Animus-Psychologie, Introducción

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

En «Animus-Psychologie» de Wolfgang Giegerich, en editorial Peter Lang, 1994, pp. 7 a 12, traducido directamente del alemán.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El título Psicología del Animus es ambiguo. Puede entenderse en el sentido de genitivus objectivus (enseñanza psicológica sobre el objeto especial «animus»), pero igualmente en el sentido de genitivus subjectivus (psicología inspirada por el «animus», psicología en el espíritu del «animus» o también: psicología que no sólo considera el «animus» como uno de sus objetos -a observar en las personas o en los productos del alma como los sueños-, sino que también lo deja entrar en su propia conciencia, es decir, en la concepción de sí misma o en su planteamiento, es decir, en la concepción de sí mismo o de su enfoque). La ambigüedad es intencionada. La alternativa de la investigación empírica sobre los objetos y la filosofía de la ciencia ascendente o descendente que se aplica a las ciencias pierde la esencia de la psicología. Si afirmo esto, entonces también significa que no puedo considerar que gran parte de lo que se ha producido hasta ahora bajo el título de psicología sea psicología real. La psicología aún no ha demostrado su existencia. Y proporcionarla es una de sus principales tareas.

Lo habitual es que los psicólogos recurran a sus temas. Se llevan a cabo investigaciones empíricas, se observan bebés, se realizan experimentos con sujetos de prueba o se describen e interpretan experiencias adquiridas en psicoterapia. Incluso cuando los analistas investigan psicológicamente mitos y cuentos de hadas o fenómenos religiosos, espirituales-históricos como la alquimia, esto suele hacerse desde y hacia los analizados (lo que incluye la posibilidad de que el investigador también se oriente hacia sí mismo como posible analizado). La pregunta sigue siendo objetiva: ¿qué aporta lo que se ve a la comprensión de los procesos psicológicos y de los complejos enredos del individuo? ¿Cómo puede utilizarse para promover el desarrollo de los pacientes o de aquellos que se esfuerzan por tomar conciencia de sí mismos? El pensamiento permanece enteramente en lo que Nicolai Hartmann denominó la «intentio recta», la orientación directa hacia los objetos. Esto significa que la forma de pensar sigue comprometida con la ciencia (constituida por la separación sistemática de la ciencia y la teoría de la ciencia), incluso cuando el procedimiento en sí no es tan estrictamente científico.

Uno se aproxima prácticamente a los problemas que surgen. En muchos ámbitos de la psicología, la cuestión del alma está incluso prohibida, el término «psicología» se evita (se reprime) y el alma misma se coloca en la famosa «caja negra» (esa «variable interpuesta y desconocida, irreconocible, que interviene en el proceso estímulo-respuesta») en la que no se permite mirar.1 O se da una determinada definición del alma y de la psicología, y con la reconfortante sensación de que se ha cumplido con este deber, es decir, con este requisito previo detrás de ellos o con este fundamento fiable debajo de ellos, creen que entonces son libres de sumergirse en el «verdadero» trabajo psicológico sin preocuparse, para simplemente construir sobre el fundamento que han elegido una vez – el alma que entonces desde hace tiempo que se conoce y la esencia de la psicología que desde hace tiempo está asegurada.

Pero la psicología no tiene cimientos. No tiene fondo.2 No está construida sobre ninguna base sólida. Y no tiene presupuestos. No tiene ningún suposición. No tiene, como las ciencias, simplemente «objetos». Porque, como pregunta por el alma, es la pregunta por aquello que da a todos los objetos posibles su objetividad y su definición en primer lugar. En la medida en que la psicología se toma en serio a sí misma, no es posible como ciencia. Es esa «ciencia» entre comillas la que debe realizar la proeza de que la exhalación y la inhalación no sean dos actos separados por la sucesión, sino un mismo acto, al inhalar en la exhalación y al exhalar en la inhalación. Debe moverse como unidad de intentio recta e intentio obliqua, desde su respectiva presencia como centro, simultáneamente en direcciones opuestas. Para ella, lo desconocido no está sólo delante de sus objetos, sino también detrás de ella (o debajo de ella), en sí misma, en su propio cuestionamiento y visión, y en lo que los motiva y les da forma. Esto es lo que constituye su absoluta falta de condiciones previas y falta de fundamento, que son tanto su necesidad como su distinción. Por tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal modo que se refleje en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma). Por lo tanto, debe experimentar, hablar y pensar de tal manera que se refleje simultáneamente en el objeto que tiene delante y en sí mismo (psicología y la cuestión de la esencia del alma).

Las ciencias no tienen esta dificultad. Es cierto que, en última instancia, tampoco tienen fondo. Pero han establecido su carencia de fondo, en la que ellas también, como todo lo demás en el mundo, están fundadas, como un fundamento firme desde dentro de sí mismas y por adelantado. De este modo, han puesto de una vez por todas la cuestión de su suelo fuera de sí mismas como algo que no les concierne y, por tanto, sólo deben y pueden mirar siempre hacia delante en una dirección dentro de su falta de cimientos. Esto hace posible la (amplia) falta de ambigüedad, la fiabilidad y la utilidad práctica de sus resultados. Para ellas, sólo hay un frente, pueden disparar a su objeto (concebido como un problema que hay que resolver o un enemigo al que hay que enfrentarse) con toda la fuerza y una determinación sin límites. La psicología no puede «apuntar» a sus objetos de esta manera (como con un rifle). Esto no se debe a que se trate de seres humanos y no sea apropiado apuntar a las personas de una forma tan clara o incluso apuntar con un arma y apretar el gatillo. Las ciencias del hombre (más claramente la medicina y la teoría médica) han demostrado que esta consideración no tiene por qué frenarnos. Pero sólo porque la psicología se frustró a sí misma con ello. Sólo entonces los enunciados son psicológicos si tienen en lo que dicen de su objeto ante sí al mismo tiempo la infinitud de su fundamento, el alma. Sólo entonces las preguntas son preguntas psicológicas cuando, en los objetos particulares a los que se aplican, hay al mismo tiempo una pregunta sobre qué es esto desconocido, qué es el alma, qué es la psicología misma. La pregunta inmediata por la esencia del objeto que tenemos delante está vedada a la psicología, como lo está la pregunta inmediata por la esencia del alma o el planteamiento de la psicología que tenemos detrás, por tanto, lo uno o lo otro, la intención directa sobre el objeto o la intención replegada sobre la conciencia que pregunta y su fundamento.

Nuestro objeto es el animus. Sin embargo, de acuerdo con lo que se ha dicho, es así que lo que en él se nos muestra como hechos individuales se refleja siempre al mismo tiempo en la autocomprensión y en las «categorías» de la psicología con las que capta los hechos, y a la inversa, lo que se ha de decir sobre el enfoque o el horizonte intelectual de la psicología pone al ánimus bajo una determinada luz.

Esto tiene consecuencias. Al intentar sumergirme en mi tema sin presuposiciones, mis explicaciones no pueden tener la «generalidad» que los enunciados científicos pueden reclamar legítimamente para sí debido a que evitan metódicamente la falta de fundamento de la que también surgen. La «objetividad» de un texto psicológico se parece más a la de una obra de arte, donde la objetividad no excluye la subjetividad. Por otra parte, las observaciones hechas en este libro no son puramente subjetivas en el sentido de arbitrariedad indisciplinada. El fundamento consciente en la falta de base de la «ecuación personal» (C.G. Jung), en virtud de la cual todo lo que se dice tiene siempre también un «carácter confesional» -el psicólogo siempre se «traiciona» a sí mismo en todo lo que dice de los demás y de los otros- , tal vez permita alcanzar la realidad humana con mayor facilidad que la metodología científica, porque dicha investigación, desde su planteamiento, no rehúye su origen en la propia realidad humana y, en lugar de negarla o filtrarla, más bien la asume en su propia conciencia y, por tanto, en su responsabilidad.

Y también tiene su propio rigor y consecuencia. Éstas son reales en la medida en que es posible comprender el fenómeno psíquico observado y pensar sus implicaciones y consecuencias. Cuando hablo del fenómeno «observado» y, por tanto, de una visión, tengo en cuenta el hecho de que, a diferencia del objeto de la observación empírica, el fenómeno psicológico es siempre ya la unidad del objeto visto ante nosotros y de la visión que guía el ver del objeto.

Toda pretensión de exhaustividad se mantienen aparte. Del mismo modo que en una obra de arte no se busca la exhaustividad, sino que el cuadro intenta mostrar toda la verdad de lo que representa, a saber, su ser más íntimo, más exactamente y con Hegel: su concepto, tampoco aquí pretendemos necesariamente dar una imagen exhaustiva y enciclopédica de todo lo que se ha dado a conocer en la investigación sobre el animus y es accesible en la literatura. No pretende ser un libro de texto o un compendio sobre un único tema, el animus, como al parecer pretendía C.A. Meier con su «Libro de texto de psicología compleja» en cuatro volúmenes con respecto a esta psicología en su conjunto. Por lo tanto, no pretende tener autoridad de ninguna manera. Tampoco pretende ser completo ni definitivo (aunque sólo sea por el momento). Su autoridad no se deriva de la suma de lo que se sabe de la literatura sobre el tema, sino de la devoción al fenómeno observado y de la entrada vinculante en el proceso de pensamiento que se deriva de su observación. La entrada en el pensamiento se convierte en vinculante si y sólo si está guiada por la siguiente intuición: El pensamiento a ser pensado aquí tiene «todo lo que necesita en sí mismo». «Al hacerlo, hay que tener cuidado de no dejar entrar desde fuera nada que no le pertenezca».3 Las necesidades de este proceso, las necesidades de la representación del concepto de animus, determinan lo que se toma de la literatura y lo que no, lo que puede servir de referencia y lo que no. El objetivo no es presentar de forma equilibrada los resultados de las investigaciones realizadas hasta la fecha, haciendo justicia a todos los aspectos.

Al fin y al cabo, no se trata de presentar conclusiones y resultados inmediatos. Se trata mucho más de reflexionar sobre cómo debemos pensar el animus y la psicología; se trata de elaborar algo así como las categorías, los criterios y los horizontes de la cuestión del animus en primer lugar.

Por tanto, la representación también tiene un carácter de aventura o expedición. No evita el riesgo de equivocarse (a juicio de otras posiciones) y de errar el tiro. No desarrolla un edificio que ya existe en su envoltura. Se trata más bien de que me confíe lo más incondicionalmente posible a la dinámica del pensamiento del animus tal y como se me ha mostrado, que me monte sobre él, por así decirlo, como sobre un caballo, para dejarme llevar a donde me lleve. Puede ser que el caballo simplemente corra de vuelta a su establo, si es un animal domado; pero también puede ser que como caballo salvaje me lleve a campo abierto. Queda por ver qué es, y la cuestión de adónde me lleva sigue abierta en cualquier caso.

En nuestra época surge inevitablemente la pregunta, sobre todo para el autor psicológico, de por qué añade otro libro y artículo a los miles que parecen publicarse cada año. ¿Afirma tener algo que decir que el público necesita saber? ¿Cree que tiene un «sentido de la vida» que ofrecer al público, ávido de psicología y significado, o incluso una sola idea que no debería pasar desapercibida? Hace doscientos años, el Fausto de Goethe ya llegó a la ineludible conclusión: «No te imagines que puedo enseñar algo / para mejorar y convertir a la gente» (371 y ss.). Hoy se nos arrebata, o al menos a mí, la posibilidad de albergar tales intenciones con toda seriedad y buena fe.

Debido al punto de vista especial presentado aquí en la introducción y que guía las explicaciones siguientes, parto de la base de que mi «Psicología del Animus» tiene sin duda algo nuevo que aportar al tema dentro del pensamiento psicológico tradicional. Pero no puedo ocultarme a mí mismo que la avalancha de libros en el mercado de los libros de autoyuda, que a menudo atienden a la necesidad del público de un consumo inmediato de sentido, y la imparable comercialización de ideas psicológicas han creado de hecho un pantano que hace que escribir libros sea hoy éticamente cuestionable. El pantano arrastra inevitablemente todo lo que se escribe, sin importar la dirección o el nivel. La escritura de libros se convierte así en algo absurdo, porque arruina su propia condición previa: un clima intelectual genuino. La inflación de publicaciones inevitablemente lo abarata todo, porque impide una atmósfera rigurosamente intelectual en la que sólo la obra individual podría florecer; en lugar de concientizar, las publicaciones psicológicas corren hoy el peligro de servir para anestesiar mediante la confirmación de alguna fe, alguna visión psicológica (o no tan psicológica) del mundo. El lector es llevado a estilizarse a sí mismo y a su vida según alguna doctrina psicológica, y también busca doctrinas en las que alojarse. Por lo tanto, hoy más que nunca se aplica la palabra alquímica: Rumpite libros, ne corda vestra rumpantur – Romped los libros, no sea que se os rompa el corazón.

No es coherente que, a pesar de todo, presente este libro. No tengo ninguna justificación para ello, salvo la alegría de la cosa y de escribir. Así que sólo puedo consolarme de mi propia incoherencia con las palabras de un poeta persa, retomadas por Goethe: «Arroja tus pasteles al agua, / Quién sabe quién los disfrutará».4


  1. Vgl. dazu Wolfgang Giegerich, »Die Alchemie der Geschichte«, Eranos 54-1985, Frankfurt (In­ sel) 1987, S. 325-395, hier S. 353-357
  2. Wolfgang Giegerich, »Die Bodenlosigkeit der Jungschen Psychologie: Über unsere Identität als Jungianer«, GORGO 12, 1987, S. 43-62.
  3. Vgl. C.G. Jung, GW 14/11 § 404. Jung spricht dort diese Worte mit bezug aufs »Phantasiebild«, nicht auf den Gedanken.
  4. J.W. v. Goethe, Westöstlicher Divan, Buch der Sprüche. Der Spruch beginnt mit folgenden Zei­ len: »Was wiUst du untersuchen, / Wohin die Milde fließt.« Bei Hafis heißt es: »Tue Gutes und w irf s in die Fluten hinab.«

Del concepto de “sublación” en la obra de Wolfgang Giegerich 

Logos del alma

En la obra de Wolfgang Giegerich se utiliza constantemente el término “sublación” para entender como un momento de un fenómeno es sucedido por otro momento del mismo, usualmente se le critica al confundirsele con la simple superación, en la suposición imaginaria de que sublar implica el deseo de dominio de la razón sobre el fenómeno, lo cual es una interpretación equivocada. Sublar no es el acto simple de reemplazar, ni lo que coloquialmente entenderíamos como superación, al contrario, es un neologismo utilizado en para hablar de lo que en alemán se dice: “Aufheben”, que se puede traducir de varias maneras: como conservar, como trascender y como eliminar. Esta triple significación, en la filosofía de Hegel, le ocurre a la vez y en todo momento al fenómeno cuyas contradicciones internas le obligan a seguir un movimiento dialéctico en el que su lógica interna se despliega de forma constante. El fenómeno, entonces, se trasciende a sí mismo en el momento en que es obligado a abandonar su colocación anterior para desplegar su sintaxis prístina, llega, así, a casa a sí mismo. De nuevo, esto ocurre siempre y cada vez en la vida lógica del fenómeno.

De ahí que cuando Giegerich alude a la sublación del pensamiento en Jung, no quiere decir que se deba borrar lo que en Jung se expresó [notese que Jung en este enunciado no es un sujeto sino un tema, una idea que se desarrolla], sino que lo que en Jung fue un movimiento debe seguir su cauce más allá de la preferencias de los jungianos, y permitir que sus contradicciones internas eleven a la consciencia de sí mismas lo que permanece en Jung como pensamiento inadvertido. Así, se abandona a Jung a la vez que se le conserva, en un contexto trascendente que expresa lo más sutil y lo más vivo en su teoría. Se le deja atrás para poder llegar a él.

Los críticos del pensamiento de Giegerich, regularmente aluden al matiz del abandono de la teoría jungiana para intentar descalificar el trabajo de la psicología como disciplina de la interioridad, pero son ellos mismos los que destruyen la teoría jungiana al querer conservarla de forma estática, anquilosandola en modos de aplicación que dan la ilusión de movimiento pero que mantienen al fenómeno, que ha significado la teoría analítica, detenido.

Digamoslo de una manera sucinta: la sublación es la constante lucha del fenómeno por llegar a sí mismo en la consciencia.

C. G. Jung, Hegel y Wolfgang Giegerich

Traducciones

Philip Kime, Reino Unido

en Breakfast in Kusnacht de Stefano Carpani

Traducción de Alejandro Chavarria

SC: Dr. Kime, muchas gracias por su tiempo y por unirse al Desayuno en Küsnacht. Es un placer estar aquí en su casa. ¿Podría compartir los pasos centrales de su biografía/viaje intelectual?

PK: Mi formación fue originalmente psicológica y filosófica; mi primera licenciatura fue en filosofía con énfasis en metafísica y filosofía de la ciencia. Luego pasé a la inteligencia artificial (máster) y después a la ciencia cognitiva (doctorado). Mientras realizaba estos dos últimos, enseñé filosofía en Edimburgo durante una década. A continuación, realicé algunos trabajos de investigación postdoctoral en lógica y psicología antes de iniciar el proceso de análisis y formación unos años después de dejar el mundo académico por completo.

SC: ¿Cuáles son los autores y las áreas de investigación que considera esenciales para su propio desarrollo y trabajo? ¿Qué otras áreas considera fundamentales en su propia biografía intelectual (también más allá del psicoanálisis)?

PK: Para mi propio trabajo, estoy especialmente influenciado por la metafísica analítica central y la filosofía de la ciencia (Wittgenstein, Quine) y considero que algunas de estas áreas tienen una aplicabilidad especialmente amplia. Kant y Schopenhauer me influyeron mucho en mi época académica, ya que hay fuertes temas metafísicos kantianos en algunos trabajos de neurociencia, por ejemplo. La mejor educación psicológica (lo que realmente puede llamarse psicología, en contraposición a la psicología académica) provino de Kierkegaard, a quien leí a finales de los 20 y principios de los 30 años. Por elegir sólo dos, La enfermedad hasta la muerte y Temor y temblor siguen siendo, en mi opinión, obras maestras psicológicas insuperables. Hegel fue un proyecto posterior para mí, después de superar las opiniones muy negativas de Schopenhauer y Kierkegaard sobre él. Ahora considero que las ideas de Hegel son esenciales para la psicología, no cualquier opinión particular, sino la geometría general y el énfasis en un enfoque ampliamente recursivo. Por eso, naturalmente, también aprecio a Giegerich.

La ficción también suele ser especialmente educativa. Henry James, sobre todo las últimas obras, y Proust fueron influencias importantes. El estilo de «novela empírica» de Zola en el ciclo Rougon-Macquart también me interesó enormemente durante algunos años paralelos al inicio de la formación. Las obras de teatro de Arthur Miller, cuando no son torpemente políticas, son una buena fuente de psicología aplicada, al igual que las obras dolorosamente precisas de Alan Bennet y Samuel Beckett.

Me interesa mucho el trabajo académico en matemáticas, ya que éste realmente da la sensación necesaria de lo complejos que pueden ser los temas y de lo sutiles que son los conceptos necesarios para adecuarse a ellos. Sumergirse en este tipo de pensamiento es importante para evitar quedar atrapado en los modos de pensar simplistas que impregnan el discurso público e incluso el profesional. No tiene que ver con el tema (por muy interesante que sea), sino con la educación y la sofisticación de los mecanismos de pensamiento que son importantes en estas áreas, lo que me parece sumamente importante. 

SC: ¿Cuándo te diste cuenta (y decidiste) que querías ser analista junguiano?

PK: Fue, creo, un jueves por la noche en la sala de fumadores del hotel Prestonfield House de Edimburgo, en el año 2000. Estaba trabajando como consultor informático para pagar las deudas estudiantiles y había reunido información de varios programas de formación junguiana del Reino Unido, y fui allí a fumar un cigarro y a ojear la literatura que había recibido. Recuerdo muy bien haberme dado cuenta, retrospectivamente al final de la noche, como suele ocurrirme, que en el transcurso del cigarro, que había decidido. No acabé entrenando en el Reino Unido, pero la decisión se tomó en algún momento en medio de un Montecristo nº 2 aquella noche.

SC: Permítame hacerle una pregunta muy sencilla: ¿Quién era Carl Gustav Jung?

PK: No estoy seguro de poder responder a eso, porque creo que la única forma de hacerlo sería si realmente le conocieras, y no presumo de saber nada sobre el hombre en sí, aparte de lo que se ha escrito sobre él; y realmente no creo que eso sea suficiente para presumir de conocimiento personal. Creo que la mejor respuesta es que no lo sé. No sé quién era, y no estoy seguro de que para la gente que estudia su obra o pretende seguirla importe mucho quién era. Creo que es mucho más importante dedicar el tiempo a entender lo que dijo y lo que pensaba. Mezclar esas dos cosas -quién era y quién era en sus escritos- creo que es la fuente de muchos errores. Creo que la gente puede dejarse llevar por suposiciones sobre lo que pensaba basándose en sus suposiciones sobre quién era. Me gustaría mantener esas dos cosas separadas. Como cualquier analista debería saber, las anécdotas y las leyendas son la peor base imaginable para una evaluación creíble de una persona, y eso es todo lo que realmente tenemos para alguien de escaso o nulo conocimiento personal. Las autobiografías y las biografías no suponen, como dijo Jung, ninguna diferencia apreciable. Sin embargo, en cuanto a quién era como pensador o como figura histórica, esa es una cuestión diferente, y creo que es un poco más fácil de responder.

Diría que mi impresión es que es un personaje relativamente único en la historia del pensamiento occidental. Era un tipo de políglota muy específico e importante que rara vez vemos. Pero, además, era alguien que, al mismo tiempo que tenía o seguía una línea de una teoría particular que estaba desarrollando, era extremadamente sensible a la idea de que la teoría es algo brutal, y que uno no debería imponerla cuando se supone que la teoría de uno debe informar un cierto tipo de práctica. Así que lo considero una especie de pionero de un tipo de psicología que aboga por un enfoque psicológico teóricamente informado, en lugar de un enfoque psicológico teórico. No me gusta hipotetizar sobre el tipo de hombre que era, precisamente porque creo que eso lleva a un cierto tipo de misticismo y de culto al héroe, que creo que le habría horrorizado (de hecho lo estaba, a tenor de algunas de sus citas, como la famosa: «Gracias a Dios que soy Jung y no un junguiano»). Creo que es un personaje lo suficientemente importante en sus escritos, como para que no tengamos que aumentar eso con un cierto tipo de excitación sobre su carácter en la vida real. Es decir, seamos sinceros, el cuerpo practicante de los junguianos no sabe nada de él. Creo que es mejor que nos ciñamos a los libros y no a las piezas fragmentarias de información histórica sobre él. Por lo tanto, no sé quién era y no creo que para los junguianos practicantes importe mucho.

SC: ¿Cuál cree que es su relevancia, o la relevancia de su obra, ahora, en el siglo XXI?

PK: Esa es una pregunta terriblemente difícil, porque depende de qué parte de su obra. No creo que sólo porque a uno le guste Jung, o haya leído a Jung, o practique la psicoterapia junguiana, o esté entusiasmado con algunas de sus ideas, deba apresurarse a tener una idea de Jung que sea más bien primitiva en su granularidad, de modo que Jung sea simplemente maravilloso y relevante para todo o no sea relevante para nada. Su obra es bastante voluminosa y tiene muchos aspectos diferentes, así que depende mucho de qué aspecto de su obra. Por ejemplo, si tomamos algunas de sus primeras obras más empíricas, en torno al volumen 2 o 3, y también las piezas de sincronización en las que se adentra en lo que ahora se consideraría psicología empírica, yo diría que tienen muy poca relevancia ahora, porque los métodos que utilizaba no pasarían el examen de los estándares actuales. Eso no quiere decir que los conceptos no sean especialmente relevantes, sino que los métodos que utilizaba eran de la época, por lo que ese aspecto no se traslada muy bien a los siglos XX y XXI. La relevancia del contenido de sus ideas es un asunto diferente. Pero es difícil, porque aunque hay algunos aspectos que son un poco románticos en sus puntos de vista, está absolutamente claro que hay ciertos fundamentos intemporales a los que estaba tratando de llegar, que no podrían no ser relevantes en cualquier momento, porque son completamente atemporales. En sus mejores momentos, cuando habla de los arquetipos, los destemporaliza completamente, en parte debido a sus inclinaciones vagamente kantianas. Eso los hace relativamente intemporales en cuanto a su aplicación, lo que abre todo un campo de estudio que está muy vivo hoy en día. Sin embargo, es discutible -creo que es discutible, sé que no es particularmente discutible en la corriente principal del junguismo, pero creo que es discutible- cuán relevante es hoy en día gran parte del uso que hizo de la mitología. Porque hay un hilo, creo, de un anhelo bastante regresivo por el pasado que se puede leer de forma creíble en él, y creo que hay buenas razones por las que eso no tiene tanto lugar hoy en día como uno podría imaginar. Y veo mucho trabajo en la corriente principal del junguismo, en mi opinión, tratando desesperadamente de sostener y probar que estos hilos son todavía relevantes hoy, cuando de hecho creo que hay buenas razones para pensar que no lo son. Pero la forma en que no lo son es una cuestión totalmente distinta. No es que no sean relevantes porque sean anticuados, que estén pasados de moda, eso es demasiado simplista. Son las intenciones particulares que tuvo Jung al poner en primer plano la mitología como solución a los problemas. Creo que eso se puede cuestionar hoy en día, pero se requiere un gran análisis filosófico para entender las razones de ello.

Así que diría que, en general, el enfoque de Jung sobre la psicología nunca podría dejar de ser relevante en cualquier momento de la historia, porque creo que lo que me atrajo a Jung en primer lugar fue una frase. Olvidé en qué volumen estaba, pero nunca olvidé la frase; fue la primera frase de Jung que recordé. Fue la que todavía guía mi particular admiración por él, aquella en la que dice que uno aprende mucha teoría, y recuerda un montón de cosas meticulosas que estudió, y luego, cuando el paciente entra en la consulta, se olvida de todo ello. Esa es una actitud fundamentalmente correcta hacia el papel de la teoría. No es un rechazo de la teoría en absoluto, es un conocimiento de que la teoría tiene que ser absorbida en la estructura del propio enfoque, y luego olvidada. Pero no se olvida del todo, sino que se convierte en el tejido de la forma de trabajar. No es algo que se aplique, y es un conocimiento terriblemente profundo que hay que aprender una y otra vez cada vez que un paciente entra en la habitación. Entonces, la relevancia de eso y como ese insight en particular se juega en el trabajo de Jung una y otra vez no podria ser mas relevante, porque es la estructura fundamental de lo que es hacer trabajo psicologico terapeutico.

SC: Esto es interesante, porque es una pregunta que planteé a uno de mis supervisores clínicos.15 Le pregunté cómo se unen la teoría y la práctica. Y él dijo: «Bueno, son dos cosas completamente diferentes y separadas. La teoría es una cosa, pero cuando estoy frente a mis pacientes hay mucho más. Es una compenetración, la relación, la intuición, los sueños que traen, cómo me siento yo y cómo se sienten ellos, por lo tanto la transferencia y la contratransferencia». Por lo tanto, es algo que se amplía con la relación con un ser humano.

PK: Eso es cierto, pero la forma en que se amplía es importante. Tiene que ser ampliada por una mente que haya absorbido la teoría.

SC: …¿Y la estructura incluso?

PK: Sí. Porque uno necesita formación en estructura, para que su enfoque sea estructurado. No tiene por qué estar estructurado en una línea concreta. No soy especialmente partidario de la idea de que, a efectos de la práctica, ciertas teorías sean correctas y otras falsas. No creo que importe mucho. Pero sí se necesita alguna estructura. Esa es una cuestión muy, muy importante en psicología: ¿cuánta estructura es necesaria para practicar la psicoterapia, por ejemplo, o el psicoanálisis? Y mi respuesta es: mucha. Se necesita mucha estructura. Y es un tipo de estructura muy sutil y muy específica, y muy especial y única. Pero no es una estructura en el sentido de que es un conjunto de reglas que se aplican cuando un paciente entra en una habitación. Obviamente, todos sabemos que hay mucho de eso en la psicología convencional, donde tu paciente dice esto, y luego tú dices aquello. Y hay ciertos enfoques que tienen hojas de control literales de cosas para preguntar y responder, y si alguien tiene este tipo de afecto entonces tienes este tipo de respuesta, y este tipo de cosas. Esto es totalmente antipsicológico. Es completamente contrario a lo que Jung defendía de todos modos. Uno necesita una estructura, pero no debe ser una estructura expresada en el contenido. Debe ser una estructura real, su forma debe ser estructural. No debe estar reificada en el contenido. Los ejemplos más atroces son cuando la gente dice: «Bueno, el paciente me dice esto y luego yo le digo a él, ese es un buen ejemplo de transferencia», o «ese es un ejemplo clásico de proyección», o lo que sea. Esto es casi como una especie de bingo psicológico, en el que dices: «Aaah sí, ahí estamos, eso es esa cosa teórica que acabo de ver, y esta es la respuesta teórica». O, ya sabes, la horrible idea, o aspecto, del diagnóstico diferencial, es que hemos sofisticado nuestra idea de la relación entre la teoría y la práctica simplemente ampliando el número de posibles respuestas teóricas. Así, el paciente dice esto y yo digo: «Ah, bueno, eso significa esto, o quizás esto, o quizás esto». Teóricamente, eso no supone ninguna diferencia. Eso no lo hace más psicológico sólo porque ahora tienes una disyunción lógica de respuestas teóricas potenciales. Eso no significa nada. Sigues teniendo esta distinción dura y rápida entre la teoría y la práctica; sigues teniendo esta idea de que hay una teoría que se puede aplicar y sólo lo estás disfrazando diciendo que hay potencialmente múltiples teorías que se pueden aplicar. Lo único que dices es que hay teoría, pero también hay ignorancia. Por supuesto que la hay; es decir, ¿y qué? Así que la distinción entre teoría y práctica no es del todo legítima. Creo que esta visión es uno de sus mayores puntos fuertes.

SC: ¿Cuándo conoció la teoría de Jung y cuándo -o cómo- decidió formarse como psicoanalista junguiano?

PK: Me temo que esto va a sonar probablemente un poco menos fatídico de lo que a mucha gente le gusta interpretar sus encuentros iniciales, porque realmente no creo que esos encuentros fatídicos sean generalmente muy precisos. Creo que generalmente son reconstrucciones históricas. Pero esto es lo que me ocurrió a mí: Estaba de vacaciones en Canadá con un amigo mío hace mucho tiempo. Yo era un hombre joven, y había hecho una licenciatura en filosofía. Había leído mucha filosofía y trozos de psicoanálisis. Y nos fuimos a acampar en medio de la nada en Canadá, como se puede hacer en Canadá, cuando realmente estás en medio de absolutamente ninguna parte. Y tuve que subirme a un árbol y colgar las mochilas lejos de los osos y salté del árbol después de colgar las mochilas, y me torcí gravemente el tobillo. Estábamos en medio de la nada, y mi tobillo se puso negro y se hinchó y fue muy desagradable. Tuvimos que remar hasta salir del medio de la nada y conducir hasta un hospital en Sault-Sainte-Marie, creo que era, en Canadá. Y dijeron: «Oh, te has roto un ligamento», o algo así. Así que todo el viaje se canceló, y tuvimos que conducir de vuelta a través de cientos de kilómetros de desierto canadiense durante dos días para volver a donde vivía mi amigo. Y, ya sabes, me dolía un poco y necesitaba pasar el tiempo en el coche, así que nos detuvimos en una especie de centro comercial de carretera, y allí había una librería. Entré y, como el viaje era muy largo y me dolía un poco, necesitaba algo para leer. Miré en la estantería -tenía la intención de mirar a Jung, el nombre me rondaba y sabía que iba a investigarlo en algún momento- y encontré en el estante el volumen 12 de las Obras Completas, Psicología y Alquimia. Pensé, bueno, esto servirá, es de Jung, y es un libro.

SC: ¡Una fácil!

PK: Uh … sí, quiero decir, ¡era sólo un libro, ya sabes! Así que, por desgracia, porque yo estaba en Canadá, resultó ser el Princeton, no las ediciones de Routledge que están disponibles en el Reino Unido. Así que, terminé teniendo que ir a través de las Obras Completas de los volúmenes de Princeton, que no podía conseguir en el Reino Unido, porque Routledge tenía los derechos en el Reino Unido, que era un gran dolor. Y entonces, leí Psicología y Alquimia mientras estaba en el coche, y pensé, bueno esto es bastante bueno, creo que voy a leer todo Jung. Y me llamó la atención en parte por su mencionado enfoque de su noción de teoría, que ya había estado pensando durante un tiempo y me entusiasmaba; y porque me parecía un vocabulario muy bueno. Había estado pensando en líneas psicológicas y filosóficas y preguntándome qué hacer con este tipo de lecturas y estudios durante bastante tiempo, y vi esto y pensé: bueno, entiendo este vocabulario y puedo usar este vocabulario, y es importante tener un vocabulario para poder hablar de las cosas que te interesan. Antes de eso, no sabía realmente cómo enmarcar el tipo de pensamientos que había tenido. Este marco encajaba de forma natural y era un buen momento, así que pensé que estaba bien. Había adquirido el hábito de hacer filosofía. Llegué a casa y leí un par de volúmenes y luego empecé por el principio y leí hasta el final. Cuando llegué a la mitad de las Obras Completas, me di cuenta de que no sólo era un vocabulario excelente, sino que era un vocabulario en el que se podían decir cosas muy profundas e importantes. Además, importante para un joven de la época, provocaba una cierta admiración por lo que uno se imaginaba de Jung como hombre. Quiero decir, para un hombre joven, con inclinación filosófica esto es bastante importante. Poder admirar a la persona que es el progenitor de ciertas ideas sí importa, porque proporciona un cierto tipo de conexión a nivel animal con la que puedes motivarte para estudiar y continuar. Y eso funcionó para mí, porque había leído Recuerdos, sueños… y él también parecía un hombre decente y genuino. Eso estuvo bien, porque en ese momento ya había leído a Schopenhauer y cosas así. No se podía decir que Schopenhauer fuera un hombre decente y genuino, quiero decir que era un poco cerdo, al igual que muchos filósofos.

Eso es bastante típico en la filosofía, que no quieres saber realmente sobre su vida personal, porque arruina la impresión muchas veces. Pero con Jung en gran medida no fue así. Y eso importaba, porque parte del contenido de lo que Jung hablaba es la integración, y el hecho de que no es tan bueno tener una teoría intelectual desconectada, cuando tu personalidad no refleja nada de eso; ahí hay un problema. Tiene toda la razón en eso; que esta idea occidental del genio, muy neurótica en el sentido coloquial (que en realidad es otra cosa que Jung menciona muy explícitamente) está muy desconectada. El genio occidental es alguien que es absolutamente brillante en una cosa en particular y casi tiene que ser inútil en todo lo demás. Es un absoluto cerdo en su vida personal, o es terrible en todo lo demás que no sea su disciplina. Esto es esencial para la definición general de genio. Su opinión era -y creo que con bastante razón- que no, eso no es realmente impresionante. No es tan difícil descuidar todo lo demás aparte de una cosa y llegar a ser bueno en ella. Eso no es nada impresionante. Por aquel entonces, yo había estado enseñando en el departamento de filosofía y había visto esto en la vida real. Así que esto realmente me resonó, el hecho de que conocía a mucha gente que estaba relativamente arriba, algunas personas famosas en la filosofía que habían publicado mucho y eran bastante respetadas en el campo; pero los conocía como seres humanos y los veía en las fiestas, en las cenas y en su vida cotidiana en sus oficinas, y eran simplemente personas terribles. Quiero decir, no sólo espantosas, sino infantiles y en algunos casos realmente horribles. Eso no te inspira la idea socrática de la filosofía, que inspira y hace a un hombre bueno. Obviamente no lo hizo, en mi experiencia.

Así que aquí había alguien que reconocía el hecho de que era necesaria una integración de los diferentes lados de uno mismo para que algo contara como desarrollo. Eso me importaba mucho en ese momento, porque me había desilusionado mucho con la filosofía a causa de la gente que estaba en ella. Y recuerdo uno de esos momentos claros que uno recuerda en su vida. Lo recuerdo muy vívidamente. Debía de tener unos 25 o 26 años, algo así, quizá un poco más joven, y estaba en la puerta del Usher Hall (una sala de conciertos) de Edimburgo, donde estudiaba, y pensé: «¿Por qué quieres dedicarte a la filosofía? Estaba enseñando filosofía en ese momento y haciendo mi doctorado, y (fue uno de esos momentos horribles en los que eres realmente honesto contigo mismo y nunca lo olvidas) recuerdo que pensé para mí mismo, bueno, la razón por la que quiero hacerlo es porque suena muy bien. Si vas a una fiesta y alguien te dice: «¿A qué te dedicas?», responder «filosofía» suena tan bien. Y pensé, Dios mío, ¡esa es una razón tan mala para hacer algo! En ese momento se rompió. Me dirigía a una carrera académica en filosofía, y ese momento rompió mi deseo. Simplemente pensé: «No, no voy a hacer esto».

SC: Lo mismo me ocurrió en sociología después de mi máster en Manchester y Cambridge. Me sentí desilusionado, porque había estado trabajando en Beck, Bauman y Giddens durante tres o cuatro años, especialmente en el concepto de individualización de Ulrich Beck. Había escrito dos tesis y estaba empezando mi doctorado sobre eso, pero sentía que faltaba algo. Lo que faltaba, en realidad, era la parte psicológica o psicoanalítica, que encontré en Jung y su teoría de la individuación. En realidad, de eso trata mi tesis doctoral, pero entre una cosa y otra necesité casi doce años para dejar que creciera, o se materializara, por sí sola.

PK: Bueno, el problema es que, en esos períodos de la vida en los que se está formando la identidad, es terrible renunciar a ella. Uno crece, obviamente, con y a través de una identidad; y yo ciertamente lo hice en su momento, como filósofo. Y me considero afortunado de haber tenido ese momento, y esos momentos son extraordinariamente interesantes, porque lo recuerdas todo. Quiero decir que fue hace 25 años o más, y recuerdo exactamente qué llevaba puesto, dónde estaba de pie, qué estaba mirando, qué tiempo hacía en ese momento. Es uno de esos raros momentos de honestidad real, en los que te preguntas: «¿Valoro esto realmente?». Y sabes que has respondido a esa pregunta «Oh, sí» muchas, muchas veces; pero no la has respondido realmente, nunca te lo has planteado. Nunca te lo has preguntado realmente. Pero entonces, por un accidente cualquiera, te encuentras con la maldición de que de repente te haces la pregunta que estás obligado a responder. Y descubres con horror que la respuesta es «No», y entonces no tienes ni idea de qué hacer.

Después de eso, estuve como dando vueltas durante varios años preguntándome, dado que esa identidad no iba a funcionar porque ya no podía justificarla, pensé: «Bueno, ¿qué diablos voy a hacer?». Así que, cuando leí Psicología y Alquimia, pensé: «Ah, aquí hay un vocabulario que no hace violencia a lo que me había dado cuenta de que no podía entregar en ese momento, y además tiene mucho potencial, y siento una afinidad razonable con él». Así que no fue el caso de que leyera a Jung y me enamorara, fue más bien que lo leí y pensé: «Entiendo este vocabulario».

SC: Fue bastante sincronizado lo que te ocurrió en Canadá.

PK: Bueno, tengo una opinión muy particular sobre la sincronicidad, así que me reservaré el juicio.

SC: Este es un muy buen punto para introducir la obra de Wolfgang Giegerich. ¿Cómo se acercó a Giegerich, o cómo se acercó a él, desde Jung? Es todo un salto.

PK: Sería un salto, excepto por el hecho de que mi formación es en filosofía. Así que estaba acostumbrado a una cierta cantidad de, tengo que decir, rigor, en el pensamiento del tipo de gente que estaba leyendo. Y Giegerich obviamente tiene eso. Hay mucho más rigor en Giegerich que en la mayoría de la psicología analítica moderna. Así que me pareció natural. Pero llegué a él un poco en contra de mi voluntad, porque tener una formación en filosofía significa que has pasado por el proceso, normalmente, de familiarizarte con ciertos filósofos. Como estudiante, no puedes familiarizarte con todo, porque no hay tiempo suficiente. Comencé la mayor parte de lo que considero mi educación filosófica después de terminar mi licenciatura en mi tiempo libre, porque eso era más propicio para ello. Mientras hacía mi doctorado, leí todo Schopenhauer y me entusiasmó mucho, mucho, Schopenhauer. Más tarde -en realidad, mientras leía a Jung, todavía estaba terminando con Kierkegaard, y a ambos, realmente no les gustaba Hegel. Schopenhauer más a nivel personal, Kierkegaard más a nivel de principios en cuanto a cómo el hegelismo afectó a la iglesia en Dinamarca. Al no haber leído a Hegel (es decir, había leído un poco de Hegel en ese momento, pero leer un poco de Hegel significa que no has leído a Hegel -a menos que lo hayas leído todo, no tiene sentido tener una opinión-) instintivamente odié a Hegel, porque Schopenhauer era mi héroe cuando era más joven, Kierkegaard era mi héroe cuando era un poco mayor, y ellos odiaban a Hegel, así que pensé que obviamente Hegel era un idiota. Por lo tanto, lo descarté en gran medida, y sabía vagamente que Giegerich era un poco hegeliano, así que pensé que no tenía sentido leer a Giegerich.

Pero ya había aprendido que las opiniones de uno sobre determinados pensadores y posiciones particulares siempre son esencialmente inútiles, a menos que se dedique tiempo a revisar y leer todas las obras básicas de la persona que uno cree que no le gusta. Lo he hecho suficientes veces para saber que una opinión que diga: «No me gusta este o aquel pensador, o esta o aquella idea», que no se base en la lectura mínima de las obras primarias, no tiene ningún valor. Lo he hecho bastantes veces y ahora estoy totalmente convencido de ello. Ha sido lo suficientemente doloroso tener que hacerlo, como para que nada me disuada de esta opinión. Y así, me llevó un par de años darme cuenta de que no podía seguir manteniendo esta aversión a Hegel, porque era totalmente superficial y ridícula dado el hecho de que no había leído todo Hegel. Y no quería hacerlo, porque Hegel es famosamente desagradable de leer; pero finalmente me obligué a hacerlo. Y, como siempre ocurre cuando uno se obliga a hacerlo, te das cuenta de que estabas equivocado. Quiero decir, no sólo un poco equivocado. Por lo general -es realmente sorprendente para mí- uno espera normalmente en el mundo que si tiene una opinión errónea sobre algo y luego lo estudia realmente, corregirá un poco su opinión, y entonces será un poco más precisa y matizada. En mi experiencia, eso casi nunca sucede. Lo que ocurre es que te das cuenta de que estabas absoluta y totalmente equivocado en tus opiniones iniciales; que no entendías nada. Y la mayoría de las personas cuyos comentarios querías que te gustaran porque justificaban tu decisión de no tener que estudiarlo también estaban total y absolutamente equivocados. He tenido esa experiencia tantas veces que ya es una creencia fija mía. Es un problema en gran medida moderno, inconcebible hace un siglo, que uno pueda tener una opinión creíble basada en un somero roce con lo que sigue siendo el modo sólido y primario de adquisición de conocimientos: la lectura. El mínimo de lectura requerido para tener una opinión creíble hace un par de generaciones se considera hoy un requisito imposible, monumental e incluso sospechoso. Las consecuencias de esto son obvias y cada vez más evidentes.

Así que hice lo que se requería con Hegel, leí todo Hegel y me di cuenta de que estaba totalmente equivocado. Las últimas 100 páginas de La Ciencia de la Lógica son sublimes en el verdadero sentido schopenhaueriano de la palabra. Quita la voluntad y te hace apreciar algo, coloquialmente, «trascendental». Como preliminar a eso, tuve que ir y leer todo Kant primero, porque realmente no puedes leer a Hegel a menos que hayas leído a Kant y a Schopenhauer y otros trozos. Eso fue, ya sabes, mucho trabajo, y mucho de él no muy agradable. Y luego volví a mirar a Giegerich, La vida lógica del alma, y me di cuenta de que también estaba completamente equivocado sobre él; y que, en realidad, se trataba de un psicólogo analítico terriblemente importante cuyos puntos de vista eran muy sólidos, muy profundos, y una de las únicas voces creíbles que he escuchado realmente en la psicología analítica en los tiempos modernos. Hay mucho, creo que es justo decirlo, vagamente New-Age y un trabajo relativamente superficial que se lleva a cabo en la Psicología Analítica, y siempre me molestó por mi formación en filosofía. Su ingenuidad filosófica era tan asombrosa y vergonzosa, que me hizo sentirme un poco alejado del campo durante varios años. Así que, por supuesto, me alivió encontrar a Giegerich. Pensé, gracias a Dios, al menos alguien entiende que mucho de esto es simplemente (como él dice, y yo coincido) amateur. Fue un gran alivio para mí encontrar a Giegerich. Así que fui a leer a Giegerich, y creo que es probablemente, en mi opinión, el más importante psicólogo analítico vivo hoy en día.

SC: ¿Le proporcionó una estructura adicional, además de lo que encontró en Jung?

PK: Hasta cierto punto sí, pero también, reemplazó parte de la estructura que se encuentra en Jung, porque tiene toda la razón en que ciertos aspectos de la concepción de Jung de las cosas, incluso si se tiene en cuenta las concepciones cambiantes que Jung tenía con el tiempo, no son del todo correctas. Y no digo eso en el sentido de que se hayan cometido errores. Quiero decir, el trabajo que todo el mundo hace en la vida es un asunto inacabado. Así que no se puede juzgar a nadie por no haber dicho lo correcto del todo, porque nadie tiene tiempo suficiente para hacerlo. Pero dado el hecho de que en los estudios junguianos en general muchos de los pronunciamientos de Jung se consideran casi como productos acabados que ya pueden ser aplicados, es un terrible error cometer sobre el pensamiento de absolutamente cualquier persona sobre cualquier cosa. Hay una tremenda tendencia, aunque no es particular de la Psicología Analítica o de cualquier campo, a tomar los puntos de vista de la gente como definitivos. Entonces el trabajo de la siguiente generación es simplemente aplicarlas y apreciarlas. Esa es una visión totalmente incorrecta de casi todo. Y todo el mundo está de acuerdo cuando se dice eso, pero no es lo que hacen. La cantidad de veces que puedes sentarte en una conferencia en un instituto, donde la gente dirá que hay ciertas cosas en las que Jung no estaba del todo bien, y la gente como que asiente y dice «sí, por supuesto, por supuesto»; pero no. La gente en general no cree eso. Cuando realmente hablan de las cosas y consideran sus propios puntos de vista y particularmente hacen talleres clínicos, no es así como realmente actúan. Hay un montón de «¿Qué diría Jung?» en el fondo. Por lo tanto, hablar es barato. Cuando la gente asiente con la cabeza y dice: «Sí, reconocemos que Jung no era la última palabra en sus puntos de vista sobre la psique», no es así como la gente se comporta realmente la mayor parte del tiempo. Giegerich es una de las pocas personas que realmente dice explícitamente: «Tenemos que tomarlo en serio, y tenemos que ver cuáles eran los problemas». No es un ataque personal. De nuevo, esto vuelve a la diferencia entre Jung el hombre y Jung el pensador. Uno no está criticando a la persona para decir que algunas de las cosas que pensaba eran incorrectas. Están totalmente separados. No están relacionados, pero se confunden juntos, por lo que la gente se vuelve bastante protectora de Jung la figura. Eso es un error, es decir, es simplemente un error.

Y así, Giegerich fue uno de los mejores defensores, originalmente, de decir, ¿cómo podemos realmente tomar lo que Jung hizo y realmente llevarlo más allá, y criticarlo, y ponerlo en un marco que respete lo mejor de lo que hizo, mientras que trata de mejorar algunos de los peores de lo que hizo? La ironía es que eso no es algo realmente único, porque mucha gente trata de hacer eso. Ha habido intentos de poner a Jung en un marco fenomenológico, y hay intentos de poner a Jung en el marco de la escuela arquetípica, y varias formas de reconfigurar la visión de Jung para que se ajuste a la teoría que a alguien más le entusiasma. Pero aquí es donde entra la diferencia crucial entre la teoría normativa y la descriptiva. Un gran problema en la filosofía, y una de las cosas que ciertamente tomé de ella, es que si no mantienes clara la distinción entre teoría normativa y descriptiva, te arriesgas a terribles, terribles confusiones todo el tiempo. Hay una gran diferencia entre decir «esto es lo que alguien dijo realmente» y «esto es lo que alguien debería haber dicho». Hay una gran diferencia, y muy a menudo los malentendidos en el discurso académico y en el discurso psicológico pueden deberse a no mantener esas dos cosas claras y a cambiar entre ellas durante una conversación. Hay muchos libros escritos sobre cómo se puede ver que Jung era, por ejemplo, un fenomenólogo, o esta o aquella inclinación teórica particular, o tal vez tratando de impulsar una interpretación wittgensteiniana de Jung. Pero muy a menudo en esos libros no queda claro si están haciendo el punto de que Jung realmente era un fenomenólogo, secretamente o implícitamente o lo que sea; o que Jung debería ser pensado como un fenomenólogo, podría ser pensado además como un fenomenólogo, o un wittgensteiniano, o lo que sea. Esto hace que sea casi imposible dar sentido a ese tipo de trabajo. Al menos Giegerich entendió esa distinción y fue muy cuidadoso en sus libros al decir, ahora voy a describir lo que creo que Jung estaba diciendo, y ahora voy a hablar de lo que creo que debería estar diciendo en términos de psicología. El mantiene esas dos cosas muy separadas. Eso es algo raro, y es una habilidad que uno aprende de la filosofía, porque es explícita en la filosofía. De hecho, ha habido toda una serie de investigaciones desde los años 70 u 80 en epistemología, precisamente sobre esa distinción, ya sabes, las teorías prescriptivas frente a las descriptivas, normativas frente a las descriptivas, y cómo se interrelacionan o no. Él mantiene eso claro; y si no lo mantienes claro no puedes hacer nada.

SC: ¿Podemos examinar ciertos conceptos? Por ejemplo, el concepto de alma de Giegerich, o lo que él llama la vida lógica del alma; o incluso la diferencia entre consciente e inconsciente… o, ¿él cree en el inconsciente? ¿Existe algo llamado inconsciente? El significado, la materia, la mente … y podríamos seguir, mirando a Dios y al ego. Hay una diferencia entre Jung y Giegerich en todos estos aspectos.

PK: Oh, sí. Bueno, depende de la parte de Jung de la que se hable; pero la diferencia es bastante sutil en algunos lugares, y no tan sutil en otros. De hecho, esa ha sido la idea central de gran parte del trabajo de Giegerich, señalar los lugares donde las diferencias son grandes y donde las diferencias son pequeñas, y es bastante exacto en eso. La respuesta que da sobre cuál era la noción de Jung sobre el inconsciente depende de la parte de las Obras Completas en la que se mire. Quiero decir que la versión original en la época freudiana, que se recoge en las Obras Completas en torno al volumen 5, es una visión más bien freudiana de los contenidos reprimidos y de las conceptualizaciones pseudoempíricas algo reificadas. Sin embargo, después de Símbolos de Transformación, comienza a ser más sofisticado, y Jung está realmente luchando con el problema -que hasta cierto punto obtiene de Kant-: ¿Cuál es el estatus de los conceptos trascendentales como el inconsciente? Porque él ha abandonado un poco esta idea de que es una especie de nivel reificado de algo en alguna parte. Pero no está muy seguro de qué hacer con él en ese punto, y es comprensible que tenga que luchar con esta cuestión, debido al término, «el inconsciente» -así lo llamamos todos, todos hablamos de «el inconsciente». Ahora bien, el problema con las lenguas románicas es que los artículos definidos, como «el», van seguidos de roles sustantivos como regla general. Y como sustantivo, es muy difícil quitarse de la cabeza que «el inconsciente» es algún tipo de cosa o algún tipo de lugar. Ahora, por supuesto, de nuevo, como dije antes respecto a la diferencia entre cómo habla la gente y lo que realmente hace cuando practica: si dices intelectualmente, por ejemplo, «Bueno, el inconsciente no es obviamente un lugar; no es un sitio al que van las cosas», todo el mundo asentirá y dirá: «Sí, por supuesto, por supuesto». Pero así es exactamente como operamos en realidad cuando utilizamos el concepto para hacer cualquier cosa, o cuando no asentimos a tal frase. Es muy difícil no pensar así. Ahora bien, cuando se nos empuja, no pensamos que «el inconsciente» sea un lugar real, pero el concepto de lugar no es sólo una cosa física. Quiero decir, con el concepto de lugar: podemos hablar con bastante facilidad y viveza de Narnia, el lugar de Narnia, como un lugar donde sucede esto y aquello, y así los bordes de Narnia no son bordes físicos, pero hay bordes, hay bordes semánticos en alguna parte (famosamente, el armario, que tampoco es un objeto real, pero es un concepto en ese mundo particular). Así pues, los bordes de un lugar no tienen por qué ser coordenadas GPS reales, pero si tienes un concepto de los bordes de algo, entonces tienes un lugar, sea o no un lugar físico. No es realmente tan relevante psicológicamente si el lugar es físico. Y así, nos adentramos en la idea de un inconsciente, aunque no es realmente un lugar físico, pero es una especie de lugar donde los contenidos (sean los que sean -¡eso es otro tema!) van cuando desaparecen de la conciencia, o ese tipo de cosas.

Entonces, tenemos esta noción muy reificada y que Giegerich llamaría positivista del concepto de inconsciente como un tipo de especie abstracta de sustantivo. Y Jung estaba luchando mucho con eso, en los trabajos de principios y mediados del período, sobre lo que era esto, el inconsciente, siendo una ubicación. Pero a medida que su trabajo progresa, se mueve más hacia la idea de que el inconsciente es más como un adjetivo en lugar de un sustantivo. Es una característica de algo más que el lugar donde está. Es algún tipo de propiedad que tienen los contenidos que los hace inconscientes o no; ya sea algo como estar «bien definidos», o que las categorías bajo las que caen sean precisas, o borrosas, o que se fundan unas con otras, este tipo de cosas. Pero sigue existiendo esta distinción entre los contenidos que tienen esta propiedad, y la propiedad en sí.

La noción de Giegerich es mucho más radical que eso. Es un modelo totalmente hegeliano, en el que la noción de inconsciente no es una entidad positiva -en el sentido hegeliano- en absoluto, por lo que no hay distinción objeto-sujeto con el inconsciente. No hay distinción de contenido/contenedor con el inconsciente, así que es mucho más como un proceso. Es el nombre que se le da a un proceso por el cual algo entra en la conciencia o sale de ella. Lo que, por supuesto, plantea la cuestión de qué es la conciencia, que es una definición negativa, también. Así que es un concepto muy, muy difícil de dominar adecuadamente a menos que se tenga una cierta formación filosófica, porque hay que renunciar a esta idea de una forma natural de pensar. Esto es algo que Giegerich trata de hacer mucho, particularmente en La vida lógica del alma. Trata de demostrar esta forma de pensar sobre conceptos como inconsciente y alma y significado de una manera no natural. Hablará de que el inconsciente es el proceso por el cual la inconsciencia se hace y se disuelve, y este tipo de cosas, donde hay esta definición recursiva; y es este tipo de n definición recursiva y reflexiva que es indicativa de una especie de dialéctica hegeliana. Es tan ajeno a nuestra forma natural de pensar, y requiere tanto esfuerzo para llegar a entender lo que significa, que es una de las razones por las que creo que el trabajo de Giegerich levanta tantas ampollas en la gente. Existe la idea de que es una especie de ofuscación, o una forma de evitar que las cosas sean claras. Pero no lo es en absoluto, sólo requiere un cierto bagaje filosófico y trabajo.

…¡Y por supuesto que sí! Quiero decir que estás hablando de los conceptos más profundos y difíciles de imaginar. Estás hablando de la relación de la conciencia consigo misma, de su comportamiento autorreflexivo y del hecho de que puede ser realmente su propia metateoría, que son todas ideas asombrosamente sutiles y complicadas. La idea de que se pueden entender esas ideas simplemente pensando en ellas en los mismos términos con los que se piensa en las sillas y las mesas y en las cosas que se aprenden cuando se tienen cinco años es ridícula. Es increíble que pensemos que para ser físico hay que aprender matemáticas superiores y geometría y hacer mucho trabajo preliminar para entender los conceptos necesarios para hacer física nuclear, pero pensemos que la psicología es sólo una especie de ocupación amateur; que sólo hemos oído hablar de algunas ideas filosóficas y que podemos discutirlas tomando un café y eso es suficiente para entender estas cosas. Es asombroso lo insultante que es eso para la psicología, lo poco que se piensa en el tema en el que se supone que se está involucrado, que se piensa que no requiere ni de lejos el esfuerzo de convertirse en un físico atómico. Es ridículo. Es absolutamente increíble que se pueda pensar tan poco en el tema al que se ha dedicado la vida; que todo lo que requiera sea leer algún que otro artículo de Wikipedia y leer algún pequeño texto secundario sobre Kant o algo así. No hay reverencia por el tema. La reverencia por un tema significa trabajo; esa es la forma que adopta la reverencia. No se puede tener esta especie de sentimiento emocional, «Oh, amo la psicología, amo la Psicología Analítica». Alguien dirá: «Bueno, demuéstralo. Demuéstralo. ¿Cómo se manifiesta?» Y si dices: «Bueno, simplemente me encanta», bueno, simplemente me encanta la tarta de chocolate, ¿y qué? Tienes que demostrarlo haciendo realmente algo, y lo que tienes que hacer es entender ciertas cosas, entender la geometría fundamental de la filosofía y los conceptos sobre los que se apoya todo en el tema. Y si no estás preparado para hacer eso, ¿por qué te molestas en esta asignatura? ¿Por qué la valoras? Quiero decir, algo que es fácil de obtener y que puedes sacar de un par de libros y luego charlar, y entusiasmarte con la física cuántica y los arquetipos y el Ser y la individuación y simplemente obtener una gran sensación de ello; quiero decir, ¿dónde está la reverencia por el tema, dónde está el deber hacia el tema? Tiene una larga historia filosófica. ¿Estás diciendo que la amplia lectura de Jung en filosofía, historia y mitología era sólo su personalidad, que realmente no necesitaba hacerlo? ¡Claro que lo necesitaba! Hoy en día no creemos que sea necesario; pensamos que podemos absorber simplemente algunas conferencias y unos cuantos apuntes de clase y textos secundarios. Giegerich tiene razón en esto. Ya ves que me molesta bastante, porque siempre me ha molestado esto, y me ha gustado mucho ver a Giegerich decir lo mismo, que es: hay un amateurismo en la Psicología Analítica, dado el hecho de que la psicología se supone que es, como dijo Nietzsche, la «Reina de las ciencias». La veneración que la gente dice tener por ella no se refleja en la cantidad de trabajo a la que están dispuestos a humillarse para entender realmente los conceptos que son centrales en ella. Eso me parece trágico y aterrador.

SC: Otro aspecto del enfoque amateur, no sólo de la psicología sino de cualquier disciplina en este momento, es la transformación y los cambios en las universidades de toda Europa con el enfoque de Bolonia. Fue muy interesante para mí leer, al principio de El fin del significado y el nacimiento del hombre, cuando Giegerich cita a Berkeley diciendo que una cosa es tener una opinión y otra cosa es pensar. Para mí, una posible lectura de El fin del significado es paralela a la de El fin de la historia, de Fukuyama, también muy hegeliana, y que en realidad trata de contrastar la ingenuidad de cierta visión de la democracia liberal que se extiende por el mundo. Y de nuevo, vuelve al significado: ¿cuál es el significado de lo que está sucediendo ahora? Con esto puede que suene un poco a activista, pero no puedo dejar de pensar en el discurso de George Bush padre ante el Congreso el 11 de septiembre de 1989, unos meses antes de que se derrumbara el Muro de Berlín, donde dijo que habría un nuevo orden basado en la mutualidad y la igualdad. Pero en realidad, lo que ocurrió fue la invasión de Irak, y así sucesivamente, lo que llevó al IS. Me pregunto si el trabajo de 2010, End of Meaning... de Giegerich, también busca este concepto que va más allá del significado, va más allá del fin de la historia, y realmente desafía a ser ingenuo, y a ser aproximativo.

PK: Sí. Esto es algo que es realmente crítico para entender a Giegerich -y es una conversación que he tenido con bastantes analistas que dicen no entender realmente o no gustar de este enfoque- y es el hecho de que parte de lo que Giegerich está haciendo es redefinir los términos. Por ejemplo, su noción de psicología: cuando dice «psicología real» o «psicología auténtica», no se refiere a lo que la mayoría de la gente entiende por psicología. Y eso es fundamental. No se puede tener una visión sofisticada de un concepto y al mismo tiempo mantener la validez de cualquier otra visión de ese concepto que haya existido. No se puede hacer eso, no es posible, porque son mutuamente contradictorios y algunos de ellos son tan superficiales, que ni siquiera pueden sostenerse por su propio peso, así que no se puede hacer eso.

El concepto de significado: Creo que Giegerich tiene una visión muy particular sobre el significado. Está muy en contra de esta idea de los significados individuales, con la que estoy completamente de acuerdo. Creo que se trata en parte de un fenómeno cultural y sociológico, político, de que estamos obsesionados con tener nuestro propio significado individual. El problema con esto es que es terriblemente fragmentario. Los significados individuales, por desgracia, no tienen suficiente estructura para llevar algo más allá del individuo. Pero, por supuesto, eso es precisamente lo que se supone que hace el significado como vehículo. Se supone que proporciona una estructura transindividual que puedes utilizar para interpretar a otras personas y acontecimientos más amplios y cómo va a desarrollarse tu propio futuro, y la forma de actuar en el futuro. Es decir, no se trata de algo aislado temporalmente o espacialmente; tiene que proyectarse espacial y temporalmente para que el concepto de significado tenga algún sentido. Y a la noción de significado individual le cuesta mucho hacerlo. Los pronunciamientos más extremos de Giegerich sobre el significado, que he escuchado en algunas de sus conferencias, expresan la idea de que no lo necesitas. Simplemente no lo necesitas. ¿Para qué lo necesitas? Hay que ser razonable con la gente y…

SC: En realidad, la búsqueda del sentido es el problema.

PK: Correcto. Pero ese es el problema. El problema, en muchos de los sentidos modernos del significado, es que lo que se entiende por significado es la búsqueda del mismo. El sentido del significado es un esfuerzo por el significado. Y Giegerich caracteriza correctamente esto como el punto cero del significado. Es un círculo tan estrecho, que el esfuerzo por el significado es poco más que una forma vacía en este punto. Porque es irrelevante el significado que tiene. Y es por esto que se enfada tanto con esa frase de Jung, sobre «¿cuál es tu verdad?» Realmente no le gusta esa frase, con razón, porque trivializa la noción de verdad hasta tal punto. Porque lo que se supone que está haciendo es decir, tenemos esta noción de verdad que hemos tenido desde los presocráticos, en el hemisferio occidental, al menos, y en la filosofía oriental tienes estas grandes nociones de verdad que hacen mucho trabajo y la maquinaria de la verdad es una maquinaria cosmológica; en muchos aspectos gobierna los movimientos de todo, los dioses y la Tierra. Y estas ideas de significado se supone que hacen una gran cantidad de trabajo, lo son todo. Y entonces dices, ¿no sería estupendo que todos tuviéramos eso personalmente; que todos tuviéramos acceso personalmente a esta enorme maquinaria? Pero, por supuesto, lo que haces cuando dices que me voy a apropiar de esta verdad cosmológica y que va a ser mía, ahora todo lo que has hecho es, no tomar las verdades cosmológicas y hacerlas tuyas; lo que has hecho es redefinir la noción de verdad y reducirla a algo tan estrechamente acoplado, y tan estrechamente reflexivo, que básicamente ya no es nada. Es sólo un contenido vacío. Es un deseo vacío de tenerla. El punto cero de la verdad individual es sólo el deseo de tener la verdad. No queda ningún contenido. Y eso lo puedes ver hoy en día. Y así, entonces tienes una explosión de todo el mundo y cualquier verdad es igual. Esta es mi verdad, esta es tu verdad, esta es su verdad, todas son tan buenas como cualquier otra porque el contenido es irrelevante ahora. No importa qué cosa en particular estés persiguiendo, es irrelevante. Lo único que importa es el deseo de hacerlo. Eso es lo único que queda. Eso es lo que Giegerich llama el punto cero del concepto. Es esta extraña y moderna idea de que se puede tomar algo que no es intrínsecamente personal y hacerlo personal, y que conserva todas las características que tenía cuando no era personal; pero no lo hace. Se derrumba y desaparece. Se redefine.

Esto se debe a que existe esta tremenda conexión entre la forma y el contenido, que es otra de las razones por las que me gusta mucho Giegerich. Es algo sobre lo que escribí mi tesis antes de haber oído hablar de Giegerich. Era algo que me interesaba mucho por Kant, porque en su concepto de Ideas, expuesto hacia el final de la segunda crítica, está esta idea tan hermosa sobre la estructura. Kant realmente entiende algo sobre la noción de estructura en la Crítica de la Razón Pura hacia el final. Que la forma y el contenido no están separados. No son cosas separadas; no hay una forma en la que se vierte el contenido. Y, cuando cambias la forma de las cosas, a veces cambia el contenido. Y si cambias el contenido de una cosa, cambias la forma. Así que si tomas la verdad, la forma de la verdad, tal y como era históricamente, por ejemplo, mitológicamente, y la condensas en el individuo y dices: «Ahora tengo la verdad tal y como era», cambiando la forma de esa verdad de todo este sistema cosmológico interconectado, complicado y geométrico, a este deseo totalmente trivial de cualquier cosa que desees particularmente para darte significado, no mantienes el mismo contenido. Ya no es la verdad con el mismo nombre. Has cambiado su contenido fundamentalmente al cambiar la forma, porque la forma y el contenido no están separados.

Ahora bien, esa frase, «La forma y el contenido no están separados», requiere un gran desarrollo, porque es algo muy difícil, y aquí es donde volvemos al concepto de amateurismo en el campo. Esto entra de nuevo, porque creo que la forma en que llegué a una apreciación de eso fue a través de obligarme a leer libros de topología matemática, y cosas así. Porque si no se sofistica la idea de lo que puede ser la forma, no se puede ver realmente cómo la forma y el contenido pueden estar conectados. Tienes que mirar ciertos tipos de sistemas geométricos en los que las relaciones entre los elementos del sistema son tan complicadas y están tan interrelacionadas que no es como en nuestros intuitivos sistemas de coordenadas cartesianas, en los que tienes un eje X y un eje Y; cuando te mueves por el eje X es totalmente independiente de cuando te mueves por el eje Y. Cuando empiezas a mirar ciertos tipos de geometrías donde los ejes no son ortogonales; cosas como esta donde significa que moverse en una dirección significa que también te mueves a lo largo de otra dirección hasta cierto punto. Cuando se amplía a múltiples dimensiones, se empieza a tener una idea de lo que significan las palabras «forma» y «figura» fuera de las nociones simplistas fomentadas por el estrecho rango de la experiencia perceptiva humana. Las estructuras pueden tener formas muy, muy, complicadas y uno tiene que educarse en esto para liberarse de las consecuencias extremadamente limitantes de retener un sentido naturalista de la forma. Después de todo, Jung dijo que la psicología es contra naturam y en ninguna parte es la naturaleza más peligrosa que en la formación de una base conceptual insosteniblemente estrecha para el pensamiento sobre la psicología. En la psicología nos ocupamos de estructuras que se complican más allá de nuestra comprensión natural. Hablamos todo el tiempo de las conexiones fundamentales entre la forma y el contenido. Sin embargo, nuestras opiniones sobre lo que constituye la forma están al nivel de la comprensión matemática de un niño de catorce años. Nuestra comprensión de los conceptos de forma y contenido es como la de un adolescente, pero estamos incursionando en un tema que requiere la sofisticación de un estudiante de matemáticas postdoctoral, metafóricamente hablando. Por eso Jung dijo que hay que haber leído: es obligatorio, y tiene toda la razón.

En esta época, si se estudia psicología y cosas así, es obligatorio conocer a Hegel para la educación estructural en la dialéctica reflexiva y recursiva. Y no sólo Hegel. También los precursores de Hegel, y es obligatorio conocer lo que han dicho los posmodernos. Es obligatorio saber algo de Fenomenología, porque los conceptos que se usan en psicología están tan metidos en estas historias filosóficas, son tan complicados. Hay que ser un poco experto. Tienes que serlo, de lo contrario sólo estás hablando como un adolescente, no sabes nada. Es absolutamente doloroso cuando ves las discusiones que hay sobre Dios y el ego y el Ser. Requieren que todos nosotros, cada parte de nosotros, se involucre en esas discusiones, porque son, creo, algunos de los conceptos más profundos que existen. Y, sin embargo, tenemos la idea de que podemos discutir los conceptos más profundos sin apenas saber nada. Podemos simplemente intuir y sentir y ser muy amateur en nuestra lectura, y de nuevo vuelvo a esto, no hay reverencia por el campo. No hay un «tengo que humillarme ante las exigencias de este campo». Es decir, si entras en un laboratorio de física nuclear y dices: «Me gustaría ser físico nuclear, por favor», y te dicen: «Por supuesto, ¿cuáles son tus calificaciones?», y tú dices: «Bueno, ya sabes, no me gustan mucho las matemáticas, no hice ningún cálculo diferencial, es un poco aburrido, y ya sabes que he leído un poco pero no es tan emocionante, pero ya sabes que me gusta mucho la física cuántica», se reirían de ti fuera de la habitación. Sin embargo, en nuestro campo creemos que cualquiera puede venir y decir: «Me encanta, es maravilloso», y efectivamente decimos: «Entra. Bienvenido». ¿Comprende lo que eso hará al campo con el tiempo? Al igual que muchos campos en los tiempos modernos, se convertirá -ya lo ha hecho- en una especie de mezcla amateur de trozos y piezas; de personas con trozos y fragmentos de información que obtienen de varios lugares y que se entusiasman con ellos. Lo cual está muy bien, porque forma parte del compromiso con un tema, pero si no va acompañado de una humildad real y del deseo de dedicar las miserables y largas horas a comprender realmente lo que se necesita, entonces no es más que cháchara. Y Giegerich libra una buena batalla en ese sentido. No se limita a quejarse de ello, sino que se esfuerza por explicar con precisión cómo los conceptos necesarios conducen, conectan con Jung, van más allá en algunos puntos, reconstruyen algunas de las ideas centrales y, lo que es más importante, forman un conjunto riguroso y coherente. Y eso es terriblemente importante, porque lo que a menudo se obtiene en la Psicología Analítica es que no hay un todo coherente. Puedo tener este tipo de actitud hacia el Yo, y este tipo de actitud hacia el inconsciente, y este tipo de actitud hacia los complejos. No hay coherencia. Es sólo «siento esto sobre esto y esto sobre esto», pero no hay ningún tipo de sentimiento coherente que lo reúna. El sentimiento coherente que lo une es el producto de haber absorbido la teoría y la estructura y la información y luego haberla dejado ir para que pueda formar parte de ti.

Y eso nos lleva de vuelta a Jung. Eso es exactamente lo que dijo Jung. Cuando me interesé por primera vez en Jung, eso fue lo que dijo: absorbes toda esta teoría, y lees todo este material, y haces el trabajo, y luego cuando un paciente entra en la habitación te olvidas de todo ello, porque si lo has hecho correctamente simplemente se convierte en parte de ti. Es estructuralmente parte del tono emocional de lo que vas a hacer. Y ahí es donde todo toca fondo para mí, en la práctica al menos. Todo este pensamiento, y todo el trabajo supuestamente teórico -porque la gente tiene esta idea despectiva sobre el trabajo teórico- si se hace honestamente, si se hace lo suficiente, francamente, una cantidad suficiente de él, te satura, y eso se convierte en el tono emocional de cómo trabajas con la gente. Ahí es donde debe estar. No se supone que sea sólo un pedazo de papel que lees y dices que la teoría dice esto, ahora hago esto. Tienes que haberte comido el trozo de papel y haberlo tragado y digerido, y entonces se convierte en parte de ti. Ese es el tono emocional de cómo trabajas, y esa es la verdad de lo que decía Jung: lo que más importa cuando trabajas con el paciente no es lo que sabes o lo que piensas, sino quién eres. Y tu conocimiento teórico no está separado de eso. No lo está. Forma parte intrínseca de lo que eres, si lo haces de forma creíble.

SC: Gracias Dr. Kime. Ha sido un placer escucharle.

PK: Gracias.

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15 Wolfgang Giegerich

La traición de Jung a su verdad

Traducciones

La adopción de un empirismo basado en Kant y el rechazo del pensamiento especulativo de Hegel

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Dreaming the Myth Onwards’, volumen VI de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, 289-322.

Traducción de Alejandro Chavarria
Revisado por Alejandro Portela

Si nos guiamos por la escasez de referencias de Jung a Hegel en sus obras y cartas publicadas y por el carácter marginal de los comentarios que sí hizo sobre Hegel, es probable que concluyamos que «Jung y Hegel» es simplemente un asunto sin importancia. Pero quiero mostrar que la posición que Jung adoptó en el caso «Kant versus Hegel» tuvo consecuencias de gran alcance para la concepción de Jung de la psicología en su conjunto. Una mirada atenta a lo que Jung pensaba sobre Hegel es capaz de revelar un déficit estructural fundamental en el proyecto de psicología de Jung, un déficit que equivale a una «traición» sistemática, aunque no intencionada, a su propia causa. «Traición» aquí no implica necesariamente una intención deliberada del ego. Expresa una relación objetiva.

Para tener un punto de partida y evaluar la respuesta de Jung a Hegel, primero me referiré a un tema muy diferente.

I. LA TAREA VITAL AUTO IMPUESTA DE JUNG: LA EXPIACIÓN DEL CRIMEN DE FAUSTO.

Cuando Jung construyó su Torre en Bollingen, colocó una inscripción sobre su puerta: «Philemonis Sacrum-Fausti Poenitentia» (Santuario de Filemón- Arrepentimiento de Fausto). En sus Memorias Jung nos cuenta cuál fue el trasfondo de esta inscripción. Tenía que ver con su valoración y reacción ante una escena concreta del quinto acto de Fausto II de Goethe. «… y cuando Fausto, en su arrogancia y autoinflación, causó el asesinato de Filemón y Baucis, me sentí culpable, como si yo mismo en el pasado hubiera ayudado a cometer el asesinato de los dos ancianos. Esta extraña idea me alarmó, y consideré que era mi responsabilidad expiar este crimen, o evitar que se repitiera».1

El asesinato de Filemón y Baucis es algo más que un simple asesinato de dos ancianos inocentes. Filemón y Baucis eran esa pareja mítica que, siendo ellos mismos pobres, fueron los únicos que durante una época impía albergaron y hospedaron hospitalariamente a los dioses que vagaban por la tierra bajo la apariencia de humanos sin hogar. Por eso, cuando Fausto, en el drama de Goethe, provoca el asesinato de esta pareja, esto implica el fin irrevocable de ese modo de ser-en-el-mundo en el que el hombre se entiende a sí mismo en términos de los Dioses y sabe que es libre sólo en la medida en que está en los hilos conductores de Dios. En su lugar, se inaugura una época en la que la autodefinición humana es «el hombre por sí mismo» (Erich Fromm).

Al colocar esa inscripción sobre la puerta de su Torre, el santuario interior literal de su vida, Jung indicó que era una especie de lema bajo el cual había puesto toda su existencia y su significado interior. De forma aún más clara que en la cita anterior de Recuerdos, Jung lo dejó claro en una carta del 5 de enero de 1942 a Paul Schmitt. «… de repente y con terror me quedó claro que he asumido a Fausto como mi herencia, y además como defensor y vengador de Filemón y Baucis… … me parece inevitable dar una respuesta a Fausto…»2 Debemos suponer que no sólo esto, su Torre de Bollingen, sino toda su psicología (el espíritu y la estructura de su teoría) debía ser un «santuario de Filemón».

Santuario de Filemón: ¿qué significa esto? Implica dos cosas. En primer lugar, preparar el terreno para un nuevo alojamiento y hospedaje del (de los) Dios(es), pero esto, en segundo lugar, no a través de un entusiasmo exagerado, sino, por el contrario, a través de una «desidentificación con el Dios» (Jung),3 en otras palabras, volviendo a la terrenalidad, modestia y humanidad que la antigua pareja mitológica mostraba. Pues, como Jung comprendió, la actitud del «hombre por sí mismo» de Fausto, así como la de Nietzsche, equivale a una identificación involuntaria con el Dios.

En resumen, Jung consideraba que la tarea de su vida era ser el defensor y vengador de Filemón, expiar el crimen de Fausto y evitar que se repitiera. Y el hecho de que erigiera su Torre en Bollingen y colocara esta inscripción sobre su puerta debe verse como una especie de símbolo concreto de lo que pretendía conseguir con su obra y su vida.

Ahora estamos listos para pasar a nuestro tema actual.

II. EL ENFÁTICO RECHAZO DE HEGEL POR PARTE DE JUNG Y SU ADOPCIÓN DE LA POSICIÓN KANTIANA

En 1935 Jung escribió:

Kant, en particular, erigió una barrera a través del mundo mental que condenó a la inutilidad incluso el salto más audaz de la especulación en el objeto. El romanticismo fue la contrapartida lógica, expresada con más fuerza, y más astutamente disfrazada, en Hegel, ese gran psicólogo vestido de filósofo. (OC 18 § 1734, trad. modif.)

«Hegel, ese gran psicólogo», en boca del psicólogo Jung suena como un bonito cumplido. Pero es un auténtico insulto.

¿Por qué? Porque la frase completa es: «ese gran psicólogo vestido de filósofo». Jung niega que Hegel fuera propiamente un filósofo. En una carta del mismo año 1935 (31 de julio, a Friedrich Seifert, que había contribuido con un artículo sobre Hegel y Jung al Festschrift de Jung), Jung escribió,

Siempre he pensado que Hegel era un psicólogo manqué, de la misma manera que yo soy un filósofo manqué. En cuanto a lo que es «auténtico», parece que lo decide el espíritu de la época. … Hegel me parece un pensador romántico en contraste con Kant y, por lo tanto, un hijo típico de su tiempo; y como romántico ya está en el camino del psicologismo. La forma de pensar ya no es auténtica, sino que es un vehículo. (Cartas I, p. 194, a Friedrich Seifert, 31 de julio de 1935).

(«A psychologist manqué» es la traducción de ein uneigentlicher Psychologe, que significa: un psicólogo, sin duda, pero no un psicólogo en el sentido literal de la palabra, no formalmente o propiamente, y en la frase «en cuanto a lo que es ‘auténtico'», «auténtico» es la traducción de eigentlicher, lo contrario de uneigentlicher [Psychologe].)

Las dos citas se aclaran mutuamente de la manera más hermosa.

Una tercera y una cuarta cita de años posteriores son aún más francas y completan nuestra comprensión de la opinión de Jung sobre Hegel.

Creo que es obvio que todas las afirmaciones filosóficas que transgreden los límites de la razón son antropomórficas y no tienen ninguna validez más allá de la que corresponde a las afirmaciones psíquicamente condicionadas. Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del fondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente, equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que utiliza Hegel confirma este punto de vista: recuerda al lenguaje megalómano de los esquizofrénicos, que utilizan palabras terroríficas para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para dar a las banalidades el encanto de la novedad, o para hacer pasar los lugares comunes por sabiduría inquisitiva. Una terminología tan ampulosa es síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Pero eso no impide que la última filosofía alemana [esto se dirige con toda probabilidad a Heidegger, véase el pasaje citado a continuación, en el que se agrupa el lenguaje de Hegel y el de Heidegger] utilice las mismas palabras de poder chifladas y finja que no se trata de psicología involuntaria. (OC 8 § 360).

Cabe señalar que esta cita cargada de emoción procede de la obra probablemente más importante y definitiva de carácter estrictamente teórico que Jung haya escrito nunca, y no de comentarios más casuales en cartas originalmente no destinadas al acceso público. Al pertenecer a un ensayo publicado, la afirmación debe considerarse bien concebida.

El último pasaje que quiero citar aquí dice,

El punto de vista de Aristóteles nunca me había atraído especialmente; tampoco Hegel, que en mi muy incompetente opinión ni siquiera es un filósofo propiamente dicho, sino un psicólogo fracasado. Su lenguaje imposible, que comparte con su hermano de sangre Heidegger, denota que su filosofía es una filosofía muy racionalizada y fastuosa confesión decorada de su inconsciente. (Carta a Joseph F. Rychlak del 27 de abril de 1959, Cartas II, p. 501.)

Lejos de ser ambivalente, vacilando entre el elogio y el desprecio, la imagen de Hegel de Jung en todas sus escasas declaraciones sobre este tema a lo largo de los años es absolutamente coherente. Se trata siempre de un punto de vista idéntico que se expresa en formulaciones ligeramente diferentes. Y este punto de vista es absolutamente devastador para Hegel, pero, en la medida en que es desinformado e «incompetente» (como dijo el propio Jung en la última cita, aunque probablemente sin quererlo literalmente4), recae sobre el propio Jung y es devastador también para él.

A los ojos de Jung, Hegel es «el gran psicólogo» porque su supuesta filosofía es la mera «racionalización» de «afirmaciones psíquicamente condicionadas», una «confesión de su inconsciente». Sufrió una «invasión del inconsciente». Por eso, su psicología personal se desprende más o menos directamente tanto de su lenguaje como de lo que dice. «Gran psicólogo» no significa más que la oportunidad de ver una inmediata «autorrevelación del fondo psíquico», en la medida en que «en Hegel rigen la identificación y la inflación» (OC 8 § 359). Su cuestionable «grandeza» como psicólogo no consistió, pues, más que en que su obra expresa los contenidos del inconsciente «con mayor fuerza» y en que «dio a las ideas la oportunidad de demostrar su desconocido poder de autonomía» (ibíd.). Pero no fue un gran psicólogo en el sentido verdadero y positivo, en el sentido de cómo Jung quería ser un psicólogo. Sólo fue un «uneigentlicher Psychologe», un «psicólogo manqué», «un psicólogo fallido». ¿Y por qué? Porque la suya fue una «psicología involuntaria», una especie de accidente, siendo su verdadera intención, por supuesto, aparecer como filósofo. Pero, según afirma Jung, no era un filósofo en absoluto. El carácter filosófico de su obra es una pretensión («pretendida»), una «presunción», un «disfraz», una «decoración fastuosa», un «ropaje». La «forma de pensar» (denkerische Form, la forma filosófica, la forma del pensamiento) es uneigentlich, una farsa, un mero «vehículo».

Por eso Hegel es un romántico para Jung: «como romántico ya está en camino hacia la psicología», es decir, hacia una condición anímica en la que las ideas autónomas del alma (que como verdades eternas son lugares comunes banales, aunque altamente numinosos) se abren paso en la conciencia sin tener que pasar por un filtro crítico y racional y, por lo tanto, hacen que la conciencia, a causa de su numinosidad, utilice un «peculiar lenguaje altisonante» y «hechizante», «palabras de poder chifladas» para verdades muy ordinarias. Hegel está completamente sometido al «espíritu de la época», «un hijo típico de su tiempo», lo que implica que su pensamiento no está guiado, no es necesitado por la lógica inherente a los problemas que aborda, sino por lo que exige el espíritu de su época (y por tanto el inconsciente constelado durante su época).

Sobre todo, Hegel es un romántico a los ojos de Jung porque practica la «especulación», que para Jung aparentemente significaba realizar ese «salto más audaz de la especulación hacia el objeto» a través de la barrera kantiana erigida por Kant a través del mundo mental, un salto que a causa de esta barrera está condenado de una vez por todas a la inutilidad y, por lo tanto, es indigno de un filósofo propiamente dicho. Jung decidió que la filosofía propiamente dicha se define como el respeto a esta barrera como insuperable.

Con este veredicto, Jung comete una petitio principii. Al hablar (pensando en Hegel) del «salto especulativo más audaz», muestra que ya ha decidido de antemano (antes de examinar los argumentos de Hegel contra la validez y razonabilidad de la barrera de Kant) que la barrera de Kant es una verdad indiscutible. Sólo para aquel para quien esa barrera insuperable es un hecho innegable para empezar, el intento de llegar realmente al objeto y estar con él (en forma de conocimiento verdadero) requiere la audacia de un temerario que, sin embargo, intentaría lo imposible, el gigantesco salto sobre esa barrera. No es de extrañar que en estas circunstancias este salto esté en opinión de Jung a priori condenado a la inutilidad y que por ello la palabra «especulación» adquiera el significado despectivo que obviamente tiene aquí para Jung. Jung tenía la idea dogmática de que la barrera de Kant define de hecho los límites de la razón como tal. Pero esto habría que demostrarlo. Lo que hizo Hegel fue interpretado acríticamente por Jung como «transgredir los límites de la razón» y «no tener validez más allá de la que corresponde a los enunciados psíquicamente condicionados». Esto es culpa de Hegel como supuesto romántico. Al igual que un puer aeternus, podríamos decir, Hegel no quería estar atado a la razón y, en un «movimiento contrario» a las advertencias del «senex» de Kant, transgredió directa e ilegítimamente hacia el objeto, hacia el infinito.

Jung se limitó a desestimar la minuciosa crítica filosófica de Hegel a Kant por no merecer una respuesta intelectual. En su lugar, argumentó contra Hegel por medio de etiquetas psicológicas, pero tal aplicación de diagnósticos psicológicos para difamar al oponente qua persona («síntoma de debilidad», «falta de sustancia») en lugar de refutar lo que dice es un mal estilo. Un oponente tiene derecho a ser recibido en el nivel de sus argumentos.

La misma pobreza de la cuestión aparece en la tercera cita. ¿Quién querría estar en desacuerdo con la afirmación de Jung de que «es obvio que todas las afirmaciones filosóficas que transgreden los límites de la razón son antropomórficas»? Pero la cuestión, que Jung no discute, es si las afirmaciones de Hegel transgreden de hecho los límites de la razón o no. Lo da simplemente por sentado. Se trata de un prejuicio evidente, que muestra que Jung es culpable de la misma falta que imputa a Hegel, a saber, que su afirmación sobre Hegel es «antropomórfica» y no es más que la autorrevelación de su fondo psíquico.

Por supuesto, es posible que Hegel no deba ser tomado en serio como filósofo porque no es más que un caso clínico. Entonces la desestimación de Jung no presentaría ningún problema. Pero un diagnóstico tan atrevido y, considerando la reputación de Hegel y su lugar en la historia del pensamiento, bastante improbable, requeriría una refutación detallada del pensamiento de Hegel. Mientras esta refutación no se proporcione, es una presunción por parte de Jung difamar a un filósofo de la talla de Hegel como «ni siquiera un filósofo propiamente dicho». Es más probable que veredictos como «transgresión de los límites de la razón», «palabras de poder hechizantes» y «síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia» sean un reflejo de la propia ineptitud filosófica de Jung y de su falta de comprensión. Si no se puede dar sentido a algo, se tiende a pensar que está más allá de toda razón. Si no se está a la altura del lenguaje de un filósofo (que en el caso de Hegel, me atrevo a decir, es verdaderamente sencillo: sin pretensiones, económico y sobrio5 ), es fácil pensar que es altisonante e inflado. La negativa (subjetiva) de Jung a dejarse llevar seriamente, y eso significa reflexivamente, por la materia del pensamiento de Hegel aparece en forma objetivada ante la conciencia de Jung como la falta de autenticidad filosófica de Hegel.

III. EL «CRIMEN FÁUSTICO» DE JUNG

Hemos visto lo que Jung sentía sobre el tema Fausto-Filemón y dónde se posicionaba con respecto a Kant y Hegel. ¿Están estos dos complejos tan diferentes conectados de alguna manera? Sí. Al erigir una barrera fundamental e intrascendente a través del mundo mental, Kant -según la interpretación de Jung- hizo exactamente lo mismo que Fausto, cuando cometió el asesinato de los dos ancianos que representaban la hospitalidad del hombre hacia los dioses. La única diferencia es que el crimen de Fausto se presenta como un acto simbólico, que ocurre en una esfera poética, imaginal, mientras que Kant opera explícitamente en un nivel intelectual, conceptual, en el que bajo las condiciones de la modernidad se producen las verdaderas decisiones psicológicas. Lo que hizo Kant fue afirmar que el objeto, lo trascendente, la cosa-en-sí-misma es absolutamente inaccesible, de modo que hay que limitarse de una vez por todas al mundo empírico, a lo finito, a lo que Kant denominó la apariencia. Tanto si en ese mundo en el que el hombre se ha convertido esencialmente en «físico» o «técnico» sigues a Kant, como si bajo las condiciones de un modo mitológico y ritual de ser-en-la-palabra «matas» en Filemón y Baucis el símbolo mismo, o el arquetipo, de la «condición de la posibilidad a priori de» la hospitalidad del hombre hacia los dioses equivale psicológicamente a lo mismo. Ambos casos (erigir esa barrera / excluir a los Dioses sin hogar) son variaciones de decir «El hombre por sí mismo». La «cosa-en-sí» (y todo lo que conlleva) es simplemente un disfraz moderno en el que lo que antes se veía como lo trascendente es recibido hospitalariamente o rechazado.

No es necesario en absoluto entrar en los argumentos con los que Kant estableció que tenemos que limitarnos al mundo tal y como se nos presenta (el modo en que está preformado fundamentalmente por nuestra mente), y tenemos que renunciar a cualquier esperanza de poder alcanzar alguna vez el verdadero conocimiento, parte del cual sería, por supuesto, también la gnôsis tou theou (el conocimiento de Dios) y el verdadero conocimiento del alma. No tenemos que saber si su razonamiento es sólido, sus resultados válidos y toda su posición irrefutable o no. Lo único que nos debe preocupar aquí es que si Jung sintió que lo que hizo Fausto fue un crimen terrible, uno que él, Jung, tuvo que expiar personalmente, entonces no podría aprobar lo que entendió que hizo Kant, sino que habría tenido que «expiarlo» también.

Pero sí lo aprobó. Adoptó, como fundamento teórico propio e inamovible de la psicología, la restricción a lo fenoménico kantiana y el cierre de Kant a la puerta del noúmeno, es decir, la versión del siglo 18 de esa puerta que Filemón y Baucis, en su obediencia a la práctica del culto a la hospitalidad, mantuvieron abierta. Por eso insistió una y otra vez con orgullo en que era «ante todo un empirista».

Jung hizo algo más que adoptar la división del mundo de Kant. También rechazó vehementemente a Hegel y, al negar el estatus filosófico de su obra y al llegar prácticamente a utilizar diagnósticos clínicos sobre él («inflación», «reminiscencia del lenguaje de los esquizofrénicos»), lo liquidó como filósofo. Ahora bien, hay que recordar que Hegel es el filósofo que enseñó, sin ambages, la parusía de lo absoluto, es decir, exactamente lo que representan Filemón y Baucis. Así que si Jung, sin refutación racional suficiente, rechazó vehementemente a Hegel, lo que hizo, ésta fue la forma simbólica en que Jung cometió su asesinato de «Filemón». Intelectual y psicológicamente, Jung se cargó a sí mismo con una grave culpa cuando reprendió a Hegel frívolamente.

Al igual que en el caso de Kant, no tenemos que probar o refutar aquí la sustancia racional de la afirmación de Hegel de que es precisamente un requisito de la razón sostener que el absoluto está con nosotros para empezar y que nosotros estamos con él. Nuestro interés se centra únicamente en cómo Jung resolvió, dentro y para sí mismo, el conflicto entre los dos filósofos. En el contexto de esta cuestión, basta con saber que Jung no ha aportado ninguna argumentación válida para probar su caso contra Hegel, que no tenía un conocimiento exhaustivo de primera mano de lo que estaba juzgando, y que se limita a hacer afirmaciones no sólo generales, sino también muy emocionales, sobre Hegel. Aunque detesto argumentar ad personam explicando las afirmaciones que alguien hace desde su psicología personal, creo que el afecto que se percibe en el veredicto de Jung contra Hegel y su falta de argumentación sustancial obligan a concluir que este veredicto es una reacción compleja por parte de Jung. Su reacción alérgica a Hegel y su obsesión por su empirismo son dos caras de la misma moneda. Y ambas indican un malestar interior no reconocido con su propia posición.

Pero lo que debemos hacer es ver cuál habría sido la respuesta verdaderamente psicológica a la aparición de la fantasía de una «barrera a través del mundo mental que condenaba a la inutilidad incluso el más audaz salto de especulación hacia el objeto».6 Aquí me limitaré a dar una pista remitiendo al lector a mi artículo sobre «El salto a la piedra maciza» en el tomo 4 de mis Collected English Papers7 y a sugerir que el hecho de toparse con un muro o barrera impenetrable es siempre, desde el punto de vista psicológico, una invitación a saltar hacia él, hacia la propia barrera (¡no a través de ella hacia el objeto imaginario al otro lado de la misma!) Para Jung, por el contrario, la barrera que vio erigida por Kant se convirtió en un «muro ante el cual la inquisición humana retrocede» (OC 18 § 1734, trad. modif.).

La psicología es la disciplina de la interioridad. Todos los fenómenos representan para el psicólogo, en un primer momento, un muro de este tipo, ya que nuestra mirada parte siempre del exterior. Nuestra tarea como psicólogos es interiorizarnos en el fenómeno en cuestión, sea cual sea. Darse la vuelta, dar la espalda a la pared para dirigir la atención a las cosas que están delante de la barrera: este es el pecado contra el espíritu de la psicología. (Curiosamente, en lo que respecta a Hegel, cualquiera que lo estudie se dará cuenta de que precisamente no realizó en absoluto ese audaz salto especulativo hacia el objeto más allá de la barrera. Se movió pacientemente, un paso a la vez, y no hacia adelante, sino más profundamente en la noción en cuestión).

Jung, por cierto, no se da cuenta de que precisamente al prohibir el salto empírico de la especulación a través de la barrera hacia el objeto, comete lógicamente este mismo salto, porque ¿de qué otra manera sabría que al otro lado de esta barrera hay un objeto en absoluto? La fantasía de Jung de un salto a través de la barrera es ese mismo salto más allá del muro. El salto de la psicología es un salto contra naturam hacia la impenetrabilidad del objeto o fenómeno, que es en sí mismo lo que al principio aparece como un muro. Tanto si se da la vuelta como si se salta más allá, en ambos casos se incumple la tarea psicológica.8

IV. LA EXPIACIÓN SIMULADA.

Lo que hemos visto hasta ahora da lugar a la contradictoria idea de que Jung sintió la necesidad de expiar personalmente un crimen que no había sido suyo y de evitar que se repitiera, mientras que él mismo cometía el equivalente de este crimen, sólo que a un nivel diferente. Se recuerda el fenómeno familiar de que la gente de cualquier época tiende a perseguir a los profetas contemporáneos en nombre de los profetas venerados de épocas anteriores, que en su propio tiempo habían sido igualmente perseguidos por sus contemporáneos. O uno recuerda a los miembros de la nobleza en Francia inmediatamente antes de la Revolución Francesa que formaron comités para hacer algún bien a los esclavos en América mientras que nunca desperdiciaron un pensamiento en los campesinos esclavizados en casa. Jung pretendía construir un santuario de Filemón y expiar el asesinato de Fausto. Este era, por así decirlo, el sentido y el propósito de su vida. Pero ahora resulta que precisamente al construir su Torre como un Philemonis sacrum literal se perdió la posibilidad de construir un verdadero santuario de Filemón y de expiar realmente el asesinato de la antigua pareja, porque ese Filemón mitológico e imaginario era más o menos irrelevante en la época de Jung. Filemón se había convertido en una de nuestras antigüedades psicológicas. El «Filemón» de Jung, su verdadero «Filemón», no habría sido el Filemón literal, una figura mitológica y literaria; y el verdadero crimen a expiar no era el de Fausto. Jung actuó y resolvió los problemas de otras personas, de otras épocas, mientras permanecía inconsciente acerca de dónde se constelaba realmente el problema de Fausto y Filemón para él. Lo que se le habría exigido a Jung, si quería construir un «santuario de Filemón», habría sido llegar filosóficamente a un acuerdo con lo absoluto, lo trascendente, por ejemplo, aprendiendo a comprender el pensamiento de Hegel y ver a través de su sesgo kantiano como devastador para la psicología, porque este es el nivel y la esfera donde el conflicto Fausto-Filemón realmente llegó a un punto crítico para Jung.

Lo que quiero decir se aclara tal vez cuando analizamos lo que fue psicológicamente la Torre de Bollingen de Jung, como simbolización concreta de la obra de su vida. No me interesa la Torre en sí, como hecho literal. Quiero considerarla simplemente como una ayuda visual que ayuda a poner de manifiesto la lógica de su proyecto de psicología. La Torre puede considerarse como una condensación y materialización concreta de lo que Jung’ quería lograr con su psicología del inconsciente colectivo. Simboliza la sustancia de lo que más apreciaba el psicólogo C.G. Jung también en su teoría psicológica. ¿Cuál es la situación de la Torre de Jung, qué era psicológicamente? Era su Disneylandia privada, su especie de «Neuschwanstein» (ese castillo de imitación de cuento de hadas construido por Luis II de Baviera durante la segunda mitad del siglo XIX, un castillo que es una atracción turística para el público en general como la Torre de Jung lo es para los entusiastas de Jung). Las verdaderas Disneylands abarcan una amplia gama de cosas espectaculares que se entienden principalmente como lo que son literalmente (castillo medieval, selva, salón del Salvaje Oeste, etc.). La Torre de Bollingen de Jung, por el contrario, no era tan importante como la casa pseudomedieval que literalmente era; su significado principal era que era la psico-Disneylandia de Jung, una Disneylandia que hacía accesible el «interior de la psique». Y las verdaderas Disneylandias, como empresas comerciales, están necesariamente abiertas a las masas. Jung, por el contrario, pudo permitirse el lujo de tener su «Neuschwanstein» o «Disneylandia» para él solo como su buen retiro. Pero tanto si se trata de una Torre privada como de una Disneylandia pública, en ambos casos hay una especie de parque con recreaciones (a menudo miniaturizadas) de edificios o paisajes que han de proporcionar al habitante o al visitante temporalmente la oportunidad de experimentar románticamente cómo debió ser la vida en tiempos pasados o en lugares exóticos, en todo caso en tiempos y lugares que no son los de su propia realidad actual. En sus Recuerdos, Sueños, Reflexiones, Jung nos habla de su Torre de Bollingen,

Hay muy pocas cosas que sugieran el presente. Si un hombre del siglo XVI se instalara en la casa, sólo la lámpara de queroseno y las cerillas serían nuevas para él. No hay nada que perturbe a los muertos, ni luz eléctrica ni teléfono. (p. 237, ed. Vintage Books, Nueva York 1989)

Su Torre permitía a Jung, podría decirse, jugar al siglo XVI. Incluso le permitió a él, un hombre del siglo XX tecnológico, jugar al «modo simpático, o mitológico, de ser-en-el-mundo» o «país del ánima», como muestra el siguiente pasaje.

A veces me siento como si estuviera extendido en el paisaje y en el interior de las cosas, y soy yo mismo quien vive en cada árbol, en el batir de las olas, en las nubes y en los animales que van y vienen, en la procesión de las estaciones…. aquí hay espacio para el reino sin espacio del mundo y del interior de la psique. (ibid. , p. 225s.)

Está muy bien que Jung haya podido tener ese lugar y esas experiencias. Pero este no es el punto. ¿Es el hecho de que Jung tuviera tal Torre (y, durante los periodos en los que estaba allí de vacaciones de su vida real en Küsnacht, tuviera tales experiencias allí) lo que podría considerarse legítimamente como expiación del crimen de Fausto? ¿Es la «Torre» de Jung (por supuesto, no ella literalmente, sino lo que significa, la actitud que representa, el proyecto psicológico que simboliza y personifica) una contribución convincente a la psicología de nuestra época? ¿Aborda realmente el problema anímico planteado por el drama de Fausto, al que, después de todo, el propio Jung se sintió obligado a responder? ¿Representa una diferencia, una diferencia en el espíritu de Filemón, es decir, con respecto a la impiedad de nuestro tiempo, o no es más que una curiosidad de significado estrictamente personal, de hecho, un mero viaje del ego (que no difiere de los viajes del ego más convencionales de otras personas, como el turismo de masas o las aficiones privadas)? Porque no debemos engañarnos: el deseo de experimentar la esfera del ánima o el Sí-mismo,9 o, por decirlo de una manera ligeramente diferente, la experiencia (a todas luces auténtica) del Sí-mismo, ¡puede ser ciertamente un ego-trip (tener el estatus de un ego-trip)! Puede ser un turismo del alma, que no difiere fundamentalmente de otros tipos de turismo, excepto por tener un contenido más noble, más interior. En general, el gran anhelo de significado por parte del hombre moderno, de experiencia religiosa o incluso mística, de alma y de un sentimiento de unidad del hombre con la naturaleza, incluso el esfuerzo por superar el ego, son, por supuesto, preocupaciones típicamente modernas del ego. Su conexión con el Yo no consiste más que en un equívoco a través del término autocomplacencia.

Para evitar un malentendido, no pretendo que Jung, un solo hombre, haya podido o deba cambiar de hecho el modo de vida moderno. Sólo me preocupa la cuestión de si el estatus lógico de lo que él consideraba su defensa, y su venganza, de Filemón en sí mismo se califica como tal. El efecto fáctico en la sociedad en general y el alcance de este efecto son una cuestión totalmente diferente.

Además, no estoy sugiriendo que haya nada malo en intentar tener tales experiencias y, por ejemplo, construir una Torre como hizo Jung, al igual que no hay nada malo en disfrutar de una hoguera o de una cena a la luz de las velas (durante las cuales intentamos aliviarnos temporalmente del brillo, la esterilidad y la previsibilidad de nuestro mundo moderno electrificado). Pero, al igual que las hogueras y las cenas a la luz de las velas son absolutamente evasivas e intrascendentes y, por tanto, en el terrible sentido de la palabra, completamente inofensivas, meros pasatiempos que no responden verdaderamente a las presiones de la vida moderna, sino que, por el contrario, las apoyan proporcionando válvulas de seguridad, siendo ellas mismas parte del propio sistema del que deben proporcionar alivio, la regresión periódica y voluntaria de Jung al siglo XVI es una empresa absolutamente inofensiva, autosuficiente y sin ninguna congoja. No toca la situación psicológica de nuestra existencia moderna.

Esto no puede ser lo que significa la «expiación del crimen de Fausto». Es demasiado fácil, demasiado literal, demasiado positivo establecer un manicomio tan autosuficiente y autocomplaciente y grabar algunas inscripciones en la piedra, demasiado fácil buscar formas de sentirse cerca de los antepasados y de experimentar cómo podrían haberse sentido las personas de épocas pasadas. Jung tomó a Fausto y Filemón literalmente y «resolvió» su conflicto en ese nivel literal. No se preguntó cuál es la forma que adopta ese conflicto hoy, cuál es nuestro campo de batalla psicológico en el que se decide nuestro destino. ¿Qué es Hécuba para nosotros, o nosotros para Hécuba, es decir: qué son Filemón y Baucis, esa antigua pareja, para nosotros? ¿Qué nos importa lo que su mito representa literalmente, es decir, el sentimiento de «extenderse por el paisaje y en las cosas», es decir, una naturaleza animada y la experiencia de todos los dioses que acompañan a este modo de ser-en-el-mundo, más generalmente todas las imágenes fantásticas de una imaginación mitológica inocente? Todo eso está psicológicamente obsoleto desde el final de la antigüedad, a más tardar. Donde todavía se da, tiene el estatus de «entretenimiento». La «naturaleza» (la naturaleza animada), el mito y las imágenes eran la forma en que la verdad se mostraba en las condiciones psicológicas anteriores. Tenemos que ocuparnos de nuestro propio problema, o de la nueva forma en que el mismo problema se nos plantea, no de resolver un problema que hace tiempo que la historia ha resuelto de una u otra manera porque era el problema del pasado, o el problema en esa forma en que se planteaba para las épocas anteriores. Hic Rhodus, hic salta.

Nuestro «Fausto» es la lógica positivista que subyace en las ciencias y la tecnología modernas. Es la lógica que fue cimentada por la filosofía de Kant. Este «Fausto», esta lógica permanece absolutamente imperturbable y sin respuesta por el «santuario de Filemón» de Jung, y «él» seguiría sin respuesta incluso si todas las personas del mundo construyeran cada una sus propias torres Bollingen. Un santuario literal, un retorno literal a los ancestros, a los dioses y al modo simpático de ser-en-el-mundo deja intacta la supuesta arrogancia de nuestro verdadero «Fausto».

Si esa barrera que Kant erigió a través del mundo mental no es refutada, en otras palabras, si Jung la considera lógica y epistemológicamente legítima, entonces no tiene derecho a encontrar faltas en lo ocurrido en Fausto. El asesinato de Filemón y Baucis, tan humanamente deplorable como ciertamente es (y, para el caso, lo fue para el propio Fausto), es entonces no sólo inevitable sino también intachable. Está justificado.

No se pueden tener las dos cosas. En el nivel de nuestras antigüedades psíquicas, las imágenes míticas literales de antaño, uno lamenta la ruptura del vínculo entre los humanos y los dioses como un terrible crimen que quiere deshacer, mientras que al mismo tiempo basa su psicología en una lógica que excluye absolutamente una conexión entre los humanos y los dioses, los mundos fenoménicos y los nouménicos. Yo digo: Ante todo, no es empirismo. No, ante todo hay que abordar el problema que se planteó al erigir la barrera kantiana, una barrera que inevitablemente también atraviesa la propia psicología (la disociación que hace Kant del «yo determinable», que es accesible al estudio empírico, del «yo determinante», el sujeto como unidad trascendental de la apercepción, que permanece absolutamente inaccesible a nuestro conocimiento).

Normalmente llamamos a esto una disociación neurótica. La mano derecha (el empirista «kantiano» en Jung que reside en Küsnacht) no debe saber (en el pleno sentido de la palabra) lo que experimenta la mano izquierda (el Yo que experimenta, siente y visualiza en el mismo Jung de Bollingen, que se entrega a la clase de imaginaciones que le estarían prohibidas a un verdadero kantiano como especulador). La teorización científica del psicólogo y, por tanto, la constitución lógica de la psicología siguen un conjunto de leyes que están completamente inmunizadas contra el otro conjunto de leyes que rigen la vida del alma que el mismo psicólogo estudia. En la conmutación de Jung entre «Küsnacht» y «Bollingen» vuelve el «salto especulativo más audaz» oficialmente rechazado más allá de la barrera kantiana. Es este salto directo «al objeto» allá («En Bollingen estoy en mi más verdadera esencia, soy más profundamente yo mismo. Aquí soy, por así decirlo, el «hijo milenario de la madre» …» MDR p. 225, trad. modif.), la forma en que este «salto» aparece en el ámbito empírico-práctico del comportamiento humano, a saber, como desplazamiento ordinario entre dos lugares, lugares, sin embargo, que lógicamente, psicológicamente, pertenecen a dos órdenes de realidad fundamentalmente diferentes. ¡El hecho de que Jung, tanto en su teoría del conocimiento como en la ejecución práctica de su ciencia, se prohibiera a sí mismo10 realizar ese salto no significa que escapara a su horizonte!

Construir un santuario literal de Filemón y desplazarse entre «Küsnacht» y «Bollingen» no es más que un simulacro de expiación. Psicológicamente no cuesta nada, porque evita la cuestión real. Simplemente intenta reproducir una batalla histórica, queriendo darle un resultado diferente después de los hechos, pero ignora, y desvía, el campo de batalla real, la línea de frente donde los opuestos se enfrentan hoy. El campo de batalla es, en nuestros días, el estado lógico de la conciencia, la lógica de la vida y la sociedad modernas.

Por eso también la vuelta al politeísmo pagano en la psicología arquetípica no es una respuesta real a nuestra situación psicológica. Tampoco es otra cosa que el intento de construir un santuario literal de Filemón, aunque no con piedras reales, sino con imágenes sublimadas. Estructuralmente no hay ninguna diferencia. El lugar «donde está la verdadera acción» se elude igualmente (véase el rechazo expreso de Hillman a involucrar la psicología en cuestiones filosóficas). Pero mientras estas cuestiones se pongan entre paréntesis, la vieja forma lógica de la conciencia, tal como se expresa, por ejemplo, en la filosofía de Kant, queda intacta, y el retorno a los antiguos dioses o a lo imaginal en general no es entonces más que el equivalente en psicología a lo que, en el mundo exterior, es restaurar viejos edificios clasificados como monumentos históricos. Muy bonito. Pero también muy inofensivo; sin ninguna relación con el lugar que ocupa el alma hoy en día, en nuestra civilización tecnológica e informativa que se extiende cada vez más por toda la aldea global. Sólo una hermosa, y ciertamente muy culta, compensación y consuelo dentro de una sociedad acomodada que puede permitirse tales lujos. Y cambiar la facultad especial que utiliza la conciencia, desde el intelecto y la voluntad hasta la imaginación, equivale sólo a un reordenamiento de los muebles en la casa de la conciencia, no a una transformación de la estructura de la casa misma.

Más arriba llegué a la conclusión de que el rechazo irracional de Jung a Hegel era indicativo de una reacción compleja por su parte. Me pregunto si su reacción alérgica tiene que ver con el hecho de haber intuido vagamente que es en el territorio de Hegel donde habría encontrado el lugar para construir un verdadero y actualizado «santuario de Filemón» y para expiar realmente el crimen de «Fausto». Tal vez inconscientemente Jung no podía perdonar a Hegel que su pensamiento tendiera a recordarle que había recortado gastos, y a revelarle su modo de expiar como un sustituto inofensivo de la expiación realmente pretendida y requerida, de la que él, Jung, rehuyó porque no quería entrar en ese territorio, cuya entrada hubiera requerido someterse a la lenta y paciente labor del concepto. El tema del «trabajo» me lleva a la siguiente sección.

V. LA NEUROSIS DE LA PSICOLOGÍA.

Se podría pensar que el hecho de que Jung haya tenido realmente éxito en su proyecto de expiar el crimen de Fausto, o no, es sólo una cuestión de importancia biográfica. Pero está en juego algo más: toda la «definición» y constitución de la psicología.

En sus Memorias (págs. 30 y ss.) Jung relata cómo cayó en un breve episodio de una neurosis infantil y cómo lo superó. En su duodécimo año, otro niño le había hecho perder el equilibrio, de modo que cayó con la cabeza contra el bordillo de la acera, casi perdiendo el conocimiento. En el momento en que sintió el golpe, el pensamiento pasó por su mente: «Ahora ya no tendrás que ir a la escuela». A partir de entonces empezó a tener desmayos cada vez que tenía que volver a la escuela o le mandaban hacer los deberes. Durante más de seis meses se mantuvo alejado de la escuela, que era para él como el paraíso. «Era libre, podía soñar durante horas, estar donde quisiera, en el bosque o junto al agua, o dibujar. … Sobre todo, podía sumergirme en el mundo de lo misterioso. A ese reino pertenecían los árboles, un estanque, el pantano, las piedras y los animales, y la biblioteca de mi padre». Sus padres estaban muy preocupados, le llevaron a varios médicos, pero nadie pudo ayudarle. Un médico pensó que tenía epilepsia. Un día escuchó a su padre expresar su temor de que su hijo fuera incurable y, por tanto, no pudiera ganarse la vida. Jung afirma que cuando escuchó esto, se quedó atónito. «Este fue el choque con la realidad. Ya veo, ¡aquí hay que trabajar!»11 pensó. Se dio cuenta de que «todo el asunto era un complot diabólico por mi parte». A partir de entonces, superó con fuerza sus desmayos y se puso a estudiar con ahínco. «Aquellos días vieron el comienzo de mi concienciación…».

Es maravilloso ver cómo Jung superó su neurosis personal por sí mismo y hasta qué punto la superó realmente. De lo que Jung hizo en su vida, y dijo en su obra, uno tiene la impresión de una personalidad notablemente no neurótica.

Pero en su psicología (a nivel de su configuración teórica) parece repetirse la misma situación que en su neurosis infantil. Con respecto a su neurosis infantil Jung dio la siguiente auto-interpretación.

Lo que me había desviado durante la crisis era mi pasión por estar solo, mi placer por la soledad. La naturaleza me parecía llena de maravillas y quería empaparme de ellas. Cada piedra, cada planta, cada cosa me parecía viva e indescriptiblemente maravillosa. Me sumergí en la naturaleza, me arrastré, por así decirlo, a la esencia misma de la naturaleza y me alejé de todo el mundo humano. (Recuerdos, p. 32.)

El propósito de su neurosis infantil había sido aferrarse a la unidad fuertemente sentida con la naturaleza, el «modo simpático de ser-en-el-mundo», y defender este modo de existencia infantil contra las necesidades de entrar en las condiciones de la vida adulta. Sus ataques de desmayo le permitieron escapar con éxito de esas necesidades y, en cambio, «sumergirse en el mundo de lo misterioso». El final de su neurosis fue, por tanto, provocado por su súbita constatación: «¡Ah, ya veo, aquí hay que trabajar!», que Jung consideró como su choque con la realidad. Comprendió que debía, por así decirlo, cortar en su propia carne y alejarse de su amado «mundo de lo misterioso» -no (como podemos decir en retrospectiva) para abandonarlo para siempre, sino para, mediante un largo período de estudios serios, colocarse en una posición en la que pudiera restablecer el acceso a ese mismo mundo de lo misterioso, pero en un nivel fundamentalmente nuevo y en la forma «objetiva» y comunicable de una disciplina formal (la psicología). Mientras que su inmersión en las maravillas de la naturaleza en su infancia era un placer estrictamente personal y subjetivo, su trabajo como psicólogo no sólo podía ser comunicado a otros (como la mayoría de las experiencias personales, también), sino que también estaba desde el principio en el estatus de algo que como disciplina y obra pertenecía al colectivo, a la humanidad, o mejor: al mundo de la mente. Su idea de «tener que trabajar», al menos implícitamente, o en retrospectiva, conllevaba la idea más general de que hay que salir del «paraíso», por así decirlo, y entrar en este mundo, si se quiere encontrar realmente el «paraíso». El camino pasa por una negación. El camino más corto hacia la meta es a través de un desvío, como el propio Jung declaró una vez a un interlocutor juvenil.

En el plano teórico, en su psicología, esta inevitable negación no se produjo. Como persona, Jung había renunciado, en efecto, a su autoindulgencia y había aprendido a trabajar de forma extremadamente dura y concienzuda; es increíble todo lo que pudo lograr, a saber, sus extensos estudios sobre los mitos de todas las naciones, sobre tipología, sobre parapsicología, su laborioso estudio pionero de la alquimia, por mencionar sólo algunas de las áreas cubiertas a fondo por Jung durante años de autorrenuncia. Pero la propia psicología analítica de Jung se quedó en el estado de inocencia lógica correspondiente al que el Jung de once años había tenido antes de su revolucionaria perspicacia. Lo que para la persona era un trabajo extenuante, para la psicología era puro placer. Se le permitió sumergirse en el mundo de lo misterioso, dejarse llevar por su pasión por el mundo de los sueños, las imágenes, los mitos, los rituales, los fenómenos sincrónicos, etc. Se le permitió, por así decirlo, «sentirse libre, soñar durante horas», es decir, «empaparse» de las maravillas del mundo interior y «arrastrarse hasta la esencia misma» de la vida del alma. Aquí, en el nivel de la estructura de la psicología misma, no se produjo el «choque con la realidad» que había experimentado el alumno Jung, aunque el encuentro con Hegel podría haberlo provocado fácilmente. Hegel podría haber sido «escuchado» por Jung como él había escuchado a su padre. Pero su encuentro con Hegel no condujo a una visión espontánea similar, que podría formularse aquí como: «¡Oh, ya veo, la psicología tiene que ponerse a trabajar! «, es decir, que no puede simplemente sumergirse directa y autoindulgentemente en la fascinante fenomenología psicológica; tiene que volverse primero contra su propia pasión más íntima; tiene que, por así decirlo, volver a su «estudio» (como el alumno Jung había ido al estudio de su padre para poder estudiar para la escuela) y, superando constantemente sus «desmayos», hacer primero sus deberes; tiene que perder su inocencia lógica y someterse a un largo trabajo del concepto, para alcanzar, a través de este desvío, un nivel lógico de conciencia fundamentalmente nuevo, que podría calificarse por fin como una conciencia verdaderamente psicológica.

¿Por qué el hecho de haber tenido una visión así equivale a una colisión con la realidad? Porque habría sacado a la psicología de su autocontención, de su autocomplacencia. Sin esta visión, la psicología está en su propia burbuja, irreal. Por otro lado, esta visión hace que la psicología se vea a sí misma desde fuera. La psicología toma conciencia de su propia forma de pensamiento, y esto conlleva a su vez la promesa de que sus ojos al mundo, a la realidad, se abren.

La psicología junguiana, por no hablar de todos los demás estilos de psicología, sólo se responsabiliza de los contenidos que estudia, no de su propia mentalidad, de su propia forma lógica de conciencia o, por utilizar las palabras de Jung, de la «forma de pensar» que prevalece en ella cuando profundiza en la fenomenología del alma. Una vez Jung lo dijo explícitamente: «… el empirista debe también renunciar a una aclaración intelectual de sus conceptos [Klärung seiner Begriffe in denkerischer Hinsicht] tal como es absolutamente imperativo para el filósofo. Su pensamiento tiene que amoldarse a los hechos…» (OC 18 § 1731). Esta es, por cierto, una afirmación terriblemente ingenua que implica que a) el filósofo no tendría que moldear su pensamiento a «los hechos» y b) ¡que había cosas como hechos desnudos que no estaban ya impregnados por el pensamiento! No fue Hegel para quien la «forma de pensar» se había vuelto «no auténtica»; es la mente del campo de la psicología la que tiene este problema. De hecho, Jung, cuando dijo sobre Hegel que «como romántico ya está en el camino de la psicología». La forma de pensar ya no es auténtica, sino que es un vehículo», indicaba que para él la psicología se define por la ausencia de una auténtica forma de pensar; la psicología es, por así decirlo, una filosofía menos «forma de pensar», el psicólogo un «filósofo manqué», del mismo modo que la filosofía parece definirse para Jung por la ausencia de un pensamiento que se amolde a los hechos. Sin duda, Jung indicó repetidamente que la psicología era esa extraña ciencia cuyo objeto era el sujeto de todas las ciencias. «Hay una psicología que siempre tiene a otra persona o cosa por objeto… Pero además de esto hay una psicología que es un conocer del conocedor y un experimentar del experimentador».12 Pero esto seguía siendo sólo una idea o contenido más en la conciencia psicológica. En realidad, no suponía ninguna diferencia en la estructura de la conciencia misma. Era un intento impotente de expresar la idea correcta sin que la psicología tuviera que verse afectada por esta idea. La psicología ahora sólo estudiaba un «factor subjetivo» o el «conocedor» (por ejemplo, el Yo) como su nuevo objeto, en otras palabras, en lo que respecta a su forma lógica el «sujeto» se objetivaba y se convertía en un contenido.

Esto no es lo que se pretendía y sería necesario para que la psicología fuera psicológica. La cuestión no es cuál es su objeto (si algo externo o interno, un objeto literal «ahí fuera» o «el factor subjetivo» en nosotros mismos, en otra persona o en el conocimiento del conocedor); la cuestión es si la psicología ha superado la forma lógica de «objeto» y, por tanto, deja de objetivar (estudiar objetos o contenidos) por completo. La cuestión es si se hace responsable de la forma de pensamiento en la que opera. La psicología tiene que volver a casa. Quiere volver a casa; no quiere seguir exiliada en la forma de los contenidos y permanecer así alienada de sí misma. Tiene que ser er-innert (recordada, recordada: interiorizada) en sí misma, ser interna a sí misma: ésta es (o sería) la interioridad que la define. La psicología no puede ser el campo del contenido llamado «interioridad». Tiene que ser el campo que se caracteriza por la interioridad en la forma lógica de su pensamiento, sea lo que sea que esté pensando. La psicología necesita la Er-innerung negativa absoluta (interiorización negativa absoluta, internalización) de sí misma (y de todos sus contenidos) en sí misma.

Pero la psicología abunda en contenidos objetivados: la psique, incluso la psique autónoma, el inconsciente, el Sí-mismo, la realidad psíquica… O en otras escuelas incluso literalmente: las relaciones de objeto. O en la psicología arquetípica: lo imaginal, las perspectivas arquetípicas, los dioses. A menudo estos contenidos son incluso hipostasiados (reificados, ontologizados, convertidos en entidades). Pero incluso cuando no es así, la forma lógica de estas ideas es la de objetos o contenidos de la conciencia. La psicología proyecta hacia fuera y actúa hacia fuera, manteniéndose así, como sujeto, al margen y preservando su intocabilidad e inocencia, del mismo modo que el Jung de once años había preservado su yo infantil. Sin duda, la psicología define el alma como interioridad. Pero, sin embargo, se extravía al querer estar siempre inmediatamente con los hechos o fenómenos psicológicos «ahí fuera». Imagina (vorstellen) sus propias ideas y las convierte ipso facto, en cuanto a su estatus lógico, en «cosas» imaginadas (interiores) que la conciencia tiene ante sí y que, por tanto, están, psicológicamente hablando, «ahí fuera» (aunque pueda negarlo explícitamente). En otras palabras, opera dentro de la diferencia de la conciencia, por ejemplo, la diferencia entre ella misma como sujeto y aquello de lo que es consciente como objeto, siendo siempre, por cierto, inconscientemente lo primero, pero olvidándose totalmente de sí misma sobre todo de los objetos y contenidos e imágenes interesantes de los que se ocupa y sobre todas las ideas que tiene. Como psicología debe ser la conciencia viva de la diferencia o del juego en su conjunto, es decir, la sublación de esta diferencia.

Por eso Kant (tal como él lo entendía) era tan importante para Jung. Al basar la psicología en un empirismo basado en Kant, la psicología se liberó de una vez por todas de la preocupación y responsabilidad por su forma de pensar o por el estatus lógico de su propia conciencia. El empirismo (en el caso de Jung sería mejor llamarlo fenomenología) significa que lo único que hay que tener en cuenta es lo que aparece ante uno mismo, ante su conciencia. La psicología tenía licencia para ahondar en la fenomenología psíquica así, sin más, y esto significa también una licencia para olvidarse, o permanecer absolutamente inconsciente, de sí misma. El empirismo es la licencia para actuar (es decir, actuar en el nivel o en la esfera de la teoría) y permanecer inconsciente. Esto, a su vez, significaba que se podía hacer psicología con la conciencia habitual de todos los días o con la misma conciencia que también prevalecía en las ciencias. Podías empezar a hacer psicología tal y como salías de la calle. Sin duda, tenías que someterte a un análisis personal y examinar tu propia vida interior, sus complejos, tu sombra y las imágenes de tu proceso inconsciente. Pero la forma de pensar no era una cuestión. De ello se había ocupado de una vez por todas, por ejemplo, Kant. Esto significa, en la terminología psicológica conocida, que era el ego habitual, la personalidad nº 1 de Jung, la que se permitía hacer psicología (y, por tanto, también, entre otras cosas, se permitía predicar la individuación: convertirse en el Sí-mismo).

No es de extrañar que Jung reaccionara de forma alérgica a Hegel, encontrando especialmente su lenguaje «laborioso». Porque «Hegel» habría implicado: tener que pasar por un laborioso proceso de trabajo de la mente, para en primer lugar elevar su forma al estatus de «ciencia» (en el sentido de Hegel). La conciencia que podría hacer psicología no está acabada. La psicología no ha «llegado». Todavía no existe. Todavía está en el camino hacia sí misma y tiene un largo camino por recorrer. La psicología no es simplemente una continuación de la ciencia (en el sentido ordinario), el giro de la mente científica hacia una nueva materia, la interioridad del hombre. No, la psicología (si existiera) debería su existencia a una revolución, a una inversión de la conciencia, y sería como una ciencia sublada. No puede ser simplemente la ciencia de lo interno, sino que tiene que ser la «ciencia» interior, la «ciencia» que se ha vuelto ella misma interna en su forma lógica.

La filosofía de Hegel proporciona en primer lugar una transformación «alquímica» de la mente (¡no la transformación de la persona, de la conciencia personal!), a través de muchas etapas de putrefacción, mortificación, vaporización, destilación, sublimación. Jung estudió la alquimia sin duda. Pero, de nuevo, sólo como objeto y contenido literal de la conciencia. Allí donde la alquimia se había convertido en una realidad no literal, no objetivada, en acción, a saber, en Hegel, Jung se negó a verla.13 En lugar de ello, en cierto sentido la actuó; proyectó una tarea que habría sido la de un procesamiento y reconstitución radical de la forma de la conciencia en la personalidad, cargándola con el trabajo de convertirse en el Yo. Mientras tanto, la forma pensante permanecería intacta. La insistencia en la postura empirista de la psicología sirvió psicológicamente al propósito inconsciente de proteger el viejo ego, ese mismo ego que por la teoría explícita de la misma psicología tenía que ser superado. La idea de superar el ego era sólo un contenido o convicción, y como tarea práctica quedaba relegada a la personalidad. Cada persona debía «trabajar», y trabajar en su superación del ego personal (en el nivel de los contenidos, de los complejos psicológicos o de las actitudes), para que la forma de conciencia del ego de la psicología (y de la mente pública, en otras palabras, la universal) (como problema lógico y como conocedor del conocer) pudiera escapar inadvertidamente.

VI. LA BURBUJA DE LA PSICOLOGÍA.

Fue un error psicológicamente fatal de Jung separar la psicología de la filosofía, es decir, de su naturaleza intrínsecamente especulativa, y basar su enfoque psicológico en un empirismo para el que se basó en los hallazgos en algún otro campo, la filosofía de Kant (la forma en que él lo entendía), y para el que, por lo tanto, la psicología no era, ni podía ser, responsable de sí misma. La decisión de Jung por el «empirismo ante todo» fue tomada fuera de la psicología. Antes de entrar en el campo de la psicología tenía en su equipaje la «barrera de Kant», y cargó a la psicología con esta desventaja a priori. Para la psicología, el campo de la interioridad, es absolutamente intolerable basarse en una base externa a ella misma, ya sea el lecho freudiano de la biología o la postura metodológica de Jung de un empirismo basado en Kant. Es intolerable traer la insuperable «barrera a través del mundo mental» de Kant desde fuera (desde la filosofía, que ha sido explícitamente excluida) a la psicología para gobernar allí, como un dios todopoderoso e incuestionable, sobre los fenómenos psíquicos. En realidad, uno pensaría que una persona con experiencias tan profundamente religiosas como las que tuvo Jung, y un psicólogo que se ocupaba de los mitos y rituales más profundos del alma, y del Yo como imagen de Dios, habría sido muy crítico con la «barrera» de Kant o se habría sentido profundamente perturbado por ella. En cambio, Jung la agradeció y defendió con vehemencia su sesgo empirista. Jung, al parecer, necesitaba esta barrera. La pregunta es por qué.

Creo que fue porque esta barrera, tal y como Jung la interpretó y utilizó, dio a la psicología licencia para «sumergirse en el mundo de lo misterioso» sin tener que ser intelectualmente responsable de estas experiencias y sin tener que hacer primero sus deberes lógicos, a través de los cuales sólo adquiriría el derecho a tener tales experiencias en primer lugar. Esta barrera dio a la psicología licencia para concebirse a sí misma como lo que Jung había reprochado a Hegel: un «romanticismo» sin límites lógicos para el que la forma pensante era un mero vehículo. La única restricción que Jung aceptó (e incluso exigió para que la psicología fuera una ciencia y no un romanticismo literal) fue la restricción a través de lo que está «fuera», vis-à-vis: «los hechos empíricos» de la fenomenología psíquica. Es obvio que lo más central del opus de Jung es en realidad, si se ve con respecto a su forma lógica, de naturaleza especulativa: la totalidad, el Sí-mismo, Mercurius, el lapis, el niño del alma, mysterium coniunctionis, la trinidad, por mencionar sólo algunos temas. La barrera kantiana inmunizó a la psicología como campo frente a sus propios contenidos, frente a su carácter especulativo, de modo que podía observarlos e imaginarlos autoindulgente e inocentemente (como vemos la televisión), sin tener que sufrir ella misma ese proceso de descomposición-sublimación alquímica que le gustaba observar y del que hablaba y que habría puesto a la psicología (si hubiera entrado en él) en una posición en la que podría, y tendría, que pensar ella misma especulativamente, dialécticamente.

La especulación, podría decirse, es ese tipo de pensamiento en el que el «pensador del pensamiento» (o la forma de la conciencia) está él mismo en el mismo recipiente alquímico que los pensamientos (o los «contenidos» de la conciencia); la comprensión especulativa de la realidad es lo contrario de la visión abstracta de las cosas. La psicología, en su postura teórica, se permitió permanecer en el estatus de la intuición sensorial (Anschauung), de la percepción, de la imaginación y eso significa con seguridad fuera del recipiente, como observador. No tuvo que avanzar al estatus lógico del pensamiento (thinking). Los modos de la intuición y la imaginación reafirman inevitablemente y actúan ciegamente la diferencia de la conciencia (sujeto-objeto); el pensamiento, por el contrario, es aquel modo en el que esta diferencia es sublada (aufgehoben), recordada, interiorizada en sí misma, de modo que el alma está verdaderamente en casa consigo misma.

Y, lo que es lo mismo o la otra cara de la misma moneda, esa barrera ayudó a encapsular los temas especulativos experimentados dándoles el estatus de «hechos empíricos», «nada más que una imagen de Dios en el alma», «sólo fenómenos psicológicos», «fantasías imaginarias». Ahora se podía tener las dos cosas: la psicología podía obtener el beneficio de la experiencia de lo misterioso o especulativo, podía entregarse a los mitos y hablar de los dioses en el espíritu de una «psicología politeísta» y, sin embargo, aferrarse a la solidez del viejo sentido común del yo. La palabra mágica que hizo posible este milagro fue «psicología». Estabas a salvo de la «metafísica», es decir, del carácter especulativo, religioso y metafísico inherente a todas las ideas, imágenes y fenómenos con los que te relacionabas, porque lo que hacías era «sólo psicología». No era expresamente metafísica, no era filosofía, no implicaba una verdad última. Era sólo «psicológicamente verdadero». En otras palabras, la psicología inventó una nueva especie de verdad sólo para sí misma, como si la verdad fuera algo que se diera en una variedad de especies. Y tener esta «verdad» adicional, privada y autónoma, es lo que define a la psicología tal y como la hemos conocido.

La psicología arquetípica de Hillman fue un paso más allá e intentó sortear este problema simplemente poniendo entre paréntesis toda la cuestión de la verdad, expulsándola por completo de la psicología. Sea cual sea el modo de proceder de la psicología, lo que se experimentaba no tenía por qué revolucionar el marco mental de la psicología, psicología que, después de todo, pretendía ser el conocimiento de tales experiencias. A nivel personal y literal, esta duplicidad en el campo de la psicología se refleja en la duplicidad de Jung al conmutar entre Küsnacht (= la psicología como disciplina) y Bollingen (= el alma). Ambas están perfectamente inmunizadas la una contra la otra, ninguna desafía, seduce, infecta, descompone a la otra. Ninguna coniunctio oppositorum, ningún mysterium coniunctionis, ninguna «psicología de la transferencia» en la estructura lógica de la propia psicología, es decir, entre el conocedor y lo conocido, el logos y la psique, la teoría y el fenómeno, sino una mano derecha que no tiene por qué saber lo que hace la mano izquierda.

La idea de una «verdad psicológica» especial es la formación de compromiso que (a) proporcionó la mediación, o más bien permitió la conmutación, entre las dos mientras que al mismo tiempo (b) las mantuvo absolutamente separadas. Fue este concepto de la especie de verdad propia de la psicología lo que hizo posible lo imposible para Jung: mantener que era un científico empírico y, sin embargo, hacer su trabajo psicológico sin tener que cerrar los ojos a la fenomenología completa del alma, incluyendo sus misterios y pensamientos especulativos. El desdoblamiento de la verdad en dos fue el truco que permitió a Jung mantener la «barrera» de Kant y, sin embargo, entregarse, por así decirlo, a su especie de «Sueños de un vidente espiritual». «(Sólo) la verdad psicológica«: esto garantizaba que se evitara el conflicto con la verdad pública, la verdad de la ciencia, la filosofía y la religión. La psicología no desafiaba el sentido común. «La verdad psicológica», en cambio, permitía atribuir a las imágenes del alma el más alto valor emocional.

Otra forma de decir «psicológicamente verdadero» es «esse in anima». Jung creía que con esta idea «todo el argumento ontológico» y la «división entre esse in intellectu y esse in re» podrían hacerse «superfluos» (OC 6 § 66). Esperaba que mediante esta idea la psicología fuera «una ciencia mediadora», «capaz de unir la idea y la cosa sin hacer violencia a ninguna de ellas» (OC 6 § 72). Sin duda, no hace violencia a ninguna de las dos, pero no porque medie entre ellas (cosa que nunca hace un tercero positivo y estático), sino porque elude toda la cuestión, siendo inadvertidamente la conmutación entre los dos extremos, esse in intellectu y esse in re (como la conmutación de Jung entre Küsnacht y Bollingen). Como tal, ES su disociación: no un mixtum compositum de ambos o su integración en el otro, sino el uno o el otro, y por lo tanto ni verdaderamente el uno ni el otro. Es el cambio conveniente entre los dos. Cuando se acusa a la psicología de mistificación metafísica por hablar, por ejemplo, de imágenes míticas y de dioses, rápidamente produce el «in anima» desde su esse in anima, insistiendo en que sólo habla de imágenes, ideas o metáforas, lo que corresponde a la posición nominalista (o en términos modernos: idealista) del esse in intellectu. Sin embargo, cuando se le acusa de reducir a Dios a nada más que «psicología», de repente es todo «esse» (el otro elemento del esse in anima), insistiendo en la realidad psíquica (en otras palabras, en el punto de vista in re). El «o» del in intellectu y del in re no se supera en absoluto. Se actúa, pero este actuar está «astutamente disfrazado». El esse in anima ES este conflicto contraído en una frase aparentemente sin conflicto. Es el sacrificium intellectus reificado, lo irreflexivo de una mediación entre la idea y la cosa, una impensación que se imagina (vorgestellt) positivamente como una tercera cosa en medio, que, sin embargo, no es una cosa, sino simplemente una pretensión subjetiva (se supone que es la mediación). Así como el concepto de una «causa primera» es el intento irreflexivo de poner fin arbitrariamente a la regresión infinita, dentro de la esfera de la causalidad, colapsando la serie interminable de causas en una causa primigenia imaginable, el esse in anima es el final violento de toda reflexión ulterior sobre el problema del esse in intellectu y el esse in re, sustituyendo simplemente todo el dilema por una frase mistificadora. Esta frase es tal que habla a la imaginación, y por lo tanto la satisface, y por lo tanto desvía la mente del problema aún no resuelto, como un chupete puesto en la boca de un niño pequeño ayuda a alejar su mente de alguna otra molestia o deseo. El conflicto original, todo el problema ontológico, sigue ahí, tan irresuelto como siempre. El esse in anima de la psicología es una frase nihilista, a pesar de que honestamente pretende ser lo contrario del nihilismo.

Por poco que pueda aceptar la solución de Jung, le honra haber luchado con este problema de la verdad y con el conflicto entre la fenomenología del alma y las exigencias de la razón, intentando dar a ambas lo que les corresponde sin reducir la una a la otra. Esto contrasta con muchos junguianos de hoy en día, que ni siquiera ven ningún problema aquí porque, o bien son meros administradores pragmáticos de los trastornos psíquicos, o bien son creadores de mitos.

VII. LA TRAICIÓN DE LA PSICOLOGÍA AL ALMA.

En CW 13 § 55, después de haber dicho en el párrafo anterior que «Seguimos estando tan poseídos por contenidos psíquicos autónomos como si fueran olímpicos. Hoy se llaman fobias, obsesiones, etc.; en una palabra, síntomas neuróticos», Jung expresó la siguiente opinión respecto a los nombres que utilizamos para estos fenómenos.

No es indiferente llamar a algo «manía» o «dios». Servir a una manía es detestable e indigno, pero servir a un dios está lleno de significado y promesa porque es un acto de sumisión a un ser superior, invisible y espiritual…. Cuando no se reconoce al dios, se desarrolla la egolatría, y de esta manía surge la enfermedad.

«Cuando no se reconoce al dios» -pregunto: ¿es un reconocimiento real si se dice que el Sí-mismo es sólo la imagen de Dios en el alma y no Dios mismo? Inmediatamente antes de esta cita, Jung citó el dictamen bíblico: «En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo». ¿Es esto de la imagen de Dios en el alma el pago del último centavo? ¿Es «Dios, como postulado de la razón práctica que resulta del reconocimiento previo del ‘respeto a la ley moral necesariamente dirigida al bien supremo, y la suposición consiguiente de su realidad objetiva'» (OC 6 § 66), el pago del último centavo? (Esto es una referencia a la Crítica de la razón práctica de Kant, que Jung cita como «un intento a gran escala de evaluar el esse in anima en términos filosóficos»). Dios es un mero postulado y una suposición; ¿se supone que esto es un reconocimiento en toda regla? Ridículo. La imagen de Dios, sin duda, no es tan «detestable e indigna» como la «manía». Pero, sin embargo, lo que Jung dijo sobre «manía» y «dios» se aplica también aquí: no es una cuestión indiferente si uno llama al Sí-mismo «sólo una imagen de Dios en el alma» o «Dios», cuando se trata de un reconocimiento. Jung no comió su propia medicina. Evadió las consecuencias lógicas que sus propios descubrimientos o concepciones exigían. La «imagen de Dios en el alma», que expresamente no es Dios mismo, es un intento de encapsular y, por tanto, de despotenciar la dinamita metafísica que la idea «Dios» representa real e inevitablemente, siempre que se sea honesto. Dios está castrado. «Dios como contenido psíquico autónomo»: esta es la noción castrada de Dios. Es el evitado «acto de sumisión a un ser superior, invisible y espiritual»,14 más que esto, la sumisión invertida, es decir, la sumisión de Dios a nuestros postulados y suposiciones humanas (o del ego). Aquí vemos la adaptación de Jung de la barrera kantiana a la psicología en acción. Toda esta distinción artificial (¿o deberíamos decir disociación?) entre la imagen (Dios tal y como aparece, como apariencia kantiana) y Dios mismo (Dios como la cosa-en-sí) es un subterfugio, inventado para rescatar la forma ego de la mente, es decir, podríamos decir, para permitirle permanecer a salvo frente y antes (fuera) del recipiente alquímico. Para que no se vea y se reconozca que el ego es una forma lógica (constitución) de la conciencia, el ego es cosificado como «el centro de la conciencia», un «complejo», una especie de «órgano» psíquico.

Al igual que su expiación por el crimen de Fausto resultó ser un simulacro de expiación, este reconocimiento es un simulacro de reconocimiento. Como analista en ejercicio, Jung se negó a esconderse detrás de una teoría científica. Sabía que en su trabajo con los pacientes tenía que presentarse como uno mismo.15 Pero en el plano de la teoría Jung se escondió tras el carácter «científico» de su psicología en el momento en que las cuestiones metafísicas se hicieron inevitables y en el que habría tenido que dar la cara y mostrar su verdadera cara de teórico, utilizando gustosamente la insuperable barrera epistemológica de Kant como deus ex machina para cortar toda reflexión posterior.

Ahora bien, no cabe duda de que habría sido necesario un gran esfuerzo para poder reconocer realmente lo que la experiencia exigía. Por supuesto, no habría sido una mera «cuestión de palabras», de decir la palabra «Dios», del modo en que en la «psicología politeísta» las palabras Dios y dioses se utilizan libremente, sin compromiso. La psicología arquetípica no se declara ciertamente seguidora del empirismo, como Jung. Ya no necesita un empirismo declarado como método literal, porque tiene la relación empirista con el objeto y la barrera kantiana interiorizada en su propia estructura hasta tal punto que ya no necesita representarla. Su conciencia tiene así como objeto lo «imaginal» autocontenido, que flota libremente. Un verdadero reconocimiento tampoco habría sido tan simple como pronunciar una declaración confesional. Una simple recaída en una ingenua postura metafísica o creyente estaba fuera de lugar y, sobre todo, no era suficiente, por ser meramente subjetiva. Tendría que haber sido una declaración teóricamente legítima que pudiera sostenerse ante la razón. Por lo tanto, ¡hay aquí una verdadera dificultad lógica! Por eso es fácil entender que Jung se contentara con encontrar una salida aparentemente elegante a este dilema. Pues no tenía los medios lógicos para un verdadero reconocimiento de Dios o, más generalmente, para que se presentara en el plano de la teoría y resolviera el conflicto entre las exigencias del «yo» (que en este caso representa la razón) y las exigencias del alma («Küsnacht» frente a «Bollingen»). Este dilema no podía resolverse en el plano de los contenidos (fenomenología: imágenes oníricas experimentadas, etc.). Habría requerido una toma de conciencia del problema de la «forma pensante», o, como también podríamos decir, una entrada en el vaso alquímico. Y esto, a su vez, habría exigido de la psicología que hiciera sus deberes lógicos, alquímicos, en lugar de sumergirse directamente en la fenomenología del alma, sin más. La psicología habría tenido que ponerse en primer lugar en la posición de una forma de conciencia completamente trabajada, descompuesta y destilada, que sería la única con derecho a decir, por ejemplo, «el Sí-mismo es Dios».

He estado hablando del Sí-mismo como imagen de Dios frente a Dios mismo por la única razón de que es el ejemplo probablemente más flagrante de la traición general y estructural que la psicología realiza con respecto a su materia en general, el alma. A pesar de las muchas declaraciones literales que intentan producir una concepción diferente, la psicología de Jung comparte en última instancia con todos los demás tipos de psicología el problema de que sigue siendo psicologista y reductora. Al alma y a las expresiones individuales del alma no se les permitía ser libres, no se las dejaba sueltas. Estaban a priori aprisionadas en la camisa de fuerza del concepto de «complejos autónomos en la psique», así como de los conceptos de representaciones, ideas, imágenes, impulsos, emociones de las personas. Eran meros contenidos, y como tales, eran lógica y «metafísicamente» inofensivos, manejables. La psicología, tal como fue definida, es la reducción y despotenciación del alma y sus manifestaciones. Estas últimas no son más que «sucesos fácticos», como lo son los acontecimientos de la naturaleza o las cosas, nada más que hechos o fenómenos que la psicología podía, y debía, registrar, comprender, meditar, trabajar, experimentar y «sentir», quizás incluso poner en práctica, pero a los que era lógicamente inmune. La forma de conciencia del ego no estaba amenazada. No ser inmune a estos «acontecimientos» habría significado comprenderlos como verdad, lo que a su vez habría significado haber caído en la dialéctica y el pensamiento especulativo. Pero la psicología, tal y como se desarrolló históricamente, se inventó con el único propósito de evitar que las «experiencias» o imágenes la asaltaran (y, por tanto, la forma de nuestra mente) con una reivindicación de su verdad. Por eso la psicología necesitaba su propia especie privada de verdad, aislada de la verdad como tal.

Pero no basta con que el alma y cada una de sus expresiones se observen, se experimenten, se sientan profundamente, se comprendan, se expresen bellamente. No basta con que se diga que son psicológicamente verdaderas. Esto es sólo un reconocimiento simbólico, un premio de consolación. En general, ¡qué desastre para una disciplina si reclama para sí su propia variedad de verdad! Con ello se ha desconectado lógicamente de la «verdad pública» (un cuervo negro: la verdad es pública por definición), y ninguna charla a posteriori sobre un «inconsciente colectivo» y una «psique transpersonal» y sobre la «autonomía» y la «numinosidad» de los contenidos psíquicos puede compensar este déficit estructural. Con la idea de la «verdad psicológica», la psicología ha archivado involuntariamente, pero objetivamente (es decir, lógicamente), las manifestaciones del alma en un manicomio especial, un espacio protegido e insular como un museo o una reserva natural, o, para el caso, como una guardería, convirtiendo ipso facto, pero involuntariamente y sin admitirlo, los fenómenos anímicos en algo que no cuenta realmente y a lo que no se aplican las leyes que generalmente están en vigor. ¡Qué humillación y menosprecio para el alma! «Psicológicamente verdadero»: La psicología actual no es más que un simulacro de psicología. Lógicamente no se toma en serio el alma, por mucho valor e importancia que le atribuya emocionalmente y en su significado subjetivo. La psicología no se hace cargo de lo que es. No tiene los medios lógicos para asumirlo. Esto es lo que exonera a la psicología (no se puede esperar que haga lo que no tiene medios para hacer), pero en el hecho mismo de que tenga esta excusa reside su culpabilidad.

El alma quiere volver a casa desde su exilio, quiere ser inherente a la forma lógica de la conciencia en lugar de quedar reducida a un contenido de la conciencia, un contenido que sirve como mera ocasión para que la conciencia se sienta con alma o tenga la experiencia de un sentido de la vida, al igual que los mendigos son ocasiones para que nos sintamos benefactores. Ars requirit totum hominem. «Todo el hombre» incluye la razón, el órgano de la verdad. El alma también quiere ser declarada lógica, intelectualmente, racionalmente legítima. No quiere permanecer retenida en el estatus repudiable de «imágenes» o «contenidos».

Debido a que la psicología de Jung estaba lógicamente dividida en sí misma y operaba con una duplicidad de verdades, se metió en todo tipo de problemas innecesarios. Por mencionar sólo uno: el eterno conflicto en la psicología analítica entre las persuasiones «clínicas» y las «simbólicas». Creo que una disciplina que no ha llegado realmente a casa, que lógicamente no descansa simplemente en su verdad, es lo que explica el hecho de que la psicología analítica haya atraído a tan pocas mentes. En cambio, se ha hecho popular, lo cual es uno de los peores destinos que puede sufrir un cuerpo de pensamiento. Y en cuanto a los junguianos profesionales, muchos de ellos, al parecer, se han volcado en la psicología analítica como aficionados, para obtener una gratificación subjetiva: por un anhelo personal de sentido, por un impulso personal de ayudar a los demás, por la necesidad personal de encontrar calor en un grupo de personas afines o de estar en una profesión que, como profesión, a través de la institución del análisis, proporciona una especie de relaciones íntimas (transferencia). Aunque la obra de Jung hubiera merecido algo mejor, se puede comprender que tenía que ser así. Fueron sus propias contradicciones internas las que allanaron el camino para la recepción que recibió de sus seguidores, así como del público. Una disciplina que proporciona una especie de verdad propia a su materia se ha colocado en fuera de juego. Una obra que se mantiene lógicamente contenida en su propia burbuja está destinada a no ser tomada en serio por el público pensante y, por el contrario, atrae a aquellos que se dirigen a ella con agendas estrictamente subjetivas (lo que probablemente sea también la razón del desacertado pero extendido deseo actual de interpretar la psicología como «ciencia objetiva» y de establecer códigos formalizados de ética profesional: a modo de compensación y encubrimiento del subjetivismo fundamental en el estatus lógico de la psicología y en la motivación personal).

No tenemos que ser ni convertirnos en hegelianos. Ningún nuevo club de fans. Ningún nuevo -ismo. Pero Hegel es al menos un lugar en la historia de la mente donde la psicología podría aprender cómo podría ser el tipo de procesamiento mental alquímico que le permitiría hacer justicia al alma. Jung había dicho que Hegel era un psicólogo (equivocado) precisamente porque no era un filósofo propiamente dicho. Esto muestra la concepción reductora de la psicología que prevalece aquí: la psicología excluye la filosofía, excluye la «forma pensante». Tenemos que darnos cuenta de que, por el contrario, Hegel era un «psicólogo» en un sentido nuevo y radical (y ya no despectivo) precisamente allí donde daba lo mejor de sí como filósofo riguroso.

VIII. FINIS.

Podría parecerle a uno u otro lector que mi propósito en este trabajo ha sido un ataque hostil a Jung, tal vez un intento de derribarlo de su trono, por así decirlo. Pero Jung no ha sido mi objetivo en absoluto. El objetivo es nuestra psicología, es nosotros. Jung es un pensador demasiado grande, y yo me siento personalmente demasiado en deuda con él por su riqueza de conocimientos, como para pensar que una exposición descarnada de las debilidades de su concepción podría hacerle daño. Por el contrario, si sintiéramos que tenemos que ahorrarle críticas radicales, no lo respetaríamos. Al menos para mí, Jung seguirá siendo, a pesar de mi crítica radical aquí, una fuente de inspiración duradera. En cierto modo, este artículo también ha sido injusto con Jung. Probablemente tuvo que rechazar vehementemente a Hegel, tuvo que cerrar los ojos al problema de la forma lógica porque, de lo contrario, no podría haber realizado su trabajo pionero en la «arqueología» del alma. Esto era lo que exigía su daimon y lo que necesitaba su total concentración. Incluso habría que decir que tuvo que traicionar su verdad para poder desenterrarla sin problemas en primer lugar. Además, no le di a Jung ningún crédito por ir tan lejos como lo hizo al reconocer la profundidad mítica y metafísica del alma, asombrosamente lejos si se mide con el espíritu positivista de su época. Tampoco señalé que Jung, al amparo de su empirismo explícito, se permitía tener muchos pensamientos intuitivos con los que, de hecho, se acercaba mucho a las opiniones hegelianas.

Sin embargo, la crítica unilateral de la psicología de Jung es necesaria para sacarnos de la suposición satisfecha de que básicamente Jung lo había hecho todo; que lo que nos legó era ya una psicología realizada, una psicología propiamente dicha, que sólo necesitaba ser aplicada a casos y temas siempre nuevos, ser modificada en algunos detalles y ser completada allí donde Jung dejó áreas sin trabajar. La implacable exposición de las fallas estructurales en el fundamento teórico de la psicología de Jung tiene el propósito de mostrarnos el trabajo que nos queda por hacer. Nos corresponde construir la psicología en un verdadero «santuario de Filemón», expiando realmente el crimen de «Fausto», y, en la línea de la experiencia de Jung de una «colisión con la realidad», introducir el insight en la estructura teórica de la propia psicología: «¡Oh, ya veo, aquí hay que trabajar!»

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1 C.G. Jung, Memorias, sueños, reflexiones, ed. A. Jaffé, Nueva York (Vintage Books) 1989, p. 234. En otros contextos he tratado el tema de Jung, Fausto y Filemón en mi «Buße für Philemon: Vertiefung in das verdorbene Gast-Spiel der Götter», en: Eranos 51-1982, Frankfurt (Insel) 1983, pp. 189-242, y en mi «Hospitalidad hacia los dioses en una época impía. Filemón – Fausto – Jung», en: Primavera 1984, pp. 61-75, ahora capítulo diez en mi The Neurosis of Psychology, vol. I de mis Collected English Papers, Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2005.

2 C.G. Jung, Cartas II, Princeton University Press, pp. 309s.

3 Véase su carta al conde Keyserling del 2 de enero de 1928, Cartas I, p. 49.

4 Pero en la carta a Rychlak (ibid.) afirma explícitamente: «Nunca he estudiado a Hegel propiamente dicho, es decir, sus obras originales».

5 Sólo sus temas y pensamientos tienen un grado de complejidad y sofisticación poco común. Por eso sus textos son difíciles de entender.

6 Este párrafo y el siguiente son adiciones realizadas en 2010.

7 Capítulo 7 en Wolfgang Giegerich, The Soul Always Thinks, Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2010.

8 Permítanme también citar aquí, fuera de su propio contexto y sin más comentarios, un pasaje relevante de otro documento mío («The Unassimilable Remnant»: ¿Qué está en juego? A Dispute with Stanton Marlan») del mismo volumen (capítulo 17, p. 467): «Si, como afirmaba Heráclito, nunca se puede llegar a un límite del alma, no importa el camino que se tome y la distancia que se recorra, ¿cómo llegó entonces Jung a su barrera y Marlan, con todos los filósofos que cita detrás de él, al insalvable ‘no’? ¿Refutaron a Heráclito y mostraron que hay un límite, después de todo, o lo que encontraron es quizás algo muy diferente a un límite del alma y su logos profundo? ¿O se trata de que ellos mismos han puesto fin al movimiento sugerido por Heráclito, es decir, al movimiento sin reservas hacia la propia negación de este movimiento, hacia su hundimiento cada vez mayor en sí mismo? La barrera y el resto son, en última instancia, el «no» reificado. Y mientras que este «no» reificado le permitió a Jung darle la espalda, cuando tiene la forma del resto inasimilable le permite a uno mantenerlo siempre a la misma distancia segura frente a uno mismo mientras se mueve, en lugar de moverse uno mismo más y más profundamente en, y exponerse al trabajo de, la negación viviente (donde «uno mismo» no se refiere por supuesto a la persona, sino a la lógica de la conciencia). ¿Podría ser que tanto el observador empírico de Jung como su «inconsciente» se encuentren fuera de la esfera del alma, en el terreno de la positividad? ¿El alma sí, pero desplazada de su estado nativo y traducida al lenguaje extranjero de la positividad y el naturalismo?»

9 Cf. «Aquí soy, por así decirlo, el ‘antiguo hijo de la madre’. Así lo dice la alquimia, muy sabiamente, pues el «viejo», el «antiguo», que ya había experimentado de niño, es la personalidad nº 2, que siempre ha sido y siempre será.» Recuerdos, p. 225.

10 También podríamos preguntarnos: ¿qué significa para la psicología tener que vivir con una prohibición rotunda, una barrera?

11 Mi traducción de «¡Ah, da muβ man arbeiten! » en lugar de «¡Por qué, entonces, debo ponerme a trabajar!» en Memorias. Jung tenía una visión general de las condiciones de la vida: aquí, es decir, en la vida, en la tierra, hay que trabajar para salir adelante.

12 OC 18 § 1733. He corregido la falsa traducción «una experiencia del experimento» (por: «ein Erleben des Erlebenden») en lo anterior.

13 Mi interpretación de la alquimia como lógica implícita la he expuesto ampliamente en mi libro La vida lógica del alma: Towards a Rigorous Notion of Psychology, Frankfurt/ Main, Berlín, Berna, Nueva York, París, Viena (Peter Lang) 1998. Anteriormente presenté este punto de vista más brevemente en mi Animus-Psychologie, Frankfurt/M. et. al. (Peter Lang) 1994.

14 Cf. «Sumisión fingida – Desafío clandestino: La psicología religiosa de Jung», capítulo 1, arriba.

15 Véase, por ejemplo, Memorias, pp. 152 y ss.

Diferentes momentos en el movimiento dialéctico

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cinco, 77-106, 2005. 

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

En mi presentación anterior, como parte de un intento de seguir el movimiento de Kant a Hegel, que obra en el trasfondo de la crítica a Jung que hace Giegerich, también he abordado un fenómeno simple de la vida—mi propia preocupación acerca de “enlodar las aguas”—en el espíritu de la aproximación de Giegerich a la interpretación tal como ha llegado a mí a través de sus lecturas para este seminario y de mi familiaridad con sus escritos. En torno a esto, propongo ahora mirar, no al movimiento dialéctico de algún enunciado particular, cuestión, imagen o asunto, sino a algunos de los momentos importantes dentro del modo dialéctico de interpretación en sí mismo. Los discutiré bajo cuatro títulos: Materia Prima, Contradicción y Negación, Negación de la Negación, e Interiorización Absoluto Negativa. Posterior a estas discusiones, a manera de conclusión, reflexionaré sobre la noción de Giegerich de la “verdadera psicología”.

Materia Prima

El principal mérito del enfoque dialéctico es que puede comenzar en cualquier momento y con cualquier cosa. El punto de partida puede ser un enunciado, una idea, una afirmación, un sueño, un acontecimiento de la vida, un texto o documento. La única salvedad para esto es que debe ser un asunto real y apremiante sobre el cual la consciencia trabaja con dedicación incondicional, sublándolo desde el comienzo, por decirlo así. Tomando prestado un término de la alquimia, Giegerich habla de este punto de partida sublado como la “prima materia” o “materia prima”. Para los alquimistas (como para Aristóteles y los pre-socráticos antes que ellos) la materia prima era la sustancia básica subyacente en todas las cosas. Por esta razón, era considerada como la base del proceso de transformación. Como un autor alquimista lo expresa, “… los metales no pueden ser transformados en oro o en plata si antes no han sido reducidos a su materia prima”. (1) 

Ahora, para los propósitos de nuestra discusión, es importante apreciar que la idea de reducir la variedad de sustancias del mundo a una sustancia no es dada por los sentidos. Debe ser pensada. Inocente de la parsimonia concentrada de la mente (aunque totalmente asistida por los conceptos sintéticos a priori e intuiciones discutidas por Kant), los sentidos nos transmiten la impresión de un mundo que es diverso y múltiple. Y después de esto, la psique que busca semejanzas enciende una luz en medio de esta diversidad. Dibujando comparaciones entre una cosa y otra, esto nos permite discernir qué cosas son semejantes. Pero estas formas emergentes de conocimiento aún no son el darse cuenta supremo que puede pensar la cadidad de cada cosa finita a la luz de su ser al mismo tiempo un momento de lo infinito, una manifestación del todo. En este sentido la consciencia debe ser adquirida a través del trabajo de su noción constitutiva. Y para que tal opus tenga éxito debe comenzar con una substancia, o más bien, con una concepción de substancia, a la cual podemos referirnos de diferentes maneras como el sujeto, consciencia, espíritu, mente y alma que ya está presente, o al menos incipiente. 

Surge una cuestión. ¿La materia prima es construida o encontrada? La similitud de esta pregunta a aquella que ha sido enarbolada por D.W. Winnicott trae a nuestra discusión resonancias del psicoanálisis contemporáneo. A través del trabajo de Winnicott, el psicoanálisis ha llegado a conocer la materia prima del hacer alma por los nombres de “objeto transicional” y “fenómenos transcionales” (2). Al observar niños jugando con un objeto favorito (o en otro nivel enteramente distinto, un hombre participando en su religión y cultura (3)), nos vemos tentados a preguntar—¿dónde fueron creados o descubiertos esos objetos? Vagamente conscientes de que hacer tal pregunta sería llevar sobre el proceso el tipo equivocado de iluminación, instintivamente sabemos que no debemos decirlo. Ocurrió lo mismo con los alquimistas. Hablando de ambas posibilidades (mientras dejamos la pregunta sin responder), algunos autores hablan de crear la materia prima, mientras que otros hablan de encontrarla. El siguiente pasaje es representativo de la última posibilidad: 

“Esta Materia yace ante los ojos de todos; todo el mundo la ve, la toca, la ama, pero no la conocen. Es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor, y se encuentra por todas partes… Para ser breves, nuestra Materia tiene tantos nombres como cosas hay en el mundo; esta es la razón por la cual los necios no lo conocen.” (4) 

Dijimos arriba que la dialéctica puede comenzar con cualquier cosa. En relación a este punto mencionamos los objetos vitales del espacio transicional. Si aquellos son los juguetes de los niños, las formas de la vida cultural de la humanidad, o una preocupación acerca de enlodar las aguas, entonces sabemos que pueden ser inmensamente variados. De acuerdo con esto, la materia prima es descrita en el pasaje del texto alquímico que hemos citado como siendo absolutamente ubicua. Teniendo “tantos nombres como cosas hay en el mundo”, también se “encuentra por todas partes”. Una implicación de esto es que el objeto o la cuestión que nos ocupa—cualquiera que pueda ser—debido a su absoluta finitud o particularidad es elevada al poder de lo infinito. Subrayando esto, la naturaleza dialéctica de la materia prima, el alquimista asevera que “es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor…”. 

Antes de pasar al siguiente momento en lo que hemos llamado la dialéctica de la interpretación, permítanos examinar brevemente otra descripción alquímica de la materia prima. Como se advertirá inmediatamente, este pasaje, representativo de aquellos que hacen referencia al hacer la materia prima (5), ha sido escogido de acuerdo a su semejanza al principio interpretativo de Jung, “Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’” (6). En este pasaje también está bien expresada la latencia del objetivo del opus—el lapis o piedra filosofal—en el material inicial. 

“En lo que respecta a la Materia [Prima], es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que es necesario. … De la misma manera Arnold de Villa Nova escribe en su ‘Flower of Flowers’: ‘Nuestra piedra está hecha de una cosa, y con una cosa’. En el mismo sentido le dice al Rey de Nápoles: ‘Todo lo que está en nuestra piedra es esencial a ella, no necesita ningún ingrediente foráneo. Su naturaleza es una, y es una cosa.’” (7) 

Este texto necesita poco en vías de su elucidación. Solo procurare reflexionar sobre el principio interpretativo de Jung a la luz de éste. La advertencia de Jung—“por encima de todo, no permitas que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella”—puede sugerir alguna clase defensiva de cierre. En su revisión de la autobiografía de Jung, Winnicott objetó ante el cierre que sintió que estaba implicado por el interés de Jung en los mándalas (8). Algo del mismo orden se puede sospechar aquí—quizá un miedo de contaminación o penetración. Pero esto sería leer a Jung débilmente. Comprendida más profundamente, la advertencia retórica de Jung es una presentación negativa de la idea de inclusión. Siguiendo el movimiento dialéctico inherente en su frase, podemos decir que nada de afuera puede entrar, no porque algo se mantenga fuera, sino porque la distinción entre adentro y afuera ha sido superada. La materia prima “es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que le es necesario”. De manera semejante, para Jung “la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’”. Esta concepción, esta actitud, es en sí misma la retorta o el vas alquímico. A diferencia de un recipiente de cristal real, el cual tiene un interior delimitado, positivo, que contiene solo aquellos contenidos que ponemos literalmente dentro suyo, la vasija nocional que es indicativa de la psicología está constituida por nuestro pensar en cada caso la unicidad de la materia prima o del asunto a mano que nos concierne a la luz de sus diferentes momentos. Pasando a una formulación de Hegel que Giegerich ha trasladado a la psicología, podríamos decir de la materia prima, el vas, y la piedra lo que el filósofo dice de lo absoluto cuando lo define como “la identidad de la identidad y la no-identidad” (9). La identidad de la identidad y la no-identidad es a la vez una definición de la materia prima y de la piedra filosofal, del principio y el final a la vez. La ultima formulación de cómo está constituida la verdad de acuerdo a la filosofía de Hegel, es también el juguete de niños. 

Auto-Contradicción y Negación

Hay muchos enfoques que podemos tomar al discutir este momento de la dialéctica, tantos como puntos de inicio hay para la dialéctica en sí misma. Habiendo dicho esto, y con el interés de mantener presente en nuestras mentes el ya mencionado movimiento más allá de Kant a Hegel, propongo que examinemos brevemente un pequeño ejemplo del trabajo auto-contradictorio de lo negativo que está en juego en esta importante transición. 

La filosofía crítica de Kant, como he señalado en la lectura previa, ha sido caracterizada como una “revolución copernicana”. Sin embargo cuando esta afirmación es tomada como nuestra prima materia encontramos que no se sostiene. El quid del asunto es simplemente éste: tan radical como indudablemente fue la revolución kantiana en su psicologización de la metafísica que lo precedió, permaneció conservadora al continuar manteniendo los principios de identidad y de no-contradicción (10) que han sido los pilares del razonamiento filosófico desde Aristóteles (11). A la luz de esto, surge la cuestión: ¿cómo puede una revolución, especialmente una revolución tan radical como sugiere el epíteto “Copernicana”, permanecer conservadora? ¿No hay aquí una contradicción, incluso una negación, de la afirmación superlativa del epíteto? Esto es ciertamente lo que Hegel podría argüir y de lo que trata el movimiento más allá de Kant (como el exponente más reciente de la lógica tradicional) hacia la dialéctica de Hegel. 

Ahora, el punto aquí, es importante enfatizarlo, no es derribar a Kant señalando de una manera no dialéctica o pre-hegeliana que la contradicción y la no-identidad figuran en su trabajo; más bien, es tenerlos—contradicción y no-identidad—en consideración. La rigurosidad de Hegel y su re-introducción de largo alcance de la tradición dialéctica de la filosofía dentro de la filosofía de su tiempo constituyen una expansión radical del alcance de la mente más allá de los límites puestos por la lógica formal y por la razón iluminista. Y esta expansión fue llevada a cabo por un rescate y conservación que la lógica tradicional quería rechazar de forma no dialéctica. Así como la piedra que los constructores rechazaron se convirtió en la piedra angular del nuevo templo, de acuerdo a lo dicho por Cristo, de la misma manera el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error descartando la contradicción y la no-identidad. (12) 

Esto, desde luego, es condensar enormemente un movimiento con muchos matices. Pintando con brocha gruesa, he descuidado el reconocimiento que brindó Kant en su sistema a la contradicción y a la dialéctica. Permítanos tocar esto al menos de pasada. 

Apreciando el logro de su predecesor, Hegel pago tributo a Kant por ser aquel “que más que cualquier otro, … resucitó el nombre de Dialéctica, y le restauró su puesto de honor” (13). Esto, de acuerdo con Hegel, Kant lo hizo “… desarrollando las Antinomias de la razón” (14). Pero para Kant, las antinomias en las cuales la razón se encuentra en contradicción consigo misma (antinomias tales como “el mundo es limitado en tiempo y espacio a la vez que infinito” y “la materia está hecha de partículas discretas y además tiene una composición continua”) no se pueden reconciliar. Y más aún, es por cuenta de estas irreconciliables dialécticas que llegó a la conclusión de que no podemos conocer como es la realidad en sí misma, sino sólo como se nos aparece. 

Ahora, para Hegel era intolerable la idea de que tenemos limitaciones respecto al conocimiento de la realidad por medio de una imagen del mundo fenoménico constituida por las propias “ilusiones dialécticas” de la mente—y “la revolución copernicana” de Kant más como un eclipse que como una revolución (15). Tomando esta problemática como su prima materia, Hegel pensó reflexivamente las antinomias que Kant había reconocido en ellas misma, insistiendo en que podían ser reconciliadas. El problema de Kant, en su perspectiva, fue que cada una de las antinomias o “momentos de oposición” fueron tomados por él “en aislamiento del otro”, cuando, para una más genuina concepción, “… ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (16). La revolución real no estaba en el mero reconocimiento de la antinomia o la contradicción, por importante que fueran. Como lo acabamos de discutir, no conduce a una revolución, sino a un eclipse. No, el más radical, o como lo llamó un estudioso de Hegel, el más radical movimiento “alucinante” (17) es pensar en términos de las mismas auto-contradicciones y no-identidades que tradicionalmente habían invalidado una proposición, descalificando un pensamiento. 

Ahora podemos regresar a la línea principal de nuestra discusión. Cuadrando a la psicología con la piedra angular hegeliana de la auto-contradicción y no-identidad (o más precisamente con la piedra angular que se encuentra en la definición de Hegel de lo absoluto como “la identidad de la identidad y la no-identidad”), Giegerich enfatiza que la dialéctica de la interpretación se esfuerza por desentrañar contrarios internos, y no el choque de dos o más posiciones independientes. Comenzando con una cosa o una posición, la dialéctica no piensa en términos de una relación externa de uno a algún otro ajeno o de alguna manera independiente (el pensamiento, por supuesto, puede pensar en sí mismos fenómenos externamente relacionandos cuando está en juego la lógica de tales fenómenos). Más bien, como lo acabo de mostrar con respecto a la caracterización inventada de la filosofía de Kant como habiendo efectuado una “revolución copernicana”, socava la auto-identidad ingenua de la posición inicial discerniendo dimensiones auto-contradictorias al mismo tiempo que piensa en términos de estas antinomias de su razón. 

Ilustrando sucintamente este momento auto-contradictorio o negativizador de la dialéctica, Giegerich discutió en su lectura de ayer el fenómeno de querer algo. Su materia prima en este ejemplo fue simplemente la definición de querer tal como sería dada por la lógica tradicional. Definido en términos del principio de identidad—para el cual “todo es lo que es y no es otra cosa” (18)—el querer no es otra cosa que nuestra libertad humana, pura y simple. Así como todos los solteros no son hombres casados, de la misma manera el querer es sinónimo de la idea de libertad. Pero como Giegerich mostró con su ejemplo de tener lo voluntad de completar un grado avanzado, la libertad que manifiesta tal querer, en tanto que nos importa nuestro estudio, puede requerir tal trabajo y sacrificio duro que nos encontramos siendo esclavos. Expresándolo de una manera que está enteramente acorde con la fórmula de Hegel de lo absoluto como la identidad de la identidad y la diferencia, Giegerich afirma que 

“…volver a la escuela implica la contradicción entre mi libre elección Y mi obediencia al ‘tener’ que implica mi elección. Al querer soy a la vez libre y esclavo. La voluntad es la capacidad humana de ser, dentro de uno mismo, la unidad de la unidad y la diferencia, del gobierno que legisla y el sujeto sometido por las leyes prescritas por ese gobierno. Para la mente cotidiana, la voluntad es una cosa unitaria. Eso es todo. Es simplemente uno de los constitutivos últimos de la psique humana. Pero si uno la abre y mira en su interior, ve, como en un reloj, sus ‘partes en movimiento’, su ‘motor’ interno: la complejidad interior de la vida lógica auto-contradictoria que ello es y como la cual ello es.” 

La discusión de Giegerich del esclavo como la auto-contradicción y, por consiguiente, el otro interno de la idea de querer, nos puede hacer pensar en los muchos otros internos que encontramos en nuestros sueños. En ninguna otra parte es más aparente la conmovedora unidad de identidad y diferencia que en nuestras producciones oníricas (19). Solo por “consultarlo con la almohada”, como solemos decir, las posiciones auto-idénticas y concretamente abstracta de nuestro día, despliegan dialécticamente su vida lógica auto-contradictoria en una diversidad de extraños compañeros de cama. Un estudiante (podemos imaginar, más allá de la discusión de Giegerich) puede de hecho soñar con un esclavo. Abrazando este otro como a él mismo (Jung habló de la interpretación del nivel subjetivo), hallará que es capaz de abocarse al trabajo. En sueños subsecuentes, también pueden aparecer otras figuras indicativas de dimensiones más remotas de la tarea a mano. Inmerso en el bosque de su búsqueda, el estudiante es como un naturalista observando la flora y la fauna de algún rincón agreste del mundo y sueña con su compromiso en esos términos (20). O nuevamente, habiendo completado su lectura preparatoria, el estudiante sueña con un enorme barco que navega con un vasto sistema de aparejos. Reconociendo en este barco el otro de su queja identificada con el ego acerca del sentirse “saturado”, también encuentra que la inspiración se acelera dentro de él como el despliegue de una vela en un poderoso viento (21). Y esto por no decir nada de las cuestiones sustanciales de su propia tesis con la que al mismo tiempo puede estar lidiando dialécticamente en sus sueños. 

Impresionado por su multitud de figuras, Jung consideró al sueño como la representación del hombre tal como le aparece ante si bajo el aspecto de la eternidad—sub specie aeternitatis (22). Hegel, con mucho más que solo sueños en mente, habló de una manera similar de mediación e infinito interno. Mimético a los sueños, el despliegue auto-contradictorio de cualquier materia prima dentro de las figuras que son sus otros, media la totalidad de dicha materia incluso si ésta se incrusta en lo que de otro modo sería una mera abstracción (v.g., una identidad sin la diferencia que es su otro) en el plenum de su contexto real y existente. Tal como Hegel lo expresa, “La verdad es en consecuencia el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio; y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente―el torbellino es apenas trasparente y calmoso” (23). 

Antes de virar al siguiente momento en la dialéctica, quiero compartir brevemente con ustedes un número de citas de autores de importancia para la tradición de la psicología profunda que son pertinentes a las ideas que hemos tocado arriba en esta sección. 

La primera es un pasaje de Samuel Taylor Coleridge, el poeta-filósofo al que se le ha acreditado haber acuñado el término “psicoanálisis” casi cien años antes que Freud. Razonando con referencia a lo que él variadamente llama lo Total, yo soy, espíritu, si mismo, y auto-consciencia, Coleridge escribe, 

“… es un sujeto que llega a ser sujeto por el acto de construirse objetivamente a sí mismo; pero el cual nunca es un objeto excepto para sí mismo; y solo en tanto que por el mismo acto se vuelve un sujeto. Esto puede ser descrito por consiguiente como una perpetua auto-duplicación de uno y el mismo poder en objeto y sujeto, los cuales se presuponen mutuamente, y sólo pueden existir como antítesis.” (24) 

Una segunda amplificación viene de Jung. Escribiendo de un modo similar a Coleridge, el psicólogo enuncia que “… en la experiencia religiosa el hombre llega a estar cara a cara con un Otro psíquicamente abrumador”. Unas pocas líneas después continua, “Solo algo abrumador, no importa que forma de expresión use, puede desafiar al hombre entero y forzarlo a reaccionar como un todo” (25). Claramente, el otro referido aquí, en la medida en que compele al hombre a actuar como una totalidad, es el propio otro del hombre, su otro interno. Y esto es así, es importante agregar, incluso cuando su forma de expresión es la de un otro externo empíricamente existente. Como la unidad de identidad y diferencia, un modo de pensamiento inclusivo, un modo de pensamiento-todo-a-la-vez, la dialéctica supera la distinción entre externo e interno. Invirtiendo esta relación, la interioridad, en tanto que constituida por la dialéctica, ya no está en el interior o rodeada por la exterioridad de las cosas. De hecho, se puede incluso decir que ya no hay más exterioridad. Porque al reflejar todo lo externo dentro de sí mismo (lo cual es decir también, por bosquejar las auto-contradicciones que contrastan la auto-idéntica identidad de cada posición o cosa), la dialéctica inaugura una forma absoluta de interioridad o de intensidad profunda. 

Algunos pasajes adicionales de Jung vienen a la mente. Escribiendo con respecto a la psicología de la transferencia, Jung dice: 

“El ser humano que no está en relación carece de totalidad, porque sólo puede conseguir la totalidad a través del alma, y el alma no puede existir sin su otro lado, el cual siempre se encuentra en un ‘tu’. La totalidad es una combinación de yo y tú, y esto muestra que ellos son parte de una unidad trascendente cuya naturaleza sólo puede ser comprendida simbólicamente ….” (26) 

Aquí no se está hablando de una relación externa, sino de una relación interna que se ha desplegado a si misma a través de un otro externo o, que es puesto en relieve en el siguiente enunciado de Jung, como un otro externo: 

“El alquimista incluso va tan lejos como para decir que el corpus, anima, y spiritusde la substancia arcana son uno, ‘porque todos provienen de lo Uno, y son de lo Uno, y están con lo Uno, lo cual es la raíz de sí mismo’.” (27) 

Relacionando esto con los “aspectos sexualmente seductores” de la transferencia, que “siempre están tratando de entregarnos al poder de una pareja en quien parece que se combinan todas las cualidades que han fallado en realizarse en nosotros”, Jung escribe en otra sección del mismo trabajo: 

“Por lo tanto, a menos que prefiramos ser tomados por bufones de nuestras ilusiones, debemos, analizar cuidadosamente cada fascinación, extraer de ésta una porción de nuestra propia personalidad, como una quintaesencia, y lentamente llegar a reconocer que nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez en miles de disfraces en los caminos de la vida.” (28) 

La intuición de Jung aquí—de que repetidamente nos encontramos a nosotros mismos en otros—se aplica también a figuras remotas, interculturales. En las descripciones de esas figuras de lo otro que él llamo el ánima, Jung describe esta figura arquetipal como apareciendo a menudo en la forma de una mujer de otra cultura o de una época histórica anterior (29). De manera similar, en una frase que puede ser leída como una alusión a su noción de inconsciente colectivo, Jung afirma que nuestra “creciente familiaridad con el espíritu de Oriente debería ser tomado meramente como un signo de que estamos comenzando a relacionarnos con elementos ajenos dentro de nosotros mismos” (30). Seguramente esto resuena con la idea de Hegel de la identidad de identidad y diferencia. 

Permítanos permanecer con Jung un poco más. El despliegue dialéctico del uno en los otros que presentan los diferentes momentos de su verdad es efectuado, como lo discutimos arriba, a través de la auto-contradicción o negación del punto de inicio ingenuamente idéntico a sí mismo. Capturando algo del movimiento dialéctico en una alegre frase, Jung escribe, “el individuo puede esforzase por la perfección … pero debe sufrir por parte de lo opuesto a sus intenciones por el bien de su completitud” (31). En la terminología de Jung, la dinámica aquí es la de la compensación. El inconsciente, para Jung, permanece en una relación compensatoria con la consciencia. Cuando la actitud de la consciencia es demasiado estrecha en su auto-identidad, o como Jung podría decir, muy unilateral, es compensatoriamente frustrada, contradicha y negada por los otros que crea alrededor de sí misma aunque sólo sea para excluirlos. “Y aunque yo niegue esto mil veces”, escribe Jung de “los Hermanos oscuros inesperados”, los cuales el occidente cristiano encuentra en otras creencias, “también están en mi” (32). Y es por lo que la historia bíblica sitúa a los Reyes Magos del Oriente en el pesebre del nacimiento de Cristo. Lo verdaderamente absoluto es la unidad de identidad y diferencia, de individual y universal, de establo y estrella. 

Las nociones que hemos estado discutiendo en esta sección—auto-contradicción, negación, la unidad de identidad y diferencia, infinitud interior, y el torbellino báquico—ahondan nuestro entendimiento, no solo de los sueños y las transferencias, sino también de los síntomas. Nuestros síntomas son a la vez auto-contradictorios, agentes negativizadores a través de los cuales el alma se transforma a sí misma y la presentación del alma misma ante sí misma como su propio otro. 

Hablando sobre el síntoma como el punto inicial del psicoanálisis, Freud lo caracteriza como “una cosa que es más ajena al ego que cualquier otra en la mente” (33). Jung, por su parte, tiene una visión parecida. Es Hillman, sin embargo, con su noción de “patologizar” el que hace más por el despliegue dialéctico, o “desmoronamiento” [falling apart] como él lo llama, de la unidad en muchos a través de la formación de síntomas. Permaneciendo con lo que hemos llamado la acción negativizadora de auto-contradicción, Hillman define el patologizar como “la habilidad de la psique autónoma para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida” (34). Como el estadio del opus alquímico conocido como la putrefactio o mortificatio, el patologizar es una corrupción transformadora o la disolución del punto de partida ingenuo A = A auto-idéntico. 

Nuestros sueños, transferencias, y síntomas son para el punto de vista hegeliano: La exégesis de lo uno revela dialécticamente el propio otro(s) interno. En y a través de las varias auto-contradicciones que emergen en este y otros fenómenos, la materia prima se presenta a sí misma para sí misma como un otro o como una serie de otros. (35) 

Negación de la negación

En Así habló Zaratustra, el otro de Nietzsche, el Zarathustra dialéctico y sabio, declara: “Siempre una vez uno—a la larga se vuelve dos” (36). Citado en el contexto presente, este adagio captura sucintamente la esencia de lo que hemos venido discutiendo hasta ahora, v.g. el despliegue dialéctico de una proposición o punto de partida inicial en términos de su(s) otro(s) no-idéntico o auto-contradictorio. 

También llamada negación simple o primera, este despliegue dialéctico de lo uno en dos es una experiencia muy familiar. En el idioma de ésta época se lo conoce con buen humor como “La ley de Murphy”. Reconociendo el trabajo de lo negativo a través de nuestras vidas, este simple coloquialismo dice que “si algo puede salir mal, seguramente saldrá mal”. 

Ahora nuestra tarea en esta sección es elucidar el movimiento más allá de la negación simple, tan acertadamente resumido en la ley de Murphy, lo que en la dialéctica de Hegel es llamado la negación de la negación. Pero primero permítannos permanecer un poco más con lo que se conoce como la negación simple. Aunque este momento de la dialéctica fue el tópico de la sección anterior, es crucial para tener una comprensión segura de ella emprender antes la discusión de su negación subsecuente—o cuando el pensamiento está totalmente desplegado, simultáneamente. 

Resumiendo brevemente, podemos decir que la consciencia inicial, en su naiveté, clama por conocer el mundo, o el rasgo del mundo que está en juego, inmediatamente, o como Giegerich lo propone a menudo, “tal cual como se presenta”. Sin embargo, reflejando como mucho una verdad parcial, esta posición pronto tiene problemas con su propia trayectoria en la medida en que lo que ha afirmado como su alcance se puede contradecir por su comprensión realmente más limitada. Las anomalías emergen, aparecen callejones sin salida, los síntomas afligen. Recordando nuestra discusión anterior de Kant, podemos agregar que en casos donde la posición inicial ha tenido la forma de un juicio sintético, este juicio es cancelado por otro que tiene el significado opuesto. Puesto que, cuando se confrontan entre sí, ambas consideraciones no pueden al mismo tiempo ser verdad (la consciencia aún es incapaz de pensar la unidad de identidad y diferencia), ciertamente es negado. 

Ahora permítanos agregar algún color a nuestra exposición de este primer nivel simple de negación. Acorralada por la contradicción, la consciencia puede reaccionar poniendo la caravana en círculo, ¡lo mejor para mantener a los indios fuera! O sobresaltado en su certidumbre tipo A = A, puede revisar obsesivamente sus pertenencias, a la manera del miserable Scrooge, para asegurarse de que nada se haya extraviado, perdido. Jung hablaba en esta conexión de una “adherencia conservadora a la actitud anterior” (37). Alternativamente, o en consecuencia de lo mencionado arriba, habiendo fallado las resistencias, la consciencia puede aceptar la negación, aunque sólo sea de una manera que todavía es indicativa de la mentalidad-inmediata de su modo anterior de conocimiento. Parafraseando un término usado por Aristóteles, Jung se refiere a ésta dinámica como una enantiodromia. Yendo hacia atrás (podemos pensar aquí en la perdición del héroe trágico), la consciencia simplemente se da la vuelta hacia el punto de vista opuesto del que previamente había mantenido. Donde antes había estado caracterizada por una certidumbre auto-idéntica, de la misma manera ahora se ha vuelto incertidumbre auto-idéntica. La imagen aquí es la del viejo escéptico, el cínico resentido, o aún más claramente, la del ex-creyente inflexible, el que ahora es fundamentalista en su ateísmo como anteriormente lo había sido en su teísmo. 

¿Horror tras la contradicción, acumulación de cabezas? Podríamos preguntarnos, más bien, ¡si la guillotina de la negatividad ha siquiera cortado alguna! Incapaz de sostener su afirmación inicial de que A es idéntico a A y de que todo está bien en el mundo, y con la esperanza de permanecer bien atrás del borde cortante que ha descubierto en su propio cerebro, la consciencia se identifica rápidamente a si misma con la contra-posición amenazante de que A no es igual a A y de que no todo está bien en el mundo. Esta pérdida aparente de la visión previa basada en la identidad, sin embargo, difícilmente puede ser llamada con diferencia una comprensión real. Una defensa contra la diferencia (Anna Freud habló de “la identificación con el agresor”), es más bien como una minimización de la afirmación inicial. Estoicamente parece admitir separarse a sí mismo de la diferencia, y algunas veces incluso dedicarse a ejercicios espirituales para mantener su ecuanimidad frente a su otro doppelgangeriano, la consciencia se aferra subrepticiamente al principio de identidad, aunque solamente en la forma de lo que podría ser descripto como una auto-similitud agorafóbica. 

Permitamos examinar esto aún un poco más de cerca. Habiéndose retirado por medio de la primera negación del modo “tal-cual-como-se-presenta”, al que había estado identificada anteriormente con sus contenidos, la consciencia ha comenzado, aunque solo mínimamente, a volver a casa a sí misma como negatividad, auto-consciencia, reflexividad, y duda. Esta negatividad y auto-consciencia llena de duda reflexiva, sin embargo, aún es solo el reverso de la posición positiva previa. Como tal, la posición que ahora representa depende de la mediación que la posición que se ha llegado a rechazar continúa proporcionando, aunque sólo sea a través de su haber sido negada. Esta es una contradicción. No más de lo que Scrooge podía disipar con invectivas embaucadoras los fantasmas que lo visitaban en Nochebuena, la primera negación puede disipar las posiciones―pasado, presente y futuro―como las cuales continúa el trabajo de lo negativo. Tampoco puede la pequeña muerte donde la primera negación le había dado a la consciencia el derecho de clamar, con inmediata licencia shakespeareana, que “La muerte una vez muerta, no puede morir más” (38). Al igual que un poema no hace a un poeta, así se necesita no una negación sino muchas para que la consciencia llegue a casa en su otro tal como es en sí. 

Ahora podemos regresar más directamente al tema de esta sección, la negación de la negación. En The Soul’s Logical Life, como en su lectura de ayer, Giegerich marca el punto sutil, pero importante, de que la negación de la negación es un proceso más discreto que el choque dramático que provoca una primera negación (39). Tomando en consideración este punto, podemos recordar, a modo de contraste, las descripciones mucho más ruidosas que da Jung de lo que llamaba la relación compensatoria entre el consciente y el inconsciente. Como es descrita por Jung, las compensaciones que reparte el inconsciente son a menudo estruendosamente ruidosas. Hablando de esto en términos religiosos, presenta la idea de que Dios puede ser conocido en lo que sea que nos moleste o agobie—en un afecto, quizá, o en algún evento que nos sobrevenga, ya sea que venga de dentro o de fuera: “El quiebre de la mente [Dios] ha sido lo más fuerte psíquicamente, capaz de sacar de su railes tus propósitos conscientes, frustrándolos fatalmente y ocasionalmente haciéndolos picadillo” (40). Ahora ya no hay duda que la compensación de la clase que Jung describe aquí ocurre, o que en el “camino de la individuación” el ego tendrá que asumir su parte de palizas. La “experiencia del sí mismo”, escribe Jung, “es siempre una humillación para el ego” (41). El punto que debe ser comprendido en este seminario, sin embargo (y comprendiendo esto podemos comenzar a ver el movimiento que Giegerich ha llevado más allá de Jung), es que incluso un millón de compensaciones no pueden producir la negación de la negación, pues mientras parece abrazar su negación en la compensación que recibe del Sí Mismo, el ego continúa preservando sus preocupaciones esenciales de la negación proyectándolas más allá de sí como un otro idealizado, su Sí Mismo. En su supuesta derrota lo más que puede decir es mea culpa, soy culpable. Yo, como un ser humano falible, he fallado en ser un buen cristiano o analista o lo que sea. Al decir esto, sin embargo, la consciencia se preserva en buenos términos de la crítica. (42) 

Una distinción puede ser de ayuda aquí. En sus artículos, Giegerich frecuentemente distingue entre lo “semántico” o el nivel del contenido de la consciencia y el nivel “sintáctico” de su estructura o forma general. El cambio en el nivel semántico meramente implica un cambio entre los contenidos de la consciencia a la luz de haberlos contradicho de alguna forma. Este cambio, sin embargo, tan extenso como pueda ser en muchos casos, no plantea ningún desafío para la forma de la consciencia. Es decir, aún ninguno de sus contenidos se ha convertido en la paja que rompe la espalda del camello. En la negación de la negación, por contraste, la espalda del camello está rota, la estructura de la consciencia se ha desgarrado. 

Ahora permítanos deslizar aquí la palabra “teología” como un sinónimo a consciencia en el nivel sintáctico. Representado teológicamente, el enunciado, “Yo … [he] visto tribulación bajo la vara de Su ira” (43), caracteriza acertadamente el momento de la dialéctica que hemos estado llamando la negación simple. En este escenario el ego es trastocado desde su punto de vista parcial y sus ilusiones de tal manera que sufre lo que Jung llama la violencia de lo que le es causado por el Sí Mismo. La negación de la negación, sin embargo, ocurre en un plano completamente distinto. En lugar de ser algo que nos ocurra dentro de nuestro proceso de individuación y teología, haciéndonos gritar o rechinar nuestros dientes, éste es sobrio, y aún más radicalmente, es un proceso que es padecido por nuestra teología, v.g., es una negación lógica. “Estamos viviendo realmente en el tiempo de la división del mundo y la invalidación de Cristo”, escribe Jung, tocando esta negación más radical en una carta a Fr. Víctor White. (44) 

Más como un Dios agonizante que como un ego que ha conocido la ira de la compensación inconsciente, la consciencia comienza a separarse de su trono de certeza A = A (¡“yo soy lo que soy”!) y se hunde. Representando este momento de colapso sintáctico en la figura de Apolo convocando a Mnemosine mientras muere, Keats escribe: 

Pronto salvajes conmociones lo sacudieron, e hicieron arder Toda la hermosura inmortal de sus miembros; Mas como la lucha ante las puertas de la muerte; O como quien todavía debe despedirse De la inmortal pálida muerte, y con angustia Tan ardiente como el frío de la muerte, con feroz convulsión Muere en vida …. (45) 

Fiel al momento de la dialéctica que intentamos elucidar aquí, la primera negación, lo que Keats dice es “como la lucha ante las puertas de la muerte”, es seguida por una segunda que es “como quien todavía debe despedirse de la inmortal pálida muerte”. Que este ‘despedirse’ o ‘apartarse de’ de la primera negación es en efecto la obra de una negación de segundo orden es evidente en la sublación que se produce en la frase final: “Morir en vida …”. 

Ahora, desde luego, la mera mención de la agonía del Dios trae a la mente la declaración de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Esta, podría pensarse, es representativa de la negación de la negación. El comentario de Giegerich con respecto a la discreción de la sublación, negación de segundo orden, sin embargo, nos ayuda a discernir que este no es el caso. La negación de la negación tiene un tono emotivo completamente diferente que aquel que viene tras el espectacular anuncio del filósofo. Aludiendo a las categorías kleinianas, podemos decir que en contraste al triunfante tono paranoide de Nietzsche, la negación de la negación es más depresiva y triste. Lejos de convertirse en algún superhombre nietzscheano, la consciencia es humillada al saberse a sí misma la unidad de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino. (46) 

Basándose en metáforas alquímicas, Giegerich compara la negación de la negación con esas fases del opus en el cual la transformación toma lugar vía putrefacción fermentadora y corrupción interna. Reconociéndose a sí misma en su otro contradictorio, la consciencia llega a la dolorosa comprensión de que se ha quejado demasiado alto en su posición inicial. Con esta comprensión, como propone Hegel, se vuelve una “consciencia infeliz”. Rebajándose ante la idea de su antigua honradez e ingenuidad, empieza a colapsarse desde dentro y a hundiese. Esta vergüenza, no obstante, es una vergüenza superior, el comienzo de su sublación. (47) 

En este punto vienen a mi mente dos representaciones pictóricas ilustrativas de este momento de colapso sublado. Una es de un sueño que escuché hace muchos años atrás; la otra de un mito griego. 

En el sueño, la figura del soñador le habla a su hermana de una manera verdaderamente autoritaria acerca de las fases de la luna. La hermana, sin embargo, no está convencida de esta descripción. Irritada por esto, la figura del soñador reitera lo dicho en una manera más pedante, incluso intimidante. Esto ocurre varias veces, hasta que finalmente la hermana accede a esta descripción, ¡momento en el cual aparece otra luna! Junto con esta segunda luna contradictoria viene la sensación de que incluso pueden aparecer lunas posteriores, quizá incluso un número infinito. El impacto que esto tiene sobre el ego del sueño es considerable. Basta decir que ya no tenía más lecciones para dar. Mientras que la primera negación―v.g. la duda de su hermana acerca de lo que él le estaba diciendo―solo lo inspiró a dar una descripción más detallada, la aparición de la segunda luna fue verdaderamente humillante como para forzar a la figura del soñante a admitir que la sintaxis cósmica del cielo nocturno ya no era más lo que él sabiondamente pretendía que era. (48) 

El mito griego que también viene a mi mente en relación a la negación de la negación es el cuento del desmembramiento de Penteo. Tan carente de lo que Keats llamó “capacidad negativa” (49) como lo fue la figura del soñador en el sueño que acabamos de discutir, la consciencia en la figura de Penteo, un rey de Tebas, se resiste a la introducción de la alabanza de Baco en su reino. Esta resistencia, sin embargo, pronto se vuelve el opuesto de sí mismo. Dialécticamente agraviado por contradicciones, Penteo descubre que las mujeres de su reino, su madre Agave y sus hermanas entre ellas, habían abandonado sus obligaciones domesticas para unirse a la hedónica turba del dios. Con el objetivo de seguir a las mujeres y espiarlas, el rey, incitado por Baco, se disfrazó de mujer. Tan pronto como vistió el atuendo de las ménades, sin embargo, la locura del dios lo poseyó y comenzó a ver doble. Mirando al sol (aun cuando el ego del sueño en nuestro sueño había mirado hacia la luna) él no ve un ardiente orbe, sino dos. La misma duplicación ocurre con respecto a su ciudad, Tebas, y hacia las partes de su propio cuerpo. Idénticos entre ellos, al mismo tiempo están separados, es decir, son lógicamente diferentes aunque perceptivamente aunto-idénticos. Cuando Penteo subsecuentemente encuentra a las mujeres, este movimiento duplicado, encubiertamente idéntico se vuelve absoluto. Mientras observa a las mujeres retozando desde la copa de un árbol, el rey es descubierto por su madre. Observando a su hijo como su otro (esto es, como Baco en forma animal), la enloquecida Agave lo arrastra hacia abajo desde su posición elevada y le arranca miembro a miembro con la ayuda de las otras ménades. 

Pienso que esto es muy parecido a lo que Hegel dijo en el pasaje anteriormente citado cuando aludió a este ritual iniciático de desmembramiento, representado famosamente por Eurípides en The Bacchantes, de que la verdad es “el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio”. En efecto, la segunda parte de este pasaje—“y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente …”—parece señalar directamente al Penteo disociado observando desde su copa del árbol. Tropezando con este motivo el consenso junguiano le ha dado a menudo una lectura débil y moralista, como por ejemplo cuando se considera el desmembramiento de Penteo como el destino que el ego patriarcal ha preparado para sí mismo a través de su descuido de lo femenino (50). La frase conclusiva de Hegel, sin embargo, sugiere una lectura más dialéctica. Pensando la unidad de la identidad (Penteo) y la diferencia (Baco y las ménades), Hegel considera que “el torbellino es tanto como un reposo simple y transparente” de por sí es orgía báquica o torbellino. Transponiendo esta fórmula en los términos figurativos del mito, podríamos decir con Giegerich que Penteo, Baco, Agave, y el resto son momentos sublados de una idea que el mito despliega. Así como la psicología es la unidad de psyche y logos, así una lectura psicológica del mito piensa la sicigia de alma y espíritu incluso cuando sigue “el despliegue ‘analítico’, en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología”. (51) 

Otra línea de Hegel nos ayuda a comprender más dialécticamente la historia de Penteo. Citado por Giegerich en el texto de su primera lectura, la línea es la siguiente: «Pero la vida del Espíritu no es la vida que se achica ante la muerte y que se preserva a sí misma intocada por la devastación, sino que es la vida que lo soporta y se mantiene en medio de ello» (52). Aunque parece achicarse ante la muerte que le viene en la forma de Baco y las ménades, Penteo no se mantiene intocado por la devastación. Así como el otro de Baco en tanto que Baco es suyo, él resiste la contradicción y se mantiene a sí mismo en ella. No sería suficiente para una de estas figuras opuestas simplemente prevalecer, para Penteo, por ejemplo, simplemente volviéndose un sátiro y entrar en la comitiva del rey. En cuanto a lo que ya hemos escuchado de Hegel, “…ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (53). Un momento sublado en esta unidad de identidad y diferencia por el cual se constituye la verdad, la resistencia de Penteo ante el torbellino báquico es, al mismo tiempo que también es eso, su susceptibilidad a su devastación y su mantenerse a sí mismo a través de ella. El desmembramiento iniciático—la negación de la negación—no puede ser llevada a cabo sin esta resolución del sujeto de preservarse a través de la muerte. Para pensar dialécticamente, tenemos que ser tan estrictamente rigurosos y estrechos de mente como imaginativos y abiertos de mente—tanto penteos y ménadeicos al mismo tiempo. 

Unas líneas más de Hegel vienen al caso en relación al mito que hemos estado discutiendo. Siguiendo inmediatamente a la línea que hemos citado arriba sobre la vida del espíritu que se mantiene a sí mismo a través de la muerte, el filósofo continua: 

“[La vida del espíritu] gana su verdad solo cuando, en el más absoluto desmembramiento, se encuentra a sí mismo. Este poder, que no es como algo positivo, que cierra sus ojos a lo negativo como cuando decimos de algo que es nada o que es falso, y habiéndolo dicho, damos la vuelta y pasamos a algo más; por el contrario, el espíritu es este poder sólo por mirar a lo negativo frente a frente, y permanecer con ello. Este permanecer con lo negativo es el poder mágico que lo convierte en ser.” (54) 

Interiorización Absoluto Negativa

Hemos llegado al momento final de la dialéctica, el de la interiorización absoluto negativa. La interiorización absoluto negativa es el pensamiento-todo-a-la-vez de los momentos previos que hemos discutido. Este pensamiento-todo-a-la-vez, sin embargo, no debe ser considerado como el momento culminante producido por la secuencia o series provenientes de los otros tres. Mientras que pictóricamente los representamos de esta manera, ahora, desde el comienzo, se puede entender el pensamiento dialéctico de la simultaneidad de sus varios momentos como momentos ya sublados de sí mismo. Pero, por supuesto, este pensar-todo-a-la-vez-desde-el-comienzo sólo está implícito y debe ser desarrollado, como hemos tratado de hacerlo arriba en el bosquejo de sus varios momentos. 

Un pasaje de los escritos de Jung puede ayudarnos a aclarar esto. En su “Prefacio a la Introducción al Budismo Zen de Suzuki”, Jung define el inconsciente como “una totalidad irrepresentable de todos los factores psíquicos sublimados, una ‘visión total’ in potencia”. Esta “‘visión total’ in potencia”, añade entonces, “constituye la disposición total desde la cual la consciencia singulariza pequeños fragmentos de vez en cuando” (55). Ahora se debe señalar inmediatamente que aquí hay una contradicción: la visión total es, al mismo tiempo en tanto que es, una visión irrepresentable. Al ver todo (v.g., una situación o una imagen en toda su complejidad, en todos sus momentos) no se ve nada. Esta contradicción, sin embargo, es dialéctica, o, más bien, podría serlo excepto por el hecho de que Jung se resguarda de que lo sea plenamente a causa de su distinción aun positivizada entre consciencia y el inconsciente. Pero apartándonos con Giegerich de esta distinción, podemos conocer fácilmente lo que Jung suponía. La visión total no es representable; no es visión es absoluto, sino visión sublada, pensada. Poniéndolo de otra forma, podemos decir que para que la visión sea total tiene que ser visión absoluta, es decir, una visión que ha sido absuelta de las diferencias que hace distintas y diferentes unas de otras las impresiones sensoriales o las representaciones imaginales. Tal “visión”, sin embargo, ya no es más “representable”; tampoco es una certeza sensorial inmediata ni la primera negación de ella, el modo imaginal de la intuición sensorial. Y sin embargo, desandando esto un poco (tal como los hermanos en el cuento de hadas de ayer que resbalaban en la pendiente de la montaña), se puede decir que en su camino a casa a sí misma “el alma” o la absoluta negatividad puede de hecho aparecer ante sí misma con el aspecto de una figura contingente, es decir, como algo particular, singular y finito, incluso como, en palabras de Jung, “pequeños fragmentos”, expresivos de la “disposición total”, que son “singularizados … de vez en cuando”. Como Giegerich ha escrito, “… en la idea de [la psique como] auto-relación … la otredad … no está totalmente perdida …, es inherente en ella como un momento sublado, en tanto y en cuanto que el sí mismo que hace el reflejo y el sí mismo que es reflejado son ambos idénticos y diferentes” (56). Pero sin embargo, también debemos entender que la verdadera llegada al hogar del alma reside en la destilación ulterior, vaporización o interiorización de esta figuración de sí misma en tanto que otro hacia la forma lógica de la consciencia misma. De nuevo, cito a Giegerich, “Lo que al principio aparece como un contenido de consciencia es en realidad la semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia en toda su extensión”. (57) 

Ahora, revisando lo que acabo de escribir, me encuentro a mí mismo pensando en la descripción de Jung de sí mismo como teniendo, como él lo dijo una vez, “que bajar mil escaleras hasta poder poner mi mano en el pequeño terrón de tierra que soy” (58). Evidentemente, mi descripción de la noción de Jung de “visión total” todavía tiene que bajar unos cuantos escalones si es que ha de alcanzar el suelo sobre el que Giegerich se ha posicionado a sí mismo. Al tomar esta escalera, debemos entender que cuando la “semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia” lo ha logrado, el “pequeño fragmento” de Jung (lo que pueda ser en cualquier caso particular) ya no es más el símbolo o la imagen numinosa en la cual lo implícito del pensamiento (= “‘la visión total’ in potencia” de Jung) había previamente representado su potencial para volverse explícito como tal. Más bien, habiéndose realizado a sí misma como comprensión conceptual a través del fenómeno particular a la mano (el cual, como su otro, ha entrado hermenéuticamente y se ha completado uroboricamente (59)), ahora conoce ese fenómeno (materia prima, pequeño fragmento, situación, asunto, imagen, etc.) en su totalidad o como una totalidad. ¡El pequeño terrón de tierra que realmente soy! 

Arriba me he referido al apunte de Giegerich acerca de lo discreto de la negación de la negación. Cuando la llevamos adelante, esta analogía puede además ser usada para trasmitir lo que se quiere decir por interiorización absoluto-negativa. Considerar, por ejemplo, la especulatividad sin base de la ‘música’ que suena, absoluto-negativamente, a través del silencio de la línea de Keats, “las melodías oídas son dulces, pero aquellas no oídas son más dulces” (60). Y seguido a ello, tenemos la famosa definición de Wordsworth de la poesía como “emoción recogida en la tranquilidad” (61). 

Se podría asumir que aquí estamos hablando de lo numinoso. Como analista junguiano he aprendido a usar las palabras “numinoso” y “numinosidad” con respecto a lo que Jung llamó “un valor emocional a priori” (62). Imágenes, que además, puesto que son tal como las describe Jung—pequeños fragmentos singularizados a partir de la visión total de la psique—las tengo consideradas como numinosas. Sin embargo, la negatividad absoluta, como la melodía que es más dulce por no ser escuchada y como la emoción que se vuelve poesía por ser recogida en la tranquilidad, de la misma forma la numinosidad que tienen estos dos, no está en la positividad de su tenerla como tal, sino como recogida en la quietud de Mnemosine, es decir, como conocimiento de la consciencia, como la vida de la mente, movimiento lógico, pensamiento. En ser la presencia de estas poderosas realidades, y sin embargo intangibles, que la negatividad absoluta establece y afirma. 

La verdadera psicología

En su “Prefacio” a la Lógica de Hegel, J. N. Findlay resume la esencia del enfoque dialéctico: 

“La acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza, para mostrarlo como no siendo auto-subsistente, y así tener en él un trampolín desde el cual pueda ascender a aquello que es verdaderamente auto-subsistente y auto-explicativo.” (63) 

Reflexionando sobre este pasaje, podemos pensar en el trampolín de la negación a través de la cual el psicoanálisis tomó impulso a partir de la antigua forma de sí mismo para llegar a ser una disciplina auto-subsistente por su propio derecho. Me refiero, por supuesto, al rechazo de Freud—podríamos decir también, negación—de la teoría de la seducción. Creyendo, antes de 1897, que las pacientes histéricas que estaba tratando podían ser entendidas a la luz de haber sido traumatizadas sexualmente por un adulto pervertido durante la niñez, Freud llega, después de esa fecha, a darse cuenta que tal visión teorética era contradictoria. Simplemente habían demasiados pacientes sufriendo de histeria como para sostener la conclusión de que todos ellos habían sido abusados sexualmente. Mientras, indudablemente, algunos pacientes habían sido abusados (Freud no “abandonó” la teoría de la seducción, sino más bien, la retuvo como una posibilidad sublada bajo el grueso de la teoría que iba a seguir), la perspectiva de que todos lo habían sido solo podía ser mantenida si la paternidad era completamente demonizada. Saltando libre a partir de esta base positiva negada en la teoría de la seducción, Freud escribió en una carta a Fliess en 1898, “… inicialmente definí la etiología [de la histeria] muy estrechamente; la cuota de fantasía en esto es más grande de lo que había pensado en un inicio”. (64) Esta frase contiene un pensamiento importante. O más que eso, como un salto decisivo desde la positividad y lo externo hacia la interioridad de la fantasía y la reflexión, esto expresa que ha ocurrido un cambio esencial en la forma en que ha de ser concebida una idea en general. Por de pronto, a Freud, al conseguir esto, “ya no le basta cree en [su] neurosis”, (65) había tenido que aceptar la sintaxis de aquella teoría al ser ‘arrojado al agujero trasero’, por decirlo así, del mismo material clínico que había reunido como evidencia para esto. Dicho de otra forma, el material de la fantasía, en la forma de la teoría de la seducción, había sido tomado demasiado literalmente por su consciencia como para volverse de corazón la “semilla”, tal como señaló Giegerich en el pasaje citado anteriormente, de lo que será “una nueva forma la consciencia en toda su extensión”, una nueva teoría. La fantasía, no el hecho, le es de ayuda ahora como el factor etiológico decisivo en la neurosis. Por supuesto, este cambio en la constitución de la psicología fue reflejado en el espejo de su otro como algo que sucede dentro de los pacientes. Exactamente paralelo al derrumbe de la teoría de la seducción por medio de una corrupción interna hacia la nueva visión de Freud, los pacientes en esta nueva visión fueron considerados como sufrientes, no desde una corrupción externa debida a la seducción del padre, sino desde una corrupción interna, es decir, desde sus propias fantasías y deseos pertenecientes al seducir y al ser seducidos. 

Sin embargo, tan pronto como Freud ascendió a esta visión más lógicamente negativa luego la externalizó y positivizó de nuevo en su teoría de la sexualidad infantil, y posteriormente, en el complejo de Edipo. Con este desarrollo, los sueños y las fantasías de los pacientes fueron tomados como representativos de algo más biológico-factual—el sexo y la familia—y se construyó un vasto edificio de conocimiento sobre ellos. Ahora, el punto crucial aquí no es que estos campos de no fueran importantes. Más bien, es que Freud, al encontrar en ellos una base positiva para su proyecto psicológico, fracasó en comprender lo que Giegerich llama “la diferencia psicológica”. (67) 

Haciendo referencia de nuevo a la cita de Findlay al principio de esta sección, permítanos reiterar que “la acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza”. De igual manera, la “diferencia psicológica” a partir de la cual surge una verdadera psicología psicológica reside en el reconocimiento de que la psicología, en el sentido estricto de este término, no trata acerca de nada positivo—ni niñez, sexualidad, la familia, problemas de género, ni de la gente y sus problemas, etc. Más bien, trata acerca de la forma lógica a través de la cual tales fenómenos son reflejados dentro de sí mismos en el curso de nuestro reconocimiento, no sólo la vez de 1897, sino una y otra vez, ya que la acción del pensamiento es negar su propia base. 

La psicología, para Giegerich, es reflexión en si misma; trata acerca del carácter sin fondo de su propia base siempre negada, absoluta negativa, “el alma”. En cuanto a los sospechosos de siempre—los temas mencionados más arriba que en su positividad no constituyen la psicología (niñez, sexualidad, los problemas de la gente, sueños, etc.)—la psicología, podría decirse, es como el reflejo de éstos en sí mismos. En el análisis individual, por ejemplo, los relatos contados en la historia, los problemas domésticos presentados, los recuerdos recordados de niñez, los sueños, y todo y cada uno también son escuchados muy en la línea en la cual el Dr. Giegerich trabajó con el cuento de hadas y los mitos en su lectura de ayer, es decir, como unidades ya interiorizadas de identidad y diferencia, enunciados del “alma” refiriéndose a si misma. Interrogando cualquier punto de partida a la luz de las contradicciones inherentes en él (lo cual también significa, pensar a través de los cambios de tema y asociaciones la unidad de su identidad y diferencia), “la psicología comienza donde cualquier fenómeno (ya sea físico o mental, ‘real’ o imagen de la fantasía) es interiorizado absoluto-negativamente dentro de sí mismo, y me encuentro a mí mismo en su infinito interno. Esto es lo que se necesita; la psicología no puede ser tenida por menos”. (68) 

La referencia de Giegerich en la sentencia previa acerca de aquello que se necesita para una psicología (podríamos también decir, el precio que hemos de pagar para alcanzar una verdadera psicología) trae a la mente el contraste muy conocido de Freud entre lo que llamó “el cobre de … la sugestión” y el “oro puro del análisis”. Podríamos asumir a partir de esta distinción de Freud que él podría coincidir con la insistencia de Giegerich de que “la psicología no puede ser tenida por menos”. Sin embargo, cuando miramos el pasaje real en el que Freud usa estas expresiones encontramos, por el contrario, ¡que está ofreciendo en venta las mercancías de su psicoanálisis a precio de descuento! 

“Es muy probable, además, que la aplicación de nuestra terapia a un número [a un gran número de personas] pueda obligarnos a mezclar el oro puro del análisis abundantemente con el cobre de la sugestión directa; y la influencia hipnótica podría encontrar de nuevo un lugar, además. … Pero cualquiera que sea la forma que pueda tomar esta terapia para la gente, cualquiera que sean los elementos de los cuales se debería componer, sus más efectivos y más importantes ingredientes serán tomados ciertamente del psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior.” (69) 

Este es un pasaje extraño y contradictorio. En la última línea, Freud se refiere piadosamente al “psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior”. Sin embargo, todo el contexto en el cual aparece esta línea, está en tensión con el propósito ulterior. Con el objetivo de divulgar sus descubrimientos positivizados y de promoverse a sí mismo en el mundo, el psicoanálisis representará todo lo que estrictamente se prohibió a sí mismo dentro de sus propios confines austeros en la forma de una terapia para la gente. Ahora bien, el problema con esto no está en que el gran número de personas necesitadas de terapia no deberían beneficiarse de esto. En lo que concierne a la psicoterapia, digo, cuanto más con los pies en la tierra, mejor. No es, como algunos desearían, que el análisis debería permanecer idéntico a si mismo y puro. El problema, más bien, reside en tomar prisionero a cada pensamiento que tiene la gente para la promoción de los asuntos que el psicoanálisis―freudiano, junguiano o del tipo que sea―aprecia. Esto, por supuesto, ya ha ocurrido. El psicoanálisis en la forma de esa diseminación de sí mismo de lo que Freud llamó la terapia para la gente existe por todas partes. La mirada del niño sobre el consejero escolar, el paciente con el psicólogo clínico haciendo “trabajo de auto-estima”, incluso el analizado en psicoanálisis―todos reciben esa aleación de cobre y oro positivizada que Giegerich ha llamado “la psicología como el estudio de las personas que’tienen’ tal y cual psicología” (70) en la forma de una cornucopia de clichés sociológicos, antropológicos y humanista. Son despachados psico-educacionalmente en jornadas profesionales, revista sobre el estilo de vida, y programas de debates en la televisión (por no decir nada acerca de lo que sale de nuestra propia boca cuando hablamos con alguien más), información con respecto a este asunto o aquel síndrome. 

Contra esta tendencia, la verdadera psicología, dondequiera que se practique, comienza, tal como lo dijo Giegerich ayer en el momento de la exposición de sus lecturas, cada vez y de nuevo “desde cero”. Adhiriéndonos al principio de Jung acerca del no permitir que entre nada de afuera, con el fin de obtener en cada caso la materia prima particular a mano y de existir como su despliegue, se evita que la psicología se piense como algo ya sabido. Porque sólo se puede encontrar el Mercurios dentro de ella entregándonos a la cadidad y al infinito interior de esta materia a mano (o como lo dijo Findlay, ascendiendo a partir del trampolín de su negación). 

En cuanto al cobre y el oro, la sugestión y el análisis, se puede decir lo mismo que dije en mi lectura anterior sobre el lodo y el agua. El importante no es mantenerlos apartados en su pureza abstracta o en su diferencia aislada. Menos aún en fundirlos juntos en una formación de compromiso, como recomendaba Freud. Porque eso, también, es una contradicción; en efecto, una más intolerable dado que el psicoanálisis comenzó tanto con el salto a partir de la sugestión (el trabajo temprano de Freud en hipnosis) así como a partir de un salto desde la teoría de la seducción. No, el desafío como siempre es pensar tautológicamente la unidad contradictoria de su identidad y diferencia y, precisamente de esta manera dialéctica, ascender a esa forma más negativa de su coniunctio, pensamiento especulativo, verdadera psicología. Superando la positividad de su base en los métodos de las ciencias empíricas, la psicología, tal como Giegerich ha dicho, debe pensar su propia autoridad, la profundidad de su propia noción de si misma, especulativamente y rigurosamente al mismo tiempo. 

**** 

Una reflexión final. La referencia de Freud al cobre y al oro trae a la mente otro ancestro analítico y otro metal. Me refiero aquí a Hillman y sus escritos sobre la plata. Valorizándola en un tono bachelardiano la plata de los alquimistas como el metal de la imaginación, Hillman, en “La plata y la tierra blanca”, escribe: 

“¿Qué es reflejado entonces cuando no hay sujeto reflejado, ni emoción ni objeto externo? ¿Ningún hecho en absoluto? La misma idea de reflexión se transmuta desde la presencia de un fenómeno, un reflejo de algo más, a la resonancia del fenómeno mismo, una metáfora sin un referente, o mejor dicho, una imagen.” (71)

Regresando a este tema un año después en la segunda parte de su ensayo, Hillman continúa su intuición sobre la plata: 

“Los acontecimientos mentales tales como las imágenes no requieren y no pueden adquirir validación posterior gracias a la exterioridad. La vida del alma no se sostiene como correcta gracias a la exterioridad. Pero tampoco los acontecimientos mentales se validan gracias a que yo ‘tenga’ un sueño, ‘piense’ una idea o ‘sienta’ una experiencia.” (72) 

En estos pasajes, Hillman transmite así la negatividad de la imagen, su interiorización plateada en sí misma. ¿Pero qué pasa con el oro que se persigue? (73) En la visión de Giegerich, el “oro” de la verdadera psicología es la negación ulterior de la negatividad plateada de la imagen hacia la absoluta negatividad de una consciencia que pueda pensar al mismo tiempo los distintos momentos de cada imagen. Como “la piedra que no es una piedra” alquímica, el oro dialéctico emergiendo negativamente de la plata y de la imaginación ya no es más oro (por esta razón sólo es la forma en que la plata fue representada imaginativamente con anticipación de su llegada incluso más sutil); más bien, es forma lógica, interioridad absoluto-negativa, espíritu, pensamiento. 

Notas

1. Fugulus, A Golden and Blesses Casket of Nature’s Marvels, p. 298, citado en Edward Edinger, The Anatomy of the Psyche: Alchemical Symbolism in Psychotherapy (La Salle, I1.: Open Court, 1985), p. 10.  

2. Donald W. Winnicott, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”, Playing an Reality (London: Tavistock Publications, 1971), pp. 1-25. 

3. Cf. Donald W. Winnicott, “The Location of Cultural Experience”, Playing an Reality, pp. 95-103. 

4. A.E. Waite, traducción, The Hermetic Museum 1:13 citado en Edinger, The Anatomy of the Psyche, p. 11. 

5. Es la referencia a la piedra siendo hecha “… con una cosa” que implica la idea de producción o creación. La parte anterior de la sentencia, que se refiere a la piedra como siendo “producida de una cosa”, sólo indica aquello de lo que consiste la piedra. 

6. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull, (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 14, párr. 749 (todas las referencias subsiguientes a los Collected Works de Jung estarán por volumen y número de párrafo. 

7. Citado en Edinger, p. 11. 

8. Donald W. Winnicott, “Review of Memories, Dreams, Reflections”, C. Winnicott, R. Sheperd, and M. Davis, eds., Psycho-Analytic Explorations (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989) pp. 482-492. 

9. Cf. G. W. F. Hegel: “Pero lo Absoluto mismo es por lo tanto la identidad de la identidad y la no-identidad, oposición y unidad están ambos en ello”. Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 67. 

10. La Ley de Identidad sostiene que todo debe ser idéntico consigo mismo (X = X). La Ley de Contradicción (algunas veces referida como la Ley de No-contradicción) mantiene que nada puede ser sí mismo y al mismo tiempo no ser sí mismo (X y no-X). Ambas leyes son consideradas las leyes primarias del pensamiento. 

11. Cf. G.W. Hegel: “Kant … considera la lógica, es decir, el agregado de definiciones y proposiciones que comunmente pasa por lógica, al tener suerte en haber logrado completarse tan temprano antes que las otras ciencias; desde Aristóteles, no ha perdido terreno, pero tampoco ha ganado ninguno, esto último porque ante todas la apariencias parece estar completa o terminada. Ahora, si la lógica no ha sufrido ningún cambio desde Aristóteles―y de hecho, juzgando por los compendios modernos de lógica los cambios frecuentemente consisten principalmente en omisiones―entonces seguramente la conclusión que podemos bosquejar es la completa necesidad de una reconstrucción; para el espíritu, después de sus trabajos durante dos mil años, debe haber adquirido una consciencia superior sobre su pensamiento y acerca de su propia naturaleza esencial, pura”. Hegel’s Science of Logic, A.V. Miller (London: George Allan & Unwin, 1969), p. 51. 

12. Hegel no negó los principios de la lógica tradicional. Cuando son solo un asunto de lógica formal se aplican estos principios. Cuando las cuestiones conciernen a la lógica de la realidad, sin embargo, mantiene que la lógica formal no es adecuada y que se requiere una aproximación dialéctica. En conexión con mi afirmación de que “el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error”, compárese con el llamado de Hegel por una “reconstrucción total” de la lógica tradicional en las notas previas. 

13. G. W.F. Hegel, Hegel’s Logic. Parte uno de The Encyclopaedia of the Philosophical Sciences (1830). tr. William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. 117. 

14. Hegel, Hegel’s Logic, p. 117. 

15. Cf. Hegel: “La filosofía critica [de Kant], es cierto, ya había convertido la metafísica en lógica, pero … fue intimidada por el objeto, y así a las determinaciones lógicas se les dio un significado esencialmente subjetivo con el resultado de que estas filosofías permanecieron cargadas con el objeto que evitaron y quedaron con el residuo de una cosa-en-sí, un obstáculo infinito, como un más allá. Pero la liberación de la oposición de la consciencia que la ciencia de la lógica debe ser capaz de presuponer supera las determinaciones del pensamiento sobre esta timidez, puntos de vista incompletos y demandas que deben ser consideradas no con cualquier limitación y referencia sino como son en su propio carácter, como lógicas, como razón pura”. Hegel’s Science of Logic, párr. 57. 

16. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

17. Taylor, Hegel, p. 49. 

18. Bishop Joseph Butler, citado en D.D. Raphael, British Moralist 1650-1800, vol. 1 (Indianapolis: Hackett Publishing Co., 1991), prefacio, párr. 384. 

19. Tan útil como es recurrir a los sueños en nuestro intento de comprender el despliegue auto-contradictorio de aquello que se presenta como un conjunto de otros internos, tan importante es advertir que la interioridad que constituye la dialéctica no es la interioridad positiva del mundo del sueño o incluso del “inconsciente”. Mientras que los sueños, sin duda, vuelven imagen algo del movimiento dialéctico a lo cual damos el nombre de alma, la interioridad del alma es la interioridad mediata o espiritual de cualquier cosa, no solo de los complejos y figuras del sueño que suponemos que están dentro nuestro. Como Giegerich ha señalado, las imágenes del sueño, en la medida en que simplemente las percibimos en su inmediatez sensual tal como aparecen en frente de nuestra consciencia observadora, son tan externas como las cosas. El corolario de esto también es verdad. Cuando se percibe en términos de la comunidad interna que despliega la dialéctica, el así llamado mundo externo es interiorizado en sí mismo, lo cual en otras palabras también significa que subjetiva o psicológicamente fue alcanzado o vuelto consciente. 

20. Las palabras “es como” en esta frase piensa la unidad de la identidad y la indiferencia. 

21. Con la imagen de una vela desplegándose en el viento, tenemos una vez más una imagen figurativa de la esencia de la voluntad, de la libertad. Pienso que este momento pertenecería propiamente a nuestra siguiente sección, la cual se ocupa de la negación de la negación, tal es el poder de la dialéctica que no podemos evitar que se nos adelante. 

22. Jung, CW 8 § 316. 

23. Citado por Taylor en Hegel, pp. 107-108. 

24. Samuel Taylor Coleridge, Biographia Literaria, 2 vols. (1817) (Princeton: Princenton University Press, 1983), 1: 268. 

25. Jung, CW 10 § 655. 

26. Jung, CW 16 § 454. 

27. Jung, CW 16 § 454. 

28. Jung, CW 16 § 534. 

29. Jung, CW 9, i § 518; CW 10 § 714; CW 12 § 112. 

30. Jung, CW 13 § 72. 

31. Jung, CW 9, ii § 123. 

32. Jung, CW 18 § 1472. 

33. Sigmund Freud, New Introductory Lectures on Psycho-Analysis, tr. W. J. H. Sprott (London: Hogarth Press, 1933), p. 78. 

34. James Hillman, “On the Necessity of Abnormal Psychology: Ananke and Athene”, Facing the Gods, ed. J. Hillman (Irving, Texas: Spring Publications, 1980), p.1. 

35. Una analogía se puede extraer de los esquimales tradicionales que viven en la tierra del ártico. Conociendo la nieve desde dentro, los esquimales tienen muchos nombres para la sustancia, tantos como habían momentos de su verdad a ser conocidos. Igualmente, el pensamiento dialéctico entra en la “tundra” hermenéutica de cualquiera que pueda ser el asunto a la mano, lo mejor para generar las distinciones racionalmente necesarias (y al mismo tiempo, existencialmente cruciales) por las cuales es conocida desde dentro en los varios momentos de su verdad. 

36. Friedrich Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, tr. R. J. Hollingdale (Harmondsworth: Penguin Books, 1961), p. 82. 

37. Jung, CW 4 § 350. 

38. Sonnet 146, l. 14. 

39. Wolfgang Giegerich, The Soul´s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main, Peter Lang GmbH, 1998), p. 200. 

40. C.G. Jung. Letters, vol. 2: 1951-1961, ed. G. Adler y A. Jaffe, trad. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1975), pp. 4-5. 

41. Jung, CW 14: 778. En itálicas en el original. 

42. Para una discusión en profundidad de la posición mea culpa ver Wolfgang Giegerich “The Advent of the Guest: Shadow Integration and the Rise of Psychology,” [versión en castellano: “Primero la sombra, luego el ánima, o el advenimiento del huésped. La integración de la sombra y el surgimiento de la psicología”] Spring 51: A Journal of Archetype and Culture (Dallas: Spring Publications, 1991), pp. 100-102. 

43. Lamentaciones 3:1. 

44. Jung, Letters, vol. 2, p. 138. 

45. John Keats, “Hyperion: A Fragment”, Bk. III, líneas 124-130. 

46. Aquí, con esta referencia al reconocimiento humillante de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino, tengo en mente la noción de James Hillman de “Deshumanizar o Hacer-Alma”. Ver el capítulo con este título en su Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975). 

47. Por una discusión de la “vergüenza superior” ver mi “Slinking Towards Bethlehem: A Prospective View of Shame”, Spring 67: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 2000), pp. 19-37. 

48. Para una discusión diferente de este sueño ver mi The Dove in the Consulting Room: Hysteria and the Anima in Bollas and Jung (Hove: Brunner-Routledge, 2003), p. 102. 

49. John Keats, Selected Poems and Letters, ed. D. Bush (Boston: Houghton Mifflin, 1959), p. 261. 

50. Cf. Wolfgang Giegerich, “The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory” [versión en castellano: “El ‘descuido patriarcal del principio femenino’: una falacia psicológica de Jung”], en Harvest: Journal for Jungian Studies, 45.1 (1999): 7-30. 

51. Wolfgang Giegerich, “‘Different Moment of Truth’―A Few Examples” [Traducción al castellano: “‘Diferentes momentos de la verdad’—algunos ejemplos”], en este volumen, p. 26. 

52. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, tr. A. V. Miller (Oxford: Oxford University Press, 1977), p. 19. 

53. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

54. Hegel, Phenomenology of the Spirit, p. 19. 

55. Jung, CW 11 § 897. 

56. Wolfgang Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’? Entering an Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45’” [Traducción al castellano: “¿Es ‘profunda’ el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del ‘Fragmento 45’ de Heráclito”] Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 11. 

57. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 19. 

58. Jung, Letters, vol. 2, p. 19, no. 8. 

59. Taylor escribe en Hegel, p. 129: “El propósito [de Hegel] es simplemente seguir el movimiento en su objeto de estudio. La tarea del filósofo ‘es sumergir su libertad en [el contenido], y dejarse ser movido por su propia naturaleza’. Si el argumento sigue un movimiento dialéctico, entonces este debe estar en las cosas misma, no solo en la manera en que razonamos acerca de ellas”. 

60. John Keats, “Ode on a Grecian Urn”, lines 11-12. El verso continúa: “ … por lo tanto, vuestras suaves flautas, tocan;/No el oído sensual, sino, más apreciablemente,/soplan a las cancioncillas del espíritu del no tono …”. 

61. Devuelto a su contexto real en el párrafo 26 del “Preface of the Lyrical Ballads” de Wordsworth, esta línea tiene más bien el significado opuesto a lo implicado en mi cita. En la visión de Wordsworth, “… la emoción es contemplada hasta que, por una especie de reacción, la tranquilidad desaparece gradualmente, y una emoción, afín a la que tuvo antes el sujeto de contemplación, es producida gradualmente, y hace ella misma que exista realmente en la mente”. Ahora teniendo en cuenta el significado real y distinto de Wordsworth, podemos llegar a un entendimiento más dialéctico de lo que he referido de forma variada como lo “discreto”, “recogimiento”, y “tranquilidad”. Estos términos, tal como me refiero a ellos, también pueden alcanzar un crescendo, no de emoción o imagen estética (aunque estos, seguramente, permanecen presentes como momentos sublados), sino en la intensidad de la reflexión de la emoción y la imagen en sí mismas, esto es, en el pensamiento que implícitamente son. Moviéndonos entonces desde la narración más bien literal de Wordsworth de la emoción recogida en tranquilidad a la visión negativamente interiorizada de Giegerich, el siguiente pasaje es más pertinente. Criticando la imagen espacial positivizada del alma como profunda, Giegerich argumenta que esta idea repele el poder fermentador, corruptor, de la dinámica interna del alma “privándola de su aspiración y desafío lógico, nocional, intelectual y en su lugar trasladarla a la inofensividad y borrosidad de un mero sentimiento romántico”. Recogiendo la emoción tranquilamente en un nivel completamente diferente del que era posible para Wordsworth, Giegerich continúa: “Las emociones, los sentimientos, son un excelente embalaje para almacenar seguramente y amortiguar la dinamita lógica o ‘metafísica’ de los contenidos. Si se construye un conflicto como una emoción o un sentimiento, se le ha sacado exitosamente del campo de batalla de la verdad y se lo ha reducido al nivel banal de los problemas personales, subjetivos o interpersonales” [“Is the Soul ‘Deep’?”, p. 19. / “¿Es ‘profunda’ el alma?”]. Hay un crescendo en este pasaje, no el de lo ruidoso de los “problemas personales, subjetivos o interpersonales”, sino el de la “dinamita metafísica” o “corrupción fermentadora” que provoca el movimiento lógico. 

62. Jung, CW 6 § 791. 

63. John N. Findlay, “Foreword”, G.W.F Hegel, Hegel’s Logic: Being Part One of the Encyclopedia of Philosophical Sciences (1830), tr, William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. xii. 

64. Sigmund Freud, The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess: 1887-1904, ed, & tr. Jeffery M. Masson (London: The Belknap Press of Harvard University Press, 1985), p. 311. 

65. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 265. 

66. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 19. 

67. Giegerich, The Soul’s Logical Life, p. 123-124. 

68. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 31. 

69. Sigmund Freud, “Lines of Advance in Psycho-Analytic Therapy”, The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, ed. & tr. J. Strachey (London: Hogarth Press, 1953-73), Vol. 17, pp. 167-168. 

70. Giegerich, The Soul’s Logical Life, pp. 22, 123, 172, 194, 195, 204, 212, 214, 251. El pasaje que he citado aquí es mi amalgamación de varias expresiones en las páginas enlistadas. 

71. James Hillman, “Silver and the White Earth (primera parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 45-46. 

72. James Hillman, “Silver and the White Earth (segunda parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 49-50. 

73. Sobre el tratamiento de Hillman de estadio culminante del opus alquímico, ver su “Concerning the Stone: Alchemical Images of the Goal”. Sphinx 5 (London: London Convivium for Archetypal Studies, 1993), pp. 234-65.

Interiorizando la psicología en sí misma: siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cuatro, 61-75, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Tomando impulso

Permítanos comenzar con un breve sumario de las lecturas que escuchamos ayer. En la primera, «‘Conflicto/resolución’, ‘opuestos/unión creativa’ versus la dialéctica, y el ascenso a la montaña resbaladiza», el Dr. Giegerich nos introdujo en el tema del pensamiento dialéctico. Un punto importante de aquella lectura fue que la dialéctica no comienza con dos opuestos o figuras en conflicto que luego se reconcilian, sino más bien, «con una sola idea, noción, fenómeno y luego muestra su contradicción interna». En su segunda lectura, «Diferentes momentos de la verdad», Giegerich definió aún más su enfoque a la interpretación a través de la referencia a la distinción kantiana entre juicios analíticos y sintéticos:

«En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido [kantiano]. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro.» (1)

Siguiendo esta breve indicación de su aproximación interpretativa, el Dr. Giegerich provee un análisis penetrante del movimiento dialéctico inherente en varios mitos. Incluso sin esta fascinante aplicación de la teoría a la práctica, sin embargo, el pasaje arriba citado ya nos dice mucho acerca del aspecto más grande de su proyecto de psicología. Me refiero al hecho de que en estos pocos enunciados Giegerich menciona rápidamente los juicios de Kant a partir de los cuales se impulsa hacia el modo de pensamiento más hegeliano al cual nos ha introducido en su primera lectura. Ahora, con este movimiento, se puede decir que Giegerich desanda un camino ya tomado en la historia de la filosofía, el camino que Hegel tomó para llegar a ser el sucesor dialéctico de Kant. Mirando hacia atrás, ésta es una comparación que puede ser elaborada. Pero, por supuesto, Giegerich toma este camino hoy en día, no para el campo de la filosofía, sino para la psicología. Y el resultado de esto es que ya no es Kant quien es dialécticamente sucedido, sino Jung. (2)

Acertadamente denominado un psicólogo del futuro y un filósofo del pasado (3), Jung, como se recordará, proclamó repetidamente su afinidad con Kant mientras dejaba clara su antipatía hacia aquel «psicólogo manqué» (4), como él llamaba a Hegel. Denunciando lo que llamaba «la victoria de Hegel sobre Kant», Jung opinaba que este movimiento «ha dado un golpe gravísimo a la razón y al desarrollo ulterior de la mente alemana, y en última instancia, de la mente europea …» (5). Esto, creía, fue «tanto más peligroso en cuanto que Hegel era un psicólogo disfrazado que proyectaba grandes verdades desde la esfera subjetiva hacia un cosmos creado por él mismo» (6). Unos pocos párrafos después, añadiendo más a esta invectiva, Jung continua:

«Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del trasfondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que Hegel usa confirma esta visión: la cual es una reminiscencia del lenguaje megalomaníaco de los esquizofrénicos, que usan palabras terroríficas fascinantes para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para proporcionar a lo banal el encanto de lo novedoso, o para hacer pasar lo común como búsqueda de la sabiduría. Una terminología así de rimbombante es un síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Lo cual no impide que la filosofía alemana más reciente utilice las mismas excéntricas palabras poderosas y pretender así que esto no es una psicología involuntaria.» (7)

Un momento atrás mencione la frase de Giegerich de que «para la psicología no hay otro». Quizás el rechazo de Jung de Hegel puede ser entendido a la luz de este principio. Quizás, por así decirlo, Jung tuvo que rechazar la filosofía de Hegel porque como filosofía tenía la forma de un otro externo. Pero aquí tenemos que recordar la segunda parte de la frase de Giegerich. Inmediatamente después de decirnos que para la psicología no hay otro, Giegerich agrega la advertencia importante, «O el otro que hay es el propio otro del alma, su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro». Ahora, Jung no estuvo ajeno a la noción de los otros internos; en efecto, su trabajo entero brota de lo que precisamente podría ser llamado un cara a cara con toda una serie de otros internos, contradictorios, ya sean las figuras del sueño y la fantasía o las personas del mundo social que han sido envestidas, vía proyección (8), con significancia inconsciente. Se podría haber esperado que Jung, el creador del concepto de la sombra (9), pudiera reconocer en Hegel el otro interno de su propio proyecto de psicología. Ciertamente sus referencias a Hegel como un «psicólogo manqué» y a la filosofía hegeliana como una «psicología involuntaria» apuntan en esta dirección. Pero como evidencia el tono burlón, Hegel fue una figura de sombra que Jung no pudo integrar. La ironía es irresistible. Por las propias luces de Jung, quienes venimos después de él debemos reconocer en el Hegel que tan inflexiblemente rechazó una figura muy importante para el desarrollo ulterior de su pensamiento.

Enlodando las aguas

Esas palabras del sumario y las citas de Jung son suficientes para indicar nuestra tarea de esta mañana, la cual será lidiar con el movimiento de Kant a Hegel que está en juego en el trasfondo de la aproximación psicológica a la interpretación que el Dr. Giegerich ha presentado. Digo «lidiar», aquí, porque un verdadero sentido de lo que está en juego en este movimiento sólo puede ser adquirido a través de la lucha y el esfuerzo. No es suficiente citar simplemente las ideas que están implicadas; debemos ahondar en ellas, siguiendo la lógica de sus giros y vueltas. Puesto que estoy seguro que la mayoría de ustedes lo han experimentado a menudo, hay una gran cantidad de cejas frunciéndose que pueden ser bienvenidas en semejante empresa. Una y otra vez el desafío del pensamiento debe ser recibido con ardiente concentración. Otras veces, un enfoque suave es necesario para capturar la totalidad de un movimiento, la totalidad de un pensamiento, incluso si al principio es sólo de forma incompleta.

Hablando por mí mismo, puedo decirles ciertamente que no he estado sin tales vicisitudes al preparar mi lectura para este seminario. Señalando una de ellas, mencionaré una preocupación que brotó en mi al leer por primera vez un borrador de lecturas del Dr. Giegerich, una preocupación, realmente, de que mis reflexiones pudieran «enlodar las aguas». Como analista practicante, paso la mayor parte de mi tiempo escuchando pacientes. El mito en el sentido formal llama mi atención solo de vez en cuando en mi hora libre. Lo mismo puede decirse de la filosofía. Como resultado, mi conocimiento de esos campos es como mucho una mixtura lodosa. En efecto, lo que dijo Jung acerca de los arquetipos—que no son mónadas aisladas, sino que existen «en un estado de contaminación de la más completa y mutua interpenetración e interfusión» (10)—resume bastante bien el estado de mi conocimiento del mito y la filosofía. ¡En mi mente, Edipo puede encontrarse haciendo «el salto de fe» de Kierkegaard en las sandalias mágicas de Hermes, Odín puede cabalgar al alado Pegaso! Todo depende de qué resuena en mi del paciente en el eje mitológico y filosófico de lo que puede ser llamado, después de Bion, mi red junguiana (11). Y así es como me pregunto qué es lo que tengo para ofrecer a estudiantes serios de mitos.

Incierto de como poder abordar este seminario, tengo sin embargo que aceptar el reto de hacerlo, animado por un principio interpretativo que es central a la interpretación tanto del mito como de los fenómenos psicológicos en general. Este principio, que surge en un comentario que hace Jung con respecto a la técnica de la imaginación activa, es frecuentemente citado por el Dr. Giegerich como siendo central a su propia aproximación: «Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita'» (12). Rememorando este principio en relación a mi imagen de la fantasía de enlodar las aguas, se me ocurre que puedo enfocar mi preocupación, mi inquietud, dialécticamente, «reflejándola en sí misma», como diría Giegerich. Quizás, si simplemente permanezco dentro de mis límites como analista practicante, y más inmediatamente aún, dentro de mi ansiedad acerca de «enlodar las aguas», todo lo necesario estará allí. Secundando este pensamiento me viene en mente un adagio alquímico al cual Jung puede haber aludido cuando enunciaba su principio interpretativo: «Estas aguas fétidas contienen todo lo que necesitan» (13). Si ocurre así con las aguas fétidas (v.g., fantasía) entonces ¿por qué no también con las aguas lodosas?

Juicios kantianos

Giegerich comienza su lectura, «Diferentes momentos de la verdad», con la ya mencionada referencia a la distinción de Kant entre juicios analíticos y sintéticos. Deseando un entendimiento más completo de esos términos, en los cuales no había pensado en muchos años, volví a los textos filosóficos de mis días de escuela. Ante el riesgo de añadir aún más lodo a la mezcla, me gustaría comenzar mi presentación de hoy compartiendo algo de lo que obtuve de ese ejercicio. Continuando en esto deberé, en mi segunda lectura, discutir lo que considero el cuarto momento clave de la dialéctica de la interpretación de Giegerich.

Lo analítico y sintético, el a priori y el a posteriori

De acuerdo a Kant, cada proposición que hacemos, cada juicio, o bien es analítico o bien es sintético. En las propias palabras del filósofo,

«En todos los juicios en los que se piensa la relación de un sujeto y un predicado … esta relación es posible de dos modos diferentes. O el predicado B pertenece al sujeto A, como algo que está (encubiertamente) contenido en el concepto A; o B yace fuera del concepto A, a pesar de que en efecto permanece en relación con éste. A un caso lo llamo juicio analítico y al otro sintético.» (14)

Habiendo explicado brevemente la distinción de Kant, Giegerich describe lo que está enunciado en un juicio de tipo analítico, «el predicado habla de lo que ya está contenido en el sujeto». Con enunciados de este tipo, nos recuerda, elucidar el significado a partir de sus propios términos iniciales, pero sin suministrar información adicional. Éstos son definitorios, conceptuales, tautológicos. Como ejemplo nos proporciona el enunciado, «todos los cuerpos son extensos». Que los cuerpos sean extensos es esencial a la definición de cuerpo. No hay un cuerpo que no sea extenso. Además, no se requiere ir a buscar ningún cuerpo que sea una excepción a la regla para comprobar que este enunciado es verdad. Lógicamente, la idea de un cuerpo que carezca de extensión es una contradicción a la misma idea de un cuerpo. Simplemente no tiene sentido. Los juicios sintéticos, por el otro lado, son enteramente diferentes. En ellos el predicado suministra información adicional, como en el enunciado «algunos cuerpos son ligeros». Juicios de este tipo son empíricos. Algunos lo son en el sentido de que simplemente han sido abstraídos de impresiones sensoriales; otros en el sentido de que, ya y antes de tales experiencias sensoriales, hacen valer las presuposiciones aperceptivas a través de las cuales los datos sensoriales son combinados para producir nuestra imagen del mundo fenoménico. El enunciado, «cada cambio tiene una causa», es un ejemplo de este segundo sentido «trascendental» o constituyente de lo empírico. El añadido que trae como su predicado—la referencia a «causa»—viene, no del mundo como es en sí mismo (de acuerdo con Kant no podemos conocer el mundo per se), sino del lado del sujeto. Y aquí permítannos señalar que fue en respuesta a la conclusión escéptica de Hume, de que la causalidad puede no estar justificada racionalmente, que Kant afirmó la realidad objetiva del concepto de causa como perteneciente a objetos de experiencia, demostrando al mismo tiempo su origen a partir del entendimiento puro, sin entrada previa experimental o empírica.

Ahora, en terminología de Kant, la diferencia que acabo de tocar en conexión con las dos clases de enunciados de tipo juicio sintético tiene que ver con lo que él llamó el carácter a posteriori y a priori de los juicios en general. Ya sea analítico o sintético, un juicio (también podríamos decir, un pensamiento) tiene un carácter a priori cuando es a la vez necesario y universal. Con referencia a este criterio, Kant escribe: «Primero, si nos encontramos con una proposición que al ser pensada es pensada como siendo necesaria [en el sentido de que su negación sería una contradicción en sus términos] entonces es un juicio a priori. Segundo: … Si un juicio es pensado en estricta universalidad, entonces no se deriva de la experiencia, sino que es válido a priori» (15). En contraste con los juicios de carácter a priori, aquellos con un carácter a posteriori consisten de informes descriptivos de experiencias particulares o impresiones sensoriales. El enunciado, «todos los cuerpos, si se les priva de apoyo, caen hacia abajo» (16), transmite fácilmente lo que aquí se propone.

Juntando los dos conjuntos de términos dan una definición más precisa de los juicios. Para Kant, estos son de tres clases—analíticos a priori, sintéticos a posteriori y sintéticos a priori. De ellos, los mencionados en último lugar, los enunciados sintéticos tipo a priori, filosóficamente, son los más importantes para Kant, porque en ellos se revela la influencia formativa de las propias categorías de la mente sobre los elementos básicos de la percepción sensorial—lo cual ha sido llamado «la revolución copernicana de Kant». Indudablemente, son enunciados y formas del pensamiento de este tipo los que Jung tenía en mente cuando definió sus arquetipos como los equivalentes imaginales de las categorías lógicas de Kant (17). Al igual que los juicios sintéticos a priori, los arquetipos junguianos también combinan la experiencia con algo categórico que precede a la experiencia de una manera organizada.

¿Pero no ha quedado algo fuera? Al combinar los términos analítico y sintético con a priori y a posteriori, ¿no debería haber además una cuarta posibilidad? ¿Qué hay acerca de los juicios analíticos de tipo a posteriori? Con una pequeña reflexión podemos entender con Kant la imposibilidad de este cuarto tipo de juicio. Los enunciados analíticos, están estrictamente interesados con el significado de sus propios términos, no pueden ser formulados en combinación con enunciados de tipo a posteriori, los cuales se basan, no en la lógica, sino en la experiencia (18). Siendo así, la unión entre los dos ni es permisible ni es posible. Colocando la cuestión en términos del principio interpretativo de Jung (si solo mantenemos este principio presente en nuestras mentes), podemos decir que cualquier cosa de carácter a posteriori, es decir, cualquier observación sensorial o detalle empírico, es incompatible con un juicio analítico, ya que tales observaciones y detalles equivaldrían a permitir que algo externo al juicio analítico auto-referencial, que no le pertenece, entre en él. Ver para creer, como afirma el viejo adagio, pero conocer en el sentido de los juicios de tipo a priori de Kant no es una función de testigo ocular. Como «el agua fétida» de la alquimia, tales juicios, sean analíticos o sintéticos, tienen todo lo que necesitan dentro de sí mismos para intuir su propia verdad. Se bastan a sí mismos.

De los juicios sintéticos a la retorta analítica

La repetición que acabo de hacer de mi anterior referencia a «las aguas fétidas» puede volver a llevarnos al problema de «enlodar las aguas». Preguntando razonablemente ¿cómo encaja este enunciado dentro de nuestra discusión acerca de los juicios de Kant?

Al igual que muchos fenómenos de la vida, mi ansiedad tiene la forma de un juicio sintético. La cualidad turbia a la que se refiere el predicado de la sentencia, «el agua es lodosa», es algo adicional al significado simple y elemental de agua. Lejos de ser necesario o universal, delimita, cualifica y comenta empíricamente el carácter particular del agua al cual se refiere. Actualmente, para la química y la biología, las observaciones de este tipo, sintéticas a posteriori, es lo único que se busca. De hecho, son la forma en la cual la amplia gama de datos empíricos son representados en el curso de la investigación científica—o así la ciencia natural en su búsqueda de objetividad lo ha creído ingenuamente. Pero tal como mostró Kant, la mente que observa empíricamente no es meramente el registro pasivo de la información recibida desde fuera. Más bien, estructura activamente la información transmitida a ella a través de los sentidos en representaciones cognitivamente susceptibles por medio de categorías trascendentales tales como cualidad, cantidad, relación, modalidad y las varias subcategorías de estas.

Ahora, la consideración de Kant sobre la contribución activa que hace la mente para la categorización de su propia imagen experiencial del mundo podría decirse que es una precursora muy importante de la psicología moderna en general y de las psicologías profundas en particular. Ciertamente éste es el caso con la psicología analítica de Jung. Trayendo algo de la filosofía kantiana en la cual surgió para llevarla a la interpretación del mito, Jung escribe, «No son las tormentas, ni los truenos o los relámpagos, ni la lluvia o las nubes aquello que permanece como imágenes en la psique, sino las fantasías causadas por los afectos que despiertan. … Las maldiciones del hombre contra las tempestades devastadoras, su terror ante los elementos desatados—estos afectos antropomorfizan las pasiones de la naturaleza, y el elemento puramente físico se vuelve un dios furioso» (19). Al igual que los mitos, a los cuales ha tomado a menudo por sus modelos, la psicología profunda está enraizada, no en imágenes que derivan reproductivamente o a posteriori a partir del mundo—las tormentas, truenos y relámpagos mencionados por Jung—sino, más bien, en un factor productivo a priori (Jung podría decir, arquetipal). Explicando esto más a fondo en una carta, Jung escribe que «… las imágenes son seguramente respuestas para hechos y condiciones externas, pero son las respuestas de la psique y por lo tanto producen imágenes precisas de los hechos psíquicos. Si comparas el mito solar con la experiencia real de los sentidos, entonces veras la diferencia completa. La mente consciente percibe al sol como un cuerpo celeste redondo, el inconsciente produce un mito que en su imaginería sólo tiene una relación muy débil con la percepción real de los sentidos» (20).

Indudablemente, aquí la contribución de Jung es un avance sobre algunas de las psicologías más simplistas de su tiempo que consideraban la mente como siendo únicamente reproductiva. Mirando hacia atrás desde nuestro punto de vista privilegiado, sin embargo, es muy evidente que este avance se queda corto. Impulsándose en Jung, Giegerich, como veremos, quiere que superemos la distinción de Jung entre «la psique», por un lado, y «factores externos y condiciones», por el otro, pensando en lo último como no siendo más que el material ya interiorizado del auto-despliegue «del alma» (21). Jung, como explica claramente el texto que acabo de citar, establece su psicología en términos de un afuera positivo que es el reverso, por así decirlo, de un interior igualmente positivo. Presentándose a sí mismo como un empirista de la psique, se esforzó por girar su lente empirista hacia el lado contrario, enfocándola en la contribución que la psique hace a la percepción. Expresando en términos de juicios kantianos, puede decirse que observó lo que era analítico y a priori desde un punto de vista sintético y a posteriori privilegiado. Miró, por así decirlo, desde afuera, como si las categorías de la psique fueran objetos frente a él.

Crítico con el enfoque de Jung (que es a la vez tanto indicativo del, como incompatible con el, propio reconocimiento de Jung de que la psicología carece de una posición arquimediana fuera de la psique a partir de la cual observarla), Giegerich nos llevaría por otro camino, el camino de entrar en el fenómeno en cuestión de tal manera que la intensidad a priori del pensamiento pueda desentrañar la lógica de tal fenómeno desde dentro. Aplicando esto al tema a mano, es decir, a mi preocupación acerca de «enlodar las aguas», el desafío se convierte en el de reflejar dialécticamente en sí mismo el enunciado de tipo juicio sintético, «el agua es lodosa», como un juicio analítico tomándolo reflexivamente, hermenéuticamente, psicológicamente.

¿Pero cómo se puede hacer esto? De acuerdo con Kant la única manera para demostrar el aspecto psicológico de tal enunciado sería mostrar que lo que lleva en su predicado está del lado de la mente. Esto, sin embargo, no puede ser realmente demostrado. Aunque hay una buena cantidad de junguianos que denunciarían un kantismo errante de un «arquetipo de lodo» por parte de Jung, con un poco de reflexión nos damos cuenta que «lodo» no se encuentra en el sistema de Kant al lado de los conceptos trascendentales e intuiciones a través de los cuales la mente construye nuestra experiencia de causalidad y nuestra percepción del tiempo y el espacio. No es, por así decirlo, la categoría a priori de un juicio sintético a priori, por no hablar de uno analítico. Por el contrario, por lo que al agua concierne, lo que la enloda es contingente—el predicado, propiamente hablando, de un juicio sintético a posteriori.

¿O es analítico? Leyendo a Kant a contra corriente, permítanos considerar hacer una lectura analítica de aquello que parece ser un simple enunciado empírico. Por esta razón, podemos decir que cuando sea desentrañada absolutamente, el agua no podrá ser otra cosa que lodosa. O poniéndolo de otra manera, que la esencia del agua sólo puede ser el contexto que la enloda, el lodo que la hace real. Ahora, claramente, la reflexión que se requiere para pensar la necesidad de agua fangosa es muy diferente al tipo de reflexión kantiana que divide tan limpiamente al sujeto del predicado donde una imagen del mundo fenoménico subjetivamente condicionado se separa del mundo de la realidad tal como es en sí mismo y al cual nunca podremos conocer como tal.

Disciplina de la interioridad

Antes de un urgente análisis lógico de mi agua lodosa, unas pocas palabras acerca de la psicología. Según la definición de Giegerich, la psicología es la disciplina de la interioridad. Usando la posición analítica tipo a priori como una hermenéutica de la interiorización o como un espejo nocional podemos tomar cualquier enunciado y constituirlo reflexivamente de manera consciente dentro o a través de éste de tal manera que, en el caso de los enunciados de tipo juicio sintético, los fenómenos a mano de los que se predica ya no están meramente de forma externa frente a la conciencia, sino que más bien, regresan a casa a sí mismos como consciencia, v.g., la forma como la cual ocurre el conocimiento interior. Poniéndolo de otra manera, podemos decir que la psicología se constituye a sí misma al reflexionar cualquier fenómeno más profundamente dentro de sí mismo en términos del ya mencionado espejo nocional. O también que la psicología, como la «disciplina de la interioridad», interioriza de manera analítica enunciados sintéticos (tanto a priori como a posteriori) dentro de sí mismos como si fueran el predicado postulado inmanentemente o el otro interno del juicio analítico de tipo a priori que la psicología dentro de sí misma puede decirse que es.

Pero aquí, ahora, ¿no he enlodado las aguas filosóficas? Al igual que Edipo llevando las sandalias aladas de Hermes, ¿no está Kant, como ahora lo presento, llevando el monóculo de Hegel? Infringiendo el adagio de que un pequeño conocimiento de los años de carrera de filosofía es una cosa peligrosa, debería enfatizar que con mi idea de abordar juicios sintéticos como si fueran analíticos, hemos dejado realmente el análisis de Kant de los juicios por el axioma de Hegel de las relaciones internas.

De acuerdo con el axioma de Hegel, cada tema se encuentra consigo mismo, con su propio otro interno, en cualquiera y en todas las cosas, en cualquiera y en todos los predicados, porque en su mayor concreción cada tema (proposición, enunciado, juicio) está «angelológicamente contextualizado» por, y es en sí mismo el fundamento o el contexto para, todo lo demás, sujeto u objeto. Ahora, la implicación de esta visión sublada es que ya no se aplica la restricción que Kant coloca sobre el conocimiento. Porque cuando se despliega dialécticamente la retorta sellada del modo de reflexión analítico a priori tiene una inclinación transgresora, penetrante que, contrariamente a la propia visión de Kant, obtiene conocimiento real incluso mientras en la plenitud de la visión hegeliana se cancela la distinción que Kant señala entre los reinos fenoménicos y nouménicos. En el ‘juego de la caja de arena’ del mundo, todo puede ser conocido desde dentro, es decir, subjetivamente y auto-conscientemente como auto-relación. La distinción, ‘sujeto’ y ‘objeto’, es cancelada y superada.
Claro como lodo

Así que, de nuevo, ¿qué puede hacerse con mi trepidación acerca del enlodamiento de las aguas? ¿Cómo puede esta preocupación ser interiorizada dentro de sí misma, cómo puede esta resistencia ser sin embargo trabajada?

En primer lugar, el empírico-literalista en mi necesita darse cuenta de que el enunciado no es un juicio sintético tipo a posteriori, sino una metáfora. Mientras ciertamente tiene la semblanza de un juicio sintético a posteriori, podemos fácilmente entender que el enunciado no se refiere, en la manera del empirismo Kantiano, a una relación externa, agua y lodo. Por el contrario, su predicado, lejos de traer información adicional al sujeto, es la propia presentación del sujeto ante sí mismo como algo más, siendo lo externo dejado atrás. Diciéndolo de otro modo (y aquí de nuevo tomamos un rumbo hegeliano), de manera intrínseca y en su forma más concreta el tema de dicha declaración es la unidad interna de sí misma y de lo que tal reflexión externa considera como adicional o externo a ella. Y ahora podemos agregar: tan vasta como pueda parecer la diferencia entre el sujeto y su predicado, su otro, esta diferencia, en el fondo, sólo es la diferencia entre lo explícito y lo implícito.

Justo aquí, alborea una intuición. Sin su otro, el sujeto no puede manifestarse en la plenitud de su infinitud finita. O para decir lo mismo en términos de mi ejemplo, sin algo de lodo en la mixtura, el «agua» podría no ser más que una gotita inquietante en la tabla periódica del cielo platónico—irreal, irrepresentable y abstracto.

Hablé en el inicio de un principio interpretativo que Giegerich ha tomado de Jung (y Jung antes que él de la alquimia), aquel que afirma que la imagen de la fantasía tiene todo lo que necesita dentro suyo para llegar a ser ella misma más plenamente. Entrando en el movimiento dialéctico que despliega este principio, ahora se puede entender que el «agua» referida en mi preocupación acerca de «enlodar las aguas» está usada en el sentido de «claro». Es una representación pictórica de la idea de claridad. Y junto con esto viene la comprensión de que el otro de la claridad es la falta de claridad, la opacidad, las aguas lodosas. Fiel al punto de Jung de que la consciencia no puede existir «sin la percepción de diferencias» (22), la claridad no puede ser conocida independientemente de las incipientes frustraciones de su comprensión. Porque el claro por sí mismo indicaría una especie de mala-infinitud, cegadora, deslumbrante, de lucidez abstracta. Pero el punto clave de la claridad es aclarar, clarificar algo turbio, lodoso. No tenemos claridad—así de repente. Tal claridad ingenua debe resbalarse—como los hermanos subiendo la montaña de cristal en el cuento de hadas discutido por el Dr. Giegerich—si es que ha de traer claridad real y no meramente una abstracción prístina narcisisticamente encapsulada e inmaculada.

En conexión a esas reflexiones, recuerdo una declaración que Jung hace refiriéndose a un pasaje de Nietzsche. En sus Alchemical Studies Jung escribe: «Uno no se vuelve iluminado imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» (23). Nótese que la luz aquí referida, como la claridad que acabamos de discutir, no se puede tener sin un encuentro con la oscuridad que es su otro. Nietzsche hace una anotación similar. En un bello pasaje titulado «Y una vez más se vuelve clara», donde el más psicológico de los filósofos se compara a sí mismo y a sus lectores más favorecidos con «fuentes abiertas [que] no dificultarán a nadie beber de nosotros». Complicando esto está el hecho de que, por esa misma razón, además «no tenemos manera de protegernos de volvernos túrbidos y oscuros, …

ni manera de prevenir que la época en la que vivimos arroje en nosotros sus ‘desperdicios actuales’, o de impedir a las aves inmundas lanzar sus excrementos, a los niños sus porquerías, y a los viajeros exhaustos su miseria grande y pequeña, en nosotros. Pero haremos como siempre hemos hecho: acogeremos en nuestra profundidad cuanto se nos arroje—porque somos profundos, no olvidamos—y una vez más se vuelve clara ….» (24)

Al igual que la fuente de Nietzsche acogiendo cualquier cosa que le es arrogada dentro suyo en sus profundidades y una vez más volviéndose clara, la psicología, a la que Giegerich llama la disciplina de la interioridad, toma toda clase de fenómenos dentro de sí misma incluso si se constituye a sí misma al reflejarlos dentro de ellos mismos de una manera esclarecedora. Vuelta túrbida y oscura por aquello que en su primera inmediación parecían ser relaciones y objetos externos, mantiene su programa de no permitir que «nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella». Esto no quiere decir que impida que cualquier cosa o cualquier persona beba de ella. Y menos aún que se aleje de la vida, inmaculada y distante. La psicología como la disciplina de la interioridad no es una retirada solipsista del mundo. El punto, más bien, es que en tanto que se deja permear por la situación en la que se encuentra, simultáneamente prodiga su sustancia pensante sobre el fenómeno a mano incluso en tanto que, al mismo tiempo sucumbe a, y rechaza, la teoría de la seducción que cada fenómeno lleva, los toma como el otro interno de su propia auto-relación. Tal es la hermenéutica a través de la cual «una vez más se vuelve clara» (25).

Negando a los filósofos

Me gustaría concluir estas meditaciones lodosas «volviéndolas claras» con respecto a una cuestión final. Me refiero a la configuración entera de mi presentación tal como está indicada en el título de mi conferencia. El problema no está en la parte principal, «Interiorizando la psicología en sí misma», la cual transmite suficientemente bien la esencia del proyecto de Giegerich. Más bien, el problema yace en el anuncio dado en el subtítulo, «Siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich». Así de didácticamente valioso como lo es para profundizar en este movimiento (Giegerich lo ha hecho en muchos de sus textos), también nos involucra en una contradicción. Poniéndolo en los términos del pasaje de Nietzsche que he citado arriba, para una psicología que se define como la disciplina de la interioridad, y que piensa exclusivamente en términos de relaciones internas, Kant y Hegel son como pecios en su fuente. Esto no quiere decir que como psicólogos analíticos no necesitemos desentrañar las consecuencias del haber tomado partido no-dialécticamente por un filósofo en contra del otro por parte de Jung. Por el contrario, comprender esto es una tarea importante. Más bien, el problema que tengo yace en haberme metido con los problemas filosóficos referentes a Kant y a Hegel. Esto, ahora lo veo, pudo haber tenido el efecto de establecerlos como hecho externos, como si para nosotros no hubiera nada más en juego que impulsarnos en Kant y dedicarnos a Hegel. Sin embargo, nuestro compromiso no es con la filosofía y sus cuestiones en su positividad, sino con la psicología en su negatividad como reflexión dentro de sí misma. Que Hegel o quién sea haya contribuido desde cualquier otra disciplina a sus respectivos campos es importante para nosotros dentro de la psicología sólo en la medida en que nos provee de ideas acerca de cómo manejar nuestras propias preocupaciones estrictamente psicológicas (26). Así, cuando nos ocupamos de Kant, Hegel y su índole, se debe entender que sólo lo hacemos en tanto que ya están interiorizados. Sean lo que sean para la filosofía, para nosotros son las figuras más valiosas en nuestra caja de arena de la interioridad. «Tenemos que entender», escribe Giegerich, «que la psicología es el estudio de las reflexiones en algún espejo y no el estudio de aquello que en el espejo está reflejado. Este giro hacia lo ya reflejado no es un truco para después de todo llegar al alma, la cual de otro modo es invisible, ni es un segundo mejor sustituto para ‘la cosa real’. Por el contrario, sabemos que lo ya reflejado es ‘la cosa real’ de la psicología» (27).

Notas

1. Este volumen, p. 26.

2. Para la visión de Giegerich de la problemática Kant-Hegel-Jung ver sus artículos: «The Rescue of the World: Jung, Hegel, and the Subjective Universe», Spring 1987: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 107-114; «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», Harvest: Journal of Jungian Studies, 44.1 (1990): 46-64.

3. Stephanie de Voogd, «C.G. Jung: Psychologist of the Future, ‘Philosopher’ of the Past», Spring 1977: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Zürich: Spring Publications, 1977), pp. 175-182.

4. C.G. Jung, Letters, vol. 1: 1906-1950, ed. G. Adler y A. Jaffé, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1973), p. 1944.

5. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 8, párr. 358 (todas las subsecuentes referencias a los Collected Works de Jung, abreviada a CW será por número de volumen y párrafo, designado por §).

6. Jung, CW 8 § 358.

7. Jung, CW 8 § 360.

8. Renos Papadopoulos, «Jung and the Concept of the Other», en R. Papadopoulas & G. Saayman, eds., Jung in Modern Perspective: The Master an his Legacy (Dorset: Prism Press, 1991), pp. 54-88.

9. Jung, CW 9, ii § 13-19.

10. C.G. Jung, The Integration of the Personality, tr. Stanley Dell (London: Kegan & Paul, 1940), p. 91.

11. Wilfred Bion, «The Grid» (1977) en sus Two Papers (London: Karnac Books, 1989).

12. Jung, CW 14 § 749. Para una discusión de este principio por parte de Giegerich ver su «Comment on, ‘The Autonomous Psyche: A Communication to Goodheart from the Bi-Personal Field of Paul Kruger and James Hillman'» [para una versión en castellano ver Comentarios sobre «La Psique Autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el Campo Bi-Personal de Paul Kugler y James Hillman»], in Spring 1985: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publication), pp. 172-174. Ver también su The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main: Peter Lang GmbH, 1998), p. 126.

13. Jung, CW 16 § 454.

14. Citado en S. Körner, Kant (Harmondsworth: Penguin Books, 1955), pp. 18-19.

15. Citado en Körner, Kant, p. 24.

16. Körner, Kant, p. 20.

17. Cf. Jung CW 10 § 14; CW 9, i § 136n, 150; CW 8 § 840; CW 3 § 527.

18. Citado en Körner, Kant, p. 20.

19. Jung, CW 8 § 331.

20. Jung, Letters, vol. 1, p. 199.

21. Comunicación personal.

22. Jung, CW 14 § 603.

23. Jung, CW 13 § 265-266.

24. Friedrich Nietzsche, The Joyful Wisdom, tr. Thomas Common (New York: Frederick Ungar Publishing, 1960), p. 346.

25. Además de estas reflexiones, pienso que podemos volver a mirar los juicios analíticos a posteriori. ¿Son verdaderamente tan imposibles como Kant sostenía? Moviéndonos desde los juicios claramente delineados de Kant a los axiomas de relaciones internas de Hegel, ¿no se vuelve evidente que el sujeto analítico sería meramente abstracto sin el a posteriori como su predicado? Si bien es ciertamente verdad que lo analítico, siendo enteramente una función de su propia lógica auto-definitoria, es contradicha por el a posteriori, el cual se extrae de la experiencia, esta contradicción puede además ser comprendida como una auto-contradicción que abre una dentro de la otra como su propio otro interno. Poniéndolo de otra forma, cuando nos apartamos del razonamiento de Kant con respecto a la imposibilidad de los juicios analíticos a posteriori, damos con la noción de Hegel del «CONCEPTO existente» el cual tiene la forma de un juicio absuelto de la diferencia entre analítico y a posteriori, sujeto y objeto, individual y universal, uno y muchos.

26. Wolfgang Giegerich, comunicación personal.

27. Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’ Entering and Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45,'» [Traducción al castellano: «¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del Fragmento 45 de Heráclito»], Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 2.

«Diferentes momentos de la verdad»—algunos ejemplos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Dos, 25-40, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Desde Kant conocemos la distinción entre «juicios sintéticos» y «juicios analíticos». En cuanto a los últimos, el predicado habla de lo que de hecho esta implícitamente contenido en el sujeto v.g., «todos los cuerpos son extensos», mientras que en los juicios sintéticos el predicado da alguna nueva información más allá de lo implicado por el concepto del sujeto, tal como en: «algunos cuerpos son pesados». No se puede pensar en un cuerpo que no fuera extenso (tridimensional), pero si se pueden pensar cuerpos que son en cambio livianos o sin ningún peso (como aquellos de la geometría). Así que la noción de «cuerpo» necesariamente implica la de extensión, pero no involucra la noción de peso. El atributo de pesadez sería una adición.

En mi artículo anterior sobre la dialéctica discutí brevemente el fenómeno o el concepto de la voluntad. Lo que dije sobre ello tendría que ser entendido como enunciados analíticos en el sentido expuesto. Mostré lo que implica «querer»; desplegué, o desarmé, las complejidades internas de lo que está contraído en una noción cuando simplemente decimos, «quiero». De manera similar me aproximo a los mitos y a las historias relacionadas. Veo en ellos un análisis o una explicación de un concepto único en cada caso, el concepto o la noción de una situación vital o de un fenómeno, de una verdad, de una realidad arquetipal, solo que este análisis o explicación se presenta en forma narrativa y en imágenes. Uno puede rememorar aquí la frase de Bachofen de que el mito es la exegesis del símbolo. En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro. «El alma» es auto-relación. No tiene nada afuera de sí misma. Y a la inversa, si pensamos en términos de un otro que está verdaderamente afuera y cara a cara, de una relación literal entre dos, v.g. de «relaciones de objetos», «relaciones interpersonales», de un «conflicto entre opuestos», etc., hemos abandonado la psicología. Entonces estamos en el mundo físico, en la realidad externa, en el mundo social de las personas reales, pero ya no más en el mundo del alma.

En la última parte de La Vida Lógica del Alma demostré este tipo de lectura del mito. He dicho que el mito de Acteón y Artemisa trata de lo que hoy tenemos que llamar la noción rigurosa de la psicología y he intentado mostrar lo que esto implica. He leído este mito como el despliegue «analítico», en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología. Psico-logía (el logos de y acerca del alma) es ese momento de los momentos de la verdad del alma en la cual el alma quiere conocerse a sí misma (la verdad desnuda acerca de sí misma). Y este conocimiento en el mito de Acteón no se muestra como un hecho estático, sino como un movimiento lógico complejo con varios estadios y contradicciones internas. Usando una analogía técnica inapropiada, podríamos decir que si la psicología fuera un automóvil, entonces el mito nos muestra lo que está por debajo del capó y cómo trabaja su motor. Acteón y Artemisa no son dos seres, como tampoco son, de la manera en que lo son sujeto y objeto, otros literales el uno para el otro. Más bien, es el alma como Acteón la que se encuentra a sí misma como Artemisa y lentamente se ve forzada a darse cuenta que la lógica de este encuentro, la lógica del verdadero conocimiento, la lógica de aquel momento particular de la verdad que trata acerca del acontecimiento (o de la experiencia factual explícita) de la verdad misma (de la contemplación del «alma» sin velos, en su nuda veritas), deshace la aparente diferencia inicial que había entre los dos.

Por lo tanto uso el término «verdad» en dos sentidos diferentes; en un sentido («momentos de la verdad») es sintáctico, mientras que en el otro («acontecimiento de la verdad») es semántico (el contenido específico de este acontecimiento resulta ser el verdadero conocimiento, mientras que otros sucesos tienen otros contenidos, es decir, toman conciencia de otros «momentos de la verdad», Jung podría decir de otros arquetipos). En cuanto al primer sentido, es necesario puntualizar que las verdades del alma no reciben su carácter de verdadero de ningún otro lugar—en contraste a nuestro concepto usual de verdad, el cual consiste en la correspondencia entre nuestras proposiciones u opiniones y los hechos reales y como tal es fundamentalmente comparativo, cuestionable, necesitado de justificación. Puesto que son verdades del alma, tales verdades son primordiales, irreductibles, «arquetipales». Tienen su medida dentro de sí mismas, en efecto, son la medida para, o el fundamento (en el sentido metafísico) de, aquello que puede ser empíricamente experimentado como verdadero. Son por lo tanto «no lo que el ojo puede ver, sino aquello que abre el ojo» (Kena Upanishad). Artemisa en el mito de Acteón, por contraste, es la imagen semántica de la verdad desnuda, representa la verdad, precisamente como «lo que el ojo puede (y necesita para) ver».

En el cuento de la montaña resbaladiza que discutí anteriormente con miras a elucidar lo que es la interiorización en la negatividad absoluta, teníamos una situación similar a la del mito de Acteón, el alma (en la forma de los tres hermanos) tratando de alcanzarse a sí misma como la princesa del otro mundo en lo alto de la montaña de cristal. Pero esforzarse por subir no es lo mismo que cazar o matar, y deslizarse hacia abajo no es lo mismo que ser convertido en ciervo. Este cuento no es sobre el deseo del alma de conocerse a sí misma, no es acerca del momento o de la verdad de sí misma en el cual el alma quiere conocer su propia verdad desnuda y así asimilar al sujeto en el objeto; más bien se trata de otra verdad, el momento muy diferente de la necesidad anímica por acceder a la tierra del alma y traer la comprensión anímica desde allí atravesando una frontera fundamental hasta aquí, el mundo empírico. Esa es la razón por la que aquí tenemos la clara separación entre la misteriosa aparición del caballero dorado y el reconocimiento empírico-factual del joven hermano como el poseedor de las manzanas de oro. Aquí el alma quiere darse alcance a sí misma en medio de este mundo, esto es, darle alma al mundo empírico-factual, enriquecerlo con su propia profundidad, con su resplandor dorado. Mientras que para ese momento de la verdad del alma en el cual la misma meta es el acontecimiento de la verdad, es necesario que Acteón no se mantenga a sí mismo en su forma original ni regrese a ella, para el otro momento de la verdad en el cual el alma tiene el propósito de conducir su propio don, el don del alma, hacia esta vida real, es esencial que los tres hermanos se mantengan como ellos mismos.

Hay un sinnúmero de otros momentos de la verdad en la vida del alma, entre ellos la necesidad del alma de ocultarse, de velarse a sí misma—en obvio contraste a la otra necesidad discutida en La Vida Lógica del Alma de encontrarse a sí misma como verdad desnuda, absolutamente develada. Menciono este hecho porque algunas personas, v.g., Michael Vannoy Adams, imputan a mi libro la tesis de que todos los mitos versan acerca de la búsqueda de la Verdad absoluta, así que sienten la extraña necesidad de recordarme que también hay mitos acerca del ocultamiento.

Ahora quiero dar al menos tres mitos más como ejemplos de otros momentos de la verdad, únicamente tres de la multitud de ejemplos posibles, y discutirlos solo someramente, de manera superficial. El punto para mí no es hacerle total justicia a ninguno de ellos, sino brindar alguna indicación general de lo que significan para la idea de los «diferentes momentos de la verdad» del alma. Como ejemplos he escogido mitos en los cuales el alma siente la necesidad de tomar la forma de una figura humana femenina, concretamente Sémele, Dánae, Alcmena, que se relaciona con un dios masculino, así podemos tener un contraste real con los dos cuentos de Acteón y de la montaña resbaladiza que comienzan con figuras masculinas humanas y que tienen una figura femenina divina o de otro mundo como su contraparte.

El mito de Acteón no versa sobre la psicología de los hombres, ni el mito de Sémele es acerca de la psicología de las mujeres. «Hombres» y «mujeres» no son conceptos psicológicos. Pertenecen a la biología, a la antropología, a la sociología, etc., mientras que la psicología trata sobre «el alma». En psicología, las imágenes de hombres y mujeres, de lo masculino y lo femenino, son metáforas o alegorías, pero de lo que son metáforas o alegorías es siempre del alma en una de sus apariencias. Dependiendo enteramente de qué naturaleza particular de la verdad de sí misma quiera representar el alma, puede necesitar imaginarse a sí misma como una figura masculina o femenina (o algunas veces quizá como neutral o hermafrodita), una figura en relación consigo misma (el alma) en la forma de una figura del sexo opuesto (o a veces también del mismo sexo o sin sexo en absoluto). La forma sexual de las figuras, más que ser un atributo primario ya dado, es una función de la noción particular que está siendo representada, una función de la naturaleza específica de los momentos respectivos de la verdad, tal como lo son otros rasgos específicos de las mismas figuras y como lo son las acciones y los eventos en el mismo mito.

Antes de comenzar, quiero hacer hincapié que al estudiar los mitos únicamente estoy interesado por la verdad que se despliega en ellos, es decir, por las nociones, por los conceptos. No tengo ningún propósito ulterior más allá de comprender el concepto y su lógica interna en cada caso. Bajo tal consideración esto es similar a estudiar la naturaleza de un triángulo en geometría. No quiero nada de ello para mí, no busco un uso práctico o un deseo de obtener respuestas y ayuda para vivir mi vida, para dominar mejor los dilemas, para superar los conflictos neuróticos, para mejorar mi auto-desarrollo o simplemente para entenderme mejor, ni para otorgarle alguna profundidad mítica a mi realidad. Todos esos intereses egoicos y ajenos los he dejado detrás. Así como los conceptos de un triángulo o de un octágono no tienen nada que ver inmediatamente con nosotros y con nuestras vidas reales; pero así como una clara comprensión de ellos diferencia y cultiva la mente, así, también, el estudio de los mitos no es acerca de nosotros y nuestro único propósito al seguirlos debería ser el de aprender a comprender algo y de este modo refinar la mente. El estudio de un mito debe ser libre, motivado solamente por el amor del interés mismo, sine ira et studio; nuestro estudio debe de tener todo lo que necesita dentro de sí mismo, incluso su recompensa. Su propósito es la verdad, la comprensión, y nada más. «La verdad os hará libres», tal como dice la Biblia (Juan 8:32), y «Magna est vis veritatis et praevalebit» (Grande es el poder de la verdad y prevalecerá), como Jung, probablemente citando a Tertuliano, (1) dijo tempranamente en 1912 (GW 7 p. 291, GW 7 § 441).

Sémele y el momento de la entrega absoluta del alma a sí misma en pasión

Si el alma quiere representar su propia necesidad de absoluta devoción y auto-entrega a sí misma como su otro, elige para ello una figura femenina. Esta absoluta entrega de sí misma es equivalente a la absoluta receptividad y concepción. Es absoluta al grado de no exigir ser preservada en su acto de recibir/concebir. En esta necesidad se constela el otro del alma bajo la forma de un engendrador, Zeus. Si el Zeus paterno se próxima a Sémele en su forma pura, absoluta, como un rayo, como el fuego totalmente consumidor, entonces esto no debe ser visto como violencia y aniquilación—en todo caso no debe ser visto simplemente como destructividad por parte del engendrador, sino como la expresión de la inexorable dedicación de Sémele. La forma de su destino al ser consumida por el fuego y por la naturaleza luminosa de Zeus revela su propia naturaleza. Esto es así porque el propio pedido de Sémele es ver y experimentar a Zeus en su verdadera forma, en su verdad ultima. Por lo tanto este es el momento de la verdad del alma en que ella desea experimentar su propia verdad o más bien a sí misma como verdad. De alguna manera, esto hace que sea muy similar al mito de Acteón, pero en lugar de la caza activa de la verdad (entonces «desnuda»), pura, virginal, lo cual expresaría un interés en conocerse a sí misma como verdad, el mito de Sémele muestra como el alma anhela pasivamente o, más bien, apasionadamente recibirse a sí misma completamente como verdad absoluta o como fuego ardiente hasta el punto de ser consumida por ello, y de este modo además concebir algo nuevo. En vez de cognición y visión (Acteón), iluminación total y consumición apasionada (Sémele). El relámpago no es algo que le venga a ella de afuera, un accidente, una terrible fatalidad. Más bien, el ser consumida es realmente, o al menos en igual medida, su propio consumirse a sí misma en pasión, su languidecer, su extenuarse, deseos que anhelan para sí el destello consumidor del rayo. La hermana de Sémele tiene el nombre de Tione, «la ardiente», y más tarde este nombre también le fue dado a Sémele. Esto expresa claramente la naturaleza de auto-entrega de Sémele. Absoluta entrega apasionada de sí misma y rayo absolutamente consumidor son lo mismo, aunque no iguales. El rayo revela en un lado la inexorabilidad y lo absoluto de la devoción apasionada en el otro lado. Naturalmente es así, ya que el mito representa la auto-relación del alma, y por lo tanto tenemos en ambos lados lo mismo, el alma en formas complementarias exactamente correspondientes. En la vida real, dos personas con su propio carácter individual, historia y necesidades se juntan; su unión es un «juicio sintético» en el sentido ya expuesto; ésta podría ser la razón por la cual podrían no encajar el uno con el otro. Pero la unión en el mito es la auto-manifestación de una noción, el despliegue «analítico» del alma (una y la misma alma) en dos, en una de la multitud de formas de sus emparejamientos dialécticos internos.

He usado las palabras «languidecer», «consumirse». Éstas no son totalmente correctas. El anhelado engendrador viene a Sémele de una forma verdaderamente violenta, de manera penetrante, no como parte de su cuerpo, sino como su existencia completa. Espenetración, de hecho, impregnación, absoluta. Y solo como tal ello es la disolución fundamental de Sémele: el cumplimiento de su pasión absoluta.

En el ser consumida o consumirse a sí misma, Sémele desaparece. En el encuentro no puede mantener su lugar frente al otro. Por lo tanto, no puede llevar dentro a su hijo hasta el final. Puede concebir, pero no puede ser madre, no pude ser un útero protector, contenedor, para su hijo. Es enteramente amor apasionado por su otro, en quien desea disolverse, con quien quiere unirse, fusionarse. Así que su concepción es incompleta, incluso se podría decir que su concepción es en sí misma abortiva, porque no puede contener al niño. No obstante, su unión no ha sido solo para sí, para su propia gratificación; fue en efecto productiva, trascendiéndola a ella misma. Y por esta razón tengo que corregir mi afirmación de que Sémele buscaba entregarse para así fusionarse con Zeus. Esto podría no hacerle plena justicia. Sémele realmente se fusiona, no dentro de él, sino en la unión con él: dentro del fruto del útero, en un Tercero.

Ella aún no puede ser madre para su niño. La función de madre, de útero protector, se traslada al engendrador, Zeus, y no solo a Zeus en general, sino probablemente de forma específica a él como el engendrador, es por ello precisamente que el muslo masculino toma la función substituta del útero. Esto, también, es inherente a la lógica de la completa y apasionada auto-entrega de Sémele. Ella no persiste. En su pasión, de alguna manera muere en la unión con su otro, y así su propia función de madre embarazada es también entregada y trasladada completamente al otro, a Zeus.

Zeus es ahora engendrador, padre, progenitor—y madre, llevando al niño a su término y dándolo a luz, simultáneamente. La transición del aspecto materno al padre y su unión de opuestos contra-natural es narrativamente representada como siendo realizada por Hermes. La transición de una esfera ontológica o lógica a otra es su dominio.

Zeus se vuelve madre en un sentido sublado, reflexivo, lógicamente negativo. No es por supuesto una madre natural. Hay una inherente ruptura, una alteración, en esta maternidad de Zeus.

¿Quién y qué es el fruto de esta unión? (a) Dionisos es en tanto que dios masculino no obstante de una naturaleza femenina. En él, su madre como la ardiente, la entusiasta, continúa viviendo, confirmando una vez más que Sémele en efecto se fusionó en la unión con Zeus, no solamente en Zeus. (b) Dionisos también es el dios de la auto-entrega, tanto en el sentido de éxtasis divino, delirio, desenfreno y de furia orgiástica, tal como el desmembramiento de niños vivos—una violenta radicalidad y destructividad en el cual se refleja el alto voltaje de su padre como el relámpago. (c) Dionisos es además vino, disolución, corrupción fermentadora, desmembramiento, en todo lo cual se expresan la ruptura lógica y el carácter de sublación del útero que lo llevó y que le dio a luz. Sin embargo, la sublación de lo natural (v.g. del útero natural) no catapulta a Dionisos completamente fuera de lo natural hacia la esfera de la mente, la racionalidad, lo puramente noético, como encarnado, v.g., en Apolo o Atenea. Más bien, en Dionisos, encontramos una sublación de lo natural que sin embargo permanece completamente dentro de la naturaleza, una sublación estrictamente natural, física, material, la cual se ve muy claramente en el símbolo del vino. Dionisos es una espiritualidad corpórea, natural: rapto, entusiasmo. Si seguimos a Kerényi, Dionisos expresa la celebración de la indestructibilidad de la vida, del poder de la vida para mantenerse precisamente a sí misma a través, y a pesar, de la crueldad de devorar sus propias manifestaciones. Atenea, definitivamente mental, también nació directamente de Zeus, pero ella surgió de su cabeza, mientras que Dionisos provino de su muslo.

Dionisos es, desde luego, un dios por su propio derecho y necesita ser visto como tal. Pero este no es nuestro tema aquí. Aquí tenemos que verlo como el resultado de la relación entre Sémele y Zeus, del agonizante apasionamiento del alma hacia sí misma en su forma última como relámpago completamente consumidor. ¿Cómo puede ser entendida esta especie de resultado venido de la consumición y de la desaparición del alma en la unión consigo misma como relámpago? ¿Por qué hay, cómo puede haber, un resultado, un producto? Para poder entender esto haré uso de un pasaje de una carta de Jung, no enteramente feliz, porque Jung está hablando de la vida humana empírica y de aspectos de la fenomenología de la conducta de las personas, mientras que yo quiero discutir la noción representada en nuestro mito. Sin embargo, las categorías usadas por Jung en el siguiente pasaje pueden darnos una pista acerca de qué es el producto de la unión «del alma como pura entrega apasionada» a «sí misma como puro relámpago». Jung dice: «Desafortunadamente es verdad que cuando eres esposa y madre difícilmente también puedes ser la hetaira, tal como es el sufrimiento secreto de la hetaira que no es una madre. Hay mujeres que no están destinadas a tener hijos físicos, pero existen aquellas que hacen renacer a un hombre en el sentido espiritual, lo cual es una función altamente importante». (2)

El alma como Sémele no quiere ser madre de un hijo suyo. Aquí el alma busca entregarse a sí misma en pasión a la unión consigo misma para dar renacimiento en un sentido espiritual al otro de sí misma, quien en este caso toma la forma de Zeus. Dionisos es, en el contexto de esta discusión, la objetivación separada de este renacimiento de Zeus a través de la unión con Sémele. En la vida real, algunas veces encontramos que un gran artista tiene a una mujer que más o menos se dedica completamente a él con el fin de servirle como musa. El producto de esta unión también es un nacimiento contranatural en el que el artista como engendrador es a la vez también aquel que en sí mismo lleva el fruto del útero a su término y lo da a luz. Pero en este caso, el producto no es el renacimiento espiritual del artista como persona, sino de su obra de arte.

Dánae y el momento del anhelo del alma por fecundarse a sí misma

Dánae es encerrada en un calabozo, en total oscuridad, en una especie de inframundo. El destino que le sobreviene, el ser aprisionada, y el lugar en donde se encuentra, nos dicen quién y qué es ella. Su prisión es el reflejo de su propia naturaleza. El lugar de encierro subterráneo es una vasija completamente contenedora, un receptáculo. Dánae es en consecuencia nada más que útero y madre. No sólo puede concebir sino también contener al bebe, llevándolo a término; lo contiene dentro del oscuro calabozo, dentro de la imagen del útero, incluso dos o cinco años después de su nacimiento literal.

Para concebir, el alma debe percibirse a sí misma como, y llegar a ser completamente, una prisión inframundana. Debe retirarse completamente del mundo visible y de todos los lazos que le atan con ello y ser un útero, un receptáculo, completamente invisible. Las ideas de un amante, una relación, una asociación, de deseo, lujuria y del éxtasis de hacer el amor no tienen cabida aquí. La concepción toma lugar en el inframundo.

El correlato del alma como Dánae quien es un útero completamente concebidor es la lluvia de oro en la cual Zeus llega hasta ella. El engendrador no se le aproxima de forma violenta, ni como un intruso-penetrador dentro de su prisión o dentro de ella misma; no hace estallar los muros de su prisión, sino que se filtra o fluye dentro de la vasija. Mientras que Dánae como la que concibe y contiene subsiste, Zeus en su forma de lluvia que se filtra es aquí, por decirlo así, absolutamente no existente como él mismo, como persona y sujeto; se ve reducido a, disuelto en, ser nada más que el semen fecundador, sin rostro, anónimo. Sin embargo, en tanto que oro, es la misteriosa sustancia interior de la mente o del espíritu, semen en su naturaleza de luz divina, el misterioso origen de la vida.

En comparación con el Zeus del mito de Sémele, podemos decir que la lluvia de oro es el relámpago contenido, pacificado, primero coagulado en forma sólida (oro), pero luego esta forma sólida desaparece de nuevo o incluso se vuelve líquida en la lluvia.

La noción narrativamente representada en la historia de Dánae es aquella del alma que quiere concebir y estar preñada. Es únicamente la imagen de la impregnación, concepción y embarazo. No es la imagen del dar a luz, ni del proteger, nutrir, cuidar maternalmente, criar al niño recién nacido. Dánae, como todas las figuras míticas, no es una persona, un ser humano, sino la alegoría de un concepto. El concepto de la concepción nos dice que el correlato del útero es el semen, no la persona a quien pertenece el semen. Podemos recordar aquí que en muchas culturas antiguas el acto sexual entre un hombre y una mujer no era pensado como algo importante para la procreación. Se pensaba que el padre real era un espíritu. Nosotros aún tenemos un rastro de esto en nuestra cultura en la idea de la Virgen María siendo fecundada por el Espíritu Santo.

El fruto de esta unión entre Dánae y Zeus es Perseo. Así como su madre es inframundana, así también él tiene una relación con la profundidad del inframundo. El hecho de que pueda preservarse cara a cara a la Medusa Gorgona nos recuerda la solidez de los muros de la prisión de su madre, mientras que en Dionisos tenemos desmembramiento, corrupción fermentadora y delirio, en perfecta concordancia con la absoluta auto-entrega de su madre. La lucha con la Gorgona, el demonio del inframundo, a diferencia de aquellas de Hércules, no tiene el propósito de simplemente matarla y extinguirla, sino de liberar algo precioso de las profundidades hacia la vida, concretamente Pegaso, la poesía. Este podría ser un efecto de la lluvia dorada.

Dánae es, como Core, una figura del inframundo. No obstante, mientras que Core está en su estado virginal y necesita ser ultrajada en el inframundo, Dánae es, por decirlo así, una Perséfone desde el principio, no hay necesidad de iniciación, ni de una transición de doncella a mujer y posible madre (útero).

Alcmena y el momento del establecimiento del alma en la realidad pragmática

Sémele desapareció en Zeus o en la unión con él, Zeus en su unión con Dánae fue reducido al abstracto misterio-divino origen de la vida y desapareció en la unión con ella. En ambos casos—mujer y relámpago consumidor/mujer como vasija sólida y lluvia de oro filtrándose—el encuentro fue fundamentalmente asimétrico, un lado u otro tienen una decidida preponderancia. Por contraste, si Zeus aparece ante Alcmena en la forma de su esposo, Anfitrión, entonces ella experimenta una unión con una pareja de igual posición y peso, una unión balanceada, en la cual ambas personas mantienen su lugar firmemente en la realidad. Por lo tanto, aquí tenemos una verdadera pareja. Su unión no se produce a través de una frontera de «especies» fundamental entre ellos, ambos son seres humanos.

Alcmena no es una doncella (Core) ni tampoco tiene conexiones con el inframundo, sino que desde el inicio es una esposa consumada en la esfera social humana, una Teleía. En este sentido, su unión sexual con su esposo es un hieròs gámos en el antiguo sentido griego del mundo. En la actualidad en los estudios religiosos este término es usado en el nuevo sentido introducido por los neoplatónicos (Proclo), como una unión particular entre dioses y como perteneciente a «cuentos místicos». Pero, como explica Kerényi, originalmente la expresión hieròs gámos fue usada para la consumación de un matrimonio entre mortales, en especial para el primer encuentro sexual si este era llevado a cabo de acuerdo a los ritos y costumbres prescritos por Hera. Hera como Teleía preside en particular sobre la transición del estado virginal de una mujer al de la esposa legítima, la esposa consumada (Teleía). Y el contraste a hieròs gámos era methemerinoì gámoi, «matrimonios cotidianos», que eran encuentros sexuales con prostitutas.

En este mito el alma se imagina a sí misma como mujer humana empírica real en una unión consigo misma como un marido humano empírico real. Pero puesto que esto es un hieròs gámos, un matrimonio de acuerdo a las reglas de Hera, que en sí misma es Teleía, Alcmena, también, se vuelve una Teleía. En el acto realizado en el espíritu y de acuerdo a las reglas de Hera, la mujer precisamente como esposa humana es—implícitamente—en sí misma Hera. Y su marido, Anfitrión, en tanto que marido humano participando en el hieròs gámos, de igual manera es—implícitamente—ipso facto Zeus Teleios, aquel que brinda cumplimiento o perfección a su mujer (cumplimiento en cuanto al estatus social de «esposa»).

Por lo tanto tenemos una cuaternidad. (3) En el nivel explícito empírico humano tenemos la pareja Alcmena y Anfitrión, mientras que en el nivel implícito e invisible divino tenemos a Hera y Zeus. Pero lo que aquí es esencial es que el nivel divino permanece invisible, meramente implícito; más que eso: está fundamentalmente sublado, no se ha convertido en una realidad en su propio derecho. Más bien, aquí es meramente el reflejo de la profundidad interior o del significado simbólico de la relación interhumana en el sentido de un hieròs gámos. Así que aquí no hay una verdadera cuaternidad. En verdad, solo hay dos realidades, Alcmena y Anfitrión, y Hera y Zeus no son nada nuevo y adicional a ellos: tan sólo son el aspecto profundo interiormente divino de los dos humanos en sí mismos si, y durante el tiempo en que, realizan el rito de un hieròs gámos. Por llevar a cabo este rito, por así decirlo, se ponen vestiduras divinas. Por lo tanto, aquí los dioses no tienen realmente una existencia propia. Están de forma lógica completamente reflejados en los dos humanos y por lo tanto son «internos» a ellos.

En éste momento particular de la verdad del alma que es retratado en este mito, el alma se instala completamente en el plano mundano, en el lado empírico humano, en la realidad social. El hecho de que «Zeus» aparezca ante Alcmena en la forma humana de su propio esposo también refleja que el propio otro del alma ha sido humanizado y perdido su otredad fundamental. No hay realmente un cruce de este lado al más allá, o viceversa. De hecho, una frontera entre dos reinos fundamentalmente diferentes, entre este mundo y el de más allá, no entra en juego aquí. La diferencia entre dos reinos separados por un linde fundamental precisamente ha sido reducida a la otredad social ordinaria del esposo y la esposa en este lado de la frontera. No hay un interés por que la verdad desnuda sea encontrada en lo agreste, o por la princesa con las manzanas doradas en la montaña de cristal, ni un languidecer por ser visitada por el relámpago absolutamente consumidor o por que la lluvia divina de oro sea aceptada/concebida por una oscura vasija inframundana. El alma, en este momento de su verdad, se satisface con ser plenamente humana y con establecerse en la realidad positiva. Una iniciación o un encuentro real del alma consigo misma como su propio otro o un avance aventurado por parte del alma a su propio país difícil de alcanzar no tiene lugar aquí.

En términos de historia cultural, podríamos decir que aquí el estadio de existencia mítico-ritualista ha sido abandonado y que la esfera de la religión ha sido introducida, una religión en la cual los dioses ya no son más epifanías, realidades experimentadas en la naturaleza (por así decirlo universalia in re), viviendo cara a cara, sino que se han vuelto mentales, habiéndose retraído a la mente humana y por ello ahora solo tienen una existencia simbólica sublada en la fe de uno o en la propia actitud piadosa, como concepciones en la imaginación humana (por así decirlo universalia in mente) y como contenidos de la interpretación privada de la vida real. Como los objetos destinados a la adoración de uno mirando hacia arriba, confirman el establecimiento unilateral del hombre en este mundo y su mero «sueño» de lo otro. En el presente caso, Hera y Zeus son simplemente la formulación del hecho de que el fenómeno social real de un matrimonio en tanto que real por y en sí mismo y como autosuficiente es experimentado como teniendo (o asignándosele) su propia profundidad interna y su significado (religioso) más elevado. La situación desde luego aun no es una situación moderna, psicológicamente profunda, donde los dioses podrían ser imaginados como imágenes en sí mismas, en nuestro propio inconsciente. Más bien, aquí los dioses y el significado religioso son factores sociales, expresiones personificadas de los valores y normas de una comunidad social (en nuestro caso valores y normas concernientes al matrimonio) y al mismo tiempo la personificación de la autoridad absoluta que autoriza tales valores. Pero ya hay abstracto-formalmente (estructuralmente) una cierta similitud con la situación moderna en la que un más allá real tal como el que se expresa en lo alto de la montaña de cristal ha sido eliminado, y en el cual los dioses son solo ideas o imágenes en la mente humana.

Sin embargo, con el hieròs gámos el significado de la narración de Alcmena no está agotado. Hay otro aspecto entero que complica el asunto. En su unión con Hera, Zeus es el hermano-esposo. Como tal o como Anfitrión convertiría a Alcmena-Hera en la Teleía, pero no podría ser padre de un niño. Zeus es padre solo cuando no es hermano-esposo, sino cuando es, en el sentido más amplio, el origen de la vida (que apareció ante Dánae como la lluvia de oro y ante Sémele como el relámpago). El acto sexual normal entre humanos como hieros gamos no es en sí mismo reproductivo. Solo se vuelve reproductivo si además el origen de la vida misterioso y espiritual también entra en juego. Este último no tiene nada que ver «arquetipalmente» con el acto sexual humano ordinario, sino que es algo independiente que deriva de un reino «ontológico» o «arquetipal» completamente diferente, el cual puede acompañarlo o no. Es una característica especial de la mitología griega que éste Dios, Zeus, encarne esas dos funciones casi opuestas.

Por lo tanto no tenemos un simple matrimonio cuaternario. Esto se complica porque Zeus aparece aquí en dos funciones diferentes, presentándose como parte de la cuaternidad y metiéndose en ella. En el primer sentido, es simplemente el hermano-esposo de Hera y como tal el aspecto profundo interior de Anfitrión como el esposo normal que Anfitrión es. Hasta este punto, todo es comme il faut. En toda unión sexual legitima, existen estos dos niveles, el nivel empírico humano y el nivel de significado interior de los acontecimientos empíricos de la pareja divina. Pero aquí Zeus también y en adición está presente como el resplandeciente destello del misterio del misterioso origen de la vida, algo comparable al Espíritu Santo. Sin embargo, el punto en este momento de la verdad del alma es nuevamente que la fuerza de la paternidad espiritual se oculta completamente a sí misma en la forma de lo normal, lo común, de lo empíricamente real y familiar. No se vuelve visible y explícito; de hecho, permanece completamente inadvertido. El misterioso origen divino o espiritual de la vida se encuentra oculto y ocluido en la consumación factual del matrimonio. Aquí el alma no busca confrontarse consigo misma en una epifanía o revelación directa de Zeus como el engendrador, como ocurría con Sémele o Dánae, o, para este caso, con la Virgen María (la Anunciación).

Solo después del hecho, cuando existe una discrepancia entre las experiencias de Alcmena y Anfitrión, se deduce la participación de Zeus como un Otro. En este sentido, el lado del alma en su otredad fundamental se hace presente en esta historia, después de todo; sin embargo, solo como una conjetura, no como una revelación. Como una inferencia, como una conjetura, la presencia de Zeus es solo una idea en la mente humana. Realísticamente hablando esta conjetura se reduce a la observación de que Alcmena ha quedado embarazada. En el presente mito, este hecho se explica religiosamente como el misterioso origen de la vida (y no solo como el esposo humano) yaciendo junto a Alcmena, mientras que hoy para nosotros el diagnóstico de un estado de embarazo, como-tal-impredecible, no necesita ni recibe una interpretación religiosa. Lo dejamos sin explicación y sin profundidad religiosa como un hecho fortuito meramente biológico, un suceso accidental en la esfera de la positividad sin ningún tipo de significado. Por lo tanto incluso con respecto a Zeus como el misterioso origen de la vida tenemos que darnos cuenta de que en esta constelación particular prevalece la postura religiosa (en contraste a la colocación ritualista o iniciática) y que además aquí el alma se ha establecido en el lado humano y permite la realidad de la presencia de lo divino solo vía especulación después del hecho, no como experiencia iniciática inmediata.

Cualquier niño procedente de un hieròs gámos es ipso facto un Hera-cles, una gloria de Hera. Pero Hera también esta celosa de este niño, porque sabe que el padre no puede ser su hermano-esposo o que Zeus no se limita a sí mismo a ser su hermano-esposo y en este sentido se escapa de ella, le es infiel.

Heracles en tanto que el fruto de esta unión pertenece completamente al mundo empírico. Su tarea es la de establecer firmemente y estabilizar la colocación humana en éste lado, en la realidad social, en el mundo empírico, y protegerla de la embestida del otro lado del alma, el cual ahora aparece como monstruoso. Es por esta razón que debe luchar y eliminar a los monstruos del inframundo, uno después de otro—no para ganar un favor de ellos, sino para cerrar completamente la puerta al otro lado de forma más segura. En tanto que enraizado completamente en la esfera social humana, tiene que realizar trabajos. Y de forma similar, tiene que ser el gran sufriente, tal como Jesucristo (Dios vuelto hombre en esta tierra), sin que su sufrimiento tenga de alguna manera la naturaleza de una iniciación (como por ejemplo con Dionisos). Es solo sufrimiento llano, simple dolor. Pero el otro lado de ésta mundanidad suya es que en el final, en su vida después de la muerte, es recibido en el Olimpo (4) y se casa con Hebe, la versión joven de Hera. Esta dualidad de las esferas se corresponde desde luego a la dualidad en los niveles del matrimonio cuaternario y al hecho de que el alma en este particular momento suyo de su verdad ha entrado en el estadio «religioso» y se imagina a sí misma de acuerdo a éste.

Heracles podría no haber sido el producto de la unión entre Sémele y el relámpago, ni de Dánae y la lluvia de oro. A la inversa, un Perseo o un Dionisos posiblemente podrían no haber sido la descendencia de la unión de Alcmena con Zeus como Anfitrión. En el mito, los padres y la forma de la unión por un lado, y el hijo y sus características por el otro, se explican mutuamente. Son tautológicos. Ahora, Heracles es, dentro de la mitología, aquella figura que activamente clausura el modo mitológico-ritualista de ser-en-el-mundo y de este modo prepara el terreno para aquella nueva postura caracterizada por la religión y la filosofía, la metafísica.

Notas

1. Tertuliano, Adversus Praxean 26.

2. C.G. Jung, Letters 2, p. 455, a Carol Jeffry, 18 de junio de 1958.

3. Pero nótese la diferencia con las cuaternidades con las que trabaja Jung, donde el otro trascendente (interno, inconsciente, arquetipal) de una persona es contra-sexual (v.g. el Adepto y su Anima, la Soror y su Animus).

4. Los muchos paralelos entre Heracles y Cristo (Cristo como dios vuelto enteramente hombre, Cristo como vencedor del inframundo, Cristo resurrecto) fueron advertidos y apreciados por la Iglesia temprana.

¿Ontogenia = Filogenia? Una crítica fundamental a la Psicología Analítica de Erich Neumann

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en The neurosis of psychology [La neurosis de la psicología], volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo uno, 19-39.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica.

Entre los psicólogos analíticos e incluso entre los representantes de otros campos, el trabajo de Erich Neumann goza del máximo reconocimiento. Esto no sólo es atestiguado por las frases que se refieren a él como «el verdadero espíritu creativo entre la segunda generación de alumnos de Jung, el único que parecía destinado a construir sobre la obra de Jung y continuarla» (1), sino incluso mucho más por el hecho de que para muchos junguianos su terminología y orientación parecen haberse convertido en una segunda naturaleza. Neumann de hecho nos presentó un esquema grandioso y fascinante del desarrollo psíquico, tanto de la humanidad como del individuo, un esquema que prometió dar a la Psicología Analítica una base firme y una estructura sistemática, y al mismo tiempo servir como una herramienta por medio de la cual uno podría esperar hacer comprensible toda la gama de los fenómenos psíquicos, tanto en el grupo como en el individuo, en el pasado y en el presente, en lo sano y en lo enfermo. Pero, puesto que ya han pasado 25 años desde que su obra principal apareció por primera vez y ahora podemos considerarla desde cierta distancia, nos reclama la cuestión de si Neumann realmente basó su Psicología Analítica en la obra de Jung, y sobre todo de si toda su perspectiva resiste un examen crítico.

Comenzamos con nuestro asombro ante el hecho de que en Los Orígenes e Historia de la Consciencia, un trabajo claramente concebido como un estudio histórico, Neumann casi nunca se refiere a eventos fechados o fechables. Por supuesto, en una historia de los primeros inicios no podemos esperar dataciones precisas para el mismo año, pero sin una cierta organización del material presentado en términos de tiempo, aunque sea muy aproximada, una «historia» es inconcebible, incluso una aproximación desde la psicológica profunda. Jung, por ejemplo, en Respuesta a Job, basó su‘Entwicklungsgeschichte’ en hechos claramente históricos (la composición de ciertos pasajes bíblicos, la declaración de dogmas, etc.). Neumann, en cambio, basa su historia exclusivamente en motivos míticos y muestra estar completamente al margen de lo histórico cuando, en lugar de preguntar cuándo y dónde ciertos mitos aparecieron por primera vez, y por cuales otros mitos fueron precedidos y seguidos, recopila ejemplos de un mitema desde diversas edades e ilustra, p. ej., la idea de la castración «superior» con el mito de Edipo así como con un drama moderno (Ernst Barlach)—no a través de la amplificación con el fin de dilucidar el significado de un motivo, lo cual sería legítimo, sino con el fin de establecer fases en el desarrollo de la consciencia. No podemos dejar de comprobar una contradicción fundamental entre la declarada intención historiográfica de Neumann y lo que en realidad ofrece; sea lo que sea la obra de Neumann, no es una historia.

Pero quizás Neumann se equivocó acerca de su propia intención y, por lo tanto, también engañó inadvertidamente a sus lectores en su título y en los comentarios introductorios. Tal vez no estaba interesado por la historia, sino que en realidad, tenía un objetivo completamente diferente, el cual llevó exitosamente a cabo. Cuando Neumann habla de etapas mitológicas (no histórico-culturales) de desarrollo y hace hincapié en que aquí «etapa» no se refiere a «ninguna época histórica» (2), podríamos suponer que su intención real era la representación de «etapas» dentro del mito en sí mismo (en oposición a la historia cultural), de una secuencia de imágenes míticas en el sentido de un proceso de fondo que se encuentra de alguna manera ‘por encima’ de la historia. Entonces tendría que ser demostrado que un motivo presupone otro y que es a su vez la base para otros más, es decir, que hay una ley genética inherente en el mito.

Ahora podemos ver qué hace Neumann: no presenta etapas del mito en sí, sino más bien su propia organización del material mitológico disponible, un esquema genético que no deriva del mito sino que es preconcebido y proyectado sobre él. Aunque lógico y en sí mismo satisfactorio, este esquema es, sin embargo, ‘ficticio’, una construcción especulativa y sin fundamento empírico.

Hemos visto que el libro en cuestión no es una Ursprungsgeschichte de la consciencia. Pero si se intenta organizar la multitud de motivos mitológicos, se deduce que también debemos dudar de si se trata de una historia de la consciencia. Porque las imágenes mitológicas o arquetipales, por definición, pertenecen al así llamado inconsciente colectivo. En consecuencia, la aparición del héroe, como un motivo arquetipal, no representa la emergencia de la ego-consciencia a partir del «inconsciente colectivo», o el origen de la consciencia en general, sino un acontecimiento en el inconsciente colectivo. Siempre y cuando separemos el inconsciente colectivo y la consciencia como dos sistemas opuestos entre sí, un estudio de mitemas naturalmente no nos puede informar sobre el origen y la historia de la ego-consciencia. De hecho, no podemos en absoluto derivar la consciencia a partir de la inconsciencia, sino que debemos concebirla como un principio en su propio derecho. La mitología nos puede informar sólo acerca de los distintos patrones de la consciencia.

De ello se desprende que un estudio del desarrollo de la consciencia debe volver a la esfera de la historia empírica y no a la de los mitos y arquetipos. Cuando la Ursprungsgeschichte de la consciencia deja de ser una historia, ya no trata más de la consciencia real. Neumann parece haber sentido esto. ¿Por qué entonces el énfasis en la historia? Aunque de facto él sólo se mueve en el terreno de los mitos, después de todo en su obra apunta a una comprensión de la historia cultural. La sistematización de Neumann de las imágenes mitológicas sólo podría servir a este propósito si el modelo especulativo de etapas mitológicas pudiera demostrar que corresponden a un desarrollo (histórico) cultural real en el sentido de la filogenia.

¿Hay en la historia cultural una «secuencia regular» (3) de etapas de desarrollo de la consciencia? ¿Acaso la historia necesariamente y sin ambigüedad conduce del matriarcado al patriarcado, a partir del uróboros a través de la separación de los padres primordiales y la lucha del héroe a la transformación? Esta pregunta puede ser contestada en forma negativa con algún grado de certeza. Entonces, ¿cómo sería posible encontrar, incluso entre los primitivos (entre quienes de acuerdo a Neumann «las primeras etapas de la psicología del hombre» (4) prevalecen), mitos del héroe de pleno derecho, es decir, mitos que presuponen una consciencia considerablemente desarrollada, de acuerdo con el sistema en cuestión? Si las culturas tempranas y primitivas de hecho fueron entendidas principalmente en términos de los así llamados primeros estadios, no podían en absoluto haber desarrollado un mito maduro del héroe solar, plenamente integrado en su vida ceremonial y ritual. Debe de haber incluso grandes dudas con respecto al mito de transformación, que se supone que es una indicación de la etapa más alta del desarrollo y, sin embargo, pertenece al bagaje cultural accesible más antiguo de la humanidad. Canibalismo, sacrificios humanos y de animales, los cultos de los muertos, el chamanismo—por nombrar sólo algunos de los fenómenos más notables—ocurren con primitivos modernos así como con las culturas antiguas del pasado que se remontan a la Edad de Piedra, donde nuestro conocimiento histórico-cultural termina (o empieza, si así se quiere ver) y dan testimonio de la presencia decisiva del mito de transformación. (5) Conversamente, todos los períodos tardíos en el desarrollo cultural de las civilizaciones concretas y de la humanidad, naturalmente, tienen sus mitos de creación, que supuestamente corresponden a edades tempranas.

Por lo tanto, tampoco se puede mostrar que las consciencias matriarcal y patriarcal se den en la historia con la regularidad de una ley. El mundo medieval del Islam estuvo, p. ej., claramente caracterizado por una consciencia masculina, mientras que en el catolicismo medieval simultánea y así mismo decididamente el arquetipo de la madre, ejerció una fuerte influencia en la forma de la Mater Ecclesia y sus sacerdotes así como en la Madre de Dios. En lo que se refiere a la mentalidad masculina, el Islam medieval, por otro lado, corresponde más bien al protestantismo, que es característico de los tiempos modernos. Además, la escolástica medieval, con su carácter espiritual (arquetipo del padre) fue sustituido, por así decirlo, por las ciencias naturales de nuestro tiempo, que en virtud de su objeto (la Madre Naturaleza) y su modo ‘materialista’ de pensamiento (concretismo, empirismo, cuantificación, búsqueda de elementos) demuestran estar al servicio de la Gran Madre (y no son, como se sostiene comúnmente, la evidencia de una consciencia «patriarcal»).

De manera similar, se pueden dar ejemplos de desviaciones adicionales de la secuencia postulada a partir de otras edades de la historia cultural. Por supuesto, Neumann ofrece una explicación para estas discrepancias. «En el desarrollo individual y quizás también en lo colectivo, estas capas no se encuentran en la parte superior con la otra en un arreglo ordenado, sino, como en la estratificación geológica de la tierra, las primeras capas pueden ser empujadas a las capas superiores y las tardías a la parte inferior.» (6)

Aquí se pasa por alto la diferencia fundamental entre la estratificación geológica y el desarrollo en etapas. Porque en el caso de la geología, se está tratando con material, con capas concretas en el espacio, donde es posible la transposición, mientras que < class=»s1″>el desarrollo cultural está sujeto a la ley irreversible del tiempo. Una transposición de fases temporales es una contradicción en sí misma; si las «etapas» están organizadas irregularmente y al azar en el tiempo histórico, esto debe refutar el concepto de etapas. Porque además no decimos que la capa geológica anterior se puede desplazar en el tiempo hacia una edad geológica posterior, sino sólo que se puede transponer hacia arriba en el espacio.

Tales deliberaciones nos llevan a la conclusión de que la aplicación de la idea del desarrollo a la historia cultural es infructuosa; no funciona. Hay cambios en la historia, pero no hay evolución. Esta también es una conclusión adoptada por la mayoría de los historiadores de la religión después del intento de décadas o más por forzar algún patrón evolutivo sobre la historia, tal como la secuencia de la creencia en las almas, en los espíritus y en los dioses (Tylor) o de prereligión, polidemonismo, politeísmo, monoteísmo (R. Otto). Mensching comenta al respecto que «no puede haber ninguna duda de que estas formas de religión no pueden subordinarse a un esquema evolutivo histórico». (7) Según Jensen también, tales etapas son meras especulaciones. (8) Hillman elaboró el mismo punto para la psicología con referencia a una pertinente monografía de Radin. (9)

En nuestro contexto, los aportes de la antropología al tema del desarrollo cultural son, por lejos, más relevantes que la cuestión de la evolución de las formas de la religión. Cuando, p. ej., leemos en Eliade que «no sabemos si alguna vez existió el matriarcado como un ciclo independiente de cultura» y que «los etnólogos están de acuerdo sobre un punto específico—que el matriarcado no puede haber sido un fenómeno primordial», (10) esto entonces es un golpe mortal a Los Orígenes e Historia de la Consciencia, tal como lo es la afirmación de que «no hay ninguna prueba de que las sociedades secretas, como un fenómeno general, fueran una consecuencia del matriarcado». Eliade, por el contrario, considera irresistible la conclusión de que las sociedades secretas de los hombres derivan de los misterios de la iniciación tribal (independientemente de un tipo particular de cultura). (11)

Hablar en absoluto de una filogenia en el reino psíquico es incluso fundamentalmente más negado para nosotros. Porque si tenemos que tomar el término filogenia para referirnos a la historia cultural tal como la conocemos, esto sería lo mismo que si quisiéramos basar una representación de la ontogenia únicamente en nuestro conocimiento del desarrollo mental de adultos de edad avanzada. El desarrollo cultural, en tanto que es accesible para nosotros, ya no es más filogenia. Esta última precede la historia cultural por cientos de miles de años. Al igual que el desarrollo mental de un filósofo o un artista de ninguna manera cumple con las leyes fijas de la secuencia en el sentido de la ontogenia, sino que es, en cada caso individual, diferente y nueva, así también la historia intelectual de la humanidad no debe confundirse con una filogenia. Sin embargo, si nos damos cuenta de que la historia de la cultura que conocemos es una historia reciente, entonces cualquier especulación en cuanto al curso de la filogenia se hace imposible en vista de nuestra total ignorancia acerca de la situación psíquica de la humanidad temprana.

Neumann hace la siguiente objeción a la idea de Freud de la amenaza de castración por los padres primordiales en la horda primitiva: «La ciencia no ha descubierto nada que pudiera posiblemente apoyar tal teoría…» (12) La misma objeción podría ser elevada a la propia teoría de Neumann de la Ursprungsgeschichte. Pero tal vez él invalidó dicha objeción con antelación, ya que también escribe:

«Una reducción … a datos históricos y personalistas … es científicamente imposible. … Es una de las tareas de este libro mostrar que, en lo que respecta a estos y a similares ‘complejos’, en realidad estamos tratando con símbolos, formas ideales, categorías psíquicas y patrones estructurales básicos. … Cuando decimos que las dominantes masculinas o femeninas se entrometen entre ellas en ciertas etapas, o en ciertas culturas o tipos de personas, esta es una afirmación psicológica que no debe ser reducida a términos biológicos o sociológicos». (13)

Tales afirmaciones, aunque limitadas al complejo de castración y otros «símbolos», pueden implícitamente sugerir que, en último análisis, Neumann quiere que todo lo que dice se entienda como «hechos simbólicos”, los cuales entonces no podrían estar localizados en la historia empírica («personalista»). Al margen de cualquier esfuerzo por derivar los mitos de los hechos históricos, el mero intento de buscar la historia para ver las correspondencias con los patrones mitológicos que Neumann establece ya podría considerarse reduccionista. Si de hecho quiere decir que todos sus conceptos son exclusivamente símbolos, entonces el libro en cuestión ni es de hecho una historia y ni pretende serlo. Se mueve exclusivamente en el terreno de las imágenes arquetipales y renuncia a toda pretensión de su posible relevancia para los hechos de la realidad empírica. Por otra parte, si la fase urobórica, matriarcado, la separación de los padres mundo, etc., están destinados a ser estrictamente simbólicos, esto también significa que las fases y etapas mismas, de hecho toda la noción de EVOLUCIÓN y filogenia en general, deben igualmente ser tomadas simbólicamente y de ninguna manera en referencia a procesos históricos.

< class=»s2″>Por lo tanto, volvemos a nuestra anterior caracterización de Los Orígenes e Historia como una construcción ficticia o especulativa, pero ahora estamos en posición de ver este hecho a una nueva luz, en su aspecto positivo: Los Orígenes e Historia de la Consciencia es, en su conjunto, puramente simbólico, es decir, un mito, una fantasía arquetipal. La obra de Neumann no pertenece a la esfera de la ciencia: ni al estudio de la historia (porque ignora los hechos empíricos), ni a una ciencia del mito (ya que no se ocupa de las leyes inherentes en el mito en sí mismo), ni a una psicología arquetipal (porque no investiga la fenomenología de un arquetipo al mismo tiempo que reconoce que la investigación en sí expresa al arquetipo). En la ciencia se entra en una relación cognoscitiva con algún objeto. La Ursprungsgeschichte, por otro lado, descansa como una idea puramente simbólica en sí misma, y como un mito está más cerca de pertenecer al reino de la ficción literaria. La fantasía de la filogenia es, por así decirlo, una auto-representación de un arquetipo. Esto de ninguna manera hace que el valor del libro sea dudoso—su mérito meramente yace en un nivel diferente: en vez de enriquecer directamente nuestro conocimiento acerca del alma, es en sí mismo uno de los «documentos eternos del alma» (por citar el título de un libro), y se podría escribir un estudio psicológico sobre él con el título «Un mito moderno—de cosas que se ven en (¿o dentro de?) la historia».

Para evitar un posible malentendido—la Ursprungsgeschichte no debe ser considerada un mito, ya que muchos motivos de varias mitologías se producen en éste. Incluso sin la mención de algún motivo seguiría siendo un mito. Estos motivos se utilizan simplemente a modo de ilustración y como un medio de expresión para el mito real de la Ursprungsgeschichte, como bloques de construcción y portadores de significado. Funcionan como las cartas con las que el mito del desarrollo genético está escrito. Lo que hace del libro un mito es la fantasía arquetipal del propio desarrollo genético, la idea de la filogenia y de la diferenciación progresiva desde la Unidad urobórica al radiante héroe-sol.

Lo lamentable de este mito, así como la mayoría de otros mitos modernos (¡Freud, Marx!), es que no se presenta como un mito, sino como ciencia. Es un mito involuntario. Tal como Freud deriva, reductiva y literalísticamente, el romance familiar del neurótico de las experiencias de la infancia real y de la situación familiar, así el «mito del héroe del neurótico» y la idea de la EVOLUCIÓN son aquí, también, tomados como fácticos e históricos a pesar de la insistencia en lo arquetipal y simbólico. Debido a esta amalgama de lo arquetipal con lo empírico-factual, la fantasía mítica de génesis se ve privada de su verdadera naturaleza y no puede ser lo que es. Esta amalgama es responsable del carácter chispeante de la obra, de la oscilación entre lo historiográfico y lo puramente simbólico.

No es la proyección sobre los orígenes oscuros de la historia lo que pervierte al mito. Incluso en la era mitológica, los mitos de la creación fueron probablemente proyectados en el pasado histórico sin perder su verdadera naturaleza. No, es el hecho de que en nuestra época secularizada y positivista la proyección cae sobre una historia que ya no está abierta a la comprensión metafórica y mítica, una historia congelada en un hecho duro, científico-empírico. Del mismo modo, en relación con el carácter involuntario del mito, no puede exigirse que la propia reclusión en él se disuelva, en otras palabras, que Neumann salga del mito del génesis y escriba una descripción verdaderamente científica de la Ursprungsgeschichte. Porque esto sería una demanda de des-mitologización. Por el contrario, es de lamentar que el confinamiento en este mito no es reconocido y aceptado abiertamente, sino que más bien se convierte en supuesto conocimiento científico y por lo tanto es sofocado. Y, de hecho, esta falta de aceptación y comprensión, y esta conversión, es lo que vuelve el confinamiento tanto más absoluto, y sin embargo, al mismo tiempo, paradójicamente, es lo que equivale a un intento de salir del mito.

Cuando en este punto nos detenemos a reflexionar, nos damos cuenta que debería haber quedado claro desde el principio que, en lo que se refiere a la filogenia, se trata de una idea arquetipal o mítica. ¿Cómo fue posible en primer lugar que este mito haya sido confundido con la historia empírica? Por supuesto, la génesis es una teoría, un punto de vista, una fantasía, ¡y no un hecho! Incluso en la biología, donde esta fantasía está en casa y donde hay muchos más hechos que la apoyan, esto sigue siendo una perogrullada. Así Adolf Portmann, hablando como biólogo, con frecuencia describe el concepto de evolución como lo que es: no una verdad científica, sino una cuestión de fe. (14) Como un mito es de hecho una idea religiosa, y es por eso que ejerce una tremenda fascinación y cautiva no sólo a Neumann sino también a aquellos que lo siguen. Debido a que es un sistema arquetipal y religioso, se impone sobre la consciencia como siendo verdad absoluta, incuestionable, y por lo tanto permanece irreflexiva, incluso invisible, por lo que, como lo reprimido, debe regresar «desde fuera» de la historia, como un hecho empírico «observado».

No sólo los seguidores de Neumann, sino que también nosotros mismos (a pesar de, o más bien en, nuestra verdadera crítica) estábamos contenidos ciegamente en el mismo mito, cuando, al comienzo de este artículo, hemos tratado de corroborar o refutar a Neumann en la base de la argumentación empírica, tal como cuando preguntamos si hay de hecho una secuencia regular de etapas de la consciencia en la historia—como si estas cuestiones no fueran del todo irrelevantes desde el punto de vista psicológico. No es nuestro asunto como psicólogos basar nuestras concepciones sobre hechos históricos o biológicos. Porque si fuese así, la psicología sería una rama o un retoño de la biología y de la historia. No somos historiadores, y no estamos (o no deberíamos estar) interesados en lo empírico, sino en la verdad psicológica, es decir, con lo imaginal. Y es por lo tanto desde la imaginación que deberíamos derivar nuestro conocimiento. El historiador o el biólogo pueden estar interesados en una posible evolución factual, pero, aun así, sería la tarea del psicólogo recordarles (por si olvidaran lo que advirtió Portmann) que la «evolución» es una idea arquetipal y no arraiga en la naturaleza empírica. Sin embargo, parece que en la actualidad los biólogos (Portmann) nos tienen que decir lo que debería haber sido una concepción básica para nosotros. Obviamente algo (algún «factor») nos impide la verdadera orientación psicológica y vuelve nuestro pensamiento anti-psicológico haciéndonos desear, o incluso necesitar, verificación empírica, verdad científica y sistematizaciones. Este «factor» es nuestra contención en el mito de la Gran Madre/del Héroe, cuya naturaleza es la de crear la fantasía (¡mítica!) de la posibilidad de romper heroicamente con el mito, en el «hecho», la «verdad», la «ciencia».

La fusión de lo imaginal con lo empírico no está exenta de consecuencias. Así, se dice que el arquetipo debe tener un aspecto histórico (además de su significado «eterno»). (15) Hablando filosóficamente, esta es una falacia que no se puede respaldar. ¿Cómo puede un arche-typon, una imagen primordial, tener un aspecto genético o histórico? Jung denomina a los arquetipos «categorías de la imaginación», o también «figuras divinas». Que una categoría pueda tener en sí misma un aspecto histórico es una contradictio in se. ‘Cantidad’, ‘tiempo’, ‘causalidad’ como categorías permanecen para siempre como lo que son. Ellas no se desarrollan, aunque nuestro conocimiento e ideas acerca de ellas pueda cambiar. Los Dioses también son, en principio, intemporales; viven «en la juventud eterna». El niño divino es siempre un niño, el anciano sabio nunca fue joven. Desde luego, hay un arquetipo del desarrollo, así como también hay un Dios de la historia, pero no hay ningún desarrollo, no hay una secuencia regular de los arquetipos, y por lo tanto no hay fases arquetipales. Uno nunca podría tener éxito en el establecimiento de una cronología coherente de los hechos reportados en los diversos mitos porque los «eventos» míticos, en principio, no se siguen el uno al otro en un tiempo empírico, sino que, como imágenes, están yuxtapuestos y contaminados entre sí. Colocar la causa del desarrollo en el reino arquetipal, en el mundo de los Dioses, es reducir los arquetipos; aunque uno puede todavía concebirlos como transpersonales y colocarlos en el «más allá» de lo inconsciente colectivo, sin embargo, estarían ahora limitados a las condiciones empírico-temporales. Esto significaría que uno derribó a los Dioses del Olimpo y privó a las categorías de su carácter a priori, tal como por el contrario la historia habría sido liberada de su peso terrenal. Porque entonces habrían sido sólo las «historias elevadas» (Thomas Mann), y no más historias inferiores, porque los mitos (las historias elevadas) también tendrían que tomar el lugar del carácter de historia.

El postulado de un aspecto histórico del arquetipo demanda que imaginemos los arquetipos como programados o, en sentido figurado, equipados con una especie de reloj que los activara en el momento oportuno, es decir, haciendo que se constelen como autómatas. Hasta qué punto para Neumann se extiende tal fantasía mecanicista o biológica sobre la consciencia se puede ilustrar con el siguiente enunciado: «En tanto que órganos de la estructura de la psique los arquetipos se activan de forma autónoma [¡sich ein schalten!] tal como lo hacen los órganos físicos y determinan la maduración de la personalidad, de manera análoga, por ejemplo, a ¡los componentes biológico-hormonales de la constitución»! (16) Las categorías de la biología se aplican a lo espiritual, y este último se reduce así a lo «biológico».

Aunque realmente auto-evidente, no obstante aún debe hacerse hincapié en que la evolución, si existiese, pertenece al reino fenoménico, y por lo tanto sólo se puede explicar a posteriori, a partir de las condiciones empíricas, no a partir de los arquetipos. Desde luego, en el curso de la historia han sido constelados diferentes arquetipos, ahora éste, ahora aquel. Pero por qué y cómo era esto, y si se ha producido o si no se ha producido en una secuencia regular, sólo se puede aprender a partir de los hechos de la historia, no del mito.< class=»s1″> La entwicklungsgeschichte es un área a ser examinada por la biología, la historia o las ciencias empíricas relacionadas. Una psicología arquetipal, sin embargo, no puede contribuir a ello. Neumann y los que creen en él no se dan cuenta (o, al menos, lo ignoramos) del hecho de que los arquetipos, como mundus imaginalis, poseen una modalidad ontológica totalmente diferente de los acontecimientos del mundo histórico del hombre al que pertenece la genética. Con la fantasía de la génesis (que es en sí misma verdadera porque es arquetipal) nada se ha determinado como el carácter genético de la historia, ni de una manera ni de otra.

La fusión de lo empírico y arquetipal también es evidente en el concepto de «Ursprungsgeschichte» que, dentro de una psicología arquetipal, es auto-contradictorio porque esos dos elementos heterogéneos, el origen arquetipal y la historia empírico-factual, se unen entre sí y así son colocados en el mismo nivel. Pero < class=»s1″>el origen no debe buscarse en el principio de la historia, sino que se correlaciona con cada momento presente. Ursprung und Gegenwart, como Jean Gebser tituló su libro, permanecen inseparablemente unidos por virtud de su separación polar. El origen nunca está (al menos para una visión arquetipal) en la historia, ni temporalmente antes que ella, sino «por encima» de ella, en un «lugar por encima de los cielos» (Platón), o in illo tempore, como a Eliade le gusta subrayar. Conversamente, la historia no debe mezclarse con el origen arquetipal. El concepto de una Ursprungsgeschichte no es fundamentalmente diferente del postulado de Freud de una horda primitiva (histórica) salvo que en Neumann el origen mítico se traga la historia, mientras que Freud permite a la fantasía mítica mezclarse con la historia. Esta puede ser la razón de los frecuentes e intensos ataques de Neumann hacia Freud, porque su visión, después de todo, no es tan fundamentalmente diferente de la de él. Neumann es capaz a la vez y al mismo tiempo de localizar el origen en el mito transpersonal y aun entenderlo como (pre-)historia real. Por lo tanto, ni lo fáctico ni lo imaginal pueden ser verdaderos en su propia naturaleza.

* * *

Mientras que en Los Orígenes y la Historia las fases arquetipales estaban, por así decirlo, suspendidas en el aire ya que carecían de un fundamento empírico, la relación entre lo factual y lo arquetipal parecen ser lo opuesto en El Niño: Estructura y Dinámica de la Personalidad Naciente de Neumann: ahí la discusión de la ontogenia está de hecho basada en hechos empíricos, y ahí no puede haber ninguna duda de que en lo que respecta a los niños existe desarrollo, crecimiento y maduración. Pero que este desarrollo procede por etapas arquetipales me parece muy cuestionable. ¿Acaso no es posible que en El Niño un crecimiento fisiológicamente determinado sea simplemente «disfrazado» como arquetipal? Es bastante notable, que la psicología académica y el psicoanálisis fueron capaces de establecer psicologías del desarrollo describiendo suficientemente los hechos conocidos sin necesidad de recurrir a la noción de los arquetipos. ¿Qué significa agregar la «etapa urobórica» a la «relación simbiótica o diádica de la madre y el niño» en el psicoanálisis? ¿No es esto simplemente una formulación diferente para la misma idea? No hay que olvidar que incluso la orientación instintiva del psicoanálisis ha ido mucho más allá de la actitud personalista de Freud. No puedo dejar de tener la impresión de que El Niño es en el fondo un estudio instintivo-psicológico sólo ‘secundariamente’ ‘traducido’ a lo arquetipal. Y tal debe ser el caso, pues ya hemos visto que un verdadero desarrollo no puede explicarse recurriendo a los arquetipos. El crecimiento genético, en el que no hay una perspectiva (una idea arquetipal), es un proceso natural, e incluso en el caso del desarrollo mental este es biológico o cuasi-biológico, no arquetipal o espiritual.

Neumann no ha demostrado que el arquetipo del uróboros gobierne la primera infancia; él simplemente utiliza esta imagen para describir la condición psíquica inicial—o más bien su punto de vista de esta condición. Es decir, es su consciencia la que está estructurada por el arquetipo del uróboros, él tiene una fantasía urobórica y la proyecta sobre el niño, al igual que Freud colocó su teoría de la envidia del pene en las mentes de las niñas: «La fantasía de Freud de la mente de la niña se convierte en una fantasía freudiana en la mente de la niña», tal como Hillman (17) lo dice. El hecho de que el uróboros se tome de la mitología no lo vuelve una descripción de la infancia real de alguna manera más—o menos—arquetipal o mítica que el concepto de oralidad de Freud. Por el contrario, mientras que un concepto no pretenda brindar una comprensión arquetipal, el uso de una imagen mítica para la descripción de los hechos empíricos identifica los arquetipos con, y los reduce a, la realidad empírica, mientras que al mismo tiempo degrada lo que podría ser un fantasía por su propio derecho a una mera figura retórica.

Una psicología del desarrollo interesada con las etapas reales y sucesos no puede ser una psicología arquetipal porque literaliza lo imaginal. Ni siquiera el uso frecuente de la palabra arquetipo y de mitos puede alterar esto. Ya sea que uno proyecte el complejo de Edipo o el uróboros en la infancia real, en cualquier caso se pone en evidencia un pensamiento reductivo. Jung, en sus escritos acerca del niño, no estaba interesado en la infancia real, sino en el motivo del niño arquetipal y específicamente advirtió en contra de confundirlo con el niño empírico (CW 9.i p. 161n.). Una psicología arquetipal sólo lo es si se toma en serio las ideas básicas contenidas en la siguiente declaración:

«El niño, al igual que la ‘horda primitiva’ del pasado prehistórico, es una tabula rasa desconocida o prima materia, sobre cuya vacuidad se pueden proponer libremente las propias fantasías sin ninguna contradicción, o sin respuesta alguna. Cuando traemos a colación al niño, al primitivo, al animal o al pasado arqueológico—y, yo añadiría, al paciente—como base de la observación para la psicología, con el fin de fundamentar una teoría radicándola en los ‘orígenes’, nada podría revelarnos mejor la fantasía arquetipal de la teoría que pretendemos justificar de este modo. El verdadero origen es la propia fantasía arquetipal, no la escena objetiva donde la fantasía es ‘observada’ como un ‘hecho’.» (18)

Oponerse al concepto de una ontogenia arquetipal no significa rechazar la idea de que la mente del niño también está estructurada por arquetipos. Por supuesto que lo está. Sin embargo, un simple esquema no nos ayuda aquí, como tampoco lo hace en el caso de los adultos. Lo que quiero objetar es la desafortunada amalgama de lo arquetipal y lo genético, que trae consigo un tipo de automatización mecanicista y que sujeta tanto al niño a sólo unas pocas posibilidades arquetipales, rígidamente definidas, como a los arquetipos a un número limitado de etapas. Por otra parte, se limita literalmente lo imaginal a lo factual, mientras que los arquetipos por el contrario deberían permitirnos amplificar, en la dirección del alma, lo meramente natural, los instintos y la realidad fáctica, y superar la monotonía y facticidad, es decir, más allá de la ‘mono’-interpretación, de lo que es dado. … Además, una psicología con una orientación genética no puede estar interesada en una comprensión diferenciada de las imágenes arquetipales. Prefiere reconocer los uróboros en el paraíso, en el vientre, la tumba, el mandala, la cohabitación de Cielo y Tierra, en Okeanos y Purusha, y por lo tanto diagnosticar una determinada fase de la consciencia, usando una imagen mítica como un concepto abstracto, en lugar de < class=»s1″>elaborar el significado específico de cada imagen individual.

Ahora, en lo que se refiere al signo de igual entre la ontogenia y la filogenia—la opinión de que «el desarrollo ontogenético» es «una recapitulación modificada del desarrollo filogenético» (19)—podemos referirnos de nuevo a Portmann, según el cual incluso las «leyes genéticas» tienen su origen en un credo (20) o podemos decir todo lo que es necesario con la siguiente afirmación: No se establece en ninguna parte (a pesar de E. Neumann) que las etapas filogenéticas (si hay tales cosas) sean etapas necesariamente paralelas de la consciencia individual (si es que hay tales cosas). (21)

* * *

Hemos respondido aquí en el sentido más estrecho a la cuestión planteada por nuestro tema. Ahora vamos a trazar de manera más amplia el fondo de la amalgama de lo arquetipal y lo factual examinando la obra de Neumann en su intención inmanente. Vemos el impulso de todos sus trabajos académicos dirigidos hacia un solo centro, hacia una idea más altala Einheitswirklichkeit. Curiosamente, Jung también introdujo un concepto con el mismo significado literal: unus mundus. Pero como Marie-Louise von Franz señaló, existe una diferencia fundamental entre los dos conceptos. (22) Mientras que el unus mundus existe sólo in potentia o quizá podría decirse que sólo tiene una existencia ideal, de modo que el carácter antinómico de este mundo, en especial la separación de physis y psique, permanece intacta, la Einheitswirklichkeit postula una unidad real en nuestro mundo, de la cual nos originamos en un sentido histórico y a partir de la cual simplemente nos separamos a través del desarrollo de la consciencia. Se trata de una unidad inmanente que incluso llega a ser casi concretamente visible a nuestra consciencia (que normalmente debe resolverlo todo en opuestos) en algunos fenómenos zoológicos (23), por ejemplo, y sobre todo en la relación urobórica de la madre y el hijo. Para Neumann, incluso la leche materna—¡en su factualidad física!—es una parte del arquetipo, y «entre todas las funciones de la maternidad que aparecen ante nuestra consciencia como físicas o psíquicas» existe una «contaminación y participación» (24), en otras palabras, en realidad no existen los opuestos; la naturaleza y el espíritu, la imagen arquetipal y la realidad factual, se contaminan entre sí o son una y la misma. Es «sólo» nuestra consciencia la que divide lo que en la realidad literal es Uno. El lugar del mysterium coniunctionis, en el que los opuestos, sin perder su carácter peculiar, pueden unirse en, y en virtud de, un Tercero, se toma por una unidad factual que contiene los opuestos en un estado de fusión comparable a un compromiso.

Una observación de Neumann muestra claramente con qué gran fuerza el arquetipo de la unidad debe haberlo impulsado: «La psicología analítica, contrariamente al psicoanálisis, tiene una orientación principalmente monista. Su teoría de la libido no asume una oposición especulativa de eros y thanatos, sino que lo reemplaza con la polarización secundaria de la libido principalmente uniforme ….» (25) Esto no es en absoluto cierto para la psicología analítica como tal. Aquí, la libido no es sólo hipostasiada, en contradicción con Jung—para Jung, la libido no es una dynamis, un algo, sino que como energía es más bien un mero concepto (teórico) de cantidad, de modo que la cuestión de lo uniforme vs. la estructura polar, en primer lugar, no se aplica—sino que además es obvio que tales puntos de vista están en fuerte contraste con los principios básicos de la psicología junguiana.

El problema de los opuestos tiene un lugar tan prominente en la psicología de Jung que Leonhard Schlegel (26) pudo basar su discusión de la misma en la idea de la polaridad de la psique. Además, de acuerdo con esta psicología la dinámica de la psique existe exclusivamente en virtud de la tensión de los opuestos. Y el propio Jung rechazó expresamente cualquier tipo de monismo:

«Hasta aquí en tanto que yo mismo puedo emitir un juicio sobre mi propio punto de vista, se diferencia de las psicologías discutidas anteriormente en este sentido, que no es monista, sino, en todo caso, dualista, basándose en el principio de los opuestos, y, posiblemente, pluralista, ya que reconoce una multiplicidad de complejos psíquicos relativamente autónomos» (CW 4 § 758).

Cuan fundamental era este dualismo para Jung se puede ver en el hecho de que concebía incluso el principio último, Dios, como una antinomia interna o paradoja. «Dios mismo», escribió a Neumann el 1 de mayo de 1952, «es una contradictio in adiecto ….» (27)

Ahora es muy importante advertir que la fe en la Einheitswirklichkeit no es un monismo genuino como el materialismo o el idealismo, en donde sólo se acepta un polo y el otro se explica de manera reductiva en términos de la primera. Hemos dicho que la Einheitswirklichkeit contiene los opuestos en un estado de fusión, y de hecho la misma palabra unidad implica o presupone, una fantasía de opuestos. Paradójicamente, las fantasías de unidad y de opuestos parecen pertenecer a la misma configuración arquetipal, donde una es la respuesta (casi inherente) para el problema presentado en la otra. Este problema es el mismo que expresó Schiller en las siguientes líneas:

Ach, kein Steg se dahin führen,
Ach der Himmel über mir
Will die Erde nie berühren …

(Por desgracia, ningún puente podrá llevarnos hasta allí / Por desgracia, el Cielo por encima de mí / Nunca tocará la Tierra ….) Es la visión de un mundo dividido en dos mitades, una ‘superior’ que como ‘Idea’ contiene todo significado espiritual, pero se volatiliza, y una ‘inferior’, la cual, siendo ‘fenoménica’ es pesada y concreta, pero completamente sin sentido.

Por supuesto, en psicología no estamos acostumbrados a utilizar estos términos, pero en nuestro lenguaje el mismo viejo par de opuestos vuelve a aparecer, por ejemplo, bajo los nombres Ego/Sí mismo. Sin embargo, no es suficiente caracterizar la fantasía Ego-Sí mismo como una fantasía de opuestos, ya que existen diferentes tipos de oposición. Aquí estamos tratando específicamente con un dualismo en el sentido de la Ley de Contradicción, es decir, la exclusión mutua de los opuestos. La imagen de Schiller revela bellamente qué arquetipo está operando aquí produciendo tal ontología sin esperanza. Esta imagen es el motivo de la separación de los padres del mundo, la cual conocemos muy bien a partir de la Ursprungsgeschichte.

Así, vemos de nuevo que uno y el mismo arquetipo, el mito del héroe, a la par crea el problema de la polaridad y proporciona la respuesta a ella (es decir, el contenido de la psicología de Neumann)—a la vez y, a priori, de modo que no podemos decir que es lo primero, el problema o la solución. Pero no hay solución a este problema. La cuestión, tal como se plantea bajo el predominio del arquetipo del héroe, excluye una respuesta desde el principio. Nada puede unir Cielo y Tierra una vez que se definen como separados. Nos encontramos aquí la tragedia del ego heroico, que sólo puede seguir separando, disolviendo, analizando, y matando, pero nunca más encontrar una conexión, no porque esa conexión sea del todo imposible, sino debido a que no tiene lugar dentro de un mito con el objetivo de la separación y la violencia. La «premisa» de la visión estructurada por el arquetipo del héroe es la guerra, la oposición, la ruptura; la «conclusión», por lo tanto, no puede ser la unidad y el monismo. Dentro de la mitología del héroe, el Uno sólo puede ocurrir como ‘origen’ en el pasado: como algo de lo que se está de nuevo fundamentalmente separado por el tiempo.

No necesitamos entrar aquí en la cuestión de hasta qué punto esta visión es responsable de los problemas del Occidente moderno (alienación, fragmentación, contaminación, etc.) y que concretamente da forma a la mente científica. Nuestro destino, sin embargo, bien puede depender de si somos capaces de salir de nuestro encierro en el mito del héroe, finalmente mortal. Como dijimos, hay otras visiones de los opuestos, tales como la Weltanschauung simbólica de Goethe, y el «como es arriba, es abajo» de la magia, la astrología y también la alquimia, visiones en las que la pregunta y la respuesta se «formulan» de manera completamente diferente: el Cielo no debe tocar la Tierra porque hay una conexión a pesar e incluso en virtud de la separación. El principio de la unidad no debe ser literalmente fantaseado como una Einheitswirklichkeit factual negando las polaridades, sino que también puede ser concebido como una complexio oppositorum que a la vez y al mismo tiempo en última instancia reconoce la oposición y representa la paradoja de su unidad …. (28)

Schiller era consciente y expresaba el dilema de su ontología, y probablemente también sabía de su desesperanza. Por ello su lamentación. En Neumann, sin embargo, el problema parece haber sido «resuelto» a través del dispositivo de fusión. El puente que a Schiller le faltaba fue proporcionado por la fantasía de la génesis, lo que hizo posible simplemente deshacerse del problema mediante la identificación de la idea dualista de «Cielo arriba—Tierra abajo», es decir, una fantasía espacial, con otra temporal-lineal. Así, el origen arquetipal («superior») se fusionó con el origen temporal («en el principio»), y el inconsciente colectivo como mundus imaginalis se identificó con aquel inconsciente del cual la consciencia se diferencia. Y viceversa. De manera semejante, la libido fue hipostasiada. Mientras que, en último análisis, la teoría genética pretende dar a conocer el problema de los opuestos como un problema aparente, esto, a su vez, demuestra ser una solución aparente. Mediante la colocación del tiempo y la línea de desarrollo, que comienza en un origen puntual, en el reino arquetipal, el problema «superior-inferior» es, por supuesto, evitado, y por lo tanto, tampoco es resuelto. En lugar de ello, el de dónde, del cual Jung dice que es menos esencial que el adónde (CW 4 § 759) (A dónde también se debe entender en el sentido de en dónde), otra vez determina la orientación. Porque dentro de una fantasía genética, el objetivo de la unidad monista sólo puede ser imaginado como origen y en el pasado. Así, el origen y la meta, hacia delante y hacia atrás, se vuelven a conectar en un círculo urobórico, mostrando que incluso el pensamiento lineal, en última instancia, vuelve a un tipo de pensamiento circular.

En una carta tardía a Jung (18 de febrero de 1959) Neumann parece, sin embargo, haberse distanciado él mismo del pensamiento lineal.

“Por lo que a mi me concierne, es así que la ‘evolución’secular histórica judía [historische Diesseits ‘entwicklung’] se me hace cada vez más problemática, al igual que todas las teorías evolutivas, y la ‘materialización del mesianismo’ en la individuación cada vez más decisiva. … Lo que es válido son las fases del desarrollo de la consciencia en el desarrollo individual; todo lo demás ‘histórico’ ​​pertenece a la constelación del ego como ‘tiempo’, al igual que la familia y la constitución física. La realización de la unidad-ego-sí mismo es vertical.” (29)

Aunque algo críptica, como Jung también sintió que era toda la carta, esos enunciados equivalen a una renuncia inequívoca de la historia, la filogenia, la Ursprungsgeschichte, y de la teoría genética. Aquí, el mundo histórico, empírico (ego) y el reino arquetipal o mítico (sí mismo) se mantienen aparte, y la evolución lineal en un tiempo «horizontal» (inicio-fin) es igualmente separada de la relación «vertical» («superior-inferior», ego-sí mismo, reino arquetipal-realidad empírica, Ursprung-Gegenwart).

Sin embargo, sería un error suponer que aquí Neumann quería revocar su trabajo anterior. En lugar de resolver la fusión, estas afirmaciones revelan en efecto su trasfondo. Porque en la Ursprungsgeschichte la fusión se produjo, como ya hemos visto, a causa de que lo histórico perdió valor, pero sin embargo se colocó a lo arquetipal mismo como un aspecto genético de los arquetipos. Al destronar a los Dioses, el hombre llega a ser igual a ellos, de acuerdo con Jung; por lo que la pérdida de valor empírico-temporal (del «ego histórico aislado único» (30)) debe a la inversa cargar el reino arquetipal o el sí mismo con este mismo aspecto temporal. Al mismo tiempo en que al tiempo horizontal se le quita importancia, el eje vertical del ego-sí mismo debe apoderarse de ello y sobrellevarlo, de modo que la evolución es ahora pensada como procediendo a lo largo de este eje vertical en vez de preceder en el tiempo histórico. Entonces lo imaginal en sí mismo recibe un carácter literal y factual que debe ser distinguido del proceso inverso de proyectar la fantasía en el hecho o en el reino empírico. Incluso cuando se proyecta, el mito vive y puede mover el alma, como probablemente lo hizo el mito de la horda primitiva para Freud, aunque él no vio que se trataba de un mito. Pero es desastroso si lo arquetipal es visto como lo que es y está todavía al mismo tiempo obligado a volverse factual, porque entonces el mito se ahoga en su propia base. Sin embargo, incluso esta sofocación del mito es el hacer de las personas arquetipales, el hacer del mito de la Gran Madre/del Héroe, como hemos señalado. Por lo tanto aquí, también, un mito está vivo y esta, aunque a ciegas, siendo representado.

Parece ser que la constelación Héroe/Gran Madre es responsable por el énfasis unilateral en el eje vertical ego-sí mismo y por la pérdida de valor del tiempo histórico; que además promete significado creando la fantasía de un «conocimiento absoluto y extraño» y de un «orden fijo», es decir, ese tipo de significado que la Madre Naturaleza puede ofrecer; y que, finalmente, ayuda a mantener un optimismo fundamentalmente ideológico (31) restándole importancia a todas la pruebas históricas, a todo el sufrimiento e imperfección, porque los concibe meramente como pertenecientes «a la constelación del ego en tanto que ‘tiempo'». Así Neumann negó que en la actualidad estemos experimentando una «Verlust der Mitte» (una pérdida del centro, Hans Sedlmayr) y creyó que la morbosidad de una persona estaba anulada si, en adición, poseía creatividad. (32) Al prometer la redención de la historia y del destino, y hacer que nos esforcemos por la certeza y la seguridad de un sistema deductivo (33) correspondiente al «orden fijo» en la naturaleza, el mito del Héroe/de la Gran Madre (= la psicología eje-ego-sí mismo) nos seduce a apartarnos del ánima, del alma, impidiéndonos ser movidos por lo desconocido. (34)

A pesar de sus otros logros importantes, Neumann (35), al introducir el enfoque genético, no le da un servicio a la psicología analítica. Siguiéndolo, es decir, adoptando su sistema, sus fases y etapas, literalmente en vez de simbólicamente, basamos la psicología en una ontología impropia dentro de la cual una psicología verdaderamente arquetipal no puede prosperar, mientras que la realidad empírica es a la vez privada de su concretitud; en el fondo, reafirmamos—a pesar de nuestro interés anti-positivista por lo simbólico y lo transpersonal—el prejuicio darwinista de acuerdo al cual nos gusta atribuir la inconsciencia a los primitivos y una consciencia altamente desarrollada a nosotros mismos; y sobre todo, caemos en el mito del Héroe/de la Gran Madre y así nos volvemos anti-psicológicos.

Notas

1. Gerhard Adler, «Erich Neumann: 1905-1960», Spring 1961, p. 7.

2. O&H, pág. 41.

3. Cf. O&H, p. xxi.

4. Ibid., p. xix.

5. Cf. Heino Gehrts, Das Märchen und das Opfer (Bonn: Bouvier, 1967).

6. O&H, p. 41f.

7. Gustav Mensching, Die Religion (München: Goldmann Taschenbuch, n. d.), p. 277 (mi traducción).

8. Adolf Jensen, Mythos und Kult bei Naturvölkern, 1951, p. 335, citado por Mensching, op. cit., p. 273.

9. James Hillman, «Psicología: monoteísta o politeísta», Spring 1971, pp 193ff.

10. Mircea Eliade, Mitos, sueños y misterios, trad. Ph. Mairet (Nueva York: Harper Torchbooks, 1967), p. 177.

11. Ibid., p. 201.

12. O&H, p. xxi.

13. Ibid., p. xxif.

14. P. ej., Adolf Portmann, «Die werdende Menschheit. Das Ursprungsproblem der Menschheit», Historia mundi, ed. fr. Valjavec, vol. I (Bern: Francke, 1952), p. 28.

15. O&H, p. xvi.

16. Erich Neumann, Ursprungsgeschichte des Bewusstseins (Zürich: Rascher, 1949), p. 4 (mi traducción).

17. James Hillman, The Myth of Analysis [El mito de Análisis] (Evanston: Northwestern UP, 1972), p 243.

18. Ibid.

19. O&H, p. xx.

20. Adolf Portmann, Zoologie und das neue Bild des Menschen (Rowohlts Deutsche Enzyklopädie), sin fecha, p. 78.

21. Hillman, «Psicología: monoteísta o politeísta», pp. 195f (modificado).

22. Marie-Louise von Franz, Zahl und Zeit (Stuttgart Klett, 1970), p. 16n.

23. Erich Neumann, «Die Erfahrung der Einheitswirklichkeit», Der schöpferische Mensch, (Darmstadt: Wiss. Buchges., 1965), p. 62ff.

24. Erich Neumann, Das Kind, ed. J. Neumann, (Zürich: Rhein-Verlag, 1963), p 93f. (mi traducción).

25. Ibid., p. 55 (mi traducción).

26. Leonhard Schlegel, Die Polarität der Psyche und ihre Integración. Eine kritische Darstellung der Psychologie von C. G. Jung (vol. 4 de su der Grundriss Tiefenpsychologie), (München: Uni-Taschenbücher, Francke, 1973).

27. C.G. Jung, Briefe, ed. A. Jaffé, vol 2, (Olten/Freiburg: Walter, 1972), p. 241 (mi traducción).

28. Cf. Andrew Jaszi, Entzweiung und Vereinigung. Goethes symbolische Weltanschauung (Heidelberg: Stiehm, 1973).

29. Impreso en Aniela Jaffé, Der Mythos vom Sinn im Werk von C. G. Jung (Zürich/Stuttgart: Rascher, 1967), p. 180f.

30. Ibid., p. 181.

31. Cf. C. G. Jung, op. cit., Vol. 3, 1973, p. 99, nota del editor 8; cf. también E. Neumann, Krise und Erneuerung (Zürich: Rhein-Verlag, 1961).

32. Erich Neumann, «Georg Trakl – Person und Mythos», Der schöpferische Mensch, pp. 247ff.

33. Cf. O&H, p. xvii: «El método deductivo y sistemático de la exposición aquí adoptado».

34. Sobre el ánima como mediadora a lo desconocido véase James Hillman, «‘Anima’ (II)», Spring 1974, pp. 124ff.

35. No hay que pasar por alto el hecho de que Jung elogió la obra de Neumann, por ejemplo, CW 5 § 3. Pero no es nuestra tarea aquí discutir la posición de Jung respecto al pensamiento de Neumann.

Sobre la neurosis de la psicología o el tercero de los dos

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en The neurosis of psychology, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo dos, 41-67.

Traducción: Alejandro Chavarria y Alejandro Bica.

Desde el principio, la psicología profunda ha estado expuesta a ataques. Hoy en día, es especialmente la izquierda política la que la crítica, acusándola de jugar con los individuos mientras descuida las causas reales de los trastornos psíquicos que son inherentes al sistema social. Por un lado, no debemos ignorar tal crítica; pero, por otro lado, debemos darnos cuenta de que, en última instancia, no puede afectar realmente nuestra disciplina porque las categorías político-sociales no son, en principio, aplicables a la naturaleza de la psicología. Debemos insistir en que la psicología se evalúe desde puntos de vista psicológicos, del mismo modo que la física, la medicina o la política se evalúan de acuerdo con criterios físicos, médicos o políticos, respectivamente. No debemos sucumbir a la tentación (a pesar de la evidente fascinación que tiene hoy) de usar en psicología un pensamiento sociológico o político. En este sentido quiero estar seguro de hacer justicia al interés crítico en este artículo, pero quiero desarrollar y hacer plausible la crítica estrictamente desde el pensamiento psicológico mismo y desde la propia tradición de la psicología profunda. Tanto en Freud (especialmente en su artículo sobre el análisis interminable) como, sobre todo, en Jung, ya encontramos comienzos cruciales de una crítica inmanente (psicológica) de la psicología profunda, y nuestra tarea es simplemente abordarlos y desarrollarlos, mientras que hasta ahora, en su mayor parte, han sido ignorados.

1. La tercera persona de la psicoterapia

En contraste a ‘terapia grupal’, hablamos de ‘terapia individual’, ‘Einzeltherapie‘. Una formulación extraña, porque, ¿no implica un asunto de una sola persona? Esta formulación evoca reminiscencias de la temprana “cura por la palabra”, el monólogo del paciente, en el que el terapeuta funcionaba solo como un público observador, un extraño. A través de este término parece inmiscuirse un patrón de pensamiento médico convencional en nuestro pensamiento psicológico, o más bien, aferrarse a él, aunque creemos que lo superamos hace mucho tiempo. Seguramente, sabemos y aceptamos que la psicoterapia es un asunto de dos personas, un diálogo, ante el cual el analista está inevitablemente atraído, y con el cual Jung incluso fue mucho más allá del reconocimiento de una dualidad basada en la transferencia al exigir que el médico salga completamente de su rol y entre plenamente en el proceso en pie de igualdad con el paciente. Así como el paciente debe levantar su máscara en el análisis, también se supone que el analista debe renunciar a su anonimato. La mutualidad toma el lugar de la asimetría. Sabemos y afirmamos esto —pero el término “terapia individual” (y ni hablar de nuestra práctica) muestra el poder que tiene el pensamiento convencional sobre nosotros. Obviamente, “todavía pensamos en la psicoterapia como un proceso unidireccional en el que todo gira en torno al paciente. Él tiene que ser curado. La psicoterapia está fijada en el paciente.

Jung incluso fue más allá de la idea del diálogo a una comprensión dialéctica de la psicoterapia. Mientras que un diálogo es una interacción o comunicación entre dos personas, la dialéctica involucra a un Tercero. Una comprensión dialéctica de la terapia implica que el médico y el paciente no están solos. Siempre hay un tercer factor, una tercera “persona” presente. Esta idea del Tercero caracteriza completamente la visión de Jung de la psicoterapia. Leemos, por ejemplo, en “Psychology of Transference” (CW 16 § 399), “La inducción psicológica inevitablemente hace que las dos partes se involucren en la transformación de la tercera y se transformen en el proceso”. Es esta tercera “persona” de la que depende en última instancia la terapia. Aquí no se considera la inducción psicológica como algo que va del paciente al analista o viceversa, sino más bien como una incrustación de ambas personas en la Tercera, en “inconsciencia mutua” (CW 16 § 364). En lugar de concentrarse asimétricamente en el paciente, ambas personas ahora centran su atención en este tercer factor objetivo.

¿Cuál es este factor, quién es la tercera persona de psicoterapia? Es, por supuesto, el alma, que ya no se debe imaginar como propiedad individual de cada una de las otras dos personas, sino que se le debe dar una realidad independiente. Es el mundo de los complejos e imágenes arquetípicas, de puntos de vista y estilos de consciencia, y por lo tanto también es la psicología misma, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo todas nuestras ideas sobre el alma, su patología y terapia, así como nuestra Weltanschauung. “Como la más compleja de las estructuras psíquicas”, escribe Jung (CW 16 § 180), “la filosofía de vida de un hombre forma el polo contrario de la psique condicionada fisiológicamente y, como el dominante psíquico más elevado, determina en última instancia el destino de este último. Guía la vida del terapeuta y da forma al espíritu de su terapia”. La tercera persona se despliega en dos aspectos o contrapartes, que se pueden distinguir, pero que en última instancia se unen: el alma misma y la teoría al respecto (psicología), y, si seguimos a Jung, es lo último de quién el destino de la primera depende.

Nuestras teorías psicológicas son, por lo tanto, de suma importancia para el resultado de la terapia (cf.: CW 10 § 340). Están presentes desde el principio, y guían y dan forma al espíritu de la terapia. Si la psicología es en este sentido la tercera persona autónoma con una presencia viva y decisiva en psicoterapia, también se puede sospechar que tiene su propia inconsciencia —y posiblemente incluso su propia neurosis.

2. La neurosis de la psicología

Fue nuevamente Jung quien formuló esta sospecha y la elaboró. En un artículo escrito en 1934, llega a la conclusión de que “[n]o hay manera, me parece, de cómo la psicoterapia de hoy pueda sortear una gran cantidad de desaprendizaje y reaprendizaje, … hasta que pueda tener éxito en ya no pensar neuróticamente”. (CW 10 § 369, trad. modif.). Para empezar, la psicología misma piensa de forma neurótica, según Jung. En el mismo artículo encontramos una serie de formulaciones diferentes para esta idea, principalmente en referencia al psicoanálisis de Freud. Por lo tanto, Jung argumenta que precisamente lo que le sucede al neurótico ha sido elevado al nivel de una “teoría” por el psicoanalista, de modo que el paciente y el médico montan “el mismo caballo de batalla” (OC 10 § 362). “Es positivamente grotesco que el médico deba caer en una forma de pensar que en otros censura correctamente … y quiere curar …” (CW 10 § 356). O, “Freud, en otras palabras, tomó en serio las conjeturas neuróticas y, por lo tanto, cayó en la misma trampa que el neurótico …” (CW 10 § 365, modif.).

Estas frases contienen una tesis escandalosa. La neurosis no es lo que tiene el paciente y para lo que la psicología proporciona el remedio, sino que ya es inherente a la psicología terapéutica misma. Paciente y médico —¡un caso de folie à deux! En lugar de ser la respuesta curativa a la neurosis, en lugar de superarla y ponerle fin, la psicología terapéutica es la continuación de la neurosis por otros medios. O, en palabras de la broma cínica atribuida a Karl Kraus, el psicoanálisis es esa enfermedad que pretende ser la cura.

Debido a que Jung ejemplificó esta tesis principalmente por el psicoanálisis, generalmente se tomó como una expresión de su supuesto resentimiento anti-freudiano y, por lo tanto, no se consideró necesario tomarla en serio. No queremos seguir este hilo de pensamiento y colocar la idea de Jung dentro de una fantasía de la batalla entre las escuelas de psicología profunda. Más bien, la tomamos en serio, ya que contiene un principio importante, una herramienta crítica con la que examinar nuestras propias suposiciones psicológicas. Nuestra pregunta crítica es: ¿dónde, en y con nuestras teorías, montamos el mismo caballo de batalla que el paciente?

La pregunta no está dirigida a nosotros como personas. Nuestro propósito aquí no es analizar las características neuróticas del terapeuta como individuo privado, sino las de la psicología en sí, que estamos considerando aquí como una “persona” autónoma. Queremos averiguar si nuestra teoría psicológica se ha apoderado de los patrones y mecanismos de pensamiento neurótico en la estructura de su propia “consciencia” y si trata de luchar o curar esos mismos mecanismos en el paciente para defenderse de ser consciente de su propia neurosis. ¿La psicología “escenifica” (en el nivel de la teoría) en lugar de “recordar”, erinnern? Por supuesto, es imposible revisar la suma total de nuestras ideas psicológicas en este artículo. Debemos contentarnos con una serie de ejemplos característicos que muestran el principio indicado por Jung operando en áreas centrales de nuestra psicología.

3. La ‘negación de lo negativo’

Tomo esta frase e idea de Depth Psychology and a New Ethic de Erich Neumann, donde se revela como siendo el núcleo de la mentalidad de chivo expiatorio de la antigua ética, mientras que la psicología profunda en su totalidad ha significado la confrontación del hombre moderno con todos esos factores ante los que querría cerrar los ojos. Esto fue cierto desde el comienzo del psicoanálisis con Freud, quien provocó el reconocimiento de la sexualidad dentro de un mundo victoriano, al énfasis de Jung en la sombra y su intento de integrar la idea del mal incluso en la imagen de Dios. El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y no cabe duda de que este principio guía la práctica de los psicoterapeutas analíticos, que no quieren distraer al paciente de sus síntomas, sino permitirle a él (o a ella) ‘retroceder’, es decir, seguir el camino de su patología. Demasiado para la práctica analítica. Pero, ¿qué hay de la teoría psicológica?

Me parece que lo que piensa nuestra teoría acerca de la regresión se puede resumir en el refrán que se cita a menudo “reculer pour mieux sauter”: regresión con el propósito de una progresión aún mejor. Afirmamos la patología y la regresión, pero solamente porque hay una recompensa en perspectiva. La teoría psicológica sostiene una zanahoria, al igual que en la teología cristiana la promesa del Cielo hace que el valle de las lágrimas sea apetecible. Es solo una aceptación simbólica, requerida por las circunstancias, pero no una afirmación sincera. Al igual que el neurótico, si resulta que su fantasía no puede realizarse, está listo para soportar todo tipo de síntomas desagradables y para aceptar todo tipo de concesiones —siempre que no tenga que renunciar completamente a su fantasía— así la psicología está dispuesta a hacer concesiones al Id, las fantasías infantiles y la patología, si puede evitar tener que cambiar su actitud más íntima de hostilidad hacia lo patológico. Incluso si en la práctica analítica se aceptan los síntomas y las tendencias regresivas, nuestro pensamiento conserva la actitud habitual que llamamos negación de lo negativo. ¡Reculer pour mieux sauter significa un retorno, no de lo reprimido, sino de la represión! La represión contra la que luchamos en la consulta vuelve como un espíritu represivo en nuestra propia teoría. Aquí nuestras ideas psicológicas siguen claramente a la mente neurótica.

Del mismo modo, cuando la psicoterapia en su conjunto se concibe siguiendo el modelo de la medicina y entendiéndose a sí misma principalmente como una profesión de curación, hereda la posición hostil que la medicina mantiene frente a la enfermedad. Por supuesto, un punto de vista que continúa la hostilidad del paciente hacia su trastorno no está de acuerdo con el principio de la psicología profunda. Tanto Freud como Jung lo sabían. Freud afirmó claramente que el psicoanálisis no era un departamento de medicina, ni un capítulo en un libro de texto de psiquiatría, ni siquiera psicología médica, sino psicología pura y simplemente. (1) Y Jung llegó al extremo de rechazar por completo la voluntad de sanar y cambiar, o al menos dudó de ello. “Pero cuando un paciente se da cuenta de que curar a través del cambio significaría un sacrificio demasiado grande, entonces el médico puede, de hecho debería, renunciar a cualquier deseo de cambiar o curar” (CW 16 § 11, cursivas mías), por que lo que llamamos curación en realidad equivale a una amputación (CW 10 § 355). En lugar de la actitud hostil habitual, Jung imagina un agradecimiento hacia los síntomas neuróticos (CW 16 § 11) y exige, “Incluso deberíamos aprender a estar agradecidos por ella [por la neurosis], de lo contrario la pasamos por alto y perdemos la oportunidad …” (CW 10 § 361). “En la neurosis está escondido el peor enemigo y el mejor amigo de uno. Uno no puede calificarlo demasiado [!] … ” (CW 10 § 359). “No debemos tratar de ‘deshacernos’ de una neurosis, sino experimentar lo que significa, lo que tiene que enseñar, cuál es su propósito. … Una neurosis es verdaderamente eliminada solo cuando ha eliminado la actitud falsa del ego. No la curamos —ella nos cura” (ibíd. § 361). Aquí el pensamiento de Jung ha renunciado por completo a la actitud reculer pour mieux sauter. Esta es una verdadera psicología profunda, lo negativo ya no es negado, ni siquiera en secreto, sino incondicionalmente “erinnert” y afirmado —sin dejar abierta una escotilla de escape.

La teoría junguiana distingue un aspecto positivo de uno negativo de los arquetipos, y cuando encontramos el aspecto negativo operando en un paciente, creemos que es necesario ‘constelar’ el correspondiente positivo. Aquí se expresa nuestro “miedo pánico” (CW 10 § 530) a la psicopatología, así como nuestro intento de combatirlo mediante medidas apotropaicas. Usamos a la buena madre para expulsar a la mala madre. Lo negativo no debe ser. Pero no luchamos simplemente a través de actividades (constelando el aspecto positivo), sino también teóricamente a través del “truco neurótico del menosprecio eufemístico” (CW 10 § 365): concebimos todas las imágenes “negativas” como meramente temporales, como una expresión de una etapa intermedia que, con suerte, será seguida por imágenes ‘positivas’ y ‘prospectivas’. Así devaluamos lo negativo. La oscuridad no es ‘nada más que’ un viaje nocturno por el mar en el que habrá un nuevo amanecer, y es por el amanecer que estamos dispuestos a ir a la oscuridad. Peor aún —“la muerte” se convierte en el camino hacia el renacimiento. Si es así como vemos la muerte, como un mero pasaje, no tiene una realidad plenamente propia. Se le degrada a ser un medio para un fin.

Así, la psicología toma partido por la vida y por la luz y contra la oscuridad y la muerte; menosprecia lo negativo y, a través de ese pensamiento, trata de superarlo, dejarlo atrás o debajo. Aquí tenemos en nuestra propia teoría lo que Jung llama la negación de la mano izquierda. La aceptación de la oscuridad es, por así decirlo, escenificada. Queremos que el paciente (o nosotros mismos como personas) la acepte; proyectamos la tarea de aceptarla en las personas y en el consultorio, y así salvar nuestra teoría de tener que admitir la oscuridad y la muerte en su estructura más íntima. Del mismo modo, nos gusta usar la fórmula ‘todavía no’, esa variedad de ‘nada más que’, y así colocar lo negativo o imperfecto en una fantasía escatológica de desarrollo o crecimiento. El paciente ‘aún’ está en la fase oral o urobórica, ‘todavía no’ ha alcanzado el nivel genital o la etapa racional solar. Con tales formulaciones expulsamos implícitamente la condición en la que se encuentra ahora; la condición actual no se acepta como lo que es, sino solo por lo que pueda salir de ella. Inherente a la esperanza positiva de un futuro mejor hay una condena al presente. Parece que aceptamos la sombra; en realidad todavía la reprimimos, solo que de una manera más sutil y menos obvia. La misma distinción entre lo positivo y lo negativo significa una disociación. Además, como juicio de valor moralista, necesariamente implica una devaluación y repudio. Hablando sobre símbolos, Jung se opone a tal pensamiento. “El carácter moralista e higiénico de nuestros días siempre debe saber si tal o cual cosa es dañina o útil, correcta o equivocada. Una psicología real no puede ocuparse de tales interrogantes; reconocer cómo son las cosas en sí mismas es suficiente” (CW 6 § 203). Positivo (prospectivo) y negativo no son categorías psicológicas sino instrumentos de represión moralista.

Nuestra teoría está llena de ego; psicología del ego, funciones del ego, desarrollo del ego y etapas del ego, conciencia del ego y fortalecimiento del ego. ¿Qué significa esto si no es que nuestra teoría está dominada o fijada por el mismo ego que debería ser “eliminado” por la neurosis, como escuchamos de Jung? “‘¡Al diablo con el mundo del Ego! …’” (Letters2, 9 de enero de 1960, a Hugo Charteris). La psicología ha incorporado nuevamente una aberración neurótica en su propia teoría. El arquetipo del héroe, que de alguna manera puede considerarse un modelo fundamental de comportamiento neurótico, incluso se ha convertido en el prototipo cuasi oficial del “desarrollo saludable”. Es el héroe quien hace el corte fatídico que divide la mano izquierda de la derecha, los elementos preciosos del desperdicio, y por lo tanto produce la fantasía neurótica, es decir, la condición de disociación, donde “antes” había habido integridad.

Cuando tal ego heroico se enfrenta a las consecuencias de su violencia y se cansa de su demostración de fuerza, puede anhelar abandonarse a la “Gran Experiencia”, la Urerfahrung (Neumann), la “Experiencia Cumbre” (Maslow), o el “Momento Creativo”, algo bastante fuera de lo común, que, por lo tanto, tampoco se puede lograr dentro de la vida ordinaria. Este ego esperará una experiencia numinosa descomunal, el sueño Arquetípico muy especial, o practicará todo tipo de técnicas meditativas, o incluso usará drogas para realizar su viaje especial. Un término como Gran Experiencia implica una traición a los pequeños eventos de la vida cotidiana y la impotencia del héroe para experimentarlos. El pensamiento detrás de tales términos nos aleja aún más de nosotros mismos y de las cosas simples al depreciarlos e inflarnos. Luego, tal intento toma el lugar de las experiencias de los sentimientos auténticos, que requieren un gran esfuerzo, “para repetir un evento espontáneo e irracional mediante un arreglo deliberado e imitativo de las circunstancias análogas …” y “mediante la aplicación de un método, para lograr los efectos de la experiencia primordial ….” “Curiosamente, uno no se da cuenta de que se trataba de un estado de emoción espontánea, natural o ekstasis, y por lo tanto, todo lo contrario de una imitación metódicamente interpretada” (Letters 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky). Si nos aclaramos el fervor de que la psicoterapia se aplica al propósito de inventar métodos que permitan a los pacientes sentir de nuevo y desarrollar su vida emocional, su sensibilidad corporal y sus relaciones, el fervor de enseñarles cómo practicar la meditación y dejar salir gritos primarios, uno reconoce en este entusiasmo la misma mentalidad heroica del ego que en realidad se supone que debe superarse a través de estos esfuerzos por la capacidad de rendirse y practicar la meditación.

Otro tipo de negación de lo negativo se puede encontrar en la actitud que caracteriza a la psicología profunda convencional. Mientras que la terapia apunta a la flexibilidad, la espontaneidad, la asociación libre y la imaginación activa y quiere proporcionar un clima de calidez y comprensión, la psicología como teoría está interesada en hechos concretos, en un cuerpo sistemático de conocimiento basado en la experiencia sobre la psique en conceptos bien definidos, e intenta darse un aire científico mediante el uso de una jerga técnica, tipología, expresiones clínicas, incluso ‘casos’, mediante el diseño de pruebas y el empleo de otros métodos para la validación de sus hallazgos.

En nuestra práctica prestamos atención a los consejos de Jung para evitar cualquier técnica rígida y estar abiertos a la individualidad del paciente y a los requisitos del momento. Pero nuestro pensamiento teórico está dominado por preguntas prácticas y técnicas: ¿terapia grupal o no? ¿Se permite tocar al paciente? ¿Qué hacer si el paciente …? ¿Cómo lidiar con las reacciones de transferencia? ¿Podrían “otras” técnicas, como la gestalt o el grito primal, enriquecer nuestro repertorio? Tales son las preguntas que realmente nos interesan, lo que demuestra que la mente tecnológica está firmemente arraigada en el pensamiento de la psicología misma. La actitud que prevalece en la teoría psicológica es de control, de “pensamiento dirigido”, de codicia. Si planteamos tales preguntas, si el método de cómo lidiar con los problemas técnicos está tan cerca de nuestros corazones, ¿esto no significa que nos permitimos albergar la misma mentalidad tipo receta de la que queremos disuadir a nuestros pacientes, por ejemplo cuando nos piden una solución ya hecha para deshacerse de este o aquel problema? “La ‘técnica’ es inconmensurable. La personalidad del paciente exige todos los recursos de la personalidad del médico y no trucos técnicos” (CW 10 § 338, trad. modif.). No puede ser que esto se aplique solo a la sala de consulta. También debe ser válido para nuestro propio pensamiento teórico. Pero obviamente nuestra teoría usa los mismos mecanismos de defensa de racionalización e intelectualización que combate en el paciente; teorización imaginativa, así llamada especulación, está prohibida en la psicología teórica, ya que es una implicación personal tonificada y un modo de retórica. La teoría psicológica excluye de sí misma, de su propia actitud, los mismos modos que, como psicoterapia, práctica y busca en la sala de consulta. El pensamiento simbólico es algo que el paciente (o el hombre moderno en general) debe desarrollar, pero nuestra teoría lo rechaza como un “pensamiento inferior”.

Incluso nuestra idea de totalidad participa del pensamiento neurótico. Porque esperamos lograr la completitud al añadir funciones previamente descuidadas al número de funciones bien desarrolladas o compensando una unilateralidad suministrando al lado que falta. De esta manera obtendremos solo un conjunto de funciones, que en sí mismas son unilaterales y están escindidas, pero nunca obtendremos totalidad. “Del mismo modo que la suma de todos los ceros nunca hará ‘uno’” (CW 10 § 516), la adición de funciones o aspectos de la personalidad nunca traerá unidad. Incluso después de su combinación, permanecerán unilaterales.

Jung ridiculizó la idea equivocada de completitud en una carta de 9. I. 1960 (a Hugo Charteris), discutiendo el tema de “Sócrates y su flauta”. Afirma que “[l]a historia comienza con su daimonion, susurrándole al oído: ‘¡Deberías hacer más música, Sócrates!’ Con lo cual, el viejo y bien intencionado Sócrates fue a comprar una flauta y comenzó a hacer ejercicios lamentables. Obviamente entendió mal el consejo, pero de una manera característica”, al tomar la voz interior “literal y técnicamente como si fuera un hombre moderno” —o, yo añadiría, como si fuera un psicoterapeuta junguiano moderno. ¿Cuál fue su malentendido? Que pensaba que podía lograr la totalidad al compensar sus actividades filosóficas unilaterales (pensamiento) con la actividad ‘opuesta’ (música). La ecuación “filosofía + flauta = totalidad” es obviamente errónea según Jung. La compensación no significa un comportamiento (en el sentido más amplio de esta palabra: todas las acciones observables directa o indirectamente del organismo) que se añade a la actividad unilateral, sino que implica un cambio de actitud. En lugar de pensar en el nivel del comportamiento (= literalización), Sócrates debería haber entendido el consejo psicológicamente. Entonces no habría tocado la flauta a modo de contrapeso; habría y podría haberse quedado con la filosofía —pero luego habría filosofado de una manera menos racionalista, más “musical”. La unilateralidad no era de su comportamiento (su especialización en filosofía), sino de las actitudes con las que practicaba esta verdadera y única profesión suya (cf. Berry, “On Reduction” en cuanto a esto (2)). Por lo tanto, Sócrates escenificó la compensación en el nivel del comportamiento cuando debería haberlo logrado en el nivel de la psicología, es decir, en el “Erinnerung” (remembranza/interiorización), para un cambio interno de mentalidad.

Ahora, volviendo a nosotros mismos y a la psicología, podemos decir que también tratamos de escenificar la idea de totalidad proyectándola en el paciente como una tarea a realizar y entendiéndola en el nivel de comportamiento en términos de equilibrar las diversos funciones o actividades. Pero para Jung, la totalidad es una cuestión de “Blick fürs Ganze”, teniendo “un ojo para la psique en su conjunto” (CW 10 § 370, trad. modif.), no una cuestión de convertirse en un manitas psicológico. No es nuestra especialización lo que tiene que cambiar, sino la estrechez mental con la que vemos. El lugar donde debe lograrse la totalidad, donde debe desarrollarse la función inferior y donde deben integrarse las deficiencias que llamamos “sombra” no es en el hombre mortal como persona —pensar así sería soberbio— sino que es en la psicología, la psicología de cada uno de nosotros, como tenía lugar para el propio Jung cuando escribió su libro sobre tipos. Con estos comentarios ya estamos tocando el tema de la siguiente sección.

4. Personalismo y reduccionismo

En el mismo artículo que nos dio nuestra piedra de toque para examinar la psicología en busca de una posible neurosis, Jung describe “el mal principal de la neurosis” como la pérdida de la “gran relación”. Él “que niega lo grande debe culpar a lo insignificante”. Por lo tanto, Freud quería “poner fin de una vez por todas al aspecto más amplio del fenómeno psíquico”, dice Jung con referencia a The future of an illusion, “y en el intento continúa el trabajo funesto que se está llevando a cabo en cada neurótico: la destrucción del vínculo entre los hombres y los dioses …” (CW 10 § 367). La psicología nuevamente perpetúa el principio mismo detrás de la neurosis del paciente.

Lo que Jung ataca aquí podría llamarse el empirismo de la psicología, esa visión que, debido a que niega “lo grande”, busca las causas en “lo insignificante”, es decir, trata de “explicar” la neurosis causalmente con todo tipo de factores “empíricos”: la sexualidad o cualquier instinto biológico, la mala madre, la estructura familiar, las condiciones sociales, una deficiencia orgánica, las experiencias durante la infancia, el trauma del nacimiento, etc., etc. En todas esas teorías están operando los mecanismos de defensa del desplazamiento y la proyección; no solo nuestro interés es dirigido fuera de nuestro propio campo y la psicología enraiza heterónomamente en otras ramas del conocimiento (biología, sociología, conductismo, medicina, etc.), sino que la neurosis misma se desplaza lejos de nosotros mismos, desde el alma, hacia algún factor extrínseco. Las neurosis no deben bajo ninguna circunstancia —como proclaman estas teorías— ubicarse dentro del alma. La fuente externa de la neurosis, por supuesto, debe buscarse relativamente cerca de nosotros, como en nuestro cuerpo (sexualidad) o en alguna “función inferior” —será aceptable siempre que pueda ser experimentada (imaginada) como algo externo y objetivo, en otras palabras, siempre que no implique nuestra subjetividad más íntima, el alma.

Jung, por el contrario, abogó por la idea de que la neurosis se origina, no de ningún factor empírico, sino “del alma del paciente. Tampoco proviene de algún rincón oscuro del inconsciente, como muchos psicoterapeutas aún luchan por creer …” (CW 10 § 337, trad. modif.). La psicología científica, que tiene como objetivo el conocimiento de hechos objetivos, evita el uso de la palabra “alma” en favor de “comportamiento” —y esto no por una pequeña razón. No se trata de ‘meras palabras’, sino de una realidad más intensa: la objetividad científica nos ayuda a ‘escapar de ella’, nos ayuda a defendernos de la neurosis y a mantenerla a raya, afuera. (3) Nos equivocamos al creer que la magia de las palabras ocurre solo en el primitivo y en algunos pacientes; sucede ahora y en nuestro terreno de la psicología. La evitación de la palabra alma y el “menosprecio eufemístico” de la palabra comportamiento es un intento demasiado ansioso de sellar nuestra subjetividad más íntima contra cualquier influencia ‘malvada’. No es de extrañar que una psicología tan aislada (autista) escenifique la idea de relación con el exceso.

Paradójicamente, la subjetividad cuidadosamente evitada regresa inconscientemente dentro del mundo científico objetivo de los hechos, en más de una forma. No quiero entrar aquí en el tema de las “conjeturas subjetivas” (CW 10 § 356) que subyacen a las supuestas ‘explicaciones’ y ‘leyes’ objetivas de la psicología científica, pero me limitaré a la discusión del personalismo. La psicología empírica solo conoce los fenómenos psicológicos que pertenecen a las personas, es decir, puede concebirlos solo en términos de propiedad personal, de ‘mía’ o ‘suya’ o ‘tuya’ (cf.: CW 12 § 562). La metáfora raíz de la psicología es el atomismo. Primero vienen todas las personas individuales y solo luego el alma (el alma, los instintos, los sentimientos y los pensamientos de cada persona). Si el alma existe para la psicología como innumerables almas individuales y separadas, ¿cómo puede haber totalidad? Del mismo modo, se piensa que la psique en sí misma está compuesta de unidades autoidénticas (llamadas agencias, funciones y similares), es decir, unidades que se conciben original y principalmente como separadas y que forman un todo solo a causa de estar combinadas dentro de un sistema (conglomerado). Ya hablamos sobre el hecho de que la estructura misma de nuestro pensamiento teórico establece el aislamiento y la separación que se quiere superar a través del esfuerzo por la totalidad. También sabemos que la suma (combinación) no puede crear un todo a partir de lo que se define como escisión, sino que es indispensable un cambio de nuestra teoría en la dirección de un “Blick fürs Ganze”.

Ahora agregamos que la psicología debe comenzar desde el “todo”, desde “lo grande”, desde el “vínculo entre los hombres y los dioses”, si quiere llegar a la totalidad y sanar las divisiones neuróticas. Es por eso que Jung pensó muy poco en basar nuestras ideas en estudios de casos, en la observación clínica dentro de la sala de consulta. “El alcance debe ampliarse para revelar … el todo significativo” (CW 10 § 354). Por esta razón, Jung recurrió a campos aparentemente remotos y extraños como la mitología, el gnosticismo y la alquimia cuando se trataba de ver obra “el rango completo de la psique humana” (CW 10 § 369). Y en lugar de explicar el “aspecto más amplio del fenómeno psíquico” a partir de la experiencia de la sala de consulta, a la inversa trató de ver al paciente y al comportamiento personal a la luz de las ideas obtenidas de tales estudios excéntricos.

Por qué Jung recurrió a campos tan extraños y qué se entiende por “lo grande” y “lo insignificante” puede aclararse a partir de una analogía que E. Wind usa en una conexión similar. Habla de un iconógrafo que, debido a su enfoque reduccionista, descubrió que “las creaciones simbólicas de genios son, por desgracia, más difíciles de fijar a un tema definido que los inventos alegóricos de artistas menores” y agrega:

“Si esto es así, hay algo mal con la forma de fijar. Un método que se ajusta al trabajo pequeño pero no al grande obviamente ha comenzado en el extremo equivocado. En geometría, si puedo usar una comparación remota, es posible llegar a paralelos euclidianos reduciendo la curvatura de un espacio no euclidiano a cero, pero es imposible llegar a un espacio no euclidiano comenzando con paralelos euclidianos. Del mismo modo, parece ser una lección de la historia que el lugar común puede entenderse como una reducción de lo excepcional, pero que lo excepcional no puede entenderse amplificando el lugar común. A la vez, lógica y casualmente lo excepcional es crucial, porque introduce … la categoría más amplia.” (4)

Pero, ¿somos los junguianos los que no estamos haciendo uso de la categoría más amplia, no estamos comenzando también con la “totalidad” y lo “grande”? Después de todo, los conceptos del inconsciente colectivo y de los arquetipos están en el centro de la Psicología Analítica. Sin embargo, cuando observamos lo que realmente hacemos, pienso que es una ilusión suponer que la Psicología Analítica es menos personalista que, digamos, el psicoanálisis. La diferencia es simplemente que este último admite abiertamente su enfoque personalista y reductivo, mientras que nuestra teoría lo disfraza.

¡Hablamos de la madre concreta y de las otras mujeres de la familia y las designamos como “la esfera matriarcal”! Describimos a una madre como negativa y luego decimos que evocó el aspecto negativo del arquetipo de la madre a través de su naturaleza. ¿Qué estamos haciendo aquí? Si una mala madre evoca el mal aspecto del arquetipo de la madre y una buena madre el buen aspecto, entonces esto significa que la persona concreta es la realidad real y decisiva. El arquetipo ya no es en absoluto una imagen primordial, no es original, sino un factor derivado y dependiente —si no es simplemente una palabra grande, inflada, pero vacía detrás de la cual no hay otra realidad sino la madre personal. Es una mera duplicación de esta madre, de la misma manera que Freud describe a los padres imaginarios en el romance familiar de los neuróticos (5): estos padres nuevos y ennoblecidos muestran características que se derivan del recuerdo de los padres reales, de modo que el niño realmente no elimina al padre, sino que solo lo magnifica. Este análisis evemerístico se adapta perfectamente a nuestro uso personalista del término arquetipo: incluso si desaprobamos correctamente la reducción personalista donde se usa para menospreciar el material arquetípico de la fantasía —hay cosas que legítimamente pueden estar, incluso deberían estar, sujetas a una interpretación reductiva: nuestros conceptos inflados.

El origen y la raíz de las imágenes arquetípicas (la forma en que las comprende la Psicología Analítica) son las personas empíricas. Es también por esta razón que en Psicología Analítica encontramos casi exclusivamente a los arquetipos de la madre (+ anima), el padre (+ animus) y el sí mismo: la riqueza y multitud de figuras arquetípicas que encontramos en la mitología se han reducido a estos tres o cinco (mostrando que nuestros “arquetipos” son) derivados de, y representan, la familia real (engrandecida). Esto significa que la vieja falacia sensacionalista todavía está en funcionamiento y que solo está disfrazada en la Psicología Analítica. ¡Qué honesto y aliviador es el lenguaje de Freud! Él quiere decir madre y dice madre. Nosotros nos referimos a la misma madre, pero la inflamos en un arquetipo. Así destruimos lo que el término arquetipo real y ‘originalmente’ se refiere; cancelamos esa ‘sustancia’ imaginal de nuestro pensamiento, pero tenemos éxito en ocultar esta pérdida porque con una especie de ‘estrategia de inmunización’ (H. Albert) conservamos la palabra arquetipo así como el aura numinosa que se adhiere a ella. Sin embargo, esta aura ahora se atribuye a personas o partes de la personalidad empírica. Al socavar así el concepto de arquetipo desde adentro y presionar lo transpersonal en los estrechos confines de lo personal y lo empírico (entendido de manera personalista), incluso más definitivamente, ponemos fin al aspecto más amplio del fenómeno psicológico que Freud pudo conseguir al negarlo totalmente. Nuestro uso convencional de arquetipos, por lo tanto, es todo lo contrario de “comenzar con la categoría más amplia”: equivale a nada menos que a una apoteosis de lo personal(ístico) y, por lo tanto, amarra de manera absoluta e incuestionable al “mal principal de la neurosis” en nuestro teoría porque proporciona autenticación divina para éste.

5. El efecto de la psicología

La psicología ha caído en el mismo modo de pensar al que se opone en el neurótico. Pero si la psicología en sí misma es neurótica, ¿cómo puede tener un efecto curativo (que obviamente tiene)? Este es un dilema muy curioso, ya que no podemos negar con razón ni la neurosis ni el efecto curativo. Parece que solo hay una respuesta posible: la psicología no sana a pesar de su neurosis, sino a causa de ella. Esto también encajaría con la idea de que ‘curar’ es en sí mismo un concepto neurótico. ¿No podría ser que el paciente se libere de su neurosis (personal) porque en la terapia la transfiere a la psicología, para que esta última la lleve por él? En opinión de Freud, la neurosis cambia a una neurosis de transferencia. Pero, ¿qué pasa con esta nueva neurosis, a dónde va cuando la transferencia se “disuelve”? ¿Debemos pensar que las realidades objetivas transpersonales llamadas “transferencia” simplemente se disuelven en el aire?

Diría que se transfieren nuevamente, pero esta vez no a una persona, sino a una estructura objetiva. Es la psicología la que recibe la neurosis en sí misma, como en un recipiente, y así alivia al paciente. El instrumento de esta transferencia es el número interminable de interpretaciones (“trabajadas”) durante el análisis, mediante el cual la neurosis se profundiza y se amplía (“amplifica”) y la mentalidad del paciente se eleva al nivel objetivo de la psicología. Lo que a veces se llama la “objetivación de la neurosis” podría significar precisamente este proceso. El paciente se cura a través de su nueva conexión con la teoría impersonal que reivindica la validez universal (por ejemplo, la superación del complejo de Edipo; la individualización). Por lo tanto, adquiere una actitud más objetiva y transpersonal hacia sí mismo. Lo que cura es el carácter impersonal de la teoría, que aparece en psicología como en cualquier parte de la hermenéutica, la ciencia, la filosofía o la religión. Esta es la razón por la cual cualquier psicología funciona en la práctica terapéutica. Que nuestra psicología sea personalista en su contenido no altera el hecho de que, como un sistema de significado, siga siendo objetiva y transpersonal. De hecho, desde un punto de vista arquetípico, es en sí misma una sustancia arquetípica, aunque el objetivo de esta psicología es negar cualquier cosa arquetípica (Freud) o abusar de los conceptos arquetípicos reductivamente (Psicología Analítica). (En otras palabras, el reductivismo personalista es en sí mismo un modo arquetípico).

De ser así, el principio de epistrophé (la reversión o el retorno de nuestras idiosincrasias personales a los dominantes arquetípicos apropiados) (6) se confirmaría una vez más; sería el principio incluso detrás de la psicoterapia convencional, a menudo antiarquetípica, y el análisis funcionaría con la teoría como un factor autónomo, incluso al negar que sea así. En la medida en que dicha revisión no es una cuestión de comprensión intelectual, sino que requiere, para tener una realidad psíquica, un ritual, podemos entender por qué el tedioso proceso de terapia debe repetirse con cada paciente nuevamente. La terapia no supera, sino que, por el contrario, se inicia plenamente en ese mundo (arquetípico) que se llama neurosis (y que se materializa en la psicología). Es esta iniciación la que libera a la persona individual. Nuestra psicología tiene el mismo propósito que, por ejemplo, el culto mitraico o su sucesor, el cristianismo, lo hizo para el hombre de la antigüedad tardía. Como religiones redentoras proclamaron la victoria de la luz sobre la oscuridad (lo que ahora llamaríamos La Represión Exitosa) y, por lo tanto, permitieron al individuo reflejar su neurosis personal en un contexto transpersonal y darle un hogar allí. La psicología con su escatología del desarrollo no es simplemente un paralelo y un sucesor del cristianismo, sino que es una verdadera religión redentora con un culto muy severo —solo que disfrazado.

Nuestra psicología puede tener éxito en la terapia. Pero, por supuesto, la neurosis como tal permanece, y cada análisis exitoso ayuda a neuroticizar la psicología una vez más o, al menos, a mantenerla neurótica. La psicología en su conjunto no cura la escisión; más bien, perpetúa la neurosis y la amarra firmemente. Y la cura del paciente es solo una parte del efecto de nuestra psicología terapéutica. El otro lado es que en más de 80 años de psicoterapia de ninguna manera se han podido reducir el número de trastornos psíquicos a nivel colectivo. La psicología en general es abortiva; se malogra. La neurosis y la psicología médica son frutos del mismo árbol. Juntos parecen ser uno de los “juegos que la gente juega”, como policías y ladrones.

El desplazamiento o la transferencia del nivel personal a la psicología objetiva significa que esta psicología, como fenómeno cultural y como una forma general de verse (neuróticamente) a uno mismo y a la psique, lleva consigo las semillas de neurosis siempre nuevas; las perturbaciones que toma del paciente, de alguna manera las devuelve a la población en general (“Zeitgeist”). Nuestra psicología ha incorporado la compulsión a la repetición en la terapia; por cada paciente que completó su análisis, hay varios otros esperando comenzar uno. Con estos hallazgos agregamos un aspecto adicional a la idea pesimista de Freud sobre la interminabilidad del análisis. Él discutió la duración interminable del análisis del paciente individual y la posibilidad de que un análisis pueda finalizar con un éxito momentáneo, pero no con un éxito definitivo (preventivo). Nuestro punto de vista diferente además tiene en cuenta el efecto del análisis para la población en general no analizada, es decir, el carácter epidémico de la enfermedad llamada análisis. Nuestro resultado confirma las conclusiones de Hillman, quien abordó este mismo tema, también con referencia a Freud, desde su perspectiva elegida de histeria y misoginia. (7)

6. La terapia de la psicología

En el pasado, hemos podido practicar psicoterapia de buena fe, sabiendo que incluso si personalmente tenemos nuestra parte en la neurosis, al menos servimos a una causa que estaba encima de la mesa; las deficiencias y fallas en la terapia se debieron a la fragilidad humana (demasiado humana), no al método mismo de la psicoterapia. Ahora, además de la visión humillante de la posible neurosis del terapeuta, tenemos que vivir con el descubrimiento mucho más hiriente de que incluso nuestra causa, la psicología, es completamente neurótica. ¿Deberíamos, por lo tanto, abandonarlo? Por supuesto que no. Si lo hiciéramos, reaccionaríamos una vez más a la neurosis con defensas y represión. No, como terapeutas también debemos aceptar la neurosis de nuestra propia disciplina. Jung dice que uno debería estar agradecido con la neurosis y aprender no cómo deshacerse de ella, sino cómo soportarla. Es sobre todo la psicología la que tiene que aprender esta lección, no solo el paciente. El falso egocentrismo de nuestra teoría tiene que ser eliminado. Entonces la psicología misma debe ser su primer paciente. Ahora tenemos que darnos cuenta de que el análisis de las personas involucradas (paciente y analista) no será suficiente; la teoría necesita un análisis igual de intenso. No todo está hecho si yo como analista he sometido mi desorden neurótico personal a análisis; mi desorden impersonal, la neurosis de mi psicología, permanece intacta. (Y, sin embargo, es la neurosis impersonal la más cercana y más íntima a nosotros, ya que está enraizada en el núcleo transpersonal de la personalidad). Es por eso que Jung habló de la necesidad de que la psicología “desaprenda y vuelva a aprender”, de la necesidad de una “revisión radical” (cf. el título de Hillman: Re-Visioning Psychology) y de una “liberación de ideas gastadas que han restringido seriamente nuestra visión de la psique en su conjunto” (CW 10 § 369s.). Sobre todo, exigió una crítica de las premisas y presuposiciones subyacentes a nuestro pensamiento, de hecho, una “psicología crítica”.

Freud, en su artículo sobre “Análisis Terminable e Interminable”, se dio cuenta de que el intento de acortar la duración del análisis muestra un resto del desdén impaciente de la medicina por las neurosis y él mismo optó por “establecerse la meta, no abreviar, sino profundizar el análisis”. (8) Esta profundización necesaria, sin embargo, no debe entenderse en términos de duración o minuciosidad en detalle, ni como penetración en trastornos ‘más tempranos’ (narcisismo primario o traumas prenatales) o causas más básicas (el cimiento biológico de Freud). Estas son las categorías incorrectas, que necesariamente hacen que el análisis sea interminable (infinito) ya que siempre se puede encontrar algo más básico o anterior. Este pensamiento equivale al intento inútil de llegar a su fin siguiendo los paralelos euclidianos al infinito.

La profundización del análisis debe tomarse más bien como una progresión a un nivel fundamentalmente nuevo, a la “categoría más abarcativa” de Edgar Wind, a la “curvatura del espacio no euclidiano”. La psicología debe ser curva (intentio obliqua), doblarse hacia atrás, reflejarse en sí misma. Los mismos principios analíticos con los que hasta ahora recurrió al paciente (con la intención empirista recta) ahora pueden aplicarse a sí misma y así completar y cumplir el análisis tomándose en serio, como tercera persona. Esto es lo que significa “psicología crítica”.

Hasta ahora, los psicoterapeutas hemos actuado (¡e investigado!) tan inconscientemente en nuestra profesión como lo hicieron los nativos de Jung en Kenia cuando realizaron el ritual de saludar al sol naciente. Tenemos, por supuesto, un rico conocimiento de qué hacer y decir y cómo interpretar, pero si nos preguntaran (como si fuésemos los africanos preguntados por Jung) por qué nos comportamos y pensamos de esa manera, podríamos, como aquellos nativos, no presentar otro fundamento que no sea “porque es la verdad, así son los hechos, solo miren todo este material del caso” y podríamos, con este dogmatismo, traicionar nuestro inconsciente. (Que nuestros hechos están, en cierta medida, validados empíricamente, mientras que los de Kenia no lo estaban, obviamente no hace ninguna diferencia con respecto a la consciencia. La evidencia empírica válida puede establecer un conocimiento verdadero, pero no hace más consciente. La superstición y la ciencia, a pesar de su diferencia fundamental, están, por lo tanto, en el mismo nivel a este respecto porque comparten la misma creencia ciega (cegadora) en los hechos. “La colaboración de la psique —un factor indispensable— permanece invisible” [CW 10 § 498].)

El principio de la psicología profunda es el levantamiento de las represiones, y la “regla fundamental” psicoanalítica fue establecida para cumplir este principio. Freud afirma acerca de la aplicación de esta regla: “Es una cosa muy notable que toda la empresa se eche a perder si se hace una sola concesión secretamente. Si en algún lugar de una ciudad existiera el derecho de santuario, uno puede imaginar que no pasará mucho tiempo antes de que todos los deleznables de la ciudad se reúnan allí.” (9) Pienso que nuestra teoría psicológica, tan descuidada, es tal santuario. Allí, como hemos visto, se reúnen todas las ideas neuróticas. La psicología escenifica sus puntos de vista en su ‘comportamiento’ (es decir, la psicoterapia), pero la teoría, como la ‘consciencia’ y la ‘actitud’ de la psicología, está protegida y defendida contra tal visión. He dado una serie de ilustraciones para esto. A modo de recordatorio. Quiero señalar el efecto o el propósito inherente del enfoque genético: el uróboros, el narcisismo primario, el Einheitswirklichkeit, el pensamiento mágico y cosas similares están puestos (vía proyección) lo más alejado posible de nosotros por nuestra teoría, ya sea en lo que no somos (el hombre prehistórico, el niño o el genio creativo) o en lo que de ninguna manera queremos ser (el paciente neurótico), para evitar que nuestro propio pensamiento y forma de ver —nuestra subjetividad más profunda— se vean afectados por estas realidades. No queremos renunciar a este último recurso y refugio y cambiar fundamentalmente, sin reservas (lo que Jung llamó de forma radical “desaprender y volver a aprender”). La última fortaleza más secreta y más interior de la vieja actitud centrada en el ego es la teoría psicológica, cuya participación en la terapia y en la transferencia no está sujeta a análisis de la misma manera que las otras dos personas. Ahora vemos por qué el análisis fracasa a pesar de su tremendo esfuerzo: toda la empresa se echa a perder porque se ha hecho una concesión, aunque únicamente sea en un solo lugar.

Hay una cortina de hierro entre la terapia y la teoría. El practicante, enfatizando las experiencias sentimentales, desprecia la teoría como un intelectualismo; para el psicólogo científico la teoría es algo sagrado que debe mantenerse limpia de emociones, imaginación y neurosis. A través de esta disociación obtenemos tanto una práctica neurótica como una teoría neurótica. En general, se acepta que intelectualizar los propios afectos es un mecanismo de defensa, pero no se ve lo opuesto, que ignorar la teoría por la introspección personalista, etc., también es una defensa. Por supuesto, no ayudaría si la teoría se hiciera más relevante en la práctica y si el practicante se ocupara más de la teoría. Esto acercaría los dos extremos, pero no importa lo cerca que se acerquen, la división neurótica de la psicología permanecería. Lo que se necesita es su unidad, “totalidad”. Esto es a lo que Freud iba cuando habló de “Junktim zwischen Heilen und Forschen” (el paquete de curación e investigación). (10) La terapia es teórica y la teoría obra en la terapia. En realidad, no podemos restringir la terapia al consultorio y el teorizar a los libros. Jung escribiendo sus estudios teóricos y psico-históricos no solo proporcionó herramientas teóricas para el análisis. Su trabajo escrito es en sí mismo terapia, una terapia de pleno derecho, en la medida en que apunta a afectar nuestras actitudes de consciencia. Al pensar lo contrario, separaríamos la teoría.

Por el contrario, estamos sujetos a un autoengaño si creemos que una introspección cada vez más profunda o el abandono de las experiencias sentimentales al estilo grito primal traerían una iniciación genuina al ‘mundo interior’. La introspección significa que nos miramos a nosotros mismos y por lo tanto obviamente desde afuera. Iniciación, por el contrario, significa entrar, pero cuando esto sucede estamos en “eso” y somos parte de ello y, por lo tanto, ya no podemos mirarlo. Abandonar las experiencias sentimentales implica, sin duda, entrar. Pero, como sugiere el término abandono, algo quedó fuera y detrás que, por lo tanto, no participa en el proceso de transformación y, por lo tanto, puede servir como ancla y terreno firme. Las experiencias pueden ser tan intensas como lleguen, sin embargo, nada verdaderamente esencial en el sentido de iniciación habrá sucedido debido a la reservatio mentalis, a la exclusión previa de nuestra mente, que sigue siendo tan racionalista y egoica como antes. Solo la mitad entra y siente. O es todo el ego el que entra, pero entonces la reserva mental significaría que, a pesar de girar alrededor como a una unidad por las emociones, la estructura interna del ego permanecería intacta. En la llamada experiencia del sentimiento, es el viejo ego el que experimenta y siente. Sigue siendo el sujeto idéntico a sí mismo incluso cuando se ‘relaciona’. Es cierto que la psicología debe ser subjetiva. Pero su subjetividad no puede ser la propiedad personal ‘mía’, del ego —más bien, debe ser una subjetividad impersonal y objetiva, una que primero me da mi sentido de ‘mi-idad’.

Como dijimos, la psicoterapia se centra en el paciente o, en el mejor de los casos, en el paciente y el médico (en sus experiencias y reacciones personales), en resumen, en lo personal. Por lo tanto, la psicoterapia personalista es realmente un folie à deux, un encuentro buberiano Yo-Tú, porque solo se aceptan dos personas, tertium non datur. La “gramática” de la psicología es defectuosa, no podemos conjugar adecuadamente: yo, tú —ahí es donde nos detenemos. Pero la “conjugación” adecuada (en griego: ¡syzygía!) sabe de una tercera persona, de Eso objetivo e impersonal (la psique objetiva, lo “grande”, Psychologia) que está presente junto con las otras dos personas porque es su aspecto más amplio e impersonal. Freud se acercó mucho a esto con su id, pero desafortunadamente colocó el id dentro del individuo como una parte de la personalidad. Cuando la psicoterapia se ve en términos del diálogo entre dos personas, un Yo y un Tú, no hay sicigia ni conjugación, sino una “disiunctio” absoluta (cf. CW 16 § 397); (la palabra habitual de Jung es disociación): médico – paciente, cuerdo – neurótico, consciente – inconsciente, pensamiento – sentimiento, etc. El eros de la transferencia puede intentar, lo más duramente posible, unir a los dos, pero nunca irá más allá de una “neurosis de transferencia”. Cuando el marco de la psicología es personalista porque no se ve el tercero de los dos, no puede haber coniunctio. El “hijo del alma”, que según Jung (CW 16 § 465) es la meta de la transferencia (y de la psicoterapia), no nacerá: dicha psicología debe ser abortiva; debe fallar; el hacer-alma no puede tener lugar. En cambio, la psicoterapia tendrá que dedicarse a fines “prácticos” (curación, fortalecimiento del ego, modificación del comportamiento, entrenamiento de la sensibilidad, experiencias emocionales, desarrollo de todas las funciones, etc.) y volverse tecnológica, como hizo Fausto después de la coniunctio, que casi habiéndose logrado, finalmente falló. También en su caso, tuvo que fracasar ya que el “proceso objetivo de la unión” fue perturbado por la “intervención personal de Fausto”, su identificación con la figura mitológica (= transpersonal) de Paris (CW 12 § 558s.).

Jung siempre insistió: el origen de la neurosis radica, no en el pasado, sino en el presente, es decir, cerca de casa. En este espíritu necesitaríamos concentrarnos en lo que está más cerca de casa: nuestra actitud de consciencia, nuestras teorías. Para hacer psicología debemos “erinnern”, para hacer alma, volver a casa. En lugar de buscar los arquetipos por ahí y así reificarlos, necesitamos desarrollar un enfoque arquetípico; en lugar de ubicar la psique en las personas, debemos aprender a ver psicológicamente; en lugar de hablar sobre los uroboros en el niño o en el paciente, nuestra psicología debe avanzar hacia una consciencia urobórica. Si la psicología se ha convertido en su primer paciente y si su “espacio” es curvo, de modo que todas las líneas “rectas” vuelvan a ser como el draco caudam suam devorans (el dragón devorando su cola), ya no estará fijada en el paciente, en comportamientos y en la práctica.

Ambos fundadores de la psicología profunda, Freud y Jung, observaron la cura analítica con cierto desapego, Freud confesando que nunca había sido un entusiasta terapéutico, ni un verdadero médico y que nunca había tenido un fuerte deseo de ayudar al sufrimiento, Jung admitiendo bastante poco interés en las personas y los hechos externos de la vida. Esto no significa que se relacionaron con el paciente con indiferencia, sino que podría arrojar luz sobre por qué estaban destinados a ser psicólogos. El interés del psicólogo no se dirige a la persona factual y a su comportamiento, sino a los asuntos psicológicos. La línea curva que sigue la mirada psicológica se encuentra con el paciente y con los hechos —no los evita y, en cambio, se vuelve meramente hacia adentro (introspección)—, pero continúa y vuelve a su lugar de origen. Su objetivo es su propio origen, no el paciente. La psicología no habla del paciente, del objeto externo, sino siempre de sí misma; y la psicología propiamente dicha solamente comienza donde sigue al uroboros, el dragón de la imaginación, (11) es decir, donde se fusiona con el imaginario mismo. Pero en este movimiento circular, el paciente es abarcado, no como un punto fijo y un fin en sí mismo, sino como algo que se lleva y ‘se ve a través de él’. Lo mismo, sin embargo, se aplica al sujeto que ve (ego); también deja de ser un punto fijo y entra en la rotatio alquímica, de modo que no quedará nada fijo y ‘fáctico’, ninguna reserva, ¡el movimiento circular de la imaginación misma se convierte en el único hecho (y ‘factor’)! Y esta disolución de las dos personas fácticas y sus egos autoidénticos en el movimiento circular es el propósito real de la terapia. Esto es lo que debe entenderse como el objetivo de ‘cambiar al paciente’, mientras que la modificación de su comportamiento y otros propósitos prácticos y problemas factuales con los que se ocupa la psicología clásica ahora no parecen ser en absoluto verdaderamente psicológicos, ya que solo la entrada dentro de la circulatio es una auténtica iniciación.

Jung se esforzó mucho por comunicar esta idea. Su enfoque tipológico de 1913 ya tenía el propósito de apartar la disputa entre las diversas escuelas (Freud—Adler—Jung) del nivel empírico de los hechos hacia un punto de vista psicológico: en lugar de probar o refutar empíricamente las diversas teorías, reflexionó sobre la pregunta, completamente diferente, de qué hizo que Freud o Adler vieran las cosas como lo hicieron. Su tipología ciertamente no fue suficiente para esta tarea (por lo que Jung más tarde la dejó en favor de la teoría arquetípica mucho más amplia y sutil), pero este intento inicial dejó atrás la fijación científica en el objeto y en los hechos, regresando a la indagación psicológica en sí misma y, por lo tanto, reconociendo la autonomía de la psicología.

Con respecto a la terapia, Jung expresó las mismas ideas, por ejemplo, exigiendo una “contra-aplicación al médico mismo de cualquier sistema en el que se crea” (CW 16 § 168), ya que el médico está tanto ‘en análisis’ como lo está el paciente, como una “parte del proceso psíquico” (§ 166). Ambos están dentro del proceso, no al revés. Se requiere el “paso de la educación a la autoeducación” (§ 170), y con “esta revolución [Wendung]”, “la psicología analítica ha roto los lazos que hasta entonces la habían vinculado al consultorio del médico. Va más allá de sí misma …” y “puede pretender convertirse en una propiedad de la cultura en su conjunto [Allgemeingut zu werden]” (§ 174, modif.). Se necesita una visión del alma totalmente diferente a la visión biológica previa, ya que el alma es “mucho más que un simple objeto de interés científico. No es solo el paciente sino también el médico, no solo el objeto sino también el sujeto … la condición absoluta de la consciencia misma” (§ 173).

Aunque aquí ciertos elementos del lenguaje de Jung todavía parecen tener un reparto personalista —“autoeducación”, por ejemplo, podría confundirse en el sentido de un esfuerzo personal (autoerótico) por parte del médico— el texto citado en su conjunto, sin embargo, expresa la visión de Jung de lo que uno podría llamar una psicología trascendental-dialéctica. Va más allá de todo empirismo y personalismo, más allá de lo práctico y concreto, más allá de la sala de consulta (incluso cuando podría estar allí) y ve la psicología (y la sesión analítica) desde la perspectiva de Vermittlung, la mediación. La “revolución” de Jung (Wendung) recuerda a la Kopernikanische Wendung (revolución copernicana) de Kant, así como una formulación tal como “la condición absoluta de la consciencia misma” es análoga a la preocupación de Transzendentalphilosophie por las “condiciones de la posibilidad de un a priori” de, digamos, juicios sintéticos. El alma es mediación, un “entre”. Pero este entre (por ejemplo, de transferencia) no debe ser imaginado como una flecha (unidireccional o bidireccional), una cuerda tendida entre (12) analista y paciente, sino más bien como algo que rodea y abarca, además de trascender, a ambas personas. Incluso si también está en cada uno de nosotros y, como tal, tiene un aspecto empírico, en realidad es “un alma única que lo abarca todo” (CW 10 § 175, modif.), la “misma alma de la humanidad” (CW 16 § 65), reflejando al Ser como tal (GW 16 § 203), un mundo de dimensiones cósmicas (CW 10 § 366). Por esta razón la psicología nunca puede ser una rama especial de la ciencia, ya que debe convertirse en Allgemeingut y comenzar desde una perspectiva global que solo pueda hacer justicia a un alma de dimensiones “cósmicas”. El siguiente diagrama, adaptado de Erich Heintel, (13) puede ilustrar la visión de Jung de la sesión analítica (y la psicología en general).

———— Mediación ————

mediación                objeto

·                       ·

(analista)           (paciente)

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El alma como mediación ocurre dos veces: como periferia (psique transpersonal) y como consciencia personal del analista (incluida su psicología), que se rige por los dominantes objetivos y ve al paciente en consecuencia. Nuestras teorías psicológicas son más grandes que nosotros y anteriores a nosotros mismos. Nos rodean y abarcan tanto a nosotros como a lo que percibimos (por ejemplo, el paciente). Esta visión comienza con la totalidad y “lo grande” y, por lo tanto, ya no se enfrenta con la tarea autodestructiva de tratar de unir dos almas individuales que están separadas por definición.

De esta manera, también debemos concebir la paradoja del ego-sí mismo. El sí mismo no está tanto en mí, no es “mi” verdadera naturaleza, aunque puede brillar a través de mí. … ¡La individuación, por lo tanto, no significa un proceso de autorrealización empírico-personal, sino que es un “propósito trascendental” (CW 14 § 790)! Es algo intangible e indefinible; empíricamente hablando no es nada en absoluto: es “meramente” imaginal. Desde un punto de vista práctico el negocio de la psicología es “vano” e “inútil” —pero ahí radica su distinción. En la misma línea, Jung afirma: “Preocuparnos por los sueños es una forma de reflexionar sobre nosotros mismos —una forma de autorreflexión. No es nuestra conciencia del ego reflejándose a sí misma … No se refleja en el ego … sino que recuerda ese ser extraño, ajeno al ego …” (CW 10 § 318). Y el sueño no es tanto “mi” sueño, sino un mensaje del alma inconsciente y unitaria de la humanidad” (ibíd.). Sin embargo, agregaría aquí que tampoco puede ser el ego (la conciencia del ego) el tema de esta contemplación. Nietzsche habla de un “Ungeheure Selbstbesinnung: nicht als Individuum, sondern als Menschheit sich bewußt werden” (Tremenda autocontemplación: no como un individuo, sino como la humanidad tomando conciencia de sí). (14) No solo es importante de qué me vuelvo consciente, sino también como qué me vuelvo consciente: quién es el sujeto en mí. Yo, como sujeto, ya debo, para empezar, estar sintonizado con el “alma de la humanidad”, con el punto de vista de la mediación y lo imaginal, para poder contemplar “ese yo extraño”. Similia similibus: debe ser el sí mismo que se contempla en mí y a través de mí. Es por eso que la verdadera psicología presupone una iniciación. No se puede aprender ni enseñar. Uno debe ser capturado, como por el yugo de la patología.

Hemos visto que la psicología se vuelve neurótica al defenderse de su propia patología. Por lo tanto, trata de evitar tener que sufrir una iniciación y de tomar consciencia de sí misma Para poner al descubierto la neurosis y para ponerle fin, la psicología debe “erinnern”, tomarla en sí misma y devolverla a su origen, el alma. Entonces se levanta la represión. Podemos entender por qué esto generalmente no sucede y por qué Nietzsche habló de una autocontemplación tremenda o terrible. Desde el punto de vista del ego habitual, esta tarea de psicología es nada menos que cortar la rama en la que uno está sentado, de modo que uno pierde el firme agarre y se sumerge en la profundidad sin fondo del espacio “intermedio” donde no hay líneas rectas ni puntos fijos. Pero entonces comenzaría la rotatio, la psicología sería el alma ‘recordada’ (erinnert); terapia y teoría, fantasía y hecho, analista y paciente ya no podrían mantenerse separados. El reino de la mediación se abriría y nacería el “hijo del alma”.

Me gustaría repetir: el lugar donde la psicoterapia tiene que suceder y donde no sería solamente abortiva es en la tercera persona objetiva, impersonal y, sin embargo, también la más subjetiva: la psicología. Integrar, desarrollar, compensar, sanar, “recordar” (erinnern, interiorizar), imaginar, introspección, iniciación, análisis, expandir la consciencia de uno y aquello que busca la psicoterapia son tareas a realizar no por la persona, sino por la psicología. Solo en este nivel, en el “plano superior de la dialéctica psicológica y filosófica” (CW 10 § 333), la psicología puede volverse psicológica, porque solo esto abre la tercera alternativa al estancamiento de los opuestos: el reino imaginal del hijo del alma. Cualquier cosa verdaderamente importante no puede suceder en nosotros a menos que ocurra en nuestra psicología. Porque estamos en ella— incluso si pensamos que está en nosotros. En lugar de necesitar métodos psicológicos para obtener experiencias personales más intensas, podríamos descubrir que la psicología en sí misma puede ser nuestra riqueza y nuestra experiencia más personal: la experiencia de hacer alma.

Notas

1. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’” in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt 1975, p. 343s.

2. Patricia Berry, “On Reduction”, Spring 1973, p. 80s. y passim.

3. (Nota añadida en diciembre de 2004) es decir, a defendernos lógicamente…, manteniendo la neurosis lógicamente a raya.

4. Edgar Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance (New York: Norton, 1968), p. 238.

5. “Der Familienroman der Neurotiker”, en Sigmund Freud, Studienausgabe, vol. 4, p. 226.

6. Sobre “epistrophé” ver James Hillman, Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 50.

7. James Hillman, The Myth of Analysis (Evanston: Northwestern UP, 1972), pp. 291ss.

8. “Die endliche und die unendliche Analyse” en Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband, Frankfurt, 1975, p. 387 (mi traducción).

9. “Further Recommendations in the Technique of Psycho-analysis”, en Sigmund Freud, Collected Papers, vol. II (London, 1953), p. 356n.

10. “Nachwort zur ‘Frage der Laienanalyse’”, in Sigmund Freud, Studienausgabe, Ergänzungsband (Frankfurt, 1975), p. 347 (mi traducción).

11. Sobre el dragón de la imaginación ver James Hillman, “The Great Mother, her Son, her Hero, and the Puer”, en Fathers and Mothers (Zürich, 1973), p. 112.

12. Cf. Martin Heidegger, Die Frage nach dem Ding (Tübingen, 1962), p. 188.

13. Erich Heintel, Einführung in die Sprachphilosophie (Darmstadt, 1972), p. 92.

14. Freidrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, aforismo 585.

La lección de la máscara

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo trece, 259-262. 

Traducción de Alejandro Chavarria
Revisado por Diana Arias y Alejandro Bica

Un fenómeno generalizado en lo que podríamos llamar culturas “arcaicas” fue las danzas rituales de bailarines portando máscaras. Los rituales pueden entenderse como la forma en que un pueblo, tribu o comunidad pone en juego o actúa abiertamente en actos conductuales aspectos particulares de la lógica interna de la existencia humana como tal —la lógica de ser un ser humano— para dar a esta lógica oculta un lugar explícito en sus vidas y también periódicamente para afirmarlo y honrarlo conscientemente. Para los humanos, evidentemente, no es suficiente estar gobernados de facto por la lógica inherente de su existencia, como parece ser suficiente para los animales. Los humanos además tienen que mostrar y articular lo que por naturaleza informa su existencia. La lógica articulada de la humanidad en su complejidad es el “alma” de la existencia humana, y el “alma” humana, a la inversa, debe entenderse como vida lógica. Hablo de vida lógica porque la lógica de la existencia humana debe distinguirse de lo que se conoce con el nombre de lógica formal y matemática, que son instrumentos abstractos de procesamiento de pensamientos, mientras que la lógica de la que se preocupa la psicología es la lógica de lo real. En etapas posteriores de la consciencia y el desarrollo cultural persistió la necesidad de articular la lógica del ser, pero tomó otras formas, ya no predominantemente de rituales, sino, por ejemplo, de doctrinas religiosas y, más tarde, de la metafísica clásica.

Todas las declaraciones doctrinales se han vuelto a priori sospechosas para nosotros por ser probablemente ideológicas; en cualquier caso, como afirmaciones explícitas, tienden inmediatamente a evocar preguntas sobre su verdad o ilusión, incitándonos a tomar una posición a favor o en contra. Los rituales antiguos, por el contrario, tienen la ventaja de que podemos verlos como la auto manifestación inocente e irreflexiva de la vida lógica del alma y, en tanto que exhibición, como lo que hace visible para nosotros la lógica oculta. Simplemente tenemos que mirar de cerca y ver qué muestran. Es con este espíritu que recurro al fenómeno de la danza de mascaras. En el espacio de este trabajo, es imposible prestar atención a las particularidades y detalles locales que distinguen en la realidad empírica las diversas danzas de diferentes pueblos, en diferentes épocas y para diferentes festivales. Me limitaré a analizar los rasgos esenciales de una especie de “tipo ideal” de danza de máscaras.

El bailarín, que en la vida civil cotidiana es un miembro ordinario de la comunidad familiar para todos, en primer lugar se pone una máscara, la máscara de algún espíritu, demonio o dios. De esta forma se muestra a sí mismo como diferente de sí mismo. La necesidad de llevar la máscara expresa la noción implícita de que él no es exclusivamente él mismo, no está dentro ni confinado a su propia realidad empírica e identidad personal. Él es más. También es lo que definitivamente no es. Así, al ponerse la máscara, el bailarín se erige, representa y, por lo tanto, se convierte en la “diferencia psicológica”, la diferencia entre él mismo como persona humana ordinaria (demasiado humana) y su otro; entre él mismo como individuo de la especie homo sapiens y él mismo como alma, espíritu o divinidad. Es ambos a la vez; en otras palabras, es la unidad de su identidad consigo mismo y su diferencia de sí mismo.

Lo que hay a cada lado de esta diferencia es fundamentalmente diferente. Los dos lados no son del mismo tipo y estatus. La máscara es hueca y, como tal, está destinada a ser cuasi-inmaterial. El hecho de que este objeto hueco no sea de hecho totalmente inmaterial no es más que un mal necesario. En última instancia, la máscara es, está destinada a ser, mera apariencia, imagen, efecto de espectáculo. No tiene un cuerpo completo, ni sustancia ni vida propia. Es una “nada”, una representación de algo irreal, simplemente ideal. Toda sustancia y vida están del lado del ser humano como organismo animal. La diferencia psicológica que muestra el bailarín enmascarado es, por tanto, también la diferencia y la tensión entre lo real y lo ideal.

Al usar la máscara, el bailarín humano lleva su aspecto de alma o espíritu frente a él. Está “ahí fuera”, al frente, en la superficie, totalmente manifiesto, para que todos lo vean. A la inversa, como persona humana, como ego o consciencia, da un paso atrás, desaparece detrás de la máscara. El ser humano real queda reducido a la condición de un instrumento, un mero soporte de la imagen “irreal” mostrada por la máscara que es incapaz de sostenerse por sí sola. La situación aquí es contraria a la forma en que la psicología moderna imagina la relación del ser humano y su alma. Aquí, el aspecto físico o la realidad empírica del hombre es lo que está al frente, mientras que se piensa que la psique está oculta en lo más profundo. La psique ahora se conoce especialmente con los nombres de lo subconsciente, inconsciente, incluso lo reprimido. Por tanto, es lo contrario de lo que se muestra abiertamente. Se piensa que lo que hoy “exhibimos” es una fachada, detrás de la cual se esconde el verdadero yo, inaccesible en última instancia incluso para nosotros mismos. Por eso el psicoanalista tiene que ser una especie de detective, tratando de traspasar lo que para nosotros es la máscara. Para Freud, lo manifiesto es una tapadera que camufla lo latente. Aunque Jung no vio las cosas exactamente de esta manera, introdujo, con referencia explícita a las máscaras que usaban los actores en la antigüedad, la palabra latina persona como término psicológico que denota el complejo funcional que se originó a partir de la adaptación de un individuo a la realidad social y que comprende un conjunto de actitudes habituales, forma una personalidad externa que en situaciones rutinarias facilita (hasta cierto punto casi “automatiza”) su trato con los demás y protege su personalidad verdadera o más íntima de tener que entrar en la interacción y hacerse visible: una inversión completa con respecto al significado de la mascara en las sociedades ritualistas.

Allí, la máscara no ocultaba ni protegía la verdadera identidad del danzante. Y la verdadera identidad no era lo que estaba detrás de la máscara y en lo profundo de la persona empírica. El bailarín como personalidad empírica tenía (para ceñirnos a nuestra expresión moderna) su “verdadero yo” precisamente en la máscara externa mostrada libremente al mundo, y por eso tuvo que ponerse detrás de la máscara en primer lugar, dándole a esta prioridad y él mismo solamente sirviéndola y desapareciendo detrás de ella. La institución de las máscaras muestra que la idea era que la verdadera personalidad del hombre solo podía estar “ahí fuera”, en lo manifiesto. Pero el hecho de que la máscara mostrara un espíritu o un dios también indica que el verdadero yo no era aquí el yo privado del individuo, ni él mismo, sino lo que no era. Era un universal concreto, el yo de una comunidad (o un grupo dentro de la comunidad).

La máscara es un objeto muerto y creado por el hombre. Necesita el baile y la entrega implacable del bailarín hacia ella para cobrar vida. Aquí el verdadero yo no es una posesión perpetua que la persona lleva dentro de sí misma como su núcleo. No está simplemente ahí como una realidad natural dada. Y como espíritu o dios tampoco es un ser eterno que exige devoción humana. No, es en sí mismo temporal, un evento momentáneo. Tiene el carácter de un proyecto: tiene que surgir a través de la actividad humana de vez en cuando, para llegar a existir en primer lugar. ¿Cómo puede surgir? Curiosamente, a través del acto de la persona empírica que desaparece detrás de la máscara. En la medida en que la persona humana desaparece, el verdadero yo (en primer lugar irreal), es decir, el espíritu o dios, puede manifestarse y volverse real (cf.: “Él debe incrementar, pero yo debo disminuir”, Juan 3:30).

Su desaparición, sin embargo, es autocontradictoria. La persona no se va simplemente, ni se va literalmente. Al contrario, como bailarín tiene que estar intensamente presente y ponerse detrás de la máscara con toda la pasión de su alma para darle vida. ¿Cómo, entonces, desaparece? Desaparece, por así decirlo, “hacia adelante” en el logos o la verdad de la máscara bailando en éxtasis. El éxtasis no es un Erlebnis que tiene, ni su “euforia”, ni su sentimiento intenso de sí mismo. Aquí el bailarín no deja escapar lo que todo el tiempo había reprimido en el fondo. No, el éxtasis es alejarse de sí mismo como subjetividad y entrar en el significado “objetivo” y el espíritu de la máscara, un significado o espíritu que, mientras la máscara era solamente una cosa muerta, estaba meramente sugerido y dormido en ella. En cuanto éxtasis, la desaparición del bailarín es lógica, no física, tampoco emocional: es un transporte a otra dimensión o estatus, a otra personalidad no humana, la de un demonio o un dios.

Ahora podemos entender cómo la desaparición de la persona empírica puede ser la aparición y el cobrar vida del dios de la máscara. El ser humano y la máscara intercambian sus naturalezas, por así decirlo. De todo corazón, à corps perdu, entregándose a la máscara muerta que lleva y entrando lógicamente en ella hasta desaparecer en ella (éxtasis), el logos de la máscara cobra vida en él, en su cuerpo, en su danza, y como el espíritu de la naturaleza o dios que representa. Es el momento de la theosis del bailarín. Se ha convertido en el dios.

La psicología está llena de advertencias contra la inflación mediante poderosas imágenes o ideas arquetípicas, y llena del miedo a la psicosis. ¿Por qué nuestro bailarín, que claramente se ha identificado con la deidad, no muestra ningún signo de estar psicótico o inflado? Porque en su baile se entrega implacablemente al logos de la máscara. Sin concesiones, incluso imprudentemente consigo mismo, se abandona en lo que no es. No se aferra a su identidad personal. Por lo tanto, no hay nada ni nadie que pueda inflarse. De hecho, en esta danza ritualistica no se retiene ni se aferra a nada, ni a la identidad del bailarín, pero tampoco a la imagen del dios con el que se fusiona. Es todo movimiento, todo entregado al fluir del tiempo y, por tanto, también a su surgimiento y desaparición. La experiencia del dios no se prolonga más allá de su tiempo, por lo que se coagularía, por ejemplo, en un dogma de una divinidad atemporal. La danza, cuyo propósito obvio es provocar la identidad extática del bailarín con la deidad y, por lo tanto, también la presencia manifiesta de la deidad para los espectadores, se dirige desde el principio hacia su propio fin. El bailarín baila no solo en su unidad extática con el dios, sino también en su propio agotamiento y, por lo tanto, incluso en el autoagotamiento de la imagen y la presencia del dios, así como del anhelo del alma por fusionarse con él. Al final puede decir verdaderamente, “tetélestai” (“Consumado es”, Juan 19:30). Al final, el bailarín, totalmente exhausto y sudoroso en el suelo, obviamente ha regresado a su creaturelidad.

Entonces, podríamos decir que la danza ritual es el despliegue de la completa lógica dialéctica de la existencia humana desplegada en medio del tiempo, del movimiento temporal. En sí misma, esta lógica es el movimiento (no físico, sino lógico) del organismo animal a la divinidad, de la tierra al cielo, de la realidad empírica a la idealidad y viceversa; sin embargo, los movimientos hacia arriba y hacia abajo aquí, en contraste con su despliegue ritual allí, ocurren no consecutivamente, sino ambos simultáneamente. Como tal, también se podría decir que la danza es la “diferencia psicológica” comprendida dinámicamente, como vida lógica o movimiento dialéctico.

Al actuar ritualmente la lógica del ser humano en medio del tiempo y en la experiencia sensorial, las sociedades arcaicas al mismo tiempo se abrieron a un espacio lógico, una extensión abierta en la que “el alma” podía vagar y liberarse en su otro. Pavimentaron y mantuvieron abiertos los caminos por los que podía moverse la vida lógica del alma. Así, asistieron, podríamos decir, al mantenimiento de una “infraestructura lógica” para ellos mismos.

Muy lejos de tales sociedades, hoy no tenemos un equivalente para la danza de las máscaras. Más aún, también parece que no hay una extensión abierta en la que “el alma” pueda liberarse, ninguna infraestructura lógica públicamente establecida y mantenida. Parece que estamos encerrados en nosotros mismos. De hecho, la noción de “personalidad” es el encierro del hombre en sí mismo, su encierro en su identidad. Hoy la máscara nos invita a mirar no “hacia adelante” en su espíritu, sino hacia atrás, en busca de una verdad interior oculta. Jung, sin duda, creía haber descubierto que el interior es un mundo completamente diferente de dimensiones cósmicas, pero se está volviendo cada vez más evidente que la apertura de este mundo se parece mucho a la del ciberespacio, en otras palabras, el confinamiento absoluto (positivización) de la noción misma de apertura. De hecho, estamos en peligro de inflación, porque cuando nos vencen las imágenes arquetípicas, tenemos que aferrarnos a nuestra identidad. Aunque hay drogas que “expanden la mente”, solo conducen a sensaciones intensivas y estados emocionales intensificados en la soledad de la subjetividad privada, pero no abren la lógica de la existencia humana, y mucho menos para un público, ni para la comunidad como un todo. Como drogas “alucinógenas”, en el mejor de los casos producen alucinaciones, no la presencia real de una verdad. Y a diferencia de los rituales ancestrales, la experiencia de la droga no tiene el momento de agotamiento (lógico) que recompensaría a la persona con la sensación de un “suficiente” profundo y duradero (satisfacción, realización). Más bien, produce adicción, un deseo interminable de más y más. En la droga denominada “éxtasis”, incluso la noción y el fenómeno del éxtasis se han vuelto positivizados, encerrados en la personalidad.