Existe el Progreso Psicológico. ¿Puede haber progreso de la psicología?

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 21, pp. 563-589

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

La creencia en el progreso es una herencia del Siglo de las Luces. Se convirtió en una fuerza ideológica muy poderosa y popular durante el siglo 19. En su forma de darwinismo cultural pudo aliarse fácilmente con otras fuerzas históricas como el imperialismo, el colonialismo y el racismo como su justificación ideológica. En el asombroso e indudable progreso de las ciencias, la tecnología y la industria durante el siglo 19 tenía su evidente sustento fáctico. Los constantes y aparentemente interminables avances en los frentes científico y técnico, con sus numerosas innovaciones en la cultura material, y los consiguientes cambios en la vida social, constituían una experiencia enormemente impresionante en la vida real y práctica que todo el mundo podía sentir en su día a día. Desde el punto de vista psicológico, esta experiencia tuvo necesariamente un fuerte impacto. Produjo un sentimiento existencial particular, un sentido y una actitud particular hacia la vida. Este sentimiento, a su vez, condujo y dio, por supuesto, un vigoroso impulso a una idea más generalizada de que la vida en general, la vida también en el ámbito de la cultura humana, la perspicacia y el desarrollo ético, sigue un patrón de progreso similar.

El «progreso» en este contexto posterior siempre implica un juicio de valor. Significa mejor, mayor, más alto: mejora, perfección. Cuando hablo, por el contrario, de progreso psicológico no tengo en mente esta noción de progreso. Simplemente me refiero a la progresión en analogía con la forma en que imaginamos la evolución biológica, como un desarrollo desde formas de vida unicelulares muy simples hasta grados cada vez mayores de complejidad y diferenciación. Es cierto que también hablamos de los mamíferos «superiores», pero en biología esto no es un juicio de valor. No significa al mismo tiempo que sean mejores. Lo único que significa son grados más altos de complejidad. El término progresión o progreso es apropiado porque realmente hay pro-gresión (no mera diversificación), en la medida en que los tipos de organismos más complejos presuponen los tipos más simples. Se basan en las soluciones realizadas en los estadios de evolución alcanzados hasta el momento y parten de ahí para llegar de nuevo a formas un poco más diferenciadas. En otras palabras, utilizo «progreso» como un término meramente descriptivo.

El progreso en la historia del alma procede igualmente por el hecho de que el alma se desplaza una y otra vez de una constitución predominante de sí misma a otras lógicamente más complejas. Como el tema del progreso psicológico no es mi tema aquí, sino sólo un telón de fondo para mi pregunta actual, sólo mencionaré tres fenómenos principales representativos de diferentes etapas de la evolución psicológica como ejemplos del progreso psicológico a nivel macro: hablando crudamente, politeísmo – monoteísmo – el fin de Dios o de la religión (en el sentido de «el nacimiento del hombre»). El monoteísmo es politeísmo sublimado, el nacimiento del hombre es monoteísmo sublimado. En cada caso, la forma posterior no habría sido posible sin la anterior, y a pesar de la negación por parte de cada forma posterior de su predecesora, existe sin embargo una cierta continuidad, precisamente porque cualquier forma posterior es la negada o sublimada anterior. Los cambios ocurren dentro de una memoria cultural no perturbada, en lugar de que cada uno sea una realización aleatoria y sin contexto de cualquiera de todas las formas de conciencia abstractamente posibles. Esto es lo que nos permite hablar de progreso.

A primera vista, se podría objetar, por supuesto, que el paso del politeísmo al monoteísmo, por no hablar del paso del monoteísmo al nacimiento del hombre, es un progreso en el sentido de una mayor diferenciación. ¿Acaso el politeísmo, el sistema de muchos dioses y cultos paralelos en una sociedad, no es obviamente más complejo que el monoteísmo con su único Dios? Esta objeción es correcta, pero sólo en la medida en que se miren las cosas desde un nivel psíquico o semántico. Muchos es más complejo que uno. Pero no es sostenible cuando se trata de la psicología, la lógica o el aspecto sintáctico del asunto. Desde ese punto de vista, el monoteísmo es lógica o psicológicamente mucho más complejo. Supone un grado mucho mayor de diferenciación de la conciencia. En el politeísmo, la diferenciación o complejidad es, por así decirlo, actuada; es «literal», todo «ahí fuera». Es la complejidad de los contenidos de la conciencia. Pero ipso facto no es todavía la diferenciación propia de la conciencia. Para haber llegado a existir, el monoteísmo, por el contrario, debe haber interiorizado esta diferenciación externa en el nivel del contenido en la propia constitución o forma lógica de la conciencia. La ha integrado, como también se puede decir, en la conciencia. Ya no puede ocuparse de la complejidad en el nivel de los contenidos que tiene ante sí y, por tanto, se mantiene libre de ella. Tiene que existir como esta complejidad. Mutatis mutandis, lo mismo puede decirse de la situación psicológica en la que ya no hay Dios en absoluto. En este estadio, «Dios» ha sido sublimado, es decir, interiorizado en la forma de la conciencia (que por esta misma razón se ha vuelto incapaz de tener un Dios frente a sí mismo o por encima de sí mismo, como contenido de la conciencia).

He mencionado esto sólo a modo de ejemplo, para que se pueda tener una mejor idea de lo que quiero decir cuando digo que «hay progreso psicológico». Pero para comenzar con la cuestión que en este trabajo es mi verdadero interés, a saber, si puede haber progreso de la psicología, progreso en el conocimiento psicológico o insight, utilizaré como punto de partida una famosa cita de Max Planck de su Wissenschaftliche Selbstbiographie (1948).

La forma habitual de que una nueva verdad científica sea generalmente aceptada no es que sus oponentes sean persuadidos y se corrijan, sino que sus oponentes mueren gradualmente y la siguiente generación crece con esa verdad desde el principio.1

Por muy cierta que sea esta afirmación, y por mucho que la experiencia la confirme, no deja de ser chocante. Da un golpe de gracia a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad. Todos los científicos, así debería pensarse, se convencerían inmediatamente de una nueva verdad, simplemente porque es una verdad. «Es una verdad científica» no debe entenderse aquí en términos de una verdad metafísica. No significa más que es una tesis apoyada por los mejores argumentos y apoyos empíricos disponibles en ese momento. La mera palabra «oponente» (de la nueva verdad científica) introduce algo irracional en el progreso del conocimiento científico. Suena como si la ciencia fuera una cuestión de lucha de poder entre partidos o grupos de interés, o una cuestión de preferencias y gustos personales, y no una cuestión de razonamientos sólidos y pruebas empíricas. ¿Cómo puede un científico, comprometido con la argumentación racional, ser un opositor de una nueva verdad? Increíble, pero obviamente cierto. Si sus oponentes tienen que morir para que una nueva verdad tenga una oportunidad, si, en otras palabras, la victoria de la nueva verdad depende de que los «defensores» de los puntos de vista obsoletos desaparezcan de la escena mediante el acontecimiento natural y contingente de su muerte y de que sean sustituidos por otras personas jóvenes, aún no comprometidas, que entren recientemente en la arena de la ciencia, entonces el progreso científico depende de factores serendípicos externos.

Pero cuando dije que la declaración de Planck asesta un golpe mortal a la idea de que la ciencia se rige por la racionalidad, no fui preciso. Confundí la diferencia entre la ciencia en sí misma y la comunidad científica, es decir, la multitud de individuos humanos en y a través de los cuales se realiza la ciencia. En realidad, se trata de dos realidades distintas. Lo que Planck describió se refiere sólo a la segunda realidad, a las personas que son científicos y a su psicología humana, no a la ciencia en sí, que es una realidad abstracta que pertenece a la esfera ideal o noética. En el momento en que intervienen las personas, entra en juego un elemento irracional. La ciencia en sí, por el contrario, no se ve afectada por la descripción de Planck. En la propia ciencia, como reino abstracto de las ideas y el conocimiento, una nueva verdad, si es realmente una verdad, es como una cuestión de rutina simplemente la verdad con respecto a la cuestión particular. No puede haber ninguna duda o resistencia a ella. La ciencia per se se desarrolla estrictamente sobre la base del mejor argumento. Pero en el momento en que los seres humanos entran en juego, hemos abandonado la esfera ideal y entrado en una escena totalmente diferente. Un científico, aunque sea un trabajador en el campo de la ciencia, no es idéntico a la ciencia. Más bien, es en sí mismo la unidad y la diferencia entre la propia ciencia y lo humano, demasiado humano. Como ser humano, el científico es limitado. Y al decir esto no me refiero a la posibilidad de que haya malos científicos, aquellos que, por ejemplo, por motivos ulteriores (fama, carrera, celos de otros, más financiación para la investigación) falsifican o inventan los resultados de los experimentos. Dejo esta posibilidad completamente de lado y me concentro sólo en el caso ideal de científicos concienzudos sin motivos ulteriores. Aun así, habrá que tener en cuenta el factor humano.

Teniendo en cuenta lo señalado por Planck, el principal factor humano que crea «opositores» a una nueva verdad científica puede identificarse probablemente como la fuerza del hábito. Sin embargo, no se trata de un hábito en el sentido habitual de un apego a viejos puntos de vista tradicionales. Es un hábito en un sentido especial, muy personal y biográfico. Los miembros de la comunidad científica son científicos, es decir, investigan, intentan hacer avanzar la ciencia. Los científicos de una determinada generación han recorrido ellos mismos una distancia, habiendo pasado de un punto de partida (el punto que representaba el «estado del arte» del conocimiento cuando empezaron) al estado al que les llevaron sus propias investigaciones. La vida de un científico es, pues, esencialmente el paso de un terminus a quo a un terminus ad quem.

Para llegar a esto último, a lo largo de su vida los científicos tuvieron que invertir en su trabajo mucho tiempo, celo y sudor, y además muchas emociones profundas: decepciones que hay que combatir, satisfacción por los avances exitosos, alegría por llegar a nuevos descubrimientos. Así que el terminus ad quem, es decir, las convicciones adquiridas lentamente, ganadas con esfuerzo, probadas y confirmadas una y otra vez durante su estudio de toda la vida como científicos, es para ellos su logro supremo, algo así como el «tesoro difícil de obtener». A través de su larga y lenta labor para llegar a sus resultados se han apegado a ellos, incluso podríamos decir que se han convertido en uno con ellos, han crecido junto a ellos. Esta unidad es una realidad encarnada con cierta estabilidad. Estos científicos son como un viejo árbol que ya no puede doblarse libremente hacia un lado o hacia otro. Están fijados.

Además, tenemos que darnos cuenta de que para llegar a donde están se agotaron. Las convicciones adquiridas a lo largo de toda una vida de investigación y enseñanza tienen para ellos, psicológicamente, el carácter de haber llegado a una meta, a un final. Y si en esta situación aparece de repente una verdad científica radicalmente nueva, es para ellos como si a un corredor le dijeran al final de una carrera que debe comenzar inmediatamente una nueva y posiblemente más larga.

En ambos casos, podemos entender eso y por qué una nueva verdad científica tiene pocas posibilidades con la vieja generación. Sus representantes simplemente tienen que morir. Para que sea aceptada y se convierta en un nuevo terminus a quo, se necesitan personas nuevas y jóvenes. Sin embargo, estas personas nuevas y jóvenes tendrán que desaparecer a su vez, cuando llegue su momento, para dejar paso a una nueva generación por la misma razón. Las personas que producen la ciencia, una tras otra deben ser descartadas para que la ciencia misma pueda triunfar. «Ésta debe aumentar, pero ellos deben disminuir». Son arrojados sin piedad y enterrados en el cementerio llamado «historia de la ciencia», que, en lugar de un cementerio, podría verse también como una enorme papelera. Así, la relación entre la mano de obra humana en la ciencia, por un lado, y la propia ciencia, por otro, puede compararse en cierto modo con la construcción de una catedral medieval que se extendió durante varios siglos y consumió a muchas generaciones de trabajadores de la construcción.

Este «reciclaje» humano no obstaculiza el progreso científico en sí mismo. Más bien es necesario para el progreso de la ciencia. El consumo y la eliminación constantes de científicos humanos no perjudica a la ciencia. La ciencia permanece intacta, no se ve afectada en su eterna paz y esplendor, al igual que una catedral o una pirámide egipcia no muestran en absoluto ningún signo de los sufrimientos, las heridas, las muertes de todos los trabajadores utilizados para su construcción. En la propia ciencia, o en el plano de la ciencia como realidad noética, las verdades científicas, una vez descubiertas, sustituyen irremediablemente a las ideas anteriores, ahora demostradas como erróneas, sobre el mismo tema. Las viejas ideas, ahora falsificadas, sufren su verdadera muerte2 precisamente en la muerte literal de los científicos de la vieja generación que las defendían. Para la experiencia simbólica del alma, sus partidarios se llevan las ideas obsoletas a la tumba. Y para las nuevas y futuras generaciones de científicos será ipso facto imposible volver a las ideas superadas.

La sustitución continua de una generación por otra en la ciencia es necesaria para superar lo que podría llamarse la «pegajosidad» de las percepciones, su tendencia a solidificarse, a fijarse, a «materializarse», al crecer junto con una persona realmente existente (el científico) y quedarse pegada a ella como su convicción inamovible. Es necesario un corte despiadado para cortar el vínculo que conecta las verdades científicas y tiende a amalgamarlas con sus portadores naturalmente existentes, la conciencia de las personas que son los descubridores de esas verdades. Es la muerte (literal), la muerte de los científicos, la que finalmente y en última instancia libera las verdades de su contaminación inicial con la naturaleza y las libera en una existencia en la esfera puramente ideal del conocimiento. Un defecto fundamental de las ciencias naturales es que no pueden realizar por sí mismas y dentro de sí mismas esta liberación de sus propias verdades, sino que dependen de una fuerza externa, la naturaleza, para que se produzca este desprendimiento, en forma de un hecho positivo, un acontecimiento fundamentalmente contingente: la muerte. Las ciencias naturales no trabajan con verdades3 que vendrían como a priori liberadas de la naturaleza o que en su interior tendrían la fuerza de realizar este desprendimiento por sí mismas como su propia lógica inherente.

Se podría suponer que algo similar podría ocurrir en la psicología (y al decir «psicología» me limito aquí principalmente a la psicología junguiana). Dado que la psicología tiene un aspecto empírico muy fuerte a través de la experiencia diaria de los psicólogos en la consulta, cabría esperar que se produjera un proceso de aprendizaje a partir de la experiencia, de modo que también aquí se falsificaran ciertas ideas psicológicas antiguas en el trabajo con los pacientes y, al mismo tiempo, se obtuvieran nuevos conocimientos sobre la realidad psíquica. ¿Y por qué no habría de tener efecto aquí también el problema de las generaciones señalado por Planck, su observación de que los opositores de una nueva verdad simplemente tienen que morir para que ésta sea aceptada?

Pero es evidente que no es así. Y el hecho de que no sea así en psicología demuestra que la psicología no es una ciencia. La cuestión es qué la diferencia de una ciencia.

Una mirada superficial basta para darnos cuenta de que el proceso de la psicología no puede compararse, como el de las ciencias, con el trabajo de numerosos obreros en la construcción de una catedral. Más bien, la psicología se deshace inevitablemente en una multitud de universos paralelos, no sólo la escuela junguiana al lado de todas las demás escuelas de psicología, sino también dentro del propio campo junguiano. Bajo estas circunstancias no puede haber ningún progreso del campo, porque diferentes puntos de vista sobre la misma cosa pueden coexistir pacíficamente en esos múltiples universos. Sólo si existe una unidad fundamental del campo puede una hipótesis desviada ser verdadera o falsa y tener lugar un verdadero proceso de eliminación de lo falso. Sin esta unidad nada puede ser descartado, quedar de una vez por todas obsoleto, de modo que sólo quede la idea victoriosa, la nueva verdad. Ni siquiera la muerte de la vieja generación de psicólogos ayuda, porque aquí la nueva generación no crece con «la nueva verdad» como algo natural, ya que ahora hay toda una serie de «verdades», nuevas y viejas, que compiten entre sí. Las «viejas verdades» no quedan enterradas junto a sus adeptos. Siguen vivas como una opción posible.

De hecho, la propia idea de una verdad como en la ciencia ya no tiene sentido aquí. Sólo hay diferentes ideas, puntos de vista, concepciones, no verdades y no verdades. Por eso, en psicología no puede haber ningún aprendizaje a partir de las experiencias. La experiencia, en el mejor de los casos, proporciona nuevas ideas. No niega despiadadamente ninguna antigua, al menos no de forma vinculante para la generalidad. Por qué esto es así es algo que también hay que explicar.

¿Por qué no hay un único edificio en el que trabajen todos los psicólogos? ¿Y por qué los insights de la psicología no tienen el carácter de verdades (al modo en que los resultados científicos se presentan como verdades en el sentido descrito anteriormente)? La razón de esta diferencia fundamental entre la ciencia y la psicología es que la psicología (la psicología profunda, en particular la psicología junguiana) es una disciplina que no se constituye mediante una diferencia estructural entre sujeto y objeto, mente y naturaleza. Como Jung vio muy claramente, en la psicología el alma explora el alma, el sujeto estudia al sujeto. No hay para ella ningún «punto arquimediano» fuera de sí misma. Esto significa que la psicología está lógicamente constituida de tal manera que opera dentro de una identidad fundamental. No es estructuralmente diferente de sí misma. Expresado simbólicamente: es urobórico; se muerde la cola. Está contenida en sí misma, encerrada en sí misma, sin posibilidad de salir, de llegar a un otro «objetivo». Esto es muy diferente en la ciencia. Aquí la disciplina viene como estructuralmente a priori distinguida de sí misma. Subyace como su acto constitutivo un corte fundamental. La ciencia se configura como teniendo su objeto de estudio lógicamente (no sólo empírica y fácticamente) fuera de sí misma, y por tanto irremediablemente fuera.

La división lógica irreversible entre sujeto y objeto que se da con la estructura de la ciencia tiene consecuencias tanto para el sujeto como para el objeto. La división estructural inherente al campo de la ciencia como tal se imparte necesariamente a ambos. En el momento en que una persona entra en la ciencia (entra de verdad en ella, lo que significa que ha sintonizado con la lógica que la constituye y está informada por ella), siempre se ha producido ya en ella una ruptura como sujeto, una división entre la subjetividad meramente personal y privada del sujeto y una (a través de esta entrada recién instituida) subjetividad intersubjetiva. En la medida en que un científico es realmente un científico, no piensa como su yo privado, sino que ha tomado lógicamente el punto de vista de la conciencia como tal, la conciencia de todos y cada uno de los científicos (independientemente de si es empírica y subjetivamente capaz de mantenerse a la altura de este punto de vista). La cuestión aquí es que el campo objetivo viene con esta distinción y constela ipso facto al sujeto universalizado en el momento en que se ha entrado realmente en el campo de la ciencia. Precisamente no es tarea personal del individuo lograr, mediante su propia lucha, esta abstracción de su subjetividad personal. La lógica de la institución de la ciencia ya se ha encargado de ello por el científico. Lo único que tiene que hacer el individuo es entrar de lleno en la ciencia. Y es aquí, en el grado en que esta entrada tiene éxito o no, donde las deficiencias humanas, demasiado humanas, del individuo pueden entrar después de todo e interferir con el punto de vista puramente científico.

Sólo porque un científico ha dejado, por principio, su subjetividad privada por el mero hecho de convertirse en científico y piensa como conciencia, obtenemos en la ciencia esa situación que comparé con la construcción durante siglos de una catedral a través de muchos constructores. En el caso de cada cuestión científica sólo puede haber una única verdad válida para todos los científicos. La conciencia científica como tal es común a todos los científicos, y la verdad también. Es una misma conciencia compartida la que decide lo que es verdadero o falso, independientemente de cuántos científicos individuales puedan estar participando empíricamente en ella y de quiénes en particular puedan estar hablando en un momento dado. Cada individuo es sólo un sustituto humano temporal de esta conciencia general.

Ahora quiero examinar lo que la división estructural que constituye la ciencia hace al objeto de la misma. La división que separa al sujeto y al objeto se manifiesta en el objeto mismo al haber sido despojado de toda subjetividad. Es puramente «objetivo», es decir, tiene una naturaleza o esencia firme como propiedad propia e inalienable, independientemente de quién sea el sujeto que lo estudie. Como tal, es resistente, inflexible. Puede decir «¡No!» a las preguntas e hipótesis del sujeto sobre ella. Y da de forma fiable la misma respuesta a la misma pregunta sin importar cuántas veces se le pregunte y por cuántas personas diferentes. La realidad se interpreta aquí a priori como un hecho positivo.4 Como el objeto es resistente y puede dar su respuesta independiente a nuestras preguntas humanas, existe en la ciencia la posibilidad de aprender de la experiencia.

El ser-así independiente y la dureza del objeto tienen que ser entendidos (vistos a través) como el resultado o producto de la lógica de la ciencia que pone su propio objeto radical e irremediablemente frente a sí mismo. La solidez no es en sí misma un hecho, algo naturalmente dado. La implacabilidad del acto lógico de corte que subyace a la institución de la ciencia es lo que en la ciencia da al objeto su dureza. Esto resulta tanto más claro cuanto más confrontamos la naturaleza resistiva del objeto en la ciencia con el objeto de la psicología. Al estar constituido por una lógica urobórica de la identidad, el objeto de la psicología no muestra un ser propio e inequívoco, independiente del sujeto. No ofrece el mismo tipo de resistencia. Es más bien comparable al agua. Cuando intento agarrar el agua, simplemente cede. Y se adapta perfectamente a la forma de cualquier recipiente u obstáculo. El agua, más que tener una forma propia, recibe su forma de lo que la rodea. De forma similar, el objeto de la psicología se caracteriza por una gran plasticidad. El objeto se limita a cumplir las órdenes del sujeto.

Esto se pone de manifiesto en el hecho de que todos los diversos teóricos de la psicología encontraron sus teorías confirmadas por su observación empírica, por ejemplo, en sus terapias. Jung, muy consciente de este problema, intentó mostrar que un mismo caso puede ser interpretado tanto desde un punto de vista freudiano como adleriano o junguiano5. Obviamente, el material del caso no dice por sí mismo «¡No!» a otra hipótesis interpretativa. Acepta de buen grado todas y cada una de ellas. Pero si no hay falsificación, tampoco puede haber aprendizaje de la experiencia. Patricia Berry demostró algo parecido.6 Presentó el mismo sueño a muchos analistas junguianos diferentes y recibió igualmente muchas interpretaciones diferentes. En psicología, la realidad psíquica no corrige las ideas del psicólogo sobre ella. Sin resistencia, se deja moldear de una u otra manera, dependiendo de las perspectivas y convicciones con las que se aborda. La psicología, por tanto, no tiene nada externo de lo que desprenderse. Si se desprende, entonces necesariamente sólo lo hace dentro de sí misma y desde sí misma (o desde lo que ya es su propia propiedad interna o lo que ha convertido en su propiedad), como discutiremos a continuación.

En la misma línea, Shamdasani señala que,

«Si algo han demostrado la psicología y la psicoterapia en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver su vida (y la de los demás), en términos de un juego de reflejos condicionados, un deseo de matar al padre y acostarse con la madre, una psicomaquia entre el pecho bueno y el malo, un desfile de alteraciones disociadas, una búsqueda de la autorrealización a través de experiencias cumbre o giros contorsionados a través de los aros de lo simbólico, lo imaginario y lo real.«

E insiste en que «la ‘realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y afirma que «su ‘propiedad’ más notable era su capacidad de presentarse según cualquier teoría que se tuviera sobre ella».7

La frase «Lo real fabricado» contiene, se diría, un veredicto demoledor. Por un lado, este veredicto está justificado, en la medida en que en psicología el objeto no es una realidad independiente que resiste a las falsas comprensiones de él y las refuta, sino que se deja moldear según las necesidades o perspectivas del sujeto que lo ve. Las interpretaciones en psicología «fabrican» aquello que interpretan, y el acto de interpretación es en sí mismo esta fabricación. Esto muestra una vez más el carácter urobórico de la psicología. Por otra parte, la frase «lo real fabricado» se queda corta. Pretende ser crítica, si no demoledora. En cierto modo, sigue utilizando como norma, y así confirma, la idea de un real «objetivo» que no es fabricado, tal como lo encontramos en la «naturaleza» de la que trata la ciencia. Pero para entender la psicología y hacer justicia a su naturaleza urobórica tenemos que dejar completamente de lado la idea de una realidad «objetiva» por ser totalmente engañosa. Que la psicología «fabrique» lo «real» que estudia no es su defecto, sino su carácter especial, desde cierta posición podríamos decir incluso su virtud y distinción. Dado que en la psicología no existe ese vis-à-vis estructural, esa separación fundamental entre sujeto y objeto que caracteriza la lógica subyacente de la ciencia, no puede haber una división clara entre la visión subjetiva aquí y la realidad objetiva allá. Más bien los dos aspectos, la interpretación y la realidad, son aquí dos momentos integrales de y dentro de un mismo acto de hacer psicología. Se entrelazan urobiamente.

Una vez más, Jung vio esto muy claramente. Sabía que en la psicología, en última instancia, la Bekenntnis y la Erkenntnis8 (confesión/expresión subjetiva de uno mismo/exhibición de uno mismo, también podríamos decir «proyección», por un lado, y reconocimiento/descubrimiento científico/conocimiento objetivo, por otro) van juntas; la una sólo es como la otra y viceversa. Por la misma razón se dio cuenta de que, por ejemplo, Freud desarrolló su particular psicología porque tenía una «psicología freudiana». La teoría psicológica de Freud era la autorrepresentación de la psicología que él, Freud, vivía o como la que existía. El mismo principio se aplica a cualquier psicólogo que diseñe una teoría psicológica y, por tanto, por supuesto, también al propio Jung. En la psicología, a diferencia de la ciencia, la lógica del campo no despoja a priori a la conciencia del investigador de su individualidad, de modo que lo que estaría presente en todos los investigadores psicológicos sería la misma conciencia universal única, compartida por todos. Más bien, cada persona que trabaja en psicología tiene su conciencia privada. Esto significa también que cada uno tiene -potencialmente- su propia verdad. No hay una piedra de toque externa de la verdad. Lo que es verdadero, tiene que determinarse aquí sólo desde dentro de la teoría psicológica particular. Cada psicología tiene su piedra de toque dentro de sí misma.

Como señaló Jung, el trabajo psicológico procede inevitablemente bajo la regla de «la ecuación personal». Ésta es el equivalente en el lado del sujeto a la plasticidad que descubrimos en el lado del objeto. Y ambos aspectos son, por supuesto, inseparables; se reflejan naturalmente el uno en el otro, porque sujeto y objeto no están definitivamente separados por la lógica que informa a la psicología. Pero si lógicamente no es una sola conciencia universal la que estudia la realidad psicológica, por muchos investigadores empíricos individuales que haya, tampoco puede haber una verdad universalmente válida en psicología.

Hemos visto que, por un lado, el objeto de la psicología no es inequívoco ni de otro modo; no se resiste ni corrige implacablemente nuestras suposiciones erróneas. Y hemos visto que, por otra parte, el objeto de la psicología se deshace inevitablemente en tantas conciencias individuales (y por tanto tantas verdades personales) como investigadores hay. En estas circunstancias está claro que el progreso en psicología es impensable. En lugar de progreso se produce una multiplicación.

Jung declaró en una ocasión que era el único de los seguidores de Freud que desarrolló más allá dos ideas particulares que eran las más importantes para Freud. En otras palabras, en su propia estimación progresó más allá de la posición de Freud. David L. Miller también diagnosticó un ejemplo de un tipo de progreso en la psicología. «Si el trabajo de James Hillman sobre la ‘psicología arquetípica’ representa después del propio Jung el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola».9 Si estos dos puntos de vista fueran correctos (lo que no es un problema en nuestro contexto), ¿contrarían mi tesis en este trabajo de que no puede haber ningún progreso en la psicología? En absoluto. Porque en todos los casos mencionados, la posición psicológica que ha sido superada por el movimiento posterior continúa, sin embargo, floreciendo sin ser molestada al lado de los desarrollos posteriores. El hecho de haber sido superada no la supera. Pensando en la afirmación de Planck de que los oponentes de una nueva verdad tienen que morir para que ésta sea aceptada, podríamos señalar que, en el caso del progreso real o imaginario de Jung más allá de Freud, éste murió efectivamente durante la vida de Jung, la mejor condición previa, según el dictamen de Planck, para que la opinión de Jung sea aceptada. Pero nada de eso ocurrió en la realidad. El progreso no tiene ningún efecto fuera de sí mismo, ningún efecto sobre la teoría que ha sido superada por él.

Lo que tenemos que comprender es que incluso si hay un progreso, como ciertamente lo hay, por ejemplo, en el caso de la «psicología de la re-visión» de Hillman, este progreso es, sin embargo, algo completamente diferente de lo que Planck tenía en mente cuando hablaba de una nueva verdad científica que se volvía generalmente aceptada. La física cuántica trascendió la física newtoniana dentro de la ciencia en general y para la ciencia como tal. Pero Jung desarrolló los puntos de vista de Freud (en esas dos áreas que tenía en mente) sólo dentro de su propia psicología y para su propio pensamiento. Como se puede mostrar, hay realmente un movimiento más allá de Freud en la teoría de Jung. Pero no tiene consecuencias para la teoría de Freud. Por la misma razón, Hillman revió la psicología sólo dentro de su propia psicología y para ella, así como yo me aparté de la psicología imaginal sólo dentro de mi propia posición psicológica y para ella. Lo que se supera en cada caso sólo se supera dentro y para el nuevo esquema, pero en ningún caso supera a su predecesor fuera de este esquema. Así que puede haber efectivamente un progreso lógico en una psicología, pero no un progreso fáctico de la psicología como tal.

Ahora bien, es importante no ver esta coniunctio de Erkennen y Bekennen planteada por Jung como una desventaja que no debe ser, y debe ser superada. Pero aquí se le puede reprochar a Jung que no haya bebido realmente su propia medicina hasta las heces. No llega hasta el final con su propia y maravillosa visión de la lógica de la psicología. Por ejemplo, dijo,

Nuestra experiencia psicológica es todavía demasiado joven y está demasiado poco extendida como para permitir la elaboración de teorías generales. Se necesitan más investigaciones para reunir muchos más hechos antes de que podamos atrevernos a hacer un primer intento de presentar proposiciones universales (CW 16 § 236, trad. modificada).

Aunque Jung ha comprendido y afirmado claramente la lógica urobórica de la psicología, todavía se aferra firmemente a la fantasía y al deseo de la psicología como ciencia futura posible. La psicología simplemente no está todavía ahí. Por el momento es todavía demasiado pronto. La psicología es todavía demasiado joven. Se necesita mucho más trabajo de preparación. Pero cuando todo este trabajo necesario se haya realizado, entonces, un día en un futuro lejano, la psicología podrá avanzar hacia proposiciones universales después de todo.

Lo que Jung dice en esta cita es insostenible, dada su visión seminal de la identidad del reconocimiento y la autoexpresión, porque entonces (1) no hay hechos en primer lugar y (2) una teoría general en el sentido de proposiciones universales está completamente fuera de cuestión. Todos los llamados hechos son en sí mismos interpretación y sólo se producen por esta interpretación en primer lugar, su articulación. Y cada época, cada intérprete los reinterpretará según sus necesidades y creará ipso facto «los mismos» «hechos» como diferentes, nuevos. No, la idea de una teoría universal tiene que ser abandonada por completo junto con la idea de «hechos», de un «real» externo. La lección del entrelazamiento urobórico de «fabricación» y «realidad» en la psicología es precisamente que la psicología es la disciplina de la interioridad, lo que aquí significa que la noción misma de lo real y la noción misma de verdad están lógicamente absolutizadas-negativamente en el proceso de producción, en el acto de hacer psicología. El proceso de producción o interpretación tiene lo real como producto en sí mismo. La psicología es productiva. Al igual que el arte, se produce a sí misma como lo real de lo que se trata; produce verdades y no las encuentra o descubre. La psicología es la fabricación del alma, no la explicación del alma. Y este real que «fabrica» es en sí mismo una interpretación. No es un hecho positivo, o es el hecho de que exista esta interpretación, esta visión.

Para la psicología no hay ninguna «esencia» o sustancia metafísica determinada que deba ser expresada o interpretada, ni como un real externo ni en el sentido de la propia y verdadera naturaleza interior. Pero la psicología tampoco carece totalmente de «esencia». No, produce esencias como resultado de su hacer. Es inventiva.

Para la psicología hay dos posibles problemas principales, dos cosas que pueden salir mal. Un primer problema surge si la postura científica o pseudocientífica con su lógica de la externalidad («hechos», un real absolutamente independiente y «objetivo») y una única conciencia universal como tal se mantiene y como norma y medida indispensable informa el pensamiento de uno incluso sobre la psicología, mientras que lo que se hace en la propia psicología se rige de hecho por una lógica totalmente diferente. Encontramos un ejemplo de este problema en el pasaje de Jung citado anteriormente, en el que su esperanza, aunque sólo sea para un futuro lejano, sale a relucir para las proposiciones universalmente válidas y, por lo tanto, para la psicología como ciencia, a pesar de su clara percepción del entrelazamiento urobórico del reconocimiento y la confesión.

El segundo problema surge cuando lo que es inherente a la lógica de la psicología, a saber, su carácter de confesión «subjetiva», se toma literalmente como una licencia para que el ego se entregue a su subjetividad con todas sus idiosincrasias, carencias y necesidades o deseos personales. Este segundo problema es, diría yo, el estado normal de las cosas en la psicología junguiana. Para quienes se convierten o son junguianos, la psicología suele servir al propósito de la autogratificación, de la autocomplacencia. Es un viaje del ego. Las personas que se adentran en la psicología junguiana o arquetípica se sienten atraídas por ella, en su mayoría, porque esperan que les proporcione consuelo para su profundo descontento con el mundo moderno, por las enormes exigencias intelectuales que plantea a todos los que participan en él, la abstracción de la vida moderna, su vacío metafísico y religioso; y que, en segundo lugar, puede proporcionar un sentido, una especie de sistema de creencias, una ideología, y servir así de religión sustitutiva; y que, en tercer lugar, puede proporcionar todo esto inmediatamente, sin más, porque se piensa que cada persona ya lleva en su interior todos los tesoros deseados. Con respecto a este sistema de creencias ni siquiera tienes que someterte a artículos de fe fijos que tendrías que estudiar para entenderlos adecuadamente. Y realmente no tienes que creer en nada, en el sentido de una creencia vinculante con consecuencias prácticas. Todo lo que se necesita, por el contrario, es (a) experimentarse a mismo y experimentar o (b) entregarse a las imágenes, los mitos, los símbolos. En última instancia, todo lo que se experimenta se va, al igual que cualquier imagen, cualquier mito. No importa lo que sea. No hay criterios de verdad. No se necesita ningún trabajo duro, ninguna disciplina, ninguna inteligencia. Las bellas imágenes y ciertos mantras ocupan el lugar del pensamiento. Una tierra intelectual de Cockaigne que hace que el significado esté disponible mientras uno está dormido (¡sueños!) y que, para la mente despierta, tiene almacenada mucha comida rápida intelectual y comida de bebé sentimental. Este tipo de psicología satisface las necesidades emocionales e ideológicas de las personas.

Al estar motivados por tales necesidades y esperanzas, los junguianos tienen intereses creados en su propia versión del junguismo que satisface su particular necesidad emocional-ideológica. Dado que su interpretación particular de la psicología junguiana se ajusta a sus necesidades, éstas a su vez confirman dicha interpretación. Es un sistema que se autoalimenta. Y como hay suficientes personas con el mismo tipo de necesidades entre sus pacientes y en el público en general, esta interpretación incluso recibe apoyo del exterior.

Ambos problemas necesitan una respuesta. La respuesta al primer problema es que, en lugar de seguir jugando con la esperanza de llegar por fin a una ciencia de la psicología, lo que necesita la psicología es adoptar sistemáticamente la posición de la unidad contradictoria del reconocimiento y la confesión. No existe para ella ninguna verdad externa, ni la forma de verdad históricamente primordial (la verdad de los padres, de los antepasados, de los muertos, de los dioses, de los profetas, de los antiguos, de la tradición, de cualquier autoridad) ni la forma de verdad posterior (la verdad científica de los hechos positivos y del argumento racional). La psicología tiene que desprenderse implacablemente de cualquier soporte externo al que pudiera aferrarse y de cualquier esperanza o deseo de dicho soporte y, en su lugar, sumergirse con plena determinación en el proceso de fabricación del alma como producción (¡sí, fabricación!) de su propia verdad. Lo que Jung se limitó a describir como un hecho deplorable

La psicología se funde inevitablemente con el proceso psíquico mismo. … ninguna explicación de lo psíquico puede ser otra cosa que el proceso vivo de la psique misma» (CW 10 § 429). «Con respecto al estatus científico, nosotros [es decir, al describir o interpretar el proceso psíquico] no nos hemos retirado de ninguna manera a un nivel superior o al lado del proceso psíquico … (ibíd., § 421, traducción modificada),

tenemos que abrazar conscientemente como nuestro principio metodológico. Pero esto significa que, aunque no haya progreso de la psicología, nuestro hacer psicológico (nuestro hacer del alma) participa, sin embargo, del progreso psicológico mencionado al principio, del progreso histórico del proceso psíquico, en tanto que es uno de los momentos de éste.

La respuesta al segundo problema es que es un malentendido (y un abuso con fines egoístas) de la lógica urobórica de la psicología que concede al psicólogo la licencia para ir en su propio viaje del ego, mientras que, sin embargo, da esto como «psicología». No hay nada que decir en contra de ir en su propio ego-trip. Pero esto no es psicología. Si queremos hacer psicología, su lógica urobórica no nos dispensa de la necesidad de tomar distancia de nuestra subjetividad privada, meramente personal. Cualquier campo o disciplina depende de esa distancia, aunque dependiendo del tipo de campo esta distancia tendrá características diferentes. El hecho de que, a diferencia de la ciencia, la psicología no proporcione a priori la distinción del sujeto de sí mismo simplemente a través de la división fundamental sujeto-objeto inherente a su constitución lógica interna, significa más bien que en la psicología el propio sujeto tiene que producir sistemáticamente el equivalente de esta división como su propio trabajo metodológico dentro de la psicología. La ciencia tiene esta división fuera de sí misma, como su a priori y presuposición, por lo que el científico individual está liberado de tal tarea. El campo ya lo ha hecho por él. Pero la psicología, como disciplina de la interioridad, lo tiene todo dentro de sí, y por eso también la necesidad de que el sujeto realice activamente la tarea de la autodistinción del sujeto cortando sin piedad su propia carne. En psicología siempre empezamos como yo empírico, como «el ego», la personalidad cotidiana ordinaria que somos. Pero para que la psicología sea realmente capaz de llegar a existir, dentro de la psicología tenemos que abstraernos lógicamente de nosotros mismos como individuos meramente privados, de hecho, con plena determinación metodológica para pasar por debajo como «el ego», para poder hacer psicología como «ya difuntos».10 Mientras que en la ciencia, según Planck, el progreso dependía en gran medida de la diferencia generacional y del acontecimiento contingente de la muerte literal de los adversarios de una nueva verdad, en la psicología la «muerte» indispensable para su nacimiento es metodológicamente producida e intrínseca.

Siempre tenemos que recordar que la psicología, como el habla del alma a sí misma sobre sí misma, no es sobre «nosotros», sobre las personas, no sobre los objetos externos, sino sobre sí misma. Jung ya nos había advertido que «Nunca debemos olvidar que en cualquier discusión psicológica no estamos haciendo declaraciones sobre la psique, sino que la psique se está expresando inevitablemente a sí misma» (OC 9i § 483, trad. modificada). En otras palabras, aunque no seamos conscientes de ello, aunque en nuestro hacer psicológico creamos que somos nosotros (como «ego») los que estamos hablando, en verdad es la psique la que está hablando. Sin embargo, la visión de Jung sólo nos lleva a un hecho inevitable, por así decirlo un hecho de la naturaleza. Pero el hecho no es suficiente. La verdadera psicología comienza sólo cuando esta verdad fáctica e implícita se ha hecho explícita para la propia psicología, es decir, cuando se ha adoptado activamente y con conciencia metodológica como punto de vista propio de la psicología y, como consecuencia, se muestra de hecho en las perspectivas y el estilo de nuestro hablar. La psicología sólo ha comenzado cuando nosotros, con nuestro interés propio, nos hemos callado para que en y a través de nuestro psicologizar pueda ser el alma la que se hable a sí misma. Pablo dijo: «Vivo yo, pero no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal. 2:20). Análogamente, el psicólogo debe llegar a un punto en el que sea capaz de decir, porque se ha convertido en una verdad explícita en su trabajo, «Yo hago psicología; sin embargo, no soy yo, sino que es la propia psicología (objetiva, impersonal) la que se hace a sí misma en mí.»

Mientras la psicología se represente de hecho como una autocomplacencia privada, carece de verdad. Sólo es diversión, entretenimiento o autoestabilización. Por cierto, también aquí es la psique la que se expresa inevitablemente, pero precisamente sólo la psique como psique subjetiva, la psique reducida reductivamente al «yo» («el hombre empírico») con todo lo que ello implica -aunque explícitamente uno se declare dedicado al inconsciente colectivo o al ánima mundi. Pero cuando el sujeto ha adquirido para sí su propia distinción de sí mismo, entonces se abre al alma objetiva, que, fría y ajena, puede no corresponder en absoluto a nuestras propias emociones y necesidades emotivo-ideológicas, pero sigue sus propias necesidades. Lo que significa, en definitiva, haberse liberado de la identificación con uno mismo y con los propios sentimientos, necesidades e ideas, es que se ha dejado entrar en la esfera del pensamiento, se ha abierto al pensamiento real y objetivo como el que existe y se despliega el alma. Cuando se está verdaderamente confrontado con el alma objetiva -el alma de y en lo que es, tal como se manifiesta en aquellas condiciones de nuestra realidad moderna a las que la historia del alma nos ha transportado- entonces ya no importa la cuestión de si las percepciones psicológicas a las que somos conducidos son agradables o no. Y aunque la verdad en el sentido de la distinción científica verdadero-falso está en principio fuera de cuestión para la psicología, ésta puede encontrar -producir- su propia verdad dentro de sí misma, mediante el opus de la interiorización absoluta-negativa en sí misma de lo que se le da como su «materia prima», independientemente de lo que ésta sea en cada caso. Esta interiorización de la materia es el proceso de liberación en su verdad, a través de la «fría marcha de la necesidad de la materia» -¿una marcha hacia dónde? Por supuesto, a nada más que a que la materia se sumerja en sí misma, en su lógica o sintaxis interna, su verdad, su alma.

* * *

No puedo dejar la cuestión del «progreso de la psicología» sin recurrir a un cuento poderoso -el cuento clásico de nuestra tradición- sobre el problema de la progresión de un estado de conciencia a otro. Todos lo conocemos. Habla de unas personas en una cueva, tan atadas que no pueden moverse y se ven obligadas a mirar exclusivamente de frente a la pared del fondo de la cueva. En ella, ven las sombras de los objetos que pasan a sus espaldas, sombras proyectadas por un fuego que arde aún más atrás. Toda su «experiencia del mundo» se limita, pues, al juego de las sombras. Ahora bien, si una de estas personas se liberara y se diera la vuelta, se encontraría de repente con los objetos reales cuyas meras sombras había visto antes, pero sólo a la luz artificial del fuego. Si salía por completo de la cueva, vería el mundo a la luz del día e incluso sería consciente del propio sol. Su experiencia del mundo se habría enriquecido inmensamente con dimensiones completamente nuevas. Si volviera a la cueva con sus antiguos compañeros para compartir con ellos su experiencia de las nuevas dimensiones de la realidad, ellos, firmemente convencidos de que su experiencia era la única razonable y verdadera, se reirían de él y, si intentara sacarlos de la cueva, probablemente intentarían matarlo.

Aunque la metáfora particular elegida en esta historia de los cavernícolas absolutamente fijados y cautivados por las imágenes (sombras) que aparecen en la pared podría sugerirnos inmediatamente a los psicólogos junguianos la posición de una psicología imaginal dogmática que se entrega a las antiguas imágenes míticas como horizonte último de su pensamiento, deberíamos entender este relato más bien como una parábola general sobre cualquier situación histórica de discrepancia entre una posición apreciada y establecida y una nueva posición que la trasciende. Cada nueva posición revolucionaria adquirida se convertirá a su vez, en el transcurso del tiempo, inevitablemente, en la nueva posición cavernícola y, tarde o temprano, se verá superada por una nueva posición revolucionaria. Podemos entender nuestro cuento como una situación de lo que en la historia de la ciencia llamamos hoy en día un cambio de paradigma (en el sentido de un cambio de un modelo más pobre y simple a otro más profundo, complejo y completo: las sombras de los objetos son bidimensionales, los objetos reales tridimensionales; y la experiencia de las sombras es una experiencia en blanco y negro, el mundo fuera de la cueva a la luz del día es colorido).

Las personas que se quedaron en la cueva no pueden dar sentido al informe de alguien que ha estado fuera. No puede, por así decirlo, explicar a los daltónicos lo que es el color. La experiencia bidimensional no tiene cabida en sí misma para una tercera dimensión. Los cavernícolas se ven obligados a interpretar reductivamente, en términos de sus propias categorías bidimensionales, todo lo que se dice sobre una realidad tridimensional colorida e inevitablemente ven en el informe del habitante de la cueva sobre esta última nada más que tonterías, afirmaciones absolutamente incompatibles con toda razón y con su experiencia del mundo, si no un ataque sacrílego a su propio sistema de creencias, que, después de todo, es para ellos la verdad.

En general, son factibles dos posibles reacciones de las personas que se quedaron. La primera reacción es la que se ejemplifica en nuestra historia. Los cavernícolas se convierten, por así decirlo, en apologistas que probablemente se limitan a reiterar las opiniones tradicionales, insistiendo en la veracidad y razonabilidad de su propia experiencia (una veracidad y razonabilidad que ahora, sin embargo, ya no es inocente, sino que ya se ha puesto en tela de juicio debido a su confrontación con el mensaje de su colega que regresa). Más aún, en nuestro relato se convierten en fanáticos defensores de la fe de la ortodoxia que, en última instancia, están dispuestos incluso a matar al perturbador de la paz.

Es bien sabido hasta qué punto Freud sintió que su teoría «revolucionaria» del psicoanálisis era rechazada por el mundo académico establecido de su época11 (pero también parece haber apreciado y cultivado la idea de ser despreciado). El temprano Jung enfrentado a la misma situación se consoló con una idea que se acerca a la teoría de la «secuencia de generaciones» de Planck. Dijo sobre el psicoanálisis que podíamos conjeturar «que aquí está ocurriendo algo extremadamente significativo, que el público erudito combatirá (como siempre) primero con muestras del más vivo afecto». Pero [y ahora viene el consuelo]: magna est vis veritatis et praevalebit [Grande es el poder de la verdad y prevalecerá]» (OC 7 § 441).12 En su vejez, este optimismo le había abandonado. Le invadió la resignación, si no la desesperación, respecto al impacto de la psicología que había otorgado al mundo. En sus últimas cartas abundan sus lamentos por no ser comprendido, incluso por sus mismos discípulos, y por ser combatido o despreciado.

La otra reacción de la «gente de las cavernas» (para mantenernos dentro de nuestra metáfora) puede ser ejemplificada por el bien intencionado guía espiritual del joven Lutero, Staupitz, quien, cuando, como hombre todavía medieval, fue confrontado con las experiencias interiores decididamente post-medievales de Lutero, sólo pudo afirmar: «No lo entiendo». ¡Una reacción honorable! Como todavía se encontraba en el horizonte de las concepciones medievales, no entendía, ni podía entender, las experiencias de alguien que había sido catapultado más allá. Sin embargo, se limitó a reconocerlo sin condenarlo a priori como absurdo o herético, como habrían hecho los habitantes de nuestra historia de la cueva. Una reacción así es, por supuesto, rara, ya que requiere cierta autoconciencia y valentía (en la medida en que no localiza automáticamente el problema en la otra persona que tiene los puntos de vista inauditos, sino en cómo juzga la para él ajena experiencia que Staupitz se queda con él mismo, con su propia limitación para comprender. De este modo deja abierto si la nueva posición puede tener algún mérito o no. Ultra posse nemo obligatur). La no aparición de una comprensión no hizo que Staupitz cambiara de nivel reaccionando ante lo incomprendido con las habituales «muestras de afecto más vivas» (como había dicho Jung). Permaneció en el nivel intelectual, y precisamente al reconocer que había sido decepcionado o negado, confirmó su continuo deseo de comprensión.

Teóricamente, existe también una tercera posibilidad, a saber, que una persona esté dispuesta a seguir las indicaciones del que ha vuelto a la cueva y a averiguar por sí misma lo que puede valer la reclamación del que ha vuelto a casa. Pero en la realidad práctica esto es olvidable.

Además, también debo mencionar la posibilidad de la no reacción, que es probablemente la más frecuente en la realidad: que la gente no muestre ningún interés por lo que tiene que decir la persona que devuelve y simplemente lo ignore, ya sea porque pasa por encima de sus intereses o porque está absorta en sus propias cosas.

Veamos ahora la posición de la persona que originalmente salió de la cueva y adquirió su experiencia del mundo más dimensional. En nuestro relato, regresó a sus compañeros de la cueva movido por un impulso ético y un eros pedagógico. Pero me pregunto si este impulso es verdaderamente ético. ¿No deberíamos hablar, en lugar de un eros pedagógico, de un deseo de misionar?

Esto me recuerda un pasaje de Jung en una carta a Herbert Read del 2 de septiembre de 1960. «Me pregunté una y otra vez por qué no hay hombres en nuestra época que puedan ver al menos lo que yo estaba luchando. Creo que no se trata de mera vanidad y deseo de reconocimiento por mi parte, sino de una auténtica preocupación por mis semejantes. Se trata, presumiblemente, de la antigua relación funcional del hombre-médico con su tribu, de la participación mística y de la esencia del ethos del médico. Veo el sufrimiento de la humanidad en la situación del individuo y viceversa» (Cartas 2, pp. 586, 589). Esta es prácticamente la misma postura que presenta el héroe de la parábola de la cueva. Una preocupación genuina por sus semejantes (que sólo son una humanidad sufriente porque todavía están en la cueva y no han avanzado al nivel de lo que Jung está luchando). El ethos del médico. La relación del médico con su tribu.

Suena muy bien.

Pero, ¿realmente lo es? ¿No es realmente una posición inflada? ¿Una identificación con el arquetipo del curador, la personalidad-maná? Y una identificación precisamente por parte de aquel analista que enseñaba la necesidad de la «disolución de la mana-personalidad» (CW 7 § 398), de la propia distinción de cualquier arquetipo (así como de uno mismo), y que predicaba la individuación, es decir, el llegar a ser lo que uno es (en el sentido de «¡sólo soy eso!»). Jung adopta la postura de un curandero o chamán arcaico ante su tribu. El psicólogo que nos exigía disolver la unio naturalis justifica aquí su sufrimiento por la falta de reconocimiento con una participación mística. No puedo evitar detectar una especie de celo misionero detrás de la postura adoptada aquí por Jung. ¿No es una presunción sentir que él, C.G. Jung, como ser humano y ego-personalidad debería ser quien asumiera una responsabilidad por «su tribu»? ¿Por qué no podría dejar a la gente a su aire y dejar al alma cómo se desarrollará la humanidad? ¿Quién lo nombró médico-hombre, quién lo autorizó?

El curandero o chamán de antaño es precisamente el curandero de su tribu porque la gente de su tribu acude a él en busca de ayuda y consejo y, por tanto, le reconoce como su sabio. Del mismo modo, el psicoterapeuta de hoy en día sólo se activa cuando la gente viene a consultarle y, por tanto, le autoriza. No va, como un misionero o un profeta, por iniciativa propia, a salvar a la gente independientemente de que ésta quiera o no ser salvada. Si ningún hombre de nuestra época ve lo que Jung estaba luchando, esto habla por sí mismo. ¿Por qué se planteó «una y otra vez» esta pregunta? ¿No es evidente? Y: ¿no es justo? Es la simple autoexposición de la relación objetiva que existe entre él y los demás. Además, lo que Jung dijo una vez sobre la neurosis, ¿no se aplica también a la incomprensión o al rechazo con los que se puede encontrar aquel que avanzó a un nuevo nivel? Jung había dicho (CW 10 § 361, trad. modif., cursiva de Jung) «Deberíamos incluso aprender a estar agradecidos a ello…. No se cura, sino que nos cura«. ¿Por qué? Porque la incomprensión y el rechazo, si se reciben con agradecimiento, pueden ayudar a ponerlo en su sitio. Es un agente terapéutico cauterizador. Actúa «disolviendo la mana-personalidad», la inflación.

Sorprendente para un psicoterapeuta es también la reacción de Jung ante el sufrimiento de la humanidad y de los individuos. Aquí parece como si viera el sufrimiento (psicológico) como la noxa que hay que curar, mientras que psicológicamente es, después de todo, el «propio mejor enemigo o amigo» de las personas, su psicopompo. Es el camino a seguir, su única vía real de progreso psicológico (en el espíritu del estatuto de Zeus relatado por Esquilo, pathei mathos). El sufrimiento es simplemente la forma en la que se produce el cambio psíquico como un cambio real por debajo del nivel del ego, que se inscribe en la carne. No es Jung y sus conocimientos los que deben ser sus maestros. Su único maestro auténtico lo tienen en su propio sufrimiento «espiritual», que tiene todo lo que necesita dentro de sí mismo. «En realidad, este sufrimiento contiene el alma del que lo padece; perderlo significaría volverse inútil», podríamos decir adaptando algunas de las formulaciones anteriores del propio Jung (CW 10 § 355). Jung parece pensar que si la gente fuera capaz al menos de ver con qué está luchando y si tal vez incluso siguiera sus respuestas al problema colectivo, esto les ayudaría. Pero probablemente no sería más que «un sustituto del sufrimiento legítimo», al igual que hoy en día muchos junguianos quieren engañar a la gente (e idealmente incluso a la sociedad en general, si fuera posible) de su propio sufrimiento auténtico por la falta de sentido, ofreciéndoles una «visión del mundo junguiana», una alternativa compensatoria a la «unilateralidad» de la vida moderna, y las llamadas «experiencias numinosas», como gratificación y consuelo para el ego. Taponando la grieta hacia «el inframundo».

Qué diferente es todo esto de la posición que Jung había adoptado veinticinco años antes en sus Conferencias Tavistock.

Digo lo que veo, y si alguien está de acuerdo conmigo me agrada y si nadie está de acuerdo me es indiferente. No puedo adherirme ni a la confesión adleriana ni a la freudiana. Sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas de esa manera aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista. Lo único que espero es daros algunas ideas interesantes y que veáis cómo afronto las cosas. (CW 18 § 276)

Ciertamente, todo el mundo se alegra si descubre que alguien está de acuerdo con él. Pero lo contrario, que «si nadie está de acuerdo le es indiferente», suena un poco dudoso, una muestra de una indiferencia mayor de la que probablemente exista. Nunca es agradable encontrarse con el desacuerdo o el rechazo. Sin embargo, tanto es así que uno debería al menos ser capaz de aceptarlo sin recelos y comprender que es simplemente el precio por haber seguido el propio camino, un precio que hay que pagar. Es el mismo precio que en nuestra historia de la caverna se muestra en su última consecuencia: ser asesinado (el ejemplo paradigmático en la historia es, por supuesto, Sócrates, quien, por cierto, afrontó su muerte sin rencor). Psicológicamente, no hay nada malo en esta posibilidad. Es, si sucede como un hecho literal, simplemente la actuación literal de la verdad de la discrepancia objetiva que se ha producido. El que sigue su propio camino y avanza más allá del nivel de conciencia de sus semejantes ha creado él mismo esta discrepancia al haber avanzado a este nuevo nivel.13 Y tiene que estar dispuesto a pagar por ello. No hay amargura. No se puede tener las dos cosas: avanzar y, sin embargo, insistir en la aprobación de los que quedan atrás. Tal vez si uno dice «si nadie está de acuerdo me es indiferente», restando así importancia al hecho de que es molesto o tal vez incluso duele, se elude el pago del precio.

Pero el otro punto que Jung señala en este pasaje es admirable. «Digo lo que veo» y «dejo ver cómo abordo las cosas». Nada de guardarse sus ideas exclusivamente para sí mismo (al modo en que el matemático Carl Friedrich Gauß, simplemente por temor al «clamor de los beocios», retuvo en vida sus revolucionarios trabajos sobre la geometría no euclidiana). Pero tampoco ninguna misión educativa, ninguna actitud de sanador o educador. Sólo una oferta, una presentación de su caso al público por lo que pueda valer y, por supuesto, argumentando su caso lo mejor posible. Goethe, adaptando unos versos del poeta persa Hafis, escribió una vez en un poema algo así como «Tira tus pasteles al agua [río], quién sabe quién puede disfrutarlos».

Y «sólo puedo estar de acuerdo con la confesión junguiana porque veo las cosas así aunque no haya una sola persona en la tierra que comparta mis puntos de vista», porque yo, C.G. Jung, soy como soy; sólo soy lo que soy. Es mi necesidad ver las cosas de esta manera.14

Tanto esta última posición de Jung como la parábola de la cueva me recuerdan algo que escribió Kant. «Admito libremente que fueron los puntos críticos de David Hume los que, hace muchos años, interrumpieron por primera vez mi sueño dogmático y dieron a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente diferente».15 Y en un pasaje posterior de la misma obra dijo de cierto producto o resultado notable de la razón pura (en su uso trascendental) que es «lo que también es el agente más contundente entre todos para despertar a la filosofía de su sueño dogmático e inducirla a emprender la difícil empresa de la crítica de la razón misma» (A 142). La metáfora utilizada por Kant equivale en realidad a una compresión de la historia de la caverna en una cáscara de nuez. El sueño dogmático de Kant era el equivalente a que los cavernícolas estuvieran completamente embelesados por las sombras de la pared de la cueva. Luego, su sueño fue interrumpido, fue girado en «una dirección completamente diferente», y esto lo llevó más tarde a sus percepciones críticas.

Pero también hay una diferencia decisiva. Como quien ha despertado de este sueño dogmático, no quiere dar la vuelta y volver «a la cueva» para despertar a otros (filósofos, seres humanos). En lugar de centrarse en las personas, en los filósofos y en «lo que dicen«, pero también en lugar de centrarse, como Jung, en su «confesión» (también meramente personal), sólo le preocupa la filosofía en sí misma, la mente objetiva. Es la filosofía como estructura objetiva -y por la misma razón en nuestro caso la psicología (como alma objetiva que se ha vuelto explícita)- la que necesita ser despertada de su sueño dogmático, no los filósofos y psicólogos de los suyos. Y sólo en este nivel, en el discreto nivel de fondo de la lógica de la psicología, de su punto de vista y de su forma de reflexión, podría ser cierto que la veritas praevalebit. Aunque en nuestra época, la de la cultura de masas, la de los medios de comunicación de masas, la del consumismo «espiritual» y la de la comercialización descarada de los «mitos», las «imágenes», «lo sagrado» y los planes de salvación ecológica -en definitiva, en una época de institucionalización explícita y deliberada del sueño dogmático del alma en la caverna-, esto parece ciertamente bastante improbable. Sea como fuere, una cosa es segura: el clamor de los beocios no dejará de hacerse oír.

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1 Mi traducción.

2 Real en el sentido no sólo lógico, sino noético. En la realidad material.

3 En este trabajo mantengo el término tradicional de Planck «verdad» para las ciencias, a pesar de que, en sentido estricto, este término es inapropiado. La ciencia no busca la verdad, ni siquiera busca afirmaciones «correctas», sino fiables. Como señaló Heidegger, la ciencia es en el fondo y desde el principio tecnológica (y no, como se cree popularmente, que la tecnología es ciencia aplicada). Y como Niels Bohr comprendió ya en 1963, «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza». Aquí, sin embargo, porque me preocupa la cuestión del progreso científico, trabajo con la comprensión de la ciencia en el sentido tradicional, donde era la voz de la verdad, y porque el progreso se produce a través de la simple separación de lo que es verdadero de lo que es falso («verificación» y «falsificación»). Esta «verdad» es pragmática, no metafísica: es nuestro mejor conocimiento confirmado en la actualidad. No hay afirmaciones superiores («verdades eternas») relacionadas con ella. – Este sentido ingenuo y pragmático de la verdad también debe distinguirse de mi término de verdad en contextos estrictamente psicológicos.

4 La nueva visión del siglo 20, por ejemplo, de Niels Bohr, citada en una nota anterior, de que «es un error pensar que la física tiene la tarea de averiguar qué es la naturaleza. La física se ocupa de lo que podemos decir sobre la naturaleza», aunque se aparta de la anterior idea ingenua de la posibilidad de un acceso directo a la naturaleza objetiva, no obstante, conserva, e incluso confirma, la noción de una esencia positiva-factualmente dada de la naturaleza («lo que la naturaleza es»). La ciencia sigue operando hoy en día dentro del patrón de la pregunta/hipótesis humana y un Sí o un No de la naturaleza.

5 Pero también tenemos que ver que hay otro lado de Jung, también. Señaló que las interpretaciones erróneas de un analista simplemente no funcionarán, por lo que existe, a través del ser real de los pacientes, un factor correctivo en la terapia, después de todo. De nuevo, otro aspecto (y problemático) de su pensamiento es que cuando era atacado por sus puntos de vista generales, por ejemplo, su teoría de los arquetipos, por parte de los no analistas, trabajaba con el argumento de que si estos críticos tuvieran experiencia terapéutica práctica se verían naturalmente obligados a aceptar sus teorías.

6 Patricia Berry, «Una aproximación al sueño», en: P. Berry, Echo’s Subtle Body. Contributions to an Archetypal Psychology, Dallas, TX (Spring Publications) 1982, pp. 53-79.

7 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology, Cambridge (Cambridge University Press) 2003, p. 11.

8 Cf. GW 10 § 367; también «Über Psychologie», en: Neue Schweizer Rundschau 1933, 1, pp. 21-27 y 2, pp. 98-106, aquí p. 22.

9 Edward S. Casey y David L. Miller, «Introduction to the Philosophy and Psychology Issue», en: Spring 77. A Journal of Archetype and Culture, primavera de 2007, p. 6.

10 Cf. Wolfgang Giegerich, La vida lógica del alma. Hacia una noción rigurosa de la psicología, Frankfurt/Main et al. (Peter Lang), 1998,4 2007, pp. 24 (nota) y 80.

11 Por ejemplo: «… la revuelta general contra nuestra ciencia, el desprecio de todas las consideraciones de civismo académico y la liberación de la oposición de toda restricción de la lógica imparcial», 18th de sus Conferencias Introductorias, Edición Estándar vol. 15, p. 285.

12 Jung añadió significativamente a esta cita de la Vulgata 1 Esdras 4:41 (magna veritas et praevalet) o de Tertuliano, Adversus Praxean 26, la palabra vis y cambió el tiempo del verbo al futuro. Jung ya había utilizado esta cita en la forma Magna est vis veritatis tuae et praevalebit («Grande es el poder de tu verdad y prevalecerá») en su carta a Freud del 11 de noviembre de 1908.

13 En términos menos subjetivos tendríamos que decir: «el alma» creó esta discrepancia al avanzar en y a través de él a este nuevo nivel…

14 Si es simplemente mi necesidad de ver las cosas de esta manera (al igual que es la necesidad de los demás de ver las cosas de manera diferente), el que yo vea las cosas de esta manera no es nada de lo que deba estar orgulloso, nada que se me suba a la cabeza. El hecho de haber avanzado a un nuevo nivel no me sitúa por encima de los demás.

15 Immanuel Kant, Prolegómenos A 13.

Pornografía

Logos del alma

Parte de la experiencia sexual es su camino hacia una satisfacción que nunca llega, el roce de los cuerpos, los labios entrelazados, ahí, en el habitáculo del otro, se busca al fantasma que éste significa y en el mejor de los casos ambos gozan, pero realmente uno de los dos siempre lo disfruta menos. Ser adulto requiere poder sostener esta insatisfacción por no poder penetrar o ser penetrado completamente, pero la búsqueda amorosa exige a la vez el deseo y su propia desilusión, es una danza que anima a los cuerpos y los invita silenciosamente hacia su propia muerte.

Sin embargo, la cultura posmoderna pretende evadir este secreto, quiere hacer posible la sexualidad por primera vez. Ante la empresa de hiperrealizar la realidad se reemplaza incluso la verdad en sí misma por su forma masificada: la pos-verdad. Jean Baudrillard decía que afortunadamente las estrellas en el cielo no eran inmediatas, la luz tiene que recorrer un camino de tiempo-espacio para poder llegar a los ojos que las observan, si no existiera esta mediación entonces las luz nos cegaría de manera fulminante y estaríamos obnubilados ante cualquier estimulo. Lo demasiado en también una forma de ocultar el objeto.

En la pornografía la ofuscación es evidente, en ella se tiene a una mujer totalmente complaciente que, llevada por su artificiosa pasión, se entrega sin restricción al falo, no al hombre que tiene enfrente sino al miembro que se erige de forma perenne. Es debido recordar que un pene erecto es también la representación de la vida misma, Hermes, Dionisos, Pan, son deidades que expresan la vida inmarcesible en la forma de una erección continua, que guarda lo spermatikos (quizás el logos) en su potencia. Así, la hembra se abdica a la gratificación de un sujeto que se confunde con la imagen que representa. Por eso los actores masculinos son incansables, su voracidad nunca se extingue, en su penetración eterna son a su vez una boca abierta que nunca deja de devorar lo que se le ofrece.

No obstante, la entrega de los amantes, en la pornografía, es inmediata, no hay seducción que los separe, la erección no cesa y la lubricación nunca amaina, al final los cuerpos fundidos no son otra cosa que la expresión de un deseo característico de la infancia: la satisfacción urgente del hambre y, por lo tanto, la evasión de la angustia en la unión simbiótica que supone la participación mística de los individuos. Ambos, entregados al deseo ilusorio, actúan la total confusión de las almas y de los cuerpos.

Por eso, la imagen pornográfica es tan satisfactoria ya que permite vivir de forma vicaria aquel deseo que nunca se confiesa, pero que está presente en la vida de todo sujeto: ser satisfecho sin tener que pagar el precio o, en otras palabras, ser amamantado solo por un pecho bueno que entregue su amor de forma incondicional, sin el deber de otorgar un monto de la existencia a la irrefrenable pulsión de muerte.

Es así que el sexo hiperreal de la pornografía promete un goce absoluto, es decir, infantilizado, que cuando se confronta con la vida real se enfrenta al obstáculo de que en ella las cosas son finitas y nunca pueden satisfacer completamente nuestros deseos. Entonces el hombre supone que su goce depende de ser el goce ajeno, el de la mujer, y se aboca a la tarea imposible de convertirse en el falo del otro, en una maquina sexual que ya no disfruta sino que ahora es eficiente y que, en consecuencia, tarde o temprano falla. De dicha inutilidad surge la culpa fantasiosa por la tragedia de no poder ser satisfecho ni satisfacer. Poco se repara en el hecho de que la impotencia no es sino la sombra de un deseo de poder titánico.

En la cultura capitalista los signos pornográficos son omnipresentes, no solo en las imágenes de mujeres voluptuosas que prometen la satisfacción inmediata, sino que la lógica del porno sostiene todo discurso que promete la felicidad absoluta, el placer continuo y el gozo eterno. Así, el consumismo es una especie de pornografía, pero también lo son las terapias que auguran la gran salud o las pedagogías que se estructuran con base a la complacencia de los individuos, de manera similar la redes sociales acortan el ciclo de la gratificación y lo vuelven compulsivo, los límites, por lo tanto, tienen que ser abolidos. Todo aquello que niegue la potencia de la muerte funciona bajo la lógica de lo obsceno. El capitalismo y el progreso también son falos que nunca declinan, agazapados a la espera de la impotencia de su aparatos economicos.

Pero en la proliferación de la imagen sexual, lo que se acaba ocultando es la sexualidad misma, pues, si como se dijo al principio, el acto sexual requiere de la separación y del misterio, lo único que no está presente en la narrativa del porno es la propia sexualidad. Realmente la liberación sexual nunca ocurrió. Lo que Freud percibió en su teoría de la seducción es que siempre hay una diferencia entre el hecho y su traducción psíquica y que en esa disparidad radica la construcción de la realidad. A falta de seducción la reproducción maniaca del deseo se transmutó en la obcecación de una inmediatez imposible, de la persecución de ideales pueriles como la felicidad, la salud o la eficacia; pero el amor es un pathos que poco a poco nos consume, es el umbral constante entre la vida y la muerte, y la sexualidad es el gozo de este dolor terrible por vivir; nunca puede ser desvelado del todo porque no hay desnudez que lo abarque, al contrario, se oculta mejor en la exposición de dos cuerpos abiertos cuyas cavidades solo apuntan al vacío.

La pornografía es la narrativa del sujeto narcisista que de manera fatal cumple su deseo y convierte al Otro en un reflejo de sí mismo, lo que queda fuera de este esquema es la propia sexualidad, que esencialmente es la actividad evocadora del otro indisoluble, del espacio entre un estimulo y su captación. Como en una película de David Cronenberg la copula se satisface solo en la pantalla, es la maquina quien se impone con su prontitud, es ella quién tiene sexualidad, ya no nosotros, y aunque somos testigos de un goce, ya no tenemos nada que ver con él, pues la coniuntio sutil de los cuerpos solo puede darse en la separación y en la imposibilidad del placer, es decir, en la dimensión de la experiencia erótica como una alteridad radical.

El entrenamiento del psicoterapeuta

Logos del alma

En la universidad era una práctica común que los alumnos impartiéramos sesiones de psicoterapia o apoyo psicopedagógico en los semestres relacionados con estos temas. Por lo tanto, se nos asignaban pacientes que acudían con la esperanza de que sus problemas se resolvieran. Estábamos supervisados por un profesor, quien nos proporcionaba material de referencia y apoyo si era necesario. El modelo universitario considera que el conocimiento de técnicas y teorías es suficiente para tratar problemas complejos en la vida de las personas. Naturalmente, el trabajo realizado era deficiente, ya que se hacía principalmente desde el sentido común y, al final, el paciente tenía la ilusión de que había estado bajo tratamiento y los estudiantes creíamos, falsamente, que aquel ejercicio era la psicoterapia.

Pero la psicoterapia no es una técnica que pueda aplicarse solo con tener una noción de sus conceptos, requiere que el profesional se haya sometido antes al mismo proceso que desarrollará de forma continua en su labor diaria. Ello con la función de interiorizar los conceptos permitiendo que los mismos se superpongan a su conocimiento cotidiano y sustituyan su visión por la de aquel que puede discernir a los espíritus. En épocas previas el hombre de conocimiento era sometido a duras pruebas donde sufría del desollamiento ritual y la sustitución de sus huesos por huesos nuevos, sus ojos tenían que ser arrancados de sus cuencas y nuevos glóbulos eran colocados en las fosas huecas. Ésta muerte, que nunca fue metafórica, era la condición sine qua non del poder acompañar al enfermo por el mundo de los espíritus.

Hoy, sin embargo, el mundo de los espíritus se ha liberado, es decir, se ha interiorizado en sí mismo, emergiendo como su correlato lógico, y es entonces que el psicoterapeuta ya no puede sufrir sino un desmembramiento en la propia concepción del mundo, pues el hombre es, en sí mismo, lo descarnado. Es esto lo que hace la terapia, permite ver al fenómeno con los ojos que le pertenecen a lo Otro que se presenta, es, entonces, la idea latente en los acontecimientos psíquicos aquello que se inserta en las cuencas vacías del psicoterapeuta. Todo ello no solo requiere el aprendizaje de ciertas estructuras de pensamiento, ademas exige la propia aplicación de la labor terapéutica a la misma noción de terapia.

El estudiante de la carrera de psicología fantasea que sin haber hecho la ardua labor de someterse a la terapia, puede llevar a cabo ese trabajo, de manera indolora y sin tener que ofrecer el sacrificio de sí mismo al opus que pretende usurpar. Por ello es tan común encontrar terapeutas que ejercen desde posiciones narcisistas, centrados en la satisfacción del ego y que miden su éxito por las credenciales académicas que les proporcionan la ilusión de haber sido investidos por la noción de la psicoterapia. Realmente trabajan desde sí mismos y para sus propios deseos, en forma de objetivos soteriológicos que alimentan su importancia personal. Empero, una labor psicoterapéutica real nunca esta al servicio de ningún individuo, ni del paciente ni del terapeuta, sino que supone un altar para el propio fenómeno, aquel dios que subyace en lo más evidente.

De estas disquisiciones se desprenden varias preguntas que es necesario hacer cada vez que se entra al consultorio: ¿qué es la psicoterapia? ¿cuál es su objeto? ¿cuándo un psicoterapeuta está habilitado para ejercer? y si la psicoterapia significa “el cuidado del alma” no está de más preguntarse: ¿qué es el alma? Quizá la apretura de estas preguntas indique que hacer psicoterapia significa cuestionarse y volverse a cuestionar los conceptos que ya se creían conocidos, quizá sea el misterio siempre presente quién hace verdaderamente el trabajo y entonces la psicoterapia sea el aprendizaje continuo de permitir que este daimon tome su lugar correspondiente.

Vida y muerte en análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 179-190

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

En nuestra charla de esta tarde, no seré cuidadoso en el uso de los términos relativos al análisis. Si tuviera cuidado, tendría que definir el análisis; pero ustedes saben mejor que yo que no tenemos una definición única que sea aceptable para todos los que trabajamos en este campo. Tiene que ser así, porque cuando estamos trabajando, hacemos muchas cosas y somos muchas personas. Puedo estar dando terapia o consejo, enseñando, aconsejando, analizando, interpretando, dirigiendo la conciencia, cuidando el alma, reaccionando, no reaccionando, interactuando, no interactuando, etcétera. 

Sólo podríamos definir el análisis si supiéramos lo que estamos haciendo; pero no sabemos lo que hacemos, y nunca podremos saberlo, ya que se trata de una actividad como pintar o escribir poemas en la que el inconsciente interviene continuamente y nos impide un conocimiento consciente que pueda formularse en definiciones.

Sin embargo, considero que mi principal tarea como analista, y en particular como junguiano, es involucrarme con este lado inconsciente que impide mi claridad y mi conocimiento. ¿Qué quiero decir con esto? ¿Qué es el lado inconsciente de la psique de la persona? ¿Nos referimos a un estado de inconsciencia como el sopor o el coma? ¿O nos referimos a un tipo de comportamiento altamente cargado de afecto, o justo a su opuesto, habitual y, por tanto, irreflexivo e inconsciente? ¿O nos referimos -y creo que es así como tenderé a ver el término- a una región hipotética, una descripción topológica, una sección del ser humano que está fuera de mi conciencia pero que actúa a través de mis acciones, piensa dentro de mis pensamientos, motiva mi voluntad, afecta a mis sentimientos y, sobre todo, a través de complejos y fantasías influye en mi imaginación y en mi forma de percibirme a mí mismo y al mundo?

Así que es en estos complejos de fantasía, en estas partes míticas de la persona, en las que se centra principalmente mi atención cuando hago el análisis. Me interesa menos el informe diario del caso: las peleas con su mujer y los problemas con su hijo, y los síntomas que aparecen, desaparecen y reaparecen: las interacciones personales. Oh, sí, están ahí, en primer plano, por supuesto, y nos presionan todo el tiempo. Pero yo busco el fondo; no la historia del caso y su progreso, sino la historia del alma en su proceso. 

O podría, de otro modo, decir que el análisis es una preocupación por la transformación de la personalidad; y «personalidad» significa aquí un recipiente o una gran máscara como la que llevaban los personajes o actores griegos en el drama, y a través de la cual habla el dios. La máscara no es algo que me pongo para encontrarme con los rostros que me encuentro, sino que sería el papel necesario que uno desempeña, el troquel en el que uno es arrojado o el papel que uno interpreta, para que la voz del dios dentro del alma, dentro de la psique, pueda realmente hablar; y a través de esta fuerza de lo divino dentro del alma, la personalidad es forzada a existir como portadora de algo más allá de sí misma.

Ahora bien, la historia anímica de la personalidad se revela principalmente a través de los sueños, que suelen girar en torno a ciertas experiencias o themata; y dejan fuera áreas enteras de la vida recordada de una persona, de su biografía. Por ejemplo, supongamos que de niño pasé seis veranos en un campamento, y durante veinte años de registrar mis sueños nunca soñé nada de esto. O que tengo catorce primos, y sólo he soñado con uno de ellos en todos esos años; o que he viajado por muchos países, y sólo tres o cuatro de ellos vuelven una y otra vez como temas de mi mitología interior, mientras que otros son descartados sin más. Que mis sueños siguen centrándose en ciertas personas, lugares, escenas y colores, retejidos y entretejidos en una mitología de mi propia alma. Esta es la diferencia entre la historia de mi caso exterior y la historia de mi alma interior. 

Parece que la vida, o la historia exterior del caso, está cada vez más dirigida desde dentro por la historia del alma. Cuando las cosas importan, es por el aspecto interior. Este aspecto interior de la experiencia, el sentimiento de que es mía e importante, y de que tiene algo que ver con mi destino; de que incluso puedo tener un objetivo moral e inmortal que concierne religiosamente, y no sólo un suceso o un accidente (aunque los accidentes pueden ser muy importantes) -esto es a lo que me refiero como sentido del alma.

Naturalmente, las cuestiones de la vida y la muerte serán de gran importancia para este sentido del alma. Y parece que cuando uno llega a este punto en el análisis o en una charla profunda con otra persona -y ciertamente no tiene que ser en horas de oficina y las charlas analíticas profundas no sólo tienen que ocurrir con analistas- esas cuestiones surgirán en una charla profunda. Estas cuestiones del alma y su destino y el problema de la muerte surgen. Surgen de otras maneras mucho antes de que estemos abiertos a este tipo de debate. 

Pero antes permítanme una observación: Estas conversaciones profundas no tienen un sentido académico o filosófico. No hace falta haber leído a Platón sobre la inmortalidad del alma para llegar al alma y su preocupación religiosa, su preocupación por la moralidad. No hace falta dedicarse a la filosofía y tener ideas profundas que se han sacado de otra parte. Todos moriremos y todos hemos estado con la muerte de una forma u otra. Y en estos niveles profundos del alma, todos estamos en comunicación, aunque nuestra historia individual de clase, color, religión, educación, etc. nos mantenga alejados. En el nivel del alma, todos somos iguales y todos podemos hablar. En los niveles conceptuales, podemos diferir, pero no en los niveles simbólicos, ni en los niveles de la fantasía y el mito. No nos diferenciamos en este nivel de otras épocas de la historia y de otros pueblos que también estaban implicados como nosotros en este nivel del alma, en cómo vivir y cómo morir; y por qué vivimos y por qué morimos; y qué ocurre en la muerte y después de la muerte; y cuál es la relación entre vivir y morir. Es sólo nuestra jerga clínica y nuestras conceptualizaciones académicas y nuestros términos sociológicos y nuestro ridículo orgullo antihistórico lo que nos separa de la otra persona. No es el cliente el que no es apto para la terapia porque no tenga el nivel educativo, sino que es el terapeuta el que no es apto porque no tiene el nivel simbólico. 

Las cuestiones de la vida o la muerte, o lo que podríamos llamar las cuestiones filosóficas, las cuestiones de sentido, son centrales y vitales para el alma. Éstas han sido siempre las principales cuestiones de la psique en todas las culturas y en todas las épocas. Por lo tanto, puede decirse que las cuestiones de la vida y la muerte son la principal preocupación del alma. Su otra cara, su otra preocupación principal, es, por supuesto, el amor; el contexto de la vida humana y la conducta de la vida humana entre los humanos. Pero esta otra preocupación principal del alma -el amor, por darle un nombre- no es separable de las cuestiones de la vida y la muerte.

El alma tiene, pues, al menos dos caras: la espiritual y la erótica; una cara de sentido y otra de amor. Ambas están entrelazadas, de modo que si una resulta dañada, la otra sufre. Si hemos perdido el sentido, si la vida y la muerte no se mantienen unidas en una filosofía o una Weltanschauung, entonces el amor no funciona; y si hemos perdido la conexión con el amor, el sentido se desmorona.

Estas cuestiones de la vida y la muerte surgen de forma natural en el análisis, no sólo porque sean cuestiones verbales y/o ideas interesantes, sino más bien, me parece a mí, como si el propio fenómeno del análisis pareciera constelar tales cuestiones. Es como si el análisis -esta discusión profunda; no siempre tan profunda, pero esta discusión tal y como la estoy presentando- esta discusión de dos personas en dos sillas desnudando sus almas, dos personas intensamente preocupadas por lo fundamental y pidiendo a la voz inconsciente que entre también y diga lo que piensa; preguntando por los sueños y preguntando por las emociones y preguntando por las fantasías y reaccionando a y desde este nivel -este peculiar ritual, que ha sido creado en los últimos sesenta años y que no existía antes y que llamamos análisis, atrae no sólo al alma para que se muestre ante el amor (o lo que desgraciada y horriblemente se llama «la transferencia y sus aspectos eróticos») sino también para que muestre su apasionada preocupación por las cuestiones de significado. 

Así que los sueños recogen símbolos y utilizan el lenguaje de significados muy profundos en el sentido de significados eternos, temas arquetípicos eternos que, si se siguen y no se reducen a otra cosa, se cree en ellos, se someten a ellos, conducen a cuestiones fundamentales de la vida y la muerte. Ahora bien, lo que conduce en este proceso es a menudo algo bastante absurdo y oscuro. Al principio, puede parecer que es el analista quien lidera este proceso psicológico; o, como se le llamaba en la antigüedad, el «psicopompos», el líder de la psique o guía de almas. El líder de la psique, o el líder del alma, aparece en imágenes oníricas: o la tierra a la que está conduciendo es como el Purgatorio o un país desconocido, o Australia, que está «abajo», o el Continente Perdido, o algún otro lugar al otro lado de los mares; y la función del líder aparece como un cazador blanco en África, o un conductor en un tren, un hombre en una mina con una lámpara en su sombrero.

A menudo se piensa primero que el líder, guía o gurú es el analista, del mismo modo que el otro aspecto del alma utiliza también al analista como amante para que la experiencia del amor se libere y cobre vida.

Pero al cabo de un tiempo, uno se da cuenta de que no es el analista en absoluto, sino que la psique tiene en sí misma una función, que se imagina en una especie de figura, la que la conduce a problemas fundamentales de sentido, a terrenos desconocidos, a preguntas sobre por qué se vive y qué significa la muerte; y estas preguntas se formulan de tal manera que resultan sumamente oscuras, absurdas, paradójicas. Por el testimonio empírico de observar cómo ocurre esto en el análisis, parecería que los individuos implicados se ven inducidos u obligados a elaborar una filosofía de la vida. Esta cuestión puede llegar a ser tan urgente y apremiante que la cuestión de la vida y la muerte se convierte de hecho en una cuestión de vida o muerte, y aquí comienza a menudo el problema del suicidio. 

De repente, la persona, en cierto sentido, no sólo ha empezado a cuestionarse la vida, sino que ha entrado en la muerte, y ha sido llevada por esta función dentro de sí misma (proyectada, tal vez, en el análisis, llevada por el analista) a plantearse preguntas cada vez más profundas. Esta función no lo deja ir, no se contenta con simplificaciones y respuestas baratas y reducciones, y la conciencia comienza a cuestionar sus propias raíces. Esto tiene por el momento, quizás durante algún tiempo, un efecto de laceración de la personalidad. Todo se cuestiona; nada se sostiene en ninguna parte. Esto le lleva a uno contra la corriente y uno, en cierto sentido, ha dicho «no» a la vida. 

Ahora bien, este cuestionamiento de la vida, que es una oposición a la vida, es destructivo para la vida tal como es y, por lo tanto, es el aspecto de muerte del crecimiento. Este empuje dentro de la psique que es esencial para el desarrollo de la personalidad se muestra también en las formas tradicionales de desarrollo de la personalidad, todas las cuales tienen un aspecto de muerte.[1] En otras palabras, el desarrollo de la personalidad pasa por la muerte. No es una expansión continua de más y más luz, más y más vida, sino más bien una serie de muertes, y el análisis como aventura metódica de transformación de la personalidad es siempre una serie de muertes y agonías, un colapso prolongado, un suicidio prolongado.

Las culturas tradicionales hablan de las etapas de la vida o de la vida organizada por fases. Los puntos de inflexión de estas etapas o crisis suelen seguir un camino de desarrollo biológico; es decir, se supone que hay una primera mitad y una segunda mitad de la vida; o que la vida se divide en juventud, mediana edad y vejez; o que se divide en cuatro etapas del hombre, o en siete, o en diez, o en doce. Hay ejemplos de todo tipo de pensamiento en este campo, pero lo importante no son tanto las separaciones como las transiciones entre etapas. Éstas se denominan a veces en antropología «ritos de paso» o «ritos de iniciación» o «sacramentos». En cada una de estas transiciones, lo esencial para la personalidad es su movimiento. La personalidad con la que uno se identifica ahora, aquí; el yo que es como soy, y aquí es donde estoy ahora -aquí-; esto, que está construido sobre la continuidad, construido sobre el hábito, construido sobre la memoria -todas las cosas que me han traído hasta aquí-, esto muere. La identidad externa, aquello con lo que me identifico, muere. 

Ahora bien, desde este punto de vista, el suicidio puede verse como un intento precipitado de pasar de aquí a allá, de atravesar; o puede verse como un rito de paso. Puede verse como una expresión de la necesidad urgente de transformar la personalidad, como una expresión del desarrollo que llevaría a la conciencia lo que hasta entonces es desconocido, inconsciente y nuevo. 

No se ve así, por supuesto. Muestra violencia y muestra desorden y muestra confusión, o muestra regresión a la nada. 

Pero también puede mostrar, en estas formas de disfraz que lo hacen parecer cualquier cosa menos desarrollo, algo tan apremiante y tan urgente y tan terriblemente real para el alma de la persona que no sirve de nada intentar bloquearlo sin darse cuenta de que la destrucción del yo es ante todo una declaración de transformación radical. Es la forma más radical en que el yo de aquí y ahora puede convertirse en el no-yo. La personalidad consciente puede convertirse en la personalidad totalmente otra e inconsciente.

El suicidio es el último viaje de aquí para allá. Nos llevaría demasiado lejos adentrarnos en el trasfondo arquetípico del análisis como transformación del alma. Sería demasiado adentrarnos en las cuestiones de los rituales de la muerte y las ideas de desmembramiento en tantos de estos rituales en los ritos de iniciación, o el papel de la muerte en diversas disciplinas que tienen que ver con el desarrollo de la personalidad, como las disciplinas yoguis o las disciplinas espirituales en la Iglesia, o en la alquimia, o la muerte iniciática y las torturas en los ritos de la pubertad, o la muerte en las religiones mistéricas, que se ocupaban mucho de morir en una etapa de la vida para entrar en la siguiente, o la huida chamánica completamente fuera de este mundo, que es una especie de trasfondo arquetípico del viaje, o las experiencias iniciáticas, o el descenso a los infiernos, al que se enfrenta el héroe en muchos ejemplos de su desarrollo en los cuentos de hadas, en los cuentos populares y en los mitos. 

Todo esto parece quizás irrelevante, pero la mayor parte del mundo que llamamos subdesarrollado toma su orientación de este tipo de pensamiento; y la mayor parte de la personalidad en nosotros que está subdesarrollada toma su orientación de este tipo de pensamiento. 

Nuestros sueños y nuestras fantasías inconscientes lo demuestran. Un examen de todos estos patrones de cambio de la personalidad, o de desarrollo del alma, de modo que ésta también tenga una historia de desarrollo, no sólo una historia clínica externa, mostraría una sorprendente insistencia en las experiencias de muerte. También nos obligaría a llegar a la conclusión de que la interferencia con esta experiencia de muerte impidiéndola, considerándola un razonamiento defectuoso, malinterpretándola como una condición social patológica que necesita ser curada, privaría al alma de su propia oportunidad de transformación. 

Al igual que los momentos críticos del proceso de transformación en la tradición implican la muerte, estos momentos críticos en el análisis también implican la muerte. Porque en el análisis nos ocupamos principalmente de estas fases de transición. Nos ocupamos del despliegue de una vida a través de estas muertes. Así, una persona está atascada en la infancia o atascada en sus fantasías matrimoniales tempranas o atascada en el aspecto de expansión de su carrera. En cada caso, algo empieza a morir, a dejar de funcionar; y la identidad de esa personalidad, el ser de sí mismo muere para que la siguiente fase de su vida sea posible. Del mismo modo que el crustáceo sale una vez al año de la estructura que ha construido, se arrastra fuera de su caparazón y se despoja de esa masa de armadura, y yace como una masa vulnerable de gelatina en el fondo del mar, así nosotros morimos y nos disolvemos antes de que podamos crear a partir de nosotros mismos nuevas construcciones y una nueva casa para la psique dentro de la cual podamos volver a vivir. 

Lo que muere en estas situaciones son nuestros cuelgues del ego, nuestras identificaciones del ego, la dureza del ego, el orden que nos hemos impuesto, la continuidad y la identidad y el hábito -todas estas virtudes del ego. Es como si la psique no fuera todo ego, como si hubiera algo fuera del ego que desea esta muerte, algo fuera del ego, distinto del ego, parece permanecer durante esta muerte y, por así decirlo, renace durante esta muerte. 

El hecho de que el ego muera en el análisis, pero que otros procesos psíquicos dirijan esta muerte y estén ahí durante la muerte y después de ella, apunta al hecho de que el ego no es el centro de la personalidad, sino que hay algo que trasciende al ego y es superior a él. Cómo llamemos a este otro es menos importante que el hecho de que lo experimentemos, y que la experiencia de ello llegue más vívidamente, al parecer, en el análisis, a través de las experiencias de muerte.

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Ahora pasamos a la cuestión de que hay otro aspecto de la muerte dentro del análisis que no debemos evitar, y es la agresión. Todos ustedes están muy familiarizados con el componente agresivo del suicidio, un componente que se ha formulado como matarse a uno mismo, matar a un ser querido o ser matado por otro. Como quiera que lo planteemos, tenemos que entrar en el problema de la agresión de matar y ser matado, de algún tipo de componente salvaje, asesino, destructivo; y tenemos que examinar nuestros puntos de vista sobre esta parte de la psique.

Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos que este componente, que podemos llamar por el momento agresión o destructividad o maldad, no es -y repito, no es- totalmente afrontado y aceptado como un hecho psíquico por los principales puntos de vista en nuestro campo. Los rechazos son numerosos. Creo que los neofreudianos en general rechazan el instinto de muerte y sus ramificaciones en el ámbito de la destructividad. Konrad Lorenz y los conductistas animales no aceptan la maldad en el hombre. La sociología y otras psicologías ven estos trastornos del comportamiento como derivados del miedo y la frustración, de experiencias negativas con la madre o con la sociedad, etcétera. 

No puedo discutir -no puedo, no tengo la capacidad de discutir- en detalle estas teorías de la agresión. Sólo quiero señalar el pensamiento que tienen en común, que es que no nos ayudan a entender el hecho del componente agresivo en la muerte suicida; y necesitamos una manera de llegar a un acuerdo con este componente agresivo si queremos llegar a un acuerdo con el suicidio. Si el suicidio tiene un componente agresivo y uno está matando y destruyendo, y este matar y destruir se ve en estos modelos que se niegan a permitir una posición ontológica al matar y destruir, que sólo pueden ver el matar y destruir como alguna forma de formación de reacción derivada deformada, entonces nunca podremos llegar a la aceptación más profunda del suicidio como un problema. Juzgaremos el suicidio a causa de nuestro juicio contra, o nuestra visión deformada de, el aspecto agresivo. Veremos el suicidio como ilegítimo y deformado. 

El suicida se venga de alguien. O juega a vengarse, asesina o se ensaña. A menudo actúa contra su analista. (Hablo, por supuesto, siempre dentro de este límite: «Vida y muerte en el análisis»; donde se filtra hacia otros ámbitos, me alegro, pero ahora lo retiro). Su analista representa al líder de su propia psique en sus profundidades y en su exploración de la muerte, como ya discutimos.

Independientemente de cómo lo interpretemos como un acto contra el analista o una forma de destruir la función psíquica o la imagen que el analista porta, todavía tenemos que afrontar per se que la psique, el alma humana, tiene en sí la capacidad de matar y destruir; e incluso si decimos que la agresión puede retorcerse en formas pervertidas debido a fijaciones o frustraciones tempranas o cualquier otra cosa a la que queramos atribuir esto, todavía tenemos que reconocer que el alma humana no sólo se retuerce pasivamente sino que se retuerce activamente, y que la psique tiene la capacidad de matar y de deleitarse matando. La historia de la humanidad desde Caín y Abel (que fue lo primero que hicieron al salir del Jardín del Edén) es una historia de asesinatos y guerras. Esto es una realidad ontológica y matar dentro del alma, como una realidad dentro del alma, es reconocido por los Diez Mandamientos como una posibilidad humana fundamental perpetuamente eterna: dada con la existencia del hombre, siempre ahí, y no un derivado de algo más.

Ahora bien, esto es duro; y el único lugar, me parece, donde esta realidad del mal dentro del alma humana y dentro del universo recibe todo el crédito en psicología (está en la filosofía y en la religión) es en la psicología de Jung. En los últimos años, parece que los Jungianos se han obsesionado con el concepto del mal.[2] Parece que no hay semestre o trimestre en el Instituto Jung de Zurich que no trate sobre el mal o Satán o algo sobre el problema del mal, el problema de la sombra, el problema de esta parte de la vida.

El punto de vista junguiano, me parece a mí -y supongo que otros junguianos pueden tener otros puntos de vista- es que el potencial, no sólo de reaccionar agresivamente sino cruel y sádicamente, la capacidad de disfrutar de la enemistad y de tener enemigos, de vivir y ser hostil, de guerrear y destruir, es fundamental e innato, no sólo en el hombre como disposición, sino como parte de la realidad de la existencia.

En otras palabras, creo que los junguianos se toman en serio al diablo y consideran la agresión destructiva que se manifiesta a menudo a través del suicidio como una expresión de este mal, un mal que no puede descartarse a través de explicaciones sociológicas, o biológicas à la Lorenz, o como reducciones psicológicas a lo que sucedió al principio, o a desgracias sociológicas, etcétera. Es fundamental, como el demonio es fundamental y no derivado; el demonio no es sólo una ausencia de bien o una privación o una sombra que, en última instancia, trabaja realmente para el bien (aunque no lo veamos).

No creo que podamos aceptar la hostilidad agresiva que se expresa en el análisis sin una aceptación muy profunda de que el mal existe en el mundo. En mi libro sobre el suicidio [3], me temo, no presenté lo suficiente en mi opinión contra la prevención del suicidio. No presenté lo suficiente sobre el mal que puede expresarse a través del suicidio como asesinato y matanza. Si en ese libro traté de mostrar cómo se puede, en el análisis, entrar en el alma y comprenderla desde dentro, y que esta comprensión puede hacer que el suicidio real sea superfluo e innecesario, porque la muerte de la psique se ha logrado y realizado dentro del alma, de modo que no tiene que ser vivida concretamente en el mundo, también debería haber discutido la importancia de entrar en la agresión, la matanza y el asesinato que están implicados en el suicidio.

Nunca podré aceptar este aspecto si lo considero una aberración, un derivado de la frustración o de otras cosas. Aceptar el suicidio como una posibilidad legítima, como hice allí, o incluso aceptar el significado simbólico de entrar en la muerte en aras de la transformación y que el suicidio es una expresión del impulso de transformación, sigue dejando algo fuera; y ese algo es la violencia o el mal de la agresión o el asesinato que, también, deben tomarse como fundamentales para los seres humanos y también como una posibilidad legítima de la naturaleza humana. 

Si no adopto esta postura, sigo estando fuera y juzgando a la persona, y no he llegado a un acuerdo con la cara destructiva de la creación y del creador que hizo esta creación. 

Al decir que acepto el mal, entiéndase bien, no quiero decir que lo apruebe, igual que al decir que no estoy a favor de la prevención del suicidio no quiero decir que esté a favor del suicidio. No estoy a favor ni en contra del suicidio. Sólo lo que significa en el alma. Así que con el mal que puede haber detrás de algunos suicidios, no estoy a favor aceptando su realidad; no lo estoy abrazando. No estoy a favor del diablo diciendo: «Sí, creo que el diablo es real». No estoy a favor de la bomba atómica o de los campos de concentración o de otros aspectos de destrucción y asesinato sólo por decir: «Acepto estas cosas como reales y verdaderas y ahí y hechos fundamentales».

Así que no podemos aceptar la violencia destructiva y la crueldad destructiva negando su realidad básica. Sólo podemos aceptar esta parte del problema del suicidio. Sólo podemos enfrentarnos al demonio si empezamos por admitir su existencia; que hay algo demoníaco, salvaje, terriblemente difícil y autodestructivo. Por eso tenemos ese problema. Admitir su existencia no es darle al diablo una entrada en el mundo. No se trata de eso, no lo justifico. Estoy diciendo que mi odio y mi deseo de matar y vengarme son realidades fundamentales. Ahora, ¿qué hay que hacer con esto? Aquí es donde empieza todo. El verdadero problema es: ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo hay que manejarlo? ¿Adónde hay que ir ahora en la lucha contra el mal? Se trata, pues, de un problema totalmente nuevo. Este planteamiento no trata de deshacerse de las causas del mal a través de la perspicacia psicológica o la reforma social, porque las causas del mal hay que atribuirlas a algo eterno, siempre ahí, ontológico; como atribuirlas, por ejemplo, a Dios mismo. Esto abre un nuevo panorama en la naturaleza del ser y ve la destructividad de matarse a uno mismo e incluso de toda agresión bajo una luz muy preocupante, para la que no tengo solución. Pero me complace presentarlo como un problema fundamental.

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Queda una cosita, que está relacionada con el título de esta charla. Hemos estado hablando principalmente de análisis en relación con el tema del encuentro. Ahora quiero referirme concretamente a la idea de la vida y la muerte. Es una cosa curiosa, y se ha observado desde muy fácilmente cosmologías o mitologías primitivas de cómo el mundo llegó a existir. Está en la filosofía india y en la filosofía griega y en el principio del pensamiento de los hombres sobre el mundo y cómo es que las cosas se ponen (también sobre cuestiones fundamentales) como una polaridad. 

Por ejemplo, lo bueno y lo malo, lo alto y lo bajo, lo masculino y lo femenino, la oscuridad y la luz, y así sucesivamente. Ahora bien, la oposición de estos principios se ha planteado como una ley básica del universo en muchísimos sistemas de pensamiento: Taoísmo chino, o en el pensamiento aristotélico o el pensamiento hegeliano. Hay una polaridad entre los que operan. 

Incluso nuestra cultura religiosa, la judeocristiana en la que estamos inmersos, comienza cuando Dios crea un mundo dividiendo lo superior y lo inferior, y separando las tinieblas de la luz, y llamando buena a una mitad del sistema (el lado luminoso).

La inmensa variedad y complejidad de la vida biológica también se divide en las polaridades masculina y femenina. Hay muy, muy pocas excepciones en las que esta polaridad no se mantiene en la clasificación biológica. Esta polaridad de masculino y femenino o de cualquiera de las oposiciones polares básicas, como oscuro y claro, rojo y verde, viejo y joven- esta cosa no puede reducirse a las simplificaciones de sólo polos eléctricos (de donde obtenemos el término «polaridad») de positivo y negativo. Hay algo cualitativamente diferente entre los dos polos. 

La vida y la muerte constituyen una de estas polaridades. Pero la hemos separado por nuestro pensamiento antitético, por nuestra forma de pensar. Nuestro pensamiento occidental, cartesiano, lo ha separado, de modo que donde está la vida, como se ha dicho, no está la muerte; y donde está la muerte, no hay vida. Se pueden encontrar posiciones que describen: No podemos hablar de la muerte porque mientras estemos vivos, no sabemos nada de ella. Absolutamente separados; opuestos. 

Ahora bien, de este modo las polaridades se han convertido en contradicciones lógicas. «Eso» se convierte en «vida y muerte», se convierte en «ellos»; y se separan, y son mutuamente antagónicos y están en guerra. Este desgarramiento de cosas que originalmente estaban unidas es un fenómeno especial de nuestro tiempo. Blanco y negro: ¿quién dice que blanco y negro son opuestos? ¿O queer y straight, o hip y square, o young y old, o advanced y backward? Y todos los muros y fronteras y soluciones de problemas haciendo las divisiones aún más nítidas, manteniendo las cosas claras.

El origen de este problema en el ego y la forma en que el ego se desarrolla en nuestra sociedad es otro tema, y no podemos hacerlo ahora. Pero quiero señalar que hay otras formas de pensar sobre polaridades como la vida y la muerte, además de «donde hay vida, no hay muerte» y viceversa.


1 «Así vivimos, y nos vamos para siempre» (de la octava Elegía de Duino de Rainer Maria Rilke, trad. A. Poulin, Jr.).

2 Véanse los escritos de Adolf Guggenbühl-Craig sobre matar y ser matado y sobre los aspectos sombríos de la psicoterapia en From The Wrong Side: A Paradoxical Approach to Psychology, trans. G. V. Hartman (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2014); cf. también Maligno, ed., C. G.. Consorcio del Instituto C. G. Jung de Zúrich, trans. R. Manheim y H. Nagel (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1967).

3 James Hillman, El suicidio y el alma (Thompson, Conn.: Spring Publications, 2020).

Tres vías de fracaso y análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 15, pp. 228-234

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. Fallos en el análisis

Todos estamos familiarizados con el fracaso de ciertos tipos de casos en el análisis. Particularmente difíciles y que no responden a una terapia exitosa son las personas con estilos de vida en los que la homosexualidad, el alcoholismo o la depresión crónica son los principales «problemas» de presentación. A ellos se añaden los que tienen obsesiones paranoides, las llamadas neurosis de carácter graves y las personas diagnosticadas como sociópatas y psicópatas. El hecho de que tantos y tan variados tipos de casos para los que el análisis puede haber sido considerado el método preferido de tratamiento resulten ser fracasos, da pie a considerar el análisis de nuevo y a la luz de estos fracasos. 

También estamos familiarizados con otro tipo de casos fallidos, aquellos en los que se desarrolla un cáncer mórbido durante el análisis, o que terminan en suicidio, o en los que las reacciones de contratransferencia constelan tal fantasía exorbitante y afecto masivo, o lagunas psicopatológicas, en el analista que el caso debe ser transferido o el análisis abandonado. Los fracasos menores tal vez pasen desapercibidos: análisis que tienen como subproductos distanciamientos familiares, pérdida de adaptación extravertida, amistades divididas. 

A través de la reflexión clínica sobre estos diversos tipos de fracasos podemos examinar los tipos de casos que fracasan, o para los que fracasa el análisis, y podemos presentar nuestros propios fracasos como analistas a otros analistas para su escrutinio: toda esta reflexión intenta corregir los fracasos presentes y minimizar los futuros. Esta manera de reflexionar clínicamente está en función del tema empírico y moral dominante de nuestra cultura: aprender a través de los errores, ensayo y error, mejorar trabajando en ello, si al principio no tienes éxito inténtalo, inténtalo de nuevo, en el que el modelo es de mejora lejos de los errores, el error y el fracaso, hacia la competencia. 

En esta metáfora, el fracaso está vinculado al éxito en una polaridad, y tendemos a medir los fracasos normativamente, es decir, como una privación del éxito. El fracaso es el anverso del éxito; el éxito equivale al mínimo de fracaso. Por lo tanto, un análisis exitoso significaría éxito en las áreas de fracaso del caso -las quejas dominantes de homosexualidad, alcoholismo, delirios- y un fracaso significaría su continuación a pesar del desarrollo de la personalidad y la comprensión obtenida a través del análisis. 

Este modelo de fracaso, por simple que parezca, ha propiciado, no obstante, algunos debates sofisticados sobre el análisis. El análisis existencial eliminaría por completo los criterios normativos de éxito y fracaso. Por otro lado, la terapia conductual consideraría el fracaso totalmente en términos de criterios normativos de funcionamiento positivo, haciendo sospechosa la creencia en el análisis como método de crecimiento de la personalidad y aumento de la conciencia a menos que haya pruebas positivas de eliminación de síntomas y alivio de la angustia. 

Por lo que definamos el análisis definiremos también su éxito y su fracaso: un análisis que tiene como objetivo el aumento de la conciencia o la individuación no puede juzgarse un fracaso si no cura los síntomas, y viceversa, un análisis que tiene como objetivo eliminar una fobia paralizante no puede calificarse de fracaso si nunca se adentra en los sueños del paciente, o integra la fobia en el sentido. 

Por supuesto, este modelo simple y normativo del éxito (como salud óptima, orden psíquico o plenitud) olvida que el éxito y el fracaso pueden concebirse no como opuestos o polos de un continuo, sino como una identidad, de modo que todo análisis es a la vez un fracaso y un éxito, y cada parte de todo análisis es a la vez correcta y errónea, guía y engañosa, crece constructivamente y mata destructivamente, lo que implica que para que el análisis tenga éxito siempre debe fracasar. 

2. Fracaso del análisis 

La inevitabilidad del primer tipo de fallo abre una perspectiva más amplia, y podemos trasladar la cuestión de los fallos específicos del análisis al fallo general del análisis. Puesto que el análisis siempre muestra ciertos tipos de fallos, ¿no hay algo general en el análisis que provoque fallos, de modo que el propio análisis pueda considerarse un fallo? 

La literatura muestra que así como hay discusiones sobre el fracaso del análisis en ciertos tipos de casos, también las hay sobre el fracaso del análisis en su conjunto. Las reflexiones tardías de Freud sobre «el análisis terminable o interminable» son el locus classicus de este tipo de consideraciones pesimistas. 

¿Llega alguna vez el análisis a su fin, en el tiempo o en la realización? ¿Se resuelve alguna vez la transferencia, se logra alguna vez la individuación? Incluso si el análisis no satisface el objetivo de la curación, ¿produce realmente ampliación de la conciencia, profundidad de la personalidad, amor más fino, mejor adaptación, vida significativa? Si consideramos a los analistas, a nosotros mismos, como paradigmas del proceso en el que nos sentamos durante muchos años, ¿qué efecto ha tenido el análisis en nuestra adaptación, nuestra conciencia, nuestro amor? 

Desde otro punto de vista, ¿dónde están las estadísticas que validen los tipos de casos y los tipos de mejora dentro de esas clases, y cómo podemos llegar a formular esas estadísticas, ya que las clasificaciones nosológicas en las que podríamos clasificar nuestros casos están hoy en día en entredicho? ¿Es «paranoico» un término válido con un referente real? ¿Dónde están los «maníacos» e «histéricos» de antaño? ¿Cómo podemos evaluar el éxito y el fracaso de un tratamiento sin criterios consensuados sobre lo que estamos tratando, es decir, qué es la enfermedad psíquica y la salud psíquica que da sentido en general a una idea de «tratamiento»? 

La opinión de que el análisis en general ha fracasado procede de críticos de muchos bandos. Los experimentadores piden pruebas públicas de los logros; los clínicos piden pruebas de la mejora a través del tratamiento analítico; los críticos sociales ven el análisis como la herramienta del establishment para mantener nuestras nociones de enfermedad, de individualidad exclusiva y de profesionalidad, perpetuando un sistema de capitalismo burgués. Los teólogos y filósofos consideran su fracaso más profundo, al considerar que el análisis tiene una crítica ideológica inadecuada y un método sospechoso que se parece más a un lavado de cerebro o a la iniciación en una secta religiosa que a un tratamiento terapéutico o a una ciencia empírica de exploración de la personalidad como pretende ser. Fracasa porque sus premisas subliminales difieren de sus intenciones manifiestas. Por último, los historiadores (de las ideas, de los movimientos sociales y de la medicina) ven el análisis dentro de su marco del siglo XX, como una respuesta a un fracaso específico dentro de esa civilización, y que lo que era correcto para los hombres de principios del siglo XX es insuficiente para nosotros hoy. 

A través de esta reflexión histórica sobre el fracaso del análisis podemos recordar que el análisis surgió del fracaso, en el sentido de que era un método específico para tratar aquellos tipos peculiares de casos que no habían sido comprendidos, o que ni siquiera habían sido escuchados por el sistema imperante, por ejemplo, los histéricos de Freud y Breuer y los esquizofrénicos de Jung y Bleuler. Estos eran los fracasados médica y socialmente, y la psicoterapia se inventó como una respuesta específica a estos fracasos específicos. Si el análisis surge de los inadaptados, de los peculiares descontentos neuróticos de nuestra civilización que hasta entonces no podían encontrar un lugar significativo, los fracasados por así decirlo, entonces se abre una tercera perspectiva respecto a la relación entre análisis y fracaso. 

3. Análisis de fallos

A pesar de las críticas del primer tipo -que el análisis fracasa en muchos casos concretos- y de las críticas del segundo tipo -que el análisis como tal es un fracaso-, para mí, y supongo que para nosotros de forma preponderante, los méritos del análisis clásico son tan evidentes que no es necesario detenerse en ellos. Un panegírico aquí, o incluso una apología, no tiene cabida, así que pasemos a los defectos de los méritos. Llevemos la reflexión clínica e histórica sobre el fracaso del análisis clásico un paso más allá, hacia una reflexión arquetípica. 

Por análisis clásico entiendo un curso de tratamiento en una atmósfera de simpatía y confianza de una persona por otra a cambio de una retribución, tratamiento que puede concebirse como educativo (en varios sentidos) o terapéutico (en varios sentidos) y que procede principalmente a través de la exploración interpretativa conjunta del comportamiento habitual y de clases de sucesos mentales que tradicionalmente se han denominado fantasías, sentimientos, recuerdos, sueños e ideas, y en la que la exploración sigue un conjunto coherente de métodos, conceptos y creencias procedentes principalmente de Freud y de Jung, en la que la atención se centra preferentemente en lo imprevisto y en la carga afectiva, y cuyo objetivo es la mejora (subjetiva y/u objetivamente determinada) del analizado y la finalización del tratamiento. Esta descripción deja espacio para muchas versiones de la mejora, desde el alivio de los síntomas hasta la individuación y la revelación mística. Esta descripción también deja espacio para varios aspectos de los métodos, conceptos y creencias de Freud y Jung, ya que reciben un énfasis diferente según el lugar, la época y el profesional. 

Una reflexión arquetípica sobre el fracaso en y del análisis dejaría intacta su definición, es decir, no intentaríamos mejorar el análisis en instancias específicas, ni redefinirlo (actualizarlo) en general, para que se convierta en una respuesta más adecuada a los males psíquicos contemporáneos. Más bien, sugeriría -y este será mi último punto- que el análisis puede continuar como antes, incluso cuando se concibe a sí mismo no sólo como habiendo fracasado histórica y clínicamente, sino como siendo el fracaso arquetípicamente; como preocupado por el fracaso en los sentidos del diccionario del fracaso: debilidad, defectuosidad, ausencia de victoria, bancarrota, decepción, falta e incompletud. 

El fracaso se consideraría un factor psíquico fundamental en función del cual todo hombre vive su vida. El existencialismo llama a esta categoría «schei-tern», o la conciencia que surge del naufragio. La alquimia la ha considerado bajo las rúbricas de dissolutio, mortificatio, putrefactio. El budismo habla de la decadencia inherente; D. H. Lawrence del «barco de la muerte». 

Si el análisis se imaginara en términos de su fracaso inherente (que no es más que un paralelismo con el fracaso inherente de toda vida), ya no se pondría el énfasis de forma demasiado unilateral en la metáfora integradora, creciente, que se amplía y se esfuerza hacia arriba, el aspecto eros de cada vez más uniones, una metáfora que puede condensarse en la palabra clave «crecimiento» (que ya ha adquirido connotaciones de escalada, proliferación y cáncer). En su lugar, volveríamos a esa tradición del análisis del alma que reconoce «dos propensiones opuestas en el marco humano; una constante y uniformemente tendente a la corrupción y la decadencia, la otra a la vida y la salud», una frase de Ernst Stahl, el médico y filósofo alemán del siglo XVIII que situó el alma en el centro de sus preocupaciones. Pero la frase bien podría proceder del contraste de Freud entre Eros y Tánatos. Tánatos aporta el reflejo arquetípico a nuestro tema del fracaso. 

Cuando el análisis sigue los modelos de pensamiento de la filosofía médica del siglo XIX, su conciencia heroica y determinada por la Gran Madre Naturaleza, entonces tenderá, como Xavier Bichat, a definir la vida como «la suma de fuerzas que se oponen a la muerte», y entonces considerará el inconsciente -como hicieron Arthur Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Carl Gustav Carus e incluso Henri Bergson- como una fuerza vital orgánica que se desarrolla y que no tiene, como dijo Freud, negación. Creo que todavía tendemos a considerar el inconsciente según este modelo decimonónico, como la voluntad creadora de la vida que dormita en el alma, que se despliega en el tiempo y que, si se lee correctamente, puede evitar que fracasemos. 

Si el análisis tomara sus orígenes históricos (como respuesta al fracaso) también como su base arquetípica, entonces su perspectiva podría derivar más de Tánatos y la afirmación de Bichat podría invertirse. El análisis explora el fracaso en términos de muerte, y está llamado a existir como el instrumento preferido de la psique para explorar el fracaso en términos de todas las fuerzas que se oponen a la vida, es decir, para buscar a Tánatos y sus dominantes arquetípicos relacionados allí donde la vida está bloqueada, derrotada, en bancarrota y fracasada.

Este enfoque investiga (analiza) el fracaso menos para eliminarlo para un nuevo crecimiento, que para conducir cada error, equivocación y debilidad hacia el fracaso (ser «psicopompos» con él) conduciéndolo a sus últimas consecuencias, a su meta psíquica en la muerte. Entonces cada error de la vida, cada debilidad y error en y del análisis, en lugar de ser enderezado en el arrepentimiento o exprimido por su caída de conciencia o transformado e integrado, se convierte más bien en la entrada al fracaso, una apertura a la inversión de todos los valores. Más que como un bloqueo en Eros y en el flujo de la vida, podríamos considerar los fracasos como constelados, intencionados, incluso finalmente causados por el inframundo que quiere que la vida fracase para que se reconozcan otras actitudes regidas por otros principios arquetípicos. 

Así pues, los dioses que consideraríamos dominantes del análisis serían en particular los que gobiernan lo que los románticos llamaban el «lado nocturno del alma» (Fechner). El análisis derivaría sus actitudes de aquellos dominantes arquetípicos personificados en los dioses que tienen una relación especial con el mundo nocturno invisible y subterráneo de la muerte, el terror y la tragedia, como Hermes, Hades, Saturno, Perséfone, Dionisos (Señor de las Almas y fuente de la tragedia), y especialmente los Hijos de la Noche descritos por Hesíodo (Teogonía): la perdición, la vejez, la muerte, el asesinato, el destino, la suerte, el engaño, el sueño, los sueños, las peleas, los agravios, la miseria, la némesis. Estas personificaciones de Hesíodo son el contenido principal del análisis y son, en parte, lo que hoy llamamos fracasos, ya que hemos colocado el análisis entre las profesiones curativas y auxiliares del positivismo, con su énfasis en los dioses y héroes de lo alto, visibles a la luz apolínea, dioses y diosas de la ciudad, el campo, la vida y la obra. Incluso el amor tendemos a concebirlo a la manera concreta de Afrodita, olvidando la intimidad sutil de Eros y Tánatos, incluso su identidad en el neoplatonismo renacentista. 

Podemos hacer más justicia con los fracasos en el análisis y el fracaso del análisis cuando consideramos el análisis como un proceso en fracaso, e incluso la individuación como un movimiento en el reino del Hades, invisible, donde las literalidades de la vida se reflejan en las metáforas de la muerte. Entonces se reconocerá la individuación, la unicidad de la personalidad individual, tal como la caracterizó Miguel de Unamuno en el sentido trágico de la vida, que tiene su propia alegría, su propia comedia.

Cuando estoy desesperado, no quiero que me hablen de renacimiento; cuando envejezco y decaigo y la civilización que me rodea se derrumba por su crecimiento desmesurado, no tolero la palabra «crecimiento», y cuando me caigo a pedazos en mis complejidades, no soporto el simplismo defensivo de los mandalas, ni los sentimentalismos de la individuación como unidad y totalidad. Son fórmulas presentadas a través de una fantasía de opuestos: la desintegración se compensará con la integración. Pero, ¿qué hay de la curación a través de la semejanza, donde lo semejante se ocupa de lo semejante? Quiero el trasfondo correcto del fracaso de la vida; quiero oír con precisión de aquellos dioses a los que sirve y de los que se nutre y que, por tanto, pueden proporcionar un trasfondo arquetípico e incluso una conexión de época con la derrota, la decadencia y el desmembramiento, porque estos dominantes reflejarían la psique experimentada (no en su conceptualización aristotélica como perteneciente a la vida), sino en la actualidad de su única meta conocida que es también tanto su camino como su sustancia, la muerte.

El valor de arriesgarse a fracasar

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Es más que un honor hablarles hoy. Es una sorpresa y una ironía. Esta es la primera graduación de instituto en la que he hablado, a la que he sido invitado. Es más, es la primera graduación de instituto a la que asisto. Nunca me gradué en el instituto de Nueva Jersey. Surgió algo, había una guerra. Vi una oportunidad de evitar esa última mitad del último año, esos exámenes finales -especialmente Latín y Matemáticas- y me lancé a la universidad. Entonces, lo llamaron amablemente «aceleración». Mi director me citó en su despacho -supongo que el Dr. Mattern no utiliza ese tipo de terror anticuado- para advertirme de todos los riesgos, el peor de los cuales era que sin un título de bachillerato nunca podría dar clases en el Estado de Nueva Jersey. Su profecía era cierta, nunca he enseñado en el Estado de Nueva Jersey. Pace, Sr. Director, y donde quiera que estés, ¡mira a tu chico ahora! 

Siempre hay que asumir el riesgo. Un riesgo rechazado es una vida rechazada. Y siempre hay riesgos disponibles. No hace falta buscarlos, perseguirlos con frascos de pegamento, píldoras estimulantes y subidones. Yo soy mi propio riesgo; tú eres tu propio riesgo. Hay suficiente en nosotros y sobre nosotros, si estamos comprometidos, implicados, para hacer de cada día un asunto muy arriesgado. Creamos nuestros propios riesgos y, como tales, creamos nuestras propias vidas a través del riesgo que asumimos. 

Arriesgar se llama hoy «el coraje de ser». Este «valor de ser» significa defender lo que uno es: sus dones y tropiezos, sus fortalezas públicas y pecados privados, su propia naturaleza individual, que es simplemente su ejemplo de naturaleza humana. Asimismo, el valor de ser significa defender lo que uno fue: el pasado del que procedes, tu familia y el estilo de tu familia, tus antepasados, las creencias y tradiciones de tu parte del país, tu origen especial, las peculiaridades del acento y el regionalismo, los accidentes que se cruzaron en tu camino, los sueños que te impulsan a seguir adelante. Y el valor de ser significa defender lo que uno quiere y se propone. Ser uno mismo incluye también tus esperanzas, la estrella hacia la que te estiras, los principios morales que te pertenecen, los ideales, las metas que vienen disfrazadas de fantasías de cómo puede ser algún día. 

En mi trabajo como analista y psicólogo, las personas con las que me encuentro luchan por ser, por encontrar lo que están destinadas a ser, luchan por saber cómo ser. Y nadie puede decirles, al igual que nadie puede decirte, fundamentalmente en el sentido más profundo, dónde está el corazón, de dónde viene el coraje, dónde se da asentimiento a los riesgos. A uno no se lo pueden decir. Uno se crea a sí mismo, su propia forma de ser, su estilo.

La escuela prepara con conocimientos para que los riesgos puedan sopesarse en una escala mayor que la mezquina de sólo «yo» y mi escasa experiencia. La escuela da una perspectiva más amplia. Uno aprende otras palabras en otros idiomas, otras formas de percibir y expresar lo que de otro modo sería un hecho único y unidimensional. Se adquiere una profundidad histórica sobre cuestiones de decisión, y modelos de hombres y mujeres de la historia y la literatura que pueden servir de modelos e indicadores para formar el propio camino. Un hombre de Estado, un autor, una figura de una novela vuelven en nuestros sueños, dando una pista de cómo podría vivirse la vida. 

La escuela también da las herramientas de los números y la información con las que enfrentarse. Se pueden asumir riesgos con más cálculo, con más conciencia, uno va ceñido y preparado. Sin embargo, el verdadero riesgo, la verdadera aventura, siempre contiene lo imprevisible, donde no hay respuesta hasta que se inicia la aventura y las respuestas sólo llegan a través de la propia experiencia. Nadie puede decirte «cómo es el agua»: temperatura, análisis químico, caudal hidráulico, manuales de natación, películas en color, ni siquiera la memoria. No, debes meterte tú mismo: sumergido, rodeado, mojado. 

De modo que el valor de ser significa finalmente nada menos que el compromiso y la implicación plenos en la vida, de cabeza en lo que acontece. Lo que acontece, notemos, es más que participar en actividades, estar en y con esto, donde está la acción. Aquello, observemos, con el que uno está y aquello en lo que uno está pueden no ser para cada uno por igual. Lo que uno tiene que conseguir consigo mismo para cada uno diferente. Para algunos de ustedes, puede ser lo más convencional; pero para otros, el compromiso total puede ser con un mundo interior de pensamientos y estados de ánimo e imaginaciones a menudo groseramente malinterpretadas por los demás; o la implicación total puede significar el compromiso de servicio a otra persona, sin contenerse, sin miedo a someterse, a ser débil y dependiente, sin reservarse juicios, sino el valor de estar enamorado. No hay comparación de riesgos; sólo de la forma en que los asumimos. No hay corredores de seguros que puedan dar las probabilidades por adelantado. Y hay probabilidades. La implicación siempre conlleva un riesgo de fracaso. 

Por eso, cuando dibujamos nuestro perfil con valentía, la oscuridad sobre la que destaca el perfil, lo que lo hace posible, es el telón de fondo del fracaso. Si el impulso de avanzar, de triunfar, es sólo para mantenerse alejado del fracaso, del miedo a caer, a ser defraudado en el amor, rechazado, abandonado, entonces el impulso hacia el éxito es cuestionable. ¿Cómo juzgamos al hombre que corre: corre hacia el éxito o huye del fracaso? 

El éxito se opone, niega el fracaso. El éxito se mueve hacia la seguridad. Pero el valor de ser, de asumir riesgos, incluye la inseguridad y recuerda a cada paso que el fracaso es una posibilidad real. 

A veces olvidamos que el fracaso tiene dos caras. El inconsciente pone otra cara a las cosas, les da otro sentido. Un fracaso saca el tren de la vía, cierra una puerta: revienta el dique del río. Pero un descarrilamiento también inicia una nueva cadena de acontecimientos en una dirección inesperada; la puerta cerrada significa que uno se ve obligado a encontrar otra forma de pasar; y la inundación puede cambiar el curso del río y traer nueva vida a tierra firme.

Algunas de las personas más eminentes de la historia fracasaron en todos sus intentos, sólo para ser conducidos a través de sus fracasos a su verdadera vocación. Muchos de los líderes políticos actuales pasaron años en la cárcel o en la clandestinidad. A muchos escritores les rechazaron sus libros una y otra vez. ¿Y hay alguna forma de conocer el amor si no es a través de la angustia del fracaso? 

Evitar un riesgo porque puede llevar al fracaso es no entender el significado del riesgo. Es precisamente la posibilidad de fracasar lo que da al riesgo su emoción, su autenticidad genuina, que reconocemos por las emociones de emoción, ansiedad y alegría. Y puede ser en pasos tan pequeños: simplemente diciendo en voz alta lo que piensas; simplemente diciendo no cuando lo dices en serio; simplemente el paso extra de esforzarse más o el abandono extra de dejarse llevar. 

Lo que puede parecer un fracaso desde el punto de vista del éxito puede resultar ser todo lo contrario. Por eso es absurdo comparar o juzgar a los que parecen haber fracasado. Lo que a primera vista puede parecer un retroceso, puede no serlo, sino un desvío, un camino desviado. Y el hombre o la mujer que viaja por las carreteras secundarias puede que no se mueva demasiado bien por la vía principal, pero conoce el campo y el terreno. Cuando llegan las emergencias, y los coches de arriba se averían o se rompen, el que ya se ha quedado tirado, empantanado, parado, tiene la sabiduría y la paciencia para afrontarlas. La escuela debería haberte enseñado no sólo a tener éxito, sino también a asumir el fracaso. Pero la escuela también nos enseña a menudo a través del miedo al fracaso, y entonces la capacidad de asumir riesgos, en lugar de ser alentada y ampliada por la escuela, se reduce.

Este encogimiento en el valor de ser lo encontramos a nuestro alrededor: no te dejes engañar, juega a lo seguro, mantén la calma. Pero jugar sobre seguro es pronto el final del juego, y cuanto más fríos nos mantengamos, más fríos nos volveremos. Entonces, sobre todo, necesitamos el coraje de dar un paso arriesgado para salir de un patrón de cerrazón. 

Como ya he dicho, no necesitamos buscar riesgos. Están al alcance de la mano en todo momento. El riesgo ahora, hoy, es aprovechar el día, este día de tu finalización de la educación obligatoria, las obligaciones con el sistema establecido por la sociedad. Este momento es una repetición moderna del rito de iniciación primitivo, en el que pasas de una etapa de la vida a otra, dejando lo que sólo se espera de ti para explorar la tierra abierta de la elección y el riesgo, donde ya no puedes ser obligado por la ley a aprender, sino donde puedes seguir tu propia corriente hasta donde te lleve. En estos ritos se suele advertir de la responsabilidad que se tiene, y se suele tocar el tambor con fuerza. Sin embargo, el antiguo significado de este día es reafirmar no sólo tu lugar en la larga tradición, tu pertenencia a la sociedad y a ella, sino también tu libre individualidad, que tu mente es tuya, tu cuerpo es tuyo, tu corazón es tuyo y tu voluntad es tuya. Y el día no es sólo serio, sentimental y solemne. Tomarlo sólo como tal es evitar el riesgo, la plena implicación de tu momento y el coraje de ser de tu edad, lo que hace del día también un día de elección, entre mucha mala suerte y alegría.

La experiencia, la formación y la buena voluntad no son suficientes en el trabajo psicoterapéutico

Logos del alma

La gente cree que la experiencia en la psicoterapia aumenta la habilidad de escuchar las necesidades únicas del paciente, y que con el tiempo la eficacia terapéutica aumenta. Sin embargo, a menudo vemos que un terapeuta con mucha experiencia no garantiza una práctica adecuada, ya que hay muchos factores implícitos relacionados con los objetivos de la terapia, y la experiencia no siempre es suficiente. Por el contrario, la repetición constante de enfoques inadecuados no resulta en aprendizaje, sino en la fijación de prácticas neuróticas, donde el hacer es inconsciente de su propio discurso.

Tampoco la formación profesional es una señal segura de habilidad, pues lo que convierte a un practicante en un buen psicoterapeuta no siempre está dentro del ámbito institucional y muchas veces la profesionalización supone una dimensión limitante de la psicoterapia al exigir seguir un camino prefijado de normas académicas que excluyen visiones que pudieran ser antitéticas, es decir, posibles contradicciones que le den movimiento a las ideas. Además, las posturas pedagógicas no siempre convergen con las analíticas; este debate está vivo aún en la crítica a los análisis didácticos.

Por otra parte, la buena voluntad no es suficiente, especialmente porque, como psicólogos profundos, sabemos de las muchas fantasías que alimentan el libre albedrío. El trabajo de Freud nos permitió comprender que el «Yo» no es el dueño de su propia casa, sino un inquilino más, cuyas necesidades se mezclan con las de los otros habitantes. Estas fantasías gozan de una autonomía que incomoda la potestad del ego y evidencia los esfuerzos de las psicoterapias basadas en la pura edificación del sujeto sin comprometerlo con la vida anímica que, evidentemente, no le pertenece.

El estudio de las neurosis transferenciales ha demostrado que el paciente percibe en el analista un prisma del mundo psíquico en el que se mueve de manera torpe. El terapeuta responde con una jugada similar, llamada contratransferencia, donde se reconoce que el profesional, como buen ser humano, también está a la merced del mundo de la psique. El proceso terapéutico se convierte, entonces, en un diálogo del alma consigo misma, y solo de manera secundaria se puede vislumbrar como un trabajo entre el analista y el paciente.

Siguiendo el esquema junguiano de la mente, el entramado del aparato psíquico se complica aún más. Está compuesto por un conjunto de elementos particulares llamados complejos, cada uno con sus propios objetivos y necesidades autónomas que no siempre coinciden con las del sujeto empírico. Por esto, se recurre a la terapia. El paciente nota que, a pesar de su voluntad, hay otros deseos que solo intuye por los efectos que causan en su vida cotidiana. Él quisiera deshacerse de ellos, pero es imposible. Por eso, Jung propuso que la integración de los mismos, es decir hacer las paces con lo inevitable, es la mejor vía terapéutica.

Entonces no es la experiencia, ni la formación, ni la buena voluntad lo que hacen a un terapeuta adecuado para su profesión. Sin embargo, es cierto que un abordaje terapéutico es la convergencia de conocimiento, experiencia personal y actitud profesional. Pero estos elementos se entrelazan en un factor subyacente que les otorga vida y permite su profundización. Este elemento quizás es el más despreciado por los psicólogos y psicoterapeutas, pues en su búsqueda de un hacer curativo olvidan que el eje nodal de toda práctica es la consciencia de su propia teoría, no el querer mejorar lo que ni siquiera se entiende de manera debida.

Ante una teoría inconsciente sobre la noción de psique, el terapeuta hablará constantemente de la mente, del alma o de lo psíquico, pero su discurso se notará superficial, pues no habrá aplicado a sí mismo tal estructura de conocimiento y, más importante aún, no habrá permitido que la teoría se confronte consigo misma en el arduo ejercicio de tratar de estar a la altura de su complejidad. Su abordaje, por lo tanto, será una búsqueda por afirmar lo que ya sabe. Sus pacientes se volverán adeptos y él mismo se maravillará con sus «logros». Se convertirá en un sanador, en un sabio, en un consejero, en un maestro o quizás en un gurú, pero nunca podrá ser un psicoterapeuta. Esto requiere el sacrificio de todo método, de todo objetivo y de todo programa de acción ante la necesidad lógica del fenómeno.

«Una alma frente a otra» significa que la noción de alma se ofrece a sí misma como un Otro, siendo devorada y desmembrada constantemente. La labor del terapeuta es estar a la altura de la psique en un contexto noético, donde los sujetos son meras formas narrativas en el proceso del alma hablando sin cesar sobre sí misma.

Sin embargo, dado que el trabajo del psicoterapeuta actual está al servicio de la preservación de las ideologías rígidas del ego, su labor no puede ser llamado terapia, sino anti-terapia. Por esto, puede practicar durante años, estudiar incansablemente y tener las mejores intenciones, aun así su ejercicio será la repetición insulsa de un esquema con el cual protegerse del fenómeno vivo, del síntoma, del Otro por sí mismo, es decir del verdadero objeto de la psicología. Ante esto el fenómeno permanecerá atrapado en la neurosis o como dirían los alquimistas: el Espíritu Mercurius no podrá liberarse la fisicalidad de la materia.

Tus emociones no son tuyas: Arteterapia y discapacitados

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Los principales materiales de análisis desde sus inicios con Freud son las emociones: miedo, parálisis, pena y depresiones, pavor y ansiedad, ira, vergüenza, odio y, por supuesto, las complejidades del amor, el deseo, la lujuria, los celos, la necesidad, la compasión, la simpatía, la obsesión.

Estos estados del alma, material de cualquier sesión terapéutica en todo el mundo, también fueron en su día objeto de un profundo pensamiento filosófico. Platón, Plutarco, los estoicos, Santo Tomás, Descartes, Spinoza y Hume escribieron tratados sobre las diversas emociones, y si observamos la teología occidental desde Jesús y Pablo en adelante, con la mirada puesta en la emoción, encontraremos que ellos también, los teólogos, estaban muy preocupados por qué hacer con y sobre -y contra- la emoción.

Desde una perspectiva arquetipal, con lo que me refiero a esa visión que sostiene que la emoción es primaria e irreductible, universal y ubicua, de gran valor y de forzar la inconsciencia en su sujeto, desde esta perspectiva arquetípal, los discapacitados, los deficientes cognitivos, las víctimas convalecientes de ofensascorporales, no pertenecen a una clase especial, pues el vínculo común de las emociones nos mantiene a todos por igual, nos mantiene a todos igualmente cuerdos y locos, víctimas de nuestras rabias y odios, de nuestros celos obsesivos, de nuestras vergüenzas y repugnancias, de nuestras esperanzas y anhelos salvajes. Cuando las obras de Shakespeare se representaban en el Globe Theatre, monárquicos y plebeyos se divertían por igual; lisiados, necios, eruditos, monjes y soldados asistían, lloraban y reían, sometidos a las mismas emociones. 

Puede que seamos menos capaces de representar una emoción, si estamos incapacitados; puede que estemos menos dispuestos a sentirla, mostrarla, hablar desde ella… pero las cualidades de la lujuria, la pena y el miedo pertenecen al patrimonio humano. Las expresiones faciales de las emociones estudiadas por Teofrasto en la antigüedad y, más famosamente, por Darwin en la época victoriana, siguen revelando la universalidad en los rasgos humanos de las sonrisas alegres, los ceños tristes, las rabias fulminantes, las vergüenzas sonrojantes. Estar en una emoción nos hace comúnmente humanos y, como veremos, también más allá de lo humano. Es un placer -véase, sonrío- volver a este ámbito, la Emoción, treinta años después de la publicación de Emotion: A Phenomenology of Theories and their Meanings for Therapy, mi primer, grande, grueso y pretencioso asalto al campo de la psicología. Me complace volver sobre este tema por dos razones: Primero, me ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la terapia en su conjunto desde una perspectiva más básica, digamos, arquetípica, desde la base emocional que pertenece a la humanidad común, una base que no es técnica, ni metapsicológica ni parte de alguna escuela, sino simplemente «emocional». Y en segundo lugar, me complace hablar de la emoción en Italia, donde, para nuestras mentes septentrionales y occidentales, la emoción se expresa, se desarrolla y está plenamente viva. Para nuestra visión septentrional y occidental, Italia significa d’Annunzio y Bernini, Tasso y Anna Magnani, Visconti y Puccini, Caravaggio y Caruso. Nos gusta ignorar las restricciones opresivas y saturnianas, ese lado cínico y sombrío de la tradición italiana. Así pues, hablar de la emoción en Italia, desde mi ingenua perspectiva americana, ¡es llevar mi tema ante el mejor público del mundo! Le agradezco desde el principio la cortesía de su escucha. 

Pasemos ahora a la terapia: ¿Qué hacen realmente las terapias expresivas o artísticas? No lo que se proponen hacer, esperar o buscar; ni cómo explican lo que ocurre en una sesión. No me preocupan ahora las explicaciones teóricas de lo que ocurre en una sesión -explicaciones sobre padres y madres, sobre objetos transicionales y simbolización, sobre abreacción e interpretación. No. ¿Qué ocurre realmente cuando un paciente empieza a bailar, a coreografiar su estado de ánimo, o a pintarlo, a hablar libremente en voz alta en una diatriba dramática o en una elocución poética, o a esculpirlo en arcilla o a plasmarlo en un collage? Y quiero preguntar por el «ello» que se presenta, se expresa, se muestra o se forma por medio de estas diversas artes. Evidentemente, es la emoción, un estado del alma teñido de emoción. Incluso si se dice que es un trauma, un recuerdo o una confusión e impotencia presentes, una escena onírica o lo que nos gusta llamar un «problema» con un amante, un empleador, un padre, la emoción o la ausencia de ella es el contenido que lleva a la persona a terapia. Sólo cuando un «problema», una relación, un recuerdo o un sueño se convierten en sufrimiento, cuando nos vemos afectados por el problema, éste entra en nosotros y entramos en terapia. 

Nuestros modelos teóricos sostienen que la rabia, los miedos y las pasiones son responsabilidad nuestra. De algún modo, en algún lugar, se encuentran dentro de nosotros. Ciertamente, las sentimos ahí: la tristeza detrás de los ojos, el sollozo en la garganta, el pecho apretado; la garra del miedo en las entrañas; el estado de celos paranoicos de búsqueda fija observando el rostro de la amada en un restaurante. Ciertamente, como han dicho las teorías de la emoción desde Galeno hasta William James, la emoción es una condición fisiológica interior. Ciertamente, está dentro de la piel, en lo más profundo del hipocampo, del sistema hormonal, del cuerpo animal personal. 

Mi argumento, sin embargo, será que, aunque se sientan ahí, y suframos emociones físicamente, este hecho no las hace «mías». Más bien, creo que las emociones están ahí para hacernos suyos. Quieren poseernos, dominarnos, ganarnos completamente para su visión. En resumen, como dijo el poeta romántico inglés William Blake: «Algo bueno podemos hacer cuando el hombre está apasionado, pero nada bueno cuando la pasión está en el hombre». Tener una pasión en mí es demoníaco; estar en una pasión, en el mundo de la emoción y la forma en que significa todas las cosas con una visión o perspicacia específica, esto puede mover el alma a una conexión más profunda y epifánica con el mundo. La terapia, sin embargo, tiende a interiorizar todas las emociones y a mantenerlas dentro, como «mías». La terapia toma acrítica y literalmente el sentimiento de aflicción, del sujeto afligido; la terapia literaliza el elevado sentido de «yoidad» que resulta de la emoción. En ningún sitio me siento más «yo» que cuando me invade una emoción; pero es ella la que me invade a mí, no yo a ella. Que una emoción me haga sentir «yo» no significa que la emoción sea «mía».

Pero si se imaginan dentro de mí, son, por supuesto, «demasiado» para contenerlos, por lo que se convierten, en palabras de Blake, en «demoníacos» y necesitan una abreacción (exorcismo). Así reza nuestra teoría habitual. Expresamos las emociones para «sacarlas». Mientras que, si seguimos a Blake, y lo que las emociones realmente hacen, empezamos a darnos cuenta de que las emociones vienen a nosotros desde ahí fuera, nos invaden y nos arrastran a su condición. Blake también llamó a las emociones «influjos divinos»… no cosas que se originan dentro de mi piel. Más bien, son la forma en que los dioses fluyen hacia el alma, la mueven a una condición más que humana de excitación y furia, de pena y luto, de encantamiento y deseo extático. Así, de cada condición emocional, la arteterapia hace esta pregunta: ¿Qué quiere la emoción? ¿Cuáles son sus rasgos, sus características? ¿Cómo suena en mi pecho y en mi garganta, no cómo la expreso? ¿Cómo se mueve por mi cuerpo? ¿Cuál es su danza, no cómo puedo bailarla? ¿Qué quiere esta terrible tristeza por la muerte de mi padre, mi amor por este anciano ya desaparecido, el remordimiento por nuestros malentendidos, la ira inexcusable y pétrea que no puedo aceptar en mis recuerdos de él, qué quiere todo esto, no sólo conmigo y de mí, sino qué quiere hacer, decir y mostrar? ¿Cómo puedo servir a este influjo divino para que la profundidad invisible en la enfermedad sea servida por mis movimientos, mis colores y pinceles, mis palabras y mi voz? 

Me despierto por la noche y las emociones están ahí. Tengo miedo del futuro, estoy solo. Me atormenta mi incapacidad para cumplir lo que se espera de mí. Sería más fácil estar simplemente muerto. Haga lo que haga, mire donde mire, me equivoco. Los pensamientos nocturnos me asaltan. Se sientan en el borde de mi cama y me llenan la cabeza de críticas mordaces y el corazón de desesperación. Doy vueltas en la cama o permanezco rígidamente despierta suplicando que me liberen y me dejen dormir. Como demonios de alas negras, las emociones aparecen por la noche durante varias horas. Lo llaman insomnio, pesadillas, depresión. Pero el lenguaje clínico sólo enmascara los rostros de las emociones que son visitas de otro mundo, el inframundo, que me recuerdan al Hades. ¿Me están pidiendo que rinda homenaje, durante unas horas, tal vez, a ese dios omnipresente que es invisible en el mundo diurno, cuyos movimientos se realizan en la oscuridad, a través de la oscuridad, que está aliado con hypnos y thanatos, y que si es reconocido, vacía la vida de sus programas habituales, ofreciendo en su lugar la fuerza y la plenitud, y también la belleza, del fondo invisible de toda vida?

La psicología quiere interiorizar estos acontecimientos y hacerlos personales. Los terrores nocturnos se convierten en eso, sólo en eso; permanecen humanizados y no conducen a figuras de otro mundo. Son mi problema para el que acudo a mi terapeuta o tomo mis somníferos. Que los demonios de alas negras pueden ser también ángeles protectores que ofrecen familiaridad con un mundo que el mundo diurno no permite; que tienen sus intenciones conmigo distintas de mis intenciones conmigo mismo, que son huéspedes en mi habitación y no parte de mí, complejos, problemas, intuiciones negativas, ensayos de traumas infantiles, etc.

Hay, por supuesto, emociones que no surgen del mundo «ahí fuera». Parece que también existe una base invisible e incausada de emociones, emociones que nos sobrevienen de repente: estados de ánimo púrpura oscuro, lasitud o silencio sepulcral. 

Parecen surgir de la nada. No tienen al mundo como referencia; ni siquiera el pensamiento, la memoria o el sueño los han provocado. Aristóteles distinguió por primera vez entre locomoción, o movimiento en el espacio como entre uno mismo y el mundo, por un lado, y, por otro, los movimientos que son alteraciones. Estas alteraciones del alma pueden ser cualitativas -el alma pasa por un proceso de cambio por sí misma- o cuantitativas -el alma disminuye o aumenta su capacidad-. Muchas de las emociones adolescentes que surgen repentinamente de la nada, así como las del «amor imposible», pueden concebirse como alteraciones del alma que aumentan su capacidad, el «espacio interior», como a veces lo llamamos. 

Estas alteraciones del psiquismo inician, acompañan y significan cambios en el alma subjetiva. En la práctica clínica, las vemos como depresiones autóctonas, como aumentos maníacos de energía, como estados de ánimo de amor y desesperación, rabias crecientes. Estas emociones sin referencia son lo que la psicología china llama movimientos del Corazón o del Cielo. Se correlacionan con lo que Jung ha llamado el proceso de individuación, la revelación del alma a través del tiempo de su naturaleza orgánica. 

La cuestión para el terapeuta es diferenciar las emociones del primer tipo que provienen del camión en la autopista y se refieren a él -ese miedo, esa indignación, esa pena- de las emociones del segundo tipo, para no reducir cada condición emocional del paciente a una alteración no referencial puramente interna. Pues es precisamente este movimiento el que atrapa a la persona en una vida interna privada y aleja las emociones del mundo político de la comunidad. No obstante, a pesar de esta distinción entre las emociones que conectan con el mundo y las que parecen totalmente interiores, es decir, aquellos movimientos del corazón o del cielo, ambas clases de emociones no son mías, no son subjetivas. En ambos casos, el origen está fuera de la persona. En ambos casos, el paciente trabaja con la emoción por su propio bien, dándole la forma y la expresión que le pide. En otras palabras, ambos tipos reconocen que una emoción es un influjo divino, sus gestos una mímesis de figuras míticas divinas. La tarea del terapeuta en ambos tipos es la de epistrophé, como los neoplatónicos llamaban al movimiento terapéutico: epistrophé o conducir el fenómeno humano a su trasfondo divino. Pues las emociones, todas las emociones, sean del tipo que sean, pertenecen al mundo mítico de las figuras divinas al irrumpir en el nuestro. Y, cuando se llega a cierta edad, y tantas emociones parecen haberse quemado o disipado o secado, damos gracias a los dioses por los raros afectos ocasionales que se apoderan del corazón. Si, como digo, las emociones pertenecen a los dioses, entonces ¿por qué bailar tu deseo, pintar tu miedo o dejar que tu pena tome prestada tu voz para encontrar sus palabras? 

Aquí debemos ser muy claros con nuestra respuesta. ¿Es la tarea de la arteterapia abreviar la emoción, liberando al paciente de lo que le ha atenazado? ¿O sublimar la emoción haciendo arte de ella? ¿O se trata de utilizar las emociones, es decir, obtener energía de ellas, aumentar su vitalidad, activación y plenitud? 

¿Qué esperamos que ocurra a) con el paciente y b) con la emoción cuando nos dedicamos a la arteterapia? Mi respuesta a esta pregunta es bastante sencilla. Creo que son posibles muchos objetivos, y diferentes terapeutas y escuelas tendrán diferentes intenciones. Esta es la respuesta sencilla: que florezcan 500 flores a la vez. Mi flor personal entre las 500, sin embargo, dice que no me dedico a la arteterapia ni directamente por el arte, ni directamente por el paciente, ni directamente por la emoción. 

Entonces, ¿qué más hay, aparte del producto artístico, el paciente y la emoción? ¿Qué más? La imaginación. Para mí, la arteterapia prevalece sobre todas las demás terapias porque activa la imaginación y le permite materializarse, es decir, entrar en el mundo a través de las emociones del paciente. 

El paciente es paciente porque es el receptor, el canal -¿podríamos decir la víctima?- de los influjos divinos que nunca son meramente estados de sentimiento y tonos afectivos, sino que siempre son también imaginaciones. Imaginaciones de comportamiento, imaginaciones de fantasía, imaginaciones de movimiento e intención y deseo. El paciente es paciente, desde mi punto de vista estrecho y bastante irreverentemente clínico, no a causa del pasado, la familia, el abuso, la iglesia y la educación, la sexualidad, las dificultades económicas, las aflicciones de accidentes y enfermedades que han provocado minusvalías; no subestimo estos acontecimientos, pero siguen siendo contingencias, de segundo orden, desde mi punto de vista estrecho. 

Lo principal es la imaginación trastornada, la incapacidad de la imaginación para abarcar el pasado y sus traumas. Las restricciones de la imaginación aparecen como emoción excesiva. Porque cuando la emoción no se mantiene dentro de su imagen, cuando las imágenes han sido reducidas en calidad, capturadas por el mercantilismo colectivo, enajenadadas para la explotación, anuladas por el racionalismo, entonces la emoción se desboca, y tenemos que dosificarla con fármacos o exorcizarla con terapias de liberación y expresión. En cambio, sugiero que la restauración de la imaginación es la cura fundamental de la emoción trastornada, y especialmente esa imaginación que he mencionado una y otra vez, la imaginación que acoge y da lugar a los poderes que una vez se llamaron dioses. 

Permítanme llevar mi estrecha visión un paso más allá, al corazón de la terapia actual. Todos sabemos que en todos los países y en todas las escuelas el arquetipo del niño ha llegado a dominar cada vez más la teoría y la práctica de la terapia. Abuso, victimización, empoderamiento, desarrollo, crecimiento, Winnicott, Alice Miller, Melanie Klein, la recreación en la transferencia de los primeros años… éstas son las palabras clave, los eslóganes, los gurús y los shibboleths de la terapia contemporánea. Sin embargo, también sabemos por Jung que el niño y la infancia que tanto nos dominan no son sólo el niño del pasado o el niño interior. También es el niño arquetípico o divino, la figura que, especialmente para los románticos, era portadora de la imaginación. 

Por lo tanto, cuando la arteterapia intenta poner al paciente de nuevo en contacto con su niño interior y reparar al niño dañado, liberar al niño verdadero del niño falso, la terapia está hablando de una figura imaginal compactada con emociones más que personales. Esta figura y estas emociones no son las literales del pasado solamente, aunque lleven la ropa y se muevan en las habitaciones del pasado. Esta figura y sus emociones son el verdadero interior del niño interior del pasado. Este interior profundo es la imaginación que nunca ha escapado de la infancia, y que ahora por fin tiene su gran oportunidad en la terapia de las artes expresivas para presentarse, liberada del atrapamiento en lo que la teoría psicológica insiste que es el niño y la infancia del pasado. 

En otras palabras, si la terapia quiere dejar atrás su fascinación por el arquetipo del niño, debe curarse a sí misma, no volviéndose más ego-heroica, o femenina, o física, o espiritual, es decir, convirtiéndose en otro arquetipo diferente. Más bien, debe permanecer y trabajar a través del síntoma, es decir, el niño, hasta su profundidad interior, que es la imaginación. Sólo la imaginación puede liberarnos de la obsesión por el niño. Y esto es precisamente de lo que se ocupa la artererapia. Por esta razón, la arteterapia, desde mi punto de vista, es la terapia fundamental, primaria, no sólo para el paciente, para liberarlo del niño del pasado, sino para la propia terapia, para liberarla de su modelo de pensamiento que le impide avanzar hacia la plenitud de sus posibilidades imaginativas. 

Por último, a esta afirmación de que la arteterapia es el modo de terapia preferido, la terapia de elección para todo paciente, yo añadiría otra afirmación. Una sobre el arte en sí mismo y su relación con la terapia. 

El campo de la arteterapia siempre ha imaginado el uso de las artes como terapéutico, como dijimos, ya sea para la expresión, o la simbolización, o la sublimación o la comunicación, permitiendo al paciente dar formulaciones creativas a la psique trastornada. 

Quiero invertir esta relación entre arte y terapia. Quiero ahora como última reflexión sugerir la terapia como útil para las artes. 

Seguramente todos estaremos de acuerdo en que las artes en nuestro mundo occidental están tan desorganizadas como los pacientes con los que nos encontramos. Las propias artes sufren de explotación, comercialismo, delirios de grandeza, baja autoestima, racionalismo seco, arribismo, galerismo, adicción al éxito, vulnerabilidad a la crítica, pérdida de dirección e intención, personalismo… y así sucesivamente. ¡Para qué enumerar! Lo que parece perdido para las artes es precisamente lo que la terapia trata cada día: el alma. A través de la arteterapia , el alma vuelve a la danza y a la pintura, a los poemas y a la escultura. Cada gesto que hace el paciente intenta poner en forma definida los influjos emocionales que asaltan una vida humana. Cada gesto se hace por el propio gesto y no por nada externo al propio gesto. Bailo mi desdicha tan plenamente como puedo y pinto mi locura salvaje con una paleta tan rica como puedo alcanzar, no por los revisores del producto, no por el reconocimiento, no por el aumento de tamaño de las letras de mi nombre. Lo hago por el bien del alma, y este gesto, alentado por el arteterapeuta en estudios y clínicas de ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, puede ser algo más que una terapia del paciente. También puede ser una terapia de las propias artes, devolviéndoles los gestos arquetípicos del alma.

Los sueños

Ensayos

Este es un viejo ensayo de los tiempos en que estudiaba a Jung en mi formación de licenciatura. Ha pasado tiempo y ya no podría decir lo mismo, pero me parece una curiosidad que se puede conservar a modo de recuerdo, o de sueño.

El tema de los sueños es sumamente interesante, especialmente para el hombre moderno, inmerso en su fantasía de racionalidad. En los sueños, hay una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no comprende los sueños, y sufre porque desea hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la habilidad de conversar con sus sueños, así como también ha perdido la habilidad de dialogar con otros hombres.

El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que proviene y la función a la que sirve.

Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

¿Qué dice el sueño? En la cotidianidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar. Fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre. Para estos casos, el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el que se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas. Un símbolo siempre es más de lo que parece: es una totalidad que encierra totalidades. Los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por los signos simples, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.

El lenguaje común se forma con signos preestablecidos, unívocos y consensuados para la comunicación. Sin embargo, hay dimensiones que escapan a este lenguaje, cosas que no se pueden expresar con palabras. Aunque nuestro mundo está limitado por el lenguaje, como dijo Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite. Para acceder a este mundo, los lenguajes alegóricos y los símbolos son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que se manifiestan.

Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.

El Libro de Eclesiastés (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios. Por ejemplo, Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presentó mensajes, algunos grandes y otros convenientes, a sus siervos. Los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son una muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transcurso de los héroes en la mitología y los cuentos se transmiten a través del proceso onírico en el que se sumergen.

Se dice que los sueños tienen la función de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que «la función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico». Esta es la función compensadora de los sueños, que busca la homeostasis a nivel psíquico. Esta compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto impone a sus conductas y patrones de comportamiento en la vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al desarrollo excesivo de la función primaria de su personalidad.

También es importante resaltar que los sueños emanan del inconsciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello, el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconsciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y, ya que los contenidos del sueño son de índole psicoide, ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico; en cambio, lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.

Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconsciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.

El propósito de los sueños no conoce límite. Su energía es tan grande que el consciente debe hacer un gran esfuerzo para evadir el mensaje que proporcionan, pero esta es una tarea inútil, ya que los sueños siempre acaban por revelarse.

La palabra «ángel» deriva del latín «ángelus», que a su vez tiene raíces griegas («ángelos»), y significa mensajero. Un significado similar tiene la palabra hebrea «mal’ak». Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo tanto, podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que nos habita y nos trasciende.

«No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza», afirmaba Jung.

Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconsciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus órdenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.

De manera similar, Jung tuvo una curiosa experiencia. Él soñó que estaba frente a una casa de oración, en la posición del loto. En ese momento, notó que cerca había un yogui envuelto en la paz de la meditación. Se acercó, miró el rostro del hombre y, horrorizado, vio que era su propio rostro. Despertó y pensó: «Él es el que medita; ha soñado y yo soy su sueño. Cuando despierte, ya no existiré».

Nosotros despreciamos la confusión de los sueños, aunque estos son, a veces, demasiado claros. Nos jactamos de su banalidad, sin embargo son más significativos que el mundo real. Vivimos como si los sueños fueran un desecho de la vida en vigilia, ignorando así que son la sustancia de la que somos reflejo.

Sin embargo, los sueños no nos ignoran y siempre están hablando. Su mensaje es fuerte y, a veces, demasiado atronador. La razón no los abarca, pues todo intento de subyugarlos termina en fracaso. Por ello, conviene acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde. Hacer caso de los sueños es una tarea necesaria para quienes emprenden el camino de la trascendencia.

Ciudad de México, 2003

El niño rescatado o la apropiación indebida del tiempo: Sobre la búsqueda de sentido

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 1, pp. 45-75

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El lenguaje de los arquetipos es pomposo, incluso ampuloso. El estilo de su discurso me avergüenza y va a contracorriente, como si alguien estuviera raspando con las uñas una pared de yeso o con un cuchillo en un plato.1

El autor de estas palabras no se oponía a la teoría de los arquetipos, sino que era su fundador, C. G. Jung, de quien a menudo se dice que amaba las oscuridades arquetípicas y se deleitaba en el misterio, pero que, a pesar de sus antecedentes teológicos, también había conservado para sí mismo un carácter práctico y una distancia crítica hacia el lenguaje de los arquetipos.

Las cuestiones de sentido y trascendencia son la prerrogativa tradicional del teólogo. Por ello, el psicólogo que aborda este tema corre el riesgo de ser absorbido por el pensamiento teológico. Haría bien en mantenerse firme en su propio enfoque psicológico. Quisiera recordar un aspecto esencial del pensamiento psicológico ilustrándolo con un ejemplo práctico conocido.

Una paciente soñó que era perseguida por perros. En medio del pánico, salía corriendo. Cuando se despertó, su corazón seguía latiendo violentamente.

¿Cómo interpreta ella este sueño? Su comentario fue que era un mal sueño, aunque no completamente negativo, ya que los perros no la alcanzaban. Aparentemente, vio los perros y la persecución como algo negativo, y la huida como algo prospectivo. Incluso en el estado de vigilia, miraba el sueño desde la perspectiva de una sola figura onírica, a saber, el yo del sueño, identificándose inconscientemente con él y sus valores. En cierto modo, continuaba, mientras estaba despierta, la huida que había iniciado en el sueño el yo onírico: salir de esta situación.

El pensamiento psicológico percibe el sueño de una manera muy diferente. No se limita a identificar al soñador con el yo del sueño y sus intereses. Por lo tanto, tampoco necesita adoptar las principales prioridades del yo soñador. Observa el sueño desde un punto de vista imparcial, un enfoque que permite reflexionar sobre el curso de los acontecimientos en su conjunto y considera no sólo al yo-soñador, sino también a los perros como pertenecientes al soñador. Esto plantea la cuestión de por qué hay una persecución en primer lugar. ¿Acaso no es tan sencillo como parece, es decir, que ser perseguido es la causa de la huida, sino que es lo contrario, que la huida mostrada en el sueño es la razón de la persecución por parte de los perros? Tal vez la paciente siempre ha sido una fugitiva en la forma en que ha vivido su vida, y lo que ha evitado tal vez intente forzarse en ella por primera vez bajo la apariencia de los perros que la persiguen. El final del sueño, la huida y el escape, es quizás su verdadero comienzo, y el comienzo del sueño, la persecución, es quizás sólo una consecuencia, algo que sigue a los talones de la huida. Lo que para ella, el sueño-yo, parece ser una situación de absoluta angustia, resulta ser para ella, la soñadora (y para la conciencia psicológica en general), una necesidad, algo que marca un punto de inflexión en la aflicción del sufrido fugitivo. Así, el pensamiento psicológico equivale a una inversión de la forma ordinaria de ver las cosas y permite ese tipo de distanciamiento del yo del sueño que llamamos conciencia.

La creencia en la necesidad de «sentido»

Hoy en día, cuando se habla de experiencias de sentido y trascendencia, de los problemas que se encuentran en la búsqueda de sentido y de las formas de alcanzarlo, el supuesto automático es que el sentido es necesario. Hay que superar el vacío contemporáneo. El vacío de sentido se aborda desde la perspectiva de una demanda que hay que satisfacer, como la amenaza ecológica, que se considera un problema meramente fáctico que hay que resolver. Este enfoque, al estilo de una crítica cultural y social, se deja llevar por el propio problema, quedándose atascado en la conciencia asesina de dragones, es decir, en la propia conciencia a la que, llamándola «actitudes patriarcales», se culpa del malestar.

Sin embargo, también es posible considerar la cuestión del significado como si se tratara de un sueño o de una fantasía arquetípica y, por tanto, reconocerlo como un problema psicológico. El sueño podría tener el siguiente texto «Nos sentimos amenazados por la falta de sentido y tratamos de escapar de ella mediante una experiencia de sentido y trascendencia». Ahora, con un texto onírico así, la situación sería muy diferente, al menos para una lectura psicológica. Encontrar el sentido ya no sería el objetivo incuestionable y la falta de sentido no sería simplemente una aflicción, sino tal vez nuestra necesidad. Entonces, el sentido y el deseo de encontrarlo se volverían verdaderamente cuestionables. Tendríamos que considerar si, en analogía con el sueño del paciente, no sería posiblemente el anhelo de una experiencia de sentido la razón de la pérdida de sentido, mientras que el pensamiento ordinario opina que la búsqueda de sentido es el resultado de la pérdida de sentido. Quizás aquí también nos hemos identificado con una sola figura onírica, el yo onírico evasivo o el nosotros onírico, y por ello estamos juzgando, incluso cuando estamos despiertos, de forma bastante inconsciente desde la perspectiva de esta figura y no desde la perspectiva de la conciencia psicológica. Me gustaría explorar más a fondo esta posibilidad, ya que creo que la tarea psicológica no consiste en una búsqueda de remedios, sino en hacer consciente el tipo de fantasía arquetípica que siempre subyace ya a nuestros planteamientos, valores y objetivos automáticos, y a la inversa, las nuevas perspectivas arquetípicas que se nos imprimen en las imágenes oníricas, en la patología y en otras experiencias. Lo importante desde el punto de vista terapéutico no es cómo salir de una situación angustiosa, sino, por el contrario, cómo introducirse adecuadamente en ella, de modo que dejemos de ser simplemente sus víctimas pasivas y nos dejemos atrapar y transformar por ella.

En nuestro siglo, y en particular durante las dos últimas décadas, han surgido como hongos doctrinas y métodos prometedores de sentido.2 Algunos practican la Meditación Trascendental o el Zen, otros se drogan, otros retoman la Biblia y la esperanza cristiana; algunos se extasían  con pinturas fascinantes salidas del inconsciente o se ensordecen con el ruido de las discotecas; algunos quieren gritar sus ansiedades e inhibiciones en terapias de gritos o liberarse de sus tensiones internas mediante el trabajo corporal… Ciertamente, muchas voces, pero un solo coro que grita: al diablo con el vacío y la falta de sentido, al diablo con todo lo que nos angustia, nos limita y nos agobia.

Hay motivos para sospechar que la aparición de cada vez más formas de técnicas y enfoques psicoterapéuticos y la popularidad del estudio de la psicología y la psicoterapia están, entre otras cosas, también impulsadas por un motivo muy dudoso de enorme dinámica, a saber, un miedo pánico por parte de todo el colectivo a la Nada, la oscuridad, el centro perdido, la muerte de Dios, la patología, la falta de sentido, un miedo que da lugar a un deseo correspondientemente fuerte de redención a través de una búsqueda de sentido y de autoexperiencia.

La búsqueda de sentido, la convicción de que es necesario experimentar el sentido y la discusión explícita sobre el sentido y el sinsentido no es en absoluto algo natural y universal en la humanidad. Al contrario, en la historia de la humanidad en su conjunto, la preocupación por el sentido per se, en abstracto (que a nosotros nos parece lo más natural del mundo), es algo bastante exótico y extraño; por lo que puedo decir, surgió por primera vez en la historia en los siglos 19t y 20.3 Imaginemos que preguntamos a un griego de la época clásica si la vida tiene un sentido. Intelectualmente, entendería la pregunta, pero probablemente sería incapaz de comprender el significado que tiene para nosotros, ya que no había lugar para ello en su mundo mental. ¿Qué tipo de mundo plantea el problema del sentido; cuál es el lugar arquetípico del complejo del sentido?

La respuesta que quiero desarrollar es que se origina en el cristianismo y que Cristo es su locus arquetípico.

Para que esta respuesta tenga sentido, primero es necesario hacerse una idea del cambio radical que el cristianismo ha provocado en la existencia humana o, mejor dicho, del cambio que ha encontrado en el cristianismo su sustanciación más consistente y su articulación más profunda. A modo de lámina de contraste contra la que se ve mejor la naturaleza especial del cristianismo, quiero volver a las culturas rituales y discutir, plenamente consciente de la unilateralidad de esta selección, sólo dos características: (1) la decepción/desilusión provocada por los rituales de la adolescencia, y (2) el tema «Dios ha muerto».

Iniciación y desilusión: el asesinato del niño

(1) Un elemento esencial de las ceremonias de iniciación de los adolescentes era la desilusión.4 El joven se iniciaba en los misterios de la tribu, que se ocultaban a las mujeres y los niños. Estos últimos creían que las máscaras utilizadas durante las danzas y los rituales eran los propios dioses y que el zumbido del rastrillo era la voz del propio Gran Espíritu.5 La iniciación destruye esta creencia infantil. El iniciado se da cuenta de que las máscaras están hechas por seres humanos corrientes y las llevan seres humanos corrientes, gente como Dick y Harry de la puerta de al lado. La iniciación es, entre otras cosas, un gran desenmascaramiento. El desenmascaramiento equivale a una resignación, es decir, a que el iniciado se coloque bajo un nuevo signo, se ponga bajo una nueva perspectiva arquetípica dominante. El niño creyente muere; su lugar es ocupado por el hombre conocedor, que, al concluir su iniciación, recibe un nuevo nombre (un nuevo ser y un nuevo origen), y que es capaz de soportar y sostener el aleccionador misterio sin romperse o volverse cínico y descartar por completo a los dioses, por la única razón de que todo es sólo un espectáculo y un juego. En la cultura ritual, el hombre está (en un sentido) fundamentalmente «desilusionado»; la cultura ritual significa una vida basada en la decepción/desilusión, aunque una desilusión sin las asociaciones de amargura y resentimiento que la palabra conlleva para el hombre moderno. En efecto, hoy en día, la desilusión no se entiende generalmente como una liberación de la ilusión, sino como el aferramiento frustrado y amargado a una esperanza que ya se sabe insatisfecha e irrealizable. En el mundo arcaico, sin embargo, toda la mitología y el mundo de los rituales se basan positivamente en la desilusión y la resignación: el espectáculo y la apariencia son la aparición y la manifestación, y el hombre que ha experimentado el desenmascaramiento de las máscaras está así precisamente capacitado para convertirse en el portador misterioso y sobrio de las mismas.

La iniciación no se agota en absoluto en el momento de la desilusión; la relación con las fuerzas arquetípicas es igualmente decisiva. Sin embargo, la desilusión es un elemento de todo el acontecimiento, y el único que es relevante para nuestra discusión y que con el hombre arcaico nunca es superado o sustituido por la experiencia religiosa, sino que sigue siendo su base o un ingrediente de la misma: la Máscara, por su naturaleza, es siempre ambas cosas a la vez, aparición real de espíritus y mera mascarada, religión sagrada y espectáculo. Joseph Campbell habla de «la esfera teatral» del mundo de las máscaras y de la «lógica de la fantasía» y W. F. Otto describe la máscara como «a la vez la presencia más inmediata y la ausencia absoluta».6 Casi se podría decir que es la verdad y el fraude sacerdotal, pero el fraude no es el engaño secreto practicado por los sacerdotes como personas, sino el engaño objetivo manifiesto de la propia máscara. La naturaleza de la máscara es una mascarada explícita y, por tanto, implica en sí misma el reconocimiento del desenmascaramiento. Es un engaño/desengaño objetivado. Y sólo porque la máscara implica, por su naturaleza, un elemento de engaño, puede también ser abusada con fines egoístas por sacerdotes fraudulentos. Del mismo modo, la palabra «mito» podría, durante los tiempos posteriores, venir por su significado negativo de «una historia de gallos y toros» sólo porque en su esencia originaria el mito es ambos en uno: «la palabra de la verdad»7 (W. F. Otto) y ficción.

Al hablar de la decepción iniciática, me interesa menos el acto empírico-factual de la iluminación (como comportamiento de las personas) que la decepción/desilusión psicológica, ontológica, objetivada en la máscara y el mito.

(2) El tema de «Dios está muerto». Esa afirmación de que «Dios ha muerto» era, hace cien años, y quizá lo siga siendo, una declaración audaz y chocante; un Dios muerto es para nosotros impensable.

En las culturas arcaicas, sin embargo, habría sido una idea familiar, de hecho algo que se daba por sentado. Especialmente en las culturas chamánicas, la expresión «el muerto» y la palabra «Dios» eran básicamente sinónimos: el muerto es Dios y los dioses son los muertos. Un ejemplo entre muchos en todo el mundo es la historia del Antiguo Testamento en 1 Samuel 28. El rey Saúl visita a un prestidigitador, al que pide que conjure al muerto Samuel desde el inframundo. La palabra con la que se dirige al profeta muerto, cuando aparece, es «Elohim», la palabra habitual para dios y también la utilizada para el Dios de los israelitas.

Evitar la desilusión – preservación y confirmación del niño

Visto sobre el fondo de estos dos elementos esenciales brevemente esbozados de la existencia humana precristiana, se ve claramente la naturaleza especial y radicalmente diferente del cristianismo.

Sin embargo, ¿qué se entiende aquí por «cristianismo»? ¿Existe tal cosa? ¿No es todo lo que se dice sobre el «cristianismo» como tal una generalización inadmisible? Al fin y al cabo, existe el cristianismo de las iglesias establecidas y de innumerables denominaciones y sectas, el cristianismo de Tomás de Aquino, de Martín Lutero, de Meister Eckhart y de San Francisco, el cristianismo de los puritanos, de los inquisidores, de los quietistas, de Melanchthon, de Johann Sebastian Bach, etc., etc., una enorme diversidad. ¿De cuál de estos cristianismos estamos hablando? De hecho, de ninguno. Tampoco estamos hablando de una construcción seca y abstracta del cristianismo, que no sería más que el mínimo común denominador de todas las variedades cristianas. Al hablar, con conciencia sistemática, del cristianismo como tal, lo hago desde la convicción de que el «cristianismo» no es sólo un término que engloba las opiniones y los sentimientos religiosos de todos los cristianos empíricos individuales, sino una realidad nocional transpersonal y una fuerza histórica que se realizó en la historia del Occidente cristiano, en algunos casos incluso sin tener en cuenta lo más mínimo las convicciones, experiencias e intenciones personales de las personas. Así pues, considero el cristianismo menos como algo humano, como una doctrina humana, que como una realidad independiente, objetiva, casi «arquetípica», a la que los seres humanos pueden verse confrontados y expuestos de un modo u otro. Es este cristianismo «real» (real como fuerza activa) el que nos ocupa, que como formación histórica (Gestalt) puede reconstruirse y captarse a partir de los documentos cristianos básicos, por un lado, y del desarrollo intelectual del mundo occidental, por otro. Así pues, no hay que preocuparse por la cuestión teológica de cuál es el cristianismo «correcto», o cuál era el mensaje cristiano en su origen, o qué querían decir en verdad el Jesús histórico o San Pablo o San Pedro; tampoco hay que declararse derrotado cuando nos enfrentamos a la diversidad de los fenómenos empíricos, y abandonar así por completo el intento de captar la naturaleza esencial del cristianismo. Una vez aclarado este problema, podemos volver a la caracterización del cristianismo.

El Dios cristiano es expresamente el Dios vivo, el Dios de la vida, y tan consecuentemente que también trae a los hombres la vida eterna, y además abolió la muerte por completo (2 Tim. 1:10). Además, el lugar del misterio bien guardado en el mundo arcaico lo ocupa en el cristianismo el evangelio y el proselitismo. Donde las culturas antiguas traían la desilusión para los jóvenes en la iniciación, el equivalente cristiano de los ritos de la adolescencia trae exactamente lo contrario: la «confirmación». La intención es, aparentemente, solidificar la creencia infantil para que pueda continuar bajo las condiciones cambiadas de la vida adulta. Por ello, el cristianismo es la religión de la fe en primer lugar -la fe, que no figura, o desempeña sólo un papel inferior, en otras religiones. Puesto que el cristianismo ha excluido el elemento de la desilusión, la fe está constantemente amenazada por la duda y la aflicción. Esto no podía ocurrirle al hombre primitivo, ya que no sólo tenía la duda y el desengaño detrás, sino que lo llevaba en sí mismo como base de su existencia espiritual. No creía, como el niño y el cristiano, en la realidad sustancial de los dioses, sino que dejaba que los dioses fueran máscara visible y estatua física, es decir, apariencia, actuación lúdica, metáfora, y que fueran reales y estuvieran presentes sólo como metáfora. Lo son y, sin embargo, no lo son. La estatua del dios es el dios mismo. No es simplemente un «símbolo de» o una «referencia a» un dios trascendente como la verdadera realidad. Y, sin embargo, la estatua es también un simple trozo de madera o de piedra, tallado por seres humanos, como sabe muy bien el primitivo. Lo que pretende el cristianismo es evitar la desilusión. Pretende señalar un camino por el que se pueda seguir creyendo sin resignación (re-signación) y sin desenmascarar y vivir sin la muerte definitiva. Ofrece el evangelio: «Y esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre». El evangelio cristiano se sitúa bajo el signo de la idea del Niño. El niño es el criterio.

No se trata del arquetipo del niño, del niño divino arquetípico. Es más bien la divinización de la noción y la experiencia del niño humano. La diferencia es crucial.8 El niño arquetípico es fundamentalmente el niño abandonado (Edipo, Moisés, Rómulo y Remo, Hansel y Gretel), el niño amenazado de muerte (en los cuentos de hadas, por ejemplo, se ordena a un cazador que lleve al niño al bosque, lo mate y le corte la lengua como prueba). Por lo general, el niño amenazado se salva, sin duda. Sin embargo, este ser salvado de hecho se refiere sólo al aspecto empírico del niño divino. Ontológicamente, el niño arquetípico es el niño matado o abandonado, tiene su propio haber sido matado o abandonado, es decir, la pérdida fundamental de la inocencia, la herida lógica, detrás de sí como su fundamento y en sí como su naturaleza.

En los mitos y cuentos de hadas, el niño puede ser el gran héroe o salvador sólo porque tiene el destino de la muerte y la pérdida de la inocencia psicológica u ontológicamente a priori. En el relato evangélico bíblico, todos los demás niños de Belén son asesinados y sólo el niño Cristo, como niño divino, es capaz de escapar al destino de la muerte. Los demás tienen que cargar con el destino realmente previsto para el niño divino. En las historias de Edipo o de Moisés o de los niños de los cuentos de hadas que van a ser asesinados por un cazador, los niños acaban escapando también al destino de la muerte, pero aquí es siempre un mismo niño el que es abandonado o condenado a muerte y sobrevive (lo que, como se ha explicado, expresa la diferencia entre la realidad ontológica y la empírica-práctica). Nunca hay un otro o un grupo de otros que tengan que sufrir el destino de muerte o abandono mientras que el niño divino está a priori exento de ello. El hecho de que tengamos esta dualidad en el relato bíblico hace que el niño Cristo sea el niño a priori rescatado y preservado, que, incluso en la huida a Egipto, permanece al cuidado de sus verdaderos padres. Por supuesto, en términos mitológicos, lo que se hace literalmente a los otros niños en la historia del nacimiento de Cristo tendría que entenderse como algo que ocurre psicológica u ontológicamente al propio niño divino. Diríamos entonces que la dualidad se debe a las necesidades de la narración. La narración suele distribuir en dos figuras separadas lo que en realidad es la diferencia entre el destino ontológico y el empírico de la misma figura. Pero los otros relatos sobre un niño arquetípico indican que esta dualidad no forma parte precisamente del modelo mitológico particular del niño divino. En cambio, trata la diferencia entre lo ontológico y lo empírico apuntando la amenaza con toda su fuerza sólo al niño arquetípico, pero sin dejar que la amenaza despliegue su consecuencia catastrófica. La introducción de los niños empíricos normales de Belén, además del niño divino, que luego son asesinados literalmente, libera a priori al niño divino incluso del destino ontológico de abandono o muerte.

Además de esta exención fundamental inherente al texto básico cristiano del niño divino de lo que sería su destino ontológico, aunque no empírico, el cristianismo histórico acentuó aún más la idea de que «el niño» es a priori rescatado. En el cristianismo, el niño divino es significativamente al mismo tiempo también «verdadero hombre», hecho que favorece la identificación del niño en el pesebre con un niño verdaderamente humano. Los innumerables cuadros que retratan al niño Jesús en el pesebre y a María con el niño muestran y celebran al bebé humano, al niño empírico en su inocencia, desamparo, desprotección y protección, no realmente al niño arquetípico. El hecho de que al mostrar a un bebé humano se refieran a él como el niño divino no disminuye la humanidad empírica de este niño. Es al revés. La imagen del niño humano en su impotencia e inocencia se diviniza. El niño en su humanidad empírica recibe su autorización metafísica. La idea del niño demasiado humano recibe una dignidad mítica, se eleva al estatus de arquetipo.

Precisamente aquel factor que a través de los motivos del abandono y el asesinato del niño se desecha radicalmente en los relatos míticos sobre el niño arquetípico, a saber, la protección del niño frente a la amenaza de muerte, se conserva aquí. Se produce una inversión. La desprotección, la huida del asesinato, que en el caso del niño arquetípico o mitológico no es más que la realidad externa-empírica del niño, mientras que ontológicamente el niño arquetípico ha sido de hecho abandonado o asesinado, se ha convertido ahora precisamente en la situación ontológica del niño, y la muerte de los infantes se degrada a una masacre meramente empírica que sucede a los niños toto coelo separados. Su muerte ya no es lo que ontológicamente se le hace.

El rescate ontológico del niño divino (como verdadero niño humano) invita a la identificación. El deseo infantil del hombre de permanecer íntegro, sin heridas, de ser salvado y tener paz, recibió un impulso inflacionario con este rescate. Esto tuvo consecuencias para «la muerte del niño en la iniciación». El bautismo, que originalmente era el ritual del ahogamiento del «niño» en la persona casi adulta, se trasladó en el tiempo al niño como bebé, donde adquirió un significado totalmente diferente: ya no la muerte del «niño», sino la liberación del viejo Adán, del pecado original, de la pecaminosidad lógica del hombre, es decir, algo que precisamente no es la propia naturaleza del niño, sino algo a priori heredado del progenitor de la raza humana. Esta limpieza del pecado original del recién nacido mediante el bautismo equivalía, una vez más, a una solidificación (ontológica) de la inocencia del niño, a hacer su inocencia metafísicamente absoluta. No es de extrañar, pues, que en la pubertad tuviera lugar una «confirmación». No había necesidad de más que una confirmación, porque ontológicamente la inocencia esencial y metafísica del hombre como verdadero hijo de Dios ya se había logrado a través del bautismo infantil.

La necesidad arquetípica de matar al niño de repente no parece más que el asesinato satánico de niños reales, un crimen humano sobre bebés humanos, y por lo tanto como algo totalmente maligno, de lo que «el niño» tiene que ser rescatado bajo cualquier circunstancia. A partir de ahora, el hombre podría creer y esperar que, como el niño Jesús, él mismo también podría tener psicológicamente, metafísicamente, aunque no empíricamente, una vida a este lado del asesinato del niño, una vida que ya no esté sujeta al destino y la necesidad «ciegos», sino a la providencia personal amorosa o severa de un Dios paternal.

Los griegos también consideraban a los seres humanos como hijos de los dioses: hijo de Apolo, hijo de Afrodita, etc. Pero el regalo de los dioses a sus hijos no era la infancia en sí misma, sino, en el caso de Afrodita, por ejemplo, el amor afrodita. Para los hijos del Dios cristiano, sin embargo, la infancia es doble, porque más allá de la condición formal de niño hacia Dios, incluso el contenido de su don al hombre es la filiación a Dios, un ser-niño ontológico en el sentido de una relación personal, casi familiar, Yo-Tú: «Dejad que los niños vengan a mí» (Marcos 10:14). El Dios cristiano es expresamente Abba, Padre nuestro, muy diferente en su paternidad de los otros dioses paternos, del Padre Zeus o del Padre Oceanos. La fe, el amor (agapê), la esperanza, son las virtudes otorgadas por este padre, virtudes del hijo rescatado. ¿Qué es «el niño» sino la esperanza y la fe, la inocencia, la credulidad, el vivir en los deseos, la despreocupación, el resguardo de la responsabilidad y la necesidad, el jugar más que el vivir?

«Si no os hacéis como niños ….» ¿Cómo se relaciona este llegar a ser como niños con el rescate del niño a la edad adulta que afirmé anteriormente? Uno pensaría que el niño que es preservado no tendría que convertirse primero en niño. Pero el rescate del niño, pensado rigurosamente, no significa, como se podría haber supuesto al principio, permanecer en la infancia en el sentido biológico o pedagógico, en la etapa literalmente infantil de la vida. Significa más bien la transición, una verdadera iniciación, a la infancia real («espiritual», es decir, psicológica-ontológica) del adulto, que el propio niño natural no poseía todavía. En este sentido, el rescate (la preservación) cristiano del niño significa, al mismo tiempo, convertirse primero en niño. Lo que el niño real ha sido sólo en sentido empírico, el cristiano como adulto empírico tiene que adquirirlo para sí mismo como lógica interna de su ser.

«El niño» tiene consecuencias para la concepción de la relación con Dios. Con la muerte de «el niño», la exigencia infantil del hombre de tener al propio dios directamente presente en la máscara quedaría muerta y sacrificada. Con la eternización del niño, esta exigencia prevalece. Es una exigencia que ya no permite que los dioses sean una máscara y que la máscara sea realmente «máscara», disfraz; es decir, ya no permite que el dios sea un «como si». Más bien, exige de los dioses que existan, concreta y sustancialmente, como cosas-en-sí-mismas, por así decirlo, ya sean visibles (como en la superstición) o trascendentales-invisibles (como en el misticismo). Con la muerte del niño, la naturaleza de los dioses y de los muertos quedaría liberada de nuestras exigencias; se les permitiría ser como definitivamente difuntos, como sombras desvitalizadas, meras imágenes, y así también el hombre quedaría libre para ser sólo él mismo, es decir, sólo el portador de máscaras: se establecería la «diferencia psicológica»9 , la diferencia entre el hombre y la máscara/alma/metáfora. La muerte del niño colocaría la existencia humana en un estado de no identidad consigo misma; el hombre viviría dentro y fuera del Entre, de la escisión, y así él mismo no necesitaría ser escindido (disociado neuróticamente). Tendría su hogar en el reino de las sombras.

Sin embargo, con la huida del destino de muerte del niño divino, nuestro «tener» inmediatamente al dios es, a la inversa, realmente reclamado todo lo más: la palabra se supone ahora a sí misma como carne, y esto, nuestro mundo, se supone que se convierte en el reino de los cielos. El hombre ya no debe ser simplemente el portador de la máscara; se vuelve idéntico a ella y tiene que encarnarla concretamente (en la carne): él mismo tiene que ser inmediatamente una persona (persona-persona-máscara). Cuando la identificación es imperfecta y todavía es posible decir que una persona está «simplemente» representando un papel y llevando una máscara, se considera una defensa tipo «persona» con el fin de protegerse de la autoconciencia y del desarrollo de su verdadero yo. La persona, la máscara, el papel, la posición y los honores, los títulos e insignias, la ropa, etc., se consideran ahora «externalidades» no esenciales y el centro hueco llamado ego o yo se eleva a lo plenamente real y esencial, mientras que antes el hombre y toda la creación tenían su propia «esencia» en tales «externalidades»: Platón llamó a lo Real (que para él era suprasensible) con el nombre de eidos (o idea), que en primer lugar se refiere a la estructura visible o «aspecto» de una cosa.

Psicología del desarrollo: la práctica empírica de rescatar al niño

Con la denigración de lo llamado externo y con el objetivo del «autodesarrollo», hemos llegado al centro de la mentalidad de la psicología personalista, una psicología que tiene la función de legitimar científicamente una enorme inflación y que, como culto a la persona, es en realidad una continuación de la teología cristiana por otros medios. La idea de desarrollo es diametralmente opuesta a la concepción del hombre como portador de máscaras. La idea de desarrollo personal tiene la función de redimir al individuo del asesinato del niño. «Desarrollo» significa -y esto es un gran consuelo y nos permite comprender por qué la psicología se aferra tenazmente al concepto de desarrollo- que no es necesario matar al «niño»; se permite que el niño persista, se supone que siga viviendo. Por supuesto, tiene que pasar por muchas crisis de identidad y transformarse a través de muchas etapas, y en el transcurso de todo esto también puede tener que soportar la muerte simbólica, pero sólo para renacer y convertirse finalmente en un adulto. Desde la perspectiva de la concepción evolutiva, el adulto es, pues, en última instancia, simplemente el niño plenamente desarrollado y madurado, que ha alcanzado el estadio «genital» o «solar-racional».

Por supuesto, esta afirmación no pretende ser empírica u óntica, sino psicológica-ontológica.10 Por supuesto, se supone que una persona, según la visión desarrollista convencional, se convierte en un adulto y alcanza la madurez mental y psicológica, y la independencia, etc. Y, por supuesto, la psicoterapia convencional, cuando tiene éxito, también alcanza este objetivo de la edad adulta; sin embargo, la edad adulta sólo en un sentido que quizás podríamos denominar pedagógico. Sin embargo, desde el punto de vista ontológico-psicológico, la psicología del desarrollo no sólo quiere mantener a la persona en el estatus de niño, sino que la fija activa y expresamente, «juramentándolo», por así decirlo, como niño.

Crecer hasta la verdadera edad adulta (convertirse en «er-wachsen») significa superar la infancia, dejarla. El término «superar» es, sin embargo, engañoso. Porque «el niño» no puede ser superado; no hay una transición gradual y natural de la infancia a la edad adulta: «el niño» necesita ser matado, necesita un acto revolucionario y perturbador. Por eso hay personas de cincuenta años que psicológicamente siguen en la condición de niño. Probablemente pensaron que convertirse en adulto es un resultado natural de hacerse mayor y esperaron que serían transportados automáticamente a la madurez psicológica.

«El niño» espera que lo maten, no sólo que lo superen.11 Sin embargo, ¿qué hace la psicología personalista? Concibe al hombre en términos de su infancia, de mamá y papá, y lo entrena, en años de trabajo, para que él mismo sea capaz de comprenderse también en este espíritu. Si pienso que tengo mi verdadero origen en la infancia y me comprendo a mí mismo en mi ser (sano o perturbado) de acuerdo con ello, entonces soy un niño psicológicamente y me defino como tal aunque desde un punto de vista biológico o pedagógico pueda ser tan adulto como se pueda. Y da igual que mi desarrollo provenga menos de mis padres personales que del arquetipo paterno o materno «constelado por ellos».12 De cualquier manera, sigo en el mundo del romance familiar. Y cuanto más trato de «separarme» de la madre y el padre, más los alimento, por así decirlo, con ofrendas de sacrificio, a través de mi asombrado reconocimiento de su poder numinoso sobre mi vida, y afirmo así mi condición de niño.

Cuando al adulto así entendido se le permite seguir siendo un niño precisamente por haberse convertido primero en un niño en el verdadero sentido, podemos ver que la idea de desarrollo tiene la función de garantizar la continuidad de la identidad personal.

En segundo lugar, el desarrollo implica que soy yo quien tiene que hacer el desarrollo. Mi ser esencial está en mí mismo, no en la máscara, no en algo que no soy yo. Soy idéntico a mí mismo, o al menos se supone que lo soy (el lema es «buscar la propia identidad»).

En tercer lugar, la idea psicológica del desarrollo está ligada a la introspección, a la noción de que la esencia del hombre se encuentra dentro de él,13 en el hombre interior, que según la Biblia está oculto, como un núcleo en la cáscara, dentro de su ego exterior y de la persona no auténtica, y que, por tanto, tiene que desarrollarse, desplegarse: noli foras ire; in te ipso redi: in interiore homine habitat veritas («No salgas fuera; vuelve a tu interior; la verdad permanece en el hombre interior» -San Agustín-. Agustín).

La continuidad de la persona, la identidad del yo y la interioridad son los tres dones que otorga la idea de desarrollo. El mundo de las máscaras, por el contrario, aportaría, en primer lugar, la discontinuidad (tanto en el sentido de una ruptura – «la muerte del niño»- como de la multitud politeísta de máscaras), en segundo lugar, la no identidad, y en tercer lugar, la interioridad esencial en la realidad «externa» sensible (o la exposición incesante a ella, según el caso).

Tal vez la idea arquetípica del asesinato del niño arroje incluso algo de luz sobre la psicología del maltrato infantil en nuestra época, que aumenta a un ritmo alarmante, y es casi incomprensible sin ella. ¿Qué llevaría a un ser humano, por brutal que sea, a torturar y matar a un niño indefenso? La razón podría ser el conocimiento culturalmente reprimido de la necesidad psicológica de matar al niño (psicológico), un conocimiento que luego trata de reafirmarse por la puerta trasera, por así decirlo, mediante la actuación compulsiva y concreta con niños reales como víctimas, en medio de un mundo identificado con el niño rescatado y por rescatar. La Matanza de Inocentes de Herodes no fue simplemente un acontecimiento histórico y, por tanto, singular en el pasado, sino una posibilidad arquetípica y eterna traída y establecida por el niño Jesús: allí donde el niño Jesús aparece con su evangelio de la vida, psicológicamente escindido de los niños masacrados, probablemente también constela en algún lugar al niño-asesino Herodes.

La incautación del tiempo y el punto de inflexión de la historia

¿Cómo se puede establecer la esperanza y evitar al máximo la decepción/desilusión? Esto puede lograrse si se da un sentido a toda la vida y a toda la historia y si este sentido es tan amplio y completo que no queda nada fuera de él que, como algo no incluido, pueda ponerlo en duda y frustrar la esperanza. Para poner en práctica la redención de manera eficaz, el cristianismo tiene que vislumbrar y apoderarse fundamentalmente de toda la realidad, y éste es su enorme y radicalmente nuevo logro. Esto, por supuesto, no significa que tenga que apoderarse óntica o empíricamente de todas las cosas; significa sólo que ontológicamente tiene que elevarse a la idea de un todo que lo abarque todo, el todo centrado en un punto (casi se podría decir, la idea de un «sistema»), y, siguiendo su mandato, pensar verdaderamente (consistentemente) esta idea. Y en efecto, leemos en Efesios 1:10: «… para que en la dispensación de la plenitud de los tiempos reuniera en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra, incluso en él.» Ahora, después de haber avanzado a una posición desde la que la conciencia es capaz de pensar realmente el pensamiento de «la totalidad», se hace posible (y al mismo tiempo necesario) plantear la cuestión sobre un significado de la vida como tal y de la historia como tal, porque sólo a causa de la «reunión en uno» existe algo como la vida como tal o la historia como tal.

¿Cómo se podía hablar de la vida como tal (es decir, en abstracto) antes de este acto de reunión, ya que antes de él el curso de los acontecimientos obviamente no se había integrado en una unidad, sino que estaba fragmentado, muchos acontecimientos separados, cada uno con su propio centro? El hombre arcaico estaba tan poco interesado en la vida como un todo que ni siquiera llevaba la cuenta de sus años. Aparentemente no aspiraba a tener una visión de conjunto de la vida empírica como un todo. En su lugar, se centraba en todas las situaciones vitales individuales y autónomas: los acontecimientos en su totalidad. Sólo el sometimiento de todo bajo un único principio (llamado «Cristo»), proceso que subyace a la idea del plan divino de salvación, podía hacer posible un interés y un cuestionamiento tan «sistemático» como el que aflora en la pregunta por el sentido de la vida como tal. Los tiempos particulares (en plural) de las vidas individuales y del mundo se subsumen en una totalidad, en el Tiempo como tal. El cristianismo se presenta con una pretensión totalizadora; exige y establece la alineación de todo, aunque no en un sentido exteriormente político o empírico, sino en un sentido último, «metafísico», es decir, psicológico.

El cristianismo es, y trae, el Zeitenwende, el punto de inflexión en la historia, en más de un sentido de la palabra. Es el punto de inflexión porque con él se invierte, por así decirlo, la dirección de la existencia humana con respecto a la vida humana precristiana y ritualista. Además, es el punto de inflexión porque plantea expresamente el giro de los tiempos y quiere ser el giro: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:5). Es el punto de inflexión, además, porque desde su llegada ha marcado un punto cero en la historia, a partir del cual se cuentan hacia delante los años de gracia y hacia atrás los del Antiguo Eón. Sobre todo es el punto de inflexión en el tiempo (Zeitenwende) porque ha arrebatado (entwendet) el tiempo mismo, es decir, lo ha alejado de su naturaleza original y se ha apoderado de él sometiendo el tiempo (la naturaleza o el carácter, también podríamos decir la definición, del tiempo), al marcar el punto cero, a un concepto y una definición propios, de forma parecida a como se toma posesión de un país plantando firmemente una bandera en su centro. En el pasaje bíblico (Ef. 1:10) citado anteriormente, «para… reunir en uno todas las cosas en Cristo», para la frase «reunir» el texto griego original utiliza característicamente la palabra anakephalaiôsasthai, cuya etimología sugiere «reunir todo bajo una cabeza (kephalê), bajo un principio unificador supremo». Esta cabeza o principio es el punto cero de la historia, su vértice. Si antes la naturaleza del propio tiempo era «el todo», de modo que la historia se distribuía y dispersaba por todo el tiempo en la secuencia de sus múltiples acontecimientos, ahora se le arrebataba al tiempo, se le apropiaba indebidamente; el todo era ahora atraído hacia un punto del tiempo, hacia el Ahora, el individuo, el yo. Todo el sentido se concentró en este punto exclusivo, y lo que quedó del tiempo fue, por tanto, simplemente una extensión vacía, el tiempo como mero parámetro. Así, desde el advenimiento del cristianismo, sólo existe el «tiempo como tal», el único continuo temporal, el tiempo lineal, que se extiende desde el único punto fijo, Cristo, hacia delante y hacia atrás hasta el infinito. Todos los acontecimientos y todos los momentos están ahora en el tiempo como su contenedor, o están ensartados como perlas en un collar a lo largo de la línea del tiempo.

Por supuesto, no se trata de afirmaciones «históricas». El «continuo del tiempo» ya existía en la filosofía griega mucho antes de la aparición del cristianismo histórico, y hubo que esperar siglos después para que la noción de tiempo como continuo entrara realmente en vigor, a principios de la era moderna. Lo que he dicho pretende ser una afirmación sobre la esencia. Lo que apoya y legitima divinamente, por así decirlo, la idea filosófica del tiempo como continuo (una idea que en el fondo siempre es posible), lo que hizo posible que el tiempo lineal se convirtiera en el concepto temporal exclusivo que reina sobre todo, lo que confiere al tiempo lineal su enorme impacto arquetípico es Cristo.

La necesidad vital de la «continuidad temporal» para el éxito del proyecto cristiano de salvación y para la idea cristiana en general es fácil de comprender. Sólo si la continuidad está anclada en el fondo «mitológico» -en la propia naturaleza o concepto del tiempo- se garantiza también la continuidad de la persona (la salvación). Una continuidad de la identidad personal sin que el tiempo mismo sea un continuo no tendría fondo.

El tiempo en las culturas mitológicas y rituales está estructurado de forma fundamentalmente diferente. Aquí el tiempo es, en primer lugar, fundamentalmente plural, del mismo modo que en ocasiones hablamos de tiempos malos o buenos o exclamamos: «O tempora, o mores«. Este tipo de tiempo no es un continuo, ni un contenedor vacío dentro del cual se producen los acontecimientos; los propios acontecimientos constituyen el tiempo. El tiempo, tal como lo describieron los neoplatónicos,14 o como lo ha redescubierto recientemente C. G. Jung en su teoría de la sincronicidad, está formado por quanta, piezas autocontenidas, cada una de las cuales tiene su propia cualidad específica y su cara o forma arquetípica y es en sí misma un círculo cerrado. Aquí la esencia del tiempo se funde con la imaginación. Los tiempos son ricos, son situaciones arquetípicas, los muchos momentos individuales sensibles (y sólo como sensibles también portadores de significado15 ) y esos momentos que representan en sí mismos las coincidencias significativas sobre las que escribe Jung. Estas pocas observaciones sobre la naturaleza del tiempo antes y ahora tienen que ser suficientes.

La negación como instrumento

¿Cómo ha conseguido el cristianismo encontrar un principio que, de hecho, pueda subsumir todas las cosas y momentos? ¿Qué tipo de principio es este en contenido, este Cristo al que todo lo que es y sucede puede ser referido como su centro? ¿Por qué medios logró el cristianismo desatar el «tiempo todopoderoso» (como lo llamó Goethe) y apoderarse de él?

La receta puede reconstruirse a partir de un pasaje de la Biblia: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos» (Hechos 4:12). Esta frase pronuncia ante todo un No fundamental a todo lo que es: ya no se supone que nada en el mundo sea divino o tenga sentido en sí mismo. El principio metodológico sobre el que se establece el punto arquimédico a partir del cual se da la vuelta al tiempo y se lo apropia es la negación y devaluación radical de todas las cosas de este mundo. Un pasaje de San Agustín, en el que interroga al universo sobre Dios, lo ilustra mejor: «Pregunté a la tierra y me dijo: Yo no soy Él. Y todo en ella me dijo lo mismo. Pregunté al mar y a sus profundidades y a las criaturas rastreras que viven en él, me dijeron: no somos tu Dios, búscalo por encima de nosotros. Pregunté a los vientos que soplan, al reino del aire y a todo lo que vive en él: me dijeron: Anaxímenes se equivocó, no somos Dios. Pregunté a los cielos, al sol, a la luna y a las estrellas: no somos tu Dios al que buscas, me dijeron».16

Un pasaje muy revelador: no somos vuestro Dios, al que buscáis. Está claro que Agustín no se conformaba con los dioses que aparecen por sí mismos, que simplemente son, en forma sensual de tierra y mar, sol y viento, novia y prostituta, hiedra y pantera, felicidad y muerte, etc. En cambio, buscaba un Dios, un Dios que debía cumplir unos requisitos muy concretos para que él (Agustín) pudiera reconocerlo. Así, el Dios del cristianismo no es, por naturaleza, un Dios simplemente existente. Es uno que se requiere que exista, uno buscado, uno que se exige que sea. Por esta razón, el único punto de contacto posible en la religión griega que San Pablo pudo encontrar fue el Dios Desconocido, esta ranura vacía, esta posición esencialmente sin llenar.

El tipo de Dios que se exige puede reconocerse en el procedimiento de Agustín. Una tras otra las regiones del mundo son despojadas de su divinidad. No, no, no. El mundo se va secularizando. San Agustín realiza un deshecho sistemático. ¿Qué queda? Nada. Equiprimordialmente con su dar sentido, el cristianismo también trae un repliegue a la nada, a lo que se desprende de todo, a lo ab-soluto («absuelto»). Allí donde se busca un Dios absoluto, se le da un sentido y se funda una religión, debe producirse necesariamente un desprendimiento (absolvere) de todos los dioses que se manifiestan en la realidad física y una negación de todo ser imaginario-sensorial. El absoluto sólo existe como algo buscado, exigido, una utopía; nunca existe como algo encontrado: sólo es como voluntad (absoluta). Y esta voluntad de lo absoluto es una sublevación desde, una insurrección contra el ser.

El punto de inflexión arquimediano que permitió que el tiempo se desencajara sólo podía ser el punto cero, que, al situarse en medio del tiempo, lo divide en el eón viejo y el nuevo, y por tanto en saeculum (este mundo) y vida eterna (el otro mundo), convirtiéndose así en el eje del mundo. Pero junto con esta división, también unió «por primera vez» el tiempo antes fragmentado en un continuo. Y esta idea del todo sólo era pensable si se pensaba de forma absoluta, fuera de todo marco de referencia real, y así se inventaba la nada, el más allá, que era tal que nada podría relativizarlo como algo meramente particular. La idea del todo es en sí misma el levantamiento del ser.17

Georg Büchner escribió: «La nada es el dios-mundo que hay que dar a luz».18 Con esta afirmación, Büchner obedeció, sin quererlo, a la exigencia cristiana. Lo que exigía explícitamente ya se había hecho realidad implícitamente 1.800 años antes. Cristo mismo es la nada, ya que no es la tierra, ni el mar, ni el viento, ni el sol, ni nada más. Es el Dios ontológicamente desconocido, un Dios cuya naturaleza es ser un hueco o una ranura vacía. Tiene que ser la nada, porque tiene que ser el logos encarnado, encarnado, es decir, sustancial e incondicionalmente el logos inmediatamente presente, y no debe ser simplemente una máscara (realidad metafórica mediada por los sentidos). En el cristianismo, la idea arquetípica de la nada se ha instalado en el hombre como una realidad. Desde entonces -después de un periodo de letargo durante la Edad Media- el mundo ha ido derivando hacia la nada como si fuera atraído por una montaña magnética.

Cuando digo que Cristo mismo es la nada, no lo digo en un sentido denigrante, peyorativo. No es en absoluto un ataque a Cristo; no es un intento de desenmascararlo e invalidarlo. No se trata aquí de validar en primer lugar. Se trata únicamente de describir la naturaleza y el contenido específicos de la idea de Cristo. Decir que Cristo es «la nada» no significa que él o esta nada por su parte no sea nada. Al contrario, como «la nada» es demasiado real, un Dios poderoso que ha conquistado todo el planeta y, en forma de civilización tecnológica global, es adorado incluso en Moscú19 y Pekín.

Esta caracterización del cristianismo tampoco pretende socavar la fe de sus creyentes. Bien entendida, no puede hacerlo, ya que no pretende explicar la experiencia individual de los cristianos y la sustancia de su fe, sino el cristianismo como realidad histórica transpersonal. La autenticidad y la profundidad de la fe cristiana en un individuo y el significado que obtiene de ella no se tocan de una manera u otra en este análisis.

Cristo como la nada: ahora podemos entender por qué el cristianismo no sólo promete, sino que de hecho es la salvación. Al basarse sistemáticamente en la nada, en lo absoluto, es capaz, por principio, de evitar cualquier posible decepción. Sin embargo, el rescate del niño y de su esperanza tiene que pagarse muy caro. La huida del asesinato del niño y de la encarnación del logos sólo podría tener éxito a costa de que todo el mundo dado por el sentido sea destruido metafísicamente-psicológicamente y, quién sabe, quizás algún día incluso aniquilado físicamente. Tenemos que darnos cuenta de que el rescate del niño ya es inherente a la interpretación cristiana de la muerte del niño como asesinato de niños. Como asesinato, la muerte del niño se denigra desde el principio como algo malo y absurdo, e ipso facto ya se rechaza.

La experiencia de la búsqueda y la erosión del sentido

El hombre arcaico asumió la experiencia del desenmascaramiento como su experiencia subjetiva de la muerte del niño, su muerte como niño. El mundo mismo, por el contrario, seguía estando lleno de dioses. El cristianismo hace recaer el desenmascaramiento sobre el objeto, el mundo, dejando que éste cargue con el peso de este desencanto al dejar que el carácter objetivo del mundo sea desencantador («no somos el Dios que buscáis»). El asesinato evitado del niño vuelve como la reducción destructiva del cosmos («resplandor» de la manifestación) a una mera «criatura» (algo hecho). Pero, a cambio, se puede conservar la fe y la esperanza del hombre, es decir, el niño. A la inversa, precisamente a quien hoy en día quiere evitar la dicotomía entre él y la máscara y aspira a ser un todo indiviso en el sentido de la unidad de la personalidad, la dicotomía vuelve a casa en forma de disociación neurótica, al igual que el continuo del tiempo unificado se dividió en los viejos y los nuevos eones. La «totalidad» (la idea de «el todo») y el ser-dividido van obviamente juntos. Son lo mismo. La disociación neurótica se basa esencialmente en la voluntad de alcanzar la totalidad y encuentra su realización precisamente también en y como anhelo de salvación-traer la totalidad. ¿Cómo podría algo estar dividido si no pensara que debe ser un todo «sistemático» ininterrumpido?

La euforia de los primeros cristianos debió de ser enorme, ya que el evangelio cristiano trajo la plenitud pleromática del ser, en el sentido de que todo estaba relacionado con el eje del tiempo y sometido a él. Se trataba de un triunfo inaudito, que trajo consigo un sentido de superioridad absolutamente novedoso, un conocimiento psicológico (ontológico, no óntico) de estar fundamentalmente por encima de todas las cosas e inmune a ellas. Para la conciencia psicológica, esta plenitud cristiana resulta ser, sin embargo, el vacío ab-soluto del nihilismo, en la medida en que el eje es el punto cero, la nada, ese Cristo que rechazó expresamente todos los reinos del mundo y su gloria, ya que estaba destinado a ser no sólo gobernante en el mundo sino algo infinitamente mayor: a saber, el eje, el principio ab-soluto, el logos del mundo, que por su parte ya no es nada inmanente al mundo.

La instauración cristiana del sentido -¿y no es «cristiana» toda Sinngebung (instauración del sentido)? y la erosión nihilista del sentido son un mismo proceso. La búsqueda de Dios de Agustín se produjo como la destrucción de los dioses y como la secularización del mundo. La búsqueda de Dios no fue la reacción a una experiencia previa de un mundo desprovisto de dioses. Por el contrario, fue la primera concepción audaz del intento sistemático de liberar al mundo de los dioses, y diseñó, para todo el eón cristiano, el programa metodológico de secularización que debía realizarse en el futuro, un programa que sólo hoy, con la invención de la cibernética, ha alcanzado la fase final de realización. El mundo concebido cibernéticamente, como un sistema de relaciones meramente funcionales: esto es el cristianismo realizado, la secularización total, el cumplimiento de aquella promesa «de que todas las cosas deben reunirse en Cristo». Esta es también la razón por la que la cuestión del sentido como tal sólo pudo plantearse 1.800 años después del nacimiento de Cristo. Antes de eso, la humanidad todavía podía vivir del significado que permanecía invertido en las cosas reales mismas. La cuestión del «sentido en sí» sólo fue posible después de que el consumo del sentido existente hubiera avanzado hasta tal punto que se alcanzara el punto cero absoluto.

El hecho de que también hoy la búsqueda de sentido y la destrucción del sentido sean una misma cosa y que la experiencia de sentido (tal como se entiende hoy) sea en sí misma la generación continuada del nihilismo, lo sugiere también una simple observación relativa a la frase «experiencia de sentido». Es cierto que al principio parece que el anhelo de una experiencia de sentido se refiere al sentido. Pero si se examina más de cerca, resulta que el significado en sí mismo es aquí irrelevante. Lo que realmente importa es simplemente la experiencia. La expresión «experiencia de sentido» sigue siendo completamente abstracta. No se plantea en absoluto la cuestión de lo que es objetivamente significativo. Lo único que cuenta es que el significado, cualquier significado, sea experimentado subjetivamente. Se busca, pues, algo totalmente abstracto, la mera posesión de algún tipo de experiencia subjetiva, en definitiva, la propia edificación, esa edificación en la que tiene lugar la aedificatio del yo.

Así pues, lo que ocurre en la experiencia del sentido es esencialmente que surge un punto central virtual al que se pueden remitir todos los contenidos de la experiencia. El proceso psíquico de remisión de los contenidos a un punto central, el proceso de su sujeción al principio único, suele llamarse «experiencia emocional» y se siente como tal, y aquellos acontecimientos experimentados en los que la vida más o menos en su conjunto se concentra en torno a un centro (sólo así originado) se llaman experiencias de sentido o experiencias de trascendencia. Lo que sea puede, en principio, servir para mediar la experiencia de sentido, es decir, el establecimiento o la constitución de un centro virtual. También podríamos decir: «experiencia de sentido» es el nombre del modo en que el ego se construye a sí mismo, el modo en que se establece plena y enfáticamente como centro del mundo. El ego que se ha convertido plenamente en el centro suele llamarse entonces el Yo. La experiencia de sentido es el proceso de toma de poder psicológico. Dado que la experiencia de sentido es la construcción del ego, y dado que el mundo se reduce así a la «materia» (para usar una expresión de la escena de las drogas) que hace posible la experiencia sentida de sentido, esta experiencia se revela como mero consumo de cosas, momentos o imágenes oníricas, es decir, como la aniquilación de su cualidad inherente, concreta y sensorial.

¿Por qué proliferan tanto las teorías y técnicas relacionadas con la «búsqueda de sentido»? ¿Por qué el hombre contemporáneo prueba una terapia tras otra, una moda de sentido tras otra? Porque la búsqueda de sentido como mero consumo es una adicción. También las drogas son, por así decirlo, algo completamente disociado de todo, «el logos hecho carne». No constituyen un alimento como la comida y la bebida, sino que, por el contrario, drenan. La adicción es en sí misma una privación, un consumo, un vaciamiento. No produce una plenitud de «mundo», sino esa espectral profusión nihilista que es en sí misma el comienzo de un vacío y una carencia aún más profundos. Al igual que la adicción sólo encuentra satisfacción a través de una demanda de saciedad cada vez mayor, el yo experimentador requiere cada vez más estímulos para la experiencia del sentido, porque tal yo no sólo es (estáticamente) una nada y un punto cero, sino también (dinámicamente) una aniquilación consumidora. (Esto, por supuesto, no es necesariamente el caso en cada persona óntica individual, pero ciertamente en el «hombre moderno» como tal, el concepto o constitución del hombre moderno comprendido como una realidad psicológica, por así decirlo, la versión moderna realmente existente del «anthropos» arquetípico). El conocimiento científico de la era moderna puede, asimismo, ser comprendido como un consumo de la realidad: cada vez más y más aspectos diferenciados del mundo deben ser arrojados a la ciencia insaciable como problemas (de proballein, «arrojar antes») para ser explicados, es decir, para el desenmascaramiento sistemático y exhaustivo del universo según las líneas que Agustín había trazado todavía muy aproximadamente. Cada región del mundo y todo lo que hay en él hasta los más minúsculos nanomundos y hasta las más extensas galaxias se hace confesar: no soy vuestro Dios al que buscáis, para aumentar el poder y la gloria del Dios Único, eje del mundo: el ego o la nada.

La experiencia real de hoy

La palabra experiencia tiene muchos significados. Junto con Jung, distingo la experiencia propiamente dicha de la experiencia buscada, que es «una imitación construida metódicamente».20 La naturaleza de la experiencia propiamente dicha (en alemán: Erfahrung, de erfahren, literalmente, «experimentar algo, llegar a conocer algo a través de la experiencia») es que nos ocurra. La sufrimos. «Seine Erfahrungen mit etwas machen» significa aprender algo por las malas, haberse desilusionado y haber recibido una lección. ¿Cuál es la experiencia legítima hoy en día? Se desprende de una afirmación de la conferencia de Karl Jaspers «El espíritu europeo», leída después de la Segunda Guerra Mundial, que cito aquí como un solo ejemplo. «Cuando lo que no tiene fondo nos da vértigo -y parece que lo peor está aún por llegar-, lo que hay que recordar es: cuando todo lo demás se desvanezca, Dios permanecerá. Basta con que la trascendencia esté«.21

¿Cuál es la verdadera experiencia aquí? Si escuchamos con atención, es la falta de fondo, el vértigo, el desvanecimiento de todo. Pero Jaspers se engaña a sí mismo y nos engaña a nosotros con respecto a esta experiencia, ya que menciona esta falta de fondo con el único propósito de frenarla más radicalmente, de una vez por todas, señalando al Dios que permanece. En esta frase suya tenemos, pues, ambas cosas: lo que se experimenta realmente y un sentido superior que se le impone. Al defenderse de lo que es su experiencia real mediante un salto a la fe, Jaspers no sólo se desacreditó como filósofo y fenomenólogo, sino que también devaluó lo que había que experimentar, la catástrofe alemana. Lo que su afirmación implica, sin saberlo, es lo siguiente: el hecho de que millones de seres humanos hayan sido asesinados y enviados al matadero, el mundo convertido en polvo y cenizas, el pueblo alemán cargado con una culpa indeleble… ¿qué puede hacernos en última instancia? Basta con que la trascendencia lo sea. En otras palabras: ¿qué daño sufre el hombre si pierde el mundo entero? Basta con que Dios permanezca.

¿Es realmente suficiente? ¿Es suficiente la mera trascendencia sin mundo? Pues bien, parece que los alemanes nos lo hemos creído, y hemos conseguido construir un milagro económico que desprecia el mundo -la sociedad del despilfarro- sobre esta roca salvadora de la fe, y también nos hemos librado de la época del Tercer Reich que nos perseguía. Jaspers y todos los que pensamos como él no hemos aprendido nada psicológicamente. No escuchamos lo que el Tercer Reich nos dice y nos otorga y lo que quiere llegar a nosotros como una experiencia desilusionante. La trascendencia nos hace invulnerables y nos permite soportar imperturbable la pérdida, si tiene que ser, de todos los reinos y la gloria de este mundo. El acontecimiento ha pasado desapercibido, aunque muy fuerte en nuestros oídos. Pero el mensaje del Tercer Reich no fue en absoluto que Dios permanece. Fue el asesinato, la muerte, la destrucción, el sinsentido, la desintegración. «La muerte es un maestro de Alemania», dijo el poeta. Este es el punto donde en nuestro tiempo el pasaje tiene su lugar: «y esto os servirá de señal…» Pues este es el hueso duro que tenemos que masticar y digerir. ¿Qué es lo que quiere llegar a nosotros? A mí me parece que es la desilusión, la kata-strophê: la bajada, el hundimiento, el descensus ad inferos.

La época nazi no es la única. Los signos de los tiempos incluyen también la idea de un desastre nuclear mundial, del fin del crecimiento económico, de la destrucción del medio ambiente. Psicológicamente, no importa si estas ideas son ciertas o no. Lo que importa es sólo lo que se nos dice a través de ellas.

Pero, sobre todo, la experiencia desilusionante nos impresiona poderosamente desde la historia de las ideas. A principios del siglo 19, por ejemplo, está en la obra del escritor alemán Jean Paul, el «Discurso de Cristo muerto desde el firmamento que no hay Dios» (1797). Está la idea de Hölderlin de «… in dürftiger Zeit» («… en tiempos de necesidad») y de la Fehl (falta) de Dios. Nietzsche experimentó la aparición de «el más siniestro de todos los visitantes», el nihilismo. En nuestro siglo, la perspicacia psicoanalítica hizo que Freud pensara en la idea del instinto de muerte. La iniciación personal de Jung en la psicología produjo los «Septem Sermones ad Mortuos». ¿No está nuestra época, y en particular la psicología, marcada por un retorno de la muerte que había sido reprimida por el cristianismo?22

Desde la época del Romanticismo ha existido en el mundo germanohablante una fantasía de Europa como Abendland (Occidente), la «tierra de Hesperia» o «tierra de la tarde». ¿Por qué se imaginó así la Europa cristiana en el momento de su mayor ascenso, cuando estaba a punto de convertirse en el centro del mundo política e intelectualmente, a no ser que con esta fantasía de Abendland quisiera imprimirse en la Europa cristiana la noción de lo que significa Abendland, el país del sol poniente?23 Por lo tanto, sólo es lógicamente coherente que a principios de nuestro siglo24 Oswald Spengler imaginara la Decadencia de Occidente, y que más tarde C. G. Jung hablara de nuestra época benigna. La dirección de esta fantasía colectiva es inequívoca: el declive de Occidente hacia la noche. En estas circunstancias, ¿es psicológicamente legítimo emprender un Morgenlandfahrt (Viaje a Oriente, el país del sol naciente, la «mañana») con Herman Hesse, o propagar con Erich Neumann el desarrollo de la conciencia hacia la luz? ¿No es precisamente éste el camino hacia la benignidad «total»? Porque la oscuridad se convierte en total cuando no es simplemente oscura, sino cuando el carácter mismo de la oscuridad se oscurece de modo que ya no aparece como oscuridad sino como luz. Jung llama a esto el devenir inconsciente de la conciencia (OC 12 § 563, traducción modificada).

A todos los que desean viajar a Oriente les dice Jung:

Me parece mucho mejor confesar nuestra pobreza espiritual, nuestra falta de simbología, en lugar de fingir estar en posesión de algo de lo que no somos en absoluto herederos legítimos. … Así, la pobreza espiritual renunciará a las falsas riquezas del espíritu para apartarse no sólo de los míseros restos de un gran pasado …, sino de todos los atractivos de fragancia exótica, para volverse hacia el interior, donde, a la fría luz de la conciencia, la desolación del mundo se extiende hasta las mismas estrellas. (CW 9i § 28f., traducción modificada)

Ciertamente, es posible escapar de la pobreza de los símbolos, de la pérdida de la fe, del vacío y de la retirada del sentido, mediante algún tipo de Sinngebung (otorgamiento de sentido), es decir, mediante la búsqueda metódicamente perseguida de una experiencia de sentido, por ejemplo, sometiéndose a un «análisis de individuación», en el que incluso esos productos más inocentes, nuestros sueños, son arrojados al ego codicioso para que los drene y consuma con el fin de producir así un sentimiento de sentido en sí mismo. Pero también existe la posibilidad de tener una experiencia de sentido auténtica, es decir, no buscada metódicamente, la experiencia de aquello que se nos ha ido acercando desde hace mucho tiempo: en el nihilismo, en el instinto de muerte de Freud, en la muerte de Dios, en la decadencia de Occidente, en la catástrofe del régimen nazi, en la fría esterilidad de un mundo científicamente interpretado, en la filosofía y el teatro del absurdo, en la destrucción del medio ambiente, en la guerra nuclear y, por supuesto, en la psicopatología.

La falta de sentido no es un hecho empírico, como si la vida hubiera perdido de repente, por alguna razón, el sentido que tenía antes. Más bien, la vida misma es lo que siempre fue. Lo que ha cambiado es sólo nuestra concepción de ella. El sentido y la falta de sentido no son hechos empíricos, sino fantasías arquetípicas o perspectivas desde las que se pueden ver y experimentar emocionalmente los hechos de la vida. Ahora bien, si el sentido y el sinsentido no poseen una verdad objetiva-empírica, sino sólo («sólo»?) psicológica, entonces todas las ideas y fenómenos de decadencia y repliegue mencionados anteriormente han de entenderse como expresiones de una especie de fantasía obsesiva en la que, de forma análoga a los perros del sueño mencionados al principio, algo nuevo intenta entrar en la conciencia del «hombre moderno» para transformarla radicalmente.

Por muy siniestro y extraño que sea, el sinsentido es como un huésped que llama a nuestra puerta pidiendo refugio. Tal vez incluso necesitemos la desilusión a través del vacío espiritual y el sinsentido como algo necesario (not-wendig) que pueda sacarnos (wenden) de la penuria (Not) del punto de inflexión de la historia (Zeitenwende), de vuelta al tiempo re-convertido, re-apropiado, el tiempo de los muertos y de las máscaras, y así al mismo tiempo de vuelta a una forma de vivir la vida bajo la égida de la necesidad predestinada de ser (Ananke), como la sucesora de la idea del «sentido de la vida». Entonces la cuestión ya no sería si la «vida» tiene un significado (es decir, un significado para nosotros, egocéntricamente), sino cuál es el significado o sentido (contenido sensible particular) de los acontecimientos concretos individuales o de las imágenes oníricas en su totalidad. Tal vez la experiencia del sinsentido sea una iniciación al conocimiento desilusionante y liberador de que no somos hijos divinos ni tenemos por qué serlo, sino hombres mortales: «hijos de la muerte» (1 Sam. 26:16) nacidos de la muerte del hijo. Y tal vez la pérdida del centro signifique simplemente un desmoronamiento del totalitarismo ontológico del cristianismo. Tal vez pueda abrirse una visión lejana de una psicología sin ego y sin yo, sin totalidad y sin centroversión,25 sin persona y sin desarrollo, sin sentido y sin salvación, una psicología desprovista de todo este lastre teológico.

Dejar ir

Pero, por supuesto, mucha gente se retraerá ante la idea de seguir este camino hasta su final lógico. ¿Es realmente necesario tirar por la borda todas las nociones de desarrollo y plenitud? ¿No es posible simplemente frenar la unilateralidad y los excesos ocasionales de la teoría del desarrollo? ¿No bastaría con prestar más atención a las etapas particulares dentro del proceso de desarrollo sin renunciar a nuestra orientación hacia la totalidad del proceso? ¿No bastaría con evitar cualquier rigidez del ego allí donde se produzca, en lugar de renunciar a ella por completo? No creo que sea suficiente. No hay otro camino que tirar al niño con el agua de la bañera. Y junto con el niño, tirar el hermoso sueño de la infancia de nuestro desarrollo psicológico en un ego heroico, la unidad de la personalidad, la totalidad del mandala de nuestro yo y de la «totalidad» por completo. Esto no significa que estas ideas tengan que ser desterradas de la psicología como malas o erróneas. Por supuesto que están permitidas. De hecho, puesto que existen, la psicología debe tomarlas en serio, como objetos de su pensamiento. No son ni buenas ni malas, simplemente son. A lo que me opongo es al hecho de que la psicología se identifique con estas ideas y las convierta en los principios de su propio pensamiento.

La desilusión, el vacío, el sinsentido, el hundimiento… ¿se supone que eso es todo? Después de haber desvelado primero la erosión del sentido del mundo provocada por el cristianismo, ¿no estoy ahora yo mismo hablando a favor de una desolación similar del mundo? Esto es lo que muchos lectores pueden pensar. Y yo podría responder, si pretendiera terminar con una nota «positiva», que la desilusión no es un fin en sí mismo, que la oscuridad, cuando se soporta, se convierte en luz, y que, en las acertadas palabras de Heino Gehrts,26 la «espantosa mueca de la Gorgona», si uno se enfrenta a ella y se mantiene a su vista, finalmente «se relaja en una sonrisa». Todo esto puede ser cierto. Pero no pretendo seguir esta línea, como tampoco hablar a favor de la esterilidad del mundo. No quiero hablar a favor (ni en contra) de nada, ni a favor del sentido ni del sinsentido, porque si lo hiciera, sería yo quien hablaría, y con mi inteligente conocimiento anticipado y mi anhelo infantil de un final feliz, me saltaría el verdadero presente. Esto implicaría que me saliera de lo que simplemente es y que siguiera consintiendo la apropiación indebida del tiempo. Así, prefiero dejar que el tiempo hable por sí mismo.

Sucede que lo que oigo desde hace tiempo son sobre todo fantasías sobre la aniquilación. «El desierto crece». No soy yo quien nos empuja a la desolación cristiana del mundo, sino todos los fenómenos mencionados, y muchos otros más. Yo simplemente trato de seguir el ejemplo. Si alguna vez llegara el momento en que la Gorgona comenzara a sonreír, entonces el tiempo presentará por sí mismo esta sonrisa en tantos fenómenos como ahora muestra la desolación y la decadencia, y entonces sería el momento de discutir el tema (omitido en esta discusión) de una posible experiencia genuina de sentido. ¿Es realmente necesario que nos preocupemos ahora por esto? ¿Tenemos que insistir en el «todo», en el cuadro completo, en una visión de conjunto, y con ello alejarnos de nuestro propio presente? ¿No podemos entregarnos al momento presente en su totalidad, por muy unilateral que sea, y devolverle al tiempo la totalidad que le ha sido sustraída, para que pueda tejer un todo a partir de todas las situaciones unilaterales, su propio todo, «en el curso del tiempo»?

La protesta contra la falta de sentido no es en sí misma más que una insurrección mezquina contra el Ser, y la lucha contra la apropiación indebida del tiempo es esta misma apropiación indebida. No es posible volver a la naturaleza, volver a la condición precristiana. Por el contrario, tenemos que reconciliarnos con la malversación cristiana y quedarnos con ella. Si la apropiación indebida no es simplemente actuada (realizada), sino realmente pensada, pensada como apropiación indebida, entonces comienza a volver por sí misma. En el momento en que realmente tenemos en cuenta y reconocemos el hecho de que el «punto cero absoluto» sólo existe en virtud de la apropiación indebida, deja de ser absoluto. Entonces el punto cero vuelve, como un punto único, a la multiplicidad del tiempo original, como un punto que, por cierto, tiene como contenido, y por lo tanto «enseña», la idea de un todo centralizado, lo cual, sin embargo, no significa ni mucho menos que él mismo sea de hecho también ese centro o totalidad. Es similar a la concepción de Jung sobre la neurosis y la individuación: lo importante no es la lucha contra la disociación neurótica, que no haría más que perpetuar la neurosis, sino el reconocimiento consciente de la misma: «Si un hombre se contradice a sí mismo y… sabe que se contradice, está individuado».27

El propio complejo de sentido revela la verdad sobre el sentido y el sinsentido. Al hablar del sinsentido de nuestra época actual, él mismo declara que lo que durante mucho tiempo ha estado esperando impacientemente ser experimentado por nosotros no es en absoluto el sentido, sino el vacío del sinsentido. Al querer utilizar la palabra «utopía» para el sentido buscado, el propio complejo de sentido expone el sentido buscado como utópico e inauténtico. Y cuando sostiene que antiguamente, en el mundo «intacto» de la Edad Media, en la antigüedad o en las culturas primitivas, todavía existía un tejido firme de sentido, entonces esta fantasía arquetípica sobre los buenos tiempos nos da una pista sobre la naturaleza y el locus del sentido. Nos dice que el sentido es arquetípico y, por tanto, fundamentalmente algo anterior, algo que «ha sido» y que nunca es como un presente; y que para nosotros, también, el sentido sólo puede serlo si no tratamos de conseguirlo por nosotros mismos buscando una «experiencia de sentido» sino, por el contrario, nos desprendemos de él y se lo dejamos a los antepasados y a los muertos, que son sus legítimos propietarios.

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1 MDR, p. 178 (traducción modificada).

2 Este documento fue escrito en 1981.

3 En la «discusión filosófica tradicional» se hablaba «sobre todo del significado de algo». «Sin embargo, en nuestro siglo la búsqueda de sentido aparece de una forma nueva, se convierte en algo absoluto y eso es lo nuevo» -Ulrich Mann, «Sinn und Glück», en Suche nach Sinn: Ein Symposion, Herrenalber Texte 28, ed. Wolfgang Böhme (Karlsruhe: Evangelischen Akademie Baden, 1981), p. 73 (traducción mía).

4 Heino Gehrts, «Iniciación», Gorgo 8 (1985): 1-63.

5 Heino Gehrts, «Die Opferung des zeugerisch verbundenen Paares», Gorgo 1 (1979): 32ss.

6 Joseph Campbell, The Masks of God, Vol. 1: Primitive Mythology (Nueva York: Viking Compass Edition, 1970), p. 22. Walter F. Otto, Dionisio: Myth and Cult, trans. Robert B. Palmer (Bloomington, IN: Indiana University Press, 1965), p. 91.

7 «Das wahre Wort«.

8 Jung escribe: «… El prejuicio siempre se inclina a identificar el motivo del niño con la experiencia concreta ‘niño’, como si el niño real fuera la causa y la condición previa de la existencia del motivo del niño. … [L]a idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico, … precisamente no es un niño humano» (OC 9i § 273 nota 21).

9 Sobre la diferencia psicológica (que es el equivalente psicológico de la «diferencia ontológica» de Heidegger), véase Wolfgang Giegerich, «Die Gegenwart als Dimension der Seele», Analytische Psychologie 9 (1978): 99-110. Ahora en inglés como «The Present as Dimension of the Soul», The Neurosis of Psychology (New Orleans, LA: Spring Journal Books, 2006), pp. 103-117. Véase también Wolfgang Giegerich, «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71, especialmente la nota 8. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96, esp. nota 7.

10 En cuanto a la distinción entre «óntico» y «ontológico»: «óntico» se refiere al ámbito de los entes, estados, acontecimientos y comportamientos existentes. «Ontológico» se refiere al Ser y a los modos de Ser en los que tales entidades pueden estar. En ciertos contextos, la distinción entre lo óntico y lo ontológico puede ser aproximadamente paralela a la que existe entre los niveles de significado empírico y «metafísico», también a la distinción entre lo literal y lo metafórico/arquetípico. Por ejemplo, la naturaleza, aunque esté ontológicamente muy viva en la actualidad, puede decirse que murió ontológicamente cuando dejó de ser la morada de los dioses, las ninfas y los daimones, y se convirtió en el objeto de la investigación científica.

11 La mayoría de los ritos de la pubertad implicaban pruebas severas, con procedimientos dolorosos que había que soportar, con heridas (circuncisión, imposición de cicatrices, etc.), claras violaciones de la integridad del «niño» y claras interrupciones de la continuidad del desarrollo personal. En algunos lugares, los iniciados se exponían literalmente a una experiencia de muerte ritual al ser enterrados, por ejemplo, durante unos días en una especie de tumba.

12 Véase Wolfgang Giegerich, «Sobre la neurosis de la psicología, o el tercero de los dos», Primavera (1977): 153-174. Ahora en La neurosis de la psicología, pp. 41-67.

13 He tratado el tema de la interioridad en «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96.

14 Shmuel Sambursky, «Das Gespenst des Vergänglichen», Eranosjahrbuch 47 (1978).

15 Sensual: sinnenhaft; con significado: sinnvoll.

16 Confesiones, Libro 10, Cap. 6.

17 Compárese la idea de «Selbst-über-hebung (autotranscendencia, autosupresión)» y «visión de conjunto» en mi contribución a la discusión del politeísmo, Gorgo 2 (1979): 62-69. Ahora en inglés como «Comment on J. Hillman’s ‘Psychology: ¿Monoteísta o politeísta?» en el presente volumen, capítulo 8.

18 En su drama La muerte de Danton (1835).

19 En la época en que se escribió esto, Moscú aún estaba bajo el dominio de los soviéticos.

20 Cartas 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky, p. 602.

21 Citado en Benno von Wiese, Die deutsche Tragödie von Lessing bis Hebbel (Hamburgo: Hoffmann und Campe, 1955), p. 673 (mi traducción).

22 Véase el libro pionero de James Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979).

23 En particular, «Abend der Zeit» de Hölderlin, «Friedensfeier» (1801-02), «Der Rhein» (1801).

24 Esto fue escrito en 1981.

25 Un término de la psicología de Erich Neumann.

26 En una carta personal.

27 Cartas 2, agosto de 1956, a H. A. Murray, p. 324.