Okeanos y la circulación de la sangre
Wolfgang Giegerich, Alemania
Artículo publicado en ‘The Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 233-255
Traducción de Alejandro Chavarria
En su libro H2O y las aguas del olvido, Ivan Illich analiza la historia de la imaginación del agua como materia. El agua no siempre ha sido H2O, como podríamos suponer, acostumbrados a nuestro pensamiento científico. Que haya llegado a ser H2O, después de haber sido una vez agua mítica, tiene una larga historia.
Un elemento esencial de esta historia es, según Illich, la invención de la circulación de la sangre por William Harvey (1628). Porque fue la sangre la que dio origen por primera vez a la idea de que una materia circula dentro de sí misma, una idea que a la larga se hizo esencial también para la planificación de las ciudades. Como muestra Illich, la idea que ahora damos por sentada, de que el agua, al igual que entra en la ciudad, debe salir de ella por sus alcantarillas, es muy moderna. Cito un pasaje más largo del texto de Illich:
La idea moderna de una «materia» que sigue su camino destinado, fluyendo siempre de vuelta a su fuente, era todavía ajena al pensamiento renacentista. El concepto de «circulación» y no sólo su plasmación en la sangre representa una profunda ruptura con el pasado. La novedad de la idea de circulación es quizá tan crucial para la transformación de la imaginación como lo fue la decisión de Kepler de sustituir las esferas translúcidas que portaban un planeta luminoso (en las que Copérnico aún creía) por las nuevas órbitas elípticas recorridas por globos rocosos. La circulación es una idea tan nueva y tan fundamental como la gravitación, la conservación de la energía, la evolución o la sexualidad. Pero ni la novedad radical de la idea de la «materia» circulante ni su impacto en la constitución del espacio moderno han sido estudiados con la misma atención que se prestó a las leyes de Kepler o a las ideas de Newton, Helmholtz, Darwin o Freud.
Los cuerpos siempre han podido dar vueltas alrededor de un centro. El concepto abstracto de movimiento circular se había prestado a influyentes metáforas. La presencia del centro «todo a la vez» en cada punto de la periferia del círculo había sido un símbolo de Dios, del alma y de la eternidad. Muchas escuelas también pensaban que el tiempo transcurría en círculos. El fénix era el símbolo de la renovación por el fuego; Platón describió la renovación cíclica como una inundación periódica. Las almas podían nacer y renacer de nuevo. Pero no se había establecido la conexión entre las «aguas» y lo que llamamos circulación. Antes de Harvey, la «circulación» de un líquido significaba lo que llamamos «evaporación»: la separación de un «espíritu» de un «agua», por ejemplo la destilación del licor del vino, o el proceso de «espiritualización» por el que se suponía que la sangre pasaba a través del tabique (que ahora consideramos impenetrable) de la izquierda a la derecha del cerebro. La idea de una materia que fluye eternamente hacia su propia fuente constituye una importante innovación en la percepción del agua, una transubstanciación de su «materia».
El primer líquido al que se atribuyó la «circulación» fue la sangre ….1
El cambio radical de la imaginación con el inicio de la era moderna que subraya Illich no puede subrayarse demasiado. Este cambio tiene, en efecto, el carácter de una revolución. Significa una transformación ontológica: un cambio del hombre y su mundo en su Ser. No se trata de un mero cambio en las teorías científicas: el mundo mismo y nosotros junto con él nos hemos vuelto realmente diferentes a través de esta revolución aparentemente sólo intelectual.
Pero en lo que respecta a la invención de la circulación de la sangre por Harvey en el siglo 17, me parece que la novedad radical no está exactamente donde Illich la sitúa. En realidad, no es completamente nuevo que una materia, y además el agua, circule en sí misma y vuelva a su fuente. Por lo tanto, la indiscutible novedad revolucionaria del descubrimiento de la circulación de la sangre me parece de otra naturaleza.
Pues la idea de una corriente de agua que circula en sí misma y vuelve a su principio pertenece al acervo más antiguo y universal de las imaginaciones míticas. Es la idea de un océano que rodea completamente el disco plano de la tierra: Okeanos. Originalmente, Okeanos no era un mar propiamente dicho, sino un río, y en consecuencia era masculino, y se le llamaba «Padre Okeanos» en contraste con la ecuación psicológica profunda de mar = el inconsciente = la madre. Es llamado por Homero «el origen de los dioses», «la generación de todo» porque con su inagotable poder procreador había engendrado todo con Tetis, la «madre», la diosa del agua primigenia receptiva.2 Del mismo modo, el océano primigenio egipcio Nun, que, como «Envolvedor del Mundo», rodeaba la tierra, fue denominado «Padre de los Dioses».3 Existe incluso una representación pictórica temprana de la corriente primigenia que rodea la tierra. Un mapa neobabilónico de la tierra de principios del siglo 6 a.c., que sin embargo se remonta a un original del siglo 8 o 9 a.c. y es presumiblemente el mapa más antiguo del mundo en general, muestra el océano primigenio, aquí llamado «Río Amargo», fluyendo alrededor del disco circular de la tierra.4
Kerényi dice del océano primigenio griego: «Sin embargo, Okeanos no era un dios fluvial ordinario, ya que su corriente no era una corriente ordinaria. Incluso después de que todo se originara en él, sigue fluyendo en un círculo en el extremo del mundo, volviendo a fluir hacia sí mismo. Los ríos, los manantiales y los pozos, el mar entero, todos ellos se originan continuamente en su amplia y fuerte corriente. Cuando el mundo ya estaba bajo el dominio de Zeus, sólo a él se le permitió permanecer en su antiguo lugar, que en realidad no es ningún lugar, sino mera corriente, frontera y separación del más allá»,5 al igual que según Hornung la Nun egipcia es la «frontera que abarca el mundo entre el mundo y el no mundo, entre el Ser y el No Ser».6 Okeanos es pura «corriente circular».7
Incluso en Platón, es decir, fuera del mundo mitológico antiguo, encontramos, en un mito filosófico que describe la estructura del mundo y del inframundo, la siguiente afirmación sobre los ríos: «En efecto, hay algunos que se mueven en círculos, se enrollan alrededor de la tierra una o varias veces como serpientes y luego … vuelven a verter. … Así hay bastantes … corrientes, … de las cuales la más grande y la que fluye alrededor como la más exterior es la llamada Okeanos».8
Aquí tenemos con toda claridad la concepción de un agua que vuelve continuamente a su fuente, en una circulación interminable. Incluso el significado etimológico de la palabra Okeanos, derivada del semítico, se supone que es «circular».9 Así pues, la aplicación de la idea de circulación a una materia líquida no puede ser lo novedoso del descubrimiento de Harvey de la circulación de la sangre y lo que provocó un cambio ontológico en el hombre moderno y su mundo. El descubrimiento de Harvey obedece más bien a una concepción mítica muy antigua, a una idea arquetípica, y es, en cuanto a su contenido y forma, francamente convencional.
Sin embargo, lo que hace que la invención de Harvey sea indudablemente revolucionaria debe ser algo más. Lo que es se hace evidente si comparamos las dos ideas: por un lado, la idea de una corriente del mundo, que encierra en el borde exterior de la tierra y como frontera entre el Ser y el No Ser, el mundo y el no mundo, todo lo que es y sucede; por otro lado, un río que circula en el hombre. Este contraste debe completarse con los hechos complementarios de que en la época en que Okeanos abarcaba la tierra, no existía una corriente (sanguínea) circulante en el hombre, y que en la época en que se descubrió la circulación de la sangre, Okeanos ya no fluía alrededor de la tierra circular. Para entonces, la Tierra se había convertido en un globo terráqueo y, a más tardar, con las expediciones de Colón (1492), Vasco da Gama (1498) y Fernando de Magallanes (que fue el primero en dar la vuelta al mundo, 1519-1522), el río que rodeaba y marcaba el límite del disco terrestre se había roto, de modo que la idea de un Okeanos había quedado psicológicamente obsoleta. La brecha a través del recinto hacia lo abierto, hacia el infinito, había sido sellada. De una vez por todas, Okeanos se redujo a un mero océano que, aunque inmenso, ya no separa el mundo del no mundo. En su otra orilla ya no se corre el peligro de caer en la nada; al contrario, se abren ante nosotros otros continentes iguales a los conocidos, el «Nuevo Mundo» (es decir, ¡todavía verdaderamente «mundo»!) en contraste con lo que sólo entonces empezó a denominarse el «viejo mundo». E incluso más allá de la tierra no hay nada, sino la inmensidad de un número infinito de mundos adicionales.
La cualidad casi literalmente mundial de este cambio se hace evidente a través de esta comparación: lo que psicológica o imaginariamente ocurrió a través del descubrimiento de la circulación de la sangre (o lo que se refleja en ella) es la transposición de la idea arquetípica de la corriente primigenia desde fuera del mundo hacia el interior del hombre. En la época mítica, esta idea arquetípica se proyectaba en la realidad cósmica; ahora, en la época científica, la misma idea se experimenta proyectada en el interior del cuerpo humano: el correr de la sangre en nuestras venas se ha convertido en el nuevo portador de la antigua idea mítica. El hombre, por así decirlo, ha incorporado, interiorizado a Okeanos, liberando así al mundo que le rodea del río primigenio que lo rodea. Pero quizás sería más adecuado decir que el hombre es la víctima de este proceso de transposición de Okeanos. En referencia a un motivo mitológico no demasiado alejado del nuestro, el motivo de los cuatro ríos (por ejemplo, los cuatro ríos del paraíso, Gn. 2:10-14, los cuatro ríos que fluyen desde el Monte Meru en la mitología india, los cuatro ríos germánicos que se originan en el manantial Hvergelmir, etc.), David Miller formuló una observación similar: «Cuando el sistema de símbolos mitológicos desapareció en favor de una visión más sofisticada del cosmos, los ríos pasaron a la clandestinidad en el cuerpo humano»,10 concretamente en forma de los cuatro humores del cuerpo en la doctrina medieval de los temperamentos.
La biología moderna «actúa» concretamente este mismo proceso imaginal de la incorporación del océano que Miller y yo intentamos reflejar críticamente. Tiene la misma idea, pero la proyecta en el organismo literal y su entorno. Cree en la interiorización del mar al descubrir una similitud en la composición de los iones del agua del mar y de la sangre (hecho que A. J. Ziegler me ha recordado amablemente) e imaginar, en consecuencia, la sangre como el mar llevado al interior del organismo. Biológicamente, por tanto, decimos que el hombre no se ha independizado realmente del océano como elemento original de la vida, sino que lleva consigo el mar, «en» cuyo medio sigue viviendo en el interior de su cuerpo, en la forma reducida del sistema sanguíneo. La biología, al demostrar científicamente que la idea de la interiorización del mar es un hecho literal, cumple psicológicamente la tarea de completar el proceso de esta interiorización. Ahora la interiorización es una teoría declarada, mientras que con Harvey esta interiorización, aunque ya se había convertido en un hecho, permanecía implícita e inconsciente. Si está «científicamente probado» y es un hecho objetivo, independiente de nuestro pensamiento y arraigado en la realidad de nuestra naturaleza física, que la sangre circulante es nuestro propio «océano» interior, entonces lo derruido psicológicamente de la naturaleza original de Okeanos como la corriente que nos rodea se ha convertido en algo absoluto: reificado, físico.
Esta transformación en la historia del alma es verdaderamente tremenda, porque equivale a una inversión del Ser, a un giro de adentro hacia afuera (o más bien, de afuera hacia adentro). 11Antes, el hombre se encontraba existencialmente en medio de la tierra, rodeado por la corriente primigenia, y se sabía rodeado por ella por todos lados; ¡hoy lleva la corriente de vida pulsante en sí mismo! Es evidente que este hecho dio al hombre una enorme carga o impulso. Pues, en lo que respecta a la psique objetiva, no tiene poca importancia si el hombre vive con la imagen del río de la vida que rodea todo lo terrenal y, por tanto, también su propia existencia, o si vive con la imagen de la corriente de la vida que circula en su propio cuerpo. Cada una de las dos posibilidades da lugar a un modo fundamentalmente diferente de ser-en-el-mundo, a una relación diferente consigo mismo y con las cosas de la tierra, a una orientación esencialmente diferente hacia fuera, hacia el mundo visible y tangible, y hacia arriba, desde la realidad sublunar hasta la esfera celeste superlunar. Cada una de ellas libera el mundo de manera diferente y, al mismo tiempo, establece límites distintos.
Para saber qué significa la existencia en un mundo rodeado por Okeanos, debemos adentrarnos en el imaginario mítico de este complejo de la realidad. Para el mundo griego, me baso en gran medida en el material recogido por los onianos.12 Okeanos no se limitaba a su manifestación como río de agua. Se le imaginaba más específicamente como una serpiente que ceñía el mundo como un cinturón sólido. Ya conocemos esta serpiente por el «Envolvedor del Mundo» egipcio citado anteriormente de Hornung, que era una serpiente, como lo era la serpiente germánica de Midgard que (según Gylfaginning 34) yace en el mar alrededor de todos los países y se muerde la cola. Porfirio comenta en un pasaje de Homero (donde se menciona una asamblea de todos los dioses a la que sólo un dios, Okeanos, no pudo acudir) que Okeanos tuvo que mantener las cosas unidas. Así pues, Okeanos no se limita a marcar la frontera entre el mundo y el no mundo en un sentido estático y geográfico; es, más bien, una fuerza activa y dinámica que puede compararse con el neumático de hierro que rodea una rueda de madera de radios: la faja que ata y mantiene unido lo que rodea. Por eso no puede marcharse, pues tiene una función de la que depende la existencia del mundo. Ya en la época de Séneca, todavía se habla del «vinculum terrarum Oceanus«. El hecho de que tenga la función de mantener unida la tierra nos ayuda a comprender que en otra cultura, en el mundo chamánico de Siberia, la concepción arquetípica correspondiente al océano mundial no se experimenta en la imagen de la corriente y la serpiente, sino como el cinturón inquebrantable y sólido de una cordillera (los montes Altai).
Estar rodeado de Okeanos significaba estar atado. Y, sin embargo, este cinturón también era dinámico: pura corriente, la corriente de los acontecimientos. La conexión entre flujo y atadura en la idea de Okeanos se realiza mediante una asociación órfica. En un mito órfico de la creación, el huevo del mundo es generado por una serpiente que surgió del agua y del limo; y esta serpiente se llamaba Chronos, una palabra que suele traducirse por «tiempo». Okeanos como corriente del mundo, la serpiente como vínculo, y el tiempo pertenecen todos juntos al mismo complejo arquetípico de imágenes, como lo confirman los testimonios de otras culturas. Así, los bantúes, por ejemplo, creen «que el tiempo es una corriente que vuelve a su propia fuente»,13 y los egipcios imaginaron el tiempo sobre todo en forma de serpiente.14 En el pensamiento griego, el tiempo y la serpiente y el arroyo se unen expresamente una vez más en la figura de Aion. Aion es, por un lado, el fluido vital procreador que, como médula espinal e identificado con la psyché, fue igualmente imaginado como una serpiente (cf. la serpiente Kundalini en el pensamiento indio). Por otra parte, Aion era un destino apremiante, un daimon que controlaba la vida, del que resultaba el significado de «vida», «período de tiempo» («eón») y «eternidad». Para Heraclito, Aion es el poder que controla los cambios del mundo. Como daimon se le representa como una figura alada con cabeza de león, pero por lo demás humana, enroscada por una serpiente. Según los órficos, Chronos estaba emparejado con Ananke15 (Necesidad), que también se encuentra alrededor del universo, como creían los pitagóricos.
El tiempo como corriente circulante, por lo tanto, no tenía originalmente el significado que conectamos con las expresiones «idea cíclica de la historia» o «recurrencia eterna» en contraste con una concepción lineal del tiempo. No se trata de una repetición continua, sino de que la existencia humana está ontológicamente aprisionada, por así decirlo, en la vida terrenal en su conjunto, y en cada momento en particular. Todo lo que pasa, todo lo que la corriente de los acontecimientos hace surgir, es apremiante e ineludible. Ananke reduce la existencia humana al aquí y al ahora. Cada presente es su propio Alfa y Omega, al igual que en las culturas rituales la creación del mundo no fue un acontecimiento único al principio de los tiempos, sino el comienzo esencial de cada nuevo tiempo. Aquí no hay un futuro al que el hombre pueda escapar del presente real, ni un pasado al que se pueda mirar como en los buenos tiempos, en los que se suponía que todo era mejor. La serpiente, como daimon inexorable, me enrosca y me sujeta en mi presente. El vínculo que rodea a todo el Ser me obliga a adentrarme cada vez más en cada realidad presente, me obliga a agotar esta realidad en toda su intensidad. No hay salida. No hay escapatoria. Aquí nunca puedo poner en juego una esperanza de futuro contra mi destino real presente, porque la serpiente del tiempo me encierra herméticamente en la experiencia de este destino. Si este destino ha de tener un sentido, entonces este sentido debe nacer del corazón de este mismo destino y dentro de las fronteras insuperables fijadas por la Necesidad; sólo puede revelarse por mi «guiso» en lo que ocurra. Nunca podría estar en un acontecimiento posterior, en un futuro o en un más allá. Si cada acontecimiento del destino no despliega por sí mismo su sentido, entonces no hay sentido alguno.
Así, Okeanos es la imagen por la que el hombre se sitúa expresamente ontológicamente en su naturaleza finita, como mortal en contraste con los inmortales. La idea arcaica, casi omnipresente, de una corriente o serpiente primigenia que ciñe el mundo, una serpiente acoplada a la Necesidad (al menos según el pensamiento griego), no fue en absoluto sugerida por la experiencia empírica. Surgió de una necesidad psicológica: la necesidad de comprometerse implacablemente con la vida en esta tierra tal y como era realmente (y no como podría desearse que fuera). En numerosos símbolos de la vida cotidiana -tanto públicos como privados- y en los correspondientes actos rituales, el hombre arcaico sintió la necesidad de mantener continuamente a la vista su ser atado, en el plano ontológico, por la serpiente que rodea cada aquí y ahora. Como símbolos de este tipo, menciono la banda, la corbata, el cordón, el anillo, la faja, el lazo, el nudo, el yugo, la corona, la tela tejida, el hilo hilado.
Si el poeta laureado recibía una corona, el vencedor una banda o un cinturón, esto no significaba originalmente un honor por un hecho pasado; más bien, era para hacer visible ese vínculo que era inherente al hecho mismo y con el que el vencedor había sido coronado invisiblemente todo el tiempo por el destino, a través de la propia ejecución de su hecho. Una victoria, un logro, se vivía como una banda puesta al hombre por los dioses o por las Parcas, y esta banda se consideraba como una porción de tiempo, un período de su vida, un destino hilado por la Moira.
Al igual que una victoria, también la realeza era una banda que convertía en rey a quien estaba obligado por ella. Vemos que, en general, cada acontecimiento, cada acción se consideraba una obligación vinculante. Si esto es así, no puedo renegar de un hecho que he cometido, no puedo simplemente desvincularme de él («no tenía intención de hacerlo», etc.). El hecho real me compromete con él en virtud de su realidad vinculante. Debo reconocerlo, inclinarme ante él, tal vez deba permitir que me enseñe sobre mi verdadera naturaleza, para vivir en armonía con mi realidad y necesidad.
La diadema con la que se coronaba al rey o al vencedor también nos ayuda a entender el collar que se ponía al cuello de un esclavo, atándolo así a la esclavitud. No hay ninguna diferencia esencial entre la banda de un rey y la de un esclavo. Ambos expresan la obligación inexorable de un destino. En los esclavos, el hombre antiguo mantenía continuamente el paradigma de la condición del hombre concretamente ante sus ojos. La esclavitud era la realización objetiva como institución social de lo que en esencia era la naturaleza ontológica del hombre.16 Esto explica también el hecho de que los que se habían convertido en esclavos se sometieran básicamente a su destino y lo aceptaran, como relata Tácito en su Germania, donde dice que los teutones juegan a los dados con tal temeridad que incluso después de haberlo perdido todo, se juegan, en una última tirada decisiva, su libertad y su vida. El perdedor entra en la esclavitud sin antagonismo. Aunque sea más joven, aunque sea más fuerte, se deja atar y vender. Comprendemos por qué: el lanzamiento de los dados no es un asunto accidental y ridículo, sino que pone de manifiesto la clase de banda que el destino ha puesto desde hace tiempo alrededor de la persona en cuestión. La esclavitud de hecho no es más que la realización externa de una necesidad fatídica existente. Rebelarse contra ella sería una tontería. Un ejemplo especialmente impresionante de este comportamiento y esta actitud se encuentra en la literatura india: el juego de dados del héroe Yudhisthira en la epopeya Mahabharata.
El mandala (que originalmente era el círculo de los Tiempos17 ) también puede verse bajo esta luz, como la imagen de lo que nos ata implacablemente a la corriente de los acontecimientos. Esta comprensión eliminaría el menosprecio y la dulcificación que la interpretación de Jung del mandala como la representación del Sí-mismo ha adquirido con algunos junguianos dentro de una ideología de «autodesarrollo» y «crecimiento» y «plenitud». El Sí-mismo podría volver a entenderse como el reinado de la necesidad inexorable de mi naturaleza sobre mí mismo, y la totalidad o plenitud como el telos, la banda imperiosa de cada porción fatídica de tiempo -no mi totalidad, sino la totalidad de cada momento.
La palabra telos me lleva a otro aspecto del cerco de la serpiente Okeanos. El significado original de telos no era, según los onianos, meta, fin, acto de finalización. Significaba más bien la banda hilada por el destino, la banda que da lugar al cumplimiento de una porción cualitativa del tiempo y que tiene su encarnación visible en la diadema. En el mundo ceñido por un sólido cinturón, cada acontecimiento, cada momento, así como mi vida en su conjunto y el mundo en general, estaban a priori completados, incluso si la finalización real no había ocurrido todavía e incluso sin importar si era un acontecimiento «positivo» o «negativo». Cada cosa, cada momento cualitativo descansaba en sí mismo y, por tanto, descansaba. La franja que rodea a cada tiempo o cosa particular daba a cada acontecimiento una medida y un límite (péras) y hacía que llevara su centro de gravedad, su sentido, en sí mismo.
Sólo por esta razón era posible que el mundo se experimentara como lleno de dioses y animado por seres míticos. La necesidad que ata al hombre a cada acontecimiento era el factor que obligaba a poner en primer plano la imagen o el rostro de cada realidad. Incondicionalmente entregado y arrojado sobre lo que pasaba, el hombre arcaico no podía refugiarse en la «explicación» de los acontecimientos a partir de causas externas, es decir, anteriores, ni en la esperanza de que los acontecimientos posteriores fueran mejores. Tenía que contemplar la profundidad imaginal, la esencia interior de cada acontecimiento: el Dios que hay en él. Si Okeanos no podía acudir a la asamblea de los dioses porque tenía la tarea de mantener el mundo unido, ahora comprendemos que realmente no podía acudir: porque su permanencia donde estaba era lo que hacía posible la aparición de los dioses en el mundo en primer lugar. Como la banda que rodea al mundo y nos sostiene ineludiblemente en cada acontecimiento, Okeanos otorga esa clase de incrustación en el Ser y esa devoción a cada momento por la que sólo el ser del hombre en el mundo (y el mundo mismo ) puede ser de constitución mítica, poética. Okeanos no puede aparecer nunca en lo que sólo a través de él es «mundo», el «kosmos» (bellamente, perfectamente ordenado); si apareciera como algo en el mundo, los dioses reunidos quedarían inmediatamente anulados en la medida en que entonces nuestra mirada, liberada de su vínculo, revolotearía de un acontecimiento a otro y ya no podríamos experimentar la profundidad divina de uno solo.
La serpiente llamada Okeanos o Chronos que nos rodea por todos lados es la imagen y la garantía de la existencia psicológica del hombre. Como Jung ha subrayado una y otra vez, estamos envueltos por la psique por todos lados, y es la naturaleza de la psique ser lo que nos rodea. Esta misma idea se encuentra también en la antigüedad. Cuando a Pitágoras le preguntaron qué era la serpiente Chronos, respondió que era la psique del universo (Onians).
El Dionysos órfico tenía el epíteto de Liseo (el «Aflojador»), pues se suponía que aflojaba, para los que iban a ser iniciados por ciertos ritos, la cuerda de los «cuidados difíciles de soportar». Sin embargo, el tipo de liberación que traía Dionysos seguía atado en el mundo mítico rodeado por la serpiente; era simplemente una liberación incidental de cada iniciado individual, sin cambiar el mundo en general en su constitución ontológica. La liberación total de la serpiente sólo la trajo el Cristo. Él es el Liseo absoluto que aborda el problema de una vez por todas y fundamentalmente, para el Ser como tal. «Y el Dios de la paz herirá en breve a Satanás bajo sus pies» (Rom. 16:20), Satanás, que, como sabemos, es «la vieja serpiente» (Ap. 20:2). Cristo ha cortado toda atadura imperiosa, «borrando la letra de las ordenanzas que había contra nosotros… clavándola en su cruz» (Col. 2:14). El rayo de la cruz rompe incluso el máximo vínculo de la vida en su conjunto, la muerte: «para destruir por medio de la muerte al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a los que, por el temor a la muerte, estaban durante toda su vida sujetos a la esclavitud» (Heb. 2, 14s.). El hombre cristiano es esencialmente un hombre liberado.
A menos que interpretemos este acontecimiento cristiano de liberación de nuevo en términos de su comprensión cristiana, esta liberación debe ser vista como un trauma, una herida del Ser. La viga del Gólgota se ha clavado en la articulación donde la serpiente se muerde la cola, y así se ha roto el vínculo imperioso en torno al Ser. El círculo del Padre Okeanos se rompió, el círculo cerrado del Tiempo se enderezó en una línea que se extiende en ambas direcciones hacia el infinito. Desde entonces, el tiempo es una Heilsgeschichte lineal (la historia del mundo interpretada como muestra de la obra de la gracia de Dios). Ahora es posible especular con Jaspers sobre «El origen y la meta de la historia» y con Teilhard de Chardin sobre una evolución desde el «punto Alfa» hasta el «punto Omega», y salir del anillo imperioso de cada presente hacia el futuro (esperanza del más allá, utopías, Ernst Bloch) o hacia el pasado (historicismo, restauración, conservación, nostalgia). Ahora hay una salida, y la idea de un «Huit clos» o «No Exit» se convierte en equivalente al infierno (Sartre), lo que por cierto corrobora una vez más la verdad de la experiencia anterior, aunque sólo sea a través del medio hostil del anhelo moderno de liberarse de toda atadura, pues el infierno no es más que el inframundo demonizado y, por tanto, sigue reflejando la naturaleza finita del hombre.
Por supuesto, la liberación por medio de Cristo estaba al principio todavía ligada a lo que en la terminología cristiana se llama «fe»; la redención era, pues, un determinado estado psíquico del hombre. La historia muestra que el mundo cristiano no se conformó, y probablemente no podía conformarse, con la liberación como estado psíquico y, por tanto, sujeto a factores contingentes y empíricos en la vida de los individuos; pues la fe siempre estuvo amenazada por la duda y la indiferencia. La liberación, sin embargo, debía convertirse en una certeza absoluta y, más allá de ser una experiencia personal, también en una realidad «cósmica». Porque «si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe. … Si sólo en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres» (1 Cor. 15:14, 19). Así pues, existía una fuerte presión interna desde el propio cristianismo para que la liberación pasara de ser una mera condición óntica de cada persona a un modo ontológico del Ser, un modo verdaderamente imperante aunque el individuo no estuviera personalmente en el estado de fe y firmemente fundado en él. La verdad cristiana debía ser reificada, convertida en una verdad «física». Ésta, la liberación de toda atadura, tenía que ser ella misma liberada de su propio ser atado por las vicisitudes del tiempo. Después de que la Edad Media estableciera firmemente al hombre en la fe como condición subjetiva, el alma del hombre occidental se puso en condiciones de traducir también la naturaleza objetiva del mundo y del hombre en el estado ontológico de la liberación. Esta ha sido la tarea de la temprana edad moderna, al final de la cual, es decir, hoy, se hace visible un paso adicional en el desarrollo histórico: la filtración de la redención ahora ontologizada y reificada en la psique personal del individuo. Pues la mayoría de los llamados «problemas psicológicos», la mayoría de las neurosis que aparecen en la consulta del analista, pueden entenderse en su contenido más profundo como un cristianismo que se ha retirado del mundo a la psique personal: la psicología moderna como cristianismo hundido.
El hombre devoto de la Edad Media vivía esencialmente en un mundo que todavía correspondía a la existencia en la necesidad precristiana (que ahora en el lenguaje cristiano podría traducirse como «enfermedad hasta la muerte», existencia en el pecado) y que de ninguna manera expresaba una liberación literal. El ordo medieval todavía estaba rodeado y sostenido por un océano primigenio. El hombre seguía viviendo entregado a cada presente, y cada actividad individual, como la del artesano, tenía su significado en sí misma. La fe simplemente había cambiado los antiguos dioses politeístas por el Dios Único del cristianismo, pero en general había dejado el estado ontológico del mundo como siempre había sido.
Pero, ¿cómo pudo la liberación de Okeanos, de la serpiente urobórica, del Tiempo (Chronos; el saeculum cristiano) convertirse en una realidad ontológica objetiva, si la existencia había estado efectivamente rodeada por el Envolvimiento del Mundo? ¿Cómo podría eliminarse la corriente primigenia que encierra al mundo? Ciertamente, a través de Cristo la serpiente había sido superada hace tiempo. Pero sólo para la condición psíquica de cada creyente, mientras que el mundo (incluido el mundo del propio creyente) seguía siendo mantenido por la Necesidad, con la única diferencia de que esta Necesidad recibía ahora nombres cristianos como el de Providencia de Dios. Así pues, aún quedaba por cumplir la tarea, y era una tarea enorme: ¿cómo podía esa realidad, cuyo sentido y esencia debían ser absolutamente ineludibles porque rodeaba la existencia humana por todos lados, ser eliminada precisamente por aquel que estaba rodeado por esta fuerza ineludible? ¿Cómo podría el hombre, por así decirlo, salir de un pantano por su propio pelo? La corriente de acontecimientos que fluye alrededor de la existencia humana como tal no podría librarse realmente, obligando a la Necesidad a no ser eliminada realmente: sólo podría ser incorporada, interiorizada. La manifestación del acontecimiento de esta incorporación ontológica de Okeanos por el hombre fue la invención de Harvey de la circulación de la sangre. La corriente pulsante de la vida, el origen siempre circundante de toda espontaneidad, se encontraba ahora en el hombre mismo. Ya no estaba expuesto a Okeanos y a la inescapabilidad del Ser; los llevaba en su cuerpo, y sólo en la medida en que los llevaba en sí mismo se desgarraban la cabeza y la cola de la serpiente enroscada en torno al mundo y éste quedaba liberado para ser absolutamente abierto, sin límites ni medida.
Así, en cierto modo, Illich tiene razón al afirmar que la idea de una materia que circula en sí misma era completamente desconocida para los antiguos. Si por materia se entiende lo visible y tangible, el agua de Okeanos no era materia. Porque Okeanos no era, como hemos oído decir a Kerényi, «una corriente ordinaria», es decir, no era un fenómeno del mundo como las demás corrientes, no era un objeto de una percepción posible (empírica). Dondequiera que fueras en el mundo visible, nunca te encontrarías con Okeanos como un río tendido ante tus ojos, porque tal ida tendría lugar inevitablemente dentro del mundo encerrado por él, de modo que todo lo que pudieras encontrar estaría a priori rodeado por él. Pero Okeanos es la frontera más externa entre el mundo y el no mundo. Como tal, tiene, incluso como materia (agua o banda sólida: serpiente, cordillera), una naturaleza imaginal, y sólo como corriente imaginal o más bien como corriente de lo imaginal era la fuente continua de todas las aguas visibles del mundo. La razón por la que la invención de la circulación de la sangre es radicalmente novedosa es que ahora la circulación se atribuye a algo en el mundo, a una materia óntica, empírica-factual, que fue también el nacimiento de la idea de una «materia» propiamente. La circulación de la sangre es verdaderamente «material» porque tiene su fundamento ontológico y su verdad exclusivamente en su existencia literal, física y manifiesta, mientras que para la mente mitológica incluso los ríos visibles, de hecho todas las cosas del mundo, no eran una materia meramente física, ya que se originaban, y por tanto tenían su verdad, en la corriente de lo imaginal que se llamaba expresamente «generación de todo». Por lo tanto, la inversión del Ser que se produjo con el cambio de Okeanos a la sangre circulante también significa una eliminación fundamental del hombre y del mundo del elemento ontológico de lo imaginal y su transposición al medio de la materialidad óntica, literal.
Parece que la idea arquetípica de Okeanos -o el nombre que queramos dar a la corriente inexorable de los acontecimientos- resulta ser una realidad ineludible incluso en el momento en que nos liberamos de ella. Pues esta liberación no nos liberó realmente del vínculo de Okeanos; incluso podríamos decir que nos cargó con él de una manera mucho más opresiva en la medida en que ahora es, en lugar de una realidad imaginal, una realidad literal (médica) y en la medida en que está «embutida» en los estrechos confines de la existencia personal de cada uno de nosotros. Es cuestionable que el interior de nosotros sea un lugar mejor que el límite exterior de la tierra. Si Okeanos está ahora en nosotros, ¿no es como si nos hubiéramos tragado algo demasiado grande e indigesto? Porque ahora tenemos que sufrir de vez en cuando su fuerza apremiante muy literalmente en nuestros propios cuerpos (ataques al corazón, colapso circulatorio, endurecimiento de las arterias, por no mencionar los «problemas» puramente psicológicos con los que ahora tenemos que luchar dentro de nosotros mismos -el espacio contenido en la piel-, mientras que antes sus equivalentes podían servirse de la amplia extensión de todo el mundo mítico).
La invención de la circulación de la sangre convirtió a Cristo en una realidad ontológica e hizo definitivo el desencadenamiento del Ser iniciado por Cristo. La letra escrita por el destino a través de cualquier acontecimiento ha sido borrada. No importa lo que una persona haya hecho, su acto ya no representa una obligación para ella: Cristo es la garantía de la liberación definitiva de todas nuestras acciones y destinos. Cristo es la alternativa, es decir, la disponibilidad fundamental de una salida (quizá no siempre empírica, sino metafísica) de la necesidad vinculante de lo que pasó. El confinamiento esencial en la existencia finita y terrenal ha sido levantado, el hombre ya no es «siervo» de la muerte ni está «esclavizado» a ella como frontera inexorable en torno a nuestras vidas; es absolutamente «libre de la ley del pecado y de la muerte» (Rom. 8:2). Por eso, Pablo no tiene que sacudir los cimientos de la esclavitud como institución social, porque esto es una nimiedad comparado con la liberación metafísica que sacude el mundo y de la que se ocupa. Si Pablo habla del hombre «según la carne» y «según la ley del pecado», no se refiere, en el plano óntico, a los obvios malhechores y endemoniados. Apunta mucho más radical y comprensivamente al estado ontológico de aquellos cuya condición es estar atados por la banda inexorable de cada situación real. Es un ataque total contra la incrustación original del hombre en el Ser.
En cuanto la liberación dejó de ser un mero estado psicológico del hombre (la fe) y se convirtió en una realidad ontológica, la banda que rodeaba la tierra se rompió incluso en la constitución ontológica de la realidad empírica, de modo que el cosmos se abrió en una infinidad de mundos (Giordano Bruno), la realidad se convirtió en un reino de posibilidades ilimitadas, y todas las cosas de esta tierra se entregaron a la voluntad del hombre sin restricciones. Las cosas y los momentos que antes estaban firmemente encerrados en su individualidad (en virtud de la cual cada uno llevaba su propio centro de gravedad y valor, en último término, su Dios, en sí mismo), eran ahora, ontológicamente hablando, piezas o partes igualitarias de un espacio y un tiempo homogéneos.
La realidad mítica y metafísica de Cristo como libertador absoluto ha pasado de ser un objeto de devoción a ser la constitución ontológica del hombre: esto es lo que ha hecho posible el auge revolucionario e indómito de la era moderna: el inicio de los exploradores, desde Colón hasta los astronautas; el desarrollo en espiral de las ciencias; el impulso ilimitado de ir más allá del mundo natural de las cosas con forma y contorno, hacia lo ilimitado de las dimensiones de la magnitud astronómica y la minuciosidad microfísica; el anhelo desatado de lo óptimo; y la manía interminable de estimulación a través de atracciones siempre nuevas y a través de experiencias que puedan proporcionar una respuesta a la pregunta del sentido de la vida. La liberación de la serpiente significa el desencadenamiento absoluto del deseo, de la búsqueda y el esfuerzo del hombre. Sólo el hombre cuya naturaleza se define como la de haber interiorizado la corriente primigenia del exterior en sí mismo, ya no se sabe contenido y atado al mundo por una banda inextricable y, a la inversa, ya no experimenta el mundo como una obligación vinculante, sino como una presa esencialmente libre a la manipulación del hombre, incluso como una invitación a la exploración y la explotación. Sólo el hombre con circulación sanguínea puede y debe partir en busca de nuevos continentes o aventurarse en el espacio exterior o en el ámbito de la microfísica. Sólo él debe buscar el sentido de la vida.
En la época en la que Okeanos aún mantenía unido el mundo, cada cosa estaba, como hemos señalado, firmemente encerrada y el hombre estaba ineludiblemente ligado a cada una de sus acciones. Por eso, las personas de épocas anteriores podían encontrar la plenitud en tipos de trabajo manual que nosotros consideraríamos intolerablemente monótonos, como cuando las mujeres africanas muelen sus granos a mano durante horas todos los días, o cuando en nuestra cultura los troncos se aserraban manualmente para convertirlos en tablas, o la lana se hilaba en hilo durante todo el invierno. La plenitud era posible porque estas personas estaban, en virtud de la situación ontológica, entregadas a cada actividad y no deseaban, no podían desear salir de ella, en la medida en que la banda de la serpiente las ataba y las mantenía en lo que hacían. El hombre liberado ya no puede habitar verdaderamente en el momento. Debe apresurarse hacia otros momentos, hacia algún tipo de más allá que pueda dar un sentido a un presente particular. Necesita que las máquinas le liberen de todo trabajo monótono para que pueda ser liberado para una vida más elevada «en el Espíritu» (Rom. 8:9): para la planificación, los grandes diseños, el control; quizás también para las actividades educativas y culturales, los deportes, el entretenimiento, los grupos de encuentro u otras experiencias psicológicas. Paradójicamente, incluso las actividades monótonas, como hilar o tejer, pueden ser redescubiertas ahora, pero sólo como pasatiempos que afirman la libertad absoluta del hombre, es decir, como lo contrario de lo que antes eran: trabajo necesario.
También se rompió el círculo de la relación económica del hombre con la naturaleza, ese círculo cerrado que, según el análisis de Marx, consistía en que en las sociedades agrícolas anteriores el intercambio de bienes servía más o menos para proporcionar lo que se iba a consumir, sin producir ningún beneficio.18 En el momento en que, en la misma época en que se iniciaron los viajes de descubrimiento, la ciencia moderna y la invención de la circulación sanguínea, el dinero pasó de ser un mero medio de intercambio a ser un «capital» autogenerador en el sentido de Marx, se produjo una explosión y se puso en marcha la espiral de crecimiento económico. Desde entonces tenemos un crecimiento de las necesidades de mercancías, así como de la producción industrial para llenar estas necesidades, lo que finalmente resultó en la reducción de las cosas a las mercancías alienadas de una sociedad de usar y tirar. De nuevo debemos decir: Sólo el hombre de la circulación sanguínea puede ser capitalista.
A través del estiramiento lineal del Tiempo, la existencia humana se ha colocado en el modo ontológico de lo comparativo (en el sentido lingüístico): ahora está sujeta a la idea de lo «mejor», lo más deseable. Esta idea y su culminación absoluta en la idea de lo «mejor» («óptimo») podían dar lugar por sí solas al optimismo y al pesimismo, lo que habría sido imposible en la época de Ananke, ya que entonces todo era como era, y el coqueteo con la idea de lo mejor estaba a priori excluido por la frontera insuperable que marcaba el océano primigenio entre el Ser y el No Ser, la realidad y la posibilidad. El hombre vivía en la «forma positiva» (lingüísticamente hablando), fuera o antes de cualquier grado de comparación: en su realidad, independientemente de que fuera, como hoy podríamos decir, «positiva» o «negativa». El teutón, recordemos, se dejaba vender como esclavo sin antagonismo una vez que había perdido su libertad por los dados. El hombre moderno, por el contrario, que gracias a la circulación en sí mismo se libera de la corriente vinculante que le rodea, nunca puede estar contento en ninguna situación; debe exigir enseguida algo mejor. Leibniz trató de rescatar algún tipo de contento dentro del mundo real mediante su laboriosa prueba de que este mundo era «el mejor de los mundos posibles» y que vivimos en «el óptimo». Pero tan pronto como esta prueba deja de tener credibilidad, el deseo indomable de lo mejor debe surgir y llevar a los unos al país de las posibilidades ilimitadas, a los otros a las esperanzas revolucionarias de un futuro mejor y de una sociedad ideal, y a los terceros a las esperanzas conservadoras de una restauración de los buenos tiempos o, en el caso de la variante pesimista, a la resignación, al cinismo o al suicidio.
Aunque la gente sigue comprando alianzas cuando se casa, el hombre de hoy es, sin embargo, incluso en el matrimonio, esencialmente un hombre liberado (liberado también del vínculo del matrimonio), es decir, está a priori divorciado. Como liberado del anillo de la Necesidad, la exigencia del cónyuge «óptimo» le es indispensable. Debe esperar siempre poder reformar al otro: el matrimonio como una especie de reformatorio para el cónyuge. Simplemente tiene que haber un momento -esta es la esperanza de la que vive la persona casada- en el que el otro finalmente entre en razón y cambie a mejor, se convierta en el cónyuge ideal que uno ha buscado en él o ella todo el tiempo. Surgen innumerables peleas porque uno quiere tener a su cónyuge mejor de lo que realmente es. El hombre liberado no puede contentarse con la forma en que su cónyuge es realmente, y no puede ver que cada ser humano es, por así decirlo, un caso perdido. No puede admitir que el matrimonio significa estar ineludiblemente ligado a una vida con la otra persona tal y como es realmente (sin salida) y tener la tarea de llevarse bien con ella para bien o para mal; incluso llegar a aprender a querer sus defectos, a quererla con todos sus defectos. Ser esencialmente «sin esperanza»: este es el sentido mismo del matrimonio. Pero esto es algo que el hombre liberado no puede aceptar de ninguna manera, porque la liberación significa ser esclavo de la esperanza. Es un ejemplo especialmente llamativo de la disociación en la conciencia cristiana el hecho de que la doctrina de la Iglesia católica insista en la indisolubilidad del matrimonio y prohíba el divorcio sin darse cuenta de que es su propia verdad -la liberación del hombre- la única que obliga a muchos casados a tomar el camino que conduce al divorcio. La verdad cristiana es indivisible. Si el hombre en el mundo cristiano es liberado, entonces esto no se aplica sólo al subjetivo «credo dominical», sino también objetivamente a todo lo que en toda la vida representaría una obligación imperiosa.
Sólo con la invención de la circulación sanguínea comienzan a separarse los mundos interior y exterior. En la época en que el hombre estaba ineludiblemente rodeado por Okeanos, su existencia estaba esencialmente anclada en el mundo y, por lo tanto, necesariamente miraba los acontecimientos que ocurrían en el mundo desde dentro, con una perspectiva «interior», y los veía en su profundidad imaginal: como imagen y Dios. Fue su arraigo lo que hizo que el mundo (y todo lo que hay en él) se iluminara con una luz mítica, pues la naturaleza psicológica o poética del mundo no es más que el correlato del arraigo del hombre en su realidad. La imaginación mítica no es una propiedad psicológica del hombre, que puede o no ser empleada; es un estado ontológico, una forma fundamental en que el hombre se sitúa en el cosmos: estar ineludiblemente rodeado de la serpiente psyché. La circulación de la sangre, por otra parte, significa que ahora la frontera entre la vida y la no-vida, entre lo esencial y lo no-esencial cae en el propio mundo empírico: lo que está fuera de él es el frío y muerto «mundo externo», mientras que la verdadera vida está rodeada por él como el «interior», el «mundo interno». Es gracias a la circulación que el hombre moderno se convirtió en un «sujeto» que tiene a las cosas de este mundo como sus «objetos» inevitablemente fuera y frente a sí mismo. El «interior» y el «exterior» sólo se separan por la corriente fronteriza incorporada del Ser; la exteriorización o alienación sólo se soporta desde la interiorización de Okeanos.
De acuerdo con nuestro lenguaje habitual, he hablado de que el sujeto tiene el objeto frente a sí mismo. Pero en realidad no se trata de una oposición. Como el hombre tiene ahora circulación en sí mismo y ya no está amarrado a lo que pase, es ahora totalmente libre para rodear él mismo los fenómenos del mundo. Las obras de arte, por ejemplo, se han convertido en «objetos» al ser colocadas en una vitrina de museo para que podamos pasear alrededor de ellas y verlas por todos lados, mientras que originalmente, como retablo, máscara o estatua de un Dios, habrían «asaltado» al hombre con su demanda de devoción, en cuyo sentido habrían rodeado al hombre ontológicamente por todos lados. Las cosas estudiadas por las ciencias son «objetos» porque, habiéndose convertido en mudas y proscritas, pueden ser giradas y retorcidas a gusto del científico para que la mirada científica las rodee por completo. Toda teoría del conocimiento tiene, simplemente en virtud de la pregunta que plantea y no sólo porque daría una respuesta reconfortante, la tarea psicológica de permitir al hombre moderno siempre de nuevo y en principio satisfacerse en cuanto a su capacidad de rodear todas y cada una de las cosas. La liberación de la incrustación en el Ser sólo es completa si el hombre mismo se ha convertido en el Envolvedor de la Cosa y del Mundo. Y sólo como Envolvedor del Mundo es verdaderamente «sujeto». Así, el sujeto no es tan opuesto, sino que está fundamentalmente por encima de lo que mira como objeto, del mismo modo que el Dios creador está por encima de su obra, teniendo una visión completa de la misma y penetrando con su mirada en el corazón mismo de las cosas.
También la psicología de Erich Neumann sirve para interiorizar de una vez por todas lo que originalmente era el Envolvimiento del Mundo. Neumann convierte al uroboros, que en su día fue el propio círculo de los Tiempos, en una mera fase de la evolución psicológica de la persona, una fase que nosotros, como adultos, hemos superado hace tiempo, aunque quizás debamos de vez en cuando retroceder a ella. Mientras que el círculo de los Tiempos, como la serpiente que se muerde la cola, era principio y fin en uno, ahora sólo es el punto de partida desde el que la línea de desarrollo se extiende hasta el estadio de la conciencia solar del héroe: el círculo se reduce a un punto en la línea recta y queda así incorporado por la línea. Antiguamente, el principio no era precisamente un punto del que partía algo; era lo que mantenía todo aquello de lo que era el principio inexorablemente rodeado y, por tanto, encerrado: Okeanos, la «generación de todo». Toda la dinámica y todo el desarrollo de un acontecimiento iniciado quedaban encerrados por y bajo el imperio de su comienzo (por eso el griego arché significa «comienzo» a la vez que «imperio»): todos los arroyos, manantiales, pozos surgen continuamente de la corriente primigenia que lo rodea todo. Y los héroes del mito (Heracles, Teseo, Sigfrido, etc.) como figuras mitológicas realizan sus hazañas dentro del mundo encerrado por el uroboros, mientras que para Neumann la conciencia heroica se caracteriza precisamente por haber salido de lo urobórico. Neumann priva a lo que nos rodea implacablemente de la ineludibilidad de su cerco. Pero tan pronto como la serpiente Okeanos deje de ser ineludible y no nos encierre hasta el final; tan pronto como Okeanos también pueda acudir a la asamblea de los dioses como uno más entre ellos porque se ha vuelto prescindible, el uroboros habrá dejado de ser un uroboros. El instrumento para hacer impotente a la serpiente reinante que nos rodea es aquí la idea de desarrollo, pues reduce la visión mitológica de la constitución ontológica del hombre a la idea de una condición óntica específica, correlativa a una fase evolutiva particular en la vida del hombre empírico: una caída de la psicología en la biología, del reino de lo imaginal a la cuestión del niño literal, la madre literal y la evolución literal desde el embrión.
Desde la perspectiva del pensamiento evolucionista, el hombre arcaico debe parecer primitivo, lo cual, aunque se nos asegure expresamente que esta palabra no debe entenderse como un término despectivo, significa sin embargo tanto como «todavía sin ego», «con un ego no desarrollado«, «que representa una etapa anterior». Quisiera oponer a este punto de vista otra comprensión: el primitivo como ese tipo de hombre que está incrustado en la Necesidad, inexorablemente entregado a su presente real, que no ha escapado del Ser a la liberación. La interpretación temporal de lo primitivo en el sentido de «etapa temprana», etc., sólo sirve para hacer impotente a la serpiente del tiempo apremiante.
El hombre de la circulación sanguínea está llamado a ser un todo autónomo, una «personalidad», un «individuo». La «personalidad» no es más que la forma concreta en que el hombre se representa a sí mismo -ante los demás y ante sí mismo- como la «Grosse Runde» (Neumann), como un círculo cerrado. Podríamos decir que es a William Harvey (este nombre tomado sólo como un código) a quien debemos todo el idealismo humanista y educativo de un Herder, Goethe, Schiller, Humboldt, el impulso de desarrollar la propia personalidad o el propio yo, además la necesidad de poner en práctica la idea de que yo, como individuo, soy un infinito interior y llevo el mundo entero en mí mismo (el Envolvedor del Mundo en apariencia psicológica). También le debemos la obligación de ser libre (libertad de pensamiento, emancipación, liberación, libre desarrollo de la personalidad, libertad del trabajo: vacaciones, fines de semana y tiempo libre). El hombre moderno debe ser libre, porque sólo en la medida en que es libre en varios aspectos se hace realidad la liberación del telos apremiante de Okeanos. Sin la circulación de la sangre, la idea del genio también sería impensable, pues en los tiempos de Okeanos, las personas no eran genios, sino que un daimon o genio implacable habitaba en ellas como en toda la naturaleza.
Pero el hombre moderno, convertido en personalidad, es, en virtud del círculo que él mismo es ahora, no sólo libre, sino también encerrado en sí mismo y decididamente impenetrable, inafectable. No es sólo por la arteriosclerosis que se produce un endurecimiento; el hombre moderno está a priori endurecido en el plano ontológico, inaccesible a la profundidad imaginal de los acontecimientos. Porque el círculo es la figura perfecta, inatacable. Nada puede penetrar la armadura de la dura coraza circular. Las mónadas, como bien dijo Leibniz, no tienen ventanas. Están cerradas, de una vez por todas. Esto no puede deshacerse mediante el «entrenamiento de la sensibilidad», tratando de aprender a sentir y a estar abierto a las experiencias emocionales. Las experiencias emocionales son precisamente lo que sólo puede tener ese tipo de hombre que se concibe como personalidad holística y, por tanto, a priori, encerrado en sí mismo. Como individuos y subjetividades estamos fundamentalmente, es decir, ontológicamente, alejados de ese locus existencial en el que podríamos ser alcanzados y afectados. Cualquier cosa que nos ocurra, por muy afectados que estemos emocionalmente, nunca es más que un estado óntico de emocionalidad que ocurre en el hombre ontológicamente blindado. Sólo en la medida en que el hombre tenía su esencia ontológica al estar rodeado por la implacable Necesidad y, por tanto, al estar incrustado en el mundo, podía ser alcanzado y golpeado por la esencia de los acontecimientos, porque sólo entonces estaba incondicionalmente expuesto a lo que ocurría y, como tal, era vulnerable. Del mismo modo que el mundo se convirtió en presa libre de la manipulación del hombre en cuanto el Okeanos urobórico se doblegó, así, a la inversa, la sustancia interior del hombre era a priori permeable para la profundidad imaginal de los acontecimientos y las exigencias que éstos le planteaban, mientras el hombre no se hubiera convertido en un círculo cerrado y autocontenido. La terapia reichiana de la coraza del carácter tampoco sirve de nada, pues se produce mucho después del hecho y no llega a la raíz del asunto. De hecho, intenta fijar el problema tratando de conseguir precisamente el Okeanos interiorizado en un flujo renovado y aumentado.
Okeanos era, como hemos dicho, pura corriente. Como el hombre ya no está en la corriente circulante del Tiempo, sino que lleva la corriente de la vida en sí mismo, el pulso de la vida depende ahora de él, de cada ser humano individual. Es el hombre quien ahora, con su propio esfuerzo y fuerza de voluntad, tiene que mantener el Tiempo en movimiento. Él debe ser su motor, porque ahora existe como el círculo mismo del Tiempo. ¿Es sorprendente que el hombre moderno esté plagado de prisas y tensiones, que se vea obligado a rendir, que tenga que hacer ejercicios físicos y probarse a sí mismo su juventud una y otra vez mientras viva, hasta que un fallo circulatorio o un infarto puedan, al fin y al cabo, ponerle fin inexorablemente, al hombre liberado? ¿Es sorprendente que quien lleva personalmente en sí mismo la corriente fronteriza entre el Ser y el No-Ser esté plagado de neurosis, neurosis cuya naturaleza es ser una especie de formación de compromiso entre alguna fuerza apremiante y obsesiva y el esfuerzo indispensable por liberarse de cualquier telos impuesto, liberarse de cualquier obligación fatídica que ate mi naturaleza y mi vida?
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1 Ivan Illich, H2bO y las aguas del olvido: Reflections on the Historicity of «Stuff» (Dallas: Theballas Institute of Humanities and Culture, 1985), capítulo «Harvey Invents Circulation». Sobre Harvey y el descubrimiento de la circulación sanguínea desde una perspectiva psicológica, imaginal, véase el estudio esencial de James Hillman, «El pensamiento del corazón», Eranos 48-1979 (Frankfurt: Insel, 1981), pp. 133-82.
2 Karl Kerényi, Die Mythologie der Griechen, vol. I (München: Deutscher Taschenbuch Verlag, 1979), p. 19. Mi traducción.
3 Erik Hornung, Der Eine und die Vielen (Darmstadt: Wiss. Buchgesellschaft, 1971), esp. pp. 154 y 276 s.
4 Hermann Bengtson y Vladimir Milojcic, Großer Historischer Weltaltlas, Erläuterungen I. Teil (München: Bayerischer Schulbuch-Verlag, 1954), col. 58.
5 Kerényi, ibídem, cursiva y traducción mía.
6 Hornung, op. cit., p. 154.
7 Kerényi, ibid.
8 Platon, Phaidon, 112 d y e.
9 Véase Weizsäcker, «Okeanos» en W. H. Roscher, Ausführliches Lexikon der und römischen Mythologie, 816.
10 David L. Miller, «Achelous and the Butterfly: Toward an Archetypal Psychology of Humor», en Spring 1973, pp. 1-23, en la p. 8.
11 El proceso de la «inversión del Ser» se trata brevemente en mi artículo «Saving the Nuclear Bomb», en Valerie Andrews, Robert Bosnak, Karen Walter Goodwin (eds.), Facing Apocalypse (Dallas: Spring Publications, 1987), pp. 96-108, y con mayor extensión en mis dos volúmenes sobre el Psychoanalyse der Atombombe (Die Atombombe als seelische Wirklichkeit. Ein Versuch über den Geist des christlichen Abendlandes (Zürich: Schweizer Spiegel Verlag, Raben-Reihe, 1988) y Drachenkampf oder Initiation ins Nuklearzeitalter, ibíd. 1989).
12 Richard Broxton Onians, The Origins of European Thought about the Body, the Mind, the Soul, the World, Time, and Fate (Los orígenes del pensamiento europeo sobre el cuerpo, la mente, el alma, el mundo, el tiempo y el destino), reimpresión de la edición de 1951 de Cambridge University Press, Nueva York: Arno Press, 1973, especialmente las páginas 249 y siguientes, 316 y siguientes, 411 y siguientes, 443 y siguientes.
13 My People, The Incredible Writings of Credo Vusa’mazulu Mutwa (Harmondsworth: Penguin, 1971), p. 54, citado de Heino Gehrts, «Initiation», en GORGO 8, 1985, p. 11.
14 Véase Erik Hornung, «Die Entdeckung des Unbewußten in Altägypten», GORGO 9, 1985, p. 63.
15 Sobre Ananke véase James Hillman, «On the Necessity of Abnormal Psychology-Ananke and Athene», Eranos 43-1977 (Leiden: Brill, 1974). Versión ampliada en: Facing the Gods, ed. James Hillman (Irving: Spring, 1980).
16 En relación con el tema de la esclavitud, véase Hillman, op. cit. (Facing the Gods) p. 6 y nota 12 (p. 34).
17 Heino Gehrts, «Beitrag zur Polytheismus-Diskussion», GORGO 2/1979, p. 62, quien, por otra parte, subraya que el mandala puede al mismo tiempo representar también lo contrario, la eternidad en pie del Dios único.
18 Cf. David Holt, «Jung and Marx: alchemy, Christianity, and the work against nature», en Harvest 1975, p. 50 y ss.
