La bella y la bestia o sobre la opresión femenina

Logos del alma

Y sabed esto también, aunque mis palabras hieran con fuerza vuestros corazones.
El asesinado es también responsable de su propio asesinato.
[…] Y el justo no es inocente de los actos del malvado.

Khalil Gibran, El profeta

Uno de los motivos más importantes en el corpus junguiano es la relación enantiodromica de cualquier fenómeno psicológico, donde se entiende que todo proceso se confronta, en algún momento de su movimiento lógico, con su opuesto, como el otro de sí mismo. Así, el mal devendrá bien y la víctima será concebida como victimaria, bajo esta luz nada puede permanecer indemne, ni presuponer inocencia, ya que todo se apresura hacia su contrario.

Jung utilizó las imágenes del anima y del animus para entender la relación intrínseca de un momento dado del fenómeno psicológico con su opuesto, dicho lazo de unión puede ser comprendido desde las figuras clásicas del mito o de los cuentos antiguos, por ejemplo la Bella y la Bestia, un antiguo cuento francés que se relaciona con la historia de Apuleyo sobre Eros y Psique.

El viejo motivo de La Bella y La Bestia puede ser leído como un relato sobre la conjunción de los opuestos, sin embargo en ocasiones es asumido como la representación de la amenaza masculina hacía el desarrollo femenino, la bestia entonces sería un animus negativo que invade la psique femenina y la encierra en ideas fijas y lógicas anquilosadas. Por supuesto, tal es la historia contada desde la mirada de la propia doncella virginal.

Pero el arribo de la bestia es también la entrada al mundo de lo desconocido, a un nuevo momento dialéctico que ha sido hechizado por un hada malvada la cual no ha sido reconocida de primera instancia y que, por lo tanto, aún no ha llegado a la consciencia de sí. La presencia de la bestia como la llegada del otro a la consciencia de sí, en este sentido comparte un trasfondo similar al cuento de Barba Azul donde un anima ingenua es amenazada, hasta la muerte, por su propia curiosidad asesina.

Para el punto de vista del anima virginal la irrupción del animus debe ser un acto bestial. El animus ha de tomar la figura de un asesino, del rey del inframundo emergiendo debajo del campo de flores; la violencia de su efigie corresponde al propio miedo del anima ante el movimiento de su posición actual a través de la negación de sí misma.

Tanto la Bella como la esposa de Barba Azul son llevadas por un impulso frenético que no les pertenece, tentadas a probar del fruto prohibido, y una vez que la doncella Psique es guiada al umbrío castillo y puede reflexionar, es decir, reflejar en sí misma la dimensión animus de su experiencia, es entonces, durante su muerte próxima o su ultraje, que puede por fin llegar a ser la esposa, la soror mistica, no de la bestia, sino de su propio concepto, porque la consciencia la ha trastocado.

No obstante a pesar del los finales reconfortantes, no se debe de olvidar que la Bestia, Barba Azul, la puerta o la habitación prohibida y el principe o el hermano, no son figuras distintas sino momentos precisos de la irrupción del animus y de su integración en el fenómeno presente, ellos representan la negación que destroza, la irrupción violenta de la otredad.

El cuento de La Bella y la Bestia, desde esta posición de análisis implica el relato del anima descubriendo su contraparte en sí misma e interiorizando lo que hasta entonces estuvo en la superficie como un síntoma inconsciente. Tal situación es vivida como una terrible violencia, pero es así porque el movimiento dialéctico constituye primariamente una matanza de la posición de la que se aleja.

Realmente no es importante la salvación y es posible que las figuras soteriológicas no sean sino recursos, posteriores, para suavizar el impacto emocional de la muerte, que es el verdadero destino de la conjunción. El hermano que llega o el hechizo que se rompe suavizan el destino aciago de la protagonista, pero ella debe morir, y debe hacerlo de forma horrenda. El alma no puede hacerse consciente de sí misma y permanecer intacta.

“Anima” y “animus” no son dos personajes, ni lo masculino o lo femenino en su realidad contrasexual. Son dos posiciones del mismo fenómeno, que se confrontan para dar vida al movimiento dialéctico del concepto subyacente. Se nombra anima a la dimensión inconsciente que espera ser preñada por la consciencia de sí misma, donde el otro parece venir desde fuera, pero en verdad ocurre como su propia interioridad.

Quizá se podría entender el relato moderno sobre la opresión femenina desde el movimiento psicológico como una narración del miedo del alma por verse a sí misma en el otro. Ahí se encuentran el terrible hombre del patriarcado, la dama despojada de su fuerza, la nekya de la virgen bajo el yugo de las instituciones y de la historia. Es muy probable que esta narrativa de tipo feminista no sea sino una actualización del tema de la conjunción de los opuestos, que, no obstante, es literalizada y detenida en un momento y convertida así en ideología.

La opresión femenina encarna, por razón de su materialidad, la lucha de personas que en principio no hacen sino identificarse con motivos que no les corresponden del todo, pues el drama psíquico no responde a la moral imperante ya que guarda en sí sus propias motivaciones.

Es así que este movimiento feminista, en su rama hegemónica, se constituye como la defensa de la posición puramente anima que observa a su perpetrador fuera de ella y que condena a éste a cargar con su propia contradicción. Sin embargo, en la experiencia de la opresión está también el deseo y el esfuerzo implícito por ejercer dicha facultad, de ahí la acusación de algunos sectores por los tintes totalitarios de las posiciones feministas más radicales.

Es posible que la visión de la opresión femenina sea un momento en el tema del anima asumiendo su parte sombría y la llegada de una violenta posición desde el animus, que resulta más terrible mientras mayor resistencia se ejerza hacia su devenir otro. Quizás, si se entiende a este proceso o como la asunción del otro en sí mismo, ya no será necesario bestializar a un genero u otro sino aventurarse en la experiencia de descubrir y amar esa bestialidad que representa la vivencia primera del encuentro con el prójimo.

Masculino y femenino, anima y animus, realmente no tienen forma alguna y no pertenecen a la realidad de las personas, son conceptos que se proyectan en ciertas figuras que a veces pueden ser el hombre o la mujer, pero en realidad hablan únicamente de la experiencia del alma ante el descubrimiento de su verdad interna.

La asunción del otro, si persiste, descubre que la bruja que bestializa, la dama que desencanta y el asesino que se cierne como una cruel sombra son uno y lo mismo en el camino dialéctico del concepto llegando a casa, a la consciencia de sí como una noción absoluta. Tal es la lógica del encuentro, de la matanza que espera a cualquiera que traspase el jardín de espinas de la verdad.