El dominio del paradigma médico

Logos del alma

En la década de los años 20, del siglo pasado, el psicoanálisis vivió una batalla corta pero contundente para asegurar el estatus del gremio de psicoanalistas, mientras que Freud y Ferenczi creían firmemente que el psicoanálisis podía ser ejercido por los legos, es decir por gente ajena a la carrera medica; Brill y Jones pensaban que era un asunto de desprestigio permitir que un psicoanalista lo fuera sin haberse graduado como médico primero.

Para Freud el paradigma médico suponia un conjunto de prejuicios sobre el proceso psicopatológico en lo cuales el analista no podía darse el lujo de caer, su procedimiento no era una terapia al uso sino una vía de exploración de la psique por la cual el sujeto acrecentaba su relación con los factores inconscientes y secundariamente sus síntomas podian remitir.

Ernest Jones, sin embargo, representaba el ala americana de la IPA y, por lo tanto, la ideología económica dominante en esa época, y de la nuestra. Realmente se dirimía una disputa entre cosmovisiones distintas, por un lado la idea americana del máximo beneficio y de la elitización de los saberes y por el otro la búsqueda por el saber mismo a través del investigación desinteresada. Basta decir que Jones fue director de la IPA durante 15 años y Freud tuvo que retroceder en su esfuerzo por extender el psicoanálisis de legos, y si bien tal estatuto se modifico de acuerdo al país en que se formara el psicoanalista el espíritu de la medicina contamino todo el quehacer investigativo del aspirante.

Hoy no podemos desatender el hecho de que la ciencia y la medicina no son saberes desinteresados, sino un discurso aledaño a la ideología económica y politica imperante y, como sucedió con el psicoanálisis, la propia psicología y sus aplicaciones se subsumieron a la lógica de la generación del capital, siendo el paradigma medico el principal representante de una industria multimillonaria que cobra grandes dividendos y que sostiene su importancia en los discursos patologizantes de la vida cotidiana. Es en este contexto en el que la propia psicología se consolidó como técnica.

El psicoterapeuta, por lo tanto, para ser tomado en serio, debe tener como objetivo la cura, es decir la eliminación del sistema sintomatológico por medio del cual la psique se expresa, tomando así posición contra la emergencia del fenomeno y dirigiendo su desarrollo al esquema lógico de un estatus quo imperceptible que es mantenido de tal manera incluso por el propio discurso terapéutico, que debe invisibilizar el sistema ideológico presente, condenando al sujeto a sostener una mirada neurótica ante su relación con el mundo, alienandolo, como consecuencia, de su consciencia de clase y de su rol social y político, es decir de las características que lo vuelven humano.

La formación de los psicoterapeutas, también, está plagada de objetivos medicalizados y el estudiante se convierte así en parte del dispositivo que reproduce un conjunto de reglas generales acerca de como la realidad debe ser entendida; a su vez, él mismo instruirá a su pacientes en este saber hegemónico, con la promesa vana de la gran salud, que es una especie de paraíso para los creyentes (y todos los somos irremediablemente) de la religión en turno.