Tres vías de fracaso y análisis

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 15, pp. 228-234

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

1. Fallos en el análisis

Todos estamos familiarizados con el fracaso de ciertos tipos de casos en el análisis. Particularmente difíciles y que no responden a una terapia exitosa son las personas con estilos de vida en los que la homosexualidad, el alcoholismo o la depresión crónica son los principales «problemas» de presentación. A ellos se añaden los que tienen obsesiones paranoides, las llamadas neurosis de carácter graves y las personas diagnosticadas como sociópatas y psicópatas. El hecho de que tantos y tan variados tipos de casos para los que el análisis puede haber sido considerado el método preferido de tratamiento resulten ser fracasos, da pie a considerar el análisis de nuevo y a la luz de estos fracasos. 

También estamos familiarizados con otro tipo de casos fallidos, aquellos en los que se desarrolla un cáncer mórbido durante el análisis, o que terminan en suicidio, o en los que las reacciones de contratransferencia constelan tal fantasía exorbitante y afecto masivo, o lagunas psicopatológicas, en el analista que el caso debe ser transferido o el análisis abandonado. Los fracasos menores tal vez pasen desapercibidos: análisis que tienen como subproductos distanciamientos familiares, pérdida de adaptación extravertida, amistades divididas. 

A través de la reflexión clínica sobre estos diversos tipos de fracasos podemos examinar los tipos de casos que fracasan, o para los que fracasa el análisis, y podemos presentar nuestros propios fracasos como analistas a otros analistas para su escrutinio: toda esta reflexión intenta corregir los fracasos presentes y minimizar los futuros. Esta manera de reflexionar clínicamente está en función del tema empírico y moral dominante de nuestra cultura: aprender a través de los errores, ensayo y error, mejorar trabajando en ello, si al principio no tienes éxito inténtalo, inténtalo de nuevo, en el que el modelo es de mejora lejos de los errores, el error y el fracaso, hacia la competencia. 

En esta metáfora, el fracaso está vinculado al éxito en una polaridad, y tendemos a medir los fracasos normativamente, es decir, como una privación del éxito. El fracaso es el anverso del éxito; el éxito equivale al mínimo de fracaso. Por lo tanto, un análisis exitoso significaría éxito en las áreas de fracaso del caso -las quejas dominantes de homosexualidad, alcoholismo, delirios- y un fracaso significaría su continuación a pesar del desarrollo de la personalidad y la comprensión obtenida a través del análisis. 

Este modelo de fracaso, por simple que parezca, ha propiciado, no obstante, algunos debates sofisticados sobre el análisis. El análisis existencial eliminaría por completo los criterios normativos de éxito y fracaso. Por otro lado, la terapia conductual consideraría el fracaso totalmente en términos de criterios normativos de funcionamiento positivo, haciendo sospechosa la creencia en el análisis como método de crecimiento de la personalidad y aumento de la conciencia a menos que haya pruebas positivas de eliminación de síntomas y alivio de la angustia. 

Por lo que definamos el análisis definiremos también su éxito y su fracaso: un análisis que tiene como objetivo el aumento de la conciencia o la individuación no puede juzgarse un fracaso si no cura los síntomas, y viceversa, un análisis que tiene como objetivo eliminar una fobia paralizante no puede calificarse de fracaso si nunca se adentra en los sueños del paciente, o integra la fobia en el sentido. 

Por supuesto, este modelo simple y normativo del éxito (como salud óptima, orden psíquico o plenitud) olvida que el éxito y el fracaso pueden concebirse no como opuestos o polos de un continuo, sino como una identidad, de modo que todo análisis es a la vez un fracaso y un éxito, y cada parte de todo análisis es a la vez correcta y errónea, guía y engañosa, crece constructivamente y mata destructivamente, lo que implica que para que el análisis tenga éxito siempre debe fracasar. 

2. Fracaso del análisis 

La inevitabilidad del primer tipo de fallo abre una perspectiva más amplia, y podemos trasladar la cuestión de los fallos específicos del análisis al fallo general del análisis. Puesto que el análisis siempre muestra ciertos tipos de fallos, ¿no hay algo general en el análisis que provoque fallos, de modo que el propio análisis pueda considerarse un fallo? 

La literatura muestra que así como hay discusiones sobre el fracaso del análisis en ciertos tipos de casos, también las hay sobre el fracaso del análisis en su conjunto. Las reflexiones tardías de Freud sobre «el análisis terminable o interminable» son el locus classicus de este tipo de consideraciones pesimistas. 

¿Llega alguna vez el análisis a su fin, en el tiempo o en la realización? ¿Se resuelve alguna vez la transferencia, se logra alguna vez la individuación? Incluso si el análisis no satisface el objetivo de la curación, ¿produce realmente ampliación de la conciencia, profundidad de la personalidad, amor más fino, mejor adaptación, vida significativa? Si consideramos a los analistas, a nosotros mismos, como paradigmas del proceso en el que nos sentamos durante muchos años, ¿qué efecto ha tenido el análisis en nuestra adaptación, nuestra conciencia, nuestro amor? 

Desde otro punto de vista, ¿dónde están las estadísticas que validen los tipos de casos y los tipos de mejora dentro de esas clases, y cómo podemos llegar a formular esas estadísticas, ya que las clasificaciones nosológicas en las que podríamos clasificar nuestros casos están hoy en día en entredicho? ¿Es «paranoico» un término válido con un referente real? ¿Dónde están los «maníacos» e «histéricos» de antaño? ¿Cómo podemos evaluar el éxito y el fracaso de un tratamiento sin criterios consensuados sobre lo que estamos tratando, es decir, qué es la enfermedad psíquica y la salud psíquica que da sentido en general a una idea de «tratamiento»? 

La opinión de que el análisis en general ha fracasado procede de críticos de muchos bandos. Los experimentadores piden pruebas públicas de los logros; los clínicos piden pruebas de la mejora a través del tratamiento analítico; los críticos sociales ven el análisis como la herramienta del establishment para mantener nuestras nociones de enfermedad, de individualidad exclusiva y de profesionalidad, perpetuando un sistema de capitalismo burgués. Los teólogos y filósofos consideran su fracaso más profundo, al considerar que el análisis tiene una crítica ideológica inadecuada y un método sospechoso que se parece más a un lavado de cerebro o a la iniciación en una secta religiosa que a un tratamiento terapéutico o a una ciencia empírica de exploración de la personalidad como pretende ser. Fracasa porque sus premisas subliminales difieren de sus intenciones manifiestas. Por último, los historiadores (de las ideas, de los movimientos sociales y de la medicina) ven el análisis dentro de su marco del siglo XX, como una respuesta a un fracaso específico dentro de esa civilización, y que lo que era correcto para los hombres de principios del siglo XX es insuficiente para nosotros hoy. 

A través de esta reflexión histórica sobre el fracaso del análisis podemos recordar que el análisis surgió del fracaso, en el sentido de que era un método específico para tratar aquellos tipos peculiares de casos que no habían sido comprendidos, o que ni siquiera habían sido escuchados por el sistema imperante, por ejemplo, los histéricos de Freud y Breuer y los esquizofrénicos de Jung y Bleuler. Estos eran los fracasados médica y socialmente, y la psicoterapia se inventó como una respuesta específica a estos fracasos específicos. Si el análisis surge de los inadaptados, de los peculiares descontentos neuróticos de nuestra civilización que hasta entonces no podían encontrar un lugar significativo, los fracasados por así decirlo, entonces se abre una tercera perspectiva respecto a la relación entre análisis y fracaso. 

3. Análisis de fallos

A pesar de las críticas del primer tipo -que el análisis fracasa en muchos casos concretos- y de las críticas del segundo tipo -que el análisis como tal es un fracaso-, para mí, y supongo que para nosotros de forma preponderante, los méritos del análisis clásico son tan evidentes que no es necesario detenerse en ellos. Un panegírico aquí, o incluso una apología, no tiene cabida, así que pasemos a los defectos de los méritos. Llevemos la reflexión clínica e histórica sobre el fracaso del análisis clásico un paso más allá, hacia una reflexión arquetípica. 

Por análisis clásico entiendo un curso de tratamiento en una atmósfera de simpatía y confianza de una persona por otra a cambio de una retribución, tratamiento que puede concebirse como educativo (en varios sentidos) o terapéutico (en varios sentidos) y que procede principalmente a través de la exploración interpretativa conjunta del comportamiento habitual y de clases de sucesos mentales que tradicionalmente se han denominado fantasías, sentimientos, recuerdos, sueños e ideas, y en la que la exploración sigue un conjunto coherente de métodos, conceptos y creencias procedentes principalmente de Freud y de Jung, en la que la atención se centra preferentemente en lo imprevisto y en la carga afectiva, y cuyo objetivo es la mejora (subjetiva y/u objetivamente determinada) del analizado y la finalización del tratamiento. Esta descripción deja espacio para muchas versiones de la mejora, desde el alivio de los síntomas hasta la individuación y la revelación mística. Esta descripción también deja espacio para varios aspectos de los métodos, conceptos y creencias de Freud y Jung, ya que reciben un énfasis diferente según el lugar, la época y el profesional. 

Una reflexión arquetípica sobre el fracaso en y del análisis dejaría intacta su definición, es decir, no intentaríamos mejorar el análisis en instancias específicas, ni redefinirlo (actualizarlo) en general, para que se convierta en una respuesta más adecuada a los males psíquicos contemporáneos. Más bien, sugeriría -y este será mi último punto- que el análisis puede continuar como antes, incluso cuando se concibe a sí mismo no sólo como habiendo fracasado histórica y clínicamente, sino como siendo el fracaso arquetípicamente; como preocupado por el fracaso en los sentidos del diccionario del fracaso: debilidad, defectuosidad, ausencia de victoria, bancarrota, decepción, falta e incompletud. 

El fracaso se consideraría un factor psíquico fundamental en función del cual todo hombre vive su vida. El existencialismo llama a esta categoría «schei-tern», o la conciencia que surge del naufragio. La alquimia la ha considerado bajo las rúbricas de dissolutio, mortificatio, putrefactio. El budismo habla de la decadencia inherente; D. H. Lawrence del «barco de la muerte». 

Si el análisis se imaginara en términos de su fracaso inherente (que no es más que un paralelismo con el fracaso inherente de toda vida), ya no se pondría el énfasis de forma demasiado unilateral en la metáfora integradora, creciente, que se amplía y se esfuerza hacia arriba, el aspecto eros de cada vez más uniones, una metáfora que puede condensarse en la palabra clave «crecimiento» (que ya ha adquirido connotaciones de escalada, proliferación y cáncer). En su lugar, volveríamos a esa tradición del análisis del alma que reconoce «dos propensiones opuestas en el marco humano; una constante y uniformemente tendente a la corrupción y la decadencia, la otra a la vida y la salud», una frase de Ernst Stahl, el médico y filósofo alemán del siglo XVIII que situó el alma en el centro de sus preocupaciones. Pero la frase bien podría proceder del contraste de Freud entre Eros y Tánatos. Tánatos aporta el reflejo arquetípico a nuestro tema del fracaso. 

Cuando el análisis sigue los modelos de pensamiento de la filosofía médica del siglo XIX, su conciencia heroica y determinada por la Gran Madre Naturaleza, entonces tenderá, como Xavier Bichat, a definir la vida como «la suma de fuerzas que se oponen a la muerte», y entonces considerará el inconsciente -como hicieron Arthur Schopenhauer, Eduard von Hartmann, Carl Gustav Carus e incluso Henri Bergson- como una fuerza vital orgánica que se desarrolla y que no tiene, como dijo Freud, negación. Creo que todavía tendemos a considerar el inconsciente según este modelo decimonónico, como la voluntad creadora de la vida que dormita en el alma, que se despliega en el tiempo y que, si se lee correctamente, puede evitar que fracasemos. 

Si el análisis tomara sus orígenes históricos (como respuesta al fracaso) también como su base arquetípica, entonces su perspectiva podría derivar más de Tánatos y la afirmación de Bichat podría invertirse. El análisis explora el fracaso en términos de muerte, y está llamado a existir como el instrumento preferido de la psique para explorar el fracaso en términos de todas las fuerzas que se oponen a la vida, es decir, para buscar a Tánatos y sus dominantes arquetípicos relacionados allí donde la vida está bloqueada, derrotada, en bancarrota y fracasada.

Este enfoque investiga (analiza) el fracaso menos para eliminarlo para un nuevo crecimiento, que para conducir cada error, equivocación y debilidad hacia el fracaso (ser «psicopompos» con él) conduciéndolo a sus últimas consecuencias, a su meta psíquica en la muerte. Entonces cada error de la vida, cada debilidad y error en y del análisis, en lugar de ser enderezado en el arrepentimiento o exprimido por su caída de conciencia o transformado e integrado, se convierte más bien en la entrada al fracaso, una apertura a la inversión de todos los valores. Más que como un bloqueo en Eros y en el flujo de la vida, podríamos considerar los fracasos como constelados, intencionados, incluso finalmente causados por el inframundo que quiere que la vida fracase para que se reconozcan otras actitudes regidas por otros principios arquetípicos. 

Así pues, los dioses que consideraríamos dominantes del análisis serían en particular los que gobiernan lo que los románticos llamaban el «lado nocturno del alma» (Fechner). El análisis derivaría sus actitudes de aquellos dominantes arquetípicos personificados en los dioses que tienen una relación especial con el mundo nocturno invisible y subterráneo de la muerte, el terror y la tragedia, como Hermes, Hades, Saturno, Perséfone, Dionisos (Señor de las Almas y fuente de la tragedia), y especialmente los Hijos de la Noche descritos por Hesíodo (Teogonía): la perdición, la vejez, la muerte, el asesinato, el destino, la suerte, el engaño, el sueño, los sueños, las peleas, los agravios, la miseria, la némesis. Estas personificaciones de Hesíodo son el contenido principal del análisis y son, en parte, lo que hoy llamamos fracasos, ya que hemos colocado el análisis entre las profesiones curativas y auxiliares del positivismo, con su énfasis en los dioses y héroes de lo alto, visibles a la luz apolínea, dioses y diosas de la ciudad, el campo, la vida y la obra. Incluso el amor tendemos a concebirlo a la manera concreta de Afrodita, olvidando la intimidad sutil de Eros y Tánatos, incluso su identidad en el neoplatonismo renacentista. 

Podemos hacer más justicia con los fracasos en el análisis y el fracaso del análisis cuando consideramos el análisis como un proceso en fracaso, e incluso la individuación como un movimiento en el reino del Hades, invisible, donde las literalidades de la vida se reflejan en las metáforas de la muerte. Entonces se reconocerá la individuación, la unicidad de la personalidad individual, tal como la caracterizó Miguel de Unamuno en el sentido trágico de la vida, que tiene su propia alegría, su propia comedia.

Cuando estoy desesperado, no quiero que me hablen de renacimiento; cuando envejezco y decaigo y la civilización que me rodea se derrumba por su crecimiento desmesurado, no tolero la palabra «crecimiento», y cuando me caigo a pedazos en mis complejidades, no soporto el simplismo defensivo de los mandalas, ni los sentimentalismos de la individuación como unidad y totalidad. Son fórmulas presentadas a través de una fantasía de opuestos: la desintegración se compensará con la integración. Pero, ¿qué hay de la curación a través de la semejanza, donde lo semejante se ocupa de lo semejante? Quiero el trasfondo correcto del fracaso de la vida; quiero oír con precisión de aquellos dioses a los que sirve y de los que se nutre y que, por tanto, pueden proporcionar un trasfondo arquetípico e incluso una conexión de época con la derrota, la decadencia y el desmembramiento, porque estos dominantes reflejarían la psique experimentada (no en su conceptualización aristotélica como perteneciente a la vida), sino en la actualidad de su única meta conocida que es también tanto su camino como su sustancia, la muerte.

La experiencia, la formación y la buena voluntad no son suficientes en el trabajo psicoterapéutico

Logos del alma

La gente cree que la experiencia en la psicoterapia aumenta la habilidad de escuchar las necesidades únicas del paciente, y que con el tiempo la eficacia terapéutica aumenta. Sin embargo, a menudo vemos que un terapeuta con mucha experiencia no garantiza una práctica adecuada, ya que hay muchos factores implícitos relacionados con los objetivos de la terapia, y la experiencia no siempre es suficiente. Por el contrario, la repetición constante de enfoques inadecuados no resulta en aprendizaje, sino en la fijación de prácticas neuróticas, donde el hacer es inconsciente de su propio discurso.

Tampoco la formación profesional es una señal segura de habilidad, pues lo que convierte a un practicante en un buen psicoterapeuta no siempre está dentro del ámbito institucional y muchas veces la profesionalización supone una dimensión limitante de la psicoterapia al exigir seguir un camino prefijado de normas académicas que excluyen visiones que pudieran ser antitéticas, es decir, posibles contradicciones que le den movimiento a las ideas. Además, las posturas pedagógicas no siempre convergen con las analíticas; este debate está vivo aún en la crítica a los análisis didácticos.

Por otra parte, la buena voluntad no es suficiente, especialmente porque, como psicólogos profundos, sabemos de las muchas fantasías que alimentan el libre albedrío. El trabajo de Freud nos permitió comprender que el «Yo» no es el dueño de su propia casa, sino un inquilino más, cuyas necesidades se mezclan con las de los otros habitantes. Estas fantasías gozan de una autonomía que incomoda la potestad del ego y evidencia los esfuerzos de las psicoterapias basadas en la pura edificación del sujeto sin comprometerlo con la vida anímica que, evidentemente, no le pertenece.

El estudio de las neurosis transferenciales ha demostrado que el paciente percibe en el analista un prisma del mundo psíquico en el que se mueve de manera torpe. El terapeuta responde con una jugada similar, llamada contratransferencia, donde se reconoce que el profesional, como buen ser humano, también está a la merced del mundo de la psique. El proceso terapéutico se convierte, entonces, en un diálogo del alma consigo misma, y solo de manera secundaria se puede vislumbrar como un trabajo entre el analista y el paciente.

Siguiendo el esquema junguiano de la mente, el entramado del aparato psíquico se complica aún más. Está compuesto por un conjunto de elementos particulares llamados complejos, cada uno con sus propios objetivos y necesidades autónomas que no siempre coinciden con las del sujeto empírico. Por esto, se recurre a la terapia. El paciente nota que, a pesar de su voluntad, hay otros deseos que solo intuye por los efectos que causan en su vida cotidiana. Él quisiera deshacerse de ellos, pero es imposible. Por eso, Jung propuso que la integración de los mismos, es decir hacer las paces con lo inevitable, es la mejor vía terapéutica.

Entonces no es la experiencia, ni la formación, ni la buena voluntad lo que hacen a un terapeuta adecuado para su profesión. Sin embargo, es cierto que un abordaje terapéutico es la convergencia de conocimiento, experiencia personal y actitud profesional. Pero estos elementos se entrelazan en un factor subyacente que les otorga vida y permite su profundización. Este elemento quizás es el más despreciado por los psicólogos y psicoterapeutas, pues en su búsqueda de un hacer curativo olvidan que el eje nodal de toda práctica es la consciencia de su propia teoría, no el querer mejorar lo que ni siquiera se entiende de manera debida.

Ante una teoría inconsciente sobre la noción de psique, el terapeuta hablará constantemente de la mente, del alma o de lo psíquico, pero su discurso se notará superficial, pues no habrá aplicado a sí mismo tal estructura de conocimiento y, más importante aún, no habrá permitido que la teoría se confronte consigo misma en el arduo ejercicio de tratar de estar a la altura de su complejidad. Su abordaje, por lo tanto, será una búsqueda por afirmar lo que ya sabe. Sus pacientes se volverán adeptos y él mismo se maravillará con sus «logros». Se convertirá en un sanador, en un sabio, en un consejero, en un maestro o quizás en un gurú, pero nunca podrá ser un psicoterapeuta. Esto requiere el sacrificio de todo método, de todo objetivo y de todo programa de acción ante la necesidad lógica del fenómeno.

«Una alma frente a otra» significa que la noción de alma se ofrece a sí misma como un Otro, siendo devorada y desmembrada constantemente. La labor del terapeuta es estar a la altura de la psique en un contexto noético, donde los sujetos son meras formas narrativas en el proceso del alma hablando sin cesar sobre sí misma.

Sin embargo, dado que el trabajo del psicoterapeuta actual está al servicio de la preservación de las ideologías rígidas del ego, su labor no puede ser llamado terapia, sino anti-terapia. Por esto, puede practicar durante años, estudiar incansablemente y tener las mejores intenciones, aun así su ejercicio será la repetición insulsa de un esquema con el cual protegerse del fenómeno vivo, del síntoma, del Otro por sí mismo, es decir del verdadero objeto de la psicología. Ante esto el fenómeno permanecerá atrapado en la neurosis o como dirían los alquimistas: el Espíritu Mercurius no podrá liberarse la fisicalidad de la materia.

Tus emociones no son tuyas: Arteterapia y discapacitados

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Inhuman Relations’, volumen VII de sus Uniform Edition, capítulo 18, pp. 266-273

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

Los principales materiales de análisis desde sus inicios con Freud son las emociones: miedo, parálisis, pena y depresiones, pavor y ansiedad, ira, vergüenza, odio y, por supuesto, las complejidades del amor, el deseo, la lujuria, los celos, la necesidad, la compasión, la simpatía, la obsesión.

Estos estados del alma, material de cualquier sesión terapéutica en todo el mundo, también fueron en su día objeto de un profundo pensamiento filosófico. Platón, Plutarco, los estoicos, Santo Tomás, Descartes, Spinoza y Hume escribieron tratados sobre las diversas emociones, y si observamos la teología occidental desde Jesús y Pablo en adelante, con la mirada puesta en la emoción, encontraremos que ellos también, los teólogos, estaban muy preocupados por qué hacer con y sobre -y contra- la emoción.

Desde una perspectiva arquetipal, con lo que me refiero a esa visión que sostiene que la emoción es primaria e irreductible, universal y ubicua, de gran valor y de forzar la inconsciencia en su sujeto, desde esta perspectiva arquetípal, los discapacitados, los deficientes cognitivos, las víctimas convalecientes de ofensascorporales, no pertenecen a una clase especial, pues el vínculo común de las emociones nos mantiene a todos por igual, nos mantiene a todos igualmente cuerdos y locos, víctimas de nuestras rabias y odios, de nuestros celos obsesivos, de nuestras vergüenzas y repugnancias, de nuestras esperanzas y anhelos salvajes. Cuando las obras de Shakespeare se representaban en el Globe Theatre, monárquicos y plebeyos se divertían por igual; lisiados, necios, eruditos, monjes y soldados asistían, lloraban y reían, sometidos a las mismas emociones. 

Puede que seamos menos capaces de representar una emoción, si estamos incapacitados; puede que estemos menos dispuestos a sentirla, mostrarla, hablar desde ella… pero las cualidades de la lujuria, la pena y el miedo pertenecen al patrimonio humano. Las expresiones faciales de las emociones estudiadas por Teofrasto en la antigüedad y, más famosamente, por Darwin en la época victoriana, siguen revelando la universalidad en los rasgos humanos de las sonrisas alegres, los ceños tristes, las rabias fulminantes, las vergüenzas sonrojantes. Estar en una emoción nos hace comúnmente humanos y, como veremos, también más allá de lo humano. Es un placer -véase, sonrío- volver a este ámbito, la Emoción, treinta años después de la publicación de Emotion: A Phenomenology of Theories and their Meanings for Therapy, mi primer, grande, grueso y pretencioso asalto al campo de la psicología. Me complace volver sobre este tema por dos razones: Primero, me ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la terapia en su conjunto desde una perspectiva más básica, digamos, arquetípica, desde la base emocional que pertenece a la humanidad común, una base que no es técnica, ni metapsicológica ni parte de alguna escuela, sino simplemente «emocional». Y en segundo lugar, me complace hablar de la emoción en Italia, donde, para nuestras mentes septentrionales y occidentales, la emoción se expresa, se desarrolla y está plenamente viva. Para nuestra visión septentrional y occidental, Italia significa d’Annunzio y Bernini, Tasso y Anna Magnani, Visconti y Puccini, Caravaggio y Caruso. Nos gusta ignorar las restricciones opresivas y saturnianas, ese lado cínico y sombrío de la tradición italiana. Así pues, hablar de la emoción en Italia, desde mi ingenua perspectiva americana, ¡es llevar mi tema ante el mejor público del mundo! Le agradezco desde el principio la cortesía de su escucha. 

Pasemos ahora a la terapia: ¿Qué hacen realmente las terapias expresivas o artísticas? No lo que se proponen hacer, esperar o buscar; ni cómo explican lo que ocurre en una sesión. No me preocupan ahora las explicaciones teóricas de lo que ocurre en una sesión -explicaciones sobre padres y madres, sobre objetos transicionales y simbolización, sobre abreacción e interpretación. No. ¿Qué ocurre realmente cuando un paciente empieza a bailar, a coreografiar su estado de ánimo, o a pintarlo, a hablar libremente en voz alta en una diatriba dramática o en una elocución poética, o a esculpirlo en arcilla o a plasmarlo en un collage? Y quiero preguntar por el «ello» que se presenta, se expresa, se muestra o se forma por medio de estas diversas artes. Evidentemente, es la emoción, un estado del alma teñido de emoción. Incluso si se dice que es un trauma, un recuerdo o una confusión e impotencia presentes, una escena onírica o lo que nos gusta llamar un «problema» con un amante, un empleador, un padre, la emoción o la ausencia de ella es el contenido que lleva a la persona a terapia. Sólo cuando un «problema», una relación, un recuerdo o un sueño se convierten en sufrimiento, cuando nos vemos afectados por el problema, éste entra en nosotros y entramos en terapia. 

Nuestros modelos teóricos sostienen que la rabia, los miedos y las pasiones son responsabilidad nuestra. De algún modo, en algún lugar, se encuentran dentro de nosotros. Ciertamente, las sentimos ahí: la tristeza detrás de los ojos, el sollozo en la garganta, el pecho apretado; la garra del miedo en las entrañas; el estado de celos paranoicos de búsqueda fija observando el rostro de la amada en un restaurante. Ciertamente, como han dicho las teorías de la emoción desde Galeno hasta William James, la emoción es una condición fisiológica interior. Ciertamente, está dentro de la piel, en lo más profundo del hipocampo, del sistema hormonal, del cuerpo animal personal. 

Mi argumento, sin embargo, será que, aunque se sientan ahí, y suframos emociones físicamente, este hecho no las hace «mías». Más bien, creo que las emociones están ahí para hacernos suyos. Quieren poseernos, dominarnos, ganarnos completamente para su visión. En resumen, como dijo el poeta romántico inglés William Blake: «Algo bueno podemos hacer cuando el hombre está apasionado, pero nada bueno cuando la pasión está en el hombre». Tener una pasión en mí es demoníaco; estar en una pasión, en el mundo de la emoción y la forma en que significa todas las cosas con una visión o perspicacia específica, esto puede mover el alma a una conexión más profunda y epifánica con el mundo. La terapia, sin embargo, tiende a interiorizar todas las emociones y a mantenerlas dentro, como «mías». La terapia toma acrítica y literalmente el sentimiento de aflicción, del sujeto afligido; la terapia literaliza el elevado sentido de «yoidad» que resulta de la emoción. En ningún sitio me siento más «yo» que cuando me invade una emoción; pero es ella la que me invade a mí, no yo a ella. Que una emoción me haga sentir «yo» no significa que la emoción sea «mía».

Pero si se imaginan dentro de mí, son, por supuesto, «demasiado» para contenerlos, por lo que se convierten, en palabras de Blake, en «demoníacos» y necesitan una abreacción (exorcismo). Así reza nuestra teoría habitual. Expresamos las emociones para «sacarlas». Mientras que, si seguimos a Blake, y lo que las emociones realmente hacen, empezamos a darnos cuenta de que las emociones vienen a nosotros desde ahí fuera, nos invaden y nos arrastran a su condición. Blake también llamó a las emociones «influjos divinos»… no cosas que se originan dentro de mi piel. Más bien, son la forma en que los dioses fluyen hacia el alma, la mueven a una condición más que humana de excitación y furia, de pena y luto, de encantamiento y deseo extático. Así, de cada condición emocional, la arteterapia hace esta pregunta: ¿Qué quiere la emoción? ¿Cuáles son sus rasgos, sus características? ¿Cómo suena en mi pecho y en mi garganta, no cómo la expreso? ¿Cómo se mueve por mi cuerpo? ¿Cuál es su danza, no cómo puedo bailarla? ¿Qué quiere esta terrible tristeza por la muerte de mi padre, mi amor por este anciano ya desaparecido, el remordimiento por nuestros malentendidos, la ira inexcusable y pétrea que no puedo aceptar en mis recuerdos de él, qué quiere todo esto, no sólo conmigo y de mí, sino qué quiere hacer, decir y mostrar? ¿Cómo puedo servir a este influjo divino para que la profundidad invisible en la enfermedad sea servida por mis movimientos, mis colores y pinceles, mis palabras y mi voz? 

Me despierto por la noche y las emociones están ahí. Tengo miedo del futuro, estoy solo. Me atormenta mi incapacidad para cumplir lo que se espera de mí. Sería más fácil estar simplemente muerto. Haga lo que haga, mire donde mire, me equivoco. Los pensamientos nocturnos me asaltan. Se sientan en el borde de mi cama y me llenan la cabeza de críticas mordaces y el corazón de desesperación. Doy vueltas en la cama o permanezco rígidamente despierta suplicando que me liberen y me dejen dormir. Como demonios de alas negras, las emociones aparecen por la noche durante varias horas. Lo llaman insomnio, pesadillas, depresión. Pero el lenguaje clínico sólo enmascara los rostros de las emociones que son visitas de otro mundo, el inframundo, que me recuerdan al Hades. ¿Me están pidiendo que rinda homenaje, durante unas horas, tal vez, a ese dios omnipresente que es invisible en el mundo diurno, cuyos movimientos se realizan en la oscuridad, a través de la oscuridad, que está aliado con hypnos y thanatos, y que si es reconocido, vacía la vida de sus programas habituales, ofreciendo en su lugar la fuerza y la plenitud, y también la belleza, del fondo invisible de toda vida?

La psicología quiere interiorizar estos acontecimientos y hacerlos personales. Los terrores nocturnos se convierten en eso, sólo en eso; permanecen humanizados y no conducen a figuras de otro mundo. Son mi problema para el que acudo a mi terapeuta o tomo mis somníferos. Que los demonios de alas negras pueden ser también ángeles protectores que ofrecen familiaridad con un mundo que el mundo diurno no permite; que tienen sus intenciones conmigo distintas de mis intenciones conmigo mismo, que son huéspedes en mi habitación y no parte de mí, complejos, problemas, intuiciones negativas, ensayos de traumas infantiles, etc.

Hay, por supuesto, emociones que no surgen del mundo «ahí fuera». Parece que también existe una base invisible e incausada de emociones, emociones que nos sobrevienen de repente: estados de ánimo púrpura oscuro, lasitud o silencio sepulcral. 

Parecen surgir de la nada. No tienen al mundo como referencia; ni siquiera el pensamiento, la memoria o el sueño los han provocado. Aristóteles distinguió por primera vez entre locomoción, o movimiento en el espacio como entre uno mismo y el mundo, por un lado, y, por otro, los movimientos que son alteraciones. Estas alteraciones del alma pueden ser cualitativas -el alma pasa por un proceso de cambio por sí misma- o cuantitativas -el alma disminuye o aumenta su capacidad-. Muchas de las emociones adolescentes que surgen repentinamente de la nada, así como las del «amor imposible», pueden concebirse como alteraciones del alma que aumentan su capacidad, el «espacio interior», como a veces lo llamamos. 

Estas alteraciones del psiquismo inician, acompañan y significan cambios en el alma subjetiva. En la práctica clínica, las vemos como depresiones autóctonas, como aumentos maníacos de energía, como estados de ánimo de amor y desesperación, rabias crecientes. Estas emociones sin referencia son lo que la psicología china llama movimientos del Corazón o del Cielo. Se correlacionan con lo que Jung ha llamado el proceso de individuación, la revelación del alma a través del tiempo de su naturaleza orgánica. 

La cuestión para el terapeuta es diferenciar las emociones del primer tipo que provienen del camión en la autopista y se refieren a él -ese miedo, esa indignación, esa pena- de las emociones del segundo tipo, para no reducir cada condición emocional del paciente a una alteración no referencial puramente interna. Pues es precisamente este movimiento el que atrapa a la persona en una vida interna privada y aleja las emociones del mundo político de la comunidad. No obstante, a pesar de esta distinción entre las emociones que conectan con el mundo y las que parecen totalmente interiores, es decir, aquellos movimientos del corazón o del cielo, ambas clases de emociones no son mías, no son subjetivas. En ambos casos, el origen está fuera de la persona. En ambos casos, el paciente trabaja con la emoción por su propio bien, dándole la forma y la expresión que le pide. En otras palabras, ambos tipos reconocen que una emoción es un influjo divino, sus gestos una mímesis de figuras míticas divinas. La tarea del terapeuta en ambos tipos es la de epistrophé, como los neoplatónicos llamaban al movimiento terapéutico: epistrophé o conducir el fenómeno humano a su trasfondo divino. Pues las emociones, todas las emociones, sean del tipo que sean, pertenecen al mundo mítico de las figuras divinas al irrumpir en el nuestro. Y, cuando se llega a cierta edad, y tantas emociones parecen haberse quemado o disipado o secado, damos gracias a los dioses por los raros afectos ocasionales que se apoderan del corazón. Si, como digo, las emociones pertenecen a los dioses, entonces ¿por qué bailar tu deseo, pintar tu miedo o dejar que tu pena tome prestada tu voz para encontrar sus palabras? 

Aquí debemos ser muy claros con nuestra respuesta. ¿Es la tarea de la arteterapia abreviar la emoción, liberando al paciente de lo que le ha atenazado? ¿O sublimar la emoción haciendo arte de ella? ¿O se trata de utilizar las emociones, es decir, obtener energía de ellas, aumentar su vitalidad, activación y plenitud? 

¿Qué esperamos que ocurra a) con el paciente y b) con la emoción cuando nos dedicamos a la arteterapia? Mi respuesta a esta pregunta es bastante sencilla. Creo que son posibles muchos objetivos, y diferentes terapeutas y escuelas tendrán diferentes intenciones. Esta es la respuesta sencilla: que florezcan 500 flores a la vez. Mi flor personal entre las 500, sin embargo, dice que no me dedico a la arteterapia ni directamente por el arte, ni directamente por el paciente, ni directamente por la emoción. 

Entonces, ¿qué más hay, aparte del producto artístico, el paciente y la emoción? ¿Qué más? La imaginación. Para mí, la arteterapia prevalece sobre todas las demás terapias porque activa la imaginación y le permite materializarse, es decir, entrar en el mundo a través de las emociones del paciente. 

El paciente es paciente porque es el receptor, el canal -¿podríamos decir la víctima?- de los influjos divinos que nunca son meramente estados de sentimiento y tonos afectivos, sino que siempre son también imaginaciones. Imaginaciones de comportamiento, imaginaciones de fantasía, imaginaciones de movimiento e intención y deseo. El paciente es paciente, desde mi punto de vista estrecho y bastante irreverentemente clínico, no a causa del pasado, la familia, el abuso, la iglesia y la educación, la sexualidad, las dificultades económicas, las aflicciones de accidentes y enfermedades que han provocado minusvalías; no subestimo estos acontecimientos, pero siguen siendo contingencias, de segundo orden, desde mi punto de vista estrecho. 

Lo principal es la imaginación trastornada, la incapacidad de la imaginación para abarcar el pasado y sus traumas. Las restricciones de la imaginación aparecen como emoción excesiva. Porque cuando la emoción no se mantiene dentro de su imagen, cuando las imágenes han sido reducidas en calidad, capturadas por el mercantilismo colectivo, enajenadadas para la explotación, anuladas por el racionalismo, entonces la emoción se desboca, y tenemos que dosificarla con fármacos o exorcizarla con terapias de liberación y expresión. En cambio, sugiero que la restauración de la imaginación es la cura fundamental de la emoción trastornada, y especialmente esa imaginación que he mencionado una y otra vez, la imaginación que acoge y da lugar a los poderes que una vez se llamaron dioses. 

Permítanme llevar mi estrecha visión un paso más allá, al corazón de la terapia actual. Todos sabemos que en todos los países y en todas las escuelas el arquetipo del niño ha llegado a dominar cada vez más la teoría y la práctica de la terapia. Abuso, victimización, empoderamiento, desarrollo, crecimiento, Winnicott, Alice Miller, Melanie Klein, la recreación en la transferencia de los primeros años… éstas son las palabras clave, los eslóganes, los gurús y los shibboleths de la terapia contemporánea. Sin embargo, también sabemos por Jung que el niño y la infancia que tanto nos dominan no son sólo el niño del pasado o el niño interior. También es el niño arquetípico o divino, la figura que, especialmente para los románticos, era portadora de la imaginación. 

Por lo tanto, cuando la arteterapia intenta poner al paciente de nuevo en contacto con su niño interior y reparar al niño dañado, liberar al niño verdadero del niño falso, la terapia está hablando de una figura imaginal compactada con emociones más que personales. Esta figura y estas emociones no son las literales del pasado solamente, aunque lleven la ropa y se muevan en las habitaciones del pasado. Esta figura y sus emociones son el verdadero interior del niño interior del pasado. Este interior profundo es la imaginación que nunca ha escapado de la infancia, y que ahora por fin tiene su gran oportunidad en la terapia de las artes expresivas para presentarse, liberada del atrapamiento en lo que la teoría psicológica insiste que es el niño y la infancia del pasado. 

En otras palabras, si la terapia quiere dejar atrás su fascinación por el arquetipo del niño, debe curarse a sí misma, no volviéndose más ego-heroica, o femenina, o física, o espiritual, es decir, convirtiéndose en otro arquetipo diferente. Más bien, debe permanecer y trabajar a través del síntoma, es decir, el niño, hasta su profundidad interior, que es la imaginación. Sólo la imaginación puede liberarnos de la obsesión por el niño. Y esto es precisamente de lo que se ocupa la artererapia. Por esta razón, la arteterapia, desde mi punto de vista, es la terapia fundamental, primaria, no sólo para el paciente, para liberarlo del niño del pasado, sino para la propia terapia, para liberarla de su modelo de pensamiento que le impide avanzar hacia la plenitud de sus posibilidades imaginativas. 

Por último, a esta afirmación de que la arteterapia es el modo de terapia preferido, la terapia de elección para todo paciente, yo añadiría otra afirmación. Una sobre el arte en sí mismo y su relación con la terapia. 

El campo de la arteterapia siempre ha imaginado el uso de las artes como terapéutico, como dijimos, ya sea para la expresión, o la simbolización, o la sublimación o la comunicación, permitiendo al paciente dar formulaciones creativas a la psique trastornada. 

Quiero invertir esta relación entre arte y terapia. Quiero ahora como última reflexión sugerir la terapia como útil para las artes. 

Seguramente todos estaremos de acuerdo en que las artes en nuestro mundo occidental están tan desorganizadas como los pacientes con los que nos encontramos. Las propias artes sufren de explotación, comercialismo, delirios de grandeza, baja autoestima, racionalismo seco, arribismo, galerismo, adicción al éxito, vulnerabilidad a la crítica, pérdida de dirección e intención, personalismo… y así sucesivamente. ¡Para qué enumerar! Lo que parece perdido para las artes es precisamente lo que la terapia trata cada día: el alma. A través de la arteterapia , el alma vuelve a la danza y a la pintura, a los poemas y a la escultura. Cada gesto que hace el paciente intenta poner en forma definida los influjos emocionales que asaltan una vida humana. Cada gesto se hace por el propio gesto y no por nada externo al propio gesto. Bailo mi desdicha tan plenamente como puedo y pinto mi locura salvaje con una paleta tan rica como puedo alcanzar, no por los revisores del producto, no por el reconocimiento, no por el aumento de tamaño de las letras de mi nombre. Lo hago por el bien del alma, y este gesto, alentado por el arteterapeuta en estudios y clínicas de ciudad tras ciudad, pueblo tras pueblo, puede ser algo más que una terapia del paciente. También puede ser una terapia de las propias artes, devolviéndoles los gestos arquetípicos del alma.

Los sueños

Ensayos

Este es un viejo ensayo de los tiempos en que estudiaba a Jung en mi formación de licenciatura. Ha pasado tiempo y ya no podría decir lo mismo, pero me parece una curiosidad que se puede conservar a modo de recuerdo, o de sueño.

El tema de los sueños es sumamente interesante, especialmente para el hombre moderno, inmerso en su fantasía de racionalidad. En los sueños, hay una dimensión que se escapa a su entendimiento, a su lógica lineal y fragmentaria. El hombre moderno no comprende los sueños, y sufre porque desea hacerlo, pero tampoco se entiende a sí mismo; ha perdido la habilidad de conversar con sus sueños, así como también ha perdido la habilidad de dialogar con otros hombres.

El lenguaje de los sueños es confuso e indeterminado, desesperación de los racionalistas. Pero es impalpable sólo porque se ha olvidado la sustancia esencial de la que proviene y la función a la que sirve.

Jung relata que al trabajar con los sueños es importante utilizar sólo el material visible, lo manifiesto del sueño, él dice: “Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él”. Es importante, para Jung, insistir en el objeto del análisis, y cada vez que el paciente se desentiende del mismo, es preciso urgirle “Volvamos a su sueño. ¿Qué dice el sueño?”

¿Qué dice el sueño? En la cotidianidad del hombre hay cosas que su entendimiento no alcanza a vislumbrar. Fenómenos que atraviesan su halo perceptivo e impactan en una zona regida por la incertidumbre. Para estos casos, el sujeto utiliza el lenguaje simbólico, multivoco por definición. El símbolo es un elemento condensador, en el que se destilan múltiples significados, facetas extrañas y variadas. Un símbolo siempre es más de lo que parece: es una totalidad que encierra totalidades. Los sueños componen su mensaje con estos elementos alegóricos, pues lo simbólico abarca situaciones que no son alcanzadas por los signos simples, a los que tanto se ha acostumbrado el ser humano.

El lenguaje común se forma con signos preestablecidos, unívocos y consensuados para la comunicación. Sin embargo, hay dimensiones que escapan a este lenguaje, cosas que no se pueden expresar con palabras. Aunque nuestro mundo está limitado por el lenguaje, como dijo Wittgenstein, formamos parte de un cosmos que trasciende este límite. Para acceder a este mundo, los lenguajes alegóricos y los símbolos son la principal herramienta, y los sueños son el canal por el que se manifiestan.

Tal dimensión actúa irremediablemente de forma velada, pues nuestra visión nos limita, pero su función, al menos la que podemos imaginar, es de importancia primaria para el hombre. Otras culturas sabían que el universo era una ilusión solamente, y la trataban como tal, no caían en el error común de nuestra época de tratar la realidad como si existiera. Para algunos pueblos el sueño no era diferente a la vigilia, y así un hombre cazaba un león en sueños y podía estar seguro que todo había sucedido realmente. La mayoría de los sueños no eran considerados importantes, pero había sueños que contenían una profusión de símbolos tal que se creía eran de suma importancia para toda la tribu o pueblo, estos eran “sueños grandes”.

El Libro de Eclesiastés (XXIV, 1-6) nos advierte sobre la vanidad de los sueños, a menos que estos provengan de Dios. Por ejemplo, Daniel pudo descifrar los sueños de Nabuconodosor y José los del faraón. Pero Dios también presentó mensajes, algunos grandes y otros convenientes, a sus siervos. Los sueños de Salomón, de Jacob y de Mardoqueo son una muestra de ello. Los mensajes y advertencias en el transcurso de los héroes en la mitología y los cuentos se transmiten a través del proceso onírico en el que se sumergen.

Se dice que los sueños tienen la función de proporcionar estabilidad a la psique del soñante. Jung afirma que «la función principal de los sueños es intentar restablecer nuestro equilibrio psicológico». Esta es la función compensadora de los sueños, que busca la homeostasis a nivel psíquico. Esta compensación responde a la excesiva prioridad que el sujeto impone a sus conductas y patrones de comportamiento en la vida cotidiana, a los modelos rígidos de su perspectiva y al desarrollo excesivo de la función primaria de su personalidad.

También es importante resaltar que los sueños emanan del inconsciente, así como lo hace cualquier objeto del entorno. Por ello, el lenguaje de los sueños carece de temporalidad y espacialidad restringidas, ya que el inconsciente, como si de un En soph se tratara, es perfecto en su estructura, infinito y eterno, características que pertenecen a las deidades caóticas. Y, ya que los contenidos del sueño son de índole psicoide, ni siquiera se puede afirmar que es posible contactar el estado onírico; en cambio, lo que se nos presenta es la manifestación del mismo, pero en un nivel más o menos discernible.

Por el hecho de que el contenido del sueño es inextricable, lo que se presenta es la intención del sueño filtrado a través de la historia personal y de, en ocasiones, cierta simbología latente en el inconsciente colectivo. Jung recomendaba “Aprendan todo cuanto puedan acerca del simbolismo; luego, olviden todo cuando estén analizando un sueño”. Ningún simbolismo proveniente de la esfera onírica ha de ser tomado, por lo tanto, como algo separado del individuo, por eso la exégesis más ardua es la que supone la experiencia personal del sujeto analizado.

El propósito de los sueños no conoce límite. Su energía es tan grande que el consciente debe hacer un gran esfuerzo para evadir el mensaje que proporcionan, pero esta es una tarea inútil, ya que los sueños siempre acaban por revelarse.

La palabra «ángel» deriva del latín «ángelus», que a su vez tiene raíces griegas («ángelos»), y significa mensajero. Un significado similar tiene la palabra hebrea «mal’ak». Un ángel es un mensajero de Dios. Por lo tanto, podemos decir que un sueño es un mensajero de un dios omnipotente y omnisapiente que nos habita y nos trasciende.

«No podemos permitirnos ser ingenuos al tratar los sueños. Se originan en un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza», afirmaba Jung.

Estamos hechos de la misma madera de nuestros sueños, decía Shakespeare, y Dunne conjeturaba que al soñar entrábamos en contacto con el trozo de eternidad que nos correspondía (aunque trozo y eternidad son conceptos excluyentes), ambas noticias son referidas por Borges. En la película del género anime Páprika del director Satoshi Kon, se relata cómo un experimento con los sueños desata las energías del inconsciente colectivo, y cómo estas terminan por tergiversar incluso el mundo real. La protagonista tiene un alter ego en el mundo onírico y su nombre es Páprika, justo en el clímax se desarrolla una conversación en la que la protagonista insta a Páprika a que acate inapelablemente sus órdenes, ella argumenta que su representación onírica es parte de ella misma y tiene que obedecerla, entonces Páprika responde interrogando “¿No has pensado alguna vez que quizá tú eres una parte mía?”.

De manera similar, Jung tuvo una curiosa experiencia. Él soñó que estaba frente a una casa de oración, en la posición del loto. En ese momento, notó que cerca había un yogui envuelto en la paz de la meditación. Se acercó, miró el rostro del hombre y, horrorizado, vio que era su propio rostro. Despertó y pensó: «Él es el que medita; ha soñado y yo soy su sueño. Cuando despierte, ya no existiré».

Nosotros despreciamos la confusión de los sueños, aunque estos son, a veces, demasiado claros. Nos jactamos de su banalidad, sin embargo son más significativos que el mundo real. Vivimos como si los sueños fueran un desecho de la vida en vigilia, ignorando así que son la sustancia de la que somos reflejo.

Sin embargo, los sueños no nos ignoran y siempre están hablando. Su mensaje es fuerte y, a veces, demasiado atronador. La razón no los abarca, pues todo intento de subyugarlos termina en fracaso. Por ello, conviene acercarse a los sueños con paso cauteloso, con oídos abiertos y con una esperanza humilde. Hacer caso de los sueños es una tarea necesaria para quienes emprenden el camino de la trascendencia.

Ciudad de México, 2003

El niño rescatado o la apropiación indebida del tiempo: Sobre la búsqueda de sentido

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 1, pp. 45-75

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El lenguaje de los arquetipos es pomposo, incluso ampuloso. El estilo de su discurso me avergüenza y va a contracorriente, como si alguien estuviera raspando con las uñas una pared de yeso o con un cuchillo en un plato.1

El autor de estas palabras no se oponía a la teoría de los arquetipos, sino que era su fundador, C. G. Jung, de quien a menudo se dice que amaba las oscuridades arquetípicas y se deleitaba en el misterio, pero que, a pesar de sus antecedentes teológicos, también había conservado para sí mismo un carácter práctico y una distancia crítica hacia el lenguaje de los arquetipos.

Las cuestiones de sentido y trascendencia son la prerrogativa tradicional del teólogo. Por ello, el psicólogo que aborda este tema corre el riesgo de ser absorbido por el pensamiento teológico. Haría bien en mantenerse firme en su propio enfoque psicológico. Quisiera recordar un aspecto esencial del pensamiento psicológico ilustrándolo con un ejemplo práctico conocido.

Una paciente soñó que era perseguida por perros. En medio del pánico, salía corriendo. Cuando se despertó, su corazón seguía latiendo violentamente.

¿Cómo interpreta ella este sueño? Su comentario fue que era un mal sueño, aunque no completamente negativo, ya que los perros no la alcanzaban. Aparentemente, vio los perros y la persecución como algo negativo, y la huida como algo prospectivo. Incluso en el estado de vigilia, miraba el sueño desde la perspectiva de una sola figura onírica, a saber, el yo del sueño, identificándose inconscientemente con él y sus valores. En cierto modo, continuaba, mientras estaba despierta, la huida que había iniciado en el sueño el yo onírico: salir de esta situación.

El pensamiento psicológico percibe el sueño de una manera muy diferente. No se limita a identificar al soñador con el yo del sueño y sus intereses. Por lo tanto, tampoco necesita adoptar las principales prioridades del yo soñador. Observa el sueño desde un punto de vista imparcial, un enfoque que permite reflexionar sobre el curso de los acontecimientos en su conjunto y considera no sólo al yo-soñador, sino también a los perros como pertenecientes al soñador. Esto plantea la cuestión de por qué hay una persecución en primer lugar. ¿Acaso no es tan sencillo como parece, es decir, que ser perseguido es la causa de la huida, sino que es lo contrario, que la huida mostrada en el sueño es la razón de la persecución por parte de los perros? Tal vez la paciente siempre ha sido una fugitiva en la forma en que ha vivido su vida, y lo que ha evitado tal vez intente forzarse en ella por primera vez bajo la apariencia de los perros que la persiguen. El final del sueño, la huida y el escape, es quizás su verdadero comienzo, y el comienzo del sueño, la persecución, es quizás sólo una consecuencia, algo que sigue a los talones de la huida. Lo que para ella, el sueño-yo, parece ser una situación de absoluta angustia, resulta ser para ella, la soñadora (y para la conciencia psicológica en general), una necesidad, algo que marca un punto de inflexión en la aflicción del sufrido fugitivo. Así, el pensamiento psicológico equivale a una inversión de la forma ordinaria de ver las cosas y permite ese tipo de distanciamiento del yo del sueño que llamamos conciencia.

La creencia en la necesidad de «sentido»

Hoy en día, cuando se habla de experiencias de sentido y trascendencia, de los problemas que se encuentran en la búsqueda de sentido y de las formas de alcanzarlo, el supuesto automático es que el sentido es necesario. Hay que superar el vacío contemporáneo. El vacío de sentido se aborda desde la perspectiva de una demanda que hay que satisfacer, como la amenaza ecológica, que se considera un problema meramente fáctico que hay que resolver. Este enfoque, al estilo de una crítica cultural y social, se deja llevar por el propio problema, quedándose atascado en la conciencia asesina de dragones, es decir, en la propia conciencia a la que, llamándola «actitudes patriarcales», se culpa del malestar.

Sin embargo, también es posible considerar la cuestión del significado como si se tratara de un sueño o de una fantasía arquetípica y, por tanto, reconocerlo como un problema psicológico. El sueño podría tener el siguiente texto «Nos sentimos amenazados por la falta de sentido y tratamos de escapar de ella mediante una experiencia de sentido y trascendencia». Ahora, con un texto onírico así, la situación sería muy diferente, al menos para una lectura psicológica. Encontrar el sentido ya no sería el objetivo incuestionable y la falta de sentido no sería simplemente una aflicción, sino tal vez nuestra necesidad. Entonces, el sentido y el deseo de encontrarlo se volverían verdaderamente cuestionables. Tendríamos que considerar si, en analogía con el sueño del paciente, no sería posiblemente el anhelo de una experiencia de sentido la razón de la pérdida de sentido, mientras que el pensamiento ordinario opina que la búsqueda de sentido es el resultado de la pérdida de sentido. Quizás aquí también nos hemos identificado con una sola figura onírica, el yo onírico evasivo o el nosotros onírico, y por ello estamos juzgando, incluso cuando estamos despiertos, de forma bastante inconsciente desde la perspectiva de esta figura y no desde la perspectiva de la conciencia psicológica. Me gustaría explorar más a fondo esta posibilidad, ya que creo que la tarea psicológica no consiste en una búsqueda de remedios, sino en hacer consciente el tipo de fantasía arquetípica que siempre subyace ya a nuestros planteamientos, valores y objetivos automáticos, y a la inversa, las nuevas perspectivas arquetípicas que se nos imprimen en las imágenes oníricas, en la patología y en otras experiencias. Lo importante desde el punto de vista terapéutico no es cómo salir de una situación angustiosa, sino, por el contrario, cómo introducirse adecuadamente en ella, de modo que dejemos de ser simplemente sus víctimas pasivas y nos dejemos atrapar y transformar por ella.

En nuestro siglo, y en particular durante las dos últimas décadas, han surgido como hongos doctrinas y métodos prometedores de sentido.2 Algunos practican la Meditación Trascendental o el Zen, otros se drogan, otros retoman la Biblia y la esperanza cristiana; algunos se extasían  con pinturas fascinantes salidas del inconsciente o se ensordecen con el ruido de las discotecas; algunos quieren gritar sus ansiedades e inhibiciones en terapias de gritos o liberarse de sus tensiones internas mediante el trabajo corporal… Ciertamente, muchas voces, pero un solo coro que grita: al diablo con el vacío y la falta de sentido, al diablo con todo lo que nos angustia, nos limita y nos agobia.

Hay motivos para sospechar que la aparición de cada vez más formas de técnicas y enfoques psicoterapéuticos y la popularidad del estudio de la psicología y la psicoterapia están, entre otras cosas, también impulsadas por un motivo muy dudoso de enorme dinámica, a saber, un miedo pánico por parte de todo el colectivo a la Nada, la oscuridad, el centro perdido, la muerte de Dios, la patología, la falta de sentido, un miedo que da lugar a un deseo correspondientemente fuerte de redención a través de una búsqueda de sentido y de autoexperiencia.

La búsqueda de sentido, la convicción de que es necesario experimentar el sentido y la discusión explícita sobre el sentido y el sinsentido no es en absoluto algo natural y universal en la humanidad. Al contrario, en la historia de la humanidad en su conjunto, la preocupación por el sentido per se, en abstracto (que a nosotros nos parece lo más natural del mundo), es algo bastante exótico y extraño; por lo que puedo decir, surgió por primera vez en la historia en los siglos 19t y 20.3 Imaginemos que preguntamos a un griego de la época clásica si la vida tiene un sentido. Intelectualmente, entendería la pregunta, pero probablemente sería incapaz de comprender el significado que tiene para nosotros, ya que no había lugar para ello en su mundo mental. ¿Qué tipo de mundo plantea el problema del sentido; cuál es el lugar arquetípico del complejo del sentido?

La respuesta que quiero desarrollar es que se origina en el cristianismo y que Cristo es su locus arquetípico.

Para que esta respuesta tenga sentido, primero es necesario hacerse una idea del cambio radical que el cristianismo ha provocado en la existencia humana o, mejor dicho, del cambio que ha encontrado en el cristianismo su sustanciación más consistente y su articulación más profunda. A modo de lámina de contraste contra la que se ve mejor la naturaleza especial del cristianismo, quiero volver a las culturas rituales y discutir, plenamente consciente de la unilateralidad de esta selección, sólo dos características: (1) la decepción/desilusión provocada por los rituales de la adolescencia, y (2) el tema «Dios ha muerto».

Iniciación y desilusión: el asesinato del niño

(1) Un elemento esencial de las ceremonias de iniciación de los adolescentes era la desilusión.4 El joven se iniciaba en los misterios de la tribu, que se ocultaban a las mujeres y los niños. Estos últimos creían que las máscaras utilizadas durante las danzas y los rituales eran los propios dioses y que el zumbido del rastrillo era la voz del propio Gran Espíritu.5 La iniciación destruye esta creencia infantil. El iniciado se da cuenta de que las máscaras están hechas por seres humanos corrientes y las llevan seres humanos corrientes, gente como Dick y Harry de la puerta de al lado. La iniciación es, entre otras cosas, un gran desenmascaramiento. El desenmascaramiento equivale a una resignación, es decir, a que el iniciado se coloque bajo un nuevo signo, se ponga bajo una nueva perspectiva arquetípica dominante. El niño creyente muere; su lugar es ocupado por el hombre conocedor, que, al concluir su iniciación, recibe un nuevo nombre (un nuevo ser y un nuevo origen), y que es capaz de soportar y sostener el aleccionador misterio sin romperse o volverse cínico y descartar por completo a los dioses, por la única razón de que todo es sólo un espectáculo y un juego. En la cultura ritual, el hombre está (en un sentido) fundamentalmente «desilusionado»; la cultura ritual significa una vida basada en la decepción/desilusión, aunque una desilusión sin las asociaciones de amargura y resentimiento que la palabra conlleva para el hombre moderno. En efecto, hoy en día, la desilusión no se entiende generalmente como una liberación de la ilusión, sino como el aferramiento frustrado y amargado a una esperanza que ya se sabe insatisfecha e irrealizable. En el mundo arcaico, sin embargo, toda la mitología y el mundo de los rituales se basan positivamente en la desilusión y la resignación: el espectáculo y la apariencia son la aparición y la manifestación, y el hombre que ha experimentado el desenmascaramiento de las máscaras está así precisamente capacitado para convertirse en el portador misterioso y sobrio de las mismas.

La iniciación no se agota en absoluto en el momento de la desilusión; la relación con las fuerzas arquetípicas es igualmente decisiva. Sin embargo, la desilusión es un elemento de todo el acontecimiento, y el único que es relevante para nuestra discusión y que con el hombre arcaico nunca es superado o sustituido por la experiencia religiosa, sino que sigue siendo su base o un ingrediente de la misma: la Máscara, por su naturaleza, es siempre ambas cosas a la vez, aparición real de espíritus y mera mascarada, religión sagrada y espectáculo. Joseph Campbell habla de «la esfera teatral» del mundo de las máscaras y de la «lógica de la fantasía» y W. F. Otto describe la máscara como «a la vez la presencia más inmediata y la ausencia absoluta».6 Casi se podría decir que es la verdad y el fraude sacerdotal, pero el fraude no es el engaño secreto practicado por los sacerdotes como personas, sino el engaño objetivo manifiesto de la propia máscara. La naturaleza de la máscara es una mascarada explícita y, por tanto, implica en sí misma el reconocimiento del desenmascaramiento. Es un engaño/desengaño objetivado. Y sólo porque la máscara implica, por su naturaleza, un elemento de engaño, puede también ser abusada con fines egoístas por sacerdotes fraudulentos. Del mismo modo, la palabra «mito» podría, durante los tiempos posteriores, venir por su significado negativo de «una historia de gallos y toros» sólo porque en su esencia originaria el mito es ambos en uno: «la palabra de la verdad»7 (W. F. Otto) y ficción.

Al hablar de la decepción iniciática, me interesa menos el acto empírico-factual de la iluminación (como comportamiento de las personas) que la decepción/desilusión psicológica, ontológica, objetivada en la máscara y el mito.

(2) El tema de «Dios está muerto». Esa afirmación de que «Dios ha muerto» era, hace cien años, y quizá lo siga siendo, una declaración audaz y chocante; un Dios muerto es para nosotros impensable.

En las culturas arcaicas, sin embargo, habría sido una idea familiar, de hecho algo que se daba por sentado. Especialmente en las culturas chamánicas, la expresión «el muerto» y la palabra «Dios» eran básicamente sinónimos: el muerto es Dios y los dioses son los muertos. Un ejemplo entre muchos en todo el mundo es la historia del Antiguo Testamento en 1 Samuel 28. El rey Saúl visita a un prestidigitador, al que pide que conjure al muerto Samuel desde el inframundo. La palabra con la que se dirige al profeta muerto, cuando aparece, es «Elohim», la palabra habitual para dios y también la utilizada para el Dios de los israelitas.

Evitar la desilusión – preservación y confirmación del niño

Visto sobre el fondo de estos dos elementos esenciales brevemente esbozados de la existencia humana precristiana, se ve claramente la naturaleza especial y radicalmente diferente del cristianismo.

Sin embargo, ¿qué se entiende aquí por «cristianismo»? ¿Existe tal cosa? ¿No es todo lo que se dice sobre el «cristianismo» como tal una generalización inadmisible? Al fin y al cabo, existe el cristianismo de las iglesias establecidas y de innumerables denominaciones y sectas, el cristianismo de Tomás de Aquino, de Martín Lutero, de Meister Eckhart y de San Francisco, el cristianismo de los puritanos, de los inquisidores, de los quietistas, de Melanchthon, de Johann Sebastian Bach, etc., etc., una enorme diversidad. ¿De cuál de estos cristianismos estamos hablando? De hecho, de ninguno. Tampoco estamos hablando de una construcción seca y abstracta del cristianismo, que no sería más que el mínimo común denominador de todas las variedades cristianas. Al hablar, con conciencia sistemática, del cristianismo como tal, lo hago desde la convicción de que el «cristianismo» no es sólo un término que engloba las opiniones y los sentimientos religiosos de todos los cristianos empíricos individuales, sino una realidad nocional transpersonal y una fuerza histórica que se realizó en la historia del Occidente cristiano, en algunos casos incluso sin tener en cuenta lo más mínimo las convicciones, experiencias e intenciones personales de las personas. Así pues, considero el cristianismo menos como algo humano, como una doctrina humana, que como una realidad independiente, objetiva, casi «arquetípica», a la que los seres humanos pueden verse confrontados y expuestos de un modo u otro. Es este cristianismo «real» (real como fuerza activa) el que nos ocupa, que como formación histórica (Gestalt) puede reconstruirse y captarse a partir de los documentos cristianos básicos, por un lado, y del desarrollo intelectual del mundo occidental, por otro. Así pues, no hay que preocuparse por la cuestión teológica de cuál es el cristianismo «correcto», o cuál era el mensaje cristiano en su origen, o qué querían decir en verdad el Jesús histórico o San Pablo o San Pedro; tampoco hay que declararse derrotado cuando nos enfrentamos a la diversidad de los fenómenos empíricos, y abandonar así por completo el intento de captar la naturaleza esencial del cristianismo. Una vez aclarado este problema, podemos volver a la caracterización del cristianismo.

El Dios cristiano es expresamente el Dios vivo, el Dios de la vida, y tan consecuentemente que también trae a los hombres la vida eterna, y además abolió la muerte por completo (2 Tim. 1:10). Además, el lugar del misterio bien guardado en el mundo arcaico lo ocupa en el cristianismo el evangelio y el proselitismo. Donde las culturas antiguas traían la desilusión para los jóvenes en la iniciación, el equivalente cristiano de los ritos de la adolescencia trae exactamente lo contrario: la «confirmación». La intención es, aparentemente, solidificar la creencia infantil para que pueda continuar bajo las condiciones cambiadas de la vida adulta. Por ello, el cristianismo es la religión de la fe en primer lugar -la fe, que no figura, o desempeña sólo un papel inferior, en otras religiones. Puesto que el cristianismo ha excluido el elemento de la desilusión, la fe está constantemente amenazada por la duda y la aflicción. Esto no podía ocurrirle al hombre primitivo, ya que no sólo tenía la duda y el desengaño detrás, sino que lo llevaba en sí mismo como base de su existencia espiritual. No creía, como el niño y el cristiano, en la realidad sustancial de los dioses, sino que dejaba que los dioses fueran máscara visible y estatua física, es decir, apariencia, actuación lúdica, metáfora, y que fueran reales y estuvieran presentes sólo como metáfora. Lo son y, sin embargo, no lo son. La estatua del dios es el dios mismo. No es simplemente un «símbolo de» o una «referencia a» un dios trascendente como la verdadera realidad. Y, sin embargo, la estatua es también un simple trozo de madera o de piedra, tallado por seres humanos, como sabe muy bien el primitivo. Lo que pretende el cristianismo es evitar la desilusión. Pretende señalar un camino por el que se pueda seguir creyendo sin resignación (re-signación) y sin desenmascarar y vivir sin la muerte definitiva. Ofrece el evangelio: «Y esto os servirá de señal: encontraréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre». El evangelio cristiano se sitúa bajo el signo de la idea del Niño. El niño es el criterio.

No se trata del arquetipo del niño, del niño divino arquetípico. Es más bien la divinización de la noción y la experiencia del niño humano. La diferencia es crucial.8 El niño arquetípico es fundamentalmente el niño abandonado (Edipo, Moisés, Rómulo y Remo, Hansel y Gretel), el niño amenazado de muerte (en los cuentos de hadas, por ejemplo, se ordena a un cazador que lleve al niño al bosque, lo mate y le corte la lengua como prueba). Por lo general, el niño amenazado se salva, sin duda. Sin embargo, este ser salvado de hecho se refiere sólo al aspecto empírico del niño divino. Ontológicamente, el niño arquetípico es el niño matado o abandonado, tiene su propio haber sido matado o abandonado, es decir, la pérdida fundamental de la inocencia, la herida lógica, detrás de sí como su fundamento y en sí como su naturaleza.

En los mitos y cuentos de hadas, el niño puede ser el gran héroe o salvador sólo porque tiene el destino de la muerte y la pérdida de la inocencia psicológica u ontológicamente a priori. En el relato evangélico bíblico, todos los demás niños de Belén son asesinados y sólo el niño Cristo, como niño divino, es capaz de escapar al destino de la muerte. Los demás tienen que cargar con el destino realmente previsto para el niño divino. En las historias de Edipo o de Moisés o de los niños de los cuentos de hadas que van a ser asesinados por un cazador, los niños acaban escapando también al destino de la muerte, pero aquí es siempre un mismo niño el que es abandonado o condenado a muerte y sobrevive (lo que, como se ha explicado, expresa la diferencia entre la realidad ontológica y la empírica-práctica). Nunca hay un otro o un grupo de otros que tengan que sufrir el destino de muerte o abandono mientras que el niño divino está a priori exento de ello. El hecho de que tengamos esta dualidad en el relato bíblico hace que el niño Cristo sea el niño a priori rescatado y preservado, que, incluso en la huida a Egipto, permanece al cuidado de sus verdaderos padres. Por supuesto, en términos mitológicos, lo que se hace literalmente a los otros niños en la historia del nacimiento de Cristo tendría que entenderse como algo que ocurre psicológica u ontológicamente al propio niño divino. Diríamos entonces que la dualidad se debe a las necesidades de la narración. La narración suele distribuir en dos figuras separadas lo que en realidad es la diferencia entre el destino ontológico y el empírico de la misma figura. Pero los otros relatos sobre un niño arquetípico indican que esta dualidad no forma parte precisamente del modelo mitológico particular del niño divino. En cambio, trata la diferencia entre lo ontológico y lo empírico apuntando la amenaza con toda su fuerza sólo al niño arquetípico, pero sin dejar que la amenaza despliegue su consecuencia catastrófica. La introducción de los niños empíricos normales de Belén, además del niño divino, que luego son asesinados literalmente, libera a priori al niño divino incluso del destino ontológico de abandono o muerte.

Además de esta exención fundamental inherente al texto básico cristiano del niño divino de lo que sería su destino ontológico, aunque no empírico, el cristianismo histórico acentuó aún más la idea de que «el niño» es a priori rescatado. En el cristianismo, el niño divino es significativamente al mismo tiempo también «verdadero hombre», hecho que favorece la identificación del niño en el pesebre con un niño verdaderamente humano. Los innumerables cuadros que retratan al niño Jesús en el pesebre y a María con el niño muestran y celebran al bebé humano, al niño empírico en su inocencia, desamparo, desprotección y protección, no realmente al niño arquetípico. El hecho de que al mostrar a un bebé humano se refieran a él como el niño divino no disminuye la humanidad empírica de este niño. Es al revés. La imagen del niño humano en su impotencia e inocencia se diviniza. El niño en su humanidad empírica recibe su autorización metafísica. La idea del niño demasiado humano recibe una dignidad mítica, se eleva al estatus de arquetipo.

Precisamente aquel factor que a través de los motivos del abandono y el asesinato del niño se desecha radicalmente en los relatos míticos sobre el niño arquetípico, a saber, la protección del niño frente a la amenaza de muerte, se conserva aquí. Se produce una inversión. La desprotección, la huida del asesinato, que en el caso del niño arquetípico o mitológico no es más que la realidad externa-empírica del niño, mientras que ontológicamente el niño arquetípico ha sido de hecho abandonado o asesinado, se ha convertido ahora precisamente en la situación ontológica del niño, y la muerte de los infantes se degrada a una masacre meramente empírica que sucede a los niños toto coelo separados. Su muerte ya no es lo que ontológicamente se le hace.

El rescate ontológico del niño divino (como verdadero niño humano) invita a la identificación. El deseo infantil del hombre de permanecer íntegro, sin heridas, de ser salvado y tener paz, recibió un impulso inflacionario con este rescate. Esto tuvo consecuencias para «la muerte del niño en la iniciación». El bautismo, que originalmente era el ritual del ahogamiento del «niño» en la persona casi adulta, se trasladó en el tiempo al niño como bebé, donde adquirió un significado totalmente diferente: ya no la muerte del «niño», sino la liberación del viejo Adán, del pecado original, de la pecaminosidad lógica del hombre, es decir, algo que precisamente no es la propia naturaleza del niño, sino algo a priori heredado del progenitor de la raza humana. Esta limpieza del pecado original del recién nacido mediante el bautismo equivalía, una vez más, a una solidificación (ontológica) de la inocencia del niño, a hacer su inocencia metafísicamente absoluta. No es de extrañar, pues, que en la pubertad tuviera lugar una «confirmación». No había necesidad de más que una confirmación, porque ontológicamente la inocencia esencial y metafísica del hombre como verdadero hijo de Dios ya se había logrado a través del bautismo infantil.

La necesidad arquetípica de matar al niño de repente no parece más que el asesinato satánico de niños reales, un crimen humano sobre bebés humanos, y por lo tanto como algo totalmente maligno, de lo que «el niño» tiene que ser rescatado bajo cualquier circunstancia. A partir de ahora, el hombre podría creer y esperar que, como el niño Jesús, él mismo también podría tener psicológicamente, metafísicamente, aunque no empíricamente, una vida a este lado del asesinato del niño, una vida que ya no esté sujeta al destino y la necesidad «ciegos», sino a la providencia personal amorosa o severa de un Dios paternal.

Los griegos también consideraban a los seres humanos como hijos de los dioses: hijo de Apolo, hijo de Afrodita, etc. Pero el regalo de los dioses a sus hijos no era la infancia en sí misma, sino, en el caso de Afrodita, por ejemplo, el amor afrodita. Para los hijos del Dios cristiano, sin embargo, la infancia es doble, porque más allá de la condición formal de niño hacia Dios, incluso el contenido de su don al hombre es la filiación a Dios, un ser-niño ontológico en el sentido de una relación personal, casi familiar, Yo-Tú: «Dejad que los niños vengan a mí» (Marcos 10:14). El Dios cristiano es expresamente Abba, Padre nuestro, muy diferente en su paternidad de los otros dioses paternos, del Padre Zeus o del Padre Oceanos. La fe, el amor (agapê), la esperanza, son las virtudes otorgadas por este padre, virtudes del hijo rescatado. ¿Qué es «el niño» sino la esperanza y la fe, la inocencia, la credulidad, el vivir en los deseos, la despreocupación, el resguardo de la responsabilidad y la necesidad, el jugar más que el vivir?

«Si no os hacéis como niños ….» ¿Cómo se relaciona este llegar a ser como niños con el rescate del niño a la edad adulta que afirmé anteriormente? Uno pensaría que el niño que es preservado no tendría que convertirse primero en niño. Pero el rescate del niño, pensado rigurosamente, no significa, como se podría haber supuesto al principio, permanecer en la infancia en el sentido biológico o pedagógico, en la etapa literalmente infantil de la vida. Significa más bien la transición, una verdadera iniciación, a la infancia real («espiritual», es decir, psicológica-ontológica) del adulto, que el propio niño natural no poseía todavía. En este sentido, el rescate (la preservación) cristiano del niño significa, al mismo tiempo, convertirse primero en niño. Lo que el niño real ha sido sólo en sentido empírico, el cristiano como adulto empírico tiene que adquirirlo para sí mismo como lógica interna de su ser.

«El niño» tiene consecuencias para la concepción de la relación con Dios. Con la muerte de «el niño», la exigencia infantil del hombre de tener al propio dios directamente presente en la máscara quedaría muerta y sacrificada. Con la eternización del niño, esta exigencia prevalece. Es una exigencia que ya no permite que los dioses sean una máscara y que la máscara sea realmente «máscara», disfraz; es decir, ya no permite que el dios sea un «como si». Más bien, exige de los dioses que existan, concreta y sustancialmente, como cosas-en-sí-mismas, por así decirlo, ya sean visibles (como en la superstición) o trascendentales-invisibles (como en el misticismo). Con la muerte del niño, la naturaleza de los dioses y de los muertos quedaría liberada de nuestras exigencias; se les permitiría ser como definitivamente difuntos, como sombras desvitalizadas, meras imágenes, y así también el hombre quedaría libre para ser sólo él mismo, es decir, sólo el portador de máscaras: se establecería la «diferencia psicológica»9 , la diferencia entre el hombre y la máscara/alma/metáfora. La muerte del niño colocaría la existencia humana en un estado de no identidad consigo misma; el hombre viviría dentro y fuera del Entre, de la escisión, y así él mismo no necesitaría ser escindido (disociado neuróticamente). Tendría su hogar en el reino de las sombras.

Sin embargo, con la huida del destino de muerte del niño divino, nuestro «tener» inmediatamente al dios es, a la inversa, realmente reclamado todo lo más: la palabra se supone ahora a sí misma como carne, y esto, nuestro mundo, se supone que se convierte en el reino de los cielos. El hombre ya no debe ser simplemente el portador de la máscara; se vuelve idéntico a ella y tiene que encarnarla concretamente (en la carne): él mismo tiene que ser inmediatamente una persona (persona-persona-máscara). Cuando la identificación es imperfecta y todavía es posible decir que una persona está «simplemente» representando un papel y llevando una máscara, se considera una defensa tipo «persona» con el fin de protegerse de la autoconciencia y del desarrollo de su verdadero yo. La persona, la máscara, el papel, la posición y los honores, los títulos e insignias, la ropa, etc., se consideran ahora «externalidades» no esenciales y el centro hueco llamado ego o yo se eleva a lo plenamente real y esencial, mientras que antes el hombre y toda la creación tenían su propia «esencia» en tales «externalidades»: Platón llamó a lo Real (que para él era suprasensible) con el nombre de eidos (o idea), que en primer lugar se refiere a la estructura visible o «aspecto» de una cosa.

Psicología del desarrollo: la práctica empírica de rescatar al niño

Con la denigración de lo llamado externo y con el objetivo del «autodesarrollo», hemos llegado al centro de la mentalidad de la psicología personalista, una psicología que tiene la función de legitimar científicamente una enorme inflación y que, como culto a la persona, es en realidad una continuación de la teología cristiana por otros medios. La idea de desarrollo es diametralmente opuesta a la concepción del hombre como portador de máscaras. La idea de desarrollo personal tiene la función de redimir al individuo del asesinato del niño. «Desarrollo» significa -y esto es un gran consuelo y nos permite comprender por qué la psicología se aferra tenazmente al concepto de desarrollo- que no es necesario matar al «niño»; se permite que el niño persista, se supone que siga viviendo. Por supuesto, tiene que pasar por muchas crisis de identidad y transformarse a través de muchas etapas, y en el transcurso de todo esto también puede tener que soportar la muerte simbólica, pero sólo para renacer y convertirse finalmente en un adulto. Desde la perspectiva de la concepción evolutiva, el adulto es, pues, en última instancia, simplemente el niño plenamente desarrollado y madurado, que ha alcanzado el estadio «genital» o «solar-racional».

Por supuesto, esta afirmación no pretende ser empírica u óntica, sino psicológica-ontológica.10 Por supuesto, se supone que una persona, según la visión desarrollista convencional, se convierte en un adulto y alcanza la madurez mental y psicológica, y la independencia, etc. Y, por supuesto, la psicoterapia convencional, cuando tiene éxito, también alcanza este objetivo de la edad adulta; sin embargo, la edad adulta sólo en un sentido que quizás podríamos denominar pedagógico. Sin embargo, desde el punto de vista ontológico-psicológico, la psicología del desarrollo no sólo quiere mantener a la persona en el estatus de niño, sino que la fija activa y expresamente, «juramentándolo», por así decirlo, como niño.

Crecer hasta la verdadera edad adulta (convertirse en «er-wachsen») significa superar la infancia, dejarla. El término «superar» es, sin embargo, engañoso. Porque «el niño» no puede ser superado; no hay una transición gradual y natural de la infancia a la edad adulta: «el niño» necesita ser matado, necesita un acto revolucionario y perturbador. Por eso hay personas de cincuenta años que psicológicamente siguen en la condición de niño. Probablemente pensaron que convertirse en adulto es un resultado natural de hacerse mayor y esperaron que serían transportados automáticamente a la madurez psicológica.

«El niño» espera que lo maten, no sólo que lo superen.11 Sin embargo, ¿qué hace la psicología personalista? Concibe al hombre en términos de su infancia, de mamá y papá, y lo entrena, en años de trabajo, para que él mismo sea capaz de comprenderse también en este espíritu. Si pienso que tengo mi verdadero origen en la infancia y me comprendo a mí mismo en mi ser (sano o perturbado) de acuerdo con ello, entonces soy un niño psicológicamente y me defino como tal aunque desde un punto de vista biológico o pedagógico pueda ser tan adulto como se pueda. Y da igual que mi desarrollo provenga menos de mis padres personales que del arquetipo paterno o materno «constelado por ellos».12 De cualquier manera, sigo en el mundo del romance familiar. Y cuanto más trato de «separarme» de la madre y el padre, más los alimento, por así decirlo, con ofrendas de sacrificio, a través de mi asombrado reconocimiento de su poder numinoso sobre mi vida, y afirmo así mi condición de niño.

Cuando al adulto así entendido se le permite seguir siendo un niño precisamente por haberse convertido primero en un niño en el verdadero sentido, podemos ver que la idea de desarrollo tiene la función de garantizar la continuidad de la identidad personal.

En segundo lugar, el desarrollo implica que soy yo quien tiene que hacer el desarrollo. Mi ser esencial está en mí mismo, no en la máscara, no en algo que no soy yo. Soy idéntico a mí mismo, o al menos se supone que lo soy (el lema es «buscar la propia identidad»).

En tercer lugar, la idea psicológica del desarrollo está ligada a la introspección, a la noción de que la esencia del hombre se encuentra dentro de él,13 en el hombre interior, que según la Biblia está oculto, como un núcleo en la cáscara, dentro de su ego exterior y de la persona no auténtica, y que, por tanto, tiene que desarrollarse, desplegarse: noli foras ire; in te ipso redi: in interiore homine habitat veritas («No salgas fuera; vuelve a tu interior; la verdad permanece en el hombre interior» -San Agustín-. Agustín).

La continuidad de la persona, la identidad del yo y la interioridad son los tres dones que otorga la idea de desarrollo. El mundo de las máscaras, por el contrario, aportaría, en primer lugar, la discontinuidad (tanto en el sentido de una ruptura – «la muerte del niño»- como de la multitud politeísta de máscaras), en segundo lugar, la no identidad, y en tercer lugar, la interioridad esencial en la realidad «externa» sensible (o la exposición incesante a ella, según el caso).

Tal vez la idea arquetípica del asesinato del niño arroje incluso algo de luz sobre la psicología del maltrato infantil en nuestra época, que aumenta a un ritmo alarmante, y es casi incomprensible sin ella. ¿Qué llevaría a un ser humano, por brutal que sea, a torturar y matar a un niño indefenso? La razón podría ser el conocimiento culturalmente reprimido de la necesidad psicológica de matar al niño (psicológico), un conocimiento que luego trata de reafirmarse por la puerta trasera, por así decirlo, mediante la actuación compulsiva y concreta con niños reales como víctimas, en medio de un mundo identificado con el niño rescatado y por rescatar. La Matanza de Inocentes de Herodes no fue simplemente un acontecimiento histórico y, por tanto, singular en el pasado, sino una posibilidad arquetípica y eterna traída y establecida por el niño Jesús: allí donde el niño Jesús aparece con su evangelio de la vida, psicológicamente escindido de los niños masacrados, probablemente también constela en algún lugar al niño-asesino Herodes.

La incautación del tiempo y el punto de inflexión de la historia

¿Cómo se puede establecer la esperanza y evitar al máximo la decepción/desilusión? Esto puede lograrse si se da un sentido a toda la vida y a toda la historia y si este sentido es tan amplio y completo que no queda nada fuera de él que, como algo no incluido, pueda ponerlo en duda y frustrar la esperanza. Para poner en práctica la redención de manera eficaz, el cristianismo tiene que vislumbrar y apoderarse fundamentalmente de toda la realidad, y éste es su enorme y radicalmente nuevo logro. Esto, por supuesto, no significa que tenga que apoderarse óntica o empíricamente de todas las cosas; significa sólo que ontológicamente tiene que elevarse a la idea de un todo que lo abarque todo, el todo centrado en un punto (casi se podría decir, la idea de un «sistema»), y, siguiendo su mandato, pensar verdaderamente (consistentemente) esta idea. Y en efecto, leemos en Efesios 1:10: «… para que en la dispensación de la plenitud de los tiempos reuniera en uno todas las cosas en Cristo, tanto las que están en el cielo como las que están en la tierra, incluso en él.» Ahora, después de haber avanzado a una posición desde la que la conciencia es capaz de pensar realmente el pensamiento de «la totalidad», se hace posible (y al mismo tiempo necesario) plantear la cuestión sobre un significado de la vida como tal y de la historia como tal, porque sólo a causa de la «reunión en uno» existe algo como la vida como tal o la historia como tal.

¿Cómo se podía hablar de la vida como tal (es decir, en abstracto) antes de este acto de reunión, ya que antes de él el curso de los acontecimientos obviamente no se había integrado en una unidad, sino que estaba fragmentado, muchos acontecimientos separados, cada uno con su propio centro? El hombre arcaico estaba tan poco interesado en la vida como un todo que ni siquiera llevaba la cuenta de sus años. Aparentemente no aspiraba a tener una visión de conjunto de la vida empírica como un todo. En su lugar, se centraba en todas las situaciones vitales individuales y autónomas: los acontecimientos en su totalidad. Sólo el sometimiento de todo bajo un único principio (llamado «Cristo»), proceso que subyace a la idea del plan divino de salvación, podía hacer posible un interés y un cuestionamiento tan «sistemático» como el que aflora en la pregunta por el sentido de la vida como tal. Los tiempos particulares (en plural) de las vidas individuales y del mundo se subsumen en una totalidad, en el Tiempo como tal. El cristianismo se presenta con una pretensión totalizadora; exige y establece la alineación de todo, aunque no en un sentido exteriormente político o empírico, sino en un sentido último, «metafísico», es decir, psicológico.

El cristianismo es, y trae, el Zeitenwende, el punto de inflexión en la historia, en más de un sentido de la palabra. Es el punto de inflexión porque con él se invierte, por así decirlo, la dirección de la existencia humana con respecto a la vida humana precristiana y ritualista. Además, es el punto de inflexión porque plantea expresamente el giro de los tiempos y quiere ser el giro: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 21:5). Es el punto de inflexión, además, porque desde su llegada ha marcado un punto cero en la historia, a partir del cual se cuentan hacia delante los años de gracia y hacia atrás los del Antiguo Eón. Sobre todo es el punto de inflexión en el tiempo (Zeitenwende) porque ha arrebatado (entwendet) el tiempo mismo, es decir, lo ha alejado de su naturaleza original y se ha apoderado de él sometiendo el tiempo (la naturaleza o el carácter, también podríamos decir la definición, del tiempo), al marcar el punto cero, a un concepto y una definición propios, de forma parecida a como se toma posesión de un país plantando firmemente una bandera en su centro. En el pasaje bíblico (Ef. 1:10) citado anteriormente, «para… reunir en uno todas las cosas en Cristo», para la frase «reunir» el texto griego original utiliza característicamente la palabra anakephalaiôsasthai, cuya etimología sugiere «reunir todo bajo una cabeza (kephalê), bajo un principio unificador supremo». Esta cabeza o principio es el punto cero de la historia, su vértice. Si antes la naturaleza del propio tiempo era «el todo», de modo que la historia se distribuía y dispersaba por todo el tiempo en la secuencia de sus múltiples acontecimientos, ahora se le arrebataba al tiempo, se le apropiaba indebidamente; el todo era ahora atraído hacia un punto del tiempo, hacia el Ahora, el individuo, el yo. Todo el sentido se concentró en este punto exclusivo, y lo que quedó del tiempo fue, por tanto, simplemente una extensión vacía, el tiempo como mero parámetro. Así, desde el advenimiento del cristianismo, sólo existe el «tiempo como tal», el único continuo temporal, el tiempo lineal, que se extiende desde el único punto fijo, Cristo, hacia delante y hacia atrás hasta el infinito. Todos los acontecimientos y todos los momentos están ahora en el tiempo como su contenedor, o están ensartados como perlas en un collar a lo largo de la línea del tiempo.

Por supuesto, no se trata de afirmaciones «históricas». El «continuo del tiempo» ya existía en la filosofía griega mucho antes de la aparición del cristianismo histórico, y hubo que esperar siglos después para que la noción de tiempo como continuo entrara realmente en vigor, a principios de la era moderna. Lo que he dicho pretende ser una afirmación sobre la esencia. Lo que apoya y legitima divinamente, por así decirlo, la idea filosófica del tiempo como continuo (una idea que en el fondo siempre es posible), lo que hizo posible que el tiempo lineal se convirtiera en el concepto temporal exclusivo que reina sobre todo, lo que confiere al tiempo lineal su enorme impacto arquetípico es Cristo.

La necesidad vital de la «continuidad temporal» para el éxito del proyecto cristiano de salvación y para la idea cristiana en general es fácil de comprender. Sólo si la continuidad está anclada en el fondo «mitológico» -en la propia naturaleza o concepto del tiempo- se garantiza también la continuidad de la persona (la salvación). Una continuidad de la identidad personal sin que el tiempo mismo sea un continuo no tendría fondo.

El tiempo en las culturas mitológicas y rituales está estructurado de forma fundamentalmente diferente. Aquí el tiempo es, en primer lugar, fundamentalmente plural, del mismo modo que en ocasiones hablamos de tiempos malos o buenos o exclamamos: «O tempora, o mores«. Este tipo de tiempo no es un continuo, ni un contenedor vacío dentro del cual se producen los acontecimientos; los propios acontecimientos constituyen el tiempo. El tiempo, tal como lo describieron los neoplatónicos,14 o como lo ha redescubierto recientemente C. G. Jung en su teoría de la sincronicidad, está formado por quanta, piezas autocontenidas, cada una de las cuales tiene su propia cualidad específica y su cara o forma arquetípica y es en sí misma un círculo cerrado. Aquí la esencia del tiempo se funde con la imaginación. Los tiempos son ricos, son situaciones arquetípicas, los muchos momentos individuales sensibles (y sólo como sensibles también portadores de significado15 ) y esos momentos que representan en sí mismos las coincidencias significativas sobre las que escribe Jung. Estas pocas observaciones sobre la naturaleza del tiempo antes y ahora tienen que ser suficientes.

La negación como instrumento

¿Cómo ha conseguido el cristianismo encontrar un principio que, de hecho, pueda subsumir todas las cosas y momentos? ¿Qué tipo de principio es este en contenido, este Cristo al que todo lo que es y sucede puede ser referido como su centro? ¿Por qué medios logró el cristianismo desatar el «tiempo todopoderoso» (como lo llamó Goethe) y apoderarse de él?

La receta puede reconstruirse a partir de un pasaje de la Biblia: «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, por el que podamos salvarnos» (Hechos 4:12). Esta frase pronuncia ante todo un No fundamental a todo lo que es: ya no se supone que nada en el mundo sea divino o tenga sentido en sí mismo. El principio metodológico sobre el que se establece el punto arquimédico a partir del cual se da la vuelta al tiempo y se lo apropia es la negación y devaluación radical de todas las cosas de este mundo. Un pasaje de San Agustín, en el que interroga al universo sobre Dios, lo ilustra mejor: «Pregunté a la tierra y me dijo: Yo no soy Él. Y todo en ella me dijo lo mismo. Pregunté al mar y a sus profundidades y a las criaturas rastreras que viven en él, me dijeron: no somos tu Dios, búscalo por encima de nosotros. Pregunté a los vientos que soplan, al reino del aire y a todo lo que vive en él: me dijeron: Anaxímenes se equivocó, no somos Dios. Pregunté a los cielos, al sol, a la luna y a las estrellas: no somos tu Dios al que buscas, me dijeron».16

Un pasaje muy revelador: no somos vuestro Dios, al que buscáis. Está claro que Agustín no se conformaba con los dioses que aparecen por sí mismos, que simplemente son, en forma sensual de tierra y mar, sol y viento, novia y prostituta, hiedra y pantera, felicidad y muerte, etc. En cambio, buscaba un Dios, un Dios que debía cumplir unos requisitos muy concretos para que él (Agustín) pudiera reconocerlo. Así, el Dios del cristianismo no es, por naturaleza, un Dios simplemente existente. Es uno que se requiere que exista, uno buscado, uno que se exige que sea. Por esta razón, el único punto de contacto posible en la religión griega que San Pablo pudo encontrar fue el Dios Desconocido, esta ranura vacía, esta posición esencialmente sin llenar.

El tipo de Dios que se exige puede reconocerse en el procedimiento de Agustín. Una tras otra las regiones del mundo son despojadas de su divinidad. No, no, no. El mundo se va secularizando. San Agustín realiza un deshecho sistemático. ¿Qué queda? Nada. Equiprimordialmente con su dar sentido, el cristianismo también trae un repliegue a la nada, a lo que se desprende de todo, a lo ab-soluto («absuelto»). Allí donde se busca un Dios absoluto, se le da un sentido y se funda una religión, debe producirse necesariamente un desprendimiento (absolvere) de todos los dioses que se manifiestan en la realidad física y una negación de todo ser imaginario-sensorial. El absoluto sólo existe como algo buscado, exigido, una utopía; nunca existe como algo encontrado: sólo es como voluntad (absoluta). Y esta voluntad de lo absoluto es una sublevación desde, una insurrección contra el ser.

El punto de inflexión arquimediano que permitió que el tiempo se desencajara sólo podía ser el punto cero, que, al situarse en medio del tiempo, lo divide en el eón viejo y el nuevo, y por tanto en saeculum (este mundo) y vida eterna (el otro mundo), convirtiéndose así en el eje del mundo. Pero junto con esta división, también unió «por primera vez» el tiempo antes fragmentado en un continuo. Y esta idea del todo sólo era pensable si se pensaba de forma absoluta, fuera de todo marco de referencia real, y así se inventaba la nada, el más allá, que era tal que nada podría relativizarlo como algo meramente particular. La idea del todo es en sí misma el levantamiento del ser.17

Georg Büchner escribió: «La nada es el dios-mundo que hay que dar a luz».18 Con esta afirmación, Büchner obedeció, sin quererlo, a la exigencia cristiana. Lo que exigía explícitamente ya se había hecho realidad implícitamente 1.800 años antes. Cristo mismo es la nada, ya que no es la tierra, ni el mar, ni el viento, ni el sol, ni nada más. Es el Dios ontológicamente desconocido, un Dios cuya naturaleza es ser un hueco o una ranura vacía. Tiene que ser la nada, porque tiene que ser el logos encarnado, encarnado, es decir, sustancial e incondicionalmente el logos inmediatamente presente, y no debe ser simplemente una máscara (realidad metafórica mediada por los sentidos). En el cristianismo, la idea arquetípica de la nada se ha instalado en el hombre como una realidad. Desde entonces -después de un periodo de letargo durante la Edad Media- el mundo ha ido derivando hacia la nada como si fuera atraído por una montaña magnética.

Cuando digo que Cristo mismo es la nada, no lo digo en un sentido denigrante, peyorativo. No es en absoluto un ataque a Cristo; no es un intento de desenmascararlo e invalidarlo. No se trata aquí de validar en primer lugar. Se trata únicamente de describir la naturaleza y el contenido específicos de la idea de Cristo. Decir que Cristo es «la nada» no significa que él o esta nada por su parte no sea nada. Al contrario, como «la nada» es demasiado real, un Dios poderoso que ha conquistado todo el planeta y, en forma de civilización tecnológica global, es adorado incluso en Moscú19 y Pekín.

Esta caracterización del cristianismo tampoco pretende socavar la fe de sus creyentes. Bien entendida, no puede hacerlo, ya que no pretende explicar la experiencia individual de los cristianos y la sustancia de su fe, sino el cristianismo como realidad histórica transpersonal. La autenticidad y la profundidad de la fe cristiana en un individuo y el significado que obtiene de ella no se tocan de una manera u otra en este análisis.

Cristo como la nada: ahora podemos entender por qué el cristianismo no sólo promete, sino que de hecho es la salvación. Al basarse sistemáticamente en la nada, en lo absoluto, es capaz, por principio, de evitar cualquier posible decepción. Sin embargo, el rescate del niño y de su esperanza tiene que pagarse muy caro. La huida del asesinato del niño y de la encarnación del logos sólo podría tener éxito a costa de que todo el mundo dado por el sentido sea destruido metafísicamente-psicológicamente y, quién sabe, quizás algún día incluso aniquilado físicamente. Tenemos que darnos cuenta de que el rescate del niño ya es inherente a la interpretación cristiana de la muerte del niño como asesinato de niños. Como asesinato, la muerte del niño se denigra desde el principio como algo malo y absurdo, e ipso facto ya se rechaza.

La experiencia de la búsqueda y la erosión del sentido

El hombre arcaico asumió la experiencia del desenmascaramiento como su experiencia subjetiva de la muerte del niño, su muerte como niño. El mundo mismo, por el contrario, seguía estando lleno de dioses. El cristianismo hace recaer el desenmascaramiento sobre el objeto, el mundo, dejando que éste cargue con el peso de este desencanto al dejar que el carácter objetivo del mundo sea desencantador («no somos el Dios que buscáis»). El asesinato evitado del niño vuelve como la reducción destructiva del cosmos («resplandor» de la manifestación) a una mera «criatura» (algo hecho). Pero, a cambio, se puede conservar la fe y la esperanza del hombre, es decir, el niño. A la inversa, precisamente a quien hoy en día quiere evitar la dicotomía entre él y la máscara y aspira a ser un todo indiviso en el sentido de la unidad de la personalidad, la dicotomía vuelve a casa en forma de disociación neurótica, al igual que el continuo del tiempo unificado se dividió en los viejos y los nuevos eones. La «totalidad» (la idea de «el todo») y el ser-dividido van obviamente juntos. Son lo mismo. La disociación neurótica se basa esencialmente en la voluntad de alcanzar la totalidad y encuentra su realización precisamente también en y como anhelo de salvación-traer la totalidad. ¿Cómo podría algo estar dividido si no pensara que debe ser un todo «sistemático» ininterrumpido?

La euforia de los primeros cristianos debió de ser enorme, ya que el evangelio cristiano trajo la plenitud pleromática del ser, en el sentido de que todo estaba relacionado con el eje del tiempo y sometido a él. Se trataba de un triunfo inaudito, que trajo consigo un sentido de superioridad absolutamente novedoso, un conocimiento psicológico (ontológico, no óntico) de estar fundamentalmente por encima de todas las cosas e inmune a ellas. Para la conciencia psicológica, esta plenitud cristiana resulta ser, sin embargo, el vacío ab-soluto del nihilismo, en la medida en que el eje es el punto cero, la nada, ese Cristo que rechazó expresamente todos los reinos del mundo y su gloria, ya que estaba destinado a ser no sólo gobernante en el mundo sino algo infinitamente mayor: a saber, el eje, el principio ab-soluto, el logos del mundo, que por su parte ya no es nada inmanente al mundo.

La instauración cristiana del sentido -¿y no es «cristiana» toda Sinngebung (instauración del sentido)? y la erosión nihilista del sentido son un mismo proceso. La búsqueda de Dios de Agustín se produjo como la destrucción de los dioses y como la secularización del mundo. La búsqueda de Dios no fue la reacción a una experiencia previa de un mundo desprovisto de dioses. Por el contrario, fue la primera concepción audaz del intento sistemático de liberar al mundo de los dioses, y diseñó, para todo el eón cristiano, el programa metodológico de secularización que debía realizarse en el futuro, un programa que sólo hoy, con la invención de la cibernética, ha alcanzado la fase final de realización. El mundo concebido cibernéticamente, como un sistema de relaciones meramente funcionales: esto es el cristianismo realizado, la secularización total, el cumplimiento de aquella promesa «de que todas las cosas deben reunirse en Cristo». Esta es también la razón por la que la cuestión del sentido como tal sólo pudo plantearse 1.800 años después del nacimiento de Cristo. Antes de eso, la humanidad todavía podía vivir del significado que permanecía invertido en las cosas reales mismas. La cuestión del «sentido en sí» sólo fue posible después de que el consumo del sentido existente hubiera avanzado hasta tal punto que se alcanzara el punto cero absoluto.

El hecho de que también hoy la búsqueda de sentido y la destrucción del sentido sean una misma cosa y que la experiencia de sentido (tal como se entiende hoy) sea en sí misma la generación continuada del nihilismo, lo sugiere también una simple observación relativa a la frase «experiencia de sentido». Es cierto que al principio parece que el anhelo de una experiencia de sentido se refiere al sentido. Pero si se examina más de cerca, resulta que el significado en sí mismo es aquí irrelevante. Lo que realmente importa es simplemente la experiencia. La expresión «experiencia de sentido» sigue siendo completamente abstracta. No se plantea en absoluto la cuestión de lo que es objetivamente significativo. Lo único que cuenta es que el significado, cualquier significado, sea experimentado subjetivamente. Se busca, pues, algo totalmente abstracto, la mera posesión de algún tipo de experiencia subjetiva, en definitiva, la propia edificación, esa edificación en la que tiene lugar la aedificatio del yo.

Así pues, lo que ocurre en la experiencia del sentido es esencialmente que surge un punto central virtual al que se pueden remitir todos los contenidos de la experiencia. El proceso psíquico de remisión de los contenidos a un punto central, el proceso de su sujeción al principio único, suele llamarse «experiencia emocional» y se siente como tal, y aquellos acontecimientos experimentados en los que la vida más o menos en su conjunto se concentra en torno a un centro (sólo así originado) se llaman experiencias de sentido o experiencias de trascendencia. Lo que sea puede, en principio, servir para mediar la experiencia de sentido, es decir, el establecimiento o la constitución de un centro virtual. También podríamos decir: «experiencia de sentido» es el nombre del modo en que el ego se construye a sí mismo, el modo en que se establece plena y enfáticamente como centro del mundo. El ego que se ha convertido plenamente en el centro suele llamarse entonces el Yo. La experiencia de sentido es el proceso de toma de poder psicológico. Dado que la experiencia de sentido es la construcción del ego, y dado que el mundo se reduce así a la «materia» (para usar una expresión de la escena de las drogas) que hace posible la experiencia sentida de sentido, esta experiencia se revela como mero consumo de cosas, momentos o imágenes oníricas, es decir, como la aniquilación de su cualidad inherente, concreta y sensorial.

¿Por qué proliferan tanto las teorías y técnicas relacionadas con la «búsqueda de sentido»? ¿Por qué el hombre contemporáneo prueba una terapia tras otra, una moda de sentido tras otra? Porque la búsqueda de sentido como mero consumo es una adicción. También las drogas son, por así decirlo, algo completamente disociado de todo, «el logos hecho carne». No constituyen un alimento como la comida y la bebida, sino que, por el contrario, drenan. La adicción es en sí misma una privación, un consumo, un vaciamiento. No produce una plenitud de «mundo», sino esa espectral profusión nihilista que es en sí misma el comienzo de un vacío y una carencia aún más profundos. Al igual que la adicción sólo encuentra satisfacción a través de una demanda de saciedad cada vez mayor, el yo experimentador requiere cada vez más estímulos para la experiencia del sentido, porque tal yo no sólo es (estáticamente) una nada y un punto cero, sino también (dinámicamente) una aniquilación consumidora. (Esto, por supuesto, no es necesariamente el caso en cada persona óntica individual, pero ciertamente en el «hombre moderno» como tal, el concepto o constitución del hombre moderno comprendido como una realidad psicológica, por así decirlo, la versión moderna realmente existente del «anthropos» arquetípico). El conocimiento científico de la era moderna puede, asimismo, ser comprendido como un consumo de la realidad: cada vez más y más aspectos diferenciados del mundo deben ser arrojados a la ciencia insaciable como problemas (de proballein, «arrojar antes») para ser explicados, es decir, para el desenmascaramiento sistemático y exhaustivo del universo según las líneas que Agustín había trazado todavía muy aproximadamente. Cada región del mundo y todo lo que hay en él hasta los más minúsculos nanomundos y hasta las más extensas galaxias se hace confesar: no soy vuestro Dios al que buscáis, para aumentar el poder y la gloria del Dios Único, eje del mundo: el ego o la nada.

La experiencia real de hoy

La palabra experiencia tiene muchos significados. Junto con Jung, distingo la experiencia propiamente dicha de la experiencia buscada, que es «una imitación construida metódicamente».20 La naturaleza de la experiencia propiamente dicha (en alemán: Erfahrung, de erfahren, literalmente, «experimentar algo, llegar a conocer algo a través de la experiencia») es que nos ocurra. La sufrimos. «Seine Erfahrungen mit etwas machen» significa aprender algo por las malas, haberse desilusionado y haber recibido una lección. ¿Cuál es la experiencia legítima hoy en día? Se desprende de una afirmación de la conferencia de Karl Jaspers «El espíritu europeo», leída después de la Segunda Guerra Mundial, que cito aquí como un solo ejemplo. «Cuando lo que no tiene fondo nos da vértigo -y parece que lo peor está aún por llegar-, lo que hay que recordar es: cuando todo lo demás se desvanezca, Dios permanecerá. Basta con que la trascendencia esté«.21

¿Cuál es la verdadera experiencia aquí? Si escuchamos con atención, es la falta de fondo, el vértigo, el desvanecimiento de todo. Pero Jaspers se engaña a sí mismo y nos engaña a nosotros con respecto a esta experiencia, ya que menciona esta falta de fondo con el único propósito de frenarla más radicalmente, de una vez por todas, señalando al Dios que permanece. En esta frase suya tenemos, pues, ambas cosas: lo que se experimenta realmente y un sentido superior que se le impone. Al defenderse de lo que es su experiencia real mediante un salto a la fe, Jaspers no sólo se desacreditó como filósofo y fenomenólogo, sino que también devaluó lo que había que experimentar, la catástrofe alemana. Lo que su afirmación implica, sin saberlo, es lo siguiente: el hecho de que millones de seres humanos hayan sido asesinados y enviados al matadero, el mundo convertido en polvo y cenizas, el pueblo alemán cargado con una culpa indeleble… ¿qué puede hacernos en última instancia? Basta con que la trascendencia lo sea. En otras palabras: ¿qué daño sufre el hombre si pierde el mundo entero? Basta con que Dios permanezca.

¿Es realmente suficiente? ¿Es suficiente la mera trascendencia sin mundo? Pues bien, parece que los alemanes nos lo hemos creído, y hemos conseguido construir un milagro económico que desprecia el mundo -la sociedad del despilfarro- sobre esta roca salvadora de la fe, y también nos hemos librado de la época del Tercer Reich que nos perseguía. Jaspers y todos los que pensamos como él no hemos aprendido nada psicológicamente. No escuchamos lo que el Tercer Reich nos dice y nos otorga y lo que quiere llegar a nosotros como una experiencia desilusionante. La trascendencia nos hace invulnerables y nos permite soportar imperturbable la pérdida, si tiene que ser, de todos los reinos y la gloria de este mundo. El acontecimiento ha pasado desapercibido, aunque muy fuerte en nuestros oídos. Pero el mensaje del Tercer Reich no fue en absoluto que Dios permanece. Fue el asesinato, la muerte, la destrucción, el sinsentido, la desintegración. «La muerte es un maestro de Alemania», dijo el poeta. Este es el punto donde en nuestro tiempo el pasaje tiene su lugar: «y esto os servirá de señal…» Pues este es el hueso duro que tenemos que masticar y digerir. ¿Qué es lo que quiere llegar a nosotros? A mí me parece que es la desilusión, la kata-strophê: la bajada, el hundimiento, el descensus ad inferos.

La época nazi no es la única. Los signos de los tiempos incluyen también la idea de un desastre nuclear mundial, del fin del crecimiento económico, de la destrucción del medio ambiente. Psicológicamente, no importa si estas ideas son ciertas o no. Lo que importa es sólo lo que se nos dice a través de ellas.

Pero, sobre todo, la experiencia desilusionante nos impresiona poderosamente desde la historia de las ideas. A principios del siglo 19, por ejemplo, está en la obra del escritor alemán Jean Paul, el «Discurso de Cristo muerto desde el firmamento que no hay Dios» (1797). Está la idea de Hölderlin de «… in dürftiger Zeit» («… en tiempos de necesidad») y de la Fehl (falta) de Dios. Nietzsche experimentó la aparición de «el más siniestro de todos los visitantes», el nihilismo. En nuestro siglo, la perspicacia psicoanalítica hizo que Freud pensara en la idea del instinto de muerte. La iniciación personal de Jung en la psicología produjo los «Septem Sermones ad Mortuos». ¿No está nuestra época, y en particular la psicología, marcada por un retorno de la muerte que había sido reprimida por el cristianismo?22

Desde la época del Romanticismo ha existido en el mundo germanohablante una fantasía de Europa como Abendland (Occidente), la «tierra de Hesperia» o «tierra de la tarde». ¿Por qué se imaginó así la Europa cristiana en el momento de su mayor ascenso, cuando estaba a punto de convertirse en el centro del mundo política e intelectualmente, a no ser que con esta fantasía de Abendland quisiera imprimirse en la Europa cristiana la noción de lo que significa Abendland, el país del sol poniente?23 Por lo tanto, sólo es lógicamente coherente que a principios de nuestro siglo24 Oswald Spengler imaginara la Decadencia de Occidente, y que más tarde C. G. Jung hablara de nuestra época benigna. La dirección de esta fantasía colectiva es inequívoca: el declive de Occidente hacia la noche. En estas circunstancias, ¿es psicológicamente legítimo emprender un Morgenlandfahrt (Viaje a Oriente, el país del sol naciente, la «mañana») con Herman Hesse, o propagar con Erich Neumann el desarrollo de la conciencia hacia la luz? ¿No es precisamente éste el camino hacia la benignidad «total»? Porque la oscuridad se convierte en total cuando no es simplemente oscura, sino cuando el carácter mismo de la oscuridad se oscurece de modo que ya no aparece como oscuridad sino como luz. Jung llama a esto el devenir inconsciente de la conciencia (OC 12 § 563, traducción modificada).

A todos los que desean viajar a Oriente les dice Jung:

Me parece mucho mejor confesar nuestra pobreza espiritual, nuestra falta de simbología, en lugar de fingir estar en posesión de algo de lo que no somos en absoluto herederos legítimos. … Así, la pobreza espiritual renunciará a las falsas riquezas del espíritu para apartarse no sólo de los míseros restos de un gran pasado …, sino de todos los atractivos de fragancia exótica, para volverse hacia el interior, donde, a la fría luz de la conciencia, la desolación del mundo se extiende hasta las mismas estrellas. (CW 9i § 28f., traducción modificada)

Ciertamente, es posible escapar de la pobreza de los símbolos, de la pérdida de la fe, del vacío y de la retirada del sentido, mediante algún tipo de Sinngebung (otorgamiento de sentido), es decir, mediante la búsqueda metódicamente perseguida de una experiencia de sentido, por ejemplo, sometiéndose a un «análisis de individuación», en el que incluso esos productos más inocentes, nuestros sueños, son arrojados al ego codicioso para que los drene y consuma con el fin de producir así un sentimiento de sentido en sí mismo. Pero también existe la posibilidad de tener una experiencia de sentido auténtica, es decir, no buscada metódicamente, la experiencia de aquello que se nos ha ido acercando desde hace mucho tiempo: en el nihilismo, en el instinto de muerte de Freud, en la muerte de Dios, en la decadencia de Occidente, en la catástrofe del régimen nazi, en la fría esterilidad de un mundo científicamente interpretado, en la filosofía y el teatro del absurdo, en la destrucción del medio ambiente, en la guerra nuclear y, por supuesto, en la psicopatología.

La falta de sentido no es un hecho empírico, como si la vida hubiera perdido de repente, por alguna razón, el sentido que tenía antes. Más bien, la vida misma es lo que siempre fue. Lo que ha cambiado es sólo nuestra concepción de ella. El sentido y la falta de sentido no son hechos empíricos, sino fantasías arquetípicas o perspectivas desde las que se pueden ver y experimentar emocionalmente los hechos de la vida. Ahora bien, si el sentido y el sinsentido no poseen una verdad objetiva-empírica, sino sólo («sólo»?) psicológica, entonces todas las ideas y fenómenos de decadencia y repliegue mencionados anteriormente han de entenderse como expresiones de una especie de fantasía obsesiva en la que, de forma análoga a los perros del sueño mencionados al principio, algo nuevo intenta entrar en la conciencia del «hombre moderno» para transformarla radicalmente.

Por muy siniestro y extraño que sea, el sinsentido es como un huésped que llama a nuestra puerta pidiendo refugio. Tal vez incluso necesitemos la desilusión a través del vacío espiritual y el sinsentido como algo necesario (not-wendig) que pueda sacarnos (wenden) de la penuria (Not) del punto de inflexión de la historia (Zeitenwende), de vuelta al tiempo re-convertido, re-apropiado, el tiempo de los muertos y de las máscaras, y así al mismo tiempo de vuelta a una forma de vivir la vida bajo la égida de la necesidad predestinada de ser (Ananke), como la sucesora de la idea del «sentido de la vida». Entonces la cuestión ya no sería si la «vida» tiene un significado (es decir, un significado para nosotros, egocéntricamente), sino cuál es el significado o sentido (contenido sensible particular) de los acontecimientos concretos individuales o de las imágenes oníricas en su totalidad. Tal vez la experiencia del sinsentido sea una iniciación al conocimiento desilusionante y liberador de que no somos hijos divinos ni tenemos por qué serlo, sino hombres mortales: «hijos de la muerte» (1 Sam. 26:16) nacidos de la muerte del hijo. Y tal vez la pérdida del centro signifique simplemente un desmoronamiento del totalitarismo ontológico del cristianismo. Tal vez pueda abrirse una visión lejana de una psicología sin ego y sin yo, sin totalidad y sin centroversión,25 sin persona y sin desarrollo, sin sentido y sin salvación, una psicología desprovista de todo este lastre teológico.

Dejar ir

Pero, por supuesto, mucha gente se retraerá ante la idea de seguir este camino hasta su final lógico. ¿Es realmente necesario tirar por la borda todas las nociones de desarrollo y plenitud? ¿No es posible simplemente frenar la unilateralidad y los excesos ocasionales de la teoría del desarrollo? ¿No bastaría con prestar más atención a las etapas particulares dentro del proceso de desarrollo sin renunciar a nuestra orientación hacia la totalidad del proceso? ¿No bastaría con evitar cualquier rigidez del ego allí donde se produzca, en lugar de renunciar a ella por completo? No creo que sea suficiente. No hay otro camino que tirar al niño con el agua de la bañera. Y junto con el niño, tirar el hermoso sueño de la infancia de nuestro desarrollo psicológico en un ego heroico, la unidad de la personalidad, la totalidad del mandala de nuestro yo y de la «totalidad» por completo. Esto no significa que estas ideas tengan que ser desterradas de la psicología como malas o erróneas. Por supuesto que están permitidas. De hecho, puesto que existen, la psicología debe tomarlas en serio, como objetos de su pensamiento. No son ni buenas ni malas, simplemente son. A lo que me opongo es al hecho de que la psicología se identifique con estas ideas y las convierta en los principios de su propio pensamiento.

La desilusión, el vacío, el sinsentido, el hundimiento… ¿se supone que eso es todo? Después de haber desvelado primero la erosión del sentido del mundo provocada por el cristianismo, ¿no estoy ahora yo mismo hablando a favor de una desolación similar del mundo? Esto es lo que muchos lectores pueden pensar. Y yo podría responder, si pretendiera terminar con una nota «positiva», que la desilusión no es un fin en sí mismo, que la oscuridad, cuando se soporta, se convierte en luz, y que, en las acertadas palabras de Heino Gehrts,26 la «espantosa mueca de la Gorgona», si uno se enfrenta a ella y se mantiene a su vista, finalmente «se relaja en una sonrisa». Todo esto puede ser cierto. Pero no pretendo seguir esta línea, como tampoco hablar a favor de la esterilidad del mundo. No quiero hablar a favor (ni en contra) de nada, ni a favor del sentido ni del sinsentido, porque si lo hiciera, sería yo quien hablaría, y con mi inteligente conocimiento anticipado y mi anhelo infantil de un final feliz, me saltaría el verdadero presente. Esto implicaría que me saliera de lo que simplemente es y que siguiera consintiendo la apropiación indebida del tiempo. Así, prefiero dejar que el tiempo hable por sí mismo.

Sucede que lo que oigo desde hace tiempo son sobre todo fantasías sobre la aniquilación. «El desierto crece». No soy yo quien nos empuja a la desolación cristiana del mundo, sino todos los fenómenos mencionados, y muchos otros más. Yo simplemente trato de seguir el ejemplo. Si alguna vez llegara el momento en que la Gorgona comenzara a sonreír, entonces el tiempo presentará por sí mismo esta sonrisa en tantos fenómenos como ahora muestra la desolación y la decadencia, y entonces sería el momento de discutir el tema (omitido en esta discusión) de una posible experiencia genuina de sentido. ¿Es realmente necesario que nos preocupemos ahora por esto? ¿Tenemos que insistir en el «todo», en el cuadro completo, en una visión de conjunto, y con ello alejarnos de nuestro propio presente? ¿No podemos entregarnos al momento presente en su totalidad, por muy unilateral que sea, y devolverle al tiempo la totalidad que le ha sido sustraída, para que pueda tejer un todo a partir de todas las situaciones unilaterales, su propio todo, «en el curso del tiempo»?

La protesta contra la falta de sentido no es en sí misma más que una insurrección mezquina contra el Ser, y la lucha contra la apropiación indebida del tiempo es esta misma apropiación indebida. No es posible volver a la naturaleza, volver a la condición precristiana. Por el contrario, tenemos que reconciliarnos con la malversación cristiana y quedarnos con ella. Si la apropiación indebida no es simplemente actuada (realizada), sino realmente pensada, pensada como apropiación indebida, entonces comienza a volver por sí misma. En el momento en que realmente tenemos en cuenta y reconocemos el hecho de que el «punto cero absoluto» sólo existe en virtud de la apropiación indebida, deja de ser absoluto. Entonces el punto cero vuelve, como un punto único, a la multiplicidad del tiempo original, como un punto que, por cierto, tiene como contenido, y por lo tanto «enseña», la idea de un todo centralizado, lo cual, sin embargo, no significa ni mucho menos que él mismo sea de hecho también ese centro o totalidad. Es similar a la concepción de Jung sobre la neurosis y la individuación: lo importante no es la lucha contra la disociación neurótica, que no haría más que perpetuar la neurosis, sino el reconocimiento consciente de la misma: «Si un hombre se contradice a sí mismo y… sabe que se contradice, está individuado».27

El propio complejo de sentido revela la verdad sobre el sentido y el sinsentido. Al hablar del sinsentido de nuestra época actual, él mismo declara que lo que durante mucho tiempo ha estado esperando impacientemente ser experimentado por nosotros no es en absoluto el sentido, sino el vacío del sinsentido. Al querer utilizar la palabra «utopía» para el sentido buscado, el propio complejo de sentido expone el sentido buscado como utópico e inauténtico. Y cuando sostiene que antiguamente, en el mundo «intacto» de la Edad Media, en la antigüedad o en las culturas primitivas, todavía existía un tejido firme de sentido, entonces esta fantasía arquetípica sobre los buenos tiempos nos da una pista sobre la naturaleza y el locus del sentido. Nos dice que el sentido es arquetípico y, por tanto, fundamentalmente algo anterior, algo que «ha sido» y que nunca es como un presente; y que para nosotros, también, el sentido sólo puede serlo si no tratamos de conseguirlo por nosotros mismos buscando una «experiencia de sentido» sino, por el contrario, nos desprendemos de él y se lo dejamos a los antepasados y a los muertos, que son sus legítimos propietarios.

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1 MDR, p. 178 (traducción modificada).

2 Este documento fue escrito en 1981.

3 En la «discusión filosófica tradicional» se hablaba «sobre todo del significado de algo». «Sin embargo, en nuestro siglo la búsqueda de sentido aparece de una forma nueva, se convierte en algo absoluto y eso es lo nuevo» -Ulrich Mann, «Sinn und Glück», en Suche nach Sinn: Ein Symposion, Herrenalber Texte 28, ed. Wolfgang Böhme (Karlsruhe: Evangelischen Akademie Baden, 1981), p. 73 (traducción mía).

4 Heino Gehrts, «Iniciación», Gorgo 8 (1985): 1-63.

5 Heino Gehrts, «Die Opferung des zeugerisch verbundenen Paares», Gorgo 1 (1979): 32ss.

6 Joseph Campbell, The Masks of God, Vol. 1: Primitive Mythology (Nueva York: Viking Compass Edition, 1970), p. 22. Walter F. Otto, Dionisio: Myth and Cult, trans. Robert B. Palmer (Bloomington, IN: Indiana University Press, 1965), p. 91.

7 «Das wahre Wort«.

8 Jung escribe: «… El prejuicio siempre se inclina a identificar el motivo del niño con la experiencia concreta ‘niño’, como si el niño real fuera la causa y la condición previa de la existencia del motivo del niño. … [L]a idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico, … precisamente no es un niño humano» (OC 9i § 273 nota 21).

9 Sobre la diferencia psicológica (que es el equivalente psicológico de la «diferencia ontológica» de Heidegger), véase Wolfgang Giegerich, «Die Gegenwart als Dimension der Seele», Analytische Psychologie 9 (1978): 99-110. Ahora en inglés como «The Present as Dimension of the Soul», The Neurosis of Psychology (New Orleans, LA: Spring Journal Books, 2006), pp. 103-117. Véase también Wolfgang Giegerich, «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71, especialmente la nota 8. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96, esp. nota 7.

10 En cuanto a la distinción entre «óntico» y «ontológico»: «óntico» se refiere al ámbito de los entes, estados, acontecimientos y comportamientos existentes. «Ontológico» se refiere al Ser y a los modos de Ser en los que tales entidades pueden estar. En ciertos contextos, la distinción entre lo óntico y lo ontológico puede ser aproximadamente paralela a la que existe entre los niveles de significado empírico y «metafísico», también a la distinción entre lo literal y lo metafórico/arquetípico. Por ejemplo, la naturaleza, aunque esté ontológicamente muy viva en la actualidad, puede decirse que murió ontológicamente cuando dejó de ser la morada de los dioses, las ninfas y los daimones, y se convirtió en el objeto de la investigación científica.

11 La mayoría de los ritos de la pubertad implicaban pruebas severas, con procedimientos dolorosos que había que soportar, con heridas (circuncisión, imposición de cicatrices, etc.), claras violaciones de la integridad del «niño» y claras interrupciones de la continuidad del desarrollo personal. En algunos lugares, los iniciados se exponían literalmente a una experiencia de muerte ritual al ser enterrados, por ejemplo, durante unos días en una especie de tumba.

12 Véase Wolfgang Giegerich, «Sobre la neurosis de la psicología, o el tercero de los dos», Primavera (1977): 153-174. Ahora en La neurosis de la psicología, pp. 41-67.

13 He tratado el tema de la interioridad en «Der Sprung nach dem Wurf», Gorgo 1 (1979): 49-71. Ahora en inglés como «The Leap after the Throw», The Neurosis of Psychology, pp. 69-96.

14 Shmuel Sambursky, «Das Gespenst des Vergänglichen», Eranosjahrbuch 47 (1978).

15 Sensual: sinnenhaft; con significado: sinnvoll.

16 Confesiones, Libro 10, Cap. 6.

17 Compárese la idea de «Selbst-über-hebung (autotranscendencia, autosupresión)» y «visión de conjunto» en mi contribución a la discusión del politeísmo, Gorgo 2 (1979): 62-69. Ahora en inglés como «Comment on J. Hillman’s ‘Psychology: ¿Monoteísta o politeísta?» en el presente volumen, capítulo 8.

18 En su drama La muerte de Danton (1835).

19 En la época en que se escribió esto, Moscú aún estaba bajo el dominio de los soviéticos.

20 Cartas 2, 19 de octubre de 1960, a Melvin J. Lasky, p. 602.

21 Citado en Benno von Wiese, Die deutsche Tragödie von Lessing bis Hebbel (Hamburgo: Hoffmann und Campe, 1955), p. 673 (mi traducción).

22 Véase el libro pionero de James Hillman, The Dream and the Underworld (Nueva York: Harper & Row, 1979).

23 En particular, «Abend der Zeit» de Hölderlin, «Friedensfeier» (1801-02), «Der Rhein» (1801).

24 Esto fue escrito en 1981.

25 Un término de la psicología de Erich Neumann.

26 En una carta personal.

27 Cartas 2, agosto de 1956, a H. A. Murray, p. 324.

La psicología y el otro

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Introducción a ‘Soul-Violence’, volumen III de sus artículos reunidos en inglés, pp. 1-41

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria

El volumen 2 de esta recopilación de mis artículos en inglés ya unía dos términos, «Tecnología» y «el Alma», que a primera vista no parecían encajar en absoluto. La insinuación inherente al título de este libro, Alma-Violencia, de que la violencia puede ser un ingrediente intrínseco e importante para el alma, es de nuevo una imposición. Por supuesto, podemos ver y aceptar fácilmente la idea del alma como víctima de la violencia, herida por ella y sufriendola, y también podríamos estar dispuestos a conceder que existe una conexión entre la violencia y la psique, especialmente cuando algo ha ido mal: violencia debida a afectos abrumadores y, por tanto, un percance, violencia como patología, como parte de ciertas perversiones o psicopatías. ¿Pero la violencia y el alma? ¿La violencia quizás incluso como modo de creación del alma? Esto parece intolerable, en sí mismo una violación de la noción misma de alma. La palabra alma no puede disociarse de la noción de alma. Pero la tesis de este libro es precisamente que existe una profunda conexión entre el alma y la violencia. La violencia, al menos en ciertos casos, procede del alma y es su propia y auténtica forma de expresión, de hecho, a veces, una necesidad del alma.

El volumen 1 de esta colección de mis artículos en inglés se ocupaba principalmente del estilo particular del pensamiento psicológico en el sentido de una autorreflexión crítica de la psicología, y el volumen 2 de la cuestión del objeto de la psicología (o de un objeto particular, la civilización tecnológica). En ambos casos, la psicología se presuponía de algún modo como un campo de estudio ya existente. Si queremos encontrar un hilo conductor en la mayoría de los trabajos aquí incluidos, trabajos escritos de forma independiente y para diversas ocasiones, podríamos decir que el Volumen 3, por el contrario, plantea la cuestión de cómo la psicología llegó y llega a existir en primer lugar, o cuáles son, por así decirlo, los requisitos de entrada para la psicología definida como la disciplina del logos del alma, y qué etapas tiene que atravesar la psicología para volver a casa consigo misma, cumpliendo su concepto. En otras palabras, este volumen se ocupa de la génesis de la psicología, que tiene dos aspectos diferentes, la génesis lógica y la génesis histórica. La psicología no ha existido siempre. El interés por la psicología no es en absoluto una constante antropológica, algo que pudiera darse por sentado. Es una adquisición histórica completamente nueva. La necesidad de la psicología surgió sólo en la modernidad, a partir del siglo 19. Jung es probablemente el único psicólogo de los últimos doscientos años que fue plenamente consciente no sólo de la novedad de la psicología, sino también del predicamento que dio lugar a la necesidad y posibilidad de la psicología y que basó su propia concepción de la psicología en esta percepción histórica. En 1928 (o 1931) escribió:

… [T]odo lo que he observado está en el alma; todo, por así decirlo, en el lado de lo interior. Sin embargo, debo añadir de inmediato que se trata de algo peculiar, en la medida en que el alma no está siempre y en todas partes en el interior. Hay pueblos y épocas en los que está fuera, pueblos y épocas que no son psicológicos, como, por ejemplo, todas las culturas antiguas, y entre ellas especialmente Egipto, con su magnífica objetividad y su igualmente magnífica, ingenua y negativa confesión de los pecados. Detrás del espíritu de las tumbas Apis de Saqqara y de las Pirámides no es posible imaginar cuestiones psicológicas, no más que detrás de la música de Bach.

Siempre que exista externamente una forma conceptual o ritual en la que se absorban y expresen todos los anhelos y esperanzas del alma, es decir, por ejemplo, una religión viva, entonces el alma está fuera y no hay problema del alma, del mismo modo que entonces no hay inconsciente en nuestro sentido. Era lógico, por tanto, que el descubrimiento de la psicología tuviera lugar exclusivamente durante las últimas décadas, aunque los siglos anteriores poseían suficiente introspección e inteligencia para adquirir conocimientos sobre hechos psicológicos….

… Pero tan pronto como [el hombre] supera la periferia de su religión local occidental, es decir, cuando su forma de religión ya no puede contener su vida en toda su plenitud, entonces el alma comienza a convertirse en un factor que ya no puede ser tratado por los medios ordinarios. Es por esta razón que hoy en día tenemos una psicología que se basa en hechos empíricos y no en artículos de fe o postulados filosóficos….

… Pero ninguna cultura anterior a la nuestra se sintió obligada a tomar en serio este trasfondo psíquico….. Esto distingue nuestra época de todas las anteriores (CW 10 §§ 158-161, traducción modificada).

La aparición de la psicología como disciplina moderna no puede explicarse simplemente en términos de curiosidad científica humana o como un descubrimiento casual. Más bien, es el resultado de un proceso histórico, a saber, la desaparición psicológica, en primer lugar, del mito y el ritual (las culturas del sacrificio) y, en segundo lugar, de la religión y la metafísica, que produjo una necesidad imperiosa de que el hombre occidental «se volviera psicológico» después de que todas las épocas anteriores, como dijo Jung, habían sido decididamente «no psicológicas».

La diferencia sustancial entre un modo psicológico y otro no psicológico de estar-en-el-mundo la explica Jung con las nociones «dentro» y «fuera». Especialmente porque Jung enfatiza la noción de dos «lados», estas palabras fomentan una imaginación espacial: «dentro» como en nosotros, «fuera» como el mundo ahí fuera, a nuestro alrededor, la dimensión física o cósmica. Esta sería una forma muy preliminar e imperfecta de concebir esta diferencia. Sería mejor entender la psicología como la disciplina de la interioridad, no en un sentido espacial, sino lógico o metodológico. La interioridad aquí no se refiere a la contención en otra cosa, en una especie de recipiente, por ejemplo, nosotros mismos. Significa el proceso o trabajo de interiorizar un fenómeno en sí mismo, en su concepto como su alma. «Externo» y «exterioridad» se referirían, en consecuencia, principalmente a aquel modo en el que los fenómenos no son interiorizados en sí mismos, sino tomados tal como aparecen, en su primera inmediatez, como hechos empíricos, como positividades.

Todo esto ya ha sido expuesto en diferentes lugares y contextos en los dos volúmenes anteriores y en otros lugares. En este volumen, nos centraremos en un aspecto particular de la condición de posibilidad de la interioridad psicológica. Si la psicología es esencialmente el trabajo de interiorizar los fenómenos en sí mismos, está claro que los fenómenos psicológicos tienen la forma o estructura del yo.1 La imagen simbólica de la forma del yo es el uroboros, un «devorador de colas, del que se dice que engendra, mata y se devora a sí mismo» (OC 16 § 454). En este sentido, la forma del yo no necesita a nadie más, no tiene a nadie más, ni siquiera conoce a nadie más. Tiene todo lo que necesita dentro de sí misma, hace todo para sí misma y experimenta todo de sí misma. Es absolutamente autosuficiente. Si se engendra (o da a luz a sí misma) y se mata, y ambas cosas en un mismo acto, es autocontradictoria, dialéctica; existe como autocontradicción. El problema de cómo adentrarnos en la psicología como un pensar en términos de la forma del yo nos implica, por tanto, en la cuestión de cómo tratar, qué hacer con, dónde poner «lo otro». Porque sólo si la psicología logra liberarse verdaderamente del todo del otro, liberarse verdaderamente de ello tan completamente que ya no le moleste y no tenga que mantenerlo al margen, ni siquiera estar vigilante y autodefensiva con respecto a él, llegará a existir.

Esta tarea de librarse de «lo otro» y producir así la interioridad de la psicología requiere cierta violencia, un acto violento, mejor dicho, varios actos violentos, en primer lugar el acto de «matar al niño».

Violencia metodológica: Expulsar al niño y el Otro completamente otro

El trabajo sobre la sombra incluido en este volumen (capítulo 2) comienza con la noción de Jung de que la integración de la sombra es la pieza de aprendizaje psicológico, mientras que el trabajo exitoso con el ánima debe considerarse la obra maestra psicológica. Jung probablemente veía esto en términos de desarrollo personal, del proceso de individuación, pero hay buenas razones para dejar atrás una visión tan personalista y egoica en favor de la noción de la psique objetiva y proceder a comprender la tarea de integrar la sombra y de llegar a un acuerdo con el ánima como las dos etapas iniciales del hacer psicológico, la autorrealización propia de la psicología. La vida del alma no trata de nosotros, de las personas, de los sujetos humanos; trata de sí misma, de su realización objetiva de su concepto y, por tanto, de su devenir psicología. En lugar de ver el trabajo sobre la sombra y el ánima como la aplicación de la psicología a dos temas diferentes, lo que trataría a la psicología como una especie de «readymade», deberíamos ver en este trabajo etapas de la producción lenta y primeriza de tal cosa como la psicología. La psicología no puede aplicarse al trabajo de la sombra porque, a la inversa, es la sombra la que trae el primer indicio de una conciencia psicológica. La psicología está aquí todavía en formación, en proceso de elaboración, en una fase preparatoria. Cuando esta primera formación de la psicología como aprendiz se ha completado, la psicología avanza a la condición de oficial. Pero esto no implica en absoluto que haya terminado con su formación, porque, si seguimos a Jung, ahora tiene que prepararse para su obra maestra, el abordaje de la realidad psicológica llamada «ánima», «alma». Sólo una vez resuelta esta etapa (o mejor, absuelta, en el sentido hegeliano del término) puede hablarse de psicología propiamente dicha.

Pero no todo comienza con este programa de formación en dos fases. Hay algo previo, que es el verdadero comienzo. Para seguir con nuestra metáfora de la formación, podríamos llamarlo examen de ingreso, procedimiento de cualificación. El candidato, la «psicología-a-ser», tiene que demostrar que cumple el prerrequisito para el programa de formación, para el encuentro, primero, con la sombra y, después, con «el ánima». Se trata de un prerrequisito irrenunciable. Es una condición sine qua non. ¿Qué es lo que tiene que demostrar el candidato? Que para ello «el niño» ha sido asesinado, completamente abandonado, de modo que «el niño» simplemente ya no es un tema. Mientras el niño esté vivo, y aunque sólo sea en el fondo de la mente, la psicología no tiene ninguna posibilidad. Por supuesto, esto hay que explicarlo. Sin embargo, antes de entrar en la discusión, permítanme recordar que ya en 1971, James Hillman dio su conferencia en Eranos titulada «Abandonar al niño»,2 y que incluso antes, Jung expresó en repetidas ocasiones, aunque sólo de pasada, su idea de que «el niño» necesita ser dejado atrás. Citaré sólo un pasaje sobre un aspecto del problema, a saber, la preocupación de la psicología por el tema de la infancia y los niños.

En cuanto a la pregunta sobre los niños, ha habido en las últimas décadas tal ruido sobre los niños que a menudo me rasco la cabeza en una reunión y digo: «¿Son todas comadronas y enfermeras?»… Dejen en paz a los pobres niños…. La psicología no es un curso introductorio para enfermeras… (CW 18 § 296 f.).

Es pertinente que este pasaje esté muy cerca de ese otro, revelando uno acerca de dónde se situaba Jung, por contraste («Mi problema es luchar con el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana, el problema del cristianismo» § 279).

En este contexto metodológico, «el niño» no se refiere, por supuesto, al bebé humano real,3 , ni al motivo arquetípico del niño en los mitos, cuentos de hadas y sueños, sino a una orientación lógica, el niño como imagen-concepto. Es necesario mantener «el niño» en este último sentido, como la sintaxis de la conciencia, o una posible forma general de pensamiento, aparte de las muchas y diversas instancias semánticas de «el niño» en el sentido de fenómenos particulares o contenidos de la vida del alma, experiencias humanas específicas. Aquí, en nuestro contexto, el «niño divino» tal como lo discuten Jung y Kerényi, el «niño del alma» de la alquimia que surge de una «cópula superior» y un «embarazo psíquico» (OC 16 § 465), «El tiempo como un niño jugando a un juego de mesa» de Heráclito (Frag. 52, Diels-Kranz), el «niño» de Nietzsche como la tercera de las «Tres metamorfosis», por mencionar sólo algunos ejemplos, todos ellos no desempeñan ningún papel en mi discusión. Tienen su propia dignidad en sus propios contextos.4 Pero aquí sólo me preocupa la cuestión metodológica (no fenomenológica) de cómo una conciencia no psicológica puede convertirse en una conciencia psicológica, es decir, con «el niño» como nombre para la sintaxis general de la conciencia moderna ordinaria.

Si todavía nos mantenemos bastante cerca de la observación fenomenológica, «el niño» en este sentido significa:

– en primer lugar, la inocencia, la ausencia de heridas, la protección, la inofensividad («babe in the woods»), la imagen de lo intacto, la idea de totalidad, de unidad con uno mismo y, por extensión, de continuidad imperturbable;

– como tal, es, en segundo lugar, egocentrismo, egoísmo;

– significa, en tercer lugar, incrustación y contención en el significado, o mejor dicho, ese sentimiento de estar fundamentalmente contenido, que en sí mismo es de lo que trata el «significado»;

– «el niño» trata, en cuarto lugar, de no ser tocado por la necesidad y la responsabilidad; «el niño» quiere jugar en absoluta despreocupación; se guía por el principio del placer; «el niño» desea, desea, sueña con el futuro; espera; desea.

Lo que se desprende de estos rasgos es que el concepto de «el niño» representa, de forma imaginada, el principio de la lógica de la exterioridad y la alteridad y, por tanto, de la positividad lógica.

Puede parecer sorprendente que atribuya positividad al «niño», ya que la descripción que he dado consiste sobre todo en negaciones: in-nocencia, no-herida, no-daño, no-tocamiento, no-cuidado. Pero en cada caso, lo que se niega es la propia negación o lo negativo (daño [nocere], herida, perjuicio, preocupación, restricción por necesidad o responsabilidad). De todos modos, la positividad no es algo literalmente positivo, sino la negación misma de la negación, la exclusión sistemática de lo negativo, del «no» y del «un-«. «El niño» (recuérdese que no hablo del niño real, empírico, sino del concepto) es lo que es porque lógicamente mantiene lo que podría herirlo, lastimarlo, agobiarlo y limitarlo, es decir, negarlo, a priori fuera de sí mismo. Es la estructura de la exterioridad, de la alteridad. Es esencial al «niño» tener su propia restricción, limitación, prohibición, «deber» en los otros literales, sus padres. Es niño porque tiene padres que cargan con toda la responsabilidad, cuidado, autoridad, sentido de obligación, etc. por él. Puede guiarse por el principio del placer porque tiene su propia relación con la seriedad y el carácter de necesidad de la vida «ahí fuera» en sus padres.

Esto significa que el egocentrismo y el egoísmo característicos del «niño» no son en absoluto indicativos de que tenga la estructura del yo. Lo que es verdaderamente un yo, la autorrelación urobórica, no es egoísta ni egocéntrica. El egoísmo requiere y conlleva la relación (excluida, ocluida) con el «otro». En la vida social, el egoísmo se manifiesta, por ejemplo, en la explotación y la imprudencia hacia los demás. «El niño» necesita a sus padres. Sin ellos, muere. Así que lo que permite al niño ser egocéntrico y despreocupado es precisamente su relación con otros literales que, lógicamente, son realmente otros externos porque se mantienen completamente fuera de la propia estructura del niño. Una situación contradictoria: una relación fundamental con lo que, por esta misma relación, se mantiene alejado en el estatus de alteridad.

El deseo y la esperanza tienen en sí mismos la misma estructura de exterioridad. Tienen su objeto (aquello que desean o esperan) lógicamente fuera de sí mismos. Por lo tanto, son impotentes por definición, al igual que soñar con el futuro. Esto contrasta con la voluntad. La voluntad en sí misma sabe lo que quiere porque quiere los medios reales que se requieren para alcanzar su objetivo. La voluntad está dispuesta a hacer lo que sea necesario. Se obedece a sí misma. Desear, esperar y soñar con algo que sería bonito (coniunctivus irrealis) son actividades que se quedan completamente en este lado, el lado del sujeto, y tienen su objeto absolutamente más allá, fuera de su alcance. Estrictamente hablando, ni siquiera podría decirse que al desear uno pudiera desear la realización de su deseo, porque es propio de la naturaleza del desear excluir de sí mismo la noción de lo real. Si tuviera alguna conexión propia con la realidad, no sería desear.

Cualquier «psicología» que parta de la noción de deseos o anhelos como categoría principal puede considerarse como una «psicología» desde el punto de vista del «niño». Y, por lo tanto, es evidente que si piensa seriamente su propio concepto («deseo»), debe llegar a la conclusión de la inalcanzabilidad fundamental, es decir, lógica, del «objeto del deseo» y toparse con la noción de «lo Otro» (lo irrevocablemente otro), dividido por una brecha insalvable, una diferencia absoluta, una carencia fundamental, porque lo Real ha sido excluido por definición del deseo. Puede llegar a glorificar y celebrar al Otro, ahora absolutamente trascendente, mirándolo con adoración, pero con resignación. Esta glorificación del Otro desde la distancia es lo máximo que una «psicología» del deseo puede conseguir en la toma de conciencia de la alteridad. Sin embargo, en su mayor parte, esas «psicologías» evitan la alteridad por completo, «inocentemente» (sin darse cuenta y sin expresarlo), simplemente manteniendo al «otro» fuera.

Tal postura es obviamente incompatible con una psicología con alma, una psicología definida como interiorización absoluta-negativa. Por eso, en el «examen de ingreso» para la formación del aspirante a psicólogo, el candidato tiene que demostrar que «el niño» (la forma lógica o sintaxis de nuestra conciencia cotidiana habitual) ha sido expulsado, asesinado. Ningún puente conduce de la conciencia ordinaria a la conciencia psicológica, de «el niño» a la interioridad, porque «el niño» se define como lo que excluye sistemáticamente la interioridad; establece la brecha insalvable, es decir, la brecha como insalvable. Quien quiera entrar en el programa de formación para la psicología no puede querer rescatar el núcleo más profundo de la postura infantil como algo precioso e inalienable en las condiciones alteradas de la edad adulta. ¿Cómo lo expresó el Apóstol? «Cuando era niño, hablaba como niño, entendía como niño, pensaba como niño; pero cuando me hice hombre, dejé las cosas de niño» (1 Cor. 13:11). Pero la conciencia moderna hizo lo contrario. Se instaló en «lo infantil», habiéndolo destilado y convertido en su forma lógica.

No se trata simplemente de abandonar al «niño». No, sólo se puede empezar si donde uno está ahora «el niño» ya ha sido abandonado, sólo si el deseo, el querer (wishful thinking), la esperanza, el anhelo de rescate y salvación han quedado atrás de forma incontrovertible. Para la psicología, llegar «más allá del principio del placer» no es una meta futura. Estar más allá es su punto de partida, su pasado perfecto. Esta translocación como su acto fundacional debe haber tenido lugar hace mucho tiempo. El deseo no es un concepto psicológico, no es un concepto sobre el que construir una psicología. El alma no desea, no es infantil. Tiene otras preocupaciones. Sólo la psique5 y el ego desean, «el niño» desea.6

Uno de los principales deseos es permanecer firmemente en la unio naturalis, como decían los alquimistas, el punto de vista de la psique subjetiva y el horizonte de los sentimientos y deseos de la persona humana -lo que Jung llamó «el ego». De ahí que los psicólogos junguianos, al enfrentarse a realidades que podrían perturbar o incluso destruir este sentido de unidad, tiendan tan a menudo a recurrir a diversas técnicas para evitar que se produzca esta destrucción. Por ejemplo, ante la espeluznante realidad arcaica de la matanza ritual de seres humanos y animales, se inclinan a dar a esas matanzas sacrificiales una lectura meramente metafórica, privando así a la brutal realidad de su filo psicológico. En el extremo opuesto, frente a la desencantadora y decididamente abstracta civilización tecnológica moderna, proponen cosas como resistirse a «un distanciamiento de la emoción y el instinto», establecer «una relación con nuestras máquinas que incluya el eros, la estética y los ritmos de la naturaleza» y desarrollar «una sensibilidad hacia esas cosas» que «mantendría la tecnología dentro de los límites de la preocupación humana» y, en última instancia, daría lugar a «una tecnología más humanizada».7

Las técnicas utilizadas en este segundo caso son dobles. La primera consiste en un intento de reimaginar, a posteriori, nuestra experiencia real de la tecnología con el fin de absorber lo primordialmente extraño en el horizonte de nuestros sentimientos y expectativas humanos o yoicos familiares, privando así a lo extraño de su alienación y de su efecto alienante. El alma objetiva y sobrecogedora se asimila a un concepto subjetivo e inofensivo de alma, un «alma dulce» a la manera en que «el niño» imagina el alma, un «alma» sin crueldad.

La otra técnica es la reducción del fenómeno de la tecnología al de objetos técnicos tangibles o entidades positivo-fácticas (literales) («nuestras máquinas», «tales cosas»), es decir, la reducción positivista de un fenómeno sintáctico o lógico al nivel de la mera semántica.8 Los niños necesitan lo tangible, lo visible o lo imaginable.

Además de estas reacciones más defensivas ante experiencias que pueden amenazar la unio naturalis o «el niño», a muchos junguianos también les gusta afirmar que tienen acceso a un contramundo positivo y sustancial que afirma la unidad primigenia y el profundo deseo egoico de continuidad ininterrumpida. Esta es la solución esotérica, que hoy sigue con frecuencia los pasos de Henry Corbin. El esoterismo es la teoría (o el sentimiento) de que hemos perdido las verdades reveladoras primordiales, pero que es posible recuperar el acceso a ellas mediante el «encuentro con el ángel». Esta postura, en última instancia profética, que opera con la amenaza de la fatalidad y predica el retorno de lo falso al camino correcto como salida, es incompatible, es más, diametralmente opuesta a lo que defienden la psicología y la psicoterapia: el dedicado y paciente trabajo de destilación sobre la massa confusa (vilis et in via eiecta) para llegar a ser capaz de ver el alma en lo real, el oro en el barro, en lugar de un deseo de desertar y traicionar así lo defectuoso para traer la corrección.9

Todos estos subterfugios están impulsados por el deseo «del niño» de rescatar (o más bien restaurar regresivamente) la unidad primordial del alma consigo misma o el concepto «dulce» de alma del ego o del niño.10 Pero siguiendo la lógica de los dicta alquímicos del tipo aurum nostrum non est aurum vulgi, podemos decir que «nuestra» alma -el alma en un entendimiento psicológico- no es la del niño, ni la del ego. «Nuestra» alma comienza tras un despiadado distanciamiento de la emoción y el instinto y tras la implacable disolución de la unio naturalis.11 Y así, a propósito de la pregunta de Jung relativa a tantos de sus colegas psicólogos: «¿Son todos ellos comadronas y enfermeras?», podríamos preguntarnos si Jung no habría estado más cerca del blanco si se hubiera preguntado directamente: «¿Son (psicológicamente) todos ellos «niños», identificados ellos mismos con «el niño»?».12

En la realidad ordinaria, los exámenes de ingreso son un obstáculo de una sola vez. Una vez superado el examen, uno es libre de proseguir con la formación o los estudios propiamente dichos, dejando atrás de una vez por todas el examen de acceso. Mi énfasis en el «pretérito perfecto» en relación con el examen de ingreso en psicología podría incluso intensificar esta sensación de obstáculo único, un obstáculo que debería haberse superado de una vez por todas. Pero el examen de acceso a la psicología no es un logro temporal literal que hace avanzar a una persona a un nuevo estatus. Como movimiento lógico y metodológico de la conciencia es una tarea perenne, porque cada vez que queremos abordar psicológicamente un tema concreto, tenemos que pasar de nuevo esta prueba (e incluso pasar de nuevo por el «entrenamiento posterior»). No se puede expulsar al «niño» de una vez por todas. Es nuestro estado de ánimo ordinario habitual en la modernidad al que inevitablemente siempre vuelve la conciencia en nuestra vida. Y por esta razón tenemos que pasar por todo el proceso de entrar en la psicología mentalmente desde cero, una y otra vez en cada instancia particular de nuestro esfuerzo por hacer psicología. La noción de «pasado perfecto» no es más que el recordatorio de que la entrada en la psicología no tiene el carácter de una transición, sino de una translocación radical, de un trasplante. Pero lo que quiero decir aquí no sólo se aplica al examen de ingreso. Es igualmente válido para las ideas de Jung de aprendiz (sombra) y obra maestra (anima/animus). Aunque también ellas tienen un lugar en la historia real del alma objetiva, no se refieren meramente a acontecimientos literales de una sola vez, sino que son en conjunto momentos lógicos intrínsecos de cualquier comienzo de un trabajo psicológico particular.

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate («Dejad toda esperanza, vosotros que entráis aquí») es la inscripción, no sólo sobre la puerta del Infierno de Dante, sino también sobre la entrada a la psicología, si ésta ha de ser una psicología con alma. Se podría objetar aquí que en Dante esta inscripción sólo es válida para los que están en el Infierno, mientras que el propio Dante es precisamente conducido más allá, al Purgatorio y finalmente al Paradiso, donde incluso se le permite contemplar la luz más alta. Pero yo sugeriría que es para el propio Dante en su camino a través del infierno para quien esta inscripción está destinada principalmente, Dante que tuvo que aprender como primera lección a renunciar a cualquier esperanza, porque su paso por el Infierno no es un viaje de observación, sino parte de su iniciación; lo que ve no son meros hechos objetivos, sino también un mensaje para él. Esta lección de sobriedad y objetividad fue la base y la condición previa para su posterior viaje hacia la plenitud final. Del mismo modo, dejar atrás la esperanza como billete de entrada a su curso de formación no condena a la psicología al opuesto abstracto de la esperanza, la desesperación, al pesimismo absoluto y a la falta de alegría. En primer lugar, no nos preocupan las emociones humanas, ni la esperanza como emoción, ni la desesperación. Nos preocupa la lógica del «niño», a la que pertenece la esperanza en el sentido de postura y modo lógicos; lo que realmente está en juego en este examen de ingreso es simplemente que esta lógica que tan poderosa y persuasivamente informa nuestra conciencia moderna habitual se muestre superada.

Más arriba, al hablar de las psicologías que operan con los deseos y el deseo como nociones fundamentales, puse la palabra psicologías entre comillas. Lo hice porque no son psicologías con alma y desde el punto de vista del alma, sino psicologías desde el punto de vista del ego. Pues es «el niño» lo que está detrás de lo que llamamos «el ego» (en contraposición al yo).13 Los términos «niño» y «ego» son más o menos intercambiables (siempre que nos mantengamos en un discurso metodológico, donde «el niño» se refiere a la sintaxis de la conciencia moderna ordinaria). Es «el niño» el que aporta la autoidentidad abstracta y rígida del ego, una autoidentidad que tiene la diferencia o la alteridad absoluta y literalmente fuera de sí misma porque la diferencia entre identidad y diferencia, el yo y el otro, es establecida por él como alteridad total, oposición no dialéctica: disociación. «El niño» suministra automáticamente a la conciencia la infraestructura de la disociación que todos los movimientos de la conciencia tienen que seguir inevitablemente. Establece e insiste en que uno mantenga las exigencias de la lógica formal de no ambigüedad y coherencia unidireccional.

¿Por qué «el niño» significa disociación y exterioridad? Porque «el niño» sustantiva, cosifica. «Ontologiza», es decir, trata como entidades lo que para un pensamiento psicológico son momentos lógicos en la fluidez de la vida anímica. Practica un pensamiento que establece los temas del alma en analogía con la lógica de las cosas; en otras palabras, imagina pictóricamente. Como éste es su modo, se esclaviza a las ideas o formas de la intuición, el espacio y el tiempo, como su amo supremo, espacio y tiempo que como extensión son pura exterioridad. Si tiene que imaginar «lo otro» en términos de espacio, está necesariamente disociado, allá, separado por una brecha insalvable y para siempre inalcanzable, indecible, impensable, inasimilable.

Por el contrario, el presupuesto metodológico de la psicología es que el alma tiene «lo otro» como su propio otro o como lo otro de sí misma dentro de sí misma, que su identidad es la identidad de la identidad y la diferencia. «Sí mismo» y «otro» no están divididos por una brecha insalvable. El otro es en sí mismo «yo», el alma misma.

El «niño» no puede pensar la ruptura lógica, el hiato histórico, la discontinuidad real, la muerte de Dios o de los dioses, porque -para algunos esto puede parecer paradójico- sintácticamente él mismo es la diferencia y la alteridad, él mismo «el otro» en el sentido de que actúa la diferencia o la disociación, manteniendo constantemente «el otro» ahí fuera y manteniéndose a sí mismo separado y libre de él. Practica la alteridad, y por eso debe -semánticamente- ver las cosas en términos de continuidad, totalidad, crecimiento, desarrollo, mera transición natural y autoidentidad (capítulo 1).

Subrayé que fue la conciencia moderna la que se instaló en «el niño» como su sintaxis. De hecho, esto es peculiarmente moderno. Por mucho que el motivo arquetípico del niño pudiera haber desempeñado un papel significativo en épocas anteriores, éstas no cultivaron «el niño» como forma lógica de conciencia.14 Quizá la prueba más flagrante y arcaica de ello sea la antigua institución del sacrificio del primogénito (véase el capítulo 4), que se remontaba en el tiempo al menos hasta alrededor del año 7.000 a.C. y era practicada por los egipcios, los fenicios, los amonitas, los moabitas, los israelitas, los galos, los celtas irlandeses y otros. «Conságrame a todos los primogénitos; lo primero que abra el vientre entre los israelitas, de seres humanos y animales, es mío» (Ex. 13:2). Muchos de los miles de huesos de niños sacrificados excavados por los arqueólogos van acompañados de inscripciones que identifican a las víctimas como primogénitos de familias nobles. También encontramos reflejos de esta antigua costumbre en los cuentos de hadas (Rumpelstiltskin: «Entonces prométeme, si llegas a ser reina, tu primer hijo»).15 ¿Por qué el primogénito? Creo que la explicación es obvia. El primogénito es, por así decirlo, el hijo al poder de dos: primer comienzo absoluto, promesa de crecimiento, poderosa invitación a albergar esperanzas futuras, afirmación de la continuidad de la propia familia. Al obligar a la gente a matar sacrificialmente a su primogénito, el alma cortaba de raíz una conciencia «infantil» potencialmente emergente. No se permitió que el acontecimiento empírico particular («contenido semántico») del nacimiento de un niño se convirtiera en un símbolo y sedujera así a la conciencia hacia una sintaxis general en términos de «el niño» (continuidad, esperanza, integridad, crecimiento, etc.). Más bien, lo que se convirtió en símbolo fue el asesinato del niño o, más bien, el niño asesinado. Todos los nacimientos posteriores se producirían entonces sobre la base de la matanza sacrificial ya realizada y, por tanto, eran psicológicamente neutros, no problemáticos. La conciencia se había instalado en el «pasado perfecto» del «niño». Antes de que existiera tal cosa como la psicología, ya había pasado el examen de ingreso para ella, aunque sólo en el nivel de la actuación ritual.

El asesinato literal y el propio otro

Al desarrollar su concepto de «la sombra», Jung estaba claramente más allá del Otro totalmente otro que es inherente al «niño», aunque normalmente esté totalmente oscurecido. La sombra, por su propio concepto, está inseparablemente unida a aquello de lo que es sombra. Es el mismo sol que a la vez ilumina a un hombre y proyecta su sombra. Esta última puede desaparecer si el sol se va, pero no puede ser enrollada y arrebatada como una cosa separada de la persona cuya sombra es, excepto, como en la historia de Chamisso de «Peter Schlemihl», por el diablo. Ya en 1912, Jung hablaba de la «sombra del alma» (CW 7 § 438 y 439, traducción modificada) y de la «profunda división y desunión del neurótico consigo mismo» (ibíd., cursiva de Jung, omitida en CW). Y en 1934 escribió: «Pero esta ‘otra’ personalidad es precisamente lo que nunca debe perder de vista, pues es su propia antítesis interior….. En la neurosis se esconde nuestro mejor enemigo o amigo» (CW 10 § 359, traducción modificada).

Con la noción de la sombra y la correspondiente visión de Jung de la neurosis hemos avanzado hasta el concepto del propio otro. La sombra no es totalmente otra, absolutamente fuera de nuestro alcance; es nuestro mejor enemigo o amigo, a priori íntimamente conectado. El concepto de sombra equivale, pues, a la primera interiorización del otro. Y así se alcanza el terreno a partir del cual puede comenzar el propedéutico de la psicología, pero todavía no más.

A pesar de la interiorización, aquí sigue habiendo un otro, y este otro sigue siendo realmente otro, pero ya no absolutamente disociado, dividido por una brecha insalvable. Para ser exactos, sólo empírica o experiencialmente es otro, mientras que lógicamente ya es uno mismo. Una identidad lógica -literalmente el sol, psicológicamente en última instancia el alma- a priori supera aquí la brecha experiencial de la alteridad o diferencia, abarcando y manteniendo sus dos extremos dentro de sí misma. Y, a la inversa, es esta discrepancia interna del alma entre la alteridad experiencial (como identidad desconocida, no realizada) y la identidad realmente imperante, o la discrepancia entre la (in)verdad empírica -y, por tanto, explícita- y la única verdad lógica implícita, la que proporciona un malestar interno que espolea la vida del alma para superar su propia discrepancia interna, su desunión consigo misma, es decir, para alcanzar también empíricamente su verdad lógica. Este proceso tiene la forma de una integración gradual de la sombra-como-lo-otro en la conciencia empírica, pero esto, sin embargo, no debe entenderse como una simple subsunción o embolsamiento de la sombra, una especie de almacenamiento en la conciencia como un recipiente dado, sino como un movimiento dialéctico, contradictorio, por el cual, en la medida en que la sombra se integra empíricamente y se interioriza en la conciencia, esta última se aproxima a la primera y se asimila a ella (vuelve a casa plenamente), transformándola así.

Cabría esperar que esta interiorización se produjera en forma de acercamiento y de una voluntad cada vez mayor de abrazar al otro. Pero nada más lejos de la realidad. La interiorización, la integración, se produce como lo contrario de sí misma, como una lucha violenta contra el otro, es más, en forma de matarlo. Es el ego o «el niño» el que imagina un proceso de unificación que adopte la forma de un intento de acercamiento, la forma de una reconciliación, tal vez incluso de amor. Este pensamiento es coherente con las leyes de la lógica formal y las reglas que son válidas en la esfera de la positividad. Pero el alma no es nada positivo. El trabajo del alma es un opus contra naturam. Siendo ella misma absolutamente negativa, también tiene que realizarse a sí misma y a sus proyectos de forma negativa, moviéndose en la dirección opuesta. La sombra sólo puede llegar a la conciencia si ésta hace todo lo posible para mantenerla fuera o incluso para deshacerse de ella. La resistencia, la violencia o, por el contrario, la huida es el modo que tiene el alma de acercar los opuestos. Es como si el alma dijera: «Haz la guerra, no el amor».

Esto es así, necesariamente así, porque el alma aspira a una integración psíquicamente real, una integración que, habiendo sucedido de hecho, habla por sí misma y no necesita del buen sentido subjetivo de la gente, de lo que piensen o sientan. Haz el amor, no la guerra es un programa del ego y una expresión de deseo impotente del «niño». Está en las nubes. El alma no tiene sitio para ese idealismo infantil. Se ocupa de su propia realidad objetiva. Quiere una transformación real de la constitución de la conciencia. Y tal cambio no puede llevarse a cabo mediante los sueños altisonantes del ego sobre lo que sería deseable, sino sólo desde abajo, mediante el trabajo cuasi químico del alma con la materia real, un trabajo que es contranatural y una via negativa, un trabajo de negación y, a menudo, de violencia (desmembramiento, pulverización, desollamiento, putrefacción, mortificatio, quema y cocción, corrosión, corrupción, evaporación, etc.) (Capítulo 2).

Podemos llevar estas últimas ideas sobre el trabajo de la negación y la violencia un poco más lejos. Jung afirmó una vez: «Todos los pasos adelante en la mejora de la psique humana se han pagado con sangre».16 ¿Qué implica esto? El avance de la conciencia, el ascenso del alma a nuevos niveles de su propia constitución, exige un alto precio. Hay que pagar un precio real, y la moneda con la que hay que pagarlo es la sangre, el dolor, la pérdida, la destrucción. La guerra es el padre de todas las cosas, decía Heráclito. El movimiento del alma no puede concebirse sin violencia (literal). Los pasos adelante en el desarrollo del alma no ocurren «ahí arriba», en el nivel de nuestros sueños y su análisis, el desarrollo y el refinamiento de nuestra conciencia, nuestras imaginaciones, nuestras percepciones, nuestros ideales, valores y deseos; todo esto son cosas del ego, sólo importantes para la psique subjetiva. Estos avances se producen abajo, «aquí abajo», en el nivel de los procesos y acontecimientos históricos reales: las guerras religiosas, las revoluciones francesa, industrial y rusa, los cambios económicos y sociales, las innovaciones técnicas, los desafíos contenidos en las grandes obras de arte y filosofía. «Estrecho es el mundo, pero ancha la mente. / Los pensamientos coexisten fácilmente, / pero en el mundo espacial las cosas chocan violentamente».17 Para Jung, la vida del alma es, en última instancia, «el gran monstruo del pasado histórico, la gran serpiente de los siglos, la carga de la mente humana» (OC 18 § 279). Monstruo, serpiente, carga: lo que pensamos, cuáles son nuestras actitudes, intenciones e ideas, si estamos a favor o en contra, de hecho, si algo sería en verdad deseable y es de hecho moralmente correcto no es tan importante. Es la arrogancia y el egocentrismo del ego o del «niño» creer que «lo que debería ser» es, simplemente porque debería ser, lo importante, que uno podría así como así exportar la democracia y los derechos humanos a sociedades tribales predemocráticas y simplemente exigir paz y un «mundo justo» en manifestaciones, o cantar vanamente «¡Wir sind das Volk! – Nosotros somos el pueblo!». ¡Qué delirios! ¡Qué inflación! Tales demandas abstractas van insensiblemente, indiferentemente por encima de lo real en su materialidad terrenal. Están en el aire y traicionan una falta de respeto fundamental por la gravedad estable de lo que es, los poderes que son, el peso y el poder de lo real. Una falta de humildad y de amor.18

¿Por qué la guerra es, psicológicamente, el padre de todas las cosas? Porque las fuerzas reales contenidas en una situación dada tienen que tener su libre interacción, y eso en la realidad brutal, no sólo en la mente. Tienen que luchar. La naturaleza somete a la naturaleza. En su batalla consigo misma tiene que salir a la luz más allá de toda duda qué es precisamente lo que ha sido derrotado y que realmente lo ha sido y, por tanto, ha quedado obsoleto, y, a la inversa, qué es lo que ha salido victorioso. Igual que la vida en la evolución biológica, así el alma en su movimiento histórico progresa por el camino difícil, a través de muchos errores, pérdidas, víctimas, mucho despilfarro y sufrimiento sin sentido. No hay atajo fácil, no hay plan maestro, no hay ruta ideal directa a la meta, de hecho no hay meta clara en absoluto, sino sólo una agitación inquieta y un enraizamiento del espíritu hacia niveles superiores. Lo que los alquimistas llamaban «naturaleza» y nosotros llamamos alma o psique objetiva no se deja impresionar por lo que está bien o mal, por lo que nos parece razonable y justo y queremos prescribir para su desarrollo. Y no necesita nuestra sensatez, nuestra mentalidad inocente y bondadosa. Funciona por sí misma, por debajo de nuestras emociones, anhelos, nuestras buenas acciones y designios (aunque a veces incluso a través de nuestras emociones y designios egocéntricos como sus instrumentos). Además, no tiene prisa; puede vivir durante siglos con ciertas heridas abiertas, con problemas o conflictos sin resolver antes de acabar resolviéndolos.

Este tema general fue con el que Jung luchó en sus últimos años en su crítica a la Trinidad y su defensa de una cuaternidad. Jung desarrolló un claro sentido de la necesidad de bajar a la tierra, de ver y honrar lo Real. Y a la inversa, vio el peligro de quedarse en la esfera de la idealidad. El problema con (y el grave error de) sus ideas sobre este tema es sólo que proyectó lejos de la tierra y hacia el cielo arquetípico precisamente el tema de bajar a la tierra, de la Sombra como Cuarto, de la tierra y la materia, y del Mal. En otras palabras, lo proyectó paradójicamente fuera de la propia psicología hacia su mitología y, por tanto, hacia el país de las nubes. Semánticamente, insistió en la Sombra y la materialidad de la tierra, pero sintácticamente, se protegió a sí mismo y a nosotros de esta insistencia encajonando el problema de forma segura como uno de la Divinidad («la Sombra de la Divinidad»). De este modo ocultó con éxito el hecho de que de lo que estaba hablando en realidad, aunque involuntariamente, era de la propia psicología o «el alma» (ya que cualquier discurso psicológico siempre habla sólo de la propia psicología, es decir, del logos de «el alma», no de otra cosa, ni de las personas, ni de los dioses, ni del universo, etc.). Así, al hablar de la sombra de Dios, en realidad se refería a la sombra o a la crueldad del «alma», a su terrenalidad, a su realidad, a su materialidad, a su inmersión en el proceso histórico real, social, económico, intelectual. Jung estaba obviamente impulsado a dar expresión de hecho, pero involuntariamente, a un punto de vista que tendría que ser llamado materialismo psicológico, pero inmunizó a la psicología contra dejar que este punto de vista volviera a casa por sí mismo, metiéndolo reductivamente, y archivándolo, en sólo un contenido muy especial de la psicología, la imagen de Dios. Jung estaba realmente preocupado por aquello de lo que acusaba (¡falsamente!) al cristianismo y a la Trinidad, el punto de vista psicológico de un mundo superior, meramente ideal, de pensamiento abstracto que sólo era luz sin oscuridad. Y tenía razón en estar preocupado por ello. Pero al mitificar este problema, él mismo allanó el camino para la abstracción y la libre flotación de la psicología junguiana que vino después de él, una psicología de mitificadores19 vendida a «lo imaginal» y «los dioses (o más bien ‘Dioses’)». ¿Qué es «lo imaginal» (en su forma, no en su contenido) sino precisamente ese mundo puramente superior, puramente «blanco», por el que Jung atacó a la Trinidad cristiana, un mundo sin tierra ni materialidad, en otras palabras, que tiene lo Real fundamentalmente fuera de sí mismo, de forma parecida a como los conceptos abstractos tienen su referente fuera de sí mismos (aunque de forma diferente)?

La pregunta es: ¿dónde está «el alma»? ¿Está en las imágenes arquetípicas, en última instancia intemporales, o está en el proceso histórico real, en la economía, en la tecnología, en la vida realmente vivida? ¿Se refiere la «psique objetiva» a los arquetipos, o apunta a la dinámica lógica inherente que anima lo que realmente sucede o se produce como obras existentes («obras» como, por ejemplo, en «obras de arte»)?

El asesinato como asesinato negado y el otro propio del alma

En el momento en que la sombra ha sido experimentada o concebida, entramos en la esfera de la lógica de «lo otro de sí mismo», de un otro que es el propio otro del sujeto. Por ser «propio», su alteridad se ha interiorizado y ya no se encuentra en el estatuto de la exterioridad lógica. Sin embargo, mientras la situación psicológica se presente como una situación de sombra, la sombra sólo es el otro propio del yo (de la persona empírica), no del alma. Se trata, ciertamente, de una forma de alteridad ya interiorizada, siendo uno claramente el propio otro del otro y no totalmente otro. Pero en la medida en que se trata de la relación entre el yo y la sombra, toda esta alteridad interiorizada, o la «propiedad» fáctica que el otro tiene para el yo, sigue siendo percibida desde el punto de vista del yo; la alteridad y la exterioridad ya no tienen la forma de «el otro», es decir, de un polo de la relación. Tiene la forma de toda la relación misma entre el uno y el otro (ya interiorizado). Ambos opuestos, ego y sombra, por cierto, ya se pertenecen mutuamente. Pero son exteriores al alma. El ego es el alma en forma de alteridad, exterioridad, y como fundamentalmente alienada de sí misma. Esta es, por supuesto, la razón por la que, mientras se trate de la sombra, todavía estamos sólo en la etapa de la propedéutica de la psicología. El terreno de la psicología propiamente dicha sólo se habrá pisado cuando todo el nivel del yo y de la sombra se haya hundido y la conciencia haya descendido objetivamente al nivel del ánima.

Cuando esto ha sucedido, toda la oposición se ha interiorizado en el alma. La conciencia ha abandonado el punto de vista del ego y ahora experimenta y piensa desde el punto de vista del alma misma. La integración completa de la sombra en el ego no significa que la alteridad haya desaparecido. Sólo ha desaparecido la alteridad de la sombra y el ego, pero no la alteridad en sí. Es ella, la alteridad (en lugar de «el otro»), lo que ahora se ha interiorizado, de modo que en el nivel del ánima o del alma el otro aparece una vez más, aunque bajo una apariencia muy diferente, a saber, como el propio otro del ánima o del alma, el ánimus. Sus nombres ya muestran que en el fondo son idénticos.20 Y esto, su identidad global, se piensa explícitamente en la noción de la Sizigia. Aparte de la sombra, que era experiencialmente un otro de pleno derecho a pesar de ser ya implícitamente el propio otro del ego, la relación entre animus y anima es ya explícitamente la autorrelación del alma. En ambos lados tenemos lo mismo, alma (anim-). Sin embargo, hay una diferencia (-a frente a -us), lo que crea de nuevo una inquietud que espera la disolución de su diferencia a través de su integración en el otro. Esta es la segunda parte de ahora sobre el hogar del alma.

De nuevo, la relación entre ambos y su acercamiento se produce negativamente, a través de la violencia, del asesinato. El ánimus, en su naturaleza más íntima, es el asesino del ánima. Pero como ahora estamos en la tierra natal del alma y ya no en el nivel del punto de vista del ego, esta matanza ya no es literal, una matanza positiva como en la lucha del ego contra la sombra. El alma en este nivel niega su propia negación y no el otro lado de la Sizigia. “Mata» al ánima, pero sólo matando a su asesino, el ánimus, e incluso matando a su matanza, o mejor dicho, no a ellos, sino a su positividad, porque el ánimus y su poder de matar viven en el ánima, que así deja de ser ánima y se convierte en alma pura y simple o en mente. Una vez logrado esto, la «obra maestra» ha concluido; el adiestramiento de la psicología ha terminado. Ahora puede liberarse a la independencia (capítulo 3).

Lo que he descrito aquí va, por supuesto, más allá de Jung. Hay que señalar tristemente que mientras Jung en su psicologización había dejado claramente atrás «el niño» con su Otro absoluto y era capaz de concebir la sombra (y la neurosis) como «el propio otro,»y si bien además fue capaz de captar intuitivamente que la superación real de la sombra transportaba ipso facto la conciencia al nivel del ánima, al menos en su teorización21 no fue capaz de ser realmente fiel a ese nivel, es más, obstruyó sistemáticamente el camino a su ulterior despliegue y violó su propia percepción de la Sizigia. Ya he tenido ocasión de señalar en una nota a pie de página que estableció el ánima y el ánimus como fundamentalmente diferentes al dejar que sólo existieran en distribución complementaria, el ánima exclusivamente en los hombres y el ánimus exclusivamente en las mujeres, vinculando así ambos al ego. Esto no es sólo una terrible mésalliance. Es sobre todo también un divorcio de su Sizigia. Metodológicamente, significa una recaída, en esta área en particular, en el punto de vista del «niño» y su brecha insalvable, porque ahora el ánima y el ánimus están absolutamente separados, cada uno reservado para un sexo separado. Ya no es posible que se unan. La psicología práctica entonces la segregación; obtenemos una psicología del apartheid. Y al vincular el ánima y el ánimus con las personas (es decir, con los seres positivamente existentes) en lugar de entre sí, la psicología está condenada a ser personalista y atrapada en el positivismo de la falacia antropológica. Se excluye la ulterior interiorización de los contrarios del alma y la interiorización del alma en la negatividad absoluta.

Jung avanzó hacia la comprensión de la sinergia del ánima y el ánimus. Pero no veo que esto le hiciera revocar su anterior visión personalista de ellos. Pero ni siquiera cabe esperar que, como teórico, Jung pudiera renunciar realmente al punto de vista del «niño» y a su absoluta alteridad. En Recuerdos, sueños, reflexiones, es decir, en textos de sus años muy tardíos, encontramos afirmaciones típicas de él que muestran claramente que al reflexionar teóricamente, al hablar como pensador sobre la postura de la psicología, su pensamiento estaba estructurado por la exterioridad «del niño». «La psique no puede saltar más allá de sí misma» (p. 350). «… [L]a psique… en ningún momento ha salido realmente de sí misma….. [No podemos ver más allá de la psique. La ciencia está tácitamente convencida de que existe un objeto trascendental no psíquico» (p. 351). «… [T]enemos buenas razones para suponer que detrás de este velo existe el objeto absoluto no comprendido…» (p. 352). Jung es obviamente incapaz de ver que se contradice a sí mismo y que él mismo está haciendo lo que sus afirmaciones explícita y categóricamente niegan que sea posible. Está planteando y operando con un «más allá» absolutamente inalcanzable. Como científico, está convencido de que existe un objeto trascendental no psíquico. Esta convicción es en sí misma el acto de saltar más allá de la psique. Si Jung se hubiera atenido a su propia afirmación, no podría haber sabido de este supuesto velo y de que existe «el objeto absoluto» tras él. Se trata de una afirmación «metafísica».

Así pues, vemos que hay dos fallos básicos. El primero es que Jung, como teórico, traiciona la interioridad absoluta del alma, para la que simplemente no hay ningún otro real, ningún «fuera de sí misma». Su interioridad es absoluta. Tiene lo exterior dentro de sí. Teóricamente, Jung no fue hasta el fondo del alma en términos de la perspicacia que Hegel expresó cuando dijo: «Es manifiesto que detrás de esa llamada cortina que se supone oculta el mundo interior, no hay nada que ver a menos que nosotros mismos vayamos detrás de ella….».22 Como Jung no siguió avanzando tras su supuesto velo, no llegó al «mundo interior», es decir, no llegó a la interioridad absoluta-negativa del alma. Pero, permaneciendo frente a este velo imaginado, necesitó especular sobre lo que podría haber detrás de él y, en consecuencia, tuvo que imaginarlo (a) como algo externo («fuera», «el objeto absoluto», «el objeto no psíquico, trascendental») y (b) como algo endurecido, rigidizado y sustanciado en «hecho». La exterioridad es el resultado de su negativa a entrar, a dar un paso detrás de su velo imaginario. Jung se reservó.

El segundo fallo es la suposición de que la psique no puede saltar más allá de sí misma, y que en ningún momento ha salido realmente de sí misma. Pero, ¡claro que la psique puede salir de sí misma y saltar más allá de sí misma! De hecho, esta capacidad es una de sus características esenciales. Es muy normal. Lo normal es que partamos del punto de vista de la exterioridad, la positividad, la pragmática de la vida cotidiana y la voluntad de supervivencia del «ego» (en el sentido más amplio de la palabra) y tengamos que hacer un esfuerzo consciente para encontrar nuestro camino hacia el alma. ¿Qué es el «ego» sino el alma exteriorizada, el alma que ha saltado fuera de sí misma? ¿Y qué son las ciencias naturales sino la experiencia del mundo desde fuera, desde el punto de vista de la exterioridad total, el punto de vista del «yo»? ¿Qué es la neurosis sino un alma que ha saltado sistemática y deliberadamente fuera de sí misma? ¿Acaso no nos da el propio Jung una demostración perfecta de que la psique se ha salido de sí misma cuando se muestra a sí mismo de pie fuera frente a su velo imaginario sin atreverse a entrar? Incluso tal afirmación de Jung «de que estamos irremediablemente encerrados en un mundo exclusivamente psíquico» (p. 352) está hecha desde fuera y juega con la idea de un afuera. Si uno está realmente dentro, no se siente ni se imagina encerrado, y mucho menos «sin remedio». Sólo quien anhela salir puede hablar así. Pero si anhelas salir, psicológicamente ya estás fuera, te imaginas un exterior habiendo abandonado así la interioridad del alma. Imaginar no poder saltar fuera es este mismo salto. ¿Por qué? Porque interpreta la relación de dentro y fuera no dialécticamente como la yuxtaposición espacial y lineal de dos habitaciones separadas por un velo, mientras que estar verdaderamente en el alma significa pensar en términos de su lógica dialéctica, pensar urobólicamente.

Desgarrar el velo – el proceso histórico real como el otro del alma

El paso de la partida del «niño» a través de la «sombra» y la sizigia del ánima y el ánimus fue un desarrollo enteramente anímico-interior. Lo que presenté con estos grandes pasos fue una descripción de etapas de la génesis lógica de la psicología, el camino hacia su interioridad. Ahora desgarramos el «velo» de Jung, que debía ocultar el objeto, para pasar nosotros mismos detrás de él. El camino hacia el «mundo interior», hacia la interioridad del alma, no es una calle de sentido único, una cuestión de atraer al «otro» desde fuera. Para completarse y realizarse, requiere que nosotros, el sujeto, entremos en la noción de lo externo, de lo otro. Saltamos la brecha, traspasamos la barrera, alcanzamos impúdicamente el más allá; es otro tipo de violencia o violación.

Las ideas de la brecha insalvable, de la barrera, de la diferencia absoluta, del velo o la cortina son objetivaciones de la resistencia del sujeto, es más, del rechazo a entrar (inire: iniciación), del rechazo a arriesgarse y jugarse, a llevar su propio corazón y alma más íntimos a, es más, dentro del objeto. Es su autoconservación subjetiva y el egocentrismo (lógico), así como la timidez (teórica) del «niño», lo que aparece de forma cosificada frente al sujeto como un obstáculo existente, un velo o una barrera. El sujeto prefiere seguir siendo el observador de este lado del objeto de más allá, en el caso de Jung el observador empírico de los hechos psíquicos.

En el momento en que te detienes ante el objeto y, de este modo, proyectas involuntariamente tu propia contención como un velo objetivo, el objeto que se supone que está detrás del velo queda inevitablemente mistificado. Lo que se imagina que está ahí se convierte epistemológicamente en el gran desconocido e incognoscible, lo inalcanzable, el Otro absoluto, el objeto trascendental, y a menudo también emocionalmente en «lo sagrado», la «numinosidad» absoluta de ciertos psicólogos populares. Este «sagrado» emocionalizado moderno es también el resultado y la objetivación de una falta subjetiva de autoabandono, de autoentrega por parte del sujeto (psicólogo), su autointeriorización en el objeto como el otro. «Siempre tienes emociones cuando no estás adaptado. Si estás adaptado no necesitas emociones».23 Del mismo modo, podríamos decir: «Si entras de verdad, no necesitas «lo sagrado»». La interioridad del alma necesita nuestra dedicación, devoción, que abramos nuestro corazón a lo que estudiamos. Cuando esto ocurra, no habrá mistificación, sino verdadera y sobria interioridad.

La verdadera interioridad del alma se alcanza a través del doble movimiento contradictorio (bidireccional) de interiorizar al Otro desde fuera24 y transgredir impúdicamente el límite de la brecha insalvable para entrar en el objeto proclamado totalmente trascendente, el doble movimiento de interiorización y de implacable salida (teórica) en el sentido de una entrega. Sólo así puede alcanzarse la interioridad absoluta, esa interioridad «absuelta», liberada, de la oposición interior-exterior. Mientras veamos sólo el lado de la interiorización, podría parecer que la psicología se ocupa sólo de una mitad de la oposición interior-exterior, de lo interior, y que lo exterior queda ahí fuera. Pero una interiorización o interiorización plena no teme a lo externo. No lo excluye ni se protege de él. Al contrario, se extiende y abarca el objeto real, porque también en él el alma encuentra su interioridad.

Jung afirmó, en lo que llamó expresamente «reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico», que «[l]a individuación no excluye, sino que incluye el mundo».25 Dudo que Jung, en la medida en que era un teórico, estuviera justificado para hacer esta audaz afirmación, porque sólo la afirmó sin ser capaz de decirnos cómo, precisamente, esto podría ser de hecho el caso. No tenía, al parecer, e incluso se negó a adquirir, los medios lógicos para incluir verdaderamente el mundo, como muestra toda su idea del «velo» y del «objeto trascendental absoluto». ¿Cómo podría él, como empirista profeso, alcanzar el mundo? Pero la intención de su afirmación es, por supuesto, exactamente lo que se necesita. El mundo en su más absoluta realidad tiene que ser incluido en la psicología. Tenemos que encontrar el alma en la historia como realidad externa (así como, por ejemplo, en la tecnología, como intenté hacer en mi Tecnología y el alma). Sólo que se trataría de historia real, historia en el sentido de acontecimientos documentados y fechables, instituciones y épocas reales determinables de desarrollo cultural, y no del tipo de historia a la Erich Neumann: una «historia» desarraigada y flotante que en realidad es una construcción teórica abstracta en la que diversos patrones mitológicos se ordenan esquemáticamente en una secuencia de acuerdo con algún principio de ordenación intelectual externo. En lugar de entregarse a lo «externo», a los datos de la historia cultural, obtenemos una subsunción o reabsorción de la historia en imágenes fantásticas positivamente existentes tomadas de la mitología.

Neumann es un ejemplo perfecto de la posibilidad de no incluir el mundo, de una psicología que, envolviéndose por completo en imágenes mitológicas y abstracciones ideales, no se dedica a «lo exterior» como lugar de la interioridad del alma. La psicología es allí el interior abstracto, disociado, que tiene el exterior fuera de sí. Una verdadera psicología en el espíritu de la alquimia trabaja la materia, las sustancias reales.

Mi discusión sobre el animus como asesino del ánima en el capítulo 3 es ahistórica. Permanece únicamente dentro del material imaginal (principalmente cuentos de hadas) y, por lo tanto, muestra un desarrollo progresivo que permanece enteramente interno al alma. Es una descripción de la pura lógica de un aspecto de la vida lógica del alma. Esto no quiere decir que no se puedan correlacionar las etapas descritas con ciertos periodos reales de la historia, pero éste no es el objetivo de la discusión. El capítulo proporciona el patrón dinámico general de la relación entre animus y anima, de modo que si uno examinara cómo se relaciona esto con la historia real, probablemente encontraría ejemplos de diversas épocas para la misma etapa del patrón lógico.

A partir del capítulo 4, sin embargo, el alma sale del hortus conclusus de su vida lógica interna y se abre a la historia real, como de hecho ya se había hecho en cierto modo en los capítulos 1 y 2 sobre el niño y la sombra, respectivamente, en los que una discusión de partes de la vida lógica del alma iba de la mano de un análisis de aspectos de su génesis histórica.

Discontinuidad y negación: la alteridad interiorizada en su concepto

A través de la interiorización del Otro, llegamos primero a la sombra y luego al ánima y al ánimus. Aunque ya interiorizada, la sombra era el propio otro y el animus el otro del ánima, del alma. En otras palabras, en ambos casos seguía existiendo un otro que se sustanciaba de algún modo. Por supuesto, esto ha cambiado con la fusión del ánimus y el ánima, como ya indiqué brevemente y como señalé con más detalle al final del capítulo 3. Con la fusión del ánima y el ánimus, el ánimus y el ánima se han separado. Con la fusión del ánima y el ánimus llegamos a algo que ya no puede ser substanciado y personificado, el alma como mente, una y la misma realidad que es en sí misma dialéctica (en lugar de contener en sí misma dos opuestos substanciados).

Pero hay un modo muy distinto en que el otro, o la alteridad, puede interiorizarse, a saber, en su propio concepto (en lugar de en aquello para lo que es el otro, por ejemplo, el ego o el alma). El resultado es la noción de discontinuidad, ruptura, hiato. El concepto de discontinuidad no es la relación del otro con otra cosa, sino que es él mismo el concepto de alteridad. Que es radicalmente diferente de la idea de «brecha insalvable» (con la que podría confundirse) ya ha quedado claro en la discusión sobre «el niño». La brecha infranqueable nos separa de algo que está totalmente fuera de nuestro alcance, el totalmente Otro, el objeto incognoscible, etc. y, por tanto, protege precisamente el sentido de continuidad a este lado de la brecha. El concepto de discontinuidad, por el contrario, supera precisamente la brecha que plantea al referirse a divisiones históricas, en las que tanto lo que está a este lado como lo que está al otro son documentables, es decir, accesibles a nuestro conocimiento y memoria. Implica un sentido concreto de lo que ha quedado obsoleto, de lo que se ha ido. La discontinuidad es la «brecha insalvable» interiorizada, y la segunda es la discontinuidad exteriorizada, la discontinuidad empujada hacia fuera y hacia la periferia, de modo que el otro lado desaparece totalmente de nuestra visión y la esfera dentro de la periferia se mantiene (lógicamente, no empíricamente) absolutamente libre de discontinuidad, un proceso que se ve muy claramente en la idea de arquetipos o dioses atemporales. Lógicamente, rige la uniformidad. Existe, según esta idea, una aurea catena psicológica ininterrumpida que se extiende desde la Antigüedad hasta el presente. Un corte real, una verdadera muerte de Dios(es), por ejemplo, se explica simplemente recurriendo a la idea de la culpa del hombre, de su olvido. La noción de discontinuidad significa la intrusión del tiempo en la esfera pura de las imágenes en su intacta beatitud, y esto equivale a otra experiencia de violencia. (Capítulo 4 especialmente, pero también capítulos 5-7.)

El otro como espejo

«Si hemos de emprender reflexiones fundamentales sobre la naturaleza de lo psíquico, necesitamos un punto arquimédico que por sí solo haga posible un juicio. Esto sólo puede ser lo no psíquico…» (OC 8 § 437, cursiva añadida según el original de Jung). Este es un punto de vista central y permanente de Jung. Despliega una vez más la misma lógica de exterioridad y alteridad que ya conocemos por sus ideas del velo y del objeto trascendental. Aquí se trata de jugar, es más, de operar, con algo que está fundamentalmente fuera de lo psíquico y que es apto para desquiciar cualquier cosa a la que se aplique. Este deseo del teórico Jung de un punto arquimédico es fatal para la psicología, si ésta ha de entenderse realmente como disciplina de la interioridad. Como tal, no puede tener un punto de referencia fuera de sí misma. Debe tener todo lo que necesita dentro de sí misma, incluso su propio punto de referencia y ese otro con el que debe compararse y contrastarse; de lo contrario, no es la disciplina de la interioridad, sino sólo otra ciencia de algo externo. Pero si tiene su punto de referencia dentro de sí misma, éste no puede ser, por supuesto, un punto verdaderamente arquimédico. Jung viola aquí su propia intuición sobre la naturaleza urobórica de lo psíquico, retrocediendo ante la complejidad mucho más elevada de la lógica dialéctica del alma y recurriendo reductivamente a las simples relaciones unívocas imperantes en la lógica formal, esa lógica que rige en nuestro afrontamiento en la vida cotidiana tanto como en la física y las demás ciencias. Quiere una alteridad lineal, la oposición no dialéctica de lo interior y lo exterior. Esto explica su deserción26 de la física moderna, que aceptó como hermana gemela o complemento de la psicología, en la que depositó sus esperanzas, sin darse cuenta de que la alteridad entre la psicología y la física consiste precisamente en su incomparabilidad y se limita a ella, en la medida en que una sigue la lógica de la exterioridad y la otra la lógica urobórica de la interioridad. Es cierto que afirma explícitamente que «la psicología no tiene ningún medio en el que reflejarse: sólo puede representarse a sí misma en sí misma y describirse a sí misma» (§ 421). Exacto, salvo que esto no es una desventaja, y mucho menos la «cosa trágica» (ibíd.) que Jung siente que es, sino más bien su distinción y superioridad lógica.

No obstante, la idea que subyace a las afirmaciones de Jung que acabamos de citar, a saber, que se necesita un medio como otro para reflejarse en uno mismo y para conocerse a través de él, es valiosa. Pero, ¿qué es ese otro para la psicología? Está claro que no puede ser nada externo. Afortunadamente, podemos apoyarnos en otro pasaje de Jung para obtener una respuesta:

… [S]ólo es posible llegar a una comprensión y apreciación correctas de un problema psicológico contemporáneo cuando podemos alcanzar un punto fuera de nuestro propio tiempo desde el cual observarlo. Este punto sólo puede ser alguna época pasada que se ocupó de los mismos problemas, aunque en condiciones diferentes y bajo otras formas.27

El punto de comparación y referencia para la psicología es la historia, las épocas históricas que son realmente diferentes, divididas de nosotros por un hiato histórico y convertidas en obsoletas para nosotros por esta división, pero también conectadas, no totalmente otras, incluso idénticas, en la medida en que es la misma alma la que se ocupó de los mismos temas y de las mismas necesidades internas propias, simplemente bajo las condiciones de anteriores estatus de conciencia, anteriores modos de ser-en-el-mundo. (Podríamos incluir, por supuesto, las culturas exóticas, «tradicionales», contemporáneas del mundo moderno, porque no hacen más que representar lo que es esencialmente, lógicamente no simultáneo, como algo factualmente simultáneo).

(Por cierto, aunque Jung no desarrolla más esta distinción psicológicamente crucial, su frase «bajo diferentes condiciones y en otras formas» en la cita anterior apunta a la diferencia esencial de forma que puede prevalecer entre diferentes manifestaciones del «mismo» contenido semántico. Esto nos proporciona un sentido adicional de «lo otro»: lo otro como sintaxis o forma lógica frente a los contenidos semánticos, lo imaginal, los fenómenos, los símbolos, los mitos, los sueños, las visiones).

Con esta concepción de la importancia de un punto fuera de nuestro propio tiempo, nuestro tema anterior de la «discontinuidad» se vuelve práctico. En este volumen, la psique arcaica, la psique que consideraba indispensables las matanzas sacrificiales y que practicaba la venganza de sangre y se unía en hermandades de sangre, sirve como el otro medio y «punto fuera de nuestro propio tiempo» en el que reflejar nuestra psicología (capítulos 5 y 6). Como continuación de la cita anterior, Jung dijo: «El análisis comparativo que así se hace posible exige naturalmente un relato correspondientemente detallado de los aspectos históricos de la situación» (ibíd.). Para que no se pierda la alteridad radical (extranjería, incomprensibilidad) del otro y para que no retroyectemos nuestros propios sentimientos modernos y nuestras suposiciones aparentemente evidentes al mundo antiguo (una tendencia de lo más natural), es necesaria una especie de translocación de nosotros mismos fuera de nuestro tiempo y una dedicación a los fenómenos, una inmersión en su propia lógica. Conscientes de que el fenómeno psicológico tiene en sí mismo todo lo que necesita, lo que hay que hacer es «cocer» lentamente la materia, una y la misma materia, en la retorta herméticamente cerrada hasta que revele su «espíritu Mercurius» aprisionado en ella. (Para un ejemplo de esta cocción lenta de una misma «materia», véase el capítulo 5, «Asesinatos»).

Huelga decir que la confrontación con costumbres tan arcaicas como los sacrificios humanos y animales, y más aún mi interpretación de los mismos como la fabricación primordial del alma, equivale a un insulto narcisista a la conciencia moderna. Sin embargo, la cuestión no es el choque. Por un lado, es la percepción (intelectual) de lo que nos conecta con el alma arcaica, la percepción de que lo que es incompatible con nuestro pensar y sentir es el suelo mismo del que, tras una larga serie de mediaciones, surgieron nuestro pensar y sentir. Por otra parte, especialmente cuando los motivos arcaicos surgen hoy en nuestros sueños personales o experiencia visionaria, ayudan (en un nivel existencial) a abrir nuestro apretado sentido moderno de identidad propia a la abismal profundidad histórica del alma. Estos motivos nos llegan como un eco desde muy lejos y crean así una sensación viva de distancia interna, extensión, lejanía, extranjería, precisamente porque nos enfrentan a un otro subjetivamente inintegrable,28 que sin embargo es un otro anímico-interno.

La otra como escritura

Como habrás podido comprobar, no tengo ninguna intención sociológica y, por lo tanto, he dejado el mundo de la acción completamente al margen. Desde el punto de vista psicológico, la acción es algo extremadamente complicado…. [Es un hecho irracional…. Por regla general, el psicólogo sólo puede determinar la naturaleza de una actitud….29

Se trata de una idea importante. Lo que aquí se denomina «mundo de la acción» se entiende en el contexto de los ámbitos sociológico, cotidiano-práctico y quizá también político. Las acciones en este sentido caen en su mayor parte fuera de la esfera de competencia del psicólogo, que por tanto haría bien en no entrar en la arena política, en la medida en que es psicólogo (y no meramente ciudadano), aunque sólo sea hablando, comentando o manifestándose. La psicología es políticamente bastante ciega.

Pero hay un tipo de acción que merece la atención del psicólogo. En la psicoterapia moderna es lo que llamamos «acting out», y en el ámbito de la historia del alma son los rituales, el drômena («lo que se hace»). Mientras que el «acting out» es una defensa, las acciones rituales han de entenderse como la autoexpresión primordial del alma, de hecho -ya lo he mencionado en relación con la forma más elevada o profunda de ritual, el sacrificio-, la creación primordial del alma.

Fue James Hillman quien introdujo la noción de creación del alma en la psicología, un gran paso que abrió perspectivas totalmente nuevas para la psicología más allá de lo que se había pensado, debatido y practicado antes. El alma se hace, necesita hacerse. Sin embargo, Hillman introdujo esta noción dentro de una psicología arquetípica o imaginal. El término «hacer» se reservó para «imaginar» (como «ver a través de los dioses») y para ese tipo de hacer que en realidad no es un hacer real, sino un acontecer: «patologizar». Que un hecho real como la matanza sacrificial pudiera ser una auténtica manifestación del alma era algo que obviamente no se podía tragar. El «hacer» sólo se veía en términos de poiêsis, que a su vez se reducía a lo poético y metafórico.

Se trata de una versión inofensiva de la noción de creación de almas. Aunque incluya todo tipo de patologías terribles, lo terrible que tiene en mente nunca es la escritura. Es inofensiva también porque exime así al sujeto de ser actor y agente. También para Jung, los verdaderos autores son las imágenes arquetípicas. Esto muestra la lógica de la exterioridad en acción. Hay un a priori literalizado, los arquetipos (Jung) o las imágenes (Hillman). Que el a priori lógico, un concepto del que ciertamente no podemos prescindir, sea (urobólicamente) planteado y creado sólo en y por el hecho a posteriori de la matanza sacrificial humana sigue siendo aquí inimaginable (y por supuesto es inimaginable, porque como contradictorio sólo puede ser pensado). Para una verdadera psicología, lo a priori tiene que ser interiorizado absolutamente negativamente, involucionado, en su otro, el a posteriori, el acontecimiento real del hecho, a fin de cerrar el círculo urobórico y dar al «hacer» su pleno sentido. Lo anterior, el origen, es resultado y posterior a lo originado por él. Como obra del alma, el sacrificio tiene todo lo que necesita dentro de sí, incluso su propio origen. Es «el niño» el que exterioriza las imágenes arquetípicas como literalmente anteriores, de hecho dioses, totalmente Otros. Así pues, la postura de la psicología imaginal aún no ha trabajado del todo el punto de vista del «niño».

Al excluir, por principio, el hecho de su comprensión de la vida del alma, la psicología imaginal consigue mantenerse en la inocencia del mundo de las imágenes. Se mantiene inmune. Lo que hago en los ensayos de este volumen es un acto violento: Destrono las imágenes intocables como lo que es literalmente anterior y establezco el hecho de la matanza sacrificial como lógica e históricamente anterior a ellas. Los hechos pertenecen al mundo del tiempo; son acontecimientos empíricos. Las imágenes suelen definirse como intocables por el tiempo. Al dar prioridad al acto ritual, traigo a la Tierra las imágenes de un Cielo imaginal.

Debido a la lógica imperante de la alteridad radical y debido a su mirada hacia abajo sobre lo que sucede en la tierra desde el punto de vista de lo imaginal celestial, la psicología arquetípica sólo puede ver el hecho sangriento de la matanza sacrificial desde fuera, y lo que ve es sólo el hecho de una matanza brutal, y punto. Y con razón, en la medida en que la psicología arquetípica imagina cosas, no las piensa. Lo que yo intento hacer, por el contrario, es entrar en el corazón interior del hecho sacrificial y, desde dentro (desde dentro de él como un mundo en sí mismo), explorar su rica vida lógica interna.

El hecho de que lo que yo considero la creación primordial del alma no sea algún acto ritual neutral, sino particularmente el ritual de matar, es por supuesto un obstáculo adicional para tomarlo en serio psicológicamente. Pero tenía que ser matar. En la práctica de los sacrificios se conquistó la condición sine qua non del alma, la negatividad lógica, se logró la primera disolución de la unio naturalis. Matar, si se trata de matar ritualmente y no de matar por emociones humanas y con fines egoístas, es la forma básica del opus contra naturam.

Una mirada atenta al corazón interno del acto sacrificial revela que ya durante las edades arcaicas la vida del alma era dialéctica. La lógica dialéctica no es una adquisición tardía. Estaba presente desde el comienzo mismo de la vida del alma, aunque, por supuesto, sólo implícitamente, completamente inmersa en la lógica dialéctica de los hechos avant la lettre, pero, no obstante, ya dialéctica en toda su complejidad.

Dado que el asesinato del alma es a priori contradictorio (urobórico, dialéctico), puede adoptar dos formas. Puede ser productiva, afirmativa, como el «matarse a sí misma en el ser» del alma y la producción de todo el rico mundo anímico de mitos e imágenes (capítulo 5), pero también puede volverse negativa, destructiva: la matanza del alma también puede volverse contra sí misma, contra sus propios rituales de sacrificios, en última instancia incluso contra todo el mundo anímico. Es, imaginariamente, el animus negando el anima, y concretamente, la superación del politeísmo por el monoteísmo, del mito por la filosofía y la religión (Capítulos 1, 5 [Parte II], 8), y además, la emancipación del hombre occidental por la Ilustración de todo resto de ataduras rituales, ritualista, mítico y religioso (capítulo 5, parte II), y la creación de un hombre lógicamente absolutamente liberado mediante el surgimiento del historicismo y de la propia psicología (capítulo 9, «La alquimia de la historia», parte I, en cierta medida también capítulo 1).

El otro como «lo real»

Al establecer el a priori de las imágenes arquetípicas como totalmente separadas del hecho ritual humano real, se protegió la integridad de lo imaginal. Las imágenes permanecen intactas, extraterrestres, orbitando como nuestros satélites en el espacio exterior. Por la misma razón, la conciencia está encerrada en la irrealidad, en una esfera ideal de formas abstractas (imágenes, fantasías, nociones).

Quiero ilustrar «la importancia de ser serio», es decir, de llegar realmente a lo real, con un ejemplo ordinario y práctico del tipo que puede encontrarse a diario en la consulta. Es un ejemplo de psicología personal. Pero esto no debe inducirnos a pensar que la cuestión que ilustra es predominantemente relevante para el trabajo práctico en la consulta y básicamente un problema en la vida de individuos concretos. En un grado aún mayor, es importante para la psicología de toda nuestra cultura, la psicología de la modernidad como tal, y tiene su lugar en ella. Es un problema de la lógica de la época. Se ha elegido un ejemplo del ámbito de la psicoterapia práctica simplemente porque se puede presentar de forma sucinta.

De niña, una mujer se había protegido de su madre, absolutamente dominante, invasora y despreciativa, reservándose, guardando para sí sus pensamientos y sentimientos, y haciéndose emocionalmente autosuficiente. Lo que había empezado como una reacción estratégica momentánea se convirtió poco a poco en algo automático y con los años se convirtió en su actitud habitual, con el tiempo incluso en su concepto de lo que es una relación vinculante, a saber, una amenaza para la libertad personal y para ser uno mismo, algo degradante. Cuando se hizo mayor, y más tarde, durante los años de su edad adulta, se dio cuenta de que la relación de su madre con ella era muy diferente de la de otras madres con sus hijos. A través de la lectura y de sus propias reflexiones, se dio cuenta de lo unilateral que era su concepción de una relación comprometida y de cuántas otras posibilidades de relación existían. Pudo diferenciar considerablemente sus conceptos de lo que significa una relación y corregir su anterior visión extremadamente estrecha.

Pero fue en vano. Sus numerosos intentos de entablar una relación fracasaron. Se dio cuenta una y otra vez de que era utilizada como pilar de fuerza por cada posible pareja, que siempre resultaba ser débil y más necesitada de una nueva madre que de una pareja. Ninguno de ellos parecía darse cuenta de que ella tenía sus propias necesidades emocionales y deseos de una relación, y esto, por supuesto, se debía probablemente al hecho de que ella misma se definía como autosuficiente.

¿Por qué la diferenciación real de sus nociones sobre las relaciones, la superación de su estrecho concepto anterior, no supuso ninguna diferencia; por qué su antiguo concepto la dominaba a pesar de haber sido superado?

La negación del antiguo concepto estrecho y la adquisición de conceptos nuevos enormemente ampliados y diferenciados sobre la misma realidad se referían únicamente a conceptos abstractos, a contenidos intelectuales de la conciencia. Afectaba sólo a la semántica de la conciencia. Pero lo que estaba en juego en el momento en que quiso ser capaz de establecer una relación real y operativa no era el/los concepto(s) abstracto(s) que tenía y mantenía, sino algo totalmente distinto: el concepto de relación que era, que vivía, como el cual vivía: el concepto como sintaxis de su ser.

Una cosa es la ampliación de los horizontes intelectuales y la sofisticación y diferenciación de los conceptos, y otra muy distinta el yo real (¡no el ego!30 ) como concepto existente. La gran cuestión terapéutica de la psicología es cómo se puede alcanzar de hecho el yo real, la existencia del concepto. Con el trabajo sobre las perspectivas arquetípicas, las imágenes míticas y las fantasías de la conciencia, la psicología sólo se ocupa de formas universales abstractas, de potencialidades. Lo Real no se toca; ni siquiera se vislumbra como una cuestión y una preocupación abiertas. Por el contrario, lo que sucede en la psicología junguiana es que se cree que las formas abstractas son en sí mismas la fuente de lo Real: los arquetipos (o imágenes arquetípicas) en su numinosidad son vistos como la causa última. Esto significa nada menos que el concepto mismo de lo Real es succionado del mundo y absorbido por el reino de las ideas y las formas, de lo mítico y lo arquetípico en sí: una desrealización fundamental de lo Real como tal.

En este contexto, recuerdo la importante observación de Sonu Shamdasani de que «‘la realidad psíquica’ es, por excelencia, lo real fabricado» y que «[s]i hay algo que la psicología y la psicoterapia han demostrado en el siglo XX es la maleabilidad de los individuos, que han estado dispuestos a adoptar conceptos psicológicos para ver sus vidas (y las de los demás)…».31 En otras palabras, la labor y el logro de la psicología han consistido en gran medida en convertir a las personas reales en constructos abstractos o en seducirlas para que, de hecho, se estilen a sí mismas, aunque sin saberlo, como tales.

La succión del carácter de realidad del mundo y la idealización fundamental concomitante de este carácter de realidad fue incluso elevada por Jung al nivel de una teoría, si no a su programa teórico. El problema que nos ocupa aquí -el problema del yo real como concepto existente frente a conceptos abstractos o construcciones e imágenes- podría formularse, en lenguaje mitológico, como el de la relación entre el Cielo y la Tierra. Lo que en el mundo arcaico se consideraba el Cielo es para nosotros hoy nuestros conceptos y formas, teorías e ideas. «La Tierra», por el contrario, es en nuestra situación mundial el Yo real, el concepto existente.32 Una relación adecuada entre «Cielo» y «Tierra» es psicológicamente vital. Debería ser dialéctica, es decir, su coniunctio y separatio simultáneas. Durante el eón cristiano, el «Cielo» se había convertido en trinitario, la Trinidad. Lo que Jung, con sus especulaciones psico-teológicas, intentó llevar a cabo fue un pensamiento para el que la Cuarta (para Jung, la Tierra, la materia, lo Femenino, el Mal) se integró en la Trinidad de modo que el resultado formara una cuaternidad. Ya hemos tocado este tema anteriormente, pero tenemos que retomarlo en nuestro contexto actual una vez más.

Sin reservas, Jung aprobó, incluso aclamó, el nuevo dogma católico romano de la Assumptio Mariae, que él mismo describe como proclamación: «María, como esposa, está unida al Hijo en la cámara nupcial celestial y, como Sofía, a la Divinidad» (OC 11 § 743). ¡En la cámara nupcial celestial! La Cuarta, «la Tierra», es impulsada hacia arriba. Ahora todo sucede arriba, en el cielo, «donde «nada impuro» entra, muy por encima del mundo devastado. La luz se asocia con la luz» (ibíd.). Todo sucede como un espectáculo cerrado e inmunizado allí arriba, ya no entre el Cielo y la Tierra. El «Cielo» ya no tiene que bajar a la «Tierra» para fecundarla. Ya no tiene Otro real. La elevación del Cuarto, la «Tierra», al «Cielo» implica que el Otro del «Cielo» se ha integrado en (tragado por) el propio «Cielo», de modo que, lógicamente, sintácticamente, ya no tenemos la auténtica estructura 3+1, sino simplemente 4 en un mismo nivel.33 ¿Por qué el Cuatro tiene arquetípicamente la estructura 3+1 en primer lugar? Sólo porque el Cuarto tiene que estar realmente (sintácticamente) fuera de los tres, no ser uno de ellos, su verdadero otro, en un nivel diferente, una categoría o especie verdaderamente otra. Con el movimiento de Jung, la «Tierra» ya no es algo por derecho propio frente al «Cielo». Ya no es el lugar en el que él, el «Cielo», podía hacerse real (en el sentido de la Tierra): realmente productivo, procreador a través de su matrimonio con la «Tierra». Más bien, la «Tierra» se ha vuelto aérea, tan aérea como el propio «Cielo».

Pero éste es sólo un problema. El otro problema es que lo que se ha impulsado hacia arriba ya no es el verdadero Cuarto y una realidad psíquica. Es un Cuarto falso, porque es el Cuarto legítimo sólo de épocas pasadas. La María cristiana y más aún la Tierra mitológica son antigüedades psicológicas. Psicológicamente, son elementos de nuestra «educación superior», meros contenidos semánticos de la conciencia y, por lo tanto, accesorios intelectuales, tal vez emocionales, que pueden moverse fácilmente. No son simplemente verdades reinantes, sino nociones adquiridas secundariamente que adquieren importancia sólo cuando las disparan nuestras necesidades ideológicas y emocionales subjetivas. Lo que hoy equivale a la Madre Tierra de los tiempos arcaicos y -como equivalente real y como forma actual de «la Cuarta»- de hecho tiene realidad psíquica, es el Yo real.34 Aquí es donde está el verdadero lugar de la acción del alma. No con las rancias verdades de antiguas situaciones del mundo,35 por muy bellas que sean estas reliquias semantizadas. ¡Hic Rhodus, hic salta!

Pero con la translocación de Jung del hieros gamos al cielo, el yo real se ha quedado psicológica o «metafísicamente» sin trabajo, enviado a la jubilación, privado de toda razón de ser. Se reduce a ser una especie de espectador de un programa de televisión arquetípico como pasatiempo psicológico, reducido a un mero observador y adorador de los misterios arquetípicos autocontenidos, que es, por supuesto, también la definición explícita de Jung de religio. Como espectáculo televisivo imaginal (¡detrás de la «pantalla de televisión»: el «velo» de Jung!36 ), todo el problema de la coniunctio y el hieros gamos se ha vuelto intrascendente, irrelevante: mero entretenimiento psicológico, una especie de telenovela arquetípica o -otra posibilidad- una ideología sectaria, pero en cualquier caso aislada de lo Real.

Todo este planteamiento, que empuja «la Tierra» hacia arriba y hacia el «Cielo» e ipso facto libera absolutamente al yo de ser un participante esencial en la coniunctio (en lo que realmente cuenta) y lo libera para el entretenimiento y el juego, está evidentemente al servicio de la lógica «infantil» de la alteridad radical. El yo absolutamente liberado37 se ha hecho real a la vista de todos en la forma de la civilización actual, la era de los medios de comunicación. Se manifiesta sobre todo en la forma más avanzada y abstracta del capitalismo, en la nueva definición del hombre como «surfista» y en la industria del entretenimiento (cultura pop, turismo, TV, «Game Boys», política, deportes, marchas de manifestación, event-ism).38

La existencia, el concepto existente, el Yo real, queda ahora completamente al margen, pero es precisamente aquello para lo que todas las formas, imágenes e ideas están realmente destinadas y a través de lo cual únicamente podrían recibir su razón de ser y su propia realidad. Pues el «Cielo» y la «Tierra» -por seguir con este lenguaje mitológico- sólo son lo que son el uno para y a través del otro, en su hieros gamos y en la simultánea y violenta ruptura de su gamos, en su unión y separación. Solos no son nada.39

No pretendo haber resuelto el problema de la relación de la psicología con lo Real en los pasajes de este libro en que lo señalo (capítulos 5 y 7). Todo lo que he podido hacer es llamar nuestra atención sobre él y su urgencia psicológica. ¿Cómo se puede llegar a lo Real?40 ¿Cómo puede la psicología ir más allá de las imágenes que en principio se ciernen sobre la existencia concreta porque como formas abstractas universales son aplicables a todo tipo de situaciones reales, mostrando así que son intrínsecamente indiferentes y externas a los contenidos reales particulares a los que se aplican? Ésta sigue siendo una pregunta apremiante, pero abierta.

Mi interpretación del relato de Kafka «En la colonia penitenciaria» (Parte II del Capítulo 9) nos da una idea de la dirección que podría tomar el pensamiento psicológico en relación con esta cuestión. Las nociones clave son: el fin de la emancipación de la necesidad; el cautiverio implacable en el propio ser; el estar sometido a la propia ley, inscrito y herido por el guión del aparato penal (¡una clara versión moderna del hieros gamos!), para que la esencia interior de uno se abra a su resplandeciente verdad. No cabe duda: con el Aparato Penal se puede llegar al Yo real, al concepto existente, al Ser. Pero entonces, ¿qué es esto, el verdadero Aparato Penal del alma?

La otra psicología

Empezamos con «expulsar (al niño y) al totalmente otro». Este fue, como traté de mostrar, el primer paso necesario para entrar en la psicología en el sentido de una disciplina de la interioridad. A partir de entonces, todo lo que aparecía como lo otro se percibía desde dentro, desde el punto de vista del «yo» (por ejemplo, nosotros mismos) o del alma, y por tanto al principio parecía ser «otro» en el sentido de algo externo (la víctima sacrificial, el proceso histórico real, el hecho, lo Real, etc.), aunque ya era completamente interno. Pero la perspectiva también puede invertirse: podemos experimentar que el «yo» es en sí mismo lo otro para algún otro. Nos damos cuenta de ello especialmente cuando nuestro mundo occidental es atacado por el terrorismo islámico. Esta experiencia sacude la mente psicológica de su encierro urobórico en sí misma y le recuerda lo limitado de la psicología. En un momento crucial cerca del final del relato corto de Kafka, «El Juicio», el padre del protagonista le dice: «¡Así que ahora sabes qué más había, hasta ahora sólo sabías de ti mismo!». Esta percepción y toma de conciencia es, mutatis mutandis, precisamente lo que la amenaza de atentados terroristas está aportando a la psicología. La psicología, subrayé repetidamente de acuerdo con los puntos de vista de Jung, no debe interpretarse como un campo de estudio compartimentado, como un área de especialización junto a los demás campos científicos. La psicología lo abarca todo. Pero no lo es todo. No debe convertirse en totalitaria; esto la convertiría en ideológica, en un sistema de creencias, cuando no en delirante. La psicología sólo es omnicomprensiva dentro de sí misma. Por lo tanto, también tiene un exterior, su propia frontera externa, su propio otro literal. Tiene que tener su otro real porque la psicología se constituye a través de la exclusión sistemática de la exterioridad como tal. En la sección anterior sobre «El otro como hecho», oímos decir a Jung que la psicología excluye «completamente» «el mundo de la acción». El terrorismo, como he sugerido, es apto para recordar brutalmente a la psicología su otro excluido y, en particular, el mundo de la acción.

Aunque el terrorismo sacude a la psicología de su indispensable punto de vista y método de la interioridad y la catapulta a la reflexión externa, y de este modo presagia de algún modo el fin del pensamiento psicológico, también es útil para la psicología en la medida en que impide que la psicología tome literalmente lo que sólo es un punto de vista metodológico y lo absolutice. Si esto ocurriera, la psicología se convertiría en una ideología y la mente psicológica se encerraría en sí misma. El punto de vista de la interioridad urobórica no debe subírsenos a la cabeza. No debemos inflarnos con él.

Por eso, una discusión sobre el fenómeno del terrorismo islámico no debería ser en sí misma una discusión psicológica en nuestro sentido estricto de «psicológico». Este fenómeno no debería absorberse en la interioridad psíquica y en la imaginación arquetípica y mítica del alma. Tal enfoque no sólo perdería el punto mismo de este fenómeno, que es el ataque brutal desde el exterior, sino que la propia psicología también renunciaría a su antídoto contra su propio peligro inherente de volverse inflada y totalitaria. La psicología tiene que ser consciente de lo que hay en el mundo aparte de ella misma y no sólo saber de sí misma. Debe saber cuándo y dónde detenerse. Del mismo modo que «expulsar al niño» marca la entrada en la psicología, el tema del terrorismo islámico nos ayuda a salir de la psicología y a volver a nuestra existencia ordinaria como ciudadanos y particulares en la vida real (capítulo 10).

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1 No debe confundirse con la noción (sustanciada) de Jung del “yo”.

2 James Hillman, “Abandoning the Child”, republicado en James Hillman, Loose Ends: Primary Papers in Archetypal Psychology (Zürich: Spring Publications, págs. 5-48.

3 Jung insistió en que “la idea mitológica del niño no es enfáticamente una copia del niño empírico…” (CW 9i § 273 nota), realizando así claramente un corte, una primera forma de “matar” al niño literal para avanzar a una forma de niño psicológico.

4 Por muy legítimas que puedan ser estas imágenes o ideas del niño por derecho propio, tengo que advertir sobre la posibilidad general (y probablemente la realidad no infrecuente) de que, sin embargo, también pueden ser utilizados como máscaras sin conexión intrínseca a su auténtico sentido objetivo, máscaras tras las que se pueden ocultar las necesidades emocionales subjetivas del todo diferentes por parte de la conciencia moderna para mantenerse en ese modo general “niño” que aquí critico y mediante el cual estas necesidades tratan de legitimarse. Jung estaba muy consciente de tal peligro cuando señaló repetidamente que los cristianos con frecuencia tienden a abusar del dicho de Cristo: “Excepto vosotros…convertirse como niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mat. 18:3) para sugerir que deberíamos permanecer niños, lo que Jung consideraba poco ético. De la misma manera, uno puede, por ejemplo, apreciar ostensiblemente la idea del niño de Nietzsche, mientras que en verdad celebra con ella algo muy diferente, a saber, la constitución moderna de la conciencia en términos de “el niño”. Esto equivaldría a ignorar flagrantemente que la etapa del “niño” de Nietzsche presupone otras dos etapas, la del “camello” y la del “león”, que se convierte en este “niño” en un resultado tardío y una esperanza futura (incluso utópica) más que en una idea de comienzo que normalmente está conectada con el niño. Además, en el esquema de Nietzsche es esencial que ya la primera etapa, la del “camello”, implique una desviación radical y un rechazo del “niño” como forma sintáctica ordinaria de conciencia. De manera similar, el motivo del niño ciertamente legítimo en los sueños puede abusarse subrepticia e ilegítimamente como una confirmación del anhelo del ego por “el niño” en el sentido de esta introducción, es decir, por el anhelo propio de continuidad, armonía, inocencia, esperanzas futuras, etc. El contenido semántico específico legítimo es un ancla para toda una sintaxis oculta y en modo alguno legítima de la conciencia.

5 “La psique” es, en contraste con el alma (lógicamente) de otro mundo, esencialmente “partida”, el “comportamiento del organismo”.

6 Por supuesto, en la sala de consulta, el terapeuta se enfrenta a un ser humano real y, por lo tanto, debe estar atento a ambos lados de la diferencia psicológica, es decir, también a las cosas «psíquicas» y del ego.

7 Las citas son de Glen Slater, «Cyborgian Drift: Resistance is not Futile» Spring 75—Psyche and Nature (2006): 171–195, aquí p. 190.

8 En la antigüedad, en el mundo politeísta, en su nivel de conciencia y confrontado con lo que para ellos era el alma objetiva, es decir, la Naturaleza en su crueldad, la gente no cometió este error. Al verse a sí mismos confrontados con dioses en lugar de simplemente con objetos naturales como positividades, se mantuvieron fieles y dieron expresión a la dimensión estrictamente lógica o sintáctica de los fenómenos anímicos experimentados, mucho antes del desarrollo de un concepto explícito de lógica y sintaxis. 

9 Sobre la oposición de estas dos posturas fundamentales y el compromiso del psicólogo con la “masa dolorosa del alma, es decir, la baba y el lodo en su fondo”, cf. La respuesta de Jung a los comentarios críticos de un corresponsal (letras 2, 7 de mayo de 1960, a Anónimo, p. 557). “Estoy… caminando a través de la masa en el fondo del mar, como bien lo dices. Sin embargo, esta masa es la mente humana, como lo ha sido durante varios miles de años. Siendo médico, me preocupan los males del mundo y sus causas… Pero eres un cristiano gozoso muy por encima del fondo pastoso…. Para mí no hay rechazo arbitrario de la locura del hombre… El cristiano gozoso nos dice cómo deben ser las cosas, pero tiene cuidado de no tocar las cosas como son”.

10 Es este concepto el que conduce a un concepto de ánima romantizado y, por lo tanto, a lo que yo llamo psicología «solo de ánima».

11 Esto se expresa claramente en el axioma de Pseudo-Demócrito sobre la naturaleza: «La naturaleza se regocija en la naturaleza, la naturaleza somete a la naturaleza, la naturaleza gobierna sobre la naturaleza» (por ejemplo,CW 9i § 234). Ninguna protección de la inocencia e inocuidad iniciales de la naturaleza, su unidad armoniosa consigo misma. Ninguna resistencia contra un distanciamiento de la emoción y el instinto. Por el contrario: un subdual de la naturaleza, y un subdual no interpretado egoístamente como proveniente de la arrogancia humana, como el trabajo del ego o del «hombre caído», sino como el propio trabajo de la naturaleza (el alma) sobre sí misma.

12 Que incluso el mismo Jung no se liberó, no desear liberarse, del “niño” que mostré en “La psicología como anti-filosofía: C. G. Jung”, Spring 77—Philosophy and Psychology (2007): 11–51, e “‘Irrelevantificación’ o Sobre la muerte de la naturaleza, la construcción del ‘arquetipo’ y el nacimiento del hombre” (inédito).

13 Como sugiere la forma latina de la palabra, “el ego” es un término técnico para una construcción psicológica. Sin duda, en la psicología junguiana es ante todo cosificado, definido como un complejo en el centro de la conciencia. Pero más tarde, Jung también podría hablar de “el ego, es decir, el hombre empírico” (MDR, pag. 346), así como a la inversa de «hombre, es decir, su ego» (ibídem., pag. 337). Si en este último sentido «ego» y «hombre» son expresiones sinónimas, se hace evidente que ego se refiere a un estilo de conciencia completo, a saber, «egoico», un modo del ser-en-el-mundo del hombre. Es la autodefinición (implícita) ordinariamente prevaleciente o constitución lógica del hombre como tal en la modernidad, caracterizada por un pronunciado sentido de autoidentidad personalista, un enfoque racionalista, literal y técnico de la vida y posiblemente, a modo de compensación, una emotividad sentimental. Por el contrario, la palabra “yo” es una palabra del lenguaje ordinario y como tal simplemente se refiere a “uno mismo”, la subjetividad autoconsciente realmente existente sin ninguna otra determinación o definición específica, el concepto realmente existente.

14 Jung afirmó: “Si tratamos de extraer los factores comunes y esenciales de la variedad casi inagotable de problemas individuales que se encuentran en el período de la juventud, nos encontramos en todos los casos con una característica particular: un apego más o menos patente al nivel infantil de conciencia, una resistencia a las fuerzas fatídicas dentro y alrededor de nosotros que nos involucrarían en el mundo. Algo en nosotros desea seguir siendo un niño, ser inconsciente o, a lo sumo, consciente sólo del ego; no hacer nada, o complacer nuestro anhelo de placer o poder. En todo esto hay algo de la inercia de la materia; es una persistencia en el estado anterior cuyo rango de conciencia es más pequeño, más estrecho y más egoísta que el de la fase dualista. Pues aquí el individuo se enfrenta a la necesidad de reconocer y aceptar lo diferente y extraño como parte de su propia vida, como una especie de ‘también-yo’” (CW 8 § 764; Greg Mogenson amablemente me señaló este pasaje). Por mucho que atesore el punto más importante de Jung sobre este equivalente psicológico a la inercia de la materia y su insistencia en la necesidad de reconocer y aceptar lo que es diferente y extraño como una especie de «también yo», creo que ese «apego patente al nivel infantil de conciencia” del que hablaba debe ser visto como un rasgo característico de la modernidad. No es una constante antropológica.

15 Estoy en deuda con Greg Mogenson por este ejemplo.

16 Letters 2, a Serrano, 31 de marzo de 1960, p. 549.

17 “Estrecho es el mundo y el cerebro es ancho. / Los pensamientos viven uno al lado del otro, / pero las cosas chocan fuertemente en el espacio” (Friedrich Schiller, Wallensteins Tod II, 2).

18 El amor es lo que nos permite soportar y abrazar (¡pero no tolerar!) la Sombra, perdonar al mundo o a la vida todo lo que está mal en él, todas sus faltas y deficiencias. El amor es la fuerza para ver claramente lo que es malo y terrible y, sin embargo, para no caer en un espíritu de acusación o depresión. El amor “no es la vida que retrocede ante la muerte y se mantiene intacta ante la devastación, sino la vida que la soporta y se mantiene en ella”. Porque el Amor no establece lo que está mal como un paria, nos permite alcanzarlo lógicamente, y solo lo que podemos alcanzar lógicamente, sólo aquello con lo que lógicamente estamos verdaderamente conectados puede también -quizás- ser lentamente cambiado. El amor dice: Tat tvam asi, este eres tú (para usar este Gran Pronunciamiento del Chandogya Upanishad en un sentido muy diferente de su significado original en la filosofía védica): La sombra, lo que temes, odias, condenas, ese (también) eres tú. Las debilidades, fallas y crímenes de los demás son parte integral de nuestra humanidad compartida.

19 Ignoro aquí el hecho de que la psicología junguiana también tiene una segunda cara muy diferente, la de una empresa clínica personalista más en la tradición de Freud, Melanie Klein y otros que en la de Jung.

20 De hecho, en latín clásico, en San Agustín, en Ficino, por mencionar sólo estos,anima y animus a menudo son intercambiables. En Agustín “tanto ‘anima’ como ‘animus’ pueden aplicarse sin distinción de significado al alma humana…” “Cicerón traduce tanto ψυχή como νούς por ‘animus’” (Léxico de Agustín, vol. 1, columnas 315 y 316). Ficino habla de un “anima mundi” y de un “animus mundi”, a menudo en el mismo párrafo, refiriéndose cada vez a la misma realidad. Fue Jung quien planteó el anima y el animus como fundamentalmente diferentes, porque correlacionó el anima exclusivamente con los hombres y el animus con las mujeres. El hecho de que existan para él en Distribución complementaria los distingue absolutamente.

21 Muy diferente parece haber sido en su trabajo fenomenológico práctico con los documentos del alma.

22 G. W. F. Hegel, Phenomenology of Spirit, trad. A. V. Miller (Oxford, Reino Unido: Oxford University Press, 1977), pág. 103.

23 CG Jung, Nietzsche’s Zarathustra. Notas del seminario impartido en 1934-1939, ed. James L. Jarrett, vol. 2 (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press, 1988), pág. 1497.

24 “Ahí fuera” no es un lugar, sino el estado lógico de la positividad, los “hechos”.

25 GW 8 § 432, mi traducción. La traducción en CW  (“La individuación no excluye a uno del mundo, sino que reúne el mundo para uno mismo”) es simplista y personalista. Reduce la afirmación fundamental de Jung sobre el concepto de individuación a una declaración sobre algo experiencial. Después de todo, Jung dijo esto en una obra cuyo título original es “Reflexiones teóricas sobre la naturaleza de lo psíquico [del alma].” En el § 437 habla incluso de “fundamental [prinzipielle] reflexiones.”

26 “Deserción” en el sentido de un movimiento reaccionario, contrarrevolucionario. Jung ya tenía detrás de sí la revolución que supone la psicología. En su entendimiento, ya había avanzado claramente a la lógica de la psicología, es decir, él mismo había realizado la involución de lo lineal en lo urobórico.

27 C. G. Jung, “Prólogo” a su “La Psicología de la Transferencia”,CW 16, pág. 166.

28 La psicología junguiana convencional, por el contrario, trata de tomar tal experiencia de motivos arcaicos como una presencia inmediata y, por lo tanto, como proporcionando inmediatamente un «Significado» arquetípico. De esta manera, estos motivos son explotados por y para el ego, que los banaliza psicológicamente (para darles algún tipo de sentido en nuestro contexto moderno totalmente diferente) o, por el contrario, trata de usarlos como sus propias prendas míticas. La última posibilidad conlleva el peligro de una inflación de la conciencia o de hacer una ideología de tales experiencias (o de la psicología en general). Pero también puede ser una simple autoestilización en el sentido del “real fabricado” de Shamdasani (ver más abajo).

29 Letters 1, 20 de agosto de 1936, a Kurt Breysig, p. 218.

30 Como se señaló anteriormente, el yo, el complejo del yo, en psicología ya es en sí mismo una construcción abstracta que, como tal, pertenece a la esfera ideal-abstracta.

31 Sonu Shamdasani, Jung and the Making of Modern Psychology: The Dream of a Science (Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 2003), pág. 10f. (mi énfasis).

32 El uso moderno de las nociones de “Madre Tierra”, Ge o Gaia, Deméter, etc. en el movimiento ecológico nada tiene que ver con lo que era el tema de los mitos antiguos. Los mitos se ocupan de la sintaxis del mundo. Los movimientos ecológicos tratan de la tierra como una positividad y al hacer uso de nombres mitológicos ennoblecedores simplemente emocionan esta positividad.

33 Semánticamente todavía hay una diferencia: la Trinidad “masculina” más la consorte femenina. Pero lo que está en juego es más que una diferencia semántica.

34 Nuevamente, quiero enfatizar que el yo real no es “el ego”, la “personalidad del ego” o el “hombre empírico”, que ya están todos positivisados. El “yo real” no debe ser malentendido personalísticamente, reducido a lo que es la posesión privada del individuo.

35 Se han vuelto obsoletos porque lo que para aquellas situaciones mundiales anteriores era su sintaxis reinante, se ha congelado y reducido a contenidos semánticos. ¿Por qué? Porque la sintaxis experimentó un mayor desarrollo y ahora está en otro lugar.

36 El velo de Jung, por supuesto, no se concibe como una especie de pantalla de televisión. Pero en el momento en que la conciencia interpreta las cosas de tal manera que lo real en última instancia está absolutamente oculto por un velo y la conciencia se contenta con observar imágenes arquetípicas.como “hechos empíricos” de este lado del velo, este velo epistemológico-ontológico se convierte sin saberlo en el fondo absoluto o pantalla de todo lo que se ve y esas imágenes arquetípicas o misterios, igualmente sin saberlo, pero objetivamente, lógicamente, reciben el estatus de no más que “entretenimiento del tiempo libre”, porque por definición están privados del sentido de lo real. Por el contrario, la institución de la televisión es la cosificación concreta y la visualización objetiva de esta postura del “velo” tal como aparece, por ejemplo, también en Jung. Lo que se muestra en la televisión es por el hecho mismo lógicamente trivial, no importa de qué se trate.

37 El yo absolutamente liberado es un yo ausente como yo real.

38 Por cierto, dado que este libro trata sobre la violencia, no debe pasar desapercibido que el entretenimiento es otra forma de violencia, quizás la más grave posible: matar.hora!

39 No existen primero y luego se relacionan entre sí de una forma u otra. Es el acto de su combinación-y-separación eso es lo único que da lugar a su llegada a la existencia. Tienen su existencia en el proceso vivo de su relación lógica. Así que al menos tenemos que hablar mientras nos mantengamos en el nivel de la imaginación mitológica. En realidad, sin embargo, tendríamos que decir que es la imaginación la que arranca sus dos momentos internos de algo que en verdad es sólo lógicamente negativo, sólo movimiento lógico, pura sintaxis, y sustancia, personifica estos momentos para hacerlos accesibles. como contenidos semánticos. Como hieros gamos y su interrupción brutal, su relación o interacción lógica (es decir, el proceso mismo) está igualmente semantizada. Tales son las necesidades de la imaginación.

40 Está claro que el tipo de alcance de la realidad que realizan las ciencias y la tecnología no es el que tenemos que buscar. Es violencia lógica: una subsunción del mundo y de las cosas de este mundo bajo conceptos abstractos o, por el contrario, la imposición de conceptos abstractos sobre el mundo y no una combinación. Precisamente por eso, las ciencias y la tecnología no llegan a lo Real. La “realidad” con la que están tratando ya es en sí misma una abstracción, constructos.

“Convierte los errores en oportunidades” o la evasión de la falta

Logos del alma

Uno de los esloganes más comunes de la psicología pop, como parte del dispositivo reproductor de las narrativas posmodernas, es aquel que dicta: “convierte tus errores en oportunidades”, de esa manera se pretende que el sujeto pueda pararse sobre sus equivocaciones y transformarlas en productos que le permitan continuar el objetivo implícito en la lógica del mercado, es decir, seguir produciendo y siendo productivos. Así, en ese discurso esperanzador se pueden leer ciertas intenciones subyacentes que no pertenecen a la persona sino al espíritu presente en la vorágine de la época.

Se exige, con tal consigna, que el hombre no asuma una parte imprescindible de su propia existencia, marcando una ruta hacia el progreso, propio de las ideologías modernas que consideran lo viejo, lo caduco, los obsoleto, pero también la pasividad y el detenimiento como algo indeseable en la vía perpendicular del crecimiento, cuya traducción personalista se haya en el concepto egoico del desarrollo personal. Desde ahí, se puede entender porque la psicoterapia se aferra al modelo medicalista que supone que las patologías son algo que hay que curar, palabra que es un eufemismo de la neutralización y devoración del otro, como un otro por sí mismo, para integrarlo, de forma falsa, en la concepción narcisista de la normalidad.

Se relega, entonces, a la oscuridad de lo reprimido todo aquello que no cumple con la tarea de acoger el discurso de evasión de lo terrible. Porque de lo que se huye es precisamente de la falta implicita en la existencia, de la angustia que causa la consciencia de la desnudez metafísica y la herida persistente que da testimonio del nacimiento del hombre. Es el surguimiento del nihilismo como bien lo observaba Nietzsche el signo de la liberación del sujeto, pero ello conlleva el precio de un vacío que nunca se puede llenar y el dolor continuo por existir como liberado, es decir por permanecer fatídicamente atado a la necesidad de producirse.

En el filme “The Devil’s Advocate”, un joven abogado es incapaz de sufrir una derrota en los juzgados, esa habilidad lo lleva por un camino de éxito, pero también de perdición, en el que pierde todo aquello que le era importante, hasta que por fin es capaz de perder la propia vida, de sacrificar su mismidad, de esta manera tiene la posibilidad de ser consciente de su error y de actuar en consecuencia aceptando su condición de derrotado; pero es entonces que el Diablo lo tienta, a través de la esperanza, para que de su fracaso pueda construir un nuevo éxito y así se anule su permanencia en la falta existencial.

Al obligar al individuo a favorecer solo el lado prometedor de su estancia en el mundo, no se le permite asumir el error como parte inherente de la vida, el joven de la pelicula tiene que vivir un periplo para poder hacerse consciente de que su humanidad implica el pecado, pero al final la integración de la equivocación en su estructura psiquica se ve interrumpida por la busqueda de la oportunidad y por la esperanza de no sucumbir a la caida. Sucede de esta forma porque la presencia del nihilismo pide del sujeto que éste pague conscientemente su precio, que se permita ser “sin esperanza”, un caso perdido, pero al no hacerlo se tiene que permanecer solo como “el ultimo de los hombres”, es decir en un estado infantilizado de inconsciencia en donde el proceso de individuación (tal como lo entiende Jung) queda detenido, o al menos lo hace la asunción sensata de dicho proceso, que después de todo no se trata de un desarrollo sino de una interiorización.

Atender la falta, morar en su presencia es la tarea del hombre actual, no minimizarla ni proyectarla hacia el futuro, ni remediarla, más bien dejar que ella misma haga su obra necesaria, éste es el sino al cual nadie está dispuesto, pues significa abrirse ante el Otro y en un acto amoroso dejarse desgajar por su luz oscura; esto es lo que significa amar en una época en donde solo se ama la infinitud de lo mismo, la autocomplacencia y la esperanza neurótica de que hay un paraiso despues de la caída. Por último, me pregunto si la imposibilidad de permanecer en la falta no tiene como consecuencia su producción masificada, ¿será que el terror del mundo, es el toquido en la puerta de aquel huésped mal recibido pero necesario que tiene que regresar, por vías pervertidas, para tomar su lugar correspondiente como el dolor permanente que es la existencia?

Psicología – El estudio de la vida lógica del alma

Traducciones

Wolfgang Giegerich, Alemania

Artículo publicado en ‘The Soul Always Think’, volumen IV de sus artículos reunidos en inglés, capítulo 12, pp. 325-350

Traducción de Alejandro Chavarria

En 1956 Jung se lamentaba de que «mi obra posterior y más importante (según me parece) sigue sin ser tocada en su oscuridad primordial».1 Probablemente esto sigue siendo cierto hoy en día en gran medida. Lo que Jung sugiere en esta declaración es que hay una diferencia considerable entre su obra anterior y su obra posterior. Su obra posterior no es sólo una elaboración más detallada y una expansión de sus inicios, ni tampoco una mera modificación parcial. Es algo en sí mismo y, según él, más importante.

De la evaluación de Jung podríamos concluir que ahora, más de cuatro décadas después de su muerte, es nuestra tarea hacer finalmente justicia a su obra tardía. Pero creo que esto no sería suficiente. O bien, hacer justicia a su obra tardía tendría que significar algo más que simplemente intentar comprenderla y basar nuestro propio trabajo en ella. Más bien, tenemos que ir con Jung más allá de Jung.

No basta con escuchar y ser fiel a la letra de las enseñanzas explícitas de Jung. Como señaló Nietzsche en una ocasión, sería una mala manera de pagar a nuestro maestro el seguir siendo su discípulo para siempre. Tenemos que desarrollar aún más los impulsos que yacen en su obra, impulsos que el propio Jung no desarrolló plenamente y en los que basó su obra. Nuestra lealtad tiene que ser al espíritu vivo que se agita desde dentro de la obra de Jung, a los problemas no resueltos que han surgido a través de su obra, a sus necesidades internas. La ortodoxia no es la mejor manera de ser fiel a Jung. Esta actitud, por cierto, se corresponde con la actitud del propio Jung hacia Freud. En la misma carta en la que citaba la opinión de Nietzsche que acabamos de mencionar, Jung escribió: «El problema más cercano al corazón de Freud era, sin duda, la psicología del inconsciente, pero ninguno de sus seguidores inmediatos ha hecho nada al respecto. Resulta que soy el único de sus herederos que ha llevado a cabo alguna investigación más en la línea que él intuyó»2 Lo que Jung implica aquí es que él fue el único verdadero heredero del proyecto de Freud precisamente por haber desertado de la escuela freudiana literal y, en cambio, haber asumido como responsabilidad personal la preocupación más profunda que fue el motor de la investigación de Freud.3

Para dar una idea de la dirección que debe tomar este desarrollo posterior, compararé y contrastaré primero dos títulos de obras de Jung. Trazando una línea imaginaria entre el punto de vista implícito en la redacción del primer título en un extremo y el punto de vista expresado implícitamente en el segundo título en el otro extremo, obtenemos una especie de vector que tendremos que seguir en nuestros propios intentos. Inherente al desarrollo del pensamiento psicológico de Jung hay una cierta teleología oculta, y nuestro pensamiento tiene que comprometerse con el telos o finis (finalidad) más que con el origen histórico que subyace, en consonancia con la opinión del propio Jung (que expresó con respecto a la psicología de la neurosis) de que «cualquier desviación histórica es un desvío, si no realmente un giro equivocado» (OC 10 § 363, trad. modif.).

Una primera obra que data del año 1916 apareció en una versión revisada 1928 bajo el título:

Las relaciones entre el yo y el inconsciente.

La principal obra de Jung de su último periodo es

Mysterium Coniunctionis

Una investigación sobre la separación y síntesis de los opuestos píquicos en la alquimia

En el título anterior tenemos la idea de dos entidades que estarán en una relación cambiante entre sí. Es similar a dos personas, digamos un hombre y una mujer, que pueden enamorarse el uno del otro, casarse, tener peleas terribles, empezar a odiarse y, finalmente, pueden divorciarse o también reconciliarse de nuevo. Lógicamente, primero existen estas dos personas y, en segundo lugar, entran, además de su existencia individual, en una relación con todas sus posibles vicisitudes. El punto esencial para nuestra presente discusión es que hay una separación e independencia, si no es que una escisión, entre la existencia de las personas, por un lado, y cómo se comportan o lo que les sucede, por otro; filosóficamente es la diferencia entre sustancia y propiedad accidental. Las mismas dos personas también podrían no enamorarse la una de la otra y, sin embargo, seguir existiendo. Lo mismo puede decirse del Ego y del Inconsciente. En primer lugar existen, según la fantasía del título de esta obra, tanto un ego como un Inconsciente en la psique, y en segundo lugar esas entidades psíquicas existentes se relacionan entre sí de diversas maneras; su relación puede ser constructiva-creativa o, por el contrario, tener la forma de una disociación. Pero, independientemente de cómo se relacionen específicamente entre sí, son sólo las vicisitudes de la vida las que someten a las dos entidades psíquicas existentes. Aquí actúa un pensamiento sustantivador o reificador. También podríamos llamarlo «ontológico» en la medida en que parte de la idea de entidades subsistentes.

El pensamiento que subyace y se expresa en la redacción del segundo título es totalmente diferente, a pesar de que ambos parecen hablar del mismo tema. A primera vista podríamos pensar que los opuestos psíquicos podrían compararse precisamente con un matrimonio, y la síntesis o coniunctio por un lado y la separación por otro podrían corresponder al matrimonio y al divorcio de la pareja, es decir, a la relación armoniosa y productiva frente a la disociación entre el yo y el inconsciente. Pero la cuestión es que en este nuevo pensamiento ya no hay entidades subsistentes. Jung no habla del ego y el inconsciente, ni del hombre y la mujer, ni de lo masculino y lo femenino, ni de la mente y el cuerpo, el espíritu y la materia, el cielo y la tierra, o lo que sea. Ya no se ocupa de ninguna sustancia, de ninguna entidad. En lugar de referirse en términos de un pensamiento ontológico o sustantivo a los opuestos psíquicos como entidades subsistentes, simplemente expresa la noción abstracta de la estructura o forma opositiva de lo psíquico. Es la naturaleza interna de la psique que es oposicional, también podríamos decir autocontradictoria. Eso es todo. Lo que son los opuestos no se dice aquí, y no puede, no debe decirse en el contexto de esta obra tardía, porque esto sería una recaída en el estilo de pensamiento sustantivo que este título ha dejado atrás hace tiempo.

En lugar de tener dos entidades subsistentes de las que se dice que están en oposición, tenemos aquí la noción de una estructura oposicional en sí misma como el hecho primario (irreductible, inhinterrumpido), de modo que todos los opuestos específicos que puedan aparecer en el nivel fenomenológico son meramente ilustraciones o ejemplificaciones o disfraces secundarios de la estructura oposicional fundamental (y realmente irrepresentable). Y los términos separación y síntesis (o unión) indican la naturaleza de esta estructura oposicional, a saber, que no es realmente una «estructura» en absoluto (lo que, después de todo, implicaría algo óntico, subsistente y estático o rígido), sino más bien un movimiento, una tensión viva, la interacción fluida de separación y síntesis, de diferencia e identidad. La psique se concibe aquí como una vida pulsante. Estamos con este pensamiento en el nivel de esta vida misma (la vida, el movimiento como tal) y no ya en el nivel de los seres, los objetos o las entidades que viven o se mueven o se relacionan. En otras palabras, la separación de las entidades psíquicas de lo que secundariamente sucede con o para ellas ya no existe aquí. La forma de «ente» se ha disuelto «alquímicamente» en lo que antes se veía como su relación entre sí, de modo que sólo queda esta relación en su fluidez.

Jung también desarrolló, a su manera mitologizante, la opinión de que hay dos fuerzas en la psique, a las que llamó ánima y ánimus, y que forman una pareja o syzygy. Tanto anima como animus significan alma o mente, en latín, a menudo como sinónimos sin distinción.4 Es Jung quien hace uso de la diferencia de género de las dos palabras para dar a su similitud, expresada en su raíz verbal común (anim-), definiciones consistentemente diferentes. Si tomamos en serio este punto de vista, se deduce que puede haber tres concepciones fundamentalmente diferentes de la psicología. La psicología puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánima, pero también puede ser interpretada desde el punto de vista del alma como ánimus, y finalmente también desde el punto de vista del alma como la propia sizigia. Dado que Jung utiliza la imaginería mitológica, la idea de la sizigia del ánima y el ánimus puede verse como la percepción de la relación ánima-ánimus desde el primer punto de vista, el del ánima. El ánima imagina esta relación sicigótica en la imagen naturalista de un matrimonio, del mismo modo que se imagina a sí misma, así como a su otro, el ánimus y todo lo demás, en imágenes naturalistas (por ejemplo, a sí misma como una ninfa, una mujer misteriosa antigua pero siempre joven, como una niebla sobre un pantano, etc.). Lo mismo podría verse en términos de la posición del animus, donde todo ya no aparecería bajo la forma de figuras personificadas e imágenes naturales, sino como conceptos, por ejemplo, de fuerzas, tendencias, partes de la personalidad. En ambos casos, la sizigia se vería desde un punto de vista desde abajo, desde el punto de vista de las figuras o conceptos separados que son llevados a una unión por la sizigia por encima de ellos, como un techo o un paraguas.

Pero la psicología también puede elevarse al nivel de la propia sicigia. Sin embargo, si lo hace, si adopta el punto de vista de la «sombrilla» misma, la sizigia dejará de ser esa sombrilla que está por encima y abarca el ánima y el ánimus, y estos dos últimos habrán desaparecido ipso facto como algo propio y se habrán reducido a momentos internos sublimados de la sizigia. Entonces ya no habrá yugo (syzygy lit. = yugo) que conecte dos entidades separadas. Sólo quedará la propia sizigia como movimiento dialéctico en sí misma, como unidad de la unidad y diferencia de sí misma. A partir de aquí podríamos decir que el segundo de los dos títulos de nuestros libros junguianos habla desde el punto de vista de la propia sizigia. En efecto, la psicología ha captado e integrado aquí una idea que antes sólo había contemplado como un contenido vagamente intuido de la conciencia, de modo que ahora, finalmente, ella misma está informada por esta idea en su propio estilo de pensamiento. La idea ya no es un contenido que entretiene y enseña; ha llegado a la psicología y la ha revolucionado. Y lo que había imaginado como un paraguas o un techo al que mirar, se ha convertido en el suelo sobre el que se asienta la psicología, la perspectiva que la informa.

Así, con respecto al título anterior, podemos observar un cambio de paradigma fundamental. Un cambio de un nivel «semántico» a uno «sintáctico» de la psicología, de un pensamiento «ontológico» a uno «lógico», de una «sustancia imaginable» a una «forma o constitución abstracta». El primer título implicaba una psicología psicologista, personalista, porque presuponía a la persona humana como fundamento o contenedor o sustrato subsistente de la vida del alma. La vida pulsante de la que trata el título posterior ya no está ligada a la persona humana como sustrato. Es autosuficiente, de modo que aquí la psicología ha vuelto por fin a casa y ya no está alienada de sí misma. Esta vida pulsante es la vida lógica, no el proceso empírico; es el movimiento dialéctico y autocontradictorio de la unión y la desunión. La separación y la síntesis representan evidentemente relaciones u operaciones lógicas, sin embargo, como operaciones lógicas, no operaciones realizadas por nosotros, por la mente subjetiva, sino por «el alma» misma, o más bien ni siquiera realizadas por el alma, sino operaciones como las que «el alma» existe.

Puede que estos breves comentarios ya nos hayan dado una idea más clara de por qué Jung tenía razón al decir que su «obra posterior y más importante […] sigue intacta en su oscuridad primordial». El pensamiento psicológico suele seguir estancado en los modos personalistas.

Ahora bien, también es cierto que el texto que sigue a este magnífico título del último libro de Jung no siempre está a la altura del alto nivel de pensamiento psicológico alcanzado en la redacción del título. Es por ello que hoy tenemos la tarea de ir con Jung más allá de Jung, la tarea de proceder al punto de vista de la fluidez de la vida lógica como lo que es el alma.

Las siguientes exposiciones sirven para tratar de acercarnos un poco a ese punto o nivel en el que podemos comprender lo que significa la concepción de la vida lógica del alma, que es la vida dialéctica.

Pero antes tendré que abordar la posible incredulidad que la noción de «vida lógica del alma» puede suscitar en algunos lectores. ¿Acaso la psicología profunda del siglo pasado no nos ha enseñado que el alma es instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, «inconsciente», irracionalidad, patologización, imagen numinosa (y fundamentalmente incomprensible), etc.? En respuesta a esta objeción tengo que señalar dos cosas.

El primero se refiere a un problema meramente semántico que provoca un error de concepto. «Lógico» en la frase incriminada no equivale a la afirmación de que la vida psicológica se comporta siempre de acuerdo con las reglas de la lógica formal, que es un «pensamiento correcto», racionalista, calculado, plausiblemente argumentado. «Lógica» puede entenderse en dos sentidos diferentes. El primero es el de una disciplina especial en el departamento de filosofía; la lógica se concibe aquí esencialmente como un instrumento para el pensamiento correcto, para llegar a ser más fácilmente capaz de distinguir las formas de razonamiento falsas de las verdaderas. Esto es lo que podríamos llamar, con términos kantianos, el Schulbegriff (el concepto escolar o académico) de la lógica, en contraste con su Wleltbegriff (concepto de mundo, cf. Crítica de la razón pura, B 866). En términos de este último, el conceptus cosmicus, la lógica significa algo totalmente diferente. El filósofo que introdujo la noción de logos en el pensamiento occidental, Heráclito, hablaba del logos eôn, el logos subsistente. También se habla, por ejemplo, de la lógica de las revoluciones o de la lógica del capitalismo. Karl R. Popper escribió un libro titulado La lógica del descubrimiento científico. Pascal habló de la lógica del corazón. Más cerca tenemos la siguiente frase de Jung: «Por [x, y, z] entiendo las tendencias o determinantes que producen la cultura en el hombre con la misma lógica que en el pájaro producen el nido artísticamente tejido, y la cornamenta en el ciervo» (OC 4 § 665).

Jung no quería sugerir, por supuesto, que los ciervos o los pájaros hicieran cursos de Lógica Formal y que cuando quieren que les crezca la cornamenta o construyan sus nidos, los razonen aplicando las leyes de la lógica formal. Lo que se quiere decir en todas estas afirmaciones es el hecho de que inherente a los diversos fenómenos de los que se habla hay un cierto logos eôn, un patrón e impulso consistente, también podríamos decir que en su desarrollo siguen ciertas reglas internas, una necesidad interior. Una etapa da lugar a otra determinada, que a su vez es seguida consecuentemente por una tercera, etc., donde la secuencia no se produce por un mecanismo externo de causa-efecto, sino por una relación interna de posición, de respuesta a la posición (por lo que pertenece a la esfera del logos). Las etapas desarrollan una dinámica propia, independiente o incluso absolutamente contraria a las intenciones de los agentes humanos a través de los cuales se producen los fenómenos (esta última posibilidad es especialmente evidente en «la lógica de las revoluciones»). Del mismo modo, la noción de vida lógica del alma sugiere -en un primer aspecto- nada más que la vida del alma, tanto su vida en conjunto como la de sus momentos (o verdades) individuales,5 es el autodespliegue de su propia lógica interna.

El segundo punto que hay que señalar en respuesta a la objeción mencionada se refiere a las ideas convencionales (modernas) del alma como instinto, deseo, emoción, afecto, sentimiento, imaginación, etc. La obra del último Jung nos presentó la alquimia como modelo teórico para la psicología. La alquimia concibe su opus como un opus contra naturam, y uno de los principales primeros objetivos de la Obra es la disolución de la unio naturalis. Si se concibe que el alma es esencial y primordialmente afecto, emoción, instinto, deseo, etc., es evidente que el punto de vista de tal visión es precisamente el de la unio naturalis no disuelta. Es una postura naturalista que se aferra a tales nociones por medio de su definición de psique o, al menos, por medio de lo que para ella es el núcleo más íntimo y la base de las cosas psicológicas. Y el psicólogo que sostiene tales puntos de vista está excesivamente impresionado por los aspectos físicos de la experiencia. Los deseos, los afectos y las emociones son siempre en parte físicos, arraigados en el cuerpo.

Pero ¿puede la psicología permitirse el lujo de exigir que en un proceso analítico se disuelva la unión natural mientras ella misma se aferra a esa misma unión? Lo que la psicología quiere lograr en el nivel vivencial del trabajo de los sueños y del proceso terapéutico debe haberlo logrado ella misma como algo natural en su autoconstitución. La psicología no debe diferir constantemente hacia el futuro, cargar sobre los hombros de sus analizados como su tarea, y llevar ante sí como su mensaje predicado lo que es ante todo su propia tarea. Su trabajo sólo puede ser verdaderamente contra naturam, si el corte radical que lo separa de la «naturaleza» queda atrás y se mantiene firmemente en el terreno de la irrevocablemente disuelta unio naturalis. De lo contrario, estará inevitablemente condenada a quedarse en la psicología del ego, en la psicología personalista. Incluso el pensamiento mitológico apoya esta tesis, ya que psychê tenía originalmente su lugar en el inframundo y era el nombre de las sombras incruentas que allí sólo podían susurrar. La propia palabra hace referencia a la frialdad del soplo del viento que se siente como procedente de los fantasmas, de los muertos.

«Lógico» en la frase «la vida lógica del alma» tiene, por tanto, también el segundo significado de frío, abstracto, formal, irrepresentable -si se quiere expresar en términos mitológicos también se podría decir fantasmal. El término «lógico» viene a ser un insulto narcisista para el ego, el ego que naturalmente se aferra a lo natural y quiere desplazar la carga de la separatio (si es que llega a ser consciente de ella) fuera de sí mismo al nivel experiencial y al nivel de sus contenidos de conciencia (sus enseñanzas) para que la estructura lógica de la conciencia pueda permanecer en su inocencia virginal como conciencia «natural». Pero la conciencia psicológica tiene que tomar su propia medicina, es más, sólo es conciencia psicológica en primer lugar si su haber tomado su propia medicina está detrás de sí misma.

Debido a la descrita disolución despiadada de la unio naturalis la vida lógica del alma es abstracta. Sin embargo, como el logos an es el alma en lo Real y por ello es siempre concreta en el sentido de que es la vida lógica en los fenómenos reales, la lógica existente. Por el contrario, la lógica formal o las matemáticas son abstractas en el sentido de que tienen lo Real a lo que pueden aplicarse lógicamente fuera de sí mismas. En la medida en que la lógica formal se concibe como un instrumento mental para el pensamiento correcto sobre lo Real, es evidente que está divorciada de lo Real. La forma habitual en que se comprende y utiliza el término «conceptos», son conceptos abstractos en el sentido de herramientas para comprender algo. Todas las ideas, las teorías sobre la realidad, todas las explicaciones de la realidad son abstractas en este sentido. Pero también existe el Concepto concreto, el Concepto existentente del que nos ocupamos en psicología. Así que vemos que tenemos dos sentidos muy diferentes de «abstracto» o «Abstracción». Es crucial mantenerlos claramente separados. La lógica del alma es fría, abstracta, submundana en comparación con cualquier pensamiento y sentimiento naturalista, pero sin embargo muy concreta en comparación con los conceptos abstractos en el sentido de la lógica formal.

Aunque en mi lista original de las nociones que parecen contradecir la concepción del alma como vida lógica había incluido también la imagen numinosa, en mi discusión hasta ahora he omitido toda la cuestión de la imagen y lo imaginal. Pero ahora tenemos que echarle un vistazo. En última instancia, la presencia del estilo imaginal de pensamiento es una prueba de la unio naturalis no disuelta, también. Una mirada superficial a la alquimia es suficiente para mostrarnos que está más allá del estilo imaginal, que no sólo predica la disolución, sino que la practica activamente. Cuando, por ejemplo, utiliza fórmulas como lithos ou lithos, la piedra que no es una piedra, y cuando da a la piedra alquímica otros mil nombres, a menudo contradictorios, hace que la conciencia no pueda quedarse con la imagen de «piedra». La imaginación, que siempre es naturalista, se ve alterada. El propio carácter de imagen, la apercepción pictórica de la idea de piedra se destruye. Lo mismo ocurre con las operaciones realizadas por la alquimia. La putrefacción, la corrupción por fermentación, la pulverización, la destilación, etc., tienen por objeto descomponer violentamente la forma imaginal de la materia trabajada. La alquimia no es tierna con respecto a la «imagen».

El obispo Berkeley, de acuerdo con toda la tradición, afirmó explícitamente que «el alma siempre piensa». No hay que entender esta frase de forma abstracta y exclusiva, como si el alma nunca deseara, imaginara, sintiera, se emocionara, etc. No, lo que se quiere decir es que incluso cuando el alma no está pensando en el sentido más estricto y riguroso de la palabra, sino cuando está imaginando cosas o sintiendo emociones apasionadas, no obstante, piensa, sólo que de forma oscura, enturbiada, implícita y, por supuesto, sin saberlo. De Jung escuchamos que «el hecho de que la conciencia no realice actos de pensamiento no demuestra, sin embargo, que no existan. Simplemente ocurren inconscientemente y se hacen sentir indirectamente en sueños, visiones, revelaciones y cambios «instintivos» de la conciencia, de cuya naturaleza se puede ver que … son el resultado de actos inconscientes de juicio o conclusiones inconscientes» (OC 11 § 638, trad. modificada). Incluso los síntomas y afectos corporales psicógenos son en el fondo pensamientos, pero, por así decirlo, pensamientos «materializados», pensamientos sumergidos, hundidos en el medio natural, físico, del cuerpo o de la emoción. La imagen es el pensamiento sumergido en el turbio elemento naturalista) del espacio y el tiempo y la forma material. A la inversa, el pensamiento es imaginación sublimada (representación pictórica sublimada). Y una psicología informada por la alquimia tendría la tarea de liberar «el espíritu Mercurius», es decir, el pensamiento que está preso en «la materia» (en la imagen, la emoción, el síntoma corporal), preso en lo Real. En general, podríamos establecer la siguiente serie: el síntoma corporal es la emoción sumergida, la emoción es la imagen sumergida, la imagen es el pensamiento sumergido, y a la inversa, el pensamiento es la imagen sublimada, la imagen es la emoción sublimada, la emoción es la reacción o el comportamiento corporal sublimado.

A la vista de estas ideas, James Hillman me enfrentó en una ocasión a la cuestión crítica de si podía existir realmente un pensamiento sin imagen y señaló la sentencia de Aristóteles (De anima 431 a 16): «El alma nunca piensa sin imagen». Tengo dos respuestas a esta pregunta.

En primer lugar, hay que leer la citada afirmación de Aristóteles junto con su discusión en De memoria 449 b 31 y ss: La imagen (phantasma) de algo cuantitativo conduce al conocimiento (el pensamiento) de algo no cuantitativo. En la medida en que el alma piensa, no piensa la imagen del modo en que es imaginada El pensamiento va en contra de la particularidad de las imágenes. «Contradice la imaginación» (De insomn. 460 b 16-20). En lo que se concentra el pensamiento es precisamente otra cosa que lo imaginado, algo que la imaginación nunca puede representar. El alma pensante de la que habla Aristóteles es la facultad humana de pensar (que aparentemente se apoya inicialmente en la imaginación, pero sólo para trascenderla y llegar al territorio natal del alma, el pensamiento). Sin embargo, el «motor principal» de Aristóteles es la noêsis noêseôs, el pensamiento puro y sin imaginación, el pensamiento que se piensa a sí mismo y no a otro. E incluso el nous humano es el órgano de los principios (archai), que como tales no pueden ser imaginados. (Más o menos lo mismo es cierto para Plotino).

En segundo lugar, no tenemos que aceptar en primer lugar la afirmación inicial de que el alma nunca piensa sin imagen. Ciertamente, como acabamos de oír de Hillman (pero también relativizado), según la larga tradición aristotélica pensamos en imágenes. En cierto modo, esta tradición estaba todavía en la raíz del representacionalismo de la primera época. E incluso más tarde, Kant descubrió el «arte oculto en las profundidades del alma humana», el arte de la imaginación productiva e inconsciente a priori (Einbildungskraft), y tanto Fichte como Schelling, basándose en el descubrimiento de Kant, incorporaron sus propias versiones diferentes de éste en sus propios y diferentes esquemas.6 Sin embargo: Hegel, después de sus comienzos, en su filosofía madura, destronó la imaginación productiva como fundamento último de la conciencia de objeto. El movimiento interno de su «Psicología» teórica va más allá de la imaginación y muestra que no es ella, sino la memoria reproductiva la que hace el tránsito al pensamiento. Hegel insistió en que pensamos en nombres,7 en las palabras del lenguaje (lo que curiosamente nos recuerda los mil nombres que la alquimia dio al lapis o a la materia prima, etc.). En el nombre, la memoria reproductora tiene y reconoce la cosa, y con la cosa tiene el nombre, aparte de la intuición y la imagen». «Dado el nombre de león, no necesitamos ni la visión real del animal, ni siquiera su imagen: el nombre solo, si lo entendemos, es la representación simple sin imagen. Pensamos en nombres».8 Puedo hablar de mi padre (y saber perfectamente de qué hablo) sin tener que producir la imagen de mi padre. Entiendo la palabra monstruo en una frase aunque no surja en mi mente ninguna imagen concreta de uno. Probablemente no podríamos comunicarnos con éxito sobre asuntos más complejos si tuviéramos que producir la imagen correspondiente para todas y cada una de las palabras utilizadas en nuestras frases.

Mientras que la imagen conserva el vínculo con el aspecto natural de lo que es su contenido, el nombre de las cosas («mesa», «casa», etc.) se refiere indirecta y arbitrariamente a él, el significante (la secuencia de fonemas en el lenguaje oral, de letras en el escrito) no tiene aquí ninguna relación con el aspecto sensible del contenido. Por eso, un mismo objeto tiene nombres totalmente diferentes y sin relación entre sí en distintas lenguas («table», «Tisch», «mesa», «zhuôzi»). En el lenguaje, el espíritu ha asignado arbitrariamente ciertos sonidos de su propia producción al contenido respectivo y así, aunque posiblemente se refiera a cosas, se queda con lo que es de su propiedad, en lugar de mantener, con una ternura narcisista hacia sí mismo, el continuo interior con lo dado (la mística de la participación en el sentido de Jung). Este es precisamente el problema con lo imaginal e incluso con los símbolos: reafirman el continuum con la semejanza natural a pesar de todo el esfuerzo subjetivo por no leerlos literalmente. Se evita el corte real, objetivo (lógico). Los nombres (de las cosas) o las palabras son signos, no símbolos. «Cuando la Inteligencia ha designado algo, ha acabado con el contenido de la Intuición y ha dado al sustrato sensorial [es decir, a la palabra-signo, al grupo de sonidos, W.G.] como su alma un significado ajeno a ella».9

Para Hegel, las imágenes pertenecen a un espíritu todavía soñador; el espíritu (mindedness) despierta sólo en el ámbito de los nombres, que, para decirlo en nuestra terminología alquímica, son la evidencia existente de que la ruptura con la unio naturalis ya ha ocurrido y acompaña al lenguaje como una ruptura siempre ya realizada. Ahora bien, yo iría un paso más allá y diría que el pensamiento pictórico en imágenes, aunque empírica y vivencialmente quizá sea lo primero, es lógicamente secundario porque presupone el lenguaje, el pensamiento en palabras (nombres). Sin lenguaje no hay metáforas y tampoco imágenes.

También sabemos que, de hecho, los niños pequeños son capaces de tener un pensamiento sin imágenes, concretamente cuando aprenden a decir «yo». «Yo» es pensamiento puro. No es una imagen, no es una representación (Vorstellung). «Yo» no tiene cualidades ni características específicas, porque todos los seres humanos (a pesar de sus grandes diferencias de aspecto, tamaño, color de piel, sexo, edad, rasgos de carácter, dones y debilidades) pueden decir «yo». Sin embargo, el «yo» es un pensamiento como concepto existente, como real. Si fuera una representación, precisamente no sería «yo» (sino un «algo» concreto) y no podría realizar lo que el concepto yo realiza de hecho.

El último punto mencionado sobre el yo puede servir de acceso a otro aspecto esencial de la idea de la vida lógica del alma. Está claro que el yo no es pensado (inventado) por el niño, como la cornamenta no es pensada por el ciervo. Paradójicamente, el pensamiento del yo no está hecho por nosotros, no es un pensamiento del ego. El pensamiento aquí no se refiere a la función de orientación junguiana, a un acto explícito de pensar. No es un logro subjetivo. Es un pensamiento que sucede a y en la persona. La persona es sólo el lugar donde ocurre este pensamiento objetivo, al igual que la construcción del nido y el crecimiento de la cornamenta ocurren como pensamientos objetivamente en curso, pensamientos no «subjetivamente» pensados por el pájaro o el ciervo, respectivamente. La idea de la vida lógica del alma opera así con la idea de la psique objetiva, con los procesos no yoicos. Adaptando un adagio alquímico podríamos decir Psychologia nostra non est pychologia vulgi. La psicología es el estudio de la lógica autopensante, autodesarrollante y autorrealizadora de la vida real (o de los fenómenos individuales de la vida real); es el estudio, por ejemplo, de lo que «piensa» la misa católica romana, lo que piensa el árbol filosofal, lo que piensa la Trinidad, lo que «piensan» los platillos volantes (por aludir a algunos temas tratados por Jung). No es el estudio de lo que la gente piensa, imagina, siente, por ejemplo, sobre la Misa o la Trinidad, no lo que pretende, desea, todo lo cual pertenecería a una psicología personalista o del ego o naturalista. «Nuestra psicología» ha dejado atrás la falacia antropológica.

Sólo así es posible distinguir, en lo que respecta a los grandes procesos de transformación de nuestro tiempo (palabras clave: globalización, capitalismo avanzado, informatización, internet, televisión, publicidad, sociedad de la información, etc.), las preferencias subjetivas y el comportamiento personalmente culpable de los agentes que operan en esas esferas de aquellos cambios en los que no son más que los imperativos de acción de la lógica objetiva de la economía, de la tecnología, etc. los responsables de los desarrollos, aunque también sean empíricamente, por supuesto, provocados por agentes humanos. Y sólo así podemos reconocer y apreciar esta lógica objetiva como el opus del alma o, hablando alquímicamente (y por tanto imaginariamente), como el del espíritu Mercurius y no debemos, en términos de ego-psicología (que sólo conoce las opiniones y motivaciones y el comportamiento de las personas), menospreciarla como la obra malvada y siniestra de aquellos agentes humanos que en realidad resultan ser los instrumentos (a veces, pero por supuesto no siempre, incluso involuntarios) de su realización.

Junto con esta ruptura con la psicología personalista también hemos roto con la idea romántica del alma que quiere que sea algo bonito e inofensivo, un apoyo a nuestros deseos del ego de «significado», autoimportancia (llamada «individuación») y un «retorno a la naturaleza». La psicología es un negocio serio y no está al servicio de nuestros deseos. También hemos dejado atrás la consulta, por supuesto no totalmente, pero sí como lugar principal del opus. La consulta es sólo el lugar donde nos centramos sistemáticamente en el opus parvum, la «pequeña obra» de importancia sólo privada. El lugar principal del alma, sin embargo, el verdadero laboratorio o réplica del opus magnum es la historia, el verdadero proceso histórico. La psicología no tiene, pues, como ya dijo Jung, un campo delimitado (OC 9i § 112); no es una especialidad al lado de todas las demás ciencias y humanidades. Más bien, como psicología profunda estudia la lógica objetiva interna -el espíritu mercurial, «el alma»- en todos los procesos y fenómenos de la vida real en la medida en que ya han sido objeto de la atención, la reflexión y la interpretación de la mente. Esta lógica interna no puede conocerse a priori. Hay que descubrirla a posteriori y, de nuevo, es siempre una cuestión de interpretación.

Al decir «El alma siempre piensa» no debemos, por supuesto (véase nuestra crítica inicial más arriba sobre cualquier pensamiento sustantivo), imaginar que hay un alma (como sustancia o entidad, un autor o agente) que también, además de estar ahí, pasa su tiempo con la actividad de pensar. El uso de «el alma» en esta afirmación es sólo un modo de hablar mitológico, no una hipóstasis. No hay dos cosas: el alma más su pensamiento. Sólo hay una cosa, la propia vida lógica o pensante que ocurre realmente, sin nada (ningún alma literal, sustanciada) detrás de ella; pero este pensamiento objetivo en curso es en sí mismo lo que recibe, en nuestro modo de expresión retóricamente todavía mitologizante, el nombre tradicional de «alma».

Para poner de manifiesto otra importante ventaja de la perspectiva lógica frente a la imaginal, voy a echar un breve vistazo, a modo de ejemplo, a la interpretación de la sexualidad en psicología.

En los primeros tiempos del psicoanálisis freudiano, la vida del alma se consideraba predominantemente en el ámbito de la sexualidad. Las necesidades sexuales, los deseos, los comportamientos, las perversiones, los secretos de una persona se interpretaban como lo que el alma es básicamente y en última instancia. El alma = la libido sexual. Jung no estaba de acuerdo. También para él la sexualidad era de la mayor importancia psicológica, pero no lo sexual como tal, sino como lo que expresan los fenómenos sexuales. Jung tomó las ideas y comportamientos sexuales como símbolos.

¿Qué significa esto? Jung vio la diferencia psicológica en el trabajo de la fenomenología sexual. Un determinado síntoma, comportamiento o fantasía sexual era para él en sí mismo diferente, en sí mismo dividido; era la unidad de dos «realidades»: (a) el aspecto fenoménico, el contenido sexual obvio y manifiesto, el comportamiento empírico o el síntoma clínico, y (b) lo que el aspecto fenoménico representaba y expresaba simbólicamente y lo que precisamente no era manifiesto, no fenoménico. Era fundamentalmente oculto, invisible, incluso francamente unanschaulich (irrepresentable), completamente abstracto, no objetual (ungegenständlich). Sólo podía representarse indirectamente, es decir, simbólicamente. Pero el símbolo ocultaba tanto como revelaba el alma. Ocultaba lo que representaba porque la expresión simbólica era un ropaje o vestimenta en la que se manifestaba el alma irrepresentable.

Esto tiene varias consecuencias o implicaciones. 1. El fenómeno sexual no podía tomarse al pie de la letra, no literalmente. En la medida en que era una prenda para otra cosa, su verdadero significado no era idéntico al de esta prenda. La sexualidad, vista psicológicamente, no tenía que ver con la sexualidad, sino con el alma como algo propio. Aunque el vestido simbólico concreto que el alma elige para revestirse no es en absoluto totalmente indiferente y arbitrario, sino que tiene su propio significado, sin embargo, en principio se podrían haber utilizado otros vestidos, otros símbolos. Hay muchas formas en las que el alma puede expresar sus ideas. 2. Al ser un símbolo, el fenómeno sexual (o cualquier fenómeno psicológico) niega en sí mismo su propio aspecto fenoménico, manifiesto, empírico, y apunta a lo que no es, al significado anímico que expresa. Hay una actividad lógica en el símbolo. Casi podríamos hablar de un drama lógico:

1er acto: el «alma» o la lógica invisible se expresa con un ropaje simbólico, se manifiesta fenomenalmente, por ejemplo, en un fenómeno sexual, es decir, se hace visible. Lo irrepresentable se representa a sí mismo en este símbolo.

2do acto: el aspecto fenoménico u obvio del símbolo se niega a sí mismo, como diciendo: «Yo (mi aspecto) no soy lo que soy. No me tomes al pie de la letra. En realidad, no tengo nada que ver con la sexualidad».

3er acto: El aspecto fenoménico del símbolo se aparta de sí mismo y apunta a algún otro, algo oculto, invisible en cuanto a aquello de lo que se trata realmente. Dice: «Estoy sobre este otro no fenomenal», a saber, podríamos añadir, sobre «el alma», su vida lógica.

4to acto: El símbolo dice: «Pero sólo a través de mí (este mi ropaje) se puede acceder a este otro. Este último no es totalmente otro, no es nada fuera de mí, del modo en que un hablante existe fuera e independientemente de sus frases. Ese otro al que apunto, como aquello de lo que realmente se trata, existe exclusivamente dentro de mí mismo; no hay nada detrás de mí. Yo soy su representación válida y verdadera, su mejor representación posible. Y más aún: ese otro representado por mí sólo existe a través de mí, es producido por mí, planteado por y dentro de mí, precisamente a través de mi negación de mí mismo». En otras palabras, lo que se describió como el acto 1ero , a saber, esa lógica invisible que crea el símbolo, puede ahora realizarse para ser creado por y dentro del propio símbolo.

5to acto: El símbolo dice: «Porque mi significado es absolutamente negativo, realmente no quiero decir nada, pero por supuesto no simplemente nada, nada en el sentido de vacío total, sino nada en el sentido de que quiero decir exactamente lo que fenomenalmente muestro y represento.»

El símbolo es este drama interno, los cinco actos o movimientos de este drama simultáneamente, no sucesivamente. Lo que desde fuera aparece como un símbolo, un fenómeno unitario, es, visto desde dentro, este movimiento dramático. Es un drama lógico, es decir, no se desarrolla en el tiempo y en la realidad empírica, sino detrás de la «cara» del símbolo, y la lógica del símbolo es una lógica circular, urobórica. El resultado final de este drama lógico vuelve al punto en el que nos encontrábamos al principio Pero esto no implica que podamos simplemente eliminar y olvidar los actos intermedios de este drama. No, el final contiene en sí mismo todas las etapas por las que pasó el movimiento, de modo que el final no es en absoluto idéntico al principio. Está inmensamente enriquecido.

El ejemplo anterior, aunque en sí mismo no es muy significativo, se ha elegido aquí porque, al ser relativamente sencillo, me permite dar una breve ilustración de cómo el enfoque «lógico» es capaz de ver el funcionamiento interno de un fenómeno desde dentro. Ni el enfoque empírico, ni siquiera el imaginal, son capaces (o están dispuestos) a hacerlo. Tienden a describir los fenómenos tal y como se ven, desde fuera. Si bien es evidente que el enfoque empírico observa y teoriza desde el punto de vista del sujeto opuesto a los fenómenos como objeto, su visión sigue siendo externa, no es tan evidente que el enfoque imaginal también mira desde fuera y desde una posición vis-à-vis. En la medida en que para él la imagen es imagen poética, no hay duda de que hay una cierta interioridad en la imagen. Y sin embargo, el enfoque imaginal persiste en contemplar, visualizar, percibir la imagen, es decir, en mantenerla siempre lógicamente ante la conciencia, aunque empíricamente la imagen pueda mantenerse en el fondo de la mente con el fin de ver los fenómenos de la vida a través o por medio de ella. La interiorización en el fenómeno percibido como imagen sigue siendo incompleta, lo que por supuesto es concomitante con el hecho de que este enfoque se aleja de la ruptura con la unio naturalis. Está enamorado de la imagen y quiere mantenerla intacta en su conjunto; pretende enfrentarse a los dioses y a los fenómenos. Niega cualquier literalidad de la imagen, pero se cuida de no herir la imagen misma (en contraste, por ejemplo, con la contundente «la piedra que no es piedra» de la alquimia y su destrucción de la gestalt de la materia). Ver a través de los fenómenos al dios es, sin duda, una profundización de la mirada. Pero, sin embargo, no hace más que continuar la dirección de la mirada desde el exterior. Además, el dios descubierto lo es a través de un método externo, el del establecimiento de las semejanzas (un fenómeno dado y una divinidad mítica dada por la tradición como una especie de ready-made). Ver a través no es precisamente la autorrevelación del fenómeno, su propio hablar, su mostrar lo que es su esencia interior oculta, su alma.

Ver los fenómenos desde dentro es lo que llamamos pensar. La psicología tiene que pensar los fenómenos, en contraste con el mero hecho de «verlos» desde fuera y conectarlos con los mitos apropiados. El enfoque «lógico» destruye esta integridad de la imagen, rompe el vínculo con la semejanza natural, al entrar, penetrar en el fenómeno para comprenderlo a partir del funcionamiento de su lógica interna. La diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico es quizás comparable (y aquí, por supuesto, hago uso de una comparación naturalista y como tal externa) a la que existe entre la apreciación estética de un animal como una forma (un «rostro», una apariencia natural) y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología.10

Lo que quiero decir aquí lo puedo ilustrar volviendo al tema de la imagen frente a las palabras del lenguaje ya discutido y a una objeción a mi punto de vista planteada por Hillman desde su punto de vista de la imagen

En su respuesta a Marlan (en el ensayo que generosamente aportó al libro [p. 204] que Marlan editó en mi honor), Giegerich escribe que pensamos en palabras del lenguaje y no en imágenes. Yo diría justo lo contrario. Las palabras son en sí mismas imágenes. La historia del lenguaje, tal como la suponen Barfield y Vico, sugiere que las metáforas polisémicas y las analogías poéticas dan lugar a los conceptos denotativos y a la unicidad de significado. El lenguaje nunca puede liberarnos de su madre primordial, lo sensorial, lo natural, lo físico, la implicación de un anima mundi-un alma en y de un mundo natural, aunque ese mundo natural sea siempre «antinatural». …11

Antes de llegar al punto que quiero plantear, tengo que hacer algunos comentarios sobre la tesis de Hillman. Sin duda, hay contextos en los que «las palabras son en sí mismas imágenes». Pero el hecho de que las palabras sean en sí mismas imágenes sólo es cierto para las palabras en un metanivel de habla, palabras utilizadas en momentos especiales o contextos de habla eminente, como en la poesía, los dogmas religiosos, los mitos. No es cierto en el habla de la vida ordinaria, en el lenguaje científico, en el discurso intelectual. Como he señalado anteriormente, incluso en el habla ordinaria, cuando se habla de un león o del propio padre, la gente no produce necesariamente imágenes, sino que entiende lo que se quiere decir. La cuestión es que es el uso particular que se hace de las palabras o la lectura que se les da lo que las convierte en imágenes, mientras que en sí mismas no son en absoluto imágenes. Sólo en estos casos puede ser cierto que, lejos de «liberarnos» de las imágenes naturales, el lenguaje nos envuelve precisamente en imágenes y metáforas.

Pero incluso en la poesía y el lenguaje religioso esto no debe ser siempre cierto. ¿La palabra «rosa», incluso en un poema, es necesariamente una imagen verdadera o no es más bien un nombre que entendemos sin imagen? ¿Es la palabra «Dios» una imagen o no un concepto sin imagen que a veces sólo se imagina de forma secundaria y concreta?

Sobre todo, ¿el uso metafórico de las palabras se basa en la palabra como imagen o no precisamente en ella como mero nombre? ¿No se basan las metáforas fundamentalmente en una comprensión conceptual? «Era un león en la batalla»: ¿significa esta metáfora que debemos imaginar que el luchador tiene melena, garras y cola y que utiliza sus dientes para luchar valientemente? ¿No se olvida precisamente de la imagen concreta, de «lo sensorial, lo natural y lo físico» de «león», y se concentra únicamente en el concepto de «fortaleza feroz»? Incluso tenemos que decir categóricamente que, a menos que se deje atrás «lo sensorial y lo físico», no puede tener lugar una metáfora, una transferencia de una esfera a otra. Si la imagen visual se mantuviera intacta, la palabra a utilizar metafóricamente seguiría aferrada al significado literal. El nombre sin imagen es la condición sine qua non de cualquier metáfora. La metáfora y la imagen imaginal son cosas muy diferentes. El hecho de que el uso metafórico de las palabras parece ser inherente al lenguaje humano desde el principio sólo subraya, en lugar de refutar, mi tesis de que pensamos en palabras (como nombres) y que la condición de posibilidad del lenguaje es, como Hegel argumentó convincentemente, el haber dejado radicalmente atrás la imagen como tal y toda base sensorial y natural para darse a sí mismo «desde cero» su propio y fresco comienzo.

Por supuesto, Hillman contrasta «las metáforas polisémicas y las analogías poéticas» con «los conceptos denotativos y la unicidad de significado». Esto reduce el problema que nos ocupa a la oposición abstracta de polisemia frente a unicidad de significado. Este es un tema totalmente diferente al de la palabra como nombre sin imagen, sin base sensorial, natural, frente a la palabra como imagen «natural». Si se utiliza como lo que distingue a una de otra, la polisemia frente a la monosemia son categorías falsas. La unicidad de significado sólo se aplica a los conceptos abstractos. Pero no todos los conceptos son abstractos. También hay conceptos concretos, que son tan polisémicos e infinitos como las metáforas de Hillman (por ejemplo, «yo» o «Dios»); a la inversa, muchas metáforas se caracterizan por la misma unicidad de significado que los conceptos abstractos (por ejemplo, nuestro ejemplo de «león» como luchador feroz). Pero la verdadera cuestión aquí es la muy diferente a la de la polisemia/monosemia, a saber, si hay, por decirlo en términos de Hillman, una determinada naturaleza «madre primordial» detrás del lenguaje o si el lenguaje es la libre producción de la vida lógica del alma.

Después de estas correcciones, puedo llegar al punto que quería plantear sobre la diferencia entre el enfoque imaginal y el lógico o el que existe entre la apreciación estética de un animal como apariencia natural y el trabajo de disección y reconstrucción de la anatomía sobre él, o mejor aún: la fisiología. Cuando nos ocupamos de los sueños, de los mitos, de los poemas, de lo imaginal, estamos a priori inmersos en un mundo de imágenes como ya existentes, como ready-mades, por así decirlo, como imágenes ya producidas. Cuando hablamos y cuando imaginamos, a menudo nos limitamos a hacer uso de los significados que nos proporciona nuestro respectivo lenguaje y «actuamos» su potencial de metáforas polisémicas y analogías poéticas, sin desperdiciar un pensamiento sobre cómo surgen estos significados, cómo se producen, sobre el propio proceso de producción invisible e inconsciente.

Pero navegar sobre las olas del lenguaje, dar por sentado sus significados, «actuar» su potencial no es suficiente en psicología. También tenemos que «recordar», recordar cómo el alma o la mente crea, genera esos significados, a saber, utilizando y basándose en signos acústicos absolutamente sin sentido y arbitrarios (sonidos lingüísticos o grupos de sonidos) libremente articulados (expresados) por la mente o el alma misma. En primer lugar, estos sonidos no son en absoluto sonidos de origen puramente natural como los sonidos de los animales, sino, como fonemas, partes de un sistema de distinciones, elementos en distribución complementaria, y como tales productos y propiedades a priori de la mente Y en segundo lugar, al hablar estos signos sonoros o fonemas no se aferran en absoluto. Más bien, el alma se desprende de esos signos, que, como sonidos, son fundamentalmente temporales y mueren inmediatamente. Deben morir para que se produzcan los significados de las palabras y oraciones. Los sonidos de las palabras por sí mismos no tienen ningún significado. Su significado no es inherente a ellos, no es su posesión permanente. Sólo en la extinción de los sonidos surgen los significados. No, no hay ninguna «madre primordial» detrás del lenguaje, nada que exista como sustancia; por el contrario, la noción y el sentimiento de un anima mundi, de lo natural, o de una madre primordial, existen sólo porque se producen secundariamente mediante un determinado uso del lenguaje. Suponer algo sustancial como una madre primordial, como lo sensorial y lo natural detrás o fuera del lenguaje, equivale a una hipóstasis metafísica ilícita (aunque sólo se quiera decir metafóricamente), una «proyección» o «extrayección» mitologizante.

En la medida en que los sonidos del lenguaje son signos acústicos, podríamos llamarlos, por supuesto, algo sensorial y físico, el único sustrato sensorial y físico del que depende el lenguaje. Pero la cuestión es que al utilizar esos sonidos para crear palabras que luego pueden ser imágenes, la mente precisamente los despoja de su naturalidad, sacándolos de su contexto natural y apropiándoselos para su propia esfera mental. Les quita su aparente carácter de sustrato, dejando que los sonidos mueran y empujando desde los sonidos al significado. Esta sensorialidad no es más que un catalizador, una ayuda fugaz, que se deja completamente atrás y, por tanto, no entra en el producto final.

Sin duda, Hillman matiza su afirmación añadiendo: «incluso si ese mundo natural es siempre antinatural», lo que es (o sería) el punto mismo, pero añade esto sólo como una idea posterior intrascendente porque no toma la medicina contenida en esta idea. Si la tomara, vería que, en lo que respecta a cualquier cosa «primordial», sólo existe la negatividad absoluta del propio trabajo de la mente, su propio proceso de producción libre, y que su (de Hillman) «lo sensorial, lo natural, lo físico» son en sí mismos sólo conceptos ya creados por y dentro de la mente a través de su nombramiento y su aprovechamiento de signos sonoros sin sentido y, además, negados. Son, si me permiten decirlo, hechos en casa, propiedad de la mente. Son resultados producidos, no dados, encontrados, percibidos. A la inversa, lo que en un contexto humano llamamos percepción sólo es posible gracias a la producción de significados e imágenes por parte de la mente. De lo que no tenemos un concepto, o al menos una vaga idea, no podemos ni siquiera percibirlo. Percibimos en imágenes y conceptos que son posibles gracias a las palabras sin imágenes del lenguaje.

Como psicólogos, no debemos «caer» en las imágenes creadas secundariamente en el lenguaje. No debemos tomarlas literalmente. Tenemos que ver a través de ellas, ver a través del «anima mundi», a través de «lo sensorial, lo natural, lo físico», a través de «lo imaginal», y no ver a través de «los dioses» que son a su vez imágenes producidas para ser vistas. No, tenemos que ver a través del «alma», de la creación del alma que se produce en las palabras y las imágenes por medio de signos acústicos arbitrarios y sin sentido. De lo contrario, hacemos una ideología del anima mundi y de lo imaginal.

Además del contraste entre el animal como entidad existente y forma visible y el estudio anatómico y fisiológico de los animales, quiero mencionar ahora otras dos analogías (aunque remotas) con el punto que he estado planteando aquí. La primera es la distinción que se hace en filosofía entre natura naturata (la naturaleza tal como se nos presenta, la naturaleza que se da por supuesta como un hecho dado) y natura naturans (la naturaleza tal como se produce a sí misma). La primera noción está formalmente en el mismo nivel que «Las palabras son en sí mismas imágenes» (que se aplica sólo a las palabras como resultados del lenguaje), mientras que la segunda delata un interés en el proceso de producción que genera lo que conocemos como naturaleza en el sentido de natura naturata y, por tanto, equivale formalmente a un interés en cómo la mente produce sus palabras e imágenes.

Mi segunda analogía proviene de la psicoterapia. Jung advirtió a los psicólogos, cuando intentan comprender las neurosis, que no deben tomar las conjeturas neuróticas (fantasías, toda la impresión creada por una neurosis) literalmente al pie de la letra y caer en las complicaciones neuróticas, montando así el mismo caballo de batalla que los pacientes neuróticos. Jung se dio cuenta de que el objetivo de la neurosis es producir determinados efectos, darse tal o cual apariencia, crear una determinada impresión, seducir a la conciencia (tanto a la conciencia del propio neurótico como a la de las personas que le rodean, incluidos los terapeutas) para que crean en la impresión creada. Jung quería que comprendiéramos que las neurosis son producciones, arreglos (Alfred Adler), dramas escenificados y cómo y por qué fueron escenificados. Quería que «recordáramos» (en lugar de contribuir a la «representación», en el plano teórico, de la neurosis). Y «recordar» aquí significa reconstruir su génesis lógica interna, su génesis anímica.12 Así pues, en este ámbito, Jung desplazó su atención del producto a la producción que dio lugar al producto.

Del mismo modo, cuando Jung afirma que «La psique crea la realidad todos los días» (OC 6 § 78) o concibe la conciencia como «el segundo creador del mundo»13 no es suficiente para la psicología contentarse con el resultado de esta creación, con las imágenes fantasiosas y el mundo imaginado tomados al pie de la letra y explicarlos en términos de mitos, arquetipos o dioses como algo dado. Si queremos ser serios con respecto a la naturaleza creativa de la psique, entonces (a) no debemos hipostasiar el alma como una sustancia o agente detrás de la escena que produce imágenes a través de una facultad particular que ha llamado fantasía o imaginación, y (b) tenemos que aprender a reconstruir las imágenes y los fenómenos psíquicos desde dentro de ellos mismos, a partir de su vida lógica interna como su alma. Esto significa que tenemos que renunciar por completo a la idea de algo primordial, ya sea lo sensorial, lo natural, lo físico o los arquetipos como orígenes irreductibles dados a priori. Todo lo que tenemos son resultados producidos, cuyo proceso de producción está oculto.

Reconstrucción significa que el enfoque lógico no «ve» realmente (mira, observa) el funcionamiento interno de los fenómenos psíquicos desde dentro, como ya he dicho antes, sino que recorre él mismo, y realiza activamente como actos propios, los pasos individuales del automovimiento interno como el que es una imagen o un fenómeno psíquico dado. De este modo, no se limita a contemplar la imagen como el resultado final de este drama lógico frente a sí mismo. En el caso de tal mirada, este drama mismo desaparece detrás del rostro que muestra el resultado acabado (o mejor dicho: siempre ha desaparecido, ha sido borrado). Porque tal reconstrucción realiza los pasos de la vida lógica interna que constituye el fenómeno psíquico, la oposición de sujeto y objeto ya no existe. El fenómeno ha llegado a la conciencia y la conciencia se ha interiorizado en el fenómeno. Esta unidad o interiorización sólo es posible en el pensamiento del fenómeno.

Mientras que los mitos antiguos, los símbolos, las leyendas locales y los cultos pueden seducirnos fácilmente para que utilicemos un enfoque imaginal y esto significa simplemente verlos «en términos de los dioses», ya que ellos mismos presentan inocentemente sus verdades con un ropaje imaginal, sería, en el caso de los fenómenos fundamentalmente modernos, un grave error tratar de enfrentarlos para «ver a través de la imagen divina». Sencillamente, nos perderíamos si tratáramos de ver fenómenos modernos como la neurosis (en el ámbito del opus parvum) y los enormes cambios en los ámbitos de la economía, la tecnología, la organización social, etc. (como parte del opus magnum del alma) en términos de los dioses o de las imágenes arquetípicas. Los fenómenos verdaderamente modernos son en sí mismos demasiado «astutos» como para que uno pueda esperar hacerles justicia por debajo del nivel de su lógica. En épocas anteriores, «el alma» se contentaba con producir y mostrar su verdad interior en forma imaginaria, es decir, en el resultado de su autoexposición. La esencia de los acontecimientos de la vida y de los aspectos conocidos de la realidad podía captarse adecuadamente y condensarse en las imágenes de determinados dioses. Esto ya no es así en la modernidad. Nuestra vida es mucho más compleja, incluso complicada. En nuestra época «el alma» ha avanzado hasta tomar conciencia de su propio proceso de producción y lo saca a la luz. Por eso los fenómenos modernos tienen en sí mismos el carácter de procesos, de relaciones lógicas complejas, de transacciones, más que de apariencias. Pensemos en el dinero. Hoy en día no se trata de monedas de oro, sino de lo que ocurre en los mercados monetarios mundiales, la banca de inversión, etc.

Después de haber dado una idea de lo que significa «lógico» en la frase «la vida lógica del alma» y de por qué el enfoque lógico es indispensable para la psicología, quiero, en conclusión, dar algunas pistas sobre la «vida» que tengo aquí en mente desde una perspectiva histórica más amplia. Antes me ocupaba más de la vida lógica interna que constituye los fenómenos individuales.

Históricamente, hay que distinguir sobre todo dos objetivos distintos de los movimientos. En primer lugar, está el objetivo de formar una tradición anímica y renovarla constantemente. Aquí el alma está interesada en mostrar sus verdades interiores, es decir, en producir «productos» (fenómenos psíquicos) como resultados. Este objetivo se realiza en la interacción dialéctica de los dos movimientos de lo que en la psicología profunda convencional se ha llamado «proyección» e «integración en la conciencia». La proyección debe entenderse aquí en el sentido más amplio: la necesidad del «alma» de dar a su propia vida lógica interior, totalmente irrepresentable, una representación o expresión objetiva hundiéndose en el medio de lo natural, en forma de cultos, costumbres, imágenes, mitos, obras de arte, cultura en general (véase más arriba lo dicho sobre el «1er acto» en el drama interior de un símbolo). Un movimiento opuesto, que sin embargo pertenece a la misma esfera, proviene de la necesidad del alma de la «iniciación» de la conciencia individual en el espíritu interior de esas representaciones objetivas, para que lo que al principio estaba exteriorizado pueda volver a casa a la conciencia y a través de esta vuelta a casa se llene de sangre vital fresca.

El segundo objetivo de la vida lógica del alma es superarse a sí misma, emanciparse de sí misma. Esta es la obra «alquímica» de la historia, que es una historia del desarrollo de la conciencia. El desarrollo significa aquí que la conciencia se desprende de su estadio inicial, negando y sublimando este último y alcanzando ipso facto un nuevo estadio, a partir del cual puede volver a comenzar el mismo proceso. En Jung este tema de la progresión a través de las subliaciones se da especialmente en sus ideas sobre la muerte de los símbolos y la «metamorfosis de los dioses»14 (un solo ejemplo: una «… visión del mundo que había surgido de la decadencia del Olimpo y la transformación de los dioses en ideas filosóficas y teológicas»,15 ). En cada uno de los nuevos estadios alcanzados el alma realiza y cumple un potencial de sí misma y saca a la luz un aspecto más de su propia naturaleza.

Toda la vida del alma está comprendida en el único axioma de Pseudo-Demócrito con sus tres etapas, «La naturaleza se deleita en la naturaleza [esto corresponde al primer objetivo: el cultivo de la cultura tradicional a través de la proyección (o representación objetiva) y la iniciación-integración], la naturaleza somete a la naturaleza [esto corresponde a la emancipación de la conciencia paso a paso, la alquimia de la historia como opus contra naturam], la naturaleza disfruta de su dominio sobre la naturaleza [que no debemos imaginar como la utopía de una etapa final, sino como el disfrute del alma de la realización específica alcanzada en cualquier etapa].»


1 Cartas 2, pág. 309, a Benjamin Nelson, 17 de junio de 1956.

2 Ibídem.

3 Cf mi ‘Psicología junguiana: una empresa sin base. Reflexiones sobre nuestra identidad como junguianos”, en: Wolfgang Giegerich, The Neurosis of Pychology (Collected English Papers, vol. 1), Nueva Orleans, LA (Spring Journal Books) 2005, págs. 153–170.

4 Cicerón traduce tanto el griego pychê como nous por animus. En Agustín, tanto anima como animus pueden aplicarse sin distinción al alma humana. Para Lucrecio animus es alma (como ubicada en el pecho de uno), mientras que anima significa vida (como una cualidad de todo el cuerpo). Ficino a veces usa ambos términos indistintamente en un mismo párrafo.

5 Con Jung podríamos hablar aquí de momentos o verdades “arquetípicas”, como los momentos de amor, de lucha, de nacimiento, del puer, de la virginidad, de la iluminación, etc.

6 Véase el excelente estudio de Reinhard Loock, Schwebende Einbildungskraft. Konzeptionen theoretischer Freiheit in der Philosophie Kants, Fichtes und Schellings, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007.

7 GWF Hegel, Jenaer Systementwürfe III, en: Gesammelte Werke, Hamburg 1968 ff., vol. 8, edición. RP Horstmann y JH Trede, págs. 185 y sigs. Ídem, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften III, §§ 458–64. Ver también Alfredo Ferrarin, Hegel and Aristotle, Cambridge (Cambridge Univ. Pr.) 2001, pp. 287–308, e ídem, “Logic, Thinking and Language”, en: Rüdiger Bubner and Gunnar Hindrichs, Toon der Logik zur Sprache. Stuttgarter Hegel-Kongress 2005, Stuttgart (Klett) 2007. Jens Rometsch, Hegels Theorie des erkennenenden Subjekts, Würzburg (Königshausen & Neumann) 2007, págs. 204–217.

8 GWF Hegel, Finzyklopädie § 462 y nota.

9 Ibídem. § 457, Zusatz.

10 Jung, por supuesto, aborrecía la fisiología. Explica su aversión con la crueldad de la vivisección, con la que podemos simpatizar fácilmente. Pero además puede ser indicativo de una razón inconsciente más profunda, su ternura con respecto a la integridad de la imagen. En lugar de pensar las imágenes en el sentido de una reconstrucción intrusiva de ellas desde dentro de su propia vida lógica interna, prefirió simplemente reflejarlas contra el telón de fondo de algún otro dado externo (o imaginado como dado), a saber, mitos y arquetipos.

11 James Hillman, “Divergencias. Apropos of a Brazilian Seminar on Giegerich/Hillman – Organised by Marcus Quintaes”, carta abierta de 2008. Mi respuesta a Marian a la que se refiere Hillman se reproduce en el presente volumen como Capítulo 17.

12 Esto debe distinguirse claramente de la profundidad convencional. intento psicológico de concebir la neurosis en términos de una génesis biográfica en la infancia o niñez y en términos de causalidad (condiciones externas, traumatizaciones, etc.).

13 Por ejemplo Cartas 2, p. 487, a Tanner, 12 de febrero de 1959.

14 Sobre la metamorfosis de los dioses, véase el capítulo 20 infra.

15 Cartas 2, pág. 337, a Père Bruno de Jésus-Marie, 20 de noviembre de 1956

De los amores imposibles

Logos del alma

“La culpa es de uno cuando no enamora/ y no de los pretextos/ ni del tiempo.”

Mario Benedetti

En terapia, pero también en la vida cotidiana, se escucha la queja constante por los amores imposibles, que dejan una honda huella de insatisfacción en las almas de los consultantes, ellos son fuente de anhelo, de tristeza, pero sobre todo de rencor, porque guardan la semilla petrificada de la promesa de una felicidad que aquel otro sujeto se negó a cultivar, lo que al sufriente le parece una insensatez, pues ¿cómo ese otro pudo cortar una veta tan rica de placer? ¿cómo pudo cerrar las puertas del paraíso con las espadas llameantes de la distancia y de la indiferencia?

En las antiguas novelas caballerescas se observa el motivo común del caballero que en la búsqueda constante de gestas heroicas guarda un compromiso amoroso con una damisela virgen, la cual debe permanecer inmaculada para poder permitir que el héroe lleve a cabo sus encomiendas. Un tema semejante lo podemos encontrar en los autores del renacimiento que enamorados de una hermosa joven dedicaban sus obras a la figura de ésta musa que nunca podrían tener de manera carnal para ellos mismos. Así, Dante podía escribir sobre su amor por Beatriz o Petrarca hacer lo propio ante la figura de Laura, tan solo habiéndolas conocido de forma breve, prendados de la imagen evocada por ellas.

Es interesante constatar la importancia de la figura psiquica de lo femenino en la psicología de Jung ya que ésta tiene como propósito la representación de la vida animica del individuo, dicha imago no pertenece a un genero especifico sino que es la vivencia humana de la interioridad de los procesos psíquicos, por ello es identificada con el concepto mitico de alma. Esta mujer primordial es la fuente y el fin de los deseos particulares, es la gran dadora de vida y el árbol que otorga el fruto interminable, es el paraíso y la madre nutricia. Sin embargo, como Jung constataba, todo arquetipo tiene una parte oscura que les es inherente, por ello esta figura magnifica también debía ser la oscura caverna, la harpía devoradora, la Lilith asesina de infantes y, sobre todo, la negadora del placer y de la vida. En la imagen de lo femenino, por lo tanto, convive la promesa eterna de felicidad y su denegación ineludible.

El caballero novelesco requería, por tanto, escindir el arquetipo de lo femenino en dos lugares antagónicos, por un lado la bellísima doncella virginal y por el otro el dragón que la custodiaba, e incluso en casos específicos, como en el de Sir Gawain existir como la dualidad entre la esposa nocturna y la terrible bruja diurna. Dicha separación tenia el proposito de permitir que el ego pudiera forjar su estructura más allá de la conjunción incestuosa de lecho materno, por ello la imagen de la mujer debía ser inalcanzable y permanecer en el horizonte, ella tenia que ser la experiencia del deseo pero a la vez la negación de sí misma, para poder ser despedazada una y otra vez y de sus restos crear el cosmos.

Los rumores de este hito en la historia de la consciencia aun resuenan en las búsquedas amorosas de los hombres modernos, que nacidos de esta división inconfesable entre la mujer anhelada y su carácter de inasible, pueden correr tras su deseo sin el peligro de ser devorados nuevamente, pero el precio de constituirse como seres humanos es la eterna insatisfacción y un vacío que no puede ser nunca realmente llenado, y que no debe ser satisfecho ya que es la marca de su existencia, la piedra que como sisifos han de cargar absurdamente de manera ciclica.

En la vida cotidiana esto implica que es posible deshacerse de esta experiencia y encarnarla en un chivo expiatorio que cargue con la culpa de tal desazón, es así que el otro se convierte en la imagen viva de la imposibilidad del amor, entonces el amado se vuelve el responsable de la parte más desdeñosa de la existencia, es el culpable del dolor y del sufrimiento, así como lo ha sido en otro momento del signo de la felicidad; ante los ojos anhelantes se ha transfigurado en un ser hueco que personifica la falta, pero que ademas es el causante de la misma. Es de esta forma que amar se vuelve un crimen perfecto, pues la propia herida se traslada al prójimo y se le pide que se haga cargo de ella.

El amor es fruto de una promesa incumplida, pero el sujeto ha de tomar la decisión sensata de poder abrir su mirada al otro y permitir que éste sea tal como es, porque amar conlleva la resolución de aceptar la falta como algo inherente y poder apreciar aquello con lo que si se cuenta, a sabiendas de que esto es un don particular, pasajero e inmerecido. No obstante, la protesta del individuo moderno porque su semejante tome en sus hombros el peso de la existencia que no le correponde, muestra la rabieta infantil de quien, en un empeño narcisista, se obstina por no abrir su mirada al otro, deseando ser sostenido por los padres, por una pareja o por los amigos, debido a ello los idolatra y los culpa al mismo tiempo por hacer del amor un imposible, que no es otra cosa sino la proyección de su propia imposibilidad de amar.

La esencia de los arquetipos

Traducciones

Jon Mills, Canada.

Jon Mills (2018): The Essence of Archetypes, International Journal of Jungian Studies.

Traducido por Alejandro Chavarria

Resumen

La noción de arquetipo de Jung sigue siendo un concepto equívoco, hasta el punto de que los junguianos y los posjunguianos no se han puesto de acuerdo sobre su naturaleza esencial. En este ensayo, deseo argumentar que un arquetipo puede entenderse como un esquema inconsciente que es auto-constitutivo y que emerge en la conciencia desde su propio terreno a  priori, por lo tanto un acto autónomo auto-determinante derivado de la ontología arcaica. Después de ofrecer un análisis del debate sobre el arquetipo, me propongo investigar filosóficamente la esencia de un arquetipo examinando sus orígenes y reflexiones dialécticas como un sistema de procesos que surge de sus propios parámetros autóctonos. Ofrezco una explicación descriptiva de la constitución interna y el nacimiento de un arquetipo basado en la ruptura interna y el deseo de proyectar su universalidad, forma y patrones en la realidad psíquica como replicadores autoinstanciados. El contenido arquetípico es la aparición de la esencia como producto de la automanifestación, ya que un arquetipo debe aparecer para poder realizarse. Aquí debemos cuestionar seriamente que, en principio, si un arquetipo se autoconstituye y se autogenera, la noción y la validez de un inconsciente colectivo se vuelven bastante dudosas, si no superfluas. Concluyo esbozando una teoría arquetípica de la alteridad basada en la lógica dialéctica. 



¿Qué constituye la esencia de un arquetipo? En otras palabras, ¿qué hace que sea lo que realmente es, exactamente, sin lo cual no sería? Jung no lo aclaró. Y las escuelas postjungianas, incluidos los movimientos junguianos contemporáneos, siguen sin responder a esta cuestión tan elemental. Como resultado, no hay claridad ni consenso entre la profesión.  Sugiero que el término «arquetipo» se utiliza sin comprender ni analizar adecuadamente sus características esenciales. Este ensayo pretende ofrecer un posible correctivo a tales ambigüedades y aporías teóricas, con el fin de rehabilitar la definición, la claridad y el valor que este término transmite adecuadamente. En este sentido, toda exposición de un arquetipo debe ponerse en relación con la cuestión de los orígenes. 

La teoría arquetípica debe lidiar con los parámetros internos de lo que constituye la esencia, el alcance y el fundamento de la aparición de un arquetipo. Como tal, ofreceré un relato dialéctico de la constitución interna de un arquetipo con un énfasis en la ontología de la diferencia como característica fundamental. Propongo que la configuración interna de un arquetipo conlleva sus propias relaciones y tensiones dialécticas con la alteridad dentro de su propia constitución, que se convierte en la plantilla para la diferenciación externa, la proyección y la automanifestación revelada a través de la alteridad. Lo que tengo en mente es explorar hasta qué punto la alteridad no sólo es ontológicamente necesaria para la identidad, sino que también es la instanciación de la división interna que se convierte en algo desconocido y ajeno al tejido interno de un arquetipo propio, dando lugar así a formas modificadas como la diferenciación de su esencia original. Lo que esto significa es que todas las instancias del proceso arquetípico surgen originalmente de su propia división interna como una mediación dialéctica hacia la alteridad que se exterioriza a través de formas y particularidades específicas. En lo que sigue, espero articular los factores metafísicos y las operaciones internas de las actividades de un arquetipo que enriquecen una justificación teórica para postular una base original y un fundamento para que la ontología arcaica se manifieste y se reinscriba a través de los fenómenos arquetípicos. Dicho de forma lacónica, intentaré dilucidar una nueva teoría de los arquetipos basada en la dinámica de la ruptura, la división y la exteriorización internas que se manifiestan como esquemas inconscientes. 

El debate sobre los arquetipos

El campo de los estudios junguianos no puede ponerse de acuerdo sobre lo que constituye la contribución más original de Jung a la teoría psicológica, a saber, la doctrina de los arquetipos. En ningún otro lugar, es decir, en ninguna otra tradición psicoanalítica, sugiero, asistimos a un debate semejante en el que se cuestiona el aspecto más fundamental del marco teórico de una comunidad. El principio teórico más básico del padre fundador del movimiento se cuestiona repetidamente dentro de las perspectivas posclásicas, reformadas y contemporáneas, hasta el punto de que no existe un consenso unificado sobre lo que define o constituye un arquetipo. Esto abre el campo a la crítica a ser etiquetado como una especialidad académica esotérica, un grupo insular de interés propio, o un gremio gnóstico, incluso un culto místico, injustamente podría añadir. El junguianismo necesita rehabilitar su imagen, posiblemente para modernizar su atractivo frente a otras disciplinas académicas y clínicas y hacerlo atractivo para las masas. Aquí, coincido con muchos otros, su encanto y éxito está en abordar la cuestión de lo espiritual (Mills, 2017), una carencia del psicoanálisis tradicional. Pero la ontología del arquetipo, aunque repetidamente negada por los seguidores y apologistas de Jung como si no tuviera ninguna pretensión metafísica, se encuentra en el corazón mismo de este enigma. Lo que falta es una adecuada expectación filosófica y un análisis de la esencia de los arquetipos, un andamiaje teórico que espero remediar en lo que sigue. 

Comencemos brevemente con Jung, quien se refirió a los arquetipos de formas tan variadas, enrevesadas y contradictorias, que su legado conjetural estaba destinado a ser retomado por los estudiosos postjungianos y contemporáneos en un esfuerzo por exponer, desenredar y limpiar el desorden teórico. Jung se refirió a los arquetipos como ideas innatas, formas, imágenes colectivas, instintos, organizaciones afectivas, fantasías, emociones, patrones de comportamiento e intensidades cualitativas como la numinosidad (CW, 8, pp. 133, 195, 201, 205-206, 436; Jung, 1957, p. xliv; 1964, p. 96). En otros lugares de las Obras Completas, las llama energías psíquicas, entidades y fuerzas y agencias independientes que se organizan de forma autónoma y pueden apoderarse o imponerse a una persona contra su propia voluntad (CW, 8, p. 231; Jung, 1961, p. 347). Además, atribuye la independencia de la mente a los arquetipos, que tienen un carácter trascendental, y que existen fuera de los relatos naturalizados del espacio y el tiempo debido a su estructura y presencia sobrenaturales (CW, 14, pp. 505, 536-538, 551-552; también afirmado en su entrevista con Freeman, 1959). Pero Jung también se refirió a los arquetipos como conceptos, hipótesis, modelos heurísticos y metáforas (CW, 9, p. 160) cuando estaba retrocediendo de sus compromisos filosóficos anteriores bajo la bandera de la ciencia. Y fue muy claro al anunciar que estaba llevando a cabo una psicología empírica, no una filosofía especulativa, y se esforzó en afirmar que su teoría no tenían nada que ver con la metafísica (CW, 11, p. 16), a pesar de que estaba comprometida con la ontología. Este no es un argumento convincente, y mucho menos coherente o sostenible. ¿Dónde nos deja esto? 

Puedo sugerir que la controversia sobre el destino del concepto de arquetipo ha sido enmarcada tradicionalmente en las siguientes categorías binarias, si no falsas dicotomías: (1) El debate Racionalismo vs. Empirismo, que involucra las preguntas generales de un apriorismo frente a la experiencia; (2) El debate Biología vs. Cultura, que involucra las cuestiones más específicas de la innatez, evolución y transmisión genética frente al papel del medio ambiente, el apego, la psicología del desarrollo, el lenguaje y la dinámica social; y (3) El debate Naturalismo vs. Sobrenaturalismo, que se relaciona con las categorías anteriores y se cruza con muchos microdebates que sitúan los argumentos matizados dentro de los paradigmas encarnados naturalizados en las estructuras sociales complejas frente a las entidades, organismos y energías transcendentes, transubjetivas, suprapersonales y transpersonales que tienen fundamentos, organizaciones y propiedades místicas sobrenaturales, que evocan cuestiones metafísicas mayores como el emanacionismo, la superveniencia y la postura de Dios. 

La cuestión del apriorismo o la innatez puede abordarse tanto desde las tradiciones filosóficas racionalistas como desde las empíricas, ya sea desde la metafísica especulativa con énfasis en los primeros principios, la lógica proposicional y el fundamento y la función de nuestros procesos epistemológicos, incluido el positivismo lógico, hasta el papel de la biología, la evolución, la genética, la cognición, la neurociencia, la epigenética, la teoría del apego, la psicología social y del desarrollo y la naturaleza de los universales. Los desarrollistas se pelean con los biólogos evolucionistas, y los ecologistas o sociólogos aborrecen cualquier paradigma reductor que reduzca un arquetipo a su naturaleza sustantiva (materialmente) determinista, aunque sea una condición ontológica a priori para el posterior desarrollo humano. Y tanto los naturalistas como los culturalistas se oponen a las implicaciones teosóficas de importar la ontoteología a cualquier discusión sobre la constitución de un arquetipo. Por favor, perdónenme si estoy siendo demasiado simplista aquí, pero parece que hay cuatro grupos predominantes que se solapan y debaten: (1) evolucionistas, (2) desarrollistas, (3) culturalistas y (4) transpersonalistas, seguidos de una serie de disputas flexibles dentro de cada campo que pueden anexionar otras perspectivas, como el emergentismo desarrollista, y que, por tanto, ponen de manifiesto la complejidad de la teoría de los arquetipos. 

Goodwyn (2010) reconsidera la cuestión de la innatez y el argumento de la herencia, que yuxtapone a las tendencias actuales que ven los arquetipos como una confluencia de procesos de desarrollo y constructivistas que se convierten en sistemas y propiedades emergentes dinámicos (Hogenson, 2001; Saunders y Skar, 2001), como los esquemas de imagen (Knox, 2003). El lugar de esta matizada deliberación es sobre cuánto heredamos de las presiones evolutivas y del condicionamiento genético frente a cómo emergen los procesos psicosociales de desarrollo dentro de un orden socio-simbólico que condiciona el contenido de nuestras producciones psíquicas, que no son originalmente heredadas. Stevens (2002) defiende el enfoque biológico clásico, que más o menos engloba a las ciencias cognitivas y neurociencias, incluyendo la noción de algoritmos específicos del cerebro que están preprogramados, preexistentes y preespecificados, mientras que los desarrollistas sostienen que todo lo que tiene significado simbólico no puede ser heredado, sino que sólo emerge de los apegos y los procesos de socialización dentro de un medio cultural. Los aprioristas y los evolucionistas -desde Kant hasta Darwin- están genéricamente de acuerdo en en que las predisposiciones constitucionales básicas condicionan toda la experiencia, mientras que los teóricos emergentes o los modelos de sistemas dinámicos enfatizarían el poder organizador de la experiencia por encima de las fuerzas causales reductoras, incluso si concedieran que siguen surgiendo de un terreno corpóreo a priori y se organizan dinámicamente a través de complejas interacciones entre los genes, la epigenética y el entorno, ya sea biológicamente encarnado, socioculturalmente mediado o ambos. Por supuesto, cualquier debate que privilegie un lado sobre el otro, por ejemplo, la genética frente a la cultura, debe lidiar con las espinosas cuestiones del determinismo causal, la libertad personal, la elección y la agencia, un debate que no tenemos que abordar aquí (véase Mills, 2013b para una revisión). 

Stevens (2002) llega a proclamar que «cuando defino el arquetipo como «potencial neuropsíquico innato», estoy hablando del arquetipo como tal» (p. 284, cursiva en el original). Aquí se refiere al Ding an sich, que se reduce a su sustrato biológico ontológico. Siguiendo las afinidades kantianas de Jung (y de Freud) de que la cosa-en-sí-misma no puede ser conocida directamente, sino sólo sus derivados, es decir, que sólo podemos tener acceso epistemológico a las formas en que aparecen, siendo el ejemplo paradigmático la imago, este tipo de reduccionismo dogmático plantea severos desafíos filosóficos. Reducir los arquetipos al cerebro es un realismo biológico burdo que Jones (2000) ha calificado de «mito de la modernidad» (p. 600). Decir que el arquetipo «real» es un correlato neurológico y una propiedad del cerebro que provoca la emergencia como tal es desplazar el rico discurso sobre los variados modos de aparición y la fenomenología de la experiencia vivida que puede estar sobredeterminada y derivada de múltiples hilos de causalidad que compiten entre sí y sus subsiguientes metaorganizaciones y funciones. La biología es una condición necesaria de todos los fenómenos psicológicos, pero no es una condición suficiente para explicar las complejidades de la mente y la sociedad. Podemos observar los estados cerebrales en una resonancia magnética o en un TAC, por ejemplo, pero estas observaciones no son testigos ni registran la conciencia. La conciencia no son imágenes de colores en la pantalla de un ordenador. Esto es un error mereológico, así como la falacia de la simple localización como concreción errónea. La conciencia no puede ser colapsada en ningún paradigma fisicalista sin sufrir la pérdida del alma. La psique es mucho más de lo que pueden proclamar estos modelos reductores, aunque sean científicamente inteligentes y políticamente de moda. 

Volviendo a las guerras culturales, Roesler (2012), al igual que Knox (2003), piensa que los arquetipos se transmiten más a través de los procesos sociales que de la biología, ya que los patrones simbólicos complejos no pueden ser codificados genéticamente o heredados y deben ser concebidos como originados por la socialización. Las posturas deterministas híbridas también se han centrado en la esencia de los arquetipos desde el interior de la psique y la sociedad, algunas únicamente desde el punto de vista de la imaginación (Hillman, 2013), como formas simbólicas (Pietikainen, 1998), patrones de acción (Hogenson, 2009), así como fenomenológicamente emergentes del compromiso y la acción humana encarnada en sus entornos sociales y físicos dentro de su mundo lingüístico (Colman, 2016); mientras que los defensores de la evolución desean argumentar cómo la biología es la base de los logros de desarrollo, sociales y culturales a pesar de estar ontológicamente entrelazados. Siguiendo a quienes han construido estudios empíricos para proporcionar la llamada «prueba» científica de la existencia de los arquetipos (véase Maloney, 1999), Goodwyn (2013) sostiene que los motivos recurrentes en todas las sociedades funcionan como «atractores resonantes» que pueden ser estudiados empíricamente en el campo narrativo y ofrece pruebas de la existencia de arquetipos innatos, aunque las posiciones de los atractores podrían explicarse con la misma facilidad a través de motivaciones psicodinámicas basadas en el deseo inconsciente, la defensa y la identificación, por lo que las microtensiones entre la psicología evolutiva, la emergencia del desarrollo y la influencia sociológica-cultural una cuestión de énfasis, si no un punto discutible, por no hablar de los peligros de probar la validez epistemológica. 

La introducción de Jung del arquetipo como una realidad transpersonal con propiedades trascendentales que se infiltra y ocupa la psique de todas las personas en todas las culturas, pero que es incognoscible en sí misma, suele ser interpretada por quienes no simpatizan con este punto de vista como una construcción mágica de procedencia sobrenatural (véase Jung, CW, 7, p. 187; CW, 8, p. 183, 209; CW, 9, p. 33). ¿Cómo podría un arquetipo estar flotando en el espacio (sin embargo, está fuera del espacio-tiempo pero sobreviene a la mente espacio-temporal) como una entidad y agencia independiente que impregna la psique de todas las personas, actúa de forma autónoma, se apodera del funcionamiento mental, obliga a una persona o a las fuerzas sociales a actuar en contra de su voluntad, y afirmar que está anclado en un proceso participativo inconsciente arcaico que se equipara con y/o se origina en Dios (véase Jung, CW, 11, pp. 468-470)? Jung llega a hacer del arquetipo un «sujeto vivo» (OC, 11, p. 469), un «organizador divino de formas psíquicas dentro y fuera de la psique» (véase Cartas II, p. 22). 

Ni que decir tiene que los naturalistas rechazarían cualquier afirmación sobrenatural por ser anticientífica, inverificable, infalsificable y falsas ilusiones, mientras que los transpersonalistas cuestionarían la arrogancia epistemológica de la ciencia, separarían las categorías de subjetividad, intersubjetividad y objetividad como modos distintos de experiencia, ser y conocimiento, replantearían el debate entre realismo e idealismo, ampliarían la noción de lo que constituyen los parámetros del naturalismo y favorecerían un discurso fenomenológico y hermenéutico por encima del método empírico. Las objeciones al naturalismo suelen estar motivadas por la necesidad de preservar las nociones de espiritualidad, teología, trascendencia y experiencia fenomenológica o mística, cuando los naturalistas y los positivistas lógicos se oponen a tales fenómenos basándose en diferencias ideológicas y disputas metafísicas y lingüísticas sobre la «verdadera» naturaleza de la realidad. Al final tenemos un choque irreconciliable de valores que colorea el marco, el contexto y los límites lógicos del debate. 

Para aumentar la controversia, hay quienes sostienen que Jung nunca tuvo realmente una teoría de los arquetipos (véase Hogenson, 2004, p. 33), «es una explicación redundante para el origen y la transmisión de los símbolos» (Colman, 2015, p. 525), ya no encuentran el término «arquetipo» necesario, y mucho menos útil (Merchant, 2009), y cuestionan si los arquetipos realmente existen. Este es el meollo de la cuestión. ¿Estamos simplemente conjurando ficciones, utilizando juegos de lenguaje para definir algo en la existencia, o estos procesos y presencias tienen una base ontológica? En otras palabras, ¿el término arquetipo no es más que una fabricación teórica, una construcción social, una semiótica, no una realidad, por tanto un significante más que una entidad concreta por derecho propio? Incluso si son «entidades inmateriales», como Segal (2014) prefiere llamarlas, todavía nos queda la tarea de definir sus limitaciones ontológicas. Estas son las cuestiones filosóficas que deseo explorar en nuestra investigación que sigue. 

Lo que resulta importante delinear es el terreno del que surge un arquetipo. No puede surgir ex nihilo sin importar algún edificio sobrenatural que se vea obstaculizado filosóficamente, a menos que nos replanteemos la noción de universalismo a priori. La emergencia no puede ocurrir independientemente de nuestra encarnación, ya sea materialmente dentro de nuestra biología o dentro de nuestros medios sociales concretos, ya que la psique está enmarañada y reside dentro del lugar. En otras palabras, los arquetipos no pueden surgir lógica o categóricamente de algún vapor efímero o reino mágico. Deben explicarse como derivados de un proceso de desarrollo orgánico que es compatible con la razón y la ciencia, incluso si nos dedicamos a las humanidades, es decir, a las ciencias humanas. 

La aparición de la ontología arcaica

Cuando planteamos la ontología arcaica, evocamos la noción de iniciación, de arché (ἀρχή), por lo tanto de orígenes. Los fenómenos psíquicos y culturales deben tener una prehistoria, unas condiciones previas que están en relación con sus instancias originales. Siguiendo el principio de razón suficiente, todo acontecimiento mental debe estar en relación con un objeto arcaico que se deriva de su fundamento original. En otras palabras, toda experiencia psíquica debe estar en relación con sus orígenes. Este es el prototipo del inconsciente. Si un arquetipo es un modelo ejemplar original o una plantilla participativa en la que la experiencia humana se correlaciona de alguna manera, si no emana de ella, entonces estamos invocando la cuestión, el terreno y el alcance de la ontología original. Aquí el significado de lo arquetípico debe lidiar con lo que yo llamo el «problema de la génesis» (Mills, 2002a) para explicar cómo la actividad mental participa de derivados y repeticiones anteriores del ser original que puede decirse que han derivado de las sociedades arcaicas establecidas dentro de un proceso transpersonal colectivo (aunque sea transmitido genética, evolutiva y culturalmente) que condiciona cómo llegamos a percibir y experimentar nuestro mundo contemporáneo. 

Dejando de lado por el momento la cuestión de un inconsciente colectivo que informa el desarrollo psíquico de la raza humana, que presumiblemente es la matriz del proceso arquetípico -la chora de Platón-, aquí me interesa principalmente perseguir un ámbito de investigación estrecho para definir y articular la esencia de un arquetipo. En otras palabras, ¿cómo está constituido estructuralmente? ¿Cuáles son sus configuraciones internas, sus planos y su dinámica funcional? ¿Por qué debemos presuponerlo en primer lugar? ¿Se demuestra a sí mismo? ¿Demuestra su existencia? ¿Tiene una fuente o punto de origen? No es fácil responder a estas preguntas, porque nos obliga a especular sobre las preapariciones. ¿De dónde aparecen los arquetipos? ¿Qué precede a la manifestación? ¿De dónde proceden? Para que algo sea verdaderamente arquetípico, ¿no tendría que estar en relación con su premanifestación desde un terreno óntico primigenio? Lo que se manifiesta simplemente no ocurre ex nihilo, sino que debe surgir de un estado de ser a priori. Lo que afirma la recapitulación de lo arcaico debe también revelar implícitamente su esencia a través de la reiteración de la apariencia, por lo tanto la réplica de la presencia original. 

Ampliando la noción de Eliade (1949) de la repetición del «instante mítico del comienzo» (p. 35), ¿qué constituiría un arquetipo ab origine? No sólo la experiencia psíquica estaría en relación con su prototipo fundamental, a saber, la forma original, sino que la manifestación de la experiencia misma participaría necesariamente de un principio organizador previo. Si este principio organizador deriva de un proceso sistémico supraordenado es otra cuestión, que podemos dejar de lado por el momento. Además, si suponemos que un arquetipo -si es que existe- refleja una forma original, ¿no procedería también de las condiciones que le permitieron surgir en primer lugar, de sus preinicios, por así decirlo, de lo preformado

Esto implicaría que la forma original deriva de constituciones ónticas anteriores. Pero por el momento no sabemos cuáles serían esas condiciones, aparte de lo que nuestras especulaciones pueden ofrecer abductivamente sobre la base de lo que se presenta como evidencia. Si bien Jung postuló el inconsciente colectivo, al final, esto puede ser superfluo, si no es que simplemente se hace la pregunta. Sin embargo, la metafísica de los orígenes exige un análisis minucioso de lo que aparece en la vida colectiva de la humanidad -a través de las sociedades, la geografía y el tiempo ; y eso es posiblemente más sustantivo y se realiza experimentalmente a través de los fenómenos que atribuimos al proceso arquetípico. 

Independientemente de que podamos responder adecuadamente a la cuestión de la génesis, si nos mantenemos centrados en la naturaleza de lo arquetípico, ¿cómo funcionaría el proceso o mecanismo de la manifestación? En primer lugar, debemos partir de lo que aparece y, a través de la abducción, intentar dar una explicación viable o plausible de cómo surge la apariencia a partir de su historicidad, es decir, la esencia original. De hecho, debemos insistir primero en un primer principio, a saber, que algo viene de algo. Si no lo hacemos, entonces no hay conexión metafísica con el pasado. Esta tesis me parece insostenible, porque la primacía arcaica del pasado es el precursor óntico que condiciona el presente. Lo arcaico es un terreno a priori por el que nada podría manifestarse sin él. 

Lo que resulta importante, sugiero, es diferenciar (al menos categóricamente) el fenómeno del proceso arquetípico de su punto de origen; porque lo que aparece o se manifiesta a la psique debe ser un derivado de una instanciación inconsciente anterior que distribuye su esencia a través de las modificaciones en las que el contenido, las formas y los patrones aparecen a la mente subjetiva – ya sea como imago, percepto, afecto, impulso conductual, lo numinoso, lo mítico, lo simbólico, etc. Aquí debemos distinguir la (a) dispersión de su esencia en modos diferenciados y modificados de la (b) aparición de la morfología arquetípica. Sin embargo, debemos preguntarnos qué ocurre antes de que aparezca el arquetipo. Hemos postulado que el arquetipo nunca aparece como tal, sólo sus derivados, por lo que puede ser una proposición prematura. Pero a lo que quiero llegar es a la cuestión del fundamento original. Para seguir con esta cuestión, ¿cuáles son las estructuras o procesos que dan lugar a la aparición? En otras palabras, ¿qué constituyen los parámetros formales de un arquetipo en el origen? Aquí la apariencia y la esencia no pueden estar ontológicamente separadas, pues la esencia condiciona la apariencia, [1] aunque la manifestación arquetípica puede considerarse una modificación de la forma original. 

Partamos del punto de vista de la metafísica especulativa. Supongamos por el momento que un arquetipo es autoconstitutivo, que es un sistema de procesos o «entidad» psíquica, como la llama Jung, [2] con sus propias pulsiones internas y su propia dinámica. ¿Y si los arquetipos fueran autóctonos, lo que podríamos decir que es autóctono de la psique y que deriva de su propia fuente primordial? ¿Y si los arquetipos «nacen partenógenamente… como autorrevelaciones de la psique» (Mogenson, 1999, pp. 129-130)? ¿Y si los arquetipos se engendran a partir de sí mismos, es decir, que cada arquetipo es un replicador generativo que exuda su esencia en manifestaciones concretas de la apariencia -la imagen, por ejemplo-? ¿Y si los arquetipos son «autónomos», como dice Jung (OC, 9, p. 40; OC, 11, p. 469),[3] comportándose «autocráticamente» como «manifestaciones involuntarias de procesos inconscientes» (OC, 9, pp. 154, 153, § 260) que surgen espontáneamente como actos autocreativos, y pueden generar sus propias producciones en nuestra conciencia, engendradas nada menos que desde un terreno inconsciente? Si esto es posible, entonces el concepto de inconsciente colectivo no es necesario como generador de arquetipos, ya que los arquetipos serían propagativos y autoproductivos. En otras palabras, el inconsciente colectivo sería gratuito, por lo que no sería necesario para explicar los fenómenos de los arquetipos. Esto implicaría que los arquetipos fundamentan su propio suelo, emanando de un Ungrund primordial, por así decirlo, como suelo sin suelo. 

Pero aquí nos encontramos con el problema del albedrío. Además, tenemos que dar cuenta de la causalidad, a menos que estemos dispuestos a conceder al arquetipo sus propias producciones espontáneas como actividad autodeterminante, lo que respondería aún más a la cuestión de la agencia, pues la generación autoespontánea es un acto agéntico. Pero si no podemos justificar este salto metafísico a la agencia, entonces lo más que podemos atribuir al arquetipo es el carácter de un arti-facto – como re-producción, un objeto o dato repetitivo para la conciencia, a pesar de que lleva su propio significado y mensaje, que debe ser descifrado, a menos que el significado sea relegado a la interpretación y proyección del sujeto. Pero cuando importamos el lenguaje de la hermenéutica, ya hemos entrado en el dominio de una complejidad dinámica que tiene un cierto grado de teleología, es más, una intención particular nada menos, pues el propósito y el significado se transmiten en el propio acto de producción. Así, cuando Jung proclama que los arquetipos pueden poseer un carácter mítico o son motivos infundidos simbólicamente como représentations collectives (CW, 5; CW, 8, p. 122; pp. 152, 155; CW, 9, p. 41), ya hemos entrado en el dominio del lenguaje y de la acción comunicativa, ya que todas las estructuras de significado transmiten un esquema conceptual, un mensaje, intencionado podría añadir, como intercambio informativo. 

Cuando los arquetipos alcanzan la complejidad de lo simbólico, aunque estén dominados por las percepciones de los sentidos, la emocionalidad y el deseo, transmiten un significado que está cargado semióticamente, ya que todos los símbolos están mediados lingüísticamente y transmiten propiedades télicas avanzadas que forman parte de su significación, especialmente cuando la significación está sobredeterminada. Esto significa que el lenguaje humano impregna un arquetipo si posee un significado simbólico. Si no es simbólico, correspondería por definición a propiedades emergentes menos organizadas y no articuladas. Y cuando el lenguaje humano está implicado, incluso cuando se plantea una humanidad arcaica, esto implicaría un proceso colectivo o cultural agentivamente informado. Aquí, una vez más, entra la cuestión de un inconsciente colectivo, o tal vez simplemente un proceso arquetípico que se organiza inconscientemente, se autoproduce y se dispersa en la realidad psíquica como la llegada a la presencia de formas y potencias anteriores. Pero independientemente de la profundidad o estratificación que atribuyamos al proceso inconsciente (individual o colectivo), pertenece a los rasgos universales de la psique humana, por lo que es un aspecto general y unánime de todas las personas del mundo, independientemente del género, la raza, la cultura, la geografía y el tiempo. Debido a la presunta universalidad del arquetipo, independientemente de los infinitos modos en que aparece, podemos esperar encontrar configuraciones aún más básicas que formen su estructura y redes de significado analizando de cerca sus componentes sistémicos, es decir, los mecanismos implicados en la generación de las apariencias. 

Sobre la constitución interna de un arquetipo

Al plantear la noción de terreno original, ¿qué podemos discernir al examinar de cerca la constitución interna de un arquetipo? Esperaríamos encontrar alguna configuración discernible si el concepto de arquetipo tiene alguna consistencia interna; y con toda seguridad esperaríamos encontrar pruebas empíricas de su aparición. Pero, ¿qué pasa con la consistencia interna? Antes de poder responder a esta pregunta, debemos definir primero lo que entendemos por interioridad. 

A diferencia de Giegerich (1998), que considera el alma como un pensamiento puro (vida lógica) basado en la «interioridad absoluta o infinidad interna» (p. 18),[4] aquí quiero mostrar cómo la interioridad emerge de sí misma y condiciona todas las producciones psíquicas. Por interioridad se entiende todo lo que pertenece a la constitución interna y a la vida experiencial de una organización o entidad compleja, sea o no orgánica. Posee sus propias estructuras internas y relaciones dinámicas, está en constante flujo y movimiento, y como tal es un proceso de devenir sistémico temporal-espacial. Como devenir, la psique se funda a sí misma como relatos internos a través de una serie de espacios subsiguientes dentro de su abismo inconsciente (Mills, 2002b, 2010). Lo que está en juego aquí es una metafísica especulativa de postular el funcionamiento interno de un sistema complejo que es auto-constitutivo, auto-organizado y orientado hacia el intercambio comunicativo, es decir, la tendencia a dispersar su presencia y contenidos esenciales en otros medios psíquicos. Aquí estoy pensando principalmente en las organizaciones internas inconscientes de unidades de experiencia casi autónomas como esquemas variados dentro de las mentes individuales de los sujetos humanos dentro de una sociedad colectiva. 

Sobre la universalidad

Si partimos de la premisa de que los arquetipos son «universales» (Jung, 1951, p. 585), y de que se originan en la humanidad arcaica, lo que históricamente se ha denominado peyorativamente «hombre primitivo», debemos concluir que son endémicos de la naturaleza humana, aunque aparezcan en variedades pluralistas (incluso incompatibles o antagónicas). En este caso, los arquetipos son sencillamente abundantes. Nos encontramos con ellos todos los días como parte de nuestros rituales perfuncionales sumergidos en el condicionamiento cultural inconsciente. Pero, ¿qué podemos decir de las generalidades? A primera vista, debemos apelar a los rasgos universales. ¿Qué es un arquetipo en nuestra comprensión más común? A partir de Jung (1957, p. xliv), importamos el contenido en cualquier definición, por ejemplo, la imagen arquetípica. Pero, ¿qué precede al contenido? ¿Qué estructuras a priori condicionan la aparición del contenido? 

Si un arquetipo presagia y significa la forma, ¿qué hacemos con una forma genérica que no tiene forma? Aquí no tenemos ningún contenido discernible más que el contenido de la forma amorfa, una categoría genérica redundante injertada en un principio teórico de explicación de los fenómenos. Si este es el caso, entonces nos quedamos con el análisis de la forma sin forma. Entonces, ¿cuál es el fundamento -la esencia- de un arquetipo si sólo es una forma sin rasgos? Aunque la conocemos como apariencia en todas sus manifestaciones multidimensionales y sutiles, debemos concluir que la forma sin forma constituye su estructura ontológica básica. Que esto sea un formalismo vacío es otra cuestión. Por un lado, la forma arquetípica, por definición, está poblada de contenido, pues su propia forma sirve de fundamento a su contenido, pero con estipulaciones. Por otro lado, su estructura genérica (universal) se ajusta a los factores esenciales que permiten que el contenido se manifieste. En otras palabras, debe tener necesariamente ciertas condiciones, sin las cuales no podría existir. ¿Cuáles son esos parámetros formales? Empecemos por su universalidad. 

Hay al menos seis clasificaciones que podemos atribuir a la definición de universal: (1) totalidad, entero; completo; totalidad; (2) una afirmación ontológica de inclusión absoluta; (3) una categoría general de participación; (4) un principio de unificación; (5) infinidad o presencia eterna; y (6), indiferenciación o una unidad indivisa. Es principalmente dentro de esta última clase de universalidad donde quiero situar mi argumento de la interioridad como el advenimiento de la experiencia interna desde la autoctonía inmediata como unidad indiferenciada hasta la dispersión de la interioridad diferenciada en la presencia psíquica y la particularidad de la apariencia. Por lo tanto, un arquetipo emerge de su propia universalidad inicial, indiferenciada. Como tal, es su propia esencia la que fundamenta su propio suelo.[5] Lo que esto significa es que un arquetipo es un sistema de procesos libremente determinante: no sólo es su propio suelo y está fundamentado, sino que se da a sí mismo forma, sustancia y contenido.[6]

Hemos argumentado que un arquetipo deriva de la forma original, es decir, de la instanciación primordial de la ontología arcaica. Como reiteración de la forma arcaica, los arquetipos condicionan las producciones individuales y culturales que pueblan la psique y la sociedad. Esto haría de los arquetipos un fenómeno universal, y no meramente relegado a la idiosincrasia personal particularizada o a la relatividad cultural, pues deben ser comunes a todos los seres humanos. De hecho, es importante subrayar que, para que haya una universalidad común, debe haber una estructura esencial que haga que algo sea lo que es, sin la cual no sería. De ahí que la doctrina de la esencia sea la teórica más rudimentaria que fortifica estructural y ontológicamente las condiciones del ser y del devenir.[7] Lo que esto significa es que lo universal condiciona lo particular. 

Sobre la forma y la apariencia

Lo que es particularmente universal no es su contenido, que varía ampliamente a lo largo de la civilización humana, sino la forma de un arquetipo como tal, que hasta ahora hemos dicho que no tiene rasgos ni forma en su composición genérica. Esto da lugar a un tipo especial de universalidad, a saber, una omnipresencia sin forma como un absoluto sin rasgos. Como universal, es a la vez omnipresente y absoluto, ya que todo lo que no sea una ubicuidad y una totalidad que lo abarque todo anularía su carácter universal. Pero, ¿cómo puede la forma no tener forma cuando, por definición, muestra una organización así como un modo o tipo de configuración? En este caso, la falta de forma sólo significa que carece de un contenido específico o definitorio; sin embargo, esto no significa que carezca de propiedades definitorias, aunque la cuestión del contenido quede suspendida por el momento. 

Tal vez esta forma sin rasgos no sea tan vacía después de todo, en la medida en que debe existir algo elemental para que haya esencia, sin la cual no puede ser ni aparecer. Lo que podemos concluir razonablemente en este punto, por nebuloso que siga siendo hasta ahora en nuestra investigación, siguiendo su constitución a priori, es que debe aparecer un arquetipo. De hecho, un arquetipo es la apariencia de la ontología arcaica, pues nada puede existir si no se actualiza. En el lenguaje de Hegel (1812), «La esencia debe aparecer… La existencia; es un ser que ha surgido de la negatividad y la interioridad… lo que es, existe«. (pp. 479, 481, cursiva en el original). Sin embargo, lo que el arquetipo manifiesta es el contenido: nunca se revela en su puro formalismo. Sólo podemos discernir esta forma lógicamente. Pero la afirmación más audaz es que la apariencia arquetípica es realmente la cosa-en-sí-misma – lo que aparece es real o actual como desvelamiento e instanciación de la esencia en sus modos de manifestación. En este caso, el noúmeno kantiano o el Anstoss fichteano -el límite, la frontera o la comprobación rígida- queda superado por el mero hecho de que podemos plantearlo. En efecto, no hay nada que podamos conocer con mayor certeza que la esencia de lo real, pues concebirla o pensarla presupone que ya la conocemos por el hecho de plantearla.[8]

Si adoptamos la noción de que toda manifestación (contenido) debe estar en relación óntica con su base original (forma esencial), entonces un arquetipo trasciende lo fenoménico, ya que es anterior a la apariencia como tal, y por lo tanto representa una realidad o fuente última a partir de la cual se manifiestan los fenómenos, es decir, aquello que condiciona toda experiencia. Aunque la apariencia y la base son equiprimordiales, nunca podemos experimentar el arquetipo en sí mismo, como si pudiéramos deslizarnos en su forma vacía o encontrar la base de la que emerge, aunque podamos afirmar que existe. En este sentido, no es más que un ideal platónico o un absoluto hegeliano, simplemente una abstracción idealizada del pensamiento. En otras palabras, podemos afirmar que lo conocemos, pero no lo experimentamos directamente en su forma original. Por lo tanto, tiene que haber un proceso en el que la apariencia surja de la tierra, que por extensión lógica se haría eco de su organización arcaica, como la reverberación de la ontología inconsciente, que informa las condiciones para la apariencia como tal. Este carácter trascendental del arquetipo hace que la metafísica de la experiencia sea interdependiente de un pasado arcaico que condiciona el presente, aunque podemos argumentar que no hace que un arquetipo sea necesariamente determinista, sólo determinante. 

Sobre la esencia

Volvamos ahora a la noción de esencia. ¿Qué constituiría una organización formal de la forma arcaica que precede a la apariencia? En otras palabras, ¿qué tipos de configuraciones, asociaciones, órdenes, propiedades y funciones poseería un arquetipo, necesariamente, en la medida en que es esencial para su naturaleza, sin la cual no existiría ni podría existir? La cuestión de la necesidad ontológica es tan indispensable que un arquetipo nunca podría llegar a ser o revelarse como la modificación o expresión de su instancia original o acto de ser inicial. En otras palabras, no habría fenomenología sin ontología. No puede haber apariencia sin algún suelo arcaico original u orden sistémico (como proceso inconsciente) que condicione el proceso de devenir. Todo es proceso, pero debe provenir de organizaciones previas que se constituyen históricamente como invasiones de lo real, la constatación traumática de que hay hechos y acontecimientos objetivos que fracturan e irrumpen en nuestras realidades vividas (psicológicas y materiales). 

Hemos determinado que un arquetipo posee el atributo de la universalidad, que es omnipresente y absoluta, pero al mismo tiempo está constituido de forma singular, ya que cada arquetipo tiene su propio carácter único cuando se revela (es decir, como imagen, emoción, motivo, etc.). Esto parece sugerir que cada arquetipo comienza como una unidad original cerrada y autónoma. Aunque a primera vista esto puede sonar bastante circular, monádico y solipsista, porque los arquetipos presumiblemente participan de la esencia formal de cada uno, es decir, de aquello que los hace ser lo que son, sin lo cual no serían, sus apariencias son sólo la apariencia de la singularidad y la diferencia – «en parte como diversidad, en parte como oposición» (Hegel, 1812, p. 449, cursiva en el original). Jung (1951) presumiblemente se hace eco de esta tesis cuando dice: «Si el arquetipo, que es universal, es decir, idéntico a sí mismo siempre y en cualquier lugar, es tratado propiamente en un solo lugar, es influenciado como un todo, es decir, simultáneamente y en todas partes» (p. 585). Para que esto sea así, todos los arquetipos deben participar de una esencia común

La esencia formal debe comenzar con una comunalidad compartida a todos los arquetipos que existen antes de que la división y la modificación sucedan a su ruptura en la distinción, la particularidad y la multiplicidad como la llegada a la existencia de la presencia psíquica vivida. Esto haría de la esencia compartida un rasgo ontológico de todos los arquetipos, independientemente de cómo aparezcan como ocurrencias singulares, por tanto formas derivadas de la forma original. 

A pesar de su singularidad y dispersión de la multiplicidad, si los arquetipos comparten una esencia común, tendrían los mismos parámetros formales independientemente de cómo aparezcan individualmente a la psique. La apariencia arquetípica a la psique -como imago, numinosidad, etc.- señala su modificación desde la forma original, es decir, la apariencia es la alteración de su composición original como tal. Esto implicaría, como mínimo, una división básica en su constitución interna: la división fractura su unidad original. La aparición es la llegada a la presencia de una nueva forma en la que el arquetipo ya no es simple e indiviso. La manifestación es la particularización del contenido como acontecimiento, ya sea como impulso, afecto, percepción, etc. 

Esto nos lleva a analizar la forma de la forma. ¿Cuál es la naturaleza o la esencia más íntima de esta forma? Si un arquetipo es una (1) unidad formal autoconstituida que es (2) universal en su a priorismo inconsciente, sólo para sufrir una modificación interna y manifestarse como (3) contenido, debemos por tanto explicar su movimiento desde (a) la unidad interna a (b) la alteración a (c) la manifestación. Aquí sugiero que un arquetipo debe tener una estructura básica que se constituye dialécticamente como auto-relación, y más aún como auto-en-relación, con la identidad y la diferencia. Al principio, un arquetipo tiene una unidad simple que debe someterse a la división, modificación y dispersión en la realidad psíquica: está destinado a revelarse, a brillar, a revelar su presencia oculta como contenido en la conciencia. La dialéctica de la identidad y la diferencia es, pues, inherente a la estructura de un arquetipo, sin la cual no podría aparecer como particularización. Dado que los procesos arquetípicos no aparecen de la misma manera, sino que se derivan de formas primordiales o arcaicas, participan de una base o esencia común que da orden a sus apariciones. De hecho, esas estructuras dinámicas internas son las propias condiciones ónticas (relacionales) para que los arquetipos se manifiesten. 

Puede ser más útil considerar la constitución interna de un arquetipo como un sistema de procesos más que como un objeto estático, como un formalismo impersonal presubjetivo que genera la multitud y las penumbras de la experiencia. No tiene sentido referirse a los arquetipos como «sujetos vivos», como hizo Jung (CW, 11, p. 469), que antropomorfiza el concepto y es simplemente mala filosofía. Hacer de un arquetipo un sujeto reificado es convertirlo en un agente personal en lugar de destacar simplemente la teleonomía y la teleología que operan dentro del propio sistema de procesos. En otras palabras, al afirmar que los arquetipos «no son meros objetos de la mente, sino que también son factores autónomos» (Ibid), Jung confunde vergonzosamente un objeto mental (concepto) con la función de cómo un proceso interno puede aparecer como una agencia exógena, un sujeto vivo nada menos, como los homúnculos que pueblan la psique. Podemos confundir fácilmente la fuente, el fundamento y la apariencia de nuestras experiencias internas hasta el punto de imaginar que emanan de una procedencia externa independiente de la mente. Esto no es más que una fantasía alimentada por el deseo inconsciente, la defensa y el conflicto. Los arquetipos no son ciertamente enanos internos que tiran de las cuerdas de la mente. La apariencia de autonomía o alienación de los esquemas psíquicos o de los contenidos internos no debe equipararse a entidades personales, y mucho menos a presencias deificadas, que flotan en la psique y lanzan un hechizo sobre el individuo como un encantamiento vudú. Al considerar un arquetipo como un formalismo impersonal presubjetivo que es a la vez esencia y fundamento, estamos poniendo de relieve los fundamentos ontológicos a priori en los que se condicionan las experiencias más subjetivas de la psique, que además transpiran dentro de un paisaje sociológico objetivo: las mentes de los colectivos. 

Volvamos a la oscilación equiprimordial de la identidad y de la diferencia que opera dialécticamente dentro del inconsciente como momentos de relatos negativos en busca de la mediación, la síntesis y la unificación de la oposición como «función trascendente». La noción de una gran síntesis es una falacia lógica y una fantasía que la psique fabrica en su búsqueda de la totalidad. Pero no podemos renunciar a ella porque es una necesidad psíquica de alcanzar la idealidad. Nunca alcanzamos la totalidad. ¿Cómo sería eso? Significaría el fin del proceso, la muerte de la dialéctica del deseo. Lo máximo que podemos hacer es concebir la totalidad como una culminación lógica de la imaginación. En la acertada conclusión de Hegel (1830), «la fantasía es la razón» (§ 131). 

La dialéctica de la identidad y la diferencia como momentos mutuos y relaciones ónticas es un movimiento inconsciente indispensable que fundamenta la conformación ontológica de un arquetipo. Desde cada lado, ambos son inmediatos y mediatos, implícitos y explícitos, indiferenciados y diferenciados en el proceso antediluviano de búsqueda de un tercer movimiento en la sublimación de sí mismos, elevando así el proceso a una nueva complejidad, en sí misma una nueva inmediatez. Esto hace que la configuración básica de un arquetipo sea más bien una biunidad con un aspecto dual de sus relaciones y funciones internas. De hecho, las simples divisiones de identidad y diferencia, sujeto y objeto, yo y otredad no son polaridades o binarios rígidos, sino que son relaciones dinámicas que siempre están en movimiento y flujo, dando cuenta así de la multiplicidad de contenidos que pueblan la conciencia emanando de un vasto submundo de pulsiones inconscientes, procesos paralelos, encuentros recíprocos y negociaciones en sus actos de materialización. Estos intercambios relacionales dinámicos se definen y articulan, por tanto, a través de sus compromisos dialécticos, no como una estructura bicameral, sino más bien como un intercambio mutuamente comunicativo de fuerzas opuestas que son necesariamente interdependientes, ontológicamente indivisibles, comunitariamente implicativas y recíprocamente conjuntas. Sostengo que este es un principio fundamental de todas las escuelas psicoanalíticas. 

Los arquetipos como esquemas inconscientes

En Orígenes: Sobre la génesis de la realidad psíquica, ofrezco una metafísica psicoanalítica formal que articula el nacimiento de la agencia psíquica. La mente inconsciente es una serie de espacios que primero se instancian como una multitud de esquemas, que son los bloques de construcción de la realidad psíquica. Un esquema es una unidad deseante-aperceptiva-ideativa de la autoexperiencia que está orientada teleológicamente y constituida dialécticamente. Los esquemas pueden ser vistos como microagentes con poderes semiautónomos de expresión télica que operan como autoestados al crear espacios dentro de la mente inconsciente. Los esquemas pueden adoptar diversas formas, desde las más arcaicas hasta las más refinadas, y materializarse como órdenes somáticos, sensuales, afectivos, perceptúales y conceptuales (simbólicos) dentro de la psique, cada uno de los cuales tiene sus propias presiones intrínsecas, valencias, intensidades, estrategias intencionales y defensivas, y qualia inconscientes. 

La microdinámica de la expresión esquemática puede ser altamente individualista en su apuesta por la libertad, la creatividad, la complejidad y la intención agentiva, y equivale a los procesos instintivos, deseantes y defensivos que estamos acostumbrados a atribuir a la mentación inconsciente en general. La diferencia aquí es que los esquemas son inherentemente tanto libres como determinados, o quizás más apropiadamente, libremente determinados, es decir, son autoconstituidos y determinados dentro de los parámetros naturales en los que se encuentran y operan. Esto significa que la expresión esquemática es altamente contextual y contingente; sin embargo, los esquemas existen en una multiplicidad de sistemas de procesos que comulgan, interactúan y participan en una sociedad de eventos que influyen mutuamente en la constitución única de cada estructura esquemática dentro del mar de la mente. Esta sobredeterminación de los procesos psíquicos garantiza que la agencia inconsciente subyace en última instancia a la constitución de todo el funcionamiento mental. 

Quiero aplicar este esquema conceptual a la naturaleza de un arquetipo. En mi lenguaje, un arquetipo equivaldría a un esquema inconsciente. Hay dos marcos teóricos generales que podemos adoptar. Uno es que simplemente asumamos que los arquetipos son formas y fantasías con propiedades de imagen afectiva deseable que son generadas por la mente derivadas de la génesis inconsciente. Este punto de vista podría ser compatible con las concepciones freudiana y junguiana del inconsciente. La segunda opción es que adoptemos otro marco especulativo que atribuya los poderes de autogeneración al propio arquetipo. Si un arquetipo es «autónomo» y se autoconstituye, como sostiene Jung, ¿no está justificado que atribuyamos un mínimo de agencia a su constitución interna? Aunque no me gustaría atribuir la autosuficiencia a la constitución de un arquetipo, como si fuera un yo, un sujeto o una personalidad por derecho propio, en sentido estricto, esto no excluiría la posibilidad de una agencia con capacidad de expresión determinada. De hecho, hay un cierto grado de teleología inherente a un arquetipo, porque está orientado a expresarse, a revelarse en la conciencia, a desvelarse desde la ocultación en su búsqueda por hacerse manifiesto. Aunque un arquetipo no es un agente propiamente dicho, sin embargo exuda y exe-cta la agencia por el mero hecho de aparecer en la psique y en todas las sociedades. Un arquetipo es, pues, un prototipo paradigmático o modelo ejemplar orientado a repetirse como forma arcaica en las producciones psíquicas. 

Hay una cierta independencia en la capacidad de un arquetipo para autoafirmarse, para imponer su presencia en la realidad psíquica. En otras palabras, aunque los arquetipos sean autoestados o cuasi-microagentes que se agrupan en sus propias organizaciones autónomas en la mente, tienen sus propias relaciones internas y modos de expresión télica. Aplicando la noción de esquemas inconscientes como un proceso télico experiencial de automanifestación, podemos explicar potencialmente cómo se manifiestan los arquetipos desde su ontología primordial. Comencemos primero con los orígenes, desde el precomienzo, el acto cosmogónico inconsciente de la creación. 

Dado que los arquetipos no pueden simplemente aparecer o parpadear en la existencia ex nihilo, como hemos argumentado, deben emerger de un terreno dinámico primario de la autoexperiencia. Lo menos que podemos decir es que los arquetipos deben derivar de un principio organizador inconsciente que se ve impulsado internamente a materializarse, es decir, a llegar a ser, y por lo tanto está sujeto a ser aprehendido en la conciencia, o de lo contrario los arquetipos nunca aparecerían. Debido a su autonomía innata para manifestarse, esto significa que un arquetipo tendría necesariamente un carácter agéntico con un telos particular, lo que explica su multiplicidad de formas o patrones, así como sus contenidos específicos, temas, cualidades, valencias, intensidades, etc. Además, podemos especular que, debido a su carácter autónomo, es auto-derivado y auto-activado, ya que sin él, no se liberaría de su letargo inconsciente o de su ocultamiento primigenio. En otras palabras, sin esa disposición o proclividad agéntica a proyectarse o exteriorizarse en la realidad psíquica, no aparecería. El punto aquí es que para que un arquetipo exista propiamente, debe actualizarse a través de la acción determinante como la llegada a la existencia de la presencia interna

Se interpreta que un arquetipo es una presencia interna, ante todo como una convocatoria del interior, pero no sabemos exactamente por qué irradia su esencia, si hay una fuerza, campo o sistema supraordenado previo que dirige el proceso, y/o qué significa realmente su esencia, sólo que su fuente proviene del interior. Los que afirman, como Jung, que los arquetipos son sucesos externos transpersonales y cósmicos u organizaciones superpuestas en nuestro interior tienen una carga epistemológica complicada con la que hay que contar. Añadir un agente/creador inconsciente colectivo o una entidad transsubjetiva solo antropomorfiza la construcción y problematiza aún más la cuestión de los orígenes al conjurar un macroantropo sobrenatural (Mills, 2013a). Puede resultar más fructífero centrarse en cómo la emergencia puede transpirar desde la interioridad, ya que esto es todo lo que podemos conocer directamente de forma epistémica como experiencia fenoménica-interior . Aquí sólo necesitamos adoptar el punto de vista teórico de la actividad derivada internamente para mostrar su coherencia lógica, pues la apariencia desciende y brota de sus movimientos dialécticos previos. Antes de la aparición, antes de la manifestación arquetípica, debemos plantear el terreno primordial como la condición a priori para el despliegue de la fenomenología inconsciente. En lugar de solicitar un proceso sobrenatural colectivo del que se dice que surgen los arquetipos, podemos comenzar más modestamente con un relato naturalizado de los fenómenos psíquicos derivados de los principios organizativos inconscientes que rigen la dinámica psicológica interna. En lugar de importar las implicaciones filosóficas del emanacionismo o la superveniencia (véase Mills, 2014a), lo más plausible es que los fenómenos internos condicionen nuestros postulados metafísicos. Aunque Jung estaría sin duda de acuerdo con esto, sus incongruencias sobre la naturaleza del inconsciente colectivo nublan una apreciación adecuada de la naturaleza exacta y la esencia de lo que constituye un arquetipo. Partiendo de la proposición de que los arquetipos son en esencia presencias internas, esto es mucho menos problemático que afirmar su existencia independiente de la mente bajo la rúbrica del realismo metafísico. 

Si logramos atribuir un mínimo de agencia a la constitución interna de un arquetipo, entonces un arquetipo debe tener un motivo -un telos, como objetivo- para revelarse, para expresarse o exteriorizarse, para hacer sentir y conocer su presencia. En este sentido, no es diferente del deseo inconsciente de cumplir un deseo; y lo hace objetivándose, es decir, convirtiéndose en un objeto para la conciencia. 

Los arquetipos surgen en la psique, para nosotros; pero ¿cómo surgen? En otras palabras, ¿cuál es el mecanismo o proceso que precede a su aparición en la conciencia? Si los arquetipos se autoactivan, entonces deben surgir de su propio terreno. Al principio, sugiero, un arquetipo es una unidad encerrada en sí misma que debe someterse a una división interna a través de un desdoblamiento por sus propias manos con el fin de exteriorizarse desde su vacío inconsciente de indeterminación. Esto requeriría un acto inicial de autoposicionamiento o autoafirmación en el que se despertaría o agitaría desde la indeterminación hasta el ser determinado, es decir, desde el paralaje inconsciente hasta la presencia consciente, desde la implícita inarticulada hasta la explícita articulada en la psique. 

En su despertar inicial como auto-despertar, un arquetipo debe primero tomarse a sí mismo como su propio contenido, que es al principio su propia unidad simple, su forma original. Al tomar su forma original como su contenido inicial, realiza su propia automediación como una promulgación dialéctica de la institución de la diferenciación en su forma, que se convierte en el movimiento inicial de una universalidad auto-encerrada a una identidad diferenciada como la dispersión de la particularidad, la instanciación de su esencia en la realidad psíquica. Este acto inicial de diferenciación y modificación se convierte en el modelo lógico para que transpiren otros patrones y relaciones dialécticas a medida que los arquetipos se liberan y comienzan a poblar la vida mental. 

Nacimiento de un arquetipo

Los arquetipos deben manifestarse primero como presencia interna antes de hacer su transición o trayectoria hacia la presencia externa, es decir, como universales concretos que adoptan muchas formas, como los motivos colectivos o antropológicos, los mitos, las producciones materiales, las expresiones artísticas y estéticas, las instituciones sociales, las organizaciones culturales, los ideales de las civilizaciones, las creencias religiosas, las costumbres, los rituales, etc. Estos ejemplos son los derivados de los arquetipos. Los arquetipos se manifiestan por primera vez como subjetividad inconsciente, pero se vuelven más ricos y robustos en contenido, esquemas y patrones cuando irrumpen en la conciencia y se objetivan en la personalidad individual y las estructuras semiótico-socio-simbólicas que definen y gobiernan cualquier cultura. 

Si un arquetipo es, en su configuración más básica, un patrón de un proceso universal, entonces dicho patrón no puede contener un formalismo vacío sin poner en peligro la integridad de la teoría. Más bien, sostengo, el patrón de un arquetipo surge de sus propias divisiones internas y maniobras de escisión que introducen naturalmente la mediación entre las oposiciones. Estas mediaciones son relaciones internas bidireccionales que pertenecen propiamente a la forma dialéctica de un arquetipo que tiene un contenido estructural básico como la bifuncionalidad de la identidad y la diferencia. 

Cuando un arquetipo se despierta a sí mismo a través de la ruptura de su letargo encerrado en sí mismo a la autocerteza de su propio ser prerreflexivo, de lo implícito a lo explícito, se aprehende a sí mismo como apercepción inconsciente, la llegada a la presencia de su forma simple incipiente. En este acto inicial de apercepción, un arquetipo lleva a cabo una determinación presubjetiva de instituir la diferenciación de su forma previa no modificada a través de la reflexión en sí mismo, que se eleva a un ser-para-sí determinado como autocerteza mediada. Aquí, el acto aperceptivo de la excitación es simultáneamente la concesión de su propia identidad discreta que establece sobre sí misma en relación con todas las particularidades de la diferencia. La oposición se convierte en la dinámica interna en la que tiene lugar la mediación dialéctica, que se conjuga ónticamente como un juego entre la identidad y la diferencia. Cuando un arquetipo se intuye a sí mismo como un ser aperceptivo, se da a sí mismo una identidad que está en relación con la alteridad, una alteridad que es necesaria para concretar el acto de autodefinición como el despertar de su esencia como un impulso interno para manifestarse. Aquí podemos decir que un arquetipo toma originalmente conciencia de sí mismo como una subjetividad prerreflexiva en ciernes, lo que podemos llamar una autoconciencia inconsciente, la simple inmediatez autoperceptiva de su ser. 

¿Por qué un arquetipo tiene ese impulso interno para manifestarse? Porque le falta. Porque desea. Aquí el deseo de despertar, de aprehenderse, de manifestarse, es la expresión de su propio ser sentido en relación con la carencia. Este es el prototipo de la psique humana. El deseo como ser-en-relación-con-la-carencia es la configuración esencial inicial de un arquetipo, pues quiere ser, experimentar, llegar a ser otra cosa que su mera unidad encerrada en sí misma. Esta irrupción en la experiencia como deseo de rectificar su falta de ser es el primer acto expresivo del autoposicionamiento, que eleva al arquetipo a un proceso vivo que se siente obligado a exteriorizar como el advenimiento de su propia existencia real. Aquí el proceso arquetípico se resume como la necesidad de experimentar como ser-hacia-la-vida. Al igual que un arquetipo agita la psique a través de la convulsión emocional, primero experimenta su propia agitación interna como autoconvulsión para despertar y exteriorizar su esencia como un proceso vivo a través de la autoruptura. Podemos sugerir, además, que este acto inicial de autoposicionamiento está impregnado de valor existencial y conlleva un tono emocional a medida que se aprehende a sí mismo en su autoinmediación despierta. 

La secuencia orgánica de dicha autoinstalación puede verse además a través de la lente de una ontología monista del desarrollo: pasar de la agitación de su propio deseo inquieto a la autopercepción constituye el nacimiento de un arquetipo, que nuestra propia conciencia puede a su vez aprehender como una entidad o presencia psíquica que puebla la vida mental. Del mismo modo que un arquetipo se apodera de sí mismo para despertarse, también la mente humana se ve sacudida para sentir su presencia interna. Por supuesto, podríamos hablar genéricamente del afecto crudo o de las emociones en general, pero la experiencia fenoménica es cualitativamente diferente. Los arquetipos se sienten como si estuvieran conectados a algo fuera o independiente del yo, a pesar de que surgen y se encuentran dentro. De este modo, podemos decir además que un arquetipo es el epítome de la alteridad, ya que su anuncio e imposición experiencial en la conciencia se registra como un acontecimiento sin límites. La epistemología de este proceso aparentemente autónomo es lo que añade una capa más de extrañeza y numinosidad a la experiencia, si no de alienación de sus orígenes, aunque nos equivoquemos o engañemos al interpretar la agencia de su recurrencia interna. Cuando la psique llega a notar la miríada de patrones en los que se manifiestan los arquetipos, un tema recurrente de repetición no puede escapar al cogito auto-reflexivo discernidor. 

La metafísica de la diferencia: Hacia una teoría arquetípica de la alteridad 

Un arquetipo es originalmente un Otro para sí mismo, la forma primordial de la alteridad, como alienación de su esencia o naturaleza interna, sólo para descubrirse a sí mismo en su propio proceso de devenir como un acto de desarrollo procreador. Su alteridad inicial está onticamente entrelazada en la estructura formal de la oposición que debe mediar y comprometerse dialécticamente a través de relaciones dinámicas intermedias de participación en la diferenciación, reconciliación y síntesis (reunificación) de sus diversos esquemas o autoestados a través del intercambio de información y la reflexión en sí mismo. La irrupción del arquetipo en la auto-relación a través del discernimiento de la alteridad -por lo tanto, la no-identidad fuera de su unidad solipsista original y formal- es el primer movimiento dialéctico hacia el descubrimiento y la definición de la auto-identidad que es mediada a través de conferir la diferencia como no-identidad. En resumen, la llegada a la presencia de un arquetipo dentro de la realidad psíquica se inicia por la ruptura o escisión de la unidad. Este acto inicial de autoafirmación, de puro anuncio absoluto, es el acto procreativo de la mente que se nutre del motivo original de todas las cosmogonías: lo arquetípico es primero, el advenimiento del Ser. Para reiterar mi punto, vale la pena repetirlo, los arquetipos representan y están en relación con los orígenes psíquicos. 

Aunque los arquetipos están por todas partes en la psique y la cultura, no debemos perder de vista su significado fundamental: son réplicas de la forma original. Podemos decir, además, que son replicadores autogenerados o no encontraríamos su ubicuidad sin el impulso antediluviano de la repetición espontánea. La civilización se ve obligada a reproducirlos en nuestros acuerdos psicosociales que rigen el intercambio humano, basándose en el simple hecho de que recordamos y reescribimos la historia en nuestra preocupación por el pasado. Esta constatación sociológica pone de manifiesto la primacía de mirar hacia atrás, revisitar, reconocer e incluso saborear la historia como una necesidad idealizada de nostalgia, no como presencia inmediata, sino como recapitulación, recurrencia eterna. Por ello, lo imaginario tiene tanta fuerza sobre la conciencia, pues los arquetipos se repiten a través de imágenes y fantasías asociativas más o menos intemporales. Esta noción (o fantasía) de recurrencia eterna es la psicomitología que la mente genera y hacia la que gravita para conferir sentido y fundamentar su ser. De este modo, siguiendo a Eliade, los arquetipos son el fundamento y el cumplimiento de la ontología arcaica: toda reproducción, toda repetición se erige in illo tempore como intento de duplicación y regeneración. 

¿Cuál es la forma más básica de regeneración? Me permito sugerir la búsqueda de lo mismo o de la familiaridad dentro de la diferencia, la restauración de lo universal, la reiteración de lo eterno.  Para ser más exactos, es la dialéctica del deseo y la diferencia con la que nos reencontramos dentro del proceso de la necesidad de retorno, aunque este retorno se anteponga al anhelo de novedad en su intento de renovación. El acto básico de escisión descansa en la institución o inserción de la diferencia en las relaciones mediadoras. Por lo tanto, el discernimiento o la interjección de la diferencia introduce una bifurcación dentro de la universalidad original que inaugura la escisión como una nueva biunidad. Buscar la semejanza o la similitud es buscar la universalidad dentro de la diferencia. Esto asegura que todos los actos de juicio identifican la diferencia al conferir la identidad, y que la diferenciación está en relación con lo universal. La diferenciación implica la alteridad, la diversidad y la oposición, la supresión de la unidad, la ruptura de la unidad, el origen perdido. La necesidad de volver a la familiaridad es tanto un acto de autofundamentación de la identidad como una función regenerativa de recapitulación de la esencia. Al igual que un arquetipo se descubre a sí mismo en su alteridad, el Otro es su exteriorización de la mismidad y la unidad perdida. En su alteridad, quiere volver a sí mismo, a su inmediatez perdida, pero al mismo tiempo busca lo universal en su diferenciación. En otras palabras, la diferencia, la variedad y la pluralidad significan el Otro, la autoinstalación inicial del arquetipo como devenir otro a sí mismo. La ruptura de la unidad inicial equivale al acto cosmogónico de dispersar su esencia en el mundo. La diferencia, la particularización y la pluralidad siempre están en relación con la forma original de la que se originó; sin embargo, en su modificación, sigue estando onticamente interrelacionada e interdependiente de su base o inicio original. 

Lo verdaderamente arcaico u original tiene una relación dialéctica óntica con la alteridad o la diferencia que se constituye lógica y estructuralmente como proceso inconsciente mediado por la alteridad. La actividad psíquica descansa en un punto de apoyo de la diferencia y la negación hasta el punto de que, sin un Otro identificable y discernible, cualquier noción de lo arcaico equivaldría a la simplicidad y el solipsismo, una propuesta insostenible en nuestro mundo pluralista de particularidad y diferencia contextual. 

¿Realiza un arquetipo un acto cognitivo? No, a menos que lo consideres una entidad psicológica por derecho propio. ¿Es registrado, sentido y percibido por la psique? Sí. Pero, ¿hay realmente alguna diferencia entre ambos? En otras palabras, ¿es un arquetipo independiente de la mente y la cultura? No es probable. Pero, ¿parece que es una fuerza autónoma en la psique? Epistemológicamente, categóricamente (por tanto, lógicamente) y fenomenológicamente, sí. Pero, ¿podemos conocer realmente su estatus metafísico? Hacer que un arquetipo sea supersensible, como hace Jung invocando las formas eternas de Platón, es un error, sostengo, porque esto les da un significado sobrenatural que no somos capaces de verificar de ninguna manera (Mills, 2014b). Todo lo que podemos conocer es la experiencia naturalizada, la llegada a la existencia de la presencia interior. 

Tal vez baste con relegar el nacimiento de un arquetipo como un movimiento auto-mediado a un proceso orgánico muy parecido al que atribuiríamos a los mecanismos teleonómicos autorreguladores que despliegan y controlan los procesos de la vida o de los organismos vivos. Si adoptamos esta filosofía del organismo, no sería inconcebible extrapolar este modelo en su aplicación a los sistemas inanimados, como ciertamente se ha tomado la libertad de hacer la disciplina de la física, por no hablar de lograr aplicar un paradigma metafísico especulativo bajo la rúbrica de la aceptabilidad científica al concebir el cosmos como un gran intercambio sistémico de información. Si un arquetipo puede compararse con un átomo material o una partícula energética, entonces podemos llamarlo con razón una «entidad» por derecho propio, como hace Jung (CW 8, p. 231), o en términos de Whitehead (1929), una «ocasión real». Si concebimos los arquetipos como ocasiones, como acontecimientos puros, podemos llegar a conocerlos a través de sus apariciones como patrones de forma original.[9]

Los patrones se convierten en el prototipo lógico para que los arquetipos se manifiesten, dando lugar a alteraciones en el contenido y las apariencias contextuales. Aunque las divisiones de la alteridad, los conflictos mutuamente implícitos y los complejos existen dentro de los dominios intrapsíquicos de los individuos y las sociedades casados con determinadas visiones del mundo y valores que se oponen intersubjetivamente a otros , la alteridad también se convierte en la manifestación social de las escisiones en la identidad y la diferencia que mantienen ciertas antítesis en nuestras experiencias vividas y percepciones del mundo. Esto asegura que la alteridad se convierta en un punto de apoyo en la construcción de la identidad basada en la diferenciación y el desconocimiento, el proceso de internalización y la naturaleza del reconocimiento y la relacionalidad hacia identificaciones y valores compartidos y negados. El reconocimiento de la otredad es una prehensión inconsciente inmediata que se registra internamente, se evalúa prerreflexivamente y se compara con la autoidentidad y, por lo tanto, está mediada dialécticamente como una relación entre el yo y el otro. En este caso, el arquetipo extranjero es sólo una de esas apariencias de la otredad, al igual que la Sombra, que subsume el principio destructivo de la humanidad. Pero lo que es ajeno a nosotros no es otra cosa que nuestra propia identificación proyectiva con nuestra interioridad negada que se percibe como extranjera. Sin embargo, es precisamente esta extranjería la que llegamos a reconocer como nuestra contraparte con la que nos identificamos en nuestro reencuentro con la universalidad perdida en nosotros mismos. Siguiendo a Hegel, llegamos a saber quiénes somos viéndonos a nosotros mismos en el deseo del Otro como reencuentro con la falta. Nos vemos a nosotros mismos en el otro, nuestro propio anhelo alienado perdido como ser-en-relación-con-la-carencia, un retorno de la forma original. Por eso estamos divididos internamente y a menudo tenemos que enfrentarnos a muchas ocasiones de diferencia y conflicto que buscan sus soluciones dialécticas a través de una oposición que suspende, niega, vincula o unifica. Aquí la función trascendente se convierte en un reencuentro de la escisión original en la unidad sintetizada a través de nuestros actos reflexivos de aprehensión de la alteridad. Esto garantiza que la alteridad conserve un papel definitivo en la estructura y la función de los arquetipos. 

Los arquetipos siempre evocan los espectros y el espectro del Otro, pues la diferenciación y la diferencia impregnan el fondo penumbral que informa la experiencia. La ontología originaria, la metafísica de los comienzos, la conciencia histórica de las sociedades tradicionales, toda la experiencia presupone referentes del Otro, a saber, la mentalidad arcaica del ethos colectivo, lo simbólico cultural que condiciona la historicidad de las civilizaciones y la raza in memoriam. Este otro simbólico siempre está ahí, incluso cuando se oculta, no se revela o no se manifiesta. Equivale a lo real lacaniano, el residuo de lo simbólico que permanece clausurado, ocluido, residiendo fuera de la cadena de significación como un resto de deseo y falta inefable. 

La dialéctica de lo familiar y lo extranjero siempre interpenetra nuestro encuentro con la alteridad. Ya sea en la aceptación o en la confrontación, la alteridad procede del terreno a priori de lo arcaico y forma parte de la condición humana. Este suelo arcaico es, de hecho, un abismo del que todo emerge, el submundo psíquico que brota en la familiaridad desconocida, un misterioso retorno al hogar. El Otro es la superación de la unidad original como pluralidad particularizada para participar en el Uno, la universalidad abarcadora que impregna la psique y la cultura. A medida que un arquetipo dispersa su esencia en la multiplicidad, se convierte en otro para sí mismo, sólo para recuperar su unidad original perdida en dicha alteridad como un retorno a sí mismo. En el arché está el origo, una apertura, otro, para surgir. 

Notas

1. Para Hegel (1807, 1817/1827/1830a), «la apariencia es la esencia» (PS § 147); «la esencia debe aparecer

(EL § 131), pues nada puede existir si no es actual, por lo que debe manifestarse. En otro lugar he mostrado cómo la filosofía del Espíritu de Hegel anticipa el psicoanálisis (Mills, 2002b) y que la psique humana se deriva de un abismo inconsciente, donde la inconsciencia aparece como conciencia, su forma modificada y evolucionada. 

2. Al hablar del unus mundus, Jung alude a un arquetipo como «entidad trascendental» (CW, 14, p. 536), lo que antes concebía como «entidades psíquicas» (CW, 8, p. 231). 

3. A lo largo de sus Obras Completas, Jung se refiere a los arquetipos que actúan como agentes autónomos dentro de la mente (véase Mills, 2013a para una revisión). De hecho, afirma que «se experimentan como agencias espontáneas» donde su propia «naturaleza» se deriva del «espíritu» (CW, 8, p. 216). 

4. Aunque he leído muy poco de las obras de Giegerich, lo que parece a primera vista es su anexión de la Lógica de Hegel a su discurso sobre el alma. En The soul’s logical life  (2001), nos da una pista. Al hablar de la «compleja lógica dialéctica» del alma, se refiere a la «Ciencia de la Lógica» de Hegel, que podría servir de modelo para el tipo de pensamiento abstracto necesario para hacer justicia a las complejidades de la difícil situación del alma moderna. La psicología necesita el ‘trabajo del Concepto» (p. 26). Compárese con Hegel (1812): ‘El comienzo es lógico en tanto que debe hacerse el elemento del pensamiento que es libre y por sí mismo, en el puro conocer. Está mediado porque el conocer puro es la verdad última y absoluta de la conciencia» (p. 68, cursiva en el original), de ahí el «trabajo» de Begriff. Como diría Hegel, la lógica es el «suelo absoluto» (p. 67). Aquí Giegerich parece tomar la Lógica de Hegel como punto de partida de cualquier discusión -desde la metafísica hasta la psicología- y luego aplica la lógica de la dialéctica a la noción de alma o lo que llamaríamos el sujeto moderno o la personalidad viva de la constitución psicológica de cada individuo. Parece adoptar la postura extrema de la interioridad absoluta como infinidad interior (como funcionamiento lógico) que privilegia sobre todos los demás aspectos de la mente -de ahí que se prefiera el pensamiento a la imagen, el afecto, la imaginación, el instinto o la acción. Esto equivale a una forma extrema de idealismo que no crea una escisión mediadora entre lo interior y lo exterior, sino sólo que no hay exterior. ¿Dónde va la dialéctica a partir de aquí? Supongo que a una vuelta a la interiorización absoluta. Esto parece muy solipsista, si no insostenible, y no es particularmente fiel al sistema general de Hegel, porque esta postura de interioridad radical sólo pone de relieve el espíritu en momentos particulares. Hay que cuestionar su noción de autonomía absoluta del psiquismo, que equipara con la interioridad negativa absoluta, una proposición bastante omnipotente por cierto. Aquí parece que toma la Lógica de Hegel como el advenimiento de la autoconciencia pura a través de los relatos dialécticos y luego la aplica estrechamente a las configuraciones internas de la psique. En el sistema de Hegel (1817/1827/1830c), la psicología es la sublación (Aufhebung) del alma (Seele), que articula en su sección sobre el Espíritu Teórico en la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas. El alma sintiente es una condición inconsciente general y afectiva de la psique que se despliega dialécticamente y se eleva al punto de vista de la cognición y del dinamismo psicológico. Pero la Lógica condiciona todo esto, como el Génesis bíblico. El Geist es el pensamiento puro (algo así como Dios) que dispersa su esencia en la materialidad de la naturaleza (creación) (véase 1817/1827/1830b); y luego el alma (esbozada en la sección de Antropología de la Enciclopedia) es la germinación del espíritu humano que se abre paso dialécticamente desde su encarnación material (como mente incipiente -aquí más bien como un bebé-) hasta el yo de la conciencia como subjetividad (conciencia); y luego procede en la Fenomenología (1807, 1830) de la mente subjetiva (el funcionamiento interno de cada ser consciente) a la mente objetiva (la sociedad y el mundo), para cerrar el círculo y culminar en la unidad Absoluta en la plena autoconciencia como espíritu del mundo realizado a través de la Idea o Concepto del proceso de su propio devenir como puro conocimiento -por lo tanto, el pensamiento puro pensando en sí mismo y en todas sus operaciones. Y, sin embargo, esto es el retorno a sí mismo como la culminación y el cumplimiento de su naturaleza lógica como pensamiento puro que se piensa a sí mismo en el ser y cumple con su propio desarrollo como una fuerza espiritual-mental basada en un proceso racional. Tal vez el Espíritu Absoluto sea algo similar al concepto del anima mundi dentro del unus mundus, pero más impersonal. 

5. En la Wissenschaft der Logik de Hegel (1812), es muy claro: «La esencia se determina a sí misma como suelo (p. 444, cursiva en el original). 

6. Cf. Hegel (1812): «El suelo es, en primer lugar, suelo absoluto, en el que la esencia es, en primer lugar, un sustrato para la relación de suelo; pero además se determina a sí mismo como forma y materia y se da a sí mismo un contenido» (p. 445, cursiva en el original). 

7. En la Wesenslogik de Hegel (1812), éste afirma: «La verdad del ser es la esencia» (p. 389, cursiva en el original). 

8. Cf. Hegel (1812): «La apariencia es lo que la cosa es en sí misma, o su verdad» (p. 479). 

9. Tal vez, y no de forma inapropiada, podamos seguir una fórmula similar a la de la disciplina de la física que afirma haber descubierto el campo de Higgs a través de inferencias y pruebas indirectas. 

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