La infantilización en psicoterapia

Logos del alma

James Hillman observó que el arquetipo del niño nutre de sobremanera las salas de consulta de los psicoterapeutas y una gran parte de la teoría que da sustento a sus intervenciones. Se puede corroborar todavía esa fijación literalista en los objetivos terapéuticos actuales, que se derivan a su vez de una visión causalista de la realidad, como lo son: el crecimiento personal, el libre flujo de las emociones y de los sentimientos, la búsqueda del perdón y, más evidentemente, en la salvación del niño interior.

También se puede vislumbrar ese proyecto puerilizante en la necesidad pedagógica por educar a las personas en el discurso psico-emocional hegemónico, que plantea escenarios antropotécnicos como la educación socioemocional y la proliferación de narrativas psi en los medios masivos de comunicación, que reproducen la idea de un ser humano en constante crecimiento, necesitado de actividades productivas y de ser la causa última de su propia salud mental.

La imagen del niño subyace en el discurso psicoterapéutico como determinante en la relación asimétrica entre pacientes y terapeutas. En consulta es común que el profesional tome el lugar del adulto y el consultante el del niño ya que, para uno, la tentación de guiar al prójimo otorga privilegios y un sentimiento de inflación egoica que es difícil de atender si no se es consciente de la escisión del arquetipo; y, para el otro, fungir el rol infantil permite dejarse llevar por la voluntad de alguien más y entregar el peso de la propia existencia.

Es habitual que el paciente, fuera del consultorio, comente: “mi terapeuta dice que…”, ésta es una formula para despojarse de la grave tarea de ser uno mismo y afrontar la incertidumbre de la vida realmente vivida. La imagen del psicoterapeuta funge como un ego auxiliar que sostiene al sujeto en terapia, una madre o un padre, que proporcionan seguridad y dirección existenciales. Pero esa enorme carga quizás tenga su correlato en el esfuerzo cultural por atomizar al sujeto y convertirlo en un edificador de sí mismo.

Por lo tanto, una narrativa infantilizadora consume los esfuerzos terapéuticos, y, sin embargo, la visión fija del niño es una idea que no se corresponde con la realidad. El niño es concebido únicamente como víctima inocente y como aspirante a la adultez. Pero el niño no es ni inocente ni tiene como meta el crecimiento. Más bien, como lo mostró la figura mitologizante en la teoría freudiana, el infante es un perverso polimorfo, una figura cuyos deseos lo llevan por caminos no siempre claros y de los cuales comúnmente es, a la vez, víctima y victimario.

Cuando a una persona vulnerada únicamente se le permite el papel de víctima, la imagen del niño puro y santo ha encontrado un recipiente conveniente, mientras que su otro, el Herodes destructor, debe asumir uno distinto y antagónico; es así que una vez que la idea de lo infantil ha sido despojada de su negatividad, de su sombra y la víctima ha sido empobrecida de su complejidad, ésta pierde el contacto con la dinámica del lado oscuro de la experiencia.

Una imagen distinta del niño la ofrece el evangelio apócrifo de Santo Tomás donde el niño Jesus hace alarde de sus poderes, castiga y maltrata a las personas, esta es una versión oscura de la niñez, un residuo de la imagen primitiva del dios de los ejércitos, quien no puede subsumirse a la imaginación humana. Se aprecia, por tanto, una visión distinta de la infancia, despojada de la moralina idealizante que fragmenta la imagen del niño y que lo condena a la emergencia de la sombra en la forma de los distintos tipos de violencia infantil.

Por ende, el niño no es un adulto pequeño en espera de crecimiento, lo que implicaría una desvalorización del mismo. La infancia es un estadio que tiene todo lo que necesita en sí mismo y que es completo tal como es. Asociarlo a un telos que no le pertenece, a la meta de la adultez, conlleva olvidar los procesos dialécticos inherentes en su carácter de absoluto y condenar al niño a ser un mero homúnculo de una figura porvenir.

Por otra parte, es debido atender el hecho de que el ideal de crecimiento personal es una estrategia política que despoja de su poder a los ciudadanos, infantilizándolos y haciéndolos dependientes del sistema a través del discurso psicológico. El crecimiento personal híper-responsabiliza al individuo, inflándolo en importancia y cargando sobre sus hombros la tarea imposible de estar atento a sí mismo en todo momento y ante cualquier circunstancia, convirtiéndolo en culpable de todo suceso en su vida, sometiendo al sujeto a una paradoja donde, por un lado, se le pide tomar responsabilidad y, por el otro, se le exige ser como un niño pequeño.

Cabe señalar que el sujeto de rendimiento, que señala Byung Chul-Han, es aquel que se somete a la producción capitalista hasta convertirse el mismo en una mercancía, a la que debe adornar y mejorar para tener un mayor rendimiento en el mercado y aumentar su rentabilidad. La ansiedad constante por no ganar suficiente dinero o por no tener el cuerpo adecuado son otras maneras de decir que el adulto no es aún lo que debiera ser, que está en crecimiento como un niño que se dirige a su destino predestinado en la adultez.

Una tarea de la terapia, por lo tanto, ha de ser pensar en la idea del niño desde sus distintas facetas y permitir que lo que no es aceptado de la niñez converja en dicha noción, ya que con el niño vienen imágenes de su propia vida lógica que nos siempre son agradables: el odio, la violencia, el abuso y demás temas adyacentes, pero que son absolutamente necesarias, porque la castración del concepto, para exaltar solo su lado luminoso, impide su movimiento psicológico y la apreciación de su completitud.

Pensar la idea del niño es necesario para impedir la continua infantilización del adulto en consulta y para entender la condición de una sociedad condenada a convertir a las personas en una encarnación, sin contrapesos, del puer aeternus. En este caso es debido recordar que para Jung la imago del niño era la representación psíquica de la vida misma y de su recursivo proceso de renacimiento, por lo que una reflexión psicológica sobre tal figura requiere asumir que el niño es siempre lo que se escapa al control de la producción, que es el daimon absoluto que guarda en su misterio el rizoma de aquello venidero que, sin embargo, siempre ya es.

De la psicología vulgar

Logos del alma

Cuando un físico, un biólogo o un químico hacen divulgación científica, sería incorrecto pensar que su propósito es el de rebajar el saber complejo de sus disciplinas para que cualquiera pueda acceder a él, pues dicho conocimiento no solo implica la información y la capacidad de descifrarlo, sino el esfuerzo, el sacrificio y la constancia para interiorizar la lógica de tal parcela de pensamiento, para construir las bases epistemológicas que den acceso a su complejidad inherente.

Cualquier disciplina, al ocuparse de un campo específico de conocimiento, exige del interesado que éste profundice lo mejor posible en los vericuetos teóricos de sus conceptos. Lo cual supone la disposición para estudiar de manera prolongada un solo tema y someterse al arduo trabajo de lectura, investigación y consecución de las capacidades que se precisan para estar a la altura de dicha disciplina. Es una faena que consumirá la vida del investigador.

Lo que se busca en la divulgación tiene dos objetivos: uno es atraer la atención de los legos hacia una rama de investigación, y esperar a que el interés surja en un individuo, lo cual sucede en muy pocos casos. Lo segundo es acrecentar el monto de validez cultural que supone el imaginario social sobre el paradigma científico, es decir, persuadir y seguir persuadiendo de que lo que la disciplina en cuestión hace es importante para la sociedad. Es un truco, pero es un truco importante, que permite la supervivencia de este modo del saber, al mismo tiempo que procura su debida complejidad.

En el área de la psicología, no obstante, ocurre una variante del proceso descrito como la separación inconsciente de los dos propósitos, donde en el camino de la validación una faceta olvida a la otra. Es decir, los psicólogos tienen en su haber dos psicologías, una para el estudio personal y otra para la divulgación. En la primera dedican, si hay suerte, su esfuerzo al entendimiento de los fenómenos intrincados de la psique, a los fundamentos de sus escuelas de pensamiento: psicoanálisis, psicología analítica, sistémica, conductual, socio histórico cultural y demás.

En la segunda variante, sin embargo, los profesionales banalizan el saber psicológico para que éste pueda ser entendido de forma inmediata y sencilla por la gente de a pie, lo hacen a la manera de fórmulas y consejos para vivir mejor, propios de la antropotécnica. También lo llevan a cabo a través de chistes baratos y memes vergonzosos (”síganos para más payasadas”, suelen decir) y en este proceso los psicólogos son devorados por la misma vulgarización, edificando lo que se podría denominar como “ego-psicología”, una forma de complacencia en los intereses del mercado y de la cultura de masas.

Los ejemplos más claros son aquellas técnicas sostenidas en un experiencialismo ateórico como la autoayuda, el coaching, la psicología positiva, las constelaciones familiares, entre tantas otras donde se promueve una separación ficticia entre lo teórico y lo práctico y se fomenta la exacerbación de la emocionalidad histrionica y el subjetivismo como pruebas de la eficacia de sus dogmas. En estas pseudo-terapias es donde culmina, hasta el momento, el sacrificio intelectual propio del pensamiento anti-psicológico contemporáneo.

Pero la degradación psicológica también se observa en las continuas frases que los psicólogos comparten y dedican a sus pacientes o clientes, en la búsqueda del bienestar personal y de la salud mental, en la comercialización continua de una narrativa psi, que sostiene, inadvertidamente, los medios de explotación modernos y que se reproduce en los planes de estudios de las universidades y en el discurso mediático de la psicología popular.

Cuando un psicólogo comparte una frase motivacional, cuando hace una separación entre un espacio para la teoría y uno para la práctica, cuando se esfuerza por disuadir por medio de la simplicidad; rinde culto, sin saberlo, al estatus quo y es fiel a su papel de sostenedor del mismo. Se vuelve el vaso de un proceso de masificación de un aparato cultural que interpreta a la realidad y al sujeto humano como objetos de intercambio en la gran lógica del capital.

Finalmente, la psicología, o al menos la vertiente psicodinámica, aquella que parte de la realidad psíquica, no cuenta con las herramientas científicas que aseguren su complejidad, al contrario, por el hecho de su incapacidad para ser una ciencia, su trivialidad es inevitable, ya que su objetivo último no es la rigurosidad de su saber sino la construcción de pilares que sostengan el discurso social imperante. Esta psicología es una ideología y como tal debe simplificarse para reproducirse.

Este es el estado del arte de la psicología vulgui, aquella psicología que no está asentada en el opus magnum psicológico y cuya meta real es la cosificación e inflación del individuo. Por eso puede prometer recetas simples para problemas complejos y adherirse a las modas culturales más estrepitosas. Su compromiso inconsciente es con el espíritu de los tiempos y no sabe diferenciarse de la sombra de la mayoría silenciosa, al contrario, ha vuelto su nicho el pensamiento de masas y la atomización de los individuos.

Para formar parte de este movimiento, que Jung también denominaba una psicología sin alma, hace falta un rechazo firme de la realidad psíquica y de la psique objetiva como campo de estudio del psicólogo. Pues al fin y al cabo ¿quién querría dedicar toda su vida a un tema y ofrendar su ego al desarrollo de una noción que no ofrece recompensa alguna? ¿Quién querría ser poseído por una máscara que haga evidente su verdadero ser y entregarse así al proceso de la individuación del concepto?

Mario Trevi y el junguismo crítico

Traducciones

Marco Innamorati, Italia

Introducción al libro Leggere Jung de Mario Trevi, recopilación de ensayos del año 2020 publicado por editorial Carocci

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Dado que la psique es contemporánea del hombre, es presumible que el discurso de la psique sea tan antiguo no sólo como la historia del hombre sino como el gesto, el lenguaje, el asombro, la alegría y la angustia del hombre.

M. Trevi, Interpretatio dúplex

Para sellar una carta dramática a Freud, destinada a revelar su intención de trazar un camino similar pero independiente, Carl Gustav Jung colocó cierta cita inequívoca de Nietzsche:

Pagas mal a un maestro si siempre eres un estudiante. ¿Y por qué no quieres podar mi corona? Tú me veneras, pero ¿qué pasará si un día tu veneración colapsa? ¡Cuidado que una estatua no te aplaste! Aún no os habíais buscado a vosotros mismos: y he aquí, me encontrasteis. Así lo hacen todos los creyentes… Y ahora os mando que me perdáis y os encontréis a vosotros mismos; y sólo cuando me hayas negado volveré a ti 1.

Si quisiéramos leer la historia de la psicología profunda a la luz de la advertencia de Zaratustra, ciertamente podríamos decir que los discípulos de Freud pagaron a su maestro mejor que los discípulos de Jung. La corona freudiana ha sido despojada progresivamente y esto se debe seguramente a la mayor vitalidad del psicoanálisis respecto a la psicología analítica, a pesar de todas las crisis y declaraciones precipitadas de muerte presunta. Superada una cierta tendencia hacia el dogmatismo inmovilista por parte de la corriente principal de la Asociación Psicoanalítica Internacional, amplios desarrollos rizomáticos se han ido desligando progresivamente del tronco original del pensamiento freudiano, que han sabido actualizar la disciplina al menos en parte. Al cambio en las formas del síntoma, en la imagen de la psicoterapia, en los estándares científicos de referencia, una parte del mundo psicoanalítico ha sabido responder modificando la teoría, aumentando sus posibilidades de aplicación clínica e implementando progresivamente métodos más refinados. protocolos de investigación. Los focos de resistencia de quienes siguen considerando la palabra del fundador como una una especie de texto sagrado y definitivo constituyen hoy una minoría insignificante en casi todas partes. Quizás sólo las escuelas lacanianas francesa y argentina, consideradas en su conjunto, representen la excepción a esta regla en sus respectivos países de origen. Cabe señalar, sin embargo, que la obstinación de los seguidores de Lacan en definirse como los últimos verdaderos freudianos corresponde a una fragmentación paradójica de los grupos a los que pertenecen y, por tanto, a una pulverización del posible significado de la presunta ortodoxia.

En los círculos junguianos no se produjeron avances similares a los registrados en el freudismo. El culto al fundador, lo que se ha llamado -casi con humor involuntario- el mito de Jung, ha impedido que la psicología analítica evolucione con igual incisividad. Mientras que los freudianos, por ejemplo, no dudaron mucho en abandonar un concepto teórico sugerente pero desprovisto de fundamento clínico-empírico como el de la pulsión de muerte, los junguianos todavía dudaban en cortar una rama muerta como la hipótesis de la sincronicidad, o existencia de “conexiones acausales significativas” entre fenómenos aparentemente independientes. Sin embargo, la acusación que resulta de esta hipótesis –el hecho de que Jung termine presentándose como un mago gnóstico– está lejos de ser una parábola fácil.

Además, la cautela de los seguidores de Jung también estuvo acompañada de circunstancias históricas desfavorables, entre las que se encontraba la ausencia total de un corpus junguiano fiable, que dificultaba incluso el estudio puro y simple de las obras de Jung. De hecho, si el pensamiento junguiano está en sí mismo lleno de reflexiones, contradicciones y paradojas, la imposibilidad de contar con una edición crítica ha dificultado aún más la lectura de Jung: se sabe que las Opere (en italiano, como en inglés o en alemán ) no están organizados cronológicamente sino temáticamente; sin embargo, sobre todo, sólo informan de la última versión de los textos junguianos. Dado que Jung preparó más de una edición de varios escritos, integrando y a veces incluso cambiando radicalmente el contenido en comparación con el anterior, es fácil comprender cuán parcial podría ser su lectura, privada de la perspectiva histórica. El caso más emblemático es Transformaciones y símbolos de la libido, libro publicado en 1912 y destinado a ser multiplicado en volumen y modificado radicalmente en su intención en 1952: incluso el título fue finalmente cambiado por Jung a Símbolos de transformación. La obra fue escrita originalmente en un momento de profunda agitación interna, carente de certezas definitivas, llena de concesiones y referencias a Freud, llena del miedo (justificado) a una anatema del fundador del psicoanálisis. Cuarenta años más tarde se había convertido en la documentación silenciosa de décadas de investigación transcultural en apoyo de la hipótesis del inconsciente colectivo. Sólo el uso de la primera edición, excluida de las Obras y a menudo difícil de encontrar, permite al estudioso captar su significado original.

Estas consideraciones podrían parecer meramente filológicas, pero quienes conocen la historia del movimiento psicoanalítico y recuerdan cuántas discusiones han sido posibles incluso sobre la interpretación de pasajes individuales de las obras de Freud, a pesar de que han sido recopiladas desde tiempos inmemoriales en una Edición Estándar filológicamente advertida, pueden adoptar una opinión diferente. Dicho esto, sin embargo, hay que señalar que la casi total unanimidad de los exégetas y/o discípulos de Jung pretendían pasar por alto las dificultades y contradicciones de su pensamiento. Algunos simplemente las han negado, ofreciendo, en lugar de aportaciones interpretativas, resúmenes de su pensamiento absolutamente desprovistos de la profundidad teórica del original, pero a veces increíblemente respaldados por el propio Jung. Pensemos en La psicologia di C.G. Jung de Jolande Jacobi, que hoy nos parece una especie de folleto descuidado de la psicología analítica: Jung increíblemente le escribió un prefacio absolutamente digno de elogio. Otros negaron que la presencia de contradicciones y paradojas constituyeran un problema, y en cambio ensalzaron el gran número de ellas como una riqueza del pensamiento junguiano. Otros más se han inspirado en la existencia misma de contradicciones para introducir otras más, partiendo del supuesto de que, como escribió Hillman, «debe haber locura en el método para que el método capture la locura». Muchos incluso han asumido la actitud del chamán o del maestro zen ante cualquier intento de discusión, como si desde las alturas de su sabiduría clínico-iniciática cualquier lectura atenta al detalle y no a la Stimmung, el tono general de los escritos de Jung, constituyera un ejercicio inútil. Para añadir problemas a los problemas, un componente importante de todos los grupos antes mencionados pretendía «enriquecer» el junguismo dedicándose a un sincretismo acrítico, es decir, tratando hipótesis teórico-clínicas provenientes de tradiciones de investigación muy diferentes como si fueran completamente compatibles con la psicología analítica. Típica en este sentido fue la tranquila suposición, característica de finales de los años setenta y principios de los ochenta del siglo pasado, de que el concepto de Self teorizado por Kohut era sustancialmente comparable al Selbst junguiano. Igualmente extendida en tiempos más recientes está la tendencia a citar a Mitchell y Jung en el mismo ensayo con igual frecuencia y como si fueran autores pertenecientes a la misma escuela. No es la comparación en sí lo que es inadecuado, sino la total falta de claridad sobre el significado de la operación propuesta.

En este contexto desconcertante, Mario Trevi constituyó una especie de unicum, tanto en el panorama italiano como en el internacional, posicionándose como una suerte de conciencia socrática del mundo junguiano. De hecho, Trevi escribió hace veinte años (y la situación tampoco parece haber cambiado realmente hoy):

No sería inexacto decir que la escuela junguiana se encuentra todavía en la fase «apologética» […]. Siguiendo una metáfora aunque dudosa, podemos añadir que el junguismo aún no ha entrado en una fase «escolástica» saludable, fase en la que al menos surgen corrientes opuestas, discusiones, disputas hermenéutico-ideológicas, incluso duras, pero siempre vivas y vivificante. Al no haber afrontado la fase «escolástica» clásica, el jungismo está evidentemente lejos de esa generosa fase «escolástica tardía» en la que el verbo patres finalmente se pone en serio debate y, más aún, de ese «renacimiento» que significa sobre todo re-fertilización del «verbo» a la luz del redescubrimiento de corrientes de pensamiento provechosas que el anuncio de ese «verbo» había inicialmente dejado de lado o ignorado por completo2.

Ciertamente sería reduccionista identificar a Trevi como un mero exégeta de Jung y un azote del junguismo: sus incursiones en el mundo de la fenomenología y el existencialismo, sus reinterpretaciones claras y penetrantes de obras muy diferentes, desde el Libro de Job en la Biblia hasta el Compañero Secreto de Conrad, despiertan asombro y admiración. Un ensayo como Interpretatio duplex podría considerarse una especie de manifiesto para la evolución y actualización de la hermenéutica – en el campo psicológico, filosófico y quizás incluso teológico – en la dirección de abandonar esa deriva falsamente posibilista y relativista (y en última instancia del análisis autoritario3) que ha asumido, en particular a través de la hegemonía cultural de Heidegger. En el campo filosófico, Trevi fue de hecho tan antiheideggeriano como el que más y encontró mucha mayor armonía en el pensamiento de Simmel y Jaspers. El trabajo psicoterapéutico se caracteriza esencialmente por una reflexión metateórica sobre la psicología profunda: investiga cuestiones clave como las relaciones entre psicoterapia y análisis, entre libertad y determinismo, entre proyecto y destino. La visión del mundo simbólico ilustrada por Trevi en Las metáforas del símbolo sugiere a la vez una concepción particular de la clínica (según la cual el «camino real» para el inconsciente sería el símbolo más que el sueño) y de la cultura. La forma simbólica se describe allí como una expresión privilegiada de la creatividad y al mismo tiempo como la verdadera represión de nuestro tiempo.

No hay duda, sin embargo, de que la primera asociación que suscita el nombre de Trevi en el lector de textos psicológicos está constituida por la propuesta de «jungismo crítico» expuesta por el libro homónimo 4 y por los escritos recopilados sobre todo en L’altra lettura di Jung y en los ya mencionados Saggi di critica neo-junghiana; finalmente relanzado en Riprendire Jung , un volumen cofirmado por el autor de estas notas. El junguismo crítico no es otro que la escuela junguiana que faltaba (y todavía falta en gran medida), la que apuntaba a revisar y -cuando sea necesario- actualizar el legado de Jung, sobre la base de la experiencia clínica y de la mutación histórica-cultural de nuestro tiempo.

Partiendo de la necesidad de distinguir, al estilo de Croce, «lo que está vivo y lo que está muerto» en el pensamiento junguiano, Trevi identificó la parte más transitoria del pensamiento de Jung en la concepción de los arquetipos y del inconsciente colectivo. Esta es, paradójicamente, la parte más conocida de la psicología junguiana, incluso para el público no especializado. De hecho, a menudo los llamados junguianos se han identificado fuertemente con este elemento del pensamiento de Jung, marcando su diferencia, su distancia de la doctrina psicoanalítica clásica, al adherirse a ella. Una corriente que ciertamente no es una minoría del mundo junguiano ha adoptado específicamente el nombre de «psicología arquetípica»: su fundador James Hillman es quizás el autor posjunguiano más conocido por el público lector generalmente culto y goza de especial popularidad en Italia, donde es publicado por Adelphi. Sin embargo, se preguntó Trevi, ¿no existe un contraste fundamental entre la idea de que existe un trasfondo común universal en la experiencia de la humanidad y la idea de que el individuo es irreductible a cualquier otra persona? No obstante, Jung aparece ante el lector como alguien que creía poder encontrar un significado universal en los contenidos del inconsciente de la humanidad, y como alguien que, con mucha cautela, sugirió que cada psicólogo sólo puede comprender su propia psicología personal o, en la más optimista de las hipótesis, la psicología de su propio tipo.

Surge entonces una contradicción irreconciliable en el contexto de la concepción del símbolo propuesta por Jung (por lo tanto en un campo de particular interés para Mario Trevi). Fue Jung quien subrayó cómo la visión freudiana del símbolo era extremadamente reduccionista. Tanto en el sueño como en sus expresiones «artísticas» (desde el mito hasta las artes visuales), el símbolo es directamente interpretable para Freud. Aliquid stat pro aliquo, el símbolo reemplaza y representa algo precisamente descifrable, ya que, por ejemplo, un objeto alargado es un símbolo fálico, mientras que un objeto hueco remite al órgano sexual femenino. Para Jung, sin embargo, la interpretación nunca puede agotar por completo el significado del símbolo, que, además, constituye típicamente la conjugación de significados irreconciliables. El símbolo es un intento de la mente de mediar entre lo racional y lo irracional, entre la luz y la sombra; como el Eros de Platón, vive en un término medio entre el cielo y la tierra, entre la sabiduría y la ignorancia, entre lo divino y lo humano. Cuando un símbolo puede ser interpretado plenamente en palabras, esencialmente ha agotado su función, se convierte en un «símbolo muerto», se reduce a un simple signo. Sin embargo, si, como a menudo parece sugerir Jung, el símbolo se refiere a un arquetipo, o a un significado objetivo, su función todavía parece reducirse al papel de signo y, a lo sumo, transponerse de una imagen en última instancia sexual (en el caso de Freud), a un mundo quizás más espiritual, pero igualmente limitado en su alcance.

Paradójicamente, estas dos polaridades muy divergentes del pensamiento de Jung surgen en la práctica en paralelo, constituyendo las raíces teóricas más profundas de los dos textos que marcan, podría decirse, la separación definitiva de Freud. El citado Transformaciones y símbolos de la libido, de 1912, es el libro que introduce la idea de que existen elementos de la experiencia psíquica comunes a todos los hombres en todos los tiempos, y que ya es percibida por Freud y el movimiento psicoanalítico como altamente herética. El discurso en el congreso de Munich de 1913, titulado Sobre la cuestión de los tipos psicológicos, es el primer texto de Jung en el que expone la idea de la legitimidad de las teorías divergentes en psicología profunda a partir de la diferente actitud psíquica de los autores (en este caso, el introvertido Adler y el extrovertido Freud).

De hecho, la diversidad de instancias que determinan el desapego de Freud también influye en la diversidad de actitudes que Jung adopta hacia el psicoanálisis freudiano. En algunos casos Jung contrasta su propia posición con la freudiana, entendiéndolas como dos visiones radicalmente opuestas e irreconciliables. En particular, el determinismo freudiano (al que llama causalismo ) le parece completamente irreductible a Jung , lo que empuja al psicoanálisis en su práctica a buscar sobre todo el origen de los problemas del paciente; y el finalismo de la psicología analítica, que ve al hombre sobre todo en su dimensión planificadora. A veces, sin embargo, Jung parece considerar ambos puntos de vista potencialmente legítimos y, de hecho, idealmente reconciliables dentro de una futura psicología compleja, que será capaz de dar cuenta de las diferentes psicologías posibles. Además, a veces Jung parece considerar incluso la psicología compleja como un proyecto de realización lejana; a veces adquiere las características de lo que Kant podría haber definido como ideal regulativo de la psicología, es decir, un objetivo al que aspirar sin engañarse a sí mismo pensando que es capaz de alcanzarlo; finalmente, a veces, en los escritos de Jung, la psicología compleja se convierte en sinónimo de psicología analítica. Para completar el cuadro, la relación entre Freud y Jung también puede adquirir una caracterización ulterior, atribuible a una relación dialéctica que Trevi llamó, utilizando una metáfora de los orígenes de Dante, de «inclusión mutua». Por lo tanto, si incluso una posición teórica general, una etiqueta, por así decirlo, se vuelve tan difícil de aplicar, entenderemos qué problemas puede presentar el contenido de la teoría a etiquetar.

En lugar de adoptar la posición del avestruz, Trevi invitó a la gente a leer objetivamente las obras de Jung para llegar al momento inevitable: ¡hic, Rhodus, hic salta! Nada nos impide preferir al Jung arquetípico, pero entonces deberíamos prescindir sistemáticamente de aquellas partes de su pensamiento que lo contradicen. Sin embargo, desde el punto de vista de Trevi, abandonar la hipótesis del inconsciente colectivo junto con todas las superestructuras esotéricas no constituye un daño grave. Esto es especialmente cierto si consideramos hasta qué punto esta hipótesis constituye una carga insoportable para quienes quieren leer los textos junguianos con vistas a una colocación científica de su contenido, en la medida de lo posible. De hecho, el estudio antropológico tiende cada vez más a dividir lo que en el pasado había unido: a mostrar cautela ante supuestas afinidades culturales entre contextos divergentes, a menudo identificadas sólo sobre la base de una perspectiva etnocéntrica.

Ciertamente existe una larga tradición (no sólo junguiana sino transversal entre escuelas psicodinámicas) que tiende a definir el estatus epistemológico de la psicología profunda como no científico por definición . A menudo escuchamos, pronunciada de manera convencida y asertiva, la afirmación de que la psicología analítica (o el psicoanálisis) no es ni puede ser una ciencia. Evitando entrar aquí en el fondo de la cuestión5, es necesario darse cuenta de que tal enfoque simplemente traslada una cuestión inevitable a otro nivel: si existe o no una forma objetiva (si no objetiva) de controlar la veracidad de una teoría psicodinámica. .El control intersubjetivo puede centrarse en la eficacia de una teoría (su aplicabilidad y su éxito clínico) o en su coherencia (su capacidad para explicar el mayor número de fenómenos con el menor número de dificultades), pero no puede eludirse. Y no se podrá eludir sólo cuando se encuentren criterios compartidos para realizar una evaluación; si esto debería ser parte de la «ciencia» o no, podría incluso ser una cuestión secundaria, dada la centralidad de la comparación. En un mundo que ve la proliferación de psicoterapias de todo tipo, más o menos basadas en enfoques empíricos verificables, el aislamiento de la psicología analítica corre el riesgo de transformar el legado de Jung en filosofía o literatura, de interés histórico más que clínico.

Los dos escritos reunidos en esta publicación fueron publicados originalmente por la editorial Melusina de Roma, respectivamente como: Adesione e distanza. Una lettura critica de “L’Io e l’inconscio” di Jung (1991) y Adesione e distanza II. Una lettura critica dei “Tipi psicologici” di Jung (1993). El título con el que se recogen fue propuesto por el editor motu proprio, pero éste sólo puede adherirse a la elección con absoluta convicción, dado que fue el propio Trevi quien propuso Leggere Jung o Rileggere Jung como títulos provisionales de lo que luego se convirtió en Riprendire Jung, el texto antes mencionado coescrito con el autor de esta Introducción. Leggere Jung es un título, como veremos, mucho más adecuado para los textos que Carocci pone a disposición después de casi veinte años de ausencia en las librerías: la desafortunada distribución y la temprana quiebra de la editorial original pueden hacer que se consideren en la práctica inéditos – y una preciosa novedad. Cualquiera que sea la posición del lector con respecto al «jungismo crítico», de hecho, los dos textos constituyen una preciosa y única introducción al pensamiento junguiano. Tipos psicológicos y El yo y el inconsciente constituyen de hecho dos de los textos fundamentales para comprender el pensamiento de Jung.

Tipos psicológicos ocupan verdaderamente una posición única entre las obras junguianas, porque constituyen el intento de desarrollar una teoría tipológica completa, completando el camino teórico iniciado con Sobre la cuestión de los tipos psicológicos y ofreciendo importantes indicaciones a nivel de las clínicas diferenciales. La tipología se construye sobre dos ejes (para usar una terminología hoy en boga). La primera hace referencia a la actitud fundamental del ser humano ante la experiencia, que puede ser la introversión (privilegio del mundo interno) o la extroversión (mayor interés por el mundo externo). El segundo eje, complementario del primero, se basa en la función más utilizada para organizar la experiencia. Hay quienes emplean principalmente la racionalidad (pensamiento), quienes se basan en la percepción sensorial (sensación), quienes asocian inmediatamente el elemento de positividad o negatividad contextual (sentimiento) con cada situación y quienes, en cambio, prefieren la intuición. El tipo psicológico individual se compone de la combinación de actitud fundamental y función(es) más utilizada(s). Según Jung, la mente consciente no utiliza normalmente más de dos funciones, y nunca las dos funciones llamadas racionales (pensamiento y sentimiento) o las dos funciones irracionales (sentimiento e intuición) juntas. Así, una persona puede ser clasificada como introvertida pensamiento-intuición, como extrovertida sentimiento-sensación y así sucesivamente, con un elevado, aunque no ilimitado, número de combinaciones posibles.

El terapeuta deberá comprender, según Jung, que cada tipo presentará problemas específicos, requerirá intervenciones técnicas diferentes y se beneficiará de diferentes aspectos de la psicoterapia. Vale la pena señalar que Jung, a través de la teoría de la correspondencia entre tipos y las teorías psicológicas, también predijo el nacimiento de nuevas psicologías y psicoterapias. De hecho, su predicción se ha hecho realidad y constituye una de las pocas negaciones de la crítica epistemológica de la psicología profunda de Imre Lakatos. Lakatos, de hecho, sostenía que una teoría científica, para definirse verdaderamente como tal, debe abrir la posibilidad de observar fenómenos previamente desconocidos y debe ser capaz de predecir el nacimiento futuro de otras teorías en el mismo campo. El psicoanálisis clásico ya ha negado el primer punto (pensemos en los mecanismos de transferencia y de defensa, fenómenos desconocidos antes del freudismo y hoy ampliamente aceptados por la comunidad científica en sentido general); del segundo es difícil encontrar ejemplos más allá de la mencionada teoría de tipos.

Pero, sobre todo, a los ojos de Trevi, Tipos psicológicos representa la obra en la que, entre el relativismo teórico puro y la tentación objetivista de la teoría arquetípica, Jung parece encontrar, al menos provisionalmente, una tercera vía, identificable como una forma de perspectivismo. El perspectivismo no es una corriente de pensamiento real, sino una actitud hacia la propia teoría en relación con las diferentes visiones posibles. Esta actitud se encuentra, por ejemplo, en Ortega y Gasset y, al menos en parte, en Nietzsche. La visión perspectivista admite la posibilidad de teorías distintas a la propia para explicar el mismo grupo de fenómenos pero no asume, por tanto, tendencias derrotistas. El autor que la adhiere sabe que está limitado por una perspectiva, de hecho, pero desde esta perspectiva puede construir sus propias explicaciones tratando de ser coherentes y exhaustivas, fijándose como objetivo construir la mejor teoría posible. Los hechos pueden demostrar que está equivocado, y entonces intentará cambiar su perspectiva, suponiendo siempre que su trabajo se desarrollará en paralelo con otros, pero nunca hundiéndose en la depresión relativista, en la creencia de que cualquier otra teoría es tan buena como la suya propia. Un perspectivismo junguiano es, en definitiva, precisamente el emblema más evidente de la propuesta teórica que emerge en Riprendere Jung.

El Yo y el inconsciente constituyen, sin embargo, con la Psicología del Inconsciente, uno de los dos intentos realizados de Jung – varias veces esbozados y revisados varias veces – para ofrecer una formulación completa y sistemática de su propio pensamiento dentro de ciertos límites. Los dos textos siempre han sido entendidos por los intérpretes como complementarios, y su destino ha sido complementario, dado que, de hecho, juntos constituyen casi la totalidad del volumen VII de las Opere (en la edición italiana, como en la suizo-alemana y angloamericanos), donde el resto se compone de ensayos preparatorios de los dos escritos más conocidos. De hecho, el volumen se identifica con el título «Due testi di psicologia analitica» y quienes buscan una iniciación directa en el pensamiento junguiano suelen recurrir a él: la experiencia, sin embargo, demuestra una vez más cómo una lectura descontextualizada y sin guías puede ofrecer varios motivos de incomprensión. Un caso interesante, desde este punto de vista, lo constituye el análisis de la psicología analítica ofrecido por dos ilustres posfreudianos como Atwood y Stolorow en un libro muy conocido como Volti nelle nuvole6, donde los dos psicoanalistas estadounidenses ofrecen, entre otros, un análisis de la psicología analítica basado explícitamente únicamente en el citado volumen VII de las Opere (en este caso, evidentemente, las Collected Works). Entre las diversas inexactitudes y simplificaciones encontradas allí respecto del pensamiento junguiano, al menos una es relevante aquí, porque en sí misma ilustra las posibilidades de malentendidos de una lectura descuidada de Jung. La tesis fundamental de Atwood y Stolorow es que cada psicólogo sólo puede construir una teoría a partir de su propia experiencia personal. Los dos teóricos intersubjetivistas se dan cuenta de que Jung había teorizado lo mismo, pero limitado al dualismo entre extroversión e introversión. Por supuesto, si hubiera tenido la capacidad de ir más lejos podría haberse anticipado plenamente a sus ideas: “¡Oh gran bondad de los antiguos caballeros!”, habría comentado Ariosto.

Entre Psicología del Inconsciente y El Yo y el Inconsciente, el primero se considera un texto relativamente «más fácil», aunque el segundo premia al lector con una mayor densidad conceptual; sin embargo, por ambas razones, la segunda se beneficia más de una guía explicativa. Recorriendo con la mayor atención y respeto el desarrollo de los Tipos Psicológicos y del Yo y el Inconsciente, por tanto, el análisis de Trevi destaca su profundidad y falacias, preciosismo y problemas, problemas aparentes y paradojas reales. El resultado es casi impactante: Jung realmente emerge como «mejor y peor» según el ideal nietzscheano. Por un lado, en efecto, Trevi realiza una operación similar a la propuesta por Roy Schafer y Donald Spence para Freud, a saber, desvelar la «voz retórica» de Jung. Los escritos de Jung, en efecto, poseen a menudo tal capacidad de resonar profundamente en el alma del lector como para infundirle un sentimiento de desorientación, para suscitar en él la sensación de comprender el sentido del Universo más allá del tiempo y del espacio. Ante semejante potencial evocador, es fácil perder de vista el hilo argumental para dejarse subyugar por una impresión general de luz, finalmente arrojada sobre las profundidades de la psique. Igualmente posible, sin embargo, es una actitud totalmente opuesta: la dimensión literaria, la prosa con sabor profético del discurso junguiano, ha alejado al menos a tantos lectores como ha atraído, ofreciendo un terreno fácil para acusaciones de escaso fundamento empírico, que, por otra parte, no siempre son peregrinas. Por otra parte, pues, sacar a la luz las tramas ocultas del discurso junguiano y revelar sus dos almas opuestas, la cautelosamente perspectivista y la confiada en que todo se puede comprender, ayuda al lector a elegir con conocimiento de causa. Uno puede optar por uno u otro de los dos Jung, o incluso seguir convencido de retenerlo todo. Trevi ha subrayado acertadamente que considera su actitud interpretativa como «posible y, por tanto, lejos de ser necesaria o engañosamente única»7. Sin embargo, ya no será posible ignorar que si no se sacrifica una parte de Jung, se sacrifica la coherencia. Y aquellos que se han mantenido alejados del trabajo junguiano y han mirado con recelo el inconsciente colectivo podrán, en cambio, descubrir un autor cuya lectura aún puede ampliar las posibilidades de la psicoterapia clínica actual.

Parece apropiado concluir este ensayo introductorio con algunas consideraciones sobre el éxito de la obra de Trevi. La figura de Mario Trevi fue única en la historia reciente de la psicología dinámica italiana, como también en el mundo de la cultura en general. Hombre carismático y tímido, se vio considerado una figura de referencia casi a su pesar y exclusivamente por el interés espontáneo que suscitaban sus pensamientos. Trevi nunca quiso entregarse a un esfuerzo de autopromoción: se podría decir, sin temor a contradecirse, que más bien pretendía utilizar una estrategia opuesta. Entre los fundadores de la Asociación Italiana para el estudio de la psicología analítica en 1961, la abandonó unos años más tarde; entre los fundadores del Centro Italiano de Psicología Analítica en 1966, también lo abandonó, aunque tras una estancia más larga; tras convertirse en miembro de la IAAP , la asociación internacional de psicólogos analistas, dimitió; atraído repetidamente a la órbita de la universidad, mantuvo una distancia respetuosa pero debida. La única huella de una escuela dirigida por Mario Trevi consistió en la experiencia de la revista «Metaxù» ideada y dirigida por él hasta hasta el último número, publicado en 1995, cuya fuente subterránea volvió sin embargo a fluir en el número monográfico de «Atque», titulado Simbolo, metafora, esistenza, publicado como «Festschrift», un homenaje por su 75º aniversario. Además, no existen estudios sobre Mario Trevi (con la posible excepción de algunas tesis de grado): probablemente la primera iniciativa editorial dedicada temáticamente al junquismo crítico estará constituida por un número monográfico de la «Rivista Internazionale of Philosophy and Psychology”, cuyo lanzamiento está previsto para 2013.

El total desinterés mostrado por Trevi por la autopromoción explica la falta de popularidad mediática de sus escritos, que siempre estuvieron rodeados de la atención específica de los profesionales pero que nunca alcanzaron verdaderamente el nivel del éxito editorial. De la misma manera se puede explicar la relativa ausencia de traducciones a lenguas extranjeras de un corpus relativamente amplio de obras, ciertamente originales y de gran profundidad teórica. Algunos artículos aparecieron en inglés en el “Journal of Analytical Psychology” debido al interés de sus alumnos; entre los libros, sólo se han publicado una traducción al español de Metafore del simbolo y una versión alemana de Riprendere Jung. Sólo cabe esperar que la renovada conciencia de la importancia histórica de la contribución de Trevi, al menos por parte del mundo clínico italiano, constituya la premisa para su mayor afirmación, aunque sea póstuma, también en el extranjero. Pero esa conciencia renovada sólo puede derivar de la plena disponibilidad para el lector de sus obras, algunas de las cuales llevan mucho tiempo agotadas y sin reimprimir. Esta publicación de Carocci constituye un ladrillo precioso hacia esta necesaria disponibilidad.

Berlín, julio de 2012


1. F. Nietzsche, Also sprach Zarathustra (1883-85), trad. it. Così parlò Zarathustra, in Opere, VI, 1, Adelphi, Milano 1968, p. 93; citato in Lettere tra Freud e Jung, trad. it. Boringhieri, Torino 1974, p. 529.

2. M. Trevi, Saggi di critica neo-junghiana, Feltrinelli, Milano 1993, pp. 13-4.

3. Cfr. in tal senso G. Jervis, Contro il relativismo, Laterza, Roma-Bari 2005

4. M. Trevi, Per uno junghismo critico, Bompiani, Milano 1987; oggi ristampato dall’editore Fioriti di Roma.

5. Nos permitimos referirnos a M. Innamorati, Psicoanalisi e filosofia della scienza, FrancoAngeli, Milano 2000.

6. A este respecto me remito a M. Innamorati, La rimozione del simbolo, in AA.VV., Simbolo, metafora, esistenza. Saggi in onore di Mario Trevi (numero speciale di “Atque”), Moretti e Vitali, Firenze 2006, pp. 87-100.

7. Trevi, Saggi di critica neo-junghiana, cit., p. 9.

Hook, un análisis junguiano

Ensayos

Ensayo realizado para la especialidad de psicoterapia transpersonal en el año 2007

La película Hook, estrenada en 1991, fue dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Robin Williams, el guión esta basado en el clásico cuento infantil Peter Pan de J. M. Barrie llamado originalmente El pequeño pájaro blanco y posteriormente Peter y Wendy, con el tiempo el nombre ahora usado se popularizo y se olvido el titulo original.

En esta historia Peter Pan regresa, como tantas otras veces, a ver a Wendy a su casa en Londres, sin embargo, ambos se dan cuenta de que los años han transcurrido y las aventuras con piratas e indios son cosa del pasado. Peter, entonces, observa la cama que la ahora abuela Wendy cuida con paciencia y ve en ella a la nieta de la anciana, Moira, Peter queda prendado de la joven Maggie y decide quedarse con ella, aunque eso suponga la aventura inmensa de crecer.

Bajo este giro en la historia original, Hook se desprende de sus raíces para contar como ha sido la vida de Peter Pan luego de decidir vivir en el mundo de los adultos. El niño que nunca crecía fue adoptado, creció, estudio una carrera, contrajo matrimonio con Moira y tuvo hijos, se convirtió en un adulto del mundo moderno, sin embargo, como toda aventura, la senda del crecimiento le deparo los males del olvido y de la infelicidad.

Peter Banning, antiguamente Peter Pan, olvido todo lo referente a su niñez, su estadía en el país de nunca jamás, a los niños perdidos, sus grandes aventuras; como adulto el móvil de su existencia lo constituían el trabajo y su familia, o más bien la posición económica de su familia. Banning en la lengua inglesa es el gerundio de Ban, que significa bando o edicto y también prohibición y exclusión, en la jerga computacional el término es común para indicar la limitación en la entrada a algún sistema. Imbuido por la mascara, que como arquetipo es formado por el contexto social, su identidad fue formada en base a la apariencia social y el deber ser, su visión se emplazo en un paradigma racional-patriarcal y, claro está, eminentemente masculino.

Lo masculino se caracteriza por interactuar con el mundo a través de la disección, de la prohibición (Banning), sólo excluyendo es como lo masculino sobrevive en un mundo con una potencia femenina menguada y una nula recordación del pasado, así es la sociedad en la que la película se desarrolla, sobra decir que también así es nuestro contexto particular. El pilar de la sociedad occidental contemporánea se basa en el desarrollo individual pero enfocado a la producción eficaz, lo que convierte al autodesarrollo en un acto egoísta y ruin, únicamente hay que notar la proliferación de doctrinas espirituales basadas en el consumismo para darse cuenta de la pobreza espiritual de los tiempos actuales. La sociedad actual igual que Banning vanagloria la función racional del pensamiento.

Así la vida de Peter Banning transcurre monótona y fría emocionalmente, para nuestro protagonista lo que importa es el trabajo pues él es un hombre activo, decidido y entregado, pero solamente en uno de los aspectos de su vida, descuidando por defecto las demás facetas de su existencia. Por lo tanto, Peter encuentra difícil entablar relación con sus propios hijos, consecuencia obvia de no poder contactar con su infancia perdida, y es que un hombre no puede dar lo que no tiene, y en el protagonista el afecto se ha congelado para dejar paso libre a la eficacia.

La crisis en la trama sucede cuando Peter visita, junto a su familia, a la abuela Wendy, a la que Peter no ha visto en los últimos diez años. Regresar a la casa antigua es como regresar al pasado, los nervios sensibles se tocan y hasta para el protagonista, insensible e irritable, hay cambios en si mismo que ni siquiera advierte. Luego, durante una función de teatro, sucede lo inesperado: los niños son secuestrados y hay una nota que exige la presencia de Peter Pan en el país de nunca jamás, la carta es firmada por James Garfio (Hook).

Hook significa garfio en su traducción del idioma ingles, pero es interesante que la expresión hook up, es utilizada para designar el acto de conexión. En efecto la llegada de Garfio a la vida de Peter simboliza la oportunidad de éste para reconectarse con su pasado, con su niñez olvidada. James Garfio es la sombra, despiadada, mezquina y destructiva, pero en ella se encuentra implícito el principio para descubrir el camino hacia el self enterrado. Hook up es el acto religioso en esencia, es debido señalar aquí lo ya tan mencionado en la cultura popular, religión proviene de la raíz latina religiere que significa meditar o recordar, pero también pertenece a la raíz anglosajona religare que se usa para indicar la revinculación, por lo tanto, todo acto religioso es un episodio de retorno a los orígenes del ser, acto mismo que es necesario para convertirse en el ser original (sí mismo).

En la mitología el acto religioso se relata en los episodios en los que el héroe es tragado por una ballena o alguna bestia inmensa. La ballena, animal del inframundo, Bahamut o Leviatan, lleva al héroe a los confines del mundo conciente, lo sumerge en las aguas infinitas del inconciente y ahí lo obliga a morir para renacer. El símil de la ballena lo encontramos en el bautismo y en los templos cristianos, cuyas entradas están pobladas por gárgolas, espíritus marinos que semejan los dientes horribles de los cetáceos.

Inesperadamente Peter es ayudado por el hada Campanita, quien lo envuelve y lo ayuda a llegar al país de nunca jamás. Campanita acompaño a Peter desde la más tierna infancia, en la película, es ella quien lo rescata cuando el decide huir de su destino. Campanita es la guía femenina que le indica los pasos y le brinda poderes para el viaje. Todo héroe tiene un benefactor parecido, él (o ella) es quien le enseña el curso de su aventura y quien lo rescata de los constantes apuros que la inexperiencia conlleva. En este caso es importante recalcar el papel femenino que juega Campanita, pues ella representa parte del ánima que Peter ha olvidado. Su parecido con la mariposa (psyche) es digna de notarse, ya que ésta es una figura asociada con el halito divino, el alma.

Las otras figuras femeninas relacionadas con el ánima de Peter son Wendy y Moira. Por un lado, Wendy es la figura materna por excelencia, ella cuida a los niños perdidos en su primera aventura y al regresar a la tierra se hace cargo de una casa hogar. Abnegada y discreta, Wendy es la madre de Peter, razón por la cual ella crece, y si alguna vez hubo un papel romántico entre Peter y Wendy esta última cede a Moira tal recurso. Cuando J. M. Barrie crea el personaje de Wendy, tal nombre era poco usado en el Londres de aquel entonces, dicho nombre remite a otro personaje de origen celta, Gwendydd hermana de Myrddin. Entramos así en el terreno de la leyenda artúrica pues Myrddin es un profeta de la antigua religión druídica al que se identifica con Merlín el mago, Gwendydd es sin embargo un nombre ambiguo, también se le llama Gandieda, Nimue y Viviana, su papel en el mito artúrico es muy disperso pues es a la vez la hermana y la amada de Merlín, como Gwendydd se le recuerda en muchos poemas conversando con el viejo Myrddin y como Nimue se le asocia a la figura de la dama del lago, quien enamoro a Merlín y después lo traiciono, ella creo la espada Excalibur y condujo al rey Arturo a la isla de Avalon. Otro nombre para Nimue es Viviana cuyo génesis se puede rastrear hasta el nombre Coventina, diosa del agua, esto aclara porque se le asociaba con el personaje de la dama del lago.

Esta tediosa divagación acerca del nombre de Wendy da cuenta de la naturaleza compleja de este personaje, como madre es la representación simbólica del origen, pero en ella está implicada la maldad, la destrucción y la traición, características del arquetipo femenino en su forma obscura. Podemos conjeturar que Peter se sintió traicionado cuando descubrió que Wendy crecía, la negativa de ella para satisfacer las necesidades infantiles de Peter fueron una de las razones por la que éste recurrió al drama del crecimiento. Pero también Wendy es la dama del lago que brinda herramientas al héroe y que lo conduce a su última morada, es la contraparte del viejo sabio Merlín, su complemento y, por lo tanto, una guía de gran importancia. Hay que recordar que es Wendy quien zurce la sombra de Peter, arreglo provisional, pero de gran utilidad en la vida de nuestro protagonista.

Campanita es un ánima infantil que encarna cierta competencia con el arquetipo materno representado por Wendy, hasta que aparece en escena Moira. La figura femenina representada por Moira es una forma más equilibrada y completa del anima masculina, ella es la esposa, madre y amante, cuando Peter decide quedarse en la tierra es por ella que lo hace, de alguna manera de ella retoma la fuerza escondida en su ser para poder madurar y convertirse en un hombre adulto. Moira engloba características propias de Wendy y de Campanita, las sintetiza y se convierte en un ánima completa que guía al héroe sin oprimirlo o descuidarlo, es su complemento, pero no comete el error de sofocarlo. En otras palabras, Moira es la mujer cotidiana, que no es el anima ni es la madre, sino la simple mujer del mundo común. Moira está implicada con el destino de Peter, ella es la parte terrena que lo atrae hacia la vida física, que lo obliga a aterrizar y a volverse adulto.

La llegada al país de nunca jamás es comenzada con una breve visita al territorio de los piratas en la que se nota otro factor de gran importancia en la historia contada, entre ellos la presencia femenina es escasa y sólo aparecen mujeres en forma de concubinas, además los piratas son sucios, violentos, sin ningún rastro de delicadeza o bondad. En la historia de Peter Pan hay esbozos de varias figuras femeninas, pero ninguno de una figura masculina que pudiera tener el papel de padre. Lo masculino en cambio esta invadido por la sombra, es ruin y despiadado, sólo la violencia y la competencia tienen un papel preponderante, al llegar Peter parece no tener nada que ver con esa clase de personas, pero nada esta más lejos de la realidad, en su propia vida Peter representa la lucha constante de los piratas y los niños perdidos, el drama externo es también el interno. La mascara de Peter le ha hecho perder todo contacto con el inconciente y un grave complejo del ego lo mantiene en guerra con sus instintos primarios, con los recursos de su si mismo. Huelga decir que el éxito profesional y la competencia encarnizada corresponden al complejo paterno.

Tal situación nos remonta de nuevo al contexto de la sociedad contemporánea, en la que el padre, recluido en su actividad laboral, ha abandonado emocionalmente a la familia, dicho padre se convertirá en una demonio (o un pirata malvado) a los ojos de sus hijos, pues la ausencia se cubre con la sombra. Este fenómeno lo sufrió la familia de Peter en carne propia.

Cuando niño Peter necesitaba escasamente de la figura masculina, le importaba más suplantar a su madre perdida, pero cuando creció no obtuvo la fuerza necesaria, el impulso brioso que le ayudara a rescatar a aquella figura femenina olvidada. Así el protagonista no pudo enfrentar a los piratas porque ellos son una fuerza masculina obscura, la misma que lo domina, necesita, por consiguiente, rescatar a su alma con una fuerza masculina luminosa, por eso Garfio lo desconoce ya que en la adultez Peter ha perdido toda impetuosidad y valentía.

Para recuperar dicho valor, Peter habrá de contactar con las fuerzas básicas de su psiquismo, impulsos escondidos hasta entonces, pulsiones que han estado durmiendo largo rato sin aportar su valor debido, dichas fuerzas son representadas por los niños perdidos. Irreverentes, impúdicos, descuidados, los niños perdidos le enseñan a Peter el valor del niño interior que éste ya había olvidado; le muestran como imaginar, como divertirse, como rescatarse a sí mismo por medio de su propia energía lúdica, pero sobre todo le enseñan a contactar con sus instintos, con aquel poder que emerge desde el principio de los tiempos. Aquí es de gran importancia la figura de Rufio, este personaje ha ocupado el antiguo papel de líder de los niños perdidos, pero es muy diferente al Peter Pan de antaño, Rufio es cruel e iracundo y está bastante enojado por ver a Peter, esa leyenda, convertido en un cobarde. Rufio representa a la energía hostil y también el alma masculina, el ánimus de Peter, aquella energía que necesita para poder rescatar a sus hijos y su niñez. No es hasta que no asimila a los instintos y a su energía hostil cuando vuelve a ser Peter Pan.

Divaguemos un poco sobre el nombre de Peter Pan. Pan es al antiguo dios griego mitad hombre mitad cabra que los romanos confundieron con el dios Fauno, guardián de los pastores y de los bosques, Pan se caracteriza por la gran fuerza sexual que emana al perseguir y poseer a las ninfas con quienes habita. Cuando no está con las ninfas se contenta tocando su dulce flauta o dormitando en medio del bosque. Claramente Pan es la personificación de los instintos, la furia dionisiaca, incontrolable y desgarradora, todo en él es violencia. Pan descubre en el hombre los impulsos básicos que la sociedad tanto ha intentado mermar, no es casualidad que el Diablo de la religión cristiana se haya desarrollado a partir de la figura de este lascivo y mundano dios.

En los jardines de Kensington en Londres, hay una estatua que representa a Peter Pan, en ella el eterno niño mira hacia el frente y toca, sosteniéndola con una mano, una flauta dulce, mientras con la otra mano hace un gesto que podría interpretarse como una especie de invitación. Esta figura relatada es sorprendentemente parecida a las representaciones graficas del dios Pan quien recorre el bosque con su flauta e invita a las ninfas a acompañarlo. Algo también curioso es que Peter Pan es un héroe trickster y se asemeja a Loki, el dios tramposo de la mitología escandinava.

Otro aspecto de Pan, por cierto, muy revelador, es el significado de su nombre. Existen varias versiones acerca del nacimiento del dios, una de ellas le atribuye la paternidad a Hermes, cuando el pequeño Pan nació no tardo en irse a refugiar a la montaña, Hermes fue por él, lo envolvió en una piel de liebre y lo llevo al Olimpo donde causo el regocijo de todos los presentes, por lo cual recibió el nombre de Pan que en griego significa “todo”. Quizás la historia tiene poca relevancia, pero es cierto que hay un gran enigma en el nombre de Pan.

En un cuento moderno, El Gran Dios Pan, Arthur Machen relata un experimento, una operación ocular que tendría como resultado la debelación de los misterios de la realidad, en pocas palabras el paciente podría ver la eternidad, es decir, la totalidad. Ver a Pan es ver al universo en su monstruoso conjunto, es debido decir que quien es participe de tal don tiene por destino la perdida de su propia identidad, o sea, la muerte o la locura. De todo esto podemos concluir que, aunque la integración de los instintos es necesaria en el proceso de individuación, es un transito delicado el que se tiene que llevar a cabo, pues hacer contacto con la parte primitiva de la psique es un peso enorme para el hombre no iniciado.

Pero Peter Pan ha recibido la ayuda del hada Campanita, ha pasado varias pruebas y ha sido capaz de soportar el duro entrenamiento de los niños perdidos, estas tareas lo han preparado para integrarse al flujo vital que antes no había reconocido y que le proporcionará, desde ese momento, la bravura para enfrentar a los piratas.

Pero antes, Campanita lo guía a la vieja casa del árbol, ahí Peter recuerda toda su historia, como desafió a su destino, como fue rescatado por Campanita y las aventuras con los niños perdidos, finalmente como conoció a Moira y decidió ser adulto y posteriormente padre. Acercarse a su pasado le devolvió sus poderes perdidos y esta vez ya estaba listo para la batalla.

La batalla es muy singular, un grupo de niños luchando contra los malvados piratas, en el contexto simbólico dicha lucha representa la disputa entre las pulsiones instintivas y las mascara social representada por los adultos, pero estos adultos están invadidos por la sombra, su fuerza es la energía del inconciente desatada. Los recursos infantiles redimen a esta fuerza masculina tergiversada y la obligan a que se marche del país de nunca jamás. Garfio, por otro lado, es el alter ego de Peter; cuando este último era niño, Garfio representaba la adultez de la que el protagonista tanto renegaba, ahora en la adultez Peter a llegado a ser muy parecido al capitán Garfio, por eso es su sombra, ya que es la parte no reconocida de su psique y sin embargo es la más evidente en la vida diaria del héroe. En cierto momento Garfio lucha contra Rufio y lo derrota pues evidentemente la agresividad contenida no puede ser asimilada hasta que ésta no se interiorice y se deje de proyectar, cuando Rufio muere Peter es capaz de desplegar por completo sus habilidades, adquiere el coraje de su compañero y derrota a Garfio.

Al final Garfio es devorado por el cocodrilo inmenso que otrora le había arrancado una mano y con ella un gastado reloj de manecillas. El capitán pirata temía desde entonces el sonido pausado y constante de las manecillas de cualquier reloj. El tiempo y la muerte son las cosas que el capitán Garfio aborrecía, por un lado el reloj le recordaba la finitud de la vida y por el otro el cocodrilo, de nuevo una bestia marina, lo instaba a morir en las aguas del inconciente, pero Garfio, como el hombre moderno, no acepto de ninguna manera estos dos destinos y esa fue parte de su perdición, y es que la razón inerte no es capaz de vislumbrar que toda muerte conlleva un renacimiento y la ansiada transformación, la razón necesita concebir la mundo estático para entenderlo, pero el mundo es dinámico y se dirige hacia la destrucción, concepción bastante grave para el ego ensimismado.

Terminada la batalla llega la hora de partir a casa, Peter ha rescatado a su hijos, su niñez, a sus sentimientos, ha escuchado las enseñanzas de su alma Campanita y ha transitado el viaje del héroe, pero antes de despedirse lleva acabo un gesto de suma importancia, lega su espada a los niños perdidos, la espada es el símbolo masculino de su poder y lo entrega a los niños como señal de humildad y resarcimiento, pues si la conservara la hybris producida por tal fuerza lo consumiría por completo, así que se aparta sencillamente de este peligro, sabe con esto, que los recursos obtenidos son ahora parte de su personalidad y que podrá acudir a ellos cuando los necesite.

Así, al fin Peter Banning regresa a Londres completando el periplo que había comenzado hace tanto tiempo, su esposa lo espera, sus hijos los esperan y su camino en el mundo ahora cuenta con una nueva perspectiva. Pero su vida no ha terminado y sin embargo la aventura de vivir ahora podrá ser más rica y llena de emociones.

CDMX, 2007

La inocencia enantiodrómica

Logos del alma

“Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.”

J. L. Borges, Deutsches Requiem

La presunción de inocencia descansa en la idea de que el mal del mundo yace al abrigo de los otros, de aquellos que son intrínsecamente distintos y extranjeros de la parcela subjetiva donde se ha construido la identidad personal. Lo terrible surca los cielos ajenos y está al acecho de los bienaventurados. Por lo que las buenas almas pueden hablar libremente de los perversos, de los malvados, de aquellos que cargan el estigma que los distingue y les obliga servir como la morada de la sombra del bien. La buena gente debe guardarse de quien porta la oscuridad y propiciar su juicio para seguir siendo salvos.

Sin embargo, en la carrera de los opuestos por llegar a su otro, la realidad pide ser concebida como la unidad de la unidad y la diferencia para hacer justicia al movimiento lógico de los símbolos que la componen, después de todo un símbolo es aquello que se reúne con su complemento una vez que ha sido separado. Los portadores del símbolo juntan los trozos incompletos que previamente han dividido para encontrarse y reconocerse. Por ello, el reconocimiento surge, primero, de la ausencia, de la expulsión exogámica del lugar que se considera como propio y que primordialmente es la experiencia del apartamiento del ser.

Giegerich caracteriza a la consciencia como el alejamiento del hombre del ser, por ende el camino por rencontrar el núcleo conceptual de la vida consiste en la tarea del sujeto consciente por recoger y negar en el pensamiento lo que ya se ha perdido: la union naturalis, condición que es representada como el paraíso cuyas puertas permanecen resguardadas por espadas flamígeras. En esto consiste la vida simbólica: en un proceso ouróborico de unión y separación, solve et coagula. Es así que la escisión cobra un papel relevante en la dialéctica simbólica donde es el diablo quien se inmiscuye para propiciar la consciencia de la ruptura.

La palabra diablo proviene del griego Διάβολος (diábolos), que significa aquello que atraviesa y separa. El diá-bolos es lo que propicia el sím-bolo, quien siembra la cizaña entre los hombres y causa la discordia aun entre los hermanos. Las función diabólica es la del espíritu de la contradicción que coincide con el papel de Mefistófeles en Fausto, el demonio de la negación que prefigura la dialéctica hegeliana, donde la realidad es la confrontación constante del fenómeno consigo mismo para llegar a ser lo que ya es.

En consecuencia, quien se apega demasiado a un polo de su moralidad indefectiblemente traiciona la naturaleza dialéctica del Sí-mismo que lo estructura. Tanto quien se identifica con la sombra como el que se reduce a la bondad han cerrado los ojos a la dinámica simbólica que permea la realidad como su concepto nuclear determinante y han abandonado su naturaleza diabólica. Por eso las buenas almas, aquellas que condenan el mal del mundo, destrozan la realidad y guardan los pedazos en el cuerpo doliente de sus víctimas: los perversos, sin saber que ellos mismos son la fuente de lo despreciable al no atreverse a integrar la maldad en la mirada de sí.

En el mito de Perséfone, Hades fue, previo al drama, raptado por su amor a Core, incluso antes del mismo rapto físico que separó a la niña de su madre. También es cierto que esta seducción guarda en su relato una matriz creativa que se expresa en la irrupción y la necesidad del victimario, ya que para que exista la inocencia virginal, ésta debe despojarse de todo elemento oscuro que le pertenezca, no se puede ser inmaculado sin antes dejar a un lado la mancha negra que es la propia sombra. Core requería la irrupción de Hades para develarse como Perséfone.

Cuando el justo habla, lleno de seguridad, sobre la condena del criminal, no asume que tanto él como el delincuente (el asesino, el pedófilo, el genocida) comparten un destino común y constituyen las dos caras del mismo talismán que ha sido roto, en principio, para encontrarse en la otredad de sus semejantes. ¿Y quién acaso es un espejo más fiel que aquel que ha sido rechazado por su carácter monstruoso? ¿no se dijo hace tiempo: “amen a sus enemigos”?

El pecado no es el crimen cometido, sino la huida de la consciencia del desmembramiento. La proyección y el olvido de la propia oscuridad en las espaldas de un chivo expiatorio que es devorado por los demonios del desierto, es el desvío de una verdad anímica no afrontada: que el alma se regocijó en la masacre por millones de años y del derramamiento de sangre nació a la consciencia de sí misma, por eso no rehuye la brutalidad, pero avanza hacía su concepto en el exterminio lógico de sus antiguas formas y quiere recordarlas elevándolas a la consciencia, integrando lo que al hombre le gustaría olvidar.

Hades es, por lo tanto, la creación de Core, el producto de aquello que ha sido alejado de su conciencia, ella lo ha moldeado con la arcilla imprevista en sus manos y es la invención futura de su oportuno olvido. El inframundo cobra la forma justa del complemento del campo de narcisos en que la pureza juega el juego de la inocencia y, por ello, desde su punto de vista, el advenimiento de lo rechazado tiene que presentarse como una transgresión, como un hecho puramente violento. El animus deviene siempre despiadado.

Empero, el inicio de la violencia no es el rapto, ni el ultraje, sino la posición de la víctima como inocente. La pureza es en sí misma enantiodrómica. Mientras interpreta el papel de alma buena, de la posición anima, el espíritu de la contradicción sujeta a su complemento dialéctico en el lugar sombrío que le ha sido deparado, solo para irrumpir posteriormente con sus ansias asesinas en la virginidad de la virtud. Pero Core debe ser ultrajada, Lucifer tiene que ser desterrado, Cristo precisa ser humillado y las esposas de Barbazul necesitan ser asesinadas, porque el alma requiere de la matanza, del diábolos, para llegar a su propia casa.

Bienaventurados los de negro corazón, porque gracias a ellos existe el reino de los cielos y son la argamasa con la que los puros construyen el hogar de su santidad. Su voz clama desde el abismo por un lugar en la mesa del honesto, quieren compartir la sangre que sustraen de sus víctimas y devolverla al flujo perenne de la vida lógica que sumerge tanto al piadoso como al impío en su salvaje torrente, para finalmente no distinguir quien era uno u otro, pues volverán a ser lo que siempre fueron, la encarnación de una única noción viva.

La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

Medicina arquetípica, o Psicología Analítica hecha carne

Traducciones

Alfred Ziegler, Alemania

INTRODUCCIÓN: El espíritu de Mercurius


Aunque C. G. Jung fue, por así llamarlo, un doctor del alma, olvidaríamos este punto si tuviésemos que describirle como alguien lleno de sentimiento, o un alma buena, o como a alguien dotado de profundidad de espíritu y paz mental. Jung no fue un pastor de almas. Su auténtico sello era el espíritu. Por eso sería más adecuado calificarle de animoso, ingenioso, y cosas por el estilo.


Para descubrir en qué consiste este espíritu, será mejor volver al propio Jung, a sus trabajos: El espíritu de Mercurius, en el que da al consigna extraída de la frase de la Primera carta de san Pablo a los corintios: Spiritus enim omnia scrutatur, etiam profunda Dei. En otras palabras, el espíritu no debe quedar en modo alguno sin investigar, ni siquiera en lo más profundo de Dios. Más aun, sostenía que este espíritu tenía que calificarse de sublimis, algo espontáneo, volátil y activo, una sustancia agilizadora que se desenvuelve en la Naturaleza. Al trascender el sentido de percepción, se le consideró capaz de generar imágenes, y en dichos términos constituía el polo opuesto a la materia.


Sin embargo, esas características del espíritu comúnmente aceptadas no le bastaban a Jung. Al contrario, cuando desarrolló el concepto de espíritu en sus tratados, perdió claridad, especialmente cuando el Mercurius alquímico se convirtió en su legítimo representante, un Mercurius relacionado fenomenológicamente con el griego Hermes. En este contexto, el espíritu se convierte para él en el varius ille Mercurius, algo inconstante y engañoso. Brilla con contradicciones e incluso sustancia, la materia no resulta un elemento hostil para este Mercurius, es decir, incluso es capaz de convertirse en ella. Aparentemente, su lugar no sólo está en el cielo sino también en un montón de estiércol. Mercurius, luz resplandeciente y oscura sustancia, que, como su nombre indica, tanto puede ser sólido, como líquido o gaseoso, parece ser uno de sus símbolos más pertinentes.


En realidad, al describir a Jung como un hombre de espíritu, también ganamos en comprensión cuando consideramos sus orígenes y sus primeras actividades. Su padre era clérigo y su madre tenía cierta inclinación por los temas esotéricos. Eso nos permite entender por qué se interesó por la psiquiatría, o enfermedades de la mente, inmediatamente después de haber concluido sus estudios de medicina, y por qué escribió una tesis doctoral titulada «Sobre la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos». También vemos por qué más adelante viajó a París para estudiar con Charcot y el Salpetrière y presenciar la curación de pacientes histéricos, y estuvo con Eugen Bleuler en la clínica Burgholzli de Zurich en la época en que todo el mundo investigaba ansiosamente la esquizofrenia. El hecho de que Jung se interesara por el misticismo desde un principio, y que los alquimistas pronto se convirtieran en una autoridad para él, se halla perfectamente en la línea de sus inclinaciones espirituales. Lo mismo puede aplicarse a sus esfuerzos por luchar a brazo partido con los filósofos naturalistas del romanticismo y con el inconsciente, la teología, el orientalismo, la antropología cultural, la poesía y así sucesivaniente.


En términos del espíritu —la mente— también podemos comprender mejor la crisis de salud mental sufrida por el propio Jung cuando su casa estaba llena de fantasmas, así como el estilo y el contenido de sus doscientas cincuenta y tantas publicaciones. Muchas de ellas estaban escritas por completo con el espíritu de Mercurius y, en ocasiones, su estilo resulta ambiguo y equívoco, hasta el punto de hacerse ininteligible.


Mientras el espíritu de Mercurius fue claramente sutil y material para Jung, se interesó sobre todo por otra polaridad, llamada luz y oscuridad, algo en relación con ver y mirar, con luz y sombra y, en consecuencia, con la conciencia y la inconsciencia, con lo consciente y lo inconsciente, es decir, algo semi-real si así fuera. Esto constituye la razón principal por la que la psicología analítica sigue teniendo más de psicología que de cualquier otra cosa y por la que tan pocos aspectos de ella han encontrado una vía en la medicina a lo largo de los años; por qué, por ejemplo, no se realizaron intentos sistemáticos para desarrollar una medicina psicosomática de acuerdo con Jung, exceptuando lo que él mismo había llamado Medicina arquetípica. Este espíritu concreto de Mercurius no es capaz de conocer todos los requisitos de la realidad médica.

Más o menos hasta la mitad de mi vida, la luminosa imagen de Mercurius también me llamaba la atención de una forma especial. Sólo empezó a cambiar tras un período de fuerte depresión melancólica. Sin embargo, mi casa no se llenó de fantasmas como en el caso de Jung, sino que fue invadida por un espíritu de aburrimiento, insignificancia y apatía. En consecuencia, mi propia psicología analítica empezó a cambiar aunque, de hecho, ese proceso se inició algunos años más tarde. El topoi junguiano de los arquetipos, la energía psíquica, el Yo y la individuación, el significado de Animus y Ánima, etc., se alteró pero sin conducir a modificaciones fundamentales.


Más que cualquier otra cosa, la psicología analítica se convirtió en algo estrechamente relacionado con la medicina. De acuerdo con mi condición existencial básica, el espíritu mercuriano perdió parte de sus rasgos puramente visuales para convertirse en materia de importación, volviéndose con ello más pesada. Iba concibiendo cada vez más que este espíritu también sería útil para la ciencia de sanar cuerpos con su inequívoco objeto, el soma. A pesar de que mi espíritu Mercurius había constituido también la inspiración de mi propio diagnóstico y actividad terapéutica, sus características sutiles y materiales adquirieron para mí un significado cada vez mayor además de sus claros y oscuros componentes. Mercurius ya no era una sustancia que simplemente cambiaba de la luz a la oscuridad. Aparte de su volatilidad, se reveló sobre todo en toda su inorganicidad metálica.


Me da la impresión de que sólo ahora Mercurius se ha convertido en una genuina analogía con el griego Hermes, de quien se decía que era hijo del resplandeciente Zeus y una ninfa tímida e inmortal que habitaba en una cueva. Me refiero al Hermes que, además de conocer su camino en el mundo subterráneo y poseer alas que le permitían vencer la fuerza de gravedad, también llevaba un caduceo. Eso demuestra que era una divinidad que tenía mucho en común con el dios sanador Asklepios, y por último, aunque no por ello sea menos importante, compartió incluso la afinidad última hacia la Gaia vinculada a la tierra.


Patología pesada


Los cuadros clínicos de enfermedades, la imaginería de la patología, siempre me han fascinado. Sin duda, estaba más interesado por la enfermedad que por la salud, al igual que Jung, quien, sin embargo, se sentía más atraído por todo el espectro de manifestaciones psicopatológicas, por las ilusiones y alucinaciones de los esquizofrénicos, la conducta huidiza de los psicóticos en general, las singularidades de los neuróticos, las excentricidades de la vida religiosa y otras cosas por el estilo. Al igual que Jung, mi atención se centraba en los aspectos escandalosos de la existencia humana. No obstante, la patología física y, con ella, algo considerablemente más estático y pesado, me fascinaban aún más. En contraste con el objetivo más bien efímero del estudio de Jung, mis intereses se dirigieron más hacia la dimensión material, que tiende a determinar nuestra existencia con una especie de fatalidad tenaz. El movimento gravitacional del espíritu mercurial fue más apropiado incluso al considerar mis propios prejuicios.


Al igual que para Jung en el caso de psicopatología, nunca he tenido duda alguna de que estas imágenes revelaban formas básicas de existencia humana que, por lo general, comporta ser vivida, o haber sido vivida, a través de determinadas formas de conducta fundamentales, y de nuestra integración en el mundo, es decir, en modelos de vida arquetípica. Los mitos y leyendas, las supersticiones, las costumbres religiosas, la medicina pre-científica, las filosofías ocultas y los rituales primitivos confirman ampliamente esta idea.


A manera de ejemplo, resulta posible reconocer la terquedad humana en la rigidez reumática, una fragilidad y tendencia a la corrupción en las fracturas, un odio probablemente maligno en el cáncer, la fuerza tras la resistencia desesperada en las inflamaciones, o el problema del peso en la obesidad. Parece como si nuestras patologías físicas constituyeran el lugar de residencia, si lo hubiese, de las rígidas formas de los temas universales. Ésta es una idea consagrada, a saber: las imágenes arquetípicas que encontramos en el campo de las tentativas artísticas y filosóficas. Los muchos cuadros que representan al ciego, el cojo y el mudo, el mutilado y el leproso, el apestado y el bellaco tienen que tener un significado mucho más profundo.


Automáticamente, el papel que juegan Animus y Anima en psicología analítica -Jung sostenía que representaban el aspecto masculino en la vida de las mujeres y el aspecto femenino en la vida de los hombres, respectivamente-empezó a perder parte de su importancia primordial. Para el propósito de mi teoría, siguen teniendo un significado especial para la comprensión de los síntomas físicos de los cambios sexuales en ginecología y andrología. En este sentido, el concepto de Animus-Anima puede haber perdido parte de su magnética seriedad, porque con demasiada frecuencia resulta válido para explicaciones reductivas.


Por otra parte, la patogénesis, es decir, el origen y desarrollo de las enfermedades, también se vuelve más comprensible. El hecho de caer enfermo ha dejado de ser sólo al emisión de un proceso psicodinámico como, por ejemplo, un problema de Animus o de Anima. Una enfermedad dada ya no se desarrolla por casualidad, si ése fuera el caso, desde el momento en que se considera que cualquier otra podría haber hecho aparición en su lugar. Cuando se considera su forma, localización y evolución, la enfermedad física pierde su papel de simple hipofenómeno de la denominada vida psíquica. El cuadro clínico se transforma en una franca metamorfosis de los modelos arquetípicos de vida humana antes mencionados. Sin duda, la falta de hechos o figuras, la ausencia de límites bien definidos en el mundo arquetípico resulta de algún modo molesto. En comparación con una enfermedad que pueda ser definida científicamente, la imagen de una enfermedad en la que percibimos la somatización de todo un estilo de vida es algo bastante vago. Podemos hallarnos en desventaja si pretendemos entender la enfermedad, es decir, adquirir un cierto conocimiento de ella. Pero si a eso añadimos las posibilidades de la empatía, incluyendo la empatía material, puede que tengamos algunas ventajas.


No cabe al menor duda de que Jung también sintió cierto interés por la patología física y que tuvo algunas ideas sobre su trasfondo arquetípico, pero tampoco se interesó por ello de manera apasionada o sistemática. En muchas ocasiones puso énfasis en la dimensión material de las imágenes primordiales y las calificó de órganos de la vida humana. Además, atrajo al atención sobre la idea de que eran innatos y, por lo tanto, dependían de predisposiciones endocrinas. Sin embargo, en ocasiones todo daba la impresión de ser un jarabe de pico. Parecía como si su espíritu no se atreviera a aproximarse a la materia.


En resumen, especialmente en al segunda mitad de la vida, los fenómenos que Jung describió como arquetípicos se me revelaron como algo a ser ponderado y pesado y, por lo tanto, como algo agravante. Lo mismo es aplicable para toda la psicología analítica. El espíritu Mercurius, que inspira tanto la diagnosis como la terapia, llega a alojarse con tanta firmeza en la materia, en la pesadez, que los órganos empiezan a resultar más importantes en términos de muerte que en términos de vida, y la de Hermes se muestra cada vez más como su obvia manifestación.

Sobre la energía psicosomática


En sus comienzos, C.G. Jung formuló una teoría general de la libido, que estuvo a punto de convertirse en una teoría de la energía de la vida para él. De hecho, la premisa de sus ideas sobre la conocida energía era la termodinámica y sus leyes. A tenor de ello, sostenía que esa energía estaba sujeta al principio de constancia, es decir, que en un sistema cerrado sólo podía permanecer constante.


Sería razonable asumir que Jung aplicó este principio al ser humano en general. Pero eso sólo es cierto en teoría. Como psicólogo y psiquiatra que era, ello se aplicaba, principalmente a la psique, como así lo evidencia la tan repetida afirmación de que consideraba la psique como un sistema energético relativamente cerrado. Con esta afirmación, Jung desaprovechó otra oportunidad para expresarse en términos médicos sistemáticos.


Lo mismo es válido para el modo en que aplica el principio de equivalencia energética, según el cual si un quantum de energía dado desaparece en un lugar, deberá reaparecer en otro. Asimismo, Jung utilizó esta regla sobre todo con la intención de entender los fenómenos psíquicos, tales como el comportamiento de la gente, sus deseos, afectos, forma de trabajo y atención. Cuando estas brillantes cualidades están condenadas a oscurecerse, vuelven a resurgir en forma de crepusculares y fantasmagóricos fenómenos psíquicos, es decir, en sueños y reacciones emocionales, acompañados por sus efectos secundarios vegetativos. El llamado factor de ex- tensión también está vinculado a este concepto. Estipula que el quantum de energía, así como el carácter del maquillaje psíquico que se extiende hacia una nueva estructura, se conservan. Siguiendo con esta idea, la pasión erótica puede convertirse en un amor de Dios. Para Jung, incluso el principio de la entropía es una regla aplicable al domino psicológico. Para él, la afirmación según la cual la energía tiende a pasar de un estado de menor probabilidad o otro de probabilidad mayor se hace patente en el desarrollo de la esquizofrenia. Aquí, la cambiante capacidad para la expresión psíquica se transforma en otra relativamente rígida, es decir, quizá más sintomática.


La experiencia médica ha demostrado que todas las leyes de la energía psíquica citadas por Jung sólo son apropiadas para una comprensión de la dinámica psicosomática. Son indicadas tanto para su uso en medicina general como en psiquiatría, a saber: lo que se ha hecho hasta cierto punto en medicina arquetípica (véase, por ejemplo, 3, 4, 6).


Estas leyes son igualmente elocuentes cuando se llega a una somatización de las formas básicas de existencia humana que ya discutimos en el apartado anterior. Eso nos permite conceptualizar cómo ganan peso esas condiciones existenciales, cómo se materializan. Este proceso también cumple el principio de constancia y equivalencia, así como la regla de la entropía y la ley del factor de extensión. En la práctica de la medicina psicosomática, es posible observar, por ejemplo, cómo una pasión ardiente se transforma en una hiperacidez gástrica con o sin ulceración de las membranas mucosas del estómago -análogamente a las frases de Goethe, donde dice: Nur wer die Sehnsucht kennt / Weiss was ich leide… / Es schwindelt mir / Es brennt mein Eingeweide (Sólo quien conoce la pasión / sabe lo que sufro… / me da vértigo / Me quema las vísceras), W. J. Goethe, del maestro Wilhelm: Mignon-El mismo-; o cómo la reticencia, la parsimonia y la tacañería se ponen de manifiesto en un resfriado, y la tendencia a experimentar arranques de nervios en forma de trastornos en el ritmo cardíaco, tales como los tropiezos y carreras del corazón.


Sin embargo, estas reglas sólo describen parte de la patogénesis energética, o sea, la manera en que ciertas formas de existencia humana cambian su sustancia; en otras palabras, cómo el espíritu Mercurius, de acuerdo con su carácter inconstante, también puede abarcar mórbidas metamorfosis.


Además, con sus polaridades de amor, C.G. Jung considera las formas básicas de existencia humana arriba mencionadas como dispuestas a lo largo de líneas diametralmente opuestas. En consecuencia, estamos sujetos a conflictos arquetípicos en el transcurso de al vida. La polaridad no significa igualdad. También tiene una connotación jerárquica. Por eso podemos hablar de formas superiores e inferiores, o dominantes y recesivas, de existencia humana, reflejando así la idea de que están arraigadas genéticamente.


Sólo las formas inferiores de existencia humana están sujetas a la metamorfosis que mencionábamos, en especial al sobrevalorarse las formas superiores de conducta y la correspondiente armonización con el mundo, cuando se han convertido en algo rutinario y han adquirido una validez exclusiva. En términos de la teoría de la libido, hablaríamos de su excesiva demanda de energía psíquica. La somatización de las formas interiores de existencia probablemente tiene lugar cuando esta sobrevaloración alcanza su clímax, o cuando ha tenido lugar durante mucho tiempo. El alcance de la enfermedad, tanto si la situación es aguda o crónica, depende de la profundidad de materialización, que suministra la energía requerida por el valor dominante.


Como era típico en Jung, el lenguaje utilizado para describir esta sobrevaloración era eminentemente visual: es probable que las formas superiores de existencia humana nos cieguen. Sin embargo, no deberíamos dejar de añadir un epíteto al campo de gravedad, porque en tales estados no sólo se nos ciega, o se nos deslumbra, sino que por lo general también se nos arrastra.


Además, cuando existe una sobrevaloración, también hay, por norma, una contaminación por parte de nuestra persona, con su habitual tendencia de adaptación al mundo exterior. Hablando en general, los modos de conducta arquetípica superiores, con su correspondiente sintonización con el mundo, también son aquellos que nos definen sociológica- mente en la forma positiva deseada. Aparte de inducir la metamorfosis de nuestra forma de ser interior, también constituyen cartas de presentación que nos permiten vivir cumpliendo los requisitos sociales. Resulta obvio que esto tiende a ocurrir en particular cuando estamos hipnotizados por ellos y en un estado de inflación, explosivo y edificante.


Finalmente, aunque la devaluación inconsciente de nuestro ser interior se describa con frecuencia como una represión, deberíamos darnos cuenta de que este concepto no hace referencia a que nos neguemos a prestar atención, sino que está relacionado con el movimiento de masas. Al reprimir algo, acabamos sobrecargándolo y enviándolo al reino inorgánico. Para ello utilizamos un lenguaje obsceno, que tiene su origen en el morbo, el estercolero, al decadencia moral, los achaques y la putrefacción.


Para exponerlo más llanamente, diríamos que una persona —el campesino, por ejemplo— que actúa con una resolución exagerada, que tiene que encargarse de todo, será la que más acusará la falta de fuerza y elasticidad de los tejidos conjuntivos, varices, hemorroides y hernias. Del mismo modo, el joven que va con la cabeza alta, pletórico de idealismo, probable- mente no desarrollará la enfermedad de Scheuermann, con una joroba que el obligue a inclinarse con humildad. Y sería lógico que la gente que dependa de su resistencia a la sequedad fuese la primera candidata a padecer diabetes y la compulsión que ésta conlleva para reafirmar su sedienta existencia.

También podríamos decir que las llamadas áreas de salud son las mismas que nos hacen enfermar. No hay nada más peligroso que una salud de hierro, esa sensación de flotar en el aire. A la larga, acabamos dándonos cuenta de que un largo período de buena salud puede ser, en realidad, una situación de emergencia, y de cómo la política de salud pública promueve la somatización alimentando el sueño de salud para todos. Cuanto más nos esforcemos en ser conscientes de nuestras ideas sobre la salud, habrá una mayor probabilidad de que, siguiendo el principio de la energía, el par arquetípico de opuestos se desmorone y el compañero inferior resurja en forma de sufrimiento material.

Sobre la terapia


En psicología analítica, la terapia es una curación parlante, dirigida también por el espíritu de Mercurius, aunque en combinación con otras prácticas, que suelen basarse en la simbolización reflexiva del material aportado por el paciente, pues el espíritu mercurial se manifiesta no sólo sutil o materialmente, sino también de manera simbólica y figurada en los modos arquetípicos de conducta, la correspondiente armonización con el mundo y las metamorfosis. Al tratarse de una ciencia bastante hermética, la psicología analítica depende de esta posibilidad, a diferencia de las ciencias naturales y el rigor de su metodología. El propósito es inducir la regresión del proceso patológico entrópico y arrojar luz sobre el carácter confinante de la sintomatología mórbida. Es probable que los resultados se sitúen en la línea del porcentaje de éxito de otros métodos psicoterapéuticos, según los cuales aproximadamente un tercio de los casos suele curarse y otro tercio puede experimentar cierta mejoría, mientras que el tercio restante permanece invariable.


En cierto modo eso es típico de Jung: este método terapéutico lleva de nuevo la huella de la necesidad primordial de visualizar o, como suele decirse en psicología analítica, de ser consciente. Por lo tanto y en tanto que remedios utilizados en terapia, los símbolos tienen como finalidad promover la conciencia, es decir, ser diabólicos. Se considera que su efecto sublimador, que significa sacarnos de nuestra enfermedad somática y vivir los modelos arquetípicos, tiene una importancia secundaria. Que el uso de los símbolos sea un éxito depende, sin embargo, del grado de somatización. Existen dos clases de símbolos utilizados de esta forma: el primero comprende las imágenes que muestran las formas de existencia sobrevaloradas en nuestra forma de ser, así como las que expresan nuestras condiciones somatizadas. Manifiesta, por así decirlo, una neutralidad del valor que es característico de la eternidad. Pueden reflejar, por ejemplo, la sequía existencial de los diabéticos o bien condiciones pre-diabéticas, así como a aquellos que demuestran tener una sed insaciable. Incluirían imágenes de zonas arenosas y pedregosas, o los dioses del desierto e imágenes de la región de Dionisos.


Por otro lado, esto mismo se aplica a la segunda clase, aquellas imágenes híbridas, paradojas y fenómenos quiméricos que expresan toda la dialéctica de nuestras formas polarizadas de existencia humana. En el caso de la diabetes, una imagen como ésa sería un hidrolito alquímico, la piedra de agua, que refleja todos los aspectos del drama existencial de una manera soberbia. En comparación con los símbolos de la primera clase observamos una compensación de energía dialéctica, que se alcanza aquí porque todo lo que ha sido sobrevalorado se degrada y todo lo que ha sido condenado a somatizarse se torna pre-eminente.


Por lo tanto, si se los maneja adecuadamente, ambos tipos de símbolos son capaces de dar luz sobre la enfermedad y de sublimarla. Como señalaba Jung, los símbolos así entendidos son intermediarios genuinos, medios o medicamentos utilizados por el médico para recetar en su práctica médica.


Destaquemos que todas estas expresiones se derivan del vocablo latín medium, el medio. Obviamente, esto no sólo es aplicable a la psiquiatría, sino también a la medicina física. Ambas clases de símbolos nos remontan a lo que antes describimos como formas de existencia humana vividas, al menos a una integración parcial del dionisiano, si consideramos el ejemplo de los trastornos diabéticos o pre-diabéticos en el metabolismo del azúcar.


El marco de que disponemos para la terapia verbal resulta ideal para que encaje esta teoría, puesto que la mayor parte de las terapias tienen lugar en sillones, uno frente a otro, o incluso en sillón detrás de un diván. Ni siquiera podría llamarle un sentarse a través de otro, hablando en propiedad. En muchos casos sería más correcto hablar de tendido a través de uno a otro. El negocio de la terapia verbal es incubatorio; y la incubación tiene lugar durante la noche, cuando estamos acostados.


Es fácil imaginar que este tipo de terapia presupone que tanto el terapeuta como el paciente posean el don de una linterna mágica, para expresarlo en una terminología hermética. También constituye un requisito previo cierta tendencia a la hipocondría o hipercondría, como puede ser el caso, como es el don de la gravitación mágica, el arte de la levitación. Asimismo requiere cierta conciencia de que uno no va a alcanzar una brillante sabiduría y que no escapará de la gravedad física o mercurial.


Pero hay algo consolador en ello. En el espíritu de Mercurius nos movemos por la vida con cierta claridad mental, por un lado, pero también en una conciencia más o menos mórbida de nuestra dependencia física. Nuestro oculto y hermético conocimiento nos guarda de los excesos de la medicina utópica y científica de nuestros días. Aunque tenga resultados que lo demuestren menos inmediatos y espectaculares
que los de la medicina científica, eso aporta un significado mayor a lo incurable y lo imbuye con una especie de pistis et pax. Sin embargo, está claro que el argumento de que la medicina científica es estúpidamente exitosa, mientras que la medicina arquetipica es significativamente infructuosa, constituye una gran exageración.


Sobre la individuación y el Sí-mismo


C.G. Jung consideraba que lo que tenía que decir empezaba cuando terminaba el tratamiento. Lo que tenía en mente era el proceso de individuación, el desarrollo de la totalidad psíquica. En general, este proceso es comparable a un tortuoso camino que puede hacer que la persona que lo sigue compense las divisiones tipológicas, o incluso integre la vertiente contrasexual de su personalidad. Al menos en un principio, Jung consideraba el alcance de un objetivo en términos de una posible redención del hombre. El camino fue considerado un desarrollo psíquico.


Más tarde, Jung se volvió más escéptico. La cuestión se plantea si cualquier junguiano ha demostrado alguna vez que, en realidad, alcanza ese ambicioso objetivo. Además, tenemos la experiencia adquirida en lo psicosomático, según la cual las realidades arquetípicas de la existencia humana también pueden perderse en la materialidad. Es como si no sólo al psicología analítica, sino también cualquier otra, considerase la vida humana sin tener en cuenta al anfitrión. Podríamos decir que durante la primera mitad de la vida, la gente acude al psicólogo y al psiquiatra con los mismos problemas que plantea al internista en la segunda mitad, con lo que demuestra una vez más la existencia de un espíritu mercurial.

Curiosamente, todos tenemos la experiencia de que nuestra predisposición, es decir, nuestra contradictoria condición humana arquetípica, tiende a deteriorarse, y de cuántas posibilidades que tienen nuestras inferioridades para somatizar y convertirse en cuadros clínicos. No sólo existe el ejemplo de la sed existencial que se materializa en forma de un trastorno del metabolismo del azúcar, o incluso en la misma diabetes. Pienso también en la forma que tiene nuestra tendencia de volverse ultrajado y violento puede originar cambios vasculares arterioscleróticos con todo lo que ello supone. Básicamente, nuestros ataques cardíacos y apoplejías, así como muchas otras cosas, forman parte del proceso de individuación.


Este camino nos echa por tierra, sobre todo, una inclinación que gravita en dirección a una aburrida época anterior. Está constituido de cascadas y remisiones parciales, una disminución gradual hasta convertirnos en un caso y tener nuestra caída final. El significado último de nuestra mortalidad es la transformación total de nuestra libido en materialidad. Dado que el espíritu de Mercurio nos guía en el diagnóstico y en la terapia, tenemos que considerar también las formas materiales de transformación como parte de una vida sana. ¡Es siempre una cuestión de vida o muerte!


Desde este punto de vista, sorprende el poco consuelo que experimentan las personas cuando tienen que enfrentarse a la posibilidad de una materialización final. Es como si nuestra última morada estuviese teñida por la misma actitud de desprecio y condena que tenemos a la vista de las disposiones inferiores que acabarán bendiciéndonos con la muerte.

La disolución en la inconciencia de la materia no está muy solicitado, independientemente del hermético silencio de la tumba y de la paz de la muerte. Son pocos los visitantes a los que les gusta pasearse por los espléndidos cementerios, a menos que sean capaces de asociar dichos paseos con una idea de vida en un más allá más claro y brillante, en el Nirvana, un cielo a la derecha del Señor o algo por el estilo.


Hablando en sentido estricto, incluso nuestra materialización final no es sólo mortal, pues cada vez que el espíritu mercurial se ha materializado, haciéndose de este modo más real, también se ve potenciado desde un punto de vista enérgico. Al morir, no sólo nos transformamos en polvo o suciedad, sino también en Erdkraft (literalmente «poder de la tierra»), según la creencia popular germánica. En otras palabras, nos convertimos en parte de las fuerzas numinosas de la tierra, otro aspecto del espíritu de Mercurio, como apuntábamos anteriormente.


Algo se perdería de nuestra discusión sobre el topoi junguiano y su movimiento gravitacional si omitiésemos el Sí-mismo. Para Jung, era el centro de la existencia humana, aunque también bastante elusivo y estaba envuelto en la oscuridad metafísica. Por este motivo, sus intentos de describirlo a menudo le llevaban a utilizar un lenguaje bastante vago y confuso, como mediador de los opuestos, el principio ordenador de nuestro destino, etc. También dice que resulta difícil desentrañar sus designios, pero, como totalidad psíquica, el Sí-mismo es el objetivo del proceso de individuación, nuestra auto-realización. Los conceptos e imágenes que utiliza para describir la naturaleza del Sí-mismo son extraídos de nuevo de temas relacionados con la luz. Básicamente, el Sí-mismo representa para Jung el centro tanto de lo consciente como de lo inconsciente, lo que significa que también constituye una manifestación de su espíritu mercurial. Precisamente, éste es el punto en el que necesitaríamos una especie de Sí-mismo médico, un Sí-mismo psicosomático que reflejase el tema del peso y se volviese más cinestésico, por así decirlo, puesto que el Sí-mismo también es el centro tanto de la ligereza como de la pesadez.

De hecho, éste es el punto en el que la psicología analítica, dentro de la medicina arquetípica, se acerca de manera inevitable al misticismo de las enfermedades físicas. Los sentimientos casi eróticos con que la psicología analítica nutre los síntomas neuróticos y psicóticos también se cuestionan en la medicina arquetípica cuando llegan a las maravillas de las patologías corporales. Teniendo en cuenta que la somatización se dirige al final de la existencia humana, la patología del cuerpo está llena de un significado microcósmico especial. Una inclinación por el misticismo de las enfermedades implica una pasión alquímica por encontrar oro en el estercolero de al morbosidad corporal.


Cuando el carácter hipocondríaco de un adepto psicosomático no incluye una tendencia natural a tener una visión mística del Sí-mismo en términos de peso, esta perspectiva afectará, por norma, el centro de su vida muy al final, es decir, en el momento en que el vacío entre el proceso psíquico y las miserias del cuerpo se vuelva inequívocamente mayor. Llegados a este punto, advertimos el mismo tipo de lascivia incestuosa a al que aludíamos en nuestra discusión sobre el proceso de individuación, una pasión oculta por la materia-Gaia y su materialidad. Hic et nunc sigue siendo un factor constante en la manera de experimentarnos a nosotros mismos. No sólo está presente en forma de oscuridad y perplejidad, es decir, inconsciencia, sino sobre todo en nuestro aburrimiento existencial. Por lo tanto, incluso el Sí-mismo psicosomático tiene un componente matriarcal innato.


Dado que este Sí-mismo refleja el espíritu de Mercurio y, por consiguiente, la visión de un ordo y un seno materno, la sensación de protección que conlleva debe ser ampliamente hipogaeica – término derivado de la hipogaeae de la Edad de Piedra, los lugares de culto subterráneos de al Gran Madre de Creta y Malta, por ejemplo. Este Sí-mismo sería, por tanto, mucho menos mariano, es decir, poseería pocas de las características relacionadas con la Madre de Dios, rasgos con que tienden a dotarlo Jung y sus seguidores.


Como sabemos, los intentos de Jung por encontrar símbolos para el Sí-mismo también le llevaron a la alquimia. Para este fin, la imagen de la piedra filosofal parecía ser adecuada. A pesar de al poca maniobrabilidad manifiesta de este símbolo, resultó útil para describir la peculiar y mística interrelación entre lo consciente y lo inconsciente. Para Jung constituía en primer lugar una piedra psíquica con todas las implicaciones de sensaciones brillantes y oscuras. Sin embargo, resulta obvio que la piedra también contiene el motivo de ligereza y pesadez y que, considerado en conjunto, es una piedra médica y psicosomática.


Estaría de más decir que toda esa pesadez del espíritu mercurial había sido el resultado propiciado por una actitud conscientemente crítica para al intención de establecer una relación más directa entre la psicología analítica y la medicina. Gran parte de la variación del énfasis seguía un gradiente. El movimiento gravitacional del espíritu de Mercurio hacia la medicina arquetípica obedecía a fuerzas extrapersonales; ello, también estaba impuesto.


Podemos asumir que las circunstancias de los tiempos, principalmente aquellas que tuvieron vigencia durante la primera mitad del siglo X en comparación con las de la segunda mitad, jugaron un papel decisivo en este desarrollo. En conjunto, este siglo empezó con un espíritu de grandes esperanzas y objetivos y, por ende, también con un espíritu de chovinismo humanístico que nunca fue puesto en duda. Sin embargo, no todo era brillante y visionario; muchas cosas fueron un boom y un bluff. Al igual que la oscuridad, cualquier tipo de pesadez tuvo que ser erradicada de la faz de al Tierra. El objetivo era un planeta sin gravedad. El pensamiento ecológico se volvió más plausible sólo bajo el impacto de las experiencias depresivas de la segunda mitad del siglo. Poco a poco se hizo evidente de que existían límites y una acumulación de deudas por pagar.


Sin duda, al psicología analítica, con su sentido de polaridades, estaba predestinada ecológicamente desde el principio. Pero dado que su orientación era sobre todo psicológica, el contenido ecológico no fue del todo real. La medicina arquetípica es más seria con respecto a la ecología. Empezando por al premisa obvia de que, en un mundo limitado, debería existir un equilibrio entre al vida y la muerte, da un paso adelante; al salud y la enfermedad también se comportan de manera ecológica. Eso también se aplica a nuestro liberalismo y a nuestros prejuicios en cuanto a las leyes del mundo inorgánico, que se sienten como ajenas. A este respecto, la medicina arquetípica tiene una mayor afinidad con el movimiento ecológico del siglo en curso que la psicología analítica.

Bibliografía


1. C. G. Jung, Symbolik des Geistes, Verlag Rascher, Zurich, 1953.

2. C. G. Jung, Erinnerungen, Traume, Gedanken, Verlag Rascher, Zurich, 1962.


3. C. G. Jung, «Ueber die Energetic der Seele», en Ueber Psychische Energetik und das Wesen der Traume, Rascher Verlag, Zurich, 1948.


4. C. G. Jung, Psychologie und Alchemie, Rascher Ver- lag, Zurich, 1944.

5. Rafael López-Pedraza, Hermes, Schweizer Spiegel Verlag, Zurich, 1977.

6. Alfred J. Ziegler, Moribismus, von der Besten aller Ge- sundheiten, Schweitzer Spiegel Verlag, Zurich, 1979.

7. Alfred J. Ziegler, «Die Schonheit der Pathologie», en Eranos Jahrbuch, Insel Verlag, Frankfurt a.M., 1984.

8. Alfred J. Ziegler, «Hydrolith», en Archetypal Medici- ne, Spring Publications, Dallas, Texas, 1983.

9. Alfred .J Ziegler. «Die dunkelgrune Gesundheit», Vortag (conferencia) Psychologischer Club, Zurich, 1985.

Cómo analizo

Traducciones

Adolf Guggenbuhl-Craig, Alemania

Tengo la impresión de ser psicólogo junguiano desde que nací. Creo que siempre he intentado entender el alma humana mediante las imágenes de Jung, aunque tardé mucho en ser consciente de ello. Mi familia y mi entorno social no favorecían en absoluto a Jung.

Mi padre era un gran admirador de Freud, estaba fascinado por sus teorías sobre los sueños. Vio en él como a un profeta del Antiguo Testamento, fanático, estimulante, pero cuyo mensaje debía considerarse con ciertas reservas.

Cuando tenía catorce años, la hermana de mi padre, a la que Freud había analizado, me dio a leer La interpretación de los sueños. Intenté en vano entender mis sueños. Yo debía ser más patológico de lo que creía.

Mi familia no tenía una buena opinión de Jung. El hermano de mi madre incluso me previno contra él: «Jung es un falso profeta que adula a las mujeres ricas, halaga a los alemanes, hace comentarios antisemíticos y busca la amistad de los pudientes».

En 1942 empecé a estudiar teología. Aunque me interesaba la psicología, quería ser pastor protestante. Participé en seminarios del clérigo cristiano y freudiano Oskar Pfister. Durante mis estudios teológicos no perdí la fe cristiana, pero cada vez me convencía menos la idea de que estaba destinado a rezar y a convertir al prójimo. Pensé estudiar psicología y empecé a leer los libros de los psicólogos clásicos: Freud, Adler, Reich, etc., y finalmente Jung, del que, aunque no lo entendí del todo, me gustó mucho su idea de que no sólo somos individuos, sino que además estamos relacionados con un inconsciente colectivo que tiene una estructura dada. Esta idea me pareció muy convincente. Me sentía un alma individual al tiempo que parte de una unidad psicológica mayor. El ser suizo, por ejemplo, significaba para mí algo más que ser el producto final de factores culturales y sociales externos.

La primera vez que vi a Jung fue al acudir a una conferencia que daba sobre astrología, y no le entendí. Tras el acto, numerosas mujeres comentaban, citando ejemplos, lo inteligente que era Jung. Eso se consideraba una discusión; me pareció indignante.

No sabía qué profesión elegir. Trabajé durante un tiempo en la empresa de publicidad de mi padre, y después colaboré en trabajos de ayuda social. Estudié historia y filosofía, pero nada me satisfacía. Entonces pensé que la gente tan confusa y complicada como yo tenía que aprender una profesión simple y clara, algo que permita ganarse la vida, y decidí estudiar medicina con la intención de convertirme después en psiquiatra.

Cuando estudiaba medicina, tras asistir a una conferencia en el Club Jung me dije: «Esa sabiduría esotérica y admiración de gurú no es para mí».

Poco después de finalizar la carrera, durante la que me había casado y había tenido un hijo, emigré a Estados Unidos. La estructura jerárquica de los hospitales de Suiza me repelía tanto que decidí hacer el rotatorio en el hospital de Rhode Island y luego trabajé como psiquiatra residente en Omaha, Nebraska. El período de prácticas fue puramente freudiano, pero siempre dejé claro entre mis colegas que yo era un psicólogo junguiano y que para mí el alma humana es una realidad objetiva, no un epifenómeno.

Tras cuatro años, proseguí mis prácticas en Suiza y empecé un análisis junguiano. La primera pregunta que le hice a mi analista fue: «¿Puedo ser cristiano y analista junguiano al mismo tiempo?», a lo que respondió: «Por supuesto, siempre y cuando sea primero junguiano y luego cristiano». Le contesté que en mí el orden sería al revés, pero que estaba dispuesto a comenzar el análisis.

Durante mis prácticas en Burgholzli vi varias veces a Jung, casi siempre en seminarios. Me impresionaba mucho lo que decía, mucho más que él mismo y, por supuesto, que la gente que le rodeaba. Me daba la impresión de que la mayo-ría de esa gente admiraba a Jung incondicionalmente. Estaba rodeado de admiradores, pero diríase que apenas tenía verdaderos amigos. No obstante, su forma de analizar la psique me parecía muy convincente, aunque durante un tiempo me había influido mucho el existencialista Medard Boss, de Zurich.

Tras muchas horas de trabajo supervisado -que realicé con desgana, debido a las tendencias mágicas y proféticas de ese campo—, abrí una consulta psiquiátrica en Zurich. Me tenía por un psiquiatra junguiano, sentía un gran respeto por los fenómenos psicológicos, y era muy reacio a violar las al- mas de los pacientes con rápidas y superficiales interpretaciones. Me involucraba cada vez más con mis colegas junguianos y fui uno de los miembros fundadores de la Sociedad Suiza de Psicología Analítica. Todo esto resultaba un tanto irónico teniendo en cuenta que nunca me encontré muy a gusto con los junguianos. No sentía admiración personal por Jung y nunca consideré la psicología junguiana como una religión.

En la consulta procuraba que las prácticas de análisis no me ocuparan demasiado tiempo, no más de un 15 o un 20% del tiempo. No me limitaba al análisis, pues también realizaba trabajos de psiquiatría general, incluyendo peritajes para los tribunales, psicoterapia con delincuentes juveniles, etc. Al evaluar la responsabilidad legal de un asesino, por ejemplo, me valía más de los sueños que de los tests psicológicos o de datos sobre su educación. Es evidente que tenía que ajustar mi lenguaje al utilizado en la corte, pero sólo lo aceptaba externamente.

Nunca rechazo a ningún cliente por considerarlo no apto para una psicoterapia junguiana, pero puede darse el caso de que yo no sepa llegarle al alma.

¿En qué punto me encuentro ahora, después de atender una consulta privada durante 29 años? Tanto en teoría como en la práctica, me consideraba un terapeuta junguiano, clásico y conservador. No es fácil mantenerse junguiano a lo largo de varias décadas. Jung nos legó una psicología exenta de causalidad, que nos enfrenta con las imágenes de los misterios de la psique y su patología. No todos los psicólogos soportan esa incertidumbre, incluso a Jung le resultaba difícil. Buscamos explicaciones causales, queremos que se nos considere como científicos, y nos alivia la aparición de nuevas aportaciones tales como la psicología experimental, el trauma infantil, mamás y papás perjudiciales, trabajo corporal o cualquier otra cosa. La mayoría de influencias externas de la psicología junguiana -kleiniana, kohutiana, etc.- son como una traición a la forma en que Jung nos enseñó a analizar el maravilloso y temible mundo de la psique.

Otro modo de escapar de la incertidumbre, de la ansiedad y del miedo de la psique es convertirse en un pseudoreligioso, considerar los sueños como mensajes proféticos del inconsciente que nos dicen lo que tenemos que hacer. El inconsciente siempre tiene razón es una frase que no me gusta en absoluto. El inconsciente nunca ha sido ni será un sustituto de Dios. No soy un predicador y entiendo tanto como mis pacientes el sentido de la vida.

Me siento muy limitado como psicoterapeuta y analista junguiano. Todo lo que puedo hacer es ayudar al paciente a conocer su propia alma y su patología, a ser consciente de su potencialidad y a darle a la vida otro sentido que el de limitarse a sobrevivir, me refiero a lo que se conoce por individuación, que incluye la religión y la política. Comprender el propio inconsciente colectivo implica darse cuenta de las obligaciones que se tienen con la familia, la comunidad, la nación, el Estado, etc.

Así pues, en la terapia hago muy poca cosa. Para empezar no prometo curar a nadie. Escucho al paciente e intento formarme una somera idea de quién es, escuchando sus relatos externos e internos, no sólo, por ejemplo, cuándo tuvo sus primeras relaciones sexuales, sino también cuándo tuvo su primera fantasía sexual impactante. Me interesa mucho su pasado cultural, social, etnológico y religioso, o sea, cosas como que los abuelos de un paciente eran campesinos católicos de Disentis y hablaban en romanche. Intento utilizar imágenes de su pasado; si, por ejemplo, el paciente procede de un entorno de clase trabajadora y le gusta el fútbol, utilizo a un jugador de fútbol como héroe arquetípico.

Interpreto los sueños, las fantasías, los acontecimientos, pero sobre todo con imágenes, no con conceptos. Amplío más que interpreto. Intento no dar consejos, aunque los pacientes los esperan. También tiendo a considerar las historias de los pacientes literalmente, sin creer o dejar de creer lo que me cuentan, pienso: «Cómo en realidad es o fue tu madre no lo sabemos. Pero consideremos a la persona a la que describes como tu madre, que es sin duda muy importante para ti, sea como fuere en la realidad».

La relación con los pacientes es importante, pero más como transferencia mutua que como amistad personal. Por lo que a mí respecta, la relación analítica casi nunca se ha convertido en una amistad. Sólo recuerdo dos o tres casos, que se dieron más o menos al morir mi padre. Mis amigos no son pacientes míos, y mis pacientes no son amigos míos.

Las fantasías sexuales entre mis pacientes y yo me parecen muy importantes. Las comentamos con frecuencia, no para pasármelo bien, sino con el ánimo de que el paciente se dé cuenta de cómo influye en otras personas. Por raro que parezca, me identifico mucho con mis pacientes. Entro en sus vidas, que me fascinan cada vez más, pues poco a poco ad- quieren los tintes de una tragedia shakespeariana, de una no- vela de Kafka o de una comedia de Molière.

La astrología es una vía de escape de una situación sobre la que no se sabe nada, por ello sólo la utilizo ante la insistencia del paciente y, aun así, con reservas. Tampoco soy muy dado a recurrir a la tipología y las pocas veces que lo hago, con expresiones como esto se podría denominar extroversión, es casi con ironía. La tipología simplifica demasiado, aunque a veces sirve para orientarse en la complicada psique.

Mi trabajo es muy solitario. Trato ocho horas al día con gente, pero se trata de personas que no se preocupan por mí, ni deben hacerlo. Para ellos soy una mera figura, un catalizador que, una vez utilizado, se deja de lado. Por otro lado, no cabe duda de que vivo material y psicológicamente de mis pacientes. Me dan la oportunidad de observar la vida, ¡me convierten en un voyeur! A través de ellos participo en negocios, política y ciencias, en tragedias y comedias humanas. Vivo indirectamente a través de mis pacientes.

Muchas veces me siento agotado, cansado de ver pacientes, abrumado y desanimado. En esos momentos me gustaría haber escogido una profesión decente, útil, como ingeniero de caminos, canales y puertos; o me siento frustrado al ver que la mayoría de mis compañeros de colegio ganan el doble que yo, sin ser más inteligentes ni entregarse con más líbido al trabajo.

No soy un misionero. Algunos de mis pacientes se hicieron junguianos y eso me da muchas veces complejo de inferioridad. Entonces me digo que me debo al alma de mis pacientes y no a la psicología junguiana. Intento que los pacientes encuentren su alma, y la mejor psicología que conozco para eso es la de Jung.

Después de tantos años, sigo siendo un inquebrantable y apasionado psiquiatra junguiano y sigo sin admirar a Jung.

En realidad no nos importa

Logos del alma

Años atrás, la esposa de un conocido político dio de que hablar al portar una prenda con el lema: «Realmente no me importa», a la vista de todos en medio de un evento caritativo. Independientemente de la explicación, significó un lapsus que puso en evidencia la débil delimitación entre el orden de los valores vigentes y los ejes de la cultura del espectáculo y del máximo beneficio, donde lo importante no es el acto semántico (la caridad) sino la sintaxis que muestra de forma expresa el verdadero sentido del quehacer político: sostener la farsa neurótica de un conjunto de valores ya obsoletos para la colectividad.

El dilema implícito tiene como condición el rol de la responsabilidad del individuo en un discurso social que constantemente lo culpabiliza y lo impulsa a resolver los dramas sociales: la contaminación, los conflictos armados, la delincuencia, la pobreza, entre tantos otros que se supone se resolverían si la voluntad de los sujetos se lo propusiera verdaderamente. Como Campbell Jones lo argumentó en su ensayo “El supuesto sujeto del reciclaje”, dicho traslado de la culpa del sujeto agente a la persona, predispone las condiciones que perpetúan el sistema social vigente y las mantiene en su lógica determinada.

Por eso es complejo entender cuando una buena acción objeta en el nivel de la semántica a un problema moral específico, mientras en el plano de la sintaxis su intención es la de conservar las reglas del juego al que se opone. Como indicaba Krishnamurti se buscan cambios llamativos para evitar el desmoronamiento de una sociedad doliente y es posible que incluso el impulso humanitario que permea en las almas buenas no sea otra cosa que un mecanismo de homeostasis que tiende al horror como su opuesto dialéctico, de tal forma que en el cultivo de las buenas intenciones se requiere que alguien se haga cargo y encarne el lado terrible de la realidad.

En el cuento “Los que se marchan de Omelas” de Ursula K. Le Guin, se narra la historia de un pequeño reino llamado Omelas cuyos habitantes viven de forma paradisiaca, sexo libre, comida abundante, drogas sin adicción, completa libertad, felicidad constante; el placer llena la existencia de los habitantes de Omelas, excepto por uno de ellos, quien sostiene toda la felicidad del lugar. Aquel es un niño que ha sido encerrado en una torre solitaria, en un cuarto estrecho y miserable; maltratado con el desprecio, arrastrado al retraso mental por la falta de contacto y olvidado por la mayoría de las personas. No obstante, el sufrimiento interminable de este niño permite la felicidad inmarcesible del pueblo. Casi nadie piensa en él, pero todos saben la verdad y solo algunos cuantos, al reflexionar detenidamente en el asunto, son los que se marchan de Omelas.

El cuento de Le Guin es una alegoría moral que se inscribe en la crítica de la sociedad capitalista, caracterizada por el consumo desmedido y la explotación constante de todo tipo de vida y de los recursos necesarios para que ésta subsista. Supone que el máximo beneficio, que es el valor supremo de la cultura, hace pagar un precio muchas veces invisible para la ingenua mirada cotidiana del ciudadano común y corriente; ese intercambio está representado por el chivo expiatorio en la forma del niño maltratado y por la conversión de los recursos materiales en divisas abstractas. En esta sociedad las personas conviven bajo una dinámica económica en la cual no reparan más que en lo presentado por los medios de comunicación. Su aprobación e indignación están mediadas por los intereses y la influencia de los mass media.

Pero la pobreza, resultado del desequilibrio económico, no atañe únicamente al oficinista, ni al obrero o al maestro como contraste de la fortuna de los grandes dueños del capital; la miseria se extiende hasta los ámbitos más recónditos de la explotación, por ejemplo: en las minas de coltán en África, en la esclavitud infantil en la India, en la trata de blancas en Europa, en la pornografía infantil en México y otros tantos hechos devastadores como las guerras ininterrumpidas, la migración forzada y el hambre. Tales situaciones parecen poder remediarse si tan solo el individuo las atendiera y alguien, de preferencia un político o un gran potentado, ofreciera los recursos necesarios para solventar su disminución. ¿Pero acaso es posible la reparación de estos males?

En términos psicológicos el resarcimiento promete volver al punto inicial del trauma y remediar el agravio, como si éste jamás hubiera ocurrido. Es la idea latente en las relaciones neuróticas donde los miembros se ven a atrapados por la fantasía de la restauración de los daños y luchan incansablemente por esa esperanza vana. No obstante la flecha del tiempo tiene una sola dirección y el sujeto ha de asumir que lo ocurrido no puede recomponerse en absoluto. La herida no es un accesorio tortuoso, es realmente el núcleo de la personalidad y como la historia de Filoctetes lo muestra es incluso imprescindible para definir al individuo.

En el contrato social es el propio estilo de vida al que las personas se abocan religiosamente lo que sostiene el horror interminable de los desdichados y su ceguera sobre su participación en el gran holocausto es el motor que impulsa lo más repudiado en el mundo. La gente aborrece el sufrimiento del prójimo más cercano, pero pocas veces siente curiosidad por la miseria de quienes se esconden en la recóndita torre de la explotación extrema, cuyas vidas han dejado de tener valor; y cuando por persuasión de la publicidad se les dedica un momento de atención a los invisibles, quizá un nudo se forme en la garganta de las almas buenas y el pedazo de pan no lo tragaran de inmediato, pero la vida moderna termina por llamarlos a su encuentro y a olvidar el exterminio de los otros.

Los buenos hombres besan en la frente a sus hijos por la noche y hacen el amor con sus esposas y al otro día se preparan para el trabajo cotidiano y olvidan el lacerante dolor ajeno. En eso consiste la vida moderna, en la recursividad amnésica de la desdicha de los otros. Para la psique el traslado del contenido consciente al inconsciente es una condición de la economía mental que permite que lo demasiado abrumador no perturbe la normalidad de la experiencia. De tal manera que lo rechazado se convierte en territorio de la sombra, que por principio no puede reconocerse a menos que se haga un esfuerzo demasiado grande o que ocurra un trauma inconcebible que desmorone las estructuras ya conocidas de la personalidad. Mientras tanto el otro permanece lejano y amenazante.

Hay personas que no pueden vivir con estos hechos y crean fundaciones, centros de ayuda, organizaciones sociales, algunos donan inclusive grandes fortunas para intentar remediar estos males y quizá liberan a muchos desdichados del trato inhumano al que estaban condenados, pero la atrocidad no termina, se multiplica como un cáncer en otras regiones y el trozo de maleza cortado es sustituido de inmediato por uno nuevo. Pero aún ellos, los caritativos, pueden vivir de forma decente, tener acceso a la cultura y disfrutar de los bienes materiales que las víctimas no. Realmente los compasivos no se han marchado de Omelas, solo procuran un poco de bienestar para el niño que sufre, pero Omelas permanece para ellos como la lógica intrínseca del alma.

La pregunta que surge entonces es la siguiente: ¿es posible, para el ciudadano moderno, marcharse de Omelas?, para responder es debido puntualizar que no importa el discurso semántico bajo el cual se viva, éste se sostiene en la dialéctica que comprende la construcción y la destrucción, el cosmos y el caos, Eros y Tanatos. El hombre necesita, para que su estilo de vida permanezca, intentar remediar la injusticia y fracasar, es debido este camino del desaliento para que la ruina ocurra fuera del sistema, o por lo menos que suceda lejos de la parcela de los hombres piadosos, que identificados con la bondad precisan experimentar su opuesto dialéctico en la miseria de los menesterosos y en el terror de los masacrados.

Las buenas intenciones no buscan la solución, en cambio procuran la proyección de la matanza lógica encarnándola en víctimas reales, por ello la vida de cada persona al identificarse con el elemento constructivo de la realidad incrementa las atrocidades. Debe propagarlas como medida apotropaica. La sociedad occidental contemporánea expresa un discurso que a nivel superficial promueve el fin de la barbarie, pero que para sustentarse ha de alimentar el holocausto, de manera inconsciente, con el sacrificio de millones de personas. Por eso los propósitos benévolos no son suficientes, porque en ellos la lógica que sostiene las relaciones económicas y sociales no es tocada verdaderamente, permanece intacta e inadvertidamente los individuos la permiten, son sus humildes y fervorosos adeptos.

Aunque cause indignación la destrucción sistemática de las selvas, la polución, el sufrimiento constante de los niños, las mujeres y los hombres que son combustible del sistema, no hay nadie que no esté involucrado en la empresa neoliberal que se multiplica incesantemente. El dueño del capital que dona la mitad de su fortuna para remediar el mal en el mundo no se da cuenta de que la lógica del capital es lo que ha llevado al mundo a la destrucción, su desprendimiento ingenuo también multiplica el salvajismo. Este asunto ha dejado la elección detrás de sí hace mucho tiempo y hay un destino religioso que subyace a ese gran laberinto de voluntades inútiles.

Omelas es la separación del sumo placer y el sufrimiento y lo que sus habitantes omiten es la asunción del intercambio necesario entre uno y el otro, la unidad de la unidad y la diferencia. En contraste con el cuento de Le Guin las personas no se marchan ni pueden hacerlo, su vida está dedicada a la expansión del horror, donde los pequeños placeres descansan en la ignominia, en la muerte y la miseria de muchas otras personas; y aunque se desprendieran de sus ropas y desnudos abdicaran de las comodidades, no pueden desprenderse del manto lógico que los envuelve. Omelas no es un lugar donde se pueda ir y venir, es simplemente el mundo en el que se vive y mientras así continúe, por más preocupados que estén los buenos hombres por la desgracia de los otros, por más indignación y lagrimas, en realidad no nos importa.

Reseña de «Catafalco» de Peter Kingsley

Traducciones

Paul Bishop, Inglaterra.

Journal of Analytical Psychology, 64(3) pp. 423-427

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

La respuesta inicial de la mayoría de los lectores cuando se enfrenten a estos dos volúmenes, con una impresionante ilustración de portada del artista Arik Brauer y un título y subtítulo igualmente notables, probablemente será preguntarse: ¿qué tipo de obra es ésta? Y luego: ¿qué significa ‘catafalco’? Estas dos preguntas están relacionadas, y responder a la segunda ayuda a responder la primera, en la medida en que Kingsley describe el propósito de su trabajo como «proporcionar un catafalco para nuestro mundo occidental» (p. 442). Un catafalco es una plataforma elevada que se utiliza para sostener el ataúd durante un funeral (algunos derivan el término del italiano catafalco = «andamio», aunque el OED dice que la palabra es «de derivación desconocida»). Y el sentimiento barroco y la naturaleza inusual de la palabra deberían alertarnos sobre el alcance del proyecto emprendido por Peter Kingsley en las páginas del volumen 1, cuyo argumento esencial, que Jung era (o, en algún sentido, es) un místico y un mago, se resuelve de la siguiente manera.

La primera parte, «El tonto místico», comienza con un lamento (repetido en páginas posteriores) por la «domesticación progresiva» de Jung (p. 21) y la reducción de la terapia theôn, o el cuidado de los dioses, a la mera terapia, o una serie de técnicas (p. 29). Al linaje intelectual-histórico de los alquimistas, los gnósticos y los presocráticos , Kingsley opone como villanos de la obra a Aristóteles y Platón, este último el «asesino» de la «lógica divina» de Parménides. Otras oposiciones estructuran este argumento: el espíritu de la época y el espíritu de las profundidades (en el Libro Rojo), la personalidad de Jung n. 1 y personalidad no. 2 (como se establece en Memorias, Sueños, Reflexiones), y ‘la paradoja de la oscuridad dentro de la luz, de la cordura en la locura’ (p. 61). La expresión «tonto místico» deriva de una carta que Jung escribió en 1926 (p. 71), y sirve como ejemplo de su «ambigüedad», resaltada por Jung en su carta a Zwei Werblowsky del 17 de junio de 1952 (p. 76). Un eje central para este argumento es un famoso pasaje del capítulo de Bollingen en Memories, Dreams, Reflections sobre ‘una corriente de lava’ (Jung, 1963 , p. 225), aunque es un pasaje que ha sido mal traducido (págs. 82 – 83), como se queja Kingsley (en ésta y varias otras ocasiones). Los Protocolos de Jaffé nos muestran cómo la crisis de Jung de 1913 implicó un «hundimiento en el inframundo», una experiencia a la que resistió con «un poder demoníaco » dentro de él (p. 86); La disposición de Jung a exponerse al «peligro de ser devorado por el monstruo del abismo materno» (Jung, 1953, § 261 cf. § 479 ; citado p. 89 , cf. p. 523) resalta las dificultades involucradas en la individuación, mientras que Miguel Serrano comprendió la verdad de que Jung era en realidad ‘un mago’ (p. 90).

En la segunda parte, ‘Regreso a la Fuente’, un pasaje de los Protocolos de Jaffé señala el misterio de la individuación como el misterio del Grial (págs. 110 y 140), como el camino hacia una experiencia de deificación o de convertirse en dios. o identificarnos con ‘el «Cristo interior»‘ como símbolo de nuestro yo superior, de la realidad divina escondida dentro de nosotros (págs. 110 – 117). Sin embargo, lo sagrado, lo divino o lo numinoso se ha convertido en un «recurso terapéutico» (p. 121), ignorando así el hecho de que la preocupación fundamental de Jung era el alma de la humanidad (p. 122). La pregunta por excelencia del Grial: «¿A quién sirve el Grial?» (p. 123), lleva a Kingsley a considerar el sueño de Jung sobre el castillo del Grial durante su estancia en Calcuta, su actitud hacia la religión y las prácticas espirituales orientales, y su autocomprensión como servator mundi (o salvator mundi , preservador o salvador de el mundo) (pág. 132). En una carta inédita a JB Lang del 9 de marzo de 1918, Jung había destacado la importancia del gnosticismo y el neoplatonismo (es decir, la filosofía hermética u oculta) para «una teoría del espíritu inconsciente» (p. 147), y la correspondencia de Eugen Rolfe con Jung en breve antes de su muerte proporciona el contexto para la definición de Kingsley de «el alcance real de la psicología junguiana» como «este movimiento benigno del Cristo gnóstico hacia un mundo oscurecido» (p. 144).

La figura de Filemón con su ‘atmósfera egipto-helenística’ y su ‘coloración gnóstica’ (Jung, 1963 , p. 207) debe entenderse como un guiño y un guiño en dirección a las fuentes intelectuales de Jung, y a la realidad detrás de ellas, en la medida en que como Philemon «puede llevarnos directamente al corazón de la verdad sobre Carl Jung» (p. 155). Esa «verdad» implica la compleja relación de Jung con Goethe y con la inscripción en la torre de Bollingen , Philemonis sacrum Fausti poenitentia (p. 177), que Kingsley interpreta como penitencia por «la despiadada búsqueda de mejora» (p. 179). En oposición a lo cual se encuentra el reconocimiento de Jung de «lo antiguo» (p. 182), de «la vasta estructura que se remonta desde nuestros días actuales a través de todas las nieblas y tinieblas arremolinadas que precedieron a los alquimistas, luego a los gnósticos, hasta los albores de la cultura occidental» (pág.193) . En los albores de nuestra cultura, y por tanto en la raíz de la psicología junguiana, se encuentran los presocráticos , en particular Empédocles; aquí está la intersección con el propio trabajo de Kingsley, en particular In the Dark Places of Wisdom (1999); Reality (2003); y A Story Waiting to Pirce You (2010).

Si Velia (una ciudad antigua, la ciudad natal de Parménides, cuyas ruinas arqueológicas se encuentran en la provincia de Salerno en Italia) representa para Kingsley la realidad de lo sagrado, sus antípodas son los Estados Unidos y su «descenso inconsciente al infierno tecnológico» (p. 218), de ahí la oposición que abre la tercera parte, ‘The Sunset Way’. El desdén de Porfirio por comprender el lenguaje de los pájaros (Sobre la abstinencia , 3 , 1-6) es igualado en el ámbito junguiano por analistas como James Kirsch y Edward Edinger, quienes borran la dimensión profética del trabajo de Jung. Sin embargo, tal ha sido siempre el destino del profeta, desde las figuras bíblicas de Abraham, Isaías (citas de las cuales introducen el Libro Rojo ), Amós e incluso Habbakuk (p. 357), hasta Buda, Cristo, Mahoma y Mani, hasta a quien Jung concedió especial importancia (págs. 307 , 333). Después de llamar la atención sobre un pasaje del seminario de Jung en Zaratustra sobre cómo los sistemas religiosos «no son invenciones, sino revelaciones» (Jung, 1989 , vol. 2 , p. 971 ; citado p. 323), Kingsley introduce la noción de Uroffenbarung. (págs. 328 , 331), en relación con el cual las pretensiones científicas de Jung eran un Bekleidungsstoff o ‘manto’ (p. 329). En consecuencia, las obras más importantes de Jung son Aion. (1951), una obra que surge de la experiencia de unión mística extática de Jung en 1944 y que mantiene una relación especial con la figura de Joaquín de Fiore; y Answer to Job (1952), una obra cuyo verdadero significado pocos han comprendido, con excepción de Erich Neumann (p. 356).

La cuarta parte, ‘Catafalco’, es una especie de coda sobre Jung y el islamista Henry Corbin que podría constituir el punto de partida de todo un libro por derecho propio. La percepción de Corbin sobre la importancia del trabajo de Jung queda indicada por su extensa reseña de Answer to Job (Corbin, 1955), así como por las notas del propio Corbin sobre su discusión durante una reunión con Jung en Künsnacht en septiembre de 1955 , que concluye con tres palabras griegas. palabras, monos pro monon o «solo a solo» (p. 382 ), clave que revela el significado cósmico de Jung. Así como los últimos días de Jung antes de su muerte en 1961 estuvieron llenos de visiones catastróficas, Catafalco termina con una nota decididamente apocalíptica, consciente de las palabras de Sócrates de que «la gente profetiza especialmente antes de morir» (Apología , 39 c).

Y el volumen 2 consiste casi en su totalidad en notas, lo que debería hacer que el lector se detenga antes de rechazar de plano el argumento de Kingley , como algunos sin duda se inclinarán a hacer. Porque las notas, que el propio Kingsley describe como «una broma, monumentos grotescos a una cultura que se abandonó a sí misma» (p. 445 ), fundamentan su posición en una amplia gama de estudios. Su libro demuestra un amplio conocimiento cultural y una erudición impresionante, junto con un enfoque forense de lectura minuciosa y una atención impecable al detalle. En numerosas ocasiones, Kingsley señala con qué frecuencia se traducen mal textos cruciales (p. ej., p. 650 , n. 39; p. 651, n. 41): por ejemplo, una mala traducción de al-hanîrat al- azaliyyah como «masa eterna» en lugar de «levadura eterna» sirve como un vívido recordatorio de cómo, a través de una mala traducción estratégica, se puede distorsionar y destruir toda una visión del mundo. Kingsley señala la burda supresión de las referencias a la religión en la edición inglesa de los comentarios de Jung a Freud (p. 662, n. 53), y señala que el índice de la edición en dos volúmenes de las Cartas de Jung incluye una entrada para «prostitución», pero no para ‘profetas’ o ‘profecías’ (p. 649 , n. 37).

En varios puntos, Kingsley nos recuerda la impresión negativa que Jung tenía de Estados Unidos, una impresión que el propio Kingsley comparte: la entonación robótica de una azafata estadounidense y el requisito de utilizar menús telefónicos automatizados sirven como ilustraciones de la robotización del mundo y de nuestra renuncia a el sagrado don de la voz para honrar lo divino (págs. 434 – 435 ). No hay nada más destructivo para el individuo, señala, que el culto colectivo al individuo (p. 108). Para este crítico, tal crítica de la modernidad en general y de Estados Unidos en particular podría recordar las palabras de Ludwig Klages , quien escribió en 1926 que «Estados Unidos, en cuyo rápido «progreso» el futuro inmediato se vuelve cada día más evidente, está muy por delante de nosotros en la estereotipación del pensamiento, del trabajo, del ocio, etc.’ y que «una simple mirada al mundo del trabajo americano, no menos que al mundo americano del ocio, es suficiente para permitirnos darnos cuenta de que » l’homme machine» ya no está simplemente a la puerta, sino que ya se ha convertido en una realidad’ ( Klages , 1926 , p. 206 ). En una nota a pie de página, Kingsley señala en un contexto diferente otro punto de intersección entre Jung y Klages , su relación con la racionalidad (p. 493 , n. 52). Éste, entonces, es «el fin de la humanidad» del que habla el subtítulo: porque «los verdaderos finales, los que importan, no suceden afuera» sino «tienen lugar muy dentro de nosotros, donde los vivos y los muertos se frotan hombros y se cruzan en el camino al trabajo” (p. 434).

Kingsley es un defensor convencido de la opinión de que existe una profunda continuidad en el pensamiento de Jung (p. 335) y que la revelación no es un «concepto teórico» sino «una realidad» (p. 324). El Red Book no sólo es la «fuente y origen de todo el trabajo posterior de Jung» (p. 660 , n. 51), sino que hay un fundamento mítico en el Red Book que valida su autenticidad (p. 677 ). Al elogiar la comprensión de Jung de los materiales históricos (p. 188), Kingsley inscribe firmemente la psicología junguiana dentro de una tradición cultural y, más allá de esto, dentro de una perspectiva metafísica. Aquí es donde probablemente residirá el obstáculo en la recepción de este trabajo, una provocación agravada por su tono polémico, reflejado en sus críticas intransigentes al movimiento junguiano y a los principales analistas (por ejemplo, James Kirsch y Edward Edinger), a destacados eruditos junguianos. (Sonu Shamdasani, Wolfgang Giegerich y Robert Segal merecen una mención particular), e incluso de aquellos (incluido el presente autor) de quienes se dice que promueven un «Jung textual», descartado como «el colmo del absurdo académico» (p. 74) .

Sin embargo, el propio Kingsley insiste en la psicología junguiana como una tarea cultural (p. 124), y señala la importante importancia para Jung de Goethe, quien adquiere una especie de estatus profético a este respecto. Ciertamente, la noción de Uroffenbarung recuerda la idea de Goethe de un offenbares Geheimnis o ‘secreto revelado’; La noción de Jung de «imaginación activa» y el concepto de imaginal de Corbin apuntan a la idea de imaginatio vera o «imaginación verdadera» (p. 386); y hay un vínculo importante entre la gnosis y la inmediatez de la percepción sensorial (p. 559 , n. 45). De modo que la sugerencia de que Jung dejó de lado el Red Book por considerarlo «demasiado estético» es sólo un nombre inapropiado, si se opera con una comprensión circunscrita de lo estético (p. 424 , cf. pp. 788-790 , n. 57). La pregunta clave sigue siendo: ¿a qué nos enfrentamos en el Red Book? ¿Es (para usar los términos de la clasicista suiza María Laura Gemelli Marciano) una cuestión de «conceptos literarios» o «actitudes», o una cuestión de «dura experiencia interior» (pp. 493 – 494 , n. 52)? ¿O es esto en sí mismo un binario falso?

La estructura del libro de Kingsley, escrito en un «estilo antiguo», «el ritmo inelectivo de los vientos y la lluvia» (p. 445 ), es circular, muy parecida a las estructuras circulares que discierne en Parménides, Empédocles y Jung (p. 76 , cf. pp. 510 – 511 , n. 78 y 79), de modo que el principio de Empedocles de que si algo vale la pena mencionarlo una vez, vale la pena mencionarlo dos veces (DK 31 , fr. B 25) está ejemplificado por el propio trabajo de Kingsley ( pág. 321 , cf. págs. 696 – 697 , n . Y si es cierto que «se necesita un profeta para entender a un profeta» (p. 632), Kingsley hace poco por ocultar la dimensión profética de su libro. Así, mientras que la tarea de Jung era «traducir su misión y mensaje al mundo desde el lenguaje de la profecía al lenguaje de la ciencia» (p. 696), Kingsley invierte este proceso. Así, la psicología y la religión son fundamentalmente lo mismo (p. 662 , n. 53), ya que los profetas ‘hablan en nombre de’ la realidad divina dentro de ellos (p. 647 , n. 36).

Catafalque bien puede resultar más controvertido que el trabajo de Richard Noll (cuyos Jung Cult (1994) y Aryan Christ (1997) explotaron el debate sobre Jung hace aproximadamente una década), y al mismo tiempo ser una respuesta (y, en cierto modo, una respuesta respuesta) a Noll. Y al mismo tiempo mueve toda la discusión sobre Jung en una dirección inesperada (y muy posiblemente, para algunos, alarmante), (En algunos lugares, literalmente, aúlla) Porque plantea explícitamente una serie de preguntas de primer orden, no sólo sobre la psicología analítica, sino sobre las artes y las humanidades en su conjunto. O incluso, como sugiere el subtítulo, sobre el futuro de la humanidad misma, si no es ya demasiado tarde.

Referencias

Corbin, Henry (1953). ‘«La Sophia éternelle» (a propósito del libro de CG Jung: Antwort auf Hiob)’. La Revue de culture européenne 5 , 11-45 .

Gemmelli Marciano, M. Laura, et al, Parmenide: suoni, immagini, esperienza. Sankt Augustin: Academia Verlag, 2013 .

Jung, CG (1953). Two Essays on Analytical Psychology. CW 7 .
——— (1963). Memories, Dreams, Reflections: Grabado y editado por Aniela Jaffé. Londres: Collins; Routledge y Kegan Paul.
——— (1989). “Zaratustra” de Nietzsche: Apuntes del Seminario impartido en 1934 9 . Londres: Routledge.


Klages, Ludwig (1926). Die Grundlagen der Charakterkunde . Leipzig: Barth.