Medicina Arquetipal, Theoria

Traducciones


Alfred Ziegler, Alemania

Publicado en Archetypal Medicine, Spring Publications, Canadá, pp. 7-46, 2000.

Traducido por Alejandro Chavarria

El HOMBRE es una quimera, una monstruosidad compuesta por un número indeterminado de contradicciones. Es más un monstruo que un ser racional, una circunstancia que la Naturaleza ha sabido disimular ingeniosamente hasta el punto de que nos sentimos más cómodos con él que con una extraña criatura del espacio exterior. Es como si el propio Edipo fuera la mismísima Esfinge con la que se encontró de camino a Tebas y que le preguntó: «¿Qué es el hombre?». Es como si el centauro al que los griegos consideraban el antepasado de los médicos ya diera fe, mediante su forma quimérica, de la verdad de que todo conocimiento esencial sobre la naturaleza del hombre tiene que ser híbrido.

¿O acaso no es cierto que en la humanidad el amor puede pervertirse en odio y a la inversa, que la eficiencia lleva consigo la desidia, o que detrás de todos los sistemas y el orden brilla el espectro de la desintegración? ¿No nos enfrentamos a cada paso con el fenómeno de que la crítica paralizante resplandece desde el amor maternal, que la traición mantiene viva la noción de fidelidad y viceversa, que la suerte fatídica del alcohólico proviene de la insaciabilidad de su sobriedad, o que los hipocondríacos esperan lo peor para sí mismos simplemente porque son muy desconsiderados con sus propias necesidades?

Desde que la psicología como ciencia, adormecida de espíritu pero racional en su enfoque, ha lidiado con las condiciones y los fenómenos existentes, ha descubierto más y más discrepancias de este tipo. Sin embargo, parece que la psicología, al descubrir las polaridades -que la extroversión y la introversión se entremezclan en cualquier individuo, que un sádico se esconde en cada masoquista y que el pensamiento digital debe estar siempre atento a los lapsos de superstición analógica- se regocija innecesariamente. Por muy esclarecedor que sea el conocimiento de los opuestos humanos, nuestra información hasta la fecha es lamentablemente escasa. Toda la riqueza de las polaridades humanas sólo parece hacerse visible cuando, en nuestras cavilaciones sobre los enigmas de la enfermedad, tropezamos con las múltiples cualidades humanas que desempeñan un papel tan importante en la génesis del malestar. Una y otra vez, una nueva polaridad encuentra la realidad material, como cuando el conflicto entre la sumisión y un «No» estoico sale a la luz en la artritis reumatoide o cuando la discrepancia entre una naturaleza particularmente dependiente y una intención continuamente vacilante de rechazar la dependencia se manifiesta en la esclerosis múltiple.

A pesar del patrón fundamentalmente polar, la naturaleza del hombre no es simétrica; sus características no están dispuestas como los radios de una rueda. El hombre no es una creación armónica, sino que tiene un perfil definido y un carácter individual no intercambiable. Los poetas han dado a conocer una inmensa abundancia de estas características individuales, mientras que los psicólogos, con sus tipologías, hacen una figura muy pobre en comparación. Están los iluminados, los insidiosos, los tontos; están los rectos que hacen el bien y no se arredran ante nadie, los directos, los rotundos, los rastreros, y muchos, muchos más. Sin embargo, sean cuales sean los contornos, no importa lo que caracterice a un individuo como ejemplar o repugnante, descubriremos que estas características no son más que los aspectos dominantes, «sanos», dentro de las polaridades, aquellos rasgos que sobre una base relativamente consistente comprenden la personalidad predominante y en los que se puede confiar más o menos. En su mayor parte, los rasgos dominantes nos ayudan a abrirnos camino en la vida y a adaptarnos a las circunstancias en relación con nuestros objetivos. Estos mismos rasgos son también los lados sobrevalorados y glorificados de nuestras personalidades, dentro de los cuales se esconden los rasgos oscuros y no admitidos, completándonos como quimeras dicotómicas. Los rasgos oscuros serían las cualidades recesivas y engañosas de las que generalmente no somos conscientes y que alternativamente hacen su inesperada aparición. Por su pura imprevisibilidad, nos resultan irritantes, sobre todo cuando nos meten en situaciones incómodas. Con frecuencia, son lo que pone en duda la imagen que presentamos para el consumo público y actúan como fuente de duda de nuestra propia identidad. Los rasgos recesivos son también los lados menos adaptados de nuestra personalidad, teniendo finalmente una curiosa tendencia a «descender» al cuerpo donde claman obstinadamente por nuestra atención como síndromes de enfermedad. Mientras que los rasgos dominantes, sobrevalorados, nos llevarían a considerarnos la corona de la creación, nuestras inferioridades recesivas nos proporcionan todas las razones para dudar de tal conclusión.

El hombre extrae su naturaleza quimérica de la vida misma, compartiendo esta cualidad con todo lo que vive hasta los organismos más primitivos, que remontan su existencia al océano primitivo. En todas partes, no sólo entre los hombres, sino incluso entre los protozoos del charco más pequeño, la vida depende de esta naturaleza quimérica, de cualidades ubicuamente polares. Devora en el abandono de un abrazo; es sensible e inmune al dolor; es pesada y ligera, brillante y tenue, empuja y es empujada, serpentea entre la salud y el sufrimiento, nadando suspendida con una parte en la sustancia inorgánica de sus orígenes oceánicos.

Podríamos representar el comienzo de la vida como una especie de excrecencia biológica primigenia capaz de separarse del licor madre inorgánico que la rodea gracias únicamente al principio quimérico. Siguió creciendo, propagándose en parejas siempre nuevas e inusuales. Si hubiéramos venido a la Tierra desde otro planeta y no hubiéramos estado acostumbrados a las múltiples formas de la Naturaleza desde nuestra más tierna infancia, probablemente nos sorprenderíamos de la cantidad de singularidades que se encuentran en el reino que llamamos nuestro mundo. Nos sorprendería aún más hasta qué punto la vida busca equilibrios extraordinarios, sobre todo por cómo este proceso preserva la enfermedad y la muerte.

Estaríamos muy equivocados si habláramos de los protozoos como «inmortales» simplemente porque se reproducen por división: son tan mortales como nosotros, nadando en sustancias tóxicas o encontrando a ciegas una boca abierta y, por tanto, un final en el tracto digestivo de algún animal. Si no fuera así, la vida de los protozoos habría aumentado de forma salvaje hasta alcanzar las proporciones de una pesadilla. No hay inmortalidad en la Naturaleza, como tampoco pertenece al esquema de las cosas que la eficiencia unilateral sea recompensada. La Naturaleza parece mucho más atenta a la creación de bastardos en los que el principio quimérico pueda preservarse mejor. De este modo, fomenta la progenie de criaturas no emparentadas para cumplir mejor su plan general. Ni en el mundo de los seres humanos ni en el de los animales tiene prioridad la acumulación de eficacia y salud, sino la preservación de la enfermedad y la muerte. Las visiones de Darwin sobre la preservación de la especie -y, por tanto, de la vida- empiezan a ser una perspectiva del pasado.

Vista desde otra perspectiva, la de la muerte y lo inorgánico, la vida parece una especie de emanación del reino mineral, un viaje por pantanos inexplorados o un acto de equilibrio. No es un error de la naturaleza, sino un plan de la misma, el que caigamos, nos desintegremos o nos disolvamos, no sólo un naufragio en los arrecifes de las circunstancias externas, sino también un surtido bien programado de enfermedades y muertes. La selección de enfermedades y muertes pertenece a la cualidad quimérica de la existencia humana, mientras que la salud como tal es sólo una preocupación secundaria.

Podemos considerar la enfermedad como la transformación de rasgos y tendencias recesivos en sufrimiento físico. Aunque son incoherentes, caprichosos y, por lo general, mal adaptados, estos rasgos tienen la curiosa tendencia a somatizarse y a aparecer como enfermedades identificables, como morbo. Lo que antes considerábamos sólo «comportamiento» o nuestra «condición» adquiere repentina o gradualmente dimensiones físicas y se traslada, por así decirlo, a otra condición agregada, metamorfoseándonos en «casos», provocando nuestra «caída» del ámbito de la psicología al de la medicina. Cuando los adolescentes, a pesar de sus tendencias ascendentes y exteriores y de la necesidad de enfrentarse a la vida y a sus exigencias, sufren una degeneración de la columna vertebral, ¿no somos testigos de cómo la humildad y la sumisión en el plano físico contrarrestan la impudicia acrítica de la juventud? ¿No vemos cómo el impulso de dominación desconsiderada de los demás es contrarrestado por una tendencia a la discreción cuando los asmáticos se enfrentan a la nueva realidad de tener órdenes e insultos atrapados en sus bronquios?

La metamorfosis que da lugar a la enfermedad física no es un acto autónomo de nuestras carencias: la enfermedad no es un hecho aislado. Más bien, es provocada por un énfasis particular en la salud, un énfasis que sirve de forma autosuficiente en su naturaleza compulsiva y limitante. La somatización es inconcebible si no va precedida de un «extravío» de nuestros talentos particulares. La naturaleza parece tolerar sólo una medida limitada de unilateralidad; cuando se sobrepasan los límites o si se dedica demasiada energía a la unilateralidad, la naturaleza contrarresta la tendencia a través de nuestros cuerpos, como si buscara un medio más eficaz o impresionante de exigir el reconocimiento de sus quiméricos planes. La insensibilidad de nuestra salud determina nuestras enfermedades. Nuestra falta de preocupación y atención sólo puede llegar hasta cierto punto antes de encontrar límites establecidos, límites que son difíciles de determinar, pero donde la superioridad unilateral se encuentra con su opuesto en forma física, donde se producen cambios visibles en las vértebras y se produce la constricción asmática de los bronquios. La metamorfosis o somatización en sí misma no puede predecirse, aunque podemos percibir un acontecimiento inminente de algún tipo, algo «en el viento». Los propios pacientes suelen estar desprevenidos, normalmente sorprendidos por lo que les ocurre. El interrogatorio o la introspección no arrojan nada concreto, mientras que otros pueden al menos señalar un indicio, una sospecha de algo que ha encontrado expresión en recordatorios, consejos bienintencionados o frustración. Por lo general, quienes conocen al paciente se sorprenden tanto como él por la enfermedad, y sólo se preguntan después de los hechos que algo tan obvio no se haya notado antes. La comprensión psicosomática suele ser retrospectiva. Cuando los planes de la naturaleza, tan oscuros como sabios, se hacen realidad en un individuo, el paciente se convierte en una figura barroca y surrealista. Entre otras cosas, el individuo enfermo despierta todo un espectro de sentimientos alienantes en los demás, pues la naturaleza humana alberga la enfermedad como una especie de perversión. Algo extraño o extraño, algo que no «pertenece», anida en la enfermedad. Si los primeros y espectaculares ataques de asma nos chocan, si al ver un doloroso caso de sarpullido de hiedra venenosa somos presa de la picazón de la curiosidad, entonces la visión de una fractura compuesta puede llenarnos de pavor, y un resfriado de ojos acuosos puede despertar nuestra empatía. Con un poco de sensibilidad, no podemos evitar la sensación de que algo absurdo está ocurriendo, una sensación que nuestros antepasados debían tener cuando describían la enfermedad como obra de duendes o de luces de duendes, de seres que no son del todo humanos.

La caída, la metamorfosis en sufrimiento físico, viene precedida de ciertas premoniciones: La naturaleza no trata con nosotros tan solapadamente como a veces puede parecer. Mucho antes de que la situación se agrave desde el punto de vista médico, nuestro corazón es torturado por un odio que sólo tiene en cuenta nuestros mejores intereses de forma profiláctica. Mucho antes de que se noten cambios morfológicos en la columna vertebral del futuro jorobado, éste se ve acosado por sentimientos de culpa. Mucho antes de que se produzca el primer episodio asmático, se produce una ansiedad nihilista, mientras que las crisis diuréticas reales no sirven sino como culminación de la incontinencia psíquica ante las dificultades. En otras palabras, los infartos se producen sin que haya infartos reales, los jorobados no son necesariamente deformes, los asmáticos no tienen que manifestar congestión bronquial y la diarrea no depende de la presencia de deposiciones frecuentes y sueltas.

Incluso puede decirse que la naturaleza alimenta la rica variedad de estas adversidades premonitorias, otorgándoles al mismo tiempo una medida especial de realidad. Dicho de otro modo, las premoniciones premórbidas se inmiscuyen lo justo para mostrarnos dónde estamos y hasta qué punto hemos sobrepasado los límites naturales de la salud según una ley de intensidad, de grados de prioridad. El hecho de que las premoniciones estén siempre presentes, de un modo u otro, atestigua la intención de la Naturaleza de prevenir continuamente. Las premoniciones premórbidas apoyan la salud, preceden a la enfermedad y guían a los que prestamos atención en el camino del bienestar físico.

Mientras lo que hemos llamado «premoniciones» permanezca apenas percibido en un estado premórbido, pueden potenciar nuestras capacidades hasta un punto insospechado. Sirven como una especie de levadura que nos motiva o impulsa a evadirnos en la ostentación de la salud y en los rendimientos concomitantemente sobresalientes. De este modo, las premoniciones premórbidas nos ensanchan, un proceso que, gracias a las nada despreciables posibilidades de represión y supresión, nos permite desarrollar una imagen inusualmente exagerada de nosotros mismos. Aunque el proceso puede llevarnos fácilmente por el mal camino y, con ello, evocar la enfermedad, también nos proporciona la comprensión de lo contrario, es decir, de cómo el genio prospera en el estiércol de la premorbilidad.

Sin embargo, a largo plazo, la salud se socava a sí misma, ya que, como nos enseña nuestra experiencia diaria, la vida humana se encuentra cada vez más con la enfermedad y termina finalmente con la muerte. Tendríamos que ser terriblemente ingenuos para considerar que la Naturaleza tiene exclusivamente en mente nuestro bienestar: no trabaja para mantener un estado de salud eternamente joven, sino para nuestra desaparición final. La existencia humana encaja en el plan de la Naturaleza sólo en tanto que es transitoria, y las premoniciones premórbidas no están pensadas únicamente para la prevención o como invernadero del genio, sino mucho más como memento mori.

La enfermedad es nuestra única herencia, ya que no hace falta más que echar un vistazo a la vida humana para determinar que la vida termina en la muerte por medio de la enfermedad. Sólo el espíritu de nuestro siglo prospectivo y optimista ha hecho que este hecho banal pase a un segundo plano de nuestra conciencia. Preferimos considerar el malestar como obra de las noxas externas y el envejecimiento como una avería debida al desgaste. Pero la vida humana no se desgasta ni se agota; nuestro patrimonio no es insuficiente, defectuoso o eugenésicamente inadecuado. Nuestra herencia, más bien, incluye un suicidio preprogramado que determina el curso de nuestra existencia a pesar de todo el bienestar y una asombrosa capacidad para resistir las tendencias inorgánicas. A pesar de toda la vitalidad de la vida, no podemos ignorar al menos un mínimo de descomposición inevitable.

La naturaleza parece vigilar y supervisar sus intenciones tanto celosamente como con misericordia, velando por que se cumplan. Contrariamente a la filosofía liberalizada del desarrollo de Darwin, con su noción de la supervivencia del más fuerte, la Naturaleza erradica especialmente a los «más fuertes», afirmando así su principio de equilibrio. La naturaleza asegura en exceso la muerte. Si el hombre consigue evitar la primera trampa que le ha tendido, le espera otra con la misma seguridad. Por lo general, lleva consigo numerosas muertes que esperan la oportunidad de poner fin a su existencia. La vida no sólo es «patotrópica», sino también «tanatrópica»: su telos no es la enfermedad, sino la muerte.

En esta medida, el hombre fue concebido como una monstruosidad desde el principio; la monstruosidad no es que oculte deficiencias o carencias, sino que es su naturaleza quimérica. La herencia del hombre, sus «genes», consisten en «disposiciones», en algo, en otras palabras, predispuesto a deshacerse, a desmoronarse. Nuestros complementos quiméricos heredados -dominantes y recesivos, superiores e inferiores- confieren a la existencia humana sus características particulares y únicas. A pesar de toda nuestra aptitud, nuestras «disposiciones» nos someten a las transformaciones surrealistas que llamamos enfermedad y, en última instancia, a una muerte única y particular.

Podemos captar el significado original de las imágenes de Totentanz de la Edad Media, imágenes que generalmente retratan aquellas formas de existencia humana que Darwin habría considerado «las más aptas». No sólo vemos mujeres voluptuosas con figuras esqueléticas que miran por encima de sus hombros, sino también generales que estrechan la mano de la muerte por última vez y burgomaestres que miran cómo la muerte hojea perezosamente sus papeles. La vida humana, la existencia humana, sigue siendo una danza de la muerte, una Totentanz, porque la muerte está anclada en nuestros genes.

Que no haya malentendidos: la Totentanz no personifica en absoluto una condición exclusivamente miserable y dolorosa. La muerte no sólo sirve como oponente malicioso o como una insidiosa desgracia que condena al individuo a un descalabro de por vida, sino que como «Goodman Death» mantiene largas e íntimas amistades. Como sabemos por experiencia, hay quienes están tan enamorados de la muerte que rara vez salen de su tanático enamoramiento. Su apasionada relación ejemplifica lo que un examen más detallado revela a nuestro alrededor: el hombre posee un anhelo primitivo por la existencia inorgánica e incluso un sentimiento de arrepentimiento por el hecho de que a la Naturaleza se le ocurriera, en primer lugar, crear algo parecido a la vida a partir del reino mineral.

Los antepasados sólo pueden transmitir un legado de enfermedades, sus propias disposiciones a enfermar, no enfermedades concretas. No heredamos las enfermedades como tales, sino la predisposición a enfermar. Los síndromes que se prestan mejor a los esfuerzos del tratamiento psicosomático no se comportan de forma diferente a los síndromes que no lo hacen. Aquellos trastornos que permiten suponer que los factores patógenos se encuentran entre las influencias de la primera infancia (artritis crónica, por ejemplo, o afecciones cardíacas) apuntan con la misma frecuencia a los factores de la herencia, como lo hacen las afecciones sobre las que la medicina psicosomática no puede arrojar ninguna luz. Los estudios sobre gemelos, en particular, demuestran estas conclusiones: ponen en tela de juicio todos los intentos psicosociales de prevención y desinflan nuestras preciadas nociones de alcanzar una utopía libre de enfermedades.

No ha pasado tanto tiempo desde que la relación del hombre con la muerte y los muertos, incluidos por supuesto los antepasados del hombre, era abiertamente problemática. Como mínimo, había motivos de sospecha en la medida en que la preocupación por la muerte no se consideraba decididamente morbosa o maligna. Sólo con el advenimiento de nuestro siglo positivista y cosmético perdimos la costumbre de temer a los muertos, teniendo todo lo que podíamos hacer para ocuparnos del futuro. Aunque los sentimientos hacia los que nos han precedido siguen siendo problemáticos en niveles más profundos, rara vez nos ocupamos de esas cosas conscientemente. En las naciones altamente industrializadas, rara vez vemos a los enfermos y lisiados en la calle, sobre todo en comparación con la Edad Media. En consecuencia, no nos enfrentamos a la necesidad de una relación «más natural» con el sufrimiento, la mortalidad, la muerte y nuestra propia naturaleza mórbida. Todas las prácticas de culto que servían para regular y ordenar las relaciones con los muertos -y que evitaban su intromisión en la vida cotidiana con los consiguientes estragos- sólo existen como restos rudimentarios. Hoy en día, los genetistas y los eugenistas son los únicos que se ocupan ética o médicamente de nuestro legado irracionalmente maligno. Son ellos los que han emprendido la exorcización de los muertos, sin poder cambiar en lo más mínimo la naturaleza básica de la disposición que nos fue legada.

Los etnólogos sufren un problema muy parecido. Los antepasados primigenios de los que una sociedad totemista rastrea su linaje se caracterizan no sólo por una valentía inusual, una sabiduría excepcional y otras cualidades positivas. En cuanto a la semejanza del antepasado venerado como figura tótem o como animal tótem encaramado a un poste o pilar, el observador se da cuenta no sólo de aspectos sobrehumanos, sino también de locura y enfermedad. Los etnólogos descubren en todas partes monstruosidades humanas atávicas, reversiones genéticas ancestrales y enfermedades. Aquí, los ojos saltones de la enfermedad de Grave, las anomalías dentales, las dislocaciones y las fracturas compuestas. Allí, el retraso en el crecimiento o el gigantismo, las deformidades, las dermatosis y los síntomas que podrían atribuirse fácilmente a graves trastornos internos. Apenas existe una sola figura totémica que sea incapaz de evocar fantasías médicas, un fenómeno que difícilmente puede atribuirse a la falta de talento artístico. Las creaciones artísticas de los pueblos primitivos parecen expresar más bien una actitud arrebatadora de profunda sabiduría hacia la disposición mórbida de la humanidad, actitud que encuentra su expresión en las máscaras empleadas por los chamanes con fines terapéuticos.

Cabe imaginar que un sentimiento similar de ascendencia común subyace a la formación de asociaciones contemporáneas dedicadas a esta o aquella enfermedad: la Asociación del Pulmón, la Fundación para la Esclerosis Múltiple o la Asociación contra el Cáncer. No podemos pasar por alto la importancia de estos grupos, pero nos vemos obligados a preguntarnos si realmente existen únicamente para promover la lucha contra sus respectivos trastornos o si no son una manifestación de la dinámica totémica que une a todos los que padecen la misma enfermedad.

Aunque las disposiciones se manifiestan a lo largo de toda la vida del individuo, son menos evidentes durante la infancia y la juventud, una época en la que las unilateralidades heroicas, las «saludes», toman forma más rápidamente que en la vida posterior. Sin embargo, a la «sombra» de estas saludes se encuentra la susceptibilidad a la enfermedad. Søren Kierkegaard, por ejemplo, fue uno de los primeros existencialistas, esa escuela filosófica que puso especial énfasis en la existencia, del latín que significa «destacar». Cabe preguntarse si habría sido tan eficaz como filósofo si no se hubiera convertido en jorobado como expresión concreta de la duda y la humildad.

Lo que se convierte en nuestra fuerza en el curso del desarrollo normal también proporciona el impulso hacia la enfermedad y la muerte. En este proceso, las relaciones primarias de un niño con su entorno apenas merecen la posición privilegiada que generalmente les otorga una época saturada de una mentalidad de producto/causalidad. A menudo parece como si hubiera relaciones pero no relaciones primarias. Las disposiciones hacen uso del entorno de un individuo a lo largo de toda su vida: la madre y el padre, los hermanos, los animales domésticos y las gallinas del corral. Los padres y el entorno de la infancia no sólo tienen un efecto formativo en el individuo, sino que son las primeras cosas que el niño usurpa.

Ver la influencia relativa del entorno infantil hace más comprensible la gran variedad de características dentro de una misma familia. De lo contrario, la variabilidad de personalidades que comparten orígenes similares desconcierta y confunde: personas marcadamente diferentes fueron azotadas por el mismo padre, intimidadas por la misma madre, consoladas por el mismo perro y despertadas por la mañana por el mismo gallo de compañía. A pesar de las influencias ambientales comunes, cada individuo es moldeado por su respectiva disposición en contornos únicos y quiméricos, encontrando su respectiva grandeza y su respectiva recesión de la que enferma y muere. El padre de Kierkegaard probablemente abusó de la disposición de su hijo para cultivar una filosofía existencialista: este mismo padre arrastró un deprimente sentimiento de «desesperación silenciosa» a lo largo de su propia vida por una vez, mientras era pastor, habiéndose burlado de Dios por su bajo estado en la vida.

Cuando nuestras heroicidades, nuestras «saludes» especiales, se engañan a sí mismas, nuestras inferioridades y cualidades recesivas vuelven a manifestarse corporalmente como functiones minoris resistentiae, funciones con mínima resistencia. Nuestras sombras adquieren sustancia, buscando ardientemente causas o cosas que provoquen su sustancialización. La búsqueda parece ser tan indiscriminada que se satisface con casi cualquier «cosa», quizá una de las razones por las que la enfermedad se consideraba antiguamente como una manía (por alguna «cosa»), una búsqueda frenética que hace que uno se consuma por su enfermedad.

De repente, la etiología pasa de ser un sistema de causalidad, una ciencia que responde a las preguntas sobre las cosas y las causas, a un sistema que describe la búsqueda ciega de noxas patológicas, respondiendo así a la pregunta sobre la finalidad, el telos, de la enfermedad en general. Tanto a largo como a corto plazo, la naturaleza necesita la enfermedad para mantener su quimérico equilibrio, agarrando en su falta de pretensiones cualquier cosa que le sirva para su propósito: bacterias, virus, hongos y protozoos, parejas matrimoniales, superiores o subordinados, el tráfico de automóviles y el clima. Cada uno de nosotros tiene su propio y único asesino.

Imagínese lo diferente que sería considerar a un individuo que sufre de asma alérgica como alguien que experimenta el mundo como algo cada vez más amenazante, poblado de un número creciente de espíritus hasta el punto de que los objetos más inofensivos se convierten en parásitos patógenos. Puede ser el polvo de la mesa, una neblina otoñal, el polen, el humo de la chimenea del vecino, un viejo conocido que mide media cabeza más, o incluso la visión de la cara vertical de una montaña en una postal. El hombre es extremadamente ingenioso en su búsqueda de la enfermedad necesaria; las causas las conjura simplemente de la nada.

Una larga lista de posibles factores etiológicos acompaña a la mayoría de los trastornos, despertando sentimientos de impotencia, como si nunca se entendiera bien el trastorno sin conocer las verdaderas causas. Tanto el sentimiento de impotencia como las suposiciones sobre la «realidad» están justificados. Sin embargo, la falta de comprensión no reside en la ignorancia de las causas, sino en la arrogancia inadvertida de la noción de causalidad. Considerar la causalidad como el único agente por el que se puede lograr un orden definitivo en el campo de la medicina parece ser tanto un deseo inflado como un signo de los tiempos. Desde la perspectiva de la medicina arquetipal, el entorno humano está, desde el principio, contaminado. No existen más que contaminantes, ya que nuestras disposiciones son capaces de convertir cualquier cosa en noxas de enfermedad. Nuestras disposiciones prestan a los factores «somatogénicos» y «psicogénicos» su eficacia. Nuestro entorno es tan higiénico como lo permite la búsqueda de la enfermedad y, para decirlo sin rodeos, los que se preocupan por la contaminación del aire son los que la necesitan.

Las nociones contemporáneas de salud e higiene tienden siempre a lo clásico, en tanto altas cualidades: lo que los griegos y romanos de la antigüedad representaban en sus esculturas simétricas y apolíneas difiere poco de nuestros conceptos modernos, convencionales, aficionados o profesionales de la salud. Poco importa que la salud se defina en positivo o, como hace la Organización Mundial de la Salud, en negativo -la OMS define la salud como la ausencia de sufrimiento físico, mental o social-. Es como si el objetivo de la medicina empírica fuera la creación de proporciones apolíneas y que el destino de los historiadores de la cultura durante el siglo pasado todavía espera a la ciencia médica. Como sabemos, la imagen de la simetría que los eruditos habían creado desde la antigüedad sufrió una transformación, gracias en gran medida a El nacimiento de la tragedia de Nietzsche. A la belleza y la armonía de Apolo, discernibles por doquier en Hellas (¡o eso se creía!), se unió la enfermedad de Dionisio, un dios carente de simetría en casi todos los aspectos. Parece que hoy en día no podemos evitar tener que revisar el clasicismo de la medicina para ajustarlo más a la realidad humana.

La imagen quimérica del hombre de la medicina arquetipal no es clásica. Más bien, se hace evidente que no sólo no existe una «salud» unificada e indivisible, sino que, en el mejor de los casos, hay una serie de «saludes» individuales que son idénticas a las dominantes de las que hemos hablado antes y que son especialmente adecuadas en varios aspectos. En consecuencia, estas «saludes» complementan todo lo inferior o recesivo y se sitúan en una paradójica relación de atracción/repulsión de toda enfermedad.

Al igual que hay un número limitado de enfermedades, también deberían numerarse, al menos teóricamente, las «saludes» que nos aquejan. En realidad, las cualidades particulares de nuestras «saludes» sólo se manifiestan cuando partimos de las enfermedades y extrapolamos las cualidades complementarias, cualidades que, de otro modo, permanecen en su mayor parte indistinguibles en las sombras proyectadas por la sobreiluminación de la conciencia. Esto es especialmente cierto en el caso de los jóvenes: dado que su concepto de enfermedad carece de experiencia concreta que le dé contenido -es aún incipiente, por así decirlo-, la salud permanece en gran medida inconsciente. Al haberles sido robada o negada la experiencia de la enfermedad por nuestro Zeitgeist, saben poco sobre la salud y, por la misma razón, poco específicamente sobre ellos mismos. La juventud vive embrujada por el hechizo de su piel lisa e inmaculada.

Mientras que la Salud se mueve y nos atrae hacia arriba -vuela, por así decirlo-, la Enfermedad se mueve fuertemente hacia abajo con sus quejas, fatiga, parálisis, dolor y confinamiento (¡en la cama, aunque sea!). En la enfermedad vemos la impotencia y la inactividad. En la enfermedad encontramos a los infelices, a los dependientes, a los minusválidos. En la enfermedad uno se retuerce de dolor o está inmovilizado por las náuseas. En nuestra mente todo el proceso se vuelve idiota al convertirse en clínico, especialmente si escuchamos el griego klinē, cama, en «clínico». La enfermedad avanza hacia la muerte a medida que la condición se vuelve grave. Estamos empantanados, hundidos, ahogados. La progresión es «cuesta abajo», hacia abajo, hacia la cama. Un resbalón, una caída, y puede pasar algún tiempo antes de que «salgamos» o «superemos». Al mismo tiempo, la enfermedad va acompañada de una sensación de invulnerabilidad: no nos enfrentamos a ninguna decisión, no se espera de nosotros que propongamos ninguna solución. Estamos exentos y suspendidos, el mundo se ha detenido y estamos, por así decirlo, muertos, con el privilegio de no ser responsables de nada.

Nuestras inferioridades, nuestras recesiones, adquieren sustancia en nuestras situaciones de desamparo y desesperanza, llamándonos inequívocamente a la conciencia, una especie de recordatorio de que el incierto equilibrio de nuestra salud puede dar giros repentinos. Nuestra recesividad recobra significado durante la pesadez de la enfermedad, maquinando su propia resurrección si no nos lleva de una vez por todas a la tumba. A los que se les atasca una maldición en la garganta debido a un repentino ataque de asma o a los que una fiebre les calienta la frígida desolación, se les da a entender sin ambages que lo que pende de un hilo no es la discreción ni el calor de la compañía humana, respectivamente. A menudo, una erupción cutánea es el único medio de expresión de la ira o del amor. Sin embargo, una y otra vez, parece ser el oro loco de nuestras superioridades, nuestros dominantes, lo que obliga a transformar las cualidades complementarias en manifestaciones físicas. La salud siempre evoca la enfermedad cuando la salud se vuelve compulsiva y se persigue ad absurdum.

Para entender la enfermedad desde esta perspectiva, es necesario abandonar el terreno firme de la medicina empírica, ya que, como ha demostrado la experiencia, la categorización de las patologías según entidades de enfermedad no permite apreciar la dinámica mutua de la salud y la enfermedad. Las enfermedades de las que hablaremos son síndromes, imágenes de enfermedad, no construcciones empíricas en las que los síntomas se agrupan más o menos arbitrariamente sobre la base de la frecuencia estadística y que, si es posible, se vinculan a un agente causal concreto. Las imágenes de enfermedad de las que nos ocuparemos no son formulaciones intelectuales, sino representaciones gráficas que aparecen de la manera más alienante y sensual.

Alejarse de las enfermedades como entidades y acercarse a las enfermedades como imágenes es casi un anacronismo, una especie de regresión médica a una época anterior a la investigación racional y científica en la que se hablaba de las enfermedades en términos de imágenes. Es como si la medicina arquetipal volviera y buscara conexiones en una época en la que todavía se hablaba de cólico, de tisis, o de la «rosa» como eritema, hoy mencionada sólo como síntoma de dermatosis.

Las enfermedades se originan en la abstracción. La naturaleza no puede permitir que algo tan fundamental para el proceso vital dependa del mundo de lo concreto. Sin embargo, las enfermedades no se instalan en ningún escenario con un telón de fondo particular y familiar; más bien, se producen a veces aquí, a veces allí, con poca o ninguna consideración de este o aquel entorno.

Si, en efecto, permitir que se produzcan enfermedades pertenece a la intención o las intenciones de la Naturaleza, ésta encuentra las «causas» necesarias en las regiones más dispares del mundo humano. La Naturaleza no puede permitirse la existencia de unas condiciones de vida «saludables»: la tribu hotentote de la selva tropical, tan sigilosa, no vive más peligrosamente que la población de una subdivisión urbana, y la taiga de las edades de hielo ocultaba tantos peligros (cuantitativamente, sino cualitativamente, los mismos) como el mundo contemporáneo de las profesiones industriales o corporativas. La susceptibilidad de la humanidad a las enfermedades se materializa en las más variadas circunstancias y gracias a la más amplia variedad de agentes. En otras palabras, el servicio militar proporciona una paleta tan rica de noxas de enfermedad como los matrimonios, las familias, los entornos laborales, las clínicas, los hospitales y -sí, por último pero no menos importante- las prácticas psicoterapéuticas, ya que aquí también se buscan fervientemente las fuentes y las causas de la enfermedad.

Vemos que las enfermedades surgen más de las condiciones que responden a la pregunta «¿Cómo?» que a la pregunta «¿Qué?» – más bien de lo específico y lo particular. Las enfermedades resultan menos de un comportamiento particular en asociación con objetos particulares que del modo y la manera en que este comportamiento tiene lugar, algo esencialmente inaprensible. Es como si tuviéramos que renunciar a todo nuestro concretismo y tuviéramos que olvidar las percepciones de nuestros órganos sensoriales para llegar a lo que contiene la capacidad de incorporación, una comprensión o perspectiva de la enfermedad que obvia platónicamente un énfasis excesivo en los hechos. Se trata de una comprensión que casi presupone una reticencia a buscar respuestas en la plétora de nombres, fechas y sucesos que nos apremian. La orientación también puede ser una forma de ceguera.

En otras palabras, cuando un albañil sufre un eczema en las manos, no es tanto el contacto con el cemento como objeto o su actividad particular como albañil lo que le hace enfermar. Más bien, estaría justificado suponer la existencia de una hipersensibilidad «inflamatoria» a su oficio concretada o calificada de manera particular por y a través de su eczema. Debido a su sentido del deber, es posible que el propio albañil apenas sea consciente de su hipersensibilidad. Lo que es cierto para un albañil es igualmente válido para un político. El estadista que sufre un infarto no ha sido puesto en peligro por la política y la administración, sino por una ansiedad oculta y un despotismo lleno de odio que, a pesar de profesar un sentido cristiano de la justicia, somatiza y estrangula su corazón.

La enfermedad demuestra una insidiosa tendencia a desarrollarse sólo hasta un determinado grado de gravedad, como si se hubiera predeterminado el grado en que la vida del individuo afligido se verá amenazada. El grado de somatización parece estar calculado, en otras palabras, y la extensión de la «caída» en las manifestaciones materiales de una forma particular de comportamiento o estado de ánimo aparentemente sigue leyes establecidas de materialización. No se puede esperar que la inflamación crónica del estómago, la gastritis hiperácida, se convierta en un tumor como algo natural, y los simples dolores de cabeza pueden seguir siendo simples dolores de cabeza y no tienen por qué transformarse en migrañas. La rigidez de una articulación no tiene por qué degenerar en artritis reumatoide, y una tendencia a la diarrea no tiene por qué mutar en una infección intestinal ulcerosa. Lo contrario también es cierto: al igual que una afección «leve» no degenera necesariamente en una grave, tampoco una afección grave «mejora» para convertirse en una más leve. Las afecciones graves son cualitativamente diferentes de las leves y viceversa. Además de las transiciones ininterrumpidas entre los grados de gravedad, también existen diferencias graduadas que la naturaleza suele observar con exactitud. La medicina orgánica se encuentra aquí con fenómenos predecibles similares a los encontrados en la psiquiatría. En psiquiatría, por ejemplo, una neurosis no presupone una eventual psicosis, e incluso los llamados casos límite siguen siendo casos límite con una considerable obstinación, sin mostrar ninguna inclinación a asumir el carácter de una neurosis ni a desarrollarse en un episodio psicótico agudo.

Las afecciones denominadas «leves» son más bien perturbaciones que enfermedades propiamente dichas y se denominan «psicógenas» o «funcionales». Rara vez pueden describirse o delimitarse de forma fiable, desarrollando síntomas ahora aquí, ahora allá. Junto con el estreñimiento, por ejemplo, se encuentran dolores de cabeza o un vago malestar estomacal o palpitaciones del corazón. Con frecuencia, las quejas o los síntomas desaparecen tan repentinamente como aparecieron y son difíciles de localizar con algún grado de exactitud. A veces parecen estar determinados por factores ambientales: los síntomas aparecen regularmente tras tal o cual tipo de experiencia o cuando son precedidos por una serie de males apenas registrados. En consecuencia, su curso es irregular, dando la impresión de ser arbitrario, incluso caprichoso. Las quejas y los síntomas nos llevan a conclusiones falsas y a prescribir las más variadas y amplias pruebas y exámenes, ocupando la atención de los hospitales más completamente, con sus cualidades efímeras, que los trastornos graves. Quoad vitam, en lo que respecta a la vida misma, estos síntomas se comportan generalmente de forma benigna, a pesar de su capacidad de aterrorizar como tantos duendes. Desde el punto de vista terapéutico, a menudo consideramos a estos pacientes candidatos a la psicoterapia porque el sufrimiento parece ser «nervioso», nacido y mantenido por conexiones atormentadoras. Para estas afecciones, como para todas las formas de somatización, las «causas» o factores causales no suelen ser más que factores entre otros factores, herramientas en manos del instinto de la enfermedad, que utiliza lo que está más a mano para lograr sus fines.

A diferencia de las enfermedades «leves», las «graves» permiten una descripción más exacta. Nos hacen el favor de comportarse según las formas clásicas de los libros de texto, con su correspondiente progreso y desarrollo. Parecen «estadísticamente significativas», lo que permite un diagnóstico incluso bajo un examen superficial, y son el tipo de casos que el novato en medicina cree que tratará principalmente. En realidad, las enfermedades graves -los casos en los que un médico puede confiar y con los que puede contar como parte de su práctica- no forman más que una parte de todo el ámbito conocido como enfermedad. La relación entre las enfermedades «graves» y el estado de la psique desempeña un papel tan secundario que rara vez el médico examinador se plantea siquiera indagar en la situación laboral del paciente o investigar las relaciones dentro de su familia. Las enfermedades graves dejan poco espacio para el capricho: por lo general, se comportan de forma poco imaginativa, siniestra, autónoma, siguiendo alguna oscura compulsión. Las enfermedades graves son asuntos serios y deben tomarse en serio, ya que el grado de somatización llega a lo más profundo del organismo, hasta el hueso, por así decirlo. Ahora se convierte en una cuestión de vida o muerte, y no simplemente en una cuestión de mayor o menor cantidad de dolor, náuseas, diarrea y similares. La terapia psicológica entra en escena sólo como una consideración secundaria y, no pocas veces, la sugerencia de que el psicólogo podría contribuir de alguna manera evoca una diversión condescendiente: hay cosas más importantes de las que ocuparse que el lujo de la condición psicológica del paciente. La enfermedad grave es la fuente del aura particular de la profesión médica.

Es como si la naturaleza hubiera querido que nuestro mayor nivel de salud posible fuera nuestro mayor nivel de enfermedad tolerable. Si nuestra «perdición» depende de la parte recesiva de nuestra división quimérica inherente (que guía el comportamiento habitual para que no nos desviemos demasiado) y si esta misma «perdición» se pervierte con demasiada facilidad como enfermedad física, es evidente que la Naturaleza no ha planeado para nosotros el mismo tipo de bienestar que se expresa en las nociones contemporáneas de «salud».

Por el contrario, el ser humano parece menos capaz de estar sano cuanto más cree que tiene que estarlo. Por esta razón, los deportes son mucho más peligrosos en la medida en que incorporan un pensamiento competitivo desconsiderado e irreflexivo. Cuanto más demos por sentada la necesidad de una actitud rígida ante la vida y el vivir, más ciertamente nos alcanzarán la cobardía y la timidez y nos poseerán en forma de temblores o a través de la voracidad tranquilizadora por la comida. El tipo de salud que la Naturaleza ha planeado para nosotros se comporta de forma muy parecida a las condiciones meteorológicas: no existe una zona de alta presión permanente sin las tormentas de los sistemas frontales invasores. No existe la salud continua sin el riesgo de muerte. En este sentido, parece que no somos en absoluto independientes de la Naturaleza. Más bien, vivimos como parte integrante del paisaje elemental de nuestro origen.

El ser humano está más sano cuando está enfermo. En su forma más pura, la salud es insoportable a largo plazo, ya que conlleva una responsabilidad demasiado grande y demasiada libertad como para que la asumamos indemne durante algún tiempo. La «ruina» y su manifestación, la enfermedad, son en definitiva necesarios. Nuestras aflicciones diarias no son en absoluto una acusación de la condición humana, sino una expresión de satisfacción de que nuestro bienestar y nuestro potencial humano tengan límites. Las aflicciones nos arraigan mejor, nos protegen y blindan, como si todos nuestros esfuerzos asumieran un toque de espontaneidad. Cuando nos falta el aire por culpa de la obesidad, podemos tomarnos todo un poco menos en serio, ya que podemos, por decirlo de alguna manera, aferrarnos a nuestro propio jadeo. Las molestias artríticas añaden un toque de dolor a todas nuestras empresas, legitimando las tendencias a la indolencia, mientras que una afección sinusal aguda o crónica nos permite mantener el mundo a distancia con la excusa de «estoy resfriado».

Siempre que sepamos qué buscar, encontraremos ejemplos de la ley de conservación de nuestra «perdición» y su corolario, la necesidad de la enfermedad, en cada rincón de la vida cotidiana. Cuando en el curso del tratamiento psicoterapéutico las molestias o síntomas físicos retroceden o desaparecen por completo, las circunstancias y el comportamiento que dieron lugar a los síntomas en primer lugar pueden reaparecer como disforias banales. Si antes un malestar abdominal persistente -con o sin infección de la vejiga- complicaba considerablemente la rutina diaria de un ama de casa, ahora las «quejas» o dolencias de otro tipo se enfrentan a ella y le dificultan la vida. Cuando, por otra parte, las dificultades psíquicas dan un giro positivo, no hay garantía de que no se manifiesten, si no lo han hecho ya, como dolencias corporales, «¡caen en el cuerpo!» Cuando el sufrimiento, la «desazón», expresada hasta ahora en una protesta social obstinada e inútil, mejora de repente, por ejemplo, no sería sorprendente verlo reaparecer como un doloroso reumatismo abdominal.

Lo que es válido para el individuo también lo es para la colectividad. La naturaleza nos ha preparado un mundo mórbido, con la intención de que nuestra «ruina» se acerque a una media probable y nuestro estado de salud sea aproximado. En otras palabras, la naturaleza, incluso en lo que respecta a la salud y la enfermedad, se limita a lo que razonablemente se puede esperar de nosotros.

La perspectiva anterior probablemente encontraría poco favor en la sociedad contemporánea. Podríamos ser capaces de entender la necesidad de un equilibrio entre nacimientos y muertes, para no encontrarnos con la imagen de un crecimiento con metástasis salvaje que se ha comido a sí mismo, literalmente, «fuera del hogar y de casa». Somos mucho menos capaces de reconocer la homeostasis entre la salud y la enfermedad. Podríamos reconocer que un estanque, no perturbado por los seres humanos, constituye un sistema ecológico cerrado con un equilibrio entre lo que está sano y lo que está enfermo, mientras que experimentamos una decidida dificultad para considerar el mundo de los seres humanos como el mismo tipo de sistema que se ajusta a las leyes de la enfermedad y la salud. En este sentido, parece que estamos atrapados en una ideología en la que el espíritu del cientificismo positivista brilla tanto como en el siglo anterior.

La naturaleza se esfuerza por conseguir un crecimiento cero de la población. En consecuencia, no debemos considerar las mutaciones genéticas en términos de las que son más sanas como las que tienen más posibilidades de supervivencia y propagación. Si la naturaleza ha producido algo tan especializado como el tejido cerebral, sin duda también ha tenido tiempo suficiente para elaborar el proceso considerablemente menos complejo de la degeneración del mismo tejido. La naturaleza parece mucho más preocupada por que nuestra susceptibilidad a la enfermedad y a la muerte siga el ritmo de todos los cambios y mutaciones, una consideración que nos parece muy plausible en términos de los ciclos animales y vegetales de un claro de bosque, pero bastante extraña y alienante cuando se superpone a nuestro propio paisaje humano. Desprenderse de nuestras nociones utópicas y darse cuenta de que no debería existir la «salud» porque no puede haberla es, a primera vista, desilusionante. Apenas somos capaces de registrar la corrección y el consuelo, la cualidad de alguna manera liberadora de un pensamiento tan sombrío. Tal vez sólo en retrospectiva podamos comprender hasta qué punto nuestro pensamiento está determinado por la idea clásica de salud, que sólo parece tan clara y brillante porque su razonamiento motivador es tan mórbido.

Nuestras políticas sanitarias son al mismo tiempo igual de exaltadas, tanto heroica como idiotamente, si se percibe un pensamiento detrás de ellas tan demacrado que no es más que una sombra de lo que fue. La población de las naciones occidentales representa una sociedad que en todos los aspectos ha sido corregida y pulida hasta el punto de parecerse a una enorme colección de figuras antiguas restauradas. Sólo cuando uno toma nota del número de personas de un grupo que han sido tratadas quirúrgica o químicamente o que se han salvado de alguna manera de volver al polvo del que proceden, se da cuenta de la intención ecológica moderna y sin embargo nunca cambiante de la Naturaleza.

Las enfermedades socializan. Es difícil decir hasta qué punto toda enfermedad hace posible la convivencia relativamente pacífica dentro de nuestra sociedad. Sería decididamente unilateral si consideráramos sólo las dificultades y los problemas que nos plantean las enfermedades y no tuviéramos en cuenta las aportaciones.

Difícilmente podemos comprender las cualidades sociales del hombre sin considerar que éste participa en la sociedad como una especie de molestia quimérica: empuja y es empujado, come y es comido. La sociedad es, en su mayor parte, un medio viscoso, y el movimiento del hombre dentro de este medio requiere una habilidad y energía considerables. La actividad en el ecosistema humano da forma y moldea nuestras capacidades y talentos, al tiempo que actualiza nuestra susceptibilidad morbosa, al igual que los humanos, por su parte, mortificamos y desafiamos nuestro entorno. Por así decirlo, la sociedad es un sistema relativamente cerrado en el que todos tenemos que encontrar nuestro lugar y en el que, sobre todo, los distintos grados de somatización desempeñan un considerable papel estabilizador.

En nuestro mundo humano, sin embargo, los seres humanos no son en absoluto el único factor implicado. Nuestro mundo no está formado únicamente por la especie homo sapiens, por muy omnipresente que sea. Dentro del medio en el que se mueve el hombre -la sociedad, en otras palabras-, el propio hombre no es más que una cualidad entre muchas otras, una parte de un entorno muy complejo que consta de mucha piedra y hormigón, de adornos artificiales y de trozos de cielo, flora y fauna. Al menos desde el punto de vista médico, nuestro prójimo tiene la misma e igual importancia que, por ejemplo, la propia casa, la vista de las montañas en el horizonte o la maceta del salón. En consecuencia, nuestras sensibilidades y apatías derivan y se dirigen por igual a nuestro gato mascota o a la primavera con sus brisas cargadas de polen que a nuestros semejantes.

Tanto en particular como en general, la morbilidad o la susceptibilidad a la enfermedad posee un potencial que no debe subestimarse para mantener la armonía social, ayudando a garantizar una sociabilidad altamente híbrida. ¿Quién sabe cuántos matrimonios deben su existencia a los ataques de migraña con los que una esposa y madre fundamenta un sadismo crispado y salva así a la familia en su conjunto? ¿Cuántas investigaciones han explorado hasta qué punto los sentimientos de odio y rabia de un empresario hacia sus empleados y clientes encuentran su expresión en el estado del corazón del empresario y no en el envenenamiento de las relaciones con otros seres humanos? ¿Quién ha tenido en cuenta que la ansiedad que acompaña a la ambición emprendedora a menudo se repliega en una susceptibilidad a los ataques de diarrea? Por último, ¿cuántas veces hemos reconocido la importancia de la hipertensión como factor de estabilización de la sociedad, incluso de preservación de la civilización en la medida en que las tensiones destructivas encuentran un receptáculo en la hipertensión física?

Es concebible que una determinada civilización recurra más a estos potenciales cuanto más se apoye en una noción idealista de la armonía como parte integrante de la existencia social. No podemos descartar el papel que desempeñan en este sentido nuestra llamada criminalidad y asocialidad, ni la utilidad de nuestra susceptibilidad a la enfermedad para embalsamar hasta cierto punto las tendencias asociales en patologías de diversa índole. ¿Cuántos de nosotros somos conscientes de las implicaciones positivas para la sociedad de un trastorno como la arteriosclerosis, al que se atribuye el mayor número de muertes «civilizadas»? ¿Cuántos «atentados» de carácter físico y patológico estaban destinados originalmente a los demás?

Nuestros hospitales, pues, asumen un papel algo diferente al que se les asigna habitualmente: puntos de recogida de la criminalidad larvada. Valdría la pena investigar en cada sala del hospital cuántos huesos rotos han evitado una «ruptura» de la ley. Las clínicas y los hospitales hacen honor a una forma de prevención de la delincuencia que rara vez se percibe como tal y, debido a la gran cantidad de antipatía sacrificada que reúnen, se transforman continuamente en una especie de Hôtel-Dieu. Ciertamente, nadie concluiría al verlos que los hospitales también sirven como una especie de penitenciaría.

De hecho, parece que son precisamente esas contribuciones -ya sean políticas, teológicas, filosóficas o científicas- recompensadas o motivadas en cierto modo por la premorbilidad o la enfermedad las que tienen un carácter epocal o genial. Parecen desarrollar una vitalidad y una longevidad tanto mayores cuanto más arraigadas estén en una morbilidad natural, cuanto más se incrusten en la paradoja de la naturaleza de la salud y la enfermedad.

Es una forma de entender la «inmortalidad» del filósofo Immanuel Kant, al que se sigue citando cada vez que se habla del lugar relativo de la razón. Como miembro de la pequeña burguesía, se esforzó por mantener un estilo de vida especialmente «razonable» hasta el último detalle. Nunca salió de la región de la ciudad en la que nació, viviendo más bien en términos de una estructura espacio-temporal estrictamente ordenada que recuerda a una prisión. En sus reflexiones sobre la razón, el espacio y el tiempo se convierten en los principales principios de ordenación según los cuales se estructuran nuestras impresiones sensoriales relativamente caóticas. La mente ilustrada de Kant parece haber exagerado compulsivamente el lugar de la racionalidad, una falta de razón irracional que debería haberse somatizado como demencia senil. En realidad, en su vejez, una cualidad espectral altamente irracional se abrió paso en su «razón». ¿O es que esta ausencia de razón motivó su filosofía desde el principio como un telón de fondo premórbido?

Lo que se aplica al filósofo se aplica también al científico. Robert Mayer, por ejemplo, médico y teórico, sufría una psicosis maníaco-depresiva, aunque no se ajustaba completamente a los ejemplos de los libros de texto. Su trastorno pertenece propiamente a la neurología, ya que va acompañado de una alteración del metabolismo enzimático en las células del cerebro. En sus Consideraciones sobre la equivalencia mecánica del calor, Mayer propuso la ley de la conservación de la energía, un área que parece haber ejercido una considerable fascinación para él. ¿Estaría fuera de lugar imaginar su descubrimiento, que marcó una época, como el concomitante de su condición física? ¿No habría que compensar la particular brillantez de su descubrimiento teórico con el correspondiente sufrimiento?

Incluso las ideas políticas tienen su origen en nuestra naturaleza orgánica. Los reumatólogos que investigaban los dolores asociados al reumatismo abdominal descubrieron que los bloqueos musculares isométricos servían para frenar la creencia supersticiosa en el valor de un estilo de vida demasiado fácil. No se puede evitar trasladar este ejemplo particular a una esfera más universal. Parece como si los puños cerrados isométricamente se alzaran contra cualquier proceso democrático demasiado isotónico, como si la dictadura del proletariado con una ideología que tiende a la obstinación personificara el equivalente político del funcionamiento muscular isométrico.

Nuestras Weltanschauungen surgen de nuestros órganos. El espíritu humano debe su existencia a ellos, siendo capaz de pensar únicamente en el lenguaje de los órganos y en las categorías que proporcionan las vísceras, los músculos y el esqueleto.

El cerebro no es una excepción, ya que no es más que un órgano entre los muchos que sirven a la función intelectual/espiritual. Sólo proporciona su propia parte. Una inspiración, por ejemplo, se registra la mayoría de las veces en los pulmones, no en el cerebro. La medicina psicosomática mantiene una reserva especial en relación con los trastornos cerebrales, casi como si el cerebro rozara el tabú, el reino del propio ego, que como punto arquimédico debe permanecer inviolado. Es como si algo en nosotros se rebelara ante cualquier intento de relativizar el ego o de implicarlo en un contexto más amplio. Es como si nuestra propia existencia se viera amenazada por la idea de que nuestro cerebro, con el que nos identificamos tan estrechamente, pudiera estar sujeto a las mismas leyes que el estómago, el sistema circulatorio, los genitales o la musculatura de la espalda. Sin embargo, el cerebro también está moldeado por la naturaleza, al igual que las vísceras. Permanece atrapado en su dependencia de las funciones naturales y lleva a cabo su singular actividad de forma parecida a como lo hace el infatigable y obstinado corazón. Independientemente de las teorías filosóficas, políticas, teológicas o científicas que tengan su origen en nosotros, el cerebro no parece desempeñar un papel más importante en su creación que los demás órganos.

La medida en que nuestros órganos determinan nuestras Weltanschauungen encuentra testimonio en nuestro lenguaje. Todo tratamiento del lenguaje y de su historia, de la etimología, parece conducir a las sensaciones endosomáticas, sensaciones que luego quedan como sustancia para todas las formulaciones posteriores. Cuando la etimología no logra penetrar en esas sensaciones, deja la impresión de que su tarea no se ha completado más que a medias. Si las llamadas raíces de las lenguas indogermánicas, por ejemplo, no coincidieran con una sensación física como la angustia, que aflora en la angina de pecho o en el Drang alemán (del Sturm und Drang), parecerían suspendidas, sin fundamento y sin raíces.

Incluso en los ámbitos más intelectuales o espirituales, no podemos prescindir del material de las sensaciones orgánicas. Al igual que nuestra visión del mundo está inequívocamente ligada a la experiencia óptica, toda postura que asumimos en materia de intelecto descansa finalmente en nuestras piernas. El entendimiento no parece tener más que ver con nuestro cerebro que con nuestras otras extremidades. Lo que se entiende es, en consecuencia, también algo que se convierte en algo natural y que puede fijarse o colocarse: asume una vida propia como el «taburete» etimológicamente relacionado. Incluso lo que es «estadísticamente» significativo es algo que puede valerse por sí mismo y que entendemos como una entidad casi autónoma. Cuando Martin Heidegger percibe el mundo empírico como un «soporte» o marco, se refiere a una construcción compuesta por bloques de construcción estadísticamente significativos, una postura filosófica que debe su existencia a las patas sobre las que nos apoyamos como seres humanos.

¿De dónde sacamos entonces la idea de que somos antagonistas de la Naturaleza? ¿No llevan todos los productos de nuestra tecnología el sello de nuestra naturaleza orgánica? ¿No es la tecnología una mejora o un enriquecimiento de la naturaleza? De alguna manera, preferimos imaginarnos como si hubiéramos escapado de la Naturaleza o, al menos, como si hubiéramos sido desterrados o exiliados por ella.

Mientras que la medicina arquetipal caracteriza la actividad del médico como «terapia», en las ramas de las profesiones curativas basadas en las ciencias naturales la actividad principal es el «tratamiento». Mientras que la terapia en su significado original implicaba el «culto», la actividad en torno a una enfermedad, el tratamiento es mucho más una manipulación, una imposición de manos con un comportamiento autoritario. El tratamiento connota una relación vertical entre el médico y el paciente mediante la cual se puede lograr la recuperación.

El tratamiento es la consecuencia lógica e inevitable de una Weltanschauung en la que lo negro es negro y lo blanco es blanco, en la que, por supuesto, la salud y la enfermedad están claramente separadas. En casos extremos, la perspectiva del tratamiento presupone una ideología incuestionable en la que la enfermedad, como una especie de surrealismo deformado, se mide con una norma de simetría casi clásica. El tratamiento presupone un pensamiento y un sentido moral en lo que respecta a la salud y la enfermedad y para el cual la salud y la enfermedad son tan distintas como los ángeles y los demonios en la perspectiva cristiana. El tratamiento se nutre continuamente de una indignación colectiva por el mal en el mundo que sólo la erradicación completa podría satisfacer.

Uno puede estar seguro de que el tratamiento no percibe el asma bronquial como el sufrimiento que resulta cuando una tendencia a la brutalidad espiratoria se inhibe por el miedo a la aniquilación y que, en consecuencia, merece una condena multiforme. Desde la perspectiva del tratamiento, el asma es más bien una perturbación respiratoria, leve o de curso espectacular, perjudicial y claramente negativa.

El tratamiento consiste en una serie de técnicas destinadas a restablecer el statu quo ante, para que el paciente vuelva a estar «como nuevo». El tratamiento consiste en contramedidas, tanto quirúrgicas como químicas; en el caso del asma, en otras palabras, en medidas antiasmáticas. Se recetan antialérgicos, antiflogísticos, antiespasmódicos, antibióticos o, incluso, antidepresivos. La postura básica es «anti», opuesta a todo lo malo, de acuerdo con el principio de contraria contrariis. El tratamiento es antagónico, con vistas a restaurar lo perdido. El tratamiento es prudente, sus esfuerzos son principalmente hechizos apotropaicos, exorcismos y, a menudo, persecución fanática de la enfermedad. Del mismo modo, el tratamiento implica una forma de higiene que aleja al paciente de todos los posibles alérgenos: las alfombras se limpian con trapos húmedos para liberarlas del polvo doméstico maligno. El efecto recuerda a una especie de magia de corral llevada a cabo en épocas anteriores en forma de lustraciones de agua. Además, se emplean cantos mágicos, conjuros que recuerdan a una purga o a una especie de absolución. Se recurre a retos sugestivos y a llamamientos aleccionadores para tener buen ánimo. El médico se ofrece como un pilar de fuerza al que el desdichado y desesperado paciente puede aferrarse en busca de apoyo.

Si el retrato del tratamiento que acabamos de exponer suena algo irónico, no va dirigido al tratamiento en sí, sino a las nociones médicas que subyacen al tratamiento, nociones que llegan a reclamar una eficacia exclusiva. El sarcasmo se dirige a la seriedad con la que la medicina se considera a sí misma como la única posición ética. La conveniencia del tratamiento no puede cuestionarse mientras la vida y el bienestar sean importantes. Sin embargo, el cinismo se instala cuando la medicina se absolutiza y, admitiendo o no, emprende un tratamiento exorcizante, que en su seriedad sádica rivaliza con la caza de brujas de la Edad Media. El cinismo comienza en el punto en el que la salud y la vida -bajo la rúbrica de salus est vita, la salud es la vida- se declaran sacrosantas con demasiada naturalidad. La experiencia nos muestra cómo la naturaleza socava, con medidas cada vez más drásticas, el impulso hacia la salud y la plenitud cuanto más obsesivo se vuelve. El sarcasmo debe instalarse antes de que las nociones de la medicina sobre sí misma se vuelvan contraproducentes.

Mientras que el tratamiento actúa principalmente, la terapia de las perturbaciones y enfermedades orgánicas en la medicina arquetipal es verbal y extremadamente poco práctica. La actividad que existe consiste únicamente en ciertos gestos «de culto» y directivas mímicas diseñadas para complementar el enfoque en lo verbal.

Sin embargo, la terapia verbal no se ocupa de la jerga y los conjuros, ni reparte consejos. No se hace ninguna reivindicación particular de autoridad. La terapia sigue siendo un diálogo que se esfuerza continuamente por lograr una relación horizontal entre el paciente y el terapeuta. En principio, la terapia requeriría un mínimo de conocimientos técnicos y mucha más empatía y una creatividad siempre atenta y brillante para abrirse camino a través de las vicisitudes de los conflictos y las paradojas. En lugar de la empresa y la racionalidad, la terapia se alía más fácilmente con el espíritu mercurial, que conduce y extravía incesantemente. A través de la dialéctica, la terapia se esfuerza por llegar a un acuerdo con la complementariedad de todas las tendencias dispares. Mientras que el tratamiento vive de la estricta diferenciación entre blanco y negro, salud y enfermedad, los aspectos terapéuticos de la medicina arquetipal se encuentran en un crepúsculo místico en el que los opuestos se dan cuenta de sus conexiones relacionadas. Es una forma de medicina en la que las posiciones cambian constantemente, en la que ahora el enfermo se convierte en el sano; ahora el sano, en el enfermo. A veces parece que la capacidad de que lo sano se convierta en enfermo fuera el único factor saludable, que la salud de un paciente no fuera más que una forma cuestionable de morbilidad.

Al ser relacional o relativa, la terapia en la medicina arquetipal está más libre de matices morales que el tratamiento. La terapia no está tan sujeta a la búsqueda Damocleana de los fracasos del pasado ni al espíritu de un culto a la vida y a la salud. En la terapia, la enfermedad es mucho menos una obra del Diablo que espera ser erradicada. Si, no obstante, aparece, suele hacerlo como jene Kraft, die stets das Böse will, und stets das Gute schafft (ese poder que siempre pretende el mal y realiza el bien). Incluso el horror que le acompaña puede percibirse a menudo como un crepúsculo luciferino. El cinismo médico, que florece tanto más cuanto más extendidas están las obligaciones del juramento hipocrático, aparece como una leve ironía. Así, la terapia de la medicina arquetipal, que se ocupa de los seres humanos como objetos quiméricos, está relacionada con la alquimia. También la medicina arquetipal es un arte de hacer oro y estiércol, donde el tesoro se encuentra en las aguas residuales de las alcantarillas o el oro se transforma en estiércol de carnero, según las relevancias establecidas por la Naturaleza.

Principalmente por la confianza en la alianza con el «Diablo», la terapia verbal de la medicina arquetipal busca «redimir» lo que se ha metamorfoseado en enfermedad física. Podemos imaginar el proceso como una «re-sublimación» de algo que ha sido víctima de la materialización. Sublimación puede entenderse como «flotar», una condición complementaria a la que en latín se designa gravis, pesado, y en inglés, «gravitation».

Precisamente mediante su posición casi irónica y cuasi masoquista frente a la enfermedad, su tendencia a la mística del sufrimiento y su relación de amor -que roza lo perverso- con la enfermedad, la medicina arquetipal intenta extraer el espíritu de la materia. El proceso no se produce sin una especie de Todeshochzeit, matrimonio con la muerte. Supongamos que el asmático se da cuenta de que la Naturaleza pretende estrangularlo por su inclinación a la grandeza espiratoria. Entonces también podría ocurrírsele que su asfixia interior sólo podría salir del ámbito físico cuando la asfixia en forma de autolimitación entre en enlace con sus tendencias a la «grandeza». Puede que se dé cuenta de que no tiene más remedio que «casarse» con el monstruo, entrar en un Todeshochzeit. El término es quizás un poco grandilocuente, pero ciertamente se aplica. Además, evoca el mitologema general de algo particularmente deseable que se une a algo terrible y, por tanto, «muere»: un monstruo que contiene algo de valor oculto. Un Todeshochzeit es sólo superficialmente tal, ya que la muerte desempeña un papel real muy pequeño y sólo desde la distancia. Por lo general, no es más que el espectro del Todeshochzeit lo que despierta el horror, la incredulidad, la risa o la indignación.

La inusual conjunción con la «muerte» da lugar a una sensación de ampliación de horizontes, como si el enfermo experimentara la «eternidad». Es como si la vida del individuo adquiriera por primera vez una unicidad inconfundible e incorruptible, una limitación particular y una libertad simultánea. Es como si este reconocimiento confiriera una seguridad inexpugnable en medio del ajetreo de la existencia humana.

El momento de este «matrimonio místico» también puede llevar consigo la dicha o el éxtasis. Al igual que la eternidad no es únicamente un reino en el que entramos al final de nuestra vida, un imperio en el que los estragos del tiempo ya no nos afectan, el éxtasis no es únicamente una condición que comienza con la eternidad. El éxtasis puede producirse en todos los matrimonios. Ciertamente, el menor de los matrimonios sería el Todeshochzeit, siempre y cuando no entendamos el éxtasis como una euforia, sino como una sensación interior de seguridad y bienestar. Los términos que solemos asociar con la religión vuelven a aparecer en la medicina en relación con el modo y la forma en que experimentamos la salud y la enfermedad.

Lo que se aplica a la eternidad y al éxtasis eterno se aplica también a la «resurrección». No hay que entender la resurrección exclusivamente como un ascenso póstumo de un cuerpo astral. Eso no es más que la versión religiosa de un acontecimiento completamente real, lo que la medicina denomina «reconvalescencia». Siempre que la vida continúa tras esas experiencias que hemos llamado Todeshochzeit, se ha producido algo parecido a una resurrección. Cuando el estado de un paciente infartado mejora después de haber sido liberado de la siniestra máquina infernal de una unidad de cuidados intensivos, muestra todos los signos de haber experimentado un Todeshochzeit. Puede decidirse a no invertir más su «corazón» en cosas que antes consideraba importantes, hasta que un odio desatendido le ataca literalmente. Si adopta la actitud, tal vez ingenua, de no tomarse ya las cosas tan en serio, se dirige a un statu quo ante, aunque en el que una cierta reserva ha ocupado su lugar. La reconvalescencia, en otras palabras, es una reconstitución en la que tomamos algo que antes se consideraba indigno o inútil y nos unimos a él en una especie de matrimonio sacramental. La reconvalescencia, por lo tanto, se asemeja a esas imágenes de resurrección de origen cristiano en las que el Cristo resucitado está afligido con todos los signos de su reciente calvario agónico. El Cristo resucitado del Retablo de Isenheim de Grünewald emana no sólo un sentido de lo eterno cuando se cierne ante el telón de fondo del universo, no sólo un sentido de éxtasis cuando la iluminación transforma la materialidad de su cuerpo en algo neumático. Más bien, lleva también las marcas de sus heridas, que emiten un brillo fosforescente que supera toda cirugía profana de primeros auxilios/emergencia. Cristo aparece como los mártires del cristianismo en general. La caridad y la piedad, la creencia en un más allá y en la paz eterna, y la condena de toda brutalidad obligan a la brutalidad a realizarse físicamente en los mártires. En consecuencia, los santos son, por regla general, mutilados. Si hubieran percibido su existencia desde un punto de vista menos idealista y más mórbido, probablemente no habrían encontrado con tanta frecuencia finales tan gloriosos y heroicos.

Es como si los seres humanos se movieran a lo largo de su vida hacia arriba y hacia abajo en un eje vertical para finalmente terminar y permanecer en el fondo. Las condiciones que denominamos «reconvalescencia», recuperación y remisión pertenecen a esta imagen bajo la rúbrica de recaída. Es como si todas las incertidumbres de la vida fueran una expresión de la misma verdad, a saber, que la vida es un rondar por el abismo de la muerte.

El curso que toma la reconvalescencia no sólo es perceptible en el marco de la terapia verbal. Abandonado a sí mismo o bajo tratamiento, el estado básico mejora generalmente, pero de forma lenta y luego interrumpida por recaídas. Los intervalos lúcidos duran más tiempo, las recaídas se vuelven menos graves y pierden el carácter de lo aporético, lo desesperado, lo total. Sin embargo, sobre todo entonces, cuando las antiguas actitudes se reafirman con demasiada rapidez y la unilateralidad anterior, superficialmente sana, toma el relevo como si no hubiera pasado nada, se vuelven a minar fácilmente. La reconvalescencia es una especie de imagen reflexiva de la tendencia de la Naturaleza a permitir que nuestra quimérica existencia se desintegre en cascada en una serie de pasos siempre descendentes. Es el reverso del patrón vital, según el cual nos recuperamos después de cada caída más o menos grave, para llegar finalmente a la muerte. Todos somos enfermos crónicos que de vez en cuando mejoran.

Este principio se aplica a la mayoría de las enfermedades. Un caso de gripe puede parecer casi cómico en personas jóvenes, y su naturaleza insidiosa sólo se pone de manifiesto cuando un individuo mayor se ve afectado. Aunque las varices nos parezcan meras molestias cosméticas, pueden dar lugar a una trombosis o a un síndrome embólico que conduzca posteriormente a la muerte. Cada lecho de enfermo adquiere un carácter agónico, como si cada paciente estuviera tendido en su lecho de muerte.

La medicina arquetipal retrata el sufrimiento corporal en forma de materialización y resublimación debido a la sobrecarga de la unilateralidad. En la imaginería religiosa, la medicina arquetipal encuentra una conexión con una tradición milenaria, aunque las perspectivas religiosas se mantienen menos por la ecuanimidad mística y la ironía esotérica y más por la sensibilidad moral. Lo que la medicina arquetipal considera un juego homeostático de la creación increada, la religión lo ve como una lucha seria, incluso sombría, por el poder. En consecuencia, los términos de la religión no son cuasi-físicos, sino que proceden directamente de la filosofía moral: pecado, castigo y expiación.

La moralización religiosa no es un fenómeno que hayamos superado ni se aplica sólo al coto de algunas sectas. El sentido moralista de la propia enfermedad está presente, al menos en cierta medida, incluso en los más ilustrados. Por lo general, la enfermedad ya no se percibe como una lucha sombría con un dios ofendido o un demonio insultado. Más bien, el remordimiento o el arrepentimiento aparecen cuando, a posteriori, se hace evidente la correlación entre una enfermedad o un sufrimiento crónico y nuestro estilo de vida, algo que podría haberse evitado. Los matices morales resuenan aún hoy en toda patología: responsabilidad, culpa, castigo y expiación. En épocas anteriores, esta perspectiva moralista de la enfermedad estaba en relación con las normas de socialización y con la conexión del individuo con lo divino. La arrogancia humana, la blasfemia contra el orden divino, los juramentos sacrílegos y la maldad hacia todo lo que un dios había creado atraían la enfermedad como castigo. El modelo no es sólo cristiano, sino generalmente religioso y omnipresente, una imagen primigenia de cómo el hombre percibe el ir y venir de la enfermedad.

No sólo es el diablo cristiano el que cojea como un paciente ortopédico, que fue arrojado del cielo a la tierra por su oposición al plan de salvación de Dios: de la misma manera fue arrojado Hefesto de los griegos desde el monte Olimpo. Prometeo, que robó el fuego del Olimpo para la humanidad porque no podía soportar su miseria, fue encadenado por Zeus a una roca en el Cáucaso, donde un águila se comía su hígado de día para que volviera a crecer de noche. A su desenfreno le siguió el sufrimiento y el miedo de una enfermedad hepática crónica. La irreflexión optimista de su hermano Epimeteo también dio frutos amargos, ya que, sin sospechar ningún mal, liberó enfermedades de la caja de la bella Pandora, multiplicando así las dolencias del mundo. Tántalo se vio envuelto en un destino más moral. Por robar néctar y ambrosía de la mesa de los dioses, fue castigado con una sed insaciable, una condición compartida con los diabéticos. Lo mitológico, donde la patología se manifiesta como algo moralista/teológico, también aparece menos exaltado en las leyendas donde los enfermos, en vida o póstumamente, deambulan «dañados», emitiendo gritos insólitos o arrastrando cadenas por la noche con la torpeza de los tullidos.

Mientras que la etiología se trata bajo el aspecto del castigo divino, las tradiciones religiosas y míticas también llevan la creencia de que la prevención y la terapia pueden ocurrir si el hombre, antes o después del hecho, asume el posible castigo como penitencia y expiación. En la penitencia y la expiación, nos encontramos no sólo con el principio de contraria contrariis, sino también con el de similis simile curatur. No sólo hay que tratar la enfermedad con los opuestos, sino también con los mismos. En consecuencia, nos exponemos prematuramente al sufrimiento para que éste nos deje en paz. Nos atormentamos y humillamos, tendiendo al sufrimiento como forma de prevención. Arrastramos pesadas cruces en procesiones de súplica, doblando nuestras espaldas bajo el peso y demostrando así el conocimiento psicosomático de que toda arrogancia humana se encuentra con deformidades jorobadas y otras múltiples afecciones vertebrales. Para evitar la reaparición de la epidemia de la danza de San Vito, la población de Echternach, en Luxemburgo, celebraba anualmente procesiones en forma de corea en las que los participantes saltaban como si estuvieran aquejados de la enfermedad. En Babilonia, cada año se sacrificaba un buey en relación con el culto a Mitra, como para evitar, mediante este sacrificio de poder, el agotamiento de las fuerzas humanas. Del mismo modo, los aztecas alimentaban a su dios del sol, cada vez más anémico, con la sangre y los corazones de los guerreros. Por último, el hombre contemporáneo parece intentar prevenir el castigo reumático de la movilidad y la flexibilidad indebidas mediante el uso de anillos y brazaletes pesados y vinculantes. Incluso el descubrimiento de la inmunización activa fue precedido en muchas zonas por prácticas cultuales sinónimas.

En comparación con el cirujano que deriva su denominación profesional del griego kheir, mano, y que opera, en su manto salpicado de sangre, con este y aquel instrumento, o con el médico de cabecera que palpa a sus pacientes, los examina y los somete a baterías de pruebas, la terapia verbal parece extraordinariamente pasiva. Las palabras son las herramientas principales, y las manos se limitan a gestos ocasionales, mientras que incluso los consejos se dan con moderación, si es que se dan.

Esta pasividad parece pertenecer a una forma especial y particular de servicio. Requiere un entrenamiento inusual para evitar recurrir a la acción concreta o a la actividad de cualquier tipo, sino para retener las energías emocionales hasta el punto de trabajar de forma invisible entre bastidores.

La terapia verbal incluye la reflexión y la consideración de los síndromes de la enfermedad que trae el paciente. No es una terapia que evalúe sobre la base de impresiones sensoriales, sino que busca la esencia, lo esencial, un proceso en el que las impresiones sensoriales desempeñan un papel secundario. La reflexión es en realidad hermenéutica, el arte de la interpretación fenomenológica, tan fácil como difícil. Parece ser la cosa más sencilla del mundo y al mismo tiempo la más compleja. La reflexión parece tener que reconocer el aparentemente superficial enigma de la Esfinge, los síndromes de la enfermedad como un filosofema general. Sabiendo que los rasgos recesivos del carácter se somatizan en la enfermedad, la tarea de la reflexión es extraer de los datos lo que «está mal» en el paciente.

Cuando a una mujer joven le molesta la inflamación continua de una infección vaginal evocada, por ejemplo, por las tricomonas, puede haber algo obstinado presente que «brota» ante los intentos de profundizar e influir en la condición. En consecuencia, el carácter crónico del trastorno se ve afectado a pesar del deseo de la paciente de ser útil y de proporcionar datos pertinentes sobre su estado. La comprensión de la enfermedad nos lleva al terreno de la impotencia y de lo enloquecedoramente molesto.

El momento de la reflexión satisfactoria suele tener un efecto repentino, pero su funcionamiento sigue siendo un enigma. La reflexión parece seguir siendo eficaz incluso cuando no hay más explicaciones, como si el momento de reflexión (¡y suele ser cuestión de un momento!) desarrollara un efecto psicológico. Es como si se practicara la «telequinesis» y toda la discusión posterior no fuera más que el cuidado de un embrión ya viable. Parece que la ocurrencia, el «momento», sacó a la enfermedad de un aislamiento en el que, en principio, tendría que haber caído a través del tratamiento objetivo, a través de la actividad «adecuada». La reflexión en este sentido diluye, alivia y transforma la densidad, la pesadez, de una enfermedad. Sublima, redime, trae la resurrección y, en la medida en que este proceso es reconocido como un rasgo esencial, reconecta al paciente con lo que estaba perdido y lo reúne.»

Normalmente, la pregunta «¿Qué hago ahora?» sigue a una reflexión exitosa. La pregunta es fundamentalmente falsa y superflua. El reconocimiento fue el hacer, y lo más importante ya ha tenido lugar. Lo que ahora sigue no será más que una profundización y ampliación de lo que se ha reconocido. El reconocimiento, la reflexión, la comprensión de la esencia son la terapia. El reconocimiento cambia y nos motiva a formas de acción que antes no podíamos o no hubiéramos pensado. Es como si el pensamiento/espíritu y el hecho/acción se comportaran de forma complementaria, como si no pudieran tratarse simultáneamente, sino sólo secuencialmente, excluyéndose mutuamente. Y aunque el efecto del espíritu se desarrolla tanto más intensamente cuanto más «paralizada» está la actividad terapéutica, el éxito de la actividad depende de la motivación del espíritu.

La terapia verbal, por tanto, presupone, requiere incluso, un cierto alejamiento de la realidad. Un exceso de conocimientos fácticos sólo parece conducir a la ineficacia. Cuanto mayor sea el número de hechos, mayor será el peligro de que la esencia no emerja, quedando incomprensible en el torrente fáctico. La terapia verbal en la medicina arquetipal vive de una cantidad limitada de datos. Hay ciertos requisitos previos para la aplicación de dichos datos, requisitos previos que se encuentran en ciertos terapeutas, al igual que en ciertos adivinos y curanderos.

El lenguaje es psicosomático por excelencia. El lenguaje tiene una naturaleza híbrida, que se extiende desde lo espiritual/sutil indoloro, por un lado, hasta las dificultades y la sensualidad del cuerpo, por otro. En ocasiones, parece posible construir mundos enteros sólo con el lenguaje, mundos separados de todo lo demás donde las palabras se mueven de un lado a otro y se unen entre sí. Sin embargo, las apariencias engañan. También el lenguaje está tan ampliamente contaminado por la suciedad de la tierra y por la lujuria del ser que debemos cuestionar fundamentalmente si alguna vez podremos elevarnos por encima de la superficie de la tierra. Parece que no nos queda más remedio que seguir emitiendo gritos inarticulados que no difieren esencialmente de los gritos de los simios, los susurros de los árboles del bosque, el trueno de las rocas al caer, el murmullo de un arroyo o el susurro del viento en la maleza.

En realidad, la palabra sigue siendo organísmica, un gorjeo. Aplicada terapéuticamente, se alinea con todos los métodos de tratamiento psicosomático que crean conciencia de nuestros órganos enfermos, uniendo así sonido y resonancia.Su uso pertenece de forma natural a métodos de terapia como la eutonía, la bioenergética, el entrenamiento Feldenkrais, etc., aquellos métodos que intensifican la conciencia del cuerpo y para el cuerpo enfermo también, para que éste no tenga más remedio que cambiar. El habla por sí misma tiene el mismo efecto cuando está suficientemente cargada de sensaciones físicas y sensuales de la respectiva enfermedad. En este contexto, el discurso no debe ser demasiado abstracto; su terminología no debe proceder ni de la ciencia empírica ni de la filosofía casi pura. El discurso debe conducir al espíritu y hacer así sublime aquello de lo que habla. Al mismo tiempo, debe seguir siendo imaginal, dirigido hacia las imágenes primarias, hacia las imágenes arquetipales donde el contenido y la forma se vuelven idénticos. El diálogo durante una hora terapéutica es una realidad multifacética en la que, como sabemos, el orden de los asientos, las actitudes posicionales de terapeuta y paciente, la melodía de lo que se dice o se habla, los gestos, etc., tienen su lugar y su valor. El diálogo es una interacción compleja, la discusión es en realidad un contacto mutuo. Se acerca a lo físico y, en esa medida, es también un tratamiento, una imposición de manos. El paciente también muestra todas las reacciones que podría tener un paciente sometido a otro tipo de tratamiento más concreto: hace una mueca de dolor o manifiesta otros signos de dolor; se imagina que le están examinando y se retuerce a causa del examen de sondeo. Puede que de repente sienta un escalofrío o que se sienta aliviado cuando se acabe, o que le parezca que le han aplicado un bálsamo refrescante. Después de la hora de terapia, puede sentirse restaurado y reconfortado o agotado. En otras palabras, la manipulación y el manejo se producen tanto en la consulta analítica como en la mesa de examen del cirujano. Si de vez en cuando se expresa la opinión de que las consultas analíticas no son más intensas que una fiesta de té, no debemos olvidar que las visitas al médico a menudo no son en sí mismas más que Kaffeeklatsch.

A menudo suponemos, de forma algo errónea, que los predecesores de los practicantes de la terapia verbal se encuentran especialmente entre los sacerdotes. Al hacer esta suposición, probablemente tenemos en mente la noción de que el contacto físico es de importancia secundaria en ambas formas de relación. Siguiendo lo dicho anteriormente, esta noción sólo tiene una validez limitada. Los predecesores de los terapeutas verbales son más bien todos aquellos que, de una forma u otra, practican el arte de curar. Esto se aplica tanto a los curanderos como a los que han hecho incisiones, cauterizado o medicado. Si concedemos algún poder al lenguaje terapéutico, ese poder deriva su eficacia de la capacidad híbrida del lenguaje de ser una realidad tanto física como espiritual.

Dado que la medicina empírica piensa en términos de sistemas abiertos, ha tenido que desarrollar una ética especialmente seria. Para la medicina empírica, los hechos son y siguen siendo únicos, mientras que la enfermedad y la salud llevan el sello de una realidad incuestionable. No son intercambiables y, como tales, surgen causalmente. Lo que es adquiere una realidad plomiza y se convierte en algo de lo que hay que hablar. En la medicina empírica y en una época dominada por su perspectiva, la avalancha de información debe necesariamente convertirse en una bola de nieve: la educación se convierte en una cuestión de vida o muerte. Como los hechos son tan únicos (con ciertas limitaciones temporales debidas al cambio), hay que concederles la máxima seriedad.

La medicina empírica también mantiene la concepción de la vida como un proceso lineal en el que cualquier «después» no puede ser un «antes». Este principio coloca a la medicina empírica en la posición de tener que mantener el ceño fruncido y las cejas perpetuamente y con sentido. La imagen de la vida como un proceso lineal que se extiende de la salud a la enfermedad y de ahí a la muerte (según la cual «salud» significa «vida'») obliga a la medicina empírica a convertirse en medicina de urgencias, y el desarrollo general tiende a hacer unidades de cuidados intensivos de países enteros.

Mientras que la ética de la medicina empírica es una moral seria, no se aplica a la medicina arquetipal. Dado que la medicina arquetipal piensa en sistemas cerrados en los que los elementos se organizan en polaridades y sólo obtienen valor en relación con otra cosa, resulta una ética más amoral. En principio, nada es único. Es más, lo que parecía único en un momento dado puede volver a ser lo contrario en poco tiempo. En consecuencia, la información ya no es decisiva, pues sobre toda información pende el espectro de la inutilidad y la futilidad. Los acontecimientos, incluso los de importancia médica, adquieren algo de la Gestaltung, Umgestaltung, des ewigen Sinnes ewige Unterhaltung (formación, transformación, de la mente eterna) de Goethe.

Si tenemos en cuenta, además de las diferencias éticas, que la medicina arquetipal emplea los hechos principalmente como punto de partida para intuir la esencia (por ejemplo, la discusión de un caso de anemia se desplaza a consideraciones sobre las cosas pálidas, deslavadas y blancas), la cualidad de distracción de la realidad médica aumenta aún más. Es como si para la medicina arquetipal todo fuera una realidad a medias, como si una sonrisa o una risa final no desaparecieran nunca, y que permaneciera una constante incredulidad de que la Naturaleza pretendiera realmente ser tan seria con nosotros. Es como si nuestro mundo humano tuviera la cualidad de una fata morgana, que se confunde fácilmente con el sinsentido. Allí donde se practica la intuición, la realidad conserva siempre la cualidad de brujería y, por tanto, la ética de la medicina arquetipal tiende a la ironía. A pesar de todo el existencialismo, la vida sigue conservando algo de virtual.

Si el objeto de la medicina empírica es un asunto serio, entonces el médico que lo trata debe ser serio. Por lo general, es venerado, venerado con la misma reverencia que le correspondía al dios griego Apolo, quien, como figura exaltada de perfección anatómica, blanca como el mármol, contemplaba el Golfo de Corinto desde las alturas de Delfos. Como progenitor de todos los médicos, Apolo conquistó a Pitón, una serpiente que representaba todo lo repugnante, lo misántropo, lo maligno y lo que provocaba la enfermedad y la muerte. Apolo era un vencedor, un conquistador, un dios del sol, cualidades que conservan sus descendientes médicos. Pero esta noble herencia puede socavarse a sí misma. Parece como si la ironía a la que nos referimos se viera obligada a proliferar salvajemente como cinismo indignado cuando no se le concede su lugar en el esquema de las cosas.

La medicina arquetipal rinde homenaje al hermano de Apolo, Mercurio (o Hermes), un dios mucho menos simétrico y saludable. Mercurio se encarga de que todo esté conectado con todo lo demás, para que el cosmos siga siendo un sistema cerrado. Practica la magia y posee ingenio, algo que no puede decirse de Apolo. Su sonrisa es arcaica. Mientras que lo apolíneo ha seguido siendo dominante y sus características se han conservado a lo largo de los siglos en un mundo cristiano de luz y oscuridad, Mercurio ha llevado una existencia más bien apócrifa y secreta. Encuentra veneración entre las subculturas, entre las que, por ejemplo, se encuadran en la alquimia. Así es incluso hoy en día.

Pertenece a la naturaleza de lo apolíneo que el hombre se sienta obligado a considerar su propia existencia -y el ser en general- como milagrosa. Es como si el hombre estuviera implantado con una convicción fundamental, gracias a la cual todo es capaz de parecer bueno. Esta creencia primaria se vuelve sospechosa cuando, sin ser cuestionada, se convierte en una manía, como ocurre hoy en día. Cada vez que el sol se oscurece, se sacrifican víctimas, sobre todo del corazón, como en la época de los aztecas. El valor económico de la religión de la existencia milagrosa es incontestable: crea innumerables puestos de trabajo y consume enormes cantidades de energía.

Lo que se aplica a nuestra época en su conjunto se aplica a la medicina empírica específicamente. Para la medicina empírica, un paciente enfermo es esencialmente una privatio boni, un Bien disminuido y deformado, el saqueo de algo considerado como una totalidad legítima. Al igual que toda nuestra época, la medicina empírica tiene su tarea heroica específica en la restauración de lo que falta, una tarea que persigue inquebrantablemente a pesar de las similitudes con la tarea de Sísifo. La actitud de la medicina empírica incluye una celebración a priori de -un júbilo ante- la creación, mientras que todo lo que no corresponde a la creación se separa como error y equivocación.

La medicina arquetipal no comparte esta actitud. Al servicio de un dios mercurial que posee numerosas conexiones con la muerte y el morir, la ética de la medicina arquetipal no se nutre de una celebración incuestionable. Sus características herméticas permiten que la medicina arquetipal experimente desde el principio todo el ser -y, en consecuencia, la existencia humana- como un mal necesario. Al igual que podemos asumir que las flores son lo que realmente importa y que el abono sólo sirve para favorecer la floración o que la putrefacción y el deterioro no son más que una decepción inevitable, también podemos considerar el propio abono como algo primario, aquello de lo que brotan las maravillas. Mientras que una posición de júbilo primario debe ser necesariamente apoyada con todo tipo de persistencia, trucos, mentiras, etc., para que su volumen no disminuya, la medicina arquetipal experimenta muchas cosas como resultado de la gracia.

En contraste con la medicina empírica, que consciente o inconscientemente reverencia toda la vida y con ello la existencia humana, la medicina arquetipal resuena con burla. Reina una blasfemia y un agravio narcisista. En la medicina arquetipal, ni la enfermedad ni la muerte son un error de la Naturaleza, sino una negligencia aparentemente inevitable y casi criminal. Si nuestra forma de vida, un híbrido de deseo y tormento, era todo lo que la Naturaleza podía permitir que proliferara a partir de lo inorgánico, la Naturaleza bien podría haber dejado las cosas como están. En consecuencia, la medicina arquetipal es algo vengativa, se alía con el Diablo y arriesga su destino. Podríamos designar tal fundamento ético como morboso o morbista. El morbismo, por su parte, sería la teoría de que toda la vida, especialmente la humana, existe sólo como enfermedad o como salud en conjunción con la enfermedad. Esta teoría no es en absoluto nueva: resuena con tonos medievales y románticos, audibles para un tipo de individuo caracterizado lógicamente como morbidezza.

Para promover una mejor comprensión de lo que podría ser la medicina arquetipal, se la ha presentado como si se tratara de algo claro, algo distinto en la práctica cotidiana de la medicina empírica. La impresión es engañosa. Ni las dos formas de medicina pueden separarse completamente ni hay médicos que practiquen exclusivamente una u otra. En realidad, la diferencia es mucho más una cuestión de tendencias respectivas en las que existe la más amplia variación.


1 La raíz indogermánica del habla es pers, que significa «resonancia». El habla en este sentido se convierte, por así decirlo, en la resonancia de la existencia física.

Reglas generales hacia una práctica de la psicología arquetipal

Traducciones

Patricia Berry, Estados Unidos

Ensayo publicado en Echo’s Subtle Body (Spring Publications, Canadá), pp. 181-192, 2008 (segunda edición).

Traducido por Alejandro Chavarria

El otro día me preguntaron si todavía me consideraba un psicólogo arquetipal. La pregunta me asombró. ¿Cómo no iba a hacerlo? Estuve en el nivel básico antes de que la psicología arquetipal fuera nombrada «psicología arquetipal», primero como estudiante adepta, luego como soror mystica, inclinándome sobre el borde con aquellos que agitaban este brebaje embriagador. Tritones, lagartijas, nuestras entrañas estaban todas en la olla. No solo sentí que la psicología arquetipal era yo, sino que también formaba parte de ella, por uno o dos dedos del pie, toda mi cabeza y mucha saliva.

Sin embargo, es cierto, en los últimos años no he pasado mucho tiempo con la gente hablando de psicología arquetipal. Una de las razones de mi ausencia es que, a medida que la discusión arquetipal se ha centrado cada vez más en las ideas, yo me he vuelto cada vez menos. Ciertamente honro la ideación; la teoría es importante. Ninguna escuela de nada existiría sin ella. Pero no es para todos nosotros, todo el tiempo. A medida que envejezco, me vuelvo más “práctico” en la mayoría de las cosas. Esto no significa que no pienso, sólo que cuando lo hago, los pensamientos tienden a aparecer disfrazados de dinámicas psicológicas, mecanismos, apareciendo en individuos, relaciones, grupos o incluso situaciones. Esta práctica de ver las ideas mientras funcionan es algo divertido para mí, y ahí es donde he pasado mi tiempo. ¿Sigue siendo eso psicología arquetipal? Bueno, tu dime. Tal vez sea solo mi psicología arquetipal, una de las muchas psicologías arquetipal. En cualquier caso, en las siguientes páginas expondré algo de cómo he llegado a pensar. Estas son mis reglas generales para la práctica, así como puedo describirlas ahora.

Regla general n.° 1: Cualquier idea se puede usar a la defensiva

Aquí, con “regla general” me refiero a: aproximadamente, o más o menos. Me parece que no hay ideas “correctas”, más o menos. La parte “menos” es que algunas ideas realmente son más útiles, ricas, fructíferas, interesantes, prometedoras. Ah, pero eso no significa que tengan razón, o que estén equivocados, para el caso.

Como psicóloga profunda, mi atención se centra en cómo funciona la psique. Una de las formas en que funciona la psique, según la psicología profunda, es a través de un ego frágil que se defiende de lo que percibe como amenazas internas o externas. Para protegerse contra estas amenazas, el ego saca de su arsenal todo tipo de armamento defensivo.

Las ideas son como las murallas que rodean el castillo. Están diseñados para evitar que se inmiscuyan otras ideas. En tiempos de paz, pueden brindar a los amantes un lugar seguro para reunirse, a los sabios un espacio para conversar sobre las copas de los árboles sin interrupción, un lugar para que las mujeres giren al aire libre y los magos puedan conjurar bajo las estrellas. Pero en tiempos de guerra, las murallas se usan para esconderse detrás mientras las flechas vuelan y las rocas son catapultadas. Así también con las ideas. Las ideas pueden nutrir la vida o pueden servir como estructuras defensivas.

Regla general n.º 2: Si una vaca sagrada bloquea el camino, ahuyéntala

La psicología profunda asume una realidad llamada inconsciente. La parte “in” del inconsciente se refiere a lo que no es, no consciente, desconocido. Hacer consciente lo inconsciente, en el sentido freudiano, o (en términos junguianos más modernos) integrar contenidos y dinámicas inconscientes en posiciones más viables, añadiendo recursos, complejidad y riqueza a la personalidad, ese es ciertamente un objetivo del trabajo psicológico profundo. Los medios para llevar a cabo este trabajo requieren una continua vigilancia.

El método de la psicología profunda es algo así como una vía negativa. Con esto quiero decir que con mayor frecuencia rechazamos lo que bloquea el camino que pretendemos saber cuál debería ser realmente el camino. No obstante, se asumen algunos valores generales, aunque su énfasis puede variar dependiendo del contexto y de un profesional a otro. Algunos de estos valores son: lo desconocido, la profundidad, la resonancia, la complejidad, la interconexión, la integración, la riqueza, la maestría. Seguro que puedes añadir otros.

Los valores o los conceptos cargados de valores pueden brindar orientación, pero uno debe sentir y elegir conscientemente cuándo se va a aplicar uno u otro conjunto de valores. Cuando se aferra a los valores, uno tiende a perderse en su brillo de tal manera que ya no puede discernir los eventos psíquicos más sutiles, nuevos, desafiantes o, incluso diría, reales. Cuando uno u otro sentimiento cargado de valores se abraza de tal manera que el ego se esconde detrás de él, entonces es posible que tengamos que dejar de lado el valor en sí mismo, ahuyentarlo del camino, incluso si ese valor huele a Verdad y Maternidad, o Alma, Psique, y Mundo. Cualesquiera que sean los términos sagrados, los apretones de manos secretos, tales valores pueden y serán usados ​​para ocultar desarrollos más interesantes, desafiantes o fecundos en la vida psicológica.

Regla general n.° 3: Las ideas no deben aplicarse

El problema con la noción de praxis es que tendemos a pensar en ella como una aplicación de la teoría. Cuando aplicamos ideas a situaciones prácticas, encuentro que generalmente resulta en una mala aplicación de un tipo u otro. De hecho, las primeras veces, el mal uso es casi un hecho. Una nueva idea es como una nueva herramienta o juguete que uno puede probar en muchos lugares, la mayoría de los cuales no son apropiados. En mi experiencia, pocas situaciones de la vida son tales que una sola idea les haga justicia.

Mi opinión es que es mejor trabajar desde el evento hasta la idea y no al revés. (1) Comenzar con el acontecimiento vivo, es decir, la imagen; (2) enfocarse en la imagen/evento, sintiéndolo; y (3) rastrear bits de resonancia que comienzan a formarse a partir del evento. No importa si estas resonancias son inmediatamente como ideas conocidas o meros fragmentos. Eventualmente, las ideas brotarán como malas hierbas alrededor ya a través de ellos.

Las ideas son orgánicas. Viven en cosas, algo así como el «barril de rueda rojo cubierto de lluvia» de William Carlos Williams. Tal vez aquí la lluvia son los fragmentos, los destellos de ideas brillantes.

Regla general #4: Cuando sea posible, piense poéticamente

Para Aristóteles, la practicidad o praxis conduce a la acción, mientras que la creación o poeisis conduce a la producción. Aparte de la praxis como práctica espiritual, que, en mi opinión, da en el clavo, la praxis tiende a prestarse más al pensamiento político. Marx consideró su materialismo dialéctico como praxis. A veces, sin embargo, se trata más de hacer —simplemente hacer— que de política. Cuando ese es el caso, como suele ser para mí, la fantasía de hacer, crear, solo la actividad por sí misma, es bastante atractiva. Para mí, «hacer» movimientos psicológicos, interpretaciones, intervenciones, reflexiones y momentos parece más apropiado que cualquier otra conceptualización de lo que soy.

Regla general n.º 5: Vaya connatural

Connaturalidad es un término acuñado por el teólogo católico Jacques Maritain. Maritain se interesó por la interrelación entre los procesos artísticos y los procesos de la naturaleza. Desde su punto de vista, la tarea del artista o artesano es alinearse miméticamente con “el funcionamiento secreto y las formas internas de la naturaleza”. Vio la actividad artística, cuando funciona correctamente, como un intento de paralelo a los procesos de la naturaleza. La creatividad humana es como la creatividad de la naturaleza. La tarea es trabajar connaturalmente con la naturaleza en un nivel muy consciente: sentir las operaciones de la naturaleza, sentirlas, verlas, escucharlas. El intento de profundizar en los procesos psicológicos naturales, en sintonía con lo que se percibe, es de lo que se trata la psicología profunda.

Regla general n.º 6: Los símbolos no son símbolos de nada sino simbólicos con muchas cosas

El erudito islámico Henry Corbin caracterizó los símbolos como «simbolizando con» en lugar de «simbólicos para» sus referentes. La distinción es importante porque ningún símbolo se considera necesariamente anterior o más importante que otro. El tipo de hacer implicado aquí se desarrollaría a través de similitudes, reverberaciones e improvisaciones miméticas o paralelas a los movimientos y procesos naturales. En ese mismo espíritu, más bien como el espíritu de la connaturalidad de Maritain, nuestro profundo trabajo psicológico avanza con un oído atento a las reverberaciones de la naturaleza, tanto naturales como simbólicas.

Regla general n.º 7: Adhiérase a la imagen

De acuerdo, esta es una regla antigua. Todos lo sabemos. Siempre se lo he atribuido a Rafael López-Pedraza, ya que fue el tipo al que se lo escuché en repetidas ocasiones. En este momento de mi vida, sin embargo, mi sentido puede haberse desviado un poco del de Rafael. Hoy considero la imagen como una noción más flexible que antes. Una forma de entender su adaptabilidad es hablar de encuadre.

Regla general n.º 8: Para conocer hay que encuadrar 

Por favor, déjeme ser claro. No digo que las cosas existan sólo por su encuadre. Estoy diciendo que los marcos organizan lo que vemos. Bien organizado, lo que vemos puede volverse fresco, incluso impresionante. La forma en que se enmarca una imagen se convierte en parte de su efecto y significado. El marco de la ventana sobre mi escritorio ofrece una vista particular del bosque exterior. Cuando encuadro una imagen en el visor de mi cámara, estoy posicionando la vista de tal manera que permita que surja algo revelador. En una imagen en movimiento, muchos fotogramas que se precipitan uno tras otro se convierten en la película que luego un editor corta y da forma, es decir, fotogramas, en la película final. El propósito del encuadre es poner límites a la vista para que lo que está dentro de esos límites pueda enfocarse con mayor claridad y frescura.

La forma en que enmarcamos una historia que le contamos a un amigo o la presentación de un caso a colegas tiene que ver con lo que queremos mostrar (y quizás cómo queremos que se vea a nosotros mismos). Cómo enmarcamos algo también condiciona cómo lo abordan los demás, qué obtienen de ello y qué actividades generan a su alrededor. Esto no es tan obvio como puede parecer. En un coloquio de casos, por ejemplo, alguien presenta una situación con un cliente con el que está teniendo dificultades. En términos generales, lo que verán los participantes en el grupo, siendo participantes psicológicos astutos, no es lo que el presentador “quiso” que vieran, sino lo que el presentador no ha presentado y quizás no sabe.

Considero que la imagen aquí es tanto lo que presentó el presentador como lo que otros vieron, el funcionamiento inconsciente detrás de la presentación y evocado por ella. El encuadre consciente fue el encuadre de la presentación, pero ese encuadre también trajo otros niveles, otras percepciones y otros puntos de vista a la discusión.

Si el practicante hubiera presentado la historia de manera diferente, lo que los participantes percibieron también habría sido algo diferente. Digamos que el practicante ha enmarcado la historia, principio y final, con una afirmación sobre lo molesto que se siente con este paciente en particular. Entonces, el grupo tendería a trabajar en el caso con esta emoción contratransferencial en mente. Mi punto es que las situaciones enmarcadas de manera diferente son diferentes, y los comentarios, así como la dinámica del grupo, cambiarán en consecuencia, porque la imagen es diferente.

A veces, las imágenes se encuadran de forma estrecha. Cuando se le da muy poco contexto a una situación, trabajar con ello tiende a volverse suelto, proyectivo, menos acotado y menos significativo en términos de la situación real. Por otro lado, a veces los eventos psicológicos se enmarcan de manera tan grande que es difícil trabajar en ellos en profundidad o con algo que no sea trazos amplios y amplios. En ocasiones estos grandes trazos son justo lo que buscas, como, por ejemplo, al abordar temas a nivel cultural o político. En este nivel, el trabajo de imagen particular y preciso no es útil ni apropiado.

Regla general n.° 9: El observador y lo observado pueden o no serlo

Nuestra convención perceptiva es experimentarnos a nosotros mismos cuando observamos; por ejemplo, los participantes observan la presentación del caso (como discutimos anteriormente) como algo separado de lo que estamos observando. Sabemos por la física moderna, la fenomenología y otras disciplinas, que estamos, de una forma u otra, implicados en lo que observamos. Pero en un nivel práctico, las posiciones que asumimos con respecto al “otro”, sea lo que sea “otro” (sueño, cliente, colegas, el mundo de la psicología) varía considerablemente.

A veces es importante estar cerca del “otro”, tan cerca como para fusionarse. Con el sueño de un cliente, digamos, algunos terapeutas pueden querer estar tan cerca que sientan las energías del sueño a través de sus propios músculos y órganos. Entonces podrían hablarle al sueño a través de su propia imaginación. Sus imaginaciones (o amplificaciones o asociaciones, para el caso) pueden ser tan importantes para el proceso como las imaginaciones del paciente.

O uno puede asumir una posición a cierta distancia del paciente y del material. No es que una u otra postura sea la correcta; cada uno tiene ventajas y puede ser más o menos adecuado según las circunstancias. A veces es útil acercarse lo más posible a la experiencia. En otras ocasiones, es crucial que te descubras para que puedas verlo más claramente. Lo importante aquí es saber que estás asumiendo posiciones y tratar de desarrollar un repertorio lo más amplio posible. En cualquier situación, puedes elegir conscientemente tu postura, lo que incluye, por supuesto, conocer los efectos de esa posición, sus puntos fuertes, sus limitaciones y sus peligros.

A veces uno desea enmarcar lo que está pasando, digamos, en una situación terapéutica, en términos de “dinámicas de transferencia/contratransferencia”. Cuando uno encuadra la situación dentro de esta fantasía conceptual, puede ver que todo ocurre dentro ya causa de esas relaciones. Para aprobar los exámenes en muchos institutos de formación junguianos en la actualidad, uno debe ser experto en este modo de encuadre y en el uso del lenguaje que lo acompaña. Como cualquier otro marco, este recinto de transferencia limita y revela. En mi opinión, el peligro de este modelo es que es el actualmente aceptado, por lo que generalmente se asume que es «verdadero» y se toma literalmente.

Regla general n.° 10: Contraste: es un montaje

Considero que la noción de multiplicidad de James Hillman no solo es un paraguas más grande y generoso, sino también una actitud más interesante que, por ejemplo, el dualismo. Sin embargo, a veces, uno quiere señalar fuertes contrastes. En tales ocasiones, uno podría sonar dualista como «o esto o lo otro». Los contrastes son formas de hacer que los puntos se destaquen claramente. Imagina una pintura con un fondo oscuro y figuras blancas en primer plano. Las figuras blancas destacan por el contraste del fondo. Cuando la psicología arquetipal establece oposiciones, es importante recordar que estas oposiciones tienen que ver con el contraste y no con la exclusión literal. Piense en algunas de las oposiciones de la psicología arquetipal: el inframundo frente al mundo diurno, el ego imaginario frente al heroico, el mundo frente al consultorio y (mi favorito) lo psicológico frente a lo literal. Los buenos se colocan en un extremo de la oposición y los malos en el otro, los buenos en primer plano, los malos en segundo plano.

Estéticamente hablando, estas exclusiones de «o esto o lo otro» crean contrastes para hacer un punto. Pero, no olvidemos, estos tipos malos son simplemente testaferros arrastrados para ser criticados. En el drama, las caricaturas de hombres de paja actúan como contrastes para los personajes principales más complejos. Algunos dramaturgos que conozco sostienen que el gusto colectivo exige estas figuras. Tal vez sea así, pero como psicólogos debemos recordar que es un montaje.

Regla general n.° 11: Robar herramientas cuando sea necesario

Hillman caracterizó su método psicológico como el de un bricoleur (un ingenioso que hace las cosas por sí mismo); Diría que el mío es como un ladrón, aunque un buen ladrón y por buenas razones, espero. Aunque la psicología arquetipal se distingue filosóficamente de psicologías colectivas generalizadas como el conductismo o la psicología cognitiva, sin embargo, como practicante, en ocasiones uno puede sacar una o dos herramientas de sus brillantes cajas. En ocasiones, esas cajas de herramientas pueden contener algo útil. La herramienta puede ser una que nos permita centrarnos en el comportamiento como tal, o abogar por un cambio en el comportamiento antes de comprender de qué se trata el comportamiento. Esto puede sonar bastante diferente a la psicología profunda, pero a veces es necesario, como en situaciones de abuso o adicción. Dado que hay tantas explicaciones de los eventos como perspectivas psicológicas para verlos, a veces un simple refuerzo negativo (como terminar la terapia) es el camino a seguir.

Si tomamos en serio la imagen de Maritain/Corbin de los procesos paralelos, entonces tal vez el cambio imaginal pueda comenzar con un cambio de comportamiento y viceversa. A veces agarrar el palo por el otro extremo es más fácil. Me parece que no son otras psicologías las que son reduccionistas, materiales y literales, somos nosotros, siempre que las veamos sin un ojo psicológico.

Si nos paramos en terreno psíquico, in media res, manteniendo nuestra conciencia desde esa posición, lo que hagamos tendrá una base psicológica. Es una cuestión de conciencia. Cuando somos psicológicamente conscientes, nuestros medios serán metafóricos y nuestras herramientas reflexivas.

Regla general n.º 12: No tome lo literal literalmente

Anteriormente dije que lo literal versus lo psicológico era mi oposición favorita. Pero, ya sabes, uno no debe tomar ni siquiera lo literal tan literalmente. Hacerlo es volverse demasiado literal. Esa voz literal, que insiste en «nada más que», es solo una de las muchas voces en el coro. A veces es útil para emitir tonos fuertes y seguros, pero el punto es escucharlo como una sola voz, en lugar de la verdad completa, nada más que la verdad que pretende ser.

Regla general n.º 13: La verdad o el daimon

A veces pienso en la verdad de forma imaginativa, como en la «línea verdadera» que un carpintero podría determinar, un navegante estimar o un maestro zen dibujar en la arena. La verdad es para mí de mayor valor, pero no uso mayúsculas en la palabra. En términos de una psique individual, pienso en la verdad como el camino de la individuación. Este término junguiano pasado de moda es lo suficientemente vago, subjetivo e interior como para que funcione para mí. Algunos podrían hablar de seguir el propio daimon en lugar de la noción de individuación de Jung como guía, pero los daimons son llamativos. Además, los daimons también son demonios, ¡y es muy fácil identificarse con ellos! Así también, nociones como “psique” y alma no funcionan para mí como antes. En el comienzo de la psicología arquetipal, estas palabras estaban verdaderamente vivas, estremecedoras, electrizantes, audaces como diablos. Ahora son clichés en los títulos de la mitad de los libros de las estanterías de autoayuda. ¿Es verdadera la noción (psique, alma)? Por supuesto. Pero hoy en día es difícil inspirar en alguien como yo mucho sentimiento de una línea verdadera de esas palabras.

Tiendo a orientarme con nociones estéticas más prácticas como “lo que funciona”. Lo que “funciona” como novela, película, pintura o pieza musical está determinado por la pieza misma. Cada pieza establece sus propios criterios. De esta manera, el trabajo se mide contra sí mismo, algo así como lo que implica la individuación en la psicología personal, donde la naturaleza única de la persona es la meta.

Regla general n.º 14: Regla de Layard 

Tiendo a ver los sueños a través de la regla de Layard. Puede que no siempre comparta esta visión con mi cliente. Pero a menudo lo hago, porque de hecho así es como veo las cosas. John Layard fue antropólogo y analista junguiano de primera generación que residió en Inglaterra. James Hillman me transmitió la máxima hace casi cuarenta años, atribuyéndola a Layard, y yo también. Desde entonces, esta regla general me ha servido bien a mí y a varias generaciones de estudiantes. Es mi herramienta favorita.

La regla dice así: «Todo en el sueño es correcto excepto quizás el ego del sueño». El propósito de esta regla general es llevar la conciencia hacia un reino más allá del ego. Su uso desliteraliza el punto de vista habitual del ego, lo que permite un cambio de perspectiva.

Al igual que con cualquier otra regla general, esta se aplica solo de manera flexible y, a veces, no se aplica en absoluto. Siempre es, creo, una perspectiva útil para los practicantes en la profundización de su propia conciencia. No siempre es la herramienta adecuada para la terapia. En algunos casos, por ejemplo, cuando el apoyo o la estabilización son una prioridad, moverse en contra de la perspectiva del ego no es terapéuticamente inteligente. En tales casos, la regla de Layard no es la herramienta adecuada. Toma otra. Como con cualquier otra regla, esta es simplemente más o menos útil y apropiada, una de muchas en la caja de herramientas.

Como ejemplo, veamos el siguiente sueño:

entro en mi baño. Mi perro, Max, está en la bañera, bajo el agua. Él simplemente está acostado allí como suele mentir. Estoy horrorizado, sabiendo que se va a ahogar. Él solo me mira como si nada estuviera mal.

No sé nada de la mujer que soñó este sueño, su situación de vida, sus complejos, en qué parte de su proceso analítico se encuentra, nada. Pero eso no significa que no pueda obtener algo del sueño.

Desde una perspectiva naturalista (la perspectiva del ego aquí), el perro parece como si fuera a ahogarse, y eso se siente terrible para el soñador. Sin embargo, para aplicar la regla de Layard (aquí, una perspectiva submarina así como del “inframundo”), ponemos entre paréntesis el sentimiento del ego y miramos al perro. Max actúa como si nada estuviera mal. Quizás este sea un perro submarino, capaz de sobrevivir bajo el agua. O quizás se va a ahogar, a disolverse en la solución alquímica, y eso es parte del proceso. En cualquier caso, sabemos claramente desde el punto de vista del perro, según Layard, que efectivamente “no pasa nada”. Todo es como debe ser.

Este punto de vista le parecería horrible a un psicólogo orientado al ego o al humanismo en varios aspectos. Por un lado, la situación no es natural. Los perros no están naturalmente contentos bajo el agua. Por lo tanto, algo anda mal con el “perro” de esta mujer. Su instinto de perro es inconsciente, autodestructivo. Otra razón por la que el sueño no sentaría bien es que en la psicología humanista es el ser humano el más valorado. Las perspectivas y los valores humanos se identifican y se toman literalmente.

Dar la vuelta a las cosas de tal manera que estemos mirando desde la perspectiva del perro, confiando en el animal sobre el punto de vista humano, puede llevarnos a tomas de conciencia que otras perspectivas más habituales no permiten. La perspectiva de Layard profundiza y enriquece nuestra comprensión. Si todo está bien excepto el ego del sueño, es “correcto” que el perro muera. Quizás el perro es como un viejo instinto, eficaz durante muchos años para olfatear qué era qué, pero ya no se necesitaba. Tal vez sea necesario un nuevo perro con nuevos sentidos.

Regla general n.º 15: Escucha a tus amigos, ama a tu maestro

Regularmente dirijo seminarios para estudiantes en las etapas finales del estudio psicológico profundo. El simulacro es que cada estudiante se toma varias horas durante el fin de semana para hablar sobre su trabajo con un cliente.

A medida que los participantes interactúan en torno a las imágenes y los procesos que surgen, me sorprende lo bien que han llegado a entenderse unos a otros. Por supuesto, cada uno llega al fin de semana con perspectivas particulares y teorías favoritas. Puede que no siempre estén de acuerdo, pero eventualmente todos llegan a apreciarse mutuamente, a entender lo que se dice y de dónde viene. Se escuchan unos a otros, ya mí.

¿Saben que soy un psicólogo arquetipal? ¿Conocen mis antecedentes? No sé. Si lo saben, ciertamente no en detalle. Sin embargo, están haciendo lo que considero psicología arquetipal. Están enfocando cuidadosamente lo que aparece como imagen, conscientes de su encuadre, las lentes que usan. Ponen entre paréntesis las explicaciones causales y aprecian las resonancias miméticas. Han aprendido a robar. Hacen un uso inventivo de los recursos disponibles (¡el bricoleur!). En un grado u otro, cada uno tiene buen ojo para alguna línea «verdadera». Recitan la regla de Layard como un mantra. ¿Es esto psicología arquetipal? Bueno, ciertamente es una forma de eso.

Gracias, James Hillman. Esos años en la mezcla contigo fueron fundamentales para mi aprendizaje, gloriosos en alcance, difusión y elevación, más allá de la inspiración. Fue un viaje extraordinario. Quedo profunda y eternamente agradecido contigo, mi maestro.

C. G. Jung, Hegel y Wolfgang Giegerich

Traducciones

Philip Kime, Reino Unido

en Breakfast in Kusnacht de Stefano Carpani

Traducción de Alejandro Chavarria

SC: Dr. Kime, muchas gracias por su tiempo y por unirse al Desayuno en Küsnacht. Es un placer estar aquí en su casa. ¿Podría compartir los pasos centrales de su biografía/viaje intelectual?

PK: Mi formación fue originalmente psicológica y filosófica; mi primera licenciatura fue en filosofía con énfasis en metafísica y filosofía de la ciencia. Luego pasé a la inteligencia artificial (máster) y después a la ciencia cognitiva (doctorado). Mientras realizaba estos dos últimos, enseñé filosofía en Edimburgo durante una década. A continuación, realicé algunos trabajos de investigación postdoctoral en lógica y psicología antes de iniciar el proceso de análisis y formación unos años después de dejar el mundo académico por completo.

SC: ¿Cuáles son los autores y las áreas de investigación que considera esenciales para su propio desarrollo y trabajo? ¿Qué otras áreas considera fundamentales en su propia biografía intelectual (también más allá del psicoanálisis)?

PK: Para mi propio trabajo, estoy especialmente influenciado por la metafísica analítica central y la filosofía de la ciencia (Wittgenstein, Quine) y considero que algunas de estas áreas tienen una aplicabilidad especialmente amplia. Kant y Schopenhauer me influyeron mucho en mi época académica, ya que hay fuertes temas metafísicos kantianos en algunos trabajos de neurociencia, por ejemplo. La mejor educación psicológica (lo que realmente puede llamarse psicología, en contraposición a la psicología académica) provino de Kierkegaard, a quien leí a finales de los 20 y principios de los 30 años. Por elegir sólo dos, La enfermedad hasta la muerte y Temor y temblor siguen siendo, en mi opinión, obras maestras psicológicas insuperables. Hegel fue un proyecto posterior para mí, después de superar las opiniones muy negativas de Schopenhauer y Kierkegaard sobre él. Ahora considero que las ideas de Hegel son esenciales para la psicología, no cualquier opinión particular, sino la geometría general y el énfasis en un enfoque ampliamente recursivo. Por eso, naturalmente, también aprecio a Giegerich.

La ficción también suele ser especialmente educativa. Henry James, sobre todo las últimas obras, y Proust fueron influencias importantes. El estilo de «novela empírica» de Zola en el ciclo Rougon-Macquart también me interesó enormemente durante algunos años paralelos al inicio de la formación. Las obras de teatro de Arthur Miller, cuando no son torpemente políticas, son una buena fuente de psicología aplicada, al igual que las obras dolorosamente precisas de Alan Bennet y Samuel Beckett.

Me interesa mucho el trabajo académico en matemáticas, ya que éste realmente da la sensación necesaria de lo complejos que pueden ser los temas y de lo sutiles que son los conceptos necesarios para adecuarse a ellos. Sumergirse en este tipo de pensamiento es importante para evitar quedar atrapado en los modos de pensar simplistas que impregnan el discurso público e incluso el profesional. No tiene que ver con el tema (por muy interesante que sea), sino con la educación y la sofisticación de los mecanismos de pensamiento que son importantes en estas áreas, lo que me parece sumamente importante. 

SC: ¿Cuándo te diste cuenta (y decidiste) que querías ser analista junguiano?

PK: Fue, creo, un jueves por la noche en la sala de fumadores del hotel Prestonfield House de Edimburgo, en el año 2000. Estaba trabajando como consultor informático para pagar las deudas estudiantiles y había reunido información de varios programas de formación junguiana del Reino Unido, y fui allí a fumar un cigarro y a ojear la literatura que había recibido. Recuerdo muy bien haberme dado cuenta, retrospectivamente al final de la noche, como suele ocurrirme, que en el transcurso del cigarro, que había decidido. No acabé entrenando en el Reino Unido, pero la decisión se tomó en algún momento en medio de un Montecristo nº 2 aquella noche.

SC: Permítame hacerle una pregunta muy sencilla: ¿Quién era Carl Gustav Jung?

PK: No estoy seguro de poder responder a eso, porque creo que la única forma de hacerlo sería si realmente le conocieras, y no presumo de saber nada sobre el hombre en sí, aparte de lo que se ha escrito sobre él; y realmente no creo que eso sea suficiente para presumir de conocimiento personal. Creo que la mejor respuesta es que no lo sé. No sé quién era, y no estoy seguro de que para la gente que estudia su obra o pretende seguirla importe mucho quién era. Creo que es mucho más importante dedicar el tiempo a entender lo que dijo y lo que pensaba. Mezclar esas dos cosas -quién era y quién era en sus escritos- creo que es la fuente de muchos errores. Creo que la gente puede dejarse llevar por suposiciones sobre lo que pensaba basándose en sus suposiciones sobre quién era. Me gustaría mantener esas dos cosas separadas. Como cualquier analista debería saber, las anécdotas y las leyendas son la peor base imaginable para una evaluación creíble de una persona, y eso es todo lo que realmente tenemos para alguien de escaso o nulo conocimiento personal. Las autobiografías y las biografías no suponen, como dijo Jung, ninguna diferencia apreciable. Sin embargo, en cuanto a quién era como pensador o como figura histórica, esa es una cuestión diferente, y creo que es un poco más fácil de responder.

Diría que mi impresión es que es un personaje relativamente único en la historia del pensamiento occidental. Era un tipo de políglota muy específico e importante que rara vez vemos. Pero, además, era alguien que, al mismo tiempo que tenía o seguía una línea de una teoría particular que estaba desarrollando, era extremadamente sensible a la idea de que la teoría es algo brutal, y que uno no debería imponerla cuando se supone que la teoría de uno debe informar un cierto tipo de práctica. Así que lo considero una especie de pionero de un tipo de psicología que aboga por un enfoque psicológico teóricamente informado, en lugar de un enfoque psicológico teórico. No me gusta hipotetizar sobre el tipo de hombre que era, precisamente porque creo que eso lleva a un cierto tipo de misticismo y de culto al héroe, que creo que le habría horrorizado (de hecho lo estaba, a tenor de algunas de sus citas, como la famosa: «Gracias a Dios que soy Jung y no un junguiano»). Creo que es un personaje lo suficientemente importante en sus escritos, como para que no tengamos que aumentar eso con un cierto tipo de excitación sobre su carácter en la vida real. Es decir, seamos sinceros, el cuerpo practicante de los junguianos no sabe nada de él. Creo que es mejor que nos ciñamos a los libros y no a las piezas fragmentarias de información histórica sobre él. Por lo tanto, no sé quién era y no creo que para los junguianos practicantes importe mucho.

SC: ¿Cuál cree que es su relevancia, o la relevancia de su obra, ahora, en el siglo XXI?

PK: Esa es una pregunta terriblemente difícil, porque depende de qué parte de su obra. No creo que sólo porque a uno le guste Jung, o haya leído a Jung, o practique la psicoterapia junguiana, o esté entusiasmado con algunas de sus ideas, deba apresurarse a tener una idea de Jung que sea más bien primitiva en su granularidad, de modo que Jung sea simplemente maravilloso y relevante para todo o no sea relevante para nada. Su obra es bastante voluminosa y tiene muchos aspectos diferentes, así que depende mucho de qué aspecto de su obra. Por ejemplo, si tomamos algunas de sus primeras obras más empíricas, en torno al volumen 2 o 3, y también las piezas de sincronización en las que se adentra en lo que ahora se consideraría psicología empírica, yo diría que tienen muy poca relevancia ahora, porque los métodos que utilizaba no pasarían el examen de los estándares actuales. Eso no quiere decir que los conceptos no sean especialmente relevantes, sino que los métodos que utilizaba eran de la época, por lo que ese aspecto no se traslada muy bien a los siglos XX y XXI. La relevancia del contenido de sus ideas es un asunto diferente. Pero es difícil, porque aunque hay algunos aspectos que son un poco románticos en sus puntos de vista, está absolutamente claro que hay ciertos fundamentos intemporales a los que estaba tratando de llegar, que no podrían no ser relevantes en cualquier momento, porque son completamente atemporales. En sus mejores momentos, cuando habla de los arquetipos, los destemporaliza completamente, en parte debido a sus inclinaciones vagamente kantianas. Eso los hace relativamente intemporales en cuanto a su aplicación, lo que abre todo un campo de estudio que está muy vivo hoy en día. Sin embargo, es discutible -creo que es discutible, sé que no es particularmente discutible en la corriente principal del junguismo, pero creo que es discutible- cuán relevante es hoy en día gran parte del uso que hizo de la mitología. Porque hay un hilo, creo, de un anhelo bastante regresivo por el pasado que se puede leer de forma creíble en él, y creo que hay buenas razones por las que eso no tiene tanto lugar hoy en día como uno podría imaginar. Y veo mucho trabajo en la corriente principal del junguismo, en mi opinión, tratando desesperadamente de sostener y probar que estos hilos son todavía relevantes hoy, cuando de hecho creo que hay buenas razones para pensar que no lo son. Pero la forma en que no lo son es una cuestión totalmente distinta. No es que no sean relevantes porque sean anticuados, que estén pasados de moda, eso es demasiado simplista. Son las intenciones particulares que tuvo Jung al poner en primer plano la mitología como solución a los problemas. Creo que eso se puede cuestionar hoy en día, pero se requiere un gran análisis filosófico para entender las razones de ello.

Así que diría que, en general, el enfoque de Jung sobre la psicología nunca podría dejar de ser relevante en cualquier momento de la historia, porque creo que lo que me atrajo a Jung en primer lugar fue una frase. Olvidé en qué volumen estaba, pero nunca olvidé la frase; fue la primera frase de Jung que recordé. Fue la que todavía guía mi particular admiración por él, aquella en la que dice que uno aprende mucha teoría, y recuerda un montón de cosas meticulosas que estudió, y luego, cuando el paciente entra en la consulta, se olvida de todo ello. Esa es una actitud fundamentalmente correcta hacia el papel de la teoría. No es un rechazo de la teoría en absoluto, es un conocimiento de que la teoría tiene que ser absorbida en la estructura del propio enfoque, y luego olvidada. Pero no se olvida del todo, sino que se convierte en el tejido de la forma de trabajar. No es algo que se aplique, y es un conocimiento terriblemente profundo que hay que aprender una y otra vez cada vez que un paciente entra en la habitación. Entonces, la relevancia de eso y como ese insight en particular se juega en el trabajo de Jung una y otra vez no podria ser mas relevante, porque es la estructura fundamental de lo que es hacer trabajo psicologico terapeutico.

SC: Esto es interesante, porque es una pregunta que planteé a uno de mis supervisores clínicos.15 Le pregunté cómo se unen la teoría y la práctica. Y él dijo: «Bueno, son dos cosas completamente diferentes y separadas. La teoría es una cosa, pero cuando estoy frente a mis pacientes hay mucho más. Es una compenetración, la relación, la intuición, los sueños que traen, cómo me siento yo y cómo se sienten ellos, por lo tanto la transferencia y la contratransferencia». Por lo tanto, es algo que se amplía con la relación con un ser humano.

PK: Eso es cierto, pero la forma en que se amplía es importante. Tiene que ser ampliada por una mente que haya absorbido la teoría.

SC: …¿Y la estructura incluso?

PK: Sí. Porque uno necesita formación en estructura, para que su enfoque sea estructurado. No tiene por qué estar estructurado en una línea concreta. No soy especialmente partidario de la idea de que, a efectos de la práctica, ciertas teorías sean correctas y otras falsas. No creo que importe mucho. Pero sí se necesita alguna estructura. Esa es una cuestión muy, muy importante en psicología: ¿cuánta estructura es necesaria para practicar la psicoterapia, por ejemplo, o el psicoanálisis? Y mi respuesta es: mucha. Se necesita mucha estructura. Y es un tipo de estructura muy sutil y muy específica, y muy especial y única. Pero no es una estructura en el sentido de que es un conjunto de reglas que se aplican cuando un paciente entra en una habitación. Obviamente, todos sabemos que hay mucho de eso en la psicología convencional, donde tu paciente dice esto, y luego tú dices aquello. Y hay ciertos enfoques que tienen hojas de control literales de cosas para preguntar y responder, y si alguien tiene este tipo de afecto entonces tienes este tipo de respuesta, y este tipo de cosas. Esto es totalmente antipsicológico. Es completamente contrario a lo que Jung defendía de todos modos. Uno necesita una estructura, pero no debe ser una estructura expresada en el contenido. Debe ser una estructura real, su forma debe ser estructural. No debe estar reificada en el contenido. Los ejemplos más atroces son cuando la gente dice: «Bueno, el paciente me dice esto y luego yo le digo a él, ese es un buen ejemplo de transferencia», o «ese es un ejemplo clásico de proyección», o lo que sea. Esto es casi como una especie de bingo psicológico, en el que dices: «Aaah sí, ahí estamos, eso es esa cosa teórica que acabo de ver, y esta es la respuesta teórica». O, ya sabes, la horrible idea, o aspecto, del diagnóstico diferencial, es que hemos sofisticado nuestra idea de la relación entre la teoría y la práctica simplemente ampliando el número de posibles respuestas teóricas. Así, el paciente dice esto y yo digo: «Ah, bueno, eso significa esto, o quizás esto, o quizás esto». Teóricamente, eso no supone ninguna diferencia. Eso no lo hace más psicológico sólo porque ahora tienes una disyunción lógica de respuestas teóricas potenciales. Eso no significa nada. Sigues teniendo esta distinción dura y rápida entre la teoría y la práctica; sigues teniendo esta idea de que hay una teoría que se puede aplicar y sólo lo estás disfrazando diciendo que hay potencialmente múltiples teorías que se pueden aplicar. Lo único que dices es que hay teoría, pero también hay ignorancia. Por supuesto que la hay; es decir, ¿y qué? Así que la distinción entre teoría y práctica no es del todo legítima. Creo que esta visión es uno de sus mayores puntos fuertes.

SC: ¿Cuándo conoció la teoría de Jung y cuándo -o cómo- decidió formarse como psicoanalista junguiano?

PK: Me temo que esto va a sonar probablemente un poco menos fatídico de lo que a mucha gente le gusta interpretar sus encuentros iniciales, porque realmente no creo que esos encuentros fatídicos sean generalmente muy precisos. Creo que generalmente son reconstrucciones históricas. Pero esto es lo que me ocurrió a mí: Estaba de vacaciones en Canadá con un amigo mío hace mucho tiempo. Yo era un hombre joven, y había hecho una licenciatura en filosofía. Había leído mucha filosofía y trozos de psicoanálisis. Y nos fuimos a acampar en medio de la nada en Canadá, como se puede hacer en Canadá, cuando realmente estás en medio de absolutamente ninguna parte. Y tuve que subirme a un árbol y colgar las mochilas lejos de los osos y salté del árbol después de colgar las mochilas, y me torcí gravemente el tobillo. Estábamos en medio de la nada, y mi tobillo se puso negro y se hinchó y fue muy desagradable. Tuvimos que remar hasta salir del medio de la nada y conducir hasta un hospital en Sault-Sainte-Marie, creo que era, en Canadá. Y dijeron: «Oh, te has roto un ligamento», o algo así. Así que todo el viaje se canceló, y tuvimos que conducir de vuelta a través de cientos de kilómetros de desierto canadiense durante dos días para volver a donde vivía mi amigo. Y, ya sabes, me dolía un poco y necesitaba pasar el tiempo en el coche, así que nos detuvimos en una especie de centro comercial de carretera, y allí había una librería. Entré y, como el viaje era muy largo y me dolía un poco, necesitaba algo para leer. Miré en la estantería -tenía la intención de mirar a Jung, el nombre me rondaba y sabía que iba a investigarlo en algún momento- y encontré en el estante el volumen 12 de las Obras Completas, Psicología y Alquimia. Pensé, bueno, esto servirá, es de Jung, y es un libro.

SC: ¡Una fácil!

PK: Uh … sí, quiero decir, ¡era sólo un libro, ya sabes! Así que, por desgracia, porque yo estaba en Canadá, resultó ser el Princeton, no las ediciones de Routledge que están disponibles en el Reino Unido. Así que, terminé teniendo que ir a través de las Obras Completas de los volúmenes de Princeton, que no podía conseguir en el Reino Unido, porque Routledge tenía los derechos en el Reino Unido, que era un gran dolor. Y entonces, leí Psicología y Alquimia mientras estaba en el coche, y pensé, bueno esto es bastante bueno, creo que voy a leer todo Jung. Y me llamó la atención en parte por su mencionado enfoque de su noción de teoría, que ya había estado pensando durante un tiempo y me entusiasmaba; y porque me parecía un vocabulario muy bueno. Había estado pensando en líneas psicológicas y filosóficas y preguntándome qué hacer con este tipo de lecturas y estudios durante bastante tiempo, y vi esto y pensé: bueno, entiendo este vocabulario y puedo usar este vocabulario, y es importante tener un vocabulario para poder hablar de las cosas que te interesan. Antes de eso, no sabía realmente cómo enmarcar el tipo de pensamientos que había tenido. Este marco encajaba de forma natural y era un buen momento, así que pensé que estaba bien. Había adquirido el hábito de hacer filosofía. Llegué a casa y leí un par de volúmenes y luego empecé por el principio y leí hasta el final. Cuando llegué a la mitad de las Obras Completas, me di cuenta de que no sólo era un vocabulario excelente, sino que era un vocabulario en el que se podían decir cosas muy profundas e importantes. Además, importante para un joven de la época, provocaba una cierta admiración por lo que uno se imaginaba de Jung como hombre. Quiero decir, para un hombre joven, con inclinación filosófica esto es bastante importante. Poder admirar a la persona que es el progenitor de ciertas ideas sí importa, porque proporciona un cierto tipo de conexión a nivel animal con la que puedes motivarte para estudiar y continuar. Y eso funcionó para mí, porque había leído Recuerdos, sueños… y él también parecía un hombre decente y genuino. Eso estuvo bien, porque en ese momento ya había leído a Schopenhauer y cosas así. No se podía decir que Schopenhauer fuera un hombre decente y genuino, quiero decir que era un poco cerdo, al igual que muchos filósofos.

Eso es bastante típico en la filosofía, que no quieres saber realmente sobre su vida personal, porque arruina la impresión muchas veces. Pero con Jung en gran medida no fue así. Y eso importaba, porque parte del contenido de lo que Jung hablaba es la integración, y el hecho de que no es tan bueno tener una teoría intelectual desconectada, cuando tu personalidad no refleja nada de eso; ahí hay un problema. Tiene toda la razón en eso; que esta idea occidental del genio, muy neurótica en el sentido coloquial (que en realidad es otra cosa que Jung menciona muy explícitamente) está muy desconectada. El genio occidental es alguien que es absolutamente brillante en una cosa en particular y casi tiene que ser inútil en todo lo demás. Es un absoluto cerdo en su vida personal, o es terrible en todo lo demás que no sea su disciplina. Esto es esencial para la definición general de genio. Su opinión era -y creo que con bastante razón- que no, eso no es realmente impresionante. No es tan difícil descuidar todo lo demás aparte de una cosa y llegar a ser bueno en ella. Eso no es nada impresionante. Por aquel entonces, yo había estado enseñando en el departamento de filosofía y había visto esto en la vida real. Así que esto realmente me resonó, el hecho de que conocía a mucha gente que estaba relativamente arriba, algunas personas famosas en la filosofía que habían publicado mucho y eran bastante respetadas en el campo; pero los conocía como seres humanos y los veía en las fiestas, en las cenas y en su vida cotidiana en sus oficinas, y eran simplemente personas terribles. Quiero decir, no sólo espantosas, sino infantiles y en algunos casos realmente horribles. Eso no te inspira la idea socrática de la filosofía, que inspira y hace a un hombre bueno. Obviamente no lo hizo, en mi experiencia.

Así que aquí había alguien que reconocía el hecho de que era necesaria una integración de los diferentes lados de uno mismo para que algo contara como desarrollo. Eso me importaba mucho en ese momento, porque me había desilusionado mucho con la filosofía a causa de la gente que estaba en ella. Y recuerdo uno de esos momentos claros que uno recuerda en su vida. Lo recuerdo muy vívidamente. Debía de tener unos 25 o 26 años, algo así, quizá un poco más joven, y estaba en la puerta del Usher Hall (una sala de conciertos) de Edimburgo, donde estudiaba, y pensé: «¿Por qué quieres dedicarte a la filosofía? Estaba enseñando filosofía en ese momento y haciendo mi doctorado, y (fue uno de esos momentos horribles en los que eres realmente honesto contigo mismo y nunca lo olvidas) recuerdo que pensé para mí mismo, bueno, la razón por la que quiero hacerlo es porque suena muy bien. Si vas a una fiesta y alguien te dice: «¿A qué te dedicas?», responder «filosofía» suena tan bien. Y pensé, Dios mío, ¡esa es una razón tan mala para hacer algo! En ese momento se rompió. Me dirigía a una carrera académica en filosofía, y ese momento rompió mi deseo. Simplemente pensé: «No, no voy a hacer esto».

SC: Lo mismo me ocurrió en sociología después de mi máster en Manchester y Cambridge. Me sentí desilusionado, porque había estado trabajando en Beck, Bauman y Giddens durante tres o cuatro años, especialmente en el concepto de individualización de Ulrich Beck. Había escrito dos tesis y estaba empezando mi doctorado sobre eso, pero sentía que faltaba algo. Lo que faltaba, en realidad, era la parte psicológica o psicoanalítica, que encontré en Jung y su teoría de la individuación. En realidad, de eso trata mi tesis doctoral, pero entre una cosa y otra necesité casi doce años para dejar que creciera, o se materializara, por sí sola.

PK: Bueno, el problema es que, en esos períodos de la vida en los que se está formando la identidad, es terrible renunciar a ella. Uno crece, obviamente, con y a través de una identidad; y yo ciertamente lo hice en su momento, como filósofo. Y me considero afortunado de haber tenido ese momento, y esos momentos son extraordinariamente interesantes, porque lo recuerdas todo. Quiero decir que fue hace 25 años o más, y recuerdo exactamente qué llevaba puesto, dónde estaba de pie, qué estaba mirando, qué tiempo hacía en ese momento. Es uno de esos raros momentos de honestidad real, en los que te preguntas: «¿Valoro esto realmente?». Y sabes que has respondido a esa pregunta «Oh, sí» muchas, muchas veces; pero no la has respondido realmente, nunca te lo has planteado. Nunca te lo has preguntado realmente. Pero entonces, por un accidente cualquiera, te encuentras con la maldición de que de repente te haces la pregunta que estás obligado a responder. Y descubres con horror que la respuesta es «No», y entonces no tienes ni idea de qué hacer.

Después de eso, estuve como dando vueltas durante varios años preguntándome, dado que esa identidad no iba a funcionar porque ya no podía justificarla, pensé: «Bueno, ¿qué diablos voy a hacer?». Así que, cuando leí Psicología y Alquimia, pensé: «Ah, aquí hay un vocabulario que no hace violencia a lo que me había dado cuenta de que no podía entregar en ese momento, y además tiene mucho potencial, y siento una afinidad razonable con él». Así que no fue el caso de que leyera a Jung y me enamorara, fue más bien que lo leí y pensé: «Entiendo este vocabulario».

SC: Fue bastante sincronizado lo que te ocurrió en Canadá.

PK: Bueno, tengo una opinión muy particular sobre la sincronicidad, así que me reservaré el juicio.

SC: Este es un muy buen punto para introducir la obra de Wolfgang Giegerich. ¿Cómo se acercó a Giegerich, o cómo se acercó a él, desde Jung? Es todo un salto.

PK: Sería un salto, excepto por el hecho de que mi formación es en filosofía. Así que estaba acostumbrado a una cierta cantidad de, tengo que decir, rigor, en el pensamiento del tipo de gente que estaba leyendo. Y Giegerich obviamente tiene eso. Hay mucho más rigor en Giegerich que en la mayoría de la psicología analítica moderna. Así que me pareció natural. Pero llegué a él un poco en contra de mi voluntad, porque tener una formación en filosofía significa que has pasado por el proceso, normalmente, de familiarizarte con ciertos filósofos. Como estudiante, no puedes familiarizarte con todo, porque no hay tiempo suficiente. Comencé la mayor parte de lo que considero mi educación filosófica después de terminar mi licenciatura en mi tiempo libre, porque eso era más propicio para ello. Mientras hacía mi doctorado, leí todo Schopenhauer y me entusiasmó mucho, mucho, Schopenhauer. Más tarde -en realidad, mientras leía a Jung, todavía estaba terminando con Kierkegaard, y a ambos, realmente no les gustaba Hegel. Schopenhauer más a nivel personal, Kierkegaard más a nivel de principios en cuanto a cómo el hegelismo afectó a la iglesia en Dinamarca. Al no haber leído a Hegel (es decir, había leído un poco de Hegel en ese momento, pero leer un poco de Hegel significa que no has leído a Hegel -a menos que lo hayas leído todo, no tiene sentido tener una opinión-) instintivamente odié a Hegel, porque Schopenhauer era mi héroe cuando era más joven, Kierkegaard era mi héroe cuando era un poco mayor, y ellos odiaban a Hegel, así que pensé que obviamente Hegel era un idiota. Por lo tanto, lo descarté en gran medida, y sabía vagamente que Giegerich era un poco hegeliano, así que pensé que no tenía sentido leer a Giegerich.

Pero ya había aprendido que las opiniones de uno sobre determinados pensadores y posiciones particulares siempre son esencialmente inútiles, a menos que se dedique tiempo a revisar y leer todas las obras básicas de la persona que uno cree que no le gusta. Lo he hecho suficientes veces para saber que una opinión que diga: «No me gusta este o aquel pensador, o esta o aquella idea», que no se base en la lectura mínima de las obras primarias, no tiene ningún valor. Lo he hecho bastantes veces y ahora estoy totalmente convencido de ello. Ha sido lo suficientemente doloroso tener que hacerlo, como para que nada me disuada de esta opinión. Y así, me llevó un par de años darme cuenta de que no podía seguir manteniendo esta aversión a Hegel, porque era totalmente superficial y ridícula dado el hecho de que no había leído todo Hegel. Y no quería hacerlo, porque Hegel es famosamente desagradable de leer; pero finalmente me obligué a hacerlo. Y, como siempre ocurre cuando uno se obliga a hacerlo, te das cuenta de que estabas equivocado. Quiero decir, no sólo un poco equivocado. Por lo general -es realmente sorprendente para mí- uno espera normalmente en el mundo que si tiene una opinión errónea sobre algo y luego lo estudia realmente, corregirá un poco su opinión, y entonces será un poco más precisa y matizada. En mi experiencia, eso casi nunca sucede. Lo que ocurre es que te das cuenta de que estabas absoluta y totalmente equivocado en tus opiniones iniciales; que no entendías nada. Y la mayoría de las personas cuyos comentarios querías que te gustaran porque justificaban tu decisión de no tener que estudiarlo también estaban total y absolutamente equivocados. He tenido esa experiencia tantas veces que ya es una creencia fija mía. Es un problema en gran medida moderno, inconcebible hace un siglo, que uno pueda tener una opinión creíble basada en un somero roce con lo que sigue siendo el modo sólido y primario de adquisición de conocimientos: la lectura. El mínimo de lectura requerido para tener una opinión creíble hace un par de generaciones se considera hoy un requisito imposible, monumental e incluso sospechoso. Las consecuencias de esto son obvias y cada vez más evidentes.

Así que hice lo que se requería con Hegel, leí todo Hegel y me di cuenta de que estaba totalmente equivocado. Las últimas 100 páginas de La Ciencia de la Lógica son sublimes en el verdadero sentido schopenhaueriano de la palabra. Quita la voluntad y te hace apreciar algo, coloquialmente, «trascendental». Como preliminar a eso, tuve que ir y leer todo Kant primero, porque realmente no puedes leer a Hegel a menos que hayas leído a Kant y a Schopenhauer y otros trozos. Eso fue, ya sabes, mucho trabajo, y mucho de él no muy agradable. Y luego volví a mirar a Giegerich, La vida lógica del alma, y me di cuenta de que también estaba completamente equivocado sobre él; y que, en realidad, se trataba de un psicólogo analítico terriblemente importante cuyos puntos de vista eran muy sólidos, muy profundos, y una de las únicas voces creíbles que he escuchado realmente en la psicología analítica en los tiempos modernos. Hay mucho, creo que es justo decirlo, vagamente New-Age y un trabajo relativamente superficial que se lleva a cabo en la Psicología Analítica, y siempre me molestó por mi formación en filosofía. Su ingenuidad filosófica era tan asombrosa y vergonzosa, que me hizo sentirme un poco alejado del campo durante varios años. Así que, por supuesto, me alivió encontrar a Giegerich. Pensé, gracias a Dios, al menos alguien entiende que mucho de esto es simplemente (como él dice, y yo coincido) amateur. Fue un gran alivio para mí encontrar a Giegerich. Así que fui a leer a Giegerich, y creo que es probablemente, en mi opinión, el más importante psicólogo analítico vivo hoy en día.

SC: ¿Le proporcionó una estructura adicional, además de lo que encontró en Jung?

PK: Hasta cierto punto sí, pero también, reemplazó parte de la estructura que se encuentra en Jung, porque tiene toda la razón en que ciertos aspectos de la concepción de Jung de las cosas, incluso si se tiene en cuenta las concepciones cambiantes que Jung tenía con el tiempo, no son del todo correctas. Y no digo eso en el sentido de que se hayan cometido errores. Quiero decir, el trabajo que todo el mundo hace en la vida es un asunto inacabado. Así que no se puede juzgar a nadie por no haber dicho lo correcto del todo, porque nadie tiene tiempo suficiente para hacerlo. Pero dado el hecho de que en los estudios junguianos en general muchos de los pronunciamientos de Jung se consideran casi como productos acabados que ya pueden ser aplicados, es un terrible error cometer sobre el pensamiento de absolutamente cualquier persona sobre cualquier cosa. Hay una tremenda tendencia, aunque no es particular de la Psicología Analítica o de cualquier campo, a tomar los puntos de vista de la gente como definitivos. Entonces el trabajo de la siguiente generación es simplemente aplicarlas y apreciarlas. Esa es una visión totalmente incorrecta de casi todo. Y todo el mundo está de acuerdo cuando se dice eso, pero no es lo que hacen. La cantidad de veces que puedes sentarte en una conferencia en un instituto, donde la gente dirá que hay ciertas cosas en las que Jung no estaba del todo bien, y la gente como que asiente y dice «sí, por supuesto, por supuesto»; pero no. La gente en general no cree eso. Cuando realmente hablan de las cosas y consideran sus propios puntos de vista y particularmente hacen talleres clínicos, no es así como realmente actúan. Hay un montón de «¿Qué diría Jung?» en el fondo. Por lo tanto, hablar es barato. Cuando la gente asiente con la cabeza y dice: «Sí, reconocemos que Jung no era la última palabra en sus puntos de vista sobre la psique», no es así como la gente se comporta realmente la mayor parte del tiempo. Giegerich es una de las pocas personas que realmente dice explícitamente: «Tenemos que tomarlo en serio, y tenemos que ver cuáles eran los problemas». No es un ataque personal. De nuevo, esto vuelve a la diferencia entre Jung el hombre y Jung el pensador. Uno no está criticando a la persona para decir que algunas de las cosas que pensaba eran incorrectas. Están totalmente separados. No están relacionados, pero se confunden juntos, por lo que la gente se vuelve bastante protectora de Jung la figura. Eso es un error, es decir, es simplemente un error.

Y así, Giegerich fue uno de los mejores defensores, originalmente, de decir, ¿cómo podemos realmente tomar lo que Jung hizo y realmente llevarlo más allá, y criticarlo, y ponerlo en un marco que respete lo mejor de lo que hizo, mientras que trata de mejorar algunos de los peores de lo que hizo? La ironía es que eso no es algo realmente único, porque mucha gente trata de hacer eso. Ha habido intentos de poner a Jung en un marco fenomenológico, y hay intentos de poner a Jung en el marco de la escuela arquetípica, y varias formas de reconfigurar la visión de Jung para que se ajuste a la teoría que a alguien más le entusiasma. Pero aquí es donde entra la diferencia crucial entre la teoría normativa y la descriptiva. Un gran problema en la filosofía, y una de las cosas que ciertamente tomé de ella, es que si no mantienes clara la distinción entre teoría normativa y descriptiva, te arriesgas a terribles, terribles confusiones todo el tiempo. Hay una gran diferencia entre decir «esto es lo que alguien dijo realmente» y «esto es lo que alguien debería haber dicho». Hay una gran diferencia, y muy a menudo los malentendidos en el discurso académico y en el discurso psicológico pueden deberse a no mantener esas dos cosas claras y a cambiar entre ellas durante una conversación. Hay muchos libros escritos sobre cómo se puede ver que Jung era, por ejemplo, un fenomenólogo, o esta o aquella inclinación teórica particular, o tal vez tratando de impulsar una interpretación wittgensteiniana de Jung. Pero muy a menudo en esos libros no queda claro si están haciendo el punto de que Jung realmente era un fenomenólogo, secretamente o implícitamente o lo que sea; o que Jung debería ser pensado como un fenomenólogo, podría ser pensado además como un fenomenólogo, o un wittgensteiniano, o lo que sea. Esto hace que sea casi imposible dar sentido a ese tipo de trabajo. Al menos Giegerich entendió esa distinción y fue muy cuidadoso en sus libros al decir, ahora voy a describir lo que creo que Jung estaba diciendo, y ahora voy a hablar de lo que creo que debería estar diciendo en términos de psicología. El mantiene esas dos cosas muy separadas. Eso es algo raro, y es una habilidad que uno aprende de la filosofía, porque es explícita en la filosofía. De hecho, ha habido toda una serie de investigaciones desde los años 70 u 80 en epistemología, precisamente sobre esa distinción, ya sabes, las teorías prescriptivas frente a las descriptivas, normativas frente a las descriptivas, y cómo se interrelacionan o no. Él mantiene eso claro; y si no lo mantienes claro no puedes hacer nada.

SC: ¿Podemos examinar ciertos conceptos? Por ejemplo, el concepto de alma de Giegerich, o lo que él llama la vida lógica del alma; o incluso la diferencia entre consciente e inconsciente… o, ¿él cree en el inconsciente? ¿Existe algo llamado inconsciente? El significado, la materia, la mente … y podríamos seguir, mirando a Dios y al ego. Hay una diferencia entre Jung y Giegerich en todos estos aspectos.

PK: Oh, sí. Bueno, depende de la parte de Jung de la que se hable; pero la diferencia es bastante sutil en algunos lugares, y no tan sutil en otros. De hecho, esa ha sido la idea central de gran parte del trabajo de Giegerich, señalar los lugares donde las diferencias son grandes y donde las diferencias son pequeñas, y es bastante exacto en eso. La respuesta que da sobre cuál era la noción de Jung sobre el inconsciente depende de la parte de las Obras Completas en la que se mire. Quiero decir que la versión original en la época freudiana, que se recoge en las Obras Completas en torno al volumen 5, es una visión más bien freudiana de los contenidos reprimidos y de las conceptualizaciones pseudoempíricas algo reificadas. Sin embargo, después de Símbolos de Transformación, comienza a ser más sofisticado, y Jung está realmente luchando con el problema -que hasta cierto punto obtiene de Kant-: ¿Cuál es el estatus de los conceptos trascendentales como el inconsciente? Porque él ha abandonado un poco esta idea de que es una especie de nivel reificado de algo en alguna parte. Pero no está muy seguro de qué hacer con él en ese punto, y es comprensible que tenga que luchar con esta cuestión, debido al término, «el inconsciente» -así lo llamamos todos, todos hablamos de «el inconsciente». Ahora bien, el problema con las lenguas románicas es que los artículos definidos, como «el», van seguidos de roles sustantivos como regla general. Y como sustantivo, es muy difícil quitarse de la cabeza que «el inconsciente» es algún tipo de cosa o algún tipo de lugar. Ahora, por supuesto, de nuevo, como dije antes respecto a la diferencia entre cómo habla la gente y lo que realmente hace cuando practica: si dices intelectualmente, por ejemplo, «Bueno, el inconsciente no es obviamente un lugar; no es un sitio al que van las cosas», todo el mundo asentirá y dirá: «Sí, por supuesto, por supuesto». Pero así es exactamente como operamos en realidad cuando utilizamos el concepto para hacer cualquier cosa, o cuando no asentimos a tal frase. Es muy difícil no pensar así. Ahora bien, cuando se nos empuja, no pensamos que «el inconsciente» sea un lugar real, pero el concepto de lugar no es sólo una cosa física. Quiero decir, con el concepto de lugar: podemos hablar con bastante facilidad y viveza de Narnia, el lugar de Narnia, como un lugar donde sucede esto y aquello, y así los bordes de Narnia no son bordes físicos, pero hay bordes, hay bordes semánticos en alguna parte (famosamente, el armario, que tampoco es un objeto real, pero es un concepto en ese mundo particular). Así pues, los bordes de un lugar no tienen por qué ser coordenadas GPS reales, pero si tienes un concepto de los bordes de algo, entonces tienes un lugar, sea o no un lugar físico. No es realmente tan relevante psicológicamente si el lugar es físico. Y así, nos adentramos en la idea de un inconsciente, aunque no es realmente un lugar físico, pero es una especie de lugar donde los contenidos (sean los que sean -¡eso es otro tema!) van cuando desaparecen de la conciencia, o ese tipo de cosas.

Entonces, tenemos esta noción muy reificada y que Giegerich llamaría positivista del concepto de inconsciente como un tipo de especie abstracta de sustantivo. Y Jung estaba luchando mucho con eso, en los trabajos de principios y mediados del período, sobre lo que era esto, el inconsciente, siendo una ubicación. Pero a medida que su trabajo progresa, se mueve más hacia la idea de que el inconsciente es más como un adjetivo en lugar de un sustantivo. Es una característica de algo más que el lugar donde está. Es algún tipo de propiedad que tienen los contenidos que los hace inconscientes o no; ya sea algo como estar «bien definidos», o que las categorías bajo las que caen sean precisas, o borrosas, o que se fundan unas con otras, este tipo de cosas. Pero sigue existiendo esta distinción entre los contenidos que tienen esta propiedad, y la propiedad en sí.

La noción de Giegerich es mucho más radical que eso. Es un modelo totalmente hegeliano, en el que la noción de inconsciente no es una entidad positiva -en el sentido hegeliano- en absoluto, por lo que no hay distinción objeto-sujeto con el inconsciente. No hay distinción de contenido/contenedor con el inconsciente, así que es mucho más como un proceso. Es el nombre que se le da a un proceso por el cual algo entra en la conciencia o sale de ella. Lo que, por supuesto, plantea la cuestión de qué es la conciencia, que es una definición negativa, también. Así que es un concepto muy, muy difícil de dominar adecuadamente a menos que se tenga una cierta formación filosófica, porque hay que renunciar a esta idea de una forma natural de pensar. Esto es algo que Giegerich trata de hacer mucho, particularmente en La vida lógica del alma. Trata de demostrar esta forma de pensar sobre conceptos como inconsciente y alma y significado de una manera no natural. Hablará de que el inconsciente es el proceso por el cual la inconsciencia se hace y se disuelve, y este tipo de cosas, donde hay esta definición recursiva; y es este tipo de n definición recursiva y reflexiva que es indicativa de una especie de dialéctica hegeliana. Es tan ajeno a nuestra forma natural de pensar, y requiere tanto esfuerzo para llegar a entender lo que significa, que es una de las razones por las que creo que el trabajo de Giegerich levanta tantas ampollas en la gente. Existe la idea de que es una especie de ofuscación, o una forma de evitar que las cosas sean claras. Pero no lo es en absoluto, sólo requiere un cierto bagaje filosófico y trabajo.

…¡Y por supuesto que sí! Quiero decir que estás hablando de los conceptos más profundos y difíciles de imaginar. Estás hablando de la relación de la conciencia consigo misma, de su comportamiento autorreflexivo y del hecho de que puede ser realmente su propia metateoría, que son todas ideas asombrosamente sutiles y complicadas. La idea de que se pueden entender esas ideas simplemente pensando en ellas en los mismos términos con los que se piensa en las sillas y las mesas y en las cosas que se aprenden cuando se tienen cinco años es ridícula. Es increíble que pensemos que para ser físico hay que aprender matemáticas superiores y geometría y hacer mucho trabajo preliminar para entender los conceptos necesarios para hacer física nuclear, pero pensemos que la psicología es sólo una especie de ocupación amateur; que sólo hemos oído hablar de algunas ideas filosóficas y que podemos discutirlas tomando un café y eso es suficiente para entender estas cosas. Es asombroso lo insultante que es eso para la psicología, lo poco que se piensa en el tema en el que se supone que se está involucrado, que se piensa que no requiere ni de lejos el esfuerzo de convertirse en un físico atómico. Es ridículo. Es absolutamente increíble que se pueda pensar tan poco en el tema al que se ha dedicado la vida; que todo lo que requiera sea leer algún que otro artículo de Wikipedia y leer algún pequeño texto secundario sobre Kant o algo así. No hay reverencia por el tema. La reverencia por un tema significa trabajo; esa es la forma que adopta la reverencia. No se puede tener esta especie de sentimiento emocional, «Oh, amo la psicología, amo la Psicología Analítica». Alguien dirá: «Bueno, demuéstralo. Demuéstralo. ¿Cómo se manifiesta?» Y si dices: «Bueno, simplemente me encanta», bueno, simplemente me encanta la tarta de chocolate, ¿y qué? Tienes que demostrarlo haciendo realmente algo, y lo que tienes que hacer es entender ciertas cosas, entender la geometría fundamental de la filosofía y los conceptos sobre los que se apoya todo en el tema. Y si no estás preparado para hacer eso, ¿por qué te molestas en esta asignatura? ¿Por qué la valoras? Quiero decir, algo que es fácil de obtener y que puedes sacar de un par de libros y luego charlar, y entusiasmarte con la física cuántica y los arquetipos y el Ser y la individuación y simplemente obtener una gran sensación de ello; quiero decir, ¿dónde está la reverencia por el tema, dónde está el deber hacia el tema? Tiene una larga historia filosófica. ¿Estás diciendo que la amplia lectura de Jung en filosofía, historia y mitología era sólo su personalidad, que realmente no necesitaba hacerlo? ¡Claro que lo necesitaba! Hoy en día no creemos que sea necesario; pensamos que podemos absorber simplemente algunas conferencias y unos cuantos apuntes de clase y textos secundarios. Giegerich tiene razón en esto. Ya ves que me molesta bastante, porque siempre me ha molestado esto, y me ha gustado mucho ver a Giegerich decir lo mismo, que es: hay un amateurismo en la Psicología Analítica, dado el hecho de que la psicología se supone que es, como dijo Nietzsche, la «Reina de las ciencias». La veneración que la gente dice tener por ella no se refleja en la cantidad de trabajo a la que están dispuestos a humillarse para entender realmente los conceptos que son centrales en ella. Eso me parece trágico y aterrador.

SC: Otro aspecto del enfoque amateur, no sólo de la psicología sino de cualquier disciplina en este momento, es la transformación y los cambios en las universidades de toda Europa con el enfoque de Bolonia. Fue muy interesante para mí leer, al principio de El fin del significado y el nacimiento del hombre, cuando Giegerich cita a Berkeley diciendo que una cosa es tener una opinión y otra cosa es pensar. Para mí, una posible lectura de El fin del significado es paralela a la de El fin de la historia, de Fukuyama, también muy hegeliana, y que en realidad trata de contrastar la ingenuidad de cierta visión de la democracia liberal que se extiende por el mundo. Y de nuevo, vuelve al significado: ¿cuál es el significado de lo que está sucediendo ahora? Con esto puede que suene un poco a activista, pero no puedo dejar de pensar en el discurso de George Bush padre ante el Congreso el 11 de septiembre de 1989, unos meses antes de que se derrumbara el Muro de Berlín, donde dijo que habría un nuevo orden basado en la mutualidad y la igualdad. Pero en realidad, lo que ocurrió fue la invasión de Irak, y así sucesivamente, lo que llevó al IS. Me pregunto si el trabajo de 2010, End of Meaning... de Giegerich, también busca este concepto que va más allá del significado, va más allá del fin de la historia, y realmente desafía a ser ingenuo, y a ser aproximativo.

PK: Sí. Esto es algo que es realmente crítico para entender a Giegerich -y es una conversación que he tenido con bastantes analistas que dicen no entender realmente o no gustar de este enfoque- y es el hecho de que parte de lo que Giegerich está haciendo es redefinir los términos. Por ejemplo, su noción de psicología: cuando dice «psicología real» o «psicología auténtica», no se refiere a lo que la mayoría de la gente entiende por psicología. Y eso es fundamental. No se puede tener una visión sofisticada de un concepto y al mismo tiempo mantener la validez de cualquier otra visión de ese concepto que haya existido. No se puede hacer eso, no es posible, porque son mutuamente contradictorios y algunos de ellos son tan superficiales, que ni siquiera pueden sostenerse por su propio peso, así que no se puede hacer eso.

El concepto de significado: Creo que Giegerich tiene una visión muy particular sobre el significado. Está muy en contra de esta idea de los significados individuales, con la que estoy completamente de acuerdo. Creo que se trata en parte de un fenómeno cultural y sociológico, político, de que estamos obsesionados con tener nuestro propio significado individual. El problema con esto es que es terriblemente fragmentario. Los significados individuales, por desgracia, no tienen suficiente estructura para llevar algo más allá del individuo. Pero, por supuesto, eso es precisamente lo que se supone que hace el significado como vehículo. Se supone que proporciona una estructura transindividual que puedes utilizar para interpretar a otras personas y acontecimientos más amplios y cómo va a desarrollarse tu propio futuro, y la forma de actuar en el futuro. Es decir, no se trata de algo aislado temporalmente o espacialmente; tiene que proyectarse espacial y temporalmente para que el concepto de significado tenga algún sentido. Y a la noción de significado individual le cuesta mucho hacerlo. Los pronunciamientos más extremos de Giegerich sobre el significado, que he escuchado en algunas de sus conferencias, expresan la idea de que no lo necesitas. Simplemente no lo necesitas. ¿Para qué lo necesitas? Hay que ser razonable con la gente y…

SC: En realidad, la búsqueda del sentido es el problema.

PK: Correcto. Pero ese es el problema. El problema, en muchos de los sentidos modernos del significado, es que lo que se entiende por significado es la búsqueda del mismo. El sentido del significado es un esfuerzo por el significado. Y Giegerich caracteriza correctamente esto como el punto cero del significado. Es un círculo tan estrecho, que el esfuerzo por el significado es poco más que una forma vacía en este punto. Porque es irrelevante el significado que tiene. Y es por esto que se enfada tanto con esa frase de Jung, sobre «¿cuál es tu verdad?» Realmente no le gusta esa frase, con razón, porque trivializa la noción de verdad hasta tal punto. Porque lo que se supone que está haciendo es decir, tenemos esta noción de verdad que hemos tenido desde los presocráticos, en el hemisferio occidental, al menos, y en la filosofía oriental tienes estas grandes nociones de verdad que hacen mucho trabajo y la maquinaria de la verdad es una maquinaria cosmológica; en muchos aspectos gobierna los movimientos de todo, los dioses y la Tierra. Y estas ideas de significado se supone que hacen una gran cantidad de trabajo, lo son todo. Y entonces dices, ¿no sería estupendo que todos tuviéramos eso personalmente; que todos tuviéramos acceso personalmente a esta enorme maquinaria? Pero, por supuesto, lo que haces cuando dices que me voy a apropiar de esta verdad cosmológica y que va a ser mía, ahora todo lo que has hecho es, no tomar las verdades cosmológicas y hacerlas tuyas; lo que has hecho es redefinir la noción de verdad y reducirla a algo tan estrechamente acoplado, y tan estrechamente reflexivo, que básicamente ya no es nada. Es sólo un contenido vacío. Es un deseo vacío de tenerla. El punto cero de la verdad individual es sólo el deseo de tener la verdad. No queda ningún contenido. Y eso lo puedes ver hoy en día. Y así, entonces tienes una explosión de todo el mundo y cualquier verdad es igual. Esta es mi verdad, esta es tu verdad, esta es su verdad, todas son tan buenas como cualquier otra porque el contenido es irrelevante ahora. No importa qué cosa en particular estés persiguiendo, es irrelevante. Lo único que importa es el deseo de hacerlo. Eso es lo único que queda. Eso es lo que Giegerich llama el punto cero del concepto. Es esta extraña y moderna idea de que se puede tomar algo que no es intrínsecamente personal y hacerlo personal, y que conserva todas las características que tenía cuando no era personal; pero no lo hace. Se derrumba y desaparece. Se redefine.

Esto se debe a que existe esta tremenda conexión entre la forma y el contenido, que es otra de las razones por las que me gusta mucho Giegerich. Es algo sobre lo que escribí mi tesis antes de haber oído hablar de Giegerich. Era algo que me interesaba mucho por Kant, porque en su concepto de Ideas, expuesto hacia el final de la segunda crítica, está esta idea tan hermosa sobre la estructura. Kant realmente entiende algo sobre la noción de estructura en la Crítica de la Razón Pura hacia el final. Que la forma y el contenido no están separados. No son cosas separadas; no hay una forma en la que se vierte el contenido. Y, cuando cambias la forma de las cosas, a veces cambia el contenido. Y si cambias el contenido de una cosa, cambias la forma. Así que si tomas la verdad, la forma de la verdad, tal y como era históricamente, por ejemplo, mitológicamente, y la condensas en el individuo y dices: «Ahora tengo la verdad tal y como era», cambiando la forma de esa verdad de todo este sistema cosmológico interconectado, complicado y geométrico, a este deseo totalmente trivial de cualquier cosa que desees particularmente para darte significado, no mantienes el mismo contenido. Ya no es la verdad con el mismo nombre. Has cambiado su contenido fundamentalmente al cambiar la forma, porque la forma y el contenido no están separados.

Ahora bien, esa frase, «La forma y el contenido no están separados», requiere un gran desarrollo, porque es algo muy difícil, y aquí es donde volvemos al concepto de amateurismo en el campo. Esto entra de nuevo, porque creo que la forma en que llegué a una apreciación de eso fue a través de obligarme a leer libros de topología matemática, y cosas así. Porque si no se sofistica la idea de lo que puede ser la forma, no se puede ver realmente cómo la forma y el contenido pueden estar conectados. Tienes que mirar ciertos tipos de sistemas geométricos en los que las relaciones entre los elementos del sistema son tan complicadas y están tan interrelacionadas que no es como en nuestros intuitivos sistemas de coordenadas cartesianas, en los que tienes un eje X y un eje Y; cuando te mueves por el eje X es totalmente independiente de cuando te mueves por el eje Y. Cuando empiezas a mirar ciertos tipos de geometrías donde los ejes no son ortogonales; cosas como esta donde significa que moverse en una dirección significa que también te mueves a lo largo de otra dirección hasta cierto punto. Cuando se amplía a múltiples dimensiones, se empieza a tener una idea de lo que significan las palabras «forma» y «figura» fuera de las nociones simplistas fomentadas por el estrecho rango de la experiencia perceptiva humana. Las estructuras pueden tener formas muy, muy, complicadas y uno tiene que educarse en esto para liberarse de las consecuencias extremadamente limitantes de retener un sentido naturalista de la forma. Después de todo, Jung dijo que la psicología es contra naturam y en ninguna parte es la naturaleza más peligrosa que en la formación de una base conceptual insosteniblemente estrecha para el pensamiento sobre la psicología. En la psicología nos ocupamos de estructuras que se complican más allá de nuestra comprensión natural. Hablamos todo el tiempo de las conexiones fundamentales entre la forma y el contenido. Sin embargo, nuestras opiniones sobre lo que constituye la forma están al nivel de la comprensión matemática de un niño de catorce años. Nuestra comprensión de los conceptos de forma y contenido es como la de un adolescente, pero estamos incursionando en un tema que requiere la sofisticación de un estudiante de matemáticas postdoctoral, metafóricamente hablando. Por eso Jung dijo que hay que haber leído: es obligatorio, y tiene toda la razón.

En esta época, si se estudia psicología y cosas así, es obligatorio conocer a Hegel para la educación estructural en la dialéctica reflexiva y recursiva. Y no sólo Hegel. También los precursores de Hegel, y es obligatorio conocer lo que han dicho los posmodernos. Es obligatorio saber algo de Fenomenología, porque los conceptos que se usan en psicología están tan metidos en estas historias filosóficas, son tan complicados. Hay que ser un poco experto. Tienes que serlo, de lo contrario sólo estás hablando como un adolescente, no sabes nada. Es absolutamente doloroso cuando ves las discusiones que hay sobre Dios y el ego y el Ser. Requieren que todos nosotros, cada parte de nosotros, se involucre en esas discusiones, porque son, creo, algunos de los conceptos más profundos que existen. Y, sin embargo, tenemos la idea de que podemos discutir los conceptos más profundos sin apenas saber nada. Podemos simplemente intuir y sentir y ser muy amateur en nuestra lectura, y de nuevo vuelvo a esto, no hay reverencia por el campo. No hay un «tengo que humillarme ante las exigencias de este campo». Es decir, si entras en un laboratorio de física nuclear y dices: «Me gustaría ser físico nuclear, por favor», y te dicen: «Por supuesto, ¿cuáles son tus calificaciones?», y tú dices: «Bueno, ya sabes, no me gustan mucho las matemáticas, no hice ningún cálculo diferencial, es un poco aburrido, y ya sabes que he leído un poco pero no es tan emocionante, pero ya sabes que me gusta mucho la física cuántica», se reirían de ti fuera de la habitación. Sin embargo, en nuestro campo creemos que cualquiera puede venir y decir: «Me encanta, es maravilloso», y efectivamente decimos: «Entra. Bienvenido». ¿Comprende lo que eso hará al campo con el tiempo? Al igual que muchos campos en los tiempos modernos, se convertirá -ya lo ha hecho- en una especie de mezcla amateur de trozos y piezas; de personas con trozos y fragmentos de información que obtienen de varios lugares y que se entusiasman con ellos. Lo cual está muy bien, porque forma parte del compromiso con un tema, pero si no va acompañado de una humildad real y del deseo de dedicar las miserables y largas horas a comprender realmente lo que se necesita, entonces no es más que cháchara. Y Giegerich libra una buena batalla en ese sentido. No se limita a quejarse de ello, sino que se esfuerza por explicar con precisión cómo los conceptos necesarios conducen, conectan con Jung, van más allá en algunos puntos, reconstruyen algunas de las ideas centrales y, lo que es más importante, forman un conjunto riguroso y coherente. Y eso es terriblemente importante, porque lo que a menudo se obtiene en la Psicología Analítica es que no hay un todo coherente. Puedo tener este tipo de actitud hacia el Yo, y este tipo de actitud hacia el inconsciente, y este tipo de actitud hacia los complejos. No hay coherencia. Es sólo «siento esto sobre esto y esto sobre esto», pero no hay ningún tipo de sentimiento coherente que lo reúna. El sentimiento coherente que lo une es el producto de haber absorbido la teoría y la estructura y la información y luego haberla dejado ir para que pueda formar parte de ti.

Y eso nos lleva de vuelta a Jung. Eso es exactamente lo que dijo Jung. Cuando me interesé por primera vez en Jung, eso fue lo que dijo: absorbes toda esta teoría, y lees todo este material, y haces el trabajo, y luego cuando un paciente entra en la habitación te olvidas de todo ello, porque si lo has hecho correctamente simplemente se convierte en parte de ti. Es estructuralmente parte del tono emocional de lo que vas a hacer. Y ahí es donde todo toca fondo para mí, en la práctica al menos. Todo este pensamiento, y todo el trabajo supuestamente teórico -porque la gente tiene esta idea despectiva sobre el trabajo teórico- si se hace honestamente, si se hace lo suficiente, francamente, una cantidad suficiente de él, te satura, y eso se convierte en el tono emocional de cómo trabajas con la gente. Ahí es donde debe estar. No se supone que sea sólo un pedazo de papel que lees y dices que la teoría dice esto, ahora hago esto. Tienes que haberte comido el trozo de papel y haberlo tragado y digerido, y entonces se convierte en parte de ti. Ese es el tono emocional de cómo trabajas, y esa es la verdad de lo que decía Jung: lo que más importa cuando trabajas con el paciente no es lo que sabes o lo que piensas, sino quién eres. Y tu conocimiento teórico no está separado de eso. No lo está. Forma parte intrínseca de lo que eres, si lo haces de forma creíble.

SC: Gracias Dr. Kime. Ha sido un placer escucharle.

PK: Gracias.

__________

15 Wolfgang Giegerich

Diferentes momentos en el movimiento dialéctico

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cinco, 77-106, 2005. 

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

En mi presentación anterior, como parte de un intento de seguir el movimiento de Kant a Hegel, que obra en el trasfondo de la crítica a Jung que hace Giegerich, también he abordado un fenómeno simple de la vida—mi propia preocupación acerca de “enlodar las aguas”—en el espíritu de la aproximación de Giegerich a la interpretación tal como ha llegado a mí a través de sus lecturas para este seminario y de mi familiaridad con sus escritos. En torno a esto, propongo ahora mirar, no al movimiento dialéctico de algún enunciado particular, cuestión, imagen o asunto, sino a algunos de los momentos importantes dentro del modo dialéctico de interpretación en sí mismo. Los discutiré bajo cuatro títulos: Materia Prima, Contradicción y Negación, Negación de la Negación, e Interiorización Absoluto Negativa. Posterior a estas discusiones, a manera de conclusión, reflexionaré sobre la noción de Giegerich de la “verdadera psicología”.

Materia Prima

El principal mérito del enfoque dialéctico es que puede comenzar en cualquier momento y con cualquier cosa. El punto de partida puede ser un enunciado, una idea, una afirmación, un sueño, un acontecimiento de la vida, un texto o documento. La única salvedad para esto es que debe ser un asunto real y apremiante sobre el cual la consciencia trabaja con dedicación incondicional, sublándolo desde el comienzo, por decirlo así. Tomando prestado un término de la alquimia, Giegerich habla de este punto de partida sublado como la “prima materia” o “materia prima”. Para los alquimistas (como para Aristóteles y los pre-socráticos antes que ellos) la materia prima era la sustancia básica subyacente en todas las cosas. Por esta razón, era considerada como la base del proceso de transformación. Como un autor alquimista lo expresa, “… los metales no pueden ser transformados en oro o en plata si antes no han sido reducidos a su materia prima”. (1) 

Ahora, para los propósitos de nuestra discusión, es importante apreciar que la idea de reducir la variedad de sustancias del mundo a una sustancia no es dada por los sentidos. Debe ser pensada. Inocente de la parsimonia concentrada de la mente (aunque totalmente asistida por los conceptos sintéticos a priori e intuiciones discutidas por Kant), los sentidos nos transmiten la impresión de un mundo que es diverso y múltiple. Y después de esto, la psique que busca semejanzas enciende una luz en medio de esta diversidad. Dibujando comparaciones entre una cosa y otra, esto nos permite discernir qué cosas son semejantes. Pero estas formas emergentes de conocimiento aún no son el darse cuenta supremo que puede pensar la cadidad de cada cosa finita a la luz de su ser al mismo tiempo un momento de lo infinito, una manifestación del todo. En este sentido la consciencia debe ser adquirida a través del trabajo de su noción constitutiva. Y para que tal opus tenga éxito debe comenzar con una substancia, o más bien, con una concepción de substancia, a la cual podemos referirnos de diferentes maneras como el sujeto, consciencia, espíritu, mente y alma que ya está presente, o al menos incipiente. 

Surge una cuestión. ¿La materia prima es construida o encontrada? La similitud de esta pregunta a aquella que ha sido enarbolada por D.W. Winnicott trae a nuestra discusión resonancias del psicoanálisis contemporáneo. A través del trabajo de Winnicott, el psicoanálisis ha llegado a conocer la materia prima del hacer alma por los nombres de “objeto transicional” y “fenómenos transcionales” (2). Al observar niños jugando con un objeto favorito (o en otro nivel enteramente distinto, un hombre participando en su religión y cultura (3)), nos vemos tentados a preguntar—¿dónde fueron creados o descubiertos esos objetos? Vagamente conscientes de que hacer tal pregunta sería llevar sobre el proceso el tipo equivocado de iluminación, instintivamente sabemos que no debemos decirlo. Ocurrió lo mismo con los alquimistas. Hablando de ambas posibilidades (mientras dejamos la pregunta sin responder), algunos autores hablan de crear la materia prima, mientras que otros hablan de encontrarla. El siguiente pasaje es representativo de la última posibilidad: 

“Esta Materia yace ante los ojos de todos; todo el mundo la ve, la toca, la ama, pero no la conocen. Es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor, y se encuentra por todas partes… Para ser breves, nuestra Materia tiene tantos nombres como cosas hay en el mundo; esta es la razón por la cual los necios no lo conocen.” (4) 

Dijimos arriba que la dialéctica puede comenzar con cualquier cosa. En relación a este punto mencionamos los objetos vitales del espacio transicional. Si aquellos son los juguetes de los niños, las formas de la vida cultural de la humanidad, o una preocupación acerca de enlodar las aguas, entonces sabemos que pueden ser inmensamente variados. De acuerdo con esto, la materia prima es descrita en el pasaje del texto alquímico que hemos citado como siendo absolutamente ubicua. Teniendo “tantos nombres como cosas hay en el mundo”, también se “encuentra por todas partes”. Una implicación de esto es que el objeto o la cuestión que nos ocupa—cualquiera que pueda ser—debido a su absoluta finitud o particularidad es elevada al poder de lo infinito. Subrayando esto, la naturaleza dialéctica de la materia prima, el alquimista asevera que “es gloriosa y vil, preciosa y de poco valor…”. 

Antes de pasar al siguiente momento en lo que hemos llamado la dialéctica de la interpretación, permítanos examinar brevemente otra descripción alquímica de la materia prima. Como se advertirá inmediatamente, este pasaje, representativo de aquellos que hacen referencia al hacer la materia prima (5), ha sido escogido de acuerdo a su semejanza al principio interpretativo de Jung, “Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’” (6). En este pasaje también está bien expresada la latencia del objetivo del opus—el lapis o piedra filosofal—en el material inicial. 

“En lo que respecta a la Materia [Prima], es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que es necesario. … De la misma manera Arnold de Villa Nova escribe en su ‘Flower of Flowers’: ‘Nuestra piedra está hecha de una cosa, y con una cosa’. En el mismo sentido le dice al Rey de Nápoles: ‘Todo lo que está en nuestra piedra es esencial a ella, no necesita ningún ingrediente foráneo. Su naturaleza es una, y es una cosa.’” (7) 

Este texto necesita poco en vías de su elucidación. Solo procurare reflexionar sobre el principio interpretativo de Jung a la luz de éste. La advertencia de Jung—“por encima de todo, no permitas que nada de afuera, que no le pertenezca, entre en ella”—puede sugerir alguna clase defensiva de cierre. En su revisión de la autobiografía de Jung, Winnicott objetó ante el cierre que sintió que estaba implicado por el interés de Jung en los mándalas (8). Algo del mismo orden se puede sospechar aquí—quizá un miedo de contaminación o penetración. Pero esto sería leer a Jung débilmente. Comprendida más profundamente, la advertencia retórica de Jung es una presentación negativa de la idea de inclusión. Siguiendo el movimiento dialéctico inherente en su frase, podemos decir que nada de afuera puede entrar, no porque algo se mantenga fuera, sino porque la distinción entre adentro y afuera ha sido superada. La materia prima “es una; y contiene dentro de sí misma todo lo que le es necesario”. De manera semejante, para Jung “la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita’”. Esta concepción, esta actitud, es en sí misma la retorta o el vas alquímico. A diferencia de un recipiente de cristal real, el cual tiene un interior delimitado, positivo, que contiene solo aquellos contenidos que ponemos literalmente dentro suyo, la vasija nocional que es indicativa de la psicología está constituida por nuestro pensar en cada caso la unicidad de la materia prima o del asunto a mano que nos concierne a la luz de sus diferentes momentos. Pasando a una formulación de Hegel que Giegerich ha trasladado a la psicología, podríamos decir de la materia prima, el vas, y la piedra lo que el filósofo dice de lo absoluto cuando lo define como “la identidad de la identidad y la no-identidad” (9). La identidad de la identidad y la no-identidad es a la vez una definición de la materia prima y de la piedra filosofal, del principio y el final a la vez. La ultima formulación de cómo está constituida la verdad de acuerdo a la filosofía de Hegel, es también el juguete de niños. 

Auto-Contradicción y Negación

Hay muchos enfoques que podemos tomar al discutir este momento de la dialéctica, tantos como puntos de inicio hay para la dialéctica en sí misma. Habiendo dicho esto, y con el interés de mantener presente en nuestras mentes el ya mencionado movimiento más allá de Kant a Hegel, propongo que examinemos brevemente un pequeño ejemplo del trabajo auto-contradictorio de lo negativo que está en juego en esta importante transición. 

La filosofía crítica de Kant, como he señalado en la lectura previa, ha sido caracterizada como una “revolución copernicana”. Sin embargo cuando esta afirmación es tomada como nuestra prima materia encontramos que no se sostiene. El quid del asunto es simplemente éste: tan radical como indudablemente fue la revolución kantiana en su psicologización de la metafísica que lo precedió, permaneció conservadora al continuar manteniendo los principios de identidad y de no-contradicción (10) que han sido los pilares del razonamiento filosófico desde Aristóteles (11). A la luz de esto, surge la cuestión: ¿cómo puede una revolución, especialmente una revolución tan radical como sugiere el epíteto “Copernicana”, permanecer conservadora? ¿No hay aquí una contradicción, incluso una negación, de la afirmación superlativa del epíteto? Esto es ciertamente lo que Hegel podría argüir y de lo que trata el movimiento más allá de Kant (como el exponente más reciente de la lógica tradicional) hacia la dialéctica de Hegel. 

Ahora, el punto aquí, es importante enfatizarlo, no es derribar a Kant señalando de una manera no dialéctica o pre-hegeliana que la contradicción y la no-identidad figuran en su trabajo; más bien, es tenerlos—contradicción y no-identidad—en consideración. La rigurosidad de Hegel y su re-introducción de largo alcance de la tradición dialéctica de la filosofía dentro de la filosofía de su tiempo constituyen una expansión radical del alcance de la mente más allá de los límites puestos por la lógica formal y por la razón iluminista. Y esta expansión fue llevada a cabo por un rescate y conservación que la lógica tradicional quería rechazar de forma no dialéctica. Así como la piedra que los constructores rechazaron se convirtió en la piedra angular del nuevo templo, de acuerdo a lo dicho por Cristo, de la misma manera el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error descartando la contradicción y la no-identidad. (12) 

Esto, desde luego, es condensar enormemente un movimiento con muchos matices. Pintando con brocha gruesa, he descuidado el reconocimiento que brindó Kant en su sistema a la contradicción y a la dialéctica. Permítanos tocar esto al menos de pasada. 

Apreciando el logro de su predecesor, Hegel pago tributo a Kant por ser aquel “que más que cualquier otro, … resucitó el nombre de Dialéctica, y le restauró su puesto de honor” (13). Esto, de acuerdo con Hegel, Kant lo hizo “… desarrollando las Antinomias de la razón” (14). Pero para Kant, las antinomias en las cuales la razón se encuentra en contradicción consigo misma (antinomias tales como “el mundo es limitado en tiempo y espacio a la vez que infinito” y “la materia está hecha de partículas discretas y además tiene una composición continua”) no se pueden reconciliar. Y más aún, es por cuenta de estas irreconciliables dialécticas que llegó a la conclusión de que no podemos conocer como es la realidad en sí misma, sino sólo como se nos aparece. 

Ahora, para Hegel era intolerable la idea de que tenemos limitaciones respecto al conocimiento de la realidad por medio de una imagen del mundo fenoménico constituida por las propias “ilusiones dialécticas” de la mente—y “la revolución copernicana” de Kant más como un eclipse que como una revolución (15). Tomando esta problemática como su prima materia, Hegel pensó reflexivamente las antinomias que Kant había reconocido en ellas misma, insistiendo en que podían ser reconciliadas. El problema de Kant, en su perspectiva, fue que cada una de las antinomias o “momentos de oposición” fueron tomados por él “en aislamiento del otro”, cuando, para una más genuina concepción, “… ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (16). La revolución real no estaba en el mero reconocimiento de la antinomia o la contradicción, por importante que fueran. Como lo acabamos de discutir, no conduce a una revolución, sino a un eclipse. No, el más radical, o como lo llamó un estudioso de Hegel, el más radical movimiento “alucinante” (17) es pensar en términos de las mismas auto-contradicciones y no-identidades que tradicionalmente habían invalidado una proposición, descalificando un pensamiento. 

Ahora podemos regresar a la línea principal de nuestra discusión. Cuadrando a la psicología con la piedra angular hegeliana de la auto-contradicción y no-identidad (o más precisamente con la piedra angular que se encuentra en la definición de Hegel de lo absoluto como “la identidad de la identidad y la no-identidad”), Giegerich enfatiza que la dialéctica de la interpretación se esfuerza por desentrañar contrarios internos, y no el choque de dos o más posiciones independientes. Comenzando con una cosa o una posición, la dialéctica no piensa en términos de una relación externa de uno a algún otro ajeno o de alguna manera independiente (el pensamiento, por supuesto, puede pensar en sí mismos fenómenos externamente relacionandos cuando está en juego la lógica de tales fenómenos). Más bien, como lo acabo de mostrar con respecto a la caracterización inventada de la filosofía de Kant como habiendo efectuado una “revolución copernicana”, socava la auto-identidad ingenua de la posición inicial discerniendo dimensiones auto-contradictorias al mismo tiempo que piensa en términos de estas antinomias de su razón. 

Ilustrando sucintamente este momento auto-contradictorio o negativizador de la dialéctica, Giegerich discutió en su lectura de ayer el fenómeno de querer algo. Su materia prima en este ejemplo fue simplemente la definición de querer tal como sería dada por la lógica tradicional. Definido en términos del principio de identidad—para el cual “todo es lo que es y no es otra cosa” (18)—el querer no es otra cosa que nuestra libertad humana, pura y simple. Así como todos los solteros no son hombres casados, de la misma manera el querer es sinónimo de la idea de libertad. Pero como Giegerich mostró con su ejemplo de tener lo voluntad de completar un grado avanzado, la libertad que manifiesta tal querer, en tanto que nos importa nuestro estudio, puede requerir tal trabajo y sacrificio duro que nos encontramos siendo esclavos. Expresándolo de una manera que está enteramente acorde con la fórmula de Hegel de lo absoluto como la identidad de la identidad y la diferencia, Giegerich afirma que 

“…volver a la escuela implica la contradicción entre mi libre elección Y mi obediencia al ‘tener’ que implica mi elección. Al querer soy a la vez libre y esclavo. La voluntad es la capacidad humana de ser, dentro de uno mismo, la unidad de la unidad y la diferencia, del gobierno que legisla y el sujeto sometido por las leyes prescritas por ese gobierno. Para la mente cotidiana, la voluntad es una cosa unitaria. Eso es todo. Es simplemente uno de los constitutivos últimos de la psique humana. Pero si uno la abre y mira en su interior, ve, como en un reloj, sus ‘partes en movimiento’, su ‘motor’ interno: la complejidad interior de la vida lógica auto-contradictoria que ello es y como la cual ello es.” 

La discusión de Giegerich del esclavo como la auto-contradicción y, por consiguiente, el otro interno de la idea de querer, nos puede hacer pensar en los muchos otros internos que encontramos en nuestros sueños. En ninguna otra parte es más aparente la conmovedora unidad de identidad y diferencia que en nuestras producciones oníricas (19). Solo por “consultarlo con la almohada”, como solemos decir, las posiciones auto-idénticas y concretamente abstracta de nuestro día, despliegan dialécticamente su vida lógica auto-contradictoria en una diversidad de extraños compañeros de cama. Un estudiante (podemos imaginar, más allá de la discusión de Giegerich) puede de hecho soñar con un esclavo. Abrazando este otro como a él mismo (Jung habló de la interpretación del nivel subjetivo), hallará que es capaz de abocarse al trabajo. En sueños subsecuentes, también pueden aparecer otras figuras indicativas de dimensiones más remotas de la tarea a mano. Inmerso en el bosque de su búsqueda, el estudiante es como un naturalista observando la flora y la fauna de algún rincón agreste del mundo y sueña con su compromiso en esos términos (20). O nuevamente, habiendo completado su lectura preparatoria, el estudiante sueña con un enorme barco que navega con un vasto sistema de aparejos. Reconociendo en este barco el otro de su queja identificada con el ego acerca del sentirse “saturado”, también encuentra que la inspiración se acelera dentro de él como el despliegue de una vela en un poderoso viento (21). Y esto por no decir nada de las cuestiones sustanciales de su propia tesis con la que al mismo tiempo puede estar lidiando dialécticamente en sus sueños. 

Impresionado por su multitud de figuras, Jung consideró al sueño como la representación del hombre tal como le aparece ante si bajo el aspecto de la eternidad—sub specie aeternitatis (22). Hegel, con mucho más que solo sueños en mente, habló de una manera similar de mediación e infinito interno. Mimético a los sueños, el despliegue auto-contradictorio de cualquier materia prima dentro de las figuras que son sus otros, media la totalidad de dicha materia incluso si ésta se incrusta en lo que de otro modo sería una mera abstracción (v.g., una identidad sin la diferencia que es su otro) en el plenum de su contexto real y existente. Tal como Hegel lo expresa, “La verdad es en consecuencia el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio; y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente―el torbellino es apenas trasparente y calmoso” (23). 

Antes de virar al siguiente momento en la dialéctica, quiero compartir brevemente con ustedes un número de citas de autores de importancia para la tradición de la psicología profunda que son pertinentes a las ideas que hemos tocado arriba en esta sección. 

La primera es un pasaje de Samuel Taylor Coleridge, el poeta-filósofo al que se le ha acreditado haber acuñado el término “psicoanálisis” casi cien años antes que Freud. Razonando con referencia a lo que él variadamente llama lo Total, yo soy, espíritu, si mismo, y auto-consciencia, Coleridge escribe, 

“… es un sujeto que llega a ser sujeto por el acto de construirse objetivamente a sí mismo; pero el cual nunca es un objeto excepto para sí mismo; y solo en tanto que por el mismo acto se vuelve un sujeto. Esto puede ser descrito por consiguiente como una perpetua auto-duplicación de uno y el mismo poder en objeto y sujeto, los cuales se presuponen mutuamente, y sólo pueden existir como antítesis.” (24) 

Una segunda amplificación viene de Jung. Escribiendo de un modo similar a Coleridge, el psicólogo enuncia que “… en la experiencia religiosa el hombre llega a estar cara a cara con un Otro psíquicamente abrumador”. Unas pocas líneas después continua, “Solo algo abrumador, no importa que forma de expresión use, puede desafiar al hombre entero y forzarlo a reaccionar como un todo” (25). Claramente, el otro referido aquí, en la medida en que compele al hombre a actuar como una totalidad, es el propio otro del hombre, su otro interno. Y esto es así, es importante agregar, incluso cuando su forma de expresión es la de un otro externo empíricamente existente. Como la unidad de identidad y diferencia, un modo de pensamiento inclusivo, un modo de pensamiento-todo-a-la-vez, la dialéctica supera la distinción entre externo e interno. Invirtiendo esta relación, la interioridad, en tanto que constituida por la dialéctica, ya no está en el interior o rodeada por la exterioridad de las cosas. De hecho, se puede incluso decir que ya no hay más exterioridad. Porque al reflejar todo lo externo dentro de sí mismo (lo cual es decir también, por bosquejar las auto-contradicciones que contrastan la auto-idéntica identidad de cada posición o cosa), la dialéctica inaugura una forma absoluta de interioridad o de intensidad profunda. 

Algunos pasajes adicionales de Jung vienen a la mente. Escribiendo con respecto a la psicología de la transferencia, Jung dice: 

“El ser humano que no está en relación carece de totalidad, porque sólo puede conseguir la totalidad a través del alma, y el alma no puede existir sin su otro lado, el cual siempre se encuentra en un ‘tu’. La totalidad es una combinación de yo y tú, y esto muestra que ellos son parte de una unidad trascendente cuya naturaleza sólo puede ser comprendida simbólicamente ….” (26) 

Aquí no se está hablando de una relación externa, sino de una relación interna que se ha desplegado a si misma a través de un otro externo o, que es puesto en relieve en el siguiente enunciado de Jung, como un otro externo: 

“El alquimista incluso va tan lejos como para decir que el corpus, anima, y spiritusde la substancia arcana son uno, ‘porque todos provienen de lo Uno, y son de lo Uno, y están con lo Uno, lo cual es la raíz de sí mismo’.” (27) 

Relacionando esto con los “aspectos sexualmente seductores” de la transferencia, que “siempre están tratando de entregarnos al poder de una pareja en quien parece que se combinan todas las cualidades que han fallado en realizarse en nosotros”, Jung escribe en otra sección del mismo trabajo: 

“Por lo tanto, a menos que prefiramos ser tomados por bufones de nuestras ilusiones, debemos, analizar cuidadosamente cada fascinación, extraer de ésta una porción de nuestra propia personalidad, como una quintaesencia, y lentamente llegar a reconocer que nos encontramos a nosotros mismos una y otra vez en miles de disfraces en los caminos de la vida.” (28) 

La intuición de Jung aquí—de que repetidamente nos encontramos a nosotros mismos en otros—se aplica también a figuras remotas, interculturales. En las descripciones de esas figuras de lo otro que él llamo el ánima, Jung describe esta figura arquetipal como apareciendo a menudo en la forma de una mujer de otra cultura o de una época histórica anterior (29). De manera similar, en una frase que puede ser leída como una alusión a su noción de inconsciente colectivo, Jung afirma que nuestra “creciente familiaridad con el espíritu de Oriente debería ser tomado meramente como un signo de que estamos comenzando a relacionarnos con elementos ajenos dentro de nosotros mismos” (30). Seguramente esto resuena con la idea de Hegel de la identidad de identidad y diferencia. 

Permítanos permanecer con Jung un poco más. El despliegue dialéctico del uno en los otros que presentan los diferentes momentos de su verdad es efectuado, como lo discutimos arriba, a través de la auto-contradicción o negación del punto de inicio ingenuamente idéntico a sí mismo. Capturando algo del movimiento dialéctico en una alegre frase, Jung escribe, “el individuo puede esforzase por la perfección … pero debe sufrir por parte de lo opuesto a sus intenciones por el bien de su completitud” (31). En la terminología de Jung, la dinámica aquí es la de la compensación. El inconsciente, para Jung, permanece en una relación compensatoria con la consciencia. Cuando la actitud de la consciencia es demasiado estrecha en su auto-identidad, o como Jung podría decir, muy unilateral, es compensatoriamente frustrada, contradicha y negada por los otros que crea alrededor de sí misma aunque sólo sea para excluirlos. “Y aunque yo niegue esto mil veces”, escribe Jung de “los Hermanos oscuros inesperados”, los cuales el occidente cristiano encuentra en otras creencias, “también están en mi” (32). Y es por lo que la historia bíblica sitúa a los Reyes Magos del Oriente en el pesebre del nacimiento de Cristo. Lo verdaderamente absoluto es la unidad de identidad y diferencia, de individual y universal, de establo y estrella. 

Las nociones que hemos estado discutiendo en esta sección—auto-contradicción, negación, la unidad de identidad y diferencia, infinitud interior, y el torbellino báquico—ahondan nuestro entendimiento, no solo de los sueños y las transferencias, sino también de los síntomas. Nuestros síntomas son a la vez auto-contradictorios, agentes negativizadores a través de los cuales el alma se transforma a sí misma y la presentación del alma misma ante sí misma como su propio otro. 

Hablando sobre el síntoma como el punto inicial del psicoanálisis, Freud lo caracteriza como “una cosa que es más ajena al ego que cualquier otra en la mente” (33). Jung, por su parte, tiene una visión parecida. Es Hillman, sin embargo, con su noción de “patologizar” el que hace más por el despliegue dialéctico, o “desmoronamiento” [falling apart] como él lo llama, de la unidad en muchos a través de la formación de síntomas. Permaneciendo con lo que hemos llamado la acción negativizadora de auto-contradicción, Hillman define el patologizar como “la habilidad de la psique autónoma para crear enfermedad, morbilidad, desorden, anormalidad y sufrimiento en cualquier aspecto de su comportamiento y para experimentar e imaginar la vida a través de esta perspectiva deformada y afligida” (34). Como el estadio del opus alquímico conocido como la putrefactio o mortificatio, el patologizar es una corrupción transformadora o la disolución del punto de partida ingenuo A = A auto-idéntico. 

Nuestros sueños, transferencias, y síntomas son para el punto de vista hegeliano: La exégesis de lo uno revela dialécticamente el propio otro(s) interno. En y a través de las varias auto-contradicciones que emergen en este y otros fenómenos, la materia prima se presenta a sí misma para sí misma como un otro o como una serie de otros. (35) 

Negación de la negación

En Así habló Zaratustra, el otro de Nietzsche, el Zarathustra dialéctico y sabio, declara: “Siempre una vez uno—a la larga se vuelve dos” (36). Citado en el contexto presente, este adagio captura sucintamente la esencia de lo que hemos venido discutiendo hasta ahora, v.g. el despliegue dialéctico de una proposición o punto de partida inicial en términos de su(s) otro(s) no-idéntico o auto-contradictorio. 

También llamada negación simple o primera, este despliegue dialéctico de lo uno en dos es una experiencia muy familiar. En el idioma de ésta época se lo conoce con buen humor como “La ley de Murphy”. Reconociendo el trabajo de lo negativo a través de nuestras vidas, este simple coloquialismo dice que “si algo puede salir mal, seguramente saldrá mal”. 

Ahora nuestra tarea en esta sección es elucidar el movimiento más allá de la negación simple, tan acertadamente resumido en la ley de Murphy, lo que en la dialéctica de Hegel es llamado la negación de la negación. Pero primero permítannos permanecer un poco más con lo que se conoce como la negación simple. Aunque este momento de la dialéctica fue el tópico de la sección anterior, es crucial para tener una comprensión segura de ella emprender antes la discusión de su negación subsecuente—o cuando el pensamiento está totalmente desplegado, simultáneamente. 

Resumiendo brevemente, podemos decir que la consciencia inicial, en su naiveté, clama por conocer el mundo, o el rasgo del mundo que está en juego, inmediatamente, o como Giegerich lo propone a menudo, “tal cual como se presenta”. Sin embargo, reflejando como mucho una verdad parcial, esta posición pronto tiene problemas con su propia trayectoria en la medida en que lo que ha afirmado como su alcance se puede contradecir por su comprensión realmente más limitada. Las anomalías emergen, aparecen callejones sin salida, los síntomas afligen. Recordando nuestra discusión anterior de Kant, podemos agregar que en casos donde la posición inicial ha tenido la forma de un juicio sintético, este juicio es cancelado por otro que tiene el significado opuesto. Puesto que, cuando se confrontan entre sí, ambas consideraciones no pueden al mismo tiempo ser verdad (la consciencia aún es incapaz de pensar la unidad de identidad y diferencia), ciertamente es negado. 

Ahora permítanos agregar algún color a nuestra exposición de este primer nivel simple de negación. Acorralada por la contradicción, la consciencia puede reaccionar poniendo la caravana en círculo, ¡lo mejor para mantener a los indios fuera! O sobresaltado en su certidumbre tipo A = A, puede revisar obsesivamente sus pertenencias, a la manera del miserable Scrooge, para asegurarse de que nada se haya extraviado, perdido. Jung hablaba en esta conexión de una “adherencia conservadora a la actitud anterior” (37). Alternativamente, o en consecuencia de lo mencionado arriba, habiendo fallado las resistencias, la consciencia puede aceptar la negación, aunque sólo sea de una manera que todavía es indicativa de la mentalidad-inmediata de su modo anterior de conocimiento. Parafraseando un término usado por Aristóteles, Jung se refiere a ésta dinámica como una enantiodromia. Yendo hacia atrás (podemos pensar aquí en la perdición del héroe trágico), la consciencia simplemente se da la vuelta hacia el punto de vista opuesto del que previamente había mantenido. Donde antes había estado caracterizada por una certidumbre auto-idéntica, de la misma manera ahora se ha vuelto incertidumbre auto-idéntica. La imagen aquí es la del viejo escéptico, el cínico resentido, o aún más claramente, la del ex-creyente inflexible, el que ahora es fundamentalista en su ateísmo como anteriormente lo había sido en su teísmo. 

¿Horror tras la contradicción, acumulación de cabezas? Podríamos preguntarnos, más bien, ¡si la guillotina de la negatividad ha siquiera cortado alguna! Incapaz de sostener su afirmación inicial de que A es idéntico a A y de que todo está bien en el mundo, y con la esperanza de permanecer bien atrás del borde cortante que ha descubierto en su propio cerebro, la consciencia se identifica rápidamente a si misma con la contra-posición amenazante de que A no es igual a A y de que no todo está bien en el mundo. Esta pérdida aparente de la visión previa basada en la identidad, sin embargo, difícilmente puede ser llamada con diferencia una comprensión real. Una defensa contra la diferencia (Anna Freud habló de “la identificación con el agresor”), es más bien como una minimización de la afirmación inicial. Estoicamente parece admitir separarse a sí mismo de la diferencia, y algunas veces incluso dedicarse a ejercicios espirituales para mantener su ecuanimidad frente a su otro doppelgangeriano, la consciencia se aferra subrepticiamente al principio de identidad, aunque solamente en la forma de lo que podría ser descripto como una auto-similitud agorafóbica. 

Permitamos examinar esto aún un poco más de cerca. Habiéndose retirado por medio de la primera negación del modo “tal-cual-como-se-presenta”, al que había estado identificada anteriormente con sus contenidos, la consciencia ha comenzado, aunque solo mínimamente, a volver a casa a sí misma como negatividad, auto-consciencia, reflexividad, y duda. Esta negatividad y auto-consciencia llena de duda reflexiva, sin embargo, aún es solo el reverso de la posición positiva previa. Como tal, la posición que ahora representa depende de la mediación que la posición que se ha llegado a rechazar continúa proporcionando, aunque sólo sea a través de su haber sido negada. Esta es una contradicción. No más de lo que Scrooge podía disipar con invectivas embaucadoras los fantasmas que lo visitaban en Nochebuena, la primera negación puede disipar las posiciones―pasado, presente y futuro―como las cuales continúa el trabajo de lo negativo. Tampoco puede la pequeña muerte donde la primera negación le había dado a la consciencia el derecho de clamar, con inmediata licencia shakespeareana, que “La muerte una vez muerta, no puede morir más” (38). Al igual que un poema no hace a un poeta, así se necesita no una negación sino muchas para que la consciencia llegue a casa en su otro tal como es en sí. 

Ahora podemos regresar más directamente al tema de esta sección, la negación de la negación. En The Soul’s Logical Life, como en su lectura de ayer, Giegerich marca el punto sutil, pero importante, de que la negación de la negación es un proceso más discreto que el choque dramático que provoca una primera negación (39). Tomando en consideración este punto, podemos recordar, a modo de contraste, las descripciones mucho más ruidosas que da Jung de lo que llamaba la relación compensatoria entre el consciente y el inconsciente. Como es descrita por Jung, las compensaciones que reparte el inconsciente son a menudo estruendosamente ruidosas. Hablando de esto en términos religiosos, presenta la idea de que Dios puede ser conocido en lo que sea que nos moleste o agobie—en un afecto, quizá, o en algún evento que nos sobrevenga, ya sea que venga de dentro o de fuera: “El quiebre de la mente [Dios] ha sido lo más fuerte psíquicamente, capaz de sacar de su railes tus propósitos conscientes, frustrándolos fatalmente y ocasionalmente haciéndolos picadillo” (40). Ahora ya no hay duda que la compensación de la clase que Jung describe aquí ocurre, o que en el “camino de la individuación” el ego tendrá que asumir su parte de palizas. La “experiencia del sí mismo”, escribe Jung, “es siempre una humillación para el ego” (41). El punto que debe ser comprendido en este seminario, sin embargo (y comprendiendo esto podemos comenzar a ver el movimiento que Giegerich ha llevado más allá de Jung), es que incluso un millón de compensaciones no pueden producir la negación de la negación, pues mientras parece abrazar su negación en la compensación que recibe del Sí Mismo, el ego continúa preservando sus preocupaciones esenciales de la negación proyectándolas más allá de sí como un otro idealizado, su Sí Mismo. En su supuesta derrota lo más que puede decir es mea culpa, soy culpable. Yo, como un ser humano falible, he fallado en ser un buen cristiano o analista o lo que sea. Al decir esto, sin embargo, la consciencia se preserva en buenos términos de la crítica. (42) 

Una distinción puede ser de ayuda aquí. En sus artículos, Giegerich frecuentemente distingue entre lo “semántico” o el nivel del contenido de la consciencia y el nivel “sintáctico” de su estructura o forma general. El cambio en el nivel semántico meramente implica un cambio entre los contenidos de la consciencia a la luz de haberlos contradicho de alguna forma. Este cambio, sin embargo, tan extenso como pueda ser en muchos casos, no plantea ningún desafío para la forma de la consciencia. Es decir, aún ninguno de sus contenidos se ha convertido en la paja que rompe la espalda del camello. En la negación de la negación, por contraste, la espalda del camello está rota, la estructura de la consciencia se ha desgarrado. 

Ahora permítanos deslizar aquí la palabra “teología” como un sinónimo a consciencia en el nivel sintáctico. Representado teológicamente, el enunciado, “Yo … [he] visto tribulación bajo la vara de Su ira” (43), caracteriza acertadamente el momento de la dialéctica que hemos estado llamando la negación simple. En este escenario el ego es trastocado desde su punto de vista parcial y sus ilusiones de tal manera que sufre lo que Jung llama la violencia de lo que le es causado por el Sí Mismo. La negación de la negación, sin embargo, ocurre en un plano completamente distinto. En lugar de ser algo que nos ocurra dentro de nuestro proceso de individuación y teología, haciéndonos gritar o rechinar nuestros dientes, éste es sobrio, y aún más radicalmente, es un proceso que es padecido por nuestra teología, v.g., es una negación lógica. “Estamos viviendo realmente en el tiempo de la división del mundo y la invalidación de Cristo”, escribe Jung, tocando esta negación más radical en una carta a Fr. Víctor White. (44) 

Más como un Dios agonizante que como un ego que ha conocido la ira de la compensación inconsciente, la consciencia comienza a separarse de su trono de certeza A = A (¡“yo soy lo que soy”!) y se hunde. Representando este momento de colapso sintáctico en la figura de Apolo convocando a Mnemosine mientras muere, Keats escribe: 

Pronto salvajes conmociones lo sacudieron, e hicieron arder Toda la hermosura inmortal de sus miembros; Mas como la lucha ante las puertas de la muerte; O como quien todavía debe despedirse De la inmortal pálida muerte, y con angustia Tan ardiente como el frío de la muerte, con feroz convulsión Muere en vida …. (45) 

Fiel al momento de la dialéctica que intentamos elucidar aquí, la primera negación, lo que Keats dice es “como la lucha ante las puertas de la muerte”, es seguida por una segunda que es “como quien todavía debe despedirse de la inmortal pálida muerte”. Que este ‘despedirse’ o ‘apartarse de’ de la primera negación es en efecto la obra de una negación de segundo orden es evidente en la sublación que se produce en la frase final: “Morir en vida …”. 

Ahora, desde luego, la mera mención de la agonía del Dios trae a la mente la declaración de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Esta, podría pensarse, es representativa de la negación de la negación. El comentario de Giegerich con respecto a la discreción de la sublación, negación de segundo orden, sin embargo, nos ayuda a discernir que este no es el caso. La negación de la negación tiene un tono emotivo completamente diferente que aquel que viene tras el espectacular anuncio del filósofo. Aludiendo a las categorías kleinianas, podemos decir que en contraste al triunfante tono paranoide de Nietzsche, la negación de la negación es más depresiva y triste. Lejos de convertirse en algún superhombre nietzscheano, la consciencia es humillada al saberse a sí misma la unidad de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino. (46) 

Basándose en metáforas alquímicas, Giegerich compara la negación de la negación con esas fases del opus en el cual la transformación toma lugar vía putrefacción fermentadora y corrupción interna. Reconociéndose a sí misma en su otro contradictorio, la consciencia llega a la dolorosa comprensión de que se ha quejado demasiado alto en su posición inicial. Con esta comprensión, como propone Hegel, se vuelve una “consciencia infeliz”. Rebajándose ante la idea de su antigua honradez e ingenuidad, empieza a colapsarse desde dentro y a hundiese. Esta vergüenza, no obstante, es una vergüenza superior, el comienzo de su sublación. (47) 

En este punto vienen a mi mente dos representaciones pictóricas ilustrativas de este momento de colapso sublado. Una es de un sueño que escuché hace muchos años atrás; la otra de un mito griego. 

En el sueño, la figura del soñador le habla a su hermana de una manera verdaderamente autoritaria acerca de las fases de la luna. La hermana, sin embargo, no está convencida de esta descripción. Irritada por esto, la figura del soñador reitera lo dicho en una manera más pedante, incluso intimidante. Esto ocurre varias veces, hasta que finalmente la hermana accede a esta descripción, ¡momento en el cual aparece otra luna! Junto con esta segunda luna contradictoria viene la sensación de que incluso pueden aparecer lunas posteriores, quizá incluso un número infinito. El impacto que esto tiene sobre el ego del sueño es considerable. Basta decir que ya no tenía más lecciones para dar. Mientras que la primera negación―v.g. la duda de su hermana acerca de lo que él le estaba diciendo―solo lo inspiró a dar una descripción más detallada, la aparición de la segunda luna fue verdaderamente humillante como para forzar a la figura del soñante a admitir que la sintaxis cósmica del cielo nocturno ya no era más lo que él sabiondamente pretendía que era. (48) 

El mito griego que también viene a mi mente en relación a la negación de la negación es el cuento del desmembramiento de Penteo. Tan carente de lo que Keats llamó “capacidad negativa” (49) como lo fue la figura del soñador en el sueño que acabamos de discutir, la consciencia en la figura de Penteo, un rey de Tebas, se resiste a la introducción de la alabanza de Baco en su reino. Esta resistencia, sin embargo, pronto se vuelve el opuesto de sí mismo. Dialécticamente agraviado por contradicciones, Penteo descubre que las mujeres de su reino, su madre Agave y sus hermanas entre ellas, habían abandonado sus obligaciones domesticas para unirse a la hedónica turba del dios. Con el objetivo de seguir a las mujeres y espiarlas, el rey, incitado por Baco, se disfrazó de mujer. Tan pronto como vistió el atuendo de las ménades, sin embargo, la locura del dios lo poseyó y comenzó a ver doble. Mirando al sol (aun cuando el ego del sueño en nuestro sueño había mirado hacia la luna) él no ve un ardiente orbe, sino dos. La misma duplicación ocurre con respecto a su ciudad, Tebas, y hacia las partes de su propio cuerpo. Idénticos entre ellos, al mismo tiempo están separados, es decir, son lógicamente diferentes aunque perceptivamente aunto-idénticos. Cuando Penteo subsecuentemente encuentra a las mujeres, este movimiento duplicado, encubiertamente idéntico se vuelve absoluto. Mientras observa a las mujeres retozando desde la copa de un árbol, el rey es descubierto por su madre. Observando a su hijo como su otro (esto es, como Baco en forma animal), la enloquecida Agave lo arrastra hacia abajo desde su posición elevada y le arranca miembro a miembro con la ayuda de las otras ménades. 

Pienso que esto es muy parecido a lo que Hegel dijo en el pasaje anteriormente citado cuando aludió a este ritual iniciático de desmembramiento, representado famosamente por Eurípides en The Bacchantes, de que la verdad es “el torbellino báquico en el que no hay miembro que no esté ebrio”. En efecto, la segunda parte de este pasaje—“y porque cada uno, tan pronto como se desprende de sí mismo, se disuelve inmediatamente …”—parece señalar directamente al Penteo disociado observando desde su copa del árbol. Tropezando con este motivo el consenso junguiano le ha dado a menudo una lectura débil y moralista, como por ejemplo cuando se considera el desmembramiento de Penteo como el destino que el ego patriarcal ha preparado para sí mismo a través de su descuido de lo femenino (50). La frase conclusiva de Hegel, sin embargo, sugiere una lectura más dialéctica. Pensando la unidad de la identidad (Penteo) y la diferencia (Baco y las ménades), Hegel considera que “el torbellino es tanto como un reposo simple y transparente” de por sí es orgía báquica o torbellino. Transponiendo esta fórmula en los términos figurativos del mito, podríamos decir con Giegerich que Penteo, Baco, Agave, y el resto son momentos sublados de una idea que el mito despliega. Así como la psicología es la unidad de psyche y logos, así una lectura psicológica del mito piensa la sicigia de alma y espíritu incluso cuando sigue “el despliegue ‘analítico’, en forma pictórica, de las complejidades internas, la dialéctica viviente, del punto de vista de la psicología”. (51) 

Otra línea de Hegel nos ayuda a comprender más dialécticamente la historia de Penteo. Citado por Giegerich en el texto de su primera lectura, la línea es la siguiente: «Pero la vida del Espíritu no es la vida que se achica ante la muerte y que se preserva a sí misma intocada por la devastación, sino que es la vida que lo soporta y se mantiene en medio de ello» (52). Aunque parece achicarse ante la muerte que le viene en la forma de Baco y las ménades, Penteo no se mantiene intocado por la devastación. Así como el otro de Baco en tanto que Baco es suyo, él resiste la contradicción y se mantiene a sí mismo en ella. No sería suficiente para una de estas figuras opuestas simplemente prevalecer, para Penteo, por ejemplo, simplemente volviéndose un sátiro y entrar en la comitiva del rey. En cuanto a lo que ya hemos escuchado de Hegel, “…ninguna de esas determinaciones tomadas de forma solitaria, son verdad; pertenecen solo a su unidad” (53). Un momento sublado en esta unidad de identidad y diferencia por el cual se constituye la verdad, la resistencia de Penteo ante el torbellino báquico es, al mismo tiempo que también es eso, su susceptibilidad a su devastación y su mantenerse a sí mismo a través de ella. El desmembramiento iniciático—la negación de la negación—no puede ser llevada a cabo sin esta resolución del sujeto de preservarse a través de la muerte. Para pensar dialécticamente, tenemos que ser tan estrictamente rigurosos y estrechos de mente como imaginativos y abiertos de mente—tanto penteos y ménadeicos al mismo tiempo. 

Unas líneas más de Hegel vienen al caso en relación al mito que hemos estado discutiendo. Siguiendo inmediatamente a la línea que hemos citado arriba sobre la vida del espíritu que se mantiene a sí mismo a través de la muerte, el filósofo continua: 

“[La vida del espíritu] gana su verdad solo cuando, en el más absoluto desmembramiento, se encuentra a sí mismo. Este poder, que no es como algo positivo, que cierra sus ojos a lo negativo como cuando decimos de algo que es nada o que es falso, y habiéndolo dicho, damos la vuelta y pasamos a algo más; por el contrario, el espíritu es este poder sólo por mirar a lo negativo frente a frente, y permanecer con ello. Este permanecer con lo negativo es el poder mágico que lo convierte en ser.” (54) 

Interiorización Absoluto Negativa

Hemos llegado al momento final de la dialéctica, el de la interiorización absoluto negativa. La interiorización absoluto negativa es el pensamiento-todo-a-la-vez de los momentos previos que hemos discutido. Este pensamiento-todo-a-la-vez, sin embargo, no debe ser considerado como el momento culminante producido por la secuencia o series provenientes de los otros tres. Mientras que pictóricamente los representamos de esta manera, ahora, desde el comienzo, se puede entender el pensamiento dialéctico de la simultaneidad de sus varios momentos como momentos ya sublados de sí mismo. Pero, por supuesto, este pensar-todo-a-la-vez-desde-el-comienzo sólo está implícito y debe ser desarrollado, como hemos tratado de hacerlo arriba en el bosquejo de sus varios momentos. 

Un pasaje de los escritos de Jung puede ayudarnos a aclarar esto. En su “Prefacio a la Introducción al Budismo Zen de Suzuki”, Jung define el inconsciente como “una totalidad irrepresentable de todos los factores psíquicos sublimados, una ‘visión total’ in potencia”. Esta “‘visión total’ in potencia”, añade entonces, “constituye la disposición total desde la cual la consciencia singulariza pequeños fragmentos de vez en cuando” (55). Ahora se debe señalar inmediatamente que aquí hay una contradicción: la visión total es, al mismo tiempo en tanto que es, una visión irrepresentable. Al ver todo (v.g., una situación o una imagen en toda su complejidad, en todos sus momentos) no se ve nada. Esta contradicción, sin embargo, es dialéctica, o, más bien, podría serlo excepto por el hecho de que Jung se resguarda de que lo sea plenamente a causa de su distinción aun positivizada entre consciencia y el inconsciente. Pero apartándonos con Giegerich de esta distinción, podemos conocer fácilmente lo que Jung suponía. La visión total no es representable; no es visión es absoluto, sino visión sublada, pensada. Poniéndolo de otra forma, podemos decir que para que la visión sea total tiene que ser visión absoluta, es decir, una visión que ha sido absuelta de las diferencias que hace distintas y diferentes unas de otras las impresiones sensoriales o las representaciones imaginales. Tal “visión”, sin embargo, ya no es más “representable”; tampoco es una certeza sensorial inmediata ni la primera negación de ella, el modo imaginal de la intuición sensorial. Y sin embargo, desandando esto un poco (tal como los hermanos en el cuento de hadas de ayer que resbalaban en la pendiente de la montaña), se puede decir que en su camino a casa a sí misma “el alma” o la absoluta negatividad puede de hecho aparecer ante sí misma con el aspecto de una figura contingente, es decir, como algo particular, singular y finito, incluso como, en palabras de Jung, “pequeños fragmentos”, expresivos de la “disposición total”, que son “singularizados … de vez en cuando”. Como Giegerich ha escrito, “… en la idea de [la psique como] auto-relación … la otredad … no está totalmente perdida …, es inherente en ella como un momento sublado, en tanto y en cuanto que el sí mismo que hace el reflejo y el sí mismo que es reflejado son ambos idénticos y diferentes” (56). Pero sin embargo, también debemos entender que la verdadera llegada al hogar del alma reside en la destilación ulterior, vaporización o interiorización de esta figuración de sí misma en tanto que otro hacia la forma lógica de la consciencia misma. De nuevo, cito a Giegerich, “Lo que al principio aparece como un contenido de consciencia es en realidad la semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia en toda su extensión”. (57) 

Ahora, revisando lo que acabo de escribir, me encuentro a mí mismo pensando en la descripción de Jung de sí mismo como teniendo, como él lo dijo una vez, “que bajar mil escaleras hasta poder poner mi mano en el pequeño terrón de tierra que soy” (58). Evidentemente, mi descripción de la noción de Jung de “visión total” todavía tiene que bajar unos cuantos escalones si es que ha de alcanzar el suelo sobre el que Giegerich se ha posicionado a sí mismo. Al tomar esta escalera, debemos entender que cuando la “semilla de lo que quiere volverse una nueva forma de consciencia” lo ha logrado, el “pequeño fragmento” de Jung (lo que pueda ser en cualquier caso particular) ya no es más el símbolo o la imagen numinosa en la cual lo implícito del pensamiento (= “‘la visión total’ in potencia” de Jung) había previamente representado su potencial para volverse explícito como tal. Más bien, habiéndose realizado a sí misma como comprensión conceptual a través del fenómeno particular a la mano (el cual, como su otro, ha entrado hermenéuticamente y se ha completado uroboricamente (59)), ahora conoce ese fenómeno (materia prima, pequeño fragmento, situación, asunto, imagen, etc.) en su totalidad o como una totalidad. ¡El pequeño terrón de tierra que realmente soy! 

Arriba me he referido al apunte de Giegerich acerca de lo discreto de la negación de la negación. Cuando la llevamos adelante, esta analogía puede además ser usada para trasmitir lo que se quiere decir por interiorización absoluto-negativa. Considerar, por ejemplo, la especulatividad sin base de la ‘música’ que suena, absoluto-negativamente, a través del silencio de la línea de Keats, “las melodías oídas son dulces, pero aquellas no oídas son más dulces” (60). Y seguido a ello, tenemos la famosa definición de Wordsworth de la poesía como “emoción recogida en la tranquilidad” (61). 

Se podría asumir que aquí estamos hablando de lo numinoso. Como analista junguiano he aprendido a usar las palabras “numinoso” y “numinosidad” con respecto a lo que Jung llamó “un valor emocional a priori” (62). Imágenes, que además, puesto que son tal como las describe Jung—pequeños fragmentos singularizados a partir de la visión total de la psique—las tengo consideradas como numinosas. Sin embargo, la negatividad absoluta, como la melodía que es más dulce por no ser escuchada y como la emoción que se vuelve poesía por ser recogida en la tranquilidad, de la misma forma la numinosidad que tienen estos dos, no está en la positividad de su tenerla como tal, sino como recogida en la quietud de Mnemosine, es decir, como conocimiento de la consciencia, como la vida de la mente, movimiento lógico, pensamiento. En ser la presencia de estas poderosas realidades, y sin embargo intangibles, que la negatividad absoluta establece y afirma. 

La verdadera psicología

En su “Prefacio” a la Lógica de Hegel, J. N. Findlay resume la esencia del enfoque dialéctico: 

“La acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza, para mostrarlo como no siendo auto-subsistente, y así tener en él un trampolín desde el cual pueda ascender a aquello que es verdaderamente auto-subsistente y auto-explicativo.” (63) 

Reflexionando sobre este pasaje, podemos pensar en el trampolín de la negación a través de la cual el psicoanálisis tomó impulso a partir de la antigua forma de sí mismo para llegar a ser una disciplina auto-subsistente por su propio derecho. Me refiero, por supuesto, al rechazo de Freud—podríamos decir también, negación—de la teoría de la seducción. Creyendo, antes de 1897, que las pacientes histéricas que estaba tratando podían ser entendidas a la luz de haber sido traumatizadas sexualmente por un adulto pervertido durante la niñez, Freud llega, después de esa fecha, a darse cuenta que tal visión teorética era contradictoria. Simplemente habían demasiados pacientes sufriendo de histeria como para sostener la conclusión de que todos ellos habían sido abusados sexualmente. Mientras, indudablemente, algunos pacientes habían sido abusados (Freud no “abandonó” la teoría de la seducción, sino más bien, la retuvo como una posibilidad sublada bajo el grueso de la teoría que iba a seguir), la perspectiva de que todos lo habían sido solo podía ser mantenida si la paternidad era completamente demonizada. Saltando libre a partir de esta base positiva negada en la teoría de la seducción, Freud escribió en una carta a Fliess en 1898, “… inicialmente definí la etiología [de la histeria] muy estrechamente; la cuota de fantasía en esto es más grande de lo que había pensado en un inicio”. (64) Esta frase contiene un pensamiento importante. O más que eso, como un salto decisivo desde la positividad y lo externo hacia la interioridad de la fantasía y la reflexión, esto expresa que ha ocurrido un cambio esencial en la forma en que ha de ser concebida una idea en general. Por de pronto, a Freud, al conseguir esto, “ya no le basta cree en [su] neurosis”, (65) había tenido que aceptar la sintaxis de aquella teoría al ser ‘arrojado al agujero trasero’, por decirlo así, del mismo material clínico que había reunido como evidencia para esto. Dicho de otra forma, el material de la fantasía, en la forma de la teoría de la seducción, había sido tomado demasiado literalmente por su consciencia como para volverse de corazón la “semilla”, tal como señaló Giegerich en el pasaje citado anteriormente, de lo que será “una nueva forma la consciencia en toda su extensión”, una nueva teoría. La fantasía, no el hecho, le es de ayuda ahora como el factor etiológico decisivo en la neurosis. Por supuesto, este cambio en la constitución de la psicología fue reflejado en el espejo de su otro como algo que sucede dentro de los pacientes. Exactamente paralelo al derrumbe de la teoría de la seducción por medio de una corrupción interna hacia la nueva visión de Freud, los pacientes en esta nueva visión fueron considerados como sufrientes, no desde una corrupción externa debida a la seducción del padre, sino desde una corrupción interna, es decir, desde sus propias fantasías y deseos pertenecientes al seducir y al ser seducidos. 

Sin embargo, tan pronto como Freud ascendió a esta visión más lógicamente negativa luego la externalizó y positivizó de nuevo en su teoría de la sexualidad infantil, y posteriormente, en el complejo de Edipo. Con este desarrollo, los sueños y las fantasías de los pacientes fueron tomados como representativos de algo más biológico-factual—el sexo y la familia—y se construyó un vasto edificio de conocimiento sobre ellos. Ahora, el punto crucial aquí no es que estos campos de no fueran importantes. Más bien, es que Freud, al encontrar en ellos una base positiva para su proyecto psicológico, fracasó en comprender lo que Giegerich llama “la diferencia psicológica”. (67) 

Haciendo referencia de nuevo a la cita de Findlay al principio de esta sección, permítanos reiterar que “la acción del pensamiento es negar las bases a partir de las cuales comienza”. De igual manera, la “diferencia psicológica” a partir de la cual surge una verdadera psicología psicológica reside en el reconocimiento de que la psicología, en el sentido estricto de este término, no trata acerca de nada positivo—ni niñez, sexualidad, la familia, problemas de género, ni de la gente y sus problemas, etc. Más bien, trata acerca de la forma lógica a través de la cual tales fenómenos son reflejados dentro de sí mismos en el curso de nuestro reconocimiento, no sólo la vez de 1897, sino una y otra vez, ya que la acción del pensamiento es negar su propia base. 

La psicología, para Giegerich, es reflexión en si misma; trata acerca del carácter sin fondo de su propia base siempre negada, absoluta negativa, “el alma”. En cuanto a los sospechosos de siempre—los temas mencionados más arriba que en su positividad no constituyen la psicología (niñez, sexualidad, los problemas de la gente, sueños, etc.)—la psicología, podría decirse, es como el reflejo de éstos en sí mismos. En el análisis individual, por ejemplo, los relatos contados en la historia, los problemas domésticos presentados, los recuerdos recordados de niñez, los sueños, y todo y cada uno también son escuchados muy en la línea en la cual el Dr. Giegerich trabajó con el cuento de hadas y los mitos en su lectura de ayer, es decir, como unidades ya interiorizadas de identidad y diferencia, enunciados del “alma” refiriéndose a si misma. Interrogando cualquier punto de partida a la luz de las contradicciones inherentes en él (lo cual también significa, pensar a través de los cambios de tema y asociaciones la unidad de su identidad y diferencia), “la psicología comienza donde cualquier fenómeno (ya sea físico o mental, ‘real’ o imagen de la fantasía) es interiorizado absoluto-negativamente dentro de sí mismo, y me encuentro a mí mismo en su infinito interno. Esto es lo que se necesita; la psicología no puede ser tenida por menos”. (68) 

La referencia de Giegerich en la sentencia previa acerca de aquello que se necesita para una psicología (podríamos también decir, el precio que hemos de pagar para alcanzar una verdadera psicología) trae a la mente el contraste muy conocido de Freud entre lo que llamó “el cobre de … la sugestión” y el “oro puro del análisis”. Podríamos asumir a partir de esta distinción de Freud que él podría coincidir con la insistencia de Giegerich de que “la psicología no puede ser tenida por menos”. Sin embargo, cuando miramos el pasaje real en el que Freud usa estas expresiones encontramos, por el contrario, ¡que está ofreciendo en venta las mercancías de su psicoanálisis a precio de descuento! 

“Es muy probable, además, que la aplicación de nuestra terapia a un número [a un gran número de personas] pueda obligarnos a mezclar el oro puro del análisis abundantemente con el cobre de la sugestión directa; y la influencia hipnótica podría encontrar de nuevo un lugar, además. … Pero cualquiera que sea la forma que pueda tomar esta terapia para la gente, cualquiera que sean los elementos de los cuales se debería componer, sus más efectivos y más importantes ingredientes serán tomados ciertamente del psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior.” (69) 

Este es un pasaje extraño y contradictorio. En la última línea, Freud se refiere piadosamente al “psico-análisis estricto el cual no sirve a un propósito ulterior”. Sin embargo, todo el contexto en el cual aparece esta línea, está en tensión con el propósito ulterior. Con el objetivo de divulgar sus descubrimientos positivizados y de promoverse a sí mismo en el mundo, el psicoanálisis representará todo lo que estrictamente se prohibió a sí mismo dentro de sus propios confines austeros en la forma de una terapia para la gente. Ahora bien, el problema con esto no está en que el gran número de personas necesitadas de terapia no deberían beneficiarse de esto. En lo que concierne a la psicoterapia, digo, cuanto más con los pies en la tierra, mejor. No es, como algunos desearían, que el análisis debería permanecer idéntico a si mismo y puro. El problema, más bien, reside en tomar prisionero a cada pensamiento que tiene la gente para la promoción de los asuntos que el psicoanálisis―freudiano, junguiano o del tipo que sea―aprecia. Esto, por supuesto, ya ha ocurrido. El psicoanálisis en la forma de esa diseminación de sí mismo de lo que Freud llamó la terapia para la gente existe por todas partes. La mirada del niño sobre el consejero escolar, el paciente con el psicólogo clínico haciendo “trabajo de auto-estima”, incluso el analizado en psicoanálisis―todos reciben esa aleación de cobre y oro positivizada que Giegerich ha llamado “la psicología como el estudio de las personas que’tienen’ tal y cual psicología” (70) en la forma de una cornucopia de clichés sociológicos, antropológicos y humanista. Son despachados psico-educacionalmente en jornadas profesionales, revista sobre el estilo de vida, y programas de debates en la televisión (por no decir nada acerca de lo que sale de nuestra propia boca cuando hablamos con alguien más), información con respecto a este asunto o aquel síndrome. 

Contra esta tendencia, la verdadera psicología, dondequiera que se practique, comienza, tal como lo dijo Giegerich ayer en el momento de la exposición de sus lecturas, cada vez y de nuevo “desde cero”. Adhiriéndonos al principio de Jung acerca del no permitir que entre nada de afuera, con el fin de obtener en cada caso la materia prima particular a mano y de existir como su despliegue, se evita que la psicología se piense como algo ya sabido. Porque sólo se puede encontrar el Mercurios dentro de ella entregándonos a la cadidad y al infinito interior de esta materia a mano (o como lo dijo Findlay, ascendiendo a partir del trampolín de su negación). 

En cuanto al cobre y el oro, la sugestión y el análisis, se puede decir lo mismo que dije en mi lectura anterior sobre el lodo y el agua. El importante no es mantenerlos apartados en su pureza abstracta o en su diferencia aislada. Menos aún en fundirlos juntos en una formación de compromiso, como recomendaba Freud. Porque eso, también, es una contradicción; en efecto, una más intolerable dado que el psicoanálisis comenzó tanto con el salto a partir de la sugestión (el trabajo temprano de Freud en hipnosis) así como a partir de un salto desde la teoría de la seducción. No, el desafío como siempre es pensar tautológicamente la unidad contradictoria de su identidad y diferencia y, precisamente de esta manera dialéctica, ascender a esa forma más negativa de su coniunctio, pensamiento especulativo, verdadera psicología. Superando la positividad de su base en los métodos de las ciencias empíricas, la psicología, tal como Giegerich ha dicho, debe pensar su propia autoridad, la profundidad de su propia noción de si misma, especulativamente y rigurosamente al mismo tiempo. 

**** 

Una reflexión final. La referencia de Freud al cobre y al oro trae a la mente otro ancestro analítico y otro metal. Me refiero aquí a Hillman y sus escritos sobre la plata. Valorizándola en un tono bachelardiano la plata de los alquimistas como el metal de la imaginación, Hillman, en “La plata y la tierra blanca”, escribe: 

“¿Qué es reflejado entonces cuando no hay sujeto reflejado, ni emoción ni objeto externo? ¿Ningún hecho en absoluto? La misma idea de reflexión se transmuta desde la presencia de un fenómeno, un reflejo de algo más, a la resonancia del fenómeno mismo, una metáfora sin un referente, o mejor dicho, una imagen.” (71)

Regresando a este tema un año después en la segunda parte de su ensayo, Hillman continúa su intuición sobre la plata: 

“Los acontecimientos mentales tales como las imágenes no requieren y no pueden adquirir validación posterior gracias a la exterioridad. La vida del alma no se sostiene como correcta gracias a la exterioridad. Pero tampoco los acontecimientos mentales se validan gracias a que yo ‘tenga’ un sueño, ‘piense’ una idea o ‘sienta’ una experiencia.” (72) 

En estos pasajes, Hillman transmite así la negatividad de la imagen, su interiorización plateada en sí misma. ¿Pero qué pasa con el oro que se persigue? (73) En la visión de Giegerich, el “oro” de la verdadera psicología es la negación ulterior de la negatividad plateada de la imagen hacia la absoluta negatividad de una consciencia que pueda pensar al mismo tiempo los distintos momentos de cada imagen. Como “la piedra que no es una piedra” alquímica, el oro dialéctico emergiendo negativamente de la plata y de la imaginación ya no es más oro (por esta razón sólo es la forma en que la plata fue representada imaginativamente con anticipación de su llegada incluso más sutil); más bien, es forma lógica, interioridad absoluto-negativa, espíritu, pensamiento. 

Notas

1. Fugulus, A Golden and Blesses Casket of Nature’s Marvels, p. 298, citado en Edward Edinger, The Anatomy of the Psyche: Alchemical Symbolism in Psychotherapy (La Salle, I1.: Open Court, 1985), p. 10.  

2. Donald W. Winnicott, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”, Playing an Reality (London: Tavistock Publications, 1971), pp. 1-25. 

3. Cf. Donald W. Winnicott, “The Location of Cultural Experience”, Playing an Reality, pp. 95-103. 

4. A.E. Waite, traducción, The Hermetic Museum 1:13 citado en Edinger, The Anatomy of the Psyche, p. 11. 

5. Es la referencia a la piedra siendo hecha “… con una cosa” que implica la idea de producción o creación. La parte anterior de la sentencia, que se refiere a la piedra como siendo “producida de una cosa”, sólo indica aquello de lo que consiste la piedra. 

6. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull, (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 14, párr. 749 (todas las referencias subsiguientes a los Collected Works de Jung estarán por volumen y número de párrafo. 

7. Citado en Edinger, p. 11. 

8. Donald W. Winnicott, “Review of Memories, Dreams, Reflections”, C. Winnicott, R. Sheperd, and M. Davis, eds., Psycho-Analytic Explorations (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1989) pp. 482-492. 

9. Cf. G. W. F. Hegel: “Pero lo Absoluto mismo es por lo tanto la identidad de la identidad y la no-identidad, oposición y unidad están ambos en ello”. Citado en Charles Taylor, Hegel (Cambridge: Cambridge University Press, 1975), p. 67. 

10. La Ley de Identidad sostiene que todo debe ser idéntico consigo mismo (X = X). La Ley de Contradicción (algunas veces referida como la Ley de No-contradicción) mantiene que nada puede ser sí mismo y al mismo tiempo no ser sí mismo (X y no-X). Ambas leyes son consideradas las leyes primarias del pensamiento. 

11. Cf. G.W. Hegel: “Kant … considera la lógica, es decir, el agregado de definiciones y proposiciones que comunmente pasa por lógica, al tener suerte en haber logrado completarse tan temprano antes que las otras ciencias; desde Aristóteles, no ha perdido terreno, pero tampoco ha ganado ninguno, esto último porque ante todas la apariencias parece estar completa o terminada. Ahora, si la lógica no ha sufrido ningún cambio desde Aristóteles―y de hecho, juzgando por los compendios modernos de lógica los cambios frecuentemente consisten principalmente en omisiones―entonces seguramente la conclusión que podemos bosquejar es la completa necesidad de una reconstrucción; para el espíritu, después de sus trabajos durante dos mil años, debe haber adquirido una consciencia superior sobre su pensamiento y acerca de su propia naturaleza esencial, pura”. Hegel’s Science of Logic, A.V. Miller (London: George Allan & Unwin, 1969), p. 51. 

12. Hegel no negó los principios de la lógica tradicional. Cuando son solo un asunto de lógica formal se aplican estos principios. Cuando las cuestiones conciernen a la lógica de la realidad, sin embargo, mantiene que la lógica formal no es adecuada y que se requiere una aproximación dialéctica. En conexión con mi afirmación de que “el edificio hegeliano del pensamiento dialéctico se constituye de lo que los constructores del viejo templo de la lógica tradicional habían considerado como señales de error”, compárese con el llamado de Hegel por una “reconstrucción total” de la lógica tradicional en las notas previas. 

13. G. W.F. Hegel, Hegel’s Logic. Parte uno de The Encyclopaedia of the Philosophical Sciences (1830). tr. William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. 117. 

14. Hegel, Hegel’s Logic, p. 117. 

15. Cf. Hegel: “La filosofía critica [de Kant], es cierto, ya había convertido la metafísica en lógica, pero … fue intimidada por el objeto, y así a las determinaciones lógicas se les dio un significado esencialmente subjetivo con el resultado de que estas filosofías permanecieron cargadas con el objeto que evitaron y quedaron con el residuo de una cosa-en-sí, un obstáculo infinito, como un más allá. Pero la liberación de la oposición de la consciencia que la ciencia de la lógica debe ser capaz de presuponer supera las determinaciones del pensamiento sobre esta timidez, puntos de vista incompletos y demandas que deben ser consideradas no con cualquier limitación y referencia sino como son en su propio carácter, como lógicas, como razón pura”. Hegel’s Science of Logic, párr. 57. 

16. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

17. Taylor, Hegel, p. 49. 

18. Bishop Joseph Butler, citado en D.D. Raphael, British Moralist 1650-1800, vol. 1 (Indianapolis: Hackett Publishing Co., 1991), prefacio, párr. 384. 

19. Tan útil como es recurrir a los sueños en nuestro intento de comprender el despliegue auto-contradictorio de aquello que se presenta como un conjunto de otros internos, tan importante es advertir que la interioridad que constituye la dialéctica no es la interioridad positiva del mundo del sueño o incluso del “inconsciente”. Mientras que los sueños, sin duda, vuelven imagen algo del movimiento dialéctico a lo cual damos el nombre de alma, la interioridad del alma es la interioridad mediata o espiritual de cualquier cosa, no solo de los complejos y figuras del sueño que suponemos que están dentro nuestro. Como Giegerich ha señalado, las imágenes del sueño, en la medida en que simplemente las percibimos en su inmediatez sensual tal como aparecen en frente de nuestra consciencia observadora, son tan externas como las cosas. El corolario de esto también es verdad. Cuando se percibe en términos de la comunidad interna que despliega la dialéctica, el así llamado mundo externo es interiorizado en sí mismo, lo cual en otras palabras también significa que subjetiva o psicológicamente fue alcanzado o vuelto consciente. 

20. Las palabras “es como” en esta frase piensa la unidad de la identidad y la indiferencia. 

21. Con la imagen de una vela desplegándose en el viento, tenemos una vez más una imagen figurativa de la esencia de la voluntad, de la libertad. Pienso que este momento pertenecería propiamente a nuestra siguiente sección, la cual se ocupa de la negación de la negación, tal es el poder de la dialéctica que no podemos evitar que se nos adelante. 

22. Jung, CW 8 § 316. 

23. Citado por Taylor en Hegel, pp. 107-108. 

24. Samuel Taylor Coleridge, Biographia Literaria, 2 vols. (1817) (Princeton: Princenton University Press, 1983), 1: 268. 

25. Jung, CW 10 § 655. 

26. Jung, CW 16 § 454. 

27. Jung, CW 16 § 454. 

28. Jung, CW 16 § 534. 

29. Jung, CW 9, i § 518; CW 10 § 714; CW 12 § 112. 

30. Jung, CW 13 § 72. 

31. Jung, CW 9, ii § 123. 

32. Jung, CW 18 § 1472. 

33. Sigmund Freud, New Introductory Lectures on Psycho-Analysis, tr. W. J. H. Sprott (London: Hogarth Press, 1933), p. 78. 

34. James Hillman, “On the Necessity of Abnormal Psychology: Ananke and Athene”, Facing the Gods, ed. J. Hillman (Irving, Texas: Spring Publications, 1980), p.1. 

35. Una analogía se puede extraer de los esquimales tradicionales que viven en la tierra del ártico. Conociendo la nieve desde dentro, los esquimales tienen muchos nombres para la sustancia, tantos como habían momentos de su verdad a ser conocidos. Igualmente, el pensamiento dialéctico entra en la “tundra” hermenéutica de cualquiera que pueda ser el asunto a la mano, lo mejor para generar las distinciones racionalmente necesarias (y al mismo tiempo, existencialmente cruciales) por las cuales es conocida desde dentro en los varios momentos de su verdad. 

36. Friedrich Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, tr. R. J. Hollingdale (Harmondsworth: Penguin Books, 1961), p. 82. 

37. Jung, CW 4 § 350. 

38. Sonnet 146, l. 14. 

39. Wolfgang Giegerich, The Soul´s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main, Peter Lang GmbH, 1998), p. 200. 

40. C.G. Jung. Letters, vol. 2: 1951-1961, ed. G. Adler y A. Jaffe, trad. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1975), pp. 4-5. 

41. Jung, CW 14: 778. En itálicas en el original. 

42. Para una discusión en profundidad de la posición mea culpa ver Wolfgang Giegerich “The Advent of the Guest: Shadow Integration and the Rise of Psychology,” [versión en castellano: “Primero la sombra, luego el ánima, o el advenimiento del huésped. La integración de la sombra y el surgimiento de la psicología”] Spring 51: A Journal of Archetype and Culture (Dallas: Spring Publications, 1991), pp. 100-102. 

43. Lamentaciones 3:1. 

44. Jung, Letters, vol. 2, p. 138. 

45. John Keats, “Hyperion: A Fragment”, Bk. III, líneas 124-130. 

46. Aquí, con esta referencia al reconocimiento humillante de la identidad y diferencia de lo humano y lo divino, tengo en mente la noción de James Hillman de “Deshumanizar o Hacer-Alma”. Ver el capítulo con este título en su Re-Visioning Psychology (New York: Harper & Row, 1975). 

47. Por una discusión de la “vergüenza superior” ver mi “Slinking Towards Bethlehem: A Prospective View of Shame”, Spring 67: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 2000), pp. 19-37. 

48. Para una discusión diferente de este sueño ver mi The Dove in the Consulting Room: Hysteria and the Anima in Bollas and Jung (Hove: Brunner-Routledge, 2003), p. 102. 

49. John Keats, Selected Poems and Letters, ed. D. Bush (Boston: Houghton Mifflin, 1959), p. 261. 

50. Cf. Wolfgang Giegerich, “The ‘Patriarchal Neglect of the Feminine Principle’: A Psychological Fallacy in Jungian Theory” [versión en castellano: “El ‘descuido patriarcal del principio femenino’: una falacia psicológica de Jung”], en Harvest: Journal for Jungian Studies, 45.1 (1999): 7-30. 

51. Wolfgang Giegerich, “‘Different Moment of Truth’―A Few Examples” [Traducción al castellano: “‘Diferentes momentos de la verdad’—algunos ejemplos”], en este volumen, p. 26. 

52. G.W.F. Hegel, Phenomenology of Spirit, tr. A. V. Miller (Oxford: Oxford University Press, 1977), p. 19. 

53. Hegel, Hegel’s Science of Logic, p. 197. 

54. Hegel, Phenomenology of the Spirit, p. 19. 

55. Jung, CW 11 § 897. 

56. Wolfgang Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’? Entering an Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45’” [Traducción al castellano: “¿Es ‘profunda’ el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del ‘Fragmento 45’ de Heráclito”] Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 11. 

57. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 19. 

58. Jung, Letters, vol. 2, p. 19, no. 8. 

59. Taylor escribe en Hegel, p. 129: “El propósito [de Hegel] es simplemente seguir el movimiento en su objeto de estudio. La tarea del filósofo ‘es sumergir su libertad en [el contenido], y dejarse ser movido por su propia naturaleza’. Si el argumento sigue un movimiento dialéctico, entonces este debe estar en las cosas misma, no solo en la manera en que razonamos acerca de ellas”. 

60. John Keats, “Ode on a Grecian Urn”, lines 11-12. El verso continúa: “ … por lo tanto, vuestras suaves flautas, tocan;/No el oído sensual, sino, más apreciablemente,/soplan a las cancioncillas del espíritu del no tono …”. 

61. Devuelto a su contexto real en el párrafo 26 del “Preface of the Lyrical Ballads” de Wordsworth, esta línea tiene más bien el significado opuesto a lo implicado en mi cita. En la visión de Wordsworth, “… la emoción es contemplada hasta que, por una especie de reacción, la tranquilidad desaparece gradualmente, y una emoción, afín a la que tuvo antes el sujeto de contemplación, es producida gradualmente, y hace ella misma que exista realmente en la mente”. Ahora teniendo en cuenta el significado real y distinto de Wordsworth, podemos llegar a un entendimiento más dialéctico de lo que he referido de forma variada como lo “discreto”, “recogimiento”, y “tranquilidad”. Estos términos, tal como me refiero a ellos, también pueden alcanzar un crescendo, no de emoción o imagen estética (aunque estos, seguramente, permanecen presentes como momentos sublados), sino en la intensidad de la reflexión de la emoción y la imagen en sí mismas, esto es, en el pensamiento que implícitamente son. Moviéndonos entonces desde la narración más bien literal de Wordsworth de la emoción recogida en tranquilidad a la visión negativamente interiorizada de Giegerich, el siguiente pasaje es más pertinente. Criticando la imagen espacial positivizada del alma como profunda, Giegerich argumenta que esta idea repele el poder fermentador, corruptor, de la dinámica interna del alma “privándola de su aspiración y desafío lógico, nocional, intelectual y en su lugar trasladarla a la inofensividad y borrosidad de un mero sentimiento romántico”. Recogiendo la emoción tranquilamente en un nivel completamente diferente del que era posible para Wordsworth, Giegerich continúa: “Las emociones, los sentimientos, son un excelente embalaje para almacenar seguramente y amortiguar la dinamita lógica o ‘metafísica’ de los contenidos. Si se construye un conflicto como una emoción o un sentimiento, se le ha sacado exitosamente del campo de batalla de la verdad y se lo ha reducido al nivel banal de los problemas personales, subjetivos o interpersonales” [“Is the Soul ‘Deep’?”, p. 19. / “¿Es ‘profunda’ el alma?”]. Hay un crescendo en este pasaje, no el de lo ruidoso de los “problemas personales, subjetivos o interpersonales”, sino el de la “dinamita metafísica” o “corrupción fermentadora” que provoca el movimiento lógico. 

62. Jung, CW 6 § 791. 

63. John N. Findlay, “Foreword”, G.W.F Hegel, Hegel’s Logic: Being Part One of the Encyclopedia of Philosophical Sciences (1830), tr, William Wallace (Oxford: Claredon Press/OUP, 1975), p. xii. 

64. Sigmund Freud, The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess: 1887-1904, ed, & tr. Jeffery M. Masson (London: The Belknap Press of Harvard University Press, 1985), p. 311. 

65. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 265. 

66. Freud, Complete Letters of Sigmund Freud to Wilhem Fliess, p. 19. 

67. Giegerich, The Soul’s Logical Life, p. 123-124. 

68. Giegerich, “Is the Soul ‘Deep’?” [“¿Es ‘profunda’ el alma?”] p. 31. 

69. Sigmund Freud, “Lines of Advance in Psycho-Analytic Therapy”, The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, ed. & tr. J. Strachey (London: Hogarth Press, 1953-73), Vol. 17, pp. 167-168. 

70. Giegerich, The Soul’s Logical Life, pp. 22, 123, 172, 194, 195, 204, 212, 214, 251. El pasaje que he citado aquí es mi amalgamación de varias expresiones en las páginas enlistadas. 

71. James Hillman, “Silver and the White Earth (primera parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 45-46. 

72. James Hillman, “Silver and the White Earth (segunda parte), Spring 1980: An Annual of Archetypal Psychology an Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1980), pp. 49-50. 

73. Sobre el tratamiento de Hillman de estadio culminante del opus alquímico, ver su “Concerning the Stone: Alchemical Images of the Goal”. Sphinx 5 (London: London Convivium for Archetypal Studies, 1993), pp. 234-65.

Interiorizando la psicología en sí misma: siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich

Traducciones

Greg Mogenson, Estados Unidos

Seminario publicado en Dialectics & Analytical Psychology. The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, New Orleans, Lousiana), Capítulo Cuatro, 61-75, 2005.

Traducción de Alejandro Chavarria y Alejandro Bica

Tomando impulso

Permítanos comenzar con un breve sumario de las lecturas que escuchamos ayer. En la primera, «‘Conflicto/resolución’, ‘opuestos/unión creativa’ versus la dialéctica, y el ascenso a la montaña resbaladiza», el Dr. Giegerich nos introdujo en el tema del pensamiento dialéctico. Un punto importante de aquella lectura fue que la dialéctica no comienza con dos opuestos o figuras en conflicto que luego se reconcilian, sino más bien, «con una sola idea, noción, fenómeno y luego muestra su contradicción interna». En su segunda lectura, «Diferentes momentos de la verdad», Giegerich definió aún más su enfoque a la interpretación a través de la referencia a la distinción kantiana entre juicios analíticos y sintéticos:

«En la medida en que mi lectura del mito es psicológica y en tanto que defino la psicología como la disciplina de la interioridad, mi pensamiento acerca del mito obviamente tiene que ser analítico en este sentido [kantiano]. No puede ser sintético, porque si lo fuera, pensaría en algo que literalmente tiene algo fuera de sí mismo, como un Otro literal, y entonces ipso facto sería un pensamiento en términos de relaciones externas entre dos o más cosas o personas. Pero para la psicología no hay ningún Otro. O el otro que hay es el propio otro del «alma», su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro.» (1)

Siguiendo esta breve indicación de su aproximación interpretativa, el Dr. Giegerich provee un análisis penetrante del movimiento dialéctico inherente en varios mitos. Incluso sin esta fascinante aplicación de la teoría a la práctica, sin embargo, el pasaje arriba citado ya nos dice mucho acerca del aspecto más grande de su proyecto de psicología. Me refiero al hecho de que en estos pocos enunciados Giegerich menciona rápidamente los juicios de Kant a partir de los cuales se impulsa hacia el modo de pensamiento más hegeliano al cual nos ha introducido en su primera lectura. Ahora, con este movimiento, se puede decir que Giegerich desanda un camino ya tomado en la historia de la filosofía, el camino que Hegel tomó para llegar a ser el sucesor dialéctico de Kant. Mirando hacia atrás, ésta es una comparación que puede ser elaborada. Pero, por supuesto, Giegerich toma este camino hoy en día, no para el campo de la filosofía, sino para la psicología. Y el resultado de esto es que ya no es Kant quien es dialécticamente sucedido, sino Jung. (2)

Acertadamente denominado un psicólogo del futuro y un filósofo del pasado (3), Jung, como se recordará, proclamó repetidamente su afinidad con Kant mientras dejaba clara su antipatía hacia aquel «psicólogo manqué» (4), como él llamaba a Hegel. Denunciando lo que llamaba «la victoria de Hegel sobre Kant», Jung opinaba que este movimiento «ha dado un golpe gravísimo a la razón y al desarrollo ulterior de la mente alemana, y en última instancia, de la mente europea …» (5). Esto, creía, fue «tanto más peligroso en cuanto que Hegel era un psicólogo disfrazado que proyectaba grandes verdades desde la esfera subjetiva hacia un cosmos creado por él mismo» (6). Unos pocos párrafos después, añadiendo más a esta invectiva, Jung continua:

«Una filosofía como la de Hegel es una auto-revelación del trasfondo psíquico y, filosóficamente, una presunción. Psicológicamente equivale a una invasión del inconsciente. El peculiar lenguaje altisonante que Hegel usa confirma esta visión: la cual es una reminiscencia del lenguaje megalomaníaco de los esquizofrénicos, que usan palabras terroríficas fascinantes para reducir lo trascendente a la forma subjetiva, para proporcionar a lo banal el encanto de lo novedoso, o para hacer pasar lo común como búsqueda de la sabiduría. Una terminología así de rimbombante es un síntoma de debilidad, ineptitud y falta de sustancia. Lo cual no impide que la filosofía alemana más reciente utilice las mismas excéntricas palabras poderosas y pretender así que esto no es una psicología involuntaria.» (7)

Un momento atrás mencione la frase de Giegerich de que «para la psicología no hay otro». Quizás el rechazo de Jung de Hegel puede ser entendido a la luz de este principio. Quizás, por así decirlo, Jung tuvo que rechazar la filosofía de Hegel porque como filosofía tenía la forma de un otro externo. Pero aquí tenemos que recordar la segunda parte de la frase de Giegerich. Inmediatamente después de decirnos que para la psicología no hay otro, Giegerich agrega la advertencia importante, «O el otro que hay es el propio otro del alma, su otro interno, es decir, ella misma en tanto que otro». Ahora, Jung no estuvo ajeno a la noción de los otros internos; en efecto, su trabajo entero brota de lo que precisamente podría ser llamado un cara a cara con toda una serie de otros internos, contradictorios, ya sean las figuras del sueño y la fantasía o las personas del mundo social que han sido envestidas, vía proyección (8), con significancia inconsciente. Se podría haber esperado que Jung, el creador del concepto de la sombra (9), pudiera reconocer en Hegel el otro interno de su propio proyecto de psicología. Ciertamente sus referencias a Hegel como un «psicólogo manqué» y a la filosofía hegeliana como una «psicología involuntaria» apuntan en esta dirección. Pero como evidencia el tono burlón, Hegel fue una figura de sombra que Jung no pudo integrar. La ironía es irresistible. Por las propias luces de Jung, quienes venimos después de él debemos reconocer en el Hegel que tan inflexiblemente rechazó una figura muy importante para el desarrollo ulterior de su pensamiento.

Enlodando las aguas

Esas palabras del sumario y las citas de Jung son suficientes para indicar nuestra tarea de esta mañana, la cual será lidiar con el movimiento de Kant a Hegel que está en juego en el trasfondo de la aproximación psicológica a la interpretación que el Dr. Giegerich ha presentado. Digo «lidiar», aquí, porque un verdadero sentido de lo que está en juego en este movimiento sólo puede ser adquirido a través de la lucha y el esfuerzo. No es suficiente citar simplemente las ideas que están implicadas; debemos ahondar en ellas, siguiendo la lógica de sus giros y vueltas. Puesto que estoy seguro que la mayoría de ustedes lo han experimentado a menudo, hay una gran cantidad de cejas frunciéndose que pueden ser bienvenidas en semejante empresa. Una y otra vez el desafío del pensamiento debe ser recibido con ardiente concentración. Otras veces, un enfoque suave es necesario para capturar la totalidad de un movimiento, la totalidad de un pensamiento, incluso si al principio es sólo de forma incompleta.

Hablando por mí mismo, puedo decirles ciertamente que no he estado sin tales vicisitudes al preparar mi lectura para este seminario. Señalando una de ellas, mencionaré una preocupación que brotó en mi al leer por primera vez un borrador de lecturas del Dr. Giegerich, una preocupación, realmente, de que mis reflexiones pudieran «enlodar las aguas». Como analista practicante, paso la mayor parte de mi tiempo escuchando pacientes. El mito en el sentido formal llama mi atención solo de vez en cuando en mi hora libre. Lo mismo puede decirse de la filosofía. Como resultado, mi conocimiento de esos campos es como mucho una mixtura lodosa. En efecto, lo que dijo Jung acerca de los arquetipos—que no son mónadas aisladas, sino que existen «en un estado de contaminación de la más completa y mutua interpenetración e interfusión» (10)—resume bastante bien el estado de mi conocimiento del mito y la filosofía. ¡En mi mente, Edipo puede encontrarse haciendo «el salto de fe» de Kierkegaard en las sandalias mágicas de Hermes, Odín puede cabalgar al alado Pegaso! Todo depende de qué resuena en mi del paciente en el eje mitológico y filosófico de lo que puede ser llamado, después de Bion, mi red junguiana (11). Y así es como me pregunto qué es lo que tengo para ofrecer a estudiantes serios de mitos.

Incierto de como poder abordar este seminario, tengo sin embargo que aceptar el reto de hacerlo, animado por un principio interpretativo que es central a la interpretación tanto del mito como de los fenómenos psicológicos en general. Este principio, que surge en un comentario que hace Jung con respecto a la técnica de la imaginación activa, es frecuentemente citado por el Dr. Giegerich como siendo central a su propia aproximación: «Por encima de todo, no dejes que nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella, porque la imagen de la fantasía tiene ‘todo lo que necesita'» (12). Rememorando este principio en relación a mi imagen de la fantasía de enlodar las aguas, se me ocurre que puedo enfocar mi preocupación, mi inquietud, dialécticamente, «reflejándola en sí misma», como diría Giegerich. Quizás, si simplemente permanezco dentro de mis límites como analista practicante, y más inmediatamente aún, dentro de mi ansiedad acerca de «enlodar las aguas», todo lo necesario estará allí. Secundando este pensamiento me viene en mente un adagio alquímico al cual Jung puede haber aludido cuando enunciaba su principio interpretativo: «Estas aguas fétidas contienen todo lo que necesitan» (13). Si ocurre así con las aguas fétidas (v.g., fantasía) entonces ¿por qué no también con las aguas lodosas?

Juicios kantianos

Giegerich comienza su lectura, «Diferentes momentos de la verdad», con la ya mencionada referencia a la distinción de Kant entre juicios analíticos y sintéticos. Deseando un entendimiento más completo de esos términos, en los cuales no había pensado en muchos años, volví a los textos filosóficos de mis días de escuela. Ante el riesgo de añadir aún más lodo a la mezcla, me gustaría comenzar mi presentación de hoy compartiendo algo de lo que obtuve de ese ejercicio. Continuando en esto deberé, en mi segunda lectura, discutir lo que considero el cuarto momento clave de la dialéctica de la interpretación de Giegerich.

Lo analítico y sintético, el a priori y el a posteriori

De acuerdo a Kant, cada proposición que hacemos, cada juicio, o bien es analítico o bien es sintético. En las propias palabras del filósofo,

«En todos los juicios en los que se piensa la relación de un sujeto y un predicado … esta relación es posible de dos modos diferentes. O el predicado B pertenece al sujeto A, como algo que está (encubiertamente) contenido en el concepto A; o B yace fuera del concepto A, a pesar de que en efecto permanece en relación con éste. A un caso lo llamo juicio analítico y al otro sintético.» (14)

Habiendo explicado brevemente la distinción de Kant, Giegerich describe lo que está enunciado en un juicio de tipo analítico, «el predicado habla de lo que ya está contenido en el sujeto». Con enunciados de este tipo, nos recuerda, elucidar el significado a partir de sus propios términos iniciales, pero sin suministrar información adicional. Éstos son definitorios, conceptuales, tautológicos. Como ejemplo nos proporciona el enunciado, «todos los cuerpos son extensos». Que los cuerpos sean extensos es esencial a la definición de cuerpo. No hay un cuerpo que no sea extenso. Además, no se requiere ir a buscar ningún cuerpo que sea una excepción a la regla para comprobar que este enunciado es verdad. Lógicamente, la idea de un cuerpo que carezca de extensión es una contradicción a la misma idea de un cuerpo. Simplemente no tiene sentido. Los juicios sintéticos, por el otro lado, son enteramente diferentes. En ellos el predicado suministra información adicional, como en el enunciado «algunos cuerpos son ligeros». Juicios de este tipo son empíricos. Algunos lo son en el sentido de que simplemente han sido abstraídos de impresiones sensoriales; otros en el sentido de que, ya y antes de tales experiencias sensoriales, hacen valer las presuposiciones aperceptivas a través de las cuales los datos sensoriales son combinados para producir nuestra imagen del mundo fenoménico. El enunciado, «cada cambio tiene una causa», es un ejemplo de este segundo sentido «trascendental» o constituyente de lo empírico. El añadido que trae como su predicado—la referencia a «causa»—viene, no del mundo como es en sí mismo (de acuerdo con Kant no podemos conocer el mundo per se), sino del lado del sujeto. Y aquí permítannos señalar que fue en respuesta a la conclusión escéptica de Hume, de que la causalidad puede no estar justificada racionalmente, que Kant afirmó la realidad objetiva del concepto de causa como perteneciente a objetos de experiencia, demostrando al mismo tiempo su origen a partir del entendimiento puro, sin entrada previa experimental o empírica.

Ahora, en terminología de Kant, la diferencia que acabo de tocar en conexión con las dos clases de enunciados de tipo juicio sintético tiene que ver con lo que él llamó el carácter a posteriori y a priori de los juicios en general. Ya sea analítico o sintético, un juicio (también podríamos decir, un pensamiento) tiene un carácter a priori cuando es a la vez necesario y universal. Con referencia a este criterio, Kant escribe: «Primero, si nos encontramos con una proposición que al ser pensada es pensada como siendo necesaria [en el sentido de que su negación sería una contradicción en sus términos] entonces es un juicio a priori. Segundo: … Si un juicio es pensado en estricta universalidad, entonces no se deriva de la experiencia, sino que es válido a priori» (15). En contraste con los juicios de carácter a priori, aquellos con un carácter a posteriori consisten de informes descriptivos de experiencias particulares o impresiones sensoriales. El enunciado, «todos los cuerpos, si se les priva de apoyo, caen hacia abajo» (16), transmite fácilmente lo que aquí se propone.

Juntando los dos conjuntos de términos dan una definición más precisa de los juicios. Para Kant, estos son de tres clases—analíticos a priori, sintéticos a posteriori y sintéticos a priori. De ellos, los mencionados en último lugar, los enunciados sintéticos tipo a priori, filosóficamente, son los más importantes para Kant, porque en ellos se revela la influencia formativa de las propias categorías de la mente sobre los elementos básicos de la percepción sensorial—lo cual ha sido llamado «la revolución copernicana de Kant». Indudablemente, son enunciados y formas del pensamiento de este tipo los que Jung tenía en mente cuando definió sus arquetipos como los equivalentes imaginales de las categorías lógicas de Kant (17). Al igual que los juicios sintéticos a priori, los arquetipos junguianos también combinan la experiencia con algo categórico que precede a la experiencia de una manera organizada.

¿Pero no ha quedado algo fuera? Al combinar los términos analítico y sintético con a priori y a posteriori, ¿no debería haber además una cuarta posibilidad? ¿Qué hay acerca de los juicios analíticos de tipo a posteriori? Con una pequeña reflexión podemos entender con Kant la imposibilidad de este cuarto tipo de juicio. Los enunciados analíticos, están estrictamente interesados con el significado de sus propios términos, no pueden ser formulados en combinación con enunciados de tipo a posteriori, los cuales se basan, no en la lógica, sino en la experiencia (18). Siendo así, la unión entre los dos ni es permisible ni es posible. Colocando la cuestión en términos del principio interpretativo de Jung (si solo mantenemos este principio presente en nuestras mentes), podemos decir que cualquier cosa de carácter a posteriori, es decir, cualquier observación sensorial o detalle empírico, es incompatible con un juicio analítico, ya que tales observaciones y detalles equivaldrían a permitir que algo externo al juicio analítico auto-referencial, que no le pertenece, entre en él. Ver para creer, como afirma el viejo adagio, pero conocer en el sentido de los juicios de tipo a priori de Kant no es una función de testigo ocular. Como «el agua fétida» de la alquimia, tales juicios, sean analíticos o sintéticos, tienen todo lo que necesitan dentro de sí mismos para intuir su propia verdad. Se bastan a sí mismos.

De los juicios sintéticos a la retorta analítica

La repetición que acabo de hacer de mi anterior referencia a «las aguas fétidas» puede volver a llevarnos al problema de «enlodar las aguas». Preguntando razonablemente ¿cómo encaja este enunciado dentro de nuestra discusión acerca de los juicios de Kant?

Al igual que muchos fenómenos de la vida, mi ansiedad tiene la forma de un juicio sintético. La cualidad turbia a la que se refiere el predicado de la sentencia, «el agua es lodosa», es algo adicional al significado simple y elemental de agua. Lejos de ser necesario o universal, delimita, cualifica y comenta empíricamente el carácter particular del agua al cual se refiere. Actualmente, para la química y la biología, las observaciones de este tipo, sintéticas a posteriori, es lo único que se busca. De hecho, son la forma en la cual la amplia gama de datos empíricos son representados en el curso de la investigación científica—o así la ciencia natural en su búsqueda de objetividad lo ha creído ingenuamente. Pero tal como mostró Kant, la mente que observa empíricamente no es meramente el registro pasivo de la información recibida desde fuera. Más bien, estructura activamente la información transmitida a ella a través de los sentidos en representaciones cognitivamente susceptibles por medio de categorías trascendentales tales como cualidad, cantidad, relación, modalidad y las varias subcategorías de estas.

Ahora, la consideración de Kant sobre la contribución activa que hace la mente para la categorización de su propia imagen experiencial del mundo podría decirse que es una precursora muy importante de la psicología moderna en general y de las psicologías profundas en particular. Ciertamente éste es el caso con la psicología analítica de Jung. Trayendo algo de la filosofía kantiana en la cual surgió para llevarla a la interpretación del mito, Jung escribe, «No son las tormentas, ni los truenos o los relámpagos, ni la lluvia o las nubes aquello que permanece como imágenes en la psique, sino las fantasías causadas por los afectos que despiertan. … Las maldiciones del hombre contra las tempestades devastadoras, su terror ante los elementos desatados—estos afectos antropomorfizan las pasiones de la naturaleza, y el elemento puramente físico se vuelve un dios furioso» (19). Al igual que los mitos, a los cuales ha tomado a menudo por sus modelos, la psicología profunda está enraizada, no en imágenes que derivan reproductivamente o a posteriori a partir del mundo—las tormentas, truenos y relámpagos mencionados por Jung—sino, más bien, en un factor productivo a priori (Jung podría decir, arquetipal). Explicando esto más a fondo en una carta, Jung escribe que «… las imágenes son seguramente respuestas para hechos y condiciones externas, pero son las respuestas de la psique y por lo tanto producen imágenes precisas de los hechos psíquicos. Si comparas el mito solar con la experiencia real de los sentidos, entonces veras la diferencia completa. La mente consciente percibe al sol como un cuerpo celeste redondo, el inconsciente produce un mito que en su imaginería sólo tiene una relación muy débil con la percepción real de los sentidos» (20).

Indudablemente, aquí la contribución de Jung es un avance sobre algunas de las psicologías más simplistas de su tiempo que consideraban la mente como siendo únicamente reproductiva. Mirando hacia atrás desde nuestro punto de vista privilegiado, sin embargo, es muy evidente que este avance se queda corto. Impulsándose en Jung, Giegerich, como veremos, quiere que superemos la distinción de Jung entre «la psique», por un lado, y «factores externos y condiciones», por el otro, pensando en lo último como no siendo más que el material ya interiorizado del auto-despliegue «del alma» (21). Jung, como explica claramente el texto que acabo de citar, establece su psicología en términos de un afuera positivo que es el reverso, por así decirlo, de un interior igualmente positivo. Presentándose a sí mismo como un empirista de la psique, se esforzó por girar su lente empirista hacia el lado contrario, enfocándola en la contribución que la psique hace a la percepción. Expresando en términos de juicios kantianos, puede decirse que observó lo que era analítico y a priori desde un punto de vista sintético y a posteriori privilegiado. Miró, por así decirlo, desde afuera, como si las categorías de la psique fueran objetos frente a él.

Crítico con el enfoque de Jung (que es a la vez tanto indicativo del, como incompatible con el, propio reconocimiento de Jung de que la psicología carece de una posición arquimediana fuera de la psique a partir de la cual observarla), Giegerich nos llevaría por otro camino, el camino de entrar en el fenómeno en cuestión de tal manera que la intensidad a priori del pensamiento pueda desentrañar la lógica de tal fenómeno desde dentro. Aplicando esto al tema a mano, es decir, a mi preocupación acerca de «enlodar las aguas», el desafío se convierte en el de reflejar dialécticamente en sí mismo el enunciado de tipo juicio sintético, «el agua es lodosa», como un juicio analítico tomándolo reflexivamente, hermenéuticamente, psicológicamente.

¿Pero cómo se puede hacer esto? De acuerdo con Kant la única manera para demostrar el aspecto psicológico de tal enunciado sería mostrar que lo que lleva en su predicado está del lado de la mente. Esto, sin embargo, no puede ser realmente demostrado. Aunque hay una buena cantidad de junguianos que denunciarían un kantismo errante de un «arquetipo de lodo» por parte de Jung, con un poco de reflexión nos damos cuenta que «lodo» no se encuentra en el sistema de Kant al lado de los conceptos trascendentales e intuiciones a través de los cuales la mente construye nuestra experiencia de causalidad y nuestra percepción del tiempo y el espacio. No es, por así decirlo, la categoría a priori de un juicio sintético a priori, por no hablar de uno analítico. Por el contrario, por lo que al agua concierne, lo que la enloda es contingente—el predicado, propiamente hablando, de un juicio sintético a posteriori.

¿O es analítico? Leyendo a Kant a contra corriente, permítanos considerar hacer una lectura analítica de aquello que parece ser un simple enunciado empírico. Por esta razón, podemos decir que cuando sea desentrañada absolutamente, el agua no podrá ser otra cosa que lodosa. O poniéndolo de otra manera, que la esencia del agua sólo puede ser el contexto que la enloda, el lodo que la hace real. Ahora, claramente, la reflexión que se requiere para pensar la necesidad de agua fangosa es muy diferente al tipo de reflexión kantiana que divide tan limpiamente al sujeto del predicado donde una imagen del mundo fenoménico subjetivamente condicionado se separa del mundo de la realidad tal como es en sí mismo y al cual nunca podremos conocer como tal.

Disciplina de la interioridad

Antes de un urgente análisis lógico de mi agua lodosa, unas pocas palabras acerca de la psicología. Según la definición de Giegerich, la psicología es la disciplina de la interioridad. Usando la posición analítica tipo a priori como una hermenéutica de la interiorización o como un espejo nocional podemos tomar cualquier enunciado y constituirlo reflexivamente de manera consciente dentro o a través de éste de tal manera que, en el caso de los enunciados de tipo juicio sintético, los fenómenos a mano de los que se predica ya no están meramente de forma externa frente a la conciencia, sino que más bien, regresan a casa a sí mismos como consciencia, v.g., la forma como la cual ocurre el conocimiento interior. Poniéndolo de otra manera, podemos decir que la psicología se constituye a sí misma al reflexionar cualquier fenómeno más profundamente dentro de sí mismo en términos del ya mencionado espejo nocional. O también que la psicología, como la «disciplina de la interioridad», interioriza de manera analítica enunciados sintéticos (tanto a priori como a posteriori) dentro de sí mismos como si fueran el predicado postulado inmanentemente o el otro interno del juicio analítico de tipo a priori que la psicología dentro de sí misma puede decirse que es.

Pero aquí, ahora, ¿no he enlodado las aguas filosóficas? Al igual que Edipo llevando las sandalias aladas de Hermes, ¿no está Kant, como ahora lo presento, llevando el monóculo de Hegel? Infringiendo el adagio de que un pequeño conocimiento de los años de carrera de filosofía es una cosa peligrosa, debería enfatizar que con mi idea de abordar juicios sintéticos como si fueran analíticos, hemos dejado realmente el análisis de Kant de los juicios por el axioma de Hegel de las relaciones internas.

De acuerdo con el axioma de Hegel, cada tema se encuentra consigo mismo, con su propio otro interno, en cualquiera y en todas las cosas, en cualquiera y en todos los predicados, porque en su mayor concreción cada tema (proposición, enunciado, juicio) está «angelológicamente contextualizado» por, y es en sí mismo el fundamento o el contexto para, todo lo demás, sujeto u objeto. Ahora, la implicación de esta visión sublada es que ya no se aplica la restricción que Kant coloca sobre el conocimiento. Porque cuando se despliega dialécticamente la retorta sellada del modo de reflexión analítico a priori tiene una inclinación transgresora, penetrante que, contrariamente a la propia visión de Kant, obtiene conocimiento real incluso mientras en la plenitud de la visión hegeliana se cancela la distinción que Kant señala entre los reinos fenoménicos y nouménicos. En el ‘juego de la caja de arena’ del mundo, todo puede ser conocido desde dentro, es decir, subjetivamente y auto-conscientemente como auto-relación. La distinción, ‘sujeto’ y ‘objeto’, es cancelada y superada.
Claro como lodo

Así que, de nuevo, ¿qué puede hacerse con mi trepidación acerca del enlodamiento de las aguas? ¿Cómo puede esta preocupación ser interiorizada dentro de sí misma, cómo puede esta resistencia ser sin embargo trabajada?

En primer lugar, el empírico-literalista en mi necesita darse cuenta de que el enunciado no es un juicio sintético tipo a posteriori, sino una metáfora. Mientras ciertamente tiene la semblanza de un juicio sintético a posteriori, podemos fácilmente entender que el enunciado no se refiere, en la manera del empirismo Kantiano, a una relación externa, agua y lodo. Por el contrario, su predicado, lejos de traer información adicional al sujeto, es la propia presentación del sujeto ante sí mismo como algo más, siendo lo externo dejado atrás. Diciéndolo de otro modo (y aquí de nuevo tomamos un rumbo hegeliano), de manera intrínseca y en su forma más concreta el tema de dicha declaración es la unidad interna de sí misma y de lo que tal reflexión externa considera como adicional o externo a ella. Y ahora podemos agregar: tan vasta como pueda parecer la diferencia entre el sujeto y su predicado, su otro, esta diferencia, en el fondo, sólo es la diferencia entre lo explícito y lo implícito.

Justo aquí, alborea una intuición. Sin su otro, el sujeto no puede manifestarse en la plenitud de su infinitud finita. O para decir lo mismo en términos de mi ejemplo, sin algo de lodo en la mixtura, el «agua» podría no ser más que una gotita inquietante en la tabla periódica del cielo platónico—irreal, irrepresentable y abstracto.

Hablé en el inicio de un principio interpretativo que Giegerich ha tomado de Jung (y Jung antes que él de la alquimia), aquel que afirma que la imagen de la fantasía tiene todo lo que necesita dentro suyo para llegar a ser ella misma más plenamente. Entrando en el movimiento dialéctico que despliega este principio, ahora se puede entender que el «agua» referida en mi preocupación acerca de «enlodar las aguas» está usada en el sentido de «claro». Es una representación pictórica de la idea de claridad. Y junto con esto viene la comprensión de que el otro de la claridad es la falta de claridad, la opacidad, las aguas lodosas. Fiel al punto de Jung de que la consciencia no puede existir «sin la percepción de diferencias» (22), la claridad no puede ser conocida independientemente de las incipientes frustraciones de su comprensión. Porque el claro por sí mismo indicaría una especie de mala-infinitud, cegadora, deslumbrante, de lucidez abstracta. Pero el punto clave de la claridad es aclarar, clarificar algo turbio, lodoso. No tenemos claridad—así de repente. Tal claridad ingenua debe resbalarse—como los hermanos subiendo la montaña de cristal en el cuento de hadas discutido por el Dr. Giegerich—si es que ha de traer claridad real y no meramente una abstracción prístina narcisisticamente encapsulada e inmaculada.

En conexión a esas reflexiones, recuerdo una declaración que Jung hace refiriéndose a un pasaje de Nietzsche. En sus Alchemical Studies Jung escribe: «Uno no se vuelve iluminado imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» (23). Nótese que la luz aquí referida, como la claridad que acabamos de discutir, no se puede tener sin un encuentro con la oscuridad que es su otro. Nietzsche hace una anotación similar. En un bello pasaje titulado «Y una vez más se vuelve clara», donde el más psicológico de los filósofos se compara a sí mismo y a sus lectores más favorecidos con «fuentes abiertas [que] no dificultarán a nadie beber de nosotros». Complicando esto está el hecho de que, por esa misma razón, además «no tenemos manera de protegernos de volvernos túrbidos y oscuros, …

ni manera de prevenir que la época en la que vivimos arroje en nosotros sus ‘desperdicios actuales’, o de impedir a las aves inmundas lanzar sus excrementos, a los niños sus porquerías, y a los viajeros exhaustos su miseria grande y pequeña, en nosotros. Pero haremos como siempre hemos hecho: acogeremos en nuestra profundidad cuanto se nos arroje—porque somos profundos, no olvidamos—y una vez más se vuelve clara ….» (24)

Al igual que la fuente de Nietzsche acogiendo cualquier cosa que le es arrogada dentro suyo en sus profundidades y una vez más volviéndose clara, la psicología, a la que Giegerich llama la disciplina de la interioridad, toma toda clase de fenómenos dentro de sí misma incluso si se constituye a sí misma al reflejarlos dentro de ellos mismos de una manera esclarecedora. Vuelta túrbida y oscura por aquello que en su primera inmediación parecían ser relaciones y objetos externos, mantiene su programa de no permitir que «nada de afuera, que no le pertenece, entre en ella». Esto no quiere decir que impida que cualquier cosa o cualquier persona beba de ella. Y menos aún que se aleje de la vida, inmaculada y distante. La psicología como la disciplina de la interioridad no es una retirada solipsista del mundo. El punto, más bien, es que en tanto que se deja permear por la situación en la que se encuentra, simultáneamente prodiga su sustancia pensante sobre el fenómeno a mano incluso en tanto que, al mismo tiempo sucumbe a, y rechaza, la teoría de la seducción que cada fenómeno lleva, los toma como el otro interno de su propia auto-relación. Tal es la hermenéutica a través de la cual «una vez más se vuelve clara» (25).

Negando a los filósofos

Me gustaría concluir estas meditaciones lodosas «volviéndolas claras» con respecto a una cuestión final. Me refiero a la configuración entera de mi presentación tal como está indicada en el título de mi conferencia. El problema no está en la parte principal, «Interiorizando la psicología en sí misma», la cual transmite suficientemente bien la esencia del proyecto de Giegerich. Más bien, el problema yace en el anuncio dado en el subtítulo, «Siguiendo el movimiento de Kant a Hegel en el trasfondo del proyecto de psicología de Giegerich». Así de didácticamente valioso como lo es para profundizar en este movimiento (Giegerich lo ha hecho en muchos de sus textos), también nos involucra en una contradicción. Poniéndolo en los términos del pasaje de Nietzsche que he citado arriba, para una psicología que se define como la disciplina de la interioridad, y que piensa exclusivamente en términos de relaciones internas, Kant y Hegel son como pecios en su fuente. Esto no quiere decir que como psicólogos analíticos no necesitemos desentrañar las consecuencias del haber tomado partido no-dialécticamente por un filósofo en contra del otro por parte de Jung. Por el contrario, comprender esto es una tarea importante. Más bien, el problema que tengo yace en haberme metido con los problemas filosóficos referentes a Kant y a Hegel. Esto, ahora lo veo, pudo haber tenido el efecto de establecerlos como hecho externos, como si para nosotros no hubiera nada más en juego que impulsarnos en Kant y dedicarnos a Hegel. Sin embargo, nuestro compromiso no es con la filosofía y sus cuestiones en su positividad, sino con la psicología en su negatividad como reflexión dentro de sí misma. Que Hegel o quién sea haya contribuido desde cualquier otra disciplina a sus respectivos campos es importante para nosotros dentro de la psicología sólo en la medida en que nos provee de ideas acerca de cómo manejar nuestras propias preocupaciones estrictamente psicológicas (26). Así, cuando nos ocupamos de Kant, Hegel y su índole, se debe entender que sólo lo hacemos en tanto que ya están interiorizados. Sean lo que sean para la filosofía, para nosotros son las figuras más valiosas en nuestra caja de arena de la interioridad. «Tenemos que entender», escribe Giegerich, «que la psicología es el estudio de las reflexiones en algún espejo y no el estudio de aquello que en el espejo está reflejado. Este giro hacia lo ya reflejado no es un truco para después de todo llegar al alma, la cual de otro modo es invisible, ni es un segundo mejor sustituto para ‘la cosa real’. Por el contrario, sabemos que lo ya reflejado es ‘la cosa real’ de la psicología» (27).

Notas

1. Este volumen, p. 26.

2. Para la visión de Giegerich de la problemática Kant-Hegel-Jung ver sus artículos: «The Rescue of the World: Jung, Hegel, and the Subjective Universe», Spring 1987: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 107-114; «Jung’s Betrayal of his Truth: The Adoption of a Kant-based Empiricism and the Rejection of Hegel’s Speculative Thought», Harvest: Journal of Jungian Studies, 44.1 (1990): 46-64.

3. Stephanie de Voogd, «C.G. Jung: Psychologist of the Future, ‘Philosopher’ of the Past», Spring 1977: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Zürich: Spring Publications, 1977), pp. 175-182.

4. C.G. Jung, Letters, vol. 1: 1906-1950, ed. G. Adler y A. Jaffé, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1973), p. 1944.

5. C.G. Jung, Collected Works, tr. R. F. C. Hull (Princeton: Princeton University Press, 1953), vol. 8, párr. 358 (todas las subsecuentes referencias a los Collected Works de Jung, abreviada a CW será por número de volumen y párrafo, designado por §).

6. Jung, CW 8 § 358.

7. Jung, CW 8 § 360.

8. Renos Papadopoulos, «Jung and the Concept of the Other», en R. Papadopoulas & G. Saayman, eds., Jung in Modern Perspective: The Master an his Legacy (Dorset: Prism Press, 1991), pp. 54-88.

9. Jung, CW 9, ii § 13-19.

10. C.G. Jung, The Integration of the Personality, tr. Stanley Dell (London: Kegan & Paul, 1940), p. 91.

11. Wilfred Bion, «The Grid» (1977) en sus Two Papers (London: Karnac Books, 1989).

12. Jung, CW 14 § 749. Para una discusión de este principio por parte de Giegerich ver su «Comment on, ‘The Autonomous Psyche: A Communication to Goodheart from the Bi-Personal Field of Paul Kruger and James Hillman'» [para una versión en castellano ver Comentarios sobre «La Psique Autónoma. Una comunicación a Goodheart desde el Campo Bi-Personal de Paul Kugler y James Hillman»], in Spring 1985: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (Dallas: Spring Publication), pp. 172-174. Ver también su The Soul’s Logical Life: Towards a Rigorous Notion of Psychology (Frankfurt am Main: Peter Lang GmbH, 1998), p. 126.

13. Jung, CW 16 § 454.

14. Citado en S. Körner, Kant (Harmondsworth: Penguin Books, 1955), pp. 18-19.

15. Citado en Körner, Kant, p. 24.

16. Körner, Kant, p. 20.

17. Cf. Jung CW 10 § 14; CW 9, i § 136n, 150; CW 8 § 840; CW 3 § 527.

18. Citado en Körner, Kant, p. 20.

19. Jung, CW 8 § 331.

20. Jung, Letters, vol. 1, p. 199.

21. Comunicación personal.

22. Jung, CW 14 § 603.

23. Jung, CW 13 § 265-266.

24. Friedrich Nietzsche, The Joyful Wisdom, tr. Thomas Common (New York: Frederick Ungar Publishing, 1960), p. 346.

25. Además de estas reflexiones, pienso que podemos volver a mirar los juicios analíticos a posteriori. ¿Son verdaderamente tan imposibles como Kant sostenía? Moviéndonos desde los juicios claramente delineados de Kant a los axiomas de relaciones internas de Hegel, ¿no se vuelve evidente que el sujeto analítico sería meramente abstracto sin el a posteriori como su predicado? Si bien es ciertamente verdad que lo analítico, siendo enteramente una función de su propia lógica auto-definitoria, es contradicha por el a posteriori, el cual se extrae de la experiencia, esta contradicción puede además ser comprendida como una auto-contradicción que abre una dentro de la otra como su propio otro interno. Poniéndolo de otra forma, cuando nos apartamos del razonamiento de Kant con respecto a la imposibilidad de los juicios analíticos a posteriori, damos con la noción de Hegel del «CONCEPTO existente» el cual tiene la forma de un juicio absuelto de la diferencia entre analítico y a posteriori, sujeto y objeto, individual y universal, uno y muchos.

26. Wolfgang Giegerich, comunicación personal.

27. Wolfgang Giegerich, «Is the Soul ‘Deep?’ Entering and Following the Logical Movement of Heraclitus’ ‘Fragment 45,'» [Traducción al castellano: «¿Es “profunda” el alma? Introduciéndose y siguiendo el movimiento lógico del Fragmento 45 de Heráclito»], Spring 64: A Journal of Archetype and Culture (Woodstock, CT: Spring Journal, 1998), p. 2.

El movimiento interiorizador de la vida lógica: reflexiones sobre Wolfgang Giegerich

Traducciones

Ann Casement, Londres

Traducción de Alejandro Chavarria

Resumen: El siguiente artículo es un relato de mi descubrimiento y posterior inmersión en la obra de Wolfgang Giegerich. Se expone una muestra de sus voluminosos escritos sobre el alma para ilustrar cómo intenta penetrar de forma pensante en los fenómenos psicológicos y su afirmación de que esto hace aflorar inevitablemente su dialéctica interna. El artículo resume sus críticas a Jung, Hillman y El libro rojo: Liber Novus.

Palabras clave: alquimia, dialéctica, Jung, Hillman, Liber Novus, lógica, alma

No descubrirás los límites del alma, ni siquiera recorriendo todos los caminos: tan profunda es su medida.

(Heráclito en The PreSocratic Philosophers de G.S. Kirk y J.E. Raven, 1984)

Preámbulo

Si el trabajo de James Hillman sobre la «psicología arquetípica» representa, después del propio Jung, el junguismo de la segunda ola, el trabajo de Wolfgang Giegerich bien puede indicar el pensamiento junguiano de la tercera ola» (Giegerich, Miller, Mogenson 2005, p. x). Así lo afirma David Miller, estudioso de la religión, el mito, la psicología profunda y la teoría literaria, y miembro honorario de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP). Esta observación sugiere el paso de un orden a otro, en este caso de Jung a Hillman y a Giegerich, que tiene un toque frazeriano (antropólogo, autor de La rama de oro). Es significativo, en la declaración de Miller, que no se incluya ninguna mención a los junguianos del desarrollo. Parece que existen dos grandes corrientes de pensamiento junguiano sin mucho contacto entre sí. Una de ellas está representada por la psicología arquetípica, de la que Giegerich era partidario; la otra por el enfoque del desarrollo, que tuvo sus orígenes en el trabajo pionero del analista londinense Michael Fordham. El trabajo de Hillman -o al menos su nombre- es, por supuesto, conocido por los junguianos de todo el mundo.

Mi interés en elaborar un artículo sobre la obra del analista junguiano Wolfgang Giegerich no tiene nada que ver con intentar un acercamiento entre las diferentes tradiciones de la psicología analítica a través de complacerse en una fantasía de la negociación de la paz» (Giegerich 2005, p. 4). Más bien tiene que ver con el hecho de que, a raíz de mi propio interés creciente por su obra, he mencionado a Giegerich a varios colegas del Reino Unido, muchos de los cuales dicen haber oído hablar de él pero no haberlo leído nunca. Es, en parte, con el fin de responder a esta carencia que el siguiente artículo intentará comunicar algunas de las ideas de Giegerich a los lectores interesados de esta Revista.

Giegerich

La obra escrita de Giegerich llena numerosas publicaciones. ¡En el momento de escribir estas líneas, la última de ellas en inglés es el libro The Soul Always Thinks (El alma siempre piensa), cuya reseña aparecerá en otro número de esta Revista, y un artículo «God Must Not Die!

C.G. Jung’s Thesis of the One-sidedness of Christianity’. Este último aparece en el volumen 84 de la revista Spring, y todo el número está dedicado a Giegerich, junto con las respuestas de otros escritores en este campo.

Hace diez años, el analista vienés Andreas von Heydwolff me llamó la atención sobre la obra de Giegerich en el Congreso de la IAAP en Cambridge. En ese momento, me sugirió que podría encontrar el trabajo de Giegerich de interés y me envió un par de capítulos del libro de 1998 La vida lógica del alma. Intenté leerlos sin mucho éxito. Más tarde, cuando escuché a Giegerich hablar en un lugar de Londres en 2003, me sorprendió su claridad de expresión y su humor. Algún tiempo después, contribuyó con un capítulo a un libro que produje. Sin embargo, no empecé a leer a Giegerich de forma constante hasta 2010, cuando James Hillman me invitó a participar como ponente en un panel que estaba organizando para el Congreso de la IAAP en Montreal. Opté por hablar sobre Hillman y Giegerich en ese panel y leí varios de los libros y artículos de este último para preparar el evento. Esta inmersión me está llevando a replantearme el uso de términos como psicoide, sincronicidad e inconsciente, que abundan en el mundo junguiano, sobre todo de la pluma de este escritor.

A estas alturas debería quedar claro que no me considero en absoluto una autoridad en la obra de Giegerich. Como se ha sugerido más arriba, los dos objetivos de este artículo son familiarizarme con sus ideas dando pequeños y lentos pasos al escribir sobre ellas. El segundo es compartir una cierta comprensión de su obra con los lectores de la Revista que puedan no estar familiarizados con ella.

La vida lógica del alma

El término «alma» aparece con frecuencia en los escritos de Giegerich y en los títulos de sus libros, como demuestran los siguientes: La vida lógica del alma, La violencia del alma, El alma siempre piensa. Desde el principio, he tenido que intentar superar mi propia resistencia al uso de la palabra «alma» en psicología -el término no se limita, por supuesto, al enfoque de Giegerich-. Esta resistencia se debe a un uso de toda la vida en un contexto religioso. Como esto llevó a una a la dificultad para aceptar la noción de creación de almas de James Hillman, es interesante descubrir que Giegerich critica la forma en que Hillman la describe. Según Giegerich, esto tiene que ver con su reducción a lo poético y a lo metafórico. Continúa afirmando que se trata de una versión inofensiva de la noción de creación del alma que excluye la posibilidad de que ‘un hecho real como el asesinato en sacrificio pueda ser una auténtica manifestación del alma‘ (Giegerich 2008a, p. 32).

En los escritos de Giegerich, «el alma» es el pensamiento objetivo en curso o la vida lógica como la que existen los fenómenos psíquicos, haciendo hincapié aquí en la falta de un alma sustanciada como agente productor separado detrás de los fenómenos psíquicos. Cita el cerebro como un hecho demostrable, una positividad; mientras que la mente o el alma es la productividad misma; es decir, no se puede encontrar alma en un ser humano disecado. Sólo existe la vida lógica que ocurre realmente o el pensamiento en sí mismo, sin que haya un alma literal sustancializada detrás de ella. Cuando se le pregunta por la aparente sustanciación del término en su obra escrita, Giegerich responde que no se trata de una hipóstasis, sino que se utiliza sólo como lenguaje mitológico o facon de parler (una expresión favorita). Para mí no existe el alma. El alma no existe. Es la profundidad de la vida lógica que actúa en lo que sucede, nada más» (comunicación personal).

De este modo, el alma o psique objetiva se considera como mentalidad, es decir, su necesidad de dar expresión a la verdad interior, o a la lógica, del ser actual y esencialmente social y comunitario del hombre en el mundo. Se presenta en cada situación histórica de forma diferente; en efecto, toma su forma del contexto cultural en el que se encuentra y en el que se sitúa su lucha de desarrollo. Los pasos adelante en este desarrollo no se encuentran «allá arriba» en el nivel de los sueños y su análisis, sino «aquí abajo» en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales» (Giegerich 2008a, p. 18). Entre estos últimos se encuentran las guerras, las revoluciones, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas y los desafíos de las grandes obras de arte y filosofía.

La mente occidental ha evolucionado al estar sometida a innumerables cambios a lo largo de los siglos. En 1800, los últimos fueron la Ilustración y la Revolución Industrial. En otras palabras, el proceso de desarrollo del alma ha tenido lugar a través del cambio histórico de los dioses politeístas al Dios único y elevado, así como el cambio de los dioses a las Ideas Platónicas y luego a los conceptos abstractos. De este modo, el alma se desarrolló como resultado de una serie de «matanzas», o descomposiciones y destilaciones de conceptos previamente mantenidos. Como producto final de este procesamiento, estos últimos son sublados o convertidos en obsoletos. Un ejemplo de la forma en que Giegerich pone en práctica estas ideas puede verse en el artículo «Dios no debe morir», citado anteriormente. En este artículo, Giegerich afirma que la muerte de Dios es muy anterior al pronunciamiento de Nietzsche en el siglo 19 . Sus orígenes se remontan a los inicios del cristianismo, cuando Cristo, como Dios encarnado, se vacía (kenosis) de la divinidad durante su agonía en la Cruz. Hicieron falta siglos de destilación alquímica para que lo que era implícito desde el principio para hacerse consciente en el siglo 19 .

Las enseñanzas de Cristo no están relacionadas con el mundo material, sino con el espíritu y la verdad, como lo ejemplifica su afirmación de que su Reino no es de este mundo. El no es significativo aquí como lo es, por ejemplo, en el dicho alquímico aurum nostrum non est aurum vulgi (nuestro oro no es el oro común). La conclusión de Giegerich en su artículo es que Jung trató de reencarnar a Dios como símbolo del yo (imagen de Dios) en lo que él llama «el inconsciente». De este modo, dividió el yo entre «el inconsciente» y el ego o la conciencia. Jung trató de evitar ser visto como un pensador religioso que hacía afirmaciones metafísicas y se presentó, en cambio, como un científico que sólo se ocupaba de los hechos empíricos. Sin embargo, la dolorosa constatación en el siglo 19 de que Dios ha muerto era un hecho consumado que había superado la conciencia. Esto fue provocado por la historia y por el alma misma, porque se había producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre y la había independizado de la anterior creencia metafísica en la existencia de Dios.

La dialéctica de la alquimia

Dado que las ideas hegelianas están presentes en la obra de Giegerich, se requiere un cierto esfuerzo para comprenderlas y para dar sentido a las que más frecuentemente se encuentran en ella. Para empezar, es importante tener en cuenta que Giegerich no se considera un hegeliano, lo que sería un imposible en el siglo XXI. Tampoco pretende comprender plenamente la obra de Hegel. Se ha sugerido que el llamado «neohegelianismo» de Giegerich ha sido despachado por William James en Un universo pluralista. La respuesta de Giegerich es preguntar por qué lo que dice un filósofo debe despachar el pensamiento de otro filósofo. Continúa diciendo que, aunque no es lo mismo, es un poco como decir que los impresionistas despacharon al Renacimiento. Llamar a su obra «neohegelianismo» muestra una falta de comprensión de lo que rodea su obra (comunicación personal).

En opinión de Giegerich, Hegel alcanzó el pensamiento más completo y diferenciado que, aunque ha sido superado históricamente tras su muerte por pensadores como Feuerbach, Marx, Nietzsche, Husserl, Heidegger, Derrida, no ha sido superado en sofisticación. Giegerich trata de penetrar pensativamente en los fenómenos psicológicos, lo que inevitablemente pone de manifiesto su dialéctica interna. Esto puede pensarse como el proceso de desarrollo dinámico en el que nada se descarta o se destruye. Por el contrario, se subla o se supera y, al mismo tiempo, se conserva, no se pierde. La negación en la dialéctica es la negación de una realidad positiva, tangible y demostrable, un despegue hacia la interioridad del propio fenómeno. El Conocimiento Absoluto es aquel liberado (ab-suelto) de la diferencia entre lo absoluto y lo empírico, lo infinito y lo finito, culminando en una postura especulativa que supera la alienación del sujeto y el objeto.

Un punto importante a tener en cuenta aquí es el modo en que Giegerich escribe sobre «el alma» como un término mercurial, no como un «término técnico» científico. No hay que fijarse en un único significado. Hay ciertos contextos en los que el alma puede asemejarse a Geist en los escritos de Hegel, siempre que este último se entienda como «mentalidad», mientras que en otros contextos no sería útil compararlo con Geist. Lo que significa alma debe derivarse siempre de cómo se utiliza en cada contexto dado, en lugar de insertar una definición fija de «alma» en cualquier caso en el que aparezca «alma». No obstante, se puede considerar que su obra forma parte de un todo orgánico, arraigado en una concepción del alma que procede de un compromiso con el alma, más que de un compromiso con Hegel. Un aspecto central del enfoque psicológico de Giegerich es la forma en que el pensamiento dialéctico está vinculado a la destilación alquímica. La alquimia es contra naturam al desplazar la existencia humana de la esfera biológica al lento camino de lo que Giegerich llama mindedness. Esta es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado. Este camino lento «sigue el proceso que constituye históricamente la materia hasta las últimas consecuencias que se encuentran en la materiaasí es como se interioriza lentamente de forma absoluta-negativa en sí misma: se libera en su verdad... la liberación del Mercurius encarcelado en la fisicalidad de la materia» (Giegerich 2010b, p. 15; cursiva original).

Lo que está en juego aquí no es sólo la destilación alquímica de los contenidos semánticos del ego, por ejemplo, las imágenes en la forma lógica o sintaxis del alma. Es la negación absoluta de la forma lógica del contenido desde dentro de sí mismo que llega de nuevo al punto de partida, aunque sea un punto de partida transformado.

La forma en que lo anterior puede verse en la escritura de Giegerich es en su descripción del proceso de simbolización.

El alma invisible o la lógica se expresan, en primer lugar, con un ropaje simbólico, por ejemplo, en un fenómeno sexual. En segundo lugar, el aspecto fenoménico del símbolo se niega a sí mismo de la siguiente manera: Yo (el aspecto fenomenal) no soy lo que soy, no soy realmente la sexualidad en absoluto». En tercer lugar, el aspecto fenoménico del símbolo apunta a algún otro invisible oculto en cuanto a lo que realmente se trata. En cuarto lugar, el símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (de esta mi vestimenta) puedes acceder a ese otro». En quinto lugar, «Porque mi significado es absolutamente negativo, no quiero decir nada, pero no nada en el sentido de un vacío total». El símbolo es este drama interno que ocurre simultáneamente y que es un drama lógico, la lógica del símbolo como una lógica circular, urobórica. (comunicación personal)

“Matanzas”

“Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre» (Jung 1960/1975, párrafo 549). Esto es un eco del filósofo griego favorito de Jung, Heráclito, cuyo dicho, citado a menudo, es que la guerra es el padre de todas las cosas. El propio Heráclito puede considerarse el «padre» de la psicología. Desde el punto de vista de Giegerich, esto se ejemplifica en que la mente occidental ha dado varios pasos de desarrollo mediante los cuales se ha diferenciado y sublimado continuamente (es decir, se ha superado) en niveles cada vez más nuevos. Dicho de otro modo, es a través de una larga procesión de «matanzas» que un aumento de la conciencia ha surgido, de modo que la matanza de toros para ofrecerlos a Zeus en la antigüedad ilustra «cierto sentido de la matanza sacrificial como la fabricación primordial del alma» (Giegerich 2008a, p. 190). La matanza de toros para el sacrificio a Zeus presupone la creencia en la existencia real de éste y de los demás dioses olímpicos.

El aumento de la conciencia trajo consigo la capacidad de entender los sacrificios de sangre de una manera más simbólica. Esto se produjo con el cambio de la era judeocristiana a un sistema monoteísta de creencias que eliminó la necesidad del sacrificio de sangre real. Esto representó no sólo una brecha temporal, sino también una brecha lógica. Desde la época de la Edad Media hasta la Modernidad se produjo un nuevo aumento de la conciencia, de modo que alrededor de 1800 se hizo imposible que el alma siguiera mirando hacia arriba por su valor más alto como nivel semántico o de contenido de la conciencia. La razón de ello fue que ahora se había integrado en el nivel estructural o sintáctico general de la conciencia.

En la historia de la mente, la conciencia ha pasado objetivamente de una interpretación del alma como un todo a otra nueva. Es nuestro lugar histórico el que determina en qué «autointerpretación» del «alma» nos encontramos» (Giegerich 2008a, p. 86). Desde esta perspectiva, el alma no debe verse como un órgano psíquico innato similar a los órganos corporales, sino como acontecimiento e historia. Para Giegerich, el principal laboratorio alquímico del alma es la historia, la historia de la cultura y de la conciencia, que es la historia del alma. Heráclito intuyó que el logos estructura e impregna tanto lo real como el yo. Lo que él consideraba la luz celestial es el elemento puro de todo conocimiento; es también la pequeña luz en los humanos, la luz de la mente humana. La conciencia de esta autodivisión indivisa es un logro histórico. En el momento de la realización del ritual, la luz celestial estaba aprisionada en la facticidad concreta y no había necesidad de un yo pensante, de un alma subjetiva que reflexionara.

De este modo, se ha producido un aumento irreversible de la conciencia del hombre que lo ha hecho independiente. Esto forma parte de la autorrelación del alma al superarse a sí misma en el desarrollo de la vida lógica del alma. Esta es la obra alquímica de la historia, que es la historia del desarrollo de la conciencia. Desarrollo significa aquí que la conciencia parte de su estadio inicial, negando y sublimando éste y alcanzando un nuevo estadio, a partir del cual puede comenzar de nuevo el mismo proceso. El dictamen de Heráclito, citado al principio de este artículo, es lo que hace que la humanidad siga avanzando hasta el final. El punto de vista de Giegerich sobre Heráclito es que, en lugar de presentar una negación reificada, «su negación interioriza el movimiento hacia adelante en sí mismo y sólo de esta manera autocontradictoria hace que este movimiento decidido sea un movimiento recursivo hacia el alma y su profundidad» (Giegerich 2008b, p. 214; cursiva original).

Sizigia

Una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», que es el pensamiento que está preso en la «materia», por ejemplo, como imagen, emoción, síntoma corporal. El verdadero laboratorio del alma en la obra alquímica es el verdadero proceso histórico por el que la vida contradictoria de sí misma y su propio otro habrán desaparecido como algo propio y se habrán reducido a momentos sublimados de unidad. Esto se explorará a través de la «matanza» del anima por el animus, tal y como puede verse en la historia de Barba Azul. La versión que se utilizará es la siguiente.

Una joven se casa con un hombre rico, pero que, sobre todo por su barba azul, da una impresión extraña. Ella le sigue a su castillo. Allí vive en la riqueza y la felicidad, sin preocupaciones. Un día, Barba Azul le dice que debe emprender un viaje. Le entrega todas las llaves a su esposa, dándole permiso para abrir todas las puertas excepto una que no debe abrir bajo ninguna circunstancia. Pero la mujer sucumbe a su curiosidad. Abre esa puerta y encuentra los cadáveres de las antiguas esposas de Barba Azul. La llave, que en su susto había caído en un charco de sangre, no puede ser limpiada de ninguna manera, por lo que Barba Azul, que ha regresado inesperadamente, reconoce que ella ha violado su prohibición. Le anuncia que tendrá que morir al instante. Ella pide un aplazamiento para poder rezar una oración y es rescatada por sus hermanos en el momento justo.

El final feliz hollywoodence añadió presumiblemente para complacer las expectativas de los lectores. La interpretación de Giegerich de la historia es que, por el mero hecho de ver los otros cadáveres, la inocencia psicológica del ánima femenina descubre el aspecto asesino del ánimus masculino. Giegerich subraya que no hay que tomar partido en esta historia identificándose con la esposa, ya que el ánima y el ánimus son igualmente alma y el verdadero punto de la historia es su interrelación. La inocencia virginal de la una constela el aspecto asesino de la otra y las dos están unidas en la sicigia. En el cuento, Barba Azul no es un asesino sexual que muestra, en cambio, cómo «el alma se viola a sí misma de forma absolutamente no violenta» (Giegerich 2002a, p. 142; cursiva original).

Cuando se aborda la historia desde la postura de la reflexión interna, se puede ver que Barba Azul representa la negación absoluta que es el animus, mientras que la inocente esposa es la personificación del anima. Cada uno es inherente a su propio opuesto. La negación absoluta significa aquí absuelta o liberada de los opuestos a través del proceso alquímico de la corrupción fermentada, la sublimación y la destilación de la imagen que, como consecuencia, se transforma en la sintaxis lógica de la conciencia que es el pensamiento. La dialéctica y la alquimiase quedan con la única materia (herméticamente encerrada) que tienen a mano y en ambas es siempre así que la forma de la conciencia dialéctica o alquímicamente pensante se somete al mismo proceso de la materia que se descompone dialécticamente» (ibíd., p. 217; cursiva original). A partir de esto, se tiene una idea más clara de por qué la alquimia puede ser pensada como un proceso recursivo.

Ego

Giegerich es crítico con la noción de ego. En consecuencia, ha criticado el eje ego/yo de Neumann, un axioma que es de uso común en algunos círculos junguianos. Giegerich cita una serie de formas en las que el ego puede intentar derrocar lo que se ha destilado alquímicamente en forma lógica o en la sintaxis de la conciencia. Esto puede manifestarse como fundamentalismo, el resurgimiento teórico de «los dioses» o la reducción del antiguo Dios a no más que un sentimiento subjetivo. En lugar de que la mente sea destilada de la materia, puede ocurrir lo contrario, que la mente sea enterrada en la materia a través de «la redefinición del hombre como un aparato» (Henderson & Henderson 2010c, p. 286), lo que en términos actuales se hace «tratando de interpretar los hallazgos de las nuevas neurociencias como «apoyo», o incluso prueba, de la corrección de lo que el psicoanálisis ha dicho todo el tiempo» (ibíd., p. 286).

La mente puede estar adormecida por la música alta, las drogas y los eventos deportivos masivos. Junto a esto, está la búsqueda de «sentido», que Giegerich ve como una lucha por la satisfacción de los deseos más que por la verdad. Esto se debe a que hace del «sentido» una mercancía que se supone que está disponible en algún lugar pero que aún no se ha encontrado. Sugiere que todo lo anterior aumentará a medida que la vida se vuelva más compleja y técnica, ya que representan un amor por la falta de mente o por la conciencia que quiere volverse inconsciente.

Terapia práctica

Cuando se le pregunta cómo se fundamenta analíticamente su enfoque, Giegerich responde que se trata de un descenso, un lento aprendizaje para ser lo que uno es realmente al emanciparse de lo que Jung llamó el poder sugestivo de las imágenes inconscientes. A primera vista, parece sorprendente que en sus escritos, Giegerich sea crítico con el Übermensch de Nietzsche. Giegerich lo resume de la siguiente manera: «El Übermensch no tiene nada que ver con lo que yo pretendo. Es utópico y excesivo. A lo que quiero llegar es, por ejemplo, a «¡Sólo soy eso!». Nietzsche tenía un programa, quería llegar a alguna parte. Yo sólo quiero saber dónde y qué somos realmente. Ninguna meta. Sólo un poco de honestidad y perspicacia» (comunicación personal). El siguiente relato de su enfoque analítico ha sido aportado por Giegerich para este artículo:

No estoy muy seguro de que sea una buena idea incluir descripciones de mi trabajo en la consulta en un relato de mi obra publicada sobre psicología. Hago una estricta diferencia entre la teoría psicológica y el trabajo en la consulta. La primera tiene, en mi opinión, el único propósito de entrenar la mente, de educar la mente: enseñarle a pensar psicológicamente y a ser capaz de adoptar realmente un punto de vista psicológico. No tiene el propósito de establecer una teoría que se aplique al trabajo con los pacientes. En la consulta intento estar presente con esa conciencia psicológicamente entrenada, pero por lo demás me olvido de las teorías y me acerco al paciente sin prejuicios (en la medida en que sea humanamente posible) en el espíritu del Conocimiento y de la Cosa. La concentración está en este fenómeno de ahora (este sueño, síntoma, recuerdo, fantasía de hoy). Y la pregunta es: ¿qué necesita? Aquí, creo que mi intuición tiene que entrar en juego. Gran apertura. Ninguna «técnica». Nada de jerga psicológica (rara vez utilizo palabras como ánima o sombra o yo, etc. Evito el lavado de cerebro psicológico de mis pacientes: ¡me quedo con lo que se muestra!) Sin dogmatismo. Improvisación, tocar de oído. Esto también requiere honestidad: mi respuesta honesta en este momento a lo que se muestra. El trabajo puede ser muy diferente con distintos pacientes, pero también diferente de una sesión a otra con un mismo paciente. Apertura al Ahora (que incluye incluso el Ahora de mi estado de ánimo y mi perspectiva). Por cierto: normalmente silla. Pero si es necesario también sofá. O incluso salir a pasear… Especialmente importante es para mí el respeto a la diferencia psicológica. Intento estar presente en las sesiones como la persona ordinaria concreta que soy (humana, demasiado humana) y ver también al ser humano ordinario en mi paciente. Debido a este respeto por el nivel humano ordinario, no invito sistemáticamente a las reacciones de transferencia. No me ofrezco como una especie de gurú o algo así. Pero a pesar de este reconocimiento del nivel humano, éste -salvo en el caso de las personas cuyos problemas son psíquicos (en el nivel humano, demasiado humano, el nivel del animal humano) y no psicológico- no es mi foco de atención. El enfoque es el alma, la psicología de la situación, el nivel del alma. ¿Qué quiere el alma, la psique objetiva? ¿Cuál es el contenido anímico de esta imagen o fenómeno onírico? ¿Cuál es el pensamiento o el sentimiento inherente al fenómeno? No lo que quiere, piensa o siente el paciente. Así pues, cuando un paciente empieza a hablar de lo que siente, o asocia, sobre una imagen determinada, por supuesto que lo escucho, pero trato de alejarle suavemente de este círculo que le rodea y de poner en el centro la sustancia del fenómeno. Esto, por supuesto, requiere tacto psicológico y una inventiva (¿cómo se puede llegar a este paciente y ganarlo para un enfoque psicológico sin herir terriblemente sus sentimientos?) Pero no es tan difícil si uno mismo tiene un compromiso fuerte y convincente y una visión del alma, aunque es cierto que no todos los pacientes están preparados para la verdadera psicología… Pero en cualquier caso, la intención básica es que el paciente aprenda a distanciarse de sí mismo, a verse objetivamente y a apreciar la dinámica objetiva de la vida del alma al margen de sus intenciones y sentimientos personales. Un espíritu lúdico, el humor, la ironía amable son útiles en este sentido. La diferencia psicológica («dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios») ayuda a evitar los dos peligros que conlleva un enfoque terapéutico que desconoce la diferencia, en primer lugar, el peligro de volverse personalista y positivista, como suele ocurrir en la psicología del desarrollo, y en segundo lugar, el peligro de la mistificación (inflar innecesariamente la vida y las experiencias del paciente con una importancia mítica; ver el proceso del paciente como su «individuación» en el cargado sentido junguiano; operar con la búsqueda de la totalidad y los significados, etc. La mistificación, por supuesto, también se basa en el positivismo: es la inflación de lo positivo-factual con un significado ‘superior’). Así que estos son algunos comentarios sobre mis énfasis en la terapia práctica. (comunicación personal)

Giegerich reconoce que el alma está a merced de lo imaginario y de las pasiones emocionales, pero incluso en esos momentos sólo piensa «de forma oscura, borrosa» (Giegerich 2007, p. 255). Afirma que los síntomas corporales y los afectos psicógenos son esencialmente pensamientos que se sumergen en el medio natural y físico del cuerpo o la emoción: «el síntoma corporal es emoción sumergida, la emoción es imagen sumergida, la imagen es pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es imagen sublimada, la imagen es emoción sublimada, la emoción es reacción corporal sublimada» (ibíd.). Giegerich subraya que el pensamiento abstracto es lo que el alma de hoy necesita en forma de más intelecto, no más sentimientos, emociones, trabajo corporal. Desestima estos últimos como «cosas del ego».

Crítica a Jung

Jung y el antropólogo francés Levi-Strauss, fundador de la antropología estructural, “tienen en común el hecho de ser criticados tanto desde su propia disciplina como desde fuera de ella. Entre los detractores de Levi-Strauss se encuentran Sartre, Ricoeur, Derrida y Geertz, algunas de cuyas críticas al estructuralismo resuenan como similares a las formuladas a la teoría de los arquetipos de Jung, a saber, que son «intemporales», que niegan la historia y que se ocupan de los universales de la mente humana más que de los rasgos particulares de las diferentes culturas» (Casement 2007, p. 87). En el artículo del que se extrae lo anterior, examinaba la aplicación de Jung de algunos conceptos de las ciencias sociales. Sospecho que Giegerich también se esforzó por dar sentido a las incoherencias de los escritos de Jung hasta 1984, que fue el momento en que él (Giegerich) empezó a salir de una identificación inconsciente con Jung. El hecho de volverse crítico con las ideas de Jung no significa que Giegerich haya despachado a Jung a la oscuridad exterior. Al contrario, sigue considerándose un psicoanalista junguiano.

Si bien Giegerich sigue siendo fiel a la contribución de Jung a la psicología del concepto del alma, de la realidad psicológica, y de su posterior trabajo sobre la alquimia, tres de sus principales críticas son las siguientes.

  1. Jung hipostasía «el inconsciente» y de esta manera trata el inconsciente como un hecho positivo como si fuera una especie de autor de sueños, visiones, mitos, ideas. Del mismo modo, Jung reifica «los arquetipos».
  2. Jung tendía a ver la neurosis en última instancia como una enfermedad sagrada o una búsqueda religiosa, de modo que las enfermedades psíquicas se consideran básicamente valiosas, nobles, incluso «sagradas».
  3. Jung insistió en que la salvación del mundo consiste en la salvación del alma individual. Una psicología que merezca su nombre no puede tomar como fundamental ninguna realidad positiva, ni la individual ni la social (la colectiva). Lo que el filósofo presocrático Heráclito llamaba el logos existente, la lógica o sintaxis del ser-en-el-mundo, no es ni algo en el individuo (el «interior» literalizado, su «inconsciente») ni algo «colectivo» (comunicación personal).

Jung se negó a ver que las imágenes arquetípicas no indican y garantizan per se la grandeza que él les asignó, así como al trabajo en la consulta. Se las exagera y se les da un significado casi religioso que va mucho más allá de la importancia limitada y personal que efectivamente tienen. Para Jung, aquí es donde se encuentra el numen pero, según Giegerich, aunque puedan ser importantes psíquicamente, psicológicamente son irrelevantes. Con lo primero se refiere a las características empíricas concretas de la personalidad del ego de un individuo, que serían objeto de estudio de la biología humana y no de la psicología (logos del alma). Aunque reconoce que en la consulta el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por tanto, tiene que estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica.

Giegerich responsabiliza a Jung de la condición del junguismo actual, es decir, de lo que él (Giegerich) señala como el carácter predominantemente subjetivo, fundamentalmente amateur y popular de la típica publicación junguiana, por un lado, y del espíritu inflado y falso en el que se hace uso de símbolos y mitos, así como de palabras como «lo sagrado» y «lo numinoso», por otro. Jung consideraba que el movimiento nazi «banal» era «expresivo de un arquetipo, incluso de un dios (Wotan)» (Giegerich 2004, p. 274). En consecuencia, se dotó de una profundidad psicológica sobre la que Giegerich se muestra escéptico. Esto se puede comparar con lo que la filósofa y politóloga Hannah Arendt llamó «la banalidad del mal» (Arendt 1963/1994: subtítulo).

La llegada de Internet, que representa un nuevo nivel de realidad, ha sublimado el nivel anterior en el que la naturaleza y el mundo físico servían de base lógica y psicológica de la existencia humana. El mito y la metafísica habían funcionado como reflejos mentales del mundo natural, pero esa era ha terminado hace doscientos años. El sustrato subyacente ya no es lo natural y sustancial, sino que se ha desplazado a lo intelectual; ahora es la forma lógica «ante todo lingüística, semiótica, informativa... el hombre mismo es lenguaje» (Giegerich 2004, p. 19).

Función trascendente

La función trascendente tiene una importancia central en el planteamiento de Jung, ya que se hace referencia a ella con frecuencia en la obra de escritores posteriores. La crítica de Giegerich es que Jung parte de la idea de la tensión de los opuestos que se resuelve mediante una síntesis creativa. Ésta se produce de forma aparentemente milagrosa sin que Jung intente analizar el proceso desde el punto de vista de sus incoherencias internas.

La formulación que hace Giegerich del proceso dialéctico es que su punto de partida no es desde una posición de doble, sino desde la de uno. Como resultado de permanecer tenazmente con esa posición, la mente descubre que es insostenible, lo cual es una negación de la posición inicial ‘A’. Esta negación resulta en «no-A», una contradicción con la posición inicial. Esta negación, cuando se pone a prueba, también resulta ser insostenible, lo que da lugar a la negación de la negación y puede expresarse como «no-no-A». La negación de la negación como tal es la Negación Absoluta que vuelve a la posición inicial ‘A’. Pero no es exactamente el mismo punto que al principio del proceso, ya que ha sido mediado y refinado por la historia de todas las negaciones por las que ha pasado. Las posiciones en el camino han sido subladas, en el curso de las cuales, nada se ha perdido o descartado, sino que se ha enriquecido con las diversas negaciones. El proceso dialéctico vuelve a empezar desde esta nueva posición diferenciada.

Como dice Giegerich, la dialéctica procede desde el punto de vista de la interioridad y es noética y lingüística (contradicción), no como cosa que existe en el modelo de Jung. Es, por el contrario, un proceso alquímico de corrupción y descomposición en fermentación, un proceso recursivo de negación y hundimiento, no una resolución utópica en una supuesta «síntesis creativa».

Empujando hacia fuera

La propia obra de Giegerich se centra en el Jung psicológico e ignora o rechaza el otro Jung, naturalista y cientifista. Ser fiel al alma de la obra de su vida significa, paradójicamente, alejarse de Jung. Sólo en el título de una obra suya tardía, Jung muestra que ya no se concentra en las entidades y la sustancia. En Mysterium Coniunctionis: An Inquiry into the Separation and Synthesis of Psychic Opposites in Alchemy, Jung expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Lo que los opuestos son aquí no se dice, y no puede, no debe, decirse en el contexto de esta obra tardía porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo» (Giegerich 2007, p. 249).

Crítica a Hillman

En una carta fechada el 23 de septiembre de 2008, enviada a un seminario brasileño sobre James Hillman y su obra, Giegerich escribió lo siguiente:

. . . cuando comencé mi trabajo psicológico me impresionó profundamente la nueva vida que James Hillman había insuflado a la psicología junguiana y colaboré estrechamente con él durante muchos años. En cierto momento, su pensamiento y el mío empezaron a distanciarse en direcciones ligeramente diferentes, aunque seguimos conectados por una apasionada preocupación psicológica que compartimos. Hacia finales de la década de 1980 me pareció que era Hillman, y no yo, quien se había alejado de algunas de sus posiciones anteriores en una dirección que yo no podía seguir. (Giegerich 2008c)

Según Giegerich, las principales diferencias entre él y Hillman se reducen más o menos a una misma diferencia, que sin embargo puede desglosarse en los siguientes puntos que Giegerich me envió en 2010 cuando preparaba el panel del Congreso de Montreal.

  1. Hillman comenzó a «Re-Visionar» la psicología y a ir más allá de Jung. Mi acusación es que no fue lo suficientemente lejos, no hasta el final.
  2. En cuanto al estilo de la psicología, la suya es, básicamente, una psicología «sólo de ánima», como yo la llamo. El «animus» y sus negaciones no tienen lugar en su propia forma, al menos en general.
  3. Él piensa que la imagen, lo imaginal, es lo último. Yo pienso que la imagen no es más que una forma de manifestación del pensamiento del alma. El alma siempre piensa’.
  4. Eliminó el tiempo y la historia de su esquema. En última instancia, opera dentro de un esquema de la psique como intemporal (su falacia «platonista»).
  5. Tiene un programa nostálgico. Un programa. No se limita a describir y analizar. Hillman atacó, con razón, la idea de que la psicoterapia podría mejorar el mundo, y sugirió que debería haber un cambio de «espejo a ventana». Pero al decir «Hemos tenido cien años de psicoterapia y el mundo está empeorando» muestra su decepción, y en la medida en que una decepción es la decepción de una esperanza o un deseo, muestra que quiere dedicarse a mejorar el mundo. Para mí, ésta es la esperanza de un profeta, no el trabajo de un psicoterapeuta.
  6. En su estilo de escritura y pensamiento, tiende a ser «impresionista», meramente sugestivo (de ahí también su preferencia por la retórica), sin elaborar y argumentar a fondo sus argumentos. Por lo tanto, algunas de sus interpretaciones y tesis se sopesan en la balanza, y se encuentran deficientes cuando se examinan más de cerca.

Divergencias

James Hillman me llamó la atención sobre su respuesta a las críticas de Giegerich en un breve artículo titulado «Divergencias» (Hillman 2008) escrito en primera persona. Lo que sigue es un extracto de ese documento.

Para mí, el logos del alma no es una lógica, ni el alma misma es un logos. El logos del alma se muestra en su capacidad de decirse a sí misma, de darse cuenta de sí misma, de describirse a sí misma, de decir su verdad, y este logos es ilimitado (como ya dijo Wolfgang), y no necesariamente sólo lógico, o sintáctico. Su logos, el logos de la psique, la psicología puede aparecer tanto en las imágenes como en el pensamiento. Me gusta la idea de Giegerich de que la psique es [también] pensamiento y la creación del alma es [también] pensamiento… (él) escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes… El lenguaje nunca podrá liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico…
¿Debemos priorizar la palabra sobre la imagen o la imagen sobre la palabra? Si, por el contrario, nos decantamos por una u otra, ¿cuáles pueden ser las consecuencias? La imagen primero significa una psicología estética e inmersa en el cosmos. La palabra primero ofrece una psicología «recortada», como dice Wolfgang, de todo lo físico, salvo la mente humana.
Una gran divergencia es la forma de ver la historia…Sin embargo, si se mira la obra escrita con la lente de la imagen, como las pinturas o las piezas musicales, entonces pueden diferir ampliamente unas de otras y no se les exige que cumplan la idea de coherencia cronológica. Este enfoque imagista, si se quiere, también puede aplicarse al estilo de ataque de Giegerich. Imaginemos que utiliza una espátula, papel de lija, pinceles duros y trazos negros gruesos para marcar las diferencias, para romper las convenciones. Piense en los primeros Stravinsky o en Shostakovich. La agresividad puede ser una necesidad retórica, por lo que sus devastaciones de Freud y Jung, o de mí, no deben tomarse como algo literalmente desagradable.

Sin embargo, Giegerich opina que no hay que «caer» en las imágenes que son creaciones secundarias del lenguaje. No hay que tomarlas literalmente, sino que hay que ver ‘a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico» a través de lo «imaginal» -y no ver a través de «los dioses» que son ellos mismos imágenes producidas para ser vistas a través’ (Giegerich 2010, p. 346; cursiva original).

Continúa diciendo que, en la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, éstos pueden denominarse el sustrato sensorial y físico que subyace al lenguaje. Al utilizar esos sonidos para crear imágenes, la mente los despoja precisamente de su contexto natural y se los apropia para su propia esfera mental.

Lo anterior da una idea de algunas de las diferencias entre estas dos destacadas figuras, pero también hay similitudes. Ambos se interesan por las ideas y han contribuido, y siguen contribuyendo, de forma significativa al mundo de las ideas junguianas. Una importante que tienen en común es el lugar central del alma en la psicología. Ambos son también críticos con el énfasis en el análisis de los problemas subjetivos e internos y con lo que consideran nociones simplistas.

Crítica al Liber Novus

En las décadas que llevo en el mundo junguiano, nunca antes había sido testigo de la enorme expectación generada por la publicación de la edición inglesa de El libro rojo de Jung: Liber Novus. Estuvo en la lista de los más vendidos de Amazon, y la primera edición se agotó antes de su lanzamiento en Nueva York en octubre de 2009. En las páginas de este Diario, dije que se podía comparar con la Divina Comedia de Dante y el Zaratustra de Nietzsche. Esto se basaba en las alusiones del libro a esas dos obras, como el Descenso al infierno en el futuro, título de una sección del Liber Primus. Del Liber Tertius: Scrutinies hay lo siguiente: ‘¿Pides ayuda a Dios? El viejo y querido Dios ha muerto» (Liber Novus 2009, p. 333).

En el volumen 83 de la Revista, de primavera, la extensa reseña de Giegerich sobre el Liber Novus también establece comparaciones entre éste y la Divina Comedia y Zaratustra. Su análisis del carácter del libro es desfavorable y consiste en un planteamiento en tres partes: es la «Respuesta a Nietzsche» de Jung; no es una gran obra de arte comparable a la Divina Comedia de Dante o al Zaratustra de Nietzsche; es la «nueva biblia».

Giegerich reconoce que el libro imita a Nietzsche en su estilo y en parte en su intención. Considera que el propósito del libro es el intento de Jung de superar el nihilismo y la impiedad del presente mediante la búsqueda del «sentido» y de «Dios» en el «Dios supremo». Jung sigue a Nietzsche y se aparta de él al mismo tiempo al no ver la salvación en el superhombre sino en una nueva religiosidad» (Giegerich 2010a, p. 386). Nietzsche fue el último de los pensadores utópicos del siglo 19 en la forma en que imaginó la creatividad como la llegada de Dionisio al alma desierta pero potencialmente creativa, Ariadna. Con el colapso fundamental de la esperanza de Nietzsche, el potencial del pensamiento utópico -como pensamiento verdadero- se agotó» (ibíd., p. 381).

Lo que separa a Zaratustra y al Liber Novus, según Giegerich, es que, en el primero, Nietzsche luchaba con problemas verdaderamente filosóficos sobre la naturaleza del hombre y del mundo, mientras que el Liber Novus retrata al individuo concreto como hombre literal.

En la segunda parte de su crítica, Giegerich descarta el Liber Novus como obra de arte comparable a la Divina Comedia, ya que la primera se limita a un relato de experiencias individuales. La obra de Dante puede haber tenido su origen en ellas, pero luego se desprende de estas experiencias privadas en su forma de imaginación poética. Esto se produce a través de la elaboración de la dualidad de sujeto y objeto y encuentra todo lo que necesita en sí mismo. De este modo, la obra de arte obtiene la verdadera objetividad «para que la generalidad pueda experimentarla como propia» (ibíd., p. 366).

Como el Liber Novus, a diferencia de la obra de Dante, trata de experiencias interiores del «inconsciente» y del «proceso de individuación» de su autor, mantiene la dualidad de la positividad en la materia prima. Giegerich afirma que la verdad es el producto final de un largo proceso alquímico de la materia. También critica la afirmación de Jung de que no había nada de estructura consciente en las fantasías diciendo que, por el contrario, todo el arte es de estructura consciente, de lo contrario los perros serían capaces de apreciar las obras de arte. Las realidades sociopolíticas de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, se interiorizan como si surgieran de problemas internos.

La afirmación de Giegerich de que el Liber Novus es la nueva biblia se basa en lo siguiente: ‘Liber es la traducción del griego biblion de cuyo plural biblia, el libro de los libros tenemos nuestra palabra «Biblia»‘ (ibid., p. 382). Cita a Jung diciéndole a Christiana Morgan que si hiciera su propio Libro Rojo sería su iglesia, su catedral. Para Giegerich, Jung podría haber dicho igualmente que sería su propia Biblia.

El «yo» de Liber Novus se identifica con Cristo en varios lugares, incluida la afirmación de Jung de que nadie sabe lo que ocurrió durante los tres días que Cristo estuvo en el infierno, pero que el propio Jung lo ha experimentado. Esto lleva a la afirmación de Giegerich de que, dado que el libro enseña a las personas a ser «Cristos» en lugar de «cristianos», su título es muy apropiado: Liber Novus. Lo ideal sería que, si hay cuatro mil millones de personas en el mundo, cada una de ellas tuviera su propio equivalente al Libro Rojo de Jung» (ibíd., p. 363).

En cuanto a la afirmación de Jung de que el misterio de Cristo estaba incompleto, aplicó la dinámica de Nietzsche a un resultado diferente, es decir, para Nietzsche era el hombre el que necesita ser superado; en el Liber Novus es Dios mismo el que necesita ser superado.

Giegerich elogia la introducción y las anotaciones de Sonu Shamdasani, pero critica algunas de las traducciones al inglés. Es tarea de los traductores asumirlo si así lo desean.

Al escribir sobre el Libro Rojo en Recuerdos, Sueños y Pensamientos, Jung afirma:

Me di cuenta de que todavía tenía que traducirlo en otra cosa. Por lo tanto, abandoné a tiempo esta tendencia estetizante, en favor de un proceso riguroso de comprensión. Vi que tanta fantasía necesitaba un terreno firme bajo los pies, y que primero debía volver por completo a la realidad. Para mí, la realidad significaba la comprensión científica. (Jung 1963, p. 180; la cursiva es original)

Toshio Kawai, que dirigió la traducción al japonés de Liber Novus, expresó sentimientos encontrados sobre el libro en una entrevista que concedió para el primer número del Newsheet de la IAAP. En el transcurso de la entrevista, afirma que el libro le fascinó y abrumó, pero que no le gustó el estilo exagerado, especialmente en el primer libro. ‘Toda la lucha relativa a la ansiedad por volverse loco y la muerte de Dios me resultó bastante extraña” (IAAP Newsheet 2011, páginas no numerados). Por otro lado, le gustaron las «Escrutinios», en particular la predicación de Filemón a los muertos no salvados. Su opinión es que Liber Novus intenta transmitir algo sobre los cultos premodernos que están más allá del cristianismo y sus conflictos. Los comentarios favorables y críticos sobre Liber Novus continuarán, sin duda, durante algún tiempo. La propia conclusión de Giegerich es que es importante para los estudios históricos de Jung, pero sugiere que los psicólogos harían bien en desvincularse de él y basar su trabajo en cambio en las obras publicadas de Jung sobre psicología «y de forma crítica«. (Giegerich 2010a, p. 380; la cursiva es original).

Conclusión

Un resumen del pensamiento de Giegerich podría ser el siguiente: el alma vive en la mentalidad todo el tiempo, aunque de diferentes maneras y formas. En mi opinión, la mentalidad es la relación o la apertura a la verdad, es decir, la lógica de la vida realmente vivida en un lugar histórico determinado» (comunicación personal).

La inmersión en los procesos de pensamiento de Giegerich requiere una aplicación intensa. Es de esperar que los bosquejos resultantes en este artículo den alguna indicación de la claridad de su escritura, de la forma en que fundamenta a fondo cada punto que plantea, y de su humanidad. Un enfoque clave a la hora de pensar en su escritura es el que requiere un esfuerzo para entrar en ella, para lograr la interioridad en lugar de ver las cosas o imaginarlas desde fuera.

En una comunicación reciente, Giegerich dio una «pista» sobre cómo se pueden entender sus puntos de vista: «La fuerza motriz que hay detrás es la cuestión de cómo debe ser la psicología si quiere merecer su nombre (logos del alma)».

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

ADDENDUM

En el transcurso de la elaboración de este artículo, fue tentador apartarse de Giegerich al contrastar críticamente sus ideas con las de otros escritores como Bion (función alfa), Lacan, Zizek (pensamiento dialéctico), Cambray, Colman, Hogenson, Knox, Wilkinson (críticos del innatismo de Jung en esta Revista). Este se ha resistido, ya que se sentía como un privilegio de la libre asociación, una salida por la tangente hacia otras cosas en lugar de permanecer lo más cerca posible de la integridad del propio enfoque de Giegerich para el pensamiento.

Referencias

Arendt, H. (1963/1994). Eichmann en Jerusalén: La banalidad del mal. Estados Unidos: Penguin Classics.

Casement, A . (2007). La brujería: ¿una categoría psíquica de la imaginación? Cuadrante

Giegerich, W. (1998). La vida lógica del alma. Frankfurt am Main: Peter Lang.

— (2004). El fin del significado y el nacimiento del hombre’. Journal of Jungian Theory and Practice, 6, 1.

— (2007). ‘Psicología – el estudio de la vida lógica del alma’. En ¿Quién es el dueño de Jung? Ed. A. Casement. London: Karnac Books.

— (2008a). Soul-Violence. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008b). El remanente inasimilable’ – ¿Qué está en juego? En Archetypal Psychologies, ed.

S. Marlan. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books.

— (2008c). Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

— (2010a). Liber Novus, es decir, La Nueva Biblia: Un primer análisis de la obra de C.G. Jung «Libro Rojo«. Primavera, 83.

— (2010b). El alma siempre piensa. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Giegerich, W., Miller, D.L., Mogenson, G. (2005). Dialéctica y Psicología Analítica:

Seminario sobre el Cañón de El Capitán. Nueva Orleans, LA: Spring Journal Books. Henderson, R., Henderson, J. (2010c). ‘Amar las propias preguntas’. En Living with

Jung. Enterviews’ with Jungian Analysts, Vol. 3. New Orleans, LA: Spring Journal Books, 263-302.

Hillman, J. (2008). ‘Divergencias’. Seminario sobre James Hillman y Wolfgang Giegerich. Organizado por Marcus Quintaes. Inédito.

Hoja informativa de la IAAP (2011).

Jung, C.G. (1963). Recuerdos, Sueños y Pensamientos. Ed. Aniela Jaffe’. London: Collins y Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (1976). Cartas de C.G. Jung. Vol. 2: 1951-1961. Ed. G. Adler en colaboración con 

A. Jaffe’. London: Routledge & Kegan Paul.

Jung, C.G. (2009). El Libro Rojo: Liber Novus. Ed. S. Shamdasani. New York: W.W. Norton / Philemon Series of the Philemon Foundation.

Kirk, G.S. y Raven, J.E. (1984). The PreSocratic Philosophers. Cambridge: Cambridge University Press, 205.

Agradecimientos

Estoy en deuda con Wolfgang Giegerich por las numerosas interacciones mantenidas durante el pasado año.

Me gustaría agradecer a Paul Bishop sus comentarios sobre una parte de este artículo.

La tentación del profeta

Logos del alma

Carl G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo se identificara con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejará invadir por los mismos, de tal manera que se erigiera como el portador de la verdad de la época y el conocedor de los misterios del inconsciente. Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egóica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y poder ser dotado de un monto exagerado de importancia personal.

El psicoterapeuta debe guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se dice es dicho por el individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales poder comunicarse con los símbolos y enseñarle al paciente como debería vivir su vida psíquica para poder alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otra forma de posesión de los contenidos colectivos, el del discípulo.

Pero el psicoterapeuta transita por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él no es un experto, ni un sanador, ni mucho menos un profeta, sino un escucha atento del diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar, por ello tampoco puede huir al futuro, a la prognosis dado que pasado y futuro están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico.

Itinerario de un psicólogo

Cotidianidad

En el camino de la exploración de teorías psicológicas que puedan brindar asientos a mis propias preocupaciones, he encontrado un fenómeno común al acercarme a autores determinados, una ingenua defensividad teórica. Por ejemplo, cuando abordé, de manera temprana, la obra de Jung ésta me pareció muy esclarecedora y subversiva, lo suficiente para obligarme a estudiar de forma ardua la mayor parte de sus libros y atender a las referencias con que el autor sostenía sus argumentos. Pero en la universidad nadie conocía a Jung y lo pocos que habían escuchado su nombre lo tenían por un místico enloquecido que nada aportaba al avance de la psicología, en su mayor parte ésta era la opinión de los que sostenían una posición psicoanalista, para ellos Jung era una especie de traidor que no había comprendido la obra de Freud, pero no lo habían leído.

Posteriormente y acogido por un ambiente donde se leía a Jung, muchas de mis inquietudes sobre la teoría junguiana se volvían evidentes y mis cuestionamientos iban en alza, entonces descubrí la obra de James Hillman, la cual trataba directamente tales preguntas, y me volqué a su lectura. Pero el ambiente junguiano tenía dos respuestas ante la obra de Hillman, una era el completo rechazo por encontrarlo muy “filosófico” y mal entender la teoría de Jung y otra, muy particular, donde se leía a Hillman como si éste asumiera los conceptos junguianos, sin ningún cambio. Me pregunte ¿qué tenía de malo estar interesado en la filosofía? Ello proviene de un viejo prejuicio que confunde el uso del razonamiento preciso con la función pensamiento y que nace de la creencia falsa de que los tipos psicológicos se pueden trasladar tal cual para servir de molde a la subjetividad de las personas. Es decir, se confunde el mapa con el territorio, algo que Jung dejo en claro que no podía hacerse con sus tipos psicológicos. Pero sobre todo me sorprendió el hecho de que quienes criticaban la obra de Hillman, jamás lo habían leído, sabían de él solo de oídas, por rumores, pero no se habían adentrado en sus textos. Otros, en cambio lo habían hecho con el afán de no abandonar el edificio junguiano y conciliar, artificialmente, a Hillman con Jung.

Tiempo después, las dudas no amainaban y me llevaron a conocer el trabajo de Wolfgang Giegerich. Mientras trabajaba bajo el esquema junguiano, Hillman trastocó todo el abordaje que tenía en la consulta terapéutica y en la docencia, tuve que abandonar muchos hábitos que tenía por sabidos, por ejemplo el análisis de los sueños, realmente ello constituyó una crisis que poco a poco fue despertando nuevos métodos (caminos) de abordaje. Giegerich influyó de una manera similar, sus planteamientos sobrios y al punto arrasaron con la estructura narrativa que aún conservaba en la terapia y en la docencia, pues su obra expresa la necesidad de una teoría humilde, amorosa y centrada en el fenómeno y eso implicaba dejar atrás los objetivos esperanzadores de mi propia acción.

Sin embargo, nuevamente encontré el rechazo, ahora no solo entre los junguianos ortodoxos sino también entre los arquetipales, quienes curiosamente acusaban a Giegerich de soberbia intelectual, de ser filósofo y no psicólogo, de ser Hegeliano, de ser “frío” con el sujeto, de no ser aplicable, entre otros tantos malos entendidos de su teoría. Y de nuevos, tales críticas venían de personas que jamás habían leído su obra y que tenían una opinión formada con base en lo que otros les habían comentado, mismos que tampoco lo habían leído con atención. Surgen así preguntas similares: ¿Qué hay de malo en leer a Hegel? ¿Por qué tanto rechazo de la filosofía en el campo psicológico? Y sobre todo ¿por qué los psicólogos se afanan a rechazar lo desconocido e incomodo si esa es precisamente una de la premisas psicoterapéuticas, darle hospitalidad a lo extraño?

Creo que es una reacción común formar esquemas de pensamiento y defenderlos ante cualquier idea que parezca contradecir el sitio confortable donde se ha encontrado seguridad, pues constituye una amenaza contra la cual, la primera reacción, es defenderse. Pero, en el caso de la teoría psicológica esto resulta contraproducente porque la labor del psicólogo le obliga a atender a cada fenómeno desde la teoría del mismo fenómeno y no a imponer sobre él mismo sus propios esquemas de pensamiento. El psicólogo debe de cortar la rama en la que está sentado, una y otra vez, como ejercicio necesario para llevar a cabo su trabajo. Bajo esta premisa no puedo evitar preguntarme ¿qué vendrá después de Giegerich? ¿Y cómo se le rechazará a ese nuevo huésped? Pero, entonces, reparo en el fenómeno y me esfuerzo por atender al presente.

«Re-imaginar la psicología» de James Hillman

Logos del alma

El universo es un lugar terriblemente caótico, los remansos de orden y lógica, son acaso breves milagros que no tendrían porque existir; así como la materia conocida no es más que un descuido de la oscura materia que envuelve todo lo existente, también la conciencia no es otras cosa que un destello incierto del profundo inconsciente. Somos el olvido de Dios.

Leo, o sueño leer, un libro difícil de describir, llevo tres semanas indagando en sus páginas y no deja de sorprenderme. Dice cosas que yo creía olvidadas, defiende lo que yo pensaba era indefendible, me obliga a rememorar viejas ideas que ya había calificado como abyectas. Esto demuestra que en ocasiones es necesario regresar a los antiguos vicios, para comprenderlos y utilizarlos de forma distinta. En cuanto a la psique cualquier juicio es apresurado.

El libro es «Re-imaginar la psicología», de James Hillman, que inaugura, con dicho texto, el estudio complejo de una rama de la psicología analítica: la psicología arquetípica. Politeísta, psicologizador, deshumanizante, es un esfuerzo por devolver la potestad de la psique a las antiguas formas que implícitamente la sostienen y la guían. Un retorno al caos, a la multiplicidad y la magia prehumanas que persisten en las sombras de nuestros sistemas de pensamiento. Reivindica el logos, la idea, la teoría, la fantasía, la depresión, la patología y el pecado, vuelve a ellas con nuevos ojos (los de la aflicción) y recrea así todo un mundo.

Las psicologías no entenderían este punto de vista, demasiado imaginativo y enrevesado dirían los sistemas mecánicos (cognitivos, sistémicos), demasiado enfocado en el pathos temerán las terapias humanistas (gestalt, transpersonal y demás derivados de la tercera fuerza), demasiado caótico y aventurado se quejaría la psicología profunda. Pero en la plétora es en dónde radica la fuerza, en la desproporción de las ideas, pues como sabía Blake el exceso conduce a la sabiduría.

Esta visión de los fenómenos psicológicos devuelve su papel mediador a la antigua psyche, aportando un tercer elemento a la formación physis-pneuma. Se acerca, así, a un modelo inexplorado de la psicología donde reinan la ambigüedad mítica, el sacrificio ritual y la sombra destructora y benévola. Una psicología que desiste de categorías, de certezas y de lógica.

No sucede tal como los filósofos medievales pensaban, no el descuido de Dios borra las cosas con un fuego invisible, al contrario su negligencia crea mundos, cualidades, significados. El alma sueña con volver al paraíso, pero el paraíso es infernal.»

Wolfgang Giegerich o la superación del pensamiento imaginal y analítico

Ensayos

Resumen. 

El trabajo de Wolfgang Giegerich nace del desarrollo dialéctico que ocurre en el opus de la psicología analítica de C. G. Jung y en la reconstrucción de la misma hecha por James Hillman. Como teoría pretende alcanzar aquello no pensado en ninguna de la propuestas anteriores, pero que es inherente a las mismas: una psicología como disciplina de la interioridad del fenómeno psicológico. Es el propósito de esta ponencia compartir el panorama inicial de este proceso no culminado (a la vez que culminado) y mostrar su filiación con la psicología analítica misma.


La obra de Wolfgang Giegerich se enmarca en el contexto de la psicología junguiana, como un avance en las nociones esenciales que nutrieron el pensamiento de Jung y que constituyeron el flujo de una noción que se desplego, o intento hacerlo, a lo largo de todo su trabajo. Antes de decir más, es debido presentar al autor, hecho que no añade nada sino un vistazo al plano de lo anecdótico. Para ello citare la presentación que Robert Henderson hace de Giegerich en su libro de entrevistas “Living with Jung”.

Wolfgang nació en Wiesbaden, Alemania, estudió en la Universidad de Würzburg y en la universidad de Göttingen, y obtuvo su título de doctor en Filosofía en la Universidad de California en Berkeley. Recibió un diploma del instituto C.G. Jung de Stuttgart. Después de muchos años de práctica privada en Stuttgart y más tarde en Wörthsee, cerca de Munich, vive ahora en Berlín. Ha sido un orador regular en las conferencias Eranos, y ha enseñado repetidamente como profesor visitante en la universidad de Kyoto, en Kyoto, Japón. Estuvo en la facultad de Rutgers del 69 al 72. Ha dado clases y ha enseñado en muchos países (Alemania, Suiza, Austria, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, Rusia, Japón y Brasil) y ante muchas sociedades profesionales. Sus publicaciones que suman más de ciento setenta en el campo de la psicología y en muchos lenguajes, incluyen catorce libros, entre los cuales se encuentra La vida lógica del alma: hacia una noción rigurosa de la psicología (Peter Lang, Frankfurt/Main 1998; 4th edition, 2007). Fue editor de la revista GORGO, una revista alemana de psicología arquetipal. Es el coautor con Greg Mogenson y David L. Miller de Psicología analítica y dialéctica: The El Capitan Canyon Seminar (Spring Journal Books, 2005).

Esta breve presentación fue escrita en el 2010, desde entonces se han publicado sus artículos reunidos en seis volúmenes a la fecha y dos libros más de su autoría: What is the Soul y Neurosis, The Logic of a Metaphysical Illnes. Al menos en ingles sus obras han sido vertidas en diez libros y varios artículos aun no recopilados. Habiendo dicho esto, pasemos a la naturaleza de su obra.

En la psicología profunda varias escuelas se atribuyen la posesión del sistema que mejor entiende la dinámica de la psique. El psicoanálisis como la máxima potestad dentro de esta forma de acercarse a la psicología sufre, sin embargo, del mal de la heterogeneidad, que si bien permite un desarrollo creativo portentoso, obliga a su vez a comenzar siempre de nuevo la tarea de entender los procesos psicológicos desde ópticas muchas veces dispares. Justamente lo que constituye su más grande virtud, es a la vez su más honda debilidad. Es en este campo diverso en el que la psicología analítica, derivada del psicoanálisis, reconstruye el entendimiento de la psique basada en las investigaciones de C. G. Jung, cuya labor fue tan disímil al psicoanálisis ortodoxo, pero que de forma inherente intentó explicar lo que para Freud era el centro de su obra, así lo dice Jung:

«Mirando hacia atrás puedo decir que he sido el único en seguir ocupándome debidamente de los dos problemas que más interesaron a Freud: el de los “restos arcaicos” y el de la sexualidad. Es un error muy frecuente pretender que no he sabido ver el valor de la sexualidad. Por el contrario, desempeña un importante papel en mi psicología, concretamente como expresión esencial –aunque no única- de la integridad psíquica.»

Jung pensaba su desarrollo teórico como una continuación y afirmación de lo que para Freud era el impulso vital de su trabajo, hecho que contrasta con la visión común que se tiene de las discrepancias entre Freud y Jung. Sin embargo, en el caso de la psicología analítica la estructuración del edificio teórico fue muy distinta a la del psicoanálisis. Los junguianos se distinguieron sobre todo por un apego a la teoría del maestro, por lo que la homogeneidad fue el clima que se respiraba habitualmente en los libros y artículos en el que los herederos de Jung daban vueltas, o podríamos decir que circumbalaban, alrededor de lo que ya había sido dicho, en un intento, no siempre consciente de hacer justicia al método amplificador que tanto distingue a esta escuela de psicología. Dicha homogeneidad no permitió un desarrollo teórico variado, ni la incursión de grandes mentes en el ámbito de lo analítico; salvo excepciones, el ambiente junguiano ha sido compulsivamente repetitivo y no ha permitido una complejización conceptual que lo haga más riguroso como disciplina psicológica. 

Cabe decir que ni el psicoanálisis, ni la psicología analítica han logrado la meta implícita de la psicología profunda, no han sabido brindar una visión a la vez unitaria y lo suficientemente compleja para poder acercarse al fenómeno psicológico de forma rigurosa; no a la manera de la ciencia, como lo hacen las psicologías positivistas que en un afán tecnológico objetivan los procesos psicodinámicos, o en su defecto los obliteran; sino posicionarse en un enfoque abierto que permita al fenómeno desplegar su estructura teórica ante los ojos de la psicología en sí misma.

Empero, hay esfuerzos puntuales en la psicología junguiana que constituyen quizá una vía hacia un desarrollo teórico serio, centrado en el fenómeno desde una perspectiva auténticamente psicológica. Entre ellos están los verdaderos transformadores, por ejemplo la escuela inglesa, con innovadores como Michael Fordham,  la escuela Arquetipal liderada por James Hillman y lo que se ha llegado a denominar La Psicología como la Disciplina de la Interioridad, que Giegerich propone como su manera particular de entender y continuar el impulso viviente en la teoría junguiana.

James Hillman, cuestionó las bases esenciales de la psicología analítica. Se preguntó como nadie lo había hecho antes de él si en la cuestiones teóricas del corpus junguiano había huecos insalvables que no permitían el acceso a la realidad de lo que se denominó el “alma”. Para Hillman un acercamiento verdaderamente psicológico, requiere reivindicar como el centro del estudio psicológico justamente eso que le da nombre a la disciplina, la psyche, el “alma”, y no solo el “alma” como el remanente conceptual de una tradición actualizada por el anhelo científico, sino el “alma” como la realidad subyacente a la experiencia de todo fenómeno. Aunado a ello, se necesitaban varias premisas como soporte teórico, por ejemplo el retorno a Grecia o el politeísmo como base de una psicología que reconoce a la imágenes como la forma primigenia de relación con lo anímico, y  por lo tanto el descentramiento del factor humano como núcleo de la obra psicológica y la reconstrucción in situ del edificio conceptual junguiano. Para Hillman el hecho de que el hombre no fuera ya el objetivo de la terapia psicológica, tal como él entendía la psicoterapia, es decir como el cuidado de las imágenes del alma, y para ser más preciso, del alma de la imágenes, requería una revisión de aquello que había sido aparente entre los estudiosos de Jung: sus bases conceptuales.

Hillman retomo los conceptos junguianos y los volvió hacia las imágenes mismas. Mientras en otro momento arquetipos, símbolos, inconsciente, etc. Se concebían como sustancias o dimensiones fuera del fenómeno a estudiar, como el contexto en el que sucedía la vida misma; en la psicología imaginal, fueron aplicados  a su propia semántica de tal manera que los arquetipos se constituyeron en la experiencia arquetipal de todo fenómeno, en la metáfora raíz que le daba vida anímica a cualquier proceso visto desde los ojos del alma. A su vez, el símbolo dejaba su necesidad de confirmarse en la vida cultural de la civilización para poder asumirse como la forma explicita en que la imagen se presenta, así el sueño es su propia interpretación y la imagen es su propia dimensión simbólica. Y en está reformulación de términos lo inconsciente no dejaba de ser sino una cualidad del alma como visión, el secreto latente en todo lo que se revela y que tiene la función básica de guardar en su corazón lo que la imagen dice sobre sí misma.

Si bien la psicología arquetipal aún es psicología analítica, ha llevado o intentado llevar los conceptos junguianos a un nuevo nivel teórico. Su esfuerzo está en re-imaginar lo que había sido convertido en positividad, lo que se había literalizado y que traicionaba así la estipulación de Jung de que el alma es un elemento objetivo y autónomo.

Sin embargo, dicho trabajo no fue continuado por los mismos pensadores que adoptan la semántica hillmaniana, pues la sintáctica del impulso transformador había sido olvidada incluso, en ocasiones, por el mismo Hillman, y solo restaba un cuerpo hueco en donde los viejos conceptos místicos podían campear a sus anchas. Ahí cabían la astrología, la vida simbólica, la cábala, los dioses de cada mujer y una perorata continua sobre la importancia del alma en la vida de las personas. El “alma”, que en principio había sido el impulso viviente en la revuelta conceptual, había sido olvidada y los restos muertos se habían erigido como dioses de oro ante los cuales danzar frenéticamente, con estudios preciosísimos sobre las imágenes y los símbolos que sin duda brillaban con la luz magnífica con la que todo lo obsoleto resplandece.

Se constituyó así un discurso sobre los dioses y sobre el alma, y no obstante el ego seguía teniendo un papel inconsciente en la constitución de esta psicología basada en las imágenes. La psicología se torno en politeísmo, pero no fue un esfuerzo hecho desde su propia necesidad lógica, sino que fue la nostalgia de la búsqueda de sentido lo que demostró una vez más que el camino aun tenia que ser andado.

El problema del politeísmo en la psicología arquetipal es que aquel retorno a la imagen de Grecia y a toda la dimensión mitológica que le da dignidad a las imágenes, evade el terreno histórico en la que una época mitológica había sido fundamentalmente la vida lógica efectiva de un momento particular en el desarrollo de la consciencia. Ya en la Grecia de Platón los dioses habían dejado de ser la potencia subyacente en el espíritu de la época, los dioses eran historias que trataban de explicar diversos aspectos de la realidad, es decir, eran recursos positivos que tenían su verdad solo en el recuerdo de otra época en la cual precisamente el mito estaba vivo y regia como la sintaxis que era en sí misma esa vida que se desplegaba en las historias míticas. El mito, en su génesis, no explicaba nada, era en sí mismo el sentido inmanente del mundo.

Tal como Giegerich alude, el mito es el discurso que se despliega en el contexto en que se desarrolla. El mito es la narración mítica y la dimensión de la consciencia que le da soporte. Si se intenta abordar un mito en la época actual y se pretende que tenga un lugar en las circunstancias actuales, se estará eludiendo que dicho relato responde a un contexto histórico particular, y no en cuanto a la historia del hombre, sino al proceso de desarrollo de la consciencia como la sintaxis que constituye la negación de dicha historia. Ya no es posible comprender lo que implicaba, por ejemplo, el sacrificio humano, puesto que las categorías se han transformado radicalmente; y aunque se
lo intentara el matiz con que se observa tiene los tintes de una época radicalmente distinta a la que requería la sangre explícita como la potencia de dioses ya superados.

La flecha histórica es irreversible. Esto no es sino el resultado de que la consciencia es un proceso continuo de auto-creación, cuyas complejidades inherentes se despliegan solamente para dar paso a lo implícito en las mismas, es la transformación continua del “en sí” al “para sí” o como lo diría Goethe: “Formación, transformación, eterno pasatiempo de la mente eterna”. Por ello, no solo es imposible que podamos comprender un mito particular a causa de nuestra falta de referencias categoriales, sino porque incluso el contexto mítico ya se ha vuelto obsoleto. Los dioses han muerto y no son sino el cascarón vacío de una realidad que ya no los necesita. Y precisamente porque ya no son necesarios es que es posible ahora elegirlos, vivirlos, utilizarlos, estudiarlos y sustituir con ellos conceptos cotidianos; es posible decir que se está abrumado por el amor o decir que Eros ha entrado en la existencia personal, lo cual es indiferente y no deja de ser sino un recurso poético que sin embargo refleja solo artificialmente una experiencia que no puede ser abarcada completamente por lo sagrado, puesto que lo sagrado corresponde a una complejidad distinta y ya sobrepasada. Hermes el mensajero de los dioses tenía que correr grandes distancias para entregar un mensaje, hoy basta con teclear un botón para hacer el mismo trabajo. Esto no significa que haya una mejora, sino solamente que Hermes era suficiente y más que suficiente para poder entender un contexto vivo determinado, pero ya no es capaz de abarcar la complejidad de una nueva realidad que ha emergido de lo potencial implícito en aquella. El espacio que Hermes recorría y el espacio de la física moderna (y no se diga del espacio virtual en internet) son conceptos completamente distintos.

Se puede argumentar que el espacio imaginal que surcaban los dioses es a lo que realmente hace referencia la psicología junguiana y arquetipal. La imaginación, y su “como si”, como la representación fenomenológica prístina. Pero se olvidaría que aun esa imaginación está fundada en categorías psicológicas particulares. La imaginación no es una dimensión perenne e imperturbable, sino la expresión de su propia lógica. Semejante argumento fue enunciado, a su propio modo, por Hillman respecto a la hipóstasis del inconsciente y los arquetipos por parte de Jung. Giegerich hace lo propio en cuanto al alma imaginal.

Es en 1992, en el Festival de Psicología Arquetipal en la Universidad Notre Dame, cuando Giegerich se pronuncia abiertamente y de forma definitiva en contra del uso extensivo y arbitrario que se hacia del politeísmo en la psicología arquetipal, de lo que él denomino el platonismo de la psicología, haciendo referencia al uso de entes metafísicos que sostenían un conjunto de teorías que sin embargo no estaban asentadas en los fenómenos de estos tiempos, sino que intentaban erigirse como la panacea contra un mundo en decadencia. La espiritualidad, los mitos, las figuras divinas, los sueños, etc. se alzaban como la resistencia en contra de un mundo tecnológico, frio, en declive; lo cual equivalía a un esfuerzo neurótico por querer revivir lo que hace tiempo estaba muerto para confrontarlo con una realidad que resultaba inconveniente para el ego.

Para mostrar su punto, en la conferencia que denomino “Matanzas. El platonismo de la psicología y el eslabón perdido con la realidad” Giegerich cuestiono el apego a la verdad de nuestro tiempo, al espíritu de la época, de la terminología arquetipal basada en los dioses y la herencia mítica. Además de refutar su validez en parte con el argumento que ya se ha expuesto, también desgajo una teoría propia sobre la dinámica del “alma” o los pasos históricos de la consciencia. Para Giegerich, la matanza fue el acto primordial en la que la consciencia se libero de su contención en la vida meramente biológica. La consciencia se mató a sí misma para interiorizar la experiencia mortal y sobre ella desplegar una nueva vida, ya no más biológica, sino lógica o, mejor dicho aun, psicológica.

Esta matanza no fue una metáfora o una imagen en la consciencia, fue una carnicería factual, que estuvo dominada por el acto primigenio de la caza, en donde al matar al animal ritual el hombre mataba su dimensión teriomorfica. Mas que el hombre, era la consciencia quien se fecundaba a sí misma a través de la muerte del animal, vivía así en su propia muerte. De ese acto sangriento emergía el “alma” como opus contra naturam. El ser humano ya no era más un animal, era el supra-animal, el animal que se ha negado a sí mismo para existir. 

Así, todo el discurso imaginal adquiere una nueva dimensión en donde ya no era necesaria la terminología vacía de los dioses y lo sagrado, pues ahora el fenómeno podía verse tal como se presenta, estructurado en la unidad de su fenomenología y la vida lógica en que estaba construido, el fenómeno no era solo lo que se presentaba sino la sintaxis que lo dotaba de coherencia en su propio contexto lógico.  Si la matanza no era solo una imagen en la vida imaginal de la consciencia sino que era además un acto asentado en la realidad lógica de la misma, entonces el estudioso de la psicología debía estar atento al hecho de que aprender psicológicamente un fenómeno requiere asumir la verdad presente en él, y no las preferencias del ego y sus teorías sobre lo que tendría que ser el proceso. 

Esto no está alejado de lo que Hillman ya había propuesto tiempo atrás en su revolucionario trabajo “Re-imaginar la psicología”, aunque parecía que las intuiciones vertidas en ese texto se habían desvirtuado casi hasta el absurdo en el campo de la psicología arquetipal. El trabajo de negación de Hillman de la obra junguiana tenia que ser continuado, y no para vivir cómodamente en él, sino ser capaz de cortar la propia carne y, bajo el signo de la matanza, sacrificar las propias convicciones a favor del fenómeno psicológico.

La negación primera, que se había fundado en la reflexión profunda e inédita sobre la psique que hizo Jung y donde sin embargo para sostener sus argumentos tuvo que  recurrir a modelos externos a la propia psique e incluso hecho mano a la postitivización de la misma, necesitaba ser negada a su vez. Hillman negó la posición junguiana y a través de ella erigió una disciplina que diera soporte al hacer alma, poniendo entre paréntesis aquellos conceptos que los junguianos tenían ya sobre entendidos. En esta tradición, la obra de Giegerich se erige como la negación de la negación del pensamiento psicológico, no solo presente en Jung o en Hillman, sino de la ciencia psicológica en general, pues ya no solo pone en entredicho los conceptos analíticos sino todos aquellos enunciados sobre los que la psicología misma está posicionada. Se puede decir que el movimiento de Giegerich consiste en cortar la propia rama sobre la que yace la teoría psicológica a fin de hacer emerger a la conciencia la verdadera psicología.

Sin embargo, como movimiento dialéctico, el propio hacer de la psicología guarda en la memoria aquello que ha sido sobrepasado. No se trata de descartar lo que en Jung o en Hillman se expresaba, sino permitir que lo no pensado en ambos emerja como lo explícito de una psicología cada vez más apegada a la verdad de sí misma.

El opus que Giegerich desarrolla, es concebido por él, como la continuación de lo en que Jung era la lava ardiente de su impulso. Jung tuvo la oportunidad, como cada gran pensador, de ponerse a la altura de la noción que pugnaba por desplegarse de la forma más apegada a su verdad (la verdad de la noción, su contexto lógico). El autor es así llamado a estar a la altura de dicha noción y su trabajo es este esfuerzo continuo por darle su lugar a aquella voz interna que habla en el fenómeno. Jung no siempre estuvo a la altura, por ejemplo al concebir al sujeto como el fiel de la balanza en los asuntos anímicos o al no permitir que sus herramientas conceptuales se desbarataran a sí mismas y se superaran de tal forma que la vida en ellas siguiera su rumbo, en cambio hipostasio ideas como inconsciente, arquetipos, complejos etc. Y aunque más tarde Hillman reconstruyó creativamente el camino hacia esas intuiciones, aún hay un trecho que recorrer.

Al principio se dijo que la meta de la psicología profunda era concebir un modelo que reflejara fielmente la dinámica psíquica. En Giegerich este objetivo ha sido sobrepasado, pues ya no se trata de explicar con una teoría lo que la psique pueda ser, al contrario el objetivo está orientado a la apertura hacia la teoría que la propia psique tenga de sí misma. Pero esto es aún la mitad del camino, pues decir que la psique es la meta es no haber aplicado la diferencia psicológica aun, es decir la diferenciación entre lo psíquico como el fenómeno en su superficialidad semántica y la psicología o el orden de la estructura sintáctica. Así que habrá que reformular lo anteriormente dicho de la siguiente manera: en la obra de Wolfgang Giegerich la psicología se contempla a sí misma y así la consciencia por fin llega a casa.