La psicoterapia es, antes que nada, un negocio

Logos del alma

Solo por medio del autoengaño los psicoterapeutas podemos adornar la labor terapéutica como la búsqueda del verdadero ser, de la individuación o del bienestar del paciente y observar el espacio terapéutico como un antiguo y sagrado temenos. Lo cierto es que la psicoterapia es, antes que nada, un negocio que vende un producto especifico: la narrativa posmoderna del sujeto como objeto de mercado o la búsqueda del significado, que no es sino un escape, entre tantos, de la consciencia de la inanidad del hombre que vaga desnudo por su propia existencia.

Tampoco es, esencialmente, una labor de ayuda, pues en cuanto la psicoterapia trata de ser una actividad de indulgencia se topa indefectiblemente con las relaciones transferenciales que limitan la acción del terapeuta y que convierten al paciente en el objeto del gozo del psicólogo. Así mismo, la psicología nada tiene que ver con el mejoramiento del mundo ya que su narrativa está al servicio de un dogma particular que es la acumulación y la proliferación del capital, que se dirigen a la logizización del mundo y su conversión en mera información, a la encarnación del Logos, paradójicamente, al precio de la destrucción de todo sustrato positivo.

Pero el hecho del trasfondo pecuniario de este trabajo no funge en detrimento de su dignidad, pues el terapeuta es un sujeto atado a su entorno social, que requiere un medio para vivir y las herramientas necesarias para su profesionalización. Hay un mercado que requiere su acción y su preparación. La inflación de su labor, al contrario, con términos míticos o alusiones a contextos sagrados, o con objetivos humanitarios, no permite ver la importancia justa de su actividad y la ensalza de forma neurótica, condenando el trabajo en terapia a la búsqueda de subterfugios ante la banalidad de su propósito.

La psicoterapia es una forma de ganarse la vida, por medio de una vía determinada por el espíritu de la época y depende del terapeuta hacerlo eficazmente y, si es posible, con un tanto de honestidad.

La demanda de honestidad y transparencia en la pareja

Logos del alma

En las relaciones de pareja aparece de forma constante la demanda por la honestidad, uno o ambos miembros acusan al otro de no ser abierto, de ocultar cosas, de ser emocionalmente infieles, pretenden así que su pareja sea totalmente transparente a su vista, que no haya secretos en su trato cotidiano. Sin embargo, se puede entender que esta solicitud no solo ocurre como una petición de los individuos, sino que, de igual modo, es una búsqueda cultural condenada, por supuesto, al fracaso. Byung-Chul Han dice: “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad […]. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales […]”, por lo tanto, se puede asumir que la solicitud de la honestidad radical en realidad tiene que ver con un deseo implícito de dominio completo del otro, que no solo es el prójimo sino la misma alteridad como concepto, aquello Otro que a su vez es el propio alter-ego.

El psicoterapeuta sabe que el grado de honestidad que se idealiza es irrealizable, nadie puede acceder a tal magnitud de apertura ante sí mismo, pues existen un conjunto de mentes autónomas que se contraponen a la visión de la realidad unificada del paciente. El síntoma, por ejemplo, está estructurado como un lenguaje (en este sentido es un mito), él mismo habla y piensa de forma narrativa sobre un deseo particular, tiene un telos propio y dicha finalidad no siempre es igual a la que la persona desearía ya que la expresión patológica prefiere sendas ajenas a la normalidad. La soberanía del síntoma es un residuo de aquella antigua experiencia maniaca donde un dios se imponía sobre el albedrío de las personas y actuaba a través de ellas; en la actualidad el carácter inescrutable de lo divino aun mora como la interioridad lógica de todo proceso experimentado.

Por lo tanto, hay múltiples discursos en el individuo, quien es nombrado así solo a modo de un eufemismo, que lo protege de la multiplicidad que verdaderamente es, pues su nombre real es Legión. Por eso la continuidad en la terapia es una ilusión, el terapeuta debe preguntarse en cada sesión: “¿quién acude hoy a este encuentro?” y entonces construir lentamente un altar para recibir a ese huésped casi siempre indeseado. A su vez, el miedo, en el contexto del consultorio, por que el paciente pueda mentir tiene que ver con aquel ya mencionado en el caso de la pareja, ahí se trasluce la petición inconsciente de ejercer poder sobre el cliente e imponer la voluntad propia (que nunca es realmente propia), en forma del diagnostico o de la interpretación sobre el Otro.

No obstante, la mentira tiene muchas funciones, una de ellas es la emancipación del sujeto, su consolidación como alguien separado de un medio determinado. El niño que miente a sus padres, lo hace para crear un lugar donde resguardarse de la omnisciencia de ellos, es así como se crea el secreto, por medio de una distancia infranqueable, pues el infante no es otra cosa sino una traición constante, que en pos de ser él mismo tiene que llevar a cabo de manera intermitente el cruel acto de la felonia. Esa separación, que ocurre como una herida narcisista, es el proceso necesario para poder ser uno mismo, que Jung llamó La individuación.

Por todo esto, se comprende que la honestidad y la mentira siempre van juntas y que no es posible saber donde empieza una y comienza otra, pero la empresa moderna por querer ser totalmente transparentes desvía la negatividad del fenómeno hacia las personas circundantes y es entonces que los otros tienen que encarnar el secreto, las oscuras vías de la voluntad del Otro, de aquello que los psicoanalistas denominarón como lo inconsciente.

Los miembros de la pareja se esfuerzan por someter aquello que no comprenden, quieren operatividad completa, un domino inmarcesible que los acerque al objeto del gozo que nadie jamas alcanzará; así surge, debido al énfasis unilateral en la transparencia, la fantasía del rompimiento, de la separación. Se alza entonces la búsqueda por la autodeterminación, o la lucha contra el dragón, pues el control absoluto de la Gran Madre precede siempre al acto heroico de la muerte del gran Satán o el rompimiento del huevo cósmico, y ya que el secreto es inalcanzable, porque tiene una inteligencia propia, éste se escapa constantemente de nuestra necesidad de retenerlo, es así que busca lugares para refugiarse, en la infidelidad, en una familia secreta, en la adicción o en la perversión, en un síntoma que se estructure como una mentira, como un mito, que permita la vivencia de la separación y la autonomía ante la exigencia de una vida emocional imposiblemente diáfana.

¿Una psicología femenina?

Logos del alma

Cuando se propone una “psicología femenina” desde la posición junguiana, no se asume el despropósito que significa hablar de lo femenino como una cualidad asociada únicamente con la mujer, sin embargo a la luz de la ideología hoy es una posición imposible de zanjar por el mero diálogo racional. Confundir arquetipo y género es lo que resulta de la falta de reflexión sobre el concepto de lo femenino. Lo femenino es un atributo, una posición o una categoría, pero de ninguna manera es una posesión exclusiva de algún género; en cambio, es parte del contexto cultural que ha bebido, en un primer orden, de las metáforas biológicas, pero que con el paso de la historia las ha dejado atrás a la vez que las conserva como categorías de pensamiento.

“La mujer no existe” decía Lacan y al hacerlo no hablaba de una mujer particular sino de aquello implícito en lo femenino: el Otro o Dios mismo, como el objeto del goce que nunca se puede alcanzar. En este sentido, lo femenino es un mito y pertenece a la lógica dual del mito y, por tanto, no existe pero siempre está presente. Es quizá una debilidad del feminismo y de la búsqueda de la reivindicación de la mujer confundir las dimensiones categoriales del arquetipo y del género, al hacerlo se infla a las mujeres con un único atributo, el concepto entonces se subyuga a las necesidades del individuo, es alienado de su propia lógica y se vuelve un objeto de intercambio, un producto. El feminismo, así visto, no es otra cosa que capitalismo.

En cambio, lo femenino siempre está presente de forma negativa y en conjunción con lo masculino, no hay ánima sin ánimus y uno y otro son facetas propias del movimiento del fenómeno en camino a casa de sí mismo. Una visión realmente feminista en psicología implicaría ser capaces de permitir que lo Otro hable a través del síntoma, es decir de la unión y simultaneidad de lo diferente, independientemente de si se trata de hombres o de mujeres, pero entonces ya no sería necesario hablar de ismos sino solo de psicología como sustantivo señero.

La vida de las cosas simples

Cotidianidad

“Como un ladrón te acechan detrás de la puerta/ Te tienen tan a su merced como hojas muertas”.

J. M. Serrat

La vida transcurre entre quehaceres cotidianos: lavar los trastes sucios, hacer la comida, ir por las compras, cuidar a los hijos, trabajar y obtener grados para trabajar “mejor”, todas labores superficiales. Sin embargo, quizás son éstas las cadenas que atan al demonio a la tierra a la que pertenece y no es la meditación ni las alturas espirituales quienes lo frenan, tampoco la ascesis implacable y dolorosa del iluminado que se marcha lejos de sus hermanos, a las sublimes alturas del desapego, en verdad es la santidad de algunos quien condena al destino de la sombra a los hombres incautos, son ellos sus sacrificios.

Son la vida cotidiana y su banalidad los límites de una pulsión destructiva que hereda del caos su oscuridad inmensa, aquella que cuando se le deja vagar sin senderos delimitados reordena el mundo en fuego y sangre. Pero lo Otro, ese espíritu destructivo, que lleva a los grandes hombres a la locura o a la muerte, es una bestia que solo encuentra la paz en los campos cultivados, en la vida familiar y en el trato amable de los vecinos y son las cosas pequeñas y terrenales quienes nos salvan, temporalmente, de la destrucción y el desgarro; pero siempre llegará su tiempo, pues el daimón es la lava ardiente del basalto que somos.

Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás

Educación posmoderna

Se hacen posgrados por necesidad laboral, quizá, en pocas ocasiones, por orgullo personal o en la búsqueda de prestigio académico, en algunas disciplinas éstos se usan como medios para acceder a mejores condiciones de investigación, pero nunca para seguir un tema de forma seria.

La escuela hoy es un gran aparato institucional que tiene como fin reproducir las políticas económicas imperantes, ante ellas pensar un tema es contraproducente y la reflexión profunda debe dar paso a la fabricación inocua de artículos académicos y textos que no tienen otro propósito que silenciar, con su vorágine de producción, las vías alternas de pensamiento que pudieran contraponerse a la estructura ideológica a la que se ciñen.

El medio científico y la cultura popular, de forma conjunta, sin saberlo, se aprestan al objetivo general del sistema actual, masificar, individualizar y emocionar al sujeto, que alienado de su propia circunstancia, de su contexto lógico, puede por fin ser liberado de la tarea de ser él mismo y de participar activamente en el flujo del pensamiento y entonces ser capaz de asumir su tarea como reproductor irreflexivo del dogma de los tiempos presentes.

En cambio, las personas tomadas por un tema especifico gastan décadas de su vida en el estudio silencioso de un autor o de una temática y, para ellos, desviarse en la ruta de los requerimientos institucionales significa una agónica pérdida de tiempo. Las mejores mentes se forman a pesar del mundo académico y de la intelectualidad institucionalizada, en la dedicación laboriosa y sacrificada al daimón que los impele a estudiar.

Del pensamiento contenido en el objeto al pensamiento contenido en sí mismo

Logos del alma

Pensar, como movimiento lógico, desligado de una entidad que sostenga tal acto, es difícil de imaginar sino imposible, la imaginación requiere un sujeto al que atar el movimiento, y un espacio que enmarque tal acción. Esto tiene una razón, la cual implica que en un tiempo histórico pensar, imaginar y actuar estaban con-fundidos, encerrados en sí mismos. Antes de que el logos pudiera ser consciente de su separación del mundo, y ser a la vez alma objetiva y reflexión subjetiva, el pensamiento estaba atrapado en el acto ritual.

El acto ritual implica una idea actuada sin reflexión, dicho hacer no necesita la visión externa de sí para tener significado, es auto suficiente y si bien el hombre es necesario lo es como mero ejecutor del acto. No es el sujeto quien mata al animal sacrificial, son realmente los dioses, es la mano del dios que actúa a través del ser humano y que impone su voluntad en su actuación para poder desarrollar su dinámica. El pensamiento aquí no es consciente de sí mismo, puesto que se despliega sin necesidad de la reflexión, es decir, no hay que volver sobre los pasos del ritual para entenderlo, sino que el cuchillo hundiendose en la carne del animal sacrificial es su propio entendimiento, y no tiene necesidad de separarse de sí mismo.

Hay entonces una contención del pensamiento en el acto ritual que persiste en su relato, es decir en el mito. Cuando Homero comienza la Iliada no habla sino en nombre de las musas, es la musa quien cuenta la historia, son sus palabras las que son escuchadas, así como en la Biblia es la voz de Dios quien realmente se expresa y por ello es posible decir que la Biblia está dictada por el espíritu, es el espíritu que aun no ha llegado a su estado de paráclito, aun no hay separación en el logos, pues la encarnación solo puede ser posible una vez que el espíritu se ha separado de sí mismo y ha reflexionado sobre su propio pensar.

El mito es más cercano a la realidad presente en el acto ritual que a la consciencia moderna, separada de sí misma. Sin embargo, acudir al mito es recurrente pues al hacerlo se evita la angustia de la separación. Así como es difícil separarse de los padres, pero necesario para ser uno mismo, es complicado asumir que la realidad del mito ha quedado rebasada por formaciones que expresan la verdad de la época de forma más compleja que lo que las imágenes míticas pueden ofrecer. Es mas sencillo pensar en fenómenos metafísicos que den sentido a la existencia desde afuera, que encontrar el propio sentido en cada cosa que existe. Ejemplos de tales entes son conceptos como: el inconsciente, los arquetipos, la libido, el daimón, sobre todo cuando son vistos como procesos teleológicos a la medida de las personas.

Los procesos psicológicos actuales ya no están en las personas, sino fuera de ellas, pero de una forma distinta al de la época ritualista, en la dinámica que envuelve a los sujetos y que los construye como tales. El pensamiento tiene entonces una doble existencia, como el contexto lógico de ideas que en que la humanidad se desarrolla y en la reflexión que se hace en las personas sobre este contexto. La unidad de la igualdad y la diferencia entre ambas facetas constituye el pensamiento del alma, que es pensamiento tautológico. Es debido aclarar que el hombre poco tiene que decir sobre ello, y que lo conciencia egoica insiste en centrarse en sí misma con el fin de sostener una importancia que no tiene. Esto último hace que pueda concebirse una revolución copernicana final, que exprese la verdad de los tiempos actuales: el pensamiento se piensa a sí mismo, siempre.

¿Qué significa “pensar” en la obra de Wolfgang Giegerich?

Logos del alma

Cuando se habla de pensar en la obra de Giegerich no estamos ante algo dado o sobreentendido, es una idea que hay que aprender en su transcurso. Si quisiéramos calcificarla en una definición o insinuar que ya se sabe de lo que estamos tratando tendríamos una idea falsa, un fenómeno a medias entre su verdad y el ocultamiento de la misma. Por ello es que pensar, primero que nada, tiene que ser entendido como un proceso que se despliega, no como una categoría que encierra y clasifica para posteriormente ofrecer digerido aquello que se quiere entender. Pensar, en cambio, es actividad, solo productividad en sí misma, pero ¿de quién?.

Dice Giegerich: “El sujeto o el agente del propio pensamiento, del verdadero pensamiento, por contraste, no es el ego, no es la gente, sino, hablando mitológicamente, es «el alma». Pensar es una actividad del no-ego.” Esto no quiere decir que quien piensa sea el alma en lugar de ego, como si cambiáramos simplemente de sujeto. El que el alma sea quien piense supone que el alma misma es pensamiento, pensamiento en el proceso de pensarse a sí mismo. Es decir, que todo ello no ocurre como una posibilidad en algún ente, corpóreo o incorpóreo, pues es un proceso lógico que se desarrolla de manera negativa, por ello Giegerich lo refiere al “no-ego”, que es el ego que no es ego, o la negación del ego en sí mismo, que no es otro ego positivo sino la negatividad de la posición lógica del ego, cuya noción ha sido liberada de su “literalidad” e interiorizada en el acto de pensar. Toda esta jerga, que en Giegerich es muy clara si uno se adentra en sus escritos, quiere decir que el alma es su propio proceso de desenvolvimiento en lo real, no es otra cosa que movimiento, pero no físico sino noético.

Si bien la jerga de Giegerich es compleja, se debe entender que él mismo no trata un tema simple, sino que habla sobre una dimensión que no es abordada en la psicología académica, misma que se ha esforzado por ser solo una practica tecnológica. Pero la psicología no tendría que ser una técnica en busca de eficiencia sino una disciplina que se ocupe del alma y su desarrollo, por ello se hecha mano de una base filosófica que entiende mejor los fenómenos noéticos, y sin embargo tampoco la psicología se reduce a la filosofía, mas bien la supera precisamente al rechazar la sistematización de una teoría y centrarse en la propia teoría que el alma proponga, el psicólogo es un naturalista negativo, pues no observa para aprender, sino que en su investigación él mismo es aprendido, diría Giegerich que el cazador es devorado por sus propios perros.

Tales consideraciones impiden que el proceso de pensar se reifique en dos posiciones clásicas, una es la del pensamiento como proceso cognitivo o como función psíquica de orientación, siendo esta una explicación mecanizada que trata de explicar particularidades del fenómeno psíquico orientado a la ubicación del ego en la realidad. Esta posición provee de una herramienta muy sencilla para los psicólogos-técnicos que buscan clasificar y reducir el fenómeno psíquico a su mínima expresión para poder entenderlo, pero esto no es sino técnica en el sentido en que Heidegger alude cuando dice que la ciencia no piensa. La otra posición que no tiene que ver con el pensamiento es la lógica formal que busca pensar de manera adecuada y que dice Giegerich, abstrae doblemente el fenómeno, pues lo descontextualiza y luego lo reduce a signos.

Entonces pensar no es ni una función del ego, ni una manera de aprender la realidad. Es el alma, como movimiento lógico, en el acto tautológico de pensarse a sí misma. Por lo tanto, al hablar de este termino no se alude a la cognición o las funciones psíquicas individuales, y cuando se dice que el alma siempre piensa es un descuido confundirlo con racionalismo, pues esta confusión indica que aun no se ha podido acceder a la importancia del tema que aquí se trata ya que se viene vestido de calle a la gran fiesta a la que se nos ha invitado, misma a la que para entrar hay que quedarse fuera, es decir, que para entender primero hay que asumir que quien entiende no será el ego sino el alma, un proceso de sacrificio que no todos están dispuestos a hacer, y que no trae recompensas, sino solo disolución, pues el verdadero psicólogo no es el sujeto sino la vida lógica.

El no-saber psicológico

Logos del alma

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

MT 5:3

El psicólogo no sabe, sin embargo es consciente de su no-saber, con ello en mente puede responder negativamente a la necesidad del paciente, una necesidad cuyo núcleo es el deseo constante de no ser lo que ya se es. En cambio, el terapeuta responde ante aquella tentativa de curación alienante con una simple frase: “no sé”, pero en esa afirmación de su impotencia (en un mundo que exige la potencia hasta el cansancio, hasta el cansancio del mundo mismo) invita al paciente a escuchar, que es otra forma de reflexionar, de reflejar lo que es pensado en aquello que le acontece como sujeto. No es su saber, el del paciente, el que importa, tampoco lo es el del psicólogo, sino el del síntoma mismo.

Al contrario de lo que se podría pensar, el filosofar a martillazos nunca ha sido una actividad demoledora, ya que como buen músico Nietzsche quería hacer un filosofar de oído y con el pequeño martillo del músico diferenciar lo hueco de lo sólido, un acto refinado. Así, el terapeuta escucha y el paciente aprende a escuchar también, el estruendo del fenómeno, el síntoma desbordándose y volviéndose a calmar, el suave suceder de la existencia. Solo con el oído afinado se puede escuchar aquello que es pensado en la psicopatología. Por eso el profesional estudia sin cansancio, no para saber más, sino para mantener el oido presto al saber del Otro.

En cambio, si el psicólogo supiera ya no tendría que escuchar, ya sabría lo que sucede y no sería capaz de permitir que el fenómeno llegará a casa a sí mismo, no se dejaría educar por el síntoma, es en este sentido que la psicoterapia es una actividad pedagógica y no hay mayor obstáculo para el aprendizaje que lo que ya se tiene por sabido. El saber del psicólogo es, por tanto, un saber que se niega a sí mismo cuando se encuentra ante un nuevo fenómeno, un no-saber que deja la puerta abierta para la verdad que busca hacerse presente.

El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung