Este es un viejo ensayo de los tiempos en que estudiaba a Jung en mi formación de licenciatura. Ha pasado tiempo y ya no podría decir lo mismo, pero me parece una curiosidad que se puede conservar a modo de recuerdo, o de sueño.
El tema de los sueños es sumamente interesante, especialmente para el hombre moderno, inmerso en su fantasía de racionalidad. En los sueños, hay una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no comprende los sueños, y sufre porque desea hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la habilidad de conversar con sus sueños, así como también ha perdido la habilidad de dialogar con otros hombres.
El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que proviene y la función a la que sirve.
Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”
¿Qué dice el sueño? En la cotidianidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar. Fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre. Para estos casos, el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el que se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas. Un símbolo siempre es más de lo que parece: es una totalidad que encierra totalidades. Los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por los signos simples, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.
El lenguaje común se forma con signos preestablecidos, unívocos y consensuados para la comunicación. Sin embargo, hay dimensiones que escapan a este lenguaje, cosas que no se pueden expresar con palabras. Aunque nuestro mundo está limitado por el lenguaje, como dijo Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite. Para acceder a este mundo, los lenguajes alegóricos y los símbolos son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que se manifiestan.
Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.
El Libro de Eclesiastés (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios. Por ejemplo, Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presentó mensajes, algunos grandes y otros convenientes, a sus siervos. Los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son una muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transcurso de los héroes en la mitología y los cuentos se transmiten a través del proceso onírico en el que se sumergen.
Se dice que los sueños tienen la función de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que «la función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico». Esta es la función compensadora de los sueños, que busca la homeostasis a nivel psíquico. Esta compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto impone a sus conductas y patrones de comportamiento en la vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al desarrollo excesivo de la función primaria de su personalidad.
También es importante resaltar que los sueños emanan del inconsciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello, el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconsciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y, ya que los contenidos del sueño son de índole psicoide, ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico; en cambio, lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.
Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconsciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.
El propósito de los sueños no conoce límite. Su energía es tan grande que el consciente debe hacer un gran esfuerzo para evadir el mensaje que proporcionan, pero esta es una tarea inútil, ya que los sueños siempre acaban por revelarse.
La palabra «ángel» deriva del latín «ángelus», que a su vez tiene raíces griegas («ángelos»), y significa mensajero. Un significado similar tiene la palabra hebrea «mal’ak». Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo tanto, podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que nos habita y nos trasciende.
«No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza», afirmaba Jung.
Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconsciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus órdenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.
De manera similar, Jung tuvo una curiosa experiencia. Él soñó que estaba frente a una casa de oración, en la posición del loto. En ese momento, notó que cerca había un yogui envuelto en la paz de la meditación. Se acercó, miró el rostro del hombre y, horrorizado, vio que era su propio rostro. Despertó y pensó: «Él es el que medita; ha soñado y yo soy su sueño. Cuando despierte, ya no existiré».
Nosotros despreciamos la confusión de los sueños, aunque estos son, a veces, demasiado claros. Nos jactamos de su banalidad, sin embargo son más significativos que el mundo real. Vivimos como si los sueños fueran un desecho de la vida en vigilia, ignorando así que son la sustancia de la que somos reflejo.
Sin embargo, los sueños no nos ignoran y siempre están hablando. Su mensaje es fuerte y, a veces, demasiado atronador. La razón no los abarca, pues todo intento de subyugarlos termina en fracaso. Por ello, conviene acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde. Hacer caso de los sueños es una tarea necesaria para quienes emprenden el camino de la trascendencia.
Ciudad de México, 2003
