Los hijos del espíritu

Logos del alma

Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
S. Mateo‬ ‭1:18‬ ‭

Levántate hasta el punto en que todo quede detrás de ti…, empezando por ti mismo.
E. M. Cioran

La convención religiosa dicta que Jesús fue un hijo del espíritu, pero ¿acaso no todas las personas son hijos del espíritu? Los hijos, dice Khalil Gibran, son realmente hijos de la vida, ¿qué significa esto? ¿acaso los hijos no pertenecen a los padres? ¿no son su obra? ¿Se debería dudar de la paternidad? Es el agobio de los padres poder brindar una herencia a sus hijos, dinero, preparación académica, valores o recuerdos gratificantes, se esfuerzan por estar totalmente preparados para criarlos, sin embargo su objetivo verdadero es perpetuar su ego a través de su simiente y negar así la verdadera paternidad.

Ser padres exige saberse insuficientes para la tarea. En la consulta los padres, llenos de culpa, arrojan sus dudas y preocupaciones; es evidente que en su cotidianidad reprimen su rabia, su dolor, el cansancio y el descontento por sus hijos. Estos últimos toman todo de ellos y no retribuyen más que con reproches e insatisfechos refuerzan la inseguridad de sus progenitores y el sentimiento de insuficiencia que éstos aprendieron de sus propios padres. No obstante, estos padres han aprendido a ocultar a los demás la oscuridad de su tarea para ajustarse al modelo social que ofrece una satisfacción inalcanzable.

La culpa es un signo de inflación psíquica, Hillman decía que el ego se siente culpable cuando ha tomado una tarea soberbia sobre sus hombros y, por lo tanto, necesita descargar el cansancio del peso enorme a través del perdón. El ego quiere ser perdonado porque su culpa responde a un acto de hybris. Prometeo desea ser liberado por Heracles del asedio del águila en el Cáucaso, lo mismo quiere Atlas ante su propia condena que consiste en sostener el cielo. De igual forma el rol de los padres es tan excesivo en la cultura actual porque persiste en la apropiación de una realidad arquetipal, que ningún hombre empírico puede soportar.

Creer que los hijos se derivan de las personas que los engendraron y que los actos de éstos son causalmente determinantes requiere sobreestimar tales figuras y negar la autonomía del hijo y el hecho de que éste es el camino de un desarrollo noético que busca desplegarse desde un concepto seminal. Realmente los hijos son hijos de la vida, del concepto vivo y no de sus padres como formas anquilosadas por la costumbre y las convenciones. Son hijos de las imágenes, del psiquismo, del alma en la cual son contenidos al nacer.

José concibe un hijo con María, pero es el espíritu quien realmente lo produjo. El hijo es primero una imagen y en el fondo de ella yace dormida una idea que pre-existe en la consciencia inconsciente de la pareja que va a concebir. El hijo es creado como un concepto, es puro pensamiento que se encarna en un sujeto cuya piel es azarosa y finita, pero lo que realmente informa este cuerpo es lo infinito que trasluce detrás del velo de la memoria. El hijo, antes de nacer es espíritu, es idea, es pura productividad en busca de un vaso que la contenga.

El ángel les dice a los padres que no teman conocerse, que su hijo es un dios, es decir, que sólo se pertenece a sí mismo, pero este Sí-mismo no es el sujeto nacido, sino el espíritu que permanece detrás de lo fenoménico, como la noción que guía la estructura del hombre que nace y que ha nacido incluso antes de ser dado a luz; él se precede, es su propio padre, su propia senda en el bosque oscuro. A su vez, María es virgen y José no conoce a María, ambos son inmaculados hasta que un hijo los preña con su existencia, porque no son los padres quienes conciben al hijo, es el hijo quien da nacimiento a los padres y los arropa en la calidez de la posibilidad de ser conscientes de su consciencia. Por eso los hijos no son de nadie, más que de ellos mismos, han nacido de su existencia, se fecundan cada día y su caricia unge y procrea a los padres en cada momento.

Ser hijo del espíritu significa saberse en continua recreación y responder a una necesidad que subsiste fuera de las expectativas humanas, asumir que un otro en la persona genera su destino y dicta las peripecias por las cuales éste habrá de transitar a lo largo de su vida. Es acaso un ángel o un daimon, es decir un mensajero, quien lleva a cabo la anunciación cotidiana por medio de la imagen, del síntoma y de la palabra, del logos que se actualiza en cada nuevo momento y para el cual todo hijo es un puente hacía sí mismo, solo movimiento lógico.

La palabra habla únicamente de sí, es un ouroboros que se devora y se rehace recursivamente, que come sus propias alas para domeñarse y que al calor del atanor engendra sendas intrincadas y semánticas oblicuas que retardan su paso hacía el desenvolvimiento de lo que potencialmente ya es. En el desierto, debe huir de sí misma para darse muerte y volver al peligro de ser fiel a la vida en la resurrección de sus anhelos primordiales. Pero solo un deseo puede realizarse en la vida de los sujetos: aquel de la vida lógica que niega fugazmente su positividad.

El hijo matará a los padres y los padres intentarán no morir y perdurar en un impulso que no les corresponde. Este drama existencial es el arco firme del que la flecha despega. Ser padre es convertirse en un adversario lo suficientemente resistente para sostener una batalla y tan débil para no prolongarla demasiado tiempo. Tras su muerte, los padres han de soportar la mirada del hijo y se sabrán ellos mismos, entonces, hijos e hijas de la vida. La matanza del padre, aquel mito psicoanalítico, por lo tanto, no termina con la muerte de los padres y la maduración del hijo, continúa en la comprensión general de que todos son, verdaderamente, hijos del espíritu.

Más tarde el Cristo dirá a sus discípulos, justo después de su muerte, que ahí donde haya dos él será el tercero. Eso significa la salvación, eso implica el conocimiento del otro, ser capaces de recibir al tercero de los dos, dejar morar en la carne viva a aquel espíritu que envuelve a los padres, a los discípulos, al hijo mismo y que se encarna para concebirse, para preñarse de la consciencia de sí, pues el espíritu es únicamente el puro acto de producirse, y los cuerpos son los restos tendidos al sol que son consumidos a su paso. Ningún individuo olvida, en sus adentros, que es hijo del espíritu, solo un hijo y nada más.

Quizás los padres podrían descansar de su labor titánica al saberse hijos de un espíritu que se transforma en cada nueva encarnación, y entonces podrían quizás disfrutar el tortuoso juego de la paternidad, como el destino de una pulsión que los hará pervivir como otros en la decadencia de sus deseos y que les pedirá, en cierto momento, su disolución y el abandono de su estatus, para que otros puedan ser después de ellos. Como diría Gibran, la casa del futuro está cerrada para los padres y gracias a ello la lógica de la vida puede seguir su largo viaje hacía sí misma.

Los buenos padres destruyen

Logos del alma

El consenso dicta que los padres deberían ser solo “buenos padres” y enseñar a sus hijos los valores y normas necesarios para poder relacionarse en la sociedad y ser ciudadanos adecuados. A menudo se habla del abandono del padre o de la ausencia de la madre como la causa directa de una juventud descarriada y de la crisis actual de los valores sociales. Por lo tanto, parece ser de lo más urgente una psicopedagogía de la paternidad, que dote de las herramientas necesarias a las personas para poder ejercer una crianza adecuada.

Las redes sociales y la psicología popular están plagadas de consejos sobre la crianza saludable y de postulaciones acerca del buen comportamiento de los padres. El retrato común de lo que deberían ser las figuras parentales se decanta por una paciencia infinita, alta capacidad de resiliencia, actividades familiares hiperproductivas y, sobre todo, actitudes positivas y constructivas. Todo ello forma parte de una imagen abstracta de las relaciones familiares que se ofrece como un producto uniforme y homologado que es, en principio, inalcanzable.

En el objetivo ideal de la paternidad hay un prejuicio latente, el de la causalidad de los hechos psíquicos. Un ejemplo claro es como en el siglo XX se popularizó la idea de que la salud mental del hijo era directamente causada por la influencia de la madre en su crianza. Esto decantó en un sin fin de acusaciones hacia las mujeres, y los hombres, por el desarrollo psicosocial del niño. Se habló entonces de las “madres neveras” en los casos de autismo o de las madres esquizofrenizantes y también se forjó la efigie del padre abusador presente en tantos relatos de violaciones infantiles.

Hoy aun se habla de los tipos de apego como una circunstancia esencialmente causada por la relación materna y que define las dificultades existenciales de un sinnúmero de personas que se asumen como víctimas de una mala crianza. Aunado a ello, se enumeran múltiples factores que arruinan el futuro de los hijos como el maltrato físico y emocional y el descuido a causa de las largas jornadas laborales que la mayoría de los progenitores tienen que cubrir, en los tantos hogares donde ambos cónyuges deben salir a trabajar en condiciones precarias.

Teorías psicológicas como la escuela freudiana dieron un auge inusitado a esta perspectiva causalista, con conceptos como el Complejo de Edipo o la noción de trauma. Otras como el conductismo directamente negaron la mediación de la mente y redujeron el sistema causal a su expresión más rígida. Algunas perspectivas como la psicología junguiana cuestionaron la literalidad de las mitologizaciones psicoanalíticas y les proporcionaron un entorno simbólico donde poder entenderlas no como hechos literales antes bien como metáforas de la dinámica psicológica. Sin embargo, la división tajante entre el mundo metafórico y los hechos literales provocó el descuido de la esfera de la realidad, en la cual se siguió culpando a los padres de las desavenencias del desarrollo psíquico de los hijos.

Una consecuencia de esta distinción entre lo interno y lo externo es que a pesar de que el discurso semántico alega una conjunción de ambas dimensiones, la sintaxis subyacente niega esta relación. Realmente la idea de un mundo interno funciona solo mientras se sostenga la separación con lo externo, y sobre todo mientras la subjetividad se convierta en el amparo de la dinámica psíquica, lo cual hace imposible la conjunción entre ambas conceptualizaciones.

Es así que la dimensión subjetiva se transforma en el depositario de los problemas del mundo y ante esta carga se proponen soluciones que eximen al ego de su culpa, no soluciones efectivas sino simplemente arreglos temporales que pacifiquen a las buenas consciencias. El objetivo de las reparaciones ideologizantes es proporcionar un alivio a la angustia exacerbada tanto por la desmedida búsqueda de importancia personal, así como la oclusión de los factores sociales, económicos y políticos que desatan las condiciones de la ansiedad posmoderna, siempre y cuando se pueda conservar el monto de inflación psíquica que pesa sobre el individuo.

La individualización de lo parental se observa en la exigencia social de la separación de lo comunal en la crianza de los hijos. La imagen de la familia ha cambiado con el paso del tiempo y se ha adaptado a los requerimientos de un sistema socio-económico que necesita de la atomización de los individuos. De esta manera el cuidado de los hijos recae en una célula familiar abstraída de su raíces sociales. Se pretende que la familia sea nuclear y se desestima la familia ampliada que había sido el contexto más frecuente durante muchos siglos en diversas culturas.

Por todo lo dicho, se comprende que la tarea de ser padres no solo está inscrita en las labores cotidianas y en los juicios individuales, además responde a las exigencias sociales y a los prejuicios culturales que, en numerosas ocasiones, se contraponen de maneras neurotizantes al verdadero contexto en que se instala el fenómeno. Sin duda la actividad paternante se ha debido adaptar a los altos estándares de una sociedad postindustrial y las personas parecen cada vez estar más angustiadas por el papel que juegan o jugaran como progenitores.

La imagen ideal de la parentalidad tiene un papel determinante en como los sujetos adoptan dicho esquema para compararse y juzgarse, algunas veces de forma injusta, porque demanda el cultivo de una dimensión de la experiencia psíquica que se ajuste solo a los patrones planteados por aquella ideología y que deseche todo aquello que no es deseado por esta estructura teórica, que inadvertidamente se constriñe al espíritu de la época. Lo que se pide a los padres, por consiguiente, en una sociedad capitalista, no es la buena crianza de los hijo sino eficiencia, productividad y la eliminación de la parte sombría de la paternidad.

El fin de una ideología no es otro que mantenerse indemne ante la contradicción, en términos junguianos no permitir que el animus haga mella en la vivencia solo anima del fenómeno. No obstante, una petición de principio de la psicología, como el estudio del logos del alma, es la inevitable búsqueda de la asunción de la otredad, no sólo como la experiencia de la aceptación del prójimo sino como la apertura ante lo que, desde el sentido común, se experimenta como deleznable o sombrío; porque no es posible el entendimiento del otro hasta que no se acepte también la sombra que le precede, y ésta se experimenta, en última instancia, como el paso doloroso de verse a uno mismo como un otro.

La presencia del otro es lo que desgarra. En principio, el encuentro supone la consciencia de que algo existe fuera de uno mismo y esto significa el rompimiento de la esfera narcisista, este acto transgresor deviene como la consciencia del semejante. De la misma manera, la asunción del otro como distinto a uno mismo se vive como un desmembramiento, similar al hecho salvaje de ser devorado por los propios perros de caza con los cuales se perseguía un objectumespecifico.

Así el encuentro es la fragmentación, pero por ello, y solo gracias a que hay un despedazamiento, es posible la consciencia del otro, que a partir de la disolución puede verse ahora como la unidad de la unidad y la diferencia. A causa de este dolor, el deseo explicito de los individuos es no reconocerse en la figura externa y poder subsumir al otro a la visión particular que lo esclavice al ámbito de lo que ya se conoce, de aquello que parece no suponer una amenaza y que no desata el conflicto. Pero la contradicción es lo que otorga dinámica a los fenómenos, por lo tanto, eludirla significa mantener artificialmente detenidas a las ideas de las cuales se forma parte.

Desde esta perspectiva la imagen de ser buenos padres requiere de su conjunción con el aspecto negativo de la función paternante. Es decir que ser buenos padres solo es posible en la medida en que se puede también ser malos padres y soportar la tensión entre ambos aspectos del concepto. Los hijos, no aprenderán solamente de los discursos y de las ideologías sino de como los adultos a su alrededor se sostienen frente a las mismas y en que medida son capaces de diferenciarse de los relatos culturales y sociales y de adaptarse a las situaciones tal y como éstas se presentan.

En caso de sucumbir a la tentación de ser solo padres buenos, la sombra habrá de ser absorbida por los otros, por los sujetos inmediatos de su relación. En muchos casos se volverá la hacienda de los hijos, no porque se trasmita como un germen sino porque prevalece como una actitud hacia el mundo y hacia uno mismo, como una disposición rechazante ante el despliegue de la idea de parentalidad. Pero, en la medida en que los padres pueden hacerse cargo de la idea de paternidad entonces ésta logrará desenvolverse como la noción internalizada que contendrá tanto sus aspectos codiciados como aquellos que resultan temibles.

En este sentido, ante las preguntas constantes sobre la buena crianza, se puede decir que el niño no necesita de buenos padres, precisa, en cambio, de padres completos para experimentar la gama de actitudes que representan el espectro de la experiencia humana, incluyendo el sufrimiento, la tristeza o el abandono. La psique se forja en el pedernal de la experiencia anímica y no responde de forma causal a las vivencias cotidianas, más bien éstas son la yesca que arde en el fuego de la autonomía psíquica, que tiene su telos interiorizado en sí misma y que no es otra cosa más que puro movimiento anímico.

Nuestra cultura, tendiente hacia los roles idealizados y a la búsqueda de productividad alimenta con su desprecio por lo “incorrecto” aquello que no está dispuesta a asumir. Pero ni el niño es inocente e inerme, ni los padres pueden ser sólo buenos o amorosos. Se debe tener en cuenta que la búsqueda de la pureza alimenta posiciones unilaterales tiránicas que requerirán, para poder mantenerse impolutas, de víctimas sacrificiales o chivos expiatorios que soporten el peso del mal que es rechazado. Es en este ámbito que los buenos padres suelen ejercer poder hacia el objeto de su obra y por lo que en pos de servir al ideal colectivo tienen que constelar la destructividad que, por supuesto, no podrán nunca asumir más que como objetos proyectivos.

El problema de los padres suficientemente buenos

Logos del alma

«Nada afecta tanto a la vida del niño como la vida no vivida de sus padres.»

C. G. Jung

A menudo los padres se sienten culpables de los errores cometidos en el proceso de la crianza de sus hijos, se preguntan constantemente si lo están haciendo bien o no y llegan al grado de interpelar al terapeuta para que éste juzgue su actuar, lo que significa que la exigencia los ha sobrepasado y desean que alguien más cargue con el papel parental. La preocupación por adecuarse a un ideal crea una tensión palpable en la angustia creciente por cumplir con normas que son inalcanzables. Es un cruel imperativo social aquel que impele a los padres a que sean solamente buenos padres.

En los cuentos antiguos suele haber una madrastra malvada que se contrapone al amor puro de los padres ausentes, pero ésta es una reelaboración más bien reciente, porque en las versiones más antiguas de los cuentos la figura destructiva recae sobre la propia madre o en ambos padres. Esto sugiere que en algun momento la idealización de las figuras paternas obligó a la cultura de una época a escindir el papel atroz y la figura benevolente en distintos recipientes. Sin embargo, un análisis más atento mostraría que las figuras que componen estas historias conforman una unidad, donde lo aciago y lo afortunado se entrelazan para permitir el desarrollo de la narrativa, pues el protagonista no tendría que emprender un viaje si no sintiera el rechazo de su hogar, si él mismo no fuera alguien sin una morada propia; es en el ser obligado a marcharse lejos de su posición inicial que conoce a la princesa encantada y puede convertirse al fin en el rey, es decir ser inciado en el misterio profundo de la paternidad.

Este cisma, entre los padres buenos y los malos, fue utilizado por Melanie Klein en su teoría sobre el estadio esquizo-paranoide, donde la autora conjeturó que ante la pulsión de muerte el sistema yoico, aun en ciernes del niño recien nacido, se deshace (deflecta) tal impulso amenazante en la figura del pecho persecutorio y en cambio proyecta la pulsión de vida en un pecho ideal, es así como el infante fragmenta la experiencia de la realidad de la que se nutre, pero no sabe que ambas imágenes no son distintas, este hecho da pie a la integración del aparato psíquico que se consolidara en el interjuego entre la vida y la muerte. Antes de Klein, Freud había entendido que la vida pulsional del sujeto es posible porque hay un contrapunto entre una necesidad por mantener la vida y el deseo perderla, esa danza continua entre la reproducción y la destrucción es el sine qua non de la existencia del alma.

Por lo tanto, se debe advertir que en la vida del niño no puede existir solo una figura benévola por parte de los padres, estos contienen, y deben contener, el matiz destructivo de poder ser aquellos que no aman lo suficiente, ha de haber entre ellos y sus hijos un misterio que los separe, porque ser padres significa poder soportar la incertidumbre de una distancia infranqueable. De otra manera, si las figuras parentales se empeñan en vaciarse de lo nefasto, entonces la experiencia del error y de la maldad tendrá que ser admitida por otro sujeto continente, que en la mayoría de los casos resulta ser el propio hijo. Ello tiene como consecuencia la necesidad compulsiva del hijo de no ser adecuado e incluso de identificarse con una posición perniciosa en contraste con la luminosidad de sus progenitores, ya que la tensión inherente en su subjetividad se ha trasladado de sí mismos a la simbiosis psíquica con sus progenitores. Es por eso muchos hijos taimados tienen un sentimiento de rencor contra los padres buenos y la culpa por ese odio que parece no tener justificación los sumerge aún mas en su oscura vivencia, pues ésta resulta ser también un mecanismo protector de la limpidez parental.

En los casos afortunados, por más que los padres intenten ser solo buenos, su misma estructura psíquica los obligará a expresar su sombra permitiendo que el hijo pueda ser impulsado, hacia su singular camino hacia sí mismo, por medio de la desilusión narcisista por no tener a los padres ideales. Quizás, a su vez, estos hijos intentarán ser padres buenos y, si todo va bien, fallarán estrepitosamente y con ello permitirán que nuevas generaciones puedan descansar en la adecuación de la vida e impulsarse en el alejamiento fugaz ante la muerte, comprendiendo así que la tarea paterna es poder sostener esta tensión de forma irremediable y que, por lo tanto, para ser buenos padres se requiere poder soportar la realidad de no poder serlo.