Ontología de la Intemperie

Logos del alma

… no hay un plan maestro para la vida, ni un orden divino en el que cada cosa y cada acontecimiento tengan su lugar ordenado. No, lo que ocurre es contingente. Y así estoy expuesto a las vicisitudes de la vida. W. Giegerich

La conciencia, aún estremecida por el eco de los antiguos mitos y rituales, descubre que el suelo que creyó firme era apenas la forma pasajera de una materia que nunca dejó de desplazarse. La realidad ya no se ofrece como un territorio estable, es una superficie que se forma y se disuelve al ritmo de fuerzas que no responden a ningún telos fuera de sí mismas. Venir al mundo significa perder para siempre la ilusión de un fondo estable, aceptar que todo lo que se sostiene es una configuración momentánea de tensiones que no prometen continuidad. No existe un orden definitivo, solo la persistencia muda del cambio y la apariencia breve de una identidad que pronto habrá de desvanecerse.

Nacer al alma implica una renuncia radical al sentido superior y la terrible exposición a la parcela irreductible de la vida del individuo. Nada se organiza para acoger al sujeto; nada responde a un diseño oculto que guarde lecciones secretas y útiles. Los acontecimientos ocurren sin convocación, sin mensaje, sin destinatario. El sentido, cuando aparece, no es más que el espejismo que surge del contacto fortuito entre elementos sin intención. Es una ilusión. Nada se dirige al hombre. Nada lo interpreta. Y, sin embargo, la psique reconoce en esta falta de finalidad una forma particular de existencia, pues lo que ocurre no tenía por qué ocurrir, pero sucede, y su irrupción sin motivo revela la hondura de su contingencia.

Hubo una época en que la intemperie pertenecía al exterior. La noche, los bosques, los ríos eran el rostro desnudo del mundo; allí respiraban las potencias que el cuerpo no podía nombrar, y la casa (frágil, pequeña, sostenida apenas por el resguardo del pueblo) era una defensa mínima contra lo desconocido. Cuando el mito se resquebraja, la dirección se invierte. La oscuridad deja de rodear al sujeto y comienza a habitarlo. El horror ya no se encuentra en la espesura del mundo, yace en la profundidad de sus propias imágenes, en la trama de fuerzas psíquicas que lo desgarran desde dentro. La intemperie, antes paisaje, se vuelve interioridad. Ya no existe un refugio al cual retirarse, la apertura es ahora la condición primordial del alma.

Las ciudades modernas, con sus ritmos calculados y su arquitectura de control, no son más que figuras desesperadas contra la aspereza del universo. Sus torres y sus calles no reposan sobre cimientos sólidos; emergen de un tejido atravesado por fuerzas simultáneas que rara vez revelan su movimiento. Un semáforo detenido, el ruido ensordecedor de los autos, una variación abrupta en el sistema económico; son vectores sin finalidad que atraviesan la vida con la indiferencia de un fenómeno natural. La urbe, pretendido refugio, multiplica la contingencia y la acelera. La “jungla de asfalto”, como ha sido llamada, es el nombre contradictorio de un intento fallido de protección que solo delata la imposibilidad de todo resguardo.

La seguridad imaginada por el pensamiento es un espejismo estadístico. La psique, incluso cuando busca negarlo, percibe que su suelo se desplaza. Los vínculos, las intenciones, los hábitos, nada está anclado. La vida lógica, incluso en su apariencia de orden, se modifica imprevisiblemente. Esta inestabilidad es la evidencia de su verdad anímica. Estar ante el fenómeno exige ingresar en esta precariedad sin esperar que sea distinta. En realidad no se puede oponer resistencia ante el universo caótico, ni es posible conquistar una estabilidad improbable. Existir es permanecer en la ferocidad de lo efímero sin la esperanza de un mundo distinto o adecuado a los deseos vanos de lo humano, demasiado humano.

La desnudez y fragilidad son la forma primaria en que el ser se muestra cuando ya no hay un relato que lo proteja, son su estructura más intima. Sin el resguardo de un sentido superior, sin la ficción de una continuidad garantizada, el sujeto se percibe expuesto a la intemperie de los acontecimientos. Cada hecho cae sobre él sin mediación, como un golpe sin dirección. No hay amparo posible, solo esta desolación que revela el carácter incierto de todo lo que vive. La vulnerabilidad es la condición prístina que requiere ser sostenida sin transformarla en metáfora reparadora. La desgracia del ser humano proviene de no poder soportar su irrelevancia.

El hombre, una cosa pequeña, sin importancia, no tiene esplendor particular, solo el reflejo de una luz trascendente que no le pertenece, nada lo acoge ni lo espera. La vida carece de intención, su curso es indolente; no traiciona porque no debe fidelidad a nadie. La desesperanza es una forma de esta verdad, la claridad que aparece cuando se abandona la expectativa de un orden protector. Bajo esa luz, el sujeto comprende que vivir es quedar expuesto a un movimiento que no reconoce su presencia y que podría borrarlo sin dejar rastro. Y, sin embargo, esta ausencia de privilegio lo enfrenta con la verdad elemental del ser: la contingencia no oculta una dirección, es el propósito en sí.

Abandonar la inocencia teleológica significa contemplar cómo las formas que se aman subsisten solo mientras la positividad que las conforma no las extingue. Nada garantiza la continuidad de las instituciones, ni de los afectos, ni de los nombres. Lo que hoy tiene figura mañana puede disolverse sin dejar rastro. En esta sobriedad, la responsabilidad hacia uno mismo adquiere otro espesor: no es moral, no es mandato, no es salvación. Es el reconocimiento de una fragilidad que se afirma a pesar de sí misma. Construir (un espacio interior, una relación, una palabra que resuene) es aceptar la finitud de su duración y, aun así, sostenerla mientras dure, sin promesa de permanencia.

No hay un horizonte donde el movimiento concluya. Ni una base absoluta ni un desenlace que otorgue reposo. La vida no progresa hacia estabilidad alguna, ella es la oscilación misma, la mutación que no cesa. La ciudad, el cuerpo, la memoria participan de este mismo ritmo incesante. Y, pese a ello, allí donde la materia transcurre, algo insiste en tomar forma, una figura silenciosa que se abre paso entre lo inestable, un gesto que se afirma sin esperar perpetuidad. Una respiración que ilumina un instante antes de extinguirse. Es la intemperie que se cuela en las orillas de toda certeza.

Y en esta forma provisoria, que apenas perdura, la intemperie vuelve a mostrarse completa. Como el estado natural de impermanencia de todo lo que existe. La vida es una exposición continua a la apertura de una existencia que se cuela por el mínimo resquicio de experiencia. Lo único que permanece es ese impulso oscuro que, aun sabiendo su disolución asegurada, insiste en dibujar un contorno en el vacío, un intervalo de forma en medio del cambio. Una breve afirmación que nace, respira y cae, sin sentido y sin razón, como la huella anímica de un ser que nunca dejó de permanecer en lo salvaje.