El problema de los padres suficientemente buenos

Logos del alma

«Nada afecta tanto a la vida del niño como la vida no vivida de sus padres.»

C. G. Jung

A menudo los padres se sienten culpables de los errores cometidos en el proceso de la crianza de sus hijos, se preguntan constantemente si lo están haciendo bien o no y llegan al grado de interpelar al terapeuta para que éste juzgue su actuar, lo que significa que la exigencia los ha sobrepasado y desean que alguien más cargue con el papel parental. La preocupación por adecuarse a un ideal crea una tensión palpable en la angustia creciente por cumplir con normas que son inalcanzables. Es un cruel imperativo social aquel que impele a los padres a que sean solamente buenos padres.

En los cuentos antiguos suele haber una madrastra malvada que se contrapone al amor puro de los padres ausentes, pero ésta es una reelaboración más bien reciente, porque en las versiones más antiguas de los cuentos la figura destructiva recae sobre la propia madre o en ambos padres. Esto sugiere que en algun momento la idealización de las figuras paternas obligó a la cultura de una época a escindir el papel atroz y la figura benevolente en distintos recipientes. Sin embargo, un análisis más atento mostraría que las figuras que componen estas historias conforman una unidad, donde lo aciago y lo afortunado se entrelazan para permitir el desarrollo de la narrativa, pues el protagonista no tendría que emprender un viaje si no sintiera el rechazo de su hogar, si él mismo no fuera alguien sin una morada propia; es en el ser obligado a marcharse lejos de su posición inicial que conoce a la princesa encantada y puede convertirse al fin en el rey, es decir ser inciado en el misterio profundo de la paternidad.

Este cisma, entre los padres buenos y los malos, fue utilizado por Melanie Klein en su teoría sobre el estadio esquizo-paranoide, donde la autora conjeturó que ante la pulsión de muerte el sistema yoico, aun en ciernes del niño recien nacido, se deshace (deflecta) tal impulso amenazante en la figura del pecho persecutorio y en cambio proyecta la pulsión de vida en un pecho ideal, es así como el infante fragmenta la experiencia de la realidad de la que se nutre, pero no sabe que ambas imágenes no son distintas, este hecho da pie a la integración del aparato psíquico que se consolidara en el interjuego entre la vida y la muerte. Antes de Klein, Freud había entendido que la vida pulsional del sujeto es posible porque hay un contrapunto entre una necesidad por mantener la vida y el deseo perderla, esa danza continua entre la reproducción y la destrucción es el sine qua non de la existencia del alma.

Por lo tanto, se debe advertir que en la vida del niño no puede existir solo una figura benévola por parte de los padres, estos contienen, y deben contener, el matiz destructivo de poder ser aquellos que no aman lo suficiente, ha de haber entre ellos y sus hijos un misterio que los separe, porque ser padres significa poder soportar la incertidumbre de una distancia infranqueable. De otra manera, si las figuras parentales se empeñan en vaciarse de lo nefasto, entonces la experiencia del error y de la maldad tendrá que ser admitida por otro sujeto continente, que en la mayoría de los casos resulta ser el propio hijo. Ello tiene como consecuencia la necesidad compulsiva del hijo de no ser adecuado e incluso de identificarse con una posición perniciosa en contraste con la luminosidad de sus progenitores, ya que la tensión inherente en su subjetividad se ha trasladado de sí mismos a la simbiosis psíquica con sus progenitores. Es por eso muchos hijos taimados tienen un sentimiento de rencor contra los padres buenos y la culpa por ese odio que parece no tener justificación los sumerge aún mas en su oscura vivencia, pues ésta resulta ser también un mecanismo protector de la limpidez parental.

En los casos afortunados, por más que los padres intenten ser solo buenos, su misma estructura psíquica los obligará a expresar su sombra permitiendo que el hijo pueda ser impulsado, hacia su singular camino hacia sí mismo, por medio de la desilusión narcisista por no tener a los padres ideales. Quizás, a su vez, estos hijos intentarán ser padres buenos y, si todo va bien, fallarán estrepitosamente y con ello permitirán que nuevas generaciones puedan descansar en la adecuación de la vida e impulsarse en el alejamiento fugaz ante la muerte, comprendiendo así que la tarea paterna es poder sostener esta tensión de forma irremediable y que, por lo tanto, para ser buenos padres se requiere poder soportar la realidad de no poder serlo.

Lo que dice Hillman sobre la fantasia de curación en el tratamiento psicoterapéutico

Logos del alma

“El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma.”

James Hillman

En Re-imaginar la Psicología* James Hillman es claro sobre su postura terapéutica, él, un terapeuta con décadas de práctica a sus espaldas y una de las figuras más brillantes en la psicología analítica, comprende que la busqueda de curación es la enfermedad misma de la psicoterapia pues condena al movimiento patologizador del alma a la oscuridad de la esperanza del tratamiento, encerrando así el proceso de hacer alma en la simple edificación del ego, lo cual es un abordaje incompleto y perjudicial, tanto para el sujeto como para la vida psíquica en su contexto, pues para que el ego se fortalezca primero debe subordinarse al alma de manera libre, es decir intentar estar a la altura del lugar que le corresponde en el aparato anímico.

Hillman dice: “La psicología no existe sin patologización” donde la palabra patologización debe entenderse como la capacidad de la psique de crear morbilidad y sufrimiento como parte de su constante construcción de sí misma, tal proceso es importante pues nos brinda singularidad y “nos proporciona materiales con que construir nuestras vidas normales”. No hay una existencia libre de pathos, pero en la huida constante de este hecho la psicología medicaliza y patologiza la vida cotidiana.

El autor sigue diciendo: “hemos confundido estos tres descubrimientos interrelacionados: lo inconsciente, la patologización y el alma. Creemos equivocadamente que todo el mundo necesita una terapia profesional, como si en ella fuésemos a reencontrar el alma. Pero no es así” y no lo es porque en principio la morbilidad animica es una parte normal de la vida, es aquello que le da movimeinto y contradicción, ademas no se debe olvidar que fueron “Los síntomas, no los terapeutas, [quienes] condujeron este siglo al alma”, fue en el análisis donde la patología se manifesto pero que ese trabajo fue un recipiente no porque lo patológico tuviera que ser tratado sino porque necesitaba manifestarse. Cuando el terapeuta se confunde con un sanador se inmiscuye en un ejercicio dogmático propio de la religión, entonces “Uno acude a la terapia para crecer, no porque esté afligido: como si crecimiento y aflicción se excluyesen mutuamente. Se ha abierto una sima entre el alma y el síntoma”.

Así, dice Hillman “Al atender a mi yo enfermo, me he metido de lleno en la fantasía médica” y entonces surge, como producto, la fantasía de tratamiento, “El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma”, no obstante no se debe olvidar que “cuando somos psicológicos con respecto a la patologización, no la estamos tratando; cuando tratamos la patologización, no estamos siendo psicológicos con respecto a ella”, ya que cuando dejamos de lado esta premisa requerimos de recipientes que carguen con la fantasia medica, es decir para sostener la necesidad de tratamiento es una exigencia tener recipientes para la patología, en consecuencia “Al interpretar la fantasía mórbida del alma como patología clínica, el enfoque clínico crea lo que luego debe tratar. Crea pacientes clínicos.”

La terapia de Hillman, en cambio parte de una premisa básica: “Servir al alma significa dejarla mandar; ella nos guía, nosotros la seguimos” e “Intentamos seguir al alma adonde quiera que vaya, intentamos aprender qué hace la imaginación en su locura”, así conservamos la dignidad del síntoma y su autonomía al asumir que:

“Antes de cualquier intento de tratar, o incluso de comprender, los fenómenos patologizados, vamos a su encuentro en un acto de fe, considerándolos auténticos, reales y valiosos tal como son. No disminuimos su valor considerándolos signos de enfermedad médica ni lo acrecentamos considerándolos signos de sufrimiento espiritual. Son caminos de la psique y caminos que nos conducen al alma.”

Por lo tanto, entendemos que la patologia psiquica no es propiedad del sujeto que llega a terapia, sino que es el terreno en el que su existencia se asienta, pero en principio es el alma quien sufre, la psique crea sufrimiento para poder hacerse a sí misma, en consecuencia cuando se desea curar realmente se está intentando deshacerse de aquello que no se entiende, o lo que se teme, de la vida psicologíca, primero despojando de su autonomía, de su otredad, a un fenómeno singular y encerrándolo en la causalidad del individuo para luego fantasear evasivamente con un tratamiento externo que elimine al complejo sintomático. El tratamiento, en realidad no busca remediar la enfermedad sino hacer desaparecer de la consciencia la vida simbólica subyacente. Con ello el sujeto pierde la perla de gran valor a cambio de la tranquilidad de permanecer intocado por su propia existencia.

*Todas las citas corresponden al libro Re-imaginar la Psicología, ed. Siruela, pp. 171-178

“Ve a terapia” o el dictado de la hegemonía emocional

Logos del alma

Las redes sociales son un excelente laboratorio de los discursos culturales imperantes, en ellas se puede observar, hablando de forma mitologizante, “el inconsciente” de una sociedad que emite ideas de las que, realmente, no se hace cargo. Por ejemplo, una de estas ideas es el papel de la psicología como medio de coherción de la vida emocional y sentimental de lo sujetos, y de lso ideales que éstos deben desear.

Byung-Chul Han insiste en que los imperativos foucaultianos del panoptico y de la represión han sido sustituidos, en la posmodernidad, por otros medios más sutiles pero también más lacerantes, porque ya no responden a una coerción externa que someta a través del miedo y del castigo sino que se han mudado al interior del discurso del individuo y se han convertido en una cadena inconsciente que lo ata a ideales que dictan aquello a lo que cada persona “deberia” aspirar a ser, es decir que el objeto de la individuación, el ser más intimo, ya no lo debe encontrar en sí mismo, porque éste le ha sido prefrabricado y yace a la venta en los estilos de vida que observa de forma pasiva en los nuevos mass media.

Empero, con la palabra pasividad no se debe acudir a la imagen al antiguo homo videns, aterido frente a la pantalla recibiendo mensajes de forma continua y adhiriendo su opinión a los mismos, sino que el nuevo usuario de las redes sociales reproduce un conjunto de mensajes que le dan la ilusión de ser pensados y de obtener, por lo tanto, su acuerdo de forma libre, pero que en realidad son narrativas que se le imponen inadvertidamente. Asi, el meme es el medio de re-producción por excelencia que viraliza los discursos que imponen aquello sobre lo que se debe y no se debe decir y lo que se permite ser pensado y lo que no, en nuestra sociedad.

La cultura del meme sirve como una maquina reproductiva que utiliza a sus usuarios para poder sostener los imperativos que ya no se imponen desde fuera, sino que convierten a los entes en partes de la misma maquina, por medio de su participación en la miríada de opiniones que surgen de forma constante en los muros virtuales. En así que el hombre se enfrenta con un continuo de mensajes que le dicen como vivir, que pensar y que sentir y, en consecuencia, al recibir estas misivas, publica un meme. La publicación de un meme tiene al menos dos componentes basicos, el enunciado y la imagen que se observa y los mensajes que lo alimentan y le dan vida, pues es un organismo ideológico que se sostiene en su asunción por parte de los individuos bajo la misma lógica del complejo psicologico, es decir, como una imagen con una carga emocional exacerbada.

Las personas, entonces, reciben y reproducen dictados que les implelen a sentir de determinadas maneras y si no se adhieren a ellas, en tal caso, deben acudir a terapia, siendo la psicoterapia el nuevo brazo represor que alinea a aquellos que por sí mismos no pueden subsumirse a los dictados de la cultura. Los disidentes ya no son enviados a Siberia, o olvidados en un psiquiatrico, sino que son conducidos a un consultorio donde se les alecciona sobre los conceptos clave para ser buenos ciudadanos, ellos son enecrrados en palabras cotidianas como “crecimiento personal”, “resiliencia”, “busqueda del sentido”, “pensamiento positivo” y “felicidad”, que no son otra cosa sino campos políticos que concentran lo deseable de la existencia y que dejan fuera aquello que más se teme.

Lo que más se teme es lo que contradice los discursos imperantes, y en el caso de la emocionalidad es la experiencia de lo terrible, de tal modo que los sentimientos comunes como la tristeza, el odio, los celos, el rencor o la envidia son relegados a sistemas psicopatologizantes que los equiparan con enfermedades que deben ser curadas. Un sujeto no puede permitirse sentir algo distinto a los modelos preferidos por la cultura, pues de otra manera se vuelve peligroso y es entonces que el discurso de la redes sociales se evidencia como hegemonico, pues se sanciona, con el ridículo, con la reprobación o la cancelación, cualquier emocionalidad que se contraponga a la positividad y a la busqueda de la felicidad, esos estados ideales que encadenan a las personas.

Hoy ya no es posible sentirse triste, o proponer, por ejemplo, el odio como el lugar de la creación, versos como los de Eduardo Lizalde que dicen: “El odio es la sola prueba indudable/ de la existencia” o como los de Jaime Sabines que apremian: “No lo salves de la tristeza, soledad,/ no lo cures de la ternura que lo enferma” ya no pueden ser escuchados sin un gesto de desaprobación porque se debe ser feliz y se deben preferir, y permanecer, en las emociones constructivas. No obstante, la destrucción es parte vital del ser-en-el-mundo y en una realidad donde se sanciona lo negativo con el trabajo psicológico, esta dimensión necesaria ha de hallar formas de encarnarse fuera de la narrativa medicalizadora y mercantilizadora de la vida cotidiana.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

Psicología – El estudio de la vida lógica del alma

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 325-350

Traducción de Alejandro Chavarria

En 1956 Jung se lamentaba de que «mi obra posterior y más importante (según me parece) sigue sin ser tocada en su oscuridad primordial».1 Probablemente esto sigue siendo cierto hoy en día en gran medida. Lo que Jung sugiere en esta declaración es que hay una diferencia considerable entre su obra anterior y su obra posterior. Su obra posterior no es sólo una elaboración más detallada y una expansión de sus inicios, ni tampoco una mera modificación parcial. Es algo en sí mismo y, según él, más importante.

De la evaluación de Jung podríamos concluir que ahora, más de cuatro décadas después de su muerte, es nuestra tarea hacer finalmente justicia a su obra tardía. Pero creo que esto no sería suficiente. O bien, hacer justicia a su obra tardía tendría que significar algo más que simplemente intentar comprenderla y basar nuestro propio trabajo en ella. Más bien, tenemos que ir con Jung más allá de Jung.

No basta con escuchar y ser fiel a la letra de las enseñanzas explícitas de Jung. Como señaló Nietzsche en una ocasión, sería una mala manera de pagar a nuestro maestro el seguir siendo su discípulo para siempre. Tenemos que desarrollar aún más los impulsos que yacen en su obra, impulsos que el propio Jung no desarrolló plenamente y en los que basó su obra. Nuestra lealtad tiene que ser al espíritu vivo que se agita desde dentro de la obra de Jung, a los problemas no resueltos que han surgido a través de su obra, a sus necesidades internas. La ortodoxia no es la mejor manera de ser fiel a Jung. Esta actitud, por cierto, se corresponde con la actitud del propio Jung hacia Freud. En la misma carta en la que citaba la opinión de Nietzsche que acabamos de mencionar, Jung escribió: «El problema más cercano al corazón de Freud era, sin duda, la psicología del inconsciente, pero ninguno de sus seguidores inmediatos ha hecho nada al respecto. Resulta que soy el único de sus herederos que ha llevado a cabo alguna investigación más en la línea que él intuyó»2 Lo que Jung implica aquí es que él fue el único verdadero heredero del proyecto de Freud precisamente por haber desertado de la escuela freudiana literal y, en cambio, haber asumido como responsabilidad personal la preocupación más profunda que fue el motor de la investigación de Freud.3

Para dar una idea de la dirección que debe tomar este desarrollo posterior, compararé y contrastaré primero dos títulos de obras de Jung. Trazando una línea imaginaria entre el punto de vista implícito en la redacción del primer título en un extremo y el punto de vista expresado implícitamente en el segundo título en el otro extremo, obtenemos una especie de vector que tendremos que seguir en nuestros propios intentos. Inherente al desarrollo del pensamiento psicológico de Jung hay una cierta teleología oculta, y nuestro pensamiento tiene que comprometerse con el telos o finis (finalidad) más que con el origen histórico que subyace, en consonancia con la opinión del propio Jung (que expresó con respecto a la psicología de la neurosis) de que «cualquier desviación histórica es un desvío, si no realmente un giro equivocado» (OC 10 § 363, trad. modif.).

Una primera obra que data del año 1916 apareció en una versión revisada 1928 bajo el título:

Las relaciones entre el yo y el inconsciente.

La principal obra de Jung de su último periodo es

Mysterium Coniunctionis

Una investigación sobre la separación y síntesis de los opuestos píquicos en la alquimia

En el título anterior tenemos la idea de dos entidades que estarán en una relación cambiante entre sí. Es similar a dos personas, digamos un hombre y una mujer, que pueden enamorarse el uno del otro, casarse, tener peleas terribles, empezar a odiarse y, finalmente, pueden divorciarse o también reconciliarse de nuevo. Lógicamente, primero existen estas dos personas y, en segundo lugar, entran, además de su existencia individual, en una relación con todas sus posibles vicisitudes. El punto esencial para nuestra presente discusión es que hay una separación e independencia, si no es que una escisión, entre la existencia de las personas, por un lado, y cómo se comportan o lo que les sucede, por otro; filosóficamente es la diferencia entre sustancia y propiedad accidental. Las mismas dos personas también podrían no enamorarse la una de la otra y, sin embargo, seguir existiendo. Lo mismo puede decirse del Ego y del Inconsciente. En primer lugar existen, según la fantasía del título de esta obra, tanto un ego como un Inconsciente en la psique, y en segundo lugar esas entidades psíquicas existentes se relacionan entre sí de diversas maneras; su relación puede ser constructiva-creativa o, por el contrario, tener la forma de una disociación. Pero, independientemente de cómo se relacionen específicamente entre sí, son sólo las vicisitudes de la vida las que someten a las dos entidades psíquicas existentes. Aquí actúa un pensamiento sustantivador o reificador. También podríamos llamarlo «ontológico» en la medida en que parte de la idea de entidades subsistentes.

El pensamiento que subyace y se expresa en la redacción del segundo título es totalmente diferente, a pesar de que ambos parecen hablar del mismo tema. A primera vista podríamos pensar que los opuestos psíquicos podrían compararse precisamente con un matrimonio, y la síntesis o coniunctio por un lado y la separación por otro podrían corresponder al matrimonio y al divorcio de la pareja, es decir, a la relación armoniosa y productiva frente a la disociación entre el yo y el inconsciente. Pero la cuestión es que en este nuevo pensamiento ya no hay entidades subsistentes. Jung no habla del ego y el inconsciente, ni del hombre y la mujer, ni de lo masculino y lo femenino, ni de la mente y el cuerpo, el espíritu y la materia, el cielo y la tierra, o lo que sea. Ya no se ocupa de ninguna sustancia, de ninguna entidad. En lugar de referirse en términos de un pensamiento ontológico o sustantivo a los opuestos psíquicos como entidades subsistentes, simplemente expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Es la naturaleza interna de la psique que es oposicional, también podríamos decir autocontradictoria. Eso es todo. Lo que son los opuestos no se dice aquí, y no puede, no debe decirse en el contexto de esta obra tardía, porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo.

En lugar de tener dos entidades subsistentes de las que se dice que están en oposición, tenemos aquí la noción de una estructura oposicional en sí misma como el hecho primario (irreductible, inhinterrumpido), de modo que todos los opuestos específicos que puedan aparecer en el nivel fenomenológico son meramente ilustraciones o ejemplificaciones o disfraces secundarios de la estructura oposicional fundamental (y realmente irrepresentable). Y los términos separación y síntesis (o unión) indican la naturaleza de esta estructura oposicional, a saber, que no es realmente una «estructura» en absoluto (lo que, después de todo, implicaría algo óntico, subsistente y estático o rígido), sino más bien un movimiento, una tensión viva, la interacción fluida de separación y síntesis, de diferencia e identidad. La psique se concibe aquí como una vida pulsante. Estamos con este pensamiento en el nivel de esta vida misma (la vida, el movimiento como tal) y no ya en el nivel de los seres, los objetos o las entidades que viven o se mueven o se relacionan. En otras palabras, la separación de las entidades psíquicas de lo que secundariamente sucede con o para ellas ya no existe aquí. La forma de «ente» se ha disuelto «alquímicamente» en lo que antes se veía como su relación entre sí, de modo que sólo queda esta relación en su fluidez.

Jung también desarrolló, a su manera mitologizante, la opinión de que hay dos fuerzas en la psique, a las que llamó ánima y ánimus, y que forman una pareja o syzygy. Tanto anima como animus significan alma o mente, en latín, a menudo como sinónimos sin distinción.4 Es Jung quien hace uso de la diferencia de género de las dos palabras para dar a su similitud, expresada en su raíz verbal común (anim-), definiciones consistentemente diferentes. Si tomamos en serio este punto de vista, se deduce que puede haber tres concepciones fundamentalmente diferentes de la psicología. La psicología puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánima, pero también puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánimus, y finalmente también desde el punto de vista del alma como la propia sizigia. Dado que Jung utiliza la imaginería mitológica, la idea de la sizigia del ánima y el ánimus puede verse como la percepción de la relación ánima-ánimus desde el primer punto de vista, el del ánima. El ánima imagina esta relación sicigótica en la imagen naturalista de un matrimonio, del mismo modo que se imagina a sí misma, así como a su otro, el ánimus y todo lo demás, en imágenes naturalistas (por ejemplo, a sí misma como una ninfa, una mujer misteriosa antigua pero siempre joven, como una niebla sobre un pantano, etc.). Lo mismo podría verse en términos de la posición del animus, donde todo ya no aparecería bajo la forma de figuras personificadas e imágenes naturales, sino como conceptos, por ejemplo, de fuerzas, tendencias, partes de la personalidad. En ambos casos, la sizigia se vería desde un punto de vista desde abajo, desde el punto de vista de las figuras o conceptos separados que son llevados a una unión por la sizigia por encima de ellos, como un techo o un paraguas.

Pero la psicología también puede elevarse al nivel de la propia sicigia. Sin embargo, si lo hace, si adopta el punto de vista de la «sombrilla» misma, la sizigia dejará de ser esa sombrilla que está por encima y abarca el ánima y el ánimus, y estos dos últimos habrán desaparecido ipso facto como algo propio y se habrán reducido a momentos internos sublimados de la sizigia. Entonces ya no habrá yugo (syzygy lit. = yugo) que conecte dos entidades separadas. Sólo quedará la propia sizigia como movimiento dialéctico en sí misma, como unidad de la unidad y diferencia de sí misma. A partir de aquí podríamos decir que el segundo de los dos títulos de nuestros libros junguianos habla desde el punto de vista de la propia sizigia. En efecto, la psicología ha captado e integrado aquí una idea que antes sólo había contemplado como un contenido vagamente intuido de la conciencia, de modo que ahora, finalmente, ella misma está informada por esta idea en su propio estilo de pensamiento. La idea ya no es un contenido que entretiene y enseña; ha llegado a la psicología y la ha revolucionado. Y lo que había imaginado como un paraguas o un techo al que mirar, se ha convertido en el suelo sobre el que se asienta la psicología, la perspectiva que la informa.

Así, con respecto al título anterior, podemos observar un cambio de paradigma fundamental. Un cambio de un nivel «semántico» a uno «sintáctico» de la psicología, de un pensamiento «ontológico» a uno «lógico», de una «sustancia imaginable» a una «forma o constitución abstracta». El primer título implicaba una psicología psicologista, personalista, porque presuponía a la persona humana como fundamento o contenedor o sustrato subsistente de la vida del alma. La vida pulsante de la que trata el título posterior ya no está ligada a la persona humana como sustrato. Es autosuficiente, de modo que aquí la psicología ha vuelto por fin a casa y ya no está alienada de sí misma. Esta vida pulsante es la vida lógica, no el proceso empírico; es el movimiento dialéctico y autocontradictorio de la unión y la desunión. La separación y la síntesis representan evidentemente relaciones u operaciones lógicas, sin embargo, como operaciones lógicas, no operaciones realizadas por nosotros, por la mente subjetiva, sino por «el alma» misma, o más bien ni siquiera realizadas por el alma, sino operaciones como las que «el alma» existe.

Puede que estos breves comentarios ya nos hayan dado una idea más clara de por qué Jung tenía razón al decir que su «obra posterior y más importante […] sigue intacta en su oscuridad primordial». El pensamiento psicológico suele seguir estancado en los modos personalistas.

Ahora bien, también es cierto que el texto que sigue a este magnífico título del último libro de Jung no siempre está a la altura del alto nivel de pensamiento psicológico alcanzado en la redacción del título. Es por ello que hoy tenemos la tarea de ir con Jung más allá de Jung, la tarea de proceder al punto de vista de la fluidez de la vida lógica como lo que es el alma.

Las siguientes exposiciones sirven para tratar de acercarnos un poco a ese punto o nivel en el que podemos comprender lo que significa la concepción de la vida lógica del alma, que es la vida dialéctica.

Pero antes tendré que abordar la posible incredulidad que la noción de «vida lógica del alma» puede suscitar en algunos lectores. ¿Acaso la psicología profunda del siglo pasado no nos ha enseñado que el alma es instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, «inconsciente», irracionalidad, patologización, imagen numinosa (y fundamentalmente incomprensible), etc.? En respuesta a esta objeción tengo que señalar dos cosas.

El primero se refiere a un problema meramente semántico que provoca un error de concepto. «Lógico» en la frase incriminada no equivale a la afirmación de que la vida psicológica se comporta siempre de acuerdo con las reglas de la lógica formal, que es un «pensamiento correcto», racionalista, calculado, plausiblemente argumentado. «Lógica» puede entenderse en dos sentidos diferentes. El primero es el de una disciplina especial en el departamento de filosofía; la lógica se concibe aquí esencialmente como un instrumento para el pensamiento correcto, para llegar a ser más fácilmente capaz de distinguir las formas de razonamiento falsas de las verdaderas. Esto es lo que podríamos llamar, con términos kantianos, el Schulbegriff (el concepto escolar o académico) de la lógica, en contraste con su Wleltbegriff (concepto de mundo, cf. Crítica de la razón pura, B 866). En términos de este último, el conceptus cosmicus, la lógica significa algo totalmente diferente. El filósofo que introdujo la noción de logos en el pensamiento occidental, Heráclito, hablaba del logos eôn, el logos subsistente. También se habla, por ejemplo, de la lógica de las revoluciones o de la lógica del capitalismo. Karl R. Popper escribió un libro titulado La lógica del descubrimiento científico. Pascal habló de la lógica del corazón. Más cerca tenemos la siguiente frase de Jung: «Por [x, y, z] entiendo las tendencias o determinantes que producen la cultura en el hombre con la misma lógica que en el pájaro producen el nido artísticamente tejido, y la cornamenta en el ciervo» (OC 4 § 665).

Jung no quería sugerir, por supuesto, que los ciervos o los pájaros hicieran cursos de Lógica Formal y que cuando quieren que les crezca la cornamenta o construyan sus nidos, los razonen aplicando las leyes de la lógica formal. Lo que se quiere decir en todas estas afirmaciones es el hecho de que inherente a los diversos fenómenos de los que se habla hay un cierto logos eôn, un patrón e impulso consistente, también podríamos decir que en su desarrollo siguen ciertas reglas internas, una necesidad interior. Una etapa da lugar a otra determinada, que a su vez es seguida consecuentemente por una tercera, etc., donde la secuencia no se produce por un mecanismo externo de causa-efecto, sino por una relación interna de posición, de respuesta a la posición (por lo que pertenece a la esfera del logos). Las etapas desarrollan una dinámica propia, independiente o incluso absolutamente contraria a las intenciones de los agentes humanos a través de los cuales se producen los fenómenos (esta última posibilidad es especialmente evidente en «la lógica de las revoluciones»). Del mismo modo, la noción de vida lógica del alma sugiere -en un primer aspecto- nada más que la vida del alma, tanto su vida en conjunto como la de sus momentos (o verdades) individuales,5 es el autodespliegue de su propia lógica interna.

El segundo punto que hay que señalar en respuesta a la objeción mencionada se refiere a las ideas convencionales (modernas) del alma como instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, imaginación, etc. La obra del último Jung nos presentó la alquimia como modelo teórico para la psicología. La alquimia concibe su opus como un opus contra naturam, y uno de los principales primeros objetivos de la Obra es la disolución de la unio naturalis. Si se concibe que el alma es esencial y primordialmente afecto, emoción, instinto, deseo, etc., es evidente que el punto de vista de tal visión es precisamente el de la unio naturalis no disuelta. Es una postura naturalista que se aferra a tales nociones por medio de su definición de psique o, al menos, por medio de lo que para ella es el núcleo más íntimo y la base de las cosas psicológicas. Y el psicólogo que sostiene tales puntos de vista está excesivamente impresionado por los aspectos físicos de la experiencia. Los deseos, los afectos y las emociones son siempre en parte físicos, arraigados en el cuerpo.

Pero ¿puede la psicología permitirse el lujo de exigir que en un proceso analítico se disuelva la unión natural mientras ella misma se aferra a esa misma unión? Lo que la psicología quiere lograr en el nivel vivencial del trabajo de los sueños y del proceso terapéutico debe haberlo logrado ella misma como algo natural en su autoconstitución. La psicología no debe diferir constantemente hacia el futuro, cargar sobre los hombros de sus analizados como su tarea, y llevar ante sí como su mensaje predicado lo que es ante todo su propia tarea. Su trabajo sólo puede ser verdaderamente contra naturam, si el corte radical que lo separa de la «naturaleza» queda atrás y se mantiene firmemente en el terreno de la irrevocablemente disuelta unio naturalis. De lo contrario, estará inevitablemente condenada a quedarse en la psicología del ego, en la psicología personalista. Incluso el pensamiento mitológico apoya esta tesis, ya que psychê tenía originalmente su lugar en el inframundo y era el nombre de las sombras incruentas que allí sólo podían susurrar. La propia palabra hace referencia a la frialdad del soplo del viento que se siente como procedente de los fantasmas, de los muertos.

«Lógico» en la frase «la vida lógica del alma» tiene, por tanto, también el segundo significado de frío, abstracto, formal, irrepresentable -si se quiere expresar en términos mitológicos también se podría decir fantasmal. El término «lógico» viene a ser un insulto narcisista para el ego, el ego que naturalmente se aferra a lo natural y quiere desplazar la carga de la separatio (si es que llega a ser consciente de ella) fuera de sí mismo al nivel experiencial y al nivel de sus contenidos de conciencia (sus enseñanzas) para que la estructura lógica de la conciencia pueda permanecer en su inocencia virginal como conciencia «natural». Pero la conciencia psicológica tiene que tomar su propia medicina, es más, sólo es conciencia psicológica en primer lugar si su haber tomado su propia medicina está detrás de sí misma.

Debido a la descrita disolución despiadada de la unio naturalis la vida lógica del alma es abstracta. Sin embargo, como el logos an es el alma en lo Real y por ello es siempre concreta en el sentido de que es la vida lógica en los fenómenos reales, la lógica existente. Por el contrario, la lógica formal o las matemáticas son abstractas en el sentido de que tienen lo Real a lo que pueden aplicarse lógicamente fuera de sí mismas. En la medida en que la lógica formal se concibe como un instrumento mental para el pensamiento correcto sobre lo Real, es evidente que está divorciada de lo Real. La forma habitual en que se comprende y utiliza el término «conceptos», son conceptos abstractos en el sentido de herramientas para comprender algo. Todas las ideas, las teorías sobre la realidad, todas las explicaciones de la realidad son abstractas en este sentido. Pero también existe el Concepto concreto, el Concepto existentente del que nos ocupamos en psicología. Así que vemos que tenemos dos sentidos muy diferentes de «abstracto» o «Abstracción». Es crucial mantenerlos claramente separados. La lógica del alma es fría, abstracta, submundana en comparación con cualquier pensamiento y sentimiento naturalista, pero sin embargo muy concreta en comparación con los conceptos abstractos en el sentido de la lógica formal.

Aunque en mi lista original de las nociones que parecen contradecir la concepción del alma como vida lógica había incluido también la imagen numinosa, en mi discusión hasta ahora he omitido toda la cuestión de la imagen y lo imaginal. Pero ahora tenemos que echarle un vistazo. En última instancia, la presencia del estilo imaginal de pensamiento es una prueba de la unio naturalis no disuelta, también. Una mirada superficial a la alquimia es suficiente para mostrarnos que está más allá del estilo imaginal, que no sólo predica la disolución, sino que la practica activamente. Cuando, por ejemplo, utiliza fórmulas como lithos ou lithos, la piedra que no es una piedra, y cuando da a la piedra alquímica otros mil nombres, a menudo contradictorios, hace que la conciencia no pueda quedarse con la imagen de «piedra». La imaginación, que siempre es naturalista, se ve alterada. El propio carácter de imagen, la apercepción pictórica de la idea de piedra se destruye. Lo mismo ocurre con las operaciones realizadas por la alquimia. La putrefacción, la corrupción por fermentación, la pulverización, la destilación, etc., tienen por objeto descomponer violentamente la forma imaginal de la materia trabajada. La alquimia no es tierna con respecto a la «imagen».

El obispo Berkeley, de acuerdo con toda la tradición, afirmó explícitamente que «el alma siempre piensa». No hay que entender esta frase de forma abstracta y exclusiva, como si el alma nunca deseara, imaginara, sintiera, se emocionara, etc. No, lo que se quiere decir es que incluso cuando el alma no está pensando en el sentido más estricto y riguroso de la palabra, sino cuando está imaginando cosas o sintiendo emociones apasionadas, no obstante, piensa, sólo que de forma oscura, enturbiada, implícita y, por supuesto, sin saberlo. De Jung escuchamos que «el hecho de que la conciencia no realice actos de pensamiento no demuestra, sin embargo, que no existan. Simplemente ocurren inconscientemente y se hacen sentir indirectamente en sueños, visiones, revelaciones y cambios «instintivos» de la conciencia, de cuya naturaleza se puede ver que … son el resultado de actos inconscientes de juicio o conclusiones inconscientes» (OC 11 § 638, trad. modificada). Incluso los síntomas y afectos corporales psicógenos son en el fondo pensamientos, pero, por así decirlo, pensamientos «materializados», pensamientos sumergidos, hundidos en el medio natural, físico, del cuerpo o de la emoción. La imagen es el pensamiento sumergido en el turbio elemento naturalista) del espacio y el tiempo y la forma material. A la inversa, el pensamiento es imaginación sublimada (representación pictórica sublimada). Y una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», es decir, el pensamiento que está preso en «la materia» (en la imagen, la emoción, el síntoma corporal), preso en lo Real. En general, podríamos establecer la siguiente serie: el síntoma corporal es la emoción sumergida, la emoción es la imagen sumergida, la imagen es el pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es la imagen sublimada, la imagen es la emoción sublimada, la emoción es la reacción o el comportamiento corporal sublimado.

A la vista de estas ideas, James Hillman me enfrentó en una ocasión a la cuestión crítica de si podía existir realmente un pensamiento sin imagen y señaló la sentencia de Aristóteles (De anima 431 a 16): «El alma nunca piensa sin imagen». Tengo dos respuestas a esta pregunta.

En primer lugar, hay que leer la citada afirmación de Aristóteles junto con su discusión en De memoria 449 b 31 y ss: La imagen (phantasma) de algo cuantitativo conduce al conocimiento (el pensamiento) de algo no cuantitativo. En la medida en que el alma piensa, no piensa la imagen del modo en que es imaginada El pensamiento va en contra de la particularidad de las imágenes. «Contradice la imaginación» (De insomn. 460 b 16-20). En lo que se concentra el pensamiento es precisamente otra cosa que lo imaginado, algo que la imaginación nunca puede representar. El alma pensante de la que habla Aristóteles es la facultad humana de pensar (que aparentemente se apoya inicialmente en la imaginación, pero sólo para trascenderla y llegar al territorio natal del alma, el pensamiento). Sin embargo, el «motor principal» de Aristóteles es la noêsis noêseôs, el pensamiento puro y sin imaginación, el pensamiento que se piensa a sí mismo y no a otro. E incluso el nous humano es el órgano de los principios (archai), que como tales no pueden ser imaginados. (Más o menos lo mismo es cierto para Plotino).

En segundo lugar, no tenemos que aceptar en primer lugar la afirmación inicial de que el alma nunca piensa sin imagen. Ciertamente, como acabamos de oír de Hillman (pero también relativizado), según la larga tradición aristotélica pensamos en imágenes. En cierto modo, esta tradición estaba todavía en la raíz del representacionalismo de la primera época. E incluso más tarde, Kant descubrió el «arte oculto en las profundidades del alma humana», el arte de la imaginación productiva e inconsciente a priori (Einbildungskraft), y tanto Fichte como Schelling, basándose en el descubrimiento de Kant, incorporaron sus propias versiones diferentes de éste en sus propios y diferentes esquemas.6 Sin embargo: Hegel, después de sus comienzos, en su filosofía madura, destronó la imaginación productiva como fundamento último de la conciencia de objeto. El movimiento interno de su «Psicología» teórica va más allá de la imaginación y muestra que no es ella, sino la memoria reproductiva la que hace el tránsito al pensamiento. Hegel insistió en que pensamos en nombres,7 en las palabras del lenguaje (lo que curiosamente nos recuerda los mil nombres que la alquimia dio al lapis o a la materia prima, etc.). En el nombre, la memoria reproductora tiene y reconoce la cosa, y con la cosa tiene el nombre, aparte de la intuición y la imagen». «Dado el nombre de león, no necesitamos ni la visión real del animal, ni siquiera su imagen: el nombre solo, si lo entendemos, es la representación simple sin imagen. Pensamos en nombres».8 Puedo hablar de mi padre (y saber perfectamente de qué hablo) sin tener que producir la imagen de mi padre. Entiendo la palabra monstruo en una frase aunque no surja en mi mente ninguna imagen concreta de uno. Probablemente no podríamos comunicarnos con éxito sobre asuntos más complejos si tuviéramos que producir la imagen correspondiente para todas y cada una de las palabras utilizadas en nuestras frases.

Mientras que la imagen conserva el vínculo con el aspecto natural de lo que es su contenido, el nombre de las cosas («mesa», «casa», etc.) se refiere indirecta y arbitrariamente a él, el significante (la secuencia de fonemas en el lenguaje oral, de letras en el escrito) no tiene aquí ninguna relación con el aspecto sensible del contenido. Por eso, un mismo objeto tiene nombres totalmente diferentes y sin relación entre sí en distintas lenguas («table», «Tisch», «mesa», «zhuôzi»). En el lenguaje, el espíritu ha asignado arbitrariamente ciertos sonidos de su propia producción al contenido respectivo y así, aunque posiblemente se refiera a cosas, se queda con lo que es de su propiedad, en lugar de mantener, con una ternura narcisista hacia sí mismo, el continuo interior con lo dado (la mística de la participación en el sentido de Jung). Este es precisamente el problema con lo imaginal e incluso con los símbolos: reafirman el continuum con la semejanza natural a pesar de todo el esfuerzo subjetivo por no leerlos literalmente. Se evita el corte real, objetivo (lógico). Los nombres (de las cosas) o las palabras son signos, no símbolos. «Cuando la Inteligencia ha designado algo, ha acabado con el contenido de la Intuición y ha dado al sustrato sensorial [es decir, a la palabra-signo, al grupo de sonidos, W.G.] como su alma un significado ajeno a ella».9

Para Hegel, las imágenes pertenecen a un espíritu todavía soñador; el espíritu (mindedness) despierta sólo en el ámbito de los nombres, que, para decirlo en nuestra terminología alquímica, son la evidencia existente de que la ruptura con la unio naturalis ya ha ocurrido y acompaña al lenguaje como una ruptura siempre ya realizada. Ahora bien, yo iría un paso más allá y diría que el pensamiento pictórico en imágenes, aunque empírica y vivencialmente quizá sea lo primero, es lógicamente secundario porque presupone el lenguaje, el pensamiento en palabras (nombres). Sin lenguaje no hay metáforas y tampoco imágenes.

También sabemos que, de hecho, los niños pequeños son capaces de tener un pensamiento sin imágenes, concretamente cuando aprenden a decir «yo». «Yo» es pensamiento puro. No es una imagen, no es una representación (Vorstellung). «Yo» no tiene cualidades ni características específicas, porque todos los seres humanos (a pesar de sus grandes diferencias de aspecto, tamaño, color de piel, sexo, edad, rasgos de carácter, dones y debilidades) pueden decir «yo». Sin embargo, el «yo» es un pensamiento como concepto existente, como real. Si fuera una representación, precisamente no sería «yo» (sino un «algo» concreto) y no podría realizar lo que el concepto yo realiza de hecho.

El último punto mencionado sobre el yo puede servir de acceso a otro aspecto esencial de la idea de la vida lógica del alma. Está claro que el yo no es pensado (inventado) por el niño, como la cornamenta no es pensada por el ciervo. Paradójicamente, el pensamiento del yo no está hecho por nosotros, no es un pensamiento del ego. El pensamiento aquí no se refiere a la función de orientación junguiana, a un acto explícito de pensar. No es un logro subjetivo. Es un pensamiento que sucede a y en la persona. La persona es sólo el lugar donde ocurre este pensamiento objetivo, al igual que la construcción del nido y el crecimiento de la cornamenta ocurren como pensamientos objetivamente en curso, pensamientos no «subjetivamente» pensados por el pájaro o el ciervo, respectivamente. La idea de la vida lógica del alma opera así con la idea de la psique objetiva, con los procesos no yoicos. Adaptando un adagio alquímico podríamos decir Psychologia nostra non est pychologia vulgi. La psicología es el estudio de la lógica autopensante, autodesarrollante y autorrealizadora de la vida real (o de los fenómenos individuales de la vida real); es el estudio, por ejemplo, de lo que «piensa» la misa católica romana, lo que piensa el árbol filosofal, lo que piensa la Trinidad, lo que «piensan» los platillos volantes (por aludir a algunos temas tratados por Jung). No es el estudio de lo que la gente piensa, imagina, siente, por ejemplo, sobre la Misa o la Trinidad, no lo que pretende, desea, todo lo cual pertenecería a una psicología personalista o del ego o naturalista. «Nuestra psicología» ha dejado atrás la falacia antropológica.

Sólo así es posible distinguir, en lo que respecta a los grandes procesos de transformación de nuestro tiempo (palabras clave: globalización, capitalismo avanzado, informatización, internet, televisión, publicidad, sociedad de la información, etc.), las preferencias subjetivas y el comportamiento personalmente culpable de los agentes que operan en esas esferas de aquellos cambios en los que no son más que los imperativos de acción de la lógica objetiva de la economía, de la tecnología, etc. los responsables de los desarrollos, aunque también sean empíricamente, por supuesto, provocados por agentes humanos. Y sólo así podemos reconocer y apreciar esta lógica objetiva como el opus del alma o, hablando alquímicamente (y por tanto imaginariamente), como el del espíritu Mercurius y no debemos, en términos de ego-psicología (que sólo conoce las opiniones y motivaciones y el comportamiento de las personas), menospreciarla como la obra malvada y siniestra de aquellos agentes humanos que en realidad resultan ser los instrumentos (a veces, pero por supuesto no siempre, incluso involuntarios) de su realización.

Junto con esta ruptura con la psicología personalista también hemos roto con la idea romántica del alma que quiere que sea algo bonito e inofensivo, un apoyo a nuestros deseos del ego de «significado», autoimportancia (llamada «individuación») y un «retorno a la naturaleza». La psicología es un negocio serio y no está al servicio de nuestros deseos. También hemos dejado atrás la consulta, por supuesto no totalmente, pero sí como lugar principal del opus. La consulta es sólo el lugar donde nos centramos sistemáticamente en el opus parvum, la «pequeña obra» de importancia sólo privada. El lugar principal del alma, sin embargo, el verdadero laboratorio o réplica del opus magnum es la historia, el verdadero proceso histórico. La psicología no tiene, pues, como ya dijo Jung, un campo delimitado (OC 9i § 112); no es una especialidad al lado de todas las demás ciencias y humanidades. Más bien, como psicología profunda estudia la lógica objetiva interna -el espíritu mercurial, «el alma»- en todos los procesos y fenómenos de la vida real en la medida en que ya han sido objeto de la atención, la reflexión y la interpretación de la mente. Esta lógica interna no puede conocerse a priori. Hay que descubrirla a posteriori y, de nuevo, es siempre una cuestión de interpretación.

Al decir «El alma siempre piensa» no debemos, por supuesto (véase nuestra crítica inicial más arriba sobre cualquier pensamiento sustantivo), imaginar que hay un alma (como sustancia o entidad, un autor o agente) que también, además de estar ahí, pasa su tiempo con la actividad de pensar. El uso de «el alma» en esta afirmación es sólo un modo de hablar mitológico, no una hipóstasis. No hay dos cosas: el alma más su pensamiento. Sólo hay una cosa, la propia vida lógica o pensante que ocurre realmente, sin nada (ningún alma literal, sustanciada) detrás de ella; pero este pensamiento objetivo en curso es en sí mismo lo que recibe, en nuestro modo de expresión retóricamente todavía mitologizante, el nombre tradicional de «alma».

Para poner de manifiesto otra importante ventaja de la perspectiva lógica frente a la imaginal, voy a echar un breve vistazo, a modo de ejemplo, a la interpretación de la sexualidad en psicología.

En los primeros tiempos del psicoanálisis freudiano, la vida del alma se consideraba predominantemente en el ámbito de la sexualidad. Las necesidades sexuales, los deseos, los comportamientos, las perversiones, los secretos de una persona se interpretaban como lo que el alma es básicamente y en última instancia. El alma = la libido sexual. Jung no estaba de acuerdo. También para él la sexualidad era de la mayor importancia psicológica, pero no lo sexual como tal, sino como lo que expresan los fenómenos sexuales. Jung tomó las ideas y comportamientos sexuales como símbolos.

¿Qué significa esto? Jung vio la diferencia psicológica en el trabajo de la fenomenología sexual. Un determinado síntoma, comportamiento o fantasía sexual era para él en sí mismo diferente, en sí mismo dividido; era la unidad de dos «realidades»: (a) el aspecto fenoménico, el contenido sexual obvio y manifiesto, el comportamiento empírico o el síntoma clínico, y (b) lo que el aspecto fenoménico representaba y expresaba simbólicamente y lo que precisamente no era manifiesto, no fenoménico. Era fundamentalmente oculto, invisible, incluso francamente unanschaulich (irrepresentable), completamente abstracto, no objetual (ungegenständlich). Sólo podía representarse indirectamente, es decir, simbólicamente. Pero el símbolo ocultaba tanto como revelaba el alma. Ocultaba lo que representaba porque la expresión simbólica era un ropaje o vestimenta en la que se manifestaba el alma irrepresentable.

Esto tiene varias consecuencias o implicaciones. 1. El fenómeno sexual no podía tomarse al pie de la letra, no literalmente. En la medida en que era una prenda para otra cosa, su verdadero significado no era idéntico al de esta prenda. La sexualidad, vista psicológicamente, no tenía que ver con la sexualidad, sino con el alma como algo propio. Aunque el vestido simbólico concreto que el alma elige para revestirse no es en absoluto totalmente indiferente y arbitrario, sino que tiene su propio significado, sin embargo, en principio se podrían haber utilizado otros vestidos, otros símbolos. Hay muchas formas en las que el alma puede expresar sus ideas. 2. Al ser un símbolo, el fenómeno sexual (o cualquier fenómeno psicológico) niega en sí mismo su propio aspecto fenoménico, manifiesto, empírico, y apunta a lo que no es, al significado anímico que expresa. Hay una actividad lógica en el símbolo. Casi podríamos hablar de un drama lógico:

1er acto: el «alma» o la lógica invisible se expresa con un ropaje simbólico, se manifiesta fenomenalmente, por ejemplo, en un fenómeno sexual, es decir, se hace visible. Lo irrepresentable se representa a sí mismo en este símbolo.

2do acto: el aspecto fenoménico u obvio del símbolo se niega a sí mismo, como diciendo: «Yo (mi aspecto) no soy lo que soy. No me tomes al pie de la letra. En realidad, no tengo nada que ver con la sexualidad».

3er acto: El aspecto fenoménico del símbolo se aparta de sí mismo y apunta a algún otro, algo oculto, invisible en cuanto a aquello de lo que se trata realmente. Dice: «Estoy sobre este otro no fenomenal», a saber, podríamos añadir, sobre «el alma», su vida lógica.

4to acto: El símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (este mi ropaje) se puede acceder a este otro. Este último no es totalmente otro, no es nada fuera de mí, del modo en que un hablante existe fuera e independientemente de sus frases. Ese otro al que apunto, como aquello de lo que realmente se trata, existe exclusivamente dentro de mí mismo; no hay nada detrás de mí. Yo soy su representación válida y verdadera, su mejor representación posible. Y más aún: ese otro representado por mí sólo existe a través de mí, es producido por mí, planteado por y dentro de mí, precisamente a través de mi negación de mí mismo». En otras palabras, lo que se describió como el acto 1ero , a saber, esa lógica invisible que crea el símbolo, puede ahora realizarse para ser creado por y dentro del propio símbolo.

5to acto: El símbolo dice: «Porque mi significado es absolutamente negativo, realmente no quiero decir nada, pero por supuesto no simplemente nada, nada en el sentido de vacío total, sino nada en el sentido de que quiero decir exactamente lo que fenomenalmente muestro y represento.»

El símbolo es este drama interno, los cinco actos o movimientos de este drama simultáneamente, no sucesivamente. Lo que desde fuera aparece como un símbolo, un fenómeno unitario, es, visto desde dentro, este movimiento dramático. Es un drama lógico, es decir, no se desarrolla en el tiempo y en la realidad empírica, sino detrás de la «cara» del símbolo, y la lógica del símbolo es una lógica circular, urobórica. El resultado final de este drama lógico vuelve al punto en el que nos encontrábamos al principio Pero esto no implica que podamos simplemente eliminar y olvidar los actos intermedios de este drama. No, el final contiene en sí mismo todas las etapas por las que pasó el movimiento, de modo que el final no es en absoluto idéntico al principio. Está inmensamente enriquecido.

El ejemplo anterior, aunque en sí mismo no es muy significativo, se ha elegido aquí porque, al ser relativamente sencillo, me permite dar una breve ilustración de cómo el enfoque «lógico» es capaz de ver el funcionamiento interno de un fenómeno desde dentro. Ni el enfoque empírico, ni siquiera el imaginal, son capaces (o están dispuestos) a hacerlo. Tienden a describir los fenómenos tal y como se ven, desde fuera. Si bien es evidente que el enfoque empírico observa y teoriza desde el punto de vista del sujeto opuesto a los fenómenos como objeto, su visión sigue siendo externa, no es tan evidente que el enfoque imaginal también mira desde fuera y desde una posición vis-à-vis. En la medida en que para él la imagen es imagen poética, no hay duda de que hay una cierta interioridad en la imagen. Y sin embargo, el enfoque imaginal persiste en contemplar, visualizar, percibir la imagen, es decir, en mantenerla siempre lógicamente ante la conciencia, aunque empíricamente la imagen pueda mantenerse en el fondo de la mente con el fin de ver los fenómenos de la vida a través o por medio de ella. La interiorización en el fenómeno percibido como imagen sigue siendo incompleta, lo que por supuesto es concomitante con el hecho de que este enfoque se aleja de la ruptura con la unio naturalis. Está enamorado de la imagen y quiere mantenerla intacta en su conjunto; pretende enfrentarse a los dioses y a los fenómenos. Niega cualquier literalidad de la imagen, pero se cuida de no herir la imagen misma (en contraste, por ejemplo, con la contundente «la piedra que no es piedra» de la alquimia y su destrucción de la gestalt de la materia). Ver a través de los fenómenos al dios es, sin duda, una profundización de la mirada. Pero, sin embargo, no hace más que continuar la dirección de la mirada desde el exterior. Además, el dios descubierto lo es a través de un método externo, el del establecimiento de las semejanzas (un fenómeno dado y una divinidad mítica dada por la tradición como una especie de ready-made). Ver a través no es precisamente la autorrevelación del fenómeno, su propio hablar, su mostrar lo que es su esencia interior oculta, su alma.

Ver los fenómenos desde dentro es lo que llamamos pensar. La psicología tiene que pensar los fenómenos, en contraste con el mero hecho de «verlos» desde fuera y conectarlos con los mitos apropiados. El enfoque «lógico» destruye esta integridad de la imagen, rompe el vínculo con la semejanza natural, al entrar, penetrar en el fenómeno para comprenderlo a partir del funcionamiento de su lógica interna. La diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico es quizás comparable (y aquí, por supuesto, hago uso de una comparación naturalista y como tal externa) a la que existe entre la apreciación estética de un animal como una forma (un «rostro», una apariencia natural) y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología.10

Lo que quiero decir aquí lo puedo ilustrar volviendo al tema de la imagen frente a las palabras del lenguaje ya discutido y a una objeción a mi punto de vista planteada por Hillman desde su punto de vista de la imagen

En su respuesta a Marlan (en el ensayo que generosamente aportó al libro [p. 204] que Marlan editó en mi honor), Giegerich escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes. La historia del lenguaje, tal como la suponen Barfield y Vico, sugiere que las metáforas polisémicas y las analogías poéticas dan lugar a los conceptos denotativos y a la unicidad de significado. El lenguaje nunca puede liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico, la implicación de un anima mundi-un alma en y de un mundo natural, aunque ese mundo natural sea siempre «antinatural». …11

Antes de llegar al punto que quiero plantear, tengo que hacer algunos comentarios sobre la tesis de Hillman. Sin duda, hay contextos en los que «las palabras son en sí mismas imágenes». Pero el hecho de que las palabras sean en sí mismas imágenes sólo es cierto para las palabras en un metanivel de habla, palabras utilizadas en momentos especiales o contextos de habla eminente, como en la poesía, los dogmas religiosos, los mitos. No es cierto en el habla de la vida ordinaria, en el lenguaje científico, en el discurso intelectual. Como he señalado anteriormente, incluso en el habla ordinaria, cuando se habla de un león o del propio padre, la gente no produce necesariamente imágenes, sino que entiende lo que se quiere decir. La cuestión es que es el uso particular que se hace de las palabras o la lectura que se les da lo que las convierte en imágenes, mientras que en sí mismas no son en absoluto imágenes. Sólo en estos casos puede ser cierto que, lejos de «liberarnos» de las imágenes naturales, el lenguaje nos envuelve precisamente en imágenes y metáforas.

Pero incluso en la poesía y el lenguaje religioso esto no debe ser siempre cierto. ¿La palabra «rosa», incluso en un poema, es necesariamente una imagen verdadera o no es más bien un nombre que entendemos sin imagen? ¿Es la palabra «Dios» una imagen o no un concepto sin imagen que a veces sólo se imagina de forma secundaria y concreta?

Sobre todo, ¿el uso metafórico de las palabras se basa en la palabra como imagen o no precisamente en ella como mero nombre? ¿No se basan las metáforas fundamentalmente en una comprensión conceptual? «Era un león en la batalla»: ¿significa esta metáfora que debemos imaginar que el luchador tiene melena, garras y cola y que utiliza sus dientes para luchar valientemente? ¿No se olvida precisamente de la imagen concreta, de «lo sensorial, lo natural y lo físico» de «león», y se concentra únicamente en el concepto de «fortaleza feroz»? Incluso tenemos que decir categóricamente que, a menos que se deje atrás «lo sensorial y lo físico», no puede tener lugar una metáfora, una transferencia de una esfera a otra. Si la imagen visual se mantuviera intacta, la palabra a utilizar metafóricamente seguiría aferrada al significado literal. El nombre sin imagen es la condición sine qua non de cualquier metáfora. La metáfora y la imagen imaginal son cosas muy diferentes. El hecho de que el uso metafórico de las palabras parece ser inherente al lenguaje humano desde el principio sólo subraya, en lugar de refutar, mi tesis de que pensamos en palabras (como nombres) y que la condición de posibilidad del lenguaje es, como Hegel argumentó convincentemente, el haber dejado radicalmente atrás la imagen como tal y toda base sensorial y natural para darse a sí mismo «desde cero» su propio y fresco comienzo.

Por supuesto, Hillman contrasta «las metáforas polisémicas y las analogías poéticas» con «los conceptos denotativos y la unicidad de significado». Esto reduce el problema que nos ocupa a la oposición abstracta de polisemia frente a unicidad de significado. Este es un tema totalmente diferente al de la palabra como nombre sin imagen, sin base sensorial, natural, frente a la palabra como imagen «natural». Si se utiliza como lo que distingue a una de otra, la polisemia frente a la monosemia son categorías falsas. La unicidad de significado sólo se aplica a los conceptos abstractos. Pero no todos los conceptos son abstractos. También hay conceptos concretos, que son tan polisémicos e infinitos como las metáforas de Hillman (por ejemplo, «yo» o «Dios»); a la inversa, muchas metáforas se caracterizan por la misma unicidad de significado que los conceptos abstractos (por ejemplo, nuestro ejemplo de «león» como luchador feroz). Pero la verdadera cuestión aquí es la muy diferente a la de la polisemia/monosemia, a saber, si hay, por decirlo en términos de Hillman, una determinada naturaleza «madre primordial» detrás del lenguaje o si el lenguaje es la libre producción de la vida lógica del alma.

Después de estas correcciones, puedo llegar al punto que quería plantear sobre la diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico o el que existe entre la apreciación estética de un animal como apariencia natural y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología. Cuando nos ocupamos de los sueños, de los mitos, de los poemas, de lo imaginal, estamos a priori inmersos en un mundo de imágenes como ya existentes, como ready-mades, por así decirlo, como imágenes ya producidas. Cuando hablamos y cuando imaginamos, a menudo nos limitamos a hacer uso de los significados que nos proporciona nuestro respectivo lenguaje y «actuamos» su potencial de metáforas polisémicas y analogías poéticas, sin desperdiciar un pensamiento sobre cómo surgen estos significados, cómo se producen, sobre el propio proceso de producción invisible e inconsciente.

Pero navegar sobre las olas del lenguaje, dar por sentado sus significados, «actuar» su potencial no es suficiente en psicología. También tenemos que «recordar», recordar cómo el alma o la mente crea, genera esos significados, a saber, utilizando y basándose en signos acústicos absolutamente sin sentido y arbitrarios (sonidos lingüísticos o grupos de sonidos) libremente articulados (expresados) por la mente o el alma misma. En primer lugar, estos sonidos no son en absoluto sonidos de origen puramente natural como los sonidos de los animales, sino, como fonemas, partes de un sistema de distinciones, elementos en distribución complementaria, y como tales productos y propiedades a priori de la mente Y en segundo lugar, al hablar estos signos sonoros o fonemas no se aferran en absoluto. Más bien, el alma se desprende de esos signos, que, como sonidos, son fundamentalmente temporales y mueren inmediatamente. Deben morir para que se produzcan los significados de las palabras y oraciones. Los sonidos de las palabras por sí mismos no tienen ningún significado. Su significado no es inherente a ellos, no es su posesión permanente. Sólo en la extinción de los sonidos surgen los significados. No, no hay ninguna «madre primordial» detrás del lenguaje, nada que exista como sustancia; por el contrario, la noción y el sentimiento de un anima mundi, de lo natural, o de una madre primordial, existen sólo porque se producen secundariamente mediante un determinado uso del lenguaje. Suponer algo sustancial como una madre primordial, como lo sensorial y lo natural detrás o fuera del lenguaje, equivale a una hipóstasis metafísica ilícita (aunque sólo se quiera decir metafóricamente), una «proyección» o «extrayección» mitologizante.

En la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, podríamos llamarlos, por supuesto, algo sensorial y físico, el único sustrato sensorial y físico del que depende el lenguaje. Pero la cuestión es que al utilizar esos sonidos para crear palabras que luego pueden ser imágenes, la mente precisamente los despoja de su naturalidad, sacándolos de su contexto natural y apropiándoselos para su propia esfera mental. Les quita su aparente carácter de sustrato, dejando que los sonidos mueran y empujando desde los sonidos al significado. Esta sensorialidad no es más que un catalizador, una ayuda fugaz, que se deja completamente atrás y, por tanto, no entra en el producto final.

Sin duda, Hillman matiza su afirmación añadiendo: «incluso si ese mundo natural es siempre antinatural», lo que es (o sería) el punto mismo, pero añade esto sólo como una idea posterior intrascendente porque no toma la medicina contenida en esta idea. Si la tomara, vería que, en lo que respecta a cualquier cosa «primordial», sólo existe la negatividad absoluta del propio trabajo de la mente, su propio proceso de producción libre, y que su (de Hillman) «lo sensorial, lo natural, lo físico» son en sí mismos sólo conceptos ya creados por y dentro de la mente a través de su nombramiento y su aprovechamiento de signos sonoros sin sentido y, además, negados. Son, si me permiten decirlo, hechos en casa, propiedad de la mente. Son resultados producidos, no dados, encontrados, percibidos. A la inversa, lo que en un contexto humano llamamos percepción sólo es posible gracias a la producción de significados e imágenes por parte de la mente. De lo que no tenemos un concepto, o al menos una vaga idea, no podemos ni siquiera percibirlo. Percibimos en imágenes y conceptos que son posibles gracias a las palabras sin imágenes del lenguaje.

Como psicólogos, no debemos «caer» en las imágenes creadas secundariamente en el lenguaje. No debemos tomarlas literalmente. Tenemos que ver a través de ellas, ver a través del «anima mundi», a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico», a través de «lo imaginal», y no ver a través de «los dioses» que son a su vez imágenes producidas para ser vistas. No, tenemos que ver a través del «alma», de la creación del alma que se produce en las palabras y las imágenes por medio de signos acústicos arbitrarios y sin sentido. De lo contrario, hacemos una ideología del anima mundi y de lo imaginal.

Además del contraste entre el animal como entidad existente y forma visible y el estudio anatómico y fisiológico de los animales, quiero mencionar ahora otras dos analogías (aunque remotas) con el punto que he estado planteando aquí. La primera es la distinción que se hace en filosofía entre natura naturata (la naturaleza tal como se nos presenta, la naturaleza que se da por supuesta como un hecho dado) y natura naturans (la naturaleza tal como se produce a sí misma). La primera noción está formalmente en el mismo nivel que «Las palabras son en sí mismas imágenes» (que se aplica sólo a las palabras como resultados del lenguaje), mientras que la segunda delata un interés en el proceso de producción que genera lo que conocemos como naturaleza en el sentido de natura naturata y, por tanto, equivale formalmente a un interés en cómo la mente produce sus palabras e imágenes.

Mi segunda analogía proviene de la psicoterapia. Jung advirtió a los psicólogos, cuando intentan comprender las neurosis, que no deben tomar las conjeturas neuróticas (fantasías, toda la impresión creada por una neurosis) literalmente al pie de la letra y caer en las complicaciones neuróticas, montando así el mismo caballo de batalla que los pacientes neuróticos. Jung se dio cuenta de que el objetivo de la neurosis es producir determinados efectos, darse tal o cual apariencia, crear una determinada impresión, seducir a la conciencia (tanto a la conciencia del propio neurótico como a la de las personas que le rodean, incluidos los terapeutas) para que crean en la impresión creada. Jung quería que comprendiéramos que las neurosis son producciones, arreglos (Alfred Adler), dramas escenificados y cómo y por qué fueron escenificados. Quería que «recordáramos» (en lugar de contribuir a la «representación», en el plano teórico, de la neurosis). Y «recordar» aquí significa reconstruir su génesis lógica interna, su génesis anímica.12 Así pues, en este ámbito, Jung desplazó su atención del producto a la producción que dio lugar al producto.

Del mismo modo, cuando Jung afirma que «La psique crea la realidad todos los días» (OC 6 § 78) o concibe la conciencia como «el segundo creador del mundo»13 no es suficiente para la psicología contentarse con el resultado de esta creación, con las imágenes fantasiosas y el mundo imaginado tomados al pie de la letra y explicarlos en términos de mitos, arquetipos o dioses como algo dado. Si queremos ser serios con respecto a la naturaleza creativa de la psique, entonces (a) no debemos hipostasiar el alma como una sustancia o agente detrás de la escena que produce imágenes a través de una facultad particular que ha llamado fantasía o imaginación, y (b) tenemos que aprender a reconstruir las imágenes y los fenómenos psíquicos desde dentro de ellos mismos, a partir de su vida lógica interna como su alma. Esto significa que tenemos que renunciar por completo a la idea de algo primordial, ya sea lo sensorial, lo natural, lo físico o los arquetipos como orígenes irreductibles dados a priori. Todo lo que tenemos son resultados producidos, cuyo proceso de producción está oculto.

Reconstrucción significa que el enfoque lógico no «ve» realmente (mira, observa) el funcionamiento interno de los fenómenos psíquicos desde dentro, como ya he dicho antes, sino que recorre él mismo, y realiza activamente como actos propios, los pasos individuales del automovimiento interno como el que es una imagen o un fenómeno psíquico dado. De este modo, no se limita a contemplar la imagen como el resultado final de este drama lógico frente a sí mismo. En el caso de tal mirada, este drama mismo desaparece detrás del rostro que muestra el resultado acabado (o mejor dicho: siempre ha desaparecido, ha sido borrado). Porque tal reconstrucción realiza los pasos de la vida lógica interna que constituye el fenómeno psíquico, la oposición de sujeto y objeto ya no existe. El fenómeno ha llegado a la conciencia y la conciencia se ha interiorizado en el fenómeno. Esta unidad o interiorización sólo es posible en el pensamiento del fenómeno.

Mientras que los mitos antiguos, los símbolos, las leyendas locales y los cultos pueden seducirnos fácilmente para que utilicemos un enfoque imaginal y esto significa simplemente verlos «en términos de los dioses», ya que ellos mismos presentan inocentemente sus verdades con un ropaje imaginal, sería, en el caso de los fenómenos fundamentalmente modernos, un grave error tratar de enfrentarlos para «ver a través de la imagen divina». Sencillamente, nos perderíamos si tratáramos de ver fenómenos modernos como la neurosis (en el ámbito del opus parvum) y los enormes cambios en los ámbitos de la economía, la tecnología, la organización social, etc. (como parte del opus magnum del alma) en términos de los dioses o de las imágenes arquetípicas. Los fenómenos verdaderamente modernos son en sí mismos demasiado «astutos» como para que uno pueda esperar hacerles justicia por debajo del nivel de su lógica. En épocas anteriores, «el alma» se contentaba con producir y mostrar su verdad interior en forma imaginaria, es decir, en el resultado de su autoexposición. La esencia de los acontecimientos de la vida y de los aspectos conocidos de la realidad podía captarse adecuadamente y condensarse en las imágenes de determinados dioses. Esto ya no es así en la modernidad. Nuestra vida es mucho más compleja, incluso complicada. En nuestra época «el alma» ha avanzado hasta tomar conciencia de su propio proceso de producción y lo saca a la luz. Por eso los fenómenos modernos tienen en sí mismos el carácter de procesos, de relaciones lógicas complejas, de transacciones, más que de apariencias. Pensemos en el dinero. Hoy en día no se trata de monedas de oro, sino de lo que ocurre en los mercados monetarios mundiales, la banca de inversión, etc.

Después de haber dado una idea de lo que significa «lógico» en la frase «la vida lógica del alma» y de por qué el enfoque lógico es indispensable para la psicología, quiero, en conclusión, dar algunas pistas sobre la «vida» que tengo aquí en mente desde una perspectiva histórica más amplia. Antes me ocupaba más de la vida lógica interna que constituye los fenómenos individuales.

Históricamente, hay que distinguir sobre todo dos objetivos distintos de los movimientos. En primer lugar, está el objetivo de formar una tradición anímica y renovarla constantemente. Aquí el alma está interesada en mostrar sus verdades interiores, es decir, en producir «productos» (fenómenos psíquicos) como resultados. Este objetivo se realiza en la interacción dialéctica de los dos movimientos de lo que en la psicología profunda convencional se ha llamado «proyección» e «integración en la conciencia». La proyección debe entenderse aquí en el sentido más amplio: la necesidad del «alma» de dar a su propia vida lógica interior, totalmente irrepresentable, una representación o expresión objetiva hundiéndose en el medio de lo natural, en forma de cultos, costumbres, imágenes, mitos, obras de arte, cultura en general (véase más arriba lo dicho sobre el «1er acto» en el drama interior de un símbolo). Un movimiento opuesto, que sin embargo pertenece a la misma esfera, proviene de la necesidad del alma de la «iniciación» de la conciencia individual en el espíritu interior de esas representaciones objetivas, para que lo que al principio estaba exteriorizado pueda volver a casa a la conciencia y a través de esta vuelta a casa se llene de sangre vital fresca.

El segundo objetivo de la vida lógica del alma es superarse a sí misma, emanciparse de sí misma. Esta es la obra «alquímica» de la historia, que es una historia del desarrollo de la conciencia. El desarrollo significa aquí que la conciencia se desprende de su estadio inicial, negando y sublimando este último y alcanzando ipso facto un nuevo estadio, a partir del cual puede volver a comenzar el mismo proceso. En Jung este tema de la progresión a través de las subliaciones se da especialmente en sus ideas sobre la muerte de los símbolos y la «metamorfosis de los dioses»14 (un solo ejemplo: una «… visión del mundo que había surgido de la decadencia del Olimpo y la transformación de los dioses en ideas filosóficas y teológicas»,15 ). En cada uno de los nuevos estadios alcanzados el alma realiza y cumple un potencial de sí misma y saca a la luz un aspecto más de su propia naturaleza.

Toda la vida del alma está comprendida en el único axioma de Pseudo-Demócrito con sus tres etapas, «La naturaleza se deleita en la naturaleza [esto corresponde al primer objetivo: el cultivo de la cultura tradicional a través de la proyección (o representación objetiva) y la iniciación-integración], la naturaleza somete a la naturaleza [esto corresponde a la emancipación de la conciencia paso a paso, la alquimia de la historia como opus contra naturam], la naturaleza disfruta de su dominio sobre la naturaleza [que no debemos imaginar como la utopía de una etapa final, sino como el disfrute del alma de la realización específica alcanzada en cualquier etapa].»


1 Cartas 2, pág. 309, a Benjamin Nelson, 17 de junio de 1956.

2 Ibídem.

3 Cf mi ‘Psicología junguiana: una empresa sin base. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos”, en: Wolfgang Giegerich, The Neurosis of Pychology (Collected English Papers, vol. 1), Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2005, págs. 153–170.

4 Cicerón traduce tanto el griego pychê como nous por animus. En Agustín, tanto anima como animus pueden aplicarse sin distinción al alma humana. Para Lucrecio animus es alma (como ubicada en el pecho de uno), mientras que anima significa vida (como una cualidad de todo el cuerpo). Ficino a veces usa ambos términos indistintamente en un mismo párrafo.

5 Con Jung podríamos hablar aquí de momentos o verdades “arquetípicas”, como los momentos de amor, de lucha, de nacimiento, del puer, de la virginidad, de la iluminación, etc.

6 Véase el excelente estudio de Reinhard Loock, Schwebende Einbildungskraft. Konzeptionen theoretischer Freiheit in der Philosophie Kants, Fichtes und Schellings, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007.

7 GWF Hegel, Jenaer Systementwürfe III, en: Gesammelte Werke, Hamburg 1968 ff., vol. 8, edición. RP Horstmann y JH Trede, págs. 185 y sigs. Ídem, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften III, §§ 458–64. Ver también Alfredo Ferrarin, Hegel and Aristotle, Cambridge (Cambridge Univ. Pr.) 2001, pp. 287–308, e ídem, “Logic, Thinking and Language”, en: Rüdiger Bubner and Gunnar Hindrichs, Toon der Logik zur Sprache. Stuttgarter Hegel-Kongress 2005, Stuttgart (Klett) 2007. Jens Rometsch, Hegels Theorie des erkennenenden Subjekts, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007, págs. 204–217.

8 GWF Hegel, Finzyklopädie § 462 y nota.

9 Ibídem. § 457, Zusatz.

10 Jung, por supuesto, aborrecía la fisiología. Explica su aversión con la crueldad de la vivisección, con la que podemos simpatizar fácilmente. Pero además puede ser indicativo de una razón inconsciente más profunda, su ternura con respecto a la integridad de la imagen. En lugar de pensar las imágenes en el sentido de una reconstrucción intrusiva de ellas desde dentro de su propia vida lógica interna, prefirió simplemente reflejarlas contra el telón de fondo de algún otro dado externo (o imaginado como dado), a saber, mitos y arquetipos.

11 James Hillman, “Divergencias. Apropos of a Brazilian Seminar on Giegerich/Hillman – Organised by Marcus Quintaes”, carta abierta de 2008. Mi respuesta a Marian a la que se refiere Hillman se reproduce en el presente volumen como Capítulo 17.

12 Esto debe distinguirse claramente de la profundidad convencional. intento psicológico de concebir la neurosis en términos de una génesis biográfica en la infancia o niñez y en términos de causalidad (condiciones externas, traumatizaciones, etc.).

13 Por ejemplo Cartas 2, p. 487, a Tanner, 12 de febrero de 1959.

14 Sobre la metamorfosis de los dioses, véase el capítulo 20 infra.

15 Cartas 2, pág. 337, a Père Bruno de Jésus-Marie, 20 de noviembre de 1956

El lazo matrimonial y el compromiso amoroso

Logos del alma

En la actualidad, donde las aspiraciones apuntan a la libertad de elección y al culto al individualismo, parece cada vez menos probable que las personas opten por el compromiso matrimonial, los indices de casamientos son cada vez más bajos y la búsqueda de sustitutos filiales es una costumbre común; el sentimiento de que la pareja o los hijos son una carga o un obstáculo para el desarrollo de la persona aumenta progresivamente. Pareciera que el costo de la relación se percibe como algo demasiado oneroso. Aunado a ello, al consultorio acuden continuamente parejas que sufren por el peso que implica el que su compañero sea de una manera determinada, en la mayoría de los casos la relación se ha vuelto un campo de batalla donde las banderas que se erigen son aquello que cada uno fantasea sobre cómo realmente debería ser el otro, lo cual al no cumplirse se experimenta como una traición.

Las situaciones descritas muestran un problema especifico con el significado del otro en la vida cotidiana, donde no solo el emparejamiento es un problema sino también la contraposición de las necesidades individuales y las sociales. Esto no siempre ha sido así, en otras épocas la exigencia social era omnipresente y el sujeto no era diferente de su rol social, los oficios por ejemplo, no eran tareas que la gente pudiera elegir, sino que se vivían como una herencia que vinculaba de forma tacita a los miembros de una familia o de una comunidad y no había oportunidad de cuestionar tales reglas, porque la ley no era un conjunto de normas a las que uno debiera apegarse de forma voluntaria sino que constituían el cosmos sobre el que la realidad se asentaba. En esos momentos el individuo no existía realmente, al menos no como lo conocemos, sino que su “alma” estaba encerrada en la inevitabilidad de su destino, que no era simplemente de él, sino un fin comunal.

El matrimonio remite a aquellas épocas donde el circulo del compromiso se ceñía sobre la misma consciencia. En las ceremonias actuales aún se guardan algunos de los símbolos que recuerdan esa naturaleza prístina, los anillos y el lazo no son muy distintos al collar del remero fenicio que expresaba su existencia con un lamento tal como: “Duermo, luego vuelvo a remar”, no obstante su afirmación no incluía una queja contra su destino, al contrario sabía de su inevitabilidad, para él el mundo eran el barco, los remos y el tambor que marcaba el ritmo de su trabajo. En ese contexto el casamiento implicaba la asunción del destino como el encuentro prefijado de dos personas que antes de poder emerger a la individualidad se sometían al acuerdo comunal. Los esponsales eran una atadura indisoluble, no con el marido o hacia la esposa sino que significan la reafirmación de su lugar en el mundo, la pauta de su existencia y la obligación con ésta.

Hoy, por supuesto, una vez que la consciencia individual se ha hecho patente, los lazos matrimoniales son un símbolo abstracto que remite a una época arcaica donde estos no eran una metáfora sino figuras tangibles como las cadenas del esclavo o la coronar del rey. El hombre ha nacido divorciado de sus antiguas costumbres y rituales y por ello el casamiento ya presupone la separación, los esposos no están atados como almas gemelas, sino que pueden elegirse de entre una variedad limitada solo por su contexto socioeconómico. No es extraño, por tanto, que mientras la cultura exalta la necesidad de individualizarse, el lecho conyugal se convierte en un obstáculo contra esos ideales y, por supuesto, también todo lo relacionado con el hogar y la familia se vuelve algo indeseable pues suponen la retracción del individuo a las antiguas ataduras metafísicas que lo sujetaban.

Sin embargo, en los dos ejemplos iniciales parece que la búsqueda del otro es aun un común denominador de las relaciones, porque a pesar de las restricciones el nudo del destino brindaba un sentido firme a las personas, éstas no tenían que cuestionarse ni elegir, eran guiadas por los ancestros, que no eran otra cosa sino la representación de las reglas de la comunidad misma. Mientras en los tiempos de los sueños la obligatoriedad era un asunto que venia de fuera del hombre, a partir de la emergencia del ego el individuo tiene el deber de forjar sus propias normas y ceñirse a ellas de forma libre, o como lo dice Pessoa: “Sólo esta libertad nos conceden/ los dioses: someternos/ a su dominio por nuestra voluntad.” Es decir que la libertad entraña la paradoja de contener un compromiso implícito. Ser libre no quiere decir poder hacer lo que se desee sino ser capaz de asumir la interiorización del lazo de la necesidad en la vida individual.

El nacimiento del hombre no implica la desaparición de Ananke (la inevitabilidad), sino su integración en la lógica del ser-en-el-mundo del sujeto moderno y ello exige del acto interminable de elegir, estas elecciones se traducen, por supuesto, en sufrimiento. Los lazos matrimoniales muestran así la vivencia contemporánea de la libertad como el rompimiento de los límites del mundo y su integración a la vida individual, que no es otra cosa sino una comunidad interior que se rige por pactos y reglas que ahora no solo han de ser experimentados sino también elegidos.

El matrimonio solo es capaz de identificar el compromiso profundo del individuo si la pareja está dispuesta a sacrificar parte de sus ideales por un proyecto común compartido, es dicho pacto quien vive a través de los esposos y es renovado continuamente en la asunción de la realidad cambiante del otro. Pero el pacto conyugal, entonces, no solo es una fuente de placer sino sobre todo de sufrimiento, tiene que serlo porque representa la permanencia de un residuo ancestral para el que la mente moderna guarda un monto de resistencia. Sin embargo, todo ejercicio que intente asumir al otro produce dolor, fruto éste de una herida narcisista que implica la asunción de la otredad en la forma de un sujeto ajeno y de la elección misma, porque vivir ante el otro requiere la disminución de la importancia personal, siendo el amor la apertura al prójimo de manera incondicional y, por eso, significa una vivencia contraria al narcisismo contemporáneo que solo ama lo sencillo, lo conocido y lo homogéneo.

La libertad conlleva el dolor de elegir y la tarea de ser conscientes de los múltiples compromisos que acarrea la existencia, ésta condición no se resuelve tampoco en las variadas vías de elección de la pareja, pues en cada relación se tiene la labor básico de liberarse de los límites que impone el narcisismo, las personas pueden emparejarse en formas monógamas, polígamas o no hacerlo y cada manera particular puede responder al deseo de escapar de la elección misma. Así, el matrimonio es ineludible, pues el hombre se encuentra separado y no tiene otra opción que unirse libremente a un compromiso que lo sujeta a su propia existencia. El desafío de las parejas modernas estriba, según lo dicho, en el trabajo continuo e interminable de acoger al huésped indeseado y de estar frente al otro tal como es, y no solo como nos gustaría que fuera, y asumir el acto constante de optar por nuestro compañero, ese Proteo, siempre y cada día como la misteriosa fatalidad que también somos.

Liberación de la corriente de los acontecimientos

Traducciones

Okeanos y la circulación de la sangre

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 233-255

Traducción de Alejandro Chavarria

En su libro H2O y las aguas del olvido, Ivan Illich analiza la historia de la imaginación del agua como materia. El agua no siempre ha sido H2O, como podríamos suponer, acostumbrados a nuestro pensamiento científico. Que haya llegado a ser H2O, después de haber sido una vez agua mítica, tiene una larga historia.

Un elemento esencial de esta historia es, según Illich, la invención de la circulación de la sangre por William Harvey (1628). Porque fue la sangre la que dio origen por primera vez a la idea de que una materia circula dentro de sí misma, una idea que a la larga se hizo esencial también para la planificación de las ciudades. Como muestra Illich, la idea que ahora damos por sentada, de que el agua, al igual que entra en la ciudad, debe salir de ella por sus alcantarillas, es muy moderna. Cito un pasaje más largo del texto de Illich:

La idea moderna de una «materia» que sigue su camino destinado, fluyendo siempre de vuelta a su fuente, era todavía ajena al pensamiento renacentista. El concepto de «circulación» y no sólo su plasmación en la sangre representa una profunda ruptura con el pasado. La novedad de la idea de circulación es quizá tan crucial para la transformación de la imaginación como lo fue la decisión de Kepler de sustituir las esferas translúcidas que portaban un planeta luminoso (en las que Copérnico aún creía) por las nuevas órbitas elípticas recorridas por globos rocosos. La circulación es una idea tan nueva y tan fundamental como la gravitación, la conservación de la energía, la evolución o la sexualidad. Pero ni la novedad radical de la idea de la «materia» circulante ni su impacto en la constitución del espacio moderno han sido estudiados con la misma atención que se prestó a las leyes de Kepler o a las ideas de Newton, Helmholtz, Darwin o Freud.

Los cuerpos siempre han podido dar vueltas alrededor de un centro. El concepto abstracto de movimiento circular se había prestado a influyentes metáforas. La presencia del centro «todo a la vez» en cada punto de la periferia del círculo había sido un símbolo de Dios, del alma y de la eternidad. Muchas escuelas también pensaban que el tiempo transcurría en círculos. El fénix era el símbolo de la renovación por el fuego; Platón describió la renovación cíclica como una inundación periódica. Las almas podían nacer y renacer de nuevo. Pero no se había establecido la conexión entre las «aguas» y lo que llamamos circulación. Antes de Harvey, la «circulación» de un líquido significaba lo que llamamos «evaporación»: la separación de un «espíritu» de un «agua», por ejemplo la destilación del licor del vino, o el proceso de «espiritualización» por el que se suponía que la sangre pasaba a través del tabique (que ahora consideramos impenetrable) de la izquierda a la derecha del cerebro. La idea de una materia que fluye eternamente hacia su propia fuente constituye una importante innovación en la percepción del agua, una transubstanciación de su «materia».

El primer líquido al que se atribuyó la «circulación» fue la sangre ….1

El cambio radical de la imaginación con el inicio de la era moderna que subraya Illich no puede subrayarse demasiado. Este cambio tiene, en efecto, el carácter de una revolución. Significa una transformación ontológica: un cambio del hombre y su mundo en su Ser. No se trata de un mero cambio en las teorías científicas: el mundo mismo y nosotros junto con él nos hemos vuelto realmente diferentes a través de esta revolución aparentemente sólo intelectual.

Pero en lo que respecta a la invención de la circulación de la sangre por Harvey en el siglo 17, me parece que la novedad radical no está exactamente donde Illich la sitúa. En realidad, no es completamente nuevo que una materia, y además el agua, circule en sí misma y vuelva a su fuente. Por lo tanto, la indiscutible novedad revolucionaria del descubrimiento de la circulación de la sangre me parece de otra naturaleza.

Pues la idea de una corriente de agua que circula en sí misma y vuelve a su principio pertenece al acervo más antiguo y universal de las imaginaciones míticas. Es la idea de un océano que rodea completamente el disco plano de la tierra: Okeanos. Originalmente, Okeanos no era un mar propiamente dicho, sino un río, y en consecuencia era masculino, y se le llamaba «Padre Okeanos» en contraste con la ecuación psicológica profunda de mar = el inconsciente = la madre. Es llamado por Homero «el origen de los dioses», «la generación de todo» porque con su inagotable poder procreador había engendrado todo con Tetis, la «madre», la diosa del agua primigenia receptiva.2 Del mismo modo, el océano primigenio egipcio Nun, que, como «Envolvedor del Mundo», rodeaba la tierra, fue denominado «Padre de los Dioses».3 Existe incluso una representación pictórica temprana de la corriente primigenia que rodea la tierra. Un mapa neobabilónico de la tierra de principios del siglo 6 a.c., que sin embargo se remonta a un original del siglo 8 o 9 a.c. y es presumiblemente el mapa más antiguo del mundo en general, muestra el océano primigenio, aquí llamado «Río Amargo», fluyendo alrededor del disco circular de la tierra.4

Kerényi dice del océano primigenio griego: «Sin embargo, Okeanos no era un dios fluvial ordinario, ya que su corriente no era una corriente ordinaria. Incluso después de que todo se originara en él, sigue fluyendo en un círculo en el extremo del mundo, volviendo a fluir hacia sí mismo. Los ríos, los manantiales y los pozos, el mar entero, todos ellos se originan continuamente en su amplia y fuerte corriente. Cuando el mundo ya estaba bajo el dominio de Zeus, sólo a él se le permitió permanecer en su antiguo lugar, que en realidad no es ningún lugar, sino mera corriente, frontera y separación del más allá»,5 al igual que según Hornung la Nun egipcia es la «frontera que abarca el mundo entre el mundo y el no mundo, entre el Ser y el No Ser».6 Okeanos es pura «corriente circular».7

Incluso en Platón, es decir, fuera del mundo mitológico antiguo, encontramos, en un mito filosófico que describe la estructura del mundo y del inframundo, la siguiente afirmación sobre los ríos: «En efecto, hay algunos que se mueven en círculos, se enrollan alrededor de la tierra una o varias veces como serpientes y luego … vuelven a verter. … Así hay bastantes … corrientes, … de las cuales la más grande y la que fluye alrededor como la más exterior es la llamada Okeanos».8

Aquí tenemos con toda claridad la concepción de un agua que vuelve continuamente a su fuente, en una circulación interminable. Incluso el significado etimológico de la palabra Okeanos, derivada del semítico, se supone que es «circular».9 Así pues, la aplicación de la idea de circulación a una materia líquida no puede ser lo novedoso del descubrimiento de Harvey de la circulación de la sangre y lo que provocó un cambio ontológico en el hombre moderno y su mundo. El descubrimiento de Harvey obedece más bien a una concepción mítica muy antigua, a una idea arquetípica, y es, en cuanto a su contenido y forma, francamente convencional.

Sin embargo, lo que hace que la invención de Harvey sea indudablemente revolucionaria debe ser algo más. Lo que es se hace evidente si comparamos las dos ideas: por un lado, la idea de una corriente del mundo, que encierra en el borde exterior de la tierra y como frontera entre el Ser y el No Ser, el mundo y el no mundo, todo lo que es y sucede; por otro lado, un río que circula en el hombre. Este contraste debe completarse con los hechos complementarios de que en la época en que Okeanos abarcaba la tierra, no existía una corriente (sanguínea) circulante en el hombre, y que en la época en que se descubrió la circulación de la sangre, Okeanos ya no fluía alrededor de la tierra circular. Para entonces, la Tierra se había convertido en un globo terráqueo y, a más tardar, con las expediciones de Colón (1492), Vasco da Gama (1498) y Fernando de Magallanes (que fue el primero en dar la vuelta al mundo, 1519-1522), el río que rodeaba y marcaba el límite del disco terrestre se había roto, de modo que la idea de un Okeanos había quedado psicológicamente obsoleta. La brecha a través del recinto hacia lo abierto, hacia el infinito, había sido sellada. De una vez por todas, Okeanos se redujo a un mero océano que, aunque inmenso, ya no separa el mundo del no mundo. En su otra orilla ya no se corre el peligro de caer en la nada; al contrario, se abren ante nosotros otros continentes iguales a los conocidos, el «Nuevo Mundo» (es decir, ¡todavía verdaderamente «mundo»!) en contraste con lo que sólo entonces empezó a denominarse el «viejo mundo». E incluso más allá de la tierra no hay nada, sino la inmensidad de un número infinito de mundos adicionales.

La cualidad casi literalmente mundial de este cambio se hace evidente a través de esta comparación: lo que psicológica o imaginariamente ocurrió a través del descubrimiento de la circulación de la sangre (o lo que se refleja en ella) es la transposición de la idea arquetípica de la corriente primigenia desde fuera del mundo hacia el interior del hombre. En la época mítica, esta idea arquetípica se proyectaba en la realidad cósmica; ahora, en la época científica, la misma idea se experimenta proyectada en el interior del cuerpo humano: el correr de la sangre en nuestras venas se ha convertido en el nuevo portador de la antigua idea mítica. El hombre, por así decirlo, ha incorporado, interiorizado a Okeanos, liberando así al mundo que le rodea del río primigenio que lo rodea. Pero quizás sería más adecuado decir que el hombre es la víctima de este proceso de transposición de Okeanos. En referencia a un motivo mitológico no demasiado alejado del nuestro, el motivo de los cuatro ríos (por ejemplo, los cuatro ríos del paraíso, Gn. 2:10-14, los cuatro ríos que fluyen desde el Monte Meru en la mitología india, los cuatro ríos germánicos que se originan en el manantial Hvergelmir, etc.), David Miller formuló una observación similar: «Cuando el sistema de símbolos mitológicos desapareció en favor de una visión más sofisticada del cosmos, los ríos pasaron a la clandestinidad en el cuerpo humano»,10 concretamente en forma de los cuatro humores del cuerpo en la doctrina medieval de los temperamentos.

La biología moderna «actúa» concretamente este mismo proceso imaginal de la incorporación del océano que Miller y yo intentamos reflejar críticamente. Tiene la misma idea, pero la proyecta en el organismo literal y su entorno. Cree en la interiorización del mar al descubrir una similitud en la composición de los iones del agua del mar y de la sangre (hecho que A. J. Ziegler me ha recordado amablemente) e imaginar, en consecuencia, la sangre como el mar llevado al interior del organismo. Biológicamente, por tanto, decimos que el hombre no se ha independizado realmente del océano como elemento original de la vida, sino que lleva consigo el mar, «en» cuyo medio sigue viviendo en el interior de su cuerpo, en la forma reducida del sistema sanguíneo. La biología, al demostrar científicamente que la idea de la interiorización del mar es un hecho literal, cumple psicológicamente la tarea de completar el proceso de esta interiorización. Ahora la interiorización es una teoría declarada, mientras que con Harvey esta interiorización, aunque ya se había convertido en un hecho, permanecía implícita e inconsciente. Si está «científicamente probado» y es un hecho objetivo, independiente de nuestro pensamiento y arraigado en la realidad de nuestra naturaleza física, que la sangre circulante es nuestro propio «océano» interior, entonces lo derruido psicológicamente de la naturaleza original de Okeanos como la corriente que nos rodea se ha convertido en algo absoluto: reificado, físico.

Esta transformación en la historia del alma es verdaderamente tremenda, porque equivale a una inversión del Ser, a un giro de adentro hacia afuera (o más bien, de afuera hacia adentro). 11Antes, el hombre se encontraba existencialmente en medio de la tierra, rodeado por la corriente primigenia, y se sabía rodeado por ella por todos lados; ¡hoy lleva la corriente de vida pulsante en sí mismo! Es evidente que este hecho dio al hombre una enorme carga o impulso. Pues, en lo que respecta a la psique objetiva, no tiene poca importancia si el hombre vive con la imagen del río de la vida que rodea todo lo terrenal y, por tanto, también su propia existencia, o si vive con la imagen de la corriente de la vida que circula en su propio cuerpo. Cada una de las dos posibilidades da lugar a un modo fundamentalmente diferente de ser-en-el-mundo, a una relación diferente consigo mismo y con las cosas de la tierra, a una orientación esencialmente diferente hacia fuera, hacia el mundo visible y tangible, y hacia arriba, desde la realidad sublunar hasta la esfera celeste superlunar. Cada una de ellas libera el mundo de manera diferente y, al mismo tiempo, establece límites distintos.

Para saber qué significa la existencia en un mundo rodeado por Okeanos, debemos adentrarnos en el imaginario mítico de este complejo de la realidad. Para el mundo griego, me baso en gran medida en el material recogido por los onianos.12 Okeanos no se limitaba a su manifestación como río de agua. Se le imaginaba más específicamente como una serpiente que ceñía el mundo como un cinturón sólido. Ya conocemos esta serpiente por el «Envolvedor del Mundo» egipcio citado anteriormente de Hornung, que era una serpiente, como lo era la serpiente germánica de Midgard que (según Gylfaginning 34) yace en el mar alrededor de todos los países y se muerde la cola. Porfirio comenta en un pasaje de Homero (donde se menciona una asamblea de todos los dioses a la que sólo un dios, Okeanos, no pudo acudir) que Okeanos tuvo que mantener las cosas unidas. Así pues, Okeanos no se limita a marcar la frontera entre el mundo y el no mundo en un sentido estático y geográfico; es, más bien, una fuerza activa y dinámica que puede compararse con el neumático de hierro que rodea una rueda de madera de radios: la faja que ata y mantiene unido lo que rodea. Por eso no puede marcharse, pues tiene una función de la que depende la existencia del mundo. Ya en la época de Séneca, todavía se habla del «vinculum terrarum Oceanus«. El hecho de que tenga la función de mantener unida la tierra nos ayuda a comprender que en otra cultura, en el mundo chamánico de Siberia, la concepción arquetípica correspondiente al océano mundial no se experimenta en la imagen de la corriente y la serpiente, sino como el cinturón inquebrantable y sólido de una cordillera (los montes Altai).

Estar rodeado de Okeanos significaba estar atado. Y, sin embargo, este cinturón también era dinámico: pura corriente, la corriente de los acontecimientos. La conexión entre flujo y atadura en la idea de Okeanos se realiza mediante una asociación órfica. En un mito órfico de la creación, el huevo del mundo es generado por una serpiente que surgió del agua y del limo; y esta serpiente se llamaba Chronos, una palabra que suele traducirse por «tiempo». Okeanos como corriente del mundo, la serpiente como vínculo, y el tiempo pertenecen todos juntos al mismo complejo arquetípico de imágenes, como lo confirman los testimonios de otras culturas. Así, los bantúes, por ejemplo, creen «que el tiempo es una corriente que vuelve a su propia fuente»,13 y los egipcios imaginaron el tiempo sobre todo en forma de serpiente.14 En el pensamiento griego, el tiempo y la serpiente y el arroyo se unen expresamente una vez más en la figura de Aion. Aion es, por un lado, el fluido vital procreador que, como médula espinal e identificado con la psyché, fue igualmente imaginado como una serpiente (cf. la serpiente Kundalini en el pensamiento indio). Por otra parte, Aion era un destino apremiante, un daimon que controlaba la vida, del que resultaba el significado de «vida», «período de tiempo» («eón») y «eternidad». Para Heraclito, Aion es el poder que controla los cambios del mundo. Como daimon se le representa como una figura alada con cabeza de león, pero por lo demás humana, enroscada por una serpiente. Según los órficos, Chronos estaba emparejado con Ananke15 (Necesidad), que también se encuentra alrededor del universo, como creían los pitagóricos.

El tiempo como corriente circulante, por lo tanto, no tenía originalmente el significado que conectamos con las expresiones «idea cíclica de la historia» o «recurrencia eterna» en contraste con una concepción lineal del tiempo. No se trata de una repetición continua, sino de que la existencia humana está ontológicamente aprisionada, por así decirlo, en la vida terrenal en su conjunto, y en cada momento en particular. Todo lo que pasa, todo lo que la corriente de los acontecimientos hace surgir, es apremiante e ineludible. Ananke reduce la existencia humana al aquí y al ahora. Cada presente es su propio Alfa y Omega, al igual que en las culturas rituales la creación del mundo no fue un acontecimiento único al principio de los tiempos, sino el comienzo esencial de cada nuevo tiempo. Aquí no hay un futuro al que el hombre pueda escapar del presente real, ni un pasado al que se pueda mirar como en los buenos tiempos, en los que se suponía que todo era mejor. La serpiente, como daimon inexorable, me enrosca y me sujeta en mi presente. El vínculo que rodea a todo el Ser me obliga a adentrarme cada vez más en cada realidad presente, me obliga a agotar esta realidad en toda su intensidad. No hay salida. No hay escapatoria. Aquí nunca puedo poner en juego una esperanza de futuro contra mi destino real presente, porque la serpiente del tiempo me encierra herméticamente en la experiencia de este destino. Si este destino ha de tener un sentido, entonces este sentido debe nacer del corazón de este mismo destino y dentro de las fronteras insuperables fijadas por la Necesidad; sólo puede revelarse por mi «guiso» en lo que ocurra. Nunca podría estar en un acontecimiento posterior, en un futuro o en un más allá. Si cada acontecimiento del destino no despliega por sí mismo su sentido, entonces no hay sentido alguno.

Así, Okeanos es la imagen por la que el hombre se sitúa expresamente ontológicamente en su naturaleza finita, como mortal en contraste con los inmortales. La idea arcaica, casi omnipresente, de una corriente o serpiente primigenia que ciñe el mundo, una serpiente acoplada a la Necesidad (al menos según el pensamiento griego), no fue en absoluto sugerida por la experiencia empírica. Surgió de una necesidad psicológica: la necesidad de comprometerse implacablemente con la vida en esta tierra tal y como era realmente (y no como podría desearse que fuera). En numerosos símbolos de la vida cotidiana -tanto públicos como privados- y en los correspondientes actos rituales, el hombre arcaico sintió la necesidad de mantener continuamente a la vista su ser atado, en el plano ontológico, por la serpiente que rodea cada aquí y ahora. Como símbolos de este tipo, menciono la banda, la corbata, el cordón, el anillo, la faja, el lazo, el nudo, el yugo, la corona, la tela tejida, el hilo hilado.

Si el poeta laureado recibía una corona, el vencedor una banda o un cinturón, esto no significaba originalmente un honor por un hecho pasado; más bien, era para hacer visible ese vínculo que era inherente al hecho mismo y con el que el vencedor había sido coronado invisiblemente todo el tiempo por el destino, a través de la propia ejecución de su hecho. Una victoria, un logro, se vivía como una banda puesta al hombre por los dioses o por las Parcas, y esta banda se consideraba como una porción de tiempo, un período de su vida, un destino hilado por la Moira.

Al igual que una victoria, también la realeza era una banda que convertía en rey a quien estaba obligado por ella. Vemos que, en general, cada acontecimiento, cada acción se consideraba una obligación vinculante. Si esto es así, no puedo renegar de un hecho que he cometido, no puedo simplemente desvincularme de él («no tenía intención de hacerlo», etc.). El hecho real me compromete con él en virtud de su realidad vinculante. Debo reconocerlo, inclinarme ante él, tal vez deba permitir que me enseñe sobre mi verdadera naturaleza, para vivir en armonía con mi realidad y necesidad.

La diadema con la que se coronaba al rey o al vencedor también nos ayuda a entender el collar que se ponía al cuello de un esclavo, atándolo así a la esclavitud. No hay ninguna diferencia esencial entre la banda de un rey y la de un esclavo. Ambos expresan la obligación inexorable de un destino. En los esclavos, el hombre antiguo mantenía continuamente el paradigma de la condición del hombre concretamente ante sus ojos. La esclavitud era la realización objetiva como institución social de lo que en esencia era la naturaleza ontológica del hombre.16 Esto explica también el hecho de que los que se habían convertido en esclavos se sometieran básicamente a su destino y lo aceptaran, como relata Tácito en su Germania, donde dice que los teutones juegan a los dados con tal temeridad que incluso después de haberlo perdido todo, se juegan, en una última tirada decisiva, su libertad y su vida. El perdedor entra en la esclavitud sin antagonismo. Aunque sea más joven, aunque sea más fuerte, se deja atar y vender. Comprendemos por qué: el lanzamiento de los dados no es un asunto accidental y ridículo, sino que pone de manifiesto la clase de banda que el destino ha puesto desde hace tiempo alrededor de la persona en cuestión. La esclavitud de hecho no es más que la realización externa de una necesidad fatídica existente. Rebelarse contra ella sería una tontería. Un ejemplo especialmente impresionante de este comportamiento y esta actitud se encuentra en la literatura india: el juego de dados del héroe Yudhisthira en la epopeya Mahabharata.

El mandala (que originalmente era el círculo de los Tiempos17 ) también puede verse bajo esta luz, como la imagen de lo que nos ata implacablemente a la corriente de los acontecimientos. Esta comprensión eliminaría el menosprecio y la dulcificación que la interpretación de Jung del mandala como la representación del Sí-mismo ha adquirido con algunos junguianos dentro de una ideología de «autodesarrollo» y «crecimiento» y «plenitud». El Sí-mismo podría volver a entenderse como el reinado de la necesidad inexorable de mi naturaleza sobre mí mismo, y la totalidad o plenitud como el telos, la banda imperiosa de cada porción fatídica de tiempo -no mi totalidad, sino la totalidad de cada momento.

La palabra telos me lleva a otro aspecto del cerco de la serpiente Okeanos. El significado original de telos no era, según los onianos, meta, fin, acto de finalización. Significaba más bien la banda hilada por el destino, la banda que da lugar al cumplimiento de una porción cualitativa del tiempo y que tiene su encarnación visible en la diadema. En el mundo ceñido por un sólido cinturón, cada acontecimiento, cada momento, así como mi vida en su conjunto y el mundo en general, estaban a priori completados, incluso si la finalización real no había ocurrido todavía e incluso sin importar si era un acontecimiento «positivo» o «negativo». Cada cosa, cada momento cualitativo descansaba en sí mismo y, por tanto, descansaba. La franja que rodea a cada tiempo o cosa particular daba a cada acontecimiento una medida y un límite (péras) y hacía que llevara su centro de gravedad, su sentido, en sí mismo.

Sólo por esta razón era posible que el mundo se experimentara como lleno de dioses y animado por seres míticos. La necesidad que ata al hombre a cada acontecimiento era el factor que obligaba a poner en primer plano la imagen o el rostro de cada realidad. Incondicionalmente entregado y arrojado sobre lo que pasaba, el hombre arcaico no podía refugiarse en la «explicación» de los acontecimientos a partir de causas externas, es decir, anteriores, ni en la esperanza de que los acontecimientos posteriores fueran mejores. Tenía que contemplar la profundidad imaginal, la esencia interior de cada acontecimiento: el Dios que hay en él. Si Okeanos no podía acudir a la asamblea de los dioses porque tenía la tarea de mantener el mundo unido, ahora comprendemos que realmente no podía acudir: porque su permanencia donde estaba era lo que hacía posible la aparición de los dioses en el mundo en primer lugar. Como la banda que rodea al mundo y nos sostiene ineludiblemente en cada acontecimiento, Okeanos otorga esa clase de incrustación en el Ser y esa devoción a cada momento por la que sólo el ser del hombre en el mundo (y el mundo mismo ) puede ser de constitución mítica, poética. Okeanos no puede aparecer nunca en lo que sólo a través de él es «mundo», el «kosmos» (bellamente, perfectamente ordenado); si apareciera como algo en el mundo, los dioses reunidos quedarían inmediatamente anulados en la medida en que entonces nuestra mirada, liberada de su vínculo, revolotearía de un acontecimiento a otro y ya no podríamos experimentar la profundidad divina de uno solo.

La serpiente llamada Okeanos o Chronos que nos rodea por todos lados es la imagen y la garantía de la existencia psicológica del hombre. Como Jung ha subrayado una y otra vez, estamos envueltos por la psique por todos lados, y es la naturaleza de la psique ser lo que nos rodea. Esta misma idea se encuentra también en la antigüedad. Cuando a Pitágoras le preguntaron qué era la serpiente Chronos, respondió que era la psique del universo (Onians).

El Dionysos órfico tenía el epíteto de Liseo (el «Aflojador»), pues se suponía que aflojaba, para los que iban a ser iniciados por ciertos ritos, la cuerda de los «cuidados difíciles de soportar». Sin embargo, el tipo de liberación que traía Dionysos seguía atado en el mundo mítico rodeado por la serpiente; era simplemente una liberación incidental de cada iniciado individual, sin cambiar el mundo en general en su constitución ontológica. La liberación total de la serpiente sólo la trajo el Cristo. Él es el Liseo absoluto que aborda el problema de una vez por todas y fundamentalmente, para el Ser como tal. «Y el Dios de la paz herirá en breve a Satanás bajo sus pies» (Rom. 16:20), Satanás, que, como sabemos, es «la vieja serpiente» (Ap. 20:2). Cristo ha cortado toda atadura imperiosa, «borrando la letra de las ordenanzas que había contra nosotros… clavándola en su cruz» (Col. 2:14). El rayo de la cruz rompe incluso el máximo vínculo de la vida en su conjunto, la muerte: «para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por el temor a la muerte, estaban durante toda su vida sujetos a la esclavitud» (Heb. 2, 14s.). El hombre cristiano es esencialmente un hombre liberado.

A menos que interpretemos este acontecimiento cristiano de liberación de nuevo en términos de su comprensión cristiana, esta liberación debe ser vista como un trauma, una herida del Ser. La viga del Gólgota se ha clavado en la articulación donde la serpiente se muerde la cola, y así se ha roto el vínculo imperioso en torno al Ser. El círculo del Padre Okeanos se rompió, el círculo cerrado del Tiempo se enderezó en una línea que se extiende en ambas direcciones hacia el infinito. Desde entonces, el tiempo es una Heilsgeschichte lineal (la historia del mundo interpretada como muestra de la obra de la gracia de Dios). Ahora es posible especular con Jaspers sobre «El origen y la meta de la historia» y con Teilhard de Chardin sobre una evolución desde el «punto Alfa» hasta el «punto Omega», y salir del anillo imperioso de cada presente hacia el futuro (esperanza del más allá, utopías, Ernst Bloch) o hacia el pasado (historicismo, restauración, conservación, nostalgia). Ahora hay una salida, y la idea de un «Huit clos» o «No Exit» se convierte en equivalente al infierno (Sartre), lo que por cierto corrobora una vez más la verdad de la experiencia anterior, aunque sólo sea a través del medio hostil del anhelo moderno de liberarse de toda atadura, pues el infierno no es más que el inframundo demonizado y, por tanto, sigue reflejando la naturaleza finita del hombre.

Por supuesto, la liberación por medio de Cristo estaba al principio todavía ligada a lo que en la terminología cristiana se llama «fe»; la redención era, pues, un determinado estado psíquico del hombre. La historia muestra que el mundo cristiano no se conformó, y probablemente no podía conformarse, con la liberación como estado psíquico y, por tanto, sujeto a factores contingentes y empíricos en la vida de los individuos; pues la fe siempre estuvo amenazada por la duda y la indiferencia. La liberación, sin embargo, debía convertirse en una certeza absoluta y, más allá de ser una experiencia personal, también en una realidad «cósmica». Porque «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe. … Si sólo en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres» (1 Cor. 15:14, 19). Así pues, existía una fuerte presión interna desde el propio cristianismo para que la liberación pasara de ser una mera condición óntica de cada persona a un modo ontológico del Ser, un modo verdaderamente imperante aunque el individuo no estuviera personalmente en el estado de fe y firmemente fundado en él. La verdad cristiana debía ser reificada, convertida en una verdad «física». Ésta, la liberación de toda atadura, tenía que ser ella misma liberada de su propio ser atado por las vicisitudes del tiempo. Después de que la Edad Media estableciera firmemente al hombre en la fe como condición subjetiva, el alma del hombre occidental se puso en condiciones de traducir también la naturaleza objetiva del mundo y del hombre en el estado ontológico de la liberación. Esta ha sido la tarea de la temprana edad moderna, al final de la cual, es decir, hoy, se hace visible un paso adicional en el desarrollo histórico: la filtración de la redención ahora ontologizada y reificada en la psique personal del individuo. Pues la mayoría de los llamados «problemas psicológicos», la mayoría de las neurosis que aparecen en la consulta del analista, pueden entenderse en su contenido más profundo como un cristianismo que se ha retirado del mundo a la psique personal: la psicología moderna como cristianismo hundido.

El hombre devoto de la Edad Media vivía esencialmente en un mundo que todavía correspondía a la existencia en la necesidad precristiana (que ahora en el lenguaje cristiano podría traducirse como «enfermedad hasta la muerte», existencia en el pecado) y que de ninguna manera expresaba una liberación literal. El ordo medieval todavía estaba rodeado y sostenido por un océano primigenio. El hombre seguía viviendo entregado a cada presente, y cada actividad individual, como la del artesano, tenía su significado en sí misma. La fe simplemente había cambiado los antiguos dioses politeístas por el Dios Único del cristianismo, pero en general había dejado el estado ontológico del mundo como siempre había sido.

Pero, ¿cómo pudo la liberación de Okeanos, de la serpiente urobórica, del Tiempo (Chronos; el saeculum cristiano) convertirse en una realidad ontológica objetiva, si la existencia había estado efectivamente rodeada por el Envolvimiento del Mundo? ¿Cómo podría eliminarse la corriente primigenia que encierra al mundo? Ciertamente, a través de Cristo la serpiente había sido superada hace tiempo. Pero sólo para la condición psíquica de cada creyente, mientras que el mundo (incluido el mundo del propio creyente) seguía siendo mantenido por la Necesidad, con la única diferencia de que esta Necesidad recibía ahora nombres cristianos como el de Providencia de Dios. Así pues, aún quedaba por cumplir la tarea, y era una tarea enorme: ¿cómo podía esa realidad, cuyo sentido y esencia debían ser absolutamente ineludibles porque rodeaba la existencia humana por todos lados, ser eliminada precisamente por aquel que estaba rodeado por esta fuerza ineludible? ¿Cómo podría el hombre, por así decirlo, salir de un pantano por su propio pelo? La corriente de acontecimientos que fluye alrededor de la existencia humana como tal no podría librarse realmente, obligando a la Necesidad a no ser eliminada realmente: sólo podría ser incorporada, interiorizada. La manifestación del acontecimiento de esta incorporación ontológica de Okeanos por el hombre fue la invención de Harvey de la circulación de la sangre. La corriente pulsante de la vida, el origen siempre circundante de toda espontaneidad, se encontraba ahora en el hombre mismo. Ya no estaba expuesto a Okeanos y a la inescapabilidad del Ser; los llevaba en su cuerpo, y sólo en la medida en que los llevaba en sí mismo se desgarraban la cabeza y la cola de la serpiente enroscada en torno al mundo y éste quedaba liberado para ser absolutamente abierto, sin límites ni medida.

Así, en cierto modo, Illich tiene razón al afirmar que la idea de una materia que circula en sí misma era completamente desconocida para los antiguos. Si por materia se entiende lo visible y tangible, el agua de Okeanos no era materia. Porque Okeanos no era, como hemos oído decir a Kerényi, «una corriente ordinaria», es decir, no era un fenómeno del mundo como las demás corrientes, no era un objeto de una percepción posible (empírica). Dondequiera que fueras en el mundo visible, nunca te encontrarías con Okeanos como un río tendido ante tus ojos, porque tal ida tendría lugar inevitablemente dentro del mundo encerrado por él, de modo que todo lo que pudieras encontrar estaría a priori rodeado por él. Pero Okeanos es la frontera más externa entre el mundo y el no mundo. Como tal, tiene, incluso como materia (agua o banda sólida: serpiente, cordillera), una naturaleza imaginal, y sólo como corriente imaginal o más bien como corriente de lo imaginal era la fuente continua de todas las aguas visibles del mundo. La razón por la que la invención de la circulación de la sangre es radicalmente novedosa es que ahora la circulación se atribuye a algo en el mundo, a una materia óntica, empírica-factual, que fue también el nacimiento de la idea de una «materia» propiamente. La circulación de la sangre es verdaderamente «material» porque tiene su fundamento ontológico y su verdad exclusivamente en su existencia literal, física y manifiesta, mientras que para la mente mitológica incluso los ríos visibles, de hecho todas las cosas del mundo, no eran una materia meramente física, ya que se originaban, y por tanto tenían su verdad, en la corriente de lo imaginal que se llamaba expresamente «generación de todo». Por lo tanto, la inversión del Ser que se produjo con el cambio de Okeanos a la sangre circulante también significa una eliminación fundamental del hombre y del mundo del elemento ontológico de lo imaginal y su transposición al medio de la materialidad óntica, literal.

Parece que la idea arquetípica de Okeanos -o el nombre que queramos dar a la corriente inexorable de los acontecimientos- resulta ser una realidad ineludible incluso en el momento en que nos liberamos de ella. Pues esta liberación no nos liberó realmente del vínculo de Okeanos; incluso podríamos decir que nos cargó con él de una manera mucho más opresiva en la medida en que ahora es, en lugar de una realidad imaginal, una realidad literal (médica) y en la medida en que está «embutida» en los estrechos confines de la existencia personal de cada uno de nosotros. Es cuestionable que el interior de nosotros sea un lugar mejor que el límite exterior de la tierra. Si Okeanos está ahora en nosotros, ¿no es como si nos hubiéramos tragado algo demasiado grande e indigesto? Porque ahora tenemos que sufrir de vez en cuando su fuerza apremiante muy literalmente en nuestros propios cuerpos (ataques al corazón, colapso circulatorio, endurecimiento de las arterias, por no mencionar los «problemas» puramente psicológicos con los que ahora tenemos que luchar dentro de nosotros mismos -el espacio contenido en la piel-, mientras que antes sus equivalentes podían servirse de la amplia extensión de todo el mundo mítico).

La invención de la circulación de la sangre convirtió a Cristo en una realidad ontológica e hizo definitivo el desencadenamiento del Ser iniciado por Cristo. La letra escrita por el destino a través de cualquier acontecimiento ha sido borrada. No importa lo que una persona haya hecho, su acto ya no representa una obligación para ella: Cristo es la garantía de la liberación definitiva de todas nuestras acciones y destinos. Cristo es la alternativa, es decir, la disponibilidad fundamental de una salida (quizá no siempre empírica, sino metafísica) de la necesidad vinculante de lo que pasó. El confinamiento esencial en la existencia finita y terrenal ha sido levantado, el hombre ya no es «siervo» de la muerte ni está «esclavizado» a ella como frontera inexorable en torno a nuestras vidas; es absolutamente «libre de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2). Por eso, Pablo no tiene que sacudir los cimientos de la esclavitud como institución social, porque esto es una nimiedad comparado con la liberación metafísica que sacude el mundo y de la que se ocupa. Si Pablo habla del hombre «según la carne» y «según la ley del pecado», no se refiere, en el plano óntico, a los obvios malhechores y endemoniados. Apunta mucho más radical y comprensivamente al estado ontológico de aquellos cuya condición es estar atados por la banda inexorable de cada situación real. Es un ataque total contra la incrustación original del hombre en el Ser.

En cuanto la liberación dejó de ser un mero estado psicológico del hombre (la fe) y se convirtió en una realidad ontológica, la banda que rodeaba la tierra se rompió incluso en la constitución ontológica de la realidad empírica, de modo que el cosmos se abrió en una infinidad de mundos (Giordano Bruno), la realidad se convirtió en un reino de posibilidades ilimitadas, y todas las cosas de esta tierra se entregaron a la voluntad del hombre sin restricciones. Las cosas y los momentos que antes estaban firmemente encerrados en su individualidad (en virtud de la cual cada uno llevaba su propio centro de gravedad y valor, en último término, su Dios, en sí mismo), eran ahora, ontológicamente hablando, piezas o partes igualitarias de un espacio y un tiempo homogéneos.

La realidad mítica y metafísica de Cristo como libertador absoluto ha pasado de ser un objeto de devoción a ser la constitución ontológica del hombre: esto es lo que ha hecho posible el auge revolucionario e indómito de la era moderna: el inicio de los exploradores, desde Colón hasta los astronautas; el desarrollo en espiral de las ciencias; el impulso ilimitado de ir más allá del mundo natural de las cosas con forma y contorno, hacia lo ilimitado de las dimensiones de la magnitud astronómica y la minuciosidad microfísica; el anhelo desatado de lo óptimo; y la manía interminable de estimulación a través de atracciones siempre nuevas y a través de experiencias que puedan proporcionar una respuesta a la pregunta del sentido de la vida. La liberación de la serpiente significa el desencadenamiento absoluto del deseo, de la búsqueda y el esfuerzo del hombre. Sólo el hombre cuya naturaleza se define como la de haber interiorizado la corriente primigenia del exterior en sí mismo, ya no se sabe contenido y atado al mundo por una banda inextricable y, a la inversa, ya no experimenta el mundo como una obligación vinculante, sino como una presa esencialmente libre a la manipulación del hombre, incluso como una invitación a la exploración y la explotación. Sólo el hombre con circulación sanguínea puede y debe partir en busca de nuevos continentes o aventurarse en el espacio exterior o en el ámbito de la microfísica. Sólo él debe buscar el sentido de la vida.

En la época en la que Okeanos aún mantenía unido el mundo, cada cosa estaba, como hemos señalado, firmemente encerrada y el hombre estaba ineludiblemente ligado a cada una de sus acciones. Por eso, las personas de épocas anteriores podían encontrar la plenitud en tipos de trabajo manual que nosotros consideraríamos intolerablemente monótonos, como cuando las mujeres africanas muelen sus granos a mano durante horas todos los días, o cuando en nuestra cultura los troncos se aserraban manualmente para convertirlos en tablas, o la lana se hilaba en hilo durante todo el invierno. La plenitud era posible porque estas personas estaban, en virtud de la situación ontológica, entregadas a cada actividad y no deseaban, no podían desear salir de ella, en la medida en que la banda de la serpiente las ataba y las mantenía en lo que hacían. El hombre liberado ya no puede habitar verdaderamente en el momento. Debe apresurarse hacia otros momentos, hacia algún tipo de más allá que pueda dar un sentido a un presente particular. Necesita que las máquinas le liberen de todo trabajo monótono para que pueda ser liberado para una vida más elevada «en el Espíritu» (Rom. 8:9): para la planificación, los grandes diseños, el control; quizás también para las actividades educativas y culturales, los deportes, el entretenimiento, los grupos de encuentro u otras experiencias psicológicas. Paradójicamente, incluso las actividades monótonas, como hilar o tejer, pueden ser redescubiertas ahora, pero sólo como pasatiempos que afirman la libertad absoluta del hombre, es decir, como lo contrario de lo que antes eran: trabajo necesario.

También se rompió el círculo de la relación económica del hombre con la naturaleza, ese círculo cerrado que, según el análisis de Marx, consistía en que en las sociedades agrícolas anteriores el intercambio de bienes servía más o menos para proporcionar lo que se iba a consumir, sin producir ningún beneficio.18 En el momento en que, en la misma época en que se iniciaron los viajes de descubrimiento, la ciencia moderna y la invención de la circulación sanguínea, el dinero pasó de ser un mero medio de intercambio a ser un «capital» autogenerador en el sentido de Marx, se produjo una explosión y se puso en marcha la espiral de crecimiento económico. Desde entonces tenemos un crecimiento de las necesidades de mercancías, así como de la producción industrial para llenar estas necesidades, lo que finalmente resultó en la reducción de las cosas a las mercancías alienadas de una sociedad de usar y tirar. De nuevo debemos decir: Sólo el hombre de la circulación sanguínea puede ser capitalista.

A través del estiramiento lineal del Tiempo, la existencia humana se ha colocado en el modo ontológico de lo comparativo (en el sentido lingüístico): ahora está sujeta a la idea de lo «mejor», lo más deseable. Esta idea y su culminación absoluta en la idea de lo «mejor» («óptimo») podían dar lugar por sí solas al optimismo y al pesimismo, lo que habría sido imposible en la época de Ananke, ya que entonces todo era como era, y el coqueteo con la idea de lo mejor estaba a priori excluido por la frontera insuperable que marcaba el océano primigenio entre el Ser y el No Ser, la realidad y la posibilidad. El hombre vivía en la «forma positiva» (lingüísticamente hablando), fuera o antes de cualquier grado de comparación: en su realidad, independientemente de que fuera, como hoy podríamos decir, «positiva» o «negativa». El teutón, recordemos, se dejaba vender como esclavo sin antagonismo una vez que había perdido su libertad por los dados. El hombre moderno, por el contrario, que gracias a la circulación en sí mismo se libera de la corriente vinculante que le rodea, nunca puede estar contento en ninguna situación; debe exigir enseguida algo mejor. Leibniz trató de rescatar algún tipo de contento dentro del mundo real mediante su laboriosa prueba de que este mundo era «el mejor de los mundos posibles» y que vivimos en «el óptimo». Pero tan pronto como esta prueba deja de tener credibilidad, el deseo indomable de lo mejor debe surgir y llevar a los unos al país de las posibilidades ilimitadas, a los otros a las esperanzas revolucionarias de un futuro mejor y de una sociedad ideal, y a los terceros a las esperanzas conservadoras de una restauración de los buenos tiempos o, en el caso de la variante pesimista, a la resignación, al cinismo o al suicidio.

Aunque la gente sigue comprando alianzas cuando se casa, el hombre de hoy es, sin embargo, incluso en el matrimonio, esencialmente un hombre liberado (liberado también del vínculo del matrimonio), es decir, está a priori divorciado. Como liberado del anillo de la Necesidad, la exigencia del cónyuge «óptimo» le es indispensable. Debe esperar siempre poder reformar al otro: el matrimonio como una especie de reformatorio para el cónyuge. Simplemente tiene que haber un momento -esta es la esperanza de la que vive la persona casada- en el que el otro finalmente entre en razón y cambie a mejor, se convierta en el cónyuge ideal que uno ha buscado en él o ella todo el tiempo. Surgen innumerables peleas porque uno quiere tener a su cónyuge mejor de lo que realmente es. El hombre liberado no puede contentarse con la forma en que su cónyuge es realmente, y no puede ver que cada ser humano es, por así decirlo, un caso perdido. No puede admitir que el matrimonio significa estar ineludiblemente ligado a una vida con la otra persona tal y como es realmente (sin salida) y tener la tarea de llevarse bien con ella para bien o para mal; incluso llegar a aprender a querer sus defectos, a quererla con todos sus defectos. Ser esencialmente «sin esperanza»: este es el sentido mismo del matrimonio. Pero esto es algo que el hombre liberado no puede aceptar de ninguna manera, porque la liberación significa ser esclavo de la esperanza. Es un ejemplo especialmente llamativo de la disociación en la conciencia cristiana el hecho de que la doctrina de la Iglesia católica insista en la indisolubilidad del matrimonio y prohíba el divorcio sin darse cuenta de que es su propia verdad -la liberación del hombre- la única que obliga a muchos casados a tomar el camino que conduce al divorcio. La verdad cristiana es indivisible. Si el hombre en el mundo cristiano es liberado, entonces esto no se aplica sólo al subjetivo «credo dominical», sino también objetivamente a todo lo que en toda la vida representaría una obligación imperiosa.

Sólo con la invención de la circulación sanguínea comienzan a separarse los mundos interior y exterior. En la época en que el hombre estaba ineludiblemente rodeado por Okeanos, su existencia estaba esencialmente anclada en el mundo y, por lo tanto, necesariamente miraba los acontecimientos que ocurrían en el mundo desde dentro, con una perspectiva «interior», y los veía en su profundidad imaginal: como imagen y Dios. Fue su arraigo lo que hizo que el mundo (y todo lo que hay en él) se iluminara con una luz mítica, pues la naturaleza psicológica o poética del mundo no es más que el correlato del arraigo del hombre en su realidad. La imaginación mítica no es una propiedad psicológica del hombre, que puede o no ser empleada; es un estado ontológico, una forma fundamental en que el hombre se sitúa en el cosmos: estar ineludiblemente rodeado de la serpiente psyché. La circulación de la sangre, por otra parte, significa que ahora la frontera entre la vida y la no-vida, entre lo esencial y lo no-esencial cae en el propio mundo empírico: lo que está fuera de él es el frío y muerto «mundo externo», mientras que la verdadera vida está rodeada por él como el «interior», el «mundo interno». Es gracias a la circulación que el hombre moderno se convirtió en un «sujeto» que tiene a las cosas de este mundo como sus «objetos» inevitablemente fuera y frente a sí mismo. El «interior» y el «exterior» sólo se separan por la corriente fronteriza incorporada del Ser; la exteriorización o alienación sólo se soporta desde la interiorización de Okeanos.

De acuerdo con nuestro lenguaje habitual, he hablado de que el sujeto tiene el objeto frente a sí mismo. Pero en realidad no se trata de una oposición. Como el hombre tiene ahora circulación en sí mismo y ya no está amarrado a lo que pase, es ahora totalmente libre para rodear él mismo los fenómenos del mundo. Las obras de arte, por ejemplo, se han convertido en «objetos» al ser colocadas en una vitrina de museo para que podamos pasear alrededor de ellas y verlas por todos lados, mientras que originalmente, como retablo, máscara o estatua de un Dios, habrían «asaltado» al hombre con su demanda de devoción, en cuyo sentido habrían rodeado al hombre ontológicamente por todos lados. Las cosas estudiadas por las ciencias son «objetos» porque, habiéndose convertido en mudas y proscritas, pueden ser giradas y retorcidas a gusto del científico para que la mirada científica las rodee por completo. Toda teoría del conocimiento tiene, simplemente en virtud de la pregunta que plantea y no sólo porque daría una respuesta reconfortante, la tarea psicológica de permitir al hombre moderno siempre de nuevo y en principio satisfacerse en cuanto a su capacidad de rodear todas y cada una de las cosas. La liberación de la incrustación en el Ser sólo es completa si el hombre mismo se ha convertido en el Envolvedor de la Cosa y del Mundo. Y sólo como Envolvedor del Mundo es verdaderamente «sujeto». Así, el sujeto no es tan opuesto, sino que está fundamentalmente por encima de lo que mira como objeto, del mismo modo que el Dios creador está por encima de su obra, teniendo una visión completa de la misma y penetrando con su mirada en el corazón mismo de las cosas.

También la psicología de Erich Neumann sirve para interiorizar de una vez por todas lo que originalmente era el Envolvimiento del Mundo. Neumann convierte al uroboros, que en su día fue el propio círculo de los Tiempos, en una mera fase de la evolución psicológica de la persona, una fase que nosotros, como adultos, hemos superado hace tiempo, aunque quizás debamos de vez en cuando retroceder a ella. Mientras que el círculo de los Tiempos, como la serpiente que se muerde la cola, era principio y fin en uno, ahora sólo es el punto de partida desde el que la línea de desarrollo se extiende hasta el estadio de la conciencia solar del héroe: el círculo se reduce a un punto en la línea recta y queda así incorporado por la línea. Antiguamente, el principio no era precisamente un punto del que partía algo; era lo que mantenía todo aquello de lo que era el principio inexorablemente rodeado y, por tanto, encerrado: Okeanos, la «generación de todo». Toda la dinámica y todo el desarrollo de un acontecimiento iniciado quedaban encerrados por y bajo el imperio de su comienzo (por eso el griego arché significa «comienzo» a la vez que «imperio»): todos los arroyos, manantiales, pozos surgen continuamente de la corriente primigenia que lo rodea todo. Y los héroes del mito (Heracles, Teseo, Sigfrido, etc.) como figuras mitológicas realizan sus hazañas dentro del mundo encerrado por el uroboros, mientras que para Neumann la conciencia heroica se caracteriza precisamente por haber salido de lo urobórico. Neumann priva a lo que nos rodea implacablemente de la ineludibilidad de su cerco. Pero tan pronto como la serpiente Okeanos deje de ser ineludible y no nos encierre hasta el final; tan pronto como Okeanos también pueda acudir a la asamblea de los dioses como uno más entre ellos porque se ha vuelto prescindible, el uroboros habrá dejado de ser un uroboros. El instrumento para hacer impotente a la serpiente reinante que nos rodea es aquí la idea de desarrollo, pues reduce la visión mitológica de la constitución ontológica del hombre a la idea de una condición óntica específica, correlativa a una fase evolutiva particular en la vida del hombre empírico: una caída de la psicología en la biología, del reino de lo imaginal a la cuestión del niño literal, la madre literal y la evolución literal desde el embrión.

Desde la perspectiva del pensamiento evolucionista, el hombre arcaico debe parecer primitivo, lo cual, aunque se nos asegure expresamente que esta palabra no debe entenderse como un término despectivo, significa sin embargo tanto como «todavía sin ego», «con un ego no desarrollado«, «que representa una etapa anterior». Quisiera oponer a este punto de vista otra comprensión: el primitivo como ese tipo de hombre que está incrustado en la Necesidad, inexorablemente entregado a su presente real, que no ha escapado del Ser a la liberación. La interpretación temporal de lo primitivo en el sentido de «etapa temprana», etc., sólo sirve para hacer impotente a la serpiente del tiempo apremiante.

El hombre de la circulación sanguínea está llamado a ser un todo autónomo, una «personalidad», un «individuo». La «personalidad» no es más que la forma concreta en que el hombre se representa a sí mismo -ante los demás y ante sí mismo- como la «Grosse Runde» (Neumann), como un círculo cerrado. Podríamos decir que es a William Harvey (este nombre tomado sólo como un código) a quien debemos todo el idealismo humanista y educativo de un Herder, Goethe, Schiller, Humboldt, el impulso de desarrollar la propia personalidad o el propio yo, además la necesidad de poner en práctica la idea de que yo, como individuo, soy un infinito interior y llevo el mundo entero en mí mismo (el Envolvedor del Mundo en apariencia psicológica). También le debemos la obligación de ser libre (libertad de pensamiento, emancipación, liberación, libre desarrollo de la personalidad, libertad del trabajo: vacaciones, fines de semana y tiempo libre). El hombre moderno debe ser libre, porque sólo en la medida en que es libre en varios aspectos se hace realidad la liberación del telos apremiante de Okeanos. Sin la circulación de la sangre, la idea del genio también sería impensable, pues en los tiempos de Okeanos, las personas no eran genios, sino que un daimon o genio implacable habitaba en ellas como en toda la naturaleza.

Pero el hombre moderno, convertido en personalidad, es, en virtud del círculo que él mismo es ahora, no sólo libre, sino también encerrado en sí mismo y decididamente impenetrable, inafectable. No es sólo por la arteriosclerosis que se produce un endurecimiento; el hombre moderno está a priori endurecido en el plano ontológico, inaccesible a la profundidad imaginal de los acontecimientos. Porque el círculo es la figura perfecta, inatacable. Nada puede penetrar la armadura de la dura coraza circular. Las mónadas, como bien dijo Leibniz, no tienen ventanas. Están cerradas, de una vez por todas. Esto no puede deshacerse mediante el «entrenamiento de la sensibilidad», tratando de aprender a sentir y a estar abierto a las experiencias emocionales. Las experiencias emocionales son precisamente lo que sólo puede tener ese tipo de hombre que se concibe como personalidad holística y, por tanto, a priori, encerrado en sí mismo. Como individuos y subjetividades estamos fundamentalmente, es decir, ontológicamente, alejados de ese locus existencial en el que podríamos ser alcanzados y afectados. Cualquier cosa que nos ocurra, por muy afectados que estemos emocionalmente, nunca es más que un estado óntico de emocionalidad que ocurre en el hombre ontológicamente blindado. Sólo en la medida en que el hombre tenía su esencia ontológica al estar rodeado por la implacable Necesidad y, por tanto, al estar incrustado en el mundo, podía ser alcanzado y golpeado por la esencia de los acontecimientos, porque sólo entonces estaba incondicionalmente expuesto a lo que ocurría y, como tal, era vulnerable. Del mismo modo que el mundo se convirtió en presa libre de la manipulación del hombre en cuanto el Okeanos urobórico se doblegó, así, a la inversa, la sustancia interior del hombre era a priori permeable para la profundidad imaginal de los acontecimientos y las exigencias que éstos le planteaban, mientras el hombre no se hubiera convertido en un círculo cerrado y autocontenido. La terapia reichiana de la coraza del carácter tampoco sirve de nada, pues se produce mucho después del hecho y no llega a la raíz del asunto. De hecho, intenta fijar el problema tratando de conseguir precisamente el Okeanos interiorizado en un flujo renovado y aumentado.

Okeanos era, como hemos dicho, pura corriente. Como el hombre ya no está en la corriente circulante del Tiempo, sino que lleva la corriente de la vida en sí mismo, el pulso de la vida depende ahora de él, de cada ser humano individual. Es el hombre quien ahora, con su propio esfuerzo y fuerza de voluntad, tiene que mantener el Tiempo en movimiento. Él debe ser su motor, porque ahora existe como el círculo mismo del Tiempo. ¿Es sorprendente que el hombre moderno esté plagado de prisas y tensiones, que se vea obligado a rendir, que tenga que hacer ejercicios físicos y probarse a sí mismo su juventud una y otra vez mientras viva, hasta que un fallo circulatorio o un infarto puedan, al fin y al cabo, ponerle fin inexorablemente, al hombre liberado? ¿Es sorprendente que quien lleva personalmente en sí mismo la corriente fronteriza entre el Ser y el No-Ser esté plagado de neurosis, neurosis cuya naturaleza es ser una especie de formación de compromiso entre alguna fuerza apremiante y obsesiva y el esfuerzo indispensable por liberarse de cualquier telos impuesto, liberarse de cualquier obligación fatídica que ate mi naturaleza y mi vida?

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1 Ivan Illich, H2bO y las aguas del olvido: Reflections on the Historicity of «Stuff» (Dallas: Theballas Institute of Humanities and Culture, 1985), capítulo «Harvey Invents Circulation». Sobre Harvey y el descubrimiento de la circulación sanguínea desde una perspectiva psicológica, imaginal, véase el estudio esencial de James Hillman, «El pensamiento del corazón», Eranos 48-1979 (Frankfurt: Insel, 1981), pp. 133-82.

2 Karl Kerényi, Die Mythologie der Griechen, vol. I (München: Deutscher Taschenbuch Verlag, 1979), p. 19. Mi traducción.

3 Erik Hornung, Der Eine und die Vielen (Darmstadt: Wiss. Buchgesellschaft, 1971), esp. pp. 154 y 276 s.

4 Hermann Bengtson y Vladimir Milojcic, Großer Historischer Weltaltlas, Erläuterungen I. Teil (München: Bayerischer Schulbuch-Verlag, 1954), col. 58.

5 Kerényi, ibídem, cursiva y traducción mía.

6 Hornung, op. cit., p. 154.

7 Kerényi, ibid.

8 Platon, Phaidon, 112 d y e.

9 Véase Weizsäcker, «Okeanos» en W. H. Roscher, Ausführliches Lexikon der und römischen Mythologie, 816.

10 David L. Miller, «Achelous and the Butterfly: Toward an Archetypal Psychology of Humor», en Spring 1973, pp. 1-23, en la p. 8.

11 El proceso de la «inversión del Ser» se trata brevemente en mi artículo «Saving the Nuclear Bomb», en Valerie Andrews, Robert Bosnak, Karen Walter Goodwin (eds.), Facing Apocalypse (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 96-108, y con mayor extensión en mis dos volúmenes sobre el Psychoanalyse der Atombombe (Die Atombombe als seelische Wirklichkeit. Ein Versuch über den Geist des christlichen Abendlandes (Zürich: Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe, 1988) y Drachenkampf oder Initiation ins Nuklearzeitalter, ibíd. 1989).

12 Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought about the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Los orígenes del pensamiento europeo sobre el cuerpo, la mente, el alma, el mundo, el tiempo y el destino), reimpresión de la edición de 1951 de Cambridge University Press, Nueva York: Arno Press, 1973, especialmente las páginas 249 y siguientes, 316 y siguientes, 411 y siguientes, 443 y siguientes.

13 My People, The Incredible Writings of Credo Vusa’mazulu Mutwa (Harmondsworth: Penguin, 1971), p. 54, citado de Heino Gehrts, «Initiation», en GORGO 8, 1985, p. 11.

14 Véase Erik Hornung, «Die Entdeckung des Unbewußten in Altägypten», GORGO 9, 1985, p. 63.

15 Sobre Ananke véase James Hillman, «On the Necessity of Abnormal Psychology-Ananke and Athene», Eranos 43-1977 (Leiden: Brill, 1974). Versión ampliada en: Facing the Gods, ed. James Hillman (Irving: Spring, 1980).

16 En relación con el tema de la esclavitud, véase Hillman, op. cit. (Facing the Gods) p. 6 y nota 12 (p. 34).

17 Heino Gehrts, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2/1979, p. 62, quien, por otra parte, subraya que el mandala puede al mismo tiempo representar también lo contrario, la eternidad en pie del Dios único.

18 Cf. David Holt, «Jung and Marx: alchemy, Christianity, and the work against nature», en Harvest 1975, p. 50 y ss.

De los amores imposibles

Logos del alma

“La culpa es de uno cuando no enamora/ y no de los pretextos/ ni del tiempo.”

Mario Benedetti

En terapia, pero también en la vida cotidiana, se escucha la queja constante por los amores imposibles, que dejan una honda huella de insatisfacción en las almas de los consultantes, ellos son fuente de anhelo, de tristeza, pero sobre todo de rencor, porque guardan la semilla petrificada de la promesa de una felicidad que aquel otro sujeto se negó a cultivar, lo que al sufriente le parece una insensatez, pues ¿cómo ese otro pudo cortar una veta tan rica de placer? ¿cómo pudo cerrar las puertas del paraíso con las espadas llameantes de la distancia y de la indiferencia?

En las antiguas novelas caballerescas se observa el motivo común del caballero que en la búsqueda constante de gestas heroicas guarda un compromiso amoroso con una damisela virgen, la cual debe permanecer inmaculada para poder permitir que el héroe lleve a cabo sus encomiendas. Un tema semejante lo podemos encontrar en los autores del renacimiento que enamorados de una hermosa joven dedicaban sus obras a la figura de ésta musa que nunca podrían tener de manera carnal para ellos mismos. Así, Dante podía escribir sobre su amor por Beatriz o Petrarca hacer lo propio ante la figura de Laura, tan solo habiéndolas conocido de forma breve, prendados de la imagen evocada por ellas.

Es interesante constatar la importancia de la figura psiquica de lo femenino en la psicología de Jung ya que ésta tiene como propósito la representación de la vida animica del individuo, dicha imago no pertenece a un genero especifico sino que es la vivencia humana de la interioridad de los procesos psíquicos, por ello es identificada con el concepto mitico de alma. Esta mujer primordial es la fuente y el fin de los deseos particulares, es la gran dadora de vida y el árbol que otorga el fruto interminable, es el paraíso y la madre nutricia. Sin embargo, como Jung constataba, todo arquetipo tiene una parte oscura que les es inherente, por ello esta figura magnifica también debía ser la oscura caverna, la harpía devoradora, la Lilith asesina de infantes y, sobre todo, la negadora del placer y de la vida. En la imagen de lo femenino, por lo tanto, convive la promesa eterna de felicidad y su denegación ineludible.

El caballero novelesco requería, por tanto, escindir el arquetipo de lo femenino en dos lugares antagónicos, por un lado la bellísima doncella virginal y por el otro el dragón que la custodiaba, e incluso en casos específicos, como en el de Sir Gawain existir como la dualidad entre la esposa nocturna y la terrible bruja diurna. Dicha separación tenia el proposito de permitir que el ego pudiera forjar su estructura más allá de la conjunción incestuosa de lecho materno, por ello la imagen de la mujer debía ser inalcanzable y permanecer en el horizonte, ella tenia que ser la experiencia del deseo pero a la vez la negación de sí misma, para poder ser despedazada una y otra vez y de sus restos crear el cosmos.

Los rumores de este hito en la historia de la consciencia aun resuenan en las búsquedas amorosas de los hombres modernos, que nacidos de esta división inconfesable entre la mujer anhelada y su carácter de inasible, pueden correr tras su deseo sin el peligro de ser devorados nuevamente, pero el precio de constituirse como seres humanos es la eterna insatisfacción y un vacío que no puede ser nunca realmente llenado, y que no debe ser satisfecho ya que es la marca de su existencia, la piedra que como sisifos han de cargar absurdamente de manera ciclica.

En la vida cotidiana esto implica que es posible deshacerse de esta experiencia y encarnarla en un chivo expiatorio que cargue con la culpa de tal desazón, es así que el otro se convierte en la imagen viva de la imposibilidad del amor, entonces el amado se vuelve el responsable de la parte más desdeñosa de la existencia, es el culpable del dolor y del sufrimiento, así como lo ha sido en otro momento del signo de la felicidad; ante los ojos anhelantes se ha transfigurado en un ser hueco que personifica la falta, pero que ademas es el causante de la misma. Es de esta forma que amar se vuelve un crimen perfecto, pues la propia herida se traslada al prójimo y se le pide que se haga cargo de ella.

El amor es fruto de una promesa incumplida, pero el sujeto ha de tomar la decisión sensata de poder abrir su mirada al otro y permitir que éste sea tal como es, porque amar conlleva la resolución de aceptar la falta como algo inherente y poder apreciar aquello con lo que si se cuenta, a sabiendas de que esto es un don particular, pasajero e inmerecido. No obstante, la protesta del individuo moderno porque su semejante tome en sus hombros el peso de la existencia que no le correponde, muestra la rabieta infantil de quien, en un empeño narcisista, se obstina por no abrir su mirada al otro, deseando ser sostenido por los padres, por una pareja o por los amigos, debido a ello los idolatra y los culpa al mismo tiempo por hacer del amor un imposible, que no es otra cosa sino la proyección de su propia imposibilidad de amar.

La psicoterapia es, antes que nada, un negocio

Logos del alma

Solo por medio del autoengaño los psicoterapeutas podemos adornar la labor terapéutica como la búsqueda del verdadero ser, de la individuación o del bienestar del paciente y observar el espacio terapéutico como un antiguo y sagrado temenos. Lo cierto es que la psicoterapia es, antes que nada, un negocio que vende un producto especifico: la narrativa posmoderna del sujeto como objeto de mercado o la búsqueda del significado, que no es sino un escape, entre tantos, de la consciencia de la inanidad del hombre que vaga desnudo por su propia existencia.

Tampoco es, esencialmente, una labor de ayuda, pues en cuanto la psicoterapia trata de ser una actividad de indulgencia se topa indefectiblemente con las relaciones transferenciales que limitan la acción del terapeuta y que convierten al paciente en el objeto del gozo del psicólogo. Así mismo, la psicología nada tiene que ver con el mejoramiento del mundo ya que su narrativa está al servicio de un dogma particular que es la acumulación y la proliferación del capital, que se dirigen a la logizización del mundo y su conversión en mera información, a la encarnación del Logos, paradójicamente, al precio de la destrucción de todo sustrato positivo.

Pero el hecho del trasfondo pecuniario de este trabajo no funge en detrimento de su dignidad, pues el terapeuta es un sujeto atado a su entorno social, que requiere un medio para vivir y las herramientas necesarias para su profesionalización. Hay un mercado que requiere su acción y su preparación. La inflación de su labor, al contrario, con términos míticos o alusiones a contextos sagrados, o con objetivos humanitarios, no permite ver la importancia justa de su actividad y la ensalza de forma neurótica, condenando el trabajo en terapia a la búsqueda de subterfugios ante la banalidad de su propósito.

La psicoterapia es una forma de ganarse la vida, por medio de una vía determinada por el espíritu de la época y depende del terapeuta hacerlo eficazmente y, si es posible, con un tanto de honestidad.

La demanda de honestidad y transparencia en la pareja

Logos del alma

En las relaciones de pareja aparece de forma constante la demanda por la honestidad, uno o ambos miembros acusan al otro de no ser abierto, de ocultar cosas, de ser emocionalmente infieles, pretenden así que su pareja sea totalmente transparente a su vista, que no haya secretos en su trato cotidiano. Sin embargo, se puede entender que esta solicitud no solo ocurre como una petición de los individuos, sino que, de igual modo, es una búsqueda cultural condenada, por supuesto, al fracaso. Byung-Chul Han dice: “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad […]. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales […]”, por lo tanto, se puede asumir que la solicitud de la honestidad radical en realidad tiene que ver con un deseo implícito de dominio completo del otro, que no solo es el prójimo sino la misma alteridad como concepto, aquello Otro que a su vez es el propio alter-ego.

El psicoterapeuta sabe que el grado de honestidad que se idealiza es irrealizable, nadie puede acceder a tal magnitud de apertura ante sí mismo, pues existen un conjunto de mentes autónomas que se contraponen a la visión de la realidad unificada del paciente. El síntoma, por ejemplo, está estructurado como un lenguaje (en este sentido es un mito), él mismo habla y piensa de forma narrativa sobre un deseo particular, tiene un telos propio y dicha finalidad no siempre es igual a la que la persona desearía ya que la expresión patológica prefiere sendas ajenas a la normalidad. La soberanía del síntoma es un residuo de aquella antigua experiencia maniaca donde un dios se imponía sobre el albedrío de las personas y actuaba a través de ellas; en la actualidad el carácter inescrutable de lo divino aun mora como la interioridad lógica de todo proceso experimentado.

Por lo tanto, hay múltiples discursos en el individuo, quien es nombrado así solo a modo de un eufemismo, que lo protege de la multiplicidad que verdaderamente es, pues su nombre real es Legión. Por eso la continuidad en la terapia es una ilusión, el terapeuta debe preguntarse en cada sesión: “¿quién acude hoy a este encuentro?” y entonces construir lentamente un altar para recibir a ese huésped casi siempre indeseado. A su vez, el miedo, en el contexto del consultorio, por que el paciente pueda mentir tiene que ver con aquel ya mencionado en el caso de la pareja, ahí se trasluce la petición inconsciente de ejercer poder sobre el cliente e imponer la voluntad propia (que nunca es realmente propia), en forma del diagnostico o de la interpretación sobre el Otro.

No obstante, la mentira tiene muchas funciones, una de ellas es la emancipación del sujeto, su consolidación como alguien separado de un medio determinado. El niño que miente a sus padres, lo hace para crear un lugar donde resguardarse de la omnisciencia de ellos, es así como se crea el secreto, por medio de una distancia infranqueable, pues el infante no es otra cosa sino una traición constante, que en pos de ser él mismo tiene que llevar a cabo de manera intermitente el cruel acto de la felonia. Esa separación, que ocurre como una herida narcisista, es el proceso necesario para poder ser uno mismo, que Jung llamó La individuación.

Por todo esto, se comprende que la honestidad y la mentira siempre van juntas y que no es posible saber donde empieza una y comienza otra, pero la empresa moderna por querer ser totalmente transparentes desvía la negatividad del fenómeno hacia las personas circundantes y es entonces que los otros tienen que encarnar el secreto, las oscuras vías de la voluntad del Otro, de aquello que los psicoanalistas denominarón como lo inconsciente.

Los miembros de la pareja se esfuerzan por someter aquello que no comprenden, quieren operatividad completa, un domino inmarcesible que los acerque al objeto del gozo que nadie jamas alcanzará; así surge, debido al énfasis unilateral en la transparencia, la fantasía del rompimiento, de la separación. Se alza entonces la búsqueda por la autodeterminación, o la lucha contra el dragón, pues el control absoluto de la Gran Madre precede siempre al acto heroico de la muerte del gran Satán o el rompimiento del huevo cósmico, y ya que el secreto es inalcanzable, porque tiene una inteligencia propia, éste se escapa constantemente de nuestra necesidad de retenerlo, es así que busca lugares para refugiarse, en la infidelidad, en una familia secreta, en la adicción o en la perversión, en un síntoma que se estructure como una mentira, como un mito, que permita la vivencia de la separación y la autonomía ante la exigencia de una vida emocional imposiblemente diáfana.