“¿no es la vida una cadena de mandíbulas abiertas y devoradoras?”
León Felipe, Este orgulloso capitán de la historia
La cultura moderna provee constantemente de ideales y de falsas expectativas acerca de lo que las personas deberían ser o desear ser, de ésta manera se ofrecen recetas que prometen entelequias como la felicidad, el amor sin sufrimiento, el placer sin dolor o la tranquilidad sin contradicciones. Hay una promesa incesante de despojar a la realidad de su matiz oscuro y de relegar al individuo a la condición de un fenómeno liberado de su complejidad, sin sombra, de devolverlo a un estado de inocencia, que sin embargo, solo es posible por medio de un sacrificio intelectual.
El hombre se evade de sí mismo y de su realidad por medio de los grandes discursos ideológicos, sostenidos en gran parte por las necesidades de los sistemas económicos y políticos que requieren la construcción de un homo productivo. Como en la película de Chaplin Tiempos Modernos, los individuos son engullidos por la gran maquinaria del sistema que propone siempre lo venidero, el progreso que tiene su meta fuera de sí mismo, en el futuro. Así, abstrae a las personas de su compromiso con el presente y los obliga a producirse como objetos, en un proceso pseudoreligioso al cual le han de brindar su fe y su adoración inconscientes.
Entre los productos ideológicos contemporáneos, tal vez el más popular es el amor romántico. Se propone al fenómeno amoroso como la respuesta a la incertidumbre y a una sed constante de satisfacción y de seguridad, como una fuente de indescriptibles placeres. La pareja amorosa se retrata de manera ideal como dos desconocidos que en su encuentro se complementan de tal forma que sobrepasan el límite de la separación humana y son capaces de alcanzar la buena fortuna.
Por supuesto, tal fantasía es la recreación de la imagen de un deseo infantil, tal como es fabulada por la mente adulta que cree preservar en ella un monto de pureza y de felicidad que en realidad jamás existieron. Es el residuo individualizado del mito del paraíso perdido, donde no había conocimiento de la diferencia entre los sujetos, o del relato platónico sobre los andróginos quienes eran completos en sí mismos. En la búsqueda de esa completitud y de un emplazamiento inconsciente, se acostumbra a vanagloriar afanosamente el estado de participación mística que caracteriza al enamoramiento.
Pero amar requiere haber roto las murallas narcisistas que contienen al individuo en su propia subjetividad. Se necesita un monto de esfuerzo y de sufrimiento para permitir la existencia del otro y concebirlo, ya no como una prolongación del propio deseo, sino como un otro por sí mismo. La experiencia de la alteridad asume al semejante únicamente como es, no como nos gustaría que fuera, esto significa admitir a la pareja como el individuo absuelto de la propia necesidad subjetiva, arrojado a su diferencia y a su carácter de absoluto, sometido a la fatalidad de ser solamente lo que ya es, es decir, un caso perdido.
Por consiguiente, el ideal narcisista de amor, abstraído de la sombra que le da contenido, se contrapone a la experiencia amorosa de la apertura incondicional hacia el otro. Pero en la cultura del capital la exigencia ideológica está dirigida al consumo de experiencias y a la gratificación instantánea, el espacio de la angustia que implica la presencia del otro y el intrincado trabajo por hacer propio el deseo que en principio está depositado en el ser amado no son un producto que favorezca la mercadotecnia de la utopía romántica.
Sin embargo, no hay forma de amar más que a través del hueco insalvable de la angustia y del dolor, pues quien irrumpe en el encierro de la atomización individualista siempre deja una herida abierta que supura miedo, frustración y anhelo. El amor es también la iniciación en el misterio de la aflicción y la traición, porque ser amado es ponerse en riesgo, permanecer en aquel desgarramiento, como una boca abierta que nos obliga a desaparecer en su oquedad, pues no se ama para permanecer en el amor, más bien es el amor quien se ama a sí mismo por medio de nuestros cuerpos deseantes.
Dos de los escenarios donde el amor sucede son, por ejemplo, la familia y el matrimonio. Se tiene la imagen común de una familia estructurada por miembros felices y relaciones armónicas, donde la comunicación directa es el éter donde todos se mueven, pero tal fantasía es imposible, tomando en cuenta que toda psique se compone de factores traumáticos, destructivos y sombríos y que estos elementos acontecen y no son sujetos a la voluntad de los individuos.
La familia feliz no existe, tampoco el matrimonio armónico, en cambio la búsqueda del mismo es causante de los más variados sufrimientos. En un matrimonio normal hay violencia, celos, destructividad, envidia y sufrimiento. La pareja se une en una promesa ingenua de eternidad, pero su plano corresponde al del tiempo común. Los esposos exigen el cumplimiento de sus necesidades pleromáticas desde el plano de la insatisfacción que les precede, desde un hambre que ninguno ha podido saciar, ni podrán hacerlo. Arrancan, entonces, pedazos del otro como una promesa del cumplimiento de sus deseos, los cuales nunca se realizarán y poco a poco van formando, desde la carencia y la frustración, un hogar.
De acuerdo al mito platónico el amor es hijo de Penia, la pobreza, quien al contemplar al magnifico Poros, el recurso, deseó tener un hijo con él, por lo tanto, la pareja se funda en la búsqueda por llenar una escasez insaciable. Es aquella unión de dos soledades un altar de sacrificio, pena e incertidumbre, pero jamás de salvación ni de satisfacción completa, porque honrar a la vida exige el reconocimiento de su inanidad y de su carácter de ser un hueco interminable. Realmente las personas no se unen para ser felices, lo hacen para ser ellos mismos al reconocer que se es el hogar de una falta primordial e inmarcesible, que no es más que el propio movimiento de la vida continuándose en sí misma.
Por lo tanto, el amor es el hambre voraz de un sujeto objetivo, una pulsión ciega que se demora en nuestra carne, y que en su metamorfosis nos construye como un apetito inagotable. Por ello, es nuestro deber seguir amando porque sin importar nuestra esperanza o las encrucijadas del contexto, ese impulso severo habrá de realizarse y, a su vez, no realizarse nunca.
