La sombra de la ideología: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

Logos del alma

A veces la consciencia se nubla para escapar de sí misma. Lo hace, por ejemplo, mediante el refugio luminoso de las ideologías, arquitecturas de claridad que prometen orden, seguridad y un suelo firme donde apoyar la existencia. Nada es más seductor para la conciencia temerosa que un conjunto de ideas que, en apariencia, explican el mundo sin exponerla al riesgo de la confrontación con sus propias contradicciones. En esas doctrinas pulcras, el pensamiento parece estar a salvo de la intemperie de sí mismo. Y sin embargo, bajo esa quietud, se escucha el latido firme del antiguo temor a la alteridad, que deshace el yo y que lo hace temblar ante el encuentro con la diferencia, con lo extraño.

Las ideologías son, en su esencia, ideas capturadas en vuelo. En ellas los conceptos vivos se han vuelto imágenes detenidas en el instante previo a mutar. Como criaturas fijadas con agujas sobre la mesa de taxidermia, conservan el brillo de algo que alguna vez voló, pero han perdido la fuerza de sus alas. Viven, sí, pero sólo para sostener el gesto de quien las usa. Una vez literalizadas, se vuelven alegorías técnicas, dispositivos destinados a fabricar la ilusión de una verdad exterior, una especie de talismán defensivo contra aquello otro que, sin embargo, habita en el interior del sujeto. Lo que la doctrina protege no es el mundo, es el miedo del yo a su propia disolución.

Para Slavoj Žižek, la ideología no es una cortina que oculta la verdad, es la fantasía que hace soportable su exceso; no es ignorancia, sino cinismo: sabemos lo que hacemos y, aun así, lo hacemos. La ideología, afirma, no reside en las ideas, mora en los gestos cotidianos, en esa coreografía material que sostiene las vidas individuales incluso cuando se reconoce su artificio. Arrodillarse precede al creer; pagar por un café “ético” sustituye al compromiso; actuar como si fuera verdad importa más que la verdad misma. La ideología, en su propuesta, es el velo que permite que el sujeto no sea devastado por lo Real: aquello traumático, desnudo, sin figura posible.

Si bien la ideología protege al sujeto del desgarro que produce lo Real, a diferencia de lo que propone Žižek, su origen no está en una estrategia cínica de la conciencia. Yace, en cambio, en un movimiento más profundo de autonomía: la ideología es el propio pensamiento del alma que insiste en no hacerse consciente. No es que el hombre no sepa lo que hace, es que la vida lógica que lo forma todavía no piensa el pensamiento de su propio concepto. La fantasía que se estructura es la renuencia de la psique a atravesar su sombra, la decisión de desoír el murmullo que la empuja a conocer su estado de actualidad. La interioridad, temiendo la mutación, fija sus imágenes para no ser tocada por la noción subyacente en ellas.

La literalidad, lejos de ser un artificio que sostiene la apariencia de un mundo ordenado, revela el punto donde el logos se niega a proseguir su curso. En esos ciclos que regresan sobre sí mismos, la psique preserva las figuras que teme dejar morir, como si cada imagen detenida asegurara la continuidad de una identidad que presiente su posible disolución. La repetición vacua es el vestigio de un pensamiento que todavía no alcanza la claridad de su propio concepto, un movimiento suspendido entre la urgencia de transformarse y el deseo de permanecer. Allí, en esa oscilación silenciosa, el alma resguarda la forma que aún no puede asumir y se aferra a las cristalizaciones que la mantienen a salvo del abismo de su metamorfosis.

En la religiosidad institucional puede observarse el arquetipo más visible de esta domesticación de la experiencia. Allí donde debería florecer el misterio, se levanta un sistema de certezas infalibles; en el altar de lo numinoso, se exigen obediencias minuciosas. El dogma ofrece consuelo porque impide pensar. El creyente que renuncia al movimiento interno de su conciencia obtiene a cambio la promesa de un plan absoluto: ningún cabello cae, ninguna hoja se desprende sin que el Gran Otro lo haya previsto. Todo está escrito, la historia ya ha sido narrada antes de que los hombres puedan preguntarse por su sentido. El sacrificio intelectual es el precio que se paga por ese alivio donde la incertidumbre queda absorbida por la maquinaria de la explicación sagrada.

El gesto ideológico no se restringe al ámbito religioso; prolifera también en los cuerpos teóricos que se suponen seculares. En psicología es frecuente que las escuelas se conviertan en círculos herméticos, sostenidos por un lenguaje que opera como contraseña y fortaleza inexpugnable. El pensamiento, cuando se vuelve identidad, rechaza toda disidencia. Y así, la teoría (que debería moverse hacia el interior de sí misma, romper sus propias formas, exponerse a la contradicción) es detenida en un instante fijo, conservada para garantizar que nada en ella pueda desestabilizar la seguridad de sus adeptos. Se la convierte en una fórmula que ya no está abierta a su devenir distinta. Así perviven institutos y grupos académicos y de formación, alimentándose de los restos muertos de una obra otrora viviente.

El dogmatismo habla con la seguridad que da la falta de incertidumbre. Conoce las respuestas antes de oír las preguntas. Todo fenómeno es sometido de antemano a lo que ya se ha dicho; todo texto es leído desde un lugar que no puede ser trastornado. Y cualquier diferencia se vuelve sospechosa, cualquier variación del tono es interpretada como amenaza. La prédica de la Gran Salud (sea religiosa, científica o terapéutica) no pueden tolerar el desorden del pensamiento vivo, debe corregir, instruir, advertir. Es el discurso que insta a salvar a los hombres cuando en realidad sólo preserva la quietud de su propio sistema.

La realidad, sin embargo, no obedece a la literalidad. El fenómeno es una sombra que cae sobre el mundo antes de que pueda nombrarse y se presenta con una desnudez que no admite taxonomías previas. Dejar que aparezca tal cual implica exponerse a la violencia de su alteridad. Permitir que una idea mute es aceptar que algo debe morir para que el pensamiento continúe su proceso. Ninguna transformación ocurre sin pérdida y el movimiento interno no se produce sin que el yo sienta la amenaza de su disolución. Pensar, en su sentido más radical, exige estar a la altura del pensamiento del fenómeno, y esto a veces significa atravesar una destrucción necesaria.

Aquí se revela el verdadero carácter del mandamiento antiguo: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No se trata de una consigna ética, ni de un gesto benevolente, ni de un ideal moral. Es una experiencia de reconocimiento del mundo tal como es. Amar al prójimo supone renunciar a la centralidad del yo, permitir que su diferencia atraviese la rigidez de la identidad y aceptar que su presencia desordene aquello que se creía estable. No es un acto de bondad, es un movimiento de apertura hacia lo que podría disolver al sujeto. Amar es dejar que la alteridad hunda su cuchillo de jade en el corazón de quien se atreve a pensar una idea y servir como sacrificio al dios que se presenta.

Amar a otro es reconocer que en el interior del sujeto vive también un forastero, una figura que no coincide con la imagen que la conciencia tiene de sí misma, un punto ciego donde la psique reserva su misterio. Es necesario alojar y cuidar a ese extranjero interior (psicoterapia = cuidado del alma), asumirlo significa reconocer que él también encarna el carácter esencial de lo exótico, porque YO siempre soy Otro. Sólo cuando se acepta esta condición, el pensamiento se vuelve movimiento, la relación se torna transformación y el amor deja de ser consigna para convertirse en la metodología de una disciplina de la interioridad.

El alma, a veces, huye de la verdad de su logos y se esconde en veredas agrestes donde nadie puede alcanzarla. Se oculta en ideas fijas y sistemas de pensamiento reiterativos. Al psicólogo le corresponde escuchar estos dispositivos autorreferenciales, que se reproducen incesantemente en el discurso del que los sujetos se apropian, inconscientes, para seguirlos pensando y diferenciarse de los mismos. Este acto no es correctivo ni pedagógico, es el modo psicológico de escuchar el punto donde la psique se detiene a sí misma y deja de avanzar en su propio concepto. Porque incluso en los sistemas más rígidos hay un resto que no se deja inmovilizar, una sombra insistente, un logos en pos de su devenir, que espera presto la disolución de la forma que lo contiene.

La incertidumbre en psicoterapia

Logos del alma

El discurso psicoterapéutico contemporáneo es un conjunto de prejuicios morales y buenas intenciones. Bajo su lenguaje reparador se esconde un afán por domeñar lo incierto. Su narrativa ofrece la promesa de la felicidad, un modo de restablecer el orden allí donde la vida, en su crudeza, ha introducido el desgarramiento. Detrás de la psicología de manual se oculta la ilusión tecnológica de que el sufrimiento puede resolverse, de que hay una cura definitiva para la herida de existir. Tales consignas responden al deseo profundo de aliviar el peso insoportable de la incertidumbre bajo la consigna ingenua de que la existencia es un camino hacia el bienestar y no una travesía en la penumbra donde cada paso amenaza con desvanecerse bajo el siguiente.

A las personas les gustaría creer que existe una fórmula secreta para la felicidad, una ruta que los preserve del dolor del mundo. No hay tal cosa. Por similar que sea el sufrimiento, cada psique rehace su propio laberinto, y en su centro habita un misterio irreductible. Ningún mapa sirve dos veces, pues la vida es el territorio mismo que se modifica al ser recorrido. El sufrimiento ha de ser transitado como parte de la vida. No tiene utilidad alguna. La psicología, si aún conserva su raíz en el alma, no puede repetirse como doctrina ni aplicarse como técnica. Debe recomenzar en cada encuentro, aprender de nuevo a mirar, a callar y a esperar. Cada fenómeno que se presenta expresa su propio lenguaje, y el psicoterapeuta, si escucha de verdad, se convierte en aprendiz perpetuo de lo ignoto.

La psique no se deja reducir a categorías ni a procedimientos. Es una creación constante, una disrupción que habla con su propio acento. Allí donde la ciencia busca regularidad, ella responde con ambigüedad; allí donde el método busca certeza, ella devuelve el enigma. Lo que la psicología popular pretende nombrar (el duelo, la soledad, el amor, la pérdida) no son estados definidos, son configuraciones de la interioridad que jamás se repiten del mismo modo. El psicoterapeuta no trabaja con técnicas ni diagnósticos. Se acerca al síntoma con rituales, imágenes e ideas. Su tarea es sostener el espacio simbólico donde el pathos pueda reconocerse y adquiera forma y discurso.

El sujeto que tiembla ante el vacío clama por certidumbre. Y el terapeuta, no menos humano que aquel a quien acompaña, se ve tentado a responderle con certezas. El paciente deposita en él su esperanza, imaginando que conoce el sendero más adecuado, que su experiencia le permite prever los desenlaces y resguardarse de los abismos. No sabe que el psicoterapeuta mismo camina extraviado, que su saber consiste en soportar la oscuridad de lo no pensado. Su mirada se limita al presente que acontece, un tiempo sin orillas, y su única brújula es la intuición vacilante. Si está a la altura de su tarea, sabe que no puede guiar a nadie: apenas acompaña, tanteando el suelo incierto del instante. Su oficio es permanecer en el misterio del otro sin desviar la mirada.

Caminar a ciegas junto a alguien requiere una esperanza que no promete salvación. Es un acto de asunción ante lo desconocido, una renuncia a la fantasía infantil de curar o esclarecer. El horizonte está hecho de sombras y cada paso debe borrar al anterior. La labor consiste en reconocer que no hay nada que sanar y que el alma avanza, inevitable, a través de sus propias ruinas. Por eso, la escucha terapéutica busca la consciencia ritual de la vida (no el consuelo), quiere permitir que el dolor tenga oportunidad de expresarse. Quien así camina no conduce: se deja conducir por aquello que acontece entre él y el otro, por esa corriente subterránea que los atraviesa a ambos y de la cual ninguno es dueño.

Esa corriente, siempre invisible, es el reflejo de la vida lógica. Donde el pensamiento moderno ve disfunción, la psicología del alma percibe metáfora. Donde el discurso clínico busca restaurar la normalidad, la perspectiva psicoterapéutica insiste en su diferencia, en su singularidad irreductible. Cada síntoma es una tentativa de expresión, una forma de la psique de narrarse a sí misma. El psicoterapeuta que lo olvida (que se aferra a la idea de que puede eliminar el sufrimiento o devolver la “salud”) traiciona el misterio que lo sustenta. La salud entendida como equilibrio es tan ilusoria como la felicidad permanente; lo que la vida encarnada busca no es equilibrio, sino profundizar negativamente en sí misma.

El miedo al abismo induce a la tentación de la certidumbre. En el terreno movedizo de la psicoterapia, donde nada puede saberse de antemano, la tentación de saber se apodera del método. Se presenta como una secuencia de pasos, un esquema que promete control, un manual que sustituye la vivencia por el protocolo. Cada vez que el espíritu cede a esa comodidad, renuncia a la oscuridad fecunda y se refugia en el simulacro de la claridad. No se da cuenta que el conocimiento que se protege de lo desconocido y expulsa de sí la contradicción, se transforma paulatinamente en ideología.

El curador habla de procesos cuando lo que ofrece son procedimientos, de conciencia cuando prescribe recetas, de transformación cuando sólo enseña adaptación. Su discurso se ha secularizado, pero conserva el mismo impulso redentor: promete salvación, aunque haya sustituido el nombre de Dios por el de la “autoayuda”. El psicoterapeuta que olvida el contexto anímico se vuelve heraldo de una nueva religión: la del bienestar obligatorio. En ella, el sufrimiento se considera falla, la tristeza error y la vida interior un obstáculo para la productividad. Pero la psique no obedece esas leyes: su territorio es el de la contradicción, el conflicto, el deseo y la herida de la falta perpetua.

La senda de la psique es la herida incurable, la negatividad. Su movimiento nunca es afirmativo, es dialéctico; se construye demoliendo, devastando, encuentra una forma solo cuando ha perdido la anterior. En ese vaivén que destruye y rehace, el alma encuentra su único modo de avanzar: dejando que el sentido se quiebre para reformularse. La negatividad es la fuerza que deshace lo que ya no puede sostenerse. Cada quiebre introduce un nuevo orden del sentido, y cada derrumbe abre un espacio donde lo impensado puede irrumpir. El síntoma lacerante es la expresión más legítima de la fecundidad de esa sombra y su misma lógica oscura es la respuesta a su propia cuestión.

La psicoterapia no trata de mejorar la existencia, su trabajo es permitir que la vida se exprese con mayor plenitud. El precio de esa labor es la pérdida de la certidumbre. El psicoterapeuta que se atreve a trabajar desde el alma debe aceptar su propia vulnerabilidad, renunciar al saber como defensa, reconocer que también él participa del mismo sufrimiento que acompaña. No está fuera del proceso, sino dentro, expuesto al mismo terror que atraviesa al paciente. Si algo lo diferencia no es el conocimiento, es su disposición a sostener la incertidumbre sin huir. En ese gesto, en esa aceptación de la oscuridad, radica la posibilidad de que algo verdaderamente transformador ocurra. Tal mutación no depende de nadie sino del alma.

Por ello, la práctica analítica sólo tiene sentido cuando se reconoce como rito. En ella se actualiza la antigua relación entre el hombre y el misterio: el diálogo con lo invisible. El análisis que olvida este misterio se vuelve mecánico. Se trata de que la palabra toque lo invisible sin iluminarlo. El mayor peligro de la psicología moderna no es su falta de rigor científico, es la pérdida de la noción de “alma”. Cuando el sufrimiento se convierte en problema a resolver y deja de ser un misterio a comprender, la psicoterapia traiciona su vocación profunda. Recuperarla exige volver a la oscuridad de donde proviene, reconciliarse con el pathos, con la herida que da origen al pensamiento.

Es únicamente a través de la cisura y de la aflicción que el alma vuelve a casa a sí misma. Es en la experiencia de la incertidumbre donde se preserva su integridad y su vida. En el borde incierto de lo que no se comprende la psique recupera su propia potestad y se reconoce en la oscuridad que la funda. Y aunque nada garantice un sentido ni prometa una resolución, es en la desnudez del dolor (invulnerable a la técnica) en la que la psicoterapia puede encontrar el impulso hacia la dimensión anímica de su labor analítica y abrazar (sin promesas, ni ilusiones) la penumbra que constituye, desde siempre, el horizonte ineludible de la existencia.

El tiempo de la psicología es el presente

Logos del alma

Se cuenta que un hombre perdió un caballo. Los vecinos se acercaron con palabras de consuelo, y él continuó su labor en silencio. Días después, el animal regresó acompañado de una tropilla, y el pueblo celebró la fortuna. El hombre volvió a repetir que no sabía lo que vendría. Más tarde, su hijo intentó domar a uno de los caballos salvajes y cayó, fracturándose una pierna. Las voces del pueblo se llenaron de pena, mientras él seguía trabajando en la tierra. Con el tiempo, estalló la guerra, y todos los jóvenes fueron reclutados, excepto su hijo, que permaneció en casa con la pierna herida. La historia se cerró entonces sobre sí misma, como el movimiento natural de una respiración.

Quien escucha esta parábola no encuentra una enseñanza, asiste al ritmo de la existencia misma. En esa oscilación entre la pérdida y el hallazgo se revela la cadencia del mundo, el pulso del suceso que se manifiesta sin causa ni propósito, la misma circulación que sostiene a la vida en su andar incierto. Allí habita la psicología. No en la expectativa de lo que vendrá ni en la nostalgia de lo que fue, su hogar en el temblor del presente, donde el espíritu se muestra en su forma más desnuda. El psicólogo permanece junto al fenómeno (el sueño, el sufrimiento, la pérdida o el silencio) y lo acompaña con una atención que se abstiene del deseo de resolver y prefiere escuchar. Su tarea anímica es estar presente en lo que se revela.

Cada manifestación del inconsciente es como un animal que se acerca al agua. Cualquier gesto brusco lo dispersa. Por eso el psicólogo guarda silencio. Se deja instruir por aquello que aparece. El fenómeno se convierte en su maestro. En lugar de imponer la lógica del remedio y del progreso, deja que la herida respire dolorosamente. En lugar de oponer resistencia al sufrimiento, se sumerge en su hondura cuya oscuridad amenaza con devorar el mundo. Así sostiene su fidelidad a la psique, permaneciendo dentro de la materia viva del proceso, en una negrura que tiene su propia finalidad. No busca salir del fango, porque sabe que en la humedad del dolor germina la semilla del concepto.

El hombre de la historia no es indiferente. Ama, se entristece, trabaja. Su sabiduría está en no fijar la mirada en el resultado y seguir la oscilación que lo atraviesa. Vive con una calma que proviene de la aceptación profunda del devenir. Lo que acontece se vuelve rostro del mismo misterio. En su serenidad hay una forma de saber que no se formula, una confianza que no depende de lo favorable ni de lo adverso. El psicólogo participa de esa misma disposición interior. Recibe el sufrimiento como una imagen viva de la psique que busca pensarse, y al hacerlo continúa con su flujo lógico.

Toda psicología centrada en el alma debe permanecer en la ciénaga. No existe pureza en el trabajo con la interioridad de los fenómenos. La conciencia se hunde una y otra vez en la opacidad de lo que no comprende, y el barro se vuelve materia de revelación. La psique enseña en la contradicción, en el desgarro, en la oscuridad que resiste a la palabra. Lo que en apariencia se destruye en el fondo se reorganiza. Lo que parece ruina contiene su germen de metamorfosis. La vida lógica arde en el límite de sí misma, allí donde los opuestos se tocan y dejan de ser contrarios. En el compas dialéctico que marca el ritmo de la existencia es donde la interioridad tiene su casa.

El hombre común necesita definir. Llama bien a lo que alivia y mal a lo que duele. La psicología, en cambio, mira el dolor sin nombrarlo, lo deja existir como fenómeno. No busca el sentido como consuelo, ni la explicación como alivio. En la profundidad del síntoma, los hechos se abren como símbolos, y el símbolo no tiene un sentido pedagógico, ni quiere mejorar al sujeto, es simplemente el testimonio vivo de lo que está siendo. Expira, respira, se extingue al ser observado. El psicólogo acompaña esa revelación sin intervenir en su economía secreta. Su análisis es una metodología para mantener abierta la visión del misterio

El presente psicológico es la duración interior donde el fenómeno se contempla a sí mismo, más allá de la fugacidad del instante. Cuando el psicólogo escucha un sueño o una imagen, no los recibe como mensaje cifrado, los atiende como un paisaje en el que la psique se refleja. Cada imagen es una pregunta viva. Escucharla exige lentitud y paciencia, porque la prisa destruye el gesto con el que la vida lógica intenta hablar. El tiempo de la interioridad es demora, y en esa parsimonia el acontecimiento adquiere sentido. El hombre del cuento vive en ese tiempo sencillo. Su obra de cultivo es pensamiento encarnado, meditación en movimiento.

El espíritu no obedece a la voluntad. Lo que ocurre en el se despliega con una necesidad interior que ninguna intención puede gobernar. El psicólogo aprende a obedecer esa necesidad, aunque lo arrastre al borde de su comprensión. La fidelidad al tránsito anímico permite su curso. Escuchar no restaura un equilibrio perdido, acoge la forma viva del desorden. Hay dolores que no ceden, heridas que no cierran, repeticiones que insisten. En cada una persiste una verdad que no busca sanarse, desea revelarse como lo inamovible de todo ser.

La actitud psicológica es la confianza en la continuidad del mundo. Todo lo que sucede forma parte del mismo tejido, y cada hilo contiene el color de su contrario. En el ser, la oscuridad no se opone a la luz, la enfermedad no se enfrenta a la salud. Todo se despliega como un mismo curso de individuación. El psicólogo aprende a mirar desde ese lugar donde los opuestos se mezclan y dejan de combatirse. Ahí desarrolla una certidumbre radical por el curso de lo existente.

El sufrimiento deja de verse como error y se vislumbra cual lenguaje. Comprender la oscuridad de la vida supone dejarse transformar por su presencia. Cada dolor que se acoge amplía el horizonte de la conciencia, y cada resistencia que se atraviesa abre una respiración más profunda. El hombre del cuento continúa trabajando. El mundo lo observa, lo compadece, lo admira. Él sigue levantando la tierra con su azadón. No se pregunta si el destino es justo, ni si su esfuerzo tiene recompensa. Su gesto es su pensamiento, su actividad su oración. Así también el psicólogo, que cava en la densidad del alma humana sin saber qué encontrará. Lo que halla a veces es ruina, otras veces revelación, y en ambas cosas percibe el mismo temblor del sentido.

El presente exige la disposición del no saber, la serenidad de quien puede habitar la incertidumbre sin intentar dominarla. En ese espacio sin suelo, el síntoma se convierte en portador de su propio conocimiento, y la imagen guarda en sí la finalidad de su aparición. El sujeto no posee las cosas, las contempla una y otra vez, permitiendo que se revelen de nuevo en su mutabilidad. Así también el psicólogo: observa, comprende por un instante y luego suelta, sin aferrarse a lo aprendido. Su mirada no busca anticipar el desenlace ni asegurar el sentido. Trabaja con el suelo del alma como quien cava sin mapa, siguiendo el pulso del proceso que se despliega a través de él. En cada gesto repite un acto de compromiso interior: que todo cuanto sucede ya está cumpliendo su propio destino, que cada fenómeno es una forma de individuación en marcha.

El tiempo de la psicología es el presente. Todo ocurre ahora, incluso lo recordado, incluso lo que aún no ha sucedido. Lo que el alma busca yace en la hondura de este instante, donde el sufrimiento persiste y la conciencia enmudece. En ese silencio, el psicólogo trabaja como el hombre del cuento: alzando la tierra una y otra vez, sin saber lo que vendrá. Cada golpe del azadón repite la creencia secreta del fenómeno en su propio devenir. Labra sin certeza, sin temor, con la paciencia de quien sabe que toda transformación del mundo (la pérdida, el hallazgo, la herida) es parte de un ritmo que nunca habrá de cesar.

¿Quién es Jung? Reflexiones sobre la pertenencia de la obra de Giegerich al cuerpo de ideas junguianas

Logos del alma

Uno de los puntos más debatidos en torno al trabajo de Wolfgang Giegerich es su pertenencia al campo de la psicología junguiana, no en cuanto a sus credenciales profesionales (que son indiscutibles), sino en relación con la fidelidad teórica de su obra respecto al pensamiento de C.G. Jung. Para muchos críticos, Giegerich no solo se distancia del corpus junguiano, sino que incluso lo subvierte al reformular algunos de sus conceptos fundamentales, como la psique objetiva, el alma del mundo o la función trascendente. Se le reprocha una lectura demasiado abstracta, carente de imágenes, excesivamente filosófica y, por ello, ajena al espíritu vivo del símbolo. Pero esta objeción encubre un equívoco más profundo: la confusión entre la literalidad de una doctrina y la continuidad interior de un proceso anímico. Lo que Giegerich persigue no es la conservación del sistema junguiano como conjunto de categorías, sino la prosecución del concepto de alma que, en Jung, comenzó a pensarse a sí misma. La Psychology as Discipline of Interiority (PDI) no rompe con Jung; prosigue el mismo impulso interior que animó su pensamiento, llevando hasta sus últimas consecuencias la exigencia implícita en su obra.

Los críticos que buscan pruebas textuales para decidir si Giegerich “pertenece” o no al linaje junguiano incurren en un error epistemológico: suponen que la fidelidad a un pensamiento consiste en repetir sus fórmulas. De ahí que examinen la obra del autor alemán como quien coteja citas o verifica correspondencias conceptuales. Pero ese gesto, aparentemente filológico, es ya una traición al espíritu mismo de la psicología analítica. Jung no construyó una doctrina cerrada: abrió una via regia hacia la transformación del alma. Su pensamiento, más que una suma de definiciones, es un organismo vivo, un mito en proceso. Giegerich lleva la obra a su punto extremo: vuelve sobre Jung como un alquimista que arroja la obra del maestro al fuego, purificándola en su propia contradicción, ante el horror de los exegetas que petrifican el espíritu viviente de sus intuiciones.

El propio Jung lo había advertido: toda verdad psicológica está viva solo mientras se la experimenta. Una vez convertida en sistema, pierde su alma. Por eso Giegerich distingue entre dos modos de relacionarse con una obra: como basalto sólido o como lava ardiente. En el primer caso, el texto se ha vuelto roca: la palabra fija sustituye al movimiento del pensamiento; el concepto, que en su origen fue fuego, se enfría en dogma. En el segundo, la obra conserva su temperatura interior, su dinamismo dialéctico. No permanece como conjunto de proposiciones; se configura como un proceso autotransformativo que se piensa a sí mismo. La PDI, al reclamar que la obra de Jung sea tomada “como una totalidad”, exige su refinación alquímica. Tomarla como totalidad es aceptar también sus contradicciones, sus zonas no resueltas, los silencios donde el pensamiento aún no se sabe a sí mismo. Es precisamente allí donde el alma continúa su trabajo de elaboración.

En la historia de las ideas, la fidelidad literal es una forma de muerte. Toda escuela que confunde el aprendizaje con la imitación convierte la llama en ceniza. Giegerich percibe este riesgo en buena parte de la psicología analítica posterior a Jung. Los discípulos (Von Franz, Edinger, Neumann) llevaron a cabo una obra interpretativa de enorme valor, pero su método se volvió progresivamente reiterativo: un eterno retorno de arquetipos aplicados a mitos, sueños o narrativas. Lo simbólico se transformó en código, la metáfora en categoría. La psicología del alma fue sustituida por la psicología de los ejemplos. Pero la vida del alma, como bien sabía Jung, no se deja fijar en repertorios ni diccionarios: su naturaleza es dinámica, autonegativa, continuamente emergente desde la oscuridad de sí misma.

La cuestión, por tanto, es si Giegerich continúa a Jung, si prosigue el mismo movimiento interior que Jung encarnó: el proceso alquímico del pensamiento que conduce a la imagen hacia su culminación en la conciencia. Ser junguiano exige asumir el curso de lo aún no pensado en la obra de Jung, aquello que busca su expresión y que toma al sujeto como orfebre de una obra a la vez individual y colectiva. En este sentido, Giegerich no es un epígono, es un desenlace lógico del pensamiento junguiano, su cumplimiento interior. La PDI es la lava que prosigue el flujo del magma original: la prosecución dialéctica del alma junguiana que, habiendo pasado por la imagen y el símbolo, llega ahora a pensarse a sí misma como pensamiento absoluto, no como un sistema clausurado, sino como el movimiento interior del alma que se comprende a través de su propia negación.

No hay oposición entre Jung y Giegerich; lo que existe es una diferencia de nivel en la conciencia del mismo proceso. Jung se situó en la frontera entre imagen y reflexión, y desde ese límite alumbró la profundidad simbólica del alma moderna. Giegerich avanza un paso más, llevando esa profundidad al interior del pensamiento mismo. Lo que Jung vislumbró en el símbolo, Giegerich lo contempla en el concepto. Pero el concepto no es abstracción: es la imagen que ha retornado a su origen. Pensar dialécticamente es permitir que el alma se despliegue en su movimiento más íntimo. Allí donde Jung trabajó con los mitos, Giegerich trabaja con la estructura lógica del alma, con la gramática invisible que organiza las imágenes. Su psicología permite que el símbolo se realice desde sí mismo. El símbolo, en su culminación, no desaparece; se interioriza. Su verdad ya no requiere mediación visual porque ha asumido su propia función significante. La imagen se vuelve estructura lógica, memoria reflexiva del alma.

El pensamiento de Giegerich recupera la cualidad viva de la conciencia. Cuando afirma que el alma es tautológica, la define como el proceso en que el pensar llega a sí mismo a través de la negación de su punto de partida. Aquí se revela su deuda con Hegel, pero también su fidelidad a Jung: la psique como opus contra naturam, como movimiento interior que se redime en su propia contradicción. En Giegerich, el símbolo junguiano deviene concepto vivo; su “imaginación activa” ya no necesita imágenes porque ha interiorizado su propia función imaginante. El alma, entonces, se vuelve el pensar mismo en su acto de darse forma.

Desde esta perspectiva, la fidelidad se mide por el movimiento y por la asunción de las contradicciones inherentes a la obra. Continuar a Jung es someter su pensamiento al mismo proceso que él aplicó a Freud: la Aufhebung del maestro. En Recuerdos, sueños, pensamientos, Jung declara que su tarea fue continuar el espíritu de Freud, aunque eso implicara oponerse a su letra. Lo mismo ocurre entre Jung y Giegerich: el discípulo prosigue el movimiento del maestro, no sus conclusiones. Donde Jung necesitó la imagen para expresar el proceso anímico, Giegerich vislumbra la posibilidad de un pensamiento del alma que no requiera mediaciones imaginativas, porque se ha vuelto pura interioridad lógica. En este sentido, la Aufhebung giegerichiana es también la función trascendente llevada al plano del pensamiento: el conflicto de opuestos transformado en síntesis reflexiva. Su psicología lleva a la analítica a su culminación: el alma que, habiendo atravesado sus imágenes, se reconoce como el pensar que las produjo.

En este movimiento se cumple asimismo la dimensión alquímica que Jung tanto estudió. La alquimia no es solo una colección de símbolos: es una lógica del espíritu. En el laboratorio del pensamiento, toda materia debe ser disuelta y recombinada. La materia prima del psicólogo contemporáneo no es otra que el fenómeno psicológico, que debe ser sometido a su fuego interior. La lectura de Giegerich es precisamente esa cocción. Al arrojar la obra de Jung al horno de la reflexión dialéctica, no la destruye, la refina. Cada concepto (ánima, sombra, sí-mismo) es llevado hasta el punto de su disolución para renacer con una conciencia más amplia. Así como el alquimista sabía que el oro no era sustancia sino resultado del proceso, la psicología de la interioridad sabe que su verdad no reside en las categorías, sino en la operación misma del pensar.

Para el psicólogo analítico, la materia prima es el nivel alcanzado por la obra junguiana. Su tarea consiste en devolver vida a los conceptos positivizados, sumirlos de nuevo en la reflexión, no repitiéndolos compulsivamente en infinitos análisis de sueños, películas o mitos donde siempre se encuentran las mismas categorías. Es preciso permitir que esos conceptos se sigan pensando, atender al ejercicio del pensar del fenómeno. Dicho movimiento ocurre dialécticamente entre lo dicho y lo aún no dicho en la obra: esto último actúa como negación de lo que parece más evidente, permitiendo llevar el pensamiento más allá de sus significados previos. Así se comprende que el significado es puro movimiento lógico, o como diría Giegerich, actuosidad: el concepto en su caminar por la vía de la negatividad.

Esta comprensión transforma también el lugar del analista. El psicólogo que repite categorías es un guardián del dogma; el que las piensa es su transmutador. Giegerich no invita a aplicar teorías: su obra exige continuar el pensamiento que ellas encarnan. La práctica analítica, en este sentido, no consiste en interpretar símbolos, sino en acompañar el movimiento del alma hacia su autocomprensión. El proceso terapéutico se revela entonces como un proceso de pensamiento, en el que la interioridad, al pensarse, llega a ser ella misma. Este es el sentido más profundo de la cura en la tradición junguiana: no la reparación del yo, sino la integración del alma en su devenir lógico.

Giegerich entiende que la psicología, para ser verdaderamente del alma, debe seguir la dinámica del alma misma, que es movimiento de interiorización. Todo lo que Jung expresó simbólicamente (el mito, el arquetipo, la alquimia) debe ser llevado hasta el punto en que pueda pensarse desde dentro, sin recurrir a imágenes externas. Giegerich interioriza el símbolo junguiano. La imagen, que para Jung era el modo natural del alma, se convierte en pensamiento; el alma ya no necesita representarse para saberse, porque ha comenzado a pensarse. Este tránsito, que muchos confunden con una pérdida de imaginería, es en realidad la consumación del proceso simbólico. Cuando el símbolo llega a ser conciencia de su propia función, ya no necesita imagen: el alma se vuelve el pensar mismo en acto.

De esta manera, la supuesta distancia entre Jung y Giegerich se disuelve. El uno es el comienzo simbólico; el otro, la consumación reflexiva del mismo camino. Jung abrió la psicología al alma; Giegerich abre el alma al pensamiento. Ambos participan del mismo movimiento de interiorización que caracteriza a la modernidad espiritual: el tránsito desde la experiencia mítica hacia la conciencia de esa experiencia. La obra de Jung fue el puente; la de Giegerich, el cruce. Ser fiel al maestro no consiste en repetir sus conceptos, supone seguir su movimiento hasta donde el alma lo exija. Solo quien atraviesa la contradicción mantiene viva la llama.

La fidelidad en psicología solo puede medirse en términos profundidad. Quien conserva las formas sin permitir su transformación las convierte en ídolos; quien las deja morir en su fuego las devuelve al alma. Giegerich cumple esta paradoja: calcina la letra para conservar el espíritu. Si muchos junguianos lo consideran un hereje, es porque su pensamiento despoja a Jung de su estatuto de autoridad para devolverlo a su estado de magma, al fuego originario de donde toda psicología auténtica debe renacer. Su obra no funda una nueva escuela; realiza el destino lógico del pensamiento junguiano: el alma que, habiendo atravesado sus imágenes, se piensa a sí misma en su propio movimiento.

El verdadero sentido de la continuidad se revela así como acto alquímico. Freud fue la materia prima que Jung disolvió en su fuego; Jung es la materia que Giegerich vuelve a someter a la combustión interior del espíritu. Lo que en uno fue descubrimiento simbólico, en el otro es reflexión dialéctica. Pero el fuego es el mismo: la voluntad del alma de conocerse a sí. El pensamiento de Giegerich es ese seguimiento llevado al extremo: el alma que regresa a su centro, el símbolo que se vuelve pensamiento, la psicología que se convierte en pensamiento del espíritu.

De esa fidelidad tenaz nace la continuidad que el dogma teme. Jung no necesita ser defendido por sus herederos: requiere ser comprendido en su exigencia interior. En Giegerich, esa exigencia alcanza su madurez: la psicología se reconoce como el acto mismo del alma que piensa. El fuego que una vez se encendió en las visiones del Libro Rojo continúa ardiendo en la reflexión dialéctica de la PDI. Lo que en Jung fue revelación imaginal, en Giegerich es autoconciencia del espíritu. Ambos pertenecen al mismo proceso de transformación interior del alma moderna. Y es en esa continuidad de fuego donde se cifra la respuesta más fiel a la pregunta que la tradición repite: ¿quién es Jung? No el autor de un sistema, ni el fundador de una escuela, es el nombre del punto de ignición de un proceso que aún continúa: la lava que sigue fluyendo bajo la superficie, la llama que pensadores como Giegerich mantienen viva al permitir que se consuma en su propio pensar, hasta que el alma, agotada en su ímpetu, haga arder incluso la ceniza.

La incomprensión como defensa contra el alma: Falacias en la lectura de Enrique Galán sobre Giegerich

Logos del alma

Toda época revela su propio límite en la forma en que malinterpreta a sus pensadores más radicales. Allí donde el pensamiento intenta pensarse a sí mismo, la conciencia colectiva reacciona con sospecha: acusa de abstracción, de frialdad o de traición a quien, en realidad, busca la verdad más íntima de lo humano. Las épocas no leen a sus pensadores, se defienden de ellos; y lo hacen precisamente allí donde éstos tocan la herida abierta de su tiempo. Así ocurre con Jung: cada generación lo reinventa según sus temores y sus deseos, lo convierte en profeta de la interioridad, en místico del símbolo o en psicólogo de la integración personal. Pero pocas veces se lo piensa en su radicalidad filosófica, como aquel que vislumbró que el alma no es un objeto de estudio, sino el proceso mismo del conocer. Allí donde Jung habla del alma como realidad objetiva, la modernidad se apresura a traducirlo a lenguaje terapéutico o espiritual, neutralizando la potencia subversiva de su pensamiento.

La reseña de Enrique Galán, titulada “La inflación apolínea”, que hace al libro El pensamiento arquetípico de José Medina pertenece a esa estirpe de lecturas que, creyendo defender a Jung, terminan erigiéndose contra su herencia daimónica. Es un gesto que se repite cada vez que la tradición intenta proteger a Jung de sus propios herederos más radicales, como si el pensamiento pudiera ser preservado sin traicionarse, o la fidelidad consistiera en no continuar. Descartando la mala fe como motor de tales lecturas, es evidente que en ellas se confunde el nivel simbólico de la psicología con el nivel moral o ideológico del discurso. Lo que para Jung fue el lenguaje vivo del alma (el mito, el símbolo, la contradicción) se vuelve, en esas defensas ortodoxas, un sistema de creencias o una doctrina identitaria. En su crítica a Wolfgang Giegerich (a quien presenta como el epítome de la “inflación apolínea”) Galán repite, sin advertirlo, la misma escisión que Giegerich describió como el drama constitutivo de la modernidad: la incapacidad del alma de reconocerse en el movimiento de su propio pensamiento, la dificultad de distinguir entre el alma como proceso dialéctico y el sujeto empírico que la experimenta.

El alma, para Giegerich, no es una sustancia ni un principio vital, es la interioridad misma del pensamiento. Esa afirmación, que a muchos les parece una des-psicologización del alma, es en realidad su cumplimiento más riguroso. Pues si el alma es “función de relación”, como dijo Jung, y si su movimiento consiste en tender hacia la totalidad, entonces la conciencia (como expresión última de esa totalidad) cumple su telos al pensarse a sí misma. La vida lógica del alma es la culminación de su drama simbólico. Giegerich no sepulta a Jung, como afirma Galán; lo continúa allí donde Jung no pudo ir más lejos, siguiendo así lo que Jung exigía de sus discípulos: que el alma siguiera su propio camino, incluso si ese camino conducía a la muerte de sus formas anteriores. Giegerich conduce el pensamiento junguiano hasta el punto en que el alma, agotada la metáfora, sólo puede pensarse en la lógica de su propio devenir.

Es decir, Giegerich no abandona el alma: su trabajo gira en torno a que la vida lógica se piense a sí misma como pensamiento interiorizado. Lo que Jung había entrevisto en su afirmación de que “el alma es un sistema autorregulado que tiende a la totalidad” (una totalidad que incluye a la conciencia y al inconsciente), Giegerich lo retoma como objeto y método de su psicología. Por eso su psicología se asume como lógica: porque el alma ha alcanzado el punto en que su contenido simbólico se vuelve transparente a su propia estructura. En Giegerich, el símbolo se ha vuelto concepto, la imagen se ha interiorizado en el acto del pensar. La consciencia, diría, ha encarnado en su propio pensamiento.

La primera falacia de Galán (que comparte con Medina) consiste en creer que Giegerich “sepulta a Jung bajo criterios que nada tienen que ver con él”. Lo que hace Giegerich es lo opuesto: radicaliza el pensamiento de Jung hasta sus últimas consecuencias, llevándolo al punto en que el alma se piensa a sí misma como lógica y no como objeto representado. Cuando Jung habló del alma como “realidad objetiva” o como “función de relación con el inconsciente”, estaba ya esbozando la exigencia de una psicología que pensara desde el alma y no sobre ella. Giegerich, fiel a esa exigencia, abandona el plano empírico del “hombre psicológico” para dar voz al proceso mismo de la conciencia, a esa interioridad absoluta que no pertenece al individuo y que se sitúa ineludiblemente en la historia del espíritu.

Esta fidelidad al movimiento del alma no es doctrinaria, es ontológica. Giegerich reconoce que el alma, como proceso de totalidad, no puede permanecer detenida en las figuras que la expresaron en otro tiempo. La metáfora, el mito, el arquetipo (formas que fueron vivas en la psique colectiva) se han agotado como contenedores de la verdad del alma, porque la propia conciencia ha interiorizado esas figuras: ya no las habita, las comprende. En esa comprensión, las imágenes pierden su inmediatez, se vuelven pensamiento. Lo que la psicología junguiana vivió como símbolo, la psicología giegerichiana lo vive como reflexión. Pero esa reflexión no destruye el símbolo; lo cumple. Lo devuelve a su origen: al alma que lo soñó.

Por ello, acusar a Giegerich de “hegeliano” en el sentido de una “adaptación a lo dado” o de una “sublación” entendida como sometimiento político del contrario, revela un desconocimiento del núcleo mismo de la dialéctica hegeliana tal como él la asume. En Hegel, la Aufhebung no significa la integración jerárquica ni la anulación del vencido, sino la conservación de la contradicción en una forma más alta. La dialéctica no es el triunfo del yo racional sobre lo otro, es la reconciliación del espíritu consigo mismo en el reconocimiento de su propia negatividad. La contradicción no es un obstáculo, es la condición de posibilidad del pensamiento. Giegerich, lejos de usar la dialéctica como herramienta de dominación o como “razón de Estado”, la emplea como método de escucha del alma: una lógica que no suprime lo irracional, sino que lo interioriza como momento de su devenir.

Reducir este movimiento al nivel político o moral, como hace Galán al hablar de “integrar al contrario como subordinado vencido”, es proyectar sobre la lógica anímica una categoría ajena, convertir la estructura del alma en fábula ética o ideológica. Pero la dialéctica giegerichiana no pertenece al ámbito de la moral ni de la política, su lugar es el de la lógica interna del alma: su modo de ser pensamiento. Es exactamente porque el alma no puede permanecer en la inmediatez de sus imágenes, porque está condenada a pensarse a sí misma, que necesita atravesar la negación, la contradicción, la muerte de sus propias formas. El pensamiento no mata el alma: la obliga a renacer. Ese movimiento alquímico, que en Galán aparece caricaturizado como represión apolínea o racionalista, es el drama mismo de la vida anímica: el alma que, al mirarse, se ve disolverse.

Galán confunde la radicalización de Jung con su negación. Cuando acusa a Giegerich de “sepultar a Jung bajo criterios hegelianos”, revela que no ha comprendido ni a Hegel ni a Jung. Pues ambos, cada uno a su manera, pensaron el devenir de la conciencia como drama interno de la verdad que se desdobla para volverse consciente de sí, no como un proceso externo o jerárquico. La Aufhebung hegeliana, traducida a menudo como “sublación”, es la preservación del contrario en su superación, pero quien supera no es el yo racional, es la contradicción misma que se eleva al concepto. El espíritu no conquista destruyendo, avanza interiorizando. La negación no elimina, revela. La contradicción es así comprendida, pensada, salvada.

La lectura de Galán reduce este movimiento a una lucha moral: la del Apolo dominador frente al Dioniso vital. Pero la dialéctica hegeliana (así como la giegerichiana) no es moral, sino ontológica; no trata del poder, se dirige al ser del alma. Cuando Giegerich utiliza la Aufhebung para describir el destino de los arquetipos, no habla del sometimiento de lo dionisíaco a lo apolíneo, apunta al tránsito de la imagen al pensamiento. Es el mismo movimiento que Jung experimentó cuando, en El libro Rojo, las visiones se transforman lentamente en ideas; cuando la figura mítica cede su lugar a la reflexión. Negar ese tránsito en nombre de una supuesta “fidelidad a Dioniso” es permanecer en la superficie imaginal de la psique, negándose a seguir su movimiento interior hacia la conciencia.

La segunda falacia de Galán consiste en oponer, como si se tratara de caminos excluyentes, la “lógica nietzscheana” y la “lógica hegeliana”. Tal oposición, heredera de una lectura romántica de ambos, ignora que el pensamiento de Giegerich los piensa en su unidad contradictoria. Dioniso y Apolo no son para él fuerzas antagónicas, son momentos de una misma totalidad anímica, la unidad sicigial del anima y el animus. La embriaguez dionisíaca, si no se eleva al plano de la reflexión, se disuelve en pura irracionalidad; la claridad apolínea, si no reconoce en su interior la oscuridad que la funda, degenera en estéril idealismo. En Giegerich, el alma no se divide entre instinto y razón, sino que se conoce a través de su propia tensión. La verdadera tragedia del alma moderna no es la victoria de Apolo sobre Dioniso, sino la escisión entre ambos, la imposibilidad de reconocerse como fases de un mismo proceso interior.

Galán, al hablar de “inflación apolínea”, reproduce sin saberlo la queja romántica contra la razón, la nostalgia de un Dioniso perdido que se confunde con la vida instintiva o con lo irracional. Pero el pensamiento de Giegerich no es apolíneo en el sentido de una razón fría o intelectualista; al contrario, reconoce en la claridad del logos la forma misma de la experiencia anímica. Lo apolíneo, en él, no es represión: es el trabajo de conservar el misterio en la conciencia, de permitir que el alma se piense más allá del individuo. En cambio, el culto contemporáneo a lo dionisíaco (que Galán parece idealizar) es una forma de evasión: una regresión fascinante hacia lo inconsciente, disfrazada de vitalidad.

Equivocadamente, Galán identifica lo apolíneo con la razón instrumental y lo dionisíaco con la vida auténtica, reproduciendo así una dicotomía del siglo XIX, no del alma de nuestro tiempo. Su “crítica” a Giegerich es, en realidad, nostalgia de un mundo donde la psique aún podía representarse mediante imágenes plenas, sin advertir que ese mundo ha concluido. El alma moderna (dice Giegerich) ya no imagina: piensa. No porque haya renunciado a su profundidad, sino porque su profundidad se ha interiorizado en el acto mismo del pensar. Lo que antes era mito se ha vuelto reflexión. La embriaguez de Dioniso se ha transformado en vértigo de autoconciencia. Y la claridad de Apolo, lejos de ser máscara del poder, es ahora la transparencia en que el alma se reconoce.

Giegerich se sitúa así en la misma línea que Nietzsche y Jung. Nietzsche jamás propuso la aniquilación de Apolo: buscaba su reconciliación con Dioniso en la tragedia. Y Jung, retomando esa herencia, comprendió que el alma sólo puede realizarse en la coniunctio oppositorum. Giegerich, fiel a ese linaje, reconoce que el alma moderna ya no puede vivir esa tensión como mito externo, debe pensarse como lógica interna. El Dioniso contemporáneo no danza en los bosques: habita en la reflexión, en la autoconciencia del alma que ha perdido sus dioses y busca en el pensamiento su última morada.

La tercera falacia radica en confundir la “muerte del alma” de la que habla Giegerich con una actitud nihilista o desalmada. Cuando Giegerich afirma que el alma moderna ha muerto, no está celebrando esa muerte, la reconoce como el hecho histórico y psíquico a partir del cual el alma puede renacer en una forma nueva: ya no como sustancia metafísica, sino como proceso reflexivo. La “muerte del alma” no es su aniquilación, es su interiorización radical. El alma, en su forma contemporánea, se ha vuelto pura interioridad pensante: ha dejado de vivir en los mitos, para trasladarse al pensamiento que reflexiona sobre los mitos. Negar esta transformación en nombre de una supuesta “espiritualidad dionisíaca” equivale a desconocer el destino histórico de la conciencia.

Lo que Giegerich ofrece no traiciona a Jung, erige la comprensión de que el alma simbólica que Jung describió ha devenido consciente de sí misma. Por eso su psicología no es arquetípica, es lógica dialéctica del alma. El “arquetipo”, en Giegerich, deja de ser una imagen o un patrón eterno para convertirse en un momento del proceso de pensamiento del alma misma. La psicología ya no puede permanecer en el nivel de la representación mítica; debe reconocer que esas imágenes son el modo en que el alma se piensa. Y en ese paso de la imagen al concepto, de la visión al pensamiento, no se pierde el alma, su destino se cumple: la imagen se interioriza, se vuelve transparente a sí misma y así se sumerge en la nigredo de su representación.

El error de Galán es creer que ese tránsito destruye la vida simbólica, cuando de hecho ésta sigue su propia vía anímica. Lo que él llama “falacia giegerichiana” es precisamente el seguimiento extremo al movimiento que Jung inició. Pues Jung no se detuvo en las imágenes, quiso pensar e investigar lo que en ellas se pensaba, era un empirista de las representaciones mentales. Su psicología de los arquetipos fue siempre, en el fondo, una psicología del pensamiento anímico, una tentativa de escuchar lo que el alma dice de sí en sus figuras. Giegerich simplemente lleva esa tentativa al punto donde la imagen y el concepto coinciden: allí donde el alma ya no se representa, en el límite ontológico que exige al alma misma que se conviva como pensamiento.

La acusación de Galán (según la cual Giegerich expresaría la “ideología neoliberal” o la “adoración a Moloch”) no solo es intelectualmente deshonesta, es conceptualmente absurda. No hay en Giegerich ningún culto a la razón instrumental ni a la economía del poder, su teoría es una crítica devastadora precisamente a la forma vacía de la modernidad, que él describe como “psicología sin alma”. Su diagnóstico de la civilización contemporánea es trágico, no apologético. El alma moderna (dice Giegerich) se ha retirado del mundo y sólo sobrevive en el pensamiento reflexivo. Reconocer ese hecho no significa aprobarlo, implica asumirlo como condición inevitable del tiempo histórico. Galán, al moralizar esa constatación, muestra que no ha comprendido la diferencia entre descripción anímica y juicio ético.

En última instancia, la reseña de Galán confunde lo psicológico con lo moral, lo simbólico con lo ideológico, y lo lógico con lo político. Su defensa de una “riqueza del individuo” frente a la supuesta “colectivización” hegeliana olvida que para Giegerich el individuo empírico no es el sujeto del alma, sino su fenómeno. El alma, como totalidad lógica, no pertenece a nadie: atraviesa a los individuos como el pensamiento atraviesa las formas de una cultura. Pensar desde el alma no significa afirmar al yo, supone permitir que el alma piense a través de uno. Lo que Galán llama “inflación apolínea” no es más que la resistencia del yo a ser pensado por el alma, su temor a desaparecer en la transparencia de la reflexión.

Quizá el malentendido que atraviesa toda lectura de Giegerich no sea un error de interpretación, sino un síntoma del propio tiempo: la imposibilidad contemporánea de concebir que el alma piense, que no necesite ya representarse. En ese punto, la psicología se revela como el último mito del espíritu, el mito de su propia racionalidad.

El pensamiento de Giegerich es incómodo pues exige reconocer la realidad del alma más allá de las expectativas temerosas de los sujetos, no pide la muerte del alma, exige la muerte del sujeto psicológico como dueño de la experiencia en la asunción del objeto de la psicología. En ese sentido, su continuidad con Jung es absoluta, pues Jung mismo había dicho que el fin del proceso de individuación es la relativización del yo ante el Sí-mismo. La “autonomía del alma” que Giegerich reclama no es una abstracción hegeliana, es la misma verdad que Jung vislumbró cuando afirmó que el alma tiene su propio destino, independiente de la voluntad del hombre.

Apolíneo y dionisíaco, en Giegerich, lejos de ser principios morales, son momentos de una sicigia anímica. Dioniso es el alma en su expansión vital, en su desborde imaginal; Apolo es el alma en su autoconocimiento, en su retorno sobre sí. La psicología moderna, en su miedo a la claridad, se aferra a Dioniso; la cultura racionalista, en su miedo al abismo, se aferra a Apolo. Giegerich sabe que ambos temores son la misma huida: la del alma frente a su propio proceso. De ahí su exigencia: que el alma piense hasta el final, que atraviese la muerte de sus formas, que se vuelva transparente incluso a su propia oscuridad. Giegerich no asume uno u otra postura, su posición es la de la unidad de la unidad y la diferencia entre ambas, que también puede ser llamada: psicología-animus.

Donde Jung vio el colapso del mito y el ascenso de la razón como parte del drama de la totalidad, Giegerich observa el cumplimiento de esa totalidad en el pensamiento mismo. El alma, dice, ya no puede representarse: debe pensarse. Y pensarse significa atravesar las contradicciones del fenómeno, para permitirle ser consciente de sí mismo. Tal es la culminación de la autonomía del alma tan presente en el trabajo de C.G. Jung.

El malentendido de Galán es el de toda lectura que se aferra a las metáforas vitalistas y teme el rigor lógico del pensamiento. Su elogio de lo dionisíaco, su rechazo a la forma conceptual, su apelación al “descontrol” como signo de autenticidad, lo obligan a perpetuar la escisión que el pensamiento de Giegerich buscaba hacer patente. Pues lo que Dioniso necesita no es ser liberado de Apolo, sino reconocido en él. La embriaguez requiere forma, la vida necesita conciencia. Solo en esa coincidencia de opuestos, donde el alma se sabe pensamiento y el pensamiento se sabe alma, puede nacer una verdadera psicología.

Así, la reseña de Galán no critica a Giegerich: lo confirma. Su incomprensión es la prueba de que el alma moderna todavía no ha asumido su propio proceso reflexivo, que aún necesita representar su interioridad bajo la oposición de imágenes, sin advertir que la verdadera “inflación” no es apolínea ni dionisíaca, es la del yo que se cree dueño del alma. El pensamiento de Giegerich, en cambio, desmantela esa ilusión egóica, que el junguianismo ortodoxo promueve, y deja que el alma piense por sí misma, incluso contra nuestras preferencias estéticas o morales. En ello consiste su fidelidad radical a Jung: en haber comprendido que la consciencia es alma objetiva y autónoma.

Lo tóxico o la sombra como veneno

Logos del alma

El lenguaje contemporáneo ha erigido una nueva denominación de todo lo repulsivo: tóxico. Bajo su superficie moral se extiende una forma moderna del exorcismo. Todo aquello que produce displacer, toda figura del conflicto o del malestar, es rápidamente expulsada con ese término, como si nombrarla bastara para eliminarla. Tóxico designa lo que hiere, lo que divide, lo que perturba la imagen del mundo; sobre todo, señala aquello que debe ser desterrado. En ese gesto se condensa una antigua aspiración: la de una existencia sin sombra, una vida sin veneno y sin sufrimiento.

En el fondo, lo tóxico es el nuevo nombre de lo prohibido. La versión psicologizada (adaptada al lenguaje de la autoayuda) del pecado. Allí donde antaño se hablaba de culpa o de posesión, hoy se habla de toxicidad. La palabra preserva la misma estructura sacrificial: algo debe ser arrojado fuera para que la comunidad conserve su pureza. El mal se externaliza, se adjudica al otro, al chivo expiatorio. Y la conciencia, obedeciendo a este mandato higiénico, se limpia de sí misma.

Sin embargo, lo que se designa como tóxico no pertenece al ámbito del prójimo, sino a la interioridad misma de la vida psíquica. En términos junguianos es la sombra: aquello que la conciencia no puede asimilar sin verse transformada. Es un suceso ontológico. La sombra es la reserva oscura del alma, la región donde habitan las imágenes que no quieren ser vistas. La toxicidad proviene del choque entre la luz de la conciencia y la opacidad de lo que se prefiere inconsciente. Su fuente es el encuentro, y el encuentro es siempre doloroso.

Las relaciones humanas (ese teatro donde la psique se representa a sí misma) son el espacio privilegiado de esta confrontación. Una relación llamada “tóxica” es el escenario donde el alma se contempla en su propia herida. En el rostro del otro patológico se revela la verdad de cada sujeto. La envidia, los celos, la agresión son modos de aparición de lo reprimido. Lo tóxico no está en el vínculo, yace en la conciencia que no soporta verse reflejada en la otredad. Cada conflicto amoroso es un espejo roto que devuelve fragmentos de sombra.

El alma moderna, habituada al lenguaje de la limpieza, se estremece ante la impureza de ese reflejo. Prefiere una existencia sin restos, sin ambigüedad, sin el rumor de la contradicción. Toda pureza es una forma de mutilación. Allí donde se elimina el veneno se detiene el movimiento psíquico. El espíritu, como en la alquimia, solo se renueva en la putrefacción. Lo que la modernidad llama toxicidad, la tradición simbólica lo reconocía como fermento: la materia prima del cambio interior. El veneno, el pharmakon, es ambivalente: cura y destruye, salva y corrompe. En su doble filo se cifra la verdadera condición de la vida.

En el amor, en la amistad, en el deseo, hay siempre una dosis de veneno. El vínculo expone al ser humano a lo desconocido de sí mismo. Lo indeseable es la fisura por la cual la conciencia deja de ser idéntica. Esa fisura dolorosa es el origen del pensamiento. Tal experiencia aparece como un desgarro que se cierne sobre la vida y ante la cual es necesario proteger la identidad expulsando lo que resulta amenazante. No obstante, el conocimiento es la experiencia del malestar y no hay individuación sin la irrupción de lo negativo.

En el rechazo de lo tóxico se esconde el miedo al otro, a la alteridad interior que vive en el corazón del mismo fenómeno. La negatividad se vuelve intolerable al confrontar al yo con su límite. Lo que envenena es la evidencia de la autonomía del espacio psíquico, donde la vivencia está entrelazada con fuerzas que la exceden. Por eso, cuando se pretende expulsar lo repudiado, lo que se expulsa es la experiencia del límite. Se sueña, entonces, con una vida sin heridas, que carece de profundidad.

La consecuencia de esta purificación es el aislamiento. El individuo contemporáneo se repliega sobre sí, se protege de la relación. Busca vínculos indoloros, amores sin entrega, afectos sin riesgo. Se sustituye el contacto humano por la compañía de objetos, de animales, de pantallas. Allí donde no hay sombra, tampoco hay herida ni alteridad. Es un mundo donde todo se acaricia sin tocarse, donde la emoción es una simulación del sentir. Sin embargo, incluso en ese encierro, la negatividad insiste. El alma introduce al otro por otras vías: la ansiedad, la soledad, la enfermedad, el sueño. El síntoma es el modo en que lo reprimido reclama su lugar.

Desde una mirada simbólica, el veneno que se pretende erradicar reaparece bajo múltiples formas. El cuerpo se intoxica de ansiedad, la mente se satura de imágenes, el alma se envenena de luz. El exceso de positividad (como señaló Byung-Chul Han) se convierte en una nueva forma de violencia, más sutil y más devastadora que las antiguas. No hay descanso en un mundo que exige bienestar. La toxicidad proviene del bien llevado al exceso. Así, la salud deviene dogma, la serenidad máscara y la empatía imperativo.

El lenguaje psicológico participa de esta operación. Se ha vuelto el instrumento moral de una cultura que teme al sufrimiento. Las palabras narcisistadependientemanipulador o tóxico son emblemas de una nueva teología secular: clasifican el mal, lo designan, lo encapsulan. Pero, al hacerlo, lo expulsan del campo de la experiencia consciente. El alma, privada del contacto con su negatividad, pierde la posibilidad de comprenderse. Así, el lenguaje terapéutico, que debería abrir la escucha, se convierte en una forma de defensa. Despreciar el mal es la manera más sutil de no asumirlo.

Lo tóxico no es solo un problema relacional, es un fenómeno del alma moderna. Es el síntoma de una civilización que ha hecho de la positividad un absoluto. La patología no se encuentra en ciertos sujetos, sino en la estructura misma de la conciencia que los nombra. En la insistencia con que se separa lo puro de lo impuro, lo sano de lo enfermo, lo luminoso de lo oscuro, se revela una antigua escisión metafísica. La vida, reducida a lo correcto, se despoja de su misterio. Y el alma, privada del veneno que la transmuta, cae en una forma de literalidad.

No hay conciencia que pueda abolir del todo la sombra. Mora en los sueños, los lapsus, los gestos donde el yo se desarma. Habita en la palabra que hiere, en la mirada que acusa, en el deseo que se contradice. Es el resto que ninguna purificación puede suprimir. Lo tóxico es la sombra de todo ideal, el precio de toda aspiración a la pureza. Allí donde se intenta construir una vida sin conflicto, el pharmakon se filtra en la forma de la apatía o de la repetición. El alma se envenena de su propia perfección.

Lo rechazado es una forma de memoria. Recuerda al ser su origen en la mezcla, en el barro, en la contradicción. Recuerda que la vida no es pura, que toda creación implica destrucción, que toda conciencia nace del enfrentamiento con su sombra. La serpiente que muerde, el veneno que disuelve, el amor que hiere son las imágenes arcaicas de una verdad que la época moderna se esfuerza por olvidar. El alma, sin embargo, no olvida. Aun bajo las formas más civilizadas, conserva el sabor del veneno.

Entre la pureza y la sombra, entre la salud y la herida, el alma continúa su movimiento hacia una profundidad que precisa de la desarmonía. En el fondo de lo que es denominado tóxico se halla la certeza de que solo la fisura es la senda abierta de la vida. La toxicidad no desaparece: se desplaza, se disfraza, cambia de nombre, permanece como testimonio de la imposibilidad de una existencia sin dolor. Lo rechazado es el residuo del alma, la sustancia oscura que impide que la vida se vuelva completamente transparente.

En el núcleo de todo lo que existe hay una oscuridad que dormita y sueña con volver a sí misma; es el espíritu de contradicción que amenaza con irrumpir en las inmaculadas expectativas de un alma bella e inocente. La realidad es cruel y violenta, por eso se le rechaza. Acaso sea ese su secreto: que lo que el hombre llama tóxico es, en verdad, la forma en que la psique se hiere y se introduce en la herida para ser.

Cómo leer criticamente un texto

Logos del alma

En The Aion Lectures, Edward Edinger propuso tres preceptos para leer la obra de Jung. El primero de ellos dice:

“… debes darte cuenta de que la conciencia de Jung supera con creces a la tuya. Si pone algo de una manera que parece innecesariamente difícil, el procedimiento adecuado es asumir que sabe lo que está haciendo y sabe algo que tú no sabes. Si asumes que lo sabes mejor que él y comienzas con una actitud crítica, no te molestes; el libro no es para ti. La profundidad y la amplitud de Jung son absolutamente increíbles. Todos somos liliputienses en comparación, así que cuando nos encontramos con Jung nos sentimos inferiores y no nos gusta. Para leer a Jung con éxito, debemos comenzar aceptando nuestra propia pequeñez; luego nos volveremos alguien que pueda ser enseñado.”

Este consejo, que en principio podría confundirse con una forma obcecada de devoción, encierra una enseñanza más profunda: leer requiere humildad. No una humildad moral, sino intelectual. En toda obra genuina habita una vastedad que desborda la comprensión ordinaria. La lectura auténtica implica despojarse de la pretensión de saber, aceptar que el pensamiento del otro no constituye un territorio que deba conquistarse. El lector se convierte en huésped en una casa ajena, y solo puede permanecer si aprende a callar y a escuchar atentamente a su anfitrión.

Leer de este modo significa abrirse al misterio de lo no pensado en el texto. Participar del cuerpo y del espíritu del tema presente. Cada libro y cada línea de esa obra son una presencia viva que exige silencio antes de ser comprendida. En ese mutismo el yo se reduce para hacer espacio al pensamiento que llega. Así como el alma se aquieta antes de soñar, la mente debe serenarse antes de atender al texto. La lectura languidece ante el poder del juicio; requiere, en cambio, la hospitalidad del pensamiento receptivo y atento.

En la práctica contemporánea, la lectura “crítica” adopta con frecuencia la forma de una defensa. Muchos se aproximan al texto para protegerse de él, para reafirmar lo que ya sabían y evadir aquello que pudiera confrontar sus propias contradicciones. Así, la lectura se vuelve territorio de defensa donde se dirimen opiniones, donde el lector busca imponerse sobre el autor y demostrar su dominio. El texto deviene espejo que devuelve, como a Narciso, su propia imagen. En esa imagen el pensamiento se clausura y se impide toda transformación interior.

Esa actitud puede observarse en diversas aproximaciones a la obra de Wolfgang Giegerich o a la de James Hillman. En ocasiones, ciertos intérpretes junguianos proyectan sobre sus textos esquemas ajenos a su pensamiento, interpretando sus argumentos a través de categorías que no les pertenecen. El resultado es una lectura que no ve, una comprensión que no escucha. Lo mismo sucede con Jung cuando se le reduce a fórmulas prefabricadas o a citas fuera de contexto. En lugar de ser leído, se le utiliza como confirmación de lo ya conocido. Cada autor funda un mundo nuevo, y para adentrarse en él es necesario renunciar a la comodidad del propio.

Toda lectura defensiva constituye un intento de no ser transformado. En el fondo, persiste el temor ante lo que un pensamiento vivo puede provocar. Abrirse verdaderamente al libro implica aceptar una pérdida: la del saber anterior, la del suelo estable que sostenía la mirada. Toda comprensión profunda exige una cierta herida, un temblor interior que deja expuesto al sujeto. Ninguna auténtica comprensión ocurre sin este despojo. Comprender significa dejarse mover, permitir que algo más grande piense a través del alma.

La resistencia a la lectura transformadora suele provenir del deseo de dominar la obra antes de entrar en ella. El lector técnico o ilustrado, armado de conceptos, se enfrenta al texto con la intención de poseerlo. Pero el libro no se deja conquistar; solo se revela a quien lo atiende. Jung recomendaba estudiar todo y luego olvidarlo frente al paciente. Lo mismo vale para la lectura: aprender de todo, y después olvidar lo aprendido ante el libro abierto. Solo así es posible ser enseñado, y no repetir lo sabido, sino dejarse habitar por lo que el texto trae consigo.

El acto de leer no consiste en acumular conocimientos. La lectura auténtica permite que el pensamiento del autor atraviese la conciencia. En ese tránsito se reordena algo en la interioridad anímica. La comprensión no surge como conquista del intelecto, sino como transformación interior producto de la paciencia y del trabajo del daimon. Toda lectura verdadera modifica el tono vital. Pensar, cuando es verdadero, es dejar que algo piense a través del alma. En este sentido, la lectura se asemeja a la psicoterapia: ambas son experiencias donde una voz ajena conduce hacia un territorio desconocido y, sin embargo, propio.

Sonu Shamdasani recuerda que Jung, al revisar un texto de Adler, escribió haber aprendido mucho de él, a pesar de disentir profundamente de sus conceptos. Para Jung, el lector competente debía acercarse al libro con la sensación de que quizá se había equivocado hasta ese momento, y que ahora alguien le mostraría cómo percibir las cosas de otra manera. Esa disposición no constituye un gesto de modestia, sino una forma de inteligencia. Solo quien se permite el error puede dar paso a la comprensión.

Jung consideraba que el pensamiento se renueva cuando se expone a su límite. La lectura, entendida en este sentido, no es una defensa del yo, es un ejercicio de transformación. Cada libro que incomoda es una posibilidad de nacer nuevamente siendo otro. La idea que no se deja alterar se marchita, se convierte en doctrina o en sistema. En la medida en que el pensamiento se entrega, su muerte se transforma en fecundidad. Lo que se deja herir da lugar a lo nuevo, y en esa herida se insinúa el deseo. Leer con el alma abierta implica permitir esa herida sangrante: un roce con lo que excede las categorías conocidas, una experiencia de desnudez intelectual.

Todo pensamiento vivo contiene una energía erótica, un impulso hacia el otro que busca unión sin apropiación. La escucha de lo escrito es un acto erótico en ese sentido: el lector, libre del impulso de posesión, se deja fecundar por el texto. Un libro no se analiza como un objeto, se padece como una presencia. Jung afirmaba que un fenómeno debía contemplarse con el mismo asombro con que se observa una montaña o un río. La mente se inclina ante lo que la sobrepasa, y en esa inclinación nace la comprensión.

Giegerich mencionaba: “En mis ratos libres de lectura, sólo he leído libros que no entendía […] cuando leo aquellos libros difíciles, albergo dentro lo no entendido y vivo con ello, quedo preñado por ello, con frecuencia por muchos años, hasta que acaso, después de un largo tiempo, su significado se abre él mismo hacia mí por su propio acuerdo.“ Esta observación sugiere que la angustia del lector por entender debe también ser puesta en su lugar. No importa lo que el individuo comprenda; algo en él comprenderá mejor que él mismo.

Leer a Jung, a Giegerich o a Hillman requiere esa apertura interior. Cada uno representa un paisaje distinto del alma, con su propia geografía simbólica. Entrar en sus obras equivale a internarse en un bosque virgen donde nada puede darse por supuesto. Cuando se avanza con mapas prestados, los ojos permanecen ciegos y el corazón sordo ante la novedad. La lectura exige el gozo de la desorientación, el abandono del camino trazado. Pensar es meditar desde lo salvaje.

El bosque no solo es metáfora del texto, sino del alma que se interna en él. Quien se atreve a entrar debe aceptar perderse. Perderse en ese bosque es permitir que el camino mismo piense. Todo extravío es, en realidad, un modo de orientación que no pertenece al yo, sino al alma que busca su propia voz entre los árboles. Cada árbol es un pensamiento que despoja de una certeza, cada sombra una imagen que obliga a mirar de otro modo. Así se lee: sin mapa, sin destino, guiado por la intuición de que algo en esa espesura llama desde lo más hondo. Esa voz procede de lo no pensado que habita la idea contemplada, y solo la idea misma puede recibir su mensaje.

La lectura, como el amar y el hacer psicoterapia, exigen la misma disposición interior. En los tres casos, la conciencia se abre a lo desconocido, se deja afectar y aprende sin saber qué será aprendido. Lo esencial consiste en alejarse de la pretensión de dominio para favorecer la permeabilidad y el rapto del fenómeno. Lo que se comprende deja una huella lenta que madura con el tiempo y transforma la vida entera en algo que nadie podría prever.

Hillman y Giegerich amaron el legado de Jung y se entregaron a la ardua tarea de continuarlo pensando. No lo repitieron, lo elaboraron. Pensaron con la fidelidad que solo posee quien se atreve a traicionar la forma externa para preservar el alma de lo recibido. Así se lee: con amor, con respeto y con la valentía de dejarse transformar. Dar cabida al libro, finalmente, es dejarse tocar por lo que todavía no ha sido pensado, una entrega silenciosa a la voz ajena: el gesto silencioso con que el alma reconoce su propio pensamiento naciendo en otro.

El miedo a la repetición en psicoterapia

Logos del alma

«Hay que luchar todos los días, como Sísifo. Esto es lo que no comprendo. Que la vida contiene días, muchos días, y nada se conquista definitivamente. Por todo hay que luchar siempre. Hasta por lo que ya tenemos y creemos seguro. No hay treguas. No hay la paz.»
Alejandra Pizarnik, Diarios

Hay en el corazón del ser humano un anhelo de resolución, una esperanza silenciosa de que el dolor sea una estación pasajera y que, tras el esfuerzo del descubrimiento, sobrevenga la paz. Esa apetencia también se infiltra en el ámbito psicoterapéutico: los pacientes a menudo llegan con la expectativa de que la palabra los libere, de que el análisis disuelva la angustia o restituya la armonía perdida. Sin embargo, la psicoterapia no es un rito de purificación ni una vía de redención; es, más bien, el retorno del sujeto a su propia naturaleza, la confrontación con aquello que ya es. No existe salida del laberinto interior, lo que atormenta al individuo no viene de afuera; emana de la textura misma del alma.

Considerar el sufrimiento como un error corregible es olvidar que el espíritu no avanza en línea recta. Su movimiento es errático y circular, se repliega, se repite, se muerde a sí mismo, como la serpiente ouróboros que se devora para sostener su propio ser. La repetición no es un fracaso del proceso terapéutico. Es la manifestación esencial de la psique en su devenir. El ser humano es llamado a reencontrarse una y otra vez con su sombra, con los gestos que creía superados, con las heridas que suponía cicatrizadas. Lo que retorna no es un accidente del destino, es el eco de lo imperecedero en cada existencia, la vida que no puede dejar de ser reiterativa.

La aspiración al progreso pertenece al pensamiento indiferenciado de la colectividad moderna, a esa fe muda en el ascenso que convierte toda experiencia en tránsito y toda herida en promesa de superación. La modernidad es la primera época que ha creído en el destino siempre ascendente, en una línea que conduce del dolor hacia la luz, como si la existencia tuviera un sentido que se conquista. Las culturas antiguas recordaban otro orden del tiempo: la circularidad. Sabían que la vida desciende girando en torno de sí; que todo nacimiento es un retorno y toda muerte, iteración. La vida anímica aún recuerda esa lógica arcaica y busca, en el mismo ciclo, la morada que le corresponde.

Aprisionado por el paradigma del progreso, el paciente imagina que su sufrimiento proviene del exterior y que es infligido por aquello que le es ajeno, por eso su primera opción al abordar sus dificultades es buscar afuera, en los otros, para intentar conocer al perpetrador de su daño y exigir la debida reparación. Cuando ese ejercicio proyectivo es infructuoso, entonces invierte la operación y se convierte a sí mismo en un otro sobre el cual descargar el reproche de su aflicción, se enajena de sí mismo y vierte su ponzoña en la imagen despreciable de sí. No sabe que aquello que lo lastima es lo mismo que lo constituye y que nadie puede liberarse de la estructura psíquica que le corresponde. La herida y el desgarro son la habitación más íntima del ser.

La psicoterapia es la unidad dialéctica del recuerdo y del olvido, de la formación y la transformación. El espíritu, al enfrentarse a la iteración, revela su fidelidad a la dinámica de la vida que se crea y se destruye incesantemente (“Formación, transformación, eterna recreación de la mente eterna”). Lo reprimido no desaparece, muda de rostro, de lengua, de escenario, pero persiste en el presente como el terreno donde las ideas germinan. El movimiento circular es la insistencia del alma que pide ser escuchada en sus contradicciones: una voz que se niega a clausurarse en la ficción unilateral de un desarrollo solo ascendente.

El sufrimiento, como ya se ha dicho, es una de las expresiones más hondas del ser, aquello que lo afirma en la realidad. Es el signo visible de la dialéctica interna de la psique. El dolor no instruye ni redime, tampoco mejora al individuo, simplemente existe como testimonio del proceso por el cual la vida se contempla a sí misma. Lo aciago acompaña como una sombra imposible de abandonar, pues aquello que es llamado “yo” no es más que su proyección o su huella. Ninguna terapia puede abolir la oscuridad de la interioridad sin destruir su profundidad. Donde hay vida, hay conflicto; porque la consciencia es desgarramiento. Aspirar a una identidad sin fracturas equivale a desear la extinción de la interioridad.

Wolfgang Giegerich concibe la neurosis como el aferramiento de la vida lógica a una forma ya superada de su propia historia: una detención en el movimiento del pensamiento que se repliega sobre sí hasta quedar cautivo de su círculo. Pero la salida no está fuera de ese encierro. Jung comprendía que la psique se libera hundiéndose en el mismo dolor del que intenta huir, permitiendo que la experiencia la atraviese hasta reconocerse en su propia sustancia. El proceso responde al principio de similia similibus curantur: solo lo semejante cura lo semejante. En lugar de romper la circularidad, hay que contemplar su ritmo hasta que el alma, en lugar de girar a ciegas, perciba su propio movimiento. En esa mirada sin escape se encuentra, paradójicamente, la única posibilidad de transformación.

La figura del terapeuta no representa una guía hacia una versión mejorada del sujeto, más bien es una presencia que acompaña hacia el reconocimiento de lo que ya es. La psicoterapia se abstiene de desear la curación, porque es el lento aprendizaje de no huir de la propia condición. Se trata de soportar la tarea que el propio ser ha deparado para cada quien; por eso, en terapia, el síntoma es escuchado como el valioso signo de la vida misma desplegándose. Tampoco se vence la angustia, más bien se le reconoce como la aparición de una falta insalvable ante la que es debido resignarse y reconocerla. La psique no busca ser curada: exige ser atendida.

Como Sísifo, el individuo deberá empujar su piedra día tras día. Ese esfuerzo incesante sostiene la continuidad del ser, en la senda de fracasos que no se deben abolir. La tarea nunca concluye y no existe una cima definitiva. El mito enseña que la eternidad se funda en la circularidad perenne, en un avance siempre descendente. Cada ascenso y cada descenso son el modo en que el alma llega a casa a sí misma. El paciente puede sentirse frustrado ante esta vía errática, pero su cansancio es la prueba de su existencia ouróborica.

El ejercicio psicoterapéutico no debería nutrirse de falsas esperanzas ni depositar sobre las espaldas humanas la carga ingente de la superación. Quien busca ayuda lo hace cuando el peso de la ilusión se vuelve insoportable, cuando la inflación del ego alcanza el límite de lo posible. Tal deuda interior se agrava con la expectativa: es necesario un descenso, una reconciliación con la gravedad de lo real. La conciencia, para restablecer su equilibrio, necesita recuperar el movimiento circular que la constituye y entregarse al abrazo de lo eterno que le da forma, no para dirigirse más allá de sí misma, sino hacia la interioridad de su propia encarnación.

Nietzsche comprendió que el verdadero espanto del eterno retorno no radica en la recursividad de la vida, sino en su aceptación sin posibilidad de cambio. “¿Y si tu vida tuviera que repetirse eternamente, igual en cada detalle?”, pregunta su demonio. Aceptar esa posibilidad sin desesperar sería (según él) el signo de una afirmación total de la existencia. La vida no es benévola y no puede ser otra cosa más que su propio devenir. Amar el destino cesa toda resistencia ante su necesidad: reconocer que la interioridad no obedece al yo, solo a su propio telos.

La vida anímica que retorna sobre sus heridas está profundamente viva. Su movimiento circular es un síntoma de su lógica dialéctica, es una forma de afirmación, el impulso mismo de su estructura psíquica en movimiento. Desde esta óptica el eterno retorno es una imagen arquetípica objetiva: el alma que gira sobre su eje, que se repite y se piensa a sí misma, porque solo en esa clausura encuentra la posibilidad de su propio conocimiento. Su encierro, en lugar de ser una prisión, es la forma de su interioridad.

Sísifo, en su montaña, y Nietzsche, ante el abismo del tiempo, expresan una verdad: no hay salida, y precisamente en ello se revela la posibilidad de reconciliación. No existe redención, solo retorno. Sin embargo, cuando la conciencia deja de maldecir su piedra y comienza a percibir su peso como parte de su carne, adviene una forma más honda de aceptación. La ambición de triunfo se disuelve en claridad: en una lucidez que no libera, pero ilumina el sentido del propio límite. Tal mirada, que rehúye la salvación, propone en cambio la serenidad que brota de saberse irremediablemente atado al destino de ser lo que ya se es.

La psicoterapia en su dimensión más silenciosa enseña a mirar el movimiento anímico sin pretensión de avance. No invita a alcanzar la cima más alta, busca, en cambio, percibir el ritmo del ascenso y del descenso y comprender que la interioridad no se redime, se sostiene; que la labor no concluye, porque la vida entera es el trabajo mismo. Vivir equivale a repetir, y repetir, a existir. Toda vuelta es un modo de habitar la vida sin esperanza, sin fuga ni promesa, y en esa recursividad se disuelve el anhelo de trascender. Solo queda la conciencia de lo inevitable: el gesto del alma que, al reconocerse, deja de escapar.

Cuando la conciencia retorna a sí misma y reconoce la imposibilidad de evadirse de su propio movimiento, el sufrimiento adopta otra forma. Ya no se vive como condena, sino como la necesidad interna del proceso vital. Lo trágico es aligerado por la lucidez de saberse atado a la repetición. La vida, entendida así, se presenta como el lento aprendizaje de soportar la tarea particular, el ejercicio constante de pensarse en medio del propio destino. Quizá allí (en ese punto de resignación pensante) se encuentre la única paz posible: la de quien, sin esperanza, ha aprendido por fin a cargar con su existencia y a convertirse en el pupilo de la propia alma.

El análisis y el canto de las sirenas

Logos del alma

Pascual Quignard recuerda que la primera aparición de la palabra “análisis” en el canon occidental no se encuentra en la ciencia ni en la filosofía, sino en el mito: cuando Ulises, deseoso de escuchar a las sirenas, pide ser atado al mástil de su nave. Ese gesto (a la vez violento y delicado) funda una gramática del alma. El análisis, antes que discurso, es la escena de una sujeción. Ulises no huye de la fascinación ni la busca: la contempla desde el límite que lo sostiene. En la cuerda que lo ata vibra la paradoja original del alma: la de oír el canto sin ser arrastrado por él.

Las sirenas derivan su nombre de seirá, aquello que ata. Son el ser que retiene, la fuerza que inmoviliza al hombre en el cerco de su propia naturaleza. El canto de las sirenas no proviene de un afuera: es el murmullo del alma llamándose a sí misma, el sonido de su destino. Escucharlas es oír la voz que precede a toda palabra, la voz que no dice, sino que arrastra. El hilo que las une al hombre no es de carne ni de viento: es el lazo con lo que, en él, no puede ser disuelto.

Ulises, al atarse, ritualiza su relación con la fatalidad. El gesto de sujeción no es una renuncia, sino una afirmación. Al pedir que lo retengan, dice: “éste es mi ser”. Reconoce que lo que puede perderlo también lo constituye. En el acto de ser atado nace el alma como distancia interior, como espacio en el que algo puede ser visto sin confundirse con lo visto. Las cuerdas no limitan su libertad: la engendran. Pues sólo quien está ligado puede ser desatado. En este sentido, análisis (ser desanudado) no designa la ruptura del vínculo, sino su revelación. Lo que se desata no es la cuerda, sino la inconsciencia de haber estado atado.

La cuerda de Ulises es la línea invisible que separa la conciencia del vértigo. En ella el alma se tiende, se sostiene y se hiere. Su tensión es su forma de existencia. Quignard dice que el análisis es “ser desatado”, pero esa desatadura nunca es completa, como si la cuerda que une al hombre con sus imágenes tuviera un nudo que no se puede ni debe romper. En ese nudo se condensa la paradoja de la experiencia psíquica: la libertad sólo se alcanza en la aceptación de la atadura. Lo humano no se define por escapar de sus vínculos, sino por reconocer su música.

Orfeo, que más tarde cruza el mismo paso junto a los argonautas, repite la escena bajo otro signo. Ante el canto devastador de las sirenas, no se hace atar, sino que hace sonar su lira: una música que no niega el peligro, sino que lo acompasa. Orfeo no combate el canto con silencio, sino con resonancia. Su respuesta no es moral sino poética. Donde Ulises hace del mástil su rito, Orfeo convierte la cuerda en sonido, la tensión en armonía. Ambos saben que no se puede romper la cuerda sin romper el alma. La diferencia es que uno la reconoce como límite, y el otro la transforma en arte.

En toda cuerda hay una memoria de la divinidad antigua: las Moiras que tejen el hilo de los hombres, Ananke que aprieta su lazo sobre los dioses, Cronos encadenado a la duración, Loki ligado a la roca hasta el fin de los tiempos. En cada mito el nudo persiste, el vínculo no se resuelve. Romperlo sería deshacer el mundo. El lazo del alma no puede ser destruido sin que con él se disuelva la forma humana. Como en los sueños, donde la psique aparece siempre en imágenes que atan: un hilo, un cabello, una trenza, una red. La forma del alma es la de un tejido.

Wolfgang Giegerich recordaba que su maestra describía la neurosis como una gran soga compuesta de múltiples hilos, cada sesión cortando apenas uno. Pero el propósito no era romper la cuerda, sino transformarla. La psicoterapia, así entendida, no es una técnica de liberación, sino un lento desanudamiento ritual. El alma no se cura: se aclara. No se trata de cortar la soga de una vez (pues ello equivaldría a destruir la textura misma de la vida), sino de aprender a moverse dentro de ella. Cada hilo soltado revela la forma del conjunto, no su final. La atadura es el modo en que el alma se sostiene en su devenir.

En este horizonte, el análisis no puede reducirse a una operación racional. Es una ceremonia, una repetición, una danza con el límite. Su tarea no es extinguir el canto, sino sostener la escucha. Por eso el paciente y el terapeuta, como Ulises y sus compañeros, deben atarse a un mástil común: un símbolo, un rito, una palabra que los mantenga en el borde entre el sentido y la locura. El análisis no es un viaje hacia el desapego y la tranquilidad, sino un tránsito por el tormentoso mar de las imágenes. Cada sesión es una travesía en la que las sirenas siguen cantando, pero el oído se vuelve más fino para oírlas sin sucumbir.

Jung habría reconocido en esa escena el nacimiento del alma como relación: no un objeto interno, sino un movimiento de tensión entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo humano y lo más-que-humano. Las sirenas serían, para él, figuras de la autonomía psíquica: imágenes que no obedecen al yo y que, sin embargo, lo configuran. Escucharlas es permitir que el alma se despliegue en su dimensión simbólica. Lo inconsciente no es lo oscuro que debe ser disipado, sino el mar en que se dibuja toda forma. Por eso Ulises no busca apagar el canto, sino escuchar su verdad sin dejarse devorar por ella.

El análisis, entonces, no libera del lazo: lo vuelve visible. El alma no se emancipa, se transparenta. La cuerda sigue allí, vibrando entre el canto y el silencio, entre el deseo y el pensamiento. En lugar de ruptura, hay clarificación; en lugar de salvación, lucidez. La cuerda no se corta: se escucha. En ella resuena la música propia de la psique, ese hilo tenso que mantiene unida la experiencia. Quien deseara romperlo (como Alejandro Magno cortando el nudo gordiano) confundiría el acto con el símbolo, la eficacia con el alma.

El ritual no ahuyenta ni resuelve; repite. Su función es elevar a la conciencia lo que se vive como impulso animal, como diálogo acrítico. Las sirenas son ese movimiento pictórico que aparece primero como emoción y luego como figura. Cuando una emoción surge, su presencia es devoradora: se superpone al ego y lo sumerge en una vorágine de sensaciones. La persona se ahoga en esas impresiones y pronto ya no distingue entre la imagen psíquica que aparece y lo que ella misma es. Posiblemente porque el ego también es una imagen.

El análisis no corta el nudo: lo contempla. Y en ese gesto, el hombre se descubre no como dueño de su destino, sino como guardián de su tensión, como psico-terapeuta. La cuerda es su modo de existir, su frontera y su canto. Atado al mástil, el alma aprende que el peligro y la salvación son la misma cuerda, que no hay orilla fuera del mar, ni palabra fuera del silencio. Lo que se analiza no es la soga: es el temblor que la recorre y que re-liga con el propio ser.

La crítica de David Tacey a James Hillman: un examen de sus límites teóricos

Logos del alma

La psicología arquetipal de James Hillman representa una de las intervenciones más radicales dentro de la tradición junguiana del siglo XX. Formado en el Instituto C.G. Jung de Zúrich, Hillman heredó de Jung la convicción de que la psique se manifiesta primordialmente en imágenes y mitos, pero rechazó la idea de que la meta del trabajo psicológico sea la integración de opuestos en una totalidad unificada. Su propuesta, desarrollada en obras como Re-Visioning Psychology, se orienta hacia un “politeísmo del alma”, en el que la multiplicidad de dioses interiores constituye el núcleo de la experiencia psíquica. Este gesto de ruptura y a la vez de continuidad con Jung provocó un intenso debate entre analistas y teóricos de la psicología profunda.

Uno de los intentos más recientes de evaluar críticamente esta innovación es The Unmaking of a Psychologist de David Tacey, dividido en los artículos “His Legacy” y “The Problem of the Puer”. Tacey, cercano a los círculos junguianos y temprano discipulo de Hillman, sostiene que Hillman encarna el arquetipo del puer aeternus y que su pensamiento carece de un principio de desarrollo que permita la maduración psíquica. Desde su perspectiva, la negativa de Hillman a orientar la psicología hacia la individuación equivaldría a una regresión teórica y a una inmadurez personal, una lectura que combina análisis conceptual con elementos biográficos para cuestionar la coherencia de la psicología arquetipal.

Sin embargo, un análisis más detenido revela tres debilidades fundamentales en la argumentación de Tacey. Primero, su crítica juzga la obra de Hillman desde las categorías de la psicología analítica clásica (individuación, integración, teleología del Self) sin reconocer la compleja relación de filiación y ruptura entre Hillman y Jung. Segundo, califica de “pre-junguiano” el trabajo hillmaniano por el predominio de su lenguaje estético, ignorando que la poética de la imagen es en sí misma un aporte teórico y una revisión de la psicología. Tercero, recurre a la biografía de Hillman para desacreditar su identificación con el puer, cayendo en una falacia ad hominem que omite el carácter deliberado y necesario de su proyecto dentro de un campo que se volvía cada vez más dogmático.

Discípulo del Instituto C.G. Jung en Zúrich y director de estudios de esa misma institución durante varios años, Hillman continuó con la convicción junguiana de que la psique es ante todo un fenómeno de imágenes, mitos y símbolos. Sin embargo, su proyecto se apartó de la dirección teleológica de la individuación junguiana para formular una “psicología arquetipal” que, más que conducir al sujeto hacia una síntesis, propone una multiplicidad de dioses interiores y un politeísmo del alma. Esta desviación deliberada es el punto de partida de la crítica de David Tacey en The Unmaking of a Psychologist, una lectura que, a pesar de su erudición, termina mostrando sus propios límites interpretativos.

La relación de Hillman con Jung no puede reducirse a una simple continuidad ni a una ruptura tajante. Hillman reconoció siempre su deuda con el maestro suizo, pero entendía que la fidelidad a un legado no consiste en repetirlo, sino en someterlo a una permanente revisión. Su psicología arquetipal se concibe como una profundización del núcleo imaginal que ya estaba presente en Jung, pero llevándolo más allá de la meta de individuación, que Hillman consideraba una forma de monoteísmo psíquico. Este gesto de radicalización y a la vez de crítica es el que Tacey parece no terminar de asimilar, pues lee la obra hillmaniana como un desvío fallido en lugar de una elaboración creativa.

En sus dos artículos (His Legacy y The Problem of the Puer) Tacey plantea que Hillman encarnó el arquetipo del puer aeternus, el “eterno joven”, y que su pensamiento carece de un principio de desarrollo que permita la maduración de la psique. A su juicio, la negativa de Hillman a orientarse hacia la integración de opuestos revelaría una inmadurez teórica y vital. Tacey interpreta incluso el giro tardío de Hillman hacia una afirmación de la masculinidad como una compensación inconsciente, una irrupción de la sombra masculina reprimida. De este modo, sitúa su crítica en la confluencia entre biografía y teoría, atribuyendo a la vida personal del autor la justificación de sus supuestas deficiencias conceptuales.

El problema central de esta lectura radica en que Tacey juzga a Hillman desde categorías propias de la psicología analítica clásica: individuación, integración, síntesis de contrarios. Tales criterios se convierten en un horizonte normativo que impide comprender la singularidad de la psicología arquetipal. Lo que para Tacey es carencia, para Hillman es principio fundacional: la decisión de “permanecer en la imagen” y de cultivar la pluralidad de figuras psíquicas sin aspirar a un centro unificador. Esta diferencia de enfoque no es un malentendido menor, sino el núcleo de la controversia.

Comprender el contexto histórico de la psicología profunda ayuda a iluminar este desacuerdo. Durante las décadas de 1960 y 1970, el discurso junguiano comenzaba a institucionalizarse, a veces de manera rígida, en sociedades analíticas que buscaban legitimarse ante la academia y las ciencias humanas. Hillman percibió en esa tendencia un riesgo de dogmatismo y un empobrecimiento de la experiencia del alma. Su propuesta arquetipal, con su énfasis en la imaginación, la poesía y el mito, emerge como una respuesta a ese proceso de fosilización. Desde esta perspectiva, la crítica de Tacey parece no considerar el momento histórico que hizo necesaria la intervención de Hillman.

Además, Tacey interpreta el lenguaje poético y la brillantez literaria de Hillman como una estrategia de seducción más que como una elección epistemológica. Su diagnóstico de un “pre-junguianismo” se apoya en la idea de que el pensamiento hillmaniano carece de rigor conceptual por apoyarse en metáforas, olvidando que para Hillman —como para gran parte de la tradición neoplatónica que lo inspira— la imagen y la metáfora no son adornos sino formas de conocimiento. Esta desatención al estatuto epistemológico de lo poético prepara el terreno para una subestimación de los aportes teóricos de la psicología arquetipal.

No es casual que Tacey utilice la vida de Hillman como argumento central. Al presentar la relación con su madre dominante y la ausencia de su padre como claves para entender su teoría, construye una lectura en la que el pensamiento se reduce a biografía. De este modo, la identificación de Hillman con el puer deja de ser un gesto deliberado de resistencia frente a la clausura de la psicología y se convierte en un síntoma de inmadurez personal. Esta estrategia crítica bordea la falacia ad hominem: en lugar de dialogar con las ideas, las descalifica al atribuirlas a un supuesto complejo no resuelto.

Desde esa posición el análisis objetivo se vuelve imposible, porque juzgar un movimiento de ideas a través de la lente de las particularidades existenciales de un autor es sumamente injusto, ya que ambas no coexisten en el mismo plano lógico. Es cierto que las ideas responden, en cierta medida, a los intereses de su autor, pero estas emergen en un sistema nocional que involucra la relación del sujeto creativo con el medio cultural al que pertenece. Las ideas no son del autor, al contrario, el autor es creado por la ideas.

Por eso, la figura del puer en Hillman no puede entenderse en términos exclusivamente personales. Representa una actitud epistémica que rehúye las conclusiones definitivas y que mantiene la psique en un estado de apertura. El puer es para Hillman la encarnación de un dinamismo imaginativo que se niega a ser domesticado por la lógica del progreso o de la integración. Pasar por alto este sentido arquetipal significa ignorar la dimensión filosófica de su propuesta, que aspira a preservar la movilidad del alma frente a los sistemas cerrados.

Estas tres debilidades (el juicio desde categorías junguianas, la reducción estética y el uso biográfico como arma crítica) no son meros detalles, sino fallas estructurales que condicionan toda la argumentación de Tacey. Cada una de ellas limita la posibilidad de entablar un diálogo real con la psicología arquetipal y, en conjunto, impiden apreciar su originalidad. Lo que Tacey considera “deshacer la psicología” puede leerse, en realidad, como una necesaria expansión de la tradición junguiana hacia un horizonte más plural y poético.

El primer límite de la crítica de Tacey consiste en evaluar la obra de Hillman con las categorías que definen la psicología analítica clásica, en particular la noción de individuación. Para Tacey, la ausencia de un telos integrador en la psicología arquetipal revela una deficiencia esencial. Sin embargo, esta lectura confunde la diferencia de paradigmas con una carencia. Hillman no se propuso prolongar el proyecto junguiano sino radicalizar uno de sus núcleos más fecundos: la autonomía de las imágenes del alma frente al imperativo de síntesis. Pretender medir la validez de su propuesta por el grado en que se ajusta a la teleología de Jung equivale a evaluar una obra de arte con criterios de laboratorio.

La individuación, en el sentido junguiano, supone un movimiento hacia la integración de los opuestos y la conformación de un Sí-mismo que actúa como principio organizador. Hillman, en cambio, concibe la psique como un proceso polifónico que no requiere un centro unificador. Esta diferencia no es un simple desacuerdo metodológico: apunta a una ontología distinta. Para Hillman, la psique no es un organismo en busca de totalidad, sino un campo de imágenes en continuo devenir. Al pasar por alto esta diferencia radical, Tacey reinterpreta la psicología arquetipal como una desviación inmadura en lugar de reconocerla como una alternativa coherente.

De hecho, Hillman no abandona a Jung; lo lleva más lejos. En Re-Visioning Psychology, por ejemplo, insiste en que la imaginación es la realidad primaria de la psique, una idea ya presente en los Recuerdos, sueños, pensamientos del propio Jung, cuando este afirma que “la imagen es psique”. Hillman amplifica esa intuición y la libera de la exigencia de integración final. Su negativa a orientarse hacia la individuación es, en realidad, una fidelidad a la dimensión imaginal que Jung apenas esbozó. Tacey no registra esta continuidad en la diferencia y, por ello, termina oponiendo a los dos autores de manera artificial.

El problema se agrava cuando Tacey convierte la individuación en un criterio normativo de salud. A su juicio, negarse a integrar la psique equivale a una inmadurez patológica. Pero este diagnóstico confunde un modelo de comprensión con una ley universal. Hillman se rebela precisamente contra la idea de que la psicología deba normalizar la vida del alma según un ideal de completud. Para él, la multiplicidad de dioses internos (Eros, Ares, Hermes, Artemisa) expresa la riqueza de la psique y no necesita fundirse en un solo Sí-mismo. Juzgar esta perspectiva como “fallida” implica reinstalar la misma teleología que la psicología arquetipal se esfuerza en deconstruir.

Desde una perspectiva epistemológica, la crítica de Tacey muestra una dificultad más profunda: la incapacidad de reconocer que el cambio de paradigma implica un cambio de las categorías de análisis. Hillman no busca validación clínica ni demostración empírica, sino una comprensión fenomenológica del alma. Exigirle pruebas de eficacia terapéutica o coherencia con la individuación es desconocer la lógica interna de su propuesta, del mismo modo que sería un error evaluar a Nietzsche con los parámetros de la psicología experimental.

Esta confusión se hace evidente en la manera en que Tacey describe la “falta de desarrollo” en Hillman. Para él, el rechazo del crecimiento lineal equivale a: estancamiento. Pero Hillman no niega el movimiento: lo concibe como un eterno retorno de imágenes, un dinamismo circular. La psique, en su visión, no progresa hacia un fin, sino que se profundiza en un presente imaginal siempre renovado. Tal concepción se aproxima más al kairos griego o al eterno retorno nietzscheano que al progreso ilustrado que todavía subyace en la idea junguiana de individuación.

De ahí que la acusación de “pre-junguiano” resulte paradójica. Si algo caracteriza a Hillman es precisamente su voluntad de repensar el junguianismo desde sus raíces más radicales. Su politeísmo psíquico no es un retroceso a un estadio primitivo, sino una crítica a la tentación monoteísta que él detecta incluso en la psicología profunda. Tacey, al no reconocer este gesto filosófico, confunde la ruptura con un regreso.

También es significativo que Hillman se apoye en tradiciones que Jung admiraba pero no desarrolló plenamente: el neoplatonismo renacentista, la hermética imaginal, la poesía visionaria de Blake. En estas corrientes, la realidad última no es una síntesis sino una proliferación de formas. Hillman no traiciona a Jung; lo prolonga en direcciones que el propio Jung intuyó pero que la institucionalización de su escuela hizo cada vez más difíciles de explorar. Tacey, al exigirle fidelidad a un Jung codificado en manuales, pierde de vista al Jung vivo, experimental y heterodoxo que Hillman quiso rescatar.

Por todo ello, la primera debilidad de la crítica de Tacey consiste en confundir el rechazo hillmaniano de la teleología con un fracaso personal o teórico. Al medirlo con el patrón de la individuación, no solo deja de lado la especificidad de la psicología arquetipal, sino que ignora la posibilidad de que la psique humana pueda ser comprendida desde otras lógicas que no sean las de la integración y el progreso. Lo que Tacey denuncia como “deshacer la psicología” es, desde esta perspectiva, una ampliación de sus fronteras.

La segunda gran debilidad de la lectura de Tacey consiste en calificar la obra de Hillman como “pre-junguiana” por el simple hecho de que su discurso privilegia la forma literaria, el lenguaje metafórico y la estética de la imagen. En His Legacy insiste en que la brillante prosa hillmaniana sería un recurso de seducción destinado a disimular la falta de sustancia teórica. Pero esta objeción desconoce que, para Hillman, la dimensión poética no es un adorno sino el núcleo de una epistemología. Desde sus primeros escritos, Hillman sostuvo que “la imagen es el alma misma” y que solo un lenguaje que conserve su poder evocador puede dar cuenta de la realidad psíquica. Medir su propuesta con los criterios de una ciencia empírico-explicativa es, por tanto, un error categorial.

Hillman se nutre de tradiciones filosóficas y estéticas (el neoplatonismo de Ficino, la imaginación activa de Vico, la poesía visionaria de Blake y Rilke) que entienden la imagen como un modo de conocimiento irreductible a la conceptualización lógica. En este horizonte, la metáfora no es un recurso decorativo, sino una forma de pensar. Tacey, al reducir el estilo de Hillman a un mero artificio, deja de lado el hecho de que la psicología arquetipal se presenta como una poética del alma, en la que la verdad se comunica a través de resonancias simbólicas y no de demostraciones analíticas. Su crítica incurre así en un sesgo positivista que le impide ver la densidad teórica que habita en la forma literaria.

Incluso desde la perspectiva junguiana, la objeción de Tacey resulta frágil. Jung mismo recurrió con frecuencia a mitos, visiones y un lenguaje casi místico para expresar las realidades del inconsciente. Textos como Respuesta a Job o El Libro Rojo desbordan el marco de la argumentación académica y se acercan a la experiencia poética. Hillman hereda y radicaliza este gesto, consciente de que el alma no se deja atrapar en fórmulas clínicas. Calificarlo de “pre-junguiano” por continuar y profundizar una intuición que ya estaba en Jung es, cuando menos, contradictorio.

Al desatender el valor cognitivo de la estética, Tacey no percibe la auténtica innovación de Hillman: una revisión de la psicología que la desplaza del modelo científico-positivista hacia una fenomenología imaginal. En lugar de buscar causas, la psicología arquetipal describe apariciones; en vez de explicar, interpreta. Este giro no empobrece la teoría, como supone Tacey, sino que la enriquece al situarla en diálogo con las humanidades, la filosofía hermenéutica y la tradición artística. Considerar esta orientación como un retroceso es ignorar su potencia crítica frente a la creciente tecnificación de la psicología en el siglo XX.

Más aún, la acusación de “pre-junguiano” implica desconocer la dimensión política del gesto hillmaniano. Al rehusarse a legitimar la psicología por el camino de la cientificidad, Hillman cuestiona las jerarquías que privilegian el método empírico sobre la experiencia vivida. Su estilo literario no solo es una elección estética, sino también una resistencia a la colonización del alma por el lenguaje instrumental. Esta perspectiva convierte el supuesto defecto señalado por Tacey en una virtud: el compromiso de mantener abierto el campo de lo psíquico frente a la normalización académica.

La tercera debilidad de la crítica de Tacey se manifiesta en su uso de la biografía de Hillman para desacreditar su teoría, especialmente en The Problem of the Puer. Allí argumenta que la identificación del autor con el arquetipo del puer aeternus (alimentada, según él, por una madre dominante y un padre ausente) explicaría tanto su rechazo del proceso de individuación como su posterior viraje hacia una afirmación de la masculinidad. Este enfoque, sin embargo, incurre en una falacia ad hominem: convierte la vida privada en la clave explicativa de la obra, como si el pensamiento fuera solo un síntoma de la historia personal.

La estrategia es problemática por varias razones. Primero, confunde el uso consciente que Hillman hace del puer como figura epistemológica con una supuesta incapacidad de madurar. El puer en Hillman representa la apertura permanente, la disposición a lo nuevo, el rechazo de toda clausura dogmática. Es una metáfora de la imaginación inagotable, no un diagnóstico clínico. Segundo, ignora que la crítica hillmaniana surge en un contexto histórico en el que la psicología junguiana comenzaba a volverse cada vez más ortodoxa. Su reivindicación del puer es, en ese sentido, un acto deliberado de resistencia frente a la cristalización de un sistema.

Además, la explicación biográfica pasa por alto que la psicología arquetipal no pretende separar vida y teoría de manera rígida: reconoce que todo pensamiento se enraíza en la experiencia, pero también que esa experiencia se transforma en mito, símbolo e imagen. Hillman convierte su biografía en materia de reflexión, pero la eleva a un plano arquetipal donde deja de ser mero dato personal. Tacey, al reducirla a un caso clínico, la devuelve a la anécdota y pierde la oportunidad de comprender su dimensión simbólica.

Esta insistencia en la biografía termina velando la función cultural de la propuesta hillmaniana. En lugar de ver en el puer un principio que mantiene viva la imaginación de la psicología, Tacey lo interpreta como una patología individual. De ese modo, su crítica pasa por alto el valor de una actitud que invita a la disciplina a no convertirse en un aparato de normalización. Hillman no rehúye la madurez: cuestiona la idea de que la madurez deba medirse por la integración de un yo estable y unificado.

En conjunto, estas dos últimas debilidades (la reducción de la estética a un ornamento “pre-junguiano” y la utilización de la biografía como argumento descalificador) refuerzan la primera: la imposibilidad de Tacey para leer a Hillman en sus propios términos. Al exigirle fidelidad a una ortodoxia que Hillman pretendía renovar, su crítica termina revelando la necesidad de aquello que intenta negar: una psicología capaz de habitar la pluralidad de las imágenes, de sostener la tensión entre mito y razón y de mantener abierta la experiencia del alma más allá de cualquier canon. Lo que Tacey presenta como un “deshacer” de la psicología aparece, desde esta perspectiva, como una expansión necesaria de sus fronteras.

La lectura que David Tacey ofrece de James Hillman en The Unmaking of a Psychologist ilumina tensiones reales dentro de la tradición junguiana, pero su fuerza crítica se ve minada por la persistencia de un horizonte teórico que Hillman precisamente se propuso cuestionar. Al evaluar la psicología arquetipal con los criterios de la individuación y la integración de opuestos, Tacey convierte en defecto lo que constituye el núcleo de la propuesta hillmaniana: una ontología de la multiplicidad y de la imaginación que no requiere un centro unificador. La incapacidad de reconocer que Hillman dialoga con Jung desde la herencia y la transformación, no desde la mera ruptura, conduce a una interpretación que confunde disidencia con inmadurez.

Esta limitación inicial se amplifica cuando Tacey califica el trabajo de Hillman como “pre-junguiano”, apoyándose en la potencia literaria y en el carácter poético de su lenguaje. La crítica desestima la convicción fundamental de Hillman de que la psique se conoce a través de imágenes y metáforas, no de explicaciones reductivas. Al relegar la estética al plano de la ornamentación, Tacey deja sin considerar que la forma expresiva de Hillman no es un recurso accidental sino el vehículo mismo de su epistemología. En esta omisión se revela un sesgo positivista que, paradójicamente, lo distancia del propio Jung, cuyas obras más visionarias apelan a la poética como vía de conocimiento.

Igualmente problemática es la estrategia de convertir la biografía de Hillman en un argumento descalificador. Al explicar la teoría por la figura de una madre dominante y un padre ausente, Tacey reduce la compleja elaboración arquetipal del puer aeternus a un síntoma personal. Este enfoque ad hominem oscurece la intención deliberada de Hillman de mantener abierta la experiencia del alma frente a los dogmas del desarrollo lineal. La identificación con el puer no es la evidencia de una inmadurez, sino un gesto epistemológico que preserva el asombro y la indeterminación como condiciones de la vida psíquica.

Frente a estas tres debilidades, el proyecto hillmaniano se revela con mayor claridad: una psicología que amplía la herencia junguiana mediante una relectura crítica, que desplaza el énfasis de la integración a la multiplicidad y que reivindica la imaginación como vía de conocimiento. Hillman no pretende destruir la tradición de la psicología profunda, sino rescatarla de su institucionalización, evitando que se convierta en un sistema cerrado. Su trabajo, lejos de ser un retroceso, representa una elaboración que devuelve a la disciplina su carácter poético y filosófico, invitándola a dialogar con las humanidades y con la experiencia viva del mito.

En este sentido, lo que Tacey presenta como “deshacer la psicología” puede comprenderse como una expansión de sus fronteras. La insistencia de Hillman en el valor cognitivo de la imagen, su rechazo a una teleología integradora y su reivindicación del puer como principio de apertura constituyen una respuesta necesaria al riesgo de que la psicología se transforme en técnica de normalización. Su obra recuerda que el alma no es un objeto que se mide por su grado de integración, sino un territorio de pluralidad incesante, en el que la verdad se manifiesta en la riqueza de los símbolos y no en la clausura de una síntesis final.

Así, una crítica que busque realmente comprender a Hillman debe abandonar la comodidad de los cánones y reconocer que su propuesta no es una desviación ni una carencia, sino una invitación a repensar el estatuto mismo de la psicología. La fuerza de su pensamiento radica en mantener viva la imaginación del alma, resistiendo tanto el cientificismo reductivo como la tentación de un monoteísmo psíquico. Frente a ello, la lectura de Tacey queda como testimonio de los desafíos que enfrenta toda tradición cuando se ve interpelada por un heredero que, para ser fiel, se atreve a transformarla.