Recordar se asume como un acto de recopilación. Los recuerdos se imaginan almacenados en alguna parte del cerebro, a donde la memoria acude para retomarlos como impresiones fieles de la realidad realmente vivida. Pero como Jung sabía, la realidad es lo irrepresentable, aquello que solamente puede ser asido por medio de la imaginación, reconstruido sobre modelos ya inscritos en la estructura objetiva del psiquismo, por lo que rememorar no es una cualidad humana, su potestad corresponde, verdaderamente, a los dioses.
Mnemósine, la memoria, es aquella titanide que junto a Zeus procreó a las musas, las representaciones de la poiésis salvaje de una consciencia en ciernes, que develó el mito para su propio deleite. Es así que esta figura de la memoria imagina narraciones verdaderas, siendo el epíteto “verdadero” no la confluencia entre una narración y su realidad, sino el diálogo entre un fenómeno y lo pensado en él, como la reconstrucción, incesante, de su estructura discursiva.
La memoria, por ende, resulta ser un movimiento creativo, que a través de imágenes y afectos edifican una continuidad mítica que coincide con los factores de la ecuación personal. La identidad, de esta manera, es una fantasía fundada en la necesidad del organismo de constituirse como una unidad homogénea. Sin embargo, aún como predisposición subjetiva supera los límites del individuo y se inscribe en los márgenes de un alma que se expresa continuamente en su singular transformación.
En el consultorio el paciente intenta construir una narración coherente sobre su vida, comenta un conjunto de hechos dispares y los une a través de la suposición de la causalidad entre ellos. Lo mismo sucede cuando relata un sueño, el orden de las imágenes viene mediado por la esperanza de que se puedan conjugar en un patrón. La personalidad es justamente ese conjunto de imágenes experimentadas que se unen a través de un hilo conductor por medio del diálogo constante con las figuras de la psique, sin embargo esas imágenes no son producto del ego, sino que él las encuentra hechas y les brinda coherencia en un esfuerzo por mantener la cohesión de las mismas.
En ese sentido, en el trabajo terapéutico, no debe olvidarse nunca que lo que se escucha es una ficción construyéndose de manera ininterrumpida, no son recuerdos positivamente reales en principio, son fabulaciones que se van sucediendo y que son tomadas al vuelo para poder moldear un relato. Freud lo descubrió cuando en una carta a su amigo Fliess les escribía: “mis histéricas me mienten”, con ello rompía con la teoría del trauma que estipulaba la causalidad entre lo real y las experiencias psíquicas y comenzaba así la mitologización de su teoría, en un intento de responder a las ficciones del alma con ficciones teóricas.
El alma imagina sus recuerdos porque la memoria no es más que un quehacer mitologizante, pero esto no debe ser leído desde el prejuicio común que indica que la realidad positiva es superior en grado a las construcciones ficticias, al contrario todo lo que se dice en el consultorio es verdad precisamente porque es inventado, pues en psicoterapia tratamos, decía Jung, con las fantasías, con la realidad psíquica.
