La experiencia estética y el ego psicotizado

Logos del alma

Lo que hace evidente la desvalorización constante del esfuerzo por una complejidad artística, en contraste con la emergencia de producciones rápidas, entretenidas o edificantes de la ego-personalidad es que el arte es un proceso que se aprecia desde un horizonte cultural, es decir, que cada sujeto construye su experiencia estética en la medida en que se ha nutrido y se ha ejercitado en la apreciación de las obras artísticas. Esto no es un evento que suceda ante la imagen solamente, como una revelación, sino la constante reflexión sobre la misma experiencia estética, pues no se puede apreciar algo si la mirada no ha sido educada. Por lo tanto, los ojos se abren y se hacen a sí mismos en tanto la reflexión ha hecho su arduo trabajo en el sujeto.

La función del arte es la de permitir que la consciencia exprese los temas que la configuran, de manera que pueda crear piezas muertas las que el soplo del aliento de la contemplación insufle de movimiento lógico el pensamiento detenido en ellas y éste se vuelva material de consumo de un nuevo logos viviente. No es el hombre quien crea formas artísticas sino que estas representan la condición creativa prístina sobre la que la humanidad va esculpiendo y dibujando aquello que lo eleva sobre su condición natural y la acoge en un manto negativo de cultura y de contenidos compartidos.

Es así que la contemplación requiere de una educación continua de sus facultades, pues no hay pasividad en el acto de ver, al contrario, el alma, a través de los ojos que observan o de los oídos que escuchan, puede atender su matiz creativo de forma estructurada y racional, liberando el pensamiento implícito en la obra y permitiendo que éste cobre vida en el ejercicio de pensarlo desde una cultura enriquecida por el esfuerzo y la reflexión.

El arte no es un lujo ni una propiedad de las personas creativas, sino que es la manifestación figurativa del proceso a través del cual el alma crea la realidad o la verdad del momento presente, es decir, de la forma en que la consciencia se estructura de tal manera que pueda seguir creándose a sí misma ininterrumpidamente.

Por lo tanto, un arte puesto al servicio del sujeto es un contrasentido, que tiene como resultado la sobrecarga libidinal de una posición egoíca que se fragmenta a fuerza de ser complacida. Sin diques que le den soporte en una objetividad firme, asentada sobre sí misma, el alma exacerba su función expresiva y crea, a la vez que destruye, su material de trabajo, es decir al hombre que se recrea en la contemplación artística.

Pero en la cultura popular hay una exigencia cada vez más constante por hacer accesibles los elementos particulares del arte de forma sencilla e inocua, procurando que no requieran el esfuerzo del espectador. Por si fuera poco, se consagra el trabajo artístico al mero entretenimiento de las personas o, peor aún, a su edificación como individuos, proponiendo el poder curativo del arte, lo cual significa no otra cosa sino que el trabajo creativo debe ser puesto al servicio de la construcción del individuo, hecho que supone un proceso paulatino de inflación psíquica. Es quizás por ello que empieza a ser cada vez mas evidente la hipótesis de que el psiquismo del hombre posmoderno se parece a un estado de psicosis continuo.

El ego no es un órgano fijo en la estructura de la mente sino la posición que ha tomado la consciencia para poder asumirse como separada de sí misma, se ha desatado de su forma antigua para poder generar una dialéctica que permita actualizar sus contenidos inconscientes y producir alma de forma explosiva. De ahí que la revolución industrial y la expansión tecnológica, así como la idea de progreso, solo puedan ser posibles en este singular contexto anímico.

Pero en la psicosis la irrupción de contenidos psíquicos se vuelve incontrolable, la estructura que da coherencia a la realidad se desvanece a causa de los embates de la experiencia y de la fragmentación como estrategias de supervivencia. El alma pierde su posición egoíca y se retrotrae a estadios ya superados por la historia de la consciencia, de ahí las formas míticas y rituales que determinan la conducta del psicótico.

El sujeto psicótico se ha apropiado, sin premeditarlo, de una dimensión que no le corresponde y tal dimensión lo ha devorado. Así, el arte puesto al servicio de la edificación del sujeto supone que toda la dinámica de la construcción de la realidad, como la labor anímica primordial, recae sobre los hombros del frágil individuo, con las consecuencias de la fragmentación continua de su aprensión de la existencia, que no significa otra cosa sino el proceso a través del cual el espejo que refleja la luz se ha quebrado por la intensidad. Sin embargo, es la intensidad la nueva meta de la apreciación artística, la búsqueda de una emocionalidad desmedida.

En la época de la posverdad la ilusión de la voluntad, del subjetivismo y de las variedades de la experiencia de las que el hombre puede sujetarse sin compromiso aparente, no advierte de las consecuencias de soñar con apropiarse de un reino que no es de este mundo pero que lo configura como su núcleo eidético. La realidad se resquebraja bajo la fantasía del hombre creador que puede dominar el acto creativo que no le corresponde.

Realmente es el alma la que crea realidad cada día y si el ego no ha sido edificado, sostenido por la objetividad de la consciencia y educado en su tema de manera ardua, no podrá servir de vasija para el dios que de forma esporádica se presenta con el fin de llevar a cabo la labor artística y entonces se romperá una y otra vez sin haber alcanzado la comprensión de que el alma está hecha para lo divino.

La bomba nuclear y el destino de Dios: Sobre la primera fisión nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Si se observa una pintura medieval, como la de la escuela holandesa, hay que acercarse mucho para apreciar sus detalles. Cada pelo de un cuello de piel, cada brizna de hierba, parecen estar pintados por separado. Sin embargo, si nos acercáramos a un cuadro de un impresionista francés, sólo veríamos manchas de pintura, pero ningún cuadro. Así pues, cada cuadro prescribe al espectador la distancia que le corresponde. Esto no sólo es cierto para los cuadros, sino para todos los temas de contemplación, incluidos los de reflexión teórica. Por esta razón, depende mucho de que encontremos la distancia «correcta» a nuestro tema, la bomba nuclear. Porque si nos acercamos demasiado a ella y la contemplamos sólo desde nuestro presente inmediato, sólo en el contexto de los bloques de poder y las negociaciones de desarme actuales, sólo en el contexto de nuestros temores personales de supervivencia, entonces sólo tendremos una percepción esencialmente reducida de la bomba.

ENCONTRAR EL PUNTO DE VISTA ADECUADO

La bomba nuclear amenaza la vida en su totalidad. Esto significa que debemos encontrar un punto de vista que conceda a la bomba el horizonte más amplio posible dentro del cual sólo pueda desplegar toda su esencia. Porque todo lo que tiene el poder de poner en juego nuestro mundo en su conjunto debe ser una especie de equivalente de este mundo en pocas palabras y, como tal, estar profundamente entretejido y enraizado en la historia y la realidad de nuestro mundo occidental en general.

El contexto de los problemas de supervivencia y la política de poder actuales sólo permite una percepción muy limitada de la bomba. Nuestra imagen de ella sería igual de reducida si la entendiéramos meramente de forma personalista: como la expresión de nuestras agresiones reprimidas, nuestra «tradición patriarcal hipertrófica», nuestra arrogancia y nuestra actitud de aprendiz de brujo, por mencionar sólo algunos de los tópicos más comunes. La bomba nuclear, en su fenomenología, es tan inmensa y tan inhumana que, a pesar de ser un objeto fabricado por el hombre, se extiende mucho más allá de lo meramente humano hasta la dimensión de lo ontológico y lo teológico, hasta la dimensión del Ser y de los dioses. Sólo en este plano podemos esperar hacer algo de justicia a su espanto.

Sin embargo, no hablo como teólogo, sino como psicólogo y fenomenólogo. Como tal, estoy convencido de que siempre que se trata de puntos de inflexión fatídicos, ya sea en la historia o en nuestra vida personal, tenemos que mirar a los dioses y a su destino. Los dioses y lo que les ocurre son, simple y naturalmente, la articulación de ese fondo de la psique colectiva en el que se producen las grandes decisiones de calado histórico, decisiones que a su vez son el marco en el que transcurre la vida y el pensamiento de cada época histórica. No postulo dioses de manera metafísica, y mucho menos los propago como objetos de fe. Simplemente me quedo con la fenomenología de las imágenes de Dios tal y como se dan en la realidad. Considero que éstas son el punto en el que algo del trasfondo oculto de la existencia histórico-psicológica del hombre se nos hace visible en formas o rostros concretos, de modo que no estamos meramente condicionados por este trasfondo desde atrás como objetos aburridos, sino que podemos, como corresponde a los humanos conscientes, relacionarnos con ellos cara a cara. Así podemos establecer y cultivar una conexión psicológica que sin las imágenes de Dios no sería posible: la cultura y el culto psicológicos, la therapeia, la religio-como la observación cuidadosa (relegere) de los dominantes arquetípicos que vinculan (religare) nuestras percepciones, pensamiento y comportamiento.

El destino de Dios que tenemos que considerar en relación con nuestro tema me parece que tiene lugar en los acontecimientos que se nos cuentan en la historia  del Antiguo Testamento1 sobre la adoración del Becerro de Oro (Ex. 32).

LA HISTORIA DEL BECERRO DE ORO COMO DOMINANTE PSICOLÓGICA

No quiero leer esta historia como un documento histórico, ni con la pregunta en mente: ¿Qué ocurrió realmente y qué significó en el contexto de su época y para la vida religiosa de los judíos? Tampoco me ocuparé de cuestiones de crítica textual, fuentes, autoría y de las revisiones que haya podido sufrir el texto. Con tal planteamiento, el relato se convertiría en un mero objeto de indagación y quedaría desplazado a la lejanía de un pasado remoto y exótico que, en el fondo, nos es indiferente. Paradójicamente, la búsqueda del sentido «original» del cuento y de las intenciones «originales» de sus autores no nos devuelve a los verdaderos orígenes; más bien produce un artefacto, la reconstrucción de un pasado pretérito que sólo es posible gracias a ingeniosos métodos científicos. No es que pretenda dudar de la corrección de las reconstrucciones históricas. Simplemente pienso que nunca pueden conducirnos al origen, sino sólo a algo esencialmente derivado: la historia abstracta.

El origen no se encuentra en la edición crítica en la «lengua original» de un texto, ni en el conocimiento exacto de los hechos históricos que rodean al texto; el origen es más bien la historia de la Biblia tal y como nos la contaron en la infancia en nuestra lengua materna -en una forma, teológicamente hablando, posiblemente bastante insostenible- y, sobre todo, tal y como se la contaron durante siglos a nuestros antepasados, que ciertamente no se vieron afectados por las preocupaciones histórico-críticas. Sólo así está viva la historia en la psique occidental. Toda la erudición crítica llega demasiado tarde, va detrás de la imagen real arraigada en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra tradición. Toda investigación científica presupone esta imagen y, por supuesto, en última instancia, sólo se lleva a cabo por ella y porque, en primer lugar, despertó la curiosidad de los estudiosos.

Es el trágico error del Occidente cristiano haber tomado lo histórica o teológicamente «correcto» por lo real, y así haber pensado que el verdadero cristianismo podía encontrarse en la interpretación más sofisticada y pura de la doctrina cristiana. Esta ficción nos hizo ciegos a los efectos reales de nuestra religión, permitiéndonos conformarnos con nuestro mejor juicio y pensar que, gracias a la corrección erudita de nuestras ideas, las imágenes primitivas se habían acabado. Pero la imagen simple no fue empujada a la inexistencia por la visión corregida, sino que simplemente desapareció de nuestro campo de visión, de modo que pudo estar en acción sin ser perturbada. Conserva su propia «voluntad», que no está necesariamente de acuerdo con la mejor exégesis teológica, y quiere materializarse a sí misma (en lugar de la «verdadera intención»). Incluso bajo la superficie de la teología más erudita, es la simple imagen la que realmente se cree y tiene fuerza motriz. Nuestro mejor juicio, precisamente porque es mejor, más elevado, meramente consciente, no tiene ni ha tenido nunca importancia psicológica e histórica, pues carece de poder transformador, mientras no se haya filtrado hasta convertirse, al cabo de mucho tiempo, en una nueva imagen en la psique por derecho propio. Sólo la imagen primitiva es históricamente potente, tanto en el individuo como en los pueblos.

Por lo tanto, me gustaría leer la historia del Becerro de Oro como la imagen psicológicamente real como la que se ha implantado, como una semilla, en la psique receptiva de los pueblos del Occidente cristiano inicial y, tras un periodo de incubación que duró varios siglos -llamado habitualmente «Edad Media»-, empezó a brotar hasta que finalmente dio frutos maduros en nuestro siglo. Intento escucharlo como parte de ese «mito» en el que vivimos y que sustenta la constitución ontológica del mundo occidental.

Esta historia es, por así decirlo, una historia de la colisión de dos mundos. El primer mundo está situado en las tierras bajas y se caracteriza por una imagen de Dios con forma de animal fundida en metal a la que el pueblo adorador lleva ofrendas y en cuyo honor celebra una fiesta, entregándose lúdicamente a esta celebración. El otro mundo es el de la cima de una montaña2 y se caracteriza por un Dios invisible y trascendente en las alturas, por un código de leyes morales grabado en tablas de piedra y, tanto por parte de Dios como de Moisés, por una ira feroz contra el pueblo celebrante.

Moisés, acalorado por la ira, con la Palabra de Dios en su mente y las tablas de la ley en sus manos, rompe la piedra en su ira. Irrumpiendo como un extraño en la multitud juguetona, interrumpe la celebración sagrada y pulveriza la imagen animal. A Aarón, que hasta ese momento había participado inocentemente en la ejecución del ritual, le da mala conciencia, de modo que Aarón se avergüenza y siente la necesidad de justificarse. Y finalmente obliga a todos a tomar una decisión: «¿Quién está del lado del Señor? Que venga a mí». Ordena a sus seguidores que tomen sus espadas y recorran el campamento de puerta en puerta y maten a cada uno de sus hermanos, a cada uno de sus compañeros y a cada uno de sus vecinos. «Y aquel día cayeron del pueblo unos tres mil hombres».

Siempre hay una diferencia crucial en cuanto a las imágenes «míticas» con las que nos informamos colectivamente. Hemos sido educados con esta historia; esta imagen de una masacre ejecutada sobre los adoradores del Becerro de Oro por celo del verdadero Dios ha sido implantada en el alma del hombre occidental durante dos mil años. Ha echado raíces profundas y nos ha imprimido miedos traumáticos. Todos vivimos bajo el hechizo de esta masacre. La conmoción es profunda. Desde que sonó la llamada «¿Quién está del lado del Señor? que venga a mí», resuena una y otra vez en lo más profundo de nuestro ser. Y desde entonces una grieta incurable atraviesa el «pueblo» de nuestra alma, infectando todos nuestros pensamientos y experiencias y moldeándolos según su imagen.

En lo que respecta a nuestras aspiraciones más nobles, desde entonces se nos ha colocado a priori en un lado, en el lado del verdadero Dios, independientemente de que lo conozcamos y nos guste o no, y no debemos, seamos creyentes o no, temer más que deslizarnos al otro lado, el de los adoradores del Becerro de Oro, el lado de los asesinados. No tenemos elección mientras no trabajemos conscientemente el trauma de esta escisión. Pero simultáneamente con el mantenimiento de un lado (el del Señor), el otro lado, el de la idolatría, se constela también, y nuestros instintos escindidos, más primitivos, sucumben por necesidad cada vez más a la fascinación cada vez mayor que la imagen terrestre, ahora denostada como ídolo, ejerce sobre nosotros. Pues esa grieta que separa al mundo sólo existe como oposición, es decir, como unidad separada, de ambas partes. Sin ídolos, no hay Dios «verdadero», y sin éste, no hay dioses «falsos».

DESCUBRIENDO LA CUESTIÓN NO MENCIONADA DE LA HISTORIA

Si seguimos la perspectiva del narrador, esta es una historia de la caída infiel de los hijos de Israel de su verdadero Dios que los sacó de la tierra de Egipto, y de su posterior castigo. Sin embargo, si vemos a través de la intención didáctica del informe narrativo a su contenido latente, obtenemos una imagen totalmente diferente. Los estudiosos del Antiguo Testamento nos informan de que la palabra hebrea traducida como «becerro» no pretende en realidad referirse a un becerro en esta historia, sino que es un término despectivo para la imagen de un toro que, de hecho, era el objeto de adoración.

Aún más importante es el hecho de que el propio Yahvé tenía originalmente una naturaleza de toro, de acuerdo con toda la antigua religión semítica. Esto se manifiesta incluso en tiempos posteriores, como en Amós 1:2: «El Señor rugirá».3 El Dios tribal de los israelitas, el Dios de la confianza, era, sin duda, un Dios joven, pero con él los israelitas se remontaban a la tradición religiosa más antigua del Próximo Oriente, al Dios más elevado de los antiguos semitas, El elión (Gn. 14), el Señor del Cielo y Dios del Mundo.4 Este Dios es constantemente apostrofado en los textos ugaríticos como «El Toro». Esto significa que la imagen del toro adorada por los Hijos de Israel en nuestra historia y conocida por nosotros con el nombre de Becerro de Oro no era un Dios diferente, ajeno, en oposición al Dios supremo, ¡sino que era este mismo Dios!

Desde este punto de vista, nuestra historia no es simplemente una historia de rebelión e infidelidad. Más bien esta historia narra un acontecimiento fatídico en la historia de este mismo Dios. Esta escena anuncia dramáticamente un cambio dentro de Dios. Dios se separa de un aspecto de sí mismo. La naturaleza de Dios se divide. El pueblo celebrante no era en absoluto desleal; al contrario, hacía lo que hasta ahora había sido siempre agradable a Dios. Pero ahora se ven sorprendidos, incluso descendidos de la nada, por este cambio en Dios, que por primera vez progresista Moisés parece haber previsto. Y como siempre que hay cambios en la esfera divina para los que la conciencia humana no está preparada, tienen que pagarlo caro.

En el antiguo Cercano Oriente no parece haber habido dioses estrictamente teriomorfos como los que había en Egipto (por ejemplo, el toro Apis). Más bien, se suele encontrar la conexión de dioses antropomórficos con animales como sus asistentes, es decir, una deidad con forma humana se muestra sentada en un trono mientras sus pies descansan sobre toros. El toro sirve de pedestal a la divinidad. Además, existe un culto muy extendido que se prolonga hasta la antigüedad tardía, en el que se erige el trono vacío de la deidad para invitar a bajar a la deidad, que en este caso se consideraba esencialmente invisible. En la historia del Becerro de Oro podríamos entender la imagen del toro como un pedestal erigido con el fin de invitar al alto Dios invisible a descender y manifestarse.

El animal como símbolo o pedestal de una deidad antropomórfica o invisible sugiere ya una diferenciación interna en la naturaleza de Dios. El aspecto animal como pedestal se ha convertido en un aspecto literalmente inferior de este Dios; el toro se ha convertido en un mero ayudante que acompaña al Dios, aunque siga siendo su fundamento, mientras que el propio Dios se desmarca obviamente del animal por medio de su forma humana, o incluso más como un Dios esencialmente invisible, el que una vez llevó él mismo el título de Toro. Pero incluso esta deidad apartada y elevada seguía estando esencialmente unida a su animal. Este era él mismo en su aspecto visible, y la imagen del toro poseía el poder de atraer el aspecto invisible hacia abajo.

Sin embargo, lo que ocurre en nuestra historia es que Dios se desprende, por así decirlo, de los toros, de su base animal, y despega hacia las alturas. Así, la espada de Moisés no sólo separa al pueblo en dos mitades, no sólo mata a los tres mil fieles al Becerro; sino que esa espada corta los últimos hilos que atan a Dios a su antigua forma divina de toro. Se trata, pues, de un relato del nacimiento de Dios tal y como lo conocemos a través de un desdoblamiento del Ser como tal, un relato del nacimiento de la noción de Dios dominante todavía hoy y que informa la constitución ontológica de nuestro mundo.

EL NUEVO DIOS

¿Cuál es la noción de Dios que resulta de la disociación en la naturaleza de Dios? En primer lugar, Dios se desprende de su visibilidad de una vez por todas y se convierte en un Dios totalmente invisible. El toro real era a la vez también una epifanía del Dios. Incluso el Dios invisible del antiguo Oriente Próximo estaba «basado» en su pedestal visible. Dios necesitaba una imagen animal visible para hacerse presente. Porque, como diría Thomas Mann, «¿Cómo contemplarías al Dios, si no es en el animal?».5 Ahora ya no puede haber epifanías. Dios sólo está presente en la fe y en la predicación de su palabra.

En segundo lugar, Dios deja de ser un poder inmanente al mundo y se eleva a la altura de un Dios completamente sobrenatural, trascendente, extramundano. Sólo como tal es posible que Dios se convierta en el creador en el sentido bíblico, es decir, en el creador de la nada. Los dioses míticos eran fenómenos naturales, el trueno, el grano, el sol, el océano, la muerte, y como tales no eran creadores extramundanos del mundo, sino partes o aspectos del mundo. Incluso el dios esencialmente invisible de Asia Menor no salía del mundo, sino que era el fenómeno de una fuerza invisible inmanente en el mundo.

En tercer lugar, este Dios se convierte en el Dios monoteísta absoluto. Mientras Dios tenía forma de toro, no podía haber un solo Dios, tan seguro como que había, además del toro, también sol, mar, rayo y trueno, etc. Como forma visible tenía que ser necesariamente particular, un Dios al lado o tal vez también por encima de muchos otros, pero incluso si por encima de ellos, entonces sin embargo sólo como primus inter pares.

En cuarto lugar, junto con la forma de toro, Dios rechaza su naturaleza animal y se define a partir de ahora como espíritu, puro espíritu.

En quinto lugar, pierde su realidad corporal concreta, convirtiéndose gradualmente en una idea idealizada. Digo gradualmente, porque sólo con el Nuevo Testamento se completa el proceso de la idealización completa de Dios como amor puro y Dios se identifica totalmente con este ideal de sí mismo. El lugar de la epifanía, es decir, de su manifestación en la realidad terrenal tal y como es en cada momento, lo ocupa ahora la revelación, es decir, la declaración verbal sobre su verdadera naturaleza. Como la epifanía ya no es una posibilidad para Dios, debe exigir la fe, la creencia en sus declaraciones. Las epifanías hablaban por sí mismas. Eran la autorrepresentación irreflexiva y sin censura de Dios a través de su comportamiento real en el mundo. No era necesario, es más, no se podía, creer en Baal, el Dios de la tormenta, o en Astarté, la Diosa del amor y la guerra, porque los tenías en la guerra y la tormenta ante tus ojos y estabas expuesto a su funcionamiento. Por el contrario, un autocomentario que ya no se confirma en la realidad sensorial depende de la creencia y la fe y requiere un flujo ininterrumpido de testigos que lo profesen.

Como sexta y última característica de la nueva noción de Dios que resultó del desdoblamiento de Dios, menciono el literalismo. El culto original se dirigía a la imagen, al fenómeno, a la manifestación fenoménica. Los adoradores del Becerro de Oro no confundían de ninguna manera, podemos suponer, con dios el Becerro de Oro como objeto en el sentido positivista, porque en una cultura ritualista tal objeto no existía todavía. No, dios era la visión visible del brillo dorado y la poderosa forma de toro, la visión de la imagen brillando desde lo que hoy llamaríamos un objeto muerto. Y los adoradores del Becerro de Oro no «creían» en la imagen a modo de mistificación, como si fuera algo diferente de lo que realmente era: una imagen, nada más. Porque todos sabían, por supuesto, que acababa de ser fundido de sus propias joyas. Pero cualquiera podía ver inmediatamente, por la calidad imaginal que irradiaba el toro, que se trataba de Dios. La esencia de Dios estaba originariamente en la radiación y en la numinosidad inherente a este brillo metafórico.

Al desprenderse de su imagen de toro, Dios se desprende también de todo brillo y apariencia,6 y se establece como un Dios literal. Esto significa no sólo un Dios de mandamientos escritos e inscritos, sino también un Dios que es inequívoco e incuestionable, exclusivamente Dios. Como se ha desprendido de todo lo sensorial y terrenal, puede declararse «el verdadero Dios» detrás de la realidad sensorial, y puede plantearse en un sentido metafísico como literalmente, casi me gustaría decir positivamente, existente. La fe es el modo de esa relación con la divinidad en la que ésta se toma literalmente y como absoluta, en último término como la entidad más elevada. La fe y su contraparte, la duda, se refieren principalmente a la existencia de Dios («porque el que se acerca a Dios debe creer que existe» -Heb. 11:6). En consecuencia, la cuestión de la existencia de Dios ha estado durante siglos en el centro del pensamiento sobre Dios, las mentes más grandes lucharon con el problema de las pruebas y refutaciones de su existencia. La cuestión de la existencia de los dioses míticos nunca se planteó, no podía plantearse. En la situación mítica, la única cuestión importante es el ¿Quién? (¿Cuál?) y el ¿Cómo? de la manifestación de los que brillan en nuestras vidas de forma tan evidente e incuestionable como el sol.

Debemos tener en cuenta la dialéctica de este proceso de disociación. A través de la escisión de su naturaleza, Dios se elevó por encima de sí mismo y ascendió a cotas antes insospechadas. Pudo adquirir una existencia literal. Se convirtió en el Dios puro y verdadero, el absoluto. Pero todo esto no es simplemente una ganancia, sino también una pérdida. El ascenso a lo absoluto es como un absolvere (un desprendimiento) al mismo tiempo una privación: Dios sufrió una considerable pérdida de sustancia y es, como lo infinito, sólo un resto infinitamente diluido de lo que una vez fue, habiendo cambiado el estatus de una realidad fenoménica por el estatus empobrecido de una afirmación que depende de ser creída para obtener la convicción de realidad. Esto contrasta completamente con la existencia saturada e imperturbable que es propiedad de los dioses míticos desde el principio. Su ser-en-el-mundo, sin embargo, no tenía la cualidad de una existencia literal, positiva-factual, sino sólo la de epifanía, de manifestación fenoménica. En otras palabras, Dios sólo pudo adquirir su existencia literal pagando el precio de su sustancialidad, su autoevidencia y su encarnación mundana. Sólo abandonando su realidad sensorial, sólo a través de su mistificación, pudo convertirse en espíritu absoluto y verdadero Dios.

LA INVENCIÓN DE LA IDOLATRÍA Y LA DESTRUCCIÓN DE LA TIERRA

Simultáneamente con la autoexaltación de Dios,7 la realidad sensorial fue empujada a un nivel inferior. Es una misma acción -el golpe de espada de Moisés- que entronizó al verdadero Dios y estableció la idolatría «por primera vez». En esta simultaneidad de movimiento ascendente y descendente, la degradación de la imagen a la condición de falso Dios tiene una prioridad interna. Sólo porque la narración del Becerro de Oro es la historia didáctica de la invención de la idolatría puede ser también la historia de la instauración del Dios «verdadero». La lucha contra los ídolos es el modo en que surgen tanto el «Becerro de Oro» (en el sentido idolátrico del término) como el «verdadero Dios». Porque sin los ídolos y antes de cualquier lucha contra ellos, no había ídolos, sino sólo dioses míticos. Dios (en el sentido del Dios verdadero) y el ídolo -ambos igualmente distantes de los dioses míticos- son lo mismo, aunque no iguales, de modo que dondequiera que se encuentre la idolatría real se puede sospechar del «Dios verdadero» en el fondo y en el entorno de cualquier culto al Dios verdadero se puede contar con la idolatría de alguna manera. La idolatría y el servicio al Dios verdadero, aunque sean opuestos, son gemelos.

El hecho de que Moisés pulverice y derrita el Becerro de Oro es un asalto a la cualidad imaginal de la realidad como tal, un asalto que recibe su fundamento teológico expreso en el mandamiento: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza» (Ex. 20:4), que también entra en el contexto de nuestro relato. Moisés reduce la realidad de Dios a «mera materia»: polvo en lugar de imagen divina. Al igual que Dios se convierte en un Dios literal, aquí se origina la materia en un sentido positivista, si extrapolamos un poco. Es este acto el que da lugar por primera vez a la idea de algo terrenal que no es «nada más que» terrenal, pues se ve privado de su brillo imaginal. Al igual que Dios se convirtió en algo sin mundo por su obtención de lo absoluto, la realidad terrenal se convirtió en algo sin Dios.

Es crucial ver aquí que el hecho de que Dios abandonara la figura visible del toro no significaba que el toro pudiera quedarse como estaba antes. Pues Dios se apartó de él como de su pedestal y al hacerlo lo empujó a las profundidades. Este empuje hacia abajo, puesto de manifiesto en nuestra historia por la trituración del Becerro por parte de Moisés, significa que la misma desimaginación que le tocó a Dios también ocurrió con las cosas de esta tierra. El éxodo de Dios de la realidad sensorial a la espiritualización absoluta, por un lado, y la destrucción de la forma imaginal de las cosas, por otro, son reflejos mutuos, siendo la espada de Moisés el espejo, por así decirlo, que mantiene separadas las dos imágenes del espejo.

Ciertamente, tuvieron que pasar siglos hasta que la imagen divina quedó completamente pulverizada. Sólo con nuestra actual visión del mundo se ha cumplido el programa establecido en esta historia y se ha desmantelado toda la realidad en el «polvo» de las moléculas, los átomos y las partículas elementales subatómicas, a las que, en cuanto a la realidad última y actual, pueden, es más, deben reducirse todas las cosas que tienen una forma visible. Al principio, sin embargo, las cosas conservaron su forma durante más de dos mil años. La destrucción de su cualidad imaginal, que produjo el literalismo, no debe entenderse en sí misma como literal. No es tanto la forma y la imagen de las cosas lo que se destruye, sino la naturaleza imaginal de su forma, su resplandor divino, su brillo dorado, su resplandor numinoso: el poder conmovedor de la imagen. La naturaleza imaginal que antes tenían las cosas reales se reduce ahora a la mera forma de la materia (morphê, forma), de modo que ahora sólo queda una comprensión formal de la imagen. Esto significa que lo imaginal se entiende ahora de forma literal y, por tanto, ha sido subsumido por su propio opuesto. La imagen despojada de su naturaleza imaginal ha sido, por supuesto, pulverizada de forma mucho más radical que si se hubieran pulverizado literalmente todas las cosas formadas.

LA EXPLOSIÓN NUCLEAR Y EL LEVANTAMIENTO PRIMARIO DE LA VOLUNTAD

Hasta ahora, hemos contemplado el proceso divino sólo como una separación en dos partes, en el animal (que se ha reducido a una comprensión biológica y, por tanto, puede ser idolatrado) y en el verdadero Dios. Pero lo que ocurrió comprende más que eso. La separación en dos implica tres aspectos. La unidad original que unía a los dos y que está oculta por esa unidad se libera del todo original como el Tercero de los Dos junto con la disociación. Para que esta disociación en mero toro y puro Dios sea posible en primer lugar, su naturaleza imaginal original, que mantenía a los dos y daba a ambos, Dios y toro, su esencia completa, debe ser primero arrancada de ambos. La descripción completa de lo sucedido en nuestra historia es, pues, la siguiente: primero, el ascenso de Dios a las alturas del espíritu sin imágenes (trascendencia); segundo, el empuje del toro o, más generalmente, de la realidad terrenal al estado no imaginal de la mera materia (positividad empírica); y tercero, la eliminación de lo imaginal de la ontología dominante.

Lo que ha ocurrido aquí es una enormidad. Es la primera fisión nuclear, la fisión nuclear, es decir, la escisión del núcleo del Ser: la imagen. Esta primera escisión fue la que hizo posible las explosiones nucleares de la física moderna. De lo que se trata aquí no es sólo un asunto para los estudiantes de historia religiosa. Se trata de una explosión ontológica que trastorna los fundamentos de la existencia, del Ser como tal. Porque el Ser, en su núcleo más íntimo, está anclado en la imaginalidad.

Si Hillman8 acuñó la frase «base poética de la mente», me gustaría ampliar esta idea y hablar de la base poética o cualidad imaginal del Ser. Y si Jung dijo que la imagen es psique, ahora podemos añadir que el Ser tiene calidad de imagen y de alma. Dios y el toro (el mundo) eran lo que eran sólo en virtud de su naturaleza imaginal.

En correspondencia con las explosiones nucleares de la física podemos describir los tres aspectos de la Primera fisión nuclear como sigue.

(1) La naturaleza divina de Dios, que es el primer componente de la imagen, se eleva a los cielos y se vuelve puramente espiritual. De este modo, irradia con una intensidad inaudita. Es lo que los físicos llaman la «estrella» en las explosiones nucleares.

(2) El segundo componente de la imagen, lo terrenal-sensible, se reduce a mera naturaleza, a creación de Dios, ya no divina por derecho propio. Esto es lo que se llama «ceniza nuclear». La ceniza nuclear no es sólo un producto empírico de las explosiones nucleares del siglo XX; la realidad en general ha sido ontológicamente ceniza nuclear durante más de dos milenios. Despojado de su divinidad inherente, el mundo se hizo accesible en su desnudez empírica a la investigación científica y a la explotación técnica de una época muy posterior. El oro del Becerro de Oro nunca podría haber sido sometido a un análisis químico, el toro nunca podría haber sido utilizado para experimentos biológicos: porque el predicado «Dios» irradiaba de ellos.

(3) La liberación del Tercero de los Dos, la cualidad imaginal, a través de la explosión de la imagen liberó una tremenda energía, al igual que las fisiones nucleares de la física. Esta energía liberada, en primer lugar, dio a Dios el impulso para su despegue hacia la trascendencia; en segundo lugar, proporcionó al mundo el poder para su demonización y para el inmenso aumento de la realidad que experimentó -volveremos sobre esto más adelante-; y, en tercer lugar, produjo lo que llamamos en metafísica y psicología, la Voluntad. La antigua historia del Becerro de Oro es, pues, en el contexto de la historia de nuestro Occidente cristiano, también el mito del nacimiento del ego moderno, cuya esencia más íntima es la voluntad.9

La psicología considera que el ego es un determinado complejo central de la personalidad. Pero es mucho más. Ante todo, es también el modo en que este complejo se ha interpretado y constituido a sí mismo para empezar. Pero incluso esto no es todo. Como poder arquetípico, el ego trasciende lo psicológico en el sentido personalista-humano de la palabra y es, en su significado integral, el modo de ser moderno de todo lo que es, el modo de ser de Dios, del mundo y del hombre. No somos nosotros los que tenemos un ego, el ego o la voluntad nos tiene a nosotros y a nuestro mundo. Al igual que las explosiones nucleares de la física se desencadenan por el bombardeo del uranio con electrones, el golpe de la espada pone en marcha la fisión nuclear ontológica. El golpe de espada, sin embargo, es la forma en que la Voluntad llega a ser. Es la expresión del tremendo celo que embarga a Moisés y que no es más que el reflejo en un humano de ese celo al que, en el mismo relato, Dios acaba de profesar («Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso», Éxodo 20:5). Pero el golpe de la espada no es el resultado de una voluntad (el celo) existente con anterioridad como su causa o motivación. Más bien, al hacer estallar el modo imaginal del Ser, el golpe de la espada es el levantamiento primario de la voluntad, el acto mediante el cual la voluntad se libera a sí misma en la existencia por «primera» vez. La voluntad nace de sí misma, del ejercicio «repentino» del querer. Es su propio origen. Como ésta es la naturaleza de la voluntad, todo acto de querer tendrá el mismo carácter violento de un golpe de espada que corta el Ser y de una «primera» irrupción en el mundo imaginal.

Fue un acto de voluntad que expulsó a Dios, a la realidad terrenal y a la naturaleza del hombre, a los tres, del medio del ánima, es decir, de lo imaginal, y los sometió así a sí mismo -a la voluntad o al ego establecido por este mismo acto de subyugación- como el nuevo medio de la existencia en su conjunto. Si Nietzsche definió la esencia del mundo como la «Voluntad de Poder», caracterizó precisamente la cualidad metafísica más íntima del Ser, sin darse cuenta, sin embargo, de que ésta era sólo la cualidad del Ser tal como resultaba de la fisión nuclear ontológica, no la cualidad del Ser primigenio; y sin darse cuenta de que al proclamar la Voluntad de Poder como el principio supremo, él, Nietzsche, no era más que el portavoz del Dios-Creador cristiano, un agente de ejecución en la historia de la fisión nuclear ontológica, uno de los ejecutores finales de la voluntad de Moisés.

LA VOLUNTAD COMO PRINCIPIO ONTOLÓGICO SUPREMO

Mientras el Ser estaba inmerso en el reino imaginal del ánima, los rostros de los dioses miraban al hombre desde el interior de las cosas. Esto significa que las cosas reclamaban al hombre. Las cosas y las situaciones exigían de sí mismas tal o cual trato, eran vinculantes. Como imágenes afectaban directamente, en virtud de su numinosidad, al psiquismo instintivo, y por ello conducían a ese comportamiento que llamamos ritual. Desde el declive de la epifanía y el éxodo de los dioses de este mundo a la trascendencia, la fuerza vinculante ha salido de las cosas y las situaciones mismas. Esta fuerza se ha liberado y ahora tiene una existencia separada en forma de normas éticas absolutas. A éstas el hombre tiene que otorgar, por un acto de voluntad y por su propio esfuerzo espiritual, cualquier poder y realidad que puedan tener, porque no tienen fuerza propia.

El ego humano y su actitud moral cargan ahora con todo el peso de la responsabilidad, ya que la mirada divina que surge de la realidad ya no conduce de forma natural a la actividad ritual del alma en el nivel instintivo. El ethos de la época ritualista estaba anclado en la propia realidad externa. No sólo las acciones del hombre, sino que el mundo objetivo era, por así decirlo, ético en sí mismo. La ética abarcaba tanto al hombre como a la realidad. En el caso de la ética moralista, sin embargo, el hombre está solo con su responsabilidad moral frente al mundo de las cosas, que ahora no tiene obligación y está sujeto a decisiones arbitrarias. Las cosas ya no tienen voluntad ni pretensiones propias, son, como se dice, «éticamente neutrales».

En ese momento en que las cosas ya no son imágenes de dioses, sino que tienen a su Dios como creador extramundano fuera de ellas mismas, se han convertido en juego limpio, en objetos mudos para el estudio y la explotación. De ahí que una ley moral impuesta desde arriba se convierta en una necesidad para restringir el uso de la realidad ahora proscrita. Así, la historia de la separación de Dios del Becerro de Oro tenía que ser también, inevitablemente, la historia de los Diez Mandamientos tallados en tablas de piedra, es decir, la historia de un cambio de la relación psicológica y ritualista con el mundo a una relación espiritual y moralista, y al mismo tiempo la historia de la instalación del hombre en su nuevo modo de ser como el dispuesto.

Sin embargo, esta cosificación de la realidad no es obra de los hombres. Más bien, ser materia muerta explotable es la naturaleza real de las cosas desde que dejaron de ser imágenes divinas y se convirtieron en cosas creadas, en cosas hechas por Dios. Pues sólo secundariamente y de forma indirecta, es decir, sólo si el hombre cree en el creador extramundano con un acto de fe precario y constantemente sometido a tentaciones, se les puede suministrar una cierta calidad de imagen. Pero ésta seguirá siendo siempre una cualidad imaginal de segunda mano, una imago dei infinitamente alejada de Dios mismo.

El segundo componente de la imagen, Dios, también ha sido sumergido y sometido al elemento de la voluntad del ego, al igual que la realidad terrenal. Dios está ahora fuera del mundo, de modo que ya no habla al alma a través de epifanías visibles y ya no le impone la impresión abrumadora de su realidad incuestionable. Dios ya no es nada por sí mismo; ahora sólo es una idea, un flatus vocis, completamente sujeto a las contingencias y vicisitudes de la fe del hombre. Sólo indirectamente, sólo a través de un acto espiritual del hombre (la fe) se puede dotar a Dios de ese poder que le da una realidad secundaria. La fe es la afirmación volitiva que el hombre otorga a Dios. Y sin este impulso del hombre, «Dios» sigue siendo una palabra vacía, como demuestra la historia del mundo moderno. La fe tiene, pues, una naturaleza contradictoria. Por lo que dice como contenido de su creencia, erige a Dios como creador; pero por lo que hace, por lo que supone el acto de fe en sí mismo, hace que la realidad de Dios dependa de la voluntad del hombre. No es Dios quien crea al hombre a su imagen y semejanza, sino que el Ego crea a Dios.

DIOS «VERDADERO» Y DIOSES «FALSOS»: LA MORALIZACIÓN DEL SER

En esta coyuntura, profundicemos en el análisis de la disociación del Ser en el sentido de una fisión nuclear ontológica. La escisión de Dios de su imagen como toro tiene consecuencias para las categorías del Ser como tal. Lo que se escinde aquí, son, en última instancia, lo verdadero y lo real. El Dios resultante de la escisión es el Dios «verdadero»; lo que queda del toro después de la escisión es, ciertamente, visible y tangible, es decir: real, pero sólo es un ídolo, un Dios falso. Por lo tanto, también podemos decir que esta Primera fisión nuclear parte la verdad de Dios y su realidad.

Verdad y realidad son grandes palabras, con múltiples significados según el marco filosófico subyacente. ¿Cuál es la base filosófica de mi uso de estos términos? Ninguna. No aplico a nuestro tema los términos verdad y realidad como construcciones metafísicas prefabricadas y como elementos de mi «sistema» filosófico. No pretendo que exista algo como la verdad de Dios o que yo tenga conocimiento de la verdad de Dios. Más bien, tomo la palabra «verdad» y su significado de nuestro cuento. Vemos que en la historia del Becerro de Oro surge un Dios que dice ser «el Dios verdadero». «La verdad» en este sentido enfático y absoluto se plantea aquí «por primera vez», por así decirlo. Sólo me preocupa ese tipo de verdad que Dios reclama para sí mismo; si tiene alguna validez fuera de la fantasía y la terminología de este relato mítico no interesa en este contexto. Pues «lo absoluto» o «per se» está, como vemos, establecido por este mismo relato, de modo que metodológicamente no tendría ningún sentido postular como categoría a priori y necesaria del pensamiento lo que sólo es producto de un acontecimiento concreto de la mitología occidental, la escisión de la imagen.

Se puede describir fenomenológicamente el acontecimiento de nuestra historia como sigue: Toda la verdad de Dios, es decir, la divinidad de Dios (o el predicado Dios o también la idea pura de un Dios) se extrae de las imágenes de Dios y se aísla como un destilado purificado de la divinidad. Por un lado, Dios se convierte en el ideal de un Dios que carece de una realidad convincente. Por otro lado, surge una realidad terrenal de Dios cuya numinosidad se hace cada vez más insistente, pero se le niega el reconocimiento como divino. La palabra ídolo es la «formación de compromiso» resultante (en el sentido de Freud). En la palabra ídolo subyace tanto el reconocimiento del poder real, numinoso, que ciertas realidades tienen sobre el alma, como al mismo tiempo la negación del predicado Dios para este impacto numinoso que sentimos.

Es posible que la enormidad de lo que ha sucedido aquí no nos haya llegado todavía. Originalmente, la verdad y lo real iban juntos como algo natural. Lo real era también lo verdadero y lo verdadero sólo lo era en la medida en que era real. La situación en la que verdad y realidad son lo mismo, aunque no sean iguales, tiene el carácter de phainesthai, apariencia, brillo. Es la situación de la realidad mítica o ritual. La unidad esencial de lo verdadero y lo real que encontramos en el mundo mítico se ilustra con mayor claridad en una conversación entre C. G. Jung y un jefe de los indios Pueblo. Para el jefe y su pueblo el sol era el Padre divino. Jung le preguntó al jefe si no pensaba que el sol era una bola de fuego, moldeada por un Dios invisible. Jung, en otras palabras, utilizó el argumento de Agustín: «Dios no es el sol, sino Aquel que hizo el sol».10 Para el indio esto era, según nos cuenta Jung, la más horrible blasfemia. Él se limitó a responder: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo». «Esto es el Padre; no hay ningún Padre detrás».11

Este jefe Pueblo insistió en que los efectos numinosos de los fenómenos reales en la psique sean reconocidos de todo corazón como Dios. No hay nada detrás del fenómeno. Y, por tanto, tampoco una mera «realidad externa». Lo que se manifiesta e impresiona al alma (incluyendo, sobre todo, la imagen primordial de la manifestación o el brillo mismo: el sol) es verdadero en virtud de su brillo, y no hay aquí otra noción de verdad. Por eso la realidad debía ser vinculante y comprometedora en sí misma. Llevaba en sí la Verdad, es decir, la divinidad de Dios, y por tanto el valor anímico supremo. El significado de la verdad en este contexto es algo que nos vincula o incluso nos obliga y que es reconocido por nosotros sin reservas. Debemos admitir que 2 x 2 = 4. Sin embargo, hoy en día, la verdad en contextos filosóficos o religiosos es una categoría totalmente diferente de la realidad. Que la bomba nuclear sea real en la medida en que nos fascina y asusta profundamente, no significa en absoluto que sea algo incuestionablemente verdadero en el sentido actual de la palabra y que tenga un poder vinculante sobre nuestra actitud hacia ella. Por el contrario, tenemos que degradarlo junto con todo lo verdaderamente numinoso en un ídolo, incluso en algo satánico, ya que la habitual degradación subjetivista de los factores numinosos como mera ilusión o engaño no parece tener éxito en el caso de la bomba.

Con la distinción entre dioses verdaderos y falsos, se produce una confusión fundamental. La verdad ontológica se confunde con la verdad lógica, es decir, con la verdad de nuestros enunciados o predicados. El Ser real y nuestro reconocimiento de esta realidad como válida y vinculante se separan. El reconocimiento se convierte en algo independiente, del mismo modo que con el papel moneda, el valor de las cosas se convirtió en una entidad separada. Ahora se puede conceder o negar a cualquier realidad ad libitum.

En realidad, por supuesto, no puede haber dioses falsos. Porque o son dioses, entonces no son falsos, o son otra cosa, entonces tampoco son falsos. Lo real es simplemente lo que es, y en ello radica la verdad inconmovible de todo lo que existe. No hay clima verdadero y falso, no hay árboles verdaderos y falsos, pero hay muchas clases de climas y de árboles. «El Dios verdadero» tiene tanto sentido como una afirmación como «Sólo el sol es el clima verdadero; la lluvia es el clima falso». Las opiniones y las afirmaciones pueden ser falsas, pero no las realidades. Sin embargo, con las palabras «ídolo» y «falsos dioses» no se critica una opinión errónea. Más bien se degrada una realidad: la numinosidad del toro de oro, del sol, de la tormenta eléctrica.

La energía liberada por medio de la destrucción de la cualidad de imagen se ha convertido en un instrumento de poder con el que se pueden condenar arbitrariamente ciertos aspectos de la realidad12 mientras se exaltan otros, es decir, con el que se puede manipular el mundo en una determinada dirección -la dirección que frecuentemente se llama desarrollo de la conciencia, o progreso evolutivo. Aquí vemos de nuevo que la voluntad ha subyugado al Ser como tal. La espada de Moisés es la invención de la idea de que hay falsas realidades y que lo verdadero (o como se dice en psicología: el verdadero yo) no se ve, no se deja ver, en lo que realmente existe.

Mientras la realidad llevaba en sí misma el predicado verdad, cualquier cosa que tuviera ese tipo de efecto sobre el alma que a modo de abreviatura sólo quiero indicar con la única palabra numinosidad, era en sí misma dios o daimon. El efecto fáctico era la única medida de la verdad. Ahora, sin embargo, el efecto fáctico ya no cuenta. Qué y dónde está Dios está determinado por una definición predeterminada establecida en el dogma. Ahora sabemos a priori que ciertas cosas, aunque sean altamente reales y numinosas, no pueden ser Dios, porque no deben ser Dios. De este modo obtenemos una nueva formulación para la paradoja antes mencionada: que Dios al haberse elevado a la más alta altura de lo absoluto se ha sometido en verdad a un ideal o norma, y que a la inversa sólo puede ser el «verdadero Dios» en la medida en que se subordine a esta norma. Dios obedece ahora a un super-yo, por así decirlo. No puede simplemente ser y aparecer como es, no tiene libre juego para su naturaleza, sino que debe cumplir con una norma fija de una vez por todas (summum bonum, amor puro) que está inmunizada contra su comportamiento real por el dogma, el oficio doctrinal y la inquisición. Esto es lo que da a la nueva naturaleza de Dios el carácter de un ego-ideal.

Nuestra historia demuestra al mismo tiempo el fundamento arquetípico y la génesis del sentimiento de inferioridad y el afán de superioridad en su unidad. Es evidente que lo que disparó la ascensión de Dios desde un dios mítico y fenomenal hasta «el verdadero Dios» fue un poderoso afán de superioridad. No es sólo Dios quien profesa su celo o celos en este mismo lugar; también Moisés, su reflejo humano, muestra el mismo empeño. ¿Qué significa este celo? Dios quiere ser superior a la imagen visible del toro. Sobre todo, quiere que la opinión que se tiene de él sea más elevada que la de la imagen del toro. Para ello es necesario un instrumento de poder, la espada, que muestra que una pretensión de superioridad que no tiene poder de convicción propio ha de ser impuesta por la fuerza. Evidentemente, Dios no se conforma con existir sólo como epifanía mítica, como brillo fenomenal. Considera que su forma primaria es inferior. Quiere desarrollar «su verdadero ser», por así decirlo, y tener una existencia literal. De ello se desprende que el sentimiento de inferioridad se basa en el afán de superioridad y viceversa. Pues sólo porque Dios toma su idea verdadera (es decir, su ideal) como norma absoluta, debe despreciar su propia realidad como falsa. El mundo natural real se vuelve inferior.

Lo que ha ocurrido aquí se ha colado entretanto -con la llegada del siglo XX- en la psicología personal de los individuos. Si hoy en día muchos pacientes se sienten inferiores y piensan que tienen que aparecer como «más» (más educados, más dignos, más ricos, moralmente mejores, o lo que sea), esto no sólo tiene sus razones en la historia de la vida personal de estas personas. Más bien se trata de la representación ritual tardía de este paradigma divino en la vida personal de un ser humano.

EL CAMBIO EN LA NATURALEZA DE LA IMAGEN

La destrucción de la imagen divina no ha eliminado por completo la cualidad imaginal. No es que antes el hombre viviera en un mundo imaginario y hoy no. La imagen sólo ha sufrido un cambio fundamental de calidad. El modo de ser de la imagen ha cambiado, pero no ha disminuido. De hecho, la imagen sufrió la misma tremenda intensificación en un destilado de imagen que hemos visto que ocurre con respecto a la verdad de Dios. Es evidente que se ha producido una inflación inaudita de la imagen, de modo que ahora vivimos en una época absurdamente imagista. Nunca el mundo ha estado tan inundado de imágenes: carteles, revistas, grabados, libros de arte, cómics, televisión, publicidad en casi todos los envoltorios, enormes colecciones de cuadros en los museos de las ciudades, telas estampadas y papel pintado. … Además, hay un aumento inflacionario del uso figurativo del lenguaje, de los juegos de palabras y similares, lo que demuestra una vez más el dominio de la imagen.

Antes la imagen era la manifestación de algo. En la imagen del toro, por ejemplo, la esencia interna del toro -el toro Dios- se manifestaba. La imagen siempre transmitía una realidad como Otro numinoso distinta de la propia imagen; pero de tal manera que la realidad numinosa se manifestaba inmediatamente en la imagen, brillando desde ella, aunque sin ser idéntica a ella. La imagen tenía un contenido sustancial irreductible, por el que era imagen y al que se entregaba. Así, la imagen era imagen al ayudar a su contenido sustancial a hacerse presente, a manifestarse de tal manera que la imagen quedaba subsumida por su actividad de mostrar a su sujeto. La imagen era «santa» en la medida en que su realidad servía para mostrar la verdad.

La imagen presentada en la publicidad o en los programas de televisión se ha liberado de toda dependencia de su contenido. Es la imagen totalmente desatada, purificada, que sólo se muestra a sí misma Ya no está ahí para mostrar algo. La imagen en la publicidad es absolutamente indiferente a lo que muestra o de lo que es imagen. En esta indiferencia reside su total libertad y, por tanto, su carácter absoluto. Para un mismo producto se puede hacer publicidad mediante una imagen de la dura vida de los vaqueros con la misma facilidad que con la imagen opuesta de una sociedad refinada que lleva una vida lujosa. La Novena Sinfonía de Beethoven puede ser el fondo musical de un anuncio de jabón lo mismo que de un anuncio de coñac o de un partido político. Lo único que importa es que sea puro espectáculo y que haya llevado su presencia al más alto grado de forzamiento. El correlato en el hombre de este tipo de imagen desencadenada es, por tanto, la experiencia sentimental como en el turismo (si el efecto es consciente), o la «persuasión oculta» (si es inconsciente).

Aquí vemos de nuevo que la cualidad imaginal también ha sido subyugada a la voluntad. Sólo una imagen liberada en la indiferencia de su contenido puede ser utilizada y explotada arbitrariamente para cualquier fin; sólo sometiéndose totalmente a la voluntad puede la imagen liberarse de estar ligada a su sujeto como realidad numinosa de la sustancia, y ascender a lo absoluto. Por lo tanto, la finalidad del beneficio económico que está intrínsecamente ligada a la publicidad confirma el carácter absoluto de la imagen y es una condición para ella. La explotación financiera de la imagen es la garantía misma de que la imagen ha superado de forma absoluta su contenido sustancial, y ahora es espectáculo únicamente con fines de espectáculo.

Cuando oímos hablar de una explotación de la imagen, tendemos a reaccionar con una condena moral. La publicidad y la televisión se consideran bajas e inferiores. Ese es el consenso general, aunque este consenso no parezca restarles realidad y popularidad. Pero, después de lo que hemos comentado anteriormente, ya no podemos pensar de esta manera condenatoria, porque ese patrón de pensamiento fue la causa misma de lo que ahora, mirando a través de sus gafas, estaríamos condenando. Por lo tanto, debemos tratar de apreciar la publicidad, la televisión y toda la avalancha de imágenes de hoy como la forma moderna del culto a la imagen: como la auténtica y única forma posible de adorar la imagen del Dios cristiano.

Porque, ¿cuál es la imagen del Dios cristiano? Este Dios, en su forma del Antiguo Testamento como Yahvé, acaba de emitir en nuestra historia una prohibición: «No te harás ninguna imagen, ni ninguna semejanza ….» Esta prohibición sólo se dirige contra las deidades naturales, no contra las representaciones pictóricas del propio Yahvé13 Lo que se rechaza aquí es, por tanto, el culto a lo natural en cuanto pretende ser sustancial y divino por sí mismo; y lo que se exige ipso facto es un culto a un Dios-imagen que ha dejado atrás todo rastro de lo natural y no tiene ningún contenido sustancial: en otras palabras, es una imagen sin imagen. Esto corresponde exactamente a la nueva naturaleza de Dios, que se ha desprendido de su realidad natural y se ha purificado en una abstracción «irreal» idealizada, en una imagen en el sentido de las relaciones públicas de la palabra. La existencia del Dios cristiano no es sustancial, reside únicamente en su prestigio, en el efecto de sus «relaciones públicas», en que le crean sus «verdaderos creyentes», sus «fans». En resumen: su esencia está en la opinión pública que se tiene de él. Pues la definición de su naturaleza («bien supremo», «palabra verdadera», «todo amor») no contiene cualidades sustanciales particulares. Sólo nombra, de forma bastante abstracta, la relación con su público (amor, mensaje, Padre), o la reputación que quiere que se le conozca (summum bonum). Así, vive enteramente para su imagen pública y se reduce a ella, mientras que los antiguos dioses sólo se hacían presentes, sólo tenían su epifanía, en la imagen y como imagen, pero lo que se manifestaba en la imagen era su sustancialidad cualitativa y su esencia particular. Ahora, la imagen está vacía, aunque retrate la riqueza de todo el mundo; ya no hace que se manifieste nada, planteándose como un fin en sí mismo: puro prestigio.

La principal diferencia entre los llamados dioses paganos y el Dios cristiano no radica en que los primeros sean adorados en imágenes y los segundos no, sino en la transformación de la naturaleza del Dios-imagen. Hoy adoramos la imagen de nuestro Dios tanto como los antiguos adoraban sus imágenes de Dios. La única diferencia es que nuestra imagen de Dios no tiene la forma sensual de un fenómeno natural o de una imagen fundida, pintada o tallada, sino la forma abstracta y absoluta de la imagen per se: la imagen de las relaciones públicas. La numinosidad antes invertida en lo que la imagen manifestaba pertenece ahora a la «imagen por la imagen». Necesitamos imágenes, más y más imágenes, sin importar de qué.

El Dios absoluto sólo puede ser uno (monoteísmo: «para que te conozcan como el único Dios verdadero» -Juan 17:3), y por la misma razón sólo hay y puede haber una única imagen absoluta, sin importar cuántas «versiones» diferentes tenga. Da igual que se trate de la imagen de Dios, de un político, de una empresa, de un producto o de un particular: siempre es una y la misma cosa la que se muestra en la imagen (en el sentido de relaciones públicas de la palabra) gracias a su total indiferencia a cualquier contenido específico: el prestigio como tal, la alabanza del nombre por el nombre; no de un nombre particular, pues éste sería de nuevo el nombre de algo o de alguien. En la medida en que la naturaleza cualitativa de Dios es ser imagen (la opinión pública como tal), cualquier actividad que cultive el prestigio de algo (de la propia imagen o de la imagen de un producto u organización, o lo que sea) es una promulgación de la naturaleza de Dios y, como tal, un acto sagrado: el culto o la adoración de nuestro Dios-imagen. Con cada imagen en la publicidad o en las relaciones públicas, el Dios absoluto celebra su siempre nuevo triunfo de Dios absoluto sobre su forma de toro sustancial.

Para que el cristianismo superara definitivamente el politeísmo, tuvo que volverse absolutamente indiferente a cualquier contenido particular de la imagen, incluso a la idea misma de un contenido. Las imágenes sagradas eran meras representaciones, ayudas funcionales, no santas en sí mismas. Así, el cristianismo también tuvo que volverse indiferente a sus propios contenidos doctrinales, a su propia iconografía y sustancia mítica. La sustancia teológica literal del cristianismo, tal como se predica todavía hoy en las iglesias, es el último remanente pagano, por así decirlo, del propio cristianismo. Sólo allí donde este remanente de lo natural y sustancial se ha transformado completamente en función, y sólo allí donde los contenidos noéticos pretendidos se transmutan totalmente en forma objetivamente existente, el cristianismo ha alcanzado su forma consumada: publicidad, entretenimiento, turismo, relaciones públicas, ego-psicología, teoría de la información y cibernética -por muy chocante que pueda parecer esta percepción al principio. Porque detrás de cada contenido que insistiera en seguir siendo contenido, por muy cristiano que fuera, siempre estaría al acecho uno de los dioses míticos, un segmento de la divinidad autónoma del mundo natural: los ídolos.

Considerar todavía hoy que el cristianismo «actual» es el cristianismo en su forma teológica expresa, significaría pensar que la promesa cristiana podría cumplirse por el mero eco de la misma en lugar de hacerla buena, y pensar que la tarea establecida por la visión cristiana podría cumplirse por la repetición monótona de esta tarea en lugar de por su ejecución. El discurso teológico sólo podía ser una representación preliminar de la religión cristiana porque sólo era cristiano «accidentalmente», sólo en virtud de la intención consciente de la persona que hablaba. Con la publicidad, por mencionar sólo un ejemplo, esto ya no es así. Es en virtud de las necesidades de su esencia e independientemente de las contingencias de las intenciones humanas que la publicidad es la proclamación constante de la salvación y la confirmación constante en la creencia en la salvación. Aquí, el cristianismo (la predicación del Evangelio = la buena nueva y la misión de convertir) ya no es una actitud subjetiva: se ha transformado en una existencia objetiva, que opera su realidad sobre nosotros incluso en contra de nuestras «voluntades».

LA DEMONIZACIÓN DE LA REALIDAD

A medida que la verdad de Dios se fue elevando más y más hasta llegar a la cima absoluta en el Nuevo Testamento, su realidad se volvió inferior. Sin embargo, la supresión de la realidad de Dios en el estatus de los ídolos o, más tarde, del diablo, no significa que la realidad de Dios permaneciera congelada en su antigua condición. Por el contrario, sólo la persona idealizada de Dios como espíritu puro y amor puro quedó congelada una vez que alcanzó su forma más elevada posible con el Nuevo Testamento. Pues, ¿cómo podría seguir progresando lo absoluto, cómo podría seguir desarrollándose una verdad escindida de su realidad? La verdad de Dios había llegado a su fin. No así la realidad de Dios, que ahora se ha vuelto inferior. De hecho, le estaba reservada la fermentación y el desarrollo activos.

Mientras la realidad sensorial llevaba el predicado Dios, estaba firmemente anclada y ligada al nombre de Dios. Debido a su naturaleza divina, el mundo mítico tenía una plenitud pleromática y una gravedad en sí mismo que impedía que las cosas se esforzaran más allá de sí mismas hacia lo ilimitado (hubris, titanismo). Esto cambió en el momento en que la realidad fue cortada de su amarre interior en el centro de lo imaginal por un golpe de espada. A partir de entonces las cosas no tenían su centro ontológico, su centro de gravedad en ellas mismas. Ese centro había sido transferido desde su interior a la trascendencia, de modo que las cosas de este mundo fueron llevadas a un estado ontológico de inevitable malestar, ya que ahora tenían que anhelar su centro en un esfuerzo incesante. Desde entonces, para usar formulaciones de Nietzsche, el mundo está rodando desde su centro hacia la X, de forma similar a un arroyo que quiere llegar a su fin14 -un proceso que comenzó imperceptiblemente y que sólo se hizo claro para todos durante la era moderna.

Del mismo modo que la verdad de Dios separada de su realidad se había esforzado por alcanzar las más altas alturas como un globo liberado, así, a la inversa, la realidad, separada del nombre de Dios y así liberada, podía, y tenía que, esforzarse por hacer avanzar su realidad terrenal hasta grados de intensidad inauditos para corresponder a la intensificación alcanzada por el predicado «Dios». La tremenda cantidad de energía, liberada por su separación de la verdad de Dios, estaba ahora disponible para su desarrollo completamente autónomo. Toda la fuerza antes invertida en la vinculación ritual de la realidad y, por tanto, en la veracidad de la realidad, era ahora para el único beneficio de la realidad pura y dura. Esto significa que la realidad fue cargada enormemente, fue demonizada. También la realidad debía adquirir una existencia literal en lugar de imaginaria. El último resultado de este desarrollo es la bomba nuclear. Con ella, se ha alcanzado un grado de realidad tras el cual el salvajismo y el peligro del toro y de todos los demás antiguos animales divinos, incluidos Leviatán y Behemoth, se desvanecen en la nada.

La realidad natural se ha intensificado en la realidad tecnológica. La forma animal de Dios ligada a todo el complejo de la vida ha sido superada por la forma de máquina abstracta y absolutamente desatada de Dios. Al igual que la verdad de Dios sufrió, con el Dios del amor puro y de la palabra verdadera, una estilización en el ideal absoluto limpio de toda realidad, así también la realidad, liberada de su atadura a la verdad de Dios, se intensificó en el puro destilado de la realidad. La energía nuclear es, por así decirlo, la realidad como tal, la realidad absoluta, limpiada de todas las «cenizas» del ideal que por necesidad se incorporaron originalmente a lo real.

NUESTRA EXPERIENCIA REAL DE DIOS

Sin embargo, con esta situación, el desarrollo se invierte. La bomba nuclear es tan aterradoramente real que simplemente obliga a la conciencia a reconocerla como una verdad innegable: fea, depravada, mortal, pero aún así, verdad. La realidad largamente degradada y reprimida ha vuelto a alcanzar a esa conciencia que se había fijado exclusivamente en la verdad pura. En la forma de la bomba, la realidad repudiada por Dios nos exige el pago, con intereses compuestos, de una deuda gigantesca, exige el nombre de Dios que fue retenido a la realidad durante más de dos milenios, el reconocimiento sin reservas de la realidad como verdadero Dios. La humanidad occidental tiene una deuda de adoración a la realidad, después de haberla despreciado como ídolo, falsos dioses, Mammón, Moloch, Reino de Satán, lo secular, y similares. El hombre occidental ha alabado la verdad de Dios hasta el cielo, es más, tanto que al final se evaporó; pero renegó de la realidad como un bastardo, a pesar de que esta realidad atrajo poderosamente la codicia del hombre (bienes de consumo), su curiosidad (ciencia) y su industria (grandes negocios), demostrando así su irresistible numinosidad. A través de la fe, creyendo, la humanidad se abandonó ciegamente al propio ídolo de Dios.

Aquí no hay que olvidar que fue el propio Dios quien se separó de su realidad y ordenó que se la despreciara. Con su celo, Dios mismo persiguió su estilización ascendente al Dios absolutamente verdadero y exigió la fe en esta imagen de sí mismo. Pero al igual que el psicoterapeuta le debería algo a su paciente si creyera ciegamente en la autorrepresentación de éste en lugar de percibir también su realidad inconsciente, también Dios ha sido traicionado en un sentido más profundo precisamente porque la humanidad creyó en su autorrepresentación y acató la degradación de la realidad de Dios perseguida por el propio Dios. Parece que al hombre le correspondía ser más perspicaz y probar los espíritus con agudeza crítica.

C. G. Jung subrayó repetidamente que la higiene psicológica requiere que la conciencia se distinga de aquellas verdades arquetípicas que puedan sobrevenirle. Es fundamental no sucumbir a ellas. Sobre todo en la terapia, el analista tiene que pagar caro el hecho de tomarse al pie de la letra las conjeturas neuróticas de su paciente. Pues la realidad inconsciente que aflora desde el interior de la patología insiste en ser vista como lo que es, a pesar de todas las buenas intenciones de la conciencia. Incluso el propio paciente quiere, en última instancia, ser reconocido en su realidad, por muy fuertes que sean sus defensas contra tal reconocimiento al principio y por mucho que insista, en sus palabras conscientes, en su verdad, es decir, en su yo idealizado. ¿Acaso la realidad de Dios en forma de bomba no insiste en el reconocimiento sin reservas, incluso contra su autorrevelación consciente como puro amor y verdad creativa? ¿No quiere Dios también ser visto en su realidad?

Lo que en forma de bomba nuclear llama a nuestra puerta y quiere ser recibido en la conciencia no es otra cosa que la propia realidad de Dios, esa realidad que hace siglos había desechado en forma de imagen de toro y, por tanto, desatado. Desde el punto de vista terapéutico, es una necesidad indispensable que lo desatado sea atado de nuevo, que lo que ha sido escindido se una con su otra mitad. No se debe volver a decir: «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11). Pero la unión de lo desatado no puede tener lugar sólo en la tecnología o mediante técnicas políticas. También, e incluso principalmente, debe tener lugar psicológicamente en el nivel objetivo de la psique, es decir, en nuestra ontología y teología. Porque sólo entonces no se ve constantemente amenazada por el colapso de nuestra buena voluntad, sino que está firmemente asentada en un fundamento que nos sostiene también a nosotros mismos. A la realidad de Dios hay que devolverle por fin su verdad, retenida durante tanto tiempo. Y por eso digo: La bomba nuclear es Dios.

No soy yo quien deifica la bomba nuclear. La fenomenología objetiva lo hace desde hace tiempo. Ante la bomba, ¿no debemos, citando a Schleiermacher, tener el sentimiento de nuestra absoluta dependencia? ¿No es la bomba nuclear, para hablar con Tillich, nuestra última preocupación? Frente a ella, ¿no debemos confesar, por utilizar la frase de Lutero, que «si confiáramos en nuestras propias fuerzas, nuestro esfuerzo se perdería»? ¿No es, por citar a Rudolf Otto, el poder numinoso de nuestra época? Es el gobernante supremo de nuestra existencia o inexistencia. Tiene el poder de llevar a cientos de miles de personas a manifestaciones públicas, una variedad moderna de procesiones sagradas. Provoca temores ilimitados, se muestra al hombre en innumerables sueños. Y, sobre todo, según su telos, es radiación que todo lo impregna (resplandor), calor abrasador, fuego ardiente, onda de presión que todo lo aplasta.

Esto es lo que realmente experimentamos. ¿Podemos reconocer esta experiencia como vinculante para nuestro pensar y hablar? ¿Permitimos que nuestra experiencia nos diga qué nombre darle, o nos quedamos ciegos ante ella y situamos nuestro pensar y hablar en un ámbito recortado de la conciencia? En última instancia, la cuestión es si concedemos, junto con C. G. Jung, por ejemplo, que la experiencia fenomenológica posee un poder ontológico vinculante, o si desde una posición espiritual suspendida desrealizamos nuestra experiencia psicológica como «meramente» psicológica, «meramente» subjetiva. Jung fundamentó la «verdad psicológica» en la «realidad de la psique». Decía que una idea «es psicológicamente verdadera en la medida en que existe», y de forma similar decía sobre la realidad física, a modo de ejemplo, que «un elefante es verdadero porque existe» (CW 11 § 4s.). Jung bajó así la noción de verdad del cielo trascendente a la tierra fenomenológica. La verdad «superior» ya no está literalmente por encima del mundo, sino que es la profundidad y la esencia del propio mundo real. Si, por tanto, nuestra experiencia real vincula nuestro pensar y hablar, entonces debemos decir que la bomba nuclear es Dios, nuestro verdadero Dios, el Dios del Occidente cristiano en su realidad.

Si, por el contrario, nos aferramos a una determinada idea de Dios y la inmunizamos contra toda experiencia real, entonces estaríamos pretendiendo tener un conocimiento absoluto sobre quién y cómo es Dios y qué y cómo no puede ser de ninguna manera. Para que tengamos tal conocimiento, para que poseamos una norma trascendente con la que medir las cualidades divinas o no divinas de los fenómenos reales, tendríamos que ser nosotros mismos trascendentes o incluso ser superiores a Dios. Sin embargo, si nos damos cuenta de nuestra naturaleza finita y del carácter finito de nuestro conocimiento, debemos comprender que estamos irremediablemente englobados en nuestro mundo fenomenal y que, por tanto, dependemos de adquirir no sólo nuestro conocimiento sobre los fenómenos individuales, sino también los criterios para juzgarlos, de la propia experiencia fenomenológica.

No conocemos al «Dios verdadero» (como insiste la propia teología negativa), y esto es así aunque Dios mismo establezca una imagen particular de sí mismo como la verdadera y exija la fe en ella. Que Dios sea el «Dios verdadero» o el absoluto es sólo su atributo o nombre, sólo el contenido de una estructura arquetípica. Como tal contenido, la afirmación es verdadera (verdad psicológica), pero esto, por supuesto, no significa que el arquetipo de lo absoluto sea en sí mismo de hecho absoluto (al igual que Muhammed Ali al decir «soy el más grande» no debe ser necesariamente el más grande). Sólo podríamos pensar así si nuestra conciencia estuviera infectada por la idea arquetípica de lo absoluto o del «verdadero Dios» como por un virus y, en un interminable ataque de megalomanía «febril», hubiera olvidado su naturaleza irremediablemente finita. ¿No es el mero coqueteo con la idea de lo infinito una presunción para el hombre mortal? Pues la conciencia finita no sería verdaderamente finita si pudiera acceder de algún modo a algo infinito. ¿No ha llegado el momento de despertar de este frenesí occidental y ver que la idea de un Dios absoluto e infinito es en sí misma una idea muy finita, humana y atemporal?

Que algo tan espantoso como la bomba nuclear sea supuestamente Dios, no es nada extraño en cuanto a la historia y la fenomenología de la religión. Incluso el Dios cristiano era espantoso en los tiempos del Antiguo Testamento. Por supuesto, esto contrasta con su autorrevelación como amor. Pero tal vez podamos aplicar a nuestro tema una diferenciación que en su día utilizó Kafka15 y decir sobre la base de nuestra experiencia fenomenológica real: sí, verdaderamente, Dios es amor, pero aún más verdaderamente es el terror del Ser o, como lo formuló Jung en su día, la sombra todopoderosa, el miedo que llena el cielo y la tierra.16 Sí, verdaderamente, Dios es su verdad, pero aún más verdaderamente es su realidad. Verdad, pero aún más verdad: ésta es la relación que prevalece entre la conciencia y el inconsciente, entre el yo idealizado y la realidad.

LA NUEVA PRIMITIVIDAD

La afirmación «La bomba nuclear es Dios» no puede tomarse literalmente. Sería absurdo. Más bien, esta afirmación hace estallar nuestra habitual noción literal de Dios, así como nuestra comprensión literal de la bomba como un objeto meramente técnico. No puedo «creer» en la bomba como Dios, porque entonces la habría idolatrado. Pero tampoco puedo buscar a Dios detrás de ella, detrás de la realidad, y atribuirle una existencia literal por encima de todo el mundo. En última instancia, esto también sería una idolatría, en la medida en que la idolatría significa que un aspecto escindido, parcial, es adorado como Dios por derecho propio. Tengamos en cuenta lo que decía el indio Pueblo: «El sol es Dios. Todo el mundo puede verlo. Él es el Padre, no hay padre detrás de él». Este sol venerado no es, por supuesto, el sol reducido de la física o la astronomía. Es el sol original en toda regla, la imagen que mira al alma desde la profundidad de la ONU. En la misma línea, la bomba nuclear no es Dios como objeto de la física, sino como imagen real del terror absoluto que arroja al alma y que la llena de miedo y temor, o es la imagen de ese resplandor inconcebible ante el que ya no podríamos ocultar nuestro rostro, sino que tendríamos que retirarnos a los refugios antinucleares. Aquí no tenemos que mistificar: Todo el mundo puede verlo.

No tenemos que buscar nada detrás del fenómeno. La visión real, no reducida, de la bomba nuclear es Dios. El literalismo, o la relación metafísica con el Ser, ha sido superado y el Ser vuelve a fundarse en la imagen metafórica, en la apariencia, en el brillo fenoménico. La noción de Dios que había sido elevada al cielo metafísico y, archivada allí, ha vuelto a bajar a la tierra, de modo que a la realidad se le puede atribuir de nuevo el poder vinculante de la verdad, es decir, el atributo Dios, simplemente porque es tan terriblemente real. La naturaleza y el espíritu ya no son los componentes últimos del mundo, ya no son opuestos absolutos. Se devuelven a la psique, y la psique, a su vez, se restablece en su rango hereditario como aquello que nos rodea por todos lados y no tiene nada fuera de sí.

Por nuestra parte, volvemos con esta posición metafórica, psicológica, fenomenológica, a una nueva primitividad; si se quiere, a una especie de «animismo», que, como se sabe, viene de anima. Como Jung declaró una vez en una conversación con un hombre de la iglesia: «Yo soy un primitivo; usted es un hombre civilizado». Cuando Jung relató esta conversación, añadió: «En cierto modo, este hombre es mucho más maravilloso que yo. Él puede [debido a los medios de gracia de la iglesia] ser un santo; yo no puedo ser un santo, sólo puedo ser un negro, muy primitivo, pasando por lo siguiente: bastante supersticioso» (CW 18 § 682).

Si nos atenemos a lo siguiente de esta manera tan «ingenua», entonces, supongo, nos arrodillaremos ante el espantoso terror y el indecible resplandor que nos mira desde el interior de la bomba nuclear. Entonces podrá concluirse la adoración del Becerro de Oro, interrumpida en ese momento, pero en el nivel completamente nuevo de lo absoluto al que hemos llegado entretanto. ¿No es la realidad de Dios, no es su espanto, no es la bomba nuclear la que nos exige que la adoremos? ¿No es la adoración la única posibilidad real de su propiciación? Con la adoración no quiero decir, por supuesto, que la aprobemos, que estemos «a favor» de ella. Me refiero simplemente a que correspondamos a la experiencia real en nuestra alma mediante un reconocimiento consciente de la sustancia de esta experiencia. Quiero decir que ocupamos expresamente nuestro lugar en lo que realmente es. Me refiero, en sentido figurado, a la danza en torno a nuestro Becerro de Oro. ¿Te imaginas esto? ¿Una humanidad que baila alrededor de la bomba? ¿Una humanidad cuyo endurecimiento y contención, cuya competencia de poder y protesta se suavizaría en la danza, una humanidad que se columpiaría en la música «atómica» del Ser? ¿Y una bomba que ya no tendría que ser utilizada, porque sería el centro que autorizaría la danza? ¿Una bomba que, como ese centro, vincularía al hombre y, al vincularnos, también se vincularía a sí misma?


1 Como me señaló amablemente David Miller, el nombre convencional en inglés «Old Testament» ya no se utiliza en los estudios religiosos. En su lugar se prefiere el término «Escrituras Hebreas». El hecho de que no cambie esta frase ahora (en 2006) no se debe sólo a mi aversión a lo «políticamente correcto» y al tipo de cambio de nombre sin cambio de pensamiento. El lenguaje es un bien demasiado preciado para ser sometido a la violencia de la manipulación deliberada; tampoco necesita ser disciplinado desde arriba, porque uno puede confiar en que cualquier cambio verdadero en las actitudes de un pueblo se reflejará tarde o temprano en el lenguaje por sí mismo, y sólo entonces un cambio de dicción es auténtico. Mi principal razón para no estar de acuerdo con este equivalente lingüístico de las purgas políticas conocidas de los sistemas totalitarios es psicológica. El «Antiguo Testamento» está arraigado en la tradición desde la que hablo. Es rico en tonos de sentimiento y está saturado de asociaciones y experiencias culturales centenarias. Cualquier nombre nuevo sería psicológicamente abstracto, esterilizado, cortado de sus raíces. Tenemos que preocuparnos, así lo sintió ya Jung (Cartas 2, 5 de enero de 1952, a Erich Neumann, p. 33), de la religión en tanto que es «específica» y «localmente válida», «bárbara» y «abismalmente anticientífica». Si desde el punto de vista «postcolonial» la denominación «Antiguo Testamento» puede parecer indicativa de la sombra de la cristiandad, debo recordar al lector que, en general, la labor del psicólogo no es saltarse o eliminar la sombra y los posibles prejuicios de uno, sino estar en contacto con ellos, responsabilizarse de ellos e integrarlos. No debemos traicionar nuestra propia tradición por miedo a ofender los sentimientos de los demás. Los sentimientos de los demás son su problema y su trabajo. La psicología no tiene la tarea de cultivar el narcisismo y la hipersensibilidad de las personas.

2 Sobre el significado psicológico de las cumbres y las tierras bajas, véase James Hillman, «Peaks and Vales», en Puer Papers (Irving, DC: Spring Publications, 1979), pp. 54-74.

3 Realenzyklopädie für protestantische Theologie 9 (1901), pp. 704-13. También podemos recordar aquí que Jesús en la cruz, en la hora de la desesperación total, cita el Salmo 22 («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») en el que también encontramos imágenes de estar acorralado por animales brutales («Muchos toros me han rodeado: fuertes toros… me han acorralado» -Ps. 22:13). Cf. James Hillman, «Betrayal», en Loose Ends (Zürich: Spring Publications, 1975), p. 69s. En el momento en que la imagen del Dios de la confianza se hace añicos, vuelve el toro.

4 Ulrich Mann, «Ikone und Engel als Gestalten geistleiblicher Mittlerschaft», en Eranos 52-1983, pp. 1-53.

5 Thomas Mann, Joseph und seine Brader (Sin lugar: S. Fischer, 1976), p. 512, (Capítulo «Nachtgespräch» en «Joseph in Ägypten»), mi traducción.

6 Es interesante notar que el brillo fue transferido de Dios a Moisés («Y cuando Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él»-Ex. 34:30).

7 Sobre la «autoexaltación» («Selbst-über-hebung») véase Wolfgang Giegerich, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2 (1979): 61-69.

8 James Hillman, Re-Visioning Psychology (Nueva York: Harper tic Row, 1975), p. xi.

9 Sobre la voluntad y el surgimiento original de la voluntad, véase especialmente Martin Heidegger, Nietzsche, 2 vols. (Pfiillingen: Neske, 1961). La conexión psicológica entre el ego y la voluntad (y el animus) se aborda en James Hillman, «Anima (II)», Spring de 1974, especialmente en la página 143.

10 Augustinus, In Johannis Evangelium, XXIV, 2, col. 2037, tom. III/2: Non est Dominus sol factus, sed per quem sol factus est.

11 Cito los informes de este encuentro en Jung, MDR, p. 250 y siguientes, así como en Jung, CW 18 § 688.

12 Esto no significa «como uno quiera», sino según la ley inherente a la voluntad. La voluntad no es en sí misma una cuestión de libre elección.

13 Ulrich Mann, «Ikone und Engel», pp. 9 y ss.

14 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, comp. Peter Gast (Stuttgart: Kröners Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), nº 1.5 y «Vorrede» nº 2.

15 Franz Kafka, «Das Urteil», en F. K., Das Urteil und andere Erzählungen, (Frankfurt y Hamburgo: Fischer Bücherei, 1952), p. 21: «Ein unschuldiges Kind warst du ja eigentlich, aber noch eigentlicher warst du ein teuflischer Mensch!»

16 Letters 1, 16 de marzo de 1943, a Arnold Künzli, p. 333.

El cohete y la base de lanzamiento, o el salto de lo imaginal al espacio exterior llamado «realidad»

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 6, pp. 117-135

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Independientemente de lo que se pueda decir sobre la insignificancia del vuelo a la Luna y otras misiones espaciales desde un punto de vista práctico y humanista, psicológica y «metafísicamente» la aventura en el espacio es un acontecimiento de la mayor importancia psicohistórica. Es el símbolo que señala que una verdad milenaria y «eterna» ha quedado obsoleta: la distinción entre el mundo sublunar y los cielos. También en otro sentido, los cohetes pueden considerarse fácilmente como un símbolo de este siglo; basta con pensar en el desarrollo vertiginoso de las ciencias y la industria. Pero justo aquí nos encontramos con una dificultad. Me refiero a la casualidad de que lo que yo llamo «conciencia natural», la conciencia que imagina «cosas» o más bien en un estilo de cosa en analogía con la percepción visual, se interpone y, por tanto, impide una comprensión verdaderamente simbólica y psicológica del cohete, así como de nuestra época.

Para la «conciencia natural» los cohetes son objetos particulares en la realidad entre millones de otros objetos. Sin embargo, es posible ir más allá de la conciencia natural. En el Kena Upanishad, por ejemplo, se pasa de «lo que los ojos pueden ver» a «lo que abre los ojos». Del mismo modo, la Psicología Arquetipal pasó de lo literal a lo imaginal, y Hegel ha mostrado cómo la transición de la mente natural al Entendimiento nos transporta a un «segundo mundo supersensible», que en contraste con el primer mundo supersensible (el reino platónico de las Formas atemporales), no es un reino por encima y más allá de la realidad ordinaria, sino un mundo invertido, es decir, el mismo mundo, pero como se ve cuando uno se pone de cabeza. Tenemos que hacer este movimiento para poder entender el cohete no como una cosa en la realidad, sino como la forma de nuestra (tipo de) realidad, la forma de la conciencia del hombre occidental, «conteniendo» en sí mismo todo lo que constituye el mundo en su conjunto, incluyendo los cohetes literales.

Otra diferencia con la conciencia natural es que, mientras que ésta tiende a temer un ataque con misiles nucleares como un posible acontecimiento futuro que hay que evitar a toda costa, yo propondría que este acontecimiento ha ocurrido hace mucho tiempo y es la base misma de la existencia del hombre occidental, de hecho de la «realidad» como tal.1 A diferencia de lo que se suele suponer, la «realidad», tal y como la experimentamos en Occidente, no es la palabra que designa lo que está naturalmente dado y que existe tanto antes como independientemente de nuestro pensamiento sobre él. Es más bien el resultado de un acontecimiento violento y «artificial» en la historia del alma: el lanzamiento de un cohete. El propósito de este artículo es meternos en el cohete, en su imaginación. De hecho, hemos vivido en este (tipo de) realidad durante más de dos mil años. Pero no de forma consciente e imaginaria. Es una necesidad psicológica para que finalmente traslademos sin reservas también nuestra conciencia e imaginación a lo que ha sido nuestra morada fáctica todo el tiempo.

Los cohetes necesitan bases, cimientos sólidos e inflexibles desde los que puedan despegar. Una tercera diferencia con respecto al punto de vista natural, que sostendría que la base de lanzamiento y el cohete son dos cosas distintas y que el cohete, una vez lanzado, deja atrás la base, es que, en lo que respecta al misil imaginario, es al lanzar el cohete cuando se establece la base de lanzamiento por primera vez. La base no es sólo el origen (el pasado) del cohete y el objetivo no sólo su destino (futuro). El cohete arquetípico crea su propia base de lanzamiento mientras vuela y se dirige a su objetivo. Cohete, objetivo y base son una misma cosa.

No podía haber tal base desde la que se pudiera disparar un cohete literal mientras, durante la etapa ritualista y mitológica de la civilización,2 el hombre vivía incrustado en lo imaginal. La imaginación mítica no permite el tipo de fijación necesario para constituir una base. Una base necesita la fiabilidad de la positividad (hecho positivo) como el equivalente metafísico de una gruesa capa de «hormigón». Debe ser una roca inflexible. Y debe estar en una posición exacta determinada geométricamente, o de lo contrario el cohete no podría ser llevado de forma fiable a su curso balístico calculado. Este tipo de exactitud matemática y fiabilidad positivista de un punto focal sólido es contrario al mundo del mito y el ritual.

Se podría objetar aquí que la imaginación mitológica poseía también la noción de un punto focal eminente, en la idea del centro de la Tierra, situado en ciertos lugares geográficos, como en Delfos. Sin embargo, este punto central carecía de las propiedades literales y positivistas exigidas a una base; no era un hecho geográfico, físico, no era un centro en el sentido rígidamente fijo de la geometría, porque había muchos centros de la Tierra. Cada templo, cada santuario, incluso cada lugar temporal de una ceremonia ritual era, mientras duraba el ritual, el centro de la Tierra. Por lo tanto, a pesar de ser el centro, no era una realidad literal y no poseía la autoidentidad inequívoca e inmutable que se requiere de una ubicación positiva. El centro podía estar potencialmente en cualquier parte, porque aquí el «centro» no se definía en términos de igual distancia a la circunferencia (en cuyo caso sólo habría un único punto que pudiera llamarse centro), sino en virtud de su cualidad «metafísica»: era el punto en el que una dimensión vertical rompía la superficie horizontal de nuestro mundo cotidiano, abriéndonos la profundidad del inframundo y la altura del cielo. Así pues, del mismo modo que horizontalmente el centro no podía identificarse de forma inequívoca, tampoco podía servir, en sentido vertical, como fundamento inamovible que ofreciera la resistencia necesaria para el despegue de los cohetes, en la medida en que su significado expreso era abrir el suelo sólido bajo nosotros a la dimensión de la profundidad (que por definición no tiene fondo).

Fue el logro del cristianismo dar a la humanidad la idea de un suelo absolutamente firme. «Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno [el antiguo inframundo] no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18), una iglesia que a su vez se describe como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim. 4: 15). «Por tanto, cualquiera que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre una roca: Y descendió la lluvia, y vinieron las inundaciones, y soplaron los vientos, y golpearon aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre una roca» (Mt. 7: 24 ss.). «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). En estas citas se expresa un anhelo de algo absolutamente sólido, de un punto fijo literal, positivo, que pueda perdurar en el cambio de los tiempos. Es la voluntad de una inversión del significado mismo de «suelo»: base, lecho de roca, fundamento sobre el que apoyarse, en lugar de profundidad sin fondo (como en: el suelo del mar, del infierno, etc.); y suelo como lo que está puesto, en lugar de suelo primordial de donde surge todo lo que es (como de un manantial).

El cristianismo aportó la solución a la fantasía de Arquímedes de encontrar un «punto sobre el que pararse» que le permitiera desencajar el universo. Cristo no es otra cosa que este mismo punto arquimediano, y al mismo tiempo Cristo es quien efectivamente ha desquiciado el universo: «Anímense, yo he vencido [neníkêka, conquistado] el mundo» (Juan 16:33). En el ámbito del mito, ese deseo de desarticular el universo habría sido impensable. El héroe que más se aproxima a una postura tan violenta hacia el mundo, Hércules, no aprovechó la oportunidad que se le brindó de hacer algo parecido a desintegrar el universo. Es cierto que le arrebató a Atlas la bóveda celeste, pero se la llevó obedientemente y luego se la devolvió sin haber alterado el orden del cosmos.

Se podría pensar que el mensaje de la roca que se nos ha proporcionado en Cristo no es más que una audaz alegación que, como mera alegación, carece en sí misma de fundamento. Así es como solemos pensar en las afirmaciones religiosas: son una cuestión de fe, es decir, depende de nosotros creer o no en ellas. Pero yo sugiero que es de otra manera. El cristianismo es lo que promete y enseña. No es una cuestión de creencia. Al relegar ingenuamente el mensaje cristiano a la esfera de las meras creencias subjetivas, nos protegemos para no darnos cuenta de a qué nos enfrentamos. De hecho, el cristianismo sentó las bases mismas que predica. Es más, estableció la naturaleza ontológica del «suelo» como roca, después de que antes la esencia del suelo fuera la profundidad insondable.

Un famoso cartel de James Montgomery Flagg, utilizado para reclutar voluntarios para el ejército estadounidense durante la Primera Guerra Mundial, muestra a un hombre vestido como el Tío Sam que señala con su dedo índice directamente al espectador diciendo: «Te quiero a ti» (Fig. 1). Aquí ocurre algo extraordinario. La persona dibujada o pintada en el cartel irrumpe, por así decirlo, con su dedo índice señalado y su mirada penetrante a través del plano del cuadro; rompe su contención dentro del mundo ficticio o imaginario del cuadro y se adentra en la realidad literal «externa» donde viven los espectadores de carne y hueso.

Este cartel proporciona una manera sencilla y precisa de entender la naturaleza del logro singular del cristianismo. También el cristianismo hace estallar el «lienzo» del «cuadro», la «pantalla» de la «película» que presenta o el «texto» del «mythos» que tiene que contar. Al hacer estallar el plano del «cuadro», salta de la esfera de la realidad imaginal al espacio exterior de la realidad literal, una realidad que, sin embargo, sólo se crea originalmente mediante este mismo acto de salto arquetípico y primordial. También el cristianismo se centra en el individuo con una mirada penetrante y le señala directamente con el dedo índice. Se dirige a él a bocajarro, exigiéndole, por así decirlo, a punta de pistola: «Jesucristo te quiere a ti”. 

Con la idea del ataque cristiano al individuo (a todos los individuos) «a punta de pistola» no me refiero a la forma agresiva de predicar y misionar que se da entre ciertos fundamentalistas radicales. Su comportamiento podría considerarse, desde el punto de vista de la propia teología cristiana, como una aberración deplorable, como un error empírico (óntico) de los que se producen en la historia de cualquier movimiento debido a la incomprensión por parte de determinados individuos que lo practican. Pienso más bien en el ataque (ontológico) al individuo inherente a la propia lógica del mensaje cristiano. Desde el principio, el cristianismo se presenta con una pretensión absoluta sobre todos. Por mucho que, de hecho, el cristianismo deba dejarnos libres para decidir, lógicamente (en su visión ontológica del hombre) no nos da ninguna opción, ya que, según él, estamos metafísicamente amenazados, en caso de nuestra negativa, por la condenación eterna y absoluta. Simplemente debemos ser voluntarios como reclutas. No hay escapatoria, no hay alternativa, ya que la única alternativa se define como la idea misma de una no-alternativa: el infierno. Y mientras no nos hayamos incorporado, ya hemos sido arrojados metafísicamente al ser etiquetados como pecadores (en el sentido teológico de pecado). No existimos realmente. No tenemos Vida. Somos un cadáver.

En el negocio de la publicidad encontramos la idea del «público objetivo». Se basa en la constatación de que las necesidades, los gustos y el «lenguaje» de las personas son diferentes, de modo que lo que se vende y cómo se les vende tiene que diferir en consecuencia. En el contexto cristiano y en vista del implacable control cristiano sobre el individuo tenemos que dar a esta noción un significado mucho más radical, concretamente «metafísico». Aquí no significa el grupo óntico selectivo al que se dirige el mensaje cristiano; significa que a la humanidad como tal se le da por primera vez el estatus (onto-) lógico de «público» como «objetivo», como «objetivo» de una dirección a bocajarro, de hecho, de una especie de ataque. El público es ahora lo que hay que alcanzar, y alcanzarlo con una pretensión absoluta. El cristianismo no utiliza una forma cortés de dirigirse, mediante la cual se mostraría un respeto por la dignidad intocable del Otro y se evitaría una posible intromisión en su esfera privada. El cristianismo se dirige al Otro con una brusquedad casi indecorosa: «Jesucristo te quiere a ti»; de hecho, el cristianismo es la voluntad expresa de una intrusión y penetración en el santuario interior de una personalidad.

El objetivo es ya inherente al núcleo del propio drama cristiano y no sólo surge con la venta del mismo. Mientras que en otros mitos y dramas los protagonistas sólo interactúan con los demás «actores en escena» (con los dioses o los héroes míticos in illo tempore), la vida de Cristo tiene desde el principio un objetivo fuera de su propia esfera. Su interacción esencial no es con Dios, su Padre, ni con sus discípulos, ni con otros personajes de su drama. El objetivo de la obra cristiana es destruir la «ilusión» de la obra como un drama autónomo, relacionándose directamente con el público y haciéndolo participar directamente: la verdadera dirección está fuera del escenario, el único objetivo de la vida de Cristo es morir por sus espectadores desconocidos y anónimos, la humanidad en general: por su redención. Una inversión completa. El público ya no tiene que dejarse seducir por la imaginación de la obra y ser arrastrado así a una participación mimética en el mito en una especie de nivel visionario en la profundidad del alma. El héroe mítico, convertido en su siervo (Mt. 20:38, Lc. 22:27), sale a escena para dirigirse a ellos directamente, no sólo mediante un sermón literal, sino también y sobre todo representando el drama de su vida, por así decirlo, delante del telón ya cerrado, en el proscenio o incluso en la sobria y común realidad del «auditorio»: en el mundo empírico-histórico ordinario.3 Cristo quiere llegar al hombre precisamente en su realidad cotidiana.

Esta orientación hacia el exterior es lo que da al mensaje cristiano el carácter de misil. Como el cristianismo tiene carácter de misil, debe verse a sí mismo esencialmente frente a un público definido como un objetivo que debe ser alcanzado absolutamente. Y a la inversa, porque tiene un objetivo, adquiere el carácter de un misil que no se queda in illo tempore, o en el escenario o detrás del cristal que cubre un cuadro, sino que puede y debe atravesar la «pantalla de cine» y salir disparado hacia la realidad literal de los hechos duros, del público «real» de ahí fuera. Debido a esta dirección hacia un objetivo externo, se hace posible la diferenciación de dos tipos de realidad. También se podría decir que se produce su separación original, comparable a una división celular: la realidad positiva de ahí fuera (que para nosotros es la realidad propiamente dicha) y la realidad dentro de la imagen o la historia (que, debido a la ruptura del protagonista con la obra, o más bien a la reorientación del impulso de la obra directamente hacia el público, se degradó a una realidad secundaria y para nosotros no es más que «mera ficción», «imaginaria», una «ilusión»).

Así pues, el disparo del cohete cristiano es lo que originalmente abrió para sí mismo un espacio exterior (que antes simplemente no había existido) al que podía pasar. Este espacio debe su existencia a la idea revolucionaria de un mensaje como misil y un público como objetivo, cuya idea es la irrupción de lo imaginal. Hemos vivido en la (noción de) realidad conquistada por el cristianismo durante tanto tiempo que nos cuesta darnos cuenta de que se trata de una invención revolucionaria y de que podría haber existido, durante la era del mito, un modo de ser-en-el-mundo caracterizado por una constitución de la realidad fundamentalmente diferente, en la que todo estaba envuelto en el aura de lo imaginal y que simplemente no tenía nada «fuera» de sí mismo. Podemos hacernos una idea de esta antigua constitución de la realidad observando un cambio que se aprecia en las obras del arte griego primitivo.

Como han señalado B. Schweitzer y Bruno Snell4 , en el caso de las primeras estatuas griegas la estatua se identificaba, sin dudarlo, con la persona representada. Así, la inscripción de una estatua decía, por ejemplo «Soy Chares, gobernante de Teichiussa». Sólo en Atenas se encontraban inscripciones como «Soy la imagen de tal o cual…», que es una forma de decirlo que corresponde a la visión moderna. Para los atenienses, la realidad de la persona «real» se había separado obviamente de la de su imagen. La estatua sólo se refería o señalaba al gobernante, lo «significaba» o «representaba» o «recordaba», pero no era idéntica a él. En la situación anterior, la estatua misma hablaba como un «yo» y era él a quien, como debemos decir desde nuestro punto de vista moderno, «representaba»: «Yo soy Chares». La imagen, obviamente, irradiaba la autoridad del gobernante. La convicción de su poder real debe haber descendido sobre el espectador desde la mera visión de la estatua. El aura de Chares estaba presente de forma inmediata y completa en la imagen, de modo que el espectador se sentía sobrecogido y envuelto en el hechizo que emanaba de la estatua. La imagen tenía el poder de seducir a los espectadores en su propia realidad. Así, los espectadores se encontraban en el mundo imaginario de la imagen, rodeados por su aura. En la capacidad de la imagen para envolver al espectador en el hechizo de su profundidad arquetípica residía su autoridad silenciosa y no violenta sobre él y la verdad de su afirmación: «Yo soy Chares, el gobernante ….». Era una autoridad basada no en el poder empírico de la realidad «exterior» (armas, ejército, policía), sino en el resplandor de lo imaginal (sánscrito bharga, tejas, śrî: brillo, Fortuna, Königsheil, realeza, es decir, la sustancia «metafísica» de luz de la que debe estar lleno un rey para ser un verdadero rey). Todavía hoy, en medio de un ambiente completamente cristianizado y democrático, podemos tener una remota intuición de la fuerza hechizante de lo imaginal, cuando una novela o una película nos fascinan de tal manera que vivimos durante un tiempo en su mundo, absorbidos y conmovidos por su atmósfera, o cuando multitudes de personas se alinean en las calles con motivo de la visita de Estado de algún miembro de la realeza, para al menos por un momento bañarse en la śrî real que emana de ellos.

En las civilizaciones arcaicas, el hombre vivía en este tipo de realidad imaginaria. No había otra. El mensaje cristiano con su expreso y punzante TÚ («Jesucristo te quiere») expulsa radicalmente al espectador o al oyente de su incrustación en lo imaginal. Ya no nos atrae en su hechizo, ni siquiera en el de su propia verdad imaginal, sino que nos enfrenta, nos golpea con ella, apartándonos irremediablemente de ella y contra ella. El telón de lo imaginal se cierra definitivamente. El TÚ nos devuelve a nuestro lugar en el lado del auditorio del telón y detiene el deseo de la pasión y la imaginación del alma de transgredir (imaginariamente)5 al otro lado del telón en el drama divino en el escenario. De este modo, nos expulsa a un mundo «exterior», nos convierte en individuos aislados, en egos, que están desnudos frente a Cristo. Sólo el individuo existencialmente aislado e implacablemente arrojado sobre sí mismo puede decidirse por Cristo; y para pertenecer a Él, debemos decidirnos, y todo por nosotros mismos y desde el núcleo de nuestra existencia individual. Un sí o un no inequívoco y deliberado. No servirá simplemente dejarse atraer, encantar por las imágenes de la religión cristiana. Decidirse por Él será la afirmación definitiva para ser un paria de la realidad mítica y para ser arrojado de nuevo sobre la propia individualidad aislada, arrojado de nuevo sobre el principio del Uno, el principio del aislamiento. Pues si Cristo se dirige a nosotros a bocajarro con su exigencia de pertenecer a Él, esto es sólo la consecuencia de que este Cristo es Él mismo un TÚ expreso, incluso más que eso: Él es el principio de la posibilidad de señalar y «significar» las cosas o las personas con ese señalamiento confrontativo.

Se pueden distinguir tres características de la penetración a través de la superficie de la imagen en el espacio exterior de la realidad literalista. Primero: el señalamiento directo y abstracto (el «Esto»), segundo: el Uno, y tercero: el Todo.

Las siguientes citas bíblicas apuntan a la primera: «Este es aquel de quien dije: Después de mí viene un hombre que es preferido antes que yo» (Juan 1:30). «Y he aquí una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). «Este es el que vino por agua y sangre, Jesucristo» (1 Juan 5:6). «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a ese mismo Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36). «…es él quien habla contigo» (Juan 9:37). El señalamiento y el planteamiento que penetra en el «lienzo» de la imagen y entra en la realidad literal se expresa lingüísticamente también de otras maneras que no son el uso del pronombre demostrativo. «eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16:16). «Hoy se cumple esta Escritura en vuestros oídos» (Lucas 4:21). «Yo soy el que te habla» (Juan 4:26).

Esto, eso mismo, yo, tú, hoy (aquí y ahora): nos encontramos evidentemente en el mundo del capítulo «Sentido-certeza» de la Fenomenología del Espíritu de Hegel. Este capítulo no es, por así decirlo, más que la explicación filosófica de lo que en el Nuevo Testamento se había conquistado con la actitud que habla de las citas anteriores. Para comprender mejor la naturaleza de esta conquista, quiero volver a la inscripción «Yo soy Chares, gobernante…» y compararla con la última de las citas bíblicas citadas, «Yo… soy él» o con aquella otra famosa, «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). A primera vista, las frases griegas primitivas y las cristianas parecen tener una estructura gramatical idéntica. Pero son afirmaciones fundamentalmente diferentes. Lo que dice la estatua tiene el carácter de una autopresentación; proporciona información, comunicando al espectador el nombre propio y la «profesión» de la persona retratada. Alguien se muestra y se da a conocer. El «Yo soy el camino, la verdad y la vida» de Cristo, por el contrario, no contiene ninguna información fáctica sobre el sujeto de la frase; es una identificación formal, y por eso puede abreviarse igualmente «Yo soy». La afirmación de Jesús no nos dice nada sobre él, sobre su «profesión» o su naturaleza particular. No dice, por ejemplo, Yo soy el camino, en contraposición a un lugar de reposo. Sólo quiere asegurarnos que Él «es».

Todas estas proposiciones con un «esto es», «hoy», «tú eres», «yo soy» sirven para detener a alguien o algo e identificarlo en un sentido casi criminológico. La pregunta en torno a la cual gira todo a partir de ahora es: «¿Es él o no es él?». Es la pregunta de las novelas policíacas, de los whodunits, de los detectives y de los jueces, y es la pregunta de la fe y la duda. Por eso también se puede negar la identificación: ¡No es él! Así leemos, por ejemplo, «¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿cómo es, pues, que dice: He bajado del cielo?» (Juan 6:42). Se trata de acorralar, señalar, mantener a raya, aprehender: ¡Éste es él! ¡Él lo ha hecho! Mientras que Chares se nos revela y se nos impone, la afirmación de Jesús se vuelve contra sí mismo y lo clava en o sobre sí mismo. El «yo soy él» es en realidad una (auto)incriminación y, como tal, sinónimo del «éste es él» o «tú eres el único» por el que el Cristo está firmemente aprisionado en el Jesús de Nazaret, o por el que Dios está encerrado en el Jesús histórico. Cristo no sólo fue clavado en el momento de su Crucifixión, sino que es Aquel que está clavado en sí mismo, que está absolutamente identificado consigo mismo, es más, ser el principio de la fijación y del señalamiento es su propia naturaleza.

La situación casi judicial explica también el papel decisivo de los testigos en el cristianismo. Cada cristiano tiene que ser un testigo más para «incriminar» de nuevo a Jesús. La finalidad más íntima de la existencia cristiana parece ser el acto de encerrar al Cristo imaginal en el Jesús empírico, histórico, y reafirmar su encierro solitario allí una y otra vez.

También en otras religiones hubo o hay personas empíricas que encarnan realmente a los dioses, por ejemplo, el faraón egipcio o el Dalai Lama. Pero aquí nunca se podría decir: «Este es él», porque la «existencia del faraón» o la «existencia del Dalai Lama» no estaba aprisionada exclusivamente en un solo individuo histórico; estaba diseminada en toda la serie de faraones o Dalai Lamas, que abarcaba miles de años y también futuras encarnaciones. Ciertamente, estaba presente en el ser humano particular que resultaba ser la encarnación actual, pero ningún faraón, ningún Dalai Lama tiene su divinidad como propiedad personal. Por el contrario, precisamente por ser la encarnación de una persona divina, se le quita importancia como individuo empírico que es y se le reintegra en la realidad divina más amplia que tiene que encarnar, y se le relativiza por sus múltiples encarnaciones en personas anteriores y futuras. En virtud de la diseminación de la encarnación en cada una de sus múltiples manifestaciones, su presencia es esencialmente suave, mientras que toda la divinidad de Cristo se concentra en la única persona histórica Jesús de Nazaret como foco exclusivo de la Historia como tal, lo que dota a la encarnación cristiana de una violenta agudeza. Todos los posibles «aquí» de una teofanía o epifanía han sido metidos de una vez por todas en el exclusivo Jesús histórico, de modo que ningún aquí y ahora real, antes o después de Él, puede ser ya el lugar de una epifanía en toda regla. El «allá» de ese Jesús de Nazaret se ha tragado todo posible «aquí y ahora». Ha privado al Tiempo de su vida y de su alma y se ha apoderado de él, de modo que el Tiempo ya no puede tener su vida en el flujo de momentos siempre nuevos que reciben su plenitud a través de la presencia epifánica de diversos personajes divinos. Ahora sólo hay un único momento cumplido (kairós) en toda la historia, dejando todo el resto del tiempo esencialmente (psico-lógicamente) vacío.

Con estas observaciones hemos entrado ya en la discusión de la segunda característica del salto que irrumpe en la naturaleza imaginal del Ser: el Uno. Es el tema de la exclusividad absoluta del Cristo. Jesucristo es el Único. «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» (1 Cor. 3:11). «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Jesucristo está rodeado y protegido por todos lados por negaciones: ningún hombre, ni en ningún otro, ningún otro bajo el cielo. El señalamiento (el planteamiento del «Éste es») no apunta obviamente a un contenido positivo, sustantivo, sensual, sino que sirve esencialmente para excluir y alejar todo nombre concreto, la concreción como tal. El «Esto es él» significa la reducción a un espacio en blanco, a un punto desnudo en el sentido geométrico: el Alfa y el Omega; el axis mundi; el punto de inflexión del Tiempo; el punto cero de la historia. Porque el punto es esencialmente el punto cero, porque no tiene ninguna extensión, ninguna difusión en la amplitud del mundo. La introducción de la vara sagrada en el Gólgota es la implantación (posicionamiento) del punto cero en el Ser, que antes tenía un carácter mítico, imaginario. La vara (= la cruz en la que sufrió Cristo) es la imagen arquetípica de la idea que se enuncia expresamente en la proposición: «Éste es». Y el crucifijo, como dos ejes de coordenadas que se cruzan, es el símbolo del punto cero del Ser y de la subordinación del Ser bajo un sistema de coordenadas. Mucho antes de que el número cero fuera aceptado en las matemáticas, el cristianismo había inventado el cero como principio metafísico. Y, característicamente, el reconocimiento matemático del cero como número se produjo durante la época en la que comenzó la realización real del cristianismo,6 a saber, en el año 1629 (un año después de que Harvey descubriera la circulación de la sangre7 ) y de nuevo, sólo unos años más tarde, por una de las grandes mentes que impulsaron decisivamente la realización del cristianismo: Descartes (1637). Pues Descartes proporcionó al hombre moderno el fundamentum inconcussum, el ego, esa roca sobre la que la época moderna podía construir su casa y de la que podía desprender el mundo natural (el mundo vivido mítica o imaginariamente).

Al igual que en las matemáticas el concepto de cero permitió salir del ámbito de los números naturales (positivos) y conquistar los mundos de los números negativos, irracionales, imaginarios y trascendentes (por lo que el cero ha sido calificado como la invención más trascendental de las matemáticas), el cero metafísico es el punto en el que, hablando en sentido figurado, el Tío Sam rompe la contención en la realidad natural (imaginal) y se adentra en la realidad positiva «de ahí fuera».

Nos perdemos el sentido mismo del mensaje cristiano si no concebimos la exclusividad de Jesucristo estrictamente como el «Uno» que es el cero o un punto. Por supuesto, se podría partir de la idea de una persona real y natural que se llamaba Jesús de Nazaret y que tenía todo tipo de rasgos particulares, y luego decir que en esta persona, elegida por Dios entre todos los hombres, se reveló el Mesías. Pero este punto de vista se quedaría corto respecto a la idea cristiana. Seguiría siendo una recepción pagana del cristianismo, la traducción de lo específicamente cristiano a una versión mitológica del mismo. No puede ser que el Hijo de Dios, por así decirlo, por mera casualidad, se encarnara sólo en la única persona humana llamada Jesús y que, por lo tanto, al menos teóricamente fuera factible que el Cristo pudiera haber nacido igualmente «en varios otros nombres bajo el cielo» y en varios otros momentos. Jesús debe ser desde el principio y por necesidad e incuestionablemente el Único, si ha de ser el Jesucristo. Pero si Él es el Único absoluto, entonces Él es desde el principio el punto vacío, sin extensión. Incluso Su nombre no puede ser un nombre concreto bajo el cielo; debe ser el nombre del «no-nombre», del «esto» abstracto.

Se lleva a cabo una identificación o equiparación con las formulaciones «Éste es», «Jesús, el Cristo» y otras versiones de esta idea. Sin embargo, de acuerdo con lo que se acaba de decir, no es que se tome una persona empírica conocida aquí y una noción trascendental conocida allí para luego, por medio de la cópula, equipararla. «Jesús, el Cristo» no es una frase como «Einstein, el físico» o «Napoleón, el emperador de los franceses». No es una proposición en absoluto. Más bien, «Jesús (es) el Cristo» es el acto audaz de la equiparación, el acontecimiento de la proposición de «esto»: el salto de lo mítico o imaginal a lo positivo-factual («positivista»).

Si la frase «Jesús, el Cristo» conectara e identificara dos entidades conocidas (dos contenidos concretos) como en el caso de «Einstein, el físico» (sabemos quién era Einstein, y sabemos qué es un físico), permanecería dentro de la misma vieja esfera de la realidad sin irrumpir en ella en un salto radical. Esta ruptura fundamental sólo podría lograrse si en la frase «Jesús, el Cristo» no se identifica nada, nada que exista con anterioridad e independientemente del acto de identificación. Sólo podría lograrse si la frase como acto es nada más y nada menos que el esquema arquetípico de la identificación, el planteamiento original y por primera vez del signo igual, y si los contenidos particulares del sujeto y del predicado, de «Jesús de Nazaret» y «Cristo», se disuelven (como un «esto» vacío por un lado y un «él» vacío por otro) en el signo igual vacío como el Uno exclusivo abstracto, es decir, el cero. Si se supone que Jesucristo realmente ha vencido al mundo y nos ha redimido de él, no puede ser primero una persona concreta con muchos atributos y luego encima también el Encarnado. Debe tener su propia naturaleza en ser el evento desnudo del «Este es él», y todo lo demás que se nos enseña sobre Él debe seguir de, y estar contenido en, esta ecuación. La imagen gráfica y vívida de Jesucristo que se encuentra en la piedad cristiana es la imagen gráficamente embellecida del cero establecido en el «Este es él». De lo contrario, la salvación no podría funcionar.

Antes dije que las enseñanzas cristianas no tenían el estatus de meras alegaciones, sino que el cristianismo es lo que dice ser. Ahora ha quedado claro por qué tiene que ser así. El «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo» de Pablo no es, en efecto, una mera afirmación en la que haya que creer o no, como tampoco son meras cuestiones de fe la invención de la rueda o la receta para mezclar la pólvora o construir la bomba atómica. No, la afirmación de Pablo es la verdad que formula, porque, en primer lugar, al identificar o equiparar a Jesús como el Cristo, realiza, en virtud de este acto de fijación, el planteamiento del «esto», que equivale al salto fuera de la esfera mítica, y, en segundo lugar, porque el fundamento sólido no es otra cosa que este acto de planteamiento originario. El planteamiento del «Esto (es él)» es la condición de la posibilidad a priori de una realidad positiva (positivista), una realidad que ya no debe su existencia y constitución a la manifestación epifánica de los dioses, sino que se ha establecido en virtud de un salto y debe su existencia al acto de un planteamiento.

Y no hay otro camino que el acto de plantear el cero establecido en «Jesús, el Cristo» para llegar a un punto fijo arquimediano fuera del mundo «abismal» de la imaginación mítica. Pero allí donde se ha producido realmente el acto de identificación y de establecimiento del punto cero, allí también se han puesto realmente los cimientos: se ha establecido el origen (punto cero) para un sistema de coordenadas que lo abarca todo (la cruz del mundo). En efecto, no puede haber ningún otro fundamento que pueda establecerse, ya que el punto cero sólo existe una vez. Incluso si su invención se produjera repetidamente, sería la invención de la misma cosa.

Así también es cierto que, como dice la sagrada escritura, nuestra fe «es la victoria que vence al mundo». «¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?». «El que tiene al Hijo tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida» (1 Juan 5:4s. y 12). Estas afirmaciones no son en sí mismas meras cuestiones de fe, como inocentemente nos gusta creer para evitar la percepción de que se trata de hechos duros que rigen nuestras vidas, independientemente de que nos definamos como creyentes o no. Esta inocencia es un lujo que ya no podemos permitirnos. El que cree que Jesús es el Hijo de Dios ha realizado el acto de identificación, que es la única forma de superar el mundo, porque en ese acto rompe de una vez por todas con el mundo natural (es decir, mítico, imaginal) y ha abierto arquetípicamente para sí la literalidad del Ser, la positividad de la realidad (cuyo nombre teológico es «Vida Eterna»). Los principales enunciados del cristianismo no hacen ninguna afirmación «misteriosa». En la terminología kantiana, se les podría llamar, en efecto, proposiciones analíticas (y no sintéticas): proposiciones cuyo predicado no añade nada nuevo a la noción expresada en el sujeto, sino que se limita a desplegar expresamente lo que contenía esa noción para empezar, como «el que salta al agua se moja». Es evidente que el salto al agua implica mojarse, y todos sabemos que un salto al agua es una posibilidad real (práctica). Igualmente es evidente que quien realiza el salto al «Esto es» tiene «vida eterna». Y no cabe duda de que este salto es una posibilidad práctica: porque todos vivimos en el Espacio Exterior, en la realidad establecida por este salto hace dos mil años.

En el mundo natural todo está contenido en el brillo mítico. Cristo sería aquí una imagen mítica, pero también el hombre Jesús de Nazaret, como todo acontecimiento empírico, estaría potencialmente envuelto en la esfera mítica. Más fundamentalmente, los pueblos de antaño derivaban incluso su ascendencia (y por tanto, en última instancia, su naturaleza real) de los dioses. A pesar de ser mortales, pertenecían a una misma esfera ininterrumpida con los dioses. Las realidades divinas y humanas, arquetípicas y empíricas, se reflejaban mutuamente, y la existencia estaba completamente envuelta en este proceso interminable de reflexión mutua, sin que hubiera un exterior, el punto fijo de un mundo positivo-factual.

El Tío Sam que aparece en nuestro póster lo tuvo fácil para salir de lo imaginal porque para el artista que lo pintó había habido siempre, después de 2.000 años de cristianismo, dos tipos de realidad, la imaginaria sobre el papel o el lienzo, y aquella en la que vivía el propio artista. Por supuesto, esto era muy diferente para el salto primordial fuera de la constitución mítica del Ser, porque «antes» de este salto no había existido otra realidad que la mítica. Aquí el salto tuvo que crearse originalmente de la nada, por así decirlo, el reino al que iba a saltar. El «Este es él» o «Jesús, el Cristo» pudo llevar a cabo con éxito la ruptura a través de lo mítico y el establecimiento inicial de la realidad positiva de la siguiente manera. Señalando absolutamente de entre toda la extensión de la múltiple realidad imaginal un punto (que sólo se reduce a un punto o a un cero por este acto de señalamiento) como el Uno y Único y estableciéndolo como un «esto» inequívoco al que hay que enfocar con toda la fuerza; y además, al equiparar absolutamente este «esto» con «Cristo» (la idea igualmente absolutizada de todo valor mítico o metafísico), todo lo demás en el mundo, todas las cosas y acontecimientos, de hecho la naturaleza como tal fue privada de su dignidad mítico-metafísica autónoma: de la posibilidad de ser «Cristo», es decire., de ser divina o epifánica. Con la identificación entró en el mundo una dualidad de «mundos»: Jesucristo aquí, realidad secular allí; o dentro de «Jesucristo»: el individuo empírico aquí, la persona divina allí. Al colocar un signo de igualdad entre el «esto» y el Cristo, se ha establecido por primera vez una división irreconciliable entre lo uno y lo otro (este mundo y el más allá).8

Es la separación absoluta y la simultánea identificación absoluta de los polos escindidos de esta diferencia lo que puso por primera vez el «fundamento firme»: la literalidad y positividad del Ser como tal. Este es el fundamento sobre el que puede construirse el mundo de los hechos positivos, extirpado radicalmente de la imaginalidad mítica, del mismo modo que podría basarse en él la fe literal en las «verdades» metafísicas: porque ambos están enraizados en la identidad dividida propia del cristianismo propiamente dicho. Sin embargo, la facticidad positiva (literalidad) se basa en la negación inherente al «Éste es» o «ningún otro». Más precisamente: la positividad de lo positivo-factual se basa en la negatividad del cero. Sin la negación absoluta, sin el repliegue radical desde la plenitud y la amplitud del mundo mítico hasta el punto cero vacío, no habría realidad positiva, ni roca arquimédica desde la que lanzar los cohetes llamados revolución científica, tecnológica e industrial, cohetes con los que, efectivamente, ya se ha desquiciado el universo.

Pero el cartel del Tío Sam es y sigue siendo un cartel, una imagen. El Tío Sam representado en él no sale de la imagen para nosotros, el público. Sólo parece hacerlo mientras nosotros, por nuestra parte, miramos el póster con naturalidad, imaginariamente: somos seducidos por su aura. La irrupción de la imagen se produce en la imagen y como imagen. Teniendo esto en cuenta, se hace evidente que el «esto es él» y la realidad positiva que se origina en el salto fuera del mundo mítico no nos saca de hecho de la imaginación mítica al Espacio Exterior del mundo «real», sino que se queda dentro de lo imaginal. El Espacio Exterior es en sí mismo una fantasía mítica que, sin embargo, para estar «fuera» de lo imaginal, estando de hecho dentro de él, tiene que ocultar su naturaleza imaginal y estar en oposición radical a cualquier otra imagen mítica. El estallido de lo imaginal equivale simplemente a una restricción y constricción radicales de la misma esfera mítica a una sola idea arquetípica dentro de ella, la idea del «esto» vacío, que al estar exclusivamente focalizada adquiere ahora la apariencia imaginal de ser la única y verdadera realidad. La riqueza de nuestro conocimiento científico sobre los hechos positivos de la realidad no es otra cosa que la ampliación o explicación de esta única «imagen» arquetípica, el cero.

Pensamos que los agujeros negros descubiertos por los astrónomos están a muchos años luz de nosotros, allá en el espacio exterior. No nos damos cuenta de que desde ese salto de lo imaginario hemos estado viviendo todo el tiempo en un Espacio Exterior que es en sí mismo el agujero negro. Pero el hecho de que la idea de los agujeros negros haya sido descubierta en este siglo en el universo astronómico no hace más que subrayar una vez más la intuición psicológica de que el primer indicio (la primera inmediatez) de las grandes realizaciones sobre nosotros mismos (sobre nuestra psicología) nos viene siempre de fuera. Que los agujeros negros hayan podido ser descubiertos en este siglo podría indicar que ha llegado el momento de que nos demos cuenta de que estamos, aquí mismo, sentados en el agujero negro y que toda nuestra realidad tiene, de hecho, la naturaleza de dicho agujero negro: es el resultado de que el hombre occidental se haya atrincherado devotamente en los detalles cada vez más minuciosos de una sola imagen arquetípica («El Tío Sam te quiere» o «Este es él») en la que se ha centrado monomaníacamente (monoteísticamente), inflando este punto cero hasta convertirlo en un universo total y negando la existencia de todas las demás imágenes arquetípicas que lo rodean, así como cegándose a su propia naturaleza como imagen.

No es necesario añadir mucho sobre la tercera característica del establecimiento de la base de lanzamiento. El tercer aspecto es lo aparentemente opuesto al único punto cero: el Todo, el conjunto, la totalidad. El problema del punto cero es que no existe mientras haya algo, algo que además del Uno pueda pretender ser algo por derecho propio. Pues junto a él, el cero sería simplemente nada. Y el problema del Uno absoluto es que no es el Uno mientras haya otros (otros nombres bajo el cielo). Porque si no es el Uno, entonces también es sólo una de las muchas miles de cosas del mundo mítico y no se convierte en el fundamento establecido. Por eso el cero tiene que convertirse en el principio del todo, y en su único principio. Debe tener el estatus de una Aufhebung (sublación, superación) hegeliana del conjunto de las cosas naturales y habitar así un nivel fundamentalmente superior. Todo debe estar sometido a él, reunido bajo su dominio (que es lo que hace del punto cero el agujero negro). Esto es lo que encontramos expresado en Efesios 1:10, «Para que… reúna en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra; incluso en él». Jesús el Cristo (o el punto vacío de «Este es él») como el Señor sobre el Todo.

¿Cómo puede someterse todo a la regla del cero? ¿Cómo se puede hacer desaparecer el Todo en la irresistible succión de un agujero negro? La respuesta a esta pregunta es la cruz, que es la idea arquetípica del sistema de coordenadas como cuadrícula de todo lo que es. Este sistema arquetípico de coordenadas es, en efecto, capaz de engullir todo el cosmos natural (mítico) y de convertirlo así en el punto único del «universo» positivista. Y sólo habiendo transmutado el cosmos en su conjunto en la literalidad positivista del «universo», existe una base imaginal firme para el lanzamiento de misiles, de modo que también podrían construirse bases y cohetes literales. Si no fuera el mundo entero el que se hace inequívocamente fiable al estar subsumido en un sistema único, cualquier base particular dentro de él, sea en sí misma tan sólida como pueda serlo, sería en su conjunto inestable.

En el «universo» el Uno y el Todo son lo mismo, porque aquí todo lo que existe sólo existe en virtud y en términos de su relación con el punto cero. Son lo mismo como la trayectoria del misil que se dirige a su objetivo es idéntica a la potencia absorbente del agujero negro o como el desarrollo vertiginoso de las ciencias, de la tecnología y de la industria es idéntico a la cementación cada vez más sólida del universo como base de lanzamiento arquetípica.9 Pero todos ellos están igualmente alejados de la multiplicidad propia de la actualidad natural.

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1 Hay que tener en cuenta que la palabra «natural» se utiliza aquí en dos sentidos diferentes, casi opuestos: en relación con palabras como «mente» es en cierto modo sinónimo de «falacia naturalista» y en contradicción con una comprensión más profunda, imaginal; en referencia al Ser o al mundo denota un estado anterior a, y no perturbado por, una intervención humana artificial que establece un punto de vista firme frente a la imaginación.

2 En el sentido de Heino Gehrts. Gehrts distingue cuatro estadios culturales sucesivos distintos, la cultura chamánica, la ritualista, la religiosa y la científico-tecnológica, una línea divisoria que separa las dos primeras de las demás. En otras palabras, para Gehrts la religión no es una palabra omnicomprensiva que se aplica también al chamanismo y al modo ritualista de estar en el mundo. Más bien, la etapa religiosa de la cultura se caracteriza por una postura muy diferente, casi opuesta, del hombre en el cosmos, un sentido diferente del tiempo, etc., mucho más cercano a la postura científica que a las dos anteriores.

3 La tendencia de algunos teatros modernos a implicar directa y literalmente al público o a hacer que la obra sea inmediatamente «relevante» para sus preocupaciones sociales o políticas puede verse quizás como una mímesis ritual de la necesidad cristiana de socavar, dentro de la obra, la ilusión de la misma y evitar así una «regresión» a un nivel más profundo (mítico, imaginal: pagano) de implicación.

4 Véase Bruno Snell, Die Entdeckung des Geistes: Studien zur Entstehung des europäischen Denkens bei den Griechen (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht,4 1975), p. 101.

5 Cf. James Hillman, «A Psychology of Transgression Drawn from an Incest Dream», Spring de 1987, pp. 66-76.

6 Considero la Edad Media como una etapa preliminar del cristianismo. Fue la época de la Escolástica, como bien se denominó a sí misma, la época de una primera escolarización del hombre occidental en la estructura interna del pensamiento cristiano, es decir, una especie de propedéutica cristiana. Con el comienzo de la época moderna (Neuzeit), el hombre se había «graduado» de esta escolarización, de modo que, al haberse convertido el modelo de pensamiento cristiano en una segunda naturaleza para él, ya no necesitaba expresar sus pensamientos en términos literalmente (dogmáticamente) cristianos. Todo lo que pensara o estudiara lo haría necesariamente con un espíritu completamente cristianizado.

7 Véase mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-140, ahora en mi The Neurosis of Psychology (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), capítulo 12, pp. 233-255.

8 «Por primera vez» en este documento no debe tomarse demasiado literalmente. Me preocupan menos los primeros comienzos literales en el tiempo histórico que las raíces arquetípicas, (psico)lógicas y dónde encontraron su formulación más elevada y adecuada en el tiempo histórico.

9 Podríamos dejarnos engañar por las tendencias modernas hacia un pluralismo de teorías y modelos de mundo y tomarlas como una señal de superación del universo monolítico. Pero creo que este pluralismo (empírico, literal) de métodos y modelos está al servicio del monismo (psicológico u ontológico) del universo.

La invención de la potencia explosiva y el proyecto de la bomba: Un capítulo de la prehistoria imaginaria de nuestro problema nuclear

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Artículo publicado en ‘Technology and the Soul’, volumen II de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 5, pp. 101-115

Quinientos años antes de que se inventara la pólvora en Europa, hacia el año 1300, los chinos ya la conocían y la utilizaban para los petardos y cohetes. Pero esta invención en China no revolucionó en absoluto el espíritu y el desarrollo de la cultura china. Vista desde fuera, hasta 1912 la cultura china seguía siendo básicamente la misma de siempre. Por el contrario, desde la Edad Media, la mente de Occidente ha despegado como un cohete, comenzando lentamente a elevarse sobre el suelo, y luego acelerando exponencialmente, hasta que ahora, por poner sólo un ejemplo, puede decirse que cada ocho años se duplica la cantidad total de conocimientos científicos.

Esto no tiene parangón. Ninguna otra civilización muestra este desarrollo explosivo autopropulsado. Vistos desde esta perspectiva, las bombas atómicas y los misiles de este siglo no parecen subproductos accidentales de nuestra cultura, no son un invento más entre miles de otros, sino el símbolo de Occidente en su conjunto, símbolo en el sentido más amplio de la palabra como encarnación del significado interno de nuestro desarrollo.

Los físicos e ingenieros que inventaron la bomba no la inventaron de la nada. La bomba no es realmente un invento suyo. Es más bien al revés. Fueron los exponentes de la mente explosiva del Occidente cristiano. La Bomba los inventó a ellos; produjo a sus propios productores, como dijo Goethe: «Los poemas me crearon a mí, no yo a ellos».1 La Bomba sólo pudo ser inventada por una civilización que se formó a su vez a imagen y semejanza arquetípica de la Bomba. Sólo lo semejante descubre lo semejante.

Así que la construcción de la bomba como realidad técnica literal debe haber sido precedida por la edificación de la bomba en el alma occidental. Utilizo la palabra «edificación» deliberadamente, ya que tiene un significado religioso. Porque fue lo que en el lenguaje cristiano se llama edificación, es decir, la construcción del alma en la fe y la firmeza moral, lo que edificó la Bomba no sólo en el alma del hombre occidental, como dije antes, sino más bien como el alma del hombre occidental: la nuestra es un alma bomba, una mente explosiva, una conciencia de misil.

La imagen arquetípica de la bomba nos resulta familiar a todos. Está expresada en el cuento de hadas del diablillo de la botella, el Espíritu en el Vaso, contado por los hermanos Grimm. Una sustancia altamente peligrosa, personificada como un demonio llamado Mercurius, está encerrada en una botella. Un sello mantiene el explosivo en la botella, pero puede ser roto fácilmente por cualquiera que sea alcanzado por la tentadora llamada del interior de la botella: «Déjenme salir, déjenme salir». Si se le deja salir, el espíritu o la sustancia, que mientras estaba contenida en la botella parecía pequeña e inofensiva -el cuento de hadas la compara con una rana-, explotará fuera de la botella y adquirirá proporciones tremendas, amenazando con matar a su liberador.

Jung dedicó una conferencia de Eranos a este cuento, el único cuento de hadas tratado por él en profundidad. Jung plantea también un punto desconcertante: ¿cómo llegó el Espíritu Mercurius a la botella en primer lugar? Porque sabemos, por supuesto, que la naturaleza de la sustancia mercurial en la alquimia es ser extremadamente evasiva y aparecer en cualquier lugar, a nuestro alrededor, y que de igual manera la naturaleza del Dios Mercurio o Hermes en la religión griega era no pertenecer a una región, y mucho menos estar confinado. Más bien, como Dios mensajero, cruzaba todas las fronteras, estaba dentro y fuera, arriba y abajo. Pero en este cuento él o lo que queda de él puede ser localizado. Así que entre el estado natural de Mercurio y el estado en el que el cuento muestra que se encuentra ahora, debe haber ocurrido una intervención de alguna fuerza externa, de algún mago poderoso, por así decirlo, que interrumpe su libre despliegue y lo aprisiona artificialmente como un espíritu maligno. El cuento de hadas refleja así, indirectamente, el destino histórico que corrieron los dioses paganos en el mundo cristiano. Fueron demonizados, subsumidos bajo la imagen del diablo y embotellados -reprimidos, como decimos hoy-.

Jung evalúa este destino de Mercurius a la luz de su conocida idea de que sin sentimientos de culpa moral y sin distinciones percibidas no podría haber conciencia en absoluto. Habría prevalecido una existencia meramente instintiva y una inconsciencia ingenua no perturbada por la culpa. Habríamos seguido siendo mera naturaleza, si el «maestro» no hubiera puesto fin a esto interrumpiendo el libre desarrollo del ser natural, introduciendo una distinción entre el «bien» y el «mal» y condenando al ostracismo al «mal». Debemos conceder al maestro de almas -esta es la evaluación de Jung- que su extraña intervención fue útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y en este sentido algo bueno.

La afirmación de Jung contiene una visión impactante. El bien y el mal no son factores primarios dados con la naturaleza del mundo. Más bien, son el producto de una «intervención extraña», de una «distinción» introducida «artificialmente», el resultado de un acontecimiento histórico, a saber, la incursión del cristianismo en el mundo natural pagano. Hasta Jung, el mal se consideraba una verdad metafísica a priori, intemporal, eterna. Pero al igual que la rueda u otros inventos similares que revolucionaron la vida humana, el mal también fue «inventado» en el curso de la historia mediante un acto incisivo, una especie de operación alquímica de separatio realizada sobre lo que por sí mismo no está precisamente separado.

La filosofía nos da un apoyo indirecto a esta idea. Como han demostrado tanto Kant como Nicolai Hartmann, nadie puede desear hacer el mal por el mal. Es humanamente imposible. En todo lo que hacemos, incluso en un acto criminal, estamos motivados por algún bien. El asesino puede tener como objetivo un valor relativamente bajo (por ejemplo, enriquecerse) y violar un valor superior (la vida de los demás), pero sigue estando motivado por un valor y no por el «mal». Así pues, el mal en sentido estricto no se da en la experiencia humana primordial, y no es un factor eterno del mundo que en tiempos arcaicos simplemente no se hubiera descubierto todavía.

Jung ve a través de la artificialidad de la distinción entre el bien y el mal y, por lo tanto, nos hace conscientes de los opuestos morales que anteriormente se habían dado por sentados inconscientemente, es decir, que habían mantenido nuestra conciencia en sus garras. Y, sin embargo, el propio Jung parece estar todavía bajo el hechizo de la idea cuando afirma que la distinción entre el bien y el mal era necesaria y útil para el desarrollo de cualquier tipo de conciencia, y por lo tanto algo bueno. Jung parece creer que esta distinción trajo consigo una percepción más precisa, más adecuada y más consciente de la realidad. Pero esto no es una descripción de los efectos de los opuestos morales; es una evaluación en sí misma guiada por la propia distinción entre el bien y el mal que se supone que evalúa.

Esta distinción provocó cambios fundamentales, pero no en la dirección de una «conciencia superior», más diferenciada. Al contrario. La distinción entre el bien y el mal supuso una reducción y simplificación fundamental de la conciencia. Al igual que en la literatura la representación en blanco y negro de la novela occidental con sus «buenos» y «malos» refleja un nivel de conciencia muy burdo en comparación con las complejas y sutiles descripciones de los personajes en las grandes novelas o dramas, la enfática oposición entre el bien y el mal, Dios y el diablo, reduce las múltiples diferenciaciones de la era mítica a una única y abstracta distinción mínima: positivo frente a negativo. Zeus, Artemisa, Dionisio, Wotan no pueden ser tratados con una distinción tan burda, son demasiado complejos y multicolores.

La invención del bien y del mal supuso una pérdida de concreción y de diferenciación precisa. Y esta pérdida fue el precio de una ganancia, una ganancia, sin embargo, de naturaleza totalmente diferente a la que Jung tenía en mente: en lugar de diferenciarse más, la conciencia se radicalizó e intensificó enormemente. Las múltiples y sutiles diferenciaciones se concentraban ahora en una sola distinción. El ser fue electrificado, llevado a la máxima tensión de un polo positivo y uno negativo. Todas las diferenciaciones cualitativas debían ser subsumidas y utilizadas para una superdistinción, la distinción moral. La invención del bien y del mal no es una conciencia «más alta», que se acerque a la «verdad», como parece haber pensado Jung, sino una conciencia más tensa y electrificada. Esta invención es un motor metafísico y psicológico, la invención de un transformador del mundo. La idea del mal es una gigantesca central eléctrica psicológica. Por medio de los opuestos morales la conciencia pudo producir artificialmente más y más energía para sí misma quemando las múltiples cualidades imaginarias policromadas del mundo y explotar esta energía para ganar poder sobre toda la naturaleza.

El motor de energía requiere una tensión extrema. Para crear esta tensión de alto voltaje en el alma, el odio se vuelve vital; no el odio personal, sino el odio en un sentido ontológico. El eros cosmogónico que mantiene unidos a los opuestos y permite el libre flujo, por ejemplo, del Yin al Yang y viceversa, desaparece. En su lugar, la enemistad entre los opuestos se convierte en el principio que rige el ser en general. Esto se expresa en poderosas imágenes, como la de Satanás. Satán es el adversario como tal, el enemigo que como enemigo es el «príncipe de este mundo» (Mateo 13:39 y Juan 12:31). O, «Porque todo el que hace el mal odia la luz» (Juan 3:20, afirmando algo que, como aprendimos de Kant y Hartmann, es humanamente imposible). O bien, la muerte es «el último enemigo que será destruido» (1 Cor. 15:26); la enemistad se pone entre la serpiente y la mujer (Gn. 3:15) y entre el mundo y Dios (Sant. 4:4; Rom. 8:7). Enemistad significa aquí incompatibilidad absoluta, o más que eso: la voluntad fija por parte de uno de los opuestos de destruir totalmente al otro. ¡Qué fantasía tan diferente de la china del Yin y el Yang!

Una conciencia que vive con el antagonismo radical e irreconciliable del bien y del mal está continuamente, porque ontológicamente, puesta en alerta, lo que exige una movilización total de todas las reservas. La polarización es tal que el peligro es constante. Ontológicamente vivimos en tiempos de guerra perpetua. La situación es extremadamente inflamable. No debe haber sueño, ni descanso, ni juego libre para los impulsos y las imágenes del alma. «Sed sobrios y velad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pe. 5:8).

La idea del mal se deriva de un procedimiento de separación y purificación similar a los procedimientos de la química moderna por los que las materias primas naturales se separan artificialmente en sustancias valiosas purificadas, por un lado, y residuos venenosos, por otro. Detrás de esta idea opera una voluntad de veneno puro, la voluntad de que el mal puro sea. Vemos un poco de esta voluntad de maldad en el Sermón de la Montaña, cuando Jesús lleva los Diez Mandamientos al extremo. Por poner un solo ejemplo, ya no se considera malo el acto de adulterio cometido, sino el mero hecho de mirar «a una mujer para codiciarla» (Mt. 5:28). ¿Qué es lo que motiva este llevar a los extremos? Detrás de esta radicalización está la voluntad de dar autoridad absoluta a la idea del mal. Hasta entonces, cualquiera que no cometiera adulterio, que no matara, que no mintiera, podía ser considerado justamente bueno (justo). La diferencia entre el bien y el mal tenía un significado práctico preciso. Sin embargo, lo que el Sermón de la Montaña quiere conseguir es que se elimine la diferencia entre las personas que sí cometen esas acciones y las que no: todos son pecadores. Así, Jesús no quiere ayudar a las personas a vivir una vida mejor y más moral, sino que quiere imponerles la idea de la ineludibilidad del mal (el pecado) para aumentar la autoridad del mal. Se declara que el mal gobierna sobre todos, sin excepción. «No hay nadie que haga el bien, ni siquiera uno» (Salmo 14:3). El mal o Satanás es incluso entronizado como el «Dios de este mundo». Esto no es algo que se reconozca o se descubra que es así, es algo que se hace al mundo y al hombre.

Con respecto al mal, la gran pregunta que mueve al mundo cristiano ha sido siempre pdthen tô kakdn? ¿De dónde viene el mal? La pregunta correspondiente para las culturas arcaicas era la contraria: ¿Qué hacer con el mal? ¿Dónde ponerlo? Un método utilizado por estas culturas para tratar el mal era el ritual del chivo expiatorio. Se elegía a un miembro de la tribu, o a un animal, y se le cargaba ritualmente con toda la mancha y luego se le arrojaba al desierto o a una sima. Erich Neumann, Friedrich Seifert y otros han criticado esto como una represión temprana, literalmente realizada, mientras que ellos abogan por la integración del mal. Su punto de vista proyecta una condición psicológica u ontológica moderna hacia tiempos anteriores. Heino Gehrts rechazó con razón esta teoría del chivo expiatorio. Señaló que el hombre arcaico vivía en un mundo rodeado de infinidad por todos lados. El mundo humano ordenado y civilizado era una pequeña isla incrustada en un enorme desierto, en el Caos. Por eso, cuando el chivo expiatorio era conducido al desierto o a cualquier otra representación del Caos, no era reprimido, sino que, por el contrario, era liberado en la extensión abierta, en la que se disolvía. Desapareció realmente. Represión significa todo lo contrario: encapsular algo en la propia prisión interior para que no pueda perturbar inmediatamente nuestra conciencia; pero, al conservarse sin cambios en su interior, podría liberarse de nuevo en cualquier momento.

También en el cristianismo, la liberación del mal se imagina en la imagen del chivo expiatorio. Cristo es el cordero del sacrificio, sobre el que se nos dice que echemos todos nuestros cuidados (1 Pe. 5:7). He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Pero ¡qué diferencia con los rituales del chivo expiatorio de las culturas arcaicas! Aquí el pecado de todo el mundo se carga de forma abstracta y global sobre el cordero; en las culturas ritualistas se trataba siempre de manchas particulares, por lo que el ritual debía realizarse una y otra vez. El ritual cristiano es un único superritual que debe librarnos de todo el mal, pasado y futuro, para siempre.

Además, este ritual tiene lugar dentro de una constitución del ser totalmente nueva. Los dioses míticos eran dioses de y en este mundo. También ellos tenían el Caos, el Tiempo, las Parcas por encima y alrededor de ellos. El Dios cristiano, por el contrario, es el creador del mundo que está expresamente fuera y por encima de todo el mundo. Es lo último, lo absoluto. Ahora el mundo está completamente rodeado por Dios; no hay extensión abierta, ni frontera, ni fuera, ni nada. El mundo se ha vuelto finito, meramente secular. La humanidad no tiene acceso inmediato al infinito. Nuestro mundo está ineludiblemente encerrado, y el Dios cristiano no es más que la imagen primordial y el garante de su cerco absoluto y de su condición meramente secular. Por eso los místicos y los psicólogos tenían que mirar hacia dentro para encontrar un infinito «interior», el Dios interior (Jung). La situación se invierte. La posición y orientación del hombre arcaico en el cosmos es la opuesta a la nuestra; miraba hacia fuera, hacia el cosmos, hacia arriba, hacia los dioses superiores o hacia abajo, hacia los dioses inferiores. Para él este mundo tenía su propia infinidad en sí mismo. Mercurio o Hermes estaba a su alrededor y por todas partes, mientras que ahora, como hemos visto, está encerrado en una botella de cristal, reducido a un pequeño objeto rodeado en el foco del espectador humano, al igual que el Dios cristiano es el gran espectador para el que el mundo en su conjunto es como una pequeña botella de cristal frente a él.

Si el mundo está cerrado, y si al mismo tiempo el pecado acumulado del mundo se acumula en Cristo, la pregunta «¿Adónde? ¿Qué hacer con el mal?» ya no se plantea, puesto que no hay lugar para tal pregunta, no hay lugar para ningún adonde en un mundo absolutamente cercado. Aquí el chivo expiatorio no puede ser enviado a la nada, no puede ser soltado. Más bien, lo que sucede es que todo el mal se concentra en un punto, Cristo, y se conserva allí -un verdadero Endlagerung (almacenamiento final)- sin posibilidad alguna de dejarlo desaparecer en algún lugar abierto. En un mundo absolutamente cercado, la única manera de tratar el mal (al igual que con nuestros residuos nucleares) es la represión, el almacenamiento en el fondo, y el redentor debe paradójicamente convertirse él mismo en el plêrôma como kakzas, la plenitud del mal, por decirlo con una expresión gnóstica. La carga concentrada del pecado del mundo queda encerrada en el mundo, preservada para siempre. Nunca puede salir, porque ya no hay «salida». Pero tampoco debe salir, porque ¿quién, en su sano juicio, podría seguir queriendo arrojar el chivo expiatorio si este chivo expiatorio resulta ser ahora Cristo, el valor más alto y central del alma, psicológicamente hablando, la imagen del Ser? Cristo es indispensable. Pero si es indispensable y al mismo tiempo el chivo expiatorio, esto significa que en el cristianismo el chivo expiatorio y todo el pecado que lleva consigo tendrán que quedarse también con nosotros. Puede quitarnos el pecado para que seamos redimidos, pero el mal que lleva permanece irredento, como nuestros residuos nucleares depositados en lo más profundo de la tierra. Permítanme que pregunte esto a modo de inciso: ¿Podemos esperar encontrar una solución salvadora para los residuos nucleares mientras creamos vivir en un mundo finito, meramente secular, y ser nosotros mismos criaturas finitas? Sin una lógica del infinito, es decir, sin una capacidad de pensar realmente el infinito aquí y ahora, nuestra única opción es la represión, la llamada Endlagerung.

Por lo tanto, cabe preguntarse si el propósito psicológico secreto de la redención no ha sido la redención en el sentido inocente de la palabra, sino la máxima concentración del mal: la producción de una verdadera carga explosiva en la psique del hombre occidental, amontonando en un solo lugar todos los defectos individuales hasta entonces extendidos por todo el mundo y a lo largo del tiempo, e intensificándolos así en un Mal absoluto en el núcleo del ser (Cristo).

Todo el pecado del mundo concentrado en la pura maldad e irremediablemente contenido en el mundo: esto sí que es una dinamita imaginal por excelencia. Pero incluso esto no es todo. En el cristianismo, el lugar en el que se deposita el mal acumulado del mundo ya no es el chivo expiatorio, sino expresamente el cordero inocente e inmaculado (1 Pe. 1:19). En la fantasía cristiana actúa una voluntad de pensar la unión sin paliativos del mal absoluto y de la inocencia pura, una voluntad de hacer coincidir los opuestos purificados sin dejarlos sin embargo fundir, una voluntad de máxima tensión.

«El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» es una fantasía impactante. ¿Acaso el inocente cordero debe ser adecuado para cargar con el pecado del mundo? ¿No es esto como confiar el control de un depósito de municiones a niños pequeños? Pero con esta fantasía, el alma del hombre occidental ha sido informada. La unión de una conciencia verdaderamente inocente y de un «pecado» concentrado, ésta es la realidad del mundo occidental: «Si no os hacéis como niños» y el ataque a la naturaleza en forma de bestia; los «valores superiores» del idealismo y el materialismo desnudo; «Ama a tu prójimo» y el imperialismo; «Paz en la tierra» y la bomba atómica. Nietzsche habló del «humor de la cultura europea: se considera una cosa como verdadera, pero se hace la otra».2

El cristianismo nos impulsa a pensar en la cercanía y la distancia absolutas a la vez. El cordero, aunque lleva el pecado recogido del mundo, no se ve afectado por él, se conserva su inocencia inmaculada. Se trata, por supuesto, de una contradicción abierta para la que sólo hay una resolución posible, y esta resolución es, en efecto, el descubrimiento revolucionario del cristianismo: el «uno en otros». Puedo cargar con la culpa concentrada y, sin embargo, permanecer intacto por ella en la inocencia de mi conciencia si incorporo el pecado a mi interior (que en virtud de este acto de incorporación se configura como un reino separado en mí). Este acto crea por primera vez la diferencia entre la mente consciente, por un lado, y el interior inconsciente, por otro. El cristianismo no es una religión genuinamente dualista en la que Dios y el Diablo serían principios iguales, Dios también está por encima del Diablo, abarcándolo completamente. Del mismo modo, el cordero inocente y el pecado tienen la estructura del en-uno-otro. Así, el cristianismo tiene, después de todo, una especie de respuesta a la pregunta: «¿Adónde con el mal?», a pesar de que para el cristianismo ya no hay salida a la extensión infinita del caos. Su respuesta es: dentro, tragar en el interior, incorporar. ¿En qué otro lugar debería guardarse el mal -el tipo de mal que el propio cristianismo inventó- una vez que el mundo está encerrado y totalmente rodeado?

El trascendental descubrimiento de la interiorización es un descubrimiento al que debe su existencia toda la psicología moderna. Sin él, el hombre occidental no tendría un alma como propiedad personal y no la llevaría dentro de sí. Debido a 2.000 años de influencia cristiana, simplemente lo tomamos como algo evidente, aunque la idea de la interioridad es realmente revolucionaria. Los antiguos, ya lo dijimos, miraban hacia afuera o hacia arriba, no hacia adentro, no hacia su interior. Incluso el «conócete a ti mismo» délfico y socrático, que suena a los oídos modernos como una invitación a la introspección, tenía un significado muy diferente, más objetivo. Era una invitación a que el hombre conociera su lugar como mortal en distinción a los dioses. En efecto, los griegos no tenían ningún interior. Su alma estaba fuera, en el mundo, en el cielo, en las profundidades de la tierra, pues para ellos este mundo tenía su propia infinidad. La misión del cristianismo era dar la vuelta al ser-en-el-mundo del hombre y capacitarlo para ser aquel que, encerrado en un mundo secular finito, encerrado en un empirismo positivista, mira desde fuera hacia el interior de las cosas y de sí mismo.3

El cristianismo fue capaz de liberar del pecado a través del en-uno-otro del pecado concentrado y del cordero inocente. Sin embargo, este tipo de en-uno-otro es precisamente el modelo de la Bomba: fuera una cáscara inofensiva, dentro un terror diabólico concentrado. Cuanto mayor sea la tensión de los opuestos -es decir, cuanto más puros y concentrados estén, cuanto más cerca estén la inocencia y el poder agresivo, cuanto más íntimamente encapsule uno al otro- más fuerte será el poder explosivo. La cáscara explosiva no es un subproducto incidental del cristianismo; es esencial para su propósito central. Si el cristianismo quiere realmente vencer al mundo, debe tener el poder de hacer estallar el mundo, debe ser él mismo una bomba, y como tal el cristianismo siempre se ha entendido a sí mismo, aunque no por medio de esta metáfora.

La represión o incorporación debe permanecer inconsciente, porque en el momento en que fuéramos conscientes de ella, el contenido incorporado ya no estaría incorporado en el interior, sino que se objetivaría ante la conciencia. Por lo tanto, el cordero del sacrificio que lleva el pecado del mundo sigue siendo sólo inocente. El cristianismo no revela que el pecado está dentro del cordero, es el cordero. Sin embargo, la interiorización como método para conservar la inocencia mientras se concentra el mal encuentra una amplia expresión en el Nuevo Testamento a modo de proyección sobre sus oponentes. Una y otra vez se levanta el reproche de hipocresía contra los representantes de la antigua piedad israelita, por ejemplo: «Pero ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!». (Mt. 23:13). La gran imagen de la estructura interna de la hipocresía se da en el pasaje «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt. 7:15).

Debemos ver ambas imágenes juntas, la del cordero que quita el pecado del mundo y la del lobo voraz dentro de la inocente oveja. Juntas forman una sola fantasía.

El nombre bíblico de la invención del interior del bien y del mal es hipocresía. El descubrimiento del interior se produce como el descubrimiento o más bien la invención de la hipocresía. Pues la hipocresía no existía en todos los tiempos. Hypdchrisis en el griego clásico no tenía un significado negativo. Hypochrinomai se refería sobre todo a la actuación del actor en el teatro. Para la filosofía estoica, la capacidad de interpretar cualquier papel impuesto por el destino era la distinción misma del hombre de mente noble. Del mismo modo, en el griego clásico no existía una palabra para designar la mentira. Pseûdô significaba «decir algo que objetivamente no era cierto» sin insinuar necesariamente una intención subjetiva secreta y sin ninguna valoración despectiva.

También debemos suponer que los piadosos de Israel no eran francamente hipócritas. Ciertamente, intentaban cumplir la ley con honestidad, aunque fuera dentro de los límites de lo humano. Desempeñar un papel de forma engañosa o, a la inversa, sospechar de intenciones secretas o pretensiones en los demás no es una posibilidad para el hombre arcaico. Friedrich Georg Jünger dijo: «Donde el tipo está intacto, no hay necesidad de psicología [es decir, de la psicología personalista y reductora de la desconfianza] porque uno se conoce, sabe quién es el otro». Por supuesto: uno se conoce porque dentro de un mundo infinito, la vida se jugaba al aire libre. Vivir significaba mostrarse. La sospecha de pensamientos ocultos que difieren del comportamiento manifiesto no podía surgir, porque el abismo entre el interior y el exterior no se había abierto.

Jesús no descubre la hipocresía de los fariseos. Utiliza a los fariseos como pantalla de proyección para elaborar la nueva idea de hipocresía. Inventa el esquema de la hipocresía, saca a su público del mundo en el que se conoce y lo obliga a pensar que todo lo que se ve a la vista esconde intenciones siniestras en su interior. Enseña a sospechar de lo manifiesto. Y esta mirada recelosa crea el hombre interior. Sin lobos rapaces y sin la idea del mal, no hay interioridad. «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los asesinatos, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios…» (Mt. 15:19). Sólo mediante la idea del mal, cargada de emociones, el corazón podía convertirse en este foco crucial, forzando toda la atención hacia el interior e invirtiendo la postura ontológica del hombre. Aquí hay que recordar la muy diferente comprensión de los crímenes en el cosmos mítico, donde no provienen del corazón de los hombres, sino de fuera, como la actuación de los dioses en la vida humana, de Hermes el ladrón y embaucador, Pan el violador, Afrodita la adúltera, etc.

La diferencia entre el interior y el exterior se lleva al contraste más agudo posible: el lobo y el cordero, el mal y la inocencia, es decir, el más y el menos. Este modo de pensamiento electrificado y violento, inaugurado en el Nuevo Testamento y tan diferente del pensamiento cosmológicamente armonioso del hombre mítico, se apoderó de la mente del Occidente cristiano produciendo la dinámica explosiva del desarrollo cultural europeo.

Quiero dar al menos dos ejemplos de los comienzos de la era moderna, de la época en que el hombre occidental, después de haber aprendido con esmero la lección cristiana durante la época de la «Escolástica», se dispuso a aplicar esta lección al mundo entero, lanzándose a la conquista del mundo mediante exploraciones literales de los viajes y de la ciencia. Mis ejemplos son de dos contemporáneos, Lutero e Ignacio de Loyola.

En cuanto a Lutero, me gustaría recordar su fórmula «simul justus et peccator» (a la vez justo y pecador) y las dos frases complementarias sobre la libertad del hombre cristiano:

«Un hombre cristiano es un señor libre sobre todas las cosas y súbdito de nadie». – «Un hombre cristiano es un esclavo servil de todas las cosas y súbdito de todos».

Ignacio, en el «fundamentum» (nº 23) al principio de su libro sobre los ejercicios espirituales,4 exige la actitud de indiferencia hacia todas las cosas creadas, por supuesto dentro de los límites de los Mandamientos, porque el hombre, dice, ha sido creado para servir a Dios y adorarlo, mientras que todas las demás cosas de la tierra han sido creadas para el hombre. Y en el nº 365 de la misma obra dice (aproximadamente): Lo que veo que es blanco, debo creer que es negro, si esto corresponde a la doctrina de la Iglesia. Pongo un ejemplo de lo que quiere decir Ignacio: Tengo que creer que precisamente lo que veo como un desastre absoluto, es decir, el Cristo crucificado, es la gloria, es el Cristo triunfante. Aquel que sabemos que es el hijo de un vulgar carpintero de Nazaret, tenemos que creer que es Dios.

Tenemos que desarrollar un sentimiento de lo que sucede aquí. Una misma cosa a la vez: señor y esclavo, blanco y negro, justo y pecador, desastre y triunfo; un hombre a la vez infinitamente culpable e infinitamente redimido. Es absolutamente libre y absolutamente atado. Lo que para los ojos del mundo aparece de una manera, es para los ojos de la fe (que no ven, sino que creen) lo contrario. Evidentemente, Ignacio y Lutero pusieron en práctica el modo de pensar dialéctico, «más afilado que una espada de dos filos» (Heb. 4:12), ensayado por primera vez en el Nuevo Testamento; a partir de ahora se convierte en todo el modo de ser-en-el-mundo del hombre moderno y se pone en práctica lentamente. El ser se vuelve explosivo. Los opuestos se cortocircuitan. Aquí se libera una enorme fuerza psicológica, una fuerza que era capaz de hacer estallar la incrustación original y normalmente irrevocable del hombre en la naturaleza. El hombre arcaico estaba rodeado por el vínculo de Ananke, la Necesidad, y en la mitología este cerco ontológico se expresaba, por ejemplo, en la imagen de una serpiente enroscada alrededor del disco de la Tierra, sujetándolo y forzándolo. Este vínculo de la Necesidad en torno a la Tierra fue roto por Cristo, el libertador, y su ruptura se manifestó siglos más tarde, cuando el hombre pudo abandonar la terra cognita, la Tierra conocida, y partir hacia lo desconocido, primero en busca de otros continentes, hoy del espacio exterior y de la estructura más interna de la materia. El hombre se libera.5

Podemos ver que esto sucede en la fórmula de Lutero «a la vez justo y pecador». Con esta fórmula, el hombre es catapultado fuera de ese nivel en el que importaba el valor moral de sus acciones específicas. Ahora es, aunque su conducta sea casi perfecta, sin embargo, un pecador absoluto, y a la inversa, incluso con los crímenes más horrendos es redimido de una vez por todas. Esto se aplica no sólo a la esfera moral. Se aplica a la existencia como tal. Aquel nivel en el que los hechos concretos y sus cualidades específicas eran metafísicamente esenciales ha sido arrancado del hombre. Lo quiera o no y lo sepa o no, el hombre ha descendido metafísicamente del nivel de los acontecimientos naturales, del nivel de las cosas concretas con forma y color visibles y sustancia tangible, al nivel fundamentalmente inferior de lo absoluto. Ahora vivimos metafísicamente, es decir: ahora la verdad reside, en el nivel post-natural de las «cosas» abstractas que ya no podemos ver pero que tenemos que creer, el nivel de la electricidad, del radar y de las ondas de televisión, de los átomos, de los electrones, de las células, de los genes, de los oligoelementos. … Y por el contrario, lo que vemos como cosas, tenemos que creer que en realidad es sobre todo espacio vacío, con comparativamente pocos átomos que giran en la distancia cósmica unos alrededor de otros. En efecto, el mundo ha sido superado. La naturaleza se ha vuelto obsoleta, conservada sólo en nuestra nostalgia.

A esta ruptura de la existencia natural corresponde el hecho de que el hombre, en el nuevo nivel de lo absoluto, fue sometido a una tremenda tensión. Ahora tenía que ser una polaridad absoluta de blanco y negro, justus et peccator, ser una contradicción existente de opuestos purificados. Esto significaba, por un lado, una condición existencial increíblemente intensificada, una alta bóveda (no emocional, sino ontológica) en su esencia más profunda, pues ahora el hombre estaba llamado a la tarea más elevada. Por otro lado, precisamente por estar llamado a la tarea más elevada, estaba sometido a una tensión extrema, impulsado, obsesionado, constantemente, es decir, ontológicamente, llamado al deber. El desarrollo moderno de las ciencias, de la técnica, de la industria, de la política y de la economía sólo podía ser realizado por ese tipo de humanidad cuyo núcleo metafísico estaba sometido a una tensión tan extrema.

La fórmula de Lutero nos dice que el hombre es ahora redimido como el pecador que es. La redención no es un segundo acontecimiento adicional que anule su condición de pecador. Más bien, el hombre es redimido sólo en virtud de su pecaminosidad fundamental e indeleble. Es redimido si, y mientras, se mantiene en el nivel de la dialéctica absoluta y sostiene la cuerda floja a la que equivale su ser-como-polaridad. Porque entonces se ha levantado de la condición natural, ha superado el mundo. Su redención como pecador reside en el hecho de que si es un pecador absoluto de todos modos, independientemente de su conducta concreta, simplemente por el hecho de ser humano, entonces es inatacable en su esencia. Goza de un privilegio de tonto metafísico. Todos los lazos religiosos naturales concretos que solían atar sus acciones así como su ser han sido explotados. Es absolutamente libre, liberado e incluso llamado al asalto ilimitado de la naturaleza, sin el temor de que las consecuencias de sus acciones puedan recaer sobre él, en lo que respecta a su esencia metafísica. Pues su pecaminosidad es segura desde el principio. Lo peor ya es un hecho, y ese peor ya está redimido, de modo que, metafísicamente, ya no puede ocurrir nada realmente terrible.

Por eso una regla ignaciana, tal como la formuló su discípulo Baltasar Gracián, puede ser la siguiente «Aplicad los medios humanos como si no hubiera los divinos, y los divinos como si no hubiera los humanos».6 La realidad divina y la realidad secular se dan jaque mate y, al estar desligadas la una de la otra, al mismo tiempo se intensifican mutuamente hasta el extremo. Se inmunizan totalmente la una de la otra y se reconcilian absolutamente entre sí. El ser se ha cargado, se ha convertido en una cáscara viva.

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1 «… wie mit Gedichten, ich machte sie nicht, sondern sie machten mich»-Johann Wolfgang von Goethe, Kampagne in Frankreich (bajo la fecha del 30 de agosto de 1792).

2 Friedrich Nietzsche, Der Wille zur Macht, Ausgewählt von Peter Gast (Stuttgart: Kröner Taschenbuchausgabe Band 78, 1959), #241.

3 Véase mi «El entierro del alma en la civilización tecnológica», capítulo 8 del presente volumen.

4 Ignacio de Loyola, Exercitia spiritualia (1548), muchas ediciones y traducciones.

5 He explorado el tema del vínculo de la Necesidad y su ruptura en mi «Liberación de la corriente de los acontecimientos: Okeanos y la circulación de la sangre», en Sulfur 21 (invierno de 1988): 118-40, ahora en Wolfgang Giegerich, The Neurosis ofPsychology, Collected English Papers, Vol. 1 (Nueva Orleans: Spring Journal Books, 2005), pp. 233-255.

6 Balthasar Gracian, Hand-Orakel und Kunst der Weltklugheit: Aus dessen Werken gezogen von D. Vincencio Juan de Lastanosa und aus dem Spanischen Original treu und sorgfältig übersetzt von Arthur Schopenhauer (Stuttgart: Reclam, 1953), No. 251, mi traducción.

Pornografía

Logos del alma

Parte de la experiencia sexual es su camino hacia una satisfacción que nunca llega, el roce de los cuerpos, los labios entrelazados, ahí, en el habitáculo del otro, se busca al fantasma que éste significa y en el mejor de los casos ambos gozan, pero realmente uno de los dos siempre lo disfruta menos. Ser adulto requiere poder sostener esta insatisfacción por no poder penetrar o ser penetrado completamente, pero la búsqueda amorosa exige a la vez el deseo y su propia desilusión, es una danza que anima a los cuerpos y los invita silenciosamente hacia su propia muerte.

Sin embargo, la cultura posmoderna pretende evadir este secreto, quiere hacer posible la sexualidad por primera vez. Ante la empresa de hiperrealizar la realidad se reemplaza incluso la verdad en sí misma por su forma masificada: la pos-verdad. Jean Baudrillard decía que afortunadamente las estrellas en el cielo no eran inmediatas, la luz tiene que recorrer un camino de tiempo-espacio para poder llegar a los ojos que las observan, si no existiera esta mediación entonces las luz nos cegaría de manera fulminante y estaríamos obnubilados ante cualquier estimulo. Lo demasiado en también una forma de ocultar el objeto.

En la pornografía la ofuscación es evidente, en ella se tiene a una mujer totalmente complaciente que, llevada por su artificiosa pasión, se entrega sin restricción al falo, no al hombre que tiene enfrente sino al miembro que se erige de forma perenne. Es debido recordar que un pene erecto es también la representación de la vida misma, Hermes, Dionisos, Pan, son deidades que expresan la vida inmarcesible en la forma de una erección continua, que guarda lo spermatikos (quizás el logos) en su potencia. Así, la hembra se abdica a la gratificación de un sujeto que se confunde con la imagen que representa. Por eso los actores masculinos son incansables, su voracidad nunca se extingue, en su penetración eterna son a su vez una boca abierta que nunca deja de devorar lo que se le ofrece.

No obstante, la entrega de los amantes, en la pornografía, es inmediata, no hay seducción que los separe, la erección no cesa y la lubricación nunca amaina, al final los cuerpos fundidos no son otra cosa que la expresión de un deseo característico de la infancia: la satisfacción urgente del hambre y, por lo tanto, la evasión de la angustia en la unión simbiótica que supone la participación mística de los individuos. Ambos, entregados al deseo ilusorio, actúan la total confusión de las almas y de los cuerpos.

Por eso, la imagen pornográfica es tan satisfactoria ya que permite vivir de forma vicaria aquel deseo que nunca se confiesa, pero que está presente en la vida de todo sujeto: ser satisfecho sin tener que pagar el precio o, en otras palabras, ser amamantado solo por un pecho bueno que entregue su amor de forma incondicional, sin el deber de otorgar un monto de la existencia a la irrefrenable pulsión de muerte.

Es así que el sexo hiperreal de la pornografía promete un goce absoluto, es decir, infantilizado, que cuando se confronta con la vida real se enfrenta al obstáculo de que en ella las cosas son finitas y nunca pueden satisfacer completamente nuestros deseos. Entonces el hombre supone que su goce depende de ser el goce ajeno, el de la mujer, y se aboca a la tarea imposible de convertirse en el falo del otro, en una maquina sexual que ya no disfruta sino que ahora es eficiente y que, en consecuencia, tarde o temprano falla. De dicha inutilidad surge la culpa fantasiosa por la tragedia de no poder ser satisfecho ni satisfacer. Poco se repara en el hecho de que la impotencia no es sino la sombra de un deseo de poder titánico.

En la cultura capitalista los signos pornográficos son omnipresentes, no solo en las imágenes de mujeres voluptuosas que prometen la satisfacción inmediata, sino que la lógica del porno sostiene todo discurso que promete la felicidad absoluta, el placer continuo y el gozo eterno. Así, el consumismo es una especie de pornografía, pero también lo son las terapias que auguran la gran salud o las pedagogías que se estructuran con base a la complacencia de los individuos, de manera similar la redes sociales acortan el ciclo de la gratificación y lo vuelven compulsivo, los límites, por lo tanto, tienen que ser abolidos. Todo aquello que niegue la potencia de la muerte funciona bajo la lógica de lo obsceno. El capitalismo y el progreso también son falos que nunca declinan, agazapados a la espera de la impotencia de su aparatos economicos.

Pero en la proliferación de la imagen sexual, lo que se acaba ocultando es la sexualidad misma, pues, si como se dijo al principio, el acto sexual requiere de la separación y del misterio, lo único que no está presente en la narrativa del porno es la propia sexualidad. Realmente la liberación sexual nunca ocurrió. Lo que Freud percibió en su teoría de la seducción es que siempre hay una diferencia entre el hecho y su traducción psíquica y que en esa disparidad radica la construcción de la realidad. A falta de seducción la reproducción maniaca del deseo se transmutó en la obcecación de una inmediatez imposible, de la persecución de ideales pueriles como la felicidad, la salud o la eficacia; pero el amor es un pathos que poco a poco nos consume, es el umbral constante entre la vida y la muerte, y la sexualidad es el gozo de este dolor terrible por vivir; nunca puede ser desvelado del todo porque no hay desnudez que lo abarque, al contrario, se oculta mejor en la exposición de dos cuerpos abiertos cuyas cavidades solo apuntan al vacío.

La pornografía es la narrativa del sujeto narcisista que de manera fatal cumple su deseo y convierte al Otro en un reflejo de sí mismo, lo que queda fuera de este esquema es la propia sexualidad, que esencialmente es la actividad evocadora del otro indisoluble, del espacio entre un estimulo y su captación. Como en una película de David Cronenberg la copula se satisface solo en la pantalla, es la maquina quien se impone con su prontitud, es ella quién tiene sexualidad, ya no nosotros, y aunque somos testigos de un goce, ya no tenemos nada que ver con él, pues la coniuntio sutil de los cuerpos solo puede darse en la separación y en la imposibilidad del placer, es decir, en la dimensión de la experiencia erótica como una alteridad radical.

El entrenamiento del psicoterapeuta

Logos del alma

En la universidad era una práctica común que los alumnos impartiéramos sesiones de psicoterapia o apoyo psicopedagógico en los semestres relacionados con estos temas. Por lo tanto, se nos asignaban pacientes que acudían con la esperanza de que sus problemas se resolvieran. Estábamos supervisados por un profesor, quien nos proporcionaba material de referencia y apoyo si era necesario. El modelo universitario considera que el conocimiento de técnicas y teorías es suficiente para tratar problemas complejos en la vida de las personas. Naturalmente, el trabajo realizado era deficiente, ya que se hacía principalmente desde el sentido común y, al final, el paciente tenía la ilusión de que había estado bajo tratamiento y los estudiantes creíamos, falsamente, que aquel ejercicio era la psicoterapia.

Pero la psicoterapia no es una técnica que pueda aplicarse solo con tener una noción de sus conceptos, requiere que el profesional se haya sometido antes al mismo proceso que desarrollará de forma continua en su labor diaria. Ello con la función de interiorizar los conceptos permitiendo que los mismos se superpongan a su conocimiento cotidiano y sustituyan su visión por la de aquel que puede discernir a los espíritus. En épocas previas el hombre de conocimiento era sometido a duras pruebas donde sufría del desollamiento ritual y la sustitución de sus huesos por huesos nuevos, sus ojos tenían que ser arrancados de sus cuencas y nuevos glóbulos eran colocados en las fosas huecas. Ésta muerte, que nunca fue metafórica, era la condición sine qua non del poder acompañar al enfermo por el mundo de los espíritus.

Hoy, sin embargo, el mundo de los espíritus se ha liberado, es decir, se ha interiorizado en sí mismo, emergiendo como su correlato lógico, y es entonces que el psicoterapeuta ya no puede sufrir sino un desmembramiento en la propia concepción del mundo, pues el hombre es, en sí mismo, lo descarnado. Es esto lo que hace la terapia, permite ver al fenómeno con los ojos que le pertenecen a lo Otro que se presenta, es, entonces, la idea latente en los acontecimientos psíquicos aquello que se inserta en las cuencas vacías del psicoterapeuta. Todo ello no solo requiere el aprendizaje de ciertas estructuras de pensamiento, ademas exige la propia aplicación de la labor terapéutica a la misma noción de terapia.

El estudiante de la carrera de psicología fantasea que sin haber hecho la ardua labor de someterse a la terapia, puede llevar a cabo ese trabajo, de manera indolora y sin tener que ofrecer el sacrificio de sí mismo al opus que pretende usurpar. Por ello es tan común encontrar terapeutas que ejercen desde posiciones narcisistas, centrados en la satisfacción del ego y que miden su éxito por las credenciales académicas que les proporcionan la ilusión de haber sido investidos por la noción de la psicoterapia. Realmente trabajan desde sí mismos y para sus propios deseos, en forma de objetivos soteriológicos que alimentan su importancia personal. Empero, una labor psicoterapéutica real nunca esta al servicio de ningún individuo, ni del paciente ni del terapeuta, sino que supone un altar para el propio fenómeno, aquel dios que subyace en lo más evidente.

De estas disquisiciones se desprenden varias preguntas que es necesario hacer cada vez que se entra al consultorio: ¿qué es la psicoterapia? ¿cuál es su objeto? ¿cuándo un psicoterapeuta está habilitado para ejercer? y si la psicoterapia significa “el cuidado del alma” no está de más preguntarse: ¿qué es el alma? Quizá la apretura de estas preguntas indique que hacer psicoterapia significa cuestionarse y volverse a cuestionar los conceptos que ya se creían conocidos, quizá sea el misterio siempre presente quién hace verdaderamente el trabajo y entonces la psicoterapia sea el aprendizaje continuo de permitir que este daimon tome su lugar correspondiente.

La experiencia, la formación y la buena voluntad no son suficientes en el trabajo psicoterapéutico

Logos del alma

La gente cree que la experiencia en la psicoterapia aumenta la habilidad de escuchar las necesidades únicas del paciente, y que con el tiempo la eficacia terapéutica aumenta. Sin embargo, a menudo vemos que un terapeuta con mucha experiencia no garantiza una práctica adecuada, ya que hay muchos factores implícitos relacionados con los objetivos de la terapia, y la experiencia no siempre es suficiente. Por el contrario, la repetición constante de enfoques inadecuados no resulta en aprendizaje, sino en la fijación de prácticas neuróticas, donde el hacer es inconsciente de su propio discurso.

Tampoco la formación profesional es una señal segura de habilidad, pues lo que convierte a un practicante en un buen psicoterapeuta no siempre está dentro del ámbito institucional y muchas veces la profesionalización supone una dimensión limitante de la psicoterapia al exigir seguir un camino prefijado de normas académicas que excluyen visiones que pudieran ser antitéticas, es decir, posibles contradicciones que le den movimiento a las ideas. Además, las posturas pedagógicas no siempre convergen con las analíticas; este debate está vivo aún en la crítica a los análisis didácticos.

Por otra parte, la buena voluntad no es suficiente, especialmente porque, como psicólogos profundos, sabemos de las muchas fantasías que alimentan el libre albedrío. El trabajo de Freud nos permitió comprender que el «Yo» no es el dueño de su propia casa, sino un inquilino más, cuyas necesidades se mezclan con las de los otros habitantes. Estas fantasías gozan de una autonomía que incomoda la potestad del ego y evidencia los esfuerzos de las psicoterapias basadas en la pura edificación del sujeto sin comprometerlo con la vida anímica que, evidentemente, no le pertenece.

El estudio de las neurosis transferenciales ha demostrado que el paciente percibe en el analista un prisma del mundo psíquico en el que se mueve de manera torpe. El terapeuta responde con una jugada similar, llamada contratransferencia, donde se reconoce que el profesional, como buen ser humano, también está a la merced del mundo de la psique. El proceso terapéutico se convierte, entonces, en un diálogo del alma consigo misma, y solo de manera secundaria se puede vislumbrar como un trabajo entre el analista y el paciente.

Siguiendo el esquema junguiano de la mente, el entramado del aparato psíquico se complica aún más. Está compuesto por un conjunto de elementos particulares llamados complejos, cada uno con sus propios objetivos y necesidades autónomas que no siempre coinciden con las del sujeto empírico. Por esto, se recurre a la terapia. El paciente nota que, a pesar de su voluntad, hay otros deseos que solo intuye por los efectos que causan en su vida cotidiana. Él quisiera deshacerse de ellos, pero es imposible. Por eso, Jung propuso que la integración de los mismos, es decir hacer las paces con lo inevitable, es la mejor vía terapéutica.

Entonces no es la experiencia, ni la formación, ni la buena voluntad lo que hacen a un terapeuta adecuado para su profesión. Sin embargo, es cierto que un abordaje terapéutico es la convergencia de conocimiento, experiencia personal y actitud profesional. Pero estos elementos se entrelazan en un factor subyacente que les otorga vida y permite su profundización. Este elemento quizás es el más despreciado por los psicólogos y psicoterapeutas, pues en su búsqueda de un hacer curativo olvidan que el eje nodal de toda práctica es la consciencia de su propia teoría, no el querer mejorar lo que ni siquiera se entiende de manera debida.

Ante una teoría inconsciente sobre la noción de psique, el terapeuta hablará constantemente de la mente, del alma o de lo psíquico, pero su discurso se notará superficial, pues no habrá aplicado a sí mismo tal estructura de conocimiento y, más importante aún, no habrá permitido que la teoría se confronte consigo misma en el arduo ejercicio de tratar de estar a la altura de su complejidad. Su abordaje, por lo tanto, será una búsqueda por afirmar lo que ya sabe. Sus pacientes se volverán adeptos y él mismo se maravillará con sus «logros». Se convertirá en un sanador, en un sabio, en un consejero, en un maestro o quizás en un gurú, pero nunca podrá ser un psicoterapeuta. Esto requiere el sacrificio de todo método, de todo objetivo y de todo programa de acción ante la necesidad lógica del fenómeno.

«Una alma frente a otra» significa que la noción de alma se ofrece a sí misma como un Otro, siendo devorada y desmembrada constantemente. La labor del terapeuta es estar a la altura de la psique en un contexto noético, donde los sujetos son meras formas narrativas en el proceso del alma hablando sin cesar sobre sí misma.

Sin embargo, dado que el trabajo del psicoterapeuta actual está al servicio de la preservación de las ideologías rígidas del ego, su labor no puede ser llamado terapia, sino anti-terapia. Por esto, puede practicar durante años, estudiar incansablemente y tener las mejores intenciones, aun así su ejercicio será la repetición insulsa de un esquema con el cual protegerse del fenómeno vivo, del síntoma, del Otro por sí mismo, es decir del verdadero objeto de la psicología. Ante esto el fenómeno permanecerá atrapado en la neurosis o como dirían los alquimistas: el Espíritu Mercurius no podrá liberarse la fisicalidad de la materia.

La psicología y el otro

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción a ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, pp. 1-41

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El volumen 2 de esta recopilación de mis artículos en inglés ya unía dos términos, «Tecnología» y «el Alma», que a primera vista no parecían encajar en absoluto. La insinuación inherente al título de este libro, Alma-Violencia, de que la violencia puede ser un ingrediente intrínseco e importante para el alma, es de nuevo una imposición. Por supuesto, podemos ver y aceptar fácilmente la idea del alma como víctima de la violencia, herida por ella y sufriendola, y también podríamos estar dispuestos a conceder que existe una conexión entre la violencia y la psique, especialmente cuando algo ha ido mal: violencia debida a afectos abrumadores y, por tanto, un percance, violencia como patología, como parte de ciertas perversiones o psicopatías. ¿Pero la violencia y el alma? ¿La violencia quizás incluso como modo de creación del alma? Esto parece intolerable, en sí mismo una violación de la noción misma de alma. La palabra alma no puede disociarse de la noción de alma. Pero la tesis de este libro es precisamente que existe una profunda conexión entre el alma y la violencia. La violencia, al menos en ciertos casos, procede del alma y es su propia y auténtica forma de expresión, de hecho, a veces, una necesidad del alma.

El volumen 1 de esta colección de mis artículos en inglés se ocupaba principalmente del estilo particular del pensamiento psicológico en el sentido de una autorreflexión crítica de la psicología, y el volumen 2 de la cuestión del objeto de la psicología (o de un objeto particular, la civilización tecnológica). En ambos casos, la psicología se presuponía de algún modo como un campo de estudio ya existente. Si queremos encontrar un hilo conductor en la mayoría de los trabajos aquí incluidos, trabajos escritos de forma independiente y para diversas ocasiones, podríamos decir que el Volumen 3, por el contrario, plantea la cuestión de cómo la psicología llegó y llega a existir en primer lugar, o cuáles son, por así decirlo, los requisitos de entrada para la psicología definida como la disciplina del logos del alma, y qué etapas tiene que atravesar la psicología para volver a casa consigo misma, cumpliendo su concepto. En otras palabras, este volumen se ocupa de la génesis de la psicología, que tiene dos aspectos diferentes, la génesis lógica y la génesis histórica. La psicología no ha existido siempre. El interés por la psicología no es en absoluto una constante antropológica, algo que pudiera darse por sentado. Es una adquisición histórica completamente nueva. La necesidad de la psicología surgió sólo en la modernidad, a partir del siglo 19. Jung es probablemente el único psicólogo de los últimos doscientos años que fue plenamente consciente no sólo de la novedad de la psicología, sino también del predicamento que dio lugar a la necesidad y posibilidad de la psicología y que basó su propia concepción de la psicología en esta percepción histórica. En 1928 (o 1931) escribió:

… [T]odo lo que he observado está en el alma; todo, por así decirlo, en el lado de lo interior. Sin embargo, debo añadir de inmediato que se trata de algo peculiar, en la medida en que el alma no está siempre y en todas partes en el interior. Hay pueblos y épocas en los que está fuera, pueblos y épocas que no son psicológicos, como, por ejemplo, todas las culturas antiguas, y entre ellas especialmente Egipto, con su magnífica objetividad y su igualmente magnífica, ingenua y negativa confesión de los pecados. Detrás del espíritu de las tumbas Apis de Saqqara y de las Pirámides no es posible imaginar cuestiones psicológicas, no más que detrás de la música de Bach.

Siempre que exista externamente una forma conceptual o ritual en la que se absorban y expresen todos los anhelos y esperanzas del alma, es decir, por ejemplo, una religión viva, entonces el alma está fuera y no hay problema del alma, del mismo modo que entonces no hay inconsciente en nuestro sentido. Era lógico, por tanto, que el descubrimiento de la psicología tuviera lugar exclusivamente durante las últimas décadas, aunque los siglos anteriores poseían suficiente introspección e inteligencia para adquirir conocimientos sobre hechos psicológicos….

… Pero tan pronto como [el hombre] supera la periferia de su religión local occidental, es decir, cuando su forma de religión ya no puede contener su vida en toda su plenitud, entonces el alma comienza a convertirse en un factor que ya no puede ser tratado por los medios ordinarios. Es por esta razón que hoy en día tenemos una psicología que se basa en hechos empíricos y no en artículos de fe o postulados filosóficos….

… Pero ninguna cultura anterior a la nuestra se sintió obligada a tomar en serio este trasfondo psíquico….. Esto distingue nuestra época de todas las anteriores (CW 10 §§ 158-161, traducción modificada).

La aparición de la psicología como disciplina moderna no puede explicarse simplemente en términos de curiosidad científica humana o como un descubrimiento casual. Más bien, es el resultado de un proceso histórico, a saber, la desaparición psicológica, en primer lugar, del mito y el ritual (las culturas del sacrificio) y, en segundo lugar, de la religión y la metafísica, que produjo una necesidad imperiosa de que el hombre occidental «se volviera psicológico» después de que todas las épocas anteriores, como dijo Jung, habían sido decididamente «no psicológicas».

La diferencia sustancial entre un modo psicológico y otro no psicológico de estar-en-el-mundo la explica Jung con las nociones «dentro» y «fuera». Especialmente porque Jung enfatiza la noción de dos «lados», estas palabras fomentan una imaginación espacial: «dentro» como en nosotros, «fuera» como el mundo ahí fuera, a nuestro alrededor, la dimensión física o cósmica. Esta sería una forma muy preliminar e imperfecta de concebir esta diferencia. Sería mejor entender la psicología como la disciplina de la interioridad, no en un sentido espacial, sino lógico o metodológico. La interioridad aquí no se refiere a la contención en otra cosa, en una especie de recipiente, por ejemplo, nosotros mismos. Significa el proceso o trabajo de interiorizar un fenómeno en sí mismo, en su concepto como su alma. «Externo» y «exterioridad» se referirían, en consecuencia, principalmente a aquel modo en el que los fenómenos no son interiorizados en sí mismos, sino tomados tal como aparecen, en su primera inmediatez, como hechos empíricos, como positividades.

Todo esto ya ha sido expuesto en diferentes lugares y contextos en los dos volúmenes anteriores y en otros lugares. En este volumen, nos centraremos en un aspecto particular de la condición de posibilidad de la interioridad psicológica. Si la psicología es esencialmente el trabajo de interiorizar los fenómenos en sí mismos, está claro que los fenómenos psicológicos tienen la forma o estructura del yo.1 La imagen simbólica de la forma del yo es el uroboros, un «devorador de colas, del que se dice que engendra, mata y se devora a sí mismo» (OC 16 § 454). En este sentido, la forma del yo no necesita a nadie más, no tiene a nadie más, ni siquiera conoce a nadie más. Tiene todo lo que necesita dentro de sí misma, hace todo para sí misma y experimenta todo de sí misma. Es absolutamente autosuficiente. Si se engendra (o da a luz a sí misma) y se mata, y ambas cosas en un mismo acto, es autocontradictoria, dialéctica; existe como autocontradicción. El problema de cómo adentrarnos en la psicología como un pensar en términos de la forma del yo nos implica, por tanto, en la cuestión de cómo tratar, qué hacer con, dónde poner «lo otro». Porque sólo si la psicología logra liberarse verdaderamente del todo del otro, liberarse verdaderamente de ello tan completamente que ya no le moleste y no tenga que mantenerlo al margen, ni siquiera estar vigilante y autodefensiva con respecto a él, llegará a existir.

Esta tarea de librarse de «lo otro» y producir así la interioridad de la psicología requiere cierta violencia, un acto violento, mejor dicho, varios actos violentos, en primer lugar el acto de «matar al niño».

Violencia metodológica: Expulsar al niño y el Otro completamente otro

El trabajo sobre la sombra incluido en este volumen (capítulo 2) comienza con la noción de Jung de que la integración de la sombra es la pieza de aprendizaje psicológico, mientras que el trabajo exitoso con el ánima debe considerarse la obra maestra psicológica. Jung probablemente veía esto en términos de desarrollo personal, del proceso de individuación, pero hay buenas razones para dejar atrás una visión tan personalista y egoica en favor de la noción de la psique objetiva y proceder a comprender la tarea de integrar la sombra y de llegar a un acuerdo con el ánima como las dos etapas iniciales del hacer psicológico, la autorrealización propia de la psicología. La vida del alma no trata de nosotros, de las personas, de los sujetos humanos; trata de sí misma, de su realización objetiva de su concepto y, por tanto, de su devenir psicología. En lugar de ver el trabajo sobre la sombra y el ánima como la aplicación de la psicología a dos temas diferentes, lo que trataría a la psicología como una especie de «readymade», deberíamos ver en este trabajo etapas de la producción lenta y primeriza de tal cosa como la psicología. La psicología no puede aplicarse al trabajo de la sombra porque, a la inversa, es la sombra la que trae el primer indicio de una conciencia psicológica. La psicología está aquí todavía en formación, en proceso de elaboración, en una fase preparatoria. Cuando esta primera formación de la psicología como aprendiz se ha completado, la psicología avanza a la condición de oficial. Pero esto no implica en absoluto que haya terminado con su formación, porque, si seguimos a Jung, ahora tiene que prepararse para su obra maestra, el abordaje de la realidad psicológica llamada «ánima», «alma». Sólo una vez resuelta esta etapa (o mejor, absuelta, en el sentido hegeliano del término) puede hablarse de psicología propiamente dicha.

Pero no todo comienza con este programa de formación en dos fases. Hay algo previo, que es el verdadero comienzo. Para seguir con nuestra metáfora de la formación, podríamos llamarlo examen de ingreso, procedimiento de cualificación. El candidato, la «psicología-a-ser», tiene que demostrar que cumple el prerrequisito para el programa de formación, para el encuentro, primero, con la sombra y, después, con «el ánima». Se trata de un prerrequisito irrenunciable. Es una condición sine qua non. ¿Qué es lo que tiene que demostrar el candidato? Que para ello «el niño» ha sido asesinado, completamente abandonado, de modo que «el niño» simplemente ya no es un tema. Mientras el niño esté vivo, y aunque sólo sea en el fondo de la mente, la psicología no tiene ninguna posibilidad. Por supuesto, esto hay que explicarlo. Sin embargo, antes de entrar en la discusión, permítanme recordar que ya en 1971, James Hillman dio su conferencia en Eranos titulada «Abandonar al niño»,2 y que incluso antes, Jung expresó en repetidas ocasiones, aunque sólo de pasada, su idea de que «el niño» necesita ser dejado atrás. Citaré sólo un pasaje sobre un aspecto del problema, a saber, la preocupación de la psicología por el tema de la infancia y los niños.

En cuanto a la pregunta sobre los niños, ha habido en las últimas décadas tal ruido sobre los niños que a menudo me rasco la cabeza en una reunión y digo: «¿Son todas comadronas y enfermeras?»… Dejen en paz a los pobres niños…. La psicología no es un curso introductorio para enfermeras… (CW 18 § 296 f.).

Es pertinente que este pasaje esté muy cerca de ese otro, revelando uno acerca de dónde se situaba Jung, por contraste («Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» § 279).

En este contexto metodológico, «el niño» no se refiere, por supuesto, al bebé humano real,3 , ni al motivo arquetípico del niño en los mitos, cuentos de hadas y sueños, sino a una orientación lógica, el niño como imagen-concepto. Es necesario mantener «el niño» en este último sentido, como la sintaxis de la conciencia, o una posible forma general de pensamiento, aparte de las muchas y diversas instancias semánticas de «el niño» en el sentido de fenómenos particulares o contenidos de la vida del alma, experiencias humanas específicas. Aquí, en nuestro contexto, el «niño divino» tal como lo discuten Jung y Kerényi, el «niño del alma» de la alquimia que surge de una «cópula superior» y un «embarazo psíquico» (OC 16 § 465), «El tiempo como un niño jugando a un juego de mesa» de Heráclito (Frag. 52, Diels-Kranz), el «niño» de Nietzsche como la tercera de las «Tres metamorfosis», por mencionar sólo algunos ejemplos, todos ellos no desempeñan ningún papel en mi discusión. Tienen su propia dignidad en sus propios contextos.4 Pero aquí sólo me preocupa la cuestión metodológica (no fenomenológica) de cómo una conciencia no psicológica puede convertirse en una conciencia psicológica, es decir, con «el niño» como nombre para la sintaxis general de la conciencia moderna ordinaria.

Si todavía nos mantenemos bastante cerca de la observación fenomenológica, «el niño» en este sentido significa:

– en primer lugar, la inocencia, la ausencia de heridas, la protección, la inofensividad («babe in the woods»), la imagen de lo intacto, la idea de totalidad, de unidad con uno mismo y, por extensión, de continuidad imperturbable;

– como tal, es, en segundo lugar, egocentrismo, egoísmo;

– significa, en tercer lugar, incrustación y contención en el significado, o mejor dicho, ese sentimiento de estar fundamentalmente contenido, que en sí mismo es de lo que trata el «significado»;

– «el niño» trata, en cuarto lugar, de no ser tocado por la necesidad y la responsabilidad; «el niño» quiere jugar en absoluta despreocupación; se guía por el principio del placer; «el niño» desea, desea, sueña con el futuro; espera; desea.

Lo que se desprende de estos rasgos es que el concepto de «el niño» representa, de forma imaginada, el principio de la lógica de la exterioridad y la alteridad y, por tanto, de la positividad lógica.

Puede parecer sorprendente que atribuya positividad al «niño», ya que la descripción que he dado consiste sobre todo en negaciones: in-nocencia, no-herida, no-daño, no-tocamiento, no-cuidado. Pero en cada caso, lo que se niega es la propia negación o lo negativo (daño [nocere], herida, perjuicio, preocupación, restricción por necesidad o responsabilidad). De todos modos, la positividad no es algo literalmente positivo, sino la negación misma de la negación, la exclusión sistemática de lo negativo, del «no» y del «un-«. «El niño» (recuérdese que no hablo del niño real, empírico, sino del concepto) es lo que es porque lógicamente mantiene lo que podría herirlo, lastimarlo, agobiarlo y limitarlo, es decir, negarlo, a priori fuera de sí mismo. Es la estructura de la exterioridad, de la alteridad. Es esencial al «niño» tener su propia restricción, limitación, prohibición, «deber» en los otros literales, sus padres. Es niño porque tiene padres que cargan con toda la responsabilidad, cuidado, autoridad, sentido de obligación, etc. por él. Puede guiarse por el principio del placer porque tiene su propia relación con la seriedad y el carácter de necesidad de la vida «ahí fuera» en sus padres.

Esto significa que el egocentrismo y el egoísmo característicos del «niño» no son en absoluto indicativos de que tenga la estructura del yo. Lo que es verdaderamente un yo, la autorrelación urobórica, no es egoísta ni egocéntrica. El egoísmo requiere y conlleva la relación (excluida, ocluida) con el «otro». En la vida social, el egoísmo se manifiesta, por ejemplo, en la explotación y la imprudencia hacia los demás. «El niño» necesita a sus padres. Sin ellos, muere. Así que lo que permite al niño ser egocéntrico y despreocupado es precisamente su relación con otros literales que, lógicamente, son realmente otros externos porque se mantienen completamente fuera de la propia estructura del niño. Una situación contradictoria: una relación fundamental con lo que, por esta misma relación, se mantiene alejado en el estatus de alteridad.

El deseo y la esperanza tienen en sí mismos la misma estructura de exterioridad. Tienen su objeto (aquello que desean o esperan) lógicamente fuera de sí mismos. Por lo tanto, son impotentes por definición, al igual que soñar con el futuro. Esto contrasta con la voluntad. La voluntad en sí misma sabe lo que quiere porque quiere los medios reales que se requieren para alcanzar su objetivo. La voluntad está dispuesta a hacer lo que sea necesario. Se obedece a sí misma. Desear, esperar y soñar con algo que sería bonito (coniunctivus irrealis) son actividades que se quedan completamente en este lado, el lado del sujeto, y tienen su objeto absolutamente más allá, fuera de su alcance. Estrictamente hablando, ni siquiera podría decirse que al desear uno pudiera desear la realización de su deseo, porque es propio de la naturaleza del desear excluir de sí mismo la noción de lo real. Si tuviera alguna conexión propia con la realidad, no sería desear.

Cualquier «psicología» que parta de la noción de deseos o anhelos como categoría principal puede considerarse como una «psicología» desde el punto de vista del «niño». Y, por lo tanto, es evidente que si piensa seriamente su propio concepto («deseo»), debe llegar a la conclusión de la inalcanzabilidad fundamental, es decir, lógica, del «objeto del deseo» y toparse con la noción de «lo Otro» (lo irrevocablemente otro), dividido por una brecha insalvable, una diferencia absoluta, una carencia fundamental, porque lo Real ha sido excluido por definición del deseo. Puede llegar a glorificar y celebrar al Otro, ahora absolutamente trascendente, mirándolo con adoración, pero con resignación. Esta glorificación del Otro desde la distancia es lo máximo que una «psicología» del deseo puede conseguir en la toma de conciencia de la alteridad. Sin embargo, en su mayor parte, esas «psicologías» evitan la alteridad por completo, «inocentemente» (sin darse cuenta y sin expresarlo), simplemente manteniendo al «otro» fuera.

Tal postura es obviamente incompatible con una psicología con alma, una psicología definida como interiorización absoluta-negativa. Por eso, en el «examen de ingreso» para la formación del aspirante a psicólogo, el candidato tiene que demostrar que «el niño» (la forma lógica o sintaxis de nuestra conciencia cotidiana habitual) ha sido expulsado, asesinado. Ningún puente conduce de la conciencia ordinaria a la conciencia psicológica, de «el niño» a la interioridad, porque «el niño» se define como lo que excluye sistemáticamente la interioridad; establece la brecha insalvable, es decir, la brecha como insalvable. Quien quiera entrar en el programa de formación para la psicología no puede querer rescatar el núcleo más profundo de la postura infantil como algo precioso e inalienable en las condiciones alteradas de la edad adulta. ¿Cómo lo expresó el Apóstol? «Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño; pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño» (1 Cor. 13:11). Pero la conciencia moderna hizo lo contrario. Se instaló en «lo infantil», habiéndolo destilado y convertido en su forma lógica.

No se trata simplemente de abandonar al «niño». No, sólo se puede empezar si donde uno está ahora «el niño» ya ha sido abandonado, sólo si el deseo, el querer (wishful thinking), la esperanza, el anhelo de rescate y salvación han quedado atrás de forma incontrovertible. Para la psicología, llegar «más allá del principio del placer» no es una meta futura. Estar más allá es su punto de partida, su pasado perfecto. Esta translocación como su acto fundacional debe haber tenido lugar hace mucho tiempo. El deseo no es un concepto psicológico, no es un concepto sobre el que construir una psicología. El alma no desea, no es infantil. Tiene otras preocupaciones. Sólo la psique5 y el ego desean, «el niño» desea.6

Uno de los principales deseos es permanecer firmemente en la unio naturalis, como decían los alquimistas, el punto de vista de la psique subjetiva y el horizonte de los sentimientos y deseos de la persona humana -lo que Jung llamó «el ego». De ahí que los psicólogos junguianos, al enfrentarse a realidades que podrían perturbar o incluso destruir este sentido de unidad, tiendan tan a menudo a recurrir a diversas técnicas para evitar que se produzca esta destrucción. Por ejemplo, ante la espeluznante realidad arcaica de la matanza ritual de seres humanos y animales, se inclinan a dar a esas matanzas sacrificiales una lectura meramente metafórica, privando así a la brutal realidad de su filo psicológico. En el extremo opuesto, frente a la desencantadora y decididamente abstracta civilización tecnológica moderna, proponen cosas como resistirse a «un distanciamiento de la emoción y el instinto», establecer «una relación con nuestras máquinas que incluya el eros, la estética y los ritmos de la naturaleza» y desarrollar «una sensibilidad hacia esas cosas» que «mantendría la tecnología dentro de los límites de la preocupación humana» y, en última instancia, daría lugar a «una tecnología más humanizada».7

Las técnicas utilizadas en este segundo caso son dobles. La primera consiste en un intento de reimaginar, a posteriori, nuestra experiencia real de la tecnología con el fin de absorber lo primordialmente extraño en el horizonte de nuestros sentimientos y expectativas humanos o yoicos familiares, privando así a lo extraño de su alienación y de su efecto alienante. El alma objetiva y sobrecogedora se asimila a un concepto subjetivo e inofensivo de alma, un «alma dulce» a la manera en que «el niño» imagina el alma, un «alma» sin crueldad.

La otra técnica es la reducción del fenómeno de la tecnología al de objetos técnicos tangibles o entidades positivo-fácticas (literales) («nuestras máquinas», «tales cosas»), es decir, la reducción positivista de un fenómeno sintáctico o lógico al nivel de la mera semántica.8 Los niños necesitan lo tangible, lo visible o lo imaginable.

Además de estas reacciones más defensivas ante experiencias que pueden amenazar la unio naturalis o «el niño», a muchos junguianos también les gusta afirmar que tienen acceso a un contramundo positivo y sustancial que afirma la unidad primigenia y el profundo deseo egoico de continuidad ininterrumpida. Esta es la solución esotérica, que hoy sigue con frecuencia los pasos de Henry Corbin. El esoterismo es la teoría (o el sentimiento) de que hemos perdido las verdades reveladoras primordiales, pero que es posible recuperar el acceso a ellas mediante el «encuentro con el ángel». Esta postura, en última instancia profética, que opera con la amenaza de la fatalidad y predica el retorno de lo falso al camino correcto como salida, es incompatible, es más, diametralmente opuesta a lo que defienden la psicología y la psicoterapia: el dedicado y paciente trabajo de destilación sobre la massa confusa (vilis et in via eiecta) para llegar a ser capaz de ver el alma en lo real, el oro en el barro, en lugar de un deseo de desertar y traicionar así lo defectuoso para traer la corrección.9

Todos estos subterfugios están impulsados por el deseo «del niño» de rescatar (o más bien restaurar regresivamente) la unidad primordial del alma consigo misma o el concepto «dulce» de alma del ego o del niño.10 Pero siguiendo la lógica de los dicta alquímicos del tipo aurum nostrum non est aurum vulgi, podemos decir que «nuestra» alma -el alma en un entendimiento psicológico- no es la del niño, ni la del ego. «Nuestra» alma comienza tras un despiadado distanciamiento de la emoción y el instinto y tras la implacable disolución de la unio naturalis.11 Y así, a propósito de la pregunta de Jung relativa a tantos de sus colegas psicólogos: «¿Son todos ellos comadronas y enfermeras?», podríamos preguntarnos si Jung no habría estado más cerca del blanco si se hubiera preguntado directamente: «¿Son (psicológicamente) todos ellos «niños», identificados ellos mismos con «el niño»?».12

En la realidad ordinaria, los exámenes de ingreso son un obstáculo de una sola vez. Una vez superado el examen, uno es libre de proseguir con la formación o los estudios propiamente dichos, dejando atrás de una vez por todas el examen de acceso. Mi énfasis en el «pretérito perfecto» en relación con el examen de ingreso en psicología podría incluso intensificar esta sensación de obstáculo único, un obstáculo que debería haberse superado de una vez por todas. Pero el examen de acceso a la psicología no es un logro temporal literal que hace avanzar a una persona a un nuevo estatus. Como movimiento lógico y metodológico de la conciencia es una tarea perenne, porque cada vez que queremos abordar psicológicamente un tema concreto, tenemos que pasar de nuevo esta prueba (e incluso pasar de nuevo por el «entrenamiento posterior»). No se puede expulsar al «niño» de una vez por todas. Es nuestro estado de ánimo ordinario habitual en la modernidad al que inevitablemente siempre vuelve la conciencia en nuestra vida. Y por esta razón tenemos que pasar por todo el proceso de entrar en la psicología mentalmente desde cero, una y otra vez en cada instancia particular de nuestro esfuerzo por hacer psicología. La noción de «pasado perfecto» no es más que el recordatorio de que la entrada en la psicología no tiene el carácter de una transición, sino de una translocación radical, de un trasplante. Pero lo que quiero decir aquí no sólo se aplica al examen de ingreso. Es igualmente válido para las ideas de Jung de aprendiz (sombra) y obra maestra (anima/animus). Aunque también ellas tienen un lugar en la historia real del alma objetiva, no se refieren meramente a acontecimientos literales de una sola vez, sino que son en conjunto momentos lógicos intrínsecos de cualquier comienzo de un trabajo psicológico particular.

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate («Dejad toda esperanza, vosotros que entráis aquí») es la inscripción, no sólo sobre la puerta del Infierno de Dante, sino también sobre la entrada a la psicología, si ésta ha de ser una psicología con alma. Se podría objetar aquí que en Dante esta inscripción sólo es válida para los que están en el Infierno, mientras que el propio Dante es precisamente conducido más allá, al Purgatorio y finalmente al Paradiso, donde incluso se le permite contemplar la luz más alta. Pero yo sugeriría que es para el propio Dante en su camino a través del infierno para quien esta inscripción está destinada principalmente, Dante que tuvo que aprender como primera lección a renunciar a cualquier esperanza, porque su paso por el Infierno no es un viaje de observación, sino parte de su iniciación; lo que ve no son meros hechos objetivos, sino también un mensaje para él. Esta lección de sobriedad y objetividad fue la base y la condición previa para su posterior viaje hacia la plenitud final. Del mismo modo, dejar atrás la esperanza como billete de entrada a su curso de formación no condena a la psicología al opuesto abstracto de la esperanza, la desesperación, al pesimismo absoluto y a la falta de alegría. En primer lugar, no nos preocupan las emociones humanas, ni la esperanza como emoción, ni la desesperación. Nos preocupa la lógica del «niño», a la que pertenece la esperanza en el sentido de postura y modo lógicos; lo que realmente está en juego en este examen de ingreso es simplemente que esta lógica que tan poderosa y persuasivamente informa nuestra conciencia moderna habitual se muestre superada.

Más arriba, al hablar de las psicologías que operan con los deseos y el deseo como nociones fundamentales, puse la palabra psicologías entre comillas. Lo hice porque no son psicologías con alma y desde el punto de vista del alma, sino psicologías desde el punto de vista del ego. Pues es «el niño» lo que está detrás de lo que llamamos «el ego» (en contraposición al yo).13 Los términos «niño» y «ego» son más o menos intercambiables (siempre que nos mantengamos en un discurso metodológico, donde «el niño» se refiere a la sintaxis de la conciencia moderna ordinaria). Es «el niño» el que aporta la autoidentidad abstracta y rígida del ego, una autoidentidad que tiene la diferencia o la alteridad absoluta y literalmente fuera de sí misma porque la diferencia entre identidad y diferencia, el yo y el otro, es establecida por él como alteridad total, oposición no dialéctica: disociación. «El niño» suministra automáticamente a la conciencia la infraestructura de la disociación que todos los movimientos de la conciencia tienen que seguir inevitablemente. Establece e insiste en que uno mantenga las exigencias de la lógica formal de no ambigüedad y coherencia unidireccional.

¿Por qué «el niño» significa disociación y exterioridad? Porque «el niño» sustantiva, cosifica. «Ontologiza», es decir, trata como entidades lo que para un pensamiento psicológico son momentos lógicos en la fluidez de la vida anímica. Practica un pensamiento que establece los temas del alma en analogía con la lógica de las cosas; en otras palabras, imagina pictóricamente. Como éste es su modo, se esclaviza a las ideas o formas de la intuición, el espacio y el tiempo, como su amo supremo, espacio y tiempo que como extensión son pura exterioridad. Si tiene que imaginar «lo otro» en términos de espacio, está necesariamente disociado, allá, separado por una brecha insalvable y para siempre inalcanzable, indecible, impensable, inasimilable.

Por el contrario, el presupuesto metodológico de la psicología es que el alma tiene «lo otro» como su propio otro o como lo otro de sí misma dentro de sí misma, que su identidad es la identidad de la identidad y la diferencia. «Sí mismo» y «otro» no están divididos por una brecha insalvable. El otro es en sí mismo «yo», el alma misma.

El «niño» no puede pensar la ruptura lógica, el hiato histórico, la discontinuidad real, la muerte de Dios o de los dioses, porque -para algunos esto puede parecer paradójico- sintácticamente él mismo es la diferencia y la alteridad, él mismo «el otro» en el sentido de que actúa la diferencia o la disociación, manteniendo constantemente «el otro» ahí fuera y manteniéndose a sí mismo separado y libre de él. Practica la alteridad, y por eso debe -semánticamente- ver las cosas en términos de continuidad, totalidad, crecimiento, desarrollo, mera transición natural y autoidentidad (capítulo 1).

Subrayé que fue la conciencia moderna la que se instaló en «el niño» como su sintaxis. De hecho, esto es peculiarmente moderno. Por mucho que el motivo arquetípico del niño pudiera haber desempeñado un papel significativo en épocas anteriores, éstas no cultivaron «el niño» como forma lógica de conciencia.14 Quizá la prueba más flagrante y arcaica de ello sea la antigua institución del sacrificio del primogénito (véase el capítulo 4), que se remontaba en el tiempo al menos hasta alrededor del año 7.000 a.C. y era practicada por los egipcios, los fenicios, los amonitas, los moabitas, los israelitas, los galos, los celtas irlandeses y otros. «Conságrame a todos los primogénitos; lo primero que abra el vientre entre los israelitas, de seres humanos y animales, es mío» (Ex. 13:2). Muchos de los miles de huesos de niños sacrificados excavados por los arqueólogos van acompañados de inscripciones que identifican a las víctimas como primogénitos de familias nobles. También encontramos reflejos de esta antigua costumbre en los cuentos de hadas (Rumpelstiltskin: «Entonces prométeme, si llegas a ser reina, tu primer hijo»).15 ¿Por qué el primogénito? Creo que la explicación es obvia. El primogénito es, por así decirlo, el hijo al poder de dos: primer comienzo absoluto, promesa de crecimiento, poderosa invitación a albergar esperanzas futuras, afirmación de la continuidad de la propia familia. Al obligar a la gente a matar sacrificialmente a su primogénito, el alma cortaba de raíz una conciencia «infantil» potencialmente emergente. No se permitió que el acontecimiento empírico particular («contenido semántico») del nacimiento de un niño se convirtiera en un símbolo y sedujera así a la conciencia hacia una sintaxis general en términos de «el niño» (continuidad, esperanza, integridad, crecimiento, etc.). Más bien, lo que se convirtió en símbolo fue el asesinato del niño o, más bien, el niño asesinado. Todos los nacimientos posteriores se producirían entonces sobre la base de la matanza sacrificial ya realizada y, por tanto, eran psicológicamente neutros, no problemáticos. La conciencia se había instalado en el «pasado perfecto» del «niño». Antes de que existiera tal cosa como la psicología, ya había pasado el examen de ingreso para ella, aunque sólo en el nivel de la actuación ritual.

El asesinato literal y el propio otro

Al desarrollar su concepto de «la sombra», Jung estaba claramente más allá del Otro totalmente otro que es inherente al «niño», aunque normalmente esté totalmente oscurecido. La sombra, por su propio concepto, está inseparablemente unida a aquello de lo que es sombra. Es el mismo sol que a la vez ilumina a un hombre y proyecta su sombra. Esta última puede desaparecer si el sol se va, pero no puede ser enrollada y arrebatada como una cosa separada de la persona cuya sombra es, excepto, como en la historia de Chamisso de «Peter Schlemihl», por el diablo. Ya en 1912, Jung hablaba de la «sombra del alma» (CW 7 § 438 y 439, traducción modificada) y de la «profunda división y desunión del neurótico consigo mismo» (ibíd., cursiva de Jung, omitida en CW). Y en 1934 escribió: «Pero esta ‘otra’ personalidad es precisamente lo que nunca debe perder de vista, pues es su propia antítesis interior….. En la neurosis se esconde nuestro mejor enemigo o amigo» (CW 10 § 359, traducción modificada).

Con la noción de la sombra y la correspondiente visión de Jung de la neurosis hemos avanzado hasta el concepto del propio otro. La sombra no es totalmente otra, absolutamente fuera de nuestro alcance; es nuestro mejor enemigo o amigo, a priori íntimamente conectado. El concepto de sombra equivale, pues, a la primera interiorización del otro. Y así se alcanza el terreno a partir del cual puede comenzar el propedéutico de la psicología, pero todavía no más.

A pesar de la interiorización, aquí sigue habiendo un otro, y este otro sigue siendo realmente otro, pero ya no absolutamente disociado, dividido por una brecha insalvable. Para ser exactos, sólo empírica o experiencialmente es otro, mientras que lógicamente ya es uno mismo. Una identidad lógica -literalmente el sol, psicológicamente en última instancia el alma- a priori supera aquí la brecha experiencial de la alteridad o diferencia, abarcando y manteniendo sus dos extremos dentro de sí misma. Y, a la inversa, es esta discrepancia interna del alma entre la alteridad experiencial (como identidad desconocida, no realizada) y la identidad realmente imperante, o la discrepancia entre la (in)verdad empírica -y, por tanto, explícita- y la única verdad lógica implícita, la que proporciona un malestar interno que espolea la vida del alma para superar su propia discrepancia interna, su desunión consigo misma, es decir, para alcanzar también empíricamente su verdad lógica. Este proceso tiene la forma de una integración gradual de la sombra-como-lo-otro en la conciencia empírica, pero esto, sin embargo, no debe entenderse como una simple subsunción o embolsamiento de la sombra, una especie de almacenamiento en la conciencia como un recipiente dado, sino como un movimiento dialéctico, contradictorio, por el cual, en la medida en que la sombra se integra empíricamente y se interioriza en la conciencia, esta última se aproxima a la primera y se asimila a ella (vuelve a casa plenamente), transformándola así.

Cabría esperar que esta interiorización se produjera en forma de acercamiento y de una voluntad cada vez mayor de abrazar al otro. Pero nada más lejos de la realidad. La interiorización, la integración, se produce como lo contrario de sí misma, como una lucha violenta contra el otro, es más, en forma de matarlo. Es el ego o «el niño» el que imagina un proceso de unificación que adopte la forma de un intento de acercamiento, la forma de una reconciliación, tal vez incluso de amor. Este pensamiento es coherente con las leyes de la lógica formal y las reglas que son válidas en la esfera de la positividad. Pero el alma no es nada positivo. El trabajo del alma es un opus contra naturam. Siendo ella misma absolutamente negativa, también tiene que realizarse a sí misma y a sus proyectos de forma negativa, moviéndose en la dirección opuesta. La sombra sólo puede llegar a la conciencia si ésta hace todo lo posible para mantenerla fuera o incluso para deshacerse de ella. La resistencia, la violencia o, por el contrario, la huida es el modo que tiene el alma de acercar los opuestos. Es como si el alma dijera: «Haz la guerra, no el amor».

Esto es así, necesariamente así, porque el alma aspira a una integración psíquicamente real, una integración que, habiendo sucedido de hecho, habla por sí misma y no necesita del buen sentido subjetivo de la gente, de lo que piensen o sientan. Haz el amor, no la guerra es un programa del ego y una expresión de deseo impotente del «niño». Está en las nubes. El alma no tiene sitio para ese idealismo infantil. Se ocupa de su propia realidad objetiva. Quiere una transformación real de la constitución de la conciencia. Y tal cambio no puede llevarse a cabo mediante los sueños altisonantes del ego sobre lo que sería deseable, sino sólo desde abajo, mediante el trabajo cuasi químico del alma con la materia real, un trabajo que es contranatural y una via negativa, un trabajo de negación y, a menudo, de violencia (desmembramiento, pulverización, desollamiento, putrefacción, mortificatio, quema y cocción, corrosión, corrupción, evaporación, etc.) (Capítulo 2).

Podemos llevar estas últimas ideas sobre el trabajo de la negación y la violencia un poco más lejos. Jung afirmó una vez: «Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre».16 ¿Qué implica esto? El avance de la conciencia, el ascenso del alma a nuevos niveles de su propia constitución, exige un alto precio. Hay que pagar un precio real, y la moneda con la que hay que pagarlo es la sangre, el dolor, la pérdida, la destrucción. La guerra es el padre de todas las cosas, decía Heráclito. El movimiento del alma no puede concebirse sin violencia (literal). Los pasos adelante en el desarrollo del alma no ocurren «ahí arriba», en el nivel de nuestros sueños y su análisis, el desarrollo y el refinamiento de nuestra conciencia, nuestras imaginaciones, nuestras percepciones, nuestros ideales, valores y deseos; todo esto son cosas del ego, sólo importantes para la psique subjetiva. Estos avances se producen abajo, «aquí abajo», en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales: las guerras religiosas, las revoluciones francesa, industrial y rusa, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas, los desafíos contenidos en las grandes obras de arte y filosofía. «Estrecho es el mundo, pero ancha la mente. / Los pensamientos coexisten fácilmente, / pero en el mundo espacial las cosas chocan violentamente».17 Para Jung, la vida del alma es, en última instancia, «el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana» (OC 18 § 279). Monstruo, serpiente, carga: lo que pensamos, cuáles son nuestras actitudes, intenciones e ideas, si estamos a favor o en contra, de hecho, si algo sería en verdad deseable y es de hecho moralmente correcto no es tan importante. Es la arrogancia y el egocentrismo del ego o del «niño» creer que «lo que debería ser» es, simplemente porque debería ser, lo importante, que uno podría así como así exportar la democracia y los derechos humanos a sociedades tribales predemocráticas y simplemente exigir paz y un «mundo justo» en manifestaciones, o cantar vanamente «¡Wir sind das Volk! – Nosotros somos el pueblo!». ¡Qué delirios! ¡Qué inflación! Tales demandas abstractas van insensiblemente, indiferentemente por encima de lo real en su materialidad terrenal. Están en el aire y traicionan una falta de respeto fundamental por la gravedad estable de lo que es, los poderes que son, el peso y el poder de lo real. Una falta de humildad y de amor.18

¿Por qué la guerra es, psicológicamente, el padre de todas las cosas? Porque las fuerzas reales contenidas en una situación dada tienen que tener su libre interacción, y eso en la realidad brutal, no sólo en la mente. Tienen que luchar. La naturaleza somete a la naturaleza. En su batalla consigo misma tiene que salir a la luz más allá de toda duda qué es precisamente lo que ha sido derrotado y que realmente lo ha sido y, por tanto, ha quedado obsoleto, y, a la inversa, qué es lo que ha salido victorioso. Igual que la vida en la evolución biológica, así el alma en su movimiento histórico progresa por el camino difícil, a través de muchos errores, pérdidas, víctimas, mucho despilfarro y sufrimiento sin sentido. No hay atajo fácil, no hay plan maestro, no hay ruta ideal directa a la meta, de hecho no hay meta clara en absoluto, sino sólo una agitación inquieta y un enraizamiento del espíritu hacia niveles superiores. Lo que los alquimistas llamaban «naturaleza» y nosotros llamamos alma o psique objetiva no se deja impresionar por lo que está bien o mal, por lo que nos parece razonable y justo y queremos prescribir para su desarrollo. Y no necesita nuestra sensatez, nuestra mentalidad inocente y bondadosa. Funciona por sí misma, por debajo de nuestras emociones, anhelos, nuestras buenas acciones y designios (aunque a veces incluso a través de nuestras emociones y designios egocéntricos como sus instrumentos). Además, no tiene prisa; puede vivir durante siglos con ciertas heridas abiertas, con problemas o conflictos sin resolver antes de acabar resolviéndolos.

Este tema general fue con el que Jung luchó en sus últimos años en su crítica a la Trinidad y su defensa de una cuaternidad. Jung desarrolló un claro sentido de la necesidad de bajar a la tierra, de ver y honrar lo Real. Y a la inversa, vio el peligro de quedarse en la esfera de la idealidad. El problema con (y el grave error de) sus ideas sobre este tema es sólo que proyectó lejos de la tierra y hacia el cielo arquetípico precisamente el tema de bajar a la tierra, de la Sombra como Cuarto, de la tierra y la materia, y del Mal. En otras palabras, lo proyectó paradójicamente fuera de la propia psicología hacia su mitología y, por tanto, hacia el país de las nubes. Semánticamente, insistió en la Sombra y la materialidad de la tierra, pero sintácticamente, se protegió a sí mismo y a nosotros de esta insistencia encajonando el problema de forma segura como uno de la Divinidad («la Sombra de la Divinidad»). De este modo ocultó con éxito el hecho de que de lo que estaba hablando en realidad, aunque involuntariamente, era de la propia psicología o «el alma» (ya que cualquier discurso psicológico siempre habla sólo de la propia psicología, es decir, del logos de «el alma», no de otra cosa, ni de las personas, ni de los dioses, ni del universo, etc.). Así, al hablar de la sombra de Dios, en realidad se refería a la sombra o a la crueldad del «alma», a su terrenalidad, a su realidad, a su materialidad, a su inmersión en el proceso histórico real, social, económico, intelectual. Jung estaba obviamente impulsado a dar expresión de hecho, pero involuntariamente, a un punto de vista que tendría que ser llamado materialismo psicológico, pero inmunizó a la psicología contra dejar que este punto de vista volviera a casa por sí mismo, metiéndolo reductivamente, y archivándolo, en sólo un contenido muy especial de la psicología, la imagen de Dios. Jung estaba realmente preocupado por aquello de lo que acusaba (¡falsamente!) al cristianismo y a la Trinidad, el punto de vista psicológico de un mundo superior, meramente ideal, de pensamiento abstracto que sólo era luz sin oscuridad. Y tenía razón en estar preocupado por ello. Pero al mitificar este problema, él mismo allanó el camino para la abstracción y la libre flotación de la psicología junguiana que vino después de él, una psicología de mitificadores19 vendida a «lo imaginal» y «los dioses (o más bien ‘Dioses’)». ¿Qué es «lo imaginal» (en su forma, no en su contenido) sino precisamente ese mundo puramente superior, puramente «blanco», por el que Jung atacó a la Trinidad cristiana, un mundo sin tierra ni materialidad, en otras palabras, que tiene lo Real fundamentalmente fuera de sí mismo, de forma parecida a como los conceptos abstractos tienen su referente fuera de sí mismos (aunque de forma diferente)?

La pregunta es: ¿dónde está «el alma»? ¿Está en las imágenes arquetípicas, en última instancia intemporales, o está en el proceso histórico real, en la economía, en la tecnología, en la vida realmente vivida? ¿Se refiere la «psique objetiva» a los arquetipos, o apunta a la dinámica lógica inherente que anima lo que realmente sucede o se produce como obras existentes («obras» como, por ejemplo, en «obras de arte»)?

El asesinato como asesinato negado y el otro propio del alma

En el momento en que la sombra ha sido experimentada o concebida, entramos en la esfera de la lógica de «lo otro de sí mismo», de un otro que es el propio otro del sujeto. Por ser «propio», su alteridad se ha interiorizado y ya no se encuentra en el estatuto de la exterioridad lógica. Sin embargo, mientras la situación psicológica se presente como una situación de sombra, la sombra sólo es el otro propio del yo (de la persona empírica), no del alma. Se trata, ciertamente, de una forma de alteridad ya interiorizada, siendo uno claramente el propio otro del otro y no totalmente otro. Pero en la medida en que se trata de la relación entre el yo y la sombra, toda esta alteridad interiorizada, o la «propiedad» fáctica que el otro tiene para el yo, sigue siendo percibida desde el punto de vista del yo; la alteridad y la exterioridad ya no tienen la forma de «el otro», es decir, de un polo de la relación. Tiene la forma de toda la relación misma entre el uno y el otro (ya interiorizado). Ambos opuestos, ego y sombra, por cierto, ya se pertenecen mutuamente. Pero son exteriores al alma. El ego es el alma en forma de alteridad, exterioridad, y como fundamentalmente alienada de sí misma. Esta es, por supuesto, la razón por la que, mientras se trate de la sombra, todavía estamos sólo en la etapa de la propedéutica de la psicología. El terreno de la psicología propiamente dicha sólo se habrá pisado cuando todo el nivel del yo y de la sombra se haya hundido y la conciencia haya descendido objetivamente al nivel del ánima.

Cuando esto ha sucedido, toda la oposición se ha interiorizado en el alma. La conciencia ha abandonado el punto de vista del ego y ahora experimenta y piensa desde el punto de vista del alma misma. La integración completa de la sombra en el ego no significa que la alteridad haya desaparecido. Sólo ha desaparecido la alteridad de la sombra y el ego, pero no la alteridad en sí. Es ella, la alteridad (en lugar de «el otro»), lo que ahora se ha interiorizado, de modo que en el nivel del ánima o del alma el otro aparece una vez más, aunque bajo una apariencia muy diferente, a saber, como el propio otro del ánima o del alma, el ánimus. Sus nombres ya muestran que en el fondo son idénticos.20 Y esto, su identidad global, se piensa explícitamente en la noción de la Sizigia. Aparte de la sombra, que era experiencialmente un otro de pleno derecho a pesar de ser ya implícitamente el propio otro del ego, la relación entre animus y anima es ya explícitamente la autorrelación del alma. En ambos lados tenemos lo mismo, alma (anim-). Sin embargo, hay una diferencia (-a frente a -us), lo que crea de nuevo una inquietud que espera la disolución de su diferencia a través de su integración en el otro. Esta es la segunda parte de ahora sobre el hogar del alma.

De nuevo, la relación entre ambos y su acercamiento se produce negativamente, a través de la violencia, del asesinato. El ánimus, en su naturaleza más íntima, es el asesino del ánima. Pero como ahora estamos en la tierra natal del alma y ya no en el nivel del punto de vista del ego, esta matanza ya no es literal, una matanza positiva como en la lucha del ego contra la sombra. El alma en este nivel niega su propia negación y no el otro lado de la Sizigia. “Mata» al ánima, pero sólo matando a su asesino, el ánimus, e incluso matando a su matanza, o mejor dicho, no a ellos, sino a su positividad, porque el ánimus y su poder de matar viven en el ánima, que así deja de ser ánima y se convierte en alma pura y simple o en mente. Una vez logrado esto, la «obra maestra» ha concluido; el adiestramiento de la psicología ha terminado. Ahora puede liberarse a la independencia (capítulo 3).

Lo que he descrito aquí va, por supuesto, más allá de Jung. Hay que señalar tristemente que mientras Jung en su psicologización había dejado claramente atrás «el niño» con su Otro absoluto y era capaz de concebir la sombra (y la neurosis) como «el propio otro,»y si bien además fue capaz de captar intuitivamente que la superación real de la sombra transportaba ipso facto la conciencia al nivel del ánima, al menos en su teorización21 no fue capaz de ser realmente fiel a ese nivel, es más, obstruyó sistemáticamente el camino a su ulterior despliegue y violó su propia percepción de la Sizigia. Ya he tenido ocasión de señalar en una nota a pie de página que estableció el ánima y el ánimus como fundamentalmente diferentes al dejar que sólo existieran en distribución complementaria, el ánima exclusivamente en los hombres y el ánimus exclusivamente en las mujeres, vinculando así ambos al ego. Esto no es sólo una terrible mésalliance. Es sobre todo también un divorcio de su Sizigia. Metodológicamente, significa una recaída, en esta área en particular, en el punto de vista del «niño» y su brecha insalvable, porque ahora el ánima y el ánimus están absolutamente separados, cada uno reservado para un sexo separado. Ya no es posible que se unan. La psicología práctica entonces la segregación; obtenemos una psicología del apartheid. Y al vincular el ánima y el ánimus con las personas (es decir, con los seres positivamente existentes) en lugar de entre sí, la psicología está condenada a ser personalista y atrapada en el positivismo de la falacia antropológica. Se excluye la ulterior interiorización de los contrarios del alma y la interiorización del alma en la negatividad absoluta.

Jung avanzó hacia la comprensión de la sinergia del ánima y el ánimus. Pero no veo que esto le hiciera revocar su anterior visión personalista de ellos. Pero ni siquiera cabe esperar que, como teórico, Jung pudiera renunciar realmente al punto de vista del «niño» y a su absoluta alteridad. En Recuerdos, sueños, reflexiones, es decir, en textos de sus años muy tardíos, encontramos afirmaciones típicas de él que muestran claramente que al reflexionar teóricamente, al hablar como pensador sobre la postura de la psicología, su pensamiento estaba estructurado por la exterioridad «del niño». «La psique no puede saltar más allá de sí misma» (p. 350). «… [L]a psique… en ningún momento ha salido realmente de sí misma….. [No podemos ver más allá de la psique. La ciencia está tácitamente convencida de que existe un objeto trascendental no psíquico» (p. 351). «… [T]enemos buenas razones para suponer que detrás de este velo existe el objeto absoluto no comprendido…» (p. 352). Jung es obviamente incapaz de ver que se contradice a sí mismo y que él mismo está haciendo lo que sus afirmaciones explícita y categóricamente niegan que sea posible. Está planteando y operando con un «más allá» absolutamente inalcanzable. Como científico, está convencido de que existe un objeto trascendental no psíquico. Esta convicción es en sí misma el acto de saltar más allá de la psique. Si Jung se hubiera atenido a su propia afirmación, no podría haber sabido de este supuesto velo y de que existe «el objeto absoluto» tras él. Se trata de una afirmación «metafísica».

Así pues, vemos que hay dos fallos básicos. El primero es que Jung, como teórico, traiciona la interioridad absoluta del alma, para la que simplemente no hay ningún otro real, ningún «fuera de sí misma». Su interioridad es absoluta. Tiene lo exterior dentro de sí. Teóricamente, Jung no fue hasta el fondo del alma en términos de la perspicacia que Hegel expresó cuando dijo: «Es manifiesto que detrás de esa llamada cortina que se supone oculta el mundo interior, no hay nada que ver a menos que nosotros mismos vayamos detrás de ella….».22 Como Jung no siguió avanzando tras su supuesto velo, no llegó al «mundo interior», es decir, no llegó a la interioridad absoluta-negativa del alma. Pero, permaneciendo frente a este velo imaginado, necesitó especular sobre lo que podría haber detrás de él y, en consecuencia, tuvo que imaginarlo (a) como algo externo («fuera», «el objeto absoluto», «el objeto no psíquico, trascendental») y (b) como algo endurecido, rigidizado y sustanciado en «hecho». La exterioridad es el resultado de su negativa a entrar, a dar un paso detrás de su velo imaginario. Jung se reservó.

El segundo fallo es la suposición de que la psique no puede saltar más allá de sí misma, y que en ningún momento ha salido realmente de sí misma. Pero, ¡claro que la psique puede salir de sí misma y saltar más allá de sí misma! De hecho, esta capacidad es una de sus características esenciales. Es muy normal. Lo normal es que partamos del punto de vista de la exterioridad, la positividad, la pragmática de la vida cotidiana y la voluntad de supervivencia del «ego» (en el sentido más amplio de la palabra) y tengamos que hacer un esfuerzo consciente para encontrar nuestro camino hacia el alma. ¿Qué es el «ego» sino el alma exteriorizada, el alma que ha saltado fuera de sí misma? ¿Y qué son las ciencias naturales sino la experiencia del mundo desde fuera, desde el punto de vista de la exterioridad total, el punto de vista del «yo»? ¿Qué es la neurosis sino un alma que ha saltado sistemática y deliberadamente fuera de sí misma? ¿Acaso no nos da el propio Jung una demostración perfecta de que la psique se ha salido de sí misma cuando se muestra a sí mismo de pie fuera frente a su velo imaginario sin atreverse a entrar? Incluso tal afirmación de Jung «de que estamos irremediablemente encerrados en un mundo exclusivamente psíquico» (p. 352) está hecha desde fuera y juega con la idea de un afuera. Si uno está realmente dentro, no se siente ni se imagina encerrado, y mucho menos «sin remedio». Sólo quien anhela salir puede hablar así. Pero si anhelas salir, psicológicamente ya estás fuera, te imaginas un exterior habiendo abandonado así la interioridad del alma. Imaginar no poder saltar fuera es este mismo salto. ¿Por qué? Porque interpreta la relación de dentro y fuera no dialécticamente como la yuxtaposición espacial y lineal de dos habitaciones separadas por un velo, mientras que estar verdaderamente en el alma significa pensar en términos de su lógica dialéctica, pensar urobólicamente.

Desgarrar el velo – el proceso histórico real como el otro del alma

El paso de la partida del «niño» a través de la «sombra» y la sizigia del ánima y el ánimus fue un desarrollo enteramente anímico-interior. Lo que presenté con estos grandes pasos fue una descripción de etapas de la génesis lógica de la psicología, el camino hacia su interioridad. Ahora desgarramos el «velo» de Jung, que debía ocultar el objeto, para pasar nosotros mismos detrás de él. El camino hacia el «mundo interior», hacia la interioridad del alma, no es una calle de sentido único, una cuestión de atraer al «otro» desde fuera. Para completarse y realizarse, requiere que nosotros, el sujeto, entremos en la noción de lo externo, de lo otro. Saltamos la brecha, traspasamos la barrera, alcanzamos impúdicamente el más allá; es otro tipo de violencia o violación.

Las ideas de la brecha insalvable, de la barrera, de la diferencia absoluta, del velo o la cortina son objetivaciones de la resistencia del sujeto, es más, del rechazo a entrar (inire: iniciación), del rechazo a arriesgarse y jugarse, a llevar su propio corazón y alma más íntimos a, es más, dentro del objeto. Es su autoconservación subjetiva y el egocentrismo (lógico), así como la timidez (teórica) del «niño», lo que aparece de forma cosificada frente al sujeto como un obstáculo existente, un velo o una barrera. El sujeto prefiere seguir siendo el observador de este lado del objeto de más allá, en el caso de Jung el observador empírico de los hechos psíquicos.

En el momento en que te detienes ante el objeto y, de este modo, proyectas involuntariamente tu propia contención como un velo objetivo, el objeto que se supone que está detrás del velo queda inevitablemente mistificado. Lo que se imagina que está ahí se convierte epistemológicamente en el gran desconocido e incognoscible, lo inalcanzable, el Otro absoluto, el objeto trascendental, y a menudo también emocionalmente en «lo sagrado», la «numinosidad» absoluta de ciertos psicólogos populares. Este «sagrado» emocionalizado moderno es también el resultado y la objetivación de una falta subjetiva de autoabandono, de autoentrega por parte del sujeto (psicólogo), su autointeriorización en el objeto como el otro. «Siempre tienes emociones cuando no estás adaptado. Si estás adaptado no necesitas emociones».23 Del mismo modo, podríamos decir: «Si entras de verdad, no necesitas «lo sagrado»». La interioridad del alma necesita nuestra dedicación, devoción, que abramos nuestro corazón a lo que estudiamos. Cuando esto ocurra, no habrá mistificación, sino verdadera y sobria interioridad.

La verdadera interioridad del alma se alcanza a través del doble movimiento contradictorio (bidireccional) de interiorizar al Otro desde fuera24 y transgredir impúdicamente el límite de la brecha insalvable para entrar en el objeto proclamado totalmente trascendente, el doble movimiento de interiorización y de implacable salida (teórica) en el sentido de una entrega. Sólo así puede alcanzarse la interioridad absoluta, esa interioridad «absuelta», liberada, de la oposición interior-exterior. Mientras veamos sólo el lado de la interiorización, podría parecer que la psicología se ocupa sólo de una mitad de la oposición interior-exterior, de lo interior, y que lo exterior queda ahí fuera. Pero una interiorización o interiorización plena no teme a lo externo. No lo excluye ni se protege de él. Al contrario, se extiende y abarca el objeto real, porque también en él el alma encuentra su interioridad.

Jung afirmó, en lo que llamó expresamente «reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico», que «[l]a individuación no excluye, sino que incluye el mundo».25 Dudo que Jung, en la medida en que era un teórico, estuviera justificado para hacer esta audaz afirmación, porque sólo la afirmó sin ser capaz de decirnos cómo, precisamente, esto podría ser de hecho el caso. No tenía, al parecer, e incluso se negó a adquirir, los medios lógicos para incluir verdaderamente el mundo, como muestra toda su idea del «velo» y del «objeto trascendental absoluto». ¿Cómo podría él, como empirista profeso, alcanzar el mundo? Pero la intención de su afirmación es, por supuesto, exactamente lo que se necesita. El mundo en su más absoluta realidad tiene que ser incluido en la psicología. Tenemos que encontrar el alma en la historia como realidad externa (así como, por ejemplo, en la tecnología, como intenté hacer en mi Tecnología y el alma). Sólo que se trataría de historia real, historia en el sentido de acontecimientos documentados y fechables, instituciones y épocas reales determinables de desarrollo cultural, y no del tipo de historia a la Erich Neumann: una «historia» desarraigada y flotante que en realidad es una construcción teórica abstracta en la que diversos patrones mitológicos se ordenan esquemáticamente en una secuencia de acuerdo con algún principio de ordenación intelectual externo. En lugar de entregarse a lo «externo», a los datos de la historia cultural, obtenemos una subsunción o reabsorción de la historia en imágenes fantásticas positivamente existentes tomadas de la mitología.

Neumann es un ejemplo perfecto de la posibilidad de no incluir el mundo, de una psicología que, envolviéndose por completo en imágenes mitológicas y abstracciones ideales, no se dedica a «lo exterior» como lugar de la interioridad del alma. La psicología es allí el interior abstracto, disociado, que tiene el exterior fuera de sí. Una verdadera psicología en el espíritu de la alquimia trabaja la materia, las sustancias reales.

Mi discusión sobre el animus como asesino del ánima en el capítulo 3 es ahistórica. Permanece únicamente dentro del material imaginal (principalmente cuentos de hadas) y, por lo tanto, muestra un desarrollo progresivo que permanece enteramente interno al alma. Es una descripción de la pura lógica de un aspecto de la vida lógica del alma. Esto no quiere decir que no se puedan correlacionar las etapas descritas con ciertos periodos reales de la historia, pero éste no es el objetivo de la discusión. El capítulo proporciona el patrón dinámico general de la relación entre animus y anima, de modo que si uno examinara cómo se relaciona esto con la historia real, probablemente encontraría ejemplos de diversas épocas para la misma etapa del patrón lógico.

A partir del capítulo 4, sin embargo, el alma sale del hortus conclusus de su vida lógica interna y se abre a la historia real, como de hecho ya se había hecho en cierto modo en los capítulos 1 y 2 sobre el niño y la sombra, respectivamente, en los que una discusión de partes de la vida lógica del alma iba de la mano de un análisis de aspectos de su génesis histórica.

Discontinuidad y negación: la alteridad interiorizada en su concepto

A través de la interiorización del Otro, llegamos primero a la sombra y luego al ánima y al ánimus. Aunque ya interiorizada, la sombra era el propio otro y el animus el otro del ánima, del alma. En otras palabras, en ambos casos seguía existiendo un otro que se sustanciaba de algún modo. Por supuesto, esto ha cambiado con la fusión del ánimus y el ánima, como ya indiqué brevemente y como señalé con más detalle al final del capítulo 3. Con la fusión del ánima y el ánimus, el ánimus y el ánima se han separado. Con la fusión del ánima y el ánimus llegamos a algo que ya no puede ser substanciado y personificado, el alma como mente, una y la misma realidad que es en sí misma dialéctica (en lugar de contener en sí misma dos opuestos substanciados).

Pero hay un modo muy distinto en que el otro, o la alteridad, puede interiorizarse, a saber, en su propio concepto (en lugar de en aquello para lo que es el otro, por ejemplo, el ego o el alma). El resultado es la noción de discontinuidad, ruptura, hiato. El concepto de discontinuidad no es la relación del otro con otra cosa, sino que es él mismo el concepto de alteridad. Que es radicalmente diferente de la idea de «brecha insalvable» (con la que podría confundirse) ya ha quedado claro en la discusión sobre «el niño». La brecha infranqueable nos separa de algo que está totalmente fuera de nuestro alcance, el totalmente Otro, el objeto incognoscible, etc. y, por tanto, protege precisamente el sentido de continuidad a este lado de la brecha. El concepto de discontinuidad, por el contrario, supera precisamente la brecha que plantea al referirse a divisiones históricas, en las que tanto lo que está a este lado como lo que está al otro son documentables, es decir, accesibles a nuestro conocimiento y memoria. Implica un sentido concreto de lo que ha quedado obsoleto, de lo que se ha ido. La discontinuidad es la «brecha insalvable» interiorizada, y la segunda es la discontinuidad exteriorizada, la discontinuidad empujada hacia fuera y hacia la periferia, de modo que el otro lado desaparece totalmente de nuestra visión y la esfera dentro de la periferia se mantiene (lógicamente, no empíricamente) absolutamente libre de discontinuidad, un proceso que se ve muy claramente en la idea de arquetipos o dioses atemporales. Lógicamente, rige la uniformidad. Existe, según esta idea, una aurea catena psicológica ininterrumpida que se extiende desde la Antigüedad hasta el presente. Un corte real, una verdadera muerte de Dios(es), por ejemplo, se explica simplemente recurriendo a la idea de la culpa del hombre, de su olvido. La noción de discontinuidad significa la intrusión del tiempo en la esfera pura de las imágenes en su intacta beatitud, y esto equivale a otra experiencia de violencia. (Capítulo 4 especialmente, pero también capítulos 5-7.)

El otro como espejo

«Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos un punto arquimédico que por sí solo haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (OC 8 § 437, cursiva añadida según el original de Jung). Este es un punto de vista central y permanente de Jung. Despliega una vez más la misma lógica de exterioridad y alteridad que ya conocemos por sus ideas del velo y del objeto trascendental. Aquí se trata de jugar, es más, de operar, con algo que está fundamentalmente fuera de lo psíquico y que es apto para desquiciar cualquier cosa a la que se aplique. Este deseo del teórico Jung de un punto arquimédico es fatal para la psicología, si ésta ha de entenderse realmente como disciplina de la interioridad. Como tal, no puede tener un punto de referencia fuera de sí misma. Debe tener todo lo que necesita dentro de sí misma, incluso su propio punto de referencia y ese otro con el que debe compararse y contrastarse; de lo contrario, no es la disciplina de la interioridad, sino sólo otra ciencia de algo externo. Pero si tiene su punto de referencia dentro de sí misma, éste no puede ser, por supuesto, un punto verdaderamente arquimédico. Jung viola aquí su propia intuición sobre la naturaleza urobórica de lo psíquico, retrocediendo ante la complejidad mucho más elevada de la lógica dialéctica del alma y recurriendo reductivamente a las simples relaciones unívocas imperantes en la lógica formal, esa lógica que rige en nuestro afrontamiento en la vida cotidiana tanto como en la física y las demás ciencias. Quiere una alteridad lineal, la oposición no dialéctica de lo interior y lo exterior. Esto explica su deserción26 de la física moderna, que aceptó como hermana gemela o complemento de la psicología, en la que depositó sus esperanzas, sin darse cuenta de que la alteridad entre la psicología y la física consiste precisamente en su incomparabilidad y se limita a ella, en la medida en que una sigue la lógica de la exterioridad y la otra la lógica urobórica de la interioridad. Es cierto que afirma explícitamente que «la psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma» (§ 421). Exacto, salvo que esto no es una desventaja, y mucho menos la «cosa trágica» (ibíd.) que Jung siente que es, sino más bien su distinción y superioridad lógica.

No obstante, la idea que subyace a las afirmaciones de Jung que acabamos de citar, a saber, que se necesita un medio como otro para reflejarse en uno mismo y para conocerse a través de él, es valiosa. Pero, ¿qué es ese otro para la psicología? Está claro que no puede ser nada externo. Afortunadamente, podemos apoyarnos en otro pasaje de Jung para obtener una respuesta:

… [S]ólo es posible llegar a una comprensión y apreciación correctas de un problema psicológico contemporáneo cuando podemos alcanzar un punto fuera de nuestro propio tiempo desde el cual observarlo. Este punto sólo puede ser alguna época pasada que se ocupó de los mismos problemas, aunque en condiciones diferentes y bajo otras formas.27

El punto de comparación y referencia para la psicología es la historia, las épocas históricas que son realmente diferentes, divididas de nosotros por un hiato histórico y convertidas en obsoletas para nosotros por esta división, pero también conectadas, no totalmente otras, incluso idénticas, en la medida en que es la misma alma la que se ocupó de los mismos temas y de las mismas necesidades internas propias, simplemente bajo las condiciones de anteriores estatus de conciencia, anteriores modos de ser-en-el-mundo. (Podríamos incluir, por supuesto, las culturas exóticas, «tradicionales», contemporáneas del mundo moderno, porque no hacen más que representar lo que es esencialmente, lógicamente no simultáneo, como algo factualmente simultáneo).

(Por cierto, aunque Jung no desarrolla más esta distinción psicológicamente crucial, su frase «bajo diferentes condiciones y en otras formas» en la cita anterior apunta a la diferencia esencial de forma que puede prevalecer entre diferentes manifestaciones del «mismo» contenido semántico. Esto nos proporciona un sentido adicional de «lo otro»: lo otro como sintaxis o forma lógica frente a los contenidos semánticos, lo imaginal, los fenómenos, los símbolos, los mitos, los sueños, las visiones).

Con esta concepción de la importancia de un punto fuera de nuestro propio tiempo, nuestro tema anterior de la «discontinuidad» se vuelve práctico. En este volumen, la psique arcaica, la psique que consideraba indispensables las matanzas sacrificiales y que practicaba la venganza de sangre y se unía en hermandades de sangre, sirve como el otro medio y «punto fuera de nuestro propio tiempo» en el que reflejar nuestra psicología (capítulos 5 y 6). Como continuación de la cita anterior, Jung dijo: «El análisis comparativo que así se hace posible exige naturalmente un relato correspondientemente detallado de los aspectos históricos de la situación» (ibíd.). Para que no se pierda la alteridad radical (extranjería, incomprensibilidad) del otro y para que no retroyectemos nuestros propios sentimientos modernos y nuestras suposiciones aparentemente evidentes al mundo antiguo (una tendencia de lo más natural), es necesaria una especie de translocación de nosotros mismos fuera de nuestro tiempo y una dedicación a los fenómenos, una inmersión en su propia lógica. Conscientes de que el fenómeno psicológico tiene en sí mismo todo lo que necesita, lo que hay que hacer es «cocer» lentamente la materia, una y la misma materia, en la retorta herméticamente cerrada hasta que revele su «espíritu Mercurius» aprisionado en ella. (Para un ejemplo de esta cocción lenta de una misma «materia», véase el capítulo 5, «Asesinatos»).

Huelga decir que la confrontación con costumbres tan arcaicas como los sacrificios humanos y animales, y más aún mi interpretación de los mismos como la fabricación primordial del alma, equivale a un insulto narcisista a la conciencia moderna. Sin embargo, la cuestión no es el choque. Por un lado, es la percepción (intelectual) de lo que nos conecta con el alma arcaica, la percepción de que lo que es incompatible con nuestro pensar y sentir es el suelo mismo del que, tras una larga serie de mediaciones, surgieron nuestro pensar y sentir. Por otra parte, especialmente cuando los motivos arcaicos surgen hoy en nuestros sueños personales o experiencia visionaria, ayudan (en un nivel existencial) a abrir nuestro apretado sentido moderno de identidad propia a la abismal profundidad histórica del alma. Estos motivos nos llegan como un eco desde muy lejos y crean así una sensación viva de distancia interna, extensión, lejanía, extranjería, precisamente porque nos enfrentan a un otro subjetivamente inintegrable,28 que sin embargo es un otro anímico-interno.

La otra como escritura

Como habrás podido comprobar, no tengo ninguna intención sociológica y, por lo tanto, he dejado el mundo de la acción completamente al margen. Desde el punto de vista psicológico, la acción es algo extremadamente complicado…. [Es un hecho irracional…. Por regla general, el psicólogo sólo puede determinar la naturaleza de una actitud….29

Se trata de una idea importante. Lo que aquí se denomina «mundo de la acción» se entiende en el contexto de los ámbitos sociológico, cotidiano-práctico y quizá también político. Las acciones en este sentido caen en su mayor parte fuera de la esfera de competencia del psicólogo, que por tanto haría bien en no entrar en la arena política, en la medida en que es psicólogo (y no meramente ciudadano), aunque sólo sea hablando, comentando o manifestándose. La psicología es políticamente bastante ciega.

Pero hay un tipo de acción que merece la atención del psicólogo. En la psicoterapia moderna es lo que llamamos «acting out», y en el ámbito de la historia del alma son los rituales, el drômena («lo que se hace»). Mientras que el «acting out» es una defensa, las acciones rituales han de entenderse como la autoexpresión primordial del alma, de hecho -ya lo he mencionado en relación con la forma más elevada o profunda de ritual, el sacrificio-, la creación primordial del alma.

Fue James Hillman quien introdujo la noción de creación del alma en la psicología, un gran paso que abrió perspectivas totalmente nuevas para la psicología más allá de lo que se había pensado, debatido y practicado antes. El alma se hace, necesita hacerse. Sin embargo, Hillman introdujo esta noción dentro de una psicología arquetípica o imaginal. El término «hacer» se reservó para «imaginar» (como «ver a través de los dioses») y para ese tipo de hacer que en realidad no es un hacer real, sino un acontecer: «patologizar». Que un hecho real como la matanza sacrificial pudiera ser una auténtica manifestación del alma era algo que obviamente no se podía tragar. El «hacer» sólo se veía en términos de poiêsis, que a su vez se reducía a lo poético y metafórico.

Se trata de una versión inofensiva de la noción de creación de almas. Aunque incluya todo tipo de patologías terribles, lo terrible que tiene en mente nunca es la escritura. Es inofensiva también porque exime así al sujeto de ser actor y agente. También para Jung, los verdaderos autores son las imágenes arquetípicas. Esto muestra la lógica de la exterioridad en acción. Hay un a priori literalizado, los arquetipos (Jung) o las imágenes (Hillman). Que el a priori lógico, un concepto del que ciertamente no podemos prescindir, sea (urobólicamente) planteado y creado sólo en y por el hecho a posteriori de la matanza sacrificial humana sigue siendo aquí inimaginable (y por supuesto es inimaginable, porque como contradictorio sólo puede ser pensado). Para una verdadera psicología, lo a priori tiene que ser interiorizado absolutamente negativamente, involucionado, en su otro, el a posteriori, el acontecimiento real del hecho, a fin de cerrar el círculo urobórico y dar al «hacer» su pleno sentido. Lo anterior, el origen, es resultado y posterior a lo originado por él. Como obra del alma, el sacrificio tiene todo lo que necesita dentro de sí, incluso su propio origen. Es «el niño» el que exterioriza las imágenes arquetípicas como literalmente anteriores, de hecho dioses, totalmente Otros. Así pues, la postura de la psicología imaginal aún no ha trabajado del todo el punto de vista del «niño».

Al excluir, por principio, el hecho de su comprensión de la vida del alma, la psicología imaginal consigue mantenerse en la inocencia del mundo de las imágenes. Se mantiene inmune. Lo que hago en los ensayos de este volumen es un acto violento: Destrono las imágenes intocables como lo que es literalmente anterior y establezco el hecho de la matanza sacrificial como lógica e históricamente anterior a ellas. Los hechos pertenecen al mundo del tiempo; son acontecimientos empíricos. Las imágenes suelen definirse como intocables por el tiempo. Al dar prioridad al acto ritual, traigo a la Tierra las imágenes de un Cielo imaginal.

Debido a la lógica imperante de la alteridad radical y debido a su mirada hacia abajo sobre lo que sucede en la tierra desde el punto de vista de lo imaginal celestial, la psicología arquetípica sólo puede ver el hecho sangriento de la matanza sacrificial desde fuera, y lo que ve es sólo el hecho de una matanza brutal, y punto. Y con razón, en la medida en que la psicología arquetípica imagina cosas, no las piensa. Lo que yo intento hacer, por el contrario, es entrar en el corazón interior del hecho sacrificial y, desde dentro (desde dentro de él como un mundo en sí mismo), explorar su rica vida lógica interna.

El hecho de que lo que yo considero la creación primordial del alma no sea algún acto ritual neutral, sino particularmente el ritual de matar, es por supuesto un obstáculo adicional para tomarlo en serio psicológicamente. Pero tenía que ser matar. En la práctica de los sacrificios se conquistó la condición sine qua non del alma, la negatividad lógica, se logró la primera disolución de la unio naturalis. Matar, si se trata de matar ritualmente y no de matar por emociones humanas y con fines egoístas, es la forma básica del opus contra naturam.

Una mirada atenta al corazón interno del acto sacrificial revela que ya durante las edades arcaicas la vida del alma era dialéctica. La lógica dialéctica no es una adquisición tardía. Estaba presente desde el comienzo mismo de la vida del alma, aunque, por supuesto, sólo implícitamente, completamente inmersa en la lógica dialéctica de los hechos avant la lettre, pero, no obstante, ya dialéctica en toda su complejidad.

Dado que el asesinato del alma es a priori contradictorio (urobórico, dialéctico), puede adoptar dos formas. Puede ser productiva, afirmativa, como el «matarse a sí misma en el ser» del alma y la producción de todo el rico mundo anímico de mitos e imágenes (capítulo 5), pero también puede volverse negativa, destructiva: la matanza del alma también puede volverse contra sí misma, contra sus propios rituales de sacrificios, en última instancia incluso contra todo el mundo anímico. Es, imaginariamente, el animus negando el anima, y concretamente, la superación del politeísmo por el monoteísmo, del mito por la filosofía y la religión (Capítulos 1, 5 [Parte II], 8), y además, la emancipación del hombre occidental por la Ilustración de todo resto de ataduras rituales, ritualista, mítico y religioso (capítulo 5, parte II), y la creación de un hombre lógicamente absolutamente liberado mediante el surgimiento del historicismo y de la propia psicología (capítulo 9, «La alquimia de la historia», parte I, en cierta medida también capítulo 1).

El otro como «lo real»

Al establecer el a priori de las imágenes arquetípicas como totalmente separadas del hecho ritual humano real, se protegió la integridad de lo imaginal. Las imágenes permanecen intactas, extraterrestres, orbitando como nuestros satélites en el espacio exterior. Por la misma razón, la conciencia está encerrada en la irrealidad, en una esfera ideal de formas abstractas (imágenes, fantasías, nociones).

Quiero ilustrar «la importancia de ser serio», es decir, de llegar realmente a lo real, con un ejemplo ordinario y práctico del tipo que puede encontrarse a diario en la consulta. Es un ejemplo de psicología personal. Pero esto no debe inducirnos a pensar que la cuestión que ilustra es predominantemente relevante para el trabajo práctico en la consulta y básicamente un problema en la vida de individuos concretos. En un grado aún mayor, es importante para la psicología de toda nuestra cultura, la psicología de la modernidad como tal, y tiene su lugar en ella. Es un problema de la lógica de la época. Se ha elegido un ejemplo del ámbito de la psicoterapia práctica simplemente porque se puede presentar de forma sucinta.

De niña, una mujer se había protegido de su madre, absolutamente dominante, invasora y despreciativa, reservándose, guardando para sí sus pensamientos y sentimientos, y haciéndose emocionalmente autosuficiente. Lo que había empezado como una reacción estratégica momentánea se convirtió poco a poco en algo automático y con los años se convirtió en su actitud habitual, con el tiempo incluso en su concepto de lo que es una relación vinculante, a saber, una amenaza para la libertad personal y para ser uno mismo, algo degradante. Cuando se hizo mayor, y más tarde, durante los años de su edad adulta, se dio cuenta de que la relación de su madre con ella era muy diferente de la de otras madres con sus hijos. A través de la lectura y de sus propias reflexiones, se dio cuenta de lo unilateral que era su concepción de una relación comprometida y de cuántas otras posibilidades de relación existían. Pudo diferenciar considerablemente sus conceptos de lo que significa una relación y corregir su anterior visión extremadamente estrecha.

Pero fue en vano. Sus numerosos intentos de entablar una relación fracasaron. Se dio cuenta una y otra vez de que era utilizada como pilar de fuerza por cada posible pareja, que siempre resultaba ser débil y más necesitada de una nueva madre que de una pareja. Ninguno de ellos parecía darse cuenta de que ella tenía sus propias necesidades emocionales y deseos de una relación, y esto, por supuesto, se debía probablemente al hecho de que ella misma se definía como autosuficiente.

¿Por qué la diferenciación real de sus nociones sobre las relaciones, la superación de su estrecho concepto anterior, no supuso ninguna diferencia; por qué su antiguo concepto la dominaba a pesar de haber sido superado?

La negación del antiguo concepto estrecho y la adquisición de conceptos nuevos enormemente ampliados y diferenciados sobre la misma realidad se referían únicamente a conceptos abstractos, a contenidos intelectuales de la conciencia. Afectaba sólo a la semántica de la conciencia. Pero lo que estaba en juego en el momento en que quiso ser capaz de establecer una relación real y operativa no era el/los concepto(s) abstracto(s) que tenía y mantenía, sino algo totalmente distinto: el concepto de relación que era, que vivía, como el cual vivía: el concepto como sintaxis de su ser.

Una cosa es la ampliación de los horizontes intelectuales y la sofisticación y diferenciación de los conceptos, y otra muy distinta el yo real (¡no el ego!30 ) como concepto existente. La gran cuestión terapéutica de la psicología es cómo se puede alcanzar de hecho el yo real, la existencia del concepto. Con el trabajo sobre las perspectivas arquetípicas, las imágenes míticas y las fantasías de la conciencia, la psicología sólo se ocupa de formas universales abstractas, de potencialidades. Lo Real no se toca; ni siquiera se vislumbra como una cuestión y una preocupación abiertas. Por el contrario, lo que sucede en la psicología junguiana es que se cree que las formas abstractas son en sí mismas la fuente de lo Real: los arquetipos (o imágenes arquetípicas) en su numinosidad son vistos como la causa última. Esto significa nada menos que el concepto mismo de lo Real es succionado del mundo y absorbido por el reino de las ideas y las formas, de lo mítico y lo arquetípico en sí: una desrealización fundamental de lo Real como tal.

En este contexto, recuerdo la importante observación de Sonu Shamdasani de que «‘la realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y que «[s]i hay algo que la psicología y la psicoterapia han demostrado en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver sus vidas (y las de los demás)…».31 En otras palabras, la labor y el logro de la psicología han consistido en gran medida en convertir a las personas reales en constructos abstractos o en seducirlas para que, de hecho, se estilen a sí mismas, aunque sin saberlo, como tales.

La succión del carácter de realidad del mundo y la idealización fundamental concomitante de este carácter de realidad fue incluso elevada por Jung al nivel de una teoría, si no a su programa teórico. El problema que nos ocupa aquí -el problema del yo real como concepto existente frente a conceptos abstractos o construcciones e imágenes- podría formularse, en lenguaje mitológico, como el de la relación entre el Cielo y la Tierra. Lo que en el mundo arcaico se consideraba el Cielo es para nosotros hoy nuestros conceptos y formas, teorías e ideas. «La Tierra», por el contrario, es en nuestra situación mundial el Yo real, el concepto existente.32 Una relación adecuada entre «Cielo» y «Tierra» es psicológicamente vital. Debería ser dialéctica, es decir, su coniunctio y separatio simultáneas. Durante el eón cristiano, el «Cielo» se había convertido en trinitario, la Trinidad. Lo que Jung, con sus especulaciones psico-teológicas, intentó llevar a cabo fue un pensamiento para el que la Cuarta (para Jung, la Tierra, la materia, lo Femenino, el Mal) se integró en la Trinidad de modo que el resultado formara una cuaternidad. Ya hemos tocado este tema anteriormente, pero tenemos que retomarlo en nuestro contexto actual una vez más.

Sin reservas, Jung aprobó, incluso aclamó, el nuevo dogma católico romano de la Assumptio Mariae, que él mismo describe como proclamación: «María, como esposa, está unida al Hijo en la cámara nupcial celestial y, como Sofía, a la Divinidad» (OC 11 § 743). ¡En la cámara nupcial celestial! La Cuarta, «la Tierra», es impulsada hacia arriba. Ahora todo sucede arriba, en el cielo, «donde «nada impuro» entra, muy por encima del mundo devastado. La luz se asocia con la luz» (ibíd.). Todo sucede como un espectáculo cerrado e inmunizado allí arriba, ya no entre el Cielo y la Tierra. El «Cielo» ya no tiene que bajar a la «Tierra» para fecundarla. Ya no tiene Otro real. La elevación del Cuarto, la «Tierra», al «Cielo» implica que el Otro del «Cielo» se ha integrado en (tragado por) el propio «Cielo», de modo que, lógicamente, sintácticamente, ya no tenemos la auténtica estructura 3+1, sino simplemente 4 en un mismo nivel.33 ¿Por qué el Cuatro tiene arquetípicamente la estructura 3+1 en primer lugar? Sólo porque el Cuarto tiene que estar realmente (sintácticamente) fuera de los tres, no ser uno de ellos, su verdadero otro, en un nivel diferente, una categoría o especie verdaderamente otra. Con el movimiento de Jung, la «Tierra» ya no es algo por derecho propio frente al «Cielo». Ya no es el lugar en el que él, el «Cielo», podía hacerse real (en el sentido de la Tierra): realmente productivo, procreador a través de su matrimonio con la «Tierra». Más bien, la «Tierra» se ha vuelto aérea, tan aérea como el propio «Cielo».

Pero éste es sólo un problema. El otro problema es que lo que se ha impulsado hacia arriba ya no es el verdadero Cuarto y una realidad psíquica. Es un Cuarto falso, porque es el Cuarto legítimo sólo de épocas pasadas. La María cristiana y más aún la Tierra mitológica son antigüedades psicológicas. Psicológicamente, son elementos de nuestra «educación superior», meros contenidos semánticos de la conciencia y, por lo tanto, accesorios intelectuales, tal vez emocionales, que pueden moverse fácilmente. No son simplemente verdades reinantes, sino nociones adquiridas secundariamente que adquieren importancia sólo cuando las disparan nuestras necesidades ideológicas y emocionales subjetivas. Lo que hoy equivale a la Madre Tierra de los tiempos arcaicos y -como equivalente real y como forma actual de «la Cuarta»- de hecho tiene realidad psíquica, es el Yo real.34 Aquí es donde está el verdadero lugar de la acción del alma. No con las rancias verdades de antiguas situaciones del mundo,35 por muy bellas que sean estas reliquias semantizadas. ¡Hic Rhodus, hic salta!

Pero con la translocación de Jung del hieros gamos al cielo, el yo real se ha quedado psicológica o «metafísicamente» sin trabajo, enviado a la jubilación, privado de toda razón de ser. Se reduce a ser una especie de espectador de un programa de televisión arquetípico como pasatiempo psicológico, reducido a un mero observador y adorador de los misterios arquetípicos autocontenidos, que es, por supuesto, también la definición explícita de Jung de religio. Como espectáculo televisivo imaginal (¡detrás de la «pantalla de televisión»: el «velo» de Jung!36 ), todo el problema de la coniunctio y el hieros gamos se ha vuelto intrascendente, irrelevante: mero entretenimiento psicológico, una especie de telenovela arquetípica o -otra posibilidad- una ideología sectaria, pero en cualquier caso aislada de lo Real.

Todo este planteamiento, que empuja «la Tierra» hacia arriba y hacia el «Cielo» e ipso facto libera absolutamente al yo de ser un participante esencial en la coniunctio (en lo que realmente cuenta) y lo libera para el entretenimiento y el juego, está evidentemente al servicio de la lógica «infantil» de la alteridad radical. El yo absolutamente liberado37 se ha hecho real a la vista de todos en la forma de la civilización actual, la era de los medios de comunicación. Se manifiesta sobre todo en la forma más avanzada y abstracta del capitalismo, en la nueva definición del hombre como «surfista» y en la industria del entretenimiento (cultura pop, turismo, TV, «Game Boys», política, deportes, marchas de manifestación, event-ism).38

La existencia, el concepto existente, el Yo real, queda ahora completamente al margen, pero es precisamente aquello para lo que todas las formas, imágenes e ideas están realmente destinadas y a través de lo cual únicamente podrían recibir su razón de ser y su propia realidad. Pues el «Cielo» y la «Tierra» -por seguir con este lenguaje mitológico- sólo son lo que son el uno para y a través del otro, en su hieros gamos y en la simultánea y violenta ruptura de su gamos, en su unión y separación. Solos no son nada.39

No pretendo haber resuelto el problema de la relación de la psicología con lo Real en los pasajes de este libro en que lo señalo (capítulos 5 y 7). Todo lo que he podido hacer es llamar nuestra atención sobre él y su urgencia psicológica. ¿Cómo se puede llegar a lo Real?40 ¿Cómo puede la psicología ir más allá de las imágenes que en principio se ciernen sobre la existencia concreta porque como formas abstractas universales son aplicables a todo tipo de situaciones reales, mostrando así que son intrínsecamente indiferentes y externas a los contenidos reales particulares a los que se aplican? Ésta sigue siendo una pregunta apremiante, pero abierta.

Mi interpretación del relato de Kafka «En la colonia penitenciaria» (Parte II del Capítulo 9) nos da una idea de la dirección que podría tomar el pensamiento psicológico en relación con esta cuestión. Las nociones clave son: el fin de la emancipación de la necesidad; el cautiverio implacable en el propio ser; el estar sometido a la propia ley, inscrito y herido por el guión del aparato penal (¡una clara versión moderna del hieros gamos!), para que la esencia interior de uno se abra a su resplandeciente verdad. No cabe duda: con el Aparato Penal se puede llegar al Yo real, al concepto existente, al Ser. Pero entonces, ¿qué es esto, el verdadero Aparato Penal del alma?

La otra psicología

Empezamos con «expulsar (al niño y) al totalmente otro». Este fue, como traté de mostrar, el primer paso necesario para entrar en la psicología en el sentido de una disciplina de la interioridad. A partir de entonces, todo lo que aparecía como lo otro se percibía desde dentro, desde el punto de vista del «yo» (por ejemplo, nosotros mismos) o del alma, y por tanto al principio parecía ser «otro» en el sentido de algo externo (la víctima sacrificial, el proceso histórico real, el hecho, lo Real, etc.), aunque ya era completamente interno. Pero la perspectiva también puede invertirse: podemos experimentar que el «yo» es en sí mismo lo otro para algún otro. Nos damos cuenta de ello especialmente cuando nuestro mundo occidental es atacado por el terrorismo islámico. Esta experiencia sacude la mente psicológica de su encierro urobórico en sí misma y le recuerda lo limitado de la psicología. En un momento crucial cerca del final del relato corto de Kafka, «El Juicio», el padre del protagonista le dice: «¡Así que ahora sabes qué más había, hasta ahora sólo sabías de ti mismo!». Esta percepción y toma de conciencia es, mutatis mutandis, precisamente lo que la amenaza de atentados terroristas está aportando a la psicología. La psicología, subrayé repetidamente de acuerdo con los puntos de vista de Jung, no debe interpretarse como un campo de estudio compartimentado, como un área de especialización junto a los demás campos científicos. La psicología lo abarca todo. Pero no lo es todo. No debe convertirse en totalitaria; esto la convertiría en ideológica, en un sistema de creencias, cuando no en delirante. La psicología sólo es omnicomprensiva dentro de sí misma. Por lo tanto, también tiene un exterior, su propia frontera externa, su propio otro literal. Tiene que tener su otro real porque la psicología se constituye a través de la exclusión sistemática de la exterioridad como tal. En la sección anterior sobre «El otro como hecho», oímos decir a Jung que la psicología excluye «completamente» «el mundo de la acción». El terrorismo, como he sugerido, es apto para recordar brutalmente a la psicología su otro excluido y, en particular, el mundo de la acción.

Aunque el terrorismo sacude a la psicología de su indispensable punto de vista y método de la interioridad y la catapulta a la reflexión externa, y de este modo presagia de algún modo el fin del pensamiento psicológico, también es útil para la psicología en la medida en que impide que la psicología tome literalmente lo que sólo es un punto de vista metodológico y lo absolutice. Si esto ocurriera, la psicología se convertiría en una ideología y la mente psicológica se encerraría en sí misma. El punto de vista de la interioridad urobórica no debe subírsenos a la cabeza. No debemos inflarnos con él.

Por eso, una discusión sobre el fenómeno del terrorismo islámico no debería ser en sí misma una discusión psicológica en nuestro sentido estricto de «psicológico». Este fenómeno no debería absorberse en la interioridad psíquica y en la imaginación arquetípica y mítica del alma. Tal enfoque no sólo perdería el punto mismo de este fenómeno, que es el ataque brutal desde el exterior, sino que la propia psicología también renunciaría a su antídoto contra su propio peligro inherente de volverse inflada y totalitaria. La psicología tiene que ser consciente de lo que hay en el mundo aparte de ella misma y no sólo saber de sí misma. Debe saber cuándo y dónde detenerse. Del mismo modo que «expulsar al niño» marca la entrada en la psicología, el tema del terrorismo islámico nos ayuda a salir de la psicología y a volver a nuestra existencia ordinaria como ciudadanos y particulares en la vida real (capítulo 10).

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1 No debe confundirse con la noción (sustanciada) de Jung del “yo”.

2 James Hillman, “Abandoning the Child”, republicado en James Hillman, Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology (Zürich: Spring Publications, págs. 5-48.

3 Jung insistió en que “la idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico…” (CW 9i § 273 nota), realizando así claramente un corte, una primera forma de “matar” al niño literal para avanzar a una forma de niño psicológico.

4 Por muy legítimas que puedan ser estas imágenes o ideas del niño por derecho propio, tengo que advertir sobre la posibilidad general (y probablemente la realidad no infrecuente) de que, sin embargo, también pueden ser utilizados como máscaras sin conexión intrínseca a su auténtico sentido objetivo, máscaras tras las que se pueden ocultar las necesidades emocionales subjetivas del todo diferentes por parte de la conciencia moderna para mantenerse en ese modo general “niño” que aquí critico y mediante el cual estas necesidades tratan de legitimarse. Jung estaba muy consciente de tal peligro cuando señaló repetidamente que los cristianos con frecuencia tienden a abusar del dicho de Cristo: “Excepto vosotros…convertirse como niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mat. 18:3) para sugerir que deberíamos permanecer niños, lo que Jung consideraba poco ético. De la misma manera, uno puede, por ejemplo, apreciar ostensiblemente la idea del niño de Nietzsche, mientras que en verdad celebra con ella algo muy diferente, a saber, la constitución moderna de la conciencia en términos de “el niño”. Esto equivaldría a ignorar flagrantemente que la etapa del “niño” de Nietzsche presupone otras dos etapas, la del “camello” y la del “león”, que se convierte en este “niño” en un resultado tardío y una esperanza futura (incluso utópica) más que en una idea de comienzo que normalmente está conectada con el niño. Además, en el esquema de Nietzsche es esencial que ya la primera etapa, la del “camello”, implique una desviación radical y un rechazo del “niño” como forma sintáctica ordinaria de conciencia. De manera similar, el motivo del niño ciertamente legítimo en los sueños puede abusarse subrepticia e ilegítimamente como una confirmación del anhelo del ego por “el niño” en el sentido de esta introducción, es decir, por el anhelo propio de continuidad, armonía, inocencia, esperanzas futuras, etc. El contenido semántico específico legítimo es un ancla para toda una sintaxis oculta y en modo alguno legítima de la conciencia.

5 “La psique” es, en contraste con el alma (lógicamente) de otro mundo, esencialmente “partida”, el “comportamiento del organismo”.

6 Por supuesto, en la sala de consulta, el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por lo tanto, debe estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica, es decir, también a las cosas «psíquicas» y del ego.

7 Las citas son de Glen Slater, «Cyborgian Drift: Resistance is not Futile» Spring 75—Psyche and Nature (2006): 171–195, aquí p. 190.

8 En la antigüedad, en el mundo politeísta, en su nivel de conciencia y confrontado con lo que para ellos era el alma objetiva, es decir, la Naturaleza en su crueldad, la gente no cometió este error. Al verse a sí mismos confrontados con dioses en lugar de simplemente con objetos naturales como positividades, se mantuvieron fieles y dieron expresión a la dimensión estrictamente lógica o sintáctica de los fenómenos anímicos experimentados, mucho antes del desarrollo de un concepto explícito de lógica y sintaxis. 

9 Sobre la oposición de estas dos posturas fundamentales y el compromiso del psicólogo con la “masa dolorosa del alma, es decir, la baba y el lodo en su fondo”, cf. La respuesta de Jung a los comentarios críticos de un corresponsal (letras 2, 7 de mayo de 1960, a Anónimo, p. 557). “Estoy… caminando a través de la masa en el fondo del mar, como bien lo dices. Sin embargo, esta masa es la mente humana, como lo ha sido durante varios miles de años. Siendo médico, me preocupan los males del mundo y sus causas… Pero eres un cristiano gozoso muy por encima del fondo pastoso…. Para mí no hay rechazo arbitrario de la locura del hombre… El cristiano gozoso nos dice cómo deben ser las cosas, pero tiene cuidado de no tocar las cosas como son”.

10 Es este concepto el que conduce a un concepto de ánima romantizado y, por lo tanto, a lo que yo llamo psicología «solo de ánima».

11 Esto se expresa claramente en el axioma de Pseudo-Demócrito sobre la naturaleza: «La naturaleza se regocija en la naturaleza, la naturaleza somete a la naturaleza, la naturaleza gobierna sobre la naturaleza» (por ejemplo,CW 9i § 234). Ninguna protección de la inocencia e inocuidad iniciales de la naturaleza, su unidad armoniosa consigo misma. Ninguna resistencia contra un distanciamiento de la emoción y el instinto. Por el contrario: un subdual de la naturaleza, y un subdual no interpretado egoístamente como proveniente de la arrogancia humana, como el trabajo del ego o del «hombre caído», sino como el propio trabajo de la naturaleza (el alma) sobre sí misma.

12 Que incluso el mismo Jung no se liberó, no desear liberarse, del “niño” que mostré en “La psicología como anti-filosofía: C. G. Jung”, Spring 77—Philosophy and Psychology (2007): 11–51, e “‘Irrelevantificación’ o Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre” (inédito).

13 Como sugiere la forma latina de la palabra, “el ego” es un término técnico para una construcción psicológica. Sin duda, en la psicología junguiana es ante todo cosificado, definido como un complejo en el centro de la conciencia. Pero más tarde, Jung también podría hablar de “el ego, es decir, el hombre empírico” (MDR, pag. 346), así como a la inversa de «hombre, es decir, su ego» (ibídem., pag. 337). Si en este último sentido «ego» y «hombre» son expresiones sinónimas, se hace evidente que ego se refiere a un estilo de conciencia completo, a saber, «egoico», un modo del ser-en-el-mundo del hombre. Es la autodefinición (implícita) ordinariamente prevaleciente o constitución lógica del hombre como tal en la modernidad, caracterizada por un pronunciado sentido de autoidentidad personalista, un enfoque racionalista, literal y técnico de la vida y posiblemente, a modo de compensación, una emotividad sentimental. Por el contrario, la palabra “yo” es una palabra del lenguaje ordinario y como tal simplemente se refiere a “uno mismo”, la subjetividad autoconsciente realmente existente sin ninguna otra determinación o definición específica, el concepto realmente existente.

14 Jung afirmó: “Si tratamos de extraer los factores comunes y esenciales de la variedad casi inagotable de problemas individuales que se encuentran en el período de la juventud, nos encontramos en todos los casos con una característica particular: un apego más o menos patente al nivel infantil de conciencia, una resistencia a las fuerzas fatídicas dentro y alrededor de nosotros que nos involucrarían en el mundo. Algo en nosotros desea seguir siendo un niño, ser inconsciente o, a lo sumo, consciente sólo del ego; no hacer nada, o complacer nuestro anhelo de placer o poder. En todo esto hay algo de la inercia de la materia; es una persistencia en el estado anterior cuyo rango de conciencia es más pequeño, más estrecho y más egoísta que el de la fase dualista. Pues aquí el individuo se enfrenta a la necesidad de reconocer y aceptar lo diferente y extraño como parte de su propia vida, como una especie de ‘también-yo’” (CW 8 § 764; Greg Mogenson amablemente me señaló este pasaje). Por mucho que atesore el punto más importante de Jung sobre este equivalente psicológico a la inercia de la materia y su insistencia en la necesidad de reconocer y aceptar lo que es diferente y extraño como una especie de «también yo», creo que ese «apego patente al nivel infantil de conciencia” del que hablaba debe ser visto como un rasgo característico de la modernidad. No es una constante antropológica.

15 Estoy en deuda con Greg Mogenson por este ejemplo.

16 Letters 2, a Serrano, 31 de marzo de 1960, p. 549.

17 “Estrecho es el mundo y el cerebro es ancho. / Los pensamientos viven uno al lado del otro, / pero las cosas chocan fuertemente en el espacio” (Friedrich Schiller, Wallensteins Tod II, 2).

18 El amor es lo que nos permite soportar y abrazar (¡pero no tolerar!) la Sombra, perdonar al mundo o a la vida todo lo que está mal en él, todas sus faltas y deficiencias. El amor es la fuerza para ver claramente lo que es malo y terrible y, sin embargo, para no caer en un espíritu de acusación o depresión. El amor “no es la vida que retrocede ante la muerte y se mantiene intacta ante la devastación, sino la vida que la soporta y se mantiene en ella”. Porque el Amor no establece lo que está mal como un paria, nos permite alcanzarlo lógicamente, y solo lo que podemos alcanzar lógicamente, sólo aquello con lo que lógicamente estamos verdaderamente conectados puede también -quizás- ser lentamente cambiado. El amor dice: Tat tvam asi, este eres tú (para usar este Gran Pronunciamiento del Chandogya Upanishad en un sentido muy diferente de su significado original en la filosofía védica): La sombra, lo que temes, odias, condenas, ese (también) eres tú. Las debilidades, fallas y crímenes de los demás son parte integral de nuestra humanidad compartida.

19 Ignoro aquí el hecho de que la psicología junguiana también tiene una segunda cara muy diferente, la de una empresa clínica personalista más en la tradición de Freud, Melanie Klein y otros que en la de Jung.

20 De hecho, en latín clásico, en San Agustín, en Ficino, por mencionar sólo estos,anima y animus a menudo son intercambiables. En Agustín “tanto ‘anima’ como ‘animus’ pueden aplicarse sin distinción de significado al alma humana…” “Cicerón traduce tanto ψυχή como νούς por ‘animus’” (Léxico de Agustín, vol. 1, columnas 315 y 316). Ficino habla de un “anima mundi” y de un “animus mundi”, a menudo en el mismo párrafo, refiriéndose cada vez a la misma realidad. Fue Jung quien planteó el anima y el animus como fundamentalmente diferentes, porque correlacionó el anima exclusivamente con los hombres y el animus con las mujeres. El hecho de que existan para él en Distribución complementaria los distingue absolutamente.

21 Muy diferente parece haber sido en su trabajo fenomenológico práctico con los documentos del alma.

22 G. W. F. Hegel, Phenomenology of Spirit, trad. A. V. Miller (Oxford, Reino Unido: Oxford University Press, 1977), pág. 103.

23 CG Jung, Nietzsche’s Zarathustra. Notas del seminario impartido en 1934-1939, ed. James L. Jarrett, vol. 2 (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1988), pág. 1497.

24 “Ahí fuera” no es un lugar, sino el estado lógico de la positividad, los “hechos”.

25 GW 8 § 432, mi traducción. La traducción en CW  (“La individuación no excluye a uno del mundo, sino que reúne el mundo para uno mismo”) es simplista y personalista. Reduce la afirmación fundamental de Jung sobre el concepto de individuación a una declaración sobre algo experiencial. Después de todo, Jung dijo esto en una obra cuyo título original es “Reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico [del alma].” En el § 437 habla incluso de “fundamental [prinzipielle] reflexiones.”

26 “Deserción” en el sentido de un movimiento reaccionario, contrarrevolucionario. Jung ya tenía detrás de sí la revolución que supone la psicología. En su entendimiento, ya había avanzado claramente a la lógica de la psicología, es decir, él mismo había realizado la involución de lo lineal en lo urobórico.

27 C. G. Jung, “Prólogo” a su “La Psicología de la Transferencia”,CW 16, pág. 166.

28 La psicología junguiana convencional, por el contrario, trata de tomar tal experiencia de motivos arcaicos como una presencia inmediata y, por lo tanto, como proporcionando inmediatamente un «Significado» arquetípico. De esta manera, estos motivos son explotados por y para el ego, que los banaliza psicológicamente (para darles algún tipo de sentido en nuestro contexto moderno totalmente diferente) o, por el contrario, trata de usarlos como sus propias prendas míticas. La última posibilidad conlleva el peligro de una inflación de la conciencia o de hacer una ideología de tales experiencias (o de la psicología en general). Pero también puede ser una simple autoestilización en el sentido del “real fabricado” de Shamdasani (ver más abajo).

29 Letters 1, 20 de agosto de 1936, a Kurt Breysig, p. 218.

30 Como se señaló anteriormente, el yo, el complejo del yo, en psicología ya es en sí mismo una construcción abstracta que, como tal, pertenece a la esfera ideal-abstracta.

31 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 2003), pág. 10f. (mi énfasis).

32 El uso moderno de las nociones de “Madre Tierra”, Ge o Gaia, Deméter, etc. en el movimiento ecológico nada tiene que ver con lo que era el tema de los mitos antiguos. Los mitos se ocupan de la sintaxis del mundo. Los movimientos ecológicos tratan de la tierra como una positividad y al hacer uso de nombres mitológicos ennoblecedores simplemente emocionan esta positividad.

33 Semánticamente todavía hay una diferencia: la Trinidad “masculina” más la consorte femenina. Pero lo que está en juego es más que una diferencia semántica.

34 Nuevamente, quiero enfatizar que el yo real no es “el ego”, la “personalidad del ego” o el “hombre empírico”, que ya están todos positivisados. El “yo real” no debe ser malentendido personalísticamente, reducido a lo que es la posesión privada del individuo.

35 Se han vuelto obsoletos porque lo que para aquellas situaciones mundiales anteriores era su sintaxis reinante, se ha congelado y reducido a contenidos semánticos. ¿Por qué? Porque la sintaxis experimentó un mayor desarrollo y ahora está en otro lugar.

36 El velo de Jung, por supuesto, no se concibe como una especie de pantalla de televisión. Pero en el momento en que la conciencia interpreta las cosas de tal manera que lo real en última instancia está absolutamente oculto por un velo y la conciencia se contenta con observar imágenes arquetípicas.como “hechos empíricos” de este lado del velo, este velo epistemológico-ontológico se convierte sin saberlo en el fondo absoluto o pantalla de todo lo que se ve y esas imágenes arquetípicas o misterios, igualmente sin saberlo, pero objetivamente, lógicamente, reciben el estatus de no más que “entretenimiento del tiempo libre”, porque por definición están privados del sentido de lo real. Por el contrario, la institución de la televisión es la cosificación concreta y la visualización objetiva de esta postura del “velo” tal como aparece, por ejemplo, también en Jung. Lo que se muestra en la televisión es por el hecho mismo lógicamente trivial, no importa de qué se trate.

37 El yo absolutamente liberado es un yo ausente como yo real.

38 Por cierto, dado que este libro trata sobre la violencia, no debe pasar desapercibido que el entretenimiento es otra forma de violencia, quizás la más grave posible: matar.hora!

39 No existen primero y luego se relacionan entre sí de una forma u otra. Es el acto de su combinación-y-separación eso es lo único que da lugar a su llegada a la existencia. Tienen su existencia en el proceso vivo de su relación lógica. Así que al menos tenemos que hablar mientras nos mantengamos en el nivel de la imaginación mitológica. En realidad, sin embargo, tendríamos que decir que es la imaginación la que arranca sus dos momentos internos de algo que en verdad es sólo lógicamente negativo, sólo movimiento lógico, pura sintaxis, y sustancia, personifica estos momentos para hacerlos accesibles. como contenidos semánticos. Como hieros gamos y su interrupción brutal, su relación o interacción lógica (es decir, el proceso mismo) está igualmente semantizada. Tales son las necesidades de la imaginación.

40 Está claro que el tipo de alcance de la realidad que realizan las ciencias y la tecnología no es el que tenemos que buscar. Es violencia lógica: una subsunción del mundo y de las cosas de este mundo bajo conceptos abstractos o, por el contrario, la imposición de conceptos abstractos sobre el mundo y no una combinación. Precisamente por eso, las ciencias y la tecnología no llegan a lo Real. La “realidad” con la que están tratando ya es en sí misma una abstracción, constructos.

Lo que dice Hillman sobre la fantasia de curación en el tratamiento psicoterapéutico

Logos del alma

“El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma.”

James Hillman

En Re-imaginar la Psicología* James Hillman es claro sobre su postura terapéutica, él, un terapeuta con décadas de práctica a sus espaldas y una de las figuras más brillantes en la psicología analítica, comprende que la busqueda de curación es la enfermedad misma de la psicoterapia pues condena al movimiento patologizador del alma a la oscuridad de la esperanza del tratamiento, encerrando así el proceso de hacer alma en la simple edificación del ego, lo cual es un abordaje incompleto y perjudicial, tanto para el sujeto como para la vida psíquica en su contexto, pues para que el ego se fortalezca primero debe subordinarse al alma de manera libre, es decir intentar estar a la altura del lugar que le corresponde en el aparato anímico.

Hillman dice: “La psicología no existe sin patologización” donde la palabra patologización debe entenderse como la capacidad de la psique de crear morbilidad y sufrimiento como parte de su constante construcción de sí misma, tal proceso es importante pues nos brinda singularidad y “nos proporciona materiales con que construir nuestras vidas normales”. No hay una existencia libre de pathos, pero en la huida constante de este hecho la psicología medicaliza y patologiza la vida cotidiana.

El autor sigue diciendo: “hemos confundido estos tres descubrimientos interrelacionados: lo inconsciente, la patologización y el alma. Creemos equivocadamente que todo el mundo necesita una terapia profesional, como si en ella fuésemos a reencontrar el alma. Pero no es así” y no lo es porque en principio la morbilidad animica es una parte normal de la vida, es aquello que le da movimeinto y contradicción, ademas no se debe olvidar que fueron “Los síntomas, no los terapeutas, [quienes] condujeron este siglo al alma”, fue en el análisis donde la patología se manifesto pero que ese trabajo fue un recipiente no porque lo patológico tuviera que ser tratado sino porque necesitaba manifestarse. Cuando el terapeuta se confunde con un sanador se inmiscuye en un ejercicio dogmático propio de la religión, entonces “Uno acude a la terapia para crecer, no porque esté afligido: como si crecimiento y aflicción se excluyesen mutuamente. Se ha abierto una sima entre el alma y el síntoma”.

Así, dice Hillman “Al atender a mi yo enfermo, me he metido de lleno en la fantasía médica” y entonces surge, como producto, la fantasía de tratamiento, “El tratamiento intenta alejar la patologización, separándola del alma”, no obstante no se debe olvidar que “cuando somos psicológicos con respecto a la patologización, no la estamos tratando; cuando tratamos la patologización, no estamos siendo psicológicos con respecto a ella”, ya que cuando dejamos de lado esta premisa requerimos de recipientes que carguen con la fantasia medica, es decir para sostener la necesidad de tratamiento es una exigencia tener recipientes para la patología, en consecuencia “Al interpretar la fantasía mórbida del alma como patología clínica, el enfoque clínico crea lo que luego debe tratar. Crea pacientes clínicos.”

La terapia de Hillman, en cambio parte de una premisa básica: “Servir al alma significa dejarla mandar; ella nos guía, nosotros la seguimos” e “Intentamos seguir al alma adonde quiera que vaya, intentamos aprender qué hace la imaginación en su locura”, así conservamos la dignidad del síntoma y su autonomía al asumir que:

“Antes de cualquier intento de tratar, o incluso de comprender, los fenómenos patologizados, vamos a su encuentro en un acto de fe, considerándolos auténticos, reales y valiosos tal como son. No disminuimos su valor considerándolos signos de enfermedad médica ni lo acrecentamos considerándolos signos de sufrimiento espiritual. Son caminos de la psique y caminos que nos conducen al alma.”

Por lo tanto, entendemos que la patologia psiquica no es propiedad del sujeto que llega a terapia, sino que es el terreno en el que su existencia se asienta, pero en principio es el alma quien sufre, la psique crea sufrimiento para poder hacerse a sí misma, en consecuencia cuando se desea curar realmente se está intentando deshacerse de aquello que no se entiende, o lo que se teme, de la vida psicologíca, primero despojando de su autonomía, de su otredad, a un fenómeno singular y encerrándolo en la causalidad del individuo para luego fantasear evasivamente con un tratamiento externo que elimine al complejo sintomático. El tratamiento, en realidad no busca remediar la enfermedad sino hacer desaparecer de la consciencia la vida simbólica subyacente. Con ello el sujeto pierde la perla de gran valor a cambio de la tranquilidad de permanecer intocado por su propia existencia.

*Todas las citas corresponden al libro Re-imaginar la Psicología, ed. Siruela, pp. 171-178

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?