La demanda de honestidad y transparencia en la pareja

Logos del alma

En las relaciones de pareja aparece de forma constante la demanda por la honestidad, uno o ambos miembros acusan al otro de no ser abierto, de ocultar cosas, de ser emocionalmente infieles, pretenden así que su pareja sea totalmente transparente a su vista, que no haya secretos en su trato cotidiano. Sin embargo, se puede entender que esta solicitud no solo ocurre como una petición de los individuos, sino que, de igual modo, es una búsqueda cultural condenada, por supuesto, al fracaso. Byung-Chul Han dice: “Las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad […]. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales […]”, por lo tanto, se puede asumir que la solicitud de la honestidad radical en realidad tiene que ver con un deseo implícito de dominio completo del otro, que no solo es el prójimo sino la misma alteridad como concepto, aquello Otro que a su vez es el propio alter-ego.

El psicoterapeuta sabe que el grado de honestidad que se idealiza es irrealizable, nadie puede acceder a tal magnitud de apertura ante sí mismo, pues existen un conjunto de mentes autónomas que se contraponen a la visión de la realidad unificada del paciente. El síntoma, por ejemplo, está estructurado como un lenguaje (en este sentido es un mito), él mismo habla y piensa de forma narrativa sobre un deseo particular, tiene un telos propio y dicha finalidad no siempre es igual a la que la persona desearía ya que la expresión patológica prefiere sendas ajenas a la normalidad. La soberanía del síntoma es un residuo de aquella antigua experiencia maniaca donde un dios se imponía sobre el albedrío de las personas y actuaba a través de ellas; en la actualidad el carácter inescrutable de lo divino aun mora como la interioridad lógica de todo proceso experimentado.

Por lo tanto, hay múltiples discursos en el individuo, quien es nombrado así solo a modo de un eufemismo, que lo protege de la multiplicidad que verdaderamente es, pues su nombre real es Legión. Por eso la continuidad en la terapia es una ilusión, el terapeuta debe preguntarse en cada sesión: “¿quién acude hoy a este encuentro?” y entonces construir lentamente un altar para recibir a ese huésped casi siempre indeseado. A su vez, el miedo, en el contexto del consultorio, por que el paciente pueda mentir tiene que ver con aquel ya mencionado en el caso de la pareja, ahí se trasluce la petición inconsciente de ejercer poder sobre el cliente e imponer la voluntad propia (que nunca es realmente propia), en forma del diagnostico o de la interpretación sobre el Otro.

No obstante, la mentira tiene muchas funciones, una de ellas es la emancipación del sujeto, su consolidación como alguien separado de un medio determinado. El niño que miente a sus padres, lo hace para crear un lugar donde resguardarse de la omnisciencia de ellos, es así como se crea el secreto, por medio de una distancia infranqueable, pues el infante no es otra cosa sino una traición constante, que en pos de ser él mismo tiene que llevar a cabo de manera intermitente el cruel acto de la felonia. Esa separación, que ocurre como una herida narcisista, es el proceso necesario para poder ser uno mismo, que Jung llamó La individuación.

Por todo esto, se comprende que la honestidad y la mentira siempre van juntas y que no es posible saber donde empieza una y comienza otra, pero la empresa moderna por querer ser totalmente transparentes desvía la negatividad del fenómeno hacia las personas circundantes y es entonces que los otros tienen que encarnar el secreto, las oscuras vías de la voluntad del Otro, de aquello que los psicoanalistas denominarón como lo inconsciente.

Los miembros de la pareja se esfuerzan por someter aquello que no comprenden, quieren operatividad completa, un domino inmarcesible que los acerque al objeto del gozo que nadie jamas alcanzará; así surge, debido al énfasis unilateral en la transparencia, la fantasía del rompimiento, de la separación. Se alza entonces la búsqueda por la autodeterminación, o la lucha contra el dragón, pues el control absoluto de la Gran Madre precede siempre al acto heroico de la muerte del gran Satán o el rompimiento del huevo cósmico, y ya que el secreto es inalcanzable, porque tiene una inteligencia propia, éste se escapa constantemente de nuestra necesidad de retenerlo, es así que busca lugares para refugiarse, en la infidelidad, en una familia secreta, en la adicción o en la perversión, en un síntoma que se estructure como una mentira, como un mito, que permita la vivencia de la separación y la autonomía ante la exigencia de una vida emocional imposiblemente diáfana.

La lección del árbol de Navidad (1)

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Thinks’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 1

Traducido por Alejandro Chavarria

La Navidad se asocia para nosotros a las esperanzas de paz en el mundo (sean religiosas o laicas), a dar y recibir regalos, a las acogedoras reuniones familiares o a las alegres fiestas. Pero que el Árbol de Navidad pueda enseñarnos algo puede ser una idea sorprendente. Sin embargo, como veremos, el Árbol de Navidad sí puede darnos una lección importante, siempre que nos fijemos bien en cómo se muestra y dejemos que hable su aspecto fainómeno, en lugar de darlo por sentado.

Si hoy en día es muy habitual colocar en Navidad un árbol iluminado, y si esta costumbre originaria de las regiones de habla alemana se ha extendido por muchas partes del mundo, llegando incluso a Australia y Japón, entonces se trata de la irrupción de una costumbre antigua en nuestra época. La cuestión que nos plantea este fenómeno es cuál es la situación en nuestro tiempo de las auténticas reliquias de la experiencia mítica de épocas anteriores. En otras palabras, ¿un símbolo o ritual que en sí mismo permanece más o menos igual que antes es inmune a los cambios en el carácter de los tiempos en los que aparece? Esta cuestión planteada por el árbol de Navidad probablemente también pueda arrojar luz sobre la cuestión más amplia de hasta qué punto son auténticas, de hecho, hasta qué punto son «arquetipales» y «míticas» las experiencias arquetipales en los sueños y las visiones de hoy en día.

En nuestra época, la Navidad se ha comercializado y ha sido presa de una actitud de «todo vale», hasta el punto de que apenas podemos atrevernos a considerar que sigue habiendo un mito vivo en ella. A través de este proceso de comercialización y kitsch, el propio símbolo del árbol de Navidad ha sufrido considerables modificaciones. Pero hace apenas medio siglo no era así, y por eso Jung aún pudo contrarrestar la objeción que se le hizo de que la costumbre de poner árboles de Navidad había surgido en tiempos relativamente recientes (la primera documentación en 1660) y que este hecho hace que su interpretación como basada en un arquetipo parezca improbable, con el comentario: «¡Al contrario! El modo en que el árbol de Navidad se ha impuesto en varios países y ha arraigado rápidamente, de modo que la mayoría de la gente cree realmente que es una costumbre milenaria, es sólo una prueba más de que su atractivo se basa en las profundidades del alma, en el inconsciente colectivo, y supera con creces el del pesebre, el buey y el asno».(2) Por lo tanto, en lo que se refiere a lo que sigue, hay que centrarse en el árbol de Navidad aún intacto de hace cinco o diez décadas, que todavía se puede encontrar ocasionalmente aquí o allá, en lugar del árbol devaluado y kitsch desde hace tiempo, que se ha alejado de su propia forma y sustancia.

La costumbre del árbol de Navidad nos permite ilustrar bastante bien una característica esencial de lo que es genuinamente mítico en un sentido más amplio (incluyendo mito, ritual, símbolo), y Jung señaló repetidamente esta característica. Se trata del hecho de que los actos rituales se «realizan sin pensar» (gedankenlos vollzogen)(3) y de que uno tampoco suele tener ideas o pensamientos claros sobre los mitos y símbolos que utiliza. A propósito de ciertas imágenes mitológicas cristianas (nacimiento virginal, divinidad de Cristo, Trinidad) Jung hace la siguiente afirmación fundamentalmente significativa «Casi parece como si estas imágenes acabaran de vivir, y como si su existencia viva se diera por sentada sin cuestionar y sin reflexionar, de la misma manera que todo el mundo decora los árboles de Navidad o esconde los huevos de Pascua sin saber nunca lo que significan estas costumbres. El hecho es que las imágenes arquetípicas llevan a priori su significado dentro de sí mismas, de modo que a la gente nunca se le ocurre preguntarse qué pueden significar» (CW 9i § 22, trad. modificada). De hecho, las imágenes míticas estaban vivas -esto lo tenemos que concluir sobre la base de nuestra discusión anterior- simplemente porque no se tenía ninguna idea o conocimiento consciente sobre ellas. El punto de vista original con respecto a ellas era, pues, «exotérico» en el sentido especial de Jung: no se puede saber lo que significan, no se pueden tener ideas conscientes sobre ellas, porque todo su significado y todo lo que podría «pensarse» sobre ellas está todavía contenido en el propio símbolo o acto ritual y no ha nacido todavía fuera de él. Como Jung había señalado, son significativos a priori,(4) por sí mismos y en sí mismos, mucho antes de que dirijamos nuestra atención a ellos y no se convierten en significativos primero a través de nuestra comprensión o experiencia de su significado. A Jung le gustaba ilustrar este rasgo característico de los símbolos cúlticos con una costumbre de los elgonyi africanos, con los que había permanecido durante cierto tiempo. Les había preguntado por las huellas de sus ideas y ceremonias religiosas. Sin embargo:

No sabían nada de las costumbres religiosas. Pero no me di por vencido, y finalmente, al terminar una de las muchas charlas infructuosas, un anciano exclamó de repente «Por la mañana, cuando sale el sol, salimos de las cabañas, escupimos en nuestras manos y las levantamos hacia el sol». Conseguí que realizaran la ceremonia para mí y la describieran exactamente. Se ponen las manos delante de la cara y escupen o soplan en ellas enérgicamente. A continuación, dan la vuelta a las manos y mantienen las palmas hacia el sol. Les pregunté el significado de lo que hacían, por qué soplaban o escupían en sus manos. Mi pregunta fue inútil. «Así es como se ha hecho siempre», dijeron. Fue imposible obtener una explicación, y me quedó claro que sólo sabían que lo hacían y no lo que hacían. No ven el sentido de su acción. (OC 10 § 144)(5)

No sólo no sabían cuál era el significado de esta acción, sino que al principio no la apreciaban realmente como un acto ritual significativo, y mucho menos religioso, pues cuando Jung les preguntaba por sus ceremonias religiosas durante mucho tiempo no se les ocurría el ejemplo de esta costumbre. No había un sentimiento emocionante de significado, ni un sentido de la significación. Simplemente lo hacían. La ceremonia se representaba completamente sin reflexión, sin gran implicación interior, incluso podríamos decir: de forma rutinaria, como un mero hecho («que lo hacen») y por esta razón permanecía (ciertamente no desconocida, pero) completamente desapercibida. «Es algo que siempre se ha hecho…».(6) Uno no se planteaba nada al respecto.

Lo que hacían era evidente para mí, pero no para ellos. Lo hacen sin más, nunca reflexionan sobre lo que hacen y, por lo tanto, son incapaces de explicarse. Evidentemente, se limitan a repetir lo que «siempre» han hecho al amanecer… Es muy poco probable que estos primitivos supieran alguna vez, incluso en un pasado remoto, el significado de su ceremonia. Por el contrario, sus antepasados probablemente sabían aún menos, porque eran más profundamente inconscientes y pensaban, si cabe, aún menos en sus actos. (CW 18 § 552)

Se trata de un auténtico ritual vivo en el que el sentido mítico está activo. Podemos complementar aquí el informe de Jung con una observación y una reflexión que Thomas Hardy nos dio mucho antes que Jung. En The Return of the Native escribió:

Un pasatiempo tradicional no se distingue de un mero renacimiento en ninguna otra característica más llamativa que en ésta: mientras que en el renacimiento todo es excitación y fervor, la supervivencia se lleva a cabo con una solidez y ausencia de movimiento que hace que uno se pregunte por qué una cosa que se hace tan desintersadamente debe mantenerse en absoluto. Al igual que Balaam y otros profetas reacios, los agentes parecen movidos por una compulsión interna a decir y hacer sus partes asignadas, quieran o no. Esta manera poco dulce de actuar es el verdadero anillo por el que, en esta época de renovación, se puede distinguir una supervivencia fosilizada de una reproducción espuria.(7)

Jung dijo que los Elgonyi realizaban la ceremonia «ciertamente con cierta emoción y de ninguna manera meramente mecánica» (OC 18 § 552). Pero esta afirmación hay que tomarla con pinzas. Sería ciertamente erróneo insinuar que los rituales en las culturas primitivas se promulgaban de forma «meramente mecánica», pues tal comportamiento mecánico es característico de épocas muy tardías; es relativo al ego moderno y a su voluntad libremente disponible, relativo también a la época de la industrialización. Lo «meramente mecánico» es la contrapartida de nuestro deseo igualmente moderno de sentir y experimentar. Ambos se corresponden, e incluso se presuponen, en la medida en que son las dos caras de una misma condición anímica abstracta. Del mismo modo que las personas que promulgaban un ritual no necesitaban ni podían tener pensamientos sobre él y comprender su significado, tampoco podían tener ninguna experiencia emocional profundamente edificante a través de él. Ambos son «esotéricos» en el sentido especial en que Jung utiliza este término: alejados del símbolo vivo.(8)

Experimentar emocionalmente y comprender el significado de los rituales es algo que requiere un ego consciente. Pero el ritual, mientras siga intacto, no es celebrado por el ego. Siempre es el no-ego el que lo promulga y éste es el destinatario, si se me permite decirlo, de lo mítico y lo simbólico. Podemos conceder que los Elgonyi realizaban el ritual de saludar al sol «con cierta emoción», siempre que pongamos el acento en la palabra «cierta» y no entendamos por ella más que el aura general de «significación», dignidad, quizá incluso «sacralidad», pero no una emoción subjetiva. Es decisivo ver que los sentimientos no eran precisamente importantes. «Lo único importante es hacer el ritual de la manera prescrita», dice un experto del mundo del ritual, Cesáreo Bandera.(9) También señala que, por ejemplo, en el campo español se contratan plañideras profesionales para un funeral, plañideras de las que el que las contrata no puede asumir que se duelan personal y emocionalmente. Pero esto no era desde el principio el objetivo ni la razón por la que se las contrataba. Lo único que realmente contaba era la realización meticulosa del acto ritual objetivo del luto según la antigua costumbre, incluso podría decir: nada más que el paso del luto (siempre que esta frase no se entienda en el sentido despectivo habitual).

Un pastor, que durante los años 20 de este siglo [el siglo 20] tenía su parroquia en un pueblo de la región de Westerwald, en Alemania, una zona donde el tiempo parecía haberse detenido, contó lo siguiente. Tenía que celebrar un funeral. Más o menos toda la gente del pueblo estaba de pie alrededor de la tumba abierta, y el ministro estaba listo para comenzar con la ceremonia. Se fijó en dos muchachas de unos 17 años cuyos pensamientos estaban, obviamente, en otro lugar totalmente distinto y charlaban animadamente sobre algo muy emocionante para ellas. Pero, de repente, cayeron en la cuenta de que estaban en un funeral y, en un instante, sacaron sus pañuelos y rompieron a llorar, porque en aquella época todavía era costumbre en este pueblo que todas sus habitantes femeninas tuvieran que llorar durante una ceremonia fúnebre. Este ejemplo demuestra muy bien que lo que la costumbre exigía no tenía nada que ver con las emociones personales. La costumbre no exigía un dolor subjetivo, sino un comportamiento de duelo objetivo.

Una vez más: ¿Por qué es precisamente la ejecución sin emoción, casi mecánica, del ritual un signo de autenticidad? Porque muestra que el significado mítico sigue estando completamente contenido y envuelto en el propio acto simbólico y que el hombre sólo puede ser bendecido por él si, como persona que experimenta y siente, pasa a un segundo plano, da prioridad absoluta al ritual autosuficiente y, por así decirlo, desaparece en él convirtiéndose en su marioneta. El sentido no se extrae del ritual para nuestro beneficio; el ritual no se utiliza ni se consume para que experimentemos y comprendamos el sentido. El ritual es en sí mismo su propio fin. El ritual tiene vida en sí mismo. «El hecho es que en tiempos pasados los hombres vivían sus símbolos más que reflexionar sobre ellos [y, por tanto, podríamos añadir, más que querer experimentarlos emocionalmente]» (OC 18 § 551). Eran ni más ni menos que ta drômena, «lo que se representa». Y los mitos eran ta legomena, «lo que se cuenta», lo que se dice, no lo que se siente y cree. En un sentido muy parecido encontramos en Jung la afirmación: «Fausto dice acertadamente: ‘Im Anfang war die Tat’ (en el principio estaba el hecho). Los hechos no se inventaron, se hicieron. … Sin embargo, la vida irreflexiva existía mucho antes que el hombre; no fue inventada, pero en ella el hombre se encontró a sí mismo como una idea tardía» (ibíd. § 553). El hombre como una idea tardía. En esta situación arcaica el hombre fue hecho, si se me permite decirlo así, para el sábado y no al revés. No tiene su vida dentro de sí mismo, en su propio sentimiento y pensamiento, sino que su vida está dentro de «lo que se promulga», dentro del ritual objetivo, en su estatua de dios, en la piedra sagrada («ahí fuera», por así decirlo). Eso, el ritual, el símbolo, el mito debe aumentar, el yo o el sujeto humano debe disminuir.(10) Esta es la naturaleza del ritual y del simbolismo: de lo que se trata es de que (para expresarlo simplemente mediante el ejemplo del luto ritual de los dolientes profesionales) el luto tenga una presencia empírica real en forma sensorial. Todo el sentido, toda la vida psíquica se invierte en esta forma sensorial objetivamente existente. El sentido no se ha retirado todavía de lo que se representa visiblemente ahí fuera ni de la imagen o estatua igualmente objetivamente presente en el interior de la fe y la experiencia sentida del hombre.

A pesar de que nuestras costumbres navideñas se han superpuesto durante mucho tiempo con el comercialismo, el consumismo y las tendencias de la moda, y de que, por otra parte, se aprovechan para nuestra experiencia subjetiva sentida (el estado de ánimo y la atmósfera de la Navidad), es decir, se han sentimentalizado, hace tan sólo unas décadas la costumbre navideña con su árbol de Navidad iluminado con velas todavía podía servir como ejemplo de un mito viviente. Porque también en aquella época era cierto que «se puede preguntar en vano a muchas personas civilizadas por la razón y el significado del árbol de Navidad o de los huevos de colores en Pascua, porque no tienen ni idea del significado de estas costumbres. El hecho es que hacen las cosas sin saber por qué las hacen» (OC 18 § 540), la gente de nuestras latitudes se encontraba entonces en una situación muy parecida a la del Elgonyi de Jung. ¿Significa esto al menos que era una auténtica reliquia del mito viviente? Transportémonos mentalmente a la época anterior a la comercialización total de la Navidad y dejémonos contar por el propio árbol de Navidad iluminado con velas, cuando aún se conservaba intacto, lo que ha llegado a ser el significado mítico en el siglo 20.

El significado original del árbol de Navidad tenía dos raíces distintas, una pagana y otra cristiana. Parte del simbolismo pagano son el árbol del mundo de hoja perenne, el árbol de la vida del individuo, la vegetación de pleno invierno y la fiesta del solsticio (que entre los pueblos germánicos se celebraba con un tronco de Yule ardiendo), quizás incluso la mitología levantina del dios moribundo. Si se considera también en su contexto cristiano, el árbol de Navidad simboliza el retorno de la Luz en la noche más larga y oscura del año, de acuerdo con la promesa: «El pueblo que andaba en tinieblas verá una gran luz» (Isa. 9:1). El árbol iluminado conduce directamente a la experiencia cristiana del nacimiento de la luz en el mundo: «Oh luz nacida de la luz» (Martin Opitz). Cristo es el «Resplandor matutino de la eternidad / La luz de la luz que no se agota» (Christian Knorr von Rosenroth). Paul Gerhardt escribe en su poema «Nun ruhen alle Wälder»: «¿Qué te ha pasado, Sol? / La noche te ha expulsado, / La noche, enemiga del día. / Vete. Otro sol, / Mi Jesús, mi delicia / Brilla muy fuerte en mi corazón». Las costumbres paganas y el significado cristiano se superponen a menudo; también podríamos decir que las costumbres paganas se reinterpretaron en sentido cristiano. En el bosque de Baviera, la Navidad se celebraba hasta el siglo 20 con la quema de un tronco en el que reconocemos fácilmente el tronco de Yule teutónico. Hasta la introducción del calendario gregoriano en 1582, el día de Santa Lucía se consideraba el día de mitad del invierno, el día con la noche más larga; ahora cae el 13 de diciembre. En Suecia sigue siendo una fiesta importante en la que las niñas se visten de blanco como «Lussibrud» (novia de Santa Lucía; Lucy o Lucia del lat. lux, luz) y, con una vela encendida en la cabeza, despiertan a sus padres por la mañana. Esta costumbre pagana de mediados de invierno fue rescatada para la era cristiana al ser rededicada a una santa cristiana, Sancta Lucia. Tanto esta fiesta sueca como la Navidad celebrada con un árbol de Navidad adornado con velas tienen que ver con el nacimiento de la luz desde la más oscura oscuridad. Sin duda, el árbol de Navidad en llamas, si se ve de forma aislada, debe reconocerse como un símbolo en toda regla.

Sin embargo, la cuestión con la que tendremos que preocuparnos es precisamente qué le ocurre a un símbolo o a un ritual que en sí mismo ha permanecido intacto y sin cambios cuando se sumerge en otra época. ¿Es el mito, el ritual, inmune frente al carácter de la época en la que se produce? En otras palabras: ¿se puede considerar el mito de forma abstracta por sí mismo, al margen de la época en la que está inmerso, o no resulta ipso facto que sólo tengamos una visión abstracta de él?

Durante el siglo 17, cuando existe la primera documentación del árbol de Navidad (aunque la costumbre bien podría ser mucho más antigua), en una época, en otras palabras, en la que la gente sólo podía producir una mísera luz por medio de una astilla de madera de pino, una vela de sebo o una lámpara de aceite y sólo si era realmente necesario, y en la que, en su mayor parte, simplemente permanecía la oscuridad durante la noche, entonces un árbol iluminado con numerosas velas era realmente capaz de proporcionar una experiencia del nacimiento de la luz en medio de la noche más profunda. En comparación con la oscuridad normalmente reinante o, en el mejor de los casos, con la escasa iluminación, el árbol de Navidad aportaba a la oscuridad de la noche una luz brillante que de otro modo sería inaudita.

El cuento de Peter Rosegger, «El primer árbol de Navidad en la casa del bosque [Waldheimat]», puede darnos al menos una vaga idea de esta experiencia (aunque sólo a través de la forma moderna de una recreación sentimental ya subjetivizada, lo que demuestra que, al igual que los cuentos de hadas en nuestros tiempos modernos, este ejemplo tiene que ser visto como si ya tuviera su lugar esencial en la guardería).

El autor del siglo 19 cuenta cómo, siendo estudiante en una gran ciudad alejada de su hogar rural, regresó a la mísera granja forestal de sus padres, cuando tuvo sus primeras vacaciones de Navidad. En la ciudad había oído hablar por primera vez de la costumbre de poner un árbol de Navidad, que todavía era desconocida en la remota región forestal de la que procedía. Toda la iluminación nocturna que se conocía en la casa de sus padres era la débil luz de una astilla de pino en los días ordinarios y una vela -una vela- en los días festivos. La luz que provenía de ellas era tan escasa, apenas digna de llamarse luz, que uno sólo podía reconocer las cosas después de que sus ojos se hubieran acostumbrado lentamente a ella. Cuando era estudiante y estaba de vacaciones en casa por Navidad, para sorprender a su familia, puso en secreto un árbol de Navidad iluminado con velas en la habitación delantera, y escondido detrás de la estufa contempló «la maravilla de luz que nunca se había visto en esta habitación» y esperó expectante la sorpresa de sus desprevenidos padres, de los peones y, sobre todo, de su joven hermano, cuando entraron en la habitación. Y cuenta que cuando llegaron, su hermano pequeño «se quedó sin palabras. En sus grandes y redondos ojos se reflejaban como estrellas las luces del árbol de Navidad».

Como en la antigüedad un árbol lleno de velas encendidas aportaba de hecho una iluminación sensorial, también podía servir como expresión válida de la iluminación espiritual y cósmica, es decir, podía ser realmente un símbolo. Expresado en lenguaje psicológico: provocaba la transformación o el transporte psíquico real y por así decirlo «automático» de la energía psíquica en dirección a la luz espiritual. Digo «automática» porque era independiente de si uno quería o no, lo sentía y era consciente de ello o no.

Hoy, en cambio, acostumbrados como estamos a la iluminación de habitaciones y calles de varios 100 vatios, tenemos que apagar expresamente nuestras luces eléctricas para poder disfrutar de la tenue luz de un árbol de Navidad iluminado con velas. Hoy en día, las velas ya no proporcionan, en medio de la noche de Navidad, una luz iluminadora como base indiscutible de la vida. Por el contrario, proporcionan una semiluz acogedora y malhumorada a través de la cual podemos recuperarnos de la luminosidad básica, por lo demás imperante, en la que vivimos. Entramos literalmente y a propósito en una regresión. Dentro de nuestro tiempo simulamos una vez más el tiempo anterior a nuestra noche iluminada. De este modo, volvemos a jugar a la «noche», por así decirlo, a pesar de que la noche hace tiempo que dejó de ser noche: un poder mítico. Para tenerla brillante, no esperamos, como los Elgonyi, que salga el sol por la mañana, el sol que triunfa (¡temporalmente!) sobre la oscuridad de la noche. Vivimos nuestra vida, al menos potencialmente, en la luz eterna, como los dioses olímpicos, y, cuando queremos que esté realmente oscuro, tenemos que oscurecer artificialmente nuestras habitaciones mediante persianas para que las luces de las calles de la ciudad y los carteles de neón no brillen en ellas. E incluso un corte de electricidad, un apagón, como fallo de la luz, es precisamente una confirmación de la regla fundamental de la luz.

Cuando Paul Gerhardt, como hemos oído, pudo escribir en su poema: «¿Qué te ha pasado, Sol? / La noche te ha alejado, / La noche, enemiga del día. / Vete. Otro sol, / mi Jesús, mi delicia / brilla muy fuerte en mi corazón», entonces vemos que tenía su lugar mental o anímico en un estadio intermedio entre dos condiciones del mundo. Por un lado, todavía le era posible experimentar la noche de forma casi mítica, como un poder cósmico: «La noche te ha alejado, / la noche, enemiga del día». Le era posible porque en el plano de la experiencia inmediata el poder de la Noche seguía intacto. Todavía no había ninguna luz eléctrica, ninguna iluminación fundamental de la noche, es decir, todavía no se había producido la victoria empírica-factual sobre la noche, o expresado al revés, todavía no se había producido el destronamiento fundamental de la Noche mítica. Para la experiencia primordial, la noche era la productora nunca envejecida de todas las cosas, hija del Caos, una diosa poderosa, gobernante del Todo, ya que lo aquieta todo, frena todas las pasiones, y es la causa del origen de todas las cosas. Ella era lo que englobaba en sí mismo el día y la luz. La luz del Sol nacía día a día sólo temporalmente de la noche, para volver siempre de nuevo por la tarde a ella como a su origen.

Para Paul Gerhardt, sin embargo, la noche ya no es la gran diosa que todo lo abarca y el terreno nativo incluso de la luz, sino «el enemigo del día». Y en segundo lugar, todo el mundo natural, y en la medida en que el mundo natural es la condición de posibilidad de la experiencia mítica, esta experiencia mítica como tal, son descartados. «Vete», le dice al sol expulsado por la noche. Todo el mundo mítico, la noche y el sol o el día, ha sido descartado. Otra experiencia («Otro sol…») ocupa su lugar, la sustituye. Es la experiencia interior, espiritual, de la verdad cristiana que es completamente independiente de la realidad natural, de la experiencia sensorial. Pero, por supuesto, esta experiencia independiente de la realidad sensorial y, por tanto, de la experiencia mítica, sigue siendo aquí una experiencia meramente interna, del corazón. De hecho, Gerhardt tiene que reconocer el poder de la noche, y por eso pronuncia su «Begone», que la desafía. La desestimación de la experiencia mítica es sólo subjetiva, psicológica, en la interioridad del alma individual. Todavía no se ha convertido en la realidad objetiva, evidente y absolutamente verdadera. El «Otro sol brilla con fuerza en mi corazón» sigue dependiendo de que una persona concreta crea en Jesucristo y se sienta realmente realizada con esta fe o con la experiencia que le corresponde.

Nuestra situación actual es totalmente diferente. El poder de la noche está objetivamente roto. Ya no es una diosa, es más, es totalmente imposible atribuir a la noche un poder de ser, una sustancialidad y una divinidad semejante a la persona. No tenemos que decirle al sol, desafiando a la noche, «vete». Para nosotros las luces de la calle se encienden automáticamente cada noche. La superación cristiana de la noche y, por extensión, del mito como tal, se ha convertido en una realidad objetiva que ya no depende de la fe subjetiva y de la interioridad del corazón. La victoria sobre la noche es un hecho objetivo autosuficiente y autoconfirmado.

Si comparamos el símbolo del árbol de Navidad de 1660 con el de hoy (o más bien de hace 50 o 60 años), vemos que aunque no ha habido un cambio significativo en la apariencia externa del símbolo (siempre que lo miremos de forma aislada), este símbolo ha experimentado, sin embargo, una inversión completa de su significado porque entonces y ahora está inmerso en dos condiciones o épocas del mundo radicalmente diferentes. Antaño apuntaba hacia adelante, de la oscuridad a la luz; hoy conduce regresivamente desde el exceso de brillo de nuestro mundo de conciencia moderno, altamente tecnificado y racionalizado, a una relajante penumbra, psicológicamente hablando, a un descenso de la conciencia.(11) Es probable que este valor recreativo psicológico de la fiesta de Navidad sea uno de los principales aspectos que han salvaguardado hasta ahora su singular popularidad por encima de todas las demás grandes fiestas de la Iglesia (Viernes Santo, Pascua, Día de la Ascensión, Pentecostés). La vida actual transcurre con tal brillo de conciencia, es extenuante hasta tal punto, que un hundimiento temporal, pero oficialmente ennoblecido y también en absoluto amenazante (porque está totalmente controlado) en un estado crepuscular es algo enormemente atractivo.

Una línea divisioria parece atravesar el centro del árbol de Navidad y hacer que el significado moderno de este símbolo que apunta en dirección al pasado sea absolutamente contrario a la dirección del significado original del mismo símbolo que apunta en dirección al progreso. Para establecer este hecho, no se necesita ninguna interpretación por nuestra parte. No tenemos que inmiscuirnos con opiniones propias. Precisamente cuando el símbolo del árbol de Navidad iluminado se sigue tomando como un símbolo, revela su verdad por sí mismo. Podemos saber qué tipo de «significado» tiene simplemente observando bien cómo aparece. Pues un símbolo sólo es símbolo al llevar su significado intelectual inmediatamente dentro de su apariencia sensorial y poseer este significado sólo en virtud de esta última. Ni siquiera podemos decir que encender velas en Navidad equivale a «llevar carbón a Newcastle», porque esta frase sugiere que el árbol de Navidad iluminado simplemente aportaría luz adicional a un mundo que ya está iluminado de por sí. Pero en nuestro caso se trata de una sustracción. La luz del árbol no es simplemente superflua, sino que supone una pérdida de luz. No equivale a una promesa de salvación futura. Es la consagración de algo así como unas «vacaciones del mundo del ego». La Navidad es un oasis rodeado por todos lados por la modernidad tecnológica y, por tanto, a priori, derrotado.

Un verdadero símbolo no es, como todos sabemos, una alegoría en el sentido de una representación pictórica de un concepto ya conocido. Es, en cambio, la mejor expresión posible de algo que aún no puede ser captado conceptualmente, sino sólo intuido. El árbol de Navidad iluminado es hoy, en el mejor de los casos, una alegoría. Como tal, sólo es «esotérico» en el sentido de Jung y está sujeto a la disposición arbitraria de la conciencia, hecho que se hace perfectamente evidente en el árbol artificial, desmontable y reutilizable. Como símbolo, el árbol de Navidad es redundante, tan inutil como lo es una rueca manual en nuestra economía actual o una pluma de ganso como utensilio serio de escritura. No hay ningún trabajo que sólo él pueda realizar. Ya no puede expresar realmente un misterio, ni puede representar, para la conciencia actual, un significado todavía inconsciente que no puede expresarse mejor de otro modo, porque lo que expresa precisamente ya se conoce desde hace tiempo.

Un símbolo se sostiene o cae con su forma sensorial. Si hoy quisiéramos expresar verdaderamente el nacimiento de la luz desde la oscuridad más profunda de forma simbólica y ritual, probablemente tendríamos que detonar una bomba atómica y exponernos a su brillo, para tener, al menos desde el lado sensorial, una experiencia de un «inexpresable» expresado «en forma insuperable».(12) Sólo contra la lámina de la explosión de la luz a través de una bomba atómica podría reconocerse todavía, o de nuevo, nuestro brillo real actual, en el nivel sensorial, como la benignidad de la conciencia, como la oscuridad de la noche que es el terreno indispensable para el símbolo del nacimiento de la luz. Todo lo que esté por debajo de ese nivel de luz, o bien confirma la luminosidad de la conciencia que prevalece de todos modos a su alrededor, o bien sirve para que uno se restablezca agradablemente de ella mediante un oscurecimiento insular en medio de esta luminosidad.

La conciencia debe, pues, embrutecerse artificialmente y escotomizar sistemáticamente la mayor parte de la realidad que conoce para poder fingir ante sí misma que todavía percibe el árbol de Navidad iluminado con velas como símbolo del nacimiento de la luz «En medio del frío, del frío invierno, / y en la oscura medianoche». Hoy en día, el árbol de Navidad sólo llega al yo o a la personalidad del ego, mientras que un símbolo auténtico se dirige en primer lugar al alma o, como diría Jung, al Sí-mismo (que no está tanto dentro de nosotros sino que en el que tenemos nuestro lugar, estando rodeados por él por todos lados, tanto por delante como por detrás, y tanto por el lado del pasado como por el del futuro).

Ahora también podemos entender por qué la comercialización, las tendencias de la moda y la mecanización de la fiesta de Navidad en su conjunto y del árbol de Navidad en particular (árboles de plástico reutilizables, velas eléctricas, árboles de colores de moda) pudieron ser posibles en primer lugar. Esto sólo fue posible porque el símbolo ya no es un símbolo. No es un compromiso. No es más que una maqueta de sí mismo y, como tal, es perfectamente legítimo que se manipule a voluntad. Ahora está en proceso de perder incluso su carácter alegórico (a través del cual seguiría apuntando a algo) y convertirse en una forma vacía, una mera decoración (por definición carente de significado), una exhibición autosuficiente, de acuerdo con la principal tendencia de nuestra época hacia la modernidad «medial», o hacia su profundización.

Lo que durante nuestro tiempo en la realidad está (ha estado) ocurriendo con la Navidad y con el árbol de Navidad debe, sin embargo, entenderse como la auto-representación inocente de su verdadera naturaleza actual. No es un abuso ilegítimo, no es una degeneración. Lo que parece un abuso y una degeneración no es más que un cambio, un cambio por el que la forma sensorial externa de lo que antaño era un símbolo se pone por fin en consonancia con la situación alterada (situación anímica) en la que se encuentra hoy. Precisamente ese árbol de Navidad sometido a todo tipo de modas, y precisamente esa Navidad que se celebra de forma abiertamente kitsch en un hotel turístico de playa en el Caribe nos confrontan con nuestro presente viviente, porque tal como son son la expresión real de el carácter de pasado de lo que es pasado.

Cabe suponer que lo que hemos podido ver aquí no se aplica únicamente al árbol de Navidad en particular. Más bien, podemos extrapolar lo que hemos encontrado al destino general de los símbolos y los mitos utilizando el árbol de Navidad como modelo. Hoy, en su obsolescencia, él mismo se convierte en un verdadero símbolo de la obsolescencia de los símbolos en general. Sólo tenemos que dejarnos enseñar por lo que dice: el símbolo y el mito, ambos tomados en ese sentido elevado en el que Jung y la psicología que le sigue los toman, se han desacoplado del tren del tiempo y ahora están parados en los vagones, como los trabajadores que en el curso de las eficientizaciones modernas se han vuelto redundantes y, desenganchados de la vida laboral, han sido empujados a los vagones del Estado de Bienestar.

Hace ya un siglo y medio, Eduard Mörike, en un poema («Um Mitternacht», A medianoche), todavía era capaz de evocar la Noche mítica por última vez.(13) El hecho de que el árbol de Navidad iluminado vaya irremediablemente a remolque del estado de la técnica o, al revés, que la tecnología despotencie fundamentalmente esa Noche mítica no es algo meramente externo y técnico. Más bien es el espejo externo y objetual (o una sola faceta de un espejo compuesto por innumerables facetas) del estado de nuestra realidad psíquica alcanzada hoy, el espejo de (como podríamos decir) la conciencia solar. Para ésta, sin embargo, la forma lógica del símbolo y del mito es algo que sólo conduce nostálgica y sentimentalmente a oasis de estados anímicos obsoletos. Como tal, puede gratificar emocionalmente a la conciencia del ego, pero ya no tiene ningún asidero con el que pueda seguir alcanzando y moviendo al alma misma, la forma lógica de la conciencia moderna. El modo simbólico o mitológico es relativo a una conciencia (digamos) lunar, una conciencia para la que la Noche era un poder real y una diosa omnicomprensiva, aunque el dios sol o el dios del cielo estuvieran quizá ya en el primer plano de la experiencia consciente y de la práctica religiosa. La conciencia solar está en un nuevo nivel. Es capaz de seguir viendo a través del suelo de cristal que la separa del hasta ahora único, pero ahora inferior, piso, los mitos y símbolos que antes expresaban la vida del alma y la ponían en movimiento. Puede reconocerlos exactamente en su forma externa, pero sólo como históricos y en este sentido como formas muertas que permanecen en principio fuera de su alcance y despotenciadas en lo que a ella respecta. La conciencia hoy en día está desenganchada, de modo que el «motor» de los símbolos y los mitos funciona en vacío. Pero la conciencia que está desenganchada de ellos no está parada. No es lo que está frenado. Al contrario, con una fuerza tremenda es impulsada hacia adelante por un motor nuevo, diferente, invisible, hacia un futuro desconocido. En la medida en que la conciencia cree buscar su motor, como antes, en los símbolos y en los mitos, y para ello en la forma de lo mítico en general, permanece inconsciente sobre su propio y verdadero motor que la impulsa hacia adelante con una dinámica insólita.

Con estas reflexiones tenemos al menos una primera respuesta a la otra importante cuestión planteada al principio, a saber, si una auténtica experiencia arquetípica en sueño o visión constituye hoy una excepción al hecho, por lo demás imperante, de que en nuestros días el mito no puede tener éxito. Si tomamos el árbol de Navidad iluminado como modelo de la situación del símbolo y el mito como tales hoy en día, podemos decir que nuestros sueños pueden contener los símbolos y motivos míticos más auténticos y numinosos (en sí mismos) y, en consecuencia, tocarnos profundamente. Sin embargo, no tienen ninguna posibilidad. El carácter de la época les quita el piso. O no, es al revés. La dinámica de la vida del alma pasa por encima de ellos, y ya no se elevan ni alcanzan la vida del alma. Ni siquiera la tocan. Permanecen completamente ajenos al nivel en el que el alma reside actualmente.

El punto es precisamente que no es el alma la que es alcanzada y abordada por los símbolos y mitos numinosos hoy en día, sino la personalidad del ego. Sentir y experimentar, emocionarse y conmoverse profundamente, por un lado, y comprender (esotéricamente), por otro, son modos del ego, no del alma. El alma está interesada, como ya hemos visto, muy poco en los drômena y los legomena, en la verdad autosuficiente de lo verdadero, su divulgación. Lo único que quiere es que la VERDAD encuentre una expresión y una presencia objetiva. El mero hecho de que la experiencia de las imágenes arquetípicas y míticas se vea siempre hoy desde la perspectiva del propio autodesarrollo, de la autorrealización, a veces también de la autoestabilización, delata el punto de vista del ego.

Lo que aprendemos de nuestra discusión es que no debemos mirar un símbolo de forma abstracta, aislado de la condición particular del mundo en el que está inmerso. Este es un gran error que cometemos fácilmente los junguianos: uno sólo ve la semántica y es ciego para la sintaxis. Uno se abstrae del carácter de la época, de la verdad de la época, y se fija únicamente en el motivo mítico desnudo en sí mismo, en la mera ocurrencia fáctica de imágenes, símbolos o patrones de comportamiento míticos. Uno se muestra rápidamente impresionado por su indudable cualidad «arquetípica», por su obvia correspondencia con impresionantes paralelos de antiguos mitologemas, y cree que sólo esto demuestra que se está tratando con un mito genuino. Pero es sólo el mito abstracto, la forma mítica descarnada. Por supuesto, en nuestra época es fácil ser ciego a la abstracción de esta llamada «experiencia mítica» porque el símbolo abstracto sirve de estímulo para que uno genere dentro de sí mismo un sentimiento (igualmente abstracto), un sentimiento o una atmósfera arquetípica, como en el caso del árbol de Navidad. Cuando estas dos abstracciones, el símbolo formalmente auténtico aquí y el sentimiento intensivo subjetivo allí, se unen, se refuerzan mutuamente; la emoción subjetiva presta su poder a la forma abstracta, ésta presta una reminiscencia de significado a la emoción, y la abstracción de ambas parece simplemente desaparecer. Debido a su vacuidad, las dos abstracciones opuestas se atraen mutuamente como potentes imanes y, por tanto, parecen fundirse en un todo orgánico, en una experiencia numinosa y mítica plena, de modo que al mismo tiempo -aparentemente- su abstracción se anula. Aparentemente, porque en realidad lo que se hace pasar por un todo es y sigue siendo algo pegado artificialmente a partir de dos cosas muertas, una forma abstracta aquí y un sentimiento abstracto allá.

El hecho de que hoy en día no se nos permita mirar un símbolo o un motivo mítico de forma abstracta y deducir sólo de él que todavía estamos ante un mito real, muestra que la situación psíquica del hombre moderno se ha vuelto más compleja y que, como dijo Jung (OC 9ii § 274), «se plantean exigencias mucho mayores al hombre actual que las que se planteaban a los hombres que vivían en la época apostólica» (y, por supuesto, añado, por la misma razón en todos los tiempos verdaderamente premodernos). Antes bastaba con mirar los sueños y las visiones, las estatuas simbólicas y los relatos míticos. No había que tomar conciencia explícita de la propia época. Bastaba con prestar una atención «religiosa» a los contenidos semánticos de la propia experiencia, a las imágenes. ¿Por qué? Porque el carácter de la época, es decir, la constitución lógica del ser del hombre en el mundo, se correspondía plenamente con el carácter mítico, arquetípico, de las imágenes. En la medida en que ambos aspectos no se desmoronaban, en la medida en que no había ninguna diferencia entre ellos, uno no era (ni podía ser) en lo más mínimo consciente del segundo aspecto, la cuestión de la constitución lógica de la conciencia o de la condición del mundo. Uno sólo tenía en cuenta lo que estaba inmerso en el carácter de la época y no necesitaba tomar nota de más. Ese medio, así como el hecho de que las imágenes estuvieran inmersas en un medio o condición anímica, no podía ser visto ni reflejado. En otras palabras, sólo se veían las entidades ónticas, pero no el Ser, sólo la semántica, no la sintaxis. La conciencia del Ser en el que una entidad óntica tiene su lugar es, como siempre, sólo posible cuando la diferencia emerge para la conciencia: cuando la constitución lógica inherente a los objetos y contenidos, por un lado, y la constitución lógica del medio intelectual para cualquier contenido experimentado, por otro, se han desmontado.

Como muestra la cita anterior de Jung, se había dado cuenta de que, sin llamarlo así, una diferencia lógica nos separa de la época apostólica, por ejemplo. Tras la frase parcial citada, el texto continúa,

para ellos [la gente que vivía entonces] no había ninguna dificultad en creer en el nacimiento virginal del héroe y semidiós, y Justino Mártir aún pudo utilizar este argumento en su apología. Tampoco era inaudita la idea de un hombre-Dios redentor, ya que prácticamente todos los potentados asiáticos junto con el emperador romano eran de naturaleza divina. Nosotros, por el contrario, ya ni siquiera tenemos una idea del derecho divino de los reyes. Los relatos milagrosos de los evangelios, que convencían fácilmente a la gente de entonces, serían una petra scandali en cualquier biografía moderna y evocarían lo más contrario a la creencia. La naturaleza extraña y maravillosa de los dioses era un hecho evidente cuando el mito aún estaba vivo… «Hermes ter unus» no era un absurdo intelectual sino una verdad filosófica. Sobre estas bases se pudo construir de forma convincente el dogma de la Trinidad. Para el hombre moderno este dogma es un misterio impenetrable o una curiosidad histórica, preferiblemente esto último. Para el hombre de la antigüedad la virtud del agua consagrada o la transmutación de las sustancias no era en ningún sentido una enormidad… (trad. modificada).

Lo que Jung señala es la perfecta concordancia en la antigüedad entre los contenidos semánticos del mito (y de los símbolos) y la mentalidad o sintaxis general de la conciencia que albergaba estos contenidos y, por el contrario, la ruptura entre ambos en la modernidad. En lo que respecta a su forma lógica, la conciencia en la antigüedad estaba en un nivel con las historias milagrosas contadas en el mito. Por eso no podían ser una petra scandali para la conciencia, sino que eran fácilmente abrazadas como verdades autoevidentes. La conciencia podía integrarlas sin problemas junto con todo su conocimiento de la vida ordinaria y las experiencias de tipo cotidiano. Eran especiales, sin duda, pero precisamente no estaban más allá de toda razón. Eran «verdades filosóficas». Eran intelectualmente aceptables como argumentos, incluso más que aceptables: verdades superiores o más elevadas. Que para nosotros estos milagros sean «escandalosos», que el nacimiento virginal y otros motivos similares nos presenten las mayores «dificultades», que el «Hermes ter unus» sea un «absurdo intelectual»(14) para nosotros, y que la conciencia tenga que forzarse con gran esfuerzo contra la razón para creer en la Trinidad (si es que quiere hacerlo), simplemente resulta de y muestra el hecho de que hemos abandonado lógicamente ese nivel y ahora vivimos muy por encima de él en un nivel de conciencia diferente. Todas estas concepciones, aunque todavía las retenemos fácticamente como contenidos de nuestro conocimiento histórico dentro de la conciencia (Jung dijo que como «curiosidades históricas»), se han convertido, sin embargo, en algo fundamentalmente ajeno a la estructura o forma lógica de la conciencia, verdaderos cuerpos extraños dentro de ella, que la conciencia no puede reconciliar consigo misma sin renunciar a sí misma.

El hecho de que esas viejas ideas sean «curiosidades históricas» para nosotros no es algo malo, no es un error. Es la inocente autoexposición de la diferencia fundamental, incluso de la incompatibilidad, entre esos antiguos contenidos de conciencia y todos los demás contenidos de conciencia ordinarios e intelectualmente aceptables y, por tanto, la autoexposición del hecho de que nuestra conciencia contiene dos pisos dentro de sí misma, el piso «inferior» del antiguo nivel de conciencia representado por esos contenidos obsoletos o «curiosidades históricas» y el piso «superior» de la conciencia moderna. Nuestra conciencia es «superior», no tanto porque esté por encima de la antigua forma de conciencia, sino porque es una conciencia de dos pisos frente a la conciencia de un solo piso de antaño, que podía colocar lo milagroso sin fisuras junto a lo ordinario en un mismo nivel de conciencia.

Por supuesto, Jung fundamentó y positivizó la moderna diferencia interna de la conciencia entre las «curiosidades históricas», por un lado, y todos los contenidos intelectualmente aceptables, por otro, como una diferencia externa radical entre la «conciencia» y lo que él llamó «el inconsciente» o «el inconsciente colectivo». Esperaba dar así a esas curiosidades históricas una nueva dignidad casi «ontológica» propia, pero tuvo que pagar por esta maniobra el caro precio de introducir una escisión axiomática, una disociación. La psicología imaginal, por el contrario, intentó resolver el problema de otra manera, a saber, simulando, en el nivel moderno de la conciencia, una nueva conciencia de un solo piso que puede, sin más, sentirse a gusto con las imágenes míticas y ver sin esfuerzo los acontecimientos de la vida actual en función de ellas. El precio que tuvo que pagar por esta visión armoniosa fue triple, en primer lugar, una negación de la incontrovertible discrepancia histórica, de la muerte de los dioses y de la obsolescencia de los contenidos míticos, en términos lógicos, una negación de la negación; en segundo lugar, una estetización y poetización, una reducción de los contenidos míticos a las metáforas, a la retórica, a «lo imaginal»; y, en tercer lugar, una moralización, una escisión entre un mundo purificado «sólo anímico» de las imágenes como algo que se dice que tiene alma y el mundo técnico típicamente moderno como «lo que no tiene alma».» Lo imaginal tiene la conciencia moderna abstracta no por así decirlo verticalmente «por encima» de sí misma, como el «inconsciente colectivo» de Jung, sino más bien horizontalmente, aunque sólo como rechazo, fuera y frente a sí misma, en un mismo plano con lo imaginal.

Está claro que con nuestra situación de conciencia de dos pisos, como había dicho Jung, efectivamente «se plantean al hombre actual exigencias mucho mayores que las que se planteaban a los hombres de la época apostólica». Pero también hay que suponer que ni a la manera de Jung, con su disociación entre conciencia e inconsciente, ni a la manera de la psicología imaginal, con su estetización de las «curiosidades históricas», se han cumplido o se pueden cumplir realmente estas exigencias mucho mayores. Ambas vías recurren a trucos para evadir el problema sin satisfacer realmente esas exigencias mayores.

Sea como fuere, hoy nos vemos obligados a tomar nota de la discrepancia histórica, y todos lo hemos hecho ya y lo hacemos inevitablemente, nos guste o lo sepamos o no: a saber, en forma de un mudo sufrimiento fáctico de nuestro tiempo. Es un sufrimiento por la pérdida de sentido, por la falta de hogar «metafísico» en el mundo, por el aislamiento fundamental como individuo moderno, por el sentimiento de alienación. Muy a menudo intentamos eludir la necesidad de reconocer conscientemente esta discrepancia, es decir, de apreciarla y reflexionar sobre ella. El sufrimiento fáctico, como una emocionalización de lo que es realmente una verdad, como el empuje de una verdad a la esfera meramente subjetiva de los sentimientos y su archivamiento allí, es, al igual que el acting-out, una formación de compromiso y sirve como defensa. Es sólo una reflexión implícita: la reflexión tiene lugar, pero todavía se mantiene en el viejo escenario y punto de vista de una conciencia aparentemente todavía intacta, como no más que un factor doloroso perturbador dentro de esta última, mientras que el verdadero telos de la reflexión sería superar este escenario. A esta reflexión no se le permite todavía volver plenamente a la conciencia, liberarse en su verdad y convertirse así en reflexión explícita. Si esto hubiera sucedido, se habría convertido en un nuevo estatus lógico, el nuevo escenario en el que la conciencia se situaría entonces de hecho y desde el que, como su punto de vista real, experimentaría lo que experimenta.

Sin embargo, independientemente de si el reflejo se mantiene y se aparta en un sentimiento especial como mero contenido (además de otros numerosos contenidos) dentro del antiguo estatus de la conciencia o si se ha liberado en su propia y verdadera naturaleza y se ha convertido así en el carácter total de un nuevo escenario para cualquier contenido de la experiencia, una cosa está clara: la diferencia se ha experimentado de una vez por todas y, por tanto, se ha producido la ruptura del tiempo; todo ha terminado con el mito. Porque el mito presupone una relación ininterrumpida entre el hombre y la naturaleza, entre la constitución del ser-en-el-mundo del hombre en la época en cuestión y la constitución lógica de los contenidos arquetípicos de la experiencia, de modo que dentro de lo que es una presencia natural, sensorial, está presente lo no sensorial, inteligible infinito y arquetípico. Como personas que han sido alcanzadas por la diferencia psíquica (anímica) hemos abandonado ese estatus de conciencia para el que sólo podría haber todavía mito y símbolos reales (no meramente sublimados que se han convertido en formaciones históricas o estéticas abstractas). Lo que acabo de decir es una descripción de la situación en términos de la pérdida que experimentamos. La formulación positiva sería: es nuestra tarea en el estatus de la reflexión (en ella como etapa fundamental de la conciencia y en la forma que le corresponde) determinar nuestra relación con la vida y con el mundo de una manera completamente nueva y aprender a tomar nuestra posición en esa relación. Los símbolos y los mitos ya no pueden ser una realidad presente para nosotros, sino sólo una presencia histórica.

El árbol de Navidad como símbolo está obsoleto porque en el medio sensorial ha tenido lugar un desarrollo técnico que, visto psicológicamente, convierte el objeto sensorial del árbol de Navidad inevitablemente en algo histórico, una especie de pieza de museo. Tanto en el árbol de Navidad como en la tecnología de iluminación que prevalece en la vida cotidiana tenemos una clara documentación de la sublación del lado sensorial del símbolo. Cuando el lado sensorial del símbolo está obsoleto (el árbol iluminado) o alienado (la tecnología de la iluminación) y en cualquiera de los casos existe simplemente como un símbolo sublimado, entonces esto no sólo hace que el portador específico de la expresión simbólica (la luz de las velas) y el símbolo específico (el árbol de Navidad) sean obsoletos, sino también el símbolo en general, la condición de la posibilidad del mito y del símbolo como tal. Por eso he dicho que el árbol de Navidad iluminado es el símbolo de la obsolescencia del «símbolo» como tal. Lo sensorial ya no puede ser en sí mismo una expresión auténtica y válida del significado intelectual y espiritual. La forma de la imagen como tal es la que, en lo que respecta al significado mítico, se ha quedado absolutamente sin trabajo, sin función: precisamente porque la imagen, la forma sensorial, se ha convertido hoy en algo absolutamente funcional. La imagen es hoy un medio para un fin, no un fin en sí mismo. Esto resulta cierto incluso en psicología, donde las imágenes tienen la función técnica (por supuesto no reconocida) de proporcionar una experiencia significativa.

Se podría decir que la funcionalización de la imagen es patológica. Tal vez sea así. Pero esto no significa mucho. No altera el hecho de que la imagen ya no puede ser el medio de una manifestación de significado mítico. En la funcionalización total de la imagen -por un lado, al inundarnos de imágenes publicitarias con fines de marketing y, por otro lado, al inundarnos de imágenes televisivas con fines de infoentretenimiento- nos presentamos constantemente de forma objetiva a la sublimación de lo sensorial-imaginal, es más, incluso a la continua destrucción de algo como el Sinn-Bild, la imagen significativa, por no mencionar aquí el fenómeno de la digitalización de las imágenes y la posibilidad que conlleva de su manipulación. La publicidad y la televisión son la demostración visible de la reductio ad absurdum de la imagen en la medida en que se supone que la imagen como algo sensorial tiene al mismo tiempo un significado.

Si acaso, entonces un portador de sentido sólo podría ser en estas circunstancias algo así como el «otro sol» de Paul Gerhardt, en oposición explícita al sol sensorial, al que como fenómeno natural se le ha dicho que se vaya. Sin embargo, el sol que Gerhardt tenía en mente tampoco es ya accesible para nosotros, porque está superado. Su sol, su Jesús, seguía brillando en la interioridad de su corazón. Pero vivimos en la época de la wahrgemacht, del cristianismo realizado, del cristianismo convertido en objetivo. El otro sol de Paul Gerhardt hace tiempo que brilla para nosotros objetivamente «ahí fuera», es decir, como luz eléctrica. Y por esta misma razón ya no proporciona subjetivamente el sentido y ya no tiene la forma de la religión, y mucho menos del mito, precisamente porque la verdad cristiana, así como su expresión ulterior, la luz de la Ilustración europea, se han convertido en objetivas en la luz eléctrica, de modo que la verdad cristiana ha llegado a un estado en el que está completamente libre de cualquier necesidad de fe personal y realización subjetiva.

En la superación técnica de la luz de las velas en el árbol de Navidad podemos ver pars pro toto el fenómeno lógico-psicológico que determina toda nuestra situación anímica: la tecnificación fundamental y, por tanto, la sublación de la naturaleza en su forma sensorial. Una a una, toda la naturaleza como «dada naturalmente» está siendo lógicamente destruida y se nos devuelve sólo como una naturaleza literalmente alterada tecnológicamente o como una que sólo puede ser preservada o protegida a través de la tecnología y es en este sentido lógicamente tecnificada. La naturaleza ya no es natural por naturaleza. Ya es «otra», ya es en sí misma reflexión. El sentido de la tecnología no es sólo pragmático, de «progreso técnico» y de alivio de la vida. También (y yo diría: predominantemente(15)) tiene un sentido psíquico (anímico) en el contexto del opus magnum alquímico que es la historia del alma. La mayor parte de las veces no vemos el lado anímico de este proceso. Por eso solemos pensar con toda seriedad que la tecnología sirve a nuestros fines prácticos, que existe por nuestro bien y que también debería estar ahí para nuestro beneficio. Esto es ego-psicológico. Sin embargo, su verdadero propósito es un propósito del alma. Lo que tomamos como propósito de la tecnología es sólo el pedazo de azúcar con el que el entrenador entrena a su caballo. La técnica es la forma en que se produce una transformación psíquica objetiva, es decir, una transformación del alma objetiva. El sentido psicológico de la ciencia y de la técnica -el sentido del opus anímico al que nos referimos bajo estos dos nombres- no es otra cosa que la destrucción de la apercepción ingenua de lo sensorial y natural, mediante la transformación objetiva de la naturaleza visible en forma pictórica en algo que siempre se refleja. Dicho de otro modo, la meta del opus magnum del alma a la que hoy nos vemos expuestos es la anulación de la intuición (Anschauung) y la imaginación como órganos de la experiencia del sentido. Siempre que la conciencia no se abstraiga de su situación real y se embrutezca (lo que, por supuesto, siempre es posible), hay un punto en el que todavía puede haber una verdadera manifestación. Pero lo que todavía hoy puede ser objeto de tal experiencia (es decir, lo que puede percibirse como un símbolo o una realidad mítica) ya no es ninguna cosa o acontecimiento sensorial individual (como el árbol de Navidad); el objeto individual ya no es por sí mismo un fainómeno (algo que se manifiesta, muestra, se revela). Más bien, un fenómeno en el verdadero sentido que todavía puede ser intuido es ahora sólo el conjunto, sólo esta única realidad: la sublación lógica de lo sensorial per se, de todo el mundo natural. Quien tiene ojos para ver puede percibir este phainomenon pars pro toto ejemplificado en el árbol de Navidad así como en otros mil «fenómenos» individuales de nuestra época. (Por supuesto, son los ojos de la mente los que «ven» aquí, es decir, piensan, no los ojos literales del cuerpo).

Lo que se ve evidentemente en nuestro ejemplo del árbol de Navidad es que el símbolo del nacimiento de la luz a partir de la más profunda oscuridad ha sido contrariado. Hace tiempo que ha sido superado infinitamente, de modo que el árbol de Navidad iluminado apunta ahora a la dirección inversa, a la de la regresión, a la penumbra de la conciencia. La progresión, el nacimiento y la intensificación de la luz tienen lugar en otro lugar: en la ciencia y la tecnología. La progresión, podemos decir por extensión, ha emigrado de la religión, del cristianismo. El cristianismo se ha superado a sí mismo como religión, ha progresado más allá de sí mismo, y por lo tanto se ha dejado a sí mismo como religión (como algo que tiene la forma de religión, o en la medida en que todavía intenta tener la forma de religión); junto con todos sus símbolos religiosos se ha dejado a sí mismo como antigüedades del alma en forma de museo.

Jung dijo una vez (CW 18 § 279): «Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo». Si retomamos por ahora sólo la imagen de la serpiente de esta cita, podemos decir que la serpiente ha mudado de piel; ha dejado atrás la forma de su existencia como religión como una piel sin vida y una envoltura muerta y, como serpiente viva, está ahora trabajando en algún lugar totalmente distinto.

Ya dije anteriormente, en vista de la percepción de la obsolescencia técnica del árbol de Navidad iluminado con velas, que, si acaso, sólo la bomba atómica detonada podría ser una expresión adecuada del nacimiento de la luz de la noche del mundo. Por mucho que este contraste pueda ayudarnos a percibir claramente la obsolescencia del símbolo navideño, es imposible que ahora, después de nuestra extrapolación de lo que podría realizarse del árbol de Navidad a la situación general de los símbolos, sigamos manteniendo este punto de vista. La cuestión no es precisamente que tengamos que elegir entre diversas cosas o acontecimientos sensoriales, los apropiados frente a los inapropiados, los correctos frente a los incorrectos, los obsoletos frente a los que «funcionan». Especialmente la bomba atómica deja perfectamente claro que incluso el medio o portador sensorial más extremo ya no podría tener ninguna potencia mítica o simbólica. El hecho es que la bomba atómica al explotar sólo destruiría físicamente, pero no iluminaría espiritual y psicológicamente. No, lo imaginal como tal se ha vuelto incapaz de expresar directamente el sentido o la verdad. Hemos sido expulsados del paraíso de la intuición y la imaginación y, de acuerdo con la idea de que «se nos plantean exigencias mucho mayores», nos encontramos remitidos al pensamiento, al Concepto.

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POSDATA 2008

Del hecho mismo de que el árbol de Navidad nos depare esta particular lección podemos extraer incluso una lección adicional de importancia metodológica general para la psicología. Lo explicaré comenzando con un comentario personal. Antes de desarrollar las ideas que se exponen en este artículo, yo era un gran admirador de Jung y, por lo tanto, aceptaba sus enseñanzas como una simple verdad de forma acrítica. En otras palabras, me había identificado bastante con las ideas de Jung y, por tanto, también con sus interpretaciones arquetípicas de los símbolos, como la del árbol de Navidad. La primera versión de este trabajo de 1984 marcó la primera instancia de mi emancipación de esta identidad inconsciente con las ideas de Jung. Mientras la identidad persistiera, me acercaría por norma a los fenómenos psíquicos con la intención metodológica de ver el arquetipo en funcionamiento en ellos, o, con la intención de la psicología arquetípica de Hillman de verlos «en términos de los dioses». El significado arquetípico de los símbolos y, para el caso, de todos los fenómenos psíquicos se daba por sentado. En retrospectiva, queda claro que esto fue una seria desventaja metodológica. Porque sólo entonces, en 1984, cuando me desprendí de esta fijación, me sentí de repente libre para ver el Árbol de Navidad con el telón de fondo de su propio contexto en la realidad moderna. Antes, esto había sido imposible. La teoría de los arquetipos o de «los Dioses» había ocupado el lugar del telón de fondo sobre el que debía verse cualquier fenómeno individual. En otras palabras, había sido inherente al enfoque metodológico que yo llegara a cualquier fenómeno aportando un telón de fondo estereotipado ya hecho (la teoría arquetipal) que le imponía, desplazando y sustituyendo así su propio contexto.

La teoría arquetipal, utilizada de este modo, era un prejuicio, un prejuzgamiento. Suministraba de una vez por todas un marco, un mismo marco («el arquetipo no tiene edad y está siempre presente»), en el que a priori se entendía que encajaba cualquier fenómeno. No se permitía que los fenómenos vinieran con su propio telón de fondo, su propio contexto. Esto equivalía a verlos sólo de forma aislada, obligándolos a aparecer como contenidos sin edad que flotan libremente, desvinculados de su contexto social, cultural, histórico (su Sitz im Leben): a ser abstracciones. Con las palabras prejuicio y prejuzgamiento no estoy criticando la teoría de los arquetipos como tal. Lo que critico es la creencia en esta teoría, el haberse identificado con ella de modo que uno envuelve rutinariamente en ella cualquier objeto de estudio como si fuera su telón de fondo evidente. Es el uso de la teoría arquetipal y de la teoría de los dioses como ideología.

Una «psicología en términos de los dioses» y de los arquetipos eternos es también un prejuicio en otro sentido metodológico. La psicología debe ser, estricta y exclusivamente, una psicología en términos del alma. «Ningún hombre puede servir a dos amos». Una «psicología en términos de los dioses», es decir, una psicología que quiere interpretar los fenómenos psíquicos (nuestros síntomas, sueños, ideas, fantasías) en términos de los dioses, se caracteriza por tener lealtades divididas. Funciona y se compromete con dos principios explicativos o axiomas separados, su propia raíz-metáfora, «alma», por un lado, y «dioses», por otro. Los dioses, como estructuras invariables e intemporales, se establecen lógicamente como algo dado para el alma («Son los señores de sus reinos del ser», «El alma no puede ser, excepto en uno de sus patrones. Toda la realidad psíquica se rige por una u otra fantasía arquetípica, sancionada por un Dios»(16)), algo lógicamente externo a su propia esfera de jurisdicción. Están literalmente pre-subpuestos al alma, y debido a este desalojo de la noción de alma misma están lógicamente literalizados e hipostasiados (aunque empíricamente puedan ser «imaginados»). Dado que tal psicología opera con algo («dioses») de lo que no puede dar cuenta en términos de su propia metáfora raíz, el alma, sino que simplemente tiene que dar por sentado, sus «dioses» son factores irracionales, incluso milagrosos,(17) para ella y tienen, dentro de su teorización, el estatus de mistificaciones. Esto es también lo que hace que tal posición psicológica sea ideológica.

Por el contrario, sin negar en absoluto la importancia esencial de los dioses para el alma, una psicología exclusivamente anímica concebiría a los dioses como si fueran ellos mismos («sólo») fenómenos psíquicos, ciertamente primordiales, pero sin embargo al mismo nivel que los demás fenómenos psíquicos. Son productos de la actividad fantasiosa o de la autoexpresión del alma y, como fenómenos de su propia hechura, también de su propia propiedad. Como tales, los dioses no están exentos sino que tienen su lugar en la vida lógica del alma. Por eso los dioses tienen sus tiempos particulares en la historia y por eso mueren de vez en cuando, como dijo Jung (OC 9i § 22). Es un requisito para una verdadera psicología poder dar cuenta de los dioses en términos de su metáfora raíz, el hacer del alma misma. Y se puede dar cuenta de ellos porque no son suprafenómenos, no son un fundamentum inconcussum para el alma en términos de los cuales todos los demás fenómenos psíquicos podrían ser, y tendrían que ser, interpretados.

Al rechazar la creencia en los dioses e insistir en la mera imaginación de los mismos, la psicología arquetipal admite de algún modo su condición de fenómenos anímicos y quiere verlos como internos al alma. Pero al concebirlos como los señores gobernantes de toda la realidad psíquica, señala y prioriza como principios absolutamente irreductibles ciertos fenómenos particulares de toda la gama de la fenomenología histórica del alma, estableciéndolos como gobernantes intemporales, universales y absolutos sobre todos los fenómenos psíquicos. La psicología arquetipal está en el nivel literal ciertamente correcto cuando afirma que su «preocupación no es el renacimiento de la religión». Pero psicológicamente o lógicamente conserva la postura religiosa, creyente, y es su verdadera, aunque involuntaria preocupación el rescate de la misma. No la ha superado en absoluto, no ha destronado a los dioses, vistos a través de ellos como productos históricos de la propia alma, sino que simplemente se ha «tragado» y, por lo tanto, ha «puesto entre paréntesis» el modo religioso -encapsulado, camuflado, suspendido, convertido en prácticamente intrascendente- para, de este modo, proporcionarle un asilo psicológico seguro durante una época -la modernidad- que ha superado psicológicamente a la religión y a algo como los dioses. Porque psicológicamente, es decir, para el alma, no hay gran diferencia si se adora ostensiblemente a los dioses (o al Dios) en el modo de la religión o se asegura su supervivencia en el retiro bien camuflado de una teoría abiertamente no teológica y racional que, sin embargo, en su interior declara que «los dioses nunca están muertos» y que el alma no puede estarlo, salvo en uno de sus patrones. En cualquier caso, el alma religiosa de antaño consigue psicológicamente lo que quiere. La visión de la psicología arquetípica tiene que aplicarse a sí misma.

La lección de meta-nivel que la lección del árbol de Navidad en sí mismo tiene para nosotros es que cada vez que queremos estudiar un fenómeno psíquico, en lugar de buscar invariablemente un mito, un dios o un arquetipo adecuado, tenemos que mirar de cerca no sólo a este fenómeno en sí mismo, sino también buscar su propio telón de fondo, es decir, permitir que este telón de fondo nos sea dado de forma fresca por el fenómeno real en cuestión. Un fenómeno es lo que no es por sí mismo y fuera de contexto (in abstracto), del mismo modo que una palabra significa lo que significa sólo en y en virtud de la frase concreta (¡y de la situación vital!) en la que se produce. El estatus lógico de la conciencia, la sintaxis del modo específico de ser-en-el-mundo en un momento histórico dado, es por tanto parte intrínseca de la esencia de cualquier fenómeno psíquico o símbolo en sí mismo.

El uso ideológico de las teorías de los arquetipos y de «lo imaginario» tampoco es psicológico. Los fenómenos psicológicos se definen como si tuvieran todo lo que necesitan dentro de sí mismos, incluso el telón de fondo contra el que tienen que ser vistos. Por supuesto, esto no es una afirmación ontológica, sino una máxima metodológica. Con la expectativa a priori de encontrar un arquetipo o «Dios» en cualquier fenómeno dado, éste se subsume bajo una premisa externa, un programa. Curiosamente, en la época arcaica esto era diferente. Avant la lettre, los fenómenos ya eran, en efecto, «psicológicos» en el sentido dado, en la medida en que nadie se acercaba a ellos con el deseo de ver en ellos arquetipos o dioses. Por el contrario, (ciertos) fenómenos se mostraban espontáneamente como epifánicos.

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1 La idea central de este artículo se presentó por primera vez en un breve discurso en el C.G. Jung-Institut de Stuttgart en 1984, se publicó en el Institutsbrief nº 2 (1985), y se amplió a la longitud actual en 1997 como un capítulo de un manuscrito (inacabado) sobre el significado y el papel del mito en la actualidad.

2 Georg Gerster, Entrevista «C.G. Jung und der Weihnachtsbaum» (en: Die Weltwoche [Zürich], Navidad de 1957), reimpresa en la traducción inglesa «Jung and the Christmas Tree» en William McGuire y R.F.C. Hull (eds.), C.G. Jung Speaking, Londres (ed. Picador, Pan Books) 1980, p. 333 (trad. modif.).

3 C.G. Jung Speaking tiene «acto ritual irreflexivo», p. 332.

4 «A priori significativo» = preñado de significado.

5 Traducción modificada. Cursiva añadida según la descripción casi idéntica en Erinnerungen, Träume, Gedanken, p. 270. Un informe similar aparece en CW 18 § 551, otro algo más breve en la citada entrevista de Gerster sobre el árbol de Navidad, op. cit. p. 330s.

6 Entrevista de Gerster, op. cit. p. 331.

7 Thomas HARDY, The Return of the Native, Harmondsworth (Penguin Books) 1978, p. 178.

8 Para el término «esotérico» de Jung en relación con el mito y el símbolo, véase CW 6 § 816, CW 18 § 632. Cf. MDR p. 332: «Uno ni siquiera entiende que un mito está muerto si ya no vive y se desarrolla más» (traducción modificada).

9 En su contribución a la discusión, en: Robert G. Hammerton-Kelly (Hg.), Violent Origins, Stanford (Stanford Univ. Press) 1987, p. 187.

10 Esta formulación ya es inexacta porque procede de una situación postritualista y postmitológica. Para ese tipo de hombre que vivía en un mundo constituido mitológica y ritualmente, no necesitaba ningún «debe aumentar – debe disminuir». Se encontraba, como decía Jung, a priori como una mera «ocurrencia posterior» en el ritual, que era lo realmente real.

11 Aquí no voy a entrar en ese otro aspecto importante del árbol de Navidad, a saber, que hoy en día para la conciencia pública el árbol de agujas, amenazado por el waldsterben, difícilmente puede ser un garante evidente de la vida eternamente verde. Por supuesto, es posible que la conciencia siga albergando subjetivamente esta idea, pero entonces, como árbol que sólo es, en opinión de uno, el garante de una vida siempre verde, sólo sería un signo. Un símbolo, por el contrario, tiene que ser la verdadera y mejor expresión posible (no de la opinión o el sentimiento subjetivo de uno, sino) de algo que todavía no puede, o nunca podrá, expresarse de otra manera. Obviamente, un árbol de Navidad artificial de plástico, fabricado industrialmente, fácilmente desmontable y reutilizable cada año, difícilmente puede ser un símbolo evidente de la vida que se renueva por sí misma.

12 CW 6 § 816, cursiva tomada del original alemán.

13 «Gelassen stieg die Nacht ans Land, / Lehnt träumend an der Berge Wand, / Ihr Auge sieht die goldne Waage nun / Der Zeit in gleichen Schalen stille ruhn; / Und kecker rauschen die Quellen hervor, / Sie singen der Mutter, der Nacht, ins Ohr / Vom Tage, / Vom heute gewesenen Tage. // …» (Tranquilamente la Noche ascendió a la tierra. Se apoya soñadoramente en la ladera de la montaña. Su ojo ve ahora las doradas escamas del tiempo tranquilamente equilibradas en el descanso. Y los manantiales se precipitan, cantando al oído de su madre, la Noche, el día, el día que acaba de ser. …)

14 O «un misterio impenetrable», que en realidad es lo mismo que un «absurdo intelectual». Ambas denominaciones expresan el hecho de que el contenido en cuestión es absolutamente indigerible, inintegrable para la conciencia, pero en un caso se da a este hecho una interpretación benévola, que es posible porque la naturaleza inaceptable del contenido ha sido puesta entre paréntesis y encajada de forma segura en la palabra (casi se podría decir: metalenguaje) «misterio», mientras que la otra interpretación es brutalmente honesta porque la conciencia en este caso se expone directamente a la experiencia de este contenido. Lo mismo que sobre el «misterio» podría decirse de otra palabra popular para designar tales contenidos: «paradoja».

15 Posiblemente incluso de forma exclusiva. Es muy posible que el aliciente a través del alivio que aporta la tecnología no sea más que el espadín con el que pescar la caballa, es decir, aquello con lo que se ceba a la humanidad para que se adentre en un camino de desarrollo psíquico que tiene lugar a través de la tecnificación. Creemos que lo hacemos para nuestros fines y beneficio, mientras que en realidad somos instrumentalizados para los fines del alma, fines que de ninguna manera son idénticos a los nuestros.

16 James Hillman, Re-Visioning Psychology, New York et al. (Harper & Row: 1975), p. 169 y ss.

17 «Personas limítrofes numinosas», ibídem, p. 169.

¿Una psicología femenina?

Logos del alma

Cuando se propone una “psicología femenina” desde la posición junguiana, no se asume el despropósito que significa hablar de lo femenino como una cualidad asociada únicamente con la mujer, sin embargo a la luz de la ideología hoy es una posición imposible de zanjar por el mero diálogo racional. Confundir arquetipo y género es lo que resulta de la falta de reflexión sobre el concepto de lo femenino. Lo femenino es un atributo, una posición o una categoría, pero de ninguna manera es una posesión exclusiva de algún género; en cambio, es parte del contexto cultural que ha bebido, en un primer orden, de las metáforas biológicas, pero que con el paso de la historia las ha dejado atrás a la vez que las conserva como categorías de pensamiento.

“La mujer no existe” decía Lacan y al hacerlo no hablaba de una mujer particular sino de aquello implícito en lo femenino: el Otro o Dios mismo, como el objeto del goce que nunca se puede alcanzar. En este sentido, lo femenino es un mito y pertenece a la lógica dual del mito y, por tanto, no existe pero siempre está presente. Es quizá una debilidad del feminismo y de la búsqueda de la reivindicación de la mujer confundir las dimensiones categoriales del arquetipo y del género, al hacerlo se infla a las mujeres con un único atributo, el concepto entonces se subyuga a las necesidades del individuo, es alienado de su propia lógica y se vuelve un objeto de intercambio, un producto. El feminismo, así visto, no es otra cosa que capitalismo.

En cambio, lo femenino siempre está presente de forma negativa y en conjunción con lo masculino, no hay ánima sin ánimus y uno y otro son facetas propias del movimiento del fenómeno en camino a casa de sí mismo. Una visión realmente feminista en psicología implicaría ser capaces de permitir que lo Otro hable a través del síntoma, es decir de la unión y simultaneidad de lo diferente, independientemente de si se trata de hombres o de mujeres, pero entonces ya no sería necesario hablar de ismos sino solo de psicología como sustantivo señero.

“Zapatero a tus zapatos” o del compromiso del psicólogo con la verdad

Logos del alma

La gente cree que tener la capacidad de emitir una opinión asegura su calidad de verdad frente al fenómeno del que se opina. Hoy se es un analista geopolítico, mañana un economista y después un experto en temas de género; se tiene la seguridad impávida de quién está del lado del bien y quién del lado del mal. En esta convicción descansa la importancia personal del ego, que desea moldear la realidad de acuerdo a sus juicios, bajo la ilusión de que lo que se opina es igual a lo que en el fenómeno es pensado. Sin embargo, pensar y opinar son dos cosas distintas e inversamente proporcionales. No obstante, la manía por demostrar que la opinión propia es relevante da cuenta de una concepción común de verdad que implica la necesidad de adecuación del mundo a los criterios personales.

Antonio Machado decia: «Tu verdad no, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela». Una declaración como, esa en los tiempos de las pos-verdad, es políticamente incorrecta, pues un concepto como éste supone un agravio contra la libertad de pensamiento y, se opina que, es propio de una mente dogmática e intransigente, “¿quién eres tu pensador para declarar que crees en algo?”, se pregunta el sujeto posmoderno con un dejo de desaprobación. De cierta manera la verdad se encuentra es un momento crítico, donde es lo más despreciado y, sin embargo, lo más requerido y tergiversado.

Si bien es cierto que la adecuación del mundo a los criterios personales significa una reducción de la verdad, hay otras formas de concebirla que pueden ser más adecuadas. Jung, por ejemplo, insistía continuamente en que los fenómenos que estudiaba no eran reales sino como imágenes de la psique, lo cual pudiera parecer un detrimento de su cualidad de objetos, empero esto significaba que su realidad era de un orden trascendente a las sustancias positivas, es decir, estas imágenes estudiadas por Jung contenían su propia verdad en sí mismas.

Una verdad contenida en sí misma es completamente distinta al acto de querer sumergir al fenómeno en el molde de la opinión propia, pues entonces es el sujeto quien tiene que someterse a la propia adecuación del fenómeno a sí mismo. Es en ese sentido que Jung podía entender la individuación como el proceso de ser lo que ya se es, o en otras palabra adecuarse a la propia verdad realmente vivida, que es distinta de las opiniones vagas sobre uno mismo, las cuales conforman la condición neurotica. Así, la psicoterapia puede definirse como una labor de compromiso con la verdad del fenomeno presente, ante la cual se subsumen tanto el paciente como el psicoterapeuta, porque es algo terrible ser presa de una enfermedad pero no así servirle a un dios.

Hay algo del prejuicio comun sobre el concepto de verdad en los análisis “psicológicos” que ante la más mínima noticia surgen con un sesudo discurso explicando las circunstancias bajo el manto de la teoría a la que se adhieren, reduciendo la complejidad del fenómeno a las pobres categorías psicológicas en turno. En lo cotidiano es posible hablar, sin sonrojarse, de aquello que no se sabe y pretender que una opinión pasajera puede ahorrar el trabajo y el sacrificio, tremendos, de adentrarse en un tema, lo que no deja de ser una actitud compulsiva y narcisista; pero el psicólogo quizá tendría que apegarse a la máxima que dicta: «zapatero a tus zapatos» y conformarse con la verdad, que no es la suya ni la del paciente o el evento, sino la del pensamiento del propio fenomeno, un pensamiento que se piensa a sí mismo y que exige del acto terapéutico de intentar estar a la altura de dicho proceso lógico.

La escuela arquetipal

Traducciones

Michael Vannoy Adams, EE. UU.

Publicado en Soul and The Cambridge Companion to Jung, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 107-124.

Traducido por Alejandro Chavarria

Jung, sobre los arquetipos y las imágenes arquetípicas

Aunque Jung llamó a su escuela de pensamiento «psicología analítica», podría haberla llamado con igual justificación «psicología arquetipal». Ningún otro término es más básico para el análisis junguiano que el de «arquetipo»; sin embargo, ningún otro término ha sido fuente de tanta confusión en su definición. Parte de la razón es que Jung definió «arquetipo» de diferentes maneras en diferentes momentos. A veces, hablaba de los arquetipos como si fueran imágenes. A veces, distinguía con mayor precisión entre los arquetipos como formas inconscientes desprovistas de cualquier contenido específico y las imágenes arquetípicas como los contenidos conscientes de esas formas. 

Tanto Freud como Jung reconocieron la existencia de arquetipos, que Freud denominó «esquemas» filogenéticos (1918/1955), o «prototipos» filogenéticos (1927/1961). Desde el punto de vista filosófico, Freud y Jung eran estructuralistas neokantianos que creían que las categorías hereditarias de la psique informan imaginativamente la experiencia humana de forma típica o esquemática. Freud (1918/1955) alude a Kant cuando dice que los esquemas filogenéticos son comparables a «las categorías de la filosofía» porque «se ocupan del asunto de «colocar» las impresiones derivadas de la experiencia real.» Afirma que el complejo de Edipo es «uno de ellos» -evidentemente uno entre muchos- «el más conocido» de los esquemas. Describe las circunstancias en las que un esquema puede ejercer una influencia dominante sobre la experiencia: 

Cuando las experiencias no encajan en el esquema heredado, se remodelan en la imaginación, un proceso que podría seguirse con mucho provecho en detalle. Son precisamente estos casos los que están calculados para convencernos de la existencia independiente del esquema. A menudo podemos ver cómo el esquema triunfa sobre la experiencia del individuo. (p. 119)

Según Jung (1976/1977), el complejo de Edipo «fue el primer arquetipo que descubrió Freud, el primero y el único». Afirma que Freud creía que el complejo de Edipo «era el arquetipo», cuando, en realidad, «hay muchos arquetipos de este tipo» (Jung, 1946/1977 pp. 288-289). Al igual que Freud, Jung (CW 11, pp. 517-518) sostiene que los arquetipos son «categorías análogas a las categorías lógicas que están siempre y en todas partes presentes como postulados básicos de la razón», excepto que son «categorías de la imaginación«. 

Muchos no junguianos creen erróneamente que lo que Jung entiende por arquetipos son ideas innatas. Jung rechaza expresamente cualquier noción de este tipo. Los arquetipos son potencialidades puramente formales, categóricas, ideacionales, que deben ser actualizadas experiencialmente. Según Jung (CW 10), sólo son «posibilidades innatas de ideas». Dice explícitamente que los arquetipos son «similares a las categorías kantianas». Aunque los arquetipos «no producen ningún contenido por sí mismos, dan forma definitiva a contenidos que ya han sido adquiridos» a través de la experiencia (CW 10, pp. 10-11). Jung (CW 15, p. 81) insiste en que los arquetipos no determinan el contenido de la experiencia, sino que limitan la forma de la misma, «dentro de ciertas categorías». Los arquetipos son una herencia colectiva de formas generales y abstractas que estructuran la adquisición personal de contenidos particulares y concretos. «Es necesario señalar una vez más», dice Jung (CW 9.1, p. 79), «que los arquetipos no están determinados en cuanto a su contenido, sino sólo en cuanto a su forma y entonces sólo en un grado muy limitado.» Un arquetipo «está determinado en cuanto a su contenido sólo cuando se ha hecho consciente y, por tanto, se ha llenado con el material de la experiencia consciente.» Por contenido, Jung entiende las imágenes. Los arquetipos, como formas, no son más que posibilidades de imágenes. Lo que se experimenta conscientemente -y luego se imagina- está informado inconscientemente por los arquetipos. Un contenido, o una imagen, tiene una forma arquetípica o típica. 

Un ejemplo concreto puede aclarar la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas. Si Herman Melville nunca hubiera estado en condiciones de adquirir ninguna experiencia directa o indirecta de una ballena, nunca podría haber escrito Moby-Dick. Melville no podría haber heredado esa imagen específica. Sin embargo, podría haber escrito una gran novela americana sobre la experiencia arquetípica, o típica, de ser (o sentirse) psíquicamente engullido («tragado» o «devorado») y luego haber imaginado esa misma forma a través de otro contenido muy diferente. Jung (CW 5, p. 419) dice que el complejo «Jonás y la ballena» tiene «cualquier número de variantes, por ejemplo la bruja que se come a los niños, el lobo, el ogro, el dragón, etc.». El arquetipo es un tema abstracto (el engullimiento), y las imágenes arquetípicas (la ballena, la bruja, el lobo, el ogro, el dragón, etc.) son variaciones concretas de ese tema. 

James Hillman y la psicología arquetipal 

Lo que ahora se conoce como la escuela de «psicología arquetipal» fue fundada por James Hillman con otros junguianos en Zúrich a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. La escuela surgió como reacción a lo que consideraban supuestos metafísicos innecesarios en Jung y a la aplicación complaciente y memorística de los principios junguianos. Hillman prefiere considerar la psicología arquetipal no como una «escuela» sino como una «dirección» o un «enfoque» (comunicación personal, 9 de septiembre de 1994). La psicología arquetipal es una psicología post junguiana (Samuels, 1985), una elaboración crítica de la teoría y la práctica junguianas después de Jung. La psicología post junguiana ha sido «tomada en serio en los últimos treinta años», dice Christopher Hauke (2000, p. 8), «en gran parte debido al trabajo del analista junguiano estadounidense James Hillman». Aunque ahora hay muchos psicólogos arquetipales, Hillman sigue siendo el más destacado de ellos. 

La escuela arquetipal rechaza el sustantivo «arquetipo», aunque mantiene el adjetivo «arquetipal». Para Hillman (1983), la distinción entre arquetipos e imágenes arquetípicas, que Jung considera comparables, respectivamente, al noúmeno y al fenómeno kantianos, es insostenible. Según él, todo lo que los individuos encuentran psíquicamente son imágenes, es decir, fenómenos. Hillman es un fenomenólogo o un imagista: «Simplemente sigo el camino imagista, fenomenológico: tomar una cosa por lo que es y dejarla hablar» (p. 14). Para la escuela arquetípica, no hay arquetipos como tales, ni categorías neokantianas, ni noumena. Sólo hay fenómenos, o imágenes, que pueden ser arquetipales

Para Hillman, lo arquetípico no es una categoría, sino una consideración, una operación de perspectiva que un individuo puede realizar sobre cualquier imagen. Así, Hillman (1977, pp. 82-83) dice que «cualquier imagen puede ser considerada arquetipal». Lo arquetipal es «un movimiento que uno hace más que una cosa que es». Considerar una imagen arquetipal es considerarla como tal, desde una determinada perspectiva, dotarla operativamente de tipicidad -o, como prefiere decir Hillman, de «valor». Así, desde el punto de vista de la perspectiva, cualquier individuo puede «arquetipalizar» cualquier imagen. El mero hecho de considerarla así la convierte en tal -o, como dice Hillman (1975/1979), el mero hecho de ponerla en mayúsculas la convierte en tal- como en la «Muchacha quemada por el sol» (p. 63). En efecto, la escuela arquetipal abraza lo que Jung intenta (nunca, admite, que lo logre del todo) evitar – es decir, lo que él (CW 9.1, p. 59) llama «concretismo metafísico». Jung dice que «cualquier intento de descripción gráfica» de un arquetipo sucumbe inevitablemente al concretismo metafísico «hasta cierto punto», porque el aspecto cualitativo «en el que aparece se aferra necesariamente a él, de modo que no puede ser descrito en absoluto sino en términos de su fenomenología específica.» Las cualidades descriptivas concretas se aferran de forma bastante evidente a un arquetipo como la Gran Madre (de forma menos evidente a un arquetipo como el Anima, que es más abstracto) – como también lo hacen con la Muchacha Quemada por el Sol. La mayoría de los junguianos serían reacios a dignificar a la Muchacha Quemada por el Sol como si tuviera el mismo estatus que la Gran Madre, o incluso a considerar la imagen como «arquetípica». Cuando Hillman pone en mayúsculas a la Muchacha Quemada por el Sol, considera que la imagen es arquetípica, típica o valiosa. No plantea ni infiere la existencia metafísica de arquetipos anteriores a las imágenes. Para los psicólogos arquetipales, cualquier imagen, incluso la más aparentemente banal, puede considerarse arquetipal. 

Este uso postjunguiano y postestructuralista del término «arquetipal» es controvertido. La mayoría de los junguianos mantienen el término «arquetipo» y siguen definiéndolo como lo hizo Jung. Un analista junguiano, V. Walter Odajnyk (1984), critica a Hillman por adoptar el nombre de «psicología arquetipal». Según Odajnyk, Hillman debería haber llamado simplemente a la escuela «psicología imaginal» para evitar una ambigüedad terminológica innecesaria. «La psicología arquetipal», dice Odajnyk (1984, p. 43), «suena como si estuviera basada en los arquetipos de Jung, cuando en realidad no lo está». Esta crítica es convincente para los junguianos que siguen siendo estructuralistas estrictos. No es convincente para los psicólogos arquetipales, ya que creen que lo arquetipal, o lo típico, está en el ojo del imaginador, o en el ojo de la imaginación. En cierto sentido, lo arquetipal está en el ojo del observador -el sujeto que contempla una imagen-, pero también está, en otro sentido, en el ojo de la imaginación, una dimensión trascendente que los psicólogos arquetipales consideran en última instancia irreductible a cualquier facultad inmanente en el sujeto. 

Re-imaginar la psicología y adherirse a la imagen

El ojo de la imaginación es una imagen decisiva para Hillman, que puede revisar -o, como él dice, «re-visionar» [La traducción al español del texto fue “Re-imaginar”]- el análisis junguiano. Las conferencias Terry de Hillman en la Universidad de Yale en 1972 se publicaron con el título Re-Visioning Psychology. Para los psicólogos arquetípicos, el análisis no es sólo una «cura del habla», sino también una «cura del ver», que valora lo visual al menos tanto como lo verbal. La visión ha sido una imagen dominante en el análisis desde Freud (o desde la ceguera de Edipo), pero Hillman (1975, p. 136) ha hecho hincapié no en «ver en» sino en «ver a través de», con lo que se refiere a la capacidad del ojo de la imaginación para ver a través de lo literal a lo metafórico. Revisar es desiteralizar (o metaforizar) la realidad. Según Hillman, el propósito del análisis no es hacer consciente el inconsciente, el ego del id o el yo del ego, sino hacer metafórico lo literal, lo real «imaginal». El objetivo no es inducir a los individuos a ser más realistas (como en el «principio de realidad» freudiano) sino permitirles apreciar que «la imaginación es la realidad» (Avens, 1980) y que la realidad es imaginación: que lo que parece más literalmente «real» es, de hecho, una imagen con implicaciones metafóricas potencialmente profundas. 

Hillman emplea «psicología imaginal» como sinónimo de «psicología arquetipal». Como para Hillman la imaginación es la realidad, prefiere «imaginal» a «imaginario», que connota peyorativamente «irreal». Adopta el término «imaginal» de Henry Corbin (1972), un eminente estudioso del Islam. Según Hillman, lo imaginal es tan real como (o incluso más inmediatamente real que) cualquier realidad externa. Esta posición es idéntica a la actitud que Jung estipuló para la práctica de la «imaginación activa», la inducción deliberada de la actividad imaginativa en el inconsciente. Activar la imaginación, imaginar activamente, requiere que el individuo considere las imágenes que surgen como si fueran autónomas e iguales en estatus ontológico a la realidad externa. Hillman aplica este método a todas las imágenes, no sólo a las que surgen en la imaginación activa. La psicología imaginal se basa en lo que Adams (2004) llama el «principio de la fantasía». 

El lema de la psicología imaginal es «adhiérete a la imagen», un mandato que Hillman (1975/1979) atribuye a Rafael López-Pedraza (p. 194). Evidentemente, este dictamen se inspira en Jung (CW 16, p. 149), quien dice: «Para comprender el significado del sueño debo ceñirme lo más posible a las imágenes oníricas». Apegarse a la imagen es adherirse al fenómeno (en lugar de, digamos, asociarse libremente a él, como sugiere Freud). Para Freud, la imagen no es lo que manifiestamente parece ser. Es latentemente otra cosa. Para Jung y para Hillman, la imagen es precisamente lo que parece ser, y nada más. Para expresar lo que pretende, la psique selecciona una imagen especialmente apta de entre todas las imágenes disponibles en la experiencia del individuo para servir a un propósito metafórico muy específico. En la psicología imaginal, la técnica de análisis conlleva la proliferación de imágenes, la adhesión estricta a estos fenómenos y la especificación de cualidades descriptivas y metáforas implícitas. El método evoca cada vez más imágenes y anima al individuo a adherirse atentamente a estos fenómenos a medida que van surgiendo, con el fin de proporcionar descripciones cualitativas de los mismos y elaborar después las implicaciones metafóricas que hay en ellos. Como analista, un psicólogo imaginario debe ser un imagista, un fenomenólogo y un metaforista. 

Imagen, objeto, sujeto

La psicología imaginal no es una psicología de relaciones de objeto. Para Hillman, las imágenes no son reducibles en ningún sentido a los objetos de la realidad externa. La imaginación no es secundaria y derivada, sino primaria y constitutiva. Una imagen no deriva necesariamente de un objeto de la realidad externa, ni se refiere a él, ni se corresponde exacta o exhaustivamente con él. De hecho, puede que no haya ningún objeto. Como dice la psicóloga imaginal Patricia Berry (1982, p. 57): «Con la imaginación cualquier cuestión de referente objetivo es irrelevante. Lo imaginal es bastante real a su manera, pero nunca porque se corresponda con algo exterior». Para los psicólogos imaginales, la discrepancia entre imagen y objeto es simplemente un hecho ineliminable de la existencia humana. 

Jung (CW 6) defiende una posición similar cuando habla de las imágenes psíquicas o «imagos» y de lo que llama interpretación en el nivel subjetivo. Ontológicamente, afirma que «la imagen psíquica de un objeto nunca es exactamente como el objeto». Epistemológicamente, sostiene que los factores subjetivos condicionan la imagen y «hacen extraordinariamente difícil un conocimiento correcto del objeto». Como consecuencia, dice, «es esencial que la imago no sea asumida como idéntica al objeto». Por el contrario, siempre es aconsejable «considerarla como una imagen de la relación subjetiva con el objeto». El objeto simplemente sirve como un «vehículo» conveniente para transmitir factores subjetivos (CW 6, pp. 472-473). Por ejemplo, cuando Jung interpreta un sueño en el nivel subjetivo, considera las imágenes del sueño no como referencias a objetos de la realidad externa, sino como correlativos de aspectos de la personalidad del soñador, el sujeto. 

Hillman (1975/1979) protesta contra lo que considera un énfasis desmesurado en la subjetividad. No cree que la incongruencia entre la imagen y el objeto sea simplemente una función de factores subjetivos. Al igual que los psicólogos imaginales no reducen las imágenes a objetos de la realidad externa, tampoco las reducen a aspectos de la personalidad del sujeto. Para Hillman, la imaginación es verdaderamente autónoma, trascendente al sujeto. Complementa el nivel subjetivo con un nivel transubjetivo. Esta noción es, por supuesto, también incipiente en Jung, que distingue el inconsciente personal del inconsciente colectivo o transpersonal. Ocasionalmente, Jung (CW 7, p. 98) emplea la expresión «transubjetivo» precisamente en este sentido. Según Hillman, la subjetividad es problemática porque es muy posesiva. El sujeto tiende ingenuamente a creer que todas las imágenes le pertenecen porque aparentemente se originan en él. Para Hillman (1983/2004a), sin embargo, estas imágenes vienen al sujeto y a través de él desde la imaginación – desde lo que él llama el «mundus imaginalis«, la dimensión transubjetiva de la imaginación (p. 15). 

Relativización frente a compensación 

Para Jung, el propósito del análisis es la individuación del ego en relación con el yo (o el «Self», como la mayoría de los junguianos prefieren ponerlo en mayúsculas para estipularlo como un arquetipo). En este proceso es fundamental lo que Jung (CW 6) llama «compensación». Según Jung, la función del inconsciente es plantear perspectivas alternativas que compensen las actitudes parciales, prejuiciosas, defectuosas, inadaptadas o disfuncionales del ego. En este proceso, no sólo lo que está reprimido o disociado, sino también lo que el ego ignora o descuida, es compensado por el inconsciente. El inconsciente repara lo que el ego excluye u omite de la consideración. El análisis ofrece así una oportunidad para la integración de la psique, mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el Sí-mismo. 

A diferencia de Jung, Hillman considera que el propósito del análisis es la «relativización» del ego por la imaginación. La imaginación relativiza, o descentra radicalmente, al ego – demuestra que el ego, también, es una imagen, ni la única ni la más importante, sino simplemente una entre muchas igualmente importantes. Por ejemplo, cuando el ego aparece como una imagen en los sueños o en la imaginación activa, se tiende inmodestamente, incluso con arrogancia, a presumir que es la totalidad (o al menos el centro) de la psique, cuando en realidad es sólo una parte de ella. Demostrar la relatividad de todas las imágenes es, en efecto, empequeñecer (no humillar) al ego. Es desenmascarar los engreimientos del ego. Desde esta perspectiva, el objetivo del análisis no es la integración del psiquismo (mediante la compensación del ego por el inconsciente y la individuación del ego en relación con el yo) sino la relativización del ego (mediante la diferenciación de la imaginación). En este sentido, la psicología imaginal no es definitivamente una psicología del ego. Según Hillman (1983, p. 17), no se esfuerza por «fortalecer» el ego, sino que busca, en cierto sentido, «debilitarlo», es decir, desacreditar las pretensiones del ego. 

La imaginación contra la interpretación

Muchas imágenes que aparecen en sueños o en la imaginación activa son personificaciones. Jung (1963) cuenta cómo dos personificaciones, a las que llamó Elías y Salomé, se le aparecieron en la imaginación activa. Según Jung, las imágenes personificaban dos arquetipos: el Anciano Sabio (Logos) y el Anima (Eros). Inmediatamente reduce estas personificaciones a categorías a priori. Sin embargo, luego expresa una importante reserva: «Se podría decir que las dos figuras son personificaciones de Logos y Eros. Pero tal definición sería excesivamente intelectual. Es más significativo dejar que las figuras sean lo que eran para mí en ese momento, es decir, eventos y experiencias» (Jung, 1963, p. 182). En lugar de intelectualizar las personificaciones, Jung dice que prefiere experimentarlas tal como son, es decir, las considera como si fueran personas reales. Las involucra en una conversación, en el proceso dialógico que la psicóloga imaginal Mary Watkins (1986) describe maravillosamente en Invisible Guests: The Development of Imaginal Dialogues. En Waking Dreams (1976/1984), Watkins presenta una amplia historia de las técnicas imaginativas, entre las que destaca la imaginación activa. 

Hay, pues, dos tendencias en Jung: una, intelectual; la otra, experiencial. Hillman enfatiza sistemáticamente la segunda sobre la primera. Lo hace porque considera que los conceptos son demasiado generales, demasiado abstractos, en contraste con las imágenes (entre ellas, las personificaciones), que son particulares y concretas. El método fenomenológico de la psicología imaginal no es un método interpretativo, o «hermenéutico». Según Hillman (1983), la hermenéutica es ineludiblemente reduccionista. Define la interpretación como una conceptualización de la imaginación. Es decir, la interpretación implica la reducción de imágenes particulares a conceptos generales (por ejemplo, la reducción de una imagen concreta de una mujer en un sueño al concepto abstracto del Anima). Para Hillman (1983, p. 51), la interpretación no se ciñe a la imagen sino que interfiere en la «inteligibilidad de los fenómenos» intrínseca. No es en absoluto el único que defiende la fenomenología en lugar de la hermenéutica. Por ejemplo, la crítica cultural Susan Sontag (1967) también está «en contra de la interpretación», exactamente por la misma razón que Hillman: porque es una intelectualización de la experiencia, lo que ella llama «la venganza del intelecto sobre el mundo» (Sontag, 1967, p. 7). En resumen, Hillman no es un hermeneuta, sino un imagista, o fenomenólogo, que se ciñe a la imagen, se adhiere al fenómeno, y se niega rotundamente a interpretarlo, o a reducirlo a un concepto. 

Por ejemplo, en contraste con Jung (CW 9.1, p. 18), que dice: «El agua es el símbolo más común para el inconsciente». Hillman (1975/1979) advierte contra la interpretación de «cuerpos de agua en los sueños, por ejemplo, bañeras, piscinas, océanos, como ‘el inconsciente'» (p. 18). Insta a los individuos a atender fenomenológicamente al «tipo de agua en un sueño» (p. 152), es decir, a la especificidad de las imágenes concretas. Una psicología hermenéutica reduce las aguas plurales, las diferentes imágenes concretas (bañeras, piscinas, océanos), a un «agua» singular y luego a un concepto abstracto, el «inconsciente». La psicología imaginal valora la particularidad de todas las imágenes por encima de la generalidad de cualquier concepto. A diferencia de Freud (1933/1964), que dice que el análisis recupera la tierra (el ego) del mar (el id), Hillman no es un niño holandés que mantiene un dedo en el dique, sino un analista que prefiere experimentar el Zuider Zee imaginariamente en lugar de intelectualizarlo conceptualmente, o interpretarlo reduccionistamente. Las aguas en los sueños o en la imaginación activa pueden ser tan diferentes como los ríos lo son de los charcos. Estas aguas pueden ser profundas o poco profundas; pueden ser transparentes u opacas; pueden estar limpias o sucias; pueden fluir o estancarse; pueden evaporarse, condensarse, precipitarse; pueden ser líquidas, sólidas o gaseosas. Las cualidades descriptivas que exhiben son tan increíblemente diversas que son potencialmente infinitas, al igual que las implicaciones metafóricas. 

Multiplicidad

Para Hillman (1975), el autor más atroz del reduccionismo junguiano es Erich Neumann, quien reduce una vasta multiplicidad de imágenes concretas de lo femenino a una unidad, el concepto abstracto de la Gran Madre (o lo femenino). Tal operación es un procedimiento groseramente arbitrario que reduce las diferencias significativas a una identidad especiosa. No sólo los junguianos, sino también los freudianos, perpetran una reducción tan fácil. Hillman (1975, p. 8) dice: «Si las cosas largas son penes para los freudianos, las oscuras son sombras para los junguianos». No es sólo que (como podría decir Freud) una cosa larga es a veces sólo una cosa larga – o una cosa oscura a veces sólo una cosa oscura. Es que hay muchas «cosas» largas y oscuras muy diferentes -es decir, muchas imágenes muy diferentes- y no son reducibles a un concepto idéntico. En la controversia filosófica sobre lo uno y lo múltiple, la psicología imaginal valora la multiplicidad sobre la unidad. Es López-Pedraza (1971, p. 214) quien articula más sucintamente esta posición. Invierte la formulación habitual de que la unidad contiene la multiplicidad y propone, en cambio, que «lo múltiple contiene la unidad de lo uno sin perder las posibilidades de lo múltiple». 

Los psicólogos imaginales creen que la personalidad es fundamentalmente múltiple, más que unitaria. En cierto sentido, no hay personalidad, sólo personificaciones que, cuando los analistas las consideran como si fueran personas reales, asumen el estatus de personalidades autónomas. Cuando Hillman defiende la relatividad de todas las personificaciones, podría parecer que aprueba irresponsablemente el trastorno de personalidad múltiple (o «trastorno de identidad disociativo», como lo denomina ahora el Manual Diagnóstico y Estadístico). Hillman (1983/2004a) dice, de hecho: «La personalidad múltiple es la humanidad en su condición natural». Considerar la multiplicidad de la personalidad como «una aberración psiquiátrica» o como un fracaso en la integración de las «personalidades parciales» es simplemente una prueba de un prejuicio cultural que identifica erróneamente una personalidad parcial, el ego, con la personalidad como tal (p. 62). La definición de trastorno de personalidad múltiple implica que las personificaciones han sido literalizadas en lugar de metaforizadas y que la imaginación ha sido disociada en lugar de diferenciada. No sólo los psicólogos imaginales hacen hincapié en las personificaciones. El psicólogo de relaciones objetales W. R. D. Fairbairn (1931/1990) presenta un caso en el que un individuo sueña cinco personificaciones: el «niño travieso», el «yo» y el «crítico» (que Fairbairn asocia, respectivamente, con el id, el ego y el superego), así como la «niña» y el «mártir». Aunque Fairbairn afirma que el trastorno de personalidad múltiple es el resultado de una identificación extrema con las personificaciones, también dice, muy al estilo de Hillman, que dichas personificaciones son tan frecuentes en el análisis que «deben considerarse, no sólo como características, sino como compatibles con la normalidad» (Fairbairn, 1931/1990, pp. 217-219). 

Politeísmo frente a monoteísmo 

En consonancia con este énfasis en la multiplicidad, Hillman (1971/1981) aboga por una psicología politeísta en lugar de monoteísta. Según Hillman, la religión (o la teología) influye en la psicología. Históricamente, las tres religiones monoteístas -el judaísmo, el cristianismo y el islam- han reprimido sistemáticamente a las religiones politeístas. El judaísmo y el cristianismo no sólo han privilegiado a un dios por encima de muchos dioses (y diosas), a los que han despreciado como demonios, sino que también han privilegiado una conceptualización abstracta de ese único dios. El Islam ha sido igual de intolerante: un dios, sin imágenes. Para Hillman (1983), el cristianismo ha tenido un impacto especialmente nocivo en la psicología. Critica en particular al cristianismo fundamentalista, porque ha sido el más puritano e iconoclasta. Dado que el fundamentalismo ha considerado la imagen de forma literal en lugar de metafórica, ha condenado todo el imaginario como idolatría. Entre los practicantes de la psicología imaginal, David L. Miller, profesor de religión, es quien ha elaborado de forma más convincente la perspectiva politeísta en The New Polytheism: Rebirth of the Gods and Goddesses (1974/1981). 

Desde la perspectiva de la psicología imaginal, una de las razones por las que la psicología del ego parece tan atractiva es porque es muy compatible con los principios de la religión monoteísta. Es una psicología monista que valora un concepto unitario y abstracto, el ego, por encima de las imágenes múltiples y concretas. En cambio, la psicología imaginal tiene una orientación politeísta (o pluralista). No es una religión sino estrictamente una psicología. No rinde culto a los dioses y diosas. Los considera metafóricamente, como hizo Jung (CW 10, p. 185) – como «personificaciones de fuerzas psíquicas». Según Jung (CW 13), los dioses y diosas aparecen como «fobias, obsesiones y demás», «síntomas neuróticos» o «enfermedades». Como dice, «Zeus ya no gobierna el Olimpo, sino el plexo solar, y produce curiosos especímenes para la consulta del médico, o desórdenes en los cerebros de políticos y periodistas que, sin saberlo, sueltan epidemias psíquicas en el mundo» (CW 13, p. 37). Casi todos los ejemplos que los psicólogos imaginales citan de dioses y diosas son griegos. Justifican, o racionalizan, esta selectividad sobre la base de que el análisis es históricamente de origen europeo y que los dioses y diosas griegos son singularmente dominantes en ese contexto continental particular. Sin embargo, para que la psicología imaginal aspire a una psicología multicultural integral adecuada a las preocupaciones contemporáneas sobre la diversidad étnica, tendrá que incluir finalmente una amplia gama politeísta de dioses y diosas de todo el panteón mundial. 

Mitología 

Históricamente, el análisis ha tenido un interés especial en la mitología. A diferencia del análisis freudiano, la psicología imaginal no emplea los mitos simplemente con fines confirmatorios. Para Freud, el mito de Edipo es importante porque cree que confirma independientemente el descubrimiento -y la verdad teórica- del complejo de Edipo. Freud considera el complejo como algo primario, el mito como algo secundario. La psicología imaginal invierte este orden de prioridad. Por ejemplo, Hillman (1975/1979) dice que «el narcisismo no da cuenta de Narciso» (p. 221n.) Es una falacia reducir el mito de Narciso a un «complejo de Narciso» – o a un «trastorno narcisista de la personalidad». Nosológicamente, dice Hillman (1983, p. 81), el narcisismo confunde «el subjetivismo autoerótico con uno de los mitos más importantes y poderosos de la imaginación.» La psicología imaginal expresa una preferencia definida por los modos de discurso «literarios» sobre los «científicos». Según Hillman (1975, p. xi), la base misma de la psique es «poética» – o mitopoética. 

Sin embargo, Hillman critica lo que Jung llama el «mito del héroe». Lo que es potencialmente peligroso de este mito es la tendencia del ego a identificarse con el héroe y, por tanto, a representar el papel del héroe de forma agresiva y violenta. En contraste con lo que Hillman (1975/1979) llama el «ego imaginal» (p. 102) -un ego que reconocería modestamente que no es más que una imagen entre muchas otras imágenes igualmente importantes- el «ego heroico» asume arrogantemente el papel dominante y relega todas las demás imágenes a papeles subordinados. Las demás imágenes existen para servir a los propósitos del ego heroico, que puede entonces prescindir de ellas o deshacerse de ellas mediante la agresión y la violencia. El ego heroico, dice Hillman, «insiste en una realidad con la que puede lidiar, a la que puede apuntar con una flecha o a la que puede golpear con un garrote», porque «literaliza lo imaginal» (p. 115). En este relato, Hillman es culpable del mismo reduccionismo que critica en otros, pues el «héroe» es sólo un concepto abstracto, no una imagen concreta. Diferentes héroes tienen diferentes estilos. No todos son idénticos. Algunos son notablemente no agresivos y no violentos. Como dice Joseph Campbell (1949), el héroe tiene mil caras diferentes. 

Hillman (1989/1991) es más impresionante cuando revisa el mito de Edipo para volver a verlo. Según él, el mito de Edipo informa inconscientemente el propio método de análisis. Hay un «método de Edipo», así como un complejo de Edipo. Hillman no es el único analista que ha criticado las implicaciones metodológicas del mito de Edipo. Por ejemplo, el psicólogo del Self Heinz Kohut (1981/1991) sostiene que, en la medida en que el análisis aspira a ser algo más que una mera psicología anormal, el mito de Edipo es metodológicamente inadecuado. Se pregunta cómo habría sido el análisis si se hubiera basado en otro mito paterno-filial -por ejemplo, el mito de Odiseo-Telémaco- en lugar del mito de Layo-Edipo. Si Freud hubiera basado el análisis en el complejo de Telémaco en lugar del complejo de Edipo, sostiene Kohut, el método de análisis habría sido radicalmente diferente. Según Kohut, es la continuidad intergeneracional entre el padre y el hijo lo que «es normal y humano, y no las luchas intergeneracionales y los deseos mutuos de matar y destruir -por más que con frecuencia, e incluso de forma omnipresente, podamos encontrar rastros de esos productos de desintegración patológica de los que el análisis tradicional nos ha hecho pensar como una fase normal del desarrollo, una experiencia normal del niño» (Kohut, 1981/1991, p. 563). 

Hillman (1989/1991), sin embargo, es un crítico mucho más radical del mito de Edipo en la teoría y la práctica psicoanalítica tradicional que Kohut. Para él, la dificultad radica en que el mito de Edipo ha sido el único mito, o al menos el más importante, que los analistas han empleado con fines de interpretación. Según Hillman, el mito demuestra que la ceguera es el resultado de la búsqueda literalista del insight. El análisis ha sido un método ciego. El analista, un Tiresias que ha alcanzado el discernimiento después de haber sido cegado, imparte el discernimiento a un Edipo, el analizado, que luego es cegado. Este mito ha proporcionado al análisis un solo modo de investigación: el método de la perspicacia heroica que conduce a la ceguera. Hillman sostiene que si el análisis empleara otros mitos además del mito de Edipo, muchos mitos diferentes con muchos motivos diferentes -por ejemplo, Eros y Psique («amor»), Zeus y Hera («generatividad y matrimonio»), Ícaro y Dédalo («vuelo y artesanía»), Ares («combate, ira y destrucción»), Pigmalión («mímesis donde el arte se convierte en vida a través del deseo»), Hermes, Afrodita, Perséfone o Dionisio – entonces los métodos de análisis serían muy diferentes y mucho más fieles a la diversidad de la experiencia humana (Hillman, 1989/1991, pp. 139-140). La psicóloga imaginal Ginette Paris en Pagan Meditations (1986) y Pagan Grace (1990) es quizás el exponente más elocuente de esta diferenciación metodológica. 

Wolfgang Giegerich (1999) ha criticado la base mitológica de la psicología imaginal. En lugar de una psicología de la imagen basada en el mito, Giegerich aboga por una psicología del alma basada en la «lógica» (en el sentido filosófico distintivamente hegeliano de la palabra). Afirma que el mundo de la tecnología electrónica y de la información moderna -con el ordenador, Internet y el ciberespacio- es radicalmente diferente del mundo de la mitología antigua. «Para hacer justicia a nuestro mundo moderno», sostiene Giegerich (1999, p. 175), «no podemos recurrir a ninguna figura o patrón mitológico antiguo». Sostiene que una psicología basada en la mitología es obsoleta. Giegerich dice que «el punto mismo del ‘ego moderno’ (así como de la ciencia) es haber roto fundamentalmente con el mito como tal, es decir, con todo el nivel de conciencia en el que la experiencia verdaderamente mítica era factible» (Giegerich, 1999, p. 219). Adams (2001) sostiene, sin embargo, que los «dioses» y las «diosas» están vivos y bien, que la realidad psíquica contemporánea sigue siendo una realidad mítica, y que el inconsciente es fundamentalmente un «inconsciente mitológico». 

El alma en el mundo y el hacer alma

 La psicología imaginal es una psicología del alma más que una psicología del ego. Tal como Hillman (1964, p. 46) emplea el término «alma», se trata de «un concepto deliberadamente ambiguo» que desafía la definición denotativa. «Alma», por supuesto, es evocador de numerosos contextos religiosos y culturales. Hillman (1983, p. 128) señala que los afroamericanos introdujeron la palabra «alma» en la cultura popular. En la psicología imaginal, sin embargo, el término tiene una serie de connotaciones bastante específicas, las más importantes de las cuales son quizás la vulnerabilidad, la melancolía y la profundidad. Hillman (1983, p. 18) rechaza el ego fuerte, maníaco y superficial y aboga por un alma que reconozca lo débil, lo depresivo y lo profundo. «El alma», dice, «no está dada, tiene que hacerse». A tal efecto, Hillman (1975, p. ix) cita a Keats: «Llama al mundo, si te place, ‘El valle del hacer alma’. Entonces descubrirás la utilidad del mundo». Esto es una alusión al «alma-mundo» neoplatónico, o anima mundi, que Hillman traduce como «alma-en-el-mundo». El hacer alma en el mundo conlleva una profundización de la experiencia, en la que el ego se rebaja y se mantiene. En lugar de un ego que desciende a las profundidades inconscientes sólo para ser individuado en relación con el Sí-mismo y luego asciende a la superficie consciente, Hillman aboga por un ego que desciende a las profundidades imaginales -y permanece allí- para ser animado en un alma. Al igual que Jung, Hillman subraya que «ánima» significa «alma». En este sentido, el propósito del análisis no es la individuación sino la animación. El psicólogo imaginal Thomas Moore ha popularizado esta psicología del alma en Care of the Soul (1992) y Soul Mates (1994), al igual que Hillman en The Soul’s Code (1996). 

La psicología imaginal subraya que no sólo los individuos tienen alma, sino que el mundo tiene alma, o que los objetos materiales del mundo tienen alma. En contraste con el dualismo sujeto-objeto de Descartes, que afirma que sólo los «seres» humanos tienen alma, Hillman (1983) sostiene -lo dice metafóricamente, por supuesto- que las «cosas» no humanas también tienen alma. En efecto, la psicología imaginal es una psicología «animista». En contraste con la noción convencional de que el mundo es sólo materia «muerta», que los objetos materiales (no sólo los naturales, sino también los culturales, o artefactos) son inanimados, Hillman (1983, p. 132) insiste en que están animados, o «vivos». Quiere decir que no sólo los individuos sino también los objetos tienen una cierta «subjetividad», que las cosas tienen un cierto «ser». Según Hillman, el mundo no está muerto, pero tampoco está bien: está vivo pero enfermo. Es la actitud mortífera (en lugar de vivificante, llena de alma o animizante) del dualismo cartesiano sujeto-objeto hacia el mundo lo que lo ha enfermado. En lugar de analizar sólo a los individuos, Hillman recomienda que la psicología imaginal analice el mundo, o los objetos materiales en él, como si también fueran sujetos. Desde esta perspectiva, el mundo necesita terapia al menos tanto como los individuos. La psicología imaginal se ha convertido así en una psicología «ambiental» o «ecológica». Los analistas han tendido a ignorar o descuidar lo que Harold F. Searles (1960) llama el «entorno no humano». Una excepción a esta regla es el psicólogo imaginal Michael Perlman, que aborda la cuestión en The Power of Trees: The Reforesting of the Soul (1994). 

Activismo social y político 

La psicología imaginal convoca a los individuos a comprometerse con el mundo y a asumir una responsabilidad social y política. Uno de los ensayos más importantes que ha escrito Hillman se refiere a una cuestión social y política aparentemente insoluble: el sesgo de la supremacía blanca. Hillman (1986, p. 29) sostiene que los dilemas presuntamente debidos al «fanatismo étnico», aunque no son imposibles de alterar, son «fundamentalmente difíciles de modificar» porque la propia noción de supremacía es «arquetípicamente inherente a la propia blancura». Cita pruebas etnográficas de África para demostrar transculturalmente que no sólo los blancos sino también los negros tienden a considerar los colores «blanco» y «negro» como, respectivamente, superiores (o buenos) e inferiores (o malos). En On Human Diversity (1993), el crítico cultural Tzvetan Todorov también sugiere que el racismo puede persistir, en parte, «por razones que tienen que ver con el simbolismo universal: las parejas blanco-negro, luz-oscuridad, día-noche parecen existir y funcionar en todas las culturas, con el primer término de cada pareja generalmente preferido» (Todorov, 1993, p. 95). Tanto Hillman como Todorov se preguntan por qué el racismo parece resistirse tan obstinadamente a los esfuerzos sociales y políticos serios para erradicarlo, y ofrecen una explicación similar: la proyección inconsciente de un factor arquetípico, o universal, una valoración sobre el color (blanco-luz-día en oposición a negro-oscuridad-noche) sobre las personas. Según Hillman, el problema es que los racistas son literalistas que confunden irracionalmente la realidad física con la psíquica y aplican erróneamente la oposición de color blanco-negro con fines prejuiciosos y discriminatorios. Para abordar eficazmente esta dificultad y aminorar el racismo, sostiene que será necesario replantear (desiteralizar o metaforizar) la espuria lógica de oposición que emplean los supremacistas blancos. Desde esta perspectiva, el racismo es un fracaso de la imaginación, un ejemplo especialmente pernicioso de la falacia del literalismo. Adams aborda directamente la cuestión del racismo en el sentido blanco-negro en The Multicultural Imagination: «Race,» Color, and the Unconscious (1996). 

Robert Bosnak es quizás el más activo social y políticamente de los psicólogos imaginales. En Christopher’s Dreams: Dreaming and Living with AIDS (1989/1997), ha interpretado todo el diario de sueños de un cliente que sufrió y murió a causa del virus de la inmunodeficiencia humana. Ha organizado tres conferencias internacionales sobre el tema «Facing Apocalypse»: la primera, sobre la guerra nuclear (Andrews et al., 1987); la segunda, sobre la catástrofe medioambiental; la tercera, sobre el carisma y la guerra santa. En The Sacrament of Abortion (1992), Paris también ha aplicado la psicología imaginal a una cuestión social y política contemporánea. La guerra bien puede ser la cuestión social y política por excelencia. Hillman ha publicado un importante ensayo (1987) y un libro (2004b) sobre el «amor a la guerra», una actitud que la aprueba y la romantiza como algo heroico y perfectamente normal, con terribles consecuencias. 

Postestructuralismo, postmodernismo

La psicología imaginal es una escuela postestructuralista y posmoderna que tiene importantes afinidades tanto con la psicología semiótica de Jacques Lacan como con la filosofía deconstructiva de Jacques Derrida. Tanto Hillman como Lacan aborrecen la psicología del ego, y ambos descentran radicalmente el ego. El «imaginario» de Lacan es similar (aunque en absoluto idéntico) al «imaginal» de Hillman. Paul Kugler (1982/2002, 1987) afirma que el «imaginario» de Lacan es también similar a la «imago» de Jung. Adams (1985/1992) sostiene que lo que Hillman entiende por «re-visión» es comparable a lo que Derrida entiende por «deconstrucción». Tanto Hillman como Derrida critican la lógica metafísica que opone la imagen (o significante) al concepto (o significado) y que privilegia a este último sobre el primero. 

La institucionalización de la psicología arquetípica

Aunque hay institutos junguianos que forman y certifican a los analistas para que ejerzan profesionalmente, no hay ningún «Instituto Hillman». Spring Publications, una editorial de la que Hillman es propietario, ha publicado muchos libros de psicología arquetípica. Ahora ha comenzado a publicar la «Uniform Edition of the Writings of James Hillman». Durante muchos años, también publicó Spring, una revista de psicología arquetipal. Esa revista se publica ahora en una imprenta diferente, Spring Journal Books. El London Convivium for Archetypal Studies publicó varios números de Sphinx: A Journal for Archetypal Psychology and the Arts. En 1992 se celebró un «Festival de Psicología Arquetipal en honor a James Hillman» en la Universidad de Notre Dame. El Pacifica Graduate Institute de Santa Bárbara destaca la psicología arquetipal en los programas de grado de psicología clínica, psicología profunda y estudios mitológicos, y ha creado un archivo que contiene los manuscritos, cartas y otros documentos de Hillman. El Instituto de Humanidades y Cultura de Dallas también hace hincapié en la psicología arquetipal en los programas que ofrece. 

La psicología arquetipal existe desde hace menos de medio siglo, pero en ese tiempo ha prestado un importante servicio. Ha proporcionado una perspectiva crítica «revisionista» del análisis junguiano. Quizás la contribución más significativa de la psicología arquetipal es el énfasis en la imaginación, tanto cultural como clínicamente. En este sentido, la psicología arquetipal ha revisado la propia imagen del análisis junguiano tradicional. 

Referencias

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La autonomía de la psique objetiva

Logos del alma

“Si se despertara ese rey te apagarías como una vela.”

Lewis Carroll, A través del espejo

Cuando en psicología analítica se habla del termino “psique objetiva” pueden surgir algunos equívocos en la asunción de su concepto, pues se podría pensar en la imposibilidad de la objetividad en los procesos psíquicos subjetivos, ya que todos pasan por el filtro de la opinión del sujeto. Dicha posición subjetivista se encuentra asentada en un prejuicio del sentido común desde el cual la persona delira con que el proceso psíquico que vive le pertenece, como si éste fuera una parte de él, como un órgano o una propiedad de su existencia; es entonces que las ideas, los sueños, los complejos emocionales comienzan a parecerle emergentes suyos, derivados de lo que considera su propia subjetividad.

La mente primitiva, como lo mostró Lévy-Bruhl, participa de forma irrestricta del mundo que lo rodea, es decir, que en ella la separación entre sujeto y objeto aún no ha sucedido, por lo que es común que sus relaciones con el entorno sean simpáticas, lo que implica un confusión entre la persona y los objetos que la rodean. En la participación mística la consciencia aún está atrapada en los objetos y, por lo tanto, con-fundida con ellos, de ahí que la magia y la astrología haya sido muy importantes para culturas primigenias, pero que sean solo un entretenimiento en la cultura actual donde el alma ya ha forjado una clara división entre el yo y el mundo.

Sin embargo, el suceder dialéctico de la consciencia no solo deja atrás lo que abandona sino que lo conserva en la misma medida en que lo olvida, por ello resabios de esa confusión, nutren el mal entendido subjetivista moderno que expresa que el psiquismo es producción de la persona y que, en consecuencia, se puede tener un control sobre éste, de tal manera que basta la fuerza de voluntad y el trabajo duro o incluso la simple esperanza para poder moldear la realidad psíquica.

Al respecto Jung dice:

“[…] en lo psíquico todo nos parece que es arbitrario y que está sometido a nuestro capricho. Este prejuicio general se debe a que confundimos demasiado lo psíquico con la consciencia. Pero hay innumerables procesos psíquicos importantes que son inconscientes o sólo indirectamente conscientes. De lo inconsciente no podemos saber nada directamente, pero indirectamente recibimos unos influjos que llegan a nuestra consciencia. Si en la consciencia todo nos parece arbitrario, no podremos descubrir un criterio objetivo del conocimiento de nosotros mismos. Y sin embargo hay un criterio objetivo que con independencia del deseo y el temor nos presenta infaliblemente como un producto de la naturaleza la verdad sobre nosotros mismos.”

En este contexto, lo inconsciente no es un lugar determinado en la mente, o un espacio en el cerebro del ser humano, sino simplemente la propiedad de un fenómeno psíquico en la relación con la consciencia que lo sujeta a sí mismo. Es decir, que ,el inconsciente no le pertenece a un sujeto particular, ni es tampoco una dimensión positiva sino que es, únicamente, la expresión metafórica del hecho de que un fenómeno no está ante sí de manera presente en la relación con su propio concepto.

Así que el psiquismo humano no es producto de la elaboración consciente del sujeto, sino que es una manifestación de la lógica de la consciencia en la relación con la existencia de la persona en particular, e incluso esta pretensión de la “persona particular” puede ser cuestionada como una mera ilusión retórica del lenguaje y del sentido común, ya que no se sabe hasta que punto un individuo no es sino las la relaciones poiéticas entre un conjunto de organismos vivientes, y no vivientes, y la lógica del alma en cuestión. Un sujeto, visto de forma compleja, es el entrelazamiento de la materia, la vida y la consciencia ocurriendo en el esfuerzo por mantener el impulso vital y por producir consciencia de forma continua.

Jung habla sobre “nuestra consciencia”, pero se puede entender tal expresión como una forma de hablar sobre un proceso autónomo e independiente que consiste en aquello que se da por llamar el fenómeno y que se siente como propio por un mero accidente retórico, se vive como interior porque en sí mismo ha sido interiorizado lógicamente, es decir que ya es pura interioridad. Por lo tanto, el psiquismo no nace de la persona, sino que le sucede objetivamente. Por eso Jung puede decir sobre el sueño:

“[…] es un producto de la actividad anímica inconsciente mientras dormimos. En este estado, el alma está sustraída en gran medida a nuestra arbitrariedad consciente. Con el pequeño resto de consciencia que nos queda en el sueño sólo podemos percibir lo que sucede; pero ya no somos capaces de dirigir a nuestro gusto el curso de los acontecimientos psíquicos, y por tanto estamos privados de la posibilidad de engañarnos. El sueño es un proceso automático que reposa en la actividad independiente de lo inconsciente y que está tan sustraído a nuestra arbitrariedad como, por ejemplo, el proceso fisiológico de la digestión. Por tanto, se trata de un proceso psíquico absolutamente objetivo, desde cuya naturaleza podemos extraer conclusiones objetivas sobre el estado psíquico real.”

El sueño, para Jung, no es una construcción del soñante, sino un suceso que deviene de sí mismo, por ejemplo en la película “Paprika” de Mamoru Oshii, la imagen del sueño de la protagonista le recrimina en cierto momento el hecho de que pretenda imponer su voluntad sobre ella solo porque la identifica como su sueño y le increpa la duda acerca de quien es el verdadero producto, si ella o la soñante. El mismo Jung participó de aquella experiencia en cierta ocasión al soñar con un hombre meditando, al acercarse se dio cuenta de que era él mismo y al despertar pensó que quizá él era, en realidad, el sueño de quien meditaba y que cuando ese Otro despertara entonces él ya no existiría. Entonces, y repensando esta relación tan asentada en la experiencia, se puede decir que el soñante, tanto como el sueño, son producidos de forma continua por el alma, por la consciencia objetiva, que se construye a sí misma a través de tal acto de la creación anímica.

No es el individuo quien tienen un psiquismo, ni un inconsciente, ni una mente, sino que es el alma quien crea a los sujetos, en tanto sujetos, en un proceso automático de reproducción y complejización que no tiene otro fin que él mismo. Pero el alma en sí misma no es un ente, ni tiene existencia positiva, sino que es una forma metafórica de referirse a un acto puro de producción, de “eterna recreación de la mente eterna”.

Cuando Jung alude a que en la experiencia consciente el individuo es capaz de engañarse, no dice que pueda moldear su realidad a libre arbitrio sino que simplemente puede construir una narrativa que le impida entrar en contacto con la verdad, con la objetividad de la psique, por ello tal verdad realmente no es de nadie, porque es la experiencia que se tiene de la propia experiencia. El lugar de esta psique objetiva es un no-lugar, ya que su naturaleza es la de ser absoluta negatividad, mero espíritu en el proceso de recrear sus productos con tal de volverlos nuevamente negativos, en continua apokatastasis. La labor del psicólogo radica, en consecuencia, en tratar de estar a la altura de lo que sucede, de forma activa, en una relación teórica con el alma, no en el sentido vulgar de la palabra “teoría” sino en la lógica del theoros que busca la verdad y que es, en reciprocidad, buscado por ella misma.

Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

¿Quiénes son los criminales?

Traducciones

Jerry Fyerkenstad, Estados Unidos


Ensayo publicado en Encuentro con la sombra (Ed. Kairos, España), pp. 326-337, 1991.

Traducido por David González y Fernando Mora

Gente que se revuelca en el fango. Marginados. Sórdidos. Mezquinos. Indisciplinados. Maleantes. Gamberros. Ladrones. Canallas. Depravados. Repugnantes. Gente que parece pensar con el culo. Una verdadera porquería. Gentuza que desprecia la ley, el camino correcto, el único camino, el camino hecho y derecho. Gente que no teme a Dios ni respeta a sus semejantes. Bestias. Pervertidos. Perros. Gente de mala raza. Bastardos. Ignorantes. Locos. Enfermos. Psicópatas. Almas descarriadas. Almas perdidas. Egoístas. Carniceros. Quebrantahuesos. Asesinos despiadados y fríos como el hielo que no dudarían un instante en matar a su propia madre.

Los criminales representan todo lo que nosotros no somos ni queremos ser, todo lo que rechazamos y deseamos expulsar de la sociedad. «Qué maravilloso sería que pudiéramos librarnos definitivamente de todos ellos. Esas personas ruines e indignas deben ser exterminadas. Encerrémoslas y tiremos la llave». Pero ese camino es un camino aparentemente erróneo del viaje del alma, un camino negativo, la Vía Negativa de la alquimia.

La alquimia en pocas palabras

La alquimia es muy simple. Comenzamos tomando la massa confusa, la materia prima, el plomo, y lo colocamos en un recipiente sellado, el vaso hermético. Después se calienta el recipiente y se realizan una serie de operaciones sobre la substancia para terminar transformándola en «oro». En opinión de Jung y Hillman, estas operaciones –la condensación, la destilación, la «repetitio», la «mortificatio» y «el matrimonio del rey y la reina»– no tienen ningún significado esotérico sino que se refieren metafóricamente al proceso que tiende a revelarnos la verdadera naturaleza de la substancia original. La massa confusa es pues equiparable a la piedra angular de la tradición bíblica y el oro –o el niño de oro– producto final del proceso, equivale al nacimiento del alma.

La alquimia es un Arte Hermético que, según se dice, es guiado por Hermes (Mercurio), que también era el dios de los ladrones, los criminales y otros ciudadanos clandestinos.

En nuestra cultura los delincuentes son la massa confusa, la piedra angular rechazada e indigna. Con ellos no puede hacerse nada sólido ni seguro. Rilke los llamaba los «necesitados», los imperfectos, esos a los que la gente no escucha si primero «no han confesado». Según Rilke «son sus voces las que pueden hacernos escuchar la bondad» y no las voces de los «eunucos de los coros eclesiales» que terminan aburriendo incluso a Dios. Aquí comienza todo. La Gracia sólo puede descender sobre lo imperfecto, sobre aquello que proclama sus faltas, sus iniquidades y sus debilidades.

Nosotros consideramos que los delincuentes comunes encarnan todos los rasgos negativos indeseables mientras creemos que nosotros somos «justos», buenos y observadores de la ley. ¿Pero se debe a qué somos personas naturalmente buenas o a que tenemos miedo a que nos «encierren»?

El delincuente se debate en el mundo de lo desconocido, más allá de la ley y el orden, en los dominios de Hermes y el inconsciente. El delincuente es cruel, violento e indiferente pero se ha atrevido a atravesar un límite que, en cierto modo, todos necesitamos cruzar. El teólogo y alquimista Sebastián Moore lo expresaba del siguiente modo: «Nuestro misterio más profundo consiste en que nuestras maldades y nuestros impulsos contra la totalidad nos exponen al amor de Dios de un modo y con una intensidad mayor que la que nos proporcionaría el mismo deseo de alcanzar la totalidad».

Nuestros delincuentes son personas que no pueden –o no quieren– crear oro utilizando los mismos procedimientos que la mayoría hemos decidido que son los correctos. Son aquellos que nos venden cosas que pretendemos no desear: cocaína, sexo, estéreos, bicicletas y automóviles «a precios casi regalados». Son aquéllos que están desesperados por su fracaso para alcanzar el «oro» siguiendo los criterios que los demás consideramos adecuados y viven explotando los reinos ocultos de la naturaleza humana que la mayoría negamos hipócritamente. De este modo, creemos erróneamente que al eliminar a los delincuentes nos libraremos también de nuestros propios vicios. Pero esta alternativa es imposible porque lamentablemente ignoramos que nuestros vicios encierran algo esencial para la naturaleza humana, algo que no puede ser encarcelado, abandonado o sacrificado sino que debe ser asumido, comprendido y trabajado alquímicamente.

Lo sagrado en lo profano

Jung creía que Dios, el Dios viviente, sólo puede ser encontrado donde menos queremos mirar, en el lugar en el que más nos resistimos a buscar. Ese Dios se halla oculto en nuestra oscuridad y nuestra sombra, entrelazado con nuestras heridas y complejos, inserto en nuestras patologías. Por otra parte, el Dios de la Creencia, el Dios que no tiene nada que ver con la creación y la vida cotidiana, el Dios ajeno a nuestras imperfecciones mundanas, sólo nos proporciona una excusa para permanecer alejados de las facetas más intrincadas de la existencia humana.

La alquimia es un proceso que nos permite extraer el Dios viviente de los aspectos más corruptos de la existencia. Pero ese proceso no puede comenzar hasta que no reconozcamos nuestra corrupción; una corrupción que se halla presente de manera explícita o implícita. Basta con limitarnos a reconocerla, admitir su existencia en nuestras acciones, en nuestras fantasías, en nuestros anhelos más secretos y momentos más ocultos.

En realidad, de lo que estamos hablando es de la diferencia entre el alma y el espíritu. El camino del espíritu es estrecho y ascendente pero el camino del alma, por el contrario, discurre de manera sinuosa, perturbadora y descendente. El camino del alma es también el camino de iniciación a nuestra propia humanidad. Nuestro objetivo, por tanto, no es el de llegar a ser «buenos», ingenuos e inocentes sino llegar a ser auténticos y reconocer nuestra oscuridad mediante la via negativa. Iniciarnos significa llegar a conocer de qué somos capaces, cuáles son nuestros límites, nuestros odios y nuestros deseos. Pero éste suele ser un conocimiento muy doloroso de adquirir. Sólo podemos ser realmente responsables de nuestras acciones y tomar decisiones inteligentes cuando seamos conscientes de esos factores.

Recordemos el cuento del Príncipe y el Dragón. Un matrimonio anciano que desea tener un hijo consulta a una comadrona que les aconseja que antes de dormir arrojen bajo la cama el agua con el que han lavado los platos. A la mañana siguiente descubren bajo la cama una flor con dos capullos, uno blanco y otro negro, y los recogen a ambos.

Al cabo de unos meses la comadrona vuelve a ser llamada para asistir al parto. Lo primero que aparece es una lagartija viscosa que la comadrona, con el beneplácito semiconsciente de la madre, arroja por la ventana. Unos instantes después nace un hijo robusto y hermoso al que todos aman. Tanta admiración despierta que llega a prometerse en matrimonio con la hija del rey.

Mientras tanto, el Dragón también va creciendo en secreto añorando a su hermano y a su familia, a quienes roba para poder seguir vivo y mantenerse caliente. De este modo, el Dragón termina desarrollando un carácter agrio, malhumorado y rencoroso.

Cuando, el día de la boda el príncipe sale del castillo, su carruaje debe detenerse súbitamente porque un gigantesco Dragón le corta el paso revelándole que es su hermano perdido hace tiempo y le pide que le encuentre una novia o, en caso contrario, jamás volverá a ver a su prometida. Entonces, comienza el difícil proceso –que durará varios años– de encontrar una mujer que esté dispuesta a pasar toda una noche con el Dragón en una habitación.

El punto crítico del relato reside en la escena en la que el Dragón sale de la oscuridad, declara su procedencia y reclama una muchacha que sea capaz de «amarle» tal como es. Hasta ese momento el Dragón se ha visto condenado a vivir como un criminal y un descastado. Ahora no quiere renunciar a ser como es. Ahora es una materia prima que quiere entrar en una habitación especial –el Vaso Hermético– y llevar a cabo un proceso alquímico que culmine en la forja de su alma. Sólo reconociéndose a sí mismo y reclamando lo que necesita podrá ser amado y disponer de un lugar en el mundo. Pero esto precisamente –mostrarnos a plena luz del día y reconocer los «sentimientos extraños» y los «deseos insanos» que nos abruman– es lo que tanto los delincuentes como los buscadores de chivos expiatorios nos negamos a hacer. En la medida en que «nos neguemos a experimentar esto» seguiremos enclaustrados, escondidos y seremos –como decía Goethe– «simples visitantes perturbados por la oscuridad de la tierra».

Tenemos miedo a ser capturados, a quemarnos (con el aceite), a nuestro Dragón oculto y a tomar conciencia de nuestras necesidades más desagradables. Es por ello que la mayoría de nosotros pretendemos ser absolutamente buenos. Sin embargo, ser bueno no es suficiente.

Casi todos creemos en la transformación, la muerte y el renacimiento –auspiciado por Hermes/Mercurio– pero no estamos dispuestos a afrontar la muerte. Queremos cambiar sin ser cambiados, queremos tener una «nueva imagen» pero no estamos dispuestos a sufrir las incomodidades, las molestias y el desequilibrio que necesariamente acompañan a todo cambio integral.

La psicología evolutiva, en especial la descrita por Robert Kegan, especifica las distintas fases que debemos atravesar para poder llegar a madurar como seres humanos. Sin embargo, la mayor parte de nosotros nos quedamos atascados en los estadios iniciales del proceso porque nunca se nos ha enseñado a hacer los sacrificios necesarios para afrontar las sucesivas muertes y renacimientos que constituyen el proceso evolutivo (una representación psicológica del proceso alquímico). Es por ello que tenemos dificultades para asimilar las lecciones que tiene que ofrecernos cada estadio (o, dicho en otras palabras, cada una de las operaciones del proceso alquímico).

La prisión: la entrada en el vaso hermético

El cautiverio, la prisión, la pena de muerte y la cadena perpetua representan condiciones verdaderamente alquímicas. El Vaso Hermético –el recipiente que contiene la materia prima, la massa confusa– debe permanecer sellado durante todo el proceso. Algo parecido ocurre en nuestro caso cuando encerramos en la cárcel a los criminales con la esperanza de que se transformen. Del mismo modo podríamos decir que el castigo y la terapia representan también operaciones alquímicas tales como la destilación y la putrefacción.

Pero no son los delincuentes los únicos que deberían sufrir este arduo proceso alquímico. Todos nosotros lo necesitamos y algunos de nosotros todavía más que ellos. Pero dado que nosotros nunca nos dejaremos capturar jamás nos someteremos al proceso. ¡Si hubiera algo que pudiera atraparnos! Dios sabe que no deseamos enfrentarnos a nosotros mismos y que tratamos de escapar de cualquier modo del proceso hermético. Pero para poder ser atrapados alguien debe delatarnos. Si evitamos la cárcel jamás podremos entrar en el vaso hermético –en el recinto sagrado– y el proceso alquímico jamás podrá iniciarse.

Al igual que sucede en el cuento del Príncipe y el Dragón, o en el mito de Eros y Psique, no puede ocurrir nada verdaderamente interesante hasta que el dragón –el monstruo que mora bajo la cama– sea «capturado», salga a plena luz del día y pueda ser visto e identificado. Sólo entonces puede comenzar el trabajo real. Hasta ese momento todo es inconsciente, impreciso y ciego.

Comparados con los criminales somos meros «voyeurs» que permanecemos fascinados contemplando a distancia el espectáculo. Muy pocos de nosotros confesaríamos –como Mick Jagger en “Simpatía por el Diablo”– que colaboramos inconscientemente con las fuerzas de la oscuridad y, de ese modo, nos negamos a penetrar en los dominios de la verdadera humanidad. Preferimos a un Dios a quien podamos adorar y ensalzar que a un co-creador que nos invite a colaborar en la creación. No estamos dispuestos a celebrar el «sacramento del asesinato» y reconocer que el núcleo de nuestra oscuridad, de nuestra atracción por el mal y de nuestro rechazo de la totalidad son tan esenciales para obtener la gracia, el alma y el «oro» como nuestras creencias y esfuerzos deliberados hacia la totalidad, la bondad y la perfección.

Consideramos que el crimen es algo antinatural e inhumano, un acto que va contra la naturaleza y la cultura. ¿Cómo podemos pues afirmar que el crimen sea una metáfora de algo esencialmente necesario? Nuestros sueños parecen querer violar, robar, saquear, profanar lo sagrado, golpear, mutilar, torturar, intimidar, etcétera, a nuestro ego cotidiano. De este modo, los sueños intentan enfrentarnos a nuestra massa confusa «relativizando» al ego. El sueño y la enfermedad son los principales medios que utiliza nuestra alma para comunicarse con nosotros. Es por ello que nuestra negativa cultural a comprometernos en el opus alquímico de trabajar con nuestros sueños aumenta la probabilidad del delito. De igual modo, la ampliación de nuestros presupuestos de defensa, el interés en la defensa personal, los sistemas antirrobo y las medidas de seguridad no hacen más que aumentar la probabilidad del delito ya que ese tipo de medidas profundizan el abismo, aumentan las diferencias y aseguran la inevitabilidad del ataque. Por tanto, si permitimos que los sueños se manifiesten y nos afecten –sin interpretarlos y darles un sentido que se acomode a nuestros conceptos previos– nos proporcionarán una vía de acceso al lado oscuro y criminal de nuestra mente y transformarla, así, en «oro».

El convicto debe seguir un camino diferente. Una parte muy importante de su «cura» (otra operación alquímica –curtir, oscurecer la piel, otra metáfora del castigo) consiste en aprender el rol de la víctima, sentir lo que siente, tomar, en definitiva, conciencia de todo el episodio y no limitarse solamente a desempeñar el papel de delincuente. Eso es lo que al criminal le parece antinatural, este es su opus contranatura, lo que puede curar su fragmentación y división.

Aumentar el calor

El fuego y el calor juegan un papel fundamental en muchas operaciones alquímicas como, por ejemplo, la destilación o calcinatio (secado). A los policías se les llama «maderos» y los delincuentes que todavía no han sido capturados tratarán a toda costa de evitar a los maderos y los que permanezcan cautivos intentarán huir o burlar el calor que produce ese tipo de leña.

«Calentarse», por otro lado, también se refiere al estado apasionado y vehemente por el que tenemos que pasar si queremos conseguir algo porque, de lo contrario, sólo seremos unos jodidos locos. Una persona «acalorada» es impredecible, irracional y testaruda. «Estar caliente» es también una forma de decir que estamos excitados sexualmente, un estado que no cesará hasta no haber satisfecho nuestro deseo. ¿Cuál es la motivación que impulsa al criminal cuando entra «en calor»? ¿Por qué está dispuesto a sacrificarse? ¿Cuál es esa perla de valor incalculable que sólo él parece conocer? ¿Se trata acaso del poder, el control, la riqueza, los objetos caros, las mujeres o las drogas? Según Gregory Bateson el delincuente busca algo esencial en su delito. ¿De qué se trata? ¿Qué cosa fantástica «imagina» que obtendrá? ¿Con quién quiere encamarse, acostarse, o fornicar? Sea como fuere ¡sólo esperamos no encontrarnos entre él y el objeto de su deseo!

Putrefacción, Repetitio y otras operaciones

Repetitio: si consideramos a la Tierra como vaso hermético todo lo que usamos y tiramos no sufre esta operación de repetitio. En lugar de seguir amontonando desperdicios que sólo hemos utilizado una vez debemos aprender a valorar y transformar la basura que se convierte en massa confusa.

Destilación: descartar lo superfluo y quedarnos con lo esencial. La mayoría tendemos a acumular objetos, ideas y proyectos sin llevarlos a cabo, sin hacer ningún tipo de selección previa, sin llegar a decidir jamás lo que es esencial, y actuar después en consecuencia.

Putrefacción: conocer nuestros aspectos despreciables y descubrir que nuestra mierda también apesta. Para los delincuentes convictos esto significa tomar clara conciencia de que sus acciones han dañado a los demás ya que, al igual que los políticos o los líderes religiosos, la mayoría de los delincuentes no se percatan de ello. Para poder simpatizar con el mundo que está más allá de nuestro ego y podamos darnos cuenta de sus imperiosas necesidades nuestra miopía debe disiparse. Para los no delincuentes, la putrefacción implica la toma de conciencia de su propia mierda y, en consecuencia, el cambio de rumbo en su continuo viaje hacia la superación y la perfección.

Contención: en el momento en que algo se escapa del vaso hermético el proceso alquímico se trunca y debe comenzar nuevamente. De este modo, aunque la ciencia, la industria y la tecnología moderna estén basadas en los antiguos principios herméticos, vierten todo tipo de sustancias tóxicas y las emisiones radioactivas procedentes de centrales nucleares contaminan nuestra tierra. Este vertido es fruto de un proceso sin integridad, un proceso en el que falta el alma y que no puede provocar, por tanto, ninguna transformación útil.

La importancia de la sal

Para los alquimistas la sal era un elemento imprescindible. La sal está asociada con la memoria porque sirve para conservar, para mantener las cosas en una condición utilizable y comestible. En los delincuentes, sin embargo, la memoria suele ser una cualidad bastante deteriorada. La terapia con los delincuentes parece funcionar mejor cuando se les pide que reconstruyan sus pasos, sus planes, su decisión de transgredir la ley, es decir, cuando se les pide que echen sal en el vaso que constituye su psiquismo o su alma. Por otra parte, la sal resulta también apropiada para mantener a los presidiarios ya que a todos se nos ha enseñado que poner sal en la cola de los pájaros impide su vuelo.

Sin embargo, el hecho de que hayamos pescado al delincuente no significa que éste no quiera zafarse del anzuelo. Debemos seguir con nuestras operaciones hasta encontrar un nuevo punto de vista que nos permita observar la totalidad del proceso. Debemos, pues, considerar al criminal como una parte de nuestra propia historia, debemos abrirle nuestro santuario privado para que nos despoje de todo aquello que no es imprescindible para vivir y nos haga sentir lo que es el dolor y la privación. Todo esto no sólo es aplicable al campo de los sueños sino que también sirve para que vayamos más allá de nuestra obra personal y privada y nos hagamos cargo del vaso mayor –el Vaso Hermético que es el planeta. De este modo, el delincuente suscita diversas reacciones paralelas ya que, si bien actúa en base a sus intereses personales y sus mezquinas necesidades, también constituye simultáneamente un elemento catalizador que puede activar el drama del alma en nuestra propia vida

Los delincuentes son los esclavos espirituales de las minas de nuestra ignorancia

En realidad, el deseo de erradicar el crimen es el deseo de eliminar al alma, la imperfección y la necesidad de la gracia, el deseo de construir un mundo regido por consultores, conductistas, empresarios y relaciones públicas. No resulta, por tanto, extraño afirmar que padecemos un fascismo edulcorado de rostro educado y amable (un fascismo literalmente no violento, como subraya reiteradamente Noam Chomsky en sus escritos sobre la sutileza del fascismo americano).

Necesitamos a los delincuentes para poder detener a alguien que no seamos nosotros mismos. Preferimos mandar a otros a las minas, algún voluntario desesperado, una víctima propiciatoria que se encargue de llevar a cabo el trabajo sucio. No es soprendente que nuestra cultura haya abrazado una religión como la cristiana cuya teología santifica el que otra persona (Cristo) haga nuestro trabajo esencial y muera para expiar nuestros pecados. Pero esto no hace más que postergar nuestra crucifixión, abortar el proceso alquímico antes de su conclusión e impedir nuestra transformación en profundidad.

Si prestamos atención, metafórica y literalmente hablando, al mundo del crimen descubriremos que necesitamos a los «delincuentes» para atacar, violar y asesinar a nuestro ego habitual, a las pautas conceptuales y emocionales que corrompen nuestra alma y nos empujan a tomar decisiones y llevar a cabo acciones dañinas para el cuerpo social y para los objetos y criaturas del mundo. Sin embargo, aunque este crimen sea inevitable también debemos apresar al delincuente, mirarle a la cara y aclarar las cosas. Debemos escuchar las razones que arguye para justificar su agresión, cosa que no lograremos, en cambio, si nos limitamos a encerrarlo y tirar luego la llave, a desterrarlo o simplemente a ejecutarlo.

Aunque sacrificáramos a toda la humanidad con ello no haríamos más que perder la oportunidad de hacernos más humanos y desaprovecharíamos la ocasión de profundizar nuestra comprensión tanto de los aspectos oscuros como de los luminosos de todo el espectro de la humanidad. Lo peor de todo es que también parece que nos gustara sacrificar a la tierra que nos sostiene e, incluso, al alma humana. Creemos que los aztecas eran primitivos porque sacrificaban seres humanos para complacer a sus dioses pero no queremos darnos cuenta de que, al amordazar nuestra conciencia para no admitir que nosotros también sacrificamos a los delincuentes, inmolamos al Tercer Mundo en aras de nuestra prosperidad y a las generaciones venideras a cambio de unos pocos bienes de consumo.

* * *

Estaba enojado con mi amigo,

Le expresé mi rabia y ésta terminó.

Estaba enojado con mi enemigo,

No se lo dije y mi rabia fue en aumento.

Noche y día la regué

Con las lágrimas de mi miedo

Y la expuse al sol de mis sonrisas;

Y con sutiles y engañosas artimañas

Siguió creciendo día y noche

Hasta que brotó una brillante manzana

Y mi enemigo percibió su resplandor.

Y supo que era mía

Y entró furtivamente en mi jardín

Cuando la noche oscurecía el orbe.

A la mañana siguiente, triste, descubrí

a mi enemigo, tendido, bajo el árbol.

WILLIAM BLAKE

El mito del inconsciente colectivo

Traducciones

Jon Mills, Canadá

Resumen

Mills J. The myth of the collective unconscious. J Hist Behav Sci. 2018;1–14.

Este ensayo cuestiona el principio más básico de la psicología analítica de Jung, a saber, la existencia del inconsciente colectivo. A pesar de que se supone que hay procesos universales y características ontológicas de la mente en todas las escuelas de pensamiento psicoanalítico, la de Jung es única en la historia de las ideas psicoanalíticas por plantear una psique transpersonal supraordenada y autónoma que sigue siendo la fuente, el suelo y el manantial del que derivan todas las manifestaciones inconscientes y conscientes. Esta audaz afirmación se analiza a través de una inspección minuciosa de los textos de Jung que cuestiona la justificación filosófica para postular un macroantropos sobrenatural o una mente colectiva reificada. Señalando los problemas de la agencia y las falacias de la hipostatización, no es necesario evocar una cosmogonía transpersonal para explicar cómo la universalidad impregna la subjetividad individual dentro de los colectivos sociales. Aquí podemos concluir que el constructo inconsciente colectivo es un significante de las dinámicas y características psicológicas comunes de la humanidad compartida. En este sentido, el mito del inconsciente colectivo se entiende mejor como metáfora de una abstracción superior o principio ideal dotado de valor numinoso. 


En este ensayo, deseo examinar una noción central de la psicología analítica, sino el punto de apoyo sobre el que descansa la filosofía de la mente y la cultura humana de Jung. Aquí abordaré una cuestión muy específica con un ámbito de análisis reducido; a saber, ¿existe un Inconsciente Colectivo? Y si es así, ¿qué es exactamente? En realidad, el propio Jung (1953/1973) da muy poca cuenta del inconsciente colectivo a lo largo de sus Obras Completas, centrándose en cambio casi por completo en los arquetipos, el contenido que se presupone de una psique colectiva. Más que centrarme en el contenido, deseo sostener la cuestión del fondo original, la matriz metafísica de todo devenir. En efecto, aunque se supone que el arquetipo es su propia forma original (arché-origen, type-forma), el inconsciente colectivo es la fuente original de estas innumerables formas autoinstanciadas, el fundamento, el manantial o el principio abarcador en el que se originan los arquetipos, la causa última y la base de las apariencias como tales. Aunque esta investigación puede constituir una herejía dentro de ciertos círculos ortodoxos, para dar coherencia y credibilidad a este postulado teórico, nos corresponde ofrecer una defensa filosófica de este concepto tan importante y radical que fundamenta todo el edificio del pensamiento junguiano. 

Como condición universal y necesaria a priori para que la vida psíquica exista y emerja, el inconsciente colectivo se convierte en la fuerza más ontológicamente dependiente y en el locus de toda la actividad humana, presuponiendo quizás incluso una matriz transpersonal que arroja una significación cósmica, si no sobrenatural. Pero antes de sacar cualquier conclusión, es importante que desgranemos el concepto de Jung sobre el inconsciente colectivo y veamos si las implicaciones filosóficas de su teoría tienen plausibilidad y mérito, si no utilidad pragmática. 

En la literatura junguiana se ha criticado mucho la noción de arquetipos. De hecho, este concepto puede muy bien ser el aspecto más controvertido de la psicología analítica de Jung. Pero sea cual sea el análisis al que derivemos, no debemos olvidar que los arquetipos están condicionados por algo mucho más ontológicamente básico, es decir, indispensablemente primordial. 

Dado que los arquetipos son esencialmente los contenidos de la psique colectiva que se dice que se emiten en las mentes individuales -lo cual es una afirmación presunta que requiere justificación-, esto desafía aún más el formalismo de Kant, donde sólo existen categorías a priori para la comprensión y formas de sensibilidad, que son las estructuras mentales formales que nos permiten aprehender los objetos de la experiencia; mientras que Jung importa el contenido (los arquetipos) desde el principio que constituye el agente presubjetivo, es decir, las precondiciones ontológicas que hacen posible la subjetividad, por lo tanto presentes en el nacimiento sin la ayuda de la percepción de los sentidos, el espacio y el tiempo. Esto se vuelve problemático a menos que uno esté dispuesto a conceder que los contenidos de la experiencia ancestral pasada se incorporan, organizan, preservan y recapitulan por la humanidad, se transmiten filogenéticamente y reaparecen en instancias transgeneracionales posteriores en futuras líneas de tiempo históricas de la raza humana. Aquí debemos diferenciar entre una fuente original y las formas, contenidos y objetivos de la manifestación. Recordemos que la transición de lo no manifiesto a lo manifiesto se realiza y se lleva a cabo a través de los arquetipos. ¿Es el inconsciente colectivo el verdadero arché, el verdadero comienzo, o debería atribuirse más propiamente a los propios arquetipos, suponiendo que existan, lo que requiere además una argumentación? 

¿Quizás el inconsciente colectivo no es más que un símbolo, una metáfora del Centro, o tiene una ontología distinta, lo «realmente real», la zona de una realidad absoluta? Si llevamos esta cuestión más allá, los límites se difuminan rápidamente hasta el punto de que el inconsciente colectivo podría ser sinónimo del concepto de Dios, del actor y del acto de creación que tiene lugar en el centro del cosmos. Si adoptamos este punto de vista, a saber, el de deificar el inconsciente colectivo como un macroantropos sobrenatural, sería desastroso para los estudios junguianos, ya que el fundamento teórico de la psicología analítica sucumbiría a la invención de ficciones no verificables que satisfacen las fantasías de la imaginación a expensas de la razón, la lógica y la ciencia. 

1) JUNG SOBRE EL INCONSCIENTE COLECTIVO

El primer uso que Jung hace del término aparece en Símbolos de Transformación (Jung, 1912, CW, 5, p. 177n), a lo que inicialmente se refirió como una «universalidad supraindividual» (p. 177), «la herencia arcaica de la humanidad» (p. 178), el nacimiento del «espíritu» (p. 413). Aquí Jung hace una afirmación audaz: el espíritu (Geist) proviene de un inconsciente colectivo y aparece como arquetipos, tanto como «imágenes primordiales» como «formas primarias» (p. 413). En su prólogo a la 4ª edición suiza, Jung concluye que «la psique no es de hoy; su ascendencia se remonta a muchos millones de años… desde el rizoma perenne… la materia raíz» del inconsciente, «la madre de todas las cosas» (p. xxiv). En otras palabras, la mente y sus contenidos proceden de un sustrato preontológico que condiciona la aparición de todos los acontecimientos psicológicos hasta nuestros días. 

Jung hace muchas afirmaciones en sus escritos que recogen una visión nativista de la psique derivada de subestructuras innatas que favorecen las explicaciones evolutivas (Jung, 1961, p. 348), pero también confunde los contenidos de la mente (arquetipos) con el propio inconsciente colectivo. Dice específicamente que «El inconsciente colectivo no se desarrolla individualmente, sino que se hereda» (Jung 1936, CW, 9, i, p. 43). ¿Cómo se hereda un inconsciente colectivo perteneciente a la humanidad arcaica? ¿Cómo puede ser congénita una mente colectiva inconsciente? Esto parecería sugerir que en realidad heredamos alguna otra mente supraordenada que opera en nosotros y nos domina desde el principio como algún proceso extraño superpuesto a nuestra conciencia. En otras palabras, heredamos otra Mente o las mentes de muchas personas que se agrupan en una abstracción categórica llamada el alma del mundo (anima mundi). ¿Cómo es esto posible? Por supuesto, heredamos estructuras innatas, pero afirmar que las «imágenes» o la supraordinación son innatas es otra cosa. 

¿Cómo es que el llamado inconsciente colectivo es «idéntico en todos los individuos» pero no se desarrolla individualmente? ¿Cómo es posible que una configuración suprapersonal -una organización compleja- sea innata? Una forma de interpretar estas afirmaciones es colapsar el concepto de inconsciente colectivo en una categoría general abstracta subsumida en la biología evolutiva, como hace Jung cuando identifica por primera vez los instintos (Triebe) con imágenes innatas y patrones de comportamiento derivados de procesos inconscientes. En este caso, el inconsciente colectivo se convierte en un mero marcador de posición para algo común en todas las personas, nuestra encarnación de base que da lugar a la experiencia consciente. Hasta aquí no se avanza ninguna tesis nueva respecto a la de la teoría psicoanalítica clásica. 

Pero Jung no tarda en lanzar el guante. En su insistencia en que hay «elementos formales universalmente presentes» en la psique, salta rápidamente a plantear el contenido de los arquetipos y se pregunta: «¿existen o no existen formas universales inconscientes de este tipo? Si existen, entonces hay una región de la psique que se puede llamar el inconsciente colectivo» (Jung, 1936, CW, 9, i, p. 44). Pero, ¿por qué este salto inferencial? ¿Por qué se equiparan las formas universales con el contenido arquetípico? ¿Cómo es que el formalismo es lo mismo que las particularidades? ¿Existe una diferencia entre la estructura inconsciente, la forma y el contenido (como proceso, como las precondiciones para que la cognición transpire)? Estas clasificaciones diferenciales de la explicación marcan una diferencia en la forma en que llegamos a conceptualizar la noción de un inconsciente colectivo. La apresurada generalización de Jung se encuentra, además, con un descargo de responsabilidad seguido de la afirmación de que «el inconsciente colectivo no es una cuestión especulativa ni filosófica, sino empírica» (Ibid). Lo que es «empírico» es el mero hecho de nuestra encarnación biológica que está innatamente equipada con presiones evolutivas, pulsiones, deseos, afectos y estructuras cognitivas a priori que permiten a todos los seres humanos experimentar el mundo y sus realidades psicológicas, mientras que plantear una psique colectiva trascendental u objetiva (objetivada) es una construcción «especulativa» «filosófica» que debe ser justificada con argumentos lógicos y demostrada empíricamente. Hasta ahora, Jung no ha podido argumentar -y mucho menos demostrar- que el hecho de que haya estructuras mentales universales comunes a todas las personas signifique que éstas deriven de una fuente colectiva o red cósmica de todo el devenir. Aquí se presenta el primer problema para fundamentar una ontología transpersonal teóricamente justificada, especialmente cuando se infla al ámbito de la cosmogonía. 

Cuando Jung desdibuja su definición del inconsciente colectivo y lo hace sinónimo de los arquetipos, problematiza aún más su proyecto. Declara que el inconsciente colectivo está formado por los instintos y sus «correlatos, los arquetipos», que todos poseen, pero que también poseen «un stock de imágenes arquetípicas» (Jung, 1919, CW, 8, ¶281, p. 138). Esto significaría que las «imágenes» se almacenan en una psique colectiva y se transmiten a lo largo de los años a través de los mecanismos evolutivos que han creado o dado forma a la aparición del Homo sapiens actual. Dejando a un lado las implicaciones reductoras, como mínimo Jung cree (estipulado a modo de hipótesis) que las imágenes son experimentadas por la humanidad y almacenadas evolutivamente en el cerebro, que se transmiten transgeneracionalmente de forma genética y cultural, y que tienen un significado universal fijo en su simbolismo. Se trata de un modelo muy determinista de emergencia evolutiva en el que la imagen y el significado simbólico parecen estar preestablecidos, programados o codificados. Tampoco parece haber una distinción real entre el contenido del inconsciente colectivo y una agencia que produce dicho contenido. ¿Por qué presumir de un cúmulo de imágenes que exudan de una mente arcaica que supuestamente está presente al nacer y que brota en la psique cuando los mismos fenómenos pueden explicarse a partir de procesos cognitivos innatos que estamos diseñados evolutivamente para experimentar y adaptarnos a nuestro mundo en el que estamos lanzados? 

2) SOBRE LA CUESTIÓN DE LA AGENCIA

Jung afirma explícitamente desde el principio que «Los instintos y los arquetipos forman juntos el ‘inconsciente colectivo'» (Jung, 1919, CW, 8, pp. 133-134). Aquí hace del deseo, como parte de nuestras pulsiones, junto con el papel formativo de imagos, la sustancia de lo que comprende el inconsciente colectivo. Esto significa que nuestras pulsiones, que forman parte de nuestra corporeidad, así como las imágenes innatas, forman la organización y el contenido del inconsciente colectivo. Pero, ¿qué pasa con la agencia? ¿Cómo se liberan o descargan las pulsiones y las imagos en la psique? ¿Cómo se constituyen agencialmente los aspectos personales o subjetivos de la mente, y mucho menos provienen de una procedencia o supraordenación colectiva? Aquí Jung no responde a estos elementos teóricos básicos. 

Para exponer mi primera serie de críticas, debemos establecer que Jung efectivamente a veces confunde el inconsciente colectivo y los arquetipos con una agencia, mientras que en otras ocasiones, incluso en algunos de sus escritos posteriores, es más cuidadoso en sus proposiciones teóricas. Veamos primero algunas de sus afirmaciones sobre la reificación. Al hablar de la mitología, Jung dice explícitamente que «toda la mitología podría tomarse como una especie de proyección del inconsciente colectivo»; y al referirse a la influencia astrológica de los astros, afirma que «estas influencias no son más que percepciones inconscientes e introspectivas de la actividad del inconsciente colectivo» (Jung, 1947, CW, 8, 325, p. 152). En lugar de situar estas percepciones y juicios determinantes dentro de la mente subjetiva de un individuo, aquí las objetiva como una cosa concreta que realiza actos cognitivos. Comete la falacia de tratar una abstracción como si fuera una entidad o cosa real. Este tipo de concreción teórica como hipóstasis es filosóficamente problemática, si no simplemente insostenible. 

Cuando Jung se refiere al inconsciente colectivo como «reguladores y estimuladores» o «dominantes» (Jung, 1947, CW, 8, ¶403, p. 204), la noción de agencia se atribuye además al inconsciente colectivo como organizador de los procesos mentales; aunque se refiere a esta constelación psíquica como «impersonal», por lo tanto carente de mismidad, refiriéndose aquí presumiblemente a sus funciones más que a un agente por derecho propio. Pero esto no está en absoluto claro y está abierto a la interpretación, especialmente dado que se refiere a los arquetipos como «entidades» (Jung, 1947, CW, 8, p. 231) y «agencias espontáneas» (Jung, 1947, CW, 8, p. 216) en otros lugares. Dada la preocupación de Jung por los arquetipos, el inconsciente colectivo parece presuponerse a veces sin ofrecer un argumento filosófico o una justificación teórica de por qué es necesario incluso plantear tal entidad en primer lugar. En su primera obra, Símbolos de la transformación, al centrarse en el contenido del «stock de imágenes primordiales» como «formas innatas propias de los instintos», colapsando así la imago dentro de la pulsión (en lugar de una función agéntica que genera imágenes y experimenta impulsos internos), se refiere a «esta psique «potencial» el inconsciente colectivo» (Jung, 1912, CW, 5, p. 408). Aquí lo colectivo es sólo una potencialidad. Pero «en este mundo del inconsciente colectivo el espíritu aparece como un arquetipo» (Jung, 1912, CW, 5, p. 413). ¿Cómo pasamos de la potencialidad a la actualidad, de lo posible a lo real? Jung se apresura a sugerir que el espíritu (Geist) emerge de la psique colectiva y aparece como contenido (arquetipos). Las imágenes universales colectivas o vivenciales no tienen por qué proceder de una mente colectiva. ¿Por qué un salto inferencial tan persistente (si no superficial)? La psique está obviamente diseñada a priori para encontrar, aprehender y percibir imágenes de la experiencia, así que ¿por qué sugerir que provienen de una mente supraestructural y transpersonal? No hay ninguna defensa lógica al hacer esta afirmación, aparte de ser una intuición intelectual, que se exhibe bajo el lenguaje científico de una «hipótesis». Pero aquí la hipótesis de Jung de que existe una mente colectiva es bastante sospechosa. ¿Por qué se necesita para explicar los fenómenos de la conciencia que están condicionados por procesos inconscientes que pueden generalizarse a todos los seres humanos sin la carga teórica añadida de importar y justificar una Suprapsique que mueve todos los hilos detrás de la cortina antrópica? Esto implicaría que el inconsciente colectivo es un macroanthropos (Mills, 2013), una forma bastante anticuada de ver la diversidad psicológica de la socialización y la difusión cultural que surge de una supuesta divinidad cósmica. Volvamos a la ambivalencia de Jung en la forma en que llegó a luchar y avanzar en su teoría. 

3) UNA VUELTA A LO BÁSICO

Jung estaba obsesionado con la «actividad de la psique» (Jung, 1947, CW, 8, p. 233), pero se apresuró a atribuirla a una causa suprema. Aquí no puede escapar a la influencia de sus inculcaciones teológicas y su educación cristiana. Pero examinemos más sobriamente su lado racional. Aunque en sus pensamientos y escritos fluctúa de forma bastante desordenada , es evidente que se debate entre lo que quiere transmitir a su público en función de su estado de ánimo o de su temperamento psicológico en ese momento, algo parecido a su teoría de la tipología, ya que cada configuración psicológica ofrece sus propias ideas. De forma bastante incoherente, somos testigos de cómo Jung tiende a contradecirse ofreciendo cavilaciones contrarias e incongruentes. Examinemos algunas de sus ideas más sensatas y perspicaces. 

En uno de sus primeros escritos sobre estética, Jung (1931) afirma que «el inconsciente colectivo no debe pensarse como una entidad autosubsistente; no es más que una potencialidad que nos ha sido transmitida desde los tiempos primordiales en la forma específica de imágenes mnémicas o heredada en la estructura anatómica del cerebro. No hay ideas innatas, pero hay posibilidades innatas de ideas» (CW, 15, pp. 80-81). Se trata de una afirmación muy sensata, a pesar de sus declaraciones posteriores en sentido contrario. Aquí está afirmando que la psique colectiva no es un ser en sí mismo, sino que es meramente un receptáculo de imágenes heredadas de la experiencia de los primeros tiempos del hombre que han sido incorporadas dentro de nuestras estructuras cognitivas evolutivamente informadas que dan lugar a ideas potenciales encontradas en nuestra experiencia del mundo. Esto es teóricamente compatible con los puntos de vista nativistas desde Kant hasta la psicología evolutiva. Jung no hace más que reforzar la idea de que lo colectivo es universal para todos los seres humanos, independientemente del tiempo, la geografía y el contexto, lo que hoy solemos considerar como nuestra naturaleza humana común. Pero a pesar de que concede que el inconsciente colectivo no debe concebirse como una «entidad autosubsistente», insiste sin embargo en una división básica entre el inconsciente personal y el colectivo, cuando esta separación categórica no es nada clara ni está justificada. Si cada sujeto tiene su propia experiencia subjetiva del mundo, pero está condicionado por los rasgos universales objetivos de la mente que pertenecen a la especie humana, entonces lo que es subjetivo o personal también está informado simultáneamente por las mismas estructuras psíquicas que permiten que la subjetividad surja en primer lugar. En lo que va de nuestra investigación, no veo la necesidad de crear un binario entre lo personal y lo universal cuando ambos son operativos dentro de las mentes de todas las personas en un momento dado. Aquí la verdadera distinción es entre las idiosincrasias experienciales de un individuo o sujeto único que son peculiares de esa persona específica como personalidad distinta frente a lo que es un sustrato orgánico y estructural a priori común que pertenece y condiciona inconscientemente a la raza humana a nivel universal. 

Hasta ahora, el «colectivo» no es más que un significante de «universal», es decir, de lo que es común a todos nosotros. Si el colectivo es entonces cosificado (o deificado) al estatus de una supraestructura, por no hablar de una entidad supraordenada, entonces tenemos algunos serios enigmas filosóficos con los que lidiar, similares a justificar la cuestión de Dios o plantear un ser supremo que condiciona todas las actividades de la psique. ¿Podemos apelar a estructuras psíquicas universales sin importar una mente colectiva que apoye el emanacionismo o la ontoteología? Kant, al igual que Hegel y Freud, no tuvieron ningún problema en hacerlo porque cada uno de ellos afirmó un aspecto objetivo de la mente que sirve de condición previa para la experiencia subjetiva y la epistemología. Para Kant (1781) eran las formas intuitivas de la sensibilidad y las categorías para el entendimiento mediadas a través de la unidad trascendental de la apercepción, mientras que Freud (1923, 1932-1933, 1938/1940) introdujo un discurso más propio sobre los procesos inconscientes que dan lugar a estas facultades. Incluso cuando Hegel (1807/1977) defendió la existencia de una mente o espíritu objetivo (Geist), a pesar de las estipulaciones y las disputas académicas, esto se basó en última instancia en la lógica dialéctica y no en un gran agente o cosmogonía transpersonal presupuesta que condiciona todos los actos psíquicos, como el concepto de Jung del inconsciente colectivo. ¿A dónde vamos a partir de aquí? Volvamos a su tratamiento de las experiencias humanas universales. 

Jung se centra primero en las imágenes, que insiste con razón en que dan forma «a innumerables experiencias típicas de nuestros antepasados… el residuo psíquico de innumerables experiencias del mismo tipo» (CW, 15, p. 81). Inmediatamente después dice que estas imágenes primordiales son «productos de la fantasía creativa» mediada («traducida») a través del lenguaje. Pero estos conceptos mediadores significan «los procesos inconscientes que se encuentran en las raíces de las imágenes primordiales» (Ibid). Lo que Jung piensa que se encuentra en las «raíces» -el rizoma- es el inconsciente colectivo, que se supone que genera esas imágenes que se depositan en una psique ancestral. Aquí se sugiere una cierta hipostatización y se evocan rápidamente los arquetipos. ¿Estamos justificados al plantear una psique ancestral en primer lugar, lo que Jung llama la psique «objetiva», o simplemente nos referimos a la mente arcaica que perteneció a los humanos en el pasado, no como un punto de origen o una entidad procreadora sobrenatural, sino más bien como una idea abstracta utilizada para denotar una característica universal común atribuida a todas las personas, que ahora informa evolutiva y culturalmente los procesos mentales actuales de los colectivos? Si nos mantenemos en sintonía con el poder creativo de la imaginación para formar significado a través de la mediación semiótica y simbólica, entonces podemos argumentar que una psique colectiva hipostasiada apenas es teóricamente necesaria, ya que la fantasía es la base de (y es el lenguaje básico de) toda la humanidad. 

Jung da mucha importancia a la intensidad emocional de la experiencia y a veces hace inferencias y generalizaciones apresuradas para importar alguna fuente Über mayor como fundamento o causa de la intensidad afectiva, cuando ésta puede estar simplemente supeditada a los procesos universales de organización psíquica y de surgimiento del desarrollo comunes a todos los humanos. Que las emociones nos embarguen no significa que procedan de un receptáculo o manantial colectivo último que provoque resonancias filogenéticas. Jung afirma: «En esos momentos ya no somos individuos, sino la raza; la voz de toda la humanidad resuena en nosotros» (OC, 15, p. 82). Aunque Jung atribuye esto a las «fuerzas ocultas del instinto», también cree que éstas reflejan «los espíritus de [nuestros] antepasados». En lugar de afirmar que la intensidad del afecto es tanto el residuo evolutivo de la historia dentro de la maduración del desarrollo como la difusión cultural que proviene de un lugar y una época particulares en el tiempo, sugiere una reificación de un prototipo original al «reino de lo siempre duradero» que se reactiva en el encuentro personal. Al equiparar el poder abrumador y la sensación de liberación afectiva con la experiencia arquetípica en lugar de con la experiencia psíquica, hace un salto de fe filosófico para generalizar dicha intensidad emocional a lo universal, pero no a cualquier universal: más bien lo convierte en una Psique Colectiva. No sólo es similar al Espíritu Objetivo de Hegel, sino que también se objetiva como una mente transpersonal. En lugar de que la intensidad emocional se duplique en los colectivos debido a una confluencia e interpenetración inseparable de la biología y la cultura, se convierte en El Colectivo, la matriz abarcadora de todo, el Uno Neoplatónico. 

En muchos lugares de sus escritos, Jung equipara el inconsciente colectivo con un alma mundial correspondiente (anima mundi) representada como un Anthropos (Jung, 1944/1952, CW, 12, pp. 189, 233) envuelto dentro de un cosmos metafísico unificado más amplio, a saber, el unus mundus (véase Jung, 1955, CW, 14, pp. 462-465), presumiblemente unido por Dios (véase Jung, 1959, CW, 9, ii, pp. 194-195). Podemos concluir, además, que el inconsciente colectivo sirve como su propia divinidad y es un símbolo o sustituto de la creación divina original y del punto de origen causal. Permítanme sugerir que este salto no es filosóficamente necesario para fundamentar una teoría de los arquetipos que se sitúan en relación con la ontología arcaica. No es necesario evocar una cosmogonía transpersonal para explicar cómo la universalidad impregna al individuo dentro de las masas. Se trata de desentrañar cómo opera la universalidad dentro de la pluralidad, la diferencia, la individualidad y las expresiones de los colectivos, en lugar de atribuirla a una Fuente psíquica supraordenada que condiciona todas las producciones psicológicas dentro de los individuos y las sociedades de todo el mundo. 

4) CONFUNDIR FUENTE CON FORMA Y CONTENIDO

Jung suele equiparar los arquetipos con el inconsciente colectivo cuando, en rigor, son dos categorías fundamentales. Una es ab origine, basada en el terreno óntico primigenio, mientras que la otra es derivada de dicha fuente original. Esta confusión se ejemplifica cuando Jung afirma que heredamos un «stock de imágenes primordiales que cada uno trae consigo como su derecho de nacimiento humano, la suma total de formas innatas propias de los instintos». He llamado a esta psique «potencial» el inconsciente colectivo» (Jung, 1912, CW, 5, ¶631, p. 408). Aquí Jung equipara las imágenes con las formas innatas que pertenecen a las pulsiones, que luego atribuye vacilantemente a una psique colectiva «potencial». Escrito originalmente en 1912, Jung se aleja de Freud, pero aún no ha dado el paso de hacer del inconsciente colectivo el heredero de las pulsiones. Aquí podemos ver cómo quiere hacer imaginarias las formas innatas (arquetipos) (imagos), que se establecen dentro de los sustratos biológicos de la mente humana, y por lo tanto son contenidos involuntarios instintivos y eventos naturales. Jung continúa enfatizando la equiprimordialidad de la imagen inherente al mito dentro de un lugar de nacimiento colectivo como algo que trasciende cualquier subjetividad personal de los agentes individuales y, por lo tanto, surge del tejido ontológico de una fuente colectiva. 

La imagen se denomina primordial cuando posee un carácter arcaico. Hablo de su carácter arcaico cuando la imagen está en sorprendente concordancia con motivos mitológicos conocidos. Expresa entonces un material derivado principalmente del inconsciente colectivo, e indica al mismo tiempo que los factores que influyen en la situación consciente del momento son colectivos y no personales. (Jung, 1921, CW, 6, ¶746, p. 443) 

Aquí Jung está haciendo hincapié en todas las personas y no en una sola, o en la personalidad subjetiva de un individuo, pero está situando su argumento de tal manera que puede considerarse como un falso binario. Todas las subjetividades personales participan dentro de organizaciones colectivas que son universales aunque puedan ser promulgadas de forma peculiar desde una persona concreta que no refleje otras personalidades, pero esto no justifica una distinción ontológica entre lo individual y lo colectivo. La colectividad es simplemente una abreviatura de las dimensiones universales de la naturaleza humana. Lo colectivo no triunfa ni sustituye a lo personal, ni lo individual anula a lo colectivo: ambos son equiprimordiales y están dialécticamente unidos aunque desarrollen procesos complementarios y paralelos. 

En su pensamiento evolutivo, Jung sigue privilegiando lo colectivo sobre lo individual de tal manera que lo eleva de meros atributos comúnmente compartidos de la humanidad al de una construcción supraordenada que condiciona evolutivamente todas las particularidades de la conciencia y la cultura. Es entonces cuando comienza a alejarse de las referencias genéricas al inconsciente colectivo mediante un desplazamiento y una preocupación por el contenido arcaico de los arquetipos como formas imaginarias que pueblan la psique. «La imagen primordial, también llamada arquetipo, es siempre colectiva, es decir, es al menos común a pueblos o épocas enteras. Con toda probabilidad, los motivos mitológicos más importantes son comunes a todas las épocas y razas» (Jung, 1921, CW, 6 ¶747, p. 443). A pesar de su apresurada generalización, la fuente, la forma y el contenido son ontológicamente inseparables, aunque hay una escisión forjada entre el manantial generativo y el producto manifiesto. El inconsciente colectivo produce presumiblemente arquetipos, pero los arquetipos son apariencias fenoménicas, mientras que la llamada psique objetiva permanece oscura, inaccesible a la experiencia directa o a la observación: por lo tanto, sigue siendo una hipótesis, una inferencia informada, una conjetura educada. 

Para Jung, las imágenes primordiales son innatas y heredadas, dadas a priori, no a través de la experiencia consciente que luego se deposita mnémicamente en el inconsciente, sino que pertenecen «a ciertos determinantes internos de la vida psíquica» (Jung, 1921, CW, 6, ¶748, p. 444). La imagen se convierte en «una condensación del proceso viviente» que desprende energías psíquicas al encontrarse con estímulos perceptivos en el entorno, lo que da sentido y orden a la conciencia y motiva vías de acción conectadas con dicho sentido (Jung, 1921, CW, 6, ¶749, p. 445).  Para Jung, el arquetipo es un «organismo autoactivado» espontáneo que libera sus energías vitales en la psique como poderes procreativos (Jung, 1921, CW, 6, ¶754, p. 447). Jung continúa elaborando:

La imagen primordial es una organización heredada de la energía psíquica, un sistema arraigado, que no sólo da expresión al proceso energético sino que facilita su funcionamiento. Muestra cómo el proceso energético ha seguido su curso invariable desde tiempos inmemoriales, permitiendo al mismo tiempo una repetición perpetua del mismo por medio de una aprehensión o captación psíquica de las situaciones para que la vida pueda continuar en el futuro. (Jung, 1921, CW, 6, ¶754, p. 447)

Tanto si se lee este pasaje a través de la lente de la psicología evolutiva1 como si se trata de un proceso animador innato perteneciente a la psique (ψυχή), el alma (Seele) o el espíritu (Geist), lo que está claro es que el arquetipo ha pasado de ser un mero contenido o producto del inconsciente colectivo a ser un sistema autoactivado o un principio organizador por derecho propio, es decir, una entidad autónoma que hace equipo con las energías psíquicas. Al pasar Jung del inconsciente colectivo a la naturaleza y función del arquetipo, está, aunque no sea su intención, preparando un andamiaje teórico que pone en cuestión la naturaleza de los orígenes. Si un arquetipo es autoactivado, autónomo, sistémicamente autocontenido y autogenerador, entonces el inconsciente colectivo se convierte en una categoría innecesaria: teóricamente es superfluo. En otras palabras, si el arquetipo se convierte en el prototipo de la mente colectiva de la especie humana y es autónoma, el inconsciente colectivo se convierte en un concepto redundante. 

Al principio de su conceptualización del inconsciente colectivo, Jung era más fiel al naturalismo científico de su época, al igual que Freud, y defendía los paradigmas evolutivos que dieron credibilidad al surgimiento de la psicología moderna. En Tipos Psicológicos, una obra temprana de reconocida importancia, Jung ya se preocupa por las «envolturas de la colectividad» (Jung, 1921, CW, 6, ¶12, p. 10). Cuando escribe Estudios Alquímicos en su última época, equipara el inconsciente colectivo a los procesos neurológicos cognitivos que operan en todos los seres humanos, independientemente de la raza, el tiempo, la ubicación y la relatividad cultural. 

El inconsciente colectivo es simplemente la expresión psíquica de la identidad de la estructura cerebral, independientemente de todas las diferencias raciales. Esto explica la analogía, a veces incluso la identidad, entre los diversos motivos y símbolos de los mitos, y la posibilidad de comunicación humana en general. Las distintas líneas de desarrollo psíquico parten de un tronco común cuyas raíces se remontan al pasado más lejano. Esto también explica los paralelismos psicológicos con los animales (Jung, 1967, CW, 13, ¶11). 

Aquí se mantiene fiel a la línea del partido científico, reduciendo las funciones psicológicas colectivas a la «estructura del cerebro» universal, lo que en general no difiere de la neurociencia actual, con la excepción de que Jung quería incluir todos los aspectos de la raza humana, por lo que durante su época la eugenesia estaba en auge en el populismo. Al identificarse con la humanidad colectiva, al buscar a tientas una forma de expresar el sentimiento de unión de todas las personas, Jung probablemente estaba luchando con una teoría psicológica universal con la que los filósofos, los místicos, los gnósticos y los medievalistas luchaban a su manera mucho antes que él. Pero Jung se separó más tarde de una explicación puramente evolucionista de la psicología, ya que no podía llenar la cuenta. Lo que faltaba en estas ontologías reductoras era el mysterium de lo trascendente, lo religioso, el soliloquio de la vida afectiva, la resonancia de la experiencia prelingüística, y lo que queda ocluido de la mediación lingüística, como las reverberaciones internas intuitivas o los autoestados, las intuiciones estéticas y morales, y la búsqueda de lo numinoso y la sublimidad. 

5) COMPROMISOS METAFÍSICOS POSTERIORES DE JUNG

La conceptualización de Jung de la psique colectiva difiere de la de Freud en el sentido de que él presumía la existencia de todo un acervo de contenido en forma de imágenes primordiales y motivos culturales-mitológicos en el momento del nacimiento y, más concretamente, que eran anteriores y preexistentes en un ámbito potencial transpersonal o espacio psíquico antes del nacimiento de cualquier individuo. Dicho contenido (es decir, los arquetipos) es la materia prima alquímica de la psique, una efusión del inconsciente que cuando es tomada por la conciencia puede ser reactivada y reorganizada dentro de un orden de significado recién asimilado (Jung, 1912, CW, 5, p. 408). Esta psique «potencial» es a menudo objetivada o cosificada por Jung como una entidad o ser-en-sí; es aquí cuando Jung se mete en problemas filosóficos porque no tiene el cuidado de delinear rigurosamente sus proposiciones teóricas. Por un lado, Jung logra, al igual que Freud, ofrecer una metapsicología que articula las características inconscientes universales de la mente humana. Los apologistas empíricos se contentan con subsumir el inconsciente colectivo dentro de esta rúbrica universal por la que los contenidos inconscientes se convierten en emergentes fiables a pesar de las amplias variaciones en el contexto y los entornos sociales. Pero por otro lado, para Jung, la animación del inconsciente colectivo se convierte en mucho más que la simple infraestructura inconsciente que todos poseemos como seres humanos; es sobrenatural

En muchos de sus escritos, hace de lo colectivo un alma mundial, entidad deificada o sujeto transpersonal que condiciona todas las producciones inconscientes. Aquí es donde eleva el inconsciente colectivo en prioridad ontológica y lo convierte en un primer principio, el origen último y el prototipo de la Mente. Este paso teórico de la mera universalidad formal a la cosmogonía, de la psicología evolutiva a la hierofanía, constituye el alistamiento neoplatónico de una divinidad o macroantropos que sobreviene a la humanidad, por lo que dispersa su esencia y propiedades en la psique de todas las personas a lo largo de eones desde el tiempo in memoriam a través de algún proceso emanacionista mal definido. Aquí el inconsciente colectivo se convierte en una primera realidad trascendente de la que se deriva todo lo demás. Este orden metafísico o fuerza cósmica que lo abarca todo, presupone un principio de divinidad unitario o una base arcaica sobre la que todo lo demás se materializa y aparece. El inconsciente colectivo se convierte en la raíz de todas las cosas que surgen o fluyen de una fuente óntica como suelo absoluto que da lugar al universo psíquico fenomenal perteneciente a la humanidad, pero bien podría ser una forma de panpsiquismo que interpenetra todo en el cosmos. Esto haría del inconsciente personal una hipóstasis de un gran originador metafísico. Si todos los contenidos a priori de la mente están implantados y condicionados de forma nativa por un principio espiritual superior que engendra el anima mundi, entonces el inconsciente colectivo constituiría una Sobre-Alma. 

Dada la naturaleza aporética de la construcción del inconsciente colectivo, podemos preguntarnos: ¿Por qué necesitamos una psique colectiva reificada para realizar estas funciones mentales y por qué no simplemente un inconsciente genérico que nos sea común a todos? Si el inconsciente es meramente universal y subjetivo, no hay necesidad de plantear una agencia transpersonal o un macroantropos que mueva los hilos detrás de la cortina de la psique. Para apropiarnos del lenguaje de Jung, el inconsciente «personal» lo explica todo, mientras que el inconsciente colectivo objetivado como entidad supraordenada no es más que un mito en sí mismo. Se puede tener una subjetividad inconsciente (es decir, un ego inconsciente en el centro de la agencia, es decir, universal en todas las personas) que realiza estas actividades de la mente, que además da lugar a formas superiores de conciencia sin necesidad de apelar a una supraordinación que dirija estos procesos psicológicos. La confianza de Jung en un macro agente que es el punto de origen para generar arquetipos también introduce la debacle de una regresión infinita en la que necesitaríamos dar cuenta de cómo una agencia inconsciente colectiva y los contenidos de la mente llegaron allí en primer lugar. Sin prestar atención a tales complicaciones, Jung se embarca en un salto de fe teórico e introduce todo tipo de problemáticas filosóficas, como la cuestión de los orígenes, la cuestión de la agencia, del suelo, de cómo el inconsciente personal está coloreado o condicionado por otra entidad, de la libertad y el determinismo, etc. Visto desde esta perspectiva, el inconsciente colectivo parece una construcción mágica que emana y desciende de un cielo imaginativo y que induce contenidos como una forma de supraveniencia sobre la psique. Desde este punto de vista, sostengo que el postulado del inconsciente colectivo no es necesario. La vida psíquica puede explicarse parcialmente desde el punto de vista de los procesos inconscientes universales que condicionan las subjetividades únicas de cada agente. Tal inconsciente universal no es una entidad, sino que es el hardware dado de la psique, una condición necesaria aunque no suficiente para la vida mental. Por un lado, el inconsciente es trans subjetivo, transhistórico y universal, por lo que está compuesto por estructuras, rasgos y organizaciones a priori que permiten el surgimiento de la vida psíquica subjetiva; mientras que, por otro lado, no es más que un principio organizador formal y no personal, el fundamento óntico que da lugar a la conciencia y a la personalidad individual. Así, cuando me refiero al inconsciente universal, no hago más que destacar la ubicuidad de la estructura inconsciente que subyace a los procesos mentales y condiciona la manifestación o aparición de todos los fenómenos psicológicos. 

Si las operaciones lógicas de la mente observan un camino en el que la conciencia debe surgir de un terreno óntico previo, entonces, siguiendo el principio de razón suficiente, todo objeto mental debe estar en relación con su ocurrencia previa, de ahí sus orígenes o terreno arcaico. Debe haber algún preordenamiento u organización reguladora interna a la psique (es decir, siguiendo procesos teleonómicos y télicos) que nos permita experimentar el mundo de la conciencia. La conciencia surge de configuraciones inconscientes aunque sean burdas y biológicamente informadas. Yo describiría primero estas organizaciones básicas como constelaciones a través de esquemas inconscientes que adoptan formas autoperceptivas de deseo y pulsión, sensibilidad y afecto, para luego irrumpir en la conciencia como percepción e imagen, imaginación y fantasía, y finalmente pensamiento propiamente dicho, aunque podamos decir que cualquier forma de mentación es pensamiento mediador implícito (Mills, 2010). La razón o la lógica es la culminación del pensamiento y debe derivar de sus constituyentes anteriores. De hecho, la imaginación es la facultad mediadora entre la intuición y el pensamiento en muchas de las grandes tradiciones idealistas modernas y alemanas, lo que lleva a Hegel (1817/1830) a concluir que «la fantasía es la razón» (§457). Realmente no se puede pensar sin imaginación. La lógica es imaginativa además de ordenada. La matemática es la invención de la mente imaginativa, aunque sea la sublación de la razón. Como fuente de la imaginación, el inconsciente es la casa del Ser. 

Cuando Jung se hunde en sus identificaciones neoplatónicas, el planteamiento del inconsciente colectivo se eleva a la esfera supraordenada de la Divinidad, el Anima Mundi dentro del Unus Mundus. Es lamentable que nunca haya trabajado estas complejidades teóricas en su sistema. En lugar de evitar la metafísica en sus escritos, debería haberla adoptado más plenamente. Aquí su teoría se resiente porque no es capaz de dar cuenta de estos detalles. Al afirmar que la metafísica es mera especulación y antitética a la ciencia, cae en el dualismo profesional (y político) de su época: el empirismo es el único camino supuestamente creíble hacia la verdad, mientras que la filosofía y la teología (a pesar de su constante compromiso con ambas disciplinas) pasan a un segundo plano para revelar la verdadera realidad y el conocimiento. Sin embargo, esto no es más que una línea de partido, una apariencia para ganar su credibilidad profesional. No habría perdido su tiempo estudiando estas tradiciones en las humanidades si no tuviera una inversión personal en el resultado. Jung se adentró en todas las cuestiones contrarias a la ciencia extrospectiva, no sólo en la filosofía, sino en el gnosticismo, la teosofía, la alquimia medieval, el ocultismo, el orientalismo y todo lo que insinuaba lo sobrenatural. Intentando distanciarse de la teología a pesar de sus fuertes inclinaciones e identificaciones personales, hizo de la psicología la nueva divinidad. Y con razón. Toda la experiencia humana está mediada psicológicamente. Esto es un hecho empírico incuestionable. Pero no significa que la psicología humana esté animada desde una divinidad (Mills, 2017). En sus intentos más monistas de postura teórica, Jung hace la siguiente afirmación: 

Mientras que el concepto del unus mundus es una especulación metafísica, el inconsciente puede ser experimentado indirectamente a través de sus manifestaciones. Aunque en sí mismo es una hipótesis, tiene al menos una probabilidad tan grande como la hipótesis del átomo. Del material empírico del que disponemos hoy en día se desprende que los contenidos del inconsciente, a diferencia de los contenidos conscientes, se contaminan mutuamente hasta tal punto que no pueden distinguirse unos de otros y, por lo tanto, pueden ocupar fácilmente el lugar de los demás, como puede verse con mayor claridad en los sueños. La indistinguibilidad de sus contenidos da la impresión de que todo está conectado con todo lo demás y, por lo tanto, a pesar de sus múltiples modos de manifestación, que en el fondo son una unidad. (Jung, 1955, CW, 14, ¶660, pp. 462-463)

 Aquí podemos discernir los elementos místicos del pensamiento de Jung al pasar de la manifestación fenomenológica a la unidad ontológica subyacente. Comienza con el Uno Plotínico, para luego modificar y diferenciar su esencia en particularidades, que eventualmente regresan al ciclo del ser como la recapitalización de su unidad dividida reunida nuevamente como una recurrencia eterna. Pero dado que el campo contemporáneo de la física especula que el universo está interconectado en todos sus múltiples detalles, Jung estaría entre una buena compañía. Desde los Upanishads hasta el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, la metafísica no es un tema anticuado. 

En las correspondencias más informales de Jung (1951/1973-1975) en sus Cartas, retoma la noción de unidad de forma más mística, pero con implicaciones metafísicas importadas. Al referirse al inconsciente colectivo, Jung nos dice:

Esta psique particular se comporta como si fuera una y no como si estuviera dividida en muchos individuos. Es no personal. (La llamo «psique objetiva»). Es la misma en todas partes y en todo momento. (Si no fuera así, la psicología comparativa sería imposible.) Como no se limita a la persona, tampoco se limita al cuerpo. Por lo tanto, se manifiesta no sólo en los seres humanos, sino también, al mismo tiempo, en los animales e incluso en las circunstancias físicas. (Respuestas a las preguntas de Rhine, 1945, p. 395) Nótese la cosificación de la psique como una mente cósmica ampliada, la tendencia a colapsar la diferencia y la individualidad dentro de un medio global -la «sustancia» de Aristóteles a Spinoza-, el comienzo indiferenciado de la igualdad a lo largo de la historia del mundo, y la sugerencia de que tal supraordinación sobrepasa y a la vez trasciende el cuerpo, por lo que es inmaterial. 

En su carta al pastor Max Frischknecht, Jung (1946) escribe: 

El inconsciente colectivo, por el contrario, se compone de contenidos que se forman personalmente sólo en un grado menor y en lo esencial en absoluto, no son adquisiciones individuales, son esencialmente los mismos en todas partes y no varían de un hombre a otro. Este inconsciente es como el aire, que es el mismo en todas partes, es respirado por todo el mundo, y sin embargo no pertenece a nadie. Sus contenidos (llamados arquetipos) son las condiciones previas o patrones de formación psíquica en general. Tienen un esse in potentia et in actu pero no in re, pues como res ya no son lo que eran sino que se han convertido en contenidos psíquicos. Son en sí mismos no perceptibles, irrepresentables (ya que preceden a toda representación), en todas partes y «eternamente» iguales. De ahí que no haya más que un inconsciente colectivo, que es en todas partes idéntico a sí mismo, del que toma forma todo lo psíquico antes de ser personalizado, modificado, asimilado, etc., por las influencias exteriores. (Cartas, Vol. 1, p. 408)

Aquí Jung reconoce una pequeña modificación de su teoría, a saber, que los elementos personales de la experiencia pueden alterar ligeramente la psique colectiva de la humanidad y su confluencia en el individuo, pero se mantiene firme en su teoría de la universalidad como algo «igual en todas partes» sin variación en la vida del «hombre». Se dice que estos contenidos -los arquetipos- «preceden a todas las representaciones» cuando, como argumento lógico, vuelven a presentar imágenes originales que están almacenadas en un supuesto receptáculo psíquico colectivo. Aquí Jung problematiza la cuestión de la primordialidad y la transmisión de lo arcaico. Pero a continuación pasa de lo real (contenidos) al dominio potencial (imperceptible e inefable) de una realidad envuelta que nunca podremos conocer en sí misma, el mysterium donde todo es «idéntico» y «‘eternamente’ igual». Aquí podemos concluir que Jung está buscando a tientas una forma de explicar el problema de lo uno y lo múltiple, la diferenciación de la unidad, lo particular de lo universal. 

En el punto álgido de su circunvolución, Jung se adentra en aguas aún más profundas de especulación al describir lo arquetípico, dándole un ambiente mágico por derecho propio. 

Las imágenes primordiales que, en su totalidad, constituyen un mundo-espejo psíquico. Es un espejo con la peculiar facultad de reflejar los contenidos existentes de la conciencia, no en su forma conocida y habitual, sino, por así decirlo, sub specie aeternitatis, algo así como una conciencia de un millón de años podría verlos. Una conciencia así vería el devenir y la desaparición de las cosas simultáneamente con su existencia momentánea en el presente, y no sólo eso, también vería lo que era antes de su devenir y lo que será después de su desaparición. (Jung, 1921, CW, 6, ¶649, p. 395) 

Comencemos con la afirmación de que la imagen constituye un reflejo en el espejo de una «conciencia de un millón de años», como si las representaciones se establecieran mnemotécnicamente tal como habrían ocurrido y transpirado originalmente en las mentes de los ancestros primitivos hace más de un millón de años, como si esto fuera remotamente posible. Esta noción, por definición, enarbola un duro determinismo psíquico de pura réplica del contenido original, cuando lo máximo que podemos decir es que las representaciones sufren mediación, traducción, transmogrificación y un desplazamiento de la experiencia subjetiva en cualquier reiteración, recurrencia e interpretación del pasado. No hay una reproducción prístina e intacta de los arquetipos, ya que todo en la psique está mediado y sujeto a la traducción y reinterpretación de los llamados eventos arcaicos inscritos a través de la resonancia persistente de los efectos posteriores (Nachträglichkeit o après-coup), o quizás más apropiadamente, las réplicas. En este caso, la tesis de las «representaciones colectivas» universales se considera, en el mejor de los casos, sospechosa. Cuando Jung continúa con su lenguaje hipostasiado de hacer de la imagen una «facultad» psicológica que tiene su propia «conciencia» que se regenera como réplica pura y no adulterada de su instancia original en la antigüedad, ha reificado la mente arcaica y la ha superpuesto como un artefacto fijo en la psique contemporánea sin considerar cómo las fuerzas evolutivas y culturales habrían mutado y dado forma a nuestra comprensión contemporánea de la cognición hoy. Cuando Jung evoca además la fantasía de una conciencia supraordenada y omnipotente que puede observar el nacimiento y la desaparición de todo lo que ha ocurrido en la experiencia colectiva de la humanidad, ha sucumbido a una teoría metafísica mística de la conciencia que carece de argumentación, justificación teórica o apoyo empírico. Según los estándares actuales, en su valor nominal, la teoría de Jung es anticuada y carece de fundamento desde el dominio de la lógica y los principios científicos modernos. 

La noción de que el arquetipo es un «mundo-espejo» de un mundo anterior experimentado en las mentes de hombres y mujeres arcaicos sugiere que nuestras representaciones psíquicas son la duplicación o reiteración holográfica de la experiencia de otra persona o agente en el pasado, en lugar de nuestro propio y único compromiso fenoménico con el mundo. Equiparar mi experiencia actual con una supraordinación o entidad amorfa y ancestral que determina cómo percibo y encuentro el mundo es ilógico, si no delirante. ¿Cómo podría una mente cósmica distribuir su esencia en mi mente como contenido disposicional y pensamiento? ¿Cómo podría funcionar, y mucho menos ser remotamente probable? A lo sumo, esto puede explicarse psicológicamente, sugiero, como una fantasía de fusión con un objeto omnipotente como una divinidad, o como una repetición del mito de la recurrencia eterna, del ciclo de la omnipresencia infinita y atemporal a través de una forma modificada, sólo para reconectarse con su fuente y unidad original perdida, motivada por el anhelo de retorno, renacimiento y regeneración. Aquí podemos concluir que la construcción del inconsciente colectivo no es más que una abstracción significada basada en la identificación con las estructuras inconscientes universales y los rasgos de la humanidad compartida. 

6) REFLEXIONES FINALES

Al hacer del inconsciente colectivo una hipostatización, Jung comete la falacia de la concreción errónea, es decir, hace de la idea qua idea o abstracción una entidad concreta o realidad por derecho propio. Este concretismo o creación de cosas, al otorgar identidad y existencia real a un concepto elevado a los cielos incorpóreos, pero ocluido de la observación directa o la epistemología, es la mitología en su máxima expresión. En este sentido, el mito del inconsciente colectivo se entiende mejor como una metáfora para el efecto retórico, o cuando se simboliza, una representación imaginada de una abstracción superior o principio ideal ordenado con valor. Aquí podemos comparar lo colectivo con la idea de infinito, eternidad, atemporalidad, el apeiron de los griegos, el numen de los romanos, o la chora platónica: el útero, la matriz o el intervalo de todo devenir. Como marcador de posición teórico -un espacio que transfiere y engendra la idealidad-, el constructo inconsciente colectivo se convierte en un conducto o medio para representar la plusvalía, de forma muy parecida a la metáfora del Alma Mundial o Espíritu Universal, que representa los valores de la humanidad compartida como personificaciones. 

La hipótesis del inconsciente colectivo sólo es sostenible a través de la psicología naturalizada concebida como un constructo que significa la universalidad y los contornos psíquicos profundos de la mente inconsciente, ya sea considerada desde perspectivas evolutivas nativistas o como facultades a priori pertenecientes a las estructuras y procesos funcionales que informan la emergencia de la vida psíquica. Como tal, el inconsciente colectivo no es un sustantivo, no es una cosa, sino que es un significante para los inconscientes colectivos de las masas -las mentes inconscientes de los sujetos- que comprenden colectivos dentro de la sociedad y a través de las culturas históricamente subsumidas en ciertas épocas a lo largo del surgimiento y desarrollo de la civilización humana. 

No tiene sentido que un inconsciente colectivo sea una entidad reificada sin importar la ontoteología, el emanacionismo o la superviencia de un artífice divino o de una fuente cósmica como «matriz de todo», y de ahí que se devalúe peyorativamente el concepto convirtiéndolo en una fuerza sobrenatural que tira de las palancas de la maquinaria del universo. Esto equivale en realidad a la creencia en el pensamiento mágico por el que el mito del inconsciente colectivo se convierte en su propio dogma recalcitrante o religiosidad sagrada. Entonces, ¿dónde nos deja esto? ¿Qué podemos concluir razonablemente sobre un colectivo universal? 

Para que haya représentations collectives, debe haber un proceso de memorialización que se inscriba en el psiquismo y quede como una marca o huella, que se transmita como semiótica a escala colectiva. Sin memoria ni replicadores, si utilizamos el lenguaje de la biología evolutiva, los motivos culturales no serían universales. Pero vemos formas o patrones recurrentes en todas las civilizaciones, desde la primitiva hasta la refinada. Ahora bien, no tiene sentido, como se ha sugerido antes, que este inconsciente colectivo sea una Mente Cósmica o una Psique Universal en sí misma, ya que esto haría del inconsciente colectivo o cultural un macroantrhopos equivalente a una divinidad o agente o ser transpersonal supraordenado. Más bien, las representaciones colectivas deben ser codificadas y retenidas como universales concretos dentro de las estructuras materiales de la sociedad objetiva (por ejemplo, en las instituciones educativas, los museos, las bibliotecas, los yacimientos arqueológicos, las instalaciones públicas, etc.) sólo para ser reiteradas como imágenes y patrones simbólicos instanciados en un contexto social particular y un medio cultural. Por eso tenemos variaciones de contenido dentro de réplicas de formas y patrones que son similares en todas las culturas, sociedades, tiempos y eones históricos. 

Si el inconsciente colectivo es la fuente, ¿cómo se conservan y memorizan las representaciones (Vorstellung) en alguna escala psíquica cósmica y luego se imparten a cada persona al nacer? ¿No sería suficiente concebir tal proceso como un hecho naturalizado y explicable a través de la razón, la lógica y la ciencia, ya sea desde el punto de vista de la metafísica, la transmisión cultural, la ciencia cognitiva o la teoría evolutiva, a pesar de las amplias variaciones en el alcance y la especulación? Recordemos que no estoy hablando de los arquetipos per se, sino de una fuente o abismo más fundamental in illo tempore de donde se dice que todo viene, surge y es ontológicamente dependiente para que se produzca cualquier posibilidad de manifestación. La construcción del inconsciente colectivo como semiosis puede ser vista como una heurística para explicar el proceso en el que la replicación y la presencia, es decir, la forma y el contenido re-presentados, se establecen ab origine, se memorizan y se activan a lo largo del desarrollo histórico de la raza humana en formas transfiguradas como repetición colectiva. Lo que es de hecho arcaico no son simplemente los arquetipos como pre-representaciones que surgen dentro de la conciencia, sino las organizaciones inconscientes primordiales o las estructuras psíquicas dentro del organismo que hacen posible la memorialización, la reactivación, la transmisión semiótica y la reduplicación simbólica. Aquí podemos decir que el inconsciente colectivo se convierte en una semiosis que confiere significado; además, la noción de un colectivo abarcador significa un significado existencial de importancia supraordinada, a saber, el valor ideal. 

Aunque el inconsciente colectivo es universal, no es más que una descripción teórica y un explanandum de los fenómenos referidos a los procesos psicológicos universales inherentes a la especie humana que saturan el ethos cultural de los colectivos, pero no es un explanans. De hecho, la predicción de Jung de que el psiquismo colectivo es una explicación para los fenómenos en cuestión es presuponer la existencia de la propia cosa que necesita una explicación; de ahí que esté planteando la cuestión. Cuando vuelve a hablar de los arquetipos como productos de un inconsciente colectivo, los convierte en sinónimos de lo colectivo y, por tanto, su manifestación óntica está condicionada causalmente por la presuposición original de una Mente colectiva. Y cuando Jung justifica teóricamente que los fenómenos colectivos rezuman de un suelo colectivo originario, esto se derrumba en una tautología. Aquí podemos decir que el inconsciente colectivo equivale a un mito como explanans, ya que proporciona una historia de orígenes, de funciones, de estructuras inherentes a los procesos mentales humanos. De hecho, la generalización y reificación, si no deificación, del inconsciente colectivo ha generado su propio mito entre muchos junguianos, donde se piensa que una psique colectiva mantiene su propia independencia ontológica, que por lo tanto fundamenta, condiciona y es el fundamento de todas las producciones de conciencia, sobreviene a nuestras mentes subjetivas a través de medios sobrenaturales como el emanacionismo, y es de procedencia divina, a saber, la presencia o derivación de la mente de Dios. 

NOTA FINAL

1 Cf. «La psique humana posee un sustrato común que trasciende todas las diferencias de cultura y conciencia. He llamado a este sustrato el inconsciente colectivo. Este psiquismo inconsciente, común a toda la humanidad, no consiste simplemente en contenidos capaces de volverse conscientes, sino en predisposiciones latentes hacia reacciones idénticas (Jung, 1967, CW, 13, ¶11). 

REFERENCIAS

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Mills, J. (2017). Inventando a dios: La psicología de la creencia y el surgimiento de la espiritualidad secular. Londres: Routledge. 

BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Jon Mills, PsyD, PhD, ABPP es filósofo, psicoanalista y psicólogo clínico. Es profesor de psicología y Psicoanálisis en la Adler Graduate Professional School de Toronto y dirige una corporación de salud mental en Ontario, Canadá. Galardonado con numerosos premios por su erudición, es autor y/o editor de 20 libros sobre psicoanálisis, filosofía, psicología y estudios culturales, entre ellos Inventing God (Routledge, 2017); Underworlds (Routledge, 2014); Conundrums: A Critique of Contemporary Psychoanalysis (Routledge, 2012); Origins: On the Genesis of Psychic Reality (McGill-Queens University Press, 2010); Treating Attachment Pathology (Rowman & Littlefield, 2005); The Unconscious Abyss: Hegel’s Anticipation of Psychoanalysis (State University of New York Press, 2002); y The Ontology of Prejudice (Rodopi, 1997).