“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” o de la falacia prospectiva

Logos del alma

El discurso ego-psicológico está presente de muchas maneras, sobre todo en aquellas frases e ideas que parecen no contenerlo, que simulan la aceptación del síntoma como una realidad ineludible pero que finalmente niegan su validez proyectando a este fenómeno hacia el futuro. La forma básica de tales enunciados es: “Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana” y aparece de inumerables formas como una especie de promesa para soportar mejor el infortunio presente.

“Acepta el mal de hoy pues será el bien del mañana”, tiene en su estructura la idea básica de que es importante no eludir una situación desafortunada, lo cual refiere el hecho de una gran cantidad de problemas humanos tienen que ver la actitud de no afrontar la realidad tal como aparece, lo cual es cierto en cuanto a los problemas abordados en el consultorio. Desde Freud es evidente que la formaciones sintomáticas se desarrollan alrededor de vías alternas de descarga libidinal, es decir, que surgen como expresiones de un afrontamiento inconsciente con la realidad, desde la formaciónes transaccionales hasta la compulsión a la repetición el nodo sutil está sostenido por la falta de contacto de la consciencia sobre su circunstancia.

Se ha dicho innumerables veces que parte del trabajo psicoterapéutico es permitir que la consciencia sea consciente de lo que en el síntoma aguarda, lo cual implica que la consciencia del síntoma pueda llegar a sí misma y liberarse de su aprisionamiento material, que emerja como la noción que está resguardada en la inconsciencia de sí. Pero eso es todo. En cambio la segunda parte de la estructura del enunciado tiene un propósito distinto, pues después de habernos convencido de la importancia del síntoma y su aceptación se hace el salto al futuro donde el síntoma desaparece y se obtiene la curación, nos encontramos así ante la transfiguración del dogma cristiano que promete la redención y la salvación del que se arrepiente de sus pecados.

Em ese esquema el síntoma es aceptado, pero siempre y cuando nos podamos liberar de él, es decir, se entra en un sistema paradójico que camina hacia atrás la senda por la que ya se había avanzado, se hace patente entonces la promesa medica de la restitución. Hillman hablo extensamente sobre la falacia médicalista presente en la terapia, que desviaba la importancia de las imágenes hacia objetivos egoicos que tenían que ver con la necesidad del sujeto y no con la necesidad del síntoma, así la falacia prospectiva parece restituir la dignidad del sufrimiento pero solo al precio de sus desaparición, no hay entonces una verdadera aceptación sino solo una apertura fingida.

Por ello, es importante estar atentos a las promesas psicoterapéuticas, pues un tratamiento centrado en la evasión del síntoma no hará más que reforzar la misma circunstancia que ya se vive, la misma inconsciencia del sufrimiento que lo mantiene atrapado en la fantasía. En la falacia prospectiva el psicólogo parece dar un paso importante en este esfuerzo por resituar el fenómeno, pero de forma implícita lo vuelve a relegar a la sombra, lo cual evoca que su perspectiva es todo menos verdaderamente psicológica y que el psicoterapeuta va, como Giegerich refiere, montando en la misma neurosis que el paciente, hacia el objetivo velado de mantener al fenómeno lejano de su propia verdad. Tal psicoterapia tiene el propósito real de mantener la neurosis y lo hace con la promesa, y el esfuerzo, de curarla.

Quizá una mejor forma de abordar el síntoma sea la que dictan los evangelios como: “toma tu lecho, y anda”, pero eso será motivo de otro análisis.

La escuela arquetipal

Traducciones

Michael Vannoy Adams, EE. UU.

Publicado en Soul and The Cambridge Companion to Jung, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 107-124.

Traducido por Alejandro Chavarria

Jung, sobre los arquetipos y las imágenes arquetípicas

Aunque Jung llamó a su escuela de pensamiento «psicología analítica», podría haberla llamado con igual justificación «psicología arquetipal». Ningún otro término es más básico para el análisis junguiano que el de «arquetipo»; sin embargo, ningún otro término ha sido fuente de tanta confusión en su definición. Parte de la razón es que Jung definió «arquetipo» de diferentes maneras en diferentes momentos. A veces, hablaba de los arquetipos como si fueran imágenes. A veces, distinguía con mayor precisión entre los arquetipos como formas inconscientes desprovistas de cualquier contenido específico y las imágenes arquetípicas como los contenidos conscientes de esas formas. 

Tanto Freud como Jung reconocieron la existencia de arquetipos, que Freud denominó «esquemas» filogenéticos (1918/1955), o «prototipos» filogenéticos (1927/1961). Desde el punto de vista filosófico, Freud y Jung eran estructuralistas neokantianos que creían que las categorías hereditarias de la psique informan imaginativamente la experiencia humana de forma típica o esquemática. Freud (1918/1955) alude a Kant cuando dice que los esquemas filogenéticos son comparables a «las categorías de la filosofía» porque «se ocupan del asunto de «colocar» las impresiones derivadas de la experiencia real.» Afirma que el complejo de Edipo es «uno de ellos» -evidentemente uno entre muchos- «el más conocido» de los esquemas. Describe las circunstancias en las que un esquema puede ejercer una influencia dominante sobre la experiencia: 

Cuando las experiencias no encajan en el esquema heredado, se remodelan en la imaginación, un proceso que podría seguirse con mucho provecho en detalle. Son precisamente estos casos los que están calculados para convencernos de la existencia independiente del esquema. A menudo podemos ver cómo el esquema triunfa sobre la experiencia del individuo. (p. 119)

Según Jung (1976/1977), el complejo de Edipo «fue el primer arquetipo que descubrió Freud, el primero y el único». Afirma que Freud creía que el complejo de Edipo «era el arquetipo», cuando, en realidad, «hay muchos arquetipos de este tipo» (Jung, 1946/1977 pp. 288-289). Al igual que Freud, Jung (CW 11, pp. 517-518) sostiene que los arquetipos son «categorías análogas a las categorías lógicas que están siempre y en todas partes presentes como postulados básicos de la razón», excepto que son «categorías de la imaginación«. 

Muchos no junguianos creen erróneamente que lo que Jung entiende por arquetipos son ideas innatas. Jung rechaza expresamente cualquier noción de este tipo. Los arquetipos son potencialidades puramente formales, categóricas, ideacionales, que deben ser actualizadas experiencialmente. Según Jung (CW 10), sólo son «posibilidades innatas de ideas». Dice explícitamente que los arquetipos son «similares a las categorías kantianas». Aunque los arquetipos «no producen ningún contenido por sí mismos, dan forma definitiva a contenidos que ya han sido adquiridos» a través de la experiencia (CW 10, pp. 10-11). Jung (CW 15, p. 81) insiste en que los arquetipos no determinan el contenido de la experiencia, sino que limitan la forma de la misma, «dentro de ciertas categorías». Los arquetipos son una herencia colectiva de formas generales y abstractas que estructuran la adquisición personal de contenidos particulares y concretos. «Es necesario señalar una vez más», dice Jung (CW 9.1, p. 79), «que los arquetipos no están determinados en cuanto a su contenido, sino sólo en cuanto a su forma y entonces sólo en un grado muy limitado.» Un arquetipo «está determinado en cuanto a su contenido sólo cuando se ha hecho consciente y, por tanto, se ha llenado con el material de la experiencia consciente.» Por contenido, Jung entiende las imágenes. Los arquetipos, como formas, no son más que posibilidades de imágenes. Lo que se experimenta conscientemente -y luego se imagina- está informado inconscientemente por los arquetipos. Un contenido, o una imagen, tiene una forma arquetípica o típica. 

Un ejemplo concreto puede aclarar la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas. Si Herman Melville nunca hubiera estado en condiciones de adquirir ninguna experiencia directa o indirecta de una ballena, nunca podría haber escrito Moby-Dick. Melville no podría haber heredado esa imagen específica. Sin embargo, podría haber escrito una gran novela americana sobre la experiencia arquetípica, o típica, de ser (o sentirse) psíquicamente engullido («tragado» o «devorado») y luego haber imaginado esa misma forma a través de otro contenido muy diferente. Jung (CW 5, p. 419) dice que el complejo «Jonás y la ballena» tiene «cualquier número de variantes, por ejemplo la bruja que se come a los niños, el lobo, el ogro, el dragón, etc.». El arquetipo es un tema abstracto (el engullimiento), y las imágenes arquetípicas (la ballena, la bruja, el lobo, el ogro, el dragón, etc.) son variaciones concretas de ese tema. 

James Hillman y la psicología arquetipal 

Lo que ahora se conoce como la escuela de «psicología arquetipal» fue fundada por James Hillman con otros junguianos en Zúrich a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. La escuela surgió como reacción a lo que consideraban supuestos metafísicos innecesarios en Jung y a la aplicación complaciente y memorística de los principios junguianos. Hillman prefiere considerar la psicología arquetipal no como una «escuela» sino como una «dirección» o un «enfoque» (comunicación personal, 9 de septiembre de 1994). La psicología arquetipal es una psicología post junguiana (Samuels, 1985), una elaboración crítica de la teoría y la práctica junguianas después de Jung. La psicología post junguiana ha sido «tomada en serio en los últimos treinta años», dice Christopher Hauke (2000, p. 8), «en gran parte debido al trabajo del analista junguiano estadounidense James Hillman». Aunque ahora hay muchos psicólogos arquetipales, Hillman sigue siendo el más destacado de ellos. 

La escuela arquetipal rechaza el sustantivo «arquetipo», aunque mantiene el adjetivo «arquetipal». Para Hillman (1983), la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas, que Jung considera comparables, respectivamente, al noúmeno y al fenómeno kantianos, es insostenible. Según él, todo lo que los individuos encuentran psíquicamente son imágenes, es decir, fenómenos. Hillman es un fenomenólogo o un imagista: «Simplemente sigo el camino imagista, fenomenológico: tomar una cosa por lo que es y dejarla hablar» (p. 14). Para la escuela arquetípica, no hay arquetipos como tales, ni categorías neokantianas, ni noumena. Sólo hay fenómenos, o imágenes, que pueden ser arquetipales

Para Hillman, lo arquetípico no es una categoría, sino una consideración, una operación de perspectiva que un individuo puede realizar sobre cualquier imagen. Así, Hillman (1977, pp. 82-83) dice que «cualquier imagen puede ser considerada arquetipal». Lo arquetipal es «un movimiento que uno hace más que una cosa que es». Considerar una imagen arquetipal es considerarla como tal, desde una determinada perspectiva, dotarla operativamente de tipicidad -o, como prefiere decir Hillman, de «valor». Así, desde el punto de vista de la perspectiva, cualquier individuo puede «arquetipalizar» cualquier imagen. El mero hecho de considerarla así la convierte en tal -o, como dice Hillman (1975/1979), el mero hecho de ponerla en mayúsculas la convierte en tal- como en la «Muchacha quemada por el sol» (p. 63). En efecto, la escuela arquetipal abraza lo que Jung intenta (nunca, admite, que lo logre del todo) evitar – es decir, lo que él (CW 9.1, p. 59) llama «concretismo metafísico». Jung dice que «cualquier intento de descripción gráfica» de un arquetipo sucumbe inevitablemente al concretismo metafísico «hasta cierto punto», porque el aspecto cualitativo «en el que aparece se aferra necesariamente a él, de modo que no puede ser descrito en absoluto sino en términos de su fenomenología específica.» Las cualidades descriptivas concretas se aferran de forma bastante evidente a un arquetipo como la Gran Madre (de forma menos evidente a un arquetipo como el Anima, que es más abstracto) – como también lo hacen con la Muchacha Quemada por el Sol. La mayoría de los junguianos serían reacios a dignificar a la Muchacha Quemada por el Sol como si tuviera el mismo estatus que la Gran Madre, o incluso a considerar la imagen como «arquetípica». Cuando Hillman pone en mayúsculas a la Muchacha Quemada por el Sol, considera que la imagen es arquetípica, típica o valiosa. No plantea ni infiere la existencia metafísica de arquetipos anteriores a las imágenes. Para los psicólogos arquetipales, cualquier imagen, incluso la más aparentemente banal, puede considerarse arquetipal. 

Este uso postjunguiano y postestructuralista del término «arquetipal» es controvertido. La mayoría de los junguianos mantienen el término «arquetipo» y siguen definiéndolo como lo hizo Jung. Un analista junguiano, V. Walter Odajnyk (1984), critica a Hillman por adoptar el nombre de «psicología arquetipal». Según Odajnyk, Hillman debería haber llamado simplemente a la escuela «psicología imaginal» para evitar una ambigüedad terminológica innecesaria. «La psicología arquetipal», dice Odajnyk (1984, p. 43), «suena como si estuviera basada en los arquetipos de Jung, cuando en realidad no lo está». Esta crítica es convincente para los junguianos que siguen siendo estructuralistas estrictos. No es convincente para los psicólogos arquetipales, ya que creen que lo arquetipal, o lo típico, está en el ojo del imaginador, o en el ojo de la imaginación. En cierto sentido, lo arquetipal está en el ojo del observador -el sujeto que contempla una imagen-, pero también está, en otro sentido, en el ojo de la imaginación, una dimensión trascendente que los psicólogos arquetipales consideran en última instancia irreductible a cualquier facultad inmanente en el sujeto. 

Re-imaginar la psicología y adherirse a la imagen

El ojo de la imaginación es una imagen decisiva para Hillman, que puede revisar -o, como él dice, «re-visionar» [La traducción al español del texto fue “Re-imaginar”]- el análisis junguiano. Las conferencias Terry de Hillman en la Universidad de Yale en 1972 se publicaron con el título Re-Visioning Psychology. Para los psicólogos arquetípicos, el análisis no es sólo una «cura del habla», sino también una «cura del ver», que valora lo visual al menos tanto como lo verbal. La visión ha sido una imagen dominante en el análisis desde Freud (o desde la ceguera de Edipo), pero Hillman (1975, p. 136) ha hecho hincapié no en «ver en» sino en «ver a través de», con lo que se refiere a la capacidad del ojo de la imaginación para ver a través de lo literal a lo metafórico. Revisar es desiteralizar (o metaforizar) la realidad. Según Hillman, el propósito del análisis no es hacer consciente el inconsciente, el ego del id o el yo del ego, sino hacer metafórico lo literal, lo real «imaginal». El objetivo no es inducir a los individuos a ser más realistas (como en el «principio de realidad» freudiano) sino permitirles apreciar que «la imaginación es la realidad» (Avens, 1980) y que la realidad es imaginación: que lo que parece más literalmente «real» es, de hecho, una imagen con implicaciones metafóricas potencialmente profundas. 

Hillman emplea «psicología imaginal» como sinónimo de «psicología arquetipal». Como para Hillman la imaginación es la realidad, prefiere «imaginal» a «imaginario», que connota peyorativamente «irreal». Adopta el término «imaginal» de Henry Corbin (1972), un eminente estudioso del Islam. Según Hillman, lo imaginal es tan real como (o incluso más inmediatamente real que) cualquier realidad externa. Esta posición es idéntica a la actitud que Jung estipuló para la práctica de la «imaginación activa», la inducción deliberada de la actividad imaginativa en el inconsciente. Activar la imaginación, imaginar activamente, requiere que el individuo considere las imágenes que surgen como si fueran autónomas e iguales en estatus ontológico a la realidad externa. Hillman aplica este método a todas las imágenes, no sólo a las que surgen en la imaginación activa. La psicología imaginal se basa en lo que Adams (2004) llama el «principio de la fantasía». 

El lema de la psicología imaginal es «adhiérete a la imagen», un mandato que Hillman (1975/1979) atribuye a Rafael López-Pedraza (p. 194). Evidentemente, este dictamen se inspira en Jung (CW 16, p. 149), quien dice: «Para comprender el significado del sueño debo ceñirme lo más posible a las imágenes oníricas». Apegarse a la imagen es adherirse al fenómeno (en lugar de, digamos, asociarse libremente a él, como sugiere Freud). Para Freud, la imagen no es lo que manifiestamente parece ser. Es latentemente otra cosa. Para Jung y para Hillman, la imagen es precisamente lo que parece ser, y nada más. Para expresar lo que pretende, la psique selecciona una imagen especialmente apta de entre todas las imágenes disponibles en la experiencia del individuo para servir a un propósito metafórico muy específico. En la psicología imaginal, la técnica de análisis conlleva la proliferación de imágenes, la adhesión estricta a estos fenómenos y la especificación de cualidades descriptivas y metáforas implícitas. El método evoca cada vez más imágenes y anima al individuo a adherirse atentamente a estos fenómenos a medida que van surgiendo, con el fin de proporcionar descripciones cualitativas de los mismos y elaborar después las implicaciones metafóricas que hay en ellos. Como analista, un psicólogo imaginario debe ser un imagista, un fenomenólogo y un metaforista. 

Imagen, objeto, sujeto

La psicología imaginal no es una psicología de relaciones de objeto. Para Hillman, las imágenes no son reducibles en ningún sentido a los objetos de la realidad externa. La imaginación no es secundaria y derivada, sino primaria y constitutiva. Una imagen no deriva necesariamente de un objeto de la realidad externa, ni se refiere a él, ni se corresponde exacta o exhaustivamente con él. De hecho, puede que no haya ningún objeto. Como dice la psicóloga imaginal Patricia Berry (1982, p. 57): «Con la imaginación cualquier cuestión de referente objetivo es irrelevante. Lo imaginal es bastante real a su manera, pero nunca porque se corresponda con algo exterior». Para los psicólogos imaginales, la discrepancia entre imagen y objeto es simplemente un hecho ineliminable de la existencia humana. 

Jung (CW 6) defiende una posición similar cuando habla de las imágenes psíquicas o «imagos» y de lo que llama interpretación en el nivel subjetivo. Ontológicamente, afirma que «la imagen psíquica de un objeto nunca es exactamente como el objeto». Epistemológicamente, sostiene que los factores subjetivos condicionan la imagen y «hacen extraordinariamente difícil un conocimiento correcto del objeto». Como consecuencia, dice, «es esencial que la imago no sea asumida como idéntica al objeto». Por el contrario, siempre es aconsejable «considerarla como una imagen de la relación subjetiva con el objeto». El objeto simplemente sirve como un «vehículo» conveniente para transmitir factores subjetivos (CW 6, pp. 472-473). Por ejemplo, cuando Jung interpreta un sueño en el nivel subjetivo, considera las imágenes del sueño no como referencias a objetos de la realidad externa, sino como correlativos de aspectos de la personalidad del soñador, el sujeto. 

Hillman (1975/1979) protesta contra lo que considera un énfasis desmesurado en la subjetividad. No cree que la incongruencia entre la imagen y el objeto sea simplemente una función de factores subjetivos. Al igual que los psicólogos imaginales no reducen las imágenes a objetos de la realidad externa, tampoco las reducen a aspectos de la personalidad del sujeto. Para Hillman, la imaginación es verdaderamente autónoma, trascendente al sujeto. Complementa el nivel subjetivo con un nivel transubjetivo. Esta noción es, por supuesto, también incipiente en Jung, que distingue el inconsciente personal del inconsciente colectivo o transpersonal. Ocasionalmente, Jung (CW 7, p. 98) emplea la expresión «transubjetivo» precisamente en este sentido. Según Hillman, la subjetividad es problemática porque es muy posesiva. El sujeto tiende ingenuamente a creer que todas las imágenes le pertenecen porque aparentemente se originan en él. Para Hillman (1983/2004a), sin embargo, estas imágenes vienen al sujeto y a través de él desde la imaginación – desde lo que él llama el «mundus imaginalis«, la dimensión transubjetiva de la imaginación (p. 15). 

Relativización frente a compensación 

Para Jung, el propósito del análisis es la individuación del ego en relación con el yo (o el «Self», como la mayoría de los junguianos prefieren ponerlo en mayúsculas para estipularlo como un arquetipo). En este proceso es fundamental lo que Jung (CW 6) llama «compensación». Según Jung, la función del inconsciente es plantear perspectivas alternativas que compensen las actitudes parciales, prejuiciosas, defectuosas, inadaptadas o disfuncionales del ego. En este proceso, no sólo lo que está reprimido o disociado, sino también lo que el ego ignora o descuida, es compensado por el inconsciente. El inconsciente repara lo que el ego excluye u omite de la consideración. El análisis ofrece así una oportunidad para la integración de la psique, mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el Sí-mismo. 

A diferencia de Jung, Hillman considera que el propósito del análisis es la «relativización» del ego por la imaginación. La imaginación relativiza, o descentra radicalmente, al ego – demuestra que el ego, también, es una imagen, ni la única ni la más importante, sino simplemente una entre muchas igualmente importantes. Por ejemplo, cuando el ego aparece como una imagen en los sueños o en la imaginación activa, se tiende inmodestamente, incluso con arrogancia, a presumir que es la totalidad (o al menos el centro) de la psique, cuando en realidad es sólo una parte de ella. Demostrar la relatividad de todas las imágenes es, en efecto, empequeñecer (no humillar) al ego. Es desenmascarar los engreimientos del ego. Desde esta perspectiva, el objetivo del análisis no es la integración del psiquismo (mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el yo) sino la relativización del ego (mediante la diferenciación de la imaginación). En este sentido, la psicología imaginal no es definitivamente una psicología del ego. Según Hillman (1983, p. 17), no se esfuerza por «fortalecer» el ego, sino que busca, en cierto sentido, «debilitarlo», es decir, desacreditar las pretensiones del ego. 

La imaginación contra la interpretación

Muchas imágenes que aparecen en sueños o en la imaginación activa son personificaciones. Jung (1963) cuenta cómo dos personificaciones, a las que llamó Elías y Salomé, se le aparecieron en la imaginación activa. Según Jung, las imágenes personificaban dos arquetipos: el Anciano Sabio (Logos) y el Anima (Eros). Inmediatamente reduce estas personificaciones a categorías a priori. Sin embargo, luego expresa una importante reserva: «Se podría decir que las dos figuras son personificaciones de Logos y Eros. Pero tal definición sería excesivamente intelectual. Es más significativo dejar que las figuras sean lo que eran para mí en ese momento, es decir, eventos y experiencias» (Jung, 1963, p. 182). En lugar de intelectualizar las personificaciones, Jung dice que prefiere experimentarlas tal como son, es decir, las considera como si fueran personas reales. Las involucra en una conversación, en el proceso dialógico que la psicóloga imaginal Mary Watkins (1986) describe maravillosamente en Invisible Guests: The Development of Imaginal Dialogues. En Waking Dreams (1976/1984), Watkins presenta una amplia historia de las técnicas imaginativas, entre las que destaca la imaginación activa. 

Hay, pues, dos tendencias en Jung: una, intelectual; la otra, experiencial. Hillman enfatiza sistemáticamente la segunda sobre la primera. Lo hace porque considera que los conceptos son demasiado generales, demasiado abstractos, en contraste con las imágenes (entre ellas, las personificaciones), que son particulares y concretas. El método fenomenológico de la psicología imaginal no es un método interpretativo, o «hermenéutico». Según Hillman (1983), la hermenéutica es ineludiblemente reduccionista. Define la interpretación como una conceptualización de la imaginación. Es decir, la interpretación implica la reducción de imágenes particulares a conceptos generales (por ejemplo, la reducción de una imagen concreta de una mujer en un sueño al concepto abstracto del Anima). Para Hillman (1983, p. 51), la interpretación no se ciñe a la imagen sino que interfiere en la «inteligibilidad de los fenómenos» intrínseca. No es en absoluto el único que defiende la fenomenología en lugar de la hermenéutica. Por ejemplo, la crítica cultural Susan Sontag (1967) también está «en contra de la interpretación», exactamente por la misma razón que Hillman: porque es una intelectualización de la experiencia, lo que ella llama «la venganza del intelecto sobre el mundo» (Sontag, 1967, p. 7). En resumen, Hillman no es un hermeneuta, sino un imagista, o fenomenólogo, que se ciñe a la imagen, se adhiere al fenómeno, y se niega rotundamente a interpretarlo, o a reducirlo a un concepto. 

Por ejemplo, en contraste con Jung (CW 9.1, p. 18), que dice: «El agua es el símbolo más común para el inconsciente». Hillman (1975/1979) advierte contra la interpretación de «cuerpos de agua en los sueños, por ejemplo, bañeras, piscinas, océanos, como ‘el inconsciente'» (p. 18). Insta a los individuos a atender fenomenológicamente al «tipo de agua en un sueño» (p. 152), es decir, a la especificidad de las imágenes concretas. Una psicología hermenéutica reduce las aguas plurales, las diferentes imágenes concretas (bañeras, piscinas, océanos), a un «agua» singular y luego a un concepto abstracto, el «inconsciente». La psicología imaginal valora la particularidad de todas las imágenes por encima de la generalidad de cualquier concepto. A diferencia de Freud (1933/1964), que dice que el análisis recupera la tierra (el ego) del mar (el id), Hillman no es un niño holandés que mantiene un dedo en el dique, sino un analista que prefiere experimentar el Zuider Zee imaginariamente en lugar de intelectualizarlo conceptualmente, o interpretarlo reduccionistamente. Las aguas en los sueños o en la imaginación activa pueden ser tan diferentes como los ríos lo son de los charcos. Estas aguas pueden ser profundas o poco profundas; pueden ser transparentes u opacas; pueden estar limpias o sucias; pueden fluir o estancarse; pueden evaporarse, condensarse, precipitarse; pueden ser líquidas, sólidas o gaseosas. Las cualidades descriptivas que exhiben son tan increíblemente diversas que son potencialmente infinitas, al igual que las implicaciones metafóricas. 

Multiplicidad

Para Hillman (1975), el autor más atroz del reduccionismo junguiano es Erich Neumann, quien reduce una vasta multiplicidad de imágenes concretas de lo femenino a una unidad, el concepto abstracto de la Gran Madre (o lo femenino). Tal operación es un procedimiento groseramente arbitrario que reduce las diferencias significativas a una identidad especiosa. No sólo los junguianos, sino también los freudianos, perpetran una reducción tan fácil. Hillman (1975, p. 8) dice: «Si las cosas largas son penes para los freudianos, las oscuras son sombras para los junguianos». No es sólo que (como podría decir Freud) una cosa larga es a veces sólo una cosa larga – o una cosa oscura a veces sólo una cosa oscura. Es que hay muchas «cosas» largas y oscuras muy diferentes -es decir, muchas imágenes muy diferentes- y no son reducibles a un concepto idéntico. En la controversia filosófica sobre lo uno y lo múltiple, la psicología imaginal valora la multiplicidad sobre la unidad. Es López-Pedraza (1971, p. 214) quien articula más sucintamente esta posición. Invierte la formulación habitual de que la unidad contiene la multiplicidad y propone, en cambio, que «lo múltiple contiene la unidad de lo uno sin perder las posibilidades de lo múltiple». 

Los psicólogos imaginales creen que la personalidad es fundamentalmente múltiple, más que unitaria. En cierto sentido, no hay personalidad, sólo personificaciones que, cuando los analistas las consideran como si fueran personas reales, asumen el estatus de personalidades autónomas. Cuando Hillman defiende la relatividad de todas las personificaciones, podría parecer que aprueba irresponsablemente el trastorno de personalidad múltiple (o «trastorno de identidad disociativo», como lo denomina ahora el Manual Diagnóstico y Estadístico). Hillman (1983/2004a) dice, de hecho: «La personalidad múltiple es la humanidad en su condición natural». Considerar la multiplicidad de la personalidad como «una aberración psiquiátrica» o como un fracaso en la integración de las «personalidades parciales» es simplemente una prueba de un prejuicio cultural que identifica erróneamente una personalidad parcial, el ego, con la personalidad como tal (p. 62). La definición de trastorno de personalidad múltiple implica que las personificaciones han sido literalizadas en lugar de metaforizadas y que la imaginación ha sido disociada en lugar de diferenciada. No sólo los psicólogos imaginales hacen hincapié en las personificaciones. El psicólogo de relaciones objetales W. R. D. Fairbairn (1931/1990) presenta un caso en el que un individuo sueña cinco personificaciones: el «niño travieso», el «yo» y el «crítico» (que Fairbairn asocia, respectivamente, con el id, el ego y el superego), así como la «niña» y el «mártir». Aunque Fairbairn afirma que el trastorno de personalidad múltiple es el resultado de una identificación extrema con las personificaciones, también dice, muy al estilo de Hillman, que dichas personificaciones son tan frecuentes en el análisis que «deben considerarse, no sólo como características, sino como compatibles con la normalidad» (Fairbairn, 1931/1990, pp. 217-219). 

Politeísmo frente a monoteísmo 

En consonancia con este énfasis en la multiplicidad, Hillman (1971/1981) aboga por una psicología politeísta en lugar de monoteísta. Según Hillman, la religión (o la teología) influye en la psicología. Históricamente, las tres religiones monoteístas -el judaísmo, el cristianismo y el islam- han reprimido sistemáticamente a las religiones politeístas. El judaísmo y el cristianismo no sólo han privilegiado a un dios por encima de muchos dioses (y diosas), a los que han despreciado como demonios, sino que también han privilegiado una conceptualización abstracta de ese único dios. El Islam ha sido igual de intolerante: un dios, sin imágenes. Para Hillman (1983), el cristianismo ha tenido un impacto especialmente nocivo en la psicología. Critica en particular al cristianismo fundamentalista, porque ha sido el más puritano e iconoclasta. Dado que el fundamentalismo ha considerado la imagen de forma literal en lugar de metafórica, ha condenado todo el imaginario como idolatría. Entre los practicantes de la psicología imaginal, David L. Miller, profesor de religión, es quien ha elaborado de forma más convincente la perspectiva politeísta en The New Polytheism: Rebirth of the Gods and Goddesses (1974/1981). 

Desde la perspectiva de la psicología imaginal, una de las razones por las que la psicología del ego parece tan atractiva es porque es muy compatible con los principios de la religión monoteísta. Es una psicología monista que valora un concepto unitario y abstracto, el ego, por encima de las imágenes múltiples y concretas. En cambio, la psicología imaginal tiene una orientación politeísta (o pluralista). No es una religión sino estrictamente una psicología. No rinde culto a los dioses y diosas. Los considera metafóricamente, como hizo Jung (CW 10, p. 185) – como «personificaciones de fuerzas psíquicas». Según Jung (CW 13), los dioses y diosas aparecen como «fobias, obsesiones y demás», «síntomas neuróticos» o «enfermedades». Como dice, «Zeus ya no gobierna el Olimpo, sino el plexo solar, y produce curiosos especímenes para la consulta del médico, o desórdenes en los cerebros de políticos y periodistas que, sin saberlo, sueltan epidemias psíquicas en el mundo» (CW 13, p. 37). Casi todos los ejemplos que los psicólogos imaginales citan de dioses y diosas son griegos. Justifican, o racionalizan, esta selectividad sobre la base de que el análisis es históricamente de origen europeo y que los dioses y diosas griegos son singularmente dominantes en ese contexto continental particular. Sin embargo, para que la psicología imaginal aspire a una psicología multicultural integral adecuada a las preocupaciones contemporáneas sobre la diversidad étnica, tendrá que incluir finalmente una amplia gama politeísta de dioses y diosas de todo el panteón mundial. 

Mitología 

Históricamente, el análisis ha tenido un interés especial en la mitología. A diferencia del análisis freudiano, la psicología imaginal no emplea los mitos simplemente con fines confirmatorios. Para Freud, el mito de Edipo es importante porque cree que confirma independientemente el descubrimiento -y la verdad teórica- del complejo de Edipo. Freud considera el complejo como algo primario, el mito como algo secundario. La psicología imaginal invierte este orden de prioridad. Por ejemplo, Hillman (1975/1979) dice que «el narcisismo no da cuenta de Narciso» (p. 221n.) Es una falacia reducir el mito de Narciso a un «complejo de Narciso» – o a un «trastorno narcisista de la personalidad». Nosológicamente, dice Hillman (1983, p. 81), el narcisismo confunde «el subjetivismo autoerótico con uno de los mitos más importantes y poderosos de la imaginación.» La psicología imaginal expresa una preferencia definida por los modos de discurso «literarios» sobre los «científicos». Según Hillman (1975, p. xi), la base misma de la psique es «poética» – o mitopoética. 

Sin embargo, Hillman critica lo que Jung llama el «mito del héroe». Lo que es potencialmente peligroso de este mito es la tendencia del ego a identificarse con el héroe y, por tanto, a representar el papel del héroe de forma agresiva y violenta. En contraste con lo que Hillman (1975/1979) llama el «ego imaginal» (p. 102) -un ego que reconocería modestamente que no es más que una imagen entre muchas otras imágenes igualmente importantes- el «ego heroico» asume arrogantemente el papel dominante y relega todas las demás imágenes a papeles subordinados. Las demás imágenes existen para servir a los propósitos del ego heroico, que puede entonces prescindir de ellas o deshacerse de ellas mediante la agresión y la violencia. El ego heroico, dice Hillman, «insiste en una realidad con la que puede lidiar, a la que puede apuntar con una flecha o a la que puede golpear con un garrote», porque «literaliza lo imaginal» (p. 115). En este relato, Hillman es culpable del mismo reduccionismo que critica en otros, pues el «héroe» es sólo un concepto abstracto, no una imagen concreta. Diferentes héroes tienen diferentes estilos. No todos son idénticos. Algunos son notablemente no agresivos y no violentos. Como dice Joseph Campbell (1949), el héroe tiene mil caras diferentes. 

Hillman (1989/1991) es más impresionante cuando revisa el mito de Edipo para volver a verlo. Según él, el mito de Edipo informa inconscientemente el propio método de análisis. Hay un «método de Edipo», así como un complejo de Edipo. Hillman no es el único analista que ha criticado las implicaciones metodológicas del mito de Edipo. Por ejemplo, el psicólogo del Self Heinz Kohut (1981/1991) sostiene que, en la medida en que el análisis aspira a ser algo más que una mera psicología anormal, el mito de Edipo es metodológicamente inadecuado. Se pregunta cómo habría sido el análisis si se hubiera basado en otro mito paterno-filial -por ejemplo, el mito de Odiseo-Telémaco- en lugar del mito de Layo-Edipo. Si Freud hubiera basado el análisis en el complejo de Telémaco en lugar del complejo de Edipo, sostiene Kohut, el método de análisis habría sido radicalmente diferente. Según Kohut, es la continuidad intergeneracional entre el padre y el hijo lo que «es normal y humano, y no las luchas intergeneracionales y los deseos mutuos de matar y destruir -por más que con frecuencia, e incluso de forma omnipresente, podamos encontrar rastros de esos productos de desintegración patológica de los que el análisis tradicional nos ha hecho pensar como una fase normal del desarrollo, una experiencia normal del niño» (Kohut, 1981/1991, p. 563). 

Hillman (1989/1991), sin embargo, es un crítico mucho más radical del mito de Edipo en la teoría y la práctica psicoanalítica tradicional que Kohut. Para él, la dificultad radica en que el mito de Edipo ha sido el único mito, o al menos el más importante, que los analistas han empleado con fines de interpretación. Según Hillman, el mito demuestra que la ceguera es el resultado de la búsqueda literalista del insight. El análisis ha sido un método ciego. El analista, un Tiresias que ha alcanzado el discernimiento después de haber sido cegado, imparte el discernimiento a un Edipo, el analizado, que luego es cegado. Este mito ha proporcionado al análisis un solo modo de investigación: el método de la perspicacia heroica que conduce a la ceguera. Hillman sostiene que si el análisis empleara otros mitos además del mito de Edipo, muchos mitos diferentes con muchos motivos diferentes -por ejemplo, Eros y Psique («amor»), Zeus y Hera («generatividad y matrimonio»), Ícaro y Dédalo («vuelo y artesanía»), Ares («combate, ira y destrucción»), Pigmalión («mímesis donde el arte se convierte en vida a través del deseo»), Hermes, Afrodita, Perséfone o Dionisio – entonces los métodos de análisis serían muy diferentes y mucho más fieles a la diversidad de la experiencia humana (Hillman, 1989/1991, pp. 139-140). La psicóloga imaginal Ginette Paris en Pagan Meditations (1986) y Pagan Grace (1990) es quizás el exponente más elocuente de esta diferenciación metodológica. 

Wolfgang Giegerich (1999) ha criticado la base mitológica de la psicología imaginal. En lugar de una psicología de la imagen basada en el mito, Giegerich aboga por una psicología del alma basada en la «lógica» (en el sentido filosófico distintivamente hegeliano de la palabra). Afirma que el mundo de la tecnología electrónica y de la información moderna -con el ordenador, Internet y el ciberespacio- es radicalmente diferente del mundo de la mitología antigua. «Para hacer justicia a nuestro mundo moderno», sostiene Giegerich (1999, p. 175), «no podemos recurrir a ninguna figura o patrón mitológico antiguo». Sostiene que una psicología basada en la mitología es obsoleta. Giegerich dice que «el punto mismo del ‘ego moderno’ (así como de la ciencia) es haber roto fundamentalmente con el mito como tal, es decir, con todo el nivel de conciencia en el que la experiencia verdaderamente mítica era factible» (Giegerich, 1999, p. 219). Adams (2001) sostiene, sin embargo, que los «dioses» y las «diosas» están vivos y bien, que la realidad psíquica contemporánea sigue siendo una realidad mítica, y que el inconsciente es fundamentalmente un «inconsciente mitológico». 

El alma en el mundo y el hacer alma

 La psicología imaginal es una psicología del alma más que una psicología del ego. Tal como Hillman (1964, p. 46) emplea el término «alma», se trata de «un concepto deliberadamente ambiguo» que desafía la definición denotativa. «Alma», por supuesto, es evocador de numerosos contextos religiosos y culturales. Hillman (1983, p. 128) señala que los afroamericanos introdujeron la palabra «alma» en la cultura popular. En la psicología imaginal, sin embargo, el término tiene una serie de connotaciones bastante específicas, las más importantes de las cuales son quizás la vulnerabilidad, la melancolía y la profundidad. Hillman (1983, p. 18) rechaza el ego fuerte, maníaco y superficial y aboga por un alma que reconozca lo débil, lo depresivo y lo profundo. «El alma», dice, «no está dada, tiene que hacerse». A tal efecto, Hillman (1975, p. ix) cita a Keats: «Llama al mundo, si te place, ‘El valle del hacer alma’. Entonces descubrirás la utilidad del mundo». Esto es una alusión al «alma-mundo» neoplatónico, o anima mundi, que Hillman traduce como «alma-en-el-mundo». El hacer alma en el mundo conlleva una profundización de la experiencia, en la que el ego se rebaja y se mantiene. En lugar de un ego que desciende a las profundidades inconscientes sólo para ser individuado en relación con el Sí-mismo y luego asciende a la superficie consciente, Hillman aboga por un ego que desciende a las profundidades imaginales -y permanece allí- para ser animado en un alma. Al igual que Jung, Hillman subraya que «ánima» significa «alma». En este sentido, el propósito del análisis no es la individuación sino la animación. El psicólogo imaginal Thomas Moore ha popularizado esta psicología del alma en Care of the Soul (1992) y Soul Mates (1994), al igual que Hillman en The Soul’s Code (1996). 

La psicología imaginal subraya que no sólo los individuos tienen alma, sino que el mundo tiene alma, o que los objetos materiales del mundo tienen alma. En contraste con el dualismo sujeto-objeto de Descartes, que afirma que sólo los «seres» humanos tienen alma, Hillman (1983) sostiene -lo dice metafóricamente, por supuesto- que las «cosas» no humanas también tienen alma. En efecto, la psicología imaginal es una psicología «animista». En contraste con la noción convencional de que el mundo es sólo materia «muerta», que los objetos materiales (no sólo los naturales, sino también los culturales, o artefactos) son inanimados, Hillman (1983, p. 132) insiste en que están animados, o «vivos». Quiere decir que no sólo los individuos sino también los objetos tienen una cierta «subjetividad», que las cosas tienen un cierto «ser». Según Hillman, el mundo no está muerto, pero tampoco está bien: está vivo pero enfermo. Es la actitud mortífera (en lugar de vivificante, llena de alma o animizante) del dualismo cartesiano sujeto-objeto hacia el mundo lo que lo ha enfermado. En lugar de analizar sólo a los individuos, Hillman recomienda que la psicología imaginal analice el mundo, o los objetos materiales en él, como si también fueran sujetos. Desde esta perspectiva, el mundo necesita terapia al menos tanto como los individuos. La psicología imaginal se ha convertido así en una psicología «ambiental» o «ecológica». Los analistas han tendido a ignorar o descuidar lo que Harold F. Searles (1960) llama el «entorno no humano». Una excepción a esta regla es el psicólogo imaginal Michael Perlman, que aborda la cuestión en The Power of Trees: The Reforesting of the Soul (1994). 

Activismo social y político 

La psicología imaginal convoca a los individuos a comprometerse con el mundo y a asumir una responsabilidad social y política. Uno de los ensayos más importantes que ha escrito Hillman se refiere a una cuestión social y política aparentemente insoluble: el sesgo de la supremacía blanca. Hillman (1986, p. 29) sostiene que los dilemas presuntamente debidos al «fanatismo étnico», aunque no son imposibles de alterar, son «fundamentalmente difíciles de modificar» porque la propia noción de supremacía es «arquetípicamente inherente a la propia blancura». Cita pruebas etnográficas de África para demostrar transculturalmente que no sólo los blancos sino también los negros tienden a considerar los colores «blanco» y «negro» como, respectivamente, superiores (o buenos) e inferiores (o malos). En On Human Diversity (1993), el crítico cultural Tzvetan Todorov también sugiere que el racismo puede persistir, en parte, «por razones que tienen que ver con el simbolismo universal: las parejas blanco-negro, luz-oscuridad, día-noche parecen existir y funcionar en todas las culturas, con el primer término de cada pareja generalmente preferido» (Todorov, 1993, p. 95). Tanto Hillman como Todorov se preguntan por qué el racismo parece resistirse tan obstinadamente a los esfuerzos sociales y políticos serios para erradicarlo, y ofrecen una explicación similar: la proyección inconsciente de un factor arquetípico, o universal, una valoración sobre el color (blanco-luz-día en oposición a negro-oscuridad-noche) sobre las personas. Según Hillman, el problema es que los racistas son literalistas que confunden irracionalmente la realidad física con la psíquica y aplican erróneamente la oposición de color blanco-negro con fines prejuiciosos y discriminatorios. Para abordar eficazmente esta dificultad y aminorar el racismo, sostiene que será necesario replantear (desiteralizar o metaforizar) la espuria lógica de oposición que emplean los supremacistas blancos. Desde esta perspectiva, el racismo es un fracaso de la imaginación, un ejemplo especialmente pernicioso de la falacia del literalismo. Adams aborda directamente la cuestión del racismo en el sentido blanco-negro en The Multicultural Imagination: «Race,» Color, and the Unconscious (1996). 

Robert Bosnak es quizás el más activo social y políticamente de los psicólogos imaginales. En Christopher’s Dreams: Dreaming and Living with AIDS (1989/1997), ha interpretado todo el diario de sueños de un cliente que sufrió y murió a causa del virus de la inmunodeficiencia humana. Ha organizado tres conferencias internacionales sobre el tema «Facing Apocalypse»: la primera, sobre la guerra nuclear (Andrews et al., 1987); la segunda, sobre la catástrofe medioambiental; la tercera, sobre el carisma y la guerra santa. En The Sacrament of Abortion (1992), Paris también ha aplicado la psicología imaginal a una cuestión social y política contemporánea. La guerra bien puede ser la cuestión social y política por excelencia. Hillman ha publicado un importante ensayo (1987) y un libro (2004b) sobre el «amor a la guerra», una actitud que la aprueba y la romantiza como algo heroico y perfectamente normal, con terribles consecuencias. 

Postestructuralismo, postmodernismo

La psicología imaginal es una escuela postestructuralista y posmoderna que tiene importantes afinidades tanto con la psicología semiótica de Jacques Lacan como con la filosofía deconstructiva de Jacques Derrida. Tanto Hillman como Lacan aborrecen la psicología del ego, y ambos descentran radicalmente el ego. El «imaginario» de Lacan es similar (aunque en absoluto idéntico) al «imaginal» de Hillman. Paul Kugler (1982/2002, 1987) afirma que el «imaginario» de Lacan es también similar a la «imago» de Jung. Adams (1985/1992) sostiene que lo que Hillman entiende por «re-visión» es comparable a lo que Derrida entiende por «deconstrucción». Tanto Hillman como Derrida critican la lógica metafísica que opone la imagen (o significante) al concepto (o significado) y que privilegia a este último sobre el primero. 

La institucionalización de la psicología arquetípica

Aunque hay institutos junguianos que forman y certifican a los analistas para que ejerzan profesionalmente, no hay ningún «Instituto Hillman». Spring Publications, una editorial de la que Hillman es propietario, ha publicado muchos libros de psicología arquetípica. Ahora ha comenzado a publicar la «Uniform Edition of the Writings of James Hillman». Durante muchos años, también publicó Spring, una revista de psicología arquetipal. Esa revista se publica ahora en una imprenta diferente, Spring Journal Books. El London Convivium for Archetypal Studies publicó varios números de Sphinx: A Journal for Archetypal Psychology and the Arts. En 1992 se celebró un «Festival de Psicología Arquetipal en honor a James Hillman» en la Universidad de Notre Dame. El Pacifica Graduate Institute de Santa Bárbara destaca la psicología arquetipal en los programas de grado de psicología clínica, psicología profunda y estudios mitológicos, y ha creado un archivo que contiene los manuscritos, cartas y otros documentos de Hillman. El Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas también hace hincapié en la psicología arquetipal en los programas que ofrece. 

La psicología arquetipal existe desde hace menos de medio siglo, pero en ese tiempo ha prestado un importante servicio. Ha proporcionado una perspectiva crítica «revisionista» del análisis junguiano. Quizás la contribución más significativa de la psicología arquetipal es el énfasis en la imaginación, tanto cultural como clínicamente. En este sentido, la psicología arquetipal ha revisado la propia imagen del análisis junguiano tradicional. 

Referencias

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Las psicoterapias silvestres

Logos del alma

«La preparación para la actividad analítica no es nada fácil ni simple, el trabajo es duro y grande la responsabilidad.«

Sigmund Freud

En 1910 Freud publicó un ensayo de nombre: “El psicoanálisis silvestre”, donde argumentaba lo peligroso de llevar a cabo un proceso de psicoanálisis sin la debida preparación previa por parte del analista, quien acompañado de unos cuantos conceptos entendidos a medias se aventuraba a hacer interpretaciones variopintas al paciente, lo cual corría el riesgo de convertirse en una herramienta más de la neurosis y en perjudicar la reputación de la terapia.

Hoy nos enfrentamos todavía al mismo problema en el ámbito de la salud mental y tal dificultad además se ha complejizado desde los tiempos de Freud pues los problemas esenciales del tratamiento psicológico se han multiplicado en las innumerables escuelas psicoterapéuticas que sostenidas en una sola idea, unos pocos tratados y mucha inflación, pretenden abrirse campo en el ámbito de la psicoterapia ofreciendo un discurso sencillo y celeroso que utiliza estrategias para entablar una relación ideológizante con los pacientes.

A la consulta llegan personas de varios países que se presentan con malas experiencias con sus anteriores terapeutas, si bien es cierto que estas imágenes están matizadas por la propia vivencia del consultante y deben ser atendidas como parte de su proceso, también hay ciertas pautas que son comunes en sus relatos, por ejemplo el uso de técnicas descontextualizadas, interpretaciones sin fundamento, intentos repetidos de manipulación, imposición de prejuicios del analista o la simple falta de actividad analítica en el diálogo. Todo esto es resultado de una mala praxis terapéutica donde quien la ejerce no es capaz de atender al discurso proveniente del paciente como un dialogo constante de éste con su propia existencia, ello a causa de la falta de sensibilidad del practicante y de una necesidad imperiosa por imponer su teoría sobre el proceso como parte de una estrategia de la que también es inconsciente.

Muchas escuelas terapéuticas actuales construyen discursos estereotipados en los cuales los clientes encuentran cierta falsa seguridad, ahí el profesional sabe de antemano el lugar del consultante con base en una taxonomía diagnóstica que puede llamarse: DSM V, eneagrama, tipos psicológicos, signos astrológicos o cualquier organización de la personalidad. Ante estas clasificaciones prefijadas el analista únicamente debe apegarse a los criterios de acción de acuerdo a la etiqueta previa y el paciente solo ha de ajustar su comportamiento a la misma para poder sostener su neurosis en la propia neurosis del tratamiento. Esto quiere decir que el problema escencial que ha causado la sintomatología queda descartado, pues el propósito común dé estas estrategias es librar al sujeto de aquello que lo aqueja sin preguntarse por la necesidad de su sintomatología, ofrecen, así, cumplir los deseos de la persona, pero tales deseos son imposibles pues en sí mismos son las vías a través de las cuales la psique lleva a cabo su movimiento, justo a causa de tal imposibilidad.

La preparación del terapeuta es una causa de la proliferación de estas propuestas, y es que el esfuerzo de la construcción del analista debe fincarse en pilares tales como la profunda exploración de su teoría, la auto aplicación de ésta a sí misma, el sometimiento del terapeuta al proceso analítico durante gran parte de su vida y la supervisión por parte de sus pares, éstas son actividades que le exigirán el tributo necesario para poder llevar a cabo su labor, dicha senda por supuesto no podrá recorrerla en 3 o 4 meses de un diplomado, ni en 2 años de una especialidad o posgrado y ni siquiera en 4 años de una carrera, ello no es garantía del compromiso hondo con su ocupación. Por esa razón es que son atractivas las formaciones que solo exigen que el terapeuta asuma un dogma y que su trabajo sea imponerlo a todo sujeto que lo consulte, ya que es más rápido y no exige otra cosa que el sacrificio del propio intelecto, mientras la voluntad está comodante sostenida en el maestro o en el gurú en turno que con respuestas sencillas y manuales prácticos es capaz de desentrañar cualquier misterio. Sin embargo, un abordaje psicoterapéutico serio no se deshace del misterio sino que lo acoge como parte insalvable del trabajo del análisis.

Por ello, una parte de la labor terapéutica se ha vuelto el poder integrar y separar a los sujetos de los dogmas previos adquiridos en procesos analíticos anteriores, que se han enquistado de tal manera que generan una nueva capa de neurosis la cual oculta, detrás de un lenguaje artificioso, el verdadero discurso psicológico del paciente, que es aquel que el terapeuta aprende constantemente y que constituye su herramienta más básica, la masa confusa que se someterá al fuego alquímico del opus analítico. Por supuesto está disposición no es natural y es debido refinarla una y otra vez y para siempre, lo que implica una posición poco atractiva para el psicólogo que busca resultados rápidos y descomprometidos, que se contenta con temas sencillos e indoloros y que, por lo tanto, tiene como fin, inconfesado, el mantenimiento del discurso neurótico aliviado por otro aún más neurotizante, para ellos está abierta la muy solicitada puerta de las psicoterapias silvestres.

El valiente nuevo mundo del ego

Logos del alma

Continuamente se emiten opiniones sobre asuntos políticos asentadas en una visión limitada del mundo y expresadas de forma visceral, no hay un pensamiento plenamente logrado dentro de ellas, sino enojo, miedo o admiración.

En el ámbito de la educación es cada vez más evidente el énfasis en la vida emocional del individuo, la educación socioemocional imbuye los planes de estudio como una necesidad del sujeto moderno que ha descubierto una parcela de su vida que antes no notaba.

La música que figura en las listas de éxitos no tiene un contenido importante, ni siquiera es musicalmente compleja, constituye una serie de repeticiones simples que alimentan la emocionalidad del oyente, lo posicionan en un estado de animo exaltado pero iterante.

La pandemia, como síntoma social, ha mostrado, como lo hace todo síntoma, la dinámica de la ideología del mercado que rige las relaciones personales y las divide en externas e internas; la reclusión se presentó como una imagen de la atomización del individuo y el miedo a la muerte como el verdadero proyecto de la sociedad occidental contemporánea.

¿Qué tienen que ver las opiniones políticas viscerales, la educación sociomocional, los estribillos anodinos de la música de masas y la cultura de la pandemia? Todas son formas en que la hegemonía del ego se manifiesta, una tiranía implícita pero terrible que traslada el dominio del mercado a la dimensión psicológica de las relaciones sociales. No es un capitalismo salvaje, sino un neoliberalismo emocional, donde el sujeto se expresa para silenciarse y se ocupa de sí mismo para convertirse en su propio explotador. El mercado se ha encarnado y ahí donde algunos habían descubierto el nuevo mundo de la mente ya se han construido centros comerciales, parques de diversiones y pequeños apartamentos a pagar en largas y cómodas mensualidades.

Del concepto de “sublación” en la obra de Wolfgang Giegerich 

Logos del alma

En la obra de Wolfgang Giegerich se utiliza constantemente el término “sublación” para entender como un momento de un fenómeno es sucedido por otro momento del mismo, usualmente se le critica al confundirsele con la simple superación, en la suposición imaginaria de que sublar implica el deseo de dominio de la razón sobre el fenómeno, lo cual es una interpretación equivocada. Sublar no es el acto simple de reemplazar, ni lo que coloquialmente entenderíamos como superación, al contrario, es un neologismo utilizado en para hablar de lo que en alemán se dice: “Aufheben”, que se puede traducir de varias maneras: como conservar, como trascender y como eliminar. Esta triple significación, en la filosofía de Hegel, le ocurre a la vez y en todo momento al fenómeno cuyas contradicciones internas le obligan a seguir un movimiento dialéctico en el que su lógica interna se despliega de forma constante. El fenómeno, entonces, se trasciende a sí mismo en el momento en que es obligado a abandonar su colocación anterior para desplegar su sintaxis prístina, llega, así, a casa a sí mismo. De nuevo, esto ocurre siempre y cada vez en la vida lógica del fenómeno.

De ahí que cuando Giegerich alude a la sublación del pensamiento en Jung, no quiere decir que se deba borrar lo que en Jung se expresó [notese que Jung en este enunciado no es un sujeto sino un tema, una idea que se desarrolla], sino que lo que en Jung fue un movimiento debe seguir su cauce más allá de la preferencias de los jungianos, y permitir que sus contradicciones internas eleven a la consciencia de sí mismas lo que permanece en Jung como pensamiento inadvertido. Así, se abandona a Jung a la vez que se le conserva, en un contexto trascendente que expresa lo más sutil y lo más vivo en su teoría. Se le deja atrás para poder llegar a él.

Los críticos del pensamiento de Giegerich, regularmente aluden al matiz del abandono de la teoría jungiana para intentar descalificar el trabajo de la psicología como disciplina de la interioridad, pero son ellos mismos los que destruyen la teoría jungiana al querer conservarla de forma estática, anquilosandola en modos de aplicación que dan la ilusión de movimiento pero que mantienen al fenómeno, que ha significado la teoría analítica, detenido.

Digamoslo de una manera sucinta: la sublación es la constante lucha del fenómeno por llegar a sí mismo en la consciencia.

Del pensamiento contenido en el objeto al pensamiento contenido en sí mismo

Logos del alma

Pensar, como movimiento lógico, desligado de una entidad que sostenga tal acto, es difícil de imaginar sino imposible, la imaginación requiere un sujeto al que atar el movimiento, y un espacio que enmarque tal acción. Esto tiene una razón, la cual implica que en un tiempo histórico pensar, imaginar y actuar estaban con-fundidos, encerrados en sí mismos. Antes de que el logos pudiera ser consciente de su separación del mundo, y ser a la vez alma objetiva y reflexión subjetiva, el pensamiento estaba atrapado en el acto ritual.

El acto ritual implica una idea actuada sin reflexión, dicho hacer no necesita la visión externa de sí para tener significado, es auto suficiente y si bien el hombre es necesario lo es como mero ejecutor del acto. No es el sujeto quien mata al animal sacrificial, son realmente los dioses, es la mano del dios que actúa a través del ser humano y que impone su voluntad en su actuación para poder desarrollar su dinámica. El pensamiento aquí no es consciente de sí mismo, puesto que se despliega sin necesidad de la reflexión, es decir, no hay que volver sobre los pasos del ritual para entenderlo, sino que el cuchillo hundiendose en la carne del animal sacrificial es su propio entendimiento, y no tiene necesidad de separarse de sí mismo.

Hay entonces una contención del pensamiento en el acto ritual que persiste en su relato, es decir en el mito. Cuando Homero comienza la Iliada no habla sino en nombre de las musas, es la musa quien cuenta la historia, son sus palabras las que son escuchadas, así como en la Biblia es la voz de Dios quien realmente se expresa y por ello es posible decir que la Biblia está dictada por el espíritu, es el espíritu que aun no ha llegado a su estado de paráclito, aun no hay separación en el logos, pues la encarnación solo puede ser posible una vez que el espíritu se ha separado de sí mismo y ha reflexionado sobre su propio pensar.

El mito es más cercano a la realidad presente en el acto ritual que a la consciencia moderna, separada de sí misma. Sin embargo, acudir al mito es recurrente pues al hacerlo se evita la angustia de la separación. Así como es difícil separarse de los padres, pero necesario para ser uno mismo, es complicado asumir que la realidad del mito ha quedado rebasada por formaciones que expresan la verdad de la época de forma más compleja que lo que las imágenes míticas pueden ofrecer. Es mas sencillo pensar en fenómenos metafísicos que den sentido a la existencia desde afuera, que encontrar el propio sentido en cada cosa que existe. Ejemplos de tales entes son conceptos como: el inconsciente, los arquetipos, la libido, el daimón, sobre todo cuando son vistos como procesos teleológicos a la medida de las personas.

Los procesos psicológicos actuales ya no están en las personas, sino fuera de ellas, pero de una forma distinta al de la época ritualista, en la dinámica que envuelve a los sujetos y que los construye como tales. El pensamiento tiene entonces una doble existencia, como el contexto lógico de ideas que en que la humanidad se desarrolla y en la reflexión que se hace en las personas sobre este contexto. La unidad de la igualdad y la diferencia entre ambas facetas constituye el pensamiento del alma, que es pensamiento tautológico. Es debido aclarar que el hombre poco tiene que decir sobre ello, y que lo conciencia egoica insiste en centrarse en sí misma con el fin de sostener una importancia que no tiene. Esto último hace que pueda concebirse una revolución copernicana final, que exprese la verdad de los tiempos actuales: el pensamiento se piensa a sí mismo, siempre.

¿Qué significa “pensar” en la obra de Wolfgang Giegerich?

Logos del alma

Cuando se habla de pensar en la obra de Giegerich no estamos ante algo dado o sobreentendido, es una idea que hay que aprender en su transcurso. Si quisiéramos calcificarla en una definición o insinuar que ya se sabe de lo que estamos tratando tendríamos una idea falsa, un fenómeno a medias entre su verdad y el ocultamiento de la misma. Por ello es que pensar, primero que nada, tiene que ser entendido como un proceso que se despliega, no como una categoría que encierra y clasifica para posteriormente ofrecer digerido aquello que se quiere entender. Pensar, en cambio, es actividad, solo productividad en sí misma, pero ¿de quién?.

Dice Giegerich: “El sujeto o el agente del propio pensamiento, del verdadero pensamiento, por contraste, no es el ego, no es la gente, sino, hablando mitológicamente, es «el alma». Pensar es una actividad del no-ego.” Esto no quiere decir que quien piensa sea el alma en lugar de ego, como si cambiáramos simplemente de sujeto. El que el alma sea quien piense supone que el alma misma es pensamiento, pensamiento en el proceso de pensarse a sí mismo. Es decir, que todo ello no ocurre como una posibilidad en algún ente, corpóreo o incorpóreo, pues es un proceso lógico que se desarrolla de manera negativa, por ello Giegerich lo refiere al “no-ego”, que es el ego que no es ego, o la negación del ego en sí mismo, que no es otro ego positivo sino la negatividad de la posición lógica del ego, cuya noción ha sido liberada de su “literalidad” e interiorizada en el acto de pensar. Toda esta jerga, que en Giegerich es muy clara si uno se adentra en sus escritos, quiere decir que el alma es su propio proceso de desenvolvimiento en lo real, no es otra cosa que movimiento, pero no físico sino noético.

Si bien la jerga de Giegerich es compleja, se debe entender que él mismo no trata un tema simple, sino que habla sobre una dimensión que no es abordada en la psicología académica, misma que se ha esforzado por ser solo una practica tecnológica. Pero la psicología no tendría que ser una técnica en busca de eficiencia sino una disciplina que se ocupe del alma y su desarrollo, por ello se hecha mano de una base filosófica que entiende mejor los fenómenos noéticos, y sin embargo tampoco la psicología se reduce a la filosofía, mas bien la supera precisamente al rechazar la sistematización de una teoría y centrarse en la propia teoría que el alma proponga, el psicólogo es un naturalista negativo, pues no observa para aprender, sino que en su investigación él mismo es aprendido, diría Giegerich que el cazador es devorado por sus propios perros.

Tales consideraciones impiden que el proceso de pensar se reifique en dos posiciones clásicas, una es la del pensamiento como proceso cognitivo o como función psíquica de orientación, siendo esta una explicación mecanizada que trata de explicar particularidades del fenómeno psíquico orientado a la ubicación del ego en la realidad. Esta posición provee de una herramienta muy sencilla para los psicólogos-técnicos que buscan clasificar y reducir el fenómeno psíquico a su mínima expresión para poder entenderlo, pero esto no es sino técnica en el sentido en que Heidegger alude cuando dice que la ciencia no piensa. La otra posición que no tiene que ver con el pensamiento es la lógica formal que busca pensar de manera adecuada y que dice Giegerich, abstrae doblemente el fenómeno, pues lo descontextualiza y luego lo reduce a signos.

Entonces pensar no es ni una función del ego, ni una manera de aprender la realidad. Es el alma, como movimiento lógico, en el acto tautológico de pensarse a sí misma. Por lo tanto, al hablar de este termino no se alude a la cognición o las funciones psíquicas individuales, y cuando se dice que el alma siempre piensa es un descuido confundirlo con racionalismo, pues esta confusión indica que aun no se ha podido acceder a la importancia del tema que aquí se trata ya que se viene vestido de calle a la gran fiesta a la que se nos ha invitado, misma a la que para entrar hay que quedarse fuera, es decir, que para entender primero hay que asumir que quien entiende no será el ego sino el alma, un proceso de sacrificio que no todos están dispuestos a hacer, y que no trae recompensas, sino solo disolución, pues el verdadero psicólogo no es el sujeto sino la vida lógica.

La familia devorada por el mercado

Logos del alma

La voracidad del capitalismo supone la engullición de todo concepto en la lógica comercial de sus interacciones, un ejemplo de sucede en el caso de la familia contemporánea. Donde en otro momento los hijos servían a un propósito social, continuaban la casta, daban sostén al proyecto político o servían a un fin sagrado, en la mutación de la modernidad tardía acontece la transformación de la parentalidad en su faceta más comercial, los hijos entonces responden a un proyecto de vida individualizador, propio de un sistema atomizado y de la misma forma que sucede con la construcción de la pareja, el ser padres se transforma en una vía de la industria del crecimiento personal, en un herramienta para la satisfacción de los ideales del culto a la personalidad donde los profesionales de la salud mental tienen un papel determinante.

Son los psicólogos aquellos que dictan que es ser un buen padre y lo hacen con una narrativa sostenida en un discurso pseudo científico que se apropia posteriormente de las categorías de la vida cotidiana. Así, la familia se somete a estándares construidos por una casta de profesionales que reproducen inconscientemente el discurso de la prioridad del capital.

Los padres acuden a los libros, al consultorio de especialistas, a los programas de televisión y a los consejos de los “expertos” para poder llevar a cabo su tarea, la paternidad se vuelve en un asunto de profesionales y los padres son convertidos en niños que necesitan ser educados. ¿Será que la emergencia de consejeros parentales sea la causa de la pérdida de autoridad y eficacia de las familias actuales y no su solución como se ha creído comúnmente? En este caso la labor por crear una educación de lo familiar podría ser más el síntoma que la cura.

En el tiempo de la erosión de las instituciones sociales, donde el genero y los roles se precipitan en productos comerciales, la familia se vuelve un bastión de reproducción de los valores emergentes. Los hijos son objetos para el comercio de servicios, son educados como trabajadores eficientes que se torturaran a sí mismos buscando metas como la salud mental y el crecimiento personal, dos palabras que caracterizan al sujeto de rendimiento. Los padres, a su vez, son clientes de un mercado de formación ideológica que vende la descomposición de su autonomía justamente con frases que significan lo contrario de lo que pretenden decir, pues empoderamiento o resiliencia, por ejemplo, deben leerse como metas opuestas a sus concepciones cotidianas, es decir como componentes de un aparato ideológico destinado a alienación del sujeto de sus lazos sociales.

La familia reproduce, así, la apuesta del proceso de inmersión del sujeto en la narrativa salvaje del capitalismo y se configura como un fabrica de reproducción que somete a sus integrantes al contexto neurótico del que toda la vida tratarán de escapar y donde incluso este intento de evasión se torna en un medio de sujeción a una lógica indestructible que los doblegará a las reglas invisibles del mercado.

El tiempo de la psicología es el presente

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Pensemos en una historia conocida: Un hombre pierde un caballo y todos se lamentan, el hombre no sabe que sucederá y sigue trabajando, el caballo regresa con una tropilla y todos se alegran, pero el hombre se repite a sí mismo que no sabe que pasará; tiempo después su hijo se rompe una pierna al tratar de domar a uno de los caballos salvajes y los demás vuelven a lamentarse, el hombre, mientras tanto, no sabe que sucederá; viene entonces la guerra y reclutan a los jóvenes del pueblo, excepto a su hijo que está lisiado y para estas alturas ya imaginamos la reacción del hombre.

Imaginemos entonces que este hombre no es imperturbable, él se alegra y se entristece, pero no se anticipa el futuro, acepta el presente tal como es ¿no es esa la actitud que le corresponde al psicólogo? Cuando adviene el fenómeno, es decir, el sueño, el síntoma, la gran guerra o el gran desastre, entiende el sufrimiento como un malestar circunstancial, pero no desea algo distinto, al menos no lo hace como psicólogo; aquello que aparece lo acoge y lo recuesta en el diván, lo escucha durante largas horas y lo cuestiona, no para hacerlo cambiar, ni para que aprenda una lección, sino porque él mismo quiere ser enseñado por el fenómeno. Querer curarlo implicaría evadirse de su realidad, escapar a la fantasía medica y dejar de ser psicólogo, pues en tanto tal está determinado por su fidelidad a la noción que lo atraviesa y por ello no escapa, sino que se mantiene en la ciénaga y en el dolor y dice: “no afuera, sino a través”.

El hombre de la historia contada no lleva a cabo una contemplación pasiva, él juzga los sucesos por lo que son y sigue trabajando, no crea un doctrina ni un dogma sobre los hechos, solo continua con su labor actual. Olvida las cosas y las vuelve a observar cada vez y de nuevo. Así, también, es la mirada del psicólogo que aprende todo y enseguida lo vuelve a soltar, ¿cómo podría saber lo no sabido si conserva la ilusión de saber? El hombre común, en cambio, desde su sentido común, lo sabe todo, conoce que es el bien y que es el mal y se lamenta por el tiempo, o lo celebra; pero el psicólogo no sabe, y no puede darse el lujo de saber que pasará, su campo es indeterminado, solo sigue trabajando en el, intentando alzar la gruesa tierra con su azadón y en ese acompasado movimiento asume que cada cosa es ya lo que debe ser, pues todo es su propia individuación.

La autonomía de la psique objetiva

Logos del alma

“Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.”

Lewis Carroll, A través del espejo

Cuando en psicología analítica se habla del termino “psique objetiva” pueden surgir algunos equívocos en la asunción de su concepto, pues se podría pensar en la imposibilidad de la objetividad en los procesos psíquicos subjetivos, ya que todos pasan por el filtro de la opinión del sujeto. Dicha posición subjetivista se encuentra asentada en un prejuicio del sentido común desde el cual la persona delira con que el proceso psíquico que vive le pertenece, como si éste fuera una parte de él, como un órgano o una propiedad de su existencia; es entonces que las ideas, los sueños, los complejos emocionales comienzan a parecerle emergentes suyos, derivados de lo que considera su propia subjetividad.

La mente primitiva, como lo mostró Lévy-Bruhl, participa de forma irrestricta del mundo que lo rodea, es decir, que en ella la separación entre sujeto y objeto aún no ha sucedido, por lo que es común que sus relaciones con el entorno sean simpáticas, lo que implica un confusión entre la persona y los objetos que la rodean. En la participación mística la consciencia aún está atrapada en los objetos y, por lo tanto, con-fundida con ellos, de ahí que la magia y la astrología haya sido muy importantes para culturas primigenias, pero que sean solo un entretenimiento en la cultura actual donde el alma ya ha forjado una clara división entre el yo y el mundo.

Sin embargo, el suceder dialéctico de la consciencia no solo deja atrás lo que abandona sino que lo conserva en la misma medida en que lo olvida, por ello resabios de esa confusión, nutren el mal entendido subjetivista moderno que expresa que el psiquismo es producción de la persona y que, en consecuencia, se puede tener un control sobre éste, de tal manera que basta la fuerza de voluntad y el trabajo duro o incluso la simple esperanza para poder moldear la realidad psíquica.

Al respecto Jung dice:

“[…] en lo psíquico todo nos parece que es arbitrario y que está sometido a nuestro capricho. Este prejuicio general se debe a que confundimos demasiado lo psíquico con la consciencia. Pero hay innumerables procesos psíquicos importantes que son inconscientes o sólo indirectamente conscientes. De lo inconsciente no podemos saber nada directamente, pero indirectamente recibimos unos influjos que llegan a nuestra consciencia. Si en la consciencia todo nos parece arbitrario, no podremos descubrir un criterio objetivo del conocimiento de nosotros mismos. Y sin embargo hay un criterio objetivo que con independencia del deseo y el temor nos presenta infaliblemente como un producto de la naturaleza la verdad sobre nosotros mismos.”

En este contexto, lo inconsciente no es un lugar determinado en la mente, o un espacio en el cerebro del ser humano, sino simplemente la propiedad de un fenómeno psíquico en la relación con la consciencia que lo sujeta a sí mismo. Es decir, que ,el inconsciente no le pertenece a un sujeto particular, ni es tampoco una dimensión positiva sino que es, únicamente, la expresión metafórica del hecho de que un fenómeno no está ante sí de manera presente en la relación con su propio concepto.

Así que el psiquismo humano no es producto de la elaboración consciente del sujeto, sino que es una manifestación de la lógica de la consciencia en la relación con la existencia de la persona en particular, e incluso esta pretensión de la “persona particular” puede ser cuestionada como una mera ilusión retórica del lenguaje y del sentido común, ya que no se sabe hasta que punto un individuo no es sino las la relaciones poiéticas entre un conjunto de organismos vivientes, y no vivientes, y la lógica del alma en cuestión. Un sujeto, visto de forma compleja, es el entrelazamiento de la materia, la vida y la consciencia ocurriendo en el esfuerzo por mantener el impulso vital y por producir consciencia de forma continua.

Jung habla sobre “nuestra consciencia”, pero se puede entender tal expresión como una forma de hablar sobre un proceso autónomo e independiente que consiste en aquello que se da por llamar el fenómeno y que se siente como propio por un mero accidente retórico, se vive como interior porque en sí mismo ha sido interiorizado lógicamente, es decir que ya es pura interioridad. Por lo tanto, el psiquismo no nace de la persona, sino que le sucede objetivamente. Por eso Jung puede decir sobre el sueño:

“[…] es un producto de la actividad anímica inconsciente mientras dormimos. En este estado, el alma está sustraída en gran medida a nuestra arbitrariedad consciente. Con el pequeño resto de consciencia que nos queda en el sueño sólo podemos percibir lo que sucede; pero ya no somos capaces de dirigir a nuestro gusto el curso de los acontecimientos psíquicos, y por tanto estamos privados de la posibilidad de engañarnos. El sueño es un proceso automático que reposa en la actividad independiente de lo inconsciente y que está tan sustraído a nuestra arbitrariedad como, por ejemplo, el proceso fisiológico de la digestión. Por tanto, se trata de un proceso psíquico absolutamente objetivo, desde cuya naturaleza podemos extraer conclusiones objetivas sobre el estado psíquico real.”

El sueño, para Jung, no es una construcción del soñante, sino un suceso que deviene de sí mismo, por ejemplo en la película “Paprika” de Mamoru Oshii, la imagen del sueño de la protagonista le recrimina en cierto momento el hecho de que pretenda imponer su voluntad sobre ella solo porque la identifica como su sueño y le increpa la duda acerca de quien es el verdadero producto, si ella o la soñante. El mismo Jung participó de aquella experiencia en cierta ocasión al soñar con un hombre meditando, al acercarse se dio cuenta de que era él mismo y al despertar pensó que quizá él era, en realidad, el sueño de quien meditaba y que cuando ese Otro despertara entonces él ya no existiría. Entonces, y repensando esta relación tan asentada en la experiencia, se puede decir que el soñante, tanto como el sueño, son producidos de forma continua por el alma, por la consciencia objetiva, que se construye a sí misma a través de tal acto de la creación anímica.

No es el individuo quien tienen un psiquismo, ni un inconsciente, ni una mente, sino que es el alma quien crea a los sujetos, en tanto sujetos, en un proceso automático de reproducción y complejización que no tiene otro fin que él mismo. Pero el alma en sí misma no es un ente, ni tiene existencia positiva, sino que es una forma metafórica de referirse a un acto puro de producción, de “eterna recreación de la mente eterna”.

Cuando Jung alude a que en la experiencia consciente el individuo es capaz de engañarse, no dice que pueda moldear su realidad a libre arbitrio sino que simplemente puede construir una narrativa que le impida entrar en contacto con la verdad, con la objetividad de la psique, por ello tal verdad realmente no es de nadie, porque es la experiencia que se tiene de la propia experiencia. El lugar de esta psique objetiva es un no-lugar, ya que su naturaleza es la de ser absoluta negatividad, mero espíritu en el proceso de recrear sus productos con tal de volverlos nuevamente negativos, en continua apokatastasis. La labor del psicólogo radica, en consecuencia, en tratar de estar a la altura de lo que sucede, de forma activa, en una relación teórica con el alma, no en el sentido vulgar de la palabra “teoría” sino en la lógica del theoros que busca la verdad y que es, en reciprocidad, buscado por ella misma.