El mito es la unidad del mito y su contexto, pertenece a una época primordial en la que el mito era no únicamente un discurso, sino también las reglas que lo configuraban. Conforme la consciencia se fue destilando dejó de requerir el modo de pensar mítico-imaginal para, entonces, interiorizarlo en sí misma, en una nueva forma de concebirse; es decir que conservó la narrativa mítica como un discurso que, sin embargo, funcionaba ya con un conjunto de reglas distintas.
Por ejemplo, Julian Jaynes teoriza que en algún momento de la historia, lo que para el hombre actual es el modo consciente de estar en el mundo se fincaba en una estructura distinta, pues aquello que hoy se experimenta como una voz “interior” fue antes una voz “exterior” que por un proceso adaptativo se internalizó para constituirse como la auto-consciencia. Tal voz no desapareció, sino que se hizo interior y ahora funciona como en una caja de resonancia del pensamiento, y por lo tanto es la forma primaria del pensamiento humano. Lo mismo sucede con las reglas morales y las costumbres de la infancia, en un momento provienen de los padres y son dictadas por ellos, pero llega el tiempo en que dichas limitaciones dejan de venir de afuera para constituirse como la capacidad propia de regulación de la conducta.
En cuanto a la ultima imagen, resulta en una forma de infantilidad el tener que asumir que las reglas vengan de los demás nuevamente y no querer emprender la marcha desde el plano en el que el adulto ya se encuentra, es decir, hacer responsables a los otros de las propias acciones y retrotraerse a un momento del desarrollo que ya ha sido superado. Aferrarse a la voz externa y no hacerse participe de la propia voz implica una escisión en la existencia, pero no una escisión real, la cual ya sucedió en la mudanza de la niñez a la adultez, sino una obliteración del nivel lógico alcanzado como adulto y que no permite el retorno a una existencia infantil sino como una forma de divertimento, en un “como si”, una impostación o, si es demasiado persistente, como una neurosis. Pero realmente no hay vuelta atrás, no se puede recuperar el terrón de azúcar una vez disuelto.
Así como la infancia no está abolida del todo, sino integrada en la adultez y se puede recurrir a ella, por ejemplo al jugar con los niños o se hace notar en el acto de maravillarse frente a las cosas baladí, la propia consciencia mítica no ha desaparecido ya que se ha integrado en la forma más compleja de la consciencia psicológica. Por lo tanto, se puede recurrir al mito, a la alquimia o a los cuentos para entender lo que en el mito y en la alquimia se desarrollaba, pero no para atender la realidad por medio de lo que el mundo (como concepto) ya ha integrado en sí mismo; el análisis mítico sirve como una base para la comprensión venidera, como una herramienta que puede impulsar a una aprensión de la consciencia en sus propios términos, pero que solo es un puente y nada más.
Acudir al mito como explicación del mundo implica recurrir a un pensamiento pictórico, espacial, que ya no entiende la complejidad del cosmos nuevo que ha nacido. Es semejante a intentar estudiar el universo con las categorías propias de la física newtoniana cuando ya se sabe de la nueva macro y microfisica, de los campos cuánticos, de las supercuerdas, del bosón de Higgs y de los agujeros negros, todo ello es muestra de un salto en la consciencia, y si bien la teoría de Newton sirve perfectamente para situaciones de la vida cotidiana no sirve para procesos más complejos y que requieren mayor precisión. El colapso de onda puede ser mejor entendido con una ecuación que con una imagen, a pesar de que la imagen, para los que somos legos en la materia, nos basta para darnos una idea superficial.
Por tanto, el mito, bajo la premisa de que es el discurso mítico y su contexto, no es capaz por sí mismo de abarcar una complejidad inédita, que surgió del resquebrajamiento de su propia dimensión; hubo un tiempo en el que el mito era la verdad de un estadio determinado de la consciencia, en ese entonces el hombre estaba encerrado en el cascarón mítico y no se podía preguntar sobre la pertinencia de las imágenes, éstas se presentaban como la totalidad de la existencia; pero ahora que la imagen es capaz de expresar su noción, como no sucedía en los tiempos míticos, ello es el vivo ejemplo de lo alejado que se está de los modos prístinos de la consciencia. Por eso, ahora se puede pensar el mito, y es debido pensarlo, pues en tanto pensamos lo que en él se piensa somos psico-lógos y, por tanto, lo atendemos, es decir, hacemos psico-terapia.
¿Qué es más desdeñoso: mirar al mito como una expresión del alma humana y encerrarlo en la limitante perspectiva del sujeto o entenderlo como la expresión de sí mismo y como un dinámica propia que se prefiguraba a veces en lo humano? El mito no es la proyección del hombre ni de su psique, el hombre en cambio es hijo del mito y se alimenta de los restos de ésta verdad profunda que alguna vez fue el cosmos.
