“Quién habitará tu veraz incendio”
Gilberto Owen
Uno de los malos entendidos acerca de la propuesta terapéutica centrada en el síntoma ocurre ante el tema del rechazo de la curación como objetivo primordial de la terapia, frente a ello se arremolinan fantasías que responden al apego exacerbado hacia el modelo médico y a la falta de reflexión sobre las implicaciones ideológicas del mismo. Mientras el modelo alópata afronta las patologías biológicas desde la premisa de reparar lo que está dañado conteniéndolas en un ideal de buen funcionamiento, esto supone un idealismo no reconocido y una concepción del mundo comprometida con premisas políticas inadvertidas.
Trasladar el esquema medicalista a la estructura de las psicopatologías supone la transposición de sus presupuestos, es decir, que hay un estado de salud ideal al cual el sujeto debe aspirar y que la dinámica psicológica funciona bajo las reglas de los sistemas biológicos, en el contexto de su materialidad. Esta idea, para los modelos materialistas, es evidente, no obstante, basta con atender las contradicciones de su lógica para entender la dificultad de intentar concebir lo mental desde una base puramente material.
La emergencia de un estado de consciencia como un sustrato material implica un azar que recae más del lado de la fe que de la razón, por ello para muchos psicólogos la consciencia es una entelequia innecesaria, puesto que no es comprobable y resulta contraintuitiva en el plano experimental. Sin embargo, esto supone negar la experiencia cotidiana y la percepción del mundo como tal. Pero el materialismo es una hipótesis tan arraigada que aún las propuestas alternativas se sostienen de la creencia en una idea particular, aquella idea que niega su naturaleza ideal.
Aún los planteamientos más críticos, como la medicina homeopática o las asociadas al revivalismo espiritualista, requieren, para imaginarse a sí mismas, una base cuasi-material con la cual explicar sus intervenciones. Ya sean sustancias intangibles, energías místicas o entidades abstractas, todas las posibilidades son concebidas en la lógica del materialismo. Y no solo eso, además convergen en la función determinante del espíritu de los tiempos que obliga a estas variantes a someterse a las leyes del mercado y de los valores predominantes.
Por eso es complejo pensar lejos del sistema ideológico preponderante, a menos que se reflexione desde sus propias contradicciones. Justamente esa es la exigencia inherente en el ámbito psicológico, ya que los fenómenos propios del campo no pueden ser reducidos a la imaginación material. En la psicología la mente se observa a sí misma en su fenomenología tautológica, lo síntomas y patologías no son epifenómenos de un órgano, son expresiones de una consciencia que sueña con una fantasía material.
A partir de lo dicho, una psicoterapia centrada en el síntoma considera que éste es un núcleo fenomenológico al cual solo se puede acceder por vía del abordaje dialéctico de la narrativa presente en su expresión, ello no descarta el correlato biológico sino que lo traduce al medio de la lógica subyacente. Por eso se puede decir que el síntoma es un pensamiento atrapado en la positividad de su presencia; él mismo es un símbolo donde convergen una idea y su propia contradicción, sin embargo dicho diálogo ha sido silenciado con el fin de evitar que llegue a la consciencia de sí misma la verdad de su estructura lógica. Así, la sombra reprimida es la correspondiente negatividad del proceso.
El tratamiento, por lo tanto, consiste en pensar lo pensado en el síntoma y fomentar que la propia contradicción pueda liberarse a sí misma de la fisicalidad de la materia, tal como era la propuesta de los antiguos alquimistas y del gnosticismo. La liberación de la Sophia, no obstante, ya ha ocurrido de manera real, pero queda aún la tarea de hacerla efectiva en el medio de la consciencia. El alma necesita llegar a casa a sí misma, donde de hecho ya se encuentra. El obstáculo de la individualidad es que va por detrás de la verdad que los significados compartidos ya han logrado en su confrontación consigo mismos.
Por ello, el proceso psicoterapéutico no tiene que ver con alcanzar una meta ideal, su labor es desplegar lo que ya está individuado en sí mismo, como diría Kierkegaard: “Las naturalezas más profundas no cambian, se vuelven más y más ellas mismas”. De igual manera el fenómeno permanece comprometido con su naturaleza particular y el síntoma no busca curarlo, ni la curación para sí mismo, es una formación transaccional con un presente que debe ser asumido. Cuando se encuentran subterfugios es entonces que el sufrimiento se exacerba.
Ante esta perspectiva, se considera que el concepto de curación impone sobre el presente un objetivo fuera de sí mismo, es decir, que el terapeuta al prometer la curación enuncia descuidadamente que el fenómeno en su actualidad no es absoluto y que debe aspirar a ser algo distinto, esto se opone a la máxima junguiana de “ser lo que ya sé es”, que engloba el proceso de individuación, lo que no significa otra cosa más que la clarificación e integración de lo que ya preexiste desde un principio en la forma de un hysteron-proteron.
En esta modalidad del opus el Oro del alquimista es la misma masa confusa que se pone a arder en el vaso. El trabajo del adepto no es cambiar la sustancia sino atenderla hasta que su pensamiento pueda, a través de los pasos de la obra, observar el Lapis en lo que antes solo era visto como plomo, es decir, que de la materia emerja la noción inadvertida, el deus absconditus. Parte de la paciencia exigida en el proceso es la aceptación incondicional del otro, de la sombra que se cierne imperturbable sobre las esperanzas ingenuas de que ese otro se acople a los deseos egoícos.
Tal situación yace muy lejos del modelo de crecimiento personal o de las visiones desarrollistas que responden, de forma maniaca, a la ideología cultural en turno que dicta que el progreso es la única vía de posibilidad para el movimiento, en este caso, de la psique, pues así como el capitalismo y su vorágine destrozan el ambiente, también la depredación de las ideologías del progreso psicológico, y la curación, devastan el tránsito anímico que se funda en la recurrencia y en lo ciclos autorregulantes.
Empero, mientras los organismos integran en su marcha temporal la dimensión espacial que los provee de estructura, el avance destructivo de la hipermodernidad consume toda noción en la singularidad ideológica del individuo, despojándolo, además, de su matiz comunal. Es debido recordar que la individuación es un camino de diferenciación a la vez que de integración en lo colectivo, no una masificación ni una atomización, sino la unidad de la unidad y la diferencia de ambas direcciones.
Por otra parte, permanecer en el síntoma no implica ceder por completo a la pulsión de muerte, como las buenas consciencias podrían temer, ni ser arrebatados por las fauces abiertas de un complejo. En realidad su propósito se funda en la intuición junguiana de que la neurosis es un falso sufrimiento, que surge para esconder otro legítimo, por lo cual es requerido que el psicoterapeuta y el paciente se hundan en la dinámica del síntoma para que éste despliegue su propia lógica, una dinámica inmanente en la estructura del fenómeno que es, a la vez, el verdadero paciente y el psicoterapeuta legitimo.
No son los pacientes y sus deseos el fin de la terapia (¿pero cuándo lo ha sido?), es el Otro que se presenta como la enfermedad, como el síntoma, quien expresa la verdad de la experiencia vivida y el momento presente al cual se debe honrar permitiéndole que su voz hable en un discurso liberado de la positividad materialista de la literalización. Inclusive se puede agregar que en realidad no hay un sufrimiento real y uno ilegítimo como dos entidades separadas, sino que la neurosis se conforma de la contradicción de ambas experiencias en la existencia humana y la obligación autoimpuesta por no asumirlas, cercenando al dolor de la verdad que podría liberarlo.
Por lo tanto, esto no significa simplemente que no se busque la curación, en su lugar el objetivo es la no-curación, es decir el esfuerzo por escuchar la dialéctica del síntoma y permanecer ante él de forma amorosa como la apertura que da paso que el fenómeno llegue a su destino, dicha meta es siempre desconocida, pues el psicoterapeuta es conducido, en la selva oscura, por el psicopompo que es el padecimiento y la teoría que de ello deviene. En otras palabras, se propone una terapia que no conciba a la salud y a la enfermedad como opuestos y que los aprecie, en su quehacer práctico, como una unidad indisoluble, a la vez que se es capaz de apreciar el momento presente del fenómeno patologizante y permanecer con él hasta su cumplimiento.
La psicología analítica propuso la sacralidad de lo sintomático en su esquema homeostático de la psique, pero aún así continuó aprestándose a los valores de la época y a la necesidad de la edificación de la parcela egoíca del alma, ahí donde todo debe girar en torno a la idea que el sujeto tiene de sí mismo. Por eso una psicoterapia que se centre en lo sintomático, que enuncie la no-curación, nunca será digna de confianza, porque su objetivo no es alimentar la importancia personal, quiere, en cambio, disminuir su relevancia para atender debidamente a la otredad que es el espíritu de la contradicción.
Una psicoterapia de la no-curación no tiene otra meta más que pensar lo que en el síntoma es pensado, y que se despliega como una mitologización que utiliza los sucesos personales como base para imaginarse a sí misma. Es una psicología capaz de aprestarse al encuentro con su auténtico objeto de estudio, el alma en sí misma. Por ende, significa una psicoterapia que se adentra en el desmembramiento del ego y de su vivencia, para liberarlas de su materialidad, del carácter positivo de su representación y, por consiguiente, promueve que sea la negatividad lo que en verdad haga terapia. Una terapia del alma para el alma, donde el hombre solo es un puente.
