Por Marta Cecilia Veléz
Mi presentación de hoy es un seguimiento cercano al pensamiento de Wolfgang Giegerich, un pensador alemán contemporáneo. Abordaré solo uno de los muchos temas de su extensa obra. Intenté dedicar un curso entero a su trabajo, pero, por falta de comunicación, nadie lo conocía. Sin embargo, Giegerich es, quizás, el pensador más incisivo y desafiante, no solo como continuador de Jung, sino porque al avanzar en este pensamiento, pisa muchos callos y afecta intereses. Es tremendamente crítico, y sus ideas nos enfrentan a cuestiones que, por ser tan actuales, he elegido para explorar hoy.
Wolfgang Giegerich, nacido en Bad en Alemania en 1942, es un psicólogo y controvertida figura en el ámbito de la psicología analítica, formado como analista junguiano. Estudió literatura en Alemania y Estados Unidos, y fue profesor en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey. Más tarde, inició su formación como analista en el Instituto Jung de Stuttgart, Alemania. Luego se mudó a Wolfratshausen, cerca de Múnich, y desde el verano de 2008 reside en Berlín, donde ejerce como psicoterapeuta y supervisor de analistas en formación. Es un conferencista y escritor prolífico, y su obra es considerada un desarrollo radical del pensamiento junguiano clásico, a menudo llamado «pensamiento junguiano de tercera ola», en contraste con la obra de Jung mismo y la escuela arquetípica de James Hillman, considerada la «segunda ola».
La visión del «último hombre» y la comprensión de la realidad
Para ilustrar su pensamiento, Giegerich a menudo recurre a textos como este fragmento de Nietzsche, de «Así habló Zaratustra»:
«Ay, llega el tiempo en que el hombre no dará ya luz ninguna estrella. Ay, llega el tiempo del hombre más despreciado, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo. Mirad, yo os muestro el último hombre. ¿Qué es el amor? ¿Qué es la creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? Así pregunta el último hombre y parpadea. La Tierra se ha vuelto pequeña y entonces ella salta al último hombre que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible como el pulgón. El último hombre es el que más tiempo vive. ‘Nosotros hemos inventado la felicidad’, dicen los últimos hombres y parpadean. Enfermar y desconfiar consideran lo pecaminoso. La gente camina con cuidado, un tonto es quien sigue tropezando con piedras y con hombres. Un poco de veneno de vez en cuando, eso produce sueños agradables y mucho veneno al final para morir agradable. En otro tiempo, todo el mundo desvariaba, dicen los más sutiles y parpadean. Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido, así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutiendo, mas muy pronto se reconcilia, de lo contrario, ello estropea el estómago. La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, pero honra la salud. ‘Nosotros hemos inventado la felicidad’, dicen los últimos hombres y parpadean.»
Estoy convencida de que el sueño nos impulsa hacia la comprensión de la realidad, a partir del vértigo que nos producen los vacíos, las arenas movedizas y las fisuras en el pensamiento de quienes nos precedieron, desafiados precisamente por la realidad misma. Primero deben ser comprendidas esas grietas y, al hacerlo, hacerlas visibles. Esas fisuras nos atraen y sobre ellas podemos tejer, construir puentes o, de un modo quizás más radical, permitir que emerja lo que guardan en su profundidad, surgiendo así como rupturas. El pensamiento no avanza por repetición, ni por el ejercicio mecánico de instrumentos y métodos, ni por sistemas antiguos superados por la realidad. La lógica de la psique se mueve, cambia, se transforma, y solo podemos acercarnos a ella desplegando las contradicciones internas que se encuentran en el corazón de su transformación. Solo comprendemos la realidad, o al menos nos acercamos a ella, dejando de lado las falsas fidelidades que, en el fondo, terminan convirtiéndose en los «ismos» que todo lo protegen y todo lo destruyen.
El desafío de Giegerich a la psicología y la noción del alma
Al presentar a un pensador tan incisivo y crítico, que cuestiona, conmociona y empuja el pensamiento, y que a menudo nos enfrenta al vértigo de una realidad que quizás no queremos ver, sino abandonar, negar o ignorar, espero no herir susceptibilidades. Hay muchos asuntos que me han acercado a Giegerich. Debo reconocer que, en la superficie, el impacto inicial fue un gusto infantil por lo que rompe, transforma y cuestiona. Luego, más profundamente, en la epidermis, me atrajo su hondo sentido crítico. Y finalmente, en el corazón, tras leer muchos de sus artículos, me asombró la profundidad de su conocimiento de la obra de Jung y el magnífico despliegue de sus contradicciones.
Giegerich nos desafía a una comprensión profunda de la psique como el alma de nuestro tiempo. Nos reta a un acercamiento y penetración al núcleo de nuestra era tecnológica, y nos conmueve al señalar las quimeras de una psicoterapia centrada en el ego, determinada por la ayuda, el afán de una supuesta cura y protegida por diagnósticos que ignoran lo que, en el fondo de esas «enfermedades» (que prefiero llamar padecimiento, sufrimiento y dolor), se revela como la palabra del alma. Esta exposición es solo un acercamiento lleno de preguntas e intuiciones, limitado por la falta de traducción completa de los libros de Giegerich a nuestro idioma. Contamos solo con un puñado de artículos, válidos en sí mismos, pero que se sienten vacíos frente a la posibilidad de una crítica más profunda dada la ausencia de su obra completa. Sin embargo, esos artículos poseen la potencia de la inquietud, la desazón de las preguntas y la atracción de un movimiento que se agita en el fondo de nuestra contemporaneidad. Espero, pues, que podamos escuchar sin prejuicios ideológicos, reconociendo quizás como un compañero siempre presente la inquietud ante el vértigo de algunos planteamientos que conmueven nuestro estar en el mundo. Voy, pues, de la mano de Wolfgang Giegerich. Corro el riesgo, no sin antes advertir que aquí no hay fórmulas ni consejos, menos aún espectáculo, happenings o entretenimiento. Es la pregunta siempre presente por el decirse del alma.
Los pilares del pensamiento junguiano en Giegerich
Tres principios de la teoría de Jung constituyen la base y el fundamento del planteamiento de Giegerich, y por tanto, son los asuntos nodales de la plataforma desde la cual construye sus reflexiones, imprimiéndoles siempre el movimiento investigador de aquello a lo que nuestros tiempos –tiempos tristes– nos empujan e incluso, diría yo, nos arrastran, a pesar de nosotros mismos. En su libro Transformaciones y Símbolos de la Libido, o como fue llamado posteriormente Símbolos de Transformación, Jung marcó los hitos y sentó las bases de un campo que no solo señalaba los límites con respecto a su concepción inicial de la psique junto a Freud, sino que también delimitaba el ámbito de sus nuevas visiones y perspectivas sobre el fenómeno de la vida del alma. Este trabajo fundamental contiene elementos que, siguiendo las señales del pensamiento de Giegerich, nos permitirán abordar aquello que reclama una profundización y sus posibilidades a la luz de los cambios y transformaciones que revela nuestra realidad contemporánea y las preguntas con las que ella nos desafía.
Los tres principios de Jung que Giegerich desarrolla son:
- La psique crea la realidad todos los días mediante la imaginación. Esto se manifiesta en las formaciones simbólicas de cada época histórica. Comprender el alma como concepto mitológico es entenderla como la expresión de nuestro estar en el mundo. Este modo de estar en el mundo no es una propiedad individual, sino que está determinado por el movimiento y las transformaciones del alma de una época específica.
- La psique nos rodea por todas partes. Existe una red de raíces, un rizoma compuesto por «protoimágenes», imagos o arquetipos, que es el soporte de la vida psíquica. Sobre este fondo articulado en red, se produce el movimiento, las transformaciones, las metamorfosis. Este rizoma, revelado en mitos, cuentos y sagas, no se refiere a la vida particular de los individuos, sino a la red imaginaria sobre la cual brota la vida y en cuyo movimiento se producen los grandes cambios culturales. Los seres humanos nos sostenemos simbólica y vitalmente de esta gran articulación de imágenes. La vida psíquica individual se desplaza y transforma sobre este enorme tejido simbólico que Jung llamó inconsciente colectivo.
- La existencia de una psique objetiva. Esta vida psíquica no depende del individuo, sino que se revela en él. Giegerich la nombra como la vida lógica del alma, el logos de la psique, o psico-logos. De este modo, la psicología, entendida como el movimiento del alma sobre esta vasta red imaginaria en constante transformación, constituye la dirección y el corazón pulsante del análisis.
La falacia antropológica y el habla del alma
Es precisamente el logos del alma el que sostiene y deviene al sujeto humano. Sin embargo, Giegerich afirma que la psicología está anclada en lo que él denomina la falacia antropológica: la convicción de que el ser humano «contiene» el alma. Esta postura ha llevado a la división entre el ser humano y el mundo, sujeto y objeto, interior y exterior, psicología y física. Así, la psique se considera algo que reside dentro del sujeto humano, relegando la psicología a estudiar solo aquello que los individuos piensan y sienten en su interior. Desde esta concepción personalista, una psique objetiva sería una contradicción.
Pero es precisamente la objetividad del alma lo que supera esta contradicción, al hablar de una conjunción de los opuestos y, por tanto, de la superación de la división entre interior y exterior, entre psicología y física, entre ser humano y mundo. El rizoma o psique objetiva, sobre el cual se sostiene la vida de los humanos, nos revela una pertenencia simbólica común que da significado a nuestras vidas individuales. Podríamos afirmar, como se dice que no es el ser humano quien habla (aunque lo haga), sino el lenguaje quien habla y revela al ser humano; o, a la manera de Heidegger, no son las palabras las que tienen significaciones, sino las significaciones a las que les brotan palabras. De igual forma, no es el ser humano quien posee una psique, sino que se hace psíquico sobre la existencia del alma, desde la cual acontece ser expresión. La libido misma, según Jung, esa energía vital no exclusivamente sexual, es quien habla en los seres humanos, y nosotros somos el medio de su manifestación.
En este sentido, las patologías, que se piensan ancladas en las individualidades humanas, en la encrucijada de su historia o en los enigmas de sus recuerdos reprimidos, si quieren ser pensadas psicológicamente según Giegerich, deberían dirigirse al corazón de la psique y encontrar el sentido de su habla en el alma del mundo. ¿Qué nos dicen estas patologías de nuestro tiempo? ¿Qué revelan del movimiento que nos sostiene en la contemporaneidad? Actuar psicológicamente sería indagar en las preguntas que ellas expresan del movimiento mismo del alma, es decir, tomar las señales y síntomas que se agitan en el corazón de las personas y escudriñar lo que la psique habla de sí misma en sus simbolizaciones y transformaciones. De alguna manera, esto ya lo había dicho la antipsiquiatría al afirmar que nadie «tiene» esquizofrenia como quien tiene un catarro. Así, el alma habla de sí misma y por sí misma a través de nosotros, no acerca de nosotros.
La psique en la era tecnológica: de la pequeña a la gran obra
Considerar que la psique solo habla en los mitos, cuentos de hadas, sueños, símbolos arquetípicos, rituales o religiones, como ha sido la tradición junguiana, implica que no se expresa en la economía, la tecnología, la historia política, la industria o la bolsa. Estos espacios quedarían fuera del estudio psicológico o, a lo sumo, aparecerían bajo miradas subjetivas y moralistas (como la ignorancia de los límites de los recursos naturales, el consumo compulsivo o la alienación del dinero). Esta exclusión relegaría a la psicología a ocuparse exclusivamente de la «pequeña obra» (el opus parvum alquímico), abandonando la «gran obra» (el opus magnum).
Esta sería una triste tarea para la psicología que, al decir de Giegerich, «continuará simplemente pasando por alto, pasando por debajo del nivel en el que hoy están los problemas del alma, y el alma entonces no tiene oportunidad, debe enfermarse». La psicología no puede renunciar a todo el alcance de la verdadera vida psicológica actual, que se expresa en las ciencias y la tecnología. No puede limitar su competencia a un solo segmento de la vida del alma: la esfera de las emociones, deseos y fantasías personales. La psicología debe estar, psicológicamente, por encima de las ciencias, no en medio o por debajo de ellas.
Al considerar la psique objetiva, cuyo desarrollo supera el prejuicio antropológico y la clásica división, se abre el camino para la investigación psicológica del fenómeno de nuestra cultura tecnológica. Giegerich afirma: «La civilización tecnológica es un objeto tan válido como lo son los sueños, o incluso aún más válido, porque la mayoría de los sueños pertenecen a la pequeña obra, al desarrollo personal y privado, mientras que la civilización tecnológica continúa el gran opus magnum del alma.» Sin embargo, este acercamiento no puede asumirse como cualquier objeto del mundo, como una aproximación desde el ego. Un enfoque desde el alma va hacia los fenómenos desde dentro.
En este sentido, podríamos preguntarnos por nuestra civilización tecnológica no en términos de cómo (por ejemplo, la televisión o la web) puede aislar a los individuos, incitarlos a la violencia o despojarlos de su capacidad de concentración e imaginación —que sería una pregunta personalista que recrearía la oposición sujeto-objeto—, sino más bien tomar la tecnología y sus expresiones como fenómenos en los que el alma habla de sí misma, hace algo con ella misma y para sí misma, desplegándose en el estadio particular que ha alcanzado en el presente de la historia. El movimiento del alma y la pasión que la incita parecen dirigirse hoy hacia la física y la tecnología. Este movimiento comenzó hace milenios, por lo que es necesaria una arqueología que nos permita comprender su desenvolvimiento, sus movimientos y sus múltiples transformaciones, casi siempre mediante dolorosas rupturas. Por eso Jung afirmaba que no puede haber psicología sin historia, porque la comprende como el análisis del pálpito profundo que se revela en el movimiento de la cultura, donde la psique despliega su abanico de expresión.
El desplazamiento humano y la orientación hacia el exterior
Estamos asistiendo a una gran revolución económica, en la cual miles o millones de empleados se vuelven redundantes. No es difícil percatarse de que la economía no está al servicio del bienestar humano, sino que los seres humanos estamos al servicio del proceso de producción. El descentramiento de los humanos se vive aceleradamente. Ya se ha hablado de los famosos «quiebres narcisistas» del ser humano: la revolución copernicana, la teoría de la evolución, la economía política, la lingüística y el psicoanálisis. Y ahora que somos prescindibles, o al menos manipulables, ¿qué lugar nos queda a los humanos? No somos el centro del planeta, ni una especie generada por sí misma, ni la historia individual, ni el lenguaje, ni el deseo. Sin embargo, el ego se resiste, y gran parte de su resistencia actual es su negativa a comprenderse como significado y determinado por la cultura, por el movimiento del alma, por el espíritu de los tiempos, escondiéndose tras la mampara de sus fantasías megalomaníacas.
En los orígenes, en el modo de ser mítico y ritualístico, el ser humano miraba hacia afuera, a una naturaleza gobernada por dioses y espíritus, que eran su guía y en quienes cifraba su vida espiritual y psicológica. La naturaleza y sus fenómenos eran la encarnación de esos dioses y espíritus. La dirección del ser humano de entonces era hacia afuera, a la naturaleza, y hacia arriba, a sus dioses, pues se sabía hijo de la diosa naturaleza y del padre Sol. De diferentes maneras y en diferentes épocas, esta fue su dirección: hacia la madre, hacia el motor inmóvil, la mente divina del uno, todo lo odioso.
La primera característica de internet a examinar es que es imaginada: se imagina a sí misma como una red. La imagen de la red evoca la telaraña e implica que estamos «redados» por todas partes por la web, y que nos encontramos en ella. Vivir con la red equivale a un cambio revolucionario en la orientación esencial del hombre en el mundo, respecto a nuestra orientación predominantemente heredada. Para apreciar esta reversión fundamental y verla en su contexto, es útil retroceder un poco en la historia.
Con la Revolución Industrial, que marcó un quiebre y un cambio respecto a la manufactura y la artesanía (gemelas de dicha concepción), el modo de ser en el mundo se transformó. El humano ya no se comprendía como hijo de la madre naturaleza, sino que esta se convirtió en una mera fuente de materias primas muertas, explotadas infinitamente y vaciadas de sentido. Ya no murmuraban los dioses en ella, y por lo tanto, ya no constituía la revelación del modo de ser en el mundo. La conciencia se había elevado por encima de la naturaleza y lo que se nos pedía era la introspección para encontrar nuestros sueños, traumas y recuerdos, no solo para liberarnos del sufrimiento y la impotencia, sino también, como se deduce de Jung, para encontrar una profundidad del alma. Destruido el imperio de la naturaleza, reducida a un montón de mercancías sin sentido, la naturaleza se tornó nuestro inconsciente o, como afirma Giegerich, «el inconsciente, nuestro interior, no es otra cosa que la interiorización de lo que en realidad se había vuelto obsoleto». La orientación ya no era hacia afuera ni hacia arriba, sino hacia la interioridad oscura y desconocida, enterrada en la profundidad del inframundo, a la que debemos descender para conocer las particularidades de nuestro estar en el mundo.
De la introspección a la superficie: el alma en la web
Sin embargo, el movimiento del alma vuelve de nuevo al exterior. Va hacia afuera, a un exterior en el que la introspección o la introyección han quedado obsoletas, y en el que el individuo y la individualidad han sido desplazados. Giegerich lo denomina la obsolescencia del individuo, no sin aclarar que esto no es una afirmación empírica de un hecho positivo, sino que, aunque todavía podamos indagar en nuestro inconsciente y practicar la introspección, debemos darnos cuenta de que eso ya forma parte de la emergencia contemporánea de nuestro estar en el mundo. La psique objetiva se mueve en otra dirección, y aunque deseemos intensamente que no nos determine y busquemos permanecer anclados en el viejo modo de estar en el mundo, ella nos empuja hacia el exterior porque ya está allí, en la web. La era de la introspección ha terminado; ha sido un fugaz parpadeo en la larga transformación y metamorfosis de la psique. Hoy la profundidad, el misterio, aquello que nos inquieta e interroga, se encuentra ahí fuera. Incluso la inteligencia, aunque aún dependa de nosotros, se proyecta cada vez más hacia el exterior, en los aparatos inteligentes, en la inteligencia artificial.
Como afirma Giegerich: «En lugar de buscar dentro de nosotros, tenemos que iniciar sesión en la web. El inconsciente solía estar en nosotros, éramos sus vasijas circundantes. Para internet, para los ordenadores y los teléfonos móviles, nosotros no somos más que la interfaz humana, somos sus anexos.» Una indicación, tanto simbólica como literal, de la orientación actual hacia el exterior es la postura típica de nuestra era: sentados frente a un televisor o un ordenador, mirando la pantalla, en contraste con la búsqueda interior introspectiva. El lugar de la vida real, donde late el corazón de la sociedad, el lugar del alma, está allá afuera, detrás de la pantalla, en la web, ya no en nosotros. En nosotros solo encontramos el alma subjetiva, nuestros sentimientos y fantasías personales, no lo que Jung denominó lo objetivo, transpersonal o la psique autónoma. Esta situación contemporánea se asemeja mucho a la del mito, en la que la realidad tampoco se hallaba en lo positivo, sino en el envolvimiento de una red simbólica. Allí, el mito con sus imágenes envolvía y daba significado a cada ser humano, a las cosas y a los fenómenos. La web puede ser pensada como su equivalente moderno.
La estética de la superficie y el fin de la memoria
Profundizando en lo que esta situación revela, Giegerich expone que las imágenes en la web aparecen y emergen como espectáculos, exhibición; son lo que él llama el packaging, el empaquetamiento, la presentación, la exhibición, la moda, el diseño, porque el significado se ha emancipado completamente de su contenido. «Nuestra esencia», dice Giegerich, «está en la superficie: en los tatuajes del cuerpo, en los piercings, en la ropa de diseño y en sus etiquetas ostentosas, en los botones que uno lleva y en las pegatinas del coche, en la propia autoextensión.» Una vez más, vemos que el lugar del alma y del sí mismo, así como del significado, ya no está dentro del individuo, sino completamente fuera, en la esfera pública y a la vista de todos.
Todo esto no debe ser comprendido como algo falso; no nos estamos quejando. La diferencia entre falso y verdadero ha perdido su sentido. Esto tiene una meta, un propósito, busca algo y expresa algo: la fuerza de la impresión y de la excitación que produce, la estimulación de los sentidos y las emociones que evoca, a veces en el poder sugestivo de la vaga sensación de significado que proporciona y de las asociaciones sin compromiso que incita. Ya no se trata de la epifanía, de que algo surja desde sí mismo para que el asistente sea iniciado en el significado interior de lo manifestado, sino de la apariencia, de su estética y sensacionalismo, aunque nada contenga, aunque no guarde ni exprese nada: solo empaquetamiento, no aparición ni brote ni surgimiento desde sí mismo.
Una conciencia en sintonía con esta nueva emergencia lógica de la psique no busca contenidos, no defiende ni sostiene creencias, no busca ni anhela una profundidad de significado. Ella navega, y como dice Giegerich, «navegar es el equivalente subjetivo del estatus objetivo de la forma lógica o del movimiento,» lo que significa que navegar es la subjetividad del movimiento objetivo de la psique. La inmediatez es el telos, el objetivo: happenings, reportajes instantáneos, transmisiones en directo, el suspense, las emociones fuertes, la exhibición, el frenesí, los festivales de música masivos, eventos multimedia, las confesiones de algo que antes se consideraba privado e íntimo (preferencias sexuales, perversiones, engaños, problemas en las relaciones). Todo esto trabaja en la destrucción de lo que antes se consideraba interno, de la interioridad, del sentimiento de vergüenza. Las psicoterapias que cultivan la emocionalidad y el «todo hacia afuera», los aplausos estridentes, los gritos y el llanto, el «todos nos amamos y todos nos acariciamos», los trucos de una psique infantil que hablan de una positividad que cambiará el mundo, la magia de los psicotrópicos en los que todavía creemos que murmuran los dioses.
Y, como asunto final y tremendamente importante, el entretenimiento, cuyo fin es «matar el tiempo», precisamente porque «matar el tiempo» implica la huida de uno mismo y del alma, y encerrarse en el mundo del ego. Giegerich se pregunta: «¿Qué es lo que se mata cuando se mata el tiempo? Es la plenitud del tiempo, su sustancia cultural, su naturaleza cualitativa específica, las ricas asociaciones literarias, artísticas, religiosas, filosóficas y biográfico-personales, las muchas reverberaciones históricas y armónicas de lo que viene acompañado a cada uno en esos momentos.» En otras palabras, lo que se mata cuando se mata el tiempo es la memoria. El ahora del que hablamos es el tiempo despojado de todo ello, de manera que solo quede la forma vacía del tiempo, lo que Giegerich llama la actualidad.
El retorno a la caverna y los signos del totalitarismo
Cuando me refería a una arqueología del movimiento de la psique o del alma, para conservar su connotación mítica y siguiendo a Giegerich, afirmé que este había comenzado hace milenios. A la luz de nuestro estar en el mundo de hoy, podemos volver la mirada a aquel pensamiento del que se ha dicho que toda la filosofía no ha sido más que una nota al pie: me refiero a Platón y, más concretamente, al mito de la caverna. Allí se nos dice que el lugar inicial de la existencia humana es la caverna, donde nos encontramos atados a las sombras, meras apariencias proyectadas sobre la pared de la cueva. Se trata de un momento inicial en el que estamos atados al mundo sensible, que se constituye como verdad. Sin embargo, no son más que sombras, y por tanto debemos ser liberados de las cadenas para iniciar el ascenso hacia el mundo real y verdadero.
Giegerich constata que la búsqueda del hombre occidental ha sido salir de esa caverna, alejarse de las sombras. No obstante, él piensa que hoy somos testigos de un movimiento que busca más bien retornar a la cueva con la intención de asentarse allí, en el mundo de las sombras, en el mundo de la realidad sensible. Pero la psicología ha quedado atrapada en las exigencias de la burocracia de la salud, que impone un accionar mecánico y repetitivo donde se aplican esquemas y se miden estándares que ignoran por completo lo que late en la profundidad de nuestros tiempos y lo que, en el padecimiento de los seres humanos, habla la psique. Una psicología para todos los gustos, una psicología del ego. Todo ello se regula y es regulado, como cada vez sucede con todos los saberes, no solo por los estados, sino, y peor aún, por las propias escuelas que, con mecanismos estandarizados de control, sistematizan y regulan un saber que es móvil, lúdico y en completa metamorfosis. Un saber que, así estandarizado, acaba con la responsabilidad personal, la ética y la responsabilidad intelectual. La escucha del alma se ensordece, los conceptos palidecen y dejan de ser importantes. Surgen las formas, los formatos, los mecanismos de control.
Todo esto me lleva a pensar en aquellos pensadores y escritores que fueron llamados los anunciadores del fuego, porque finalmente siento que aún palpitan, ahora más ocultos o quizás tan visibles que ya no los percibimos, los signos del totalitarismo. Recuerdo los murmullos de las obras de Kafka, esas novelas que ponen al descubierto la destrucción del sujeto mediante la pérdida de significación de toda subjetividad, de toda singularidad. Donde ya no importan los seres humanos, sino los materiales. Esos personajes hundidos en la soledad, el vacío y la sordidez de la gran ciudad, con el sentimiento de que la tradición ha sido vaciada. Personajes caídos atrapados en una red, la burocracia imposible de penetrar, una red que trabaja y se mueve por sí misma, sin responsable alguno. Personajes sin experiencia personal, que solo pueden sentir miedo e indiferencia hacia los demás, incapaces de establecer relaciones, hundidos en su soledad, aislados. Vuelvo a recordar la animalización de los hombres, su reducción a mera carnalidad.
No puedo evitar pensar en lo que sus novelas anunciaban, pues tuvieron la genialidad y sensibilidad para comprender el espíritu de su tiempo, esa época cuyo punto nodal y dolorosamente visible culminó en el totalitarismo y el exterminio de millones de seres humanos. Tampoco puedo olvidarme de esa tremenda definición que hace Hannah Arendt del totalitarismo: «La experiencia en la que se funda el totalitarismo es la soledad. Soledad es ausencia de identidad que solo brota en la relación con los otros, con los demás. El totalitarismo se aplicará sistemáticamente a la destrucción de la vida privada, al sentido de pertenencia al mundo, a la profundización de la experiencia de soledad. El totalitarismo crea un individualismo gregario: comprimidos los unos contra los otros, cada uno está absolutamente aislado de los demás. El totalitarismo busca no la dominación despótica sobre los hombres, sino un sistema en el que los hombres sean superfluos. El totalitarismo se aplica con gran saña a suprimir la individualidad, porque en su pérdida se pierde también todo.»