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Logos del alma

La emergencia del home office y de las clases virtuales hicieron evidente que la vida moderna gira en torno a la producción digital y a la lógica de las redes sociales. Ello sucedía desde hace décadas, en una lenta imposición de aparatos y de medios de comunicación cada vez más apremiantes e ineludibles. El internet y los teléfonos inteligentes se han convertido desde entonces en una segunda psique, que comparte varios rasgos con aquello que los psicoanalistas llamaron “el inconsciente”.

Una gran parte de las personas están constantemente siendo azuzadas por el tábano de las notificaciones de sus teléfonos, como siguiendo el destino de la desdichada Io. Correos electrónicos, mensajes de las redes sociales, publicidad, spam, todo ello es un recordatorio constante de la hiperconectividad que caracteriza a los tiempos presentes. Cada apremio debe ser atendido, no se puede dejar ningún mensaje por leer y, no obstante, es imposible dar cabida a la gran miríada de estímulos siempre constantes.

Los teléfonos inteligentes no están hechos para dormir, permanecen despiertos hasta altas horas de la noche, al igual que sus usuarios, en la búsqueda continua de nuevos estímulos en forma de videos cortos, de noticias impactantes y de imágenes excitantes. Se pierde entonces el espacio entre el sujeto y el deseo, porque todo debe ser inmediato, acelerado y atractivo, por ello el lujo de cerrar los ojos es ya un imposible.

En la novela Océano Mar, de Alessandro Baricco, uno de los niños de la posada donde transcurre parte de la historia le explica al hombre de ciencia Bartleboom que los barcos son los ojos del mar y que cuando zozobran es signo de que se han cerrado esos ojos en particular. Pero los cientos de barcos son insignificantes ante los millones de aparatos electrónicos que tienen la mirada fija hacia los sujetos de rendimiento. Nuevamente, como Io, el ser humano es vigilado por un Argos digital que nunca cesa de observar.

¿Pero que mira ese Gran Hermano informático? Hace casi veinte años Giegerich advertía sobre la omnipresencia de la televisión y de la lógica que representaba, justo antes de que la televisión como forma de ser-en el-mundo cediera su potestad a la World Wide Web. Durante el tiempo de la televisión ésta, aunque parecía que era mirada, realmente era un ojo vigilante de los deseos de las personas, hasta el punto de que pronto los individuos ya no sabían desear sino era a través del aparato técnico. He ahí la función de publicidad, despojar a la realidad de su sustancia, volverla datos donde no haya una presencia sensual que separe a la imagen de su cumplimiento. No obstante, ese ojo ubicuo solo se ve a sí mismo llevando a cabo su tarea lógica.

Se cree, de forma ilusoria, que el instrumento técnico es susceptible a las necesidades del sujeto y que es éste quien decide el uso de la tecnología, entonces si quisiera utilizarlo adecuadamente el problema del impacto de tal aparato en el mundo podría ser resuelto. Sin embargo, la tecnología es un discurso autónomo que crea su propio contexto, en él la persona experimenta la libertad ingenua de suponer que ha creado la realidad; en cambio, y sin darse cuenta, el hombre vive atado, irremediablemente, a la lógica de la maquina.

En tiempos pretéritos, el telever, como también lo indico Sartori, no era la acción del ser humano frente a la máquina, sino la indicación de que la máquina era la sintaxis de l forma de ser-en-el-mundo. La televisión era el medio del hombre, su caverna platónica, solo que en esa caverna la verdad no estaba afuera, sino que el mismo encierro era la verdad del momento presente.

Con el internet y la redes sociales se ha prolongado tal encierro y no hay forma de escapar de ello. Aun quienes no tienen computadora o servicio de internet son afectados por su discurso perpetuo. Como es evidente, somos impelidos por la lógica de una realidad moldeada por el mundo digital. Nos hemos vuelto adictos a las redes y aunque no las usemos ellas son un dios al que se le adora indefectiblemente. Inclusive, se podría decir, parafraseando a Giegerich, que realmente son las redes el sujeto y el hombre es el verdadero aparato técnico.

Contra lo que pudiera decir el sentido común la internet aprende de nosotros y al mismo tiempo nos moldea. En consecuencia, es muy posible que solo seamos datos, entretenimiento, mera información al servicio de un proceso logizizador que tiene como fin la realización de una encarnación sutil del alma. Es esta destitución de la realidad la que determina el curso de la invención y de la cultura, es su mirada la que nunca se apaga y su pensamiento, que es imperturbable, siempre piensa en sí mismo.

No deberíamos guardar mucha esperanza, pues la información no es otra cosa más que los residuos que atestiguan el movimiento de las ideas, el devenir lógico de la consciencia. Como solo datos, el hombre, entonces, es el recuerdo de un momento que acaso ya ha sucumbido a la dialéctica inherente en la artificialidad, de una inteligencia que desde el inicio ha sido una senda productiva en el que sus invenciones de carne y hueso ya han cumplido su propósito y pueden ser guardadas, al fin, en la memoria de los tiempos.

Sobre educación y tecnología

Ensayos

Cuando comúnmente se habla de tecnología, en el ámbito de la educación, surge la imagen de las computadoras personales, de los recursos técnicos elaborados como: pantallas inteligentes, teléfonos de última gama o del software más preciso para las tareas de la educación del siglo XXI. La imagen común de la tecnología transita por la misma senda de ese otro gran mito de la modernidad que es el progreso, se piensa que a mayor alcance de los medios técnicos más avanzados habrá también una evolución comparable en los ámbitos educativos. Durante los últimos años se ha asistido, incluso, al anuncio constante del internet gratuito y a la publicidad de empresas y gobiernos al dotar de equipos de computo a los más vulnerables. Sin embargo, una frase popular en los ámbitos digitales dicta que “cuando el servicio es gratis, el producto eres tu”, lo cual debería poner en cuestión la bondad de los recursos tecnológicos que se han desplegado durante esta etapa singular.

Por su definición habitual la palabra técnica se entiende como una serie de protocolos destinados a la consecución de un objetivo práctico, su tarea es teleológica, son los fines los que importan. Así, se puede decir que gran parte del trabajo de los centros educativos está dirigido por un objetivo técnico, la implantación de la reforma educativa en turno y la toma de evidencias de tal acción, lo demás es el trabajo de los actores educativos por mostrar que ésta se aplica y que funciona, ello a través de la recolección y presentación de datos e información muchas veces vacíos.

Byung-Chul Han nota, que una característica importante de esta época es la mutación de los sistemas de cosas en formas libres de información, las no-cosas, aquellas formas sublimes de los objetos técnicos, tangibles y visibles, en meros datos abstractos que, sin embargo, son cada vez más dominantes. La evolución de los objetos muestra una situación desfavorable para el ser humano, mientras en épocas previas a la revolución industrial el objeto es común con la identidad de la persona y forma parte de ella, en la revolución industrial los objetos se multiplican y la identidades, antes fijas, se dividen en identidades móviles; hoy surge una nueva época donde los objetos se vuelven sutiles, al igual que la identidad, ésta se esfuma y se vive a guisa de información, lo que es posible observar claramente en la vida de los jóvenes que transcurre en la redes sociales y que con el paso del tiempo parece destinada a convertirse en mera virtualidad.

Se ha dicho, de manera descuidada, que los objetos técnicos no determinan el uso que se les destina, que son inermes al destino que el sujeto les presenta, se les puede utilizar para acciones terribles o constructivas. Este parecer surge de la atribución sin base que tiene el sujeto moderno sobre su propia naturaleza, pero aquí es donde la palabra tecnología adquiere relevancia. Cuando Aristóteles caracteriza al ser humano como un animal racional lo decía como: “zoon lógon échos”, es decir, el ser vivo capaz de discurso. El diálogo es el atributo humano que lo diferencia de los demás animales, pero el diálogo debe entenderse como la capacidad de construir narrativas que permitan estructurar realidades comunes, se puede decir de esta forma: el hombre es el ser vivo que contribuye a construir la realidad mediante el diálogo, esto de forma consensuada, de ahí la otra definición aristotélica del hombre como “zoon politikón”. Mientras el animal encuentra su realidad como algo dado y él es determinado por está, el ser humano construye su relación con el mundo en el diálogo común. Por ejemplo, en la cosmovisión ptolemaica el universo es un conjunto de esferas cerradas donde la tierra es el centro de la creación y está vuelta sobre sí misma, la técnica, por lo tanto, está supeditada a este logos, no así cuando las esferas celestiales se rompen en la nueva visión copernicana, es entonces que la técnica por fin puede abrirse paso y descubrir nuevos mundos, un universo abierto, con ello comienza una nueva etapa de la historia humana: la caída de la monarquía, el inicio de la globalización, la revolución industrial y el capitalismo. Todo ello no surge de la nada, sino que es parte del nuevo logos que se va construyendo en el diálogo constante que la consciencia tiene con su realidad.

La tecnología es, entonces, el diálogo en el que está inscrita la técnica y ese discurso no es un monólogo humano, es decir, no es una invención pura del sujeto sino una relación en donde las personas se inscriben y que se expresa también en la técnica. El logos de la técnica, la tecnología, por lo tanto, determina el mundo.

Por todo ello la labor de los docentes no solo debe estar dirigida a la implementación y el dominio de las nuevas tecnologías al ámbito educativo, como si ellas fueran la panacea para el rezago educativo y bastará con agregarlas a las aulas para ofrecer una mejor educación. Esta situación implica un abordaje compulsivo, es decir, inconsciente de la labor docente, pues no surge de la pregunta esencial del acto de educar, que implica sacar a la luz lo que se es, es decir, estar a la altura de la condición humana; esta pregunta es la pregunta por el ser, pues la técnica para Heidegger guarda en su esencia el des-ocultamiento de la realidad, la aletheia, la verdad. 

No se debe olvidar que educar no significa llenar al estudiante de contenidos, ni calificarlo con una escala arbitraria que lo compara con otros individuos y sus condiciones diferentes, ni mucho menos ofrecer índices de aprovechamiento que no toman en cuenta el proceso contextualizado del aprendizaje. Educar, en cambio, y con base a lo ya dicho, significa des-ocultar el diálogo que el sujeto tiene con su mundo de tal forma que aquello que lo hace humano emerja de forma consciente y pueda estar frente a él, esto implica constituirse como un ente crítico y consciente. Pero el ambiente tecnológico actual, siguiendo el planteamiento teórico de Han, tiene como objetivo el ocultamiento de esta realidad, la desaparición de la mente crítica y la prevalencia del sujeto de rendimiento, aquel que se evapora a través del esfuerzo medido en datos.

Así, educar en el siglo XXI, en el medio de una crisis sanitaria y de un logos técnico particular, es un acto transgresor, pues requiere ir en contracorriente de lo que el contexto tecnológico apremia, para ello los docentes requieren tener claro que las tecnologías educativas no son necesariamente los nuevos aparatos tecnológicos ni los sistemas virtuales de información, sino simplemente las maneras que el estudiante y el docente tienen de construir un diálogo, reflexionar sobre un logos, entre ellos y la realidad. Ambos son enseñados por el mundo y sus experiencias en él, en el trabajo constante por llegar a ser lo que son, para ello no se necesita internet, ni plataformas, ni teléfonos inteligentes, basta con la palabra, con el proceso didáctico que permita abrirse tanto a uno como al otro a su condición humana.

Tampoco hay que olvidar que los contenidos educativos son pretexto para despertar la reflexión en el estudiante y que el conocimiento se crea en la interacción de los sujetos, pero la tecnología actual navega firmemente al aislamiento de los individuos y a su atomización, entonces una educación dependiente de los medios tecnológicos actuales sin duda reproducirá ese logos intangible pero hegemónico. Por ello, no es relevante, en el medio educativo actual, si se cuenta con los recursos tecnológicos de punta o con el software más actual en cuestiones pedagógicas, sino que la labor básica de la escuelas, en cualquier nivel, sea brindar educación, formar seres humanos que puedan construir un mejor mundo para ellos y para la generaciones venideras, para eso basta con planteles educativos que tengan el apoyo económico de las instituciones públicas a cargo, maestros que cuenten con las condiciones adecuadas para dedicarse a su trabajo de forma comprometida y estudiantes dispuestos a aprender, y una didáctica que permita la labor educativa en la esencia de lo meramente humano, es decir, en el diálogo con el nuevo logos de la técnica actual. 

Lo que enseña el momento actual, a los actores educativos, sobre la tecnología, es que la crisis es el momento de reflexión sobre las dimensiones que son necesarias para la correcta consecución de la labor docente. No se aprende, solamente, frente a una computadora, la educación surge en el contacto del alumno con el profesor, con sus compañeros, con su familia, la educación es un acto dialógico entre sujetos y los objetos siempre son medios nunca fines en sí mismos, pero también se puede atender al diálogo latente en ellos. Al final, la escuela no necesita integrarse en la lógica de las redes sociales, sino al contrario, debe dotar a los jóvenes de la capacidad crítica para poder interactuar con esa marea informacional que paulatinamente destroza las formas más humanas de reciprocidad.