Posdata a Cocks
Wolfgang Giegerich, Alemania
Artículo publicado en ‘Neurosis of Psychology’, volumen I de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 9, pp. 191-195
Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria
Es sorprendente la persistencia y el énfasis con que se siguen atribuyendo calificativos como «fascista» o «antisemita» a ciertos pensadores como C. G. Jung o Martin Heidegger, y es deplorable que estos calificativos se utilicen en su mayor parte sólo para desacreditar sus obras en su totalidad y para absolver al público de la obligación de un estudio serio y abierto de sus ideas. En lugar de examinar la validez y el peso de tales acusaciones sobre la base y en el contexto de toda la vida y obra de estos hombres, a menudo se intenta, por el contrario (perversamente), interpretar su pensamiento de forma reductiva en términos de sus supuestas inclinaciones fascistas y, por lo tanto, se buscan en sus obras simplemente rasgos capaces de prestar algún tipo de apoyo a esta supuesta inclinación. Se trata de un planteamiento que no difiere mucho de la práctica de los propios nazis, para quienes las clasificaciones «judío», «comunista», etc. hacían superflua cualquier argumentación basada en la sustancia. Dado que la acusación de antisemitismo se adhiere al nombre de C. G. Jung, se hace necesario, incluso para aquellos que ven a Jung de manera diferente, examinar de cerca los fundamentos de esta acusación y entablar un debate imparcial sobre todo este tema. El artículo anterior es una valiosa contribución a este debate.1 Escribiendo como historiador, Cocks presenta hechos que hablan por sí mismos. Sin embargo, parece cuestionable que una cuestión tan cargada de emociones pueda «resolverse» únicamente con pruebas históricas. ¿Acaso las intensas emociones relacionadas con este tema no indican que se agita un punto sensible en lo más profundo de la psique, que este tema se extiende a dimensiones que van mucho más allá de lo histórico-factual? De hecho, los propios hechos establecidos por el historiador plantean una serie de interrogantes.
Por una vez, aunque parece claro a partir del material presentado por Cocks que el comportamiento de Jung no estaba motivado por un sesgo antisemita, aún queda la cuestión de por qué Jung habló públicamente de la diferencia entre una psicología judía y otra germánica, de un inconsciente ario y otro judío, y eso precisamente durante aquellos años en los que el antisemitismo empezó a pasar de ser una mera ideología a una realidad política que amenazaba la vida. Este es probablemente el principal punto de partida de estas acusaciones, tanto entonces como hoy.
Así, en una reseña en Psyche (1975, pp. 273-85) desde una perspectiva freudiana de las Briefe de Jung, en la que se acepta como verdad subjetiva la protesta de Jung sobre sus buenas intenciones como presidente de la Sociedad Médica General de Psicoterapia, encontramos la expresión de asombro ante «la ingenuidad política difícilmente creíble» con la que Jung se defendió «como malicioso malentendido de sus intereses completamente científicos» de la indignación general causada por haber hecho la distinción entre un inconsciente ario y uno judío y por haberse unido así de facto «al coro de los conformistas del régimen de la época». La autora de esta reseña, Ilse Grubrich-Simitis, no le reprocha tanto el fondo de sus reflexiones sobre las diferencias raciales, sino que afirma que fue sobre todo el momento en que hizo sus observaciones lo que las convierte en escandalosas, momento que delataba su falta de suspicacia y su total desprecio por la situación histórica. Jung contempló el fenómeno del fascismo con un estado de ánimo «en el que faltaban por completo categorías históricas, verdaderamente políticas, incluso criterios sociológicos o económicos, y que, por tanto, era inadecuado para una evaluación realista de la situación.» Concluye su análisis de este aspecto calificando las cartas de Jung de este periodo como «una conmovedora lección de psicología política.»
El propio Jung confirma esta «ingenuidad política» suya cuando afirma: «… [En el fondo yo era completamente apolítico» (Briefe 1: 280). Pero mientras que el desinterés político de Jung será desechado por muchos como una laguna en su personalidad o en su enfoque, puede convertirse en un punto de partida para una investigación más profunda: ¿por qué Jung no pensaba en términos estrictamente políticos y a qué apuntaba su enfoque? Aquí no podemos discutir esta cuestión en su totalidad, sino que debemos limitarnos a algunas observaciones generales. Lo que llama la atención es que Jung reaccionó ante la cuestión racial de la misma manera que lo hizo con respecto a los «cismas» en la psicología profunda. En ambos casos, Jung no creía en adoptar simplemente una postura a favor o en contra, en defender un punto de vista y combatir el otro y forzar así la cuestión a un punto muerto. Jung quería «reunir a las partes en torno a una mesa de conferencias, para que por fin pudieran conocer y reconocer sus diferencias» (CW 10 § 1032).
El suyo era un enfoque terapéutico. El terapeuta no resuelve los conflictos de sus pacientes llamando a una parte «correcta» o «buena» y a la otra «incorrecta» o «mala», sino que intenta elevar toda la cuestión a un nivel en el que uno ya no se vea atrapado por la cuestión por detrás y arrastrado por sus reacciones emocionales subjetivas. De forma muy parecida, Jung quería elevar el problema racial desde el nivel político, donde hay que elegir entre conformismo e inconformismo y donde, en última instancia, el poder decide la cuestión, a un nivel psicológico, donde la reflexión crítica y la conciencia son posibles -como ya había hecho con el conflicto teórico entre Freud y Adler, al considerarlo desde la perspectiva tipológica.
Visto así, lo que parecía «ingenuidad política» desde una perspectiva política, se revela nada menos que fe psicológica: «Esta ingenua creencia mía en el alma humana puede parecer, desde el punto de vista olímpico de un intelecto hipertrofiado o de una ceguera partidista, risible, sospechosa, antipatriótica y Dios sabe qué» (CW 10 § 1022). Jung no era apolítico, ni siquiera a-político, en el sentido de que evitaba las cuestiones políticas de la época y escapaba al reino de la «Innerlichkeit». Estaba muy comprometido, en el sentido de Mattoon (Spring 1978). Sólo era apolítico en el sentido de que quería -en lugar de una respuesta dogmática correcta/incorrecta- aplicar el enfoque de la resolución psicológica de conflictos a través de la reflexión crítica incluso a los conflictos políticos o ideológicos. No cayó en la trampa de la literalidad, ni uniéndose a la batalla de un lado u otro, por un lado, ni evitando toda la cuestión como si fuera «una zona tabú en la que nadie puede entrar so pena de muerte» (CW 10 §1031), por otro; quiso abordar el problema candente que encontró constelado en su época y ver a través de él.
En otras palabras, no limitó la psicologización a los problemas personales de la vida privada ni volvió a una posición prepsicológica en cuanto surgieron diferencias ideológicas, políticas o teóricas, sino que siguió siendo psicólogo en todo momento; y el hecho de que no tuviera éxito no se debió a una «laguna» por su parte, sino a la falta de fe psicológica y de madurez psicológica por parte del público: nadie estaba preparado para el enfoque psicológico, nadie le dio una oportunidad. La experiencia general de la psicoterapia justifica la opinión de que se podría haber quitado mucho viento de las velas de la cuestión racial si la gente hubiera estado dispuesta a cuestionar críticamente su implicación emocional en ella y a verla como un problema psicológico colectivo. Si hay que reprocharle algo a Jung, es que no se diera cuenta de que estaba «adelantado a su tiempo» y que sobrevalorara a sus contemporáneos, quienes, como ha demostrado la historia, sólo eran capaces de reaccionar en el plano de los juicios a favor y en contra. Puede que en este punto fuera realmente ingenuo, pero la fe en el alma probablemente nunca es «realista» y «eficaz».
Así que estaría de acuerdo con I. Grubrich-Simitis, aunque por razones opuestas, en que las cartas de Jung de la época nazi pueden ser «una lección conmovedora de psicología política». No hay que ver en ellas una enseñanza para ser más político-factual o para adoptar una postura clara contra todo lo que parezca malo o erróneo; esto no sería más que una forma sublimada de resolución primitiva de conflictos por la fuerza bruta.
Más bien deberían considerarse una invitación a todos nosotros para que nos dejemos llevar de verdad por la verdadera cuestión que subyace a cualquier problema o prejuicio que se constate, independientemente de que sea razonable y aceptable o estúpido y vergonzoso, y así pasar del nivel de los hechos a otro en el que sea posible el movimiento psicológico.
Esta es la verdadera razón por la que, por muy valiosa que sea la investigación de Cocks, no basta con responder a la pregunta sobre el supuesto antisemitismo de Jung en el plano histórico-factual (con un sí o un no o algo intermedio). Pues tal respuesta no mueve nada. Una respuesta verdadera sólo puede darse asumiendo la tarea que Jung señaló y que aún está por hacer: la tarea de entrar en el recinto tabuizado de los prejuicios raciales, de permitir que nos toquen, de hacer de los imponderables de las propias diferencias étnicas un tema de examen psicológico y de penetrar en ellos hasta un punto en que se hagan visibles sus proporciones míticas y nuestro arraigo histórico y étnico. Esta es, sin embargo, una tarea que exige más conocimiento y perspicacia psicológica de lo que la mayoría de nosotros podemos ofrecer, como queda claro en una de las cartas de Jung de abril de 1957 sobre el trasfondo étnico del pensamiento de Freud:
Para una comprensión real del componente judío en la perspectiva de Freud sería necesario un conocimiento profundo de los supuestos específicamente judíos con respecto a la historia, la cultura y la religión. Puesto que Freud exige una evaluación extremadamente seria en todos estos niveles, habría que sumergirse profundamente en la historia de la mente judía. Esto nos llevaría más allá de la ortodoxia judía, a los trabajos subterráneos del jasidismo (por ejemplo, las sectas de Sabbatai Zwi), y luego a las complejidades de la Cábala, que aún permanece inexplorada psicológicamente. El hombre mediterráneo, al que también pertenecen los judíos, no está exclusivamente caracterizado y moldeado por el cristianismo y la Cábala, sino que todavía lleva dentro una herencia viva de paganismo que no pudo ser erradicada por la Reforma cristiana. Yo… me he dado cuenta de que hay que tener en cuenta todos estos hechos para comprender realmente el psicoanálisis en su forma freudiana ….
En vista de la sombra manchada de sangre que se cierne sobre la llamada «comprensión aria del judío», cualquier valoración que cayera por debajo del nivel de estas -como puede parecerle a usted- altisonantes condiciones no sería más que un lamentable malentendido, especialmente en suelo alemán. (A Edith Schroeder, Cartas II: pp. 358-59.)
1 Nota del editor: En un artículo titulado “C. G. Jung and German Psychotherapy, 1933–1940: A Research Note” (Spring 1979, pp. 221–227), el historiador Geoffrey Cocks investigó la cuestión de «si las acciones de Jung con respecto a Alemania tras la toma del poder por Hitler representan necesariamente la expresión de un antisemitismo fundamental por su parte». En la presente «Posdata», Giegerich continúa el planteamiento histórico de Cocks sobre esta cuestión con una discusión sobre cómo habría que concebir un enfoque psicológico de la misma.
