La gente cree que tener la capacidad de emitir una opinión asegura su calidad de verdad frente al fenómeno del que se opina. Hoy se es un analista geopolítico, mañana un economista y después un experto en temas de género; se tiene la seguridad impávida de quién está del lado del bien y quién del lado del mal. En esta convicción descansa la importancia personal del ego, que desea moldear la realidad de acuerdo a sus juicios, bajo la ilusión de que lo que se opina es igual a lo que en el fenómeno es pensado. Sin embargo, pensar y opinar son dos cosas distintas e inversamente proporcionales. No obstante, la manía por demostrar que la opinión propia es relevante da cuenta de una concepción común de verdad que implica la necesidad de adecuación del mundo a los criterios personales.
Antonio Machado decia: «Tu verdad no, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Una declaración como, esa en los tiempos de las pos-verdad, es políticamente incorrecta, pues un concepto como éste supone un agravio contra la libertad de pensamiento y, se opina que, es propio de una mente dogmática e intransigente, “¿quién eres tu pensador para declarar que crees en algo?”, se pregunta el sujeto posmoderno con un dejo de desaprobación. De cierta manera la verdad se encuentra es un momento crítico, donde es lo más despreciado y, sin embargo, lo más requerido y tergiversado.
Si bien es cierto que la adecuación del mundo a los criterios personales significa una reducción de la verdad, hay otras formas de concebirla que pueden ser más adecuadas. Jung, por ejemplo, insistía continuamente en que los fenómenos que estudiaba no eran reales sino como imágenes de la psique, lo cual pudiera parecer un detrimento de su cualidad de objetos, empero esto significaba que su realidad era de un orden trascendente a las sustancias positivas, es decir, estas imágenes estudiadas por Jung contenían su propia verdad en sí mismas.
Una verdad contenida en sí misma es completamente distinta al acto de querer sumergir al fenómeno en el molde de la opinión propia, pues entonces es el sujeto quien tiene que someterse a la propia adecuación del fenómeno a sí mismo. Es en ese sentido que Jung podía entender la individuación como el proceso de ser lo que ya se es, o en otras palabra adecuarse a la propia verdad realmente vivida, que es distinta de las opiniones vagas sobre uno mismo, las cuales conforman la condición neurotica. Así, la psicoterapia puede definirse como una labor de compromiso con la verdad del fenomeno presente, ante la cual se subsumen tanto el paciente como el psicoterapeuta, porque es algo terrible ser presa de una enfermedad pero no así servirle a un dios.
Hay algo del prejuicio comun sobre el concepto de verdad en los análisis “psicológicos” que ante la más mínima noticia surgen con un sesudo discurso explicando las circunstancias bajo el manto de la teoría a la que se adhieren, reduciendo la complejidad del fenómeno a las pobres categorías psicológicas en turno. En lo cotidiano es posible hablar, sin sonrojarse, de aquello que no se sabe y pretender que una opinión pasajera puede ahorrar el trabajo y el sacrificio, tremendos, de adentrarse en un tema, lo que no deja de ser una actitud compulsiva y narcisista; pero el psicólogo quizá tendría que apegarse a la máxima que dicta: «zapatero a tus zapatos» y conformarse con la verdad, que no es la suya ni la del paciente o el evento, sino la del pensamiento del propio fenomeno, un pensamiento que se piensa a sí mismo y que exige del acto terapéutico de intentar estar a la altura de dicho proceso lógico.
