El valiente nuevo mundo del ego

Logos del alma

Continuamente se emiten opiniones sobre asuntos políticos asentadas en una visión limitada del mundo y expresadas de forma visceral, no hay un pensamiento plenamente logrado dentro de ellas, sino enojo, miedo o admiración.

En el ámbito de la educación es cada vez más evidente el énfasis en la vida emocional del individuo, la educación socioemocional imbuye los planes de estudio como una necesidad del sujeto moderno que ha descubierto una parcela de su vida que antes no notaba.

La música que figura en las listas de éxitos no tiene un contenido importante, ni siquiera es musicalmente compleja, constituye una serie de repeticiones simples que alimentan la emocionalidad del oyente, lo posicionan en un estado de animo exaltado pero iterante.

La pandemia, como síntoma social, ha mostrado, como lo hace todo síntoma, la dinámica de la ideología del mercado que rige las relaciones personales y las divide en externas e internas; la reclusión se presentó como una imagen de la atomización del individuo y el miedo a la muerte como el verdadero proyecto de la sociedad occidental contemporánea.

¿Qué tienen que ver las opiniones políticas viscerales, la educación sociomocional, los estribillos anodinos de la música de masas y la cultura de la pandemia? Todas son formas en que la hegemonía del ego se manifiesta, una tiranía implícita pero terrible que traslada el dominio del mercado a la dimensión psicológica de las relaciones sociales. No es un capitalismo salvaje, sino un neoliberalismo emocional, donde el sujeto se expresa para silenciarse y se ocupa de sí mismo para convertirse en su propio explotador. El mercado se ha encarnado y ahí donde algunos habían descubierto el nuevo mundo de la mente ya se han construido centros comerciales, parques de diversiones y pequeños apartamentos a pagar en largas y cómodas mensualidades.

La familia devorada por el mercado

Logos del alma

La voracidad del capitalismo supone la engullición de todo concepto en la lógica comercial de sus interacciones, un ejemplo de sucede en el caso de la familia contemporánea. Donde en otro momento los hijos servían a un propósito social, continuaban la casta, daban sostén al proyecto político o servían a un fin sagrado, en la mutación de la modernidad tardía acontece la transformación de la parentalidad en su faceta más comercial, los hijos entonces responden a un proyecto de vida individualizador, propio de un sistema atomizado y de la misma forma que sucede con la construcción de la pareja, el ser padres se transforma en una vía de la industria del crecimiento personal, en un herramienta para la satisfacción de los ideales del culto a la personalidad donde los profesionales de la salud mental tienen un papel determinante.

Son los psicólogos aquellos que dictan que es ser un buen padre y lo hacen con una narrativa sostenida en un discurso pseudo científico que se apropia posteriormente de las categorías de la vida cotidiana. Así, la familia se somete a estándares construidos por una casta de profesionales que reproducen inconscientemente el discurso de la prioridad del capital.

Los padres acuden a los libros, al consultorio de especialistas, a los programas de televisión y a los consejos de los “expertos” para poder llevar a cabo su tarea, la paternidad se vuelve en un asunto de profesionales y los padres son convertidos en niños que necesitan ser educados. ¿Será que la emergencia de consejeros parentales sea la causa de la pérdida de autoridad y eficacia de las familias actuales y no su solución como se ha creído comúnmente? En este caso la labor por crear una educación de lo familiar podría ser más el síntoma que la cura.

En el tiempo de la erosión de las instituciones sociales, donde el genero y los roles se precipitan en productos comerciales, la familia se vuelve un bastión de reproducción de los valores emergentes. Los hijos son objetos para el comercio de servicios, son educados como trabajadores eficientes que se torturaran a sí mismos buscando metas como la salud mental y el crecimiento personal, dos palabras que caracterizan al sujeto de rendimiento. Los padres, a su vez, son clientes de un mercado de formación ideológica que vende la descomposición de su autonomía justamente con frases que significan lo contrario de lo que pretenden decir, pues empoderamiento o resiliencia, por ejemplo, deben leerse como metas opuestas a sus concepciones cotidianas, es decir como componentes de un aparato ideológico destinado a alienación del sujeto de sus lazos sociales.

La familia reproduce, así, la apuesta del proceso de inmersión del sujeto en la narrativa salvaje del capitalismo y se configura como un fabrica de reproducción que somete a sus integrantes al contexto neurótico del que toda la vida tratarán de escapar y donde incluso este intento de evasión se torna en un medio de sujeción a una lógica indestructible que los doblegará a las reglas invisibles del mercado.

La enfermedad viene de afuera

Logos del alma

El enfermo que visitaba el templo de Asclepios obtenía los signos que determinaban su curación en la leve ocurrencia del sueño. Cuando Pachita enterraba en el cuerpo del paciente aquel viejo cuchillo de campo y extraía el órgano enfermo para ser reemplazado por un nuevo órgano, materializado, tampoco había un equivalencia entre la curación y la enfermedad. Tanto el antiguo visitante del templo griego como el doliente en la miserable mesa de la curandera sabían que la enfermedad venía desde fuera, que era algo que les era otorgado, en ello obtuvo sustentó el desarrollo de la medicina, esa búsqueda implacable por encontrar al genio maligno que precedía a la enfermedad, por lo tanto desde los tejidos hasta los nucleótidos, la enfermedad era un viajero extraño que se hospedaba en el cuerpo y del que había que promover su retirada, entonces también la curación era un don inmerecido.

Pero cuando la enfermedad se vuelve culpa del sujeto, de su estilo de vida o de sus problemas emocionales no resueltos, el paciente comienza a confundirse con el genio y la salud se convierte ya no en un misterio sino en la culpa de un hombre que carga sobre sus hombros todo el peso de la existencia, un hombre-dios que determina su sanidad y que paga el precio por tal inflación. La salud es entonces la prueba de su devoción a la soteriología de los nuevos tiempos y la enfermedad es el pecado que lo encadena a tal dogma, es así que se acaba envenenando la herida devoradora con el espíritu del resentimiento. En cuanto la enfermedad es del hombre, el hombre es la enfermedad.

El fantasma del comunismo

Logos del alma

Desde hace décadas se sobrepone una estrategia de control esgrimida por las políticas neoliberales, la cual consiste en prometer un futuro totalitario a quienes cuestionen el sistema capitalista, lo nombran comunismo pero poco tiene que ver con el comunismo teorizado por Marx como la fase negativa del capitalismo, el cual sólo puede surgir en sociedades altamente industrializadas. Este comunismo de derecha (o capitalismo de estado), se impone en sociedades precarias que no pueden desarrollar los elementos necesarios para el reparto de bienes y servicios, y aunado a ello se construyen muros económicos alrededor de tales experimentos sociales con el fin de hacerlos morir de inanición y demostrar así el destino de los disidentes.

En las sociedades democráticas se atribuyen al comunismo la falta de derechos, el despojo de bienes, la limitación de la libertad y el terror como forma de control político. Por un lado, se amenaza al hombre moderno con la supresión de sus comodidades, las cuales están fincadas en la depredación voraz de los recursos naturales y en la mercantilización de los mismos sujetos humanos. Por otro lado, se le augura que si opta este camino equivocado perderá la ilusoria vivencia de los ideales sobre los que fundamenta su «cómoda» forma de vida.

La idea del comunismo tiene la función de pedirle al hombre no pensar en aquello que vive, conformarse con esta única realidad siendo inconsciente de sus contradicciones. Así, el terror al comunismo es una forma de control de los regímenes capitalistas, el sujeto se encuentra aterrado por la posibilidad de la pérdida de su normalidad y por las amenazas venideras (terrorismos, pandemia, dictaduras, pobreza), pero a su vez evade la verdad de sus propias formas de control y la búsqueda, neoliberal, de maneras cada vez más flexibles de sometimiento.

El sujeto capitalista limita sus derechos ante el desastre, real o ficticio, es un sujeto hipervigilante e hipervigilado a través de todas sus numerosas comodidades, la domótica y las redes sociales lo cercan en guetos virtuales que son imperceptibles, entrega su vida a ideales fútiles que lo esclavizan de manera cada vez más ingeniosa; él mismo se vuelve su propio explotador cuando se encadena a la búsqueda de la salud, del bienestar, del auto cuidado, todo ello mediado por un mercado totalitario en el que el hombre es un objeto de cambio y cuyos únicos derechos están limitados al movimiento del capital. De forma paulatina el sujeto es presa de su mera subjetividad, el otro se desvanece, se convierte en virtual, en mercancía, en inteligencia artificial y, entonces, la misma identidad claudica en el espantoso encierro de la soledad posmoderna. No hace falta la dictadura comunista para vivir un régimen totalitario, el hombre actual lo experimenta de forma blanda, pero lacerante, en una sociedad que vende la ilusión de la libertad como una forma de aprisionamiento. Incluso el aplanamiento intelectual de los regímenes totalitarios no es nada comparado con la imposibilidad de pensar del hombre moderno.

Así, el miedo al comunismo no es otra cosa sino la realidad del capitalismo proyectada hacia una visión fantasmal. El fantasma del comunismo recorre el mundo democrático y no es otra cosa sino el espíritu del mismo capitalismo en su forma sombría.

La enseñanza inconsciente (6)

Educación posmoderna

Hay un consenso que nos dice que el lenguaje de los jóvenes es “soez” «vulgar»o «grosero», sin embargo, la palabra soez refiere, en su etimología, a lo superficial, sucio o barato, es decir, a lo despreciable. Por otra parte, la palabra “grosería” implica cierta brutalidad y falta de reparo o fineza. Por último, la palabra ”vulgar” alude a la gente común u ordinaria de un modo despectivo. 

Cuando, como profesores, reprobamos la forma de hablar, soez, de los jóvenes, lo hacemos, sin saberlo, desde una posición clasista, discriminatoria, posicionándonos, nosotros, en el papel del modelo adecuado y al otro, al joven, en el lugar de lo incorrecto, ahí hay un mensaje implícito. Llevamos a cabo una empresa conquistadora, evangelizadora, que busca salvar el buen nombre de los padres, de las escuelas y de la moral en turno; pero nada de esto tiene que ver con la necesidad del muchacho y nadie se interesa por saber ¿cuál es la función de la grosería en la vida del alumno?

Para saberlo, basta con observar las reacciones de los implicados ante tales vulgaridades: 1) Nos impactan e incomodan, 2) Nos causan rechazo hacia sus usuarios y 3) Se presentan como un misterio compartido por los jóvenes.

Es decir, las groserías alejan a los jóvenes del mundo de los adultos, en el que, como niños, habían estado con-fundidos; pero ante el proceso de construcción de su identidad es necesario, ahora, el rechazo de la dimensión paterna (la muerte de los padres). A su vez, este rechazo necesita del refuerzo de los adultos para fomentarlo. El alejamiento ideológico es un factor necesario en la separación del niño y el adulto y, al mismo tiempo, en la separación de la edad infantil y la adultez en el joven mismo. Para ello, la formación de grupos es primordial, pues ante este trabajo de construcción de sí mismo requiere del apoyo y la confirmación de sus iguales justo en el momento mismo en que debe desligarse de la imagen de la familia de origen para poder saberse un individuo singular.

El rechazo de lo vulgar refuerza el mismo rechazo del joven por lo familiar. Pero en el ámbito escolar habría que preguntarse de forma seria: ¿qué posición debe tomar el profesor frente a la dimensión vulgar del alumno? Rechazar el lenguaje soez pone al docente en un lugar apartado del educando y lo obliga a jugar el rol de castrador, de tirano, de normalizador, es decir, el de participar de un dispositivo de poder; por su papel de autoridad contribuye, así, al proceso de alienación del joven ante su propia identidad, necesidad que es fundamental en un sistema socio-político como el neoliberalismo. Además, como corolario, el profesor, rechaza, en su empresa rectificadora, también su propia dimensión ordinaria, superficial y mediocre, lo cual se convierte en un afirmación de las relaciones asimétricas en la sociedad capitalista. Se educan sujetos escindidos de la sombra, listos para la línea de producción, para la auto-opresión, no para la libertad.

La enseñanza inconsciente (5)

Educación posmoderna

“La educación debe comenzar por la superación de la contradicción educador-educando. Debe fundarse en la conciliación de sus polos, de tal manera que ambos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos.”

Paulo Freire, Pedagogía del oprimido

El docente, en pos de su labor, debe de reconocer al alumno cómo un sujeto completo en sí mismo. El adolescente y el niño no están incompletos, ni son inadecuados, no necesitan madurar, ni crecer o desarrollarse, esas son fantasías de la cultura que tendrían que ser reflexionadas debidamente pues están basadas en la visión progresista de la modernidad occidental y surgen aledañas al paradigma socio-económico imperante.

En realidad, el hombre no se desarrolla o mejora, simplemente ya es quién es, en cada punto de su vida, pues como sujeto representa la completitud de él mismo y su contexto en cada momento actual. Así, el joven y el niño son completos y tienen todo lo que requieren en todo momento y con cada experiencia; y si sus circunstancias lo permiten, se harán conscientes de sí en cada nueva faceta vivida.

La labor docente consiste, bajo esta perspectiva, en la construcción de puentes que permitan el acercamiento consciente de cada individuo hacia sí mismo, comenzando por el propio profesor, quien al poder estar de forma honesta frente a sí, permite que sus alumnos se reconozcan y puedan mantener la reflexión constante sobre sus circunstancias.

En cambio, si el docente se acerca al estudiante, protegido tras la fantasía de progreso, el joven siempre se sentirá inadecuado y reaccionará de una u otra manera a tal violencia, se esforzará por adecuarse, por lo tanto, a un modelo externo a su existencia y perderá la oportunidad, junto al docente, de ser quien es, en la búsqueda vana por tratar de ser quien podría ser.

La enseñanza inconsciente (4)

Educación posmoderna

“Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.

George Bernard Shaw

¿Cómo se le convence a un joven de que la educación le depara un buen trabajo si se empeña, cuando el mundo profesional está lleno de ejemplos donde los puestos mejor remunerados son para los que cumplen algún mérito personal o por nepotismo, sin importar su grado de preparación y donde las influencias son lo más relevante, pues es suficiente con fingir o con dejar que otro haga la labor. Cuando alguien que solo terminó la educación básica gana muchísimas veces más que quien ha obtenido un posgrado. Cuando el crimen organizado paga altas regalías. Cuando las tasas de desempleo entre profesionistas desafían tal prerrogativa? ¿Y cómo se le insta a un joven a creer que la escuela es el mejor lugar para aprender, cuando las habilidades que requiere el mundo moderno se aprenden, en su mayor parte, fuera de la escuela, cuando toda la información y las formas de aplicación se pueden encontrar de mejor manera en Internet, en tutoriales, en cursos en línea, en el material inmenso que hay en la red y cuando todo esto puede obtenerlo por sí mismo en contra de la curricula redundante de los centros educativos?

La escuela ya ha fracasado hace mucho tiempo, al menos en sus objetivos explícitos, se enseña sobre los restos de un cadáver, actuando como si las lecciones del docente fueran aún relevantes. El maestro apasionado, que ama su tema, ofrece una agradable ilusión que dura lo que dura el entusiasmo, pero el mundo pronto advierte que el profesor ya no es necesario, que la escuela pertenece a un universo ya devastado y que el esfuerzo por mantener este cadáver de pie implica el uso de un monto de energía semejante al de los grandes sacrificios rituales de otras civilizaciones. Rendimos tributo con esta tarea sin sentido, que es la educación, al dios que rige la vida de la cultura actual y rezamos con nuestra rutina a ese nuevo dios inadvertido que se llama también «el libre mercado». Educamos sacrificios.

La enseñanza inconsciente (3)

Educación posmoderna

El problema real no recae en los métodos de aprendizaje, sino en que aquello que se aprende tiene como contexto una forma de control y normalización que contradice de la visión cultural de la educación. La neurosis se puede conceptualizar de manera sencilla como la existencia de dos momentos contradictorios de una idea pero, además, un esfuerzo porque la contradicción no sea consciente. Así, en la educación hay una escisión neurótica entre lo que se predica y lo que realmente se hace.

El profesor, sin darse cuenta, y con la mejor intención, impone en el estudiante una forma fija de pensar y al mismo tiempo ejerce su propia necesidad de poder sobre el alumno. A veces, esta imposición tiene matices salvíficos y se hace presente un docente que actúa como si redimiera de la ignorancia a sus alumnos, o a veces se es testigo testigo del docente liberal que convence y coacciona a través de la confianza y la crítica, e incluso quizá el menos dañino sea el profesor que abiertamente ejerce su poder sobre los alumnos sobajándolos, ya que ante él, el alumno tiene aún la oportunidad de sentirse conscientemente vulnerado y luchar contra tal situación.

Hay una sombra en la labor docente que actúa en contra de lo que dicha labor pretende y no importa el esfuerzo de los individuos, ni de las instituciones, siempre hay una mano oculta que hace claudicar los objetivos más generosos y las didácticas más certeras. Se puede decir que la educación es una empresa técnica y como tal su labor es realmente la comercialización de los sujetos, su conversión en objetos de cambio. Por eso está destinada a fracasar en sus objetivos abiertos, así los mejores estudiantes serán buenos engranes del sistema y los peores terminarán como combustible y desecho. Debido a ello, la labor del profesor está más cerca de la del clérigo que de la del filósofo, pues su trabajo esencialmente, aunque no lo sepa y aunque se esfuerce por lo contrario, es convertir a los hombres a la fe del sistema.

(¿Hay una alternativa a este sombrío panorama? A modo de Koan se puede decir que educar solo es posible fuera de la escuela, pero como la escuela es omnipresente, a ésta se le debe permitir llegar hasta su culmen, hasta su sofocación en la negatividad de la anti-escuela, en la enseñanza del no-saber)

El negocio de la psicoterapia hegemónica

Logos del alma

La psicoterapia hegemónica actual se ajusta bien a su tiempo y es un negocio rentable, especialmente para aquellos que creen en su propio dogma y tienen las herramientas precisas para salvar el alma del hombre moderno, sabiendo lo que es correcto y lo que no para la vida de sus pacientes. Sin pensar demasiado en ello, reproducen un discurso social que se inserta en el tejido del imaginario cultural y que reitera las necesidades de una lógica capitalista rampante que cosifica a sus sujetos hasta convertirlos en su forma más pura, como productos intercambiables del mercado.

Este discurso psicoeconómico se puede escuchar en todos los rincones de la cultura. Se observa en el lenguaje común del crecimiento personal, el autoconocimiento, la resiliencia, la educación socioemocional y la recomendación de la psicoterapia como una panacea. Todas estas palabras construyen la idea de un tipo de sujeto intercambiable y consumible, mejorable y siempre perfectible. Cuanto más se exalta su individualidad, más fácil es comercializar con su imagen, e incluso el cuidado personal se convierte en una herramienta de especulación financiera. Su identidad se reduce a la de un producto.

El esfuerzo ego-psicoterapéutico no se enfoca en permitir que el individuo sea lo que ya es, sino en convertirlo en lo que los anuncios mercantiles le obligan a ser: la mejor versión de sí mismo. Es decir, debe ser maleable para engrasar los engranajes de la gran máquina del sistema. Curarse o sanarse significa liberarse de la otredad absoluta de la experiencia humana, del conflicto, de esa parte maldita que no tiene función pecuniaria, que no produce, sino que se expresa como desperdicio puro o fracaso inevitable.

Para el paradigma psicoterapéutico el fracaso, el error y lo patológico, no son productivos, por lo que es necesario desecharlos del horizonte del sujeto, se crea, de esta manera una narración heroica sobre las cualidades de los hombres felices, libres y sanos y se vende como un un gran eslogan al que hay que ceñirse para poder sentir que se tiene una vida exitosa. Ahora no solo hay que ser afortunado sino también se debe trabajar arduamente en la fabricación de las emociones personales y en el proyecto de vida que nos depare la tiranía del gozo continuo. Por supuesto, el alma como lo incierto no tiene lugar en estos proceso gratificantes.

Claro que una psicoterapia de esa naturaleza no logra la emancipación de la persona ante el contexto que le impone una estructura determinada y que le impide seguir su propia necesidad. En cambio, lo alinea a la maquinaria de producción del sistema, lo convence de un discurso prefabricado y le vende la ilusión de objetivos como la felicidad, la auto-estima o el crecimiento; y luego lo certifica, una vez que está suficientemente adoctrinado, para ser un buen obrero de sí mismo y participar de forma eficiente en el sistema de producción al que todos nos adherimos. Lo vuelve «critico» dentro de un programa y anula así su capacidad para ser un individuo. La psicoterapia hegemónica participa de la misma enfermedad que dice curar, es un negocio redondo.

La educación socioemocional como herramienta neoliberal

Educación posmoderna, Logos del alma

La cuestión de sí hay una correcta y una incorrecta educación socio-emocional es una ilusión conceptual. El acento de ambas posturas está puesto en el priorizar las habilidades del ego para ser más eficiente, lo cual ya es un discurso neoliberal y solo puede existir en una sociedad capitalista como la nuestra. No hay un desarrollo socio-emocional liberado de la tarea de hacer del individuo una mejor maquina de producción; por más abierta o critica que sea la teoría del docente, terapeuta o psicólogo, su discurso cultural siempre será autorreferente, pues quien habla nunca es la persona sino la cultura. 

La cultura terapéutica es la narrativa del capitalismo posmoderno y puede tener muchas vertientes, algunas en apariencia más nobles que otras, pero al final todas desembocan en el mismo cauce. Cuando se recomienda a un alumno que maneje sus emociones de manera eficiente ya se esta culturizando al sujeto en la lógica maquinal de la industria, cuando se le insta al paciente a trabajar consigo mismo, como un ente autónomo, ya se está cargando sobre sus hombros un peso que solo puede llevar un individuo sumido en la búsqueda moderna de sentido, justo en el tiempo donde el sentido ya no reside en la esencia de lo humano. No importa si es coaching, transpersonal, psicoanálisis, junguiano, cognitivo conductual, psiquiatría, neurología, pedagogía etc., el hilo conductor es el acento en el valor del máximo rendimiento.

No se mal entienda la critica, pues es bastante preferible estar bien con uno mismo, tener una visión consciente de las emociones, reflexionar continuamente sobre las necesidades psíquicas, ello permite un margen de acción más amplio y más complejo. Pero no somos más libres, ni dejamos de ser maquinas, simplemente somos obreros más eficientes en la gran industria del desarrollo personal.