James Hillman, EE. UU.
Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen 7 de sus Uniform Edition, capítulo 21, pp. 286-306
Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria
Justo al final de este lago donde estamos reunidos para nuestro Congreso, en Lausana, un médico suizo, inventor del término Nervenkrankheit o maladie des nerfs, Samuel Auguste André David Tissot, profesor de medicina en Lausana y Pavía, miembro de las Sociedades Reales de Londres, París, Milán y Estocolmo, publicó en el año 1758, su trigésimo año, una obra en latín que en su propia traducción francesa de 1764 se titula L’Onanisme: Dissertation sur les Maladies Produites par la Masturbation (Onanismo: Disertación sobre las enfermedades producidas por la masturbación). Esta obra apareció en pocos años en las principales lenguas europeas, y en un siglo se publicaron más de treinta ediciones.
Tissot era un escritor experto en casi todos los aspectos de la medicina y en la segunda mitad del siglo XVIII gozaba de reputación internacional. Ha sido reconocido como uno de los médicos más famosos de su época. Su palabra se convirtió en una autoridad familiar -un Dr. Spock del siglo XVIII- y su libro sobre la masturbación en la obra de referencia sobre el tema. Desde su publicación, ha sido una de las principales influencias en las actitudes occidentales y, por lo tanto, sigue influyendo en nuestro trabajo psicoterapéutico actual.
Antes de pasar a los argumentos de Tissot contra la masturbación y al modelo teórico de su fisiología en el que se basan dichos argumentos, repasemos brevemente la visión moderna y contemporánea de la «cuestión de la masturbación.»
Las tradiciones judía y católica condenan rigurosamente la masturbación. Sin embargo, apenas se menciona en los escritos sobre medicina, el ars amatoria o la educación en la sociedad occidental hasta el siglo XVIII, es decir, el periodo de Tissot. Las pruebas antropológicas de otras sociedades «incivilizadas» demuestran que la masturbación es una de las prácticas sexuales menos castigadas. En general, se considera un asunto privado o familiar, no de clan o de sociedad. Sin embargo, en nuestra sociedad, en parte debido a la influencia de Tissot, la masturbación se convirtió no sólo en un pecado religioso y un delito social, sino en una enfermedad médica, es decir, se patologizó. Para Kant, el autoabuso era peor que el suicidio; Voltaire y Rousseau lo condenaron; Goethe y Lavater escribieron sobre la masturbación espiritual en su correspondencia.
A principios del siglo XIX, la «locura masturbatoria» había entrado en la psiquiatría (Hare 1962). Eminentes alienistas -Benjamin Rush en Estados Unidos, Esquirol en Francia, Ellis y Yellowlees en Inglaterra, Flemming y Griesinger en Alemania- consideraban la masturbación una causa de enajenación mental. La clitoridectomía se practicaba, sobre todo en Inglaterra y Estados Unidos, para aliviar la «epilepsia causada por la masturbación» (Duffy 1963). Se aplicaban fantásticos artilugios metálicos similares a los cinturones de castidad medievales para impedir el acto. Hacia 1900, en un reformatorio de Kansas para chicos, se practicaba la castración para evitar la masturbación (Hawke). Una de las «descalificaciones generales» de un candidato a la Academia Naval de Estados Unidos (1940) era la masturbación, que se consideraba una enfermedad moral. El manual de los Boy Scouts (antes de la intervención personal de Kinsey), del que se han editado unos diez millones de ejemplares en Estados Unidos, advertía contra la masturbación. El libro de texto de urología de Campbell, en su edición de 1959, recomendaba las restricciones mecánicas para evitarla. Aunque Taylor (1933) había cuestionado empíricamente la idea de la conservación de la semilla mostrando un grupo de casos en los que se lograban rendimientos atléticos superiores directamente después de la masturbación, la idea de que la masturbación era peligrosa y podía volver loco a uno seguía perdurando en nuestras actitudes culturales.
La primera reacción contra las actitudes represivas y prohibitivas se produjo en 1912, un año revolucionario en la psicología también en muchas otras áreas (Hillman 1972, 164-65 n.). En ese año, los psicoanalistas celebraron su primer simposio sobre Onanie, y la ponencia principal de ese simposio fue escrita por Victor Tausk. Por primera vez se intentó seriamente comprender la masturbación y situarla en el contexto más amplio del desarrollo psicosexual. Los miembros del simposio señalaron y consideraron dos hechos psicológicos de primera importancia en relación con la masturbación: la fantasía y la culpa. Además, el punto de vista de la conferencia fue más tolerante con la masturbación. La hipótesis anterior de Freud de que la masturbación, al igual que el coitus reservatus y el interruptus, era causa de ansiedad y neurosis neurasténica porque proporcionaba una descarga insuficiente, no encontró pleno apoyo (Reich 1951). (Todas las reflexiones de Freud sobre la masturbación han sido recogidas por Nagera 1974, 520-38.) El Simposio de 1912 tendía a aceptar la masturbación como una actividad habitual y ampliamente practicada en la infancia y la adolescencia, y por lo tanto era normal. Esto condujo a la posición de Stekel, que es, en resumen, que «la neurosis es una consecuencia de la abstinencia, no el resultado del hábito» (Stekel 1951), es decir, la perturbación de la sexualidad no es la masturbación, sino los sentimientos de culpa derivados de la prohibición de la masturbación en relación con los conflictos edípicos y la formación del superyó. Así pues, el enemigo no es la masturbación, sino la prohibición y el sentimiento de culpa innecesario.
En la Anthropophyteia de Krauss (1910, 1911, 1912), una enciclopedia de esoterismo antropológico, podemos encontrar secciones sobre «Onanie als Heilmittel» para secar las tripas en el periodo caluroso del año, o para librar a una persona de «Krankheitstoff«, o como acto religioso sacrificial (masturbación sagrada) -todas estas «pruebas» prestaron más apoyo a la dirección psicoanalítica inaugurada principalmente por Stekel.
Desde 1912 -y a pesar de ciertas reservas expresadas por el segundo simposio psicoanalítico de 1928 sobre Onanie- el péndulo ha ido oscilando cada vez más lejos de Tissot, hacia la aprobación sin restricciones de la masturbación, de modo que en una moderna Conferencia de la Casa Blanca sobre Higiene Mental el consenso luchó con pancartas ondeantes a favor de la masturbación adolescente (Reich 1951). Los dos informes Kinsey (1948, 1953) blanquearon de una vez por todas estadísticamente la masturbación. Incluso la noción de que la masturbación podía ser excesiva se mostró como un absurdo, ya que el impulso sexual no responde cuando está saciado. El único escollo que quedaba era el anticuado moralismo folclórico -esa causa de culpabilidad, de mala conciencia- atribuible a Tissot.
Sin embargo, a pesar de toda esta aprobación de la masturbación, persistía una curiosa desaprobación. La desaprobación se disfrazaba, se desplazaba. Por ejemplo, se condenaba la masturbación «excesiva»; o las «fantasías masturbatorias» llevaban a uno al «retraimiento esquizoide introvertido» y lo alejaban de «la vida real y el amor»; o, aunque la masturbación es normal en la adolescencia, no es un comportamiento «maduro», o impide, en las mujeres el «orgasmo vaginal».
Sin embargo, los informes Kinsey señalan una alta frecuencia de masturbación a lo largo de la vida adulta y entre adultos que disfrutan de otras formas de actividad sexual: «Muchos adultos que no son inmaduros en ningún sentido realista se masturban, y no tiene sentido negarse a reconocer este hecho». Este hecho sobresaliente -que la actividad masturbatoria precede, corre paralela y sucede a la actividad heterosexual en la vida humana, se prolonga desde la infancia hasta la vejez, y es en aquellos sobre los que tenemos algunas estadísticas fiables, los estadounidenses, después del coito heterosexual, la siguiente forma más frecuente de actividad sexual- plantea cuestiones básicas. Ya no puede considerarse una forma sustitutiva de comportamiento, sino una actividad sexual sui generis. (Como tal, la actividad continúa incluso en hombres que han sido castrados por «masturbación perseverante» (Bremer 1959, 86-88]. Por ejemplo, once varones «esquizofrénicos», castrados entre los 23 y los 49 años siguieron masturbándose, incluso cuando el pene estaba flácido). Como psicólogos tenemos la tarea de comprender el hecho de la masturbación adulta que los informes Kinsey señalan, incluso subrayan, pero dejan sin explicación.
Primero debemos volver a Tissot. En su opinión, la masturbación era catastróficamente perjudicial. Le atribuía un sinfín de males des nerfs-tabes dorsalis, ojos débiles, granos, tisis, epilepsia, debilidad de las facultades intelectuales, trastornos sexuales y genitales, y toda una serie de síntomas hipocondríacos e histéricos en lo que constituye una descripción temprana del síndrome neurasténico. El principal argumento de Tissot contra la masturbación era que la pérdida de semillas es fisiológicamente perjudicial. Las ideas de Tissot sobre la «pérdida de la semilla» fueron confirmadas por otro médico de Montpellier en tres volúmenes con decenas de informes de casos (Lallemand 1836-42).
El modelo fisiológico en el que Tissot basa su argumentación está tan extendido y es tan recurrente que podemos calificarlo con razón de arquetípico. Este modelo de psicofisiología aparece temprano y con fuerza en Hipócrates, en quien Tissot se basa y cita extensamente. Según el modelo hipocrático, el sistema nervioso es un conjunto de tubos o conductos muy finos por los que circula la somata hormonta o cuerpo excitante (Bucher, 1958). Esta esencia circulante es un fluidum vital psicofísico descrito de muchas maneras y con muchos nombres en los siglos posteriores. Galeno lo relacionó con su teoría de los cuatro humores y su alimentación y reposición. Este «animal» o «espíritu vital» siempre ha sido ambiguamente psicofísico, a veces descrito como un fluido real, a veces como un flujo inmaterial (Hillman 1960, 75-7).
El modelo hidrodinámico de la circulación se remonta a los albores del pensamiento en China y presagia el descubrimiento de la circulación de la sangre (Boenheim 1957). Expresiones similares son el «empuje circular» (periousis) en el Timeo de Platón (79-80), el prana en la psicofisiología india, la noción de aliento en Avicena, cuya esencia es el elemento húmedo pero que es una sustancia luminosa como la «luz» que circula en El secreto de la flor de oro (Jung y Wilhelm 1929). La noción de Freud de la libido, de su represión y canalización por el yo, de su conexión especial con el instinto sexual -incluso con los fluidos sexuales- es una reformulación moderna del mismo modelo hidrodinámico arquetípico de la psique.
En este sentido, reviste especial importancia la teoría encefalomilogenética del semen sostenida por Hipócrates, Platón y muchas otras figuras autorizadas que influyeron en Tissot. Esta teoría concebía una línea anatómica directa desde el cerebro hasta los testículos, pasando por la columna vertebral (Lesky 1950). Se pueden encontrar ideas similares en los dibujos anatómicos tibetanos, en el yoga Kundalini y, lo que es más importante para nuestras ideas occidentales, en las primeras ideas griegas sobre la materia vital explicadas por Onians (1954). Esta materia vital, llamada eón, era un fluido o líquido que fluía por todas las partes del cuerpo, pero se asociaba especialmente con los líquidos sexuales, el cerebro, el líquido cefalorraquídeo, el agua de los ojos, las rodillas, los riñones, etc.
Tissot consideraba que el semen era el ejemplo por excelencia de este fluido vital. El semen es a la vez vital y visible, pero contiene un principio vital semimaterial invisible, una especie de homúnculo en su interior, para el que el fluido visible sirve de vehículo. Para Tissot, el semen era «el aceite esencial de los licores animales». Escribe: «Es cierto que ignoramos si los licores animales y el licor genital son la misma cosa; pero la observación nos enseña… que estos dos fluidos tienen una analogía muy estricta, y que la pérdida de uno u otro produce los mismos males» (Tissot 1772). Tissot reafirma en el lenguaje de su época la idea de que la pérdida de semen es pérdida de sustancia anímica, que debe circular por el cuerpo para mantener la vida y no gastarse.
La pérdida de semillas en la masturbación era perjudicial porque los movimientos de la masturbación eran más violentos que los del coito, lo que provocaba una excitación excesiva análoga al ataque epiléptico, dejando al individuo exhausto, seco y vacío. De nuevo la idea es antigua: el espíritu vital, o materia de la vida, debe circular en un flujo rítmico, moderado y armonioso, de acuerdo con las ideas griegas del alma como una armonía y las fibras del alma como un acorde. La pasión sobreestimula el flujo, forzándolo hacia pasajes equivocados y conduciendo a una excitación genital incesante y a obsesivas preocupaciones sexuales, es decir, al «mal hábito».
Además, la semilla perdida en la masturbación no se reponía. Para Tissot, había un torrente invisible que fluía entre dos personas en el coito, un intercambio a través de los poros, una transmisión de aliento vital que restablecía el vigor. La masturbación es solitaria; no hay inhalación, intercambio ni reposición.
No podemos contentarnos con rechazar los argumentos de Tissot por su fisiología anticuada. Como psicólogos -especialmente como psicólogos junguianos- consideremos que estas ideas tan arraigadas tienen en sí mismas alguna verdad psicológica arcaica, aunque sean fisiológicamente incorrectas. El modelo fisiológico de Tissot para la prohibición de la masturbación es defectuoso; pero este modelo, arraigado en una imagen arquetípica, dio a los argumentos de Tissot su asombrosa influencia colectiva. Así pues, no es que la masturbación excite y gaste algún cuasi «fluido nervioso». Más bien, es que la masturbación estimula y luego libera la tensión psíquica. Sólo tenemos que traducir el «gasto de fluido» fisiológico en la «fuga en la circulación del flujo psíquico» psicológico. Con este redescubrimiento del modelo arquetípico en el pensamiento de Tissot, ahora podemos abordar de nuevo el problema de la culpa y la inhibición de la masturbación.
Una de las principales conclusiones del simposio psicoanalítico de 1912 sobre el onanismo, como ya he informado, fue que el sentimiento de culpa estaba fundamentalmente relacionado con la masturbación. Estos sentimientos de culpa resultan irresolubles, irreductibles. Fenichel (1945) escribe: «En la adolescencia y más tarde en la vida, con frecuencia no sólo los temores y los sentimientos de culpa están todavía conectados con la masturbación, sino que incluso hay una clara resistencia por parte de los pacientes contra la iluminación sobre la naturaleza inofensiva de la masturbación. Parecen tener algún interés inconsciente en creer que la masturbación es algo espantoso.»
En su exhaustivo informe sobre los delincuentes sexuales (Gebhard et al. 1965), los investigadores de Kinsey señalan (503): «Una proporción sustancial de los varones que entrevistamos se habían preocupado a pesar de su conocimiento de que la masturbación es casi universal y a pesar del hecho de que ninguno de ellos informó haber sido dañado físicamente por ella. Es sorprendente cómo pocas personas se preguntaron por qué una pérdida de semen en la masturbación debería ser perjudicial mientras que una pérdida de semen en el coito no debería tener ningún efecto nocivo; nadie captó el concepto de que si la masturbación fuera perjudicial, el matrimonio sería por la misma razón suicida.» Una vez más, el modelo arquetípico es más fuerte que los hechos y la razón, ya sea en Tissot o en estos delincuentes sexuales. Es un argumento persuasivo en apoyo de nuestra posición que estos hombres, encarcelados por sodomía, homosexualidad, violación, incesto, abuso sexual de menores y otros «delitos sexuales», que en su mayoría tienen grandes dificultades para admitir su culpabilidad en relación con su delito, experimentan sin embargo preocupación, ansiedad y culpabilidad en relación con su masturbación. Esta afirmación, por supuesto, requiere una discusión más diferenciada, ya que el mecanismo de negación (804-7) puede funcionar con más fuerza en relación con el delito penal. Pero la conclusión principal sigue en pie: la masturbación va acompañada de una culpa preocupante – «la ansiedad es normalmente concomitante con la masturbación (generalmente cesa cuando cesa la masturbación)» (500)- incluso en aquellos que ejercen plenamente su sexualidad violando leyes prohibitivas y tabúes inhibitorios (incesto).
La culpa fundamental la ponen de manifiesto escritores sobre la masturbación que van desde teólogos católicos (Von Gagern 1955) hasta D. H. Lawrence. El pecado de Onán (Génesis 38: 9), que no tiene nada que ver explícitamente con la masturbación, fue sin embargo asumido por la psique como culpa por masturbación. Los datos antropológicos sobre la masturbación son difíciles de reunir, ya que el acto se practica en secreto, es culturalmente desaprobado y ampliamente ridiculizado. Es evidente que el hombre se siente incómodo con la masturbación. Nuestras propias actitudes, supuestamente ilustradas, también expresan culpabilidad; pues en la literatura psicológica se suele opinar que la masturbación es un comportamiento sustitutivo o regresivo, auténtico sólo en las circunstancias atenuantes de faute de mieux o Not-Onanie (presos, marineros), o en relación con la regresión terapéutica a niveles más juveniles.
¿Cuál es el origen de este malestar y desaprobación, de este sentimiento de culpa generalizado en la conciencia? ¿Podemos achacarlo enteramente a la prohibición impuesta por los representantes paternos de la cultura? ¿Se ha asociado la masturbación a una autoridad restrictiva introyectada, de modo que los dos -impulso y prohibición- aparecen siempre juntos? ¿O tiene la masturbación un inhibidor sui generis, como parte de la propia pulsión? ¿Prohibición o inhibición? La respuesta dependerá en parte de cómo veamos la psique. Si asumimos que la psique es un sistema de individuación relativamente cerrado y dirigido por objetivos, cuyo modelo básico es el Sí-mismo como flujo circulante de vida psíquica dentro de la persona, entonces este sistema también es autodirigido, autoguiado. La conciencia es la experiencia de la función spiritus rector del sistema de autodirección. La culpa en la conciencia es inhibición de la función: la inhibición de la función se siente como culpa en la conciencia. La inhibición es autoimpuesta por la actividad autorreguladora de la psique. Esta posición aparece ya en la discusión de Eugen Bleuler sobre Onanie-Hemmung (1913). Allí Bleuler reconoció la importancia señalada de la masturbación en la vida sexual del individuo y su particular relación con la vergüenza, la culpa y la tendencia al secreto. Freud incluso fue tan lejos en una nota escrita en 1938 (Nagera 1974, 438) como para sugerir que la base de toda inhibición en las esferas del intelecto y la actividad laboral parece residir en la inhibición de la masturbación infantil. La implicación tanto en Bleuler como en Freud es que la masturbación y la inhibición están fundamentalmente conectadas y que la inhibición en su sentido más amplio es derivada de la masturbación. No podemos tener la una sin la otra.
Jung (1958) dice de la conciencia: «el fenómeno de la conciencia no coincide con el código moral, sino que es anterior a él, trasciende su contenido». La culpa de la formación del superyó -la prohibición de masturbarse que viene de fuera- sólo es posible si la psique tiene la posibilidad fundamental ya dada de «sentirse culpable», y de encontrar sentido en los códigos morales como parte de su sistema de autoguiado.
La prohibición introyectada sólo funciona porque se hace eco de la inhibición autorreguladora previa. Y el levantamiento de la prohibición -como cuando Freud habla del «retorno terapéutico de la masturbación»- no elimina el malestar y la problemática fundamentales de la masturbación, como coinciden los psicoanalistas, que permanecen pero se desplazan a cuestiones como la masturbación «excesiva», «compulsiva» o «infantil-fijada».
La hipótesis de una inhibición de la masturbación encuentra apoyo en los hallazgos clínicos. Un paciente adolescente de Burghölzli, esquizofrénico y masturbador compulsivo, me dijo una vez que quería darle la vuelta para que le subiera a la cabeza y le curara. (Este fue el impulso para la investigación que dio lugar a este artículo.) Los casos tratados en el simposio de Onanie de 1928 informan de ansiedad por la pérdida de la semilla. Los chicos encuentran que la masturbación sin orgasmo, sin eyaculación ni pérdida de semillas, evoca menos culpa.
El hecho antropológico de que la masturbación evoca el menor castigo de todas las actividades sexuales implica una autoinhibición natural que requiere poco refuerzo prohibitivo externo. Si fuera un gran peligro para la sociedad o la especie, como algunos han interpretado la razón del castigo de Dios a Onán, la masturbación sería objeto de una aversión universal aún mayor que el incesto.
Otro argumento a favor de la hipótesis de la inhibición surge de las actitudes hacia la masturbación femenina. Incluso después de que Karl Ernst von Baer descubriera el óvulo en 1827, refutando así definitivamente la teoría galénica y medieval de que la mujer tenía semen (Gerlach 1937-38) y poniendo fin a la controversia sobre el papel de la mujer en la reproducción, la masturbación femenina siguió siendo condenada con el mismo rigor que la masculina. El mal era igual de grande, las consecuencias igual de desastrosas y las medidas infligidas para impedir la masturbación igual de drásticas. El hecho fisiológico no tenía ningún efecto sobre la idea arquetípica. En la masturbación femenina no se trata de una pérdida real de fluido vital o de semillas concretas, sino del significado arquetípico que el modelo del flujo circulante de la psique da a esta pérdida de fluido.
Admitiendo que la inhibición experimentada en la conciencia como angustia de culpabilidad es sui generis y no una prohibición cultural, tal vez su origen sea biológico. En otras palabras, ¿surge la culpa porque la masturbación va en contra de la «ley natural» al rechazar la procreación, de modo que la voz de la preservación de la especie habla a través del yo? Se trata de la vieja idea de que la masturbación es una perversión del instinto. La actividad masturbatoria de los animales, en particular de los primates -y en sus hábitats naturales- demuestra que la masturbación es una actividad que ocurre regularmente sin inhibición (por ejemplo, los puercoespines también se masturban -Wendt 1965, 297). No interfiere con la procreación, sino que corre paralela a ella. La inhibición tendría en esta analogía con los animales que encontrar su origen en otra parte que en la «perversión instintiva» o en la «culpa biológicamente generada». Biológicamente, la masturbación es «natural». No podemos basar la inhibición en una función biológica más de lo que podríamos hacerlo en prohibiciones culturales introyectadas.
Espero que a estas alturas haya quedado clara la diferencia entre «prohibición» e «inhibición». Una prohibición es un mandato negativo, una prohibición por parte de la autoridad. Una inhibición es la acción de obstaculizar, restringir, controlar, impedir. Una prohibición requiere autoridad, y en la historia de la discusión sobre la masturbación, esta autoridad ha ido desde Dios, que golpeó a Onán, hasta la figura paterna que prohíbe en la formación del superyó freudiano. Una inhibición, por otro lado, puede concebirse como nativa de, como parte de, una función en sí misma, como un control incorporado y un equilibrio necesario para la autorregulación.
Una prohibición es «antimasturbación»; se opone a ella. Una inhibición obstaculiza la masturbación; es una complicación de la misma. Además, la inhibición puede concebirse como parte de la propia función masturbatoria, a la manera de una partie inférieure y supérieure de la misma función -para utilizar el lenguaje de Janet tomado prestado por Jung en su descripción del arquetipo. La masturbación y su inhibición son aspectos de la misma actividad. El extremo inferior es el impulso a la acción, el extremo superior consiste en las fantasías y el spiritus rector de la conciencia.
La prohibición impuesta por la autoridad externa refuerza la inhibición, el extremo superior a expensas del extremo inferior, y divide el instinto contra sí mismo. Entonces encontramos ese patrón familiar de masturbación compulsiva alternando con rígidas restricciones superyoicas, culpa mórbida y fantasías eróticas desplazadas. El retorno terapéutico de la masturbación significa más que lo que Freud quería decir, es decir, la descarga de las energías del id canalizadas por el ego ahora liberado de las restricciones intolerables del superego. El retorno terapéutico de la masturbación significa la reunión de los dos extremos del espectro instintivo. Significa también el retorno de la inhibición, en forma de vida fantástica reavivada, y un sentido de la propia autonomía, de la propia conciencia innata que nos guía, en lugar de una moral superyoica impuesta.
Para recapitular brevemente: nuestro examen de la culpa por masturbación nos llevó a suponer la existencia de una inhibición de la masturbación. No hemos podido reducir esta inhibición ni a fuentes culturales ni biológicas. Más bien, hemos seguido una idea de Freud «que algo en la naturaleza del instinto sexual en sí es desfavorable para el logro de la gratificación absoluta» (1912, 214). Este factor inhibitorio es totalmente de origen psicológico y es un componente inherente de la actividad masturbatoria. El modelo de nuestra teoría, sin embargo, va en otra dirección que la de Freud, pues estamos asumiendo como base de la inhibición la idea arquetípica del yo como circulación de la psique dentro de un sistema contenedor, es decir, la autocontención de la psique.
Llegamos a nuestra pregunta final. ¿Cuál podría ser el significado y el propósito de la inhibición de la masturbación con respecto a la masturbación adulta? Como ha demostrado Layard (1945) en relación con el incesto, un tabú no sólo tiene una función preventiva negativa. El tabú del incesto también fomenta la extensión de la cultura. Del mismo modo, la inhibición de la masturbación no sólo actúa negativamente contra la liberación instintiva; también fomenta sentimientos subjetivos de culpa, preocupaciones introspectivas, conflictos psicológicos y fantasías eróticas. Sin el tabú del incesto, la cultura biológica y social podría satisfacerse principalmente dentro de la familia inmediata. Sin la inhibición de la masturbación, la tensión psicológica podría descargarse directamente.
Podríamos afirmar que la inhibición de la masturbación fomenta instintivamente dos funciones psicológicas. Estas funciones son la conciencia y la imaginación. Sobre la culpa, el malestar, el secreto, la preocupación moral en la conciencia que acompaña a la masturbación ya hemos hablado; sobre la fantasía vívida que acompaña a la masturbación, a veces incluso necesaria para ella, no necesitamos hablar ya que es muy bien conocida. «Los varones que nunca han tenido fantasías durante la masturbación son relativamente infrecuentes», dicen Gebhard et al. (1965, 503). ¿Sin la inhibición que acompaña a la masturbación habría fantasía? ¿No es la fantasía una parte del propio impulso sexual, como partie supérieure de la actividad? De hecho, pruebas experimentales recientes (Fisher, Gross y Zuch 1956) apoyan la hipótesis de que la excitación sexual y la fantasía son partes de la misma función. Los ciclos de erección del pene durante el sueño son sincrónicos con los ciclos de ensoñación. La fantasía sexual que es bloqueada por la ansiedad o la censura en el contenido del sueño también parece ser sincrónica con la pérdida de la erección del pene. Mientras que el tabú del incesto a través de la exogamia fomenta el desarrollo extravertido, la inhibición de la masturbación, a través del fomento de la tensión intrapsíquica, la conciencia moral y las imágenes mentales, fomenta el desarrollo introvertido. La masturbación vivifica especialmente las relaciones con parejas imaginarias (Lukianowicz 1960); es una forma de hacer figuras de la imaginación, tanto convincentes como satisfactorias.
El trabajo pionero de Spitz sobre el juego genital de los bebés también apunta a una relación entre la inhibición de la masturbación y la introversión. Escribe: «He descubierto que el juego genital en la infancia (o su ausencia) es un indicador de la naturaleza de las relaciones objetales del niño» (Spitz 1962). Los bebés con buenas relaciones de objeto con sus madres y sus sustitutos se masturban; los que están privados o aislados se masturban menos o no se masturban en absoluto. La actividad masturbatoria de los lactantes está directamente correlacionada con la relación instintiva de salida. En los lactantes no se trata, como solemos pensar, de un comportamiento autoerótico compensatorio activado por el aislamiento. Si aceptamos el punto de vista que se ha propuesto de que todos los bebés (no autistas, «normales») son extravertidos, es decir, orientados al objeto, la actividad masturbatoria desinhibida de los bebés pertenece a la extraversión.
La partie supérieure, la inhibición, evidentemente se despliega ontogenéticamente más tarde. La inhibición, reforzada por los conflictos edípicos, parecería aumentar con la maduración y el desarrollo de la subjetividad, la introspección, la introversión y la contención psicológica. Me arriesgaría a proponer que la inhibición se refuerza con más fuerza en torno a la pubertad que en la época de los conflictos edípicos de la primera infancia. Sobre la base de nuestro modelo fluido del alma, la aparición de las secreciones genitales sería el factor determinante. Esta es la experiencia física crítica que choca con el modelo arquetípico de la sustancia anímica como fluido, intensificando la inhibición, sus conflictos y fantasías.
Las palabras que utilizamos para referirnos a la masturbación -autoerotismo, vicio solitario, vicio secreto, autosatisfacción, autoestimulación, autoabuso- llaman la atención sobre la subjetividad del acto: la «tendencia al secreto» de Bleuler. Por ser la única actividad sexual que se realiza en solitario, se le ha dado un valor negativo para la cultura biológica y social.
El sinsentido de la masturbación para la especie y para la sociedad, es decir, la cultura externa, ha asociado durante mucho tiempo la masturbación con el suicidio. Sin embargo, al ser la única actividad sexual que se realiza en solitario, es muy posible que tenga otro tipo de significado: un impulso sexual para la cultura psicológica o interna. Su conexión con la producción de fuego y su papel en los mitos de la creación apuntan a su importancia psicológica (cf. CW 5, p. 142f.; CW 9.2, p. 207; Bachelard 1938). De interés aquí es el hecho de que un signo de la infancia del futuro chamán entre los Mohave es la masturbación frecuente (cf. Devereux 1936).
Aunque hemos venido mostrando que la masturbación es «natural» (se da a lo largo de toda la vida humana y en los animales), es al mismo tiempo un opus contra naturam. El aspecto contra naturam está representado por los concomitantes inhibitorios del secreto, la culpa y la fantasía. De ahí su significado chamánico. Y de ahí la denigración de la masturbación por parte de quienes sostienen las visiones naturalistas y literalistas de la sexualidad, es decir, que debe servir a la procreación biológica o a la relación social.
El aspecto contra naturam de la masturbación se expresa en diversas fantasías míticas que relacionan el acto con un monstruo, con una imagen antinatural que es a la vez negativa y creativa. El monstruo Golem de la leyenda judía es el resultado de que el esperma no penetre en la mujer; el monstruo Erichthonios es el resultado de que la semilla de Hefistos caiga en Gea (en lugar de Atenea); Pan, de quien se decía que había inventado la masturbación, es él mismo un monstruo con patas de cabra.
Como ha sugerido Murray Stein (1973), Hefesto es un dios de la libido introvertida, una estructura de conciencia que es a la vez contra naturam y al mismo tiempo está íntimamente conectada con la naturaleza; Hefesto activa la producción de simbolismo individual, forjando la naturaleza en imágenes. Pero es precisamente a esta producción de simbolismo individual y de conciencia a la que se oponen las religiones ortodoxas. Y son ellas las que más tienen que decir sobre la supresión de la masturbación. Por ejemplo, el Kitzur Shulhan Arukh (§ 151), un libro judío de leyes supuestamente redactado originalmente por el rabino Caro, compara explícitamente la masturbación con el asesinato (de ahí la justificación de Dios para castigar a Onán). Otro ejemplo es la postura adoptada por la Iglesia Católica Romana bajo Inocencio III en el IV Concilio de Letrán (1215). Fue en esa importantísima reunión donde la Iglesia estableció vigorosos modos de represión contra las fantasías individualistas (averroísmo, los albigenses); inauguró la Inquisición y una nueva Cruzada; circunscribió con el dogma las actividades de los ángeles y definió a los demonios como aquellos espíritus que se convertían en malvados por voluntad propia a través de sus propios actos; y reconfirmó con fuerza el celibato sacerdotal, dando un nuevo impulso al escrutinio de todas las actividades sexuales, incluida la masturbación.
La «monstruosidad» de la masturbación y el miedo al «exceso» se refieren a la enormidad de la fantasía que va más allá de la naturaleza. «Se sabe que el comportamiento sexual previsto en las ensoñaciones o fantasías durante la masturbación irá, en muchos casos, mucho más allá de cualquier comportamiento que el individuo haya experimentado o desee experimentar en la vida real. Esto es especialmente cierto en el caso de los varones». (Duvall & Duvall 1961). La exorbitancia de la fantasía en relación con la masturbación aparece también en las advertencias contra la actividad, como las que se encuentran en Tissot. Las horripilantes imágenes del niño idiota babeante o de la febril muchacha despilfarradora y lasciva presentadas en los libros de medicina casera del siglo XIX, en los consejos religiosos o en las exhibiciones itinerantes de fenómenos tienen su fuente psicológica en el aspecto contra naturam del arquetipo que presenta la misma idea en las imágenes de Pan y Hefesto.
En otras palabras, hay algo profundo en la vieja idea de que «la masturbación vuelve loco». Nydes (1950) ha interpretado que la locura que uno teme es una pérdida de realidad en favor de fantasías mágicas de omnipotencia. El vívido acontecer táctil de la masturbación, al dar cuerpo (experiencia física concreta) a las fantasías de omnipotencia, «fortifica la cualidad alucinatoria de la experiencia» (306). En efecto, la masturbación hace posible la experiencia de la realidad absoluta de la fantasía más allá, en exceso y en contradicción con la «naturaleza».
Por lo general, consideramos que la capacidad de contener la excitación y el desarrollo de la introversión pertenecen más a la madurez que a la juventud. Quizá ahora podamos entender por qué la masturbación ha sido condonada -e incluso, en algunas sociedades, fomentada- para los jóvenes, pero casi universalmente condenada para los adultos.
Las razones en contra de la masturbación adulta -que es fisiológicamente dañina, teológicamente mala, biológicamente amenazante, sociológicamente criminal- pueden ser todas erróneas. La condena de la masturbación adulta como juvenil y regresiva expresa la idea psicológica de que el desarrollo de la personalidad requiere tapas (calor interno), y que es «juvenil» ser incapaz de contener la excitación necesaria para este desarrollo.
La contención de la excitación sexual, incluida la retención de semillas, con fines de desarrollo psicológico es fundamental para el misticismo sexual (Études Carmélitaines 1953; Evola 1968). Las creencias sexuales chinas, especialmente las taoístas, han elaborado estas prácticas con gran detalle. Éstas han sido descritas con autoridad por Maspero (1937) en el Journal Asiatique, y explicadas con más detalle en relación con el yoga tántrico y la alquimia por Van Gulik (1961). Estas ideas místicas de autoalimentación a través de la sexualidad se han reducido de forma freudiana a la «oralidad» (Weakland 1956), un enfoque que pasa por alto el modelo arquetípico de «flujo» autorregulador que intentamos exponer aquí.
Para resumir brevemente estas ideas orientales El cuerpo inmortal no nace espontáneamente, ni lo dan los dioses. La salvación depende de la fabricación del propio cuerpo inmortal mediante la acción humana. Esta es la base de toda gimnasia, ética, dietética, alquimia, etc. En todos ellos, el trabajo principal es alimentar el espíritu vital, lo que se consigue principalmente «tragándose el aliento», es decir, introvirtiendo la fuerza vital y desarrollando la tensión psíquica. El principal opus contra naturam exige el dominio del instinto sexual. Dado que «un solo coito disminuye en un año la vida del cuerpo inmortal» (Maspero 1937), se recomienda la abstinencia. Sin embargo, la cópula es natural y necesaria. Por ello, se desarrollan técnicas para introvertir o «traducir» el semen mediante la supresión de la eyaculación (coitus reservatus), forzándolo así, como era la fantasía en el paciente de Burghölzli, a través de esos minúsculos tubos (de Tissot) y haciéndolo «fluir hacia arriba» hasta el cerebro. El sabio tiene relaciones con cualquier número de mujeres, preferentemente adolescentes, por sus «exhalaciones vitales», y sin excitación violenta para alimentar sus espíritus vitales sin pérdida, ni de la preciosa semilla ni por movimiento violento. Las prescripciones se corresponden sorprendentemente con los principales argumentos de Tissot. Ackerman amplía aún más estas ideas taoístas en términos de instrucciones de masturbación oculta y una mística de excitación, tumescencia, pero retención de la semilla para la dispersión interiorizada del fluido vital. Preformas de esta práctica exótica pueden encontrarse en adolescentes que luchan con la masturbación, que se permiten la estimulación genital pero no la eyaculación.
Las actitudes occidentales hacia la sexualidad son en gran medida extravertidas. No hemos sido capaces de dar todo su valor a la masturbación como tampoco lo hemos hecho con la introversión. Su infravaloración es un corolario de la infravaloración más amplia de la vida psíquica per se, a menos que se muestre claramente en la cultura biológica o social, es decir, en formas extravertidas. Por ello, seguimos encontrando la literatura sobre la masturbación en obras dedicadas a la infancia y la adolescencia, como si desapareciera de la vida psíquica después de la madurez.
Por lo tanto, hemos sido ciegos a la evidencia antropológica y psicológica de la inhibición, siempre asumiendo que una prohibición es necesaria-y las prohibiciones, viniendo de autoridades externas, también son extravertidas.
Además, nuestros prejuicios naturalistas extravertidos han aislado por completo la masturbación de su significado para el alma y de su relación con la religión. (No se menciona el «onanismo» en ninguna de estas obras estándar relacionadas con la religión: La rama dorada de Frazer, la Enciclopedia de las Ciencias Sociales de Seligman, el Diccionario de la Biblia de Hastings o su Enciclopedia de Religión y Ética; cf. Jeffreys 1951). Pero si, como ha dicho el filósofo Whitehead, «la religión es lo que una persona hace con su propia soledad», entonces la masturbación puede tener profundas implicaciones más allá de una mera psicoterapia de la función sexual. La propia individuación mostrará su omnipotencia en el mundo de fantasía de la masturbación y en la secreta preocupación introspectiva que acompaña al acto, obligando al individuo a reconocer al dios en el «síntoma», al alma en el cuerpo, al ritual en lo sexual. En las complejidades inherentes a la masturbación, nos encontramos con raíces del aspecto introvertido del instinto religioso: separación y soledad, vergüenza, sensación de pecado, formación de fantasías individuales y magia corporal. Nuestra resistencia individual a la confesión de la masturbación y la conciencia de las fantasías masturbatorias pertenecen, por tanto, a los niveles más profundos del instinto religioso. Estos sentimientos y fantasías secretos presentan patrones de nuestra individuación.
Incluso las ideas «libres» más recientes sobre la masturbación, originadas por Stekel, son extravertidas en el sentido de que se oponen a la prohibición en nombre de la expresión extravertida de la psicosexualidad. Los prejuicios extravertidos aparecen también en las discusiones habituales sobre la masturbación y el petting. La excitación que no conduce a la descarga se considera una práctica malsana y, como en el caso del primer Freud sobre el coitus reservatus, una fuente de neurosis. Si este prejuicio extravertido, apoyado por las religiones occidentales, no ha tenido en sí mismo un efecto malsano sobre el cultivo del eros y la intensificación de las tapas, lo dejo para el debate.
Los psicoanalistas actuales parecen estar de acuerdo con Spitz en que la masturbación y su inhibición van unidas. Spitz (1962) escribe: «Desde el punto de vista de nuestra civilización, las consecuencias de la masturbación sin restricción son probablemente tan indeseables como las de la restricción sin masturbación. Ambas conducen a la esterilidad, ya sea mental o reproductiva». Desgraciadamente, el argumento se basa en el viejo modelo de un impulso instintivo incontrolado contrarrestado por una prohibición restrictiva. Spitz, y todos los demás que he leído, echan de menos la inhibición, el autogobierno del instinto principalmente a través de la fantasía y la conciencia, que nos ofrece el modelo de Tissot. Que el instinto se exprese principalmente en el extremo inferior o en el superior dependería de si la tensión psíquica debe ser liberada o retenida y cultivada de acuerdo con lo que es beneficioso en ese momento para la constelación psico-lógica.
Es la constelación la que determina la experiencia masturbatoria. Si es puer, entonces la masturbación es libertad y omnipotencia; si es heroica, entonces la inhibición y el control se vuelven dominantes; si es dionisíaca, entonces la relajación y el gasto adquieren más importancia. Gran parte de los prejuicios contra la masturbación, incluida la asociación de Freud con la neurastenia, pueden referirse a la postura del yo heroico contra el debilitamiento dionisíaco. Aunque la constelación arquetípica determina la experiencia, la ambivalencia fundamental entre compulsión e inhibición no se pasa por alto; esta ambivalencia simplemente adopta diferentes formas al seguir diferentes patrones míticos. Así, el valor psicológico crucial de la masturbación reside precisamente en la experiencia de la ambivalencia, de la tensión psíquica, que refleja la autoinhibición incluso de lo que parece más natural, simple y placentero.
Dos sueños ilustran la importancia de la masturbación para la introversión y el desarrollo de la tensión psíquica. Un hombre de unos cuarenta años ha vivido su sexualidad con mujeres desde la adolescencia. En el momento del sueño ha proyectado su talento creativo en una mujer artista que es su amante. Descuida sus considerables dotes artísticas. Sueña que una mujer mayor le ordena masturbarse en una copa de plata. El sueño me dio a entender que debería dirigir parte de su energía sexual hacia su propia ánima, contenerla allí, en lugar de volcarla toda en la relación.
Otro hombre, de unos treinta años, que está luchando con su homosexualidad muy activa -es decir, si quedarse en casa por la noche y masturbarse o salir a la calle- sueña que está en poder de un homosexual mayor brutal y endurecido. Al masturbar a este hombre mayor, disminuye su poder y se libera. Entendía que este sueño significaba que la masturbación era ahora la respuesta a su impulso sexual; de lo contrario, estaría bajo el dominio de su insensible sombra. En ambos casos, la masturbación significaba la frustración de la sexualidad extravertida orientada al objeto en aras del factor subjetivo. En ambos casos, la masturbación había sido considerada como un sustituto infantil. Después de los sueños, la masturbación pudo ser conectada con la vida interior y la inhibición reconocida como la función de fantasía-inquietud de la propia actividad.
El modelo arquetípico de Tissot, que relaciona los líquidos sexuales con el flujo de energía psíquica, nos dice lo que la masturbación puede significar realmente para la psique. Es justo lo que dice el término: autoestimulación, un estímulo para la circulación de la psique, al principio principalmente constelando un polo para la libido opuesto a la cabeza. La energía sexual se entrega a la introversión. La inhibición impide la descarga directa de la excitación aumentada, prolongando así la circulación o rotación de la psique. El misterio de la masturbación adulta puede verse ahora bajo una nueva luz. Es un aspecto de la introversión adulta, un intento primitivo de autocentrarse y autorregularse, más aún, de imaginación activa en su nivel fundamental.
Examinamos los argumentos de Tissot contra la masturbación y el modelo teórico de la fisiología subyacente a estos argumentos, dando un breve repaso a la «cuestión de la masturbación» moderna y mostrando la conexión entre masturbación, pecado, crimen y enfermedad. Para Tissot, la pérdida de semen era la pérdida de la sustancia del alma: no se podía reponer. Parece haber una verdad psicológica arcaica detrás de los argumentos fisiológicamente incorrectos de Tissot; su modelo de fluidos especiales circulantes en un circuito autónomo está arraigado en una imagen arquetípica. Este significado redescubierto del modelo de Tissot conduce a una revisión necesaria del problema de la culpa y de la inhibición masturbatoria. Los sentimientos de culpa irresolubles asociados a la masturbación han sido reconocidos por los psicoanalistas en 1912, y por muchos desde entonces. Aunque la literatura profesional tiende a considerar la masturbación como un comportamiento sustitutivo o regresivo, existen pruebas colaterales de observaciones clínicas y de otros campos de que esto no es en absoluto todo. Se postula una inhibición masturbatoria sui generis, anterior a la prohibición motivada cultural o biológicamente. Esto encaja con la visión de Jung de la conciencia como anterior al código moral, no necesariamente idéntica a él y trascendiéndolo, así como con los hallazgos psicoanalíticos. Para aclarar la diferencia entre prohibición e inhibición me serví de los conceptos de Janet de partie inférieure y supérieure de una misma función. Cuando la prohibición refuerza la inhibición, el instinto puede dividirse contra sí mismo. Esta escisión puede curarse en el tratamiento analítico («el retorno de lo reprimido»), pero la inhibición original también regresa, manifestándose en formas tales como una vida fantástica reavivada, un sentido de autonomía y conciencia. Refiriéndome a la opinión de Layard sobre la función positiva del tabú del incesto, examiné el significado y el propósito de la inhibición masturbatoria en relación con la masturbación adulta, afirmando que la conciencia y la imaginación se ven favorecidas por esta inhibición; esto fomenta la tensión intrapsíquica que puede conducir a un desarrollo introvertido cada vez mayor. Spitz discute la relación entre la inhibición masturbatoria y la introversión, y encuentra que la actividad masturbatoria de los bebés está directamente correlacionada con una relación satisfactoria con el objeto, y no es un comportamiento auto-erótico compensatorio activado por el aislamiento. Evidentemente, la inhibición se desarrolla ontogenéticamente más tarde. Entonces me aventuré a afirmar que la inhibición se refuerza con más fuerza alrededor de la pubertad que en la época del conflicto edípico de la primera infancia. Esto encajaría con el modelo de fluido anímico de Tissot. Desde el punto de vista de la preservación de la especie y de la cultura, la masturbación se ha asociado durante mucho tiempo al suicidio. También puede considerarse como el impulso sexual del opus contra naturam de la cultura psicológica o interna (cf. los mitos de la creación y de la fabricación del fuego).
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