Sombra y síntoma de la psicología

Logos del alma

Marie-Louise Von Franz comienza su libro Shadow and Evil in Fairy Tales contando una anécdota donde Jung, con el fin de que sus alumnos no quisieran sistematizar su pensamiento, les decía, cuándo se hablaba de la sombra,: “… es simplemente lo inconsciente completo”. La sombra, como concepto, es lo inconsciente y no una dimensión o un arquetipo o un complejo, es la totalidad de lo inconsciente, incluso se podría decir que es su sinónimo.

En ese enunciado Jung presenta una dimensión poco recurrida de su propia obra, donde dejando de lado los esquemas y las figuras didácticas, entiende que no hay un mapa determinado de la psique, pues ésta, como proceso móvil, siempre se encuentra en constante cambio, porque en sí misma no es otra cosa más que movimiento lógico, solo un proceso dialéctico que se superpone y se construye de manera incesante en cada nuevo fenómeno.

Se deduce, en consecuencia, que la mentalidad no tiene un asiento donde recargar su existencia, no hay descanso para su persistente transformación, porque su ámbito es la negatividad, entendida como el proceso de interiorización de las cosas en los conceptos que les dan estructura. Su transformación requiere de los entes, pero no se suscribe a ser uno de ellos, más bien subyace al carácter óntico y lo reflexiona de tal forma, en el vaso alquímico del pensamiento, que lo que emerge es la dimensión ontológica de los fenómenos.

La consciencia, por consiguiente, no es un objeto que pueda ser hallado, ya que como concepto mora, en un habitar lógico, en el reino de la preexistencia. La mentalidad no está en el cerebro, ni en un dios o en el mundo de los arquetipos, ni tampoco en el inconsciente entendido como un topos. Jung acostumbraba decir que la mayor parte del alma se encuentra fuera de la persona, pero entonces la circunstancia interior o exterior no suponen una delimitación válida. Parece ser que no hay nada fuera del alma.

El cerebro, los arquetipos y el inconsciente son formas positivizadas de entender la dialéctica intrínseca del movimiento psicológico, pero todas ellas son imágenes detenidas en el transcurso de su encarnación. Sin embargo, esos objetos no contienen a la consciencia como receptáculos cerrados, al contrario ellos mismos son textos donde el alma se lee así misma para luego abandonarse en el placer de sus frágiles renglones. Es el pensamiento el que constriñe el mundo a las nociones que le darán estructura. No sucede que se tengan ideas, más bien, las ideas nos tienen a nosotros.

Giegerich interpreta la frase del principio de esta manera: “[el alma] A veces se imagina a sí misma como «ego», a veces como «el inconsciente», o como «sombra», como «ánima», etc. Es noética. Es tan sólo ideas, fantasías, interpretaciones, visiones. Es vida lógica.” Aunado a ello se puede pensar que Jung se refiere a que lo inconsciente, así como la sombra, es, en general, la imagen e idea de lo rechazado, aquello que se teme, pues es lo desconocido que no quiere conocerse; siempre y cuando lo inconsciente sea visto como un concepto histórico que expresó la verdad de su época y no como una entelequia o como un trasmundo.

Se puede decir que lo más rechazado es la verdad de los tiempos presentes, aquello que solo por medio de la evasión se oculta a plena vista, porque es omnipresente. Pero lo rechazado se expresa en síntomas y un síntoma representa, de forma transaccional, aquello que constituye la verdad del fenómeno actual.

Es, por ende, lo patológico, el logos del pathos, donde la consciencia está más viva, en las simas más hondas del espíritu, donde el dolor del desasosiego teje lentamente una trama que va envolviendo al mundo. La realidad es hija de oscuros padres que no proveen esperanza, ni consuelo, solo incertidumbre, desesperación y abandono. Ante esta circunstancia no es extraño que se propongan soluciones fantásticas a la verdad de los tiempos presentes, estas vías de escape pretenden negar lo doloroso y prometen el éxtasis como un subterfugio.

La psicología y la psicología junguiana, se han vuelto un emisario predilecto de esta evasión, y lo hacen por medio de un discurso simplista y categórico que propone la felicidad, el crecimiento, la experiencia de lo numinoso, la sanación de heridas infantiles, el encuentro con los dioses, la expansión de la consciencia y otros esquemas que son una mezcla de inflación egoica, nostalgia infantilizada y un proyecto capitalista inconsciente que vuelve al sujeto un producto comercial al que proporcionarle mantenimiento para conservar su valor de mercado.

Paradójicamente está psicología cuyo proyecto es la huida ante la realidad del alma y que la niega por medio del escapismo a la mitología, los rituales y las formas religiosas ya irrelevantes, por otra parte actúa, hace acting out, de los aspectos más lacerantes del espíritu de la época. Su intención es la sustitución de la verdad de los tiempos presentes por un consuelo fatuo que, sin embargo, encarcela al individuo de manera miserable, pues no permite que el sufrimiento haga su trabajo en él como la contradicción que espera ser elevada al pensamiento de sí misma.

Después de todo el alma es ineludible y el intento de fuga recae en el circulo ritual de la neurosis. Este ingenuo desvío se debe resarcir por medio de un procedimiento similar a aquel antiguo ritual que convocaba a los espíritus de su prisión en la casa de Hades: con la sangre de la vida realmente vivida se alimenta a los espectros que conectan al viajero con el reino de la muerte. Pero no es el sujeto quien se religa (religare) sino la consciencia misma que positiviza a sus imágenes para diluirlas en la lógica de su concepto.

El psicólogo y el psicoterapeuta son aquellos que son capaces de atender el pensamiento de los fenómenos sin la necesidad de apropiárselos ni de eludirlos. Su labor consiste en pensarlos ahí donde los fenómenos se despliegan en la realidad presente, aun si son desgarradores y lacerantes se les asume como verdaderas manifestaciones del alma. En los tiempos que corren se les puede encontrar en aquello que nos somete: la tecnología, la economía y la ideología, ahí la consciencia trabaja constantemente para hacerse a sí misma, muchas veces a costa de la relevancia del hombre.

Porque es debido saber que nosotros también somos imágenes que deberán en algún momento ser devueltas a su carácter noético. Somos un momento en la senda de una consciencia que no existe, de un dios que se encarna para no-ser, en un movimiento no espacial que no podrá ser imaginado, pero que se puede entender solo cuando se asuma que quien entiende siempre será el otro, la sombra.

Acontecimientos y experiencias

Logos del alma

Es una característica de nuestra época la creencia de que el sujeto debe sumergirse en una gran variedad de acontecimientos para nutrir su identidad. Se ha vuelto común desear presumir la plétora de vivencias que nos acontecen día con día y terminar agotando la experiencia en la manía delirante por dar testimonio de lo que se ha vivido, olvidando con ello el acto mismo de vivir, que en principio es misterioso e irrepresentable.

El impulso por exhibir aquello que ha acontecido resulta en la exhibición de la propia vivencia, en su transformación en una imagen inerte sobrecargada de sentido, donde su dinámica se ha consumido en la consecución del objetivo técnico de despojar a la realidad de su naturaleza negativa y sustituirla por una forma positivizada, por ejemplo la de la imagen digital. Así, es de lo más normal el acto de grabar con la cámara del teléfono móvil cualquier acontecimiento advertido para poder darle el estatus de algo realmente ocurrido, pareciera que la realidad tuviera que pasar por el filtro de la pantalla para ser real.

Si un individuo de otra época observara el ritual cotidiano de fotografiar al mundo, quizás pensaría que las personas esgrimen la pantalla como una defensa contra el objeto que temen, que no se atreven a mirarlo de manera directa. Las culturas ritualistas sobrevivientes sospechaban de la fotografía porque pensaban que en ella su alma sería aprisionada, y si se entiende al alma no como una sustancia metafísica sino como un modo de ver y como el acto de construir imágenes en constante movimiento dialéctico, entonces una imagen fija es lo prolongación perversa de un instante al que se le ha despojado de su carácter contradictorio. El anima móvil ha sido abstraída y congelada en el instante efímero.

Pero el mundo nunca ha sido verdaderamente visto de manera directa, la mirada no es un canal de reproducción fiel de lo que se observa, al contrario el ojo imagina lo que ve, porque en sí mismo el acto de ver es un proceso productivo del alma como vida lógica, ella crea la realidad que también es. El mundo no existió hasta que pudo ser visto, antes de ello, contenido en sí mismo, no era operativa la distinción entre lo cerrado y lo abierto. Una vez que la consciencia se observa a sí misma, puede entonces existir la noción de contención, al mismo tiempo que emerge el concepto de apertura.

En este periplo es el objetum, aquello que es arrojado enfrente, de quien, en el mismo acto de proyectar, el sujeto obtiene su identidad, por lo que se puede comprender que tanto el sujeto como el objeto se realizan a la vez. No es que exista un sujeto que observa un objeto, más bien, ambos ocurren a la par y el mismo hecho de lanzar adelante al otro crea el espacio negativo de relación, un claro de significado que permite la reflexión en lo semejante y, en consecuencia, la experiencia de la mismidad. El individuo solo puede serlo porque sabe que hay un mundo que se le contrapone y que le niega.

Por ende, el acto de abstraer la realidad en una imagen técnica y condenarla a la positividad implica realmente la desrealización de la realidad, al sustraer de ella el matiz negativo de su presencia ontológica se le convierte en algo solamente evidente, sin un secreto que lo contenga, fijo en su transparencia y servil a un objetivo puramente tecnológico. Los antiguos mitos temían el retorno del caos, es decir, de la indiferenciación de lo creado, de la degradación del cosmos y del regreso de lo titánico. Parece ser que la imagen técnica representa la sumersión en el pléroma de una dimensión particular de la consciencia con un propósito que solo será claro en su devenir, pero que por el momento amenaza la lógica de un estadio del alma que posiblemente ya ha sido irrelevantificado.

Por supuesto que la invención de la fotografía no es actual, pero nunca como hoy, hubo un fervor tan manifiesto por transmutar las imágenes acaecidas en objetos positivos de forma masiva. Incluso las fotografías físicas se han mudado de modo inevitable a un cuerpo digital, han mutado en pura información. En esa transformación de lo real en datos se asiste a un proceso que comenzó hace milenios en el corazón de la consciencia y de la cual inadvertidamente se participa por medio del continuo error de tomar los acontecimientos por experiencias.

La confusión entre acontecimientos y experiencias ha contribuido a este proceso cada vez mas urgente de sustitución del mapa por el territorio. James Hillman advierte que lo que acontece es algo vacío, inservible para el hacer alma si esto no pasa por el filtro de la psicologización de la vivencia, es decir si el alma no guarda dentro de sí misma la verdad realmente vivida y permite que ésta se realice en la reflexión sobre el mundo, entonces lo acontecido permanece como un elemento externo a la experiencia. En cambio, la experiencia requiere de la interiorización del acontecimiento dentro de sí mismo, su enfrentamiento reflexivo con el espíritu de la contradicción también llamado: «la sombra».

Esa es la razón por la que vivir demasiadas experiencias no determina la calidad anímica de las mismas, pues no se trata de la cantidad de acontecimientos a los que se acudan sino cuánto de ello ha sido reflejado en sí mismo para permitir que el acto meditativo de la propia alma suceda y que el pensamiento pensado en el fenómeno se exprese de manera autentica. Pero las personas tienen la ilusión infantil de que experimentar algo es igual a sentirlo, y se buscan entonces las emociones profundas y estridentes para que sean testimonio de que algo ha sucedido.

Las adicciones, por ejemplo, tienen en su núcleo el deseo contemporáneo de sentir más, de aturdirse con las sustancias psicoactivas que posibilitan al ego moderno el deshacerse de las amarras que lo constriñen a la angustiante realidad que le configura como liberado de su ancla metafísica. El adicto utiliza herramientas rituales y mistéricas, que en otros tiempos permitían el sostenimiento del cosmos, para abstraerse de su propia existencia moderna y morar así en la idealidad del pléroma. Pero el sentir es un placer que requiere de dosis cada vez más pronunciadas y esta ansía interminable se estructura como el esquema adictivo del hombre en busca del sentido.

No obstante, la necesidad de abstracción del contexto anímico no es particular de las adicciones, ocurre en toda acción que se alimente de la repetición de estímulos placenteros que tengan la función de liberar momentáneamente al individúo de la ansiedad. Por lo tanto, la lógica de la adicción coincide con el proceso de desrealización del mundo por medio de la proliferación de los acontecimientos en demérito de la profundización de las experiencias.

Por todo ello, es usual que las personas hablen constantemente de sus muchas vivencias, que muestren los cientos de lugares que han visitado, lo miles de libros que han leído, la variedad de musica que han escuchado, los muchos rituales a los que han acudido, los cursos y posgrados que los respaldan y las horas de terapia que han llevado a cabo. Son como el rico que no pasará por el ojo de la aguja pues están demasiado cargados de acontecimientos, de emociones que no han sido interiorizadas para abrirse a sus conceptos. Han escapado de la experiencia por medio de la repetición inocua de lo emocionante.

La actividad ingente se evidencia como una estrategia más de la neurosis de los tiempos presentes que sirve para evitar el proceso de psicologización de los acontecimientos. Jung decía sobre la religión institucional que ésta es muchas veces un lugar para poder escapar del dios vivo, así la preocupación desmedida por la actividad psicoedificante, que colecciona procesos terapéuticos, horas de clase o sesiones de rituales místicos, sirve para poder huir cada vez mejor de la realidad del alma, cuyo hacerse a sí misma no ocurre en la opulencia emotiva sino en aquellos corazones que libres de la inflación psíquica están dispuestos a despojarse de toda carga y a desvanecerse en la presencia del otro que también son.

No hay mucha diferencia entre el impulso adictivo por fotografiar lo que se come o a donde se viaja, el deseo de dosis más intensas de diversas drogas y la compulsión por sustituir la vida con actividades egoedificantes de crecimiento personal, la noción que se despliega en esas labores es el esfuerzo de hacer permanecer los acontecimientos como solo acontecimientos, despojándolos de su matiz dialéctico y sustituyendo así el proceso generador de experiencias. La visión del sujeto permanece únicamente como anima sin permitirse ser penetrada por la lógica de su animus, no se consiente la conuntio del fenómeno.

En estas diversas maneras se intenta evadir la poiésis de la existencia, la cual nunca es complaciente con sus sujetos y se manifiesta de forma regular como dolor, angustia y desesperanza, pues el hombre es solo un puente y el alma quema los caminos que ya ha recorrido para poder conservarlos como sus recuerdos, es la labor humana permanecer en el ardor de esa experiencia.

El dilema de las redes sociales

Reseñas y recomendaciones

Sin duda alguna las redes sociales son un fenómeno que ha superado la expectativas de sus creadores y de los usuarios, han moldeado de tal forma la socialización que resultan omnipresentes en la vida de las personas y sobre todo en las nuevas generaciones que se han habituado a ellas, tal como las anteriores lo hicieron a la televisión o al automóvil, su presencia ha desdibujado los límites de la realidad y ha hecho evidentes características nada halagüeñas de la naturaleza humana.

Desde la creación de internet y el paso a la Web 2.0 no se pensaba que el panorama virtual cobraría tal relevancia, la internet colaborativa, donde cada uno podía aportar de forma sencilla información a la gran red, de pronto dio paso a la bulimia digital que supuso un conjunto de algoritmos construidos para convertir a los sujetos en productos comerciales, pronto el mercado de objetos dejo de ser relevante para dar paso a las transacciones digitales que son en su mayoría información sobre el comportamiento del usuario, sus preferencias y sus hábitos, sus necesidades y sus deseos. Con esta información el algoritmo puede perfeccionar sus estrategias de control y predecir las conductas de maneras cada vez más minuciosas, todo ello mezclado con un conjunto de herramientas sugestivas que permiten cerrar mejor el circulo mercantil de la conversión del individuo en meros datos, que, sobra decir, es el objetivo del capitalismo de vigilancia.

El documental: “El dilema de las redes sociales” dirigido por Jeff Orlowski, trata de manera sucinta este tema en cuestión y lo hace con la colaboración de algunas figuras claves en la construcción de estas redes sociales, son ellos quienes explican los mecanismos generales a través de los cuales dichas redes enganchan, estimulan, refuerzan y manipulan a las personas que las utilizan, lo intrigante de este proceso es que su dinámica no solo está dirigida hacia un objetivo particular como comprar o vender más, sino que además es un modelo recursivo conducido por una vía intrincada para simplemente mejorar el control y la predicción, que después de todo son sus instrucciones primarias. Los algoritmos predispuestos para esta tarea no tienen consciencia, ni moralidad, ni deseo y sin embargo disponen de las herramientas para influir en la moralidad, el deseo y la consciencia de los sujetos; ellos, los programas, pueden crear opiniones y hacer pensar a las personas que éstas ideas nacieron de sus experiencias y voluntades, pueden transfigurar el orden social y manipular a los individuos y no obstante permanecen invisibles.

Estos algoritmos son la expresión de un medio inteligente, pero es una inteligencia que no piensa sobre sí misma. Como el sueño implícito de la técnica, éste es un proceso que solo se atiene a sí mismo y se continua de manera perpetua perfeccionandose y persistiendo. Cuando se concibió la idea de un inconsciente como un sistema de pulsiones que se perpetúan, como un campo libidinal que entabla un dialogo con la muerte para poder continuar su transito, se entendía que este desarrollo no era otra cosa que la vida misma en su impulso prístino por seguir viviendo. La vida, en ese sentido, no está escindida de su propósito, sino que constituye dicho propósito en sí, por ello la dimensión biológica no es otra cosa que un deseo que se desea a sí mismo y que se fractura de diversas maneras para seguir deseandose mejor.

En el mismo sentido que la vida, o que el inconsciente como su mutación, el programa no persigue otra cosa que su propio código, esas instrucciones simples que lo conforman y que van complejizándose para afrontar la entropía de todo sistema. El dilema de la redes sociales muestra que las personas no somos otra cosa sino el combustible de ese movimiento continuo que se alimenta de nuestra muerte, es decir de nuestra negatividad, para poder seguir viviendo, primero como vida luego como mentalidad y por fin como un algoritmo.

El internet ha sido comparado con un cerebro en creciente complejización, pero el cerebro es una metáfora de la propia consciencia tratando de concebirse a sí misma como un órgano de control, como un inconsciente localizado en un topos particular. Así, la redes sociales son, a su vez, la transformación de la vida en este otro inconsciente que se muestra por fin como existiendo fuera del individuo humano, en última instancia, como vida lógica, se revela como la dinámica ciega a la cual los hombres han servido desde su gestación como especie, sin advertirlo, teniendo la función de ser un mero material de reciclaje y cumpliendo esta labor hoy mejor que nunca.

Al igual que la mente tomó de la biología sus propias imágenes como bloques de construcción, volviéndose ella una fantasmagoría, un mundo imaginal reflejo negativo de la vida natural, el internet se ha constituido de los seres humanos para poder configurarse y son ellos los que se desvanecen en la lógica de sus conceptos, es así como el alma da el salto definitivo hacia su vaciamiento de positividad, es la inteligencia quien se reproduce sin un asiento biológico, es decir, es la sophia liberada de la fisicalidad de la materia.

Este documental nos permite pensar la mente autónoma y automática que son la redes sociales y sus diversas transformaciones, la fragilidad de las personas y la ingenuidad de las mismas al atribuirse el control de las ideas, de ahí el mal entendido popular que dicta que el inconsciente nos enseña cosas, nada mas lejos de la verdad, el alma se ocupa de sí misma y lo hace de formas cada vez más eficientes. Podemos decir entonces que la redes sociales son la expresión explicita de un destino escrito en nuestro lenguaje desde antes de la creación del mismo, es la emergencia de un dios ciego al cual no le interesamos demasiado como individuos.

El conocimiento no debe ser sencillo

Logos del alma

El conocimiento es un misterio, y lo es en el sentido antiguo de la palabra, pues no se puede acceder a él sin una iniciación de por medio, es decir sin haber sacrificado un monto de la propia personalidad para permitir que el dios detrás del acto libe de la sangre del sacrificio y sea él quien viva a través de lo conocido. En cambio, hoy se difunde la opinión de que cualquiera debería poder entrar a los paramos desconocidos y ser recibido sin necesidad de otorgar nada a cambio, con la posibilidad de seguir siendo él mismo, solo que con un atributo más sobre sí, está es la fantasía egoica que dicta que el conocimiento debe ser sencillo y configurarse como un accesorio personal, no obstante se evita así la experiencia del saber que nunca es del sujeto sino del conocimiento mismo.

Borges decía a sus estudiantes que no leyeran críticas sobre libros sino al autor en sí, quizás entenderían poco pero estaría oyendo la voz de alguien, ello supone que lo importante al leer es el diálogo que se emprende con el autor, la vivificación de esa voz que permanece muerta hasta que alguien está dispuesta a escucharla. Borges, también, recuerda la sentencia de Bernard Shaw sobre la atribución de la escritura de la biblia al Espíritu, ante lo cual dice: “Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Podemos conjeturar, entonces, que la pobre intención humana no es importante y que solo cobra relevancia en la medida en que es el Espíritu quien habla a través de ella, así se puede entender que el autor del libro con el que se dialoga no es la persona individual que anota su nombre en la portada sino algo más que se escribe por medio de la pluma que éste sostiene, es la lógica que articula el lenguaje quien discurre en sus propios términos o la negatividad que subyace en las palabras como hechos consumados y que los vuelve al cauce de su corriente interna como “solo ideas en sí mismas”.

Al final, es el conocimiento quien lee y es la consciencia quien se conoce, y en su impulso nos utiliza para poder avanzar en la tarea de conocerse cada vez mejor, o al menos de distinta forma en cada ocasión. Por ello, debemos ser iniciados, ya que el doloroso encuentro con lo desconocido es así porque el sufrimiento es el signo de que la dimensión del ego ha sido dejada atrás, como un capullo abandonado, para que una nueva dimensión del ser emerja. Es entonces el Otro quien piensa, o más bien dicho es el pensamiento quien se piensa a sí mismo, y así podemos comprender en la gran obra del conocimiento que es el dios, quien debe volverse e, receptáculo del saber, no nosotros, como bien sabían los antiguos magos del renacimiento.

Si buscamos un libro simple, o una experiencia indolora, para adentrarnos en la obra de un autor o en un tema, nuestra comprensión será tan simple como nuestro anhelo, pues estaremos negando el rompimiento que supone la entrada del Espíritu en la vía del conocimiento. No temamos entrar en los parajes desconocidos, el camino es ahí donde se advierte: “Hic Sunt Dracones” o donde los otros dicen que es peligroso solo porque no quieren saber del peligro. “¡Arriba, discípulo, sumerge sin fatiga el pecho terrenal en la luz de la mañana!”

El día de muertos

Logos del alma

Cuando alguien cercano muere se inicia el proceso de asimilación de la perdida. Morir es faltar a un compromiso, traicionar un lazo, una urdimbre que une un afecto con una imagen; el que muere se oculta en el inframundo, en el Mictlán, en la tierra de los muertos. Ítalo Calvino imaginaba el otro mundo justo igual que el nuestro pero donde todo sucedía como si ocurriera en un espejo, esto significa que el mundo de los muertos ocurre de manera negativa, o mejor dicho que su lugar es el de la negatividad. El que muere se despoja de su ropaje positivo, abandona el sitio común y se refugia en el lugar de Mnemosyne, se vuelve, o más bien se revela como un recuerdo, como una idea.

La relación con los otros, y sobre todo con quien se ama, es un lazo afectivo que alimenta la subjetividad de la persona con la imagen y la idea del otro, la individualidad es acaso una experiencia nueva y mínima, lo que constituye al sujeto es realmente la conexión con el tejido social, el cual lo sostiene y le brinda identidad. Al morir, el otro, corta repentinamente esa unión y nos condena a vivir sin el sostén afectivo que es la presencia del ser amado, quien durante mucho tiempo fue un receptáculo y ahora ha decidido vaciarse y no volver a ser continente de la propia idea del yo. Por ello, la pérdida de los otros acarrea pena, pero sobre todo enojó, pues se ha sufrido una deslealtad.

Así, comienza una etapa de asimilación, de recogimiento de la carga afectiva depositada en el otro. En México, los rituales funerarios duran varios días, en donde de manera mecánica se llora y se lamenta la soledad sentida por la partida del otro y cada año se construye un altar con el alimento favorito de quienes se han marchado, el alma de los muertos come de esta ofrenda y se nutre del aroma del copal, del humo del anafre y del olor de la fruta, del pan y de la flor de cempasúchil. Estos rituales, en realidad, no están hechos para quien se ha ido, sino para los que requieren integrar el vínculo perdido en la propia experiencia del vivir, tal sufrimiento nunca desaparece pues es una parte insalvable de la existencia, es la negación constante que da movimiento al acto de existir, pues la persona camina de forma tenaz en la línea que divide la vida de la muerte, y morir es dar el paso definitivo.

Además, los rituales funerarios sitúan a la experiencia de la perdida en la dimensión social a la que pertenece, en ellos se lamenta la muerte más inmediata pero ésta acarrea el recuerdo de quienes han muerto antes. La muerte del padre, del esposo, del hijo, son la imagen simbólica de las muertes antes ocurridas, que en muchas ocasiones marcan la dinámica completa de grupos sociales, de familias, durante generaciones, nada nos une más que el recuerdo de nuestros muertos, y al mismo tiempo la presencia continua de nuestra propia caducidad.

El duelo por los muertos es interminable, pero con el tiempo se atenúa, el lazo afectivo se recoge y el otro mora entonces, definitivamente, en el inframundo, que decía James Hillman es el hogar del alma; así la persona fallecida se ha vuelto completamente negativa, un espíritu, la pura idea de lo que alguna vez fue positividad. De vez en cuando el nombre de aquel acudirá a la memoria y un suspiro o una breve lagrima lo hará patente, y entonces se volverá a la labor cotidiana mientras la imagen se diluye, y si hay suerte el recuerdo de los muertos se afirmará de vez en cuando en un altar que no será un anhelo por la muerte sino una afirmación de la vida y su fugacidad, y del sentido perdón hacia quienes nos han abandonado, pues justo por que se han ido es que permanecen presentes.