La tentación del profeta

Logos del alma

“En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo…”
E. M. Cioran

Historias sórdidas se arremolinan alrededor de los maestros espirituales, perversiones, excesos, vejaciones y el abuso de poder giran en torno a aquellos que se han erigido como lideres de la vida de los otros. Desde el pequeño cabecilla de un grupo hasta el célebre gurú y, por supuesto, el psicoterapeuta, en todos ellos un daimon no reconocido se ha apoderado de sus vidas y de sus discursos y los ha hecho creer que pueden salvar al mundo y a los hombres y que merecen ser recompensados por ello.

C. G. Jung hacía notar que uno de los riesgos al explorar los procesos psíquicos era la posibilidad de que el psicólogo y el paciente se identificaran con ellos, es decir, que en su viaje en la exploración de los contenidos colectivos se dejarán invadir por los mismos y se constituyeran como los portadores de la verdad de la época y los conocedores de los misterios del inconsciente. Una suerte de posesión psicótica donde el ego, en lugar de ser fragmentado, se identificara con la fuente de los sucesos, con la psique objetiva.

Dicha situación encuentra su asiento en la necesidad egoica por ser una presencia vital en el medio de los sucesos y ser dotado de un monto exagerado de importancia personal. Adler llamó “complejo de inferioridad” a esa conducta donde el reconocimiento aciago de la vulnerabilidad de los órganos provoca que, de manera neurótica, el sujeto confunda un ideal con la realidad presente y se afane, en consecuencia, a cubrirse con fantasías grandiosas, mezclándose en ellas y siendo sostenido por una comunidad.

El guru necesita de seguidores que le instiguen a cargar con aquello que ellos no se atreven a representar. Todo maestro requiere alumnos que lo perpetúen en su papel y a su vez que éstos asuman la necesidad de dar soporte a su ideal particular en la forma de un hombre cuya neurosis sea lo suficientemente adecuada para recibir su propia hybris. El maestro espiritual es un hombre que ha cometido el pecado de la superbia, que ha ido demasiado adelante de sus limitaciones humanas y cuya retribución ha de ser contraída por sus víctimas, ellas serán los animales sacrificiales que se ofrezcan a la Nemesis vengativa.

Ante lo dicho, el psicoterapeuta ha de guardarse del peligro que representa la mentalidad del profeta, pues en el consultorio es muy sencillo caer bajo la impresión de que lo que se habla es dicho por la lengua del individuo, de que es el terapeuta quien conoce las vías por las cuales los símbolos se comunican y que él le enseña al paciente como debería vivir su vida psíquica para alcanzar los objetivos de su propia alma. El psicólogo, desde esta óptica, se apropia indebidamente del papel del psicopompo que guía al paciente por su tránsito en el inframundo y éste último, a su vez, corre el riesgo de encarnar otras figuras de posesión de los contenidos colectivos: el del discípulo y el del enfermo.

En la relación profética el arquetipo queda escindido y el psicoterapeuta se encarga de representar al sanador, aquel que porta la égida de la vara de Asclepio y que es capaz incluso de dar vida a los muertos; mientras que el paciente toma para sí la tarea de ser el avatar del síntoma, el enfermo que participa de esa folie a deux, mostrando al dios frente a él la ofrenda de su patología. Juega así un juego antiquisimo de participación mística, pero en un contexto donde tal relación destruye las vidas psíquicas de ambos, pues el ego ya ha nacido y no hay marcha atrás en el curso de la historia del alma.

En realidad, el psicoterapeuta y el paciente transitan por la senda de un misterio que se abre siempre y nuevamente ante cada sesión. Él psicólogo no es un experto, ni es un sanador, ni mucho menos un profeta, sino solo quien está dispuesto a brindarle atención al diálogo profundo que ocurre en los diversos planos narrativos de la consulta; su tiempo siempre es el presente y su trabajo es permanecer ahí donde los pacientes tratan, bajo muchos medios, de escapar de los desafíos de su existencia.

Por ello, el psicólogo tampoco debería huir al futuro, a la prognosis, dado que lo pretérito y el devenir están contenidos en el vaso hermético del momento presente del tiempo terapéutico. Un proceso autónomo que debe ser atendido de manera diligente y rigurosa, a sabiendas de que el verdadero hacedor de sí mismo es el síntoma, aquel pensamiento que se piensa a sí y que ha sido ocluido por un contexto determinado de la visión volitiva del paciente. Es el logos del pathos lo absoluto e indeterminado que rige la labor psicoterapéutica, dirigido únicamente hacia sí mismo y que, por ende, no puede ser soportado por ningún individuo humano.

La humildad psicológica

Logos del alma

La búsqueda de una visión psicológica de los fenómenos acarrea la pregunta inmanente sobre el alma como la noción nuclear de la cual se desprenden las reflexiones que configuran una ciencia psicológica particular, distinta a la óptica materialista que se funda en la positivización de las imágenes e ideas anímicas y que asume, de manera reduccionista, que sus formas anquilosadas son la causa primera de lo psicológico.

Otra de esas reducciones sucede cuando el ser humano es concebido como el factor primordial de la psique. En el humanismo psicológico la imagen del hombre se exacerba y se convierte en una potestad que ya no puede concebir al sistema imaginal del cual es parte. Entonces, los fenómenos psicológicos encuentran su asiento en la persona y ésta se retrotrae a etapas infantiles donde la fantasía narcisista es alimentada por la esperanza de volver a ser el centro de la propia existencia.

Cuando Freud planteó el giro copernicano como la base de su labor psicoanalítica, suponía que el devenir humano ocurría en la forma de una humillación constante del sujeto, quien encerrado en una visión narcisista debía de romper los lazos con su grandiosidad para resignarse a ser quien es. Jung, por su parte, decía: “En mi caso, el progreso del peregrino consistió en tener que escalar mil escaleras hasta que pude alcanzar con mi mano el pequeño terrón de arcilla que soy”. En ambas concepciones subyace la presunción de que el individuo es pequeño en contraste con la realidad psíquica y que, por lo tanto, ser él mismo supone conformarse con su pequeñez.

También en la obra de James Hillman y de Wolfgang Giegerich hay un acento importante en la autonomía y en la objetividad de los procesos psíquicos, lo que involucra una toma de posición ante el humanismo preponderante. En esta tradición analítica se reconoce que la soberanía de la consciencia es un fundamento experiencial del trabajo que se lleva a cabo en el consultorio y en cualquier lugar donde se desarrolle una obra fundada en el espíritu de una psicología con alma. Se acepta que el sujeto no es el centro del aparato psíquico, sino un elemento más entre la gama de sujetos objetivos que conforman el entramado anímico.

Sin embargo, ante el compromiso psicológico con la psique objetiva, es debido preguntarse si la autoridad de los fenómenos psíquicos realmente es respetada por el psicoterapeuta, tanto en su concepción como en el abordaje de los mismos. Porque cuando el psicólogo analítico ata al síntoma a las necesidades de la persona, suponiendo que son los individuos el contexto, la fuente y el objetivo de los fenómenos psíquicos y que éstos tendrían que responder a los criterios de desarrollo y a las dinámicas cognitivas de los sujetos humanos; se olvida, en consecuencia, de que cada disposición, cada imagen y cada idea es una persona en sí misma.

Los fenómenos psicológicos no son objetos, son ficciones que tienen una vida anímica propia y ellos dictan el destino psicológico de la gente. Su única necesidad es representarse, encarnarse en modos singulares que les permitan dirigirse hacia el telos que está fincado en su peculiar estructura. Son narraciones verdaderas que tienen una naturaleza ouroborica que se realiza dialécticamente en forma de nociones que se piensan constantemente a sí mismas. La misma idea de lo humano se ciñe a esta dinámica inherente a su esencia psicológica y es a ella a quien le sirve irremediablemente, de manera inconsciente.

Jung llamaba a los sujetos objetivos: “la gente pequeña”, pero no de forma despectiva, los nombraba así para atender el asunto de su misteriosa personalidad, la cual se escapa siempre de la mirada de quien pretende conocerles. Son ellos los dueños de la casa, de la que el ego es un invitado más, y acaso el más reciente de todos. Por eso, como psicólogos analíticos, es un deber hacia la naturaleza autónoma del alma el poder liberarse de la concepción limitante de que la psique es una formación enclaustrada en la ecuación personal humana, cuando realmente es una organización política donde todos los elementos se conjugan en la vida lógica que supone la mente y cuya esencia es inhumana.

La memoria no almacena, fabula sus recuerdos

Logos del alma

Recordar se asume como un acto de recopilación. Los recuerdos se imaginan almacenados en alguna parte del cerebro, a donde la memoria acude para retomarlos como impresiones fieles de la realidad realmente vivida. Pero como Jung sabía, la realidad es lo irrepresentable, aquello que solamente puede ser asido por medio de la imaginación, reconstruido sobre modelos ya inscritos en la estructura objetiva del psiquismo, por lo que rememorar no es una cualidad humana, su potestad corresponde, verdaderamente, a los dioses.

Mnemósine, la memoria, es aquella titanide que junto a Zeus procreó a las musas, las representaciones de la poiésis salvaje de una consciencia en ciernes, que develó el mito para su propio deleite. Es así que esta figura de la memoria imagina narraciones verdaderas, siendo el epíteto “verdadero” no la confluencia entre una narración y su realidad, sino el diálogo entre un fenómeno y lo pensado en él, como la reconstrucción, incesante, de su estructura discursiva.

La memoria, por ende, resulta ser un movimiento creativo, que a través de imágenes y afectos edifican una continuidad mítica que coincide con los factores de la ecuación personal. La identidad, de esta manera, es una fantasía fundada en la necesidad del organismo de constituirse como una unidad homogénea. Sin embargo, aún como predisposición subjetiva supera los límites del individuo y se inscribe en los márgenes de un alma que se expresa continuamente en su singular transformación.

En el consultorio el paciente intenta construir una narración coherente sobre su vida, comenta un conjunto de hechos dispares y los une a través de la suposición de la causalidad entre ellos. Lo mismo sucede cuando relata un sueño, el orden de las imágenes viene mediado por la esperanza de que se puedan conjugar en un patrón. La personalidad es justamente ese conjunto de imágenes experimentadas que se unen a través de un hilo conductor por medio del diálogo constante con las figuras de la psique, sin embargo esas imágenes no son producto del ego, sino que él las encuentra hechas y les brinda coherencia en un esfuerzo por mantener la cohesión de las mismas.

En ese sentido, en el trabajo terapéutico, no debe olvidarse nunca que lo que se escucha es una ficción construyéndose de manera ininterrumpida, no son recuerdos positivamente reales en principio, son fabulaciones que se van sucediendo y que son tomadas al vuelo para poder moldear un relato. Freud lo descubrió cuando en una carta a su amigo Fliess les escribía: “mis histéricas me mienten”, con ello rompía con la teoría del trauma que estipulaba la causalidad entre lo real y las experiencias psíquicas y comenzaba así la mitologización de su teoría, en un intento de responder a las ficciones del alma con ficciones teóricas.

El alma imagina sus recuerdos porque la memoria no es más que un quehacer mitologizante, pero esto no debe ser leído desde el prejuicio común que indica que la realidad positiva es superior en grado a las construcciones ficticias, al contrario todo lo que se dice en el consultorio es verdad precisamente porque es inventado, pues en psicoterapia tratamos, decía Jung, con las fantasías, con la realidad psíquica.

Del concepto del «alma» en la psicología analítica: Jung, Hillman y Giegerich

Logos del alma

Aunque la palabra “alma” es despreciada por la psicología académica como un arcaísmo, sin embargo constituye una parte ineludible de su etimología, pues psyche es el equivalente a un elemento que representa el puente entre el hombre finito y la esencia infinita que lo permea. En la obra de Jung el alma es la noción central de su concepción psicológica, se encuentra en el titulo de tantos ensayos y conferencias suyos, incluso él distingue su psicología como una psicología con alma, a diferencia de otras concepciones materialistas que han perdido todo contacto con su raíz anímica. Karl Kerenyi, en una entrevista posterior a la muerte de Jung, refería que su singularidad como pensador y la gran fuerza de su obra fue su profunda y genuina creencia en el alma como una realidad ineludible.

La palabra alma (seele en alemán) reúne una concepción especifica del fenómeno psíquico y Jung la utiliza en varios sentidos: a) Como la organización transpersonal orgánica de la consciencia como totalidad, a la cual denominó “la realidad del alma” y la caracterizó por su objetividad y como un componente psicoide, b) también para referir el complejo de interioridad del sujeto, es decir su personalidad interior que se ve alimentada tanto de las predisposiciones arquetipales como de las influencias del medio ambiente y c) finalmente cual sinónimo del concepto anima y su función mediadora entre las dimensiones consciente e inconsciente de la psique.

Curiosamente, en su obra el termino seele fue sustituido paulatinamente por el término selbst (Sí-mismo) como la representación de la organización interna de la psique, donde la palabra «interna» no esta en contraposición a una exterioridad, sino que apunta a la integración de lo externo y lo interno del mismo fenómeno. Por lo cual, se entiende que hubo un titubeo en Jung por seguir utilizando de forma amplia el vocablo «alma».

Así que “alma” en Jung es evocada en dos acepciones colindantes: como el carácter general de la psique y como el sentimiento de intimidad del sujeto y los factores aledaños. El alma, entonces, es la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos, tema que será retomado por Hillman y luego por Giegerich.

James Hillman asume muchos de los elementos junguianos que definen el alma, pero pone énfasis en su carácter creativo, en su indeterminación y en su pluralidad. Para Hillman el alma no es una cosa concreta, ni una sustancia psíquica, más bien es una manera de ver a través de los múltiples fenómenos, es la perspectiva psicológica que transparenta las imágenes y las conduce a su naturaleza metafórica como “eterna recreación” de sí mismas.

El foco de atención de la psicología arquetipal está puesto en la función poiética de la psique, la cual genera continuamente imágenes como una representación incesante de la relación consigo misma, por ello para Hillman el alma no habla del hombre sino solamente de sí. La psicología es, en consecuencia, el estudio del logos de la psique, no del individuo. Hay una diferencia ontológica entre el alma y el ser humano.

Desde tal diferencia, la metáfora principal de la psicología la constituye el alma y su función es esencialmente imaginal, pues se deriva en múltiples significados en una miríada de imágenes vivas donde se representa la propia ambigüedad del movimiento psíquico. Entre sus funciones están la de hacer posible el significado al psicologizar los eventos y convertirlos en experiencias, al mismo tiempo que conduce al fenómeno a su raíz mítica que es la propia imagen de la muerte y finalmente permite la especulación reflexiva que trueca toda realidad en una forma simbólica.

Entonces, para Hillman el alma es la actividad psíquica creadora de representaciones, la verdadera realidad psicológica, que es una perspectiva que observa al mundo para hacerse consciente de sí misma desde la pluralidad psíquica. Es el sentimiento de interioridad de cada imagen y de cada fenómeno. El ser humano la experimenta como parte de su contexto psíquico y debido a su naturaleza de interioridad la confunde con su propia intimidad y la llama: “su alma”; pero el alma no le pertenece al hombre, más bien ésta lo edifica de manera incesante y permite que el ego, esa imagen que niega su propia naturaleza imaginal, pueda concebirse a sí mismo como una ficción, tocada por la mano mitologizante de la muerte.

Wolfgang Giegerich, en la misma estela de Hillman elabora las ideas de Jung y procura seguir el avance dialéctico presente en las mismas, sin embargo su abordaje difiere en algunos puntos esenciales, producto de haber puesto en el vaso alquímico el proceder y la teorización junguiana. Este devenir en su obra es patente en el mismo concepto del alma.

Para Giegerich el alma no existe y, sin embargo, es el órgano esencial del proceso de pensamiento de la consciencia, entendida ésta no dentro de la polaridad consciente-inconsciente, sino como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambos, por lo que la consciencia es un equivalente de alma y de vida lógica.

La vida lógica es aquella mutación de la propia vida biológica que ha interiorizado como su centro la consciencia de la muerte. A través del proceso de la matanza ritual, el alma mató en sí misma su sustrato óntico y lo sumergió dentro de sí por medio de inflingirse la muerte de forma deliberada para poder integrarse en la negación dialéctica. En esta matanza primordial el alma sucumbió ante sí misma para emerger a su dimensión lógicamente negativa como pura noción o como una idea que se ha vaciado de sustancia para permanecer en el reino de la preexistencia.

Por ello, Giegerich dice que el alma no existe, no porque no sea potente, pues al contrario es lo más real y aquello que proporciona dinámica a los fenómenos. Pero aunque está en todos los lugares su presencia es intangible, no como un fantasma o como una entelequia, sino como un proceso puramente eidético, de naturaleza negativa, que funciona como la sintaxis de todo lo psicológicamente existente.

El alma comprende los significados compartidos por el proceso de pensar. Tales significados son autogenerativos y solo están dirigidos a su propia recreación. Su modelo estructural es el lenguaje, por consiguiente se puede concebir como un dialogo sin enunciador y sin otro objeto que el mero acto de dialogar. Pero tal intercambio no es un monologo, porque la experiencia de la otredad ocurre de forma inherente en ese acto de pura productividad.

En la vía productiva del alma, los desechos de su actividad son las obras de la cultura, que permacenen como cadáveres del proceso de la consciencia pensando sobre sí misma, y es en estas positividades donde el alma lleva a cabo la tarea de interiorizar dicha literalidad para impulsarse nuevamente hacia su senda negativa. Pero el alma no es el aliento que da vida lógica al cadáver, es la tensión que surge en ese encuentro.

Por ende, para Giegerich la psicología es la ciencia del alma, o más bien, la disciplina que se pregunta constantemente por la noción del alma y el anhelo que impulsa esta búsqueda de saber no puede ser satisfecho en el devenir, debe haber sido realizado en el pretérito perfecto del fenómeno, su verdad es anterior y el viaje busca llegar a aquello que ya ha ocurrido. El alma mora en el reino de la preexistencia y el psicólogo hace referencia a ella de manera mitologizante para poder concebirla, pero ella es solamente el proceso de interiorización de cada fenómeno en su noción particular.

En virtud de lo ya dicho se puede entender que hay convergencias en las posturas de cada uno de estos tres autores en cuanto al concepto del alma. El alma es el núcleo de la disciplina psicológica y proporciona la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos. Éstos se pueden pensar como “profundos” porque hay un órgano psicológico que se encarga de interiorizarlos y convertirlos en imágenes, símbolos o ideas. La vida simbólica es la constatación del proceso anímico realizándose, inmarcesible, como “formación, transformación, eterna recreación de la mente eterna” como le gustaba citar a Jung.

También coinciden en el esfuerzo por desmistificar la palabra alma y comprenderla como un termino necesario para poder hacer psicología, sin embargo mientras en Jung aún hay rastros de una posición metafísica. Hillman y Giegerich intentan resolver esta situación de forma particular. Hillman integra la naturaleza objetiva en cada una de las imágenes psíquicas, por lo que el alma no requiere comprenderse como ajena al fenómeno. Por su parte, Giegerich hace un corte entre una dimensión anímica y una dimensión humana o positiva, con lo que logra evidenciar la relación dialéctica entre ambas, pudiendo concebir al alma definitivamente como el proceso de pensar del propio fenómeno, y ya no como una cualidad de un inconsciente ni bajo la necesidad de un pensamiento imaginal que lo sostenga con su mitologización.

Es importante recalcar el énfasis que pone Giegerich en el papel primordial del alma como una actividad, él la llama pura actuosidad, aludiendo al termino medieval, con lo que sugiere que su carácter negativo limita la tentación, siempre presente, de hipostasiar un hecho insustancial. El alma es puro concepto, solamente movimiento psicológico, la esencia eidética del fenómeno, y aunado a ello la psicología solo se puede entenderse como la disciplina que esté siempre en pos de la definición de alma y que dialoga con la intuición sicigial de saber qué es el alma y al mismo tiempo nunca saberlo del todo.

Finalmente, se observa que la noción de alma es central en la psicología analítica porque evoca el corazón conceptual de una disciplina que, a diferencia de otras escuelas psicológicas, asume que la psique es un sujeto objetivo que tiene su fin en sí mismo y que es autónomo en su dinámica singular. El hombre participa de ese movimiento pero no lo provoca ni le pertenece, al contrario, él mismo es un lenguaje con el cual el alma habla sobre sí misma de forma tautológica, pues como Jung intuía la vida psicológica sucede, no tiene una causa fuera de sí, y se impone siempre como una tarea.

Sobre la paranoia

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen 7 de sus Uniform Edition, capítulo 22 pp. 307-354

Traducción de Alejandro Chavarria

Comenzaré con dos declaraciones de autoridades de la religión para situar mi tema, la Paranoia, en el contexto más amplio de este Tagung,1 lo Oculto, y para afirmar de entrada que esta conferencia se situará en esa coyuntura en la que la psicología no puede separarse totalmente de la religión -la religión como relación con la divinidad y como relación con la comunidad-, es decir, donde la psicología se ve arrastrada a considerar la teología y la política. La primera de estas afirmaciones es de un psicólogo, William James:

Si se nos pidiera que caracterizáramos la vida religiosa en los términos más amplios y generales posibles, podríamos decir que consiste en la creencia de que existe un orden invisible, y que nuestro bien supremo reside en ajustarnos armoniosamente a él. Esta creencia y este ajuste son la actitud religiosa en el alma.2

La segunda afirmación procede del principal diccionario teológico de Kittel, la entrada sobre «Apocalipsis».

Toda religión se ocupa de algún modo de la manifestación de la deidad. Consiste en eliminar la ocultación. No puede haber acceso directo a la deidad… la deidad está oculta. Incluso el hombre primitivo lo sabe. Por otra parte, no podría haber trato, y mucho menos comunión, con un Dios que permaneciera permanentemente oculto. En el sentido más amplio, por tanto, toda religión depende de la revelación… pertenece a la naturaleza de la deidad manifestarse. Lo que realmente cuenta es el método correcto.3

«Lo que realmente cuenta es el método correcto». Lo esencial no es la revelación como tal, sino la revelación correcta o, en palabras de Santiago, «ajustarnos armoniosamente» al orden invisible.

Las definiciones de revelación correcta pertenecen a la teología, mientras que las determinaciones de revelación errónea, falsa o engañosa pertenecen a la psicología anormal y a su categoría de paranoia (término que utilizaré para englobar a los paranoicos, paranoicos, etc.). En particular, en este estilo de comportamiento y en este tipo de carácter es donde encontramos intentos sinceros de ajustarse al orden invisible, vidas vividas para estar de acuerdo con la revelación que debe -siguiendo nuestras dos autorizadas afirmaciones iniciales- concederse la descripción de vidas vividas religiosamente. Y, sin embargo, la paranoia es una locura profunda, central, a menudo desastrosa y crónica. Aunque al principio nos centraremos en el método incorrecto, o paranoico, de revelación, nuestro objetivo va más allá, ya que suponemos que investigando lo incorrecto, o el engaño, podemos llegar a comprender lo correcto, o la revelación. Esperamos obtener incluso una mayor comprensión para entender por qué este lenguaje de lo correcto y lo incorrecto parece tan crucial en los contextos tanto de la paranoia como de la revelación.

Psiquiatría y paranoia

Paranoia: enajenación mental, locura, delirio, locura. Para + Noia: sobre pensar, mentalidad que está fuera de lugar, defectuosa, derouté, entgleist, dis-traída. Según Esquilo (Tebas, 756), fue la paranoia lo que hizo que Yocasta y Edipo fueran pareja. Según Eurípides (Orestes, 822), el asesinato de Clitemnestra fue una paranoia. En Platón (Theatetus, 195a), ese diálogo sobre el pensamiento correcto, la paranoia se utiliza para una persona que constantemente ve, oye y piensa mal, clasificando las cosas en lugares equivocados. Para Plotino (Enéada VI.8, 13: 4), paranoeteon se refiere a la desviación o relajación del razonamiento estricto.

Aunque se remonta al Corpus Hipocrático (donde paranoia aparece entre muchos términos similares –parakruein, paraphron, paraphrosyne, etc.), la palabra vuelve en su sentido común a medida que la psiquiatría se elabora a sí misma en nuestro sistema moderno actual, en particular a través de Rudolph Augustin Vogel, Johann Christian Heinroth, Wilhelm Sander, Carl Friedrich Otto Westphal, Karl Ludwig Kahlbaum y, finalmente, Emil Kraepelin, y con ellos las disputas en cuanto a su estructura, sus orígenes, curso y pronóstico, su tratamiento y, especialmente con Karl Jaspers, su naturaleza esencial. Porque si se pudiera establecer la definición esencial de la paranoia, entonces sí que podríamos definir la verdadera locura y atender a una mente enferma. Y la paranoia sigue atrayendo a mentes importantes a su red: Jacques Lacan, cuya disertación médica es sobre la paranoia; Elias Canetti, que concluye su gran obra, Masa y Poder, con un capítulo sobre «Gobernantes y Paranoicos».4

En el gran desfile de cuadros clínicos, esas imágenes inquietantes que presentan la historia de la psicología médica, la paranoia destaca como el único síndrome importante que no se ha reducido a la fisiología.5 Mientras que la manía y la melancolía, las esquizofrenias e incluso las personalidades patéticas se imaginan con bases orgánicas en la biogenética o la bioquímica, la paranoia sigue siendo, independientemente de la escuela que la defina, verdaderamente mental, un síndrome noético, un trastorno del nous.6 Puesto que la paranoia afirma la posibilidad genuina de que la Mente se vuelva loca, que hay Geisteskrankheit, la paranoia afirma la autonomía y la incontrovertible obstinación del Geist, y por lo tanto es un tema apropiado para Eranos.

Las preguntas psiquiátricas -¿cómo se origina?, ¿cuál es su estructura esencial, su curso característico y su posible remedio?- sitúan una investigación no sólo dentro de la fantasía médica de una entidad como enfermedad, sino también dentro del topos del realismo filosófico (en el sentido medieval) al que nosotros también nos adheriremos en este artículo incluso al examinar casos individuales. Supondremos que existe un referente para el término, que el término tiene una realidad sustancial, que se pueden analizar estados mentales aparte de las mentes individuales, que lo universal abarca e informa lo particular.

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Ya sea definida por los franceses como monomanie, folie raisonnante, délire chronique, o por la psiquiatría germanófona como primäre Verrücktheit, la característica determinante de la paranoia es la presencia de delirios (Wahnideen). «El delirio», escribe Niel Micklem, «es la esencia psíquica de la psicosis. La paranoia presenta el estado delirante más inmediata y abiertamente.»7 Así pues, la paranoia es efectivamente el trastorno mental paradigmático. Los delirios pueden ser de persecución (que me vigilan, me siguen, se burlan de mí); de celos (que mi mujer hace señales a los hombres a mis espaldas); de referencia -hipocondríacos, eróticos o querulantes- (que me ocurren diversos fenómenos por culpa de otros); y, en cuarto lugar, delirios de grandeza o megalomanía (que me llaman, que soy de alta alcurnia o que sobreviviré a una perdición venidera). Independientemente de lo peculiar que sea el delirio y de la duración o tenacidad con que se mantenga, debemos recordar lo que insisten todos los libros de texto, que «por regla general, el comportamiento, las emociones y el intelecto de los pacientes que sufren de este modo están bien conservados, de modo que si sus premisas fueran ciertas, su actitud general y su conversación pasarían por casi normales».8 «La conducta general, el habla y… las reacciones permanecen inalteradas.»9 «El deterioro del funcionamiento diario es raro. El funcionamiento intelectual y ocupacional suele estar preservado, incluso cuando el trastorno es crónico.”10

La psiquiatría clásica define el delirio simplemente como una creencia falsa. Una falsa creencia ordinaria es incorrecta, pero un delirio paranoide es incorregible; es impermeable a la persuasión por los sentimientos, a la lógica de la razón y a la evidencia de los sentidos.

Por ejemplo, este cuento psiquiátrico clásico. Un hombre cree que está muerto. Le dice a su familia: «Estoy muerto». La familia lo envía a un especialista. De inmediato, el hombre y el médico comienzan a discutir. El médico apela a sus sentimientos sobre la vida, sobre su familia. A continuación, el médico razona con él, mostrándole la contradicción inherente a su afirmación, que las personas muertas no pueden decir que están muertas porque eso es lo que significa estar muerto. Por último, el médico recurre a pruebas sensoriales. Le pregunta: «¿Los muertos sangran?». «Claro que no», responde el paciente, desdeñoso de la lenta simplicidad de la mente médica, «todo el mundo sabe que los muertos no pueden sangrar». El médico le pincha el pulgar. Paciente y médico se quedan mirando la burbuja de sangre. «Pues, sabe qué, doctor», dice el hombre, «¡los muertos sí sangran!».

Incorregible. Las percepciones y los razonamientos apoyan, más que contradicen, que está muerto. Los sentimientos, la razón y los hechos contribuyen a las defensas explicativas y sistematizadas de la experiencia primaria, una experiencia primaria que es un estado de conocimiento, una realidad noética en la que el paciente está fijado y que da sentido a todos los demás acontecimientos. «… el entorno ofrece un mundo de nuevos significados. Todo pensamiento es un pensamiento sobre significados… Hay un conocimiento inmediato e intrusivo del significado, y es esto lo que constituye en sí mismo la experiencia delirante.»11 La paranoia es un trastorno del significado.

Y ahora la pregunta: ¿Podemos distinguir el engaño -este «conocimiento intrusivo inmediato», este «momento de fijación» de modo que «la conciencia del significado, y por tanto de la realidad, se vuelve engañosa»12– de la revelación, tal como la define Richard Niebuhr: «Revelación significa este acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos».13

A continuación examinaremos tres casos con el fin de distinguir el engaño de la revelación.

Tres casos

Nuestro primer caso es el de Anton Boisen, pastor presbiteriano, autor de numerosos trabajos sobre psicopatología, psicología pastoral y religión, que publicó en 1960 el relato de su crisis nerviosa cuarenta años antes.14 En su prólogo, Boisen escribe: «Ofrezco esto como un caso de experiencia religiosa válida que fue al mismo tiempo locura de la variedad más profunda e inconfundible.» A los cuarenta y cuatro años, antes de asumir su primera Iglesia, se recluyó para examinar su experiencia religiosa y formular una Declaración de Creencias (78). Mientras escribía la Declaración, señala después, se produjo en el tercer párrafo una «transición hacia un estado anormal» (81). Señala un momento exacto: «De repente surgió en mi mente con tremenda fuerza esta idea» (81) «de que los débiles y los imperfectos deberían estar dispuestos a dar sus vidas, los imperfectos por los perfectos y los débiles por los fuertes… que la familia debería consistir de cuatro y no de dos, de los fuertes y los perfectos y de los ángeles guardianes» (80). «Junto con esto vino un curioso esquema que copié mecánicamente y repetí una y otra vez, como si aprendiera una lección» (81): un esquema cuádruple de los débiles, los fuertes, los perfectos y los imperfectos (82, 88). «El impacto fue tremendo y me sentí como atrapado en otro mundo» (82).

«Todo empezó entonces a arremolinarse. Parecía que el mundo se acababa. Algún tipo de cambio se avecinaba. Sólo unos pocos átomos diminutos que llamamos ‘hombres’ iban a salvarse. Yo iba a ser uno de ellos. Sin embargo, podría ayudar a otros» (83).

Tres días después, Boisen fue llevado al Hospital de Psicópatas de Boston, y permaneció bajo atención médica durante quince meses, a veces violento -cantando y gritando y golpeando el cristal (87, 94). Hablaba de morir para poder nacer de nuevo (107); en repetidas ocasiones se golpeó la cabeza contra una pared de ladrillo (106) e intentó ahogarse en la habitación de la bañera, donde pasó muchos días en vigilia en el suelo. En la primera carta que escribió junto con su Declaración de Creencias, Boisen dice: «el motivo que me ha sostenido durante todo este asunto es la convicción de que realmente estaba actuando en obediencia a un mandato divino» (85). Siguió dominado por la «idea del inminente desastre mundial y… la familia de cuatro», que se convirtió en un diagrama circulatorio cuaternario que conducía a un centro (88). La familia de cuatro sería un medio de prevenir la infección sifilítica (119). Durante este período de intensa ideación delirante, «parecía que el mundo era todo oídos, y que las palabras que yo había pronunciado traerían mi perdición» (86); «logró subir al sol» y se ocupó persistentemente de la luna (100), donde se encontraba a veces y «donde todos los intereses se referían franca y abiertamente a … la reproducción y el sexo … al llegar uno a la luna era probable que el sexo cambiara y … los médicos trataban de determinar si uno era hombre o mujer». Se descubrió que no era ninguna de las dos cosas (94), aunque creía que el sacrificio significaba «convertirse en mujer» (89) y que él era la mujer Magdalena y tenía «que volverse loco para casarse» (89). Además, creía que «debía descender al nivel más bajo posible» y a menudo adoptaba posturas desnudo en el suelo (120), lo que provocaba que los asistentes le golpearan con dureza (100).

Boisen estaba continuamente ocupado en pensar, a menudo en planes para derrotar a sus enemigos que requerían una «vigilancia constante» (120). Los médicos no eran de fiar. «Todo tenía un significado más profundo. Los pacientes… los asistentes y los médicos. Los diferentes tipos de comida significaban algo… y siempre era difícil saber qué comer y qué no» (120). Estaba inmerso en un gran acontecimiento cósmico, «se estaban formando nuevos mundos. Había música por todas partes, ritmo y belleza» (89). Un corderito nacía en una habitación del piso de arriba (90) y, al mismo tiempo, se producía una terrible catástrofe mundial – «la civilización cristiana parece condenada» (119)-, todo lo cual producía una «lucha titánica que aún no estaba decidida» y que a veces dependía sólo de él (107). Para orientarse, abrió la Biblia al azar (53-54), concluyendo, al mirar cuarenta años atrás, que «aquí había algo más que coincidencia… Aquellos pasajes de las Escrituras se referían con asombrosa franqueza a las cuestiones más importantes en su mente». (200).

Boisen se recuperó. Su relato de la recuperación incluye, por supuesto, la comprensión del trastorno. Por insight entiendo aquí un desplazamiento o tropo dentro de una revelación, de modo que la misma idea adquiere un sentido diferente. Este desplazamiento es precisamente lo que buscamos, pues sería nada menos que un medio para distinguir entre el método de revelación correcto o religioso y el incorrecto o psicopatológico. Los delirios convencieron a Boisen de que «el pabellón psicopático era el lugar de encuentro entre este mundo y el mundo del más allá» (119), y de que había roto un muro entre la medicina y la religión (91, 119). Consideraba que la recuperación derivaba, no del restablecimiento del muro que repudia los delirios, sino por «el fiel cumplimiento del propio delirio» (101) debido a «las fuerzas curativas de la religión que era en gran parte responsable del estado perturbado» (99). Los contenidos de los delirios que enumera (204-5) como ideas de renacimiento, autosacrificio, muerte y desastre mundial, identificación mística con el cosmos y misión profética son auténticamente religiosos y, como tales, son las fuentes tanto de la aflicción paranoide como de la recuperación de la misma. En su vida, Boisen mantuvo la abertura en el muro entre medicina y religión, llevando a cabo fielmente su delirio, que era también su vocación.

Del relato de Boisen podemos extraer tres factores que hicieron incorrecta su revelación (Kittel), que hicieron inarmónica su adaptación al orden oculto (James). En primer lugar, dice: «Fui demasiado lejos e intenté universalizar mi propia experiencia» (104-5). En segundo lugar, «la falacia fundamental era suponer que una idea tenía autoridad por la forma en que había surgido» (98). «Llegaron a mi mente con tanta prisa» (99). En tercer lugar, estas ideas «derivaban su autoridad del hecho de que eran absolutamente diferentes de todo lo que había pensado u oído antes» (ibíd.).

En resumen, deduzco de Boisen que la revelación aparece en el pabellón psicopático cuando se ha universalizado, llega con una avalancha de entusiasmos y se revela como algo totalmente distinto y novedoso. Se atribuye a sí mismo estas falacias, el mea culpa habitual del hombre imperfecto.15 Pero, si las revelaciones llegan así, ¿por qué culpar sólo al receptor? ¿No podría estar también el origen en la propia naturaleza de la revelación?

Cuando los delirios paranoides son religiosos en contenido y estilo, entonces la religión ofrece cobijo a la paranoia. El dios en el trastorno lo trae y lo quita; pero el dios no se va con la enfermedad si somos fieles, como dice Boisen, al propio delirio. Recuperar significa recuperar lo divino desde dentro del trastorno, viendo que su contenido es auténticamente religioso. Estos delirios pueden, a posteriori del análisis, ser psicógenos; fenomenológicamente, sin embargo, son teógenos, se originan en un dios. No son sólo mentales, sino también noéticos. Podemos atribuirlos no sólo a la psicodinámica invisible (inconsciente) de la mente humana, sino también a la dinámica del propio orden invisible. Rilke no necesita perder sus ángeles, ya que el pabellón psicopático es también un lugar de epifanía; las disciplinas que allí se soportan son del espíritu, el recinto también una escuela de teología.

El hospital como lugar para conocer al dios oculto mediante delirios es el tema principal de nuestro siguiente caso.

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Este segundo caso, el de John Perceval, es de nuevo una cuidada autobiografía del trastorno paranoide. John Perceval, nacido en 1803, era hijo del primer ministro británico, Spencer Perceval, asesinado en la Cámara de los Comunes en 1812. Al igual que la juventud de Boisen, la de Perceval también se vio perturbada por cuestiones religiosas.

No podemos encontrar el momento exacto en que comenzaron los delirios de Perceval, ya que la oración y el ayuno, así como las visiones y los entusiasmos en el seno de una secta, precedieron inmediatamente a su encarcelamiento, que duró tres años (1831-34).16 De todos modos, los criterios de la locura paranoica son a menudo sociales: dentro de una secta, los comportamientos y las experiencias son menos marcadamente extraños y más conformistas con las normas de la secta que cuando se manifiestan solos o en la vida secular habitual.

Perceval sí señala un momento concreto, el 19 de diciembre, cuando, habiendo sido invitado a cenar, «quería que yo hablara en una lengua desconocida, y que hiciera otras proezas maravillosas ante esta familia, para convencerlos» de sus doctrinas religiosas (27). «Estaba en un estado de gran excitación… urgido e inducido a intentar hablar y cantar… se dice en las Escrituras que los discípulos deberían hacer maravillas, y… se me ocurrió meter la mano en el fuego» (28). Luego se despertó por la noche con voces que se dirigían a él y un fuerte conflicto en su cuerpo «entre Satanás y Jesús». Como a Boisen, se le ordenó tomar «una posición en el suelo» (29). Percibió que su cuerpo era mitad blanco y mitad escarlata (30). Llamaron a un médico. A Perceval le pusieron una camisa de fuerza de cuero.

El relato de Perceval ocupa dos volúmenes. El contenido elabora el patrón que vimos en Boisen: tormento interior; voces, violencia, cantos, intentos de suicidio; fascinación por las bañeras; sumisión a las degradaciones («Casi dejé … casi dejé de resistirme a cualquier tentación y me entregué a todos los sentimientos y pensamientos bajos, rastreros, viles y a menudo salvajes que se apoderaban de mí» (308); escenas desvergonzadas, obscenas y lascivas (151); persuasión de que «se acercaba el momento del fin» (11), y referencias siempre presentes al Espíritu Santo, al Todopoderoso o a la Divinidad; un odio amargo e iracundo hacia la hipocresía de sus médicos, cuyas medidas médicas buscaban reducir al paciente al «autorrepudio» (xiii); un impulso de luchar y besar a su cuidador (280) y el amor por otro hombre (170); y, por supuesto, deliberaciones inmensamente engorrosas que giraban en torno a los significados de todo y las intenciones de los pensamientos, las sugerencias y los mandatos a los que estaba perpetuamente sujeto. Su narración es descriptiva de una mente que trabaja desesperada e incesantemente para comprender la «intravagancia» de lo que se le obliga a pensar, presenciar, oír y obedecer.

Perceval escribe:

No me daba cuenta ahora de que estaba loco… Me imaginaba… que me habían puesto aquí «para que me enseñaran los espíritus», es decir (porque todos hablaban en diferentes tonos y medidas, imitando generalmente las voces de parientes y amigos), para aprender cuál era la naturaleza de cada espíritu… si un espíritu de diversión, de humor, de sinceridad de honestidad, de honor, de hipocresía, de perfecta obediencia, o qué no, y adquirir conocimiento para responder a … cada uno, como ellos a su vez se dirigían a mí. (60)

Estaba, como dice, «rodeado de cuerpos espirituales» (285), espíritus personificados en la forma de sus compañeros de asilo, que entonces se llamaban Honestidad, Simplicidad, Contrición, Jovialidad, «según sus caracteres» (267). Las cualidades del carácter tienen una historia de personificación que se remonta hasta Teofrasto. Estaba aprendiendo la psicología del carácter, cómo notar las fisonomías individuales, diferenciar sus percepciones de los sentimientos por medio del trato diario con cuerpos espirituales que eran también sus compañeros de prisión y guardianes. En resumen, se le enseñaba a discernir los espíritus, diakrisis.

La experiencia de Boisen fue similar: «Los pacientes que me rodeaban eran en-carnaciones de espíritus buenos y malos» (120). El discernimiento de los espíritus es un don religioso, un signo del Espíritu (según Pablo [1 Corintios 12: 7-11]) como el don de curar, de conocer, de hablar en lenguas, de hacer milagros, etcétera. La interpretación religiosa que tanto Boisen como Perceval dan a sus delirios paranoicos implica que todo el enfoque humanista y secular de la terapia será experimentado por el paciente como la obra del anticristo, porque ignora deliberadamente, e intenta someter, la cualidad noética y espiritual de las revelaciones. Podemos extraer la lección para nuestro propio tiempo y nuestro propio trabajo de que los intentos de humanizar a los pacientes a través de la terapia de grupo y los encuentros sentimentales errarán el blanco mientras estas medidas no reconozcan al mismo tiempo lo que los propios delirios afirman: las personas no son meramente personas, los humanos no son meramente humanos; los cuerpos también son encarnaciones, que revelan en sus características y aspecto presentaciones arquetípicas del espíritu. Una persona humana individual es también siempre portadora de verdades eternas que la psicología no secular y no agnóstica percibe como daimones o espíritus.

Sin embargo, es sobre su noción de curación sobre la que quiero llamar especialmente su atención. Recuerden que Boisen, al revisar su cura, declaró: «Fui demasiado lejos e intenté universalizar mi propia experiencia». Boisen también notó a los pocos meses del inicio que «las cosas funcionan más literalmente de lo que había previsto». Hace de la vida un asunto muy severo y exigente» (111). Perceval insiste mucho en estos dos puntos: universalismo y literalidad. Escribe:

Sospecho que muchos de los delirios que… padecen los locos consisten en que confunden una forma de hablar figurada o poética con una literal… el espíritu habla poéticamente, pero el hombre lo entiende literalmente. Así, oiréis a un loco decir que es de hierro y que nada puede quebrantarle… El espíritu quiere decir que este hombre es fuerte como el hierro… pero el loco toma el sentido literal… su imaginación no está bajo su propio control… de ahí no se sigue que las cosas que se ven en el espíritu deban practicarse en la carne. (270-71, 307)

De nuevo, escribe :

Así, la locura es también confundir una orden que es espiritual con una que es literal, una orden que es mental con una que es física, y así concibo cuando se me ordenó besar y luchar con Herminet Herbert, la intención era cultivar tales y tales disposiciones hacia él, no prácticamente poner las palabras en ejecución. (279)

Perceval abre aquí una vía para comprender esa reacción paranoica llamada pánico homosexual, quizá pánico psicótico en general. Va de la mano del concretismo psicótico. El pánico implica una percepción única y natural, lo que Perceval llama «físico». Así como cuando se tiene pánico se literaliza, cuando se literaliza se es susceptible al pánico de poner «palabras en ejecución», una reacción premetafórica: el fundamentalismo arcádico de Pan.17 Respuesta primordial irreflexiva, la reacción «todo o nada» es siempre inmediata para la mente incrustada en lo uninatural. Pan, el gran dios de las reacciones naturales, deseaba por encima de todos a Silene, la luna de la luz reflejada y el ritmo medido. Así la locura, en virtud de su intensa mentalidad, sofistica, destilando en las constricciones y regulaciones del asilo las compulsiones pánicas de la materialidad primaria en el cultivo de las «disposiciones».

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La educación de Perceval en la realidad psíquica, en la distinción entre espíritu y letra -y su confusión, que, en términos modernos, se convierte en «acting-out»- le llevó más allá de esa ingenua comprensión de la psicología cristiana que identifica mente y acción: «Todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella» (Mateo 5:28).

De hecho, cuando «la imagen expresa de una hembra de gran belleza, casada con uno de mis amigos, se le apareció» a Perceval mientras «yacía en la orilla cubierta de hierba en el patio de mi miserable prisión», se une a él y le llena de consuelo (308), Perceval recibe esta imagen y las de otras hembras desnudas «en acciones de refinada voluptuosidad» (306) como cuerpo sutil. Son tomadas como figuras imaginarias, imágenes que curan.

Las distinciones noéticas de la imaginación se convierten finalmente en lo que le cura. Reflexionando sobre sus tres años, presenta al final de su relato su teoría de la locura.

Concibo, pues, que la locura es también un estado de confusión del entendimiento, por el cual la mente confunde las órdenes de un espíritu de humor, o de ironía, o de chanza; que muchas mentes se encuentran en este estado; que, tal vez, éste sea el estado de toda mente humana… Quiero decir que en las operaciones del intelecto humano, la Divinidad… que en el malentendido o perversión de esta forma de dirigirse puede consistir el pecado original; o que tal malentendido… es la primera consecuencia del pecado original (si es que existe)… haciendo falsa toda deliberación, concepción y acción futuras. De ahí, imagino, que los que profesan la religión sean a menudo tan hipócritas. (281)

A continuación, explica su propia ambivalencia agónica de querer y no querer al mismo tiempo, ambivalencia que le torturó durante todos sus estados delirantes. Continúa:

De ahí, me imagino, surge también el gran misterio de que habla San Pablo: «Lo que quiero, no lo hago; lo que hago, no lo permito»… porque la mente del hombre, caída del estado de gracia, piensa con espíritu de humor, como si ese espíritu fuera un espíritu de verdad. (281)

Porque esto, de nuevo, es … locura, confundir un espíritu de humor … con un espíritu de sinceridad, o, como dicen los franceses, tomarlo «au pied de la lettre». (275)

¡Toda una revelación! El hombre caído es el hombre sincero es el hombre loco; porque, habiendo perdido el espíritu de humor, que es el estado de gracia, toma la levedad del espíritu de Dios por la gravedad de la verdad. De la levedad a la gravedad: esto es la Caída.

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Perceval -sin decirlo directamente, por supuesto- llega aquí a la etimología del delirio: de-ludere, jugar, burlarse, mofarse, como si el espíritu hablara juguetonamente, ridículamente, alusivamente. El espíritu habla ilusoriamente, digamos, o paranoicamente: el Verbo es elíptico, parabólico, bromista, juega con nuestras mentes definidoras. El discurso del espíritu se vuelve psiquiátricamente delirante cuando se oye como verdad, mandato, misión, profecía. El Todopoderoso piensa con espíritu de humor, un dios embaucador; Dios, un niño jugando (Heráclito, ed. Diels-Kranz, fr. 52); Dios jugando con Satán sobre Job. Dios, oscurecido con Mercurius, como diría Jung. Perceval escribe que «obedecía al espíritu del humor, que me hacía intentar engañar a mis espíritus» (113). (En cuanto a la gracia del humor, les recuerdo la conferencia de David Miller sobre la comedia aquí hace diez años:18 el retorno de Eranos a los mismos temas eternos. )

Perceval concluye: «El Todopoderoso condescendió a curar por la imaginación lo que, con engaños a la imaginación, había herido, roto y destruido» (308). Estaba aprendiendo no a repudiar los delirios, a expulsarlos, sino, como decía Boisen: «La curación ha consistido en llevar a cabo fielmente el propio delirio», pero como desilusión, de un modo lúdico, aprendiendo a eludir los delirios, a engañar al embaucador, utilizando la imaginación para curar la imaginación.

Incluso declara:

Cuando envejecí en mis aflicciones, descubrí que ningún paciente podía escapar de su confinamiento en un estado mental verdaderamente sano sin … admitir … que el engaño y la duplicidad son consistentes con una conciencia sana No podía buscar la salud mediante una conducta sana. No podría recuperar la cordura, sino por vías que sólo la locura puede justificar. (125)

Así, Perceval, al resumir su cura, utiliza de repente una extendida concepción metafórica de Mercurius y las dos serpientes de su varita como los constituyentes masculino y femenino de la naturaleza humana de dos caras. «El más débil o más femenino» trae «humor, alegría y jolgorio [que] son necesarios para la flexibilidad de la mente» (311). Vivió hasta los setenta años y, como Boisen, se casó después de su liberación, manteniendo, como Boisen, hasta la vejez una activa preocupación por las leyes sobre la locura (viii) y la difícil situación de los locos. Esto es interés social: Gemeinschaftsgefühl.

Al final de la Narrativa de Perceval, descubrimos que nuestro autor sigue viendo visiones y oyendo voces. Las personas hablan en sus sueños. La curación no consiste en su erradicación. Relata estos fenómenos con imaginación: «No les prestaba más atención que a mis propios pensamientos, o que a los sueños, o a las ideas de los demás» (329). Se niega a literalizar incluso su propia comprensión de la realidad psíquica: «Tampoco pretendo determinar cuál fue la naturaleza de las influencias por las que me desvié. Otros pueden esperar que, como profeso estar en mi sano juicio, debería ser capaz de expresar una opinión decidida; pero yo considero… que no estaría en mi sano juicio si no dudara… Dejo que otros determinen… [esas influencias]» (326). Por encima de todo, ha aprendido a dudar, y está en su sano juicio, ya que fue a su incapacidad o falta de duda a lo que atribuyó la causa fundamental de su locura. «He perecido de un error habitual de la mente, común a muchos creyentes… el de temer dudar» (37).

Al final, dice, tuvo la tentación, en vista de su largo sufrimiento, de interpretar una imitatio Christi, «pero me negué resueltamente… con todos los defectos, así como con toda la sinceridad de un hombre natural: un inglés sencillo y muy débil» (329). Así concluye la Narrativa de Perceval.

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Nuestro último caso de tres, la autodescripción más famosa de la literatura, es la del Senatspräsident Daniel Paul Schreber, nacido en Leipzig en 1842. Su Denkwürdigkeiten eines Nervenkranken, publicado en 1903, relata nueve años de clínica, 1893-1902.19

Schreber escribe hacia el principio de su volumen de quinientas páginas:

Las voces que me hablan han subrayado diariamente desde el comienzo de mi contacto con Dios (mediados de marzo de 1894) [nótese de nuevo el intento de fijar una fecha exacta del comienzo]:(20) el hecho de que la crisis que estalló en los reinos de Dios fue causada porque alguien había cometido un asesinato de almas. (23)

El asesinato del alma se ha convertido desde entonces en el título de un libro que explica el caso de Schreber en términos de su infancia, cuando su alma fue supuestamente asesinada por un padre cruelmente represivo (recordado gratamente por haber inventado el Schrebergarten), que promulgaba una Erziehungslehre con restricciones mecánicas -su Pangymnastikon era un programa de fitness de las primeras máquinas Nautilus- cuyo objetivo era el «direktes Niederkämpfen» del deseo en la infancia.

En su lugar, nos dirigimos a la edad adulta de Schreber, a su logro más apasionado y sostenido, sus memorias, el contenido de la psicosis, de acuerdo con el método de Jung, intentando tanto prever lo que experimenta el paciente como dar cuenta de estas experiencias tal y como el paciente da cuenta de ellas. Si escuchamos los contenidos de un paciente, ¿por qué no también los pensamientos cuidadosamente construidos del paciente sobre los contenidos? Estos también son contenidos. Quedarse con las imágenes, ser fenomenológico, significa también escuchar los delirios que explican los delirios. Lo esencial de la paranoia es el significado que el paciente le da, su pensamiento sobre ella. Y este pensamiento no puede separarse de los delirios. «[E]l pensamiento de la revelación descansa sobre la revelación misma».21 «La revelación… es la premisa de todo razonamiento».22 Los delirios invitan a su propio relato teórico, que, por el contenido religioso de los delirios, no es otra cosa que una teología. «La comprensión de la revelación original es lo que llamamos teología».23 La megalomanía religiosa trae consigo una teología megalómana. La teología se convierte en el contenedor, el guardián, de la experiencia paranoica. Boisen dijo que actuaba «en obediencia a un mandato divino».24 Schreber escribe que era su «tiempo sagrado»: «Debido a mi enfermedad entré en relaciones peculiares con Dios». Schreber se dedicó durante esos nueve años a una tarea monumental: «Tenía que resolver uno de los problemas más intrincados que jamás se hayan planteado al hombre y que librar una batalla sagrada por el mayor bien de la humanidad» (146). Esta batalla consistía en comprender el conflicto en el reino de Dios y el «Orden del Mundo». La crisis del orden se debía a que Dios ignoraba a los seres humanos vivos: «Estaba acostumbrado a tratar sólo con cadáveres o, en el mejor de los casos, con seres humanos que yacían dormidos (soñando). Así surgió la exigencia casi monstruosa de que me comportara continuamente como si yo mismo fuera un cadáver» (141). Dios «sólo veía a los seres humanos vivos desde fuera». «Su omnipresencia y omnisciencia no se extendían dentro del hombre vivo» (30). No era, en nuestros términos, ni psicológico, ni existencial, ni fenomenológico. Este era un enorme fallo en el Orden del Mundo, y Schreber estaba llamado a resolver este problema dentro de Dios -nada menos que reordenando el cosmos que, de nuevo en nuestros términos, significa hacer a Dios consciente de sus fallos. La comunicación con las antesalas del Cielo, con los dioses superiores e inferiores (Ahriman y Ormuzd) y con la gente pequeña (flüchtig hingemachte Männer) se produjo por medio de rayos nerviosos, lenguaje nervioso, Grundsprache y das Aufschreibesystem (126) que finalmente se convirtieron en las Memorias, pero todo ello tenía una tarea esencialmente teológica. La profunda reordenación de Dios y el Mundo desordenó profundamente a Schreber incluso mientras «ponía a prueba» su alma (14).

Estas ideas religiosas básicas permitieron a Schreber sobrevivir a su tormento. «Sólo puedo ver», escribe al final de su libro, «un verdadero propósito en mi vida si consigo exponer la verdad de mis supuestos delirios para que… la humanidad obtenga una visión más verdadera de la naturaleza de Dios» (p. 352).

El tormento sigue el patrón que ya hemos visto en Boisen y Perceval: violencia e intentos de suicidio; bramidos y cantos; preocupación por los significados y ambivalencia en las acciones; operaciones dolorosas aunque milagrosas en los órganos del cuerpo; vigilias sin dormir; degradaciones; fascinación solar y Mondscheinseligkeit; pensamientos de catástrofe mundial y visiones de belleza; la fe en su importancia individual – «mi persona se ha convertido en el centro de los milagros divinos» (252)-, un odio y una desconfianza encarnizados contra los médicos, el aprendizaje de la comunicación con los espíritus, y, todo ello, una concentración incesante, intensa y desconcertante en el sentido de Dios, la agonía de teologizar, en medio de la larga monotonía de la vida exterior. «La razón de mi inmovilidad… que consideraba la pasividad absoluta casi un deber religioso» (141).

La sexualidad erótica impregna los delirios de Schreber. Lo llama voluptuosidad y su objetivo, Entmannung. Este componente también está presente en los relatos de Boisen y Perceval. Bleuler ha escrito que la identidad sexual incierta (ambigüedad de género, neutralidad o androginia) está presente en casi todos los casos de esquizofrenia paranoide. Pero ya aquí, antes de volver sobre este tema, tengamos cuidado de distinguir entre unmanning y afeminamiento voluptuoso, por una parte, y deseo homosexual, por otra.

El proceso de Entmannung de Schreber comenzó incluso antes de la idea del asesinato del alma, antes de la ruptura en noviembre y del contacto especial con Dios. Schreber relata esta experiencia onírica:

Una mañana, mientras aún estaba en la cama… tuve una sensación que… me pareció muy peculiar. Era la idea de que realmente debía ser bastante placentero ser una mujer sucumbiendo al coito. Esta idea era tan ajena a toda mi naturaleza que… la habría rechazado con indignación, si hubiera estado completamente despierto. (36)

«Esta idea era tan ajena a toda mi naturaleza» recuerda Schreber, diciendo que sus ideas eran tan absolutamente diferentes de todo lo que había pensado antes. La alteridad de la idea, no mía, no inventada por mí, golpea como una fuerza sin anticipación; una anunciación del totaliter aliter como acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos (la definición de revelación de Niebuhr). Esta súbita revelación de la alteridad en una idea plenamente formada que experimento como externa a mí, confiere a la idea una autoridad espiritual suprema. Su fundamento, ajeno a mis sentimientos, a la tradición, a la razón, es totalmente otro, el totalmente otro, el fundamento incorregible y numinoso de Dios.25

Por supuesto, los delirios no sufren corrección más que las revelaciones. «Cada ejemplo histórico muestra que la revelación se establece sólo por sí misma, no por otra cosa».26 Por supuesto, debo preguntar qué pretensión tiene esta idea sobre mí, quién soy yo para que esto haya venido a mí, cuál es mi papel de señal. Y así comienzan, a partir de ese momento fijador (Micklem), de esa Schlüsselerlebnis (Kretschmer) de mediados de marzo, o del 6 de octubre o del 19 de diciembre, los rasgos reconocibles de la megalomanía: inicio epifánico, ansiedad profética de reordenación cósmica, incorregibilidad fundamentalista, grandeza de mi persona singularizada y unicidad de visión o monomanie, y la teologización apasionada, es decir, las explicaciones sistematizadas de la revelación primaria o primäre Verrücktheit.

En el caso de Schreber, necesario para la reordenación cósmica y concomitante con ella a lo largo de los nueve años en el hospital e incluso después, fue el proceso, al principio agonizante, luego cada vez más placentero, de Entmannung, unmanning, que no significa emasculación en el sentido más estricto, sino eliminación de la categoría masculina (51). Schreber experimentó la retracción del miembro masculino, genitales femeninos rudimentarios, hinchazón de los senos, aceleración del embrión. Las voces le llamaban señorita Schreber. Su estatura disminuyó, adoptando la apariencia de la forma femenina y, tras la liberación, siguió cultivando la «feminidad» llevando cintas y joyas, cosiendo, quitando el polvo y haciendo las camas, y contemplando fotos de mujeres desnudas.

Unmanning no pretendía el amor de los hombres, homoeros en el sentido literal, homosexual. Su intención no era tanto la afeminización como el ánima, el alma, y procedía de la voluptuosidad, una voluptas siempre en desarrollo; Voluptas, el niño en el vientre de Psique embarazada en el cuento de Apuleyo. La voluptuosidad «es la forma de existencia del alma dentro del Orden del Mundo» (332). «Este estado de Bienaventuranza es principalmente un estado de goce voluptuoso (Wollust), que … necesita la fantasía de ser o desear ser un ser femenino» (337). «El desprecio varonil de la muerte, tal como se espera de los hombres … como los soldados y especialmente los oficiales en tiempo de guerra, no está en la naturaleza del alma» (333).

Todos los días hay períodos en los que floto en la voluptuosidad… una indescriptible sensación de bienestar que corresponde a los sentimientos femeninos… No siempre es necesario dejar que mi imaginación juegue con cuestiones sexuales; en otras ocasiones, como cuando leo una parte especialmente conmovedora de un poema, cuando toco una pieza de música en el piano que me agrada especialmente desde el punto de vista estético, o cuando disfruto de la naturaleza… la voluptuosidad del alma crea… una especie de anticipo de la Bienaventuranza. (336)

Como ya sabrán, Schreber regresó con su mujer y a su casa en 1902 (a los 60 años). Ejerció como abogado durante unos cinco años; publicó su libro. Dos semanas después de la muerte de su esposa, en 1907, volvió a ingresar en un hospital psiquiátrico, donde murió cuarenta meses más tarde, a los 68 años.

Schreber no se curó; Perceval sí. A partir de Perceval podemos empezar a entender por qué Schreber no lo fue. Los relatos de ambos hombres son récits, al menos en parte en el sentido de Corbin,27 es decir, testimonios escritos de experiencias imaginarias de revelación, pero los dos relatos difieren. Perceval dice que el espíritu habla poéticamente y el lunático toma el sentido literal. Para Perceval, la locura es literalismo, el literalismo es locura. Pero Schreber escribe que a menudo observó almas o rayos que aparecían como diminutos hombrecillos: «Hay que suponer, por tanto, que la capacidad de transformarse en forma humana… es una potencialidad innata de los rayos divinos. De este modo se arroja una luz totalmente nueva sobre la Biblia: ‘Creó al hombre a su imagen’ … este pasaje de la Biblia debe entenderse literalmente, lo que ningún ser humano se ha atrevido a hacer hasta ahora» (256).

Además, donde Perceval superó su miedo a dudar, Schreber confiesa (29) que él era un escéptico «hasta que la revelación divina me enseñó mejor». Al final de su relato, Perceval habla de sí mismo como un «inglés llano y muy débil». Schreber, al final de su relato, ofrece «mi persona como objeto de observación científica para el juicio de los expertos», incluyendo la «disección de mi cuerpo, que proporcionará pruebas rigurosas» (358). Así como la literalidad es locura, también lo es la misión. Perceval transformó la misión en preocupación por los lunáticos. Schreber literalizó la misión y la convirtió en la prueba de su reivindicación privada.

Schreber -después de nueve años- reconoce la burla y la broma en los delirios, diciendo: «se juega una especie de broma pesada con las cosas que yo uso más comúnmente» (352). Esta ambigüedad jocosa aparece de forma significativa en lo que Schreber llama «el sistema de no acabar una frase», «ideas inacabadas, o sólo fragmentos de ideas», que «se hizo cada vez más frecuente con el paso de los años» (217).

A Perceval le ocurría lo mismo con el lenguaje: «… en medio de mi frase… se han sugerido palabras contradictorias de las que iban antes; y he quedado desierto, boquiabierto, sin habla, o tartamudeando en gran confusión» (269). «Una palabra se pone por otra, y una letra se transpone con otra, y como la mente por una ley positiva siempre piensa en contrarios al mismo tiempo … la palabra que se utiliza por error es la contraria a la que se pretendía. Lo universal por lo particular, lo afirmativo por lo negativo, y cosas semejantes» (290). «El que gobierna la imaginación tiene el poder de … cubrir palabras escritas o impresas con otras palabras o letras que no están allí … y generalmente ocurre en pequeñas palabras que desvirtúan todo el sentido de una frase; como no, por sí … diferente, por similar; o en palabras similares, humor, por honor; charlatán, por rápido; y muestra, por simple» (310).

Fragmentos autocontradictorios, con juegos de palabras, aforísticos, incompletos, harían imposible la literalidad desde sus raíces, en las propias palabras y letras. El síntoma propone la cura del síndrome. La filosofía sigue tratando de establecer qué significan literalmente los fragmentos de Heráclito, a pesar de que se dice que el propio Heráclito dijo (ed. Diels-Kranz, fr. 93) que el habla que se origina en el espíritu no se oculta ni se revela, sino que se insinúa. Ni ocultación ni revelación. Estos opuestos confunden. En su lugar: insinuación, sugerencia, alusión.

Este «discurso entrecortado… la vena de poesía que recorrería su discurso»28 se ofrece a Schreber en el «sistema-de-no-terminar-una-frase», presentando también el estilo lingüístico de la creación continua, la Palabra como abierta, incompleta, el enunciado no terminado. Sin embargo, Schreber afirma que «dejé a mis nervios completar los fragmentos de forma satisfactoria para una mente pensante» (217). Al escribir sus Memorias en frases, convirtiendo el Aufschreibesystem en un libro publicable -en un principio concebido sólo como un relato privado para su esposa-, el juez Schreber fija las creencias en las declaraciones completas de su locura. Su libro lo convierte en «El caso Schreber». Mientras escribía su Declaración de Creencias, Boisen enloqueció por primera vez. La revelación escrita en declaraciones racionales puede convertirse en teología, y también en locura.

Freud y Jung

Dado que Daniel Paul Schreber ha sido nombrado «el paciente más famoso de la psiquiatría»29 y que Sigmund Freud ha sido el psicoanalista más citado de la psicología médica, la tradición nos obliga a fijarnos en lo que ese analista dijo sobre ese paciente.

El análisis de Freud de las memorias de Schreber y los posteriores trabajos de Freud sobre la paranoia interpretan las cuatro configuraciones principales de los delirios paranoicos como modos de negación del deseo homoerótico. Freud no incluye en su esquema el Abstammungswahn, el sensitiver Beziehungswahn, los delirios hipocondríacos, la querulousness litigiosa u otros delirios denominados por sus contenidos o estilos principales. Éstos, sin embargo, podrían subsumirse en uno u otro de los cuatro clásicos (esbozados a continuación) de los que nos hemos ocupado con estos tres: delirios de grandeza o megalomanía; de referencia erótica («todo lo que sucede es en referencia a mí», decía Schreber); y de persecución ya sea por enemigos, médicos, familiares, espíritus o Dios.

De los cuatro, la megalomanía parece ser el más abarcador e incluso de otro orden en que los delirios de referencia y persecución, en los tres de nuestros casos siguieron necesariamente de la grandiosidad religiosa primaria. Sus otros tormentos y meditaciones derivaban directamente de su relación especial con Dios. Si nos conformáramos con el método de Freud de reducir toda paranoia a una etiología única (negación del deseo homoerótico), más bien afirmaríamos que esa etiología es un intento de vivir armoniosamente con el sentido oculto, y la paranoia se definiría como la demostración de una revelación noética vivida literalmente.

El sistema interpretativo de Freud publicado en su estudio de 1911 sobre el caso Schreber afirma «que las principales formas conocidas de paranoia pueden representarse todas ellas como contradicciones de una única proposición: ‘Yo (un hombre) le amo (a un hombre)’, y de hecho que agotan todas las formas posibles en que podrían formularse tales contradicciones».30

La proposición «le amo» puede ser contradicha en primer lugar por los delirios de persecución, que afirman: «No lo amo, lo odio». Esta percepción interna del sentimiento no puede ser admitida por la conciencia paranoica y, por lo tanto, debe ser experimentada en proyección, es decir: «No lo amo-lo odio, porque me persigue.»

La segunda forma de contradicción produce delirios de referencia erótica. Éstos afirman: «No le amo a él, la amo a ella». Y obedeciendo a la misma necesidad de proyección, la proposición se transforma en: «Me doy cuenta de que ella me ama». Estos delirios, dice Freud, «comienzan invariablemente no con ninguna percepción interna de amar, sino con una percepción externa de ser amado.» («Todo lo que sucede se refiere a mí») Uno se siente señalado, elegido, llamado, objeto del deseo de otro.

«La tercera forma en que puede contradecirse la proposición original [le amo] nos conduce a delirios de celos». «No soy yo quien ama al hombre: ella le ama a él, y el hombre sospecha de la mujer en relación con todos los hombres a los que él mismo está tentado de amar».31 La cuarta contradicción «rechaza la proposición en su conjunto». Como sugerí más arriba, es de otro orden, total, megalómana en su forma. Esta contradicción afirma: «No amo en absoluto: no amo a nadie». Sin embargo, dice Freud, «la libido debe ir a alguna parte, [así] esta proposición parece ser el equivalente psicológico de la proposición: «Sólo me amo a mí mismo». De modo que este tipo de contradicción nos daría la megalomanía» (CP 3: 451).

No pretendo rebatir a Freud sino, más bien, recoger los contenidos de su sistema interpretativo en lo que expondré a continuación. Los dos contenidos esenciales de Freud son: primero, que la causa material es el deseo homoerótico, el deseo de lo semejante, de lo semejante por lo semejante; y segundo, que la causa formal de los delirios paranoicos es noética. El deseo es convertido, o subvertido, por la lógica, utilizando las leyes trascendentes del pensamiento (principio de contradicción, afirmación por proposición, gramática sujeto/objeto). Es la organización noética del deseo la que produce la paranoia, no el homoerotismo como tal, que como dice Freud contribuye «a la amistad y a la camaradería, al espíritu de cuerpo y al amor a la humanidad» (CP 3: 447). La paranoia es, en efecto, su propio nombre: paranoia mental, cognitiva, trastorno del sentido. Como dice Perceval, «mi mente estaba constantemente ocupada» (53). Esta actividad mental muestra la causa formal en funcionamiento, convirtiendo la relación libidinal, erótica, con el mundo en una relación semántica, hermenéutica, con el mundo. El mundo de la Gemeinschaftsgefühl se convierte en un mundo de significados. En lugar de deseo, significado.

Cuando examinamos con detenimiento la teoría de Freud, descubrimos que no son ni el deseo material ni la negación formal del deseo lo que da lugar al trastorno, sino su doble literalización. Cuando el deseo es literal, la derrota de ese deseo también lo es. Ejemplos de esta doble literalización se dan en las prácticas religiosas, donde la concupiscencia es contrarrestada por un ascetismo igualmente literal, y en la filosofía, donde el materialismo utilitario es contrarrestado por el idealismo metafísico, que, a pesar de sus abstracciones, sigue siendo literal.

En el tándem, material y formal, cuando cualquiera de los dos se literaliza, el otro le sigue. Cuando el sentimiento afín se convierte en homosexualidad (aunque sólo sea en teoría y no en comportamiento concreto), entonces el contramovimiento se vuelve igualmente fundamentalista, el aspecto noético literalizado en Declaraciones de Creencia (Boisen), sistemas de escritura (Schreber), voces alucinatorias, palabras como shibboleths. La negación del deseo como teología. La cura de Perceval es ilustrativa de la salida. Tuvo que distinguir las intenciones poéticas de las órdenes literales, los espíritus de los cuerpos de sus compañeros. Liberarse tanto del materialismo del deseo como del formalismo de la negación requiere ese término medio de lo poético, metafórico, humorístico, engañoso, imaginal, incompleto, esa luna (Boisen) donde no hay género, donde la conciencia no es ni esto ni aquello.

Desde este punto intermedio, el propio esquema explicativo de Freud parece una fórmula noética para eludir el material teológico real de los delirios de Schreber. Y ahora podemos ver por qué la teoría de Freud se ha mostrado tan exitosamente resistente al cambio, habiendo sido sostenida por el psicoanálisis ortodoxo sin mayores objeciones o desviaciones durante setenta años.32Porque no debe ser tomada literalmente. Los hechos no tienen nada que ver con ella.

Aunque nuestros tres casos mostraban contenidos homoeróticos e identidad de género confusa (es decir, fijación de género deliteralizada), la expresión manifiesta de estos contenidos no era el motivo de la curación. El homoerotismo y la paranoia no son convertibles, como si los homosexuales no pudieran ser paranoicos y los paranoicos no pudieran ser también homosexuales. Ambos comportamientos pueden darse sin conflicto en la misma persona (Kolb). Además, sólo un porcentaje menor de los paranoicos diagnosticados presentan material homosexual.33 Sin embargo, a la teoría psicoanalítica no le preocupan estos «hechos», ya que la teoría sostiene que el comportamiento homosexual real no elimina el homoerotismo reprimido latente en el inconsciente, que sigue siendo el fundamento de la paranoia.

Dado que los hechos «duros» no son pertinentes para el esquema freudiano, la brillantez perdurable de su lógica puede trascender los casos concretos. Persiste gracias a una estrecha estructura noética, la metáfora raíz de la cuadruplicación, ese fundamento metafísico utilizado por Aristóteles, Schopenhauer y Jung para una explicación completa.34 La universalidad absoluta de la forma requiere una materialidad-sexualidad igualmente universal e intratable; como si dijéramos, la idea literalizada del homoerotismo es la contrapartida necesaria del esquema lógico. Doble literalización. Debemos tener en cuenta que las ocasiones de paranoia no se explican suficientemente por la homosexualidad concreta real, su presencia o su ausencia. Lo que el relato psicoanalítico sí requiere, o ha inventado, es un homoerotismo latente, inconsciente, no fenoménico: una idea metafísica tomada al pie de la letra. En otras palabras, la idea de la homosexualidad latente ha sido requerida por la teoría de la paranoia. Puede que incluso sea una idea paranoica.

La opinión de Freud de que la teologización de Schreber evita la sexualidad se convierte en mi opinión de que la sexualización de Freud evita la teología. La explicación sexual de Freud cumple precisamente la misma función defensiva de negación que, según Freud, cumple la teologización en Schreber: La teoría de Freud funciona como una teología. Lo que se niega específicamente en el relato freudiano es el tema real de las memorias: La relación de Schreber con Dios, la teología manifiesta de Schreber.

Conviene ser prudente: las explicaciones de la paranoia tienden a atraparnos en los mismos significados que encontramos para explicarla. La paranoia parece contagiosa. Sin embargo, debemos seguir adelante, con peligro o sin él, porque la pregunta con la que empezamos -cómo caracterizar la diferencia entre engaño y revelación- sigue ante nosotros, sin respuesta.

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A diferencia de Freud, Jung escribió muy poco directamente sobre la paranoia. La esquizofrenia era su principal foco psiquiátrico. Indirectamente, sin embargo, los escritos de Jung ofrecen profundas enseñanzas sobre la paranoia. Los textos instructivos no son tanto sus primeras obras psiquiátricas como sus últimas -digamos- obras teológicas: Aion: Researches into the Phenomenology of the Self (CW 9.2), «The Undiscovered Self» (CW 10), « 10), “Flying Saucers: A Modern Myth of Things Seen in the Skies» (CW 10), Mysterium Coniunctionis (CW 14), «On Synchronicity» (CW 8), su biografía con Aniela Jaffé,35 y especialmente «Answer to Job» (CW 11).

Jung también se ocupó continuamente de la feminización de la unilateralidad masculina, ya fuera en su entusiasmo por la Asunción de María, su énfasis en Sofía, Regina o Luna en la alquimia, sus muchas elaboraciones del arquetipo del ánima, o su elección del Rosarium, con su hermafroditismo fantástico y explícitamente sexual para representar la estructura de las relaciones psicológicamente fructíferas.

Jung también dibujó diagramas de cuaterniones y estableció su propia «familia de cuatro». Y, al igual que la división de Dios en Ahriman y Ormuzd de Schreber, Jung también imaginó una autodivisión crítica dentro de la imagen de Dios, y especuló sobre la «inestabilidad interior de Yahvé» (CW 11: 686).

Como los demás que hemos descrito, Jung también experimentaba sus pensamientos y figuras como autónomos. Sus memorias cuentan cómo aprendió «que hay cosas en la psique que yo no produzco, pero que se producen a sí mismas y tienen vida propia…» «En mis fantasías mantenía conversaciones con él, y él decía cosas que yo no había pensado conscientemente. Pues observaba claramente que era él quien hablaba, no yo» (MDR, 183). «Me he dado cuenta», escribe, a propósito de sus propias visiones, «de que uno debe aceptar los pensamientos que se desarrollan en su interior por sí mismos como parte de su realidad… La presencia de los pensamientos es más importante que nuestro juicio subjetivo sobre ellos» (MDR, 298).

También Jung utilizó ritos mánticos, como Boisen abriendo la Biblia al azar; también Jung inventó una terminología rica, a veces arcaica, y reconoció el carácter «alquímico» y personificado de sus conceptos. El kobold, el complejo, el daimon y el espíritu eran también sus familiares.

Así pues, escuchemos ahora a Jung con la paranoia en mente y con oído para discernir las diferencias entre los tres primeros casos y este cuarto. En primer lugar, la voz profética con su misión: «Las generaciones venideras tendrán que tener en cuenta esta transformación trascendental si no queremos que la humanidad se destruya a sí misma» (CW 10: 585). Se sintió llamado a advertir de la fatalidad: «No es la presunción lo que me impulsa», escribe en el ensayo sobre los platillos volantes, «sino mi conciencia de psiquiatra, que me obliga a cumplir con mi deber y a preparar a los pocos que me escuchen para los acontecimientos que se avecinan y que corresponden al fin de una era» (CW 10: 589).

En defensa de su Answer to Job, Jung escribe:

Las cosas son comparativamente fáciles mientras Dios no quiera otra cosa que el cumplimiento de sus leyes, pero qué pasa si quiere que las incumplas … Ser la voz de Dios ya no es una función social … ¿qué he conseguido por mi seria lucha sobre Job … ? Se me considera blasfemo, despreciable, un desalmado, cuyo nombre es barro. Me tocó en suerte recoger a las víctimas del Summum Bonum y ayudarlas con mis pobres medios. CW 11: 1637)

Mientras daba un paseo antes de salir del manicomio, Perceval obedeció la instrucción de «levantar la cabeza y abrir la voz». Para su sorpresa, profirió horribles juramentos, blasfemias y obscenidades hacia el cielo (284). Schreber utiliza un lenguaje blasfemo y grosero similar; de hecho, la blasfemia aparece con frecuencia en la megalomanía paranoide. De Jung aprendemos que esto es un efecto de lo divino, como si el llamado por el cielo también tuviera que maldecir al cielo. Jung dice en una carta sobre su libro Job:

… «tosco» es suave en comparación con lo que sientes cuando Dios te disloca la cadera o cuando mata al primogénito … Ésa es una cara de mis experiencias con lo que se llama «Dios». «Burdo» es una palabra demasiado débil para ello. «Crudo», «violento», «cruel», «sangriento», «infernal», «demoníaco» serían mejores.36

También Jung estaba convencido de que el destino de la raza humana y el objetivo del mensaje cristiano dependían del individuo individual, «esa unidad infinitesimal de la que depende el mundo» (CW 10: 588) y habla de sí mismo como uno de esos «individuos». «Si el todo ha de cambiar, el individuo debe cambiar él mismo» (CW 10: 1378), que es precisamente lo que Boisen y Schreber creían y en lo que estaban comprometidos. Jung escribe que «el alfa y el omega de la religión es la experiencia individual subjetiva» (la misma justificación a la que Schreber apela una y otra vez). «La voluntad de Dios puede ser terrible», prosigue Jung, «y puede aislarte de tu familia y de tus amigos y, si eres lo bastante valiente o insensato, puedes acabar en el manicomio. Y, sin embargo, ¿cómo puede haber religión sin experiencia de la voluntad divina?». (CW 11: 1637). Y es Jung quien, en Answer to Job, propone una idea -blasfema para la teología y megalómana para la psiquiatría-: «la idea del hombre superior por el que Yahvé es derrotado moralmente» (CW 11: 665). El hombre individual es supremamente importante por el egoísmo de Dios según Schreber (359) o por la ceguera de Dios (CW 11: 585-91) según Jung.37 Y también Jung habla desde la certeza interior contra la hipocresía de la falsa religión, casi como si la verdadera religión fuera la secta de la psicología. «Sólo tengo una comunión real con los que tienen la misma o parecida experiencia religiosa, pero no con los creyentes en la Palabra… utilizan la Palabra para protegerse contra la voluntad de Dios».

Volvamos a la idea de significado para llevar más lejos los paralelismos entre nuestros tres primeros casos y el de Jung. Siguiendo a Karl Jaspers, la paranoia es un trastorno del sentido: «Todo pensamiento es un pensamiento sobre significados… las experiencias del delirio primario son análogas a esta visión del significado».38 La visión del significado fue el principal empeño de Jung: el suyo fue El mito del significado, como tituló Aniela Jaffé uno de sus libros sobre Jung.39 Jung amplió la idea misma de significado en dos direcciones: mediante su hipótesis de la sincronicidad, que elevaba el significado a la misma importancia que el espacio-tiempo, la causalidad y la energía, y reivindicando la autonomía del significado, independiente de la conciencia humana: «un significado objetivo que no es sólo un producto psíquico» CW 8: 915).

El arquetipo del significado en el sistema de Jung es el Sí-mismo. Se deduce entonces que la paranoia como trastorno del significado es un trastorno del Sí-mismo, y que la fenomenología de la paranoia presenta la patologización del Sí-mismo. Los fenómenos del Sí-mismo han sido evidentes en todos nuestros casos: la preocupación por Dios, la cuádruple dimensión, el hermafroditismo, la grandeza cósmica, la trascendencia, etc. El Sí-mismo, que es el arquetipo más importante en la escala de Jung, se convierte en el recipiente de nuestro trastorno mental más importante. Recurrimos a los símbolos y experiencias individuales de nuestro Sí-mismo no sólo en busca de revelaciones, sino también para elucidar nuestra paranoia.

Así como uno puede caer en el amor y ser poseído por el eros, o caer en el alma, hechizado por el ánima, también uno puede caer en el sentido y ser engañado por el Sí-mismo, como atestiguan las certezas, exaltaciones y sexualidades conjuntadas que vimos en estos casos, y por sus contenidos, como los diagramas de «familia de cuatro» de Boisen o la capacidad de Schreber de mirar al sol, «punctum solis» (CW 11: 1638).

Lo que Jung quiere decir con significado significa más de lo que el significado suele significar. El significado trasciende las explicaciones del sentido. Lo equipara con la realidad del espíritu (CW 11: 554). El significado es más que semántico, contextual o incluso hermenéutico; es cosmológico, de modo que la lucha del alma con el significado, ya sea en Job o en cada paciente, es en última instancia una lucha con Dios, el espíritu, el cosmos. Esta extensión del sentido a los fundamentos más profundos pone en primer plano precisamente aquellos contenidos que suelen aparecer en los atormentados delirios religiosos de la paranoia. De ahí que la búsqueda de sentido del alma o, parafraseando a William James, su ajuste armónico con lo divino, requiera trabajar sobre la propia paranoia. Los esfuerzos psicológicos son siempre parcialmente paranoicos porque, como dice Jung, la psique no ofrece ningún punto de vista objetivo exterior. Siempre estamos atrapados en nuestra propia visión de las cosas. Además, nuestra vocación profesional depende de la capacidad paranoica de detectar, sospechar e interpretar para establecer extrañas conexiones entre los acontecimientos. Debemos «ver a través» de las pantallas de las apariencias hacia sus significados, y escuchar con un tercer oído. Debemos percibir en el otro lo que él niega que exista y basarnos en una teoría del «inconsciente» -por definición, el funcionamiento invisible de una mente invisible- para dar cuenta de este comportamiento autorizado como psicología profesional.

Cada vez que abrimos un significado invitamos al potencial paranoico. La psicología camina por la frontera entre el sentido y la paranoia: también los psicólogos son casos límite. El propio Jung, con la ironía de Perceval, comenta al respecto: «… el sentido es algo mental o espiritual. Llámelo ficción si quiere» (CW 11: 494). Ese es el brillo mercurial de Jung, que deconstruye el punto de apoyo de su teorización: el significado como ficción o la ficción como significado. Ideas paranoicas manifestando al Sí-mismo, el Sí-mismo manifestando ideas paranoicas. ¿Dónde acaba el engaño y empieza la revelación? Hermes camina por las fronteras. Y Hermes, dice Jung en una conferencia,40 es el «dios de la revelación» (CW 13: 256). Así que debemos esperar en la revelación lo que Perceval aprendió: la broma, el giro, la insinuación. Y, puesto que Hermes es el dios de la revelación, las revelaciones sólo deben escucharse con un oído hermético, mercurial, sus significados como ficciones, transponiendo la palabra del espíritu en una imagen poética, un movimiento que el pobre Schreber no podía hacer a causa del Asesinato del Alma, porque estaba privado del eco psíquico intermediario, dejando literal el mensaje. Así que Schreber tuvo que transponer su género real, convertirse en travesti, para encontrar la duplicidad mercurial, mientras que Perceval y Jung podían imaginar a Mercurius como analogías, como imágenes.

Sin embargo, la importancia reveladora, los contenidos temáticos y el sufrimiento divino impuesto en nuestros tres casos, y en Jung, siguen siendo iguales.

Revelación y engaño

¿Dónde radica entonces la diferencia entre el caso de Schreber y el caso de Jung, entre un método de revelación incorrecto y uno correcto? Hemos visto que no radica en los contenidos revelados. Material extraño, ilógico, cosmogónico, blasfemo aparece también en textos de cuerdos y de locos. Tampoco radica en la misión y la profecía a las que urgen estos contenidos. Consideremos Ezequiel y Jeremías, Swedenborg y Blake. Consideremos a Jung. La vocación, la advertencia, la visión de la catástrofe, la perspectiva de la regeneración, la androginia, son, como dijo Boisen, auténticos temas religiosos que aparecen tanto en cuerdos como en locos. Si el error de Boisen fue universalizar su experiencia, ¿no es ese «error» el que exige la revelación religiosa? ¿No es eso precisamente lo que exigen la misión y la profecía?

El criterio de la paranoia tampoco reside en la aceptación social. Todavía se enseña en psiquiatría que si suficientes personas, incluso muy pocas, comparten una visión, difícilmente puede calificarse clínicamente de paranoia. Si puedes reunir a unos cuantos para que te acompañen a la montaña a pasar la noche en quiliástica expectación por el fin del mundo mañana, entonces en virtud de tus compañeros perteneces a una secta y no a un diagnóstico. «Donde dos o tres se reúnen en mi nombre» (Mateo 18: 20). Sin embargo, en Jonestown (Guyana), unas novecientas personas estaban reunidas en un patético delirio suicida, por no hablar de los delirios colectivos que compartimos durante los años treinta y que probablemente estemos compartiendo sin saberlo ahora mismo. El delirio no puede determinarse con criterios sociales.

Quizá el criterio sea el contexto. ¿Son los contenidos ajenos al portador de los mismos? Las ideas de Schreber, en efecto, tenían poco que ver con la historia vital y la mente del Senatspräsident y su entorno, pero las de Boisen, en general, y las de Jung encajaban bien en el contexto de sus intereses y niveau. Boisen dijo que estaba engañado en parte porque algunas de las ideas eran totalmente ajenas a cualquier cosa que hubiera pensado u oído, totalmente fuera de contexto. Pero, ¿qué decir de Oseas o del Santo ingenuo? ¿No reside su valor supremo precisamente en la novedad espontánea de su experiencia, completamente fuera de contexto? ¿No es el objetivo de los milagros, la glosolalia y otros descensos del espíritu romper, desafiar y anular el contexto? La revelación debe briser l’histoire porque es revelación de totaliter aliter, el otro totalmente santo.

Nocividad: otra marca distintiva que a veces ofrece la psiquiatría. ¿Es la idea dañina o peligrosa para uno mismo o para los demás? Pero, ¿qué ideas religiosas no son peligrosas? Como dijo Jung, «la verdadera relación del hombre con Dios debe incluir tanto el amor como el miedo para que sea completa» (CW 18: 1630). Mira a Job, y a Abraham que sacó el cuchillo contra su hijo, y mira lo que le pasó a la gente que siguió la visión de Moisés: todos expiraron en el desierto. Y, ¿han sido sólo benignas las ideas de Jesús sobre el amor o de Mahoma sobre la fraternidad? ¿Qué ha sido más peligroso para uno mismo y para los demás que las revelaciones del cristianismo y del islamismo: el martirio de uno mismo y las masacres de infieles, primitivos, paganos, nativos, animales, árboles… No; la nocividad no se sostiene como criterio.

Entonces, la diferencia debe residir en la persona. Sin duda, hay una distinción evidente entre las personas de Schreber y Jung. Sin embargo, Schreber era un hombre más bien convencionalmente racional, incluso burocrático, y demente; Jung, un hombre más bien idiosincrásico y cuerdo. Además, ¿en qué medida afecta el juicio sobre la persona a nuestro juicio sobre las revelaciones? Supongamos que la arqueología bíblica desenterrara ese fragmento que podría demostrar que el Ezequiel histórico había sido un interno de un manicomio, pintando con los dedos sus ruedas en la sala de arte. ¿Sus visiones serían descalificadas como revelaciones? Que Jung tuviera conversaciones con los fantasmas Filemón y Elías durante lo que Ellenberger41 llama la «enfermedad creativa» de Jung no devalúa esas visiones ni la revelación recibida sobre el mandala, la autonomía de las figuras y voces psíquicas o la disciplina de la imaginación activa.

Podemos mantener distintos textos paranoicos e individuos paranoicos. Un síndrome existe no sólo dentro de un estilo de personalidad; también puede manifestarse en un estilo textual: ilógico, defensivo, apodíctico, fantasioso. Muchos de nosotros mostramos características de personalidad paranoide; somos rígidos, suspicaces, hipervigilantes, despreocupados y egocéntricos, pero nos hemos librado de los delirios y las revelaciones. Los síndromes y las personas pueden solaparse, pero no deben coincidir. Como escribió el eminente psiquiatra alemán Kurt Schneider: «La formación del delirio no tiene nada que ver con los rasgos de la personalidad… El delirio no puede explicarse en términos de una personalidad particular, su desarrollo y sus conflictos internos.»42 La psicodinámica de la personalidad del homoerotismo reprimido, incluso la persecución y la traición reales, no causan delirios ni revelaciones de persecución o celos, ni esas experiencias reales son condiciones necesarias para ellos. El hecho de atribuir las revelaciones a factores de la personalidad es siempre a posteriori, al igual que gran parte del razonamiento psiquiátrico. El diagnóstico de personalidad paranoide no predice en absoluto que vayamos a entablar una relación peculiar con Dios, ni que Dios vaya a entablar una relación con nosotros.43 Histéricos, maníacos, epilépticos, esquizoides pueden ser llamados también. «El espíritu sopla donde quiere y tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene» (Juan 3: 8). No hemos encontrado la señal de diferencia entre revelación y engaño. No hemos respondido a la pregunta.

Puesto que he planteado esta pregunta imposible, me siento obligado a darle mi respuesta imposible. Cuestiono la pregunta: es una pregunta falsa, que surge de la suposición, tanto teológica como psiquiátrica, de que existe una clara distinción entre revelación y engaño, entre método correcto e incorrecto de manifestación de lo oculto. De ahí que la «incorregibilidad» haya sido siempre el estigma que distingue a la verdadera paranoia. «Bueno, qué sabe usted, doc», dice el hombre, «¡los hombres muertos sangran!». Incorregible.

Supongamos, sin embargo, que partimos de otro supuesto: no hay, ni puede haber, distinción clara. La revelación siempre viene como incorregible, siempre viene en forma delirante. Como «el delirio propiamente dicho es incorregible»44, así también lo es la revelación. Viene de la Autoridad Suprema, la voz misma de la Verdad con toda la certeza del nous trascendente. ¿Qué podría corregirse, y de qué otra perspectiva que no fuera inferior, falible y únicamente humana podría proceder tal corrección?

En lugar de buscar establecer el contexto y los criterios de una revelación correcta, invitando así a la teología sistemática y a la paranoia sistemática, yo corregiría esa noción de revelación y delirio que las separa, y asumiría en su lugar que todo delirio es revelador, toda revelación, delirante. Sostendría que la definición de Niebuhr se aplica por igual a ambos: un «acontecimiento inteligible que hace inteligibles todos los demás acontecimientos.»45 Mientras se insista, como insisten esos pasajes clave de James y Kittel, en que la Deidad está oculta y la relación con lo oculto es la esencia de la religión, entonces la revelación se hace necesaria para la religión, y el delirio también. La paranoia se da con nuestro Weltbild teológico. En consecuencia, la psiquiatría no puede alcanzar la paranoia endémica, el potencial delirante, en los individuos sin abordar su fuente en el colectivo: esa necesidad doctrinal de un Dios oculto que se revele y cuyas revelaciones no pueden distinguirse claramente de los delirios.

Ahora queda más claro por qué hemos tenido que adentrarnos en la teología para proseguir nuestro tema hasta sus raíces psicológicas, como hicieron Freud en El porvenir de una ilusión46 y Jung en sus escritos teológicos y sus controversias con los teólogos. La psicología y la teología necesitan su vínculo inherente, pues de lo contrario la teología pierde el alma y la psicología olvida a los dioses. Esta interpenetración es la tradición de Eranos desde sus inicios con C. G. Jung y Rudolf Otto, continuada por Gershom Scholem, Henry Corbin y Ernst Benz, y ahora por Ulrich Mann, David L. Miller y Wolfgang Giegerich. No podemos separar la psicología de la teología, como tampoco podemos separar el alma del espíritu.

Cuando Jacques Lacan advirtió, como se dice, que el psicoanálisis está acabado si triunfa la religión, entiendo que quería decir que la psicología es imposible allí donde triunfan los significados literales,47 allí donde la teologización rompe su hilo conductor con la psicologización. Sin embargo, esa amenaza está siempre presente. Mientras la cultura requiera revelación para su religión, habrá locura religiosa endémica en esa cultura; mientras la revelación sea necesaria para la esencia de la religión, debemos tener una teología dogmática, y una Iglesia, y un establecimiento psiquiátrico para garantizar la corrección de las revelaciones, y debemos esperar como algo bastante habitual esos contenidos que vimos en nuestros tres casos, y que vemos también en nuestra crisis apocalíptica actual, nuestro sectarismo fundamentalista, y nuestro mundo políticamente paranoico.

Perceval dijo que su locura era el literalismo: «El espíritu habla poéticamente» pero «el lunático toma el sentido literal». Sin embargo, este literalismo lunático resulta directamente de la revelación que excita y asegura literalismos de todo tipo al anunciarse como la voz de lo oculto, que dice la verdad. No podemos suprimir el hecho de que el Dios de la teología de nuestra cultura es una divinidad que debe revelarse para ser divina, revelarse con palabras, palabras que son literales, que este Dios teológico es él mismo un literalista que, si se persigue hasta el final, es por tanto «lunático», o paranoico; no porque este Dios sea ciertamente un Dios vengadoramente celoso o por la autorreferencia monomaníaca: todas las cosas se refieren a él y lo significan, o porque sea por dogma hipervigilante y sin debilidad, es decir, omnisciente y omnipotente, sino porque es un Dios teológico, un Dios de la Escritura, la santidad de la Escritura, que se identifica con su palabra. ¿Estaba realmente tan equivocado Schreber, o Jung, al anunciar un terrible conflicto en el reino de Dios? ¿Tan equivocado estaba Jung al conectar los horrores del Apocalipsis de Juan con el Evangelio de Juan, que se abre: «En el principio era la palabra y la palabra estaba con Dios y la palabra era Dios»?

Entonces, no, John Perceval. El espíritu no habla poéticamente, sino noéticamente; o como dice William James, con una cualidad noética: «iluminaciones, revelaciones, llenas de significado e importancia»; y éstas, dice, son «estados de conocimiento».48 El espíritu habla literalmente con instrucciones y profecías absolutamente literales y con milagros intensamente sensibles de la carne y de las cosas. Los muertos sangran, los cojos andarán, Lázaro resucitará: todos resucitarán de entre los muertos, nacidos de nuevo también en la carne. Y esta Resurrección físicamente literal requiere un Apocalipsis literalmente físico, un fin real de este mundo real.

La insistencia de Jung en Mercurius –extra Mercurius nulla salus, podría ser su lema- es magníficamente pragmática, una insistencia que es terapéutica, incluso salvadora. Su invocación de Mercurius no es un mero capricho alquímico, para proporcionar una compensación opuesta a la imagen de Cristo, o para cumplir la fórmula del mandala, su «familia de cuatro». Anima mercurialis da el oído que engaña a la mente para que no escuche el significado «verdadero». Sin Hermes el Mensajero, las insinuaciones y gestos divinos se convierten en órdenes literales, y el instinto religioso se vuelve desordenado, paranoico.

Jung equipara Mercurius con el inconsciente colectivo (CW 13: 284). La idea misma del inconsciente, a diferencia de la del homoerotismo, se vuelve crucialmente terapéutica con respecto a la paranoia porque, como Jung define el inconsciente, es un negativer Grenzbegriff. Como tal, se salva de la literalización; no puede identificarse con ningún estado mental o comportamiento real (a diferencia de la homosexualidad). El inconsciente no puede tener una fenomenología que le sea propia y las afirmaciones sobre él no pueden verificarse (CW 8: 417). Elusivo y mercurial, el inconsciente no es un lugar, ni un estado, sino un oscuro hermano irónico, una hermana que resuena, que recuerda.

Este sentido pragmático y funcional del inconsciente sirve de profilaxis contra todo lo que pueda suponer ilusoriamente que revela lo oculto. Como observa Jung, la revelación no puede distinguirse de un «funcionamiento autónomo del inconsciente» (CW 11: 237). La idea del inconsciente ensombrece la teología de la revelación con la psicología del engaño, salvando al alma de la certeza cegadora y a la teología, fundada sobre la revelación, de su locura inherente. El Deus absconditus no puede manifestarse al margen de las imágenes que presentan la manifestación. La revelación no puede separarse de la imaginación. Entre lo oculto y la percepción de lo oculto se encuentra el tercero, el poder imaginativo del alma, el portador de los mensajes, anima mercurialis. En virtud de la idea mercurial del inconsciente, las afirmaciones teológicas de Jung, tan parecidas a las de los tres primeros casos, siguen siendo psicológicas y no paranoicas. Hermes el ladrón, Mercurius el tramposo, un pícaro bromista, es el alma guía hacia lo oculto, salvándonos del literalismo, y de la paranoia. «El engaño y la duplicidad», decía Perceval, salvan del engaño, pues el engaño como falsa creencia sólo aparece con la creencia verdadera, sólo con la revelación.

Así que hay un camino a través, y Perceval todavía puede ser una guía. A medida que avanzaba su curación, «obedeció al espíritu del humor» porque «la Deidad… a menudo insinúa su voluntad bromeando». Podemos dejar que las revelaciones, las epifanías, las profecías desciendan sin creerlas ni dejar de creerlas. Serio ludere, decía la máxima renacentista. No dejemos que provoquen una respuesta de creencia, sino mantengámoslas teñidas de Mercurio. Creer en se sitúa dentro del texto. Boisen, recuerdan, se derrumbó mientras escribía su «Declaración de fe», súbitamente capturado por su texto al entrar en su tercer párrafo. Perceval, recuerdan, aprendió a dudar, mientras que Schreber superó la duda y nunca se recuperó. Porque es una función psicológica de la duda -no meramente escarmentar o probar la creencia- sino prevenir la creencia-respuesta inherente a la cual es la locura del literalismo. El pecado original, decía Perceval, no es otra cosa que tomar los mandatos de un espíritu de humor y pervertirlos en verdad, iluminación, estado de conocimiento.

La última risa, sin embargo, se la lleva el propio John Perceval, quien, al final de sus memorias, se engañaba sobre su curación. Su último e incurable engaño -por supuesto no reconocido por él, ya que lo esencial del engaño es que nosotros mismos no podamos verlo como tal- está encerrado en la teología de Perceval: Dios habla poéticamente, y el lunático toma el sentido literal. Pero «[l]a revelación existe en la afirmación y el mandato»49, y fue John Perceval quien aprendió a escuchar los mandatos literales con un oído metafórico. Sólo cuando se vuelve dubitativo, engañoso, irónico e imaginativo se convierte en un hombre cuerdo. No debemos pasar por alto este punto: cuando Perceval declara que el Pecado Original consiste en una Caída de lo poético y humorístico, porque la Deidad manifiesta su voluntad bromeando, lo estaríamos tomando literalmente si leyéramos esto como que los dioses hablan bromas, o que el único Dios verdadero es Mercurius porque no es verdadero. Más bien, leemos que Perceval atribuye la divinidad a lo poético y humorístico, imaginando que, antes de la Caída y de las desgarradoras narraciones del exilio, el Edén estaba lleno de humor, y nuestra nostalgia del Jardín es una añoranza de la risa. El paso al humor representa también, por un lado, un tránsito de géneros desde el oscuro otoño trágico de Perceval, pasando por la amarga ironía, hasta la comedia, su liberación del encierro y el matrimonio, la primavera; por otro, un proceso alquímico desde el caos primario, pasando por la nigredo, hasta la plata y el albedo.50

¿Qué implica la experiencia de Perceval de lo poético como terapéutico? ¿Paranoia superada por la poesía? Por supuesto, no poemas literales, poesía, poetas. No se mencionan. Más bien, del mismo modo que estudiamos los mitos para adquirir un sentido mítico y no para ajustarnos a tipologías míticas -yo vivo el mito de Edipo, tú eres una mujer Artemisa o un tipo Afrodita (que es en conjunto una comprensión literal y no mítica del mito)-, podemos recurrir a los textos poéticos para educar el sentido poético. Lo poético desconcierta el sentido a medida que el humor lo transpone, impidiendo el cautiverio en el texto revelador. Sus frases declarativas proporcionan una estructura de seguridad del sentido. Al final de su libro, Perceval ya no intenta declarar el sentido de los acontecimientos. Se libera de la revelación y, por tanto, del engaño. Lo poético vencería a la paranoia, un trastorno del sentido, porque «Un poema debe ser igual a / No verdadero… Un poema no debe significar / Sino ser».51

Cuando está dentro del texto, la persona está dentro del síndrome, sintiéndose llena de su significado, su persona significada por la grandeza de Dios, uno mismo el referente monomaníaco, significante de todas las cosas, o lo que la psiquiatría llama delirios de autorreferencia y grandeza. Sin embargo, la psiquiatría promulga la misma grandeza autorreferente en el disfraz pedestre de su teoría del ego, el ego como centro de la conciencia, dador de significado, y con el que todos los acontecimientos deben estar relacionados para su significación.

La revelación y lo oculto

La primera palabra que necesita desesperadamente nuestra terapia de des-literalización es la propia «revelación». En lugar de una revelación literal -de la ocultación a la revelación, de un espejo oscuro y enigmático a la iluminación y un estado de conocimiento (William James)- habría cambios continuos en cualquier presentación; «revelado» y «oculto», poco más que un juego de primer plano y fondo, superficie y profundidad; «revelado» y «oculto», transposiciones felices dentro de cualquier metáfora, modos de broma, alusión. Entonces el apocalipsis se vuelve innecesario, los velos delirantes, ningún velo que levantar o rasgar.

El velo, digámoslo así, no es más que esa sugerente insinuación, un aidos (una vergüenza o timidez) que reside en la revelación, en el sobresalto y la conmoción de toda presencia directa, un aidos artemiseano inherente a toda novedad, a toda desnudez; el velo, un sentimiento en el alma que nos mantiene, en palabras de Hilary Armstrong, «tímidos», reservados al respecto, nos impide pronunciarnos incluso en medio del significado. El velo no cubre el cuerpo con el que nos topamos de repente, sino que es la emoción adecuada al encuentro, la respuesta a la presencia plena que lo mantendría parcialmente ausente, oculto.

Las visiones reveladoras, las voces y las verdades, los momentos sincronísticos, también se reconocen como no más fundamentales, no más superiores -independientemente de que vengan con una oleada de esplendor- que la presencia inmediata del despliegue estético. Con esto me refiero a la Selbstdarstellung de Adolf Portmann como revelación, aquí en la tierra todos los días, el resplandor que brilla en cada cosa como un phainoumenon, la affordance dada por cada acontecimiento.52 Cada acontecimiento inteligible por su propia capacidad de inteligibilidad, el mundo como inherentemente inteligible en su presentación estética, sin necesidad de revelación para su divinidad, sin esotérico u oculto para su significado, sin Schlüsselerlebnis. La exégesis no se convierte entonces en una revelación de significados ocultos, sino más bien en una poiesis, una poética de lo dado en el disfrute de la imaginación continua.

Entonces, también, se puede reconocer que lo llamado «oculto» ha sido una literalización necesaria a posteriori de la perspicacia; como si el deleite animal que sentimos en la perspicacia, en el descubrimiento o en los relatos explicativos requiriera para su excitación la fantasía de algo realmente oculto. La perspicacia es primaria y la idea de lo oculto su correlato, y no al revés. La ocultación podría reconocerse entonces como una hipóstasis o literalidad de la interioridad, que, siguiendo de nuevo a Portmann, se manifiesta en la exhibición estética de fenómenos animados.

La revelación, por tanto, siempre se muestra. No requiere ningún testimonio literal, ningún don profético especial, sólo inteligencia exegética, esa capacidad de leer la exhibición, de percibir la belleza. Ningún testimonio, sólo una atenta observación, una apreciación considerada de «cada cosa» (William James), cada cosa en su imagen, cada palabra en su eco. Para decirlo de nuevo: lo oculto no es una ausencia que se convierte en presencia a través de la revelación, lo ininteligible hecho ahora inteligible, lo invisible ahora visible. Digamos, más bien, que lo oculto es una categoría de existencia que, si se «revela», se literaliza como lo «oculto», mientras que, como categoría de existencia, lo oculto proporciona profundidad, secreto, interioridad, embarazo, cámara, resonancia, potencialidad y muerte en cualquier fenómeno, promoviendo la atención hacia él, un cuidado estudioso, una vigilancia gratificante y una evaluación de cualquier fenómeno como si nunca fuera lo que simple y llanamente parece ser.

Esta atenta observación de una aisthesis despierta no es otra cosa que una «hipervigilancia paranoica» devuelta a la cordura. Pues esa sensibilidad vigilante que advierte la extraordinaria alteridad del mundo habitual es el terreno paranoico de la conciencia psicológica. Es también el terreno paranoico de la conciencia científica, empíricamente respetuosa de lo dado, observando minuciosamente el objeto. Y esta sensibilidad es la conciencia observadora de la religión, la religión que no depende de la revelación de un significado, sino la religión tal y como Jung la define en “The Undiscovered Self”: «Religión significa dependencia y sumisión a los hechos irracionales de la experiencia» (CW 10: 505). «Hago comprender a mis pacientes que todas las cosas que les suceden contra su voluntad son una fuerza superior… Dios no es más que esa fuerza superior en nuestra vida. Se puede experimentar a Dios todos los días».53

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Los hechos irracionales de la experiencia están aquí, allí y en todas partes. La otredad abunda; hay alienígenas por todas partes, así que nunca podremos estar alienados a menos que nos convirtamos en totalmente otros respecto a estos hechos irracionales, alienados en nuestro subjetivismo, proyectando nuestra alienación sobre los dioses y declarándolos como el Totalmente Otro. Una vez que podemos abandonar el engaño primario de la superioridad racional subjetiva -la perspectiva supuestamente normal de la psicología del ego normal- y su adicción al significado como relación con la subjetividad, empezamos a encontrarnos viviendo familiarmente, a diario, en lo mercurial, no deseado, irracional de la alteridad; el mundo entero religioso, la revelación tan continua y lo oculto tan presente que estos términos se vuelven redundantes.

La política de la paranoia

Acercándonos ya al final del tiempo -nuestro tiempo para esta conferencia- quiero repasar brevemente lo que hemos estado haciendo, y luego examinar una vez más el contenido de los delirios paranoides, especialmente los de Schreber.

Nuestro primer paso fue reconocer la esencialidad de la paranoia en los trastornos mentales porque demuestra un desfile paradigmático de delirios incorregibles. Concluimos que la certeza incorregible de estos delirios atestigua un factor impersonal y noético en la paranoia, situando así este trastorno de la mente en un trastorno previo del espíritu. A continuación, relacionamos el delirio con la revelación y el espíritu oculto o Dios, intentando ver a través o deconstruir el trasfondo teológico que, sugerimos, en realidad necesita la paranoia. Por un lado, nos negamos a diferenciar definitivamente entre revelación y engaño, insistiendo en que ambos tienen su fundamento en lo noético más allá de la mente personal, manteniendo que donde hay engaño hay revelación y donde hay revelación también hay engaño. Por otro lado, indicamos en el ejemplo de Jung una relación sana con lo noético, debido a la intervención de la idea del inconsciente y los fenómenos del anima mercurialis, como el sentido poético, metafórico y humorístico descrito por Perceval en contraste con el «asesinato del alma» y la literalidad descritos por Schreber. Además, cuestionamos la base de la paranoia en una idea literalizada del homoerotismo y su cura en intentos literalizados de Entmannung.

En el poco tiempo que nos queda, echaremos un segundo vistazo a la paranoia, ahora con una mirada más política que teológica. 

Soy consciente de que el foro de Eranos es apolítico y lo ha sido desde su creación en los años treinta. El hecho de que Eranos haya surgido en ese contexto político, como si lo desafiara valientemente, ya es profundamente político. La propia libertad para hablar aquí indica la política de libertad de expresión y reunión; el estímulo para seguir la propia disciplina dondequiera que conduzca, el respeto por las diferencias individuales, la congregación internacional y el hecho de que estemos en suelo suizo: todo esto es fundamental para Eranos y fundamentalmente político. Político, tal como yo lo entiendo, no implica partido político, sino piedad política; sugiere que no permitamos que las implicaciones políticas de las ideas se vuelvan groseramente inconscientes, que admitamos la parte política de la psique y tomemos parte política.

Además de estos aspectos más evidentemente políticos de Eranos, existe también una reivindicación arquetípicamente política sobre nosotros. Hellmut Wilhelm fue quien mejor lo expresó hace casi veinte años. Aquí, en 1967, dio una de sus sutiles y extraordinarias conferencias sobre el I Ching. Demostró que el I Ching, especialmente en sus capas más antiguas, utilizaba hechos políticos con un «realismo asombrosamente despiadado», transformando los hechos para que «fueran vistos como imágenes». Wilhelm dijo que estas realidades políticas, como los patrones en la historia, en los mitos y en el arte, «emergen de situaciones arquetípicas básicas.»54 Los patrones o «imágenes primordiales», dijo, «son ofrecidos por el Cielo… el Cielo los cuelga. La Tierra ofrece formas o figuras o incluso instituciones (fa)».55

Las instituciones políticas reciben y forman las grandes imágenes; también el gobierno tiene una necesidad arquetípica. Al no admitir la polis, la ciudad, como fenómeno psíquico primordial, como expresión simbólica del Sí-mismo en el lenguaje de Jung, estamos simplemente manteniendo ese literalismo dieciochesco llamado laicismo. El laicismo divide a Dios del César, excluye la divinidad del Estado, arriesgándose así al retorno de los excluidos a la polis en esas formas literales y sin alma de la burocracia materialista y la teocracia fundamentalista: la aburrida ciudad de la materia y la fanática ciudad del espíritu, ninguna de las dos una ciudad del alma.

La imaginación mítica que rige la vida psíquica y es la profundidad de la psicología profunda está anclada, recordémoslo, en una polis y no sólo en los textos. Una psicología arquetípica que siguiera a los dioses hasta el Olimpo también los encontraría allí donde cuelgan en las instituciones de la sociedad, en las calles de la ciudad que también son moradas de figuras míticas. Eusébia era el término griego. Las tragedias de Esquilo y Sófocles, cuyas configuraciones míticas aún describen nuestro comportamiento, son obras sobre la Atenas política, no sólo sobre literatura o psicología. El testimonio del alma de Sócrates en el Fedón tiene lugar en la celda de una cárcel. Los profetas, los apóstoles en sus actos y cartas, y la revolución de Jesús conciernen al orden de la comunidad, aunque ahora leamos sus transcripciones en un cubículo o en un banco alejado del ágora. Y los maestros renacentistas del mito y del alma, incluidos Dante, Petrarca y Ficino, no pudieron escapar de la polis.

Del mismo modo que el mito es sólo una mitad de sí mismo cuando se separa del culto, la psique sólo se realiza a medias cuando no se representa en la polis. La República de Platón proporciona la metáfora raíz para esta relación de psique y polis, alma y ciudad, esa analogía entre el estado del alma y el alma del estado. Si, como hemos estado describiendo, existe un estado paranoico del alma, hoy llamado «el estilo paranoico de la personalidad», podemos esperar encontrar una psicología paranoica análoga en el Estado. Por lo tanto, podemos leer las descripciones convencionales del alma paranoica (que he extraído principalmente del Manual de Diagnóstico estándar utilizado por los médicos en los Estados Unidos56) como también descripciones del alma del estado paranoico.

«Sospecha y desconfianza generalizadas e injustificadas». «Los individuos son hipervigilantes y toman precauciones contra la amenaza percibida». «Perciben una gama inusualmente amplia de estímulos». «Tienden a evitar la culpa incluso cuando está justificada». «Evitar la depresión». «Cuestionar la lealtad de los demás.» «Insistir en el secreto». «Severo y crítico con los demás». «Tendencia al contraataque». «Poco dispuesto al compromiso». «Ira intensa pero reprimida». «Impulsivo, ambicioso, agresivo e inusualmente hostil y destructivo». «Genera inquietud y miedo en los demás». «A menudo interesado en dispositivos mecánicos, electrónicos y automatización». «Evitan las actividades de grupo a menos que estén en una posición dominante». «Evitan la sorpresa anticipándola virtualmente». «Temor… rendición pasiva». «Los amigos son puestos a prueba constantemente hasta que se retiran o se vuelven antagónicos». «Miedo desmesurado a perder el poder de moldear los acontecimientos de acuerdo con sus propios deseos». «Transformación de la tensión interna en tensión externa». «Estado continuo de movilización total». «Ceder a la dominación externa y ceder a la presión interna suponen una amenaza». «Miedo a ser engañado para que renuncie a algún elemento de autodeterminación». «Generalmente desinteresado por el arte o la estética.» «Rara vez se ríen». «Falta de un verdadero sentido del humor». «Lo que parece una cómoda familiaridad… parece una imitación… No es amistoso; sólo está diseñado para parecer amistoso.» «Muy conscientes … de quién es superior o inferior.» «Desprecian a las personas vistas como débiles, blandas, enfermizas o defectuosas.»

Oír estas descripciones como si pertenecieran al alma del Estado soviético o estadounidense57 literaliza «político» como política de partido, parteiisch, captando sólo una parte. En lugar de ello, necesitamos escuchar estas descripciones como pertenecientes a la política y al gobierno como tales para reconocer la paranoia inherente al alma del Estado como tal. El problema más profundo del arte de gobernar es cómo gobernar la paranoia inherente al gobierno para que sus síntomas no se exacerben en una tiranía corrupta y una parálisis bizantina, síntomas como la policía secreta, los juramentos de lealtad, la detección de mentiras, la vigilancia electrónica, el miedo a la debilidad, las defensas y predicciones sistematizadas (teoría del dominó) y la ausencia de esas cualidades del alma, el humor, la estética y la suavidad sustituidas por grandes ideales escatológicos: orden, paz, humanidad, fraternidad, derechos y Dios.

Dada esta paranoia inconsciente inherente, será necesario proyectar un enemigo imaginario y defensas fantásticas contra el enemigo imaginario. Las situaciones siempre se evaluarán mediante constructos de fuerza y debilidad, ganar y perder. La exigencia de rendición incondicional y el miedo a ella serán primordiales. Los tratados basados en el compromiso serán casi imposibles de negociar. Una nación aliada con otras se verá obligada a vetar o retirarse, siempre que sea incapaz de dominar al grupo. La posibilidad de una hostilidad abierta está siempre presente y será negada. La negación oficial será esencial para mantener un gobierno «por encima de toda sospecha» y fiel a sus idealizaciones. Habrá poco interés por el arte o la estética, y cuando el gobierno deba intervenir, entonces la estética tenderá a ser subestimada como arte de Estado al servicio de la resolución nacional. Incluso las relaciones exteriores más solícitas tenderán a generar inquietud y miedo en los demás. La defensa contra la depresión motivará defensas cada vez mayores. El desdén por los débiles, los enfermos y los defectuosos pondrá en primer plano ese conflicto contemporáneo, aunque siempre recurrente, entre seguridad y compasión (armas frente a mantequilla, espadas frente a rejas de arado), entre la carga del armamento para la defensa y la carga del bienestar para los necesitados. Debido al miedo a la dependencia, la autosuficiencia se idealizará en un aislamiento llamado «espléndido».

Por encima de todo habrá desconfianza y expectativas de engaño entre los gobernados y su gobierno, lo que requerirá comités de vigilancia, oficinas de investigación, defensores de todo tipo de reformas, ya que la sospecha paranoica es inherente al alma misma del Estado. El Estado no sólo desconfiará de los extranjeros (xenofobia), sino que dentro de sus fronteras también desconfiará de los extranjeros, de las subculturas y de las minorías, a menos que sean «fuertes», lo que requiere grupos de presión minoritarios y la división del cuerpo político en distritos electorales monomaníacos o monotemáticos rivales. Cuanto más rígido sea el gobierno con respecto a los gobernados, y viceversa, más abundarán las sospechas de corrupción, especialmente las relativas a la «seguridad», y más se valorará la recopilación y el almacenamiento de información y el litigio como modo de decisión. La relación negativa con Mercurio da lugar a la proposición básica de toda paranoia: todo lo que está oculto es perjudicial (de ahí que la revelación sea igual a la seguridad), lo que requiere un escaneo continuo, una hipervigilancia hacia los alimentos que comemos, los informes que escuchamos, los contratos que firmamos. Exponer y encubrir se convierten en el modus operandi: nuestro paradigma teológico de revelación y ocultación en la esfera política.

A pesar de la promulgación del Estado-nación por el Estado-nación, su paranoia inherente fomenta la desconfianza en las propias instituciones que son sus pilares, incluida la validez de la ciudad y la vocación de la política. El bienestar de los ciudadanos y las instituciones que sirven al bien común pasan a un segundo plano, debido a la confusión primaria del bienestar con la seguridad, el bien común con la fuerza nacional o las «necesidades militares». (Debería ser evidente que me estoy refiriendo no sólo al mundo contemporáneo, sino a los estados-nación desde Asiria hasta Roma, y otros analizados por Toynbee). Cuando las nobles instituciones de la vida política, como la retórica política, el papel providencial del liderazgo, los cargos públicos y el servicio público, caen presas de la sistematización paranoica, entonces las grandes imágenes de la justicia, la prudencia, la equidad, la comunidad y similares, cuelgan del cielo sin ser recibidas, las formas contenedoras para los poderes arquetípicos en desorden. Mientras tanto, obsesionado por su delirante necesidad de seguridad, el Estado paranoico recurre a mecanismos de defensa de proyección y formación de reacciones, es decir, a una mayor exploración en busca de enemigos, terroristas y desertores (defectuosos), con políticas patrocinadas no por la iniciativa paralizada por la ambivalencia (inmovilidad combinada con bramidos), sino racionalizadas como reacciones «puramente» defensivas ante la amenaza.

La amenaza pertenece a lo que Jung llama el fin del eón (CW 9.2: p. ix); el Apocalipsis anuncia la catástrofe apocalíptica. Vivimos en un Zeitgeist de amenaza, en un estado anímico y político de paranoia. Esto se ha revelado en las Escrituras y se está confirmando políticamente en el estado mental soviético (siempre honrando a los veinte millones que murieron defendiéndose de la última invasión occidental) y en el estadounidense (siempre defendiéndose de la penetración en el cuerpo político de emisarios del Imperio del Mal: pinko de color, terroristas y espías). La amenaza de catástrofe justifica las medidas tomadas contra la amenaza, con lo que ésta se hace cada vez más literal: «el miedo a la catástrofe es lo más probable que provoque el síndrome de la retórica paranoica».58 Peor aún: el síndrome requiere que la catástrofe cumpla su propia profecía. El círculo vicioso de la psicología paranoica es la realidad política actual.

Si nuestra analogía platónica entre el alma del estado y el estado del alma se mantiene, entonces deberíamos ser capaces de encontrar remedio para la paranoia del estado en los remedios propuestos por nuestros pacientes para sus almas paranoicas. Me refiero a dos remedios particulares -el sentido poético de Perceval y el Entmannung de Schreber- y a uno general: La idea del inconsciente de Jung.

Esta idea apareció en sociedades menos seculares y racionales como los dioses, el Destino o Fortuna. El Estado reconocía los límites de su conciencia gobernante, propiciando las intervenciones de Mercurio recurriendo a oráculos, augures, videntes y profetas, como el individuo recurre a sueños, dudas y ecos. La sospecha ritualizada como superstición. Por supuesto, los estados antiguos no eran menos paranoicos a pesar de estas consultas porque ellos también leían los signos literalmente, como los sueños pueden leerse todavía hoy, o como los pronósticos económicos sobre la depresión y la inflación pueden leerse en la esfera pública. No obstante, la idea de un inconsciente desplaza la atención hacia los otros, más allá del control humano, y la aleja de la fijación en las intenciones ocultas del enemigo (por ejemplo, la vigilancia del Kremlin). Esa atención fijada es precisamente patognomónica de la paranoia según la observación de Freud: «Su anormalidad se reducía realmente a esto, a que vigilaba la mente inconsciente de su mujer… haciéndose consciente de la de ella y magnificándola enormemente consigue mantener inconsciente la suya» (CP 2: 235-36). La idea de un inconsciente permite a los enemigos reconocer que no están viendo las intenciones ocultas del otro, sino una pantalla en la que pueden leer las suyas. Cada afirmación sobre el otro sería autorreflexiva, y la amenaza podría llegar a casa.

En el penúltimo párrafo del estudio de Freud sobre Schreber, Freud escribe: «Queda para el futuro decidir si hay más delirio en mi teoría… o si hay más verdad en el delirio de Schreber» (CP 3: 456-66). Este giro extraordinariamente psicológico no sólo relativiza a Freud y a Schreber, sino también a la verdad y al delirio, abriendo el camino a la lectura de Schreber como revelador de la verdad, como profeta. Durante todo el siglo hemos ignorado este comentario de Freud, suprimiendo con éxito las revelaciones de Schreber con el análisis que Freud hace de ellas. Sin embargo, ambos hombres transmiten el mismo mensaje, ya sea verdad o delirio: así como la Entmannung es para la redención del alma, el homoeros es para la cordura social, y tanto la Entmannung como el homoeros, como amistad, interés social (Gemeinschaftsgefühl), sentimiento de compañerismo, dan indicaciones para un nuevo orden mundial, ese contenido principal de los delirios paranoicos.59

Freud, recordémoslo, consideraba que el fin del análisis, la cura, sólo llega cuando el «repudio de la feminidad», también llamado «la lucha contra la pasividad», llega a su fin cuando una persona puede someterse sin derrota, cuando la conciencia fálica del yo,60 la envidia del pene, la protesta masculina es superada tanto en un hombre como en una mujer.61 «La hombría… como se espera de… los soldados… en tiempos de guerra, no está en la naturaleza del alma», dijo Schreber (333). En su lugar, la pasividad que es voluptuosidad.

Debilidad, sumisión, perímetros violados; confianza en lo que uno no puede leer; aprender el arte de la entrega rindiéndose primero al62 humor, y a las voces del otro; duda, incluso miedo, de la propia certeza, en lugar de sospecha del otro – todo esto, y lo que trajimos a este podio en 1969 sobre la feminidad psicológica,63 es Entmannung cuando se escucha a la manera metafórica de Perceval. Una dedicación al placer del alma en lugar de erguirse erguida, misiles multicéfalos de penetración profunda, sistemas de alerta temprana, escudos protectores, tridentes, titanes, mega empuje.

Recordemos: el síntoma prodrómico en el caso de Schreber era «sucumbir» como mujer; el delirio primario (Schlüsselerlebnis) en el caso de Boisen se expresaba en el lenguaje de la fuerza y la debilidad, el débil debía sacrificarse por el fuerte. Sin embargo, los tres casos mostraban que la supervivencia dependía de la entrega. Esto se debe a que, como dijo Jung, la conexión humana no se produce a través de la superioridad, que aísla, sino a través de la debilidad: la necesidad humana de comunidad, Gemeinschaftsgefühl. Si el engaño teológico es la literalidad y la cordura la duda y la broma, el engaño político es la superioridad y la cordura, la confianza en la debilidad.

Al igual que la teología ha explorado la importancia de la duda, la política puede explorar la debilidad en sus variedades, como humillarse, doblegarse, ceder, dar, renunciar, rendirse, perder y perderse. Se trata de una exploración psicológica que va más allá de la negociación, el compromiso o la resolución de conflictos, pues parte de la realidad psíquica de la derrota. «Tomar posición en el suelo» (Perceval); «Descender al nivel más bajo posible» (Boisen). ¿Cuál es el telos de la psique en la derrota? ¿Cómo imaginarlo más allá de los literalismos paranoicos en los que se fija?

Cuando sugiero leer los delirios de Schreber como proféticos, no es sólo porque la misma pérdida del alma o asesinato del ánima, el mismo conflicto en el reino de Dios y el orden del mundo fueron luchados por Jung, el Jung que dijo lo que Schreber podría haber dicho: «Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» (CW 18: 279).

Al leer a Schreber como profeta, me refiero también a algo más: Schreber como experimentador profético que, en su cuerpo, experimentó la encarnación de la Asunción de María mientras cumplía condena en ese laboratorio psíquico o monasterio del siglo XIX llamado manicomio donde se abre el muro entre la medicina y la religión, y donde la entrega a degradaciones, la disolución en bañeras, las posturas supinas, las palizas, las vigilias y el silencio fueron la introducción literal a su nueva teología de la dicha del alma a través del unmanning. En gran medida, los delirios de Schreber profetizaron nuestros literalismos actuales: el movimiento feminista; la hipótesis Gaia de que el globo es un ser orgánico femenino; las psico-religiones del matriarcado y las diosas; el fundamentalismo de las creencias literalizadas; la obsesión intelectual por la significación lingüística; la androginia bisexual como comportamiento recomendado; los flüchtig hingemachte Männer; la invasión del mundo humano por otros alienígenas; el determinismo dietético y el ambivalente embrujo de la comida. ¿Verdad o engaño, o ambas cosas? Donde se reúnen dos o tres, las ideas y los movimientos sólo son cuestionablemente paranoicos. Déjese guiar por John Perceval: escuche con oído poético mercurial.

Para Schreber, la unmanning era parte integrante de una nueva cosmología en la que ya no habría más Asesinato del Alma, una cosmología en la que la psique volvería a la vida, esse in anima, ser en un alma placentera. Si hemos optado por escuchar a este profeta, aventurándonos en lugares lejanos de la teología y la política, y entregándonos a una misión propia, ésta ha sido desanclar a la teología de su delirio revelador y a la política, de su estado paranoico, para volver a ponerlas a ambas al servicio del alma.



1. [Esta conferencia fue pronunciada en la Conferencia Eranos de Ascona, Suiza, en agosto de 1985.-Ed.].

2. William James, The Varieties of Religious Experience: A Study in Human Nature (Nueva York: Vintage Books/The Library of America, 190), 55.

3. Theological Dictionary of the New Testament, vol. 3 (Grand Rapids, Mich.: William B. Eerdmans Publishing Company, 1965), 564-65.

4. Elias Canetti, Crowds and Power, trad. Carol Stewart (Nueva York: Farrar, Strauss y Giroux, 1984).

5. Las obsesiones, compulsiones y fobias -aunque sean importantes en cuanto a sufrimiento- suelen considerarse menores como neurosis y no mayores como psicosis; o bien forman parte del cuadro clínico de uno u otro de los trastornos psiquiátricos mayores.

Sobre la experiencia y el diagnóstico de los estados paranoides, véase además: Dale Alfred Peterson, The Literature of Madness: Autobiographical Writings by Mad People and Mental Patients in England and America from 1436 to 1975, diss. Stanford University, 1977; The Inner World of Mental Illness, ed. Bert Kaplan (Nueva York: Harper & Row, 1964); Morag Coate, Beyond All Reason (Nueva York: J. B. Lippincott Company, 1964); Clarence G. Schulz y Rose K. Kilgalen, Case Studies in Schizophrenia (Nueva York: Basic Books, 1969); Werner Leibbrand y Annemarie Wettley, Der Wahnsinn: Geschichte der abendländischen Psychopathologie (Friburgo: Karl Alber, 1961); Eugen Bleuler, Affektivität, Suggestibilität, Paranoia (Halle a. S.: Verlag von Carl Marhold, 1906; David W. Swanson, Philip J. Bohnert y Jackson Algernon Smith, The Paranoid (Boston: Little, Brown, 1970); Nils Retterstøl, Prognosis in Paranoid Psychoses (Oslo: Universitetsforlaget, 1970).

6. Al asumir la influencia de estructuras invisibles mayores (nous, dioses míticos o bíblicos, o el espíritu tal como se anuncia en nuestros casos a continuación), admito que mi método para comprender la paranoia refleja en sí mismo el estilo paranoico. Esta correlación del método con el tema está en consonancia con ese principio de comprensión arquetípica tal como lo he venido presentando en Eranos: similis similibus curantur; por ejemplo, la comprensión de la transferencia erótica («On Psychological Creativity», Eranos Yearbook 35 [1966]), de los fenómenos histéricos (“First Adam, then Eve: Fantasies of Female Inferiority in Changing Consciousness,” Eranos Yearbook 38 [1969]), del desarrollismo (“Abandoning the Child,” Eranos Yearbook 40 [1971]), de los sueños (“The Dream and the Underworld,” Eranos Yearbook 42 [1973]) y de la psicología anormal en general (“On the Necessity of Abnormal Psychology,” Eranos Yearbook 43 [1974]). El camino hacia cualquier cuadro clínico es convertirse en parte del cuadro, y esto es tan válido para la comprensión teórica de un síndrome como para la terapia de un caso individual que sufre el síndrome. El mismo método se aplica a la teoría y a la terapia.

7. Niel Micklem, , “The Intolerable Image: The Mythic Background of Psychosis,” Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1979): 8.

8. David Henderson y R. D. Gillespie, A Textbook of Psychiatry, 7ª ed. (Londres: Oxford University Press, 1950).

9. Lawrence C. Kolb, Modern Clinical Psychiatry (Filadelfia: W. B. Saunders, 1977), 481.

10. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder, 3ª ed. (DSM-III) (Washington, D.C.: American Psychiatric Association, 1980), 195.

11. Karl Jaspers, General Psychopathology, trad. J. Hoenig y Marian W. Hamilton (Chicago: University Chicago Press, 1963), 99.

12. Micklem, “The Intolerable Image,” 7.

13. H. Richard Niebuhr, Niebuhr, The Meaning of Revelation (Louisville: Westminster John Knox Press, 2006), 50.

14. Anton T. Boisen, Out of the Depth: An Autobiographical Study of Mental Disorder and Religious Experience (Nueva York: Harper, 1960).

15. Este hábito de echarse la culpa a sí mismo, tan compensatorio de la inflación de la revelación, es uno de los principales engaños de las revelaciones cristianas. El espíritu que habla es la autoridad suprema, correcta e incontestable. Cf. Karl Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, trans. E. B. Ashton (Nueva York: Harper & Row, 1967): «La revelación procede de otra fuente… ninguna constatación humana puede decir si es o qué es» (8). «Podemos definir la revelación como una manifestación directa de Dios por palabra, mandato, acción o acontecimiento … Todo esto sucede por una invasión objetiva desde el exterior» (17). Esto sólo permite que la fragilidad del recipiente terrenal, el mea culpa del receptor, expliquen la larga historia de revelaciones «incorrectas»: posesiones demoníacas, histerias, falsos profetas y los delirios paranoicos que estamos considerando aquí. Cf. Keith Thomas, Religion and the Decline of Magic: Studies in Popular Beliefs in Sixteenth and Seventeenth-Century England (Londres: Penguin, 1991), cap. 5: «Prayer and Prophecy».

16. Perceval’s Narrative: A Patient’s Account of his Psychosis, 1830-1832, ed. Gregory Bateson. Gregory Bateson (Stanford: Stanford University Press, 1961). (Publicado originalmente entre 1838 y 1840 en dos volúmenes como A Narrative of the Treatment Experienced by a Gentleman during a State of Mental Derangement: Designed to Explain the Causes and the Nature of Insanity and to Expose the Injudicious Conduct Pursued Towards Many Unfortunate Sufferers Under that Calamity.

17. Véase mi «An Essay on Pan,» en James Hillman, Pan and the Nightmare (Thompson Conn.: Spring Publications, 2020), sobre «Pánico.»

18. David L. Miller, «Images of Happy Ending», Eranos Yearbook 44 (1975): 61-89.

19. Daniel Paul Schreber, Schreber, Memoirs of My Nervous Illness, trans. Ida MacAlpine y Richard A. Hunter (Londres: Dawson, 1955). (La paginación sigue la edición original en alemán, como se indica en la edición de Dawson). Más sobre Schreber: Roberto Calasso, L’impuro folle (Milán: Adelphi, 1974); Morton Schatzman, Soul Murder: Persecution in the Family (Nueva York: Random House, 1973); C. Barry Chabot, Freud on Schreber: Psychoanalytic Theory and the Critical Act (Amherst: University of Massachusetts Press, 1982).

20. Los intentos de datar el inicio, es decir, de fijar con precisión el momento fijador, que hemos visto en los tres casos y en muchos otros atestiguados en la bibliografía, suscitan la idea de que la datación histórica puede ser un gesto paranoico. ¿Qué estamos haciendo, psicológicamente, cuando fijamos el flujo de los acontecimientos y sus múltiples condiciones en un momento preciso de origen? Quizá tengamos que volver a mirar con ojos psiquiátricos las fantasías de Quellenforschung, fons et origo y Urtext.

21. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 22.

22. Ibídem, 27.

23. Ibídem, 21.

24. Boisen, Out of the Depth, 85.

25. Karl Barth describe la revelación como: «El ‘instante’ es y sigue siendo algo único en comparación con lo que le precedió y lo que le siguió, es diferente, extraño, no se prolonga en lo que le sigue, ni tiene sus raíces en lo que le precedió. No guarda ninguna relación temporal, causal o lógica, es siempre y en todas partes lo absolutamente nuevo, siempre el ser, el tener y el hacer de Dios». Der Römerbrief, citado de H. Martin Rumscheidt, Revelation and Theology: An Analysis of the Barth-Harnack Correspondence of 1923 (Cambridge: Cambridge University Press, 1972), 153-54. La posible confusión de revelación y engaño fue planteada a Barth por Adolf von Harnack en la «Frage 3» de sus quince preguntas. Barth respondió que la fe despertada por Dios es «prácticamente indistinguible del fanatismo incontrolado». Pero, ¿por qué no podría ser … un síntoma confuso y un testimonio del despertar de la fe?». (ibid., 32).

26. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 28.

27. Henry Corbin, Avicenna and the Visionary Recital, trans. Willard R. Trask (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1990), 42-44; Creative Imagination in the Sūfism of Ibn ‘Arabī, trans. Ralph Manheim (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1981), 21-22.

28. Perceval’s Narrative, 219.

29. Schreber, Memoirs of My Nervous Illness, 8.

30. Sigmund Freud, «Notas psicoanalíticas sobre un relato autobiográfico de un caso de paranoia (Dementia Paranoides)», en CP 3; y «Un caso de paranoia contrario a la teoría psicoanalítica de la enfermedad», en CP 2.

31. He omitido los delirios de infidelidad o los celos mórbidos por varias razones: a) nuestros tres casos se libraron de este sufrimiento; b) los celos mórbidos son la forma menos grave desde el punto de vista pronóstico y, por lo tanto, menos esencial para la paranoia; c) a menudo son un acompañamiento de factores orgánicos como el alcoholismo y, por lo tanto, pueden quedar en parte fuera de un relato totalmente psicológico como el nuestro. Mi cuarta razón requiere algunas explicaciones. Los delirios de infidelidad parecen presentar una defensa contra lo divino. El aspecto divino de Eros se desplaza a lo humano, desde la fe en el Eros divino hasta la fidelidad erótica humana que diviniza a la esposa, al marido, al amante -y especialmente al tercero invisible imaginado- en lugar de Eros, el dios. Es esta divinización la que hace que la fantasía de la infidelidad esté arquetípicamente cargada, por lo tanto insoportable, y personalmente concreta en el mismo momento. La infidelidad fundamental -desertar y ser abandonado por el dios- esa infidelidad, que es fuente de humanismo, se convierte en una experiencia personal agónica, de modo que los celos, como cualquier otro síntoma psicológico mórbido, son un compromiso. El síntoma intenta recuperar al dios divinizando a la otra persona sin cuya fidelidad erótica no puedo vivir. Verlo así implica que los celos mórbidos también son un delirio religioso, aunque secularizado más allá del reconocimiento como tal, una secularización que es su propio fundamento. Porque lo que revelan las fantasías eróticas de los celos es la suprema autonomía de lo divinizado. El intento de adueñarse del dios, de vincular sus movimientos y localizar sus límites a tal o cual relación se demuestra imposible por las fantasías atormentadoras. El Otro invisible ha invadido la pareja personal.

Cf. Ronald Rae Mowat, Morbid Jealousy and Murder: A Psychiatric Study of Morbidly Jealous Murderers at Broadmoor (Londres: Tavistock, 1966); Gabriel Langfeldt, «The Erotic Jealousy Syndrom: A Clinical Study», Acta Psychiatrica et Neurologica Scandinavica (1961), suppl. 151.

32. Para una amplia revisión de la literatura, véase la bibliografía anotada en Yehuda Fried y Joseph Agassi, Paranoia: A Study in Diagnosis (Dordrecht y Boston: D. Reidel Publishing Company, 1976); para revisiones dentro de la escuela freudiana, incluidas las desviaciones, véase W. W. Meissner, «Schreber and the Paranoid Process», The Annual of Psychoanalysis 4 (1976): 3-40; Philip M. Kitay, «Symposium on ‘Reinterpretation of the Schreber Case,’ » Revista Internacional de Psicoanálisis 44 (1963): 191-94.

33. William G. Niederland, The Schreber Case: Psychoanalytic Profile of a Paranoid Personality (Nueva York: Quadrangle, 1974), 160.

34. Las cuatro causas de Aristóteles (Metafísica Α), la cuádruple raíz del principio de razón suficiente de Schopenhauer y las cuádruples estructuras explicativas de Jung (tipología, sincronicidad, teología, etc.) son sólo tres ejemplos de un modelo que también se encuentra en la santa tetraktys de los pitagóricos, los humores de la medicina hipocrática, el quattuor coaequeva de la teología de Agustín, la división ontológica de la naturaleza de Eruigena, los cuatro principios del ser de Heidegger y, axiomáticamente, en las cuatro direcciones, elementos, estaciones, fases de la luna, letras en el nombre de Dios y la bestia mítica de cuatro patas sobre la que descansa el mundo. El relato de Freud sobre la paranoia invoca esta estructura noética. Y estamos inamoviblemente convencidos, no por la demostración empírica, sino por el poder persuasivo de la lógica interna del sistema, o psico-lógica, que, como dice Freud, «agota todos los caminos posibles» («No podemos nombrar ninguno más allá de éstos», como dice Aristóteles, Metafísica Α.10). La retórica de un arquetipo convence de que no hay más preguntas. «Siempre que se utiliza una raíz cuádruple para circunscribir los fenómenos, parece ser evidente por sí misma e incluir su propia demostración. O, para ir más lejos, este modelo se utiliza para dar cuenta de lo indemostrable … las cuatro causas de Aristóteles proporcionan explicación como los requisitos mínimos para la comprensión total, porque son una forma del símbolo de la raíz cuádruple. Se trata de un símbolo de culminación y plenitud, el fundamento indemostrable del ser mismo. Como tal, es lo que Jung llama un símbolo del Ser. Representa una psique que ya no se pregunta «por qué». La pregunta… está respondida, o mejor dicho, ha desaparecido». James Hillman, Emotion: A Comprehensive Phenomenology of Theories and Their Meanings for Therapy (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1960), 247-48.

35. C.G. Jung, Memories, Dreams, Reflections (MDR), ed. Aniela Jaffé, trans. R. y C. Winston (Nueva York: Vintage Books, 1989).

36. C. G. Jung, Letters, ed. G. Adler y Aniela Jaffé, 2 vols. G. Adler y Aniela Jaffé, 2 vols. (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1973), 2: 156.

37. «Así el hombre ordinario se convirtió en fuente del Espíritu Santo … Este hecho significa la encarnación divina continuada y progresiva. Así, el hombre … parece destinado a desempeñar un papel decisivo en ella; por eso debe recibir el Espíritu Santo. Considero la recepción del Espíritu Santo como un hecho altamente revolucionario que no puede tener lugar hasta que se reconozca la naturaleza ambivalente del Padre» (CW 11: 1551).

38. Jaspers, General Psychopathology, 99.

39. Aniela Jaffé The Myth of Meaning in the Work of C. G. Jung, trans. R. F.C. Hull (Zúrich: Daimon Verlag, 1985).

40. «Der Geist Mercurius», Eranos Yearbook 9 (1942).

41. Henri F. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious: The History and Evolution of Dynamic Psychiatry (Nueva York: Basic Books, 1970), 672.

42. Citado en Theodore Millon, Disorders of Personality: DSM-IV ™ and Beyond (Nueva York: Wiley-lnterscience, 1981), 377.

43. Cf. Emil Brunner, The Divine-Human Encounter (Filadelfia: Westminster Press, 1943), 51: «La revelación de Dios a los hombres es el elemento decisivo de lo que Dios hace por ellos… Dios es el Dios que se acerca al hombre sólo porque, y en la medida en que se revela a Sí mismo… el acontecimiento que es la relación entre Dios y el hombre es, por tanto, siempre un acto de revelación.»

44. Jaspers, General Psychopathology, 105.

45. Niebuhr, The Meaning of Revelation, 50.

46. Sigmund Freud, The Future of an Illusion, trans. W. B. Roleson-Scott, rev. and ed. James Strachey (Nueva York: Doubleday and Co., 1983).

47. «La religión existe cada vez que un grupo de seres humanos se aferra a un sentido, ya sea divino o humano … la cuestión del sentido seguía siendo crucial … [Lacan] lanzó un ataque contra la idea misma de sentido: la suya era una campaña anticlerical … La lucha contra la dominación de la noción de «sentido» era así para Lacan una manera de defender … el psicoanálisis … «No es frívolo decir que la estabilidad de la religión se debe a que el sentido es siempre religioso», dijo Lacan cuando disolvió su escuela.» Catherine Clément, Vidas y leyendas de Jacques Lacan, trad. Arthur Goldhammer (Nueva York: Columbia University Press, 1983), 183-84.

48. James, The Varieties of Religious Experience, 343.

49. Jaspers, Philosophical Faith and Revelation, 22.

50. Sobre los «humores» del Edén, véase David L. Miller, «Achelous and the Butterfly: Toward an Archetypal Psychology of Humor», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1973): 1-23. Sobre el paso a través de los géneros a la comedia y a Spring, véase Northrop Frye, Anatomy of Criticism: Four Essays (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1957), «The Mythos of Spring: Comedy». Sobre el proceso alquímico, véase James Hillman, «Silver and the White Earth, I and II», Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought (1980): 21-48 y (1981): 21-66.

51. «Ars Poetica», en Archibald MacLeish, Poems, 1924-1933 (Boston: Houghton Mifflin, 1933).

52. he tratado de desarrollar la idea de Portmann sobre la autopresentación, así como la idea de J. J. Gibson de asuquible -percepción directa por parte de los organismos de lo que se les ofrece en el despliegue de su entorno- en mis dos conferencias anteriores en Eranos, «The Thought of the Heart,” Eranos Yearbook 48 (1979), y «The Animal Kingdom in the Human Dream,” Eranos Yearbook 51 (1982).

53. C.G. Jung Speaking: Interviews and Encounters, ed. William McGuire y R. F.C. Hull (Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1977), 250.

54. Hellmut Wilhelm, «The Interplay of Image and Concept in the Book of Changes», Eranos Yearbook 36 (1967): 52-53.

55. Ibídem, 36-37.

56. DSM-III (véase la nota 10 anterior) y también de David Shapiro, Neurotic Styles (Nueva York: Basic Books, 1965); Fredrick C. Redlich y Daniel X. Freedman, The Theory and Practice of Psychiatry (Nueva York: Basic Books, 1966); Kolb, Modern Clinical Psychiatry; y Millon, Disorders of Personality, cap. 13.

57. Cf. Richard Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1965), para la paranoia política específicamente estadounidense, aunque el autor «quisiera subrayar de nuevo que el estilo paranoico es un fenómeno internacional». Se basa en la obra de Norman Cohn The Pursuit of the Millennium (Londres: Oxford University Press, 1957), 38-39, para mostrar «un complejo psicológico persistente» en la Europa medieval. Las metáforas político-militares (enemigo, dominio, defensa, movilización, batalla, dos frentes, etc.) marcan la descripción de «El estilo paranoico» de Shapiro.

58. Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics, 39.

59. Parafraseando a William James («Lo que ahora tenemos que descubrir en el ámbito social es el equivalente moral de la guerra», The Varieties of Religious Experience, 332-33), Schreber y Freud indican un equivalente erótico de la guerra. Pero el homoeros no es suficiente, ya que la emoción que une a los semejantes en el sentimiento fraternal sigue proyectando sombra sobre los diferentes. En el amor de los semejantes hay una connivencia en la sombra contra lo diferente; sigue existiendo la necesidad de un enemigo. Esto se muestra en la unión ferozmente leal de los compañeros en la guerra contra un enemigo común. Y ambos bandos en la guerra participan en la colusión más amplia de la propia guerra, en la que la necesidad de un enemigo y el vínculo homoerótico son concomitantes. El proyecto común (la guerra) requiere una proyección común (el enemigo). Para que un equivalente erótico de la guerra tuviera éxito, tendría que imaginar un enemigo aún más delirante, más allá de la biosfera en su conjunto -principalidades, poderes, fuerzas, extraterrestres- para que el propio globo y todos sus valores estuvieran unidos por el sentimiento de lo mismo.

60. Sigmund Freud, CP 5: 354-56.

61. El espectro de la psicología, desde la fenomenología y el psicoanálisis hasta el conductismo y la fisiología cerebral, define la conciencia con metáforas fálicas: despierta, activa, intencional, unilateral, conducta manifiesta, sensible al objeto, disparo espontáneo, excitación (cortical). Todas estas definiciones desertan del sentido inherente a la palabra: conocer con, conocer juntos.

62. Sobre el arte como rendición, véase Kurt H. Wolff, Surrender and Catch: Experience and Inquiry Today (Dordrecht y Boston: D. Reidel Publishing Company, 1976).

63. James Hillman, «First Adam, then Eve: Fantasies of Female Inferiority in Changing Consciousness», Eranos Yearbook 38 (1969), y como Parte III de The Myth of Analysis (Nueva York: Harper & Row, 1978).

La creatividad debe ser destructiva

Logos del alma

Es socialmente adecuado resaltar los lazos constructivos en la dinámica relacional del sujeto, de tal manera que se respeten la vía del progreso y de la evolución del individuo, como marcas constitutivas de los ideales capitalistas de la acumulación, la productividad y el crecimiento exponencial, cual rutas de explotación de la presencia del otro.

Las personas, a su vez, son impelidas a la vivencia constante de la tecnificación de su subjetividad hasta el punto en que terminan por concebirse como un proyecto en constante desarrollo, dirigidos hacia la meta imposible de la integridad psíquica.

El mito del progreso, a menudo, sostiene su narrativa en el mito del héroe y sus grandes gestas, donde un personaje, casi siempre el hijo de un dios, se enfrenta a grandes peligros y alcanza cimas de la voluntad que solo son entendibles por sus orígenes divinos. Este magno héroe derrota al temible dragón primordial y de su cadáver da forma al cielo y a la tierra, o rompe el huevo primigenio para poder configurar el cosmos. Es, por lo tanto, una fuerza constructora.

Pero el periplo del héroe no es continuo y nunca es en ascenso, al contrario su labor ocurre de forma vertiginosa, pero llena de retrocesos, para finalmente cumplir con su destino que no es otro que la destrucción de sí mismo. Heracles siendo inmolado, Belerofonte cayendo del Olimpo, Ulises perdiéndose en su última aventura, Teseo atrapado en el inframundo. El destino creativo de estas figuras grandiosas parece siempre terminar en una consumación aciaga, como si de antemano el mito advirtiera que toda poiesis guarda en su corazón un recuerdo del caos al que deberá regresar, ese hogar entrópico que siempre le espera.

Por lo tanto, el derrotero vertical del ideal cultural se contrapone a la dialéctica creativa que constituye el núcleo de la vida lógica de los fenómenos y, en consecuencia, es posible que el énfasis que se pone sobre el matiz puramente constructivo de la existencia deba dar un lugar inconsciente a la faceta destructiva de la vida misma, esa sombra que se cierne en cada nuevo proyecto que el alma emprende y por la cual todo esfuerzo deberá ser frustrado.

La ilusión terapéutica que escinde la destrucción de la creación provoca que al rechazar la parte patológica del proceso, ésta misma tenga que ser encarnada por uno de los sujetos de la relación analítica. Por lo regular, es el paciente quien asume sin saberlo ese papel fragmentario y se le condena a un análisis prolongado y plagado de sabotajes. Este fenómeno es común a todas la relaciones humanas, Jung, por ejemplo, contaba el caso de un conocido suyo que representaba una figura pública y privada perfecta, pero al indagar en sus relaciones se dio cuenta de que quien cargaba con su sombra era su pareja.

En otros casos, el chivo expiatorio es aquel que resulta disruptivo en el grupo. Es común la situación del miembro familiar que mantiene el buen nombre de la familia a costa de la destrucción de su propia existencia a manos de una psicopatología. Porque quien se propone encarnar el bien se vuelve, inevitablemente, un sembrador de cizaña.

El psicoterapeuta debe estar atento para poder asumir que el trabajo en el consultorio es tan constructivo como destructivo y que el pathos presente en el proceso es un agente autónomo que ha de ser atendido y escuchado como un huésped importante. Por ello, el Rey Pescador, Ánfortas, aquel guardián del Grial que permanece postrado y doliente de una herida que nunca cierra, aguardando a quien pueda alcanzar el tesoro esperado e inesperado a la vez, es una de las representaciones simbólicas del trabajo terapéutico cuya meta ansiada es la sola pregunta: “¿a quién sirve el Grial?”.

Sin embargo, la esperanza medica de la cura es ya la patología misma, es la pregunta incorrecta, pues ella sostiene la escisión primordial del arquetipo de la salud y es el escape del dolor legítimo que se presenta. Pero el terapeuta sabe, o emprende el viaje para saber, que el síntoma y la cura son la misma cosa, y que el proceso terapéutico comienza una vez que se puede concebir al dolor como un pharmakon, como un veneno que a la vez es un remedio pues lo patológico es el espíritu de la negación, y en su senda el terapeuta y el paciente deberán de ser destruidos para poder servir adecuadamente.

Joseph Campbell: El mito como héroe

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Mythic Figures’, volumen 6.1 de sus Uniform Edition, capítulo 18 pp. 336-340

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Para apreciar a Joseph Campbell debemos estirar la mente. De hecho, puede que tengamos que salir de nuestras mentes para imaginar, porque es en la imaginación donde mejor nos encontramos con Joseph Campbell.

En primer lugar, imaginemos el extraordinario alcance de las investigaciones y colecciones de este hombre, desde los primeros testimonios de la prehistoria y el enorme corpus de la filosofía hindú hasta Finnegan’s Wake, C. G. Jung y George Lucas. Luego, en segundo lugar, imaginemos el efecto devastador de su obra sobre la idea de «religión», no la religión establecida en dogmas y credos sectarios, sino la que se presenta a través de imágenes y rituales, mitos y tallas, máscaras y danzas, universal en sus temas y demoledora en su inmediatez. En tercer lugar, su objetivo no eran los teólogos de ninguna ortodoxia concreta, sino la vida imaginativa de los seres humanos cotidianos: universitarias, cinéfilos, telespectadores. No se replegó académicamente ni rehuyó la cultura popular, porque demostró que la vida de la imaginación mítica era realmente entretenida, realmente agradable y estaba al alcance de todos, creyentes en la religión o no. En este aspecto popular, Joseph Campbell continuó, en cuarto lugar, la gran tradición del mito-logos. Él mismo fue un gran contador de historias, como lo fueron Homero y Platón, Ovidio y Shakespeare y Cervantes. Continuó la tradición de los bardos irlandeses, los imaginadores hindúes y persas, los eruditos fantasiosos judíos.

De la gran amplitud de sus empresas, quiero seleccionar una obra en particular, quizá su libro más famoso: El héroe de las mil caras.1 Lo hago por varias razones. Por lo que ya he dicho, el propio estilo de vida y la persona de Campbell tienen una dimensión heroica, una dimensión mítica. Fue un corredor a pie que corrió para la Universidad de Columbia y estuvo a punto de participar en los Juegos Olímpicos, una de sus pocas grandes decepciones. En el antiguo estadio olímpico, los corredores corrían originalmente un cuarto de milla. (Campbell corría la milla). Sólo más tarde las Olimpiadas incluyeron los carros y el combate físico. Y, originalmente, el ganador de la carrera a pie era coronado con laurel o laurel (en algunas carreras con perejil, acebuche o pino). El corredor tenía ante su ojo interior la posibilidad mítica de que, si era coronado, sería transportado a la inmortalidad, y se desarrollaron cultos en torno a este veloz entre los mortales.

Campbell siguió los trabajos de Hércules en su servidumbre a la erudición, actuando con la devoción de Sísifo. Imagínense enseñar a estudiantes universitarios durante treinta años. Eso es Sísifo, hacer rodar la roca por la colina de la ignorancia año tras año, y cada septiembre volver a empezar. Uno de los nombres del héroe Hércules era «el comedor de carne», y recuerdo una cena con Campbell antes de la conferencia en San Francisco «The Inner Reaches of Outer Space» en la que ambos participamos. Yo había bajado del avión agotado, nervioso, quejoso, (ese conjunto de características propias de un psicoanalista), mientras que Joseph Campbell pidió un filete doblemente grueso, bebió un par de whiskys y se retiró a la cama muy animado: un héroe de dimensión hercúlea e irlandesa.

Más allá del hombre y sus hazañas, el tema del Héroe es el más relevante para nuestro país y nuestra civilización para su propia continuación. Esto se debe a que «el trabajo del héroe», escribe Campbell, «es matar el aspecto tenaz del Padre/Dragón/Ogro/Rey, y liberar las energías vitales que alimentarán el Universo.»

Una civilización requiere que el Ogro sea asesinado. ¿Quién es el Ogro? El aspecto reaccionario del senex que promueve el miedo, la pobreza y el encarcelamiento; que tienta a los jóvenes y los devora para aumentar su propia importancia. El Ogro es el Rey paranoico que debe tener un enemigo. Es el Rey engañoso, sospechoso e ilegítimo cuyos Nobles de la Corte se refugian en comunidades cerradas (ya se han encerrado o, mejor dicho, se han comprometido con el asilo cerrado de la seguridad) donde alimentan su megalomanía devoradora del mundo, pero utilizan el lenguaje del héroe legítimo para liberar al mundo del mal aunque ellos mismos son los portadores de la mentira, la crueldad y la muerte. El Ogro es el Rey Enfermo, una figura presente en los mitos, la alquimia y los rituales tribales desde el principio de la historia.

La civilización requiere un mito del héroe; de hecho, se basa en ese mito. Aunque el héroe en sí es inexistente, una figura de leyenda, de otra época pasada y muerta. La ciudad antigua está construida sobre el túmulo funerario de esa figura. Así pues, el héroe muerto nunca está muerto, sino que vive como los ideales y las virtudes de la civilización. Es la fuerza imaginal que inspira las grandes obras de bien público.

Un héroe muerto sobre el que se fundó la ciudad está representado en la civilización americana por su capital, Washington, que lleva el nombre de su libertador muerto. El Estado librepensador y laico, que desconfía del rey imperial y del prelado dogmático, que confía en la razón inherente del pueblo y que pretende su bien común, señala a sus otros heroicos fundadores muertos en la capital con monumentos a Jefferson, Lincoln, Roosevelt y a los muertos de Vietnam. En Atlanta, esta ciudad quemada y conquistada, fue refundada sobre esos héroes anteriores y esos principios fundacionales por la comunidad que volvió a luchar, en la década de 1960, por los ideales heroicos abolicionistas de la década de 1860.

El mito del héroe mata al Ogro revelando el patrón en la paranoia, el mito en el desorden. Pero no es el héroe como tal quien mata al viejo Rey, sino el efecto del propio mito. No el mito del héroe, sino el mito como héroe. La función heroica del mito. Este es el asombroso regalo que Campbell ha legado a nuestra civilización.

Un error en mis ataques al héroe ha sido situar esta figura arquetípica dentro de nuestra historia secular después de que todos los dioses hubieran sido desterrados. Cuando los dioses han huido o han sido declarados muertos, el héroe sólo sirve al ego secular. La fuerza que impulsa a la acción, mata dragones y lidera el progreso se convierte en el «ego fuerte» occidental: empresario capitalista, gobernante colonial, promotor inmobiliario, un tipo duro con ambiciones heroicas en el camino hacia el éxito. Había perdido el trasfondo arquetípico en el primer plano secular.

 El héroe original sirvió a la cultura y a la civilización. Salvaba la ciudad, la reconstruía, fundaba su mito y servía a sus dioses. La recuperación por Campbell de los mitos y sus imágenes, su literatura y sus artes se ajusta al patrón heroico: fundar la cultura reviviendo la imaginación arquetípica desplegada por los pueblos de todo el mundo. Al recuperar el mito del héroe y devolver al propio mito el lugar primordial en la importancia cultural, Campbell ha protegido a la ciudad del nihilismo de la ciencia materialista, de la redención cristiana de otro mundo y de la tiranía de la mercantilización capitalista de todos los valores. La panoplia de materiales que Campbell catalogó demuestra que el héroe viste mil caras y no puede reducirse al ego moderno. Especialmente importante para reconocerlo es reconocer la función liberadora heroica del mito: que dice la verdad al poder, incluso al poder del Ogro.

¿Cuál es la relación del mito con la verdad? ¿Cuál es la verdad del mito? Esta pregunta es especialmente importante, ya que la noción secular moderna de «mito» suele significar falsedad y fantasía, cualquier cosa menos la verdad.

En griego antiguo, la idea de verdad (aletheia) tenía supuestamente tres significados de raíz, tres maneras de entender la palabra. En primer lugar, la verdad no es pseudo, es decir, la verdad difiere o se opone a las mentiras, los engaños y las falsedades. La segunda versión deriva de la propia palabra, a-letheia, «no Leteo», donde Leteo se refiere al Río del Olvido. La verdad incluye la memoria, una imaginación que guarda y se enriquece con el pasado. La verdad da testimonio no sólo de los hechos, sino del arché dentro de los hechos, las resonancias de la memoria que los hechos (los hechos «desnudos», como los llamamos) tienden a olvidar y, por tanto, no pueden decir toda la verdad. En tercer lugar, la verdad es la percepción franca, directa, clara, evidente; ver las cosas de frente, en estrecha correspondencia con el mundo real de las cosas tal como son.

El mito dice la verdad porque cumple los tres supuestos significados de aletheia.

Los mitos cuentan una verdad «tal cual». Describen sucesos, incluidas falsedades y fantasías que conforman las ambiguas complejidades del mito. Resuenan con implicaciones ancestrales, el entrelazamiento de tramas y personajes y lugares, mundanos y de otro mundo, y con patologías extraordinarias y milagros extraordinarios. La verdad del mito nunca es única, nunca es simple, nunca es general. Su verdad es descriptiva, convirtiéndose en prescriptiva sólo cuando se utilizan para argumentar un significado fundamental, cuando el mito sirve de alegoría o cuando se recurre a él para validar una opinión o creencia preconcebida. Tales simplificaciones distorsionan la verdad del mito en literalismos y moralismos prescriptivos: esto es lo que el mito quiere decir; ésta es la verdad que cuenta. Cualquier mito, por sagrado y profundo que sea, pierde su condición de verdad y se convierte en pseudo-mito cuando se simplifica para cumplir una verdad supuestamente más fundamental que el propio mito.

Por último, el mito dice la verdad franca del mundo tal y como se presenta a nuestros sentidos, de forma clara, evidente y directa, como un mundo vivo, animado, intencionado, inteligible y, en algunos momentos, vívidamente bello. Los mitos hacen que las plantas y los animales hablen, que los ríos y las rocas tengan nombres y seres, que los árboles tengan espíritus, que las montañas tengan dioses y que el inframundo esté lleno de fantasmas y antepasados, y que cada pisada ensombrezca cada pensamiento y sentimiento. El mito dice la verdad porque es totalmente de este mundo, en este mundo y para este mundo, por absurda que sea su fantasía. No importa qué ogros aparezcan en sus historias, los mitos muestran el mundo tal y como es y siempre es. El mito nunca puede decir, como en el evangelio de Juan: «Mi reino no es de este mundo».


Combinación de «Campbell’s Impetus» y «The Truth of Myth», dos presentaciones en la Mythic Journey Conference Celebrating Joseph Campbell’s Centenary, Atlanta, junio de 2004, e incluye pasajes de una charla a Friends of the Campbell Library, Pacifica Graduate Institute, Carpenteria, California, diciembre de 1993.

1 J. Campbell, El héroe de las mil caras, Serie Bollingen XVII (Nueva York: Pantheon, 1949).

Una serpiente no es un símbolo

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Animal Presences’, volumen 9 de sus Uniform Edition, capítulo 3, pp. 76-79

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

A menudo empiezo un taller sobre imágenes de animales con la serpiente. La serpiente funciona como un hechizo, liberando a la gente de sus insidiosas nociones del simbolismo de la serpiente y, por tanto, del simbolismo animal en general. Las preguntas que formulo son las siguientes «¿Cómo se entiende la imagen de una serpiente?». «¿Qué significa una serpiente?» «¿Cuál es su interpretación?». He reunido y condensado las respuestas: 

1. La serpiente es renovación y renacimiento, porque muda de piel. 

2. Una serpiente representa a la madre negativa, porque te envuelve, te asfixia, no te suelta y se la traga entera. 

3. Es la encarnación animal del mal. Es astuta, taimada, siniestra, con lengua de tenedor, y está maldita por Dios a deslizarse sobre su vientre por lo que hizo a Eva y Adán. El Apocalipsis dice que la serpiente es el mismo Diablo.

4. Es un símbolo femenino, que guarda una relación simpática con Eva y las diosas de Creta, India, África y otros lugares. 

5. La serpiente es un falo, porque se pone rígida, erige la cabeza y expulsa líquido por la punta. Además, penetra en las grietas. 

6. Representa el mundo terrenal material y, como tal, es un enemigo universal del espíritu. Los pájaros luchan contra ella en la naturaleza y los héroes lo hacen en la cultura. 

7. La serpiente es una sanadora; es una medicina, y aún la vemos en los rótulos de las farmacias. Se guardaba en los templos de curación de Asclepio en Grecia, y un sueño de serpiente era el dios mismo que venía a curar. 

8. Es el guardián de los hombres santos y de los sabios; incluso el Nuevo Testamento dice que las serpientes son sabias. 

9. La serpiente aporta fertilidad, ya que se encuentra junto a pozos y manantiales y representa el elemento fresco y húmedo. 

10. Una serpiente es la Muerte, por su veneno y la ansiedad instantánea que despierta. 

11. Es la verdad más íntima del cuerpo, como los sistemas nerviosos simpático y parasimpático o el poder de la serpiente del Kundalini yoga. Por eso, la sofisticada medicina popular de los nativos americanos, sudasiáticos, chinos y africanos, por ejemplo, recurre a partes de serpientes como remedios. 

12. La serpiente es el símbolo de la psique inconsciente, en particular de la libido introvertida, la energía que gira hacia el interior, que va hacia atrás, hacia abajo y hacia dentro. Su seducción nos atrae hacia la oscuridad y las profundidades. Siempre es un «ambos»: creativo-destructivo, masculino-femenino, venenoso-curativo, seco-húmedo, espiritual-material, y muchos otros opuestos irreconciliables, como la figura de Mercurio. 

Esta duodécima interpretación de la serpiente toma todas las otras once y las convierte en pasos de un programa en el que la serpiente se explica finalmente por el último paso: la psique inconsciente. 

¿Qué se ha dicho realmente con este último término que no se diga mejor con la propia imagen, su fascinante lengua parpadeante, su traqueteo o silbido y rápido golpe, su piel reticulada y reluciente, su enroscamiento y desplazamiento lateral, el pánico que surge al verla de repente? ¿Por qué debemos cambiar la imagen viva por un concepto interpretativo? ¿Son realmente las interpretaciones defensas psicológicas contra la presencia de un dios? Recordemos que la mayoría de los dioses, diosas y héroes griegos tenían forma de serpiente: Zeus, Dioniso, Deméter, Atenea, Hércules, Hermes, Hades e incluso Apolo. ¿Es nuestro terror a la serpiente la respuesta apropiada de un mortal a un inmortal? 

Por ejemplo, una serpiente negra aparece en un sueño, una gran serpiente negra, y puedes pasarte una hora entera de terapia con esta serpiente negra, hablando de la madre devoradora, hablando de ansiedad, de sexualidad reprimida y de todos los demás movimientos interpretativos que hacemos los terapeutas. Pero lo que queda después de toda la comprensión simbólica es lo que está haciendo esa serpiente, esa enorme serpiente negra que se arrastra y se cuela en tu vida. En el momento en que has atrapado a la serpiente en una interpretación, la has perdido. Has detenido su movimiento vivo. Entonces la persona abandona la hora terapéutica con un concepto sobre «mi sexualidad reprimida» o «mis frías pasiones negras» o «mi madre», y ya no está con la serpiente. 

La interpretación resuelve el temblor emocional y la incertidumbre mental que acompañaban a la serpiente. De hecho, la serpiente ya no es necesaria; ha sido desterrada con éxito por la interpretación. Tú, el soñador, ya no necesitas a la serpiente, y entonces adquieres el hábito de no necesitar tampoco los sueños una vez que han sido interpretados. El significado sustituye a la imagen; el animal desaparece en la mente humana. 

Hay varias formas de mantener a la serpiente cerca. Se la puede imaginar como una presencia sentida y hablar con ella; puede que haya que alimentarla y alojarla, pintarla y modelarla. Se la puede honrar con atenciones, como recordarla varias veces al día: «haciendo algo por ella»: un gesto físico, encender una vela, comprar un amuleto, descubrir su nombre. Se le puede acercar visualizándolo, sintiendo su piel, su fuerza. Ahora la imaginación sustituye al sentido, y la mente humana se entrega a la presencia animal. 

Este es el trabajo psicológico e imaginativo de animar la imagen, devolviéndole a la serpiente un alma viva que puede haberle sido arrebatada por tu deseo de comprenderla. Puede que la serpiente no tenga inconveniente en que la entiendas. Puede que le guste que leas libros de herpetología sobre serpientes, que vayas a un zoo a observarlas o que leas antiguos misterios de serpientes. Pero hagas lo que hagas, consulta primero con la serpiente para no insultarla siguiendo tu propio plan sin reconocer su llegada a tu vida. Su llegada es una llamada a desviar tus intenciones de ti mismo, al menos parcialmente, hacia ella. 

Animar la imagen: ésa es la tarea de hoy. Ya no se trata del contenido simbólico de los sueños. Hace más de cien años Freud nos devolvió a las viejas tradiciones del simbolismo y a las viejas tradiciones de los significados de los sueños; luego Jung exploró estos simbolismos y significados aún más amplia y profundamente. 

Pero entonces tanto Freud como Jung dieron un paso que ya no queremos repetir. Ambos tradujeron las imágenes de los animales en significados simbólicos cristalizados. No dejaron que lo que aparecía se expresara lo suficiente, sino que avanzaron hacia la satisfacción de la mente racionalizadora -y a menudo asustada- del mundo diurno. «Esto significa aquello». Incluso el método de la imaginación activa de Jung, que sí anima la imagen, es menos por el bien del alma del animal que por el tuyo, el del soñador. «Clavado y retorciéndose en la pared», dijo T. S. Eliot sobre el modo de funcionamiento de la mente moderna. La imagen de Eliot sugiere la mariposa de la psique incapaz de abrirse camino más allá de las etiquetas diagnósticas y los significados interpretativos. 

Una vez que has traducido la gran serpiente en tu fantasía de omnipotencia o envidia del pene, o la has traducido como un símbolo materno, la Gran Madre, ya no necesitas la imagen, y dejas que la imagen sólo diga una cosa, en dos palabras: «Gran Madre». Entonces desaparece. En realidad ya no quieres esa serpiente negra. Quieres trabajar tu complejo de madre, tu personalidad, etc. Esto sigue dejando el alma unánime. Es decir, sin vida. Las imágenes no caminan sobre sus propias piernas. Han sido convertidas en significados, como escribió Aniela Jaffé sobre Jung, cuyo mito principal era el mito del significado.1 Ahora, intentemos dejar el sentido, y la búsqueda de sentido, y el sentido de la vida, para quedarnos con la imagen animal. 

En nuestro afán de significados conceptuales, ignoramos a la bestia real. Ya no nos asombran sus hechos, ni nos maravilla su presencia: que, por ejemplo, una serpiente disloque su mandíbula para tragarse un animal más grande que ella, que su sistema digestivo funcione sin masticar, sin dientes ni mollejas ni bolo alimenticio, como un peristaltismo rítmico que aprieta su comida contra las espinas dorsales de la serpiente, aplastando a su presa hasta convertirla en una pulpa digerible. O, por ejemplo, el hecho de que su piel desechada tras la muda parece seguir mudando. 

Las vidas sin sentido están hambrientas de significados, y los psicólogos alimentan a los hambrientos con las presencias vivas de los animales. Los pacientes como carnívoros, devorando la carne de los animales de sus sueños para satisfacer su gula de conocimiento. O, ¿nos hemos convertido los psicólogos en taxidermistas, destripando a la serpiente, rellenándola de conceptos y preservándola como un significado cuidadosamente fijado?


Notas

1. A. Jaffé, The Myth of Meaning in the Work of C. G. Jung, trans. R. F. C. Hull (Zurich: Daimon, 1983).

Estar infestado*

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Animal Presences’, volumen 9 de sus Uniform Edition, capítulo 7, pp. 93-127

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Quiero hablarte ahora de los insectos a los que Dios dio «la lujuria sensual»… Todos nosotros, los Karamazov, somos tales insectos, y, ángel como eres, ese insecto vive también en ti, y despertará una tempestad en tu sangre. Tempestad, porque la lujuria sensual es una tempestad, ¡peor que una tempestad!
– F. M. Dostoevski, Los hermanos Karamazov 

Preámbulo 

Cuando era joven y tenía veinte años, abril en París, justo después de la Segunda Guerra Mundial, caí muy, muy arriba en ese desvanecimiento del anima llamado, en los años cuarenta, «amor». Estaba animado y animalizado a la vez -como dice Wallace Stevens, «A su anima le gustaba su animal / Y le gustaba no subyugado…»1 – y creo ahora que fue entonces cuando empecé a estar infestado. Infestado, invadido, mordido bajo la piel por insistencias psíquicas aladas y amantes de la tierra; los bichos pululaban por mi sangre y ponían mi mente en ebullición. Fue entonces cuando leí mi primer Marcel Proust: el anima era definitivamente un asunto literario, por lo que es difícil decir ahora si Proust me hizo capaz de estar enamorado o el amor me hizo capaz de estar en Proust. El gusano estalló del capullo del sueño adolescente hilado por uno mismo. Yo era un hervidero de termitas, una colmena de abejas melíferas, un zángano zumbón, y todas las cosas trazaban maravillosas redes de implicaciones delicadamente conectadas. 

Comencé entonces a notar los sueños y a ser frecuentado especialmente por animales (que parecen no haberme visitado en los sueños de la infancia, aunque, estadísticamente, la infancia es la edad en que los animales entran más en los sueños humanos, son más afines con el alma animal). Estos animales me persiguieron en las tempestades llamadas neurosis, análisis, Zurich. Como para propiciarlos, comencé allí, en 1960, un grupo de investigación animal en el Instituto Jung. Este trabajo se deriva de ese trabajo y de reflexiones posteriores. 

Nos reuníamos una o dos veces por semana para examinar los sueños enviados por analistas y analizados, comparar motivos y comportamientos, inventar y perfeccionar formas de clasificar la fenomenología de cómo aparecían los animales y lo que hacían. El grupo duró varios años. Como científicos empíricos no conseguimos gran cosa. Como psicología fenomenológica, nuestro trabajo sintonizó mis oídos para escuchar las voces de las criaturas y me dio el ojo para ver los errores y crueldades habituales que los soñadores cometen frente a los animales que vienen por la noche y, sobre todo, cómo el «yo-sueño» teme que aparezcan bichos. 

La colección ha crecido inmensamente a lo largo de los años, a partir de mi práctica y de seminarios por todo el país sobre sueños de animales en los que los participantes amablemente me dieron «sus animales». Y ha permanecido a la espera, en parte porque sólo en los últimos años he podido empezar a expresar con palabras mi devoción por los animales: que el ánima, el amor y los animales vienen a mi psique juntos, indistinguibles, una conexión entre el alma y la bestia, el deseo y la divinidad, el ánima y el animal. El misterio de mi devoción se expresa en parte en este pasaje de Proust: 

Creo que hay mucho que decir a favor de la creencia celta de que las almas de aquellos a quienes hemos perdido están cautivas en algún ser inferior, en un animal, en una planta, en algún objeto inanimado y así efectivamente perdidas para nosotros hasta el día (que para muchos nunca llega) en que pasamos por el árbol u obtenemos posesión del objeto que forma su prisión. Entonces se ponen en marcha, tiemblan, nos llaman por nuestro nombre y, en cuanto hemos reconocido su voz, se rompe el hechizo. Los hemos liberado: han vencido a la muerte y vuelven a compartir nuestra vida.2

El sueño del bicho humilde es uno de esos lugares donde empiezan, tiemblan, nos llaman por nuestro nombre. 

Examinaremos los sueños para liberar a sus bichos de los marcos del mundo diurno en los que han sido fijados, «clavados y retorciéndose en la pared» (T. S. Eliot). Por «bichos» me refiero a todas las cosas que se arrastran, incluyendo arañas, escarabajos, piojos, polillas, hormigas, abejas, avispas, moscas, larvas y algunas criaturas no clasificadas entomológicamente como insectos. 

Nuestra historia es totalmente oscura y llena de prejuicios contra estas alimañas. Un locus classicus de la visión de nuestra cultura que se remonta a la Biblia es el Fausto de Goethe, donde un coro de insectos saluda a Mefistófeles cantando, 

Oh, bienvenido, muy bienvenido
Viejo amigo del infierno
Estamos revoloteando y tarareando
Y te conocemos muy bien.
Nosotros solos en silencio
Fuimos plantados por ti
En miles, un Padre,
Bailamos aquí con regocijo
.3

Mefistófeles dice: esta joven creación calienta mi corazón de verdad. Señor de las moscas, Belcebú, el Diablo ama a los bichos, y los bichos, como demonios del aire y de la noche, y de escondrijos en la tierra, son sus hijos. 

Considerar al insecto, entretenerse con sus voces, es escuchar al diablo. Esta tradición atormenta nuestra visión de ellos en los sueños. Artemidoro (ca. 150 AEC), el autor del primer libro sobre la interpretación de los sueños, dijo, 

Cuando las hormigas se arrastran por el cuerpo del soñador, presagian la muerte, porque son frías, negras e hijas de la tierra. Los bichos son símbolos de preocupaciones y ansiedades … descontento e insatisfacción. Los mosquitos … significan que el soñador entrará en contacto con hombres malvados … si hay muchos piojos … es poco propicio y significa una enfermedad persistente, cautiverio o gran pobreza … si una persona se despierta mientras sueña que tiene piojos, significa que nunca se salvará.4

A estas maldiciones podríamos añadir la historia tradicional de Nerón que, algún tiempo después de haber asesinado a su madre, soñó que estaba cubierto de hormigas aladas. Pensemos en La fiesta del cóctel, de T. S. Eliot, en la que la notable Santa Celia es crucificada en un hormiguero; en la opinión de Freud de que los bichos son alimañas que representan en sueños a los hermanitos y hermanitas no deseados que nos acosan; en La metamorfosis, de Kafka; en Las moscas, de Sartre; e incluso en la visión junguiana de la araña como una madre negativa o una imagen negativa de uno mismo debido a sus ocho patas extendidas en forma de mandala. Las propias palabras provocan ansiedad. «Insecto» significa entallado, dentado, cortado, lo que subraya lo afilado, puntiagudo, punzante, así como el aspecto de autómata mecánico de la criatura. «Bicho» significa espectro, aparición, objeto de terror. «Bicho» es cognado de asustar, y también de inclinar, doblar o apartar; es decir, el bicho desvía o aparta a otros de su camino. Los británicos tienden a usar «bug» sólo para chinche; otros insectos se llaman por su nombre de especie o generalmente «insect». La raíz de «bee» (abeja) deriva probablemente del ario bhi (temer) en el sentido de temblar o zumbar» (OED). «Escarabajo» procede del inglés antiguo bitan (morder). «Polilla», ya en 1577, significa algo que carcome, roe, desperdicia, se siente atraído destructivamente por una llama. En el habla popular de la cultura occidental (Volksmund),5 mosquito, jején, ácaro, piojo, mosca, gnat, pulga, polilla, grillo, escarabajo comparten un denominador común; estos términos significan pequeñez e inferioridad, que puede ser entrañable aunque normalmente insultante. 

«Bug» se ha colado en el lenguaje informático desde que en 1945 se coló un bug en el Mark II, el primer ordenador digital estadounidense a gran escala. Desde entonces, los programadores están obsesionados con eliminar los bugs mediante la depuración; intentan construir sistemas informáticos a prueba de bugs. Los bichos llevan mucho tiempo formando parte de la psiquiatría, ya sea como alucinaciones cutáneas espeluznantes, bichos de coca-cola, bichos, preocupaciones obsesivas o el lugar donde se aloja a las personas que se convierten en bichos: la casa de los bichos. 

Hay otras tradiciones en las que el Señor de los Insectos no es el Diablo, sino un Embaucador. Por ejemplo, el navajo Begochidi, «el hijo del Sol, que tenía relaciones sexuales con todo lo que había en el mundo».6 Begochidi significa «el que agarra los pechos», y los detalles sobre él son demasiado «sucios» para contárselos al antropólogo. «Su nombre se debe a que se hacía invisible y se acercaba sigilosamente a las jóvenes para tocarles los pechos mientras gritaba… También molestaba a los hombres… Justo cuando un cazador se disponía a disparar, se acercaba sigilosamente, le agarraba los testículos y gritaba… Lo mismo ocurría cuando un hombre y una mujer mantenían relaciones sexuales». Begochidi es un «dios rubio o pelirrojo de ojos azules, vestido de mujer. Estaba a cargo de los insectos, los llamaba a voluntad e incluso a veces aparecía como un gusano o insecto».7 Una vez, cuando lo atraparon, le salieron avispones de la boca, chinches de las orejas y escarabajos del barro de la nariz. Los avispones picaron a todos los demás dioses, y luego Begochidi se tragó todos los bichos. También podía transformarse en cualquier tipo de insecto. 

Los cuentos de este Señor de los Bichos presentan una visión clara de la aparente espontaneidad de los insectos, su descarada irreverencia ante las intenciones humanas, su poder señorial sobre nosotros. Creemos que gritamos ante su picadura, pero quizá sean ellos, al provocar el grito, los que gritan a través de nosotros. En cuanto al poder de un insecto, piense sólo en el estado de locura de la última vez que intentó aplastar un mosquito por la noche o persiguió demoníacamente a una cucaracha por el fregadero: «Un hombre en Florida sacó su pistola y se disparó en la pierna para matar a un bicho (no identificado) que se arrastraba por ella».8

Escuchemos ahora un sueño, primero con el trasfondo de la visión judeocristiana habitual, y después con Begochidi en mente. 

Una mujer pálida, joven, gravemente angustiada, al borde de la locura, cuya relación amorosa se había roto y que intentaba desesperadamente superarlo «apartándolo de su mente», sueña que asesina a un hombre, y luego, en un camino lleno de arbustos, es atacada por cosas rastreras por todo el cuerpo, gusanos, insectos, escorpiones. No podía matarlos ni deshacerse de ellos. Estaban incluso bajo su piel. Intentó exprimirlos y un líquido amarillento salió de su brazo y muñeca.

Este fue su sueño inicial de un largo análisis. 

Desde nuestra perspectiva habitual, el sueño presenta un castigo compensatorio por su represión asesina. El demonio está en ella y la empuja al límite porque ha expulsado el amor de su mente, ha matado a su «hombre» – amante, espíritu, animus. Al negar los sentimientos de su cuerpo, éste se venga albergando enjambres de insectos; su carne se arrastra. El propio instrumento con el que empuja, brazo y muñeca, está sufriendo una putrefacción alquímica, y el amarillo que brota de ella puede referirse a sus pensamientos obsesivos de celos, a la visión ictérica del asunto en retrospectiva y/o a la nauseabunda ansiedad por estar enferma de la mente.9

Supongamos, sin embargo, que imaginamos este amarillo emergente como el hijo rubio del Sol que amanece del doble tormento de su deseo y su asesinato. El contexto del sueño no es el asunto pasado, sino la iniciación presente en el análisis, dentro del cual el pasado, el asesinato y el amor comienzan a aparecer bajo una nueva luz. ¿Será el dios de este análisis Hermes/Mercurio, cuya primera aparición es a menudo como incomprensible Arlequín? Sus infructuosos intentos de librarse del tormento mediante el asesinato aparecen ahora como el dios indestructible cuyos bichos no la sueltan. Su ansiedad por los bichos que se van es la forma en que el nuevo amante, el dios de los comienzos que no la deja marchar, comienza a vivificar su carne incluso cuando mortifica su voluntad. Entonces podríamos decir que ella está en las garras del misterio más allá de lo humano del deseo como fundamento de la vida – el misterio del dios que grita. 

Intencionalidad

«¡Cierra la puerta! Vienen por la ventana. ¡Cierra la ventana! Vienen por la puerta». 

Por los sueños: 

Una joven, que vivía en casa y era manejada como una muñeca de porcelana de cuerda por su madre, comenzó su análisis con este sueño: 

(1) Llevo un vestido precioso y las polillas y los insectos vuelan hacia él como un imán. Vuelan sobre mí y se comen el vestido. 

Un hombre de treinta años, deprimido, inmovilizado, a ratos barbilampiño, sueña: 

(2) Sentado en un bar bebiendo. Grandes insectos aparecieron y empezaron a saltar hacia mí. 

Más tarde sueña: 

(3) Estaba caminando por la calle en algún lugar y vi en el pavimento un enjambre de arañas negras que se dispersaron lejos de mí mientras caminaba. Me detuve a mirar y tan pronto como me quedé quieto, montaron fuerza y vinieron hacia mí en una formación de punta de lanza. 

Primero vemos el movimiento de las criaturas: «volando sobre mí», «saltando hacia mí», «hacia mí en formación de punta de lanza». Pretenden al soñador. ¿Atienden a la soñadora? Al menos quieren al soñador acercándose a él. Que quieren es generalmente evidente; lo que quieren específicamente sólo puede determinarse por la imagen en la que aparecen. En el caso de la joven, se trata de su vestido (rojo, elegido por su madre para atraer a los jóvenes). Pero ella era tímida, ligeramente anoréxica, y el rojo no iba con sus sentimientos. Para el hombre del bar, los enormes bichos que saltan interfieren en su manera de sentarse y beber. 

Los bichos también pueden huir del soñador: 

(4) Bajaba los escalones del sótano y a mi derecha vi dos grandes arañas negras que se alejaban de mí arrastrándose sobre una pila de leña en la casa de mi madre en el campo. 

Estos bichos se alejaban de ella: cuando da pasos para profundizar, se van. ¿Por qué? ¿Es porque ella los ve desde la derecha y las arañas se alejan cuando se las mira desde esa perspectiva? O, más sencillamente, ¿es que en casa de su madre ella y las arañas se separan o conectan sólo alejándose la una de la otra? Si tengo problemas con mi madre, es posible que las arañas no quieran estar conmigo. 

Otros dos sueños que muestran intencionalidad. Un hombre de unos treinta años concluye finalmente un largo y confuso sueño con muchas personas y motivos con estas palabras: 

(5) … Estoy testarudo, frustrado y cabreado… Cuando llego a mi casa hay una avispa que me persigue. Entro en casa y está en la mosquitera, pero poco a poco me doy cuenta de que ha atravesado la mosquitera y está dentro. Me doy cuenta de que debería haberle prendido fuego cuando atravesaba la mosquitera, así que pienso en aplastarla con un matamoscas mientras empieza a zumbar a mi alrededor. 

Una mujer de cuarenta y cinco sueños: 

(6) Estoy junto a un pozo. Durante el sueño noto que una mosca zumba a mi alrededor. Delante de mí, una figura vestida con un manto negro con capucha sostiene una cesta y mete la mano en ella y luego en el pozo.
Oigo ruidos como el llanto de un bebé, luego me doy cuenta de que hay muchos gatitos en la cesta ahogándose uno a uno. Parece que no va a acabar nunca, y yo no puedo hacer nada. No puedo hablar ni moverme. La mosca sigue zumbando. 

Estos sueños parecen pretender algo más sutil, si leemos la intención del insecto a partir de su efecto en el soñador. En cada caso, los soñadores dicen: «Me doy cuenta de que…». A medida que la avispa se abre paso a través de la malla que se supone que la mantiene fuera, en el mundo de las personas que abarrotan la parte anterior del sueño, el soñador se da cuenta poco a poco de que la avispa está dentro. La avispa abriéndose paso a través del mosquitero y el «me doy cuenta de que…» son simultáneos; también lo son la persecución furiosa y punzante de la avispa (al soñador) y la ardiente reacción de aplastamiento del soñador. El insecto revela sus intenciones en parte a través del comportamiento del soñador. Claramente, la penetración de la avispa en el interior lleva al soñador a darse cuenta de su propio comportamiento de avispa dentro de las paredes y las pantallas que están destinadas a mantener alejados tales acontecimientos, es decir, fuera, proyectados. 

A veces, la realización de un soñador dentro de un sueño se produce menos como reflexión mental que como identificación con el insecto. Por ejemplo, el hombre cuyos insectos le saltaron encima sentado en un bar (sueño 2) soñó más tarde: 

(7) Estoy observando unos bichos en el agua. Luego estoy en el agua y de repente me muevo por el agua igual que los bichos. Como si yo también fuera un bicho. 

Me mostró el movimiento con sus brazos y piernas, nadando como un bicho acuático. Lo que la psicología llama «identificación», la retórica lo llama «símil». En este caso «se da cuenta» del insecto haciéndose bicho, diciendo así que el insecto no es una mera ocasión observable sobre la que reflexiono mirándolo desde arriba; es como yo, yo, yo mismo. 

Volviendo al sueño 6: cuando la mosca zumba, ella se da cuenta. ¿La mosca la despierta o la duerme («No puedo hablar ni moverme»)? Aunque ella no puede, habla y se mueve («Una mosca sigue zumbando por todas partes durante el sueño»). La mosca realiza la actividad de la que ella es incapaz. Sin embargo, gracias a ella y al sueño, al menos ahora ve y oye lo que está ocurriendo y puede que nunca termine.10 La mosca también debe considerarse el aspecto consciente del sueño, en la medida en que los psicólogos suelen definir la conciencia con la excitación, la activación, la intención, el estado de alerta. Jung habla de la conciencia en el inconsciente como una luz en la naturaleza.11 El sueño presenta esta idea metafísica en forma de escarabajo, avispa o mosca, que llega a la mente soñadora y la perturba hasta hacerla consciente. 

A menudo, la perturbación llega de repente. Este adverbio anuncia una crisis y una peripecia en un sueño.12 Un patrón inicial es invadido, roto, y comienza otra cosa, dependiendo en gran medida de cómo actúe el soñador en el sueño. Es como si el sueño presentara la teoría de la catástrofe -ruptura repentina de un patrón mientras surge otro- y el insecto fuera su catalizador. 

¿Cómo reacciona el soñador, no sólo ante el bicho, sino ante lo repentino? Eso es crucial cuando se examinan los sueños de cualquier animal, quizá incluso los sueños de cualquier tipo. La palabra «repentino» deriva a través del francés soudain del latín subitus («esto ha sobrevenido de repente o inesperadamente», «sin preparación»). El verbo subeo (subitus es el adjetivo participial) y el sustantivo subitum tienen curiosas inflexiones cuando las definiciones se leen teniendo en mente «ser infestado» – por ejemplo, «venir o ir debajo de cualquier cosa», «acercarse o acercarse», «surgir», «venir en secreto», «furtivamente robar en», «ocurrir o entrar en la mente de uno». En un sentido literal activo, subeo también tiene el significado de «se acerca, ataca, asalta», y luego otro significado de «someterse a», «sujetarse a», «sufrir, sostener, soportar, padecer». 

La perturbación, aunque no sea repentina, parece inseparable de la intencionalidad del insecto. La criatura perturba el hábito humano incluso cuando el insecto no parece malévolo o repulsivo, sino atractivo. Por ejemplo, una mujer sueña al principio de su terapia: 

(8) Estoy en la casa en la que crecí, de pie junto a la puerta abierta llevando a una niña de la mano… Mientras estoy allí, un gran avispón verde, azul, morado y amarillo (quizás de metro y medio o dos) se acerca a la puerta y me agarra del dedo, intentando sacarme de allí. Es muy bonito. Soy consciente de su pequeño aguijón, y sus hermosos colores casi brillan. Me fascina, pero me aparto y no me voy porque tengo que quedarme a cuidar al niño.

La intención es bastante clara: sacarla de la casa en la que creció. El insecto le agarra el dedo mientras ella sostiene la mano de una niña. Dos agarres contrarios, tirones contrarios. Ella prefiere a la niña al avispón, quedarse en vez de irse, tirar de ella en vez de ser tirada por él. Por supuesto, puede tratarse de un avispón verde-animal de tamaño humano (metro y medio o metro ochenta), vivo, brillante, multicolor, hermoso con «su pequeño aguijón», que se acerca a la puerta abierta de su fantasía. Ella se detiene en el umbral, aunque no cruzará. Nótese que la intención del insecto es contrarrestada por su «porque tengo que quedarme» -no «quiero quedarme»-, el sentimiento obligado de permanecer en la casa «en la que crecí», una casa que tiene que ver con la niña. Recordemos a Dioniso llegando a la casa de Minyas para atraer a sus hijas de sus deberes domésticos para que le siguieran a los bosques salvajes. Adoptó muchas formas, muchas formas animales, y algunos dicen que las mujeres se unieron a él, para volverse locas; otros dicen que lo rechazaron y se convirtieron en murciélagos.13

Podríamos comparar su avispón con esta abeja, también del sueño de una mujer: 

(9) Hay una abeja gigante en nuestro jardín. Me busca y viene a por mí. Veo a algunos vecinos fuera y grito pidiendo ayuda, pero no hacen nada. [Hiatus] Una joven pareja vestida con ropas hindús entra en mi habitación en mitad de la noche. Abren un cajón de mi cómoda y salen enjambres de abejas que llenan la habitación. 

El exterior no hace nada para salvarla de lo que viene a por ella. Tal vez estos vecinos que no hacen caso sean de hecho buenos vecinos al no defenderla contra la abeja, al no dejarse atrapar por su ansiedad. La apertura que hace la pareja vestida de hindús en su tocador permite que las abejas emerjan en la intimidad de su dormitorio. Tal vez exista una relación entre vestirse de hindús y abrir un cajón de su cómoda. Tal vez se vista para los vecinos, ya que lo primero que piensa es en ellos. Una cosa es segura: la abeja ha pasado del patio trasero al dormitorio y del gigante solitario a los enjambres. Si miramos el sueño desde el punto de vista de la represión de la esfera íntima, entonces la abeja gigante solitaria (tal vez una reina) que ella evitaba regresa al interior de sus cajones. De repente se abre y se llena de ellas. En lugar de un enfrentamiento uno a uno con el individuo que la busca, ahora se ve acosada por un sinfín de posibles tormentos y excitaciones. ¿Pero la abeja debe ser un tormento? Tal vez la busque una reina, y el enjambre formaría una colmena interior de zánganos y obreras, polen, jalea real, cera y miel. 

El conflicto de intenciones entre el soñador y el insecto puede manifestarse de otra manera. Una mujer sueña: 

(10) Había algo en la habitación que me apetecía mucho, pero cada vez que intentaba entrar me lo impedía un bicho. Era grande, como una langosta o una cigarra, y estaba sentado sobre una mesita. Volaba hacia mí, haciendo mucho ruido, lanzando chispas, hasta que yo retrocedía. Me aterrorizaba y renuncié a hacer lo que quisiera en la habitación. 

Desde una perspectiva, un complejo autónomo, firmemente establecido (sentado sobre una mesa) y con una carga energética, frustra la ocupación de su espacio interior. El terror a enfrentarse a lo que está sobre su mesa la hace desistir. Haría ruido y sería chocante. El bicho, cuya intención contrarresta la suya, sólo se aquieta cuando ella se retira. 

También podemos analizar su error onírico teniendo en cuenta este pasaje de Jung: 

Hasta el día de hoy, Dios es el nombre con el que designo todas las cosas que se cruzan en mi camino de forma violenta y temeraria, todas las cosas que trastornan mis puntos de vista subjetivos, mis planes e intenciones y cambian el curso de mi vida para bien o para mal.14

Entonces el bicho parece actuar como el daimon de Sócrates, diciendo no lo que debe hacer sino lo que no debe hacer. Un spiritus rector cauteloso, domina el sueño y tal vez sea de hecho un dominus, un Señor: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría».15 Sólo cuando ella pueda respetar plenamente su intención podrá renunciar a «lo que fuera que yo quería en la habitación». No se haga mi voluntad, sino la tuya». Sus intenciones siguen siendo oscuras -por qué la quiere fuera de ese lugar-, ¡pero intención hay! 

Herida

Un hombre al principio del análisis registra este sueño:

(11) Sueño que se me cae el pelo. Levanto un mechón de pelo y encuentro todo un enjambre de parásitos comiéndose la carne y el hueso.

Un joven sueña: 

(12) Estoy meditando al aire libre. Me han dicho que las moscas traen la conciencia. Me alegro mucho cuando una se posa en mi mano y se queda veinte minutos. Me siento orgulloso de haber estado tan quieto. Me miro la mano: está cubierta de manchas de sangre donde la mosca me ha picado muchas veces, y ni siquiera lo he sentido. 

Está claro que la conciencia no está en su quietud meditativa, que resulta ser una anestesia: «Ni siquiera lo sentí». La mosca quiere sangre y le muerde la carne. 

Un médico anciano sueña: 

(13) Tenía una pequeña herida circular en la rodilla derecha. Su fondo era claro y la herida no era profunda. Esta herida era China, que estaba sumida en una horrible guerra civil. En medio de la herida había un pequeño círculo, que era la capital de China. De repente, este círculo se rompió en su centro y pude ver algún movimiento. Empecé a presionar con fuerza y, al hacerlo, una enorme larva saltó de la capital de China.

De la herida, que es también una cruenta guerra civil en una región enorme, antigua y populosa, emerge la larva. (Omitiré aquí la discusión sobre la rodilla) El insecto vive en la herida, la herida vive como insecto; una herida viva, una vida herida. 

Una mujer de cuarenta y nueve años sueña:

(14) Estaba en una casa vieja, en la cocina, una habitación muy grande con el techo alto. Miré hacia arriba y vi un agujero redondo en la pared, por encima de mi cabeza, y vi unos bichos enormes que salían arrastrándose. El agujero era pequeño para el tamaño de los bichos. Supe al instante que eran termitas. Salían de la pared y volaban de un lado a otro. Le grité a mi marido que viniera a rociarlas y empecé a buscar frenéticamente un bote de aerosol. Las termitas seguían apareciendo. 

Volveremos al bote de aerosol. Aquí quiero llamar especialmente la atención sobre el pequeño agujero del que salen los bichos. El agujero está en la pared, encima de su cabeza, esa laguna o punto vulnerable en la contención protectora. Al instante nombra a los animales, declarándolos termitas, es decir, saboteadores ocultos de estructuras sólidas, carcomiendo tras las apariencias: descomposición, putrefacción, ruina. Esas son las sensaciones humanas de las termitas en la casa. La intención de las termitas, evidentemente, es salir de las paredes y entrar en su cocina – el estómago alquímico de la casa donde la pepsis (digestión) continúa, convirtiendo lo crudo en cocinado. El pequeño agujero («la petite tache humide«, como Thomas Mann llama a la mancha en el pulmón de Hans Castorp en La montaña mágica, de la que fluye toda esa asombrosa historia) es crucial para que las termitas salgan de la nada y tomen conciencia. 

Otro agujero de este tipo, también de una mujer de cuarenta y nueve años: 

(15) Hay un pequeño agujero en el suelo desnudo de mi habitación. Mientras lo observo, una masa gelatinosa de color verde sale de él. Tiene un aspecto viscoso y repugnante. Me habla con una horrible vocecita cómplice. Dice: «Soy la mujer del pozo». Empieza a deslizarse hacia mí por el suelo. 

Éste viene de abajo, no de su cabeza en la habitación de techos altos. Pero también surge del pequeño vacío, de la pequeña herida en la base de apoyo de donde vive. Y de nuevo, lo que emerge se siente como repugnante. 

La mancha verde sugiere una comparación: 

(16) Apoyo la cabeza en la mano. Un pequeño agujero redondo se abre en mi mejilla. Una pequeña salamandra cae sobre la mesa. Casi de inmediato, empieza a inflarse como un globo. 

La postura de la cabeza en la mano es clásica en los retratos de género de la cavilación, la introversión malhumorada cuando la cabeza pesa. La mano que se extiende hacia el mundo se retrae de las actividades, como un imán hacia la cabeza, trabajando en sus pensamientos. La melancolía en el dibujo de Durero afecta a la cabeza con plomo, haciéndola demasiado pesada para soportarla. De la tierna mejilla donde se expresa el amor, donde se muestran sonrisas y rubores, donde fluyen las lágrimas – de nuevo el agujero. La salamandra, símbolo crucial de la renovación alquímica de la vida en el fuego, se presenta desde la herida, anunciando su importancia mediante la inflación. 

No sólo la herida y el insecto aparecen juntos en el mismo lugar, sino que la herida parece irremediable, una herida permanente. 

(17) Estoy con un chico y una chica adolescentes. Estamos dando vueltas en un rápido coche deportivo intentando escapar de quien nos persigue. [varios incidentes] … de repente aparece un enjambre de abejas amarillas y negras. No tengo miedo y atravieso el enjambre; dos me pican en la garganta y los aguijones se me clavan en el cuello. El niño y la niña me dicen que me eche leche en la garganta. Lo intentamos. Bebo la leche, pero los aguijones no salen de mi garganta. 

Otra vez el bicho en el cuerpo. 

Una mujer, de veintisiete años, sueña:

(18) Tengo la cara interna de los brazos llena de ronchas. En las ronchas hay pequeños gusanos retorciéndose. Los saco, los arrojo, los cepillo, pero son muchos y cada vez más. 

El soñador lo explica: 

En el momento de este sueño había muchas dificultades en la relación entre el hombre con el que he estado viviendo y yo. Pensaba constantemente en esta situación; estaba «bajo mi piel»; estaba «infestando mi mente». 

Por supuesto, la palabra «urticaria» significa tanto el hogar de los insectos como una irritante inflamación nerviosa. Los brazos internos se ven especialmente afectados, esas superficies blandas que abrazan, sostienen y abrazan. Si lo que se está introduciendo en su conciencia, a pesar de sus esfuerzos por librarse de ello, es una sensación de envejecimiento o de pecado o de decadencia, o de bajeza, las sombras del amor están emergiendo como «la dificultad en la relación».

Un hombre de veintisiete años con encanto, talento y sueños al aire:

(19) Estoy paseando por un jardín cuando, de repente, veo una enorme mariposa que vuela como una loca y luego da una voltereta hacia atrás y se queda inmóvil en el suelo. Cuando me acerco a ella para ver qué le ha pasado, de repente da una voltereta hacia atrás y me muerde en la pantorrilla. 

La otra cara de la mariposa es su enormidad y locura, y que tiene una mordedura. Hasta entonces, el soñador podría haber supuesto que la psique no era más que un manjar estético, delicioso y multicolor, pero ahora le muerde en la pantorrilla (lugar familiar de la herida en el Tarot). Tal vez haya descubierto su vulnerabilidad: su semejanza a la ternera, su búsqueda de leche, sus emociones de amor a la ternera. 

A veces la herida se produce en un animal distinto del humano. Por ejemplo: 

(20) Estoy cuidando a mi gato. Está lleno de pulgas. Al mirar más de cerca, veo que las pulgas se han convertido en gusanos blancos que salen de una herida profunda en la parte inferior de su estómago. Estoy desesperada. El veterinario dice que quizá haya que sacrificar al gato. No lo permitiré. Preparo alimentos saludables y bálsamos y vitamina E y decido salvar a mi gato. 

En este ejemplo, el animal tótem o portador del alma animal, el familiar de su vida cotidiana y de sus afectos habituales, está infestado, iniciando una putrefacción de lo que tiene cerca y le es querido. La región de la erupción es el bajo vientre. Ella no se fija en este lugar concreto donde surge el problema, sino que se empeña en negar la herida y los bichos con medidas sanitarias más generalizadas: «alimentos saludables» y «bálsamos». 

Otro sueño muestra un motivo similar del animal infestado de bichos y su putrefacción, pero el sentido del mismo es llevado más allá por la propia comprensión del soñador: 

(21) Caminaba por la arena de la playa. Me encontré con algo muy muerto y en descomposición: un gran perro San Bernardo. Lo miré más de cerca. Tenía el vientre abierto y lleno de larvas o huevos luminosos, como burbujas que brillan al sol. Primero sentí una repulsión asquerosa. Luego volví a mirar y el perro era mi padre. Luego volví a mirar y los huevos contenían pequeños bichos o cangrejos que salían del cascarón y se arrastraban en masa hacia el mar. Entonces me sentí bien. El viejo cuerpo había dado nueva vida a esas criaturas. Parecía bonito en lugar de asqueroso. El sol sobre el perro y las olas.

El paralelismo con el cadáver del león muerto en el que hay una colmena de abejas (la historia de Sansón en Jueces 14: 8) sugiere el componente solar de los bichos, que traen o son la nueva luz, y que el perro (o el león) o el padre santo y salvador sólo proporcionan el cuerpo para lo que está ocurriendo. Los bichos en el cuerpo del perro viejo pueden estar ocurriendo en la agitación y la repulsión fea que se siente con respecto a una aflicción real en los asuntos cotidianos. Pero la situación real es simplemente el vientre que lleva los bichos, el cuerpo con el que estamos familiarizados y al que estamos apegados. Hasta que no miramos de cerca, no podemos ver que el perro no es la preocupación principal, sino la eclosión. La vida psíquica se cría invisible en el vientre del hormigón, y saldrá. 

El insecto en la herida afirma que la herida tiene conciencia de insecto. Si la ontogenia recapitula la filogenia, entonces las partes del cuerpo con conciencia de insecto podrían referirse a respuestas neurovegetativas, es decir, a los sistemas simpático y parasimpático. En los insectos actuales, estas adaptaciones primarias se denominan tropismos, es decir, las reacciones de giro de un organismo ante estímulos externos: humedad, presión, luz solar, estación, temperatura, salinidad, viento, elevación, etc. Los insectos son especialmente sensibles a estos factores cósmicos generales. Giran como gira el mundo, son uno con el mundo. ¿Tienen los insectos un conocimiento cósmico, indicativo de su acuerdo con el orden de las cosas? 

Cuando el síntoma se presenta como un insecto onírico,16 entonces podríamos especular que el síntoma podría estar alojado en el sistema vegetativo que, como el insecto, no es susceptible de comprensión ni de voluntad. Los suicidios alcanzan su pico estadístico en junio; los infartos, a las tres de la madrugada; las úlceras duodenales, en primavera y otoño. 

El motivo del bicho en la herida da una implicación más amplia a la noción analítica de que el síntoma intenta curar la condición que requirió el síntoma. El síntoma nos vuelve a unir a los tropismos del desfile cósmico. Los sistemas nerviosos simpático y parasimpático reflejan nuestra simpatía con todas las cosas, la presencia en el cuerpo de su concordancia con un cosmos ecológico. 

Además, los modos de ser de los insectos en el mundo -a pesar de la rigidez de los comportamientos de los insectos, de sus limitaciones por los tropismos que los adaptan- son infinitamente diferenciados. Seiscientas cuarenta mil especies de insectos, cada una con hábitos, formas, patrones, despliegues; cada una una afirmación ecológica ligeramente diferente. Esta vasta variedad nos permite a los terapeutas considerar la complejidad de la formación de los síntomas, el despliegue o la queja que presenta el paciente, como una forma específica de adaptación y orientación, que requiere de nosotros la atención del entomólogo. Para trazar el significado ecológico de los bichos del paciente, debemos mirar con ojos de insecto cada imagen onírica, fantasía, comportamiento, complejo, con nuestras antenas extendidas, palpando hacia delante con la asidua persistencia de una hormiga. 

Este sentido cósmico se rompe muy pronto en nuestras vidas. Un signo de esta «caída» es la relación con el insecto, ya que a los niños les encantan los bichos, juegan con ellos, se los comen, capturan orugas nocturnas y escarabajos, guardan hormigueros bajo cristal y arañas en tarros. Los niños no suelen desligarse del todo de la relación minúscula y concreta con el cosmos. La conexión simbiótica entre el sistema nervioso complejo y el vegetativo -o, en mi lectura, entre el insecto y la planta- se muestra en estos dos sueños. 

Una mujer de veinte años sueña: 

(22) Empiezo a hacer un arreglo con unas macetas de barro. Saco algunas plantas de los vasos, pensando que están muertas y que las tiraré. Para mi sorpresa no están muertas sino que han echado raíces. Hay insectos (rosáceos con manchas beige, planos como almendras fileteadas) en las hojas, que empiezo a arrancar…

El crecimiento de las raíces y la presencia de los bichos son concurrentes, al igual que la imagen parece no distinguir entre arrancar bichos y hojas. Que las plantas «no están muertas» lo afirma la presencia tanto de raíces como de bichos. El aspecto destructivo, si calificamos así a los insectos, muestra la vida tanto como las raíces. Sin embargo, el siguiente párrafo de su sueño muestra que la voz «madre positiva» separaría las raíces y los bichos en aspectos positivos y negativos, lo que conduciría a una terapia del yo centrada en el ego. 

… X [una supervisora maternal y amable] me dice que me olvide de las plantas, porque los bichos están sobre mí y son extremadamente peligrosos (me matarán). Debe conseguirme un spray inmediatamente. [la cursiva es mía]. 

Un hombre de unos treinta años sueña: 

(23) Preparándome para salir del país. La portera y su marido me preguntan si he revisado la planta que es mía pero que tienen en su zona. Echo un vistazo a la planta. Parece bastante sana. Pero debajo hay algo que no funciona. Excavo y descubro cientos de bichos parecidos a escarabajos que se arrastran. También oigo el ruido de dientes al masticar la lechuga. El conserje me sugiere que saque la planta de la maceta y empiece de nuevo. Pero eso seguramente la matará. De todos modos, el sonido proviene del interior de la planta. No consigo entenderlo. Me quedo sentado con la mano en la tierra mirando los horribles bichos que se arrastran por todas partes, preguntándome qué significa esto y qué hacer. 

El soñador se queda con la mano en la tierra, sin salir de viaje, sentado y preguntándose, derrotado. La relación simbiótica entre la planta y los bichos le ha llevado a una condición parecida, plantado allí, con la mente arrastrándose por todas partes, intentando descifrarlo. El sonido proviene del interior de la planta, un roer interno más allá de la razón y la voluntad. Si los bichos están masticando sus preocupaciones empresariales (la lechuga como dinero), o masticando su juventud (la lechuga como sus días de ensalada), o masticando su potencia sexual (la lechuga en los jardines de Adonis se refería a la debilidad voluble),17 análisis tendría que determinar en el tiempo. Pero los hechos enterrados cobran vida, el descubrimiento ha comenzado, y el inicio de un cambio en su movimiento y actitud son los bichos que hieren la vegetación. 

Erradicación

«¡Rápido, Henry, el FLIT!» 

Observará que el «yo soñado» intenta una y otra vez librarse de los insectos. Por ejemplo, un joven sueña: 

(24) Oruga verde en mi pierna en un restaurante de jardín. Encendí una cerilla y la sostuve debajo de la criatura y se volvió como carbón. 

Justo después sueña: 

(25) Tumbado en mi cama, veo insectos en el techo. Uno era verde y el otro azul. Parecían estar bailando o peleando. Cogí una escoba, los aplasté y limpié la mancha para que el techo volviera a tener buen aspecto. 

Otro joven sueña: 

(26) Los escarabajos y las cucarachas entran en la habitación donde estamos. Es la habitación familiar de arriba. Mi padre, mi hermano y yo luchamos contra los escarabajos con muchos polvos en el suelo y hacemos un desorden muy irregular. Parece que no mueren. Probablemente tarden. Mi madre y mi hermana interfieren en nuestro trabajo. Es difícil trabajar con ellos cerca. 

Una mujer relata este sueño: 

(27) Estoy trabajando en el jardín con mi marido y mis hijos. Arranco unas cuantas malas hierbas húmedas, las arrastro hacia arriba y arrastro unas cuantas hasta la cocina con el zapato. Una mala hierba que recojo se revela como una abeja y la acecho, intentando primero matarla con un cepillo, luego cojo un gran cuchillo de cocina y la corto por la mitad, tras lo cual me siento segura. 

Observemos los diferentes tipos de exterminio: fuego, aplastamiento, polvos, cuchillo. Los soñadores se defienden de los insectos de diferentes maneras. Por ejemplo, el cuchillo de cocina que corta a la abeja en dos: se siente segura cuando puede diseccionar los problemas con distinciones prácticas afiladas. 

Los insectos aplastados contra el techo son barridos de la actitud altiva del joven, devolviéndolo al statu quo ante de la ceguera. Jung llama a este movimiento «la restauración regresiva de la persona».18 Aplastando al insecto, ejercitamos la voluntad y reforzamos la postura heroica. Prendiendo fuego al insecto, el soñador tortura cruelmente lo que le tortura. Aquí vemos una respuesta a la pregunta de Jung sobre la tortura en la obra alquímica.19 ¿Es el sujeto el torturador o la víctima de ella? pregunta Jung. En el sueño 24, la fuente del sufrimiento reside en los medios que el soñador utiliza para librarse del bicho del jardín. Sin embargo, esta misma tortura enciende el proceso alquímico, ese «trabajo en el fuego», ese opus contra naturam, que convierte la pura naturaleza verde en la nigredo de la ignorancia de la mente, la impotencia de la voluntad y la oscuridad del corazón. Sin embargo, la oruga, símbolo de la transformación por excelencia, libera en el yo imaginal del sueño la reacción transformadora del fuego, el acto prometeico. Ponerse del lado del soñador contra la oruga invasora para encender el ego en acción o ponerse del lado de la pobre oruga contra el cruel «yo-sueño» pasa por alto la complejidad del proceso alquímico. O, en el lenguaje de Patricia Berry, siempre hay un telos en una defensa, y una defensa entretejida en cada telos.20

Los polvos erradicadores (sueño 26) indican una defensa seca y blanca; ¿diríamos abstracción? – pues los polvos resultan de un proceso formulista, conceptualizado y objetivado. En alquimia resultan de la calcinatio (el secado al calor para eliminar la humedad). No es de extrañar que el soñador trabaje bien con el padre y el hermano y que la madre y la hermana interfieran. Los bichos no sucumben rápidamente, pues su humedad interior, el succus vitae de su emocionalidad, no es del todo susceptible a la comprensión abstracta masculina. 

Estas cuatro imágenes de erradicación también muestran que el insecto y la defensa o el ataque contra él se entrelazan en un patrón similar a lo que Berry llama «simultaneidad».21 Al invertir la imagen, descubrimos que cuando encalo mi techo, aparecen los insectos. Cuando me alineo con padre y hermano contra hermana y madre, aparecen cucarachas. (O, cuando intelectualizo, aparecen cucarachas.) Cuando quemo bichos bajo la mesa, me siento relajado en un restaurante con jardín. Cuando me siento seguro, corto abejas por la mitad. 

El poder de estas percepciones puede reforzarse «eternizando la imagen»:22 siempre que me siento seguro, puedo estar cortando abejas en dos; siempre que estoy relajado en el jardín, bajo la mesa estoy ennegreciendo el bicho verde de mi pierna. 

Aún no hemos entendido por qué los bichos suscitan tanta ansiedad que la erradicación se convierte en la respuesta automática. Este paso automático del miedo a la erradicación conduce a otro más en el mundo: los pesticidas. Si pudiéramos explicar mejor la reacción exterminadora de la psique -y recordemos que el sueño muestra las reacciones de la psique al desnudo- y aliviar el miedo a los insectos en la psique, entonces podríamos gestionar de forma más sensata la actuación del pánico en la fantasía de ensañamiento de los insecticidas. Este ensañamiento puede tener su origen en cuatro fantasías aterradoras atribuidas a los insectos como sus cualidades. 

Multiplicidad. Una colonia de avispones tiene tres mil miembros, una abeja reina puede poner cuatro mil huevos al día y una colmena mantener cincuenta mil abejas. Las grandes colonias de hormigas pueden constar de medio millón de hormigas. Las polillas pueden ser tan numerosas que pueden cegar un faro costero con su espeso revoloteo. En una sola planta de tomate se han contado 24.688 pulgones, y un acre de tierra, dependiendo de dónde y cuándo, puede albergar de uno a 65 millones de insectos. De las especies del reino animal, la mayoría son insectos: sólo 250.000 tipos de escarabajos.23 En nuestro idioma se habla de nubes de mosquitos, enjambres de moscas, plagas de langostas y montones de hormigas. 

Imaginar insectos numéricamente amenaza la fantasía individualizada de un ser humano único y unitario. Si los insectos se apoderan de nosotros, nos convertiremos en meros trozos de materia que se arrastra, salta y revolotea. Su propio número indica insignificancia e inutilidad como individuos. Normalmente, los sueños con insectos se interpretan como signos de fragmentación y descenso de la conciencia individualizada a un nivel indiferenciado, meramente numérico o estadístico. La invasión de insectos en un sueño indica disociación psicótica y pérdida del control centralizado. La erradicación, por tanto, es un «antipsicótico», mientras que el origen de la psicosis puede no residir en la multiplicidad de los insectos, sino en la unidad defensiva del erradicador. 

La cuestión aquí es más cómo vemos la multiplicidad que cómo vemos a los insectos, porque una vez que imaginamos la multiplicidad a través de la lente única de un ser humano unitario, y concebimos la totalidad como unidad, los insectos se convierten en las encarnaciones activas de los Muchos contra el Uno. Ese enjambre, ese montón en sí mismo, muestra unidad y multiplicidad a la vez. El hormiguero es también una comunidad, la encarnación activa del Gemeinschaftsgefühl (sentimiento colectivo), y la multitud de insectos demuestra la totalidad, no como un ideal abstracto, sino como un cuerpo de vida ajetreado y zumbante que va en todas direcciones a la vez. El enjambre redefine la totalidad como complejidad cooperativa. Recuerda a Apuleyo: las hormigas ayudan a Psique diferenciando lo que parece un montón numérico en diferentes particularidades. Enseñan a Psique a resolver el problema de la totalidad en lo que William James llamó «cadaes».24

Monstruosidad. Ojos de insecto, araña, gusano, cucaracha, chupasangre: términos despectivos que caracterizan rasgos supuestamente inhumanos en las personas. Convertirse en un insecto es convertirse en una criatura sin la sangre caliente del sentimiento, tal y como se representa en la ficción y el cine de terror. La naturaleza corresponde a estas fantasías, habiendo generado arañas de siete pulgadas que se comen a los pájaros, escarabajos de hasta ocho pulgadas, una polilla brasileña de casi un pie de diámetro, ciempiés de un pie de longitud. Los insectos en sueños sugieren la capacidad de la psique para generar formas extraordinarias casi más allá de lo imaginable y que estas monstruosidades inhumanas muestran el potencial reactivo de la psique más allá de sus definiciones humanísticas. El bicho nos saca de la psicología del ego, de los humanismos. ¿No es ese el espeluznante punto de la Metamorfosis de Kafka? 

El hecho de que lo monstruoso se presente en formas tan diminutas -pues incluso la vida de un ciempiés de doce pulgadas puede ser extinguida por un pie humano- y que lo temamos tanto, demuestra hasta qué punto el mundo humano se ha separado del cosmos no humano. ¿Qué es el hombre (o la mujer)? Poco menos que un ángel, señor del universo, corona de la creación, que despierta aterrorizado del sueño de una hormiga. 

Autonomía. Serán aplastados, quemados y envenenados porque no se someten. Tienen otras intenciones, e incluso compiten conmigo por mis manzanas, maíz y rosas, pasean sin invitación por mi cocina, anidan bajo mi alero. Representan los síntomas persistentes del sistema nervioso autónomo. Me molestan. Son autónomos. 

Su autonomía no sólo me corroe las heridas, me aguijonea hasta la rabia o revela mi podredumbre y mis agujeros; también me vuelve loco. En alemán, spinnen, la actividad de la araña (Spinne), significa fantasías delirantes, al igual que Grillen viene de Grille (grillo). El «yo» que se cree en posesión de un libre albedrío autónomo es perseguido implacablemente por la imaginación (o inconsciencia) en la que se apoya, en la que anida, de modo que el «yo» se ve impulsado a exterminar todo lo que amenace su delirio de autonomía. La libertad radical del bicho respecto del control humano lo convierte en el Gran Enemigo al que se atribuyen todos los rasgos despiadados que utiliza el ego pesticida para mantener el engaño de su autonomía. 

Parásitos. «El que come en la mesa de otro», de para (al lado) y sitos (comida). La pequeña Miss Muffet se asustó cuando la araña se sentó a su lado. Los bichos no sólo invaden tu reino, sino que también viven de tu propiedad y comparten tu cuerpo, nutriéndose de tus raíces vegetativas y de la carne de tu mascota, como en los sueños de insectos en las raíces de una planta doméstica o en el vientre de un animal doméstico. 

El miedo a ser devorado por los propios complejos puede ser aún más aterrador que los demás temores: la desintegración en una miríada de partes, la infestación con inmundicias desechadas (el retorno de lo reprimido), la afectación por monstruosidades. El parásito es un asombro biológico. Los organismos microcósmicos pueden penetrar en un huésped y alterar así radicalmente su comportamiento, por ejemplo, la rabia. Un humano enorme bajo la influencia de un bicho diminuto se convierte en una personalidad rabiosa. El miedo a la alteración de la personalidad por un poder alienígena explica el pánico que a veces se asocia con los sueños de alimañas (chinches, niguas, mosquitos, garrapatas) y se atestigua en las formas parecidas a insectos que se dan a los alienígenas en la ciencia ficción. Podemos interpretar el miedo a los parásitos de tres maneras. En primer lugar, a través de la lente de la compensación. El ego excesivamente controlador está siendo minado por la intención de los bichos, que intentan alterar la personalidad habitual para restablecer una relación más moderada entre ella y el cosmos. En segundo lugar, a través de la lente de la ego-psicología, los parásitos presentan la hambrienta vida no vivida que también necesita alimento en su mesa, y es tarea del ego del mundo diurno examinar estas necesidades, decidiendo qué alimentará y qué erradicará. 

En tercer lugar, desde el punto de vista de una psicología arquetípica homeopática, los bichos parásitos reflejan una personalidad parasitaria. Nos muestran nuestro propio rostro. Si, como dijo Jung, el inconsciente te vuelve la cara que tú le vuelves a él, entonces una invasión parasitaria hace ver al huésped específicamente cómo depende de maneras minúsculas y ocultas de otros organismos psíquicos, cómo está influido por complejos, cómo utilizamos su sangre para sostener nuestras ambiciones. Los complejos, de los que dependemos para nuestra personalidad diaria y de los que extraemos nuestra compulsión energética, aparecen en el sueño como parásitos, mostrándonos como uno de ellos, alimentándonos del banquete de la vida cuidando del número uno, ya sea en el trabajo, la familia, la amistad – o alimentándonos de los propios sueños, interpretación como un acto parasitario de succión de sangre, tomándolo todo, sin dar nada a cambio. 

Misterio

El bicho se desliza
desde detrás
del dial de la radio
donde todo el invierno
vivió
comiendo música.
– Bill Holm, Variaciones del insecto del boj 

Esta última sección de esta fenomenología abordará un tema casi inexpresable volviendo a algunos de los mismos soñadores y a sus sueños posteriores a los que ya hemos observado. 

El joven que se sentó en un restaurante con jardín y prendió fuego a la oruga verde (sueño 24) y que también aplastó bichos en su techo y luego encaló el lugar (sueño 25) soñó más tarde: 

(28) Una rana está sentada sobre la estufa de leña de mi cabaña. Tiene una corona y cuando miro de cerca veo que esta corona es un insecto, posado allí con las alas desplegadas. 

El hombre que intentó aplastar la avispa que atravesaba su pantalla (sueño 5) soñó más tarde: 

(29) Una abeja se posa en una parte de mi cama y empiezo a espantarla. Sigue zumbando a mi alrededor y veo que tiene sacos llenos de miel en las patas.

A pesar del intento de erradicación, el insecto sobrevive y sorprende, incluso corona la obra o tiene sacos llenos de miel. 

Una cuarentona ansiosa sueña: 

(30) Justo delante de mí, en medio de la calle, una joven madre y tres niñas están agachadas junto a una hoguera baja. Están quemando insectos. Chisporrotean y crepitan y pronto mueren por el calor. Pero en medio hay un capullo de mariposa muy grande, una criatura realmente resistente. Una de las chicas intenta quemarlo también, pero no lo consigue. Sigue saliendo del fuego y sigue viva. 

Si indestructible, ¿significa eterno? La «eternidad» del insecto – atestiguada en nuestra convicción común de que son los últimos supervivientes – afirma que los bichos son los guardianes de la llama porque, tal vez, guardan a través de la llama, los corrosivos polvos exterminadores de nuestra rabia. Muestran la dura autonomía de la voluntad de vivir, que es también una fe impersonal en la vida, como un tropismo que impregna el cosmos.

Mátame si quieres
Hormiga negra dijo Aunque muera…
aún así,
soy negra
Aunque muera… aún así, soy negra y estaré aquí. 
Mi sangre se filtrará en el suelo Mi intensa sangre negra se filtrará en el suelo.
Negra para siempre.
25

La conexión cósmica del bicho y el mundo, de la que ya hemos hablado, aparece en este ejemplo bastante asombroso de una mujer de cuarenta y dos años: 

(31) Una enorme mantis religiosa, de unos seis metros de altura, me dice: «¿Eres ciudadano?». Me despierto gritando: «¡No!». 

¿Ha llegado la mantis (rey de todas las criaturas, según los bosquimanos de Laurens van der Post) a su sueño exigiendo conciencia política? En caso afirmativo, ¿qué niega concretamente? ¿Qué horror reconoce este grito? ¿Se le está pidiendo que se convierta en ciudadana cósmica de una civilización ecológica en la que los bichos no sean sometidos diariamente al holocausto? 

Dos ejemplos más de misterio – de una joven músico: 

(32) Miré un libro y vi salir serrín de él. Lo observé y me sorprendió ver salir una abeja. Estaba haciendo una colmena o agrandándose. 

Aunque la lectura y el trabajo mental, página a página, sean para ella tan secos como el serrín, dentro del libro una abeja se está agrandando. Pero, ¿qué es lo que se agranda: el libro, ella o la abeja? 

De un investigador académico soltero: 

(33) Un hombre blanco de la ciudad es retenido por otros hombres de una cultura tradicional (indios, etc.). Está desnudo. Uno de los otros mete la mano en un barreño de agua y saca unas arañas grandes y negras que pone en el pene del hombre. Para atraer a las arañas, ya se ha puesto miel o melaza en el pene. Es un ritual, una iniciación. 

Parte del misterio aquí tiene que ver con la relación araña-mosca (un pene en gran parte del folclore y muchos idiomas es una criatura voladora y, por supuesto, vive dentro de una «mosca»). Si la araña encarna el poder de la mente natural oscura que puede desplegar un sistema de fantasía a partir de sí misma que mantiene todas las cosas unidas en una red ineludible y la mosca actúa el papel puer del siempre conjeturador, siempre escapando ligero payaso, entonces una iniciación del pene por el reino arácnido puede tener que ver con conectar el pene y mantenerlo dentro de algún orden regular. Pero, ¿por qué la miel? ¿Qué hace que la araña se acerque a un pene cubierto de melaza? ¿Acaso endulzar, incluso sentimentalizar, el falo es el primer paso en la iniciación de su conciencia fálica por el «bálsamo» de Deméter, Señora de las Abejas y diosa de los cultivos y cosechas de la tierra? 

En efecto, el bicho esconde un secreto. Un aprendiz sueña: 

(34) Veo dos o tres cochinillas blancas en una planta verde y sana y me pongo alcohol o algo para matarlas. Son muy guapas, perfectas. 

Aquí, el impulso de erradicar (quizá con alcohol) la mueve, pero su mente onírica percibe la bella perfección en el bicho. El bicho blanco y la planta verde y sana no están en conflicto, excepto cuando ella piensa en el alcohol y en matar. 

Los sueños pueden mostrar a los insectos en modos terroríficos o destructivos, como ya hemos visto, pero la atmósfera del sueño les da otro aspecto, y al soñador otra tolerancia. Por ejemplo, un profesor de cuarenta y cinco años sueña: 

(35) Fui a ver a mi vecino del pueblo de donde vengo para comprar fruta. Vivía en una habitación primitiva (como una cueva). Me enseñó la fruta – mandarinas – y me dijo: «Esto es todo lo que tengo». Acepté comprarlas. En la habitación había hormigas -millones de ellas- y arañas negras arrastrándose por todas partes. Las arañas parecían viudas negras que se me pegaban. (No tenía ningún miedo). 

La multiplicidad de los insectos no le perturba, ni que se arrastren sobre él y se le peguen, ni que las arañas sean notoriamente mortíferas. El vecino de la cueva de su recuerdo era un hombre sencillo y natural, «irreflexivo pero trabajador», que siempre «se las arreglaba y salía adelante», sin importarle las circunstancias. La fruta en el sueño desprendía un olor maravilloso: mandarina como viva, terrosa, fácil de comer y festiva. Parece que el globo naranja brillante y los bichos negros viven en el mismo terreno y que el profesor está, en términos junguianos, «integrando la sombra» al dejarse infestar por la criatura de la tierra. El sueño muestra tanto la vida en la nueva nigredo (como los pájaros oscuros regresan desde abajo en el Rosario hacia el final del opus26) y el motivo del renacimiento («pueblo de donde vengo»). Hay vida irreflexiva, no analizada, en la cueva del bricoleur-trickster que, como Begochidi, es solar e insecto a la vez. 

En el caso del hombre que nada en sueños como un insecto acuático (sueño 7), vimos que los sueños pueden utilizar la identificación para llevar al soñador a asimilar el insecto, a realizarlo como uno mismo. He aquí otro ejemplo de otro sueño: 

(36) Me encuentro a la entrada de una cripta o cueva. Dentro hay una criatura extraña: el cuerpo de un insecto grande, como un saltamontes. Es muy delicado, hermoso y el brillo tiene toques de color. Me sorprende que el insecto tenga mi cara. Me llama la atención el contraste entre la suave piel y el duro caparazón. Aunque la cara es hermosa en su delicadeza, me doy cuenta de que está un poco triste, posiblemente porque el caparazón es tan duro y acorazado. 

Verse la cara en el bicho, ser un bicho, aquí, no tiene el horror kafkiano. Más bien se revelan la belleza, la dulzura y la tristeza. «Soy un insecto» adquiere un sentido muy distinto de los sentidos peyorativos de piojo o bicho. En la belleza de descubrir que ella y el insecto comparten la misma figura, visage, ansikten quizá surja una nueva mirada que ve la belleza del mundo y que el propio camino por él requiere, tal vez, el rostro de la suavidad y la dureza a la vez, pues así es el rostro del insecto, aparte de su juicio contra el caparazón. 

Los sueños de animales muestran con frecuencia el misterio de la integración de un complejo por otro mediante la asimilación de un animal por otro. Un gato se traga un ratón; un conejo, al mirarlo más de cerca, se convierte en gato; o una serpiente negra se come a una roja, etc. Sin embargo, hay cuestiones que plantearse sobre la integración. ¿Qué ocurre con la sustancia anterior? ¿Dónde está la serpiente roja o el conejo ahora que ha entrado en el otro animal? ¿Se ha superado, simplemente ha desaparecido, ya no es una necesidad de la psique? ¿Podría la integración significar también pérdida de diferenciación, asimilación como simplificación? 

Una científica con dones extrasensoriales sueña: 

(37) Caminando por un carril, me doy cuenta de que una enorme mariposa de color marrón oscuro, de unos treinta centímetros de largo, vuela hacia arriba, a la altura de mi hombro derecho. Asciende hacia la derecha y es alcanzada por un pájaro, que se abalanza sobre ella y se la come. El pájaro vuela más alto, y un pájaro aún más grande, que parece una paloma, captura al pájaro más pequeño y se lo come, y luego vuela hacia arriba. Tono del sueño: asombro ante el orden de la naturaleza. 

En el margen de este sueño escrito junto a cada una de las criaturas había escrito a lápiz: alma, ideas, espíritu. Mis rúbricas asimilaban el sueño a mi esquema del alma frente al espíritu: el carril (valle de la creación del alma), la mariposa (de color marrón oscuro y del tamaño de un pie tiene una intención ascendente). Mientras asciende, es apresada y devorada por un hambre de nivel superior, que a su vez es capturada por una similitud de la paloma, emblema del amor del espíritu santo. Pero no se trata ciertamente de una paloma. El tono del sueño no es el sentimiento descendente de ansiedad o simpatía por la mariposa perdida y el pájaro tragado. Por el contrario, el tono es de «asombro» (el principio de la filosofía, dice Schopenhauer) ante el orden de la naturaleza – una reflexión distante, sabia, objetivada desde el punto de vista de lo alto, del espíritu que vuela hacia arriba, que todo lo consume. ¿Es mi reflexión sobre el sueño también una vista de pájaro? 

Por último, un sueño de un hombre de unos treinta años -que antes había soñado (sueño 23) con los bichos que masticaban la lechuga de su maceta- afirma lo que este largo ensayo desearía poder decir: 

(38) Estoy paseando con mi mujer. Nos fijamos en muchas hormigas y nos interesamos por ellas, incluso nos agachamos y las miramos a la altura de los ojos, como si fuéramos una de ellas. Ver las cosas como ellas. 

Quizá haya un empuje cósmico en la intención de los insectos. Es decir, si la tradición Navajo dice que los insectos están en el principio primordial de las cosas, y la tradición Hindú dice que todo el mundo está hilado en la red de Maya, y la tradición Bosquimana da el reinado sobre las criaturas vivientes a la mantis religiosa, entonces quizás el movimiento de los insectos del sueño anuncia un nuevo comienzo, y, en el lenguaje de Jung, serían los pequeños instigadores persistentes de la individuación, su imagen instintiva, más pequeños que pequeños en apariencia, más grandes que grandes en efecto. Pueden ser la compulsión animal en el cuerpo sensitivo del mundo más allá del sentimiento humano, esa insistencia descerebrada e incruenta de salir y seguir adelante. 

Un niño de doce años de sexto curso sueña: 

(39) Estoy patinando sobre hielo (jugando al hockey) con mi mejor amigo (Ray), y otro amigo y dos compañeros jugadores de hockey y simplemente estamos jugando. De repente, un gran enjambre de cucarachas sale de los bancos del equipo y cubre totalmente el hielo, pero nosotros seguimos jugando y de vez en cuando barremos algunas con nuestros palos. No recuerdo el marcador, ni tampoco el lugar exacto. Es el primer sueño de este tipo que tengo. 

Sigue jugando, aunque su estadio está cubierto de cucarachas. Algún extraño elemento invasor sale de los banquillos, entra en el juego, y por primera vez. Ya no conoce el marcador. ¿Cuánto durará su forma de jugar de doce años, de mejor amigo? 

Una joven sueña: 

(40) … Subí a mi habitación de hotel para echar un último vistazo antes de salir de viaje y vi que el agua turbia y turbia había subido hasta unos dieciocho centímetros en la habitación. Había cucarachas muertas flotando en el agua y pegadas a las paredes. Pensé: «Un sitio así está bien para quedarse un día o dos, pero hay que irse porque se pone así». 

Sueña un músico que acudió a análisis porque no conseguía «sacar nada adelante»: 

(41) Estoy tumbado en una tumbona en el bosque, cuando de repente veo que estoy justo encima de un hormiguero. Salgo rápidamente de la tumbona. Me despierto con el corazón latiendo. 

La necesidad de huir de los bichos es bastante frecuente, pero ¿acaso es el bicho el que impulsa la huida, como si la incitación a levantarse de la tumbona (sueño 41) o del taburete del bar (sueño 2) no fueran meras reacciones humanas al bicho, sino la intención del bicho expresada en la respuesta humana, autónoma, inexplicable, imperiosa? ¿Es acaso el impulso de «seguir adelante» una expresión de un instinto vital primario, el bicho como matière vivante? Entonces el opus contra naturam de las disciplinas espirituales – za-zen, meditación, la noche oscura del vaciamiento, «enséñanos a sentarnos quietos» – en realidad tiene como objetivo superar los bichos que se van. Su incesante jalear fuera de los agujeros y a través de las mosquiteras, aletear hacia la luz o escarbar en las venas de sangre son estilos del deseo deseoso de vivir. Cuando fantaseamos con que sólo los insectos sobrevivirán a un incendio nuclear y al invierno que le sigue, ¿qué potencia cósmica estamos atribuyendo al bicho? No es de extrañar nuestro miedo a su fuerza diminuta. 

Y esta fuerza es antigua. Se ha argumentado, tal vez establecido, que la vida de los insectos es más antigua en la cronología del planeta que la de las plantas, que hay insectos capaces de vivir en suelos frígidos, áridos y pedregosos y en aguas salinas de cuevas vacías de luz solar y materia vegetal. Que los insectos y las plantas puedan parecerse, la ciencia lo llama «camuflaje» y «mimetismo», construyendo una fantasía paranoica del comportamiento de los insectos. Polillas, escarabajos, mantis, etc., están tan amenazados y son tan astutos que deben disfrazarse de ramitas, palos, hojas, capullos, vainas, flores. 

Quizá aprendieron o se reprodujeron selectivamente para adaptarse. Tal vez, sin embargo, les guste vestirse así o, tal vez, las plantas se hayan puesto la ropa de los insectos. O, tal vez, el insecto y la planta compartan un hábitat y un clima comunes, y ambos se presenten de una manera adecuada a ellos. Supongamos que el insecto no sabe que no es una planta, no sigue nuestras clasificaciones en «animal» y «vegetal», nunca leyó a Linneo, como si su vestido, su máscara, sus hábitos corporales fueran tan vegetativos que el mimetismo no es sólo el reino del otro, o de cada uno, sino de un tercer factor que les obliga a acomodarse el uno al otro en una simpatía de todas las cosas, una ecología cósmica. Tal vez sea el amor lo que atrae a estas formas de vida entre sí y las inclina a parecerse. 

Sean cuales sean las especulaciones sobre el misterio que encierra su fuerza y nuestro espanto (especulaciones que van más allá de los temas de la «naturaleza» televisiva sobre la competencia despiadada, el consumo insaciable y las defensas paranoicas contra los depredadores, que hablan tanto de nuestra forma de ver la vida de los insectos como de la vida de los insectos en sí), hay un tema que se repite con bastante frecuencia en los sueños: el insecto y la tierra. Aparecen en la tierra, bajo la tierra, en la taza del váter. La mosca zumba sobre el montón de estiércol, el escarabajo hace rodar su bola de estiércol; ladillas en el pubis, piojos en el cuero cabelludo, parásitos en las entrañas, gusanos en la carne podrida. Especialmente el cabello y la parte inferior del cuerpo se ven afectados. Karl Abenheimer interpreta las arañas y los ciempiés en el simbolismo anal, un movimiento que repite la idea del insecto como el paria maligno, maloliente, sulfúrico, del Diablo.27

La baja valoración se corresponde con la subrepticia ocultación subterránea de los bichos. Ocultos, enterrados, interiores, apareciendo por la noche a través de pequeñas aberturas en estructuras del mundo diurno, estos atributos sugieren el inframundo. Quizá no baste con decir que los insectos en sueños son el retorno de lo reprimido. Quizá no se refieran ni a lo reprimido moralmente (el mal), ni a lo reprimido estéticamente (lo feo), ni a lo reprimido primordialmente (la muerte), sino a los dioses ctónicos, especialmente Hades, que emerge a través de -y cuyas intenciones viven en- esos agujeros que sentimos como heridas. 

Si la picadura del insecto es una herida del inframundo, entonces un pesticida es un instrumento teológico, un Cristo químico que ara el infierno en palabras de Oseas y Pablo (1 Cor. 15: 15), «Oh Thanatos, ¿dónde está tu aguijón (kentron)?» para librar al mundo de Thanatos y Hades, imaginado como una figura negra con alas. Kentron denota literalmente un aguijón, como el de las abejas, los escorpiones, las hormigas de fuego, etc., mientras que la misma palabra proporciona la raíz de nuestro «centro», que significa originalmente «pinchazo», «aguijón». El aguijón en el centro de las profundidades es a la vez la presencia de la muerte y el impulso cósmico de la vida deseosa de vivir, como la «lujuria sensual» de Karamazov, como Hades que es también la riqueza de Plutón, y también la zoe de Dioniso. La revolución cristiana, que recentró el cosmos en un mundo superior -y en un cuerpo superior, Cristo resucitado-, elimina el aguijón tanto del deseo como de la muerte. Reinterpretamos la conquista de Cristo sobre Plutón con nuestra lata de insecticida en aerosol, agitando ese incensario en un ritual secular, librando cada uno nuestro propio Jardín de los demonios del inframundo.28

Una conclusión sencilla

Si el mundo onírico es el retorno de lo reprimido (Freud), volviéndonos la cara que inconscientemente le volvemos (Jung), entonces parece tan urticante, zumbón y persecutorio cuando nuestra conciencia cultural trata nuestros síntomas como alimañas, nuestros complejos como parásitos. Sí, queremos librarnos del inframundo, utilizando el bonito polvo blanco de la abstracción destructiva disponible en cualquier farmacia y/o médico, y en cualquier sesión de ego-psicología. Una fuente de la industria farmacológica reside en el miedo a volverse bichos. Que necesitamos un movimiento ecologista, la defensa de los derechos de los animales y un fondo mundial para la vida salvaje empieza en nuestros sueños. 

El miedo que despiertan los bichos les atribuye atributos de nuestra erradicación: autonomía, monstruosidad, toxicidad, proliferación. El veneno se extiende por la mano del hombre a través de los ríos y los suelos; los tipos de toxinas se multiplican, hectáreas y hectáreas de derroche desmesurado, Bhopal y Seveso, monstruosa infestación subterránea oculta en los acuíferos subterráneos, enterrada en la cadena alimentaria. El «problema», como se le llama, se ha vuelto tan autónomo que la ciencia, el gobierno, la agricultura y la industria no pueden controlarlo. Como se profetizó, los bichos están ganando, aunque no tanto ahí fuera como en nuestras mentes erradicadoras que imitan al «enemigo». Al luchar contra los bichos, nos hemos convertido en las abejas asesinas, las hormigas de fuego y las viudas negras. 

Cómo hemos llegado hasta aquí es demasiado largo y triste de contar. Pero brevemente: los animales eran mera propiedad en Roma; sin alma para los escolásticos; máquinas sin mente para cartesianos y kantianos; portadores de bestialidad, carne y pecado para los cristianos; y niveles inferiores de la evolución para Darwin; mientras que los insectos, en particular, sufrieron el desgarro de Cristo en el inframundo del primer pesticida genérico. 

Esta historia está incrustada en nuestras reacciones en sueños. El ego del sueño es también el ego histórico que atraviesa sus respuestas condicionadas. Esa figura que llamamos Ego -si fuéramos amerindios podríamos llamarla Mata-Cucarachas, Mata-Moscas, Quema-Abejas, Tritura-Hormigas- cabalga a lomos de una bestia a la que considera propiedad privada sin alma. Lo que llamamos el «progreso» de la civilización occidental, desde el punto de vista de la hormiga, no es más que el paso adelante del Gran Exterminador. ¿Quién es el parásito que vive de los cadáveres? ¿Quién es el gusano blanco incrustado en el consumo insaciable, masticando las hojas de las plantas de todo el mundo, criando siempre nuevas variedades híbridas que los bichos evitarán y sólo él podrá disfrutar? 

Los sueños que hemos revisado muestran algo en el mundo onírico que también se sospecha y predice para el mundo en general: los bichos sobreviven misteriosamente. Resisten al fuego. Parecen llevar una vida indestructible – molestando a los erradicadores que alteran continuamente las fórmulas de sus venenos. «Sin embargo, nunca hemos sido capaces de exterminar por completo ni una sola especie de insecto… Son las formas de vida más diversas y poderosas de la Tierra. Su biomasa supera a la de los humanos».29

Los sueños muestran algo más, no sospechado ni previsto: los bichos tienen algo que enseñarnos. Demuestran las intenciones de la mente natural, la fe inquebrantable del deseo y el impulso de sobrevivir. Aportan la conciencia comunitaria de un enjambre y una colmena, una Gemeinschaftsgefühl, una simpatía cósmica, más profunda que un contrato social. Conjugan y disfrutan de los elementos contrarios de la tierra y el aire, muestran capacidades asombrosas para conformarse y transformarse, y son decididos en su persistencia por sacar al soñador de los refugios de la habitación humana, de los límites protectores de los hábitos humanos. Al final, sentimos que nos quieren, estas criaturas aladas de ojos asombrosos. Vienen a nosotros en sueños, que es lo que se supone que hacen los ángeles. Sorprendente, aterrador, repentino: ¿es ésta la única forma en que los ángeles pueden entrar ahora en nuestro mundo, que no tiene aperturas para su bienvenida? 

Al menos podemos considerar esta interpretación angélica, el bicho como ángel extraño, casi tan pequeño como para que quepa su definición de belleza bailando sobre la cabeza de un alfiler (el mismo instrumento que utilizamos para fijar los bichos en la muerte clasificatoria). Para sobrevivir como ellos sobreviven, debemos transformar por completo las formas de nuestro pensamiento, como ellos lo arriesgan todo en sus transformaciones. Nuestras mentes no pueden arriesgarse lo suficiente. Esta visión angélica nos llama a mirar de nuevo, a re-espectar quiénes son, qué son, por qué están en el sueño, y más allá, cómo conocerlos, incluso cuidarlos – estas formas y comportamientos milagrosos, cada apariencia intrincada, una habilidad arcaica soberbia, intachable, piadosa, feroz, cómica, grave, intensa, buscándonos mientras dormimos. 

Para la psicología arcaica de las culturas de todo el mundo, lo divino es en parte animal y lo animal en parte divino. La teología dice que lo divino es un tremendum, pero un tremendum puede venir en pequeñas formas trémulas, un mero temblor, una sacudida, un roce, un encogimiento de hombros – la rápida reacción a un insecto. Como somos una de las especies animales más grandes, sólo esperamos que lo más grande sea más tremendo. Que Dios deba ser tan grande como Behemoth es un antropomorfismo bíblico más. En realidad, behemoth significa simplemente «animal», así que lo que Job vio puede haber sido simplemente sus animales en una nueva y más grande luz para que pudieran ser restaurados a él y él a ellos. Basta con mirar. Observa al animal y ve lo divino en su propia manifestación. Estudia el caparazón brillante y las alas veteadas, las patas sensibles, la determinación. Estudia la cabeza, el pelaje, los movimientos. Estudia los ojos, cada uno a su manera, como una cuenta, un punto, un millón de veces como el de una mosca. 

Las culturas arcaicas también matan animales en los altares de los dioses. Por supuesto: de igual a igual. Al llevar el animal al altar, no nos libramos de él ni lo hacemos más puro y santo. Va al altar para alimentar al animal en el dios, lo divino que es en parte animal, manteniendo así vivo al dios, y vivo allí en ese temenos, el altar. El altar es el guardián del animal, impide que el dios deambule, su terrible poder atado a un lugar concentrado. Vuelve, quédate allí detrás de las velas humeantes y las rejas. No cruces de repente. El altar es una jaula, cada catedral un gran zoo. Y el dios que desdeñó el sacrificio de granos de Caín quiere la carne animal de Abel, igual que las avispas, los gusanos y las moscas. Mantenemos vivos a los dioses con carne, nuestra carne animal, el animal de nuestra carnosa imaginación, infestado y zumbado de cosas aladas que pican. Así que, por supuesto, los bichos de nuestros sueños nos atraviesan, nos pican y nos sacan sangre, recordándonos que nosotros también somos carne… y en descomposición. Se abren camino hasta nuestro renuente reconocimiento, nos obligan a recordarlos. ¿Qué otra cosa es la encarnación sino el dios metiéndose, metiéndose, dentro y debajo de nuestra piel? Dios, chinche, cangrejo, nigua, garrapata. La encarnación, el misterio de un piojo. Los dioses se convierten en enfermedades; nosotros mismos infestados de dioses, forzados a la religión por sensaciones corporales; el instinto religioso, el insecto religioso. 

No todo está perdido. Mucho es recuperable, aunque sólo sea por momentos, de repente. 

Nuestros sueños recuperan lo que el mundo olvida. El olvidado politeísmo pagano se reproduce en formas animales. En esos animales están los antiguos dioses: los cuernos y los salmones celtas, los osos vikingos, los cerdos y los caballos de río egipcios, los cocodrilos y los gatos, los lobos y las águilas romanas, y el Begochidi navajo. Los viejos dioses siguen ahí, en nuestros sueños, esas catedrales zoológicas donde hay una mansión para los insectos de Belcebú y Mefistófeles. Los animales pueden seguir como dioses, vivos e inolvidables, en los iconos de nuestros sueños y en las obsesiones vitales de nuestros complejos y síntomas, los bichitos indestructibles. Cantad alabanzas. Gaudeamus.


* El titulo original es «Going Bugs», que es un juego de palabras muy propio de Hillman, implica la frase «Going Nuts» que se refiere a volverse loco, «to bug» que se usa para hablar de molestia o intrusión. En español algunos términos equivalentes podrían ser «mosquearse» o «enchincharse» que son coloquialismos que denotan molestia o enojo, pero que no llegan a expresar la locura, por ejemplo de la microzoopsia, es decir la fantasía paranoica del consumidor de cocaína que puede sentir insectos deambulando bajo su piel. Muchas gracias a Gustavo Beck y a Michael Caplan por sus pertinentes sugerencias.

Notas

1. W. Stevens, «Esthetique du Mal», The Collected Poems (Nueva York: Knopf, 1978), 321.

2. M. Proust, Por el camino de Swann, trad. C. K. Scott Moncrieff (Londres: Chatto and Windus, 1926), 55.

3. Segunda parte, 2.1.

4. Oneirocritica, trans. R. J. White.

5. R. Riegler, Das Tier im Spiegel der Sprache (Dresde-Leipzig, C. A. Kochs Verlag, 1907), 223-94.

6. G. A. Reichard, Navajo Religion: A Study In Symbolism (Nueva York: Pantheon, 1950), 2.387 y ss.

7. Ibid.

8. S. Hubbell, «Bichos», 79.

9. Véase mi «El amarilleamiento de la obra», en Psicología alquímica, UE 5 (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2011).

10. Sobre la «eternización» de una imagen, véase mi «Further Notes on lmages», Spring: A Journal of Archetype and Culture (1978), 176-77.

11. OC 8: 388 y ss.

12. Ibídem, par. 563.

13. W.F. Otto, Dionysos: Myth and Cult (Dallas: Spring Publications, 1981), 133-34; Ovidio, Metamorfosis, 4.1 y ss.; Bibliotheca Classica de Lemprière, «Minyas».

14. C.G. Jung, de una entrevista en Good Housekeeping, diciembre de 1961, citado en E. Edinger, Ego and Archetype: Individuation and the Religious Function of the Psyche (Boston y Londres: Shambala Publications, 1991), 101.

15. Salmo 111: 10.

16. Véase el ensayo fundamental de Jung sobre la interrelación de síntomas, complejos e imágenes oníricas en CW 2: 858-61.

17. M. Detienne, Los jardines de Adonis: las especias en la mitología griega (Hassocks: Harvester Press, 1977), 67-68: «Tanto si Adonis se refugia como si es escondido por su amante, siempre es en un lecho de lechugas… significado mítico de la lechuga: impotencia sexual y falta de fuerza vital». 

18. CW 7: 254-59.

19. CW 13: 439-40.

20. P. Berry, Echo’s Subtle Body (Dallas: Spring Publications, 1982), 81-95.

21. Ibídem, 59-60.

22. Véase supra, n. 10.

23. Véase S. W. Frost, Insect Life and Insect Natural History (Nueva York: Dover, 1959).

24. W. James. A Pluralistic Universe (Londres: Longmans, Green, 1909), 194.

25. Proteus: Poems by Kaji Aso (Boston: Gallery Nature & Temptation, 1977), 12.

26. CW 16, fig. 9.

27. K.M. Abenheimer, «Re-Assessment of the Theoretical and Therapeutic Meaning of Anal Symbolism», (Londres: Guild of Pastoral Psychology, 1952).

28. Sobre la victoria del cristianismo sobre el aguijón del inframundo, véase mi The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979), 85-90. J. G. Frazer, Folklore in the Old Testament, 3 vols. (Londres: Macmillan and Co., 1918), 3: 424-38, informa de muchos casos en los que la Iglesia y diversas órdenes religiosas juzgaron y ejecutaron o excomulgaron a los insectos como alimañas. Por ejemplo, San Bernardo, al excomulgar a las moscas que zumbaban a su alrededor, las depositó muertas en el suelo de la iglesia. Las alimañas eran tratadas por las autoridades eclesiásticas, los animales domésticos eran juzgados por las autoridades civiles. Frazer (438) lo explica diciendo: «Era físicamente imposible que un verdugo común, por muy celoso, activo y robusto que fuera, colgara, decapitara… a todas las ratas, ratones, hormigas, moscas, mosquitos, orugas… pero lo que es imposible para el hombre es posible para Dios, y en consecuencia lógicamente… se dejó a los ministros de Dios en la tierra que se ocuparan de un problema que superaba con mucho la capacidad del magistrado y de su ministro, el verdugo». Yo sostendría que la razón es menos lógica: las alimañas presentan el problema teológico del inframundo y debían ser erradicadas como demonios y no como animales. No obstante, los registros muestran que los bichos tuvieron un «juicio justo» (aunque siempre perdieran): frente al sacerdote acusador, otro sacerdote asumió su defensa por haber sido creados por Dios antes que los humanos y, por tanto, tenían sus derechos sobre los campos y las cosechas.

29. R.D. Hall, en C. Dreifuss, «The Fine Art of Watching a Bug’s Life … » The New York Times (2 de enero de 2007), D2.

La IAAP y la identidad junguiana

Traducciones

Reflexiones de un presidente

Thomas B. Kirsch, EE.UU.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

Los orígenes de la Asociación Internacional de Psicología Analítica (IAAP) y sus funciones, con especial referencia a los graduados del Instituto de Zúrich, constituyen el tema de este artículo. ¿Por qué existe una organización como la IAAP? ¿Es realmente necesaria? ¿Es junguiano tener una organización de este tipo, o un colectivo de analistas junguianos no es un contrasentido? ¿Cuáles son las implicaciones de tener una organización así y qué significa tanto social como individualmente?

Comencemos históricamente. Jung fue una parte integral de la historia psicoanalítica temprana y el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1909. Jung fue quizás la primera persona importante, no judía y no vienesa que se interesó por el psicoanálisis, y seguramente la primera en comprometerse al nivel que lo hizo con el proyecto de Freud. Además, en 1907, en el momento en que Freud y Jung tuvieron sus primeros encuentros personales, Jung era el hombre con la reputación internacional más impresionante; Jung, como primer asistente de Bleuler en el Burghdlzli, el hospital psiquiátrico más importante de Europa, era mucho más conocido que Freud, que era considerado un poco «apagado» en Viena, donde tenía una consulta privada de neurología.

Freud sólo ocupaba el puesto de profesor privado en la Universidad de Viena y, debido a la naturaleza revolucionaria de sus teorías, así como a su condición de judío, era una figura relativamente menor en la escena vienesa. Freud consideraba a Jung una persona muy importante para tener a su lado en las luchas venideras del psicoanálisis. La presencia de Jung atrajo, además de a Bleuler en el Burghélzli, a personas como A.A. Brill de Nueva York, Ernest Jones de Toronto, Karl Abraham de Alemania y muchos otros al redil psicoanalítico. Por aquel entonces Jung era también editor del Jahrbuch y, por tanto, responsable de las dos estructuras más importantes del psicoanálisis primitivo, la asociación y su principal revista. Durante varios años Jung desempeñó un papel decisivo en la expansión de la comunidad psicoanalítica de forma extravertida. Luego, tras su ruptura con Freud, Jung entró en un periodo igualmente introvertido, retirándose profundamente de todas sus posiciones mundanas.Durante la mayor parte del resto de su vida, excepto en la década de 1930, el mundo interior se convirtió en el centro de su interés.

El campo independiente de la psicología analítica no comenzó realmente hasta después de la Primera Guerra Mundial. Jung salió de su profunda inmersión en el inconsciente con sus propias formulaciones independientes en 1921, tras la publicación de Tipos psicológicos. Personas de Europa, Inglaterra y Estados Unidos empezaron a buscar sus puntos de vista y a entrar en análisis con él y los pocos discípulos que había en Zúrich, entre los que destacaban Toni Wolff y Peter Baynes. Con Toni Wolff como su primer presidente, el Club de Psicología Analítica fue fundado en 1916 en Zurich, y en este entorno los analizandos tenían acceso a libros y artículos a los que podían recurrir para ampliar el material onírico y de imaginación activa del inconsciente. Venían conferenciantes, de forma irregular, y se fundó un grupo social muy incómodo de junguianos parcialmente analizados. En 1925 Jung dio su primer seminario en inglés a los estudiantes que venían del extranjero. Este texto (que contiene parte del material que más tarde se incorporó a Memories, Dreams, Reflections) ha sido publicado recientemente por Princeton y constituye una lectura fascinante. La práctica de Jung de impartir un seminario en inglés durante el curso académico se convirtió en una característica habitual de la vida junguiana en Zurich hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial. Varios seminarios de estos años han sido publicados como los «Seminarios de Sueños», «Zarathustra», las «Visiones», «Kundalini Yoga», etc. La pauta era que la gente venía del extranjero para un periodo de análisis y asistía al seminario del miércoles por la mañana. También se impartían seminarios en alemán, pero la mayoría no eran tan formales, salvo los de la Eigendssischen Technischen Hochschule (ETH).

La formación de los analistas era muy informal en esos primeros días, dependiendo sobre todo del análisis individual y de la asistencia a los seminarios de Jung. Jung diría cuándo los analizados estarían listos para ejercer como analistas. La mayoría de los análisis eran extremadamente cortos para los estándares actuales, de tres a seis meses. Jung escribía una carta en la que decía que fulano de tal había realizado tantos análisis y había asistido a X número de horas de seminarios y estaba cualificado para ejercer utilizando sus métodos. Sin duda, no todos los que venían a Zurich, entraban en análisis y asistían a seminarios recibían esta carta. Conozco a algunos americanos que más tarde se convirtieron en psicoanalistas después de que Jung no les hubiera dado cartas. Ser psicoanalista en aquellos días ya era algo inusual para la mayoría de los estándares ordinarios; así que convertirse en analista junguiano era realmente salirse de los caminos trillados. Así pues, los primeros analistas no vinieron a Zurich con la idea de convertirse en analistas. Venían porque tenían un problema personal y se sentían atraídos por Jung como el hombre que podía ayudarles a resolverlo. En el curso de sus análisis, a través de sus transferencias, se enamoraban de la idea de convertirse en analistas y entonces lo discutían de alguna manera individual con Jung. Estos primeros analistas eran personas que procedían de una gran variedad de disciplinas, y muchos de ellos no tenían una formación psicoterapéutica especial previa, ni siquiera una educación universitaria completa. El primer grupo de analistas era un grupo muy heterogéneo de individuos interesantes y, en realidad, bastante reducido. Esta pauta de convertirse en analista continuó hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939.

Uno de los efectos del ascenso del nazismo para la psicología analítica fue que muchos analistas judíos alemanes abandonaron Berlín y otras ciudades alemanas para trasladarse a otros países, donde se unieron a pequeños grupos junguianos ya existentes o fundaron otros nuevos. Por ejemplo, los Neumann se fueron a Palestina, Ernst Bernhardt se fue a Roma, y mis padres y Gerhard Adler se fueron a Londres, donde fundaron un grupo que en aquel momento incluía también a Peter Baynes y Michael Fordham. Luego, junto con Max Zeller, mis padres se fueron a Los Ángeles en 1940 e hicieron lo mismo allí. Junto a estos grupos estaban los de Nueva York, San Francisco y Berlín, así como individuos que ejercían en otras ciudades y países.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Suiza quedó esencialmente cerrada al contacto internacional, y la comunicación entre Jung y las comunidades analíticas se hizo muy difícil, si no imposible de mantener. Casi inmediatamente después de la guerra, se reanudó el contacto entre Jung y los analistas lejanos. Aunque Jung nunca se retiró oficialmente de la práctica, en 1944 sufrió un grave ataque al corazón, del que estuvo a punto de morir, y su energía se vio reducida. Después de la guerra nunca reanudó realmente una práctica regular.

Durante la inmediata posguerra, la gente empezó a clamar por la fundación de un Instituto en nombre de Jung. Sólo a regañadientes permitió Jung que se utilizara su nombre, pero el Instituto Jung se constituyó oficialmente en 1947. La reticencia inicial de Jung a la creación de un Instituto Junguiano se basaba en lo que él consideraba un efecto potencialmente negativo de la institucionalización de la formación: la disminución de la vocación individual por el análisis y por convertirse en analista. Sin embargo, con el creciente interés en su psicología y su incapacidad para mantenerla de forma tan individual, Jung llegó finalmente a la conclusión de que un Instituto de formación flexible era probablemente algo bueno y necesario. El C.G. Jung Institut-Zurich se creó siguiendo el modelo de una universidad europea, con conferencias, seminarios y, finalmente, exámenes. A Jung le gustaba la idea de los exámenes, ya que pensaba que la disciplina de tener que estudiar para ellos era algo bueno. En aquellos primeros años, el Instituto tenía su sede en la Gemeindestrasse de Zúrich y contaba con muy pocos estudiantes. La psicología de Jung seguía siendo considerada un poco alejada por los psicoterapeutas convencionales, pero el Instituto era un lugar intenso que atraía a extranjeros de varios países deseosos de tener la oportunidad de entrar en análisis y estudiar. Algunos de ellos acabaron licenciándose. Aunque San Francisco y Londres habían empezado a formar analistas más o menos al mismo tiempo, no había duda de que el Instituto de Zurich era el verdadero centro. Además de la posibilidad de estar en análisis con alguien cercano a Jung y quizás incluso supervisado por él, también existía la posibilidad de tener una hora ocasional con Jung, o de ver a Jung cuando venía al Instituto a hablar con los estudiantes. El Instituto de Zurich se convirtió rápidamente en la Meca del mundo de la psicología analítica. C.A. Meier, sucesor de Jung en la Eigendssischen Technischen Hochschule, fue nombrado primer presidente del Instituto Junguiano de Zúrich.

Aunque Jung pasó la mayor parte de su segunda mitad de vida en actividades introvertidas, hizo algunas incursiones en actividades organizativas, como en 1933, cuando se convirtió en Presidente de la Asociación General de Psicoterapia Médica, que era internacional, pero con una fuerte base alemana. Debido a sus estrechas conexiones con Alemania y a los fuertes aspectos políticos de la organización, Jung acabó dimitiendo, pero sólo en 1940. Los siete años que pasó en esta asociación siguen siendo un aspecto controvertido de la vida y la obra de Jung; pero es justo ver que este grupo nunca llegó a ser particularmente junguiano, sentando las bases, más bien, para los desarrollos neofreudianos y neoadlerianos de la psicoterapia alemana después de la guerra.

Después de la guerra, Jung, Meier y otros decidieron que había llegado el momento de tener una organización para psicólogos analíticos propiamente dicha, y así se fundó la Asociación Internacional de Psicología Analítica en 1955. Constituida en Suiza, incluía como miembros a todos aquellos individuos que tenían cartas de recomendación del propio Jung; en aquel momento la lista de miembros no llegaba a 100. Se establecieron una constitución y unos estatutos. Se establecieron una constitución y unos estatutos con estas funciones principales: (1) celebrar congresos, (2) certificar nuevos grupos, y (3) certificar miembros individuales cuando en una región no hubiera suficientes miembros para formar un grupo. En aquel momento se establecieron unos requisitos mínimos, que incluían 300 horas de análisis personal, tantas horas de supervisión individual de «control» con otro analista y un título académico equivalente a un máster.

La equivalencia a nivel de máster ha sido a veces un problema porque en algunas partes del mundo no existe una equivalencia general de los títulos de máster. La supervisión también ha sido a veces un problema porque la supervisión en grupo se consideraba a menudo de la misma manera que una hora de supervisión individual. Ahora se exigen cien horas de supervisión individual, lo que sigue siendo lamentablemente poco. No se exigía formación clínica específica en psicoterapia general.

El número mínimo de analistas de una zona para formar un grupo se fijó inicialmente en cinco, y el grupo necesitaba la aprobación de todos los demás grupos del país antes de ser oficial. Se estableció una constitución para que el IAAP no tuviera mucho poder sobre los grupos ya existentes. En ese sentido, está estructurada, como muchas otras organizaciones internacionales, para tener una responsabilidad general de supervisión pero muy poca autoridad en las situaciones locales. Los grupos específicos querían la menor interferencia posible de un organismo internacional. Los grupos ya existentes sólo acudirían a la IAAP en tiempos de crisis. Eso, sin embargo, ha ocurrido muchas veces porque la escisión es un hecho demasiado frecuente dentro de los grupos analíticos. Por otro lado, el desarrollo de la psicología analítica en nuevos países es muy alentado por la IAAP, y esto se ha convertido en una de las principales áreas de interés de esta organización.

¿Qué lugar ocupa el Instituto de Zúrich? Dado que existía antes de la formación del IAAP, hubo que hacer consideraciones especiales. Este Instituto no era el producto de una zona geográfica específica, como Inglaterra, Nueva York o San Francisco. Más bien, los graduados de Zurich se convertían automáticamente en miembros de la Asociación de Psicólogos Analíticos Graduados (AGAP), entrando en el IAAP como miembros de esta organización pan-geográfica. Esta vía de acceso a la IAAP siempre ha sido problemática. Los analistas que no son de Zurich se convierten en miembros a través de la elección de un grupo local o nacional asociado a su lugar de formación. Además de la diferencia en las vías disponibles para entrar en la IAAP, también parece haber diferencias psicológicas entre los graduados de Zurich y los grupos locales. Sin embargo, siempre que se intenta abordar estas diferencias, se corre el riesgo de decir que una forma es la mejor. Espero evitarlo en la medida de lo posible, aunque el elemento subjetivo no pueda dejarse totalmente de lado, al tratar aquí este problema.

Permítanme comenzar ofreciéndoles un retrato robot del «típico» estudiante que acudía al Instituto Jung en sus inicios. Conozco y conocí a muchos de ellos. Es muy «poco junguiano» categorizar a la gente de esta manera, pero espero resaltar ciertas características presentando un perfil compuesto. Esto no pretende ser una crítica al Instituto de Zurich, sino una forma de aclarar algunas proyecciones mutuas entre los licenciados de Zurich y los que no lo son. En los primeros tiempos del C.G. Jung Institut-Zurich, los pocos estudiantes que acudían lo hacían atraídos por la presencia de Jung: Zúrich se consideraba el centro del mundo junguiano. Tenía el programa de formación más organizado y, como ya he mencionado, la oportunidad de trabajar con personas cercanas a Jung era tremendamente atractiva. Los estudiantes que venían aquí sentían, y con razón, que estaban en la cultura más pura de la psicología analítica.

Esto fue así durante los años cincuenta, sesenta y hasta los setenta, cuando tuve la oportunidad de conocer individualmente a muchos de los que regresaron a Estados Unidos. Además de su formación en Zúrich, también habían estado alejados de la cultura estadounidense, lo que les produjo muchas dificultades de asimilación y adaptación a su regreso a Estados Unidos. Tengo que decir que muchos de los licenciados con los que me encontré volvieron a Estados Unidos con una inflación psíquica. Como habían bebido las aguas en la fuente, sentían que realmente comprendían el inconsciente colectivo en la mayoría de sus aspectos, y sobre todo creían comprender la curación. Estos graduados parecían tener la mayoría de las respuestas, y parecían estar seguros de que los que no nos habíamos formado en Zurich no habíamos entendido realmente a Jung. Un graduado me dijo que la formación de San Francisco era una buena formación clínica, pero que sólo teníamos una pátina de Jung. La implicación era que realmente no entendíamos la psicología analítica en profundidad. Este patrón (que se repetía en otras ciudades donde había formación distinta de la de Zurich) producía una tensión entre los que habían estudiado en Zurich y habían experimentado allí el trasfondo analítico y los analistas que se habían formado localmente y habían recibido una formación más práctica dirigida a encajar con otras psicoterapias. La tensión solía expresarse en términos de lo simbólico frente a lo clínico, un tipo de tensión que persiste hasta nuestros días, aunque de forma alterada.

Intentemos definir este último término «clínico», porque significa cosas distintas en lugares diferentes. En Europa, la experiencia clínica tiende a significar haber trabajado en una sala con pacientes psiquiátricos como médico, enfermera u ordenanza. El estudiante junguiano que desempeña esta función tiene la oportunidad de observar síntomas psiquiátricos en un entorno clínico. Trabajar en entornos hospitalarios estructurados y no hacer psicoterapia con estos pacientes, se considera experiencia clínica. En Norteamérica, la experiencia clínica significa algo muy diferente. Connota que alguien ha trabajado realmente en psicoterapia con pacientes neuróticos, con trastornos del carácter o psicóticos bajo supervisión en un entorno clínico ambulatorio o de hospitalización, que puede o no ser un hospital psiquiátrico. Lo más probable es que la supervisión de este tipo de trabajo clínico no corra a cargo de junguianos, sino de otros terapeutas que representan las diversas orientaciones teóricas populares en Norteamérica, entre ellas la teoría de las relaciones objetales, la teoría cognitivo-conductual y las terapias breves del aquí y ahora, así como la psicoterapia psicoanalítica clásica. Quienes defienden la posición clínica en Norteamérica consideran esencial que el candidato a analista junguiano haya realizado psicoterapia bajo supervisión con una amplia variedad de para comprender algunos de los problemas que surgen entre las posiciones norteamericana y europea.

Muchos junguianos norteamericanos quieren que todos los futuros analistas reciban psicoterapia/supervisión analítica de fuentes no junguianas antes de entrar en la formación junguiana. Esto lleva naturalmente a la pregunta de cuál es el prerrequisito adecuado para convertirse en analista junguiano. Los que adoptan la actitud clínica afirman que un título avanzado en un campo de la salud mental es una necesidad absoluta, nada más servirá. El Instituto de Zurich y otros que son clásicamente junguianos por ser simbólicos (y centrados en las humanidades), no exigen un prerrequisito clínico. Sostienen que ser analista es una profesión aparte, que no requiere una orientación clínica previa.

El propio Jung favoreció ambas vías para convertirse en analista. A algunos jóvenes, como Jo Wheelwright y Joe Henderson, les animó a pasar por la facultad de medicina durante sus análisis, antes de aprobarlos como analistas. Para ellos, Jung consideraba que la disciplina y la experiencia de pasar por la medicina eran esenciales para su formación como analistas. A otros les animó a desarrollarse justo al revés: mi madre, que no tenía ningún título superior más allá del bachillerato, se sintió alentada en gran medida por la intuición de Jung de que se convertiría en analista simplemente aprendiendo a trabajar con pacientes. Este doble legado nos sigue hoy en nuestra profesión, por lo que ambas vías tienen el mismo estatus dentro de la IAAP. Es una de las tensiones que allí se mantienen.

A medida que se desarrollaban otros centros de formación y crecía el interés por la psicología analítica (aparentemente de forma exponencial) en los años setenta, la formación dejó de estar tan claramente centrada en Zúrich. Zúrich seguía siendo un importante centro de formación y, de hecho, el número de estudiantes formados creció enormemente. El programa también se estructuró más. Del mismo modo, en Europa Occidental y Estados Unidos, los centros de formación empezaron a verse inundados de solicitantes. Jung y la psicología analítica se hicieron populares hasta el punto de que, en Estados Unidos, la cultura general se hizo reconociblemente junguiana. El colectivo empezó a poner un énfasis extraordinario en el mito, los valores espirituales, el crecimiento y el desarrollo, y la individuación. A medida que la psicología analítica se ha ido haciendo más aceptable, también ha chocado más con el colectivo en los ámbitos profesionales. Palabras como «normas» han entrado en nuestro vocabulario junguiano, y hemos tenido que lidiar cada vez más con la tensión entre lo individual y lo colectivo en áreas como la ética, las prácticas empresariales y las identidades profesionales. Esto es lo que el propio Jung temía.

El desarrollo de normas ha sido una cuestión crítica en Estados Unidos, pero también ha cobrado cada vez más importancia en Europa. Los gobiernos han empezado a intervenir para decir quién tiene derecho y quién no a recibir dinero del seguro para hacerse análisis. Ganarse la vida nos afecta a todos, sobre todo en la sombra. A modo de comparación, los freudianos también han tenido que lidiar con la cuestión de quién podía convertirse en analista, y su lucha con este problema no ha estado exenta de muchos conflictos entre las actitudes nacionales e internacionales. En un principio, la Asociación Psicoanalítica Americana sólo quería que los médicos fueran analistas, mientras que la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA), siguiendo el ejemplo de Freud, había defendido a los analistas legos. Esto se resolvió en la IPA mediante el mecanismo de que la Asociación Psicoanalítica Americana se convirtiera en una región separada capaz de tener sus propias normas y reglamentos. De hecho, sólo recientemente la Asociación Psicoanalítica Americana se ha convertido en miembro de pleno derecho de la IPA, después de cuarenta años. Esta experiencia de la Asociación Psicoanalítica Americana en relación con la Asociación Psicoanalítica Internacional se ha cernido sobre mí durante mi mandato como Presidente de la IAAP, y he trabajado duro para disminuir las posibilidades de que se produzca tal escisión dentro del movimiento junguiano. Siempre, la aceptación de la vía no clínica para convertirse en analista es la que está en juego al fomentar tales escisiones.

Con la creciente amenaza del gobierno y otras regulaciones normalizadoras de nuestro campo, el papel del Instituto Zurich para los americanos ha cambiado. Cada vez es más difícil recibir formación analítica junguiana en Estados Unidos si no se posee un título clínico. Sin duda, el Noroeste del Pacífico, Nueva Inglaterra y ciertas partes del Instituto Interregional siguen aceptando candidatos no clínicos, pero por lo demás cada vez es más difícil para alguien sin un título clínico obtener formación analítica en un Instituto de Estados Unidos aprobado por la IAAP. Además, dicha formación se ha vuelto menos práctica: cada vez más estados de Estados Unidos exigen una licencia clínica para practicar la psicoterapia. ¿Qué ocurre ahora con el químico del medio oeste que no está satisfecho con su trabajo, lee a Jung y decide que quiere estudiar a Jung y convertirse en analista? En los años 50 y 60 esta persona habría buscado formación en Estados Unidos, se habría dado cuenta de que sólo podría obtenerla en Nueva York y Los Ángeles, porque San Francisco sólo admitía a psiquiatras y psicólogos clínicos. El Instituto de Zurich, con su formidable oferta de analistas y clases, habría sido una alternativa muy atractiva a trasladarse a una de las grandes ciudades costeras de su propio país. Zúrich no sólo era más bonita, sino que tenía la mejor formación y mucha de la mejor gente. Hoy en día, este químico miraría a su alrededor y vería centros de formación junguiana en muchas grandes ciudades de Estados Unidos, pero él (y ahora ella) vería que con una licenciatura en química, las posibilidades de obtener la licencia para ser terapeuta/analista serían muy difíciles. De ser la más atractiva, Zúrich se ha convertido en la única posibilidad viable para la persona que quiera tener una capacidad de ingresos segura en el futuro, y esa persona dedicará sus energías en dirigirse a Zúrich. Con esto no quiero decir que piense que los estudiantes estadounidenses que vienen a Zúrich son inferiores en modo alguno a los clínicos que estudian en Estados Unidos. Lo que dice es que hay una especie de autoselección que tiene lugar en función de la formación académica previa y de la vocación.

Por otra parte, los que vienen a Zurich tienen la oportunidad de sumergirse en un período profundamente introvertido de experiencia numinosa ininterrumpida, según el modelo del propio descenso al inconsciente de Jung, menos distraídos por algunas de las molestias cotidianas de la vida ordinaria que la mayoría de nosotros tenemos que soportar para seguir adelante con nuestra formación analítica en países como los Estados Unidos de hoy. Además, como los peregrinos de Zurich antes que ellos, tienen la oportunidad de vivir en una cultura maravillosa y diferente, en el corazón de Europa, con todas las posibilidades que ello abre para la aculturación y el reconocimiento de la relatividad de los puntos de vista estadounidenses. Hay mucha envidia hacia los estudiantes estadounidenses que tienen la oportunidad (generalmente ganada gracias a valientes elecciones vitales) de estudiar en Zúrich. Para muchos de nuestros colegas sigue teniendo la proyección de La Meca, y esta envidia puede agobiar al candidato y al graduado de Zúrich. Otros candidatos podrían considerar una estancia en Zúrich como una forma de retirar tales proyecciones. Me gustaría añadir que, aunque me formé formalmente en San Francisco en la década de 1960, pasé dos veranos a finales de la década de 1950 en Zúrich realizando análisis y asistiendo a conferencias en el Instituto, por lo que tengo cierta idea de lo que puede ser la experiencia de Zúrich. Valoro mucho ese tiempo y, por lo que sé, me resultó más fácil seguir una formación en San Francisco sin envidiar ni desvalorizar a mis hermanos y hermanas de Zúrich.

El Instituto de Zúrich desempeña un papel interesante en relación con los grupos locales. Como resultado de su posición única como centro centralizado de formación junguiana, sus graduados tienden a trasladarse en todas partes del mundo. Este patrón de dispersión produce una reacción interesante. A menudo se crea una tensión entre el grupo local existente y el nuevo licenciado de Zurich, y no pocas veces una desconfianza mutua. Se pueden imaginar los conflictos que surgen entre los de fuera de Zurich y los que se han formado en el lugar. Los celos, la envidia, la rivalidad y las afirmaciones sobre quién representa la verdadera posición junguiana se desarrollan rápidamente. En la mayoría de los casos, la polarización extrema de las posiciones sólo se produce cuando el licenciado en Zurich no se asimila al grupo local y ejerce por su cuenta. Desgraciadamente, me vienen a la mente varios casos de esto. El graduado de Zurich puede sentir que ha tenido la «verdadera» experiencia junguiana, mientras que la gente local piensa que entiende mejor la atmósfera terapéutica y cómo debería practicarse la terapia en la situación dada. Naturalmente, hay felices excepciones a esta regla, pero las escisiones de este tipo ocurren con demasiada frecuencia. Lo normal es que un joven licenciado en Zurich vuelva, por ejemplo, a Nueva York y llame al jefe de admisiones. Le dicen que debe reunirse con el «Comité». Se reúnen y hay cierta camaradería, pero también cierta tensión. El Comité quiere saber qué formación tiene el titulado. ¿Qué sabe sobre la transferencia, la experiencia del inconsciente? ¿Recomendarían a sus familiares a este analista? Desde la perspectiva del graduado, surgen preguntas igualmente desafiantes: ¿qué saben realmente estos analistas sobre arquetipos, teoría junguiana, cuentos de hadas, mitología?

Todos somos analistas junguianos pero, en la práctica, de formas tan diferentes. Se pide al recién licenciado que se someta a la supervisión de un analista senior en Nueva York o San Francisco durante seis meses y, a continuación, se le propondrá su ingreso en el grupo. El recién licenciado suele pensar: «He recibido una formación académica en psicología analítica más rigurosa que la suya y no veo por qué debería recibir más. Acabo de pasar por unos exámenes agotadores y una tesis». En un estado como Nueva York, donde aún es posible practicar la psicoterapia sin una licencia clínica definida, el licenciado puede intentar ejercer por su cuenta. Pero no hay derivaciones de pacientes. La necesidad práctica puede obligar al graduado a someterse, aunque sea a regañadientes, al proceso de conocimiento mutuo. Si eso ocurre, se produce un acercamiento gradual, y tanto el graduado como el grupo local se benefician. De lo contrario, el graduado está ahí fuera por su cuenta, sin formar parte realmente de la comunidad junguiana local.

No obstante, el analista formado en Zurich sigue sintiéndose vinculado a la IAAP a través de la AGAP. Cuando no existe un grupo local de la IAAP, o sólo existe uno pequeño, es menos probable que el recién licenciado forme parte del pequeño grupo local, y puede que desee crear un grupo propio. Por ejemplo, en Australia la mayoría de los analistas han recibido formación en otros lugares. (Estas formaciones incluyen la de Zurich, la SAP de Londres, la AIPA de Italia y la Interregional de Estados Unidos). Sólo hay cinco graduados de AGAP en Australia, y ahora uno de ellos ha decidido unirse al grupo oficial ANZSJA aprobado por IAAP. Los demás aún no lo han hecho. Existe una clara tensión entre las dos afiliaciones de analistas australianos y, mientras tanto, hay muchos terapeutas a los que les gustaría recibir formación junguiana pero no pueden. Actualmente la situación en Australia es inestable, y espero que más licenciados de Zurich se unan a la ANZSJA.

Las variaciones sobre estos temas son infinitas. Antes, la afiliación a la IAAP permitía la transferencia automática a otro grupo. Ahora ya no es así. Como ya he indicado, la mayoría de los grupos locales exigen ahora algún tipo de aceptación provisional antes de la aceptación plena, para que el individuo y el grupo puedan juzgar mejor si el ajuste funciona. Como he mencionado, en San Francisco, nuestro Instituto ha exigido durante mucho tiempo que los nuevos miembros de cualquier otro Instituto del mundo tengan que hacer seis meses de supervisión de control con un miembro local antes de solicitar la afiliación plena. Esto da a ambas partes la oportunidad de ver si hay un buen ajuste. Otras sociedades han adoptado medidas similares para ayudar en el proceso de asimilación bilateral. Creo que existen buenos correctivos para la protección mutua, y no debemos dejar que este tipo de cuestiones desvirtúen el gran valor de una formación en Zurich. La opinión que la mayoría de los miembros de la IAAP tienen realmente de Zurich me vino a la mente cuando el año pasado se envió la convocatoria de ponencias para la conferencia de Zurich de 1995. La carta enviada se basaba exactamente en el formato de cartas anteriores, con la salvedad de que la sede del congreso iba a ser Zurich. Recibimos literalmente el triple de solicitudes de ponencias que en cualquier otro congreso en el que yo haya participado. Hubo que tomar decisiones difíciles, y muchos colegas excelentes tuvieron que ser rechazados. Me resultó interesante comprobar que muchos autores y conferenciantes muy conocidos y solicitados deseaban participar en esta conferencia, en la que (como todos los participantes) no recibirían remuneración alguna. Creo que gran parte del atractivo tiene que ver con el hecho de que el congreso se celebrará en Zúrich; los analistas junguianos de todas las tendencias siguen sintiendo una fascinación especial por Zúrich. Creo, sin embargo, que otro factor importante en la gran afluencia de solicitudes para dar ponencias tiene que ver con la creciente importancia de la IAAP; hay una sensación de querer hablar ante la asamblea oficial de colegas y tener un diálogo y aceptación por parte de ellos.

¿Qué significa la IAAP para sus miembros? Como cualquier organización internacional, tiene, por supuesto, distintos significados según el lugar donde se viva. En Europa, América Latina, Rusia y la mayor parte del mundo, las organizaciones internacionales tienen mucho prestigio, por el mero hecho de ser internacionales. En Estados Unidos, las organizaciones internacionales tienen menos peso, mientras que las asociaciones estadounidenses de ámbito nacional suelen tener un enorme poder. En la actualidad, no existe ninguna organización nacional oficial de analistas junguianos que funcione en Estados Unidos. Existe un Consejo de Sociedades Junguianas Americanas (CASJA), pero no tiene estatus oficial. La IAAP tiene, por tanto, una autoridad instantánea, que la mayoría de los miembros estadounidenses tienden a negar conscientemente. En otras partes del mundo, los países que no tienen un grupo reconocido tienden a buscar ayuda en la IAAP.

A pesar de todas estas marcadas diferencias de actitud hacia el IAAP, todavía no tiene un valor que quizás todo analista junguiano reconozca. ¿A qué se debe? ¿Es sólo una cuestión de persona o va más allá?El propio Jung tendía a restar importancia a la persona, al reconocimiento por parte del colectivo. Por otra parte, en varias ocasiones a lo largo de su vida participó en cuestiones organizativas y obviamente reconoció su importancia, siempre y cuando no se convirtieran en un fin en sí mismas. (Uno piensa en sus numerosos intentos de crear un consenso en cuanto a los principios básicos sobre los que todos los psicoterapeutas podrían estar de acuerdo).

Sé que cuando fui elegido por primera vez en Roma, en 1977, me pregunté por mí mismo si éste sería mi proceso de individuación en la segunda mitad de la vida. Sabía que, de ser así, no era la forma en que «debía ser», según mi formación junguiana. Individuarme así sería demasiado colectivo, extravertido, etc. Me estremecí al pensarlo y me prometí a mí misma que sólo podría hacer esto durante un trimestre cada vez y que lo dejaría si mi inconsciente u otros factores parecían apuntar en esa dirección. Desde ese punto de vista, podía relajarme con respecto al desarrollo político de mi psique e ir paso a paso. He seguido tratando mi participación en la IAAP de esta manera hasta el presente. La experiencia del Comité Ejecutivo del IAAP ha sido muy enriquecedora y ha resultado ser una parte importante de mi propio proceso de individuación.

Tengo un fuerte aspecto de misionero pionero en mi personalidad, y la IAAP me ha proporcionado un foro excelente para ponerlo en práctica. Mi experiencia con la IAAP me ha brindado la oportunidad de ver las distintas maneras en que cada analista lleva a cabo su trabajo. He visto que compartimos experiencias comunes y, sin embargo, todos tenemos formas muy individuales de enfocar nuestro trabajo. Un gran peligro para todos nosotros, creo, es aferrarnos a la forma en que fuimos formados como si fuera la única y no estar abiertos a las muchas formas de ser analista que de hecho existen. Por ejemplo, he visto a licenciados que siguen intentando mantener su experiencia de Zurich de hace muchos años en otros países, con una relevancia muy limitada para los clientes y colegas que encuentran en su situación actual. Mientras tanto, la propia Zurich ha cambiado, y muchos aspectos de su formación pueden no ser reconocibles para el antiguo alumno. Zurich tiende a recibir muchas proyecciones de ser anticuado, pasado de moda, etc., pero mi experiencia ha sido que está vivo, cambiando y desarrollándose al igual que otros centros junguianos están cambiando. Creo que es esencial para todos nosotros, con o sin formación en Zurich, dejar de pensar que «mi formación fue la mejor y que ninguna de las demás está a la altura». Por desgracia, esta actitud aparece con demasiada frecuencia cuando se reúnen analistas de distintos grupos, a veces, lamentablemente, a muy poca distancia geográfica unos de otros.

Creo que el IAAP puede cumplir una función beneficiosa para todos nosotros. En primer lugar, necesitamos una máscara, quizás sólo para hacer aquellas cosas que son realmente significativas para nosotros; como todos los personajes, la máscara de la IAAP nos protege y nos permite ser más individuales. En segundo lugar, desde otro punto de vista, necesitamos algún sentido «meta» de grupo porque la práctica de la psicología analítica es muy aislante. Todos estamos solos y somos extremadamente vulnerables en nuestros despachos, y hay una cierta seguridad en saber que hay muchos otros haciendo un trabajo similar y compartiendo una perspectiva común. En otras palabras, tenemos el apoyo de nuestro propio colectivo junguiano con el que podemos identificarnos. En tercer lugar, la IAAP ayuda a definir la psicología analítica como profesión. La IAAP es una organización profesional pagada por las cuotas de sus miembros. Esto significa que todos pertenecemos a una profesión y ejercemos según algún denominador común de estándares profesionales. Obviamente, estos estándares varían, y espero que podamos continuar manteniendo la tensión sobre las diferencias entre nosotros en esta área tan sensible e importante. En cuarto lugar, a medida que la psicología analítica ha ido floreciendo a lo largo de los años, se han desarrollado diferentes tendencias en la psicología analítica: análisis del desarrollo, clásico, de las relaciones objetales, del niño; la IAAP mantiene todas esas tendencias bajo un mismo paraguas. En quinto lugar, y quizás la quintaesencia, una función importante de la IAAP es diferenciarnos de aquellos que dicen practicar de forma junguiana, pero que no son miembros de nuestra asociación. Debemos admitir que los analistas que no pertenecen a nuestra asociación no son necesariamente incompetentes y que, viceversa, los miembros de nuestra asociación no son necesariamente competentes por el mero hecho de ser miembros, pero sigue otorgándonos a todos una legitimidad el hecho de que tengamos una forma de diferenciar a los que han pasado por una formación legítima y a los que no. Además, la IAAP tiene la misión de responder en determinados ámbitos en los que individuos o grupos se han erigido como proveedores de formación legítima cuando en realidad no lo son.

La IAAP, por tanto, representa la psicología analítica junguiana como campo de práctica profesional. Jung escribió sobre una serie de temas, pero su mayor énfasis fue cultural, religioso y (en el sentido más amplio) literario. Estos temas son ahora «junguianos» por naturaleza, gracias a él, pero no están relacionados en modo alguno con la práctica clínica del análisis. Para aquellos de nosotros que practicamos como analistas, en lugar de simplemente «seguir el pensamiento junguiano», la IAAP tiene la función de decir, (1) que al menos hemos pasado por un cierto denominador común de formación, (2) que somos reconocidos por nuestra comunidad analítica como practicantes en regla, (3) que hemos sido tocados en algún nivel reconociblemente profundo por lo que la psicología analítica tiene que decir. Este rasgo común califica para nosotros una colegialidad que es importante en este trabajo solitario. Para alguien de mi tipología -extravertido, intuitivo, sentimental-, es decir, preocupado por las posibilidades de relación, ha sido especialmente importante. Las relaciones que he entablado a través de mi trabajo para el IAAP han sido una parte esencial de mi experiencia vital, y es difícil imaginar mi vida sin esta dimensión. Me ha tocado en suerte conocer a muchos colegas de todo el mundo que sienten como yo la oportunidad de trabajar juntos. En este sentido, la experiencia del IAAP ha sido una parte esencial e importante de mi proceso de individuación, y me ha dado cierta perspectiva. A través de la IAAP uno percibe que existe una comunidad mundial de analistas, que ejercen de diferentes maneras, en diferentes lugares y países, pero que todos podemos hablar entre nosotros y tener un nivel de entendimiento común que compartimos. Por lo tanto, me parece que la IAAP satisface una necesidad sentida que reconoce que cada uno de nosotros ha respondido a una llamada individual a ser analista, pero que a través de nuestra conexión organizada y oficial entre nosotros nos hemos dotado de una personalidad que nos permite compartir nuestros puntos de vista con un público de iguales que simpatiza con nosotros y entablar un diálogo cada vez más significativo con ellos.

(EM recibido por primera vez en junio de 1994)