El colapso de la investidura proyectiva

Logos del alma

«Mis semejantes no son ideales andantes, no son idénticos a los conceptos de sus cargos o empleos … ellos son, por supuesto, pequeños terrones de tierra y falibles, simplemente humanos, demasiado humanos. Tengo que liberarles de mi expectativa de que son a priori idénticos a sus conceptos.» W. Giegerich

La psique emprende su viaje desde la penumbra primordial, donde su mirada se quiebra contra el umbral de su ceguera. En ese fondo, sin superficie, la conciencia fija, en lo semejante, una figura que la orienta; y en esa vacilación surge, apenas insinuado, el otro, como un borde arrancado al caos. Es la primera imagen, el objeto ideal primario, plano oscuro donde la luz no penetra, espejo sin profundidad que el alma interpone entre sí y el mundo que irrumpe. El sujeto sueña que lo crea, que ese rostro emana de su propia omnipotencia. El tránsito hacia la vida no es sino la lenta caída de esa ilusión, la amarga aceptación de que el mundo existe por sí mismo y no responde a la geometría del propio deseo.

En la alteridad converge el signo que suple a la materia viva. Surgen figuras que alguna vez intentaron nombrar el origen. La palabra desplaza al cuerpo y lo borra con la exactitud de una imagen que exige fijeza. Donde había carne metafórica, aparece el brillo de un ideal que concentra la antigua numinosidad del origen. El semejante, antes materia frágil y temporal, deviene signo, un sostén del resplandor que la psique levanta para no caer en su abismo. Lo que se mira ya no es al prójimo, es el reflejo anquilosado de una plenitud añorada. En ese fulgor se escucha el rumor de la imagen prístina que alguna vez ofreció un refugio sin fracturas.

La proyección de lo divino surge de un logos que huye de la contingencia y desea evitar la disolución. Es el movimiento del ánima que anhela la estabilidad de una forma previa a la experiencia, una imagen que capture la multiplicidad cambiante de la existencia. Pero la realidad, por su naturaleza mutable, algo tenue que se deshace apenas uno intenta sostenerla, se convierte en amenaza para el concepto fijo. La interioridad, intolerante de la grieta en su estructura, utiliza al otro como la superficie donde asegura su coherencia. Así, la psique venera la perfección del ídolo que fabricó y destruye, sin saberlo, la vida que lo sostiene. En su afán por fijar al semejante, mutila su devenir y congela el mundo en una imagen inmutable.

Cuando la imaginación aún no distingue sus bordes, el hombre crea el mundo, nombra lo que encuentra con el fin de habitar en ello y reconocerse en la realidad misma. Solo puede verse en la mirada que se posa sobre él; necesita ser mirado para no desvanecerse y ocupar un lugar entre lo que existe. La máscara no nace de la identidad; es anterior a ella. Viene con la proyección con la que el sujeto da forma al rostro ajeno, imponiendo un contorno que corresponde a su deseo y no al ser ajeno. Al moldear al mundo, se hunde en esa arquitectura de imágenes. La máscara con la cual encarcela, recae sobre su propio rostro. Lo que parecía un acto de creación se convierte en un recinto, una celda transparente donde su miedo y su anhelo conviven bajo la misma forma.

Quien porta la máscara queda inmovilizado en un gesto ajeno, como si una voluntad desconocida lo mantuviera suspendido en su propio contorno. No obstante, el cuerpo, siempre transitorio, se resiste. Un rumor se oye en su superficie, una inconsistencia hace vibrar su naturaleza daimónica. La materia, incontenible, se transforma y rechaza la solidez del signo. La máscara, dura y quebradiza, comienza a fracturarse. El dolor es el sonido del encuentro entre el concepto y la finitud, la primera grieta por donde se asoma lo vivo. Ese resquebrajamiento es el nacimiento del síntoma, la fisura involuntaria donde la forma se derrumba y el mundo recupera su desnudez.

James Hillman decía que en el síntoma habita el alma, que todo dolor verdadero es un visitante. En esa irrupción, lo anímico despliega la sombra del consuelo, como la intercesión de una naturaleza que escapa al dominio del yo. El síntoma es la llegada de una racionalidad oscura, estremecedora, que deshace la trama con la que el yo intenta sostenerse y abre la costura allí donde la imagen había sellado su necesidad. En ese punto exacto donde la función cede, el pathos revela los ojos que permanecían ciegos a la alteridad del fenómeno. Ese síntoma, umbrio guardián de lo prohibido, irrumpe para desgarrar la inocencia del ánima y conducirla a la consciencia dialéctica que la constituye. El ánimus deviene un espíritu que acarrea la nigredo.

El cuidado del alma consiste en retirar del semejante las funciones que lo sostienen simbólicamente. Cuando esa investidura colapsa, no aparece un arquetipo ni un significado, sino algo sin nombre, un fragmento de existencia que no obedece a ninguna categoría. allí ondea lo contingente en su forma más desnuda: la alteridad salvaje. El prójimo, despojado del ideal, se muestra como un terrón de tierra, un suelo que apenas sostiene la realidad mientras esta se posa sobre él como un reflejo. La caída de la expectativa abre la posibilidad a una mirada que no reduce la manifestación de la naturaleza contradictoria. El otro se torna inclasificable, inacabado, solo igual a sí mismo.

Renunciar a la expectativa es el pasaje desde la conciencia infantil hacia un logos que desciende y reconoce su finitud, que se expone en campo abierto a sus propias imágenes y se distingue de ellas.Lo que queda es un temblor, una oscilación mínima donde la forma pierde su cauce. El semejante ha dejado de ser un objeto primario, y ya no sostiene promesa alguna. Su presencia es un misterio que perdura. La relación abandona la fantasía de unidad y se repliega hacia la distancia necesaria que permite que dos permanezcan juntos sin devorarse. Sin la ilusión de fusión, el espíritu retorna a su silencio originario. En esa oscuridad escucha el susurro de una realidad sutil que no necesita ser interpretada para perdurar.

Cuando el atributo proyectado vuelve al suelo, ya no conserva su grandiosidad. Son astillas que, al borde del polvo, delinean la figura real del cuerpo doliente que queda. En esos fragmentos opacos, la mirada encuentra su único espejo; ya no refleja el ideal, queda la sombra humillada de una lógica que aprende a ver la sustancia sin exigir perfección. La ruptura se vuelve un modo de percepción, un nacimiento lento en presencia del otro, sin intención de poseerlo. El semejante se resigna a su valiosa insignificancia, y devuelve el reflejo de la propia. Si nadie encarna un ideal, tampoco el sujeto está condenado a soportar una forma más alta de sí mismo. Nadie coincide con su propia figura; cada uno es apenas el cuerpo que le sostiene.

La vida lógica atraviesa la realidad al afrontar el ánimus sombrío de la alteridad. No espera que el mundo cumpla sus designios; se entrega a la destrucción de sus propias imágenes. Ama al fenómeno permaneciendo ante él sin pedirle que sea distinto. En esa atención sin demanda, la conciencia reconoce la distancia que separa al ser de su nombre y acoge la diferencia como una presencia negativa que la sostiene apenas un instante. El semejante es un fragmento de vida que no se identifica con la mascara que lo aprisiona. Los apelativos se mudan de su literalidad, para, por fin, ser la metáfora que siempre han sido.

El fragmento de máscara descansa, inerte, sobre la tierra que lo sostuvo. Allí yace también el sueño de una realidad intacta, fija, inmóvil. Mientras el polvo se posa sobre su superficie, el mundo continúa su lenta metamorfosis, indiferente al antiguo anhelo de permanencia donde el espíritu temeroso construyó el hogar del dogma. La psique recoge sus amarras en la piel del semejante y lo recibe amorosamente como un otro por sí mismo, una masa informe expuesta al fuego secreto de la vida, cuya forma no dura, pero persiste lo bastante para ser una titilación donde quizá un dios distraído detenga su mirada curiosa.

Cómo leer criticamente un texto

Logos del alma

En The Aion Lectures, Edward Edinger propuso tres preceptos para leer la obra de Jung. El primero de ellos dice:

“… debes darte cuenta de que la conciencia de Jung supera con creces a la tuya. Si pone algo de una manera que parece innecesariamente difícil, el procedimiento adecuado es asumir que sabe lo que está haciendo y sabe algo que tú no sabes. Si asumes que lo sabes mejor que él y comienzas con una actitud crítica, no te molestes; el libro no es para ti. La profundidad y la amplitud de Jung son absolutamente increíbles. Todos somos liliputienses en comparación, así que cuando nos encontramos con Jung nos sentimos inferiores y no nos gusta. Para leer a Jung con éxito, debemos comenzar aceptando nuestra propia pequeñez; luego nos volveremos alguien que pueda ser enseñado.”

Este consejo, que en principio podría confundirse con una forma obcecada de devoción, encierra una enseñanza más profunda: leer requiere humildad. No una humildad moral, sino intelectual. En toda obra genuina habita una vastedad que desborda la comprensión ordinaria. La lectura auténtica implica despojarse de la pretensión de saber, aceptar que el pensamiento del otro no constituye un territorio que deba conquistarse. El lector se convierte en huésped en una casa ajena, y solo puede permanecer si aprende a callar y a escuchar atentamente a su anfitrión.

Leer de este modo significa abrirse al misterio de lo no pensado en el texto. Participar del cuerpo y del espíritu del tema presente. Cada libro y cada línea de esa obra son una presencia viva que exige silencio antes de ser comprendida. En ese mutismo el yo se reduce para hacer espacio al pensamiento que llega. Así como el alma se aquieta antes de soñar, la mente debe serenarse antes de atender al texto. La lectura languidece ante el poder del juicio; requiere, en cambio, la hospitalidad del pensamiento receptivo y atento.

En la práctica contemporánea, la lectura “crítica” adopta con frecuencia la forma de una defensa. Muchos se aproximan al texto para protegerse de él, para reafirmar lo que ya sabían y evadir aquello que pudiera confrontar sus propias contradicciones. Así, la lectura se vuelve territorio de defensa donde se dirimen opiniones, donde el lector busca imponerse sobre el autor y demostrar su dominio. El texto deviene espejo que devuelve, como a Narciso, su propia imagen. En esa imagen el pensamiento se clausura y se impide toda transformación interior.

Esa actitud puede observarse en diversas aproximaciones a la obra de Wolfgang Giegerich o a la de James Hillman. En ocasiones, ciertos intérpretes junguianos proyectan sobre sus textos esquemas ajenos a su pensamiento, interpretando sus argumentos a través de categorías que no les pertenecen. El resultado es una lectura que no ve, una comprensión que no escucha. Lo mismo sucede con Jung cuando se le reduce a fórmulas prefabricadas o a citas fuera de contexto. En lugar de ser leído, se le utiliza como confirmación de lo ya conocido. Cada autor funda un mundo nuevo, y para adentrarse en él es necesario renunciar a la comodidad del propio.

Toda lectura defensiva constituye un intento de no ser transformado. En el fondo, persiste el temor ante lo que un pensamiento vivo puede provocar. Abrirse verdaderamente al libro implica aceptar una pérdida: la del saber anterior, la del suelo estable que sostenía la mirada. Toda comprensión profunda exige una cierta herida, un temblor interior que deja expuesto al sujeto. Ninguna auténtica comprensión ocurre sin este despojo. Comprender significa dejarse mover, permitir que algo más grande piense a través del alma.

La resistencia a la lectura transformadora suele provenir del deseo de dominar la obra antes de entrar en ella. El lector técnico o ilustrado, armado de conceptos, se enfrenta al texto con la intención de poseerlo. Pero el libro no se deja conquistar; solo se revela a quien lo atiende. Jung recomendaba estudiar todo y luego olvidarlo frente al paciente. Lo mismo vale para la lectura: aprender de todo, y después olvidar lo aprendido ante el libro abierto. Solo así es posible ser enseñado, y no repetir lo sabido, sino dejarse habitar por lo que el texto trae consigo.

El acto de leer no consiste en acumular conocimientos. La lectura auténtica permite que el pensamiento del autor atraviese la conciencia. En ese tránsito se reordena algo en la interioridad anímica. La comprensión no surge como conquista del intelecto, sino como transformación interior producto de la paciencia y del trabajo del daimon. Toda lectura verdadera modifica el tono vital. Pensar, cuando es verdadero, es dejar que algo piense a través del alma. En este sentido, la lectura se asemeja a la psicoterapia: ambas son experiencias donde una voz ajena conduce hacia un territorio desconocido y, sin embargo, propio.

Sonu Shamdasani recuerda que Jung, al revisar un texto de Adler, escribió haber aprendido mucho de él, a pesar de disentir profundamente de sus conceptos. Para Jung, el lector competente debía acercarse al libro con la sensación de que quizá se había equivocado hasta ese momento, y que ahora alguien le mostraría cómo percibir las cosas de otra manera. Esa disposición no constituye un gesto de modestia, sino una forma de inteligencia. Solo quien se permite el error puede dar paso a la comprensión.

Jung consideraba que el pensamiento se renueva cuando se expone a su límite. La lectura, entendida en este sentido, no es una defensa del yo, es un ejercicio de transformación. Cada libro que incomoda es una posibilidad de nacer nuevamente siendo otro. La idea que no se deja alterar se marchita, se convierte en doctrina o en sistema. En la medida en que el pensamiento se entrega, su muerte se transforma en fecundidad. Lo que se deja herir da lugar a lo nuevo, y en esa herida se insinúa el deseo. Leer con el alma abierta implica permitir esa herida sangrante: un roce con lo que excede las categorías conocidas, una experiencia de desnudez intelectual.

Todo pensamiento vivo contiene una energía erótica, un impulso hacia el otro que busca unión sin apropiación. La escucha de lo escrito es un acto erótico en ese sentido: el lector, libre del impulso de posesión, se deja fecundar por el texto. Un libro no se analiza como un objeto, se padece como una presencia. Jung afirmaba que un fenómeno debía contemplarse con el mismo asombro con que se observa una montaña o un río. La mente se inclina ante lo que la sobrepasa, y en esa inclinación nace la comprensión.

Giegerich mencionaba: “En mis ratos libres de lectura, sólo he leído libros que no entendía […] cuando leo aquellos libros difíciles, albergo dentro lo no entendido y vivo con ello, quedo preñado por ello, con frecuencia por muchos años, hasta que acaso, después de un largo tiempo, su significado se abre él mismo hacia mí por su propio acuerdo.“ Esta observación sugiere que la angustia del lector por entender debe también ser puesta en su lugar. No importa lo que el individuo comprenda; algo en él comprenderá mejor que él mismo.

Leer a Jung, a Giegerich o a Hillman requiere esa apertura interior. Cada uno representa un paisaje distinto del alma, con su propia geografía simbólica. Entrar en sus obras equivale a internarse en un bosque virgen donde nada puede darse por supuesto. Cuando se avanza con mapas prestados, los ojos permanecen ciegos y el corazón sordo ante la novedad. La lectura exige el gozo de la desorientación, el abandono del camino trazado. Pensar es meditar desde lo salvaje.

El bosque no solo es metáfora del texto, sino del alma que se interna en él. Quien se atreve a entrar debe aceptar perderse. Perderse en ese bosque es permitir que el camino mismo piense. Todo extravío es, en realidad, un modo de orientación que no pertenece al yo, sino al alma que busca su propia voz entre los árboles. Cada árbol es un pensamiento que despoja de una certeza, cada sombra una imagen que obliga a mirar de otro modo. Así se lee: sin mapa, sin destino, guiado por la intuición de que algo en esa espesura llama desde lo más hondo. Esa voz procede de lo no pensado que habita la idea contemplada, y solo la idea misma puede recibir su mensaje.

La lectura, como el amar y el hacer psicoterapia, exigen la misma disposición interior. En los tres casos, la conciencia se abre a lo desconocido, se deja afectar y aprende sin saber qué será aprendido. Lo esencial consiste en alejarse de la pretensión de dominio para favorecer la permeabilidad y el rapto del fenómeno. Lo que se comprende deja una huella lenta que madura con el tiempo y transforma la vida entera en algo que nadie podría prever.

Hillman y Giegerich amaron el legado de Jung y se entregaron a la ardua tarea de continuarlo pensando. No lo repitieron, lo elaboraron. Pensaron con la fidelidad que solo posee quien se atreve a traicionar la forma externa para preservar el alma de lo recibido. Así se lee: con amor, con respeto y con la valentía de dejarse transformar. Dar cabida al libro, finalmente, es dejarse tocar por lo que todavía no ha sido pensado, una entrega silenciosa a la voz ajena: el gesto silencioso con que el alma reconoce su propio pensamiento naciendo en otro.

La crítica de David Tacey a James Hillman: un examen de sus límites teóricos

Logos del alma

La psicología arquetipal de James Hillman representa una de las intervenciones más radicales dentro de la tradición junguiana del siglo XX. Formado en el Instituto C.G. Jung de Zúrich, Hillman heredó de Jung la convicción de que la psique se manifiesta primordialmente en imágenes y mitos, pero rechazó la idea de que la meta del trabajo psicológico sea la integración de opuestos en una totalidad unificada. Su propuesta, desarrollada en obras como Re-Visioning Psychology, se orienta hacia un “politeísmo del alma”, en el que la multiplicidad de dioses interiores constituye el núcleo de la experiencia psíquica. Este gesto de ruptura y a la vez de continuidad con Jung provocó un intenso debate entre analistas y teóricos de la psicología profunda.

Uno de los intentos más recientes de evaluar críticamente esta innovación es The Unmaking of a Psychologist de David Tacey, dividido en los artículos “His Legacy” y “The Problem of the Puer”. Tacey, cercano a los círculos junguianos y temprano discipulo de Hillman, sostiene que Hillman encarna el arquetipo del puer aeternus y que su pensamiento carece de un principio de desarrollo que permita la maduración psíquica. Desde su perspectiva, la negativa de Hillman a orientar la psicología hacia la individuación equivaldría a una regresión teórica y a una inmadurez personal, una lectura que combina análisis conceptual con elementos biográficos para cuestionar la coherencia de la psicología arquetipal.

Sin embargo, un análisis más detenido revela tres debilidades fundamentales en la argumentación de Tacey. Primero, su crítica juzga la obra de Hillman desde las categorías de la psicología analítica clásica (individuación, integración, teleología del Self) sin reconocer la compleja relación de filiación y ruptura entre Hillman y Jung. Segundo, califica de “pre-junguiano” el trabajo hillmaniano por el predominio de su lenguaje estético, ignorando que la poética de la imagen es en sí misma un aporte teórico y una revisión de la psicología. Tercero, recurre a la biografía de Hillman para desacreditar su identificación con el puer, cayendo en una falacia ad hominem que omite el carácter deliberado y necesario de su proyecto dentro de un campo que se volvía cada vez más dogmático.

Discípulo del Instituto C.G. Jung en Zúrich y director de estudios de esa misma institución durante varios años, Hillman continuó con la convicción junguiana de que la psique es ante todo un fenómeno de imágenes, mitos y símbolos. Sin embargo, su proyecto se apartó de la dirección teleológica de la individuación junguiana para formular una “psicología arquetipal” que, más que conducir al sujeto hacia una síntesis, propone una multiplicidad de dioses interiores y un politeísmo del alma. Esta desviación deliberada es el punto de partida de la crítica de David Tacey en The Unmaking of a Psychologist, una lectura que, a pesar de su erudición, termina mostrando sus propios límites interpretativos.

La relación de Hillman con Jung no puede reducirse a una simple continuidad ni a una ruptura tajante. Hillman reconoció siempre su deuda con el maestro suizo, pero entendía que la fidelidad a un legado no consiste en repetirlo, sino en someterlo a una permanente revisión. Su psicología arquetipal se concibe como una profundización del núcleo imaginal que ya estaba presente en Jung, pero llevándolo más allá de la meta de individuación, que Hillman consideraba una forma de monoteísmo psíquico. Este gesto de radicalización y a la vez de crítica es el que Tacey parece no terminar de asimilar, pues lee la obra hillmaniana como un desvío fallido en lugar de una elaboración creativa.

En sus dos artículos (His Legacy y The Problem of the Puer) Tacey plantea que Hillman encarnó el arquetipo del puer aeternus, el “eterno joven”, y que su pensamiento carece de un principio de desarrollo que permita la maduración de la psique. A su juicio, la negativa de Hillman a orientarse hacia la integración de opuestos revelaría una inmadurez teórica y vital. Tacey interpreta incluso el giro tardío de Hillman hacia una afirmación de la masculinidad como una compensación inconsciente, una irrupción de la sombra masculina reprimida. De este modo, sitúa su crítica en la confluencia entre biografía y teoría, atribuyendo a la vida personal del autor la justificación de sus supuestas deficiencias conceptuales.

El problema central de esta lectura radica en que Tacey juzga a Hillman desde categorías propias de la psicología analítica clásica: individuación, integración, síntesis de contrarios. Tales criterios se convierten en un horizonte normativo que impide comprender la singularidad de la psicología arquetipal. Lo que para Tacey es carencia, para Hillman es principio fundacional: la decisión de “permanecer en la imagen” y de cultivar la pluralidad de figuras psíquicas sin aspirar a un centro unificador. Esta diferencia de enfoque no es un malentendido menor, sino el núcleo de la controversia.

Comprender el contexto histórico de la psicología profunda ayuda a iluminar este desacuerdo. Durante las décadas de 1960 y 1970, el discurso junguiano comenzaba a institucionalizarse, a veces de manera rígida, en sociedades analíticas que buscaban legitimarse ante la academia y las ciencias humanas. Hillman percibió en esa tendencia un riesgo de dogmatismo y un empobrecimiento de la experiencia del alma. Su propuesta arquetipal, con su énfasis en la imaginación, la poesía y el mito, emerge como una respuesta a ese proceso de fosilización. Desde esta perspectiva, la crítica de Tacey parece no considerar el momento histórico que hizo necesaria la intervención de Hillman.

Además, Tacey interpreta el lenguaje poético y la brillantez literaria de Hillman como una estrategia de seducción más que como una elección epistemológica. Su diagnóstico de un “pre-junguianismo” se apoya en la idea de que el pensamiento hillmaniano carece de rigor conceptual por apoyarse en metáforas, olvidando que para Hillman —como para gran parte de la tradición neoplatónica que lo inspira— la imagen y la metáfora no son adornos sino formas de conocimiento. Esta desatención al estatuto epistemológico de lo poético prepara el terreno para una subestimación de los aportes teóricos de la psicología arquetipal.

No es casual que Tacey utilice la vida de Hillman como argumento central. Al presentar la relación con su madre dominante y la ausencia de su padre como claves para entender su teoría, construye una lectura en la que el pensamiento se reduce a biografía. De este modo, la identificación de Hillman con el puer deja de ser un gesto deliberado de resistencia frente a la clausura de la psicología y se convierte en un síntoma de inmadurez personal. Esta estrategia crítica bordea la falacia ad hominem: en lugar de dialogar con las ideas, las descalifica al atribuirlas a un supuesto complejo no resuelto.

Desde esa posición el análisis objetivo se vuelve imposible, porque juzgar un movimiento de ideas a través de la lente de las particularidades existenciales de un autor es sumamente injusto, ya que ambas no coexisten en el mismo plano lógico. Es cierto que las ideas responden, en cierta medida, a los intereses de su autor, pero estas emergen en un sistema nocional que involucra la relación del sujeto creativo con el medio cultural al que pertenece. Las ideas no son del autor, al contrario, el autor es creado por la ideas.

Por eso, la figura del puer en Hillman no puede entenderse en términos exclusivamente personales. Representa una actitud epistémica que rehúye las conclusiones definitivas y que mantiene la psique en un estado de apertura. El puer es para Hillman la encarnación de un dinamismo imaginativo que se niega a ser domesticado por la lógica del progreso o de la integración. Pasar por alto este sentido arquetipal significa ignorar la dimensión filosófica de su propuesta, que aspira a preservar la movilidad del alma frente a los sistemas cerrados.

Estas tres debilidades (el juicio desde categorías junguianas, la reducción estética y el uso biográfico como arma crítica) no son meros detalles, sino fallas estructurales que condicionan toda la argumentación de Tacey. Cada una de ellas limita la posibilidad de entablar un diálogo real con la psicología arquetipal y, en conjunto, impiden apreciar su originalidad. Lo que Tacey considera “deshacer la psicología” puede leerse, en realidad, como una necesaria expansión de la tradición junguiana hacia un horizonte más plural y poético.

El primer límite de la crítica de Tacey consiste en evaluar la obra de Hillman con las categorías que definen la psicología analítica clásica, en particular la noción de individuación. Para Tacey, la ausencia de un telos integrador en la psicología arquetipal revela una deficiencia esencial. Sin embargo, esta lectura confunde la diferencia de paradigmas con una carencia. Hillman no se propuso prolongar el proyecto junguiano sino radicalizar uno de sus núcleos más fecundos: la autonomía de las imágenes del alma frente al imperativo de síntesis. Pretender medir la validez de su propuesta por el grado en que se ajusta a la teleología de Jung equivale a evaluar una obra de arte con criterios de laboratorio.

La individuación, en el sentido junguiano, supone un movimiento hacia la integración de los opuestos y la conformación de un Sí-mismo que actúa como principio organizador. Hillman, en cambio, concibe la psique como un proceso polifónico que no requiere un centro unificador. Esta diferencia no es un simple desacuerdo metodológico: apunta a una ontología distinta. Para Hillman, la psique no es un organismo en busca de totalidad, sino un campo de imágenes en continuo devenir. Al pasar por alto esta diferencia radical, Tacey reinterpreta la psicología arquetipal como una desviación inmadura en lugar de reconocerla como una alternativa coherente.

De hecho, Hillman no abandona a Jung; lo lleva más lejos. En Re-Visioning Psychology, por ejemplo, insiste en que la imaginación es la realidad primaria de la psique, una idea ya presente en los Recuerdos, sueños, pensamientos del propio Jung, cuando este afirma que “la imagen es psique”. Hillman amplifica esa intuición y la libera de la exigencia de integración final. Su negativa a orientarse hacia la individuación es, en realidad, una fidelidad a la dimensión imaginal que Jung apenas esbozó. Tacey no registra esta continuidad en la diferencia y, por ello, termina oponiendo a los dos autores de manera artificial.

El problema se agrava cuando Tacey convierte la individuación en un criterio normativo de salud. A su juicio, negarse a integrar la psique equivale a una inmadurez patológica. Pero este diagnóstico confunde un modelo de comprensión con una ley universal. Hillman se rebela precisamente contra la idea de que la psicología deba normalizar la vida del alma según un ideal de completud. Para él, la multiplicidad de dioses internos (Eros, Ares, Hermes, Artemisa) expresa la riqueza de la psique y no necesita fundirse en un solo Sí-mismo. Juzgar esta perspectiva como “fallida” implica reinstalar la misma teleología que la psicología arquetipal se esfuerza en deconstruir.

Desde una perspectiva epistemológica, la crítica de Tacey muestra una dificultad más profunda: la incapacidad de reconocer que el cambio de paradigma implica un cambio de las categorías de análisis. Hillman no busca validación clínica ni demostración empírica, sino una comprensión fenomenológica del alma. Exigirle pruebas de eficacia terapéutica o coherencia con la individuación es desconocer la lógica interna de su propuesta, del mismo modo que sería un error evaluar a Nietzsche con los parámetros de la psicología experimental.

Esta confusión se hace evidente en la manera en que Tacey describe la “falta de desarrollo” en Hillman. Para él, el rechazo del crecimiento lineal equivale a: estancamiento. Pero Hillman no niega el movimiento: lo concibe como un eterno retorno de imágenes, un dinamismo circular. La psique, en su visión, no progresa hacia un fin, sino que se profundiza en un presente imaginal siempre renovado. Tal concepción se aproxima más al kairos griego o al eterno retorno nietzscheano que al progreso ilustrado que todavía subyace en la idea junguiana de individuación.

De ahí que la acusación de “pre-junguiano” resulte paradójica. Si algo caracteriza a Hillman es precisamente su voluntad de repensar el junguianismo desde sus raíces más radicales. Su politeísmo psíquico no es un retroceso a un estadio primitivo, sino una crítica a la tentación monoteísta que él detecta incluso en la psicología profunda. Tacey, al no reconocer este gesto filosófico, confunde la ruptura con un regreso.

También es significativo que Hillman se apoye en tradiciones que Jung admiraba pero no desarrolló plenamente: el neoplatonismo renacentista, la hermética imaginal, la poesía visionaria de Blake. En estas corrientes, la realidad última no es una síntesis sino una proliferación de formas. Hillman no traiciona a Jung; lo prolonga en direcciones que el propio Jung intuyó pero que la institucionalización de su escuela hizo cada vez más difíciles de explorar. Tacey, al exigirle fidelidad a un Jung codificado en manuales, pierde de vista al Jung vivo, experimental y heterodoxo que Hillman quiso rescatar.

Por todo ello, la primera debilidad de la crítica de Tacey consiste en confundir el rechazo hillmaniano de la teleología con un fracaso personal o teórico. Al medirlo con el patrón de la individuación, no solo deja de lado la especificidad de la psicología arquetipal, sino que ignora la posibilidad de que la psique humana pueda ser comprendida desde otras lógicas que no sean las de la integración y el progreso. Lo que Tacey denuncia como “deshacer la psicología” es, desde esta perspectiva, una ampliación de sus fronteras.

La segunda gran debilidad de la lectura de Tacey consiste en calificar la obra de Hillman como “pre-junguiana” por el simple hecho de que su discurso privilegia la forma literaria, el lenguaje metafórico y la estética de la imagen. En His Legacy insiste en que la brillante prosa hillmaniana sería un recurso de seducción destinado a disimular la falta de sustancia teórica. Pero esta objeción desconoce que, para Hillman, la dimensión poética no es un adorno sino el núcleo de una epistemología. Desde sus primeros escritos, Hillman sostuvo que “la imagen es el alma misma” y que solo un lenguaje que conserve su poder evocador puede dar cuenta de la realidad psíquica. Medir su propuesta con los criterios de una ciencia empírico-explicativa es, por tanto, un error categorial.

Hillman se nutre de tradiciones filosóficas y estéticas (el neoplatonismo de Ficino, la imaginación activa de Vico, la poesía visionaria de Blake y Rilke) que entienden la imagen como un modo de conocimiento irreductible a la conceptualización lógica. En este horizonte, la metáfora no es un recurso decorativo, sino una forma de pensar. Tacey, al reducir el estilo de Hillman a un mero artificio, deja de lado el hecho de que la psicología arquetipal se presenta como una poética del alma, en la que la verdad se comunica a través de resonancias simbólicas y no de demostraciones analíticas. Su crítica incurre así en un sesgo positivista que le impide ver la densidad teórica que habita en la forma literaria.

Incluso desde la perspectiva junguiana, la objeción de Tacey resulta frágil. Jung mismo recurrió con frecuencia a mitos, visiones y un lenguaje casi místico para expresar las realidades del inconsciente. Textos como Respuesta a Job o El Libro Rojo desbordan el marco de la argumentación académica y se acercan a la experiencia poética. Hillman hereda y radicaliza este gesto, consciente de que el alma no se deja atrapar en fórmulas clínicas. Calificarlo de “pre-junguiano” por continuar y profundizar una intuición que ya estaba en Jung es, cuando menos, contradictorio.

Al desatender el valor cognitivo de la estética, Tacey no percibe la auténtica innovación de Hillman: una revisión de la psicología que la desplaza del modelo científico-positivista hacia una fenomenología imaginal. En lugar de buscar causas, la psicología arquetipal describe apariciones; en vez de explicar, interpreta. Este giro no empobrece la teoría, como supone Tacey, sino que la enriquece al situarla en diálogo con las humanidades, la filosofía hermenéutica y la tradición artística. Considerar esta orientación como un retroceso es ignorar su potencia crítica frente a la creciente tecnificación de la psicología en el siglo XX.

Más aún, la acusación de “pre-junguiano” implica desconocer la dimensión política del gesto hillmaniano. Al rehusarse a legitimar la psicología por el camino de la cientificidad, Hillman cuestiona las jerarquías que privilegian el método empírico sobre la experiencia vivida. Su estilo literario no solo es una elección estética, sino también una resistencia a la colonización del alma por el lenguaje instrumental. Esta perspectiva convierte el supuesto defecto señalado por Tacey en una virtud: el compromiso de mantener abierto el campo de lo psíquico frente a la normalización académica.

La tercera debilidad de la crítica de Tacey se manifiesta en su uso de la biografía de Hillman para desacreditar su teoría, especialmente en The Problem of the Puer. Allí argumenta que la identificación del autor con el arquetipo del puer aeternus (alimentada, según él, por una madre dominante y un padre ausente) explicaría tanto su rechazo del proceso de individuación como su posterior viraje hacia una afirmación de la masculinidad. Este enfoque, sin embargo, incurre en una falacia ad hominem: convierte la vida privada en la clave explicativa de la obra, como si el pensamiento fuera solo un síntoma de la historia personal.

La estrategia es problemática por varias razones. Primero, confunde el uso consciente que Hillman hace del puer como figura epistemológica con una supuesta incapacidad de madurar. El puer en Hillman representa la apertura permanente, la disposición a lo nuevo, el rechazo de toda clausura dogmática. Es una metáfora de la imaginación inagotable, no un diagnóstico clínico. Segundo, ignora que la crítica hillmaniana surge en un contexto histórico en el que la psicología junguiana comenzaba a volverse cada vez más ortodoxa. Su reivindicación del puer es, en ese sentido, un acto deliberado de resistencia frente a la cristalización de un sistema.

Además, la explicación biográfica pasa por alto que la psicología arquetipal no pretende separar vida y teoría de manera rígida: reconoce que todo pensamiento se enraíza en la experiencia, pero también que esa experiencia se transforma en mito, símbolo e imagen. Hillman convierte su biografía en materia de reflexión, pero la eleva a un plano arquetipal donde deja de ser mero dato personal. Tacey, al reducirla a un caso clínico, la devuelve a la anécdota y pierde la oportunidad de comprender su dimensión simbólica.

Esta insistencia en la biografía termina velando la función cultural de la propuesta hillmaniana. En lugar de ver en el puer un principio que mantiene viva la imaginación de la psicología, Tacey lo interpreta como una patología individual. De ese modo, su crítica pasa por alto el valor de una actitud que invita a la disciplina a no convertirse en un aparato de normalización. Hillman no rehúye la madurez: cuestiona la idea de que la madurez deba medirse por la integración de un yo estable y unificado.

En conjunto, estas dos últimas debilidades (la reducción de la estética a un ornamento “pre-junguiano” y la utilización de la biografía como argumento descalificador) refuerzan la primera: la imposibilidad de Tacey para leer a Hillman en sus propios términos. Al exigirle fidelidad a una ortodoxia que Hillman pretendía renovar, su crítica termina revelando la necesidad de aquello que intenta negar: una psicología capaz de habitar la pluralidad de las imágenes, de sostener la tensión entre mito y razón y de mantener abierta la experiencia del alma más allá de cualquier canon. Lo que Tacey presenta como un “deshacer” de la psicología aparece, desde esta perspectiva, como una expansión necesaria de sus fronteras.

La lectura que David Tacey ofrece de James Hillman en The Unmaking of a Psychologist ilumina tensiones reales dentro de la tradición junguiana, pero su fuerza crítica se ve minada por la persistencia de un horizonte teórico que Hillman precisamente se propuso cuestionar. Al evaluar la psicología arquetipal con los criterios de la individuación y la integración de opuestos, Tacey convierte en defecto lo que constituye el núcleo de la propuesta hillmaniana: una ontología de la multiplicidad y de la imaginación que no requiere un centro unificador. La incapacidad de reconocer que Hillman dialoga con Jung desde la herencia y la transformación, no desde la mera ruptura, conduce a una interpretación que confunde disidencia con inmadurez.

Esta limitación inicial se amplifica cuando Tacey califica el trabajo de Hillman como “pre-junguiano”, apoyándose en la potencia literaria y en el carácter poético de su lenguaje. La crítica desestima la convicción fundamental de Hillman de que la psique se conoce a través de imágenes y metáforas, no de explicaciones reductivas. Al relegar la estética al plano de la ornamentación, Tacey deja sin considerar que la forma expresiva de Hillman no es un recurso accidental sino el vehículo mismo de su epistemología. En esta omisión se revela un sesgo positivista que, paradójicamente, lo distancia del propio Jung, cuyas obras más visionarias apelan a la poética como vía de conocimiento.

Igualmente problemática es la estrategia de convertir la biografía de Hillman en un argumento descalificador. Al explicar la teoría por la figura de una madre dominante y un padre ausente, Tacey reduce la compleja elaboración arquetipal del puer aeternus a un síntoma personal. Este enfoque ad hominem oscurece la intención deliberada de Hillman de mantener abierta la experiencia del alma frente a los dogmas del desarrollo lineal. La identificación con el puer no es la evidencia de una inmadurez, sino un gesto epistemológico que preserva el asombro y la indeterminación como condiciones de la vida psíquica.

Frente a estas tres debilidades, el proyecto hillmaniano se revela con mayor claridad: una psicología que amplía la herencia junguiana mediante una relectura crítica, que desplaza el énfasis de la integración a la multiplicidad y que reivindica la imaginación como vía de conocimiento. Hillman no pretende destruir la tradición de la psicología profunda, sino rescatarla de su institucionalización, evitando que se convierta en un sistema cerrado. Su trabajo, lejos de ser un retroceso, representa una elaboración que devuelve a la disciplina su carácter poético y filosófico, invitándola a dialogar con las humanidades y con la experiencia viva del mito.

En este sentido, lo que Tacey presenta como “deshacer la psicología” puede comprenderse como una expansión de sus fronteras. La insistencia de Hillman en el valor cognitivo de la imagen, su rechazo a una teleología integradora y su reivindicación del puer como principio de apertura constituyen una respuesta necesaria al riesgo de que la psicología se transforme en técnica de normalización. Su obra recuerda que el alma no es un objeto que se mide por su grado de integración, sino un territorio de pluralidad incesante, en el que la verdad se manifiesta en la riqueza de los símbolos y no en la clausura de una síntesis final.

Así, una crítica que busque realmente comprender a Hillman debe abandonar la comodidad de los cánones y reconocer que su propuesta no es una desviación ni una carencia, sino una invitación a repensar el estatuto mismo de la psicología. La fuerza de su pensamiento radica en mantener viva la imaginación del alma, resistiendo tanto el cientificismo reductivo como la tentación de un monoteísmo psíquico. Frente a ello, la lectura de Tacey queda como testimonio de los desafíos que enfrenta toda tradición cuando se ve interpelada por un heredero que, para ser fiel, se atreve a transformarla.

LA MISERIA DE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA

Logos del alma

La crítica a la psicología junguiana, tal como se ha configurado en la actualidad, se ha llevado a cabo desde el interior de la misma por figuras como Michael Fordham, James Hillman o Wolfgang Giegerich, quienes han hecho evidente la pobreza, no de la teoría de Jung, sino del abordaje con el que sus seguidores han traicionado el espíritu vivo del trabajo de Jung. El proyecto de Jung era la construcción de una psicología con alma, emancipada del espíritu de los tiempos y centrada en la investigación de la fenomenología del alma. Por supuesto, la psicología analítica actual ha fracasado.

El diagnóstico no es nuevo. Desde hace décadas, voces críticas han señalado la paradoja de un movimiento que nació con una fuerza creadora inusitada, pero que se ha ido transformando en un círculo cerrado, incapaz de arriesgar sus fundamentos para renovarse. El junguianismo actual parece haberse convertido en un refugio espiritual, cómodo y estéticamente atractivo, pero privado de la tensión vital que caracterizó a Jung: la tensión con la ciencia, con la filosofía, con la religión y con la historia de su tiempo. Allí donde Jung buscaba pensar de forma polémica, sus herederos se conforman con repetir lo ya sabido.

El resultado es una disciplina que, lejos de abrir nuevas rutas para el pensamiento del alma, se ha confinado a la autocelebración. La psicología junguiana vive hoy más de su aura cultural que de su productividad teórica; se nutre de la fascinación popular por lo simbólico, pero carece de presencia real en la academia y de influencia crítica en la cultura contemporánea. Lo que alguna vez fue un laboratorio de imágenes vivas se ha convertido en un museo de símbolos. Se puede entender la miseria de la psicología junguiana desde los siguientes puntos:

1. Pobreza teórica

En el ámbito junguiano se privilegian las experiencias sobre la razón, se tiene una fijación malsana sobre las vivencias emocionales y se cree que si algo es sentido, por ello ya debe ostentar el estatus de “verdadero”. Esto relega el esfuerzo intelectual a un segundo plano, porque lo importante entonces es recrearse en imágenes numinosas que sean complacientes con el ego. Pero el trabajo duro del estudio y de la reflexión deben ser dejados de lado pues estorban en el ensimismamiento. Con esta estrategia se evitan los textos más complejos y sobre todo aquellos que obligan a repensar los planteamientos junguianos para aplicarlos a sí mismos y permitir que se sigan pensando.

Jung opinaba que estudiar y pensar implicaba un esfuerzo constante por profundizar en el conocimiento de la psique humana y sus manifestaciones simbólicas, siempre desde una perspectiva crítica, empírica e interdisciplinaria, con el objetivo final de fomentar el autoconocimiento, la individuación y una expansión consciente que abarcara tanto los aspectos personales como los colectivos y trascendentes de la existencia humana. Por ello, dedicó toda su vida al estudio de la ciencia de su época y de otras épocas donde pudiera corroborar sus intuiciones; dichas ideas no provenían de la nada, sino que eran el resultado de su confrontación constante con las imágenes del inconsciente y el de sus pacientes, pero sobre todo de su apropiación y diferenciación con la cultura de su época. Jung era un erudito y ello implicó mucho esfuerzo intelectual y racional.

Es debido señalar que Jung no entendía el pensamiento como una actividad fría y desligada del alma, sino como un acto anímico en sí mismo. Pensar era, para él, una labor del alma en busca de imágenes y conceptos que pudieran dar forma a lo inefable. En este sentido, la oposición contemporánea entre “alma” y “razón” es una falsificación del espíritu junguiano. Lo que se ha degradado es la reducción del alma al mero sentimiento subjetivo, transformándola en un refugio narcisista y no en un campo de confrontación con la verdad psíquica. Por eso, resulta trágica la desconfianza de lo psicólogos analíticos hacia el esfuerzo intelectual, ya que constituye una posición defensiva contra el verdadero espíritu de la obra de Jung.

En cambio, hoy pululan los libros junguianos de autoayuda, con tipologías fijas que simplifican la complejidad del espíritu junguiano, se leen a autores sencillos, que no representan un reto para cualquiera que quiera acercarse a su representación de la psicología analítica, pero que no reflejan, con honestidad, la profundidad de tal psicología. Se alega entonces la validez de dichas aproximaciones en su calidad de ser conmovedores, pero ello solo es muestra de la fetichización de la emoción y el sentimiento en el pobre criterio de los psicológicos junguianos.

2. Ausencia de pensamiento crítico

Las décadas de sacrificio intelectual no han dejado indemne al ambiente junguiano, donde, a diferencia de otras escuelas de psicología, la crítica y revisión de los postulados originales han sido sustituidas por un clima de acuerdo y reverencia por lo estipulado por C.G. Jung y por sus alumnos inmediatos. Al modo del pitagórico: magister dixit, hay una repetición incesante de los mismos postulados que se aplican a cada fenómeno de interés. Pero hay una total ausencia de pensamiento innovador que lleve las nociones básicas a ser pensadas nuevamente. El estado de la psicología analítica es el de una constante reiteración vacía.

Con honrosas excepciones, la psicología analítica no tiene importancia en el medio académico, precisamente por su falta de desarrollo teórico y por las pobres intuiciones resultantes. Anémica de reflexión, el material junguiano descansa en la repetición dogmática de lo que Jung ya había dicho y, la mayor parte de las veces, en la reducción teórica que otros hicieron del trabajo de Jung. Si trabajosamente se lee a Jung, será muy difícil que el psicólogo analítico tenga la disposición de leer otras obras igual de rigurosas y exigentes, por ejemplo las de Hillman o las de Giegerich, sobre todo cuando el talante crítico de estas resulta incómodo por la exigencia teórica y metodológica que suponen, porque en ellas se revela el espíritu de contradicción que tanto se teme en el ambiente junguiano.

Así, el junguianismo está plagado de complacencia y repetición, pero no es productivo. Encerrado en sí mismo repite una y otra vez los mismos análisis y se aferra a las obras más sencillas de abordar, aquellas que no requieren un espíritu crítico, mismo que tanto caracterizó a Jung a lo largo de su vida como psicólogo. Incluso existe la fantasía de que Jung no expresaba animadversión alguna, lo cual es falso, él era un tremendo crítico de varias posturas ideológicas: del idealismo, del materialismo, de la sexualización freudiana, del verbalismo, del biologicismo, del relativismo y vilipendió abiertamente a personajes como Freud, Nietzsche, Hegel, Heidegger, Marx, entre otros. Jung fue un gran polemista y al parecer no tuvo las reservas de los junguianos a expresar su opinión dura.

Conviene hacer énfasis que si se quiere ser verdaderamente fiel a Jung, hay que atreverse a criticarlo. La historia de su obra es la historia de un pensamiento que nunca se conformó consigo mismo, que fue revisándose y contradiciéndose con el paso del tiempo y la mutación de las ideas. Hillman y Giegerich representan, cada uno a su manera, un esfuerzo por llevar a Jung contra sí mismo, demostrando que la lealtad más profunda al maestro consiste en hacer avanzar su pensamiento, no en repetirlo como dogma. Es necesario confrontar el magma ardiente de la teoría junguiana con el basalto sólido en que se ha convertido, para incurrir en el anatema de sus instituciones: seguir pensando a Jung para que cada psicólogo sea una piedra filosofal viviente.

3. Elitismo institucional

El miedo a la crítica y la huida ante el conflicto que caracteriza a los círculos junguianos los ha llevado a cerrarse en sí mismos como una forma de preservación. Una parábola cristiana habla sobre un terrateniente que deja monedas a sus sirvientes y les pide que las cuiden, pero uno de ellos, por miedo a perder su moneda la entierra y al regresar el terrateniente se la devuelve intacta, éste le reprende y le quita todo para dárselo a los demás sirvientes que arriesgaron y multiplicaron su riqueza. Los siervos fieles son aquellos que se han atrevido a seguir la ruta del deseo del maestro, no la vía temerosa del ego sino la indómita tarea del Daimon.

Eso mismo sucede con las instituciones junguianas, que arriesgan muy poco o casi nada en la difusión de la obra de Jung. Además de ser ridículamente caras, las formaciones oficiales tienen poco alcance real y los intentos por exponer el análisis junguiano al gran público son tímidos y esporádicos. Es normal que no tengan fuerza, pues al haber evitado la confrontación no tienen grandes enemigos con los cuales medirse, no han luchado en lo abierto con su propia naturaleza y permanecen impolutas teóricamente. Como en la mitología, las instituciones junguianas son grandes dragones que resguardan un tesoro, pero viven aprisionadas por la riqueza que no les pertenece.

En cambio, en el psicoanálisis, por ejemplo, el espíritu efervescente de investigación, innovación y confrontación resultó en la gran influencia cultural que ha tenido su movimiento a partir del siglo XX, donde el imaginario social ha adoptado su visión para observar al mundo. También el conductismo, después de muchas disputas internas ha surgido fortalecido y poco a poco se impone en las instituciones académicas donde pronto será hegemónico. Pero el junguianismo permanece infértil y relegado, no solamente porque se desconfíe de él, sino porque no ha tenido el empuje para participar de la academia, pues su pobreza teórica es evidente. Permanece en los campos de flores de Deméter evitando que el animus la arrebate de su inocencia y descarta al ostracismo cualquier crítica a sus fundamentos. Lo que parece una gran fidelidad al trabajo de Jung, es más bien una traición constante a la necesidad teórica de llevar más allá de sí misma a la obra del maestro.

Este elitismo no es, en realidad, una manifestación de altura intelectual, sino más bien un encierro defensivo. Se trata del miedo a perder la pureza del mito, como si la confrontación con el presente pudiera mancillarlo. Pero al protegerlo de ese modo, lo que se produce es pura esterilidad. El mito se convierte en ídolo inerte en lugar de seguir siendo experiencia viva, y con ello la psicología analítica pierde toda fuerza creadora. Mientras que en las instituciones de otras corrientes psicológicas se promueve la lucha y el intercambio de ideas, es el ambiente junguiano tales situaciones son evitadas de manera sistemática, pues la incomodidad que provocan es mal vista, como si fuera un signo de maldad el pensar profundamente la espistemologia de la propia corriente. Un antiguo himno decía: “devuélvanme mi antigua religión, que para mí es buena”, esa frase resume el trabajo de las instituciones junguianas.

4. Melancolía teórica y pensamiento nostálgico

Hoy en día las preocupaciones teóricas de los escritores junguianos aún están matizadas por su apego a las antiguas cosmologías, aquellas que sirvieron como estructuras de pensamiento en marcos sociohistóricos pasados. Sin embargo, su falta de sensibilidad histórica los ha llevado a resguardarse del paso del tiempo en esos saberes bien constituidos, porque sin duda estaban adecuados a un contexto anímico particular, pero que ya ha quedado obsoletos, no porque nadie lo haya decidido, sino porque el alma cambia y se confronta consigo misma, y lo que en un momento fue su propia verdad transmuta para llevarla a su presente fenomenológico. El alma siempre va tras sí misma y esa ruta ya trazada es el camino del psicólogo.

El paso de la historia es inevitable, pero el junguianismo ha querido hacer caso omiso a ese animus natural que se cierne sobre sus cavilaciones. Temerosos, los junguianos se han escondido bajo el análisis interminable de los dioses griegos, de las mitologías precolombinas, de la cosmovisión gnóstica y en la búsqueda de una sabiduría perenne que es, según esta posición, la herencia milenaria del saber junguiano. Pero estas manifestaciones de la cosmovisión de una época solo son adecuadas para el espíritu de un tiempo particular, ahí se puede entender el alma en un momento histórico, pero no trasladar de manera irreflexiva ese saber a los fenómenos de un presente que tiene sus propias manifestaciones anímicas. El psicólogo atiende al llamado del alma cuando sucede, no se refugia en lo que ya ha sucedido para trabajar con hermosas cajas de arena que brindan seguridad, pero que ya no se corresponden el fenómeno presente.

La historia es el animus que se cierne en la psicología analítica y que no quiere ser atendido, porque ello supondría la necesidad de revisar nuevamente los postulados y seguir pensándolos, respetar su propia vida lógica y escuchar los requerimientos del movimiento anímico de las ideas de Jung. Pero esto implica abandonar la comodidad y seguridad teóricas que el anacronismo provee, pues atender al paso de la historia obliga a dejar atrás la ilusión de un saber eterno, inmutable y protegido del desgaste del tiempo. El animus histórico no sólo exige una actualización terminológica, sino la disposición a confrontar los límites de las viejas cosmologías y a reconocer que los símbolos no pueden permanecer intactos en un mundo transformado por nuevas sensibilidades, tecnologías y conflictos sociales. Eludir este desafío equivale a fosilizar la obra de Jung en una nostalgia académica, mientras que afrontarlo significaría asumir que sus intuiciones no son un patrimonio cerrado, sino una tarea viva que demanda ser recreada en diálogo con las urgencias del presente.

Jung nunca se detuvo en la repetición de símbolos antiguos: cada mito, cada cosmología y cada figura arquetípica eran sometidos a una transmutación creativa. La nostalgia que hoy caracteriza a muchos junguianos no es, por tanto, junguiana, sino profundamente anti-junguiana, pues congela en imágenes muertas lo que en Jung era dinamismo histórico y vital. Giegerich ya advirtió que repetir a los dioses sin pensarlos en su devenir es idolatría del pasado. Si la psicología analítica quiere tener futuro, deberá dejar de ser un museo de símbolos y volver a ser un laboratorio del alma en movimiento.

5. Psicologización excesiva y despolitización

Uno de los problemas más graves de la psicología junguiana contemporánea es la tendencia a reducir todo fenómeno a categorías estrictamente psicológicas, desconectadas del mundo social, político y material en el que se insertan. Este movimiento produce una especie de psicologismo, donde los conflictos colectivos son traducidos de manera inmediata a términos de arquetipos, símbolos o dinámicas interiores, sin considerar su anclaje en realidades concretas. Así, la pobreza, la violencia, la injusticia o la crisis ecológica se interpretan como metáforas de un drama interior, lo que transforma la psicología en un instrumento de evasión más que en un campo de confrontación con lo real.

Paradójicamente, Jung fue un pensador que se esforzó por abrir la psicología a múltiples disciplinas, consciente de que el alma no se encontraba aislada de la historia, sino en continuo intercambio con ella. Su interés por la antropología, la alquimia, la religión comparada, la literatura y la ciencia moderna da testimonio de que entendía la psique como un nodo en una red de fenómenos más amplia. Sin embargo, sus seguidores actuales han tendido a retraer ese movimiento expansivo, confinando el alma al espacio privado de la experiencia interior y neutralizando así la potencia crítica que la psicología analítica podría tener frente a los problemas de nuestro tiempo.

Esta despolitización, con excepciones honrosas como el trabajo de Samuels o Carpani, ha debilitado la relevancia cultural del junguianismo. Mientras el psicoanálisis, por ejemplo, se arriesgó a intervenir en debates sociales, políticos y culturales, dejando huellas profundas en el imaginario colectivo, la psicología analítica se refugió en un discurso intimista. Allí donde podría haber ofrecido una visión compleja del mal, del poder, de la destrucción ecológica o de las dinámicas colectivas de violencia, se limitó a reproducir arquetipos y narrativas mitológicas sin atender al sufrimiento histórico que late bajo ellas. El resultado es una psicología que corre el riesgo de ser acusada de irrelevancia o incluso de complicidad con el statu quo.

Una psicología con alma debería tener la valentía de confrontar los dramas de la época, de escuchar cómo los arquetipos se manifiestan no sólo en sueños individuales, sino también en estructuras sociales, en políticas económicas y en catástrofes ecológicas. Al negarse a pensar el entrelazamiento del alma con la historia, la psicología junguiana ha perdido la oportunidad de ampliar su campo de acción y de responder al llamado de un tiempo que exige, más que nunca, un pensamiento simbólico capaz de articular la interioridad con lo colectivo.

6. Fetichismo de los símbolos

Otro aspecto criticable de la psicología junguiana contemporánea es el modo en que los símbolos y arquetipos han sido convertidos en objetos de veneración, casi en fetiches, en lugar de ser tratados como procesos vivos y en constante transformación. Esta actitud produce una doble deformación: por un lado, la proliferación de diccionarios simbólicos que ofrecen significados cerrados y universales; por el otro, el uso indiscriminado de los arquetipos como explicación automática para cualquier fenómeno, lo que termina por banalizar su riqueza. Así, lo que en Jung era un movimiento de búsqueda hacia lo desconocido se ha transformado en un sistema de respuestas prefabricadas.

Jung mismo insistió en que un símbolo auténtico no es una señal fija ni una fórmula interpretativa, sino una imagen que remite a algo aún no pensado, que apunta a lo inaprensible y en devenir. Cuando un símbolo es reducido a un significado unívoco deja de ser símbolo y se convierte en alegoría. Sin embargo, la psicología junguiana actual parece haberse habituado a la comodidad de los manuales de interpretación, donde cada imagen onírica se traduce de manera inmediata en una categoría arquetípica ya definida. En este gesto se pierde lo más esencial: la capacidad de escuchar la novedad del símbolo en su emergencia singular.

Este fetichismo simbólico produce también una forma de idolatría del pasado. Muchos junguianos se limitan a repetir los símbolos heredados de mitologías antiguas o de sistemas religiosos tradicionales, sin atender a cómo las imágenes de lo inconsciente buscan encarnarse hoy en lenguajes nuevos, en fenómenos culturales inéditos, en figuras colectivas aún en gestación. Se idolatra a los dioses muertos en lugar de atender a las divinidades vivas que reclaman ser pensadas. El símbolo se fosiliza y, con él, la psicología misma.

Frente a esta situación, se impone la necesidad de devolver a los símbolos su carácter dinámico, contradictorio y abierto. Ello supone dejar de verlos como objetos de colección y tratarlos como interlocutores vivos que exigen ser pensados en su devenir histórico y en su capacidad de irrumpir en lo real. Una psicología analítica que vuelva a estar a la altura del proyecto de Jung debe renunciar a la comodidad del catálogo simbólico y arriesgarse a la incertidumbre creadora que toda imagen auténtica porta consigo. Sólo así los arquetipos podrán seguir siendo mediadores de lo desconocido y no fórmulas gastadas de una tradición sin vida.

7. Ideología comercial e inflación del ego a través del individualismo

Por último, uno de los males que aquejan a la psicología junguiana contemporánea es su inserción acrítica en la lógica del mercado. Lo que en Jung era una búsqueda ardua por comprender la psique humana se ha convertido, en gran parte de la industria editorial y terapéutica, en un producto de consumo diseñado para satisfacer el deseo de autorrealización inmediata. Bajo la bandera del “proceso de individuación”, se multiplican cursos, talleres, manuales y conferencias que prometen a cada sujeto un camino rápido hacia la plenitud, cuando en realidad lo que ofrecen es un espejismo adaptado a las exigencias de la cultura neoliberal: la ilusión de una identidad única y excepcional, fabricada como marca personal.

Este giro mercantil ha transformado la psicología junguiana en una ideología del individualismo, donde el Sí-mismo deja de ser el centro regulador y misterioso del alma, abierto a lo trascendente, para convertirse en un proyecto narcisista de autoafirmación. La individuación, en lugar de ser concebida como un proceso doloroso de confrontación con la sombra, el inconsciente colectivo y la alteridad radical, se reduce a un discurso motivacional de empoderamiento subjetivo. Se trata, en última instancia, de una inflación del ego disfrazada de espiritualidad profunda, que sustituye la transformación genuina por la satisfacción inmediata de las necesidades del consumidor.

De este modo, la psicología analítica ha terminado siendo cómplice de la lógica capitalista, en la que el alma se convierte en mercancía y la terapia en servicio de lujo. En lugar de interpelar críticamente las condiciones materiales y culturales que producen el malestar, se ofrece una versión privatizada del crecimiento personal, que responsabiliza exclusivamente al individuo de su destino. La potencia crítica del pensamiento junguiano, capaz de denunciar el vaciamiento espiritual de la modernidad y de abrir vías hacia lo inconsciente, se diluye en fórmulas de autoayuda complacientes que refuerzan la ideología del rendimiento y la autosuficiencia.

Frente a esta deriva, resulta urgente rescatar el núcleo subversivo de la obra de Jung: el llamado a una individuación que no es propiedad del ego, sino apertura hacia un orden más amplio de sentido. La individuación auténtica no puede reducirse a la búsqueda de éxito personal ni a la construcción de una identidad inflada, sino que implica descender a la sombra, atravesar la fragmentación y reconciliarse con las contradicciones de lo humano. Pero los psicólogos analítica no desean liberarse del rol de ideología comercial y recuperar su vocación de ciencia del alma, y estar dispuesta a enfrentar los conflictos existenciales sin diluirlos en el mercado del bienestar, desean llenar su bolsillos a costa de la banalización del trabajo teórico de C.G. Jung.

La psicología junguiana contemporánea se ha extraviado en la complacencia. La pobreza teórica, la ausencia de pensamiento crítico, el elitismo institucional, la melancolía anacrónica, la psicologización excesiva, el fetichismo de los símbolos y la comercialización egoica, son síntomas de un mismo proceso: la traición al espíritu vivo del proyecto de Jung. Allí donde él buscó un pensamiento arriesgado, interdisciplinario y en constante confrontación con la cultura de su tiempo, sus herederos han optado por la comodidad de las fórmulas, el refugio en la interioridad y la repetición dogmática de arquetipos estereotipados.

No se trata, por tanto, de negar la potencia de la obra de Jung, sino de denunciar cómo su herencia ha sido neutralizada en prácticas estériles y discursos complacientes. La fidelidad a Jung no puede consistir en venerar sus palabras, sino en prolongar su actitud crítica, en pensar contra él cuando sea necesario, en permitir que sus intuiciones se transformen al calor del atanor de los conflictos históricos. Una psicología que pretenda honrar al alma no puede limitarse a reproducir lo ya dicho: debe arriesgarse a entrar en lo desconocido, allí donde los símbolos aún no tienen nombre.

La metáfora de Deméter ilustra bien la situación actual del junguianismo. Encerrado en sus campos de flores, se resiste a ser arrebatado por el animus de la historia y la crudeza de sus propias contradicciones, a dejar que lo fecunde la violencia alquimica del tiempo. Pero mientras se mantenga en esa inocencia autoimpuesta, seguirá condenado a la esterilidad, a la repetición y a la nostalgia. No obstante, el dios Hades, el animus negativo que introduce el conflicto y la confrontación, es un pensamiento vivo, capaz de multiplicar las monedas que le fueron confiadas, y que espera su momento para llevar a la psicología analítica al inframundo que le corresponde, hijos de ese impulso dialéctico son Hillman, Giegerich y todo aquel que se atreva a pensar a Jung.

La psicología analítica no debería querer sobrevivir, sino abandonar la melancolía del museo simbólico y renunciar a la pureza del refugio interior. ¿Pero estarán dispuestos los junguianos a enfrentar las contradicciones de su teoría, a asumir el espíritu de la historia y de la transmutación anímica? ¿Serán capaces de soportar el animus que se cierne y soportar el dolor del campo abierto del alma? Personalmente creo que no será así y que la psicología junguiana seguirá siendo un refugio para las almas desesperadas que se esconden del espíritu de los tiempos y que buscan permanecer impolutas mientras el alma sucede, cruelmente, a su alrededor.

La psicología junguiana, elegía a un barco que naufragó

Logos del alma

En una formación, hace muchos años, pregunté al profesor, un erudito en lo junguiano, por qué no tratábamos los temas más complejos y a los autores más difíciles, su respuesta fue clara: “no hay quien quiera pagar por el esfuerzo teórico”. De manera más reciente colaboré con un grupo que prometía revolucionar la difusión de la psicología analítica en habla hispana, puse en claro mi postura metodológica: criticar todo lo criticable desde el espíritu de un animus negativo. Al principio funcionó, ello ofrecía una perspectiva nueva y radical, autores poco tratados en el medio junguiano e ideas violentas y movilizadoras, pero pronto el proyecto fue lucrativo, para algunos, y entonces llegó la primera advertencia: “no puedes hablar de eso y de aquello porque nuestros patrocinadores se ofenden y los alumnos no querrán inscribirse”.

Tales casos son una muestra de mi experiencia en lo junguiano. Por eso critico de sobremanera la acomodación capitalista de un sistema de pensamiento que, en principio, no debería confluir con el Zeitgeist, pues su espíritu teórico exige la emancipación del pensamiento del sujeto de las categorías culturales dominantes. Creo, por lo tanto, que mucha de la producción de la psicología analítica se multiplica como una traición al alma del trabajo teórico de C.G. Jung, vendiendo libros acomodaticios al bienestar de las personas, presentando esquemas simplificados y tipológicos de la complejidad psíquica y reduciendo la profundidad teórica a ejercicios histéricos de posesión anímica.

Por supuesto, mi necedad en revisar rigurosamente los supuestos teóricos y seguir pensando las nociones junguianas ha caído muy mal. A nadie le gusta pensar que las cosas quizá son más complejas de lo que parecen, y los aguafiestas no son bien acogidos en el gozo extático de quienes son llevados por el dulce aroma de los dioses y las criaturas feéricas, del contacto con el puer aeternus y de la doncella psique en medio de los narcisos. Cualquiera que señale que Hades ha aparecido o que los Griegos destruiran la ciudad, es digno de ser relegado como ave de mal agüero.

Por eso Hillman y en mayor medida Giegerich, son tan odiados en la psicología analítica, pues en su debido momento señalaron la superficialidad de la psicología junguiana y la falta de compromiso de los psicólogos analíticos con el movimiento revolucionario del que Jung fue parte importante. Ellos le pidieron pensar a una comunidad que asume que toda racionalidad es contra-junguiana, porque para dicha comunidad ser analista se trata de sentir, imaginar y contactar con el numen irracional que no necesita trabajo duro ni estudios, solo dejarse contactar por las diosas. Ni siquiera leer a Jung es requerido, para eso están las frases que pululan en internet atribuidos a él.

Es tanto el temor al pensamiento complejo, que muchos junguianos han optado por mantener a raya a los pensadores incómodos como Giegerich bajo el escrúpulo mercenario de tergiversadores que les achacan cuanta falsedad puedan inventar con tal de contrarrestar su influencia. ¡Hay que manchar su imagen antes de que puedan causar un daño irremediable!. Es curioso como en el caso de quienes se adentran lo suficiente en la estepas lógicas de Giegerich tienen dos reacciones particulares, el primero es una profunda desazón pues la superficie normal y cómoda del pensamiento se ha movido de su lugar, ahora se encuentran en un lugar donde las certezas no están predeterminadas, donde no hay arriba ni abajo, y donde las viejas cosmogonías ya no proporcionan amparo.

La otra reacción es un profundo enojo y el sentimiento de haber sido engañados por un paradigma que no buscaba su emancipación sino su alienación al mercado psicológico, y que lo hace a traves de la venta de subterfugios de la añoranza: el tarot, la astrología, el I-Ching, el gnosticismo, oriente o la alquimia, formas del pensamiento que Jung estudió con interés pero que jamás tomó como metodologías que sustituyeran su comprensión psicológica. Tal enojo no es otra cosa sino la experiencia desagradable de ya no estar de acuerdo con una forma se ver el mundo, pues el contacto con el animus ha despertado al sujeto al movimiento lógico del alma.

Pero son muy pocos los que están dispuesto ha avanzar al desierto, la mayoría de los junguianos pueden ser descritos con las características del último de los hombres nietzschiano: “Han abandonado las regiones donde era difícil vivir, pues se necesita calor. Uno todavía ama al prójimo y se frota contra él, pues se necesita calor”. Tienen miedo de abandonar la comunidad y de marcharse a lo desconocido, de dejar la casa de los padres y desperdiciar la herencia junguiana para poder ser ellos mismos, como lo quería Jung. Al contrario, han convertido a Jung en un ídolo de piedra o en una lapida, muy blanca por fuera pero llena de huesos por dentro (por eso a un amigo le gusta llamar fariseos a aquellos que huyen de cualquier esfuerzo por pensar a Jung).

Así el panorama de la psicología analítica de nuestro tiempo. Poco a poco el espíritu de Jung se diluye en la repetición incesante y en el parloteo emocional de los grupos de mujeres, de los análisis de los dioses que según ellos somos, en las peregrinaciones epifánicas a la casa de Jung y a sus piedras muertas. Por eso el libro rojo y los libros negros fueron tan populares, pues elevaron, fantasiosamente, la masa confusa al estatus del lapis, olvidaron que ese material fue trabajado por Jung el resto de su vida en decenas de libros, seminarios, cartas y entrevistas y que el Jung profético solo era un hombre poseso que tenía una tarea por delante, labrar una tierra que se le había entregado, multiplicar la moneda que alguna vez se le otorgó.

No me quedan muchas esperanzas, veo avanzar un tumulto de junguianos aplaudiendo el dogma y entregándose a la sin razón de la histeria colectiva, drogados con sustancias embriagantes que les dan la sensación de hablar con los arquetipos, defendiéndose de cualquier esfuerzo por pensar y vendiendo suvenires (souvenirs) en lo alto del Partenón, haciéndolos pasar por la gloria muerta de un cuerpo de pensamientos que ya han traicionado con su desidia, su conformismo y con su amor por el dinero y por el reconocimiento. Pero lo más probable es que el peor de todo ellos sea yo mismo, por creer que este barco que he abordado va a un buen puerto, cuando he visto frente a mi el naufragio y aún vocifero, impertinente, que podemos cambiar de rumbo. Debería tomarme más en serio y asumir que las cosas son como son y que la psicología junguiana será devorada, irremediablemente, por el espíritu de los tiempos.

Por ahora, me dicen que un junguiano alega que el dinero no es un símbolo sino solo una cosa concreta, y que otro dice que la Psique Objetiva no forma parte de la teoría junguiana, uno más menciona que Jung era heideggeriano y otro afirma que Jung era un profeta heredero de un saber místico y perenne; todo ellos miran y parpadean, y siento el impulso casi irrefrenable de aclarar su insensatez, pero ¿quién soy yo para remediar la ignorancia de los demás? si ya tengo suficiente con la que me es propia.

CRÍTICA DE LOS ERRORES CONCEPTUALES EN EL ARTÍCULO: “LA PSICOLOGÍA KLEINIANA DE WOLFGANG GIEGERICH”

Logos del alma

Es evidente que la psicología se encuentra fragmentada entre discursos clínicos, antropologías implícitas y teorizaciones desarraigadas de la experiencia, por lo que resulta comprensible que surjan intentos por establecer algún tipo de orden o de jerarquía interpretativa. El ensayo de José Medina “La Psicología Kleiniana De Wolfgang Giegerich”, al aplicar las categorías de la psicología kleiniana al pensamiento de Wolfgang Giegerich, parece querer colocar la obra del autor bajo la lupa de una racionalidad terapéutica que privilegia la integración simbólica, la contención emocional y la dialéctica de posiciones subjetivas que Melanie Klein formuló en el contexto del psicoanálisis infantil. Sin embargo, al hacer esto, el texto incurre en una serie de errores conceptuales que impiden comprender la radicalidad del proyecto de Giegerich y, más aún, muestran una resistencia a permitir que el alma –aquello mismo que el texto dice querer comprender– piense desde sí.

En lugar de leer a Giegerich en su propio terreno, el autor recurre a una suerte de diagnóstico clínico que lo sitúa, sin demasiadas mediaciones teóricas, en el polo esquizoparanoide. La escisión, la idealización del pensamiento hegeliano, la literalización de los símbolos, el rechazo del Sí-mismo y una supuesta negación del inconsciente son algunos de los síntomas que se enumeran. Pero esta estrategia de lectura, que pretende desenmascarar las motivaciones inconscientes del autor, termina por cerrar el acceso a la lógica interna de su pensamiento. Porque Giegerich no está haciendo psicología en el sentido clínico del término, ni tampoco está describiendo al sujeto como una unidad biográfica afectada por mecanismos defensivos. Giegerich no habla del alma como una función o una facultad, sino como un proceso objetivo, histórico y lógico. Su psicología no comienza con el individuo sino con la conciencia misma del alma que se despliega a través de las formas culturales de una época.

Ya desde su definición más elemental, Giegerich obliga a abandonar los lugares seguros del discurso psicológico tradicional. Su concepción de alma no equivale al aparato psíquico del yo, el ello o el superyó, ni se identifica con el sujeto individual. El alma es subjetividad, pero no la subjetividad del individuo empírico. Es la interioridad misma que se mueve en su forma lógica. No se trata, entonces, de un aparato defensivo ni de una constelación de contenidos inconscientes que habitan la psique individual, sino de una estructura que piensa, que se autocontradice, que se desarrolla dialécticamente. Desde esta perspectiva, aplicar las categorías kleinianas como si se tratara de un análisis clínico es un gesto metodológico improcedente, no porque Klein no tenga nada que aportar, sino porque el plano desde el que Giegerich opera es otro: no es la experiencia subjetiva, sino la lógica especulativa del alma la que organiza su discurso.

Acusar a Giegerich de escisión porque distingue entre distintos momentos en la obra de Jung –por ejemplo, al hablar de los “dos Jungs”– es no comprender la operación dialéctica que subyace a su lectura. Giegerich no escinde a Jung por neurosis ni por parcialidad, sino porque observa en su obra una tensión no resuelta entre una psicología arquetipal de corte metafísico y una orientación empírica que quiere mantenerse fiel al método. De hecho, cuando Giegerich selecciona ciertas formulaciones de Jung y deja otras de lado, no lo hace por capricho ni por ignorancia –como Medina sugiere–, sino porque busca allí donde el alma logró pensarse a sí misma con mayor claridad. “No cito a Jung como autoridad”, señala el propio Giegerich, “sino allí donde su pensamiento alcanza un verdadero momento psicológico” (What is Soul?). Su lectura es interpretativa, sí, pero no menos legítima por ello. Está en línea con una tradición hermenéutica que reconoce que todo pensar es también una lectura, y que toda interpretación es una elección.

Medina acusa a Giegerich de olvidar al Jung completo, ¿pero quién podría abarcar tal entelequia?, no existe autor junguiano que haya sido capaz de abarcar al Jung completo, como una suerte de homo totus ideal. Ni siquiera el mismo Jung podría haberlo hecho porque su obra es un flujo continuo de ideas que sigue un camino particular hacía la refinación de sí misma. No hay un Jung completo, sino un flujo del cual diversos autores beben para construir su propia obra. Von Franz, Neumman, Fordham, Hannah, Hillman y por supuesto Giegerich ven en los textos de la psicología analítica un pretexto para seguir su propio impulso y desarrollar su obra particular. No solo no hay un Jung, hay tantos como lectores de Jung, por eso él recomendaba no ser junguianos sino solamente uno mismo. Es debido soportar la tensión de los puesto y no ceder a la fantasía de poder alcanzar la totalidad.

Quizas por ello se malinterpreta que Giegerich entienda el inconsciente como una representación psíquica más y no como un esquema de elementos constitutivos. Al contrario de lo que piensa Medina, Giegerich no asume que el inconsciente deba ser una figura a la vez, sino que es, en sí mismo, una idea más entre muchas otras que el alma utiliza para comprenderse a sí misma. Pero no es una cosa real, ni una hipostasis, es un figura donde reside el nucleo eidético de un proceso de reflexión. Cuando el alma es sombra, se presenta como sombra, cuando es anima se ve a si misma como anima, etcétera, es la unidad de la unidad y la diferencia de su imágenes e ideas. Por lo que es infundado que predomine la escisión, lo que sucede es que el fenomeno siempre está en confrontación consigo mismo, es un camino dialéctico constante.

El tratamiento del símbolo constituye otro de los puntos conflictivos. Medina afirma que Giegerich no comprende el símbolo, que lo literaliza, que le niega su función intermediadora. Pero esta acusación, una vez más, revela una incomprensión de fondo. Giegerich no niega el símbolo como tal, sino la concepción del símbolo como puerta de acceso a un más allá, a un trasmundo trascendente. Para él, el símbolo es la autoconfiguración del alma misma, no una imagen de algo otro. En su obra The Soul’s Logical Life afirma que el símbolo “es la forma en que el alma se despliega a sí misma, no una representación de otra cosa”. El símbolo, entonces, no desaparece, sino que se interioriza. Ya no es una ventana a lo numinoso, sino la expresión lógica del proceso anímico. Si Jung afirmaba que los arquetipos eran “posibilidades de representación” inscritas en la estructura de la psique (OC 9/1, §127), Giegerich lleva esta idea más allá al sostener que no hay representación sin forma lógica. La imagen arquetipal no representa un contenido inconsciente, sino que es el alma en su modo de aparecer.

De ahí también su distancia con el concepto de Self tal como Jung lo propone. Medina acusa a Giegerich de rechazar el Sí-mismo, de negar la totalidad. Pero lo que hace Giegerich no es suprimir la noción de totalidad, sino despojarla de su carácter sustancialista. El Self, en su lectura, no es un arquetipo más, ni una instancia reguladora del psiquismo, sino la totalidad lógica del alma, aquella que se realiza a través de la negatividad. Como en Hegel, la totalidad no es el punto de partida, sino el resultado de un movimiento de escisión, contradicción, muerte y resurrección simbólica. El alma no es una unidad cerrada, sino una estructura que se diferencia de sí misma para poder ser. Por eso afirma, en una de sus frases más malinterpretadas: “Sólo la conciencia puede ser inconsciente”. No se trata de negar lo inconsciente, sino de señalar que su existencia solo tiene sentido dentro de una conciencia que lo reconoce como su otro interno.

La lectura que hace Medina de la “sublación” (Aufhebung) es otro de los momentos en que la crítica fracasa. Le reprocha a Giegerich haber convertido la sublación en un mecanismo de defensa, como si se tratara de una estrategia inconsciente para anular a Jung y reemplazarlo. Pero la sublación no es una táctica ni una patología, sino el núcleo del método especulativo de Hegel, que Giegerich hereda con rigor. Sublar no significa destruir, sino conservar y superar al mismo tiempo. Giegerich no borra a Jung, lo incluye. Lo transforma en momento necesario de una conciencia que ya no puede detenerse en las imágenes arquetipales, sino que necesita pensarse en sus contradicciones internas. Así como Jung sublaba a Freud al criticar la teoría de la libido sin negarla por completo, del mismo modo Giegerich sublima a Jung: no por neurosis, sino por necesidad dialéctica.

Por otra parte, la acusación de “reescribir la historia” que Medina hace a Giegerich parte de una comprensión historicista y positivista del desarrollo de la psicología. Desde una lógica dialéctica, como la que Giegerich hereda de Hegel, la historia no es una acumulación de hechos, sino un movimiento de autoconciencia. Cada época “subla” (Aufheben) la anterior no porque la niegue, sino porque la conserva superándola. Así, afirmar que la psicología de Jung ha sido superada no implica negarla o borrarla, sino comprenderla como momento necesario en el despliegue del alma moderna. Que Giegerich se refiera a Jung en sus “mejores momentos” no es una selección arbitraria, sino una operación dialéctica: identificar allí donde Jung trasciende su propio marco y permite pensar más allá de sí mismo.

Por tanto la crítica de que Giegerich “se inventa un Jung que nunca existió”, que fragmenta su obra y selecciona solo aquellos aspectos que le convienen es inconsecuente. Esta crítica ignora que el procedimiento de Giegerich es abiertamente interpretativo y selectivo porque no pretende ofrecer una biografía o exégesis filológica de Jung, sino recuperar ciertos momentos de su obra donde aparece –según Giegerich– un pensamiento verdaderamente psicológico, en el sentido especulativo. Él mismo lo aclara en What is Soul?: “No me interesa Jung como persona ni su psicología completa, sino como un autor en quien a veces el alma pensó”. Para Giegerich Jung es un cuerpo de pensamientos, no un sujeto clinico sino una noción inherente que el veraddero junguiano debe hacer justicia al seguirlo pensando.

El punto central que parece escapársele a Medina es que Giegerich no hace psicología del sujeto sino psicología de la conciencia histórica. En esto se aproxima más a Dilthey o a Hegel que a Klein o a Freud. Mientras Klein se ocupa de las relaciones objetales tempranas y los mecanismos defensivos del infante, Giegerich se ocupa de las formaciones del alma en la cultura, en la filosofía, en el arte y en el lenguaje. Es por ello que la crítica kleiniana, si bien puede tener valor clínico, resulta epistemológicamente inadecuada para evaluar la lógica interna del pensamiento de Giegerich

Que todo esto incomode, no sorprende. Giegerich no ofrece consuelo, ni siquiera comprensión en el sentido terapéutico. Su psicología no cura, sino que piensa. No es una psicología para el yo, sino contra el yo, y por eso mismo resulta tan ajena a los modelos clínicos centrados en la integración subjetiva. Pero su proyecto no puede ser juzgado desde otro paradigma sin caer en una forma de violencia epistémica. Criticarlo desde Klein es como intentar refutar a Nietzsche desde Kant: se trata de formas de pensamiento inconmensurables.

Es verdad que Giegerich es un autor excesivo. Su estilo, en ocasiones abstracto y críptico, su desdén por lo clínico y su rechazo a comprometerse con la experiencia individual pueden convertirlo en un pensador difícil de habitar. Pero también es verdad que pocos autores contemporáneos han tomado en serio la pregunta por el alma con tanta radicalidad. Si su obra incomoda, no es porque esté psicopatologizada, sino porque apunta a un fondo que ya no puede sostenerse en las categorías heredadas de la psicología tradicional. En su rechazo a la psicología del sujeto, Giegerich abre una vía posible –aunque no definitiva– hacia una comprensión más profunda de lo psicológico, una que no se agote en los mecanismos defensivos, ni en las relaciones objetales, ni siquiera en los arquetipos, sino que piense el alma como la forma histórica en que el mundo se presenta a sí mismo.

Medina acusa a Giegerich de envidiar a Jung, de querer destruirlo y de buscar someterlo para ser el amo y que Jung sea el esclavo. Por supuesto está es una lectura muy sesgada tanto del concepto del amo y el esclavo como de las intenciones subjetivas de Giegerich, que Medina pretende conocer profundamente gracias a que lo ha desenmascarado con una analísis kleininano de su subjetividad. Pero no hay honestidad en tal pretensión, al contrario es un ejercicio proyectivo que habla más de quien lo emite que de una obra detemrinada. Medina no habla de Jung, ni de Klein, ni de Giegerich sino de una fantasía que se podría inscribirse en la paranoia de, paradójicamente, un pecho persecutorio.

La propuesta de Giegerich en cuanto a Jung es mucho más sencilla y no requiere vericuetos teóricos para entenderla, se trata simplemente de seguir pensando a Jung, porque para Giegerich Jung es el autor más importante de la psicología, el único desde el cual se puede fundar un desarrollo psicológico desde el concepto mismo del alma y es el deber de cualquier admirador de la obra junguiana dedicarse a la tarea de seguir pensando lo pensado en la teoría que Jung desplegó a lo largo de su obra. Para ello, se deben desentrañar las contradicciones inherentes al corpus teorico y permitir que sean ellas mismas las que lleven al lector a la comprensión del movimiento lógico de tan importante obra. Por supuesto no hay una envidia destructiva, ni un deseo de muerte o dominación, parafraseando a Giegerich, él desea ser enseñado por el magma ardiente de las intuiciones de la psicología analítica y no petrificarlas es una comprensión dogmática.

Negarse a escuchar esa propuesta, reducirla a una psicopatología o tildarla de nihilista, es negar la posibilidad misma de que el alma piense. Y tal vez lo que más necesitamos hoy –en medio de un mundo saturado de opiniones, técnicas y recetas– no sea tanto más psicología, sino un pensamiento que se atreva a escuchar, aunque sea con incomodidad, la lógica del alma en su devenir. Esa es, en el fondo, la propuesta de Giegerich. No la del clínico, ni la del poeta, sino la del pensador que arriesga su lugar en la historia para que el alma pueda decir algo de sí misma, más allá del sujeto que la habita.

Lo que queda no es una toma de partido ni una defensa dogmática de Giegerich frente a la crítica dirigida hacia él, sino la imperiosa necesidad de cuestionar el mismo lugar desde el cual se lee, el tipo de alma que se manifiesta en los juicios propios y si se está dispuesto a permitir que el alma exprese algo que quizás no se desea escuchar. Porque en la crítica de Medina se encuentra un gesto que no solo interpreta, sino que también protege; un intento de restituir al pensamiento psicológico a un ámbito seguro, comprensible y terapéutico. Sin embargo, el alma no siempre busca ser comprendida ni curada. En ocasiones, desea comunicar su verdad mediante formas que desafían los moldes establecidos, psico-pathos-logicos, y en esos momentos, lo psicológico ya no puede comprenderse como sinónimo de equilibrio, integración o salud, de otra forma se le someteria a un lecho de Procusto.

No se trata de santificar a Giegerich ni de integrarlo armoniosamente al canon junguiano. Su pensamiento es disruptivo, incómodo, provocador. Pero precisamente por eso merece ser escuchado desde un lugar distinto al de la mofa clínica. Si el alma es también negatividad, contradicción y muerte simbólica –como Jung mismo lo sabía–, entonces es legítimo que su pensamiento adopte formas disociativas, que no buscan integrar sino atravesar, no reparar sino revelar. Y si la psicología quiere seguir viva, debe aprender a tolerar esa tensión sin resolverla demasiado rápido.

Lo inquietante de la critica malintencionada es el intento, caricaturezco, de reducir el pensamiento de Giegerich a lo ya conocido, de tal forma que no se tenga que llevar a cabo el trabajo de comprenderlo, es una urgencia de domesticar lo salvaje de su reflexión. Esta premura refleja también el estado actual de la psicología, de su dificultad para pensar sin un sujeto definido, para imaginar sin un símbolo trascendente y para escuchar sin proyección. Tal vez el alma, como afirmaba Jung, no requiera ser curada, sino simplemente ser considerada con seriedad. Giegerich ha hecho precisamente esto: ha tomado el alma con seriedad, más allá de la terapia, del individuo e incluso del símbolo. Su propuesta exige, por lo tanto, que se le considere con rigor y atención, y que quien la aborde tenga la paciencia y el autoncontrol necesarios para tomarse un momento y escuchar lo que ésta revela sobre la propia resistencia, sobre los sesgos particulares y, entonces, permita el abordaje dialéctico de la escisión que se separa al lector de su entendimiento.

LA CRÍTICA COMO CARICATURA: LECTURA DE “LA FARSA HEGELIANA 2.0” DESDE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA Y LA LÓGICA DEL ALMA

Logos del alma

Esta reflexión corresponde al artículo “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” que José Medina público para criticar las bases hegelianas del pensamiento del Wolfgang Giegerich, se inscribe en la producción crítica que algunos autores han dedicado al trabajo de éste autor y que, sin embargo, se desliza al ámbito de la parodia al construir una imagen distorsionada de Giegerich y dirigir sus ataques más hacia su persona que a sus verdaderos argumentos. Sirva este ejemplo para seguir aclarando los muchos mal entendidos sobre el trabajo de la Psicología como La Disciplina de la Interioridad.

El texto “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” de José Medina constituye un ataque frontal, tanto conceptual como personal, al proyecto psicológico de Giegerich, a quien acusa de haber desvirtuado la herencia junguiana en favor de un hegelianismo idealista y totalitario. Sin embargo, al intentar demeritar la labor teórica de Giegerich, Medina incurre en una serie de errores hermenéuticos, malinterpretaciones doctrinales y deformaciones polémicas que convierten su crítica en una caricatura. Este ensayo se propone mostrar cómo el texto de Medina falla en ofrecer una lectura fiel, filosóficamente informada y psicológicamente relevante del pensamiento de Giegerich, y cómo en su lugar recurre al uso de etiquetas reduccionistas, juicios morales y un lenguaje fuertemente ideologizado que sustituyen la crítica conceptual sería por la descalificación retórica.

Desde sus primeras líneas, Medina asocia la psicología de Giegerich con una forma de “hegeleanería” vacía, recurriendo a figuras como Popper, Deleuze y Nietzsche para reforzar la supuesta peligrosidad intelectual del sistema hegeliano. Esta estrategia polémica presenta un doble problema. Primero, supone que la recepción que hace Giegerich de Hegel es literal, dogmática y dependiente de un culto al sistema. Segundo, ignora por completo que Giegerich no reproduce el contenido de la filosofía hegeliana, sino que retoma su estructura lógica para pensar la dinámica del alma. Lo que Giegerich adopta es la lógica de Hegel como estructura formal de la experiencia psíquica, no sus presupuestos ontológicos sobre el absoluto. Es decir que lo que Giegerich extrae de Hegel no es su filosofía del Estado ni su metafísica del Espíritu, sino una forma de pensar dialécticamente los procesos del alma, sus contradicciones internas, y su despliegue histórico-cultural. No se trata, como insinúa Medina, de glorificar a Hegel como ídolo herido, sino de utilizar herramientas conceptuales para acceder a una dimensión lógica de lo psíquico que va más allá de lo empírico o lo terapéutico.

Uno de los puntos más reiterados por Medina es la crítica al concepto de “exclusión del Otro”, que Giegerich introduce en su obra Neurosis. The Logic of a Metaphysical Illness. Según Medina, esta idea implicaría una renuncia deliberada al pensamiento dialógico y una imposibilidad de crítica interna. No obstante, lo que Giegerich formula es una estructura fenomenológica del alma: cuando la totalidad psíquica se ve absorbida por una imagen, la energía libidinal se concentra por completo en ella, de modo que lo “otro” queda desatendido. Tal como lo expresa el propio Giegerich: “La exclusión es ‘paciente’, pasiva, un efecto secundario de que toda la ‘libido’ fluye hacia la imagen…”. No se trata, por tanto, de una exclusión activa del otro como sujeto, ni de una censura epistémica, sino de una descripción de la estructura de totalidad que ocurre cuando el alma está completamente absorbida por una configuración simbólica. Esta estructura forma parte de la tradición hermenéutica en psicología profunda que parte de la premisa de que la conciencia no está disponible para el juicio externo cuando se encuentra atrapada en una forma determinada. El error de Medina consiste en leer este fenómeno como una consigna ideológica, y no como una forma de comprender el movimiento interno del alma.

Quizá el error más grave del texto de Medina sea la acusación de manipulación textual hacia Giegerich. El autor sostiene que Giegerich “descaradamente” tergiversa un pasaje de Jung tomado de Mysterium Coniunctionis, en el que se afirma que la imagen de la fantasía “tiene todo lo que necesita” y que debe protegerse de interferencias externas. Medina asegura que Giegerich convierte esta precaución metodológica en un principio ontológico del alma, al que llama “la navaja psicológica”. Lo que Medina omite es que la interpretación de Giegerich no pretende ser una exégesis literal, sino una extrapolación lógica. Tal como lo explica Mark Saban, Giegerich convierte la técnica de Jung en un axioma porque ve en ella una forma de respetar la autonomía de la imagen, no por ignorancia o mala fe. No hay aquí manipulación, sino elaboración teórica. El propio Jung sugiere en varios textos que las imágenes del inconsciente deben ser tomadas en serio por su estructura interna y no reducidas desde categorías externas. Que Giegerich radicalice esta idea no implica tergiversación, sino un pensamiento que toma en serio la autonomía de lo psíquico como forma simbólica.

Otro de los argumentos de Medina gira en torno a la supuesta destrucción del concepto junguiano de arquetipo por parte de Giegerich. Cita a Giegerich diciendo que los arquetipos no tienen existencia positiva en sí mismos, sino que sólo se concretan en imágenes culturales históricamente determinadas. Luego, pretende refutarlo con una cita de Jung en la que éste afirma que los arquetipos no son representaciones innatas, sino “posibilidades innatas de representación”. Pero lo que Medina no ve es que ambos están diciendo lo mismo. Tanto Jung como Giegerich entienden que los arquetipos no existen como entidades fijas, sino que son patrones formales que se actualizan en imágenes concretas. James Hillman también se alinea con esta visión: “El arquetipo nunca aparece como tal; sólo se manifiesta a través de imágenes. Lo arquetipal es lo que se da en las imágenes, no detrás de ellas”. Medina pretende establecer una contradicción donde no la hay, y su crítica termina siendo una confirmación de lo que Giegerich afirma.

El punto más ideológico del texto de Medina aparece hacia el final, donde acusa a Giegerich de justificar el capitalismo, declarar obsoleto al individuo y proponer como “terapia” la aceptación acrítica del statu quo. Esta interpretación, además de estar plagada de afirmaciones descontextualizadas, incurre en una grave confusión de niveles. Cuando Giegerich afirma que “el individuo está obsoleto” o que “el dios actual es el dinero”, no está postulando un deber ser ético o político, sino describiendo la configuración simbólica del alma contemporánea, tal como aparece en el discurso y las prácticas del mundo moderno. Su psicología no es prescriptiva, sino hermenéutica. Como él mismo señala en Technology and the Soul: “Mi objetivo no es curar ni transformar, sino atender a la verdad de la época en la que estamos inmersos, que es, para bien o para mal, la forma actual del alma”. La crítica de Medina parte de una lectura moralizante que confunde la descripción de una estructura simbólica con una apología ideológica. Este error se agrava al no distinguir entre el nivel lógico-simbólico de la psicología arquetipal y el nivel ético de la praxis social, como si toda descripción de una forma psíquica implicara su justificación.

El lenguaje del texto de Medina refuerza esta tendencia hacia la descalificación más que al análisis. Frases como “una farsa bochornosa”, “Disneylandia lógica”, “el pobre Giegerich”, “espíritus abotargados” o “hegeleanería escabrosa” sustituyen el argumento por el desprecio. Esta retórica del insulto no sólo degrada el valor intelectual del texto, sino que traiciona el espíritu mismo de la psicología junguiana, cuya premisa fundamental es escuchar las imágenes con seriedad, incluso cuando son difíciles o incómodas. Criticar a Giegerich con rigor es posible —y algunos lo han hecho con elegancia, como Mark Saban, Greg Mogenson o Stanton Marlan—, pero no en los términos en los que lo plantea Medina, cuyo estilo panfletario lo aleja tanto del pensamiento filosófico como del análisis psicológico.

La psicología de Wolfgang Giegerich es una de las contribuciones más audaces y complejas a la evolución del pensamiento junguiano contemporáneo. Su lenguaje, a menudo abstracto y exigente, su estilo lógico-dialéctico y su crítica al psicologismo humanista, generan resistencias ilegítimas. Pero es precisamente por eso que merece una crítica rigurosa, fundada en una lectura atenta de sus textos y en una comprensión clara de los principios que orientan su proyecto. La obra de Giegerich no debe ser aceptada sin cuestionamiento, pero tampoco puede ser reducida a una caricatura ideológica. Atribuirle una farsa no sólo es injusto, sino profundamente antipsicológico.

LA CRíTICA MALINTENCIONADA A LA OBRA DE W. GIEGERICH. UN EJEMPLO DE LECTURA PROYECTIVA Y DEFENSIVA

Logos del alma

El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” de José Medina es un ensayo lleno de equívocos, que representa de manera explícita la mala fe con la que algunos pensadores han querido abordar fallidamente la obra de Wolfgang Giegerich. En los siguientes puntos se exponen algunos de los múltiples errores que subyacen a ese trabajo de análisis mal intencionado.

1

Una lectura dirigida a la comprensión de un autor exige que el lector pueda atender a los conceptos esenciales de su obra. Para responder a un cuerpo de pensamientos, es necesario tener claridad sobre los significados que sostendrán la argumentación. Es inadecuado adentrarse con prejuicios a una lectura, esperando que esta satisfaga las propias expectativas. Si el autor habla del alma, del inconsciente o del Self, es debido preguntar a sus textos: ¿qué quieren decir con esos términos? No es posible responder por ellos, fingir que ya se los sabe o falsear sus respuestas a causa de las limitaciones intelectuales. De otra forma, el diálogo con el texto será simplemente un monólogo donde se encontrará lo que ya se creía saber y solo se reforzará la postura egoica.

Lo mismo sucede en la relación con una persona, incluyendo la relación terapéutica: es menester poner en duda las certidumbres, imágenes y juicios, y recibir al otro tal como es, con su propia voz. Sin embargo, hay muchos lectores, algunos de ellos cultos, cuya lectura pretende dominar al autor, por lo que se le descalifica aun sin haberle entendido o leído. Se construye sobre la figura del pensador un hombre de paja y se procede a luchar argumentativamente, en el mejor de los casos, contra una representación del propio lector, que poco tiene que ver con el autor en cuestión.

Así, abundan los críticos de Lacan, Jung, Freud, Hegel, Foucault, Hillman y Giegerich, que sin conocer su obra suponen poder refutarlos por medio de las opiniones de terceros, sin necesidad de acercarse a su trabajo. Y si por suerte los leen, su mirada nublada por el prejuicio les muestra solo aquello que quieren leer, es decir, lo que confirma su propia idiosincracia. Es una lectura proyectiva.

El trabajo de Wolfgang Giegerich es desafiante en muchos sentidos. Por un lado, exige a sus lectores un conocimiento amplio de ciertos temas, especialmente en el campo de la psicología junguiana. Por otro lado conmina a una apertura que implica una visión crítica del pensamiento de C.G. Jung, lo que supone la disposición a reevaluar las ideas presentadas en la obra junguiana.

En el ámbito hispanohablante, algunos junguianos han expresado su escepticismo sobre la fiabilidad o la coherencia de Giegerich, e incluso han llegado a acusarlo de mala fe hacia la obra de Jung. Sin embargo, estas críticas carecen de fundamento. La mayoría de sus detractores, lamentablemente, no han leído su obra y, en cambio, se han basado en materiales que, con mala intención, distorsionan los conceptos utilizados por Giegerich. Un ejemplo de ello es el artículo titulado “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, escrito por José Medina, que algunos han utilizado para intentar comprender la psicología de Giegerich y alimentar su desprecio personal hacia el autor.

Por esta razón este es un análisis de las falacias argumentativas y los conceptos malentendidos que, para un lector atento, serán evidentes. Este análisis pretende aclarar qué no es Giegerich, es decir, un entendimiento a través de la reflexión de quien no lo ha comprendido ni busca comprenderlo.

2

El texto “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” comienza con un singular epígrafe de Nietzsche: “Jamás vuelve a curarse del todo nadie que haya estado enfermo de hegelianería.” Que recurre a la actitud pendenciera de Nietzsche contra lo que él consideraba “la palabrería hegeliana” y sus conceptos de totalidad y progreso. Dichas observaciones son de muy mal gusto por parte de Nietzsche y totalmente injustas contra una de las mentes más brillantes de la filosofía, sostenida en las opiniones de Schopenhaeur y Goethe. Por supuesto, cuando se comienza un texto calificando un pensamiento de “enfermedad” el argumento no podrá ser más que una falacia, que de entrada ha identificado lo que se critica con un defecto mental o biológico que demerita la importancia de la idea tratada. Si Hegel es una enfermedad, entonces ni siquiera es necesario pensarlo, pues se le considera nocivo de facto. Pero, ¿cómo se sabrá lo que realmente dijo Hegel si no se le lee?

Caben dos posibilidades: o no interesa o ya se cree saber todo lo necesario sobre Hegel con base en lo que otros autores han dicho. ¿Pero qué clase de lectores es quién no quiere saber lo que dijo un autor y solo busca descalificarlo para no tener que hacer el trabajo?

Inmediatamente después del epígrafe el autor del artículo comienza con una pregunta engañosa:

“¿Qué responderle a alguien que afirma que la sincronicidad es irrelevante, que el alma no existe, que la noción de arquetipo psicológico ha sido desestimada por la ciencia, que lo numinoso no es más que pura fantasía de otra época, que la individuación es agua pasada, que el lugar intermedio pleno de significado que se encuentra entre la polaridad subjetivo-objetivo es un mero show, que Jung es un teósofo…?”

Por supuesto esta no es una pregunta simple, sino una afirmación de lo que se considera son las ideas de Giegerich en cuanto al contexto junguiano, por ello se habla de “La confrontación Jung-Giegerich”. Pero, ¿es cierto lo que se dice sobre Giegerich?, veamos puntos por punto:

  1. Sobre la sincronicidad. Giegerich no afirma nunca que la sincronicidad es irrelevante. En su artículo: “Un serio malentendido: sincronicidad y la generación de significado”, lanza una observación a la pretensión de algunos autores de interpretar la sincronicidad como generadora de un significado trascendente, poniendo énfasis en la frase original “sinngemäße Koinzidenz” que ha sido traducida de forma errónea al inglés. Su tesis es que este descuido de traducción desvía al lector de la importancia original del concepto de sincronicidad. Dicho concepto no es esencial para el trabajo terapéutico, pero es importante como concepto teórico.
  2. El alma no existe. Este es un tema complejo, porque la afirmación constante de Giegerich de la inexistencia del alma no puede leerse de forma literal si se quiere entender correctamente. Cuando Giegerich habla de la inexistencia del alma se refiere a que el alma no es un elemento positivo, ni un objeto real o ideal, no es una cosa ni un reino trascendente, sino que es pura y absoluta negatividad, es decir que su reino es el de la preexistencia, que no es la no-existencia sino que subyace como concepto sin ninguna forma de sustancia. El alma es la lógica inherente en cada fenómeno, pero no es el fenómeno. Esta forma de asumir el alma exige poder pensarla sin un punto de anclaje pictórico o metafísico. 
  3. El arquetipo es aún un objeto de debate en la psicología junguiana seria, para ello véase el trabajo de Jon Mills, el de Erik Goodwyn o el de Christian Roesler, entre los pensadores actuales en el campo de la psicología analítica cuyos trabajos muestran lo inacabado del tema. El mismo James Hillman pasó de largo el tema de los arquetipos y prefirió asumir que cada imagen era arquetipal en sí misma, es decir que tenía su finalidad en su misma forma. Giegerich en cambio asume que el termino “arquetipo” no es necesario para la comprensión de los fenómenos psicológicos y que inclusive funciona como una mistificación que estorba el esfuerzo de entenderlo a estos fenómenos.
  4. Lo numinoso para Giegerich es la experiencia del alma de la presencia de lo divino, como la mejor representación simbólica de una verdad de sí misma, pero ya que la conciencia como proceso trasnpersonal ha experimentado una separación en sí misma de donde el ego moderno ha nacido, lo numinoso ya no puede experimentarse como en otras épocas, no porque sea falso, más bien porque la verdad del momento presente ya no se expresa en la fascinación de las figuras del alma.
  5. La individuación en Giegerich es un proceso del alma, no de las personas, y este ya ha ocurrido desde hace algunos siglos, el alma se ha individuado. Lo que ello implica es que las manifestaciones y la lógica de la conciencia se han transformado para dar paso a nuestra experiencia moderna de la realidad. Es por eso que se puede aspirar a ser nosotros mismos, puesto que ya lo somos. Giegerich invita a que se repiensen estos conceptos nuevamente de acuerdo a un pensamiento profundo del conocimiento actual.
  6. Desde este contexto el sentido, igual que lo numinoso, ya no son posibles, porque eran la experiencia de un alma imbuida en sus propias imágenes, pero ahora que esta se ha separado de las mismas el sentido ha desaparecido, por lo que toda búsqueda de sentido es la nostalgia de lo que se ha perdido, y la incertidumbre es el precio que se tiene que pagar por este cambio.

Como se puede observar Giegerich piensa nuevamente muchos de los conceptos que los junguianos dan por sentado, ¿no es acaso esa la tarea de un psicólogo comprometido con el espíritu de la obra de C.G. Jung? 

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En medio de las argumentaciones del artículo se desgranan más presupuestos que son cuestionables, por ejemplo, la afirmación: “No se puede ser platónico y aristotélico”, lo que es muy extraño suponiendo que la base de la cultura descansa en estos pensadores, estemos o no de acuerdo con ellos, y sería conveniente conocer la obra de ambos. Además, estudiar a Aristóteles presupone haber conocido a Platón, igual que leer Hegel implica haber leído antes a Kant. De la misma forma, adentrarse en Giegerich requiere haber leído previamente a Jung. Por lo tanto, se puede ser junguiano sin leer a Giegerich, pero no se puede leer a Giegerich sin antes conocer a Jung.

En el orden de esas falacias, el autor del artículo procede a poner otros ejemplos de “charlatanes”, por lo que se tienen varios epítetos con los cuales identificar a Giegerich: “interesado”, “tendencioso”, “enfermo”, “magullo”, “racionalista”, y esto apenas en dos páginas, por lo que más adjetivos calificativos se adherirán a su figura en lo que viene. Para poder sostener estas afirmaciones sobre la persona de Giegerich se pone de ejemplo a Lacan afirmando que:

“del famoso “retorno a Freud” de Lacan, tal “retorno” fue una ayuda inestimable para que en nuestros días se haya arrojado al padre del psicoanálisis a las cavernas de la pseudociencia y de la “magufería”, como gustan en decir ciertos “racionalistas” ilustrados que de buena gana mandarían al diablo cualquier saber sobre el ser humano que no consista en rigurosa ciencia, o en lo que ellos llaman ciencia.”

Aquí tendría que preguntarse si hay honestidad intelectual en descalificar en unas cuantas líneas un pensamiento tan poderoso como ha sido la escuela lacaniana de psicoanálisis, que si bien es abstrusa y compleja, no por ello es despreciable. Desde fuera de ella parece que tiene pensadores muy importantes y muchos de ellos con grandes aportes a la clínica psicoterapéutica seria, por ejemplo: Massimo Recalcati, Darian Leader, Juan David Nasio, Francoise Dolto, etc. Quienes piensan a partir de la propuesta de Lacan y ayudan a pensar también las intuiciones freudianas.

Aquí también se esboza una comparación superficial que pretende reducir a Giegerich a un emulo de Lacan, lo que no es el caso, pero retoma la idea lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje y lo iguala a la afirmación de Giegerich de que el alma se expresa de forma lingüística, lo cual significa tratar de homologar dos vías de pensamiento muy distintas con el pretexto de la palabra “lingüístico”, y aunque la comparación merecería un apartado completo, la profundidad de las diferencias y desarrollos de cada autor no caben en unos pocos párrafos.

Se puede notar que el propósito del texto no es entender la relación entre Jung y Giegerich sino denostar de múltiples formas el trabajo de un autor, incluso por medio de desacreditar a otro autor con el que se le compara. En ese camino, claro está, el interés está puesto en el desprecio de aquello que, por alguna razón, se escapa a la comprensión.

Jung, en cambio, tenía una forma distinta de acercarse a un texto donde exalta la posición que un lector debería mostrar ante un texto analizado:

“la persona competente leerá el nuevo libro con la sensación de que posiblemente se había equivocado hasta ese momento, y que ahora alguien le mostraría cómo debían percibirse realmente las cosas” (En los Jung Papers, aún inéditos)

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El autor de “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves” confiesa que el ánimo con el que escribe su texto es el siguiente: “mi emocionalidad y descontento, mi exasperación, ante lo que yo consideraba, y considero, equivocaciones fraudulentas y una profunda falta de rigurosidad en su obra”; lo que hace evidente  que el interés del trabajo no está en comprender a Giegerich sino en calmar la propia emocionalidad. Ya Jung decía:

“Siempre se tienen emociones cuando no se está adaptado. Si se está adaptado no hace falta la emoción; una emoción es sólo una explosión instintiva que indica que no se ha estado a la altura. Cuando no se sabe cómo hacer frente a una situación o a las personas, uno se vuelve emocional. Al no estar adaptado, se tiene una idea equivocada de la situación … … ser emocional es ya estar en camino hacia una condición patológica”.

No se puede pensar ni adentrarse en un pensamiento riguroso llevados por un complejo emocional, porque es él anima quien dicta el camino de su necesidad y posee al sujeto emocional. Cuando se está tomado emocionalmente, el pensamiento no le pertenece a uno, debe afrontarse y dejar que el arranque pase para poder reflexionar de forma adecuada. 

Es comprensible el porque el autor está tan lleno de enojo contra Giegerich, ya que ha construido un hombre de paja que contiene su propia falta de comprensión, mas no coincide con los conceptos en Giegerich mismo y se ha ensañado en encajar sus prejuicios a este pensador para lograr esta lectura proyectiva. Así, continúa con adjetivos sobre la persona de Giegerich: “falto de estima”, “disparates”, “pato fuera del agua”, “rodando de cabeza” “pseudointelectual”, “falsa sabiduría”, “bajos fondos”, “mundo de la estafa”, “franco embuste” ¿Cómo podemos pensar claramente llevados por una emoción tan desbordante?

Es por esto que confunde los conceptos de Giegerich. Por ejemplo sobre el tema de la verdad cita un texto donde Giegerich dice: «La psicología no es más que uno de los posibles enfoques metodológicos de lo que sucede y ha abandonado cualquier pretensión de ser o de aspirar a un conocimiento verdadero”, mismo que va acompañado en el contexto original de la aclaración: “aunque el sentido de la verdad es todavía vital para ella [para la psicología], este sentido de la verdad, o su verdad misma, es meramente interna a ella como un principio rector metodológico y objetivo. Su validez permanece encerrada dentro de sí misma. No se extiende más allá de sí misma.”  Lo cual el autor toma como una contradicción ante las afirmaciones la importancia de la verdad para la psicología de Giegerich. Por lo tanto, en lugar de preguntarse sobre el concepto de “verdad” en el contexto de la obra analizada, prefiere darlo por sentado. Pero Giegerich habla realmente de un movimiento lógico de la consciencia de forma muy clara: la verdad que antes se encontraba fuera del alma como los principios rectores que le daban sentido, ahora se encuentra dentro de los mismos fenómenos como la adecuación de los mismos a sus nociones particulares. Una situación que podría discutirse pero no mal entenderse a menos que se este ansioso por buscar una falla semántica que reafirme la animadversión manifiesta.

Sucede lo mismo con el enunciado “el alma es consciencia, es subjetividad” que el autor interpreta de forma muy sesgada como la afirmación de Giegerich de que el alma es creada por las subjetividades humanas y que estas se reducen a la consciencia colectiva donde hipóstasia al yo como el verdadero sujeto de la psicología, ignorando los procesos del inconsciente. Todo esto por supuesto es una lectura bastante lejana de lo que trata Giegerich en su obra.

En términos sucintos Giegerich propone que la psicología tiene como objeto el alma, que no es otra cosa sino la lógica de la consciencia, entendida esta última como la mentalidad que ha ido tranformandose a lo largo de las eras y que es el único medio por el cual el ser humano puede interpretar la realidad. No habla, por supuesto ni del consciente ni del inconsciente colectivo, que para él son abstracciones que sirven como muletillas para entender el movimiento de la consciencia. El alma es subjetiva no porque pertenezca a los sujetos humanos sino porque ella es su propio sujeto objetivo. “El alma siempre se piensa a sí misma” es un motivo recurrente en Giegerich. 

A diferencia de un sistema que explique todo, Giegerich no busca más que comprender el lugar del pensamiento, colectivo e individual, en la vida lógica del alma, que como se ha dicho no existe en ninguna lugar sino que preexiste, es decir, es pura negatividad. Es claro entonces que sus miras están muy lejanas al ego, pues el estudio del alma poco tiene que ver con las necesidad egoicas, de ahí que proponga la diferencia psicológica, es decir la distinción entre el reino del ego y el reino del alma para poder hacer el trabajo de la psicología. La cultura y sus productos no son sino los cadáveres que deja la chispa del alma a su paso y a través de lo cuales se vivifica esporádicamente para seguirse pensando. Hay ahí una crítica activa contra la hegemonía del ego y su centralidad en el humanismo moderno.

Este desarrollo no puede comprenderse si se intenta saciar la emocionalidad o encajar los conceptos del autor en el esquema ortodoxo del junguianismo, ya que el gran problema es que el trabajo de Giegerich requiere pensar más allá del marco junguiano clásico. No es posible reducir a un pensador a las categorías de otro sin falsearlo. De ahí la confusión de los conceptos que sigue alimentando la animadversión del autor del artículo en cuestión.

5

En la misma tónica, en el articulo se continua con temas igual de confusos: “El símbolo está muerto, dice Giegerich”. Lo cual no es del todo cierto, para Giegerich, igual que para Jung, los símbolos son la mejor articulación de las verdades del alma, representadas de tal forma que son evidentes como manifestaciones anímicas. Pero puesto que el alma se transforma y se adapta a sí misma, los símbolos mueren, pues lo que en ellos era esotérico ha llegado a ser exotérico y, por lo tanto, ha perdido su función contenedora del alma. Por lo cual nuevos símbolos serán construidos y cumplirán su función el tiempo que sea necesario. Por eso, no podemos recurrir a la simbología antigua para entender los nuevos fenómenos del alma, ya que su correspondencia pertenece a estadios que han sido dejados atrás por la consciencia. En cambio, el presente ha construido sus propios símbolos y no sería extraño pensar que aún la forma simbólica pueda ser sustituida por una manera lógica de entender la realidad. Este avance no lo hace el hombre, lo hace el alma.

Aquí el término Aufheben es importante. En el pensamiento filosófico, específicamente en Hegel, la palabra Aufheben se traduce como “superación”, pero el término tiene mas matices en su idioma original que en español. Esta superación no significa un olvido o el desechar lo superado, al contrario involucra otros dos significados: “recordar” y “dejar atrás”. Por lo tanto, “superar” o “sublar” es el movimiento del fenómeno hacía sí mismo, donde lo que en un momento fue verdad ha sido sustituido por lo que en otro momento lo es, pero lo que es dejado atrás se convierte en el núcleo de lo que esta presente, no desaparece, se integra como una estructura del alma. Dirá Giegerich, lo que antes era lo superior ahora es el piso en el que se sostiene la realidad. 

Así, el alma se supera a sí misma al interiorizar sus símbolos, y aún la forma simbólica de relación, éstos se vuelven el núcleo éidetico de los fenómenos anímicos que mueven al mundo hacia sí, y que lo dirigen de tal manera a su propia verdad, al telos inherente que no puede conocerse ni prevenirse. Por eso, para Giegerich es importante ser enseñado por la realidad, porque ella contiene todo lo que necesita en sí misma, igual que el síntoma ya es una representación de la homeostásis de la psique.

Pero el autor del artículo confunde la palabra Aufheben, que es un término filosófico, con una intención ficticia que encaja en la figura de Giegerich, así es mencionado este malentendido:

“Giegerich quiere superar (dominar) a Jung para no ser reducido a él, es decir, a su psicología, pero a la vez Giegerich quiere conservar a Jung para que sea testigo de su superación”

Esta interpretación es por demás subjetivista, atribuyendo motivos psicológicos en los motivos teóricos de la obra de un autor, además no son motivos aléguenos, al contrario, desde está perspectiva Giegerich puede ser visto como un sádico o un psicopata que desea la dominación de Jung y de los junguianos. Claro ésta que no es el caso, pero la construcción de este personaje que es tan digno de insultos, humillaciones, falsificaciones y demás tropelías con tal de asegurar su desprestigio está justificada por la maldad inherente en su figura. Nuevamente entendemos porque el autor del artículo está tan molesto, lucha por su puesto con una sombra, pero no parece ser que sea la de Giegrich.

Es muy interesante la percepción que describe sobre Giegerich, un autor que falsea, que humilla, que traiciona, que malentiende, que tiene mala fe contra la obra de Jung. Pero como se ha visto que todos los argumentos son tergiversaciones de las verdadera idea de Giegerich, entonces ¿no será posible que este retrato sea un recurso proyectivo para hablar del objetivo del autor hacia la figura de Giegerich, falsificarlo hasta la saciedad para poder ponerse él sobre su obra y que Giegerich “sea testigo de su superación”?. 

6

El artículo “La confrontación Jung-Giegerich. Algunas claves”, ofrece una oportunidad inapreciable de aclarar tanto los malos entendidos que hay alrededor de la obra de Giegerich y que han sido difundidos por aquellos a lo que éste les causa animadversión, muchas veces sin haber leído una sola página de sus textos. Y además permite observar la puesta en escena de la lectura proyectiva sobre la obra de un autor especifico.

Giegerich es un psicólogo junguiano, formado en el C.G. Jung Institute de Stuttgart, Alemania, que durante más de cuatro décadas ha ejercido como analista, docente, conferenciante, supervisor y ha sido un prolífico escritor en el ámbito de la psicología analítica, publicando en las principales revistas de psicología junguiana y constituyéndose como una figura de importancia en la escena académica internacional. Su obra es una elaboración de las ideas de C. G. Jung y del avance que fue propuesto por James Hillman, de quien fue intimo colaborador.

Lo característico de la obra de Giegerich es la búsqueda por el rigor teórico, que en su opinión, hace falta en psicología junguiana, corriente que ha condescendido con aquello que Jung llamaba “la psicología del prestigio”, es decir, una forma de pensamiento psicológico que se adopta a los canones culturales de forma irreflexiva y que deja de lado el estudio comprometido del alma en favor de factores como la eficacia, la autoayuda y el dominio técnico de la mente.

Giegerich, en cambio, propone repensar los conceptos junguianos aplicándolos a sí mismos y entendiéndolos no como un conocimiento acabado, sino como un movimiento del pensamiento que puede seguir pensandose de manera indefinida. Las bases de su teoría, descansan en el estudio profundo de la obra de Jung, en la psicología arquetipal de Hillman, en Heidegger, Nietzsche, Hegel y en la obra del folklorista Heino Gehrts, entre otros tantos.

Como sucede con cualquier otro autor que vale la pena leer, su obra es disruptiva, no porque contradiga las intuiciones junguianas sino porque es fiel a las mismas en el espíritu de su movimiento lógico. No busca fosilizar los conceptos, sino seguirlos en su flujo conceptual interno. Basta revisar su obra, donde argumenta de forma rigurosa y elegante sobre diversos fenómenos psicológicos, desde la sombra hasta la bomba atómica.

Hay un anatema entre sus críticos sobre la nula aplicabilidad de sus ideas, lo cual resulta falso de forma evidente para quienes practicamos la psicoterapia y estudiamos la obra de Giegerich y que se confirma con sus últimos libros sobre el quehacer psicoterapéutico: “What are the factor that heal?” Y “Working with dreams”, ademas de las mencionadas más de cuatro décadas de ejercicio terapéutico.

Importantes figuras dentro del ámbito junguiano reiteran la pertinencia del trabajo de Giegerich, por ejemplo James Hillman, Greg Mogenson, David Miller, Ann Casement, Pamela Power, Yushiro Tanaka, Marco Heleno Barreto, John Hoedl, entre muchos otros que han construido un grupo de estudio llamado ISPDI (International Society of Psychology as Discipline of Interiority) para explorar una variedad de temas psicológicos con base a los avances intuidos en la obra de Giegerich.

Por supuesto no es una obra acabada, y necesita seguir siendo reflexionada. Pero falsearla o mentir sobre sus intenciones, conceptos y construcciones teóricas no es la mejor forma de acercarse a la misma. Podemos estar en desacuerdo con un cuerpo de pensamientos, pero debemos ser cuidadosos en no involucrar las experiencias de los complejos en el estudio de la teoría. El enojo y la emocionalidad pueden, muchas veces, convertirse en motivo de creación de falacias que se superpongan a un objeto de lectura. Necesitamos preguntarnos constantemente por nuestras propias motivaciones, para no descargarlas en los temas y hacer de estos los chivos expiatorios de nuestra propia sombra.

La lectura comprometida con el tema requiere que estemos dispuestos a escuchar de viva voz al autor y a profundizar en el contexto teórico de sus afirmaciones, de otra forma no seremos tocados por el tema. Todo ello es, sin duda, una elección, no todos los autores están hechos para uno, pero como decía Edinger sobre la lectura de Jung “Si asumes que lo sabes mejor que él y comienzas con una actitud crítica, no te molestes; el libro no es para ti”. En la revisión teórica de un pensador ya habrá tiempo para conocerlo mejor, pero no se puede apresurar el proceso del entendimiento. Se debe asumir que Giegerich tardó décadas en construir una postura crítica sobre Jung, eso es muestra de mucho trabajo duro de por medio. 

A los lectores de Giegerich les espera algo similar. Conocer a Jung, saber de Hegel, Heidegger, Hillman y todos esos temas profundos que se vislumbran en su obra, no es una labor sencilla, pero para los llamados a ella, será una vocación que no se puede eludir sino con mucho esfuerzo y al costo de un sacrificio distinto. No podemos escapar completamente del alma.

7

Leer a Giegerich es complejo, como ya se ha dicho, muchas cosas planteadas por su trabajo pueden resultar difíciles de comprender y de aceptar. Es un escritor sui generis que habla de temas incomodos y que lo hace desde argumentos sólidos y por ello difíciles de eludir. Al propósito, Hillman decía que el de Giegerich era «el pensamiento junguiano más importante que se está llevando a cabo ahora, tal vez el único pensamiento junguiano consistente en absoluto», si bien algunos podrían dudar de ello, es un tarea pendiente el seguir profundizando en sus repercusiones. Además, C.G. Jung merece que su obra siga siendo pensada por figuras tan profundas como Hillman o Giegerich, esto no tiene que intimidar a nadie. El espíritu al que Jung respondió, con el opus de su vida misma, sigue latente en Giegerich y en otros tantos autores. Ser junguiano es estar abiertos a la diversidad de posturas en el campo de la psicología analítica y ofrecer una conversación objetiva y respetuosa de las mismas, lo que significa no permitirnos el rechazo proyectivo, los argumentos ad hominem o la mentira para convencer a otros que lo que nos causa dificultad no vale la pena.

Hillman decía que el alma es lo que nos confronta, aquello que nos impide quedarnos demasiado tiempo en un solo lugar, el síntoma y su pathos del logos. Quizas podamos concebir a Giegerich como ese animus que irrumpe y que obliga a la psicología analítica a dejar atrás su inocencia, para adentrarse realmente al oscuro campo de Hades, al inframundo lógico, al verdadero reino del alma.

La locura rosa o ¿Por qué Afrodita vuelve locos a los hombres con la pornografía?

Traducciones

James Hillman, EE. UU.

Artículo publicado en ‘Mythic Figures’, volumen 6.1 de sus Uniform Edition, capítulo 8, pp. 199-229

Traducción de Alejandro Chavarria

Ahora bien, estarás de acuerdo en que preferir lo blando a lo duro es prueba suficiente de… Eros.
(Platón, Simposio, 195 d )

La queja de Afrodita

Si te hubieran puesto en un armario durante cientos de años por sacerdotes, filósofos y mujeres mojigatas que amaban sus religiones más que sus cuerpos, ¿qué harías para que los mortales supieran que todavía estás vibrantemente vivo y bien? Y si se le prohibió la vida real, excepto en oportunidades ocasionales en ciertos círculos dedicados a usted o en momentos u ocupaciones específicos, sin encontrar un marco social en el que encajar en las realidades literales de la piedad medieval, el capitalismo reformador, el industrialismo de la edad de hierro, colonialismo ceremonial, progresismo científico (como se transformó en salvacionismo terapéutico): si simplemente no hubiera un lugar digno para usted en el gran mundo literal, ¿qué camino le quedaría excepto la fantasía?

Recuerda, el terreno de esta dama es la evocación del deseo, la provocación de la atracción, la invocación al placer. Pero el cabello largo no está permitido en la línea de producción. Queda atrapado en los engranajes. La encantadora dama de Botticelli tendría que usar un gorro higiénico blanco. Las mujeres directivas cubren los pulsos de garganta con cuellos altos, como clérigos. La piel se vestirá para protegerla del cáncer. Dedos de los pies calzados; uñas cortadas. Los olores mohosos de la carne bañada en agua tibia se prohíben astringentemente con desodorantes que duran todo el día hasta las horas dulces, cinq a sept.

Navegar en balsa por las aguas salvajes con Artemisa está bien; traer un regalo a casa para Hera está bien; planificar la estrategia contra los competidores con Athene está bien; así también, trotar con Hércules para el tono muscular y la circulación para vencer a Geras, la vejez. DE ACUERDO. Recuerde que el darwinismo social dice que la supervivencia es del más apto, no del más encantador. Entonces, yo, soberana de la belleza y el deseo, ¿cómo traigo mi cosmos al mundo real donde los gestos que provoco se llaman acoso sexual, la lujuria que instigo se llama violación en una cita, el cuerpo que hago concupiscible se llama mero objeto sexual, y las imágenes que pululan de mi rebosante invernadero de imaginación erótica llamada pornografía? ¿Qué debo hacer? Bueno, dijo, tengo mi método: volveré locos a los hombres; los afligiré con Pink Madness.

Por loco no quiero decir demente, violento, engañado, paranoico. Me refiero a locos como agrietados: romper el barniz, romper la contención en los marcos correctos. Desglose como avance. Y por locura rosa me refiero a ponerse gafas de color rosa para ver encanto en la carne, aurora en la vulva, hortus inclusus, rosa vulva, fons et origo, cunnus mystica, fons et puteus, rosa mystica. La pornografía será mi camino, el camino de la fantasía libidinal prohibida.

Invadiré cada rincón del mundo contemporáneo que tanto me ha negado durante tanto tiempo con una locura rosa. Pornografiaré vuestros coches y comida, vuestros anuncios y vacaciones, vuestros libros y películas, vuestras escuelas y vuestras familias. Seré imparable. Me meteré en sus camisetas y ropa interior, incluso en sus pañales, en los teenie boppers, sus eslóganes y canciones, y en las ancianas y caballeros en colonias de jubilados, en caminantes en San Diego y Miami Beach. Te mostraré, representando, hasta que tus mentes estén borrosas de color rosa con deseos románticos, con anhelos de escapar: citas, nidos, dulces. Es decir, la civilización enloquecerá por meterse en mi coto, mi jardín secreto. Excitaré a toda vuestra cultura para que incluso aquellos que intentan curar sus neurosis, así como sus sobrios psicoanalistas, no tengan nada mejor de qué hablar que el deseo, el goce, las seducciones, el incesto, las vejaciones y la mirada en el espejo. Recuerda: lo que tú llamas publicidad, yo lo llamo fantasía.

Oh, no siempre fue así. No siempre fui excluida. Roma fue mi ciudad, fundada por mi hijo Eneas; y París tiene un nombre como el de aquel niño sabio que vio mi belleza. Troya también era mi ciudad. Nueva Orleans, Kioto, Shiraz, Venecia. No, no siempre fue como es hoy. Una vez tuve mucho espacio en el mundo cotidiano hasta que esos mártires fanáticos tomaron el control con sus clavos y espinas y sus trajes de arpillera, y esos rabinos con sus palabras maravillosas y sus gorros de lana. Pero ahora que soy expulsada del ámbito público, gobernaré lo que me queda, lo secreto, los secretos íntimos, los privados.

Así que empecemos a hablar de los soldados rasos, y dejaré que el protagonista sea uno de mis hijos, no Eneas, el héroe; no Hermafrodita, a quien concebí con Hermes; y no Eros, sino otro hijo, desfavorecido y desproporcionado, Priapos.1 Le pido que tome la iniciativa ahora, ya que el encantamiento de él, la celebración de él, el intento de erigirlo de la negligencia es un objetivo principal de la pornografía. Es la figura de Príapo lo que hace que la pornografía y la controversia sobre ella sean tan fascinantes. (Fascinación es la palabra correcta, ya que fascinum era un término romano estándar para el miembro masculino, como amuleto, gesto, grafito o baratija, para protegerse del mal y traer buena suerte).

Primero, más sobre nuestro líder, mi hijo Priapos. Varios hechos, del tipo que los eruditos usan para reprimirme con su distanciamiento erudito. Príapo era, les gusta decir, un dios de la fertilidad. Desempeñó un “papel en casi todos los misterios”, dice el conservador y distinguido erudito clásico Walter Burkert.2 Las procesiones con enormes faloides eran la forma más pública de culto dionisíaco. El priápico era una forma de honrar a Dionisio e incluso de representarlo. Dado que (como dice Heráclito) Dioniso y Hades son lo mismo, el falos triunfante pertenece también al Hades, y por tanto tiene un subtexto, una intención por debajo de lo que se exhibe descaradamente.

Algo misterioso sucede durante la excitación. Dado que la pornografía apunta a la excitación, también debe tener un significado subterráneo de misterio y no simplemente un significado subterráneo de criminalidad. O quizás debamos aceptar que ambos submundos van juntos: el misterioso y el criminal. El tema mismo, la pornografía, por no hablar de sus imágenes, perturba nuestra razón convencional porque la pornografía invita tanto a la vitalidad extática dionisíaca como a la violación y muerte del Hades. El falo erigido actúa como un emblema fascinante tanto del deseo como del terror.

Por supuesto, los humanos nunca son capaces de decir exactamente qué es la pornografía. Incluso la augusta Corte Suprema de los Estados Unidos no puede hablar de ello con claridad. Como decía también Heráclito, los presagios y los misterios oraculares no hablan claro; solo dan señales porque “a la naturaleza le encanta esconderse”. Incluso si la excitación y la erección hablan alto y claro, la naturaleza epifánica de la excitación sigue siendo misteriosa, surgiendo como lo hace de un lecho de imágenes. Es por eso que la imaginería sexual juega un papel tan vívido en los cultos de misterio y por qué la imaginería sexual fertiliza la creatividad (me refiero a cualquier impulso originario). La excitación está en el origen de la vida y, como todos los orígenes, está fundamentalmente oculta a la claridad del entendimiento. Nunca podemos saber cómo empezó algo. Todos los comienzos son fantasías… tal vez, incluso, fantasías sexuales. ¿Estoy diciendo que el mundo comienza en la pornografía?3

Entonces, hay un misterio hasta el día de hoy: sobre el falo en la canasta y la violación de Perséfone. Estas imágenes sexuales y violatorias fueron fundamentales para el culto eleusino que perduró como la principal devoción religiosa del Mediterráneo durante al menos mil años. También el erotismo sádico de la Villa dei Misteri en Pompeya.4 No un nacimiento virginal y una concepción inmaculada: ¡un falo en una canasta! ¿Por qué las imágenes pornográficas, las violaciones, los falos en el corazón de estos cultos, que eran principalmente misterios para las mujeres? ¿Que esta pasando?

Quizá la moraleja misteriosa era Afrodita. Tal vez estos cultos decían, especialmente a las mujeres tan fácilmente capturadas por Hera y Hestia, por Artemisa, Atenea y Deméter: ¡Las mujeres mantienen viva la fantasía sexual! ¡Imaginar! ¡Imaginar! ¡Imaginar! En el centro del corazón hay una imagen pornográfica dura: un membrum virile. Mantén despierta la lujuria en tu mente, o como en la India, adorna las partes con ramas de flores, llévales aceites, tributos, velas, monedas. No pierdas tu imaginación erótica sexual. Eso es lo que realmente significa “fertilidad”, como la llaman los eruditos. Mantén tu fantasía fértil. No ceda ante las vergüenzas sexuales y los temores seculares sobre las enfermedades, el aborto y la menopausia.

Todo lo que te estoy revelando viene de ella, lo que me dijo, tanto como la voz de una dama filósofa consoló a Boecio en su celda de prisión y como Diotima habló con Sócrates sobre la naturaleza de Eros. Entonces, estoy contando lo que ella —espero que haya sido ella, Afrodita—5 me indicó a mí, un hombre psicoanalítico jubilado que veía cientos y cientos de sueños y fantasías y pensamientos obsesivos que llamamos pornográficos en la psique de los llamados “pacientes”, es decir, esos humanos que tantas veces padecían la ausencia de Afrodita en su vida real y por tanto víctima de sus incursiones y sus venganzas.

Para continuar con su apelación. No soy feliz, dijo, y está en mi naturaleza ser feliz. No, no soy feliz permitiéndome sólo este acceso de fantasía, así que soy un poco rencorosa, vengativa. Después de todo, mi hermana, o media hermana, se llamaba Nemesis, y Nemesis o Retribution y yo estamos estrechamente vinculados; donde entro en el destino de un ser humano Némesis suele venir, trayendo algún tipo de justicia retributiva. Por ejemplo, París me prefirió a Atenea y Hera, y de ahí surgió una terrible y maravillosa retribución: la Guerra de Troya y Homero. Entonces, la locura rosa es mi retribución. Mi camino de regreso.

Quiero contarles más sobre mi niño extraordinario, Priapos, o mi niño con el equipo extraordinario; en realidad ya no es un niño, sino un hombre bastante corpulento, calvo, rubicundo, barbudo y adulto, aunque para mí siempre será mi niño.

Según algunos cuentos, Priapos era un «hermano» de Hermaphroditos. Se decía que ambos eran descendientes de Hermes y Afrodita. Pero otros dicen que Priapos fue engendrado por Dionisio; algunos cuentos dicen incluso por Zeus, directamente. Encontrar al Padre nunca es fácil, incluso entre los dioses. ¡Y quién soy yo para decírselo, incluso si lo supiera! Quienquiera que haya sido el padre afortunado que tuvo el placer de la cama y el cuerpo de Afrodita, Priapos es definitivamente su hijo.

Afrodita siempre está ahí, como una madre siempre está ahí en su hijo. Siempre, dondequiera que Príapo asoma su calva cabeza, allí está también Afrodita. Esto sugiere que, por vulgar que parezca a aquellos que se aferran al sexo bonito y remilgado, cada erección es amamantada por Afrodita y de alguna manera está llevando a cabo sus intenciones, sus fantasías, ya que la madre instiga e inspira las actividades de sus hijos.

Por supuesto, según cuentan las historias, Afrodita estaba horrorizada por su bien dotado bebé. Tan obsesionada estaba con sus nociones de belleza, que vio su cuerpo como una deformidad. No podía soportar verlo. ¿No es esto interesante, la intolerancia al exceso por parte de los criterios afroditas de belleza? Aquí hay una lección para todos los adoradores de las ideas bien formadas, perfectas, encantadoras, suaves y agradables de la belleza. Pero prosigamos: ella lo dio a luz, pero no pudo soportarlo, así que lo expuso en la ladera de una montaña. Un pastor lo encontró. Una figura maravillosa, el pastor, siempre encontrando expósitos: como Edipo, y el del Cuento de invierno de Shakespeare que encontró a Perdita. También Cristo fue un pastor que salvó a los abandonados, las pieles de cordero perdidas, y todos seguimos con este mitema.6 Hoy el buen pastor es el analista-terapeuta que cuida de nuestro niño interior abandonado. Y cuán traicionado, enfurecido y vengativo es ese niño interior cuando descubre el vínculo arquetípico del pastor con Pan y Príapo.

Ahora bien, este pastor es capaz de salvar a Príapo, no porque sea un redentor compasivo, sino porque el pastor mismo es perverso, tan torcido como su cayado. El dios del pastor es Pan, el dios-cabra, quien, entre otras cosas, inventó la masturbación, también el pánico. Una figura extravagante, como Priapos, Pan vive su vida al borde de la civilización, en la zona pagana, y como Priapos proporciona una corriente principal de nuestro humor. Por ejemplo: ¿qué es la lana virgen? Viene de ovejas que corren más rápido que el pastor.

Pero volvamos a Priapos expuesto. Exposición. Toda su vida se condensa en esa bellota de exposición. Porque, para siempre, el que fue expuesto en la ladera de la montaña, es el que expone, el que expone a su miembro significativo en estatuillas, objetos de culto, souvenirs, amuletos, murales. Se expone y, sin embargo, siempre está encubierto, bajo una capa, una especie de camisa, hojas y follaje, una toga medio levantada, exhibiendo su erección.

En cuanto a ese jardín donde se encuentra Príapo (es el dios de los jardineros 7) vamos, no te dejes engañar ni estafar. El jardín es uno de los eufemismos más antiguos para la región genital de la mujer (pudenda muliebra), kepos en griego, como usamos la palabra “arbusto”, e imágenes de frutas y flores, como higo, melón, albaricoque, melocotón, cereza, ciruela y, por supuesto, rosa. Entonces, por supuesto, Priapos es el jardinero que cuida el “jardín”, una tarea que lo mantiene felizmente ocupado. La erudición ha tenido que encubrir todo esto con “fecundidad” porque el mismo Príapo se cubre para exhibirse; como lo estoy haciendo aquí –y lo hizo hace años López-Pedraza al escribir sobre Príapo.

Con esto llegamos a lo que clínicamente se llama exhibicionismo. ¿Será Príapo el que se muestra en este impulso? ¿Es este impulso decir, “Mira mis partes que Afrodita rechazó. Necesito que me vean, que me aprecien, que me saquen del abandono, que me salven de esta maldita orfandad. Soy el hijo de Afrodita que fue expuesto por ella y, por lo tanto, debo regresar por la misma ruta: exposición de la misma parte que causó mi exposición”. ¿Es esto lo que los exhibicionistas intentan decir a todos a los que pueden mostrar sus genitales? «Mírame. No quiero hacerte daño. (Clínicamente, los exhibicionistas no son violentos, ni violadores, sino hombres generalmente apacibles y timoratos.) Recíbeme. Mira, soy orgullosa y maravillosa, a pesar de lo que dice mi Madre”.

Sobre esa maldición al nacer, hay más que decir. Sobre los genitales groseros, la grosería pornográfica, el exceso, la exageración que tanto horrorizaba el buen gusto sensible de Afrodita, ese pene que superaba los estándares de referencia para el miembro masculino de pie, ¿conoces la historia completa de cómo sucedió?

Afrodita, a punto de dar a luz, se retiró a Lampsakos, un pueblo del Helesponto, lugar que más tarde consideró a Príapo como su Héroe-Dios fundador, pues allí nació y allí, más tarde, se celebró su culto, fundiéndose monedas con su imagen y Rituales de Priapean promulgados. El heroico Alejandro quiso destruir el pueblo por sus excesos pornográficos. Los héroes parecen ser sexualmente tímidos: Hércules permanece en el Argonauta en lugar de coquetear con mujeres; Belerofonte retirándose de las mujeres que se levantaban las faldas. Incluso los mármoles (estatuas) tallados para representar figuras heroicas y dioses heroicos como Apolo muestran apéndices modestos en comparación con las grotescas dimensiones de los sátiros, Pan y Príapo.

Ahora Hera estaba enfurecida por la insignificancia de Zeus, o de Dionisio, el hijo de Zeus y el rival de Hera, Sémele. En la mente de Hera, este niño que nacería de Afrodita era un insulto en su misma concepción porque era directa o indirectamente de Zeus. El niño sería un testimonio viviente de las infidelidades de su marido, la misma progenie de la misma conducta a la que ella, Hera, Reina del Cielo, estaba ordenada a oponerse. Bueno, ella, Hera, engañó y timó a su manera al ofrecer un ayudante a Afrodita durante su alumbramiento y parto. Tocó el vientre de Afrodita con su dedo, provocando la deformidad del niño. Debemos reconocer el dedo largo de Hera en los gruesos genitales de Príapo. La medida recta normal de Hera crea la enormidad de Príapica.

La enormidad de Príape tiene muchos dioses en ella —gran cantidad de dioses. No se puede leer de forma simple— como dice López-Pedraza. Cada excitación priapea tiene en sí los poderes de Afrodita, Dionisio, Hades, Zeus, tal vez Hermes, etc. Pero en todo esto no olvidemos nunca el dedo de Hera. Esto es lo que enseña una psicología politeísta sobre cualquier evento. Se libera una imaginación compleja más que una simple explicación que identifica y cierra la pregunta. Obtenemos una historia más que una reducción o un moralismo, y cada historia mítica involucra a otra. Como decían los románticos alemanes: “Nunca, jamás un dios aparece solo”.

Hago hincapié en Hera porque los otros hijos de Afrodita, así como sus favoritos: Eneas, Paris, Anchises, Eros, Ares, Adonis, Hermes, Dionisio, ciertamente no estaban deformes. (Hermafrodito era ciertamente peculiar, debido a su doble atractivo; y aunque el esposo de Afrodita, Hefesto, era cojo, se trataba de una deformidad íntimamente asociada, de nuevo, con Hera.) De todos los hijos y amantes de la bella diosa, solo Príapo estaba deforme, solo éste fue tocado por Hera.

Un toque de Hera y el priápico se vuelve «deformado», vulgar, grosero. Le damos la espalda, rechazados; lo abandonamos en la ladera de la montaña y lo llamamos incivilizado, pagano. («Pagano» significa literalmente «de la ladera rocosa».) Hera aprobaría solo un tipo de erección, la que sirve al juego de apareamiento, el acoplamiento, el tipo marital. Aquí, entonces, está la autora de las prohibiciones contra la pornografía dura que muestra groseramente erecciones e invita a erecciones priápicas a cambio. Sospecho que la mayoría de las diosas están en contra de la pornografía: Atenea tomó partido contra las fuerzas más potentes de Poseidón y Dionisio y no le gustaban las cabras en celo; Hestia rechazó a Priapos cuando él la persiguió; y Artemis seguramente no persigue ni caza en los jardines.

Hera excluiría la imaginación sexual excesiva para mantener la lujuria dentro de los lazos conyugales. Es ella quien lo hace feo, no que los genitales sean feos en sí mismos. Como señaló Georges Bataille, y los franceses sí lo hacen, los genitales reales son los más deseables y los más repulsivos al mismo tiempo. Ella hace que lo priápico sea colocado fuera de los límites, marginado al barrio rojo, a la tienda de pornografía, lejos de la gente decente con valores familiares. Es Hera quien ha convertido la pornografía en obscenidad.

Ahora bien, no estoy aquí para culpar a Hera o invitar a su enemistad; ya tengo suficientes problemas en su dominio. De hecho, querida señora, me considero uno de sus devotos, habiendo reverenciado en sus lugares sagrados en Sicilia y Paestum y tomado notas para un libro breve que favorece sus virtudes y su importancia para nuestra cultura contemporánea. No obstante, Hera, permíteme este momento analítico de penetración en tu coto.

La localización de la sexualidad priapea en un barrio rojo es la literalización de un dominio mítico. El jardín de Priapos permanece fuera de la casa, incluso si se reubica en una tienda de pornografía urbana. La imaginación perversa -y recordarán que una de las marcas del priápico es el pene torcido hacia atrás, una metáfora, por supuesto, y no simplemente una curiosidad física- no pertenece al hogar donde los giros de la imaginación son para ser puesto recto. El reino de Hera es donde se enfrían los fuegos, siguiendo el dicho de San Pablo de que es mejor casarse que arder. La pornografía puede encender las imágenes dormidas en el frío de la tranquilidad doméstica. Cuando la pornografía entra en el hogar, parece una estupidez, de nuevo de acuerdo con el mito. Porque un cuento dice que cuando Priapos invade la casa, tratando de llevarse a Hestia, que está cabeceando junto a la chimenea, un asno rebuzna y la despierta para que pueda defenderse. Priapos no es para domesticación. La pornografía no puede ser segura y cuerda; no puede respetar los valores familiares. Sin embargo, ese mismo asno, dado lo que le corresponde, también es central en los misterios de la psique de Isis tal como los cuenta Apuleyo en El asno de oro.

Así que cuando Sallie Tisdale8 escribe sobre su deseo, el deseo de una mujer, de visitar tiendas de pornografía, comprar videos porno y verlos, y luego escribe sobre la vergüenza que supera para liberar su curiosidad, no es una vergüenza provocada porque ver pornografía es una actividad exclusivamente masculina . Más bien, su vergüenza refleja el hecho mítico de que la pornografía no pertenece a la conciencia de la comunidad normal, su domesticidad y convenciones definidas por Hestia y Hera. La resistencia que Tisdale vence no es un condicionamiento patriarcal (las mujeres se mantienen al margen); es la resistencia arquetípica de estas diosas a Priapos y Afrodita. ¿Es por eso que las esposas habituales no quieren ver porno en casa con sus maridos habituales: el sexo de dos teleadictos frente a su pantalla? Cuando Tisdale visita la tienda, es como una de esas mujeres que salen de casa hacia las laderas de las montañas de los misterios dionisíacos, los misterios de las mujeres, esos festivales exclusivos de mujeres de los que Kerényi escribe: “En los festivales exclusivos de mujeres, a los que no se admite a los hombres, el los participantes dijeron las cosas más impactantes entre sí. En la fiesta de la Haloa no solo hubo burlas obscenas sino algunos comportamientos muy indecentes. Las mujeres casadas fueron inducidas por medio de juegos rituales a cosas prohibidas en el matrimonio.”9

He contado la historia de Príapo, del dedo de Hera sobre el vientre de Afrodita, de su exposición y marginación para mostrar la maldición arquetípica sobre lo priápico y, en consecuencia, sobre toda conciencia de imagen vigorosamente erigida, ese despertar de la imaginación que la pornografía busca lograr. Se le achaca la violencia machista, los golpes a las esposas, los excesos sexuales y las distorsiones antinaturales, la degradación de la mujer, el abuso de los niños, las violaciones… toda esta argumentación forma parte de la maldición puesta sobre lo priápico por Hera y sus secuaces en el dominio de lo doméstico, lo comunal, lo social.

Por cierto, una intrusión reciente de esta constelación mítica en la vida pública ocurrió con la exposición de Clarence Thomas (rechoncho, de mediana edad, calvo, moreno si no rubicundo) ante el Comité Judicial del Senado de los Estados Unidos. Allí estaba, destapado en la televisión, una especie de exposición indecente cuando lo acusaron de hablar sobre el tamaño del pene del actor porno “Long Dong Silver” con su asistente femenina, Anita Hill, y se mencionó un seductor pelo púbico en una lata de Coca-Cola. De las muchas plantas usadas en la antigüedad para honrar a Príapo con guirnaldas estaba el adiantum, en la época romana conocida como capillus veneris o cabello de doncella o cabello de nuestra señora, y “el cabello implicado en estos nombres era el del pubis”.10

Las imágenes son instintos

Educación sexual, programas de entrevistas sexuales, libros de ayuda sexual, terapia sexual, talleres sexuales: las cintas rosas de Afrodita envuelven nuestra cultura. La industria del porno de miles de millones de dólares es una liga menor en comparación con las inquietantes obsesiones sexuales endémicas en la cultura en general. Pero por un momento quiero alejarme tanto de la política como de la moralidad y acercarme a la psicología: la psicología de la imagen.

Primero, a la psicología de Jung de la imagen de fantasía, que, después de todo, es precisamente lo que es la pornografía: imágenes de fantasía lujuriosas. Jung coloca las imágenes y el instinto en un continuo psicológico, como un espectro (CW 8: 397–420). Este espectro, o banda de color, va desde un extremo infrarrojo, la acción corporal del deseo instintivo, hasta el extremo azul ultravioleta de las imágenes de fantasía. Estas imágenes de fantasía, según el modelo de Jung, son el patrón y la forma del deseo. El deseo no es solo un impulso ciego; está formado por un patrón de comportamiento, un gesto, un retorcerse, un baile, una poética, un cambio de estilo, y estos patrones son también fantasías que presentan imágenes como comportamientos instintivos.

Jung hace algo diferente a Freud. Freud considera que el fin azul o mental es la sublimación del instinto de deseo rojo. El rojo transforma, civiliza, sublima en el azul para Freud. Jung, sin embargo, considera que las imágenes son los propios instintos. Imagen e instinto son naturalmente inseparables. Siempre estás en una fantasía cuando ejecutas un instinto, y siempre estás instintivamente captado cuando imaginas una fantasía. Dado que las imágenes y los instintos son dos caras de una cosa, el modelo de Jung implica que cualquier cambio en uno es un cambio en el otro. Si trastornas tu vida instintiva, también se trastorna tu imaginación; si reprimes tus imágenes de fantasía, también se reprime tu vida instintiva. Esto es importante, muy importante. Instinto e imagen son el uno para el otro. Tus imágenes son instintos en forma de fantasía; tus instintos son el comportamiento modelado de imaginaciones.

Si separamos el extremo rojo del azul, obtenemos una imaginación azul sin vitalidad: clichés distintivos como emociones, imaginación espiritualizada de la Nueva Era sin lo tosco, lo fuerte y lo espeluznante. Y también tenemos lo grosero, lo fuerte y lo espeluznante como violencia; un instinto de punta roja desprovisto de contención formal y variedad imaginativa.

Ejemplo: Hace algunos años, en el archivo de Kinsey en Bloomington, Indiana, vi volúmenes de artículos eróticos de la prisión en depósito: cartas de amor, dibujos, cuadernos, artefactos, bocetos con crayones, la pornografía hecha por los reclusos y confiscada por los guardias. El extremo azul del espectro fue reprimido por la fuerza; imaginación bajo llave. ¿Qué sucede entonces con el extremo rojo? Violación en prisión, sodomía y prostitución.

Cuando el bombero de la estación de bomberos de Los Ángeles libró una batalla legal contra las bomberos feministas para conservar su derecho a mirar revistas pornográficas mientras estaba de guardia en la estación de bomberos, estaba encendiendo su fantasía, manteniéndola viva, de modo que el instinto necesario para su trabajo también está vivo. (Él ganó el caso, por cierto.)

Hay una lección aquí. La confiscación de los escritos y dibujos en las prisiones de Indiana indica un gran miedo, el miedo a la imaginación misma, el miedo a la efusión incontrolable de la vida de fantasía que no puede ser retenida entre rejas y paredes. Necesito explicar esto más. Para esta explicación, recurro a un libro de un profesor de arte de la Universidad de Columbia, David Freedberg, una obra magistral gigantesca, El poder de las imágenes.11

Freedberg dice que «las imágenes funcionan de tal manera que incitan al deseo», y dado que, dice, «los ojos son el canal hacia los otros sentidos», todas las imágenes nos hacen mirar. Nos seducen para que miremos. La mirada estimula los otros sentidos y los despierta. La excitación fetichiza el objeto. Estamos fijados por eso, a eso. Lo que retiene la mirada es este poder demoníaco en la imagen, su fuerza sobrehumana o divina. Las imágenes, no sólo las imágenes sexualmente explícitas, hacen visible el eros y son demoníacas, por lo que durante siglos se ha dicho que las obras de arte conducen al vicio, su belleza corrompe.

Platón insistió en La República (3: 401b ) en que las imágenes de las artes deben ser controladas. Este Aristóteles reiteró en su Política (7.17 [1336 b ]): “Por lo tanto, debería ser deber del gobierno prohibir todas las estatuas y pinturas que representen cualquier tipo de acción indecente”.

Debido a que las imágenes nos hacen participar con ellas, esa parte de la naturaleza humana de la que aquí hablan Platón y Aristóteles —la apolínea, lógica, matemática, idealizada— es derribada por las imágenes y mancillada por las emociones que despiertan. El cuerpo se anima con imágenes, especialmente con imágenes gráficas, y el miedo a esa imaginación vivificada, caer en la imagen (Pigmalión), la idolatría, la adicción, obliga a la mente superior a plantearse la censura, como mencionan Platón y Aristóteles.

La censura es una respuesta inherente a la potencia libidinal de la imagen, y no a ningún contenido en particular. Como dice Freedberg, «[El] potencial de excitación se acumula de forma inmediata e irresistible a partir de la interacción entre las imágenes y las personas». Por lo tanto, todas las imágenes son amenazantes porque el potencial de excitación está siempre presente.

Las imágenes pornográficas presentan solo un caso de excitación libidinal más amplia. También se han atacado imágenes sagradas como, por ejemplo, la Piedad de Miguel Ángel, e imágenes burguesas, por ejemplo, La ronda de noche de Rembrandt. Las mutilaciones, las puñaladas, los ataques con ácido a pinturas de Poussin, Durero, Mantegna, Rubens, Correggio pertenecen a la historia del arte; también lo hacen los miles y miles de imágenes destrozadas y rasgadas por edictos gubernamentales desde el antiguo Egipto, Persia, las islas griegas y las Américas hasta las pequeñas iglesias en la Inglaterra rural. La historia de la iconoclasia, del miedo a la imagen y de los intentos de controlarla, dice claramente que toda imagen es pornográfica en su capacidad de excitación, excitación que reconoce en la imagen la animación libidinal, el poder demoníaco, el alma activa.

Cuando digo que todas las imágenes son pornográficas, recordemos que la definición de pornografía no depende de lo que se representa, sino de su efecto, el instinto en la imagen. Como dice Webster: la pornografía es material que representa un comportamiento erótico que tiene como objetivo provocar excitación sexual. El contenido depende del efecto: excitación. Por eso el contenido tiene que ser definido de forma circunspecta, incluso privativa, es decir, sin valor científico, estético, etc. El contenido es insuficiente para la definición, porque como declaró la Corte Suprema (Cohen vs. California, 1971), “la vulgaridad de un hombre es la lírica de otro hombre”. No conocemos la pornografía por lo que es, sino por lo que hace . Es por eso que el juez Potter Stewart podría decir: «Lo reconozco cuando lo veo». Sabe lo que es la pornografía por lo que las imágenes le hacen a sus instintos, a sus emociones; excitación. La cuestión de la definición se vuelve simple: ¿la imagen produce un escalofrío; ¿Estimula la reverberación instintiva? Una vez más, la definición de pornografía que se da en el Diccionario de Términos Críticos Modernos de Fowler es lo que “deprava o corrompe”, es decir, lo que hace.12

Para los monoteístas ortodoxos que siguen un espíritu puro y abstracto, cualquier imagen deprava y corrompe, incluso un sueño, y debe ser erradicada en su origen en la mente. La historia de la iconoclasia es larga y sangrienta (y ya la he revisado en mi Ficción curativa).13 con respecto a la valiente insistencia de Jung en las imágenes como el material básico de la psique y, por lo tanto, de su terapia). La historia de la iconoclastia continúa en formas sutiles al reducir las imágenes a alegorías, interpretándolas en conceptos y mediante técnicas de meditación que buscan vaciar la mente en aras de un estado sin imágenes.

Censura

Dado que las imágenes son instintos, censurar las imágenes reprime los instintos. ¿Qué ocurre entonces con la vitalidad del ciudadano? Aquí, el tema de la censura cambia de uno de expresión y creencias personales (libertad bajo la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos) a uno de vitalidad nacional, incluso seguridad nacional. Se convierte en un tema de la propia Constitución cuyo preámbulo establece que nuestro gobierno tiene como objetivo “asegurar la tranquilidad interna” y “promover el bienestar general”.

Si la tranquilidad de la población en general significa tranquilizarse, entonces la censura del gobierno podría ser defendible. Porque, sí, la pornografía despierta. Sostengo que este potencial para encender una insurrección de la imaginación instintiva reprimida y para fomentar la curiosidad para entrometerse en lo que está oculto pueden ser los motivos subyacentes del ansioso escrutinio de la pornografía en nuestros tiempos por parte de las tres ramas del gobierno: Corte Suprema, Comité del Congreso, y Departamento de Justicia.

Note, por favor, que ahora estamos pasando del mito a la ley de acuerdo con un patrón arquetípico de la mente humana. A medida que avanzamos, la deliberación comienza a reemplazar al deleite. Afrodita destronada; nomos y themis en primer plano.

De inmediato, una definición de pornografía: la estimulación de la lujuria a través de imágenes y la estimulación de imágenes a través de la lujuria. Podemos ajustar esta definición omitiendo «estimulación», ya que la excitación siempre es contextual y depende de variables como el tiempo, el lugar, el estado de ánimo y el gusto. Muchas imágenes lujuriosas dejan a uno cojo y estupefacto; alguna lujuria imaginada solo provoca repugnancia. Así, en suma, la pornografía es imágenes lujuriosas y lujuria imaginativa.

Ofrezco esta definición para reemplazar las de los diccionarios que vinculan «pornográfico» con «obsceno», es decir, sucio, inmundo, ofensivo para la decencia y la modestia. Aunque los griegos usaban la palabra porne para prostituta, en inglés “pornografía” ingresa al diccionario de inglés de Oxford solo a mediados de la época victoriana cuando recibió su calificación obscena.

¿Podemos limpiar este lío que confunde la obscenidad con la pornografía? Tratemos de tener en cuenta lo que dice Murray Davis en su hermoso libro, SMUT, “que ninguna actividad sexual es obscena en sí misma, sino solo en relación con una ideología particular. Por lo tanto, la pregunta central… debería cambiarse de ‘¿Qué actividades sexuales son obscenas?’ a ‘¿En relación con qué [ideología] son obscenas algunas actividades sexuales?’ ”14

Aunque el Departamento de Justicia tiene una Unidad Nacional de Obscenidad, no se aclara exactamente qué es la obscenidad. Principalmente, se define como a) representaciones o descripciones de actividades u órganos sexuales, b) apela principalmente a intereses lascivos ofensivos para los estándares de la comunidad local, y c) sin redimir el mérito científico, estético o social. Lo obsceno está totalmente sexualizado. Vertederos nucleares, lixiviación de venenos, tierras forestales taladas, focas estranguladas, monstruos de juguete desfigurados, torturas televisivas, platos de comida tirados en la basura de los restaurantes, niños bombardeados en Irak, George Bush caminando por el centro sur de Los Ángeles, las vigas oxidadas de Richard Serra hundidas en las plazas públicas, los arcos de McDonald’s que se extienden por todo el mundo y el olor a grasa frita: nada de esto es legalmente obsceno, pero ¿qué tiene mérito científico, estético o social? La obscenidad, dislocada de sus ocasiones reales cotidianas, ha sido desplazada hacia los actos y órganos sexuales. Pero he visto edificios más obscenos que Marilyn Chambers y Traci Lords, y los edificios no se pueden apagar; estás obligado a entrar en ellos. Claramente, nuestra cultura tiene más miedo de mirar las fotos de un pene de Robert Mapplethorpe que del rifle automático de Rambo. Tenemos más miedo de ver un ano humano ordinario que a los idiotas que vemos todas las noches en la televisión.

La lucha contra la pornografía en Estados Unidos no se trata de obscenidad. Se trata de ideología; y, según Leonore Tiefer, presidenta de la Academia Internacional de Investigación Sexual, particularmente la ideología que condena la masturbación.15 ¡Anatema! ¿Y por qué? Dado que las estadísticas dicen que casi todo el mundo se masturba, probablemente más ciudadanos de los que se lavan los dientes, y ciertamente más de los que votan. ¿Por qué tan ideológicamente condenado? En parte porque la masturbación ofrece placer sin dependencia; incluso puede impedir las compras. Arquetípicamente, la masturbación invoca a Pan, y somos testigos de su pánico cuando el Presidente, empleando los poderes que se le han conferido para defender la Constitución, despide sumariamente al Cirujano General (a quien había designado) por afirmar que la juventud de esta nación (bajo Dios) debe Aprenda sobre la masturbación en un momento de la historia de esta nación cuando el VIH, la gonorrea, los embarazos no deseados y las violaciones en citas plagan a esa misma juventud.

En los Estados Unidos, hoy ocurrieron y ocurrirán mañana unas 2000 violaciones. Una de cada ocho mujeres estadounidenses adultas será objeto de una violación, cuya definición dejaré de lado. Abuso de menores, prostitución infantil, cultos sexuales satánicos, enfermedades venéreas: ¿por qué enumerar? Todo muy bien conocido por ti. Fantasías sexuales violentas y patológicas han colonizado nuestra mente. Somos una nación de imágenes lujuriosas, una nación pornográfica. Este es un hecho fundamental. Pero nuestra nación pornográfica todavía tiene que desenredar su violencia y su obscenidad de la pornografía. Porque la violencia es el enemigo, no la sexualidad que ocasionalmente puede acompañarla. Y la obscenidad del gusto, los valores, el idioma y la sensibilidad de la nación está representada mínima y contingentemente por la pornografía. El “problema” de qué hacer con la pornografía comienza primero con la devoción incondicional de la nación a la violencia y la obscenidad.

La forma en que Estados Unidos trata con sus hechos duros es haciendo una ley. Como ha dicho un comentarista sobre Estados Unidos, la ley es el mito de Estados Unidos. Los abogados son nuestros sacerdotes, nuestros intérpretes del mito dominante que dirige la civilización, codifica sus prácticas y provee sus rituales. Por supuesto, los abogados deben recibir un alto tributo. Por lo tanto, para hacer frente a la pornografía, la prohibimos y, por lo tanto, la culpamos de incitar a la conducta delictiva. Recordemos, sin embargo, que nunca se ha establecido un vínculo causal definitivo entre la pornografía y el comportamiento sexual delictivo. El informe de la comisión del presidente Johnson publicado en 1970, el informe Meese (1986) y el informe del Cirujano General no lograron encontrar evidencia confiable que vincule significativamente la pornografía con el comportamiento sexual criminal.16

A pesar de estos reiterados hallazgos no concluyentes, el Comité Judicial del Senado deliberó durante muchos meses sobre la Ley de Compensación para Víctimas de Pornografía. Este proyecto de ley, a su manera perversamente retorcida, reconoce de revés el poder de la imagen para incitar al deseo. Porque el proyecto de ley, tal como se propuso originalmente, habría responsabilizado legalmente a los productores y distribuidores de pornografía por las acciones ilegales cometidas por el consumidor de pornografía. Las víctimas de delitos sexuales podrían presentar demandas civiles para recuperar los daños de los productores, distribuidores e incluso actores de materiales “obscenos”, si las víctimas pudieran demostrar que los materiales causaron (incitaron, provocaron, iniciaron) los delitos. Ya no serías un ciudadano responsable de tu comportamiento, sino una víctima de Penthouse and Screw.

Justo aquí vemos los efectos de Hera en nuestro pensamiento jurídico. (¿Afrodita escribe leyes? ¿De qué tipo serían? ¿Contrata abogados o tiene otros medios para conseguir los suyos propios?) ese número consideran los casos de pornografía llevados al tribunal, se retiran a una figura imaginativa llamada «la persona promedio» (a veces llamada «persona razonable») que «aplicando los estándares comunitarios contemporáneos encontraría el trabajo evidentemente ofensivo».

¿Quién es esta “persona” ficticia? La persona promedio estadísticamente en los Estados Unidos sería uno de los casados de Hera (o que ha estado casado), cuyas represiones reflejarían el grupo de pares, es decir, los estándares estándar de la pequeña burguesía. Para esta “persona” las imágenes de pornografía —como establece la ley— sólo pueden apelar a “intereses lascivos”. Una vez que la opinión de la comunidad local ha cerrado la puerta a la pornografía, la única apertura es a través del ojo de la cerradura. El único acceso para un puritano es la lascivia. Entonces, ¿quién compra porno? ¿De dónde viene el dinero?

“Yo no”, dice la persona promedio de la comunidad estándar razonable. Debe provenir entonces de personas no razonables (¿irracionales, dementes?), no promedio (¿marginales?), que no siguen los estándares de la comunidad (¿asociales?). Debe haber una gran cantidad de ellos con billeteras abultadas para mantener la industria multimillonaria en constante expansión.

La pornografía y la lascivia parecen inseparables porque cuando las imágenes lujuriosas se elevan a archivos para el estudio de la sexualidad o se recopilan como arte erótico, nadie parece ir. Según un informe reciente, los archivos de Kinsey se están «desmoronando», el Museo de Arte Erótico de San Francisco está «desaparecido» y el acceso al conjunto irregular de material en otras colecciones como la de la Biblioteca Pública de Nueva York es inconexo y complicado. Además, el interés “serio” por parte de la persona razonable también decae. El presidente del Instituto para el Estudio Avanzado de la Sexualidad se queja: “Es difícil conseguir suficientes personas capacitadas para ver todo el material que ingresamos”.17

El hecho de que estas imágenes destinadas únicamente a excitar deban tener otros fines serios también nos lleva de vuelta a Hera (o la Iglesia Católica Romana) que insiste en que toda la sexualidad humana debe servir a un propósito elevado. Tenga en cuenta que el placer, el disfrute, la sorpresa, el shock, la curiosidad, la iniciación, o simplemente mirar, no son lo suficientemente serios. Los valores priapeos y afroditas son juzgados por otros valores que se suponen superiores. Hera se enfureció con Zeus por no mantener al servicio del matrimonio sus fantasías amorosas que generaron tantas formas extraordinarias de existencia, su progenie. Y la Iglesia ha dictaminado durante siglos que la sexualidad debe servir a la procreación o al matrimonio o a Dios. De lo contrario, el deleite y el furor de la carne son del diablo. La Corte Suprema hace todo esto muy literal, marcando una advertencia en letras rojas en las imaginaciones lujuriosas de cada ciudadano: si te metes en la pornografía, solo debe ser por “valor científico, estético o político serio”.

¿Político? ¿No es la pornografía en sí misma política? A partir de las reacciones de Jesse Helms y las tormentas que se desatan cada vez que Afrodita invade abiertamente el cuerpo político a través de la financiación de las artes, las exposiciones en museos o los cuerpos de los políticos, derrite las fronteras entre la política y la pornografía. Los materiales pornográficos son ipso facto políticos en cuanto pretenden despertar el cuerpo reprimido del ciudadano en el que también se encuentra el cuerpo político.

La virtud pasada por alto del asalto letal de Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon a la pornografía es su combinación de pornografía y política. Su movimiento es similar al mío; las consecuencias de la mudanza, sin embargo, son completamente diferentes. El argumento de que han logrado convertirlo en ley en Canadá y en parte en Minneapolis e Indianápolis es así: Debido a que la pornografía es la subordinación sexual de las personas, la política de la pornografía se mueve desde los derechos de expresión y creencias personales (Primera Enmienda) al derecho civil. derechos establecidos por las Enmiendas Decimotercera y Decimocuarta que prohíben la servidumbre involuntaria y la privación de libertad. Argumentan además que, como demostración de la subordinación de la mujer al hombre, la pornografía discrimina a todas las mujeres. Debe prohibirse no porque incite a la violencia, sino porque viola. Limitarlo a un distrito de prostitución no solo aprueba esta servidumbre involuntaria, sino que legaliza un gueto, un barrio de esclavos.

Entonces, dicen, abolir toda la pornografía porque la Primera Enmienda no prevalece sobre la Decimotercera, la abolición de la servidumbre involuntaria, o la Decimocuarta, que garantiza los derechos civiles, o la Octava, que prohíbe el castigo cruel e inusual.

Defender la pornografía no es ignorar las crudezas y crueldades de una parte de la pornografía contra algunas mujeres. Pero es ignorar un pensamiento crudo sobre el género. Cada vez que usamos la palabra «mujeres» en este contexto, debemos darnos cuenta de que incluye miles de millones de personas femeninas particulares, cada una con miles de rasgos, gustos y disgustos particulares que difieren según el tiempo y el lugar, el estado de ánimo y el gusto.

La misma pregunta: “¿Es la pornografía dañina para las mujeres?” es perjudicial para las mujeres. La pregunta ignora estas diferencias individuales. La pregunta reduce a todas las mujeres a un concepto de clase y, al elevar esa clase a la “igualdad”, en realidad oprime a las mujeres individuales por la lógica que las obliga a ser incluidas nolens volens en esa clase.

Por lo tanto, muchas feministas se niegan a seguir a Dworkin y MacKinnon, encontrándolos más opresivos que la pornografía que prohibirían. Primero, porque las relaciones sexuales son relaciones y no eo ipso violaciones, siendo la fuerza sólo una forma de esa relación, no el sexo mismo. En segundo lugar, psicopatologizan todo el sexo: mientras que el bondage, el fisting o la felación pueden ser para algunos a veces no una privación de libertad sino una práctica de placer. En tercer lugar, prohibir la pornografía cierra una industria y excluye la búsqueda de la felicidad de una persona para seguir una vocación como actriz, artista de striptease, escritora, fotógrafa o prostituta con formación profesional. No cerramos la industria de la confección a causa de las costureras inmigrantes en los talleres clandestinos o las oscuras fábricas satánicas de la Inglaterra dickensiana a causa de los niños que trabajan. Se promulgaron protecciones, se corrigieron injusticias, se mejoraron las condiciones. Y las industrias mismas mejoraron.

Cuarto, Dworkin/MacKinnon han distorsionado fundamentalmente la relación hombre/mujer en la pornografía. Los hombres comen con los ojos, lascivamente y gastan no principalmente debido a la depravación patriarcal y el poder abusivo tan rampante en la sociedad. No, es porque los hombres están embelesados por el misterio revelado en la pornografía, el Otro desnudo revelado. Son, como Camille Paglia18 dice, con asombro y bajo el dominio de la diosa femenina. La pornografía revela Su poder. La abolición de la pornografía suprimiría a la diosa y, por lo tanto, concluyo, en contra de Dworkin/MacKinnon, que su prohibición no está hecha en Su nombre. De hecho, Susan Griffin,19 ”la mente pornográfica es la mente de nuestra cultura” —aunque no como usted argumenta debido a las inflamaciones de los hombres sino a Su [de la diosa] infiltración.

Argumentos de ida y vuelta: ¡censure todo! ¿censurar nada? —omitir el principio que he ido elaborando a lo largo de estas páginas. Cualquiera que sea la violencia, la esclavitud cruel o la degradación que muestra la pornografía, estas imágenes de explotación son todas imágenes. La pornografía, como dice explícitamente el sufijo gráfico, pertenece a una realidad imaginaria: teatro y espectáculo, líneas entintadas sobre un papel, pintura sobre lienzo, carretes de película microdelgada. Todos son materia de la que están hechos los sueños, fenómenos de imaginaciones lujuriosas. Su realidad está más allá de la ley. Los humanos literales reales que retratan estas escenas imaginarias recurren a las mismas medidas que protegen al ciudadano contra la injusticia en cualquier ocupación o situación. Igualdad de derechos ante la ley para todos, independientemente de su profesión. Pero las propias imaginaciones no están disponibles para la censura, desplegando sus espectáculos en el sueño y en la mente, día y noche, como funciones arquetípicas de la psique natural.

Entonces, si aceptamos el dicho de Susan Griffin, «mujer que es naturaleza», entonces la generación incesante de imágenes pornográficas no puede ser una provincia masculina o incluso una perversión masculina. Como naturales, deben ser el don de la mujer que es naturaleza, el don de la diosa a la que la misma Griffin aclama, bajo la forma de Afrodita porneia.

Príapo y Jesús, Pothos y Compras

Hemos prestado mucha atención a Príapo en este ensayo porque es fundamental en la mayoría de las escenas pornográficas duras, ya sea en lo que se representa o en lo que apunta. Si hay un dios en la enfermedad, como dice Jung, ese dios es Príapo. ¿No es más sabio rendir homenaje al dios que estar obsesionado por la enfermedad? La pornografía tiene como objetivo resucitar su erección. Porque la idea de la resurrección divina necesita ser recuperada de la usurpación cristiana y colocada donde hoy realmente ocurre, la insurrección de la carne, como llamó San Agustín a sus deseos libidinales, la resurrección de los poderes paganos que han sido presionados en la carne. El primer signo de su malestar es la locura rosa.

Tres razones por las que los dioses vuelven primero vía locura rosa, todas señaladas por Freud: a) la libido sexual está en lo más alto del montón de dos mil años de contenidos reprimidos; b) es un instinto de la más contundente urgencia; c) y, sin embargo, un instinto fácilmente metamorfoseado en tortuosas vicisitudes. La locura rosa invade especialmente el mundo comercial, pornografiando el champú, las islas hawaianas, los granos de café y el queso Velveeta. La locura rosada vende la piel de los automóviles y los cuerpos tersos y sin pelo adheridos a las máquinas Nordic-trak. Todas estas imágenes que vemos a diario son variedades de pornografía blanda. Con tintes románticos, vagamente sensual, lánguidamente excitante. Sin embargo, el dios o daimon aquí es menos Hermafrodito el monstruo o Priapos el idiota que su encantador hermano, Eros. Suya es la apelación incendiaria, la seducción de otro mundo, el cortejo constante del alma, tentando a la psique a desmayarse de deseo: sígueme, ven a volar conmigo, te daré voluptuosidad. Recuerdas que Eros y Psique tuvieron una hija (Afrodita era su abuela) llamada Voluptas, voluptuosidad, definida por el Oxford English Dictionary como “de, perteneciente a, derivada de, descansando o caracterizada por la gratificación de los sentidos, especialmente, en un refinado o manera lujosa; marcada por la indulgencia en los placeres sensuales.” Precisamente eso es lo que ofrece el aura del consumismo: la indulgencia en los placeres sensuales.

El consumismo, por supuesto, atrae a la psique, porque la psique siempre está fascinada por Eros. Ella no puede evitar ir de compras, si el centro comercial y el catálogo son donde Afrodita trabaja sus seducciones y donde la historia de Eros y Psique se desarrolla en nuestro tiempo. Dondequiera que seamos atraídos, la psique queda atrapada en ese mito. Y quiero defender esta venta de sexo suave contra los defensores del sexo duro. Quieren tiros en la entrepierna y rechinar de órganos. Sin envolturas ni adornos, sin romance, sin claroscuro, sin desvanecimientos borrosos.

El criterio crucial del contenido de núcleo duro es la presencia concreta directa; nada oculto, nada ausente. El reverso de este total literalismo sexual unilateral son los encubrimientos mojigatos de censura, es decir, el total literalismo moral unilateral.

Esta guerra entre los dos aspectos de Príapo continúa a través de los siglos, porque siempre existe el temor de que el demonio salte de la imagen, de la página, bailando directo a tu regazo, como esa chispa que dice Malraux que salta de una persona a otra. a través de un objeto de arte. La chispa de la excitación acecha; su imaginación erótica podría ser agitada. De ahí la censura: notorias son las de la Iglesia del Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Incluso la Biblia se ha encontrado pornográfica, censurada y partes prohibidas.

Flaubert escribió sobre estas hojas de higuera y velos con tanta acidez que no puedo resistirme a un extracto: Flaubert dice que habría

dado una fortuna por saber el nombre, la edad, la dirección, la profesión y el rostro del caballero que inventó para las estatuas del museo de Nantes esas hojas de higuera hechas de hojalata que parecen artilugios destinados a desalentar el onanismo. Los modelos del Apolo de Belvedere, el Discóbolo y un flautista han sido equipados con estos vergonzosos cajones metálicos… fijados con tornillos a los miembros de estas pobres figuras de yeso que ahora se descascarillan de dolor… En medio de la estupidez común que nos rodea, qué alegría es encontrar… al menos una idiotez verdaderamente sobresaliente, una estupidez gigantesca…20

Mi punto es que la cubierta verifica lo priápico, transforma al atlético lanzador de disco, por ejemplo, en una figura pornográfica. La estupidez de asno (el objeto del desprecio de Flaubert) pertenece a Príapo. Las estatuas pasan del arte desnudo a la pornografía desnuda en virtud de los “vergonzosos cajones de metal”. La importancia de cubrir para la lujuriosa imaginación de descubrir sugiere que las imágenes de desnudos de Mapplethorpe son menos pornográficas que el Apolo Belvedere que invita a mirar lascivamente. Incluso Afrodita se encuentra en su baño en parte vuelta hacia otro lado, en parte cubierta, pero desnuda y desnuda. Tanto la presencia como la ausencia, porque la ausencia hace crecer el cariño.

No obstante, como dije, los defensores del núcleo duro quieren una exposición completa. Por ejemplo, Pietro Aretino, periodista del Renacimiento y proveedor de pornografía moderna, escribe:

¿Qué hay de malo en ver a un hombre montando a una mujer? ¿Deberían entonces las bestias ser más libres que nosotros? Eso que la naturaleza nos dio para la preservación de la especie deberíamos llevarlo colgado del cuello o como medalla en el sombrero; porque de esa fuente brotan ríos de seres humanos… Esa cosa te hizo… me creó a mí, y yo soy mejor que el pan. Produjo a los Bembos, a los Molzas, a los Varchis, a los Ugolin Martellis… a los Tiziano y a los Miguel Ángel, y después de ellos a los Papas, emperadores y reyes. Generó muchachos guapos y mujeres hermosas con su “santo de los santos”. Deberíamos celebrar todo esto estableciendo días sagrados especiales y festividades en su honor en lugar de confinarlo en un pequeño trozo de tela o seda. Las manos de los hombres pueden estar bien escondidas ya que juegan dinero, hacen juramentos, practican la usura, hacen gestos obscenos, desgarran, golpean, hieren y matan.21

Aretino hoy estaría entre los que abogan por más genitales en la televisión y menos armas de fuego.

Me temo que ni Flaubert ni Aretino captan que la hoja de parra de hojalata o el trocito de tela pertenecen esencialmente a lo priápico. El encubrimiento es esencial para la excitación priápica. Soft core, porque invita a la fantasía más allá de lo que se presenta, fetichiza aún más fuertemente una imagen excitante.

Este argumento nos obliga a releer el más importante de todos los revestimientos de nuestra cultura, el Jesús desnudo de la Crucifixión. Esos velos, pedazos de tela y figuras de pantalla ingeniosamente colocadas entre nosotros, los espectadores y sus genitales no deben interpretarse simplemente como una censura literal de su sexualidad literal, para prohibir el sexo en la mente de sus devotos.22 Estas apariencias que ocultan y sin embargo indican sirven como un gesto blando por parte de una iglesia muy sofisticada (cuyas reglas controlaron conscientemente durante siglos la creación de imágenes de objetos religiosos). Sugerentes y discretamente colocados encubrimientos fascinan a los adoradores de este santísimo icono de un dios casi desnudo, vinculándonos a la imagen de manera erótica, apasionada, excitada, simplemente por el pliegue mismo de la tela, la rama o miembro, o hoja, o mano ahuecada, cerrando lo literal y abriéndose a lo imaginable, lo implícito, provocando el fervor de la fantasía. El icono determinante de la conciencia religiosa de nuestra cultura, porque es priápico en su presencia y ausencia genital juntas, es un emblema softcore por excelencia. Y no digo esto como un insulto.

Porque lo blando trae a Eros, como dice Platón. Entonces, yo, Afrodita, prefiero el núcleo blando. Pero, ¿alguna vez los humanos obtienen completamente la naturaleza de Eros? ¿Se dan cuenta de que parte de su naturaleza desciende de ese padre, Penia (necesidad) que siempre quiere, como lo cuenta Sócrates (uno de mis amantes de todos los tiempos) en el cuento del Simposio ? Esta insatisfacción congénita reaparece como una figura interna dentro de Eros llamada pothos23 o anhelo, un anhelo de lo que no está aquí, duro, ahora, seguro, conocido y rojo, pero lejos, difuso, rosado. El porno suave anhela lo inalcanzable, impregnado de banalidades comerciales con la promesa de una dulzura lasciva, como la chica de la televisión chupando su prohibido Frusen Gladje.

El tema dominante en todo el porno suave es la tentación transgresora, más allá de los límites de lo real y lo habitual, como la ficción pulp romántica en el estante de una farmacia. El porno suave ofrece sexo transfigurado en misterio, la sacralización del sexo redimido de la conformidad secular por Afrodita charis, la gracia y el encanto de lo desconocido como nuevo. Libera el anhelo del corazón por una “primera vez” in illo tempore, un tiempo mítico no afectado por las cargas terrenales, una nueva persona de una nueva manera en un nuevo lugar, cuerpos abrazados sin aliento en un espacio sagrado, todas las ausencias ahora presentes en una habitación desolada, fuera de una carretera rugiente.

Entonces, yo, Afrodita, y mis muchachos, excluidos de la civilización secular, volvemos a su núcleo central a través del encanto del consumismo que nos hace querer, desear, alcanzar (orexis, la palabra griega para apetito, que proviene originalmente de estirarse, como de los dedos). Y el apetito tiene en sí petere, buscar, ir a por ello (petición como buscar, mendigar) y petulancia, ese sentimiento cuando no consigues lo que pides. Dentro del apetito de compras y de los dedos alargados del consumismo está ptero, el ala de un pájaro; nuestra mano que se extiende, el ala de un pájaro. La mano humana es filogenéticamente homóloga a la estructura de un ala, de modo que el alcance del deseo es el ala de un pájaro. Tan arcaicos como el pterodáctilo son los dedos voladores del espíritu anhelante que saquea las mesas de descuento en su centro comercial local.

Sencillamente: la locura rosa de Afrodita dirige el mundo bajo el disfraz de la economía consumista. Por supuesto, ir de compras y ver la televisión son la primera y la segunda actividad de ocio del pueblo estadounidense. Por medio de sus seducciones, mantiene el mundo en marcha, de compras. El gobierno promulga leyes contra la bebida, contra el tabaquismo y promulga un “no” contra las drogas. Pero, ¿quién y cómo prohibir las compras? ¿Qué, no más catálogos?

A decir verdad, yo, Afrodita, inventé el núcleo blando. Así atrapo una cultura con una esperanza rosa, un deseo de alas. Y es mucho más eficaz que el núcleo duro porque tiene el poder de un síntoma: tanto niega como ofrece lo que quiere la psique. La pornografía blanda es un compromiso, como decía Freud (¿otro de mis hijos?) de todos los síntomas. Invita al anhelo del alma por la belleza y la magia de Eros, pero sólo atormenta con fantasías de un amante fantasmal desconocido, invisible, como mi hijo Amor en la noche de Psique, presente y ausente a la vez.

Recuerda: más allá de los hábitos enfriados de la lujuria en el matrimonio, la lujuria realizada24 sólo tiene dos opciones, el neurótico o el psicópata. O las idealizaciones sentimentales de un romance de pantalla o el polvo sin cremallera de extraños sin pasado ni futuro. El mismo Freud dijo que lo real no satisface la libido sexual y Reich dio su vida tratando de hacerlo «bien» al literalizar el potos cósmico en energía orgónica. Sólo pothos cumple las complejidades invisibles del alma porque pothos no puede suceder. Como la conjunción alquímica, es un sueño, un milagro en el recipiente de cristal de la realidad imaginal.

A mi modo de ver, el soft porn no es una idealización del sexo, como dirían los canosos freudianos (también Anna), y por tanto una defensa contra la dura realidad. Más bien es el aspecto celestial dado por mí, esta diosa, directamente o a través de uno de mis hijos, recordando al alma que siempre debe servir en mi templo, donde siempre será susceptible de un maravilloso levantamiento de este mundo y una reminiscencia de otro, platónico, romántico y de dedos sonrosados, llenando este mundo consumista con el brillo dorado de Afrodita Urania, ese resplandor de otro mundo que siempre fue el propósito principal de mi ser y el significado principal de mi sonrisa.

Y así el consumismo es mucho más eficaz y agradable que la censura, porque desvía en lugar de castrar el deseo. ¿Los ataques moralistas a la industria del porno duro no sirven, de hecho, al comercio minorista? Las empresas parecen reconocer que si las imágenes más duras y francamente lujuriosas fueran más frecuentes, podrían expulsar la locura rosa del mercado. Entonces los compradores podrían escapar de la trampa del acertijo del consumidor como lo expresó Eric Hoffer: «Nunca tienes suficiente de lo que realmente no quieres».

La curiosidad como coraje

Me gustaría ubicar lo que escribo aquí dentro del campo de la heroicidad psicológica practicada por los fundadores de la terapia: los psicoanalistas de Viena y Zúrich, los clínicos de París y Nancy, los psiquiatras de los asilos de Alemania e Inglaterra, los pioneros que fueron valientemente curioso por los caprichos de la imaginación humana y cuya provincia eran los estados de ánimo, las lujurias y las obsesiones inaceptables e implacables que alimentan las raíces de la imaginación en cada ciudadano, encarcelado o en la calle.

Nuestro trabajo siempre ha sido en defensa de los oprimidos en lugar de adaptarse al opresor. La terapia se pone del lado de la víctima. Pero hoy es difícil distinguir quién es la víctima y quién el opresor. ¿Somos víctimas de la pornografía o es la pornografía la víctima? La imaginación lujuriosa es perseguida por el victorianismo puritano cuyas raíces se adentran en los fundamentos de la ortodoxia religiosa que no permite a la mente su naturaleza y al sueño su placer sexual, condenando a los frikis y retorcidos a las existencias públicas de la corrección política. Esta persecución separa tanto la lujuria de las imágenes y las imágenes de la lujuria que las imágenes pierden su vitalidad instintiva y, peor aún, la lujuria pierde su imaginación, encontrando una satisfacción sustituta en actos literales brutos. Un círculo vicioso de literalismo crea lo que busca prevenir, de modo que el censor puede ser más una causa subyacente de la violencia sexual que lo que es censurado.

Las semillas de este literalismo fueron entregadas directamente a Moisés (Éxodo 20) en un mandamiento contra las imágenes esculpidas. El Todopoderoso advirtió a Moisés que cualquier imagen grabada, incluso de aves y peces, infringe Su omnipotencia y, por lo tanto, debe ser más abominable en un sentido cósmico que las prohibiciones ordinarias como la mentira, el hurto, el adulterio y el asesinato. Claramente, cualquier imagen es una grave amenaza para la mente monoteísta. Recordemos, sin embargo, que el edicto dice que no se debe grabar en piedra (grabado significa cincelado) fantasía alguna, incluida, pues, la fantasía que prohíbe una imagen grabada. Esto siempre ha sido reconocido de alguna manera por los observadores judíos que regularmente presentan los Mandamientos de manera icónica e irónica como dos tablas de piedra grabadas. Por lo tanto, tomar el mandamiento contra la idolatría en el nivel único de una prohibición es en sí mismo una literalización de la misma instrucción de no literalizar, con lo cual se graba en piedra el mandamiento mismo, convirtiéndolo en un ídolo inamovible, perdurando hasta el día de hoy en el cabezas de piedra del fundamentalismo.

Pero eso es solo la mitad. La otra mitad ocurre en Mateo 5:28 donde se nos insta a no hacer ninguna distinción entre una imagen lujuriosa en la mente y el adulterio real en el comportamiento. Este fue el pasaje que metió en problemas a Jimmy Carter. En una entrevista de Playboy admitió mirar con ganas. Admitió valientemente las imágenes lujuriosas. Para los lectores literalistas de Mateo, Carter cometió adulterio porque no existe una diferencia fundamental para los ortodoxos entre lo que uno imagina y lo que hace.

¿No podemos concluir ahora que el tema básico de la pornografía no es ni la obscenidad ni la sexualidad? Es el literalismo, la obstinación que lee las imágenes sin imaginación y, por lo tanto, se ve amenazado por ellas y, por lo tanto, se ve impulsado a controlar todas las imágenes, especialmente aquellas que son abiertamente vitales, es decir, dotadas de potencia sexual.

Al referirme a Mateo y la ortodoxia, estoy recordándonos la inversión del cristianismo en el control de las imágenes lujuriosas, una preocupación constante que no comenzó con las obsesiones dogmáticas del Papa actual. Comienza hace siglos cuando el cristianismo mismo tomó forma frente al paganismo, como llamaban los cristianos a las religiones contemporáneas que los rodeaban. La lucha por la pornografía es la lucha contra el paganismo. Y los dioses y diosas paganos regresan, como siempre regresan los reprimidos, decía Freud, por el lugar más vulnerable de la doctrina cristiana: sus lagunas con respecto al placer, el cuerpo y la imaginación mítica. Afrodita, Príapo, Perséfone, Pan, Eros, Dionisio, Zeus, especialmente estos son los dioses que regresan. La pornografía es donde los dioses paganos han caído y cómo se fuerzan a regresar a nuestras mentes.

Debido a su presencia no puedo apoyar ninguna censura en absoluto. Estoy obligado a validar toda la pornografía sobre la base de su importancia para resucitar la imaginación arquetípica. Quiero fomentar la curiosidad en él, o lo que ahora se condena como “interés lascivo”. (Me opongo a los escritores cristianos, como François Fenelon [1651-1715], que elevó la curiosidad al primero de los pecados, incluso por encima del orgullo). Antes de elegir entre las partes, primero aceptemos el todo, de lo contrario la diferenciación se convierte en una represión más insidiosa. Como dijo Thomas Jefferson: “¿De quién es el pie que debe ser la medida en que todos los nuestros deben ser cortados o estirados?” Los estatutos contra las agresiones y servidumbres involuntarias y que protegen a los menores ya quienes se encuentran en situación de dependencia abordan suficientemente las injusticias dondequiera que se produzcan en la sociedad, incluida la industria de la pornografía. La pornografía no es un caso peor de explotación y abuso de niños, de cuerpos, de mujeres o de crueldades físicas.

La guerra contra la pornografía solo está indirectamente motivada por la defensa piadosa de los niños desafortunados, la protección de las mujeres explotadas y la salvaguardia de los valores familiares dignos. La guerra es aquella antigua de la iconoclasia contra las imágenes, de la altivez del espíritu contra las propensiones naturales del alma, de la pureza contra el placer, del sentimentalismo contra Saturno, del imperio de los ideales contra los hechos de la vida, o en una palabra, los altos Dioses olímpicos de la mentalidad contra los poderes del campo, la tierra y el inframundo. Afrodita combinó ambos: porne y urania; ya que Priapos era un protector contra la mala suerte y un jardinero fértil, así como un grotesco espantosamente fálico.

La supresión de la pornografía comienza confundiendo lo sexualmente gráfico con lo obsceno, y por lo tanto rebajando nuestros vientres privados a una inmundicia privada. Este es el principal modo de iconoclastia en nuestro tiempo y, por la ley psicológica de pars pro toto (una parte representa el todo), pornografia nuestros cuerpos desnudos y degrada la sexualidad de cualquier tipo. Esta primera locura obscena necesita la locura rosa secundaria del consumismo. Además, esta locura obscena crea la convención de la vergüenza, esa censura interiorizada que inhibe a la gente seria y racional de la comunidad, como tú y yo, de hablar de pornografía. Sólo puede significar hablar sucio.

Bueno, quiero hablar sucio, a usted, política sucia. La lucha política se trata del control de las respuestas del cuerpo humano, o como dice Thomas Szasz, el control del cuerpo del ciudadano por parte del estado, también conocido como esclavitud. Tal vez la pornografía necesite un lobby comparable al de la Asociación Nacional del Rifle. Porque el derecho constitucional a portar armas que tanto ejercen hoy los ciudadanos depende en primer lugar de un cuerpo animado y de propiedad personal reclamado al control del Estado, para que el ciudadano pueda portar esas armas con responsabilidad cívica y no con una furia azarosa y resentida.

La pornografía se vuelve así tan vital para nuestro presente y futuro político como otras áreas de la libertad corporal; los derechos de reunión y expresión; acudir sin trabas a las urnas; la abolición de la servidumbre; derecho al aborto; el derecho a poner fin a la propia vida corporal; ingerir sustancias de su propia elección; ser protegido por la ley contra la agresión física, la discriminación, la explotación y el castigo injusto.

A estas libertades fundamentales agrego el derecho a fantasear. La fantasía es innata a los seres humanos, tan irreprimible como nuestros otros instintos. Como tal, es más que un lujo privado, más que una necesidad básica. La fantasía es también una responsabilidad colectivamente humana, que exige la participación consciente, valiente y alegre del ciudadano en imaginaciones lujuriosas. Las fantasías pornográficas requieren su lugar en el cuerpo político como parte de su vitalidad instintiva, de lo contrario, la vida de la psique y el bienestar de la sociedad se ven frustrados. Si la pornografía, tal como la hemos definido, no encuentra apoyo social y, en cambio, la represión social, entonces el ciudadano y la nación se convierten en una victimización avergonzada, pasivo-agresiva, atados con suaves cintas rosas y azotados por el frenesí del consumismo.


Posdata (2007)

En los quince años transcurridos desde que este ensayo encontró forma por primera vez, Priapos ha subido al escenario por medio de anuncios populares para la cura de la disfunción eréctil (DE). Pero el dios de las erecciones no aparece de frente y en el centro. De acuerdo con las nociones posmodernas, está presente en su ausencia. Los anuncios televisivos de curas farmacéuticas, de hecho, advierten explícitamente contra él, refiriéndose al “priapismo” como una erección que dura cuatro horas o más. Si eso sucede, llame a su médico o al 911.

Los actores que se muestran en la televisión supuestamente representan a los hombres con disfunción eréctil. Pero son los hombres o las situaciones imaginarias donde los colocan los anuncios, lo que podría ser motivo de disfunción. En un hermoso entorno natural, en un crucero, en un retiro junto al lago, bailando tranquilamente, coqueteando con una mujer de mediana edad; entorno discreto y sensible, arreglado, bien equipado; parejas domesticadas, amables, comprensivas. Casado. Acoplado; pero no de copula. No hay parada de camiones de mal gusto; no hay roadhouse con películas pornográficas las 24 horas del día, los 7 días de la semana; no hay clubes de prostitutas de clase alta ni bailarinas eróticas, casas de baños gay, escenas de playa durante las vacaciones de primavera o duchas militares comunales, lugares donde es probable que Priapos aparezca sin ser invitado.

Los ambientes moderados de los anuncios difícilmente son un país duro. Más probablemente hablan del mundo de Hera que maldijo a Priapos ab utero; o la íntima domesticidad interior de Hestia que desairó a Príapo acercándose a ella; o los bosques vírgenes de Artemisa que no dejaban acercarse a ningún perseguidor ávido; o, en el mejor de los casos, el suave mundo acaramelado de Afrodita-Venus, su madre, cuyo gusto estaba tan ofendido por su grosera congestión que justo al nacer retrocedió y rechazó a su hijo. Tal vez la disfunción eréctil se concibe mejor como una disfunción de la imaginación arquetípica que como un sistema de bombeo defectuoso.

Ya Aristóteles, Galeno y la fisiología de los estoicos sabían que la erección depende de la imaginatio, el elemento aéreo como movimiento de los “espíritus animales” (como antes se llamaba al alma vital). Galeno dijo que había aire en el cuerpo cavernoso del pene, y Leonardo da Vinci muestra en sus cuadernos anatómicos dibujos seccionales de dos conductos uretrales: uno para los fluidos y otro para el pneuma.25 La erección comienza en la fantasía. Es por eso que la información en letra pequeña que viene con los medicamentos para la disfunción eréctil dice que su producto entra en juego solo después de la excitación y no la causa. El sexo comienza en la mente, y la mente comienza en la poiesis, las fantasías en las que los dioses hacen sus movimientos y juegan sus juegos.

Partes de este ensayo se entregaron como discurso de apertura del Festival de Psicología Arquetípica, Notre Dame, Indiana, 1992; en el Festival de Mito y Teatro de Villeneuve lez Avignon, Francia, 1993; y en ocasiones en Berkeley, California; Omaha, Nebraska; y Ciudad de Nueva York, 1994. Se publicó por primera vez en Spring: A Journal of Archetype and Culture 57 (1995).

Notas

1. Para un magnífico capítulo sobre Príapo, véase R. López-Pedraza, Hermes and his Children (Zürich: Spring Publications, 1977).

2. W. Burkert, Ancient Mystery Cults (Cambridge: Harvard University Press, 1989), 105.

3. El gnóstico Justino de Monoimos consideraba que Príapo y Dios Padre eran uno y el mismo. Cf. G. Grigson, La diosa del amor (Londres: Constable, 1976), 81.

4. L. Fierz-David y N. Hall, Dreaming in Red: The Women’s Dionysian Initiation Chamber in Pompeii (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2005).

5. La mejor guía contemporánea para descubrir los efectos de Afrodita en la vida humana es G. Paris, Pagan Meditations: The Worlds of Aphrodite, Artemis, and Hestia (Putnam, Conn.: Spring Publications, 2005).

6. Cf. DL Miller, “Christ, The Good Shepherd,” in his Christs: Meditations on Archetypal Images in Christian Theology (Nueva York: Seabury Press, 1981), 3–52, para un magnífico análisis de la figura del pastor.

7. Uno de los grandes jardineros de todos los tiempos fue Thomas Knight, hermano menor de Richard Payne Knight, apodado “Priapus Knight” (1750–1824), quien honró a este dios con el primer tratado moderno, A Discourse on the Worship of Príapo (1786). El dinero ganado por Richard apoyó los esfuerzos de Thomas: ¿un regalo de la fertilidad de Priapos? Cf. Grigson, La diosa del amor, 80.

8. S. Tisdale, Háblame sucio (Nueva York: Doubleday, 1994).

9. K. Kerényi, Zeus y Hera (Princeton: University Press, 1975), 99.

10. T. Wright, “The Worship of the Generative Powers” [1866], en RP Wright y T. Wright, Sexual Symbolism: A History of Phallic Worship (Nueva York: Julian, 1957), 100.

11. D. Freedberg, El poder de las imágenes: estudios de historia y teoría de la respuesta (Chicago: University Press, 1989).

12. Cfr. James Joyce en A Portrait of the Artist as a Young Man [1916] (Harmondsworth: Penguin, 1976), 205: “Los sentimientos que despierta el arte impropio son cinéticos, de deseo o de repugnancia… Las artes que los excitan, pornográficas o didácticas, son por lo tanto arte impropio.”

13. J. Hillman, Healing Fiction [1983] (Putnam, Connecticut: Spring Publications, 2005).

14. MS Davis, SMUT: Realidad erótica/Ideología obscena (Chicago: Chicago University Press, 1983), 238.

15. Cfr. The Sex Panic: Women, Censorship and “Pornography” (Nueva York: Coalición Nacional contra la Censura, mayo de 1993), 12.

16. Las cuestiones legales y su historia se analizan cuidadosamente y se documentan minuciosamente en E. de Grazia, Girls Lean Back Everywhere: The Law of Obscenity and the Assault on Genius (Nueva York: Random House, 1992); DA Downs, La nueva política de la pornografía (Chicago: Chicago University Press, 1989).

17. S. D’Erasmos, “Pornography Archives”, Lingua Franca (junio/julio de 1992), 51–52.

18. M. Wells, “Woman as Goddess: Camille Paglia Tours Strip Clubs”, Penthouse (octubre de 1994), 58ff.

19. S. Griffin, Pornography and Silence: Culture’s Revenge Against Nature (Nueva York: Harper & Row, 1981), pág. 3.

20. G. Flaubert, Voyages (París: Les Belles Lettres, 1948), vol. 1, 203 [mi traducción].

21. Citado de P. Aretino, “Lettere il primo e il secondo”, en I Modi. Los dieciséis placeres: un álbum erótico del renacimiento italiano, ed. L. Lawner (Evanston, Illinois: Northwestern University Press, 1988), 9.

22. Véase el sensacional estudio convincentemente argumentado y cuidadosamente documentado de Leo Steinberg, “The Sexuality of Christ in Renaissance Art and in Modern Oblivion”, 25 de octubre (1983).

23. He discutido pothos con cierta extensión en Senex & Puer, UE 3 (Putnam: Conn.: Spring Publications, 2005). Sobre la relación entre potos y perversión, véase A. Lingus, “Lust”, Spring: A Journal of Archetype and Culture 51 (1991) y Davis, SMUT, 238, quien escribe: “El sexo, en resumen, no es tanto un mundano como un deseo de otro mundo…”

24. Véase Lingus, “Lust”, y su libro posterior, Abuses (Berkeley: University of California Press, 1994).

25. Cfr. J Hillman, The Myth of Analysis: Three Essays in Archetypal Psychology (Evanston, Ill.: Northwestern University Press, 1972), 222–23.

THE LIFE AND IDEAS OF JAMES HILLMAN, VOL III: HILLMAN Y GIEGERICH

Traducciones

Dick Russell/EE.UU

De The Life and Ideas of James Hillman, Vol. III «Soul in the World». Capítulo 16.

Proceso de traducción a cargo de Alejandro Chavarria Rojo

«Argumentar al estilo de Re-Visioning Psychology ya no me preocupa como antes. Aun así, algo se mueve; así que, como en los viejos tiempos, me preparo para enfrentar su desafío. El desafío es necesario porque el pensamiento de Wolfgang Giegerich es el pensamiento junguiano más importante que se está dando en la actualidad, tal vez el único pensamiento junguiano consistente. Es preeminente entre los escritores junguianos, y sus análisis de la difícil situación del alma de la psicología y de la humanidad miran audazmente a la cara de la sombra en nuestros tiempos y no ofrecen falsas esperanzas.»

-James Hillman, «Once More Into the Fray», Spring 56, Otoño 1994

Comenzamos con una analogía histórica. Se trata de George Santayana, el famoso filósofo con quien Hillman pasó varios días durante sus viajes de juventud, y William James, el pragmático igualmente renombrado con quien Hillman ha sido comparado a veces. Santayana, veintiún años más joven, había sido alumno de James, quien más tarde destacaría la «cortesía, la vitalidad, la imaginación y la franqueza» de Santayana. Sin embargo, Santayana también escribiría despectivamente que «la filosofía no era para él lo que ha sido para tantos… más bien como un laberinto en el que se encontraba vagando». Sustituya «filosofía» por «psicología», y los paralelismos con la relación de Hillman con Wolfgang Giegerich casi un siglo después son sorprendentes

A principios de 1974, Hillman recibió una carta en Zúrich de un académico alemán de treinta y dos años. Dieciséis años más joven que Hillman, Giegerich había obtenido su doctorado en la Universidad de California en Berkeley y luego se unió al profesorado de la Universidad de Rutgers–antes de obtener un diploma del Instituto Jung en Stuttgart. Sin embargo, durante su formación para convertirse en analista junguiano, Giegerich se sintió «extremadamente decepcionado por el nivel intelectual y la falta de espíritu que prevalecían». Estuvo a punto de abandonarlo cuando descubrió algunos de los escritos de Hillman, que «resultaron ser una especie de salvavidas para mí, en lo que respecta a mi decisión de convertirme en analista junguiano». «Aquí la psicología junguiana estaba viva, críticamente investigativa», reflexionó en 2019.

Giegerich le escribió al hombre al que entonces idealizaba que estaba «muy feliz de haber descubierto sus desafiantes y estimulantes artículos». Le encantaba que Hillman y Spring «continúen el trabajo de Jung incluso cuando lo critica y lo supera, aunque le desconcertó una reciente discusión sobre la «psicología compleja». Hillman respondió: «Su carta fue una de las mejores que he tenido la alegría de recibir en mucho tiempo. ¡Gracias por ella!». Y continuó admitiendo «sin duda, me equivoqué en mi forma de enfatizar lo complejo… Fui demasiado descuidado». ¿Podría Giegerich ampliar su excelente misiva para su consideración en el próximo número de Spring?

El tono estaba marcado. Como lo expresó Margot McLean en una conversación con su esposo en 2008: «Giegerich es una figura importante, ya que se opuso a muchas de tus ideas». A lo que Hillman añadió: «Es un seguidor que luego dio el siguiente paso». El resultado fue un debate de décadas, a menudo conflictivo, sobre la naturaleza del alma, en el contexto de la filosofía y la cultura alemana en contraposición a la italiana. Ambos hombres se sentirían malinterpretados, y Giegerich creería que «en última instancia, creo que se inmunizó a mis puntos».

Pat Berry veía a Giegerich como «el único tipo que realmente está a la altura de Jim, y se separó de él, porque desarrolló una filosofía rival que en realidad proviene de las mismas raíces… No es fantasioso como Jim en absoluto, así que no tiene esa maravillosa locura imaginativa. Es mucho más filosófico, seco, severo y brillante por derecho propio. Una mente como ninguna otra. Giegerich era hegeliano, todo giraba en torno a la lógica y el desarrollo a través de la historia. Giegerich pensaba que el que JH hubiera traído de vuelta a los dioses griegos de la antigüedad era inapropiado, una especie de sentimentalismo que no encajaba con nuestro período actual.»

EN EL PRINCIPIO

En 1974, Giegerich envió un artículo a Spring, traducido del alemán a petición de Hillman, una diatriba contra el «El Mito Heorico de la Gran Madre» de Erich Neumann (el resumen de Hillman). El propio Hillman, al escuchar la conferencia de Neumann mientras era estudiante en 1955, «tuvo la fantasía de escribir un artículo llamado ‘Contra Neumann’ (como en los antiguos Padres de la Iglesia)». Así que sintió que el artículo de Giegerich era «muy esperado. Neumann debe ser examinado y su efecto en los junguianos comprendido», y Hillman agradeció a Giegerich por su «magnífica escritura y pensamiento».

En otra carta, Hillman escribió: «Por supuesto, es inmensamente satisfactorio ser comprendido–y con inteligencia. Puede que no nos llevemos nada bien al conocernos, así que la cuestión no tiene por qué ser personal, sino de simpatía de ideas, o como prefiero decir, de devoción en el mismo altar». No pasaría mucho tiempo antes de que ambos se encontraran en la oficina de Hillman en Zúrich, y luego fueran a almorzar. Después, Giegerich «tuvo la sensación de que muchas ideas se habían liberado en mí, ideas de las que antes, como mucho, había sido vagamente consciente».

En respuesta a un documento de noventa páginas que Giegerich le envió por correo, Hillman lo consideró «como su discurso inaugural parlamentario que establece su curso de acción para los años venideros». Es una mina, un montón de escoria con muchas riquezas sin fundir. Tiene suerte de estar tan convencido y de que lo hayan descubierto tan pronto. Yo mismo no llegué a mi «propio» lugar antipositivista hasta que tuve más de 30 años, y a Suicide and the Soul hasta los 36.

Elogiando otro documento, Hillman destacó el «ataque exhaustivo» de Giegerich al consenso científico en psicología». Continuó diciendo: «Creo que usted es inmenso y mucho más grande que su trabajo o el mío. Es a lo que ahora se refieren en Estados Unidos como conciencia posmoderna. Una conciencia comprometida con algo que es consciente de sí misma mediante la metáfora, el humor, la autorreflexión, la discontinuidad y que no puede hacer el tipo de declaraciones explicativas objetivas de la conciencia previa. Esta es la conciencia de James Joyce, por ejemplo.

Aquí, por primera vez, Hillman se dirigió a él como «Querido  Wolfgang», y Giegerich respondió a «Querido James» que se trataba de «algo más inmenso que una conciencia posmoderna. Me parece que las raíces de toda nuestra historia occidental desde sus inicios en la antigüedad están en juego. Si es así, nunca debemos perder de vista la inmensa dimensión histórica».

A finales de 1977, Hillman le pediría que se convirtiera en asesor de Spring. Al año siguiente, Giegerich aceptó la invitación de Hillman para unirse a él en Eranos. «Han pasado muchas cosas contigo», le escribió Hillman después, «pareces más agudo y más redondo a la vez». Envió una copia de su recién publicado The Dream and the Underworld, con la dedicatoria «para Wolfgang, compañero de armas, compañero de bebida, amigo, James». A lo que Giegerich respondió: «En lo que respecta a tu compañía, ya me di cuenta la primera vez que nos conocimos de que tu presencia tiene el poder de animar y liberar los procesos de pensamiento, mientras que muchas otras personas tienen el efecto contrario en mí, endureciendo la mente. Desde mi punto de vista, es una verdadera lástima que hayas dejado Europa».

Una de las siguientes misivas de su mentor, que ahora vivía en Dallas, debió de haber consolidado ese sentimiento. Hillman escribió: «Todos nos desnudamos en Esalen. Absurdo. Comimos coles que cortábamos con tijeras en la mesa (tan frescas que todavía se retorcían y gritaban). Es un lugar anticuado y todos estábamos exhaustos, y había niebla».

Años más tarde, Giegerich reflexionó: «Debido a mi admiración por él, no tomé conciencia, no me permití tomar conciencia, de algunos principios o actitudes suyas con los que en el fondo ya me sentía un poco incómodo desde el principio, sobre todo su énfasis en el politeísmo. Había tantas otras cosas que eran completamente convincentes, impresionantes y estimulantes que apoyé la psicología arquetípica con todas sus facetas… que todavía se mantenía con fuerza durante la mayor parte de la década de 1980». Sin embargo, Giegerich «se fue decepcionando cada vez más de él, aproximadamente desde el momento en que dejó Zúrich».

Hillman le informó que «mi mente se mueve cada vez más hacia lo ‘estético’, sea lo que sea, y un poco más tarde que «mi psique está cada vez más en el mundo, diferenciando el inconsciente’… Estados Unidos me tiene tan ocupado que es difícil hacer, especialmente en este clima sobreiluminado, las oscuras meditaciones que se escribieron hace algunos años». Giegerich comenzó a preguntarse si Hillman podría estar dejando atrás sus puntos en común.

«Noté con pesar», recordaría, «una cierta disminución del nivel intelectual y el vigor anteriores que habían estado presentes en Re-Visioning Psychology, por ejemplo, e incluso una cierta desviación de algunos compromisos en sus escritos anteriores (como su rechazo a una psicología agnóstica y su afirmación académica). Su trabajo se volvió más relajado, a veces demasiado superficial para mis propias necesidades.»18

Aunque comenzó a sentirse así durante los años de Hillman en Dallas, no hay evidencia en su correspondencia de que Giegerich alguna vez expresara sus preocupaciones. Continuaron reuniéndose cada verano en Eranos, donde Giegerich también comenzó a dar conferencias a partir de 1982. «Vine a escuchar las siempre fascinantes y enriquecedoras conferencias de Hillman y David Miller y a pasar el maravilloso tiempo libre (principalmente las tardes hasta la medianoche) con ellos y todos los demás en la Piazza, con interesantes conversaciones casuales y espontáneas y copas de vino. Definitivamente, era por Hillman por quien mucha gente venía a Eranos. Creo que él era la figura dominante simplemente por su presencia y estilo. Para mí, la época de Eranos era el punto culminante del año: ¡unas dos semanas en estrecho contacto con Hillman!»

En la reunión de 1982, donde Hillman habló sobre «El reino animal en el sueño humano», Giegerich pronunció en su alemán nativo «Expiación (o arrepentimiento) por Filemón», analizando cómo Jung proporcionó un nuevo acceso psicológico a los dioses. Hillman le escribió después: «Diste una charla muy valiente en Eranos. Me fascinó su contenido y tu método. Qué diferente del mío, y cuánto aprendí de él. Es maravilloso ver a un amigo, colega y mitar-beiter [colaborador] tener una forma de trabajar tan diferente, incluso con muchas de las mismas intenciones.»

En cierto sentido, lo que sucedió después fue clásico: Jung separándose de Freud, Hillman de Jung, para que surgieran sus propias ideas. El más joven buscaba superar al mayor, conscientemente o no. La ocasión fue una conferencia de mediados del verano de 1983 organizada por Robbie Bosnak, «Facing Apocalypse» en Newport, Rhode Island. Giegerich, vestido con un traje oscuro, decidido a seguir su propio camino, dejando su propia huella; Hillman, vestido informalmente con un suéter tipo cárdigan rojo brillante abotonado sobre la corbata, dando una charla sobre valores marciales. Como atestigua un extenso análisis de Carl Oglesby para la revista New Age, Giegerich se robó el espectáculo.

En la primera de varias páginas centradas en la presentación de Giegerich, Oglesby escribió: «El principal desafío para los activistas antinucleares provino de… Wolfgang Giegerich, de Alemania Occidental, analista e instructor en el Instituto Jung de Stuttgart y editor de la revista arquetipal Gorgo. Giegerich es un hombre delgado e intenso de unos 40 años, con una barba oscura y corta y ojos brillantes y sobresaltados. Leyó su artículo, titulado ‘Saving the Nuclear Bomb‘ (correcto, ‘salvando’) en la tarde del segundo día, un día lleno de cielos azules y helicópteros de la Marina que subían y bajaban por los acantilados de afuera.

«Giegerich hablaba en un inglés con un acento marcado, pero claro y preciso, con la voz aguda apretada en la garganta y modales exactos. Y en unos pocos movimientos amplios y decididos, sistemáticamente puso en tela de juicio los supuestos fundamentales de la vida (los supuestos históricos, morales y políticos) de fácilmente nueve décimas partes de las 125 personas allí presentes, quienes, sin embargo, procedieron a brindarle –quizás en ese momento no podrían haberle dicho por qué– una ovación de pie.»

Si alguna vez hubo una mirada sensata a los dilemas planteados por la era nuclear, Giegerich pretendía ofrecerla. «El problema es la aniquilación de la naturaleza», entonó con su voz seca y penetrante. «El hombre moderno ha abandonado la tierra sin saberlo. Sucedió hace mucho tiempo». Para él, la oportunidad de revivir nuestros vínculos se ha ido: «La naturaleza ha muerto. El mito ha muerto». Deberíamos olvidarnos de preocuparnos por estar alienados de la naturaleza que dominamos. Deberíamos descartar el concepto anticuado del bien y del mal. En este momento, Giegerich entabló un animado coloquio con Norman O. Brown.

«La bomba nuclear», se citó a Giegerich, «es el epítome y la culminación de las más altas aspiraciones del hombre. En la bomba nuclear reside la esencia del hombre moderno… No deberíamos deshacernos de ella ni explotarla. Deberíamos salvarla. Deberíamos arraigarnos en ella. Es nuestra realidad. Nos guste o no, estamos incrustados en ella. La bomba nuclear en sí misma es Dios y Satanás, todo en uno.»

Oglesby, un izquierdista radical, no estaba de acuerdo con muchas de las declaraciones de Giegerich, pero no pudo evitar informar sobre ellas en profundidad. Y Hillman parecía tan aturdido como todos los demás por el asalto de Giegerich a las puertas del movimiento por la paz. Le escribió después de la conferencia: «Tu charla en Newport fue realmente profunda y sorprendente. ¿Fue el espíritu europeo, la contundencia, la persistencia lo que la llevó hasta el final, la absoluta indiferencia (sin reservas, negligencia ante lo que pudieran pensar) y la implacabilidad inquebrantable? En cualquier caso, al terminar, pensé que no podría haberlo hecho, que esto es mejor y más de lo que yo podría haber hecho. Muy a menudo, al escuchar a mis amigos presentar ponencias, siento que me han copiado de alguna manera, que están imitando y tomando prestado, y me siento terriblemente avergonzado. Este no fue el caso ni por un instante en tu ponencia. Y no lo digo para identificarte conmigo, ni tu pensamiento con el mío, ni nada por el estilo, solo para mencionar una reacción que tuve de ser superado, y que fue una sensación maravillosa, una sensación de dejarse llevar, que está en mejores manos, que es vivir hacia adelante».

Giegerich, en su respuesta, dijo que se sentía honrado por la descripción de Hillman de su charla, pero que no «creía que fuera una cuestión de mejorar, sino solo de diferentes maneras. No podría hacer lo que tú haces y nunca podré superarte en tu propio territorio, por así decirlo, ni siquiera podré alcanzarte. E incluso si me gustaría tener algunas de tus habilidades o dones, la riqueza de ideas y conexiones sorprendentes, la facilidad mercurial de tu movimiento entre las imágenes, tu mucho más psicológico estilo así como la manera de presentar (o de transmitir tus pensamientos a la audiencia)… probablemente sea bueno que tenga que seguir mi propio camino, porque de lo contrario seguramente terminaría imitándote.”

En la misma carta, Giegerich rechazó una invitación de Hillman y Robert Sardello para pasar parte del año con ellos en Dallas. También dijo que la sugerencia de Hillman de producir un libro a partir de artículos anteriores «me temo que tendrá que esperar». En 2019, reflexionaría que, si bien sus ideas habían sido «en gran medida inspiradas por lo que Hillman había comenzado… nunca me sentí ni escribí como un discípulo». Giegerich continuaría siguiendo su propio camino, un camino que se distanciaría cada vez más del de su mentor.

Sin embargo, al mismo tiempo hizo lo que pudo para ayudar a llevar la obra de Hillman al público alemán. Cuando un editor alemán aceptó publicar The Dream and the Underworld, los elegidos para hacer la traducción no estaban familiarizados con la psicología arquetipal y a menudo no entendían los puntos de vista de Hillman. Giegerich recordó que el editor le envió el manuscrito para revisar la traducción «solo dos días antes de que se imprimiera, [y] tuve que trabajar día y noche para intentar eliminar los errores o tergiversaciones más graves». Hillman estaba muy descontento con la versión alemana, y Giegerich le escribió disculpándose: «Realmente no parece que tengamos mucha suerte con sus libros aquí».

SEPARÁNDOSE

Aunque no se mudaría a Dallas a tiempo parcial, Giegerich visitó a Hillman allí y, en una «Evaluación» escrita poco después de la muerte de Hillman, describió un lado humano de él que Giegerich tal vez deseaba haber emulado. «Más allá del nivel intelectual, este contacto fácil y natural con la gente se manifestaba también con la gente común, incluso con la gente sencilla. Recuerdo, por ejemplo, cuando una vez regresamos a su casa en Dallas y vio a dos vecinos suyos, ancianos indios negros Probablemente bastante incultos y ciertamente completamente ignorantes de la Psicología Arquetipal, sentados al otro lado de la calle en las escaleras de su casa, Hillman, antes de entrar en su casa, de manera bastante característica, se acercó a ellos para tener una animada charla.

Giegerich también visitó a Hillman y Pat Berry poco después de que se mudaran a Connecticut, donde los recordaría cocinando juntos y dando un largo paseo «con un animado intercambio de ideas». 28 Después de esta visita, Hillman le escribió una carta de advertencia (incluso paternal) en septiembre de 1985: «No hay duda de que, en los últimos años, ha estado pensando pensamientos muy amplios, profundos y difíciles. Le ruego que dedique tiempo al desperdicio, al placer y a la ‘búsqueda trivial’… La oscuridad de su visión también es exigente para quien la posee. Creo que los profetas debieron estar cansados ​​o psicosomáticos, sin duda… Siento que pereceré de la nada a menos que pueda mantener la alegría. A veces, sentado a la mesa intentando escribir, me encuentro en una situación tan estrecha, apretada y desesperada que añoro la delicadeza francesa de Matisse. De ahí la nueva atención a la pintura, los pintores y el ánima. Incluyendo libros de chistes, etc. Cualquier cosa para mantener a raya o domar a ese monstruo, el senex. Toda la tradición advierte sobre Saturno y la melancolía en el erudito y pensador, especialmente a medida que envejecemos.”

Giegerich respondió: «Ojalá pudieras verte desde fuera y ver cuánto encarnas ya esta misma ligereza, tanto en el estilo de tu trabajo (la increíble y encantadora facilidad con la que puedes presentar ideas fundamentales que siempre resultarían muy pesadas si intentara expresarlas) como en tu personalidad». Sin embargo, evitó abordar el consejo de Hillman, tal vez porque no consideraba su visión oscura. «Creo que esto es una proyección», escribió en 2019. «Nunca he estado en peligro de melancolía hasta la fecha, ni siquiera ahora en mi vejez. Saturno/melancolía versus puer es realmente su tema y punto de vista, no el mío… Así que sus advertencias fueron completamente innecesarias».

Por un parte, desde 1987 continuo escribiendo a Hillman entusiastas reseñas sobre su trabajo: «Tu ‘Supremacía Blanca‘. Por un lado, para 1987 [artículo] es de nuevo un ejemplo incomparable de psicología arquetipal en acción y uno se sorprende de cuántos aspectos de nuestra cultura se abren a la comprensión mediante el examen del contenido imaginario de la metáfora del color.» Publicado originalmente en Spring, «Notas sobre la supremacía blanca» sería posteriormente pronunciado por Hillman en una reunión multicultural de hombres en los bosques profundos de Virginia. Y fue la participación de Hillman en tales eventos, a partir de mediados de la década de 1980, lo que particularmente alienó a Giegerich.

Como no había nada similar al movimiento masculino en Europa, y solo escuchaba rumores al respecto, Giegerich «al principio se reservó su juicio. Sin embargo, me sorprendió que un psicólogo de las profundidades de su calibre pudiera unirse a un movimiento popular. Esto me pareció casi una traición al interés en la profundidad y la construcción del alma. Es tan literal e ingenuo, tan simplista pensar que leyendo poesía a una multitud anónima y otras actividades uno podría adentrarse en las profundidades o llegar al alma. Los grupos y las multitudes (independientemente de quiénes y qué puedan ser sus miembros individuales por sí mismos) inevitablemente constelan superficialidad y emociones del ego, ilusiones del ego. En su conferencia de París sobre el amarilleo, declaró que había abandonado la terapia individual a favor (entre otras cosas) de trabajar con los grupos de hombres, declarando que este tipo de trabajo era un movimiento hacia el mundo. No tuve ni tengo ningún problema con su crítica a la terapia individual, al consultorio. Pero qué ilusión creer que al recurrir a tales grupos estaba realmente en contacto con «el mundo». Todo me parecía activismo del ego e ilusiones, y un cambio de la profundidad y el alma al efecto momentáneo». Declarado en 2019, esto también, que ya había sido dicho.

Continuaron teniendo colegas en común. Al igual que Hillman, Giegerich estableció relaciones con destacados junguianos japoneses. Poco después de que Hillman realizara su segunda visita a Japón, Giegerich viajó allí en 1987 por sugerencia de Hillman para participar en el Simposio Zen anual de Kioto y más tarde sería dos veces profesor visitante en la Universidad de Kioto. Pero la tensión entre ambos siguió aumentando. Hillman hizo que Giegerich cambiara el título de una pieza para Spring de 1987 de «Jung, Hegel and the Subjective Universe Once More» a «The Rescue of the World: Jung, Hegel and the Subjective Universe”». Aunque Giegerich «cedió a su deseo… me arrepentí después».

Esto es quizás comprensible, dada la réplica de Hillman en la primavera de 1988 titulada «Hegel, Giegerich y los EE. UU«. Sus diferencias fundamentales surgieron públicamente por primera vez. Hillman encontró «una mancha de Europa en su argumento [de Giegerich]» de que «a menos que tengamos la lógica correcta, el resto no puede suceder», que «la lógica precede a la existencia». Para Hillman, por el contrario, «la infundición del alma se forma y se funda en la imaginación del habla. El habla antes del pensamiento, la retórica antes de la lógica… Siento que la forma en que conocemos el mundo (epistemología) u ordenamos su pensamiento (lógica) es menos significativa y menos erótica que la forma en que disfrutamos, celebramos, nos quejamos y discutimos sobre el mundo». Giegerich, al ensalzar el «literalismo lógico de Hegel… ha construido su propia máquina infernal, y yo lo sacaría de encima con su propia petarda». (Anteriormente en su artículo, Hillman había atenuado esa afirmación escribiendo: «Es un placer competir con Giegerich, ya que es un hombre querido, un noble amigo de toda la vida, y diría que es la mente más brillante y radical entre los analistas junguianos de la actualidad».)

Hacia el final de su argumento, Hillman cambió de rumbo y dirigió su mirada a su propia americanidad mientras se dirigía directamente a Giegerich: «¿Quién en Estados Unidos acierta con la lógica, y mucho menos es el primero? Probablemente por eso somos ingenuos aquí comparados con ustedes en Europa. Todavía estamos tratando de encontrar un camino a través del bosque con la nariz de un perro y las advertencias de una Biblia, en lugar de la lógica de Aristóteles, por no hablar de la de Hegel. (Además, nos encanta el bosque y ser niños en él). Así que, como estadounidense, mi objetivo es afectar la visión. Solo otro evangelista o vendedor, promocionando su producto porque suena como una canción que hace que el tiempo y la tierra donde Anima Mundi… una idea correcta, no porque sea lógicamente sólida, sino porque lo pasamos más hermoso, más fácil de disfrutar, ofreciendo una sensación de comunion entre almas.”

Ahí estaba, en pocas palabras, los dos que nunca podrían encontrarse. La respuesta personal de Giegerich concluyó: «Fue útil tener sus argumentos. Me obligaron a pensar en mi postura con mayor claridad desde un punto de vista que no había tenido explícitamente antes. Y cuanto más lo pienso, más graves son los problemas que están en juego aquí.”

A medida que la década de los ochenta se acercaba a su fin, Giegerich envió a Hillman una crítica de más de 40 páginas de su ensayo «Cosmology for the Soul«, articulando cómo, en su opinión, Hillman se había «vuelto ideológico». Giegerich más tarde vio esto como una «separación de caminos» que era «realmente seria». En ese momento, Hillman pasó diez días escribiendo una respuesta manuscrita, en la que comenzaba: «De nuevo aparece la diferencia cultural, a pesar de mis 35 años en Europa; ahora en esta geografía, en este suelo, ya no siento que el poder del pensamiento sea tan importante. Me resulta difícil tomar lo que dices con la misma gravedad. Hay una diferencia de edad. Soy más perezoso y menos ambicioso. Los fuegos que ahora arden son más por lo estético y sensual que por lo ideacional. Incluso me siento demasiado débil para luchar contigo y/o con estos temas. Deseo que otros lo hagan. Y quiero que otros lo hagan…»

«Últimamente, a menudo me despierto con versos de poesía en lugar de con ideas/pensamientos. Mi estilo se ha vuelto más ‘oral’, en parte por enseñar a los hombres… en parte por ser geográficamente más local, en parte por la rabia deconstruccionista antiacadémica que siento.»

Lo que escribió sobre cosmología era, de hecho, como Giegerich lo había acusado, «una nostalgia romántica completamente alejada de la patología real de la ‘naturaleza muerta’ (no la naturaleza viva)». Su propósito era «contrarrestar el intelecto académico… [con] una motivación para anhelar, para visualizar, para especular… Necesitamos ver, creo que ustedes necesitan ver, que la nostalgia es un estado de ánimo del alma que puede motivar el pensamiento reflexivo, y que sin ánima el pensamiento se vuelve ineficaz, seco, estéril…»

«Creo que he mostrado un camino: El sentido animal. Observa. Aprecia. Oh, saborea y ve. Entra en el mundo como animal. Recuerda, oh humano, oh hombre cartesiano, oh asceta cristiano del desprecio y el desdén, que eres un animal, y, en este recuerdo, verás y encontrarás el mundo animado, vivo, sensible e imaginativo…»

«La tarea humana es leer el texto de la exposición, empatizar, vivir con y dentro de lo dado, celebrarlo, y esta celebración no es solo el éxtasis de la nueva era, sino usar lo que se da como si pidiera ser usado, como si determinara su uso. Esto requiere una relación (Heidegger) entre COSA y PENSAMIENTO. CÓMO PENSAR DE UNA MANERA COSIFICADA (en lugar de un pensamiento abstracto que se aleja de las cosas y luego abusa de ellas).»

En su último día de escribir «esta carta garabateada», Hillman añadió una nota personal: «Por favor, no guarde la sensación de que no disfruté y sienta gratitud hacia usted por ser serio, por ser activo al respecto, y por desafiarme. A medida que envejezco y soy más respetado, ignoro a quienes me desafían y recibo cada vez menos desafíos genuinos».

Giegerich creía que la epístola de Hillman «apenas toca los verdaderos problemas que planteé». Pero al regresar a sus raíces estadounidenses, Hillman se había adentrado en un compromiso mundano que incluía, pero también trascendía, la psicología. Y esto era algo que el estoico alemán que escribiría The Soul´s Logical Life no podía tolerar. Giegerich sintió con dolor que la decisión de Hillman equivalía a una deslealtad a su proyecto original, el proyecto de revisar la psicología. La psicología es solo un campo o disciplina y no tiene un compromiso ideológico propio, ni un mensaje para el mundo, ni un deseo de mejorarlo o rescatarlo. La psicología solo busca una comprensión psicológica de los fenómenos psicológicos. No predica un mensaje. Pero con su énfasis en lo imaginal, en la estética, la cosmología, el rescate del mundo, y con su impulso a su producto, me pareció que un espíritu o necesidad diferente se había instalado en su obra. De repente, había algo así como un mensaje ideológico particular, algo a favor y algo en contra, lo cual, a mi entender, es incompatible con la psicología. Simultáneamente con esta nueva orientación del «mensaje», surgió el interés por llegar a la gente (como en el movimiento masculino o el público), lo que contrasta completamente con sus anteriores elogios tras mi platica en Facing Apocalypse sobre ‘el descuido absoluto (sans souci)’ y negligencia por lo que piensan. Mi necesidad es permanecer fiel al proyecto de re-visionar la psicología, elaborar una noción rigurosa de la psicología y una evaluación psicológica de lo que está sucediendo.

«MATANZAS»

La noción rigurosa de la psicología de Giegerich dio un nuevo giro en el Festival de Psicología Arquetípica de 1992 en Notre Dame, donde ofreció a una audiencia considerable que había venido a honrar a Hillman un ensayo que tituló «Killing–Violence from the Soul: An Essay on the Origin and History of Conciousness» (Véase el capítulo 4). Hillman publicaría el estudio en Spring de 1954 con el subtítulo «El platonismo de la psicología y el eslabón perdido de la realidad», y respondería al mismo en Spring de 1956, dos años después. En el momento en que Giegerich presentó su ensayo, algunos lo experimentaron –incluso hasta cierto punto, el propio Hillman– como si violentara el regreso de la psicología arquetipal a los dioses griegos como imágenes vivas y animadas para la humanidad moderna.

¿Están realmente vivos tales dioses en el mundo actual? La pregunta de Giegerich condujo al motivo del sacrificio de toros a Zeus, un antiguo ritual religioso. (El propio Giegerich nació bajo el signo astrológico de Tauro, representado en el zodíaco por el toro). En aquellos días, escribió, «el golpe y la sangre son ‘hechos’ en un sentido literal, resultados de la propia creación del alma, y ​​dejaron con su efecto impactante una impresión indeleble en el alma, una que otorgó a lo divino una realidad incuestionable. Milenios después de la abolición de los sacrificios sangrientos, la conmoción que había hecho temblar el alma, profundizada y renovada en miles de sacrificios, todavía tiene un eco, que hoy llamamos una experiencia arquetipal o numinosa.»

Sin embargo, ahora, concluyó Giegerich, los dioses eran más abstractos y subjetivos, no «entidades existentes», sino más bien «resultados de la acción del alma». La falacia platónica era reducir la creación del alma a una recepción pasiva de la visión y la imaginación, en lugar de su creación activa original del acto y gesto sacrificial. Giegerich cuestionó si la psicología arquetipal podía realmente conectar a hombres y mujeres con la realidad a través de la imaginación y la intuición con su enfoque imaginal o estético. El alma, en su opinión, era «vida lógica» y, como tal, el alma se autogeneraba, habiéndose «edificado a sí misma mediante innumerables actos incisivos» como el «golpe mortal [que] imprimió la imagen arquetípica específica en el alma nuevamente.»

Unos meses después del Festival, Hillman le escribió a Giegerich: «Me siento fuertemente afectado al responder a sus «Matanzas», especialmente. Su literalismo ontológico’ en Notre Dame me sorprendió tanto–que usted hubiera ‘abandonado’ la percepción psicológica (de lo que me acusa) me sorprendió enormemente … Mientras tanto, mi corazón siempre el pertenecera en amistad.» En la carta, Hillman invitó a Giegerich a visitarlo nuevamente en Connecticut, pero esto no sucedió.

Hillman trabajó mucho y arduamente en su respuesta a «Matanzas», según le escribió a Giegerich a principios de 1994, «necesitaba una respuesta tan contundente como pudiera reunir».42 Cuando apareció en la edición de Spring de ese otoño, Hillman la tituló «One More Into the Fray». Al principio del artículo, señaló que Giegerich, «junto con los videntes oscuros de ideas afines Alfred Ziegler y Adolf Guggenbühl-Craig, ha mantenido viva una visión de la verdad despiadada durante los días de Disney de salud y felicidad para el consumidor». Recordó que el filósofo Ivan Illich quiso «huir del lugar al escuchar el artículo de Giegerich en Dallas» que describía la bomba nuclear como «el único rostro verdadero del Dios vivo hoy».

Giegerich se opuso a la caracterización de Hillman, recordando que en la discusión posterior a su conferencia, Illich comentó «que personalmente estaba terriblemente molesto porque lo que dije despertó problemas que le habían hecho abandonar su anterior existencia como monje». El objetivo de la charla, añade Giegerich, era describir «la historia bíblica del Becerro de Oro como una especie de ‘explosión nuclear’ de la idea misma del Dios, anteriormente mítico, y que estaba en la base de un desarrollo histórico que condujo a nuestra civilización tecnológica moderna (incluida la bomba nuclear)».

En su réplica de 1994, Hillman argumentó: «El objetivo de Giegerich en la esencia y la penetración constante e incansable, como ese conejo Energizer que sigue y sigue y sigue, sin miedo, como un escorpión y alegremente conduciendo hasta el punto final y dejando al lector allí, irredento, excepto por la profunda satisfacción de tener el caso completamente expuesto–esta es su preciada habilidad». Así que en «Matanzas», fiel a su estilo, Hillman esperaba «mostrar que estaba viciado de falacias.»

Hillman continuó durante otras 16 páginas para abordar lo que él consideraba esas falacias. La primera fue la de los modelos históricos, que se deslizó hacia una fantasía teológica de definir a Dios. Como David J. Dalrymple resumió en un capítulo sobre «Restoring Soul» en una tesis para el Seminario Teológico de Chicago: «Zeus puede seguir siendo Zeus incluso sin el toro concreto y el sacrificio. Los dioses pidieron no ser olvidados, por lo que bien pueden ser recordados ‘como hechos psicológicos’. Matar, la lanza, el hacha, el sacrificio pueden entenderse de una manera ‘como si’ o metafórica.»

Una segunda falacia era ontológica, en la que algo se declara real. La tesis de Giegerich, escribió Hillman, no era «necesariamente anterior… más básica, más necesaria o más inclusiva». Dependía de «a qué Dios estás sirviendo». Esto te dirá «en qué fantasía de la realidad habita tu alma y cuál le cuesta más ver a través de una fantasía, porque cree que esta fantasía elegida es realmente real».

Hillman admitió seguir el dictamen de Jung: «La psique crea la realidad todos los días. La única expresión que puedo usar para esta actividad es la fantasía». Añadió que «la experiencia de la muerte no requiere el sacrificio ritual de animales reales porque la imaginación, la metáfora, la abstracción de este acto no es menos un hecho real, a menos que atribuyamos un estatus ontológico primario a los cuchillos y la sangre reales. Él lo hace. Yo no.»

Lo imaginal necesitaba ser entendido tan real como lo lógico. «Los mismos modos que Giegerich encuentra inestables y endebles –los sentidos, la estética, la imaginación, la intuición, la visión, la metáfora– son los modos por los cuales los dioses se presentan48 … Así que finalmente, después de todo este alboroto, acuso a Giegerich–por no poder sentir la realidad de la psicología arquetipal–de una reversión al protestantismo. Para él los hechos contundentes a los que apela como verdaderamente reales son los del mundo científico-secular-económico desmitificado. Por lo tanto, su obra está teñida de ese europeísmo de una cultura que no puede escapar de su anhelo romántico de revertir su historia porque es incapaz de imaginar otro camino hacia los dioses.»

Touché. Y esos dioses, escribió Hillman en su párrafo final, «ofrecen una tierra de realismo mágico para dar hogar a los anhelos trascendentes de este hemisferio, permitiéndonos al mismo tiempo escapar del concretismo de la religiosidad fundamentalmente terrenal de Estados Unidos. La imaginación que enriquecen confirma que este mundo –contra el deseo de Giegerich de un mundo humano–, a pesar de todos sus horrores humanos, es no obstante un milagro constante de grandeza delirante. Nos dan visión. La visión hace que el mundo sea real; la estética lo hace soportable; la retórica lo hace decible; la poiesis, ilusorio; y la rapsodia, ilógico. No Hegel; Whitman. Los dioses son nuestra prosperidad.»

En respuesta, Giegerich escribió «Once More: The Reality/Irreality issue: A Reply to Hillman’s Reply«, de unas veinte páginas, «en el que demostré que sus acusaciones eran insostenibles», pero según Giegerich, Charles Boer (que entonces editaba Spring) se negó a publicarlo.51 Giegerich comenzó expresando su sorpresa de que «sus objeciones estén en la línea de los mismos viejos gritos de batalla con los que la psicología arquetipal en sus inicios se distinguía de los patrones de pensamiento más convencionales de la psicología junguiana: literalismo, fundamentalismo, visión monoteísta, falacia ontológica, activismo del ego, etc. Estas falacias son el material de la escuela primaria de la psicología arquetipal».

Giegerich estuvo de acuerdo con Hillman en que los dioses son inmortales: «Pero considero que ‘inmortal’ es un atributo imaginario de los dioses y no un hecho literal, así como no creo que dos personas que se prometen amor eterno estén excluidas de la posibilidad de divorciarse un año después, o que se las exponga como mentirosas si se separan… ¿Por qué me acusa de ‘pensamiento monoteísta’, a pesar de que es mi propia opinión ¿Que cada momento diferente de la historia tiene sus propios y diferentes dioses, verdades y modos de ser en el mundo?»

Giegerich dijo que estaba «perfectamente de acuerdo con la idea de Jung de la fantasía creadora de mundos.» Pero los «hechos duros» que Hillman lo acusó de exigir «son obviamente hechos positivistas que aborrezco». El acto sacrificial del que hablaba Giegerich era más bien «la cuestión de cómo debe entenderse esta actividad de la fantasía o de qué manera ocurre. El acto de sacrificio, si se ve desde dentro, contiene en sí mismo, o más bien es, un rico mundo de vida imaginal (o mejor, lógica). Cuando Hillman dice que ‘sin esa visión que percibe los mitos en los actos, el sacrificio no es más que un desastre sangriento’, pregunto: ¿Por qué no ve que lo que estoy haciendo es precisamente percibir y describir el mito en el acto sacrificial? ¿Y por qué insiste en reducir el acto sacrificial a la condición de un factor positivista, a la condición de una mera herramienta para recordar a los dioses?»

Giegerich continuó más adelante en el ensayo: «¡Y qué arrogancia pensar siquiera que podríamos derribar al dios dominante, especialmente cuando este dios es un dios tan verdaderamente universal, omnipresente y omnipotente como La Economía! Hillman decide que La Economía es el dios equivocado y privilegia a los dioses griegos, que ‘sobreviven solo mediante el ejercicio de una imaginación (libre)».

Y, sin embargo, al concluir su respuesta, a Giegerich le resultó obvio «que las acusaciones que Hillman había levantado contra mí en un aspecto, yo se las devolvía en otro. Esto demuestra dos cosas, creo. En primer lugar, demuestra lo asombrosamente cercanos que son nuestros respectivos puntos de vista y estilos de pensamiento, porque ambos trabajamos con las mismas categorías y tenemos las mismas preocupaciones. Y en segundo lugar, demuestra que hay una diferencia real, fundamental, porque cada uno ubica o vincula sus preocupaciones, por así decirlo, de forma cruzada, siempre allí donde el otro no las ubica».

Hillman le respondió a Giegerich: «Entiendo que puede que aquí y allá haya malinterpretado sus puntos (incluso deliberadamente muchos de mis puntos, como hago a menudo), pero creo que mis puntos dan en el blanco con respecto a su argumento principal. Todavía hay algo demasiado literal en ello.»

Así terminó lo que se había convertido en el mayor debate de la psicología arquetipal.

PALABRAS FINALES

Si hay una lección de vida que se puede extraer de su polémica relación intelectual, es que ambos hombres siguieron siendo amigos y admiradores del trabajo del otro. Hasta el final, se elevaron por encima de lo que podría haberse descartado como una disputa egoísta, manteniendo la integridad de sus propias ideas mientras permanecían abiertos a las del otro.

Después de leer el ensayo de Giegerich sobre los junguianos y la eficiencia [un tema que Hillman había abordado en su último libro, Kinds of Power]–publicado en el Journal of the German Society–Hillman le escribió (julio de 1995): «Así que simplemente quiero saludarte y agradecerte por seguir rompiendo una lanza por la causa correcta. Lo que dices debe decirse, aunque no sea escuchado. Debemos reconocer que la mayoría de nuestros colegas, si no todos, son simplemente burócratas [sic] con el encubrimiento religioso de ‘hacer el bien’. No están ni estuvieron nunca realmente preocupados por la sociedad y menos aún por el pensamiento. El poder de pensamiento de Jung y lo que requiere de sus sucesores. Parecen no sentir ninguna obligación de seguir pensando, solo de ‘aplicar’ o implementar (‘practicar’).»

Pasaron algunos años, durante los cuales su correspondencia disminuyó. Pero en 1998, Giegerich publicó el primero de sus 14 libros en inglés, titulado The Soul’s Logical Life. En él, atribuyó a Hillman el mérito de devolver los fenómenos del alma al campo de la psicología, pero añadió: «Un análisis crítico muestra que una psicología basada en la imaginación no puede superar verdaderamente el prejuicio positivista y personalista que se propuso superar». Hillman le escribió: «Mientras estaba en Inglaterra, tuve la oportunidad de leer partes de su libro. Es una magnífica obra de pensamiento. Muy importante por su claridad de visión y su ejecución. La caza incesante y la matanza transmiten la lógica con entusiasmo. Espero de alguna manera reunir a un pequeño grupo de mentes interesadas para trabajar en ello durante unos días… Nuestras diferencias (las suyas y las mías) son menores en comparación con Die Sache [lo principal]». (Hillman reunió a varios colegas para discutir el libro–Stan Marlan, quien luego escribiría varias críticas académicas del pensamiento de Giegerich, Michael Vannoy Adams y David Miller

Al comenzar el nuevo milenio, Hillman le escribió a Giegerich que «su trabajo es extraordinario y no cae en oídos sordos», y le pidió para Spring «un ensayo sobre la Verdad, el Tiempo y su relación».55 No parece que la solicitud haya recibido respuesta. Pero a finales del verano de 2004, Hillman volvió a plantear el tema, diciendo: «Intento seguir sus escritos, incluso cuando no estamos de acuerdo, aunque avanzamos en caminos paralelos de revisión/replanteamiento. Creo que hay un historicismo en su pensamiento, una visión progresista del tiempo, de que algunas cosas son ‘de hoy’ y otras ‘pasadas de moda’, así que me pregunto dónde entra lo atemporal; si es que entra. ¿Y también el ‘momento’ liberado de cualquier escala de tiempo? Así como de la geografía».

Esto condujo a sus últimos y más largos intercambios de cartas, que se intensificaron a medida que se acercaba el final del invierno y continuaron hasta el año siguiente. Para Hillman, acercándose a su 80º cumpleaños, parecía una especie de viaje intelectual que honraba el tiempo. En su respuesta inicial a las preguntas de Hillman, Giegerich afirmó: «No creo que el problema sea si lo atemporal entra en mi esquema, ni cómo. No, creo que el problema es si la visión que uno tiene de lo atemporal sigue siendo una abstracción o se vuelve concreta: lo atemporal aparece, creo, solo en el tiempo histórico. Sin embargo, Sófocles, la Biblia, Dante son documentos atemporales del alma y, sin embargo, al mismo tiempo, documentos eminentemente históricos del alma.»

A partir de ahí, un intercambio de cartas y faxes entre Giegerich y Hillman se centró en los temas históricamente limitados y atemporales del mito y la ciencia. «La ciencia no es un mito», declaró Giegerich, 58 Hillman continuó agitando las ideas. «La ciencia no solo trata sobre… ese es su principal disfraz. También es una revelación de cómo son las cosas, y también lo es el mito. Además, tanto el mito como la ciencia están abiertos a narraciones de cómo son las cosas y a Presentaciones contradictorias dentro de cada una de sus áreas/discursos de cómo son las cosas. La ciencia está menos personificada; el mito es menos matemático, por lo que sus lenguajes difieren al presentar sus formas simbólicas.»

GIEGERICH: «Nuestras premisas son muy diferentes. Para mí, el contraste entre ciencia y mito no se puede discutir en términos ontológicos. Su diferencia radical es psicológica, lógica, la de la relación con el mundo fundamentalmente diferente, la postura, que expresan respectivamente.»

HILLMAN: «No veo la ciencia exactamente como usted parece. Las ciencias siempre están tratando de lograr una teoría de campo unificada que pueda reunir todos los diferentes tipos de fenómenos en un solo universo. Ahora bien, ¿no son estos métodos (caminos) también narrativas? ¿No indican una variedad de patrones de aproximación y revelación de los fenómenos? Si es así, ¿podríamos entonces admitir que las ciencias expresan o adoptan uno u otro mito, y que el intento de unidad en una teoría general es también un impulso arquetipal.»

GIEGERICH: «Lo que usted llama el intento de unificar es una necesidad inherente de la ciencia… Es simplemente la lógica de la ciencia. Es como la perspectiva central en la pintura: hay un punto de fuga, y es por eso que la naturaleza necesariamente tiene que desaparecer cada vez más cuanto más domina la ciencia, porque de eso se trata la ciencia. Y, a la inversa, es por eso que no puede haber una ciencia objetiva del alma o de la vida.»

HILLMAN: «La ciencia se convierte entonces en una voluntad de poder, una arrogancia humanista un robo prometeico. En este sentido, la ciencia, en su tecnología y objetividad, tiene su propia ‘teoría del campo unificado’, que es un impulso mítico/arquetípico, la narrativa (no literalmente) de Prometeo.»

GIEGERICH: «No puedo ver en el impulso científico de dominar la naturaleza un ego o un impulso humano. La ciencia, en el fondo tecnológica para mí no implica un deseo humano de control práctico (utilitario) de la naturaleza. Para mí es una necesidad lógica del ‘alma’.»

Los extractos anteriores, por supuesto, no hacen justicia a estas extensas y brillantes cartas. Pero hacia el final de sus intercambios, Hillman se centra en el panorama general de su trabajo y el de su colega. «Mis lecturas de su obra (tan ligada al tiempo como literal-histórica) condenan el mundo de la vida moderna como completamente caído. Esto para usted parece incontrovertiblemente real y su actitud ‘realista’, de modo que mi trabajo con mitos (antiguos de otro tiempo literal) es anacrónico y completamente irreal. Por lo tanto, sentimental, romántico, escapista. Porque lo real es ‘el horror, el horror’ de la modernidad

«Ahora bien, tiendo a seguir siendo un estadounidense, una niebla y un neoplatónico, todo en uno. Sigo el ejemplo del ta’wil de Corbin para devolver algo a su origen y la epístrofe neoplatónica: todas las cosas ‘desean’ volver a los orígenes, o a los primeros principios, o en el sentido de Vico, al mítico primordial. Por lo tanto, los movimientos que hago son ‘redentores’, intentando (como lo hace Sardello) encontrar un ‘mito’ en el desorden. No niego el desorden. Pero no lo declaro maniqueamente irremediable. La patología es donde reside el alma, como Jung vuelve a enfatizar (incluso usando imágenes cristianas del niño nacido en el establo y la piedra que rechazaron los constructores para afirmar la visión ‘terapéutica’…»

«Así que lo mítico no está condicionado históricamente, sino que es una vía ahistórica para evocar, amanéusis, la memoria de la posibilidad arquetipal, y que tiene un efecto beneficioso ‘tónico’, como puede hacerlo el arte, la belleza, especialmente la música. Es una psicología de la evocación, tal vez de la invocación. Mientras que creo que la tuya es una psicología de la verdad y del establecimiento de la verdad…»

«PD: para añadir brevemente. La imagen del camino solitario indica que veo tu trabajo como un methodos (el método del animus, del logos de la lógica o el pensamiento), y el mío también es una ‘forma’ de aproximación: los seguidores intentan usar el método para establecer verdades (Artemisa es la diosa en el movimiento ecologista, Apolo gobierna las ciencias, etc)…»

 «Nuestros métodos están constantemente deshaciendo o, en lenguaje contemporáneo, deconstruyendo (subordinando).»

Y en una posdata manuscrita: «Ambos intentamos mantener la psique en movimiento–¿o me equivoco?

Giegerich estaba «sorprendido» de que Hillman pudiera atribuirle a su «condenación del mundo de la vida moderna como completamente caído… El mundo es simplemente el mundo. Es, y siempre, en todo momento, ha sido como es… La miseria y la felicidad son los dos polos entre los que se mueve la existencia humana». Tampoco veía su trabajo de la manera literal que Hillman lo hacía.

Pero se amaban de todos modos. Al final de su correspondencia, Hillman describió cómo y por qué su psicología «retrocedió»–al igual que arquitectos, religiosos y artistas como Picasso, Rothko y Joyce. «Este retroceso no es literal hacia la historia, ni con el fin de avanzar hacia el futuro. Es una ‘epístrofe’, tal como yo la entiendo, una fantasía de edad de oro, de paraíso, de fons et origo [la fuente y el origen de algo], en busca de ayuda, apoyo, inspiración, belleza, modelo, profundidad, semilla, don, chispa; algo más que el cegamiento de la lucha de las diez mil cosas del aquí y ahora, donde siempre vemos a través de un cristal oscuro. El paso atrás es como el ‘reflejo’ que Jung explica etimológicamente, como una inclinación hacia atrás y alejarse de…»

«Es ganar otro punto de apoyo, una perspectiva diferente, y estar en contacto con los otros fantasmales que están en tu línea (los maestros y profesores como Heráclito o Vico, en mi caso). Es un paso hacia los ancestros, una evocación, para que el trabajo pueda continuar evocando, ¡y al servicio de los ancestros! Memoria.

«Estoy hablando aquí de mi ‘lebensphilosophie’, que me has dado la oportunidad de intentar formular.»

AMIGOS A PESAR DE TODO

En el período inmediatamente posterior a la muerte de Hillman en 2011, Giegerich citaría varios recuerdos entrañables en una extensa «Evaluación» de su mentor original. «Su animal favorito, me dijó una vez, era la jirafa. Permítanme usar esto como imagen: así como la jirafa se encuentra en el mismo terreno que todos los demás animales de la sabana, pero sin embargo alcanza reacciones superiores que son inaccesibles para todos los demás, la aparición de ‘Hillman’ en la escena de la Psicología Analítica supuso una especie de avance hacia una nueva dimensión.

En otra ocasión, caminando juntos por las calles de San Francisco durante un Congreso de la Asociación Internacional de Psicología Analítica, Giegerich recordó «su audaz uso de una gorra con la inscripción: ‘¡Soy un pagano renacido!'»

En otro momento, «en una época en la que los ‘grafitis’ aún eran desconocidos en Europa, apareció de repente en Zúrich alguien que pronto se conoció como el ‘grafiti de Zúrich’. En una reacción espontánea, Hillman, con su inclinación marcial, algo juvenil y antiautoritaria, encontró esto genial, porque el pulverizador ‘ponía rostro’ a paredes desnudas y vacías. Para mí, esta fue una respuesta muy reveladora, porque es antifenomenológica: poner algo sobre una superficie vacía para darle un rostro, en lugar de dejar que los fenómenos muestren su rostro o no rostro real; en este caso: dejar que hablen precisamente el vacío y la esterilidad de un muro de hormigón.»

Luego, en el Simposio Internacional de Psicología Arquetípica organizado por el Pacifica Graduate Institute en 2000, «quería que la mesa redonda se presentara como si sus miembros estuvieran sentados en un café europeo charlando entre ellos. Esto sugiere que quería que los participantes de la mesa redonda, mientras discutían para resolver ciertos problemas frente a una audiencia, al mismo tiempo actuaran como si no estuvieran tratando de hacerlo en absoluto, sino que estuvieran sentados relajados alrededor de una mesa de café, (imaginariamente) tomando su café e intercambiando ideas casualmente. De alguna manera, como actores en el escenario, y sin embargo, al mismo tiempo, no con cada participante diciendo, como en un teatro real, su parte memorizada, sino más bien participando en una discusión espontánea. En cierto modo, este tipo de mesa redonda se suponía que era una simulación de las maravillosas y memorables reuniones nocturnas de la multitud de Hillman durante las conferencias de Eranos en uno u otro café real en la acera del paseo marítimo de Ascona… El elemento de espectáculo y exhibición también ya que la forma casual era importante para Hillman.»

Giegerich, quien nunca fue un showman, podía, sin embargo, «detener el espectáculo», como lo hizo con sus charlas en la conferencia «Facing Apocalypse» y una década más tarde en el Festival de Psicología Arquetipal. Hillman consideraba el «estilo de ataque» de Giegerich como imaginativo. Escribió en 2008: «Imagínense que usa una espátula, papel de lija, pinceles rígidos y trazos negros, duros y gruesos para delinear las diferencias, para romper las convenciones. Piensen en los primeros Stravinsky, Shostakovich. La agresividad puede ser una necesidad retórica, por lo que sus devastaciones de Freud y Jung, o de mí, no deben tomarse como literalmente desagradables a nivel personal».

Como Ginette Paris señaló una vez, en el léxico de la psicología profunda, la obra de Hillman «representa y se apasiona por el anima, de forma muy similar a como Wolfgang procede deliberada, brillante, despiadada y exhaustivamente desde y con el animus».

Hillman expresó, en sus últimas palabras sobre su relación, que él mismo había «fallado en honrar la amistad con una respuesta seria a sus extraordinarios esfuerzos. Dos barreras se interponían en el camino. Sentí que era demasiado esfuerzo hacerle justicia: reunir argumentos, releer sus textos antiguos y mantenerme al día con los más nuevos, explicar mis palabras e intenciones. Cualquier respuesta que hiciera nos dejaría donde estamos: amigos que divergen».

Ante eso, Giegerich se ofendió por completo. ¿No honrar la amistad? «¡Qué decepción!», exclamó en 2019. «Para mí, no se trata en absoluto de una relación personal entre él y yo. En mi opinión, no honró las necesidades de la psicología, ¡los verdaderos problemas que estaban en juego! Ellos (no yo) necesitaban su respuesta, una aclaración en el sentido de refutación, resolución o aceptación. Es más fácil vivir con el sentimiento de ‘no honrar la amistad’ que con el de no enfrentar desafíos teóricos esenciales y contraargumentos serios.»

Después de todo, tenían estilos de vida muy diferentes. Giegerich, casado con la misma mujer durante más de cincuenta años y sin hijos. Hillman, casado tres veces, y con cuatro hijos (de la misma esposa). Giegerich, una figura atada, algo así como un lobo solitario e introvertido. Hillman, un buscador de amistades de estilo comunitario con colegas mayores y seguidores más jóvenes.

Al final, fue al Hillman inicial a quien Giegerich elogió, el que en Re-Visioning Psychology hizo avanzar el campo «a un nivel fundamentalmente superior de reflexión sobre el anima mundi, una psicología del compromiso». Giegerich finalmente rechazó la «psicología con dioses» de Hillman (y con ‘ángeles’, ‘daimones’ y ‘presencias’) (que es tan ilegítima como lo sería la física moderna si se hubiera constituido axiomáticamente, por ejemplo, como una ‘física con espíritus de la naturaleza’)

Sin embargo, Giegerich lo recordaría «con profunda gratitud, feliz de que nuestra amistad personal y respeto mutuo continuaran todo el tiempo, espero y creo que también de su lado, a pesar del dolor que mis críticas mordaces probablemente le causaron».

Varios meses antes de morir, Hillman no mencionó ningún dolor por las críticas mordaces cuando se le preguntó sobre Giegerich. Sí abordó de nuevo por qué no había seguido asumiendo esos «desafíos teóricos esenciales» de su viejo amigo y rival. «Siento que puse una gran cantidad de energía inútil en intentar argumentar en contra de Giegerich en mi mente», dijo Hillman. «Hasta que me di cuenta, a la psique no le interesa la discusión, no le interesa quién tiene razón y quién no, ni quién ha ido más lejos que la otra persona. Nada de eso tiene importancia realmente, aunque la siguiente generación [de junguianos] intenta encasillarnos en la discusión. Tenemos una buena relación emocional».

Había algo más en su compromiso que iba más allá de Giegerich y tocaba el trabajo de un amigo aún más cercano, Ed Casey. Hillman dijo: «Es importante porque la psicología en sí misma, a medida que ha crecido a través de los años, es más una psicología filosófica que una psicología experimental o una psicología terapéutica, en el sentido de que la filosofía de Sócrates era una terapia.»

Casey vio el hecho de que Giegerich «viviera en desacuerdo con Jim en un diálogo muy conflictivo, pero creo que productivo», como otro ejemplo del tipo de chispas que surgen al alejarse de cualquier supuesto centro. Debido a que Jim es un policentrista radical, lo que hace fomenta este pensamiento descentrado, fragmentado y fraccional. Es muy coherente, de hecho, con sus propios procedimientos, su propia forma de pensar. Pero luego asume esta comprensión personal e institucional. Quiero decir que ni siquiera lo intenta, ni siquiera lo desea. Simplemente sucede.»