sócrates fue a comprar una flauta y comenzó a hacer ejercicios lamentables. Obviamente entendió mal el consejo, pero de una manera característica”, al tomar la voz interior “literal y técnicamente como si fuera un hombre moderno” —o, yo añadiría, como si fuera un psicoterapeuta junguiano moderno. ¿Cuál fue su malentendido? Que pensaba que podía lograr la totalidad al compensar sus actividades filosóficas unilaterales (pensamiento) con la actividad ‘opuesta’ (música). La ecuación “filosofía + flauta = totalidad” es obviamente errónea según Jung. La compensación no significa un comportamiento (en el sentido más amplio de esta palabra: todas las acciones observables directa o indirectamente del organismo) que se añade a la actividad unilateral, sino que implica un cambio de actitud. En lugar de pensar en el nivel del comportamiento (= literalización), Sócrates debería haber entendido el consejo psicológicamente. Entonces no habría tocado la flauta a modo de contrapeso; habría y podría haberse quedado con la filosofía —pero luego habría filosofado de una manera menos racionalista, más “musical”. La unilateralidad no era de su comportamiento (su especialización en filosofía), sino de las actitudes con las que practicaba esta verdadera y única profesión suya (cf. Berry, “On Reduction” en cuanto a esto (2)). Por lo tanto, Sócrates escenificó la compensación en el nivel del comportamiento cuando debería haberlo logrado en el nivel de la psicología, es decir, en el “Erinnerung” (remembranza/interiorización), para un cambio interno de mentalidad.

Ahora, volviendo a nosotros mismos y a la psicología, podemos decir que también tratamos de escenificar la idea de totalidad proyectándola en el paciente como una tarea a realizar y entendiéndola en el nivel de comportamiento en términos de equilibrar las diversos funciones o actividades. Pero para Jung, la totalidad es una cuestión de “Blick fürs Ganze”, teniendo “un ojo para la psique en su conjunto” (CW 10 § 370, trad. modif.), no una cuestión de convertirse en un manitas psicológico. No es nuestra especialización lo que tiene que cambiar, sino la estrechez mental con la que vemos. El lugar donde debe lograrse la totalidad, donde debe desarrollarse la función inferior y donde deben integrarse las deficiencias que llamamos “sombra” no es en el hombre mortal como persona —pensar así sería soberbio— sino que es en la psicología, la psicología de cada uno de nosotros, como tenía lugar para el propio Jung cuando escribió su libro sobre tipos. Con estos comentarios ya estamos tocando el tema de la siguiente sección.

4. Personalismo y reduccionismo

En el mismo artículo que nos dio nuestra piedra de toque para examinar la psicología en busca de una posible neurosis, Jung describe “el mal principal de la neurosis” como la pérdida de la “gran relación”. Él “que niega lo grande debe culpar a lo insignificante”. Por lo tanto, Freud quería “poner fin de una vez por todas al aspecto más amplio del fenómeno psíquico”, dice Jung con referencia a The future of an illusion, “y en el intento continúa el trabajo funesto que se está llevando a cabo en cada neurótico: la destrucción del vínculo entre los hombres y los dioses …” (CW 10 § 367). La psicología nuevamente perpetúa el principio mismo detrás de la neurosis del paciente.

Lo que Jung ataca aquí podría llamarse el empirismo de la psicología, esa visión que, debido a que niega “lo grande”, busca las causas en “lo insignificante”, es decir, trata de “explicar” la neurosis causalmente con todo tipo de factores “empíricos”: la sexualidad o cualquier instinto biológico, la mala madre, la estructura familiar, las condiciones sociales, una deficiencia orgánica, las experiencias durante la infancia, el trauma del nacimiento, etc., etc. En todas esas teorías están operando los mecanismos de defensa del desplazamiento y la proyección; no solo nuestro interés es dirigido fuera de nuestro propio campo y la psicología enraiza heterónomamente en otras ramas del conocimiento (biología, sociología, conductismo, medicina, etc.), sino que la neurosis misma se desplaza lejos de nosotros mismos, desde el alma, hacia algún factor extrínseco. Las neurosis no deben bajo ninguna circunstancia —como proclaman estas teorías— ubicarse dentro del alma. La fuente externa de la neurosis, por supuesto, debe buscarse relativamente cerca de nosotros, como en nuestro cuerpo (sexualidad) o en alguna “función inferior” —será aceptable siempre que pueda ser experimentada (imaginada) como algo externo y objetivo, en otras palabras, siempre que no implique nuestra subjetividad más íntima, el alma.

Jung, por el contrario, abogó por la idea de que la neurosis se origina, no de ningún factor empírico, sino “del alma del paciente. Tampoco proviene de algún rincón oscuro del inconsciente, como muchos psicoterapeutas aún luchan por creer …” (CW 10 § 337, trad. modif.). La psicología científica, que tiene como objetivo el conocimiento de hechos objetivos, evita el uso de la palabra “alma” en favor de “comportamiento” —y esto no por una pequeña razón. No se trata de ‘meras palabras’, sino de una realidad más intensa: la objetividad científica nos ayuda a ‘escapar de ella’, nos ayuda a defendernos de la neurosis y a mantenerla a raya, afuera. (3) Nos equivocamos al creer que la magia de las palabras ocurre solo en el primitivo y en algunos pacientes; sucede ahora y en nuestro terreno de la psicología. La evitación de la palabra alma y el “menosprecio eufemístico” de la palabra comportamiento es un intento demasiado ansioso de sellar nuestra subjetividad más íntima contra cualquier influencia ‘malvada’. No es de extrañar que una psicología tan aislada (autista) escenifique la idea de relación con el exceso.

Paradójicamente, la subjetividad cuidadosamente evitada regresa inconscientemente dentro del mundo científico objetivo de los hechos, en más de una forma. No quiero entrar aquí en el tema de las “conjeturas subjetivas” (CW 10 § 356) que subyacen a las supuestas ‘explicaciones’ y ‘leyes’ objetivas de la psicología científica, pero me limitaré a la discusión del personalismo. La psicología empírica solo conoce los fenómenos psicológicos que pertenecen a las personas, es decir, puede concebirlos solo en términos de propiedad personal, de ‘mía’ o ‘suya’ o ‘tuya’ (cf.: CW 12 § 562). La metáfora raíz de la psicología es el atomismo. Primero vienen todas las personas individuales y solo luego el alma (el alma, los instintos, los sentimientos y los pensamientos de cada persona). Si el alma existe para la psicología como innumerables almas individuales y separadas, ¿cómo puede haber totalidad? Del mismo modo, se piensa que la psique en sí misma está compuesta de unidades autoidénticas (llamadas agencias, funciones y similares), es decir, unidades que se conciben original y principalmente como separadas y que forman un todo solo a causa de estar combinadas dentro de un sistema (conglomerado). Ya hablamos sobre el hecho de que la estructura misma de nuestro pensamiento teórico establece el aislamiento y la separación que se quiere superar a través del esfuerzo por la totalidad. También sabemos que la suma (combinación) no puede crear un todo a partir de lo que se define como escisión, sino que es indispensable un cambio de nuestra teoría en la dirección de un “Blick fürs Ganze”.

Ahora agregamos que la psicología debe comenzar desde el “todo”, desde “lo grande”, desde el “vínculo entre los hombres y los dioses”, si quiere llegar a la totalidad y sanar las divisiones neuróticas. Es por eso que Jung pensó muy poco en basar nuestras ideas en estudios de casos, en la observación clínica dentro de la sala de consulta. “El alcance debe ampliarse para revelar … el todo significativo” (CW 10 § 354). Por esta razón, Jung recurrió a campos aparentemente remotos y extraños como la mitología, el gnosticismo y la alquimia cuando se trataba de ver obra “el rango completo de la psique humana” (CW 10 § 369). Y en lugar de explicar el “aspecto más amplio del fenómeno psíquico” a partir de la experiencia de la sala de consulta, a la inversa trató de ver al paciente y al comportamiento personal a la luz de las ideas obtenidas de tales estudios excéntricos.

Por qué Jung recurrió a campos tan extraños y qué se entiende por “lo grande” y “lo insignificante” puede aclararse a partir de una analogía que E. Wind usa en una conexión similar. Habla de un iconógrafo que, debido a su enfoque reduccionista, descubrió que “las creaciones simbólicas de genios son, por desgracia, más difíciles de fijar a un tema definido que los inventos alegóricos de artistas menores” y agrega:

“Si esto es así, hay algo mal con la forma de fijar. Un método que se ajusta al trabajo pequeño pero no al grande obviamente ha comenzado en el extremo equivocado. En geometría, si puedo usar una comparación remota, es posible llegar a paralelos euclidianos reduciendo la curvatura de un espacio no euclidiano a cero, pero es imposible llegar a un espacio no euclidiano comenzando con paralelos euclidianos. Del mismo modo, parece ser una lección de la historia que el lugar común puede entenderse como una reducción de lo excepcional, pero que lo excepcional no puede entenderse amplificando el lugar común. A la vez, lógica y casualmente lo excepcional es crucial, porque introduce … la categoría más amplia.” (4)

Pero, ¿somos los junguianos los que no estamos haciendo uso de la categoría más amplia, no estamos comenzando también con la “totalidad” y lo “grande”? Después de todo, los conceptos del inconsciente colectivo y de los arquetipos están en el centro de la Psicología Analítica. Sin embargo, cuando observamos lo que realmente hacemos, pienso que es una ilusión suponer que la Psicología Analítica es menos personalista que, digamos, el psicoanálisis. La diferencia es simplemente que este último admite abiertamente su enfoque personalista y reductivo, mientras que nuestra teoría lo disfraza.

¡Hablamos de la madre concreta y de las otras mujeres de la familia y las designamos como “la esfera matriarcal”! Describimos a una madre como negativa y luego decimos que evocó el aspecto negativo del arquetipo de la madre a través de su naturaleza. ¿Qué estamos haciendo aquí? Si una mala madre evoca el mal aspecto del arquetipo de la madre y una buena madre el buen aspecto, entonces esto significa que la persona concreta es la realidad real y decisiva. El arquetipo ya no es en absoluto una imagen primordial, no es original, sino un factor derivado y dependiente —si no es simplemente una palabra grande, inflada, pero vacía detrás de la cual no hay otra realidad sino la madre personal. Es una mera duplicación de esta madre, de la misma manera que Freud describe a los padres imaginarios en el romance familiar de los neuróticos (5): estos padres nuevos y ennoblecidos muestran características que se derivan del recuerdo de los padres reales, de modo que el niño realmente no elimina al padre, sino que solo lo magnifica. Este análisis evemerístico se adapta perfectamente a nuestro uso personalista del término arquetipo: incluso si desaprobamos correctamente la reducción personalista donde se usa para menospreciar el material arquetípico de la fantasía —hay cosas que legítimamente pueden estar, incluso deberían estar, sujetas a una interpretación reductiva: nuestros conceptos inflados.

El origen y la raíz de las imágenes arquetípicas (la forma en que las comprende la Psicología Analítica) son las personas empíricas. Es también por esta razón que en Psicología Analítica encontramos casi exclusivamente a los arquetipos de la madre (+ anima), el padre (+ animus) y el sí mismo: la riqueza y multitud de figuras arquetípicas que encontramos en la mitología se han reducido a estos tres o cinco (mostrando que nuestros “arquetipos” son) derivados de, y representan, la familia real (engrandecida). Esto significa que la vieja falacia sensacionalista todavía está en funcionamiento y que solo está disfrazada en la Psicología Analítica. ¡Qué honesto y aliviador es el lenguaje de Freud! Él quiere decir madre y dice madre. Nosotros nos referimos a la misma madre, pero la inflamos en un arquetipo. Así destruimos lo que el término arquetipo real y ‘originalmente’ se refiere; cancelamos esa ‘sustancia’ imaginal de nuestro pensamiento, pero tenemos éxito en ocultar esta pérdida porque con una especie de ‘estrategia de inmunización’ (H. Albert) conservamos la palabra arquetipo así como el aura numinosa que se adhiere a ella. Sin embargo, esta aura ahora se atribuye a personas o partes de la personalidad empírica. Al socavar así el concepto de arquetipo desde adentro y presionar lo transpersonal en los estrechos confines de lo personal y lo empírico (entendido de manera personalista), incluso más definitivamente, ponemos fin al aspecto más amplio del fenómeno psicológico que Freud pudo conseguir al negarlo totalmente. Nuestro uso convencional de arquetipos, por lo tanto, es todo lo contrario de “comenzar con la categoría más amplia”: equivale a nada menos que a una apoteosis de lo personal(ístico) y, por lo tanto, amarra de manera absoluta e incuestionable al “mal principal de la neurosis” en nuestro teoría porque proporciona autenticación divina para éste.

5. El efecto de la psicología

La psicología ha caído en el mismo modo de pensar al que se opone en el neurótico. Pero si la psicología en sí misma es neurótica, ¿cómo puede tener un efecto curativo (que obviamente tiene)? Este es un dilema muy curioso, ya que no podemos negar con razón ni la neurosis ni el efecto curativo. Parece que solo hay una respuesta posible: la psicología no sana a pesar de su neurosis, sino a causa de ella. Esto también encajaría con la idea de que ‘curar’ es en sí mismo un concepto neurótico. ¿No podría ser que el paciente se libere de su neurosis (personal) porque en la terapia la transfiere a la psicología, para que esta última la lleve por él? En opinión de Freud, la neurosis cambia a una neurosis de transferencia. Pero, ¿qué pasa con esta nueva neurosis, a dónde va cuando la transferencia se “disuelve”? ¿Debemos pensar que las realidades objetivas transpersonales llamadas “transferencia” simplemente se disuelven en el aire?

Diría que se transfieren nuevamente, pero esta vez no a una persona, sino a una estructura objetiva. Es la psicología la que recibe la neurosis en sí misma, como en un recipiente, y así alivia al paciente. El instrumento de esta transferencia es el número interminable de interpretaciones (“trabajadas”) durante el análisis, mediante el cual la neurosis se profundiza y se amplía (“amplifica”) y la mentalidad del paciente se eleva al nivel objetivo de la psicología. Lo que a veces se llama la “objetivación de la neurosis” podría significar precisamente este proceso. El paciente se cura a través de su nueva conexión con la teoría impersonal que reivindica la validez universal (por ejemplo, la superación del complejo de Edipo; la individualización). Por lo tanto, adquiere una actitud más objetiva y transpersonal hacia sí mismo. Lo que cura es el carácter impersonal de la teoría, que aparece en psicología como en cualquier parte de la hermenéutica, la ciencia, la filosofía o la religión. Esta es la razón por la cual cualquier psicología funciona en la práctica terapéutica. Que nuestra psicología sea personalista en su contenido no altera el hecho de que, como un sistema de significado, siga siendo objetiva y transpersonal. De hecho, desde un punto de vista arquetípico, es en sí misma una sustancia arquetípica, aunque el objetivo de esta psicología es negar cualquier cosa arquetípica (Freud) o abusar de los conceptos arquetípicos reductivamente (Psicología Analítica). (En otras palabras, el reductivismo personalista es en sí mismo un modo arquetípico).

De ser así, el principio de epistrophé (la reversión o el retorno de nuestras idiosincrasias personales a los dominantes arquetípicos apropiados) (6) se confirmaría una vez más; sería el principio incluso detrás de la psicoterapia convencional, a menudo antiarquetípica, y el análisis funcionaría con la teoría como un factor autónomo, incluso al negar que sea así. En la medida en que dicha revisión no es una cuestión de comprensión intelectual, sino que requiere, para tener una realidad psíquica, un ritual, podemos entender por qué el tedioso proceso de terapia debe repetirse con cada paciente nuevamente. La terapia no supera, sino que, por el contrario, se inicia plenamente en ese mundo (arquetípico) que se llama neurosis (y que se materializa en la psicología). Es esta iniciación la que libera a la persona individual. Nuestra psicología tiene el mismo propósito que, por ejemplo, el culto mitraico o su sucesor, el cristianismo, lo hizo para el hombre de la antigüedad tardía. Como religiones redentoras proclamaron la victoria de la luz sobre la oscuridad (lo que ahora llamaríamos La Represión Exitosa) y, por lo tanto, permitieron al individuo reflejar su neurosis personal en un contexto transpersonal y darle un hogar allí. La psicología con su escatología del desarrollo no es simplemente un paralelo y un sucesor del cristianismo, sino que es una verdadera religión redentora con un culto muy severo —solo que disfrazado.

Nuestra psicología puede tener éxito en la terapia. Pero, por supuesto, la neurosis como tal permanece, y cada análisis exitoso ayuda a neuroticizar la psicología una vez más o, al menos, a mantenerla neurótica. La psicología en su conjunto no cura la escisión; más bien, perpetúa la neurosis y la amarra firmemente. Y la cura del paciente es solo una parte del efecto de nuestra psicología terapéutica. El otro lado es que en más de 80 años de psicoterapia de ninguna manera se han podido reducir el número de trastornos psíquicos a nivel colectivo. La psicología en general es abortiva; se malogra. La neurosis y la psicología médica son frutos del mismo árbol. Juntos parecen ser uno de los “juegos que la gente juega”, como policías y ladrones.

El desplazamiento o la transferencia del nivel personal a la psicología objetiva significa que esta psicología, como fenómeno cultural y como una forma general de verse (neuróticamente) a uno mismo y a la psique, lleva consigo las semillas de neurosis siempre nuevas; las perturbaciones que toma del paciente, de alguna manera las devuelve a la población en general (“Zeitgeist”). Nuestra psicología ha incorporado la compulsión a la repetición en la terapia; por cada paciente que completó su análisis, hay varios otros esperando comenzar uno. Con estos hallazgos agregamos un aspecto adicional a la idea pesimista de Freud sobre la interminabilidad del análisis. Él discutió la duración interminable del análisis del paciente individual y la posibilidad de que un análisis pueda finalizar con un éxito momentáneo, pero no con un éxito definitivo (preventivo). Nuestro punto de vista diferente además tiene en cuenta el efecto del análisis para la población en general no analizada, es decir, el carácter epidémico de la enfermedad llamada análisis. Nuestro resultado confirma las conclusiones de Hillman, quien abordó este mismo tema, también con referencia a Freud, desde su perspectiva elegida de histeria y misoginia. (7)

6. La terapia de la psicología

En el pasado, hemos podido practicar psicoterapia de buena fe, sabiendo que incluso si personalmente tenemos nuestra parte en la neurosis, al menos servimos a una causa que estaba encima de la mesa; las deficiencias y fallas en la terapia se debieron a la fragilidad humana (demasiado humana), no al método mismo de la psicoterapia. Ahora, además de la visión humillante de la posible neurosis del terapeuta, tenemos que vivir con el descubrimiento mucho más hiriente de que incluso nuestra causa, la psicología, es completamente neurótica. ¿Deberíamos, por lo tanto, abandonarlo? Por supuesto que no. Si lo hiciéramos, reaccionaríamos una vez más a la neurosis con defensas y represión. No, como terapeutas también debemos aceptar la neurosis de nuestra propia disciplina. Jung dice que uno debería estar agradecido con la neurosis y aprender no cómo deshacerse de ella, sino cómo soportarla. Es sobre todo la psicología la que tiene que aprender esta lección, no solo el paciente. El falso egocentrismo de nuestra teoría tiene que ser eliminado. Entonces la psicología misma debe ser su primer paciente. Ahora tenemos que darnos cuenta de que el análisis de las personas involucradas (paciente y analista) no será suficiente; la teoría necesita un análisis igual de intenso. No todo está hecho si yo como analista he sometido mi desorden neurótico personal a análisis; mi desorden impersonal, la neurosis de mi psicología, permanece intacta. (Y, sin embargo, es la neurosis impersonal la más cercana y más íntima a nosotros, ya que está enraizada en el núcleo transpersonal de la personalidad). Es por eso que Jung habló de la necesidad de que la psicología “desaprenda y vuelva a aprender”, de la necesidad de una “revisión radical” (cf. el título de Hillman: Re-Visioning Psychology) y de una “liberación de ideas gastadas que han restringido seriamente nuestra visión de la psique en su conjunto” (CW 10 § 369s.). Sobre todo, exigió una crítica de las premisas y presuposiciones subyacentes a nuestro pensamiento, de hecho, una “psicología crítica”.

Freud, en su artículo sobre “Análisis Terminable e Interminable”, se dio cuenta de que el intento de acortar la duración del análisis muestra un resto del desdén impaciente de la medicina por las neurosis y él mismo optó por “establecerse la meta, no abreviar, sino profundizar el análisis”. (8) Esta profundización necesaria, sin embargo, no debe entenderse en términos de duración o minuciosidad en detalle, ni como penetración en trastornos ‘más tempranos’ (narcisismo primario o traumas prenatales) o causas más básicas (el cimiento biológico de Freud). Estas son las categorías incorrectas, que necesariamente hacen que el análisis sea interminable (infinito) ya que siempre se puede encontrar algo más básico o anterior. Este pensamiento equivale al intento inútil de llegar a su fin siguiendo los paralelos euclidianos al infinito.

La profundización del análisis debe tomarse más bien como una progresión a un nivel fundamentalmente nuevo, a la “categoría más abarcativa” de Edgar Wind, a la “curvatura del espacio no euclidiano”. La psicología debe ser curva (intentio obliqua), doblarse hacia atrás, reflejarse en sí misma. Los mismos principios analíticos con los que hasta ahora recurrió al paciente (con la intención empirista recta) ahora pueden aplicarse a sí misma y así completar y cumplir el análisis tomándose en serio, como tercera persona. Esto es lo que significa “psicología crítica”.

Hasta ahora, los psicoterapeutas hemos actuado (¡e investigado!) tan inconscientemente en nuestra profesión como lo hicieron los nativos de Jung en Kenia cuando realizaron el ritual de saludar al sol naciente. Tenemos, por supuesto, un rico conocimiento de qué hacer y decir y cómo interpretar, pero si nos preguntaran (como si fuésemos los africanos preguntados por Jung) por qué nos comportamos y pensamos de esa manera, podríamos, como aquellos nativos, no presentar otro fundamento que no sea “porque es la verdad, así son los hechos, solo miren todo este material del caso” y podríamos, con este dogmatismo, traicionar nuestro inconsciente. (Que nuestros hechos están, en cierta medida, validados empíricamente, mientras que los de Kenia no lo estaban, obviamente no hace ninguna diferencia con respecto a la consciencia. La evidencia empírica válida puede establecer un conocimiento verdadero, pero no hace más consciente. La superstición y la ciencia, a pesar de su diferencia fundamental, están, por lo tanto, en el mismo nivel a este respecto porque comparten la misma creencia ciega (cegadora) en los hechos. “La colaboración de la psique —un factor indispensable— permanece invisible” [CW 10 § 498].)

El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y la “regla fundamental” psicoanalítica fue establecida para cumplir este principio. Freud afirma acerca de la aplicación de esta regla: “Es una cosa muy notable que toda la empresa se eche a perder si se hace una sola concesión secretamente. Si en algún lugar de una ciudad existiera el derecho de santuario, uno puede imaginar que no pasará mucho tiempo antes de que todos los deleznables de la ciudad se reúnan allí.” (9) Pienso que nuestra teoría psicológica, tan descuidada, es tal santuario. Allí, como hemos visto, se reúnen todas las ideas neuróticas. La psicología escenifica sus puntos de vista en su ‘comportamiento’ (es decir, la psicoterapia), pero la teoría, como la ‘consciencia’ y la ‘actitud’ de la psicología, está protegida y defendida contra tal visión. He dado una serie de ilustraciones para esto. A modo de recordatorio. Quiero señalar el efecto o el propósito inherente del enfoque genético: el uróboros, el narcisismo primario, el Einheitswirklichkeit, el pensamiento mágico y cosas similares están puestos (vía proyección) lo más alejado posible de nosotros por nuestra teoría, ya sea en lo que no somos (el hombre prehistórico, el niño o el genio creativo) o en lo que de ninguna manera queremos ser (el paciente neurótico), para evitar que nuestro propio pensamiento y forma de ver —nuestra subjetividad más profunda— se vean afectados por estas realidades. No queremos renunciar a este último recurso y refugio y cambiar fundamentalmente, sin reservas (lo que Jung llamó de forma radical “desaprender y volver a aprender”). La última fortaleza más secreta y más interior de la vieja actitud centrada en el ego es la teoría psicológica, cuya participación en la terapia y en la transferencia no está sujeta a análisis de la misma manera que las otras dos personas. Ahora vemos por qué el análisis fracasa a pesar de su tremendo esfuerzo: toda la empresa se echa a perder porque se ha hecho una concesión, aunque únicamente sea en un solo lugar.

Hay una cortina de hierro entre la terapia y la teoría. El practicante, enfatizando las experiencias sentimentales, desprecia la teoría como un intelectualismo; para el psicólogo científico la teoría es algo sagrado que debe mantenerse limpia de emociones, imaginación y neurosis. A través de esta disociación obtenemos tanto una práctica neurótica como una teoría neurótica. En general, se acepta que intelectualizar los propios afectos es un mecanismo de defensa, pero no se ve lo opuesto, que ignorar la teoría por la introspección personalista, etc., también es una defensa. Por supuesto, no ayudaría si la teoría se hiciera más relevante en la práctica y si el practicante se ocupara más de la teoría. Esto acercaría los dos extremos, pero no importa lo cerca que se acerquen, la división neurótica de la psicología permanecería. Lo que se necesita es su unidad, “totalidad”. Esto es a lo que Freud iba cuando habló de “Junktim zwischen Heilen und Forschen” (el paquete de curación e investigación). (10) La terapia es teórica y la teoría obra en la terapia. En realidad, no podemos restringir la terapia al consultorio y el teorizar a los libros. Jung escribiendo sus estudios teóricos y psico-históricos no solo proporcionó herramientas teóricas para el análisis. Su trabajo escrito es en sí mismo terapia, una terapia de pleno derecho, en la medida en que apunta a afectar nuestras actitudes de consciencia. Al pensar lo contrario, separaríamos la teoría.

Por el contrario, estamos sujetos a un autoengaño si creemos que una introspección cada vez más profunda o el abandono de las experiencias sentimentales al estilo grito primal traerían una iniciación genuina al ‘mundo interior’. La introspección significa que nos miramos a nosotros mismos y por lo tanto obviamente desde afuera. Iniciación, por el contrario, significa entrar, pero cuando esto sucede estamos en “eso” y somos parte de ello y, por lo tanto, ya no podemos mirarlo. Abandonar las experiencias sentimentales implica, sin duda, entrar. Pero, como sugiere el término abandono, algo quedó fuera y detrás que, por lo tanto, no participa en el proceso de transformación y, por lo tanto, puede servir como ancla y terreno firme. Las experiencias pueden ser tan intensas como lleguen, sin embargo, nada verdaderamente esencial en el sentido de iniciación habrá sucedido debido a la reservatio mentalis, a la exclusión previa de nuestra mente, que sigue siendo tan racionalista y egoica como antes. Solo la mitad entra y siente. O es todo el ego el que entra, pero entonces la reserva mental significaría que, a pesar de girar alrededor como a una unidad por las emociones, la estructura interna del ego permanecería intacta. En la llamada experiencia del sentimiento, es el viejo ego el que experimenta y siente. Sigue siendo el sujeto idéntico a sí mismo incluso cuando se ‘relaciona’. Es cierto que la psicología debe ser subjetiva. Pero su subjetividad no puede ser la propiedad personal ‘mía’, del ego —más bien, debe ser una subjetividad impersonal y objetiva, una que primero me da mi sentido de ‘mi-idad’.

Como dijimos, la psicoterapia se centra en el paciente o, en el mejor de los casos, en el paciente y el médico (en sus experiencias y reacciones personales), en resumen, en lo personal. Por lo tanto, la psicoterapia personalista es realmente un folie à deux, un encuentro buberiano Yo-Tú, porque solo se aceptan dos personas, tertium non datur. La “gramática” de la psicología es defectuosa, no podemos conjugar adecuadamente: yo, tú —ahí es donde nos detenemos. Pero la “conjugación” adecuada (en griego: ¡syzygía!) sabe de una tercera persona, de Eso objetivo e impersonal (la psique objetiva, lo “grande”, Psychologia) que está presente junto con las otras dos personas porque es su aspecto más amplio e impersonal. Freud se acercó mucho a esto con su id, pero desafortunadamente colocó el id dentro del individuo como una parte de la personalidad. Cuando la psicoterapia se ve en términos del diálogo entre dos personas, un Yo y un Tú, no hay sicigia ni conjugación, sino una “disiunctio” absoluta (cf. CW 16 § 397); (la palabra habitual de Jung es disociación): médico – paciente, cuerdo – neurótico, consciente – inconsciente, pensamiento – sentimiento, etc. El eros de la transferencia puede intentar, lo más duramente posible, unir a los dos, pero nunca irá más allá de una “neurosis de transferencia”. Cuando el marco de la psicología es personalista porque no se ve el tercero de los dos, no puede haber coniunctio. El “hijo del alma”, que según Jung (CW 16 § 465) es la meta de la transferencia (y de la psicoterapia), no nacerá: dicha psicología debe ser abortiva; debe fallar; el hacer-alma no puede tener lugar. En cambio, la psicoterapia tendrá que dedicarse a fines “prácticos” (curación, fortalecimiento del ego, modificación del comportamiento, entrenamiento de la sensibilidad, experiencias emocionales, desarrollo de todas las funciones, etc.) y volverse tecnológica, como hizo Fausto después de la coniunctio, que casi habiéndose logrado, finalmente falló. También en su caso, tuvo que fracasar ya que el “proceso objetivo de la unión” fue perturbado por la “intervención personal de Fausto”, su identificación con la figura mitológica (= transpersonal) de Paris (CW 12 § 558s.).

Jung siempre insistió: el origen de la neurosis radica, no en el pasado, sino en el presente, es decir, cerca de casa. En este espíritu necesitaríamos concentrarnos en lo que está más cerca de casa: nuestra actitud de consciencia, nuestras teorías. Para hacer psicología debemos “erinnern”, para hacer alma, volver a casa. En lugar de buscar los arquetipos por ahí y así reificarlos, necesitamos desarrollar un enfoque arquetípico; en lugar de ubicar la psique en las personas, debemos aprender a ver psicológicamente; en lugar de hablar sobre los uroboros en el niño o en el paciente, nuestra psicología debe avanzar hacia una consciencia urobórica. Si la psicología se ha convertido en su primer paciente y si su “espacio” es curvo, de modo que todas las líneas “rectas” vuelvan a ser como el draco caudam suam devorans (el dragón devorando su cola), ya no estará fijada en el paciente, en comportamientos y en la práctica.

Ambos fundadores de la psicología profunda, Freud y Jung, observaron la cura analítica con cierto desapego, Freud confesando que nunca había sido un entusiasta terapéutico, ni un verdadero médico y que nunca había tenido un fuerte deseo de ayudar al sufrimiento, Jung admitiendo bastante poco interés en las personas y los hechos externos de la vida. Esto no significa que se relacionaron con el paciente con indiferencia, sino que podría arrojar luz sobre por qué estaban destinados a ser psicólogos. El interés del psicólogo no se dirige a la persona factual y a su comportamiento, sino a los asuntos psicológicos. La línea curva que sigue la mirada psicológica se encuentra con el paciente y con los hechos —no los evita y, en cambio, se vuelve meramente hacia adentro (introspección)—, pero continúa y vuelve a su lugar de origen. Su objetivo es su propio origen, no el paciente. La psicología no habla del paciente, del objeto externo, sino siempre de sí misma; y la psicología propiamente dicha solamente comienza donde sigue al uroboros, el dragón de la imaginación, (11) es decir, donde se fusiona con el imaginario mismo. Pero en este movimiento circular, el paciente es abarcado, no como un punto fijo y un fin en sí mismo, sino como algo que se lleva y ‘se ve a través de él’. Lo mismo, sin embargo, se aplica al sujeto que ve (ego); también deja de ser un punto fijo y entra en la rotatio alquímica, de modo que no quedará nada fijo y ‘fáctico’, ninguna reserva, ¡el movimiento circular de la imaginación misma se convierte en el único hecho (y ‘factor’)! Y esta disolución de las dos personas fácticas y sus egos autoidénticos en el movimiento circular es el propósito real de la terapia. Esto es lo que debe entenderse como el objetivo de ‘cambiar al paciente’, mientras que la modificación de su comportamiento y otros propósitos prácticos y problemas factuales con los que se ocupa la psicología clásica ahora no parecen ser en absoluto verdaderamente psicológicos, ya que solo la entrada dentro de la circulatio es una auténtica iniciación.

Jung se esforzó mucho por comunicar esta idea. Su enfoque tipológico de 1913 ya tenía el propósito de apartar la disputa entre las diversas escuelas (Freud—Adler—Jung) del nivel empírico de los hechos hacia un punto de vista psicológico: en lugar de probar o refutar empíricamente las diversas teorías, reflexionó sobre la pregunta, completamente diferente, de qué hizo que Freud o Adler vieran las cosas como lo hicieron. Su tipología ciertamente no fue suficiente para esta tarea (por lo que Jung más tarde la dejó en favor de la teoría arquetípica mucho más amplia y sutil), pero este intento inicial dejó atrás la fijación científica en el objeto y en los hechos, regresando a la indagación psicológica en sí misma y, por lo tanto, reconociendo la autonomía de la psicología.

Con respecto a la terapia, Jung expresó las mismas ideas, por ejemplo, exigiendo una “contra-aplicación al médico mismo de cualquier sistema en el que se crea” (CW 16 § 168), ya que el médico está tanto ‘en análisis’ como lo está el paciente, como una “parte del proceso psíquico” (§ 166). Ambos están dentro del proceso, no al revés. Se requiere el “paso de la educación a la autoeducación” (§ 170), y con “esta revolución [Wendung]”, “la psicología analítica ha roto los lazos que hasta entonces la habían vinculado al consultorio del médico. Va más allá de sí misma …” y “puede pretender convertirse en una propiedad de la cultura en su conjunto [Allgemeingut zu werden]” (§ 174, modif.). Se necesita una visión del alma totalmente diferente a la visión biológica previa, ya que el alma es “mucho más que un simple objeto de interés científico. No es solo el paciente sino también el médico, no solo el objeto sino también el sujeto … la condición absoluta de la consciencia misma” (§ 173).

Aunque aquí ciertos elementos del lenguaje de Jung todavía parecen tener un reparto personalista —“autoeducación”, por ejemplo, podría confundirse en el sentido de un esfuerzo personal (autoerótico) por parte del médico— el texto citado en su conjunto, sin embargo, expresa la visión de Jung de lo que uno podría llamar una psicología trascendental-dialéctica. Va más allá de todo empirismo y personalismo, más allá de lo práctico y concreto, más allá de la sala de consulta (incluso cuando podría estar allí) y ve la psicología (y la sesión analítica) desde la perspectiva de Vermittlung, la mediación. La “revolución” de Jung (Wendung) recuerda a la Kopernikanische Wendung (revolución copernicana) de Kant, así como una formulación tal como “la condición absoluta de la consciencia misma” es análoga a la preocupación de Transzendentalphilosophie por las “condiciones de la posibilidad de un a priori” de, digamos, juicios sintéticos. El alma es mediación, un “entre”. Pero este entre (por ejemplo, de transferencia) no debe ser imaginado como una flecha (unidireccional o bidireccional), una cuerda tendida entre (12) analista y paciente, sino más bien como algo que rodea y abarca, además de trascender, a ambas personas. Incluso si también está en cada uno de nosotros y, como tal, tiene un aspecto empírico, en realidad es “un alma única que lo abarca todo” (CW 10 § 175, modif.), la “misma alma de la humanidad” (CW 16 § 65), reflejando al Ser como tal (GW 16 § 203), un mundo de dimensiones cósmicas (CW 10 § 366). Por esta razón la psicología nunca puede ser una rama especial de la ciencia, ya que debe convertirse en Allgemeingut y comenzar desde una perspectiva global que solo pueda hacer justicia a un alma de dimensiones “cósmicas”. El siguiente diagrama, adaptado de Erich Heintel, (13) puede ilustrar la visión de Jung de la sesión analítica (y la psicología en general).

———— Mediación ————

mediación                objeto

·                       ·

(analista)           (paciente)

—————————————
El alma como mediación ocurre dos veces: como periferia (psique transpersonal) y como consciencia personal del analista (incluida su psicología), que se rige por los dominantes objetivos y ve al paciente en consecuencia. Nuestras teorías psicológicas son más grandes que nosotros y anteriores a nosotros mismos. Nos rodean y abarcan tanto a nosotros como a lo que percibimos (por ejemplo, el paciente). Esta visión comienza con la totalidad y “lo grande” y, por lo tanto, ya no se enfrenta con la tarea autodestructiva de tratar de unir dos almas individuales que están separadas por definición.

De esta manera, también debemos concebir la paradoja del ego-sí mismo. El sí mismo no está tanto en mí, no es “mi” verdadera naturaleza, aunque puede brillar a través de mí. … ¡La individuación, por lo tanto, no significa un proceso de autorrealización empírico-personal, sino que es un “propósito trascendental” (CW 14 § 790)! Es algo intangible e indefinible; empíricamente hablando no es nada en absoluto: es “meramente” imaginal. Desde un punto de vista práctico el negocio de la psicología es “vano” e “inútil” —pero ahí radica su distinción. En la misma línea, Jung afirma: “Preocuparnos por los sueños es una forma de reflexionar sobre nosotros mismos —una forma de autorreflexión. No es nuestra conciencia del ego reflejándose a sí misma … No se refleja en el ego … sino que recuerda ese ser extraño, ajeno al ego …” (CW 10 § 318). Y el sueño no es tanto “mi” sueño, sino un mensaje del alma inconsciente y unitaria de la humanidad” (ibíd.). Sin embargo, agregaría aquí que tampoco puede ser el ego (la conciencia del ego) el tema de esta contemplación. Nietzsche habla de un “Ungeheure Selbstbesinnung: nicht als Individuum, sondern als Menschheit sich bewußt werden” (Tremenda autocontemplación: no como un individuo, sino como la humanidad tomando conciencia de sí). (14) No solo es importante de qué me vuelvo consciente, sino también como qué me vuelvo consciente: quién es el sujeto en mí. Yo, como sujeto, ya debo, para empezar, estar sintonizado con el “alma de la humanidad”, con el punto de vista de la mediación y lo imaginal, para poder contemplar “ese yo extraño”. Similia similibus: debe ser el sí mismo que se contempla en mí y a través de mí. Es por eso que la verdadera psicología presupone una iniciación. No se puede aprender ni enseñar. Uno debe ser capturado, como por el yugo de la patología.

Hemos visto que la psicología se vuelve neurótica al defenderse de su propia patología. Por lo tanto, trata de evitar tener que sufrir una iniciación y de tomar consciencia de sí misma Para poner al descubierto la neurosis y para ponerle fin, la psicología debe “erinnern”, tomarla en sí misma y devolverla a su origen, el alma. Entonces se levanta la represión. Podemos entender por qué esto generalmente no sucede y por qué Nietzsche habló de una autocontemplación tremenda o terrible. Desde el punto de vista del ego habitual, esta tarea de psicología es nada menos que cortar la rama en la que uno está sentado, de modo que uno pierde el firme agarre y se sumerge en la profundidad sin fondo del espacio “intermedio” donde no hay líneas rectas ni puntos fijos. Pero entonces comenzaría la rotatio, la psicología sería el alma ‘recordada’ (erinnert); terapia y teoría, fantasía y hecho, analista y paciente ya no podrían mantenerse separados. El reino de la mediación se abriría y nacería el “hijo del alma”.

Me gustaría repetir: el lugar donde la psicoterapia tiene que suceder y donde no sería solamente abortiva es en la tercera persona objetiva, impersonal y, sin embargo, también la más subjetiva: la psicología. Integrar, desarrollar, compensar, sanar, “recordar” (erinnern, interiorizar), imaginar, introspección, iniciación, análisis, expandir la consciencia de uno y aquello que busca la psicoterapia son tareas a realizar no por la persona, sino por la psicología. Solo en este nivel, en el “plano superior de la dialéctica psicológica y filosófica” (CW 10 § 333), la psicología puede volverse psicológica, porque solo esto abre la tercera alternativa al estancamiento de los opuestos: el reino imaginal del hijo del alma. Cualquier cosa verdaderamente importante no puede suceder en nosotros a menos que ocurra en nuestra psicología. Porque estamos en ella— incluso si pensamos que está en nosotros. En lugar de necesitar métodos psicológicos para obtener experiencias personales más intensas, podríamos descubrir que la psicología en sí misma puede ser nuestra riqueza y nuestra experiencia más personal: la experiencia de hacer alma.

Notas

1. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’” in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt 1975, p. 343s.

2. Patricia Berry, “On Reduction”, Spring 1973, p. 80s. y passim.

3. (Nota añadida en diciembre de 2004) es decir, a defendernos lógicamente…, manteniendo la neurosis lógicamente a raya.

4. Edgar Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (New York: Norton, 1968), p. 238.

5. “Der Familienroman der Neurotiker”, en Sigmund Freud, Studienausgabe, vol. 4, p. 226.

6. Sobre “epistrophé” ver James Hillman, Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 50.

7. James Hillman, The Myth of Analysis (Evanston: Northwestern UP, 1972), pp. 291ss.

8. “Die endliche und die unendliche Analyse” en Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt, 1975, p. 387 (mi traducción).

9. “Further Recommendations in the Technique of Psycho-analysis”, en Sigmund Freud, Collected Papers, vol. II (London, 1953), p. 356n.

10. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’”, in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband (Frankfurt, 1975), p. 347 (mi traducción).

11. Sobre el dragón de la imaginación ver James Hillman, “The Great Mother, her Son, her Hero, and the Puer”, en Fathers and Mothers (Zürich, 1973), p. 112.

12. Cf. Martin Heidegger, Die Frage nach dem Ding (Tübingen, 1962), p. 188.

13. Erich Heintel, Einführung in die Sprachphilosophie (Darmstadt, 1972), p. 92.

14. Freidrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, aforismo 585.

Las herramientas encadenantes del psicoterapeuta

Logos del alma

“No es para quedarnos en casa que hacemos una casa….”
Juan Gelman

En la temprana formación psicoterapéutica de corte analítico un ejercicio común consiste en interpretar películas, mitos y cuentos a través de las categorías aprendidas a lo largo de la revisión teórica y práctica. Despues se hace lo mismo con los casos y con el análisis de sueños. En el entrenamiento inicial ello constituye un ejercicio didáctico constante y mientras más se practican las interpretaciones éstas se vuelven más ricas y complejas, afianzando el conocimiento obtenido de forma previa.

La finalidad didáctica de ese ejercicio es la aprensión, cada vez más amplia y profunda, del bagaje teórico que se presenta en el proceso del aprendizaje. Con ello, las categorías de pensamiento se complejizan y abarcan mejor a la realidad en cuestión, imbuyendo con la teoría al objeto propio del entrenamiento psicoterapéutico, es decir, la interpretación y el acercamiento a los fenómenos psíquicos. Por lo cual, se asume que el fenómeno se construye en la misma medida que se aprende, ese acto de creación del mundo es el inicio de la formación psicológica.

Tales ejercicios son una estrategia útil, no obstante conllevan un peligro. En el camino del aprendiz y habiendo interpretado decenas de fenómenos, la teoría termina por interiorizarse e informar la perspectiva con la cual se comprende a la realidad psíquica, estos esquemas teóricos niegan las antiguas categorías epistémicas y sustituyen la visión del hombre común por la del aprendiz de psicoterapeuta. Pero esa condición ofrece la falsa seguridad de que se ha llegado a la meta, de que ahora se tiene la capacidad infalible de entender realmente el mundo tal y como es, todo gracias a la constante aplicación de la teoría literalizada.

En el proceso dogmatizador del saber la practica psicoterapéutica se refuerza en el imperativo de probar constantemente los conceptos medianamente interiorizados. Se sustituye entonces al fenómeno con las formas externas de observarlo, ideas que no derivan del objeto de estudio sino de las necesidades del investigador. Así, se olvida el hecho de que realmente el sujeto es constitucionalmente ciego a la realidad, por lo cual, se experimenta la ilusión de que se pueden aplicar indistintamente, sobre el fenómeno, las recientemente adquiridas categorías fijas de comprensión.

El aprendizaje de la psicoterapia exige la negación de la consciencia del sentido común, con su acercamiento lego a los factores psicológicos que están presentes en la construcción de síntomas psicopatológicos. Estos sistemas de pensamiento dan pauta a una óptica especializada que las personas no entrenadas no se ocuparán de desarrollar. Esta situación supone una profesionalización del psicoterapeuta semejante a la de cualquier experto en un área del saber. Sin embargo, el proceder psicológico no descansa en esa negación, requiere, para ser psico-logía, una negación posterior.

La negación de la negación es lo que distingue el acercamiento real del psicoterapeuta a su objeto de estudio. Ésta consiste en la autoaplicación del conocimiento a sí mismo en el singular ejercicio del aprendiz por ser adiestrado ya no por los conceptos teóricos, en cambio se vuelve ahora discípulo del fenómeno en cuestión. Es la noción subyacente en el síntoma lo que enmarca la teoría del fenómeno a estudiar y, paradójicamente, la sumisión a esa tarea es lo que convierte al aprendiz en un verdadero psicoterapeuta.

Por eso es necesario seguir caminando en la vía psicológica, en lugar de permanecer en la morada cómoda de lo ya conocido. Es debido cortar la rama sobre la que se está sentado e invocar el riesgo de la incertidumbre. Seguir andando requerirá desechar esa práctica tan duramente conseguida y volver a reflexionar sobre los conceptos ya aprendidos. El aprendiz tiene que atender la negación de las categorías de análisis siempre una vez más, de tal manera que lo que quede no sea el habito de interpretar sino la disposición de someterse a a la otredad.

La habilidad para estar presente mientras el fenómeno se piensa a sí mismo, es la dimensión que supera el ámbito del aprendiz, lo que significa abandonar toda esperanza de ser un agente activo en la transformación dialéctica del proceso psicológico alcanzado. El psicólogo sabe que hay que hacer el derrotero siempre de nuevo ante el fenómeno y renunciar conscientemente a sus queridos instrumentos de aprendizaje, solamente sin esa carga se puede pasar por el ojo negativo de la aguja.

Observando las formaciones junguianas es patente lo difícil que resulta llevar a cabo la negación de la negación, es más sencillo permanecer como aprendices e ir, en el mejor de los casos, muy cargados de conocimiento, pero con poca disposición a dar el siguiente paso, hacia el verdadero opus del vacío. ¿Quién se atrevería a enseñar que lo aprendido debe ser desechado, y que el tiempo de formación no instruye realmente, que más bien debe preparar al sujeto para desapegarse del fruto de su trabajo? En cambio, todas la formaciones ponen un peso sobre los hombros del estudiante, lo inflan de importancia personal y lo atan al delirio de la suficiencia y del ejercicio psicológico superficial.

Tales formaciones son responsables de que haya tantos psicólogos y tan poca psicología, pues su trabajo es vender un producto determinado por la promoción del mercado, adecuarse a las leyes de la oferta y de la demanda y procurar que se respete la gran narrativa cultural de la búsqueda de la salud y del bienestar como los productos preferidos del capital. Sus herramientas son cárceles hechas de conocimientos que mantendrán lejos del practicante el verdadero trabajo psicológico, esto es, el reconocimiento de la realidad del alma.