La (in)evitable búsqueda espiritual

Logos del alma

Una característica de la posmodernidad es, según Lyotard, el desvanecimiento de los grandes relatos, aquellos que dotaban de dignidad a la cultura y que indicaban al hombre la dirección de su esfuerzo en la dimensión universal de su existencia. Sin ellos, el sujeto queda a la deriva de su propia soberanía, desnudo, como Giegerich indica, de los asideros metafísicos que le daban sentido a su quehacer humano. Es entonces que la angustia y el vacío se hacen presentes como características propias del hombre nacido, aquel que se ha desprendido de los antiguos padres celestiales.

Por ende, la búsqueda espiritual se inscribe en la carencia de un objetivo prefijado en la memoria del alma, ante esa falta el individuo que ha nacido no encuentra los lindes de su acción y en su desesperación acude a las doctrinas que le prometen un oriente común. Ya sea en la religión o en un grupo de apoyo, las personas desesperadas acuden en pos de una dirección existencial que les haga sentir el sostén de un ancla firme para no naufragar en su miedo a la desnudez metafísica.

Pero el hombre nacido, ya no tiene escapatoria, está condenado a ser solamente él mismo. Su dimensión es aquella de la muerte de dios. Para él el mito ha dejado de ser dominante, éste se ha contraído en los múltiples relatos que pueden ser elegidos, como variadas rutas por donde el sentido artificiosamente trabajado puede transitar. El acaecer mítico se convierte así en una herramienta ideológica que promete el re-encantamiento de una realidad que no ha escogido el destino de sus símbolos.

Por ello, la idea de la espiritualidad es irrelevante, o más bien son irrelevantes los lugares en los que se le busca. El discurso cultural dominante defiende la veracidad de la vida espiritual en la reinvención de las viejas religiones, de las antiguas creencias, de los mitos y otras cosmovisiones provectas. Supone que el presente no es suficiente, que algo en él es erróneo y que debe ser re-animado, es decir, reparado por aquello que se ha perdido y que resulta ser el pharmakon para el vacío contemporáneo. La antigua conexión con el anima mundi debe resarcirse y las esferas celestiales necesitan ser restauradas a su cauce.

Es imprescindible un monto de inflación psíquica en el ser humano para creer que sobre sus hombros pesan las decisiones de un movimiento anímico objetivo, que las intenciones individuales se traducirán en dinámicas sociales y que el fiel de la balanza es la persona y su responsabilidad. Lo cierto es que el hombre vive en un mundo que ya ha sucedido, su propio cuerpo ha sido elegido sin preguntarle, su lenguaje y su idiosincrasia pertenecen al espíritu de los tiempos donde nace de forma contingente. Todo en su experiencia tiene el carácter de la fatalidad y excepto por algunas pequeñas decisiones sin importancia su destino lo ha elegido como un pretérito perfecto.

Curiosamente, la espiritualidad es, antes que cualquier otra cosa, el sentimiento de pertenencia a un esquema cosmológico predeterminado. En tal sentido la religiosidad sigue siendo vigente, pero ya no en las formas simbólicas desusadas, más bien persiste en todo aquello que domina el paisaje cultural imperante y que no puede ser elegido, pues se impone como aquel contexto en el que el alma juega con sus propias imágenes e ideas. Esta danza inconsciente del espíritu de las profundidades no pregunta a las personas qué es lo mejor para ellas, tiene su propio telos que se configura como una decisión ya tomada desde el inicio.

En el cuento “La lotería de Babilonia” Borges decía: “También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro que desde el techo de una torre se suelte un pájaro, otro que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena […]. Las consecuencias son, a veces, terribles”. Aquí Borges prefigura a la Teoría del Caos y la visión de los sistemas complejos, donde el contraste de lo tremendamente pequeño y sus consecuencias azarosas hasta el desastre pueden no ser entendidas de manera clara, pero precisamente esa es la idea central en la ficción borgiana, el universo tiene una dimensión indeterminada que el hombre no puede abarcar.

Bajo el ala de una realidad compleja e incomprensible ¿Se puede acaso elegir lo que está bien y lo que está mal? ¿Se puede juzgar el paso de la historia y tratar de remediarlo como si se le conociera en su totalidad? ¿están los caminos de la posibilidad abiertos a la voluntad humana? ¿No es esta pretensión de omnisciencia un producto de la hybris moderna? Verdaderamente el ser humano camina a ciegas en el campo de la existencia y las consecuencias de sus pasos están siempre desdibujados por la diosa fortuna, que subyuga bajo el azar las pretensiones más grandilocuentes.

Solo los bienaventurados rehuyen del hado, los que saben diferenciar entre el bien y el mal, y siempre están seguros de sus límites; quienes no claudican ante el motivo presente y para los cuales el mundo es blanco y negro. Ahí encuentran, impeturbables, lo correcto y allá lo que no lo es, y pueden juzgar todo fenómeno de acuerdo a su criterio personal. Para ellos hace falta más psicoterapia o más retiros espirituales, contactar con el niño interno, integrar el arquetipo femenino, sumergirse en el mundo de los sueños, pactar con el animal totémico; ellos tienen la clave, la última llave, porque han inventado la felicidad y saben como contagiar al mundo de la seguridad que los posee.

Son los últimos de los hombres, sin embargo, quienes no intuyen que su fantasía y su necesidad están fundadas en aquello que no aceptan, en la ruptura y la vacuidad, pues solo con el rompimiento del sujeto con el mundo de los dioses puede surgir la imagen de la unión y la enmienda y únicamente quien ha dejado atrás la casa de los padres puede soñar con volver a ella. Realmente se puede elegir solo lo que ya no es importante. Por lo tanto, la búsqueda espiritual en las antiguas creencias se entiende como el anhelo de lo que ha sido dejado atrás por la propia alma del mundo.

La creencia del sentido común es que el hombre concibe las ideas religiosas y que puede elegir entre ellas para sentirse mejor, que es capaz de desprenderse de la fatalidad si así lo desea, pero los dioses son el núcleo eidético de un momento determinado en la consciencia, no se les puede escoger, al contrario, todo sujeto está tomado por la divinidad desde su concepción, pues también él ha sido prefigurado como una idea, aun sin saberlo. La gente no inventa a los dioses, es incubada por ellos. Así, el ritual no se puede inventar, ni la religión se puede adoptar, éstos son el contexto inalienable de la vida lógica que preexiste a sus manifestaciones.

La búsqueda espiritual es obsoleta, en principio porque no habría que buscarla, se la vive diariamente y la propia existencia es una ofrenda constante a esa nueva religión que convoca, el individuo es un adepto sin advertirlo, y para no saberlo mejor la humanidad se embarca en vías soteriológicas que prometen lo imposible: la recuperación de lo irrecuperable, el regreso al paraíso perdido. Pero el mundo es como es y estar frente a él es el verdadero desafío del hombre daimónico, aquel que se apresta, con su propia existencia, a la misa del Deus absconditus quien domina en los paisajes psíquicos devastados.

El discurso psicologizante y sus conceptos 

Logos del alma

La psicología como un discurso científico y social es la narrativa que el modelo cultural hegemónico enarbola a la manera de un relato con el fin antropotécnico de exaltar al sujeto en su papel de figura dominante del proceso psíquico; este último había sido concebido, en épocas anteriores, como un hecho autónomo y objetivo que tenía su fin en sí mismo y que acaecía como una carga y una tarea para el hombre y no, tal como sucede en la actualidad, como una herramienta para el desarrollo de la persona.

Sin embargo, en el doble propósito de obliterar la dimensión anímica de la experiencia y de masificar al sujeto despojándolo de los elementos que sostienen su subjetividad, es decir la interacción con su medio y el trato cotidiano con los símbolos de la psique, el mito posmoderno propone objetivos confortables que se acoplen a la búsqueda de la salud como una meta loable y de la felicidad como un estado permanente del ser.

Esta empresa psicológica intenta desprender la negatividad de la vida del individuo y con ello omitir su naturaleza dialéctica, que es necesaria para el camino de la individuación, es decir para la diferenciación e integración de lo colectivo, la cual solo puede ser vivida como un sufrimiento intermitente. Aprender a morar en el fuego de la patología es una faceta cada vez más despreciada en la sociedad posmoderna, por ello la unilateralidad de las propuestas psicoterapéuticas es evidente.

La visión tecnologizante del alma ofrece medios pragmáticos para liberar al hombre de su sombra y lo hace con la terapia, con los medicamentos, con rituales ancestrales, con el uso de psicotrópicos y con el adoctrinamiento de la autoayuda. En dicho esquema conceptual se ofrece la esperanza de que el alma pueda ser controlada y regulada como si se tratara de un objeto material que tuviera su base física en el cerebro. No hay gran diferencia entre la evasión explicita de las redes sociales y la del que se apresta a un ritual de Peyote, ambos ostentan una visión tecnológica de la realidad.

Es debido notar que todo lenguaje guarda una dimensión inconsciente de su discurso, una teoría inadvertida que es evidente cuando se analizan los conceptos que la conforman. En este caso palabras tales como: inteligencia emocional, resiliencia, autosuperación, crecimiento personal, entre otros, constituyen el lenguaje común de la psicología tal como se ha concebido en el imaginario popular, de tal forma que los mismos psicólogos han adoptado dichas nociones para justificar su labor. No obstante, poco se ha pensado en las consecuencias y en el contexto de tales ideas. Entre otras cosas se pueden esbozar algunas conclusiones:

1. Son conceptos que exaltan el individualismo, pues aunque aluden al entorno social, no toman en cuenta los factores socio-históricos del fenómeno psicológico en cuestión. Hablan de relaciones pero inhiben el pensamiento del sujeto hacia sus congéneres. Atomizan al ego y lo despojan de la consciencia de su interacción con la sociedad y con la dimensión intrapsíquica, que está repleta de imagos objetivas. Dicha inflación psíquica, sin embargo, vacía a la persona de aquello lo hace humano: su contacto con la objetividad de los procesos psíquicos, en pos del deseo absurdo de ser mejor, es decir, diferente a quien ya se es.

2. Se sobrepatologizan procesos cotidianos y experiencias comunes por medio de una división entre situaciones sanas y enfermas, con un énfasis inconsciente en los valores vigentes, sin atender a la falta de pertinencia de un punto de vista moral para juzgar los fenómenos psicológicos. Al sobrepatologizar se literaliza el mecanismo patologizador del psiquísmo que construye símbolos para integrar experiencias dialécticas en su propia configuración, el sentido del sufrimiento se diluye y se le relega a la parte indeseable de la realidad, prolongando innecesariamente el sentimiento de falta de sentido.

3. Se culpabiliza al sujeto, responsabilizandolo de un ideal de sí mismo imposible de alcanzar e recriminandole no se capaz de llegar ahí. Su estado es el de un continuo intento, frustrante, de alcanzar metas imposibles como la felicidad o la integración. La culpa es el resultado de la inflación egoica, donde fenómenos autónomos y objetivos son atribuidos al yo y entonces éste requiere ensancharse lo suficiente para sostener las expectativas grandilocuentes que sin embargo lo despojan de toda capacidad de acción a causa de la sobrecarga de pseudo-símbolos con los cuales debe lidiar.

4. Homogeneizan a los individuos y a los procesos anímicos, proyectándolos en reglas estandarizadas de comportamiento. Así, el deseo particular se vuelve el deseo de lo general, de la masa uniforme que tiene un pensamiento único y que se repite constantemente en las consignas de la psicología positiva. Se impone un dogma que encasilla a los individuos en categorías nosológicas que encubren preferencias morales de autogobierno y antropotécnica. Ofrecen la seguridad de lo colectivo en detrimento de la angustia del hecho de estar desamparados de figuras metafísicas que sostengan la existencia.

5. Fomentan la expresión exacerbada como forma de relación, donde todo se vuelve transparente en detrimento de la intimidad y el silencio. La demasiada comunicación abarrota las vías de comprensión, se habla y se escribe para no decir nada. El contenido deja de ser relevante para dar paso al reinado de la forma, de la imagen saturante. Por ello se pone tanto énfasis en la emoción como figura primaria de la vivencia psíquica, pues tal expresión constituye una imagen atrapada en su representación prelógica, y se le contrapone al discurso racional que es desprovisto de toda dignidad para favorecer lo corporal, lo dinámico y lo emocional.

6. Debilita la conciencia de clase, ya que el sujeto se identifica con un ideal que surge en contextos en donde los factores socioeconómicos permiten la búsqueda de bienestar emocional como una forma de entretenimiento y se confunde el conjunto de privilegios con dicha ambición. Es debido notar que el trabajo de individuación, como lo estipula C. G. Jung, no es una actividad solitaria, sino que ocurre en el conjunto de relaciones que la persona cultiva a lo largo de su vida. Se mal entiende el carácter introspectivo de la introversión como un escape de lo social, cuando en realidad se trata de un involucramiento en la multiplicidad de la psique, cuya asunción es posible en la apertura a la otredad del prójimo.

7. Constriñen la inmensa variedad de las experiencias psicológicas y proponen un límite coercitivo para la expresión de las mismas, reduciendo el amplio campo de emociones y sensaciones a unas pocas palabras y a un único eje deseable de comportamiento. Son un medio de control, no solo de lo emocional, sino del sujeto que una vez subsumido al discurso del cuidado personal, se vuelve su propio explotador, convirtiéndose en un ente eficiente y productivo, en un objeto de intercambio comercial que debe mejorarse a sí mismo para no depreciarse en el mercado del capital humano.

Por lo tanto, estas ideas acerca de la salud mental, que se presentan como la narrativa psicológica contemporánea, no tienen como función el bienestar del hombre ni la atención a lo psicológico, son, en cambio, un medio para restringir, normalizar y limitar el papel político del individuo. Son vías para inhibir la complejidad de la realidad del alma. Su propósito es contrario a lo que el discurso dicta y con ello se dan pistas fehacientes sobre los verdaderos objetivos de la disciplina psicológica.

El espíritu de la época, que confluye con los valores del máximo beneficio y de la multiplicación infinita del capital, se promueve a sí mismo y se reproduce en el esfuerzo de un discurso normalizador del hombre, que necesita de la obliteración de la profundidad de su contexto anímico para someterlo al flujo materialista de la técnica. Privado del contacto consciente con la fuente simbólica de la psique objetiva, el hombre se encuentra listo para ocupar su lugar como un objeto muerto en la historia del tránsito del alma al pensamiento de sí.

Quizás sea la psicología y su discurso ego-edificante el requiem que acompaña al ser humano a su morada final como un símbolo inutilizable para la consciencia, y tal vez la psicologización de la sociedad y de sus relatos no sea otra cosa más que el recurso mitologizante contra la irreversible irrelevantificación del papel del hombre en el curso de la historia del alma. Pues si la psicología se apresta a encumbrar al ego y sobredotarlo de simbolismos, pareciera que la persona es un recipiente de la lógica de la consciencia y nada más; su importancia, por ende, radica en ser el vaso de la incubación del alma, que habrá de resquebrajarlo para por fin, estar frente a sí misma.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

Byung-Chul Han para psicólogos

Logos del alma

Con más de una veintena de libros traducidos al español, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se ha pronunciado como una de las voces más visibles del análisis de la sociedad posmoderna, con libros breves pero complejos donde subyace de forma constante la idea de la pérdida de la negatividad y de la otredad; su trabajo pone en evidencia las caras ocultas de la sociedad occidental, su vicios y objetivos no asumidos.

En la estela de los trabajos de Baudrillard, Lipovetsky, Lasch, Sennett, Touraine, Vattimo, Jameson, Gibern o Baumann, entre tantos otros, emprende un análisis de la cultura con una brevedad y parsimonia que, sin embargo, no evade la complejidad del fenómeno que trata, haciendo énfasis en poner en tela de juicio la dinámica social que de forma maníaca obliga al sujeto a servir a un mundo positivo, superficial y acelerado, donde no se permite la pervivencia de lo humano, de las relaciones, de la vivencia de la interioridad, un ejercicio de construcción de identidades artificiales en detrimento del auténtico rostro del sujeto, que no es el del hombre atomizado sino el de la comunidad.

Su obra es de lectura obligatoria para los psicólogos y psicoterapeutas que quieran tener un panorama global del contexto donde lo humano se desarrolla, pues el trabajo en consulta requiere que las sendas personales puedan ser observadas en la escala global donde proliferan, ya que los conflictos humanos se alimentan, indudablemente, de las ideologías latentes en la cultura y una problemática personal siempre estará nutrida por categorías sociales inadvertidas, ¿cómo tratar a un paciente si no se atiende a la voz social que habla a través de él?

Por otra parte, es debido reflexionar sobre el papel de la propia tarea profesional en la narrativa posmoderna para entender la función real de la psicología en un mundo que desecha al otro en el esfuerzo continuo por exaltar la individualidad en contra de la organización grupal y que propone objetivos personales idealizados, desprovistos de contradicción, que multiplican la angustia y la ansiedad al ser imposibles de replicar. Una psicología que actúe, sin pensar, este paradigma se ocupará de aislar al paciente de su papel político, de su existencia como zoon politikon, y lo despojará entonces de aquello que lo hace humano, sumiéndolo en la maquinaria de explotación emocional de la psicología pop. Este esfuerzo terrible es lo que se denomina una psicología sin alma.

Construir una psicología con alma, en cambio, supone que el psicólogo y el psicoterapeuta puedan asumir un opus que sea consciente de esa tendencia contra la negatividad, una que pueda ser hospitalaria con el huésped inquietante que es el nihilismo y que no se asuste ante el avance implacable del ánimus sombrío. Ante ello, el trabajo de Han brinda un panorama de ideas que entrenan al psicólogo en la asunción del espíritu de la época y le brindan las herramientas para poder reflexionar de forma compleja sobre su campo de acción.

Apokatástasis

Logos del alma

En un cuento, “El eterno Adán”, Julio Verne narra la experiencia de un científico perteneciente a una cultura distante en el tiempo y que ya ha olvidado a la civilización de la que nos desprendemos. La raza humana ha crecido y nada sabe del pasado anterior a su historia. El protagonista encuentra, entonces, una caja con algunos papeles en su interior, escritos en una lengua desaparecida. Pasa años tratando de descifrarlos y cuando al fin lo hace descubre una verdad asombrosa, su propia civilización proviene de una civilización anterior, más avanzada, y aquel pueblo anterior a su época a su vez parece provenir de otra tierra llamada Atlántida.

En la historia de Verne el protagonista intuye que la raza humana ha vivido de manera cíclica durante eones, que su pueblo no es el primero en existir y posiblemente no será el último. Esa hipótesis recuerda, por supuesto, a la teoría del tiempo cíclico que tantas facetas ha tenido a través de la historia.

En la filosofía platónica se observa que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad y que en algún lugar ambos confluyen, el tiempo siempre está regresando a su imagen arquetípica. En el Timeo, Platón dice que los siete planetas fueron creados para limitar al tiempo y que, como él, cíclicamente degeneran y renacen. El Eclesiastés, Heráclito y más recientemente Nietzsche dan noticias de hipótesis parecidas.

La idea de progreso había obliterado toda referencia al tema de la doctrina de los ciclos, ahora que ciertos valores modernos han sucumbido de su calidad de absolutos, la imaginación puede divagar en estos temas antiguos y que sin embargo se insinúan perennes, como el desgajarse del tiempo.

La civilización occidental contemporánea ha cruzado un periplo y acaso no lo ha terminado aun, aun así el movimiento parece cerrarse en ciclos alrededor de las etapas promulgadas por la historiografía humana, es decir, que cada etapa de la historia es semejante a la historia en general y, así mismo, la vida individual es reflejo de la vida social, pues contrario a lo que se cree la totalidad no es mayor que la suma de sus partes, porque cada parte contiene a su vez a la totalidad, analogía que corresponde al universo de la matemática fractal y de la teoría holográfica.

Por lo tanto, lo historiado narra una visión de un lapso entre tantos otros. La crítica histórica se encarga de momentos que se repiten incesantemente, no obstante, al llegar al análisis regularmente la conclusión decae en el terreno de la admonición pues las personas, de alguna manera, afirman que los elementos sociales que imperan contribuyen incesantemente al clima de infelicidad del hombre contemporáneo. Es posible que así sea y que el vació responda a la plétora de conductas que la posmodernidad ha heredado de otras épocas y a otras tantas en las que ha parecido innovar. Es más, es debido afirmar que la realidad del mundo corresponde a la proyección que el hombre imprime en los objetos al actuar de una u otra manera.

Sin embargo, mientras la critica social se plantea la consigna de que la estructura cultural falla en llevar al hombre a una meta que ni siquiera se ha planteado seriamente lo que aquí se quiere recalcar es que las acciones del hombre están sujetas a ordenaciones que existen fuera de su entendimiento racional.

Omar al Khayyam dice: “Todo lo que existe estaba ya marcado en la tabla de la Creación. Infaliblemente y sin cuidado la pluma escribe sobre el bien y el mal; desde el primer día, la pluma escribió lo que sucedería. Ni un dolor ni nuestras angustias podrán aumentar una letra ni borrar una palabra.”

Es una ofuscación humana el creer que se puede transgredir la predestinación, que se puede pecar o hacer el bien, lo cierto es que el sí mismo, tratando el concepto junguiano, se dirige siempre hacia un destino y el hombre es mera herramienta de ese proceso de individuación. Las ideas que se conciben sobre lo bueno y lo malo son simples categorizaciones, sin resquicio de inmanencia en el ser.

Lo que queda por cuestionar, ante esta cosmovisión, es cuál es el camino que ha recorrido el ser y cuál será la senda que seguirá transitando. Dice Omar al Khayyam que como piezas de ajedrez lo hombres son conducidos al estuche de la nada y probablemente ese sea el sino de la cultura posmoderna.

Vattimo dice: “El nihilista consumado o cabal es aquel que comprende que el nihilismo es su (única) chance. Lo que ocurre hoy respecto del nihilismo es lo siguiente: que hoy comenzamos a ser, a poder ser, nihilistas cabales.” Vattimo alude a que el nihilismo es una oportunidad que la historia aprovecha para su transformación y se apoya en Nietzsche para definir el nihilismo como: “…la situación en la cual el hombre abandona el centro para dirigirse a la X.”

Así, la nada no es más que la fuente de la que todo surge, y como lo sugieren las diversas mitologías e incluso las nuevas concepciones científicas, el universo y su orden emergen de un mar caótico de partículas indiferenciadas.

Como hombres no nos queda más finalidad que la Apokatástasis, el retorno de todo lo existente al seno de Dios. El próximo paso en el estudio del fenómeno humano habría de estar fundando en los conceptos dolientes como lo son el mal, el destino, la injusticia, el caos, el absurdo… Sólo ahí en donde la lógica no impera una especie de entendimiento podrá surgir, una comprensión devoradora que abatirá toda partícula y destruirá toda memoria. Y cuando todo termine y el fin nos arrebate será el momento de volver a comenzar, pues el tiempo no existe, el espacio no existe, estas letras se diluyen en su propia ilusión y el que escribe poco a poco se ha de ir borrando; todo retorna al vacío, todo proviene del vacío y la realidad es un mito que se renueva en su propia inexistencia.

Sobre educación y tecnología

Ensayos

Cuando comúnmente se habla de tecnología, en el ámbito de la educación, surge la imagen de las computadoras personales, de los recursos técnicos elaborados como: pantallas inteligentes, teléfonos de última gama o del software más preciso para las tareas de la educación del siglo XXI. La imagen común de la tecnología transita por la misma senda de ese otro gran mito de la modernidad que es el progreso, se piensa que a mayor alcance de los medios técnicos más avanzados habrá también una evolución comparable en los ámbitos educativos. Durante los últimos años se ha asistido, incluso, al anuncio constante del internet gratuito y a la publicidad de empresas y gobiernos al dotar de equipos de computo a los más vulnerables. Sin embargo, una frase popular en los ámbitos digitales dicta que “cuando el servicio es gratis, el producto eres tu”, lo cual debería poner en cuestión la bondad de los recursos tecnológicos que se han desplegado durante esta etapa singular.

Por su definición habitual la palabra técnica se entiende como una serie de protocolos destinados a la consecución de un objetivo práctico, su tarea es teleológica, son los fines los que importan. Así, se puede decir que gran parte del trabajo de los centros educativos está dirigido por un objetivo técnico, la implantación de la reforma educativa en turno y la toma de evidencias de tal acción, lo demás es el trabajo de los actores educativos por mostrar que ésta se aplica y que funciona, ello a través de la recolección y presentación de datos e información muchas veces vacíos.

Byung-Chul Han nota, que una característica importante de esta época es la mutación de los sistemas de cosas en formas libres de información, las no-cosas, aquellas formas sublimes de los objetos técnicos, tangibles y visibles, en meros datos abstractos que, sin embargo, son cada vez más dominantes. La evolución de los objetos muestra una situación desfavorable para el ser humano, mientras en épocas previas a la revolución industrial el objeto es común con la identidad de la persona y forma parte de ella, en la revolución industrial los objetos se multiplican y la identidades, antes fijas, se dividen en identidades móviles; hoy surge una nueva época donde los objetos se vuelven sutiles, al igual que la identidad, ésta se esfuma y se vive a guisa de información, lo que es posible observar claramente en la vida de los jóvenes que transcurre en la redes sociales y que con el paso del tiempo parece destinada a convertirse en mera virtualidad.

Se ha dicho, de manera descuidada, que los objetos técnicos no determinan el uso que se les destina, que son inermes al destino que el sujeto les presenta, se les puede utilizar para acciones terribles o constructivas. Este parecer surge de la atribución sin base que tiene el sujeto moderno sobre su propia naturaleza, pero aquí es donde la palabra tecnología adquiere relevancia. Cuando Aristóteles caracteriza al ser humano como un animal racional lo decía como: “zoon lógon échos”, es decir, el ser vivo capaz de discurso. El diálogo es el atributo humano que lo diferencia de los demás animales, pero el diálogo debe entenderse como la capacidad de construir narrativas que permitan estructurar realidades comunes, se puede decir de esta forma: el hombre es el ser vivo que contribuye a construir la realidad mediante el diálogo, esto de forma consensuada, de ahí la otra definición aristotélica del hombre como “zoon politikón”. Mientras el animal encuentra su realidad como algo dado y él es determinado por está, el ser humano construye su relación con el mundo en el diálogo común. Por ejemplo, en la cosmovisión ptolemaica el universo es un conjunto de esferas cerradas donde la tierra es el centro de la creación y está vuelta sobre sí misma, la técnica, por lo tanto, está supeditada a este logos, no así cuando las esferas celestiales se rompen en la nueva visión copernicana, es entonces que la técnica por fin puede abrirse paso y descubrir nuevos mundos, un universo abierto, con ello comienza una nueva etapa de la historia humana: la caída de la monarquía, el inicio de la globalización, la revolución industrial y el capitalismo. Todo ello no surge de la nada, sino que es parte del nuevo logos que se va construyendo en el diálogo constante que la consciencia tiene con su realidad.

La tecnología es, entonces, el diálogo en el que está inscrita la técnica y ese discurso no es un monólogo humano, es decir, no es una invención pura del sujeto sino una relación en donde las personas se inscriben y que se expresa también en la técnica. El logos de la técnica, la tecnología, por lo tanto, determina el mundo.

Por todo ello la labor de los docentes no solo debe estar dirigida a la implementación y el dominio de las nuevas tecnologías al ámbito educativo, como si ellas fueran la panacea para el rezago educativo y bastará con agregarlas a las aulas para ofrecer una mejor educación. Esta situación implica un abordaje compulsivo, es decir, inconsciente de la labor docente, pues no surge de la pregunta esencial del acto de educar, que implica sacar a la luz lo que se es, es decir, estar a la altura de la condición humana; esta pregunta es la pregunta por el ser, pues la técnica para Heidegger guarda en su esencia el des-ocultamiento de la realidad, la aletheia, la verdad. 

No se debe olvidar que educar no significa llenar al estudiante de contenidos, ni calificarlo con una escala arbitraria que lo compara con otros individuos y sus condiciones diferentes, ni mucho menos ofrecer índices de aprovechamiento que no toman en cuenta el proceso contextualizado del aprendizaje. Educar, en cambio, y con base a lo ya dicho, significa des-ocultar el diálogo que el sujeto tiene con su mundo de tal forma que aquello que lo hace humano emerja de forma consciente y pueda estar frente a él, esto implica constituirse como un ente crítico y consciente. Pero el ambiente tecnológico actual, siguiendo el planteamiento teórico de Han, tiene como objetivo el ocultamiento de esta realidad, la desaparición de la mente crítica y la prevalencia del sujeto de rendimiento, aquel que se evapora a través del esfuerzo medido en datos.

Así, educar en el siglo XXI, en el medio de una crisis sanitaria y de un logos técnico particular, es un acto transgresor, pues requiere ir en contracorriente de lo que el contexto tecnológico apremia, para ello los docentes requieren tener claro que las tecnologías educativas no son necesariamente los nuevos aparatos tecnológicos ni los sistemas virtuales de información, sino simplemente las maneras que el estudiante y el docente tienen de construir un diálogo, reflexionar sobre un logos, entre ellos y la realidad. Ambos son enseñados por el mundo y sus experiencias en él, en el trabajo constante por llegar a ser lo que son, para ello no se necesita internet, ni plataformas, ni teléfonos inteligentes, basta con la palabra, con el proceso didáctico que permita abrirse tanto a uno como al otro a su condición humana.

Tampoco hay que olvidar que los contenidos educativos son pretexto para despertar la reflexión en el estudiante y que el conocimiento se crea en la interacción de los sujetos, pero la tecnología actual navega firmemente al aislamiento de los individuos y a su atomización, entonces una educación dependiente de los medios tecnológicos actuales sin duda reproducirá ese logos intangible pero hegemónico. Por ello, no es relevante, en el medio educativo actual, si se cuenta con los recursos tecnológicos de punta o con el software más actual en cuestiones pedagógicas, sino que la labor básica de la escuelas, en cualquier nivel, sea brindar educación, formar seres humanos que puedan construir un mejor mundo para ellos y para la generaciones venideras, para eso basta con planteles educativos que tengan el apoyo económico de las instituciones públicas a cargo, maestros que cuenten con las condiciones adecuadas para dedicarse a su trabajo de forma comprometida y estudiantes dispuestos a aprender, y una didáctica que permita la labor educativa en la esencia de lo meramente humano, es decir, en el diálogo con el nuevo logos de la técnica actual. 

Lo que enseña el momento actual, a los actores educativos, sobre la tecnología, es que la crisis es el momento de reflexión sobre las dimensiones que son necesarias para la correcta consecución de la labor docente. No se aprende, solamente, frente a una computadora, la educación surge en el contacto del alumno con el profesor, con sus compañeros, con su familia, la educación es un acto dialógico entre sujetos y los objetos siempre son medios nunca fines en sí mismos, pero también se puede atender al diálogo latente en ellos. Al final, la escuela no necesita integrarse en la lógica de las redes sociales, sino al contrario, debe dotar a los jóvenes de la capacidad crítica para poder interactuar con esa marea informacional que paulatinamente destroza las formas más humanas de reciprocidad.