Él no lo sabía, nadie hubiera podido saberlo, como una noche sin estrellas es la estructura de la predeterminación que nos condena. Ayer estaban ahí las señales, una blanca nube en el cielo, un ave surcando el firmamento, los árboles de la calle bajo el yugo feroz de un inmarcesible viento. También pudo haber sido algo menos discreto, un auto rojo que lo rebaso aquella tarde en la autopista, la ultima palabra en un noticiero, quizás el beso de una mujer que nunca mas volvería a verlo.
Él había recordado un viejo poema y lo mascullaba como presintiendo: «La suavidad de los relojes/ Y el frió pasó del tiempo/ Rozan las tristes horas/ Y acechan cada último momento». Y de tantos momentos que habían pasado él no sabía que se había quedado sin tiempo.
Dicen que hay huracanes que empezaron con un aletear de diminutas alas, lo que no se dice es que lo contrario también es cierto, y hay una estrella palpitante que no apareció ayer en el firmamento.
Esa mañana él se puso su abrigo, abrió la puerta y salió de aquel departamento, él no lo sabia, ¿Cómo podía saberlo?, su victoria y su ebriedad eran esa nostalgia de lo incierto, y como quien lo ignora todo, salió, quiero imaginar que fue valiente, a enfrentar su destino, a encontrar, ese día, el hilo de un hado oscuro y secreto.
