El amor al dios vivo

Cotidianidad

«El arco de la ira de Dios está tenso, y la flecha preparada en su cuerda. Y la justicia apunta la flecha hacia tu corazón y tira de la cuerda; y eso no es más que un puro placer de Dios, de un dios enfurecido, sin ninguna promesa u obligación, y hace esperar a la flecha un momento antes de que se embriague de tu sangre…»

Así comenzaba Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, su sermón en Nueva Inglaterra. Es sencillo amar e invocar la bondad de Dios, del Dios bueno, del pequeño dios despojado de su sombra, separado de su faz diabólica. Pero el verdadero creyente es quien sabe que el Dios vivo es cruel y terrible, que no le importamos ni deberíamos de importarle pues su horror anega las más simples esperanzas de las criaturas simples que somos. Tal vez, como dice León Felipe, seamos la obra de un Dios monstruoso e inmisericorde, el alimento de un Dios oscuro y, al final, el excremento de un Dios indiferente ¡y todo se repite!

Amar a este Dios al que no le importamos y que no nos necesita  ¿no es acaso la verdadera fe, el verdadero fervor religioso? Y no la hipocresía de los mojigatos que solo aman lo que les es conveniente.