La curación y el aprendizaje son vías, pero no fines, del trabajo psicológico

Logos del alma

La actividad del psicólogo es un tema que aún no queda del todo claro. Sus múltiples fuentes funcionan como lastres que atan sus objetivos a los de facetas ya superadas de la propia historia epistemológica de éste saber. A veces, el psicólogo se confunde a sí mismo con una especie de médico de almas y su trabajo se define como la búsqueda de entelequias morales tales como la salud mental y el crecimiento personal. En otras ocasiones se enmaraña con el rol del educador que instruye con su sabiduría a una sociedad carente de certidumbres y de normas adecuadas, para producir buenos ciudadanos y contribuir al progreso social.

Pero la visión que se tiene de la psicología es cambiante y depende de la metáfora raíz a través de la cual se interprete la realidad y sus fenómenos. Dichos esquemas no son algo que las personas puedan concebir sencillamente, ya que solo se puede llegar a ellos a través del arduo ejercicio de la reflexión del fenómeno. A este proceso James Hillman lo llamó “transparentar” o “psicologizar”.

De forma muy distinta a la tendencia psicologista de la cultura contemporánea, que pretende someter a la realidad a los preceptos de una ciencia con objetivos morales inadvertidos, la tarea de psicologizar sugiere el camino que hace el pensamiento por ahondar en los hechos cotidianos que pudieran parecer fijos. Tales hechos son imágenes e ideas que se despliegan de forma corriente y que constituyen el psiquismo que las personas, erróneamente, consideran propio.

En realidad, el psiquismo es una transmutación que ocurre de forma autónoma y que utiliza a las personas para poder probar nuevas vías de acción. Pareciera como si su telos fuera únicamente la plena investigación de sus múltiples configuraciones. El trabajo de psicologizar conlleva el pleno reconocimiento de que el objeto de la psicología es un componente absuelto de la necesidad de mantener su faceta positiva y que debe presentarse bajo la efigie de imágenes patológicas que indican la negatividad de su naturaleza.

Por lo tanto, y sin un punto arquimédico donde apoyarse, la psicología asume que su objeto no es otra cosa que ella misma. Su estudio no hace referencia a nada fuera de sí, por que es una ciencia recursiva, tautológica, de tal manera que Jung podía decir que en los sueños, en las fantasías y en los mitos el alma siempre habla de sí misma.

Así, se puede entender que el opus psicológico es el mantenimiento del carácter redundante del fenómeno anímico. Lo que se estudia no se dirige a la reproducción de un ethos particular, ni a la búsqueda del bienestar de los individuos o a la educación de las personas. Más bien, la labor del profesional de la psicología es la constante reflexión del alma sobre sí misma y todo su esfuerzo está puesto en confeccionar un pensamiento que pueda estar a la altura de lo pensado en el fenómeno.

Bajo estas premisas el rol del psicoterapeuta tendría de ser interpretado como el procedimiento por medio del cual la psicología se piensa a sí misma en su búsqueda incesante por confrontarse con sus propias contradicciones, a fin de ser consciente de sí. El alma quiere llegar a su propia casa y en ese periplo el psicólogo se afana a ser un digno acompañante, aún a sabiendas de que posiblemente él no podrá llegar al lugar deseado.

Sin esa metáfora raíz, la que corresponde a la psicología, es muy sencillo confundir el trabajo en la consulta con la de otros campos que resultan ajenos. Todos ellos fundan su quehacer en sus metáforas singulares, pero la psicoterapia trata con el alma in extremis, por ello todas sus imágenes, síntomas e ideas, han de ser aceptadas como las vías a través de las cuales el fenómeno vuelve a sí mismo para pensarse de forma compleja.

Si el psicoterapeuta pretende ser médico deberá asumir el fatal destino de la encarnación de la enfermedad en sus pacientes. Si su deseo es enseñar, encontrará la ignorancia imbuida en sus consultantes, ya que todo el que tenga una doctrina hallará adeptos y comprobaciones, porque el alma busca irremediablemente altares para pensar las ideas que habrá de negar en otro momento.

Pero el psicólogo solo atiende al logos del alma, pues ésta es la es la forma vacía donde la psique se confronta a sí misma en el acto dialógico con el que el espíritu de la negación convierte los sucesos en experiencias psicológicas. Tal curso de la investigación anímica en lo real es lo que se puede nombrar como hacer alma, es decir la labor alquímica que eleva el objeto psicológico a su fase de lapis philosophorum.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 2. Prevención del suicidio.

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 24 – 37

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

2. Prevención del suicidio:
Los puntos de vista de la sociología, el derecho, la teología y la medicina 

Una investigación debería comenzar en los campos que más tienen que ver con el suicidio. Allí se puede esperar ayuda para formarse una opinión. Sin embargo, hay que evitar los viejos argumentos a favor y en contra del suicidio y su justificación. Por interesantes que puedan ser, no conducen a un terreno nuevo. Una investigación analítica se diferencia de las demás en que no pretende condenar el suicidio ni aprobarlo, ni siquiera juzgarlo en modo alguno, sino simplemente comprenderlo como un hecho de la realidad psicológica. ¿Cómo ven los demás esta realidad? Es más, una investigación psicológica también debe preguntarse: ¿por qué los demás ven esta realidad de esta u otra manera? Para obtener ayuda a la hora de conformar la propia actitud, hay que investigar qué ha conformado las actitudes de los demás. Y así, la investigación debe comenzar con las raíces de los argumentos suicidas como actitudes psicológicas derivadas de modelos fundamentales de pensamiento que operan en los campos en los que más se discute el suicidio.

Todos nosotros, sea cual sea nuestra vocación, trabajamos a partir de ciertas metáforas raíz. Estos modelos de pensamiento subyacen y rigen nuestra forma de ver los problemas que nos plantean nuestras profesiones. Estas metáforas no son tanto filosofías conscientes cuidadosamente elaboradas como actitudes semiconscientes arraigadas en la estructura de la propia psique. El estudio de las metáforas raíz forma parte de la historia de las ideas. Gracias a las investigaciones de Jung sobre la naturaleza arquetípica de estos modelos fundamentales de ver el mundo, la historia de las ideas se está volviendo más empírica y psicológica, más relevante para la vida real, porque estos mismos modelos de pensamiento operan a través del inconsciente en las actitudes de todo el mundo.

Las metáforas raíz no son algo que podamos coger y desechar a voluntad. Son tradicionales, se transmiten a través de la propia profesión, de modo que cuando asumimos una tarea profesional entramos en un papel arquetípico. Cuando la tradición está viva, su trasfondo arquetípico arrastra a quienes están relacionados con ella. Es más poderosa en muchos aspectos que el individuo, contribuyendo a la eficacia de los esfuerzos profesionales de éste.

Pensemos, por ejemplo, en el sociólogo. La metáfora raíz, que rige sus actitudes y a la que otorga su lealtad, es la Sociedad. Para él, la sociedad es una realidad viva. Le proporciona una forma de comprenderse a sí mismo; le ofrece un modelo de pensamiento del que puede deducir hipótesis, y un campo de hechos donde las hipótesis pueden ser probadas y aplicadas. Los nuevos hechos se relacionarán primero con este modelo, y cuanto mejor puedan ser asumidos por él, más eficaz será el sociólogo.

Émile Durkheim, que puede considerarse el fundador de la sociología moderna, escribió una importante obra sobre el suicidio. Fue el primer estudio exhaustivo desde el punto de vista sociológico, y en ninguna parte se puede encontrar expuesta con mayor claridad la visión del sociólogo sobre el suicidio. A partir de las estadísticas del suicidio, incluso las más crudas del siglo pasado, se puede esperar un número determinado de suicidios en un año dado, y se pueden predecir además los tipos, la edad y el sexo de los suicidas. El sociólogo sabe que el próximo año en Estados Unidos se producirán al menos dieciocho mil suicidios, de los cuales una cierta proporción tendrá lugar en las ciudades, una cierta proporción será de madres jóvenes, una cierta proporción será por ahogamiento, etc. 

Estas cifras son tan fiables en general que el suicidio es un fenómeno sociológico establecido, un hecho independientemente válido, año tras año, grupo por grupo, región por región. Es uno de los hechos sociales básicos y (por lo tanto, para la sociología) no puede explicarse estudiando a los individuos de este año o del siguiente que casualmente forman el cociente esperado. El suicidio es una tendencia colectiva del cuerpo social con existencia propia, que se manifiesta cobrándose anualmente un cierto número de víctimas.

Cumpliendo ciertas condiciones, un individuo se convierte en suicida y luego realiza el intento. Estas condiciones han sido cuidadosamente analizadas por Durkheim y los sociólogos desde su época. Cualquier persona puede convertirse en suicida siempre que entre en estas condiciones sociales particulares que forman una variable estable dentro de cada sociedad. Durkheim: «Las causas de la muerte están fuera y no dentro de nosotros, y sólo son efectivas si nos aventuramos en su esfera de actividad.»

Dado que el individuo está inmerso en la tendencia suicida de un grupo debido a la cual se produce el suicidio, el acto como tal no puede ser moral ni inmoral. No se trata de una elección personal. El suicidio es más bien un problema sociológico, que nos dice algo sobre la condición de una sociedad. Para la sociología, esta condición es siempre negativa. El suicidio representa una relajación de la estructura social, un debilitamiento de los lazos del grupo, una desintegración. Por tanto, ataca la metáfora fundamental de la propia sociología. Como enemigo abierto de la sociedad, hay que oponerse a él y prevenirlo. La sociología se ocupa ardientemente del problema de la prevención, y Durkheim hizo aquí muchas recomendaciones influyentes. El objetivo principal es devolver al individuo a un grupo del que se ha alejado por divorcio o viudez, éxito o fracaso, etc., ya que es el movimiento hacia el aislamiento individual lo que conduce a la tendencia suicida. La prevención del suicidio para la sociología significa el refuerzo del grupo, lo que por supuesto refuerza la metáfora raíz de la propia sociología. Cada vez está más claro por qué a los sociólogos les preocupa tanto el suicidio. También se hace evidente que no es el suicidio la tendencia fundamental que hay que prevenir, sino la influencia desintegradora de la individualidad.

Si la prevención del suicidio se funde con la prevención de la individualidad, un analista difícilmente puede recurrir a la sociología para encontrar su punto de vista. El analista lee los movimientos hacia el aislamiento, la individualidad y el aflojamiento de los lazos con la colectividad desde otra perspectiva. 

Volviendo al punto de vista legal sobre el suicidio, lo encontramos declarado criminal por tres de las grandes tradiciones sobre las que se asienta la justicia occidental: El derecho romano, el derecho eclesiástico y el derecho inglés. En 1809, Blackstone afirmó en la decimoquinta edición de sus Comentarios que, dado que el suicidio es contrario a Dios y al Rey, «la ley lo ha clasificado, por tanto, entre los crímenes más graves».

La prevención del suicidio vuelve a ser el principal objetivo. Blackstone sugiere una forma de contrarrestar el suicidio femenino que al mismo tiempo beneficiaría el estudio de la anatomía. Considera una «ley sabia» que el juez de instrucción entregue el cadáver para que «sea destrozado por el cuchillo del cirujano y expuesto a la vista del público». John Wesley, el primer reformador metodista, tenía una inclinación imaginativa similar. En 1790 también propuso que los cuerpos desnudos de las suicidas fueran arrastrados por las calles. La profanación del cadáver era una forma antigua de mostrar lo atroz del crimen. Hasta 1870 la disuasión contra el suicidio en la legislación inglesa se dirigía principalmente contra la propiedad física del fallecido más que contra el cuerpo físico. Los bienes de quienes se suicidaban estando en su sano juicio se declaraban confiscados a favor de la corona. Hasta 1961 la ley inglesa seguía manteniendo que la herencia del fallecido podía ser penalizada; el seguro de vida no se pagaba al beneficiario a menos que se estipulara previamente. Hoy en día, un encubridor del hecho, como el superviviente de un pacto de suicidio, puede ser considerado en muchos países cómplice de un delito. En algunos estados de Estados Unidos, el intento de suicidio sigue siendo un acto delictivo.

Como la sociología defiende la sociedad, el derecho defiende la justicia. Los principios de la justicia pueden derivarse de tres relaciones: el hombre con Dios, el hombre con sus semejantes y el hombre consigo mismo. La separación de la Iglesia y el Estado y la secularización del Derecho han eliminado en gran medida el primer tipo de justicia del Derecho contemporáneo. La justicia del segundo tipo se refiere a la preservación del contrato social. La familia, las instituciones del Estado, los contratos entre las personas, los deberes y derechos de los ciudadanos, la propiedad de los bienes, todo ello requiere una estabilidad garantizada por la ley. La ley garantiza esta estabilidad tejiendo la continuidad en su tejido, previendo transiciones suaves y eventualidades futuras. La muerte súbita desgarra el tejido, que el jurista cose entonces con hilos procedentes de muchos lugares: derechos de sucesión y titularidad, cláusulas de defunción, testamentos, estructura del impuesto de sucesiones y similares. Las disposiciones relativas a un «caso fortuito» se incluyen en los documentos jurídicos, mientras que la muerte es una eventualidad prevista como «fuerza mayor». Pero esa muerte, aunque repentina, es exógena. Como dice Durkheim: «Las causas de la muerte están más fuera que dentro de nosotros…». La ley sólo parece tener conocimiento de un deus ex machina que actúa desde el exterior. La muerte por suicidio, al originarse en la propia persona, no es ni «fuerza mayor» ni «acto de Dios», sino una derogación unilateral del contrato. Al desgarrar voluntariamente el tejido, rompe la ley.

El tercer tipo de justicia -la relación del hombre consigo mismo- nunca ha sido competencia de la ley propiamente dicha, salvo para proteger al individuo de la pérdida de sus derechos a esta relación consigo mismo por invasiones de otros.

Las garantías de la libertad personal permiten que el hombre tenga justicia interna, pero no describen su naturaleza. Las descripciones de cómo un hombre debe o no debe rendir culto, pensar, hablar, se han considerado incluso infracciones de su justicia interna. Para gran parte del derecho continental, el suicidio parecería pertenecer a los derechos no expresados del hombre. Pero para los tres grandes pilares del derecho occidental, el suicidio no se juzgaba en términos de la relación del hombre consigo mismo. Se juzgaba desde fuera, como si el hombre perteneciera en primer lugar a Dios y al Rey y en último lugar a sí mismo. Una vez más, se nos dice que el hombre no puede servir tanto a su propia individualidad como a su Dios y a la sociedad.

Cuando la ley no reconoce el suicidio como un derecho que hay que proteger, como protege las libertades y las posesiones, ¿no permite que otros atenten contra la relación de uno consigo mismo? ¿No se nos impide entonces desde fuera seguir lo que podemos concebir como nuestro destino? ¿No se nos ordena vivir por ley?

La interferencia con la justicia interna en nombre de la justicia interpersonal o social ha sido realmente grave. La tradición jurídica en Inglaterra ha sostenido que, de todos los tipos de homicidio, sólo el suicidio carecía de justificación o excusa. El suicidio (hasta 1961) siempre se ha considerado un delito grave, un acto de asesinato; mientras que la legítima defensa, la ejecución de la justicia pública y la prevención de un acto delictivo son formas de homicidio justificable. La desgracia, el azar, la resistencia a una detención ilegal y la protección (contra una violación, por ejemplo) son formas de homicidio excusable. En otras palabras, la tradición jurídica ha sido: podemos matar a otros de muchas maneras y por muchos motivos sin infringir la ley. Pero en ninguna circunstancia podríamos justificar o excusar que nos matáramos a nosotros mismos. El argumento dice que no puedo ser «mi propio verdugo». En algunas circunstancias puedo matar a otros con la sanción de la justicia pública, pero sólo la justicia pública puede permitir que un ciudadano salga de su dominio.

La ley no ha establecido un tribunal que decida sobre las peticiones de suicidio, por lo que no hay forma de salirse del contrato social yendo a la muerte intencionadamente, salvo infringiendo la ley. El hombre que se suicidó era culpable y nunca pudo demostrar su inocencia. Un analista que acepte el punto de vista jurídico tradicional nunca podrá justificar un suicidio.

La ley dejó una laguna: la demencia. Al eliminar la aplicabilidad del segundo tipo de justicia, la ley deja espacio para el tercero. Al considerar que un hombre ya no es competente para regirse por las normas del contrato social basado en la razón, su muerte ya no desgarra el tejido. Ya no está entretejido en la estructura legal; su palabra y sus actos están fuera del marco. Para la sociedad racional, en cierto sentido ya ha muerto.

Esto significa, en el peor de los casos, que la justicia se lleva a cabo mediante la difamación del carácter. Para salvarse de ser declarado asesino, uno se definía como lunático. La frase era: «Mientras el equilibrio de su mente estaba perturbado». En consecuencia, el suicidio «cuerdo» se silenciaba o se disfrazaba de accidente.

¿Es ésta también la salida del analista? Difícilmente, ya que su tarea es encontrar la cordura y comprender la razón en los actos de cada individuo. Coincidir con esta opinión legal sería enredar todas las diferencias y declarar como locura cada suicidio, no importa cómo aparezca cada uno desde dentro.

En la búsqueda de la metáfora raíz que sustenta los mandamientos sobre el suicidio y la prevención del suicidio por parte de la ley y la sociedad, debemos recurrir a la Biblia. La ley religiosa precede a la ley secular, y el mandamiento «No matarás» sirve de base tanto para los puntos de vista jurídicos como teológicos.

San Agustín, en su Ciudad de Dios, examina este mandamiento en relación con los suicidios de Judas y Lucrecia (la mujer romana que se suicidó en aras de su casto honor). Agustín interpreta el mandamiento con rigor. Significa simplemente lo que dice; no puede modificarse suponiendo que Dios dijo a Moisés: «No matarás a otros». El suicidio es una forma de homicidio, tal como sostenía la ley. Y al igual que puede decirse que la ley nos ordena vivir, la teología nos ordena vivir.

Para ser coherentes con la interpretación de Agustín, el pacifismo y el vegetarianismo también deberían ser dogmas del cristianismo. Pero la teología, como la ley, sanciona algunos tipos de matanza, favoreciéndolos frente al suicidio. Por ejemplo, el mandamiento «No matarás» no se aplica a las ejecuciones, al sacrificio de animales ni a la guerra. Sin embargo, quitarse la vida es categóricamente un pecado, y un suicidio sui compotes (en posesión de uno mismo) está privado de sepultura eclesiástica en la Iglesia romana. Pero no sólo la Iglesia romana; el protestantismo fundamental, representado por el Consejo Americano de Iglesias Cristianas, aprobó una resolución condenando la posición anglicana favorable a la derogación de las leyes británicas sobre el suicidio (1961):

La muerte por suicidio acaba con toda oportunidad de arrepentimiento. Dios Todopoderoso creó la vida. Es Suya. El asesinato, incluido el suicidio, es una transgresión de Su ley.

¿Por qué la teología teme el suicidio por encima de otras formas de matar? ¿Por qué se ejercita tanto la teología?

El punto de vista teológico surge de la idea de la Creación. «Dios Todopoderoso creó la vida. Es suya». No somos nuestros propios creadores. El sexto mandamiento se deriva del primero y del segundo, que sitúan a Dios en primer lugar. No podemos quitarnos la vida porque no es nuestra. Forman parte de la creación de Dios, y nosotros somos sus criaturas. Al elegir la muerte, uno rechaza el mundo de Dios y niega su condición de criatura. Al decidir uno mismo cuándo ha llegado el momento de dejar atrás la vida, exhibe la monstruosidad del orgullo. Uno se ha colocado en el tribunal donde sólo Dios puede reinar sobre la vida y la muerte. El suicidio es, por tanto, el acto de rebelión y apostasía de los teólogos, porque niega el fundamento mismo de la teología. Veámoslo.

La teología es el estudio de Dios, y el experto en este estudio es el teólogo. La palabra de la teología sobre Dios y la religión tiene autoridad. Cuando tú o yo nos planteamos tomar nuestras vidas, escuchando a Dios a nuestra manera, ya no seguimos a la autoridad. Nos erigimos en teólogos. Estudiamos a Dios de forma independiente. Esto bien puede conducir a engaños religiosos y a la anarquía teológica, con cada hombre teniendo su propio Dios, su propia secta, su propia teología. Sin embargo, ¿de qué otra forma puede cada uno encontrar al Dios inmanente, o experimentar la noción teológica de que el alma humana es el templo de Dios en su interior? El libro del Eclesiastés afirma que hay un tiempo para morir. Si Dios conoce este tiempo, ¿cómo se le dice al hombre? La teología nos haría creer que Dios sólo puede hablar a través de los acontecimientos de la fortuna, porque la muerte sólo puede venir de fuera. Una vez más, al igual que con la sociología y el derecho, la muerte debe ser exógena, visitada sobre nosotros a través del mundo: enemigo, accidente o enfermedad. No la llevamos dentro; no reside en el alma.

Pero, ¿no puede Dios hablar a través del alma o instar a una acción a través de nuestra propia mano? ¿No es una arrogancia por parte de la teología poner límites a la omnipotencia de Dios que la muerte deba llegar siempre de formas que no amenacen la metáfora de la raíz teológica? Porque no es Dios ni la religión lo que el suicidio niega, sino las pretensiones de la teología sobre la muerte y la forma en que debe entrar. El suicidio sirve de aviso a la teología mostrando que uno no teme sus antiguas armas: el más allá y el juicio final. Pero de ello no se sigue que el suicidio, por ser antiteológico, deba ser impío o irreligioso. ¿No puede ser también el suicidio provocado desde dentro una forma de que Dios anuncie la hora de morir? Como escribe David Hume en su breve ensayo «Sobre el suicidio»:

Cuando caigo sobre mi propia espada, por lo tanto, recibo mi muerte igualmente de manos de la Deidad como si hubiera procedido de un león, un precipicio o una fiebre.

El pensamiento rabínico, y también el precedente de Santa Apolonia en la Iglesia romana, muestran el camino hacia una justificación religiosa del suicidio. Entre los primeros mártires había una, Apolonia (m. 249), que se arrojó a las llamas y fue santificada porque su muerte fue por Dios. Esto contradecía a la multitud de mártires cristianos que, aunque iban intencionadamente al matadero, nunca levantaron sus propias manos contra sí mismos. El suicidio como martirio fue siempre la posición judía. En lugar de realizar bajo coacción las abominaciones de los tres pecados más grandes – idolatría, incesto y asesinato – se justifica el suicidio. Se convierte en una forma de martirio como sacrificio para la santificación de Dios. En otras palabras, incluso la teología puede justificar el suicidio cuando el acto está relacionado con Dios y tiene carácter religioso. Sin embargo, sólo el dogma teológico puede decidir lo que es o no es para la santificación de Dios. Así, el dogma determina la descripción de un acto religioso.

Decidir si un acto es meramente un pecado teológico o verdaderamente irreligioso no depende del dogma, sino de la evidencia del alma. El dogma ya ha emitido su juicio. Puesto que Dios no se limita sólo a los dogmas de las teologías, sino que puede revelarse, y de hecho se revela, también a través del alma, es al alma a la que hay que buscar la justificación de un suicidio. En otras palabras, el analista no puede esperar ayuda del teólogo, sino que se ve obligado a afrontar el problema en su propio terreno.

Por último, hablemos de la medicina y del médico. La principal precaución del médico es primum nihil nocere por encima de todo, no dañar nada. Sus tareas son prevenir la enfermedad; tratar, curar y sanar cuando sea posible; consolar siempre; reparar y animar; aliviar el dolor; descubrir y combatir la enfermedad; todo ello con el fin de promover el bienestar físico, es decir, la vida. Hay que oponerse a todo lo que vaya en contra de estos objetivos, porque pone en peligro la metáfora fundamental: promover la vida. Cuando estos objetivos entran en conflicto entre sí, como por ejemplo cuando reparar puede inducir dolor, o dañar curar, o el consuelo de la morfina inducir enfermedad, se establece una jerarquía de objetivos. Pero siempre en primer lugar en esta jerarquía está la promoción de la vida.

La medida del éxito de un tratamiento médico, es decir, si se está produciendo o no el fomento de la vida, se juzga por el comportamiento físico. El médico se basa principalmente en estándares cuantitativos de actividad, como el pulso, la temperatura, el metabolismo basal, el recuento sanguíneo y la presión, así como en refinados análisis de secreción y rendimiento. Para la medicina el fomento de la vida es la vida orgánica, la vida del cuerpo. Interpreta su regla, primum nihil nocere, en términos del cuerpo, preguntándose si sus acciones ayudan o perjudican la vida física. El efecto de un tratamiento sobre la psique no es su principal preocupación en la jerarquía de objetivos.

Por lo tanto, en nombre de este fin – promover la vida – el médico puede estar justificado para utilizar cualquier medio para evitar que un paciente se quite la vida. En realidad, al médico no le concierne si las medidas empleadas para capturar, calmar, aislar y hacer accesible para entrevista a una persona empeñada en autodestruirse destruyen aspectos de ese yo que el médico intenta ayudar. El propio modelo médico respalda la norma estándar: cualquier indicio de suicidio, cualquier amenaza de muerte, exige la acción inmediata de cerrojos y fármacos y un tratamiento de vigilancia constante habitualmente reservado a los delincuentes.

No se espera que el médico moderno se preocupe por el alma de su paciente, excepto cuando la psique del paciente interfiere con la salud física. Los remedios psicológicos no se recomiendan como fines en sí mismos, sino como medios al servicio de la idea que tiene el médico del buen funcionamiento fisiológico. Él reduciría al mínimo la interferencia de la psique en el buen funcionamiento de un sistema fisiológico sano. El médico estaría de acuerdo en que este bienestar fisiológico tiene como objetivo final la base sólida para el bienestar general – cultural, social, psicológico. Pero su atención sigue centrada en la promoción inmediata de la vida y, como buen jardinero, presta atención a las condiciones materiales a partir de las cuales puede florecer el crecimiento psíquico.

Su tarea no consiste en este crecimiento psíquico, ni en evaluar sus acciones en términos de la psique. Su medida del éxito depende totalmente de la medición de las funciones corporales. Nada puede medirse si no se cuantifica. La representación de la medida médica, la que resume los mayores logros de la medicina en la promoción de la vida, es la curva de esperanza de vida. Promover la vida ha llegado a significar prolongar la vida. Cuando un paciente «mejora», significa que «vive más». La mejora es cuantitativa, y la medicina se deja llevar por la ecuación: buena vida = más vida.

Pero la vida sólo puede prolongarse a costa de la muerte. Por lo tanto, promover la vida también significa posponer la muerte. La muerte, como única condición para la que la medicina no tiene cura, es el archienemigo de toda la estructura. El suicidio, que pone fin a la vida médica del paciente, se convierte entonces en la principal condición a combatir. Al servir a la vida del paciente, el médico tiende ahora a servir sólo a un aspecto de ella: su duración. Incluso su comodidad sirve en última instancia a este fin, porque el médico está obligado a aplazar la muerte con todas las armas que pueda. Sin embargo, la vida más sana del mejor cuerpo avanza cada día hacia su muerte.

Con esta interpretación de su tarea de promover la vida, con este relativo desinterés por los efectos psicológicos de su acción, ¿cómo puede el médico abordar objetivamente el problema del suicidio? Su obligación para con su profesión le tiene tan apegado a un dogma como a cualquier teólogo que defiende los artículos de su fe. Su metáfora raíz, tal como se interpreta hoy en día, no le permite otra alternativa que defender la continuación de la vida física a toda costa. El suicidio acorta la vida; por tanto, no puede promover la vida. El médico no puede acompañar al paciente en la exploración de la muerte. En cualquier momento, el riesgo de su realidad puede obligarle a retroceder. La metáfora de la raíz médica compromete al médico con un punto de vista significativo y noble, pero sus límites se alcanzan cuando se enfrenta a la investigación del suicidio. El suicidio significa la muerte, el archienemigo. El suicidio está prejuzgado por el modelo médico de pensamiento. Sólo puede entenderse médicamente como un síntoma, una aberración, una alienación, que debe abordarse desde el punto de vista de la prevención. Los modelos desde los que los cuatro campos más relacionados con el suicidio consideran el problema no son de ninguna ayuda para el analista. Todos ellos prejuzgan el suicidio, en parte porque el suicidio amenaza las metáforas fundamentales sobre las que se asientan. Por lo tanto, todos tienen ciertos rasgos en común. Su principal preocupación es la prevención del suicidio porque sus modelos están teñidos de pavor a la muerte. Este temor se debe a que no encuentran un lugar adecuado para la muerte en sus modelos de pensamiento actuales. Conciben la muerte como algo exógeno a la vida, no como algo alojado en el alma, no como una posibilidad y una elección continuas. Al admitir esto, estarían admitiendo el suicidio, amenazando así sus propios fundamentos. Ni la Sociedad, ni el Derecho, ni la Iglesia, ni la Vida estarían entonces a salvo.

Desde los puntos de vista de la sociología, el derecho, la teología y la medicina, la prevención del suicidio es un objetivo legítimo. Puede que sea correcto y necesario en todos los aspectos excepto en uno: hacer frente al riesgo de suicidio en esos comparativamente pocos individuos en la práctica analítica. La línea tradicional es defendible y ciertamente muy antigua; sin embargo, merece ser examinada desde un punto de vista totalmente ajeno a los propios campos. Algunos pensadores lo han hecho, en particular Donne, Hume, Voltaire, Schopenhauer, pero no son suficientemente modernos. Les ha faltado el punto de vista psicológico que tomaría por objetivo las metáforas raíz de estos campos mismos en lugar de discutir sobre sus ideas del suicidio derivadas de estas metáforas. En otras palabras, ¿es el suicidio incompatible con el propio modelo? Si es así, entonces la prevención del suicidio no es más que una forma encubierta del prejuicio suicida, que a su vez se basa en un pavor fundamental a la muerte. Si la prevención del suicidio es un prejuicio y un analista se opone a ella basándose en que no conduce a comprender el suicidio como un hecho psicológico, esto no implica en absoluto que uno esté por tanto «a favor del suicidio». Una vez más, no se trata de estar a favor o en contra del suicidio, sino de lo que significa en el psiquismo.

Por lo tanto, nuestra tarea es otra: elaborar el punto de vista analítico. Basta concluir aquí que el analista no puede tomar prestado su enfoque de sus colegas, quienes, si bien pueden apoyarse mutuamente, no ofrecen ningún apoyo a un analista inquieto que se enfrenta a la posibilidad del suicidio en su trabajo cotidiano.

El punto de vista analítico tendrá que surgir independientemente de estos cuatro campos, porque el suicidio muestra esta independencia de la psique con respecto a la sociedad; el derecho, la teología; e incluso con respecto a la vida del cuerpo. El suicidio es una amenaza para ellos no sólo porque no presta atención a las advertencias de sus tradiciones y se opone a sus metáforas fundamentales, sino en gran medida porque afirma radicalmente la realidad independiente del alma.

El suicidio y el alma. I. Suicidio y análisis. 1. El problema

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 13 – 23

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. El problema

Las cosas naturales para la especie no siempre lo son para el individuo.

– John Donne, Biathanatos, A declaration of that Paradoxe or thesis, that Self-homicide is not so Naturally Sine, that it may never be otherwise

Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Todo lo demás… viene después. Son juegos; primero hay que responder.

– Albert Camus, El mito de Sísifo

A pesar de las apariencias, el establecimiento del orden y la disolución de lo establecido escapan en el fondo al control humano. El secreto es que sólo lo que puede destruirse a sí mismo está verdaderamente vivo.

– C. G. Jung, Psicología y Alquimia

¿No nos corresponde confesar que en nuestra actitud civilizada hacia la muerte estamos una vez más viviendo psicológicamente por encima de nuestras posibilidades, y que debemos reformarnos y dar a la verdad lo que le corresponde? ¿No sería mejor dar a la muerte el lugar que le corresponde en la actualidad y en nuestros pensamientos, y dar un poco más de prominencia a esa actitud inconsciente hacia la muerte, que hasta ahora hemos suprimido con tanto cuidado… Si vis vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.

– Sigmund Freud, Pensamientos sobre la guerra y la muerte

Oh construye tu barco de la muerte, oh constrúyelo a tiempo y constrúyelo con amor, y ponlo entre las manos de tu alma.

– D. H. Lawrence, «Barco de la Muerte»

1

El problema 

CUALQUIER consideración cuidadosa de la vida conlleva reflexiones sobre la muerte y la confrontación con la realidad significa enfrentarse a la mortalidad. Nunca llegaremos a comprender plenamente la vida hasta que estemos dispuestos a luchar con la muerte. No necesitamos postular una pulsión de muerte ni especular sobre la muerte y su lugar en el esquema de las cosas para hacer una simple observación: toda preocupación profunda y compleja, ya sea en uno mismo o con otro, lleva en sí el problema de la muerte. Y el problema de la muerte se plantea más vívidamente en el suicidio. En ningún otro lugar la muerte está tan cerca. Si queremos avanzar hacia el autoconocimiento y la experiencia de la realidad, la indagación sobre el suicidio se convierte en el primer paso.

Porque el análisis es precisamente una consideración tan cuidadosa de la vida, se ocupa de las cuestiones de la muerte. Proporciona la situación humana intensa para centrar las cuestiones esenciales, convirtiéndose así en un paradigma de la vida. Todo se desnuda dentro de una pequeña habitación, entre dos personas, en secreto y en el vacío. Los temas siniestros tienen cabida porque el análisis es una actividad más de la mano izquierda que de la derecha. Se ocupa de tabúes y se inscribe en un tabú propio. El objetivo de la adaptación al orden social es de la mano derecha, del asesoramiento consciente. Pero el análisis incluye también la izquierda. Revela al hombre inferior allí donde es torpe y siniestro, y donde el suicidio es un asunto real. El análisis da a la mano izquierda la oportunidad de vivir conscientemente su propia vida sin que la mano derecha, sentada para juzgar, sepa lo que está haciendo. La mano derecha nunca puede conocer a la izquierda, sólo interpretar y transponer.

Por lo tanto, al abordar la cuestión del suicidio a través del análisis, tenemos una posibilidad que no nos dan las estadísticas, los estudios de casos ni la literatura de investigación, todos ellos métodos inventados por la mano derecha. Dado que el análisis es la vida en microcosmos, especialmente el lado oscuro, lo que se descubre en él es ampliamente aplicable en otras relaciones personales cercanas en las que la razón no basta. Los descubrimientos pueden trasladarse al problema del suicidio tal y como puede plantearse en cualquier otro momento de la vida. 

Y es en la vida donde surge el suicidio. En contra de la imaginación popular, es más probable que el suicidio se produzca en el hogar que en el manicomio. Le ocurre al famoso del que leemos, o al vecino de al lado, o en la familia… o en uno mismo. Como cualquier giro de la fortuna -amor, tragedia, gloria-, el suicidio sólo es materia para el psiquiatra cuando está distorsionado, sólo cuando forma parte de un síndrome psicótico. En sí mismo, el suicidio no es ni síndrome ni síntoma. Por lo tanto, esta indagación puede no ser especializada, sino que abordará el suicidio en el escenario humano del análisis, es decir, tal como podría aparecer y aparece en el curso normal de cualquier vida.

El suicidio es el problema más alarmante de la vida. ¿Cómo se puede estar preparado para ello? ¿Cómo entenderlo? ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué no se hace? Parece irrevocablemente destructivo, dejando tras de sí culpa y vergüenza y un asombro sin esperanza. Lo mismo ocurre en el análisis. Para el analista, es aún más complejo que la psicosis, la tentación sexual o la violencia física, porque el suicidio representa el epítome de la responsabilidad que carga un analista. Además, es fundamentalmente insoluble porque no es un problema de la vida, sino de la vida y la muerte, lo que conlleva todos los imponderables de la muerte. La consideración del suicidio conlleva también la consideración de las ultimidades. Al descubrir su postura frente a este problema, el analista también estará formando su actitud frente a las cosas primeras o últimas, girando y dando forma al recipiente de su vocación.

Las opiniones de un analista sobre la religión, la educación, la política, el adulterio y el divorcio, incluso sobre las vacaciones, la bebida, el tabaco y la dieta, no deben interferir en su trabajo analítico. Durante su formación tiene en cuenta sus propias creencias, hábitos y ética para que no supongan un obstáculo para la otra persona. Dado que el punto de vista personal no es suficiente para resolver los problemas de la hora analítica, la formación tiene como objetivo aumentar la objetividad. Cuando el suicidio es el problema del momento, cabe esperar que el analista haya alcanzado un punto de vista consciente más allá de sus preocupaciones subjetivas. Pero, ¿cómo desarrolla un analista la objetividad sobre el suicidio?

La objetividad implica franqueza, y la franqueza sobre el suicidio no es fácil de conseguir. La ley lo considera criminal, la religión lo califica de pecado y la sociedad le da la espalda. Durante mucho tiempo se ha tenido la costumbre de silenciarlo o excusarlo con la locura, como si fuera la principal aberración antisocial. La objetividad nos sitúa inmediatamente fuera del colectivo. La apertura al suicidio significa algo más que adoptar una postura individual contra la opinión moral colectiva. Una investigación objetiva en este campo traiciona de algún modo el impulso de la vida misma. La cuestión planteada en esta indagación conduce necesariamente más allá del contacto con la vida. Pero sólo la muerte está más allá del contacto con la vida, de modo que la apertura al suicidio significa ante todo un movimiento hacia la muerte, abiertamente y sin temor.

Es una cuestión práctica. Llega una persona nueva y se le notan marcas en la muñeca. Durante las primeras entrevistas sale a relucir que hubo dos intentos de suicidio hace algunos años, en secreto y casi con éxito. La persona quiere trabajar sólo con usted porque una amiga se la recomendó y no se atreve a confiar en nadie más. Al aceptar a esta persona, aceptas la amenaza de que en la próxima crisis vuelva a intentar suicidarse, pero es tu trabajo mantener una tensión analítica que no rehúya las crisis.

Otro tiene cáncer y sufre dolores cada vez más intensos. Por razones familiares y económicas, considera que debe morir ahora en lugar de sufrir -y hacer sufrir también a su familia- las últimas etapas de su tiempo médicamente previsto. Tampoco quiere morir drogado, aturdido por el dolor y privado de experimentar la muerte. Por su estado de ánimo, sus sueños y sus convicciones religiosas, está seguro de que ha llegado el momento de morir. Ha alcanzado un punto de vista filosófico y no quiere agotar sus fuerzas en argumentos. Busca tu simpatía y guía durante este paso final.

Un joven se salva por los pelos de morir en un accidente de coche. Sueña que vive el problema del suicidio, pero que aún no debe mirarlo porque todavía no es lo bastante fuerte para afrontarlo. Se preocupa porque no puede sentir el impacto del sueño, pero sabe en alguna parte que está en peligro. Quiere resolverlo contigo. Si sigues el sueño y no analizas el problema con él, puede volver a tener un accidente, un sucedáneo de suicidio. Si sigues su preocupación y analizas el problema del suicidio con él puede que no sea capaz de gestionarlo, y el sueño podría hacerse «realidad».

Una cuarta persona recibe extraños mensajes de un idolatrado padre muerto que se suicidó siguiendo una peculiar tradición familiar. Siente que hay una razón de peso para responder a la llamada ancestral; la muerte crece en fascinación. Además, los sueños muestran figuras cojas o moribundas que indican un contenido psicológico que, al entrar en la conciencia, puede paralizar el impulso de vivir, cumpliendo la némesis.

El analista lego -como generalmente se denomina a los analistas no médicos- está solo frente a estas decisiones: no tiene una posición preparada ni una organización social que lo ayude a enfrentar los peligros. Tiene una relación única con la otra persona, una relación que implica una responsabilidad más estrecha por el destino del otro en este momento que la que tiene un marido por su mujer, un hijo por sus padres o unos hermanos entre sí, principalmente porque está al tanto de un modo especial de la mente y el corazón del otro. No sólo sabe lo que otros no saben, sino que la propia situación analítica le coloca en el papel de árbitro del destino. Esta relación única con todas sus complicadas expectativas sobre su destino conjunto se ha denominado transferencia. A través de ella el analista se ve implicado en la vida del otro como nadie más lo está. La transferencia es una liga de los dos en las buenas y en las malas y, a veces, contra todos los demás. Esta liga privada es fundamental para el análisis. Es similar a la relación del abogado con el cliente, del médico con el paciente, del confesor con el penitente. En otras vocaciones, sin embargo, este vínculo de confianza es un accesorio del trabajo, importante, pero -como veremos más adelante- al que hay que renunciar en aquellas exigencias en las que entra en conflicto con los principios fundamentales de esas vocaciones. Pero la transferencia es la raíz del análisis; nunca puede dejarse de lado por otros principios sin romper el vaso terapéutico. Es el símbolo vivo del proceso curativo y expresa las épocas continuamente cambiantes y apasionantes del análisis.

Dado que la transferencia es tan complicada, tan emocional y tan misteriosa, se ha resistido a las explicaciones. El propio término es utilizado de forma diferente por los distintos analistas. Tal vez pueda entenderse mejor comparándolo con el modelo de secreto, silencio y «contra todos los demás» que opera en otras obras profundas del alma: la creación artística, los misterios religiosos, el amor apasionado. Los participantes en la relación única del análisis comparten un misterio común al igual que los amantes, los exploradores, los iniciados, que juntos han sido tocados por la misma experiencia. Los participantes en esta via sinistra son cómplices; el suicidio de uno significa nada menos que la complicidad del otro.

Para el psiquiatra, la situación es diferente. Ha recibido una formación médica, y nos tomaremos el tiempo necesario para analizar los efectos de esta formación a medida que avancemos. A este respecto, podemos decir lo siguiente: el psiquiatra tiene una posición preparada para hacer frente a la amenaza de suicidio. No está solo como el analista, porque no está abierto de la misma manera. Su visión de la transferencia tiene otros fundamentos, que lo llevan a participar en el proceso de curación de manera diferente. Ante todo, sabe de antemano cuál es su tarea en relación con el suicidio: salvar la vida. Dispone de medios para hacerlo inmediatamente, por ejemplo, a través de métodos físicos de tratamiento (shock, inyecciones, pastillas). Tiene autoridad, que varía de un país a otro, para internar al paciente en un manicomio, al menos temporalmente para prevenir el suicidio. Como en el caso del soldado, el policía o el juez, la muerte se produce en el cumplimiento del deber del médico. No se le exigen responsabilidades, salvo perfunctoriamente y en casos inusuales. En caso de error, cuenta con la opinión de un profesional. Para el mundo no es «laico». El respaldo de la profesión y el hecho de que se le considere el mayor especialista en este tipo de cuestiones dan seguridad a sus decisiones y tranquilizan su conciencia.

Además, los errores médicos forman parte del trabajo médico. Hay errores en cirugía, obstetricia, anestesia, errores de diagnóstico y medicación. Nadie exige que la medicina sea perfecta. En la batalla contra la muerte, se espera que el médico luche sin cesar, pero no que gane siempre. En cierta medida, el médico debe acostumbrarse a la muerte de sus pacientes, ya que la muerte física ha sido su compañera diaria desde el comienzo de sus estudios de disección anatómica.

El psiquiatra tiene menos posibilidades de cometer errores dramáticos que el internista o el cirujano. Tiene menos posibilidades de perder a un paciente por muerte, excepto por suicidio. Dado que la muerte es el «error» más claro para el hombre con formación médica, un psiquiatra podría tender a considerar el suicidio como un cirujano considera una operación fallida.

Para un analista, los errores se juzgan desde otro ángulo. Su primera preocupación es siempre la salud del alma y, por lo tanto, sus criterios de juicio se refieren a la vida psicológica, no a la física. Veremos a medida que avancemos que la salud psicológica no tiene por qué revelarse en el desempeño físico externo; por lo tanto, los errores de un analista son más difíciles de descubrir y evaluar. Las cicatrices y los tullidos no se manifiestan de la misma manera. Las expectativas del trabajo analítico también son más complejas que las de la medicina, y las líneas de éxito y fracaso en el análisis son menos claras. Además, como el trabajo analítico es una relación, una relación que requiere el compromiso de la personalidad del analista, éste siempre está implicado en cada acontecimiento. Esta implicación va más allá de la responsabilidad médica por un cargo; es más bien una participación en el otro como si fuera uno mismo. Así, la muerte de su carga es siempre para el analista su propia muerte, su propio suicidio, su propio fracaso. Un analista que se enfrenta una y otra vez con personas suicidas se ve obligado a considerar su propia muerte y dónde está su carencia, porque las personas que acuden a terapia traen al analista sus propios problemas. Esta actitud difiere de la del médico, que no considera que las enfermedades y dolencias que llegan a su consulta le pertenezcan también de alguna manera. La relación única que une al analista con el otro al mismo tiempo impide que cualquier otra persona participe del mismo modo en el caso, de modo que el analista lleva cada muerte en solitario.

Su formación no le ha preparado lo suficiente para ello. Se enfrenta a la muerte sin haber tenido un acceso privilegiado a los muertos y moribundos como el que ha tenido el médico en su formación. El camino del analista hacia ella ha sido psicológico, es decir, a través de la experiencia de la muerte en su propia psique. Su análisis de formación fue una iniciación a la muerte psicológica. Una iniciación, sin embargo, es sólo un comienzo. Un analista sigue siendo lego si, en esta área tan crucial de su trabajo, no se enfrenta a la muerte psicológica con la constancia con la que el médico se enfrenta a la muerte física. Al elaborar su posición ante el suicidio, el analista avanza hacia esta confrontación. Le ayuda a acercarse a la experiencia de la muerte, desarrollando su objetividad y dándole una competencia para afrontarla psicológicamente comparable a la competencia del médico con la muerte física.

Si el psiquiatra fuera también analista, parecería que tenemos la solución ideal: el análisis médico. Por un lado, podría trabajar psicológicamente, entablando una relación única con el paciente; por otro, dispondría del arsenal de la medicina del que echar mano cuando se avecinara el suicidio. Esta es, de hecho, la pauta general hoy en día. (Tanto los analistas médicos como los legos tienden a tener un enfoque psicológico hasta el momento del suicidio, cuando ambos tienden a convertirse en médicos). Apenas habría motivos para seguir con este debate si no fuera por esta cuestión básica: ¿no es el análisis médico, en lugar de una solución ideal, de hecho más problemático que la medicina o el análisis por sí solos?

Los puntos de vista que exigen la medicina y el análisis son difíciles de combinar. ¿Se puede practicar el análisis y mantener el punto de vista de la medicina científica moderna? ¿O se puede aceptar consecuentemente el punto de vista de una psicología profunda que afirma el alma y practicar la medicina ortodoxa? Veremos en capítulos posteriores que el alma y el cuerpo pueden presentar exigencias contrapuestas. Hay momentos en los que las exigencias de la vida requieren que se abandonen los valores del alma. Si uno defiende la vida, como debe hacer el médico, las consideraciones psicológicas deben ocupar un lugar secundario. Ejemplos de esto se encuentran en cualquier asilo donde, para la protección de la vida y la prevención del suicidio, se utiliza todo tipo de insulto psicológico violento para «normalizar» el alma que sufre. De hecho, toda precaución, toda prescripción, todo tratamiento de la medicina moderna tiene un componente antipsicológico, ya sea en forma de tranquilizantes, que evidentemente lo son, o simplemente en forma de vendajes y entablillados, que parecen sólo cuestiones técnicas. El tratamiento del cuerpo no afecta sólo al cuerpo. También se está haciendo algo a la psique, que bien puede ser positivo, pero que seguramente será negativo si se rechazan o ignoran los posibles efectos sobre el alma. Siempre que el tratamiento descuida directamente la experiencia como tal y se apresura a reducirla o superarla, se está haciendo algo contra el alma. Pues la experiencia es el único alimento del alma.

Si uno defiende la vida psicológica, como debe hacer el analista, puede que la vida física tenga que frustrarse y dejarse sin cumplir para satisfacer las demandas del alma, sus apremiantes preocupaciones de redención. Esto parece ir en contra de todo sentido común, de toda práctica médica y de toda filosofía racional de mens sana in corpore sano. Sin embargo, el experimento de la vida arroja continuamente ejemplos en los que el cuerpo sólo es secundario, y todas las neurosis muestran esta prioridad de la psique sobre el soma.

Esta tensión entre cuerpo y alma cristaliza con mayor claridad en el problema del suicidio. Aquí, el cuerpo puede ser destruido por una «mera fantasía». Ninguna otra cuestión nos obliga tan agudamente a enfrentarnos a la realidad de la psique como una realidad igual a la del cuerpo. Y como todo análisis gira sobre el eje de la realidad psíquica, el suicidio se convierte en la experiencia paradigmática de todo análisis, quizá de toda la vida.

La creatividad es inhumana

Logos del alma

El alma es productiva, sin embargo no se le debería imaginar como una fabricadora de fenómenos o como un agente de cuya actividad derivan formas, imágenes o ideas, porque el alma no existe y tampoco lo hacen sus producciones, o mejor dicho una vez que algo ha sido producido ya ha dejado atrás su componente anímico. No obstante, es cierto que el alma nunca deja de crear, pues su impulso incesante es, en sí mismo, su esencia particular.

James Hillman insistió en que el reino del alma es el inframundo, porque sus ramas crecen siempre hacia los hondos valles de la experiencia cotidiana donde su reflexión resulta oscura y profundísima. Por lo tanto, su poiesis es una acción puramente negativa, donde lo negativo se entiende como la emergencia constante del concepto que vive implícito en el fenómeno. No basta morar en una nekya metafórica, en un descenso que ocurre de forma semántica. Pensar en la negatividad del alma supone someterla a una caída primordial en su propia realidad.

De esta manera el alma es creativa en el momento justo del límite de su actividad, es decir, en la contradicción inherente al síntoma, en aquel pensamiento que subyace como movimiento lógico siempre presente en la obra o en el suceso y que desgarra lo positivo del acontecimiento para convertirlo en pura experiencia psíquica. Es en el recibimiento del animus asesino, donde la creatividad realmente existe y no en los campos embriagantes del anima maternante. La tierra tiene que abrirse bajo los pies para que el impulso creador arrebate a la realidad de su estéril virginidad y pueda ser consciente de su lugar en el mundo del Hades.

Por lo dicho, es el Otro el que irrumpe como un huésped (hostes) hostil (hostis) en la morada inerte de la positividad, en la forma pictórica del fenómeno que ha sido atrapado en su fisicalidad y que lo arranca de su contención óntica para poder sumergirlo en la profundidad de su vida lógica. Por ello resulta imposible que el proceso creativo pueda dirigirse al sujeto, a la ego-personalidad, porque precisamente la generación de la verdad del fenómeno exige el sacrificio continuo de la individualidad. Ser creativo es servir a Otro.

La creatividad es un proceso inhumano que se asienta en la vida del sujeto de forma autónoma, otras culturas hablaban de musas, daimones, shides o del duende, en todas esas figuras se sabía que el impulso creador era una tarea impuesta que debía honrarse y que presagiaba un enorme sacrificio para el sujeto. En la época actual, empero, la creatividad se ha cargado sobre los hombros del individuo y éste, inflamado por la llama creativa, se quema sin remedio hasta extinguirse en el dolor de no poder concebir su poiesis como un invitado al que hay que recibir y atender solo mientras sucede.

Atenea, Ananke y la necesidad de la psicología anormal

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Mythic Figures’, volumen 6.1 de sus Uniform Edition, capítulo 2, pp. 31-74

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Ni siquiera un dios puede hacer frente a la Necesidad.
(Platón, Leyes, 818b)

Las «infirmitas» del arquetipo

Fundamental para la psicología profunda y para el alma es la herida, la aflicción, el desorden, la peculiaridad – «psicología anormal» o «psicopatología». La psicología profunda fue llamada a la existencia como un tratamiento para la psicología anormal. La psicología profunda era, y sigue siendo, un logos para el pathos de la psique. Por «psicopatología» entiendo la categoría de acontecimientos psíquicos declarados pública y/o privadamente anormales y que no pueden reprimirse, transformarse o aceptarse del todo. Estos aspectos intolerables se manifiestan paradigmáticamente en el síntoma que, según Freud, es el punto de partida de la psicología profunda.1Pero me gustaría ampliar nuestro concepto de psicopatología introduciendo el término patologizar, con el que me refiero a la capacidad autónoma de la psique para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento, y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida.

En dos largos ensayos2 sobre psicopatología he intentado refutar las negaciones contemporáneas de la misma en diversas ramas de la terapia. El nominalismo de la psiquiatría considera sus términos contingentes, sin relación necesaria con las causas o con las almas de aquellos que exhiben aquello a lo que apuntan los términos. Los reformistas políticos y los existencialistas consideran que el campo en sí es fundamentalmente innecesario, un accidente de las instituciones históricas, sociales o políticas. Las terapias humanistas, trascendentales y orientales asumen la primacía del espíritu, del yo, de la salud, de modo que la psicopatología sólo tiene una realidad ilusoria secundaria. La psicopatología es así contingente, accidental, accesoria: todas niegan la necesidad de la anormalidad.

Los enfoques médicos y religiosos interpretan la psicopatología como algo malo (enfermo o pecador). O bien fisicalizan o bien metafísicamente (moralizan). Buscan la necesidad de la psicología anormal fuera de la psique, ya sea en una teoría del trastorno físico en general (enfermedad) o en una doctrina religiosa relativa al sufrimiento. Ni unos ni otros parten de la psique. Patologizar sigue sin ser una necesidad del alma.

Por el contrario, hemos intentado fundamentar la patologización totalmente dentro de la psique y mostrar su necesidad para la psique. Para ello, hemos fundamentado la patologización en el arquetipo. Luego mostramos que cuando comenzamos con la psique, como en la alquimia, el arte de la memoria y la mitología, encontramos eventos patologizados inherentes a estos sistemas psicológicos. Tanto Freud como Jung se adhieren a esta tercera línea psicológica en sus pensamientos sobre la psicopatología. Desde el principio la relacionaron con imágenes fantásticas y la consideraron mitológicamente.

Partir de la psique significa considerar la patologización como una forma válida de expresión psicológica, como un lenguaje metafórico subyacente, una de las formas en que la psique se presenta legítima y espontáneamente. Para entender este lenguaje, lo situamos en contextos metafóricos similares. Un acontecimiento o imagen obsceno, extraño o afligido en nuestra vida psíquica necesita ser examinado, no en términos de normas derivadas de la «naturaleza» física o de «ideales» metafísicos, sino en términos de la imaginación, donde los brazos marchitos, las cosechas arruinadas, los enanos monstruosos y todo tipo de «distorsión» pertenecen y tienen significado en sí mismos, tal como son. Para entender lo que dice la psicología anormal de un individuo, no podemos recurrir a lo que es «normal». Nuestras normas deben ser como lo que deseamos comprender, normas que en sí mismas están patologizadas.

Aquí tomamos el ejemplo de Jung: «Los dioses se han convertido en enfermedades».3 Jung está indicando que la causa formal de nuestras dolencias y anormalidades son personas míticas; nuestras enfermedades psíquicas no son imaginarias sino imaginales (Corbin). Son, en efecto, enfermedades de la fantasía, el sufrimiento de las fantasías, de realidades míticas, la encarnación de acontecimientos arquetípicos.

Seguir a Jung por este camino es el trabajo principal de la terapia arquetípica. Hemos examinado los mitos y sus implicaciones para la psicología anormal: de Eros y Psique, de Dioniso, de figuras como el puer aeternus, Saturno y senex, el niño, Hades y el Inframundo. En estos diferentes ejemplos vimos que lo patológico es inherente a lo mítico. Nuestra intención más profunda ha sido trasladar la psicopatología, la base de nuestro campo, de un sistema positivista decimonónico de la mente y sus trastornos a una psicopatología no agnóstica y mitológica del arquetipo.

Esencial para el movimiento es el reconocimiento de los dioses como ellos mismos patologizados, las «enfermedades del arquetipo». Sin elaborar lo que le es familiar, creo que el punto principal se hace si reconocemos que los mitos griegos (y los de los celtas o los hindúes,4 los egipcios o los indios americanos) requieren lo extraño, peculiar, extremo – la psicología anormal de los dioses.5

Desde este punto de vista mítico, cada arquetipo tiene sus temas patologizados, y cada acontecimiento patologizado tiene una perspectiva arquetipal. Las normas del mito dan cabida a lo que no encuentra lugar en la psicología académica, la medicina y la religión. Además, la patologización en un mito es necesaria para el mito y no puede ser extirpada sin deformar el mito. Por esta misma razón heurística y terapéutica, la psicología arquetipal vuelve a la mitología.

Las figuras del mito -reñidoras, tramposas, obsesionadas sexualmente, vengadoras, vulnerables, asesinas, desgarradas- demuestran que los dioses no son sólo perfecciones para que todas las normalidades recaigan únicamente sobre los humanos. Los mitos en los que aparecen los dioses están repletos de comportamientos que, desde el punto de vista secular, deben clasificarse como patología criminal, monstruosidad moral o trastornos de la personalidad.

Cuando pensamos mitológicamente sobre la patologización, podríamos decir, como han hecho algunos, que el «mundo de los dioses» es antropomórfico, una proyección imitativa del nuestro, incluidas nuestras patologías. Pero también se podría partir del otro extremo, el mundus imaginalis de los arquetipos (o dioses), y decir que nuestro «mundo secular» es al mismo tiempo mítico, una proyección imitativa del suyo, incluidas sus patologías. Lo que los dioses hacen en el reino imaginal del mito se refleja en nuestra imaginación como fantasía. Nuestras fantasías reflejan las suyas, nuestro comportamiento sólo es mimético al suyo. No podemos imaginar nada ni realizar nada que no esté ya formalmente dado por la imaginación arquetípica de los dioses. Si asumimos que lo necesario es lo que ocurre entre los dioses, es decir, que los mitos describen patrones necesarios, entonces sus patologizaciones son necesarias, y las nuestras son necesarias para la mímesis de las suyas. Puesto que su infirmitas es esencial para su configuración completa, se deduce que nuestra complexión individual requiere nuestras patologizaciones.

Si es así, estamos tan en armonía con el reino arquetípico cuando estamos afligidos como cuando nos encontramos en beatíficos estados de trascendencia. El hombre es tan a imagen de los dioses y las diosas cuando es ridículo, enfurecido o torturado, así como cuando sonríe. Puesto que los propios dioses muestran infirmitas, una vía de la imitatio dei es a través de la enfermedad. Además, es esta infirmitas del arquetipo la que puede ser enfermera de nuestras heridas y extremidades, proporcionando un estilo, una justificación y un sentido a las nuestras.

Lo que les pido que consideren es la idea de la enfermedad en el arquetipo6, que no es lo mismo que el arquetipo de la enfermedad. Este último enfoque de la anormalidad es el de un único arquetipo chivo expiatorio, un principio mórbido como thanatos, un demonio de la enfermedad, un diablo o sombra, que carga con el mal7 para que los demás puedan seguir siendo supremamente ideales. Ese enfoque enuclea el núcleo de patologización intrínseco a cada figura arquetípica y necesario para la forma de ser de esa figura. Mientras que nuestro enfoque intenta comprender la patologización como un componente inherente a cada complejidad arquetípica, que tiene su propia posibilidad ciega, destructiva y mórbida. La muerte es fundamental en cada patrón de ser, aunque los dioses no mueran. Son athnetos, lo que implica que la infirmitas que presentan también es eterna. Cada arquetipo tiene una forma de desembocar en la muerte y, por tanto, tiene su propia profundidad sin fondo, lo que hace que nuestras enfermedades sean fundamentalmente insondables.

Para expresar teológicamente esta infirmitas del arquetipo diríamos que el Pecado Original se explica por el pecado en los Originales. Los humanos estamos hechos a imagen de los dioses, y nuestras anomalías son imagen de las anomalías originales de los dioses que son anteriores a las nuestras, haciendo posible las nuestras. Sólo podemos hacer en el tiempo lo que los dioses hacen en la eternidad. Por tanto, nuestras dolencias tendrán que tener su fundamento en la dolencia primordial, y sus dolencias se promulgan en nuestras psicopatologías. Si los que se preocupan por la situación de la religión quisieran devolverle la salud y resucitar a su dios, una primera medida de esta reanimación consistiría en quitarle al Diablo todas las patologías amontonadas sobre su cabeza. Si Dios ha muerto, ha sido a causa de su propia salud; había perdido el contacto con la infirmitas intrínseca del arquetipo.

Necesidad

He afirmado que los acontecimientos patologizados participan del propio arquetipo. Son una vía hacia la experiencia arquetípica que no puede experimentarse plenamente de otro modo. Esto implica que los sucesos patologizados pertenecen necesariamente al arquetipo. En consecuencia, son necesarios para nuestra vida.

Pero, ¿qué es la Necesidad? En busca de respuestas a esta pregunta vamos a desarrollar este punto principal: La necesidad en el pensamiento mítico griego se habla y se experimenta de modos patologizados. Las experiencias patologizadas a menudo están conectadas directamente con Ananke (Necesidad).8 Veamos con más detalle esta conexión.

En una exhaustiva monografía, Heinz Schreckenberg9 revisa todas las etimologías y contextos propuestos para ananke y llega a la conclusión de que la palabra en Homero procede de una probable raíz semítica «chananke» basada en tres consonantes, «hnk«. Podemos esquematizar las conclusiones de Schreckenberg de la siguiente manera:

Antiguo Egipto. hnk estrechar
Antiguo Egipto. hnk garganta
Antiguo Egipto. enek rodear, abrazar, estrangular
Copto. chalak anillo
Acadio. hanaqu constreñir, estrangular; enrollar fuertemente alrededor del cuello como el collar de un esclavo
Siríaco. hnk cadena, sofocación
Hebreo. anāk collar formado por cadena (Cantar de los Cantares 4: 9; Proverbios 1: 9)
Caldeo. hanakin grilletes puestos en los cuellos de los prisioneros
Árabe. hanaqa estrangular
Árabe. hannāka collar
Árabe. iznāk la cuerda que ataba a los bueyes yuncos

Sus pruebas10 van mucho más allá de este compendio y concuerdan con etimologías más habituales de ananke, relacionándolo con el alemán eng (estrecho), con angina, Angst y ansiedad, con agchein (griego), estrangular, y con agham (sánscrito), mal.11 Incluso la etimología de Platón (Cratylus 420c-d) imagina ananke mediante una metáfora de estrechamiento. «La idea», dice Platón, «se toma de caminar a través de un barranco que es intransitable, y escarpado, y cubierto de maleza, e impide el movimiento – y esta es la derivación de la palabra necesario.»

Schreckenberg hace especial hincapié en los significados de yugo/collar/lazo de su etimología, sin dejar ninguna duda de que, en el fondo, la necesidad significa un vínculo físicamente opresivo de servidumbre a un poder ineludible.12

El latín de ananke es necessitas. También aquí encontramos la noción de «vínculo estrecho» o «lazo estrecho», como el vínculo de parentesco, de consanguinidad. Necessitudines son «personas con las que uno está estrechamente vinculado, parientes, conexiones, amigos».13 Una necessaria es una pariente o amiga. Además, esta palabra hace referencia a los vínculos naturales y morales entre las personas. Esto sugiere que las relaciones familiares y los vínculos que tenemos en nuestros mundos personales son formas en las que experimentamos la fuerza de la necesidad. Nuestros intentos de liberarnos de las ataduras personales son intentos de escapar del estrecho círculo de ananke. Que los pacientes en terapia se quejen de que se asfixian en el círculo familiar, o que sean estrangulados por su pareja matrimonial, o que sean víctimas de patologizaciones en garganta y cuello, todo ello habla de Necesidad. Desde esta perspectiva, el complejo familiar es una manifestación de la Necesidad, y la servidumbre a los lazos de parentesco es una forma de observar sus exigencias. Pasemos ahora al ananke en contextos poéticos, mitológicos y filosóficos.

En primer lugar debemos reconocer el lugar central que ocupaba esta diosa Ananke en la imaginación de los creadores de cosmología. Para Parménides (frag. 8 y 10) Ananke gobierna el Ser; para los Atomistas, también, aunque de forma diferente.14 En el llamado pensamiento pitagórico y órfico, Ananke se apareaba con una gran serpiente, Cronos, formando una especie de espiral vinculante alrededor del universo (Onians, 332). El Tiempo y la Necesidad ponen límites a todas las posibilidades de nuestra extensión exterior, de nuestros alcances mundanos. Juntos forman una sinergia, un par arquetípico, intrínsecamente relacionado, de modo que donde está uno también está el otro. Cuando estamos bajo la compulsión de la Necesidad, la experimentamos en términos de tiempo, por ejemplo, las quejas crónicas, el regreso repetido de los mismos complejos que encierran y encadenan, la ansiedad ocasionada por la brevedad de nuestros días, nuestras obligaciones diarias, nuestros «plazos». Tener tiempo libre es estar libre de la necesidad. Tener tiempo libre es una fantasía de no necesidad. Así como el yugo físico de la esclavitud es la imagen concreta dentro de la idea de necesidad, la liberación de este yugo se expresa en fantasías de tiempo libre y ocio como una felicidad paradisíaca sin patología.

La dependencia de todas las cosas de los límites encadenantes de la Necesidad se expresa en otra imagen más suave de la cosmología órfica. La idea de que Zeus gobierna el mundo mediante una estrecha colaboración con Ananke (Eurípides, Alcestis 978s.) es transformada por el orfismo en la imagen de Zeus y su nodriza Adrasteia, otro nombre de Ananke.15Ella es su nodriza y, amamantándose del pecho de la Necesidad, extrae de esa leche su poder y sabiduría. En algunos contextos, su nodriza Adrasteia es su hija, de modo que el vínculo se expresa en el estrecho lazo del parentesco, de la obligación familiar, incluso del amor incestuoso. Esta imagen órfica revela la posibilidad de una conexión amorosa y nutritiva con la Necesidad. Aquí la relación con su poder se imagina menos como una servidumbre opresiva que como una dependencia de la leche del alma de la hija-madre.16

La imagen de Zeus y Adrasteia-Ananke presenta la idea de amor fati, una conjunción paradójica de lo que muchos filósofos concebían como opuestos (Empédocles, frag. 115: Charis y Ananke;17Agatón en Symposium 195c). Macrobio (Saturnalia I, 19, 17) dice que dos de las cuatro potencias presentes en el nacimiento son Eros y Ananke, y que están emparejadas. Eros es el beso; y Ananke, el nudo o lazo. Más adelante, y con cierto detalle, volveremos a ver la pareja contrapuesta como Peitho y Bia (persuasión y fuerza).18

Los trágicos, sin embargo, recurrieron a la ananké cuando peor estaban las cosas. Prometeo de Esquilo dice:

¡Ay de mí!
Gimo por la pena presente, gimo
por la pena venidera, gimo
preguntándome cuándo llegará el momento
en que Él ordene un límite a mis sufrimientos.
¿Qué estoy diciendo? He conocido todo antes,
todo lo que será, y claramente conocido; para mí,
nada de lo que duele vendrá con una cara nueva.
Así que debo soportar, tan ligeramente como pueda,
el destino que el destino me ha dado;
porque sé bien que contra la necesidad,
contra su fuerza, nadie puede luchar y vencer.19

Nótese lo repetitivo de este sufrimiento: «nada que duela vendrá con una cara nueva». Esta es una cualidad de una aflicción causada por anake. No es la conmoción y la sorpresa ante lo inesperado, sino la queja crónica y repetitiva.

Prometeo Encadenado comienza con Prometeo atado y clavado en los límites del mundo bajo la coacción de la Necesidad. Es como si en los límites mismos de la existencia, yendo lo más lejos posible hacia el exterior, se encontrara con el mayor poder y violencia (Bia) de la Necesidad y allí fuera clavado. Sólo la Necesidad puede limitar la fantasía prometeica, y la necesidad es experimentada por esa fantasía como una angustia.

De nuevo en Esquilo (Los persas), cuando la reina ha sido «golpeada por desastres que exceden el habla y la pregunta» (290), la palabra «necesidad» acude a sus labios. La idea de que es inútil hablar contra la necesidad aparece también en Eurípides (Doncellas fenicias). Al final Edipo dice (1762s.): «Pero, ¿de qué sirve lamentarse así? ¿De qué sirve lamentarse en vano? Quien no es más que mortal debe soportar la necesidad del cielo». De nuevo esta oposición entre el discurso persuasivo y la fuerza implacable.

Eurípides (Bacchae 89) utiliza el término anagkaisi para referirse a la angustia física. Sufrir, atormentarse, padecer es estar angustiado, en apuros (Einengung), en necesidad. El enfermo arquetípico, el Filoctetes de Sófocles, cuya herida no puede cicatrizar, grita de dolor, y la palabra que utiliza el Coro para designar este dolor es anangas, anangan (206, 215). Ser atrapado o forzado por la necesidad se expresa concretamente como estar en manos de otro poder (Schreckenberg, 45); por ejemplo, cuando Apolo agarra al bebé Hermes, o Hércules agarra a las serpientes en su cuna, la presión física, el apretón, es ananke.

Pero quizá la descripción más elocuente de ananke la da Eurípides en su Alcestis (962 ss.) cuando el Coro dice:

Yo mismo, en los transportes
de los versos místicos, como en el estudio
de la historia y la ciencia,
no he encontrado
nada tan fuerte como la Compulsión [Anagkas],
ni ningún medio para combatirla,
ni en los libros tracios puestos
en verso por la escuela de Orfeo,
ni en todos los remedios que Febo ha dado a los herederos
de Asclepio para combatir las muchas aflicciones del hombre.
Ella sola es una diosa
sin altar ni imagen ante la que orar
No acepta sacrificio.20

Aquí Ananke es la Gran Dama (potnia) del Inframundo, el principio psíquico invisible que atrae irreversiblemente hacia sí todas las cosas, patologizando así la vida. Sólo de Hades se habla de forma similar como «sin altar ni imagen ante la que orar».21 El pensamiento órfico hizo esta identidad directa de Ananke con la reina del inframundo, Perséfone (Schreckenberg, 70n).22 Su nombre se ha traducido como «portadora de destrucción», de modo que el proceso de patologización puede entenderse como un modo de mover la psique (en este drama en particular, el alma-imagen se presenta en la figura de Alcestis) hacia el inframundo. El hecho de que este movimiento de la vida a la muerte sea detenido heroicamente por Hércules también pertenece al tema explorado en detalle en El sueño y el inframundo.

Permítanme llamar su atención sobre el hecho de que en el pasaje de la Alcestis el lenguaje para tratar a la ananké es el de la terapia: remedios de Asclepio, y no los hay. Ni el misticismo, ni el orfismo, ni la historia, ni la ciencia pueden con su fuerza. ¿Será porque no tiene imagen, ni altar ante el que rezar? Aquí se sugiere que la Necesidad no sólo está fuera del alcance de la palabra, sino que, además, la necesidad se experimenta cuando uno se ve obligado y no hay imagen de lo que está ocurriendo. Es como si hubiera una relación -incluso una proporción inversa- entre las imágenes y la compulsión: cuanta más imagen y altar, menos necesidad ciega. Cuanta más compulsión, menos capacidad de sacrificio, de conectar nuestra compulsión personal con algo divino.

Esta proporción inversa es una idea señal en la noción de arquetipo de Jung. Hay un extremo compulsivo rojo y uno imaginativo azul. Así como el rojo es el cuerpo del azul, el azul es la imagen del rojo. Sin imágenes, estamos más ciegos, pues no hemos sido capaces de imaginar la fuerza que nos impulsa. Con imágenes, la necesidad aparece inherente a la propia imagen. Esto desplaza la compulsión del rojo al azul. Reconocemos que la compulsión es esencial a la propia naturaleza de la imagen y que lo que nos impulsa son las imágenes.

La relación entre la necesidad y las imágenes también puede plantearse así: La necesidad se apodera de nosotros a través de las imágenes. Una imagen tiene su propia necesidad inherente, de modo que la forma que adopta una imagen «no puede ser de otro modo», ya sea cuando pintamos, cuando movemos un verso o cuando soñamos. Una imagen existe en su epifanía específica y en su curso de conducta (la compulsión de la necesidad que Jung denomina «instinto»).

Dado que la fuerza de la imagen es inseparable de la imagen, se habla de ella sin imagen. La necesidad no tiene imagen porque actúa en todas y cada una de las imágenes. No debemos tomar esta fuerza inimaginable de forma literal y metafísica, como si los arquetipos fueran en sí mismos inimaginables, incognoscibles y trascendentes a sus apariencias. El poder inimaginable de la imagen está en la imagen misma: el arquetipo es totalmente inmanente a su imagen. Este poder inimaginable confiere a la imagen su efecto irresistible y la ley implacable de su formación precisa. Esta inexorabilidad de la imagen no es otra que la Necesidad que, como dice el pasaje de Alcestis, es ella misma «sin imagen».

Así pues, la fantasía no es una despreocupada ensoñación, sino la implacable portadora de las necesidades que nos impulsan. La realidad psíquica está esclavizada a la imaginación. La imaginación no nos libera, sino que nos captura y nos ata a sus mitos; somos trabajadores de sus reyes y reinas. Estamos atados de sangre con lo que Jung llama nuestras «imágenes instintivas». Insistir, como hace Jung, en que la realidad humana es primordialmente psíquica y que la imagen es la presentación primordial e inmediata de esta realidad requiere un reconocimiento más. La realidad sólo es tal si es necesaria. Utilizar la palabra «realidad» implica una condición ontológica que no puede ser de otro modo. Por lo tanto, debe haber algo inalterablemente necesario en las imágenes para que la realidad psíquica, que ante todo consiste en imágenes, no pueda ser meras secuelas de las impresiones sensoriales. Las imágenes son primordiales, arquetípicas, en sí mismas reales últimas, la única realidad directa que experimenta la psique. Como tales, son las presencias plasmadas de la necesidad.

Personalmente, desde el punto de vista de la experiencia, esto implica que cuando buscamos lo que determina implacablemente nuestras vidas y las mantiene en servidumbre, debemos recurrir a las imágenes de nuestras fantasías, dentro de las cuales se oculta la necesidad. Además, esto implica que debemos cuidarnos de ser demasiado «activos» con nuestras imágenes, moviéndolas para redimir nuestros problemas. Entonces, la práctica de la imaginación activa se convertiría en un intento de esquivar la necesidad de la imagen y su pretensión sobre el alma.

Aunque se diga que la Necesidad no tiene imagen, a esta gran diosa, que es al mismo tiempo un principio metafísico, le pertenece un conjunto de metáforas particulares que nos dicen cómo actúa. Puesto que se refiere a los límites que atan y rodean23, encontramos que los lazos y las ataduras, el anillo24, el cordón, la soga, el collar, el nudo, el huso, la corona, el arnés y el yugo25 son formas de hablar de la regla de ananke. También lo es el clavo. El clavo clavado en una figura (como Prometeo, como Cristo) o en la cabeza de una figura – etrusca, nórdica, latina – indica la afirmación ineluctable de la necesidad.26 No hay salida.27 Tiene que ser.

Podemos detenernos aquí a reflexionar sobre la corona: por ejemplo, la corona de laurel del poeta laureado, o la guirnalda que se entrega al vencedor en una competición. Este reconocimiento implica también una obligación vinculante, una necesidad de ser aquello por lo que uno ha sido coronado.28 La corona es el yugo y el collar de la frente. El cantante debe seguir cantando, una vez que el laurel ha sido colocado alrededor de su cabeza. El reconocimiento, además, pone límites al alcance y la posibilidad de las propias facultades. El reconocimiento ata el alma a un destino concreto.

Nos hemos ocupado principalmente de la persona y las imágenes de la Necesidad. La idea de necesidad recibe una mayor elaboración por parte de los filósofos. En general, la filosofía ha considerado la necesidad de dos maneras diferentes. A veces los filósofos hablan de ella como un azar sin ley (como la tyche griega), como un principio de aleatoriedad, ciego, mecánico, estadístico, sin sentido. Otras veces adoptan la postura contraria, relacionando la necesidad con lo regular, previsible y gesetzmässig. Los argumentos sobre la necesidad a menudo desembocan en batallas filosóficas entre determinismo y libre albedrío, o entre physis y espíritu.

Los filósofos definen la necesidad de forma sucinta: «nicht-anders-sein-können» o, en palabras de Tomás de Aquino, «quod non potest non esse» (lo que no puede no ser). En Aristóteles, la necesidad se pone en relación con la «compulsión», del mismo modo que en la apertura de Prometeo Encadenado la necesidad aparece junto con Bia (fuerza o compulsión). Este mismo emparejamiento se observaba en Corinto según Pausanias (II, 4, 6), pues en esa ciudad Ananke y Bia eran honrados juntos en un templo, cuyo acceso estaba prohibido. De nuevo: prohibido el acceso a la necesidad.

La rigidez cerrada, la inaccesibilidad, es precisamente el sentimiento de la idea que Parménides tiene de Ananké.29 Ella sujeta su universo en la permanencia, la inmovilidad y lo absoluto, no permitiendo ningún cambio. Su inamovible necesidad repite en una descripción filosófica la implacable ananke de Alcestis.

Cuando leemos psicológicamente a Parménides, entonces los verdaderos acontecimientos de nuestra alma, los que tienen verdadera realidad, son los que no se mueven. Es justo en la inmovilidad, en las fijaciones inmutables de nuestro cosmos psíquico, donde estamos atados y estancados, donde opera la necesidad.

Aristóteles da algunas afirmaciones claras sobre la necesidad en su Metafísica (1015a),30 que han determinado nuestro pensamiento sobre ella desde entonces. Aristóteles dice: «Y la necesidad es considerada como algo que no puede ser persuadido – y con razón, pues es contraria al movimiento que concuerda con el propósito y con el razonamiento». Más adelante: «Lo que impide y tiende a impedir, contrario al propósito». Nótese aquí: «Contrario al propósito», que colorea por definición nuestra experiencia de los acontecimientos necesarios como inútiles y contrarios a nuestros propósitos. Solemos experimentar nuestras patologizaciones como carentes de propósito. Los sentimos como estorbos, impedimentos sin razón. Aquí podemos ver lo bien que sirve la noción de necesidad de Aristóteles a la postura médica que considera que patologizar no tiene ningún propósito, un estorbo molesto que hay que eliminar. La necesidad es dolorosa, dice Aristóteles, «porque toda cosa necesaria es siempre fastidiosa».31

También podemos leer a Aristóteles desde un punto de vista arquetípico. Nos está diciendo que los propios dioses, por ser necesarios, nos acosan eternamente. Su molestia es inherente a su propia necesidad. Deben ser una molestia. Debemos estar a su servicio y sentir su yugo. Hay una respuesta griega a Job: no es un truco del diablo o una fuerza satánica lo que hace que lo divino plague nuestra vida mortal: la patologización se da con la naturaleza misma de lo divino.

Otra de las formulaciones de Aristóteles es también de especial valor. Se trata de la idea de que la necesidad funciona como una causa interna inexorable, como una virtud o propiedad inherente al propio acontecimiento. «La necesidad es aquello por lo que una cosa no puede ser de otro modo»: es aquello «sin lo cual» una cosa no puede existir. Señala que la necesidad puede operar en función de la naturaleza de una cosa, en lugar de ser sólo una causa mecánica externa. La necesidad pertenece al propio estado o condición, a la propia naturaleza de una imagen, como dijimos anteriormente. Un acontecimiento no sólo es forzado desde fuera, sino forzado desde dentro por su propia imagen. Como Guthrie plantea esta diferencia:

Para nosotros, los problemas de causalidad en la ciencia se refieren a la explicación de secuencias, cadenas de causa y efecto que enlazan x e y y z. El griego, en cambio, investigaba lo que llamaba «la naturaleza de las cosas», y se preguntaba «¿qué hay en x que hace que se comporte como se comporta?».32

Aquí la teoría y terapia arquetípica de Jung es tradicional y griega. Se pregunta: «¿Qué hay en la naturaleza misma de mi perturbación y mi aflicción que es necesario, autocausado (causado por uno mismo)»? Otras terapias miran hacia fuera, hacia la necesidad externa (la sociedad, la familia u otros tipos de condicionantes) y buscan desentrañar la necesidad en los vínculos entre x, y, z. Se plantean la pregunta más técnica «cómo»; la terapia arquetípica se plantea la pregunta más filosófica «qué» y, finalmente, la pregunta religiosa «quién», qué dios o diosa, qué daimon, está actuando internamente en lo que ocurre. La terapia junguiana es, por tanto, teofánica, en el sentido de Corbin. Pide al dios de la enfermedad que salga a la luz.

Sin embargo, es en Platón donde podemos encontrar las ideas más esclarecedoras y explícitas sobre las relaciones entre la necesidad y los problemas del alma. En el Timeo, la cosmología o sistema del universo de Platón, hay dos principios fundamentales. El primero es el nous, el logos, o principio intelectual, la razón, el orden, la inteligibilidad, la mente, o como queramos traducir nous. El segundo principio es ananke, la Necesidad. El famoso pasaje del Timeo (47e-48a ) pone su relación de la siguiente manera:

Ahora bien, nuestro discurso anterior ha expuesto las obras realizadas por la artesanía de la Razón [nous]; pero ahora debemos poner a su lado las cosas que surgen de la Necesidad [ananke]. Pues la generación de este universo fue un resultado mixto de la combinación de la Necesidad y la Razón. La Razón anuló a la Necesidad persuadiéndola [la cursiva es nuestra] de guiar la mayor parte de las cosas que devienen hacia lo que es mejor; de ese modo y sobre ese principio se formó este universo en el principio por la victoria de la persuasión razonable sobre la Necesidad. Si, pues, hemos de decir realmente cómo llegó a existir sobre este principio, debemos traer también la Causa Errante …33

En esta discusión, el término archai, primeros principios o puntos de partida, aparece en varios sentidos. Platón dice que los verdaderos archai no son el fuego, ni el agua, ni los cuatro elementos. Son dos: Nous y Ananke, Razón y Necesidad.

Aquí la Necesidad es caracterizada como la Causa Errante. Jowett traduce planoumenai aitia como «causa variable»; Thomas Taylor, como «causa errática»; y los comentaristas de Platón utilizan, para las operaciones de este principio, palabras como: divagar, errar, extraviarse, irracional, irresponsable, desviarse, engañar, engañar, irregular, aleatorio. Planos puede referirse a las divagaciones de la mente en la locura y a los ataques de una enfermedad. Así habla Platón de ananke.

La necesidad opera a través de las desviaciones. La reconocemos en lo irracional, lo irresponsable, lo indirecto. O para darle otra vuelta: la necesidad aparece en aquellos aspectos del universo (y recordemos que el universo platónico es enteramente animado, siempre un universo psíquico) que son errantes. Además, la necesidad está particularmente asociada a ese ámbito de la experiencia que no puede ser persuadido ni sometido al imperio de la mente.

Grote llamó a esta Causa Errante «lo indeterminado, lo inconstante, lo anómalo, lo que no se puede comprender ni predecir. Es Fuerza, Movimiento o Cambio, con el atributo negativo de no ser regular, o inteligible…»34 Y Cornford explica: «El cuerpo del universo … contiene movimientos y poderes activos que no han sido instituidos por la Razón divina y están produciendo perpetuamente resultados indeseables … estos movimientos y poderes corporales sólo pueden atribuirse a un elemento irracional en el Alma-Mundo.»35 La necesidad reside como causa interna en el alma y produce perpetuamente resultados molestos. A estas irracionalidades resultantes las llamamos las desviaciones de la psicología anormal, y a esta actividad creadora la he llamado patologización. Como el «punto de partida» de Freud, el síntoma es concebido como diferente y ajeno al yo racional, así este «punto de partida» (arche) de Platón, la operación errante de ananke, es igualmente ajena al reino de la razón. Te habrás dado cuenta de que sigo llamando patologizar a una actividad creadora. Platón presenta ananke de manera similar. Lo asume como un arche, un primer principio no derivado de nada más. También es un principio creador que entra en la formación del universo. Y necesariamente siempre está ahí, no se supera gradualmente mediante la extensión de la regla de la razón. Así como el demiurgo nunca reduce totalmente el caos al orden, la razón nunca persuade totalmente a la necesidad. Ambas están siempre presentes como principios creadores. «En el todo y en cada parte, Nous y Ananke cooperan; el mundo es una mezcla resultante de esta combinación.36 O en nuestros términos, lo anormal se mezcla en cada acto de la existencia, pues la vida psíquica se basa en lo complejo, y la patologización nunca llega a su fin.

Permítanme exponer mi tesis una vez más, ahora a través de la voz del gran clasicista E. R. Dodds:

El alma inferior [en las Leyes de Platón] parece estar con la buena en la misma relación que la Necesidad con la Mente en el mito del Timeo: es una especie de compañera menor en la que no se puede confiar, propensa a ataques de comportamiento irrazonable, en los que produce «movimientos locos y desordenados» (Leyes 897d) – una frase que recuerda tanto el «movimiento asustado y loco» atribuido a las almas de los infantes humanos en otra parte de las Leyes (791a) como el «movimiento discordante y desordenado» del caos mítico en el Timeo (30a). Todos estos movimientos los considero símbolos, no del mal deliberado, sino de la irracionalidad, el elemento, tanto en el hombre como en el cosmos, que la voluntad racional no domina por completo.37

Este movimiento anormal, asustado y loco del alma no sólo es necesario; es la Necesidad misma.

Cuando mis eminentes colegas aquí presentes en esta Conferencia de Eranos, los profesores Sambursky, Hadot, Kirk y Rowe, cada uno de cuyos campos es el pensamiento griego, trabajen sobre estos mismos textos, los leerán a la luz de sus intereses y persuasiones. En efecto, Platón habla de sus campos: cosmología, cosmogonía, metafísica, física, filosofía en el sentido más amplio. Pero Platón también está hablando del Alma38 y, por tanto, de psicología; así que pido indulgencia para leer estos mismos pasajes con una mirada psicológica, intentando extraer ideas para la psicología profunda y la terapia del alma de lo que Platón dice sobre la errancia, el caos y la necesidad que nunca se pone completamente en orden. El punto de vista psicológico ve la Necesidad y el Caos no sólo como principios explicativos en el ámbito de la metafísica; son también acontecimientos míticos que tienen lugar también y siempre en el alma, y por tanto son archai fundamentales de la condición humana. A estos principios raíz pueden vincularse los pathe (o movimientos) del alma.39

La psicología ya ha reconocido el Caos sin rostro y sin nombre, este «movimiento asustado y loco» del alma, como ansiedad, y al nombrarlo así, la psicología ha evocado directamente a la diosa Ananke, de quien deriva la palabra ansiedad. Si la ansiedad pertenece realmente a Ananke, por supuesto, no puede ser «dominada por la voluntad racional». Cuando la ansiedad nos inunda o nos ataca, no podemos sino recibirla como una brecha (caos) en la continuidad racional. De ahí que la ansiedad no se someta al análisis; se abre camino ineludiblemente hasta que se admite su necesidad. ¿Por qué no considerar, entonces, las experiencias de ansiedad como reflejos en lo más profundo del ser humano de las operaciones de Ananke? La psicología ha intentado reducir sus movimientos necesarios a necesidades concretas: las pulsiones de la sexualidad (Freud), el pavor a la muerte y al no-ser (Heidegger), el pecado original (Kierkegaard), o a mecanismos fisiológicos. Pero no hay teoría racional posible. No hay más razón para ella que la necesidad que hay en ella. Los motivos de la angustia residen en la necesidad misma, tal como está constelada en este momento, la necesidad de esta imagen constelada, el camino actual del alma donde el alma está ahora asustada por la necesidad que la ata a su destino.

La relación entre la Necesidad y la condición humana puede hacerse aún más explícita si nos remontamos al final de la República; Platón describe las Moiras (Parcas).40Cada alma recibe su suerte específica de Lachesis. A continuación, Clotho la ratifica y, mediante el hilado de Átropos, «la red del destino se hace irreversible». No hay salida. No puede ser de otro modo. «Y entonces», sigue diciendo Platón, «sin mirar atrás [el alma] pasó bajo el trono de la Necesidad». Así entran las almas en el mundo. Cada alma nace pasando bajo la silla de Ananke.41 pesar de que Platón insiste a lo largo de toda su obra en la afinidad del alma con el nous, en el mito de Er presenta a Ananke como la que determina la vida psíquica desde el principio.

Así como Ananke se sitúa míticamente en el centro del universo y formalmente en la sección central del diálogo del Timeo, siguiendo la sugerencia de Friedländer, podemos concebir su locus en el ser humano no en la cabeza, lugar de la psique noética, sino más abajo en el centro, una región de lo «absolutamente indefinido». Llamado con diversos nombres, lo indefinido representa el poder de la sinrazón, el caos y lo antidivino».42 Estas profundidades centrales de la fisiología platónica se refieren particularmente al hígado.

Una forma de leer los caprichos de la causa errante sería estudiando los hígados (Timeo 71a-72b) y las entrañas. El adivino, como señala Cornford, es el que lee, no el alma racional, sino la irracional y apetitiva en busca de una visión del destino.43 La práctica de la adivinación literaliza una psicología «profunda» de la necesidad «interna» en el hígado y las entrañas reales mediante el arte de la hepatoscopia y la arúspice. Hoy en día, videntes similares a los del Timeo -analistas de la psique- caen a menudo en un literalismo mágico similar cuando intentan leer los movimientos del alma irracional y apetitiva de forma adivinatoria, llamando señales de los sueños con respecto a los movimientos futuros del destino.

Los métodos mágicos helenísticos que intentaban aprovechar el poder de la Necesidad se dirigían a esta profundidad interior, especialmente a los ), región del aire o alma del aire.44 La fórmula mágica (derivada de ananke) hepanagkos significaba hechizar, fijar o atar, obligar a la esencia interior mediante el poder mágico.45 Se intentaba gobernar el destino de una persona y convertirla en su esclava forzando una necesidad sobre los frénos. Se creía que una de las formas en que la necesidad ataba el alma era a través de la atadura del alma al cuerpo, y el lugar de esta atadura eran los phrenes. Por lo tanto, al obtener el control sobre los phrenes o el alma-aire de una persona, uno podía gobernar los movimientos de sus acciones físicas (comportamiento). Aquí vemos de nuevo la noción de necesidad como causa interna aristotélica, es decir, que actúa internamente dentro de una cosa y es necesaria para esa cosa, pero ahora literalizada al interior físico de una persona. La necesidad se reduce a la carne literal (cf. Schreckenberg, 61-64).

Esta literalidad sobre el cuerpo apoya las filosofías de la trascendencia (gnóstica, neoplatonista y otras religiones redentoras de la antigüedad tardía: Schreckenberg, 157-64). Un literalismo similar afecta a la religión redentora actual: la psicoterapia. Las diferencias entre nous y ananke se convierten en una oposición entre mente y cuerpo. La libertad de la necesidad se convierte entonces en libertad del cuerpo físico (o libertad del cuerpo físico) donde el alma está «atada» (cf. Fedón 82e46– o Wilhelm Reich). El locus de este lugar profundo pueden ser los pulmones (phrenes), el hígado, la «médula más profunda» (Timeo 73b-d) – o la musculatura profunda de la terapia Rolfiana. La fantasía en juego aquí es que la Necesidad gobierna desde «lo más profundo», y cuanto más se profundiza más se descubre lo rígidamente determinado, lo esclavizado que se está dentro de la armadura del cuerpo.

Al igual que las antiguas religiones redentoras ofrecían la liberación de la necesidad a través de la muerte física, las modernas terapias redentoras utilizan métodos físicos que persiguen la misma libertad. Tanto en las antiguas como en las modernas, el pensamiento en términos de posiciones físicas se contrarresta con el pensamiento de oposiciones metafísicas. Este es el estilo de pensamiento que opera dentro de la negación trascendental de la patologización (Re-Visioning Psychology, 64-67). Liberarse de los «cuelgues», y especialmente de los síntomas de los que es heredera la carne, es otra forma de esperar la liberación de Ananké, que nos alcanza precisamente a través de las servidumbres esclavizantes del alma irracional y apetitiva y de sus caminos errantes. Pero no sólo …

No sólo la carne literal, que no es irracional ni errante, sino un animal antiguo lleno de gracia, nos ata; sino más bien el alma en la que esa carne tiene su vida. La imagen por la que vive la carne es la última necesidad imperante. Estamos al servicio del cuerpo de la imaginación, del cuerpo de nuestras imágenes. Y lo que llena nuestras almas y da cuerpo a nuestras imágenes y experiencias es el sentido de necesidad que siempre, en todos los sistemas de disciplina psíquica y religiosa, se asocia con «cuerpo». Siempre que la necesidad se impone, se culpa al cuerpo. Así que, si escuchamos psicológicamente estos sistemas, también están diciendo: cuando huyes de la Necesidad sufres en carne propia, y lo que es peor, pierdes el cuerpo de tu imaginación, literalizando el cuerpo de sus imágenes en enfermedades clínicas y tratamientos médicos.

Cuando pensamos psicológicamente en la fantasía del lugar de la Necesidad en el cuerpo profundo, no se trata ni de la muerte corporal ni de la terapia corporal, pues ambas han tomado «cuerpo» literalmente como carne. Más bien, cuanto más profundizamos, más nos encontramos con lo que «no puede ser de otro modo». Cuanto más interiorizamos, más se corporizan nuestras necesidades psíquicas a medida que nos vemos arrastrados a un cuidado atento (terapia) y a una comprensión imaginativa de las necesidades que gobiernan el alma a través de su cuerpo psíquico, sus imágenes profundas, las profundidades míticas dentro de sus fantasías.

La diferencia entre Nous y Ananke se presenta como un conflicto desgarrador en el alma de Orestes al final de la trilogía Oresteia en la tragedia llamada las Euménides, Orestes ha pecado, pero ha pecado por orden de un dios, Apolo, que a su vez representa a Zeus. Orestes ha cometido un acto de psicopatología criminal: el matricidio. En el lenguaje del fragmento de Empédocles (115), ha «contaminado sus manos con sangre», y por ello es acosado por las Euménides, otra forma de hablar de Ananké. Exigen venganza, cumplimiento de leyes necesarias. Y son las causas desconocidas de nuestras heridas (plegai),47pues

Dispensan todo lo que concierne a la humanidad.
Sin embargo, cuando un hombre cae en su ira,
Él no sabe de dónde vienen sus aflicciones … 48

Traen el lazo de collar, que, como hemos visto, es uno de los atributos específicos de Ananke. Orestes dice (749): «Este es mi fin. El lazo [agchone] o bien la luz». Euménides o Apolo, Ananké o Nous (Zeus).

La votación sobre el destino de Orestes es igualitaria. Entonces interviene Atenea. Hay una discusión culminante entre ella y las Euménides. Pero finalmente Atenea los convence y consigue la vida de Orestes. La palabra clave de su victoria es persuasión, peitho, palabra que en nuestro idioma se traduce como retórica. La retórica persuade de la necesidad. La mayor trilogía de todos los dramas míticos termina con la reconciliación de Zeus y el Destino, que como dice Cornford49 es otra forma de expresar los principios de Platón de Nous y Ananke, Razón y Compulsión, o lo que Heródoto llama Peitho (argumento persuasivo) y Bia (fuerza violenta).50 (Ya hemos visto a Bia [hija de Estigia] como compañera de Ananke en el templo de Corinto y como instrumento en el clavamiento de Prometeo).

¿Qué ha hecho posible esta reconciliación? ¿Cómo se ha producido? ¿Qué hace Atenea para sanar la división entre la luz y la mente y la razón, por un lado, y las causas desconocidas de las aflicciones, por otro? En primer lugar, sabemos que Atenea tiene afinidad con la Necesidad, porque Atenea también ha inventado instrumentos de limitación y contención, aportando las artes de la alfarería, del tejido, de la medición, de la brida, del yugo y del arnés. En ella se combinan las mismas contradicciones que debe conciliar: el Nous de su padre y la fuerza vinculante de Ananke, con cuya colaboración (Alcestis, 978) gobierna su padre.

Pero la clave más profunda de toda la resolución, y de esta parte de nuestra investigación, es el término peitho: la persuasión de Atenea, el discurso ganador, el encanto de las palabras. Debemos recordar aquí que los trágicos y filósofos han insistido todo el tiempo en que Ananke es implacable, incapaz de ser persuadida, más allá del poder de las palabras. Pero Atenea encuentra un camino: «La persuasión guió el discurso de mi boca», dice (971).

El contenido de las palabras de Atenea es que ofrece a las Erinias -las torturadoras fuerzas furiosas de la necesidad que oprimen a Orestes- un lugar dentro del orden divino. Ella ofrece un santuario, una cueva, un altar («nuevas cámaras», 1005) donde estos poderes pueden residir y ser honrados y, sin embargo, permanecer ajenos: o «extranjeros residentes», como se les llama (1012, 1019).51 Los sin nombre y sin imagen serán imaginados y nombrados. El sacrificio es posible. Se produce la reconciliación.

La reconciliación se produce entre las propias divinidades cuando Orestes y su patrón Apolo están fuera de escena, habiendo salido ya 250 líneas antes de la procesión triunfal final.52 No es Orestes, el héroe sufriente del centro, quien provoca la curación.

Aunque el problema por el que sufre Orestes implica a su padre y a su madre, sus pecados y sus asesinatos, no es Orestes la persona, ni el protagonista arquetipal del ego humano lo que constituye finalmente el problema. Es una agonía cósmica, universal, en la que se ve atrapado. Volviendo a los mitos griegos podemos ver nuestras agonías personales bajo esta luz impersonal.

Esta conclusión de la Oresteia se ha discutido a menudo como política y trascendental, como representación del cambio en la sociedad ateniense, o en términos de conflictos entre patriarcado y matriarcado, entre dioses del Alto Mundo y del Bajo Mundo, entre tipos de legalidades, pero yo deseo que entendamos estas cuestiones psicológicamente. Esta tragedia trata del sufrimiento del alma desgarrada de Orestes. Habla del conflicto fundamental entre la razón dentro de nosotros y los poderes del destino que no pueden escuchar a esa razón, que no pueden ser alcanzados por la comprensión o movidos de su curso compulsivo. Este curso es como nuestra psicopatología, que he definido antes como esa parte de nosotros que no puede aceptarse, reprimirse ni transformarse. Orestes es una figura del alma desgarrada entre archai. Es a la vez psicología normal y anormal. Como Edipo, Orestes es el hombre psicológico, un caso mítico.53Pero, a diferencia de Edipo, Orestes es relevante para el problema de la psicopatología general más que para una forma específica de la misma. La Oresteia aborda «las heridas de la vida sin saber de dónde ni por qué» (933), y las vincula a la necesidad misma. Donde la aflicción de Edipo se refiere finalmente a un ego heroico, su ceguera, errores y arrepentimiento, Orestes sufre el conflicto cósmico del alma desgarrada entre dioses, la psicopatología necesaria del universo.

Hay mucho que decir sobre las relaciones entre las palabras y la fuerza. Esta relación está en la raíz misma de la psicoterapia que es, en definitiva, la disciplina de esta relación, ya que gran parte de su trabajo trata de trasladar las acciones compulsivas a las palabras. Freud llamó por primera vez a la psicoterapia la cura hablada, reconociéndola como un trabajo de peitho, un arte de persuasión o retórica. Un análisis repite las luchas en el alma de Orestes entre la razón y la compulsión, y repite el discurso de Atenea, que persuade a la reconciliación encontrando lugar y dando imagen a las necesidades motrices. En boca de Atenea el discurso se convierte en un himno curativo,54 palabra que etimológicamente significa palabras «hiladas» o «tejidas» (véase más adelante sobre Atenea y el tejido).

La relación entre palabra y fuerza se refleja también en la sociedad, sugiriendo que el imperio de la violencia coercitiva aumenta cuando decae nuestro arte de convencer con la palabra. Peitho adquiere una importancia abrumadora tanto en la curación del alma como en la curación de la sociedad. Nuestro compromiso en Eranos -una reunión hablada, un ritual de la palabra- pertenece también a la devoción y el culto del peitho. Porque aquí también intentamos encontrar palabras persuasivas y convincentes que puedan tocar y conmover las fuerzas incomprendidas e inimaginables del espíritu. La tarea de la formulación no puede sobrestimarse.

¿Por qué son tan importantes las palabras en una cultura y por qué el arte de la persuasión, el peitho de Atenea, ha caído tan en desuso en la nuestra? La conclusión de la Oresteia responde a la primera pregunta: las palabras son capaces de persuadir a los elementos más oscuros para que participen y tengan cabida. Debemos hablar y dejar que hablen. La respuesta a la segunda pregunta se refiere a la profunda importancia determinante de la realidad psicológica y espiritual.

Si los reales últimos son objetos, cosas, sucesos materiales -cosas muertas ahí fuera, como quiere Descartes e insiste el materialismo-, entonces el discurso no tiene ningún efecto. Flatus voci – palabras vacías, un desperdicio de aliento. Las acciones hablan más alto; Bia no Peitho. Entonces el lenguaje debe simplificarse, convertirse en una herramienta operativa, parte del kit del positivista y del materialista para obtener instrucciones claras en manuales, palabras que se ajusten a los instrumentos informáticos para mover y dar forma a los objetos ahí fuera.

Si, por el contrario, la realidad es psicológica y espiritual, es decir, ideacional, religiosa, imaginal, fantástica -como lo es especialmente en psicoterapia y como lo era en la cosmovisión griega-, entonces afectar a la realidad requiere instrumentos para mover ideas, creencias, sentimientos, imágenes y fantasías. Entonces la retórica, la persuasión, tiene una importancia capital. A través de las palabras podemos alterar la realidad; podemos hacer que nazca y hacer que desaparezca; podemos dar forma y cambiar la estructura y la esencia mismas de lo real. El arte de la palabra se convierte en el principal modo de mover la realidad.

La relación de la palabra y la curación ha sido bellamente desarrollada por Pedro Laín Entralgo, historiador de la medicina española: «Las palabras, palabras vigorosas y persuasivas: son la clave de las relaciones interhumanas…»55 Parafrasea lo que dice Ulises en el Filoctetes (línea 99) de Sófocles, frase que es un epigrama para la psicoterapia: «En la vida de los hombres es la lengua y no el acto lo que lo gobierna todo.»56

Mis palabras de ahora son un intento de recordarnos algo que el profesor Izutsu escribió hace casi veinte años: que el lenguaje es ante todo un poder mágico que reside «en su misma constitución semántica» y determina la organización de la gramática, la sintaxis y el significado; que es la voz la que actualiza el «aliento sagrado» en palabras; y que el lenguaje puede curar porque es eo ipso y a priori sagrado.57 El habla expone la naturaleza más íntima del hombre, decía Sófocles (Edipo en Colono 1188). La diosa Peitho -que puede alterar y altera la necesidad- «no tiene otro templo que la palabra», decía Eurípides.58 Si es así, entonces la palabra correcta es también una forma de restaurar «el Templo». La retórica, tal como yo la concibo, es una devotio, un intento de devolver la palabra a los dioses y de dar forma adecuada a la magia divina, al aliento sagrado en el lenguaje. No es de extrañar que hablar en Eranos produzca tan a menudo ese fenómeno patologizante que los franceses llaman le trac (miedo escénico).

La libertad de expresión es, por tanto, un fundamento psicológico, una exigencia del alma que encuentra la libertad dentro de la necesidad a través del lenguaje. El habla surge de las mismas profundidades donde la necesidad esclaviza al alma, creando nuestras patologizaciones. El habla expresa el alma-aire de los phrenos. El habla humana, especialmente en psicoterapia, nunca es totalmente el logos de Nous. Siempre es también díscolo, espontáneo, divaga como la Causa Errante.59

La terapia a través de la palabra no puede acabar con el dominio arcaico y furioso de Ananke, ni lo pretende, pues entonces perderíamos la conexión de los arquetipos con nuestra experiencia física y nuestra mortalidad. Tampoco es nuestro objetivo excluir sus reivindicaciones como extranjera residente en el alma. Pero podemos darle modos de expresión, maneras de imaginarse a sí misma en palabras, persuadiéndola de su implacable silencio60 – una terapia arquetipal, una terapia del propio arquetipo.

La fantasía de la normalidad

El movimiento de nuestra línea de pensamiento conduce ahora a esta formulación: si patologizar es necesario y es la expresión y experiencia de la Necesidad misma, entonces esta actividad errante y desordenada debe ser una «norma» del alma, tal como Platón la imaginó. Si los propios arquetipos están internamente limitados a y por sus imágenes, de modo que ellos también muestran patologías (las infirmitas del arquetipo), entonces la patologización está entretejida en toda la existencia psicológica, y cualquier cosa que llamemos «normal» debe incluirla. Todas las estructuras de la conciencia, todas las condiciones de la existencia como perspectivas arquetipales, incluidas las denominadas sanas, íntegras, realizadas o normales, también están patologizadas.

Permítanme insistir en esto: en lugar de tratar de comprender la necesidad de la psicopatología y qué lugar ocupa la patologización en el alma, ahora pasaríamos a comprender la normalidad y qué lugar ocupa la normalización en el alma. Nos dirigiríamos a la normalidad no como se presenta literalmente en sus propios términos como «normal», sino como una perspectiva arquetípica específica con su propio estilo de patologización.

Con esto no quiero decir que todo el mundo esté enfermo -la falacia terapéutica- o que la normalidad sea enfermedad -la variante laingiana de esa falacia-. Más bien intento eludir el modelo dualista de normal-anormal sugiriendo que cada estructura arquetípica imagina un cosmos que incluye su patrón de acontecimientos patologizados. Además, en lo que sigue intentaré exponer la propia fantasía de normalidad como una necesidad inherente dentro de una perspectiva arquetípica específica.

«Norma» y «normal» derivan de la palabra latina norma, que significa escuadra de carpintero. Norma es un término técnico e instrumental para designar un ángulo recto; pertenece a la geometría aplicada. Normalis significa «hecho según la escuadra»; normaliter significa «en línea recta, directamente». El significado de «normal» en los siglos XVI y XVII era: rectangular, perpendicular, que forma un ángulo recto. Pero la palabra en nuestro sentido actual revela usos claramente decimonónicos: normal como regular (1828); normal school for teacher training (1834); normal como promedio en física (1859); normalizar (1865); normativa (1880); y normal como usual (1890).

Esta última definición contiene dos significados distintos que se funden entre sí:

1) Normal en el sentido estadístico, es decir, lo que es habitual, común, frecuente, regular, por lo tanto predecible o esperado. Este sentido puede demostrarse gráficamente como lo que cae en la región media de una curva de Gauss, de ahí media, medio, promedio, centrado. Anormal, en este mismo enfoque cuantitativo, se refiere a lo que es inusual, extremo, excepcional, desviado, fuera de línea, excepcional, raro, extraño, anómalo. El sentido estadístico no pretende implicar valores distintos de los cuantitativos. Inusual significa simplemente infrecuente.

2) Normal en sentido ideal, es decir, lo que más o mejor se aproxima a una norma ideal, una imagen o Vorbild preestablecida. Este estándar puede venir dado por la teología (imitatio Christi); por la filosofía (hombre estoico, hombre nietzscheano); por la ley (el ciudadano); por la medicina (adaptación resistente); por la cultura y la sociedad (conformidad con los cánones). En aras de la exposición, podemos llamar cualitativo a este segundo tipo de normalidad. Implica juicios de valor, ya que la proximidad al ideal es normal en un sentido laudatorio, y la lejanía de él es anormal en un sentido peyorativo.

Los dos usos de normal -estadístico e ideal- pueden ser muy distintos. Por ejemplo, podemos sufrir una úlcera duodenal psicosomática. Esto es frecuente en hombres de cierto tipo que hacen ciertas cosas. Como frecuente, es estadísticamente normal, aunque idealmente sea anormal. O podemos tener el cociente intelectual más elevado de una comunidad de gustos (edad, sexo, nivel económico, grupo étnico, etc.) y aproximarnos así lo más posible a la norma ideal, aunque esta inteligencia elevada sea estadísticamente anormal.

Por lo general, sin embargo, los dos tipos de normas se funden en nuestras mentes. Esto puede deberse a varias razones. En primer lugar, incluso el huesudo lenguaje de la estadística conlleva connotaciones metafóricas. Cuando decimos media, medio, promedio o extremo, excepcional, desviado, estamos denotando frecuencias estadísticas pero también connotando valoraciones cualitativas profundamente arraigadas en el lenguaje. En segundo lugar, la visión populista, igualitaria y sociológica del mundo que domina nuestros sistemas de valores quiere la fusión de las dos normas, la cuantitativa y la ideal. Bajo el Reinado de la Cantidad, como René Guénon ha llamado a nuestra época, lo ordinario, lo regular, lo equilibrado, lo centrado, lo predecible se han convertido en normas ideales y han establecido los estándares del alma. «Anormal» es a la vez una definición estadística y una condena moral. Lo raro se convierte en malo; lo inusual e irregular, en censurable. En tercer lugar, la psique sui generis imagina normas ideales o tipos ideales, los «universali fantastici» o metáforas poéticas de Vico. Parecemos incapaces de existir sin personas míticas que presenten normas ideales. Pero hoy nuestros santuarios y altares están vacíos para que en los nichos vacantes aparezcan los comunes seculares, las frecuencias y los promedios ennoblecidos en normas ideales por la mitificación de la psique. Asistimos al Reinado de la Cantidad en el reinado del hombre común del sentido común, a la infiltración de la normalidad estadística en normas ideales.

El enfoque cuantitativo representa el punto de vista de la physis hacia la psique, de la materia hacia el alma, y por tanto entra en la psicología desde la ciencia de la naturaleza material. De hecho, uno de los significados de diccionario de normal es «natural». El método en psicología que utiliza las regularidades de la naturaleza (physis) como normas ideales podemos llamarlo «aristotélico». Este método nos implica en la falacia naturalista de la psicología,61 es decir, juzgar los sucesos psíquicos comparándolos con sucesos similares en la naturaleza. Cuando la naturaleza física y literal se convierte en la norma, la psique está siendo vista normalmente desde la perspectiva del arquetipo de la madre y su héroe.62

El enfoque aristotélico deriva de definir la psique en términos de la vida natural del cuerpo63; mientras que nosotros hemos estado elaborando una psicología que es más platónica. Su examen del alma se relaciona principalmente con la muerte, con lo que está por debajo y es más profundo que la vida natural y su punto de vista. La diferencia entre lo aristotélico y lo platónico también puede ponerse como una entre lo médico y lo mítico en lo que respecta a las patologizaciones. Las normas para el alma que hablan de adaptación, mejora de la vida, equilibrio o media áurea son «aristotélicas» o médicas64; permanecen dentro de la perspectiva natural y no aprecian la necesidad de patologizar para el mito y la necesidad de limitar la muerte para el alma.

Aunque Platón elogiaba el camino medio, también alentaba a alejarse de él, como en el Simposio y el Fedro, donde la intensidad erótica y diversos estilos de manía extrema se presentan como caminos favoritos del alma. Además, en el Fedón (81-82) Platón habla de andras metrios, ciudadanos decentes ordinarios, que en su reencarnación son comparados con abejas y hormigas, almas totalmente colectivas felizmente ligadas a las líneas de la naturaleza, predecibles, comunitarias, sin desviaciones. La propia palabra metrios (la clase media elogiada en la Política de Aristóteles) remite a metron, la regla, el estándar, la norma, la medida.

El planteamiento platónico es llevado más lejos por Marsilio Ficino en su traducción y comentario del Simposio.65Esta obra fue uno de los tratados más influyentes del Renacimiento. Se trata de un libro de psicología esotérica y extática cuya intención es conducir el alma al amor. Para Ficino (Comentario al Simposio de Platón VI, 8), el camino medio que ni asciende ni desciende es la posición de los hombres prácticos de acción, cuya preocupación es la moral y cuya posición es la de observador. Tales hombres «permanecen en los placeres sólo de ver y de las relaciones sociales». El camino del medio evita tanto el descenso al toqueteo voluptuoso como el ascenso a la abstracción contemplativa.

Algunos platónicos66 tenían esta vía media en menos estima que las otras dos, ya que el movimiento voluptuoso hacia la generación animal era un modelo para las experiencias de la exaltación ascendente – les extrèmes se touchent. La caracterización que hace Ficino de la vía media implica una profunda crítica del ámbito de la percepción, la acción y las relaciones sociales. Sólo observar, plantear la cuestión moral de los acontecimientos, convertir los movimientos del alma en acciones prácticas, todo ello pertenece a la vía media horizontal que es una defensa contra el poder daemónico del amor que atrae verticalmente hacia abajo o hacia arriba. La vía media del hombre social-moral-práctico es la defensa de la normalidad frente a la implicación apremiante de las otras dos vías.

Las grandes pasiones, verdades e imágenes no son medianías normales, no son promedios. Moisés deslenguado que mata, tiene cuernos y una esposa negra del desierto; Cristo haciendo milagros, lacerado en la Cruz; Mahoma extático; Hércules y los héroes, incluso Ulises; y las extraordinarias diosas asombrosas: todos ellos son extremos imprevisibles que anuncian el alma in extremis. Y estas figuras míticas muestran posesiones infirmitas, errores, heridas, patologizaciones. En términos de Vico, la verdad metafórica es más que la vida, otra que la vida, incluso mientras presenta las normas ideales para la vida. La propia idealidad se expresa en parte a través de enormidades patologizadas.

No estoy abogando por un Romanticismo barroco o un horror gótico, un nuevo culto a lo freakish para escandalizar a los burgueses. Eso no es más que la otra cara de la normalidad. Más bien deseo que recordemos el Timeo de Platón: la razón por sí sola no gobierna el mundo ni establece las normas. Volviendo al término medio de las normas, normas sin enormidad, rechaza la causa errante de Ananke.67 Tales normas son delirios, falsas creencias, que no tienen en cuenta la plena naturaleza de las cosas. Las normas sin patologizaciones en sus imágenes realizan una normalización sobre nuestra visión psicológica, actuando como idealizaciones represivas que nos hacen perder el contacto con nuestras anormalidades individuales. La fantasía de normalidad se convierte a su vez en una distorsión de cómo son las cosas en realidad.

Para decirlo en el lenguaje de la psicología académica: lo nomotético debe incluir lo idiopático dentro de sus formulaciones como parte inherente de sus enunciados y leyes generales, de lo contrario nuestra visión del alma también se normaliza, se vuelve indistinguible de las abejas y las hormigas: social, práctica, natural; 1984. Entonces nos defendemos de los arquetipos de nuestra vida y de las poderosas imágenes de nuestra cultura que ya no pueden llegar a nosotros, o sólo lo hacen a través del camino intermedio de las observaciones perceptivas, los arquetipos como alegorías de la acción práctica moral o como ilustraciones estéticas sin persuasión. Entonces nos hemos modelado sobre normas sin dimensiones arquetípicas, el hombre el medidor de todas las cosas, el observador fuera, incluso fuera de su propio sufrimiento, tratándolo también desde fuera, observacionalmente, objetivamente, viviendo una vida sin ningún sentido inherente de necesidad.

Atenea

Ahora bien, también esta posición intermedia debe tener una influencia arquetipal. No basta con llamarla ilusión defensiva; también debe reflejar a un dios, puesto que hay dioses en nuestras enfermedades.

Aquí volvemos a Atenea, que llevó a cabo la gran reconciliación entre Zeus y las Furias, Nous y Ananke. Ya he señalado que Atenea comparte con Ananke atributos limitadores y de aprovechamiento. Además, tiene un aspecto de Perséfone68; un aspecto de caballo69 como las Erinys; lleva en su pecho el Gorgo, esa aterradora imagen de la irracionalidad; su animal, el búho70, es su «sabiduría», pero también es un ave de perdición, una criatura nocturna chirriante que puede situarse entre las Arpías, las Sirenas, las Keres, imágenes aladas de Moirae de fatídicas necesidades.

Sin embargo, y en contraste, Atenea es la hija con cabeza de Zeus, la epifanía misma de su Nous, su Metis introyectada (la madre de Atenea). Metis («sabio consejo») procede de la misma raíz indogermánica que metron, medida, regla, norma.71Es sobre todo en el ámbito de la ciudad donde Atenea Polias72 defiende las normas de los cánones culturales. Uno de sus epítetos posteriores fue Pronoia, providencia, previsión, pues su estructura de conciencia puede espiar lo previsible, prepararse para ello y normalizar así lo inesperado. Atenea, como Hygieia,73 muestra la misma previsión en el ámbito de la salud. ¿Acaso no apelamos a ella todavía hoy bajo el disfraz conceptual de la «higiene mental» y los centros comunitarios de salud mental organizados por el Estado? El propio nombre de Atenea, según Kerényi, hace referencia a un recipiente contenedor «una especie de vasija, un plato, un vaso o una cacerola»;74 era la divinidad protectora del alfarero; y el cuenco de barro era una ofrenda votiva primordial en el culto a Atenea.75 La normalización también se produce al tener una apertura receptiva y un espacio interior contenido para lo que venga.

La Atenea romana, Minerva76 (cuyo nombre deriva de memini, mens, mente) tenía bajo su protección a todos los gremios artesanales, a los maestros de escuela («¡escuela normal!») y a los grupos de la profesión médica cuya tarea es ejercer el gobierno sobre la Causa Errante mediante el sabio consejo del intelecto práctico.77

Como dadora de la brida y el yugo y de «la ciencia de los números»78, Atenea presenta la necesidad persuasiva de la razón, las necesidades matemáticas y lógicas en las que, como dice Aristóteles (Metafísica 1015a-b), «una conclusión no puede ser de otro modo», pues se sigue necesariamente de las primeras premisas en los procesos deductivos. El pensamiento está unido y frenado por la lógica de la razón. Atenea une a Zeus y Ananke porque en su persona se combinan la razón y la necesidad. Atenea-Minerva traslada a Ananke de la violencia de Bia a la fuerza de la mente de la que su discurso convincente (peitho) es ejemplo. Atenea es la necesidad trasladada del otro mundo a este mundo, de la ceguera a los ojos brillantes (glaukopis), del hilado al tejido, de la impenetrable compulsión errática a las previsoras medidas protectoras del intelecto práctico con respecto a la necesidad, medidas que a su vez se convierten en otro tipo de necesidad.

Yo definiría este proceso psicológico como normalización y consideraría a Atenea como la persona arquetípica dentro de la fantasía de la normalidad. Cuando la psicología habla en términos de normas, cuando intenta normalizar, cuando representa el punto de vista del canon cultural y da sabios consejos desde la comprensión práctica -protectora, higiénica, política, sensata-, entonces la psicología está representando a Atenea.

Además, podemos aportar apoyo a que hayamos llamado «maternal» a la perspectiva normativa. A diferencia de Hera y Artemisa, a las que no se dirigía el culto griego con el término Madre, a Atenea se la llamaba Meter. Esta virgen sin descendencia era, sin embargo, madre, aunque nunca se la representó con un niño en brazos.79 Aquí tenemos ocasión de discriminar con más precisión el término «madre» utilizado con amplitud en la psicología profunda.80La maternidad de la conciencia ateniense es institucional, una maternidad de hermandades no religiosas y seculares (phratriai). Para encontrar a la Madre Atenea debemos recurrir a las convenciones de los hombres de ideas afines, las normas nomotéticas de la ciencia, los negocios, los oficios, las profesiones y el gobierno y sus inevitables normas de inclusión y exclusión.81 Cuando se examina el alma desde un punto de vista institucional o se aborda con el pensamiento y el sentimiento convencionales, la perspectiva que opera es la de Atenea.

En otro lugar sugerí que los diálogos de Platón pueden examinarse arquetípicamente en términos de los dioses82 y las variaciones dentro de su filosofía pueden entenderse como apropiadas al politeísmo de su conciencia. El diálogo que parece ser especialmente el «hijo de Atenea» es el Estadista.

Allí encontramos que el oficio particular con el que se compara el estadismo es el arte de combinar, y las imágenes para este arte son las de Atenea: medir y tejer (Estadista 283-87).83El trabajo manual de Atenea es el paradigma utilizado por Platón para el oficio de la política. Ya hemos visto la habilidad de Atenea para combinar o tejer las fuerzas vengativas e implacables en la estructura de la Acrópolis mediante ese notable término combinatorio «extranjeros residentes» que es, al fin y al cabo, una resolución del «problema de Orestes» mediante una metáfora política. Platón dice que Atenea (junto con Hefesto) gobierna la artesanía para las «necesidades cotidianas de la vida» (Leyes XI, 920e), como si dijera que el mantenimiento de la vida cotidiana y práctica de la comunidad es su principal preocupación. La inclusión de lo excesivo y anormal entretejiéndolo es el arte de la conciencia política. Este tejer, como Platón se esfuerza metafóricamente en establecer, no es remendar edredones, clavar tablas, coser cuero, zurcir agujeros. No es reparar. No es collage. No es bricolaje, al azar, sin necesidad interna. Más bien, el arte de Atenea es el trenzado sistemático de hebras; y como su propia persona es una combinación de Razón y Necesidad, su arte de combinación produce un tejido completo (Estadista 283b). Todos los hilos tienen cabida en la gestalt y contribuyen a ella, al igual que las Erinas. Las viejas Furias se incorporan, nada queda fuera, ningún extremo cuelga de los bordes: la integración como norma ideal.

Es en este sentido integrador como podemos comprender la importancia de Minerva en el arte de la memoria de Bruno.84Minerva hace posible el arte mismo; su escalera conecta todas las cosas mediante gradaciones de imágenes. O, como hemos visto en las Euménides, es Atenea (Minerva) quien crea el espacio interior. Ella es la función espacial interna de la mente, la diosa que otorga el topos, juzgando dónde pertenece cada acontecimiento en relación con todos los demás. Es la mente como receptáculo contenedor que normaliza a través de la organización interior.

Sin embargo, esta estructura de la conciencia puede convertir las normas en armas. Lo vemos en la Ilíada (21: 399 y ss.). Atenea coge un mojón (lo que pone límites) y se lo lanza a Ares, golpeándole en el cuello (lugar de la necesidad). Es aplastado por su fuerza, «subyugado» a sus límites.

Se hace más evidente por qué son «irracionales» los dioses que se contraponen fuertemente a Atenea: Ares y Afrodita (en la Ilíada); Poseidón (en la Odisea); Dioniso (cuya embriaguez puede curarse con un huevo de búho,85 y que llama a las hijas de Minyas para que abandonen sus tejidos); Pan (no se permitía ninguna cabra en la Acrópolis y su saliva era veneno para su olivo).86Las emociones dinámicas, las rabias, las posesiones, las histerias húmedas, las depresiones y la naturaleza salvaje fuera de la polis no pertenecen al cosmos de la normalización de Atenea. No pueden ser contenidas en su amplio, pero no agrietado cuenco.

Estas sinergias siguen operando en nuestras perspectivas. Es difícil imaginar la naturaleza de la conciencia ateniense sin que nosotros mismos caigamos en una u otra de estas posturas cargadas de afecto con las que ella se opone.

Una segunda metáfora del Hombre de Estado se refiere también al entretejido de Ananke dentro del cuerpo político – y, por supuesto, el cuerpo político es también una imagen, una forma de hablar de la constitución del alma. Esta vez, la metáfora se refiere a la jerarquía social, desde los esclavos hasta los reyes (Statesman 287-91), que se combinan mediante el arte del arte de gobernar. Por lo que ya hemos visto, sabemos que «esclavos» se refiere a ananke, y que dentro del alma los esclavos son lo obligado y lo compulsivo.

Siguiendo una propuesta que he hecho en otro lugar («Un ensayo sobre Pan») de que las ideas y los comportamientos (incluidos los comportamientos patologizados) son siempre la puesta en escena de fantasías míticas, ahora sería apropiado desarrollar más las relaciones entre las imágenes míticas de Atenea y las ideas de las normas, y luego vincular estas imágenes e ideas con las patologías del comportamiento. En otras palabras, estamos obligados a reconocer la patologización de Atenea. Del mismo modo que la ascensión pertenece al arquetipo puer, la constricción a Saturno, la fuerza de voluntad al Héroe, el crecimiento a la Magna Mater y a su Hijo, así la normalización pertenece a la conciencia ateniense. (Tanto es así que aún hoy llamamos «atenienses» a los ideales normativos de «nada en exceso» y a la doctrina del justo medio). Y del mismo modo que estas otras actitudes ideológicas -ascensión, constricción, fuerza de voluntad, crecimiento- proporcionan un apoyo de fondo para una forma de patologizar, así también normalizar es una forma de patologizar que contiene su propia justificación arquetípica.

La justificación ateniense tiene lugar mediante la apelación a normas objetivas. Sentir que las normas son objetivas y pensar que las normas objetivas lo son, independientemente de las estructuras de la conciencia y de las personas arquetípicas que las rigen, revelan que estamos en el templo de Atenea. El entrelazamiento del pensamiento normativo y objetivo es precisamente el punto ciego de la conciencia ateniense. Aquí no puede ver a través de sí misma y dentro de la fantasía arquetípica que está representando. Esta conciencia experimenta las normas como objetivas y lo objetivo como normal, y de lo objetivo debemos derivar nuestras normas. La conciencia ateniense se vuelve hacia los «otros» objetivos (polis) para validar la necesidad de su perspectiva.

Esta conciencia permanece eternamente ligada a su «padre», Zeus, lo que le da una certeza de juicio y una convicción de objetividad; mantiene una preocupación impersonal y desinteresada por «el bien del todo». Este todo, sin embargo, al objetivarse (en lugar de individualizarse) se abstrae en una norma idealizada. La sutil infusión de lo abstracto en lo práctico tiene la ventaja -y la desventaja- de eliminar las preocupaciones prácticas reales en normas y objetivos basados en principios. Se hace difícil distinguir entre la virtud y la tiranía del juicio en la conciencia ateniense.

Que hay anormalidad en la normalización, que la consigna de la normalidad integrada es el lugar mismo del estilo de psicopatología de Atenea, se representa más vívidamente en su función de protectora de la «ciudad», donde la preparación de su pronoia es también la defensiva militar de la paranoia. Es patrona de las armas y ella misma es «una diosa armada con el cuerpo casi totalmente cubierto por un escudo».87La estructura de la conciencia que nos mantiene racionales, prácticos y en guardia para las necesidades cotidianas de la vida es la misma que nos mantiene enfundados en nuestra armadura corporal, las posturas defensivas que son arquetípicamente necesarias para la normalidad civilizada.

Esta estructura protectora y práctica está tan cerca de nuestras defensas habituales del yo que resulta especialmente difícil reconocerla. Otto nos recuerda la cercanía de Atenea a la acción, su prontitud e inmediatez. Habla de ella como la inteligencia que nos guía en medio de las operaciones de la vida, al igual que Piaget, que define la inteligencia como una actividad del yo que resuelve problemas mediante combinaciones operativas. Se trata de un arquetipo que no se revela en los afectos. No tiene ni el salvajismo de la batalla ni la distancia de la contemplación (dice Otto); por tanto, no es discernible a través de convulsiones afectivas o subidones espirituales. Está «siempre cerca»88, y como está tan cerca no la vemos.

Para localizar psicológicamente a Atenea debemos acercarnos a lo que llamamos el ego (y Atenea era consejera de muchos héroes).89 Atenea actúa como voz autocontroladora o perspicacia dentro de nuestras reflexiones. Es el mentor interno, y es como pájaro mentor que aparece tan a menudo en la Odisea.90 Cuando uno se aconseja a sí mismo, el acto es ateniense, y el consejo que surge refleja sus normas. Ella es la reflexión despierta en la noche, como el búho y la llamada repentina, como su trompeta que hace que uno oiga a pesar de su sordera interior. Cuando hablamos de reflexión en psicología o invocamos figuras interiores de la imaginación para que reflejen nuestras preocupaciones, debemos recordar que la reflexión tiene muchos estilos. El consejo de Atenea presenta las normas de este mundo, y sus necesidades, en estrecha cooperación con los intereses del ego. No se trata de una reflexión nínfica y fantasiosa, pueril e inspiradora, saturniana y abstraída, apolínea y clarificada, ni de una reflexión musitada, erótica, especulativa o hermética.

El resultado de lo que hemos estado elaborando aquí puede resumirse de la siguiente manera: 1) lo normativo es sólo una perspectiva arquetipal hacia los acontecimientos psicológicos, como Atenea es sólo uno de los doce olímpicos – y hay otras perspectivas, en particular del Inframundo, que no son olímpicas. 2) Las normas con validez objetiva son «absolutas», «normales» y «objetivas» sólo para la conciencia ateniense, para la que tales fantasías son arquetipalmente necesarias. 3) El enfoque normativo de la psique es inherente a una Weltanschauung que siente su obediencia primaria a las imágenes «exteriores», o lo que hoy denominamos psicología «consciente» (estadística, social, práctica, preventiva, higiénica, comunitaria); o «exterior» como arriba, las altas verdades objetivas de Zeus. 4) El enfoque normativo experimenta la Necesidad tal como la traduce Atenea, es decir, la necesidad nos presiona como exigencias a cumplir con imágenes que son représentations collectives, procedentes de la res publica, de estándares normativos que son racionalmente demostrables, más que de imágenes de lo imaginal. La patologización se vuelve eo ipso anormal. Nos concebimos como seres sociales, económicos, naturales o políticos más que como seres imaginativos. Formulamos nuestras necesidades en términos de necesidades «exteriores»; nuestras acciones se guían por lo racional, lo político, lo higiénico, lo previsor, lo precautorio. 5) La propia imaginación recibe una interpretación inspirada y profética de la conciencia ateniense. Sus formas caídas serán denunciadas como inescrupulosas y poco prácticas o ennoblecidas con presagios e implicaciones; pero no se les permitirá la independencia de su deformidad, pues todos y cada uno de los acontecimientos deben encajar, encajar y encajar. 6) Ser normal en cualquier sociedad es representar un estilo particular de la fantasía de esa sociedad. La apelación a la normalidad esconde una defensa contra otras representaciones arquetipales, que entonces deben ser juzgadas forzosamente «anormales». 7) Desde este punto de vista tiene que haber una anormalidad contra la que este estilo de conciencia se defienda y se integre normalizándose. Así hemos llegado a «la necesidad de la psicología anormal». También hemos expuesto nuestra principal preocupación en este trabajo: antes de que la psicoterapia esté en condiciones de hacer nada en absoluto con respecto a la anormalidad psicológica, está obligada primero a reconocer el arquetipo dominante en el estilo que arroja un mundo en normas, normalizando, y normalidad, es decir, la persona arquetípica de Atenea.

La imagen de Atenea, con casco y armadura, nos devuelve a nuestra referencia inicial a Freud. El pequeño síntoma tan ajeno a la visión normativa del ego es la grieta en la estructura que resquebraja todas las imágenes normativas de cómo deberíamos ser, todas las negaciones de la patologización imposibilitadas por los persistentes dolores de espalda, la indigestión, el mal humor y las ideas acosadoras. El defecto fatal es, en efecto, el Destino, la Necesidad, que llega a nuestra alma a través de sus hijas, a pesar de todos los escudos de prudencia que se alzarían contra ella. A través del poder de la imagen, expresándose como síntoma y presentando las erráticas pretensiones de la Necesidad, descubrimos una visión psicológica del ser humano para la que no rigen ni el naturalismo ni el espiritualismo ni el normalismo. El hombre natural que es uno con el desarrollo armonioso, el hombre espiritual que es uno con la perfección trascendente y el hombre normal que es uno con la adaptación práctica y social se transforman al ser deformados en el hombre o la mujer psicológicos que son uno con el alma.

Presentado en la Conferencia de Eranos, agosto de 1974, y publicado por primera vez como «Sobre la necesidad de la psicología anormal» en Eranos Yearbook 43 (1974). Reimpreso, con las correcciones incluidas aquí, en Facing the Gods, ed. J. Hillman (Dallas: Spring Publications, 1980).


1. NIL, 78, párr. 31

2. “On Psychological Language”, en J. Hillman, The Myth of Analysis: Three Essays in Archetypal Psychology (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1972), y “Pathologizing”, en J. Hillman, Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975).

3. CW 13: 54.

4. Cf. D. Kingsley, « ’Through the Looking Glass’: Divine Madness in the Hindu Religious Tradition», History of Religion 13/4 (1974), 270–305.

5. Al enfatizar el aspecto patologizado de lo imaginal, soy consciente de divergir aquí de la visión de Henry Corbin, quien es el fundador del término “imaginal” y con quien mi trabajo está, y estará para siempre, profundamente endeudado. Corbin considera que el imaginario de “lo fantástico, lo horrible, lo monstruoso, lo macabro, lo miserable y lo absurdo” refleja la secularización de lo imaginal: “En contraste, el arte y la imaginación de la cultura islámica en su forma tradicional se caracterizan por el hierático, por seriedad, gravedad, estilización y significado” (H. Corbin, “Mundus Imaginalis, or the Imaginary and the Imaginal”, Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought [1972], 16). Claramente, las patologizaciones de la imagen no pertenecen al mundus imaginalis tal como él nos ha dado esta palabra. Pero en la formación del alma de la psicoterapia real, las patologizaciones son a menudo la vía regia hacia lo imaginal. Aquí seguimos a Jung para quien no había imagen que no pudiera convertirse en vehículo de la imaginación activa y del movimiento de la conciencia hacia las profundidades míticas. De hecho, cuanto más fastidiosa era la imagen, más probable era que fuera un símbolo que movilizaba precisamente esas profundidades míticas. Solo estos pensamientos perversos, palabras obscenas, miedos y recuerdos obsesivos son la materia prima. Cada comienzo es con “lo macabro, lo miserable y lo absurdo”. Y volvemos a la materia prima con cada nuevo movimiento de la psique. La diferencia entre Jung y Corbin puede resolverse aquí si practicamos la técnica de Jung con la visión de Corbin, es decir, la imaginación activa no es por el bien del hacedor y nuestras acciones en el mundo sensible de las realidades literales, sino por el bien de las imágenes. y hacia dónde nos pueden llevar: su realización.

6. Por “arquetipo” solo puedo referirme al arquetipo fenoménico, el que se manifiesta en imágenes. El arquetipo noumenal per se no puede, por definición, presentarse de modo que no se pueda postular nada en absoluto de él. De hecho, cualquier cosa que se diga sobre el arquetipo per se es una conjetura ya regida por una imagen arquetipal. Esto significa que la imagen arquetipal precede y determina la hipótesis metafísica de un arquetipo nouménico. Entonces, apliquemos la navaja de Occam al noúmeno de Kant. Al quitar este estorbo teórico innecesario a la noción de arquetipo de Jung, restauramos todo el valor de la imagen arquetipal . Cf. mi «An Inquiry into Image», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1977), 70.

7. Nuestra psicología politeísta no tiene un Diablo al que pertenezcan todos los procesos destructivos: “Los griegos no tienen una categoría de divinidades generalmente reconocidas como esencialmente malignas, ningún Diablo o diablos reales”. (A. D. Nock, “The Cult of Heroes,” Harvard Theological Review 37 (1944), 172). Desde este punto de vista, la sombra no es un arquetipo separado, sino que es arquetipal, es decir, una distinción ontológica dentro de los mismos dioses, siempre con ellos, nunca arrojada al mundo humano solamente. Cada dios contiene sombra y la proyecta de acuerdo con la forma en que él o ella da forma a un cosmos. Cada dios es una forma en la que somos ensombrecidos.

8. Por ejemplo, Empédocles, frag. 115, donde el exilio, el deambular y el ser azotados incesantemente por las fuerzas elementales resultan de la Necesidad.

9. H. Schreckenberg, Ananke: Estudios sobre la historia del uso de las palabras. Zetemata. Monografías sobre estudios clásicos, número 36 (Munich: Beck, 1961).

10. Ibíd., 69–74.

11. Liddell y Scott, A Greek-English Lexicon (Oxford: Clarendon, 1964); R. B. Onians, Los orígenes del pensamiento europeo (Cambridge: Cambridge University Press, 1954), 332.

12. Schreckenberg, 176, con anexo fotográfico de prisioneros y esclavos con cuerdas al cuello. El énfasis especial que Schreckenberg pone sobre el yugo y el collar de esclavo en su etimología, abre una perspectiva hacia la desconcertante cuestión de la esclavitud en las mismas culturas antiguas de las que extrae su etimología. Siguiendo su línea de pensamiento que une la servidumbre con la necesidad, la esclavitud se justifica eo ipso, incluso implícita, por la palabra misma necesidad. (La cárcel de Atenas y Tebas se llamaba anankaion.) Entonces, la esclavitud podría incluso haber sido experimentada como una operación de Ananké, parte del camino de todas las cosas, un principio fundador del orden universal. Mi punto aquí no es justificar la esclavitud, sino sugerir que las ideas, personas y mitos arquetípicos, como Ananké, son determinantes en las actitudes y estructuras sociales.

13. Onians, 333n; Lewis and Short, A Latin Dictionary (Oxford: At the Clarendon Press, 1894).

14. Schreckenberg, 114 y ss. para una discusión de ananké en Leucipo y Demócrito.

15. Schreckenberg, 133; W. H. Roscher, Enciclopedia detallada de la mitología griega y romana (Hildesheim: Olms, 1965), “Necessitas”.

16. Cf. “Of Milk” en J. Hillman, Senex & Puer, UE 3 (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2005).

17. Sobre la relación del Amor (Filotes) y la Lucha (Neikos) en Empédocles, véase D. O’Brien, Empedocles’s Cosmic Cycle (Cambridge: Cambridge University Press, 1969), 104–27. P. Friedländer, Platón, trad. H. Meyerhoff, Bollingen Series (Princeton: Princeton University Press, 1969), 3: 362 y nota, aclara la identidad de Amor con Afrodita-Charis y Strife con Ananke. (Que la Necesidad funciona a través de la discordia y el conflicto, y que la discordia y el conflicto son necesarios, también es una lección psicológica que aprendemos de estas relaciones mitológicas). En última instancia, Afrodita y Ananké se vuelven intercambiables: ambas pueden crear a Eros y ambas pueden aparecer a través de Némesis (la venganza)). Experimentamos esta identidad particularmente en las fijaciones inamovibles del amor. Parménides expresó esta experiencia psicológica en lenguaje metafísico, W. K. C. Guthrie, A History of Greek Philosophy (Cambridge: Cambridge University Press, 1965), 2: 62; F. M. Cornford, From Religion to Philosophy (Nueva York: Harper Torchbook, 1957), 222–23.

18. Bia y Ananke son términos y figuras intercambiables (G. Wissowa, Paulys Real-Encyclopaedie der arqueología clásica [Stuttgart: J. B. Metzler], 3: 379-80). Peitho era otro nombre de Afrodita, a quien se adoraba de esa forma (Roscher, “Peitho”, 1796–1804).

19. Líneas 96–104; Esquilo II, trad. David Grene (Chicago: University of Chicago Press, 1956), cursiva mía.

20. Líneas 962–75; Eurípides, trad. Richmond Lattimore (Chicago: Prensa de la Universidad de Chicago, 1955). Para comentarios textuales sobre este pasaje ver Eurípides, Alcestis, ed. A. M. Dale (Oxford: At the Clarendon Press, 1954), 119–21.

21. Cf. J. Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979), 27ff.

22. Roscher, «Necessitas», 71, informa que Ananke está asociado con Perséfone en dos tumbas.

23. El tema de los límites que rodean en Homero y después ha sido tratado exhaustivamente en Onians, «peirata», 310-42. Es principalmente en ese capítulo donde encontramos la discusión de Onians sobre ananké.

24. Cf. Schreckenberg, 144.

25. Cf. Esquilo, Agamenón 218.

26. Particularmente un clavo de acero (Horace, Odes I, 35, 17ff; III, 24, 5ff., donde es Tyche (casualidad) quien clava los clavos en el cuero cabelludo de sus víctimas). Eurípides, Alcestis 979, por una imagen de acero en relación con la Necesidad.

27. Cf. Schreckenberg, 41, sobre la relación entre la Necesidad y la “Situación ausweglose”.

28. “Al ser coronado como cantante… está ligado a un destino particular, tanto a la obligación como al poder”. onianos, 407 n1; 376: “Se prestó atención a la cabeza porque contenía la psique”. Además, 444–51.

29. Guthrie, 2: 35–37, 72–73.

30. He utilizado ambas traducciones: H. Tredennick, Loeb Classical Library (Londres: Heinemann, 1961) y W. D. Ross, The Works of Aristotle, 2ª ed. (Oxford: En Clarendon Press, 1940).

31. Lyperon = “molesto” (Ross); “desagradable” (Tredennick); compárese ambos con Empédocles (frag. 116) quien llama a Ananké “intolerable”.

32. Guthrie, 2: 417.

33. F. M. Cornford, Plato’s Cosmology: The Timaeus of Plato (London: Routledge, 1948), 160.

34. Citado de Cornford, Platón’s Cosmology, 172.

35. Ibíd., 176.

36. Friedländer, Plato, 1:  205. Cornford, Plato’s Cosmology, 203, hace el mismo punto.

37. E. R. Dodds, «Plato and the Irrational», en su The Ancient Concept of Progress (Oxford: At the Clarendon Press, 1973), 116.

38. Cf. ibíd., “[Platón] ha proyectado en su concepción de la naturaleza esa obstinada irracionalidad que se vio cada vez más obligado a admitir en el hombre (Timeo 90c-d)”.

39. En el Timeo (48b, 52d) se habla de los cuatro elementos como pathe. Pathé básicamente significa un “estado pasivo”, y luego, en segundo lugar, sufrimiento, aflicción. Los elementos no son en sí mismos archai. Más bien son modos de suceder, modos de ser movidos, modificados, afectados. La Cosmología de Cornford Platón (198n, 199) y Friedländer, Platón (3: 370–71) las llaman “cualidades” del Caos. Son los modos a través de los cuales trabaja la Necesidad. Son, por así decirlo, los modos elementales de ser afectado; dan cuatro estilos al funcionamiento de la causa errante en nuestras condiciones caóticas. O, en lenguaje alquímico, los cuatro elementos son modos de la materia prima y se experimentan como cuatro modos de nuestro sufrimiento primario. El sufrimiento de Empédocles que está ordenado por la Necesidad se describe (frag. 115) como su ser abofeteado de un elemento a otro; Platón ve los elementos primarios en sus condiciones caóticas como sacudidos y oscilantes perpetuamente (52e) («perpetuamente en movimiento, llegando a estar en un lugar determinado y desapareciendo de nuevo fuera de él», 52a). Los cuatro elementos como paté sugieren una “psicopatología elemental” o un logos del sufrimiento del alma en términos de los elementos. (Cf. Los cuatro modos de “muerte” de T. S. Eliot en “Little Gidding” (Four Quartets). La obra de Bachelard presenta los cuatro elementos como los fundamentos de la conciencia; así como también pueden ser considerados las cualidades básicas de la patologización, permitiéndonos examinar la fenomenología de las imágenes y el comportamiento en términos de fuego, aire, agua y tierra. Este movimiento no pretende alejarse de la imagen concreta hacia otro sistema cuádruple de abstracción, sino más bien explorar las implicaciones terapéuticas de la imagen, si sus posibilidades pertenecen más apropiadamente al fuego, digamos, que a la tierra, al aire o al agua, porque el peor sufrimiento es el de Empédocles, que es arrojado de un elemento a otro, sin pertenecer a ninguno.

40. Para una discusión completa y reciente de las Moiras (y también de las otras “diosas del destino”), véase B. C. Dietrich, Death, Fate and the Gods (Londres: Athlone Press, 1967). Por un lado, Ananké gobierna las Erinias según el Himno órfico 69 (trad. T. Taylor); por otro, es una conceptualización posterior de los mismos (Dietrich, 98).

41. Para una rica discusión sobre “Las rodillas de los dioses” y el huso de Ananké, véase Onians, 303–309. El mito de Er ha proporcionado una imagen fundamental para la fascinación platónica por la astrología como un modo de psicología. La misma Necesidad gobierna los movimientos del alma tanto como los movimientos de las estrellas. Así como las almas pasan debajo de su asiento, en su regazo gira el huso que gobierna los movimientos planetarios. Lo que le pasa al alma ya las Estrellas está en la misma red. Así que uno trata de descifrar las necesidades apremiantes del alma consultando los movimientos de los planetas. Como explicó Paracelso, un médico de patologías no puede considerarse como tal a menos que tenga conocimiento de la otra mitad del alma en los cuerpos planetarios. Pero los astrólogos han tomado esta correspondencia literalmente, más que imaginariamente. Porque no son las estrellas reales ni los planetas astrológicos los que gobiernan la personalidad. La astrología es una forma metafórica de reconocer que los gobernantes de la personalidad son poderes arquetípicos que están más allá de nuestro alcance personal y, sin embargo, están necesariamente involucrados en todas nuestras vicisitudes. Estos poderes son personas míticas, dioses, y sus movimientos no se describen en las matemáticas sino en los mitos.

42. Friedlander, Platón, 3: 382.

43. Cornford, Platón’s Cosmology, 289. La relación de la psique y los órganos internos (tripas e hígado) es un tema en sí mismo: cf. E. Bargheer, Einweide. Fuerzas vitales y anímicas del interior del cuerpo (Berlín: de Gruyter, 1931); N. Mani, Los fundamentos históricos de la investigación del hígado (Basilea/Stuttgart: Schwabe, 1959); Onians, 84-89; E. Fischer-Homberger, «Sobre la historia de la conexión entre el alma y la digestión», Semanario médico suizo 103, 1433-41 (1973).

44. Schreckenberg, 133. Las Euménides (Erinys o Furias, divinidades de la Necesidad, ver más abajo sobre Esquilo y notas), afectan al hombre y lo vuelven loco a través de los phrenes (Eumenides, II. 301, 331, 344) que Lattimore consistentemente traduce como “corazón ;” Thomson, como “seno”. Sobre “frenes” véase Onians, 13–15, 23–43. Su trabajo muestra que el término se refiere a un órgano de la conciencia y no solo a un lugar físico (pulmones o diafragma), de ahí que haya usado el término “alma de aire”.

45. Schreckenberg, 133-64, examina todo el complejo de preguntas, cf. M. P. Nilsson, Opuscula Selecta (Lund: Gleerup, 1960), 163-64.

46. Cuando Porfirio en su vida de Plotino (cap. 2) da respuesta, en un oráculo de Apolo, a la pregunta de adónde había ido el alma de Plotino después de la muerte, podemos leer: “Los lazos de la necesidad humana ahora se han soltado de ti”. Nótese bene el papel de Apolo en su estilo de pensamiento (Fedón) y lo que llamo la “conciencia apolónica” de enfoques trascendentes a los problemas de la psique.

47. Plegai también puede significar golpes, caricias, heridas, aflicciones. Es la fuente de nuestra palabra “plaga”.

48. G. Thomson (con W. G. Headlam), The Oresteia of Aeschylus (Cambridge: Cambridge University Press, 1938), 1: 345 (líneas 931–35).

49. Cf. el brillante “Epílogo” de Concord a la Cosmología de Platón sobre la comparación entre el Timeo y la Oresteia; véase también Thomson, 2: 231.

50. “Peitho and Ananke sind terminologisch Gegensatzkomplemente”. Schreckenberg, 102n 77. Su oposición ya está en Empédocles, una entre Ananke y Charites (Roscher, “Peitho: [with Charis], 1796). Un atributo que las dos figuras de diosas tienen en común es el collar. El collar de Ananke que vimos arriba en el análisis etimológico de Schreckenberg; Peitho decora Pandora con collares de oro (Hesiod, Works and Days, 75). Evidentemente, lo que uno lleva alrededor de la garganta tiene las implicaciones del destino. El vestido de cuello, desde placas de identificación numeradas hasta collares y corbatas o cadenas doradas y gemas incrustadas, particulariza el destino. La garganta desnuda es la carne desarticulada e inarticulada sin un sentido específico de su propia necesidad. Ver más sobre joyería y articulaciones, A.J. Ziegler, «Rheumatics and Stoics», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1979), 19–28. Para una discusión completa de la pareja Peitho-Ananke (como Bia), ver P. Laín Entralgo, The Therapy of the Word in Classical Antiquity, trad. L. J. Rather y J. M. Sharp (New Haven: Yale University Press, 1970), 64–90.

51. Cf. Thomson, 1: 68, para “extranjeros residentes”. Lattimore traduce «invitados de la tierra». El punto psicológicamente importante es que estas figuras no están totalmente integradas. Mantienen su identidad específica. Siguen siendo “forasteros”, invitados, extranjeros, aunque hayan recibido un lugar. Colocar, ni reprimir ni transformar (convertir), equivale a la curación arquetípica en este contexto.

52. Cf. P. Wheelwright, The Burning Fountain, chap. 10, “Thematic Imagery in the Oresteia” (Bloomington: Indiana University Press, 1968), 238.

53. El lugar de Orestes en la conciencia moderna ya ha sido magníficamente expuesto por D. L. Miller en su «Orestes: Myth and Dream as Catharsis», en Myths, Dreams, and Religions, ed. J. Campbell (Nueva York: Dutton, 1970), 26–47.

54. The Homeric Hymns, trans. C. Boer (Putnam, Conn.: Spring Publications, 1979), 137–38. Cf. concluding passage of “Hymn to Pythian Apollo,” 180.

55. Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 68.

56. Ibídem. Sin embargo, aquí hay una ironía, ya que en esa obra se muestra a Ulises como un hombre de acción cuyas palabras son muy engañosas. Además, es incapaz de convencer a Filoctetes, más aún un hombre de acción; sólo Hércules puede.

57. T. Izutsu, Language and Meaning: Studies in the Magical Function of Speech (Tokio: The Keio Institute of Philological Studies, 1956), 103, 26.

58. Estas dos citas son discutidas por Laín Entralgo, The Therapy of the Word, 66–67.

59. Izutsu, 13: “Así como no puede haber un uso mágico del lenguaje sin al menos un mínimo de lógica, así en el uso descriptivo ordinario del lenguaje – o incluso en el discurso científico – las palabras reales empleadas no pueden, por la naturaleza del caso, ser completamente libres. de la ilogicidad. En el lenguaje natural siempre hay algo que se resiste obstinadamente a un análisis lógico profundo.”

60. No es solo que Ananke y Bia no puedan oír (sordas) y lleven el epíteto habitual de “ciegas”); pero, como la Muerte, la Necesidad obra en silencio, no habla. Empédocles, según Plutarco, contrastó la Persuasión musical con la Necesidad no musical y silenciosa; cf. Laín Entralgo, 90.

61. Hillman, Re-visioning Psychology, 85–87.

62. Cf. “The Great Mother, Her Son, and the Puer,” in my Senex & Puer.

63. Aristóteles, De anima 412-13; 415b10.

64. Véase W. A. Scott, “Conceptions of Normalcy”, en Handbook of Personality Theory and Research, ed. E. F. Borgatta y W. W. Lambert (Nueva York: Rand McNally, 1968), por una colección de tales normas donde la normalidad equivale a salud mental, ajuste, felicidad, productividad, integración social, mínimo conflicto y destrucción, etc.

65. M. Ficino, Commentary on Plato’s Symposium on Love, trans. S. R. Jaynes (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 2000).

66. Cf. E. Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (Harmondsworth: Penguin, 1967), 50ff., 68ff., 273f., para una discusión sobre el neoplatonismo y Voluptas con referencias a Plotino, Ficino y Lorenzo Valla.

67. Vale la pena recordar aquí que Nous usa la geometría para ordenar lo informe en cuatro formas fundamentales. Como dice Cornford (Plato’s Cosmology, 210): «Así, la operación de la Razón se lleva, en la medida de lo posible, al oscuro dominio de los poderes irracionales». Norma, recordemos, es originalmente un término de geometría. Donde las matemáticas ordenan lo desordenado, también es un movimiento “fuera” del desorden, un movimiento que se aleja del dominio oscuro de los poderes irracionales y las necesidades de patologizar. Los libros psicológicos que enfatizan las descripciones geométricas de la psique (Aion de Jung, por ejemplo; o Time and Number de M.-L. von Franz, también pertenecen a las negaciones trascendentales de la patologización y, como tales, son menos psicológicos que espirituales, menos representativos del alma imaginaria). realidades, siempre patologizadas, que de una realidad metafísica abstracta que se presenta en formas “puras”.

68. Sobre Perséfone-Atenea, véase K. Kerényi, Athene: Virgin and Mother in Greek Religion, trad. M. Stein (Woodstock, Conn.: Spring Publications, 1978), 49–50, y la excelente posdata del traductor.

69. Sobre el caballo (Atenea), véase ibíd., 15, 38, 69-72 (Gorgo, Mare); M. Detienne, “Athene and the Mastery of the Horse”, History of Religions 11/12 (1971), 161–86; sobre el caballo (Erinys), véase Dietrich, Death, Fate and the Gods, 137ff.

70. Sobre la lechuza (Atenea), véase Kerényi, Athene, 37, 48, 50, 104n 312; E. Armstrong, The Folklore of Birds (Londres: Collins, 1958), 113–24; sobre Moirae como demonios grises voladores de la noche, Dietrich, 71 (también sobre Keres, 240–48); J. Pollard, Seers, Shrines and Sirens (Londres: Allen & Unwin, 1965), 140.

71. W. W. Skeat, An Etymological Dictionary of the English Language (Oxford: At the Clarendon Press, 1882).

72. Sobre la ciudad (Athene), véase Kerényi, Athene, 33, 38, 45, 50, 78; R. F. Willetts, Cretan Cults and Festivals (Londres: Routledge, 1962), 278, analiza el movimiento de Atenea desde la más antigua protectora de la casa y el palacio minoico-micénico hasta la diosa de la polis.

73. “Hygieia”, Roscher, I/2, 2772.

74. Kerényi, Atenas, 45.

75. Ibíd., 46.

76. Roscher, II/2, “Minerva”, 2986–991. Al igual que Atenea Ergane (Trabajadora), Minerva era la patrona de los artesanos, entre los cuales se contaban los médicos y también los maestros de escuela a quienes se les pagaban sus honorarios anuales el día de la fiesta de Minerva.

77. “La palabra metis siempre significa entendimiento práctico…” W. F. Otto, The Homeric Gods, trad. M. Hadas (Nueva York: Pantheon, 1954), 54; cf. Kerényi, Athene on Metis-Athene, 21–23, 32, 36f., 44, 67f., 109, 111.

78. R. Graves, The Greek Myths (Harmondsworth: Penguin, 1960), 1: 96.

79. W.   H.   D. Rouse, Greek Votive Offerings (Cambridge: Cambridge University Press, 1902), 257n 2; Kerényi, Athene, 24, 32f.

80. Es insuficiente llamar Gran Madre, o el arquetipo de la Madre, a toda imagen femenina –Luna, Deméter, Hera, Isis, Artemisa, Cibeles, Afrodita, etc.– como hace E. Neumann en su trabajo sobre este tema. Sólo amalgama lo que es bellamente preciso y sutilmente diferenciado en las personas e imágenes particulares. Para un intento de diferenciar la maternidad de la lactancia, véase mi «Abandoning the Child», en otra parte del volumen.

81. Sobre Athene and the Phratria, véase Kerényi, Athene, 27, 79, 106. M. P. Nilsson, “Appendix II: The Phratries”, en su Cults, Myths, Oracles and Politics in Ancient Greece (Nueva York: Cooper Square, 1972), 170: “Las fratrias obtuvieron tales dioses comunes a todas ellas, como mantuvieron el orden social y cívico, Zeus y Atenea. Las fratrias dan ejemplo de la dilución y secularización de la religión cuando el Estado pone su mano muerta sobre ella.” El ingreso fue por votación: normas de inclusión y exclusión.

82. Este método está indicado en el mismo Platón (Fedro 252-53) quien describe estilos de amar en términos de “seguidores” de los diferentes dioses. En los propios diálogos vemos imágenes e ideas -y patologizantes- propias de Apolo en el Fedón; vemos a Pan en el Fedro; Dionisio en el Simposio; Hermes en el Crátilo; Zeus y Atenea en las Leyes. Según Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, 103, “Athena y Eros fueron adorados conjuntamente en los terrenos de la Academia”. Es desde estos dos lados, «ateniense» y «erótico», que los comentaristas platónicos han intentado captar al Sócrates de Platón, o han sido captados por esos dioses a través de él.

83. cf. Friedländer, Platón, 3: 289; Roscher, I/1, “Athene”, 681f.

84. Cf. Yates, Art of Memory, 290, y su Giordano Bruno and the Hermetic Tradition (Londres: Routledge, 1964), 312, donde Bruno se confiesa hijo de Minerva (“La he amado y buscado desde mi juventud, y deseado para mi esposo, y me he hecho amante de su forma…”). La relación entre Minerva y las imágenes de la mente puede ayudarnos a comprender (más allá del evidente significado artesanal o artesanal) el hecho de que fue a Atenea a quien los bruñidores ofrecieron sacrificio en Olimpia antes de pulir la imagen (Rouse, Greek VotiveOfrendas, 59n 20).

85. En otro cuento, el búho sobrio ahuyenta a las abejas de la entrada de una bodega (Hyginus, Fabulae 136).

86. Kerényi, Athene, 97. Kerényi trata extensamente la relación entre Athene y la cabra en 96ff.

87. Otto, Homeric Gods, 43, refiriéndose a su primera epifanía en el arte micénico.

88. Ibíd., 60.

89. El más importante de todos, Ulises; cf. W. B. Stamford, “The Favourite of Athene” en su The Ulysses Theme (Dallas: Spring Publications, 1992), 24–42, donde se exponen analíticamente las operaciones de la inteligencia ateniense. Otros héroes ayudados por Atenea son Aquiles, Diomedes, Jasón, Cadmo, Belerofonte, Perseo.

90. Willetts, Cretan Cults, 314.

El suicidio y el alma. Prólogo y notas preeliminares de 1964 y 1976

Traducciones

James Hillman, EE.UU

De Suicide and the Soul de James Hillman, Ed. Spring Publications, pp. 6 – 12

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Prólogo 

por Thomas Szasz

Para los animales no humanos, procrear y morir son consecuencias casuales de procesos biológicos. Para los seres humanos, a menudo son el resultado de una elección deliberada. Desde los primeros tiempos de la historia, el hombre ha ejercido el control sobre la reproducción, mediante el infanticidio, y sobre la muerte, mediante el suicidio. Practicar la anticoncepción es un pecado para los judíos ortodoxos y los católicos devotos, mientras que no practicarla es un acto de irresponsabilidad para casi todos los demás. El aborto sigue siendo un dilema moral para la mayoría. El infanticidio, definido como asesinato, está prohibido por el derecho penal. Sólo el problema del suicidio se ha resuelto a satisfacción del hombre moderno: sabe que es un síntoma de enfermedad mental, a menos que el «paciente» sea «asistido» por un médico, en cuyo caso se califica de «tratamiento» del dolor.

Puede sorprender al lector que la transformación del suicidio de un acto criminal llamado «autoasesinato» a un síntoma de enfermedad cerebral llamado «locura» (que anula la ilicitud del acto) se completara en realidad antes de que existiera la especialidad médica llamada «psiquiatría». Brevemente, así es como sucedió. En el siglo XV, las leyes penales de Inglaterra combinaron las penas eclesiásticas y seculares por suicidarse, un desarrollo que William Blackstone, el gran jurista inglés del siglo XVIII, resumió con aprobación de la siguiente manera:

La ley de Inglaterra considera sabia y religiosamente que ningún hombre tiene el poder de destruir la vida, sino por encargo de Dios, el autor de la misma; y como el suicida es culpable de un doble delito, uno espiritual, al eludir la prerrogativa del Todopoderoso, y precipitarse a su presencia inmediata sin ser llamado, el otro temporal, contra el soberano, que tiene un interés en la preservación de todos sus súbditos, la ley, por lo tanto, ha clasificado esto entre los crímenes más graves, convirtiéndolo en una especie peculiar de delito grave cometido contra uno mismo.1

Como el suicidio se consideraba una doble ofensa, tanto contra Dios como contra el Rey, el suicida era castigado doblemente, negando a su cadáver sepultura en tierra consagrada2 y confiscando sus bienes terrenales y entregándolos al Almirante del soberano. Esta salvaje retribución llevó gradualmente a los jurados ingleses -que cargaban con el deber de tener que determinar las causas de las llamadas muertes no naturales- a encontrar la manera de mostrar piedad con las víctimas, tanto vivas como muertas.

La Inglaterra del siglo XVIII era la nación más avanzada tecnológicamente, más próspera y más poderosa del mundo. No por casualidad, los ingleses disfrutaban de más libertad personal y se suicidaban en mayor número que ningún otro pueblo del mundo. En la entrada correspondiente a «self-murder», el Oxford English Dictionary ofrece este ejemplo del uso de la palabra: «1741 … ‘In such a gloomy, saturnine nation as ours, where Self-murders are more frequent than in all the other Christian World besides'». Sin embargo, lo nuevo en Inglaterra en el siglo XVIII no era la melancolía, sino la libertad. Por primera vez en la historia, el pueblo inglés empezó a tomarse en serio las ideas gemelas de libertad personal y derecho a la propiedad. En este clima cultural cada vez más humano, a los ingleses que formaban parte de los jurados de los forenses les resultaba intolerablemente molesto el deber de imponer las penas prescritas por la ley para el suicidio. Sin embargo, la abolición de la ley contra el suicidio era impensable. Gobernantes y gobernados creían que legalizar el suicidio equivaldría a sancionar el abuso de drogas. Volver locos a los culpables3, es decir, «insanizar» el suicidio, tratar a los culpables de este delito como si fueran lunáticos, era la solución perfecta. Permitía a los ingleses y inglesas mantener las sanciones religiosas y legales contra el acto y, al mismo tiempo, proporcionaba un mecanismo compasivo y aparentemente científico e ilustrado para evitar a la familia del suicida la indignidad y las pérdidas económicas que conllevaba castigar el acto. S. E. Sprott, historiador del suicidio inglés, resumió esta evolución de la siguiente manera:

En el siglo XVIII, los jurados declaraban cada vez más la demencia para salvar a la familia de las consecuencias de un veredicto de delito grave; el número de muertes registradas como «dementes» creció sorprendentemente en relación con el número de muertes registradas como auto-asesinato … En la década de 1760 la confiscación de bienes parece haberse convertido en algo raro.4

Cualquiera que reflexionara sobre el asunto debía tener claro que hallar la «mente» non compos del suicida -póstumamente, exactamente en el momento en que ejecutaba su acto criminal- era una táctica legal para eludir la pena que la ley prescribía para este delito. Blackstone reconoció el subterfugio y advirtió contra él:

Pero esta excusa [la de declarar al delincuente non compos mentis] no debe ser llevada al extremo al que los jurados forenses tienden a llevarla, es decir, que todo acto de suicidio es una prueba de demencia; como si todo hombre que actúa en contra de la razón no tuviera razón en absoluto; porque el mismo argumento probaría cualquier otro criminal non compos, así como el auto-asesinato.5

La advertencia fue inútil. La ley definió la sentencia póstuma del jurado como una auténtica constatación de hechos sobre la mente humana. La gente no necesita que la animen a eludir su responsabilidad. Sin embargo, aquí la Ley, el Gran Maestro, alentó precisamente tal evasión. Al declarar que los suicidas eran non compos, la Ley había creado un mecanismo para rechazar la responsabilidad y, con la ayuda de la profesión médica, envolvió esta evasión en el manto de la curación y la ciencia. Como resultado, a principios del siglo XIX, la ley y el público estadounidense estaba dispuesto a creer las mentiras más escandalosas presentadas como hechos médicos sobre las enfermedades que se manifiestan como suicidio. El primer texto sistemático sobre la relación entre el derecho y la locura fue publicado en 1838 por Isaac Ray, un médico general de 31 años de Eastport, Maine (entonces un pueblo pesquero de 2.840 habitantes). Ray era un joven culto, pero prácticamente no tenía experiencia con dementes, vivos o muertos. Sin embargo, afirmó confidencialmente:

Las analogías así presentadas entre la propensión suicida y la locura… se ven también reforzadas por los cambios patológicos observados después de la muerte. En la mayor parte de los casos en que se efectúa un examen, se encuentra que el cerebro o las vísceras abdominales han sufrido lesiones orgánicas, más o menos extensas… Incluso en aquellos casos en que el acto fatal no fue precedido por ningún indicio o enfermedad… la disección ha revelado a menudo la enfermedad más grave, que debe haber existido durante algún tiempo antes de la muerte.6

Ray concluyó: «En la actualidad, el hecho del suicidio no tiene más importancia que la que se deriva de su conexión con las enajenaciones mentales que se puede suponer que lo han originado».7 Los primeros psiquiatras veían en el suicidio una de las mejores fuentes para demostrar su pericia. Las opiniones de Esquirol son ilustrativas. Escribió:

He visto muy a menudo suicidios provocados por la práctica de la masturbación. Lo mismo ocurre con el abuso de bebidas alcohólicas … Los individuos así debilitados se hunden en la lipemanía [melancolía], y sin otro propósito que el de librarse de la vida … Todo lo que he dicho hasta ahora, junto con los hechos que he relatado, demuestran que el suicidio ofrece todas las características de la alienación mental, de la que es, en realidad, un síntoma … Siendo el suicidio un acto consecutivo a … la locura … [su] tratamiento pertenece a la terapéutica de las enfermedades mentales … He demostrado que el hombre sólo atenta contra su vida, cuando se encuentra en estado de delirio, y que los suicidas son dementes.8

Durante los últimos 150 años, estas falsedades se han repetido con tanta frecuencia y se han elaborado tan ampliamente que ahora se requiere una considerable independencia mental para poder contemplar el suicidio sin verlo a través de unas gafas del color de la psiquiatría. Un pensamiento correcto requiere que consideremos al psiquiatra como un experto en suicidio. La opinión popular y las normas profesionales de la práctica psiquiátrica ordenan que es deber del psiquiatra evitar que sus pacientes se suiciden; sus colegas que testifican como expertos, así como los jueces y los jurados, en consecuencia, le consideran responsable de tales «muertes por negligencia». Esto no es así en absoluto. La opinión popular, las normas profesionales de la práctica psiquiátrica y la ley exigen que aceptemos al psiquiatra como experto en el estado mental de los pacientes «terminales» y que se le confíe el deber de distinguir entre los que sufren «depresión clínica» y, por tanto, carecen del «derecho» al suicidio asistido por un médico, y los que están libres de esa enfermedad mental y, por tanto, poseen el mencionado «derecho». Se trata de acontecimientos ominosos cuyos peligros quedan efectivamente ocultos por la retórica de moda de la salud mental y los derechos humanos. No hay ningún misterio que explicar sobre el suicidio. Es simplemente un medio por el cual podemos cambiar la muerte de una cuestión de azar a una cuestión de elección. Como cualquier acción que tomamos en la vida, la acción de ponerle fin no tiene nada que ver con la medicina, y tiene todo que ver con el «alma». Aunque escrito hace muchos años, el reflexivo libro de James Hillman no podría ser más oportuno. En lugar de explicar (alejar) el suicidio, ayuda al lector a comprenderlo mejor.


1 William Blackstone, Commentaries on the Laws of England: of Public Wrongs [1752-65] (Boston: Beacon Press, 1962), 211-12. 

2 Normalmente, el cadáver debía ser enterrado en la encrucijada, a menudo con una estaca clavada en el corazón. 

3 Este método ya había sido identificado por Shakespeare en Hamlet: «Enloquece al culpable, y horroriza al libre, / Confunde al ignorante, y asombra en verdad, / Las mismas facultades de los ojos y los oídos».

4 S.E. Sprott, The English Debate on Suicide: From Donne to Hume (LaSalle, Ill.: Open Court Press, 1961), 112, (énfasis añadido). 

5 Blackstone, Comentarios sobre las leyes de Inglaterra, 212.

6 Isaac Ray, A Treatise on the Medical Jurisprudence of Insanity [1838], ed. Winfred Overholser. Winfred Overholser (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1962), 273-74. 

7 Ibídem, 274. 

8 Jean Etienne Dominique Esquirol, Mental Maladies: A Treatise on Insanity [1838], facsímil de la edición de 1845 (Nueva York: Hafner, 1965), 281-312.

Nota preliminar 

(1964)

Abordar las cuestiones de la muerte y el suicidio significa romper tabúes. Abrir temas enquistados durante mucho tiempo requiere fuerza, y cuanto más duras son las defensas, más hay que insistir. Así que este pequeño libro muestra argumentos. Cuestiona la prevención del suicidio; examina la experiencia de la muerte; aborda el problema del suicidio no desde los puntos de vista de la vida, la sociedad y la «salud mental», sino en relación con la muerte y el alma. Considera el suicidio no sólo como una salida de la vida, sino también como una entrada a la muerte. Cambiar las cosas de este modo altera las actitudes oficiales, especialmente las de la medicina. Así pues, se provocará a la medicina y se apoyará el «análisis laico» desde una nueva perspectiva de la psicología. Este punto de vista totalmente distinto surge de la indagación sobre el suicidio tal y como se experimenta a través de la visión de la muerte en el alma.

Lo que se diga sobre el alma humana -si es que se acierta- será a la vez correcto y erróneo. El material psicológico es tan complejo que cualquier afirmación es inadecuada. No podemos alejarnos de la psique y mirarla objetivamente, como tampoco podemos alejarnos de nosotros mismos. Si somos algo, somos psique. Y, como el inconsciente relativiza cada formulación de la conciencia complementándola con una posición opuesta e igualmente válida, ninguna afirmación psicológica puede tener certeza. La verdad permanece incierta, puesto que la muerte, única certeza, no revela su verdad. La fragilidad humana no pone en ninguna parte más límites a una obra que en psicología. La elección se convierte entonces en: dejar de hablar con sabiduría o hablar de todos modos con conciencia de insensatez. Este libro es producto de la segunda opción.

Nota preliminar 

(1976)

OTRA impresión ofrece la oportunidad de decir más. Por ejemplo, hay que hablar más de los aspectos sombríos del suicidio: agresión, venganza, chantaje, sadomasoquismo, odio al cuerpo. Los movimientos suicidas nos dan una pista sobre nuestro «asesino interior», quién es esa sombra y qué quiere. Dado que los movimientos suicidas muestran a esta sombra utilizando el cuerpo como instrumento para objetivos concretos (venganza, odio, etc.), se plantean cuestiones profundas sobre las relaciones entre los intentos de suicidio y los intentos de liberalizar la realidad por medio del cuerpo.

Se podría decir más sobre la literalidad del suicidio, ya que el peligro no reside en la fantasía de la muerte, sino en su literalidad. Así pues, la literalidad suicida podría invertirse para significar: la literalidad es suicida. Aunque el sentimiento de la muerte como metáfora, y la visión del suicidio como un intento hacia esta metáfora, impregna todo el libro, es necesario decir algo más sobre el trasfondo arquetípico de esta perspectiva hacia la muerte. Desde 1964 he estado trabajando precisamente en eso, e invito al lector que quiera indagar aún más en las cuestiones abordadas en este libro a que consulte mis diversos escritos sobre el arquetipo senex, sobre la patologización, el literalismo y la metáfora en Re-Visioning Psychology, y también las conferencias de Eranos de 1973 y 1974 «The Dream and the Underworld» y «On the Necessity of Abnormal Psychology». Este libro presagiaba esos ensayos posteriores sobre la oscuridad humana.

Como antes, deseo dar las gracias a las personas que han contribuido a este libro de un modo u otro: los anónimos con los que he trabajado en la práctica y los mencionados en la primera edición: Eleanor Mattern, Adolf Guggenbühl, Carlos Drake, Robin Denniston, A. K. Donoghue, Elisabeth Peppler, David Cox, Marvin Spiegelman, John Mattern y Catharina Hillman.

De la función apotropaica de la psicología

Logos del alma

“Reconocer la sombra es lo que yo llamo la obra del aprendiz.”

C. G. Jung

Cuando el hombre nació ante sí mismo, desnudo de los viejos dioses y de las antiguas creencias religiosas, sintió miedo y vergüenza y buscó, añorante, volver en su andar al antiguo refugio de las terribles deidades. Quizo correr nuevamente el velo que antaño cubrió sus ojos, pero era demasiado tarde, la realidad ya había teñido sus ropas de angustia.

Así que volviendo sobre sus pasos, en el camino imposible del retorno, y ante el cuerpo muerto del mundo natural, vio emerger las utopías, esas imágenes llenas de anhelo y melancolía que versaban sobre la grandeza de tiempos pasados, de cuando los héroes eran acunados por el regazo de la divinidad y lo numinoso era ese otro lenguaje de la adentridad en el cosmos.

Pero una vez vertido el germen de la historia, éste no puede ser recogido nuevamente, porque el alma es un ave que devora sus alas para domarse o una serpiente que se engulle a sí misma y nace de su propia muerte. No hay marcha atrás en el lento caminar de la consciencia y las promesas de restauración son solo el báculo metafísico de predicadores desde cuya boca se expande el desierto.

Como en los individuos, las heridas del alma no sanan jamás, permanecen cual huecos dolorosos donde la experiencia construye la belleza y el horror de la civilización. Son ellas, las desgarraduras, quienes se abren para recibir en su interior a la realidad. El alma no debe permanecer virgen, requiere que su otro llegue a hasta ella a través del ultraje y la devastación, para ello es indiferente que sea en un poema potente o en una masacre, lo importante es la significación del acto.

Pero si al acto no es asumido, se configura como una neurosis, es decir, como el hecho salvaje de que una faceta anímica trate de hacer pasar su momento presente por alguno otro ya superado y querer existir en una etapa que se ha disuelto como un terrón de arena en el mar desde hace mucho tiempo. Quizás pueda fingir que vive y piensa como lo hacían remotas culturas, pero luego, al abrir los ojos, reina en su mirada el desolado paisaje de la actualidad. ¡Oh alma vacilante, tienes un compromiso contigo misma, perteneces a tu presente!

El hombre, sin embargo vaga detrás de las migajas del tiempo, su momento siempre es el pretérito perfecto, lo ya realizado. Por ello la oclusión de la verdad exige la huida a un pasado imaginado o a un futuro muy temido, en ambas vías, como sucede en los relatos de ciencia ficción, el presente es perpetuamente proyectado de forma irreflexiva. No se puede imaginar sino lo que ya es pensado aún cuando no se atiende la incesante labor del pensar.

Por lo anterior la psicoterapia reposa su obra, a la vez, en el esfuerzo diagnóstico de la anamnesis y en la esperanza nomológica del pronóstico. Sueña con encontrar el núcleo del trauma en el rompimiento de la inocencia, antes de que la hoz cortara el lazo con el desarrollo ideal del infante mítico, e indaga con minuciosidad en lo recovecos de una memoria ficticia que, en secreto, es actividad poiética del alma. No se sabe nunca lo que sucedió, se lo inventa cada vez que se finge la rememoración.

En esta empresa inquisidora es el ideal de salud lo que guía a los participantes en la vana persecución de una presa que, sin embargo, corre invariablemente detrás del cazador. La meta yace en lo que ha sucedido y sigue sucediendo, no en el pasado, ni en el futuro, más bien acaece en el pretérito perfecto que irremediablemente ya es. La salud no es nunca lo que se puede alcanzar, una promesa de tranquilidad, sino el estado ideal, e imposible, que yace al lado del hombre como una sombra que nunca podrá asir.

No obstante, y a pesar del fracaso permanente, aun se intenta re-imaginar el mundo, reencantar un cosmos imaginal moribundo, que ha sido abrasado por el fuego de un universo lógico. Entre las tentativas necias se ha propuesto incluso preservar lo perdido en un espacio secreto, incomprensible e intemporal que algunos llaman “el inconsciente” y no importa si es individual o colectivo, su propósito es evitar el crepúsculo de los ídolos que ya no existen.

Es ahí, en el interior de cada sujeto, donde el proyecto neurótico de la separación de la realidad tiene su lugar. Jung decía que las viejas divinidades se han instalado en la vida de cada persona, pero entonces ya no son sino residuos de imágenes vivas que alguna vez estuvieron cubiertas de sentido. Ahora, que su aura numinosa se ha desvanecido, surge el furor narcisista por contactar lo imposible, al precio de sacrificar el compromiso con el presente.

En la cultura popular es evidente la necesidad de sustitutos parentales, se les puede observar en los términos abstractos de la búsqueda de entidades metafísicas que sostienen de manera artificial un sentido de interioridad en la vida que se ha perdido en el momento del nacimiento. No son muy distintos los practicantes de reiki, quienes desean contactar con los dioses o los ángeles, los teósofos, los creyentes de grandes conspiraciones o los psicopompos del inconsciente que en su consulta aplican el Brigg-Meyers y descubren el mito personal del paciente. En todas esas actividades se requiere de un grado importante de inflación psíquica.

Sin embargo, también en el esfuerzo por crear una mitología de la vida íntima que sirva para proteger al sujeto de su experiencia, ahí está latente la neurosis. La psicología, por ejemplo, conduce su investigación, sin saberlo, en el presupuesto de la separación del individuo de su contexto y evoca una fantasmagoría de términos que funcionan como sustitutos de lo que es pensado en los fenómenos. Nacen de esta manera escuelas y posturas, cada una con palabras singulares, talismánicas, y objetivos específicos, todas ellas con una tá legomena y un tá drómena particulares que se adaptan a la fantasía implícita en sus formulaciones teóricas. Dentro de ellas se forman adeptos cuya causa común es aprender las admoniciones y los rituales y liberarse de la ardua tarea de pensar por sí mismos, no hay necesidad de ese sacrificio si ya un autor o un conjunto de autores legaron todo lo qué hay que saber.

Profunda o científica, la psicología, puesto que se centra en el sujeto, es el solaz del hombre que una vez nacido no quiere darse cuenta de la muerte de los dioses, manteniendo así la importancia personal como el eje de su labor y sosteniendo la convicción de que el sujeto es aún relevante. Tal asunción, sin embargo, es un poco de veneno con el cual tener sueños tranquilos y alejar el mal de la propia senda.

Jung una vez dijo que la iglesia era un lugar para ocultarse del dios vivo, de la misma manera, se puede decir que la psicología moderna es un espacio para refugiarse de la muerte, de la finitud y de la verdad del tiempo presente. Por eso es tan cercano el predicador al couch o al psicólogo o al psicoterapeuta, todos fundan su doctrina en el deseo infantil por un dios que desde hace tiempo ha desaparecido y que ya no habla con sus hijos. Ese vacío de la voz divina es insoportable pero acaso es la señal indudable de que el hombre ha nacido.

Es tal vez la hora de que la psicología se constituya como un camino hacia el mundo y deje atrás su labor apotropaica, pues el mal es también una sombra y en el viaje del alma hacia sí misma reconocerla como un otro es, siempre, el primer paso en la sinuosa ruta de lo que ya es.

Inanidad y crisis

Logos del alma

Jung definió el concepto de “inflación psíquica” como la apropiación indebida, por parte del ego, de contenidos psíquicos que no le correspondían; es decir, que por una causa particular el yo se adjudica el origen y la finalidad de los fenómenos psíquicos, que en principio son autónomos, e intenta asumirlos como propios y derivarlos de su potestad. Esto podemos entenderlo como un proceso compensatorio, una vía de evasión de su asentamiento en la realidad.

La advertencia de Jung tenía por contexto el transcurso de la psicoterapia donde el paciente, consciente por primera vez de la signficación de los contenidos psíquicos, sentía la necesidad de identificarse con tales imágenes, de tal manera que sus formas trascendentes quedaban subsumidas a la fragilidad de un ego común. En la antigüedad ese tránsito era llamado hybris, el querer ser más que apunta a lo demasiado.

El ego se aparta así de la vulnerabilidad que lo caracteriza, porque su estructura es inédita en relación con la historia de la consciencia y requiere métodos que garanticen el afianzamiento de su lógica particular. Pero también es posible que la vía inflacionista no sea otra cosa más que un proyecto de magnificación del sujeto para someterlo de manera más eficiente a un procedimiento de cosificación y atomización, deshaciendo sus lazos comunales y volviéndolo un reproductor eficiente del espíritu de la época.

De cualquier forma, los discursos culturales evaden la inanidad del individuo en favor de propuestas que engrandecen inapropiadamente el talante que lo conforma. Tal situación se observa en las expresiones pseudo espirituales que abogan por entrar en contacto con sustancias metafísicas como la ley de la atracción, los ángeles, las energías místicas, los arquetipos o el inconsciente. En ellas se hace patente el afán de dotar a la vida cotidiana de una falsa profundidad que abstrae a las personas de su contexto y las fragmenta.

La psicología es proclive a ésta senda grandilocuente, pues ante las crisis o el desastre la narrativa psicológica acude a un discurso confortador y pedagógico que se alimenta de frases hechas como: “hay que aprender de la situación”, “vienen cosas mejores”, “escuchemos lo que nos dice la crisis”, “aprovechemos el momento”, entre tantos otros enunciados paliativos que se ofrecen como promesas salvíficas ante el sufrimiento cotidiano. Así, se condena a la experiencia a servir a un ideal fuera de sí misma, haciendo parecer que la verdad de lo vívido ha sido arrancada de la actualidad del fenómeno.

En consecuencia, se abandona el fenómeno como éste se presenta en pos de un ideal inscrito en el esfuerzo inútil de que el mundo se ajuste a las figuras infantilizantes del deseo. Se adopta la fantasía de que lo que sucede tiene una enseñanza para el ego, porque se teme a la gran verdad que despiertan los fenómenos en su forma destructiva y, en realidad, no se quiere ser enseñado por ellos, sino que muestren únicamente lo que es favorable para los esquemas ideales.

Por ejemplo, una de las lecciones rechazadas es que a pesar de los grandes avances tecnológicos y la soberbia antropocéntrica que caracteriza a la especie, la existencia es tan frágil como la vida de la más mínima hoja de un árbol y esa ligereza implica que todo ser es transitorio y se encuentra en constante metamorfosis, aunque el ego luche por la inercia de la identidad fija. El escape hacia el futuro, paradójicamente, tiene la función de detener el movimiento psíquico al adherirlo a un devenir delusorio.

En esta empresa inflacionista, donde el individuo juega a ser el centro de la existencia, éste puede preservar la falsa presunción de su relevancia. El opio de los tiempos presentes es la importancia personal y a este propósito se elevan las innumerables plegarias que ruegan por un sentido de la vida, en la época donde éste ya no es operante, porque el sentido nunca fue algo que pudiera perderse o recuperarse sino el sentimiento de interioridad en la sintaxis singular de la vida.

En los momentos históricos donde el sujeto estaba atado a un significado éste nunca residió en el individuo ya que siempre fue trascendente. Eran los dioses quienes dotaban de orientación al hombre. ¿Y qué sentido podría haber en la época donde Dios ha muerto? Así, se deduce, que otra lección rechazada es que vivir no tiene, ni requiere, de ningún significado, el fuego que consume al mundo ni siquiera nos dedica una mirada y es ahí donde radica su dulzura.

Haciendo eco de la pensadora del aura tampoco se debería sentir pesar ni culpa por no tener importancia, al fin y al cabo cada quien tiene la responsabilidad consigo mismo de ser solamente lo que ya se es y la vida no es más que un discurrir autónomo del que el hombre deriva pero del cual no es el objetivo primordial. El sujeto no es más que un puente como Nietzsche insistió y, con su indiferencia, el alma ya nos ha absuelto de nuestra futilidad ¿No es eso suficiente y más que suficiente?

El amor es hijo de la carencia, del hambre que nunca cesa

Logos del alma

“¿no es la vida una cadena de mandíbulas abiertas y devoradoras?”

León Felipe, Este orgulloso capitán de la historia

La cultura moderna provee constantemente de ideales y de falsas expectativas acerca de lo que las personas deberían ser o desear ser, de ésta manera se ofrecen recetas que prometen entelequias como la felicidad, el amor sin sufrimiento, el placer sin dolor o la tranquilidad sin contradicciones. Hay una promesa incesante de despojar a la realidad de su matiz oscuro y de relegar al individuo a la condición de un fenómeno liberado de su complejidad, sin sombra, de devolverlo a un estado de inocencia, que sin embargo, solo es posible por medio de un sacrificio intelectual.

El hombre se evade de sí mismo y de su realidad por medio de los grandes discursos ideológicos, sostenidos en gran parte por las necesidades de los sistemas económicos y políticos que requieren la construcción de un homo productivo. Como en la película de Chaplin Tiempos Modernos, los individuos son engullidos por la gran maquinaria del sistema que propone siempre lo venidero, el progreso que tiene su meta fuera de sí mismo, en el futuro. Así, abstrae a las personas de su compromiso con el presente y los obliga a producirse como objetos, en un proceso pseudoreligioso al cual le han de brindar su fe y su adoración inconscientes.

Entre los productos ideológicos contemporáneos, tal vez el más popular es el amor romántico. Se propone al fenómeno amoroso como la respuesta a la incertidumbre y a una sed constante de satisfacción y de seguridad, como una fuente de indescriptibles placeres. La pareja amorosa se retrata de manera ideal como dos desconocidos que en su encuentro se complementan de tal forma que sobrepasan el límite de la separación humana y son capaces de alcanzar la buena fortuna.

Por supuesto, tal fantasía es la recreación de la imagen de un deseo infantil, tal como es fabulada por la mente adulta que cree preservar en ella un monto de pureza y de felicidad que en realidad jamás existieron. Es el residuo individualizado del mito del paraíso perdido, donde no había conocimiento de la diferencia entre los sujetos, o del relato platónico sobre los andróginos quienes eran completos en sí mismos. En la búsqueda de esa completitud y de un emplazamiento inconsciente, se acostumbra a vanagloriar afanosamente el estado de participación mística que caracteriza al enamoramiento.

Pero amar requiere haber roto las murallas narcisistas que contienen al individuo en su propia subjetividad. Se necesita un monto de esfuerzo y de sufrimiento para permitir la existencia del otro y concebirlo, ya no como una prolongación del propio deseo, sino como un otro por sí mismo. La experiencia de la alteridad asume al semejante únicamente como es, no como nos gustaría que fuera, esto significa admitir a la pareja como el individuo absuelto de la propia necesidad subjetiva, arrojado a su diferencia y a su carácter de absoluto, sometido a la fatalidad de ser solamente lo que ya es, es decir, un caso perdido.

Por consiguiente, el ideal narcisista de amor, abstraído de la sombra que le da contenido, se contrapone a la experiencia amorosa de la apertura incondicional hacia el otro. Pero en la cultura del capital la exigencia ideológica está dirigida al consumo de experiencias y a la gratificación instantánea, el espacio de la angustia que implica la presencia del otro y el intrincado trabajo por hacer propio el deseo que en principio está depositado en el ser amado no son un producto que favorezca la mercadotecnia de la utopía romántica.

Sin embargo, no hay forma de amar más que a través del hueco insalvable de la angustia y del dolor, pues quien irrumpe en el encierro de la atomización individualista siempre deja una herida abierta que supura miedo, frustración y anhelo. El amor es también la iniciación en el misterio de la aflicción y la traición, porque ser amado es ponerse en riesgo, permanecer en aquel desgarramiento, como una boca abierta que nos obliga a desaparecer en su oquedad, pues no se ama para permanecer en el amor, más bien es el amor quien se ama a sí mismo por medio de nuestros cuerpos deseantes.

Dos de los escenarios donde el amor sucede son, por ejemplo, la familia y el matrimonio. Se tiene la imagen común de una familia estructurada por miembros felices y relaciones armónicas, donde la comunicación directa es el éter donde todos se mueven, pero tal fantasía es imposible, tomando en cuenta que toda psique se compone de factores traumáticos, destructivos y sombríos y que estos elementos acontecen y no son sujetos a la voluntad de los individuos.

La familia feliz no existe, tampoco el matrimonio armónico, en cambio la búsqueda del mismo es causante de los más variados sufrimientos. En un matrimonio normal hay violencia, celos, destructividad, envidia y sufrimiento. La pareja se une en una promesa ingenua de eternidad, pero su plano corresponde al del tiempo común. Los esposos exigen el cumplimiento de sus necesidades pleromáticas desde el plano de la insatisfacción que les precede, desde un hambre que ninguno ha podido saciar, ni podrán hacerlo. Arrancan, entonces, pedazos del otro como una promesa del cumplimiento de sus deseos, los cuales nunca se realizarán y poco a poco van formando, desde la carencia y la frustración, un hogar.

De acuerdo al mito platónico el amor es hijo de Penia, la pobreza, quien al contemplar al magnifico Poros, el recurso, deseó tener un hijo con él, por lo tanto, la pareja se funda en la búsqueda por llenar una escasez insaciable. Es aquella unión de dos soledades un altar de sacrificio, pena e incertidumbre, pero jamás de salvación ni de satisfacción completa, porque honrar a la vida exige el reconocimiento de su inanidad y de su carácter de ser un hueco interminable. Realmente las personas no se unen para ser felices, lo hacen para ser ellos mismos al reconocer que se es el hogar de una falta primordial e inmarcesible, que no es más que el propio movimiento de la vida continuándose en sí misma.

Por lo tanto, el amor es el hambre voraz de un sujeto objetivo, una pulsión ciega que se demora en nuestra carne, y que en su metamorfosis nos construye como un apetito inagotable. Por ello, es nuestro deber seguir amando porque sin importar nuestra esperanza o las encrucijadas del contexto, ese impulso severo habrá de realizarse y, a su vez, no realizarse nunca.

Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.